Las Noticias de hoy 11 Enero 2020

Enviado por adminideas el Dom, 19/01/2020 - 17:14
Ma

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 11 de enero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Congreso Interamericano de Educación Católica: Mensaje del Papa Francisco

Entrevista a Martin Scorsese en ‘L’Osservatore Romano’

LA OBEDIENCIA DE JESÚS. NUESTRA OBEDIENCIA: Francisco Fernandez Carbajal

“Te ha de urgir la caridad de Cristo”: San Josemaria

«Dios actúa en cualquier circunstancia»

El Amor que abraza el mundo: Marco Vanzini / Carlos Ayxelá

Fiesta del bautismo del Señor

Domingo del Bautismo del Señor.: + Francisco Cerro Chaves. Arzobispo electo de T oledo

Meditaciones sobre el octavario por la unidad de los cristianos

Rasgos de buena amistad: Salvador Bernal

Recién nacidos prematuros: Opinión de la sociedad sobre retirar soporte vital ante graves problemas de salud: Leonardo Escobar Pediatra

Ecología sí, social también: Daniel Tirapu

Ser realistas y pedir lo imposible: + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

Los católicos ante una nueva etapa política: + Ginés García Beltrán, Obispo de Getafe

La vida sin familia es un grave problema: Ana Teresa López de Llergo

El miedo al compromiso afectivo: Lucía Legorreta

“Parece que los malos ganan“: + Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

Coherencia: Jaume Catalán Díaz

Las Consecuencias de la política del hijo único: Jesús Martínez Madrid

Proteger sobre todo al hombre: JD Mez Madrid

Los socialistas y… “Los socialistos”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta


Viernes, 10 de enero de 2020

La primera Lectura (1Jn 4,19-5,4) gira toda en torno al amor. El apóstol ha entendido lo que es el amor, lo ha experimentado y, entrando en el corazón de Jesús, ha comprendido cómo se ha manifestado. En su Carta nos dice cómo se ama y cómo hemos sido amados. Y hay dos afirmaciones claras. La primera es el fundamento del amor: “Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero”. El principio del amor viene de Él. Yo empiezo a amar, o puedo comenzar a amar, porque sé que Él me amó primero. Si Él no nos hubiese amado ciertamente nosotros no podríamos amar. Por ejemplo, si un niño recién nacido, de pocos días, pudiese hablar, explicaría esta realidad: “Me siento amado por mis padres”. Y eso que hacen los padres con el niño es lo que Dios ha hecho con nosotros: nos ha amado primero. Y eso hace nacer y crecer nuestra capacidad de amar. Esta es una definición clara del amor: “Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero”.
 
La segunda cosa que el apóstol dice, sin medias palabras, es esta: “Si alguno dice: «amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso”. Juan no dice que es un maleducado, o uno que se equivoca; dice “mentiroso”, y nosotros debemos aprender esto. “Yo amo a Dios, rezo, entro en éxtasis… y luego descarto a los demás, odio a otros o simplemente no los amo, o soy indiferente a los demás…”. No dice: “te equivocas”, dice “eres mentiroso”. Y esa palabra en la Biblia es clara, porque ser mentiroso es precisamente el modo de ser del diablo: el Gran Mentiroso, nos dice el Nuevo Testamento, es el padre de la mentira. Esa es la definición de Satanás que nos da la Biblia. Y si tú dices que amas a Dios y odias a tu hermano, estás de la otra parte: eres un mentiroso. En esto no hay concesiones. Muchos pueden encontrar justificaciones para no amar, alguno puede decir: “Yo no odio, Padre, pero hay tanta gente que me hace daño o que yo no puedo aceptar porque es maleducada o es bruta”. Pues Juan escribe: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”. Si no eres capaz de amar a la gente, desde los más cercanos a los más lejanos con los que vives, no puedes decir que amas a Dios: eres un mentiroso.
 
Y no es solo el sentimiento de odio, también puede ser la voluntad de no mezclarse en las cosas de los demás. Y eso no es bueno, porque el amor se expresa haciendo el bien. Si una persona dice: “Yo, para estar limpio, solo bebo agua destilada”: ¡morirá!, porque no sirve para la vida. El verdadero amor no es agua destilada: es el agua de todos los días, con sus problemas, sus afectos, sus amores y sus odios…, es eso. Amar lo concreto, el amor concreto: no un amor de laboratorio. Esto nos enseña el Apóstol con estas definiciones tan claras. Así pues, hay un modo de no amar a Dios ni amar al prójimo un poco escondido, que es la indiferencia. “No, yo no quiero eso: yo quiero agua destilada. No me mezclo con los problemas de los demás”. Tú debes, para ayudar, para rezar. San Alberto Hurtado decía: “No hacer el mal está bien; pero no hacer el bien, está mal”. El amor auténtico debe llevar a hacer el bien, a ensuciarse las manos en las obras de amor.
 
No es fácil, pero por el camino de la fe existe la posibilidad de vencer al mundo, la mentalidad del mundo que nos impide amar. Ese es el camino, ahí no entran los indiferentes, esos que se lavan las manos de los problemas, los que no quieren mezclarse en los problemas para ayudar, para hacer el bien; no entran los falsos místicos, los del corazón destilado como el agua, que dicen que aman a Dios pero prescinden de amar al prójimo. Que el Señor nos enseñe estas verdades: la seguridad de haber sido amado primero y el valor de amar a los hermanos.

 

 

Congreso Interamericano de Educación Católica: Mensaje del Papa Francisco

«Promover una auténtica cultura del encuentro»

enero 10, 2020 16:55Rosa Die AlcoleaEducación y jóvenes

(ZENIT – 10 enero 2020).- El Papa Francisco, anima a «promover una auténtica cultura del encuentro» a a los participantes en el Congreso Interamericano de Educación Católica, que se celebra en Santiago de Chile del 8 al 10 de enero de 2020.

La educación católica «como propuesta de esperanza y de confianza en nuestro tiempo» es parte del mensaje que el Pontífice lanza a los educadores latinoamericanos. El encuentro se desarrolla con el lema: “Liderazgo, comunicación y marketing” y ha sido organizado por la Confederación Interamericana de Educación Católica (CIEC).

En un breve mensaje, firmado por el cardenal secretario de estado, Pietro Parolin, y leído por el nuncio apostólico en Chile, Mons. Alberto Ortega, al término de la Misa de apertura, el Papa envía un cordial saludo a los organizadores y participantes del XXVI Congreso de la Confederación Interamericana de Educación Católica.

“El Santo Padre –se lee en la carta– los anima en su reflexión sobre los desafíos que los responsables de la escuela católica deben afrontar para promover en ella una auténtica cultura del encuentro, de modo que pueda ser una propuesta de esperanza y confianza para nuestro tiempo”.

Jesús como Maestro

El encuentro comenzó el 8 de enero con la celebración de la Eucaristía, presidida por el presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, el obispo castrense Santiago Silva Retamales, y concelebrada por el Nuncio Apostólico en Chile, arzobispo Alberto Ortega Martín y el presidente del Área de Educación del episcopado, el obispo de Temuco Héctor Vargas Bastidas, entre otros clérigos.

En su homilía, el obispo Santiago Silva, indicó que «a los temas de este congreso tenemos que aproximarnos desde el Evangelio» agregando, que cuando se habla de educación “es muy fácil percibir a Jesús como Maestro. La maravilla respecto de Jesucristo, es que mientras los otros maestros enseñaban la Ley, Jesús enseñaba una nueva experiencia de Dios: El Reino de Dios”.

“Cuando queremos construir comunidades educativas, Cristo es la principal fuente, porque el crea de verdad procesos de humanidad. Cristo es nuestro referente. Para que este congreso que es católico se transforme, desde nuestra fe en una reflexión sobre cómo Cristo comunicaba y lideraba basado en su propia vida y palabra” expresó Silva.

 

 

Entrevista a Martin Scorsese en ‘L’Osservatore Romano’

«Me parece extraordinario que este hombre sea nuestro Papa»

enero 10, 2020 17:19Marina DroujininaCine y Teatro, Papa y Santa Sede

(ZENIT – 10 enero 2020).- «Cuando pienso en el Papa Francisco, debo decir que la primera palabra que me viene a la mente es compasión», dice Martin Scorsese: «Me parece extraordinario que este hombre sea nuestro Papa. Es una bendición. Y considero que es una bendición haberle conocido».

«Lee las palabras del Santo Padre», invita, «te encuentras cara a cara con él y te das cuenta de que es un hombre que ve el fundamento espiritual de la Iglesia».

El célebre director concedió una entrevista a Andrea Monda, director de L’Osservatore Romano, el 9 de enero de 2020. Después de un encuentro en 2018, Martin Scorsese y el Papa Francisco se entrevistaron de nuevo el pasado 21 de octubre: «Reanudaron su conversación como dos viejos amigos que se entienden sobre la marcha, sin ningún esfuerzo», precisa Andrea Monda. Comenzaron «un diálogo sencillo y profundo que rápidamente se centró en el nombre de Dostoievski, una pasión compartida».

«Después de preguntarle sobre su esposa, continuó Monda, el Papa quiso saber más sobre su nueva película, The Irishman, y el director italo-americano explicó que se trataba de un film sobre el tiempo y la condición mortal, la amistad y la traición, el remordimiento y el arrepentimiento por el pasado.

«El camino de Cristo»

«Considero que el camino de Cristo es lo único que hace posible nuestra supervivencia», dijo Scorsese en su entrevista: «Es el único camino que veo para que la humanidad… pueda efectivamente cambiar y evolucionar, alejándose de la destrucción. Me refiero a esto no en un sentido cultural, sino en un sentido espiritual».

El director señaló que «las enseñanzas de Cristo» le habían dejado «una profunda impresión» desde «una edad temprana». Esto «es parte de lo que me formó», añadió, «lo que significa que es parte de lo que soy hoy».

«Para mí, esto nunca fue realmente una elección», continuó Scorsese. «Creo que no es tan fácil abandonar lo que ha sido formador desde un punto de vista espiritual en la propia vida, y cambiar tu fe como si estuvieras cambiando de ropa».

El realizador explicó que el tema de la espiritualidad «le había ocupado durante una gran parte» de su vida y que estaba «presente en la mayoría» de sus películas. Se trata de saber «cómo conciliar el mundo exterior de las circunstancias con el mundo interior de la fe», dijo: es una «cuestión que me acompaña desde siempre y que he abordado de diferentes maneras según los diferentes momentos de mi existencia».

La Iglesia, «una cuestión de espíritu»

Martin Scorsese afirmó que aunque la Iglesia Católica «es una vasta institución», «una tradición», «una empresa, una enorme organización», en su esencia «no es una cuestión de asuntos humanos o mundanos, sino una cuestión de espíritu». «Esta es la piedra, el fundamento -dijo-, la práctica y el seguimiento vivo del ejemplo de Cristo. El Papa Francisco repite esto y pide que lo reconozcamos».

«En la Iglesia», explicó Scorsese, «he aprendido de estos sacerdotes diocesanos de la calle que se puede ser duro por fuera y compasivo por dentro, y que la dureza es una manera de alimentar esa compasión – o, se podría decir, el mandamiento del amor de Jesús – dentro de nosotros. Es uno de los regalos más preciosos que he recibido».

El director cree que «la confesión es uno de los instrumentos espirituales más poderosos de que dispone la Iglesia»: «Es un examen auténtico de lo que eres, de todas tus dudas, miedos y transgresiones, y el mismo acto de confesión abre la puerta a otra posibilidad, la de volver a intentarlo». «Aunque no recibas la absolución, has abierto la puerta de todos modos».

 

 

LA OBEDIENCIA DE JESÚS. NUESTRA OBEDIENCIA

— Jesús, modelo de obediencia.

— Frutos de la obediencia.

— Obediencia y libertad. Obediencia por amor.

I. Después del encuentro en el Templo, Jesús regresó a Galilea con María y José. Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto1. El Espíritu Santo ha querido dejar consignado este hecho en el Evangelio. La fuente solo puede provenir de María, que vio una y otra vez la obediencia callada de su Hijo. Es una de las pocas noticias que nos han llegado de estos años de vida oculta: que Jesús les obedecía. «Cristo, a quien el universo está sujeto –comenta San Agustín–, estaba sujeto a los suyos»2. Por obediencia al Padre, se sometió Jesús a quienes en su vida terrena encontró investidos de autoridad; en primer lugar, a sus padres.

Nuestra Señora debió de reflexionar en muchas ocasiones acerca de la obediencia de Jesús, que fue extremadamente delicada y a la vez sencilla y llena de naturalidad. San Lucas nos dice inmediatamente que su madre guardaba todas estas cosas en su corazón3.

Toda la vida de Jesús fue un acto de obediencia a la voluntad del Padre: Yo hago siempre lo que es de su agrado4, nos afirmará más tarde. Y en otra ocasión dijo claramente a sus discípulos: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra5.

El alimento es lo que da energías para vivir. Y Jesús nos dice que la obediencia a la voluntad de Dios –manifestada de formas tan diversas– deberá ser lo que alimente y dé sentido a nuestras vidas. Sin obediencia no hay crecimiento en la vida interior, ni verdadero desarrollo de la persona humana; la obediencia, «lejos de menoscabar la dignidad humana, la lleva por la más amplia libertad de los hijos de Dios, a la madurez»6.

No hay ninguna situación en nuestra vida que sea indiferente para Dios. En cada momento espera de nosotros una respuesta: la que coincide con su gloria y con nuestra personal felicidad. Somos felices cuando obedecemos, porque hacemos lo que el Señor quiere para nosotros, que es lo que nos conviene, aunque en alguna ocasión nos cueste.

La voluntad de Dios se nos manifiesta a través de los mandamientos de su Iglesia, de acontecimientos que suceden, y también de personas a quienes debemos obediencia.

II. La obediencia es una virtud que nos hace muy gratos al Señor.

En la Sagrada Escritura se nos narra la desobediencia de Saúl a un mandato que había recibido de Yahvé. Y a pesar de su victoria sobre los amalecitas y de los sacrificios que después ofreció el propio rey, el Señor se arrepintió de haberlo hecho rey, y, por boca del profeta Samuel, le dijo: Mejor es la obediencia que las víctimas7. Y comenta San Gregorio: «Con razón se antepone la obediencia a las víctimas; porque mediante la obediencia se inmola la propia voluntad»8. En la obediencia manifestamos nuestra entrega al Señor.

En el Evangelio vemos cómo obedece nuestra Madre Santa María, que se llama a sí misma la esclava del Señor9, manifestando que no tiene otra voluntad que la de su Dios. Obedece San José, y siempre con presteza, las cosas que se le ordenan de parte del Señor10. Es la prontitud en hacer lo mandado, una de las cualidades de la verdadera obediencia.

Los Apóstoles, a pesar de sus limitaciones, saben obedecer. Y porque confían en el Señor echan la red a la derecha de la barca11, donde les ha dicho Jesús, y obtienen una pesca abundante, a pesar de no ser la hora oportuna y de tener experiencia de que aquel día parecía no haber un solo pez en todo el lago. La obediencia y la fe en la palabra del Señor hacen milagros.

Muchas gracias y frutos van unidos a la obediencia. Los diez leprosos son curados por la obediencia a las palabras del Señor: Id y mostraos a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios12. Y lo mismo le ocurrió a aquel ciego a quien el Señor le puso lodo en los ojos, y le dijo: anda, y lávate en la piscina de Siloé, que significa el Enviado. Fue, pues, el ciego y se lavó allí, y volvió con vista13. «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa. ¿Te conduces tú así con los mandatos de Dios, cuando muchas veces estás ciego, cuando en las preocupaciones de tu alma se oculta la luz? ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree, pone por obra el mandato de Dios y vuelve con los ojos llenos de claridad»14. ¡Cuántas veces vamos a encontrar la luz nosotros también en esa persona puesta por Dios para que nos guíe y nos cure si somos dóciles en la obediencia! Dios Padre otorga el Espíritu Santo a los que obedecen15, se lee en los Hechos de los Apóstoles.

El Evangelio nos muestra muchos ejemplos de personas que supieron obedecer: los sirvientes de Caná de Galilea16, los pastores de Belén17, los Magos18... Todos recibieron abundantes gracias de Dios.

«La obediencia hace meritorios nuestros actos y sufrimientos de tal modo que, de inútiles que estos últimos pudieran parecer, pueden llegar a ser muy fecundos. Una de las maravillas realizadas por nuestro Señor es haber hecho que fuera provechosa la cosa más inútil, como es el dolor. Él lo ha glorificado mediante la obediencia y el amor. La obediencia es grande y heroica cuando por cumplirla está uno dispuesto a la muerte y a la ignominia»19.

III. «Jesucristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos, nos reveló su misterio y realizó la redención con su obediencia»20. Y San Pablo nos dice que se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz21. En Getsemaní, la obediencia de Jesús alcanza su punto culminante, cuando renuncia completamente a su voluntad para aceptar la carga de todos los pecados del mundo y así redimirnos: Padre, dice (...), no se haga lo que yo quiero sino lo que quieres tú22. No nos extrañe si al abrazar la obediencia nos encontramos con la cruz. La obediencia exige, por amor a Dios, la renuncia a nuestro yo, a nuestra más íntima voluntad. Sin embargo, Jesús ayuda y facilita el camino, si somos humildes. «Díjome una vez (el Señor) –cuenta Santa Teresa–, que no era obedecer sino estar determinada a padecer, que pusiese los ojos en lo que Él había padecido y todo se me haría fácil»23.

Cristo obedece por amor, ese es el sentido de la obediencia cristiana: la que se debe a Dios y a sus mandamientos, la que se debe a la Iglesia, a los padres –a sus mandatos y a la doctrina del Magisterio–, y la que afecta a aquellas cosas más íntimas de nuestra alma. En todos los casos, de forma más o menos directa, estamos obedeciendo a Dios a través de las autoridades. Y no quiere el Señor servidores de mala gana, sino hijos que desean cumplir su voluntad.

La obediencia, que siempre supone sujeción y entrega, no es falta de libertad ni de madurez. Hay vínculos que esclavizan y otros que liberan. La cuerda que une al alpinista con sus compañeros de escalada no es atadura que perturbe, sino vínculo que da seguridad y evita la caída al abismo. Y los ligamentos que unen las partes del cuerpo no son ataduras que impiden los movimientos, sino garantía de que estos se realicen con soltura, armonía y firmeza.

Por el contrario, la verdadera libertad se ve amenazada por la sensualidad desordenada, la estrechez de pensamiento originada en el egoísmo y en la voluntad individualista. Estos obstáculos son superados por la obediencia que eleva y ensancha la propia personalidad.

La obediencia, lleva también consigo la educación verdadera del carácter y una gran paz en el alma, frutos del sacrificio y de la entrega de la propia voluntad por un bien más alto. Sirviendo a Dios, a través de la obediencia, se adquiere la verdadera libertad: Deo servire, regnare est. Servir a Dios es reinar... Te pedimos, Señor, que quienes nos gloriamos de obedecer los mandatos de Cristo, Rey del Universo, vivamos eternamente con Él en el reino de los Cielos24.

Si nos ponemos muy cerca de la Virgen aprenderemos con facilidad a obedecer con prontitud, alegría y eficacia. «Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38)»25.

1 Lc 2, 51. — 2 San Agustín, Sermón 51, 19. — 3 Lc 2, 51. — 4 Jn 8, 29. — 5 Jn 4, 34. — 6 Conc. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, 14. — 7 1 Sam 15, 22. — 8 San Gregorio Magno, Moralia, 14. — 9 Lc 1, 38. — 10 Cfr. Mt 2, 13-15. — 11 Jn 21, 6. — 12 Lc 17, 14. — 13 Jn 9, 6-7. — 14 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 193. — 15 Hech 5, 32. — 16 Cfr. Jn 2, 3 ss. — 17 Cfr. Lc 2, 18. — 18 Cfr. Mt 2, 1-12. — 19 R. Garrigou Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. II, p. 683. — 20 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 3. — 21 Flp 2, 8. — 22 Mc 14, 36. — 23 Santa Teresa, Vida, 26. — 24 Oración después de la Comunión. — 25 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 173.

 

 

“Te ha de urgir la caridad de Cristo”

Necesitas vida interior y formación doctrinal. ¡Exígete! –Tú –caballero cristiano, mujer cristiana– has de ser sal de la tierra y luz del mundo, porque estás obligado a dar ejemplo con una santa desvergüenza.

–Te ha de urgir la caridad de Cristo y, al sentirte y saberte otro Cristo desde el momento en que le has dicho que le sigues, no te separarás de tus iguales –tus parientes, tus amigos, tus colegas–, lo mismo que no se separa la sal del alimento que condimenta. Tu vida interior y tu formación comprenden la piedad y el criterio que ha de tener un hijo de Dios, para sazonarlo todo con su presencia activa. Pide al Señor que siempre seas ese buen condimento en la vida de los demás. (Forja, 450)
Un cristiano no puede detenerse sólo en problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la Iglesia universal, pensando en al salvación de todas las almas.
De este modo, hasta esas facetas que podrían considerarse más privadas e íntimas –la preocupación por el propio mejoramiento interior– no son en realidad personales: puesto que la santificación forma una sola cosa con el apostolado. Nos hemos de esforzar, por tanto, en nuestra vida interior y en el desarrollo de las virtudes cristianas, pensando en el bien de toda la Iglesia, ya que no podríamos hacer el bien y dar a conocer a Cristo, si en nosotros no hubiera un empeño sincero por hacer realidad práctica las enseñanzas del Evangelio.
Impregnados de este espíritu, nuestros rezos, aun cuando comiencen por temas y propósitos en apariencia personales, acaban siempre discurriendo por los cauces del servicio a los demás. Y si caminamos de la mano de la Virgen Santísima, Ella hará que nos sintamos hermanos de todos los hombres: porque todos somos hijos de ese Dios del que Ella es Hija, Esposa y Madre.
Los problemas de nuestros prójimos han de ser nuestros problemas. La fraternidad cristiana debe encontrarse muy metida en lo hondo del alma, de manera que ninguna persona nos sea indiferente. María, Madre de Jesús, que lo crió, lo educó y lo acompañó durante su vida terrena y que ahora está junto a El en los cielos, nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado, que se nos hace presente en las necesidades de nuestros hermanos los hombres. (Es Cristo que pasa, 145)

 

 

 

«Dios actúa en cualquier circunstancia»

Durante la audiencia general el Papa Francisco reflexionó sobre cómo San Pablo demostró una gran capacidad de no desanimarse ante las dificultades. Como ejemplo recordó la escena del naufragio narrada en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

De la Iglesia y del Papa08/01/2020

 

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

El libro de los Hechos de los Apóstoles narra, en su parte final, cómo el Evangelio siguió su camino no sólo por tierra sino también por mar. Pablo iba prisionero en una embarcación que lo llevaba de Cesarea a Roma, cumpliéndose así la palabra del Resucitado: «Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra».

Ese viaje pasó de ser una situación de desgracia y de muerte a una oportunidad para manifestar el poder salvador de Dios

En un cierto momento, la navegación se volvió difícil y peligrosa; Pablo aconsejó no seguir, pero el centurión no lo escuchó y la nave terminó a la deriva. Cuando la desesperación se apoderó de todos, el Apóstol intervino asegurando que Dios le había revelado a través de un ángel que se presentaría ante el César y que no perdería a ninguno de sus compañeros de viaje. Así, ese viaje pasó de ser una situación de desgracia y de muerte a una oportunidad para manifestar el poder salvador de Dios.

Pablo nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la convicción de que Dios actúa en cualquier circunstancia

Después del naufragio, llegaron a la isla de Malta, donde fueron acogidos por sus habitantes y les encendieron una hoguera para que se calentaran. A Pablo, al echar la leña al fuego, le mordió una víbora, pero no sufrió ningún daño. Este beneficio era una gracia del Señor que lo asistió siguiendo su promesa dirigida a los creyentes: «tomarán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño».

Pablo nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la convicción de que Dios actúa en cualquier circunstancia, también en medio de las dificultades; y la vida de quien se da a Dios por amor, siempre será fecunda.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, venidos de España y de Latinoamérica. Los animo a seguir el ejemplo de san Pablo para que, sostenidos por la fe, podamos ser sensibles ante las personas que viven en dificultad alrededor nuestro, pudiendo salir a su encuentro con amor fraterno. Que Dios los bendiga.

© Copyright - Libreria Editrice Vaticana


Algunos recursos relacionados con esta catequesis del Papa sobre los Hechos de los Apóstoles

Catequesis previas sobre los Hechos de los Apóstoles.

¿Quién fue San Pablo y qué herencia dejó a la Iglesia?

Versión digital gratuita de los Evangelios.

La Biblia de la Universidad de Navarra se hace digital.

Nueve preguntas para entender qué es la Iglesia.

El fuego de los primeros cristianos (Editorial Vida cristiana).

Los primeros cristianos: consideraciones de San Josemaría.

 

 

El Amor que abraza el mundo

Tras haber reflexionado sobre los relatos de la creación, podemos preguntarnos una vez más: ¿en qué sentido es racional hablar hoy de creación?

La luz de la fe14/08/2017

Que el amor tiene un lugar central en la realidad resulta una idea hermosa e inspiradora para muchas personas. Pero se trata quizá a menudo de una convicción nostálgica: el mundo, se dicen, sería un lugar mejor si todos nos guiásemos por este principio. La experiencia del mal, de las injusticias, de lo imperfecto del mundo, parecen hacer del amor más un ideal al que tender que la base sobre la que se levantaría el edificio mismo de la realidad. «En efecto, el hombre moderno cree que la cuestión del amor tiene poco que ver con la verdad. El amor se concibe hoy como una experiencia que pertenece al mundo de los sentimientos volubles y no a la verdad»[1].

«Nada hay más oculto y nada más presente que Él; difícilmente se halla dónde está y más difícilmente dónde no está» (San Agustín)

Por contraste, la fe cristiana reconoce en el origen del universo un Amor personal e infinitamente creativo, que ha llegado hasta el punto de entrar como uno más en su creación, para salvarla. «Con amor eterno te amé; por eso prolongué mi misericordia para contigo» (Jr 31,3). Muchas personas que trabajan con ilusión por mejorar el mundo reconocen la grandeza de esta visión de la realidad, pero no pueden dejar de ver la idea de un ser personal y eterno –un ser que precede el mundo– como algo que a fin de cuentas responde a un modo de pensar «mítico y contrario al sistema»[2]: algo ajeno al entramado racional que podemos compartir, en la medida en que se basa en nuestra experiencia común del mundo. Tras haber reflexionado sobre los relatos de la creación en el Génesis, podemos preguntarnos ahora, una vez más: ¿en qué sentido es racional hablar hoy de creación?

¿Dónde está Dios?

Es frecuente oír, incluso entre gente con fe, la consideración de que, mientras la ciencia basa sus afirmaciones en pruebas seguras, la idea de Dios se basaría en tradiciones o suposiciones no verificables. A primera vista, parece difícil objetar nada a esta idea. Sin embargo, si se tiene en cuenta que «pruebas seguras» significa aquí «evidencias empíricas», se comprende que esa seguridad tiene un alcance acotado por la misma ciencia, que deliberadamente se concentra en los aspectos empíricos y mensurables de la realidad. Esta decisión estratégica ha permitido a la ciencia crecer exponencialmente, pero implica también que su estudio no puede abarcar todo el espectro de la realidad, o no puede al menos descartar que este espectro sea más amplio. Por otro lado, como toda disciplina –y esto incluye también a la teología–, la ciencia experimental tiene presupuestos que ella misma no puede demostrar. Uno de ellos es la existencia de la realidad que estudia, que requiere necesariamente una reflexión racional de otro tipo. Se entiende así que la revelación cristiana no venga a cuestionar el método de la ciencia ni sus evidentes éxitos: en realidad, lo precede y le abre horizontes más amplios.

Ciertamente, el modo peculiar en que Dios se hace presente en el mundo puede hacerle aparecer a veces como un gran ausente. Escribía san Agustín: «Nada hay más oculto y nada más presente que Él; difícilmente se halla dónde está y más difícilmente dónde no está»[3]. Esta paradoja, este cruce de sí y no, que parece indicar un cortocircuito, habla en cambio de la necesidad de abrir la racionalidad a otro nivel[4]. Dios no es una realidad como otras en este mundo, ni interviene necesariamente en los procesos naturales de modos empíricamente verificables. Dios actúa en un nivel mucho más profundo, sosteniendo el ser mismo de todas las cosas, haciendo que las cosas sean. Al hablar de Él, incluso para negar su existencia, el lenguaje va siempre más allá del marco de rigor propio de la ciencia experimental, y se inserta en un lenguaje distinto, que la ciencia misma presupone, y que tiene también un rigor propio: el lenguaje filosófico o metafísico. Por eso, el dios al que se querría obligar a revelarse a través de instrumentos de observación científica no sería el verdadero Dios, sino una caricatura suya. Y el verdadero Dios no viene a interferir en la ciencia, porque se sitúa en un nivel de realidad anterior a la ciencia misma. Dios no cabe en las leyes de la física, porque son más bien las leyes de la física las que «caben» en Él[5].

Una ciencia sin Dios no liberaría al mundo de los mitos, porque siempre quedarían inevitablemente rendijas que se llenarían con otras explicaciones

La aportación de la ciencia ha sido determinante para hacer al hombre consciente de la inmensidad del universo, de su evolución dinámica; para comprender sus leyes, así como la trayectoria evolutiva, que forma una especie de prehistoria biológica de aparición del homo sapiens sobre la tierra. Sin embargo, la ciencia no puede explicar hasta el final el origen del universo, porque este evento no enlaza dos «estados» de la misma realidad. Explicar la «ley» con la que se ha pasado de la nada a la primera forma embrionaria del universo está más allá de las posibilidades de la ciencia, porque la nada escapa a cualquier representación científica. Toda teoría cosmológica asume una estructura espacio-temporal como punto de partida; y la nada en sentido radical, es decir, el no-ser, cae siempre fuera de esta estructura: el umbral que separa el ser y la nada es metafísico[6]. Se entiende por eso que el diálogo entre la ciencia y la teología no sea solo deseable sino necesario, y que requiera la mediación de la filosofía, más que como un árbitro para poner paz entre partes en litigio, como un interlocutor capaz de comprender el alcance y las posibilidades de ambas disciplinas.

En el corazón de lo real

Incluso aproximándose hasta el origen mismo del universo, pues, la ciencia se queda siempre de este lado de la realidad, dentro del ser. Son muchos los científicos que, al identificar ese umbral, se dan cuenta de la necesidad de emprender una reflexión filosófica, desde la que es posible llegar a comprender la necesidad de un Creador en el origen del universo. «Es, sin duda, un gran libro la misma hermosura de la creación. Contempla, mira, lee su parte superior y su parte inferior. Dios no hizo letras de tinta, mediante las cuales pudieras conocerle: puso ante tus ojos esas mismas cosas que hizo. ¿Por qué buscas una voz más potente? A ti claman el cielo y la tierra: “Dios me hizo”»[7].

Sin embargo, la filosofía misma topa también con preguntas límite: ¿Por qué el ser y no más bien la nada? ¿Por qué existo? En este sentido, la fe cristiana viene a aportar «una imagen de Dios nueva, más elevada que la que pudiera nunca forjarse y pensar la razón filosófica. Pero la fe tampoco contradice la doctrina filosófica de Dios; (…) la fe cristiana en Dios acepta en sí la doctrina filosófica de Dios y la consuma»[8]. Ante la pregunta acerca del porqué, del sentido último de la existencia –pregunta que en algún momento de la vida se vuelve decisiva para todos–, se hace el silencio. Se alza entonces la fe cristiana, y responde serenamente: Dios estaba ahí antes del mundo, pensó en él, y lo creó con amor.

Esta sencilla afirmación produce, en realidad, lo contrario de lo que a veces se achaca a la noción de creación: desmitifica el universo. La comprensión del mundo como creación de Dios es «la “Ilustración” decisiva de la historia (…), la ruptura con los temores que habían reprimido a los hombres. Significa la liberación del Universo por la razón, el reconocimiento de su racionalidad y de su libertad»[9]. Aunque la ciencia es capaz de leer una parte importante de la lógica interna de la naturaleza, una ciencia sin Dios no liberaría al mundo de los mitos, porque siempre quedarían inevitablemente rendijas que se llenarían con otras explicaciones[10]. No es posible, por la autolimitación de la ciencia a lo empírico, que ella misma cubra algún día todas esas rendijas; y el hombre tampoco va a dejar de preguntarse por ellas, porque el hecho mismo de hacerlo –como, por lo demás, el ejercicio mismo de la ciencia– muestra que trasciende el orden de lo empírico. El espíritu humano, que se manifiesta entre otras cosas en el hecho de que cada uno de nosotros percibe su identidad frente al mundo, en el hecho de que nos preguntemos por esas rendijas, e incluso de que alguien pueda considerar estúpido preguntarse por ellas… todo ello pone de manifiesto, incluso a una reflexión meramente filosófica, que nosotros mismos –aun siendo un microcosmos, que comparte con el universo sus mismos elementos– somos algo más que simple mundo.

La libertad personal y la autoconciencia, por las que uno se percibe distinto del mundo, son por eso también grandes rendijas a través de las cuales el hombre puede asomarse a la trascendencia: hablan del Dios personal que es aún más radicalmente distinto del mundo, y que lo crea libremente. Y viceversa, en el reconocimiento de que la realidad tiene su origen en esa Libertad creadora se juega el reconocimiento mismo de la libertad humana, y por tanto de la dignidad de cada persona[11]. Este es uno de los sentidos fundamentales en los que el Génesis dice que «creó Dios al hombre a su imagen» (Gn 1,27): nosotros mismos somos un espejo en el que se puede entrever a Dios. Por eso el beato John Henry Newman identificaba en la conciencia «nuestro gran maestro interior de religión»[12], un «principio de conexión entre la criatura y el creador»[13].

La fe en la creación, pues, no viene a añadir desde fuera el «mundo del espíritu» al mundo material: más bien afirma decididamente que Dios abraza el entero universo material. La intuición poética de Dante lo expresó de modo inmortal: «Dios es el amor que mueve el sol y las demás estrellas»[14]. En el corazón de lo real está Dios, y Dios quiere el mundo, y a cada uno: «abierta su mano con la llave del amor, surgieron las criaturas»[15]. Tiene gran profundidad teológica, en este sentido, un pensamiento recurrente en san Josemaría; a la hora de actuar, solía decir, esta es «la razón más sobrenatural: porque nos da la gana»[16]. La libertad y el amor, como la racionalidad del mundo, hablan de Dios. Por eso, si san Agustín reconocía a Dios en el libro de la naturaleza, le encontraba también en la intimidad de su alma: «he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando (…). Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera»[17].

El milagro del mundo

La realidad de los milagros responde a esta misma prioridad respecto al mundo de la libertad, el amor y la sabiduría de Dios. Con su peculiar estilo paradójico, decía Chesterton: «Si un hombre cree en la inalterabilidad de las leyes de la naturaleza, no puede creer en ningún milagro de ninguna época. Si un hombre cree en una voluntad anterior a las leyes, puede creer en cualquier milagro de cualquier época»[18]. Los tres evangelios sinópticos hablan de un leproso que se acerca a Jesús, pidiéndole su curación. Jesús responde: «Quiero, queda limpio» (Mt 8,3). Dios cura a aquel hombre porque quiere, del mismo modo que creó el mundo, y ha creado a cada uno, porque quiere, por amor. Comentando el relato de otro milagro, la curación de un ciego, observaba Benedicto XVI: «No es casualidad que el comentario conclusivo de la gente después del milagro recuerde la valoración de la creación al comienzo del Génesis: “Todo lo ha hecho bien” (Mc 7,37). En la acción sanadora de Jesús entra claramente la oración, con su mirada hacia el cielo. La fuerza que curó al sordomudo fue provocada ciertamente por la compasión hacia él, pero proviene del hecho de que recurre al Padre. Se entrecruzan estas dos relaciones: la relación humana de compasión hacia el hombre, que entra en la relación con Dios, y así se convierte en curación»[19].

Vivimos de milagro: cada instante de nuestra vida ordinaria se desenvuelve en medio del milagro de un mundo que existe por amor

Los milagros, pues, no son excepciones que ponen en cuestión la solidez y la racionalidad del mundo, sino que apuntan a la raíz misma de esa solidez: ponen de manifiesto el verdadero milagro, que es la existencia misma del universo y de la vida; el verdadero milagro –miraculum, algo ante lo que solo cabe admirarse– es la creación de Dios. La apertura de la razón a este inicio de los inicios no solo hace razonables los milagros, sino que hace razonable, sobre todo, el mundo mismo. «La uniformidad y la generalidad de las leyes naturales (…) llevan a pensar que la naturaleza se basta a sí misma. Y sin embargo, no hay solución de continuidad entre la creación y el acontecimiento más habitual y banal. El milagro interviene para convencernos de ello»[20].

Se dice a veces que «vivimos de milagro», para referirse a los modos sorprendentes en que se resuelven ciertos problemas o peligros. En realidad, la expresión recoge una verdad radical: cada instante de nuestra vida ordinaria se desenvuelve en medio del milagro de un mundo que existe por amor. «Cada uno de nosotros, cada hombre y cada mujer, es un milagro de Dios, es querido por él y es conocido personalmente por él»[21]. Como decía san Pablo a quienes le escuchaban en el Areópago de Atenas, «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Por eso, «para la tradición judío-cristiana, decir “creación” es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado»[22].

***

«Te doy gracias porque me has hecho como un prodigio» (Sal 139,14): la fe en la creación se cifra en una profunda actitud de agradecimiento. A pesar del dolor y del mal presentes en el mundo, la realidad entera –y en especial la propia existencia y la de quienes nos rodean– aparece como una promesa de felicidad: «¡Todos los sedientos, venid a las aguas! Y los que no tengáis dinero, ¡venid! (…) Comprad, sin dinero y sin nada a cambio, vino y leche» (Is 55,1). El hombre se sabe inerme –porque realmente lo es–, pero destinatario de una generosidad infinita que le llama a vivir, y a vivir para siempre. San Ireneo lo sintetizó en una máxima célebre: «La gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios»[23]. Desde esta mirada, la vida no es una simple lucha por el éxito o por la supervivencia, ni siquiera en las condiciones más extremas: es espacio para el agradecimiento, para la adoración, en la que el hombre encuentra su verdadero descanso[24]. «¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido! El Creador puede decir a cada uno de nosotros: “Antes que te formaras en el seno de tu madre, yo te conocía” (Jr 1,5). Fuimos concebidos en el corazón de Dios, y por eso “cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario”»[25].

Marco Vanzini / Carlos Ayxelá

 


Lecturas para profundizar

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 279-324.

Francisco, Enc. Laudato si’, capítulo II, “El evangelio de la creación” (nn. 62-100)

Benedicto XVI, Audiencia, 6-II-2013; Audiencia, 9-XI-2005

Homilía en la Vigilia Pascual, 23-IV-2011; Homilía en la Vigilia Pascual, 7-IV-2012.

Mensaje al Meeting de Rimini, 10-VIII-2012.

Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias, 31-X-2008.

Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12-IX-2006.

Juan Pablo II, Catequesis sobre la creación, 8-I-1986 – 23-IV-1986.

Memoria e identidad, Planeta, Barcelona 2005.


Artigas, M.; Turbón, D. Origen del hombre. Ciencia, filosofía y religión, Eunsa, Pamplona 2007.

Chesterton, G. K. Santo Tomás de Aquino, Rialp, Madrid 2016 (On Saint Thomas Aquinas).

Guardini, R. El principio de las cosas: Meditaciones sobre los tres primeros capítulos del Génesis, publicado en Meditaciones Teológicas, Cristiandad, Madrid, 1965, 13-113. (Der Anfang der Dinge [Meditationen über Genesis, Kapitel 1-3]).

– “El ojo y el conocimiento religioso”, en Los sentidos y el conocimiento religioso, Cristiandad, Madrid, 1965, 21-48. (“Das Auge und die religiöse Erkenntnis”).

La aceptación de sí mismo. Lumen, Buenos Aires 2016; Cristiandad, Madrid 1962 (Die Annahme seiner selbst).

Kehl, M. La creación, Sal Terrae, Bilbao 2011 (Schöpfung: Warum es uns gibt).

Marmelada, C.; Palafox, E.; Llano, A. En busca de nuestros orígenes. Biología y trascendencia del hombre a la luz de los últimos descubrimientos, Rialp, Madrid 2017.

Maspero, G.; O’Callaghan, P. Creatore perché Padre. Introduzione all’ontologia del dono, Cantagalli, Siena 2012.

Polkinghorne, J. Science and Theology, Parallelisms, en Tanzella-Nitti, G. y Strumia, A. (eds.), Interdisciplinary Encyclopedia of Religion and Science, www.inters.org.

Ratzinger, J. Progetto di Dio. Meditazioni sulla creazione e la Chiesa, Marcianum Press, Venecia 2012 (Gottes Projekt. Nachdenken über Schöpfung und Kirche).

Creación y pecado, Eunsa, Pamplona 2005 = En el principio creó Dios [incluye la conferencia Consecuencias de la fe en la creación], Edicep, Valencia 2008 (Im Anfang schuf Gott. Vier Münchener Fastenpredigten über Schöpfung und Fall. Konsequenzen des Schöpfungsglaubens).

Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época, Random House Mondadori, Barcelona 2002, pp. 106-136 (Gott und die Welt. Glauben und Leben in unserer Zeit).

Sanz, S. La creación, en www.opusdei.org.

Tanzella-Nitti, G. Creation, en Tanzella-Nitti, G. y Strumia, A. (eds.), Interdisciplinary Encyclopedia of Religion and Science, www.inters.org.


[1] Francisco, Enc. Lumen Fidei (29-VI-2013), 27.

[2] J. Ratzinger, La fiesta de la fe, Desclée, Bilbao 1999, 25.

[3] San Agustín, De quantitate animae, 34, 77.

[4] Es en este sentido que Benedicto XVI habló de «la valentía para abrirse a la amplitud de la razón» (Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12-IX-2006).

[5] «Albert Einstein dijo que en las leyes de la naturaleza “se revela una razón tan superior que toda la racionalidad del pensamiento y de los ordenamientos humanos es, en comparación, un reflejo absolutamente insignificante” (…). Un primer camino, por lo tanto, que conduce al descubrimiento de Dios es contemplar la creación con ojos atentos» (Benedicto XVI, Audiencia, 14-XI-2012).

[6] En ese sentido, explica Santo Tomás de Aquino que para sacar el ser de la nada es necesaria una «potencia infinita» (cfr. Summa Theologica I, q. 45, 5, ad 3): una capacidad que no puede ser comunicada a ninguna criatura, precisamente porque –como podemos percibir en nuestra existencia misma– las criaturas son contingentes, es decir, podrían no haber sido nunca (Summa Theologica I, q. 104, 1)

[7] San Agustín, Sermón 68, 6.

[8] J. Ratzinger, El Dios de la fe y el Dios de los filósofos, Encuentro, Barcelona 2007, 13.

[9] J. Ratzinger, Creación y pecado, Eunsa, Pamplona 2005, 37.

[10] Son muchos los científicos que así lo entienden; baste con mencionar a Einstein, que, desde una idea peculiar de Dios llegó a decir que «la ciencia sin la religión está coja; la religión sin la ciencia es ciega» (Pensieri, idee, opinioni [1934-1950], Newton Compton, Roma 1996, p. 29); y a Georges Lemaître, sacerdote y físico, que puso las bases de lo que más adelante se llamaría, al principio con ironía, y luego más seriamente, el Big Bang.

[11] Cfr. J. Ratzinger, La fiesta de la fe, 25-26: «Si, partiendo de la realidad, la personalidad no es posible o no existe, tampoco puede existir en ningún otro sitio. La libertad o es posible partiendo del fundamento de la realidad o bien no existe».

[12] Beato John Henry Newman, An Essay in Aid of a Grammar of Assent, Longmans Green and Co, Londres 1903, 389.

[13] Ibidem, 117.

[14] «L’amor che move il sole e l’altre stelle» (Dante, Commedia. Paradiso, XXXIII, 145).

[15] Santo Tomás de Aquino, Commentum in secundum librum Sententiarum, Prologus (citado en Catecismo de la Iglesia Católica, 293).

[16] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 184.

[17] San Agustín, Confesiones, X, 27, 38.

[18] G. K. Chesterton, Orthodoxy, New York, Dover 2012, 67.

[19] Benedicto XVI, Audiencia general, 14-XII-2011.

[20] J. Guitton, Le temps et l’éternité chez Plotin et saint Augustin, Aubier, Paris 1955, 176-177.

[21] Benedicto XVI, Audiencia general, 23-V-2012.

[22] Francisco, Laudato si’, 76.

[23] San Ireneo, Adversus haereses, 4, 20, 7 (citado en Catecismo de la Iglesia Católica, 294).

[24] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 347. Creación, milagro, adoración, agradecimiento… No es casual que estos motivos converjan en el misterio eucarístico: «La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración» (Francisco, Laudato si’, 236).

[25] Francisco, Laudato si’, 65; cfr. Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24-IV-2005).

 

 

Fiesta del bautismo del Señor

Jesús es bautizado en las aguas del Jordán al inicio de su ministerio público, no por necesidad, sino por solidaridad redentora. Es la fiesta que celebramos este domingo, sobre la que ofrecemos diversos recursos.

De la Iglesia y del Papa10/01/2020

 

 

 

1. ¿Qué es el bautismo? Respuesta a las preguntas más habituales sobre el sacramento del Bautismo: qué es, origen de la denominación, por qué se bautizó Jesús...

2. Textos de san Josemaría sobre el bautismo.

3. El bautismo del Señor en el Jordán (Santo Rosario)

4. Papa Francisco: «El bautismo es el mayor regalo que hemos recibido»

 

 

 

5. ¿Qué influencia tuvo San Juan Bautista en Jesús? Una de las cincuenta preguntas sobre el Señor que responden profesores de la Universidad de Navarra.

6. Comentario al Evangelio: Bautismo de Jesús.

7. El bautismo: Fundamentos bíblicos e históricos; La justificación y los efectos del bautismo; Necesidad; Celebración litúrgica; y, Ministro y sujeto.

8. Algunas historias de bautismos.

Michael Miley, baterista de los "Rival Sons".

«Dios mío, preséntame a una persona que me explique la Biblia» (Brigilda, albanesa de 25 años).

Vivian una joven de Malasia, que recibió el bautismo de manos del Papa Francisco.

La fe lo cambió todo sin cambiar nada (Jordi, 24 años)

 

 

Domingo del Bautismo del Señor.

 Fiesta. Mt 3, 13-17.

Posarse el Espíritu Santo.

El Bautismo del Señor nos habla de la profunda humildad del Señor y de nuestro agradecimiento por ser hijos de Dios y hermanos de la familia del Padre. Es precioso que no se cierre el ciclo de la Navidad sin contemplar el BAUTISMO del Señor con estas tres claves.

 1.     La profunda humildad del Señor que elige el camino de los últimos, de ponerse a la cola de los pecadores para compartir su condición y pasar por uno de tantos. No eligió significarse. No quiso llamar la atención. Su profunda sencilla humildad nos recuerda la del pesebre de la Navidad.

 2.     El protagonismo del Espíritu Santo que revela la profunda identidad de Jesús, hijo amado del Padre y hermano de pobres y pecadores. No esta lejos de nadie. Los preferidos de su Corazón los que nunca cuentan para nadie. Sus preferidos los últimos y los penúltimos.

 3.     El Jordán, con Jesús dentro, se convierte, por el Bautismo, en la fuente de la salvación. Naaman el sirio fue curado de su lepra en el Jordán por obedecer los designios de Dios. Cuando vivimos por el Bautismo, cumpliendo los proyectos de su Corazón, subsisten en nosotros de edad en edad, y de su Corazón abierto en la cruz, de donde brotan por el agua y la sangre, los sacramentos de la vida que curan nuestras heridas.

+ Francisco Cerro Chaves. Arzobispo electo de Toledo

Administrador Apostólico de Coria-Cáceres

 

 

Meditaciones sobre el octavario por la unidad de los cristianos

Colección de textos para meditar sobre el octavario por la unidad de los cristianos, que la Iglesia celebra del 18 al 25 de enero. Descárguelas reunidas en un libro electrónico.

Textos para orar10/01/2020

Descargue el libro de meditaciones en formato epub.

Día 1, 18 de enero: La oración de Jesús: "Que sean uno", el origen de la costumbre e importancia de la unidad y reconocer a Cristo en los demás.

Día 2, 19 de enero: La oración: centro de toda tarea ecuménica; Conversión personal para purificar la memoria; Vías del ecumenismo: diálogo y trabajo en común.

Día 3, 20 de enero: La unidad dentro de la Iglesia; el orden de la caridad; unidad en la variedad.

Día 4, 21 de enero: La Iglesia es santa por su origen y fines; la lucha por la santidad en sus miembros; los santos son un vínculo de unidad.

Día 5, 22 de enero: la Iglesia es católica y universal por naturaleza; signo de catolicidad es la diversidad en lo opinable; el afán de almas ha de llevarnos a hacernos todo para todos.

Día 6, 23 de enero: Cristo quiso fundar la Iglesia sobre los apóstoles; todos los cristianos estamos llamados a ser apóstoles; apostolado ad fidem y ad gentes.

Día 7, 24 de enero: Cristo elige a san Pedro y a sus sucesores; el Romano Pontífice afirma la catolicidad en la unidad; unión al Papa también es unión a su magisterio.

Día 8, 25 de enero: La gracia de Dios convierte a Pablo; el Señor cuenta con nosotros, como contó con san Pablo; san Pablo es un modelo para alcanzar la unidad.

 

 

Rasgos de buena amistad

Artículo de Salvador Bernal sobre cómo entendió y vivió la amistad el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. Publicado originalmente en Scripta Theologica (ene-abr 2002, Vol. 34).

Bibliografía y ensayos09/12/2018

 


Cuando escribí en 1976 Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei [Actualizado y publicado en formato digital recientemente], titulé tiempo de amigos el capítulo cuarto, a continuación del dedicado al momento fundacional de 1928. Quería relatar cómo la historia de los comienzos del Opus Dei se puede compendiar como historia de los amigos de su Fundador. A la vez, esas páginas apasionadas expresarían un rasgo de la personalidad de Josemaría Escrivá de Balaguer: su honda capacidad de amistad[1]. Reflejaban la técnica que había elegido al elaborar mi texto, como explicaba en la presentación: llegar a un perfil basado en hechos y datos históricos, sin orden cronológico; sucesos y escritos de épocas diversas se aproximaban y entremezclaban con libertad, para apuntar en rápidos trazos los rasgos del Fundador que, en cada capítulo, quería destacar.

Quería relatar cómo la historia de los comienzos del Opus Dei se puede compendiar como historia de los amigos de su Fundador

Recordaba entonces que, cuando llegó a Madrid, en 1927, la mayor parte de sus amigos quedaba en Aragón y en la Rioja. Algunas familias, conocidas de la suya, vivían en la capital de España. Después del 2 de octubre de 1928, esas relaciones de amistad –junto a las que surgían con ocasión de su trabajo sacerdotal, sus tareas de enseñanza en la Academia Cicuéndez y las clases particulares que se veía obligado a dar– fueron el campo en que fructificó la semilla de la llamada cristiana al Opus Dei. Día a día, infatigablemente, dedicando su mejor tiempo a la oración, acompañado por la plegaria y el sufrimiento de los enfermos de los hospitales, el Fundador llevó adelante su misión: con los amigos, con los amigos de los amigos. Don Josemaría Escrivá no dejaba de rogar a las personas que se confesaban con él que le facilitaran nombres de amigos que pudieran participar en su apostolado. Los miembros del Opus Dei de aquellos años, cuando evocaban la llamada de Dios, solían referirse siempre al amigo que les presentó al que había de ser para ellos auténtico Padre.

No está de más matizar, desde el primer momento, que no forzaba las cosas. En concreto, nunca transformó la amistad en mero instrumento de apostolado. Dios se sirvió de su capacidad de enlazar con la gente para que vinieran al Opus Dei sus primeros seguidores. Pero abundan también los nombres –incluso de personas a las que acompañaba con su dirección espiritual, según la terminología clásica– a los que no habló del Opus Dei, o se limitó a rogarles que rezaran por él y por su misión apostólica. Ante todo, fue amigo de sus amigos.

Amigos y bienhechores de San Josemaría

“Era muy alegre y comprensivo, y muy sencillo y sin recámaras, se hacía amigo de todos, y todos le querían. Yo no supe de nadie que tuviera enemistad con él personalmente”, pondera el dominico Silvestre Sancho, que le trató mucho durante los años cuarenta. No ignoraba, sin embargo, las graves contradicciones que sufrió precisamente por ese tiempo. Tal vez quería subrayar la verdad profunda de lo que Josemaría Escrivá había escrito en Camino, 838: “No tengas enemigos. ‑Ten solamente amigos: amigos... de la derecha ‑si te hicieron o quisieron hacerte bien‑ y... de la izquierda ‑si te han perjudicado o intentaron perjudicarte‑”. Esta idea, en su fundamento sobrenatural, aparece también en Forja 869: “Si de veras amases a Dios con todo tu corazón, el amor al prójimo ‑que a veces te resulta tan difícil‑ sería una consecuencia necesaria del Gran Amor. ‑Y no te sentirías enemigo de nadie, ni harías acepción de personas”.

No me detendré aquí en la realidad histórica de unas maledicencias y murmuraciones muy fuertes. Casi siempre, cuando tengo que escribir sobre el Fundador del Opus Dei, me viene a la mente el 17 de mayo de 1992, día de su beatificación por el Papa Juan Pablo II. Por mi oficio informativo, me tocó vivir esa jornada desde Madrid. Residía entonces en un edificio de la calle Diego de León. A las diez de la mañana de aquel domingo, seguí la ceremonia, a través de la televisión, a muy pocos metros del oratorio al que acudió Josemaría Escrivá una noche de 1942: “Señor, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?”.

Eran años de posguerra en España. La Iglesia había recuperado la libertad perdida. Para el Fundador del Opus Dei, no fueron tiempos de victoria, sino de cruz. En esa época de triunfalismo, debió de ser uno de los pocos eclesiásticos al que era lícito insultar. Se le puso como un trapo. Dios le bendijo con la contradicción de los buenos, como se puede deducir de dos puntos de Forja, el 803, escrito en tercera persona, como si de otro se tratara: “Hijo, óyeme bien: tú, feliz cuando te maltraten y te deshonren; cuando mucha gente se alborote y se ponga de moda escupir sobre ti, porque eres «omnium peripsema» -como basura para todos...”.

Se veía considerado como toda la porquería del mundo, como un pobre gusano, y no le resultaba fácil aceptar esa dura Voluntad de Dios, porque tenía un carácter enérgico,sensible a la libertad y a las injusticias, y era bien consciente del valor radical de la buena fama para los hombres. Cuando Mons. Escrivá de Balaguer evocaba con rapidez estos sucesos, en Buenos Aires, una tarde de 1974, añadía: “y me costaba, me costaba porque soy muy soberbio, y me caían unos lagrimones...”. Lo cierto es que se abandonó por completo en las manos de Dios, y renunció a defenderse.

En Forja 1052, quedó estampada la plegaria del Fundador del Opus Dei en aquellas horas de desconsuelo: “Jesús mío, ¿qué iba a darte, fuera de la honra, si no tenía otra cosa? Si hubiera tenido fortuna, te la habría entregado. Si hubiera tenido virtudes, con cada una edificaría, para servirte. Sólo tenía la honra, y te la di.¡Bendito seas! ¡Bien se ve que estaba segura en tus manos!”.

Muchas veces me han preguntado por la razón de esas incomprensiones. No he sabido contestar con claridad, porque no se explica que los dardos se lanzaran contra persona de tan gran corazón. Bien es verdad que su temperamento era vivo y enérgico, y tal vez Dios permitía la contradicción para ayudarle a domeñar el carácter, como podría deducirse indirectamente de Camino, 20: “Chocas con el carácter de aquel o del otro... Necesariamente ha de ser así: no eres una moneda de cinco duros que a todos gusta. / Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes ‑imperfecciones, defectos‑ de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección? / Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues, no te santificarías”.

Mi impresión es que dificultades de ese estilo surgieron sobre todo en ambientes eclesiásticos o clericales. Así se deduce de algunas escenas –tampoco excesivas– entre los seminaristas de San Francisco de Paula; de sus problemas con un pariente próximo, Arcediano de la Seo; de los primeros pasos como sacerdote en la diócesis de Zaragoza; de algunas reacciones desmesuradas que oyó en la curia de Madrid; de las críticas por su nombramiento oficial en el Patronato de Santa Isabel, o de las graves acusaciones de los años de posguerra en España (compatibles con el aprecio y prestigio entre obispos y superiores religiosos, que le llamaban para predicar a sacerdotes, seminaristas y comunidades de tantos lugares). Fenómenos análogos se darán andando los años en ambientes vaticanos específicos, insignificantes hoy al trasluz de las aprobaciones pontificias y la expansión universal del Opus Dei. Quizá resultaba indispensable ese contraste de una mentalidad laical –como la del Fundador– con los elementos estamentales propios de una época cultural hoy gozosamente superada.

En cualquier caso, para Josemaría Escrivá no fueron enemigos, sino bienhechores, por los que rezaba a diario: “Considera el bien que han hecho a tu alma los que, durante tu vida, te han fastidiado o han tratado de fastidiarte. / ‑Otros llaman enemigos a estas gentes. Tú, tratando de imitar a los santos, siquiera en esto, y siendo muy poca cosa para tener o haber tenido enemigos, llámales "bienhechores". Y resultará que, a fuerza de encomendarlos a Dios, les tendrás simpatía”[2].

El fundador del Opus Dei tuvo muchos amigos

El gran lema de su existencia fue “ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca”. A lo largo de los años, el Beato [San] Josemaría triunfó plenamente en su propósito de pasar inadvertido. Sólo después del 26 de junio de 1975 pude comprobar la amplitud y la calidad de gentes que le querían y admiraban en silencio, sin expresarlo externamente. En cambio, a partir de su fallecimiento, en todas partes se publicaron artículos, comentarios, recuerdos, que venían a exponer el afecto ante el amigo desaparecido y mostraban públicamente la gratitud que no se habían atrevido a manifestar antes, porque Mons. Escrivá de Balaguer no lo toleraba: las gracias –señalaba habitualmente– sólo a Dios deben darse. La realidad es que tuvo muchos amigos, y fue un gran amigo; y sigue siendo amigo de quienes recurren confiadamente a su intercesión.

En mis contactos con quienes le conocieron y trataron, aunque eran mujeres y hombres muy distintos, advertí idéntica reacción. No había más que facilidades: como si me agradecieran poder lanzar al fin a todos los vientos vivencias íntimas que no querían conservar sólo para ellos, pues podían ayudar a otras almas, en servicio de la Iglesia.

Aparte de esas vivencias inmediatas, se prestaron con gusto luego a poner por escrito su recuerdo personal sobre la vida y las virtudes de Mons. Escrivá de Balaguer, pensando en la causa de canonización. Años después, con su autorización expresa, se publicó un libro que reunía especialmente testimonios de personalidades del mundo eclesiástico (cardenales, obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos). A finales de 2001 fue traducido al italiano por Edizioni Ares con el expresivo título Un santo per amico[3].

Decir de alguien que tiene muchos amigos es elogio evidente. En la experiencia cristiana, no es menos claro que la gracia de Dios amplifica el corazón de las almas santas: su capacidad de querer no se agota en un círculo reducido de personas íntimas, de amigos del alma, sino que se agranda en planos sucesivos. De hecho, la propia amistad crece con el número de amigos, incompatible con ambientes empequeñecidos, según lo que se lee en Surco, 752: “La atracción de tu trato amable ha de ensancharse en cantidad y calidad. Si no, tu apostolado se extinguirá en cenáculos inertes y cerrados”. Hasta alcanzar la máxima sociabilidad solidaria de la amistad o caridad social, exigencia de la fraternidad humana y cristiana[4].

En una página de Apuntes..., resumí la diversidad, la universalidad de personas, que a raíz de su muerte publicaron artículos, comentarios y recuerdo del amigo desaparecido: “Junto a amigos de la infancia o condiscípulos, profesores y alumnos. Periodistas y escritores, como Aznar o Cortés Cavanillas. Catedráticos y universitarios, como Rodríguez Casado o García Hoz. Artistas, como Jenaro Lázaro, y obreros, como Gonzalo Larrocha, botones de la Residencia DYA en la calle de Ferraz, 50. Sacerdotes y religiosos, que, con los años, prestarían servicios destacados a la Iglesia: don Vicente Blanco, don Sebastián Cirac, don José María García Lahiguera, don Casimiro Morcillo, don Pedro Cantero, don José María Bueno Monreal, don Marcelino Olaechea, fray José López Ortiz...”. Si hubiera redactado hoy esa página, tal vez habría añadido a algunas otras figuras eximias de la Iglesia universal en el siglo XX, como los cardenales Baggio, Casariego, Dell’Acqua, Hengsbach, Höffner, König o Poletti.

El Beato [San] Josemaría subrayó en Surco, 193 que “quienes han encontrado a Cristo no pueden cerrarse en su ambiente: ¡triste cosa sería ese empequeñecimiento! Han de abrirse en abanico para llegar a todas las almas. Cada uno ha de crear ‑y de ensanchar‑ un círculo de amigos, sobre el que influya con su prestigio profesional, con su conducta, con su amistad, procurando que Cristo influya por medio de ese prestigio profesional, de esa conducta, de esa amistad”.

Desde esa perspectiva, la capacidad de amistad se agranda hasta extremos increíbles, porque “el corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras. / Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón”[5].

Se va entonces a las almas con espíritu abierto, sin discriminación alguna. La humilde magnanimidad del seguidor de Jesús abate barreras y divisiones, y transforma al cristiano en efectivo y permanente instrumento de unidad[6].

 

La iniciativa en la amistad

El cristiano procura siempre salir de sí mismo, para interesarse por los demás: qué son, qué hacen, cómo piensan. Está convencido de que, respecto de quienes le rodean, no puede conformarse con ningún tipo de pasividad o languidez[7], especialmente cuando observa que tantas personas sufren la soledad o la indiferencia. Al hombre de Dios no le cuesta tomar la iniciativa, dar el primer paso hacia la amistad. Como evoca Mons. Echevarría, el Beato [San] Josemaría Escrivá “no se dejó llevar por simpatías o antipatías en el trato. Atendió a personas que eran evitadas por sus amistades, por compañeros de trabajo, o por la propia familia. Tuvo una solicitud paciente con personas aisladas por su enfermedad, su carácter hosco o sus extravagancias”[8]. Cumplió el propósito firme de buena amistad que dejó estampado en Surco, 748: “que nunca deje de practicar la caridad, que jamás dé paso en mi alma a la indiferencia”.

Secundaba así en su existencia el ejemplo de la vida de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, que tantas veces consideró en su meditación personal, como se advierte al leer sus escritos: “Fijaos en que toda su vida está llena de naturalidad. Pasa seis lustros oculto, sin llamar la atención, como un trabajador más, y le conocen en su aldea como el hijo del carpintero. A lo largo de su vida pública, tampoco se advierte nada que desentone, por raro o por excéntrico. Se rodeaba de amigos, como cualquiera de sus conciudadanos, y en su porte no se diferenciaba de ellos. Tanto, que Judas, para señalarlo, necesita concertar un signo: aquel a quien yo besare, ése es (Mt XXVI, 48)”[9].

Muchas veces se emocionó el Beato [San] Josemaría ante el calor de la amistad del hogar de Betania, ante los sollozos de Jesús que llora por Lázaro, el amigo muerto[10]. Se conmovía ante la Humanidad de Cristo, “que no dejaba de agradecer los servicios que le prestaban. Le atraía la felicidad que se respiraba junto al Maestro, que no rechaza las pruebas de cariño de los que le rodean. Y de estas lecciones sacaba consecuencias: ‘el Señor no tenía un corazón seco, tenía un corazón de hondura infinita que sabía agradecer, que sabía amar’[11]. Y se hizo amplio eco en sus enseñanzas de esa gran pedagogía divina del Corazón de Cristo, que contrasta con tanta pequeñez humana: “Jesucristo, que ha venido a salvar a todas las gentes y desea asociar a los cristianos a su obra redentora, quiso enseñar a sus discípulos ‑a ti y a mí‑ una caridad grande, sincera, más noble y valiosa: debemos amarnos mutuamente como Cristo nos ama a cada uno de nosotros. Sólo de esta manera, imitando ‑dentro de la propia personal tosquedad‑ los modos divinos, lograremos abrir nuestro corazón a todos los hombres, querer de un modo más alto, enteramente nuevo”[12].

En definitiva, Jesús “es Amigo, el Amigo: vos autem dixi amicos (Ioh XV, 15), dice. Nos llama amigos y El fue quien dio el primer paso; nos amó primero. Sin embargo, no impone su cariño: lo ofrece. Lo muestra con el signo más claro de la amistad: nadie tiene amor más grande que el que entrega su vida por sus amigos (Ioh XV, 13)”[13].

En cierta medida, el Fundador del Opus Dei aprendió en el hogar de sus padres esa característica del alma cristiana que lleva a anticiparse en el afecto. Amigos de infancia han evocado, por ejemplo, la amistad de Josemaría con su padre, manifestada externamente en los grandes paseos que daban juntos en Barbastro. Esa relación de confianza se basaba en la iniciativa de don José Escrivá, que le invitaba a “que abriese el corazón y le contase sus preocupaciones, con objeto de ayudar al pequeño a vencer arrebatos impulsivos de su naciente carácter o a sacrificar gustos y caprichos. Don José le escuchaba sin apresuramientos y satisfacía las preguntas propias de la curiosidad infantil ante la vida. Al hijo le agradaba ver que el padre se mostrara disponible para ser consultado y que, si le hacía una pregunta, le tomase siempre en serio[14].

Rasgos de buena amistad

En mi recuerdo personal de Mons. Escrivá de Balaguer, y en tantos libros sobre su vida y sus enseñanzas, he encontrado esos rasgos de buena amistad que configuran una de las facetas más ricas de su personalidad humana y apostólica. Los he agrupado en unos epígrafes que no reflejan estricto orden de preferencia: no me resulta fácil –tampoco en este punto– distinguir si estamos ante una faceta de su carácter o ante el fruto de la gracia de Dios, que actúa de modo aparentemente natural.

Lo humano y lo divino se funden armónicamente en la vida del Fundador del Opus Dei, camino de santidad en medio del mundo. Llega un momento en el que el Beato [San] Josemaría afirma que no sabe distinguir entre oración y trabajo. Algo semejante se advierte en el trato con los demás: “En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor”[15]. Y ahí radica el apostolado más importante de los fieles del Opus Dei: el que cada uno “realiza con el testimonio de su vida y con su palabra, en el trato diario con sus amigos y compañeros de profesión. ¿Quién puede medir la eficacia sobrenatural de este apostolado callado y humilde? No se puede valorar la ayuda que supone el ejemplo de un amigo leal y sincero, o la influencia de una buena madre en el seno de la familia”[16].

Se configura así la grandeza espiritual de las circunstancias más corrientes, no exenta lógicamente de especiales gracias divinas, como afirma Mons. Javier Echevarría: “Nuestro Señor le concedió una muy singular capacidad de comunicación: mediante este don del Cielo, se hacía entender con facilidad por personas de diversas culturas, formación, razas, naciones. En este sentido, no faltan pruebas de que poseía el don de escrutar los corazones, porque se producía tan exacta adecuación de su consejo a las necesidades y condiciones de un alma concreta, que no podía pensarse en una mera coincidencia. Muchos ‑los interesados o sus amigos‑ así lo han atestiguado: encontraban el remedio y la comprensión más hondos ante su propia situación, o se sentían alentados frente a sus inquietudes, siempre arropados por el cariño sobrenatural y humano de Mons. Escrivá de Balaguer. Esto sucedía, incluso, sin haberle manifestado el interior del alma y, a veces, sin ni siquiera estar presente”[17].

Josemaría Escrivá de Balaguer, un amigo desinteresado

La amistad verdadera no se basa en el intercambio aunque, ciertamente, supone comunicar sentimientos, penas, alegrías, aficiones, favores, servicios. Por eso, los ricos tienen aparentemente muchos amigos[18], y del pobre hasta los amigos se apartan[19] Pero, en rigor, el amigo auténtico hace propias las preocupaciones, ilusiones o anhelos del otro. No piensa en sí mismo. Su personal desinterés se traduce por paradoja en interés objetivo por quien está a su lado, dispuesto a compartir todo con alegría, también el dolor, sin esperar nada a cambio: “Cuando se ama de verdad –expresaba con viveza Mons. Escrivá en 1954 ‑, se da con alegría, sin llevar la cuenta y sin buscar agradecimiento: ¡es suficiente, entonces, para el alma, la oportunidad de gastarse gustosamente! No se piensa si ya se ha hecho mucho, o si cuesta: en el trato con Dios no se repara en los obstáculos porque, como en el amor humano, no hay dificultades ni defectos que impidan la conversación con la persona amada”[20].

Desde su infancia, con el ejemplo recibido en el hogar de Barbastro, Josemaría fue un chico normal, abierto, simpático. Compartió las aficiones y esperanzas de los de su edad, sus juegos y diversiones. Hizo buenos amigos, que no le olvidaron, como tampoco él a ellos. Señala Mons. Javier Echevarría que, “al recordar aquellos tiempos de su infancia y de su primera adolescencia, en los que se grabó en su alma la necesidad de interesarse por los demás y de quererlos lealmente ‑como observaba en sus padres‑, le venía a la cabeza una consideración que le hizo frecuentemente doña María Dolores: Josemaría, vas a sufrir mucho en la vida, pues pones todo el corazón en lo que haces. Aseguro que aquel presagio materno se cumplió”[21].

Josemaría Escrivá supo querer. Estaba en todo, de modo particular respecto de quienes tenía más cerca. Pero no olvidaba a personas que llevaba sin ver mucho tiempo. Se acordaba de ellas porque las quería. Su excepcional memoria era fruto de su gran corazón, de su capacidad de interesarse de veras por los demás: en lo grande –la vida del alma‑ y en los detalles más pequeños de la vida ordinaria. El cariño nada sabe de entelequias ni abstracciones: en el Beato [San] Josemaría brotaba recio y tierno, pleno de intuición y rapidez.

Álvaro del Portillo –sin duda, el gran testigo en la tierra del Fundador del Opus Dei– contó muchas veces cómo le había impresionado el dolor del Padre ante la muerte de amigos queridos: “Era extraordinariamente sobrenatural, y por esto mismo, también muy humano: quería a sus amigos con todo el corazón”. Y relataba lo sucedido en Madrid, durante la guerra civil española. A partir del 18 de julio de 1936, tuvo que trasladarse de un escondite a otro, pues su vida corría peligro ante la persecución religiosa. Desde un determinado momento, don Josemaría y Álvaro compartirán refugio. Uno de esos días, el Fundador tuvo que deambular unas horas por la calle de la capital, y se enteró de la muerte de dos amigos. Álvaro no olvidó nunca la inmensa pena con que le refirió el asesinato de don Lino Vea‑Murguía, y nuevos detalles sobre el martirio de don Pedro Poveda, el Fundador de la Institución Teresiana[22].

El desinterés vacuna contra el egoísmo, la vanidad, la timidez cerrada en sí misma, la envidia, las comparaciones, la susceptibilidad[23]. Y ayuda a superar momentos de desánimo, ante la posible falta de correspondencia, pues, al fin y al cabo, hay amigos que lo son sólo de nombre[24]. No le faltaron en la vida desengaños, como recogería en una carta de 1971, que cita Vázquez de Prada, 79: “¿Por qué será que, a pesar de mis miserias, suelo yo ser siempre más amigo de mis amigos que esos amigos de mí? Seguramente es que me hace mucho bien, si lo acepto –fiat!–, ese despego”. La experiencia parece reflejarse también en Camino, 363: “Desilusionado. ‑Vienes alicaído. ¡Los hombres te acaban de dar una lección! ‑Creían que no los necesitabas, y rezumaban ofrecimientos. La posibilidad de que tuvieran que ayudarte económicamente ‑unas pesetillas miserables‑ convirtió la amistad en indiferencia. / ‑Confía sólo en Dios y en quienes, por El, están unidos a ti”.

Pero el desaliento pasajero no deja la huella del agravio, porque “la verdadera caridad, así como no lleva cuenta de los constantes y necesarios servicios que presta, tampoco anota, «omnia suffert» ‑soporta todo‑, los desplantes que padece”[25].

Un amigo cordial

Como he reiterado al comienzo, en Apuntes... pude reunir infinidad de detalles de su carácter, de su modo de ser y de comportarse, en anécdotas y recuerdos vivos y recientes, que hicieron posible mi aproximación a una tarea que se me antojaba francamente ardua: transmitir, a los que no tuvieron oportunidad de conocerle personalmente, el calor humano y espiritual –el gran corazón– de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Los testimonios coincidían en subrayar su alegría, su afecto, incluso cuando tenía que reprenderlos. Les había quedado grabada en el alma la lumbre de su mirada, la expresión cariñosa de sus ojos, la solicitud acogedora de su rostro, la facilidad de su sonrisa, la expresividad amable de sus gestos, sus brazos abiertos. No me resisto a reproducir el expresivo comentario de los monjes jerónimos del Parral (Segovia) en los primeros años cuarenta, cuando llegaba allí don Josemaría: “Ahí viene el sacerdote que siempre está de buen humor”.

No imaginaba yo, cuando conocí a Mons. Escrivá de Balaguer el 8 de septiembre de 1960 en el Colegio Mayor Aralar de Pamplona, que tuviese tal simpatía, tal capacidad de meterse en el bolsillo a los universitarios. Pero su facilidad connatural para hacerse entender, su rapidez en las respuestas, su gracia y simpatía humanas, nada tenían que ver con un hacerse el simpático. Todo me pareció recio, espontáneo, verdadero.

No sabía yo entonces que había sido siempre así. Álvaro del Portillo subrayaba la sencillez con que, vestido de sotana, trataba a sus compañeros universitarios de la Facultad de Derecho de Zaragoza en los años veinte: “De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual”[26]. Y, desde luego, sabía llevarles la contraria cuando era necesario, sin hacerse antipático[27].

Mons. Escrivá de Balaguer destacaba por su gran cordialidad, su acusado modo –amistoso y franco– de hablar de lo divino y lo humano. A su lado, era fácil sentirse comprendido, arropado, empujado al amor de Dios. Su corazón desbordaba cariño: hacia Dios, hacia los hombres, hacia el mundo. Y así deseaba que rebosase la vida de las gentes: “Es una pena no tener corazón. Son unos desdichados los que no han aprendido nunca a amar con ternura. Los cristianos estamos enamorados del Amor: el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte. ¡Nos quiere impregnados de su cariño!”[28],

De ahí derivaba quizá su facilidad para descubrir y acentuar lo positivo en los acontecimientos y en las personas[29], más allá de pesimismos, contrariedades o calumnias. Lejos de menguar la valía o la honra de nadie, ponía en todo el signo más del cariño, de la afirmación gozosa, de los brazos abiertos de Cristo en la Cruz.

Le gustaba repetir la razón empleada por Santo Tomás de Aquino: “En cualquier hombre existe algún aspecto por el que los otros pueden considerarlo como superior, conforme a las palabras del Apóstol "llevados por la humildad, teneos unos a otros por superiores" (Philip. II, 3). Según esto, todos los hombres deben honrarse mutuamente”[30]. Y Mons. Escrivá concluía: “La humildad es la virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona ‑por su honor, por su buena fe, por su intimidad‑, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifestaciones de la caridad y de la justicia”[31].

Su trato estaba lleno de finura, de politesse –término francés que acudía con frecuencia a sus labios–, de la atención propia de quienes se quieren sinceramente. Aplicaba esa experiencia humana al trato de las almas con Dios, para señalar la falta de delicadeza que supone no dar importancia a pequeños detalles, que obstaculizan la plenitud del amor. Se advertía la fuerza de quien lo ha experimentado antes en la relación con los demás: “si vamos por la calle y, en el trasiego del cruce con otros peatones, nos rozamos o nos damos un pequeño golpe, a aquello no le damos la más mínima importancia; pero si el que nos da un golpe es amigo nuestro, y lo hace con indiferencia, con desprecio, se despierta enseguida en nuestra alma un sentido de dolor. Esta realidad hay que aplicarla a nuestra relación con el Señor”[32].

Un amigo generoso

Podía haber titulado este epígrafe con otros adjetivos –sacrificado, servicial, magnánimo–, pero he preferido la sencillez de la generosidad que, en cierto modo, destaca el carácter personal de la amistad: “de tú a tú, de corazón a corazón”[33]. Desde luego, no excluye la plenitud evangélica que lleva a entregar la propia vida por el amigo: nadie tiene amor más grande que ése[34], encarnado por Quien nos ha llamado amigos[35]. Pero evoca mejor la situación ordinaria de quien piensa en lo que de veras necesita el amigo, cueste lo que cueste, renunciando a lo propio, con espíritu de sacrificio[36]. Como se lee en la Escritura, “el que por amor del amigo no repara en sufrir algún daño es hombre justo”[37].

Por ahí discurre, según el mensaje del Fundador del Opus Dei, el cauce de la mortificación que santifica la propia alma sin mortificar a los demás; al contrario, les hace más amable el camino de la santidad en medio del mundo: “Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias ‑los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo‑ así lo requieran”[38].

Josemaría Escrivá de Balaguer ha dejado páginas excepcionales sobre el sentido humano y divino del espíritu de servicio, no siempre comprendido en la cultura moderna construida sobre una hipertrofia de lo individual que oculta sin querer facetas esenciales de la condición y dignidad de la persona. En cualquier caso, la amistad –como la familia o el trabajo en equipo– avanza a base de prestar servicios con alegría, incluso sin que el interesado lo note[39].

Los amigos se ayudan mutua y desinteresadamente, con rectitud de intención, sin amistades particulares, con sentido de justicia que excluye tratos de favor o informaciones privilegiadas. Pero se hacen favores. Y así se comportaba el Beato [San] Josemaría. Por ejemplo, se conservan muchas cartas que reflejan las gestiones y encargos que hacía en Madrid, a finales de los años veinte y en los treinta, a compañeros de Zaragoza o a sacerdotes con los que había coincidido en la residencia de la calle de Larra: desde recoger una sotana o reservar habitación en la fonda, a comprar unas piedras de mechero. Procuraba hacer esos favores enseguida, sin esperas innecesarias[40]. Prestaba a todos, con una sonrisa en los labios –aun en momentos de dolor‑ un servicio sin regateos[41].

Un amigo delicado

La amistad arranca de una primera coincidencia, cultivada después con un trato más o menos asiduo, en que cada uno da lo mejor de sí mismo. En concreto, el amigo sabe sacar tiempo –un bien escaso en la vida intensa y llena de Josemaría Escrivá de Balaguer–, para estar con los demás. La amistad crece en trabajos y aficiones comunes, en fiestas y en el descanso, en los momentos difíciles. El Beato [San] Josemaría no podía acudir a todo, y suplía su ausencia con palabras encendidas que dejaban un cálido recuerdo escrito para siempre. Y sabía también perder el tiempo para alegrar la vida de sus amigos. Por ejemplo, Álvaro del Portillo le oyó contar que cuando era seminarista en Zaragoza, fue muy amigo del Vicepresidente del Seminario de San Carlos, don Antonio Moreno. El Fundador lo relataba con estas palabras: “Por amistad y especialmente por caridad ‑a mí no me gustaba nada‑, alguna vez, cuando bajaba a su habitación, accedía a jugar al dominó con él. Recuerdo que tenía que dejarme ganar porque, si no, no se quedaba contento y hasta se molestaba. Para mí, que estaba decidido a aprender de los sacerdotes que gastaban su vida por el Señor, aquellos eran unos ratos muy agradables, porque ese sacerdote demostraba mucho espíritu sacerdotal, mucha experiencia pastoral y era muy humano. Me contaba anécdotas muy gráficas, con gran sentido sobrenatural y pedagógico, que me hacían un bien enorme”[42].

Para describir su dedicación, basta evocar la intensidad que ponía en los años treinta al organizar y realizar las visitas a los hospitales de Madrid. Lo sintetizó bien José Manuel Doménech, entonces joven estudiante, respecto de Santa Isabel: destacaba “cómo empleaba su tiempo generosamente con nosotros –el grupo de estudiantes que atendíamos a los enfermos– y también con esos mismos enfermos”.

Antonio Rodilla, muchos años Vicario General de Valencia, Rector del Seminario Archidiocesano y Director del Colegio Mayor San Juan de Ribera en Burjasot, ha trazado por su parte el amplio cuadro de amabilidades y delicadezas que Josemaría Escrivá tuvo con él y con su familia: desde el consuelo en situaciones íntimas muy dolorosas, hasta la presencia física en el entierro de su madre.

No sé si alguien ha tenido la paciencia –a que me referí en Apuntes...– de calcular las muchas horas que empleó invitando a comer a los múltiples amigos con –la frase es de Camino, 974– “la vieja hospitalidad de los Patriarcas, con el calor fraterno de Betania”.

Sé, en cambio, que se ha realizado un esfuerzo ímprobo para reconstruir su correspondencia. Escribió millares de cartas, prolongación desde la lejanía de una amistad hondamente sentida. No dejó de escribir ni durante los años de la guerra de España, sorteando con imaginación creativa la censura postal. Muchas personas han dejado constancia de su gratitud cuando, aislados en los frentes, recibían las noticias del Fundador, que les alentaba a seguir en la brecha de otras peleas: su lucha interior, su trabajo intelectual, su afán apostólico, su preocupación por los demás, la reconstrucción de sus vidas, para continuar haciendo una cristiana siembra de paz cuando terminase el conflicto. Sueño con el día en que esté listo para la imprenta lo mejor de ese epistolario: ayudará a comprender más a fondo la personalidad de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Un amigo leal

No es adjetivo tópico, sino verdadero. Quizá redundante: ¿cómo entender un amigo que no sea fiel, leal? Monseñor Escrivá de Balaguer anheló la lealtad, también para la Iglesia, en tiempos no fáciles tras el Concilio Vaticano II. Hasta entonces, sabíamos que su virtud humana preferida era la sinceridad. Pero, en los últimos años, como un retornelo, enalteció la lealtad: ¿cómo ser fiel a Dios, si no se saborea la delicia de la lealtad humana, de la fidelidad a los demás? Y es que, “para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano ‑el único que merece la pena‑, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios”[43].

Sin duda, el amigo fiel es un tesoro, con lo que nada es comparable[44]. Confiamos en ese amigo para desahogar el corazón y buscar consejo en las encrucijadas de la vida. A veces, deseamos sólo hablar, contar lo que nos han hecho, explayarnos de tristezas y sinsabores[45]. Pero el verdadero amigo ofrece también la ayuda de su consejo[46], “con el ascendiente que da la intimidad”[47]: encauza inquietudes, abre horizontes, hace dulce la vida[48].

Esa profunda realidad se transforma, sin perder su condición humana, en cauce apostólico específico, según el espíritu del Opus Dei; tanto, que el Fundador lo incluyó expresamente en los Estatutos de la Prelatura (n. 117): los fieles del Opus Dei “suum personalem apostolatum exercent praesertim inter pares, ope praecipue amicitiae et mutuae fiduciae”; el texto añade poco después, con deliberada reiteración, tras citar el pasaje emblemático de Jn 15, 15: “peculiare igitur Praelaturae fidelium apostolatus medium est amicitia et assidua cum collaboratoribus consuetudo”. Desde siempre, fue paradigmático el pasaje de Camino, 973: “Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es apostolado de la confidencia”.

El Beato [San] Josemaría era un hombre de Dios que arrastraba hacia Él a sus amigos. Le gustaba mucho tratar con los viejos amigos y decirles cosas íntimas; y lo llevaba a la vida interior, convencido de que eso es lo que hace Cristo con los hombres: una razón más para conocer y tratar a la Humanidad Santísima del Señor.

Además, el amigo leal no falla cuando llegan trances apurados[49], el tiempo de la enfermedad, el dolor o el fracaso profesional. Se anticipa, sale al encuentro, como Cristo resucitado buscó a los discípulos de Emaús[50]. Todo, menos dejar solo al amigo en circunstancias adversas, aun a riesgo de sufrir consecuencias negativas[51]: además de rezar, hay que “hacer por él lo que querrías que hicieran por ti, en circunstancias semejantes. / Sin humillarle, hay que ayudarle de tal manera que le sea fácil lo que le resulta dificultoso”[52].

Especialmente mal se pasa en la vida cuando se desatan las calumnias. Josemaría Escrivá, que las sufrió en su propia carne desde muy joven, nunca dejó a ningún amigo en la estacada. Mons. Javier Echevarría pudo comprobarlo durante los veinticinco años que vivió a su lado en Roma: “Jamás se abstuvo de dar la mano a quienes había tratado, si se veían envueltos en situaciones desagradables, motivadas por insidias, calumnias o incomprensiones. Recuerdo el caso de varios eclesiásticos, caídos en desgracia y abandonados por sus compañeros y por los que les habían servido, que encontraron la compañía de Mons. Escrivá de Balaguer, quien no ocultó su relación con esas personas, también ante los que provocaban el vacío a su alrededor”[53].

Muchas personas, como Mons. Juan Hervás Benet, promotor de los Cursillos de Cristiandad, han dejado el testimonio del aliento del Beato Josemaría cuando insidias e incomprensiones se levantaban contra él y contra su iniciativa apostólica. Mons. Escrivá no se limitaba a ofrecer el consuelo de su palabra, que no habría sido poco. Además, se movía y llegaba a la raíz de problemas y soluciones: “Sólo Dios sabe –reconoce Mons. Hervás– en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia”[54].

Con mayor motivo, el amigo fiel traza punto y raya a cualquier maledicencia o cicatería: “No permitas nunca que crezca la hierba mala en el camino de la amistad: sé leal[55]. Y en otro lugar: “Evita siempre la queja, la crítica, las murmuraciones...: evita a rajatabla todo lo que pueda introducir discordia entre hermanos”[56]. De este modo, la lealtad hace indestructible la amistad.

Un amigo agradecido

He relatado en otro sitio que la última vez que estuve junto a Mons. Escrivá de Balaguer, el 26 de mayo de 1975, presencié de cerca su espíritu de agradecimiento. Sucedió en el aeropuerto de Barajas, al regreso desde Torreciudad, Barbastro y Zaragoza. Yo estaba en uno de los aparcamientos exteriores, y allí llegó en un coche de la compañía aérea. No me dio tiempo a abrirle la puerta, pues se adelantó con viveza. Antes de seguir su camino, buscó rápidamente al conductor de ese vehículo, para despedirse de él y darle las gracias por el servicio que acababa de prestarle. Pienso que esta gratitud, habitual en la vida del Fundador del Opus Dei, reflejaba lo que dejó escrito en Forja, 502: “Si se hace justicia a secas, es posible que la gente se quede herida”.

El agradecimiento constituyó el arranque de algunas amistades imperecederas de Josemaría Escrivá. Esta faceta destaca en la relación que mantuvo durante muchos años con buena parte de sus profesores de Logroño y Zaragoza. La apertura de corazón de Josemaría facilitaba la superación de posibles obstáculos derivados de la diferencia de edad o de horizontes vitales. La amistad se consolidaría lógicamente con los sacerdotes, especialmente después de la ordenación del propio Josemaría. Basta quizá mencionar aquí algunos nombres, como los de Calixto Terés y Garrido, que le consideraba el mejor alumno que había tenido en Ética y Derecho, y andando el tiempo, cuando iba a verle en Madrid, se anunciaba en portería como “don Calixto, el cura de Logroño”; don Ciriaco Garrido, canónigo penitenciario de la Colegiata, con el que se confesó muchas veces, y fue uno de los primeros que “dieron calor a mi incipiente vocación”, reconocería años después; don Juan Moneva, catedrático de Derecho Canónico en Zaragoza, al que dedicaría un extenso y sentido párrafo en su discurso en el paraninfo el 21 de octubre de 1960 al ser recibido como doctor honoris causa en el claustro de su alma mater cesaraugustana; don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho Romano, al que su alumno consideraba “amigo leal y noble y bueno”, que ciertamente fue, con los años, consejero y apoyo moral en ocasiones particularmente difíciles en los primeros años de su sacerdocio y del Opus Dei; en fin, don Miguel Sancho Izquierdo, catedrático de Derecho Natural, con quien compartiría relaciones de veneración y afecto, que se pondrían de manifiesto en 1960 al elegir a “don Miguel, mi maestro” como uno de los dos primeros doctores honoris causa de la incipiente Universidad de Navarra.

En Apuntes... se mencionan sintéticamente los primeros pasos para comenzar la labor del Opus Dei en Bilbao, cuando flotaban en el ambiente las secuelas de serios ataques personales contra el Fundador. Muchas puertas se cerraron. En cambio, la Viuda de Ibarra, Carito Mac Mahon, le abrió todas las puertas de su casa, con plena confianza. Mons. Escrivá de Balaguer no lo olvidó nunca: cualquier ocasión era buena para tener algún detalle especial con esa familia amiga. La Marquesa de Mac Mahon dejó constancia expresa de su honda gratitud: “siempre recordaba con agradecimiento excesivo lo poco que yo y los míos hicimos con él en aquellas épocas en que no era conocido, ni tampoco la Obra”.

Los ejemplos podrían multiplicarse. Su gratitud no era sólo cortesía: palabra que se dice y luego se olvida. La amistad del Fundador del Opus Dei rebosó siempre humanidad, detalles cordiales capaces de superar la lejanía o la ausencia prolongada, como la facilidad con que enviaba cariñosas felicitaciones con motivo de santos o aniversarios personales. Se adhería –con capacidad de aplauso‑ a los buenos acontecimientos, sin caer en vanidosas adulaciones. Y se mantenía en el tiempo, con abundantes detalles de afecto y de servicio, incluido el regalo de su oración y de su fe[57].

Un amigo indulgente

Donde hay amistad, se espera comprensión hacia defectos y debilidades. El amigo es comprensivo, no quisquilloso. Pasa por alto las pequeñeces, los roces inevitables en la convivencia humana. Suele decirse con razón que se quiere al amigo y el bien del amigo, no porque él sea ya bueno, o sea bueno en todo: el propio Jesús dio ejemplo, siendo amigo de publicanos y fariseos[58].

Con mayor motivo, no exige identidad de temperamentos, opiniones, ideologías: “La amistad verdadera supone también un esfuerzo cordial por comprender las convicciones de nuestros amigos, aunque no lleguemos a compartirlas, ni a aceptarlas”[59]. Más bien el amigo tiende a ponerse en el lugar del otro y pasa por alto los defectos: “Si no quieres más que las buenas cualidades que veas en los demás ‑si no sabes comprender, disculpar, perdonar‑, eres un egoísta”[60].

El amigo perdona con facilidad, pronto a la reconciliación, sabedor también de que el perdón es tal vez lo más divino que puede salir de un corazón humano. Ese gesto aproxima a la acción del Espíritu Santo que, con el sacramento de la penitencia, devuelve al pecador al círculo de la amistad con Dios[61].

En definitiva, “hay que convivir, hay que comprender, hay que disculpar, hay que ser fraternos; y, como aconsejaba San Juan de la Cruz, en todo momento hay que poner amor, donde no hay amor, para sacar amor (Cfr. S. Juan de la Cruz, Carta a María de la Encarnación, 6‑VII‑1591), también en esas circunstancias aparentemente intrascendentes que nos brindan el trabajo profesional y las relaciones familiares y sociales”[62].

Desde esta actitud radical, surge espontánea la confianza en los demás. De hecho, Josemaría Escrivá se fiaba más de la palabra del amigo, o de las personas del Opus Dei, que del “testimonio unánime de cien notarios”, como afirmaba con frase gráfica. Esa confianza lleva –si es que no ha brotado antes– a una amistosa intimidad, más allá del mero conocimiento, del compañerismo, de la relación de vecindad, del trato social.

Especial comprensión se requiere para la apertura a personas que se aíslan por razón de carácter o de enfermedad. Es preciso acompañarlas, porque necesitan seguramente el desaguadero de alguien que les escuche, para descargar sus preocupaciones. Mons. Escrivá de Balaguer dedicó muchas horas de su vida a atender a quienes sufrían ese tipo de inquietud. En sus charlas a sacerdotes, como evoca Mons. Javier Echevarría, les insistía en que tuvieran una gran paciencia con esas almas: “Si se presenta ese caso, pensad que tenéis delante un enfermo, atendedle y servidle, no le cerréis las puertas ni los brazos de vuestra caridad sacerdotal. Puede ser que os repitan una y otra vez las mismas cosas. Si no les atendieseis, se quedarían heridos, e incluso se apartarían de la práctica religiosa. Por eso, mientras escuchéis aquella misma conversación con el mismo tono, con los mismos temas, con las mismas manías, con problemas que no tienen solución porque son fruto de una imaginación enfermiza, no les despachéis con cajas destempladas; atendedles, y mientras dure esa larga conversación, procurad encomendar al interesado, procurad rezar oraciones, porque esas personas se conforman con que haya alguien que les escuche, sin darles ninguna respuesta”[63].

Como recuerda también el actual Prelado del Opus Dei [se refiere a Mons. Javier Echevarría], “animado por la justicia, reconcilió a muchas personas, que habían roto la amistad, o se mostraban mutua antipatía. Con sentido sobrenatural y paciencia humana, les hacía razonar separadamente. Si venían a quejarse del que consideraban adversario, les preguntaba: ‘¿le has escuchado?; ¿has tenido en cuenta su situación personal?; ¿has hablado con claridad, y sin ofenderle?’ Además, no dejaba de avisar con sencillez: ‘te advierto con completa sinceridad que también oiré a la otra parte, tanto para ayudarle ‑con el mismo afán que lo hago contigo‑, como para ponderar lo que me estás tú diciendo ahora’”[64].

Un amigo recio

No basta comprender. La amistad sincera lleva también a corregir[65]. Denota máxima muestra de rectitud de intención, de purificación de afectos, frente a la blandura de la bondadosidad[66]. Nada de palabras halagüeñas y fingidas[67]: los amigos merecen la ejercitación de la justicia y de la veracidad, aun a riesgo de enfriar aprecios humanos. Si no, la amistad puede acabar en cauce de perdición, como subrayan algunos pasajes de la Escritura[68]. Mons. Javier Echevarría ha resumido un suceso significativo: “En los primeros años de su sacerdocio, perdió a uno de sus más grandes amigos. Un compañero del Seminario abandonó su vocación y atentó matrimonio civil a pesar de las súplicas con que le rogó que no diera ese paso. Transcurrido el tiempo, para arreglar su situación canónica, le pidió que declarase que había llegado a la ordenación con falta de libertad, presionado por coacciones familiares. El Fundador del Opus Dei, con claridad y caridad, se negó rotundamente; y le explicó que no podía dar ese testimonio, puesto que conocía la libertad con que había accedido a las órdenes sagradas. La familia de aquel hombre le estuvo siempre muy agradecida, aunque el interesado le retiró la palabra. No quiso jamás la verdad a medias, por entender que ‑en muchas ocasiones‑ una verdad a medias puede ser una gran mentira”[69].

Sin llegar a extremos tan duros, parece claro que, desde la inicial simpatía mutua, los amigos superan aspectos sensibles más o menos frívolos o superficiales que limitarían quizá su relación a compadreo de amigotes, cómplices de miserias ajenas[70]. No digamos si se llega al límite de las amistades peligrosas, que podrían encadenar el alma: “Flaquea tu corazón y buscas un asidero en la tierra. ‑Bueno; pero cuida de que el apoyo que tomas para no caer no se convierta en peso muerto que te arrastre, en cadena que te esclavice”[71].

Una amistad humana y espiritualmente noble exige acrisolar y depurar los afectos, que no es desencarnar, prescindir del cariño real que brota de un corazón limpio: “Poniendo el amor de Dios en medio de la amistad, este afecto se depura, se engrandece, se espiritualiza; porque se queman las escorias, los puntos de vista egoístas, las consideraciones excesivamente carnales”[72].

Excluye, por tanto, lo que en la literatura espiritual clásica se conoce como amistad particular, tan ligada a la acepción de personas. Josemaría Escrivá lo explicaba con claridad grande: “Vamos a ver, ¿qué injuria se te hace a ti porque aquél o el otro tengan más confianza con determinadas personas, a quienes conocieron antes o por quienes sienten más afinidades de simpatía, de profesión, de carácter? / ‑Sin embargo, entre los tuyos, evita cuidadosamente aun la apariencia de una amistad particular”[73]. De modo semejante, animaba a sentir y vivir la fraternidad, “pero sin familiaridades”[74]. Y todo, sin respetos humanos que pueden celar comodidad o tibieza[75].

En fin, la reciedumbre de la amistad culmina en la corrección del amigo. Evocaré otro ejemplo, de Mons. Pedro Cantero, a quien conocí personalmente cuando era Arzobispo de Zaragoza. Siempre que le visité, como Director del Colegio Mayor Miraflores, me habló del Padre, de que le había visto hacía poco en Roma o de que habían intercambiado correspondencia, o estarían pronto juntos. Entre tantos recuerdos de su amistad, destacaba el fuerte suceso que refirió en su homilía al celebrar un funeral por el alma del Fundador del Opus Dei: una seria reprimenda, recibida el 14 de agosto de 1931, que “cambió la perspectiva de mi vida y ministerio pastoral”[76].

Amigos de Dios

Josemaría Escrivá zarandeó amablemente el alma de Pedro Cantero, demasiado enfrascado en su tesis doctoral cuando la Iglesia atravesaba en España momentos críticos. Y es que la amistad del cristiano se agranda desde la fe, hasta transformarse –sin desnaturalizarla‑ en cauce de apostolado.

El Fundador del Opus Dei plenificó la virtud humana de la amistad, procurando hacer de sus amigos personas amigas de Dios. No fue el suyo un trato postizo o instrumental, porque ponía en todo el signo más: la amistad humana crece con la gracia divina, y se multiplican los servicios prestados con alegría[77], sin hacerlo notar y sin que los demás adviertan ese esfuerzo ajeno[78].

Nunca dejó a sus viejos amigos, según el consejo de la Escritura[79]. En el fondo, más que acercarlos a su persona, quería hacerlos amigos de Dios, a través de la oración personal y también a través del trato íntimo con los que fueron amigos de Dios en la tierra, según lo que solía enseñar: “Si en ocasiones no os sentís con fuerza para seguir las huellas de Jesucristo, cambiad palabras de amistad con los que le conocieron de cerca mientras permaneció en esta tierra nuestra. Con María, en primer lugar, que lo trajo para nosotros. Con los Apóstoles. Varios gentiles se llegaron a Felipe, natural de Betsaida, en Galilea, y le hicieron esta súplica: deseamos ver a Jesús. Felipe fue y lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe juntos se lo dijeron a Jesús (Ioh XII, 20‑22). ¿No es cierto que esto nos anima? Aquellos extranjeros no se atreven a presentarse al Maestro, y buscan un buen intercesor”[80].

Ese clima de amistad íntima se manifiesta en la conexión entre la Eucaristía y Betania que hacía el Fundador del Opus Dei: “Es verdad que a nuestro Sagrario le llamo siempre Betania... ‑Hazte amigo de los amigos del Maestro: Lázaro, Marta, María. ‑Y después ya no me preguntarás por qué llamo Betania a nuestro Sagrario”[81]. El elemento místico acompaña, con naturalidad, a razones de amistad y trato humanos: “¿Has visto con qué cariño, con qué confianza trataban sus amigos a Cristo? Con toda naturalidad le echan en cara las hermanas de Lázaro su ausencia: ¡te hemos avisado! ¡Si Tú hubieras estado aquí!... / ‑Confíale despacio: enséñame a tratarte con aquel amor de amistad de Marta, de María y de Lázaro; como te trataban también los primeros Doce, aunque al principio te seguían quizá por motivos no muy sobrenaturales”[82].

Josemaría Escrivá encarecía también el trato amistoso con los ángeles, bien persuadido de que cada persona tiene un intercesor propio, que elimina cualquier sensación de soledad. “Todos necesitamos mucha compañía: compañía del Cielo y de la tierra. ¡Sed devotos de los Santos Ángeles! Es muy humana la amistad, pero también es muy divina; como la vida nuestra, que es divina y humana”[83].

Dios no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de sus criaturas. Muy al contrario, sale al encuentro de las almas, les habla como amigo[84], y sabe esperar a cada una con solicitud de Padre, de hermano, de Amigo[85]. Así habló Dios a Moisés, cara a cara, como un hombre suele hablar a su amigo, en clásica expresión de Ex 33, 11. El Fundador del Opus Dei alentaba vivamente a esa amistad con Dios en Camino, 88: “Buscas la compañía de amigos que con su conversación y su afecto, con su trato, te hacen más llevadero el destierro de este mundo..., aunque los amigos a veces traicionan. ‑No me parece mal. / Pero... ¿cómo no frecuentas cada día con mayor intensidad la compañía, la conversación con el Gran Amigo, que nunca traiciona?”[86].

Y de nuevo el apostolado: cuando se saborea la amistad con Cristo, se impone hacerla llegar a los demás, porque el bien es difusivo. En 1954, Mons. Escrivá advertía a sus hijos, según anota el actual Prelado del Opus Dei: “convenceos de esta realidad: en la Obra la santidad no es compatible con el aislamiento: un hombre del Opus Dei, que siente su vocación cristiana, necesita buscar amigos, necesita pegar esta locura divina del amor de Dios, a través de su trabajo, en sus conversaciones con sus colegas, con sus compañeros, con sus parientes”[87].

La vida profesional, las relaciones humanas son cauce privilegiado para mostrar la vida de Cristo y sus manifestaciones de amistad, de cariño, de comprensión y de paz: “Como Cristo pasó haciendo el bien (Act X, 38) por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz”[88].

Terminaré con una cita, ciertamente extensa, pero emblemática: “Nuestro apostolado ha de basarse en la comprensión. Insisto otra vez: la caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo he aprendido, en mi propia carne, lo que cuesta el no ser comprendido. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes se han empeñado en no entenderme. Otra razón, práctica y viva, para que yo desee comprender a todos. Pero no es un impulso circunstancial el que ha de obligarnos a tener ese corazón amplio, universal, católico. El espíritu de comprensión es muestra de la caridad cristiana del buen hijo de Dios: porque el Señor nos quiere por todos los caminos rectos de la tierra, para extender la semilla de la fraternidad ‑no de la cizaña‑, de la disculpa, del perdón, de la caridad, de la paz. No os sintáis nunca enemigos de nadie.

“El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos ‑con su trato‑ la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. Ha de sacrificarse gustosamente por todos, sin distinciones, sin dividir las almas en departamentos estancos, sin ponerles etiquetas como si fueran mercancías o insectos disecados. No puede el cristiano separarse de los demás, porque su vida sería miserable y egoísta: debe hacerse todo para todos, para salvarlos a todos (1 Cor IX, 22)”[89].


[1] Debo reconocer que he escrito este artículo por amistad. Cuando el director de Scripta Theologica me lo planteó, le sugerí otro tipo de autor. Francisco L. Mateo Seco me contestó que intentase contar cómo se podría descubrir la amplitud de la mente y el corazón del Fundador del Opus Dei a través de la variedad e intensidad de sus amistades, de sus relaciones humanas. Haz lo que puedas –venía a concluir‑ y envíame tu trabajo a finales de enero. Debo tantos favores al director de la revista, que no podía decirle que no. Ojalá sirva para que, dentro de las reflexiones en curso sobre la grandeza de la vida corriente, algún teólogo penetre con profundidad en el sentido de la amistad en la antropología cristiana a la luz de la vida y las enseñanzas del Beato [San] Josemaría Escrivá. Puede ser interesante también, si se tiene en cuenta el resultado de mi somera inmersión en el índice del Catecismo de la Iglesia Católica: menciona incidentalmente la amistad humana como un bien temporal que puede ser merecido (2010) –un gran bien en el que se expresa la castidad (2347)‑, pero en otra decena de lugares emplea el término sólo en el plano espiritual de la amistad con Dios, sinónimo de gracia, intimidad con el Señor, trato con Él, manifestación de su aprecio por la criatura humana desde el momento de su creación.

[2] Forja, 802.

[3] El libro original es Un hombre de Dios. Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei, Madrid, Ediciones Palabra, 1994, 447 páginas. Lo citaré como Testimonios...

Pienso innecesario indicar, por conocidas, las referencias bibliográficas de los libros de o sobre Josemaría Escrivá que menciono en este artículo. Señalaré sólo el título completo de los que cito abreviadamente en el cuerpo del trabajo:

Amigos...: Amigos de Dios.

Apuntes...: S. BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei.

Conversaciones...: Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer.

Entrevista...: A. DEL PORTILLO, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei.

Es Cristo...: Es Cristo que pasa.

Memoria...: J. ECHEVARRÍA, Memoria del Beato Josemaría Escrivá.

Recuerdo...: S. BERNAL, Recuerdo de Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei.

VÁZQUEZ DE PRADA...: A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, I, Ut videam!

[4] Cfr. CEC 1939.

[5] Viacrucis, 8, 5.

[6] Cfr. Amigos..., 233.

[7] Cfr. Forja, 880.

[8] Memoria..., 122.

[9] Amigos..., 121.

[10] Cfr. Jn 11, 35.

[11] Memoria, 106.

[12] Amigos..., 225.

[13] Es Cristo..., 93.

[14] VÁZQUEZ DE PRADA, 35. Andando los años, el Fundador del Opus Dei situó en el centro de su pedagogía familiar el consejo a los padres de que procurasen hacerse amigos de sus hijos: “Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que la misma educación requiere, con un sentimiento de amistad, que exige ponerse de alguna manera al mismo nivel de los hijos. Los chicos ‑aun los que parecen más díscolos y despegados‑ desean siempre ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal. Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre” (Conversaciones..., 100).

La misma idea, con otras palabras, en Es Cristo..., 27: “Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.

“Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad ‑o la verdad entera‑ que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad”.

[15] Forja, 565.

[16] Conversaciones..., 31.

[17] Memoria..., 355-356.

[18] cfr. Pr 14, 20.

[19] cfr. Pr 19, 7.

[20] Memoria..., 52.

[21] Memoria..., 89-90.

[22] Cfr. Entrevista..., 116.

[23] Cfr. Surco, 757.

[24] Cfr. Si 37, 1.

[25] Surco, 738.

[26] Entrevista..., 27-28.

[27] Cfr. Surco, 429.

[28] Amigos..., 183.

[29] Cfr. Forja, 455.

[30] S. Tomás de Aquino, S. Th., II‑II, q. 103, a. 2‑3.

[31] Es Cristo..., 72.

[32] Memoria..., 55-56.

[33] Cfr. Surco, 191.

[34] Cfr. Jn 15, 13

[35] Cfr. Jn 15, 15.

[36] Cfr. Surco, 191.

[37] Pr 12, 26.

[38] Amigos..., 138; cfr. Surco, 750.

[39] Cfr. Amigos..., 44; Camino 440; etc.

[40] Cfr. Pr 3, 28.

[41] Cfr. Forja, 699.

[42] Entrevista..., 175.

[43] Forja, 943.

[44] Cfr. Si 6, 14-15.

[45] Cfr. Amigos..., 245.

[46] Cfr. Pr 25, 9.

[47] Surco, 731.

[48] Cfr. Pr 27, 9.

[49] Cfr. Pr 17, 17.

[50] Cfr. Lc 24, 13ss.

[51] Cfr. Si 22, 31.

[52] Forja, 957.

[53] Memoria..., 123.

[54] Testimonios..., 202.

[55] Surco, 747.

[56] Surco, 918.

[57] Cfr. Forja, 36.

[58] Cfr. Mt 11, 19.

[59] Surco, 746.

[60] Forja, 954.

[61] Cfr. CEC 1468.

[62] Amigos..., 9.

[63] Memoria..., 122.

[64] Memoria..., 139-140.

[65] Cfr. Si 19, 13.

[66] Neologismo expresivo de Josemaría Escrivá de Balaguer, no incorporado a la edición de 2001 del Diccionario de la Real Academia Española.

[67] Cfr. Pr 29, 5.

[68] Cfr., p. ej., Jb 6, 27; 2M 6, 21.

[69] Memoria..., 136.

[70] Cfr. Surco, 761.

[71] Camino, 159; cfr. también Camino, 160.

[72] Surco, 828.

[73] Camino, 366.

[74] Camino, 948.

[75] Cfr. Surco, 204.

[76] Lo relató detenidamente en Testimonios..., 65-67.

[77] Cfr. Es Cristo..., 51, 182.

[78] Cfr. Surco, 737.

[79] Cfr. Si 9, 14.

[80] Amigos..., 252.

[81] Camino, 322.

[82] Forja, 495.

[83] Amigos..., 315; cfr. también Camino, 562.

[84] Cfr. CEC, 142.

[85] Cfr. Amigos..., 120.

[86] Cfr. también Camino, 422.

[87] Memoria..., 65-66.

[88] Es Cristo..., 166.

[89] Es Cristo..., 124.

 

Recién nacidos prematuros: Opinión de la sociedad sobre retirar soporte vital ante graves problemas de salud

Observatorio de Bioética – Universidad Católica de Valencia

enero 10, 2020 11:12Bioética y defensa de la familia

Los recién nacidos prematuros o muy prematuros presentan objetivos problemas médicos y éticos en relación a en qué medida y circunstancia conviene o no retirarles los medios de soporte vital. Sobre lo que opinan las personas en general sobre ello, se acaba de publicar un amplio trabajo en el British Medical Jornal, en el que se recoge la opinión de 130 encuestados. Es la primera vez que se realiza un estudio similar.

La gran mayoría (94%) están de acuerdo en que no merece la pena prolongar la vida de estos niños, cuando sus condiciones de salud están por debajo de un nivel crítico. También, la decisión de retirar los medios de soporte vital se asoció positivamente con la necesidad de administrar adecuadamente los recursos sanitarios, con el nivel de relación emocional que los niños puedan tener y con su capacidad mental. Sin embargo, más del 50% de los participantes en la encuesta creen que se puede optar por mantener las medidas de soporte vital.

Los autores concluyen que, en relación con el cuidado médico que a estos niños hay que dar, en los casos más graves la mayoría de la gente está de acuerdo que a los niños con problemas de discapacidad más severos no merece la pena prolongarles la vida, encontrando un amplio consenso acerca de poder suprimir las medidas de soporte vital, aunque existen dudas si para ello se necesita o no el consentimiento de los padres.

En nuestra opinión, los puntos de vista expuestos en este artículo deberían ser matizados, especialmente en función de la situación clínica de los niños, pues de ella dependerá si las medidas terapéuticas que se adopten puedan o no rallar en la obstinación terapéutica o si se priva a estos niños de un tratamiento médico adecuado, se estará actuando en contra del correcto quehacer médico.

También aprovechan los autores para extender su juicio bioético a casos reales acaecidos en el reino Unido, como los de Charlie Gard o Alfie Evans, sobre los cuales nosotros hicimos en su momento un amplio informe bioético.

 

Ecología sí, social también

Daniel Tirapu

 

photo_camera Mujeres felices

Es muy bueno que haya un sentido de la ecología, aunque en mi lugar de trabajo se tiren las colillas al suelo, con cierto desprecio a las señoras y servicio de limpieza.

Pero también me parece que existe una cierta ecología social, que consiste en respetar el ser de las cosas y la dignidad de las personas.

La revolución sexual prometía que desaparecerían todas las represiones pero algo no funciona cuando suben las emisiones de telebasura, abusos a menores, manadas educadas por la pornografía.

El divorcio, presupuesto de la libertad de la mujer, ha ocasionado que por cada tres hombres que se vuelven a casar por encima de los cuarenta años, solo una divorciada lo hace: las mujeres de nuevo desprotegidas y envejeciendo solas. Los homosexuales se quiere casar pero se rompe el sentido natural del matrimonio como unión de hombre y mujer orientada a la procreación y educación de los hijos.

La naturaleza humana tiene sus leyes y es peligroso olvidarse de ellas. La libertad de volar en avión, depende de delicadas y precisas leyes físicas. Es preciso obedecer antes a Dios que a los hombres. Dios perdona siempre, las personas algunas veces, la naturaleza nunca.

 

Ser realistas y pedir lo imposible

Fue una célebre “pintada” en las paredes de la Universidad Sorbona de París durante el revolucionario mayo de 1968: “sed realistas: pedid lo imposible”. Si no hubiera un indómito deseo en lo más noble de nosotros que nos hace aspirar a ese mundo mejor que no logran amasar nuestras manos, jamás pediríamos lo imposible, sino que nos resignaríamos a lo que hay, a lo que nos imponen, a lo que nos compravenden. Y, sin embargo, los únicos realistas, los únicos que verdaderamente viven la más legítima revolución, son los que no aceptan que las cosas sean así porque sí, porque se den, o porque su propia inercia nos las asigna.

Dios ha venido para romper esa inercia fatal que nos impide volver a empezar. La Navidad no es la historia lejana de algo que sucedió hace muchos siglos, sino la narración de algo que sigue sucediendo en nosotros y entre nosotros. Dios es cercano, no es intruso ni enemigo y desea nuestro bien. Él ha venido para abrazar las preguntas que cada uno tiene en su corazón, preguntas tantas veces disimuladas, o trucadas, o censuradas, pero que siguen desafiando nuestra propia felicidad. Por esta razón hacemos fiesta en estos días, disponiéndonos al sincero afecto y a la verdadera paz.

El sentido del rito de estrenar el nuevo año, tiene un trasfondo más amplio que desborda propiamente una fecha redonda como el primero de enero. Nuestro corazón, no sólo en ese día, sino siempre, tiene una sed infinita de estrenar una felicidad para la que ha sido creado. Es la cita de estos días navideños: volver a recordar con asombro, mirando al pequeño Dios, esta verdad profunda de nuestro hondón más verdadero.

Y esto es lo que despierta en nosotros la esperanza. Podríamos pensar que no hay nada que hacer ante un panorama muchas veces duro y desolador como a diario vemos en los medios de comunicación. El Papa Francisco nos ha propuesto un hermoso mensaje en torno a la paz en este comienzo del año nuevo: «El camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera. En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz. En esto, podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable. El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial».

En este nuevo año 2020 os deseo a todos vosotros, que podáis experimentar en vuestra propia vida el fruto del nacimiento de ese príncipe de la Paz que se hizo niño para nuestra salvación. Dejemos crecer a ese divino niño en nosotros y entre nosotros: que la navidad no sea de quita y pon, sino que continúe como luz durante todo el año iluminando nuestras penumbras. Y que Santa María, nos ayude a todos a hacer lo que el Señor nos diga –como fue su propia historia de fidelidad para con Dios–, que nos empuje a percatarnos del vino que le falta a la humanidad en las bodas de la vida –como ella hizo en Caná–. Porque somos realistas, pedimos lo imposible, y nos comprometemos con ese sueño que Dios inspira, para que disipe todas nuestras pesadillas. Feliz año nuevo.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

 

Los católicos ante una nueva etapa política

Son muchos los católicos que se preguntan, y nos preguntan a los pastores de la Iglesia, sobre el futuro de la fe y de la Iglesia en la nueva situación política marcada por un nuevo gobierno en España. Quieren saber qué puede ocurrir, y si vamos a encontrar dificultades para vivir la fe.

En estos días he oído muchas veces la misma pregunta: ¿Están los obispos preocupados ante este nuevo gobierno?

Si se entiende por preocupación la actitud ante lo desconocido, o ante el cumplimiento de los planes de la izquierda, repetidos en todas la campañas y propuestas de gobierno sobre un laicismo excluyente, o frente a la libertad religiosa, que no es sólo profesar mi fe, sino vivir según esta, la concepción del hombre y de la vida contrarios al derecho natural, o la defensa real de los más pobres, sin olvidar el papel de las iglesias y religiones en una sociedad democrática, podemos decir que hay preocupación expectante.

Sin embargo, si hablamos de preocupación como miedo a la insignificancia o a la invisibilidad, al rechazo o al menosprecio, en mi caso, francamente, no. La Iglesia es del Señor, y la barca será débil y pobre, pero en la tempestad se hace fuerte porque la vela que la impulsa es la fuerza del Resucitado.

Ahora más que nunca hemos de anunciar a Jesucristo y proponer su Evangelio. La Doctrina social de la Iglesia ilumina la imagen del hombre y su vida en sociedad. Creemos que el hombre es criatura de Dios, de ahí que no esté en nuestras manos disponer de la vida, ni poner en peligro o menospreciar la dignidad del hombre, construyendo una imagen de la humanidad a nuestra medida o a la medida de una ideología. Creemos también en el bien común que mira y defiende a cada hombre y la vida en común, especialmente a los más pobres.

Para vivir su vocación, la Iglesia siempre estará en actitud de honesto diálogo con los poderes públicos, y siempre tendrá la mano tendida a la colaboración en lo que respecta al bien y al desarrollo del hombre y de la sociedad, como tendrá una palabra de denuncia cuando los gobiernos no respeten este bien. “No tenemos miedo a esta convivencia en libertad”, decían hace años los obispos españoles. Ahora bien, “el Estado y la sociedad están obligados a respetar y garantizar la libertad de todos”. En esta situación quisiera hacer una llamada a la esperanza. Los católicos tenemos que ser hombres y mujeres de esperanza, instrumentos de esta virtud. Aunque tengamos motivos para desesperar, no perdamos la confianza, seamos presencia esperanzadora en medio de la sociedad. La presencia del Espíritu Santo nos da la sabiduría y la fortaleza que necesitamos para vivir en medio del mundo como testigos de Jesucristo.

No olvidemos de rezar por España, y por los que nos gobiernan, para que a todos llegue el amor de Dios que cambia los corazones y los hace a imagen del suyo.

+ Ginés García Beltrán, Obispo de Getafe

 

La vida sin familia es un grave problema

Ana Teresa López de Llergo

Los seres humanos tienen defectos y en la familia se conocen mejor, y precisamente por eso el amor crece y madura porque se acepta a la otra persona con sus defectos porque pesan más sus cualidades.

Da la impresión de que nos estamos convenciendo de que lo más importante para ser feliz es liberarse de toda atadura, hacer lo que yo quiero, cuando quiero y con quien quiero. Esto responde a una desviación del hecho de haber sido creados por amor y para amar. Porque el amor humano auténtico está ordenado a la reciprocidad y no al egocentrismo.

Hacer lo que quiero, cuando quiero y con quien quiero es un amor centrado en sí mismo, es un amor egoísta que busca solamente satisfacer los propios intereses, las propias tendencias, sin reparar en las necesidades de los demás. Cuando dos personas opinan de este modo y coinciden en hacer lo que quieren mutuamente, piensan que aman al otro, y la realidad es que se aman a sí mismos. Se desnaturaliza el verdadero amor.

Por eso, cuando mutuamente se hastían rompen la relación pues ninguno se siente satisfecho, eso se terminó, retornan a la vida en soledad esperando a alguien más que les satisfaga, y así sucesivamente. De ninguna manera se les ocurre que pueden lastimar a los demás porque solamente atienden a los impulsos sensitivos y renuncian a una vida plena que incluye la espiritualidad en compañía.

Este individualismo en lo afectivo es el funeral de la familia. Porque en la familia se construye el amor en reciprocidad, que inicia con una atracción deslumbrante suficientemente fuerte como para iniciar un deseo de conocerse, para seguir con una relación suficientemente constante como para asegurar una complementariedad de semejanzas y de diferencias. Hasta llegar a una responsabilidad mutua y exclusiva, para hacer feliz al otro.

El auténtico amor, no el inventado por el egoísta, busca la donación y hacer feliz al otro. Hacer feliz al otro da felicidad a quien se dona. El amor de los cónyuges no es en soledad sino que cada uno piensa en el otro. Y al formar una auténtica familia, por ser estable hace que la donación mutua haga crecer y madurar el amor que se profesan.

Quienes acostumbran hacer el amor por poco tiempo o tienen muchos amoríos al mismo tiempo pervierten el amor porque no madura siempre se basa en la sorpresa que ofrece el otro, pero no llega a un conocimiento verdadero. El amor que madura y se prepara para la fidelidad pasa por distintas etapas de la relación, inicia con un idealismo que va desapareciendo con el conocimiento mutuo y con la seguridad del sólido agrado que causa la otra persona.

Cuando se crea una familia el amor crece porque se garantiza la convivencia bajo el mismo techo. Se quieren porque son más los datos en favor de estar juntos. Pero no podemos olvidar que todos los seres humanos tienen defectos y en la familia se conocen mejor, y precisamente por eso el amor crece y madura porque se acepta a la otra persona con sus defectos porque pesan más sus cualidades.

Los defectos hacen sufrir y, es muy bueno que pongan medios para desterrarlos, un buen motivo es porque hacen sufrir a quien aman. Pero muchas veces están tan arraigados que no desaparecen, entonces se experimenta el misterio del amor que duele. Y, también misteriosamente el amor se fortalece mutuamente, y aumenta porque es auténtica donación del que ama y sufre los defectos, y es profundo agradecimiento de quién sabe que le quieren como es.

Cuando vienen los hijos el amor se expande, podría decirse que se hace poliédrico porque la unidad entre el padre y la madre se robustece al compartir la responsabilidad ante el nuevo ser. Ambos lo trajeron al mundo, y tiene herencia de los dos. Así la experiencia de otros modos de amor los enriquece, pues si tienen presente el deber de cuidar el amor entre ellos, nunca caerán en el error de sustituirlo por el amor a los hijos. Y la familia será el sitio donde los hijos aprendan a amar a los padres y a los hermanos. Además del amor a la familia extensa.

Así como no hay cónyuges perfectos, tampoco hay hijos perfectos, ni relaciones perfectas. A partir de esta realidad, cada quién debe aceptar sus errores concretos y aprender a pedir perdón, así como también aprender a perdonar. Pedir perdón y perdonar son dos modalidades del auténtico amor. Y curiosamente, el proceso no termina allí sino que el punto final se da en el agradecimiento ante saberse perdonado y corregido. Este agradecimiento también fortalece el amor.

Viene al caso la siguiente idea luminosa de Robert Sarah: “El hijo recibe el amor de sus padres gratuitamente, sin haberlo merecido; y, a su vez, da también amor. Esa humildad esencial que consiste en aceptar recibir sin ningún mérito y en trasmitir gratuitamente es la matriz del amor familiar” (Se hace tarde y anochece, p. 111).

Los efectos de quienes se empeñan en un amor egocéntrico son tremendos porque destruyen a la familia, destruyen a las sociedades y, aunque no lo crean se destruyen las mismas personas pues renuncian al amor que es la razón de su existencia. La vida se convierte en un funeral en donde cada uno carga su propio cadáver.

Sin familia y sin amor auténtico de unos por otros, las personas tienen una profunda soledad y mucha inseguridad. No tienen un lugar donde refugiarse con personas cercanas que captan sus desajustes y se acercan con cariño y oportunidad para brindar compañía, consejo, comprensión y ayuda. Las reacciones ante esta soledad van desde el suicidio hasta el desahogo agresivo de golpear, ofender o privar de la vida a otros.

La agresividad crece, no se valora los demás, por eso un hijo no deseado se aborta, y un anciano improductivo estorba y se asesina. Con estos antecedentes es explicable la ansiedad, el estrés incontrolado, el sin sentido de la vida humana y querer ser la mascota… El deterioro es enorme, es tierra de cultivo de la corrupción.

Si queremos frenar este panorama es indispensable que cada uno defienda su propia familia, ayude a otros a revalorar su familia y hacer planes comunitarios para frustrar los continuos ataques a la familia, por parte de los enemigos de la humanidad.

 

 

El miedo al compromiso afectivo

Lucía Legorreta

Cuando realmente amas a alguien, el compromiso en lugar de sentirse como una soga al cuello, se siente como una cuerda que envuelve a ambos.

Te has preguntado ¿por qué hombres y mujeres buscan estar enamorados, y una vez que la relación se da, surge un pánico al compromiso? Quieren gozar del enamoramiento, pero evitar lo relacionado con el compromiso, que se contempla como un lazo que nos ata.

En lugar de aplicar el dicho de ni contigo ni sin ti, ahora funciona el contigo, pero sin ti. De aquí la importancia de conocer nuestro estilo afectivo y no dañar a otras personas.

Estudios actuales describen cuatro estilos que pueden explicarnos el porqué tanta gente teme el compromiso:

-El seguro: se reconoce porque mantiene un adecuado equilibrio entre las necesidades afectivas y la autonomía personal. Son personas que confían en sí mismas, tienen una sana autoestima y se sienten cómodas en las relaciones interpersonales y en la intimidad.

-El estilo preocupado: se caracteriza por un modelo mental negativo de sí mismo y positivo de los demás, con una elevada necesidad de apego. Son personas con baja autoestima, conductas de dependencia, con una necesidad constante de aprobación y una preocupación excesiva por las relaciones. Suelen ser celosos.

-Estilo huidizo, a estas personas se les puede también llamar alejados, puesto que viven las relaciones en un estado continuo de acercamiento-alejamiento. Son los que más dicen quererse enamorar para después sentirse con la soga al cuello. Es por eso que huyen.

Por desgracia, los que sufren este tipo de apego confunden su necesidad de alejamiento con la falta de amor y por eso rompen relaciones una detrás de otra.

-Finalmente, el estilo temeroso, con una forma de pensar de: yo estoy mal, pero tú estás peor. Se caracterizan por sentirse incómodos en situaciones de intimidad, por una elevada necesidad de aprobación, por considerar las relaciones como algo secundario y por una baja confianza en sí mismos y en los demás. Necesitan del contacto social y la intimidad, pero el temor al rechazo los caracteriza y hace que eviten relaciones con otra persona.

“La señal de que no amamos a alguien es que no le damos todo lo mejor que hay en nosotros”. (Paul Claudel)

“Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección”. (Antoine de Saint-Exupéry)

El estilo afectivo tiene mucho que ver con cómo hemos sido amados en nuestra temprana infancia y en cuál ha sido nuestra respuesta, es decir como hemos gestionado el apego. Pregúntate ¿cómo ha sido el vínculo emocional con tus padres o cuidadores? ¿Y cómo fue el vínculo con tus hijos al ser pequeños?

Conocer el estilo afectivo propio es fundamental. Primero para poder identificar las dificultades que tenemos en el marco de las relaciones y después para definir que estilo queremos desarrollar en la vida.

Si tienes dificultad para establecer un compromiso afectivo, piensa muy bien el porqué. Identifica por qué eres así, y trata de cambiar. Sino puedes hacerlo sólo, busca ayuda profesional.

Todos como seres humanos tenemos la necesidad de amar y ser amados. Y cuando realmente amas a alguien, el compromiso en lugar de sentirse como una soga al cuello, se siente como una cuerda que envuelve a ambos.

 

 

“Parece que los malos ganan“

+ Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

VER

En mi pueblo natal, que no rebasa los mil habitantes, y que antes era muy tranquilo, agrícola y trabajador, ahora se están asentando el temor y la angustia, porque grupos armados externos han empezado a extorsionar a la población. A la única tortillería que hay, le exigen una cantidad mensual, lo cual recayó en el precio del kilo de tortillas. Hay un puestecito que vende tacos de pollo en la plaza, y a nadie más puede comprar el pollo sino a ellos. Se acerca la fiesta patronal, e impusieron el grupo musical que ha de tocar. Nadie puede vender cerveza, sino la que ellos disponen. En el corral de toros, controlan la venta de bebidas, no por imponer orden, sino por las ganancias que obtienen. Lo hacen por intermediarios, a quienes obligan a hacerles este “trabajo”, con amenazas a su vida y a su familia si no colaboran. Aunque ha aumentado la presencia ocasional de policías estatales y la Guardia Nacional, hay “halcones” que les avisan, para que en esos momentos no salgan. Y esto que están haciendo en mi pueblo, lo han hecho en los pueblos vecinos. Parece que su estrategia es más astuta y eficaz que la del gobierno.

A un conocido mío, lo obligaron a depositar una considerable cantidad de dinero en una cuenta, so pena de muerte para él y los suyos. Tienen datos personalizados de las víctimas, que hacen creíbles sus amenazas. Todo esto es por vía electrónica, sin su presencia física. A otro transportista agrícola, le exigen una cantidad por cada carro que lleva productos del campo a la ciudad, y la debe entregar a quien menos se imagina uno, para que éste a su vez se las haga llegar, no sé por qué medio. A otro que se dedica a la explotación de madera, en un proceso que va desde la siembra de árboles hasta la exportación de un producto terminado, le exigen una cantidad mensual, que debe entregar a quien ellos designan, con las consabidas amenazas si no lo hace. A un comisariado ejidal que vende árboles para su explotación, en un proceso a veces legal, a veces ilegal, le exigen, sólo por la fuerza de sus armas, entregarles una tercera parte de la venta. Y nadie se atreve a denunciar, por temor a represalias. A una mujer indígena, titulada en Trabajo Social, para darle un puesto en una dependencia gubernamental de Chiapas, le piden 60 mil pesos. No se ha acabado la corrupción.

Esto es un poquito de lo que conozco directamente. Son miles y miles de casos semejantes, o peores, en otros lugares del país. Guanajuato, que era un Estado pacífico, es ahora escena diaria de terror y de muerte. En otros Estados, la situación es parecida, o más grave. Y con eso de que nuestro gobierno federal sólo hace llamados a portarse bien, nos sentimos desamparados.

PENSAR

En su Mensaje para la Jornada de la Paz 2020, el Papa Francisco afirma: “La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación difícil se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables.

Muchas víctimas inocentes cargan sobre sí el tormento de la humillación y la exclusión, del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del ensañamiento sistemático contra su pueblo y sus seres queridos.

Cualquier situación de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue en la propia condición. La desconfianza y el miedo aumentan la fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un círculo vicioso que nunca puede conducir a una relación de paz. ¿Cómo construir un camino de paz y reconocimiento mutuo? ¿Cómo romper la lógica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Cómo acabar con la dinámica de desconfianza que prevalece actualmente? Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca. El deseo de paz está profundamente inscrito en el corazón del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto”.

ACTUAR

Gobernantes, actualicen los sistemas de investigación, sobre todo electrónica, para enfrentar a esos grupos criminales, evitar que reciban dinero indebido y que amenacen la vida de inocentes, de gente honesta y trabajadora. La paz social está en juego.

Padres de familia, educadores y comunicadores, formen a los niños, adolescentes y jóvenes en el respeto a los derechos de los demás y en el compartir solidario, no en la ambición de sólo tener más y más para sí. Si quieren tener algo, que se lo ganen, estudiando y trabajando.

Legisladores, reviertan leyes que destruyen la vida y la familia, y defiendan esta institución básica para la sociedad.

Agentes de pastoral, intensifiquemos la evangelización de jóvenes y familias.

 

 

Coherencia

Un ginecólogo conocido decía hace unos días que se sentía tremendamente ecologista y, por lo tanto, totalmente defensor de la naturaleza humana. Puestos a defender la naturaleza parece evidente que la más importante es esta, la de los hombre y mujeres. Y lo decía con pena al recordar un hecho verdaderamente antiecológico, hasta límites insospechados: contaba que todos los médicos hoy día, ante una mujer embarazada, hacen un análisis del feto a las 12 semanas y si ven alguna anormalidad, muchos de ellos las animan a abortar. Por ejemplo, se puede saber ya si el niño viene con síndrome de Down.

Y se da con toda normalidad. Son muy pocas las mujeres que deciden seguir con el embarazo a pesar de los posibles peligros previstos en ese análisis. Es verdaderamente llamativo el hecho de que personas en principio cristianas, decidan abortar. En España está permitido abortar durante las 14 primeras semanas. Por eso es tan importante los datos de la semana 12. Hay que tomar una decisión.

Y la madre de la criatura decide que va a matar a su hijo. Se podría pensar que es para evitar el sufrimiento del niño con malformaciones o con alguna enfermedad, pero la realidad es que se avergüenzan de que aparezca el niño con esos estigmas. Y ante semejante barbaridad los ecologistas no mueven un dedo. Es una de esas muestras de una sociedad deshumanizada, ya no digamos descristianizada.

Jaume Catalán Díaz

 

 

Las Consecuencias de la política del hijo único

Un nuevo informe del gobierno chino muestra los devastadores efectos económicos de la brutal política de planificación familiar a lo largo de 40 años.

“En el pasado ha habido una joven China persiguiendo a unos EE.UU. de mediana edad”, declaró el investigador Yi Fuxian al South China Morning Post “es por eso que China ha logrado cerrar tan rápidamente la brecha entre los dos países. Ahora va a haber una vieja China intentando perseguir a unos EE.UU. de mediana edad, y la brecha (entre los dos países) es probable que se haga más y más amplia. El envejecimiento de la población china puede convertirse en un obstáculo para el país que intenta superar a los EE.UU.”, dijo.

Según la Comunidad Nacional China sobre el envejecimiento, en 2050 la población por encima de los 60 años de edad podría alcanzar los 487 millones, un tercio de la población.

Los expertos denuncian que Pekín está inflando estas lamentables estadísticas de fertilidad para subsanar los efectos dañinos de la política del hijo único. Los números oficiales, publicados por la Oficina Nacional de Estadística en enero, dijeron que el número de nacimientos cayó a 15,2 millones en 2018. Eso es un índice total de fertilidad de 1,6 niños por mujer y una caída del 12% en comparación con 2017. Un demógrafo dijo que el índice actual de fertilidad era 1,18 niños por mujer entre 2010 y 2018, una cifra incluso más baja que la de Japón.

Otro experto calificó como problema el asunto de las cifras demográficas de China, así como que el hecho de que el gobierno le reste importancia al asunto inflando las estadísticas de fertilidad y asumiendo que la intervención del gobierno solucionará los problemas es un mal presagio para la economía china.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Proteger sobre todo al hombre

Lo dice el Cardenal Sarah: “La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no solo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la ecología humana en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia”.

Quieren cuidar la naturaleza, y es algo positivo y encomiable. Pero nadie se preocupa de que haya tantas manifestaciones de anti-ecologismo humano: la homosexualidad, el transhumanismo. ¿Cómo es posible que haya una lucha tan notoria para erradicar los plásticos, por poner un ejemplo, y apenas se note una acción decidida contra la prostitución? ¿No es eso algo tremendamente antinatural? No parece que a Greta Thunberg le importe demasiado esta lacra, que produce una situación de esclavitud en tantísimas mujeres de todo el mundo.

JD Mez Madrid

 

 

Los socialistas y… “Los socialistos”

 

                 El Socialismo según el diccionario de la Real Academia Española de la lengua, es el… “Sistema de organización social y económica basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y distribución de los bienes. Teoría económica y política del filósofo alemán Carlos Marx, que desarrolla los principio de igualdad política, social y económica de todos los seres humanos”.

Por tanto, las tan cacareadas palabras, “socialismo-socialista”; deben ser borradas de los sistemas que “las cacarean” y con las que nos quieren enredar.

  Pero el “famoso Marx no inventó nada, puesto que antes lo inventaron los primeros cristianos con sus comunidades, dónde “la tesorería, la olla y los bienes, fueron comunes; y donde, “el que no trabaje que no coma”, según ordenara San Pablo”; lo que hicieron fracasar los siguientes “cristianos”, cuando establecieron las jerarquías de los obispos; y entre ellos, “el primero o Papa de Roma”, que luego se subdividieron en los cientos de “sectas cristianas, que ni Cristo entendería”; pero dicho todo ello en apretado resumen, veamos “algún socialista-socialisto”, de los de hoy, como operan y como viven, después de, “las hipócritas prédicas de igualdad y justicia social y económica que tanto cacarean y cacarearon”.

La adicción de Sánchez al Falcon (avión de lujo) es tal, que duplica la partida dedicada a bebidas y snacks. ¿Sabes qué presidente ha usado más el Falcon? Pedro Sánchez tiene la medalla de oro.

Pedro Sánchez tiene una suerte de querencia por el Falcon que le lleva a disponer de productos de primerísima calidad. Como quien paga en este caso es el sufrido contribuyente, al presidente en funciones del Gobierno no le importa un ápice llenar la alacena de los aviones oficiales de viandas, snacks y bebidas que harían el gusto de cualquier gourmet. Tanto es así que el ‘okupa’ de La Moncloa está gastando prácticamente la misma cantidad en esos caprichos gastronómicos de altura que lo que le cuesta un total de 6.000 menús para los trabajadores del Palacio de La Moncloa. Es decir, mientras los empleados que desempeñan sus funciones en el complejo presidencial se tienen que conformar con un almuerzo (o una cena) con productos que no resultan muy onerosos, los ocupantes de los aviones oficiales disfrutan de una amplia carta donde solo se disfruta calidad por arrobas. Según detalla Okdiario, el ocupante del Falcon tiene a su disposición agua, zumos de naranja o tomate, refrescos variados, cacao y un surtido de tés, que se acompañan de pastas de mantequilla, cócteles de frutos secos exóticos, patatas fritas de tipo ‘gourmet’, una selección de ‘tapeo mediterráneo’, ‘latino’ o ‘mexicano’; y mejillones en escabeche, ventresca, almejas o pulpo en salsa gallega. Todo de primeras marcas, como Fuensanta, Coca-Cola, Nescafé, Cola Cao, Hornimans, Pescamar, Mahou o Lays. La carta incluye también una selección de bodega, con vinos de Ribera de Duero y Albariño, entre otras denominaciones de origen, cuyos precios rondan los 30 euros por botella, además de todo tipo de licores de marcas exclusivas, como wkisky Cardhú 12 años o brandy Carlos IBaileys, ginebra Seagrams o Bombay Sapphire y orujos”. (Periodista Digital 18-12-2019)  

            O sea y hablando claro y llano; que en política (“y todo es política cuando se trata de manejar y dominar al hombre”) todo se sintetiza, con las palabras que vengo empleando hace tiempo y que cada día me afirmo más en ellas; todo, todo, todo, “es política y políticos de panza y bolsillo”; puesto que sus fines principales, o únicos, es “llenar y disfrutar al máximo esos dos bolsillos, que en muchos de ellos son inmensos y no se sacian nunca, puesto que quisieran permanecer en el chollo, de por vida”; el resto de intereses “sociales”, les importan menos que a mí, el que… “las famosas Mariposas Monarca, no puedan realizar la epopeya que cada año realizan entre Canadá y Méjico”.

            Y como el poder, ya se ha anquilosado en los sistemas que padecemos y que se generalizan en todo el mundo; lo que nos espera a los indefensos súbditos, que no ciudadanos, va a ser más de lo mismo; o mucho peor, si “ellos así lo deciden”; puesto que los que tienen el poder, tienen la fuerza… y “les importan dos cojones la razón; y todo ello se está viendo venir, si obervamos lo que ocurre hoy día y que nos sirven (en parte) todos los informativos-desinformativos de este perro mundo”.

            Y ahora mismo, “nuestro mercenario presidente” (“muy socialisto”); se permite nombrar nada menos que CUATRO vice-presidentes y no sabemos cuántos ministros más; “para aligerarnos la enorme carga de impuestos que soportamos”, pero de esto ya hablaré puesto que se necesita mucho más espacio, para este nuevo abuso gubernativo.

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)