Las Noticias de hoy 14 Diciembre 2016

                  Ideas  Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 14 de diciembre de 2016        0001

Indice:

Newsletter Diario

Papa: el clericalismo es un mal que aleja al pueblo de la Iglesia

Mensaje del Papa al Foro Global sobre migraciones y desarrollo

El Papa invoca la paz en Siria con un llamamiento al Presidente Assad

Papa: dar la espalda al pobre es darla a Dios, que nos interpela aún hoy

Pésame del Papa por la muerte de mons. Echevarría, Prelado del Opus Dei 

Jueves de la semana 3 de Adviento

"El Señor se sirve de nosotros como antorchas": San Josemaria

Mons. Ocáriz: "Se nos ha ido al Cielo una persona buena"

Reacciones ante el fallecimiento del prelado del Opus Dei

 La puerta de la humildad: Guillaume Derville

Adviento: Tiempo de la espera de Cristo: Jesús Castellano

 Javier Echevarría, en su muerte: Ernesto Juliá

 Recuerdo espontáneo de Mons. Javier Echevarría: Salvador Bernal

ESPAÑA PAÍS DE MISIÓN: MIGUEL RIVILLA SAN MARTÍN

 BIBLIA PARA NO CREYENTES: Alejo Fernández Pérez   

EL DOBLE DE DOLOR DE LOS INFIERNOS: Leo J. Mart.

   La Humanidad está en riesgo. ¿Qué se puede hacer?: José Manuel Belmonte.

 CALDERÓN “EL MALOSO”: René Mondragón

Libertad religiosa: empeora la situación : Juan García.

Negociar con lobos : Pedro García

No cerrarse en un nacionalismo: Domingo Martínez Madrid

LA FLOR DE PASCUA Y SU HISTORIA: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

Newsletter Diario

 

Papa: el clericalismo es un mal que aleja al pueblo de la Iglesia

El Santo Padre Francisco celebra la Misa matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta. - RV

13/12/2016 15:01

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 El espíritu del clericalismo es un mal presente también hoy en la Iglesia y la víctima es el pueblo, que se siente descartado y abusado. Es cuanto afirmó el Papa en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. En esta celebración Eucarística también participaron los integrantes del Consejo de los nueve Cardenales. Francisco advirtió acerca del peligro que corren los pastores si se convierten en intelectuales de la religión con una moral alejada de la Revelación de Dios.

El pueblo humilde y pobre que tiene fe en el Señor es víctima de los “intelectuales de la religión”, “los seducidos por el clericalismo”, que en el Reino de los cielos estarán precedidos por los pecadores arrepentidos. Citando las palabras de Jesús propuestas en el Evangelio de San Mateo, el Papa Bergoglio, destacó que el Señor se dirige a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo deteniéndose sobre su papel. “Tenían – dijo – la autoridad jurídica, moral y religiosa” y “decidían todo”. Anás y Caifás, por ejemplo, –  explicó Francisco – “juzgaron a Jesús”. Eran los sacerdotes y los jefes que “habían decidido matar a Lázaro”, y Judas había ido a verlos para “negociar”, de modo que así “Jesús fue vendido”. Un estado de “prepotencia y tiranía hacia el pueblo” al que llegaron  – prosiguió explicando el Papa – instrumentalizando la ley:

“Pero una ley que ellos rehicieron tantas veces: tantas veces hasta llegar incluso a los quinientos mandamientos. Todo estaba regulado, ¡todo! Una ley construida científicamente, porque esta gente era sabia, y conocía todo bien. Tenía todos esos matices, ¿no? Pero era una ley sin memoria: se habían olvidado del Primer Mandamiento, que Dios dio a nuestro padre Abraham: “Camina en mi presencia y sé irreprensible”. Ellos no caminaban: estuvieron siempre detenidos en sus propias convicciones. ¡Y no eran irreprensibles!”.

Por tanto – prosiguió explicando el Pontífice – “se habían olvidado de  los Diez Mandamientos de Moisés”, con la  ley “hecha por ellos, intelectualista, sofisticada y casuística”, “borran la ley hecha por el Señor”. Y su víctima – como sucedió con Jesús – es el “pueblo humilde y pobre que confía en el Señor”. Y subrayó que “aquellos son descartados”, que conocen el arrepentimiento incluso si no cumplen la ley, y sufren estas injusticias. Se sienten “condenados” y “abusados” – subrayó el Santo Padre – por parte de quien es “vanidoso, orgulloso y soberbio”. Y observó que “un descarte de esta gente fue Judas:

“Judas fue un traidor, ¡pecó mucho eh! Pecó enormemente. Pero después el Evangelio dice: “Arrepentido, fue a devolverles las monedas”. Y ellos ¿qué hicieron? “Pero, tú fuiste socio nuestro. Quédate tranquillo… ¡Nosotros tenemos el poder de perdonarte todo!”. ¡No! “¡Arréglate como puedas! ¡Es un problema tuyo!”. Y lo dejaron solo: ¡descartado! El pobre Judas traidor y arrepentido no fue acogido por los pastores. Porque ellos habían olvidado lo que significa ser pastor. Eran los intelectuales de la religión, los que tenían el poder, los que llevaban adelante la catequesis del pueblo con una moral hecha por su inteligencia y no por la revelación de Dios”.

“Un pueblo humilde, descartado y aporreado por esta gente”: también hoy en la Iglesia – observó el Obispo de Roma – suceden estas cosas. “Está ese espíritu de clericalismo” – explicó –, “los clérigos que se sienten superiores, que se alejan de la gente,” que no tienen tiempo de escuchar a los pobres, a los que sufren, a los presos, o a los enfermos”:

“El mal del clericalismo ¡es una cosa muy fea! Es una edición nueva de esta gente. Y la víctima es la misma: el pueblo pobre y humilde, que espera en el Señor. El Padre siempre ha tratado de acercarse a nosotros: ha enviado a su Hijo. Estamos esperando, esperando en espera gozosa, exultantes. Pero el Hijo no entró en el juego de esta gente: el Hijo estuvo con los enfermos, los pobres, los descartados, los publicanos, los pecadores y las prostitutas, y esto es escandaloso. También hoy Jesús nos dice a todos nosotros, y también a los que están seducidos por el clericalismo: “Los pecadores y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el Reino de los Cielos”.

 

 

Mensaje del Papa al Foro Global sobre migraciones y desarrollo

Migraciones y desarrollo. Mensaje del Papa al Foro Global de Daca - EPA

13/12/2016 11:45

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Impulsar la paz y el desarme, erradicar la pobreza y la trata de personas, restituir dignidad a los excluidos, cuidar la naturaleza

 El Papa Francisco «alienta a los gobiernos y a las autoridades políticas regionales a afrontar la crisis provocada por el desplazamiento masivo de personas», recordando siempre que los fenómenos migratorios y el desarrollo están estrechamente entrelazados «con las cuestiones urgentes de la pobreza, de la guerra y del tráfico de seres humanos» y la correspondiente «necesidad de un desarrollo ambiental y humano sostenible».

Así se lee en el Mensaje que el Cardenal Secretario de Estado de Su Santidad, Pietro Parolin, envió en nombre del Papa al noveno Foro Global sobre migraciones y desarrollo, que se celebró en Daca, del 10 al 12 de diciembre.

El Mensaje del Obispo de Roma, recuerda la Encíclica Laudato si’ y destaca la importancia de afrontar «la urgencia de un liderazgo global auténtico, capaz de administrar la economía internacional, balanceando las exigencias de las economías individuales y las actuales condiciones de crisis;  la necesidad del desarme, de la seguridad alimenticia y de la paz;  y la necesidad de proteger el ambiente y de reglamentar las migraciones».

Con la convicción que «sólo una estrategia integral permite combatir la pobreza, restituir  la dignidad a los excluidos y al mismo tiempo cuidar la naturaleza».

En la cita internacional, celebrada en la capital de Bangladés, la Santa Sede estuvo representada por el subsecretario del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, Mons. Gabriele Bentoglio. Además de leer el mensaje del Papa, el prelado puso de relieve en su intervención la importancia de «la tutela de la dignidad humana y de la promoción de la solidaridad». Y recordó que «la Santa Sede subraya sin cesar la centralidad y la dignidad de todo ser humano».

Con los derechos y deberes de los migrantes, Mons. Bentoglio subrayó asimismo la «perspectiva de la integración» y la «cultura del encuentro», como alienta el Papa Francisco.

El subsecretario del dicasterio pontificio para los Migrantes e Itinerantes, señaló que «desde el comienzo de su pontificado, el Papa Francisco alienta la adopción de soluciones sostenibles. Pues, guerras, violaciones de los derechos humanos, corrupción, pobreza, y desastres naturales son factores importantes que impulsan las migraciones. Y no podemos olvidar que los más vulnerables, como los niños y las mujeres son los primeros que sufren sus consecuencias».

 

 

El Papa invoca la paz en Siria con un llamamiento al Presidente Assad

El Papa exhorta al Presidente sirio Assad a asegurar que el derecho humanitario internacional sea plenamente respetado, y se garantice la protección de los civiles. - AFP

13/12/2016 11:31

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 La guerra en Siria está siempre presente en el corazón del Papa, que después del llamamiento de este domingo en el Ángelus, reitera una vez más su condena a toda forma de extremismo y violencia. Y lo hace en una carta enviada, este lunes 12 de diciembre, al presidente sirio Assad y entregada por el Nuncio Apostólico, Mons. Mario Zenari. La misiva, refiere la Oficina de Prensa de la Santa Sede, afirma que “con el nombramiento del arzobispo Zenari a miembro del Colegio Cardenalicio, el Pontífice ha querido manifestar un particular signo de afecto por el amado pueblo sirio, tan duramente afectado en los últimos años”. En la carta enviada a través del cardenal – continúa el comunicado – el Papa Francisco “apela al Presidente Bashar al-Assad y a la comunidad internacional para que se ponga fin a la violencia y se encuentre una solución pacífica de las hostilidades, condenando todas las formas de extremismo y terrorismo, procedentes de cualquier parte y exhorta al Presidente a asegurar que el derecho humanitario internacional sea plenamente respetado con respecto a la protección de los civiles y el acceso a las ayudas humanitarias”. 

 

 

Papa: dar la espalda al pobre es darla a Dios, que nos interpela aún hoy

El Papa Francisco en la Basílica de San Pedro - ANSA

13/11/2016 10:08

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 Siguiendo a Jesús, la Iglesia «por derecho y deber evangélico»tiene la tarea de cuidar de la verdadera riqueza, que son los pobres, su verdadero tesoro, destacó el Papa Francisco, poniendo en guardia ante la grave e inaceptable cultura del descarte y la injusticia.

En su homilía, de la Misa para el Jubileo de las personas socialmente excluidas, el Obispo de Roma aseguró a estos queridos hermanos y hermanas que son ellos los «que nos ayudan a sintonizar con Dios…», que «no se queda en las apariencias, sino que pone sus ojos en el humilde y acongojado ( Is 66, 2), en tantos pobres Lázaros de hoy».

«El Señor nos interpela sobre el sentido de nuestra existencia»

Ante la «esclerosis espiritual» y «contradicción de nuestra época», que centra su interés en las cosas que hay que producir, en lugar de «las personas que hay que amar», el Sucesor de Pedro recordó que Jesús nos advierte que «incluso los reinos más poderosos, los edificios más sagrados, las cosas más estables del mundo, no durarán para siempre, tarde o temprano caerán». Para luego hacer hincapié en que el Señor no hace caso a los profetas de desgracias, a la frivolidad de los horóscopos y predicciones que generan temores». Nos invita a «distinguir lo que viene de Él y lo que viene del falso espíritu.

Con la importancia de «distinguir» la llamada que «Dios nos dirige cada día, del clamor de los que utilizan el nombre de Dios para asustar, alimentar divisiones y temores, el Papa recordó también que «Jesús invita con fuerza a no tener miedo ante las agitaciones de cada época… que afligen a sus discípulos».

«El amor no pasa nunca» (1 Cor 13,38)

Al coincidir esta celebración con el día en que «en las catedrales y santuarios de todo el mundo, se cierran las Puertas de la Misericordia», alentando a pedir «la gracia de no apartar los ojos de Dios que nos mira y del prójimo que nos cuestiona», el Papa invitó a renovar la esperanza en el Señor, sol de justicia para los pobres a los que Jesús promete el reino de los cielos.

«Abramos nuestros ojos al prójimo, en especial al hermano olvidado y excluido», reiteró el Santo Padre, asegurando que «hacia allí apunta la lupa de la Iglesia».

Y deseando que «el Señor nos libre de dirigirla hacia nosotros. Que nos aparte de los oropeles que distraen, de los intereses y los privilegios, del aferrarse al poder y a la gloria, de la seducción del espíritu del mundo», recordó que nuestra Madre la Iglesia mira «a toda la humanidad que sufre y que llora; ésta le pertenece por derecho evangélico» (Pablo VI, Discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, 29 septiembre 1963). Por derecho y también por deber evangélico, porque nuestra tarea consiste en cuidar de la verdadera riqueza que son los pobres... Que el Señor nos conceda mirar sin miedo a lo que importa, dirigir el corazón a él y a nuestros verdaderos tesoros».

(CdM – RV)

 

Voz y texto completo de la homilía del Papa 

Pero para vosotros «os iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas» (Ml 3,20). Las palabras del profeta Malaquías, que hemos escuchado en la primera lectura, iluminan la celebración de esta jornada jubilar. Se encuentran en la última página del último profeta del Antiguo Testamento y están dirigidas a aquellos que confían en el Señor, que ponen su esperanza en él, que ponen nuevamente su esperanza en él, eligiéndolo como el bien más alto de sus vidas y negándose a vivir sólo para sí mismos y su intereses personales. Para ellos, pobres de sí mismos pero ricos de Dios, amanecerá el sol de su justicia: ellos son los pobres en el espíritu, a los que Jesús promete el reino de los cielos (cf. Mt 5,3), y Dios, por medio del profeta Malaquías, llama mi «propiedad personal» (Ml 3,17). El profeta los contrapone a los arrogantes, a los que han puesto la seguridad de su vida en su autosuficiencia y en los bienes del mundo. La lectura de esta última página del Antiguo Testamento suscita preguntas que nos interrogan sobre el significado último de la vida: ¿En dónde busco mi seguridad? ¿En el Señor o en otras seguridades que no le gustan a Dios? ¿Hacia dónde se dirige mi vida, hacia dónde está orientado mi corazón? ¿Hacia el Señor de la vida o hacia las cosas que pasan y no llenan?

Preguntas similares se encuentran en el pasaje del Evangelio de hoy. Jesús está en Jerusalén para escribir la última y más importante página de su vida terrena: su muerte y resurrección. Está cerca del templo, «adornado de bellas piedras y ofrendas votivas» (Lc 21,5). La gente estaba hablando de la belleza exterior del templo, cuando Jesús dice: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra» (v. 6). Añade que habrá conflictos, hambre, convulsión en la tierra y en el cielo. Jesús no nos quiere asustar, sino advertirnos de que todo lo que vemos pasa inexorablemente. Incluso los reinos más poderosos, los edificios más sagrados y las cosas más estables del mundo, no duran para siempre; tarde o temprano caerán.

Ante estas afirmaciones, la gente inmediatamente plantea dos preguntas al Maestro: «¿Cuándo va a ser eso? Y ¿cuál será la señal de que todo eso está para suceder? (v. 7). Cuándo y cuál… Siempre nos mueve la curiosidad: se quiere saber cuándo y recibir señales. Pero esta curiosidad a Jesús no le gusta. Por el contrario, él nos insta a no dejarnos engañar por los predicadores apocalípticos. El que sigue a Jesús no hace caso a los profetas de desgracias, a la frivolidad de los horóscopos, a las predicaciones y a las predicciones que generan temores, distrayendo la atención de lo que sí importa. Entre las muchas voces que se oyen, el Señor nos invita a distinguir lo que viene de Él y lo que viene del falso espíritu. Es importante distinguir la llamada llena de sabiduría que Dios nos dirige cada día del clamor de los que utilizan el nombre de Dios para asustar, alimentar divisiones y temores.

Jesús invita con fuerza a no tener miedo ante las agitaciones de cada época, ni siquiera ante las pruebas más severas e injustas que afligen a sus discípulos. Él pide que perseveren en el bien y pongan toda su confianza en Dios, que no defrauda: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (v. 18). Dios no se olvida de sus fieles, su valiosa propiedad, que somos nosotros.

Pero hoy nos interpela sobre el sentido de nuestra existencia. Usando una imagen, se podría decir que estas lecturas se presentan como un «tamiz» en medio de la corriente de nuestra vida: nos recuerdan que en este mundo casi todo pasa, como el agua que corre; pero hay cosas importantes que permanecen, como si fueran una piedra preciosa en un tamiz. ¿Qué es lo que queda?, ¿qué es lo que tiene valor en la vida?, ¿qué riquezas son las que no desaparecen? Sin duda, dos: El Señor y el prójimo. ¡ Estas dos riquezas no desvanecen! Éstos son los bienes más grandes, para amar. Todo lo demás ―el cielo, la tierra, las cosas más bellas, también esta Basílica― pasa; pero no debemos excluir de la vida a Dios y a los demás.

Sin embargo, precisamente hoy, cuando hablamos de exclusión, vienen rápido a la mente personas concretas; no cosas inútiles, sino personas valiosas. La persona humana, colocada por Dios en la cumbre de la creación, es a menudo descartada, porque se prefieren las cosas que pasan. Y esto es inaceptable, porque el hombre es el bien más valioso a los ojos de Dios. Y es grave que nos acostumbremos a este tipo de descarte; es para preocuparse, cuando se adormece la conciencia y no se presta atención al hermano que sufre junto a nosotros o a los graves problemas del mundo, que se convierten solamente en una cantinela ya oída en los titulares de los telediarios.

Hoy, queridos hermanos y hermanas, es vuestro Jubileo, y con vuestra presencia nos ayudáis a sintonizar con Dios, para ver lo que él ve: Él no se queda en las apariencias (cf. 1 S 16,7 ), sino que pone sus ojos «en el humilde y abatido» (Is 66.2), en tantos pobres Lázaros de hoy. Cuánto mal nos hace fingir que no nos damos cuenta de Lázaro que es excluido y rechazado (cf. Lc 16,19-21). Es darle la espalda a Dios. ¡Es darle la espalda a Dios!

Un síntoma de esclerosis espiritual es cuando el interés se centra en las cosas que hay que producir, en lugar de las personas que hay que amar. Así nace la trágica contradicción de nuestra época: cuanto más aumenta el progreso y las posibilidades, lo cual es bueno, tanto más aumentan las personas que no pueden acceder a ello. Es una gran injusticia que nos tiene que preocupar, mucho más que el saber cuándo y cómo será el fin del mundo. Porque no se puede estar tranquilo en casa mientras Lázaro yace postrado a la puerta; no hay paz en la casa del que está bien, cuando falta justicia en la casa de todos.

Hoy, en las catedrales y santuarios de todo el mundo, se cierran las Puertas de la Misericordia. Pidamos la gracia de no apartar los ojos de Dios que nos mira y del prójimo que nos cuestiona. Abramos nuestros ojos a Dios, purificando la mirada del corazón de las representaciones engañosas y temibles, del dios de la potencia y de los castigos, proyección del orgullo y el temor humano. Miremos con confianza al Dios de la misericordia, con la certeza de que «el amor no pasa nunca» (1 Co 13,8). Renovemos la esperanza en la vida verdadera a la que estamos llamados, la que no pasará y nos aguarda en comunión con el Señor y con los demás, en una alegría que durará para siempre, sin fin.

Y abramos nuestros ojos al prójimo, especialmente al hermano olvidado y excluido, al Lázaro postrado ante nuestra puerta. Hacia allí apunta la lupa de la Iglesia. Que el Señor nos libre de dirigirla hacia nosotros. Que nos aparte de los oropeles que distraen, de los intereses y los privilegios, del aferrarse al poder y a la gloria, de la seducción del espíritu del mundo. Nuestra Madre la Iglesia mira «a toda la humanidad que sufre y que llora; ésta le pertenece por derecho evangélico» (Pablo VI, Discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, 29 septiembre 1963). Por derecho y también por deber evangélico, porque nuestra tarea consiste en cuidar de la verdadera riqueza que son los pobres.

¡A la luz de estas reflexiones, Yo quisiera que hoy fuera la jornada de los pobres!

Nos lo recuerda una antigua tradición, que se refiere al santo mártir romano Lorenzo. Él, antes de sufrir un atroz martirio por amor al Señor, distribuyó los bienes de la comunidad a los pobres, a los que consideraba como los verdaderos tesoros de la Iglesia. Que el Señor nos conceda mirar sin miedo a lo que importa, dirigir el corazón a él y a nuestros verdaderos tesoros.

 

Pésame del Papa por la muerte de mons. Echevarría, Prelado del Opus Dei 

Mons. Javier Echevarría - ANSA

13/12/2016 17:03

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La noche del lunes 12 de diciembre, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, falleció Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei. Apenas informado el Papa Francisco envió un telegrama de pésame a todos los miembros de la Prelatura recordando a este “generoso testimonio de vida sacerdotal y episcopal que entregó su vida en un constante servicio de amor a la Iglesia y a las almas”. El Obispo de Roma “eleva al Señor sufragios para que lo acoja en su gozo eterno”, encomendándolo a la protección de la Virgen de Guadalupe.

Mons. Javier Echevarría  -fallecido a los 84 años-   obispo y  segundo sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, fue también Gran Canciller de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.  El prelado, nacido en Madrid en 1932, conoció a san Josemaría, de quien fue secretario de 1953 a 1975. En 1994 fue elegido prelado del Opus Dei. Recibió la ordenación episcopal de manos de Juan Pablo II  el 6 de enero de 1995 en la Basílica de San Pedro.

Texto del telegrama del Papa

VATICANO, 13 DE DICIEMBRE DE 2016

MONS. FERNANDO OCÁRIZ BRAÑA

VICARIO AUXILIAR DEL OPUS DEI

ROMA

APENAS RECIBIDA LA TRISTE NOTICIA DEL INESPERADO FALLECIMIENTO DE MONSEÑOR JAVIER ECHEVARRÍA RODRÍGUEZ, OBISPO PRELADO DEL OPUS DEI, DESEO HACERLE LLEGAR A USTED Y A TODOS LOS MIEMBROS DE ESA PRELATURA MI MÁS SENTIDO PÉSAME, AL MISMO TIEMPO QUE ME UNO A VUESTRA ACCIÓN DE GRACIAS A DIOS POR SU PATERNAL Y GENEROSO TESTIMONIO DE VIDA SACERDOTAL Y EPISCOPAL. A EJEMPLO DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ Y DEL BEATO ÁLVARO DEL PORTILLO, A QUIENES SUCEDIÓ AL FRENTE DE TODA ESA FAMILIA, ENTREGÓ SU VIDA EN UN CONSTANTE SERVICIO DE AMOR A LA IGLESIA Y A LAS ALMAS.

ELEVO AL SEÑOR UN FERVIENTE SUFRAGIO POR ESTE FIEL SERVIDOR SUYO PARA QUE LO ACOJA EN SU GOZO ETERNO Y LO ENCOMIENDO CON AFECTO A LA PROTECCIÓN DE NUESTRA MADRE, LA VIRGEN DE GUADALUPE, EN CUYA FIESTA ENTREGÓ SU ALMA A DIOS. CON ESTOS SENTIMIENTOS, Y COMO SIGNO DE FE Y ESPERANZA EN CRISTO RESUCITADO, LES OTORGO A TODOS LA CONFORTADORA BENDICIÓN APOSTÓLICA.

FRANCISCO

 

Jueves de la semana 3 de Adviento

«Después de marcharse los enviados de Juan, comenzó a decir a las muchedumbres acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas delicadas? Mirad, los que visten con lujo y viven entre placeres están en palacios de reyes. ¿Qué habéis salido a ver? ¿Un profeta? Si; os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío delante de ti mi mensajero, que vaya preparándote el camino.

Os digo, pues, que entre los nacidos de mujer nadie hay mayor que Juan; aunque el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él. Y todo el pueblo y los publicanos, habiéndole escuchado, reconocieron la justicia de Dios, recibiendo el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los doctores de la Ley rechazaron el plan de Dios sobre ellos, no habiendo sido bautizados por él». (Lucas 7, 24-30)

 

1º. «Pero los fariseos y los doctores de la Ley rechazaron el plan de Dios sobre ellos»

Por tanto, Jesús, Tú tenias pensado otros planes para ellos; otros planes que no quisieron seguir, usando mal su libertad. 

¿Qué hubiera pasado si los hubieran seguido?

Probablemente, el mundo sería distinto.

Jesús, Tú también me has preparado unos planes, una misión que debo cumplir en la tierra. 

Y para que la pueda llevar a cabo, me has dado unos medios humanos y sobrenaturales: unas capacidades humanas, una familia, unos amigos, unas circunstancias económicas; y la gracia de Dios necesaria, que encuentro habitualmente a través de los sacramentos.

Jesús, las circunstancias que me han llevado a conocerte ya las tenias previstas: unos padres cristianos, un amigo, un maestro, un acontecimiento que me ha hecho pensar. 

Seguramente me has estado enviando «gracias actuales», es decir, gracias específicas para situaciones concretas: «intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación» (CEC.- 2000). Son estas gracias las que me han impulsado a querer conocerte más.

¿Cómo no agradecértelo, Jesús?

Quiero corresponder a tus llamadas, quiero seguir tus planes, no rechazarlos como hicieron los fariseos y doctores de la Ley.

2º. «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides-dependen muchas cosas grandes» (Camino.-755).

Jesús, estás a punto de nacer. 

Estás ahí, aún en el vientre de tu madre, y ya me das una lección: obediencia a los planes de Dios. 

La Humanidad lleva siglos esperando, pero Tú no te impacientas. 

Esta es siempre tu regla de conducta: hacer lo que quiere tu Padre Dios. 

Por eso, ya desde el seno de Maria, sigues obedientemente los planes trazados por Dios desde la eternidad: quieres nacer como un niño normal, sin espectáculo, sin más cosas extraordinarias que las estrictamente necesarias.

De mi obediencia a tus planes, Jesús, dependen muchas cosas grandes. 

¿Qué quieres hoy de mí? 

Que no me pase como a esos fariseos y doctores de la Ley, que eran los que estaban más preparados para conocer tu venida: rechazaron el plan de Dios sobre ellos. 

¡Qué pena! 

Yo también tengo muchas posibilidades de conocerte más, de tratarte personalmente, incluso puedo recibirte en la comunión, si mi alma está limpia. 

Que no me pase por alto la misión que me tienes reservada; que no me desentienda de esa vocación a la santidad que has puesto en el corazón de todos los hombres.

Quiero estar seguro de no fallar en esto, Señor.

Por eso me interesa preguntar, aconsejarme, escuchar a alguien capaz de ayudarme y... ¡dejarme ayudar! 

Alguien que entienda mis circunstancias y que esté cerca de Ti, que luche también por cumplir tu voluntad por encima de todas las cosas. 

¡Qué gran ayuda es la dirección espiritual!

Que me dé cuenta de que necesito ayuda para conocer tu voluntad, y que aprenda de Ti a obedecer los planes que Dios tiene para mí.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

 

"El Señor se sirve de nosotros como antorchas"

 

Hijos de Dios. –Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. –El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna. (Forja, 1)

 

Iesus Christus, Deus Homo, Jesucristo Dios‑Hombre. Una de las magnalia Dei, de las maravillas de Dios, que hemos de meditar y que hemos de agradecer a este Señor que ha venido a traer la paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad. A todos los hombres que quieren unir su voluntad a la Voluntad buena de Dios: ¡No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres!, ¡a todos los hombres, a todos los hermanos! Que hermanos somos todos en Jesús, hijos de Dios, hermanos de Cristo: su Madre es nuestra Madre.

No hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios. Todos hemos de hablar la misma lengua, la que nos enseña nuestro Padre que está en los cielos: la lengua del diálogo de Jesús con su Padre, la lengua que se habla con el corazón y con la cabeza, la que empleáis ahora vosotros en vuestra oración. La lengua de las almas contemplativas, la de los hombres que son espirituales, porque se han dado cuenta de su filiación divina. Una lengua que se manifiesta en mil mociones de la voluntad, en luces claras del entendimiento, en afectos del corazón, en decisiones de vida recta, de bien, de contento, de paz. (Es Cristo que 

 

 

Mons. Ocáriz: "Se nos ha ido al Cielo una persona buena"

Entrevista en Radio Vaticano (italiano) de Alessandro Gissotti con Mons. Fernando Ocáriz, vicario auxiliar y general del Opus Dei.

Últimas noticias 13 de Diciembre de 2016

Opus Dei - Mons. Ocáriz: "Se nos ha ido al Cielo una persona buena"​ Mons. Fernando Ocáriz reza ante el prelado en la capilla del "Campus Bio-Medico".

Entrevista en italiano de Alessandro Gissotti (Radio Vaticana)

Fernando Ocáriz. ‒ He podido darle la unción de enfermos, y la ha recibido con alegría… Poco después ha fallecido: serenamente, como ha sido siempre su vida, una vida de servicio, de entrega a los demás. Nuestros sentimientos, en este momento, son de pena, pero también de serenidad, porque se nos ha ido al Cielo una persona buena que sabemos que desde allí nos va a ayudar. Como es sabido, vivió con dos santos: con san Josemaría, muchos años, y luego con el beato Álvaro del Portillo. Y de ellos aprendió a ser muy fiel a la Iglesia: a amar a la Iglesia, al Papa y a las almas. Me impresionó siempre su capacidad de estar “a mano” de todos, de escuchar, de no tener prisa para conversar con uno o con otro, incluso para conversar con quien se le acercaba de improviso. Era un sacerdote y un obispo fiel, bueno, cercano a todos.

P. ‒ Desde hacía más de 20 años dirigía el Opus Dei. ¿Qué herencia deja al Opus Dei y también a la Iglesia?

R. ‒ La fidelidad al espíritu recibido de san Josemaría. Ha sido su segundo sucesor, y ha tenido siempre en la mente la fidelidad al espíritu que había recibido. Una fidelidad que no era repetición mecánica, porque, por decirlo con palabras del propio fundador, lo importante es que permanezca el núcleo, el espíritu: los modos de decir y de hacer cambian con el tiempo, pero permanece la fidelidad al espíritu. En él se descubría la verdad de ese imperativo que todos los cristianos recibimos de ser fieles al Espíritu pero abiertos siempre a las novedades.

P. ‒ Evidentemente, el prelado Echevarría ha conocido muy bien a san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. ¿Qué nos puede decir de su relación con los sucesivos Papas?

R. ‒ Por una parte, había en él un gran afecto por el Papa ‒¡por todos!‒ y un gran sentido de fidelidad, porque lo que para todos los católicos ha de ser, y es, fidelidad a Cristo y a la Iglesia, es inseparable de la fidelidad al Vicario de Cristo, al Pastor supremo de la Iglesia: al Papa. Cuando era recibido por el Papa, siempre sentía una alegría y una emoción muy profundas.

 

 

Reacciones ante el fallecimiento del prelado del Opus Dei

El Papa Francisco, instituciones de la Iglesia, cardenales y obispos, e innumerables personas, han expresado su cariño, oración y cercanía ante el fallecimiento de Mons. Javier Echevarría.

Del Prelado 13 de Diciembre de 2016

Opus Dei - Reacciones ante el fallecimiento del prelado del Opus Dei

• Telegrama del Papa Francisco por el fallecimiento del prelado del Opus Dei.

• Cardenal Ricardo Blázquez, Presidente de la Conferencia Episcopal Española "Él premiará sus grandes desvelos y trabajos por la Iglesia"

• Cardenal Carlos Osoro Sierra, arzobispo de Madrid «Agradecemos lo que D. Javier, con su trabajo intenso, sereno, discreto y firme, ha ofrecido a la Iglesia»

• Mons. Juan José Omella, arzobispo de Barcelona El arzobispo de Barcelona reza por el alma de Mons. Javier Echevarría

Nota del Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela ante el fallecimiento de Mons. Javier Echevarría.

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La puerta de la humildad

"Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón". Dios se ha hecho pequeño, para que podamos ser grandes, con la grandeza verdadera: la humildad de corazón.

Virtudes 12 de Diciembre de 2016

Opus Dei - La puerta de la humildad

La fachada de la basílica de la Natividad en Belén deja adivinar aún hoy el rastro de su antiguo portal, que con el tiempo se redujo a una puertecita de apenas un metro y medio de altura. Así se impedía que se pudiera entrar a caballo, y se protegía el lugar santo. Las reducidas dimensiones de esta puerta interpelan también al visitante actual: le dicen, sin palabras, que «debemos bajarnos, ir espiritualmente a pie, por decirlo así, para poder entrar por el portal de la fe y encontrar a Dios, que es diferente de nuestros prejuicios y nuestras opiniones: el Dios que se oculta en la humildad de un niño recién nacido»[1].

Somos hijos e hijas de Dios

En su segunda encíclica, el papa Francisco nos recuerda uno de los porqués profundos de la humildad. Se trata de una verdad sencilla y grande que corremos el peligro de olvidar demasiado fácilmente en el ajetreo de la vida cotidiana: «No somos Dios»[2]. La creación es, en efecto, el punto de partida firme de nuestro ser: hemos recibido nuestra existencia de Dios. Cuando aceptamos esa verdad fundamental, nos dejamos transformar por la gracia divina; conocemos entonces la realidad, la perfeccionamos y la ofrecemos a Dios. El amor al mundo que nos transmite san Josemaría nos lleva a querer mejorar lo que amamos, allí donde nos encontramos, y según nuestras posibilidades. Y en el centro de esta tarea inmensa yace la humildad, «que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza»[3]: la miseria, que experimentamos con frecuencia, y la grandeza de ser, por el bautismo, hijas e hijos de Dios en Cristo.

El humilde desarrolla una sensibilidad hacia los dones de Dios, tanto en su propia vida como en la de los demás; comprende que cada persona es un don de Dios, y así acoge a todos, sin comparaciones ni rivalidades

La humildad es «la virtud de los santos y de las personas llenas de Dios […]: cuanto más crecen en importancia, más aumenta en ellas la conciencia de su nulidad y de no poder hacer nada sin la gracia de Dios (cfr. Jn 15,8)»[4]. Así son los niños pequeños, y así somos delante de Dios. Por eso es bueno volver a lo esencial: Dios me ama. Cuando una persona se sabe amada por Dios –un Amor que descubre en el amor que le muestran otras personas– puede querer a todos.

Humildad con los demás

La humildad nos lleva a aceptar la realidad que nos viene dada, y en particular a las personas que nos son más cercanas por lazos familiares, por vínculos de fe, por la vida misma. «Mientras disponemos de tiempo hagamos el bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe» (Ga 6,10). Nos enseña el Apóstol a no cansarnos de ejercer una caridad ordenada. A los que, como nosotros, han recibido el don del bautismo ¿cómo no los vamos a mirar como hermanos, hijos del mismo Padre de bondad y misericordia? «La humildad nos lleva como de la mano a esa forma de tratar al prójimo, que es la mejor: la de comprender a todos, convivir con todos, disculpar a todos; no crear divisiones ni barreras; comportarse –¡siempre!– como instrumentos de unidad»[5].

El humilde desarrolla una sensibilidad hacia los dones de Dios, tanto en su propia vida como en la de los demás; comprende que cada persona es un don de Dios, y así acoge a todos, sin comparaciones ni rivalidades: cada uno es único a los ojos de Dios, y aporta algo que los demás no pueden dar. La humildad lleva a alegrarse por la alegría de los demás, por el hecho de que existen y cuentan. El humilde aprende a ser uno más: uno entre los demás. La familia tiene en este sentido un papel primordial: el niño se acostumbra a relacionarse, a hablar y a escuchar; entre los propios hermanos y hermanas, no es siempre el centro de la atención; aprende a dar las gracias, porque poco a poco se da cuenta de lo que cuestan las cosas. Así, con el tiempo, a la hora de un éxito personal, descubre que tantas cosas han sido posibles gracias a la entrega de sus familiares y amigos, de las personas que le cuidan, dándole de comer y creando hogar. La humildad crece con el agradecimiento, y también con el perdón: perdonar, pedir perdón, ser perdonado. ¿Quién soy, para que me digan: “perdóname”? La humildad de quien pide perdón, siendo quizá alguien revestido de autoridad, resulta amable y contagiosa. Lo es entre esposos, entre padres e hijos, entre superiores y colaboradores.

Quien tiende a hablar con frecuencia de las cosas que le “ponen nervioso” o le irritan, suele hacerlo por falta de amplitud de miras, indulgencia, apertura de mente y de corazón

Sin ser por eso un ingenuo, el cristiano tiene una buena disposición habitual hacia lo que viene del prójimo, pues realmente cada persona vale, cada persona cuenta; cada forma de inteligencia, ya sea más especulativa o venga del corazón, da una luz. La conciencia de la dignidad de los demás evita caer en «la indiferencia que humilla»[6]. El cristiano está por vocación girado hacia los demás: se abre a ellos sin preocuparse excesivamente de si hace el ridículo o queda mal. Hay quien intimida a fuerza de ser tímido, en vez de comunicar luz y calor: piensa demasiado en sí mismo, en qué dirán los demás… quizá por un excesivo sentido del honor, de la propia imagen, que podría encubrir orgullo y falta de sencillez.

Polarizar la atención sobre sí mismo, expresar repetidamente deseos excesivamente concretos y singulares, enfatizar problemas de salud más o menos comunes; o, al contrario, esconder de modo exagerado una enfermedad que los demás podrían conocer para ayudarnos mejor, con su oración y apoyo: son todas ellas actitudes que necesitan probablemente de una purificación. La humildad se manifiesta también en una cierta flexibilidad, en el esfuerzo por comunicar lo que vemos o sentimos. «Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás pendiente solo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos (1 Co 9,22)»[7].

Ver lo bueno y convivir

«Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis hecho duelo» (Mt 11,17): el Señor se sirve de una canción o quizá de un juego popular para ilustrar cómo algunos de sus contemporáneos no le saben reconocer. Nosotros estamos llamados a descubrir a Cristo en los acontecimientos y en las personas; nos toca respetar los modos divinos de actuar: Dios crea, libera, rescata, perdona, llama... «No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el que Dios entra en la vida de cada persona»[8].

Abrirse a los demás implica amoldarse a ellos; por ejemplo, para participar en un deporte colectivo con otros que tienen menos técnica; u olvidando alguna preferencia, para descansar con los demás como a ellos les gusta. En la convivencia, la persona humilde ama ser positiva. El orgulloso, en cambio, tiende a subrayar demasiado lo negativo. En la familia, en el trabajo, en la sociedad, la humildad permite ver a los demás desde sus virtudes. Quien, en cambio, tiende a hablar con frecuencia de las cosas que le “ponen nervioso” o le irritan, suele hacerlo por falta de amplitud de miras, indulgencia, apertura de mente y de corazón. Quizá deberá aprender a amar a los demás con sus defectos. Se pone así en obra una pedagogía del amor que, poco a poco, crea una dinámica irresistible: uno se hace más pequeño para que los demás crezcan. Así fue con el precursor: «Conviene que Él crezca y yo disminuya» (Jn 3,30), dijo el Bautista. El Verbo se hizo más pequeño todavía: «Los Padres de la Iglesia, en su traducción griega del antiguo Testamento, usaron unas palabras del profeta Isaías que también cita Pablo para mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron preanunciados ya en el Antiguo Testamento. Allí se leía: “Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado” (Is 10,23; Rm 9,28)... El Hijo mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance»[9].

Al humilde nada le resulta ajeno: si, por ejemplo, se esfuerza por mejorar su formación profesional, además del natural interés por su especialidad, es para servir mejor a los demás

Jesucristo se puso al alcance de todos: sabía dialogar con sus discípulos, recurriendo a parábolas, poniéndose a su nivel –por ejemplo, al solucionar el problema del impuesto al César, no duda en tomar a Pedro como igual (cfr. Mt 17,27)[10]–, con las mujeres, santas o más alejadas de Dios, con los fariseos, con Pilatos. Importa llegar a desprenderse del propio modo de ser, para salir hacia los demás: se desarrolla así, por ejemplo, una cierta capacidad de amoldarse a los demás, evitando dejarse llevar por obsesiones o manías; descubriendo en cada persona ese algo amable, esa chispa del amor divino; conformándose con ser uno más, a tono con lo que se celebra en nuestra casa o país, también a la luz del tiempo litúrgico, que marca el ritmo de nuestra vida de hijos e hijas de Dios. El humilde vive atento, pendiente de quienes le rodean. Esta actitud es la base de la buena educación y se manifiesta en muchos detalles, como no interrumpir una conversación, una comida o una cena, y menos todavía la oración mental, para contestar al teléfono, salvo en caso de verdaderas urgencias. La caridad, en fin, nace en el humus –terreno fértil– de la humildad: «la caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia» (1 Co 13,4).

 

Humildad en el trabajo

En su encíclica Laudato si’, el Papa señala que en todo trabajo subyace «una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer»[11] con lo que le rodea y con quienes le rodean. El trabajo ofrece no pocas ocasiones de crecer en humildad.

Si, por ejemplo, un dirigente se muestra demasiado autoritario, se puede buscar una excusa, pensar que lleva mucho peso encima, o simplemente que ha dormido mal. Cuando un colaborador se equivoca, cabe corregir el error sin herir a la persona. Entristecerse de los éxitos de los demás denotaría falta de humildad, pero también de fe: «todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). Al humilde nada le resulta ajeno: si, por ejemplo, se esfuerza por mejorar su formación profesional, además del natural interés por su especialidad, es para servir mejor a los demás. Eso supone rectificar la intención, volver al punto de mira sobrenatural, no dejarse arrastrar por un ambiente superficial o incluso corrompido, sin mirar por eso a los demás por encima del hombro. El humilde rehuye el perfeccionismo, reconoce las propias limitaciones y cuenta con que otros podrán mejorar lo que ha hecho. El humilde sabe rectificar y pedir perdón. Cuando hace cabeza, es el reconocimiento de su autoridad, más que un cierto poder establecido, lo que le confiere el liderazgo.

Dios nos ha llamado a ser, con un amor gratuito; sin embargo, a veces nos parece que necesitamos justificar nuestra propia existencia. El afán por distinguirse, por hacer las cosas de otro modo, por llamar la atención, una excesiva preocupación por sentirse útil y lucirse hasta en el servicio, pueden ser síntomas de una enfermedad del alma, que invitan a pedir ayuda, y a aceptarla siendo dóciles a la gracia. «Con una mirada apagada para el bien y otra más penetrante hacia lo que halaga el propio yo, la voluntad tibia acumula en el alma posos y podredumbre de egoísmo y de soberbia (…), la conversación insustancial o centrada en uno mismo, (…) aquel non cogitare nisi de se, que se exterioriza en non loqui nisi de se (…), se resfría la caridad, y se pierde la vibración apostólica»[12]. Pensar mucho en sí mismo, hablar solo de uno mismo… La persona humilde evita conducir las conversaciones a su historia, a su experiencia, a lo que ha hecho: evita buscar desmedidamente que se reconozcan sus méritos. Bien diferente, en cambio, es hacer memoria de las misericordias de Dios e integrar la propia vida dentro del designo de la Providencia. Si uno habla de lo que hizo, es para que el otro pueda desarrollar su historia. Así pues, el testimonio de un encuentro personal con Cristo, dentro del legítimo pudor del alma, puede ayudar al otro a descubrir que a él también Jesús le ama, le perdona y le diviniza. ¡Qué alegría entonces! «Soy amado, luego existo»[13].

¿Somos de esas personas que quieren que los demás se rindan a nuestro modo de pensar? La tendencia excesiva a insistir en el proprio punto de vista puede denotar rigidez de mente

Hay momentos especialmente propicios para renovar los deseos de humildad. Por ejemplo, cuando uno recibe una promoción o empieza a tener un trabajo con cierta visibilidad pública. Es hora entonces de tomar decisiones que reflejan un estilo cristiano de trabajar: acoger esa posición como una oportunidad que Dios nos da de servir aún más; rehuir cualquier ventaja personal innecesaria; intensificar nuestra atención a los más débiles, sin sucumbir a las tentación de olvidarlos, ahora que uno trata con gente a la que antes no tenía acceso. También es entonces el momento de dar ejemplo de desprendimiento de las ganancias y honores inherentes a ese cargo o trabajo, de quitar peso a los aplausos que suele recibir quien manda y, en cambio, estar abierto a las críticas, que suelen pasar más ocultas y que contienen signos de verdad. Son muchas las manifestaciones de esa sencillez en el trabajo: reírnos de nosotros mismos cuando nos sorprendemos, por ejemplo, buscando enseguida si salimos en una fotografía o si nos citan en un texto; superar la tendencia a dejar nuestra firma en todo, o a amplificar un problema cuando no se nos pidió consejo para resolverlo, como si tuvieran que consultar siempre con nosotros...

 

Aprender a rendir el juicio

En el ambiente profesional, familiar, incluso recreativo, se organizan reuniones donde se intercambian puntos de vista quizá opuestos. ¿Somos de esas personas que quieren que los demás se rindan a nuestro modo de pensar? Lo que tendría que ser, lo que habría que hacer… La tendencia excesiva a insistir en el proprio punto de vista puede denotar rigidez de mente. Sin duda, ceder no es algo automático, pero en todo caso muchas veces prueba que se posee una inteligencia de las situaciones. Aprovechar las ocasiones de rendir el propio juicio es algo agradable a los ojos de Dios[14]. Con frase lapidaria, Benedicto XVI comentaba en una ocasión el triste giro que dio Tertuliano en los últimos años de su vida: «Cuando solo se ve el propio pensamiento en su grandeza, al final se pierde precisamente esta grandeza»[15].

Alguna vez hemos de escuchar a personas más jóvenes, con menos experiencia, pero que quizá gozan de más dotes de inteligencia o de corazón, o tienen funciones en las que la gracia de Dios les asiste. Ciertamente, a nadie le gustaría pasar por tonto, o por alguien sin corazón, pero si nos preocupa mucho lo que los demás piensan de nosotros, es que nos falta humildad. La vida de Jesús, el Hijo de Dios, es una lección infinita para cualquier cristiano investido de una responsabilidad que el mundo juzga alta. Las aclamaciones de Jerusalén no hicieron olvidar al Rey de Reyes que otros lo iban a crucificar y que era también el Siervo doliente (cfr. Jn 12,12-19).

El rey san Luis aconsejaba a su hijo que, si un día llegaba a ser rey, en las reuniones del consejo real no defendiera con viveza su opinión, sin escuchar antes a los demás: «Los miembros de tu consejo podrían tener miedo de contradecirte, cosa que no conviene desear»[16]. Es muy saludable aprender a no opinar con ligereza, sobre todo cuando no se tiene la responsabilidad última y se desconoce el trasfondo de un asunto, además de carecer de la gracia de estado y de los datos que quizá posee quien está constituido en la autoridad. Por otro lado, tan importante como la ponderación y la reflexividad es la disposición a rendir el juicio con nobleza y magnanimidad: a veces hay que ejercer la prudencia de escuchar a consejeros y cambiar de parecer, y en eso se manifiesta cómo la humildad y el sentido común hacen a la persona más grande y eficaz. La prudencia en el juicio es favorecida por el trabajo en equipo: hacer equipo, aunar esfuerzos, elaborar un pensamiento y llegar a una decisión con los demás: todo eso es también un ejercicio de humildad y de inteligencia.

Humildad del siervo inútil

En las iniciativas pastorales, en las parroquias, en las asociaciones de beneficencia, en los proyectos para ayudar a los inmigrantes, muchas veces las soluciones a los problemas no son evidentes, o simplemente caben distintos modos de enfrentarlos. La actitud humilde lleva a manifestar la propia opinión, a decir de manera oportuna si algún punto no resulta claro, y a aceptar incluso una orientación distinta de la que uno veía, confiando en que la gracia de Dios asiste a quienes ejercen su función con rectitud de intención y cuentan con la ayuda de expertos en la materia.

Es poco conocido que la Iglesia católica, desde una preciosa humildad colectiva, es la institución que más iniciativas vivifica en el mundo entero para ayudar pobres y enfermos. En el pueblo de Dios justamente, donde conviven lo humano y lo divino, la humildad es especialmente necesaria. ¡Qué bonito aspirar a ser el sobre que se tira cuando se lee una carta, o la aguja que deja el hilo y desaparece, una vez que ha cumplido su misión! El Señor nos invita a decir: «Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer» (Lc 17,10). Así, el sacerdote tendrá la humildad de «aprender a no estar de moda»[17], no buscar estar siempre a la última, a la vanguardia de todo; a rechazar de manera casi instintiva el protagonismo que, fácilmente, va de la mano de una mentalidad de propietario de las almas. A su vez, el fiel laico, si es humilde, respeta a los ministros del culto por lo que representan: no critica a su párroco o a los sacerdotes en general, sino que les ayuda, con discreción. Los hijos de Noé cubrieron la desnudez de su padre embriagado (cfr. Gn 9,23). «Como los hijos buenos de Noé, cubre con la capa de la caridad las miserias que veas en tu padre, el Sacerdote»[18]. Santo Tomás Moro aplicaba este relato incluso al Romano Pontífice, por quien el pueblo cristiano hubiese debido rezar… ¡en vez de perseguirle![19]

 

El tiempo es de Dios: fe y humildad

«El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: “Nuestro Dios está en los cielos. Cuanto le agrada, lo hace” (Sal 115,3); y de Cristo se dice: “si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir” (Ap 3,7); “hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero solo el plan de Dios se realiza” (Pr 19,21)»[20]. Y la dirección espiritual es un medio excelente para situarnos mejor en ese horizonte. El Espíritu Santo actúa, con paciencia, y cuenta con el tiempo: el consejo recibido debe hacer su camino en el alma. Dios espera la humildad de un oído atento a su voz; entonces es posible sacar un provecho personal de las homilías que uno escucha en su parroquia, no solo para aprender algo, sino sobre todo para mejorar: tomar unas notas durante una charla de formación o un rato de oración, para comentarlas después con alguien que conoce bien nuestra alma, es también reconocer la voz del Espíritu Santo.

Fe y humildad van de la mano: en nuestro peregrinar hacia la patria celestial es necesario dejarnos guiar por el Señor, acudiendo a Él y escuchando su Palabra[21]. La lectura sosegada del Antiguo y del Nuevo Testamento, con los comentarios de carácter teológico-espiritual, nos ayuda a entender qué nos dice Dios en cada momento, invitándonos a la conversión: «mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos –oráculo del Señor»(Is 55,8; cfr. Rm 11,33). La humildad de la fe se arrodilla ante Jesucristo presente en la Eucaristía, adorando al Verbo encarnado como los pastores en Belén. Así sucedió santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein: nunca se olvidó de aquella mujer, que entró en una iglesia con su bolsa de compras y se arrodilló para hacer su oración personal, en conversación íntima con Dios[22].

La humildad lleva a vivir un presente aligerado de todo porvenir, porque los cristianos somos de esos que «han deseado con amor su venida» (2 Tm 4,8). Si nos enfadamos ante unas circunstancias menos favorables, necesitamos crecer en fe y en humildad. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[23]. De este modo, se evita un descontento exagerado, o la tendencia a retener en la memoria las humillaciones: un hijo de Dios perdona los agravios, no guarda rencor, va adelante[24]. Y si alguno piensa que otro le ha ofendido, trata de no hacer memoria de las ofensas, no guarda rencor: mira a Jesús, sabiendo que «a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!»[25]. El humilde dice, con San Pablo: «olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús» (Flp 3,13-14).

Esta actitud nos ayuda a aceptar la enfermedad, y a convertirla en una tarea fecunda: es una misión que Dios nos da. Y parte de esa misión es aprender a facilitar que otros nos puedan ayudar a aliviar nuestro dolor y las posibles angustias: dejarse asistir, curar, acompañar, es prueba de abandono en las manos de Jesús, que se hace presente en nuestros hermanos. Hemos de completar «lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

La conciencia de que somos débiles nos llevará a dejarnos ayudar, a ser indulgentes con los demás, a comprender la condición humana, a evitar sorpresas farisaicas. Nuestra debilidad nos abre la inteligencia y el corazón para comprender la de los demás: se puede salvar la intención, por ejemplo, o pensar que una persona se encontró en situaciones muy difíciles de gestionar, aunque evidentemente eso no supone ignorar la verdad, llamando «al mal bien y al bien mal», y cambiando «lo amargo en dulce y lo dulce en amargo» (Is 5,20). Por otro lado, puede suceder a veces que uno tienda a infravalorarse. Esa baja autoestima, frecuente en muchos ambientes, tampoco es saludable, porque no corresponde a la verdad y corta las alas de quien está llamado a volar alto. No hay motivo para desmoralizarse: la humildad nos lleva a aceptar lo que nos viene dado, con la convicción profunda de que los caminos por los que el Señor desea conducirnos son de misericordia (cfr. Hb 3,10; Sal 95[94],10); pero nos lleva también, por eso mismo, a soñar con audacia: «Sentirse barro, recompuesto con lañas, es fuente continua de alegría; significa reconocerse poca cosa delante de Dios: niño, hijo. ¿Y hay mayor alegría que la del que, sabiéndose pobre y débil, se sabe también hijo de Dios?»[26]

 

Apertura a la Providencia

El hombre y la mujer humildes están abiertos a la acción de la Providencia sobre su futuro. No buscan ni desean controlar todo, ni tener explicaciones para todo. Respetan el misterio de la persona humana y confían en Dios, aunque parezca incierto el día de mañana. No intentan conocer las secretas intenciones divinas, ni lo que supera su fuerza (cfr. Si 3,21). Les basta la gracia de Dios, porque «la fuerza se perfecciona en la flaqueza» (2 Co 12,9). Encontramos esa gracia en el trato con Jesucristo: es participación en su vida.

Tras una emocionante acción de gracias a Dios Padre, Jesús invita a sus discípulos de todos los tiempos a acercársele, quia mitis sum et humilis corde (Mt 11,29): el Señor es manso y humilde de corazón, y por eso encontraremos en Él comprensión y sosiego. Nos acercamos a Cristo en la Eucaristía, a su Cuerpo herido y resucitado: in humilitate carnis assumptae, reza el Prefacio I de Adviento –viene por primera vez en la humildad de nuestra carne. Tocamos la inefable humildad de Dios. «Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... –Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz»[27]. La Virgen María nos acompaña para que le recibamos con la humildad con la que ella recibió a su Hijo Jesús. Salve radix, salve porta, ex qua mundo lux est orta[28]: Salve Raíz, salve puerta, de quien nació la Luz para iluminar un mundo sumergido en las tinieblas del orgullo; Jesucristo, Luz de Luz[29], nos revela la misericordia de Dios Padre.

Guillaume Derville

[1] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2011.

[2] Francisco, Encíclica Laudato si’ (24-V-2015), 67.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, 94.

[4] Francisco, Discurso a la Curia Romana, 21-XII-2015.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, 233.

[6] Francisco, Bula Misericordiae Vultus (11-IV-2015), 15.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 9.

[8] Francisco, Carta ap. Misericordia et misera (30-XI-2016), 2.

[9] Benedicto XVI, Ex. ap. postsinodal Verbum Domini, 12.

[10] Cfr. Guillaume de Saint-Thierry, Exposé sur le Cantique des Cantiques, 109, en Sources Chrétiennes 82, 243.

[11] Francisco, Laudato si’, 125.

[12] Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9-I-1980, 31 (citado en Álvaro del Portillo, Orar. Como sal y como luz, Barcelona: Planeta, 2013, 207).

[13] Francisco, Misericordia et misera, 16.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino, 177.

[15] Benedicto XVI, Audiencia, 30-V-2007.

[16] San Luis de Francia, Testamento espiritual a su hijo, futuro Felipe III, en Acta Sanctorum Augustii 5 (1868), 546.

[17] San Josemaría, Conversaciones, 59.

[18] Camino, 75.

[19] Cfr. Santo Tomás Moro, Responsio ad Lutherum, en The Yale Edition of The Complete Works of St Thomas More, vol. 5, p. 142 (CW5, 142/1-4).

[20] Catecismo de la Iglesia Católica, 303.

[21] Cfr. Sagrada Biblia, Traducción y notas de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, comentario al Salmo 95 (94).

[22] Cfr. santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), Aus dem Leben einer jüdischen Familie. Das Leben Edith Steins: Kindheit und Jugend, 1965 (ed. completa 1985), p. 362.

[23] San Josemaría, Surco, 860.

[24] Cfr. Javier Echevarría, Carta pastoral, 4-XI-2015, n. 21.

[25] San Josemaría, Forja, 210.

[26] Amigos de Dios, 108.

[27] Camino, 533.

[28] Himno Ave Regina Cælorum.

[29] Cfr. Misal Romano, Credo.

 

 

13 diciembre 2016

tiempodeesperarint
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1. Volver a empezar, volver a esperar

El año litúrgico que empieza con el tiempo de Adviento, marca el ritmo vital de la Iglesia en camino hacia su realización escatológica en el encuentro definitivo con el Señor. Cada año, al recorrer el ciclo anual de los misterios de Cristo, entramos en comunión con el Señor en la triple dimensión del misterio ya anunciado y cumplido (el pasado), de su presencia permanente que nos permite participar de este misterio en la liturgia de la Iglesia (el presente), de la espera de la bienaventurada realización del misterio anunciado y ya presente en su última y definitiva manifestación (el futuro).

Y sin embargo no deberíamos tener nunca la sensación que el año litúrgico que vuelve puntual en cada ciclo temporal, sea una repetición; como si nuestra vida y nuestra experiencia de los misterios fuera una especie de círculo cerrado que vuelve continuamente sobre sí mismo, como una eterna y monótona repetición de celebraciones. Cristo que es el Señor de la historia ha salvado nuestra experiencia humana del fatalismo del eterno retorno. El tiempo está abierto hacia el futuro, como en espiral, o como quien va hacia la cima de una montaña, subiendo poco a poco, bordeando la montaña. El tiempo es ya tiempo oportuno de Dios. Y es tiempo nuevo. Nuevo con la novedad de Dios. Nuevo con la novedad de nuestra propia experiencia humana y eclesial que permite que el misterio celebrado cobre tonos nuevos, tenga resonancias inéditas, nos ofrezca la posibilidad de vivir en salvación el momento presente de nuestra historia, en contacto con el eterno misterio de Cristo.

Estamos ya en Adviento y se acerca Navidad. Y con estos dos momentos iniciales del año litúrgico se nos ofrece la posibilidad de vivir algunos momentos o aspectos del misterio de Cristo y de la Iglesia.

El misterio de Cristo que celebramos en este tiempo es precisamente el del Mesías anunciado, esperado, que finalmente ha llegado para realizar las promesas y las esperanzas. Y es también el misterio de aquel que tiene que venir al final de los tiempos. Por eso la Iglesia celebra el Adviento con una atención vigilante, atenta al misterio de la historia y a los signos de los tiempos, solícita por preparar los caminos del Señor y colaborar á la llegada definitiva de su Reino. Tiempo que espera con el sabor de esperanzas cumplidas; cuando llega Navidad, y se celebra la fidelidad de Dios a sus promesas con la venida de su Hijo, manifestación del amor de Dios para todos los hombres. El Verbo Encarnado, el Enmanuel, cuyos pasos se escuchan a través de las páginas del Antiguo Testamento, como afirman los Padres de la Iglesia, es ya una afirmación anticipada y una promesa cumplida que asegura a la Iglesia que también las esperanzas escatológicas tendrán su cumplimiento cabal.

Es también Adviento tiempo de la Iglesia. Iglesia que somos nosotros. Un misterio que nos concierne y una responsabilidad que nos atañe. Iglesia de Adviento que es Iglesia en vela, comunidad de la esperanza, pueblo peregrino y misionero, depositario de las promesas e intérprete de los anhelos de toda la humanidad. Iglesia misionera del anuncio del “Esperado de todas las naciones”, en un tiempo en el que para muchos pueblos todavía es Adviento.

Adviento y Navidad son como las dos caras de una misma medalla en esta experiencia litúrgica de la Iglesia. Por una parte la espera y la esperanza; por otra la presencia y el cumplimiento de las promesas. Navidad asegura a este nuevo Adviento de la historia, en espera de Cristo glorioso, la fidelidad de Dios. No son vanas nuestras esperanzas, como no fueron vanas las del pueblo de Israel que esperaba al Mesías. Por eso Adviento es celebración de la espera mesiánica de nuestros Padres en la fe y actualización de nuestras esperanzas de cara a Cristo, cuando venga a salvar definitivamente nuestro mundo y nuestra historia. Y Navidad, en la que desemboca el Adviento, es celebración del Dios con nosotros, gozo por la compañía de Dios que desde hace dos mil años está presente en la vida de la Iglesia, a partir de su Encarnación y en una misteriosa y real presencia en los misterios de la liturgia.

2. El sabor primitivo del Adviento cristiano: “Marana-thá”

Sabemos que la celebración litúrgica de Adviento, como espera del Señor, es relativamente tardía en la tradición de la Iglesia. Su organización definitiva en la liturgia romana es del siglo VI. Y sin embargo lo que celebra tiene un inconfundible sabor primitivo que nos hace remontar a los primeros días de la Iglesia apostólica. La clave para entender este sentido primitivo del Adviento cristiano y vivirlo en sintonía con las esperanzas de la Iglesia primitiva nos la ofrece una palabra breve y densa en su significado; una palabra que resume la espiritualidad del Adviento y su misma oración litúrgica. Una palabra que hace de puente entre el ayer y el hoy, y nos proyecta hacia el futuro. Es la palabra “Maranatha”.

Esta expresión, conservada casi como una reliquia en la misma lengua materna de Jesús, resonaba en las asambleas primitivas como resuena hoy en nuestro Adviento. Y puede y debe convertirse para nosotros es una fórmula para la “oración del corazón”, como una invocación que se hace con el latido del corazón y el ritmo respiratorio, como para entrar con todo nuestro ser en la espiritualidad del Adviento.

Esta palabra tiene un doble significado, según sus dos posibles lecturas. Si separamos las dos primeras sílabas, la palabra Maran-athá se convierte en una afirmación gozosa, pletórica de fe. Significa: “El Señor viene” o “El Señor ha venido”. Es una fórmula, pues, que aclama la presencia del Resucitado en medio de la comunidad cultual. En cambio, si la pronunciamos separando las tres primeras sílabas de la cuarta diciendo Marana-thá, la invocación se convierte en un grito de esperanza: “Ven, Señor”, como en las últimas palabras del Apocalipsis: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20; Cfr. 1 Cor 16,22).

Las dos lecturas tienen su fundamento literario, su significado teológico y su carga de experiencia cristiana, tanto en la primitiva comunidad cristiana como en nuestra comunidad litúrgica. El Señor está presente en su comunidad, como él lo ha prometido (Cfr. Mt 18,20). Y sin embargo esta presencia no es evidente y no es definitiva. Por eso, cuanto más real es su presencia en la Iglesia, como en la celebración eucarística, más imperioso se hace el deseo de la presencia sin velos, de la manifestación definitiva. Y por eso aclamamos: “Ven, Señor, Jesús”.

Es significativo que esta expresión se encuentre en la última página de la revelación del N.T. que es el Apocalipsis, como el último suspiro del Espíritu y de la Esposa, como la oración definitiva e incesante que rasga los cielos a través de los tiempos y resuena como un secreto de la historia que tiene que cumplirse, esperanza y deseo de los cristianos, pero con una proyección universal. Hasta el momento en que se escuche ya cercana la voz del que continuamente viene y diga: “Sí, vendré pronto” (Ap 22,20). Entonces comprenderemos que ya estaba con nosotros. Y ahora nos invita a que para siempre estemos con El.

Curiosamente sabemos que esta expresión cristiana ha nacido en el ambiente de las celebraciones eucarísticas primitivas. Los discípulos que habían conocido al Maestro y hablaban de él suscitaban, podemos pensar, una gran nostalgia por su persona, un gran deseo de conocerlo. Esta nostalgia se convirtió en impaciencia escatológica por su venida, cuando las comunidades primitivas creyeron inminente su retorno. Por eso cada vez que en el memorial litúrgico del Señor, la Eucaristía, se celebraba en un intenso clima de esperanza, se evocaba la presencia del Resucitado y se profesaba la fe en su misteriosa autodonación en los signos del pan y del vino, “eucaristizados”. Y sin embargo la presencia sacramental no colmaba el deseo de verlo cara a cara y se hacía más ardiente la súplica: “Marana-thá: “Señor, ven”.

3. Adviento, proyección de la Pascua

Esta experiencia primitiva de la espera impaciente del retorno del Señor que nace de la Pascua, es fundamento de nuestra celebración actual del Adviento, como lo es también aquella larga espera de nuestros Padres en la fe que volvían sus miradas hacia el futuro, casi vislumbrando, como hacen los profetas, los rasgos de aquel que tenía que venir para salvar a su pueblo.

Por eso el tema del “Marana-thá”, repetido en las invocaciones y en los himnos de Adviento, es como una prolongación de la invocación del Padre nuestro: “Venga a nosotros tu Reino”. Ambas invocaciones nos permiten vivir una instancia fundamental de la experiencia cristiana que la Iglesia celebra de un modo coral en Adviento: la esperanza de la definitiva venida del Señor.

Así Adviento es como una proyección de la Pascua, una ritualización prolongada de una de las dimensiones esenciales de la Vigilia pascual que es la raíz y síntesis de todo el Año litúrgico. En realidad, la primera ritualización de la esperanza escatológica, los cristianos la celebraban en la Vigilia pascual. Si antiguas tradiciones hebreas aseguraban que el Mesías tenía que venir en la celebración de la Cena pascual, los cristianos recogieron también esta tradición. Cuando se reunían para celebrar la Pascua tenían la certeza de que el Señor volvería una vez u otra. Un texto de San Jerónimo nos recuerda esta curiosa tradición: “Una tradición de los judíos dice que Cristo vendrá a medianoche, como en el tiempo de Egipto, cuando se celebró la Pascua… De aquí creo que viene la tradición apostólica que ha llegado hasta nosotros; según ésta no es lícito despedir la asamblea en la vigilia pascual antes de medianoche, mientras se espera todavía la venida de Cristo. Pero pasado este tiempo, todos hacen fiesta, al recobrar de nuevo la seguridad”.

Textos litúrgicos antiguos, conservados todavía hoy en la celebración eucarística ambrosiana, ponen en labios del Señor estas palabras con las que aclamamos su presencia después de la consagración: “Cada vez que hagáis esto, lo haréis como memorial mío: anunciaréis mi muerte, proclamaréis mi resurrección, esperaréis con confianza mi retomo, hasta que venga de nuevo a vosotros desde el cielo”.

Se puede, pues, afirmar que Adviento celebra un fragmento de la Pascua, su dimensión escatológica, y al colocarse como preparación del principio del misterio pascual que es Navidad, nos hace revivir la otra espera y la otra venida. La espera de los justos del Antiguo Testamento, y la venida que cumplió tantas promesas, el misterio de Navidad, misterio de la presencia del Dios con nosotros.

4. Adviento, espiritualidad de la esperanza

Estas dos actitudes, la espera escatológica y la espera mesiánica, dan el tono a la espiritualidad del Adviento y marcan el pensamiento de la Iglesia en su plegaria litúrgica, haciendo de ella la comunidad de la esperanza. Una venida anuncia y confirma la otra. Navidad es garantía de la Parusía del Señor. Pero nosotros nos podemos vivir el Adviento como los justos del Antiguo Testamento, como si en realidad el Mesías no hubiera venido. Adviento no es ficción. Es realidad, a partir del misterio de la Pascua.

La Iglesia nos dice a propósito de este tiempo de gracia: “El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”.

Da el tono a esta orientación litúrgica el primer prefacio de Adviento, cuando bendecimos al Padre por este misterio de la espera de Cristo: “Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar”.

Entre el pasado y el futuro ¿cuál puede ser el significado del Adviento litúrgico para la vida de la Iglesia? ¿Cómo enriquecer el Adviento con nuestra propia experiencia espiritual y social de personas y comunidades que viven con realismo este tiempo de gracia?

Ante todo, la Iglesia tiene la clara conciencia de ser en este mundo la presencia inicial del Reino de Dios, pero ora y trabaja para que el Reino se manifieste en toda su plenitud. Por eso cuanto más precaria se hace la seguridad de los hombres tanto más fuerte y responsable se hace la esperanza de la Iglesia y su misión. Con los textos del tiempo de Adviento -textos bíblicos arcaicos, textos eclesiales de rancio abolengo como las antífonas mayores o los himnos clásicos, textos de nueva composición como las intercesiones de Laudes y Vísperas- la Iglesia ora con realismo por toda la humana sociedad, necesitada de una salvación integral con la presencia del Señor. Hacemos nuestros los gemidos del Espíritu que brotan de la humana sociedad y de la creación, y los convertimos en oraciones de deseo y de esperanza, en fuertes imploraciones de salvación y de presencia.

La Iglesia, intérprete de la humanidad, sabe que el vacío del deseo crea espacios a la esperanza, y la conciencia de la necesidad de la redención abre las puertas al Mesías redentor. Por eso en este tiempo de Adviento, la Iglesia vive de forma intensa y concentrada las esperanzas del Antiguo Testamento, el deseo de las primeras comunidades cristianas; la oración es ya confesión de la necesidad de una venida y profesión esperanzadora de la certeza de que el Señor viene y que anticipa misteriosamente esta venida definitiva al mundo en los corazones de los fieles y en los espacios que la comunidad ofrece.

No es intimismo, sino realismo personalista, el poner el acento en la vivencia del Adviento como experiencia personal, interior, de espera y de vigilancia, en el momento presente de nuestra historia y de nuestro camino hacia la plenitud de la vida en Cristo.

El Cardenal H. J. Newman ha expresado muy bien el sentido personal del Adviento en una homilía de la que destacamos estas expresiones: “¿Sabéis lo que significa esperar a un amigo, esperar que llegue y ver que tarda? ¿Sabéis lo que significa estar en ansia cuando una cosa podría ocurrir y no acaece, o estar a la espera de algún acontecimiento importante que os hace latir el corazón cuando os lo recuerdan y al que pensáis cada mañana desde que abrís los ojos? ¿Sabéis lo que es tener un amigo lejos, esperar sus noticias y preguntaros cada día qué estará haciendo en ese momento o si se encontrará bien?… Velar en espera de Cristo es un sentimiento que se parece a todos estos, en la medida en que los sentimientos de este mundo pueden ser semejantes a los del otro mundo”.

Salvación de Adviento. No es una palabra huera, cuando hay una experiencia viva. Se espera lo que se desea. Se desea aquello que se necesita. ¿Cómo podemos decir que esperamos al Señor si no lo deseamos, o que lo deseamos si no sentimos necesidad de su presencia? Sin deseo, no hay esperanza, sin necesidad no hay deseo. Y sin estas componentes de la espiritualidad del Adviento, la oración del deseo y de la esperanza pierde su verdad y su fuerza expresiva.

No hay Adviento donde no hay deseo y necesidad de presencia y de salvación. Por eso la materia prima del tiempo litúrgico de la espera y la esperanza, a nivel personal, es la invocación sentida y sincera de una nueva venida del Señor en nuestra vida personal, en ese momento del camino de nuestra experiencia eclesial. Lo ha expresado muy bien el anónimo autor de meditaciones evangélico-litúrgicas que firma “un monje de la Iglesia de Oriente” y que en realidad es el monje L. Guillet: “Quien espera a Cristo se ilumina y se dilata en cada instante. Se dilata porque lo vemos que tiende hacia su plenitud. Se ilumina porque la presencia de Cristo proyecta ya sobre él la luz de una venida todavía más perfecta. El vendrá, vendrá de nuevo. Vendrá siempre hasta el momento de su venida en la gloria. El ya ha venido. Viene a nosotros en cada instante. Cada instante no tiene otro valor que el de esta venida y esta presencia de Cristo que el momento presente nos trae”.

Desde la experiencia personal, la oración universal de la Iglesia en Adviento referida a toda la humanidad, la evocación de las visiones lisonjeras de los profetas, pacifistas y pacificadores, el ansia de la venida del Mesías, dan a la espiritualidad del Adviento una dimensión también real y universalista. Este tiempo de la Iglesia celebra, afirma e implora con su oración la salvación de nuestro mundo y de nuestra historia. La Iglesia afirma en este tiempo, como le gustaba recordar a Teilhard de Chardin, que nuestro mundo y nuestra historia necesitan una salida, una salvación que no puede ser inmanente a la sociedad en que vivimos; tiene que venir de fuera, de Dios. Por eso el sabio jesuita con ardor poético y con una cierta inspiración mística y litúrgica apostrofaba a los cristianos con palabras que pueden ser también motivo de meditación litúrgica para este tiempo de Adviento: “Cristianos, encargados, después de Israel, de mantener viva en la tierra la llama del deseo. Apenas veinte siglos después de la Ascensión ¿qué hemos hecho de nuestra espera? Seguimos diciendo que estamos en vela en espera del Señor. Pero en realidad, si queremos ser sinceros, hemos de confesar que no esperamos nada. Hay que avivar la llama a cualquier precio. Hay que renovar a toda costa en nosotros la esperanza y el deseo de la venida del Señor”.

Desde la perspectiva de un mundo que todavía espera al Mesías como Salvador de su propia historia, desde la experiencia comunitaria de una Iglesia que tiene que avivar el sentido de la espera y la llama de la esperanza, desde la propia experiencia de pobreza y de indigencia que hacen no superflua sino necesaria la presencia del Señor, podemos vivir el misterio del Adviento. Una acumulación de deseos, decía Teilhard de Chardin, hará explotar la Parusía del Señor.

Por eso la oración que resume la espiritualidad del Adviento, el Marana-thá puede ser el grito de la Iglesia que ansía, espera e invoca una nueva venida del Señor. Una oración que desde el corazón puede ir impregnando de liturgia cotidiana el trabajo de cada día. Y una oración coralmente celebrada en la Liturgia de las Horas y en la Eucaristía como expresión cabal de una Iglesia, Esposa en vela que anhela y espera al Esposo, mientras no deja de anunciar su venida a toda la humanidad.

Jesús Castellano

 

 

Javier Echevarría, en su muerte

Ernesto Juliá

Se ha cerrado ayer, a las 21.10, en un hospital de Roma, la vida en la tierra de Javier Echevarría. Una vida crecida y desarrollada a la sombra, y en plena colaboración, con Josemaría Escrivá y con Álvaro del Portillo, hoy uno santo y el otro beato. Y siempre, viviendo, al lado de esos dos hombres, el palpitar de la labor apostólica del Opus Dei, que ha ido creciendo a lo largo de los años.

Desde 1994, le tocó a Javier Echevarría llevar las riendas de la dirección de la ya Prelatura del Opus Dei; y en sus años, la labor se extendió, de forma estable, a Lituania, Estonia, Eslovaquia, Líbano, Panamá, Uganda, Kazakhistan, Sudáfrica, Eslovenia, Croacia, Letonia, Rusia, Indonesia, Corea, Rumania, Sri Lanka; y ha muerto abriendo ya las puertas del comienzo estable en Vietnam, del que ya había hablado tiempo ha con el entonces Card. Van Thuan.

Cuando fue elegido para ser Prelado, alguien comentó que quizá era demasiado el peso de la responsabilidad que se había cargado sobre él. Y es posible; pero él siempre confió en la gracia de Dios, como había visto confiar a sus dos predecesores. Unas palabras suyas se las podemos aplicar hoy a él mismo:

“Meditar y adentrase en la fe de María –siempre fue un gran devoto de la Madre de Dios- nos conduce y ayuda a sentir la dependencia total que de Dios tenemos., dependencia que nos hace entender que, agarrados firmemente a su mano, nos volvemos capaces de cumplir maravillas, con un relieve extraordinario para nuestra propia existencia, para la Iglesia, para la corredención que nos ha sido confiada, un relieve extraordinario que desciende lógicamente a los quehaceres y pequeñeces, aparentemente más indiferentes, ya que con Dios póssumus; lo podemos todo; y sin Él, nihil, nada”.

Es cierto que sus sueños de juventud eran, realmente, de corto alcance:

“Yo quería ser agente de cambio y bolsa, como mi abuelo, para ganar dinero y vivir bien. Luego, Dios se metió en mi vida y cambié mis planes”, manifestó en una entrevista a Pilar Urbano, en 1994.

Dios se metió hondamente en su vida desde su encuentro con el Opus Dei en el Madrid del año 1948, y fue abriéndole el alma en el vivir diario con Josemaría Escrivá y Álvaro del Portillo.  Ese vivir pendiente de otras personas le sirvió para ir desarrollando lo mejor de su personalidad, eliminando lo que podía impedir ese desarrollo –que él reconocía con humildad- en el espíritu de saberse hijo de Dios en Cristo nuestro Señor, correspondiendo a la llamada a vivir con el Señor, en el trabajo diario de cada jornada.

Y los planes de Dios le fueron llevan hasta ser elegido, en marzo de 1994, Prelado del Opus Dei, más allá de cualquier perspectiva de su propia vida..

“Yo nunca hubiera soñado realizar mi vida de un modo tan ambicioso. Viviendo a mi aire, yo hubiese tenido unos horizontes muchísimo más estrechos, unos vuelos más cortos. De no haber estado, día tras días, junto a dos hombres de esa estatura humana y espiritual (se está refiriendo a Josemaría Escrivá y a Álvaro del Portillo), ni me habría planteado la ambición de entenderme con todo el mundo, de preocuparme por todas las almas. Ni el interés por todas las culturas. Ni el afán de servicio a los demás. Ni la amplitud de miras, para ver los problemas de la Iglesia y de la sociedad civil. Ni me hubiese abierto a conocer –no como una curiosidad, sino como una preocupación personal- la situación de los hombres en todos los países del mundo, sus condiciones de

trabajo, su nivel de libertad y de dignidad...Viajando y viendo vivir en su propio terreno a gentes de todas las naciones, de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de todas las religiones... Yo, como hombre de mi tiempo, como cristiano y como sacerdote, soy una persona ambiciosamente realizada. Y tengo el corazón mundializado, gracias a haber vivido con dos hombres de espíritu grandioso, cristianamente grandioso” (de la entrevista con Pilar Urbano).

A mí me tocó vivir con él la muerte de Josemaría Escrivá, momentos muy especiales en la historia del Opus Dei. Lloró mucho y, sólo al cabo de unos días recobró la paz de espíritu. Cerró los ojos a Álvaro del Portillo, y la paz invadió su alma en agradecimiento a Dios por la fidelidad de su predecesor.

Y con esa paz, “a ejemplo de san Josemaría Escrivá y del Beato Álvaro del Portillo, a quienes sucedió al frente de toda esa familia, entregó su vida en un constante servicio de amor a la Iglesia y a las almas” (telegrama del Papa Francisco).

ernesto.julia@gmail.com.

 

 

Recuerdo espontáneo de Mons. Javier Echevarría

Salvador Bernal

Hace muchos años Álvaro del Portillo contaba divertido el lapsus de una persona del Opus Dei que vivía en Roma desde los años cuarenta. Intentaba precisar un detalle de la vida del futuro san Josemaría. Ante su pregunta, ella, en ausencia de Javier Echevarría, contestó: -No recuerdo, pero seguro que lo sabe don Javier, con su memoria privilegiosa. Hizo sin querer una síntesis auténtica de la capacidad de querer y recordar del futuro prelado, especialmente en todo lo relativo al fundador.

Gracias a esa excepcional memoria, se pudo conocer buena parte de la oración en voz alta que san Josemaría hizo en 1970 ante la Virgen de Guadalupe, en su villa de México. Corrían tiempos recios para la Iglesia y para el Opus Dei, que el fundador confió a la Señora en su primer viaje a América. Tal vez desde entonces, aumentó la devoción que don Javier tenía a esa excepcional advocación de la Virgen. Y si el fundador murió delante del cuadro a Ella dedicado en su cuarto de trabajo en Roma, parece providencial que Dios haya llamado a su presencia a Mons. Echevarría justo en el día de su fiesta. La identificación fue plena, especialmente a partir de su marcha a Roma desde Madrid, en los primeros años cincuenta.

No se me van hoy de la cabeza unas palabras de don Álvaro del Portillo, el 18 de agosto de 1990 en Solavieya (Asturias), cuando le contaba mi impresión tras el serio ataque de corazón que don Javier había sufrido esa tarde.

Mientras dirigía la meditación aquel sábado a las mujeres del Opus Dei que cuidaban de la casa antigua de un indiano, utilizada como centro de retiros y convivencias, sintió un dolor muy intenso, con un rictus que advirtieron ellas. Acabó su prédica, pero pidió a don Tomás Gutiérrez, que estaba muy cerca, oficiar la exposición con el Santísimo y el canto de la Salve. No se encontraba bien. Le atendió Alejandro Cantero, médico cordial, con gran ojo clínico, aunque no ejercía ya su profesión. Advirtió el infarto, pero no lo dijo explícitamente. Se limitó a sugerir la conveniencia de hacerle un electrocardiograma, para quedarse más tranquilo.

Mi modestísima ayuda consistió en acompañarles al Centro Médico de Oviedo, facilitando las entradas y salidas del coche –entonces complejas- de la finca donde sucedía todo. Dudo que nadie haya tardado menos tiempo que Alejandro en hacer ese trayecto, por la "y griega" asturiana, prácticamente sin tráfico en las primeras horas de la tarde de un sábado de agosto. Al parecer, es muy importante la rápida atención de un infartado. Y así sucedió. No entré a la consulta del médico de urgencias. Pero, minutos después, don Javier salía en silla de ruedas, con un gotero, camino de la unidad de cuidados intensivos.

Será para mucho bien de la Obra

Durante el camino de Solavieya a Oviedo fuimos casi en silencio. Sólo don Javier, de vez en cuando, decía: -Perdonad la lata que os estoy dando. Por lo demás, estaba con buen aspecto, sereno, amable, como siempre. Cuando se lo conté a don Álvaro, se limitó a comentar: -¡Qué bueno es don Javier! Le di más datos, según la información que me facilitó Alejandro, y la reacción del entonces prelado se resumía en unas palabras sencillas: -Será para mucho bien de la Obra.

Pensé que era un modo de sobrenaturalizar la situación, en línea con aquella jaculatoria, síntesis de un texto de san Pablo, que repitió mucho san Josemaría: omnia in bonum. Pero la historia haría proféticas esas palabras. Un año después, tras la correspondiente operación y muchos cuidados, Diego Martínez Caro, jefe entonces del departamento de Cardiología de la Clínica universitaria de Navarra, respondería lacónicamente a una pregunta mía incidental: -Se ha producido una restitutio ad integrum. (In integrum, para los juristas; pero con igual significado, según me explicó en su día un gran latinista, Antonio Fontán).

Aquel infarto de miocardio sufrido en un hombre deportista, relativamente joven, alargó probablemente muchos años su vida, al servicio de la Iglesia, del Opus Dei, de las almas. Cuatro años después, al fallecer don Álvaro en 1994, sería elegido para sustituirle como prelado, tarea que ha realizado a fondo durante veintidós años más; lógicamente la edad fue deteriorando su salud progresivamente, hasta morir en la fiesta de la Virgen de Guadalupe.

Un mosaico de lealtades, con espíritu deportivo

Realmente, suceder a dos santos no es tarea nada fácil. Pero había asimilado durante muchos años las lecciones de fidelidad que impartía con rotunda sencillez Álvaro del Portillo. No insistiré. Resultaba obvio, y lo repetirán cuantos escriban estos días. A su correspondencia fiel a una inequívoca gracia divina, contribuía –pienso- su carácter abierto y extrovertido, su formación intelectual y jurídica, su personalidad enérgica y decidida. Para quienes conocimos su temperamento, resultaba claro que la fidelidad no es algo inerte o apocado; al contrario, se forja en recia espontaneidad y en variada iniciativa.

Así lo observé desde el verano de 1976, comienzo de largos períodos en que tuve la fortuna de colaborar de cerca -convivir, en el sentido estricto del término- con los dos sucesores de san Josemaría. He descrito en otros lugares detalles del cariño y afabilidad de don Álvaro. Pero no le iba a la zaga don Javier, con un sentido del humor que me recordaba sus raíces madrileñas.

En la armonía de fortaleza y afecto, de tenacidad y finura, se reflejaba otro rasgo característico de su personalidad: el espíritu deportivo. Como es natural, aparecía literalmente en los escasos ratos que podía dedicar -merecido e indispensable descanso- a jugar al frontón o al tenis. Apenas había hecho deporte en los años romanos. Pero sus gestos denotaban el estilo del buen atleta, que pone empeño un día y otro, con tenacidad y alegría, aunque no se vean los resultados: con mayor motivo, en este caso, cuando el deseo de ganar deja paso a la ilusión de que los demás lo pasen bien.

También aquí prescindía gustosamente de objetivos personales: como el auténtico deportista, que no busca lucimientos propios, sino el juego de equipo. Bien había aprendido la lección de san Josemaría, que señaló, entre los rasgos centrales del espíritu del Opus Dei, el ascetismo sonriente, el espíritu deportivo en la lucha por practicar las virtudes cristianas. Y, ciertamente, sin pretender nunca logros o glorias humanas, la prelatura ha dado buenos pasos adelante, al servicio de la Iglesia, en estos últimos veintidós años. Don Javier habrá recibido en el cielo la corona incorruptible a que alude san Pablo en el capítulo 10 de la primera carta a los de Corinto: como ese premio que reciben en el estadio los atletas, forjado a base de esfuerzo y entrega generosa.

 

 

ESPAÑA PAÍS DE MISIÓN

La preocupación principal del Papa y de los pastores de la Iglesia católica debe ser el mantener vivo e íntegro en el pueblo de Dios, el depósito de la fe trasmitido por los apóstoles y llevar esa misma fe a la vida de los fieles. Este es su deber principal, del  cual deberán dar estrecha cuenta un día a Jesucristo, Pastor universal, que les confió alimentar y conservar la vida de su grey.

Ahora bien, no se puede ocultar por más tiempo, ni tratar de maquillar la realidad, en el aspecto religioso, por la que está atravesando el pueblo de Dios, en gran parte de nuestra patria.

De nada serviría pretender ignorarla metiendo la cabeza bajo el ala, ponerse una venda en los ojos o mirar para otro lado, cuando salta a la vista el deterioro creciente y progresivo de gran parte del tejido familiar y social de nuestros fieles católicos.

Nuestra sociedad actual española ha perdido gran parte de sus valores religiosos tradicionales y se ha secularizado a ojos vistas.

 

No es exagerado apuntar que tiene más de pagana y materialista, que de cristiana. 

No me baso, al hacer esta aseveración en encuestas o estudios sociológicos precisos. Lo hago desde mi condición de cristiano de a pie y como sacerdote en contacto con la realidad de la gente. Como simple observador, más bien crítico, del entorno que se nos ofrece a todos y a través de los medios de comunicación social.

Si en pocas palabras hubiese que dar el diagnóstico de la situación actual religiosa de los españoles, bien podría ser el siguiente: Hemos pasado en pocos años y casi sin darnos cuenta, de una sociedad de tradición católica y cristiana  (del nacional catolicismo), a una sociedad casi pagana, fruto de una imparable desacralización, propiciada por el liberalismo, comunismo, consumismo y también por las corrientes

ideológicas desatadas por un post-concilio mal entendido, mal aplicado y peor  digerido. Hemos pasado, sin apenas solución de continuidad al secularismo; de éste, al agnosticismo, para desembocar  en un paganismo práctico, con un relativismo y un indiferentismo generalizado.

 

Si por cristiano se entiende el seguimiento e identificación con Cristo, en los juicios, palabras y comportamiento de la vida, los españoles dejamos muchísimo que desear y estamos bastante distantes de nuestro único referente, en lo personal, en lo familiar y en lo social. Difícilmente se podría decir, sin faltar a la verdad, que la nuestra es una sociedad “cristiana”. Es cierto que aún, más del 70 % de españoles están bautizados. Pero en una gran mayoría, todo queda en eso. 

 

Tanto o más es cierto -nos guste o no- la realidad del dicho de Azaña de que “España ha dejado de ser católica”. Si por católica se entiende la adhesión afectiva, efectiva, cordial y práctica a la persona y magisterio del Papa, reconocido como Vicario de Cristo en la tierra, no es menos cierto, que bastantes sectores de la sociedad española no están en comunión ni en sintonía con el Papa. 

Y esto a pesar del entusiasmo que han producido algunos gestos llamativos del  papa Francisco.

 

La actual sociedad española, en grandes líneas, es una sociedad mayoritariamente

“bautizada”; de nombre y gestos “cristianos”; de poca conciencia “católica”; medianamente “practicante”; de escasos “comprometidos”; de muy pocos “vocacionados”. De una gran masa con religiosidad popular, muchos pasotas, la mayoría, buena gente, sin que falten bastantes agnósticos - ateos y no digamos del incontable número de  indiferentes. En una palabra, tenemos aún, una gran masa de gente bautizada,  que está sin evangelizar y sin convertir. El panorama es  parecido al de las misiones, con el agravante de estar ya de vuelta y  vacunados contra la influencia religiosa fundamental. Problema gravísimo el de la ideología de género, de consecuencias inmensas para el futuro de todos los españoles.

 

Esta situación se percibe claramente hoy desde la base, donde cada sacerdote se mueve en su tarea cotidiana. Se cae el alma a los pies al comprobar el grado supino de ignorancia religiosa en lo fundamental, que tienen la mayoría de los que vienen a  pedir algún servicio a la Iglesia, especialmente jóvenes.

Jesucristo es casi totalmente ignorado, tanto su persona, como su Evangelio. Muy pocos son los que confiesan y creen claramente que es “el Hijo de Dios hecho hombre”. Muchos lo consideran al mismo nivel de Buda, Mahoma, Gandhi u otro

fundador de religiones.

 

Sobre la Iglesia, la ignorancia, los prejuicios y la desafección, son enormes. Se palpa en la pastoral prematrimonial. Ni creen, ni entienden lo que es la Iglesia, ni el

papel del Papa y sacerdotes en la misma. No se sienten parte de una comunidad, a pesar de su bautismo y Primera Comunión, que gran parte recibieron de pequeños. Y con este grado de ignorancia -¡buen terreno para las sectas!- vienen algunos a querer casarse por la Iglesia.

Sin cargar las tintas sobre el tema, y remitiendo el problema a los señores obispos, a los pastores responsables y especialistas en la Iglesia, más sabios y santos que este viejo cura de pueblo, cabría decir abiertamente que España es hoy país de misión

 

MIGUEL RIVILLA SAN MARTÍN

 

 

BIBLIA PARA NO CREYENTES

 

La Biblia  es un libro divino y humano, de naturaleza y contenido tales, que se ha convertido en indispensable para todo ser humano, practique cualquier religión o no crea en ninguna.

 

La Biblia es un  libro sin par, el más editado y leído del mundo, llevado incluso a la luna. Contiene un fondo de tesoros escondidos que Yahvé va entregando a la humanidad o a ciertos pueblos o personas en momentos y en condiciones especiales.  Cuando  los judíos la leen, al final, la elevan como una botella de la que parecen beber para vivir.

 

La Biblia no se puede leer como leemos cualquier otro  libro, se entiende lo que dice, pero no comprendemos nada o casi nada. Sin que esto importe mucho. Se trata de creer, no de entender. Es igual que nos den una u otra Biblia con tal que esté  aprobada por la Iglesia.

 

La Biblia hay que leerla diariamente, como se hace en todas las Misas del mundo. Esta es la única forma de obtener sus frutos. Cuando llevamos años leyéndola nos vamos dando cuenta de que en ella están reflejados todos los acontecimientos de la Historia Universal de todos los tiempos, pueblos , naciones y personas: guerras, crisis, épocas de prosperidad o de hambres, revoluciones; pero solo nos damos cuenta cuando el suceso nos afecta personalmente, a pesar de haber leído esa frase o párrafo  en numerosas ocasiones anteriores. Es como cuando tenemos una pequeña herida en la mano, no notamos los roces con cualquier cosa hasta que llegó la heridita.

 

 ¿ Y cuándo salimos derrotados o victoriosos en nuestras luchas? ¿ Cuándo padecemos crisis y tragedias  como la crisis económica mundial (moral en realidad)  de hoy o   periodos de paz, tranquilidad y riqueza como en otras ocasiones?

 

Siempre por las mismas razones, mil veces repetidas en los primeros libros de la Biblia: Génesis, Deuteronomio, Jueces,.. El libro de los jueces y el Deuteronomio, tienen un esquema largamente repetido de la historia del pueblo judío ( hoy la del cristiano): degradación y pecado del pueblo, catástrofe y victoria de sus enemigos, súplica de socorro a Dios, misericordia de Dios que le envía un caudillo, liberación y…vuelta a empezar.

 

El rechazo a Cristo ha alcanzado cotas inimaginables en España y en todo el  mundo cristino. Se cerca la Navidad y las grandes poblaciones se han llenado de adornos, luces, bengalas,…pero no vemos señales de Cristo. Cada familia se dispone a festejarla por todo lo alto: buenas comidas, bebidas, risas,…pero en la mesa no se ha puesto ninguna silla para Jesús, nadie brindará con El con una copa de champán. De Cristo, nuestro padre, nos hemos olvidado, no le hemos invitado y no recibirá ni un whatsup de sus hijos o nietos. Todos los medios de comunicación, tampoco le nombran. No existe. Pero Jesús no nos olvida.

 

 ¿Qué ha pasado en nuestra época? Simplemente que los hombres hemos cometido el peor de los pecados respecto a Dios: La idolatría. Hemos arrojado a Dios de nuestras familias, pueblos, de nosotros mismos; le estamos persiguiendo, atacando a El, a su Madre y a su Iglesia. Le ignoramos y le hemos sustituido por otros dioses ante quienes nos arrodillamos: el dinero, el sexo, la droga, el robo, hemos degradado al matrimonio, a la juventud y a la enseñanza sustituyéndolos por  nuevas y  falsas religión  que se concretan en las Ideologías  del Nuevo Orden Mundial,  El Relativismo Moral, La Ideología de  Género y varias más que han convertido  lo bueno en malo y a lo malo en bueno. Todas ellas en manos del Sionismo Judío centralizadas  en el Club Bilderberg

 

A la idolatría hemos añadido el peor de los pecado del hombre para el hombre: la mentira, el engaño. Con la mentira Hitler ,Stalin  y MaoTse Tung han asesinado a más gentes que entre todas las guerras anteriores habidas y por haber. Con la mentira los medios de comunicación de masas han contribuido en buena parte a la situación económica y moral  actual. Yahvé nos espera como en la parábola del Hijo pródigo. Si no nos volvemos a Él, su brazo descargará sobre nosotros con ira. A Yahvé le sobra un solo hombre con Satanás dentro, para castigar nuestra soberbia o estupidez

 

Estos temas parecen muchos y muy graves , pero son de tan extrema sencillez como los Diez Mandamientos y todo lo que proviene de Yahvé.  Siempre son los mismos, siempre la Biblia nos da luz para entenderlos y la solución, que en nuestro caso es: La vuelta a Dios como volvió el hijo pródigo. Pero hay que abrir la Biblia, hay que leerla diariamente y dejar que nos vaya poco a poco entregando sus tesoros.

Mérida (España), 2016-12-07

Alejo Fernández Pérez   <Alejo1926@gmail.com >

 

 

EL DOBLE DE DOLOR DE LOS INFIERNOS

Leo J. Mart.

No hay que minimizar el dolor de los infiernos ni tratar de mitigar sus sufrimientos ni tormentos.

El Papa Juan Pablo II dijo que el infierno no es un lugar sino un estado del alma. Ciertamente el infierno no es un lugar que ocupe espacio, como no ocupa espacio el alma, ni ninguno de sus potencias, como por ejemplo la inteligencia, la voluntad, imaginación ni la memoria.  Hay quienes viven ya en un infierno llevados por su loca imaginación y sus amargos recuerdos del pasado y su sufrimiento es real. 

Tampoco ocupan lugar en el espacio los sentimientos, las pasiones, el amor, el odio, porque son estados del alma; pero son reales y hacen sufrir o gozar. No ocupa lugar en el espacio la luz del y sin embargo alumbra,  ni ocupa lugar en el espacio la oscuridad y sin embargo  causa espanto.

La dicha y el dolor son estados del alma que no ocupan lugar en el espacio; pero ocupan lugar en el alma y la inundan de felicidad o de tristeza.

Hay quienes dicen que es metáfora, a pesar que la Escritura habla reiteradamente, ciento dieciocho veces de <fuego del infierno y rechinar de dientes> dicen que es una expresión metafórica porque no se trata del fuego conocido en la tierra, el fuego del fogón de gas o leña seca, ciertamente no se trata de esta clase de fuego; pero la Escritura se refiere a unas técnicas de fuego y de calor que no conocen los científicos. Dios le aplica al espíritu unas ondas de fuego y de calor del microondas infernal, no conocido en la tierra, que hace arder el alma y le sirven de dolor y de tormento hasta el rechinar de dientes. 

Alguno comentando los pasajes del Apocalipsis, que dan testimonio del fuego y rechinar de dientes, dice que <el infierno no es un lugar de torturas> Esto contradice la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia por más de dos mil años. La Iglesia enseña que existen dos castigos simultáneos: Pena de daño, que es la privación de Dios eternamente; y apoyándose en innumerables textos de la Escritura, habla de <pena de sentido>, donde el alma va a sufrir dolores y torturas que no se conocen en la tierra. 

El Apocalipsis hablando de la ciudad pecadora, Babilonia, sirve igual  para Sodoma y Gomorra, para todas las ciudades pecadores, lo mismo que para las personas particulares que viven alejadas de Dios en busca de un placer y gozo ilícito, dice de ella: 

< Pagadle tal como ella ha pagado, y devolvedle según sus obras; en la copa de placer que ella ha preparado, preparad el doble de dolor a ella > Apocalipsis 18, 6 En este texto Dios revela claramente que el infierno no se limita solamente a la pena de daño, ausencia de Dios, sino que además existe la pena de sentido: con los sentidos que se ha buscado el placer impuro en esta tierra, con ellos será atormentada el alma eternamente en el infierno.

De cierta forma la persona que rechaza a Dios en esta tierra, por no vivir sus Mandamientos y no hacer su santa voluntad y despreciar su llamado, ya comienza a experimentar la pena de daño, la ausencia de Dios y la terrible soledad que se vive en el infierno. 

La ausencia de Dios carcome el alma, es la angustia existencial que vive el pecador en esta tierra y lo lleva a desear la muerte; pero en el infierno esa angustia es elevada a la máxima potencia, y se busca la muerte y esta ya no existe. 

En la tierra el pecador acude a tratar de llenar su vacío existencial buscando el placer de los sentidos, no logra llenar este vacío, pero si logra por lo menos acallarlo, adormecerlo.  En el infierno el condenado no tiene con qué acallar su vacío existencial porque también en los sentidos encuentra gran tormento, esta es la pena de sentido.

El texto del Apocalipsis 18,6 < Pagadle tal como ella ha pagado, y devolvedle según sus obra> Pone en evidencia que Dios es justo, y que premia o castiga a cada uno en la misma proporción de sus obras. Pero este texto no es un pasaje solitario y aislado que se encuentre en la Escritura, Dios confirma la pena de sentido por medio de muchos otros más:

Dios pondrá en boca del Rey David, en el Salmo 28,4 < Dales conforme a sus obras y según la maldad de sus hechos; dales conforme a las obras de sus manos; págales su merecido.> Sería Dios injusto que no le pagara a cada uno según su merecido, y Dios, sin dejar de ser misericordioso,  es justo juez que premia o castiga.

El mismo Espíritu de Dios por medio del Rey David pide castigo para todos los malvados de la tierra, y dice así:

 <Bienaventurado el que te devuelva el pago con que nos pagaste.> Salmo 137,8

Pensamos ahora en los malvados  que han azotado a la humanidad con sus crímenes atroces y han esclavizado a su pueblo para ellos vivir entre manjares, y nos preguntamos: ¿No les devolverá Dios el pago con el cual ellos pagaron a su pueblo? Y ¿no estarán ellos ahora en una sala de torturas y tormentos?

Dios confirma por medio del profeta Jeremías que Él castiga el doble por los pecados: < Pagaré al doble su iniquidad y su pecado, porque ellos han contaminado mi tierra con los cadáveres de sus ídolos abominables y han llenado mi heredad con sus abominaciones. > Jeremías 16:18

La Escritura  no se cansa de castigar a los pecadores, a los descreídos, a los que despreciaron su misericordia y su llamada, a los crueles y malvados, llenaríamos páginas y páginas reproduciendo sus palabras, pero terminemos con estas palabras que sirven de epitafio eterno a los famosos de la tierra que han esclavizado a su pueblo,  para escribirlas en letra de púrpura en la lápida de su tumba:

 < Éste también beberá del vino del furor de Dios, que está preparado en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y en presencia del Cordero.> Apocalipsis 14,10

Otros textos testifican la pena de sentido, los grandes sufrimientos del infierno:

Y el humo de su tormento asciende por los siglos de los siglos; y no tienen reposo, ni de día ni de noche > Apocalipsis 14, 11

Esta es la maldición de Job a los desgraciados hombres que caen al infierno: < Vean sus ojos su ruina, y beba de la furia del Todopoderoso. > Job, 21,20

<  Sobre los impíos hará llover carbones encendidos; fuego, azufre y viento abrasador será la porción de su copa.> Salmo 11,6

<  Porque hay un cáliz (de ira) en la mano del SEÑOR, y el vino fermenta, lleno de mixtura, y de éste El sirve; ciertamente lo sorberán hasta las heces y lo beberán todos los impíos de la tierra.> Salmo 75,8

Los dos (la bestia y el falso profeta) fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre.  > Apocalipsis 19,20 < Y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. > Apocalipsis 20,10

Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda. > Apocalipsis 21,8

Sobre los impíos hará llover carbones encendidos; fuego, azufre y viento abrasador será la porción de su copa. >

<   Entonces dirá también a los de su izquierda: ``Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. > Mateo 25,41

 

 

 

              La Humanidad está en riesgo. ¿Qué se puede hacer?

 

           Estamos viviendo en medio de una gran tensión.  Las nubes amenazadoras o las nieblas de la confusión son cada vez mayores y espesas en casi todos los planos. Sufrimos un deterioro ecológico, medioambiental  y social, seamos conscientes o no.

 

           Las catástrofes naturales, terremotos, tsunamis, tornados y precipitaciones tormentosas que alcanzan un poder destructor impresionante, afectan a los humanos. Nos sirven cada día en casa, las imágenes de esos desastres descontrolados.

 

             Por si fuera poco, nos introducen también a domicilio, las guerras y los estallidos de las bombas sobre lo que queda en pie de enclaves humanos, que deberían estar protegidos de la barbarie, como los hospitales materno-infantiles, o sitios concurridos como los mercados, asilos, o los lugares de culto.

     

              Caída de aeronaves, descarrilamiento del trenes, naufragios en el mar, dejan en el corazón y en la retina un gran impacto emocional, personal y familiar.

 

             En el plano económico, las previsiones de la ONU, alertan de que viene una crisis definitiva.  De hecho un informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo del mes de septiembre, advierte sobre los problemas graves. Ambrose Evans-Pritchard, explicaba que “la tercera ola de esta depresión global sin cura aún está por venir".  Afectará a un gran número de los países en vía de desarrollo, cada vez más económicamente vulnerables. Y por supuesto a sus habitantes.

 

               Según los analistas estamos en un panorama global “frágil”, en el que las economías desarrolladas se recuperan mucho más lentamente de lo esperado y el comercio global se ha ralentizado, lo que ha detenido el crecimiento de muchos países pobres, excesivamente dependientes del capital extranjero. “Las señales de alarma se han disparado desde hace un tiempo por la explosión de deuda corporativa en las economías emergentes del mercado”.  “Sin un cambio de dirección en este aspecto, el entorno externo al que se enfrentan estos países será peor, con consecuencias potencialmente dañinas para su prosperidad y estabilidad a corto y medio plazo”.

 

               Y lo más preocupante, aquí y en otros países, "mientras el dinero sea regalado, nadie hará reformas estructurales". La corrupción está servida. Es enriquecimiento rápido, que comporta “una cultura de recompra de acciones y una incansable extracción de beneficios”. No hacer caso a la deuda pública, ni a las deudas, es endémico. Los trabajadores, la pérdida de puestos de trabajo y la pobreza,  se ignoran.

 

 

               En el plano político, el documento  citado se refiere explícitamente al "Brexit" que provoca maremotos en una corriente ya bastante turbulenta de por sí. Está en juego la estabilidad de Europa y su futuro. Tras el rescate de Grecia, el "Brexit", el bloqueo político de casi un año, en España, la desastrosa aventura del Renzi, en Italia, desatan el auge del populismo y los nacionalismos, en Europa.

 

 

              Pero, también en el Continente americano. La influencia bolivariana y comunista abarca la mayoría de países de Suramérica. En EE.UU, tras la etapa de Obama, llega la incógnita de Trump, a quien desde Europa se mira con recelo por la estabilidad y el comercio.

 

 

               En occidente, el fracaso de la ética y la pérdida de los valores humanos han dado lugar a la corrupción, el enriquecimiento ilícito y el fraude; también a las aberraciones en contra de la vida y la dignidad del ser humano, sobre todo los más débiles. La utopía de la igualdad está lejos. Son noticia un día sí y otro también, en todas las cadenas de televisión los niños abusados o descuartizados para vender sus órganos vitales (acaban de desmantelar la mayor red de tráfico de órganos humanos); mujeres mutiladas, violadas o explotadas sexualmente, y  cada día  son más las mujeres maltratadas o víctimas del machismo.

 

 

              Las migraciones, los seres humanos desplazados o en camino hacia ninguna parte, sugieren que desconectemos de las noticias y nos pongamos a pensar. La amenaza del terrorismo se hace cada vez más universal y más cercana. La UE calcula que aproximadamente un tercio de los 5.000 yihadistas europeos que viajaron a Siria e Irak, ha regresado. Esos combatientes (entre 1.500 y 1.750 según la estimación) son “una amenaza para la seguridad”, alerta un informe restringido de la UE. 

 

 

                Además, se anuncian amenazas extraterrestres, que pueden llegar en forma de asteroides. Para proteger la Tierra, Naciones Unidas proclama el "Día Internacional del Asteroide", porque «aumentará el nivel de conciencia del peligro de impacto de asteroides y el nivel de trabajo global en este área». ¡Hay que prepararse! Un asesor de Obama acaba de alertar del riesgo de que un gran asteroide choque contra la Tierra y ponga en peligro la supervivencia de la vida, como sucedió en el pasado.

 

 

             Las agencias espaciales de Europa y Estados Unidos tratarán, por primera vez de desviar su rumbo.  Llaman AIDA, a la misión que puede salvar la Tierra, pero no encuentra mucha colaboración política ni económica contra los asteroides.

 

              Otro peligro, lo que creamos nosotros y puede dominarnos. Hay cosas que sabemos que están mal o que los humanos no hacen bien. Pero incluso las que creemos hacer bien, encierran un peligro. Hemos creado gran cantidad de necesidades absurdas, que potencialmente pueden ser peligrosas para el desarrollo de la vida humana.

 

             Personas de toda solvencia, como  Stephen Hawking, alertan de que la humanidad está en riesgo con la tecnología de la inteligencia artificial. Es una llamada de atención ante la visión optimista y tecnocrática en la que la medicina preventiva, la ingeniería genética y la tecnología de la información serían las grandes protagonistas y principales fuentes de progreso.

 

              Hawking, astrofísico y divulgador, que padece esclerosis lateral amiotrófica, tiene 74 años, ha viajado a  Roma para  asistir a una conferencia en la Academia Pontificia de Ciencias.  Según el científico, equivalente a Einstein para nuestra generación, estamos desarrollando algo que puede acabar con la humanidad. Si los sistemas artificiales llegaran a superar en inteligencia a las personas, serían un peligro. Los robots, capaces de hacer la guerra y limpiar la casa ya están al alcance de todos; es decir, están también en manos sin escrúpulos, que pueden atentar contra la civilización y el progreso. Para Hawking, la inteligencia artificial será "lo mejor, o lo peor, que le ha pasado nunca a la humanidad".

 

               Ahora que por fin se van a prohibir las minas anti-personas, se utilizan drones para fotografiar o llevar la muerte a donde se desee y contra el objetivo que se quiera. Y las redes sociales, así como los gigantes de Internet, están sirviendo impunemente para los intereses propagandísticos para captación o mensajes terroristas.

 

                No es de extrañar que haya gente que ya no soporta los telediarios. ¡Son difícilmente soportables cuando no  traumáticos!

 

               ¿Puede ser  que nos hallemos a las puertas de nuestra extinción como humanidad? Acabo de leer  esa pregunta en el último libro adquirido esta semana.

 

                ¿Y si todo el panorama que nos sirven los medios y "vemos" en casa diariamente fuera un aviso? Cierto que los hechos son graves, pero no son los únicos, felizmente. En cualquier caso, ¿cuántos estarían dispuestos a dejar la etapa presente  y encaminarse a la siguiente?

 

                 Todas las corrientes espirituales insisten en que:  habrá un día D y una hora H, pero "nadie sabe ni el día ni la hora" Mt 24. Insisten en estar vigilantes, porque ningún proceso evolutivo nos es ajeno. El deterioro al que estamos sometiendo a la Tierra y al que se está sometiendo a la Humanidad afecta en nuestro proceso evolutivo personal como seres espirituales encarnados.

 

                  Cada vez es mayor el número de personas conscientes de las sincronías, confluencias, alineamientos e interacciones que se están produciendo en nuestras vidas.  Según esas personas lo que sucede no es casual, tiene un por qué y un para qué.

 

                   Tienen una consciencia especial que es "la visión y percepción que cada uno tiene de sí mismo y de los demás y el modo en que contempla e interpreta las experiencias cotidianas, la vida, la muerte, la divinidad, el mundo, los hechos y situaciones que le rodea, así como la escala de valores, las pautas vitales y las prioridades con las que afronta el día a día" (E. Carrillo Benito).  

 

                 Estas señales o hechos, parecen una buena ocasión para  pensar, valorar o reajustar las prioridades de cara al futuro. Unos mínimos filosóficos y éticos son absolutamente vitales para la continuidad de la vida humana en este Planeta: según  Bertrand Russell: respeto y amor. La simple acción de observar lo que sucede, modifica lo que sucede. Si le ponemos esas dos energías positivas: se puede cambiar la realidad.

José Manuel Belmonte.

 

CALDERÓN “EL MALOSO”

Por René Mondragón

 

COMO “PUNCHING BAG”

 

            Una inveterada costumbre del sistema político mexicano, particularmente de la forma de hacer política al más puro estilo del viejo y del nuevo PRI, es echarle la culpa al anterior de todo lo malo que sucede en el presente, con el peregrino afán de quedar impolutos, inmaculados y en olor de santidad.

 

Al desatarse las guerrillas de lodo originadas por las campañas del 2017 y la presidencial del 2018, se busca un “chivo expiatorio” que puede ser una persona, un programa o una institución, y entonces, todos los flamígeros adversarios lanzan denostaciones a granel.

 

El turno ahora corresponde al ex presidente Felipe Calderón. Los hombres del poder político encumbrados el día de hoy, no han agotado sus señalamientos culpando al panista de todo lo que pueda culpársele.

 

Calderón “equivocó” la estrategia contra el crimen organizado y el narcotráfico. Lo que nunca dijeron, ni van a decir, es que nadie –jamás- señaló cuál debería ser y qué aspectos tendrían que cambiar. El asunto es que no ha cambiado nada.

 

Se habló mucho –a manera de propaganda estéril- de “los muertos de Calderón”, y ahora ya no se habla –cuando bien podía señalarse así- de la cantidad brutal de muertos contabilizados durante la actual administración federal. Pero, en fin, Calderón “¡Es el culpable!”

 

Recientemente, Ochoa Reza, el encargado-administrador del PRI –dista mucho de ser el líder que requiere el partido- aseguró que Calderón es el culpable de los mediocres resultados obtenidos en la prueba PISA. Y todo, por la amistad que el michoacano tuvo con Elba Esther Gordillo.

 

Con esta forma de repartir culpabilidades y hacer mutis, Felipe también podría ser acusado del triunfo de Trump, de la depreciación del petróleo en la OPEP, y de no asegura el NAFTA. Este aprendiz de escribano se adelanta: Aprovechando el viaje, acúsesele de los problemas que ya hay en Tijuana por la falta de servicios y atención que provoca la inmigración, del Brexit, de Alepo y del alza en las gasolinas anunciada ya, para enero del 2017. Digo, por temas no quedamos.

 

MÁS LEÑA AL FUEGO

            El turno correspondió hace unos días al ombudsman Luis Raúl González Pérez, tal y como recogió la nota el diario La Crónica de Hoy. Se trata, agregó de una coyuntura crítica en materia de derechos humanos, provocados por “la guerra”. Y ya van diez años. O sea, saque usted cuentas. Lo que en buen romance significa que Calderón fue el que “potencializó” el combate a los cárteles de la droga. En ese plan, dice este escribano, para el González Pérez –una de dos- o los hubiera dejado como estaban (tranquilos, sin ajetreos ni a escondidas) o quizá, simular que todo marcha bien y el problema no existe.

 

            Desde luego, las tropas salieron a las calles, porque las policías estatales y municipales están “contaminadas”; además de que, desde el 2008 al 2011, la estadística contra los derechos humanos por parte del Ejército y la Marina Armada, crecieron de forma impresionante. O sea, ¡qué gacho es Calderón!

 

            Este amanuense supone que el ombudsman no ha leído al periodista Rafael Cardona, que aseguró en entrevista con Mario Campos, que la mayor cantidad de denuncias sobre el tema de los derechos humanos, son contra el IMSS.

 

LA PRUEBA PISA

 

            Y ahora, para no faltar, se comprobó la mediocridad del sistema educativo nacional. El 81 por ciento tienen un aprendizaje insuficiente o mínimo –elegante forma de decir que “no la hacen”- en Ciencia, Matemáticas o Lectura. Es decir, como destaca Mexicanos Primero, “quienes asisten a la escuela NO APRENDEN”. Esto es, este modelo educativo que tenemos, no lo tiene ni Vietnam, como dirían los clásicos.

 

            Y como los chavos evaluados oscilan entre los 15 y 16 años, la culpa es de Fox y también de Calderón, porque “son hijos de la alternancia” y porque además, el político panista le entregó la Subsecretaría de Educación Básica a la maestra Gordillo. Este tipo de aseveraciones tiene un fuerte tufo a dos cosas: una, que hay alguien que desea pavimentar el camino para López Obrador mismo que aseguró que derogará el Artículo Tercero de la Constitución; o bien, que ante la incapacidad de un gobierno federal de definir el “nuevo modelo educativo”, como siempre sucede en estos casos, es necesario encontrar, descubrir y ofrendar al pueblo un culpable.

 

            No servirá para nada, pero culpar de todo a Calderón, y colgarle el sambenito de “maloso”, no pasa de ser una catarsis bastante circense. Al tiempo.

 

 

Libertad religiosa: empeora la situación 

Ayuda a la Iglesia Necesitada presentaba en la mañana del pasado día 15 de noviembre el Informe bienal sobre libertad religiosa, el único estudio que analiza el cumplimiento del derecho a la libertad religiosa en todo el mundo. Una de cada tres personas vive actualmente en un país donde no se respeta la libertad religiosa.

El informe de este año revela un empeoramiento serio de la situación. Hay países como Afganistán, Arabia Saudí, Corea del Norte, Irak, Nigeria, Siria o Somalia donde la situación es tan grave que apenas puede empeorar. Eso en pleno siglo XXI.

Juan García.

 

Negociar con lobos 

Con el objetivo de evitar el derramamiento de sangre, el Vaticano y la Iglesia en Venezuela están desempeñando una activa labor de mediación entre el gobierno y los grupos opositores. Esto supone adentrarse en un campo de minas debido a la polarización de la sociedad venezolana y a las propias divisiones en la oposición, sobre si se puede confiar en la sinceridad de un régimen que busca ganar tiempo y evitar unas elecciones anticipadas, la única solución que realmente podría desbloquear la situación. 

Los últimos acuerdos para paliar el desabastecimiento de alimentos y medicinas suponen, de hecho, un acto de generosidad de los grupos democráticos, ya que permiten a Nicolás Maduro insistir en su desquiciado relato que culpa a un complot capitalista de problemas que tienen como única causa la nefasta gestión del régimen.

Pedro García

 

 

No cerrarse en un nacionalismo

Estamos observando que en los últimos tiempos, ante el desconcierto que trae la globalización, retornan viejas formas de nacionalismo. Se desconfía, cuando no se estigmatiza al extranjero, y se sueña con fórmulas para cerrar comercialmente las fronteras. La nación tiene una vocación universal, como toda dimensión de la experiencia humana. Nacemos en una determinada tradición, crecemos con una lengua particular y pertenecemos a la historia de un pueblo. Y eso es un gran bien. Pero los pueblos se hacen grandes cuando están abiertos al mundo. Cuando más vivo está un país más se abre.

Esa apertura, ciertamente, tiene que realizarse con un orden. Ciertamente que es necesario ordenar el proceso de mestizaje que domina la historia, ahora acelerado por la globalización pero no nos quedemos en un cerrado nacionalismo.

Domingo Martínez Madrid

 

 

LA FLOR DE PASCUA Y SU HISTORIA

 

Pocos símbolos hay más propios de la Navidad que esta planta de color rojo intenso que vemos en toda suerte de decoraciones. 

La Flor de Pascua es de origen mejicano y su nombre original, en el idioma nahuatl, era "Cuitlaxochitl", que significa “flor que crece en los desperdicios”. Desde el siglo XVII forma parte muy notable de las celebraciones navideñas mejicanas. La historia de cómo adquirió ese papel y la forma en la que salió de Méjico para ser conocida en todo el mundo es digna de ser conocida.

Cuenta la leyenda que Pepita, una niña mejicana muy pobre, no tenía un regalo que ofrecerle al Niño Jesús durante las celebraciones de la Nochebuena. Mientras caminaba lentamente hacia la iglesia con el corazón apesadumbrado, un ángel acudió a consolarla, diciéndole: "Piensa que el más humilde de los regalos, si es ofrecido con amor, será más que bienvenido ante los ojos de Jesús".

No sabiendo qué otra cosa hacer, Pepita se arrodilló al borde del camino y recogió un puñado de hierbas con las que formó un ramo. Cuando lo miró de reojo, la niña se sintió aún más triste y avergonzada por la pobreza de su ofrecimiento y, al entrar en la pequeña iglesia del lugar, no pudo evitar que se le escapara una lágrima.

Pero a medida que se acercaba al altar y se arrodillaba para colocar el ramo a los pies del pesebre, sentía que su espíritu se elevaba recordando las amables palabras del ángel.

De repente, el ramillete de hierbas estalló en flores de color rojo intenso, y todos los presentes estuvieron seguros de estar presenciando un milagro. A partir de ese día, esas plantas rojas brillantes se conocieron como Flores de Pascua y jamás dejaron de florecer en esas fechas.

El primer embajador de los EE.UU. en Méjico, Mr. Joël Roberts Poinsett, que además de diplomático era un entusiasta botánico aficionado, fue quien llevó la planta a su país, en 1828, y allí rápidamente adquirió gran popularidad. A causa de este éxito, se le pidió a William Prescott, un famoso historiador y horticultor, que sugiriera un nombre para ella, asignándole el de "Poinsettia"  en honor a su "descubridor".

Casi un siglo más tarde llegó la primera planta a Europa donde recibió el nombre científico de "Euphorbia pulcherrima" o "la más hermosa de las euforbiáceas. Es curioso que en Egipto esta planta recibe el nombre de "Bent-el-Consul", que significa “La hija del Cónsul”, en referencia también a Poinsett, que estuvo en allí como diplomático en 1860 y la llevó consigo en su viaje.

Un detalle que suele pasar por alto es que el color rojo de la Flor de Pascua no está en sus flores. Las que le han dado su popularidad son en realidad unas hojas pigmentadas, llamadas brácteas, de las que los aztecas obtenían tintes. Las flores son muy pequeñas y de un color amarillo verdoso. 

Hoy en día es difícil imaginar una Navidad sin la presencia de abundantes cantidades de Flores de Pascua. En España se venden unos 6 millones de plantas cada año durante la temporada navideña.

Las poinsettias son cultivadas comercialmente en invernaderos, donde se consiguen ejemplares de varios colores, incluyendo blanco, amarillo, rosa y naranja. 

No cabe duda que Mr. Poinsett no podía imaginar que sería recordado en todo el mundo, no por su trabajo como diplomático y político, sino como el hombre que dio a conocer al mundo una hermosa planta mejicana.

 

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NOTA: En un viaje que realicé a México con mi esposa (1993) y concretamente a la península de Yucatán, en una de las excursiones pudimos ver en tierra mexicana y en forma silvestre junto  a la selva de aquel lugar, esta planta, lo que me llamó la atención; pero en aquel momento no pude imaginar que era allí su lugar natural.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y 

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes