Las Noticias de hoy 04 Noviembre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 04 de noviembre de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: “Zaqueo descubre de Jesús que es posible amar gratuitamente”

Italia: El Papa saluda un acuerdo entre una diócesis y una comuna para jornaleros

México: Mensaje de Francisco en el IV Encuentro Mundial de Jóvenes

SIN ESPERAR NADA EGOÍSTAMENTE: Francisco Fernandez Carbajal

“Dos mil años de espera del Señor”: San Josemaria

Un motivo sobrenatural: F.J. López Díaz

Conductas que fomentan la libertad responsable: José Antonio Alcázar

¿Cómo será la eternidad?: Antonio Orozco

El luto y la meta: Ángel Cabrero Ugarte

El ateísmo social conduce a la apostasía de los individuos: Acción Familia

Disfrutar en el trabajo: Jaime Nubiola

La vocación al matrimonio: Juan Ignacio Bañares

Migraciones.: Jose Luis Velayos

Grandeza y miseria en la muerte: Plinio Corrêa de Oliveira

Medicina y ética: Fernando Pascual

Algo queda con las visitas a los cementerios cristianos: Jesús Domingo Martínez

Flores en las tumbas: Pedro García

La aspiración de todo corazón humano: Suso do Madrid

Cartas con un drogadicto ya muerto V: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Ángelus: “Zaqueo descubre de Jesús que es posible amar gratuitamente”

Palabras del Papa antes de la oración mariana

noviembre 03, 2019 13:12Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 3 noviembre 2019) .- A las 12 del mediodía de hoy 3 noviembre 2019, en el 31 domingo del Tiempo Ordinario, el Papa Francisco se asoma a la ventana del estudio del Palacio Apostólico para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro para la cita habitual de cada domingo.

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Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy (cf. Lc 19, 1-10) nos pone en las huellas de Jesús que, en su camino hacia Jerusalén, se detiene en Jericó. Había una gran multitud para darle recibirlo, entre las cuales un hombre llamado Zaqueo, jefe de los “publicanos”, es decir, de los judíos que recaudaban los impuestos en nombre del Imperio Romano. Él era rico no por sus ganancias honestas, sino porque pedía el “soborno”, y esto aumentaba el desprecio por él. Zaqueo “trataba de ver quién era Jesús” (v. 3); no quería encontrarse con él, pero era curioso: quería ver a aquel personaje del que había oído decir cosas extraordinarias, era curioso. Y siendo de baja estatura, para lograr verlo (ver 4) sube a un árbol. Cuando Jesús llega cerca, levanta la mirada y lo ve (cf. v. 5). Esto es importante: la primera mirada no es la de Zaqueo, sino la de Jesús, que entre tantos rostros que lo rodeaban, la muchedumbre, busca precisamente ese. La mirada misericordiosa del Señor nos alcanza antes de que nosotros mismos nos demos cuenta de que necesitamos ser salvados. Y con esta mirada del divino Maestro comienza el milagro de la conversión del pecador. De hecho, Jesús lo llama, y lo llama por su nombre: “Zaqueo, baja inmediatamente, porque hoy tengo que quedarme en tu casa”  dice Jesús (v. 5). No le reprocha, no le da un “sermón”; le dice que debe ir a él: “debe”, porque es la voluntad del Padre. A pesar de los murmullos de la gente, Jesús escoge quedarse en la casa de ese pecador público.

También nosotros nos habríamos escandalizado por este comportamiento de Jesús. Pero el desprecio y la cerrazón hacia el pecador sólo lo aísla y lo endurece en el mal que hace contra sí mismo y contra la comunidad. En cambio, Dios condena el pecado, pero trata de salvar al pecador, va a buscarlo para traerlo de nuevo al camino correcto. Quien nunca se ha sentido buscado por la misericordia de Dios, tiene dificultades para comprender la extraordinaria grandeza de los gestos y de las palabras con las que Jesús se acerca a Zaqueo.

La aceptación y la atención de Jesús llevan a ese hombre a una claro cambio de mentalidad: en un momento se da cuenta de lo mezquina que es una vida totalmente apegada al dinero a costa de robar a los demás y de recibir su desprecio. Tener al Señor allí, en su casa, le hace ver todo con otros ojos, incluso con un poco de la ternura con la que Jesús lo ha mirado.  Y también cambia su forma de ver y usar el dinero: el gesto de agarrar es reemplazado por el de dar. De hecho, decide dar la mitad de lo que posee a los pobres y devolver el cuádruple de lo que ha robado (v 8). Zaqueo descubre de Jesús que es posible amar gratuitamente: hasta ese momento era avaro, ahora se vuelve generoso; tenía el gusto de amontonar, ahora se regocija al distribuir. Al encontrar el amor, descubriendo que es amado a pesar de sus pecados, se vuelve capaz de amar a los demás, haciendo de del dinero un signo de solidaridad y comunión.

Que la Virgen María nos obtenga la gracia de sentir siempre sobre nosotros la mirada misericordiosa de Jesús, para salir al encuentro con misericordia de los que se han equivocado, para que ellos también puedan recibir a Jesús, que “ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido” (v. 10).

 

 

Italia: El Papa saluda un acuerdo entre una diócesis y una comuna para jornaleros

Palabras del Papa después de la oración mariana

noviembre 03, 2019 14:00Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 3 noviembre 2019).- En el Ángelus de este domingo, 3 de noviembre de 2019, el Papa Francisco elogió un acuerdo entre el municipio y la diócesis de San Severo en la Puglia italiana, para permitir que los trabajadores del “gueto de la Capitanata” obtengan una domiciliación con las parroquias y el registro administrativo.

“La posibilidad de tener sus documentos de identidad y residencia les dará una nueva dignidad y les permitirá salir de una situación de irregularidad y explotación”, dijo desde la Plaza de San Pedro.

AK

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Palabras del Papa después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy dolorido por las violencias de las que son víctimas los cristianos de la Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Etiopía. Expreso mi cercanía a esta querida Iglesia y su patriarca, mi querido hermano Abuna Matthias, y les pido que recen por todas las víctimas de la violencia en aquella tierra.

Recemos juntos…..

Deseo expresar mi sincero agradecimiento al ayuntamiento y a la diócesis de San Severo en Puglia, por la firma del acuerdo de protocolo alcanzado el pasado lunes 28 de octubre, que permitirá a los trabajadores de los llamados “gueto de la Capitanata”, en la región de Foggia , para obtener una domiciliación cerca de las parroquias e inscribirse en el Registro Municipal. La posibilidad de tener sus documentos de identidad y de residencia les dará una nueva dignidad y les permitirá salir de una situación de irregularidad y explotación.

Muchas gracias al ayuntamiento y a todos los que han trabajado en este plan

Extiendo mi cordial saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos. En particular, saludo a las corporaciones históricas  de los Schützen y de los Cavalieri di San Sebastiano de diferentes países de Europa; y a los fieles de Lordelo de Ouro (Portugal).

Saludo a los grupos de Reggio Calabria, Treviso, Pescara y Sant’Eufemia di Aspromonte; Saludo a los jóvenes de Módena que recibieron la Confirmación, a los de Petosino, en la diócesis de Bérgamo, y los Scouts que vinieron en bicicleta desde Viterbo. Saludo a los miembros del movimiento Hakuna de España.

Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis rezar por mí. Buen almuerzo y adios.

 

 

México: Mensaje de Francisco en el IV Encuentro Mundial de Jóvenes

“La muerte no tiene la última palabra”

noviembre 03, 2019 11:36RedacciónPapa y Santa Sede

(ZENIT – 3 noviembre 2019).- “Una cultura que olvida la muerte comienza a morir desde dentro. Quien olvida la muerte ya ha comenzado a morir”, advierte el Papa Francisco en un mensaje de video con ocasión del IV Encuentro Internacional de Jóvenes, que finalizó el 31 de octubre de 2019 en la Ciudad de México.

“La muerte es lo que permite que la vida siga viva”, dice el Papa: “Este es el final que te permite escribir una historia, pintar una cuadro … Pero cuidado, el fin no está solo al final . Quizás deberíamos prestar atención a cada pequeño final en la vida cotidiana … el final de cada palabra, el final de todo silencio, de cada página que escribimos”.

La muerte, continúa, recuerda “la imposibilidad de ser, de comprender y de comprenderlo todo”. “Es una bofetada a nuestras ilusiones de omnipotencia”. Nos enseña a “ponernos en contacto con el misterio”. Enseña que “por siempre y para siempre hay alguien que nos apoya. Antes y después del final.

El Papa también evoca tres muertes que llenan la vida: “La muerte de cada momento, la muerte del ego y la muerte de un mundo que da paso a un mundo nuevo”. “Si la muerte no tiene la última palabra es porque en la vida hemos aprendido a morir por otro”, también subraya.

La reunión juvenil, a la que asistieron 250 representantes de 60 ciudades de todo el mundo, fue organizada por la Fundación Pontificia para la Educación, con sede en el Vaticano, Scholas Occurrentes y World Ort.

Mensaje del Papa Francisco

Queridos jóvenes de Scholas Occurrentes reunidos de tantas naciones del mundo, celebro con ustedes el final de este encuentro. Quiero quedarme allí, quiero demorarme allí, en el final.

¿Qué sería de este encuentro si no tuviera un final? Quizás no sería un encuentro. ¿Y qué sería de esta vida sino tuviera también su final?

Sé que alguno va a decir: “Padre, no se ponga fúnebre”. Pero pensemos bien esto. Sé de buena fuente que mantuvieron encendida, durante toda la experiencia, la pregunta por la muerte. Allí jugaron, pensaron y crearon desde sus diferencias.

Bueno, lo celebro y les agradezco por esto. Porque, ¿Saben una cosa? La pregunta por la muerte es la pregunta por la vida, y mantener abierta la pregunta por la muerte, quizás, es la mayor responsabilidad humana para mantener abierta la pregunta por la vida.

Así como las palabras nacen del silencio y allí terminan, permitiéndonos escuchar sus significados, lo mismo sucede con la vida. Quizás esto suene un tanto paradójico, pero… ¡es la muerte la que permite que la vida permanezca viva!

Es el fin lo que permite que un cuento se escriba, que un cuadro se pinte, que dos cuerpos se abracen. Pero ojo, el fin no está solo al final. Quizás debamos prestar atención a cada pequeño fin de lo cotidiano. No sólo al final del cuento, que no sabemos nunca cuando se termina, sino al final de cada palabra, al final de cada silencio, de cada página que se va escribiendo. Solo una vida consciente este instante se acaba, logra que este instante sea eterno.

Por otro lado, la muerte nos recuerda la imposibilidad de ser, comprender y abarcarlo todo. Es una bofetada a nuestra ilusión de omnipotencia. Nos enseña en la vida a relacionarnos con el misterio. La confianza de saltar al vacío y darnos cuenta de que no caemos, que no nos hundimos; que desde siempre y para siempre hay alguien allí que nos sostiene. Antes y después del fin.

Es el “no saber” de esta pregunta el lugar de la fragilidad que nos abre a la escucha y el encuentro del otro; es ese surgir de la conmoción que nos llama a crear; y del sentido que nos reúne a celebrarlo.

Por último, en la pregunta por la muerte se formaron desde siempre —a lo largo de las épocas y a lo ancho de las tierras— las diferentes comunidades, pueblos y culturas. Los diferentes relatos que luchan en tantos rincones por mantenerse vivos, y otros, que aún no nacieron. Por eso hoy, quizás como nunca, debamos tocar esta pregunta.

El mundo ya está configurado, donde todo está explicado, no hay lugar a la pregunta abierta. ¿Es verdad eso? Es verdad pero no es verdad. Ese es nuestro mundo. Se ha configurado y no hay lugar para la pregunta abierta. En un mundo que le rinde culto a la autonomía, la autosuficiencia y la auto-realización, parece que no hay lugar para lo otro. El mundo de los proyectos y la aceleración infinita, de la rapidación, no permite interrupciones, y por eso, la cultura mundana que esclaviza trata de anestesiarnos para olvidar lo que significa detenernos al fin.

Pero el olvido de la muerte es también su comienzo, y también, una cultura que olvida la muerte comienza a morir por dentro. El que olvida la muerte ya empezó a morir. ¡Por eso les agradezco tanto! ¡Porque tuvieron el coraje de abrir esta pregunta y  pasar por el cuerpo las tres muertes que vaciándonos llenan la vida! La muerte de cada instante. La muerte del ego. Y la muerte de un mundo que da paso a otro nuevo.

Recuerden, si la muerte no tiene la última palabra, Es porque en vida aprendimos a morir por otro.

Finalmente quiero agradecer muy especialmente a Ort Mundial y a cada una de las personas e instituciones que hicieron posible esta actividad en la que se hace palpable la cultura del encuentro.

Y le pido por favor a cada uno de ustedes, cada cual a su manera, cada cual acorde a sus convicciones: no se olviden de rezar por mi. Gracias.

© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

 

 

 

SIN ESPERAR NADA EGOÍSTAMENTE

— Dar y darnos aunque no veamos fruto ni correspondencia.

— El premio a la generosidad.

— Dar con alegría. Poner al servicio de los demás los talentos recibidos.

I. Jesús había sido invitado a comer por uno de los fariseos importantes del lugar1 y, una vez más, utiliza la imagen del banquete para transmitirnos una enseñanza importante sobre aquello que hemos de hacer por los demás y el modo de llevarlo a cabo. Dirigiéndose al que le había invitado, dijo el Señor: Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos, no sea que también ellos te devuelvan la invitación y te sirva de recompensa. Por el contrario, indica Jesús enseguida a quiénes se ha de invitar: a los pobres, a los tullidos y cojos, a los ciegos... Y da la razón de esta elección: serás bienaventurado, porque no tienen para corresponderte; se te recompensará en la resurrección de los justos2.

Los amigos, los parientes, los vecinos ricos se verán obligados por nuestra invitación a corresponder con otra, al menos de la misma categoría o mejor aún. Lo invertido en la cena ha dado ya su fruto inmediato. Esto puede ser una obra humana recta, incluso muy buena si hay rectitud de intención y los fines son nobles (amistad, apostolado, aunar lazos familiares...), pero, en sí misma, poco se diferencia de lo que pueden hacer los paganos. Es manera humana de obrar: Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo...3, dirá el Señor en otra ocasión. La caridad del cristiano va más lejos, pues incluye y sobrepasa a la vez el plano de lo natural, de lo meramente humano: da por amor al Señor, y sin esperar nada a cambio. Los pobres, los mutilados... nada pueden devolver pues nada tienen. Entonces es fácil ver a Cristo en los demás. La imagen del banquete no se reduce exclusivamente a los bienes materiales; es imagen de todo lo que el hombre puede ofrecer a otros: aprecio, alegría, optimismo, compañía, atención...

Se cuenta en la vida de San Martín que estando el Santo en sueños le pareció ver a Cristo vestido con la mitad de la capa de oficial romano que poco tiempo antes había dado a un pobre. Miró atentamente al Señor y reconoció su ropa. Al mismo tiempo oyó que Jesús, con voz que nunca olvidaría, decía a los ángeles que le acompañaban: «Martín, que solo es catecúmeno, me ha cubierto con este vestido». Y enseguida, el Santo recordó otras palabras de Jesús: Cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis4. Esta visión llenó de aliento y de paz a Martín, y recibió enseguida el Bautismo5.

No debemos hacer el bien esperando en esta vida una recompensa, ni un fruto inmediato. Aquí debemos ser generosos (en el apostolado, en la limosna, en obras de misericordia...) sin esperar recibir nada por ello. La caridad no busca nada, la caridad no es ambiciosa6. Dar, sembrar, darnos aunque no veamos fruto, ni correspondencia, ni agradecimiento, ni beneficio personal aparente alguno. El Señor nos enseña en esta parábola a dar liberalmente, sin calcular retribución alguna. Ya la tendremos con abundancia.

II. Nada se pierde de lo que llevamos a cabo en beneficio de los demás. El dar ensancha el corazón y lo hace joven, y aumenta su capacidad de amar. El egoísmo empequeñece, limita el propio horizonte y lo hace pobre y corto. Por el contrario, cuanto más damos, más se enriquece el alma. A veces no veremos los frutos, ni cosecharemos agradecimiento humano alguno; nos bastará saber que el mismo Cristo es el objeto de nuestra generosidad. Nada se pierde. «Vosotros –comenta San Agustín– no veis ahora la importancia del bien que hacéis; tampoco el labriego, al sembrar, tiene delante las mieses; pero confía en la tierra. ¿Por qué no confías tú en Dios? Llegará un día que será el de nuestra cosecha. Imagínate que nos hallamos ahora en las faenas de labranza; mas labramos para recoger después según aquello de la Escritura: Iban andando y lloraban, arrojando sus simientes; cuando vuelvan, volverán con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal 125)»7. La caridad no se desanima si no ve resultados inmediatos; sabe esperar, es paciente.

La generosidad abre cauce a la necesidad vital del hombre de dar. El corazón que no sabe aportar un bien a los que le rodean, a la sociedad misma, se incapacita, envejece y muere. Cuando damos se alegra el corazón, y estamos en condiciones de comprender mejor al Señor, que dio su vida en rescate por todos8. Cuando San Pablo agradece a los filipenses la ayuda que le han prestado, les enseña que está contento no tanto por el beneficio que él ha recibido sino, sobre todo, por el fruto que las limosnas les reportará a ellos mismos: para que aumenten los intereses en vuestra cuenta9, les dice. Por eso San León Magno recomienda «que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá»10.

San Pablo también alentaba a los primeros cristianos a vivir la generosidad con gozo, pues Dios ama al que da con alegría11. A nadie –mucho menos al Señor– pueden serle gratos un servicio o una limosna hechos de mala gana o con tristeza: «Si das el pan triste –comenta San Agustín– el pan y el premio perdiste»12. En cambio, el Señor se entusiasma ante la entrega de quien da y se da por amor, con espontaneidad, sin cálculos...

III. Es mucho lo que podemos dar a otros y cooperar en obras de asistencia a los necesitados de lo más imprescindible, de formación, de cultura... Podemos dar bienes económicos –aunque sean pocos si es poco de lo que disponemos–, tiempo, compañía, cordialidad... Se trata de poner al servicio de los demás los talentos que hemos recibido del Señor. «He aquí una tarea urgente: remover la conciencia de creyentes y no creyentes –hacer una leva de hombres de buena voluntad–, con el fin de que cooperen y faciliten los instrumentos materiales necesarios para trabajar con las almas»13.

El Evangelio de la Misa nos enseña que la mejor recompensa de la generosidad en la tierra es haber dado. Ahí termina todo. Nada debemos recordar luego a los demás; nada debe ser exigido. De ordinario, es mejor que los padres no recuerden a los hijos lo mucho que hicieron por ellos; ni la mujer al marido las mil ayudas que en momentos difíciles supo prestarle, los desvelos, la paciencia...; ni el marido a la mujer su trabajo intenso para sacar la casa adelante... Queda todo mejor en la presencia de Dios y anotado en la historia personal de cada uno. Es preferible, y más grato al Señor, no pasar factura por aquello que hicimos con alegría, sin ánimo alguno de ser recompensados, con generosidad plena. Incluso, aceptar que las buenas acciones que pretendemos llevar a cabo sean alguna vez mal interpretadas. «Vi rubor en el rostro de aquel hombre sencillo, y casi lágrimas en sus ojos: prestaba generosamente su colaboración en buenas obras, con el dinero honrado que él mismo ganaba, y supo que “los buenos” motejaban de bastardas sus acciones.

»Con ingenuidad de neófito en estas peleas de Dios, musitaba: “¡ven que me sacrifico... y aún me sacrifican!”

»—Le hablé despacio: besó mi Crucifijo, y su natural indignación se trocó en paz y gozo»14.

Nos dice el Señor que debemos comprender a los demás, aunque ellos no nos comprendan (quizá no puedan en ese momento, como los menesterosos invitados al banquete, que no podían responder con otra invitación). Y querer a las gentes, aunque nos ignoren, y prestar muchos pequeños servicios, aunque en circunstancias similares nos los nieguen. Y hacer la vida amable a quienes nos rodean, aunque alguna vez nos parezca que no somos correspondidos... Y todo con corazón grande, sin llevar una contabilidad de cada favor prestado. Cuando se oyen los lamentos y quejas de algunos que pasaron por la vida –dicen– dando y entregándose sin recibir luego las mismas atenciones, se puede sospechar que algo esencial faltó en esa entrega, quizá la rectitud de intención. Porque el dar no puede causar quebranto ni fatiga, sino íntimo gozo y notar que el corazón se hace más grande y que Dios está contento con lo que hemos hecho. «Cuanto más generoso seas, por Dios, serás más feliz»15.

Nuestra Madre Santa María, que con su fiat entregó su ser y su vida al Señor y a nosotros sus hijos, nos ayudará a no reservarnos nada, y a ser generosos en las mil pequeñas oportunidades que se nos presentan cada día.

1 Cfr. Lc 14, 1. — 2 Lc 14, 12-14. — 3 Lc 6, 32. — 4 Mt 25, 40. — 5 Cfr. P. Croiset, Año cristiano, Madrid 1846, vol IV, pp. 82-83. — 6 1 Cor 13, 5. — 7 San Agustín, Sermón 102, 5. — 8 Cfr. Mt 20, 28. — 9 Flp 4, 17. — 10 San León Magno, Sermón 10 sobre la Cuaresma. — 11 2 Cor 9, 7. — 12 San Agustín, Comentarios a los Salmos, 42, 8. — 13 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 24. — 14 Ibídem, n. 28. — 15 Ibídem, n. 18.

 

 

“Dos mil años de espera del Señor”

¡Jesús se ha quedado en la Hostia Santa por nosotros!: para permanecer a nuestro lado, para sostenernos, para guiarnos. –Y amor únicamente con amor se paga. –¿Cómo no habremos de acudir al Sagrario, cada día, aunque sólo sea por unos minutos, para llevarle nuestro saludo y nuestro amor de hijos y de hermanos? (Surco, 686)

Nuestro Dios ha decidido permanecer en el Sagrario para alimentarnos, para fortalecernos, para divinizarnos, para dar eficacia a nuestra tarea y a nuestro esfuerzo. Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra: el Pan de vida eterna.
(...) Así espera nuestro amor, desde hace casi dos mil años. Es mucho tiempo y no es mucho tiempo: porque, cuando hay amor, los días vuelan.
Viene a mi memoria una encantadora poesía gallega, una de esas Cantigas de Alfonso X el Sabio. La leyenda de un monje que, en su simplicidad, suplicó a Santa María poder contemplar el cielo, aunque fuera por un instante. La Virgen acogió su deseo, y el buen monje fue trasladado al paraíso. Cuando regresó, no reconocía a ninguno de los moradores del monasterio: su oración, que a él le había parecido brevísima, había durado tres siglos. Tres siglos no son nada, para un corazón amante. Así me explico yo esos dos mil años de espera del Señor en la Eucaristía. Es la espera de Dios, que ama a los hombres, que nos busca, que nos quiere tal como somos ‑limitados, egoístas, inconstantes‑, pero con la capacidad de descubrir su infinito cariño y de entregarnos a El enteramente. (Es Cristo que pasa, 151)

 

 

Un motivo sobrenatural

¿Qué es "Santificar el trabajo"? En este artículo se explica que es darle un motivo, un porqué: un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección.

Trabajo19/04/2016

Opus Dei - Un motivo sobrenatural

Decía San Josemaría que el espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima de que cualquier tarea digna y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino.

La vida de muchas personas ha experimentado un giro al conocer esta doctrina, y a veces solamente al oír hablar de santificación del trabajo. Hombres y mujeres que trabajaban con horizontes sólo terrenos, de dos dimensiones, y se entusiasman al saber que su trabajo profesional puede adquirir una dimensión trascendente, relieve de vida eterna. ¿Cómo no pensar en el gozo de aquel personaje del Evangelio que al encontrar un tesoro escondido en un campo, fue y vendió todo lo que tenía para comprar aquel campo?[1]

El Espíritu Santo hizo descubrir a San Josemaría este tesoro en la doctrina del Evangelio, especialmente en los largos años de la vida de Jesús en Nazaret, años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol[2], porque esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres[3].Gracias a la luz de Dios, el Fundador del Opus Dei enseñó constantemente que el trabajo profesional es realidad santificable y santificadora. Verdad sencilla y grandiosa que el Magisterio de la Iglesia ha enseñado sobre todo a partir del Concilio Vaticano II[4], y recogido después en el Catecismo, señalando que «el trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el Espíritu de Cristo»[5].

«Con sobrenatural intuición» –ha afirmado Juan Pablo II–, «el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo»[6].

Nuestro Fundador ha sido instrumento querido por Dios para difundir esta doctrina abriendo perspectivas inmensas a la santidad personal de multitud de cristianos y para la santificación de la sociedad humana desde dentro, es decir, desde el entramado mismo de las relaciones profesionales que la configuran.

Esta semilla dará los frutos que el Señor espera si nosotros ponemos el empeño necesario para meditarla en la presencia de Dios y ponerla en práctica con su ayuda, porque la santificación del trabajo no es sólo una idea que basta explicar para que se aprenda; es un ideal que se busca y se conquista por amor a Dios, conducidos por su gracia.

Sentido del trabajo

Desde el comienzo de la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, se nos revela el sentido del trabajo. Dios, que hizo buenas todas las cosas, «quiso libremente crear un mundo "en estado de vía" hacia su perfección última»[7], y creó al hombre ut operaretur [8], para que con su trabajo «prolongase en cierto modo la obra creadora y alcanzase su propia perfección»[9].

Como consecuencia del pecado, el trabajo está acompañado de fatiga y muchas veces de dolor[10]. Pero al asumir nuestra naturaleza para salvarnos, Jesucristo Nuestro Señor ha transformado la fatiga y el dolor en medios para manifestar el amor y la obediencia a la Voluntad divina y reparar la desobediencia del pecado. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. (...) Era el faber, filius Mariae (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)[11].

Junto a esta realidad del trabajo de Jesucristo, que nos muestra la plenitud de su sentido, hemos de considerar que por gracia sobrenatural hemos sido hechos hijos de Dios formando una sola cosa con Jesucristo, un solo cuerpo. Su Vida sobrenatural es vida nuestra, y nos ha hecho partícipes de su sacerdocio para que seamos corredentores con Él.

Esta profunda unión del cristiano con Cristo ilumina el sentido de todas nuestras actividades y, en particular, del trabajo. En las enseñanzas de San Josemaría, el fundamento de la santificación del trabajo, es el sentido de la filiación divina, la conciencia de que Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer[12].

Toda esta visión cristiana del sentido trabajo, se compendia en las siguientes palabras: El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa. (...) El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad. Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios (...). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora[13].

Santificar la actividad de trabajar

Una expresión de San Josemaría, que salía con frecuencia de sus labios y de su pluma, nos adentra en el espléndido panorama de la santidad y del apostolado en el ejercicio de un trabajo profesional: para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo[14].

Son tres aspectos de una misma realidad, inseparables y ordenados entre sí. Lo primero es santificar –hacer santo– el trabajo, la actividad de trabajar[15]. Santificar el trabajo es hacer santa esa actividad, hacer santo el acto de la persona que trabaja.

De esto dependen los otros dos aspectos, porque el trabajo santificado es también santificador: nos santifica a nosotros mismos, y es medio para la santificación de los demás y para empapar la sociedad con el espíritu cristiano. Conviene, por tanto, que nos detengamos a considerar el primer punto: qué significa hacer santo el trabajo profesional.

Un acto nuestro es santo cuando es un acto de amor a Dios y a los demás por Dios: un acto de amor sobrenatural –de caridad–, lo cual presupone, en esta tierra, la fe y la esperanza. Un acto así es santo porque la caridad es participación de la infinita Caridad, que es el Espíritu Santo[16], el Amor subsistente del Padre y del Hijo, de modo que un acto de caridad es un tomar parte en la Vida sobrenatural de la Santísima Trinidad: un tomar parte en la santidad de Dios.

En el caso del trabajo profesional, hay que tener en cuenta que la actividad de trabajar tiene por objeto las realidades de este mundo –cultivar un campo, investigar una ciencia, proporcionar servicios, etc.– y que, para ser humanamente buena y santificable, ha de ser ejercicio de las virtudes humanas. Pero esto no basta para que sea santa.El trabajo se santifica de hecho cuando se realiza por amor a Dios, para darle gloria –y, en consecuencia, como Dios quiere, cumpliendo su Voluntad: practicando las virtudes cristianas informadas por la caridad–, para ofrecerlo a Dios en unión con Cristo, ya que «por Él, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria»[17].

Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo[18]. Con estas breves palabras el fundador del Opus Dei muestra la clave de la santificación del trabajo. La actividad humana de trabajar se santifica cuando se lleva a cabo por un motivo sobrenatural.

Lo decisivo no es, por tanto, que salga bien, sino que trabajemos por amor a Dios, ya que esto es lo que busca en nosotros: Dios mira el corazón[19]. Lo decisivo es el motivo sobrenatural, la finalidad última, la rectitud de intención de la voluntad, el realizar el trabajo por amor a Dios y para servir a los demás por Dios. Se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei.[20].

Cualidades del motivo sobrenatural

El motivo sobrenatural es sincero si influye eficaz y radicalmente en el modo de trabajar, llevando a cumplir nuestra tarea con perfección, como Dios quiere, dentro de las limitaciones personales con las que Él cuenta.

El motivo sobrenatural que hace santo el trabajo, no es algo que simplemente se yuxtapone a la actividad profesional, sino que es un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección, porque no podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de El (Lv 22, 20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable[21].

Una "buena intención" que no impulsara a trabajar bien, no sería una intención buena, no sería amor a Dios. Sería una intención ineficaz y hueca, un débil deseo, que no alcanza a superar el obstáculo de la pereza o de la comodidad. El verdadero amor se plasma en el trabajo.

Poner un motivo sobrenatural no es tampoco añadir algo santo a la actividad de trabajar. Para santificar el trabajo no es suficiente rezar mientras se trabaja, aunque –cuando es posible hacerlo– es una señal de que se trabaja por amor a Dios, y un medio para crecer en ese amor.

Más aún, para santificar el trabajo poniendo un motivo sobrenatural, es imprescindible buscar de un modo u otro la presencia de Dios, y muchas veces esto se concreta en actos de amor, en oraciones y en jaculatorias, a veces con ocasión de una pausa o de otras circunstancias que ofrece el ritmo del trabajo. Para esto son de gran ayuda las industrias humanas.

Pero vale la pena insistir en que no hay que quedarse ahí, porque santificar el trabajo no consiste esencialmente en realizar algo santo mientras se trabaja, sino en hacer santo el mismo trabajo poniendo el motivo sobrenatural que configura esa actividad y la empapa tan profundamente que la convierte en un acto de fe, esperanza y caridad, transformando el trabajo en oración.

Otra consecuencia importante de que la raíz de la santificación del trabajo se encuentra en el motivo sobrenatural, es que todo trabajo profesional es santificable, desde el más brillante ante los ojos humanos hasta el más humilde, pues la santificación no depende del tipo de trabajo sino del amor a Dios con que se realiza. Basta pensar en los trabajos de Jesús, María y José en Nazaret: tareas corrientes, ordinarias, semejantes a las de millones de personas, pero realizadas con el amor más grande.

«La dignidad del trabajo depende no tanto de lo que se hace, cuanto de quien lo ejecuta, el hombre, que es un ser espiritual, inteligente y libre»[22]. La mayor o menor categoría del trabajo depende de su bondad en cuanto acción espiritual y libre, es decir, del amor electivo del fin, que es acto propio de la libertad.

 

"Santificar el trabajo no consiste esencialmente en realizar algo santo mientras se trabaja, sino en hacer santo el mismo trabajo".

Conviene no olvidar que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor[23].

El amor a Dios hace grandes las cosas pequeñas: los detalles de orden, de puntualidad, de servicio o de amabilidad, que contribuyen a la perfección del trabajo. Hacedlo todo por Amor. –Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. –La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo[24].

Quien comprende que el valor santificador del trabajo depende esencialmente del amor a Dios con que se lleva a cabo, y no de su relieve social y humano, aprecia en mucho las cosas pequeñas, especialmente las que pasan inadvertidas a los ojos de los demás, porque sólo las ve Dios.

Por el contrario, trabajar por motivos egoístas, como el afán de autoafirmación, de lucirse o de realizar por encima de todo los propios proyectos y gustos, o la ambición de prestigio por vanidad, o de poder o de dinero como meta suprema, impide radicalmente santificar el trabajo, porque equivale a ofrecerlo al ídolo del amor propio.

Estos motivos se presentan pocas veces en estado puro, pero pueden convivir con intenciones nobles e incluso sobrenaturales, permaneciendo latentes –quizá durante largo tiempo– como los posos de cieno en el fondo de un agua limpia. Sería una imprudencia ignorarlos, porque en cualquier momento –quizá con ocasión de una dificultad, una humillación o un fracaso profesional– pueden revolverse y enturbiar toda la conducta. Es preciso detectar esos motivos egoístas, reconocerlos sinceramente y combatirlos purificando la intención con oración, sacrificio, humildad, servicio generoso a los demás, cuidado de las cosas pequeñas...

Volvamos la mirada una y otra vez al trabajo de Jesús en los años de su vida oculta, para aprender a santificar nuestra tarea. Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José –a quien tanto quiero y venero–, dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor[25].

F.J. López Díaz


[1] Cfr. Mt 13, 44.

[2] Es Cristo que pasa, n. 14.

[3] Ibidem, n. 20.

[4] Cfr. Const. dogm. Lumen gentium, nn. 31-36; Const. past. Gaudium et spes, nn. 33-39; Decr. Apostolicam actuositatem, nn. 1-3, 7.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427.

[6] Juan Pablo II, Homilía, 17-V-1992. Cfr. también, entre otros textos: Discurso, 19-III-1979; Discurso, 12-I-2002, n. 2.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 310.

[8] Gn 2, 15. Cfr. Gn 1, 28.

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, nn. 34 y 35.

[10] Cfr. Gn 3, 18-19.

[11] Es Cristo que pasa, n. 14.

[12] Ibidem, n. 174.

[13] Ibidem, n. 47.

[14] Conversaciones, n. 55. Cfr. Es Cristo que pasa, n. 45; Amigos de Dios, n. 120.

[15] Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 6.

[16] Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 24, a. 7 c.

[17] Misal Romano, Canon de la Misa.

[18] Camino, n. 359.

[19] 1 Sam 16, 7.

[20] Conversaciones, n. 10.

[21] Amigos de Dios, n. 55.

[22] Juan Pablo II, Discurso, 3-VII-1986, n. 3.

[23] Es Cristo que pasa, n. 48.

[24] Camino, n. 813.

[25] Amigos de Dios, n. 72.

 

 

 

Conductas que fomentan la libertad responsable

LibertadResponsable

La responsabilidad va de la mano de la libertad y la presupone. No serviría de nada intentar que nuestros hijos asuman los resultados de sus decisiones si antes no hemos procurado que puedan decidir. La familia es la mejor escuela de una educación en y para la libertad responsable.

A. OFRECER LA VERDAD. HACER PENSAR

– Aprovechar las ocasiones que ofrece la vida familiar para hablar con los hijos, potenciando su sentido crítico.
– Prevenirles contra la influencia manipuladora de los medios de comunicación.
– Fundamentar lo que se dice. Distinguir la verdad objetiva de la opinión personal.
– Enseñarles a considerar las cosas y a razonar, para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros y a no juzgar con precipitación.
– Exponer las razones, los motivos que aconsejan actuar de un modo u otro.
– Ayudarles a prever las consecuencias de sus decisiones libres.
– Enseñarles a sopesar las razones y argumentos de las distintas opiniones.
– Enseñarles a buscar sinceramente la verdad y a ser coherentes.

B. RESPETAR A LA PERSONA. COMPRENDER. CONFIAR

– Respetarlas indicaciones y aptitudes que tiene cada uno.
– No violentar a nadie, no forzar, no pedir imposibles.
– Reprender, cuando sea necesario, sin insultar ni humillar.
– Ofrecer confianza.
– Escuchar con atención, esforzándose por comprender a los hijos, pues no hay clima de libertad si cl diálogo sereno no preside la relación interpersonal.
– Reconocer y valorar sus decisiones acertadas.
– Comprender y hacer comprender que hacer lo que se entiende que se debe hacer supone, muchas veces, un esfuerzo considerable, y no siempre se logra.

C. FORTALECER LA VOLUNTAD CON EL EJERCICIO DE LAS VIRTUDES. ESTIMULAR LA RESPONSABILIDAD

– Acostumbrar a que sean valientes, a que respondan personalmente de sus obras sin pretender esconderse en el anonimato.
– Animar, con talante positivo, a volver a empezar una y otra vez, sin dejarse vencer por el desánimo.
– Proporcionar ocasiones de ejercitar las virtudes, de asumir responsabilidades, de acuerdo con sus posibilidades, en la vida familiar.
– Fomentar la participación activa y responsable en la familia mediante los encargos o la ayuda entre hermanos.

D. FOMENTAR LA INICIATIVA PERSONAL

– Ayudar a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones.
– Promover hábitos -proporcionando ocasiones de ejercitarlos- de autonomía, autodominio, iniciativa, elección, decisión y participación.
– Facilitar ocasiones en las que hayan de tomar sus propias decisiones. No tomar decisiones que los hijos puedan tomar por sí solos.
– Respetar las decisiones responsables.
– Animar a que organicen por su cuenta algunas actividades y a que participen responsablemente en otras.

Por José Antonio Alcázar

 

 

¿Cómo será la eternidad?

Comoseralaeternidad

¿Cómo será el cielo? Todos nos lo preguntamos, y Don Antonio Orozco nos da las claves para responder esta misteriosa pregunta

«Mis días se van río abajo, salidos de mí hacia el mar, como las ondas iguales y distintas de la corriente de mi vida: sangres y sueños. Pero yo, río en conciencia, sé que siempre me estoy volviendo a mi fuente»[1]

Cómo será el Cielo

«Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman»[2]. Sabemos que supera toda posible imaginación, porque la generosidad de Dios y su poder son infinitos. «Sabemos que si esta nuestra casa terrestre se desmorona, tenemos habitación de Dios en los Cielos»[3]; porque «esta es la promesa que Él mismo nos ha hecho: la vida eterna»[4].

Dios mismo, que nos ha creado con un ansia hondísima de vivir siempre, nos asegura que, en efecto, más allá del tiempo -breve en todo caso- nos espera la eterna plenitud del gozo: «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida»[5].

Es claro que todo hombre tendrá vida eterna. Pero cuando en la Escritura Santa se habla de «vida eterna», se refiere sólo a la de los bienaventurados, porque la otra, la de los que se autocondenen a la lejanía de Dios, más que vida, será lo suyo una agonía interminable.

«Queridísimos -escribe San Juan-, nosotros somos ahora hijos de Dios, mas lo que seremos algún día no aparece aún. Sabemos que cuando se manifieste Jesucristo, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es»[6]. No como al través de velos o sombras, sino en Sí mismo [7]. Seremos semejantes al Jesús del Tabor. Endiosados, extasiados, con­templaremos y viviremos en el torrente inefable de Amor que es Dios. Escucharemos el diálogo eterno de las tres divinas personas. Asistiremos a la eterna generación del Hijo y a la espiración del Espíritu Santo.

La juntura de todos los bienes

A gentes poco ilustradas se les puede antojar algo monótono pasar la eternidad contemplando -simple­mente contemplando- a Dios. Pero sucede que en ello se encuentra «la juntura de todos los bienes», según el decir de San Juan de la Cruz, porque Dios es toda la Verdad, toda la Bondad, toda la Belleza, toda la Sabiduría, todo el Amor. Por lo demás, amar no es pasividad sin más: es una contemplación que suscita una actividad intensísima, la entrega de toda la persona en un éxtasis de sumo gozo.

«Si el amor, aun el amor humano, da tantos consuelos aquí, ¿qué será el amor en el Cielo?»[8], donde el Amor se posee y se vive en toda su maravilla. «Vamos a pensar lo que será el Cielo (…) ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: «ni ojo vio, ni oído oyó…» Vale la pena, hijos míos, vale la pena»[9].

Cuenta Francisca Javiera del Valle, cómo «allá… en inmensas y dilatadas alturas, fue arrebatada mi alma por una fuerza misteriosa y con tanta sutileza, que así como nuestro pensamiento, en menos tiempo de abrir y cerrar los ojos, recorre de un confín a otro confín, allí con esa mayor ligereza me veía allá, en aquellas inmensas y dilatadas alturas, donde siempre están todos como en el centro de Dios metidos, vayan donde vayan, recorran lo que quieran. Siempre se hallan en el centro de Dios y siempre arrebatados con su divina hermosura y belleza. Porque Dios es océano inmenso de maravillas y también como esencia que se derrama, y siempre está derramándose. Y como lo que se derrama son las grandezas y hermosuras, dichas y felicidades y cuanto en Dios se encierra, siempre el alma está como nadando en aquellas dichas, felicidades y glorias que Dios brota de sí. Es Dios cielo dilatado y por eso siempre se está viendo y gozando nuevos cielos, con inconcebibles bellezas y hermosuras, y todas estas bellezas y hermosuras siempre las ve y las goza el alma como en el centro de Dios. Y recorriendo aquellos anchurosos cielos nuevos siempre el alma se halla eternamente feliz».

No hay riesgo de cansancio o hastío. «Aquí -dice Malon de Chaide- dura siempre una alegre primavera, porque está desterrado el erizado invierno; ni la furia de los vientos combaten los empinados árboles, ni la blanca nieve desgaja con su peso las tiernas ramas; aquí el enfermizo otoño jamás desnuda las verdes arboledas de sus hojas (…)»

«Cuando demos el gran salto, Dios nos esperará para darnos un abrazo bien fuerte, para que contemplemos su Rostro para siempre, para siempre, para siempre. Y como nuestro Dios es infinitamente grande, estaremos descubriendo maravillas nuevas por toda la eternidad. Nos saciará sin saciarnos, no nos empalagará jamás su dulzura infinita»[10].

Lo único necesario

«Allá no se sabe qué cosa es dolor, no hay enfermedad, no llega a ti muerte porque todo es vida, no hay dolor porque todo es contento, no hay enfermedad porque Dios es la verdadera salud. Ciudad bienaventurada, donde tus leyes son de amor, tus vecinos son enamorados; en ti todos aman, su oficio es amar y no saben más que amar; tienen un querer, una voluntad, un parecer; aman una cosa, desean una cosa, contemplan una cosa y únense con una cosa: Unum est necessarium»[11]. Una sola cosa es necesaria.

Si somos fieles, seremos como los ángeles, que «vueltos a mirar aquella fuente de amor dulcísima, arden con un sabroso fuego, adonde ¿quién podrá decir lo menos de lo que gozan? Están rendidos a aquella divina, pura, antiquísima hermosura de Dios; llévalos el amor enlazados y presos de un dulce y libre lazo de amor, para que tornen a la fuente y principio de donde salieron; y como ven aquel Sol de infinita belleza, amante eterno de sí mismo, vanse aquellas mentes angélicas, atónitas, enajenadas de sí, libres, sin libertad, presas, sin prisión, como las mariposas a la llama. Allí se encienden y no se queman; arden y no se consumen; apúranse y no se gastan. Oh sol resplandeciente, hermosura infinita, espejo purísimo de la gloria ¿Quién podrá decir lo que sienten los que te gozan?» [12].

Nadie puede decir lo indecible. He aquí el testimonio de Teresa de Jesús: «Ibame el Señor mostrando grandes secretos… Quisiera yo dar a entender algo de lo menos que entendía, y pensando cómo puede ser, hallo que es imposible; porque en sola la diferencia que hay de esta luz que vemos a la que allí se representa, siendo todo luz, no hay comparación, porque la claridad del sol parece muy desgastada. En fin, no alcanza la imaginación, por muy sutil que sea, a pintar ni trazar cómo será esta luz, ni ninguna cosa de luz que el Señor me daba entender como un deleite tan soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad, que ello no se puede encarecer, y así es mejor no decir más».

Y así, según San Agustín, «este Bien que satisface siempre, producirá en nosotros un gozo siempre nuevo. Cuanto más insaciablemente seáis saciados de la Verdad, tanto más diréis a esta insaciable: amén, es verdad. Tranquilizaos y mirad: será una continua fiesta».

Asistiremos pasmados a la eterna generación del Verbo y a la espiración del Espíritu Santo. Veremos y paladearemos el cariño infinito que nos tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, Dios Uno y Trino, y con la Trinidad del Cielo la Trinidad de la tierra, Jesús -Verbo que enlaza una y otra Trinidad-, María y José. Los grandes amores, las Personas infinitamente buenas serán nuestra compañía, nuestra conversación, nuestro gozo eternos. Todas las maravillas del amor divino y del amor humano las gozaremos en plenitud. Ciertamente «será una continua fiesta».

Un futuro que ya es

No son éstos sueños vanos, no sólo consuelo para los afligidos de este valle de lágrimas. Son objeto de una esperanza certísima, fundada en la palabra de Dios. Al extremo de que San Pablo, por su esperanza teologal, se consideraba en la tierra ya en el Cielo: «Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo»[13]. Por eso, el cristiano de fe ardiente, se adelanta a todos, vive desde el futuro, un futuro que ya es: Cristo Jesús. Viene de lo Eterno, camino hacia la Eternidad, sin perder un instante.

¿Cómo será mi Cielo?

Depende, claro es. Depende de mi caridad en el instante de cruzar la frontera del tiempo [14]. Mi belén eterno depende de la medida del amor a Dios que haya conquistado en este tiempo fugaz. Qué bien se entiende la urgencia del Fundador del Opus Dei: «Tened prisa en amar»; «todo el espacio de una existencia es poco, para ensanchar las fronteras de tu caridad». La eternidad, lejos de lo que algunos piensan, nos revela e ilumina todo el valor del tiempo. Nos enseña que aun eso, que aparece sin importancia, tiene un valor de eternidad [15]. Porque cada momento, cada ocupación, puede -y requiere- llenarse con todo el amor divino que se lleve en el corazón. «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» [16].

Este es el camino para arribar al Cielo: La santidad «grande» está en cumplir los «deberes pequeños» de cada instante [17]. No es poco, porque no es fácil. Pero la gracia de Dios nos lo hace asequible, nos eleva hasta esa medida divina.

Fe, esperanza, amor -vida teologal- en los mil detalles de la vida ordinaria. Incrementando así, cada día un poco, las virtudes humanas y las sobrenaturales. Pequeños detalles de prudencia, de justicia, de fortaleza, de templanza. El cuidado en las pequeñas cosas -no sólo de las grandes- que pertenecen al culto divino, a la santa pureza, a la vocación recibida. Así, día a día, paso a paso llegará el momento de oír la voz de Jesús: «Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor»[18]. «Yo mismo -dice Dios- seré tu recompensa inmensamente grande»[19].

El cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad, coexisten en lo más íntimo de mi ser. El tiempo pasa, pero no todo pasa con el tiempo. Yo no paso, mi yo no envejece, al contrario, se aproxima a la juventud eterna de Dios. A cada paso, se enriquece con las obras que hace a impulsos del Amor.

Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi razón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre Nuestro que está en los cielos[20].

 

 

El luto y la meta

Ángel Cabrero Ugarte

Entre el cielo y la tierra.

photo_camera Entre el cielo y la tierra.

Sé de algunos lectores que consideran que Delibes es un escritor triste. Yo creo que es retratista de una sociedad, la suya, sobre todo en la mitad del siglo pasado, que se manifiesta un tanto gris a nuestros ojos. Castilla de los años 60, 70, 80. Pero hay obras de este autor que manifiestan un fino sentido del humor. Una de ellas, quizá de las más célebres, es “Cinco horas con Mario”. Quien la conoce de oídas, pero no la ha leído, pensará que lo que una viuda diga o piense sobre su marido muerto, de cuerpo presente, no puede ser muy entretenido.

Sin embargo, es muy divertida. Elige esa puesta en escena para hacer una crítica social muy sugerente, que al lector del siglo XXI le sirve para situarse en unos cuantos decenios antes, y a
Delibes le servía para criticar muchas actitudes, zafándose de la censura. Con todas las exageraciones que admite la ficción, presenta a dos personajes principales muy distintos, e incluso distantes, aún siendo marido y mujer.

Un tema tabú, en el que se muestra audaz, es lo que se refiere al luto. Desde la perspectiva actual sorprende las notorias exageraciones que tenían lugar en aquellos momentos y también antes, en cuanto a la forma de enfrentarse a la muerte. Ese luto estricto que suponía vestir de negro durante mucho tiempo, a veces de por vida, es algo que depende de un planteamiento muy pobre de lo que debe ser la muerte para un cristiano.

Ahora han cambiado las costumbres, pero el miedo a la muerte es más grotesco. Las visitas al tanatorio, donde está el féretro -no vamos a hablar ya de capilla ardiente…- de un familiar o de
un amigo, o el pariente de un amigo, son lo más contrario a la costumbre cristiana que supone oración por el difunto, como primer motivo. Ahora muchos ni siquiera se acercan al lugar donde descansa el muerto. Tienen auténtico pavor a enfrentarse con la muerte. Van allí porque es un acto social inevitable, a animar a la viuda, al hijo, al hermano del difunto. Y hay que poner cara de circunstancias. Acompañar en el dolor, pero no mezclarse con la muerte.

Nadie recuerda -aunque siempre hay excepciones- las palabras de San Pablo: “Para mí la vida
es Cristo y morir una ganancia” (Filp 1, 18). Y si alguien, allí en el tanatorio las dijera sería considerado un desequilibrado. Tampoco se ven por allí las palabras del Apocalipsis: “Bienaventurados los que mueren en el Señor” (14, 13). Bueno, bueno, felices los que mueren… ¿Pero de qué me está usted hablando? ¡Si en breve seremos inmortales! Ni siquiera las palabras de los Salmos: “Es cosa preciosa a los ojos de Dios la muerte de los justos” (115, 15).

En la sociedad occidental se ha perdido todo ese sentido sobrenatural. Se ha perdido la idea esencial de que estamos aquí para merecer el cielo, la eternidad junto a la maravilla que es Dios. El culmen del amor para vivirlo en plenitud. Es nuestra meta. Por eso cuando una persona fallece tendríamos que alegrarnos profundamente porque ha llegado a su meta. Claro, salvo que tengamos sospechas bastante fundadas de que esa persona no haya llegado a su meta. Entonces, podríamos decir, que lleven luto quienes presagien la separación eterna de Dios y del fallecido. Eso sí es tremendo.

Nosotros rezamos para ayudar al difunto, el que sea, en ese paso purificador -el Purgatorio lo llamamos, como si fuera un lugar- que es preparación última para la entrada en la gloria. Pero,
por lo demás, ¿qué sentido tiene el luto? Delibes se ríe de semejante planteamiento, a través
de las palabras de la viuda de Mario.

 

 

El ateísmo social conduce a la apostasía de los individuos

Decir que la Iglesia es juez de la moral privada y que ella no tiene nada que ver en la moral pública y política, es decir que la Iglesia no es divina

Las reflexiones del Cardenal Pie son tan actuales como en su tiempo

Cardenal Pie, obispo de Poitiers, un polemista lúcido y valiente

No faltan personas que tienen la sensación de que los problemas que enfrenta nuestra sociedad en el siglo XXI -con el enorme desarrollo de las tecnologías- son totalmente nuevos y que el pasado nada nos puede enseñar.

Sin embargo, si reflexionamos un poco percibimos que el hombre puede cambiar en sus aspectos superficiales, pero que en su esencia sigue siendo el mismo a lo largo de los siglos. Siempre nuevo, pero siempre antiguo (Nova et vetera)

Es por eso que recurrimos a unas reflexiones del famoso polemista francés el Cardenal Pie (1815-1880) para esclarecer ciertos problemas de nuestra sociedad actual. El Cardenal, tuvo una gran influencia sobre los Papas Pío IX, León XIII y San Pío X.

Todos los días constatamos que nuestra sociedad se aleja a pasos agigantados de la influencia católica y que las leyes e instituciones se van tornando cada vez más hostiles a los principios que enseña la Iglesia. Un ejemplo: el proyecto de este gobierno de retirar  de las ceremonias todas las referencias religiosas. No tardaremos en ver que intenten prohibir los símbolos católicos en los lugares públicos, como ha ocurrido en varios países europeos, especialmente en Italia.

Las leyes y su función pedagógica

Contenidos

 

Las leyes que violan la Ley de Dios llevan a la persecución religiosa

Expulsión de los Cartujos de Francia. Bajo el pretexto de un Estado laico, Francia comenzó una verdadera persecución religiosa a comienzos del s. XX

Veamos cuál es la enorme influencia que esas leyes tienen sobre los individuos.

Según Monseñor Pie, el gobierno que rechaza el derecho público cristiano coopera a la condenación de una multitud de almas. La afirmación sorprende. Sin embargo, ella no expresa sino la realidad.

«Decir que Jesucristo es el Dios de los individuos y de las familias, pero que no lo es de los pueblos y de las sociedades, equivale a decir que no es Dios. Decir que el cristianismo es la ley del hombre individual y no es la ley del hombre colectivo, equivale a decir que el cristianismo no es divino. Decir que la Iglesia es juez de la moral privada y que ella no tiene nada que ver en la moral pública y política, es decir que la Iglesia no es divina».

¿Se puede probar en términos más claros que el ateísmo social conduce al ateísmo individual?

Pero, alguien podrá decir, el Estado laico no destruye la fe. El deja al creyente en libertad. Afirma solamente que él, gobierno, no reconoce oficialmente los derechos de Jesucristo y su Iglesia, y que se mantiene en lo que llaman «incompetencia» y «neutralidad». [1]

La exclusión de la religión: «Ni Dios ni Señor»

«Digámoslo francamente, la Revolución no es tan encarnizada contra el sacerdote sino porque ella ha puesto la soberanía del hombre y del pueblo sobre la soberanía divina. De este dogma fundamental deriva todo lo que ella llama, con el nombre muy elástico, de principios modernos y es esa apoteosis de la humanidad que no le permite aceptar una autoridad ‒aunque sea sagrada y circunscrita a la esfera moral de la doctrina y de la conciencia‒ que tenga la pretensión de hablar al hombre desde arriba». [2]

Papel de la educación estatal a-tea

«Desde que poseemos la libertad de conciencia -cita Monseñor Pie a una autoridad de su época- esta preciosa conquista de nuestra Revolución, dicen ellos, después de la abolición de una religión dominante, los principios de la sociedad no permiten que una religión pueda hoy dirigir la educación nacional». [3]

Sin embargo ‒ comentamos nosotros‒ de modo creciente los Estados están invadiendo los derechos de los padres sobre sus hijos, al imponer la enseñanza de doctrinas como las de “género”. Así, el Estado va imponiendo una nueva “religión” a todos los pueblos.

En un próximo artículo veremos las desastrosas consecuencias que la exclusión de Dios de la sociedad produce en ella como un todo: tanto en las instituciones, como en las familias y en los individuos.


Notas:

[1] «Es necesario desconocer totalmente las condiciones reales de la humanidad y querer cegarse voluntariamente sobre la situación moral y doctrinal de nuestro país para no ver hasta qué punto el vicio o solamente la carencia de las instituciones influye sobre todas las clases de la sociedad y pesa aún sobre los espíritus en apariencia más firmes y más independientes». VII,102

[2] Instruction pastorale sur un devoir urgent de la génération actuelle envers le sacerdoce. (Cuaresma 1877).

[3] «La enseñanza filosófica, sobre todo si es dada en nombre del Estado y por profesores y escritores pagados por el Estado, debe conformarse a las leyes y a las doctrinas del Estado. Ahora, el principio fundamental de la sociedad moderna, la gran conquista de la Revolución, es la libertad de culto, la libertad de creencias. La enseñanza filosófica debe por lo tanto respetar la libertad individual de las inteligencias y para ello debe hacer abstracción de todas las religiones positivas y proclamar solamente los principios generales de la ley y de la moral naturales que son comunes a todas las religiones. Así lo exigen el respeto de las conciencias y el espíritu de nuestras instituciones». Tomo III, 199

 

 

Disfrutar en el trabajo

Esta vida es para disfrutar, pues si no disfrutamos habremos perdido el tiempo, ya que «el tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido»

En las últimas semanas han venido a visitarme dos brillantes antiguos alumnos que trabajan en campos muy distintos de la investigación y la enseñanza y me han dicho ─los dos han pasado ya de los cuarenta─ que se aburren en su trabajo y que desearían jubilarse. Se me ha venido el alma a los pies. No es solo la famosa “crisis de los 40”. ¿Cómo es posible que los entornos laborales ─a veces agresivos, pero muchas otras veces simplemente monótonos─ agosten las ilusiones de personas tan valiosas en solo dos décadas de ejercicio profesional? ¿Qué es lo que no les hemos enseñado o lo que sus profesores hemos hecho mal?

A mí me dio mucha luz una frase del escritor argentino Jorge Bucay que he adoptado como lema de mi trabajo ─¡llevo ya 41 años en él!─ para este curso académico: «El tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido». ¡Qué importante es que pongamos ilusión ─esto es, amor─ en nuestro trabajo habitual! Viene siempre bien recordar aquel dicho de san Juan de la Cruz: “A la tarde te examinarán en el amor” o la letrilla de Machado: “Despacito, y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”. Lo importante no es hacer cosas, ni siquiera muchas cosas, sino el amor que hemos puesto en las cosas que hemos hecho.

Docenas de veces habré contado a mis estudiantes la historia de los tres albañiles que relata Peter Drucker en algún lugar, pero quizá vale la pena repetirla una vez más. Se encuentran los tres obreros haciendo exactamente una misma tarea, pero sus actitudes son totalmente distintas. Al ser interrogados por el sociólogo acerca de lo que hacen, el primero responde con aire quejoso: “Ya ve, poniendo un ladrillo encima de otro”; el segundo, que tiene mejor ánimo y pone cara de mucha responsabilidad, contesta al que le pregunta: “Pues, ¡estoy sacando adelante a mi familia!”; mientras que el tercero interrumpe el aria que canta a pleno pulmón desde lo alto del andamio para explicar: “¡Estamos haciendo la catedral!”. La historia es muy gráfica y refleja muy certeramente cómo una misma tarea puede convertirse en un trabajo del todo distinto en función de las diferentes actitudes de quienes la llevan a cabo.

Es preciso disfrutar en el trabajo hasta el punto de gozar con él. Esto tiene que ver, por supuesto, con algunas condiciones objetivas del trabajo, pero muy principalmente con la actitud con la que trabajamos. Para quienes trabajamos con otras personas, ya simplemente el preocuparnos de verdad del bienestar de aquellos con quienes colaboramos o de aquellos que se benefician directamente de nuestro trabajo, ayuda a dotar de un cierto sentido a nuestra actividad.

Es verdad que a veces se sufre por los malos modos de los demás o por tantas otras cosas que no es fácil pasar por alto. Como en contraste, mientras escribo estas líneas me sorprende la sonrisa amable de las azafatas de Lufthansa al ofrecerme una bebida o al retirar el vaso ya vacío. No es simplemente una técnica o un requisito del puesto de trabajo; a base de sonreír hacen su tarea mucho más amable para sí y para los demás.

De hecho, a los seres humanos nos atrae más el trabajo gustoso que la holganza. El cansancio me parece siempre que es el premio del buen trabajador. Por el contrario, el aburrimiento en la tarea profesional viene a ser como «la muerte en vida». Así calificaba el filósofo Ludwig Wittgenstein, víctima de la depresión, a la vida académica en Cambridge en su última época allí. En mi caso, disfruto con la vida académica, en particular, con las ansias de aprender de mis alumnos que además se renuevan cada año. Por eso, de acuerdo con mi decana, he preferido retrasar mi jubilación hasta los setenta ─dentro de cuatro cursos─ si Dios me da salud, aun pudiendo legalmente jubilarme con la pensión integra desde hace ya algún tiempo.

A mis dos antiguos alumnos que anhelaban la jubilación les he recomendado que se pongan un plazo de nueve meses para tomar una decisión, quizá radical, de cambiar de trabajo o al menos de cambiar su actitud interior en el trabajo. Les he insistido ─y parecían estar de acuerdo─ en que esta vida es para disfrutar, pues si no disfrutamos habremos perdido el tiempo, ya que «el tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido».

Jaime Nubiola

 

 

La vocación al matrimonio

Recientemente se está redescubriendo el valor del matrimonio cristiano: realidad sacramental y a la vez determinación de la vocación universal a la santidad, pero no es una realidad más que debe ser ordenada a Dios, sino que se trata de una relación de amor entre dos personas. Una auténtica concreción peculiar de la llamada general a la santidad

Contaba Juan Pablo I que en el siglo XIX enseñaba en la Universidad de la Sorbona, en París, Federico Ozanam (1813-1853), muy buen católico y excelente escritor y profesor. El P. Lacordaire (1802-1861), el predicador más famoso de Francia y gran amigo de Ozanam pensaba que Federico podría ser un excelente sacerdote, e incluso obispo. Pero Ozanam se casó y su amigo se permitió comentar: «¡Pobre Ozanam! ¡También él ha caído en la trampa!» Dos años después, Lacordaire fue recibido en Roma por Pío IX, y el Papa le dijo: «Venga, venga, padre, yo siempre había oído decir que Jesús instituyó siete sacramentos: ahora viene Ud., me revuelve las cartas y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa. No, padre, el matrimonio no es una trampa, es un sacramento muy grande»[1].

Vocación, naturaleza y sacramento

Sirva esta anécdota para recordar que existen vocaciones no vinculadas a un sacramento específico más allá de la condición de hijo de Dios recibida en el bautismo[2] y a su vez la mayoría de los sacramentos no tienen una vinculación concreta con una vocación específica. En el caso del matrimonio, sin embargo, existe esta bilateralidad: entre cristianos, el matrimonio válidamente contraído es una realidad sacramental y a la vez una determinación de la vocación universal a la santidad.

Sin embargo, conviene hacer varias precisiones. La llamada universal a la santidad invita y habilita a todos los fieles a ser santos y a llevar a Dios todas las circunstancias de su vida y todas las realidades temporales en las que legítimamente participan. En cambio, el matrimonio no es una realidad temporal más de este conjunto inmenso de realidades susceptibles de ser ordenadas al Creador: es una realidad interpersonal; es una relación intersubjetiva de amor[3]. Parece que puede señalarse que la vocación al matrimonio constituye una concreción peculiar de esa llamada general a la santidad: «la vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y padres cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar»[4].

Aun así, esa precisión todavía no sería suficiente para explicar la vocación matrimonial. Porque esa relación interpersonal no es una relación genérica de amor entre dos personas cualesquiera, sino que emerge y se construye a partir de la propia estructura ontológica del ser humano, cuya dimensión sexuada lo constituye en mujer o varón. Independientemente de la interacción del hombre sobre su propio ser, es un dato antropológico que la realidad mujer-varón existe y ofrece diferencias y singularidades (ciertamente graduales y personales) que suponen modos complementarios y potencialmente enriquecedores de ser persona. La riqueza proviene precisamente de que contienen las mismas cualidades y a la vez se presentan de modos diferentes, de la misma manera que pueden unirse y constituir un principio único de origen de nuevos hijos. De ahí que sea posible la existencia de un amor específico entre mujer y varón, basado precisamente en las diferencias (masculino-femeninas) de uno y otra, arraigadas a la vez en la igualdad del valor personal. Ningún otro amor humano se asienta sobre una estructura particular −ontológica− del propio ser humano.

Cabe, además, añadir que esta relación interpersonal basada en la diferenciación y complementariedad de varón y mujer se establece y constituye como un verdadero rasgo de identidad en el ser. La maternidad, la paternidad y la filiación surgen del origen en el orden de la naturaleza; la fraternidad, del tronco común. Pero la identidad de los padres, de los hijos, de los hermanos, ni se elige ni se comparte como algo coposeído. La conyugalidad, en cambio, enlaza radicalmente la fuerza de la naturaleza (desde la condición sexuada de la persona) con la originalidad de la libertad personal: la única que puede ser causa eficiente de una relación de este tipo.

Así, el amor, la elección y el compromiso −la voluntad de casarse con alguien− son enteramente fruto del libre albedrío; y a su vez el objeto de ese acto de voluntad y el contenido de la alianza conyugal es asumido por la libertad a partir de las potencias naturales de la persona, varón y mujer. En efecto, en el momento de constitución del matrimonio, lo que realizan la mujer y el varón es un acto de don-aceptación (cada uno a través del otro) de lo que son como personas femenina y masculina. Pero ese acto no queda aislado, no es transeúnte, sino que genera la condición de cónyuges que desde entonces les es inmanente. Ese título de copertenencia biográfica se instala en el ámbito del ser. En expresión feliz de Hervada, lo que era meramente potencial y gratuito lo han hecho ser actual y debido. 

Aparece aquí la distinción entre el ser y el obrar. Como en las demás dimensiones de la persona humana, el ser precede al obrar y a la vez procede a obrar a través de la voluntad libre de la persona. El ser abre la persona al obrar, pero no la determina. De igual modo, el ser conyugal hace a un cónyuge coposesor y copartícipe del en todo lo conyugable y sus efectos, pero la ejecución coherente de esa relación debida −las obras del amor ya entregado− deben ser puestas desde la libertad de cada uno, que por definición es biográfica y permanece abierta mientras exista la posesión de sí. De ahí que un cónyuge pueda ser buen o mal cónyuge −en un momento, o en otro−, como un padre, una madre, un hijo o un hermano pueden ser buenos o malos en cuanto tales.

El plano natural y el plano sobrenatural

El ser humano que recibe el bautismo −la persona− es elevada en el orden sobrenatural a la condición de hijo de Dios… obviamente sin perder su condición natural de persona: la elevación no cambia o muda la sustancia. De modo análogo, por la condición de cristiano −por estar injertado en Cristo por el bautismo−, cuando se genera el matrimonio, el orden de la gracia invade y empapa toda la realidad natural, elevándola… sin mudar nada de lo que es en sí el matrimonio: ni esencia, ni fines, ni propiedades o elementos esenciales. La sacramentalidad no es un algo añadido, ni un revestimiento del matrimonio que dependa de la intensidad cristiana de la vida de los contrayentes. Es un regalo de Cristo, un don divino que depende solo de su voluntad, y que hace posible vivir la misma realidad en un plano y de un modo nuevos, y abre un sentido también nuevo de esa vida, que es susceptible de ser convertida en la caridad de Cristo Jesús: «El matrimonio es una vocación, en cuanto que es una respuesta al llamado específico a vivir el amor conyugal como signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia»[5].

No podemos olvidar que en el sacramento del matrimonio los sujetos, quienes administran el sacramento, son los propios contrayentes, y el objeto que intercambian en ese acto de don-aceptación son también ellos mismos en su complementariedad sexuada. Parece evidente que nada de eso puede cambiar por la condición sacramental, como tampoco puede variar la alianza constituida en el pacto conyugal: la relación vincular establecida y otorgada, que da origen al deber de poner los actos propios del amor conyugal.

También aquí existen particularidades del matrimonio. Además de que los contrayentes son ministros del sacramento que se administran a sí mismos (verdadera particularidad de este sacramento), son objetos del mismo sacramento, «hasta tal punto que el efecto primario e inmediato del matrimonio (res et sacramentum) no es la gracia sobrenatural misma sino el vínculo conyugal cristiano, una comunión en dos típicamente cristiana porque representa el misterio de la Encarnación de Cristo y su misterio de Alianza»[6].

¿Qué es lo nuevo que aporta la sacramentalidad?: lo que le ha asignado la voluntad constituyente de Jesucristo: en primer lugar, ser signo de la unión de Cristo con la Iglesia[7]. Al llegar a este punto hay que recordar que no es la unión de Cristo la que se parece a la unión esponsal, sino al revés: el primer analogado es Cristo en su unión con la Iglesia, y la unión conyugal de los cristianos refleja esa unión. Es más, «el sacramento no es una cosa o una fuerza, porque en realidad Cristo mismo “mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos” (cf. Gaudium et spes, 48) (…) El matrimonio cristiano es un signo que no sólo indica cuánto amó Cristo a su Iglesia en la Alianza sellada en la cruz, sino que hace presente ese amor en la comunión de los esposos»[8].

En segundo lugar, en cuanto sacramento, el matrimonio concede la gracia a los fieles que lo reciben en las debidas condiciones. Pero además, precisamente porque el matrimonio se asienta establemente en la persona, mujer y varón, también el sacramento ofrece un quid permanens −que algunos autores han llamado cuasicarácter sacramental−, un titulus gratiae, un compromiso de Dios (por decirlo de algún modo) de avalar, iluminar, acompañar a los contrayentes a lo largo de la vida conyugal y familiar para ayudarles en la tarea de convertirla toda entera en camino santificable y santificante: «el amor humano −decía Pablo VI a unos matrimonios− se transforma en gracia, se hace vehículo e instrumento del amor divino, que se derrama cada vez más abundantemente sobre vosotros, y de uno a otro, y de ambos a los hijos, en intercambio mutuo, para el que prepara y robustece la gracia del sacramento»[9].

En tercer lugar, el sacramento introduce a los cónyuges cristianos en una condición particular en el seno de la comunidad eclesial y de la sociedad civil, y les llama a desarrollar una misión específica en ambos campos, para la cual les atribuye un carisma particular[10].

El despliegue existencial de la llamada vocacional al matrimonio

«La unión de los esposos es también un camino de santidad»[11], decía Pío XII en 1941. No se trata de perfeccionarse con ocasión de los avatares de la vida conyugal y familiar, sino de vivirlos expresamente desde el plano sobrenatural, insertarlos en la caridad de Cristo, y desarrollarlos como carisma propio en el seno de la comunidad. Todo lo conyugal y familiar es bueno (incluso naturalmente sacro, podríamos decir) y se puede divinizar precisamente ejerciendo de modo santo el propio rol en el seno de la familia: «El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado −con la gracia de Dios− todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive»[12]. El mismo autor, con palabras fuertes, afirma que el lecho matrimonial es un altar, lugar santo en el que se renueva la donación de sí entre los esposos mediante el acto conyugal, que es elemento fundamental de la vocación matrimonial como camino de santidad. Por ello, podemos afirmar que los esposos están llamados a la santidad no a pesar de los actos sexuales sino santificando estos actos, que son en si buenos y santificables.

Toda la cotidianidad de esta comunidad de vida y amor que es el matrimonio no es, por tanto, simple ocasión de poner a Dios en lo humano, sino fuente y camino de auténtica santidad, porque es Dios mismo quien sale al encuentro de los cónyuges en cada circunstancia y les invita y ayuda para llevar a la práctica la tarea vocacional a la que han sido llamados[13]. Como toda vocación, la matrimonial es a la vez tarea y carisma: tarea para poner en cada momento y circunstancia de la vida las obras del amor conyugal y familiar, con toda su dimensión social y apostólica. En ella destacan, como es obvio, además de la relación de esposos[14], las relaciones paterno y materno-filiales, fruto de ese amor y el deber de transmitir la fe y educar y respetar la libertad de los hijos. Y en ella se encuentran también los diversos roles y actuaciones que el matrimonio y la familia están llamados a llevar a cabo como parte constitutiva del bien común de la Iglesia y de la sociedad civil[15]: «Con todo, para un cristiano, el matrimonio no consiste en un simple remedio creado por los hombres para ordenar y regular las relaciones domésticas en la sociedad civil: es una auténtica vocación, una llamada a la santificación, dirigida a los cónyuges y a los padres cristianos[16]». Por el contrario, «quienes, según su propia vocación, viven en el estado matrimonial, tienen el peculiar deber de trabajar en la edificación del pueblo de Dios a través del matrimonio y de la familia»[17].

En definitiva, las decisiones sobre el domicilio o un cambio de trabajo, las relaciones sociales, el descanso y las vacaciones, el trato y educación de los hijos, las cuestiones económicas y el uso del dinero… todo se hace conyugal y debe ser planteado y resuelto desde el acuerdo de ambos cónyuges y desde la perspectiva global de su llamada a la santidad: todo se convierte en realidad sacramental. 

Juan Ignacio Bañares
Profesor Ordinario de Derecho Matrimonial
Facultad de Derecho Canónico
Universidad de Navarra

[1] San JUAN PABLO I, Audiencia general, 13.09.1978. Ozanam, entre otras cosas, intervino en la fundación de lo que serían las Conferencias de San Vicente de Paúl. Fue beatificado el 22.08.1997.

[2] «Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el Espíritu de Dios (…) todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina» (Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 41; cfr. también el n. 21).

 

 

Migraciones.

Se distinguen dos tipos de migración: la emigración y la inmigración.

La migración en las aves.

Su base fisiológica está en los estímulos externos, que actúan sobre el sistema nervioso central. Son ``mensajeros´´ del proceso las hormonas secretadas vía hipófisis, glándula sensible a los factores lumínicos,  desempeñando el papel de “director de orquesta” del organismo. La longitud del día es un factor crucial. También son importantes la glándula tiroides (que controla la movilización de grasas en la termorregulación) y las gónadas (las hormonas sexuales influyen grandemente en el comportamiento)..

Además, el impulso migratorio presenta un fuerte componente genético.

En la fase preemigratoria el ave aumenta su cantidad de grasa, que constituye el principal combustible para el proceso (para ello, hay hiperfagia). Así, en función de la distancia a recorrer durante la migración el ave acumulará más o menos reservas.

También la melatonina, segregada por la epífisis, tiene un papel fundamental en la organización de la migración y en la orientación de las aves.

Las aves migratorias se valen tanto de la experiencia como de la magnetorrecepción , por la que pueden captar el campo magnético de la Tierra.

Numerosos animales migran: en los cambios de estación, con los cambios climáticos, con los cambios en el hábitat, etc., todo ello para acoplar su organismo a los factores externos.

Por ejemplo,en la estación seca, los elefantes,  las cebras y los antílopes recorren las grandes planicies del este de África, reuniéndose en grandes manadas en torno a los pozos de agua, y en la estación húmeda forman, sin embargo, pequeñas manadas.

La foca y la ballena austral, de forma cíclica, regresan cada año al mismo lugar

para reproducirse.

En las especies en que se da un dimorfismo sexual acentuado, hay una tendencia a que los machos vuelvan más pronto que las hembras a los sitios de reproducción. Tal situación se denomina protoandria.

Muchos insectos, peces y aves migran orientándose con relación al sol.

Migraciones celulares.

Durante el desarrollo embrionario se dan numerosas migraciones celulares, con el fin de moldear la morfología corporal adecuadamente. A este respecto, se dan migraciones celulares  importantes en la formación del sistema nerviosos central.

Las migraciones celulares están reguladas por numerosos factores, controlados genéticamente.

Las migraciones humanas.

Las emigraciones e inmigraciones humanas obedecen a factores plenamente humanos: la búsqueda de trabajo, dejar de pasar hambre, huida de persecuciones y de guerras o conflictos, la aventura, el cambio por el cambio, motivaciones religiosas, etc., etc., elementos que tienen  muy poco que ver con los factores que intervienen en la migración meramente animal, ya que no se trata de actividades instintivas, sino de tipo racional.

El migrante, como cualquier ser humano, es digno de respeto, dignidad que se basa en que todo hombre es hijo de Dios. Por eso, su presencia puede ser enriquecedora.

Pero la migración humana lleva consigo, entre otros, problemas de adaptación, propagación de enfermedades (en algunos casos  nuevas para el país de acogida), reaparición de enfermedades que se daban por erradicadas, enfermedades para el migrante, incomprensiones, abusos (por ambas partes), etc. El cambio en el contexto social, lingual, cultural, de relaciones, etc. en el migrante puede traerle consigo cambios psíquicos, que pueden ser patológicos.

No hay que olvidar que España viene a ser el resultado de numerosas migraciones: se han asentado en nuestras tierras iberos, celtas, fenicios, griegos, romanos, cartagineses, godos, árabes, judíos etc.

Y los españoles han emigrado a numerosos países. Independientemente de los fallos que hayan sucedido, gracias a esa emigración, el cristianismo, la cultura occidental,  se extendió a otros países.

La Sagrada Familia emigró de Israel a Egipto, pues el Niño estaba amenazado de muerte. Era un país extranjero para ellos, con costumbres, ambiente religioso, social y político muy distinto que el de su país. Terminado el peligro, volvieron a su patria, pero a otra ciudad distinta,  pues había que tomar precauciones. Se produjo así otra migración de la Sagrada Familia.

 

 

 

Grandeza y miseria en la muerte

Mausoleo de Philippe Pot

Philippe Pot (1428-1493), Gran Senescal de Borgoña, Caballero del Toisón de Oro, nieto de un cruzado, diplomático y político de gran astucia

La lección que la muerte nos da, es una lección de profundidad, una lección de fuerza de alma, una lección de coraje, una lección de grandeza, que es incomparable.

Debemos encarar la muerte con serenidad, con grandeza, inclusive en lo que ella tiene de aflictivo, de tremendo.

Existe una miseria grandiosa en la muerte, donde uno podría decir lo siguiente: el ser inteligente, capaz de morir, capaz de pasar por tan gran catástrofe, tiene una tal capacidad de grandeza que ciertamente otra vida y otro destino le esperan. Y en eso, entonces, comprender bien toda nuestra grandeza. (…)

Todo eso a propósito del día de los Fieles Difuntos. Es la lección que los muertos nos dan, y que la muerte nos da. Es una lección de profundidad, una lección de fuerza de alma, una lección de coraje, una lección de grandeza, que es incomparable. (…)

Recemos por las almas del purgatorio que estén más abandonadas y por las cuales nadie reza; almas que tal vez tengan todavía mil años que cumplir, en el fuego, etc., y que nadie reza por ellas. Pero con una condición: que ellas nos obtengan la comprensión, el amor y el entusiasmo por todas las sombras con que la muerte enriquece la estética del Universo y los panoramas verdaderos de la vida humana.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

Medicina y ética

 

Fernando Pascual

Uno de los principales campos de trabajo de la bioética (no el único) es el de la medicina.

        Al hablar de medicina a algunos nos viene a la mente diversas imágenes: el médico de familia (donde todavía exista), el cirujano, el dentista, el pediatra, el farmacéutico. Recordamos a aquel doctor que nos libró de la bronquitis, o al que nos operó de un cáncer de piel, o al que nos aconsejó una alimentación más equilibrada.

        Todos, más o menos, tenemos nuestra pequeña historia médica, y agradecemos a tantos alumnos de Hipócrates (o de las modernas escuelas) sus atenciones y sus aciertos. También, alguna vez, les perdonamos sus errores, si fueron sin culpa y con la mejor voluntad del mundo...

        Al hacer este recuerdo agradecido podemos caer en un error: creer que el protagonista de la medicina es el médico. La verdad es un poco más complicada, pues el médico es sólo un “servidor”, una persona que pone toda su ciencia y su buena voluntad (esperamos) para que el enfermo se cure o, al menos, esté muy bien atendido.

        En otras palabras, el verdadero protagonista de la medicina es el enfermo con su enfermedad. Esto no significa que el médico sea una especie de esclavo que hace todo lo que pida su paciente, sobre todo cuando éste exige algo injusto o contra las reglas de la ética. El protagonismo y la libertad del paciente terminan allí donde también el médico tiene que respetar unas reglas éticas que valen para todo ser humano.

        La medicina es un actuar de un hombre libre sobre otro hombre libre. Por lo mismo, necesita una ética propia, se desarrolla según principios de comportamiento. Esta ética es recogida, normalmente, en documentos que reciben el nombre de “códigos deontológicos” (o códigos éticos).

        Existen códigos de deontología médica que sirven para un país, y otros que tienen un valor internacional. Podemos ver, por ejemplo, algunas partes de un código reciente:

        “* La Medicina es una profesión al servicio del ser humano y de la salud pública, debiendo ser ejercida en el respeto de la vida y de la persona, sin discriminación de ninguna naturaleza.

        * El médico debe prestar su concurso a la acción llevada a cabo por las autoridades competentes en vista de proteger la salud y el medio ambiente.

        * El médico debe ejercer la Medicina con diligencia, honra y dignidad.

        * El médico, al encontrarse en presencia de un enfermo o de un herido en peligro, debe prestarle su asistencia asegurándose que reciba los cuidados de que disponga en el lugar y en el momento.

        * El médico debe tratar con la misma conciencia a todos sus enfermos, cualesquiera que sea su condición, su nacionalidad, su credo religioso, su reputación o cualquier sentimiento que le inspire”.

        Desde luego, el hecho de que exista un “Código deontológico” no garantiza automáticamente que el médico actúe siempre bien.

 

Algo queda con las visitas a los cementerios cristianos

En noviembre los cementerios se llenan con los familiares de los fallecidos que aguardan la resurrección, según enseña la fe católica. Para muchos es una visita nostálgica y como obligada, en muchos casos más familiar y social que religiosa. Sin embargo, algo queda, aunque no sea perceptible, pues es difícil ignorar allí la muerte y qué pasa en el más allá. Pienso que la mayoría, al menos de los que vamos al cementerio en estas fechas, aún mantenemos el rescoldo de la fe. Algo queda tras la visita.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Flores en las tumbas

Las flores sobre las lápidas, en las paredes de los nichos de los cementerios, yo las veo como una escondida confesión de fe en la vida eterna, aunque el que las deposita en esos lugares no sea muy consciente de lo que está haciendo.

No se ofrecen flores a personas que ya no existen en absoluto. Hasta algún que otro ateo envía recuerdos a sus seres queridos que “pasean por un valle escondido y floreado”.

Ante la tumba de la niña recién enterrada, Bécquer expresa la oscuridad de su espíritu ante el misterio de la muerte: “¿Vuelve el polvo al polvo? // ¿Vuela el alma al cielo? // ¿Todo es sin espíritu// podredumbre y cieno? // No sé; pero hay algo que explicar no puedo, //algo que repugna, //aunque es fuerza hacerlo, //¡a dejar tan tristes, tan solos los muertos!”.

Yo sí creo y sé que no “vuelve el polvo al polvo”, que el alma anhela “volar a Dios”, que sólo el infierno es “podredumbre y cieno”.

Las flores depositadas en los cementerios las recogen los muertos que han dado su vida por los demás, que han vivido en la tierra cerca de Dios en sus batallas de cada día, que han sufrido y amado mucho, que han perdonado y han pedido perdón, que han rezado elevando los ojos al Cielo, a la Cruz de Cristo, que han abierto su mente, su corazón a Dios Creador y Padre, que han soñado con encontrarse con su madre María.

Y recogen las flores para hacernos compañía; y decirnos al oído del alma: “Dios mío ¡qué solos se quedan los vivos que no rezan con sus muertos!”.

Las flores de todos los colores que germinan en los cementerios dejan ante Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo el clamor por la Vida Eterna de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres del mundo.

Pedro García

 

 

La aspiración de todo corazón humano

Esta alegre fiesta, la de Todos los Santos, es un buen momento para hacer una reflexión sobre la santidad a la que todos estamos llamados, que contrasta con la truculencia de algunos sucedáneos, nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad, una palabra que sufre en nuestros días una especie de descarte del vocabulario corriente, porque se ha perdido su significado. Santidad es vivir las circunstancias de cada día en presencia de Dios, alimentados por su Palabra y por los sacramentos, en la compañía de su Iglesia. Es lo que, en su Exhortación apostólica “Alegraos y regocijaos”, el Papa Francisco llamaba “la santidad de la puerta de al lado”. En definitiva, como subraya el Papa, se trata de mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor.

La santidad no es el horizonte para una élite sino la vocación de todo bautizado, y en el fondo, la aspiración de todo corazón humano. Un camino que no se basa en nuestras fuerzas sino en la misericordia de Dios, que no se cansa de perdonar.

Suso do Madrid

 

 

Cartas con un drogadicto ya muerto V

            Continua relatando el drogadicto:  “Llegado ese terrible estado o momento de nuestra ya condenada vida... tenemos sobre nosotros (en nuestro cerebro) a un “robot” incansable, puesto que una vez que éstas células, están más de treinta horas sin recibir “su ración de droga”, vuelven o “despiertan” a su estado original, que es el de receptoras del dolor (del tipo que sea, puesto que puede ser físico o psíquico) y ello, para el individuo ya con dependencia de la droga, significa entrar en “el mono” (síndrome de abstinencia)... y he padecido tantos “monos”, que aún hoy... recordándolo... se me eriza el cabello y siento una sensación horrible sólo al recordar aquellos”.

            Los primeros síntomas “del mono”, comienzan con una paulatina aceleración nerviosa. De tu mente desaparecen todo tipo de ideas; tan sólo te queda una fija... el dolor y el malestar, irá en aumento constante; sin embargo con una sóla dosis, desaparecerá dicho estado; por ello ese es tu único pensamiento o idea, o sea... CONSEGUIR LA DOSIS.

            Ese pensamiento te martillea y martiriza constantemente, causándote un daño tan real, como el propiamente físico, que se está sufriendo a la par. Punzantes dolores en la espalda, las piernas soportan nuestro propio peso, pero multiplicado por tres, en un dolor insufrible; el frío y el calor corporal, se suceden sin fundamento alguno para ti; no encontrando pues, la manera de estabilizarlo; el sudor se sucede de continuo, sudor frío o caliente... con un olor tan particular y desagradable, que nunca jamás lo podrás olvidar... “litros de nauseabundo sudor te empapan a ti y cuanta ropa portes encima de tu atormentado cuerpo”.

            El descontrol que se organiza en nuestros intestinos, no sabría como calificarlo; la diarrea va en aumento hasta extremos inconcebibles; tantas y tantas veces has de ir al baño, que llega el momento en que tan sólo expulsas agua o líquido, no sabría concretar ello... pero puedo jurar, que esa “agua”, quema... como si de un chorro de fuego se tratase. Imposible contener las lágrimas, ante este extraño y horrible dolor. Músculos completamente agarrotados y otras muchas y diferentes molestias, según cada cuerpo y su particular estado... ello se sucede durante cuatro interminables (“eternos”) días. A partir de ese punto, todos estos síntomas van decreciendo y acabarán por finalizar completamente, al cabo de once días más. Se me olvidaba decir que...  hay que unir a todos éstos padecimientos, el atormentador que significa, el insomnio, el cual, puede perdurar... en aquellos que se deciden a abandonar el consumo... hasta cincuenta días, o sea... un horror. Pero todo se consigue si hay voluntad y yo (como muchos otros) conseguiríamos librarnos de la droga... “o las drogas”.

            Quiero decir insistiendo, sobre “los monos”. Los “monos” se sufren, cuando quieres dejar de consumir, cuando te falta dinero para comprar la droga, cuando aun teniendo dinero no encuentras la droga por cuanto no la hay en el mercado; por otros diferentes motivos, o simplemente, que... la policía, te retenga los tres días que por ley tienen derecho hacerlo. En los calabozos policiales, se han sufrido “monos” espectaculares por su virulencia, agravándose sus síntomas, precisamente por el aislamiento a que eres sometido; personalmente he sufrido algunos y considero inhumano el proceder de “ciertas autoridades”, ya que es hacer sufrir gratuitamente a los detenidos que más bien son, retenidos. Hoy en día creo que las cosas se llevan de otra forma, de lo cual me alegro; estoy de acuerdo con la ley y con que se paguen las culpas debidamente juzgadas, pero abusos y sufrimientos gratuitos, no... de ninguna de las maneras.

            La camaradería, que nos unía (me refiero al grupo antes referido)... fue desvaneciéndose a media que nuestra dependencia aumentaba. Amigos de “toda la vida”, peleaban por “unas tristes  micras” de heroína; nos engañábamos los unos a los otros; ya nuestras vidas habían entrado en una espiral de mentiras, de fraudes y picarescas... ya el delito, rondaba por nuestras cabezas.

            A partir del momento en que la dependencia es total, el drogadicto se individualiza, el ego despierta, en el esquema del individuo, lo que por otra parte es simplísimo... él está siempre el primero, él y su dosis, claro está. Es cierto que se asocia a otros individuos de su condición, pero con un claro objetivo, delinquir si preciso es, para encontrar el dinero con el cual comprar su droga (repito: “su droga”); estas asociaciones suelen terminar en el momento preciso en que... la dosis que necesita se encuentra en su mano.[1]

            Quisiera acabar éste cuarto relato, haciendo hincapié en una nueva reflexión: Si aceptamos como verdadero el que cada persona tiene su destino escrito de antemano, diríamos, que yo sufrí el mundo de las drogas, porque para ello estaba predestinado. Si esta teoría no nos convenciera, diría que la educación verdadera, junto al apoyo de los padres, sería crucial en aquel joven que por cualquier motivo viniera a éste mundo.

          En mi caso particular, le confesaré que... si hubiese tenido otro tipo de padre; habría recurrido a él, en busca de ayuda, desde el primer momento en que comprendí que la heroína, “se me escapaba de las manos”; al no ser así... de los diecisiete años  en que me vi (o viví) inmerso en este mundo de las drogas, los doce primeros, los sufrí sólo acompañado por el amor de mi (en aquella época) mujer y la impotencia de ella misma, por no saber como poder ayudarme”.

          No deseo culpar a mis padres de lo que en cierta forma, fui el único responsable; sin embargo me reafirmo en lo anteriormente expuesto. El apoyo, junto al cariño de unos padres, llegará a ser el mejor programa de rehabilitación, aunque siempre, habrá excepciones... en que toda la voluntad y todo el amor paternos, serán insuficientes.

            Espero comenzar un nuevo relato sobre algunos retazos de mi vida conyugal, aunque sólo sirva como homenaje al padecimiento de tantas y tanta... esposas y compañeras de hombres dominados por la heroína.

 

(Viernes 19 de enero de 2001)

(Firma y rúbrica)

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Nota: Transcrito de mi libro “AL INFIERNO A TRAVÉS DE LAS DROGAS: VIAJE DE IDA Y VUELTA. (Inédito: pero está en mi Web)

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)

 


[1] RECORDEMOS: esos estremecedores relatos que aparecen en prensa, con relativa frecuencia; en los que se cuenta, que drogadictos ya en estado cuasi de piltrafa humana (puede que sin casi)... han llegado a matar a su propia madre o a su propio padre, por cuanto ellos les han negado dinero para la droga. Recordemos igualmente a esos desgraciados (padres o hijos) en que han tenido que recurrir a la policía y el juzgado, para que expulsen al propio individuo de la casa familiar, por cuanto ya no es posible aguantar la convivencia de “éstas piltrafas humanas”, los que aún así calificados por mi... quede claro, muy claro, que siento infinita piedad por ellos, pensando en que si se encuentran o llegaron a dicho estado, sólo es culpa de ellos, puesto que un adulto, puede dejar la droga si se lo propone, como lo hizo nuestro protagonista, el que un día y ya en espera de la muerte... escribió “al mundo”, pidiendo auxilio, y diferentes seres humanos (no fui yo solo) escuchamos su llamada y nos pusimos en contacto con él... no fue necesario emplear...   el dinero, en forma de moneda circulante.... es verdad aquel axioma que afirma... AYÚDATE QUE DIOS TE AYUDARÁ. PERO EMPIEZA POR AYUDARTE  TÚ Y... A TÍ MISMO.