Las Noticias de hoy 02 Noviembre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 02 de noviembre de 2019  

Indice:

ROME REPORTS

El Papa en el día de Todos los Santos: “Ellos son el reflejo de la presencia de Dios”

1 de noviembre, Solemne indicción del Jubileo Lauretano

Solemnidad de Todos los Santos, la fiesta del cielo

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS: Francisco Fernandez Carbajal

“Para nosotros la muerte es Vida”: San Josemaria

En la alegre esperanza de Cristo: Lucas Buch

Algo grande y que sea amor (XI): Frutos de la fidelidad: Lucas Buch

El diagnóstico pastoral del Sínodo sobre la Amazonia: Ramiro Pellitero

Comentario al Evangelio: Zaqueo

DOMINGO XXXI.: + Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cácere

Primera mirada al Sínodo: Ernesto Juliá

Primera comunión, 50 años: Daniel Tirapu

Amazonia y respeto a la vida: Jesús Ortiz López

«Cuando entramos en paliativos, empezamos a vivir otra vez»

Los mil y un lenguajes para entender a los hijos: Silvia del Valle Márquez

Clausura de la fase diocesana del proceso de beatificación del Caballero de Gracia: Juan Moya

Los muertos...¡están vivos!: José Manuel Belmonte

Se llaman bienaventuranzas: José Morales Martín

¿Una ensoñación?: Xus D Madrid

Todos los Santos: Jesús Martínez Madrid

Cartas con un drogadicto ya muerto IV: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

El Papa en el día de Todos los Santos: “Ellos son el reflejo de la presencia de Dios”

En el Ángelus de este primero de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, el Papa Francisco recuerda que la santidad es un Don y una llamada e invita a seguir el ejemplo de los Santos y las Santas: “esas personas que han encontrado en el Señor la fuerza para levantarse una y otra vez”.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

En el día en el que la Iglesia Católica celebra la Fiesta de Todos los Santos, el Papa Francisco recuerda que los Santos y las Santas que hoy se celebran “no son simplemente símbolos, seres humanos lejanos e inalcanzables” sino “personas que han vivido con los pies en la tierra y han experimentado el trabajo diario de la existencia con sus éxitos y fracasos, encontrando en el Señor la fuerza para levantarse una y otra vez y continuar el camino”. En este sentido, el Pontífice además explicó que si se entiende esto, “se comprende que la santidad es una meta que no se puede alcanzar solo con las propias fuerzas, sino que es fruto de la gracia de Dios y de nuestra libre respuesta a ella”.

La santidad es Don y llamada

Antes de rezar a la Madre del cielo, Francisco también aseguró que “todos estamos llamados a la santidad” y que ésta es “un Don y una llamada”: Es Don – explica – porque es algo “que no podemos comprar ni intercambiar” sino “acoger”, participando así en la misma vida divina a través del Espíritu Santo que vive en nosotros desde el día de nuestro Bautismo. Esto significa – dice el Papa – “ser cada vez más conscientes de que estamos injertados en Cristo, cómo la rama está unida a la vid, y por lo tanto podemos y debemos vivir con Él y en Él como hijos de Dios”.

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01/11/2019

 

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Pero la santidad, además de ser un don, “también es una vocación común de los discípulos de Cristo” señaló el Papa, “es el camino de plenitud que cada cristiano está llamado a seguir en la fe, avanzando hacia la meta final: la comunión definitiva con Dios en la vida eterna”. En este sentido, el Santo Padre puntualizó que la santidad es, por tanto, “una respuesta al Don de Dios” y se manifiesta “como una asunción de responsabilidad”, por ello es importante que todos asumamos un compromiso serio y diario de santificación “tratando de vivir todo con amor y con caridad”.

El ejemplo de los Santos nos ayuda a enfrentar los problemas de la vida

Durante su alocución, Francisco también explicó que los Santos que celebramos hoy “son hermanos y hermanas que han admitido en sus vidas que necesitan esta luz divina, abandonándose a ella con confianza y ahora, ante el trono de Dios, cantan su gloria eternamente”. Además, “mirando sus vidas – continúa – estamos estimulados a imitarlos” pues entre ellos “hay muchos testigos de una santidad de la puerta de al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios”. En sus palabras finales, el Papa señaló que al recordar a los Santos levantamos la mirada al cielo “no para olvidar las realidades de la tierra, sino para enfrentarlas con más coraje y esperanza”.

 

 

1 de noviembre, Solemne indicción del Jubileo Lauretano

Ciudad del Vaticano

La Delegación Pontificia del Santuario de la Santa Casa Loreto dio a conocer que, este viernes 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, en la ciudadela mariana de Loreto, Italia, se celebrará la indicción del Jubileo Laureano “Maria Regina et Janua Coeli”, el mismo que se inaugurará el 8 de diciembre de 2019 y finalizará el 10 de diciembre de 2020. A las 10.00 de la mañana, en la Basílica de la Santa Casa, el Regente de la Penitenciaría Apostólica, Monseñor Krzysztof Nykiel, presidirá la celebración de la Santa Misa, al final de la cual, desde el atrio de la iglesia, antes del Ángelus, se proclamará el decreto de convocatoria del Jubileo.

10 de diciembre memoria libre de la Virgen María de Loreto

Este evento se realiza un día después que el Papa Francisco decretó la inscripción de la celebración de la bienaventurada Virgen María de Loreto en el Calendario Romano General. “Se celebrará el 10 de diciembre, día de su fiesta en Loreto, la memoria libre de la bienaventurada Virgen María de Loreto”, se lee en el Decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos sobre la celebración de la bienaventurada Virgen María de Loreto para inscribir en el Calendario Romano General.

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Un Jubileo Lauretano para todos los que viajan en avión

El Santuario de la Santa Casa, donde se venera la imagen de la Virgen de Loreto, Patrona de los pilotos y viajeros en avión, será el epicentro de este Jubileo Lauretano por el centenario de la declaración de la Virgen María de Loreto como protectora de los viajeros aéreos. “El Santo Padre ha otorgado el Jubileo Lauretano a todos los viajeros aéreos, militares y civiles, y para todos aquellos que llegarán peregrinos de todo el mundo al Santuario de la Santa Casa”, informaba Monseñor Fabio Dal Cin, Delegado Papal al Santuario de Loreto en el mes de junio, fecha en que se anunció este Jubileo. El Prelado también anunciaba que el Jubileo se “inaugurará el próximo 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción”. “En esa ocasión, el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado Vaticano, presidirá la celebración de apertura de la Puerta Santa del Jubileo, que finalizará el 10 de diciembre de 2020”.

La indulgencia plenaria para pedir el don de la conversión

“La indulgencia plenaria del Año Jubilar se referirá a los fieles que pasan por la Puerta Santa del Santuario para pedir el don de la conversión a Dios y revivir la devoción filial hacia Aquel que nos protege en los viajes aéreos”, explicó Monseñor Dal Cin. El icono de la 'Santa Casa en vuelo' con María, agregó el Prelado, nos ayudará a vivir espiritualmente la gracia del Jubileo para construir juntos la gran casa del mundo para la gloria de Dios y la armonía de todos los hombres.

01 noviembre 2019, 09:13

 

 

Solemnidad de Todos los Santos, la fiesta del cielo

El día de Todos los Santos es una Solemnidad en la que la Iglesia celebra juntos la gloria y el honor de todos los Santos, que contemplan eternamente el rostro de Dios y se regocijan plenamente en esta visión. A nosotros, fieles, este día nos enseña a mirar a aquellos que ya poseen el legado de la gloria eterna.

Roberta Barbi – Ciudad del Vaticano

Algunos la llaman también "Pascua de Otoño", la importante solemnidad que hoy celebramos como miembros activos de una Iglesia que una vez más no se mira a sí misma, sino que mira y aspira el cielo. La santidad, en efecto, es un camino que todos estamos llamados a seguir, siguiendo el ejemplo de nuestros hermanos mayores que nos son propuestos como modelos porque han aceptado dejarse encontrar por Jesús, hacia quien han ido con confianza trayendo sus deseos, sus debilidades y también sus sufrimientos.

El significado de la solemnidad

La memoria litúrgica dedica un día especial [NG1] a todos aquellos que están unidos a Cristo en la gloria y que no sólo son indicados como arquetipos, sino también invocados como protectores de nuestras acciones. Los Santos son los hijos de Dios que han alcanzado la meta de la salvación y que viven en la eternidad esa condición de bienaventuranza bien expresada por Jesús en el discurso de la montaña narrado en el Evangelio (Mt 5, 1-12). Los Santos son también los que nos acompañan en el camino de la imitación de Jesús, que nos conduce a ser la piedra angular en la construcción del Reino de Dios.

La Comunión de los santos

En nuestra Profesión de Fe afirmamos que creemos en la Comunión de los Santos: con esto queremos decir tanto la vida como la contemplación eterna de Dios, que es la razón y el propósito de esta comunión, pero también queremos decir la comunión con las "cosas" santas. Si, en efecto, los bienes terrenales, en cuanto son limitados, dividen a las personas en el espacio y en el tiempo, las gracias, los dones que Dios hace son infinitos [NG2] y de ellos todos pueden participar. Especialmente el don de la Eucaristía nos permite vivir ya ahora la anticipación de esa liturgia que el Señor celebra en el santuario celestial con todos los santos. La grandeza de la redención se mide por el fruto, es decir, por los que han sido redimidos y han madurado en la santidad. La Iglesia contempla en sus rostros su vocación, la condición de humanidad transfigurada en el camino hacia el Reino.

Orígenes e historia de la fiesta

Esta fiesta de la esperanza, que nos recuerda el objetivo de nuestra vida, tiene raíces antiguas: en el siglo IV comienza a celebrarse la conmemoración de los mártires, común a varias Iglesias. Los primeros vestigios de esta celebración se encontraron en Antioquía el domingo siguiente a Pentecostés y San Juan Crisóstomo ya hablaba de ello. Entre los siglos VIII y IX, la fiesta comenzó a extenderse por toda Europa, y en Roma específicamente en el siglo IX: aquí el Papa Gregorio III (731-741) eligió como fecha del 1 de noviembre para coincidir con la consagración de una capilla en San Pedro dedicada a las reliquias "de los santos apóstoles y de todos los santos mártires y confesores, y de todos los justos perfeccionados que descansan en paz en todo el mundo". En la época de Carlomagno, esta fiesta ya era ampliamente conocida como la ocasión en que la Iglesia, que todavía peregrina y sufre en la Tierra, miraba al cielo, donde residen sus hermanos y hermanas más gloriosos.

 

 

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS*

— El Purgatorio, lugar de purificación y antesala del Cielo.

— Podemos ayudar mucho y de muchas maneras a las almas del Purgatorio. Los sufragios.

— Nuestra propia purificación en esta vida. Desear ir al Cielo sin pasar por el Purgatorio.

I. En este mes de noviembre la Iglesia nos invita con más insistencia a rezar y a ofrecer sufragios por los fieles difuntos del Purgatorio. Con estos hermanos nuestros, que «también han sido partícipes de la fragilidad propia de todo ser humano, sentimos el deber que es a la vez una necesidad del corazón de ofrecerles la ayuda afectuosa de nuestra oración, a fin de que cualquier eventual residuo de debilidad humana, que todavía pudiera retrasar su encuentro feliz con Dios, sea definitivamente borrado»1.

En el Cielo no puede entrar nada manchado, ni quien obre abominación y mentira, sino solo los escritos en el libro de la vida2. El alma afeada por faltas y pecados veniales no puede entrar en la morada de Dios: para llegar a la eterna bienaventuranza es preciso estar limpio de toda culpa. El Cielo no tiene puertas escribe Santa Catalina de Génova, y cualquiera que desee entrar puede hacerlo, porque Dios es todo misericordia y permanece con los brazos abiertos para admitirlos en su gloria. Pero tan puro es el ser de Dios que si un alma advierte en sí el menor rastro de imperfección, y al mismo tiempo ve que el Purgatorio ha sido ordenado para borrar tales manchas, se introduce en él y considera una gran merced que se le permita limpiarlas de esta forma. El mayor sufrimiento de esas almas es el de haber pecado contra la bondad divina y el no haber purificado el alma en esta vida3. El Purgatorio no es un infierno menor, sino la antesala del Cielo, donde el alma se limpia y esclarece.

Y si no se ha expiado en la tierra, es mucho lo que el alma ha de limpiar allí: pecados veniales, que tanto retrasan la unión con Dios; faltas de amor y de delicadeza con el Señor; también la inclinación al pecado, adquirida en la primera caída y aumentada por nuestros pecados personales... Además, todos los pecados y faltas ya perdonados en la Confesión dejan en el alma una deuda insatisfecha, un equilibrio roto, que exige ser reparado en esta vida o en la otra. Y es posible que las disposiciones de los pecados ya perdonados sigan enraizadas en el alma a la hora de la muerte, si no fueron eliminadas por una purificación constante y generosa en esta vida. Al morir, el alma las percibe con absoluta claridad, y tendrá, por el deseo de estar con Dios, un anhelo inmenso de librarse de estas malas disposiciones. El Purgatorio se presenta en ese instante como la oportunidad única para conseguirlo.

En este lugar de purificación, el alma experimenta un dolor y sufrimiento intensísimos: un fuego «más doloroso que cualquier cosa que un hombre pueda padecer en esta vida»4. Pero también existe mucha alegría, porque sabe que, en definitiva, ha ganado la batalla y le espera, más o menos pronto, el encuentro con Dios.

El alma que ha de ir al Purgatorio es semejante a un aventurero al borde del desierto. El sol quema, el calor es sofocante, dispone de poca agua; divisa a lo lejos, más allá del gran desierto que se interpone, la montaña en que se encuentra su tesoro, la montaña en la que soplan brisas frescas y en la que podrá descansar eternamente. Y se pone en marcha, dispuesto a recorrer a pie aquella larga distancia, en la que el calor asfixiante le hace caer una y otra vez.

La diferencia entre ambos está en que aquella, a diferencia del aventurero, sabe con toda seguridad que llegará a la montaña que le espera en la lejanía: por sofocantes que sean, el sol y la arena no podrán separarla de Dios5.

Nosotros aquí en la tierra podemos ayudar mucho a estas almas a pasar más deprisa ese largo desierto que las separa de Dios. Y también, mediante la expiación de nuestras faltas y pecados, haremos más corto nuestro paso por aquel lugar de purificación. Si, con la ayuda de la gracia, somos generosos en la práctica de la penitencia, en el ofrecimiento del dolor y en el amor al sacramento del Perdón, podemos ir directamente al Cielo. Eso hicieron los santos. Y ellos nos invitan a imitarlos.

II. Podemos ayudar mucho y de distintas maneras a las almas que se preparan para entrar en el Cielo y permanecen aún en el Purgatorio, en medio de indecibles penas y sufrimientos. Sabemos que «la unión de los viadores con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe, antes bien..., se robustece con la comunicación de bienes espirituales»6. ¡Estemos ahora más unidos a los que nos han precedido!

La Segunda lectura de la Misa nos recuerda que Judas Macabeo, habiendo hecho una colecta, envió mil dracmas de plata a Jerusalén, para que se ofreciese un sacrificio por los pecados de los que habían muerto en la batalla, porque consideraba que a los que han muerto después de una vida piadosa les estaba reservada una gracia grande. Y añade el autor sagrado: es, pues, muy santo y saludable rogar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados7. Desde siempre la Iglesia ofreció sufragios y oraciones por los fieles difuntos. San Isidoro de Sevilla afirmaba ya en su tiempo que ofrecer sacrificios y oraciones por el descanso de los difuntos era una costumbre observada en toda la Iglesia. Por eso asegura el Santo, se piensa que se trata de una costumbre enseñada por los mismos Apóstoles8.

La Santa Misa, que tiene un valor infinito, es lo más importante que tenemos para ofrecer por las almas del Purgatorio9. También podemos ofrecer por ellas las indulgencias que ganamos en la tierra10; nuestras oraciones, de modo especial el Santo Rosario; el trabajo, el dolor, las contrariedades, etc. Estos sufragios son la mejor manera de manifestar nuestro amor a los que nos han precedido y esperan su encuentro con Dios; de modo particular hemos de orar por nuestros parientes y amigos. Nuestros padres ocuparán siempre un lugar de honor en estas oraciones. Ellos también nos ayudan mucho en ese intercambio de bienes espirituales de la Comunión de los Santos. «Las ánimas benditas del purgatorio. Por caridad, por justicia, y por un egoísmo disculpable ¡pueden tanto delante de Dios! tenlas muy en cuenta en tus sacrificios y en tu oración.

»Ojalá, cuando las nombres, puedas decir: “Mis buenas amigas las almas del purgatorio...”»11.

III. Esforcémonos por hacer penitencia en esta vida, nos anima Santa Teresa: «¡Qué dulce será la muerte de quien de todos sus pecados la tiene hecha, y no ha de ir al Purgatorio!»12.

Las almas del Purgatorio, mientras se purifican, no adquieren mérito alguno. Su tarea es mucho más áspera, más difícil y dolorosa que cualquier otra que exista en la tierra: están sufriendo todos los horrores del hombre que muere en el desierto... y, sin embargo, esto no las hace crecer en caridad, como hubiera sucedido en la tierra aceptando el dolor por amor a Dios. Pero en el Purgatorio no hay rebeldía: aunque tuvieran que permanecer en él hasta el final de los tiempos se quedarían de buen grado, tal es su deseo de purificación.

Nosotros, además de aliviarlas y de acortarles el tiempo de su purificación, sí que podemos merecer y, por tanto, purificar con más prontitud y eficacia nuestras propias tendencias desordenadas.

El dolor, la enfermedad, el sufrimiento, son una gracia extraordinaria del Señor para reparar nuestras faltas y pecados. Nuestro paso por la tierra, mientras esperamos contemplar a Dios, debería ser un tiempo de purificación. Con la penitencia el alma se rejuvenece y se dispone para la Vida. «No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor. Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra. El Señor ha dispuesto que pasemos esta breve jornada de nuestra existencia trabajando y, como su Unigénito, haciendo el bien (Hech 10, 38). Entretanto, hemos de estar alerta, a la escucha de aquellas llamadas que San Ignacio de Antioquía notaba en su alma, al acercarse la hora del martirio: ven al Padre (S. Ignacio de Antioquía, Epistola ad Romanos, 7: PG 5, 694), ven hacia tu Padre, que te espera ansioso»13.

¡Qué bueno y grande es el deseo de llegar al Cielo sin pasar por el Purgatorio! Pero ha de ser un deseo eficaz que nos lleve a purificar nuestra vida, con la ayuda de la gracia. Nuestra Madre, que es Refugio de los pecadores nuestro refugio, nos obtendrá las gracias necesarias si de verdad nos determinamos a convertir nuestra vida en un spatium verae paenitentiae, un tiempo de reparación por tantas cosas malas e inútiles.

1 Juan Pablo II, En el cementerio de la Almudena, Madrid 2-XI-1982. — 2 Cfr. Apoc 21, 27. — 3 Cfr. Santa Catalina de Génova, Tratado del Purgatorio, 12. — 4 San Agustín, Comentario a los Salmos, 37, 3. — 5 Cfr. W. Macken, El purgatorio, en revista Palabra, n. 244. — 6 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 49. — 7 Misal Romano, Lectura de la 2.ª Misa del día de los difuntos; 2 Mac 12, 43-44. — 8 Cfr. San Isidoro de Sevilla, Sobre los oficios eclesiásticos, 1. — 9 Cfr. Conc. de Trento, Sesión 25. — 10 Cfr. Pablo VI, Const. Apost. Sacrarum indulgentiarum recognitio, 1-I-1967, 5. — 11 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 571. — 12 Santa Teresa, Camino de perfección, 40, 9. — 13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 221.

Después de la muerte no se rompen los lazos con quienes fueron nuestros compañeros de camino. Hoy dedicamos nuestras oraciones a todos aquellos que aún están purificándose en el Purgatorio de las huellas que dejaron en su alma los pecados. Hoy los sacerdotes pueden celebrar tres veces la Santa Misa en sufragio por quienes ya nos precedieron. Los fieles pueden ganar indulgencias y aplicarlas también por los difuntos.

 

 

 

“Para nosotros la muerte es Vida”

Sigue adelante, con alegría, con esfuerzo, aun siendo tan poca cosa, ¡nada! –Con El, nadie te parará en el mundo. Piensa, además, que todo es bueno para los que aman a Dios: en esta tierra, se puede arreglar todo, menos la muerte: y para nosotros la muerte es Vida. (Forja, 1001)

Si eres apóstol, la muerte será para ti una buena amiga que te facilita el camino. (Camino, 735)
A los "otros", la muerte les para y sobrecoge. -A nosotros, la muerte -la Vida- nos anima y nos impulsa.
Para ellos es el fin: para nosotros, el principio. (Camino, 738)
No tengas miedo a la muerte. -Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. -No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre-Dios. -¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! (Camino, 739)
Si no hubiera más vida que ésta, la vida sería una broma cruel: hipocresía, maldad, egoísmo, traición. (Forja, 1000).

 

En la alegre esperanza de Cristo

Dejarnos tocar por el amor de Dios, dejarnos mirar por Cristo: la esperanza nos abre un mundo, porque se basa en lo que Dios quiere hacer en nosotros.

Cristo17/07/2017

Opus Dei - En la alegre esperanza de Cristo

Escucha la presentación del libro «Para mí vivir es Cristo»

 


Escucha el artículo «En la alegre esperanza de Cristo»

 

Descarga el libro electrónico: «Para mí, vivir es Cristo» (Disponible en PDF, ePub y Mobi)


¿Qué hace valiosa la vida? ¿Qué hace valiosa mi vida? En el mundo actual, la respuesta a esta pregunta gira a menudo alrededor de dos polos: el éxito que uno es capaz de alcanzar, y la opinión que los demás tienen de él. No se trata, desde luego, de cuestiones banales: la opinión ajena tiene consecuencias en la vida familiar, social, profesional; y el éxito es la expectativa lógica de lo que emprendemos: nadie se pone a hacer algo con el objetivo de fracasar. Sin embargo, de hecho a veces en la vida hay pequeñas o no tan pequeñas derrotas, o sucede que los demás se forjan una opinión de nosotros en la que quizá no nos reconocemos.

La experiencia del fracaso, del desprestigio, o la conciencia de la propia incapacidad –ya no solo en el mundo laboral, sino incluso en el empeño por vivir una vida cristiana– pueden llevarle a uno al desánimo, al desaliento y, en último término, a la desesperanza. En la actualidad es más fuerte que en otras épocas la presión por tener éxito a distintos niveles, por ser alguien, o al menos por poderse decir que uno es alguien. Y, en realidad, más que en lo que uno es –hijo, madre, hermano, abuela–, los focos están puestos en lo que uno es capaz de hacer. Por eso se es hoy más vulnerable a los distintos tipos de derrotas que suele traer consigo la vida: reveses que antes se resolvían o se sobrellevaban con entereza, hoy causan con frecuencia una tristeza o frustración de fondo, desde edades muy tempranas. En un mundo con tantas expectativas y desengaños ¿es posible aún vivir, como proponía san Pablo, «alegres en la esperanza» (Rm 12,12)?

En la actualidad es más fuerte que en otras épocas la presión por tener éxito a distintos niveles, por ser alguien, o al menos por poderse decir que uno es alguien

En su carta de febrero, el Prelado del Opus Dei dirige la mirada hacia la única respuesta verdaderamente lúcida a esta pregunta; una respuesta que se alza con un sí decidido: «haz, Señor, que desde la fe en tu Amor vivamos cada día con un amor siempre nuevo, en una alegre esperanza»[1]. Aunque a veces la desesperanza pueda parecer menos ingenua, lo es solo al coste de cerrar los ojos al Amor de Dios y su permanente cercanía. Lo recordaba el Papa Francisco en una de sus catequesis sobre la esperanza: «La esperanza cristiana es sólida. Por eso no decepciona (…). No está fundada sobre lo que nosotros podemos hacer o ser, y tampoco sobre lo que nosotros podemos creer. Su fundamento, es decir el fundamento de la esperanza cristiana, es lo más fiel y seguro que existe: el amor que Dios mismo nos tiene a cada uno de nosotros. Es fácil decir: Dios nos ama. Todos lo decimos. Pero (…) cada uno de nosotros ¿es capaz de decir: estoy seguro de que Dios me ama? No es tan fácil decirlo. Pero es verdad»[2].

La gran esperanza

En su predicación y en sus conversaciones, san Josemaría ponía muchas veces la mirada en la vida de los primeros cristianos. La fe era para ellos, antes que una doctrina a aceptar o un modelo de vida a realizar, el regalo de una vida nueva: el don del Espíritu Santo, que había sido derramado en sus almas tras la resurrección de Cristo. Para los primeros cristianos, la fe en Dios era objeto de experiencia, y no solo de adhesión intelectual: Dios era Alguien realmente presente en su corazón. San Pablo escribía a los fieles de Éfeso, refiriéndose a su vida antes de conocer el Evangelio: «vivíais entonces sin Cristo, erais ajenos a la ciudadanía de Israel, extraños a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2,11-12). Con la fe, en cambio, habían recibido la esperanza, una esperanza que «no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

A la vuelta de veinte siglos, Dios no deja de llamarnos a esta «gran esperanza», que relativiza todas las demás esperanzas y decepciones. «Nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar»[3].

Aunque a veces la desesperanza pueda parecer menos ingenua, lo es solo al coste de cerrar los ojos al Amor de Dios y su permanente cercanía

Es bueno considerar si nos hemos acostumbrado a la realidad de un Dios que salva –un Dios que viene a llenarnos de esperanza–, hasta el punto de no percibir a veces en ella mucho más que una idea, sin fuerza real sobre nuestra vida. La Cruz, que parecía un gran fracaso a los ojos de quienes esperaban en Jesús, se convirtió con la Resurrección en el triunfo más decisivo de la historia. Decisivo, porque no se trata de un éxito limitado a Jesús: con él vencemos todos. «Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» en el Resucitado (1 Jn 5,4). Los discípulos de Emaús miraban al pasado con nostalgia. «Nosotros esperábamos», decían (Lc 24,21): no sabían que Jesús caminaba con ellos, que les abría un futuro apasionante, a prueba de cualquier otro desengaño. «Enciende tu fe. –No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!: Jesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula! (…) ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!»[4]

Dejarnos tocar por el Amor de Dios

San Pablo describía así la raíz de la vida cristiana: «Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,19-20). Para el Apóstol, el cristianismo consiste en primer lugar en que Cristo ha muerto por nosotros, ha resucitado y, desde el Cielo, ha enviado a nuestros corazones su Espíritu Santo, que nos transforma y nos abre los ojos a una vida nueva. «Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente “vida”. Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza»[5]. Como a la samaritana, María Magdalena, Nicodemo, Dimas, los discípulos de Emaús, Jesús nos da un modo nuevo de mirar: de mirarnos a nosotros mismos, a los demás, a Dios. Y solo desde esta nueva mirada que nos da Dios cobran sentido el esfuerzo por mejorar y la lucha por imitarle: tomados por sí mismos, serían «empeño vano» (Qo 2,11).

Al morir en la Cruz «por nosotros los hombres y por nuestra salvación»[6], Cristo nos liberó de una vida de relación con Dios centrada en preceptos y límites negativos, y nos liberó para una vida hecha de Amor: «os habéis revestido del hombre nuevo, que se renueva para lograr un conocimiento pleno según la imagen de su creador» (Col 3,10). Se trata, pues, de conocer el Amor de Dios y de dejarse tocar por Él, para retomar –desde esa experiencia– el camino de la santidad. Encontrar a Dios y dejarnos transformar por Él es lo esencial. El Prelado del Opus Dei lo ha recordado, poco después de su elección: «¿Cuáles son las prioridades que el Señor nos presenta en este momento histórico del mundo, de la Iglesia y de la Obra? La respuesta es clara: en primer lugar, cuidar con delicadeza de enamorados nuestra unión con Dios, partiendo de la contemplación de Jesucristo, rostro de la Misericordia del Padre. El programa de san Josemaría será siempre válido: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo”»[7]. La unión con Dios nos permite vivir la Vida que Él nos ofrece. Buscar el rostro de Cristo, y dejarnos mirar por Él es un camino espléndido para ahondar en esa vida de Amor.

Dejarnos mirar por Cristo

Jesucristo es el rostro de la Misericordia de Dios, porque en Él Dios nos habla con un lenguaje a nuestra medida: un lenguaje de escala humana que viene al encuentro de la sed de un amor fuera de toda escala que Él mismo ha puesto en cada uno de nosotros. «Y tú (…) ¿has sentido alguna vez en ti esta mirada de amor infinito que, más allá de todos tus pecados, limitaciones y fracasos, continúa fiándose de ti y mirando tu existencia con esperanza? ¿Eres consciente del valor que tienes ante Dios que por amor te ha dado todo? Como nos enseña san Pablo, “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5,8). Pero ¿entendemos de verdad la fuerza de estas palabras?»[8].

¿Has sentido alguna vez en ti esta mirada de amor infinito que, más allá de todos tus pecados, limitaciones y fracasos, continúa fiándose de ti y mirando tu existencia con esperanza? (Papa Francisco)

Para descubrir el rostro de Jesús es necesario recorrer el camino de la adoración y de la contemplación: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva!»[9]. Se trata, como decía el Papa en otra ocasión, de «mirar a Dios, pero sobre todo [de] sentirse mirado por Él»[10]. Parece sencillo: dejarse mirar, simplemente ser en la presencia de Dios… pero lo cierto es que nos cuesta terriblemente en un mundo hiperactivo y saturado de estímulos como el nuestro. Por eso es necesario pedir a Dios el don de entrar en su silencio y de dejarse mirar por Él: convencerse, en definitiva, de que estar en su presencia es ya una oración maravillosa y tremendamente eficaz, aun cuando no saquemos de ella ningún propósito inmediato. La contemplación del rostro de Cristo tiene en sí misma un poder transformador que no podemos medir con nuestros criterios humanos. «Pongo ante mí al Señor sin cesar; con Él a mi derecha, no vacilo. Por eso se alegra mi corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza» (Sal 16, 8-9).

El rostro de Jesús es también el rostro del Crucificado. Al constatar nuestra debilidad, podríamos pensar, con un rasero exclusivamente humano, que le hemos decepcionado: que no podemos dirigirnos a Él, como si no hubiera sucedido nada. Sin embargo, esos reparos dibujan solo una caricatura del Amor de Dios. «Hay una falsa ascética que presenta al Señor en la Cruz rabioso, rebelde. Un cuerpo retorcido que parece amenazar a los hombres: me habéis quebrantado, pero yo arrojaré sobre vosotros mis clavos, mi cruz y mis espinas. Esos no conocen el espíritu de Cristo. Sufrió todo lo que pudo –¡y por ser Dios, podía tanto!–; pero amaba más de lo que padecía... Y después de muerto, consintió que una lanza abriera otra llaga, para que tú y yo encontrásemos refugio junto a su Corazón amabilísimo»[11].

¡Qué bien comprendía san Josemaría el Amor que irradia el rostro de Jesús! Desde la Cruz, nos mira y nos dice: «Te conozco perfectamente. Antes de morir he podido ver todas tus debilidades y bajezas, todas tus caídas y traiciones… y conociéndote tan bien, tal como eres, he juzgado que vale la pena dar la vida por ti». La de Cristo es una mirada amorosa, afirmativa, que ve el bien que hay en nosotros –el bien que somos– y que Él mismo nos concedió al llamarnos a la vida. Un bien digno de Amor; más aún, digno del Amor más grande (cfr. Jn 3,16; 15,13).

Caminar con Cristo dejando huella en el mundo

La mirada de Jesús nos ayudará a reaccionar con esperanza ante las caídas, los resbalones, la mediocridad. Y no es simplemente que seamos buenos tal como somos, sino que Dios cuenta con cada uno de nosotros para transformar el mundo y llenarlo de su Amor. También esa llamada está contenida en la mirada amorosa de Cristo. «Me dirás, Padre, pero yo soy muy limitado, soy pecador, ¿qué puedo hacer? Cuando el Señor nos llama no piensa en lo que somos, en lo que éramos, en lo que hemos hecho o de dejado de hacer. Al contrario: Él, en ese momento que nos llama, está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de contagiar. Su apuesta siempre es al futuro, al mañana. Jesús te proyecta al horizonte, nunca al museo»[12].

La de Cristo es la mirada del Amor, que afirma siempre a quien tiene delante y exclama: «¡Es bueno que existas!, ¡qué maravilla tenerte aquí!»[13]. Al mismo tiempo, conociéndonos perfectamente, cuenta con nosotros. Descubrir esta doble afirmación de Dios es el mejor modo de recobrar la esperanza y de sentirnos de nuevo atraídos camino arriba, hacia el Amor, y lanzados después al mundo entero. Esa es, a fin de cuentas, nuestra seguridad más firme: Cristo ha muerto por mí, porque creía que valía la pena hacerlo; Cristo, que me conoce, confía en mí. Por eso exclamaba el Apóstol: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?» (Rm 8,31-32).

De esa seguridad nacerá nuestro deseo de retomar el camino, de lanzarnos al mundo entero para dejar en él la huella de Cristo. Sabiendo que muchas veces tropezaremos, que no siempre lograremos realizar lo que nos propongamos… pero que, en definitiva, no es eso lo que cuenta. Importa, en cambio, seguir adelante, con la mirada puesta en Cristo: «expectantes beatam spem», despiertos y atentos a su alegre esperanza[14]. Él es quien nos salva y cuenta con nosotros para llenar el mundo de paz y de alegría. «Dios nos ha creado para estar de pie. Hay una canción hermosa que cantan los alpinos cuando suben a la montaña. La canción dice así: “En el arte de subir, lo importante no es no caer, sino no permanecer caído”»[15]. De pie. Alegres. Seguros. En camino. Con la misión de encender «todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo» que llevamos en el corazón[16].

Lucas Buch


[1] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 33.

[2] Francisco, Audiencia general, 15-II-2017.

[3] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi (30-XI-2007), n. 31.

[4] San Josemaría, Camino, n. 584.

[5] Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 27.

[6] Misal Romano, Símbolo niceno-constantinopolitano.

[7] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 30 (cfr. Camino, n. 382).

[8] Francisco, Mensaje, 15-VIII-2015.

[9] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium (26-XI-2013), n. 264.

[10] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, Ediciones B, Barcelona 2013, p. 54.

[11] San Josemaría, Via Crucis, estación XII, n. 3.

[12] Francisco, Vigilia de oración, 30-VII-2016.

[13] Cfr. J. Pieper, Las Virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 2012, 435-444.

[14] Misal Romano, Rito de la Comunión.

[15] Francisco, Homilía, 24-IV-2016.

[16] Camino, n. 1.

 

 

Algo grande y que sea amor (XI): Frutos de la fidelidad

La certeza de saberse siempre con Dios es fuente viva de esperanza, de la que brotan sin parar nuevos manantiales de alegría y de paz que fecundan nuestra vida y la de los que nos rodean.

Vocación19/08/2019

Opus Dei - Algo grande y que sea amor (XI): Frutos de la fidelidad

El libro de los Salmos arranca con un canto a la fecundidad de quien procura ser fiel a Dios y a su ley, y no se deja llevar por el ambiente que promueven los impíos: «Será como un árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto a su tiempo, y no se marchitan sus hojas: cuanto hace prospera» (cfr. Sal 1,1-3). En realidad, se trata de una enseñanza constante en la Escritura: «El hombre fiel será muy alabado» (Pr 28,20); «quien siembra justicia, tendrá recompensa segura» (Pr 11,18). Todas las obras de Dios son fecundas, como lo son las vidas de quienes responden a su llamada. El Señor lo recordó a los apóstoles en la última cena: «Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). Lo único que nos pide es que permanezcamos unidos a Él como los sarmientos a la vid, pues «el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,6).

A lo largo de los siglos, los santos han experimentado igualmente la generosidad de Dios. Santa Teresa, por ejemplo, escribía: «No suele Su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje»[1]. A quienes le son fieles, les ha prometido que les recibirá en su Reino con palabras llenas de cariño: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21). Sin embargo, Dios no espera al Cielo para premiar a sus hijos, sino que ya en esta vida los va introduciendo en esa alegría divina con muchas bendiciones, con frutos de santidad y virtudes, sacando lo mejor de cada persona y de sus talentos; ayudándonos a no detenernos demasiado en nuestra fragilidad y a confiar cada vez más en el poder de Dios. Además, a través de sus hijos el Señor bendice también a quienes les rodean. Dios se goza en ello: «porque en esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto» (Jn 15,8).

Vamos a repasar en estas páginas algunos frutos que produce nuestra fidelidad, tanto en nuestra vida como en la de los demás. Ojalá estos frutos, y muchos otros que solo Dios conoce, nos estimulen a no interrumpir nunca la acción de gracias a Dios por sus cuidados y su cercanía. También así aprenderemos a disfrutar cada día más de ese amor.

 

Un cielo dentro de nosotros

Tan solo unas semanas antes de marcharse al Cielo, decía san Josemaría a un grupo de hijos suyos: «Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísimo. (…) En nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo»[2]. El Señor lo había prometido a los apóstoles: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Este es el principal don que Dios nos ofrece: su amistad y su presencia en nosotros.

Dios no espera al Cielo para premiar a sus hijos, ya en esta vida los llena de bendiciones

Cada día podemos contemplar con ojos nuevos en la oración esta verdad de la presencia divina en nosotros, y cuidarla en nuestra memoria. Llenos de asombro y de agradecimiento, trataremos entonces de corresponder como buenos hijos al cariño inmenso que Dios nos tiene. Porque el Señor «no baja del cielo un día y otro día para quedarse en un copón dorado, sino para encontrar otro cielo que le es infinitamente más querido que el primero: el cielo de nuestra alma, creada a su imagen y templo vivo de la adorable Trinidad»[3]. Solo con este regalo divino podemos sentirnos infinitamente pagados; y también seguros de la alegría que damos a Dios con nuestra fidelidad.

Cuando viene el cansancio físico o moral, cuando arrecian los embates y dificultades, es momento de recordar de nuevo que, «si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente»[4]. La certeza de que Dios está conmigo, en mí; y de que yo estoy en él (cfr. Jn 6,56) es fuente de una seguridad interior y una esperanza que no es posible explicar humanamente. Esta convicción nos va haciendo cada vez más sencillos —como niños— y nos da una visión amplia y confiada, un interior destensado y alegre. Del fondo del alma brotan entonces la alegría y la paz, como frutos naturales de la fidelidad y de la entrega. Estos frutos son tan importantes y tienen tanta fuerza evangelizadora que san Josemaría los pedía a diario al Señor en la santa Misa, para él y para todas sus hijas e hijos[5].

Tenemos un Cielo dentro de nosotros para llevarlo a todas partes: a nuestra casa, al lugar de trabajo, al descanso, a las reuniones con los amigos… «En nuestros días, en los que se percibe frecuentemente una ausencia de paz en la vida social, en el trabajo, en la vida familiar… es cada vez más necesario que los cristianos seamos, con expresión de san Josemaría, “sembradores de paz y de alegría”»[6]. Sabemos por experiencia que esa paz y esa alegría no son nuestras. Por eso procuramos cultivar la presencia de Dios en nuestros corazones, para que sea Él quien nos colme y quien comunique sus dones a quienes nos rodean. Y la eficacia de esa sencilla siembra es segura, aunque su alcance es imprevisible: «La paz del mundo, quizá, depende más de nuestras disposiciones personales, ordinarias y perseverantes, por sonreír, perdonar y quitarnos importancia, que de las grandes negociaciones entre los Estados, por muy importantes que sean»[7].

Corazón firme y misericordioso

Cuando dejamos que la presencia de Dios arraigue y fructifique en nosotros —en cierto modo, eso es la fidelidad—, adquirimos progresivamente una «firmeza interior» desde la que se hace posible ser pacientes y mansos ante las contrariedades, los imprevistos, las situaciones molestas, nuestros propios límites y los de lo demás. Decía san Juan María Vianney que «nuestras faltas son granos de arena al lado de la grande montaña de la misericordia de Dios»[8]. Esta convicción permite reaccionar cada vez más como Dios reacciona ante las mismas personas y circunstancias, con mansedumbre y misericordia, sin inquietarnos cuando no responden a nuestras previsiones y gustos inmediatos. Descubrimos, en definitiva, que todos los sucesos son de alguna forma «vehículos de la voluntad divina y deben ser recibidos con respeto y amor, con alegría y paz»[9]. De este modo, poco a poco, adquirimos una mayor facilidad para rezar, disculpar y perdonar, como hace el Señor, y recuperamos pronto la paz, si la perdemos.

Dios transforma nuestro pobre corazón en uno manso y misericordioso, a la medida del suyo

En ocasiones, puede parecernos pusilánime esta disposición a cultivar la mansedumbre y la misericordia en nuestro corazón ante las miserias ajenas que nos parecen denunciables o ante la malicia de algunos que pretenden hacer daño. Recordemos, sin embargo, cómo Jesús reprende a los discípulos cuando sugieren enviar un castigo del cielo sobre los samaritanos que no lo reciben (cfr. Lc 9,55). «El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un “corazón que ve”. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia»[10]. Nuestra misericordia paciente, que no se irrita ni se queja ante la contrariedad, se convierte así en bálsamo con el que Dios sana a los contritos de corazón, venda sus heridas (cfr. Sal 147,3) y les hace más fácil y llevadero el camino de la conversión.

Una eficacia que no podemos imaginar

Cultivar y dar a conocer la propia imagen y el perfil personal ante los demás se ha convertido hoy en un requisito a veces indispensable para estar presentes y tener impacto en los diversos ámbitos de las redes sociales y laborales. Sin embargo, si perdemos de vista que vivimos en Dios, que Él «está junto a nosotros de continuo»[11], este interés puede derivar en una obsesión más o menos sutil por sentirse aceptados, reconocidos, seguidos e incluso admirados. Se siente entonces una necesidad constante de verificar el valor y trascendencia que tiene todo lo que hacemos o decimos.

Este afán por ser reconocidos y por tocar nuestra valía responde en realidad, aunque sea de un modo tosco, a una verdad profunda. Y es que de hecho valemos mucho; tanto, que Dios ha querido dar su vida por cada uno. Sin embargo, sucede que muy fácilmente nos ponemos a exigir, aun de modos muy sutiles, el amor y el reconocimiento que solo podemos acoger. Tal vez por eso el Señor quiso señalar en el Sermón de la Montaña: «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean, de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 6,1). Y aún más radicalmente: «que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3).

Este riesgo de exigir el Amor en lugar de acogerlo irá perdiendo fuerza en nosotros si actuamos con el convencimiento de que Dios contempla nuestra vida con cariño detallado —porque el cariño está en los detalles—. «Si quieres tener espectadores de las cosas que haces, ahí los tienes: los ángeles, los arcángeles y hasta el mismo Dios del Universo»[12]. Se experimenta entonces en el alma la autoestima de quien se sabe siempre acompañado y no necesita así de especiales estímulos externos para confiar en la eficacia de su oración y de su vida; y esto tanto si son conocidas de muchos, como si pasan desapercibidas para la inmensa mayoría. Nos bastará tener presente la mirada de Dios y sentir dirigidas a cada uno de nosotros las palabras de Jesús: «y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,4).

Podemos aprender mucho, en este sentido, de los años escondidos de Jesús en Nazaret. Allí pasó la mayor parte de su vida en la tierra. Bajo la atenta mirada de su Padre del Cielo, de la Virgen María y de san José, el Hijo de Dios estaba ya realizando en silencio, y con una eficacia infinita, la Redención de la humanidad. Pocos lo veían, pero ahí, desde un modesto taller de artesano, en una pequeña aldea de Galilea, Dios estaba cambiando para siempre la historia de los hombres. Y nosotros también podemos tener esa fecundidad de la vida de Jesús, si le transparentamos, si le dejamos amar en nuestra vida, con esa sencillez.

Desde lo escondido de cada Sagrario, desde lo hondo de nuestro corazón, Dios sigue cambiando el mundo. Por eso nuestra vida de entrega, en unión con Dios y con los demás, adquiere por la Comunión de los Santos una eficacia que nosotros no podemos imaginar ni medir. «No sabes si has progresado, ni cuánto… —¿De qué te servirá ese cálculo…? —Lo importante es que perseveres, que tu corazón arda en fuego, que veas más luz y más horizonte...: que te afanes por nuestras intenciones, que las presientas —aunque no las conozcas—, y que por todas reces»[13].

Dios es el de siempre

San Pablo animaba a los cristianos a ser fieles, a no preocuparse de ir a contracorriente y a trabajar con la mirada puesta en el Señor: «Así pues, hermanos míos amados, manteneos firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, teniendo siempre presente que vuestro trabajo no es en vano en el Señor» (1 Co 15,58). San Josemaría repetía de diversas maneras la misma exhortación del apóstol: «Si sois fieles, podéis llamaros vencedores. En vuestra vida no conoceréis derrotas. No existen los fracasos, si se obra con rectitud de intención y queriendo cumplir la Voluntad de Dios. Con éxito o sin él hemos triunfado, porque hemos hecho el trabajo por Amor»[14].

Saberse acompañado siempre por Dios aumenta nuestra sencillez y confianza en el que todo lo puede

En cualquier camino vocacional puede suceder que, al cabo de un tiempo de entrega, sintamos la tentación del desaliento. Pensamos quizá que no hemos sido muy generosos hasta entonces, o que nuestra fidelidad da poco fruto y que tenemos poco éxito apostólico. Es bueno recordar en esos casos lo que Dios nos ha asegurado: «Mis elegidos nunca trabajarán en vano» (Is 65,23). San Josemaría lo expresaba así: «ser santo entraña ser eficaz, aunque el santo no toque ni vea la eficacia»[15]. Dios permite en ocasiones que sus fieles sufran pruebas y dificultades en su labor, para hacer más bella su alma, más tierno su corazón. Cuando, a pesar de nuestra ilusión por agradar a Dios, nos desanimemos o nos cansemos, no dejemos de trabajar con sentido de misterio: teniendo presente que nuestra eficacia es «muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. (…) Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca»[16].

El Señor nos pide trabajar con abandono y confianza en sus fuerzas y no en las nuestras, en su visión de las cosas y no en nuestra limitada percepción. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas —a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos— no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[17]. La conciencia de que Dios lo puede todo y de que Él ve y atesora todo el bien que hacemos, por muy pequeño y escondido que pueda parecer, nos ayudará «a estar seguros y optimistas en los momentos duros que puedan surgir en la historia del mundo o en nuestra existencia personal. Dios es el de siempre: omnipotente, sapientísimo, misericordioso; y en todo momento sabe sacar, del mal, el bien; de las derrotas, grandes victorias para los que confían en Él»[18].

De la mano de Dios, vivimos en medio del mundo como hijos suyos, y nos vamos convirtiendo en sembradores de paz y de alegría para todos los que viven a nuestro alrededor. Ese es el trabajo paciente, artesanal, que Dios realiza en nuestros corazones. Dejemos que ilumine todos nuestros pensamientos y que inspire todas nuestras acciones. Es lo que hizo nuestra Madre la Virgen, feliz de ver las cosas grandes que el Señor hacía en su vida. Ojalá sepamos también nosotros decir cada día como Ella: Fiat!, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).

Pablo Edo


[1] Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, cap. 34.

[2] Cfr. S. Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1980, p. 361.

[3] Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, cap. 5.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 92.

[5] Cfr. J. Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Madrid, Rialp 2000, p. 229.

[6] F. Ocáriz, Homilía, 12-V-2017.

[7] Ibidem.

[8] Citado en G. Bagnard, «El Cura de Ars, apóstol de la misericordia», Anuario de Historia de la Iglesia 19 (2010) p. 246.

[9] Instrucción mayo-1935 — 14-IX-1950, n. 48.

[10] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est (25-XII-2005), n. 31.

[11] San Josemaría, Camino, n. 267.

[12] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, 19.2 (PG 57, 275).

[13] San Josemaría, Forja, n. 605.

[14] San Josemaría, A solas con Dios, n. 314 (AGP, Biblioteca, P10).

[15] Forja, n. 920.

[16] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), n. 279.

[17] San Josemaría, Surco, n. 860.

[18] D. Javier, Carta pastoral, 4-XI-2015.

 

 

El diagnóstico pastoral del Sínodo sobre la Amazonia

Posted: 31 Oct 2019 10:10 AM PDT

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Acerca del Sínodo para la Amazonia, ha dicho el papa Francisco, al cierre de los trabajos del Sínodo, que lo más importante son los “diagnósticos” realizados. Estos diagnósticos en el Documento final se presentan como nuevos caminos para avanzar en las “conversiones” que encabezan los respectivos capítulos: conversión integral, pastoral, cultural, ecológica y sinodal. También ha dicho que el principal es el diagnóstico pastoral (o evangelizador), que incluye todo lo demás.

El diagnóstico pastoral se expone en el capítulo segundo: “nuevos caminos de conversión pastoral”. El título remite a la propuesta que Francisco viene haciendo a todos los cristianos en la Iglesia: la “conversión pastoral”, es decir, la conversión de los evangelizadores y la conversión de la Iglesia entera.

¿Pero la misión no consiste en convertir a los no cristianos? Así, es, pero para eso, es preciso que los cristianos, cada uno de nosotros, nos convirtamos antes y continuamente. Es decir, que tomenos conciencia de lo que somos: cristianos, que quiere decir discípulos de Cristo, a partir del bautismo. Y Cristo significa el Ungido para una misión. Como Él y unidos a Él, hemos de convertir nuestra vida en una “buena noticia” (= evangelio) para otros.


Conversión a la alegría

Eso solamente podremos hacerlo si el mensaje de Jesús es realmente una buena noticia para nosotros, para cada uno: si llena nuestra vida, si la renueva y dinámiza hacia las necesidades materiales y espirituales de los demás. Solo entonces comprendemos la alegría de evangelizar a otros. Este es el punto de partida: nuestra conversión a esa alegría, que nos lleva a ser corresponsables en la misión de la Iglesia, nuestra llamada a ser cristianos evangelizadores o “discípulos misioneros”, como explica el texto de Aparecida: “Somos insertados por el bautismo en la dinámica de amor por el encuentro con Jesús que da un nuevo horizonte a la vida” (n. 12)

Por eso el sínodo panamazónico ve a la Iglesia –el conjunto de los cristianos– representada en la figura del buen samaritano, que se detiene para cuidar de aquel malherido que yacía al borde del camino; de la Magdalena, que por sentirse amada y reconciliada anuncia con gozo y convicción a Cristo resucitado; y sobre todo de María, “que genera hijos a la fe y los educa con cariño y paciencia aprendiendo también de las riquezas de los pueblos” (n. 22). Aquí está de alguna manera lo más importante que se quiere expresar en el documento.

Por las características de esa región –que abarca nueve países de Suramérica (Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Guyana, Guayana Francesa, y Surinam)–, la historia, la cultura y las religiones de sus moradores (muchos de ellos cristianos de diversas confesiones), se entiende bien que “el diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural debe ser asumido como camino irrenunciable de la evangelización en la Amazonía” (n. 24).

Hay que tener en cuenta que las religiones indígenas y los cultos afrodescendientes se relacionan estrechamente con los bosques y el cuidado de la naturaleza como “casa común”, por lo que se trata de un campo importante para el acompañamiento personal y el diálogo con esas culturas.

Tres urgencias

La urbanización, las necesidades del mundo rural, las forzadas migraciones de familias indígenas, los jóvenes que intentan abrirse paso en una sociedad que cambia rápidamente de valores, los problemas que afectan a los derechos humanos como la salud y la educación, etc., conducen a formular tres urgencias: “promover nuevas formas de evangelización a través de los medios sociales (Francisco, Christus Vivit, 86); ayudar al joven indígena a lograr una sana interculturalidad; ayudarlos para hacer frente a la crisis de antivalores que destruye su autoestima y les hace perder su identidad” (n. 33).

Como se ve, la evangelización viene necesariamente vinculada con la promoción humana (el humanismo cristiano) junto con la educación ética y ecológica, así como con las cuestiones que afectan a la comunicación. Todas ellas no se resuelven –lógicamente– solo en una perspectiva pragmática, sino que implican contenidos de fondo, muchos de ellos en relación con la Doctrina Social de la Iglesia, por tanto también teológicos.

Un sínodo es una reunión para rezar, estudiar y dialogar sobre determinadas cuestiones desde la perspectiva de la fe y con vistas a mejorar la evangelización. De ahí surge un documento de trabajo –que no es magisterio de la Iglesia–, donde se recogen unas propuestas. En ellas es posible que se muestre un abanico grande de temas –correspondiente a la amplitud y complejidad de los asuntos tratados–, que luego hay que seguir desarrollando y concretando, por parte de quien corresponda.

Por tanto el proceso sinodal sigue, por lo menos hasta que el Papa –si lo ve conveniente– escribe una exhortación postsinodal, para comunicar algunas decisiones operativas y orientar a los cristianos en determinadas tareas. Llevar adelante esas tareas, sean de tipo intelectual o de tipo cultural o social, corresponde a los miembros de la Iglesia según su propia vocación, dones y carismas (laicos, ministros sagrados, religiosos y miembros de la vida consagrada, etc.).

Inculturación, discernimiento, sinodalidad

Todo ello se conecta con el hecho de que el mensaje del Evangelio ha de impregnar las culturas, al mismo tiempo que esa inculturación enriquece las expresiones del Evangelio. Así lo decía Juan Pablo II, señalando que “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida” (1982).

Por eso la evangelización se esfuerza en presentar la fe como una respuesta de sentido de la vida y de las relaciones humanas, tal como se muestra en otros capítulos de este documento.

La necesidad de acercar las fuentes de la vida cristiana (la fe y los sacramentos) a tantos que viven en territorios extensos y de difícil acceso, hace que se formulen propuestas de nuevas tareas, encargos pastorales y servicios o respensabilidades eclesiales, que habrán de ser organizados en las coordenadas de la doctrina y de la tradición cristiana.

La tradición cristiana no es simplemente una serie de doctrinas, ritos y normas, sino una tradición viva. Por eso se equivocan, por un lado, los que olvidan que solo cabe progresar en la evangelización desde la fidelidad y la memoria agradecida por el don recibido. Y también se equivocan, por otro lado, los que querrían reducir la tradición a unas cenizas –un depósito estático–, en lugar de verla como salvaguardia del futuro porque en ella se mantiene el fuego vivo del Espíritu Santo.

Como decía el Papa en su carta a los católicos alemanes (29-VI-2019), el marco de la tradición viva está asegurado por la referencia a la santidad que todos hemos de fomentar y la maternidad de María; por la fraternidad dentro de la Iglesia y la confianza en la guía del Espíritu Santo; por la necesidad de priorizar una visión amplia del todo, pero sin perder a atención por lo pequeño y cercano.

Junto con las necesidades de la evangelización, en el sínodo se consideran la evolución del mundo actual y la presencia de múltiples intereses culturales, políticos y económicos en los escenarios concretos. Se entiende que se imponga proceder con discernimiento (ni pesimismo, ni ingenuo optimismo, ni relativismo) de las diversas realidades en juego. Y que, junto con los anhelos de que Cristo sea anunciado y conocido por muchas gentes, haya quienes manifiesten temores más o menos fundados en su comprensión y en su vivencia del cristianismo.

Según la fe católica, el Papa y el colegio episcopal tienen la asistencia del Espíritu Santo para ayudar a compaginar la sustancia invariable del depósito de la fe (en la doctrina, en el culto y en la vida cristiana) con sus variables expresiones en los distintos tiempos y lugares. Y así, guiar la misión evangelizadora y coordinar la participacion de todos en ella.

Decíamos que, en el conjunto del proceso sinodal, este texto es solo un documento de trabajo que permitirá tomar decisiones concretas y formular orientaciones para mejorar la evangelización.

Mientras tanto, es responsabilidad de todos los cristianos pedir con oración y penitencia –manteniendo los brazos en alto como Moisés durante la batalla contra los amalecitas (cf. Ex 17, 11-13)– esa asistencia del Espíritu Santo a quienes deban tomar decisiones y formular orientaciones; conscientes de que esas decisiones influyen no poco en la misión universal de la Iglesia, a la que se oponen hoy el individualismo y el secularismo (vivir como si Dios no existiera), el consumismo y el relativismo, fomentados por gran parte de nuestra cultura ambiente.

Hoy la participación en la evangelización –como manifestación del ser Iglesia de todos los cristianos– se llama sinodalidad, que significa caminar juntos, asumir la corresponsabilidad de la misión salvífica. No como un principio teórico, sino como una realidad vivida desde la fe y el espíritu cristiano. Un espíritu de por sí abierto a tantos elementos de verdad, bien y belleza sembrados por el Espíritu Santo en las culturas y en las religiones, a modo de preparaciones del Evangelio. Esos elementos han de ser discernidos –también en la vida de cada uno de nosotros­– junto con otros aspectos que necesiten ser sanados y purificados.

“¿Qué ha sido el Sínodo?”, se preguntaba Francisco en el Angelus el domingo en que se clausuraba el sínodo de Amazonia. Y respondía ante Dios, la Iglesia y el mundo: “Ha sido, como dice la palabra, un caminar juntos, reconfortados por el valor y las consolaciones que vienen del Señor. Hemos caminado mirándonos a los ojos y escuchándonos, con sinceridad, sin ocultar las dificultades, experimentando la belleza de seguir adelante juntos, al servicio de los demás”.

Comentario al Evangelio: Zaqueo

Evangelio del 31º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C) y comentario al evangelio

Vida cristiana

Opus Dei - Comentario al Evangelio: Zaqueo

Evangelio (Lc 19,1-10)

Entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo:

— Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa.

Bajó rápido y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al Señor:

— Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más.

Jesús le dijo:

— Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.


Comentario

Jesús se dirige a Jerusalén. Lucas ha dedicado mucha extensión en su evangelio a hablar de este camino recorrido por Jesús que culminaría en su muerte salvadora y su resurrección gloriosa. Esta escena, que subraya el carácter salvador de Jesús, está situada casi al final de ese largo relato, cuando ya le falta poco al Maestro para llegar a la Ciudad Santa.

Jesús va de viaje, pero no pasa de largo por aquella población, saludando tal vez a alguno que otro que se cruce en su camino. Dice el evangelio que “entró en Jericó y atravesaba la ciudad” (v. 1), como deseoso de acercarse a la vida de quienes vivían allí, dando facilidades para que quien lo deseara pudiera encontrarse personalmente con él.

Uno de aquellos que querían conocerlo era Zaqueo, el “jefe de publicanos”, es decir, de los recaudadores de impuestos para los romanos. Este hombre tuvo que superar algunos obstáculos para ver a Jesús. El primero, su baja estatura que le impedía ver al Maestro cuando estaba en medio de la multitud, rodeado de gente más alta que él. Podría haberlo considerado imposible de superar y haberse resignado. Como también nosotros a veces podemos experimentar la tentación de renunciar a acercarnos a Jesús al constatar nuestra bajeza, que puede no ser física pero sí moral o anímica. Pero no desistió.

Luego tuvo que superar la vergüenza de sentirse blanco de todos los comentarios y críticas de tanta gente que le odiaba ya que colaboraba con los romanos. Pero no le importó hacer el ridículo subiéndose a un árbol, porque quería intensamente ver a Jesús. Cuando uno se propone algo en serio es capaz de hacer pequeñas locuras, y Zaqueo sentía latir con fuerza su corazón ante el único que podía quitarle de encima el peso que lo agobiaba y transformar su vida, así que “se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro” (v. 4) y cuando Jesús le habló, “bajó rápido y lo recibió con alegría” (v. 6). No tuvo miedo ni vergüenza, y se salió con la suya.

“Miremos hoy a Zaqueo en el árbol –decía el Papa Francisco-: su gesto es un gesto ridículo, pero es un gesto de salvación. Y yo te digo a ti: si tienes un peso en tu conciencia, si tienes vergüenza por tantas cosas que has cometido, detente un poco, no te asustes. Piensa que alguien te espera porque nunca dejó de recordarte; y este alguien es tu Padre, es Dios quien te espera. Trépate, como hizo Zaqueo, sube al árbol del deseo de ser perdonado; yo te aseguro que no quedarás decepcionado. Jesús es misericordioso y jamás se cansa de perdonar”[1].

Mientras la gente miraba entre burlas, chismes y comentarios despectivos, Jesús lo miró de un modo muy distinto. Para el pueblo llano era un personaje despreciable, que se había enriquecido a costa de los demás. Pero Jesús, lo contemplaba con una mirada misericordiosa, y tenía ganas de encontrarse con él. “La mirada de Jesús –son palabras del Papa Francisco- va más allá de los pecados y los prejuicios; mira a la persona con los ojos de Dios, que no se queda en el mal pasado, sino que vislumbra el bien futuro”[2]. Por eso, cuando Jesús entra en casa de Zaqueo, puede exclamar con alegría: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (vv. 9-10).

San Josemaría meditaba esta escena del evangelio, junto con otras análogas, e invitaba a cada uno a sacar sus propias consecuencias: “Zaqueo, Simón de Cirene, Dimas, el centurión... Ahora ya sabes por qué te ha buscado el Señor. ¡Agradéceselo!... Pero ‘opere et veritate’, con obras y de verdad”[3].


[1] Papa Francisco, Ángelus 3 de noviembre de 2013.

[2] Papa Francisco, Ángelus 30 de octubre de 2016.

[3] S. Josemaría, Via crucis, 5ª estación, 4º punto de meditación.

 

 

DOMINGO XXXI.

Lc 19, 1-10..

Los complejos de Zaqueo.

Este texto de Lucas nos sitúa a Jesús caminando por un palmeral de Jericó rodeado de desierto por todas partes. Jesús siempre va en busca de la oveja perdida desde la situación en que se encuentran y viven. Se acerca a todas las periferias geográficas y existenciales. Tres son los grandes complejo con los que vive envuelto Zaqueo, jefe de publicanos, recaudador de impuestos, pecador público, que se ha vendido por ganancias al enemigo, al invasor, y que solo por interés les hace la rosca a los romanos. Los complejos de Zaqueo se expresan en el pasaje de Lucas con una renuncia practica a vivir en el Amor de Dios. Primer dice con la vida que no sirvo, no tengo pasta para ser mejor y cambiar. El segundo complejo es que no valgo para la misión por mucho que lo intento. Por ultimo no puedo porque siempre acabo como un fracasado en las cunetas de los caminos de la vida

Primero no sirvo. Es siempre la estrategia del enemigo hacernos creer que no servimos para nada. Dios siempre nos alienta para seguir en nuestros pecados y pobrezas. Aparentemente puede parecer una postura humilde. Pero no es auténticamente cristiana. Jesús la vence mirándole desde su vida y desde su búsqueda incluso por hacer el ridículo por El, pues siendo de baja estatura se sube al árbol de su autenticidad para contemplarle.

Segundo no valgo. Valer es saber que somos preciosos para Dios. No valen los que más alardean de sus estudios y valores. Los que más valen para Dios y para los hermanos son los que, como Zaqueo, acogen al Señor en la casa de su Corazón. No valen los que no hacen de su vida un humilde servicio de amor. Al Señor le vuelven loco los que construyen desde su aparente inutilidad y que una y otra vez le repiten al Señor, cuenta conmigo.

Por último es verdad que nosotros por nuestra propia fuerza no podemos nada, pero todo lo podemos en Aquel que nos conforta. Decir no puedo solo, no se realiza el milagro. Decir no puedo, pero en tu nombre una y otra vez echaré las redes, es vivir con el convencimiento que dice Jesús hoy ha llegado la salvación a esta casa, a este hijo de Abraham, que las riquezas han pervertido su Corazón.

+ Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cácere

 

 

Primera mirada al Sínodo

Ernesto Juliá

Estatuilla indígena robada de una parroquia cerca del Vaticano.

photo_camera Estatuilla indígena robada de una parroquia cerca del Vaticano.

Después de leer la traducción castellana del Documento final del Sínodo recién terminado, publicada por el Vaticano el sábado pasado, 26 de octubre, no puedo menos de reconocer que no le falta alguna razón a un periodista que comentó: “este documento parece redactado por la secretaria de una Ong internacional; por algún departamento de la Onu; por el comité de propaganda de un partido político, más que por un Sínodo de la Iglesia católica”.

No niego que a alguno le pueda parecer un tanto exageradas esas comparaciones; pero alguna base para un comentario así no falta en el texto del documento.

Además de que apenas se habla del Espíritu Santo, y se emplea casi siempre el término Espíritu, que puede significar muchas cosas; no he encontrado -no descarto que se me haya pasado inadvertida- la palabra Salvación, que Cristo nos ofrece y que también los componentes de la Amazonia necesitan; y tampoco se menciona el anuncio del Credo, de la Verdad, del arrepentimiento por el pecado; de la Vida
Eterna, etc., etc.

Se habla de evangelización, por supuesto, y se dice, entre otras cosas: “El diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural debe ser asumido como camino irrenunciable de la evangelización en la Amazonia”. Un diálogo que parece tener como fin, la defensa de la “casa común”, y ser puente hacia la construcción del “buen vivir” (cfr. n. 25). ¿Es eso Evangelización?

Acabada la lectura del documento me encontré un párrafo de una confesión personal de un sacerdote africano escrita allá por los años 1960 que dice : “¿Habría dejado yo mi poblado si no hubiera tenido la suerte de conocer a un misionero totalmente poseído por Cristo, devorado por el deseo de morir por Él,
habitado por el anuncio del Evangelio? A mí lo que me conmovió fue el ejemplo de de oración de los misioneros en nuestra pequeña iglesia. No los escuchaba por la radio. Veía al padre Eugene y a los otros padres de la Misión rezando en la penumbra del coro de la iglesia. La oración es el fundamento de la Evangelización”.

 

El padre Eugène y sus compañeros sabían muy bien a lo que iban. Partían desde sus tierras francesas con la Luz de Cristo en sus corazones y deseosos de hacer prosélitos de Cristo a sus hermanos africanos, para que también ellos descubrieran el Amor que Dios les tenía contemplando a Cristo muerto en la Cruz por cada uno de ellos, y vivo en el Sagrario, para ser alimento de la nueva criatura en la que se habían convertido al ser Bautizados.

Con ese Espíritu Santo en sus almas, y con la Luz de Cristo en su inteligencia y en su corazón tantos padres Eugène, han convertido África. Y es bien fácil pensar que si hubieran seguido la sugerencia del Sínodo recién terminado, que recojo a continuación, no hubieran convertido a casi nadie a la Verdad, a Cristo.

“Partimos de realidades plurales y culturales diversas para definir, elaborar y adoptar acciones pastorales, que nos permitan desarrollar una propuesta evangelizadora en medio de las comunidades indígenas” (cfr. n. 27).

El padre Eugène y tantos santos misioneros como él, sabían muy bien qué pastoral llevar a cabo para que Cristo fuera conocido y amado por sus oyentes: dejar a Cristo en el Sagrario, transmitir en la Liturgia la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu en un ese rincón de África, y ver, con gozo, como las diferentes “pachamamas” iban abandonando los hogares de los lugareños y despareciendo de su
horizonte de vida; acompañar con la caridad de Cristo a todos los necesitados, enfermos, niños, ancianos, hombres y mujeres que se encontraban a su alrededor. 

Muchos dieron testimonio de su Fe con el martirio. En pocas palabras: hicieron comprensible el Evangelio a cada grupo cultural; y ni se les pasó por la cabeza adaptar el Evangelio de Jesucristo a ninguna cultura como si se tratara de realidades iguales. Sabían muy iban que la Verdad de Cristo, Dios y hombre verdadero, vivifica y convierte toda cultura, y era la Salvación para todos los
que creían.

Es la cultura la que se tiene que convertir a Cristo; no Cristo a la cultura. Y así, la luz de Cristo, el Amor de Dios sigue palpitando en el corazón y en la vida de tantos cristianos hoy, en América, en África, en Asia, en Europa y en Oceanía. (continuará).

ernesto.julia@gmail.com

 

 

 

Primera comunión, 50 años

Daniel Tirapu

El Papa Francisco dando la comunión.

photo_camera El Papa Francisco dando la comunión.

Se graduó en telecos (Ingeniero de Telecomunicaciones) un sobrino, pude ver a mis hermanas, saludé a la Virgen del Coro. Pero lo más importante, se cumplían 50 años de mi primer encuentro íntimo
con Jesús sacramentado, mi primera comunión.

En aquella época la hice con siete años. A veces es mejor dejar en el silencio del alma estas cosas. Gracias Jesús, perdona Jesús, ayúdame más. Y dos ideas nada más: tantos años comulgando, otro sería santo, y yo ¡qué desastre!, piensa que hubiese sido de ti sin comulgar (Camino); yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que te recibió tu Santísima Madre.

 

Amazonia y respeto a la vida

Jesús Ortiz López

Representantes musulmanes, judios y cristianos firman declaración común contra la eutanasia.

photo_camera Representantes musulmanes, judios y cristianos firman declaración común contra la eutanasia.

Dos noticias sobre el momento actual de la Iglesia y distintas en su repercusión, aunque con una base común: el respeto a la vida. Por una parte, el Sínodo de la Amazonia reclama mayor respeto para esa importante zona del planeta, de acuerdo con la teología de la Creación. Como ha escrito el Papa Francisco el mejor ecologismo se fundamenta en la antropología integral y exige el respeto de la vida humana. Por otra parte, es noticia una declaración interreligiosa que defiende la vida humana especialmente frente a la eutanasia. La primera noticia ha tenido gran repercusión en los medios mientras que la segunda aparece con timidez.

El Sínodo de la Amazonia

Para algunos el documento final del Sínodo sobre la Amazonia es una novedad que cambiará la pastoral de la Iglesia a medio plazo. Habrá que esperar al documento del Papa Francisco después de un Sínodo: unos días de comentarios para sacar punta en un sentido u otro y después silencio, y probablemente se activarán algunas prácticas para mejorar la atención de los fieles en esa zona. Esto significa ante todo conocer y centrar la vida en Jesucristo, único redentor del hombre: en eso consiste la evangelización que purifica las culturas.

Además, el Sínodo propone mejorar la formación espiritual y humana de los sacerdotes para que no se confundan con agentes sociales pues, como enseñaba san Pablo VI, entre evangelización y promoción humana hay fuertes lazos pero no se identifican con la liberación temporal, pues se acabaría por convertir el Evangelio en una ideología. Con otras palabras, se trata de evitar tanto la secularización de los sacerdotes como la clericalización de los laicos, según escribe el Papa Francisco.

La Declaración interreligiosa

 

La otra noticia destaca que cristianos, musulmanes y judíos han firmado una declaración que rechaza la eutanasia y el suicidio asistido, mientras defiende el derecho a la vida de toda persona, en particular en su fase terminal. Y también defiende el derecho de objeción de conciencia para los sanitarios que se encuentren ante la imposición práctica de la eutanasia. A instancia del rabino Abraham Steinbeg estas grandes religiones monoteístas declaran que «la eutanasia es inmoral e intrínsecamente errónea», y rechaza la presión que se hace sobre los pacientes terminales para que dejen de ser una carga y quieran acabar con su vida.

Esta declaración es un gran paso para la relación entre las grandes religiones que coinciden en el reconocimiento y alabanza del Dios único, y por ello tienen una concepción semejante respecto a la dignidad de toda persona. De ahí que se opongan a la manipulación de los enfermos, de sus familiares y de la opinión pública. Y en positivo abogan por aumentar los cuidados paliativos que proporcionan alivio y mitigan el dolor de los pacientes.

En estos años, y a pesar de la presión de la «incultura de la muerte», se ha avanzado mucho en cuidados paliativos que integran la dimensión sanitaria, psicológica y espiritual. Frente a los casos singulares trágicos expuestos en los medios, televisión, radios, y prensa, todos conocemos otros muchos casos protagonizados por familias y profesionales de la sanidad, que atienden con gran humanidad a los pacientes. El resultado es la paz de quien reconoce que la vida es un don de Dios, o al menos que tiene un sentido más allá de la extinción.

Dos noticias pues que implican a la Iglesia de distinta manera. Una siembra desconcierto y preocupación entre los fieles por los intentos de utilizar una situación determinada para cambiar la pastoral y la doctrina sobre los sacramentos de la Iglesia universal. No lo conseguirán como tampoco lo han logrado algunos desde hace quinientos años. En cambio, la otra noticia muestra la lucha diaria de la Iglesia y otras religiones en favor de la vida y de la dignidad humana frente a cualquier esclavitud, algo que tiene mucho más calado para el presente y el futuro de la humanidad.

Sería oportuno prescindir de las anteojeras para distinguir la realidad a medio y largo plazo. Y desde luego dejar el orgullo de considerar rígidos y ritualistas a los hermanos que no se prestan a las maniobras del poder.

 

 

«Cuando entramos en paliativos, empezamos a vivir otra vez»

Pilar fue diagnosticada de un tumor cerebral y los médicos le dieron seis meses de vida. Pedro, su marido, buscó otras opciones y terminó en cuidados paliativos, donde, asegura, «empezamos a vivir otra vez». Pide una ley para la vida y más facilidades para los cuidadores.

Revista de prensa31/10/2019

Opus Dei - «Cuando entramos en paliativos, empezamos a vivir otra vez»Foto: Ana Pérez.

Alfa y Omega «Me planteé la eutanasia pero cambié de opinión» (Descarga en PDF)

Pedro, cuidaste de tu esposa, Pilar, durante cuatro años. ¿Cómo fue el inicio?

Mi esposa fue a hacerse una revisión rutinaria porque cada vez tenía más dolores de cabeza y más fuertes. Era joven, tenía 44 años. Fue entonces cuando le diagnosticaron un tumor cerebral en un TAC. Ese día no la acompañé al médico porque no pensamos que fuera nada importante, pero de inmediato la ingresaron y me llamaron.

Me dieron la noticia de que era un tumor inoperable y de los peores que hay, con una esperanza de seis meses

Me dieron la noticia de que era un tumor inoperable y de los peores que hay, con una esperanza de seis meses. La calidad de vida iba a ser muy mala, con todas las consecuencias: fallo respiratorio, fallo multiorgánico, silla de ruedas, sin oír ni hablar…. Cuando te dicen eso se te cae el mundo encima. Primero piensas en buscar otro diagnóstico. Y luego, cuando se confirma, te planteas: para que esté sufriendo, lo mejor es que muera. Eutanasia y que deje de sufrir.

¿Y ahora, con el tiempo, qué piensas?

Que esa era una opción muy fácil. Debido al sistema de vida y a la velocidad que llevamos, no nos paramos a pensar. Pero ahora sé que hay 200.000 cosas que no son la eutanasia y que son infinitamente mejores. El enfermo va a estar atendido y no va a sufrir, esa es mi experiencia. Lo más digno es cuidarle y luchar, hasta los últimos momentos.

Lo más digno es cuidarle y luchar, hasta los últimos momentos

Tuvimos la suerte de caer en paliativos de Laguna después de un año de desatenciones por parte de médicos que decían que, como ya no se podía curar, no podían hacer nada. Cuando entramos en paliativos, empezamos a vivir otra vez.

Parece paradójico asociar paliativos a vida.

Puede parecerlo, pero quien lo haya vivido me entenderá. Recuerdo, cuando llegamos con la ambulancia, que la imagen que teníamos era que esto es el final. Y fue todo lo contrario: mi mujer se encontró atendida, querida y cuidada. Y nosotros también. Ella vivía. La gente que hay en el hospital se deja la vida entera.

¿Tienes buenos recuerdos allí?

Sí. Por ejemplo, al principio me quedaba a dormir y no salía de allí. Cuando consiguieron que me fuera a casa a descansar, recuerdo que llegaba por la mañana y ella me miraba y sonreía al verme. Me conocía. No hablaba pero, a su manera, se comunicaba conmigo.

Cuando consiguieron que me fuera a casa a descansar, recuerdo que llegaba por la mañana y ella me miraba y sonreía al verme

¿Cómo lo han afrontado tus hijos?

Mis hijos son una generación de su tiempo, y tienen opiniones muy modernas sobre muchas cosas. Pero respecto a la eutanasia están en contra por lo que han vivido. Mi hija Lorena, por ejemplo, venía y tocaba la guitarra y el piano para su madre, porque en este hospital hay piano. Y su madre la escuchaba. Eso le quedará a ella para siempre. Son minutos llenos de intensidad.

¿Qué les diría a quienes tienen la posibilidad de legislar sobre el final de la vida?

Que se informen. Los paliativos existen en nuestro país porque hay médicos y profesionales excepcionales que se preocupan, trabajan con personas que están en una situación difícil y dolorosa. Muchas veces trabajan sin medios suficientes, sin ser valorados socialmente ni tomados en cuenta… Necesitan más ayudas para poder atender tanto a los enfermos, como a quienes los rodeamos.

Si hacen una ley, necesitamos una ley para la vida

Si hacen una ley, necesitamos una ley para la vida. Para las familias necesitamos bajas laborales que se puedan tramitar rápidamente. Por ejemplo, en mi caso, estuve cinco años sin faltar al trabajo, y en los últimos meses de enfermedad de mi mujer, la empresa te echa. Y la ley de dependencia debería contemplar los paliativos.

¿Cómo ha cambiado tu forma de ver la vida la enfermedad de tu mujer?

Me ha reforzado más en mis creencias. Yo he vivido otras situaciones en las que la gente se ha enfadado pero a mí me pasó contrario, ahora necesito rezar a la Virgen. Tengo la costumbre de entrar a verla cuando paso cerca de una iglesia y, cuando la veo, lloro.

Tengo la costumbre de entrar a verla [a la Virgen María] cuando paso cerca de una iglesia y, cuando la veo, lloro

¿Cómo se viven cuatro años cuidando de una persona siempre, y atendiendo a tres hijos adolescentes?

No te das cuenta, lo haces porque te importa. Después de diagnosticársele la enfermedad, Pilar se levantaba conmigo, desayunábamos juntos y se volvía a acostar. Yo me levantaba 25 minutos antes para prepararlo todo. Me casé con mi mujer no solo porque la quería, sino también para quererla. Para lo bueno y lo malo, en la salud y en la enfermedad. Enfermedad que, a nosotros dos, nos unió más.

 

 

Los mil y un lenguajes para entender a los hijos

Silvia del Valle Márquez

Déjate guiar por el lenguaje por excelencia que es el Amor.

Hijos

El fin de semana di un curso de comunicación en mi parroquia y al llegar al tema de los lenguajes me puse a reflexionar que las mamás también debemos ser expertas en lenguajes para poder comprender a nuestros hijos.

Cuando están recién nacidos, debemos aprender a entender el lenguaje del llanto y de los ruiditos.

Conforme van creciendo nuestros hijos debemos ir aprendiendo más lenguajes, como son el del silencio, el de los gestos, el de los berrinches, el de los abrazos y el de las caricias; y cuando ya están aún más grandes, el de los emojis y el de las tecnologías.

Es por eso que aquí te dejo mis 5 Tips para lograr comprender y aprender los lenguajes que nuestros hijos usan.

Primero. Observa y escucha a tus hijos.

La mejor forma de entender y comprender un lenguaje nuevo es escucharlo y observar lo que quiere decir cada palabra o seña.

Por eso debemos ir observando a nuestros hijos en sus diferentes etapas para comprender y llegar a hablar el mismo lenguaje que ellos.

Si no los hacemos, no puede haber un encuentro, no podemos relacionarnos y por lo mismo no puede haber comunicación.

No siempre es fácil, pero hay que afinar los sentidos para lograrlo.

Segundo. Conoce el medio en el que se desarrollan.

Cuando nuestros hijos salen del ambiente familiar, es decir, van a la escuela, es necesario que conozcamos ese ambiente para comprender las modificaciones que pueden tener sus lenguajes.

Ya que lo que aprenden en la escuela y de la convivencia con otros niños afecta su comportamiento y su lenguaje cambia.

Otro factor de cambio es la tecnología a la que van teniendo acceso. Por eso también la debemos conocer.

Tercero. Cuando van creciendo, pregúntales qué quieren decir con algunas actitudes o gestos. Es preciso que hagamos un alto en el camino y que dialoguemos con nuestros hijos.

Muy seguido no podemos comprender que nos quieren decir por eso es bien importante preguntarles a ellos que quieren lograr con tal o cual actitud.

Así pondremos en común los términos y podremos dialogar, aun con las actitudes y gestos.

Cuarto. Descubre los patrones de comportamiento de tus hijos.

Una vez que los hemos observado y que hemos dialogado con ellos, ahora sí podemos establecer sus patrones de comportamiento.

Esto nos ayudará a descubrir cuándo haya algún cambio que requiera atención.

También los patrones de comportamiento son una forma de lenguaje que debemos tener presente y estar atentos a cualquier cambio.

Un cambio pequeño en ellos es normal, pero un gran cambio es un síntoma de alerta que debemos atender de inmediato.

Quinto. Déjate guiar por el lenguaje por excelencia que es el Amor.

Todo esto debe estar regido por el lenguaje que Dios nos ha dado, el lenguaje del amor.

El amor hace que los demás lenguajes sean entendibles para nosotras las mamás, es como el traductor maestro que nos permite intuir y adaptar nuestros sentidos para comprender los mil y un lenguaje a de nuestros hijos.

Dejémonos guiar por él y hagámosle caso a nuestra intuición.

Y estemos siempre en contacto con nuestros hijos porque sólo así lograremos comprenderlos y comunicarnos adecuadamente con ellos.

 

 

Clausura de la fase diocesana del proceso de beatificación del Caballero de Gracia

El jueves 7 de noviembre, a las 19 horas, el Cardenal Arzobispo de Madrid, D. Carlos Osoro, presidirá el acto de clausura de la fase diocesana de la Causa de Beatificación del Siervo de Dios Jacobo Gratij, que se celebrará en el Real Oratorio del Caballero de Gracia (C/ Caballero de Gracia, 5 y Gran Vía, 17).

Hace un año, el 14 de noviembre de 2018, tuvo lugar la apertura. Tras la terminación en Madrid, el proceso continuará en Roma.

Jacobo Gratij, más conocido como el Caballero de Gracia, nació en Módena (Italia) en 1517 y vivió 102 años, la mitad de ellos en Madrid. Llegado en 1565 como Secretario del Nuncio en España, monseñor Castagna (futuro papa Urbano VII), con quien llevaba 17 años colaborando, dio pruebas desde joven de la calidad de su trabajo al servicio de la Santa Sede, tanto en temas ordinarios como en otros de gran trascendencia para la historia de la Iglesia y de España.

Hombre con una gran preocupación social, promovió la creación de dos hospitales en Madrid para ayudar a enfermos y convalecientes, así como la de un colegio para niñas huérfanas y abandonadas, el Colegio de Nuestra Señora de Loreto, hoy reestructurado y aún existente.

A sus desvelos se debe también la implantación en Madrid de tres instituciones religiosas, a las que ayudó con sus propios medios; entre ellas, las Concepcionistas Franciscanas del Caballero de Gracia, que actualmente tienen su sede en Blasco de Garay 51-53 (Madrid).

A los 70 años se ordenó sacerdote, lo que acentuó su honda piedad e intensa vida de penitencia. El amor al Santísimo Sacramento le movió a crear la hoy denominada Asociación Eucarística del Caballero de Gracia, continuadora de su legado en el Oratorio madrileño que lleva su nombre.

El sobrenombre de Caballero de Gracia proviene de la concesión del hábito de la Orden de Cristo por el rey Sebastián de Portugal, junto con la castellanización de su apellido Gratij.

El Caballero de Gracia murió en 1619 con amplia fama de santidad. San Simón de Rojas, sucesor suyo al frente de la asociación eucarística, promovió el proceso de beatificación, que se inició ya en 1623. Sin embargo, por causas desconocidas, la documentación se perdió y no llegó a enviarse a Roma.

A lo largo de los siglos, la memoria y la devoción al Caballero de Gracia han permanecido vivas, como consta en documentos de distintas épocas del archivo de la Asociación. El arduo trabajo llevado a cabo en las últimas décadas permitió en 2018 reanudar el proceso de beatificación, gracias a un equipo de personas que ha colaborado con la Postuladora, Juliana Congosto, y a la Comisión Histórica, formada por cuatro historiadores, que la legislación canónica prevé para estos procesos.

La calumniosa leyenda

Lamentablemente, mucha gente solo conoce del Caballero de Gracia la leyenda, inventada más de dos siglos después de su muerte. En 1863, en plena época liberal y anticatólica, poblada de libelos contra ejemplares clérigos pretéritos, el escritor Antonio Capmani y Montpalau hizo de Jacobo Gratij un recalcitrante casanova, un tenorio madrileño que un día, tras sufrir una fulminante conversión, se habría ordenado sacerdote. Popularizó tal leyenda el éxito de la zarzuela La Gran Vía, que incluye el logrado y pegadizo vals del Caballero de Gracia.

La calumniosa leyenda prescinde de la realidad histórica, bien fundamentada en las biografías de su contemporáneo Alonso Remón y de otros autores. "No cabe la menor disculpa en la ignorancia de las virtudes de este caballero, dechado de honor y de prudencia", escribió García Rodrigo en 1881.

Jacobo Gratij llegó a España en 1565 con 48 años, acompañando al Nuncio Castagna. Permaneció hasta 1572 y volvió en 1575, con 58 años. Por la edad, por su trabajo y circunstancias, por su piedad y hombría de bien, respaldadas por los datos biográficos de quienes le conocieron y trataron, la leyenda carece de toda veracidad.

APUNTE BREVE 

1517: 24 de Febrero; Nacimiento en Módena (Italia) de Jacobo Gratii. Sus padres son Jacome y Margherita.

1524: Al morir sus padres, queda bajo la tutoría de sus tíos.

1534: Descubre el fraude de que ha sido objeto durante su niñez y marcha de Jacobo de Módena a Florencia (Italia) donde permaneció trabajando durante cuatro años. Un accidente, jugando con un florete, le obliga a huir de Florencia. Se instala en Bolonia (Italia)

1541 – 1546: Posible amistad con Juan Bautista Gastagna. Ambos se doctoran en derecho en la Universidad de Bolonia. Gratii trabaja para Castagna.
1548: Estancia en Roma (Italia). Trabajan para el Cardenal Veralli, tío de Castagna. Conocimiento de San Felipe Neri y de su espiritualidad.

1552: Misión diplomática en Francia junto a Veralli quien, al enfermar, encomienda el trabajo a su sobrino, Castagna, y a su Secretario Jacobo Gratii, nombrado como tal a partir de 1553.

1553: Día 4 de abril: Juan Bautista Castagna es consagrado arzobispo de Rossano (Calabria. Italia), ciudad donde reside el tiempo que le dejan los encargos de gobierno y diplomacia que recibe continuamente de la Santa Sede.

1555: Vive en Ferno (Italia), donde Castagna es gobernador.

1559: Castagna es nombrado gobernador de Perusa y Umbría (Italia). Jacobo esta con él.

1561: Esfuerzos de Castagna y de Gratii por arreglar la cuestión de la fronteras entre Spoleto y Ferno (Italia).

1562-65: Asisten a la tercera y última sesión del Concilio de Trento (Italia).

1566-72: Jacobo Gratii es Secretario del Nuncio en España (Mons, Castagna). Hace frecuentes viajes a Roma y Venecia; se está negociando la alianza para la batalla de Lepanto. Recibe el Hábito de la Orden de Cristo portuguesa, por favor especial del rey Sebastián y a petición de su madre, la princesa Juana, fundadora de las Descalzas Reales de Madrid.

1573-75: Jacobo de Gracia es el secretario de Juan Bautista Castagna también en Venecia (Italia). Esta embajada era, con la de España, una de las más importantes del momento, seguidas por el Imperio y Francia.

 

1575: En Navidades es enviado por Gregorio XIII a Madrid en misión diplomática. Son frecuentes sus viajes y estancia en la capital española durante este periodo de 1575 a 1580.

1578: Alquiler de la casa de la calle Florida, en Madrid. Viaje a Colonia (Alemania) en misión diplomática. Al separarse Holanda de la Corona Española, la reunión es un fracaso en la mediación del Emperador y, asimismo, la del Papa. Para Gratii en su primer error ya que habían echado paso en valde sino éste. Regresa a Madrid, donde se queda ya a vivir.

1581-82: Hace funciones de Nuncio ante Felipe II. Fundación del Hospital de los Italianos en Madrid.

1582: Gregorio XIII concede a Juan Bautista Castagna la púrpura cardenalicia con el título de San Marcelo. Fundación de un Colegio para niños pobres: Ntra. Sra. de Loreto. Actualmente, y cambiados algo de sus estatutos por los reyes posteriores, está situado al final de la calle O´Donnell.

(En fecha aún desconocida -es probable el año 87 – el Caballero de Gracia recibe la ordenación sacerdotal, cercanos o ya pasados los 70 años)

1588: En mayo, compra de la casa y tierras alquiladas diez años antes en la calle de la Florida, que pasó a ser llamado enseguida y hasta el día de hoy calle del Caballero de Gracia.

Durante estos años, el Caballero de Gracia gesta la obra que va a permanecer por más tiempo y con mayor fidelidad a su figura y enseñanza: la Real, Antigua y Venerable Congregación de Indignos Esclavos del Santísimo Sacramento. No se sabe cuando es su origen y los primeros papeles han desaparecido, existiendo un único dato: “Doña Catalina Ponce de León ya difunta indigna del Stmo. Sacramento, rueguen a Dios por ella, año 1595″ (en el I Libro de Acuerdos, que se conserva en el Oratorio). Entre otras figuras que han estado al frente de la Congregación, recordemos a San Simón de Rojas, Lope de Vega, Nicolás Antonio, Agustín Barbosa, Cardenal Lorenzo y figuras como Alonso Ramón, Tirso de Molina, Gabriel Bocángel, Agustín Moreto…, y entre los Congregantes, desde Felipe III a Alfonso XIII, con la excepción de Isabel II y Alfonso XII.

1590: 15 de septiembre: Juan Bautista Castagna es elegido Papa, tomando el nombre de Urbano VII. Muere trece días mas tarde: 27 de septiembre.

1593: Fundación del Carmen Calzado, del que en la actualidad existe sólo la Iglesia en la calle del Carmen.

1594: Funda en su propia casa el Convento de los Clérigos Regulares Menores, de San Francisco Caracciolo, con obligación de permitir a los miembros de la Congregación Eucarística ejercer sus deberes de piedad en la Capilla de la Virgen de Gracia, en la iglesia que les entregaba.

1604: Fundación en su propia casa y jardín del Convento de Franciscanas de la Purísima Concepción, pronto llamadas Franciscanas del Caballero de Gracia. Fueron exclaustradas en el siglo XIX y ahora están en Blasco de Garay. Con obligación, asimismo, de dar libertad a los miembros de la Congregación para ejercer sus deberes en piedad Eucarística en la Capilla de la Virgen de Gracia. Las hizo herederas universales de su Iglesia, casa y obras de arte que hubiera en el momento de su muerte.

1609: Aprobación de la Congregación de Indignos Esclavos del Santísimo Sacramento por el Cardenal de Toledo, Bernardo de Rojas y Sandoval.

1619: 13 de Mayo: muere el Caballero atendido por los Congregantes y, especialmente, por los sacerdotes Fray Domingo Daza, o de Aza, y San Simón de Rojas.

1623-33: En Reunión de la Congregación posterior a su muerte, San Simón de Rojas será elevado a Padre Mayor de la Real, Antigua e Insigne Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento. Como Padre Mayor pide comisión para que se hiciese las informaciones y procesos de Beatificación del Venerable Caballero de Gracia, recayendo sobre Fray Domingo de Mendoza, O.P. la postulación de la causa, comenzada en Toledo en Octubre de 1623 y concluyendose en diciembre de 1633. Los papeles se depositaron en Santo Tomas de Atocha, Madrid, convento que estaba situado junto a la parroquia de Santa Cruz. Después han desaparecido.

1644: Traslado del cuerpo, incorrupto, del Caballero de Gracia.

Las actividades organizadas para la consecución de estas fines son retiros, meditaciones, dirección espiritual, clases de formación, biblioteca circulante, visitas a enfermos, peregrinaciones, etc. En el Oratorio está expuesto el Santísimo mientras la Iglesia permanece abierta, excepto en las horas de celebración de la Santa Misa. En los confesionarios hay siempre sacerdotes a disposición de los que desean recibir el sacramento de la reconciliación. La Asociación organiza también la distribución de la Comunión en los domicilios de los impedidos o enfermos.

Pueden ser miembros de la Asociación todos los que deseen hacer suyos sus fines y lleven un tono de vida coherente con la fe cristiana. Para hacerse socio de la Asociación es preciso solicitarlo a alguno de los sacerdotes del Oratorio o a algún miembro de la Asociación.

 

 

Los muertos...¡están vivos!

         No voy a hablar de huesos, ni de muertos. Tampoco de Halloween y el carnaval que se ha montado en noviembre con su fiesta, aunque esté ya muy próxima. Tampoco de la obra de de Zorrilla, ni siquiera la representación, que por aquí se hace de... "El Tenorio Mendocino".

          Me interesa la vida. En todo caso,  ni la farsa ni los disfraces aportan algo nuevo. Respeto esas "formas de teatro" y a quienes disfrutan con ellas, en una época convulsa y una sociedad que pone patas arriba la convivencia. ¡Allá cada cual con sus ideas, sus sentimientos, sus valores y sus votos! Es posible que la manipulación de la educación, haya terminado contaminando lo mejor de cada uno: la humanidad y la consciencia.

         Cada uno, con el paso de los días, va adquiriendo una experiencia propia.  Y la mayoría hemos aprendido al menos 3 cosas  útiles y claras: 1) que solo el cariño atrae;  2) que el odio aleja; y 3) que no vamos a estar aquí siempre.  Teniendo eso en cuenta, se puede crecer como persona, convivir socialmente, saber dónde vamos y  ser felices.

         Teniendo, esas 3 ideas claras, se puede entender la cultura de la vida, la esperanza y la paz.

         1.-  No vamos a estar siempre  aquí, pero la muerte no existe.

          Ha pesado tanto el legado cultural que se viene trasmitiendo de padres a hijos desde la antigüedad, que esta afirmación parece absurda. Las creencias religiosas que han reforzado las distintas  religiones hasta hoy, han convertido la muerte en un pilar, o en un tabú. Y también por tradición,  se dice tabú,  a "lo prohibido".

         Así que vamos a ser claros. Esconder la verdad o esconderse, para intentar escapar de la responsabilidad o del destino, es un engaño. Afrontar las cosas como son es de mentes abiertas y con valor. Según el escritor  John le Carré, "el coraje moral"  es algo que va faltando y mucho, a ambos lados del Atlántico.

       Al hecho o la realidad de la caducidad del componente corporeomental en el que estamos encarnados, muchos le siguen llamando, hoy en día, "muerte". Es dejar de vivir aquí y ahora. Es una verdad que se ha impuesto en nuestra cultura y tiene su importancia. El gran Steve Jobs dijo algo que hay que tener en cuenta: "Nadie quiere morir. Incluso la gente que quiere ir al cielo no quiere morir para ir allí. Y, sin embargo la muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y así es como debe ser, porque la muerte es posiblemente el mejor invento de la vida. Es el agente de cambio de la vida. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo". 

          Dicho lo cual, lo importante es que no todo acaba ahí. "La muerte no es el final", es el himno con el que las Fuerzas Armadas homenajea a los caídos. Quiere decir, que algunos, -tal vez demasiados-, no saben que lo que llamamos  "muerte", no existe. Es una ficción. Y según el diccionario, es un hecho o un suceso, fingido o inventado. Por supuesto esa "ficción" se va transmitiendo y aceptando porque implica emocionalmente  a las personas, a los espectadores que no se van.

       Pero, los que se fueron, ¡están vivos! "Lo" que enterramos, cuando alguien "transita" y nos deja, son cenizas, polvo, despojos, es decir, "el coche" que conducían, para moverse e ir de acá para allá. Ellos no eran "eso", aunque "eso" nos sirviera para verles, conversar y abrazarles, pero no era lo esencial. "Eso", cumple años y tiene fecha de caducidad. Algunos quisieran volver a los años pasados, pintan el coche o embalsaman para que parezcan jóvenes.

        La Vida que nos anima es lo importante. Esa Vida con mayúsculas, engloba e incluye "la vida y la muerte". Nuestra naturaleza es fuente de energía, sabiduría, serenidad, creatividad y amor. Es divina y eterna. Nuestra auténtica realidad es "multidimensional"  Por eso nuestra naturaleza es también humana, mortal, encarnada, temporal, como es palpable, pero no es todo.  Conocernos, no es rechazar nada sino aceptarlo todo. Conocer una, ayuda a conocer la otra. Y valorarlas como se merecen y respetarlas, ayuda  a disfrutar cada instante de nuestra existencia. Los eufemismos muerte, deceso, defunción, fallecimiento, óbito, expiración, perecimiento, fenecimiento, cesación  indican un efecto terminal que resulta de la extinción del proceso terrenal de  un ser vivo físico. En nuestro caso un ser humano vivo.

        ¿Muere la oruga cuando se convierte en mariposa? ¿Es "el paso"  para  descubrir el potencial que permanecía oculto y le permite volar en libertad?

       El tránsito, llegará cuando tenga que llegar. Con él nada finaliza porque al ser humano "eterno" da un paso hacia la transformación y entrar en otra dimensión. Entonces, puede verlo -contemplarlo- todo en otra luz y otra percepción de la realidad, tanto del más allá como del más acá. Sin miedo y sin temor.

      2.- Hay vida, más allá de la vida.

       ¡Eso es lo importante! No es un engaño. Es una verdad que muchos han podido comprobarHay un congreso sobre el tema los días 26 y 27 de octubre. Es ya la XII edición en Albacete, a las que habría que sumar las tres primeras ediciones celebradas en Hellín. http://www.vidadespuesdelavida.es/

       Llegado a  este punto, me viene  a la memoria un recuerdo. Hace unos días escuchaba en el programa matinal  de  Carlos Herrera que una señora había tenido un accidente y fue llevada al hospital, en Sevilla.

     Contó, que tuvo un accidente brutal, y quedó mal herida, con politraumatismo potencialmente letal, con pérdida de conocimiento etc. Desconozco la fecha del accidente -si la dijo- porque yo iba conduciendo, pero dijo: "alguien debió avisar a la ambulancia. Escuché que alguien, a mi lado comentó, "esa" esta tan grave que no se va a recuperar, así que vamos a atender a los otros. Cuando terminaron de atender a los otros heridos, me metieron en la ambulancia y me llevaron al hospital. Allí me pusieron en una camilla y llevaron al quirófano. Estaba, inconsciente, pero podía "ver a los médicos y enfermeras que movían la cabeza y no daban nada por mí: "No es posible que se recupere". Mientras, yo estaba flotando por encima de la sala, y estaba tranquila. De pronto una luz se iba acercando hasta envolverme. Pude ver a mi padre y a mi madre y también a mis dos maridos. Hablamos sin palabras. No sé cuanto duró. Yo percibía todo con mucha paz.  Lo que sí sé es que poco a poco la luz se fue retirando y me dijeron que volviera. Al cabo de algunos días comencé a despertar y recuperar la consciencia. Mi familia y algunos amigos estaban junto a mi cama. Cuando pude recuperarme, comenté lo sucedido a los míos. Puedo decir hoy lo que sentí en esa experiencia. Desde entonces no tengo miedo a la muerte".

        Los seres queridos fallecidos son ya incorpóreos. Son energía, consciencia, amor y luz. Tienen la forma reconocible de los seres que amamos. No se ven con los ojos.  Son percepciones extrasensoriales, pero reales e indudables. El conocimiento por los "lazos de amor", que dos seres perciben o se comunican, incluso en la distancia, puede darnos una idea. Allá llevamos el estado consciencial que teníamos justo antes del tránsito, en el que está,  por supuesto "todo lo que hemos dado", y que desata, libera y clarifica.

        La sevillana no es un caso único. Solo en EE.UU hay más de 2 millones de personas que han vivido y contado experiencias cercanas a la muerte (ECM). También en España existen personas que han tenido estas experiencias. A alguna de ellas las he conocido personalmente. De su experiencia y de lo que han recogido en sus escritos  sobre otras personas que han pasado por ahí, se puede aprender, si se quiere. Transcribo lo que dice una  de esas personas:

        "Un mayor conocimiento acerca de la "muerte" nos impulsa a vivir mejor, libres de miedos y con plena confianza en la Vida. De hecho, al finalizar nuestra encarnación no morimos, sino que efectuamos el tránsito a otro plano de existencia, donde seguimos teniendo experiencias. No hay motivos para preocuparse en relación con el tránsito y, mucho menos para verlo como algo aterrador" (El tránsito, de E. Carrillo).

       Precisamente la semana que viene se celebra el "día de los difuntos". Muchas personas suelen acudir a los cementerios a llevar flores y rezar ante los restos de sus  seres queridos.

       Algunos poetas puntualizaban también: "No son los muertos los que en dulce calma/ la paz disfrutan de su tumba fría;/ muertos son los que tienen muerta el alma/y viven todavía". En un mundo, tan complejo otros se atrevían a precisar que hay "hombres que en el Mundo viven, y hombres que viven en el Mundo, muertos".

      Me gustaría que, en la medida de lo posible, quienes lo deseen puedan disfrutar estos días de "Despedidas", que en algunos países lleva el título de  "Violines en el Cielo",  también conocida por su título en inglés Departures. Es una película japonesa de 2008 dirigida por Yojiro Takita. Hermosa banda sonora del maestro Joe Hisashi.  Fue ganador de un Premio Óscar en 2008 como mejor película de habla no inglesa. V.O.S. Castellano.

       Lo adjunto en partes, porque facilita el verla cómo y cuando se desee.

"Violines en el Cielo" 1.- https://youtu.be/i_DlLq4W-64

"Violines en el Cielo" 2.- https://youtu.be/1AX-YABtfuw

"Violines en el Cielo" 3.- https://youtu.be/HCdcWXFengY

"Violines en el Cielo" 4.- https://youtu.be/1IU7mmijFXo

"Violines en el Cielo" 5.- https://youtu.be/W8fAymFCJrY

"Violines en el Cielo" 6.- https://youtu.be/vrNq7eXDrxw

"Violines en el Cielo" 7.- https://youtu.be/CDOgjMwINmQ

"Violines en el Cielo" 8.- https://youtu.be/R62ewQqWBQ8

"Violines en el Cielo" 9.- https://youtu.be/KG_tv10IbZ4

"Violines en el Cielo" 10.- https://youtu.be/MXXCcvoyrqc

"Violines en el Cielo" 11.- https://youtu.be/qEtMY3HF51k

"Violines en el Cielo" 12.-.- https://youtu.be/PXlCtVo7Ubo

"Violines en el Cielo" 13.- https://youtu.be/eUtA_b34sVQ

"Violines en el Cielo" 14.- https://youtu.be/Wt97JrllbvY

José Manuel Belmonte

 

 

Se llaman bienaventuranzas

Entonces, los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que dejan lugar a Dios, que saben llorar por los otros y por sus propios errores, permaneciendo amables, luchan por la justicia, son misericordiosos con todos, mantienen la pureza de corazón, trabajan siempre por la paz y permanecen alegres, no odian, y, cuando sufren, responden al mal con el bien.

Estas son las bienaventuranzas. No piden gestos llamativos, no son para los superhombres, sino para que vivan las pruebas y las fatigas de cada día. Los santos son así: respiran como todo el mundo el aire contaminado del mal que hay en el mundo, pero en el camino, no pierden, no pierden nunca de vista el recorrido de Jesús indicado por las bienaventuranzas, que son como el mapa de la vida cristiana. Hoy, es la fiesta de aquellos que han logrado el objetivo indicado en este mapa: no solamente los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas “de la puerta de al lado”, que hemos podido encontrar y conocer. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, ocultas que, en realidad, ayudan a Dios a hacer avanzar el mundo. Y hay tantos hoy! Hay tantos! Gracias a tantos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a hacer avanzar el mundo, que viven en medio de nosotros: saludemos a todos con grandes aplausos!.

Ante todo, me gustaría decir la primera bienaventuranza, es la de los “pobres de corazón” (Mt 5,3). ¿Qué significa esto? Que no viven para el éxito, el poder ni el dinero. Saben que los que acumulan tesoros para sí no se enriquecen delante de Dios (Cf. Lc 12,21): al contrario, creen que el Señor es el tesoro de la vida, el amor al prójimo la única fuente verdadera de ganancia. A veces estamos descontentos por el hecho de que nos falta algo o estamos preocupados sino estamos considerados como nos gustaría. Recordemos que nuestra dicha no está en esto, sino en el Señor y en su amor: solo con él, amando podemos vivir felices.

José Morales Martín

 

 

¿Una ensoñación?

El diccionario de la Real Academia define quimera como “un monstruo fabuloso que vomita llamas”; también como “aquello que se propone a la imaginación como algo verdadero y posible pero que en realidad no lo es” y, en otra acepción, como “pendencia, riña o contienda”.

Si nos atenemos al diccionario, el Supremo no va tan descaminado, porque de todo hubo en la viña separatista. Pero lo que a muchos  extraña, es que esa quimera se haya quedado solamente en lo fabuloso, lo ensoñado y lo imposible a la hora de tipificar el delito cometido.

Porque hay que “ensoñar” mucho, para no ver ataques a la Constitución y a la unidad de España, a nuestra democracia y al Jefe del Estado, en lo que se perpetró en Cataluña, por mucho que el humo del fuego que expele el dragón, no permita ver la realidad.

Con ensoñación o sin ella, las sentencias del Tribunal Supremo sientan jurisprudencia y la sentencia de la quimera va a ser esgrimida en más de una ocasión, por más de un tribunal, por más de un fiscal y por más de un abogado defensor. Y los ensoñadores dicen que lo van a volver a ensoñar.

Y ya hay muchos que piensan que el diminutivo “quim” no viene del nombre de pila de Torra, sino que se deriva de quimera, mientras se espera con resignación la próxima ensoñación y…la próxima sentencia.

Xus D Madrid

 

 

Todos los Santos

La Iglesia celebra hoy la festividad de todos aquellos que nos han precedido en su marcha a la Casa de Padre, y que ya están disfrutando de la presencia de Dios cara a cara. Es decir, todas aquellas personas anónimas que ya son santos. Esta fiesta nos recuerda que todos somos llamados a la santidad en esta vida.

En los primeros siglos de vida de la Iglesia había un día para recordar a los mártires. El Papa Bonifacio IV (608-615) transformó un templo griego en uno cristiano para dedicarlo al culto de “Todos los Santo”. Y fue en el año 840 cuando la festividad comenzó a celebrarse el 1 de noviembre. Hemos de recordar que muchas fiestas importantes comienzan su celebración el día anterior por la noche, en la misa vespertina de vigilia, es decir el 31 de octubre. En inglés sería All Hallow’s Eve, la víspera de Todos los Santos. Con el tiempo su pronunciación fue cambiado hasta la que conocemos en nuestros días Halloween.

Esta celebración poco tiene que ver con la importancia del día que hoy celebra la Iglesia Universal, aunque su origen sea el mismo.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Cartas con un drogadicto ya muerto IV

Como anécdota (o mejor dicho terrible experiencia) personal, la que sigue.

            Reunido el citado grupo en cierta ocasión y concretamente en los maravillosos Lagos de Covadonga; consumimos un fármaco de nombre, “Artane”; lo ingerimos sobre las diecinueve horas de un viernes de verano; pasaron dos horas y aquello “no subía” (no hacía efecto)... y como siempre, yo de ignorante y atrevido; comí más pastillas y bebí más cerveza, transcurrió tal vez una hora más, cuando de repente perdí el control... es más, perdí la consciencia de cuanto me rodeaba. La recobré de improviso y al tiempo que abría los ojos, sentí como se me arropaba con una manta; estaba en el suelo, pero bajo mi cuerpo ya no estaba el césped de los Lagos, si no por el contrario... una blanca arena y quienes me arropaban eran... “una pareja de la Guardia Civil”, que me encontró tirado en aquella playa (era pues arena de playa la que tenía bajo mi cuerpo)... estaba completamente desnudo, tan sólo portaba una zapatilla en uno de mis pies, pero curiosamente (la misma) me era totalmente desconocida. Para más asombro por mi parte, me encontraba nada menos que en la Playa del Sablón, sita ésta en el municipio de Llanes, que dista unos cuarenta kilómetros del lago Enol, que es donde comenzó, “ésta historia”.

            Nunca logré recordar (lo intenté multitud de veces) nada de lo sucedido; mis amigos habían desaparecido y no estaban conmigo cuando recobré el conocimiento. Explicaciones posteriores, de éstos, me indicaron que... “desaparecía con alguien durante la noche”... y nada más pude saber...?

            Cogí miedo a estos fármacos, por el riesgo tan enorme que se corre una vez pierdes el control sobre ti... “no sería extraño (por ejemplo) el que bajo sus efectos, te empeñaras en volar y para lograr ello, incluso te lanzaras a un precipicio, incluso con una sonrisa feliz en los labios”... Horrible, pero cierto.

            Pese a todo cuanto digo, después de varios años abusando de los fármacos, nuestro vicio pedía más y así, entra en nuestras vidas el “L.S.D.”; o sea, el ácido lisérgico; droga de laboratorio creada en principio, quién sabe con qué obscuros fines; popularizada en los filmes sobre Vietnam, donde se difundió el que dicha droga, era suministrada a los soldados norteamericanos, para “animarlos” a combatir en aquellas espesas selvas[1].

            Tengo que significar para orientación de los incautos, que ésta droga (L.S.D.) es terriblemente peligrosa; sabemos de quienes han quedado “colgados” o drogados para siempre, en base a uno de éstos ácidos.

            Una de las particularidades de dichas drogas es que, agudizan extremadamente los sentidos, creando estados de gran euforia, así como alucinaciones, pero más controlables (algunas veces) que las anteriormente descritas; pero (ojo) también pueden arrastrarte descontroladamente, a acciones violentas.

           Posteriormente a cuanto indico, aparece o irrumpe en nuestras vidas... “la Heroína”[2]... ésta es la responsable de mi personal odisea[3], como opiáceo que es, no tiene igual; crea gran dependencia; la sensación que siente quién la utiliza es en principio de enorme bienestar... “tan a gusto te encuentras que todo pasa a un segundo lugar”... los problemas más grandes dejan de parecerlo y no porque se encuentre la solución a los mismos, sino porque los posponemos tranquilamente, como si... “fuésemos dueños del tiempo”; tan sólo aparecen de nuevo... a la par que van desapareciendo los efectos de la dosis de droga a que ya te has habituado... “Lo que viene después de ello es terrible y más adelante lo cuento”.

            Deseo hacer hincapié en que hasta que llegó la dependencia total a dicha droga y  se apoderó totalmente de nuestra voluntad... el nuestro, era un mundo de “Jauja”; problemas, más bien pocos. Todo lo hacíamos en grupo; durante la semana fumábamos cuantos “porros” (hachís) caían a nuestro alcance. Los fines de semana, reuníamos nuestro dinero, formado así, lo que en nuestro argot, se denomina, “una vaca”; con el dinero de esa “vaca”, comprábamos la heroína, que más tarde consumíamos todos por igual, sin importarnos quién había puesto más o menos dinero... “aún no se había despertado en nosotros el egoísmo, que aparecería después”.

            Se sucedieron semanas, a éstas meses, a éstos años... y sin habernos percatado de ello, ya el uso o empleo de la heroína era a diario (lo necesitábamos) aun cuando era entonces en pequeñas dosis... significó que desde un principio empleamos la vía intravenosa, puesto que las otras formas de consumo llegaron mucho más tarde y por miedo al recién (entonces) descubierto virus del “SIDA”.

            Debo reconocer que tuvimos, lo que yo califico como “nuestra época dorada”, pues se nos tenía entre los demás jóvenes de la época, como... “chicos especiales”; éramos el centro de atención de aquellos otros y atraíamos con “nuestra filosofía[4]...Estoy seguro de que fuimos ejemplo a imitar y por consiguiente, responsables directos del destrozo de muchas vidas.

            El mayor error que puede cometer un consumidor de drogas, aparte del de haberlas probado por primera vez, es... y de ello no tengo la menor duda, es el de drogarse en el trabajo o antes de ir a trabajar, puesto que descubre el usuario, la gran capacidad de resistencia ("no hay dolor"); imposible de entender (después) el ir a trabajar sin tu dosis habitual; ello está relacionado con los efectos sedantes que la heroína produce sobre ciertas células que poseemos y que nos transmiten ese dolor, cansancio ó agotamiento humano y normal... a través de nuestro cerebro. (Continuará).

Nota: Transcrito de mi libro “AL INFIERNO A TRAVÉS DE LAS DROGAS: VIAJE DE IDA Y VUELTA. (Inédito: pero está en mi Web)

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)

 


[1] Sabido es la gran devastación que los JUL hicieron en esa parte del Sudeste asiático; donde perdieron la vida muchísimos miles de seres humanos, entre ellos “ni se sabe” las “decenas de miles”, de soldados norteamericanos, amén de las enfermedades que produjeron y se llevaron de vuelta a casa, debido a los “venenos” que allí fueron arrojados junto a la metralla. La realidad es que los todopoderosos (hasta entonces) EE.UU. sufrieron su primera y gran derrota, como tales, en ese pequeño país, el que no llegaron a dominar, precisamente por sus intrincadas selvas y la tenacidad del pueblo vietnamita en defender su territorio, lo que hicieron “palmo a palmo”.

[2] HEROÍNA: Droga obtenida de la morfina, en forma de polvo cristalino de color blanco y de sabor amargo, con propiedades sedantes y narcóticas. Sabido es que la morfina, a su vez, ex extraída del opio, el que en sí mismo, ya es una muy peligrosa droga que ha devastado a incontables multitudes; recordemos la decadencia en que entró la inmensa China, precisamente por el vicio del consumo masivo del opio. Periodo histórico conocido como “Las Guerras del opio”.

[3] Está claro y ello queda con esa claridad a lo largo de todos los relatos, que el culpable siempre, no es el producto en sí, sino por el contrario... “quién entra temerariamente en un consumo peligroso”; pues simplemente no probando nunca, no ocurriría lo que ocurre, tristemente con una frecuencia horrible.

[4] Queda terriblemente claro, en la ignorancia que estaba aquella juventud y lo poco que sabían del terrible mundo de “las drogas”, hay que decirlo en descargo de aquellos ignorantes, pero no en descargo de padres, tutores, maestros, profesores y sobre todo de los gobiernos de turno, que sí que sabían lo que ya las drogas habían “hecho” en otros países, más ricos y avanzados (“es un decir”), pues conviene recordar que la droga se desarrolla, en el denominado “mundo occidental”, principalmente en EE.UU. y tras la “Ley Seca” (años ‘veintes’ del siglo pasado) o ya durante la misma, llegando las drogas a todos los estamentos sociales, puesto que antes... si bien el consumo siempre existió, pero el mismo, estaba reservado a las denominadas... “clases privilegiadas, o altas”.