Las Noticias de hoy 31 Octubre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 31 de octubre de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

El Espíritu Santo, “protagonista de la misión”–  Catequesis completa

Irak: Francisco invita a las autoridades a “escuchar el grito del pueblo”

Todos los Santos: Volver la mirada hacia el cielo

EL AMOR DE JESÚS: Francisco Fernandez Carbajal

“Amor verdadero es salir de sí mismo”: San Josemaria

Un corazón abierto a Dios y acogedor con los demás

El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte. ¿Qué son los Novísimos?

Ébola: "Para los que confían en Dios, la esperanza no se pierde": Steve Ogunde

La virtud de la esperanza y la ascética cristiana en algunos escritos de San Josemaría: Paul O'Callaghan

PURGATORIO: Mario Ealde

Buscar y salvar lo perdido: + César Franco. Obispo de Segovia

Descubrir el sentido común: Alfonso Sánchez-Rey

Redescubrir la verdad de nuestra fe en los días de Todos los Santos y los Fieles Difuntos

Otro decálogo: Ana Teresa López de Llergo

El juego compulsivo es una enfermedad: Lucía Legorreta

Halloween ¿Cristianismo o paganismo?¿Lo debe celebrar un cristiano?: Tere Vallés

No regular ideas: Jaume Catalán Díaz

Conocimiento de las peculiaridades de cada sexo: Enric Barrull Casals

Los valores del sinsentido: Suso do Madrid

Deshumanizada humanidad : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

El Espíritu Santo, “protagonista de la misión”–  Catequesis completa

 Ciclo de los Hechos de los Apóstoles       

octubre 30, 2019 13:03Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 30 oct. 2019).- El Papa Francisco indicó que, desde Pentecostés, el Espíritu Santo es “protagonista de la misión. Y nos lleva hacia adelante, necesitamos ser fieles a la vocación que el Espíritu nos mueve a hacer. Para llevar el Evangelio”.

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Hoy, 30 de octubre de 2019, el Santo Padre, ha continuado con el ciclo de catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles, en concreto, ha enfocado su reflexión en el pasaje “¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!” (Hechos 16:9). La fe cristiana llega a Europa (Hechos de los Apóstoles 16, 9-10).

El cristianismo llega a Europa

En primer lugar, Francisco subrayó que, efectivamente, al leer los Hechos de los Apóstoles se comprueba que “el Espíritu Santo es el protagonista de la misión de la Iglesia: es Él quien guía el camino de los evangelizadores mostrándoles el camino a seguir”.

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Después repasó los tres hechos importantes que suceden a Pablo en Filipos, colonia romana de Macedonia. Así, aludió a que “la fuerza del Evangelio se dirige sobre todo a las mujeres de Filipos, en particular a Lidia”, que acogió a Cristo, recibió el Bautismo junto con su familia y decidió también recibir a los apóstoles.

Este, según el Pontífice, constituye “el testimonio de la llegada del cristianismo a Europa: el inicio de un proceso de inculturación que dura también hoy”.

Oración de alabanza

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Más tarde, Pablo y Silas son encarcelados porque liberaron a una esclava poseída por un “espíritu adivino” con la que sus amos ganaban mucho dinero, motivo por el que estos denunciaron a los apóstoles. En este sentido, el Obispo de Roma apuntó que también hoy hay gente que paga por este tipo de servicios.

No obstante, en lugar de lamentarse, Pablo y Silas entonan una alabanza a Dios que produce un terremoto que acaba por liberar a todos los reos de la prisión. De este modo, “como la oración de Pentecostés, la de cárcel también tiene efectos prodigiosos”, remarcó el Santo Padre.

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Ante este suceso, el carcelero, dado que estos pagaban con su propia vida la huida de los prisioneros, quería matarse. Sin embargo, preguntó a Pablo “¿Qué tengo que hacer para salvarme?” (Hechos 16:27-28).

El apóstol le respondió ”Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa” (v. 31) y, explicó Francisco, “en ese momento se produce el cambio: en el corazón de la noche, el carcelero escucha la palabra del Señor con su familia, acoge a los apóstoles, les lava las heridas –porque les habían pegado- y recibe el Bautismo junto a los suyos”.

Un corazón abierto

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Finalmente, el Papa Francisco exhortó a pedir al Espíritu Santo “un corazón abierto, sensible a Dios y hospitalario con nuestros hermanos y hermanas, como el de Lidia, y una fe audaz, como la de Pablo y Silas, y también una apertura del corazón, como la del carcelero que se deja tocar por el Espíritu Santo”.

A continuación, reproducimos la catequesis completa del Papa.

***

Catequesis del Santo Padre

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Leyendo los Hechos de los Apóstoles se puede ver cómo el Espíritu Santo es el protagonista de la misión de la Iglesia: es Él quien guía el camino de los evangelizadores mostrándoles el camino a seguir.

Lo vemos claramente cuando el apóstol Pablo, llegado a Tróada, tiene una visión. Un macedonio le ruega: “¡Pasa a Macedonia y ayúdanos! (Hechos 16:9). El pueblo de Macedonia del Norte está muy orgulloso de esto, muy orgulloso de haber llamado a Pablo para que Pablo fuera a anunciar a Jesucristo. Recuerdo tanto a ese hermoso pueblo que me recibió con tanto calor: ¡Que conserven esta fe que Pablo les predicó! El Apóstol no duda, se va a Macedonia, seguro de que es Dios mismo quien lo cq5dam

envía, y llega a Filipos, “colonia romana” (Hch 16,12) en la Via Egnatia, para predicar el Evangelio. Pablo se queda allí varios días. Tres son los acontecimientos que caracterizan su estancia en Filipos en estos tres días: tres hechos importantes: 1) la evangelización y el bautismo de Lidia y su familia; 2) su arresto junto con Silas, después de haber exorcizado a una esclava explotada por sus amos; 3) la conversión y el bautismo de su carcelero y de su familia. Veamos estos tres episodios de la vida de Pablo.

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La fuerza del Evangelio se dirige sobre todo a las mujeres de Filipos, en particular a Lidia, vendedora de púrpura, en la ciudad de Tiatira, creyente en Dios a quien el Señor abre su corazón “para que se adhiriese a las palabras de Pablo” (Hch 16,14). Lidia, en efecto, acoge a Cristo, recibe el Bautismo junto con su familia y acoge a los que pertenecen a Cristo, acogiendo a Pablo y a Silas en su casa. Aquí tenemos el testimonio de la llegada del cristianismo a Europa: el inicio de un proceso de inculturación que dura también hoy. Entró por Macedonia.

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Después de la calidez experimentada en casa de Lidia, Pablo y Silas tendrán que hacer cuentas con la dureza de la prisión: pasan del consuelo de esta conversión de Lidia y de su familia a la desolación de la cárcel a la que los arrojan por haber liberado en el nombre de Jesús “a una esclava poseída de un espíritu adivino” y “producía mucho dinero a sus amos” con el oficio de adivina (Hch 16,16). Sus amos, ganaban mucho  y esta pobre esclava hacía lo que hacen los adivinos: te adivinaba el futuro, te leía las manos, como dice la canción: “Toma esta mano, gitana”, y por eso la gente pagaba. También hoy, queridos hermanos y hermanas, hay gente que paga por ello. Recuerdo que en mi diócesis, en un parque muy grande, había más de 60 mesitas donde estaban sentados los adivinos y las adivinas, que te leían la mano ¡y la gente creía en estas cosas! Y pagaba. Y esto sucedía también en la época de San Pablo. Sus amos, en represalia, denuncian a Pablo y llevan a los Apóstoles ante los jueces acusándoles de desorden público.

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Pero ¿qué pasa? Pablo está en la prisión y durante su encarcelamiento se produce un hecho sorprendente. Está desolado pero, en vez de quejarse, Pablo y Silas entonan una alabanza a Dios y esta alabanza desencadena una fuerza que los libera: durante la oración un terremoto sacude los cimientos de la prisión, se abren las puertas y caen las cadenas de todos (cf. Hch 16,25-26). Como la oración de Pentecostés, la de cárcel también tiene efectos prodigiosos.

El carcelero, creyendo que los prisioneros habían huido, quería matarse, porque los carceleros pagaban con su propia vida la huida de los prisioneros,  pero Pablo le grita: “Estamos todos aquí”. (Hechos 16:27-28). El carcelero pregunta entonces: “¿Qué tengo que hacer para salvarme?” (v. 30). La respuesta es: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa” (v. 31). En ese momento se produce el cambio: en el corazón de la noche, el carcelero escucha la palabra del Señor con su familia, acoge a los apóstoles, les lava las heridas –porque

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les habían pegado- y recibe el bautismo junto a los suyos; luego, “se alegró con toda su familia por haber creído en Dios” (v. 34), prepara la mesa e invita a Pablo y Silas a quedarse con ellos: ¡el momento del consuelo! En el corazón de la noche de este carcelero anónimo, la luz de Cristo brilla y vence a las tinieblas: las cadenas del corazón caen y brota en él y en sus una alegría nunca antes experimentada. Así es como el Espíritu Santo hace la misión: desde el principio, desde Pentecostés en adelante, Él es el protagonista de la misión. Y nos lleva hacia adelante, necesitamos ser fieles a la vocación que el Espíritu nos mueve a hacer. Para llevar el Evangelio.

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Pidamos también nosotros hoy al Espíritu Santo un corazón abierto, sensible a Dios y hospitalario con nuestros hermanos y hermanas, como el de Lidia, y una fe audaz, como la de Pablo y Silas, y también una apertura del corazón, como la del carcelero que se deja tocar por el Espíritu Santo.

© Librería Editorial Vaticana

 

 

Irak: Francisco invita a las autoridades a “escuchar el grito del pueblo”

Ante las protestas que causaron víctimas

octubre 30, 2019 11:04Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 30 oct. 2019).- El Papa Francisco ha invitado a las autoridades iraquíes a “escuchar el grito del pueblo que pide una vida digna y pacífica”.

Al final de la audiencia general de hoy, 30 de octubre de 2019, el Santo Padre ha realizado un llamamiento sobre la situación de “mi amado Iraq, donde las protestas que han tenido lugar durante este mes han causado muchos muertos y heridos”, expresando “mis condolencias a las víctimas y mi cercanía a sus familias y a los heridos”.

Al mismo tiempo, el Obispo de Roma ha pedido a todos los iraquíes que, con el apoyo de la comunidad internacional, “sigan el camino del diálogo y la reconciliación y busquen las soluciones adecuadas a los desafíos y problemas del país”.

“Rezo para que las personas atormentadas puedan encontrar la paz y la estabilidad después de tantos años de guerra y violencia”, concluyó el Papa.

En la catequesis de hoy, Francisco continuó con la serie sobre el Libro de los Hechos de los Apóstoles, en concreto, se ha referido al pasaje en el que Pablo llega a Filipos, colonia romana en Macedonia, lo cual supone “la entrada del Evangelio a Europa”.

 

Todos los Santos: Volver la mirada hacia el cielo

El próximo 1 de noviembre

octubre 30, 2019 13:52Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 30 oct. 2019).- Ante la cercanía de la solemnidad de Todos los Santos, el Papa Francisco se ha referido a las palabras de san Juan Pablo II, quien explicaba que estos días “nos invitan a mirar al cielo, meta de nuestra peregrinación terrena”.

Estas palabras han sido pronunciadas por el Santo Padre durante su saludo a los visitantes polacos presentes en la audiencia general celebrada hoy, 30 de octubre de 2019, en la plaza de San Pedro.

Efectivamente, Francisco ha recordado que “nos acercamos a la solemnidad de Todos los Santos y a la memoria de todos los fieles que han muerto”, el 1 y el 2 de noviembre, respectivamente, y que en el cielo “nos espera la comunidad festiva de los santos. Allí nos encontraremos con nuestros queridos difuntos”, por los que oramos ahora.

Finalmente, el Papa ha pedido que “vivamos el misterio de la comunión de los santos con la esperanza que brota de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. ¡Os bendigo de todo corazón!”.

La catequesis que Francisco ha ofrecido esta mañana a los fieles y visitantes en el Vaticano forma parte de la serie sobre los Hechos de los Apóstoles. En concreto, ha reflexionado sobre el pasaje en el que Pablo llega a Filipos, colonia romana en Macedonia, y resaltando cómo el Espíritu Santo es “protagonista de la misión”.

 

 

EL AMOR DE JESÚS

— Nuestro refugio y protección están en el amor a Dios. Acudir al Sagrario.

— Jesús Sacramentado nos prestará todas las ayudas necesarias.

— Cerca del Sagrario, ganaremos todas las batallas. Almas de Eucaristía,

I. En el camino hacia Jerusalén, que con tanto detalle describe San Lucas, Jesús dejó escapar del fondo de su corazón esta queja hacia la Ciudad Santa que rehusó su mensaje: Jerusalén, Jerusalén..., cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo las alas...1. Así nos sigue protegiendo el Señor: como la gallina a sus polluelos indefensos. Desde el Sagrario, Jesús vela nuestro caminar y está atento a los peligros que nos acechan, cura nuestras heridas y nos da constantemente su Vida. Muchas veces le hemos repetido: Pie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine... Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero2. En Él está nuestra salud y nuestro refugio.

La imagen del justo que busca protección en el Señor «como los polluelos se cobijan bajo las alas de su madre» se encuentra con frecuencia en la Sagrada Escritura: Guárdame como a la niña de tus ojos, escóndeme bajo la sombra de tus alas3, pues Tú eres mi refugio, la torre fortificada frente al enemigo. Sea yo tu huésped por siempre en tu tabernáculo, me acogeré bajo el amparo de tus alas4, leemos en los Salmos. El Profeta Isaías recurre a esta imagen para asegurar al Pueblo elegido que Dios lo defenderá contra los sitiadores. Así como los pájaros despliegan sus alas sobre sus hijos, así el Eterno todopoderoso protegerá a Jerusalén5.

Al final de nuestra vida, Jesús será nuestro Juez y nuestro Amigo. Mientras vivía aquí en la tierra, y también mientras dure nuestro peregrinar, su misión es salvarnos, dándonos todas las ayudas que necesitemos. Desde el Sagrario Jesús nos protege de mil formas. ¿Cómo podemos tener la imagen de un Jesús distanciado de las dificultades que padecemos, indiferente a lo que nos preocupa?

Ha querido quedarse en todos los rincones del mundo para que le encontremos fácilmente y hallemos remedio y ayuda al calor de su amistad. «Si sufrimos penas y disgustos, Él nos alivia y nos consuela. Si caemos enfermos, o bien será nuestro remedio, o bien nos dará fuerzas para sufrir, a fin de que merezcamos el cielo. Si nos hacen la guerra el demonio y las pasiones, nos dará armas para luchar, para resistir y para alcanzar victoria. Si somos pobres, nos enriquecerá con toda suerte de bienes en el tiempo y en la eternidad»6. No dejemos cada día de acompañarle. Esos pocos minutos que dure la Visita serán los momentos mejor aprovechados del día. «¡Ah!, y ¿qué haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un pobre en la presencia de un rico? ¿Qué hace un enfermo delante del médico? ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina?»7.

II. Nuestra confianza en que saldremos adelante en todas las pruebas, peligros y padecimientos no está en nuestra fuerzas, siempre escasas, sino en la protección de Dios, que nos ha amado desde la eternidad y no dudó en entregar a su Hijo a la muerte para nuestra salvación. El mismo Jesús se ha quedado cerca, en el Sagrario, quizá a no mucha distancia de donde vivimos o trabajamos, para ayudarnos, curar las heridas y darnos nuevos ánimos en ese camino que ha de acabar en el Cielo. Basta que nos acerquemos a Él, que espera siempre. Nada de lo que nos puede ocurrir podrá separarnos de Dios, como nos enseña San Pablo en una de las lecturas de la Misa8, pues si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará en Él todas las cosas?... ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? Nada nos podrá separar de Él, si nosotros no nos alejamos.

«Revestidos de la gracia, cruzaremos a través de los montes (cfr. Sal 103, 10), y subiremos la cuesta del cumplimiento del deber cristiano, sin detenernos. Utilizando estos recursos, con buena voluntad, y rogando al Señor que nos otorgue una esperanza cada día más grande, poseeremos la alegría contagiosa de los que se saben hijos de Dios: si Dios está con nosotros, ¿quién nos podrá derrotar? (Rom 8, 31)»9.

Aunque el Señor permita tentaciones muy fuertes o que crezcan las dificultades familiares, y llegue la enfermedad o se haga más costoso el camino..., ninguna prueba por sí misma es lo suficientemente fuerte para separarnos de Jesús. Es más, con una visita al Sagrario más próximo, con una oración bien hecha, nos encontraremos con la mano poderosa de Dios y podremos decir: Omnia possum in eo qui me confortat10. Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Porque estoy convencido –continúa San Pablo en la Primera lectura de la Misa– de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús. Es un canto de confianza y de optimismo que hoy podemos hacer nuestro.

San Juan Crisóstomo nos recuerda que «Pablo mismo tuvo que luchar contra numerosos enemigos. Los bárbaros le atacaban, sus propios guardianes le tendían trampas, hasta los fieles, a veces en gran número, se levantaron contra él, y sin embargo Pablo triunfó de todo. No olvidemos que el cristiano fiel a las leyes de su Dios vencerá tanto a los hombres como a Satanás mismo»11. Si nos mantenemos muy cerca de Jesús, presente en la Eucaristía, venceremos en todas las batallas, aunque a veces parezca que perdemos... El Sagrario será nuestra fortaleza, pues Jesús se ha querido quedar para ampararnos, para ayudarnos en cualquier necesidad. Venid a Mí... nos llama todos los días.

III. La serenidad que hemos de tener no nace de cerrar los Ojos a la realidad o de pensar que no tendremos tropiezos y dificultades, sino de mirar el presente y el futuro con optimismo, porque sabemos que el Señor ha querido quedarse para socorrernos.

De las mismas pruebas de la vida resultará un gran bien, y nunca estaremos solos en las circunstancias más difíciles. Si en estas ocasiones se agradece tanto la cercanía de un amigo, ¿cómo será la paz que alcanzaremos junto al Amigo, en el Sagrario más próximo? Allí hemos de ir enseguida a encontrar el consuelo, la paz y las fuerzas necesarias. «¿Qué más queremos tener al lado que un tan buen Amigo, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo?»12, escribe Santa Teresa de Jesús.

Cuando ya podía vislumbrarse que iba a ser perseguido, Santo Tomás Moro fue llamado a comparecer ante el tribunal de Lambeth. Moro se despidió de los suyos, pero no quiso que le acompañaran, como era su costumbre, hasta el embarcadero. Solo iban con él William Roper, esposo de su hija mayor y predilecta, Margaret, y algunos criados. Nadie en el bote se atrevía a romper el silencio. Al cabo de un rato, y de improviso, susurró Tomás al oído de Roper: Son Roper, I thank our Lord the field is won: «Hijo mío Roper, doy gracias a Dios, porque la batalla está ganada». Roper confesaría más tarde no haber entendido bien el significado de esas palabras. Más tarde comprendió que el amor de Moro había crecido tanto que le daba esta seguridad de triunfar sobre cualquier obstáculo13. Era la certeza del que, sabiéndose cercano a su último combate, esperaba que el Señor no le abandonaría en el momento supremo. Si nos mantenemos cerca de Jesús, si somos almas de Eucaristía, Él nos cobijará, como las aves a sus polluelos, y siempre, ante los mayores obstáculos, podremos decir de antemano: la batalla está ganada.

«¡Sé alma de Eucaristía!

»—Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!»14.

Santa María, que tantas veces habló con Él aquí en la tierra y ahora le contempla para siempre en el Cielo, nos pondrá en los labios las palabras oportunas si alguna vez no sabemos muy bien qué decirle. Ella acude siempre prontamente para remediar nuestra torpeza.

1 Lc 13, 34. — 2 Himno Adoro te devote. — 3 Sal 17, 8. — 4 Sal 61, 45. — 5 Is 31, 5. — 6 Santo cura de Ars, Sermón sobre el Jueves Santo. — 7 San Alfonso Mª de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento, 1. — 8 Primera lectura. Año I. Rom 8, 31-39. — 9 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 219. — 10 Fil 4, 13. — 11 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los Romanos, 15. — 12 Santa Teresa, Vida, 22, 6-7. — 13 Cfr. Santo Tomás Moro, La agonía de Cristo, Rialp, Madrid 1988, Introducc., p. XXXII. — 14 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 835.

 

 

“Amor verdadero es salir de sí mismo”

La alegría cristiana no es fisiológica: su fundamento es sobrenatural, y está por encima de la enfermedad y de la contradicción. -Alegría no es alborozo de cascabeles o de baile popular. La verdadera alegría es algo más íntimo: algo que nos hace estar serenos, rebosantes de gozo, aunque a veces el rostro permanezca severo. (Forja, 520)

Hay quien vive con amargura todo el día. Todo le causa desasosiego. Duerme con una obsesión física: que esa única evasión posible le va a durar poco. Despierta con la impresión hostil y descorazonadora de que ya tiene ahí otra jornada por delante.
Se han olvidado muchos de que el Señor nos ha colocado, en este mundo, de paso hacia la felicidad eterna; y no piensan que sólo podrán alcanzarla los que caminen, por la tierra, con la alegría de los hijos de Dios. (Surco, 305)
Amor verdadero es salir de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz. Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio, del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de nuestras acciones. (Es Cristo que pasa, 43)

 

 

Un corazón abierto a Dios y acogedor con los demás

En la audiencia general, el Papa Francisco recordó que el libro de los Hechos de los Apóstoles narra la llegada de Pablo a Filipos, colonia romana de la Macedonia. Así entró el Evangelio en Europa. También recordó que la primera que se bautizó fue una mujer llamada Lidia, que “abrió su casa a los demás Apóstoles”.

De la Iglesia y del Papa30/10/2019

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

El libro de los Hechos de los Apóstoles narra la llegada de Pablo a la ciudad de Filipos, colonia romana de la Macedonia, y por tanto la entrada del Evangelio en Europa.

Esta hospitalidad de Lidia nos recuerda la acogida y el servicio que caracterizaban a las mujeres que acompañaban a Jesús y a los Apóstoles

Hay tres acontecimientos que caracterizan este episodio. En primer lugar, el bautismo de Lidia, una mujer creyente a la que el Señor por obra del Espíritu le abrió el corazón para que aceptara la enseñanza de Pablo. Una vez que el corazón de Lidia se abrió, pudo acoger a Cristo mediante el bautismo, junto a toda su familia, y abrió su casa a los demás Apóstoles. Esta hospitalidad de Lidia nos recuerda la acogida y el servicio que caracterizaban a las mujeres que acompañaban a Jesús y a los Apóstoles. Gracias a esta acogida femenina florecieron las domus ecclesiae, las iglesias domésticas, entre los primeros cristianos.

En segundo lugar, Pablo y Silas fueron denunciados por los dueños de una esclava que tenía un espíritu de adivinación y les procuraba muchos beneficios, y a la que los Apóstoles liberaron con un exorcismo. En la cárcel, en vez de lamentarse, alababan a Dios y Él los salvó mediante un terremoto que sacudió la prisión y rompió las cadenas que los ataban.

Y, por último, la conversión y el bautismo del carcelero y de toda su familia. En medio de la noche, él creyó en el Señor Jesús, junto a toda su familia, acogió a los apóstoles en su casa, les lavó las heridas y recibió el Bautismo. Después, lleno de alegría por haber creído en Dios preparó la mesa y celebraron la fiesta. En medio de la noche, para el carcelero y su familia brilló la luz de Cristo, se rompieron las cadenas del corazón y experimentaron una alegría indescriptible.

***

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, venidos de España y de Latinoamérica. Pidamos al Espíritu Santo que nos dé un corazón abierto a Dios y acogedor con los demás, con una fe audaz capaz de romper las cadenas que nos oprimen a nosotros y a los demás. Que Dios los bendiga.

© Copyright - Libreria Editrice Vaticana


Algunos recursos relacionados con esta catequesis del Papa sobre los Hechos de los Apóstoles

Catequesis previas sobre los Hechos de los Apóstoles.

Versión digital gratuita de los Evangelios.

La Biblia de la Universidad de Navarra se hace digital.

Nueve preguntas para entender qué es la Iglesia.

El fuego de los primeros cristianos (Editorial Vida cristiana).

Los primeros cristianos: consideraciones de San Josemaría.

 

 

El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte. ¿Qué son los Novísimos?

Algunas enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica sobre los Novísimos y sobre la buena costumbre de rezar por los familiares y amigos difuntos, especialmente indicadas para considerar en el mes de noviembre.

Preguntas sobre la fe cristiana30/10/2019

Opus Dei - El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte. ¿Qué son los Novísimos?

Sumario
1. ¿Qué hay después de la muerte? ¿Dios juzga a cada persona por su vida?
2. ¿Quiénes van al cielo? ¿Cómo es el cielo?
3. ¿Qué es el purgatorio? ¿Es para siempre?
4. ¿Existe el infierno?
5. ¿Cuándo será el juicio final? ¿En qué consistirá?
6. Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué debemos esperar?
7. ¿Por qué rezar por los difuntos? Explicaciones del Catecismo de la Iglesia Católica.


 

En los Libros Santos se llaman Novísimos a las cosas que sucederán al hombre al final de su vida, la muerte, el juicio, el destino eterno: el cielo o el infierno. La Iglesia los hace presentes de modo especial durante el mes de noviembre. A través de la liturgia, se invita a los cristianos a meditar sobre estas realidades.

1. ¿Qué hay después de la muerte? ¿Dios juzga a cada persona por su vida?

El Catecismo de la Iglesia católica enseña que «la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo».

«Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de la purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre». En este sentido, San Juan de la Cruz habla del juicio particular de cada como señalando que «a la tarde, te examinarán en el amor». Catecismo de la Iglesia Católica, 1021-1022.

 

Meditar con San Josemaría

Todo se arregla, menos la muerte... Y la muerte lo arregla todo. Surco, 878.

Cara a la muerte, ¡sereno! Así te quiero. No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. ¿Morir?... ¡Vivir! Surco, 876.

¡No me hagas de la muerte una tragedia!, porque no lo es. Sólo a los hijos desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres. Surco, 885.

El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante si lucha para vivir como hombre de Cristo, se encuentra preparado para cumplir su deber. Surco, 875.

“Me hizo gracia que hable usted de la 'cuenta' que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús”. —Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo. Camino, 168.

2. ¿Quiénes van al cielo? ¿Cómo es el cielo?

El cielo es “el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha”. Y San Pablo escribe: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre las cosas que Dios ha preparado para los que le aman”. (1Cor 2, 9).

Después del juicio particular, los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados van al cielo. Viven en Dios, lo ven tal cual es. Están para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, gozan de su felicidad, de su Bien, de la Verdad y de la Belleza de Dios.

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama el cielo. Es Cristo quien, por su muerte y Resurrección, nos ha “abierto el cielo”. Vivir en el cielo es “estar con Cristo” (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los que llegan al cielo viven “en Él”, aún más, encuentran allí su verdadera identidad. Catecismo de la Iglesia católica, 1023-1026

 

Meditar con San Josemaría

Mienten los hombres cuando dicen “para siempre” en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el "para siempre" de la eternidad. —Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre! Forja, 999.

Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban... En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar. Forja, 995.

Si transformamos los proyectos temporales en metas absolutas, cancelando del horizonte la morada eterna y el fin para el que hemos sido creados —amar y alabar al Señor, y poseerle después en el Cielo—, los más brillantes intentos se tornan en traiciones, e incluso en vehículo para envilecer a las criaturas. Recordad la sincera y famosa exclamación de San Agustín, que había experimentado tantas amarguras mientras desconocía a Dios, y buscaba fuera de El la felicidad: ¡nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti! Amigos de Dios, 208

En la vida espiritual, muchas veces hay que saber perder, cara a la tierra, para ganar en el Cielo. —Así se gana siempre. Forja, 998.

3. ¿Qué es el purgatorio? ¿Es para siempre?

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados.

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos. Catecismo de la Iglesia católica, 1030-1032

 

Meditar con San Josemaría

El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El. Surco, 889

No quieras hacer nada por ganar mérito, ni por miedo a las penas del purgatorio: todo, hasta lo más pequeño, desde ahora y para siempre, empéñate en hacerlo por dar gusto a Jesús. Forja, 1041.

“Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”. —Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? —Sí..., ¡y Dios su eternidad! Camino, 734.

4. ¿Existe el infierno?

Significa permanecer separados de Él –de nuestro Creador y nuestro fin– para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno.

Morir en pecado mortal, sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios es elegir este fin para siempre.

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

Jesús habla con frecuencia de la gehenna y del fuego que nunca se apaga, reservado a los que, hasta el fin de su vida, rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo.

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14). Catecismo de la Iglesia católica, 1033-1036

 

Meditar con San Josemaría

No me olvidéis que resulta más cómodo —pero es un descamino— evitar a toda costa el sufrimiento, con la excusa de no disgustar al prójimo: frecuentemente, en esa inhibición se esconde una vergonzosa huida del propio dolor, ya que de ordinario no es agradable hacer una advertencia seria. Hijos míos, acordaos de que el infierno está lleno de bocas cerradas. Amigos de Dios, 161.

Un discípulo de Cristo nunca razonará así: “yo procuro ser bueno, y los demás, si quieren..., que se vayan al infierno”. Este comportamiento no es humano, ni es conforme con el amor de Dios, ni con la caridad que debemos al prójimo. Forja, 952

Sólo el infierno es castigo del pecado. La muerte y el juicio no son más que consecuencias, que no temen quienes viven en gracia de Dios. Surco, 890.

5. ¿Cuándo será el juicio final? ¿En qué consistirá?

La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna”. (Mt 25, 31. 32).

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada esperanza” (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10). Catecismo de la Iglesia católica, 1038-1041

 

Meditar con San Josemaría

Cuando pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo... Porque El ya sabe que le amas..., y de qué pasta estás hecho. Si tú le buscas, te acogerá como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle! Surco, 880.

“Conozco a algunas y a algunos que no tienen fuerzas ni para pedir socorro”, me dices disgustado y apenado. —No pases de largo; tu voluntad de salvarte y de salvarles puede ser el punto de partida de su conversión. Además, si recapacitas, advertirás que también a ti te tendieron la mano. Surco, 778.

El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer —que nada vale—, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad. Camino, 708.

Por salvar al hombre, Señor, mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos...: ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar! Forja, 1002.

6. Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué debemos esperar?

La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era “como el sacramento" (LG1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios. Ya no será herida por el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica de Dios será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

“Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres” (GS 39).

“No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39). Catecismo de la Iglesia Católica, 1043-1049.

 

Meditar con San Josemaría

Mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.
Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Es Cristo que pasa, 180

En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.
Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo, siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Es Cristo que pasa, 126.

El tiempo es nuestro tesoro, el “dinero” para comprar la eternidad. Surco, 882.


¿Por qué rezar por los difuntos? Explicaciones del Catecismo de la Iglesia Católica

En la Iglesia Católica el mes de noviembre, está iluminado de modo particular por el misterio de la comunión de los santos que se refiere a la unión y la ayuda mutua que podemos prestarnos los cristianos: quienes aún estamos en la tierra, los que ya seguros del cielo se purifican antes de presentarse ante Dios de los vestigios de pecado en el purgatorio y quienes interceden por nosotros delante de la Trinidad Santísima donde gozan ya para siempre. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica, 1024).

“Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando 'claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es'”.

Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios. (Catecismo, punto 954).

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones 'pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados' (Catecismo, punto 958).

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo, punto 1030).

La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados (Catecismo, punto 1031).

Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos.

San Josemaría, en Surco

“El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El” (Punto 889).

“¡Qué contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de la vida! Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese encuentro” (Punto 893).

Más recursos

- Resúmenes de fe cristiana: Tema 11. Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo.
- Resúmenes de fe cristiana: Tema 16. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna.
- Oraciones por los difuntos (Devocionario)

 

 

Ébola: "Para los que confían en Dios, la esperanza no se pierde"

Steve Ogunde está en Liberia para ayudar a combatir la crisis del ébola. “El espíritu del Opus Dei me da fuerza para enfrentar la realidad de la muerte”, dice.

En primera persona17/12/2014

Opus Dei - Ébola: "Para los que confían en Dios, la esperanza no se pierde"Foto: ECHO

Steve Ogunde es un ingeniero keniano que trabaja en Liberia. Contribuye con la instalación de agua y servicios de salud para las personas afectadas por la crisis del ébola. En los últimos 25 años ha llevado a cabo trabajos similares en otras situaciones de desastre en Ghana, Burundi, Sudán, Etiopía, Siria, Turquía y las Filipinas.

Steve Ogunde

Steve Ogunde

Steve, ¿cuál es tu trabajo en Liberia?

Mi trabajo es Wash/IPC, es decir: limpieza del agua, higiene, protección y control de las infecciones. Esto involucra la provisión de agua, altamente clorada, para desinfectar, descontaminar y manejar los desperdicios (sólidos y líquidos), incluyendo los desechos médicos: recolección, almacenamiento, transporte y desecho.

¿Cómo te mantienes seguro en estas situaciones?

La seguridad en la Unidad de Tratamiento de Ébola (UTE) significa usar equipo de protección personal y agua clorada para lavarse las manos. La prioridad es proteger a mis colegas y a mí para que podamos ayudar a los pacientes de ébola sin infectarnos en el proceso.

¿Cuál es tu impresión de la situación en Liberia?

En este momento parece que la situación no tiene solución, pero la verdad es que para los que confían en Dios, la esperanza no se pierde. No es sencillo darse cuenta que el paciente que admitimos y cuidamos puede estar a uno o dos días de la muerte. Pude ver a un hombre y a su esposa llegar en ambulancia y ambos murieron pocos días después. La primera en morir fue la mujer. El hombre estaba en el ala de pacientes no confirmados de ébola. Lloró mucho cuando se le informó sobre la muerte de su esposa. Vi el sentimiento de un hombre llorando la muerte de una mujer joven. Él ya estaba muy debilitado por la enfermedad; tenía claro que ni siquiera podría ver el entierro de su amada… murió 12 horas después. Los cinco hijos que dejaron llegaron a la UTE al día siguiente. Los hijos pequeños tienen ébola, pero los mayores, de 15 y 17, no están enfermos, por lo que regresarán a su casa. Sin embargo, las posibilidades de sobrevivir son muy pequeñas para los niños chicos, que aún están bajo observación.

Steve en el sistema de purificación de agua de la ETUSteve en el sistema de purificación de agua de la ETU

¿Crees que vamos a ganar la batalla contra esta epidemia?

Con Dios todo es posible. Sin embargo, hablando desde un punto de vista humano, el camino para conseguir una cura médica para el ébola todavía es largo. Aun así, creo que si implementamos limpieza e higiene en las poblaciones, y con la detección temprana y aislamiento de las víctimas, entonces esto minimizará la infección y reducirá el actual índice de mortalidad. Se necesita mucha investigación y oración para lograr un parteaguas.

¿Cómo logras trabajar y rezar al mismo tiempo?

Estoy en la UTE 12 horas al día, siete días a la semana. Me las arreglo para ir a la misa domingo en la mañana gracias a un acuerdo que hice con mi supervisor. Trato de hacer mis normas diarias. Hago la oración de la tarde caminando por la calle o de pie en una esquina silenciosa afuera de la Unidad. El clima aquí es muy caluroso –a veces hasta de 45° C- y bastante húmedo. Estoy completamente exhausto en la tarde y cuando intento hacer la oración es fácil que me quede dormido, entonces trato de hacer todas mis oraciones tan temprano como pueda. En el día, durante el trabajo, trato de pensar en Dios y en los pacientes. Esto me mantiene rezando y pidiendo al Señor que ayude a esta gente y que nos ayude a conseguir un avance para la cura.

¿Cómo está tu familia? ¿Te mantienes en contacto con ellos desde Liberia?

Mi esposa y yo hablamos diario a través del WhatsApp y del teléfono. También llamo a mis tres hijos una vez por semana. No es suficiente, pero me siento solo si no lo hago. Pero, sobre todo, mantengo a mi familia en mi oración pidiendo al Señor que haga por ellos lo que yo no puedo hacer debido a mi ausencia física.

El equipo colocándose la indumentaria de seguridad

El equipo colocándose la indumentaria de seguridad

¿Cómo te ayuda el espíritu de la Obra en tu trabajo?

Obtengo ánimo intentando seguir el ejemplo del Beato Álvaro. Trato de rezarle varias veces durante el día. El espíritu de la Obra me da la fuerza para enfrentar la realidad de la muerte, aunque ésta signifique el fallecimiento de una familia entera. Me doy cuenta que, en realidad, no podemos hacer nada por nosotros mismos, a menos que el Señor nos ayude. Puedo ver la impotencia de mis colegas médicos que no tienen una solución a la vista. Veo la diferencia entre una persona que reza y aquella que quiere confiar únicamente en su propia experiencia. La fuerza de la oración entra con más vigor y hace una gran diferencia.

¿Qué haces para que la gente se acerque a Jesús en esas circunstancias?

En medio de la desesperación que enfrentamos en nuestro trabajo, permanecer calmado mediante la oración es lo más efectivo para las víctimas del ébola. También me ayuda a resolver conflictos con y entre mis colegas.

 

La virtud de la esperanza y la ascética cristiana en algunos escritos de San Josemaría

Estudio de Paul O´Callaghan, de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana" nº 23 (1996).

Virtudes31/05/2015

Opus Dei - La virtud de la esperanza y la ascética cristiana en algunos escritos de San Josemaría

1. LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA SOBRE LA ESPERANZA CRISTIANA

En 1934, el Beato Josemaría Escrivá, en su primera colección de puntos para la meditación personal, Consideraciones espirituales, escribió: «Espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —Él obrará, si en Él te abandonas»[1]. Se trata de una afirmación que, sólidamente fundada en la Escritura, los Padres y la teología, expresa la común, fundamental e indiscutida convicción de la fe cristiana viva y vivida de que Jesucristo es el único Salvador, a la vez que declara la radical contingencia y precariedad del hombre —sobre todo en consideración del desorden introducido en él por el pecado— y mueve a la confianza en Dios y al abandono filial en sus manos.

Sin embargo, es preciso hacerse una pregunta: ¿hay que entender este modo de expresarse del Beato Josemaría sólo como la repetición de una doctrina bien conocida en la tradición teológica y espiritual de la Iglesia o, por el contrario, reviste esa afirmación del Fundador del Opus Dei, en el seno de esta tradición, un significado nuevo y un valor específico? ¿Dónde reside, en definitiva, su valor propiamente teológico y espiritual? Por una parte, se trata de una afirmación perenne y permanente, supratemporal, radicada en el mismo corazón de la espiritualidad cristiana de todos los tiempos; por otra, sin embargo, se enmarca en un preciso momento histórico: el Beato Josemaría, como tantos cristianos antes y después de él, proclamaba vigorosamente con esas palabras su personal confianza en Dios, descargando sobre el Señor su deseo de apoyo y consuelo (cfr. Sal 55, 23) y, a la vez, procurando mover a los demás cristianos a hacer lo mismo. Teniendo esto en cuenta, es preciso preguntarse si esta abierta proclamación personal de una esperanza radical e inquebrantable trasciende de alguna manera el momento y las circunstancias en que fue pronunciada. En otras palabras, la proclamación de una tal esperanza, trascendiendo —con su contenido específico— el momento contingente y la circunstancia histórica particular, ¿tiene una validez real, concreta, en otros momentos, para otras personas, para otras épocas, para otras situaciones, para toda la Iglesia, para toda la humanidad[2]?

La breve reflexión que sigue acerca de algunos textos del Beato Josemaría sobre la esperanza cristiana pretende precisamente no sólo investigar el contenido teológico y espiritual de la virtud de la esperanza en su vida y en sus enseñanzas, sino también explicar por qué esa vida y esa proclamación revisten un valor propiamente teológico, perenne y eclesial, es decir, una reflexión potencialmente válida e inspiradora para todo hombre, para todos los hombres.

2. LA ESPERANZA CRISTIANA, FRUTO DE LA GRACIA DE DIOS EN EL HOMBRE

En primer lugar, hay que hacer notar que la fundamental convicción que el Beato Josemaría enuncia en Consideraciones espirituales ha permanecido intacta, e incluso se ha robustecido, a lo largo de su vida. Al comienzo de su homilía La esperanza del cristiano[3], pronunciada en 1968, el Beato Josemaría vuelve a las palabras de 1934 y las completa con dos consideraciones significativas. La primera es autobiográfica: el autor afirma que aquellas palabras habían sido escritas «con un convencimiento que se acrecentaba de día en día» (EC 205 a). Después añade: «Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda» (ibid). La segunda consideración es apostólica y eclesial: «He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras» (ibid).

Por lo tanto, la afirmación «espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —Él obrará, si en Él te abandonas» no era sólo, para el Fundador del Opus Dei, un punto de partida, sino de llegada: se trataba de una convicción consolidada tanto en la propia vida como en la vida de la Iglesia: una convicción vivida, más que deducida; experimental, más que sapiencial; una convicción que indudablemente manaba de la misma vida de la gracia. El Fundador del Opus Dei no habla en ese texto de la esperanza cristiana, como refiriéndose a una cosa abstracta; habla, tal como refleja el título de la homilía de 1968, de la esperanza del cristiano[4], la que se vive día a día. Desde luego, se la puede llamar "teologal" porque Dios eternamente poseído es su "objeto formal quod" y Dios omnipotente y misericordioso su "objeto formal quo"; pero también porque, en cierto sentido, Dios mismo actúa directamente en el hombre que espera, incitándole a dar pasos, motivándole interiormente, haciéndole superar los obstáculos, el pecado, la nada, el vacío: la misma "convicción" que le llevó a proclamar durante toda su vida el valor de la esperanza cristiana era fruto de la gracia de Dios en él. Tal "convicción" es, por lo tanto, lugar teológico, ámbito válido para la reflexión cristiana[5].

La riqueza y la profunda resonancia humana de las expresiones del Beato Josemaría sobre la acción de Dios en la esperanza son notables. Se trata de una convicción, de una seguridad, de un «suave don de Dios», del «deseo por el que nos sostenemos» (Es Cristo que pasa, 3 c); de una realidad hecha de fuego, de calor, de amor, del apretar «esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar» (EC 213 b), de una seguridad y una confianza que Dios pone en nosotros (cfr. EC 214 a), es decir, de una protección divina que «se toca con las manos» (EC 216 a), de la «seguridad de sentirme —de saberme— hijo de Dios» (EC 208 c), de la «seguridad de que Dios nos gobierna con su providente omnipotencia, que nos da los medios necesarios» (EC 218 a), de la alegría sobrenatural, de un auténtico «anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria» (Amigos de Dios, 278 b), que espera nuestra llegada y en la que resuena la llamada definitiva: «ven a la casa de tu Padre»[6].

Está claro que, cuando habla de la esperanza, el punto de partida del Beato Josemaría Escrivá no es una reflexión abstracta realizada a priori, obtenida, por ejemplo, de un análisis exegéticamente riguroso de la Escritura. Se trata más bien de la experiencia vivida de la gracia de Dios en las circunstancias cotidianas: desde la gracia, con una lectura meditada y personalmente interiorizada de la Palabra de Dios, el significado y la inagotable riqueza de esa palabra viva y vivificante que lleva a la total confianza en Dios es descubierto y redescubierto, profundizado y continuamente confirmado.

1. La experiencia vivida de la gracia de Dios y la caducidad de las esperanzas secularizadas

Se trata, en primer lugar, de una experiencia de la gracia de Dios conscientemente vivida, es decir, de una verdadera acción de la gracia, de una iniciativa divina, suave y eficaz, recibida sin asomo alguno de pelagianismo. El cristiano debe, sobre todo, dirigir la mirada hacia el cielo, porque sólo allí «nos aguarda el Amor infinito» (EC 206 a):

«Un cristiano sincero, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo. Nos lo confirma San Pablo: quæ sursum sunt quærite; buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboread las cosas del Cielo, no las de la tierra. Porque muertos estáis ya —a lo que es mundano, por el Bautismo—, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3, 1-3)» (EC 206 c).

En repetidas ocasiones, el Fundador del Opus Dei explica que el objeto y el motivo de nuestra esperanza es Dios mismo:

«Frecuentemente nos habla el Señor del premio que nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. Yo voy a preparar un lugar para vosotros. Y cuando habré ido, y os haya preparado lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 2-3). El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José —a quien tanto venero—, de los Ángeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada» (EC 220 b); «...decídete a abrir tu alma a Dios, pues exclusivamente en el Señor hallarás fundamento real para tu esperanza y para hacer el bien a los demás» (EC 211 a); «El Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer» (EC 219 b); «La divinidad de nuestro camino —Jesús, camino, verdad y vida (cfr. Jn 14, 6)— es prenda segura de que acaba en la felicidad eterna, si de Él no nos apartamos» (EC 220 c).

También subraya clarividentemente el Beato Josemaría que la alternativa a esa vida cristiana empapada de esperanza y de gracia y orientada al Amor que nunca se agosta, es decir, una vida que quisiera prescindir de Dios (cfr. EC 206 b), no sería una vida neutra o meramente humana, sino una "vida animal", aun en el caso de que se consiguiera llevar una existencia «más o menos humanamente ilustrada» (ibid). Y describe con profundidad y sensibilidad la patética, desesperada situación de las personas que intentan, con grandes esfuerzos, vivir una vida de esperanza secularizada, sin Dios. Dice, por ejemplo:

«Pero si abundan los temerosos y los frívolos, en esta tierra nuestra muchos hombres rectos, impulsados por un noble ideal —aunque sin motivo sobrenatural, por filantropía—, afrontan toda clase de privaciones y se gastan generosamente en servir a los otros, en ayudarles en sus sufrimientos o en sus dificultades. Me siento siempre movido a respetar, e incluso a admirar la tenacidad de quien trabaja decididamente por un ideal limpio. Sin embargo, considero una obligación mía recordar que todo lo que iniciamos aquí, si es empresa exclusivamente nuestra, nace con el sello de la caducidad» (EC 208 a).

«Por desgracia, algunos, con una visión digna pero chata, con ideales exclusivamente caducos y fugaces, olvidan que los anhelos del cristiano se han de orientar hacia cumbres más elevadas: infinitas. Nos interesa el Amor mismo de Dios, gozarlo plenamente, con un gozo sin fin. Hemos comprobado, de tantas maneras, que lo de aquí abajo pasará para todos, cuando este mundo acabe: y ya antes, para cada uno, con la muerte... Por eso, con las alas de la esperanza, que anima a nuestros corazones a levantarse hasta Dios, hemos aprendido a rezar: in te Domine speravi, non confundar in æternum (Sal 30, 2); espero en Ti, Señor, para que me dirijas con tus manos ahora y en todo momento, por los siglos de los siglos» (EC 209 b).

Se entiende que el Beato Josemaría afirme no haber nunca «concedido demasiado peso a los "santones" que alardean de no ser creyentes: los quiero muy de veras, como a todos los hombres, mis hermanos; admiro su buena voluntad, que en determinados aspectos puede mostrarse heroica, pero los compadezco, porque tienen la enorme desgracia de que les falta la luz y el calor de Dios, y la inefable alegría de la esperanza teologal» (EC 206 b).

Por eso, «quizá no exista nada más trágico en la vida de los hombres que los engaños padecidos por la corrupción o por la falsificación de la esperanza, presentada con una perspectiva que no tiene como objeto el Amor que sacia sin saciar» (EC 208 b).

2. La experiencia de la vida de esperanza, ¿fuente de una reflexión teológica válida?

La lectura de estos textos, a pesar de su indudable fuerza y de su ceñida belleza expresiva, podría producir una doble perplejidad: el lector, en efecto, podría pensar, por una parte, que el autor está describiendo una experiencia de la gracia divina tan excepcional y de tal intensidad que, en la práctica, sólo llega a ser vivida por un reducido número de afortunados; por otra parte, podría pensar también que detrás de esos textos hay una concepción de la vida cristiana demasiado "desencarnada" e inaccesible, según la cual, aparentemente, el único protagonista de la vida cristiana es Dios mismo, que se ocupa de ahorrarnos el esfuerzo, la energía, el empeño inteligente y perseverante, la solidaridad constante, mientras nosotros simplemente nos dejamos llevar por la gracia, al modo quietista. Podría parecer, en definitiva, que el dinamismo propio de la virtud de la esperanza descrito por el Beato Josemaría refleja tanto un carácter de excepcionalidad como una fundamental inarticulación en la realidad humana, es decir, en lo cotidiano, en la tarea humana de construir un mundo mejor.

Para poder discernir la validez teológica de la reflexión sobre la esperanza del Beato Josemaría es preciso, por tanto, analizar esa reflexión en la doble perspectiva "ecuménica" (o universal) y antropológica. El resultado de este análisis muestra claramente que las reflexiones del Beato Josemaría Escrivá apelan directamente a la concreta situación histórica del hombre y sirven a todo fiel cristiano llamado a santificarse en medio del mundo —ocupándose de cosas humanas y ordenándolas según Dios—, sea cual sea la situación en que se encuentre y el ámbito en que se desarrolle su existencia.

3. LA CONCRECIÓN DE LA VIRTUD DE LA ESPERANZA EN LA LUCHA ASCÉTICA ORDINARIA DEL CRISTIANO

La cualidad "eclesial" y la humana se encuentran profundamente radicadas en la reflexión teológica del Beato Josemaría sobre la virtud de la esperanza. Se comprueba a través de los tres pasos siguientes, que constituyen la parte analítica principal de este estudio.

1. La vida cristiana, con el impulso de la virtud teologal de la esperanza, se configura como una realidad plenamente humana que puede aflorar en todas las situaciones humanas, por limitadas y coyunturales que éstas sean.

2. La fuerza de la esperanza teologal no elimina el empeño humano; es incompatible, por tanto, con la pasividad y con la evasión irresponsable.

3. El reverso de la concreta vitalidad de la virtud de la esperanza es la lucha ascética cristiana vivida a fondo.

1. La esperanza cristiana, una realidad auténticamente humana

Hablando de la relación entre las esperanzas terrenas y la esperanza cristiana, el Beato Josemaría Escrivá se dirige personalmente al lector en un párrafo rico y denso:

«A mí, y deseo que a vosotros os ocurra lo mismo, la seguridad de sentirme —de saberme— hijo de Dios me llena de verdadera esperanza que, por ser virtud sobrenatural, al infundirse en las criaturas se acomoda a nuestra naturaleza, y es también virtud muy humana. Estoy feliz con la certeza del Cielo que alcanzaremos, si permanecemos fieles hasta el final; con la dicha que nos llegará, quoniam bonus (Sal 105, 1), porque mi Dios es bueno y es infinita su misericordia. Esta convicción me incita a comprender que sólo lo que está marcado con la huella de Dios revela la señal indeleble de la eternidad, y su valor es imperecedero. Por esto, la esperanza no me separa de las cosas de esta tierra, sino que me acerca a esas realidades de un modo nuevo, cristiano, que trata de descubrir en todo la relación de la naturaleza, caída, con Dios Creador y con Dios Redentor» (EC 208, c).

El texto es sugestivo. Es evidente que el cristiano no considera su contexto humano —ese mosaico de los variados elementos que envuelven y conforman su existencia ordinaria en el mundo— del mismo modo que quienes, según la lapidaria frase paulina, no tienen esperanza (1 Tes 4, 13). El cristiano comparte con el no cristiano su naturaleza humana, pero no su humanismo, porque se acerca a las realidades de la tierra «de un modo nuevo, cristiano», es decir, con un esfuerzo positivo por «descubrir en todo la relación de la naturaleza con Dios Creador y con Dios Redentor». La acción de la esperanza cristiana —esperanza viva, unida a la caridad— procede directamente, dice el texto, de «la seguridad de sentirme —de saberme— hijo de Dios». El cristiano, por ser hijo de Dios, ve y considera la entera realidad que le rodea a la luz de la acción creadora del Padre, de la acción redentora del Hijo, de la acción santificadora del Espíritu Santo, es decir, del actuar divino, lleno de misericordia, de omnipotencia, de fidelidad. El cristiano, precisamente porque lo espera todo de Dios y lo espera sólo de Él, no deja de "esperar" en las cosas y de las cosas que Él ha creado; no deja de esperar en el hombre ni siquiera cuando éste aparece ante sus ojos como poco fiable —como pecador—, porque se da cuenta de que el sacrificio redentor del Hijo puede vencer en cualquier momento de la historia todas las sombras del pecado y transformar al hombre, hacerle fuerte, fiel, convertirlo en un hijo amoroso, por más que pródigo.

En otros textos, el Beato Josemaría insiste en este ímpetu intensamente humano de la esperanza cristiana. El cristiano participa en la realidad histórica y cultural que le envuelve con un entusiasmo y una fuerza que parecen derivar directamente de la vitalidad divina intrínseca a la virtud de la esperanza. Escribe el Fundador del Opus Dei, por ejemplo:

«El mundo... —"¡Esto es lo nuestro!"... —Y lo afirmas, después de poner la mirada y la cabeza en el cielo, con la seguridad del labriego que camina soberano por su propia mies: "regnare Christum volumus!" —¡queremos que Él reine sobre esta tierra suya!» (Surco, n. 292).

«"Es tiempo de esperanza, y vivo de este tesoro. No es una frase, Padre —me dices—, es una realidad"... Entonces..., el mundo entero, todos los valores humanos que te atraen con una fuerza enorme —amistad, arte, ciencia, filosofía, teología, deporte, naturaleza, cultura, almas...—, todo eso deposítalo en la esperanza: en la esperanza de Cristo» (Surco, n. 293).

«No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor. Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra» (EC 221 b).

Y el optimismo, ese resorte decisivo para emprender cualquier proyecto humano, es presentado teológicamente, por el Fundador del Opus Dei, como manifestación genuina de una esperanza cristiana proyectada sobre las cosas humanas con el objeto de remover los obstáculos que se oponen al progreso terreno:

«Utilizando estos recursos [la recepción del sacramento de la Penitencia y el cumplimiento del deber cristiano], con buena voluntad, y rogando al Señor que nos otorgue una esperanza cada día más grande, poseeremos la alegría contagiosa de los que se saben hijos de Dios... Optimismo, por lo tanto. Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a Él, si aprendemos a arrepentirnos» (EC 219 c).

«Movido por la esperanza», dice el Beato Josemaría Escrivá, el cristiano encara la vida y el mundo, lucha por superar el mal y descubre —redescubre— en lo creado la huella profunda y viva de la alegría y del amor del Padre por lo que ha salido de sus manos; y en esa complacencia divina encuentra apoyo y sostén para su empeño cristiano. Los textos del Beato Josemaría que apuntan en este sentido son muy numerosos[7].

Cabría, sin embargo, preguntarse cómo es posible que la acción vivificante de Dios, que se manifiesta en la esperanza cristiana y lleva al hombre a su realización personal y colectiva, se relacione de modo tan "natural" y espontáneo con la concreta realidad humana e infunda sobre ésta semejante fuerza. Y la respuesta habría de ser, lógicamente, que lo que produce en el quehacer humano y cristiano en todos los ámbitos de este mundo esa fuerza insospechada y perenne es la misma realidad que nos ha convertido en hijos de Dios, la encarnación del Hijo Eterno. Escribe, a este propósito, el Beato Josemaría:

«Tanto se ha acercado el Señor a las criaturas, que todos guardamos en el corazón hambres de altura, ansias de subir muy alto, de hacer el bien. Si remuevo en ti ahora esas aspiraciones, es porque quiero que te convenzas de la seguridad que Él ha puesto en tu alma: si le dejas obrar, servirás —donde estás— como instrumento útil, con una eficacia insospechada» (EC 214 a).

La paternal solicitud de Dios se hace tangible y plenamente humana para quien medita asiduamente sobre la extraordinaria sinfonía de lo humano y lo divino que se da en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre: esa sinfonía se reproduce en la vida de cada bautizado, de cada hijo de Dios, que ha de ser una vida plenamente "crística", es decir, modelada según la hechura de la vida terrena —tan llena de cosas concretas y tan aparentemente ordinaria— de Jesucristo:

«Mezclaos con frecuencia entre los personajes del Nuevo Testamento. Saboread aquellas escenas conmovedoras en las que el Maestro actúa con gestos divinos y humanos, o relata con giros humanos y divinos la historia sublime del perdón, la de su Amor ininterrumpido por sus hijos. Esos trasuntos del Cielo se renuevan también ahora, en la perenne actualidad del Evangelio: se palpa, se nota, cabe afirmar que se toca con las manos la protección divina; un amparo que gana en vigor, cuando vamos adelante a pesar de los traspiés, cuando comenzamos y recomenzamos, que esto es la vida interior, vivida con la esperanza en Dios» (EC 216 a).

2. La fuerza de la esperanza teologal es incompatible con la pasividad y con la evasión irresponsable

Hemos aludido antes a la crítica del Beato Josemaría a las extrapolaciones exclusivamente humanas de la esperanza. En la homilía La esperanza del cristiano, el Fundador del Opus Dei describe incisivamente otro modo de considerar la esperanza que es igualmente incompatible con la doctrina cristiana, por su excesivamente despreocupada "confianza" en Dios. La esperanza, según esta visión, sería una coartada para justificar la irresponsabilidad, el egoísmo sutil, la fantasía que desea escapar del momento presente, la indolencia, la comodidad, la superficialidad, la evasión de la concreta realidad humana y cristiana.

«Con monótona cadencia sale de la boca de muchos el ritornello, ya tan manido, de que la esperanza es lo último que se pierde; como si la esperanza fuera un asidero para seguir deambulando sin complicaciones, sin inquietudes de conciencia; o como si fuera un expediente que permite aplazar sine die la oportuna rectificación de la conducta, la lucha para alcanzar metas nobles y, sobre todo, el fin supremo de unirnos con Dios.

»Yo diría que ése es el camino para confundir la esperanza con la comodidad. En el fondo, no hay ansias de conseguir un verdadero bien, ni espiritual, ni material legítimo; la pretensión más alta de algunos se reduce a esquivar lo que podría alterar la tranquilidad —aparente— de una existencia mediocre. Con un alma tímida, encogida, perezosa, la criatura se llena de sutiles egoísmos y se conforma con que los días, los años, transcurran sine spe nec metu, sin aspiraciones que exijan esfuerzos, sin las zozobras de la pelea: lo que importa es evitar el riesgo del desaire y de las lágrimas. ¡Qué lejos se está de obtener algo, si se ha malogrado el deseo de poseerlo, por temor a las exigencias que su conquista comporta!

»No falta tampoco la actitud superficial de quienes —incluso con visos de afectada cultura o de ciencia— componen con la esperanza poesía fácil. Incapaces de enfrentarse sinceramente con su intimidad y de decidirse por el bien, limitan la esperanza a una ilusión, a un ensueño utópico, al simple consuelo ante las congojas de una vida difícil. La esperanza —¡falsa esperanza!— se muda para éstos en una frívola veleidad, que a nada conduce» (EC 207).

De hecho, esa visión pasiva y desencarnada de la esperanza pretende que Dios se encargue de resolver todos los problemas y preocupaciones que afligen al hombre, de modo que éste pueda eludir cómodamente el empeño responsable, humano y cristiano, en el mundo. Por eso afirma el Beato Josemaría Escrivá:

«Déjate de construir castillos con la fantasía, decídete a abrir tu alma a Dios, pues exclusivamente en el Señor hallarás fundamento real para tu esperanza y para hacer el bien a los demás» (EC 211 a)... «Esos propósitos tan poco delineados me parecen ilusiones falaces, que intentan acallar las llamadas divinas que percibe el corazón; fuegos fatuos, que no queman ni dan calor, y que desaparecen con la misma fugacidad con que han surgido (EC 211 b)[8]. «Militia est vita hominis super terram, et sicut dies mercenarii, dies eius (Job 7, 1), la vida del hombre sobre la tierra es milicia, y sus días transcurren con el peso del trabajo. Nadie escapa a este imperativo; tampoco los comodones que se resisten a enterarse: desertan de las filas de Cristo, y se afanan en otras contiendas para satisfacer su poltronería, su vanidad, sus ambiciones mezquinas; andan esclavos de sus caprichos» (EC 217 b).

Es evidente en las palabras del Beato Josemaría que la acción de la gracia a través de la virtud de la esperanza de ningún modo es incompatible con el esfuerzo inteligente, solidario, realista, adecuado a una concreta situación histórica, del cristiano. La paradoja y la riqueza principal de la reflexión viva y vital del Beato Josemaría sobre la virtud de la esperanza está precisamente en la correspondencia exacta entre la acción divina propia de la virtud de la esperanza y la lucha esforzada del cristiano. Cuando no hay lucha, se puede decir que no hay santidad, no porque la santidad sea un producto de la lucha ascética, sino porque la lucha ascética cristiana no es otra cosa que la concreta y generosa acogida de la gracia de Dios.

3. La lucha ascética cristiana, manifestación de la virtud de la esperanza

Hay diferentes formas de "quietismo" que coinciden en considerar que el efecto propio de la gracia de Dios es simplificar la acción humana, ahorrar al hombre el uso inteligente y perseverante de sus fuerzas, rellenar las lagunas y deficiencias de su debilidad o incompetencia. Sólo un planteamiento de este tipo, se dice, es coherente con la gratuidad de la gracia divina y conduce a la plena confianza en Dios. En relación con la gracia, que nos lleva adelante y nos inspira, toda actividad humana "positiva" sería, en el mejor de los casos, irrelevante, cuando no un obstáculo a la gracia. Mucho se podría hablar sobre las controversias históricas en torno a esta visión, que en este momento está ya un tanto superada. Lo que es evidente para el Beato Josemaría Escrivá es que la gracia de Dios no ahorra el empleo de las energías humanas, sino más bien al revés, induce a la auténtica lucha ascética, «complicando la vida», como tantas veces recordó[9]. En otras palabras, la confianza humana en Dios y en su gracia se refleja precisamente en una perseverante lucha ascética.

El riquísimo entrelazamiento entre la gracia divina y la respuesta humana generosa (humilde pero comprometida e inteligente) está en la misma médula de los escritos del Fundador del Opus Dei. Atendiendo principalmente a la homilía La esperanza del cristiano, se puede decir que sus enseñanzas al respecto se orientan en dos direcciones complementarias: (1) la acción de Dios por medio de la gracia, tal como ya se ha dicho, induce o inspira experimentalmente al hombre a la lucha perseverante por superar los obstáculos que se oponen a una vida cristiana; (2) la libre, personal y confiada respuesta del hombre a esta gracia se manifiesta como lucha ascética concreta y habitual. No se trata, claro está, de una lucha ascética preparativa, es decir, previa a la acción de la gracia o independiente de su lógica, porque la naturaleza de la lucha ascética cristiana está determinada, en su contenido y en su forma, por la lógica de la gracia. Por esta razón, la ascética cristiana es radicalmente distinta de la meramente humana (piénsese, por ejemplo, en la ascesis estoica), porque en ella el cristiano manifiesta conscientemente su confiada esperanza en Dios. Los textos del Beato Josemaría reproducidos a continuación presentan atinadamente este aspecto.

«Acostumbraos a ver a Dios detrás de todo, a saber que Él nos aguarda siempre, que nos contempla y reclama justamente que le sigamos con lealtad, sin abandonar el lugar que en este mundo nos corresponde. Hemos de caminar con vigilancia afectuosa, con una preocupación sincera de luchar, para no perder su divina compañía» (EC 218 b)... «..."Contra spem, in spem!" —vive de esperanza segura, contra toda esperanza. Apóyate en esta roca firme que te salvará y empujará. Es una virtud teologal, ¡estupenda!, que te animará a adelantar, sin temor a pasarte de la raya, y te impedirá detenerte. —¡No me mires así!: ¡sí!, cultivar la esperanza significa robustecer la voluntad» (Surco, n. 780).

Dios está pendiente del hombre, lo espera, es exigente con él; y el hombre camina vigilante para no perder su compañía. "Cultivar la esperanza", esa esperanza divina que impulsa a avanzar sin temor e impide detenerse, significa, por parte del hombre, «robustecer la voluntad».

Tres son las principales manifestaciones prácticas de esta reciprocidad entre la virtud de la esperanza y la lucha cristiana:

1. Sin una decidida lucha ascética, la acción de Dios en el hombre es ineficaz. Los siguientes cinco textos, pertenecientes a la homilía La esperanza del cristiano, exponen esta convicción. Se afirma en ellos, en el fondo, que con nuestra respuesta personal el Señor "obra en nosotros y por medio de nosotros", infundiendo seguridad en nuestra alma, de modo que las dificultades objetivas que nos obligan a luchar no son obstáculo, sino condición para el desarrollo de la vida cristiana, porque nos ofrecen la posibilidad de seguir de cerca a Cristo; por el contrario, cuando no hay una lucha concreta se pierde el sentido y el frescor de la esperanza.

«Por el Bautismo, somos portadores de la palabra de Cristo, que serena, que enciende y aquieta las conciencias heridas. Y para que el Señor actúe en nosotros y por nosotros, hemos de decirle que estamos dispuestos a luchar cada jornada, aunque nos veamos flojos e inútiles, aunque percibamos el peso inmenso de las miserias personales y de la pobre personal debilidad. Hemos de repetirle que confiamos en Él, en su asistencia: si es preciso, como Abraham, contra toda esperanza (Rom 4, 18)» (EC 210 b).

«Tanto se ha acercado el Señor a las criaturas, que todos guardamos en el corazón hambres de altura, ansias de subir muy alto, de hacer el bien. Si remuevo en ti ahora esas aspiraciones, es porque quiero que te convenzas de la seguridad que Él ha puesto en tu alma: si le dejas obrar, servirás —donde estás— como instrumento útil, con una eficacia insospechada. Para que no te apartes por cobardía de esa confianza que Dios deposita en ti, evita la presunción de menospreciar ingenuamente las dificultades que aparecerán en tu camino de cristiano» (EC 214 a).

«Lejos de desalentarnos, las contrariedades han de ser un acicate[10] para crecer como cristianos: en esa pelea nos santificamos, y nuestra labor apostólica adquiere mayor eficacia. Al meditar esos momentos en los que Jesucristo —en el Huerto de los Olivos y, más tarde, en el abandono y el ludibrio de la Cruz— acepta y ama la Voluntad del Padre, mientras siente el peso gigante de la Pasión, hemos de persuadirnos de que para imitar a Cristo, para ser buenos discípulos suyos, es preciso que abracemos su consejo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y me siga (Mt 16, 24). Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales.

»Compréndelo: si, al clavar un clavo en la pared, no encontrases resistencia, ¿qué podrías colgar allí? Si no nos robustecemos, con el auxilio divino, por medio del sacrificio, no alcanzaremos la condición de instrumentos del Señor. En cambio, si nos decidimos a aprovechar con alegría las contrariedades, por amor de Dios, no nos costará ante lo difícil y lo desagradable, ante lo duro y lo incómodo, exclamar con los Apóstoles Santiago y Juan: ¡podemos! (Mc 10, 39)» (EC 216 c-d).

«Cuando no se lucha consigo mismo, cuando no se rechazan terminantemente los enemigos que están dentro de la ciudadela interior —el orgullo, la envidia, la concupiscencia de la carne y de los ojos, la autosuficiencia, la alocada avidez de libertinaje—, cuando no existe esa pelea interior, los más nobles ideales se agostan como la flor del heno, que al salir el sol ardiente, se seca la hierba, cae la flor, y se acaba su vistosa hermosura (Sant 1, 10-11). Después, en el menor resquicio brotarán el desaliento y la tristeza, como una planta dañina e invasora» (EC 211 a)... «Si no luchas, no me digas que intentas identificarte más con Cristo, conocerle, amarle. Cuando emprendemos el camino real de seguir a Cristo, de portarnos como hijos de Dios, no se nos oculta lo que nos aguarda: la Santa Cruz, que hemos de contemplar como el punto central donde se apoya nuestra esperanza de unirnos al Señor» (EC 212 a).

2. En el ejercicio concreto de la lucha ascética se pone confiadamente la mirada en Dios. El cristiano se esfuerza en una lucha práctica y perseverante, en una lucha gozosa, positiva, enamorada, que se manifiesta en el concreto ejercicio de las virtudes humanas, en el cumplimiento del deber, en la caridad con quienes le rodean. Sin embargo, no deja de tener presente que hace eso "por Dios, con el pensamiento en su gloria, con la mirada alta, anhelando la Patria definitiva". Se comprueba en los siguientes pasajes de La esperanza del cristiano:

«Por eso, me convenceré de que tus intenciones para alcanzar la meta son sinceras, si te veo marchar con determinación. Obra el bien, revisando tus actitudes ordinarias ante la ocupación de cada instante; practica la justicia, precisamente en los ámbitos que frecuentas, aunque te dobles por la fatiga; fomenta la felicidad de los que te rodean, sirviendo a los otros con alegría en el lugar de tu trabajo, con esfuerzo para acabarlo con la mayor perfección posible, con tu comprensión, con tu sonrisa, con tu actitud cristiana. Y todo, por Dios, con el pensamiento en su gloria, con la mirada alta, anhelando la Patria definitiva, que sólo ese fin merece la pena» (EC 211 c).

«Si la situación de lucha es connatural a la criatura humana, procuremos cumplir nuestras obligaciones con tenacidad, rezando y trabajando con buena voluntad, con rectitud de intención, con la mirada puesta en lo que Dios quiere» (EC 217 c).

«Esta lucha del hijo de Dios no va unida a tristes renuncias, a oscuras resignaciones, a privaciones de alegría: es la reacción del enamorado, que mientras trabaja y mientras descansa, mientras goza y mientras padece, pone su pensamiento en la persona amada, y por ella se enfrenta gustosamente con los diferentes problemas. En nuestro caso, además, como Dios —insisto— no pierde batallas, nosotros, con Él, nos llamaremos vencedores» (EC 219 a).

Hay en la lucha ascética, por tanto, una confianza filial basada en las promesas del mismo Dios, una confianza no abstracta u ocasional, sino ejercitada «con la mirada alta» en los momentos de mayor cansancio. Y es esta confianza lo que da fuerza, lo que da la auténtica fortaleza divina.

«Te he rogado que, en medio de las ocupaciones, procures alzar tus ojos al Cielo perseverantemente, porque la esperanza nos impulsa a agarrarnos a esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar, con el fin de que no perdamos el punto de mira sobrenatural; también cuando las pasiones se levantan y nos acometen para aherrojarnos en el reducto mezquino de nuestro yo, o cuando —con vanidad pueril— nos sentimos el centro del universo. Yo vivo persuadido de que, sin mirar hacia arriba, sin Jesús, jamás lograré nada; y sé que mi fortaleza, para vencerme y para vencer, nace de repetir aquel grito: todo lo puedo en Aquel que me conforta (Fil 4, 13)» (EC 213 b).

«...La certeza de nuestra nulidad personal —no se requiere una gran humildad para reconocer esta realidad: somos una auténtica multitud de ceros— se trocará en una fortaleza irresistible, porque a la izquierda de nuestro yo estará Cristo, y ¡qué cifra inconmensurable resulta!: el Señor es mi fortaleza y mi refugio, ¿a quién temeré? (Sal 26, 1)» (EC 218 a)[11].

En el texto siguiente, el Beato Josemaría glosa la conocida sentencia de Baltasar Gracián: «Hanse de procurar los medios humanos como si no hubiese divinos, y los divinos como si no hubiese humanos»[12]. En su comentario, el Fundador del Opus Dei insiste en la necesidad de emplear a fondo las fuerzas humanas contra la debilidad presente en todo hombre, emprendiendo «esas ascensiones, esas tareas divinas y humanas de cada día que siempre desembocan en el Amor de Dios».

«No hemos de extrañarnos. Arrastramos en nosotros mismos —consecuencia de la naturaleza caída— un principio de oposición, de resistencia a la gracia: son las heridas del pecado de origen, enconadas por nuestros pecados personales. Por tanto, hemos de emprender esas ascensiones, esas tareas divinas y humanas —las de cada día—, que siempre desembocan en el Amor de Dios, con humildad, con corazón contrito, fiados en la asistencia divina, y dedicando nuestros mejores esfuerzos como si todo dependiera de uno mismo» (EC 214 b).

3. La lucha ascética, con su característico "comenzar y recomenzar", tan familiar a la virtud de la esperanza, se traduce en humildad, en conversión y en penitencia. Son muchos los textos del Fundador del Opus Dei que exponen esta realidad. Por ejemplo:

«Advierte la Escritura Santa que hasta el justo cae siete veces (Pro 24, 16). Siempre que he leído estas palabras, se ha estremecido mi alma con una fuerte sacudida de amor y de dolor... Una sacudida de amor, os decía. Miro mi vida y, con sinceridad, veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy la nada!, pero Él es el todo y, al mismo tiempo, es mío, y yo soy suyo, porque no me rechaza, porque se ha entregado por mí. ¿Habéis contemplado amor más grande? Y una sacudida de dolor, pues repaso mi conducta, y me asombro ante el cúmulo de mis negligencias. Me basta examinar las pocas horas que llevo de pie en este día, para descubrir tanta falta de amor, de correspondencia fiel. Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que Él me repite despacio: meus es tu! (Is 43, 1); sabía —y sé— cómo eres, ¡adelante!» (EC 215 a-c).

La lectura de ese texto del libro de los Proverbios mueve al Beato Josemaría a comunicar su experiencia personal: como criatura, tiene clara conciencia de que él es nada delante de Dios y, paralelamente, de que el Señor es bueno y fiel, de que «es mío, y yo soy suyo»; como pecador, se duele por su falta de correspondencia, pero ese dolor no le quita la paz ni le conduce a la desesperación, porque, a pesar de todo, Dios se muestra siempre fiel y dice suavemente al corazón del cristiano: meus es tu[13].

La vida interior, en consecuencia, difícilmente presentará el perfil rectilíneo de un crecimiento suave y constante, serenamente verificable y cuantificable: más bien se resolverá en un «ir adelante a pesar de los traspiés, comenzando y recomenzando» con tenacidad, porque precisamente los momentos en que parece que las victorias no llegan y se retrocede en la vida espiritual presentan una singular oportunidad de ejercitar la virtud de la esperanza, a través de la cual «se palpa, se nota, cabe afirmar que se toca con las manos la protección divina». Encontramos esta idea en numerosos textos del Beato Josemaría:

«Esos trasuntos del Cielo [la vida de Jesús en la tierra] se renuevan también ahora, en la perenne actualidad del Evangelio: se palpa, se nota, cabe afirmar que se toca con las manos la protección divina; un amparo que gana en vigor, cuando vamos adelante a pesar de los traspiés, cuando comenzamos y recomenzamos, que esto es la vida interior, vivida con la esperanza en Dios» (EC 216 a).

«Debo preveniros ante una asechanza, que no desdeña en emplear Satanás —¡ése no se toma vacaciones!—, para arrancarnos la paz. Quizá en algún instante se insinúa la duda, la tentación de pensar que se retrocede lamentablemente, o de que apenas se avanza; hasta cobra fuerza el convencimiento de que, no obstante el empeño por mejorar, se empeora. Os aseguro que, de ordinario, ese juicio pesimista refleja sólo una falsa ilusión, un engaño que conviene rechazar. Suele suceder, en esos casos, que el alma se torna más atenta, la conciencia más fina, el amor más exigente; o bien, ocurre que la acción de la gracia ilumina con más intensidad, y saltan a los ojos tantos detalles que en una penumbra pasarían inadvertidos. Sea lo que fuere, hemos de examinar atentamente esas inquietudes, porque el Señor, con su luz, nos pide más humildad o más generosidad. Acordaos de que la Providencia de Dios nos conduce sin pausas, y no escatima su auxilio —con milagros portentosos y con milagros menudos— para sacar adelante a sus hijos» (EC 217 a)[14]. «En las batallas del alma, la estrategia muchas veces es cuestión de tiempo, de aplicar el remedio conveniente, con paciencia, con tozudez. Aumentad los actos de esperanza. Os recuerdo que sufriréis derrotas, o que pasaréis por altibajos —Dios permita que sean imperceptibles— en vuestra vida interior, porque nadie anda libre de esos percances. Pero el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer. Basta que los empleemos, como os comentaba antes, con la resolución de comenzar y recomenzar en cada momento, si fuera preciso» (EC 219 b)[15].

Por último, un aspecto central de la lucha cristiana descrita en estas enseñanzas es la conversión, la penitencia, y consecuentemente la recepción asidua del sacramento de la Reconciliación, fuente de alegría y fruto del don de la esperanza, don que el Señor nos concede cada vez con mayor abundancia.

«Acudid semanalmente —y siempre que lo necesitéis, sin dar cabida a los escrúpulos— al santo Sacramento de la Penitencia, al sacramento del divino perdón. Revestidos de la gracia, cruzaremos a través de los montes (cfr. Sal 103, 10), y subiremos la cuesta del cumplimiento del deber cristiano, sin detenernos. Utilizando estos recursos, con buena voluntad, y rogando al Señor que nos otorgue una esperanza cada día más grande, poseeremos la alegría contagiosa de los que se saben hijos de Dios... Optimismo, por lo tanto. Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a Él, si aprendemos a arrepentirnos» (EC 219 c).

4. CONCLUSIÓN: LA VALIDEZ TEOLÓGICA DE LA REFLEXIÓN DEL BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ SOBRE LA VIRTUD DE LA ESPERANZA

¿Se puede, entonces, dar validez teológica, al menos hipotética, a la viva y hermosa reflexión que ha hecho el Beato Josemaría sobre la esperanza en la homilía La esperanza del cristiano y en otros escritos suyos? Después de todo lo visto hasta ahora, la respuesta tiene que ser afirmativa, porque es evidente que la del Beato Josemaría Escrivá es una reflexión de fe a partir de una experiencia cristiana plenamente integrada en la realidad humana: es decir, se trata de una reflexión eclesial y no excepcional. Pero estudiemos ahora con más detenimiento estos dos aspectos: el humano y el eclesial.

1. Una experiencia plenamente humana

La teología siempre ha sostenido que la esperanza es virtud sólo en la medida en que es teologal[16], es decir, sólo en cuanto tiene por objeto el Amor «que sacia sin saciar», sólo en cuanto encuentra su motivación y su fundamento en la misericordia omnipotente y fidelísima de Dios. En el pensamiento de nuestro siglo, por desgracia, ha ejercido una poderosa influencia el prejuicio de que los cristianos, cuando predican esta virtud y la dirigen a su objeto primordial (Dios, el cielo, la vida eterna), evidencian el inconfesado deseo de huir de la realidad, de eludir los múltiples y cambiantes desafíos humanos que presenta el mundo. En consecuencia, ha sido inevitable que, una vez consumado el derrumbe de las filosofías nihilistas, destructoras de la esperanza, las modernas visiones de una esperanza secularizada —directa o indirectamente inspiradas en el pensamiento marxista[17]- hayan cosechado un cierto éxito. El hecho de que éste tampoco haya sido duradero justifica la conclusión de que cualquier reflexión sobre la esperanza que no sea capaz de tocar el corazón del hombre en sus más nobles aspiraciones, que no mueva eficazmente al perseverante esfuerzo en orden a la construcción de un mundo mejor, más justo, más a la medida del hombre, no es creíble. Al mismo tiempo, el agotamiento utópico que caracteriza a este final del milenio nos enseña que sin la acción silenciosa de esa agua viva que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 14), sin ese amor de Dios difundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5), la esperanza tiende a desaparecer o a tornarse meramente espiritual y desencarnada. De manera concisa pero existencial y rigurosa, el Beato Josemaría Escrivá ha enseñado que, por el contrario, esa acción de Dios denominada esperanza, alimentando «maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón» (EC 205 a), se manifiesta plenamente en las concretas situaciones humanas de cada momento histórico como una disposición estable a la lucha para superar los obstáculos, tanto interiores como exteriores, tanto personales como colectivos. En la práctica sería imposible, sin esta esperanza, perseverar en tal esfuerzo.

2. Una experiencia plenamente eclesial y universal

La reflexión del Beato Josemaría sobre la esperanza se desarrolla en dos momentos estrechamente unidos entre sí: por una parte, es una reflexión que, a la luz de la palabra de Dios, profundiza en la experiencia de la gracia, generosamente acogida en la propia vida; por otra parte, que en realidad es inseparable de la anterior, la reflexión del Beato Josemaría se proyecta sobre la Iglesia y la humanidad[18], sobre esa misma experiencia existencial en la vida de muchos hombres y mujeres a los que, con frecuencia, ha removido su propia predicación y su propio ejemplo[19]. La primera reflexión le ofrece la posibilidad de entender y calibrar la segunda; pero, al mismo tiempo, la segunda reflexión, es decir, la nacida de la experiencia de personas que se encuentran en las más variadas situaciones humanas, confirma y ratifica la primera, esto es, la que se origina en la propia experiencia de la gracia.

El Beato Josemaría se da cuenta de que la esperanza florece con fuerza, en su propia vida y en la de hombres y mujeres de toda condición —enfrentados, por tanto, con todos los desafíos pequeños y grandes que la vida terrena presenta—, cuando los sobreabundantes dones de Dios son acogidos con generosidad y perseverancia. Es esta gozosa realidad lo que le impulsa a dirigirse con tanta fuerza y constancia a todos los hombres: «Espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —Él obrará, si en Él te abandonas»[20]. Es también esta experiencia, personal y eclesial a la vez y vivida a fondo, lo que le mueve a gritar a los cuatro vientos su fe y su esperanza inconmovibles en el Dios de Jesucristo.

La virtud teologal de la esperanza ha de considerarse esencial en el conjunto de la reflexión teológica y espiritual del Beato Josemaría. Basta pensar en su infatigable predicación, a lo largo de toda su vida, sobre la llamada universal a la santidad[21]. Cuando se afirma, como ha hecho el último Concilio Ecuménico[22], que la llamada a la santidad es efectivamente universal, lo que en el fondo se está proclamando es que ninguna realidad humana o creada puede obstaculizar o condicionar seriamente el despliegue de la bondad omnipotente de Dios, empeñada en llevar a sus hijos a la plenitud de la santidad en Cristo. En consecuencia, el cristiano puede y debe esperar de Dios la gracia, la abundancia de sus dones, no —por así decir— a pesar de sus propias limitaciones interiores y de los obstáculos exteriores, sino en y por medio de todas las vicisitudes y circunstancias de su concreta existencia.

Paul O'Callaghan

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Consideraciones espirituales, Cuenca 1934, p. 67. Esta colección fue posteriormente ampliada, y en 1939 se publicó con otro título: Camino. El punto citado de Consideraciones espirituales corresponde al n. 731 de Camino.

[2] Cfr., en relación con estas reflexiones metodológicas fundamentales, A. DEL PORTILLO, Significado teológico-espiritual de "Camino", en J. Morales (ed.), "Escritos sobre Camino", Madrid 1989, pp. 45-56.

[3] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, La esperanza del cristiano (8-VI-1968), en "Amigos de Dios", Madrid 1996, nn. 205-221. Las citas de esta homilía, fundamental en la reflexión del Beato Josemaría sobre la esperanza, se indican en adelante con la sigla EC seguida del número y párrafo de la mencionada edición en Amigos de Dios.

[4] «Cuando hables de las virtudes teologales, de la fe, de la esperanza, del amor, piensa que, antes que para teorizar, son virtudes para vivir» (Forja, n. 479).

[5] El teólogo G. GRESHAKE afirma que los santos «no viven de una doctrina, sino que es su vida la que produce una doctrina» (L'uomo e la salvezza di Dio, en AA.VV., "Problemi e prospettive di teologia dogmatica", Brescia 1983, p. 310). Cfr. también las jugosas reflexiones de H. URS VON BALTHASAR, Teologia e santità: "Verbum Caro", vol. 1, Brescia 1985, pp. 200-229.

[6] Estos son algunos de los textos mas representativos: «...La esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras» (EC 205 a); «Aquí, en la presencia de Dios, que nos preside desde el Sagrario —¡cómo fortalece esta proximidad real de Jesús!—, vamos a meditar hoy acerca de ese suave don de Dios, la esperanza, que colma nuestras almas de alegría, spe gaudentes (Rom 12, 12), gozosos, porque —si somos fieles— nos aguarda el Amor infinito» (EC 206 a); «Don de Dios que colma el alma de alegría»...: no se trata, por tanto, de una alegría cualquiera, sino de «la luz y el calor de Dios, y la inefable alegría de la esperanza teologal» (EC 206 b). Cfr. también Camino, n. 659: «La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios»; «...La seguridad de sentirme —de saberme— hijo de Dios me llena de verdadera esperanza que, por ser virtud sobrenatural, al infundirse en las criaturas se acomoda a nuestra naturaleza, y es también virtud muy humana...» (EC 208 c); «Te he rogado que, en medio de las ocupaciones, procures alzar tus ojos al Cielo perseverantemente, porque la esperanza nos impulsa a agarrarnos a esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar, con el fin de que no perdamos el punto de mira sobrenatural...» (EC 213 b); «Advierte la Escritura Santa que hasta el justo cae siete veces (Pro 24, 16). Siempre que he leído estas palabras, se ha estremecido mi alma con una fuerte sacudida de amor y de dolor... Una sacudida de amor, os decía. Miro mi vida y, con sinceridad, veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy la nada!, pero Él es el todo y, al mismo tiempo, es mío, y yo soy suyo, porque no me rechaza, porque se ha entregado por mí... Y una sacudida de dolor... Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que Él me repite despacio: meus es tu!" (Is 43, 1); sabía —y sé— cómo eres, ¡adelante!» (EC 215, a-c); «...De nada sirven todas las maravillas de la tierra, todas las ambiciones colmadas, si en nuestro pecho no arde la llama de amor vivo, la luz de la santa esperanza que es un anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria» (Amigos de Dios, 278 b).

[7] «Ha querido el Señor que sus hijos, los que hemos recibido el don de la fe, manifestemos la original visión optimista de la creación, el "amor al mundo" que late en el cristianismo. —Por tanto, no debe faltar nunca ilusión en tu trabajo profesional, ni en tu empeño por construir la ciudad temporal» (Forja, n. 703). Cfr., especialmente, la homilía Amar al mundo apasionadamente (8-X-1967), en la que el Beato Josemaría explica la expresión «materialismo cristiano».

[8] Sobre la imagen de los «fuegos fatuos», cfr. también Camino, n. 412; Forja, n. 57.

[9] Cfr., por ejemplo, Amigos de Dios, nn. 21 a, 207 a, 223 b; Es Cristo que pasa, n. 19 b; Camino, n. 6; Forja, nn. 900, 902.

[10] Cfr. Surco, nn. 134, 626.

[11] Cfr Camino, n. 473.

[12] B. GRACIÁN, Oráculo manual y arte de prudencia, n. 251.

[13] «Repasad con calma aquella divina advertencia, que llena el alma de inquietud y, al mismo tiempo, le trae sabores de panal y de miel: redemi te, et vocavi te nomine tuo: meus es tu (Is 43, 1); te he redimido y te he llamado por tu nombre: ¡eres mío! No robemos a Dios lo que es suyo. Un Dios que nos ha amado hasta el punto de morir por nosotros, que nos ha escogido desde toda la eternidad, antes de la creación del mundo, para que seamos santos en su presencia: y que continuamente nos brinda ocasiones de purificación y de entrega» (Amigos de Dios, n. 312 b). Cfr. Forja, nn. 12, 123.

[14] «En el camino de la santificación personal, se puede a veces tener la impresión de que, en lugar de avanzar, se retrocede; de que, en vez de mejorar, se empeora... Mientras haya lucha interior, ese pensamiento pesimista es sólo una falsa ilusión, un engaño, que conviene rechazar. —Persevera tranquilo: si peleas con tenacidad, progresas en tu camino y te santificas» (Forja, n. 223); cfr. ibid., n. 222; «Renovad cada mañana, con un serviam! decidido —¡te serviré, Señor!—, el propósito de no ceder, de no caer en la pereza o en la desidia, de afrontar los quehaceres con más esperanza, con más optimismo, bien persuadidos de que si en alguna escaramuza salimos vencidos podremos superar ese bache con un acto de amor sincero» (EC 217 d).

[15] «Insisto, ten ánimos, porque Cristo, que nos perdonó en la Cruz, sigue ofreciendo su perdón en el Sacramento de la Penitencia, y siempre tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo, el Justo... (1 Jn 2, 1-2)... ¡Adelante, pase lo que pase! Bien cogido del brazo del Señor, considera que Dios no pierde batallas. Si te alejas de Él por cualquier motivo, reacciona con la humildad de comenzar y recomenzar; de hacer de hijo pródigo todas las jornadas, incluso repetidamente en las veinticuatro horas del día; de ajustar tu corazón contrito en la Confesión, verdadero milagro del Amor de Dios. En este Sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea, y para retornar sin cansancio a Dios, aun cuando todo te parezca oscuro. Además, la Madre de Dios, que es también Madre nuestra, te protege con su solicitud maternal, y te afianza en tus pisadas» (EC 214 d-e).

[16] Cfr., por ejemplo, SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II, q. 17, a. 1-3.

[17] Pienso especialmente en la influencia que ha tenido la reflexión de E. BLOCH, recogida principalmente en su obra Das Prinzip Hoffnung, Frankfurt am Main 1954, 1955 y 1959. Cfr. P. O'CALLAGHAN, Hope and Freedom in Gabriel Marcel and Ernst Bloch: "Irish Theological Quarterly" 55 (1989) 215-239.

[18] «...He concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide...» (Es Cristo que pasa, n. 99 b).

[19] En el breve prólogo a Camino escribió: «Lee despacio estos consejos. Medita pausadamente estas consideraciones. Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios. «No te contaré nada nuevo. Voy a remover en tus recuerdos, para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. Y acabes por ser alma de criterio».

[20] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Consideraciones espirituales, Cuenca 1934, p. 67.

[21] «Ésta ha sido mi predicación constante desde 1928: urge cristianizar la sociedad; llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano» (EC 210 a).

[22] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, nn. 39-42.

 

 

PURGATORIO

Al morir sucede inmediatamente el Juicio Particular.

No se entienda el juicio con la formalidad del tribunal jurídico, o sea con juez, fiscal, testigos, defensor….

Será una percepción personal ante el Señor. Nuestra propia conciencia nos mostrará la situación de nuestra alma. Las faltas, pecados, delitos, omisiones…, que hayamos cometido, será nuestra propia conciencia la que nos los pondrá en evidencia porque nos impedirán la unión vital con nuestro Señor Jesucristo, el Espiritu Santo y Dios Padre.

Si las faltas no son graves o mortales, esto es, porque no rechazamos a Dios en nuestra vida, entonces podremos vivir en intimidad con Dios, nuestro creador, redentor, salvador, santificador…., una vez que desaparezcan las escorias que lo impidan.

Esto sucederá en el Purgatorio.

Con el anhelo de estar limpio para recibir al Señor, el estado será doloroso.

No como un dolor físico, sino peor. Será un dolor del alma al no poder ser asumida por la Divinidad. Pero sabiendo que ese momento llegará.

Y llegará cuando se reciban los méritos desde la Comunión de los Santos de la Iglesia, puesto que ya no pueden aportarlos personalmente.

Por eso, debemos, estamos obligados a contribuir, a nutrir ese fondo común de gracias en ayuda de las almas del purgatorio.

Mario Ealde

 

 

Buscar y salvar lo perdido

Hay relatos evangélicos que, a pesar de su concisión, recogen como en un arca de tesoros la esencia de la revelación de Cristo. La historia de Zaqueo es un caso ejemplar de esto. El relato concluye así: «El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». Esta es la misión de Cristo: buscar y salvar lo perdido. Como buen Pastor busca la oveja perdida y sale al encuentro de quien más le necesita, como sabemos por la parábola del hijo pródigo.

Si observamos bien, la historia de Zaqueo tiene un gran parecido con la parábola del hijo pródigo. Zaqueo es un pecador público, que se había enriquecido con el dinero de los demás extorsionando a los pobres. Cuando Jesús llega a Jericó, Zaqueo busca discernir quién es, desea verlo y, como era bajo de estatura, se sube a un sicomoro. Como el hijo pródigo que anhela retornar al Padre, surge en él el deseo de ir a Jesús. El hijo pródigo había caído en la pobreza más radical del pecado, pero en esa postración siente la llamada de retornar al Padre y se pone en camino. Zaqueo busca a Jesús y pone todos los medios para encontrarlo.

Cuando Jesús pasa junto a Zaqueo, levanta los ojos hacia él, y le pide que baje del árbol porque quiere comer con él en su casa. Jesús se hace el encontradizo de quien le busca. Zaqueo busca a Jesús, pero, en realidad, es Jesús quien busca a Zaqueo para entrar en su casa, la casa de un pecador público. Este gesto suscita murmuraciones. Un maestro de la ley, como era Jesús, no podía entrar en casa de un pecador ni compartir mesa con él. Pero Jesús supera los convencionalismos porque ha venido a salvar a Zaqueo.

Como en la parábola del hijo pródigo, también la historia de Zaqueo termina en un banquete gozoso donde el pecador público pide perdón de sus pecados y, sobre todo, anuncia su propósito de cambiar de vida. Jesús lo ha ganado para sí, lo ha introducido en su casa, la casa de la misericordia, donde el hombre reconoce sus pecados y siente la necesidad de cambiar de vida. Nos gustaría mucho saber de qué hablaron Jesús y Zaqueo. El evangelista no lo dice, pero constata la consecuencia del encuentro entre ambos: La salvación ha entrado en casa de Zaqueo.

En su encíclica Deus caritas est, el Papa Benedicto XVI afirma: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (n. 1). La historia de Zaqueo es un ejemplo iluminador de esta verdad. Cuando Cristo entra de verdad en la vida de una persona, esta cambia radicalmente. Nada sigue igual. El hombre experimenta que la “salvación” le ha alcanzado. No se trata de una salvación cualquiera, la que nos libera de los problemas de la vida ordinaria. Es una salvación integral, que afecta a la totalidad de nuestro ser y que nos proyecta hacia al futuro con una vitalidad sobrenatural que implica la caridad con los más pobres y necesitados. Se trata de la salvación definitiva que nos arranca del pecado y nos lanza a la vida más allá de la muerte. El banquete de Jesús con Zaqueo, como el que ofrece el padre al hijo pródigo, es un símbolo del banquete del Reino de los cielos, que consumará la historia con una alegría inagotable. Esta es la alegría que invade a Zaqueo cuando Jesús le dice que quiere comer con él.

Hay muchos cristianos que, a pesar de vivir en la Iglesia y sentirse discípulos de Cristo, no han experimentado aún el encuentro transformador con su persona. Les falta dejarse mirar por él, acogerle en su intimidad, tratar con él de la orientación de su vida, y determinarse a vivir a la luz del evangelio que nos invita a la conversión.

+ César Franco. Obispo de Segovia

 

 

Descubrir el sentido común

Alfonso Sánchez-Rey

Transhumanismo.

photo_camera Transhumanismo.

Cada día veo más necesario un libro que descubra las “verdades de Perogrullo”, que a la mano cerrada la llamaba puño. Cuestionarse todo, discutir sobre si a las 12 de la mañana es de noche o es de día, acaba resultando agotador. Tengo la sospecha de que alguien nos ha robado el sentido común, y andamos dando tumbos, buscando al menos una apoyatura que nos sostenga.

Parece que toda persona que llega al mundo, puede reconstruirlo según su criterio, volverlo del revés, estirarlo o encogerlo según le dé. Si resulta que todo deseo que se me puede cruzar por la mente, o salir a borbotones del corazón, lo doy por bueno, le doy legitimidad como si fuera inexorable, tengo un problema. Ni todo lo que pienso, ni todo lo que siento puede plantearse como norma de vida: me gusta esto o me gusta lo otro, pero de ahí a que sea un derecho mío va mucho recorrido. La persona no es, sin más, un sujeto de derechos, unos derechos que están en un crecer constante. Es algo mucho más
grande, es descubrir eso que podría ser el estribillo de una canción: “quiero saber quién soy, y de dónde vengo y hacia dónde voy”. Sin engañarme.

Puede parecer un chiste, pero volviendo a esas verdades de Perogrullo, resulta que yo, antes de existir, no existía. Antes de existir existían muchas cosas, no he sido yo el que ha inaugurado el mundo. Por tanto, no he sido yo el que me he dado la vida, no he sido yo el que me he diseñado, no he sido yo el que me he llamado del no ser al ser, existo independientemente de que yo haya tomado la decisión de existir o no.

Repitámoslo con otras palabras por si queda alguna duda: antes de venir a la vida, no he podido pensarme, sencillamente porque no era nada ni nadie. El existir me viene dado. Pero hay más: una vez que ya existo, que estoy vivo, no soy yo el que me construyo. Si veo un águila volando y me emociona su majestuoso volar, no puedo darme alas para hacer lo mismo, porque no doy para eso. Mi naturaleza, aunque me cueste reconocer este término, no es la de ser un ave, soy algo distinto. Soy una persona humana. Si alguien me dice: “tú eres lo que eres” ante mi pretensión de ser un águila, no me está haciendo una afrenta, no está violentando mi libertad. No me quita un ápice de mi dignidad, antes bien la reconoce y valora.

Existe una ley de la gravitación universal por la que, si tomo en mi mano una piedra, la sostengo en el aire y la suelto, no se queda suspendida, sino que cae. Las cosas no flotan porque yo me empeñe, es más, he que tener cuidado de que no se me escurran de la mano y lastime a quien tengo al lado, o si es un huevo, se convierta en tortilla antes de tiempo. Un ingeniero que tenga que proyectar un avión, no tiene que crear las leyes físicas antes de hacer sus cálculos, hay cosas que le vienen dadas y, solo partiendo de ellas, consigue que algo tan pesado como un artefacto así, pueda sostenerse en el aire y
llevarnos de un sitio a otro. Yo no creo la realidad, la reconozco.

Y ¿a dónde vamos con todo eso? A intentar usar más el sentido común. Los pies nos ayudan a caminar, con los ojos vemos, tenemos dos oídos y una boca… Y no nos ha ido tan mal hasta ahora. Caminar cabeza abajo resulta incomodísimo. Cada vez que el hombre ha jugado a ser aprendiz de brujo, a erigirse como creador, en un sentido o en otro, algo le ha estallado entre las manos, o ha estallado en su interior. Nos viene muy bien una dosis de realismo, y un aprender a mirar más al cielo, porque, si no, nos ocurrirá como el chiste del avión al que se le paran los motores: “capitán, capitán, ¿vamos a tomar tierra? Se va usted a hartar...

 

Redescubrir la verdad de nuestra fe en los días de Todos los Santos y los Fieles Difuntos

Carta del Penitenciario Mayor, Cardenal Mauro Piacenza con motivo de la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

“La indulgencia es una declinación eficaz y accesible de la fe en la communio sanctorum, en la comunión de los santos, que da un amplio aliento a nuestra existencia terrena, y nos recuerda, con extraordinaria eficacia, que nuestras acciones tienen un valor infinito, tanto porque son acciones humanas – y sólo el hombre es capaz de realizar gestos auténticamente libres – como porque, en este caso concreto, son acciones humanas que tienen un valor sobrenatural”, lo escribe el Cardenal Mauro Piacenza, Penitenciario Mayor, en una Carta con motivo de la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

La Iglesia es una realidad divino-humana

En su Misiva, el Penitenciario Mayor recuerda que la Iglesia es una realidad que debe ser entendida no sólo como una realidad humana, sino en su identidad divino-humana. “La Iglesia es siempre Ecclesia de Trinitate; por tanto, debemos tener siempre presente su dimensión celestial, tanto en relación con el Misterio Trinitario, y en particular con la Cabeza que es Cristo, como en el abrazo sincrónico y diacrónico con todos los hermanos salvados que ya han dejado este mundo”.

La Liturgia expresión de una realidad teándrica

Asimismo, el Cardenal Piacenza señala que, esta realidad teándrica de la Iglesia se expresa admirablemente en la Liturgia que, en su sabiduría, une la Solemnidad de Todos los Santos con la Conmemoración de los Fieles Difuntos, haciéndonos casi percibir, a través del calor de la Liturgia y de la claridad de la catequesis que de ella se deriva, el abrazo presente de Dios y de nuestros hermanos. “En estos días santos, tanto en la reflexión personal, a la que nos impulsa universalmente la conmemoración afectuosa de nuestros queridos difuntos, como en la custodia de la meditación y la oración, estamos llamados a extraer abundantemente del tesoro inagotable de la Comunión, que tiene una particular declinación en la realidad de la Indulgencia”.

Aprovechar el tesoro de la misericordia de la Iglesia

Por ello, el Penitenciario Mayor recuerda que es importante cooperar con la participación en la Eucaristía, con la propia oración, con la propia penitencia y la práctica de la limosna, con las obras de misericordia, con la gran obra de redención realizada por Cristo. “Aprovechar el tesoro de la misericordia de la Iglesia en estos días santos, mediante el ejercicio piadoso de la Indulgencia aplicable a uno mismo o a un fiel difunto, significa también renovar la fe mediante el sacramento de la Reconciliación, la Comunión sacramental recibida con la debida disposición y la profesión del Credo de la Iglesia, junto con la oración según las intenciones del Sumo Pontífice. Con estos gestos sencillos y concretos, cada fiel reafirma su plena comunión con la Iglesia, renovando la aceptación de todos los bienes espirituales y sobrenaturales que de ella se derivan”.

Una auténtica experiencia de renovación espiritual

En tal sentido, el Cardenal Piacenza alienta que, los días venideros deben ser una auténtica experiencia de renovación espiritual, en la que, redescubriendo la verdad de nuestra fe, declinada también en la sencillez de los actos que sugiere la tradición espiritual, podamos ver nuestros corazones abiertos a acoger, una y otra vez, los dones de gracia que el Espíritu siempre concede a la Iglesia, seguros de que también el compromiso que pueden implicar las obras de misericordia dará frutos abundantes en nuestra vida personal, en la vida de la Iglesia y para el bien del mundo.

(Renato Martinez – Ciudad del Vaticano, vaticannews.va)

 

 

Otro decálogo

Ana Teresa López de Llergo

Practicar virtudes morales para llevar a cabo lo que dicta la recta inteligencia, así se consigue ejecutar lo bueno.


Decálogo


En el título puse decálogo con minúsculas. Es totalmente intencional. El decálogo al que me refiero no es el de Dios, sino el que proviene de la inmensa, descomunal, imprudentísima, y no sé qué otros adjetivos poner, desvinculación de las personas de su Creador.

Por lo mismo, las iniciativas de ley son múltiples, inconsistentes. Desautorizan todo lo promulgado porque quien las autorizó discrepa con los intereses del grupo que ahora está en el poder. Con lo cual: “sálvese quien pueda”. Todo se vale, hasta el absurdo.

En la actualidad, el argumento para apoyar cualquier actuación se basa en los artículos de la Constitución. Sin embargo, esos artículos sufren modificaciones, mismas que cada vez dependen más de posiciones partidarias y, cuando uno de ellos está en el poder tiene la facilidad para hacer los cambios a su favor. Y, la pregunta es ¿entonces lo bueno es tan precario que depende de los vaivenes del mandatario?

Conviene pensar, para tener una respuesta fundamentada, si es lógico que algo sea bueno cuando se está en un territorio, y a unos cuantos metros en otro territorio lo mismo puede ser malo… Por lo tanto, descubrir el bien no depende de los criterios de las personas sino de la naturaleza de las cosas. Y, esa naturaleza conocida forma un criterio recto y eso sí es causa adecuada de una legislación porque es permanente.

La conclusión debe llevarnos a entender que los artículos inviolables de toda Constitución son los que concuerdan con el Decálogo dado por Dios y no de los que manifiestan el criterio del legislador desvinculado de los Mandamientos recibidos por Moisés.

Del Decálogo de Dios me referiré a algunos aspectos del quinto Mandamiento –no matarás– y del sexto Mandamiento –no cometerás actos impuros–. Porque veo una relación de causa y efecto entre muchas de las actividades de la vida diaria de las personas de nuestro tiempo.

Para conocer el bien y hacerlo se requieren hábitos buenos de la inteligencia y de la voluntad. Es lo mismo que practicar virtudes intelectuales cuya esencia es la búsqueda de la verdad; y practicar virtudes morales para llevar a cabo lo que dicta la recta inteligencia, así se consigue ejecutar lo bueno. El tema es lograr una educación que impulse la práctica de las virtudes.

Desgraciadamente somos testigos de que ahora se impulsa la mentira y la práctica de los vicios, que contradice cualquier educación. Concretamente Netflix produce la serie de Educación Sexual, con imágenes de adolescentes que incitan al libertinaje. Se explota la curiosidad de los jóvenes. Los actores británicos muestran en los primeros minutos del primer episodio a un niño y una niña en plena actividad sexual: el placer por el placer, sin responsabilidad.

Obviamente no se propicia el pudor ni la modestia ni la castidad, sino el desenfreno del vicio. Y entonces la falsa moral ofrece la salida fácil, pero degradante de protegerse del embarazo y de las infecciones de transmisión sexual. Aunque queda el vicio de la incontinencia. La transgresión del Sexto Mandamiento lleva a transgredir el Quinto.

Otra noticia del 16 de enero de 2019: la Junta Escolar Católica de Ottawa proporcionará a los estudiantes de las escuelas primarias un cómic que cuenta la historia de dos niños con mutua atracción sexual.

Una historia de imposición del mal como bien: Una joven acude a su ambulatorio local para abortar. Le remiten a una asociación sin licencia sanitaria para que le faciliten un abortivo químico. El abortivo le afecta gravemente y como no la pueden atender la envían al hospital de Río Negro (Argentina). La atiende el Dr. Rodríguez Lastra. No tiene historial, pero lo primero es estabilizarla y le salva la vida. Luego pacta con ella adelantar el parto al mes 7º en el que el bebé es viable y darlo en adopción. Tanto la joven madre como el equipo social, médico y psicológico del hospital están de acuerdo.

En vez de alabar la acción, una diputada abortista le denuncia por incumplimiento de deber de funcionario público y gana.

El New York Times, diario presuntamente serio, publicó un artículo con el siguiente título: “El embarazo mata. El aborto salva vidas”. Con lo cual, se apoya la inversión de los valores y la confusión. La paz es la guerra, el amor es el odio, la libertad es la esclavitud. Por lo tanto: quemar, desmembrar o succionar el cerebro de un niño en el vientre de su madre ‘salva vidas’.

En contraste con estos hechos, quienes siguen la ley inmutable y veraz, coinciden en sus enfoques a lo largo del tiempo. Así sucede con Juan Pablo II y Francisco.

En un discurso de san Juan Pablo II, en 2004, para el Congreso de la Academia Pontificia para la Vida y la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas señaló:

“Los médicos y trabajadores de la salud, la sociedad y la Iglesia tienen deberes morales para con estas personas de los que no pueden escapar sin fallar en los requisitos de la ética profesional y la solidaridad humana y cristiana.

El paciente en estado vegetativo, mientras espera una recuperación o su final natural, tiene derecho a asistencia médica básica (nutrición, hidratación, higiene, calentamiento, etcétera.) y a la prevención de complicaciones relacionadas con la reposo en cama. También tiene derecho a una intervención de rehabilitación precisa y a controlar los signos clínicos de una posible recuperación".

Francisco, sobre los cuidados paliativos a Vicent Lambert, tetrapléjico de 42 años, escribió en su cuenta en Twitter, el 20 de mayo de 2019: “Roguemos por cuantos viven en estado de grave enfermedad. Custodiemos siempre la vida, don de Dios, desde el inicio hasta su fin natural. No cedamos a la cultura del descarte”.

 

 

El juego compulsivo es una enfermedad

Lucía Legorreta

Se engaña a los miembros de la familia, terapeutas u otras personas para ocultar el grado de implicación con el juego.


Ludopatía


Suele pensarse que la ludopatía es un vicio, un pecado propio de las personas débiles o sin personalidad. La realidad es que la ludopatía o juego patológico es considerado un problema psicológico que afecta diversos aspectos de la vida personal, familiar, laboral, social y económica de la persona.

El Manual DSM-V ha incluido esta enfermedad dentro de la categoría de “trastornos relacionados con sustancias y trastornos adictivos”.

La ludopatía o juego compulsivo es la incontrolable necesidad de mantener el juego a pesar de perjuicio que ocasiona en su vida:

No necesariamente aquella persona con un diagnóstico de ludopatía acude diariamente y a toda sala de juego que encuentra a su paso, sino más bien fija su atención en una o dos y puede acudir sólo fines de semana, a veces por semana o algunas veces al mes.

Según la Asociación Americana de Psiquiatría, se convierte en una adicción o enfermedad cuando se presentan cinco o más de los siguientes criterios:

• Preocupación por el juego.

• Necesidad de jugar con cantidades crecientes de dinero para conseguir el grado de excitación deseado.

• Fracaso repetido de los esfuerzos para controlar, interrumpir o detener el juego.

• Inquietud o irritabilidad cuando intenta interrumpir o detener el juego.

• El juego se utiliza como estrategia para escapar de los problemas.

• Después de perder dinero en el juego, se vuelve otro día para intentar recuperarlo.

• Se engaña a los miembros de la familia, terapeutas u otras personas para ocultar el grado de implicación con el juego.

• Se cometen actos ilegales, como falsificación, fraude, robo o abuso de confianza para financiar el juego.

• Se han arriesgado o perdido relaciones interpersonales significativas, trabajo, pareja y oportunidades educativas o profesionales debido al juego.

• Se confía en que los demás proporcionen dinero que alivie la desesperada situación financiera causada por el juego.

Este juego compulsivo puede tener consecuencias profundas y duraderas:

- problemas de pareja.

- problemas financieros, incluyendo la quiebra.

- problemas legales o encarcelamiento.

- pérdida del empleo o el estigma profesional.

- desarrollo de los problemas asociados, como el alcohol o abuso de drogas.

- suicidio.

Si estás en esta situación o conoces a alguien que lo está, no dejes pasar un día más y busca ayuda profesional. El tratamiento para la lutopatía implica varios enfoques: una psicoterapia (tratamientos psicológicos individual y de grupo); medicamentos y grupos de autoayuda.

Lo más importante es reconocer que existe el problema, enfrentarlo y buscar ayuda de inmediato. No sólo te verás beneficiado, sino que mejorarán tus relaciones familiares, laborales y sociales. En definitiva, tu vida cambiará si te decides a cambiar.

 

 

 

Halloween ¿Cristianismo o paganismo?¿Lo debe celebrar un cristiano?

Por: Tere Vallés

No se puede negar que es divertido disfrazar a los pequeños de la casa y salir con ellos a pedir dulces por las calles, muchos de nosotros tenemos recuerdos gratos de las fiestas de Halloween en donde compartíamos dulces y echábamos mano de todo lo que estaba a nuestro alcance para confeccionarnos el mejor de los disfraces.

Halloween, ¿Lo debe celebrar un cristiano?

Pero no podemos pasar por alto que las fiestas que celebramos reflejan quiénes somos e influyen en nuestros valores. Desgraciadamente muchos cristianos han olvidado el testimonio de los santos y la importancia de rezar por los muertos y se dejan llevar por costumbres paganas para festejar con brujas y fantasmas.

"Halloween" significa (All hallow´s eve), del inglés antiguo, all hallows eve, o Víspera Santa, pues se refiere a la noche del 31 de octubre, víspera de la Fiesta de Todos los Santos. La fantasía anglosajona, sin embargo, le ha robado su sentido religioso para celebrar en su lugar la noche del terror, de las brujas y los fantasmas. Halloween marca un triste retorno al antiguo paganismo, tendencia que se ha propagado también entre los pueblos hispanos.

Raíces paganas de Halloween

Ya desde el siglo VI antes de Cristo los celtas del norte de Europa celebraban el fin del año con la fiesta de Samhein (o La Samon), fiesta del sol que comenzaba la noche del 31 de octubre. Marcaba el fin del verano y de las cosechas. El colorido de los campos y el calor del sol desaparecían ante la llegada de los días de frío y oscuridad.

Creían que aquella noche el dios de la muerte permitía a los muertos volver a la tierra fomentando un ambiente de muerte y terror. La separación entre los vivos y los muertos se disolvía aquella noche y haciendo posible la comunicación entre unos y otros. Según la religión celta, las almas de algunos difuntos estaban atrapadas dentro de animales feroces y podían ser liberadas ofreciéndole a los dioses sacrificios de toda índole, incluso sacrificios humanos. Sin duda Samhein no es otro sino el mismo demonio que en todas las épocas busca implantar la cultura de la muerte.

Aquellos desafortunados también creían que esa noche los espíritus malignos, fantasmas y otros monstruos salían libremente para aterrorizar a los hombres. Para aplacarlos y protegerse se hacían grandes hogueras. Estas hogueras tuvieron su origen en rituales sagrados de la fiesta del sol. Otras formas de evitar el acoso de estos macabros personajes era preparándole alimentos, montando macabras escenografías y disfrazándose para tratar de asemejarse a ellos y así pasar desapercibidos sus miradas amenazantes.

¿Como sabía aquella gente la apariencia de brujas, fantasmas y monstruos?. Al no conocer al verdadero Dios vivían aterrorizados ante las fuerzas de la naturaleza y las realidades del sufrimiento y la muerte. De alguna forma buscaban desahogar aquella situación dándole expresión en toda clase de fantasías. Todo lo feo, lo monstruoso y lo amenazante que se puede imaginar en figuras de animales y seres humanos constituye la base para darle riendas libres a la imaginación del terror.

Mezcla con el cristianismo

Cuando los pueblos celtas se cristianizaron, no todos renunciaron a las costumbres paganas. Es decir, la conversión no fue completa. La coincidencia cronológica de la fiesta pagana con la fiesta cristiana de Todos los Santos y la de los difuntos, que es el día siguiente, hizo que algunos las mezclaran. En vez de recordar los buenos ejemplos de los santos y orar por los antepasados, se llenaban de miedo ante las antiguas supersticiones sobre la muerte y los difuntos.

Algunos inmigrantes Irlandeses introdujeron Halloween en los Estados Unidos donde llegó a ser parte del folklore popular. Se le añadieron diversos elementos paganos tomados de los diferentes grupos de inmigrantes hasta llegar a incluir la creencia en brujas, fantasmas, duendes, drácula y monstruos de toda especie. Desde USA, Halloween se ha propagado por todo el mundo.

Algunas costumbres de Halloween

Trick or Treat

Los niños (y no tan niños) se disfrazan (es una verdadera competencia para hacer el disfraz mas horrible y temerario) y van de casa en casa exigiendo «trick or treat» (truco o regalo). La idea es que si no se les da alguna golosina le harán alguna maldad al residente del lugar que visitan. Para algunos esto ha sido un gracioso juego de niños. Ultimamente esta práctica se ha convertido en algo peligroso tanto para los residentes (que pueden ser visitados por una ganga violenta), como para los que visitan (Hay residentes que reaccionan con violencia y han habido casos de golosinas envenenadas).

La Calabaza

Según una antigua leyenda irlandesa un hombre llamado Jack había sido muy malo y no podía entrar en el cielo. Tampoco podía ir al infierno porque le había jugado demasiados trucos al demonio. Tuvo por eso que permanecer en la tierra vagando por los caminos, con una linterna a cuesta. Esta linterna primitiva se hace vaciando un vegetal y poniéndole dentro un carbón encendido. Jack entonces se conocía como "Jack of the Lantern" (Jack de la Linterna) o, abreviado, Jack-o-´Lantern. Para ahuyentar a Jack-o-´Lantern la gente supersticiosa ponía una linterna similar en la ventana o frente a la casa. Cuando la tradición se popularizó en USA, el vegetal con que se hace la linterna comenzó a ser una calabaza la cual es parte de las tradiciones supersticiosas de Halloween. Para producir un efecto tenebroso, la luz sale de la calabaza por agujeros en forma del rostro de una carabela o bruja.

Fiestas de Disfraces

Una fiesta de disfraces no es intrínsecamente algo malo. Pero si hay que tener cuidado cuando estas se abren a una cultura desenfrenada como la nuestra. Detrás de un disfraz se pueden hacer muchas cosas vergonzosas con impunidad. Con frecuencia se hace pretexto para esconderse y aprovecharse de la situación. Como hemos visto, los disfraces de Halloween tienen origen en el paganismo y por lo general aluden a miedo y a la muerte. Hoy día con frecuencia los disfraces se burlan de las cosas sagradas. Vemos, por ejemplo, disfraces de monjas embarazadas, sacerdotisas, pervertidos sexuales, etc. Nada de eso es gracioso y solo puede ofender a Dios.

Con el reciente incremento de satanismo y lo oculto la noche de halloween se ha convertido en la ocasión para celebrar en grande toda clase ritos tenebrosos desde brujerías hasta misas negras y asesinatos. Es lamentable que, con el pretexto de la curiosidad o de ser solo por pasar el tiempo, no son pocos los cristianos que juegan con las artes del maligno.

Jesucristo es la victoria sobre el mal

La cultura moderna, jactándose de ser pragmática y científica, ha rechazado a Dios por considerarlo un mito ya superado. Al mismo tiempo, para llenar el vacío del alma, el hombre de hoy retrocede cada vez mas al absurdo de la superstición y del paganismo. Ha cambiado a Dios por el mismo demonio. No es de extrañar entonces que vivamos en una cultura de la muerte en la que millones de niños son abortados cada año y muchos mas mueren de hambre y abandono.

Es más fácil dejarse llevar por la corriente de la cultura y regresar al miedo, a la muerte y a un "mas allá" sin Dios porque, sin la fe, el hombre se arrastra hacia la necesidad de protegerse de fuerzas que no puede dominar. Busca de alguna manera con sus ritos exorcizar las fuerzas superiores.

Como católicos, profesamos que solo Jesucristo nos libera de la muerte. Solo Él es la luz que brilla en la oscuridad de los largos inviernos espirituales del hombre. Solo Él nos protege de la monstruosidad de Satanás y los demonios. Solo Él le da sentido al sufrimiento con su Cruz. Solo Él es vencedor sobre el horror y la muerte. Solo Dios basta para quién ha recibido la gracia y vive como discípulo de Cristo. Ante Cristo la cultura de la muerte cede el paso al amor y la vida.

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Los cristianos debemos no solo desenmascarar el mal sino ser además luz en las tinieblas. Debemos abogar por el retorno a la verdadera celebración de la Fiesta de Todos los Santos y la riqueza del festejo del Día de muertos . Se pueden hacer muchas celebraciones en torno al recuerdo de los santos.
Un ejemplo puede ser nuestro Proyecto: Fiesta de Todos los Santos

Los niños se pueden disfrazar de un santo favorito y aprenderse su vida, especialmente sus virtudes, con el fin de imitarlas. Los mayores pueden leer acerca de los santos, tener una fiesta en honor a un santo favorito de la comunidad o de la familia.

En algunas comunidades que aun se mantienen cristianas se puede renovar la costumbre de pueblos españoles de ir de puerta en puerta cantando, tocando instrumentos musicales y pidiendo dinero para las «ánimas del Purgatorio».

Aquellos que hagan el esfuerzo por vivir su fe lograrán en la Fiesta de Todos los Santos recordar que todos somos llamados a la santidad. Podrán conocer la vidas maravillosas de los santos que les ayudarán a vivir el Evangelio. Encontrarán además grandes amigos que intercederán desde el cielo por su salvación.

 

 

 

No regular ideas

Ante el caso sobre si unos videógrafos (los Larsen) tienen derecho a negarse a participar en una boda homosexual. Minnesota (Estado) alegó que el precepto correspondiente de su ley antidiscriminación no regula la expresión de personas, sino la conducta de empresas. Solo indirectamente afecta en algunos casos a la expresión, pero en cuanto está relacionada con conductas prohibidas, no por las ideas que se manifiestan.

La sentencia precisa que la libertad de expresión comprende tanto el derecho de manifestar las ideas propias como el de no manifestar ideas que uno no suscribe. En este caso, Minnesota no pretende regular solamente la conducta de un negocio, pues el producto de que se trata, un vídeo nupcial, es en sí mismo expresión. Por tanto, obligar a los Larsen a producir vídeos de bodas homosexuales supone imponerles la expresión de convicciones que no comparten.

Los jueces de la mayoría concluyen que la ley de Minnesota, en situaciones como esa, efectivamente regula la expresión por su contenido, no de modo incidental. Y eso solo se puede admitir excepcionalmente, por imperioso interés público, como ocurre con el discurso que incita a la violencia contra ciertas personas. No está en ese caso la limitación a la libertad de los Larsen. Con la misma lógica, ejemplifica el tribunal, se podría obligar a un músico ateo, por ser músico, a interpretar piezas religiosas en un acto de culto en una iglesia, aunque él no quisiera.

Jaume Catalán Díaz

 

 

Conocimiento de las peculiaridades de cada sexo

En Estados Unidos, en 2001 se aprobó con amplia mayoría bipartidista la reforma educativa llamada "No Child Left Behind", uno de cuyos artículos facilitaba la enseñanza diferenciada en la escuela pública como una de las posibles medidas para mejorar el rendimiento académico. Una de las diversas razones que subyace bajo la aprobación de esta ley es el respeto a la pluralidad: ofrecer a los padres la posibilidad de elegir esta opción. Para David Chadwell, coordinador del Departamento de Educación  de EEUU, "poder elegir libremente es fundamental para todas las personas, incluyendo a padres, alumnos y profesores. Esto les hace más responsables de los proyectos porque ellos han elegido este modelo entre varias opciones válidas. Además, en democracia, si una parte de la población solicita un modo de educar diferente, el sistema debe proveer los medios para satisfacer esa demanda".

Obviamente, este tipo de enseñanza supone un desafío para los profesores, advierte Chadwell. "La formación del profesor es importante. Los profesores tienen que aprender cómo se pueden optimizar las potencialidades de los alumnos a partir del conocimiento de las peculiaridades de cada sexo".

Enric Barrull Casals

 

 

Los valores del sinsentido

Se ha editado recientemente uno de los últimos libros escritos por Stephan Zweig -Clarissa- una novela que no puede calificarse de corta, pero que, sin duda, no es de las más largas de este autor, quizá también porque, casi seguro, es una novela inconclusa. El editor, en la cubierta posterior, advierte de que posiblemente Zweig quiere mostrar en esta obra el conjunto de valores humanos que ha tenido presentes a lo largo de su vida.

Llama la atención con qué claridad un médico neurólogo, parte importante de la historia, se opone al aborto, cuando Clarissa le pide ayuda para deshacerse del niño que lleva dentro. No es una negación por motivos más o menos utilitaristas o del momento; más bien este doctor –y detrás el autor- está razonando con profundidad para convencer a la joven del peso tan grande que tendrá toda su vida por haber matado a su hijo.

Es muy interesante advertir como a través del joven francés, del que se enamora Clarissa, el autor está haciendo un elogio de los maestros, para los que organiza una especie de Congreso, pensando en que se junten, se conozcan, se valoren mutuamente. Hace ver como esas personas, que permanecen, de modo habitual escondidas, son una base esencial de la sociedad, pues están educando a los jóvenes en los momentos más importantes de si vida.

Un personaje interesante es el padre de Clarissa, militar que dedica toda su vida a investigar, a través de una sistematización exhaustiva de datos, sobre las necesidades que el ejército austriaco puede llegar a tener en caso de guerra. Aunque ya es mayor, al estallar la Gran Guerra, el ejército le repone en su puesto, pues se dan cuenta del valor imprescindible de su trabajo de años. Este hombre, honrado, coherente, es consciente de los problemas que acechan a su país y a Europa y advierte, antes de llegar a aquella terrible guerra, del peligro grandísimo de los nacionalismos, que serán realmente los causantes de los males que luego vendrán a toda Europa y a todo el mundo.

Suso do Madrid

 

 

Deshumanizada humanidad 

 

                                No “pasa el tiempo y el mono humano se humaniza”; y ello avanza, o sea que no se “humaniza más la humanidad”; puesto que la historia “del mono humano”; no es otra cosa que una serie interminable de horrores, producidos por él mismo, que incluso llega a hacerlo, contra sus más allegados “consanguíneos”; horrible pero cierto. Para comprobar ello, sólo hay que leer detenidamente “los desinformativos” que nos sirven, “los negociantes de la noticia” y que nos los ponen, incluso en la propia mesa en que comemos, a través de múltiples pantallas, las que al parecer, “se gozan en amargarnos hasta las comidas”.

                                Cuando esto escribo, se producen dos noticias espeluznantes y que son las que me obligan a tratar de desahogarme comentando las mismas, que son las siguientes: “En Madrid una anciana ha permanecido muerta en su vivienda y durante quince años nadie reparó en tal fallecimiento, que lo fue de muerte natural. En Inglaterra descubren un camión isotérmico, en cuyo interior aparecen casi cuarenta hombres muertos, por congelación, y que son de raza amarilla; y los que trataban de entrar clandestinamente en dicho país”. Ni China, ni algún otro país donde sus habitantes son de dicha raza, muchos días después, “se han preocupado de estos asesinatos”, puesto que asesinatos han sido, ya que se dice, que cuando los descubrieron, “estaban congelados”; cosa tampoco explicable, por cuanto esos modernísimos camiones, tienen un control de temperatura y que se supone, sabe manejar, el conductor de dicho transporte.

                                En el primer caso, pregunto y me pregunto. Esa anciana, tenía familia, si bien no era “cercana”; pero la que seguro que ahora, reclamará los bienes que tuviese esa mujer, como “legítimos herederos”; esa mujer vivía en un piso propio en un bloque de vecinos, que se supone, algunos la conocerían. Cada vivienda y en el portal tiene un buzón de correspondencia y donde llegarían cientos y cientos de sobres (de bancos, cajas de ahorros, gobierno (puesto que debía ser pensionista); también de la electricidad, del gas y de vete tú a saber cuántos orígenes más, ya que como estamos “super controlados, nuestra dirección y datos están en los principales archivos del Estado, multinacionales, bancos y demás controladores de todo”… ¿Nadie reparó en esa acumulación de correspondencia que reitero comprende un tan largo período como es el de quince años? ¿Si era pensionista, no se necesita cada equis tiempo confirmar la fe de vida? ¿No ocurre igual en la relación de bancos y por causas de simple control de identidad? ¿Cómo una personas y en definitiva hablando, puede ser ignorada durante tanto tiempo? Por mucho que me lo expliquen yo no lo entiendo en absoluto.

                                En cuanto a los otros “cuarenta cadáveres”; que son atribuidos a “mafias que de esta forma introducen emigrantes clandestinamente”; ¿cómo puede ocurrir ello, con tanto “adelanto identificativo y policial como cuentan los gobiernos hoy en día? ¿Cuánto soborno y a todas las escalas tiene que haber para que ocurra todo ello? Simplemente, el mundo hoy sigue podrido, o puede que mucho más que en épocas pasadas y que tanto se critican, por cuanto “el pasado es atacable sin peligro alguno”, cosa que con el presente, no se atreven.

                                De cualquier forma, yo pienso, que; “en la dispersión enorme en que hoy se encuentra media humanidad y puede que otra parte de la otra media”, puede estar alguno o todos los motivos de “este desastre mundial”. ¿Por qué? Porque el individuo fuera de “su aldea, pueblo, barrio, o tribu”; se convierte en un nuevo de los “nómadas o lobos solitarios”; y allí donde arriban, pierden sus miedos a los controles que en su lugar de origen, los hay por simple convivencia. Allí y según, “los caminos que recorra y por las circunstancias que sean”; la mayoría de ellos, caen en esa soledad que en inmensa mayoría no sabe encajar; y por ello ocurre todo lo demás, puesto que el “mono humano”, es “un animal social”; y mal que le pese, necesita esa sociedad para vivir (“bien o mal”) a lo largo de toda su vida; solo y lo quiera o no, degenera de las infinitas formas en que nos informan, “los desinformativos que se nutren principalmente de las noticias más repelentes que produce esa calamidad cual es el mono humano actual, el que ya ni vive, si acaso vegeta en las circunstancias en que cada cual ha llegado; y es por lo que ya ni se atreve a tener hijos, casarse como es debido (la hembra es igual que el macho) y crear una familia normal; prefiere comprarse un perro, un gato, “o algunos una culebra o cocodrilo” y convivir con ellos, sus soledades, que deben ser atroces”; puesto que para asumir una soledad, se necesita tener una capacidad bastante grande.

            Sí, por cuanto en soledad, sólo puedes hablar contigo mismo; y curiosamente, según los sabios, “el mayor y mejor discurso que daremos a lo largo de nuestra vida, serán el que nos pronunciemos a nosotros mismos”; puesto que en el yo interior, siempre tendremos el mejor amigo y acompañante, si de verdad, sabemos encontrarlo; lo que nos ayudará enormemente a conllevar esa soledad animal, hasta que de ella nos libere la muerte natural. Pero ocurre que según un muy antiguo sabio, dentro de nosotros moran infinitas fuerzas a las que hay que controlar; son: “Dentro de cada uno de nosotros hay DOCE ENEMIGOS: la ignorancia, la tristeza, la inconstancia, la ambición, la injusticia, la lujuria, la decepción, la envidia, el fraude, la ira, la temeridad y la malicia”. Esta es, en esencia, la doctrina filosófica del egipcio Hermes Trimegisto.

                                De cualquier forma, “si el mono humano dicen que bajamos de los árboles; yo pienso que hace tiempo que estamos desandando el camino y volviendo a ellos”.

 

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

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