Las Noticias de hoy 28 de Octubre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 28 de octubre de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

El Papa invita a “pedir la gracia de sentirnos necesitados de misericordia, interiormente pobres”

Mes del Rosario: El Papa pide rezar por la paz y por los misioneros

Ángelus: Abrir nuevos caminos para anunciar la Buena Nueva

Sínodo: Una “conversión” para convertirse en aliados de los pueblos amazónicos

SAN SIMÓN Y SAN JUDAS, APÓSTOLES*: Francisco Fernandez Carbajal

“Al olvido de sí se llega por la oración”: San Josemaria

“Omnia traham ad meipsum”: Pedro Rodríguez

10 frases sobre el Rosario

A propósito del 28 de octubre: san Simón, y sobre todo San Judas: Mons.Jose Mª Gil Tamayo

LA DEVOCIÓN A LOS DIFUNTOS : primeroscristianos

"Echarle una mano a Dios": José Luis Martín Descalzo

Famosos Científicos Que Creyeron en Dios: Rich Deem

La Civilización Cristiana realizó ideal de perfección social: Acción Familia

Lo que normalmente no se cuenta sobre los GEI en ganadería: Jesús Domingo

Iglesias abiertas. Felicitación: Josefa Romo

Caritas: Pedro García

La pasividad de Sánchez: Juan García.

El Estado y yo: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

El Papa invita a “pedir la gracia de sentirnos necesitados de misericordia, interiormente pobres”

Homilía en la Misa de clausura del Sínodo

octubre 27, 2019 12:17Rosa Die AlcoleaSínodo de la Amazonía

(ZENIT – 27 oct. 2019).- En la Misa de clausura del Sínodo Especial de los Obispos para la Región Panamazónica, el Papa ha reflexionado, a través de la Palabra de Dios anunciada hoy, en tres maneras de rezar, mediante tres personajes: en la parábola de Jesús rezan el fariseo y el publicano, en la primera lectura se habla de la oración del pobre.

Este domingo, 27 de octubre de 2019, tras tres semanas de trabajos sinodales, el Santo Padre ha presidido la Eucaristía en la basílica de San Pedro, acompañado en el altar de la cátedra por el Cardenal Lorenzo Baldisseri, secretario general del Sínodo de los Obispos, el cardenal Cláudio Hummes, relator general, y el cardenal Michael Czerny, secretario especial.

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Oración del fariseo

El fariseo, advierte el Papa, presume porque cumple unos preceptos particulares de manera óptima, pero “olvida el más grande: amar a Dios y al prójimo“. De este modo, no le pide nada al Señor, porque “no siente que tiene necesidad o que debe algo, sino que, más bien, se le debe a él”. “Está en el templo de Dios, pero practica otra religión, la religión del yo”. También los cristianos que rezan y van a Misa el domingo “están sujetos a esta religión del yo“, ha observado.

Así, ha animado a los fieles a rezar “para pedir la gracia de sentirnos necesitados de misericordia, interiormente pobres”, ya que “que sólo en un clima de pobreza interior actúa la salvación de Dios”.

“¡Cuánta presunta superioridad que, también hoy se convierte en opresión y explotación!”, ha observado. “Lo hemos visto en el Sínodo, cuando hablábamos de la explotación de la Creación, de la gente, de los habitantes, de la Amazonía, la trata de personas, el comercio de las personas”, y ha agradecido que “providencialmente hoy” hayan participado en la Misa “no solamente los indígenas de la Amazonía, también los más pobres de la sociedad desarrollada, los hermanos y hermanas enfermas”, palabras aplaudidas por la asamblea.

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Oración del publicano

Mirando al publicano, ha dicho Francisco, “descubrimos de nuevo de dónde tenemos que volver a partir: del sentirnos necesitados de salvación, todos”. Este el “primer paso de la religión de Dios, que es misericordia hacia quien se reconoce miserable”, ha indicado.

Ha recordado que “su oración nace del corazón, es transparente; pone delante de Dios el corazón, no las apariencias. Rezar es dejar que Dios nos mire por dentro sin fingimientos, sin excusas, sin justificaciones. Porque del diablo vienen la opacidad y la falsedad, de Dios la luz y la verdad”. En cambio, ha añadido, “la raíz de todo error espiritual, como enseñaban los monjes antiguos, es creerse justos. Considerarse justos es dejar a Dios, el único justo, fuera de casa”.

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Oración del pobre

Los pobres, dice el Pontífice, son “iconos vivos de la profecía cristiana”. Francisco ha exhortado a pedir “la gracia de saber escuchar el grito de los pobres: es el grito de esperanza de la Iglesia”. Así, “haciendo nuestro su grito, también nuestra oración atravesará las nubes”.

En este Sínodo “hemos tenido la gracia de escuchar las voces de los pobres y de reflexionar sobre la precariedad de sus vidas, amenazadas por modelos de desarrollo depredadores”. Y, sin embargo, ha añadido, “aun en esta situación, muchos nos han testimoniado que es posible mirar la realidad de otro modo, acogiéndola con las manos abiertas como un don”.

Sigue la homilía completa del Papa Francisco en la Eucaristía de clausura del Sínodo Amazónico:

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Homilía del Papa Francisco

La Palabra de Dios nos ayuda hoy a rezar mediante tres personajes: en la parábola de Jesús rezan el fariseo y el publicano, en la primera lectura se habla de la oración del pobre.

1. La oración del fariseo comienza así: «Oh Dios, te agradezco». Es un buen inicio, porque la mejor oración es la de acción de gracias y alabanza. Pero enseguida vemos el motivo de ese agradecimiento: «porque no soy como los demás hombres» (Lc 18,11). Y, además, explica el motivo: porque ayuna dos veces a la semana, cuando entonces la obligación era una vez al año; paga el diezmo de todo lo que tiene, cuando lo establecido era sólo en base a los productos más importantes (cf. Dt 14,22 ss.). En definitiva, presume porque cumple unos preceptos particulares de manera óptima. Pero olvida el más grande: amar a Dios y al prójimo (cf. Mt 22,36-40). Satisfecho de su propia seguridad, de su propia capacidad de observar los mandamientos, de los propios méritos y virtudes, sólo está centrado en sí mismo. No tiene amor. Pero, como dice san Pablo, incluso lo mejor, sin amor, no sirve de nada (cf. 1 Co 13). Y sin amor, ¿cuál es el resultado? Que al final, más que rezar, se elogia a sí mismo. De hecho, no le pide nada al Señor, porque no siente que tiene necesidad o que debe algo, sino que, más bien, se le debe a él. Está en el templo de Dios, pero practica otra religión, la religión del yo. Y muchos grupos ilustrados, cristianos, católicos, van por este camino.

Y además de olvidar a Dios, olvida al prójimo, es más, lo desprecia. Es decir, para él no tiene un precio, no tiene un valor. Se considera mejor que los demás, a quienes llama, literalmente, “los demás, el resto” (“loipoi”, Lc 18,11). Son “el resto”, los descartados de quienes hay que mantenerse a distancia. ¡Cuántas veces vemos que se cumple esta dinámica en la vida y en la historia!

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Cuántas veces quien está delante, como el fariseo respecto al publicano, levanta muros para aumentar las distancias, haciendo que los demás estén más descartados aún. O también considerándolos inferiores y de poco valor, desprecia sus tradiciones, borra su historia, ocupa sus territorios, usurpa sus bienes. ¡Cuánta presunta superioridad que, también hoy se convierte en opresión y explotación! Lo hemos visto en el Sínodo, cuando hablábamos de la explotación de la Creación, de la gente, de los habitantes, de la Amazonía, la trata de personas, el comercio de las personas.

Los errores del pasado no han bastado para dejar de expoliar y causar heridas a nuestros hermanos y a nuestra hermana tierra: lo hemos visto en el rostro desfigurado de la Amazonía. La religión del yo sigue, hipócrita con sus ritos y “oraciones”, –y muchos de ellos son católicos, y se confiesan católicos, pero se han olvidado de ser cristianos y hombres–, olvidándose de que el verdadero culto a Dios pasa a través del amor al prójimo. También los cristianos que rezan y van a Misa el domingo están sujetos a esta religión del yo.

Podemos mirarnos dentro y ver si también nosotros consideramos a alguien inferior, descartable, aunque sólo sea con palabras. Recemos para pedir la gracia de no considerarnos superiores, de creer que tenemos todo en orden, de no convertirnos en cínicos y burlones. Pidamos a Jesús que nos cure del hablar mal y lamentarnos de los demás, de despreciar a nadie: son cosas que no agradan a Dios y providencialmente hoy nos acompañan en esta Misa no solamente los indígenas de la Amazonía, sino también los más pobres de la sociedad desarrollada, hermanos y hermanas enfermas, están con nosotros, aquí en primer lugar. (Aplauso)

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2. La oración del publicano, en cambio, nos ayuda a comprender qué es lo que agrada a Dios. Él no comienza por sus méritos, sino por sus faltas; ni por sus riquezas, sino por su pobreza. No se trata de una pobreza económica —los publicanos eran ricos e incluso ganaban injustamente, a costa de sus connacionales— sino de una pobreza de vida, porque en el pecado nunca se vive bien. Ese hombre se reconoce pobre ante Dios y el Señor escucha su oración, hecha sólo de siete palabras, pero también de actitudes verdaderas.

En efecto, mientras el fariseo está delante en pie (cf. v. 11), el publicano permanece a distancia y “no se atreve ni a levantar los ojos al cielo”, porque cree que el cielo existe y es grande, mientras que él se siente pequeño. Y “se golpea el pecho” (cf. v. 13), porque en el pecho está el corazón. Su oración nace del corazón, es transparente; pone delante de Dios el corazón, no las apariencias. Rezar es dejar que Dios nos mire por dentro sin fingimientos, sin excusas, sin justificaciones. Porque del diablo vienen la opacidad y la falsedad, de Dios la luz y la verdad. Queridos Padres y Hermanos sinodales: Ha sido hermoso y les estoy agradecido, por haber dialogado durante estas semanas con el corazón, con sinceridad y franqueza, exponiendo ante Dios y los hermanos las dificultades y las esperanzas.

Hoy, mirando al publicano, descubrimos de nuevo de dónde tenemos que volver a partir: del sentirnos necesitados de salvación, todos. Es el primer paso de la religión de Dios, que es misericordia hacia quien se reconoce miserable. En cambio, la raíz de todo error espiritual, como enseñaban los monjes antiguos, es creerse justos. Considerarse justos es dejar a Dios, el único justo, fuera de casa.

Es tan importante esta actitud de partida que Jesús nos lo muestra con una comparación paradójica, poniendo juntos en la parábola a la persona más piadosa y devota de aquel tiempo, el fariseo, y al pecador público por excelencia, el publicano. Y el juicio se invierte: el que es bueno pero presuntuoso fracasa; a quien es desastroso pero humilde Dios lo exalta. Si nos miramos por dentro con sinceridad, vemos en nosotros a los dos, al publicano y al fariseo. Somos un poco publicanos, por pecadores, y un poco fariseos, por presuntuosos, capaces de justificarnos a nosotros mismos, campeones en justificarnos deliberadamente. Con los demás, a menudo funciona, pero con Dios no.

Recemos para pedir la gracia de sentirnos necesitados de misericordia, interiormente pobres. También para eso nos hace bien estar a menudo con los pobres, para recordarnos que somos pobres, para recordarnos que sólo en un clima de pobreza interior actúa la salvación de Dios.

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3. Llegamos así a la oración del pobre, de la Primera Lectura. Esta, dice el Eclesiástico, «atraviesa las nubes» (35,17). Mientras la oración de quien presume ser justo se queda en la tierra, aplastada por la fuerza de gravedad del egoísmo, la del pobre sube directamente hacia Dios. El sentido de la fe del Pueblo de Dios ha visto en los pobres “los porteros del cielo”. Ese sensus fidei que hace falta en la declaración final. Ellos son los que nos abrirán, o no, las puertas de la vida eterna; precisamente ellos que no se han considerado como dueños en esta vida, que no se han puesto a sí mismos antes que a los demás, que han puesto sólo en Dios su propia riqueza. Ellos son iconos vivos de la profecía cristiana.

En este Sínodo hemos tenido la gracia de escuchar las voces de los pobres y de reflexionar sobre la precariedad de sus vidas, amenazadas por modelos de desarrollo depredadores. Y, sin embargo, aun en esta situación, muchos nos han testimoniado que es posible mirar la realidad de otro modo, acogiéndola con las manos abiertas como un don, habitando la creación no como un medio para explotar sino como una casa que se debe proteger, confiando en Dios. Él es Padre y, dice también el Eclesiástico, «escucha la oración del oprimido» (v. 16).

Cuántas veces, también en la Iglesia, las voces de los pobres no se escuchan, e incluso son objeto de burlas o son silenciadas por incómodas. Recemos para pedir la gracia de saber escuchar el grito de los pobres: es el grito de esperanza de la Iglesia. Haciendo nuestro su grito, también nuestra oración atravesará las nubes.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Mes del Rosario: El Papa pide rezar por la paz y por los misioneros

“El Evangelio y la paz caminan juntos”

octubre 27, 2019 17:18Anita BourdinAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 27 octubre).- El Papa Francisco renovó su llamado a rezar el Rosario por la paz, después del Ángelus del domingo 27 de octubre de 2019 en la Plaza de San Pedro, al final de este mes de octubre, mes del Rosario pero también mes misionero extraordinario.

“Es el último domingo de octubre, mes misionero, que este año tiene un carácter extraordinario y también es el mes del Rosario”, dijo el Papa en italiano antes de agregar: “Renuevo la invitación a rezar Rosario por la misión de la Iglesia hoy, especialmente para los misioneros y misioneras que enfrentan mayores dificultades. Y al mismo tiempo, seguimos rezando el Rosario por la paz. El Evangelio y la paz caminan juntos”.

 

 

Ángelus: Abrir nuevos caminos para anunciar la Buena Nueva

Palabras del Papa antes de la oración mariana

octubre 27, 2019 13:20Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 27 octubre 2019).- A las 12 del mediodía de hoy, al final de la Santa Misa celebrada en la Basílica Vaticana al finalizar la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica (6-27 de  octubre de 2019) sobre el tema: Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral, el Santo Padre Francisco se asoma a la ventana del estudio del Palacio Apostólico para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro para la cita habitual de cada domingo.

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Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La Misa celebrada esta mañana en San Pedro clausuró la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica. La primera lectura, del Libro de la Sirácide, nos recordaba el punto de partida de este camino: la invocación del pobre, que “atraviesa las nubes”, porque “Dios escucha la oración del oprimido” (Sir 35,21.16). El grito de los pobres, junto con el grito de la tierra, nos ha llegado desde la Amazonía. Después de estas tres semanas no podemos hacer como que no lo hemos escuchado. Las voces de los pobres, junto con las de muchos otros dentro y fuera de la Asamblea sinodal. Pastores, jóvenes, científicos, nos impulsan a no quedarnos indiferentes. A menudo hemos oído hablar de la frase, “más tarde es demasiado tarde”, esta frase no puede seguir siendo un eslogan.

¿Qué fue el Sínodo? Fue, como dice la palabra, un paseo juntos, reconfortados por la valentía y el consuelo que vienen del Señor. Hemos caminado mirándonos a los ojos y escuchándonos con sinceridad, sin ocultar las dificultades, experimentando la belleza de ir hacía delante juntos, para servir. En esto el apóstol Pablo nos estimula en la segunda lectura de hoy (cf. 2 Tm 4,6), en un momento dramático, mientras sabe que está a punto de ser ofrecido como sacrificio y el tiempo de su partida ha llegado. En ese momento escribe: “El Señor ha estado cerca de mi y me ha dado fuerza para que yo pueda llevar a cumplimiento el anuncio del Evangelio a toda las naciones” (véase 17) . Este es el último deseo de Pablo: no algo para sí mismo ni para ninguno de los suyos, sino por el evangelio, para que sea anunciado a todas las naciones. Esto es lo primero de todo y cuenta más que todo.

Cada uno de nosotros se habrá preguntado muchas veces qué puedo hacer de bien por mi propia vida; hoy es el momento, preguntémonos: “Yo, ¿qué cosa de bueno puedo hacer por el Evangelio?” En el Sínodo lo hemos hecho nos hemos preguntado, deseando abrir nuevos caminos para el anuncio del Evangelio. Y, ante todo, hemos sentido la necesidad, como el publicano del Evangelio de hoy (cf. Lc. 18,13-14), nos hemos sentido impulsados a dejar las comodidades de nuestros puertos seguros para ir y navegar en aguas profundas, no en las aguas fangosas de las ideologías  sino en el mar abierto en el cuál el Espíritu nos invita a tirar las redes.

Para el camino que viene, invoquemos a la Virgen María, venerada y amada como Reina de la Amazonía. No se hizo así por conquista, sino por “inculturación” de sí mismo: con el humilde coraje del la madre se convirtió en la protectora de sus hijos, la defensora de los oprimidos, siempre caminando con la cultura del pueblo, no hay una búsqueda standar, no hay una cultura pura que purifica las otras, es el Evangelio puro que se incultura A ella, que en la pobre casa de Nazaret cuidó de Jesús, confiamos a sus hijos más pobres de nuestra casa común.

 

 

Sínodo: Una “conversión” para convertirse en aliados de los pueblos amazónicos

El documento final en 5 capítulos

octubre 27, 2019 14:13Anita BourdinSínodo de la Amazonía

(ZENIT – 27 octubre 2019).- La palabra “conversión” parece ser la palabra clave del documento final del sínodo para el Amazonas, con el corolario de “nuevos caminos”, como deseaba el tema del sínodo: Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para un ecología integral.

“Si no cambiamos, no tendremos éxito”, comentó el cardenal Michael Czerny, jesuita canadiense, del Dicasterio para el Desarrollo Integral, presentando el documento a la prensa, junto con el obispo David Martínez de Aguirre, dominico de Perú, Paolo Ruffini, prefecto del Dicasterio para la Comunicación, y el p. Giacomo Costa, jesuita, de la comisión de información del sínodo, Vaticano, a las 19:40.

El documento final del Sínodo para el Amazonas se publica el 26 de octubre de 2019 en español. Viene en forma de cinco capítulos, una introducción y una conclusión.

La palabra “conversión” y la expresión “nuevos caminos” regresan cinco veces: el mismo Papa insistió, en su discurso final en el sínodo, en la necesidad de “creatividad” para la proclamación del Evangelio en la Amazonía. Una conversión a todos los niveles de la vida de la Iglesia en la Amazonía “integral”, “pastoral”, “cultural”, “ecológica”, “sinodal”.

El documento también muestra los porcentajes de los votos: esto muestra que cada uno de los 120 puntos recibió una mayoría de dos tercios (ninguno por debajo del 75%): los padres sinodales eran 181, el párrafo tenía que llegar a 120 votos para ser adoptado.

Un punto fue unánime, el punto 21 sobre “la Iglesia como una salida misionera”.

Las mujeres, el diaconado permanente y el rito amazónico

Los 3 puntos más “mediáticos” que atrajeron la atención durante el sínodo, a saber, la cuestión de los ministerios de mujeres, la posible ordenación de hombres casados, los ritos amazónicos, se encuentran en el capítulo 5.

En particular, pide que las mujeres (§§ 99-103), que son la mayoría de los líderes de la comunidad católica en la Amazonía, tengan una formación sólida y acceso al lectorado y al acolitado, a raíz de Pablo VI, y la institución de un ministerio de liderazgo comunitario. El sínodo desea mantenerse informado sobre el trabajo de la Comisión sobre las diaconisas en la Iglesia primitiva.

§ 99 sobre el lugar a otorgar obtiene 161 votos (2 sin lugar); § 100 sobre Pablo VI y la hora de la mujer, 168 votos (3 sin lugar); § 101 sobre Liderazgo en comunidades católicas indígenas, 165 (vs. 5); § 102 sobre formación especialmente en teología, 160 (contra 11); § 103 sobre las diaconisas, 137 (contra 30).

Por falta de sacerdotes, el sínodo no se dirige inmediatamente a la ordenación de hombres casados, sino a la promoción del diaconado permanente, como lo sugirió el cardenal Oswald Gracias . El § 106 insiste en la formación adecuada de diáconos permanentes (aprobado por 170 votos a favor contra 2). La ordenación sacerdotal para los diáconos permanentes se contempla en el § 111, que también establece que el celibato sacerdotal es un “don”.

Visualiza los  “criterios” necesarios para “ordenar sacerdotes de hombres que idóneos y reconocidos por la comunidad, que tienen un diaconado permanente fértil y reciben una formación adecuada en el presbiterio, al tiempo que tienen una familia legítimamente constituida y estable”.

El párrafo fue votado por 128 votos a favor y 41 en contra: es la resistencia más fuerte en comparación con los otros párrafos.

Con respecto al rito amazónico, §119 (adoptado por 140 votos contra 29) llama a establecer un “comité competente para estudiar y dialogar, de acuerdo con las costumbres de los pueblos ancestrales, con miras a la elaboración de un rito amazónico, que expresa la herencia litúrgica, teológica, disciplinaria y espiritual de la Amazonía, con una referencia especial a lo que Lumen Gentium afirma para las Iglesias orientales”.

 

 

SAN SIMÓN Y SAN JUDAS, APÓSTOLES*

Fiesta

— Los Apóstoles no buscaron su gloria personal, sino llevar a todos el mensaje de Cristo.

— La fe de los Apóstoles y nuestra fe.

— Amor a Jesús para seguirle de cerca.

I. El Señor, que no tenía necesidad de que nadie diera testimonio de Él1, quiso, sin embargo, elegir a los Apóstoles para que fueran compañeros en su vida y continuadores de su obra después de su muerte. En las primeras expresiones del arte cristiano nos encontramos con frecuencia a Jesús rodeado por los Doce, formando con Él una familia inseparable. No eran estos discípulos de la clase influyente de Israel ni del grupo sacerdotal de Jerusalén. No eran filósofos, sino gentes sencillas. «Es una eterna maravilla ver cómo estos hombres extendieron por el mundo un mensaje opuesto radicalmente en sus líneas esenciales al pensamiento de los hombres de su tiempo, ¡y desgraciadamente, también al de los del nuestro!»2.

Con frecuencia manifiesta el Evangelio el dolor de Jesús por la falta de comprensión de aquellos a quienes confiaba sus pensamientos más íntimos: ¿Aún estáis sin conocimiento ni inteligencia? ¿Aún está vuestro corazón cegado? ¿Tenéis ojos y no veis? ¿Tenéis oídos y no oís?3. «No eran cultos, ni siquiera muy inteligentes, al menos en lo que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban incomprensibles, y acudían al Maestro: Domine, edissere nobis parabolam (Mt 13, 36), Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no haber comprado pan (cfr. Mt 16, 67) (...). Estos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así aparecían antes de que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la Iglesia (cfr. Gal 2, 9). Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres (Mt 4, 19), corredentores, administradores de la gracia de Dios»4.

Los Apóstoles elegidos por el Señor eran muy diferentes entre sí; sin embargo, todos manifiestan una fe, un mensaje... No debe sorprendernos que nos hayan llegado tan pocas noticias de la mayoría de ellos, pues lo que les importaba era dar un testimonio cierto sobre Jesús y la doctrina que de Él recibieron: son el «sobre», cuya única misión es la de transmitir el papel donde va escrito el mensaje, en imagen alguna vez utilizada por San Josemaría Escrivá para hablar de la humildad; solo desean ser instrumentos delante del Señor: lo importante es el mensaje, no el sobre.

De los dos grandes Apóstoles, Simón y Judas Tadeo, cuya fiesta celebramos hoy, apenas nos han llegado unas pocas noticias: de Simón solo sabemos con certeza que fue elegido expresamente por el Señor para formar parte de los Doce; de Judas Tadeo conocemos además que era pariente del Señor, que formuló a Jesús una pregunta en la Última Cena Señor, ¿qué ha pasado para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?5- y que, según la tradición eclesiástica, es el autor de una de las Epístolas católicas. Desconocemos dónde fueron enterrados sus cuerpos y no sabemos bien las tierras que evangelizaron. No se preocuparon de llevar a cabo una tarea en la que sobresalieran sus dotes personales, sus conquistas apostólicas, los sufrimientos que padecieron por el Maestro. Por el contrario, procuraron pasar ocultos y dar a conocer a Cristo. En esto hallaron la plenitud y el sentido de sus vidas. Y, a pesar de sus condiciones humanas, escasas para la misión para la que fueron elegidos, llegaron a ser la alegría de Dios en el mundo.

Nosotros podemos aprender a encontrar la felicidad en cumplir, calladamente, la labor y la misión que el Señor nos ha encomendado en la vida. «Te aconsejo que no busques la alabanza propia, ni siquiera la que merecerías: es mejor pasar oculto, y que lo más hermoso y noble de nuestra actividad, de nuestra vida, quede escondido... ¡Qué grande es este hacerse pequeños!: “Deo omnis gloria!” toda la gloria, para Dios»6.

Así seremos verdaderamente eficaces, pues «cuando se trabaja única y exclusivamente por la gloria de Dios, todo se hace con naturalidad, sencillamente, como quien tiene prisa y no puede detenerse en “mayores manifestaciones”, para no perder ese trato irrepetible e incomparable- con el Señor»7. «Como quien tiene prisa», así hemos de pasar de una labor a otra, sin detenernos demasiado en consideraciones personales.

II. Los Apóstoles fueron testigos de la vida y de las enseñanzas de Jesús, y nos transmitieron con toda fidelidad la doctrina que habían oído y los hechos que habían visto. No se dedicaron a difundir teorías personales, ni remedios sacados de la propia experiencia: Os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad8, escribe San Pedro. San Juan nos dice con insistencia: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la Vida (...) os lo anunciamos a vosotros9. Y San Lucas, que no sabemos si recibió una enseñanza directa del Señor, afirma que va a describir por su orden desde el origen todos los sucesos de la vida de Cristo conforme nos los tienen referidos los que desde el principio fueron testigos de vista y ministros de la palabra10. De aquella primera comunidad cristiana de Jerusalén conocemos que perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles11. La enseñanza de los Doce, no la libre interpretación de cada uno, ni la autoridad de los sabios, es el fundamento de la fe cristiana.

La voz de los Apóstoles es el eco diáfano de las enseñanzas de Jesús, que resonará hasta el fin de los siglos: su corazón y sus labios desbordan veneración y respeto por sus palabras y por su Persona. Un amor que hace exclamar a Pedro y a Juan, ante las amenazas del Sanedrín: nosotros no podemos dejar de decir de lo que hemos visto y oído12.

Esa misma fe es la que, de generación en generación, custodiada por el Magisterio de la Iglesia, con la asistencia continua del Espíritu Santo, ha llegado hasta nosotros. En estas verdades ha habido y continúa existiendo un desarrollo y crecimiento como el de la semilla que llega a ser un gran árbol. La Iglesia es el canal por el que nos llega, enriquecida por la gracia divina, la enseñanza de Cristo13. Esta es la que nosotros debemos dar a conocer en la catequesis, en el apostolado personal, los sacerdotes en su predicación...

Muchos siglos nos separan de los Apóstoles que hoy celebramos. Sin embargo, la Luz y la Vida de Cristo que ellos predicaron al mundo sigue llegando hasta nosotros. «¡La luz de Cristo no se extingue! Los Apóstoles transmitieron esta luz a sus discípulos y estos a los suyos, hasta llegar a nosotros a través de los siglos y hasta el fin de los tiempos. Por cuántas y cuán distintas manos ha pasado esta luz (...). A todos les debemos un gran reconocimiento. También para nosotros, la grey que en estos días se acerca a sus pastos, tiene Él previstos maestros, pastores y sacerdotes. Él obra por sus pobres brazos la maravilla de nuestra salvación. Él cuida de nosotros con amor divino. Todas las estrellas traen de Él su resplandor. Todos los mares le cantan. Todos los cielos le alaban»14. No dejemos de hacerlo nosotros.

III. Simón y Judas Tadeo, como el resto de los Apóstoles, tuvieron la inmensa suerte de aprender de labios del Maestro la doctrina que luego enseñaron. Compartieron con Él alegrías y tristezas. ¡Qué santa envidia les tenemos! Muchas cosas las aprendieron en la intimidad de su conversación para transmitirlas luego a los demás: Lo que os he susurrado al oído, predicadlo por encima de los tejados15. Ningún milagro les había de pasar inadvertido, ninguna lágrima y ninguna sonrisa dejaría de tener importancia. Son los testigos, los transmisores. Los Doce consideraban esta íntima unión con el Maestro tan esencial que cuando han de completar el número, después de la defección de Judas, pusieron una única condición indispensable: Es necesario, por tanto, que de los hombres que nos han acompañado todo el tiempo en que el Señor Jesús vivió con nosotros, empezando desde el bautismo de Juan hasta el día en que partió de entre nosotros, uno de ellos sea constituido con nosotros testigo de su Resurrección16.

Estos hombres estuvieron con Jesús en las fatigas del apostolado, en el descanso cuando Él les enseñaba con voz pausada los misterios del Reino, en las caminatas agotadoras bajo el sol... Compartieron con Él las alegrías cuando las gentes respondían a su predicación, y las penas al ver la falta de generosidad de otros para seguir al Maestro. «¡Con qué intimidad se confiaban a Él, como a un padre, como a un amigo, casi como a su propia alma! Le conocían por su noble porte, por el cálido tono de su voz, por su manera de partir el pan. Se sentían inundados de luz y estremecidos de alegría, cuando sus ojos profundos se posaban sobre ellos y la voz de Él vibraba en sus oídos. Enrojecían, cuando los reprendía por su pobreza de espíritu, y cuando los corregía, humillaban sus rostros curtidos por los años como niños atrapados en una falta... Se sentían profundamente impresionados, cuando les hablaba una y otra vez de su Pasión. Amaban a su Maestro, y le seguían no solo porque querían aprender sus doctrinas, sino sobre todo porque le amaban»17.

Pidamos hoy a estos Santos Apóstoles, Simón y Judas, que nos ayuden a conocer y a amar cada día más al Maestro, al mismo que ellos siguieron un día, y que fue el centro sobre el que se orientó toda su vida.

1 Jn 2, 25. — 2 O. Hophan, Los Apóstoles, p. 16. — 3 Mc 8, 17. — 4 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 2. — 5 Jn 14, 22. — 6 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 1051. — 7 ídem, Surco, n. 555. — 8 2 Pdr 1, 16. — 9 1 Jn 1, 1. — 10 Jn 1, 1-3. — 11 Hech 2, 42. — 12 Hech 4, 20. — 13 San Atanasio, Carta I a Serapión, 28. — 14 O. Hophan, o. c., pp. 46-47. — 15 Mt 10, 27. — 16 Hech 1, 21. — 17 O. Hophan, o. c., p. 25.

Simón, llamado también Zelotes quizá por haber pertenecido al partido judío de los celadores de la ley, era natural de Caná de Galilea. Judas, de sobrenombre Tadeo (el valiente), es señalado explícitamente desde antiguo, por la tradición eclesiástica, como autor de la Epístola de San Judas. Predicaron la doctrina de Cristo, según parece, en Egipto, Mesopotamia y Persia, y murieron mártires en defensa de la fe.

 

“Al olvido de sí se llega por la oración”

La mayor parte de los que tienen problemas personales, “los tienen” por el egoísmo de pensar en sí mismos. (Forja, 310)

Cada uno de vosotros, si quiere, puede encontrar el propio cauce, para este coloquio con Dios. No me gusta hablar de métodos ni de fórmulas, porque nunca he sido amigo de encorsetar a nadie: he procurado animar a todos a acercarse al Señor, respetando a cada alma tal como es, con sus propias características. Pedidle que meta sus designios en nuestra vida: no sólo en la cabeza, sino en la entraña del corazón y en toda nuestra actividad externa. Os aseguro que de este modo os ahorraréis gran parte de los disgustos y de las penas del egoísmo, y os sentiréis con fuerza para extender el bien a vuestro alrededor. ¡Cuántas contrariedades desaparecen, cuando interiormente nos colocamos bien próximos a ese Dios nuestro, que nunca abandona! Se renueva, con distintos matices, ese amor de Jesús por los suyos, por los enfermos, por los tullidos, que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... Y, enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz.
Al invitarte a esas confidencias con el Maestro me refiero especialmente a tus dificultades personales, porque la mayoría de los obstáculos para nuestra felicidad nacen de una soberbia más o menos oculta. Nos juzgamos de un valor excepcional, con cualidades extraordinarias; y, cuando los demás no lo estiman así, nos sentimos humillados. Es una buena ocasión para acudir a la oración y para rectificar, con la certeza de que nunca es tarde para cambiar la ruta. Pero es muy conveniente iniciar ese cambio de rumbo cuanto antes. (Amigos de Dios, 249)

 

“Omnia traham ad meipsum”

Estudio de Pedro Rodríguez, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, publicado en 'Romana', nº 13 (1991).

Trabajo06/06/2015

Opus Dei - “Omnia traham ad meipsum”

El sentido de Juan 12, 32 en la experiencia espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer

El 7 de agosto de 1931, en la Santa Misa, al alzar la Sagrada Hostia después de la consagración eucarística, las palabras de San Juan, cap. 12, v. 32 quedaron grabadas a fuego en el alma de Josemaría Escrivá de Balaguer. Vinieron «a mi pensamiento —escribió aquella misma tarde— con fuerza y claridad extraordinarias». Las "oyó" en el tenor latino de la Vulgata: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum. Tenía entonces 29 años y todavía no hacía tres que había fundado el Opus Dei. Fue la de aquella mañana una experiencia mística de su espíritu, semejante a otras que se habían dado —y se seguirían dando— en la vida del Siervo de Dios. Me refiero a la irrupción de lo divino en su alma bajo la forma de loquela o locutio divina[1]. A un primer movimiento de temor ante la Majestad de Dios, siguió la paz del "Ne timeas!", soy Yo. «Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas»[2].

Josemaría Escrivá vivió esta experiencia sobrenatural, y así lo explicó numerosas veces, en un horizonte claramente fundacional, es decir, en estricta relación con el espíritu de la Obra que el Señor le había confiado. El 2 de octubre de 1928 había "visto" el Opus Dei[3] y el 14 de febrero de 1930 supo que el Señor quería en él también a las mujeres[4]. Ahora, en aquella mañana de agosto de 1931, Dios le hizo entender con insospechada hondura el sentido santificador y salvífico de la tarea de esos «hombres y mujeres de Dios». La comprensión de esas palabras de Cristo —que el Espíritu Santo le concedió— aparecía a sus ojos como definitoria del espíritu y de la misión del Opus Dei. Puede decirse, en consecuencia, que esa inteligencia del texto bíblico —que predicó continuamente desde entonces— contribuyó de manera decisiva a configurar su concepción de la vida cristiana en el mundo y a conferirle su peculiar significado en el patrimonio espiritual de la Iglesia. Por otra parte, se constituye —la comprensión de que hablamos— en una aportación del Fundador del Opus Dei a la incesante búsqueda eclesial del sensus plenior del texto joánico.

La experiencia del 7 de agosto se ofrece a la reflexión teológica en un doble momento: por una parte, aparece la palabra misma de la Escritura, pronunciada por Dios en el alma del Siervo de Dios (vino «a mi pensamiento»), y, a la vez, «entendida» por él con una rara profundidad («y comprendí»). Por otra parte, le fue concedido no sólo oír y comprender —la misión que el Señor le encargaba— a la luz del texto de San Juan, sino ver el triunfo de Cristo y el misterioso realizarse de la tractio salvífica desde la Cruz. Ambos momentos aparecen, obviamente, unidos en aquel evento espiritual. Son, sin embargo, de naturaleza teológica diversa. Este segundo momento, de honda naturaleza mística, orienta la reflexión en una línea que escapa, al menos de manera inmediata, a la tematización teológica. El primero, en cambio, que fue objeto por el propio Fundador de sucesivas meditaciones, es el que se ofrece directamente al discurso propiamente teológico y el que ahora nos interesa considerar, también en su doble aspecto: la palabra oída y, con ella, su comprensión —que es igualmente sobrenatural—, fruto de aquella irrupción de Dios.

Quiere esto decir que una reflexión sobre la experiencia del 7 de agosto de 1931 ha de ser básicamente una meditación teológico-bíblica, al hilo de la inteligencia del misterio de Cristo que le fue concedida al discípulo amado: a Juan, "el Teólogo", como le llama la Tradición. En esa línea se mueve, a mi parecer, la mística comprensión que Mons. Escrivá alcanzó de estas palabras evangélicas. Veamos, pues, primero, el texto bíblico y su contexto; después, los textos en los que el Siervo de Dios expresó su comprensión; finalmente, lo que "comprendió", tematizado teológicamente.

I. El texto de San Juan y su contexto[5]

1. El texto de Juan 12, 32

El versículo que nos ocupa se encuentra dentro de una célebre sección del Evangelio joánico: Juan 12, 20-36. Con ella concluye San Juan el ministerio público de Jesús y se dispone a narrar, a partir del capítulo 13, lo que ocurrió a partir de aquella "noche memorable": el misterio de la muerte y resurrección del Señor. La citada sección anticipa el sentido salvífico de ese misterio, ofreciéndonos la teología joánica de la Cruz. la ocasión de estos desarrollos vino dada por aquellos griegos que querían ver a Jesús (vv. 20-22). Pero, inmediatamente, estos hombres van a quedar como mero trasfondo: no se vuelve a hablar de ellos. La respuesta de Jesús va más allá: «Ha llegado la hora en la que el Hijo del hombre va a ser glorificado» (v. 23). Toda la sección es como un desarrollo del sentido de estas palabras. «Con gran fuerza creadora ha encontrado el evangelista una conclusión adecuada al ministerio público de Jesús: es una mirada a su muerte en cruz (vv. 24.33), pero que él considera como la hora de la «exaltación» del Hijo del hombre (vv. 23.32) y, por ende, de la glorificación y triunfo de Jesús (vv. 31s). De la muerte brotará la vida, como lo evidencia la imagen del grano de trigo (v. 24); y no sólo para Jesús, sino para todos cuantos le siguen y «sirven» (v. 26). La «glorificación» de Jesús se contempla aquí sobre todo en su fecundidad universal, en la atracción que ejerce sobre todos los hombres dispuestos a creer. La victoria sobre el adversario de Dios, el "señor de este mundo" (v. 31), se convierte en una victoria misionera en el mundo humano, como lo subraya el evangelista contemplando su propio tiempo. El enfrentamiento con el judaísmo persiste hasta la última frase (vv. 34-36); pero la llamada a la fe está formulada de tal modo que pasa a ser un requerimiento actual a todos los hombres que entre las tinieblas del mundo suspiran por la luz verdadera»[6].

En esta secuencia de ideas el v. 32 tiene una fuerza reveladora culminante: «Y yo, cuando sea levantado (exaltatus fuero) de la tierra, atraeré a todos hacia mí». Es, en efecto, uno de los textos más representativos de algo característico del Cuarto Evangelio, subrayado por toda la Tradición[7], a saber, que es precisamente en la Cruz donde comienza a revelarse la gloria y el triunfo de Cristo[8]. La exaltación, en nuestro versículo, se refiere, pues, de manera inmediata a la elevación de Cristo en la Cruz. Pero esa cruz alzada sobre la tierra, aunque no es todavía formalmente la glorificación de Jesús[9], apunta cristológicamente a la resurrección y ascensión de Jesús al Padre, es decir, a la glorificación de Cristo en sentido estricto; pues la Cruz, al ser el lugar eminente de la obediencia de Cristo al Padre, se constituye por ello mismo en el camino de la glorificación de Jesús, anticipando la gloria de Cristo a los ojos de la fe[10]. Esta consideración cristológica comporta esta otra soteriológica: esta Cruz es gloriosa porque en ella se revela con la máxima intensidad el misterio del infinito amor de Dios a la humanidad y a toda la creación: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito» (Jn 3, 16); en la Cruz el Padre glorifica al Hijo proclamándole Salvador del mundo. La salvación alcanzará al hombre —y en él a toda criatura— a través de la "atracción" que ejerce el Salvador Crucificado, atracción que demuestra la (exousía), el poder de Cristo crucificado y glorioso, y que no es otra cosa que la "expansión" de su amor infinito, de la caridad del Padre y del Hijo[11]. La Cruz es gloriosa porque el enemigo ha sido vencido en ella de manera total, y la tractio divina de la Cruz no tiene otro límite, por decirlo con la expresión de Schnackenburg, que «la resistencia de la incredulidad»[12].

El Fundador del Opus Dei "oyó" el versículo de Juan —ya lo hemos dicho— en el tenor literal de la Vulgata, tal como la leía y meditaba entonces la Iglesia. Según el texto griego que leyó San Jerónimo, la tractio divina se ejerce sobre "tá pánta", omnia, todas las cosas (aspecto cósmico de la redención). La lección crítica hoy más aceptada —acogida en la Neovulgata— lee "pántas", omnes, todos los hombres (aspecto antropológico). En realidad las dos lecturas, que están sólidamente testificadas, son complementarias: la una incluye a la otra. Según los exégetas, el sentido teológico de las dos lecturas es el mismo[13].

2. Juan 3, 14 como contexto remoto

La doctrina de Juan 12, 32 está en íntima relación con los otros lugares del Evangelio de San Juan que desarrollan el tema "exaltación del Hijo del hombre", especialmente, con Juan 3, 14s: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él». La proximidad temática y espiritual de los dos pasajes es tan acusada, que su estudio conjunto nos parece fundamental para la comprensión de la experiencia del 7 de agosto. La meditación cristiana a lo largo de los siglos ha captado cómo ambos textos se iluminan mutuamente, y se recubren el uno al otro para revelarnos el misterio de la exaltación soteriológica de Cristo. El texto de Juan 3 alude primeramente al episodio de Num 21, 4-9, donde se nos cuenta cómo los israelitas, que habían sido castigados con una plaga de serpientes venenosas, quedaban curados al mirar la serpiente de bronce que el Señor mandó a Moisés levantar. San Juan —como dice San Cirilo de Alejandría— pasa a continuación «de la historia a la tipología»[14] y se sirve del episodio —usado aquí por primera y única vez en el Nuevo Testamento— para explicar el misterio de la Cruz de Cristo.

Jesús no dice, en ninguno de los dos pasajes, en qué consiste la exaltación de la que habla. El discípulo amado lo "supo" después y lo hizo constar en Juan 12, 33: Jesús, cuando hablaba de su exaltación, se refería a la muerte con la que había de morir. Pero es el mismo Jesús el que nos dice explícitamente en Juan 3, 15 la finalidad última de su exaltación en la Cruz: la salvación, la vida eterna. Por otra parte, cada uno de los dos pasajes sitúa, entre el hecho de la exaltación —la Cruz— y la finalidad última —la vida eterna—, una realidad intermedia, que aparece como la finalidad próxima de la exaltación. En Juan 12, 32 esa realidad es la tractio de la Cruz. La exaltación es el camino por el que Jesús atrae hacia sí a todos y a todas las cosas: esa atracción que Cristo ejerce desde la Cruz es lo que lleva al hombre a la salvación, a la vida eterna. En Juan 3, 14, en cambio, Cristo es exaltado a la Cruz, puesto en alto, precisamente para que pueda ser mirado y visto por los hombres. Se entiende que se trata del mirar que lleva a ver, es decir, de la mirada de la fe, como lo dice expresamente Jesús en el versículo siguiente: «para que todo el que crea en él no perezca». El hombre se salva en esta mirada (fe y amor: «fe que obra por la caridad», Gal 5, 6) al Crucificado. Juan 12 subraya, pues, la potencia redentora de los actos de Cristo: la tractio divina de la Cruz. Juan 3, por su parte, pone en primer plano la necesidad de la colaboración del hombre: que el hombre "mire" a su Salvador (que le atrae). Pero las dos dimensiones o realidades intermedias se encuentran en ambos textos con sus contextos. No olvidemos, por ejemplo, que Juan 12, 32 es la culminación de las palabras de Cristo en respuesta a la demanda de aquellos prosélitos griegos que dijeron a los discípulos: «Queremos ver a Jesús». Aquellos hombres querían "verle", pero de una manera terrena, aunque llena de calor humano y simpatía. Por eso la sección que comentamos va a ser en realidad una detenida explicación de en qué consiste verdaderamente "ver a Jesús": dónde, cómo y cuándo puede "verse" a Jesús. Jesús viene a decir: Todos podrán verme cuando sea exaltado a la Cruz y les atraiga.

El tema "ver", "mirar", nos lleva necesariamente a Juan 19, 34-37. Cristo ya está en la Cruz y ha recibido aquella lanzada en el costado, del que brotó sangre y agua (v. 34). Juan mismo nos asegura que él lo vio y que dice la verdad (v. 35), y que esto sucedió para que se cumpliese la Escritura, que dice (Zac 12, 10): «Mirarán al que traspasaron» (v. 37). Es difícil exagerar la importancia de este verso de Zacarías en la meditación joánica de la Cruz, que es como el desarrollo de lo que él vio en Jesús, traspasado por la lanza. Esta es la mirada humana que "ve" a Cristo. La palabra griega para videbunt no significa un simple mirar, un mirar superficial, sino un mirar penetrante, que "ve" la realidad: en nuestro caso, que llega por el costado abierto hasta el corazón de Jesús, que alcanza el misterio y descubre, por tanto, la paradójica gloria de Cristo en la Cruz. En lograr "verle" va la vida del hombre, nos va la vida (en el sentido de Juan: vida eterna). Pero sólo ve el que mira con la mirada de la fe[15]. El paradigma de esta mirada que conoce y salva la ofrece en el mismo Calvario el Centurión, «que vio lo que había sucedido» y creyó (cfr. Lc 23, 47) y, sobre todo, el Buen Ladrón, que "reconoce" en el Crucificado al Rey del universo: «Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino» (Lc 23, 39-43). Esta teología es la que está detrás de la liturgia del Viernes Santo, en la que la Iglesia canta: «Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo».

Pero el tema de la mirada se abre a nuevos horizontes. Porque junto a la mirada del hombre a Jesús, y precediéndola, está la mirada de Jesús a los hombres. Jesús "mira" desde la Cruz, nos mira[16]: «Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba...» (Jn 19, 26). El encuentro salvífico con Cristo en la Cruz se expresa en el Evangelio de Juan en la antropología de la mirada: Cristo mirando (con el amor infinito de Dios) y siendo mirado (con fe). Nuevamente da luz sobre el tema la tipología de la serpiente que Moisés alzó en el desierto. La tradición cultural semita (y humana en general) —dicen los antropólogos— ha reparado en la fascinación que, ya desde el primer capítulo del Génesis, ejerce la serpiente sobre quienes la miran. El evangelista, al poner en relación a la serpiente de bronce con Cristo y con la tractio divina de Juan 12, piensa sin duda en el influjo fascinante —en la tractio— que Cristo va a ejercer sobre los que le "miren". Para San Juan, Cristo —más aún, Cristo en la Cruz— es fascinante para el hombre[17]. Por eso «es necesario»[18] que Cristo sea levantado en alto, para que pueda ser visto y atraer a todos los que le "miren" con la mirada de que hablamos[19].

3. Otros textos complementarios

Debemos traer a colación otro texto del mismo Evangelio: Juan 11, 52. El Evangelista, después de narrar que Caifás profetizó que Jesús iba a morir por toda la nación (v. 51), agrega: «y no sólo por la nación, sino para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos» (v. 52). Toda la Escritura, y San Juan muy especialmente, ve el efecto del pecado en la ruptura, en la separación, en la dispersión: el hombre, al separarse de Dios, rompe su propia e interna unidad y se enfrenta a los demás hombres y a la Creación, se pierde y se dispersa. La exaltación de Cristo en la Cruz, al atraer a los hombres, provoca la unidad de los que estaban separados. «Congregavit nos in unum Christi amor», canta la Iglesia. La tractio divina que procede de la Cruz forja la unidad de los hombres. La recomposición de la unidad, en todos sus aspectos —unidad del hombre en su ser y de los hombres entre sí; Iglesia, congregatio fidelium— es fruto de esa divina atracción que procede del Crucificado[20].

Un último texto para comprender bíblicamente la experiencia del 7 de agosto. San Juan 19, 30 describe la muerte de Cristo en la Cruz con estas palabras: «E inclinando la cabeza entregó el espíritu», aludiendo —es su sentido más obvio e inmediato— a la separación del alma y el cuerpo. Pero la tradición ha "leído" muchas veces espíritu con mayúscula: el Espíritu, que el Hijo envía de parte del Padre (cfr. Jn 15, 26). El último suspiro de Jesús, sobre todo en la teología joánica (cfr. Jn 7, 37-39), es el preludio de la efusión del Espíritu. Mons. Escrivá de Balaguer parece tener presente este texto y esta teología cuando dice: «El Espíritu Santo es fruto de la Cruz»[21]. Porque siendo la exaltación de Cristo su encaminamiento a la gloria del Padre —misteriosamente anticipada en la Cruz— es, por ello, el camino para la misión del Espíritu, fructifica en el Espíritu, por medio del cual Cristo y el Padre nos atraen desde dentro de cada uno de nosotros. «Les da el Espíritu Santo —ha escrito Juan Pablo II[22]- como a través de las heridas de su crucifixión: "Les mostró las manos y el costado". En virtud de esta crucifixión, les dice: "Recibid el Espíritu Santo". Se establece así una relación profunda entre el envío del Hijo y el del Espíritu Santo. No se da el envío del Espíritu Santo (después del pecado original) sin la cruz y la resurrección: "Si no me voy, no vendrá a vosotros" el Paráclito (Jn 16, 7)».

4. La atracción de Cristo

A partir de los textos bíblicos que hemos expuesto, se hace posible indagar la naturaleza de esa tractio divina que Cristo ejerce desde la Cruz. Hablando teológicamente, Cristo es "atractivo", "atrayente", de una doble manera: primero, ofreciéndose como objeto al espíritu del hombre, y, además, transformando la interioridad del sujeto humano. Desde fuera y desde dentro, podríamos decir, si no fuera tan pobre el lenguaje:

a) El primer modo es el sentido habitual, conversacional, de la expresión, que alcanza aquí inaudita profundidad. De una persona se dice que es atrayente cuando, al mirarla y ver sus cualidades, etc., sentimos que ella, sus valores y su manera de vivir, lo que representa y propone, es algo que se mete dentro y nos influye. A veces hablamos de una atracción "irresistible". La atracción suscita en quien se siente atraído un conjunto de actos personales encaminados a compartir el destino personal con la persona "atractiva". Cristo —éste es el mensaje de San Juan—, en la objetividad de su muerte redentora, atrae porque en El se revela el misterio del amor infinito de Dios, que transparenta su gloria; es decir, los que miran a Jesús "exaltado" se encuentran "objetivamente" atraídos por la fuerza de ese amor divino que ven glorioso al mirar la Cruz. Esta comprensión de la Pasión del Señor parece contradictoria con lo que "objetivamente" veían no sólo los que pasaban por el camino y se mofaban de Jesús, sino los mismos discípulos: el fracaso y el hundimiento de todo triunfo y de toda belleza. Por eso, para San Juan esta primera forma de la tractio de Cristo en la Cruz sólo puede darse en el seno de la segunda.

b) En efecto, sólo si Cristo nos hace ver, vemos al mirar. Cristo, decíamos, "atrae" desde la Cruz por lo que El objetivamente es y por lo que vale su vida y su muerte. Objetividad ésta, sin embargo, que el hombre no puede descubrir por sus solas fuerzas; sólo la alcanza si está movido por el Espíritu Santo. Pero es Cristo precisamente el que, al morir, nos mereció y nos entregó el Espíritu, como vimos. Mediante el Espíritu, Cristo nos hace ver (en el sentido joánico: reconocer y ser atraído) el misterio de su Cruz. Si al mirar al Crucificado vemos el amor del Padre, ello es porque el Espíritu ha venido a nosotros y, por tanto, Cristo ha comenzado a atraernos. Ciertamente es el hombre, el sujeto humano, el que ve; pero ve porque el Espíritu Santo, "desde dentro", le hace ver. Esta es la acción del Espíritu en nosotros: abrirnos los ojos para ver a Cristo (hacernos "comprender" que el Crucificado es el Salvador, que en El está el Camino, la Verdad y la Vida) e impulsarnos a seguirle, uniendo nuestra vida a la suya[23].

De esta manera oteamos algo sobre cómo Cristo es el que atrae —porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo, y a quien el Hijo quisiere revelárselo» (Mt 11, 27)— y por qué a la vez el mismo Cristo puede decirnos: «Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae» (Jn 6, 44). El Padre —«principium sine principio»— es el que atrae de manera fontal[24]: atrae haciendo "atractivo" a Cristo y enviando per Christum el Espíritu Santo para que podamos verle (a Cristo) y, en El, al Padre.

II. Los textos de Mons. Escrivá de Balaguer sobre Juan 12, 32

Son numerosos. Ofrecemos los principales agrupados con un cierto orden:

1. El texto originario y su eco en la Instrucción del 1-IV-1934

a) El texto originario. En sus Apuntes íntimos, el Fundador del Opus Dei ha dejado escrito, como ya dijimos, el relato de esa intervención de Dios en su alma, escrito y fechado el mismo 7 de agosto de 1931. Ese día la diócesis de Madrid-Alcalá celebraba la fiesta de la Transfiguración del Señor[25]. Alude Mons. Escrivá de Balaguer, con agradecimiento a Dios, al profundo cambio interior que se había obrado en su alma desde que llegó a Madrid en 1927. Y a continuación, refiriéndose a la celebración de la Santa Misa de ese día, escribe:

«Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme —acababa de hacer in mente la ofrenda al Amor misericordioso—, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serían los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas»[26].

b) En la Instrucción del 1 de abril de 1934, el Fundador del Opus Dei ofrece ya su comprensión "operativa" del pasaje joánico. El texto —que se sitúa en el inicio mismo de la Instrucción, dedicada a explicar a los miembros del Opus Dei la misión apostólica de la Obra y la necesidad de suscitar por todas partes hombres y mujeres que se entreguen a ella— es determinante de todo el horizonte apostólico que en ella se describe, que adquiere un carácter programático y de urgencia:

«Carísimos: Jesús nos urge. Quiere que se le alce de nuevo, no en la Cruz, sino en la gloria de todas las actividades humanas, para atraer a sí todas las cosas (Jn 12, 32)»[27]. Continúa hablando del reinado de Jesucristo[28], para proseguir en clave eucarística: «Mas, para cumplir esta voluntad de nuestro Rey Cristo, es menester que tengáis mucha vida interior: que seáis almas de Eucaristía, ¡viriles!, almas de oración...». Y prosigue describiendo a los hombres y a las mujeres que vivan así como "otros" Cristos: «... haciendo que se repita muchas veces por quienes os tratan en el ejercicio de vuestras profesiones y en vuestra actuación social, aquel comentario de Cleofás y de su compañero de Emaús: nonne cor nostrum ardens erat in nobis dum loqueretur in via? ¿acaso nuestro corazón no ardía en nosotros, cuando nos hablaba en el camino? (Luc 24, 32)»[29].

2. Rememoraciones del 7 de agosto

Se trata de dos textos de estructura muy semejante, en los que Mons. Escrivá de Balaguer rememora y explicita formalmente la experiencia de 1931, reflexionando sobre el sentido de la comprensión de Juan 12, 32 que entonces alcanzó:

a) El primero dice así: «Aquel día de la Transfiguración, celebrando la Santa Misa en el Patronato de enfermos, en un altar lateral, mientras alzaba la Hostia, hubo otra voz sin ruido de palabras. Una voz, como siempre, perfecta, clara: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum! (Jn 12, 32). Y el concepto preciso: no es en el sentido en que lo dice la Escritura; te lo digo en el sentido de que me pongáis en lo alto de todas las actividades humanas; que, en todos los lugares del mundo, haya cristianos, con una dedicación personal y libérrima, que sean otros Cristos»[30].

b) El otro corresponde a la predicación de 1963: «... cuando un día, en la quietud de una iglesia madrileña, yo me sentía ¡nada! —no poca cosa, poca cosa hubiera sido aún algo—, pensaba: ¿tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? (...). Y allá, en el fondo del alma, entendí con un sentido nuevo, pleno, aquellas palabras de la Escritura: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32). Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño..., entonces omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!»[31].

3. Exposiciones desarrolladas

a) Homilía "Cristo presente en los cristianos"[32]. El n. 105 sigue un iter idearum paralelo al de la Instrucción de 1-IV-1934 arriba citada, pasando, como allí, del texto de San Juan al tema del Reinado de Cristo y glosando también el encuentro con los discípulos de Emaús. Mons. Escrivá de Balaguer hace una extensa exposición del tema: primero, el texto: «Informar el mundo con el espíritu de Jesús; colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum, cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí». Después, su sentido cristológico abarcante: viene a decirnos que la "exaltación sobre la tierra" comprende toda la vida de Cristo, desde la Encarnación a la Resurrección. Finalmente, el mensaje que comprendió el 7 de agosto: proclamar la realeza de Cristo en todas las encrucijadas de la tierra, llevando «a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña». El pasaje de Emaús en este contexto se prolonga en el tema del cristiano ipse Christus: Cristo que atrae a través de quienes viven así la vida ordinaria —los corazones de quienes les encuentren (les miren) deben arder al tratarlos—, pues el cristiano ha de ser el bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, que atrae. La inserción en Cristo es tema del nº 106. El esquema es: Cristo, exaltado en la Cruz, nos ha "mirado", y, por la fe y los sacramentos —sobre todo la Eucaristía—, el cristiano "mira" a Cristo y se siente continuamente atraído por él e introducido en la unidad de la Iglesia. «Por eso, como Cristo, ha de vivir de cara a los hombres, mirando con amor a todos y cada uno de los que le rodean, y a la humanidad entera». Tema del n. 107: «Pero para ser ipse Christus hay que mirarse en Él» .

b) Homilía en la fiesta de Cristo Rey[33]. Es tal vez el lugar donde Mons. Escrivá de Balaguer se expresa más formalmente acerca de nuestro asunto. El texto es demasiado extenso para reproducirlo aquí. La secuencia de ideas es fundamentalmente idéntica a la de la Instrucción del 1934: el texto de Juan, su significado para la misión apostólica[34], el Reinado de Cristo, el cristiano ipse Christus («abrazar la fe cristiana es comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús»). Hay en este número una hermosa y profunda síntesis de doctrina joánica y paulina[35].

c) Entrevista publicada en "L'Osservatore della Domenica", 19-V-1968[36]. Texto y comprensión en forma definitoria. «Desde hace muchísimos años, desde la misma fecha fundacional del Opus Dei, he meditado y he hecho meditar unas palabras de Cristo que nos relata San Juan: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum. Cristo, muriendo en la Cruz, atrae a Sí la Creación entera, y, en su nombre, los cristianos, trabajando en medio del mundo, han de reconciliar todas las cosas con Dios, colocando a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas». Es interesante este pasaje por muchas razones, empezando por la implícita declaración fundacional. El texto de San Juan, es evidente, no aparecía de improviso en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer, sino que había sido objeto de su meditación —según él mismo dice— desde la fundación misma del Opus Dei. Pero el 7 de agosto hay una irrupción de luz de Dios que trasciende a la vez que corrobora aquella repetida meditación.

d) Homilía en la fiesta del Corpus Christi[37]. El versículo de San Juan aparece aquí en contexto eucarístico. Prolonga las afirmaciones eucarísticas que hace Mons. Escrivá de Balaguer en el citado texto inicial de la Instrucción de 1934. Ambos son fundamentales para este aspecto de Juan 12, 32, como veremos más adelante. Es interesante observar que el Fundador del Opus Dei no parte aquí del texto de Juan, sino que llega a él desde la Eucaristía. Está predicando, como decíamos, el día del Corpus Christi, y describe la procesión que tiene lugar en esa jornada. De ahí pasa a la procesión «de todos los días», que ha de ser el paso del cristiano (coherente con su fe) en las actividades de la vida ordinaria. El cristiano, en sus actividades seculares santificadas, «es Cristo que pasa», y por eso desprende el bonus odor Christi. He aquí el texto: «Vamos, pues, a pedir al Señor que nos conceda ser almas de Eucaristía, que nuestro trato personal con El se exprese en alegría, en serenidad, en afán de justicia. Y facilitaremos a los demás la tarea de reconocer a Cristo, contribuiremos a ponerlo en la cumbre de todas las actividades humanas. Se cumplirá la promesa de Jesús: Yo, cuando sea exaltado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí».

4. Formulaciones breves de la "comprensión"

Junto a estos textos mayores, apoyados explícitamente en el verso joánico, se encuentran en las obras de Mons. Escrivá de Balaguer textos breves, muy condensados, en los que ya no se cita ni se referencia el texto de Juan, para ir directamente a la "comprensión" del texto adquirida aquel 7 de agosto. Son pasajes que muestran cómo aquella experiencia caló hondo y configuró su concepción de la existencia cristiana.

a) «Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo»[38]. La tractio divina genera el reinado de Cristo y la paz propia de ese reino.

b) «Dios nos ha llamado a todos para que le imitemos; y a vosotros y a mí para que, viviendo en medio del mundo —¡siendo personas de la calle!—, sepamos colocar a Cristo Señor Nuestro en la cumbre de todas las actividades humanas honestas»[39].

c) «Trabaja siempre, y en todo, con sacrificio, para poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres»[40].

d) «Por la enseñanza paulina, sabemos que hemos de renovar el mundo con el espíritu de Jesucristo, que hemos de colocar a Señor en lo alto y en la entraña de todas las cosas. —¿Piensas tú que lo estás cumpliendo en tu oficio, en tu tarea profesional?»[41]. Aquí aparece de nuevo el interesante desarrollo de la fórmula —"en lo alto y en la entraña"— que ya habíamos encontrado en la homilía pascual de 1963: «Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los de Éfeso (Ef 1, 10); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum, cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí»[42].

5. Textos que dilatan la cristología de Juan 12, 32

Incluimos bajo este epígrafe algunos pasajes de las obras de Mons. Escrivá en los que la perspectiva de aquel 7 de agosto, ligada a Juan 12, 32, se proyecta a la consideración de la entera vida histórica de Cristo:

a) Jesús en su vida oculta: «Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a Sí todas las cosas»[43].

b) «Sus brazos —lo admiramos de nuevo en el pesebre— son los de un Niño: pero son los mismos que se extenderán en la Cruz, atrayendo a todos los hombres»[44].

c) En la sección ya referida de la homilía pascual[45], después de transcribir Juan 12, 32 y como explicando su sentido espiritual, se lee: «Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la Creación, Primogénito y Señor de toda criatura». Centro, se entiende, de atracción e irradiación.

III. El sentido espiritual de Juan 12, 32 según Mons. Escrivá de Balaguer

Recogidos los textos sobre nuestro tema, tratemos ahora de penetrar un poco más en ellos[46]. La comprensión del versículo que le fue concedida al Fundador del Opus Dei es, sencillamente, la que él mismo explica: desde el texto de los Apuntes íntimos, donde narra la experiencia sobrenatural que nos ocupa, hasta los numerosos comentarios al versículo de San Juan que hemos transcrito.

En las notas a pie de página que Mons. del Portillo preparó para la citada Instrucción de abril del 34 se contiene un comentario e interpretación del correspondiente pasaje que nos parece interesante por muchas razones, entre otras —y no es la menor de ellas—, porque demuestra la "recepción" que ya los primeros miembros del Opus Dei hicieron del sentido espiritual del texto que les proponía el Fundador.

«El Señor, con esas palabras que nos ha conservado San Juan en su Evangelio, afirmaba que cuando muriera en lo alto de la Cruz, se haría la obra de la Redención: éste es el sentido literal. La luz nueva que el Padre vio en ese anuncio del Señor fue: hemos de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas honestas, trabajando en medio del mundo, en la calle —somos gentes de la calle— para corredimir con Jesús, para reconciliar las cosas del mundo con Dios, para que el Señor atraiga a sí todo. ¿Y cómo pondremos a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas? Haciendo nuestro trabajo ordinario —cada uno el suyo— lo mejor que podamos, incluso humanamente, por amor de Dios: ahí está la entraña de la Obra. Es la santificación de todas las actividades humanas: es convertir los quehaceres del mundo —todos, escribe el Padre: nuestro apostolado no conoce límites— en cosa santa, y en medio de santificación propia y ajena».

Siguiendo el texto de Mons. Escrivá de 1947, se distingue entre el sentido literal y el sentido espiritual del texto, y se describe este último —la "comprensión" del 7 de agosto de 1931— de la manera más rigurosa. En esta línea podemos continuar indagando las implicaciones teológicas de lo entonces "comprendido".

1. Redención objetiva y subjetiva

Cristo es el Redentor del hombre, de toda la humanidad. La palabra Redención, en su sentido teológico más abarcante —como cuando decimos la "obra de la Redención", la "economía de la Redención"—, designa los actos redentores de Cristo y la acción santificadora del Espíritu para la salvación de cada hombre (economía "sacramental" y eclesiológica). La teología clásica ha llamado "redención objetiva" a la que Cristo hizo de una vez por todas ("efápax", semel, Heb 7, 27) en su vida, muerte y resurrección: desde Belén a la gloria del Padre; o dicho de manera concentrada, al estilo joánico, la que realizó en su histórica —datada en tiempo y espacio— exaltación en la Cruz. La "redención subjetiva" vendría a ser el despliegue espacial y temporal de esa "redención objetiva" —merecida y obtenida por Cristo en la Cruz— en los hombres y mujeres concretos; nuclearmente se identifica con la tractio de Cristo en la Cruz, que alcanza al hombre concreto; se realiza en el mundo por la misión del Espíritu y la mediación de la Iglesia (orden de la sacramentalidad) y se finaliza en el Dios Trino a través de la Iglesia misma en cuanto que es comunión de los hombres con Dios, incoada in terris, consumada in patria. Hermosamente ha expresado esta teología Juan Pablo II en su encíclica sobre el Espíritu Santo: «La redención es realizada totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y actuado con el poder del Espíritu Santo, ofreciéndose finalmente en sacrificio supremo sobre el madero de la Cruz. Y esta Redención, al mismo tiempo, es realizada constantemente en los corazones y en las conciencias humanas —en la historia del mundo— por el Espíritu Santo, que es el "otro Paráclito"»[47].

Lo que Dios le hizo comprender y ver a Mons. Escrivá se mueve, sobre todo, en el orden de la "redención subjetiva", en el plano de la acción del "otro Paráclito": el Señor le hizo entender a lo divino cómo entraba en su plan salvífico que Cristo hiciera en el mundo esa tractio para conseguir la cual Cristo fue exaltatus en la Cruz. Mons. Escrivá expresó esa comprensión suya de la "redención subjetiva" con la terminología misma del texto de Juan 12, 32, concretamente con el término exaltatus, que se refiere de manera inmediata a la dimensión objetiva de la obra redentora; lo cual pide precisión en el análisis para identificar plenamente el mensaje que Dios le hizo entender. Veamos, pues, en primer lugar qué es la exaltatio de que habla el Fundador del Opus Dei.

2. Alzar de nuevo a Cristo

La terminología, ya lo hemos visto, es: levantar (la Cruz), ser alzado (Cristo); colocar, poner a Cristo en la cumbre, en lo alto, en la entraña. Todos los términos se refieren a una "nueva" exaltación de Cristo: «quiere que se le alce de nuevo». Teniendo en cuenta la unicidad, irrepetibilidad y perfecta suficiencia del Sacrificio de Cristo en la Cruz, es evidente que Mons. Escrivá hablaba en el que hoy llamamos "orden de la sacramentalidad", es decir, de la presencia en la historia de los actos históricos redentores de Cristo. Mons. Escrivá está respondiendo a la cuestión: ¿cómo alcanza al hombre hoy la redención que Cristo hizo de una vez por todas en la Cruz? Su respuesta se enmarca en la de la Tradición: Cristo alcanza al hombre a través de la Iglesia, que es el sacramento universal de la salvación. La Iglesia —tanto en su dimensión institucional y jerárquica, como a través del testimonio personal y comunitario de los fieles—, al ejercer la misión que Cristo mismo le confió, es el signo y el instrumento por el que Cristo y su acción redentora se hacen presentes en el mundo. Con palabras de Juan Pablo II: «El Espíritu Santo viene después de Cristo y gracias a El, para continuar en el mundo, por medio de la Iglesia, la obra de la Buena Nueva de salvación»[48].

Esto último hay que subrayarlo: es Cristo el que salva, no la Iglesia; la Iglesia, por la presencia en ella del Espíritu Santo, es instrumento de la acción salvífica de Cristo. Así se comprende en toda su fuerza que Mons. Escrivá utilizara, para expresar la que hemos llamado "redención subjetiva", el término joánico que designa el acto cumbre de la "redención objetiva": la exaltación en la Cruz.

Es la de Mons. Escrivá una manera sencilla, profunda, inmediata de declarar que la colaboración de la Iglesia en la aplicación de la obra redentora de Cristo —también por tanto esa acción eclesial de «los hombres y las mujeres de Dios», según la expresión del relato originario— es "sacramental" en el riguroso sentido teológico de la palabra. Es decir, no es un "plus" que se agrega a la Cruz de Cristo, sino la presencia misma (sacramental) de la Cruz de Cristo, Cristo que se hace presente por el camino que el mismo Jesús señaló: los cristianos y su vida, es decir, la Iglesia. Ese levantar, colocar, poner, alzar de nuevo la Cruz, que hacen «los hombres y las mujeres de Dios» es, pues, la forma gráfica e intuitiva que Mons. Escrivá tenía —en estos textos— de decir que Cristo con su Cruz (gloriosa) ha entrado en las vidas de los hombres (bautismo, vocación) y que a través de éstos, en consecuencia, se "manifiesta" (signo) la Cruz de Cristo y se "realiza" (instrumento) la tractio divina que de ella emana. Es aquello de San Pablo: «Mihi autem absit gloriari, nisi in cruce Domini Nostri Iesu Christi: per quem mihi mundus crucifixus est, et ego mundo» (Gal 6, 14). Et ego mundo: el cristiano es —ha de ser— Cristo crucificado (y glorioso) ante el mundo.

3. La novedad del 7 de agosto de 1931

Las consideraciones precedentes se refieren al "clima" de meditación joánica en que se enmarca lo que Mons. Escrivá comprendió y vio aquel 7 de agosto. Esas consideraciones están en la base teológica y eclesiológica del modo de la "exaltación" de Cristo que comprendió entonces. Pero son sólo el comienzo de la comprensión misma, que avanza más allá, hasta la determinante "novedad" de aquella jornada. Por eso, para situar el significado de aquel 7 de agosto, hay que pensar que la teología joánica de la Redención por la "exaltación", tanto en su dimensión objetiva como subjetiva, pertenece a la revelación misma del misterio de Cristo. Puede, por tanto, y debe alimentar toda vida cristiana, cualquiera que sea su estilo y su posición estructural en la pluriforme variedad de vocaciones que se dan en la Iglesia; y, en consecuencia, puede y debe ser entendida —con toda legitimidad— en la perspectiva de cada una de ellas.

Lo "nuevo" de la comprensión que Dios concedió a Mons. Escrivá de Balaguer es, precisamente, una nueva perspectiva del misterio único de Cristo, que le llevaba a la comprensión cristiana y eclesial de la secularidad. El Fundador del Opus Dei lo indica, en los textos que comentamos, con otra serie de expresiones, más o menos equivalentes entre sí: (poner a Cristo, o la Cruz de Cristo) sobre el pináculo de toda actividad humana, en la gloria de todas las actividades humanas, en la entraña de todas las cosas, en la cumbre de todas las actividades de la tierra, en la cumbre de todas las actividades humanas, en lo alto y en la entraña de todas las cosas. Lo que Mons. Escrivá comprendió «con fuerza y claridad extraordinarias» es que el cristiano, también y precisamente en cuanto unido a Cristo en la actividad secular —santificación del trabajo—, es Cristo en la Cruz, Cristo "levantado" ante el mundo, ante los compañeros de profesión; es Cristo —exaltado en medio de la historia humana—, al que poder "mirar" para "ver" y ser atraído. Hablando teológicamente: comprendió que Dios quería —«quiere que se le alce de nuevo...»— que la actividad secular del cristiano, en su más abarcante extensión, fuese signo e instrumento de la Cruz redentora de Cristo; es decir, que manifestase al mundo el amor salvífico que está en la Cruz de Cristo y fuese a la vez camino, instrumento para que la Cruz del Señor atrayese hacia sí "pántas" y "tá pánta": las personas y las cosas, los ambientes, la vida social, las realidades espirituales y materiales. Mons. Escrivá, en definitiva, "comprendió" el significado salvífico de la secularidad cristiana y, en consecuencia, el camino para santificarla.

4. Poner a Cristo en la cumbre de todas las cosas

Estas consideraciones iluminan el sentido de la expresión más conocida y sintética de todos estos pasajes: «Poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas». ¿Qué se nos dice aquí? Ya se ve por lo dicho que la "exaltación" y la "cumbre" de que habla el Fundador del Opus Dei poco tiene que ver con una realidad similar a la que se designaba bajo el título "reinado social" en la teología, la espiritualidad y la praxis apostólica de buena parte de nuestro siglo. El reinado social de Cristo se presentó con frecuencia, en las categorías y lenguaje ad usum, como un ideal de formas triunfantes, propias de una theologia gloriae, que, sobre la base de un institucionalismo católico, renovaría viejos esquemas de cristiandad. La doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer, por el contrario, desde el mismo texto bíblico que se le graba en el alma, es theologia crucis: el señorío de Cristo sobre la humanidad entera (pántas) o sobre la totalidad cósmica ("tá pánta") está esencialmente vinculado a la kénosis de la Cruz.

«Poner la Cruz de Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas» no es un acto "político" o "social". La "cumbre" en la que hay que poner a Cristo (crucificado) no es un edificio, ni un monumento; no es una fachada, ni del municipio, ni de la región, ni del Estado, ni de la organización mundial de las naciones; no es una organización político-religiosa[49]. Según Mons. Escrivá de Balaguer, "la cumbre" no son cosas, sino personas. Con sus propias palabras: poner a Cristo en lo alto de todas las actividades humanas significa «que, en todos los lugares del mundo, haya cristianos, con una dedicación personal y libérrima, que sean otros Cristos»[50]. La cumbre es, pues, la misma vida secular del cristiano en cuanto entregada a Cristo y vivida con Cristo con todas sus consecuencias: trabajo santificado, con la calidad humana y divina que exige, con el prestigio profesional y el fuego apostólico que comporta. Y a través de las personas, y como consecuencia de su identificación personal con Cristo, los efectos sociales de la exaltación de Cristo: «Pax Christi in regno Christi». Porque Cristo es Rey y «regnare Christum volumus». Toda la doctrina contenida en la Homilía sobre Cristo Rey, aparte de ser uno de los lugares en que se expresa sobre Juan 12, 32, es ella misma el desarrollo de nuestro tema.

Poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Podríamos decir:

a) las actividades humanas; allí están los hombres y las mujeres por los que Cristo ha muerto (al ser levantado en la Cruz: redención objetiva) y a los que quiere atraer (cuando sea levantado en alto: redención subjetiva);

b) la cumbre en cada actividad humana; el Señor hizo entender al Fundador del Opus Dei que esa cumbre a la que mirar eran «los hombres y las mujeres de Dios», las vidas de esos cristianos comprometidos en la santificación de la actividad humana y entregados realmente a esa tarea, que es su vocación y su misión. Desde esa cumbre Dios quiere que se opere la tractio divina de la Cruz en el horizonte de la secularidad.

Uno de los textos que hemos llamado de comprensión sintética dice exactamente esto: «Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo»[51]. Los hombres "suyos" dentro de cada actividad humana son, siendo iguales entre sus iguales, la "cumbre" (Cristo levantado) a la que los colegas, amigos y compañeros pueden mirar para "ver" la Cruz de Cristo y ser atraídos por El. Ver a Cristo en el seno de la faena cotidiana en el mundo, la redención percibida dentro del mundo y de su hacerse, no fuera del mundo. No es, pues, la cumbre un concepto "triunfalista", como se decía hace unos años. Designa, más bien, al cristiano y su vida secular —vida secular de un estadista o de un zapatero— crucificada con Cristo: triunfo, ciertamente, pero de la Cruz.

5. Juan 12, 32 y el cristiano "ipse Christus". Dimensión eucarística de la "comprensión"

A la luz de Jn 12, 32 se advierte por qué Mons. Escrivá de Balaguer decía con insistencia, refiriéndose al cristiano corriente, cosas que parecían a muchos propias del sacerdote: concretamente, que tenía que ser alter Christus, más aún, ipse Christus. Efectivamente, Dios le hizo entender la existencia secular santificada como la "visibilidad" de Cristo en la Cruz atrayendo a los compañeros del quehacer humano en el mundo. El pasaje de los discípulos de Emaús —en el que precisamente Jesús explica el sentido glorioso de la Cruz y que Mons. Escrivá pone en relación con lo "entendido" el 7 de agosto de 1931— es bajo este aspecto elocuente: habéis de ser Cristo —decía— para «quienes os tratan en el ejercicio de vuestras profesiones y en vuestra actuación social». El texto de Lc 24, 32, al mostrar el corazón de aquellos dos discípulos encendido por la conversación de Cristo en el camino, insinúa el carácter fascinante del Cristo exaltado. Si a un cristiano corriente que lucha por vivir en Cristo su existencia secular, se le "mira", con la gracia de Dios se "ve", en la verdad de su sacrificio y de su entrega (signo), a Cristo que pasa y que atrae. Por eso predicaba: «Manifestad claramente el Cristo que sois»[52]. En cierta ocasión (estaba yo presente: en torno a 1958), Mons. Escrivá conversaba en Roma con un grupo de hijos suyos sobre la misión apostólica y nos decía que, para llevarla a cabo, habíamos de "tratar" a nuestros compañeros. Se interrumpió y agregó: «En realidad, basta con que os dejéis tratar». Como para indicarnos que la potencia de Cristo llena la vida del cristiano (se entiende, si se esfuerza realmente por vivir entregado a Él) y es, por tanto, inevitable que contagie, que fascine, si entra en contacto con los hombres; basta que sea «levantada en alto» —es decir, que entre realmente en la vida de un hombre o de una mujer— para que se perciba la atracción de Cristo.

Pero no debe olvidarse nunca que la gloria y la fascinación de que habla San Juan al presentar a Cristo en la Cruz es siempre la anticipación escatológica de la Resurrección que el evangelista veía ya, místicamente, en el Crucificado. Quiero decir que la Cruz en cuanto cruz es insoslayable, y el camino de los cristianos, viviendo la más plena secularidad, es siempre el camino de la Cruz: la secularidad cristiana —o, sencillamente, la secularidad, pues ésta es un concepto teológico— es siempre una secularidad crucificada con Cristo en la Cruz, y precisamente por eso, por ser esa Cruz la de Cristo, es gloriosa, es fascinante, está atravesada de la alegría de Dios: «Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón —lo veo con más claridad que nunca— es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios»[53].

Quizá sea éste el momento de considerar lo que podríamos llamar "dimensión eucarística" de la comprensión de Jn 12, 32. El Sacrificio de la Misa es el mismo Sacrificio de la Cruz: identidad de Sacerdote y Víctima. Misteriosamente —sacramentalmente— en la celebración de la Eucaristía se hace presente la "exaltación" de Cristo en la Cruz, y consecuentemente, la tractio del Crucificado. Hay un rito en la liturgia de la Misa que esto lo significa de manera especialísima: el rito de "alzar". Como es sabido, el "alzar" la Hostia y el Cáliz después de la Consagración no es litúrgicamente un rito de "ofrecimiento" al Padre, sino de "presentación" a los fieles. El sacerdote, al alzar, presenta a Cristo a los hombres para que lo "miren", y mirando lo "vean", y viéndolo lo "adoren" y sean "atraídos" hasta identificarse con Él en la comunión. El celebrante, al alzar, es el primero que "mira" asombrado lo que acaba de ocurrir en sus manos. Este es el momento en que Mons Escrivá de Balaguer "comprendió" Juan 12, 32 y "vio" el triunfo de Cristo. Podríamos decir que toda su doctrina sobre la Eucaristía como centrum ac radix de la evangelización y de la vida espiritual es la manera sacramental de expresar la centralidad del misterio de la Cruz revelado en Juan 12, 32.

Esta dimensión eucarística de Jn 12, 32 en la comprensión de Mons. Escrivá de Balaguer apunta muy exactamente a su doctrina del cristiano ipse Christus. Ser «alma de Eucaristía» —expresión muy suya[54]- era para él una manera de intimidad e identificación con Cristo que testimonia y transparenta a Cristo para los demás. En el cristiano los hombres tienen que poder reconocer a Cristo. Por eso decía que los cristianos habíamos de ser "viriles", en el sentido del ostensorio que muestra a Cristo: «Vamos, pues, a pedir al Señor que nos conceda ser almas de Eucaristía, que nuestro trato personal con El se exprese en alegría, en serenidad, en afán de justicia. Y facilitaremos a los demás la tarea de reconocer a Cristo, contribuiremos a ponerlo en la cumbre de todas las actividades humanas. Se cumplirá la promesa de Jesús: Yo, cuando sea exaltado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí»[55].

6. La "unidad de vida" a la luz del 7 de agosto de 1931

Es éste otro aspecto, a mi parecer esencial, del acontecimiento espiritual que comentamos. Precisamente por ser la que fue la "novedad" entonces entendida —la secularidad del cristiano como camino de redención, de tractio de la Cruz— en su núcleo se encuentra lo que luego Mons. Escrivá de Balaguer llamaría la "unidad de vida" del cristiano. Lo fascinante de esa existencia cristiana secular —lo que la hace camino para la tractio divina— es la interna cristificación de la dimensión secular de la existencia, la integración perfecta de la existencia-en-el-mundo en la existencia cristiana. Esto es lo nuevo.

El tema de la unidad de vida tiene una consistencia teológica propia y aquí sólo debe ser aludido para señalarle su lugar teológico (cristológico) en el pensamiento de Mons. Escrivá de Balaguer. Sólo quiero subrayar dos cosas:

a) Que la unidad de vida, desde el horizonte de Juan 12, 32, aparece como un don divino y a la vez como una tarea. Lo propio del cristiano corriente —del laico— no es la mundanidad como tal, pues ésta es común al hombre en cuanto hombre; ni tampoco la secularidad, si se entiende ésta como dimensión de la Iglesia —lo que se ha llamado secularidad general de la Iglesia—; sino la donación que Dios le hace de esa mundanidad en cuanto inserta en el orden de la Redención y como instrumento de Redención; es decir, se trata de la secularidad o indoles sæcularis, de que habla el Vaticano II[56], que viene dada por Dios en unidad con la vocación cristiana, con el ser y vivir en la Iglesia, pero que es a la vez la tarea a realizar por el cristiano con la lucha ascética y el afán apostólico. Esa tarea, en cuanto realizada y manifestada, es el "alzar a Cristo" en la "gloria" de todas las actividades humanas. La unidad de vida aparece así como condición imprescindible para que se ejerza la tractio de la Cruz en la manera que el Señor se la hizo entender al Fundador del Opus Dei.

b) Pero no sólo es condición para la tractio, sino que ella misma —la unidad de vida del cristiano— ya es fruto de la tractio de Cristo en la Cruz. San Agustín tiene una sugestiva interpretación del omnia traham que apunta en esta dirección. San Juan Crisóstomo[57] lee en Juan 12, 32 "pántas", omnes, pero Agustín ha recibido a través de la Vetus latina el "tá pánta". Para Agustín omnia traham debe ser también referido «a la integridad de la persona humana, hecha de cuerpo, alma y espíritu; es decir, de aquello por lo que pensamos, de aquello por lo que vivimos, de aquello por lo que somos palpables y visibles»[58]. Aquí San Agustín no piensa, pues, en la totalidad cósmica, ni en la totalidad humana, sino en la totalidad del sujeto humano. El ser humano —es lo que está en el fondo de la interpretación del santo obispo de Hipona— está dividido y disperso como consecuencia del pecado, ha perdido la integridad originaria; la tractio divina de la Cruz atrae lo disperso para restituirlo a la unidad.

Cristo, en efecto, nos ha conseguido (don divino) la unidad de nuestro ser, pero mientras estamos en la tierra, hemos de batallar para mantenerla y potenciarla. Podríamos decir que si en la historia de los orígenes encontramos en el hombre, como consecuencia del pecado, el binomio "integridad"/"dispersión", ahora en la Iglesia, como consecuencia de la Redención, se da un nuevo binomio, cuya dinámica es de signo inverso: de la "dispersión" a la "integridad". La plenitud consumada de este segundo miembro es escatológica (cielo). Pero en el tempus Ecclesiae (historia) tiene ya una fase incoativa, que es esa "unidad de vida" del cristiano —a la vez don de Dios y tarea histórica—, que implica sacrificio, sufrimiento, lucha ascética. La unidad de vida en medio de las actividades seculares, que es imposible sin la Cruz, anticipa en la historia la gloria del cielo. Por eso es exaltación, cruz gloriosa, Cristo que atrae y fascina[59].

7. Esquema sintético

Digamos, finalmente, que la tractio de la Cruz, con el estatuto teológico que hemos considerado, responde a este esquema:

1. La tractio divina como sinónimo de la redención "objetiva" realizada de una vez por todas ("efápax", semel), fruto de la misión de Cristo a partir del Padre. Valor redentor de la exaltación de Cristo en la Cruz: radicalmente redimidos ("atraídos") todos los hombres.

2. La tractio divina como presencia en la historia de la exaltación en la Cruz y de la redención obtenida de una vez por todas: redención "subjetiva" o economía eclesial y sacramental realizada por la misión de Espíritu. Se ejerce:

a) estructuralmente, por el ministerio de la palabra, que anuncia la Redención, y sobre todo por los actos sacramentales, que hacen presente sacramentalmente (en sentido estricto: ex opere operato) a Cristo y sus actos redentores;

b) existencialmente, a través de la vida misma del hombre cristiano, ipse Christus, que hace presente (testimonio cristiano, sacramentalidad de la Iglesia en sentido amplio) la exaltación redentora de Cristo; Dios hizo entender a Mons. Escrivá que la existencia en el mundo —la secularidad cristiana santificada— formaba parte esencial de esa economía de la tractio redentora.

3. Los niveles de la tractio de Cristo en la historia aludida en n. 2 serían:

a) nivel antropológico ("pántas"): atracción a todos los hombres, con tres momentos o dimensiones: primera, atracción a la fe ("ver"); segunda, atracción progresiva hasta la plena unión con Cristo: unidad del ser y de la vida del cristiano; tercera, atracción de la vida social, cultural y política.

b) nivel cósmico ("tá pánta"): santificación en sentido último de las realidades terrenas. Dimensión escatológica: «Deus omnia in omnibus» (1 Cor 15, 28).

Pedro Rodríguez. Director del Departamento de Eclesiología. Facultad de Teología (Universidad de Navarra)

[1] Al cabo de los años escribirá recordando esta fecha: «aquel día de la Transfiguración, celebrando la Santa Misa en el Patronato de enfermos, en un altar lateral, mientras alzaba la Hostia, hubo otra voz sin ruido de palabra» (Carta, 29-XII-1947/14-II-1966, n. 89). La obras que utilizamos de Mons. Escrivá de Balaguer son: a) Camino, Valencia ¹ 1939; Surco, Madrid ¹ 1986; Forja, Madrid, ¹ 1988; que se citan por el número correspondiente a cada "punto". b) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Madrid ¹ 1969; Es Cristo que pasa, Madrid ¹ 1973; Amigos de Dios, Madrid ¹ 1977; que se referencian por los números marginales de los párrafos. c) Las colecciones de Instrucciones y Cartas, escritos dirigidos a los miembros del Opus Dei, y los Apuntes íntimos, cuadernos ológrafos de Mons. Escrivá escritos en los años treinta; que se referencian también por los números marginales.

[2] El relato de esta intervención de Dios en su alma, al que pertenecen las citas entrecomilladas en el texto, se contiene en Apuntes íntimos, n. 217.

[3] Vid. J. L. ILLANES, Dos de octubre de 1928: alcance y significado de una fecha: AA. VV., "Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei", Pamplona 1985, pp. 65ss.

[4] Vid. en ANA SASTRE, Tiempo de caminar. Semblanza de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid 1989, el cap. VI de la primera parte, titulado "Mujeres en el Opus Dei".

[5] De entre la inmensa bibliografía sobre el tema remitimos a dos acreditadas obras de la exégesis católica de este siglo: M. J. LAGRANGE, L'Evangile de Saint Jean, París 1927, y R. SCHNACKENBURG, El Evangelio según San Juan, Barcelona 1980. Una breve selección de comentarios patrísticos sobre San Juan: S. BOUQUET, L'Evangile selon Jean expliqué par les Pères, Paris, 1985.

[6] SCHNACKENBURG, II, p. 470.

[7] Un texto entre muchos: «Y ¿cuál es la gloria del Señor? La Cruz, por supuesto, en la que Cristo fue glorificado: el esplendor de la gloria del Padre, como él mismo dijo cuando se acercaba la pasión: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará». Texto en el que llama gloria a su propia exaltación en la Cruz. Pues la Cruz de Cristo es efectivamente su gloria y exaltación, por lo que había dicho: «Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (SAN ANDRÉS DE CRETA, Orat. 9 in ramos palmarum, PG 97, 1002).

[8] Juan emplea para la Cruz la misma palabra que Lucas para referirse a la Ascensión (cfr. Act 2, 33): xxxxx, «exaltari», ser levantado; pero en San Juan el vocablo aparece exclusivamente para referirse a la Cruz. Los textos son, a parte de éste: poco después, el v. 34, y antes 3, 14 y 8, 28.

[9] LAGRANGE, p. 81, insiste especialmente en que, también en San Juan, "exaltación" y "glorificación" de Cristo son en rigor temas diversos, aunque en la teología joánica tengan una peculiar proximidad.

[10] Detrás de la doctrina de San Juan sobre el tema —como de la de San Pablo en Fil 2, 5-11, con perspectiva diversa— está, según el sentir de los exégetas, una profunda meditación de la figura del Siervo de Yaveh según Is 52, 13: «Sabed que mi siervo prosperará, será exaltado y engrandecido y llegará a la cumbre misma de la gloria».

[11] San Pablo, desde su perspectiva soteriológica, pone igualmente de relieve la tractio de la Cruz: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, más fuerza de Dios y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos» (1 Cor 1, 23s). «¿Por qué es la Cruz la suprema "potencia y sabiduría de Dios"? La respuesta es una sola: porque en la Cruz se ha manifestado el amor: "Dios nos demuestra su amor en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom 5, 8)» (JUAN PABLO II, Alloc. 31-VIII-1988).

[12] SCHNACKENBURG, II, p. 486.

[13] Vid. LAGRANGE, p. 334, y SCHNACKENBURG, II, p. 614, nota 98. San Agustín, que lee xxxxxx, hace una lectura teológica alternativa en la línea antropológica de xxxx: «Si omnia ipsi homines intelligendi sunt... possumus dicere:... omnia hominum genera, sive in linguis omnibus, sive in aetatibus omnibus, sive in gradibus honorum omnibus, sive in diversitatibus ingeniorum omnibus, sive in artium licitarum et utilium professionibus omnibus, et quidquid aliud dici potest secundum innumerabiles differentias quibus inter se praeter sola peccata homines distant, ab excelsissimis usque ad humillimos, a rege usque ad mendicum; omnia, inquit, traham post me, ut sit caput eorum, et illi membra eius» (SAN AGUSTÍN, Tract. in Joannis evangelium, 53, 11: PL 35, 1773).

[14] «Hasta aquí, la historia xxxxxx. Pero ella, en sí misma, describe tipológicamente (xxxxxxx) todo el misterio de la encarnación» (SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, In Joannis Evangelium, lib. 2, III, 14-15: PG 73, 251s). Ya el libro de la Sabiduría (16, 6) había calificado a la serpiente de bronce como «signo de salvación» (xxxxxxxx).

[15] El Señor ya lo había dicho respondiendo precisamente a la pregunta «¿Tú quién eres?»: «Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que Yo soy» (Jn 8, 28). Estas palabras de Jesús van dirigidas precisamente a los que le persiguen y le llevarán a la Cruz, lo que suscita la difícil cuestión de su sentido (vid. la detenida exégesis de este versículo en SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, In Joannis Evangelium, lib. 5, VIII, 28: PG 74, 823-832), en la que presenta las diferentes interpretaciones del texto. La primera de esas propuestas exegéticas («cum sublime aliquid sapere de me inceperitis... tunc manifesto cognoscetis me esse lucem mundi») conecta especialmente con la mirada de que aquí hablamos. En todo caso Juan 8, 28 subraya la universalidad de la eficacia de la exaltación de Cristo en la Cruz.

[16] Mons. Escrivá de Balaguer tenía una gran devoción a Cristo vivo en la Cruz —a Cristo antes de la lanzada, solía decir—, que mira con mirada traspasada de amor, con «ojos de mirar amabilísimo» (Camino, n. 422). ¿No tendrá esta manera de devoción a Cristo una íntima relación con el acontecimiento del 7 de agosto?

[17] «La imagen de la serpiente era imagen de la economía de la cruz» (SAN JUAN CRISÓSTOMO, De serpente homilia, 3 PG 56, 503). La serpiente en el Paraíso fue fascinante para inducir al hombre al pecado y Cristo lo será para llevar a los hombres tras de sí —post se, como lee San Agustín Juan 12, 32—, a la felicidad de la gloria. La serpiente de bronce —muerta, inerte, que no puede inocular al hombre el veneno del pecado— significa en esta tipología, según la exégesis patrística, el pecado derrotado y muerto en la cruz al ser crucificado Cristo, que asumió, sin pecado, «la carne de pecado»: «Dios, al enviar a su Hijo, in similitudinem carnis peccati et pro peccato, condenó al pecado en la carne» (Rom 8, 3). Vid. sobre el tema la citada homilía del Crisóstomo, el texto de Teodoro de Mopsuestia que se reproduce en S. BOUQUET, o.c., pp. 64s y el texto de San Cirilo de Alejandría que transcribimos un poco más abajo.

[18] Jn 3, 14; 12, 34. Vid. también 3, 30 y 20, 9.

[19] Dios Verbo se hizo hombre y subió a la Cruz —explica San Cirilo de Alejandría (In Joannis Evangelium, lib. 2, III, 14-15; PG 73, 251)— «para condenar al pecado en la carne, como está escrito (Rom 8, 3), y para ser el que consigue (xxxxxxx, «conciliator») la salud eterna para todos los que le miren con fe intensa (xxxxxxxxxxxxx) o profundizando en las verdades divinas (xxxxxxx). El hecho de que la serpiente fuera colocada en lo alto de un madero significa que Cristo fue puesto en lugar patente y señalado (xxxxx > xxxxxxx), para que a nadie se ocultase que él había sido levantado sobre la tierra, como él mismo dijo en otro lugar (Jn 12, 32), a causa de la pasión que sufrió en la Cruz».

[20] Vid. también Jn 10, 16: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor».

[21] Es Cristo que pasa, n. 137.

[22] JUAN PABLO II, Carta encíclica Dominum et vivificantem, 8-V-1986, n. 24.

[23] Juan Pablo II, en sus Catequesis sobre el símbolo de la fe, ha glosado la doctrina de la tractio de la Cruz en este contexto pneumatológico: «Si es verdad que Jesucristo, mediante su «elevación» en la Cruz, debe «atraer todo hacia sí» (cfr. Juan 12, 32), a la luz de las palabras del cenáculo —«si me voy os lo enviaré»— entendemos que ese «atraer» es actuado por Cristo glorioso mediante el envío del Espíritu Santo. Precisamente por esto Cristo tiene que irse. Cristo, saliendo de este mundo, no sólo deja su mensaje salvífico, sino que «da» el Espíritu Santo, al cual está ligada la eficacia del mensaje y de la misma Redención en toda su plenitud» (JUAN PABLO II, Alloc., 26-IV-1989, n. 4).

[24] Vid. CONCILIO VATICANO II, Decr. Ad gentes, n. 2

[25] El día 6, en el que la Iglesia celebra la Transfiguración, estaba dedicado a los Santos Justo y Pastor, Patronos de la diócesis.

[26] Apuntes íntimos, n. 217.

[27] Instrucción, 1-IV-1934, n. 1.

[28] Ibid., n. 2.

[29] Ibid., n. 3.

[30] Carta, 29-XII-1947/14-II-1966, n. 89.

[31] Meditación, 27-X-1963.

[32] Domingo de Resurrección, 26-III-1967; reproducida en Es Cristo que pasa, nn. 102-116. La zona que nos interesa es nn. 105-107.

[33] 22-XI-1970; reproducida en Es Cristo que pasa, nn. 179-187. El pasaje interesante a nuestros efectos es el n. 183. La sección se titula precisamente "Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas".

[34] «Jesucristo recuerda a todos: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum, si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraeré hacia mí. Mi reino entre vosotros será una realidad».

[35] Vid. sobre el tema P. RODRÍGUEZ, Vocación, trabajo, contemplación, Madrid 1986, pp. 77s, 131-133 y 200-202.

[36] Reproducida en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, nn. 58-72. El texto que nos interesa es el n. 59.

[37] 28-V-1964; reproducida en Es Cristo que pasa, nn. 150-161. El pasaje sobre nuestro tema está en el n. 156.

[38] Camino, n. 301.

[39] Amigos de Dios, n. 58.

[40] Forja, n. 685.

[41] Forja, n. 678. Tal vez esta inclusión conjunta de "lo alto" y de "la entraña" sea la que explique la alusión —sorprendente al hilo de nuestro discurso— a la enseñanza "paulina". Vid. nota siguiente.

[42] Es Cristo que pasa, n. 105. Mons. Escrivá de Balaguer, al explicar la doctrina que estamos analizando, ponía en estrecha relación, como se ve, el "omnia" de Jn 12, 32 con el de Ef 1, 10 y con el de Col 1, 20, como se ve en este otro texto: «Todas las cosas de la tierra, pues, también las criaturas materiales, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios —ya ahora, después del pecado, redimidas, reconciliadas—, cada una según su propia naturaleza, según el fin inmediato que Dios le ha dado, pero sabiendo ver su último destino sobrenatural en Jesucristo: porque quiso el Padre poner en El la plenitud de todo ser y reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra por medio de la sangre que derramó en la cruz (Col 1, 19 y 20). Hemos de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas» (Carta, 19-III-1954, n. 7).

[43] Es Cristo que pasa, n. 14.

[44] Es Cristo que pasa, n. 38.

[45] Es Cristo que pasa, n. 105.

[46] Un interesante análisis de Jn 12, 32 a partir del texto de Conversaciones, n. 59 puede verse en A. GARCÍA SUÁREZ, Existencia secular cristiana: "Scripta Theologica" 2 (1970) 155-157.

[47] JUAN PABLO II, Litt. enc. Dominum et vivificantem, 8-V-1986, n. 24.

[48] Ibid., n. 3.

[49] Vid. Es Cristo que pasa, n. 183s.

[50] Carta, 29-XII-1947, 14-II-1966, n. 89.

[51] Camino, n. 301.

[52] El texto continúa: «Por vuestra vida, por vuestro Amor, por vuestro espíritu de servicio, por vuestro afán de trabajo, por vuestra comprensión, por vuestro celo por las almas, por vuestra alegría». Son palabras de una conversación del 13-VI-1974.

[53] Meditación, 28-IV-1963.

[54] Vid., por ejemplo, este otro pasaje: «¡Sé alma de Eucaristía! —Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!» (Forja, n. 835).

[55] Es Cristo que pasa, n. 156.

[56] Vid. CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31 y la Ex. ap. Christifideles laici, n. 15.

[57] SAN JUAN CRISÓTOMO, In Ioannem homiliae, 67, 3: PG 59, 573.

[58] SAN AGUSTÍN, Tractatus in Joannis Evangelium, 53, 10-14: PL 35, 1773: «Ad creaturae integritatem, id est, spiritum, et animam, et corpus; et illud quo intelligimus, et illud quo vivimus, et illud quo visibiles et contrectabiles sumus».

[59] Jn 12, 32 es texto paradigmático para muchos aspectos de la existencia cristiana que Mons. Escrivá de Balaguer ha subrayado y de los que ahora no podemos ocuparnos. Explicaba, por ejemplo: si tomamos la Cruz de Cristo, entonces la Cruz ya no es cruz, o mejor, es una Cruz sin cruz (cfr. Santo Rosario, IV misterio doloroso), porque está llena de alegría y de gloria. También aquí se enraíza su doctrina sobre las «falsas cruces» que amargan el alma y no unen a Cristo, porque no son la Cruz de Cristo, que es gloriosa. Por lo demás, el nombre mismo de la Obra —Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei— y su sello emblemático —la Cruz en la entraña del mundo y abrazando al mundo—, que es también el escudo episcopal de Mons. del Portillo, tienen detrás la profunda experiencia de la Cruz que el Señor concedió al Fundador del Opus Dei.

 

 

10 frases sobre el Rosario

En el mes de mayo recordamos especialmente a María, madre de Dios y madre nuestra. El rosario es una oración antigua que muchos rezan a la Virgen y a lo largo del tiempo innumerables son los relatos de santos que hablan de esta maravillosa devoción mediante la cuál han encontrado consuelo y compañía.

De Argentina14/10/2015

Opus Dei - 10 frases sobre el Rosario

Oración antigua que muchos rezan a la Madre del Cielo.

Octubre representa el mes dedicado especialmente al Rosario (el día 7 se conmemora la Virgen del Rosario). Millones de personas en el mundo lo rezan para pedir o agradecer aquello que llevan en la intimidad de su corazón, ya que sienten a la Virgen como una madre que los acompaña.

El Papa Francisco explica que "rezando el Avemaría, somos conducidos a reflexionar sobre los momentos centrales de su vida (la de Jesús), para que, como para María y para San José, Él sea el centro de nuestros pensamientos, de nuestras atenciones y de nuestras acciones".

Son muchísimos los relatos de santos que han expresado, con palabras maravillosas, la eficaz y, a la vez, tierna manera de acercarse a Dios a través de esta oración. A continuación, diez frases de santos que hablan del Rosario como su devoción preferida, en la que siempre han encontrado consuelo y compañía.

1-San Juan Pablo II:"El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad".

2- San Juan Pablo II: "El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo".

3-San Josemaría:"Ojalá sepas y quieras tú sembrar en todo el mundo la paz y la alegría, con esta admirable devoción mariana".

4-Beata Teresa de Calcuta:"María es nuestra Madre, la causa de nuestra alegría. Por ser Madre, yo jamás he tenido dificultad alguna en hablar con María y en sentirme muy cercana a Ella".

5-San Juan Bosco:"Quien confía en María no se sentirá nunca defraudado".

6-San Pio X:"El Rosario es de todas las oraciones la más bella, la más rica en gracias y la que más complace a la Santísima Virgen".

7-San Juan XXIII:"El Rosario es una muy excelente forma de oración meditada, compuesta a modo de mística corona."

8-Santa Teresita de Lisieux:"Lo que me cuesta en gran manera (me da vergüenza confesarlo) es el rezo del rosario... ¡Reconozco que lo rezo tan mal! En vano me esfuerzo para meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la atención. Durante mucho tiempo estuve desolada ante esta falta de devoción, que me sorprendía, pues amando tanto a la Santísima Virgen, debiera resultar fácil rezar en su honor oraciones que tanto le agradan. Ahora me desconsuelo menos, pues pienso que la Reina de los cielos, siendo mi MADRE, ha de ver mi buena voluntad y contentarse con ella".

9-Pablo VI:"el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso que favorezcan en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del Corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor".

10- Beato Álvaro del Portillo: "Al desgranar el Rosario, suplicad a la Reina del Mundo por la santidad de la familia"

 

 

 

A propósito del 28 de octubre: san Simón, y sobre todo San Judas

La próxima semana, en concreto el día 28 de octubre, se celebra en el calendario cristiano la fiesta de dos apóstoles de Jesucristo: san Simón y san Judas, el bueno, claro.

Del primero lo único que sabemos es que nació en Caná de Galilea y que en los evangelios (cf. Lc 6, 15; Act 1, 13) se le daba el apodo de “zelotes”, quizá por su antigua pertenencia a un grupo nacionalista radical de los fariseos.

Del segundo, de san Judas, por sobrenombre Tadeo, sabemos que es el apóstol que en la última cena le preguntó al Señor por qué se manifestaba a sus discípulos y no al mundo (jn. 14, 22). Pero este apóstol, que todo lo hacía prever que lo tendría muy difícil a la hora de nque su fama se acrecentara en la cristiandad por aquello de la similitud de nombre con el otro Judas, el Iscariote, el traidor del grupo, resulta que se ha convertido en uno de los apóstoles que goza de más apoyo popular. Incluso aparecen diariamente en las secciones de anuncios por palabras de algunos periódicos oraciones dirigidas a este seguidor de Jesús en cumplimiento de no sé qué promesas.

No cabe duda que el bueno de san Judas se ha convertido en un santo de moda, hasta el punto de que su estampa se desliza en los libros de los estudiantes de acelerón final que lo llevan consigo para ver si, con su intercesión, logran unas preguntas afortunadas en la pedrea de los exámenes.

Además los 28 de cada mes, y no digamos en el día de su fiesta en el mes de octubre, los templos donde existe una imagen de este apóstol se convierten en centros de un acrecentamiento de visitas, si no de un masivo peregrinar.

Uno tiene la sensación, y sin ánimo de ofender a los sinceros y auténticos devotos de este apóstol, que en muchos de sus seguidores se está pasando de la devoción justa a estos amigos de Dios que son los santos, a la credulidad de ribetes casi mágicos que piensan que los santos sólo atienden en un día al mes al personal, como si el resto de las jornadas estuvieran de vacaciones. Cuando estas cosas se sacan de quicio y justa medida aparece una devoción ayuna de doctrina y, sobre todo, de compromiso cristiano serio, de un trato confiado con Jesucristo, el Hijo de Dios, al que los apóstoles seguían como al único Señor, y entre ellos san Judas y san Simón. De este último, del que tenemos menos referencias, algunas tradiciones dicen de él que predicó en Egipto, Libia y, posiblemente, en Persia.

Pienso que tenemos que ser más serios en nuestra devoción a los santos en general, viendo en ellos cristianos ejemplares para nosotros e intercesores ante Dios. Y, en particular con los apóstoles, hemos de aprender de ellos un mayor amor a la Iglesia, que por cierto es apostólica, y la que nos muestra, a pesar de sus defectos – que son los de quienes formamos parte de ella – a Jesús como el salvador y nos da su Palabra y los sacramentos que nos santifican.

Sería bueno que en cualquier fiesta de los apóstoles, a los que Jesús “dio la misión de anunciar el Evangelio y ser los pastores y guía de su pueblo” (Prefacio de los Apóstoles I: Misal Romano), nos sirviera para reavivar esta fe en la Iglesia. Ella no sólo es comunidad de fe, sino también misterio de fe.

Empecemos por orar por el Papa, sucesor de Pedro; por los obispos, sucesores de los apóstoles; pos los curas, sus más estrechos colaboradores en el servicio pastoral, y por todos los cristianos comprometidos, hombres y mujeres, laicos y religiosas, que trabajan e las diócesis, en las misiones, en su parroquia,…

Como ven, algo más sencillo, aunque más comprometido, que encargar una oración en los anuncios por palabras de un periódico. ¡Ah!, se me olvidaba decirles que san Judas atiende a los fieles los otros días del mes, además de los días 28. Los santos tienen servicio de 24 horas. Seamos más serios con ellos. Imitémosles, hagamos nuestras sus enseñanzas y pidamos su intercesión. Con eso basta.

Con mi bendición y afecto,

Mons.Jose Mª Gil Tamayo

 

 

 

LA DEVOCIÓN A LOS DIFUNTOS 

MES DE NOVIEMBRE

“Estos que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido…? Éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus estolas y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, y le adoran día y noche en su templo.”
(Apocalipsis 7,13-15) 

HONOR Y RESPETO A LOS DIFUNTOS

La IglesiaCatólica, ya desde la época de los primeros cristianos, siempre ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.

El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15-9) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.

     
   
       

Este respeto  se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.

Vemos, en efecto, que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.

En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.

Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.

 

LAS CATACUMBAS

En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones,los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.

Andandoel tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.

     
   
       

Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución.

Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.

Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.

Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.

En efecto: en la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios?

Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.

Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires.

Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.

Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.

 

FUNERALES Y SEPULTURA

     
   
       

Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos.

De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos.

Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo.

Esta práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la que San Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.

San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).

Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.

Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.

 

LOS DIFUNTOS EN LA LITURGIA

     
   
       

Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos.

Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —mementode los difuntos.

Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias.

La Iglesia hoy en día recuerda de manera especial a sus hijos difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la “Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1 de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos.

 

 

 

"Echarle una mano a Dios"

 

José Luis Martín Descalzo

 

En una obra del escritor brasileño Pedro Bloch encuentro un diálogo con un niño que me deja literalmente conmovido.

— ¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.

— Sí, cada noche —contesta el pequeño.

— ¿Y que le pides?

— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores, pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas por lo mal que marcha el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.

A lo mejor alguien hasta piensa que la cosa teológicamente no es muy correcta. Porque, ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que El?

Y, sin embargo, qué profunda es la intuición del chaval. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido «necesitar» de los hombres. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, El, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.

Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de felicitarse por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, se pasan la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que era tarea nuestra mejorar y arreglar.

Yo entiendo, claro, la oración de súplica: el hombre es tan menesteroso que es muy comprensible que se vuelva a Dios tendiéndole la mano como un mendigo. Pero me parece a mi que, si la mayoría de las veces que los creyentes rezan lo hicieran no para pedir cosas para ellos, sino para echarle una mano a Dios en el arreglo de los problemas de este mundo, tendríamos ya una tierra mucho más habitable.

Con la Iglesia ocurre tres cuartos de lo mismo. No hay cristiano que una vez al día no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por «Iglesia» el Papa y los obispos. «Si ellos vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habría hambre en el mundo». «Si los obispos fueran más accesibles y los curas predicasen mejor, tendríamos una Iglesia fascinante». Pero ¿cuántos se vuelven a la Iglesia para echarle una mano?

En la «Antología del disparate» hay un chaval que dice que «la fe es lo que Dios nos da para que podamos entender a los curas». Pero, bromas aparte, la fe es lo que Dios nos da para que luchemos por ella, no para adormecernos, sino para acicateamos.

«Dios —ha escrito Bernardino M. Hernando— comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades». El coge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores como El. Y por eso es tan apasionante esta cosa de ser hombre y de construir la tierra.

Por eso me desconcierta a mi tanto cuando se sitúa a los cristianos siempre entre los conservadores, los durmientes, los atados al pasado pasadísimo. Cuando en rigor debíamos ser «los esperantes, los caminantes». Theillard de Chardín decía que en la humanidad había dos alas y que él estaba convencido de que «cristianismo se halla esencialmente con el ala esperante de la humanidad», ya que él identificaba siempre lo cristiano con lo creativo, lo progresivo, lo esperanzado.

Claro que habría que empezar por definir qué es lo progresivo y qué lo que se camufla tras la palabra «progreso». También los cangrejos creen que caminan cuando marchan hacia atrás.

De todos modos hay cosas bastante claras: es progresivo todo lo que va hacia un mayor amor, una mayor justicia, una mayor libertad. Es progresivo todo lo que va en la misma dirección en la que Dios creó el mundo. Y desgraciadamente no todos los avances de nuestro tiempo van precisamente en esa dirección.

Pero también es muy claro que la solución no es llorar o volverse a Dios mendigándole que venga a arreglarnos el reloj que se nos ha atascado. Lo mejor será, como hacía el niño de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo.

 

 

 

Famosos Científicos Que Creyeron en Dios
por Rich Deem

¿Creer en Dios?

¿Es la creencia en Dios irracional? En estos días, muchos científicos famosos son también fuertes defensores del ateísmo. Sin embargo, en el pasado, y aun hoy, muchos científicos creen que Dios existe y que es responsable de lo que vemos en la naturaleza. Esta es una muestra pequeña de científicos que colaboraron en el desarrollo de la ciencia moderna mientras creían en Dios.

Rich Deem

  1. Nicolás Copérnico (1473-1543)
    Copérnico era el astrónomo polaco que puso el primer sistema de planetas basado matemáticamente que giran alrededor del sol. Asistió a varias universidades europeas, y se hizo un Canon en la iglesia católica en 1497. Su nuevo sistema fue en realidad presentado primero en los jardines del Vaticano en 1533 ante el Papa Clemente VII que lo aprobó, y urgió a Copérnico a publicarlo alrededor de ese tiempo. Copérnico nunca estuvo bajo ninguna amenaza de persecución religiosa - y fue instado a que lo publicara por ambos el obispo Católico Guise, el Cardenal Schonberg, y también el profesor Protestante George Rético. Copérnico hizo referencia a Dios a veces en sus obras, y no vio su sistema como en el conflicto con la Biblia.
  2. Sir Fancisco Bacon (1561-1627)
    Bacon era un filósofo que es conocido por establecer el método científico de investigación sobre la base de la experimentación y el razonamiento inductivos. En De Interpretatione Naturae Prooemium, Bacon estableció sus metas como el descubridor de la verdad, servidor a su país, y servidor a la iglesia. Aunque su trabajo estaba basado en la experimentación y el razonamiento, rechazó el ateísmo como que era el resultado de la insuficiente profundidad de la filosofía, diciendo, "Es cierto que una filosofía ligera inclina a la mente del hombre al ateísmo, pero la profundidad en la filosofía conduce las mentes de los hombres a la religión; pues mientras la mente del hombre busca segundas causas dispersadas, puede algunas veces descansar en ellas, y no ir más lejos; pero cuando contempla la cadena de ellas confederadas, y acopladas juntas, debe necesitar volar a la Providencia y Deidad" (Del ateísmo)
  3. Juan Kepler (1571-1630)
    Kepler era un matemático brillante y astrónomo. Hizo un trabajo temprano sobre la luz, y estableció las leyes del movimiento planetario sobre el sol. También llegó a estar cerca de llegar al concepto Newtoniano de la gravedad universal - incluso antes de que Newton naciera! Su introducción de la idea de la fuerza en la astronomía cambió de manera radical en una dirección moderna. Kepler era un Luterano sumamente sincero y piadoso, cuyas obras sobre astronomía contienen escritos sobre cómo el espacio y los cuerpos celestes representan la Trinidad. ¡Kepler no sufrió persecución por su declaración abierta del sistema centrado por el sol, y era permitido como un Protestante quedarse en la Graz católica como un catedrático (1595-1600) cuando otros Protestantes habían sido expulsados!
  4. Galileo Galilei (1564-1642)
    Galileo es recordado a menudo para su conflicto con la Iglesia Católica Romana. Su trabajo polémico sobre el sistema solar fue divulgado en 1633. No tenía ninguna prueba de un sistema centrado por el sol (los descubrimientos del telescopio de Galileo no demostraron una tierra móvil) y su sola "Prueba" sobre la base de las mareas era inválida. Ignoraba las órbitas elípticas correctas de los planetas publicada veinticinco años antes por Kepler. Debido a que su trabajo terminó poniendo el argumento favorito del Papa en el diálogo en la boca del simplón, el Papa (un viejo amigo de Galileo) estaba muy ofendido. Después del "Juicio" y siendo prohibido de enseñar el sistema centrado por el sol, Galileo hizo su trabajo teórico más útil, que fue sobre dinámica. Galileo dijo expresamente que la Biblia no puede equivocarse, y vio su sistema como una interpretación alterna de los textos bíblicos.
  5. René Descartes (1596-1650)
    Descartes era un matemático francés, científico y filósofo que ha sido llamado el padre de la filosofía moderna. Sus estudios de la escuela lo hicieron insatisfecho con la filosofía previa: tenía una fe religiosa profunda como un Católico Romano, que conservó hasta su último día, al mismo tiempo que un deseo decidido y apasionado de descubrir la verdad. A la edad de 24 tenía un sueño, y sintió el llamado vocacional de tratar de traer juntos conocimientos en un sistema de pensamiento. Su sistema comenzó preguntando qué podía ser conocido si todo lo demás fuera dudado - sugiriendo al famoso "Pienso, por lo tanto existo". En realidad, es olvidado a menudo que el próximo paso para Descartes fue establecer la certeza por muy poco de la existencia de Dios - porque solamente si Dios ambos existe y no quiere que nosotros seamos engañados por nuestras experiencias - podamos confiar en nuestros sentidos y en los procesos del pensamiento lógicos. Dios es, por tanto, fundamental para toda su filosofía. El lo que realmente quería ver era que su filosofía fuese adoptada como la enseñanza estándar Católica Romana. René Descartes y Francisco Bacon (1561-1626) son en general respetados como figuras clave en el desarrollo de la metodología científica. Ambos tenían sistemas en los que Dios era importante, y ambos parecen más devotos que el promedio por su era.
  6. Isaac Newton (1642-1727)
    En óptica, mecánica, y matemáticas, Newton era una figura de genio indiscutible e innovación. En toda su ciencia (incluyendo química) el vio las matemáticas y los números como central. Lo que es menos conocido es que era fervientemente religioso y vio a los números tan involucrados en el plan de Dios para la historia a partir de la Biblia. Hizo una obra considerable sobre numerología bíblica, y, aunque los aspectos de sus creencias no eran ortodoxos, pensaba que la teología era muy importante. En su sistema de física, Dios es esencial para la naturaleza y el carácter absoluto del espacio. En Principia dijo, "El sistema más hermoso del sol, los planetas, y cometas, podía sólo proceder del consejo y dominio de un Ser inteligente y poderoso."
  7. Roberto Boyle (1791-1867)
    Uno de los fundadores y miembros tempranos de la Real Sociedad, Boyle dio su nombre a "La ley de Boyle" para los gases, y también escribió una obra importante sobre química. La Encyclopedia Britannica dice de él: "Por su voluntad dotó de una serie de conferencias de Boyle, o sermones, que todavía continúan", para demostrar la religión cristiana contra los infieles conocidos....' Como un Protestante devoto, Boyle recibió un interés especial promoviendo la religión cristiana por todas partes, dando dinero para traducir y publicar el Nuevo Testamento en irlandés y turco. En 1690 desarrolló sus opiniones teológicas en el Cristiano virtuoso, que escribió para mostrar que el estudio de la naturaleza era un deber religioso principal." Boyle escribió contra los ateos en su día (la noción de que el ateísmo es una invención moderna es un mito), y era evidentemente mucho más fervientemente cristiano que el promedio en su era.
  8. Miguel Faraday (1791-1867)
    Miguel Faraday era el hijo de un herrero que se convirtió en uno de los científicos más grandes del siglo XIX. Su trabajo sobre la electricidad y el magnetismo no sólo revolucionó la física sino también resultó en gran parte de nuestros estilos de vida de hoy, que dependen de ellos (incluir computadoras y líneas telefónicas y sitios web). Faraday era un miembro fervientemente cristiano de los Sandemanianos, que influyeron en él significativamente y afectaron fuertemente la manera en la que se acercó e interpretó la naturaleza. Originados de los Presbiterianos, los Sandemanianos rechazaron la idea de las iglesias estatales, y trataron de regresar a un tipo de Cristianismo del Nuevo Testamento.
  9. Gregorio Mendel (1822-1884)
    Mendel fue el primero en ofrecer los fundamentos matemáticos de la genética, en lo que llegó a ser llamado "Mendelianismo". Empezó su investigación en 1856 (tres años antes que Darwin publicara su Origen de las Especies) en el jardín del monasterio en el que era un monje. Mendel fue elegido abad de su monasterio en 1868. Su obra permaneció comparativamente desconocida hasta finales del siglo, cuando una nueva generación de botánicos empezó a encontrar resultados similares y lo "Redescubrieron" (aunque sus ideas no eran idénticas a la suya). Una idea interesante en los años 1860's fue notable por la formación del X - club, que estaba dedicado a disminuir las influencias religiosas y propagar una imagen de "conflicto" entre la ciencia y la religión. Un simpatizante fue el primo de Darwin, Francisco Galton, cuyo interés científico estaba en la genética (un defensor de la eugenesia - la reproducción selectiva entre los seres humanos para "Mejorar" la estirpe). Estaba escribiendo cómo la "Mente sacerdotal" no era propicia para la ciencia mientras, alrededor del mismo tiempo, un monje austriaco estaba haciendo progresos en la genética. El redescubrimiento del trabajo de Mendel vino demasiado tarde para afectar la contribución de Galton.
  10. Guillermo Thomson Kelvin (1824-1907)
    Kelvin era más importante entre el grupo pequeño de científicos británicos que ayudaron a poner los cimientos de la física moderna. Su trabajo cubrió muchas áreas de la física, y fue dicho que tenía más credenciales que alguien más en la comunidad de naciones, puesto que recibió numerosos títulos honoris causa de universidades europeas, que reconocieron el valor de su trabajo. Era un Cristiano muy comprometido, que era indudablemente más religioso que el promedio por su era. Curiosamente, sus colegas físicos Jorge Gabriel (1819-1903) y Jaime Clerk Maxwell (1831-1879) eran también hombres de profunda dedicación cristiana, en una era cuando muchos eran sólo de nombre, apáticos, o anticristianos. La Encyclopedia Britannica dice "Maxwell es visto por la mayoría de los físicos modernos como el científico del siglo XIX que tenía la influencia más grande sobre física de siglo XX; es clasificado con Sir Isaac Newton y Alberto Einstein por la naturaleza fundamental de sus contribuciones." Lord Kelvin era un creacionista de la tierra vieja, que calculó que la tierra tenía una edad entre 20 millones y 100 millones de años, con un límite superior en 500 millones de años sobre la base de ratios de enfriamiento (un cálculo aproximado bajo atribuible a su falta de conocimientos sobre la calefacción radiogénica).
  11. Max Planck (1858-1947)
    Planck hizo muchas contribuciones a la física, pero fue más conocido por la teoría cuántica, que revolucionó nuestro conocimiento de los mundos atómicos y subatómicos. En su conferencia de 1937 sobre "Religión y Ciencia", Planck expresó la opinión de que Dios estaba por todos lados presente, y sostuvo que "La santidad de la Deidad ininteligible era expresada por la santidad de los símbolos." Los ateos, creía él, dan demasiada importancia a lo que son simplemente símbolos. Planck era una persona que ayudaba al clero en asuntos seculares desde 1920 hasta su muerte, y creyó en un Dios Todopoderoso y Omnisciente y caritativo (aunque no necesariamente uno personal). Tanto la ciencia como la religión hacen una "Lucha incansable en contra del escepticismo y el dogmatismo, en contra de la incredulidad y la superstición" con la meta "Hacia Dios!"
  12. Alberto Einstein (1879-1955)
    Einstein es probablemente el mejor conocido y el más reverenciado científico del siglo veinte, y es relacionado con las revoluciones muy importantes en nuestro pensar en el tiempo, la gravedad, y la conversión de la materia en energía (E = mc2). Aunque nunca llegó a la creencia en un Dios personal, reconoció la quimera de un universo no creado. La Encyclopedia Britannica dice de él: "Firmemente negando el ateísmo, Einstein expresó una creencia en el Dios de Spinoza que se revela a Sí Mismo en la armonía de lo que existe." En realidad esto motivó su interés en la ciencia, como una vez se lo comentó a un joven físico: "Quiero saber cómo Dios creó este mundo, no estoy interesado en este o ese fenómeno, en el espectro de este o ese elemento. Quiero conocer Sus ideas, el resto son detalles." El epíteto famoso sobre el "Principio de incertidumbre" de Einstein era "Dios no juega dados" - y para él ésta era una declaración legítima sobre un Dios en el que él creía. Un famoso refrán suyo era que la "Ciencia sin religión está coja, religión sin ciencia está ciega."

 

 

La Civilización Cristiana realizó ideal de perfección social

En este mundo sumergido en el caos y que ha perdido su rumbo, ¿hacia dónde podemos mirar para encontrar un camino para los individuos y para las naciones?

Un fenómeno de descomposición

Contenidos

 

La Universidad fue creada en la Edad Media. Ninguna civilización dio origen a una institución semejante.

Sufrimos un fenómeno social de descomposición de los caracteres y de las instituciones, absolutamente tan vasto, tan profundo, tan violento, cuanto el Imperio Romano en sus últimos días. Apenas agrava esta situación el que nosotros tenemos además las agitaciones sociales, que el Imperio no tenía.

En este mundo sumergido en el caos, que ha perdido su rumbo, ¿hacia dónde podemos mirar para encontrar un camino para los individuos y para las naciones?

La civilización cristiana

Una persistente leyenda negra ha conseguido borrar de la memoria de los hombres los magníficos frutos de cultura y civilización que produjo la influencia de la Iglesia Católica. Esto a pesar de los espléndidos que están a la vista de todos. Sobre esta leyenda negra, les recomiendo el siguiente vídeo https://www.youtube.com/watch?v=WDz3lNdF3HM y los que le siguen.)

La Civilización Cristiana, ¿es una utopía?

El texto de León XIII que reproducimos a continuación muestra los fundamentos verdaderos para construir una sociedad estable y durable.

*    *     *

Papel de la Iglesia

Operada la Redención y fundada la Iglesia,

Belleza, elevación, comodidad: el extraordinario equilibrio del alma medieval que dio origen a una felicidad de situación desconocida hasta entonces.

«como que despertando de antigua, larga y mortal letargia, el hombre percibió la luz de la verdad, que había procurado y deseado en vano durante tantos siglos; reconoció sobre todo que había nacido para bienes mucho más altos y mucho más magníficos que los bienes frágiles y perecibles que son alcanzados por los sentidos, y en torno de los cuales había hasta entonces circunscrito sus pensamientos y sus preocupaciones.

«Comprendió que toda la constitución de la vida humana, la ley suprema, el fin al que todo debe sujetarse, es que, venidos de Dios, un día deberemos volver a El.

«De esta fuente, sobre este fundamento, se vio renacer la conciencia de la dignidad humana; el sentimiento de que la fraternidad social es necesaria hizo entonces pulsar los corazones; en consecuencia, los derechos y deberes alcanzaron su perfección, o se fijaron íntegramente, y, al mismo tiempo, en diversos puntos, se expandieron virtudes tales, como la filosofía de los antiguos jamás siquiera pudo imaginar.

«Por esto, los designios de los hombres, la conducta de la vida, las costumbres tomaron otro rumbo. Y cuando el conocimiento del Redentor se difundió a lo lejos, cuando su virtud penetró las vetas más íntimas de la sociedad, disipando las tinieblas y los vicios de la antigüedad, entonces se operó aquella transformación que, en la era de la Civilización Cristiana, cambió enteramente la faz de la tierra».

León XIII Encíclica “Tametsi futura prospiscientibus”, I-XI-1900

 

 

Lo que normalmente no se cuenta sobre los GEI en ganadería

Últimamente, muchos grupos de presión están empeñados en culpar a la ganadería, y en especial a la de vacuno (tanto de carne como de leche) como uno de los principales responsables del cambio climático, aconsejando la reducción del consumo de estos alimentos.

El COPA-COGECA (Entidad representante de las organizaciones agrarias europeas para las relaciones entre las autoridades comunitarias y los representantes del sector agrícola) ha publicado un interesante artículo científico en el que cuenta lo que normalmente estos grupos de presión no dicen sobre las emisiones GEI (Gases de Efecto Invernadero) en el sector agrario.

Emisiones GEI:

–Del total de emisiones de gases de efectos invernadero (GEI) en la UE-28 en 2015, solo el 9,6% eran del sector agrario (5%  de la ganadería).

–De los GEI agrarios, solo el 4,32% proceden del metano y el 5,27% del óxido nitroso.

–La duración de vida del metano es más corta que la de las otras emisiones de GEI.

–Entre 1990 y 2016, las emisiones de GEI agrarias de la Unión Europea (UE) han disminuido un 22%, pero este descenso ha sido compensado, al menos parcialmente, por un incremento de la producción agraria fuera de la UE. La Unión Europea ha aumentado sus importaciones de alimentos y bebidas significativamente desde 1990.

–El 33,8% de la superficie agrícola total de la UE son pastos permanentes, que se mantienen gracias a la actividad ganadera. El secuestro y la retención de carbono en los pastizales todavía no se ha tenido en cuenta de cara a  reducir las emisiones GEI de la ganadería. Muchos proyectos de investigación han demostrado que el carbono almacenado en los pastizales compensa hasta el 45% de las emisiones de GEI (casi toda la fermentación entérica producida por los rumiantes).

Censo de rumiantes y productividad

En la UE cada vez hay menos animales de producción. La UE-28 cuenta aproximadamente 60 millones de unidades de ganado. A partir de los años 1990, el censo bovino se ha reducido en un 25%, desde 2005 en un 5% y de aquí a 2030 se espera otra reducción del 8%

Afortunadamente, ha mejorado mucho la productividad. Por ejemplo, antes se necesitaban 2 vacas para producir 8.000 litros de leche al año, mientras que ahora solo se necesita una, por tanto, la carga ganadera se ha reducido a la mitad para obtener la misma producción.

La reducción de la producción en la UE no es una solución, como muchos abogan,  ya que se deslocalizaría la producción hacia otros países con unas restricciones  medioambientales y de sanidad y bienestar animal mucho más laxas que las de la UE, no lo olvidemos.

Jesús Domingo

 

Iglesias abiertas. Felicitación

Llama la atención tantísimos templos sólo abiertos una hora al día. ¿ Carencia de sacerdotes, o de laicos colaboradores? ¿Ausencia  de vida espiritual de los responsables y de feligreses generosos? Las  iglesia abiertas, con sacerdotes entregados, ofrecen la posibilidad de consuelo, desahogo del alma, paz …y, sobre todo, el sacramento de la reconciliación (la confesión) también para los alejados. Al respecto, un diario nacional publicó esta noticia que se hizo viral: “En tiempos de descreimiento, una iglesia de Pozuelo de Alarcón mantiene una salud extraordinaria y su sacerdote es una figura venerada ... La iglesia de Caná abre de 7:00 a 21.30 horas, y a muchas horas bulle de gente que entra y sale para participar en las actividades o para hablar con Don Jesús (…) ” ( El País, 20- X-2019). En algunos pueblos, el párroco se las apaña  para que la iglesia parroquial permanezca abierta muchas horas, sin que sea óbice el que tenga que atender también otras localidades. Mi felicitación para estos sacerdotes y sus colaboradores.  El Papa Francisco insiste:  “La Iglesia no es una fortaleza cerrada, sino una tienda de campaña capaz de agrandarse para recibir a todos: es una Iglesia en salida, una Iglesia con las puertas siempre abiertas. Cuando veo alguna pequeña iglesia con las puertas cerradas, esta es una mala señal” ( 23-X-2019). Es triste cuando un pastor no tiene horizonte de pueblo, no sabe qué hacer, cuando las iglesias están cerradas. Cuando se ve el horario en las puertas. ¡No es una oficina! Es el puesto donde se viene a adorar al Señor” (2-10-17).

 Josefa Romo

 

Caritas

El pasado día 10 de este mes leía que “en el año 2018 Caritas destinó 353 millones de euros a responder a las necesidades de 2,7 millones de personas, dentro y fuera de España”. Estas cifras son solo algunas de las que recoge la Memoria anual de Caritas española que se han presentado en Madrid y que da muestra de la fortaleza social de una institución de la Iglesia católica que se sostiene a través de voluntarios y donantes que hacen efectiva una caridad eficaz y creativa.

Pedro García

 

La pasividad de Sánchez

Es evidente que nos encontramos en un proceso de enfriamiento de la economía debido no sólo a factores externos y al lastre de los problemas estructurales de nuestro sistema. La inestabilidad política y la pasividad de Sánchez han hecho perder unos meses clave, en los que se tenían que haber adoptado medidas destinadas a la reactivación de la economía, a la creación de empleo y a generar la confianza en los inversores y en los mercados. Sánchez está instalado en un irresponsable discurso electoral, que entre otras propuestas anuncia la derogación de la reforma laboral y la redacción de un nuevo Estatuto de los Trabajadores. El Gobierno en funciones no debe olvidar que sin la creación de empleo se pone en riesgo el futuro de no pocos españoles y la propia cohesión social.

Juan García.

 

El Estado y yo

 

                                El Estado y como si fuésemos esclavos suyos (cosa que muchos de los que dicen gobernar creen, “a pie juntillas”) considera que como tales, sólo nos tiene para sacarnos todo cuanto puede y más; además constantemente nos impone obligaciones, mientras él las elude y cada vez nos devuelve o da menos. Por ello hay que detenerse y reflexionar, para hacer balance y pedir cuentas a quién nunca las da; gobierna con mentiras, cada vez más abundantes; y en una impunidad, que llegará a la tiranía, de otras épocas; donde “aquellos sátrapas y sus guardias armadas, eran los dueños de todo”. Por lo tanto yo hago mi balance demostrando que el explotado he sido yo y en todos los años de mi vida; dio igual el régimen que me explotara; pero éste último lo ha hecho mucho más.

                                Como a mí el “Estado español”, nunca me dio nada; y por el contrario, la precariedad de la vida en que me situó, me obligó a trabajar desde los siete años; y desde entonces, “producí para ese miserable Estado, que ni me enseñó a leer y menos a escribir; por lo que oficialmente, sigo siendo, “un analfabeto más en el pomposo reino de España”. Luego y como obligadamente entré, en la mejor universidad de la vida, cual es, “la vida misma vivida y partiendo desde cero”. Aprendí a leer, escribir, incluso mecanografía, y mis inicios en cultura y pensamiento; gracias a mi madre, que me obligó a ir a aquellas, “escuelas nocturnas”, impartidas, sólo por “hombres buenos y también alguna mujer”, que las daban a módicos precios, para de alguna manera, también poder vivir ellos, en aquellos “miserables” tiempos de la pos guerra civil. O sea y en concreto, que yo en mi vida, sólo tengo que estar agradecido, a dos grandes mujeres, cuales fueron, mi madre y la madre de esta, mi abuela materna; las que supieron educarme y formarme en los mejores cimientos de una vida, para que llegado el tiempo, yo pudiera valerme por mí mismo y en una amplitud inimaginable.

                                Por todo ello, quiero, antes de morir, hacerle al Estado; “este testamento”, para constancia de quién lo lea; y en especial de los (generalmente) inútiles políticos y demás mandatarios en dicho Estado; y que he aguantado desde que nací en 1938 hasta la fecha en que escribo, cuando ya sólo me faltan once días para cumplir los ochenta y un años. En todos ellos, he contribuido con mucha amplitud, a crear riqueza en ese Estado, cuya relación, llevaría varios folios el detallarla, “puesto que fue abundante, tanto en materia, como en pensamiento y formación inmaterial”.

                                Estado al que en dinero, aún hoy, considero que le pago mucho más que él a mí, puesto que me paga, tras haberle cotizado cuarenta anualidades a “su seguridad social”; una pensión de seiscientos noventa y cinco euros, con los que si sólo tuviese esos ingresos, moriría de hambre y miseria; y ese Estado, quedaría indiferente a ese hecho, como queda ante tantísimos otros, de los que es culpable, por cuanto ni supo, “educar a sus administrados”; y menos formarlos como es su ineludible obligación, para que produjeran autoabasteciéndose. En contrapartida, ese miserable Estado, me cobra impuestos hasta por el patrimonio, ganado honradamente; puesto que en vez de gastarlo en juergas y lujos, lo fui ahorrando. También por morir mi esposa, me sacaron un capital muy importante (casi cuatrocientos cincuenta mil euros en dinero efectivo: los canallas no quieren cobrar “en especie”), puesto que ya, aquí, se paga, hasta por los muertos y las herencias que dejan a sus propios hijos, a los que saquea ese Estado con toda ferocidad.

                                Veamos un resumen de “mi historia”. Nací un trece de agosto de 1938; tercer año de la terrible y la más cruel, de las muchas guerras civiles que ha soportado España (Siempre debidas a sus malísimos gobernantes); por ello me considero y así lo escribí, como “hijo de la guerra civil”; puesto que si no fuera sido así, considero que mi madre no se hubiese casado con mi padre; sencillamente, por cuanto era cuasi una niña de diecisiete años; y mi padre ya un hombre con diez años más. Pero como él, “era funcionario del Estado”; y ello antes, y siempre, aquí en España, ha sido garantía de “vida asegurada y bastante cómoda, o incluso muy abundante”; todo ello influyó en aquel matrimonio, del que yo fui, el primero y único descendiente, por lo que se verá después.

                                Los orígenes de mis progenitores y familias, son del de las capas más humildes de España; o sea, campesinos, labriegos y gente del campo; sin otros bienes que sus miembros útiles para trabajar, más como “siervos”, que como otra cosa, puesto que en aquellos tiempos, aún en el campo español; y más en el de Andalucía, estas pobres gentes, seguían siendo “siervos de la gleba de sus amos, o amos de la tierra”.

                                Pero he aquí, que mi padre, tenía “un cerebro inusual en estas gentes”; y por ello, supo escalar y salir del foso “labriego”; y por esfuerzos propios, consiguió, entrar en la entonces, “Policía, o Guardia de Asalto”; transformada después y realizadas “las depuraciones” ordenadas por Franco, en la, “Policía Armada” (“popularmente conocida como los grises”); hoy “Policía Nacional”. Y aquello en aquellas fechas, era “él no va más”, para una joven labriega. Aparte de ello, mi padre era ya un destacado político republicano, militante en principio en las “Juventudes Socialistas”, y que luego pasó, al partido Comunista (convencido equivocadamente de que aquel sistema, sería bueno para el obrero en general), donde igualmente destacó en su provincia, pero no como ladrón, asesino, violador y otras “cosas”, que se hicieran, puesto que, “la memoria Histórica”, que nos cuentan, los canallas de hoy, no lo es toda, ya que en los dos bandos, se cometieron atrocidades; y las del bando republicano, se ocultan perversamente; cosa que será grave, sobre todo cuando hayamos muerto los que vivimos todas aquellas tragedias, y queden sólo, unas nuevas generaciones que en general, estarán miserablemente engañadas, al conocer una historia, que no lo es en realidad; cosa que los profesores (Maestros de verdad, no queda ni uno)  son cómplices en ello; y en ellos, caerá el peso de la historia; igualmente de los padres, que como yo, conocimos los hechos, personalmente unos y por relatos de los muchos que los vivieron y que hablaron claro. Por ello los padres y con mucho más motivo, han debido contarles la cruda verdad a sus vástagos.

                                Pero la guerra civil la ganó Franco; sencillamente; por cuanto supo organizarse muchísimo mejor que los denominados republicanos (que entre luchas intestinas e infinidad de errores y desastres, terminaron en un denominado, conglomerado, más afín a la Rusia de Stalin, que a la república que decían defender) de lo que Franco, supo sacarle todo el beneficio y por ello; y las concesiones que le habían hecho “los suyos”, en Burgos, quedó como “dueño de España”; y además, aclamado casi como un dios, por los que le siguieron, y por los que “lo esperaban como libertador”; cosa que tuvo un primer apoteosis, en Cataluña, donde los catalanes, salieron a la calle, a recibirlo como ya digo; cosa que también los catalanes hoy lo quieren ocultar. No digamos la Iglesia Católica, que le dejó, “hasta el Palio para que lo cubriese cuasi como si estuviese en la santidad suprema”.

                                Y no, no hablo “de justicia y menos de equidad”; sé por intuición profunda y profundo análisis de los hechos, de que si en vez de Franco haber ganado la guerra, la hubiesen ganado, “los republicanos-comunistas o ya Frente Popular”; las masacres posteriores y todo lo demás, lo hubiesen hecho, “lo mismo”, puesto que “españoles eran unos y españoles los otros… y la mala leche de ambos bandos, quedó demostrada, en el transcurso de aquellos casi cuatro años de guerra civil, donde en ambos territorios, se cometieron atrocidades, que deben saberse, sin omitir ni una, y como enseñanza veraz para que no se repita”.

                                Se acaba finalmente, aquella maldita guerra; y Franco manda publicar un edicto, que dice más o menos… “Aquellos que no se mancharan de sangre ni cometieran delitos punibles por el código penal, que vuelvan a sus casas, que no serán represaliados” (más o menos puesto que cito de memoria). Mi padre como muchísimos más, se encontraban desperdigados, en los reductos finales del desastre de las batallas; y a él le cogió en Alicante; y como, “él como idealista y en contra de la violencia siempre, lo que le llevó a enfrentamientos con los más radicales de su cuerda”; y ante los consejos de otros “jefecillos”, que de allí, marcharon a Rusia; el convencido de que habría justicia; decidió volver a su pueblo, donde su esposa e hijo le aguardaban y allí continuaría su vida… Volvió como pudo y, “atravesando media España”; volvió a su pueblo y allí se entregó y entregó la pistola que aún conservaba… “la justicia fue, detenerlo, interrogarlo, torturarlo, para que firmase lo que le pusieran delante; y después fusilarlo en el mismo pueblo, tras un juicio inimaginable y donde condenaron junto a él, a varias docenas de similares, habitantes de los pueblos de alrededor del partido Judicial (Mancha Real) de donde él era nativo y tenía su domicilio”. En mi novela “Aullidos en Andalucía”; también en otros libros e infinidad de artículos; digo más cosas de aquellos tiempos. Sus huesos aún yacen en una fosa común; y que nadie me venga a pedir que “los remuevan”; descansen allí, puesto que ya… “los huesos sólo sirven para que algunos vivos, vivan a costa de ellos; y con el beneplácito de quienes no entienden los perversos actos de la perversa política, para vivir de ellos”. Sepa el que no lo sepa, que cuando hay que hacer algo por el ser humano, es cuando está vivo, después sólo sirve para los “buitres” que siempre vivieron a costa de los muertos”.

                                Lo terrible, aparte de lo terrible ya contado, es que al fusilar a mi padre; mi madre queda viuda a los diecinueve años, yo huérfano a los diez meses; ambos sin recursos, puesto que, “la generosidad del vencedor”, se tradujo en anular los derechos de viudedad de mi madre y los de huérfano míos, como miembros herederos de un funcionario republicano, cuyo cargo fue inscrito en “La Gaceta de Madrid” (antecesora del luego “Boletín del Estado Español”). ¿Qué pudo hacer mi madre? Primero soportar todo el dolor y anexos, de los terribles hechos; luego volver a casa de su madre… y después, tenía dos caminos, uno; “meterse a puta” (era muy guapa) y como tantas otras desgraciadas, tuvieron que hacer para sobrevivir; o seguir en el camino duro de aquellos “siervos de la gleba”, que lo fueron muchísimos años más; y cuyos trabajos y humillaciones, mejor “me los guardo”; ya he escrito algo en mis artículos y mis libros publicados; pues ya nada sirve para otra cosa, que para, “una verdadera memoria histórica que se debe saber íntegra”, pero que “los canallas de siempre; y de todas las tendencias políticas de panza y bolsillo”, no publicarán jamás.

                                Yo y con mis escritos desde hace ya más de cuarenta años, “me sigo ganando mi pan de cada día”; si bien por ellos nunca me han pagado nada, pero, “ese salario me lo asigno yo y me lo pago, con el mucho dinero que gané en los negocios… y precisamente en la dictadura de Franco, donde aparte de la política, había mil caminos para hacerse rico y dentro de la ley”, puesto que se pagaban muy pocos impuestos; y muchos, muchísimos, “no afectos al movimiento del franquismo” (yo no he militado en política alguna, sentía y siento repulsión por todas ellas); tuvimos vías más que sobradas, para en lo económico, llegar a esa enorme cantidad de “clases medias”, que llegó a haber, y que estos inútiles de ahora, se las han ido cargando hasta llegar, a las situaciones, de ya miseria y sin futuro, que tienen delante, la mayoría de españoles, que como en aquellos “peores tiempos de Franco”, tienen que emigrar al extranjero, puesto que aquí no pueden vivir… “Ahora mismo salen de mi provincia miles de jornaleros que como cada año, van a la vendimia francesa, a trabajar por diez euros la hora, lo que al menos, les resuelve los problemas del momento”… ¡¡Progreso dicen los inútiles políticos que dicen gobernar España… y no les da vergüenza decírnoslo tantas veces!!

                                “También la clase política, incluido el rey y toda su familia, directa e indirecta; están de vacaciones; después de todo lo ocurrido en las últimas elecciones, donde el final, es… “Una España sin gobierno, por cuanto los mercenarios que se lo disputan; la marcha de la nación, les importa dos cojones, sólo buscan su medro o gran negocio, y al resto pues que le den… “por donde el lector puede imaginar”. Amén.

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EPÍLOGO: Sirva lo que antecede, como “una oración” a las “ferias y fiestas”, organizadas por un fracasado gobierno, que se jacta de “haber desenterrado los huesos o momia de Franco, trasladándolos a un lugar, donde curiosamente, fue Franco el que dejó designado antes de morir; nunca él dijo que lo enterrasen en donde lo enterraron sus seguidores, no por otra cosa, que porque creyeron –ilusos- de que continuaría “el franquismo y ellos como dueños de España”. España y como siempre, pasó a “los dueños de turno”, que son los que la siguen explotando en beneficio propio. Amén. 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes