Las Noticias de hoy 26 Octubre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 26 de octubre de 2019    

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Siervos de María: Vivir la gracia del “servicio” con esperanza

LA HIGUERA ESTÉRIL: Francisco Fernandez Carbajal

“Oración constante, de la mañana a la noche”: San Josemaria

Cumpleaños del prelado del Opus Dei

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»:

Comentario al evangelio: El publicano y el fariseo

¿Donde está, oh muerte, tu victoria?: Ernesto Juliá

El Caballero, de Newman: Daniel Tirapu

Razones para vivir, razones para morir: Nuria Chinchilla

Recuerdos inolvidables: + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

La libertad de conciencia de los diputados franceses: Salvador Bernal

La táctica para demoler las instituciones católicas: Plinio Corrêa de Oliveira

Eres tú, en pequeñito: Blanca Sevilla

La fe como virtud cívica y ciudadana: Jorge Espinosa Cano

Reduciendo el uso de antimicrobianos: Jesús Domingo

Resulta bochornoso: JD Mez Madrid

Enfrentarse a un Islam desviado: Jesús Domingo Martínez

Pensamientos y reflexiones 237: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Viernes, 25 de octubre de 2019

La primera lectura, de la Carta a los Romanos (7,18-24), nos habla de la constante lucha interior del Apóstol de las gentes entre el deseo de hacer el bien y el hecho de no ser capaz de lograrlo, una auténtica guerra que está dentro de él.
 
Alguno podría preguntarse si, haciendo el mal que no quiere, San Pablo estaría en el infierno, o sería un derrotado. Sin embargo, es un santo, porque también los santos sienten esa guerra dentro de sí. Es una ley para todos, una guerra de todos los días. Es una lucha entre el bien y el mal; pero no un bien abstracto y un mal abstracto: entre el bien que nos inspira el Espíritu Santo y el mal que nos inspira el mal espíritu. Es una lucha. Y una lucha de todos. Si alguno dijese: “Pues yo no siento eso, soy un bendito, vivo tranquilo, en paz, no siento…”, yo le diría: “Tú no eres un bendito: tú eres un anestesiado, que no sabe lo que le pasa”.
 
En esa lucha diaria, hoy vencemos en una, mañana habrá otra y pasado mañana otra más, hasta el final. Pienso en los mártires, que tuvieron que luchar hasta el final para mantener la fe. Y en los santos, como Teresita del Niño Jesús, para quien la lucha más dura fue el momento final, en el lecho de muerte, porque sentía que el mal espíritu quería arrebatársela al Señor. Hay momentos extraordinarios de lucha, pero también momentos ordinarios, de todos los días. En el Evangelio de Lucas (12,54-59), Jesús dice a la gente, y de paso a todos nosotros: «Sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?». Tantas veces los cristianos estamos ocupados en muchas cosas, incluso buenas; pero ¿qué pasa por dentro de ti? ¿Quién te inspira eso? ¿Cuál es tu tendencia espiritual, en eso? ¿Quién te lleva a hacer eso? La vida nuestra habitualmente es como una vida de la calle: cuando vamos por la calle, solo miramos las cosas que nos interesan; las otras, ni las miramos.
 
La lucha es siempre entre la gracia y el pecado, entre el Señor que quiere salvarnos y sacarnos de esa tentación y el mal espíritu que siempre nos tira para abajo, para vencernos. Deberíamos preguntarnos si cada uno de nosotros es una persona de la calle, que va y viene sin darse cuenta de lo que pasa, o si nuestras decisiones vienen del Señor o las dicta nuestro egoísmo, o el diablo. Es importante saber qué pasa dentro de nosotros. Es importante vivir un poco dentro, y no dejar que nuestra alma sea una calle por donde pasan todos. “¿Y eso cómo se hace, Padre?”. Antes de acabar la jornada, toma dos o tres minutos: ¿qué ha pasado hoy de importante dentro de mí? “Oh, sí, he tenido un poco de odio y he criticado; he hecho aquella obra de caridad…”. ¿Quién te ha ayudado a hacer esas cosas, tanto las malas como las buenas? Hacernos esas preguntas para saber lo que pasa dentro de nosotros. A veces, con esa alma chismosa que todos tenemos, sabemos lo que pasa en el barrio, lo que pasa en la casa de los vecinos, pero no sabemos lo que pasa dentro de nosotros.

 

Siervos de María: Vivir la gracia del “servicio” con esperanza

Palabras del Santo Padre

octubre 25, 2019 18:16Larissa I. LópezPapa y Santa Sede

(ZENIT –25 oct. 2019).- El Papa Francisco invitó a los Siervos de María a vivir la gracia del “servicio” con esperanza, confiando como María en los “tiempos” de Dios, indica Vatican News.

Hoy, 26 de octubre de 2019, el Santo Padre se reunió con los participantes en el 214º Capítulo General de la Orden de los Siervos de María, a quienes les entregó el discurso preparado y les dirigió unas palabras espontáneas.

Fraternidad universal

Francisco comentó dos aspectos que todavía marcan a la citada Orden y que también constituye su esperanza para el futuro: el servicio totalmente dedicado a María y la esperanza que debe acompañarla, en un tiempo de cambio constante, con el apoyo de la oración.

Por otra parte, en el discurso que les entregó el Papa formula votos para que sus comunidades sean también “un signo de fraternidad universal”, escuelas de acogida e integración y lugares de apertura con carácter relacional, señala el medio vaticano.

Para el Pontífice, a través del testimonio, “ayudarán a mantener lejos las divisiones y las cerrazones, los prejuicios de superioridad o de inferioridad, los perímetros culturales, étnicos, lingüísticos y los muros de separación. Y sus comunidades serán así en la medida en que ellos sean hombres de comunión, de fraternidad y de unidad, como lo fueron sus Fundadores”.

Compromiso con la Virgen

El Obispo de Roma recordó que el origen los Siervos de María se produjo en la ciudad italiana de Florencia del siglo XIII, una época tan “vivaz cuanto belicosa”.  Se trata de una orden surgida a partir de un grupo de hombres, conocidos como los Siete Santos Fundadores, que se dedicaban al comercio y al voluntariado.

Al mismo tiempo, el Papa Francisco escribe “su familia religiosa pone el núcleo germinal de su propio carisma en la especial consagración a la Virgen María, reconocida como la verdadera fundadora”, remarcando que su consagración personal a la Virgen es vivida como un compromiso cotidiano para asimilar su estilo, tal y como lo transmiten las Sagradas Escrituras y sus estudios a través de la Pontificia Facultad Teológica Marianum.

4 actitudes de María

El Santo Padre apuntó también que el apostolado y la misión suponen también parte del testimonio e incitó a los presentes a imitar a la Virgen especialmente a través de cuatro de sus actitudes: cuando tras la Anunciación va a ayudar a su prima Isabel; cuando en Caná de Galilea obtiene de Jesús el milagro del agua convertida en vino; cuando permanece a los pies de la cruz de su Hijo y cuando reza en el Cenáculo con los Apóstoles en espera del Espíritu Santo.

“A partir de estos cuatro ‘momentos’ marianos, siempre están llamados a profundizar el carisma fundacional para actualizarlo, a fin de que responda con esperanza a los desafíos que el mundo contemporáneo lanza a la Iglesia y también a su Orden”, matizó Francisco.

Siervos de la esperanza

Remitiendo al título de su Capítulo General “Siervos de la esperanza en un mundo que cambia”, el Papa aludió no solo a la esperanza, sino también a “la escasez de vocaciones en algunas partes del mundo”, así como a “la fatiga de ser fieles a Jesús y al Evangelio en determinados contextos comunitarios o sociales”.

Así los invitó: “a regocijarse por la belleza y la novedad cultural y espiritual de los muchos pueblos a los que han sido enviados a anunciar el Evangelio”.

Hombres  de esperanza

A través de su Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, que trata el tema de la santidad en el mundo actual, el Pontífice describe en su discurso que ser hombres de esperanza significa vivir los perfiles de la santidad, esto es, “cultivar el diálogo, la comunión y la fraternidad”.

“La santificación es un camino comunitario, de dos en dos”,  tal como lo reflejan “algunas comunidades santas”, remarcó.

Igualmente, ser hombres de esperanza “significa encontrar el valor para afrontar algunos de los desafíos actuales”, como es el caso del “uso responsable de los medios de comunicación, que transmiten noticias positivas, pero que también pueden destruir la dignidad de las personas, debilitar el impulso espiritual y dañar la vida fraterna”.

Medios de comunicación

En este sentido, en la última parte del discurso, el Obispo de Roma rememora que es preciso “educarse” para un “uso evangélico de estos instrumentos”, confrontando el desafío de la multiculturalidad.

“No cabe duda de que las comunidades religiosas católicas se han convertido en ‘laboratorios’ en este sentido, ciertamente no sin problemas y, sin embargo, ofreciendo a todos un signo claro del Reino de Dios, al que todos están invitados, a través del único Evangelio de la salvación”, expuso.

Y concluyó: “No es fácil vivir en armonía las diferencias humanas, pero es posible y motivo de alegría si damos cabida al Espíritu Santo”.

 

 

LA HIGUERA ESTÉRIL

— Dar fruto. La paciencia de Dios.

— Lo que Dios espera de nosotros.

— Con las manos llenas. Pacientes en el apostolado.

I. En las viñas de Palestina se solían plantar árboles junto a las cepas. Y en un lugar así sitúa Jesús la parábola que leemos en el Evangelio de la Misa de hoy1: Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y vino a buscar fruto en ella y no encontró. Esto ya había ocurrido anteriormente: situada en un lugar apropiado del terreno, con buenos cuidados, la higuera, año tras año, no daba higos. Entonces mandó el dueño al hortelano que la cortara: ¿para qué va a ocupar terreno en balde?

La higuera simboliza a Israel2, que no supo corresponder a los desvelos que Yahvé, dueño de la viña, manifestó una y otra vez sobre él, y representa también a todo aquel que permanece improductivo3 de cara a Dios. El Señor nos ha colocado en el mejor lugar, donde podemos dar más frutos según las propias condiciones y gracias recibidas, y hemos sido objeto de los mayores cuidados del más experto viñador, desde el momento mismo de nuestra concepción: nos dio un Ángel Custodio para que nos protegiera hasta el final de la vida, recibimos, quizá a los pocos días de nacer, la gracia inmensa del Bautismo, se nos dio Él mismo como alimento en la Sagrada Comunión, hemos tenido la oportunidad de recibir una formación cristiana... Incontables han sido las gracias y favores del Espíritu Santo. Sin embargo, es posible que el Señor encuentre a veces pocos frutos en nuestra vida, y quizá, en alguna ocasión, frutos amargos. Es posible que, alguna vez, nuestra situación personal haya podido recordar la desconsolada parábola que relata el Profeta Isaías: Voy a cantar a mi amado el canto de la viña de mis amores: Tenía mi amado una viña en un fértil recuesto. La cavó, la descantó y la plantó de vides selectas. Edificó en medio de ella una torre e hizo en ella un lagar, esperando que le daría uvas, pero le dio agrazones4, frutos agrios. ¿Por qué estos malos resultados, cuando todo estaba dispuesto para que fueran buenos? San Ambrosio señala que las causas de la esterilidad son, frecuentemente, la soberbia y la dureza de corazón5.

A pesar de todo, Dios vuelve una y otra vez con nuevos cuidados: es la paciencia de Dios6 con el alma. Él no se desanima ante nuestras faltas de correspondencia, sabe esperar, pues, junto a nuestras flaquezas y a la debilidad, conoce a la vez la capacidad de bien que hay en cada hombre, en cada mujer. El Señor no da nunca a nadie por perdido, confía en todos nosotros, aunque no siempre hayamos respondido a sus esperanzas.

Él mismo ha dicho que no quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que aún humea7. Y las páginas del Evangelio son un continuo testimonio de esta consoladora verdad: las parábolas del hijo pródigo, de la oveja perdida..., el encuentro con la samaritana, con Zaqueo...

II. Señor, déjala todavía este año, y cavaré alrededor de ella y le echaré estiércol, a ver si así da fruto... Es Jesús que intercede ante Dios Padre por nosotros, que «somos como una higuera plantada en la viña del Señor»8. «Intercede el colono; intercede cuando ya el hacha está a punto de caer, para cortar las raíces estériles; intercede como lo hizo Moisés ante Dios... Se mostró mediador quien quería mostrarse misericordioso»9, comenta San Agustín. Señor, déjala todavía este año... ¡Cuántas veces se habrá repetido esta misma escena! ¡Señor, déjalo todavía un año...! «¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?»10.

Cada persona tiene una vocación particular, y toda vida que no responde a ese designio divino se pierde. El Señor espera correspondencia a tantos desvelos, a tantas gracias concedidas, aunque nunca podrá haber paridad entre lo que damos y lo que recibimos, «pues el hombre nunca puede amar a Dios tanto como Él debe ser amado»11; sin embargo, con la gracia sí que podemos ofrecerle cada día muchos frutos de amor: de caridad, de apostolado, de trabajo bien hecho... Cada noche, en el examen de conciencia, hemos de saber encontrar esos frutos pequeños en sí mismos, pero que han hecho grandes el amor y el deseo de corresponder a tanta solicitud divina. Y cuando salgamos de este mundo «tenemos que haber dejado impreso nuestro paso, dejando a la tierra un poco más bella y al mundo un poco mejor»12, una familia con más paz, un trabajo que ha significado un progreso para la sociedad, unos amigos fortalecidos con nuestra amistad...

Examinemos en nuestra oración: si tuviéramos que presentarnos ahora delante del Señor, ¿nos encontraríamos alegres, con las manos llenas de frutos para ofrecer a nuestro Padre Dios? Pensemos en el día de ayer..., en la última semana..., y veamos si estamos colmados de obras hechas por amor al Señor, o si, por el contrario, una cierta dureza de corazón o el egoísmo de pensar excesivamente en nosotros mismos está impidiendo que demos al Señor todo lo que espera de cada uno. Bien sabemos que, cuando no se da toda la gloria a Dios, se convierte la existencia en un vivir estéril. Todo lo que no se hace de cara a Dios, perecerá. Aprovechemos hoy para hacer propósitos firmes. «Dios nos concede quizá un año más para servirle. No pienses en cinco, ni en dos. Fíjate solo en este: en uno, en el que hemos comenzado...»13, en el que ya falta poco para terminar.

III. En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así seréis discípulos míos14. Esto es lo que Dios quiere de todos: no apariencia de frutos, sino realidades que permanecerán más allá de este mundo: gentes que hemos acercado al sacramento de la Penitencia, horas de trabajo terminadas con hondura profesional y rectitud de intención, pequeñas mortificaciones en las comidas, que manifiestan la presencia de Dios y el dominio del cuerpo por amor al Señor, vencimientos en el estado de ánimo, orden en los libros, en la casa, en los instrumentos de trabajo, empeño para que no influya a nuestro alrededor el cansancio de un día intenso, pequeños servicios, a quienes estaban necesitados de ayuda... No nos contentemos con las apariencias; examinemos si nuestras obras resisten, por el amor que hemos puesto en ellas y por la rectitud de intención, la penetrante mirada de Jesús. ¿Son mis obras en este momento el fruto que corresponde a las gracias que recibo?, podríamos preguntarnos cada uno en la intimidad de nuestra oración.

Si San Lucas sigue realmente un orden temporal en los acontecimientos que narra, «esta parábola fue dicha inmediatamente después de la pregunta planteada acerca de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con sus sacrificios, y sobre los dieciocho hombres, encima de los cuales cayó la torre de Siloé (Lc 13, 4). ¿Debía suponerse que esos hombres eran especialmente pecadores, para merecer tal suerte? Nuestro Señor contesta que no, y añade: Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis igualmente. No es la muerte del cuerpo lo que importa, es la disposición del alma que la recibe, y el pecador que, dándosele tiempo para el arrepentimiento, no hace uso de la oportunidad, no sale mejor librado que si le hubieran lanzado repentinamente sobre la eternidad, como a aquellos. Y en este momento llega la parábola de la higuera, que nos advierte de un límite a la larga paciencia de Dios Todopoderoso. Pero parece, por lo que oímos del hortelano, que es posible una intervención para prolongar el plazo de la tolerancia divina. No cabe duda que esto es importante. ¿Pueden nuestras oraciones servir para ganar al pecador un plazo que le permita arrepentirse?

»Claro que pueden»15. Y nosotros mismos podemos interceder junto al Señor para que se prolongue esa paciencia divina con aquellas personas que quizá, con una constancia de años, pretendemos que se acerquen a Jesús. «Por tanto, no nos apresuremos a cortar, sino dejemos crecer misericordiosamente, no sea que arranquemos la higuera que aún puede dar mucho fruto»16. Tengamos también nosotros paciencia y procuremos poner más medios, humanos y sobrenaturales, en el trato con esas personas que parecen tardar en recorrer el camino que lleva hasta Jesús.

Nuestra Madre Santa María nos alcanzará, en este sábado del mes de octubre en el que tantas veces hemos acudido a Ella, la gracia abundante que necesitan nuestras almas para dar más frutos y la que precisan nuestros familiares y amigos para que aceleren el paso hacia su Hijo, que los espera.

1 Lc 13, 6-9. — 2 Cfr. Os 9, 10. — 3 Cfr. Jer 8, 13. — 4 Is 5, 1-3. — 5 Cfr. San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, in loc. — 6 Cfr. 2 Pdr 3, 9. — 7 Mt 12, 20. — 8 Teofilacto, en Catena Aurea, vol. VI, p. 134. — 9 San Agustín, Sermón 254, 3. — 10 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 425. — 11 Santo Tomás, Suma Teológica, 1-2, q. 6, a. 4. — 12 G. Chevrot, El Evangelio al aire libre, Herder, Barcelona 1961, p. 169. — 13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 47. — 14 Jn 15, 8. — 15 R. A. Knox, Sermones pastorales, pp. 188-189. — 16 San Gregorio Nacianceno, Oración 26, en Catena Aurea, vol. VI, p. 135.

 

“Oración constante, de la mañana a la noche”

La verdadera oración, la que absorbe a todo el individuo, no la favorece tanto la soledad del desierto, como el recogimiento interior. (Surco, 460)

Yo, mientras me quede aliento, no cesaré de predicar la necesidad primordial de ser alma de oración ¡siempre!, en cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos abandona nunca. No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues así con Dios.
Con esta búsqueda del Señor, toda nuestra jornada se convierte en una sola íntima y confiada conversación. Lo he afirmado y lo he escrito tantas veces, pero no me importa repetirlo, porque Nuestro Señor nos hace ver -con su ejemplo- que ése es el comportamiento certero: oración constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones! Y ese Dios, manso y humilde de corazón, no olvidará nuestros ruegos, ni permanecerá indiferente, porque El ha afirmado: pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. (Amigos de Dios, 247)

 

 

Cumpleaños del prelado del Opus Dei

Con motivo del cumpleaños de Mons. Fernando Ocáriz (París, 27 de octubre de 1944), ofrecemos una recopilación de los reportajes sobre sus recientes viajes pastorales a EE. UU. y Canadá.

Del Prelado25/10/2019

Opus Dei - Cumpleaños del prelado del Opus Dei

Viaje pastoral a EE. UU. (relato de esos días)

 

 

 

 

 

 

 


Viaje Pastoral a Canadá (relato de esos días)

 

 

 

 

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»

Este artículo sobre el trabajo desarrolla el mensaje principal de san Josemaría: que la propia tarea bien hecha y ofrecida al Señor es medio para acercarse a Dios y cristianizar la sociedad.

Trabajo13/10/2014

Opus Dei - Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»Foto: Ismael Martínez Sánchez

Las luces y sombras de la época que vivimos están patentes a los ojos de todos. El desarrollo humano y las plagas que lo infectan; el progreso civil en muchos aspectos y la barbarie en otros...: son contrastes que tanto san Juan Pablo II como sus sucesores han señalado repetidas veces[1], animando a los cristianos iluminar la sociedad con la luz del Evangelio. Sin embargo, aunque todos estamos llamados a transformar la sociedad según el querer de Dios, muchos no saben cómo hacerlo. Piensan que esa tarea depende casi exclusivamente de quienes gobiernan o tienen capacidad de influir por su posición social o económica y que ellos sólo pueden hacer de espectadores: aplaudir o silbar, pero sin entrar en el terreno de juego, sin intervenir en la partida.

No ha de ser esa la actitud del cristiano, porque no responde a la realidad de la vocación a la que está llamado. Quiere el Señor que seamos nosotros, los cristianos —porque tenemos la responsabilidad sobrenatural de cooperar con el poder de Dios, ya que El así lo ha dispuesto en su misericordia infinita—, quienes procuremos restablecer el orden quebrantado y devolver a las estructuras temporales, en todas las naciones, su función natural de instrumento para el progreso de la humanidad, y su función sobrenatural de medio para llegar a Dios, para la Redención[2].

No somos espectadores. Al contrario, es misión específica de los laicos santificar el mundo «desde dentro»[3]: orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas[4]. Como enseña el Concilio Vaticano II, los laicos han de «iluminar y ordenar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen constantemente según Cristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor»[5]. En una palabra: cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano[6].

Foto: Ismael Martínez SánchezFoto: Ismael Martínez Sánchez

Y para esto los cristianos tenemos el poder necesario, aunque no tengamos poder humano. Nuestra fuerza es la oración y las obras convertidas en oración. La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios[7]. Concretamente, el arma específica que poseen la mayoría de cristianos para transformar la sociedad es el trabajo convertido en oración. No simplemente el trabajo, sino el trabajo santificado.

Dios se lo hizo comprender a San Josemaría en un momento preciso, el 7 de agosto de 1931, durante la San Misa. Al llegar la elevación, trajo a su alma con fuerza extraordinarias las palabras de Jesús: cuando seré levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí[8]. Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: ¡si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño..., entonces omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad![9]

Cristianizar la sociedad

Dios ha confiado al hombre la tarea de edificar la sociedad al servicio de su bien temporal y eterno, de modo acorde con su dignidad[10]: una sociedad en la que las leyes, las costumbres y las instituciones que la conforman y estructuran, favorezcan el bien integral de las personas con todas sus exigencias; una sociedad en la que cada uno se perfeccione buscando el bien de los demás, ya que el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a os demás»[11]. Sin embargo, todo se ha trastocado a causa del pecado del primer hombre y de la sucesiva proliferación de los pecados que —como enseña el Catecismo de la Iglesia— hacen «reinar entre los hombres la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las "estructuras de pecado" son expresión y efecto de los pecados personales»[12].

El Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo nuestro Señor, ha venido al mundo para redimirnos del pecado y de sus consecuencias. Cristianizar la sociedad no es otra cosa que liberarla de esas consecuencias que el Catecismo resume con las palabras que acabamos de leer. Es, por una parte, liberarla de las estructuras de pecado —por ejemplo, de las leyes civiles y de las costumbres contrarias a la ley moral—, y por otra, más a fondo, procurar que las relaciones humanas estén presididas por el amor de Cristo, y no viciadas por el egoísmo de la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social[13].

Cristianizar la sociedad no es imponer a nadie la fe verdadera. Precisamente el espíritu cristiano reclama el respeto del derecho a la libertad social y civil en materia religiosa, de modo que no se debe impedir a nadie que practique su religión, según su conciencia, aun cuando estuviera en el error, siempre que respete las exigencias del orden público, de la paz y la moralidad pública, que el Estado tiene obligación de tutelar[14]. A quienes están en el error hay que procurar que conozcan la verdad, que sólo se encuentra plenamente en la fe católica, enseñándoles y convenciéndoles con el ejemplo y con la palabra, pero nunca con la coacción. El acto de fe sólo puede ser auténtico si es libre.

Pero cuando un cristiano intenta que la ley civil promueva el respeto de la vida humana desde el momento de la concepción, la estabilidad de la familia a través del reconocimiento de la indisolubilidad del matrimonio, los derechos de los padres en la educación de los hijos tanto en escuelas públicas como en privadas, la verdad en la información, la moralidad pública, la justicia en las relaciones laborales, etc., no está pretendiendo con imponer su fe a los demás, sino cumpliendo con su deber de ciudadano y contribuyendo a edificar, en lo que está de su parte, una sociedad mejor, conforme a la dignidad de la persona humana. Ciertamente, el cristiano,gracias a la Revelación divina, posee una especial certeza sobre la importancia que esos principios y verdades poseen para edificar una sociedad más justa; pero estos están al alcance de la razón humana, y por eso cualquier persona, independientemente de su fe, puede apreciar el valor e importancia que esos principios tienen para la vida social.

Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana[15]. Se trata de «sanear las estructuras y los ambientes del mundo (...) de modo que favorezcan la práctica de las virtudes en vez de impedirla»[16]. La fe cristiana hace sentir hondamente la aspiración, propia de todo ciudadano, de buscar el bien común de la sociedad. Un bien común que no se reduce al desarrollo económico, aunque ciertamente lo incluyen. Son también, y antes —en sentido cualitativo, no siempre en el de urgencia temporal—, las mejores condiciones posibles de libertad, de justicia y de vida moral en todos sus aspectos, y de paz, que corresponden a la dignidad de la persona humana.

Cuando un cristiano hace lo posible para configurar de este modo la sociedad lo hace en virtud de su fe, no en nombre de una ideología opinable de partido político. Actúa como actuaron los primeros cristianos. No tenían, por razón de su vocación sobrenatural, programas sociales ni humanos que cumplir; pero estaban penetrados de un espíritu, de una concepción de la vida y del mundo, que no podía dejar de tener consecuencias en la sociedad en la que se movían[17]. La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana[18].

Es necesario procurar sanear las estructuras de la sociedad para empaparla de espíritu cristiano, pero no es suficiente. Aunque parezca una meta muy alta, no pasa de ser una exigencia básica. Hace falta mucho mas: procurar sobre todo que las personas sean cristianas, que cada uno irradie a su alrededor, en su conducta diaria, la luz y el amor de Cristo, el buen olor de Jesucristo[19]. El fin no es que las estructuras sean sanas, sino que las personas sean santas. Tan equivocado sería despreocuparse de que las leyes y las costumbres de la sociedad fueran conformes al espíritu cristiano, como conformarse sólo con esto. Porque además, en ese mismo momento peligrarían de nuevo las mismas estructuras sanas. Siempre hay que estar recomenzando. «No hay humanidad nueva, si antes no hay hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio»[20].

Por medio del trabajo

De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes[21] Si queremos cristianizar la sociedad,lo primero es la santidad personal, nuestra unión con Dios. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención[22]. Es necesario que no perdamos la sal, la luz y el fuego que Dios ha puesto dentro de nosotros para transformar el ambiente que nos rodea. El Papa san Juan Pablo II ha señalado que «es un cometido que exige valentía y paciencia»[23]: valentía porque no hay que tener miedo a chocar con el ambiente cuando es necesario; y paciencia, porque cambiar la sociedad desde dentro requiere tiempo, y mientras tanto no hay que acostumbrarse a la presencia del mal cristalizado en la sociedad, porque acostumbrarse a una enfermedad mortal es tanto como sucumbir a ella. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad "desde dentro", estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene —no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado— de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica[24].

Dios quiere que infundamos espíritu cristiano a la sociedad a través de la santificación del trabajo profesional, ya que por el trabajo, somete el cristiano la creación (cfr. Gn 1,28) y la ordena a Cristo Jesús, centro en el que están destinadas a recapitularse todas las cosas[25]. El trabajo profesional es, concretamente, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres[26].

Foto: Ismael Martínez SánchezFoto: Ismael Martínez Sánchez

Cada uno se ha de proponer la tarea de cristianizar la sociedad a través de su trabajo: primero mediante en el afán de acercar a Dios a sus colegas y a las personas con las que entra en contacto profesional, para que también ellos lleguen a santificar su trabajo y a dar el tono cristiano a la sociedad; y después, e inseparablemente, mediante el empeño por cristianizar las estructuras del propio ambiente profesional, procurando que sean conformes a la ley moral. Quien se dedica a la empresa, a la profesión farmacéutica, a la abogacía, a la información o a la publicidad..., debe tratar de influir cristianamente en su ambiente: en las relaciones y en las instituciones profesionales y laborales. No es suficiente no mancharse con prácticas inmorales; hay que proponerse limpiar el propio ámbito profesional, hacerlo conforme a la dignidad humana y cristiana.

Para todo esto debemos recibir una formación tal que suscite en nuestras almas, a la hora de acometer el trabajo profesional de cada uno, el instinto y la sana inquietud de conformar esa tarea a las exigencias de la conciencia cristiana, a los imperativos divinos que deben regir en la sociedad y en las actividades de los hombres[27].

Las posibilidades de contribuir a la cristianización de la sociedad en virtud del trabajo profesional, van más allá de lo que puede realizarse en el estricto ambiente de trabajo. La condición de ciudadano que ejerce una profesión en la sociedad es un título para emprender o colaborar en iniciativas de diverso género, junto con otros ciudadanos que comparten los mismos ideales: iniciativas educativas de la juventud —escuelas donde se imparta una formación humana y cristiana, tan necesarias y urgentes en nuestro tiempo—, iniciativas asistenciales, asociaciones para promover el respeto a la vida, o la verdad en la información, o el derecho a un ambiente moral sano... Todo realizado con la mentalidad profesional de los hijos de Dios llamados a santificarse en medio del mundo.

Que entreguemos plenamente nuestras vidas al Señor Dios Nuestro, trabajando con perfección, cada uno en su tarea profesional y en su estado, sin olvidar que debemos tener una sola aspiración, en todas nuestras obras: poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres[28] .

 


[1] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Ecclesia in Europa, 28-VI-2003, c. I.

[2] San Josemaría, Carta 30-IV-1946, n. 19, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 420.

[3] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[4] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 17, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[6] San Josemaría, Conversaciones, n. 112.

[7] San Josemaría, Forja, n. 439.

[8] Jn 12, 32.

[9] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 27-X-1963, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, pp. 426-427:

[10] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 353, 1929, 1930.

[11] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1869..

[13] San Josemaría, Surco, n. 302.

[14] Cfr. Conc. vaticano II, Decr. Dignitatis humanae, nn. 1, 2 y 7.

[15] San Josemaría, Forja, n. 718.

[16] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 36.

[17] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 22, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 418.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.

[19] Cfr. 2 Cor 2, 15.

[20] Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, n. 18.

[21] San Josemaría, Camino, n. 755.

[22] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 183.

[23] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 1-V-1991, n. 38.

[24] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.

[25] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 14, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 425.

[26] Conversaciones, n. 10.

[27] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 15, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, III, Rialp, Madrid 2013, p. 574.

[28] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 41 en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 428. Cfr Forja, n. 678.

 

Comentario al evangelio: El publicano y el fariseo

Evangelio del 30º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C) y comentario al evangelio.

Vida cristiana

Opus Dei - Comentario al evangelio: El publicano y el fariseo

Evangelio (Lc 18,9-14)

Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y que despreciaban a los demás:

— Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo». Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador». Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.


Comentario

Con la parábola del fariseo y el publicano que suben al Templo a orar Jesús nos instruye de nuevo sobre la humildad, virtud imprescindible para tratar a Dios y a los demás y “disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración”, como recuerda el Catecismo de la Iglesia (n. 2559).

El contraste entre los dos personajes de la parábola es llamativo y provocador, sobre todo porque, para la opinión pública de entonces, la figura de un fariseo sintetizaba el modelo de la virtud y la instrucción, mientras el solo nombre de publicano era ya sinónimo de pecador (cfr. p.ej. Lc 5,30) y eran tachados como impuros por trabajar para los gentiles.

Jesús presenta al fariseo orgulloso de sí mismo y con rasgos casi cómicos: reza “quedándose de pie” y más adelantado que el publicano; se dirige a Dios de forma grandilocuente; repasa la listade sus méritos cumplidos incluso más allá de lo prescrito, como sus ayunos; y vive en constante comparación con los demás, a los que considera inferiores. El fariseo cree que reza, pero en realidad vive un monólogo “para sus adentros”, buscando su satisfacción personal y cerrándose a la acción de Dios.

En cambio, el publicano se queda lejos y con la mirada baja, porque se siente indigno de dirigirse a su Señor; y en su oración se golpea el pecho, como para romper la dureza del corazón y dejar entrar el perdón de Dios. Como señala san Agustín, “aunque le alejaba de Dios su conciencia, le acercaba a él su piedad”[1].

Jesús dibuja con perfiles tan marcados la arrogancia del fariseo que ninguno querría parecerse a él, sino más bien al publicano humilde. Sin embargo, nos acecha una forma similar de arrogancia, aunque se presente más sutil, puede filtrarse en nuestro comportamiento y en nuestra forma de orar. San Juan Crisóstomo comentaba así este pasaje: “Porque así como la humildad supera el peso del pecado y saliendo de sí llega hasta Dios, así la soberbia, por el peso que tiene, hunde a la justicia. Por tanto, aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello, perderás el fruto de tu oración. Por el contrario, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios”[2].

Jesús dice que el publicano bajó justificado mientras el fariseo no. Señala así el fruto que se obtiene con la verdadera vida de piedad: la justificación, que en esta parábola podría traducirse como el arte de agradar a Dios, y que no consiste tanto en sentirnos seguros y mejores por el cumplimiento exacto de normas, sino más bien en reconocer ante Dios nuestra pobre condición de criaturas, necesitadas de su misericordia y llamadas a amar a los demás como Dios los ama.

De la parábola obtenemos un medio seguro para evitar la arrogancia en nuestra vida de piedad: será humilde y agradable a Dios si nos lleva a frecuentes actos de contrición y a amar a los demás. Será arrogante e infructuosa si nos hace sentirnos seguros de nuestros propósitos cumplidos y nos lleva a frecuentes juicios críticos hacia los demás. Como explica el Papa Francisco, “no es suficiente, por lo tanto, preguntarnos cuánto rezamos, debemos preguntarnos también cómo rezamos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar la arrogancia e hipocresía”[3]. Para evitar este mal del alma, mientras tratamos de mejorar y para vivir con un verdadero conocimiento propio, puede servirnos lo que escribió san Josemaría: “No es falta de humildad que conozcas el adelanto de tu alma. –Así lo puedes agradecer a Dios. –Pero no olvides que eres un pobrecito, que viste un buen traje… prestado”[4].


[1] San Agustín, De verb. Dom. Serm. 36.

[2] San Juan Crisóstomo, Serm. De fariseo et De publicano.

[3] Papa Francisco, Audiencia, 1 de junio de 2016.

[4] San Josemaría, Camino, n. 608.

 

¿Donde está, oh muerte, tu victoria?

Ernesto Juliá

Capellán de un hospital.

photo_camera Capellán de un hospital.

La pregunta que se hace san Pablo en el capítulo 15 de su primera carta a los Corintios, sigue siendo, y seguirá a lo largo de todos los siglos que el Señor quiera mantener la historia de hombre sobre la tierra, un interrogante que cada hombre, cada mujer, ha de resolver muy personalmente. Y que de alguna manera nos ronda en el mes de noviembre.

Enfrentarnos con la muerte es una tarea que cada uno de nosotros vamos a vivir antes o después. A veces pensamos que es mejor olvidar la muerte, seguir viviendo como si nada, y si la muerte da la cara y se presente al descubierto, anestesiar cualquier sentimiento, cualquier temor, con una buena dosis de tranquilizantes, olvidarnos, y no pensar.

¡En cuantas ocasiones hemos visto en los tanatorios gente que da la impresión de haber ido allí sencillamente a hacer acto de presencia, a hablar de cualquier cosa, a cumplir con un protocolo, y no abren el alma en una oración por el difunto!

El hombre siempre ha pensado en la muerte. Los animales, cualquier animal, no piensa, ni en la muerte ni en nada. Y este es el paso que ninguna materia, ninguna evolución de la materia, llegará jamás a explicar; por eso el hombre tiene capacidad de cortar el palpitar de su cuerpo y de su espíritu, que le anima a pensar, con serenidad o con temblor en la muerte, en el intento de no plantearse la pregunta de qué habrá después de la muerte.

La victoria de la muerte, fruto del pecado, es conseguir que el hombre no piense en ella; no piense en qué se va a encontrar cuando su corazón dé el último suspiro en la tierra. No piense en el más allá, y rebaje su dignidad a la animalidad de su carne; a la futilidad de ser poco más que polvo de estrellas y desaparecer para siempre.

La victoria de la muerte es conseguir que el hombre se olvide del amor de Dios, manifestado en la muerte en Cruz de su Hijo; y se limite a vivir en el vacío de sus propios pensamiento y “creaciones”, ya sean intelectuales, carnales, materiales.

La victoria de la muerte es arrancar de la mente y del corazón de los hombres y de las mujeres, las tres palabras que la siguen en el enunciado de las postrimerias: muerte, juicio, infierno y gloria. Y apartar al hombre de pensar en el Amor de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, de Cristo.

Viendo a Cristo crucificado, un cristiano piensa en la muerte y reza a Cristo para que acoja su muerte en Su Resurrección , después de perdonarle sus pecados. Viendo a Cristo agonizante en la Cruz, el cristiano se descubre más consciente de que es el Hijo de Dios hecho hombre quien está muriendo nuestra muerte; y nos quiere ayudar a vivir con Él nuestra propia muerte. Es lo que hace cuando se acerca al enfermo, al moribundo, en el sacramento de la Unción de los Enfermos. Y es lo que nos anuncia la presencia de un amigo, de una amiga, de la persona muerta rezando, solo, delante del cadáver, mientras los demás visitantes del tanatorio hablan de cualquier cosa en el pasillo de la sala mortuoria.

La honda y vivida tradición cristiana ha colocado la cruz con el Crucificado sobre la tapa del ataúd. Es la señal de que Cristo quiere acompañar en la muerte, en la sepultura a quien se ha acogido a Él, a su perdón, a su misericordia; y está dispuesto a alzar la tapa para su resurrección. Es anhelar la victoria sobre la muerte. 

Al ver una tapa de ataúd sin cruz, sin Crucificado, me viene a la memoria, algo variado, el lamento de Bécquer: ¡Dios mío, qué solos dejamos a los muertos, qué solos se quieren quedar los muertos!

ernesto.julia@gmail.com

 

El Caballero, de Newman

Daniel Tirapu

Canonizacion cardenal Newman.

photo_camera Canonizacion cardenal Newman.

En tiempos de zafiedad, de desprecio de la  nobleza, no de sangre, sino del espíritu, la figura de Newman es un rayo de luz para la Iglesia y para la sociedad. Newman como dice su biógrafo Morales, teólogo de la Universidad de Navarra y otros antes que él fue, además de anglicano, católico converso, Cardenal, etc, fue un inglés total, antes que nada. De ahí su atractivo para los ingleses y para el mundo anglicano.

Newman escribió sobre lo que era un caballero y él  lo fue. Cuando las palabras del autor son mejores que las mías, prefiero no ensuciarlas con mis comentarios. Lean, juzguen y procuremos ser caballeros, o al menos aspirar a ello.

Una Definición de un Caballero

“Es casi una definición de caballero decir que es alguien que nunca inflige dolor. Esta descripción es tan refinada como precisa en la medida de lo posible. Se ocupa principalmente de eliminar los obstáculos, lo que dificulta la acción libre y no relacionada de quienes lo rodean. Sus beneficios pueden considerarse como paralelos a lo que se denomina comodidad o conveniencia en arreglos de naturaleza personal: como una mecedora y una buena fogata, que hacen su parte en disipar el frío y la fatiga, aunque la naturaleza proporciona ambos medios de descanso y calor sin ellos.

El verdadero caballero, de la misma manera, evita cuidadosamente cualquier cosa que pueda causar una sacudida en las mentes de aquellos con quienes está fundido; y todo choque de opiniones y de sentimientos, moderación, sospecha, pesimismo o resentimiento; es tierno con el tímido, amable con el distante y misericordioso con el absurdo; puede recordar con quién está hablando; se guarda contra alusiones no razonables, o tópicos que puedan irritar; rara vez es prominente en la conversación, y nunca está cansado.

No le pesan los favores mientras los realiza y parece recibir cuando en realidad está dando. Nunca habla de sí mismo excepto cuando se ve obligado y jamás se defiende mediante simple réplica. No tiene oídos para los chismes ni las calumnias. Es escrupuloso para comprender los motivos de aquellos que interfieren, y trata de interpretar todo de la mejor manera. Jamás es desconsiderado o mezquino en sus disputas ni tampoco se aprovecha de ventajas injustas, nunca confunde las personalidades ni tampoco deja de ver la diferencia entre lo que es una observación tajante y un verdadero argumento, ni hace insinuaciones sobre hechos malos sobre los que no se atrevería a hablar abiertamente.

Desde una prudencia que ve más allá, observa la máxima del antiguo sabio, que deberíamos dirigirnos siempre hacia nuestro enemigo como si un día fuera a ser nuestro amigo. Tiene demasiado buen sentido como para ofenderse por los insultos, está suficientemente ocupado como para recordar injurias y demasiado indolente como para soportar la malicia.

Es paciente, contenido y resignado a los principios filosóficos; se somete al dolor, porque es inevitable; a las aflicciones, porque son irreparables; y a la muerte, porque es su destino.

Si entra en alguna controversia de cualquier tipo, su intelecto disciplinado lo preserva de cometer una desatinada descortesía a mentes mejores, o tal vez, de las menos educadas; que, cual armas contundentes, cortan y desgarran en vez de realizar cortes limpios, que confunden el motivo principal del argumento, gastan sus fuerzas en trivialidades, juzgan mal al adversario, y dejan el problema peor de lo que lo encontraron. Puede estar bien o mal en su opinión, pero tiene demasiada claridad mental como para ser injusto.

Así como es de simple, es fuerte; así como es breve, es también decisivo. En ningún otro lugar encontraremos mayor candor, consideración e indulgencia: Se arroja hacia la mente de sus oponentes, da cuenta de sus errores. Conoce la debilidad de la razón humana así como su fuerza, su competencia y sus límites. Si fuera un no creyente, aun así tendría una mente lo suficientemente amplia y profunda como para no ridiculizar la religión o actuar en su contra; es demasiado sabio como para ser dogmático o fanático en su falta de creencia.

Respeta la piedad y la devoción; incluso apoya a las instituciones que no acepta, como venerables, bellas o útiles; honra a los ministros de religión, y le complace declinar sus misterios sin asaltarlos ni denunciarlos. Es amigo de la tolerancia religiosa, y esto, no es tan solo porque su filosofía le ha enseñado a ser respetuoso con todas las formas de fe con un ojo imparcial, sino por su caballerosidad y delicadeza de sentimientos, que son consecuencia de civilización.

No es que no tuviera tampoco una religión, a su manera, incluso si no es cristiano. En ese caso, su religión es una de imaginación y sentimiento; es la encarnación de aquellas ideas de lo sublime, lo majestuoso, y lo hermoso, sin lo cual no puede haber una filosofía grande. A veces reconoce el ser de Dios, a veces invierte un principio o cualidad desconocidos con los atributos de la perfección. Y esta deducción de su razón, o la creación de su fantasía, es la ocasión de tan excelentes pensamientos, y el punto de partida de una enseñanza tan variada y sistemática, que incluso parece un discípulo de la cristiandad misma.

De la misma precisión y firmeza de sus cualidades lógicas, es capaz de ver qué sentimientos son consistentes en aquellos que tienen alguna doctrina religiosa, y aparece ante los demás como alguien capaz de sentir y sostener todo un círculo de verdades teológicas, las cuales existen en su mente, no más que como una serie de deducciones”

 

Razones para vivir, razones para morir

Aunque ya se sabía desde 2016 que lo había solicitado, ayer nos despertamos con la noticia de la muerte por eutanasia de la atleta paralímpica belga, Marieke Vervoort,  de 40 años,  campeona del mundo de paratriatlón en 2006, que compitió en el mítico Ironman de Hawai al año siguiente y  fue oro en los 100 metros en los Juegos de Londres 2012. Podéis leer más aquí.

El ser humano es un ser social por naturaleza. Sus primeros pasos en sociedad los da en el seno familiar y, normalmente, también los últimos. De igual manera, nace desvalido y muere del mismo modo. No hay una criatura más necesitada de cuidados que un bebé humano. Y no por eso lo vemos como menos digno. Sin embargo, el criterio de la dignidad se utiliza para defender el derecho a decidir acabar con la propia vida.

Sin entrar en juicios, si recordáramos cómo nacemos, veríamos las circunstancias de la vida que nos hacen más débiles, menos autónomos, parcial o absolutamente dependientes, como un elemento más de nuestra trayectoria vital, en la lógica del servicio que recibimos de nuestros padres, abuelos, hermanos mayores -en nuestros primeros meses-, y lo ofreceríamos igualmente a los que nos preceden en edad o enfermedad. Estoy hablando de los cuidados paliativos. Os dejo con un interesante vídeo donde un doctor belga requiere de las autoridades que los solicitantes de la eutanasia deban pasar por los paliativos antes de decidir. Las cifras que ofrece sobre  cambios de opinión son aplastantes. ¿No serán las razones para morir, en realidad, razones para seguir viviendo?

 

 

 

Recuerdos inolvidables

Los turistas viajan calculando todo cuanto pueden, los grandes y los pequeños pormenores de su trasiego: otra cultura, otra lengua, usanzas diferentes, climas diversos y un largo etc. En la medida que pueden todo lo traen contado, pesado y medido, para evitar imprevistos que les compliquen el periplo. Por el contrario, los peregrinos se dejan llevar por otro, Otro que lleva mayúsculas. Puestos en las manos de Dios le dejan un margen grande, para que sea Él quien venga a sorprenderlos con un don y una gracia que no entra en los cálculos humanos de quien viaja a mundos desconocidos. Así lo he vivido en nuestra misión diocesana de Benín, descubriendo tantas cosas.

En primer lugar, el horizonte de un mundo y una Iglesia que es más grande de las diarias fronteras de mi vida. Asturias es una tierra particularmente bella por su historia y geografía, con la gente preciosa de esta región tan cargada de nobleza y bondad en su acogida. La diócesis de Oviedo que tiene siglos de camino, donde hay santos, mártires, y tantos cristianos con sus diferentes vocaciones que han dado vida, han puesto esperanza y han repartido entrega a manos llenas, por amor a Dios y a los hermanos. Pero, siendo verdad esto, tan gratamente, el mundo y la Iglesia tienen un mapa más amplio, más inmenso, más diverso y variopinto. Entonces tu mirada se dilata, y comprendes que las cosas que a diario te suceden entre valle y valle, entre pueblo y pueblo, entre prueba y prueba, entre lío y lío… no agotan el universo donde hay muchas más cosas con todas sus agradables noticias ensoñadas y con sus todas sus pertinaces pesadillas. Dios te hace ese regalo que agrandar tu pupila, dilatando esa mirada que te permite ver de otro modo lo que cotidianamente acontece en nuestra orilla.

En segundo lugar, los misioneros. Son muy queridos todos cuantos han pasado por estas comunidades cristianas, dejando la buena huella del hacer misionero. No son agentes de promoción cultural o social; no son los comerciales de una ONG altruista de financiación internacional; tampoco vienen a jalear con terapias de guerrilla pirata con reivindicaciones ajenas al Evangelio. Son nada más y nada menos que misioneros, sacerdotes, religiosos, laicos comprometidos hasta el fondo, y todos desde una exquisita comunión con la Iglesia. Enseñan a amar a Dios, a María y a los santos. Preparan la catequesis según la edad y los momentos. Celebran los sacramentos, particularmente la Eucaristía y la Penitencia, pero también el Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio, la Unción de los enfermos. Proclaman la Palabra de Dios que predican en estas lenguas locales complicadas muchas veces. Y desde aquí crean comunidad, hacen pueblo, sostienen la esperanza de esta gente sencilla, vendando sus heridas, sembrando paz en sus conflictos, y defendiendo lo que es justo en su dignidad humana.

Y en tercer lugar, está el regalo de este increíble pueblo: niños, jóvenes, adultos y ancianos. Un misionero lo da todo y todo lo recibe con creces hasta quedar conmovido y lleno de gratitud sincera. ¡Cuántas cosas he recibido yo en esos pocos días con ellos, de pequeños y grandes, de gente que comienza con su fe y de cuantos ya llevan años de andadura creyente! Especialmente el domingo, día del Señor que permite asomarse a un verdadero pueblo en fiesta. Es la alegría contagiosa que se torna en el anuncio cristiano, como ya ocurría con la primitiva Iglesia: ¡mirad cómo se aman! Es el comentario impávido de cuantos los ven pasar como dulce provocación que supone la presencia de una comunidad cristiana. Feliz buena nueva, de una misión que no acaba.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

 

 

 

La libertad de conciencia de los diputados franceses

Salvador Bernal

Manifestación en Francia.

photo_camera Manifestación en Francia.

El papa Francisco canonizó en Roma hace ocho días al beato John Henry Newman. Lógicamente, se han recordado estos días momentos de su vida y de sus escritos: una producción teológica y pastoral francamente amplia y sugerente. Entre tantos temas, algunos han destacado su famosa carta al duque de Norfolk sobre el carácter moral decisivo de la propia conciencia, “el primero de todos los vicarios de Cristo”.

No repetiré aquí la doctrina del nuevo santo, hoy patrimonio común de los católicos, por su recepción en el Concilio Vaticano II, especialmente la constitución pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo. Desde luego, poco tiene que ver con la “libertad de voto” que dejan los partidos a sus militantes en asuntos más o menos de conciencia. Ratzinger-Benedicto XVI explicó muy bien, en el contexto de la beatificación, el significado auténtico de la conciencia, entendida no como un subjetivismo absoluto, sino como reconocimiento de la voz de Dios en cada persona.

En este contexto, me interesó mucho el resultado de la votación final del proyecto de ley bioética en la Asamblea Nacional francesa: 359 votos a favor contra 114. Seguirá ahora la tramitación en el Senado. Durante el primer semestre del año pasado hubo infinidad de actos, en todo el país, que permitieron pulsar la opinión pública al comité consultivo nacional de ética, que ofreció un extenso informe al gobierno, meses antes de la presentación del proyecto. Me parece un buen modelo de participación ciudadana, que muestra la responsabilidad con que el país vecino viene tratando estas cuestiones de tanta densidad humana. Así, el editorial de Le Monde del día 16, podía hablar de “preservar el modelo francés”, que intenta mantener un equilibrio entre perspectivas científicas y exigencias éticas.

De todos modos, advierto cierto desequilibrio respecto de los pilares básicos del sistema: no ha habido fisuras respecto de la negación del “derecho a la muerte”, y de ahí que no se planteen reformas a la ley vigente, criticada casi únicamente por los partidarios de la eutanasia. En cambio, podría abrirse una vía hacia el “derecho al hijo”, con la aceptación de la procreación médica asistida para todo tipo de mujeres; dejaría de ser, como hasta ahora, un tratamiento terapéutico para superar la infertilidad en algunas parejas, a pesar de lo cual sería atendida por el sistema de seguridad social. En fin, y a pesar del rechazo de la maternidad subrogada, se intenta resolver el problema de la filiación de los hijos nacidos de vientres de alquiler en otros países, con un procedimiento relativamente automático, que fomentará probablemente el fraude de ley.

Después de ochenta horas de intensos y serenos debates, la libertad de voto de los partidos refleja un panorama interesante: en contra, las tres cuartas partes de la derecha (LR: Los republicanos), con 12 a favor y 15 abstenciones. El partido del gobierno (LRM: La república en marcha), mayoritario en la cámara, ha apoyado también el texto, con sólo ocho en contra, incluida una diputada excluida del grupo por su postura a favor del derecho de los hijos a tener padre y madre, y veinticinco abstenciones. En el centro, el MoDem, 28 a favor, tres en contra, doce abstenciones. Más unidos los socialistas, con sólo dos votos en contra y tres abstenciones. Y, sobre todo, la extrema derecha minoritaria de RN (Rassemblement national), con cuatro en contra y dos abstenciones.

Al sopesar brevemente estos datos, me confirmo en la conveniencia de evitar la confesionalización del debate, porque se trata de cuestiones humanas, sociales, médicas, con muchos matices. Por eso, me adhiero a la libertad de voto en las asambleas legislativas, que nada tiene que ver técnicamente con la objeción de conciencia, incompatible, a mi entender, con la tarea legislativa, aplicable sólo a la aplicación de las leyes. En todo caso, sería más congruente la objeción de ciencia, expresión acuñada hace años por la asociación italiana Scienza & Vita.

La conciencia de cada persona, según la descripción de Gaudium et Spes, es “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (GS 16). Pero no cabe apelar a la conciencia en los debates públicos, justamente porque merece máximo respeto y nadie debería ir contra la conciencia de otro.

 

 

La táctica para demoler las instituciones católicas

Las instituciones católicas, porque son de origen sobrenatural, tienen una fuerza extraordinaria. No pueden ser destruidas si quienes las representan son totalmente fieles a su misión.

Para destruirlas, la Revolución utiliza dos máquinas: la putrefacción interna de nuestras filas: esta es la máquina decisiva; y la que derriba las murallas carcomidas.

El Papa León X y el protestantismo

El papa León X, no vio en el protestantismo sino una simple querella de monjes

Ejemplos históricos

Una institución católica representada, defendida y encarnada por personas totalmente fieles, es indestructible. La única forma que la Revolución tiene de entrar allí, progresar y derribarla, es corrompiendo a los fieles. Este es el punto de partida que encamina hacia el abismo.

La invasión musulmana de España

La Historia nos presenta hechos que nos pueden parecer sorprendentes. Por ejemplo, la caída de España visigoda bajo el dominio de los árabes del norte de África: España se derrumbó como un castillo de cartas. Podemos decir que España tuvo héroes, tuvo mártires, que fue enteramente católica. Entonces, ¿cómo colapsó de un momento para otro?

Está probado que hubo una serie de católicos que en realidad eran criptoarrianos, que eran gnósticos, como el famoso Obispo Recafredo.(1) En realidad eran arrianos velados que entregaron España a los moros. Esto se explica por el amor que todo hereje tiene a cualquier herejía que sirva para destruir a la Iglesia Católica.

El ejemplo del protestantismo

Tomen la victoria del protestantismo. La victoria del protestantismo no se debió al hecho de que hubiera muchas personas malvadas en ese momento, sino al hecho de que una buena parte del clero era superficial, despreocupado, indolente, liberal. Vieron crecer la marea protestante pero no reaccionaron, no se preocuparon, llegando incluso a afirmar que el peligro protestante no era más que una pelea de frailes.

Si no hubiera existido tal cosa y -como comentó el Cardenal Mercier, gran Arzobispo de Malinas- que en la Cátedra de San Pedro hubiera estado un San Pío X en ese momento, el protestantismo no habría podido apoderarse de una tercera parte de Europa.  El protestantismo encontró en los fieles esa misma indolencia. Por eso, venció.

En los países nórdicos nos encontramos con una situación análoga que facilitó la propagación del protestantismo. En Suecia, Noruega, Dinamarca, Inglaterra, Escocia, los Países Bajos, en ciertas partes de Suiza, el protestantismo venció fulgurantemente. Fue como un incendio en un palacio de celuloide. En pocos tiempo el catolicismo fue destruido con el apoyo unánime de un clero relajado, sin celo y sin amor a Dios. Si no fuera por esto, el protestantismo no habría vencido.

La Revolución francesa

Lo mismo puede decirse de las instituciones temporales originadas por la civilización católica.

¿Por qué venció la Revolución Francesa? A menudo se dice que fue porque los revolucionarios tenían una gran audacia y una gran fuerza de impacto. Eso no es verdad. Si los representantes naturales de las instituciones entonces vigentes hubieran luchado seriamente; si hubieran empleado todos los medios de fuerza, sabiduría y astucia necesarios para luchar; si de alguna manera no estuvieran contaminados con el espíritu de la Revolución, ese movimiento no habría vencido.

Acuerdo con el régimen comunista: para la Iglesia, ¿esperanza o autodemolición?

Existe un hecho estrictamente histórico que apenas se menciona: el Consejo de Estado de Luis XVI había resuelto, con su consentimiento, poco antes de la Revolución Francesa, destruir la Iglesia de Notre Dame ‒por ser anacrónica y expresión de una época bárbara‒ para reemplazarla por un templo de forma griega. Pero lo que salvó el santuario de Notre Dame, alta expresión del espíritu gótico, fue involuntariamente la Revolución Francesa. Ella impidió que el rey la derribara.

Se sabe que el rey estuvo a punto de no coronarse en Reims, porque los ministros le dijeron que era una ceremonia anacrónica y que la coronación ya no tenía sentido. Fue él quien, después de todo, en medio de sus habituales indecisiones, decidió coronarse.

Todo aquello estaba hueco y, porque estaba vacío, se hundió.

La burguesía y el comunismo

Hoy, si la burguesía no estuviera llena de simpatía por los principios que, en el fondo, contienen el comunismo ‒como los principios de la Revolución Francesa, la libertad, la igualdad, la fraternidad‒ el comunismo no sería un peligro. El gran peligro del comunismo radica en la condescendencia que los anticomunistas tienen por las cosas que llevan al comunismo. Ahí es donde radica el verdadero peligro.

Así entendemos naturalmente que nuestro adversario comprende que la verdadera lucha consiste en destruir la Iglesia y demoler las instituciones temporales nacidas de ella.

El futuro tribalista que se prepara (Ebook gratuito)

La verdadera lucha para ellos no es el ataque frontal; sino introducir en esas instituciones elementos que no tienen su espíritu y que son conniventes con el ataque que se avecina. Así, pudren la línea de resistencia interna y luego vencen. La victoria no es fruto de una ofensiva frontal.

El progresismo «católico»

Si no existiera el progresismo católico, les aseguro, y podría probarlo ‒en una exposición que sería más larga que ésta‒ que no habría peligro comunista para el mundo.

Se trata entonces para ellos de crear dos máquinas: una de putrefacción interna en nuestras filas: este es el elemento decisivo. Y la otra, para derribar la muralla debilitada.

Imaginemos, una fortaleza medieval sitiada: si hubiera magos que pudieran ablandar todas las piedras; otros podrían empujar las piedras ablandadas para derribar la muralla. Son dos acciones. La más peligrosa es la de la descomposición interna.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Eres tú, en pequeñito

Blanca Sevilla

Los niños son reales, son humanos. Son tus hijos y mis hijos. No importa que anden por el mundo con su miseria a cuestas.

Familia

Para saber lo que es un niño, te invito a que vayas al armario y abras el cajón de los recuerdos.

Es cierto; la vida no se detiene en el ayer ni retrocede. Pero tu proyecto empezó a construirse en aquel hogar, con tus manos entrelazadas con las de un hombre y las de una mujer.

Mira dentro del cajón. ¿Te acuerdas? Tal vez el tiempo ya borró de tu memoria esos momentos. Mira, eres tú, pequeñito, indefenso… un bultito de potencialidades. Lloras. Tienes hambre. Estás mojado y no puedes dormir. Tu lenguaje no alcanza para más, el llanto es tu herramienta. Úsala como entonces, como te enseñó la naturaleza.

Mírate. Eres tú en la primera infancia. Das tus primeros pasos, distingues las palabras. Poco a poco, acabas por saber que eres alguien distinto a los demás. Descubres el mundo, sociabilizas. Tienes un cuerpo propio, imitas, juegas, haces preguntas ingenuas y los demás se ponen nerviosos… no saben cómo responderte. Tienes una familia. ¡Menudo descubrimiento has hecho! Eres rico, eres feliz.

¿Te acuerdas? Yo creo que sí. Ahora eres tú en la segunda infancia. Te sumerges en el mundo real, ese que te acompañará siempre. Empieza la competencia; hay tantas personas además de ti… algunos son como tú; son tus hermanos, tus compañeros.

Tuviste que abandonar el hogar cálido, seguro, para ir a la escuela. No llores, esos superiores que no son tus padres, son tus maestros y también quieren que seas feliz.

Mírate: ¡ya estás grande! Tu razonamiento es lógico. Descubres el mundo que fue tu cuna y será tu mortaja. Tienes tanto qué hacer con esa voluntad… Identifícate, niña, con tu madre. Tú, varón, con tu padre. Tus capacidades son sólo tuyas, ahora que estás por llegar a la pubertad.

¡Qué agradable y útil es echar la mirada hacia atrás! Abre de vez en cuando el cajón de los recuerdos, para que sepas que lo que hay es siempre un niño.

Un niño eres tú, eras tú. Hoy eres el arco del que tus hijos, como flechas vivas, serán lanzados a vivir. Que la inclinación de tu mano de arquero vaya, como fue la de tus padres, con aciertos y errores, siempre en busca de su felicidad.

Acuérdate: los niños son como espejos. En presencia del amor, irradian amor.

Los niños son reales, son humanos. Son tus hijos y mis hijos. No importa que anden por el mundo con su miseria a cuestas

 

 

La fe como virtud cívica y ciudadana

Jorge Espinosa Cano

Hoy en día el relativismo se ha enseñoreado de la cultura actual, ya no se habla ni de bien ni de mal, sino tan sólo de derechos.

 

Fe

 

En una cultura que desde hace más de 200 años se viene inculcando el concepto de laicismo como uno de los mayores logros de la democracia y la modernidad, puede resultar un tanto extraño, o tal vez hasta escandaloso para muchos considerar que la fe puede estar ligada como virtud al civismo y a la acción ciudadana.

Ciertamente que no estamos hablando de volver a tener un estado confesional como fue normal en la antigüedad, pues recordemos que esto no se relaciona exclusivamente como podrían pensar algunos en la situación que tuvo la Iglesia en muchos Estados hasta antes de la Revolución Francesa, sino que en todas las culturas antiguas la religión era una parte central de la identidad de las tribus, naciones y hasta imperios, pues inclusive en muchas de ellas el jefe de la tribu, el rey o hasta el emperador fungían también como líderes religiosos, y toda la población consideraba como una parte integral de pertenencia a su grupo la religión.

Pero desde la Revolución Francesa se inició un ataque principalmente contra la Iglesia Católica, olvidando todas las aportaciones que ésta había dado a la cultura, y que no se reducía a dogmas, o liturgias, o costumbres y fiestas religiosas, sino que estaba ligada a la creación de las universidades, de hospitales y asilos, así como a las artes, como la pintura, la escultura, la literatura, la arquitectura, la música etc.

Y hoy estamos viviendo una realidad que es sin duda reflejo de esa forma de plantear al Estado moderno, y los resultados de haber dejado que Estado haya monopolizado la educación bajo el esquema de ser laica obligatoria, que en su caso debería haber sido libre y bajo un esquema religiosos para quién así lo deseara.

Hoy en día el relativismo se ha enseñoreado de la cultura actual, ya no se habla ni de bien ni de mal, sino tan sólo de derechos, no siempre reales, sino más bien de conveniencia, y así el aborto, la ideología de género y la violencia ocupan gran tema de las conversaciones y de los encabezados de los diarios.

La fe también ha sido pobremente entendida por muchos, limitándola a establecer una relación personal con Dios, una práctica de oraciones y ritos y de conceptos aprendidos de memoria, sin relación alguna con la vida diaria, y menos aún con las cuestiones cívicas, sociales y políticas.

Esta dicotomía del hombre moderno de ser uno en lo privado y otro en lo público, ha sido la raíz de muchos de los males que nos aquejan, porque no deja de ser una especie de hipocresía ocultar siempre el aspecto religioso cuando se trata de lo público. Y ciertamente no deja de ser una realidad que parte de esta situación partió de una enseñanza casi generalizada de la Iglesia en donde se consideraba la cosa política como algo ajeno al hombre religioso, y por ese motivo los que participaban ocultaban sus convicciones religiosas.

Pero en estos tiempos y con las enseñanzas de la Doctrina Social Católica iniciada por León XIII y cada vez más desarrollada e impulsada por los siguientes pontífices se ha ido entendiendo que una parte muy importante de la fe es llevar sus principios de justicia, generosidad, verdad, rectitud, que son parte del mandamiento de amor al prójimo a todos los campos de la sociedad.

En México en lo particular, tenemos a un gran precursor de estas ideas, el Lic. Anacleto González Flores que allá por los inicios del siglo XX ya urgía la participación responsable, generosa y aún heroica de los católicos para hacer de la sociedad, y en concreto de México una nación donde se respetara la libertad, y se generaran los medios para hacer de esta nación un lugar para que el hombre pudiera desarrollar toda su capacidad humana.

Por eso el Lic. González Flores urgía la actuación de todos los católicos y ciudadanos rectos a participar activamente y por la situación que estamos viviendo su mensaje nos parece muy actual, y nos dice:

“Se sabe, se ve que cada hombre es una ruina y que por lo mismo es preciso forjar de nuevo el tipo vigoroso y profundamente humano que el cristianismo, verdadero Fidias de las almas, incomparable artista de la vida sabe hacer de cada espíritu y cada corazón. Se sabe y se ve que las sociedades perecen cuando el deseo de sacrificarse por los demás y la ley del amor son devorados por la fiebre del placer y por la guerra del egoísmo y se quiere volver a los hombres al sistema único que has sabido hacer del amor a la humanidad un deber ineludible y una de las más hermosas virtudes. Se sabe que es necesario reconstruir totalmente al hombre interior y al hombre exterior y que, este, aparte de ser ciudadano, debe ser una verdadera unidad social y que para esto urge que las energías de la sociedad vuelvan al cauce del orden y que el talento, la riqueza, la propiedad y el poder sean fuente rica e inagotable de luz de justicia y de bienestar para todos. Se ha llegado a comprender que solamente así será posible contener la corriente desbordante de las revoluciones e inaugurar una era de paz en el mundo.

Se desea muy vivamente reedificar la familia sobre los sólidos cimientos de la Sociología Cristiana, pues desmoronada y desecha por los golpes que sobre ella han descargado los utopistas y los legisladores improvisados que tantas veces han profanado la voluntad del pueblo y el santuario de la ley, pide que se le rehaga de sus mismos escombros y se le vuelva el grado de vigor y lozanía que alcanzó bajo el influjo regenerador del cristianismo. Se pretende, con el entusiasmo que despiertan en los corazones generosos las causas nobles y santas, reactivar las corporaciones de trabajadores, único medio práctico de escudar al obrero contra las extralimitaciones de los patrones encasillados en el absolutismo económico consagrado por el funesto sistema del liberalismo y manantial fecundo de tiranías y revoluciones”.

“Reducir el catolicismo a plegaria secreta, a queja medrosa, a temblor y espanto ante los poderes públicos cuando éstos matan el alma nacional y atasajan en plena vía la Patria, no es solamente cobardía y desorientación disculpable, es un crimen histórico religioso, público y social, que merece todas las execraciones”.

Porque la fe obliga a ser congruentes en todos los aspectos de la vida, y sus enseñanzas éticas van con la honradez, el mayor esfuerzo, el orden, la generosidad, la valentía, el respeto a todos los hombres y a los recursos de todo tipo, desde los personales, los de las comunidades hasta los de la naturaleza es que debemos considerar a la fe como una virtud cívica y ciudadana, porque si la inculcáramos y la siguiéramos se reflejaría en una ciudadanía responsable y generosa tanto en el ámbito público como en el privado, lo que llevaría obligadamente a un desarrollo nacional que beneficiaría a todos y haría de este país lo que hasta ahora hemos soñado pero estamos muy lejos de haber logrado.

 

 

Reduciendo el uso de antimicrobianos

De acuerdo con el último informe de Vigilancia Europea del Consumo de Antimicrobianos Veterinarios (ESVAC) que acaba de publicar la Agencia Europea del Medicamento (EMA). Los países europeos continúan reduciendo el uso de antibióticos en animales de producción. Las ventas totales de antibióticos veterinarios en Europa disminuyeron en más del 32% entre 2011 y 2017.

Además, es destacable que dos de las clases de antibióticos críticamente importantes para la medicina humana se usaron menos en animales entre 2011 y 2017: las ventas de polimixinas se desplomaron en un 66,4% y las ventas de cefalosporinas de 3ª y 4ª generación disminuyeron en un 21%. Las ventas de fluoroquinolonas disminuyeron en un 10.3% y las ventas de otras quinolonas en un 64.7%. Estas clases incluyen antibióticos utilizados para tratar infecciones graves en humanos causadas por bacterias resistentes a la mayoría de los tratamientos.

El informe de ESVAC también muestra que la situación no es la misma en toda Europa. 19 de los 25 países que proporcionaron datos para 2011-2017 registraron una reducción en las ventas de antibióticos veterinarios de más del 5%. Por el contrario, tres países registraron un aumento de más del 5% en las ventas durante el mismo período, como es el caso de Bulgaria, Chipre y Grecia.

En el caso de España, las ventas se han reducido de 259,5 mg/PCU (miligramos por unidad de corrección de la población) en 2011 a 230,3 mg/PCU en 2017. En 2014, España cambió su sistema de recogida de datos, por lo que en dicho año, las ventas se vieron aumentadas hasta 418,8 mg/PCU (el informe señala que quizás los datos entre 2011 a 2013 podrían estar subestimados), por lo que la reducción en España es incluso mayor.

Estos datos contradicen claramente a las informaciones facilitadas por grupos naturalistas que acusan a los productos alimenticios de origen ganadero de provocar en humanos resistencias a los antibióticos.

Jesús Domingo

 

Resulta bochornoso

El general Garrido, durante la conmemoración de la patrona de la Guardia Civil en Cataluña, no hizo más que lo propio de un alto mando, agradecer a los agentes la defensa del orden constitucional y el trabajo de “desenmascarar a personas relevantes de las instituciones autonómicas” que pretenden, como se ha demostrado a posterior, llevar adelante un proceso que es contrario a la ley. Que el ministro del Interior se muestre receloso por el hecho de que un mando de la Guardia Civil apueste públicamente por el cumplimiento de la ley y la seguridad de los ciudadanos en Cataluña resulta bochornoso. Intervenciones como la del Ministro pueden provocar desafección y desaliento en un cuerpo que debe afrontar cada día un contexto de hostilidad alimentado desde las propias instituciones catalanas. En todo caso reflejan la actitud de un Gobierno más preocupado por la estrategia electoral, lo estamos viviendo en sus últimas actuaciones, que por apoyar a quienes se juegan el tipo para preservar el orden y la pacífica convivencia en un momento decisivo para Cataluña.

JD Mez Madrid

 

Enfrentarse a un Islam desviado

En la ceremonia homenaje a las cuatro víctimas policiales del atentado de París, el Presidente Emanuel Macron pedía “construir una sociedad de la vigilancia”, un concepto que requiere ser esclarecido para no instalar una sospecha permanente en las relaciones y no introducir a la sociedad en la dinámica del miedo y la acusación de unos contra otros. Macron ha reconocido que en la lucha contra el terrorismo islamista y violento no es suficiente la actuación de los servicios del Estado y de la administración. Es necesario un despertar de las conciencias y una actuación sobre las causas, en ámbitos como la educación y la familia. La propuesta de una sociedad de vigilancia no debe entenderse como la sospecha sistemática hacia el otro sino la alerta ante los procesos de radicalización de las personas y de los grupos.

Considero que hay que agradecer a Macron que insista en que no se trata de combatir la religión islámica sino de enfrentarse a un Islam desviado y portador de muerte, que ha corrompido sus raíces por causa de una ideología que desprecia la vida y la dignidad de las personas.

Jesús Domingo Martínez

 

 

 

Pensamientos y reflexiones 237

Ya nos robaron hasta la ilusión

                                Como en España no hay nada más que dos “principales temas de repelente política, cual es siempre, los asuntos catalanes y vascongados”; al surgir la “rebelión que ha supuesto la última votación en la región más extensa y rica de España, cual es Andalucía”; todos los medios “informativos y desinformativos”, han entrado en tromba en informarnos o desinformarnos, de qué es lo que va a pasar en Andalucía y si ello es como muchos temen, lo que va a ocurrir en todas las votaciones nacionales, en este 2019 que recién iniciado ya, preocupa a los instalados en el chollo, mucho más que otra cosa de las que aparentan presentar como, “un mal para los andaluces y por ello del resto de españoles”.

                                ¿Qué decimos los españoles que nos manifestamos con cierta libertad? Según mis particulares sondeos en mi entorno y lo que veo y leo en tantísimas ventanas como en la red de Internet se abren a todo el mundo; los españoles estamos más que hartos, hastiados de tanta “sanguijuela política, que vive y vive bien de lo que nosotros producimos y de lo que implacablemente nos obligan a pagarles mediante leyes que no podemos discutirlas aunque ellas nos empobrecieran llevan ya muchas décadas y a muchos los situaron en la cuneta de la sociedad y de la que sólo pueden salir a mendigar una comida, un lecho para dormir y un lugar donde poder ducharse”; muchos de ellos incluso ya está en la indigencia y abrigados sólo por cartones y la caridad humana o de entidades privadas que les facilitan algo de comer y algún consuelo de la forma en que se da a los ya expulsados de la vida conocida como normal.

(De mi artículo de igual titular  11-01-2018)

 

Miedo no… pánico y canguelo: Visto lo que ocurrió el dos de diciembre en las elecciones de Andalucía; donde la rebelión de los votantes y pese a, “la compra masiva del voto andaluz que por todos los medios que da el saqueo de los andaluces por el exceso de tributos leoninos, pudo ir comprando el mal llamado socialismo español”… lo echan de esa moderna satrapía cual es, el sistema tiránico de los gobiernos actuales. A todos los que vieron en ello, el que irían “a la cuneta” de la política, se les pusieron los pelos como escarpias, al verse privados de sus cómodos y grandes ingresos; “única preocupación del político y “política” actuales”; y de inmediato, empezaron a graznar y a difundir el miedo a, “que viene el lobo como en aquel famoso cuento”; tratando de la ya imposible disolución de la fuerza que los echaba, puesto que todo súbdito, medianamente inteligente, intuyó o dedujo fielmente, que “los tres mosqueteros de la contra”; y pese a que cada uno “es de su padre y de su madre”; llegarían a un entendimiento y asumirían el poder en la región más extensa y rica de España, cual es Andalucía; sencillamente por cuanto el más tonto sabe que solos no son nada, pero sí en ese grupo que aunque no sean afines, pero sí que lo han sido para luego poderse repartir el botín “a cara de perro”, que es lo que han hecho; y esa es la cruda realidad.

                                ¿Qué ocurrirá ahora en Andalucía? Pues ocurrirá lo que sea y acuerden los que han agarrado el poder; pero si cumplen todo lo que han prometido, esperamos los andaluces, que al menos, nos aligeren de los muchísimos impuestos que nos han exprimido; y que aún nos exprimen y al mismo tiempo, que eliminen ingentes cantidades de parásitos que nos obligan a mantener, al propio tiempo que inspeccionen y auditen todo el sistema anterior, donde se presume que hay ingentes cantidades “perdidas en vete a saber dónde; y las que deben aparecer y ser administradas en la administración oficial”; amén de destapar los presumibles delitos y que estos sean juzgados como corresponde, puesto que en casi cuarenta años de mangoneo, debe haber “la tira”; y no sólo los casi novecientos millones del enorme fraude conocido como, “los Eres”; y que aún se debate en los lentísimos juzgados españoles. (De mi artículo de igual titular 12 de Enero del 2019)

 

HASTÍO-ASCO-INDIFERENCIA Y MÁS: “Con mis ochenta años cumplidos en agosto... "ya no creo en nadie que huela a político"; así es que trabajo les doy a los nuevos "amos del cortijo andaluz", para que me hagan creer en ellos; la política aquí ha sido tan cruel QUE NOS ROBÓ HASTA LA ILUSIÓN Y ELLO LO AMPLÍO AL RESTO DE ESPAÑA: que por ser tan rica, aguanta los inmensos robos que le han hecho... "hunos y hotros"; aquí no hay otros políticos que LOS DE PANZA Y BOLSILLO; y es claro que por ello una nación que debiera estar siempre en los primeros lugares del planeta, al final siempre ha estado en manos colonizadoras y extranjeras... ¡¡PERO QUÉ SE PUEDE ESPERAR DE UNA POBLACIÓN QUE QUEMA SU PROPIA BANDERA!!... "En fin esperemos puesto que otra solución no hay". Afortunadamente el pueblo sobrevive a todos sus políticos, que han sido y siguen siendo DESPRECIABLES”. https://www.votoenblanco.com/Los-senoritos-son-expulsados-del-cortijo-andaluz_a7407.html#last_comment   (En uno de mis artículos de enero 2019)

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)