Las Noticias de hoy 07 Octubre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 07 de octubre de 2019    

Indice:

ROME REPORTS

Misa apertura Sínodo: “Sintámonos convocados aquí para servir, poniendo en el centro el don de Dios”

Ángelus: “Nada es imposible para quién tiene fe”

Francisco a los cardenales: Ser conscientes de la “compasión de Dios hacia nosotros” para testimoniarla

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO*: Francisco Fernandez Carbajal

“¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman?”: San Josemaria

CARTA APOSTÓLICA. ROSARIUM VIRGINIS MARIAE: JUAN PABLO II

Santo Rosario Meditado: SAN JOSEMARÍA

El eje de nuestra santificación: J. López

El Matrimonio hace trascendente la vocación: MTF Rosario Prieto

Carta a un matrimonio joven:encuentra.com

Sacerdotes, escondidos y olvidados: Ernesto Juliá

¡Cuidemos la creación!: + Casimiro López Llorente. Obispo de Segorbe-Castellón

  La Bioética.: José Manuel Belmonte.

Y el mendigo tiene razón…: Plinio Corrêa de Oliveira

El Sínodo de la Amazonía explorará: Juan García.

Con corazón misionero: José Morales Martín

Para dejar de ser “nini”: Jesús Domingo Martínez

 La sucia y ya asquerosa política: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Misa apertura Sínodo: “Sintámonos convocados aquí para servir, poniendo en el centro el don de Dios”

Homilía del Papa

octubre 06, 2019 11:08Rosa Die AlcoleaSínodo de la Amazonía

(ZENIT – 6 oct. 2019).- “Reavivar el don; acoger la prudencia audaz del Espíritu, fieles a su novedad” es la exhortación que el Papa Francisco ha hecho en la Misa de apertura del Sínodo para la Región Amazónica, esta mañana, en la Basílica de San Pedro.

Este domingo, 6 de octubre de 2019, a las 10 horas, el Santo Padre ha celebrado la Santa Misa en la Basílica Vaticana, con ocasión de la apertura de la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica, en la que han participado los 13 cardenales recientemente creados por el Santo Padre, los 185 Padres sinodales, obispos, sacerdotes y representantes de asociaciones y comunidades eclesiásticas amazónicas, procedentes del territorio amazónico.

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“Sintámonos convocados aquí para servir, poniendo en el centro el don de Dios”. En la homilía, Francisco ha reflexionado en torno al don recibido por Dios: “hemos recibido un don para ser dones”, y ha recordado “el don que hemos recibido es un fuego, es un amor ardiente a Dios y a los hermanos”.

Así, el Pontífice ha recordado a los padres sinodales, cardenales, sacerdotes y representantes del pueblo amazónico presentes en la Eucaristía, que el “fuego de Dios es calor que atrae y reúne en unidad”, el fuego del Evangelio no es el fuego “aplicado por los intereses que destruyen, como el que recientemente ha devastado la Amazonia”.

Anuncio del Evangelio

“El anuncio del Evangelio es el primer criterio para la vida de la Iglesia”, ha indicado el Papa. “Muchos hermanos y hermanas en Amazonia llevan cruces pesadas y esperan la consolación liberadora del Evangelio y la caricia de amor de la Iglesia”, ha señalado. “Que Él, que hace nuevas todas las cosas, nos dé su prudencia audaz, inspire nuestro Sínodo para renovar los caminos de la Iglesia en Amazonia, de modo que no se apague el fuego de la misión”.

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Al término de la homilía, el Papa ha aplaudido la dedicación misionera del cardenal Cláudio Hummes, arzobispo emérito de Sao Paulo (Brasil) y relator general de la Asamblea Especial del Sínodo.

Los trabajos del Sínodo sobre el tema Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral comenzarán el lunes por la mañana en el Aula Nueva del Sínodo, donde 184 participantes debatirán y escucharán los diferentes testimonios, muchos de ellos, de representantes amazónicos del 6 al 27 de octubre de 2019.

A continuación, ofrecemos la homilía pronunciada por el Papa Francisco:

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Homilía del Papa Francisco

El apóstol Pablo, el mayor misionero de la historia de la Iglesia, nos ayuda a “hacer Sínodo”, a “caminar juntos”. Lo que escribe Timoteo parece referido a nosotros, pastores al servicio del Pueblo de Dios.

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Ante todo dice: «Te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos» (2 Tm 1,6). Somos obispos porque hemos recibido un don de Dios. No hemos firmado un acuerdo, no nos han entregado un contrato de trabajo “en propia mano”, sino la imposición de manos sobre la cabeza, para ser también nosotros manos que se alzan para interceder y se extienden hacia los hermanos. Hemos recibido un don para ser dones. Un don no se compra, no se cambia y no se vende: se recibe y se regala. Si nos aprovechamos de él, si nos ponemos nosotros en el centro y no el don, dejamos de ser pastores y nos convertimos en funcionarios: hacemos del don una función y desaparece la gratuidad, así terminamos sirviéndonos de la Iglesia para servirnos a nosotros mismos. Nuestra vida, sin embargo, por el don recibido, es para servir. Lo recuerda el Evangelio, que habla de «siervos inútiles» (Lc 17,10). Es una expresión que también puede significar «siervos sin beneficio». Significa que no nos esforzamos para conseguir algo útil para nosotros, un beneficio, sino que gratuitamente damos porque lo hemos recibido gratis (cf. Mt 10,8). Toda nuestra alegría será servir porque hemos sido servidos por Dios, que se ha hecho nuestro siervo. Queridos hermanos, sintámonos convocados aquí para servir, poniendo en el centro el don de Dios.

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Para ser fieles a nuestra llamada, a nuestra misión, san Pablo nos recuerda que el don se reaviva. El verbo que usa es fascinante: reavivar literalmente, en el original, es “dar vida al fuego” [anazopurein]. El don que hemos recibido es un fuego, es un amor ardiente a Dios y a los hermanos. El fuego no se alimenta por sí solo, muere si no se mantiene vivo, se apaga si las cenizas lo cubren. Si todo permanece como está, si nuestros días están marcados por el “siempre se ha hecho así”, el don desaparece, sofocado por las cenizas de los temores y por la preocupación de defender el status quo. Pero «la Iglesia no puede limitarse en modo alguno a una pastoral de “mantenimiento” para los que ya conocen el Evangelio de Cristo. El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial» (BENEDICTO XVI, Exhort. apost. postsin. Verbum Domini, 95). Porque la Iglesia siempre está en camino, siempre en salida, jamás cerrada en sí misma. Jesús no ha venido a traer la brisa de la tarde, sino el fuego sobre la tierra.

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El fuego que reaviva el don es el Espíritu Santo, dador de los dones. Por eso san Pablo continúa: «Vela por el precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros (2 Tm 1,14). Y también: «Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de prudencia» (v. 7). No es un espíritu cobarde, sino de prudencia. Alguno piensa que la prudencia es una virtud “aduana”, que detiene todo para no equivocarse. No, la prudencia es una virtud cristiana, es virtud de vida, más aún, la virtud del gobierno. Y Dios no ha dado este espíritu de prudencia. Pablo contrapone la prudencia a la cobardía. ¿Qué es entonces esta prudencia del Espíritu? Como enseña el Catecismo, la prudencia «no se confunde ni con la timidez o el temor», si no que «es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo» (n. 1806). La prudencia no es indecisión, no es una actitud defensiva. Es la virtud del pastor, que, para servir con sabiduría, sabe discernir, sensible a la novedad del Espíritu. Entonces, reavivar el don en el fuego del Espíritu es lo contrario a dejar que las cosas sigan su curso sin hacer nada. Y ser fieles a la novedad del Espíritu es una gracia que debemos pedir en la oración. Que Él, que hace nuevas todas las cosas, nos dé su prudencia audaz, inspire nuestro Sínodo para renovar los caminos de la Iglesia en Amazonia, de modo que no se apague el fuego de la misión.

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El fuego de Dios, como en el episodio de la zarza ardiente, arde pero no se consume (cf. Ex 3,2). Es fuego de amor que ilumina, calienta y da vida, no fuego que se extiende y devora. Cuando los pueblos y las culturas se devoran sin amor y sin respeto, no es el fuego de Dios, sino del mundo. Y, sin embargo, cuántas veces el don de Dios no ha sido ofrecido sino impuesto, cuántas veces ha habido colonización en vez de evangelización. Dios nos guarde de la avidez de los nuevos colonialismos. El fuego aplicado por los intereses que destruyen, como el que recientemente ha devastado la Amazonia, no es el del Evangelio. El fuego de Dios es calor que atrae y reúne en unidad. Se alimenta con el compartir, no con los beneficios. El fuego devorador, en cambio, se extiende cuando se quieren sacar adelante solo las propias ideas, hacer el propio grupo, quemar lo diferente para uniformar todos y todo.

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Reavivar el don; acoger la prudencia audaz del Espíritu, fieles a su novedad; san Pablo dirige una última exhortación: «No te avergüences del testimonio […]; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios» (2 Tm 1,8). Pide testimoniar el Evangelio, sufrir por el Evangelio, en una palabra, vivir por el Evangelio. El anuncio del Evangelio es el primer criterio para la vida de la Iglesia: es su misión, su identidad. Poco después Pablo escribe: «Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación» (4,6). Anunciar el Evangelio es vivir el ofrecimiento, es testimoniar hasta el final, es hacerse todo para todos (cf. 1 Cor 9,22), es amar hasta el martirio. Agradezco a Dios porque en el Colegio Cardenalicio hay algunos hermanos cardenales mártires, que han probado, en la vida, la cruz del martirio. De hecho, subraya el Apóstol, se sirve el Evangelio no con la potencia del mundo, sino con la sola fuerza de Dios: permaneciendo siempre en el amor humilde, creyendo que el único modo para poseer de verdad la vida es perderla por amor.

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Queridos hermanos: Miremos juntos a Jesús Crucificado, su corazón traspasado por nosotros. Comencemos desde allí, porque desde allí ha brotado el don que nos ha generado; desde allí ha sido infundido el Espíritu Santo que renueva(cf. Jn 19,30). Desde allí sintámonos llamados, todos y cada uno, a dar la vida. Muchos hermanos y hermanas en Amazonia llevan cruces pesadas y esperan la consolación liberadora del Evangelio y la caricia de amor de la Iglesia. Tantos hermanos y hermanas en Amazonia han gastado su vida. Permitidme de repetir las palabras de nuestro amado Cardenal Hummes. Cuando él llega a aquellas pequeñas ciudades de Amazonia, va a los cementerios a buscar la tumba de los misioneros. Un gesto de la Iglesia para aquellos que han gastado la vida en Amazonia. Y después, un poco de astucia, dice al Papa: “No se olvide de ellos. Merecen ser canonizados”. Por ellos, por estos que están dando la vida ahora, por aquellos que han gastado la propia vida, con ellos, caminemos juntos.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Ángelus: “Nada es imposible para quién tiene fe”

Palabras del Papa antes de la oración

octubre 06, 2019 13:42Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 6 octubre 2019).- “Nada es imposible para alguien que tiene fe, porque no depende de su propia fuerza sino de Dios, que puede hacer cualquier cosa”, dijo el Papa Francisco en el “Ángelus” del domingo, 6 de octubre de 2019.

Al presentar la oración mariana en la Plaza de San Pedro, el Papa invitó a los cristianos a cultivar “una fe que no es orgullosa y segura de ella”, que “no pretende ser la de un gran creyente”, sino una fe que “siente una gran necesidad de Dios y, en su pequeñez, se entrega a él con plena confianza”.

¿Cómo saber si nuestra fe es sincera? preguntó el Papa. Por “el servicio”, “la actitud de disponibilidad” frente a Dios. El hombre de fe, de hecho, “se pone completamente a la voluntad de Dios, sin cálculos ni pretensiones”.

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Meditación del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La página del Evangelio de hoy (cf. Lc 17,5-10) presenta el tema de la fe, presentado por la solicitud de los discípulos “¡Aumenta en nosotros la fe!” (v. 6), esta es una bella oración que nosotros deberíamos de rezar a menudo en nuestra jornada “¡Señor, aumenta la fe en mí!” Jesús responde con dos imágenes: la semilla de mostaza y el sirviente disponible. “Si tuvieras tanta fe como un grano de mostaza podrías decir a esta morera: “Ve y plántate en el mar”, y te obedecerá” (v. 6). El árbol de morera es un árbol robusto, bien arraigado en el suelo y resistente a los vientos. Jesús, por lo tanto, quiere dejar en claro que la fe, aunque sea pequeña como la semilla de la mostaza, tiene la fuerza para desarraigar incluso una morera; y luego transplantarla al mar, lo cual es algo aún más improbable: pero nada es imposible para los que tienen fe, porque no confían en sus propias fuerzas sino en Dios, que lo puede todo, que puede hacer todo.

La fe comparable a la semilla de mostaza es una fe que no es soberbia ni segura de sí misma, no se hace la que es una gran creyente y después comete grandes errores, sino que en su humildad siente una gran necesidad de Dios y, en su pequeñez, se abandona con plena confianza a Él. Es la fe la que nos da la capacidad de mirar con esperanza los altibajos de la vida, que nos ayuda a aceptar incluso derrotas y sufrimientos, sabiendo que el mal nunca tiene la última palabra, nunca.

¿Cómo podemos entender si realmente tenemos fe, es decir, si nuestra fe, aunque pequeña, como la semilla de mostaza, es genuina, pura, transparente? Jesús nos lo explica indicando cuál es la medida de la fe: el servicio. Lo hace con una parábola que a primera vista es un poco desconcertante, porque presenta la figura de un maestro prepotente e indiferente. Pero sólo esta manera de hacer el maestro pone de relieve el verdadero centro de la parábola, que es la actitud de disponibilidad del siervo. Jesús quiere decir que así es el hombre de fe en Dios: se entrega por completo a su voluntad, sin cálculos ni pretensiones.

Esta actitud hacia Dios se refleja también en el modo en que nos comportamos en comunidad: sí se refleja en la alegría de estar al servicio unos de otros, encontrando ya en esto su propia recompensa y no en el reconocimiento y las ganancias que se pueden obtener de ello. Esto es lo que Jesús enseña al final de este relato: “Cuando hayas hecho todo lo que se te ha ordenado, di: “Somos siervos inútiles. Hicimos lo que teníamos que hacer”. (v. 10).

Servidores inútiles, es decir, sin pretensiones de agradecimiento, sin reclamos. “Somos servidores inútiles” es una expresión de humildad y disponibilidad que hace tanto bien a la Iglesia y recuerda la actitud correcta para trabajar en ella: el servicio humilde, del que Jesús nos dio el ejemplo, lavando los pies a los discípulos (cf. Jn 13,3-17).

Que la Virgen María, mujer de fe, nos ayude a seguir por este camino. Nos dirigimos a ella en vísperas de la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, en comunión con los fieles reunidos en Pompeya para la tradicional Súplica

 

 

Francisco a los cardenales: Ser conscientes de la “compasión de Dios hacia nosotros” para testimoniarla

Homilía del Papa

octubre 05, 2019 17:31Larissa I. LópezConsistorio y Colegio Cardenalicio

(ZENIT – 5 oct. 2019).- Para el Santo Padre la conciencia de la “compasión de Dios hacia nosotros” constituye “un requisito esencial”: “Si no me siento objeto de la compasión de Dios, no comprendo su amor. No es una realidad que se pueda explicar. O la siento o no la siento. Y si no la siento, ¿cómo puedo comunicarla, testimoniarla, darla? Más bien, no lo podré hacer. Concretamente: ¿Tengo compasión de ese hermano, de ese obispo, de ese sacerdote? ¿O destruyo siempre con mi actitud de condena, de indiferencia? ¿De mirar hacia otro lado, en realidad, para lavarme las manos?”.

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Este sábado, 5 de octubre de 2019, el Papa Francisco ha consagrado a 13 nuevos cardenales en un Consistorio Ordinario Público, celebrado en la basílica de San Pedro a las 16 horas.

Actualmente, la Iglesia católica cuenta con 225 cardenales de los 5 continentes. De ellos, 128 tienen menos de 80 años y serían electores en el cónclave. Entre los nuevos cardenales se encuentran 10 electores y 3 no electores.

La compasión de Jesús

En su homilía, el Papa se ha centrado en reflexionar sobre la “compasión”, “palabra clave del Evangelio” que “está escrita en el corazón de Cristo, está escrita desde siempre en el corazón de Dios” y nombró algunos ejemplos en los que Jesús la demostró, como cuando limpio al leproso o ayudó al paralítico de la piscina de Betesda.

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Se trata de una compasión que, no se encuentra solo en Jesús, sino que está presente en la historia de la salvación desde que Dios llamó a Moisés en la zarza ardiente y le dijo: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas […]; conozco sus sufrimientos (Ex 3,7)”.

“Nos lavamos las manos”

No obstante, Francisco también señaló que los discípulos demostraron frecuentemente no practicar la compasión de Jesús, como ante el problema de dar de comer a las multitudes, que se lavaron las manos.

Para él esta es una actitud presente hoy también “en las personas religiosas e incluso dedicadas al culto, nos lavamos las manos”: “Siempre hay justificaciones; a veces están codificadas y dan lugar a los “descartes institucionales”, como en el caso de los leprosos: ‘Por supuesto, han de estar fuera, es lo correcto’ (…). De esta actitud muy, demasiado humana, se derivan también estructuras de no-compasión, estructuras de no-compasión”, remarcó.

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Ante ello, el Santo Padre exhortó a preguntarnos si somos conscientes de que hemos sido “los primeros en ser objeto de la compasión de Dios y, dirigiéndose particularmente a los cardenales y a los neo cardenales, les interpeló: “¿Está viva en vosotros esta conciencia, de haber sido y de estar siempre precedidos y acompañados por su misericordia? (…)”.

Leales en el ministerio

Finalmente, el Obispo de Roma indicó que la capacidad de ser leal al ministerio depende de dicha “conciencia viva”, ya que“la disponibilidad de un Purpurado a dar su propia sangre —que está simbolizada por el color rojo de la vestidura—, es segura cuando se basa en esta conciencia de haber recibido compasión y en la capacidad de tener compasión”.

A continuación publicamos la homilía completa del Papa Francisco.

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Homilía del Santo Padre

En el centro del episodio evangélico que hemos escuchado (Mc 6,30-37a) está la «compasión» de Jesús (cf. v. 34). Compasión, una palabra clave del Evangelio; está escrita en el corazón de Cristo, está escrita desde siempre en el corazón de Dios.

En los Evangelios, a menudo vemos a Jesús que siente compasión por las personas que sufren. Y cuanto más leemos y contemplamos, mejor entendemos que la compasión del Señor no es una actitud ocasional y esporádica, sino constante, es más, parece ser la actitud de su corazón, en el que se encarnó la misericordia de Dios.

Marcos, por ejemplo, cuenta que cuando Jesús empezó a recorrer Galilea predicando y expulsando a los demonios, se le acercó un leproso, «suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero: queda limpio”» (1,40-42). En este gesto y en estas palabras está la misión de Jesús Redentor del hombre: Redentor en la compasión. Él encarna la voluntad de Dios de purificar al ser humano enfermo de la lepra del pecado; Él es la “mano extendida de Dios” que toca nuestra carne enferma y realiza esta obra llenando el abismo de la separación.

Jesús va a buscar a las personas descartadas, las que ya no tienen esperanza. Como ese hombre paralítico durante treinta y ocho años, postrado cerca de la piscina de Betesda, esperando en vano que alguien lo ayude a bajar al agua (cf. Jn 5,1-9).

Esta compasión no ha surgido en un momento concreto de la historia de la salvación, no, siempre ha estado en Dios, impresa en su corazón de Padre. Pensemos a la historia de la vocación de Moisés, por ejemplo, cuando Dios le habla desde la zarza ardiente y le dice: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas […]; conozco sus sufrimientos» (Ex 3,7). Ahí está la compasión del Padre.

El amor de Dios por su pueblo está imbuido de compasión, hasta el punto que, en esta relación de alianza, lo divino es compasivo, mientras parece que por desgracia lo humano está muy desprovisto de ella, y le resulta lejana. Dios mismo lo dice: «¿Cómo podría abandonarte, Efraín, entregarte, Israel? […] Mi corazón está perturbado, se conmueven mis entrañas. […] Porque yo soy Dios, y no hombre; santo en medio de vosotros, y no me dejo llevar por la ira» (Os 11,8-9).

Los discípulos de Jesús demuestran con frecuencia que no tienen compasión, como en este caso, ante el problema de dar de comer a las multitudes. Básicamente dicen: “Que se las arreglen…”. Es una actitud común entre nosotros los humanos, también para las personas religiosas e incluso dedicadas al culto. Nos lavamos las manos. El papel que ocupamos no es suficiente para hacernos compasivos, como lo demuestra el comportamiento del sacerdote y el levita que, al ver a un hombre moribundo al costado del camino, pasaron de largo dando un rodeo (cf. Lc 10,31-32). Habrán pensado para sí: “No me concierne”. Siempre hay un pretexto, alguna justificación para mirar hacia otro lado. Y cuando una persona de Iglesia se convierte en funcionario, este es el resultado más amargo. Siempre hay justificaciones; a veces están codificadas y dan lugar a los “descartes institucionales”, como en el caso de los leprosos: “Por supuesto, han de estar fuera, es lo correcto”. Así se pensaba, y así se piensa. De esta actitud muy, demasiado humana, se derivan también estructuras de no-compasión.

Llegados a este punto podemos preguntarnos: ¿Somos conscientes de que hemos sido los primeros en ser objeto de la compasión de Dios? Me dirijo en particular a vosotros, hermanos Cardenales y a los que estáis a punto de serlo: ¿Está viva en vosotros esta conciencia, de haber sido y de estar siempre precedidos y acompañados por su misericordia? Esta conciencia era el estado permanente del corazón inmaculado de la Virgen María, quien alaba a Dios como a “su salvador” que «ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48).

A mí me ayudó mucho verme reflejado en la página de Ezequiel 16: la historia del amor de Dios con Jerusalén; en esa conclusión: «Yo estableceré mi alianza contigo y reconocerás que yo soy el Señor, para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone todo lo que hiciste» (62-63). O en ese otro oráculo de Oseas: «La llevo al desierto, le hablo al corazón. […] Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto» (2,16-17). Podemos preguntarnos: ¿percibo en mí la compasión de Dios?, ¿siento en mí la seguridad de ser hijo de la compasión?

¿Tenemos viva en nosotros la conciencia de esta compasión de Dios hacia nosotros? No es una opción, ni siquiera diría de un “consejo evangélico”. No. Se trata de un requisito esencial. Si no me siento objeto de la compasión de Dios, no comprendo su amor. No es una realidad que se pueda explicar. O la siento o no la siento. Y si no la siento, ¿cómo puedo comunicarla, testimoniarla, darla? Más bien, no podré hacerlo. Concretamente: ¿Tengo compasión de ese hermano, de ese obispo, de ese sacerdote? ¿O destruyo siempre con mi actitud de condena, de indiferencia, de mirar para otro lado, en realidad para lavarme las manos?

La capacidad de ser leal en el propio ministerio depende para todos nosotros también de esta conciencia viva. También para vosotros, hermanos Cardenales. La palabra “compasión” me vino al corazón precisamente en el momento de comenzar a escribiros la carta del 1 de septiembre. La disponibilidad de un Purpurado a dar su propia sangre —que está simbolizada por el color rojo de la vestidura—, es segura cuando se basa en esta conciencia de haber recibido compasión y en la capacidad de tener compasión. De lo contrario, no se puede ser leal. Muchos comportamientos desleales de hombres de Iglesia dependen de la falta de este sentido de la compasión recibida, y de la costumbre de mirar a otra parte, la costumbre de la indiferencia.

Pidamos hoy, por intercesión del apóstol Pedro, la gracia de un corazón compasivo, para que seamos testigos de Aquel que nos amó y nos ama, que nos miró con misericordia, que nos eligió, nos consagró y nos envió a llevar a todos su Evangelio de salvación.

© Libería Editorial Vaticana

 

 

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO*

Memoria

— El Rosario, arma poderosa.

— Contemplar los misterios del Rosario.

— Las letanías lauretanas.

I. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo1. Con estas palabras el ángel saludó a Nuestra Señora, y nosotros las hemos repetido incontables veces en tonos y circunstancias bien diferentes.

En la Edad Media se saludaba a la Virgen María con el título de rosa (Rosa mystica) símbolo de alegría. Se adornaban sus imágenes como ahora con una corona o ramo de rosas (en latín medieval Rosarium), expresión de las alabanzas que nacían de un corazón lleno de amor. Y quienes no podían recitar los ciento cincuenta salmos del Oficio divino lo sustituían por otras tantas Avemarías, sirviéndose para contarlas de granos enhebrados por decenas o nudos hechos en una cuerda. A la vez, se meditaba la vida de la Virgen y del Señor. Esta oración del Avemaría, recitada desde siempre en la lglesia y recomendada frecuentemente por los Papas y Concilios en una forma más breve, adquiere más tarde su forma definitiva al añadírsele la petición por una buena muerte: ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. En cada situación, ahora, y en el momento supremo de encontrarnos con el Señor. Se estructuran también los misterios, contemplándose así los hechos centrales de la vida de Jesús y de María, como un compendio del año litúrgico y de todo el Evangelio. También se fijó el rezo de las letanías, que son un canto lleno de amor, de alabanzas a Nuestra Señora y de peticiones, de manifestaciones de gozo y de alegría.

San Pío V atribuyó la victoria de Lepanto, el 7 de octubre de 1571 con la cual desaparecieron graves amenazas para la fe de los cristianos, a la intercesión de la Santísima Virgen, invocada en Roma y en todo el orbe cristiano por medio del Santo Rosario, y quedó instituida la fiesta que celebramos hoy. Con este motivo, fue añadida a las letanías la invocación Auxilium christianorum. Desde entonces, esta devoción a la Virgen ha sido constantemente recomendada por los Romanos Pontífices como «plegaria pública y universal frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero»2.

En este mes de octubre, que la Iglesia dedica a honrar a Nuestra Madre del Cielo especialmente a través de esta devoción mariana, hemos de pensar con qué amor lo rezamos, cómo contemplamos cada uno de sus misterios, si ponemos peticiones llenas de santa ambición, como aquellos cristianos que con su oración consiguieron de la Virgen esta victoria tan trascendental para toda la cristiandad. Ante tantas dificultades como a veces experimentamos, ante tanta ayuda como necesitamos en el apostolado, para sacar adelante a la familia y para acercarla más a Dios, en las batallas de nuestra vida interior, no podemos olvidar que, «como en otros tiempos, ha de ser hoy el Rosario arma poderosa, para vencer en nuestra lucha interior, y para ayudar a todas las almas»3.

II. El nombre de Rosario, en la lengua castellana, proviene del conjunto de oraciones, a modo de rosas, dedicadas a la Virgen4. También como rosas fueron los días de la Virgen: «Rosas blancas y rosas rojas; blancas de serenidad y pureza, rojas de sufrimiento y amor. San Bernardo aquel enamorado de Santa María dice que la misma Virgen fue una rosa de nieve y de sangre.

»¿Hemos intentado alguna vez desgranar su vida, día a día, en nuestras manos?»5. Eso hacemos al contemplar las escenas misterios de la vida de Jesús y de María que se intercalan cada diez Avemarías. En estas escenas del Rosario, divididas en tres grupos, recorremos los diversos aspectos de los grandes misterios de la salvación: el de la Encarnación, el de la Redención y el de la vida eterna6. En estos misterios, de una forma u otra, tenemos siempre presente a la Virgen. En el Santo Rosario no se trata solo de repetir las Avemarías a Nuestra Señora, que, como procuramos hacerlo con amor quizá poniendo peticiones en cada misterio o en cada Avemaría, no nos resultan monótonas. En esta devoción vamos también a contemplar los misterios que se consideran en cada decena. Su meditación produce un gran bien en nuestra alma, pues nos va identificando con los sentimientos de Cristo y nos permite vivir en un clima de intensa piedad: gozamos con Cristo gozoso, nos dolemos con Cristo paciente, vivimos anticipadamente en la esperanza, en la gloria de Cristo glorificado7.

Para realizar mejor esta contemplación de los misterios puede ser práctico detenerse «durante unos segundos tres o cuatro en un silencio de meditación, considerando el respectivo misterio del Rosario, antes de recitar el Padrenuestro y las Avemarías de cada decena»8; acercarnos a la escena como un personaje más, imaginar los sentimientos de Cristo, de María, de José...

Así, procurando con sencillez «asomarnos» a la escena que se nos propone en cada misterio, el Rosario «es una conversación con María que, igualmente, nos conduce a la intimidad con su Hijo»9. Nos familiarizamos en medio de nuestros asuntos cotidianos con las verdades de nuestra fe, y esta contemplación que podemos hacer incluso en medio de la calle, del trabajo, nos ayuda a estar más alegres, a comportarnos mejor con quienes nos relacionamos. La vida de Jesús, por medio de la Virgen, se hace vida también en nosotros, y aprendemos a amar más a Nuestra Madre del Cielo. ¡Qué ciertas son las verdades que así expresó el poeta!: «Tú que esta devoción supones // monótona y cansada, y no la rezas // porque siempre repite iguales sones... // tú no entiendes de amores y tristezas: // ¿qué pobre se cansó de pedir dones, // qué enamorado de decir ternezas?»10.

III. Después de contemplar los misterios de la vida de Jesús y de Nuestra Señora con el Padrenuestro y el Avemaría, terminamos el Santo Rosario con la letanía lauretana y algunas peticiones que varían según las regiones, las familias o la piedad personal.

El origen de las letanías se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Eran oraciones breves, dialogadas entre los ministros del culto y el pueblo fiel, y tenían un especial carácter de invocación a la misericordia divina. Se rezaban durante la Misa y, más especialmente, en las procesiones. Al principio se dirigían al Señor, pero muy pronto surgen también las invocaciones a la Virgen y a los santos. Las primicias de las letanías marianas son los elogios llenos de amor de los cristianos a su Madre del Cielo y las expresiones de admiración de los Santos Padres, especialmente en Oriente.

Las que actualmente se rezan en el Rosario comenzaron a cantarse solemnemente en el Santuario de Loreto (de donde procede el nombre de letanía lauretana) hacia el año 1500, pero recogen una tradición antiquísima. Desde allí se extendieron a toda la Iglesia.

Cada título es una jaculatoria llena de amor que dirigimos a la Virgen y nos muestra un aspecto de la riqueza del alma de María. Estas invocaciones se agrupan según las principales verdades marianas: maternidad divina, virginidad perpetua, mediación, realeza universal y ejemplaridad y camino para todos sus hijos. Estas aclamaciones vienen expresadas en las primeras advocaciones, y son desarrolladas a continuación. Así, al invocarla como Sancta Dei Genitrix, profesamos explícitamente la maternidad; cuando la alabamos como Virgo virginum, reconocemos su virginidad perpetua, que la hace Virgen entre las vírgenes; al invocarla con el título de Mater Christi, profesamos su íntima e indisoluble unión con Cristo, verdadero Mediador y verdadero Rey, y la reconocemos, por tanto, como Reina y mediadora...

La Virgen es Madre de Dios y Madre nuestra, y es este el título supremo con que la honramos y el fundamento de todos los demás. Por ser Madre de Cristo, Madre del Creador y del Salvador, lo es de la Iglesia, de la divina gracia, es Madre purísima y castísima, intacta, incorrupta, inmaculada, digna de ser amada y de ser admirada.

En las letanías se recogen diversos aspectos de la virginidad perpetua de María: es Virgen prudentísima, digna de veneración, digna de alabanza, poderosa, clemente, fiel...

La Madre de Dios, Mediadora en Cristo11 entre Dios y los hombres, se prodiga continuamente en servicio nuestro. Nos es presentada además bajo tres bellísimos símbolos y otros aspectos de su mediación universal: la Virgen María es la nueva Arca de la alianza, la Puerta del Cielo a través de quien llegamos a Dios, es la Estrella de la mañana que nos permite siempre orientarnos en cualquier momento de la vida, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores (¡tantas veces hemos tenido que recurrir a Ella!), Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos...

María es Reina de todo lo creado, de los cielos y de la tierra, porque es Madre del Rey del universo. La universalidad de este reinado comienza en los ángeles y sigue en los santos (los del Cielo y los que en la tierra buscan la santidad): Santa María es Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los apóstoles, de los mártires, de los que confiesan la fe, de las vírgenes, de todos los santos. Termina con cuatro títulos de realeza: es Reina concebida sin pecado, asunta al Cielo, del santísimo Rosario y de la paz.

Después de invocarla como ejemplo acabado y perfecto de todas las virtudes, sus hijos la aclamamos con estos símbolos y figuras de admirable ejemplaridad: Espejo de santidad, Trono de sabiduría, Causa de nuestra alegría, Vaso espiritual, Vaso honorable, Vaso insigne de devoción, Rosa mística, Torre de David, Torre de marfil y Casa de oro.

Al detenernos despacio en cada una de estas advocaciones podemos maravillarnos de la riqueza espiritual, casi infinita, con que Dios la ha adornado. Nos produce una inmensa alegría tener una Madre así, y se lo decimos muchas veces a lo largo del día. Cada una de las advocaciones de las letanías nos puede servir como una jaculatoria en la que le decimos lo mucho que la amamos, lo mucho que la necesitamos.

1 Lc 1, 28. — 2 Juan XXIII, Carta Apost. Il religioso convegno 29-IX-1961. — 3 San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, p, 9, — 4 Cfr. J. Corominas, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Gredos, Madrid 1987, vol V, voz Rosa. — 5 J. M. Escartín, Meditación del Rosario, Palabra, 3.ª ed., Madrid 1971, p. 27. — 6 Cfr. R. Garrigou-Lagrange, La madre del Salvador. Rialp, Madrid 1976, p. 350. — 7 Cfr. Pablo VI, Exhort, Apost. Marialis cultus, 2-II-1974, 46, — 8 San Josemaría Escrivá, o, c., p. 17. — 9 R. Garrigou-Lagrange, o. c., p. 353. — 10 Cit. por A. Royo Marín, La Virgen María, BAC, Madrid 1968, pp. 470-471. — 11 Cfr. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, n. 38.

Esta fiesta fue instituida por San Pío V para conmemorar y agradecer a la Virgen su ayuda en la victoria sobre los turcos en Lepanto, el 7 de octubre de 1571. Es famoso su Breve Consueverunt (14-IX-1569), que vio en el Rosario un presagio de aquella victoria. Clemente XI extendió la fiesta a toda la Iglesia el 3-X-1716. León XIII le otorgó un mayor rango litúrgico y publicó nueve admirables Encíclicas sobre el Rosario. Con San Pío X quedó definitivamente la fecha de su celebración el 7 de octubre. La celebración de este día es una invitación para todos a rezar y meditar los misterios de la vida de Jesús y de María, que se contemplan en esta devoción mariana.

 

“¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman?”

El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado. (Camino, 558)

El principio del camino que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.
–¿Quieres amar a la Virgen? –Pues, ¡trátala! ¿Cómo? –Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.
Pero, en el Rosario... ¡decimos siempre lo mismo! –¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? –Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar –Tú... ¿has contemplado alguna vez estos misterios?
Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José.
Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad... Asistiremos a su Pasión y Muerte... Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección... En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús. (Santo Rosario, Introducción).

 

 

CARTA APOSTÓLICA. ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO
Y A LOS FIELES
SOBRE EL SANTO ROSARIO

 

INTRODUCCIÓN

1. El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».[1]

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio.[2] En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor.

Los Romanos Pontífices y el Rosario

2. A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis Predecesores. Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII que, el 1 de septiembre de 1883, promulgó la Encíclica Supremi apostolatus officio,[3] importante declaración con la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Entre los Papas más recientes que, en la época conciliar, se han distinguido por la promoción del Rosario, deseo recordar al Beato Juan XXIII[4] y, sobre todo, a PabloVI, que en la Exhortación apostólica Marialis cultus, en consonancia con la inspiración del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter evangélico del Rosario y su orientación cristológica. 

Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje a Polonia, especialmente la visita al Santuario de Kalwaria. El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad. [...] Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el capítulo final de la Constitución Lumen gentium del Vaticano II, capítulo que trata de la presencia admirable de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana ».[5]

Con estas palabras, mis queridos Hermanos y Hermanas, introducía mi primer año de Pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario. Hoy, al inicio del vigésimo quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo. Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!

Octubre 2002 - Octubre 2003: Año del Rosario

3. Por eso, de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que, después de la experiencia jubilar, he invitado al Pueblo de Dios « a caminar desde Cristo »,[6] he sentido la necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre. Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo. Para dar mayor realce a esta invitación, con ocasión del próximo ciento veinte aniversario de la mencionada Encíclica de León XIII, deseo que a lo largo del año se proponga y valore de manera particular esta oración en las diversas comunidades cristianas. Proclamo, por tanto, el año que va de este octubre a octubre de 2003 Año del Rosario.

Dejo esta indicación pastoral a la iniciativa de cada comunidad eclesial. Con ella no quiero obstaculizar, sino más bien integrar y consolidar los planes pastorales de las Iglesias particulares. Confío que sea acogida con prontitud y generosidad. El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda espiritual y pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización. Me es grato reiterarlo recordando con gozo también otro aniversario: los 40 años del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962), el «gran don de gracia» dispensada por el espíritu de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo.[7]

Objeciones al Rosario

4. La oportunidad de esta iniciativa se basa en diversas consideraciones. La primera se refiere a la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de ser infravalorada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas generaciones. Hay quien piensa que la centralidad de la Liturgia, acertadamente subrayada por el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga necesariamente como consecuencia una disminución de la importancia del Rosario. En realidad, como puntualizó Pablo VI, esta oración no sólo no se opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y la recuerda, ayudando a vivirla con plena participación interior, recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana.

Quizás hay también quien teme que pueda resultar poco ecuménica por su carácter marcadamente mariano. En realidad, se coloca en el más límpido horizonte del culto a la Madre de Dios, tal como el Concilio ha establecido: un culto orientado al centro cristológico de la fe cristiana, de modo que «mientras es honrada la Madre, el Hijo sea debidamente conocido, amado, glorificado».[8] Comprendido adecuadamente, el Rosario es una ayuda, no un obstáculo para el ecumenismo.

Vía de contemplación

5. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia 'pedagogía de la santidad': «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración».[9] Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración».[10]

El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.

Oración por la paz y por la familia

6. Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el don de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis Predecesores y por mí mismo como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que «es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.

Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual.

« ¡Ahí tienes a tu madre! » (Jn 19, 27)

7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy, precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió en la persona del discípulo predilecto: «¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn 19, 26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa. Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que conservan en el vida de los cristianos y por el acreditado reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y Fátima,[11] cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza.

Tras las huellas de los testigos

8. Sería imposible citar la multitud innumerable de Santos que han encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación. Bastará con recordar a san Luis María Grignion de Montfort, autor de un preciosa obra sobre el Rosario[12] y, más cercano a nosotros, al Padre Pío de Pietrelcina, que recientemente he tenido la alegría de canonizar. Un especial carisma como verdadero apóstol del Rosario tuvo también el Beato Bartolomé Longo. Su camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de su corazón: « ¡Quien propaga el Rosario se salva! ».[13] Basándose en ello, se sintió llamado a construir en Pompeya un templo dedicado a la Virgen del Santo Rosario colindante con los restos de la antigua ciudad, apenas influenciada por el anuncio cristiano antes de quedar cubierta por la erupción del Vesuvio en el año 79 y rescatada de sus cenizas siglos después, como testimonio de las luces y las sombras de la civilización clásica.

Con toda su obra y, en particular, a través de los «Quince Sábados», Bartolomé Longo desarrolló el meollo cristológico y contemplativo del Rosario, que ha contado con un particular aliento y apoyo en León XIII, el «Papa del Rosario».

 

CAPÍTULO I

CONTEMPLAR A CRISTO
CON MARÍA

 

Un rostro brillante como el sol

9. «Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol» (Mt 17, 2). La escena evangélica de la transfiguración de Cristo, en la que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la belleza del Redentor, puede ser considerada como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo tanto, es también la nuestra. Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo. Se realiza así también en nosotros la palabra de san Pablo: «Reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más: así es como actúa el Señor, que es Espíritu» (2 Co 3, 18).

María modelo de contemplación

10. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7).

Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? » (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).

Los recuerdos de María

11. María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: « Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón » (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el 'rosario' que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal.

Y también ahora, entre los cantos de alegría de la Jerusalén celestial, permanecen intactos los motivos de su acción de gracias y su alabanza. Ellos inspiran su materna solicitud hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue desarrollando la trama de su 'papel' de evangelizadora. María propone continuamente a los creyentes los 'misterios' de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María.

El Rosario, oración contemplativa

12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza».[14]

Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su carácter de contemplación cristológica.

Recordar a Cristo con María

13. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en el propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un 'ayer'; son también el 'hoy' de la salvación. Esta actualización se realiza en particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: «hacer memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección. 

Por esto, mientras se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia, como ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza»,[15] también es necesario recordar que la vida espiritual « no se agota sólo con la participación en la sagrada Liturgia. El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17) ».[16] El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración 'incesante', y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia. 

Comprender a Cristo desde María

14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

El primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.

Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe»,[17] en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: « He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1, 38).

Configurarse a Cristo con María

15. La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).

En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto».[18]

Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular»,[19] es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia.

El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo».[20] Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus.[21] Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo».[22] De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo!

Rogar a Cristo con María

16. Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7, 7). El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él (cf. 1 Jn 2, 1) y la acción del Espíritu Santo, que «intercede por nosotros» (Rm 8, 26-27) según los designios de Dios. En efecto, nosotros «no sabemos cómo pedir» (Rm 8, 26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal (cf. St 4, 2-3).

Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón, interviene María con su intercesión materna. «La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María».[23] Efectivamente, si Jesús, único Mediador, es el Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él, muestra el Camino, y «a partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios».[24] En las bodas de Caná, el Evangelio muestra precisamente la eficacia de la intercesión de María, que se hace portavoz ante Jesús de las necesidades humanas: «No tienen vino» (Jn 2, 3).

El Rosario es a la vez meditación y súplica. La plegaria insistente a la Madre de Dios se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el corazón del Hijo. Ella es «omnipotente por gracia», como, con audaz expresión que debe entenderse bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato Bartolomé Longo.[25] Basada en el Evangelio, ésta es una certeza que se ha ido consolidando por experiencia propia en el pueblo cristiano. El eminente poeta Dante la interpreta estupendamente, siguiendo a san Bernardo, cuando canta: «Mujer, eres tan grande y tanto vales, que quien desea una gracia y no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas».[26]En el Rosario, mientras suplicamos a María, templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), Ella intercede por nosotros ante el Padre que la ha llenado de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros.

Anunciar a Cristo con María

17. El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristoes presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador.

 

CAPÍTULO II

MISTERIOS DE CRISTO,
MISTERIOS DE LA MADRE

 

El Rosario «compendio del Evangelio»

18. A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el Espíritu, la voz del Padre, pues «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre» (Mt 11, 27). Cerca de Cesarea de Felipe, ante la confesión de Pedro, Jesús puntualiza de dónde proviene esta clara intuición sobre su identidad: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Así pues, es necesaria la revelación de lo alto. Pero, para acogerla, es indispensable ponerse a la escucha: «Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio»[27]

El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo. Así lo describía el Papa Pablo VI: « Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica. En efecto, su elemento más característico –la repetición litánica del "Dios te salve, María"– se convierte también en alabanza constante a Cristo, término último del anuncio del Ángel y del saludo de la Madre del Bautista: "Bendito el fruto de tu seno" (Lc 1,42). Diremos más: la repetición del Ave Maria constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la contemplación de los misterios: el Jesús que toda Ave María recuerda es el mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo de Dios y de la Virgen».[28]

Una incorporación oportuna

19. De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial, sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos.

No obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo» (Jn 9, 5).

Para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente 'compendio del Evangelio', es conveniente pues que, tras haber recordado la encarnación y la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar los sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de la resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre también en algunos momentos particularmente significativos de la vida pública (misterios de luz). Esta incorporación de nuevos misterios, sin prejuzgar ningún aspecto esencial de la estructura tradicional de esta oración, se orienta a hacerla vivir con renovado interés en la espiritualidad cristiana, como verdadera introducción a la profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria.

Misterios de gozo

20. El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.

El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lc 2, 10).

Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien 'enseña'. La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lc 2, 50).

De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelion, 'buena noticia', que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.

Misterios de luz

21. Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios «luminosos»– de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.

Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace 'pecado' por nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2, 3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.

Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios de luz».

Misterios de dolor

22. Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!

En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.

Misterios de gloria

23. «La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado!».[29] El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece en el último misterio glorioso–, María resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia.

En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran 'icono' es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel «gozoso anuncio» que da sentido a toda su vida. 

De los 'misterios' al 'Misterio': el camino de María

24. Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario no son ciertamente exhaustivos, pero llaman la atención sobre lo esencial, preparando el ánimo para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta continuamente del manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal como lo narran los Evangelistas, refleja aquel Misterio que supera todo conocimiento (cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho carne, en el cual «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2, 9). Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica insiste tanto en los misterios de Cristo, recordando que «todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio».[30] El «duc in altum» de la Iglesia en el tercer Milenio se basa en la capacidad de los cristianos de alcanzar «en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 2-3). La Carta a los Efesios desea ardientemente a todos los bautizados: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor [...], podáis conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios» (3, 17-19).

El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el 'secreto' para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42).

Misterio de Cristo, 'misterio' del hombre

25. En el testimonio ya citado de 1978 sobre el Rosario como mi oración predilecta, expresé un concepto sobre el que deseo volver. Dije entonces que « el simple rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana ».[31]

A la luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios de Cristo, no es difícil profundizar en esta consideración antropológica del Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a primera vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio, a partir de la Carta Encíclica Redemptor hominis: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado».[32] El Rosario ayuda a abrirse a esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual «recapitula» el camino del hombre,[33] desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre.

Al mismo tiempo, resulta natural presentar en este encuentro con la santa humanidad del Redentor tantos problemas, afanes, fatigas y proyectos que marcan nuestra vida. «Descarga en el señor tu peso, y él te sustentará» (Sal 55, 23). Meditar con el Rosario significa poner nuestros afanes en los corazones misericordiosos de Cristo y de su Madre. Después de largos años, recordando los sinsabores, que no han faltado tampoco en el ejercicio del ministerio petrino, deseo repetir, casi como una cordial invitación dirigida a todos para que hagan de ello una experiencia personal: sí, verdaderamente el Rosario « marca el ritmo de la vida humana », para armonizarla con el ritmo de la vida divina, en gozosa comunión con la Santísima Trinidad, destino y anhelo de nuestra existencia.

 

CAPÍTULO III

« PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO »

 

El Rosario, camino de asimilación del misterio

26. El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave Maria, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el Rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira.

En Cristo, Dios ha asumido verdaderamente un «corazón de carne». Cristo no solamente tiene un corazón divino, rico en misericordia y perdón, sino también un corazón humano, capaz de todas las expresiones de afecto. A este respecto, si necesitáramos un testimonio evangélico, no sería difícil encontrarlo en el conmovedor diálogo de Cristo con Pedro después de la Resurrección. «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Tres veces se le hace la pregunta, tres veces Pedro responde: «Señor, tú lo sabes que te quiero» (cf. Jn 21, 15-17). Más allá del sentido específico del pasaje, tan importante para la misión de Pedro, a nadie se le escapa la belleza de esta triple repetición, en la cual la reiterada pregunta y la respuesta se expresan en términos bien conocidos por la experiencia universal del amor humano. Para comprender el Rosario, hace falta entrar en la dinámica psicológica que es propia del amor.

Una cosa está clara: si la repetición del Ave Maria se dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús. La repetición favorece el deseo de una configuración cada vez más plena con Cristo, verdadero 'programa' de la vida cristiana. San Pablo lo ha enunciado con palabras ardientes: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia» (Flp 1, 21). Y también: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). El Rosario nos ayuda a crecer en esta configuración hasta la meta de la santidad.

Un método válido...

27. No debe extrañarnos que la relación con Cristo se sirva de la ayuda de un método. Dios se comunica con el hombre respetando nuestra naturaleza y sus ritmos vitales. Por esto la espiritualidad cristiana, incluso conociendo las formas más sublimes del silencio místico, en el que todas las imágenes, palabras y gestos son como superados por la intensidad de una unión inefable del hombre con Dios, se caracteriza normalmente por la implicación de toda la persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional.

Esto aparece de modo evidente en la Liturgia. Los Sacramentos y los Sacramentales están estructurados con una serie de ritos relacionados con las diversas dimensiones de la persona. También la oración no litúrgica expresa la misma exigencia. Esto se confirma por el hecho de que, en Oriente, la oración más característica de la meditación cristológica, la que está centrada en las palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador»,[34] está vinculada tradicionalmente con el ritmo de la respiración, que, mientras favorece la perseverancia en la invocación, da como una consistencia física al deseo de que Cristo se convierta en el aliento, el alma y el 'todo' de la vida.

... que, no obstante, se puede mejorar

28. En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he recordado que en Occidente existe hoy también una renovada exigencia de meditación, que encuentra a veces en otras religiones modalidades bastante atractivas.[35] Hay cristianos que, al conocer poco la tradición contemplativa cristiana, se dejan atraer por tales propuestas. Sin embargo, aunque éstas tengan elementos positivos y a veces compaginables con la experiencia cristiana, a menudo esconden un fondo ideológico inaceptable. En dichas experiencias abunda también una metodología que, pretendiendo alcanzar una alta concentración espiritual, usa técnicas de tipo psicofísico, repetitivas y simbólicas. El Rosario forma parte de este cuadro universal de la fenomenología religiosa, pero tiene características propias, que responden a las exigencias específicas de la vida cristiana. 

En efecto, el Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La experiencia de innumerables Santos aboga en su favor. Lo cual no impide que pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta Carta. Con ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos simbólicos, en sintonía con las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que el rosario mismo con el que suele recitarse, acabe por considerarse como un amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y su cometido

El enunciado del misterio

29. Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al mismo tiempo una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el cual concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo. En la espiritualidad que se ha desarrollado en la Iglesia, tanto a través de la veneración de imágenes que enriquecen muchas devociones con elementos sensibles, como también del método propuesto por san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, se ha recurrido al elemento visual e imaginativo (la compositio loci) considerándolo de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el misterio. Por lo demás, es una metodología que se corresponde con la lógica misma de la Encarnación: Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino.

El enunciado de los varios misterios del Rosario se corresponde también con esta exigencia de concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni tampoco se refieren a todas sus páginas. El Rosario, por tanto, no reemplaza la lectio divina, sino que, por el contrario, la supone y la promueve. Pero si los misterios considerados en el Rosario, aun con el complemento de los mysteria lucis, se limita a las líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de ellos la atención se puede extender fácilmente al resto del Evangelio, sobre todo cuando el Rosario se recita en momentos especiales de prolongado recogimiento.

La escucha de la Palabra de Dios

30. Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada. Ésta debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y «para mí».

Acogida de este modo, la Palabra entra en la metodología de la repetición del Rosario sin el aburrimiento que produciría la simple reiteración de una información ya conocida. No, no se trata de recordar una información, sino de dejar 'hablar' a Dios. En alguna ocasión solemne y comunitaria, esta palabra se puede ilustrar con algún breve comentario.

El silencio

31. La escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación. Uno de los límites de una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación social es que el silencio se hace cada vez más difícil. Así como en la Liturgia se recomienda que haya momentos de silencio, en el rezo del Rosario es también oportuno hacer una breve pausa después de escuchar la Palabra de Dios, concentrando el espíritu en el contenido de un determinado misterio.

El «Padrenuestro»

32. Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige continuamente, porque descansa en su 'seno' (cf Jn 1, 18). Él nos quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él: «¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con el Padre nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a la vez suyo y del Padre. El «Padrenuestro», puesto como fundamento de la meditación cristológico-mariana que se desarrolla mediante la repetición del Ave Maria, hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial.

Las diez «Ave Maria»

33. Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave Maria, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave Maria, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra –la encarnación del Hijo en el seno virginal de María–, análogamente a la mirada de aprobación del Génesis (cf. Gn 1, 31), aquel «pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos».[36] Repetir en el Rosario el Ave Maria nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento dela profecía de María: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc1, 48).

El centro del Ave Maria, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del Rosario. Ya Pablo VI recordó en la Exhortación apostólica Marialis cultus la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando.[37] Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la función asimiladora, innata en la repetición del Ave Maria, respecto al misterio de Cristo. Repetir el nombre de Jesús –el único nombre del cual podemos esperar la salvación (cf. Hch 4, 12)– junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.

De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte.

El «Gloria»

34. La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer. Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario. En el rezo público podría ser cantado, para dar mayor énfasis a esta perspectiva estructural y característica de toda plegaria cristiana.

En la medida en que la meditación del misterio haya sido atenta, profunda, fortalecida –de Ave en Ave – por el amor a Cristo y a María, la glorificación trinitaria en cada decena, en vez de reducirse a una rápida conclusión, adquiere su justo tono contemplativo, como para levantar el espíritu a la altura del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la experiencia del Tabor, anticipación de la contemplación futura: «Bueno es estarnos aquí» (Lc 9, 33).

La jaculatoria final

35. Habitualmente, en el rezo del Rosario, después de la doxología trinitaria sigue una jaculatoria, que varía según las costumbres. Sin quitar valor a tales invocaciones, parece oportuno señalar que la contemplación de los misterios puede expresar mejor toda su fecundidad si se procura que cada misterio concluya con una oración dirigida a alcanzar los frutos específicos de la meditación del misterio. De este modo, el Rosario puede expresar con mayor eficacia su relación con la vida cristiana. Lo sugiere una bella oración litúrgica, que nos invita a pedir que, meditando los misterios del Rosario, lleguemos a «imitar lo que contienen y a conseguir lo que prometen».[38]

Como ya se hace, dicha oración final puede expresarse en varias forma legítimas. El Rosario adquiere así también una fisonomía más adecuada a las diversas tradiciones espirituales y a las distintas comunidades cristianas. En esta perspectiva, es de desear que se difundan, con el debido discernimiento pastoral, las propuestas más significativas, experimentadas tal vez en centros y santuarios marianos que cultivan particularmente la práctica del Rosario, de modo que el Pueblo de Dios pueda acceder a toda auténtica riqueza espiritual, encontrando así una ayuda para la propia contemplación.

El 'rosario'

36. Instrumento tradicional para rezarlo es el rosario. En la práctica más superficial, a menudo termina por ser un simple instrumento para contar la sucesión de las Ave Maria. Pero sirve también para expresar un simbolismo, que puede dar ulterior densidad a la contemplación.

A este propósito, lo primero que debe tenerse presente es que el rosario está centrado en el Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En Cristo se centra la vida y la oración de los creyentes. Todo parte de Él, todo tiende hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre.

En cuanto medio para contar, que marca el avanzar de la oración, el rosario evoca el camino incesante de la contemplación y de la perfección cristiana. El Beato Bartolomé Longo lo consideraba también como una 'cadena' que nos une a Dios. Cadena, sí, pero cadena dulce; así se manifiesta la relación con Dios, que es Padre. Cadena 'filial', que nos pone en sintonía con María, la «sierva del Señor» (Lc 1, 38) y, en definitiva, con el propio Cristo, que, aun siendo Dios, se hizo «siervo» por amor nuestro (Flp 2, 7).

Es también hermoso ampliar el significado simbólico del rosario a nuestra relación recíproca, recordando de ese modo el vínculo de comunión y fraternidad que nos une a todos en Cristo.

Inicio y conclusión

37. En la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario, según los diversos contextos eclesiales. En algunas regiones se suele iniciar con la invocación del Salmo 69: «Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme», como para alimentar en el orante la humilde conciencia de su propia indigencia; en otras, se comienza recitando el Credo, como haciendo de la profesión de fe el fundamento del camino contemplativo que se emprende. Éstos y otros modos similares, en la medida que disponen el ánimo para la contemplación, son usos igualmente legítimos. La plegaria se concluye rezando por las intenciones del Papa, para elevar la mirada de quien reza hacia el vasto horizonte de las necesidades eclesiales. Precisamente para fomentar esta proyección eclesial del Rosario, la Iglesia ha querido enriquecerlo con santas indulgencias para quien lo recita con las debidas disposiciones.

En efecto, si se hace así, el Rosario es realmente un itinerario espiritual en el que María se hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su poderosa intercesión. ¿Cómo asombrarse, pues, si al final de esta oración en la cual se ha experimentado íntimamente la maternidad de María, el espíritu siente necesidad de dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la espléndida oración de la Salve Regina, bien con las Letanías lauretanas? Es como coronar un camino interior, que ha llevado al fiel al contacto vivo con el misterio de Cristo y de su Madre Santísima.

La distribución en el tiempo

38. El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen de manera laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen mucho tiempo disponible. Pero es obvio –y eso vale, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo de los mysteria lucis– que muchos no podrán recitar más que una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal da a los días de la semana un cierto 'color' espiritual, análogamente a lo que hace la Liturgia con las diversas fases del año litúrgico.

Según la praxis corriente, el lunes y el jueves están dedicados a los «misterios gozosos», el martes y el viernes a los «dolorosos», el miércoles, el sábado y el domingo a los «gloriosos». ¿Dónde introducir los «misterios de la luz»? Considerando que los misterios gloriosos se proponen seguidos el sábado y el domingo, y que el sábado es tradicionalmente un día de marcado carácter mariano, parece aconsejable trasladar al sábado la segunda meditación semanal de los misterios gozosos, en los cuales la presencia de María es más destacada. Queda así libre el jueves para la meditación de los misterios de la luz.

No obstante, esta indicación no pretende limitar una conveniente libertad en la meditación personal y comunitaria, según las exigencias espirituales y pastorales y, sobre todo, las coincidencias litúrgicas que pueden sugerir oportunas adaptaciones. Lo verdaderamente importante es que el Rosario se comprenda y se experimente cada vez más como un itinerario contemplativo. Por medio de él, de manera complementaria a cuanto se realiza en la Liturgia, la semana del cristiano, centrada en el domingo, día de la resurrección, se convierte en un camino a través de los misterios de la vida de Cristo, y Él se consolida en la vida de sus discípulos como Señor del tiempo y de la historia.

 

CONCLUSIÓN

 

«Rosario bendito de María, cadena dulce que nos unes con Dios»

39. Lo que se ha dicho hasta aquí expresa ampliamente la riqueza de esta oración tradicional, que tiene la sencillez de una oración popular, pero también la profundidad teológica de una oración adecuada para quien siente la exigencia de una contemplación más intensa.

La Iglesia ha visto siempre en esta oración una particular eficacia, confiando las causas más difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica constante. En momentos en los que la cristiandad misma estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta oración la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue considerada como propiciadora de la salvación.

Hoy deseo confiar a la eficacia de esta oración –lo he señalado al principio– la causa de la paz en el mundo y la de la familia.

La paz

40. Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro.

El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).

Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?

En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una 'batalla' tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col 3, 14).

La familia: los padres...

41. Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión. Conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria.

Si en la Carta apostólica Novo millennio ineunte he alentado la celebración de la Liturgia de las Horas por parte de los laicos en la vida ordinaria de las comunidades parroquiales y de los diversos grupos cristianos,[39] deseo hacerlo igualmente con el Rosario. Se trata de dos caminos no alternativos, sino complementarios, de la contemplación cristiana. Pido, por tanto, a cuantos se dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario.

La familia que reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios.

Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino.

... y los hijos

42. Es hermoso y fructuoso confiar también a esta oración el proceso de crecimiento de los hijos. ¿No es acaso, el Rosario, el itinerario de la vida de Cristo, desde su concepción a la muerte, hasta la resurrección y la gloria? Hoy resulta cada vez más difícil para los padres seguir a los hijos en las diversas etapas de su vida. En la sociedad de la tecnología avanzada, de los medios de comunicación social y de la globalización, todo se ha acelerado, y cada día es mayor la distancia cultural entre las generaciones. Los mensajes de todo tipo y las experiencias más imprevisibles hacen mella pronto en la vida de los chicos y los adolescentes, y a veces es angustioso para los padres afrontar los peligros que corren los hijos. Con frecuencia se encuentran ante desilusiones fuertes, al constatar los fracasos de los hijos ante la seducción de la droga, los atractivos de un hedonismo desenfrenado, las tentaciones de la violencia o las formas tan diferentes del sinsentido y la desesperación.

Rezar con el Rosario por los hijos, y mejor aún, con los hijos, educándolos desde su tierna edad para este momento cotidiano de «intervalo de oración» de la familia, no es ciertamente la solución de todos los problemas, pero es una ayuda espiritual que no se debe minimizar. Se puede objetar que el Rosario parece una oración poco adecuada para los gustos de los chicos y los jóvenes de hoy. Pero quizás esta objeción se basa en un modo poco esmerado de rezarlo. Por otra parte, salvando su estructura fundamental, nada impide que, para ellos, el rezo del Rosario –tanto en familia como en los grupos– se enriquezca con oportunas aportaciones simbólicas y prácticas, que favorezcan su comprensión y valorización. ¿Por qué no probarlo? Una pastoral juvenil no derrotista, apasionada y creativa –¡las Jornadas Mundiales de la Juventud han dado buena prueba de ello!– es capaz de dar, con la ayuda de Dios, pasos verdaderamente significativos. Si el Rosario se presenta bien, estoy seguro de que los jóvenes mismos serán capaces de sorprender una vez más a los adultos, haciendo propia esta oración y recitándola con el entusiasmo típico de su edad.

El Rosario, un tesoro que recuperar

43. Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una consolidación de la línea trazada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la cual se han inspirado los planes pastorales de muchas Iglesias particulares al programar los objetivos para el próximo futuro.

Me dirijo en particular a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y diáconos, y a vosotros, agentes pastorales en los diversos ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores.

Confío también en vosotros, teólogos, para que, realizando una reflexión a la vez rigurosa y sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los fundamentos bíblicos, las riquezas espirituales y la validez pastoral de esta oración tradicional.

Cuento con vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María.

Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras, familias cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes: tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida cotidiana.

¡Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio del vigésimo quinto año de Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María, postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido Santuario edificado por el Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías con gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la célebre Súplica a la Reina del Santo Rosario: «Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo».

Vaticano, 16 octubre del año 2002, inicio del vigésimo quinto de mi Pontificado.

 

JUAN PABLO II

 


Notas

[1] Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 45.

[2]Pablo VI, Exhort. ap. Marialis cultus, (2 febrero 1974) 42, AAS 66 (1974), 153.

[3]Cf. Acta Leonis XIII, 3 (1884), 280-289.

[4]En particular, es digna de mención su Carta ap. sobre el Rosario Il religioso convegno del 29 septiembre 1961: AAS 53 (1961), 641-647.

[5]Angelus: L'Osservatore Romano ed. semanal en lengua española, 5 noviembre 1978, 1.

[6]AAS93 (2002), 285.

[7]En los años de preparación del Concilio, Juan XXIII invitó a la comunidad cristiana a rezar el Rosario por el éxito de este acontecimiento eclesial; cf. Carta al Cardenal Vicario del 28 de septiembre de 1960: AAS 52 (1960), 814-817.

[8]Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 66.

[9]N. 32: AAS 93 (2002), 288.

[10]Ibíd., 33: l. c., 289.

[11]Es sabido y se ha de recordar que las revelaciones privadas no son de la misma naturaleza que la revelación pública, normativa para toda la Iglesia. Es tarea del Magisterio discernir y reconocer la autenticidad y el valor de las revelaciones privadas para la piedad de los fieles.

[12]El secreto admirable del santísimo Rosario para convertirse y salvarse,en Obras de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, 313-391.

[13]Beato Bartolo Longo, Storia del Santuario di Pompei, Pompei 1990, p.59.

[14]Exhort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 47: AAS 66 (1974), 156.

[15]Const. sobre Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium,10.

[16]Ibíd., 12.

[17]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.

[18]I Quindici Sabati del Santissimo Rosario,27 ed., Pompeya 1916), p. 27.

[19]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 53.

[20]Ibíd., 60.

[21]Cf. Primer Radiomensaje Urbi et orbi (17 octubre 1978): AAS 70 (1978), 927.

[22]Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 120, en: Obras. de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, p.505s.

[23]Catecismo de la Iglesia Católica, 2679.

[24]Ibíd., 2675.

[25]La Suplica a la Reina del Santo Rosario, que se recita solemnemente dos veces al año, en mayo y octubre, fue compuesta por el Beato Batolomé Longo en 1883, como adhesión a la invitaciòn del Papa Leon XIII a los católicos en su primera Encíclica sobre el Rosario a un compromiso espiritual orientado a afrontar los males de la sociedad.

[26]Divina Comedia,Par. XXXIII, 13-15.

[27]Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 20: AAS 93 (2001), 279.

[28]Exort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 46: AAS 66 (1974), 155.

[29]Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 28: AAS 93 (2001), 284.

[30]N. 515.

[31]Angelus del 29 de octubre 1978: L'Osservatore Romano,ed. semanal en lengua española, 5 noviembre 1978, 1.

[32]Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.

[33]S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 18,1: PG 7, 932.

[34]Catecismo de la Iglesia Católica,2616.

[35]Cf. n. 33: AAS 93 (2001), 289.

[36]Carta a los artistas(4 abril 1999), 1: AAS 91 (1999), 1155.

[37]Cf. n. 46: AAS 66 (1974), 155. Esta costumbre ha sido alabada recientemente por la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones (17 diciembre 2001), n.201.

[38]« ...concede, quæsumus, ut hæc mysteria sacratissimo beatæ Mariæ Virginis Rosario recolentes, et imitemur quod continent, et quod promittunt assequamur »: Missale Romanum (1960) in festo B. M. Virginis a Rosario.

[39]Cf. n. 34: AAS 93 (2001), 290.

 

PAPA FRANCISCO

Oración a la Virgen María*

 

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.

Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.

  

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

Santo Rosario Meditado

 

El Santo Rosario incluye un comentario para medita cada misterio. En este modo de rezar el Rosario, al anunciar cada Misterio, se lee la meditación; durante el tiempo que se quiera se reflexiona en lo leído, y entonces se prosigue con el Padre Nuestro y las Ave María. Se concluye con la oraciones finales y la letanía.

DE SAN JOSEMARÍA

DEL BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ

MISTERIOS GOZOSOS

Primer Misterio

LA ANUNCIACIÓN

No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración.

Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino… – Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado contemplo la escena:

El Arcángel dice su embajada.. ¿Quomodo fiet istud, quoniam virum non cognosco? -¿De qué modo se hará esto, si no conozco varón? (Lucas, 1,34).

La voz de nuestra Madre agolpa en mi memoria, por contraste, todas las impurezas de los hombre…, las mías también.

Y ¡cómo odio entonces esas bajas miserias de la tierra!… ¡Qué propósitos!

Fiat mihi secundum verbum tuum. -Hágase en mí según tu palabra (Lucas, 1, 38). Al encanto de estas palabras virginales, el Verbo se hizo carne.

Va a terminar la primera decena.. Aún tengo tiempo de decir a mi Dios, antes que mortal alguno: Jesús, te amo.

 Segundo Misterio Gozoso

VISITACIÓN DE NUESTRA SEÑORA

Ahora, niño amigo, ya habrás aprendido a manejarte.

– Acompaña con gozo a José y a Santa María… y escucharás tradiciones de la Casa de David:

Oirás hablar de Isabel y de Zacarías, te enternecerás ante el amor purísimo de José, y latirá fuertemente tu corazón cada vez que nombren al Niño que nacerá en Belén.

Caminamos apresuradamente hacia las montañas, hasta un pueblo de la tribu de Judá (Lucas I, 39).

Llegamos. -Es la casa donde va a nacer Juan, el Bautista. -Isabel aclama, agradecida a la Madre de su Redentor: ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! -¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? (Lucas 1, 42 y 43).

El Bautista nonnato se estremece… (Lucas, 1, 41). -La humildad de María se vierte en el Magníficat… – Y tú y yo, que somos -que éramos- unos soberbios, prometemos que seremos humildes.

Tercer Misterio Gozoso

NACIMIENTO DE JESÚS

Se ha promulgado un edicto de César Augusto, y manda empadronar a todo el mundo. Cada cual ha de ir, para esto, al pueblo de donde arranca su estirpe. Como es José de la casa de David, va con la Virgen María desde Nazaret a la ciudad llamada Belén, en Judea. (Lucas, 2, 1-5).

Y en Belén nace nuestro Dios: ¡Jesucristo! -No hay lugar en la posada: en un establo. -Y su Madre le envuelve en pañales y le recuesta en el pesebre. (Lucas, 2, 7).

Frío. -Pobreza -Soy un esclavito de José. -¡Qué bueno es José! -Me trata como un padre a su hijo. -¡Hasta me perdona, si cojo en mis brazo al Niño y me quedo, horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!…

Y le beso -bésale tú-, y le bailo, y le canto, y le llamo Rey, Amor, mi Dios, mi Único, mi Todo!… ¡Qué hermoso es el Niño… y qué corta la decena!

Cuarto Misterio Gozoso

PURIFICACIÓN DE LA VIRGEN

Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor. (Lucas, 2, 22).

Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. -¿Te fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda.

¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?

¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! -Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. -Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón.

Un hombre justo y temeroso de Dios, que movido por el Espíritu Santo ha venido al templo -le había sido revelado que no moriría antes de ver al Cristo-, toma en sus brazos al Mesías y le dice: Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa… porque mis ojos han visto al Salvador. (Lucas, 2, 25-30).

Quinto Misterio Gozoso

EL NIÑO PERDIDO

¿Dónde está Jesús? -Señora: ¡el Niño!… ¿dónde está?

Llora María. -Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. -José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también… Y tú… Y yo.

Yo, como soy un criadito basto, lloro a moco tendido y clamo al cielo y a la tierra…, por cuando le perdí por mi culpa y no clamé.

Jesús: que nunca más te pierda… Y entonces la desgracia y el dolor nos unen, como nos unió el pecado y salen de todo nuestro ser gemidos de profunda contrición y frases ardientes, que la pluma no puede, no debe estamar.

Y, al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús ¡tres días de ausencia!- disputando con los Maestros de Israel (Lucas, 2, 46), quedará muy grabada en tu alma y en la mí ala obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al Padre Celestial.

MISTERIOS DOLOROSOS

Primer Misterio Doloroso

ORACIÓN EN EL HUERTO

Orad, para que no entréis en la tentación. -Y se durmió Pedro. -Y los demás apóstoles. Y te dormiste tú, niño amigo…, y yo fui también otro Pedro dormilón.

Jesús, solo y triste, sufría y empapaba la tierra con su sangre.

De rodillas sobre el duro suelo, persevera en oración… Llora por tí… y por mí: le aplasta el peso de los pecados de los hombres.

Pater, si vis, transfer calicem istum a me. -Padre, si quieres, haz que pase este cáliz de mí… Pero no se haga mi voluntad, sed tua fiat, sino la tuya. (Lucas, 22, 42).

Un Ángel del cielo le conforta. -Está Jesús en la agonía. -Continúa prolixius, más intensamente orando… -Se acerca a nosotros, que dormíamos: levantaos, orad -nos repite-, para que no caigáis en la tentación. (Lucas, 22, 46).

Judas el traidor: un beso. -La espada de Pedro brilla en la noche.- Jesús habla: ¿como a un ladrón venís a buscarme? (Marcos, 14, 48).

Somos cobardes: le seguimos de lejos, pero despiertos y orando. -Oración… Oración…

Segundo Misterio Doloroso

LA FLAGELACIÓN DE JESÚS

Habla Pilatos: Vosotros tenéis costumbre de que os suelte a uno por Pascua. ¿A quién dejamos libre, a Barrabás -ladrón, preso con otros por un homicidio- o a Jesús? (Mateo, 27, 17.) -Haz morir a éste y suelta a Barrabás, clama el pueblo incitado por sus príncipes. (Lucas, 13, 18).

Habla Pilatos de nuevo: Entonces ¿Qué haré de Jesús que se llama el Cristo? (Mateo 27, 22). – Crucifige eum! -¡Crucifícale! (Marcos, 15, 14).

Pilatos, por tercera vez, les dice: Pues ¿qué mal ha hecho? Yo no hallo en Él causa alguna de muerte. (Lucas, 23, 22).

Aumentaba el clamor de la muchedumbre: ¡crucifícale, crucifícale! (Marcos, 15, 14).

Y Pilatos, deseando contentar al pueblo, les suelta a Barrabás y ordena que azoten a Jesús.

Atado a la columna. Lleno de llagas. Suena el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que padece por tu carne pecadora. -Más golpes. Más saña. Más aún… Es el colmo de la humana crueldad.

Al cabo, rendidos, desatan a Jesús. -Y el cuerpo de Cristo se rinde también al dolor y cae, como un gusano tronchado y medio muerto.

Tú y yo no podemos hablar. -No hacen falta palabras. -Míralo, míralo… despacio. Después… ¿serás capaz de tener miedo a la expiación?

Tercer Misterio Doloroso

CORONACIÓN DE ESPINAS

¡Satisfecha queda el ansia de sufrir de nuestro Rey! -Llevan a mi Señor al patio del pretorio, y allí convocan a toda la cohorte. (Marcos, 15, 16). -Los soldadotes brutales han desnudado sus carnes purísimas. -Con un trapo de púrpura, viejo y sucio cubren a Jesús.- Una caña, por cetro, en su mano derecha…

La corona de espinas, hincada a martillazos, le hace Rey de burlas… Ave Rex judaeorum! – Dioste salve, Rey de los judíos. (Marcos, 15, 18(. Y, a golpes, hieren su cabeza. Y le abofetean… y le escupen.

Coronado de espinas y vestido con andrajos de púrpura, Jesús es mostrado al pueblo judío: Ecce homo! -Ved aquí al hombre. Y de nuevo los pontífices y sus ministros alzaron el grito diciendo: ¡crucifícale, crucifícale! (Juan 19, 5 y 6).

-Tú y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y a abofetear, y a escupir?

Ya no más, Jesús, ya no más… Y un propósito firme y concreto pone fin a estas diez Avemarías.

Cuarto Misterio Doloroso

LA CRUZ A CUESTAS

Con su cruz a cuestas marcha hacia el Calvario, lugar que en hebreo se llama Gólgota. (Juan 19, 17). -Y echan mano de un tal Simón, natural de Cirene, que viene de una granja, y le cargan la Cruz para que la lleve en pos de Jesús. (Lucas, 23, 26).

Se ha cumplido aquello de Isaías (53, 12): cum sceleratis reputatus est, fue contado ente los malhechores. porque llevaron para hacerlos morir con Él a otros dos, que eran ladrones. (Lucas, 23, 32).

Si alguno quiere venir detrás de mí… Niño amigo: estamos tristes, viviendo la Pasión de Nuestro Señor Jesús. -Mira con qué amor se abraza a la Cruz. -Aprende de Él. -Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.

Pero no lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz.

Y de seguro, como Él, encontrarás a María en el camino.

Quinto Misterio Doloroso

MUERTE DE JESÚS

Jesús Nazareno, Rey de los judíos, tiene dispuesto el trono triunfador. Tú y yo no lo vemos retorcerse, al ser enclavado: sufriendo cuanto se puede sufrir, extiende sus brazos con gesto de Sacerdote Eterno.

Los soldados toman las santas vestiduras y hacen cuatro partes. -Por no dividir la túnica, la sortean para ver de quién será. -Y así, una vez más, se cumple la Escritura que dice: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre ellos echaron suertes. (Juan 19, 23 y 24.)

Ya está en lo alto… -Y, junto a su Hijo, al pie de la Cruz, Santa María… y María, mujer de Cleofás y María Magdalena. Y Juan, el discípulo que Él amaba. Ecce mater tua! -¡Ahí tienes a tu madre!: nos da a su Madre por Madre Nuestra.

Le ofrecen antes vino mezclado con hiel, y habiéndolo gustado, no lo tomó. (Mateo, 27, 34).

Ahora tiene sed… de amor, de almas

Consummatum est -Todo se ha consumado. (Juan 19, 30).

Niño bobo, mira: todo ésto… todo lo ha sufrido por tí.. y por mí. -¿No lloras?

MISTERIOS GLORIOSOS

Primer Misterio Glorioso

LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Al caer la tarde del sábado, María Magdalena y María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar el cuerpo muerto de Jesús. -Muy de mañana, al otro día, llegan al sepulcro, salido ya el sol (Marcos, 15, 1 y 2). Y entrando, se quedan consternadas porque no hallan el cuerpo del Señor. -Un mancebo cubierto de una vestidura blanca, les dice: No temáis: sé que buscáis a Jesús Nazareno: non est hic, surrexit enim sicut dixit, -no está aquí, porque ha resucitado, según predijo. (mateo 28, 5).

¡Ha resucitado! -Jesús ha resucitado. No está en el sepulcro. -La Vida pudo más que la muerte.

Se apareció a su Madre Santísima. -Se apareció a María de Magdala, que está loca de amor. -Y a Pedro y a los demás Apóstoles. -Y a ti y a mí, que somos sus discípulos y más locos que la Magdalena: ¡qué cosas le hemos dicho!

Que nunca muramos por el pecado; que sea eterna nuestra resurrección espiritual -Y, antes de terminar la decena, has besado tu las llagas de sus pies…, y yo más atrevido -por más niño- he puesto mis labios sobre su costado abierto.

Segundo Misterio Glorioso

LA ASCENCIÓN DEL SEÑOR

Adoctrina ahora el Maestro a sus discípulos: les ha abierto la inteligencia, para que entiendan las Escrituras y les toma por testigos de su vida y de sus milagros, de su pasión y muerte, y de la gloria de su resurrección. (Lucas, 24, 25 y 48).

Después los lleva camino de Betania, levanta las manos y los bendice. -Y mientras, se va separando de ellos y se eleva al cielo (Lucas, 24, 50), hasta que le ocultó una nube. (Hechos, 1, 9).

Se fue Jesús con el Padre. -Dos Ángeles de blancas vestiduras se aproximan a nosotros y nos dice: Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? (Hechos, 1, 11).

Pedro y los demás vuelven a Jerusalén -cum gaudio magno- con gran alegría. (Lucas, 24, 52). -Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria.

Pero, tú y yo sentimos la orfandad: estamos tristes, y vamos a consolarnos con María.

Tercer Misterio Glorioso

PENTECOSTÉS

Había dicho el Señor: Yo rogaré al Padre, y os daré otro Paráclito, otro Consolador, para que permanezca con vosotros eternamente. (Juan 14 16). -Reunidos los discípulos todos juntos en un mismo lugar, de repente sobrevino de cielo un ruido como de viento impetuoso que invadió toda la casa donde se encontraban. -Al mismo tiempo, unas lenguas de fuego se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos. (Hechos, 2, 1-3).

Y Pedro, a quien rodeaban los otros once, levantó la voz y habló. -Le oímos gente de cien países. -Cada uno le escucha en su lengua. -Tú y yo la nuestra. -Nos habla de Cristo Jesús y del Espíritu Santo y del Padre.

No le apedrean, ni le meten en la cárcel: se convierten y son bautizados tres mil, de los que oyeron.

Tú y yo, después de ayudar a lso Apóstoles en la administración de los bautismos, bendecimos a Dios Padre, por su Hijo Jesús, y nos sentimos también borrachos del Espíritu Santo.

— Te alabamos, Señor.

Cuarto Misterio Glorioso

ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

Assumpta est María in coelum: gaudent angeli! María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y los Ángeles se alegran!

Así canta la Iglesia. Y así, con ese clamor de regocijo, comenzamos la contemplación en esta decena del Santo Rosario:

Se ha dormido la Madre de Dios. -Están alrededor de su lecho los doce Apóstoles. -Matías sustituyó a Judas.

Y nosotros, por gracia que todos respetan, estamos a su lado también.

Pero Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la Gloria. -Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora. -Tú y yo -niños al fin- tomamos la cola del espléndido manto azul de la Virgen, y así podemos contemplar aquella maravilla.

La Trinidad Beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios. -Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles ¿Quién es Ésta?

Quinto Misterio Glorioso

LA CORONACIÓN DE LA VIRGEN

Eres toda hermosa, y no hay en ti mancha. -Huerto cerrado eres, hermana mía, Esposa, huerto cerrado, fuente sellada. -Veni: coronaberis. -Ven: serás coronada (Cantar, 4, 7, 12 y 8).

Si tú y yo hubiéramos tenido poder, la hubiéramos hecho también Reina y Señora de todo lo creado.

Una gran señal apareció en el cielo: una mujer con corona de doce estrellas sobre su cabeza. -Vestido de sol. -La luna a sus pies. (Apocalipsis 12, 1). María Virgen sin mancilla, reparó la caída de Eva: y ha pisado, con su planta inmaculada, la cabeza del dragón infernal. Hija de Dios, Madre de Dios, Esposa de Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo.

Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles…, y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles…, y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos, y todos los pecadores y tú y yo.

San Josemaría

 

 

 

El eje de nuestra santificación

El trabajo es, para muchos cristianos, una de las actividades principales donde buscar la santidad. San Josemaría se refería a la actividad laboral como al "quicio de nuestra santificación". Este artículo expone ese mensaje.

Trabajo29/09/2013

Entre todas las actividades temporales que son materia de santificación, el trabajo profesional ocupa un lugar primordial en las enseñanzas de san Josemaría. De palabra y por escrito afirma constantemente que la santificación del trabajo es como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que —inmersos en las realidades temporales— estamos decididos a tratar a Dios [1] .

Y también: el objetivo único del Opus Dei ha sido siempre ése: contribuir a que haya en medio del mundo, de las realidades y afanes seculares, hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales, que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario [2] .

 

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Esta enseñanza de san Josemaría es un rasgo peculiar del espíritu que el Señor le hizo ver el 2 de octubre de 1928. No es, por tanto, el único modo de orientar la santificación de las realidades temporales, sino el modo específico y propio del espíritu del Opus Dei. Como la condición humana es el trabajo, la vocación sobrenatural a la santidad y al apostolado según el espíritu del Opus Dei, confirma la vocación humana al trabajo (…). Uno de los signos esenciales de esa vocación es precisamente vivir en el mundo y desempeñar allí un trabajo —contando, vuelvo a decir, con las propias imperfecciones personales— de la manera más perfecta posible, tanto desde el punto de vista humano, como desde el sobrenatural [3].

Trabajo profesional

 

 

La actividad ordinaria no es un detalle de poca importancia, sino el quicio de nuestra santificación, ocasión continua para encontrarnos con Dios y alabarle y glorificarle con la operación de nuestra inteligencia o la de nuestras manos [4]. En estos textos y en otras muchas ocasiones, con la expresiónquicio de nuestra santificación, san Josemaría se refiere unas veces al trabajo y otras a la santificación del trabajo. Al trabajo, porque es la materia misma con la que se construye el eje. Y a la santificación del trabajo, porque no basta trabajar: si no se santifica, tampoco sirve de eje para la búsqueda de la santidad.

En todo caso, el trabajo que san Josemaría indica como eje de la vida espiritual no es cualquier actividad. No se trata de las tareas que se realizan por hobby , para cultivar una afición, o por otros motivos, a veces por necesidad y con esfuerzo; se trata precisamente del trabajo profesional : el oficio públicamente reconocido — munus publicum — que cada uno realiza en la sociedad civil, como actividad que la configura, sirve y construye, y que es objeto de unos deberes y responsabilidades así como de unos derechos, entre los cuales se encuentra generalmente el de la justa remuneración. Son profesionales, por ejemplo, los trabajos de arquitecto, de carpintero, de maestro, o los trabajos del hogar.

"La actividad ordinaria no es un detalle de poca importancia, sino el quicio de nuestra santificación, ocasión continua para encontrarnos con Dios y alabarle y glorificarle con la operación de nuestra inteligencia o la de nuestras manos".

De algún modo se puede llamar también trabajo profesional al ministerio sacerdotal —así lo hace a veces san Josemaría [5] —, en cuanto que es una tarea pública al servicio de todas las almas y, concretamente, de la santificación de los fieles corrientes en el desempeño de las demás profesiones, contribuyendo así a la edificación cristiana de la sociedad, misión que exige la cooperación del sacerdocio común y del ministerial. Siendo en sí mismo un ministerio sagrado, una tarea que no es profana sino santa, sin embargo no hace santo automáticamente a quien la realiza. El sacerdote ha de luchar para santificarse en el ejercicio de su ministerio, y en consecuencia puede vivir el mismo espíritu de santificación del trabajo que enseña el Fundador del Opus Dei, realizándolo con alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical [6].

Conviene recordar que algunas veces san Josemaría también llama trabajo profesional a la enfermedad, a la vejez y a otras situaciones de la vida que absorben las energías que se dedicarían a la profesión, si se pudiera: es el caso, por ejemplo, de quien tiene que ocuparse de conseguir un puesto de trabajo. Al llamarlo trabajo profesional , el Fundador del Opus Dei hace ver que quien se encuentra en esas circunstancias debe comportarse como ante un trabajo profesional que se desea santificar. Así como el amor a Dios lleva a realizar con perfección los deberes profesionales, así también, un enfermo puede cuidar, en lo que de él dependa, por amor a Dios y con sentido apostólico, las exigencias de un tratamiento, de unos ejercicios, o de una dieta, y ser un buen enfermo que sabe obedecer hasta identificarse con Cristo, obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz [7]. En este sentido, la enfermedad y la vejez, cuando llegan, se transforman en labor profesional. Y así no se interrumpe la búsqueda de la santidad, según el espíritu de la Obra, que se apoya, como la puerta en el quicio, en el trabajo profesional [8].

Como es lógico, cuando se habla de trabajo profesional se piensa normalmente en las personas que ejercen su profesión civil, no en estas otras situaciones a las que se aplica la expresión por analogía. Ese trabajo profesional, en sentido propio y principal, es el que constituye el eje o el gozne de la santificación en el espíritu del Opus Dei.

El entramado de la vida ordinaria

Las tareas familiares, profesionales y sociales forman un entramado que es la materia de santificación y el terreno de apostolado propios de un fiel corriente. Ese entramado se puede tejer de diversos modos. El que enseña san Josemaría tiene como una de sus características principales el que los quehaceres familiares y sociales se centran alrededor del trabajo profesional, factor fundamental por el que la sociedad civil cualifica a los ciudadanos [9].

Esta característica tiene su fundamento en las relaciones entre la santificación personal en medio del mundo, y el cumplimiento de los deberes profesionales, familiares y sociales, como se considerará a continuación. Se entiende aquí por mundo la sociedad civil que los fieles laicos, con la cooperación del sacerdocio ministerial, han de configurar y empapar de espíritu cristiano.

La santificación en medio del mundo exige la santificación del mundo ab intra , desde las mismas entrañas de la sociedad civil [10] para que se cumpla lo que dice San Pablo: instaurare omnia in Christo [11].Para llevar a cabo esta misión es esencial santificar la familia, que es «origen y fundamento de la sociedad humana», y su «célula primera y vital» [12]. Pero la sociedad no es simplemente un conjunto de familias, como tampoco un cuerpo es sólo un conglomerado de células.

Hay una organización y una estructura, una vida del cuerpo social. Para informar la sociedad con el espíritu cristiano es necesario santificar, además de la familia, las relaciones sociales, creando un clima de amistad y de servicio, dando tono cristiano a las costumbres, modas y diversiones. Sin embargo, son las diversas actividades profesionales las que configuran radicalmente la sociedad, su organización y su vida, influyendo también, de modo profundo, en las mismas relaciones familiares y sociales.

La santificación del trabajo profesional no solo es necesaria, junto con la santificación de la vida familiar y social, para modelar la sociedad según el querer de Dios, sino que sirve de eje en el entramado que forman. Esto no significa que los deberes profesionales sean más importantes que las tareas familiares y sociales, sino que son apoyo para formar la familia y la convivencia social. La importancia o prioridad de un deber depende del orden de la caridad, no de que se trate de un deber profesional, social o familiar.

Para comprender el papel del trabajo en la vida espiritual, hay que considerar también que, como enseña el Magisterio de la Iglesia, «el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social» [13].

 

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Al hablar de instituciones sociales se incluyen, como indica poco después el mismo documento, «la familia y la comunidad política que responden más inmediatamente a la íntima naturaleza del hombre» [14]. La familia y la sociedad se ordenan totalmente al bien de la persona, que tiene necesidad de la vida social. Por su parte, la persona ha de buscar el bien de la familia y de la sociedad, pero no se ordena totalmente a ese bien, con todo su ser y su obrar.

En sentido estricto sólo se ordena totalmente a la unión con Dios, a la santidad [15]. El trabajo puede ser eje de toda la vida espiritual porque, además de servir al bien de la familia y a la configuración cristiana de la sociedad, es campo para el perfeccionamiento del hombre por el ejercicio de las virtudes en aspectos y modos que son específicos del ámbito profesional, como la justicia en las relaciones laborales, la responsabilidad en el mismo trabajo, la laboriosidad y muchas manifestaciones de fortaleza, constancia, lealtad, paciencia... —por mencionar solo algunos ejemplos—, que el trabajo profesional reclama.

A todo este conjunto de elementos se refiere san Josemaría cuando invita a considerar que el trabajo es el vehículo a través del cual el hombre se inserta en la sociedad, el medio por el que se ensambla en el conjunto de las relaciones humanas, el instrumento que le asigna un sitio, un lugar en la convivencia de los hombres. El trabajo profesional y la existencia en el mundo son dos caras de la misma moneda, son dos realidades que se exigen mutuamente, sin que sea posible entender la una al margen de la otra [16].

 

La vocación profesional

Por ser el trabajo el eje de la vida espiritual en el espíritu del Opus Dei, se comprende que la vocación profesional no es sólo una parte, sino una parte principal de nuestra vocación sobrenatural [17].

La vocación profesional se descubre por las cualidades y aptitudes que cada uno ha recibido de Dios, por los deberes que ha de cumplir en el lugar y en las circunstancias en que se encuentra, por las necesidades de su familia y de la sociedad, por las posibilidades reales de ejercer una profesión u otra. Todo esto, y no solamente los gustos o las inclinaciones —y menos aún los caprichos de la fantasía— es lo que configura la vocación profesional de cada uno. Se llama vocación porque ese conjunto de factores representa una llamada de Dios a elegir la actividad profesional más conveniente como materia de santificación y apostolado.

No hay que olvidar que la vocación profesional es parte de nuestra vocación divina,—escribe san Josemaría— en tanto en cuanto es medio para santificarnos y para santificar a los demás [18]; y por tanto, si en algún momento la vocación profesional supone un obstáculo, (…) si absorbe de tal modo que dificulta o impide la vida interior o el fiel cumplimiento de los deberes de estado (…), no es parte de la vocación divina, porque ya no es vocación profesional [19] .

Puesto que la vocación profesional está determinada en parte por la situación de cada uno, no es una llamada a ejercer un trabajo profesional fijo y predeterminado, independientemente de las circunstancias. La vocación profesional es algo que se va concretando a lo largo de la vida: no pocas veces el que empezó unos estudios, descubre luego que está mejor dotado para otras tareas, y se dedica a ellas; o acaba especializándose en un campo distinto del que previó al principio; o encuentra, ya en pleno ejercicio de la profesión que eligió, un nuevo trabajo que le permite mejorar la posición social de los suyos, o contribuir más eficazmente al bien de la colectividad; o se ve obligado, por razones de salud, a cambiar de ambiente y de ocupación [20] .

La vocación profesional es una llamada a desempeñar una profesión en la sociedad. No una cualquiera, sino aquélla —dentro de las que se presentan como posibles— con la que mejor se puede alcanzar el fin al que se ordena el trabajo como materia y medio de santificación y de apostolado. Una profesión con la que cada uno se gana la vida, mantiene a su familia, contribuye al bien común, desarrolla su personalidad [21]. No se ha de optar por el trabajo más sencillo como si diera igual uno u otro, ni elegir superficialmente guiados sólo por el gusto o por el brillo humano. El criterio de elección ha de ser el amor a Dios y a las almas: el servicio que se puede prestar a la extensión del Reino de Cristo y al progreso humano, haciendo rendir los talentos que se han recibido.

* * *

Cuando el eje está bien encajado, la puerta gira con seguridad y suavidad. Cuando el trabajo está firmemente asentado en el sentido de la filiación divina, cuando es trabajo de un hijo de Dios — obra de Dios , como el trabajo de Cristo—, todo el entramado de la vida ordinaria se puede mover con armonía, abriendo las entrañas de la sociedad a la gracia divina. Si falta ese eje, ¿cómo se podrá empapar la sociedad de espíritu cristiano? Y si el eje está oxidado, o torcido, o fuera de lugar, ¿de qué servirá, por muy valioso que sea el metal del que está hecho?

Si entra en conflicto con las tareas familiares y sociales, las estorba, las complica y hasta las paraliza, habrá que preguntarse para qué vale un eje sin la puerta. Y sobre todo, y en la raíz de todo, si el trabajo está desgajado de su fundamento que es la filiación divina, si no fuera un trabajo santificado, ¿qué sentido tendría para un cristiano?

Vamos a pedir luz a Jesucristo Señor Nuestro, y rogarle que nos ayude a descubrir, en cada instante, ese sentido divino que transforma nuestra vocación profesional en el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad. En el Evangelio encontraréis que Jesús era conocido como faber, filius Mariæ ( Mc 6, 3), el obrero, el hijo de María: pues también nosotros, con orgullo santo, tenemos que demostrar con los hechos que ¡somos trabajadores!, ¡hombres y mujeres de labor [22].

J. López


 

[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 61.

[2] San Josemaría, Conversaciones , n. 10.

[3] Ibid., n. 70.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 81.

[5] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios , n. 265.

[6] San Josemaría, Carta 28-III-1955 , n. 3, citada por A. de Fuenmayor, V. Gómez Iglesias, J. L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei , historia y defensa de un carisma , Eunsa, 1989, p. 286.

[7] Flp 2, 8.

[8] San Josemaría, Apuntes de la predicación (AGP, P01 III-65, p. 11), cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. III, p. 165.

[9] Cfr. Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, Rialp, Madrid 2013, vol. III, pp. 222 y ss.

[10] San Josemaría , Carta 14-II-1950 , n. 20, cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. I, p. 81.

[11] Ef 1,10.

[12] Conc. Vaticano II, Decr. Apostolicam actuositatem , n. 11.

[13] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes , n. 25.

[14] Ibid .

[15] Cfr. Santo Tomás, S.Th . I-II, q. 21, a. 4 ad 3.

[16] San Josemaría, Carta 6-V-1945 , n. 13, cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. III, p. 161.

[17] San Josemaría, Texto de 31-V-1954, cit. por José Luis Illanes en La santificación del trabajo .Palabra, Madrid 1981, p. 42.

[18] San Josemaría, Carta 15-X-1948 , n. 7, cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. III, p. 180.

[19] Ibid .

[20] Ibid. , n. 33.

[21] San Josemaría, Conversaciones , n. 70.

[22] San Josemaría, Amigos de Dios , n. 62.

 

 

El Matrimonio hace trascendente la vocación

La familia es la célula de la sociedad, es la primera comunidad formada por un hombre y una mujer unidos en matrimonio, en donde como fruto de su amor, procrean nuestras vidas.

La persona humana ha sido creada por amor y para el amor y es en el matrimonio y en la familia donde se hace vida esta hermosa y trascendente vocación.

El matrimonio es para toda la vida; es la unión de uno con una, de manera exclusiva para siempre. Este hombre y esta mujer llegan al altar con una gran emoción, se casan llenos de ilusiones y sueños, pero no siempre con la preparación necesaria y la madurez afectiva que se requiere para vivir en matrimonio y formar una familia. La mayoría carecen de un proyecto de vida familiar y esto, aunado a una deficiente comunicación y una falta de convivencia entre ellos de manera creativa, que, con el paso del tiempo, causan distancias, abismos y heridas profundísimas y graves entre la pareja, tan terribles como la infidelidad, que pueden terminar en una ruptura matrimonial.

Una vida caótica en lo profundo, llena de sufrimiento, lágrimas, faltas de respeto, largos silencios y desesperación, es la existencia para las parejas que por un sin fin de razones no supieron o no saben qué hacer ante las tantas heridas acumuladas en la historia matrimonial.

La biografía de la pareja y de la familia se escribe con lágrimas de sangre en muchas ocasiones, lágrimas y dolor que se esconden para “funcionar” y no romper con la familia entera. Pero la mayoría de las parejas que viven de este modo, sólo sobreviven, rotos por dentro y enfrentan la realidad terrible del desamor en lo cotidiano, nada de lo que hubiesen querido el día que se dijeron mutuamente ante Dios: Sí, acepto y que si no se hace nada al respecto terminará en una dolorosísima ruptura matrimonial.

10 Tips para que las familias permanezcan unidas

1. Madurez afectiva

Cada persona es única e irrepetible, cada uno es una historia viva, un ser cuya personalidad se ha definido por cuestiones genéticas, ambientales y decisiones personales, que le hacen ser del modo en el cual es. La madurez se alcanza con un fuerte trabajo interno, con un profundo autoconocimiento y aceptación de quién se es y un reconocimiento de la propia naturaleza imperfecta que requiere de esfuerzo continuo para ser lo mejor que puede llegar a ser cada día. Es una lucha continua por conquistarse a sí mismo y ser dueño de sí. Según el psiquiatra Aquilino Polaino-Lorente, la madurez personal es uno de los rasgos psicológicos que más pueden influir en las relaciones humanas, y con más razón aún en la relación matrimonial.

Aspectos como libertad y dependencia, confianza y temor, comunicación e incomunicación tienen mucho que ver con esa madurez.

El trabajo hacia la madurez personal, retomando algunas ideas ahora del Dr. Rojas, son: Conocerse a sí mismo, tener buen equilibrio entre cabeza y corazón: Educando los afectos y las emociones, ser capaz de superar y digerir las heridas del pasado, tener un proyecto de vida coherente y realista, cultivar una voluntad fuerte, sólida, dominarse a sí mismo, haber crecido con modelos de identidad coherentes, positivos, buena capacidad para la convivencia entendida como tolerancia y respeto del otro, tener un sentido de vida y cuidar de la salud física, mental y espiritual.

Si cada miembro de la pareja trabaja en sí mismo, tendrá mucho para ofrecer al otro y caminarán por un sendero de conocimiento mutuo, aceptación y superación de sí mismos en un ser matrimonial.

2. Construcción de un proyecto de vida familiar

El ritmo acelerado impide detenerse a revisar nuestra vida: Prioridades, el orden de nuestros amores, la inversión de nuestro tiempo, la situación del trabajo… Las parejas carecen de un proyecto donde planeen la formación de la familia, que es el proyecto más importante y aunque no se cumpla en su totalidad, esta planeación da la seguridad de tener una dirección hacia dónde ir.

Es preciso que cada uno en la pareja asuma su propia identidad, revisando quién es, qué espera, en quién cree, busque asumir su vida e historia, aceptar con amor quien es, agradecer y reconciliarse consigo mismo y combatir los propios defectos de carácter.

El proyecto de vida familiar inicia definiendo a la propia familia, con una misión y una visión sobre ésta, determinando los valores que se pretende que rijan la conducta propia, de la pareja y de la familia y definir objetivos claros de los cuales se desprendan acciones concretas a nivel personal, matrimonial, hacia los hijos y familiar.

El plan de vida integral debe contemplar las siguientes dimensiones: Personal, físico, espiritual, social, familiar, conyugal, profesional, financiero, entre otras.

Es preciso revisar en qué invierte tiempo cada uno, la comunicación de los esposos, cómo es la toma de decisiones, la vivencia de roles, si el tiempo en familia es suficiente y de calidad, listar problemas que aquejan a cada uno y a la familia y construir el proyecto de vida, que, finalmente es hablar de aquello a lo que la pareja y la familia aspira, anhela, nos habla de la búsqueda de plenitud y felicidad que da sentido a la vida.

3. Buena comunicación familiar

La comunicación es una meta- función que permite el desarrollo de otras competencias como el desarrollo de la afectividad, de la autoestima, de la espiritualidad saludable, del sentido de pertenencia, de los recursos positivos, de los límites firmes, del desarrollo del autocontrol, etc..

Debe la pareja estar siempre disponible el uno para el otro y ambos hacia los hijos, es decir, que cada miembro de la familia sepa y sienta que es importante, que lo que piensa, siente, vive es tomado en cuenta. Cada uno debe sentirse escuchado, entendido y “sentido”.

Una buena comunicación consiste en una escucha activa, prestando atención, una aceptación incondicional de los sentimientos y la validación de la persona siempre, aunque reprobemos algunas conductas. Es un ejercicio en el que se ocupa la voluntad de atender al otro. Las posturas, los gestos, la mirada, el asentir, no interrumpir son claves al momento de escuchar. En el momento de hablar, es preciso retroalimentar al otro, haciéndolo con un tono adecuado, con respeto, sin juicios a la persona.

4. Empatía matrimonial y familiar

La empatía es ponerse en el lugar del otro, dicen por ahí “Ponerse en sus zapatos”, en realidad es desde mis zapatos hacer un esfuerzo personal, virtuoso por escuchar, no juzgar y comprender el mundo interno y externo del otro. Es validar a la pareja, a los hijos, validarse a uno mismo, en lo que cada uno piensa, siente, decide. Es una demostración del amor verdadero, porque es aceptar al otro y amarle incondicionalmente y hacérselo saber con nuestras palabras, gestos y actitudes.

La empatía mejora la comunicación incrementando el contenido de los mensajes, favorece la autoestima, disminuye la contaminación emocional y mejora la calidad de las relaciones humanas.

5. Convivir de manera creativa

La idea es conectarse, hoy más que nunca las personas estamos sufriendo de una terrible desconexión, una despersonalización de las relaciones humanas; la prisa, el trabajo, los múltiples compromisos, las distancias que nos impiden estar en casa compartiendo tiempo con los seres queridos, con la familia, la pareja, los hijos. El poco tiempo que están todos en un mismo sitio físicamente están frente a alguna pantalla ya sea televisión, videojuego, tablet, ipad, iphone, implicados en su totalidad en lo que ésta ofrece… Cada uno en su propia pantalla, sin compartir, sin comentar, sin relacionarse en lo más mínimo… Las redes sociales parecen serlo todo y lo más importante ahora, el número de “Likes”, etc.. La hora de la comida ya no es la misma para todos ya no existe aquello de comer en familia y menos las “Sobremesas” aquellos momentos después de recibir los alimentos en familia para comentar, reír y saborear un rico café o dulce.

Convivir es pasar suficiente cantidad de tiempo y calidad del mismo con la pareja, los hijos, la familia completa, es buscar al otro, es implicarse voluntariamente y darse, darle al ser amado lo que necesite, cuando y como lo necesite. Hablar, reír, jugar, pasar tiempo caminando, comiendo, estudiando, leyendo… La idea es que sean unidos, que tengan conexiones únicas y eso solo se logra conviviendo para que sean de verdad una pareja, una familia; se conozcan y crezcan cada día en amor.

6. La infidelidad, traición que se puede prevenir y en su caso, luchar por superar

La infidelidad es la violación del pacto de exclusividad de la pareja en el matrimonio, es la falta de fidelidad, lealtad, veracidad.

Se previene teniendo una cuenta emocional en la pareja de parte de ambos, es decir, invertir en cariño, aceptación, elogios, reconocimientos, no guardar secretos, poner límites en relaciones de amistad y laborales, tener detalles, cultivar la relación dedicándole tiempo y desterrar la negatividad, la indiferencia, las faltas de respeto, las críticas y el desprecio; aunque es preciso aclarar, que pase lo que pase, sea como sea la relación, la infidelidad es una decisión personal y quien la comete debe asumir la total responsabilidad del acto.

El efecto de descubrirla es traumático pues amenaza los supuestos básicos de seguridad y confianza en una relación.

Para superar una infidelidad, es necesario ser consciente de que no se empieza a curar hasta que la seguridad se reestablece por completo, para lo cual es preciso un trabajo arduo por parte de la pareja a través de un proceso terapéutico en donde el profesional hace una evaluación pretratamiento y establece las condiciones para iniciarlo. El tratamiento Gottman recomienda tres fases: Expiación, sincronización y construcción del apego.

7. Sanar heridas y perdonar evita terminar en una ruptura matrimonial

Las heridas más dolorosas en la familia son las que atentan contra la alianza matrimonial, contra la persona a quien se decidió y se prometió amar. Cuando se fracasa en la satisfacción de necesidades básicas de aceptación, estima, afecto, reconocimiento y no se cuida a la otra persona, se lastiman deliberadamente a partir de la frustración consciente e inconsciente que daña mucho el alma de la pareja pues las ilusiones y las expectativas por formar un “Único nosotros” en su matrimonio no se cumplen, generando un dolor existencial tremendo.

Importante será ante las heridas, darse el tiempo de ver al otro, escucharle, comprenderle, reconocer, sentir el dolor y pedir perdón sincero por el daño cometido haya sido intencional o no. Es preciso enfrentar las situaciones en el momento, no sufrir heridas y dejarlas sin atender. Diane Sollee menciona que “El indicador número 1 de divorcio es el hábito de evitar el conflicto”. No se debe enterrar el dolor ni esperar a que el tiempo curará las heridas.

Es importante considerar que la naturaleza del daño y su efecto en la relación, dicta la manera en la que se tiene que manejar la herida para sanarla.

Perdonar es necesario para la persona herida y para quien hirió, es una decisión, es un acto de voluntad que libera porque nos hace mejores personas y porque reconocemos la imperfección personal y miseria humana en uno mismo y en el otro.

8. Compromiso y Confianza, pilares de una sana relación matrimonial y familiar

La confianza es un gran SI a la pregunta: “Estarás ahí para mí cuando… (Cuando me enferme, cuando me vaya mal en los negocios, cuando me vea viejo, etc..) Es decir, pase lo que pase; es una pregunta que nos remite al reconocimiento profundo del valor de nuestra existencia, al compromiso del amor incondicional de nuestro ser.

La confianza y el compromiso van de la mano para una relación sólida y sana; donde ambos se conocen y construyen los mapas del amor, cultivan la admiración y el cariño, se acercan considerando la perspectiva positiva del otro, aprenden a manejar los conflictos, luchan porque sus sueños se hagan realidad y crean un sentido de trascendencia. Todo esto se logra buscando la sintonía emocional con el otro, con empatía, conciencia, expresión y validación de los sentimientos propios, de la pareja y de los hijos.

9. Pareja que reza unida, permanece unida, sentido de vida

Es importante recordar que como personas somos la unidad de cuerpo y alma; por lo que somos también seres espirituales, las necesidades del ser deben ser atendidas con todo amor y las heridas causadas han de ser comprendidas finalmente como la triste consecuencia de nuestra imperfección y naturaleza caída; sin que ello atenúe la propia responsabilidad, ante cada herida habrá que reparar el daño con toda delicadeza.

Y, ante todo, debemos recordar que hemos sido creados por Amor y para el Amor y con nuestra alma buscar la fuente de Amor Infinito que es el mismo Dios para que con nuestra inteligencia descubramos la Verdad, con nuestros afectos apreciemos la Belleza y con nuestra voluntad realicemos el Bien elegido con nuestra libertad; y, a través de la oración continua, un dialogo profundo con Él, Quien es el Amor, la Verdad, la Belleza y el Bien Absoluto, se transforme nuestro corazón y sea cada vez más semejante al Suyo y podamos así descubrir mutuamente estas características en el otro y seamos portadores de las mismas para que juntos busquen trascender y llegar a amar como Él nos Ama; poniéndolo como centro a Él y haciéndole a la pareja fácil amarnos, siendo un camino para trascender en el Amor, logrando así encontrar el sentido más hermoso de la vida: Facilitarle al otro la salvación de su alma, siendo escuela de amor verdadero.

10. Pedir ayuda profesional cuanto antes.

Es preciso ser humilde y estar bien atento para que la persona y la pareja asistan en cuento se presente un asunto que no puedan resolver por sí mismos, a ayuda profesional. Teniendo en cuenta que no hace terapia quien tiene problemas, pues problemas los tiene todo el mundo, hace terapia quien quiere resolverlos.

Se puede perdonar, sanar, reconstruir siempre que haya la voluntad amorosa y decidida de hacerlo con las herramientas necesarias para lograrlo y sobre todo, se puede prevenir tanto daño, tanto dolor… Ante las primeras señales de que algo no anda bien, es preciso ser responsable y pedir ayuda profesional para evitar dolores mayores, heridas profundas, daños difíciles de superar.

Como afirma el Papa Emérito Benedicto XVI “El Amor se Aprende” y todos podemos aprender.

El Bien del otro y de la relación se convierten en el Bien personal, en un sentido de vida hermoso, pleno, generoso, por el cual vale la pena trabajar incansablemente, con la esperanza de lograr cada día la renovación de la entrega incondicional del “Sí, acepto”, mismo que verá sus frutos en la dicha de los hijos al ver, al saber y sentir que sus padres, a pesar de todo, buscan incansablemente el Amor Verdadero.

MTF Rosario Prieto
Psicología Clínica
Persona y Familia

 

 

Carta a un matrimonio joven

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Pasa el tiempo y la emoción de la boda se acaba y, con ella, parece que también se va el amor. ¿Cómo vencer los primeros obstáculos en el matrimonio?

Queridos amigos:

¿Recuerdan la ilusión que ambos tenían hace un tiempo cuando preparaban su boda? Sin embargo, ahora han surgido pequeños problemas y parece que la felicidad no es la misma, que su unión no está fuerte. Y es que un matrimonio implica retos: si ambos no se preocupan por cuidar, respetar y mantener optimista al amor que los ha unido, se puede caer en una rutina que vicie el vínculo que acaban de formar.

A veces nos olvidamos de que el amor también supone poner la razón en juego. Para salvar la rutina es necesario verla como oportunidad para profundizar en el amor de pareja, el amor de esposos.

Amor: responsabilidad y dinero

Amigo: No dudo que estés cansado y te sientas frustrado. Las responsabilidades económicas con el pago para la casa, el presupuesto para la comida, diversiones y gastos te agobian y es normal, incluso hasta ponerte de mal humor. Pero te invito a reflexionar acerca del compromiso que hiciste siendo muy joven, con tu pareja.

Si bien están agobiados económicamente, lejos de desunirlos, esta etapa de sus vidas debe llevarlos a sentarse ambos y tratar de encontrar una solución a este conflicto. La finanzas, lamentablemente representan hoy en día un porcentaje importante por el cual muchos matrimonies terminan.

El dinero, querido amigo, es importante, pero no debe de ser una causa para agotar el amor o condicionar a tu pareja. Exprésale a tu esposa tu preocupación, dile que te parece que podría ser más cuidadosa en los gastos y trata de llegar a un acuerdo con ella. Si hasta hoy no lo han hecho, ¿por qué no trabajar juntos en un presupuesto? Tu mal humor y rudeza no ayudan en nada para salvar a la relación de la preocupación por la economía.

Es necesario, que comiencen a trabajar en equipo. Recuerda que una cualidad esencial del matrimonio es la unidad. Sus discusiones, diálogos, y planes deben llevarlos siempre a estar unidos. De otra forma, no es un equipo. En los equipos es importante la voluntad de cada uno de sus miembros. Cuando todos trabajan al mismo paso y pasión, siempre se sale vencedor.

Quizá en este momento, dentro de su biografía matrimonial, alguno de los dos ha perdido el paso y hasta la pasión que los unió. Hay que recuperar al otro, hay que alcanzar al otro. Deben procurar apasionarse de nuevo los dos. Y aquí me refiero a una pasión del espíritu, la que lleva a purificar el amor, a seguir dando el “fiat” al amor, a apelar a la gracia que un día Dios derramó al unir sus vidas. ¿Está Dios de una forma real y viva en sus vidas?

Amor: comprensión y compañerismo.

En cuanto a ti, querida amiga, permíteme decirte que una mujer que se queja por todo y a todas horas se hace insoportable. Si hay algo que te molesta, sea la falta de detalles en el trato de tu marido hacia ti o cualquier otra cosa, díselo. Si tu forma de decirlo es explotar en llanto y quejas o, incluso, poner cara larga cuando llega, estas lejos de que te comprenda.

Recuerda que lo que se necesita para conseguir la felicidad no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado. Tu corazón enamorado de mujer puede comprender mucho mejor alguna de las actitudes de tu marido, pues como mujer Dios te ha dotado de esa apertura especial para la empatía.

Sin embargo, cuando una mujer se encierra en sí misma, se vuelve hipersensible y esto hace que surjan las quejas, la lástima de sí misma y la tristeza y como te he dicho más arriba una mujer triste y quejumbrosa nadie la soporta. Es así. Se compañera de tu esposo, trata de ponerte en su lugar.

Amor: comunicación y Dios

Recuerden, queridos amigos, que están construyendo un mosaico para representar su amor, que las áreas oscuras no alcancen a distraer la atención de la luminosidad que salga de él. Para mejorar su relación, además de abrirse a la comunicación, les invito a involucrar más a Dios en ese amor.

La lectura del Evangelio, rezar el Santo Rosario en pareja y llevar a la oración su matrimonio es el mejor alimento para que el amor que se tienen no se vea afectado por la rutina o el desánimo que provocan las actividades diarias.

Creo, queridos amigos, que no puedo darles un consejo más importante que éste para rescatar su matrimonio de las redes de las pequeñas crisis por las que pasa toda pareja joven. Anímense a fortalecer juntos su vida interior. Confíen y recuerden la voz de la Iglesia,

que concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná y ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, dice el Catecismo, “Jesús da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre s í sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos podrán comprender (cf Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana” (CEC, 1615).

 

 

 

Sacerdotes, escondidos y olvidados

Ernesto Juliá

Cardenal Robert Sarah.

photo_camera Cardenal Robert Sarah.

En su último libro “Se hace tarde y anochece”, publicado por Ediciones Palabra, el card. Robert Sarah, refiriéndose a los sacerdotes, diocesanos, seculares y religiosos, les dirige unas palabras de las que vale la pena hacerse eco. 

Y más, en estos momentos en los que tantas palabras se escriben y se hablan sobre los que provocan escándalos entre los fieles. Y no solo, y por desgracia, también hay que oír criticas del otro lado que acusan a otros sacerdotes de obtusos, rígidos y atrasados porque anuncian a Cristo en su integridad de Dios y hombre verdadero, proclaman su doctrina, acogen con corazón paterno y materno a los fieles que acuden a ellos, están siempre “en salida” buscando hombres y mujeres – también lgtbi-, para ayudarles a abandonar el pecado, rehacer su vida, abrir las puertas de la alegría de vivir la Fe y la Moral de Cristo. viviendo los Sacramentos, y en sus homilías y enseñanzas recuerdan la Vida Eterna, con Cielo e Infierno incluidos. 

“Todos vosotros, sacerdotes y religiosos escondidos y olvidados: vosotros a quienes la sociedad a veces desprecia; vosotros, que sois fieles a las promesas de vuestra ordenación; ¡vosotros hacéis temblar los poderes del mundo! Les recordáis que nada se resiste a la fuerza de la entrega de vuestra vida por la verdad. El príncipe de la mentira no soporta vuestra presencia. Vosotros no defendéis una verdad abstracta o un partido. Habéis decidido sufrir por amor a la verdad, a Jesucristo. Sin vosotros, queridos hermanos sacerdotes y consagrados, la humanidad sería menos grandiosa y menos bella. Sois el escudo vivo de la verdad porque habéis aceptado amarla hasta la Cruz” (págs. 83-84).

Estos sacerdotes escondidos y olvidados que son el cauce de la Gracia de Dios para devolver Fe y Esperanza a tantas personas desorientadas que, después de abandonar la compañía de Cristo, descubren el vacío que provoca el ocuparse egoistamente de ellos mismos, de buscar la “felicidad” en el puro y simple placer sexual y sentimental, de cualquier “orientación” que quieran descubrir y poner en práctica, o en el triunfar en cualquier empresa que les encumbre delante de los demás.

Sacerdotes que se saben acompañados de Jesucristo, del Espíritu Santo y de Santa María, que rezan al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, y ellos mantienen los ojos bien abiertos para abrir la mente y el corazón de jóvenes para animarles a decir Sí a una posible llamada del Señor al sacerdocio.

Sacerdotes que viven un precioso consejo de Benedicto XVI, que el card. Sarah recoge después de decirles: “Vuestra vida diaria es una prolongación de la cruz. ¡Sois hombres de cuz! ¡No tengáis miedo!(...) Que no os inquiete el ruido del mundo. Se burlan de vuestro celibato, pero tienen miedo de vosotros. No os separéis de la cruz: es la fuente de toda vida y de todo amor auténtico” (pág. 87)

“Esto es lo que celebramos cuando nos gloriamos en la cruz del Redentor (…), Cuando proclamamos a Cristo crucificado, no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Él. No ofrecemos nuestra propia sabiduría al mundo, no proclamamos ninguno de nuestros méritos, sino que actuamos como instrumentos de su sabiduría, de su amor y de sus méritos redentores (…). A la vez que proclamamos la cruz de Cristo, esforcémonos siempre por imitar el amor gratuito de Quien es al miso tiempo sacerdote y víctima, de Aquel en cuyo nombre hablamos y actuamos cuando ejercemos el ministerio que hemos recibido”(Benedicto XVI).

Sacerdotes que, con sus palabras y sus obras, invitan a mirar a Cristo Crucificado, y ayudan a hombres y a mujeres a descubrir en la Cruz el Amor sin medida de Dios por nosotros.

ernesto.julia@gmail.com

 

¡Cuidemos la creación!

Dos acontecimientos han traído al primer plano de la actualidad la llamada ‘crisis ecológica’. De un lado, la Cumbre de las Naciones Unidas para la Acción Climática, recién celebrada en Nueva York, con el fin de acelerar drásticamente las medidas para alcanzar lo antes posible cero emisiones netas de gases de efecto invernadero y contener el aumento medio de la temperatura global. Y, de otro lado, la celebración en este mes octubre de un Sínodo extraordinario de los Obispos dedicado a la Amazonia, cuya integridad está gravemente amenazada.

La ‘crisis ecológica’ es algo innegable ante fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los mares, los ríos y de los acuíferos, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales, entre otros; o ante el fenómeno de las personas que deben abandonar su tierra por el deterioro del medio ambiente. Todos estos fenómenos tienen una repercusión profunda en el ejercicio de derechos humanos como el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

Los últimos papas nos exhortan reiteradamente a cuidar de la creación. El papa Francisco lo hizo en su Encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común, la tierra, vuelve una y otra vez sobre este tema, y nos llama a poner remedio a los males medioambientales y al problema de justicia social, unido a ellos. Porque el auténtico desarrollo humano integral y el desarrollo de los pueblos peligran cuando se descuida o se abusa de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado.

Ante el palpable deterioro del medio ambiente, es necesario volver nuestra mirada a Dios. “Y vio Dios que era bueno”, nos dice el libro del Génesis (1,25). Desde la tierra para habitar hasta las aguas que alimentan la vida, desde los árboles que dan fruto hasta los animales que pueblan la casa común, todo es hermoso a los ojos del Creador. Dios mismo ofrece al hombre la creación como un precioso regalo para custodiar. Los Salmos nos invitan a alabar y dar gracias al Creador por el don de la creación. El universo entero es un don de Dios, fruto de su amor, en cuya cima ha situado al hombre y a la mujer, creados a su imagen y semejanza, para ‘llenar la tierra’ y ‘dominarla’ como ‘administradores’ de Dios mismo (cf. Gn 1,28).

Por desgracia, la respuesta humana a ese regalo de Dios ha sido marcada por el pecado, por sentirse dueños de la creación y por la codicia de poseer y explotar. Egoísmos e intereses han hecho de la creación un lugar de rivalidad y enfrentamiento. Hemos creado una emergencia climática que amenaza seriamente la naturaleza y la vida, incluida la nuestra. En la raíz, hemos olvidado quiénes somos: criaturas a imagen de Dios, llamadas a vivir como hermanos en la misma casa común. Fuimos pensados y deseados en el centro de una red de vida compuesta por millones de especies unidas amorosamente por nuestro Creador.

Es la hora de redescubrir nuestra vocación como hijos de Dios, hermanos entre nosotros y custodios de la creación. Es el momento de arrepentirse y convertirse, de volver a las raíces: somos las criaturas predilectas de Dios, quien en su bondad nos llama a amar la vida y vivirla en comunión, conectados con la creación. Todos somos responsables de la creación, existe un lazo íntimo entre todas las creaturas y el medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad.

Es indispensable que renovemos y reforcemos la alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios. Todos tenemos el deber de proteger la creación entera, de cultivar una ‘ecología integral’ global, que abarca la protección del ambiente y también la de la vida humana. Es urgente promover una nueva solidaridad universal e intergeneracional inspirada en los valores de la caridad, la justicia y el bien común.

Dios ha destinado la tierra y todo cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos de todos los tiempos. Hemos de cambiar nuestras actitudes, conductas y modelos de consumo y propiciar un estilo de vida austero y sobrio, respetuoso con la creación y solidario con todos.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente. Obispo de Segorbe-Castellón

 

  La Bioética.

         De "bio y ética". "Estudio de los aspectos éticos de las ciencias de la vida (medicina y biología, principalmente), así como de las relaciones del hombre con los restantes seres vivos". Y se ampliaría, según la RAE al "estudio de los problemas éticos originados por la investigación biológica y sus aplicaciones en la ingeniería genética o la clonación".

          La rama ética, señala los principios de conducta del ser humano relacionados con la vida y los seres vivos. Esos principios delimitan tanto su propia supervivencia como su futuro y el de los demás.

https://youtu.be/iuBicHHvBp8

        Están en juego los problemas planteados por la investigación, el medio ambiente y la vida de los seres vivos en este planeta -incluidos los humanos-. El desarrollo y las tecnologías, nos ayudan y capacitan, física, psicológica e intelectualmente, pero por sí solos no nos hacen responsables. Los valores humanos en la medida que potencian la vida nos capacitan como humanos conscientes.          

        La investigación como puente hacia el futuro y medicina integrativa, más centrada en la salud que "en combatir" la enfermedad o las anomalías, tiene que partir de la base más simple y elemental. Como dice la sanadora mapuche: investigadores, y doctores no se crean ni sean "diostores". La advertencia es pertinente, según veremos en los nuevos retos.

       1) Los retos en sí, no son nuevos derechos; pueden ser nuevas oportunidades. 

       El mundo se enfrenta a nuevos retos científicos, biológicos, informáticos, pero también éticos, sociales y jurídicos. Ser "iguales en derechos", es un principio básico en el ser humano.     

      Encontrar "un rayo de luz", como el descubierto por el microbiólogo español Francisco J. Martínez Mojica es ciertamente una puerta abierta a la esperanza. Su mérito es haber descubierto un sistema inmunológico que ya estaba funcionando en la naturaleza sin que nadie se hubiera percatado. El y su equipo pudieron comprobar por qué un virus no era capaz de infectar a la bacteria, ya que ella se había dotado de un sistema inmune. En ella había una serie de frecuencias que se repetían y entre ellas un espacio;  pudieron encontrar la utilidad de las repeticiones o secuencias palindrómicas CRISPR, acrónimo que él mismo acuñó, podrían relacionarse con la inmunidad de las bacterias ante el ataque por ciertos virus.

      El salto fue utilizar la herramienta bacteriana, con la que trabajaba, para modificar genomas en cualquier ser vivo, plantas, animales o humanos. Así pues tiene aplicaciones en Medicina y Biotecnología.

https://youtu.be/mn1IFesYe5w

      Pero necesitaban las tijeras para el corta y pega y... llegaron. El paso decisivo fue encontrar una proteína llamada Cas 9. CRISPR/Cas9 era en realidad unas tijeras moleculares de precisión, con la asombrosa capacidad de actuar sobre secuencias específicas de ADN y neutralizarlas.

http://belmontajo.blogspot.com/2019/08/el-cancer-se-pueden-curar.html

        Es un tema candente, como veremos. Francia quiere abordar, como pionera, los retos de la Bioética. Para ello se publicó en el Journal Officiel el 31 de julio de 2019 el Proyecto de Ley sobre Bioética.  Pero ha comenzado a verse en comisión especial por la Asamblea Nacional, a partir del 10 de septiembre.

        Por lo que hasta ahora conocemos del Proyecto, se trata de una reforma en toda regla, desconocida por la mayoría de los franceses. Según nos dicen, "esta reforma, no es algo prioritario para los franceses". Sin embargo, según constata Aliance Vita, se está vendiendo como un nuevo derecho para la mujer.

        El tema, a parte de la indiferencia general, tiene consecuencia éticas y humanas imprevisibles. No se olvide que se aborda el tema de la integridad de la especie humana y "la identidad genética, que es la característica biológica más importante del ser humano"; es  "el patrimonio genético de cada individuo, se constituye en el momento de la fecundación y no cambia a lo largo de la vida" (N. Jouve). http://civica.com.es/bioetica/la-importancia-conocer-la-identidad-genetica/.

        Algunos analistas del texto francés, dicen que "consagra un colapso casi total de los diques éticos y abre el camino a nuevas injusticias".

       Si un Proyecto de Ley, desconocido por la mayoría, se vende como la conquista de un derecho, puede ser que se pretenda "lograr algo a costa de alguien, o contra los derechos de terceros". No hace falta ir muy lejos para recordar que históricamente, ha sido exactamente, así.   

       En España, incluso se han apresurado a decir algo parecido al texto fránces. El 26 de septiembre, el diario El País decía lo siguiente: "Cualquier modelo de familia actual, actuando con autonomía, respeto y libertad, es válido para someterse a un tratamiento de reproducción asistida. En un mundo transhumanista, la sociedad está cambiando los patrones clásicos de modelo familiar con la incorporación de la posibilidad de divorcio, de matrimonio entre parejas del mismo sexo, las madres sin pareja masculina, la incorporación de la mujer al mundo laboral o el acceso de la población a las técnicas de reproducción asistida.

      La legislación en países europeos es muy diversa en cuanto a la utilización de gametos de donante". https://elpais.com/elpais/2019/09/26/mamas_papas/1569489902_696108.html 

       Se filtran justamente los puntos supuestamente progresistas, en "un mundo transhumanista", "los cambios de patrones clásicos de modelo familiar", "cualquier modelo de familia", "el acceso de la población a las técnicas de reproducción asistida", "la utilización de gametos de donante".

     ¿Qué quieren decir?  Tampoco la mayoría en España lo sabe. Y convendría aclararlo, porque no todo vale. Aquí, sin Gobierno y sin Parlamento, el tema se deja ahí en algunos medios para cuando toque o, como semilla en un erial, por si llueve o los pájaros pican. 

      2) ¿Se han traspasado los principios de supervivencia éticos?        

       Intentaremos abordar algo de lo que se pretende hacer en Francia, por la vía del Proyecto de Ley Bioética; si bien, para responder a esta pregunta hay que hacer un poco de recuento.

      El precedente y desencadenante de esta nueva ley, ha sido que la Revista británica Nature al presentar al científico chino He Jiankui, como el creador de los primeros bebés genéticamente modificados (dos gemelas). El científico He, el 26 de noviembre de 2018, afirmaba que: a) había modificado los embriones de siete parejas durante los tratamientos de fertilidad, logrando un embarazo; y b) que su objetivo no era curar o prevenir una enfermedad hereditaria, sino tratar de otorgar la capacidad de resistir una posible infección futura con el VIH, -inmunizarlas contra el virus que causa el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida- (SIDA).

https://youtu.be/C9V3mqswbv0

         Pero además, él mismo añadía que los padres involucrados se negaron a ser identificados o entrevistados, y no quiso decir dónde viven o dónde se hizo el trabajo.  Por lo tanto, tampoco hay una confirmación independiente de la afirmación de He, y no se ha publicado en una revista, donde otros expertos la podrían examinar. Así que desató la controversia entre la comunidad científica.

        La misma revista le presenta como el "renegado del CRISPR" porque sabía que con sus prácticas estaba "traspasando una nueva barrera bioética" y dando un salto profundo de la ciencia y la ética. De hecho, el científico de Estados Unidos que colaboró con He, en China,  aseguró que este tipo de edición de genes está prohibida en su país porque los cambios en el ADN pueden pasar a las generaciones futuras y corre el riesgo de dañar  a otros genes.     

     Efectivamente, los cambios genéticos pueden heredarse, para bien o para mal, sin haber podido valorar ni prever las consecuencias. De hecho numerosos científicos convencionales piensan que es una "experimentación humana". Y, según el Dr. Kiran Musunuru, experto en edición genética de la Universidad de Pennsylvania, es "inconcebible ... un experimento con seres humanos que no es moral ni éticamente defendible".   

      Poco tiempo después, el 16 de enero de 2019 en la reunión plenaria del Comité de Bioética de España, tras conocer  por los medios de comunicación y las revistas especializadas, la edición de genes de He Jiankui, precisaba, entre otras cosas: -"Que la utilización de la edición genómica y modificación del ADN mediante su inserción, eliminación o reemplazo, aun cuando el ser humano se encuentre en una fase del desarrollo tan temprana como es la embrionaria... plantea importantes conflictos y problemas no sólo científicos, sino también éticos y sociales".

-"Que, en ningún caso, la decisión de aplicar la edición genómica y la correspondiente terapia génica en humanos puede partir de iniciativas privadas y singulares..."

- "Que desde el Comité de Bioética de España queremos hacer un llamamiento a la comunidad científica y a la sociedad en general para que el uso de dichas técnicas quede sujeto al respeto de la dignidad e igualdad de todos los seres humanos, y a los principios de responsabilidad, precaución y seguridad".

http://civica.com.es/bioetica/declaracion-del-comite-bioetica-espana-la-edicion-genomica-humanos-2/

      3) El camino francés ¿a dónde lleva?

     El texto plantea cuestiones fundamentales en la identidad humana, las tecnologías digitales, confidenciales y datos pluripersonales, así como de la inteligencia artificial y su repercusión en la salud y en la familia, que no pueden pasar inadvertidos, ni deberían entrar en conflicto, como el anonimato del donante -datos oficialmente no identificables- y el derecho del niño a acceder a datos no nominales del donante. Y la no exposición pública de la vida privada del donante. Si se traspasaran los límites éticos en estos campos, más que llevar a la supervivencia el camino podría conducir al colapso.

      De hecho el acceso "de la población" a las técnicas de reproducción asistida en la sanidad pública, o como ahora dicen, "la apertura de la asistencia médica para la procreación" (AMP), plantea muchos problemas de seguridad, derechos del padre, de los hijos, le dignidad y derechos de la madre, etc. Todos tienen un papel fundamental que desempeñar. Incluso "el donante" tiene derechos legítimos que hay que respetar.

https://www.alliancevita.org/bioethique/loi-bioethique-2019-2020-aspects-generaux/  

  • No se puede ignorar que el 91% de los franceses consideran que el padre tiene un papel esencial que desempeñar"(Sondage IFOP Alliance VITA, juin 2019)

      No puede ser cuestión de dinero, ni de ideología. El Proyecto de Ley (PJL) relativo a la Bioética, tiene que armonizar, respetar y proteger los derechos de todos los seres humanos desde el principio hasta el fin de sus días en la Tierra. Y sobre todo y por encima de todo, tiene que respetar la especie humana.

        Sin embargo, en el momento actual, esta reforma, según la citada fuente:

  •  Pisotea los derechos del niño. La PMA escamotea al padre, mientras que el 91 % de los franceses consideran que el padre tiene un papel esencial que desempeñar. Emmanuel Macron calificó como "los estados generales de la bioética", al final será que se van a aplicar las medidas más extremas y contrarias al derecho del niño a tener padre y madre.
  • Consagra el abandono del criterio de la infertilidad para el acceso a la asistencia médica para la procreación. Ciertamente las mujeres solteras y de cualquier orientación sexual podrán tener hijos, según el proyecto de ley ya que tendrían acceso a técnicas médicas de reproducción asistida.
  • Difumina la filiación y crea certificados de nacimiento falsos que mencionan a dos madres,-que aparecerá en el acta de nacimiento-. El derecho del niño a conocer a sus padres queda minimizado. Ya que se puede recurrir a la doble donación de gametos (espermatozoides u ovocitos de donantes) para concebir in vitro un embrión. Pero además, se podrían producir, partiendo de la piel, células sexuales, masculina o femenina, para una procreación asexuada.
  • Instrumentaliza aún más el embrión humano: ("Instrumentalise encore plus l’embryon humain"). 310.000 embriones humanos son concebidos en la fecundación in vitro FIV, cada año (en Francia), de los que 52% son destruidos, 22% congelados y 25% utilizados para implantar en el útero. De éstos llegan a nacer 18.650, el 6% de los embriones concebidos). El embrión humano en general, es reducido a "objeto" antes y después de concebido, sin dar valor  alguno a los embriones que no llegan a nacer-. Aunque se quiere distinguir entre embrión y células embrionarias, pero éstas proceden del propio embrión. Parece que el fin del proyecto es facilitar aún más la utilización del embrión...que sería sólo "un material" más de investigación.
  • Somete la ley bioética a las fuerzas del mercado y a una técnica sin límites. Revoluciona la filiación, que queda en manos y a merced de los adultos. El niño más que un hijo es, desde el principio. un rehén de los adultos, de sus deseos y su dinero.
  •  Pone en peligro el respeto de la integridad de la especie humana, con el levantamiento de las prohibiciones fundamentales de crear embriones transgénicos y embriones quiméricos (humanos – animal).

        La mayoría de los franceses ignoran todo esto, pero les hacen creer que esta ley puede resumirse en el reconocimiento de un nuevo derecho para algunas mujeres. Así que, el desplome de los diques éticos, abre una nueva vía (o varias) para la injusticia.

        No es de extrañar que algunas asociaciones, ya hayan convocado para el próximo domingo 6 de octubre, en París, una Manif  pour Tous, contra este Proyecto de Ley.

       Resumiendo:     

          El proyecto de ley  francés, según los analistas, plantea importantes cuestiones éticas en varias esferas principales: 1) el acceso generalizado a las técnicas artificiales de reproducción humana; 2) el desarrollo de la investigación sobre los embriones humanos; 3) el aumento de la selección prenatal; 4) Abren un camino a la modificación de la especie humana- aunque no se dice explícitamente- tal como la conocemos actualmente; y 5) Suprime el derecho al anonimato de los donantes de los gametos para que los niños nacidos de inseminación in vitro FIV mediante donación de terceros, tengan acceso a la identidad de sus genitores, si lo solicitan a la mayoría de edad, por eso impone la obligación de aceptar que su identidad sea conocida por los hijos nacidos de su donación; y para ello se creará una Comisión dentro del Ministerio de Sanidad, de acceso a las donaciones no identificadas de terceros donantes. 

        Pero...dado que habrá que recurrir a donaciones de terceros que pueden provenir de países diferentes, -con leyes que garantizan el anonimato de los donantes-, el derecho de los niños a conocer a su mayoría de edad, a sus progenitores, no está garantizado.       

        Puede haber argumentos para que la Nueva Ley de Bio-ética se esté gestando en el Parlamento de Francia sin uno de sus componentes esenciales: "la ética". Recordemos que "la bioética", estudia los aspectos éticos de las ciencias de la vida, así como de las relaciones del hombre con los restantes seres vivos. Sin ella, la injusticia no será solo una posibilidad. La dignidad de la persona no depende del momento de desarrollo en que se encuentre, ni de su salud, ni de su orientación sexual.

        Si no se aprende de lo que sucedió en China con He Jiankui en 2018 y con esta reforma francesa en 2019, el peligro de los posibles errores pasará a otros países. Negarlo sería tan ingenuo como pensar que la Ley del caso Roe contra Wade, aún no ha salido de Estados Unidos.

José Manuel Belmonte.

 

Y el mendigo tiene razón…

El anonimato de las grandes ciudades como Santiago de Chile

El anonimato de las grandes ciudades

El mendigo español, heroicamente de pie en el centro de su propio infortunio, verdadero «caballero» de la mejor cepa española y cristiana, este hombre resplandece de noble originalidad y de augusta respetabilidad. Mendigo de cuerpo, él es un millonario de alma.

Hace algunos días estuve un buen tiempo recorriendo varias calles en mi automóvil. No es de extrañar, pues, que me venga a la memoria una multitud de figuras humanas. Obviamente, las diferencias entre ellas son enormes. En esta São Paulo que está llena de hijos, nietos y bisnietos de la inmigración, todas las etnias están representadas. Incluso las más raras. Incluso paulistas…

A pesar de las diferencias, de ese conjunto se desprende una marcada monotonía. Esto es porque, en la inmensa mayoría de los casos, se trata de gente estandardizada por la vida moderna de las grandes ciudades industrializadas. Unos más ricos, otros menos, se van fundiendo al ritmo de la máquina, en el torbellino de Mamon, los temperamentos, las tradiciones y las mentalidades más diversas. Todo tiende a proporcionar una supervivencia razonable, la salud y la estabilidad para todos. En este torbellino se ven arrastrados hasta los riquísimos. También a ellos este sistema de trituración de las almas los alcanza y reduce psicológicamente al polvo de la mentalidad común.

Existen muchos esfuerzos para evitar el hambre y, sin duda, con algún éxito. Por ejemplo, cada vez se tornan más escasos los tipos del género que describiré por la pluma de terceros. Muchos lectores me dirán incluso que ya no existen más.

Mendigos españoles Gustave Doré

Mendigo español – Gustave Doré

La brillante descripción no es mía, sino de un escritor portugués del siglo XX, que alcanzó en sus días un glorioso reconocimiento:

«A la puerta de una tienda, recogiendo los últimos rayos del sol que se pone, y sentado en el suelo, un mendigo de los caminos come en un tarro su caldo mendigado.

«Es una figura de un loco de hambre: rostro descarnado, ojos alucinados, melena densa de cabello hirsuto. Los tendones de su cuello son de hierro negro, como lo son los huesos de las clavículas enteramente descarnadas. Lo cubren harapos cosidos. En las piernas, una especie de polainas de tabla, atadas con cordeles, que recuerdan los haces de litores romanos; por los agujeros de las alpargatas deshechas salen los dedos negros de los flaquísimos pies. En las manos, sólo piel y hueso, que sostienen como con una garra la escudilla y la cuchara de estaño, se diseñan las falanges y los nudos de los dedos como los de un esqueleto articulado.

“¡Ah, los mendigos españoles!

«El lápiz trágico de Gustavo Doré, en su viaje a España, diseñó algunos de estos espectros de hambre, envueltos en capas de harapos y cubiertos con amplios fieltros agujereados, manteniendo, sin embargo, a través de la mayor miseria, un tal aplomo que se diría que son Grandes de España o Señores de Bazán a quienes las tempestades de la vida, arrastrándolos a la última miseria, obligándolos a extender la mano a la limosna, no consiguen quitar la verticalidad de su espina dorsal orgullosa.

«Y como el arte es un sol que todo dora, esos harapos, en las manos del diseñador de las visiones, de la negrura y de la luz, tomaban aspectos de grandeza.

«¡Los pobres españoles son trágicos! Su miseria grita, su aspecto da pavor. Pero un halo de belleza cerca la cabeza de este desventurado: la humildad, la resignación de toda su figura. Trapo humano, pobrecillo de Cristo, cree, ¡Jesús te sonríe! (Antero de Figueiredo, «España – páginas gallegas, leonesas, asturianas, vascas y navarras»).

* * *

¡Cuánto poder evocativo, cuánta riqueza de análisis, cuántos burbujeantes coloridos en la descripción! Destacando en el cuadro, a mi modo de ver más próximo de lo real de que si fuese pintado, un trazo que el gran Antero supo dejar bien claro, pero que no incluyó en su párrafo final. Es la riqueza de personalidad, la fuerza de alma, la elevación de vistas, en síntesis, la verdadera hidalguía de estilo, que existe a la par de la «humildad» y de la «resignación» de corazón, en este gigantesco «pobrecito de Jesucristo» que tan bien supo observar y describir.

Heroicamente de pie en el centro de su propio infortunio, verdadero «caballero» de la mejor cepa española y cristiana, este hombre resplandece de noble originalidad. No dudo en añadir que también de augusta respetabilidad. Mendigo de cuerpo, él es un millonario de alma.

El hombre exhausto del siglo XXI

Si a cualquiera de estos agitados y estandarizados personajes de nuestro siglo XXI se le ofreciese tener la sublimidad de este mendigo, lo rechazaría horrorizados.

Y a mis ojos, nuevamente cerrados, vuelven las innumerables caras más o menos nutridas, apresuradas y afligidas que encontré hoy a lo largo de mi camino. ¡Cómo son pobres de aquello en que este pobre es tan rico!

Es verdad que, si a cualquiera de estos agitados y estandarizados personajes de nuestro siglo XX se le ofreciese ser este sublime mendigo, lo rechazarían horrorizados. Para ellos la riqueza de personalidad, la elevación de visión, la privilegiada fuerza de alma, la originalidad personal, la respetabilidad venerable, todo esto vale menos que una tranquila y común vida, estable y acomodada. O, en cambio, una gran vida, holgada, opulenta y despreocupada.

Pero, si se le ofreciese al mendigo perder todos sus tesoros de alma para ser un hombre patrón de la inmensa y monótona colmena contemporánea, con cuánta indignación lo rechazaría.

En mi opinión, la opción del mendigo sería la verdadera. Sólo ella entraría en consonancia con el espíritu católico.

El mendigo tendría razón.

¡Quién entenderá esto, en estos tristes días de banalidad neopagana en que vivimos! En estos días confusos, en los que hasta la solicitud de tanta gente en la Iglesia parece tantas veces confinada —con censurable exclusivismo— al campo de la materia, con descuido de los tesoros de alma sobrenaturales y naturales que les incumbe distribuir a manos llenas a los hombres que soportan la vida en este Sahara espiritual de nuestro fin de siglo…

Plinio Corrêa de Oliveira

 

El Sínodo de la Amazonía explorará

De hecho, la misión es igualmente la clave para comprender el gran acontecimiento de un Mes Misionero Extraordinario en octubre. A lo largo de 3 semanas el Sínodo de la Amazonía explorará formas para dinamizar las comunidades locales, y para encarnar el cristianismo en las culturas autóctonas. Esto servirá de guía para la presencia de la Iglesia en las distintas latitudes y mostrará nuevos modos de traducir el Evangelio universal a los diferentes dialectos locales. Algo que continuamente viene haciendo el Papa en sus viajes a esas periferias del mundo, por las que tan inclinado se siente su corazón de misionero.

Juan García.

 

Con corazón misionero

Justo acababa el Papa de regresar de África y se anunciaba ya un viaje del mismo a Asia. En Japón, Francisco cumplirá de algún modo su sueño de juventud, frustrado cuando sus superiores no accedieron a enviarle como misionero. El recuerdo de san Francisco Javier hace que el país nipón ejerza un poderoso influjo para los jesuitas, pioneros en el diálogo del cristianismo con las culturas asiáticas, tema que estará muy presente en su etapa previa, en Tailandia, país de mayoría budista. Pero de la historia del cristianismo en Japón hay un aspecto muy concreto que al Papa le fascina. Tras la expulsión de los sacerdotes, la fe cristiana se mantuvo gracias a cristianos ocultos que transmitieron boca a boca el Evangelio, a menudo pagando por ello el precio del martirio. Ahí ve Francisco un símbolo de esa Iglesia entera en misión, sacerdotes y laicos, que constituye uno de los ejes de su pontificado.

José Morales Martín

 

Para dejar de ser “nini”

El número de jóvenes que ni estudia ni trabaja se ha reducido de 1,7 millones en 2012 a 1,1, la misma cifra que en 2005. Es una buena noticia, pero insuficiente. Sobra decir que el pleno empleo debe ser el objetivo. Si en el ciclo económico expansivo entre 1995 y 2007 muchos dejaron los estudios para insertarse en el mercado laboral, ahora optan por la educación. Según el Banco de España, el número de jóvenes inactivos que ha retomado los estudios es el 38,7%. Una buena base educativa asegura un mejor futuro laboral.

Jesús Domingo Martínez

 

 

 La sucia y ya asquerosa política

 

                                Sí, ya no cabe ni convence el que, “la política hace lo posible dentro de lo mejor que puede”: La política y el político (hombre o mujer) han degenerado tanto, que ya no merecen confianza alguna; son enemigos destructores de mucho de lo que tienen la obligación de no solo mantener, sino de acrecentar y crear, para de verdad cumplir con su verdadera obligación, al atreverse a ir a dirigir hombres; o sea, proporcionarles los medios suficientes, no para una felicidad que aquí en este planeta ni existió ni existe; pero sí un estado de bienestar digno de así ser denominado, puesto que hoy “al planeta”, le sobran enormemente medios técnicos y humanos, para eliminar la cantidad de infiernos individuales y colectivos que mantiene esa política que califico en mi titular y que incluso se puede calificar peor aún.

                                No hay nada más que tratar de ver y analizar todo lo que con enormes mentiras nos cuentan de cualquier tipo de política, sea internacional, nacional, regional, provincial e incluso la local que más cerca tengamos; pareciera que en cada sitio, han entrado unos nuevos bárbaros, que sólo vienen a llevarse todo cuanto puedan de nosotros y además, como están mucho mejor armados que aquellos vikingos o similares de hace mil o miles de años; se quedan entre nosotros, no pagan sus latrocinios y encima, muchos de ellos, se quedan como parásitos, para que les paguemos pagas escandalosas para mientras vivan.

                                Viendo y oyendo la cantidad de mentiras que nos dicen, la cantidad de tejemanejes, de “yo te doy si tú me das”; “si yo llego a donde pretendo para cobrar mucho más dinero y asegurarme paga para mientras viva, si yo consigo, etc. etc. etc.,  voto al mismísimo diablo si es que hay que elegirlo para lo que sea”. Mientras España va siendo consumida por ejércitos de parásitos que nada producen y que viven de los que producimos en España; así es claro que los desastres de la nación (“eso sí nación de nacioncillas, tribus, o aldeanos de purísimas sangres”, que son las ya degeneradas) española, siempre regida por sus peores enemigos que no desaparecen ni desaparecerán.

                                Observen que no entran ni nada hablan de pensiones, de la atención medicinal, del ahorro, de cómo dotar de vivienda a los que no la tienen y la necesitan; de cómo estudiar un verdadero plan de educación y formación de la sociedad, desde los más pequeños a los más grandes o mayores; de cómo ahorrar gastos superfluos, de cómo reducir lo mucho que cobran mensualmente y que no merecen; de cómo y en definitiva se administra bien una familia… puesto que se olvida que un Estado, es simplemente una familia, muy numerosa, pero familia al fin y a la que hay que administrar y gobernar incluso mucho mejor que la propia, puesto que para eso es la política, no para mangar cada cual lo que pueda y menos permanecer en ella como parásito, para toda la vida. El político cumplido su mandato tiene que volver a su oficio, si es que lo tuvo o lo tiene y si no, buscarse la vida como el resto nos la hemos buscado.

                                Ya da tanto asco ver y oír a los políticos, sean los que sean, que cuando veo un pase de televisión dedicado a alguno de ellos, incluido el rey, simplemente cambio de emisora y busco cualquier otro entretenimiento; puesto que sé de antemano, que de ellos, nada consistente se puede esperar al día de hoy.

                                Ahora se constituyen igualmente ayuntamientos, comunidades y otros “enchufes o chollos que pagamos el contribuyente”; seguro que en ningún lugar se va a hablar de bajar o reducirse sueldos y prebendas, eliminar coches oficiales, reducir los parásitos que en cada lugar debe haber; y tantas y tantas cosas, que de verdad necesita España y los españoles; nos harán ver “sus victorias” (que indudablemente lo son para su panza y bolsillo) nos contarán los cuentos que les parezca y a lo de siempre, o sea, “vengan días y vengan ollas y a vivir”.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

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