Las Noticias de hoy 07 Septiembre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 07 de septiembre de 2019    

Indice:

ROME REPORTS

Papa a las autoridades malgaches: busquen el desarrollo justo sin olvidar a los pobres

El Papa a Mozambique: tienen derecho a la paz, no hay futuro con venganza y odio

Papa en Zimpeto: ustedes han escuchado el grito silencioso de los marginados

LA FE DE SANTA MARÍA: Francisco Fernandez Carbajal

“La mayor donación de Dios a los hombres”: San Josemaria

Algo grande y que sea amor (XI): Frutos de la fidelidad: Pablo Edo

‘En espíritu y en verdad’: crear la unidad de vida (I): Guillaume Derville

¿Quién dice la gente que soy Yo?: Daniel Tirapu

La auténtica oración cristiana: Ramiro Pellitero

Comentario al Evangelio: Para seguir a Jesús

DOMINGO XXIII.   : + Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres 

Menos hijos, más mascotas: Acción Familia

Hace mucho tiempo…: Norma Mendoza Alexandry

Sólo los que aman dicen siempre: Blanca Sevilla

Canto a la Familia: Josefa Romo

La obsesión de “progresismo”: Xus D Madrid

Campeona de la maternidad tardía: Suso do Madrid

Sin gobierno funcionan mejor: Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

 

 

Papa a las autoridades malgaches: busquen el desarrollo justo sin olvidar a los pobres

El sábado 7 de septiembre el Santo Padre pronunció un discurso ante las autoridades de Madagascar en el marco de su viaje apostólico. Francisco habló de la importancia de construir la paz, luchar contra todas las formas de corrupción endémica y trabajar por el desarrollo integral del país, sin olvidar a los pobres y protegiendo las riquezas del planeta Tierra, "nuestra casa común".

Ciudad del Vaticano 

La mañana del sábado 7 de septiembre, el Papa Francisco participó en el encuentro con las autoridades de Madagascar en el marco de su viaje apostólico.

Tras haber escuchado el discurso del presidente, Andry Rajoelina, y agradecer a todos por los esfuerzos realizados para hacer posible su visita a "este hermoso país", el Santo Padre dirigió un discurso en el que destacó algunos de los valores fundamentales de la cultura malgache: el fihavanana, que evoca el espíritu de compartir, de ayuda mutua y de solidaridad.

«En él está incluida también la importancia del parentesco, la amistad, y la buena voluntad entre los hombres y con la naturaleza -dijo el Papa- de este modo se pone de manifiesto el "alma” de vuestro pueblo y esas notas particulares que lo distinguen, lo constituyen y le permiten resistir con valentía y abnegación las múltiples contrariedades y dificultades a las que se ha de enfrentar a diario».

Aspirar a la estabilidad y a la paz

Asimismo, el Pontífice recordó que desde la recuperación de la independencia, Madagascar aspira a la estabilidad y a la paz, implementando una positiva alternancia democrática que demuestra el respeto por la complementariedad de estilos y proyectos:

Un hecho que deja de manifiesto que "la política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre" y es por tanto "un desafío continuo para quienes tienen la misión de servir y proteger a sus conciudadanos, especialmente a los más vulnerables".

Busquen un desarrollo digno y justo

Para lograrlo, el Papa subrayó que es necesario fomentar las condiciones para un desarrollo digno y justo involucrando a todos los actores de la sociedad civil, y citando las palabras de su predecesor san Pablo VI, hizo hincapié en que el desarrollo de una nación «no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (Carta enc. Populorum Progressio, 14).

En este sentido, el Obispo de Roma los alentó a luchar con fuerza y determinación contra todas las formas endémicas de corrupción y especulación que aumentan la disparidad social, así como a enfrentar las situaciones de gran precariedad y exclusión que producen siempre condiciones de pobreza inhumana: "busquen una mejor distribución de los ingresos y una promoción integral de todos los habitantes especialmente de los más pobres", dijo Francisco.

Preserven la naturaleza y su hermosa biodiversidad

Y en ese camino de búsqueda de "soluciones integrales", el Papa exhortó a los presentes a que trabajen en la promoción del respeto de la Madre Tierra, preservando y protegiendo la naturaleza.

"Vuestra hermosa isla de Madagascar es rica en biodiversidad vegetal y animal, y semejante riqueza se encuentra particularmente en peligro por la deforestación excesiva en beneficio de unos pocos; su degradación compromete el futuro del país y el de nuestra casa común", aseveró el Pontífice destacando algunos factores que amenazan la preservación del planeta como los incendios forestales, la caza furtiva, la tala desenfrenada de árboles de maderas preciosas, el contrabando y las exportaciones ilegales. 

Abran Madagascar al mundo sin homogenizar su cultura

En este punto, cabe destacar la sugerencia papal de crear empleos y actividades generadoras de ingresos, que preserven el medio ambiente y ayuden a las personas a salir de la pobreza.

Y en alusión al apoyo que las organizaciones internacionales han brindado para el desarrollo del país "con el fin de hacer visible la apertura de Madagascar al mundo", Francisco puso en guardia sobre el riesgo de que esa apertura "se transforme en una supuesta cultura universal que menosprecie, menoscabe y suprima el patrimonio cultural de cada pueblo.

"Ya que la globalización económica, cuyos límites son cada vez más obvios, no debería generar una homogeneización cultural", añadió el Santo Padre.

"Respeten las prioridades y formas de vida autóctonas donde se cumplan las expectativas de los ciudadanos. Así lograrán que la ayuda proporcionada por la comunidad internacional no sea la única garantía del desarrollo del país; sino que el propio pueblo será quién se hará cargo gradualmente de sí mismo, convirtiéndose en artesano de su destino", puntualizó el Pontífice. 

El Papa a Mozambique: tienen derecho a la paz, no hay futuro con venganza y odio

Mozambique tiene derecho a la paz, por eso la vía a seguir es aquella de Jesús: un camino estrecho y que necesita de muchas “virtudes”, como la benevolencia activa y la erradicación de la ley del “ojo por ojo y diente por diente”. Esto porque “ningún país tiene futuro” si el motor que lo convoca “es el odio y la venganza”. Homilía del Papa

Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano

En un país donde la violencia ha dejado heridas abiertas y difíciles de sanar, la homilía pronunciada por Francisco en el Estadio Nacional Zimpeto tocó un argumento central de este viaje apostólico: la reconciliación. Las palabras pronunciadas por Jesús tras haber proclamado las bienaventuranzas, fueron el punto de partida de la reflexión del Papa: «Amen a sus enemigos», había dicho el Señor.

Sintiendo el dolor de muchos mozambiqueños que pueden contar “en primera persona” historias de violencia, odio y desencuentros, el Santo Padre reconoció primeramente cuán difícil es hablar de reconciliación “cuando las heridas causadas en tantos años de desencuentro están todavía frescas” .

Jesús llama a la benevolencia activa, no a la ley del talión

Sin embargo, las enseñanzas del Maestro subrayadas más y más veces por el Pontífice dejaron la huella a seguir: el camino de Jesús es estrecho y necesita de algunas virtudes – dijo. Pero Jesús “no es un idealista que desconoce la realidad”. Él habla de amar a los enemigos y habla “del enemigo concreto, del enemigo real”. Francisco recordó así que el Señor no invita a un camino que él no haya recorrido primero, pues Él amó “a los que lo  traicionaron y juzgaron injustamente”. Él amó “a los que lo mataron”:

“Jesucristo invita a amar y a hacer el bien; que es mucho más que ignorar al que nos hizo daño o hacer el esfuerzo para que no se crucen nuestras vidas: es un mandato a una benevolencia activa, desinteresada y extraordinaria con respecto a quienes nos hirieron. Pero no se queda allí, también nos pide que los bendigamos y oremos por ellos; es decir, que nuestro decir sobre ellos sea un bien-decir, generador de vida y no de muerte, que pronunciemos sus nombres no para el insulto o la venganza sino para inaugurar un nuevo vínculo para la paz. La vara que el Maestro nos propone es alta”.

Con esto Jesús, añadió el Santo Padre, "quiere clausurar para siempre la práctica tan corriente —de ayer y de hoy— de ser cristianos y vivir bajo la ley del talión". Pues “no se puede pensar el futuro, construir una nación, una sociedad sustentada en la ‘equidad’ de la violencia. No puedo seguir a Jesús si el orden que promuevo y vivo es el ‘ojo por ojo, diente por diente’”.

Un país no tiene futuro si el motor que lo convoca es la violencia

“Ninguna familia, ningún grupo de vecinos o una etnia, menos un país, tiene futuro si el motor que los une, convoca y tapa las diferencias es la venganza y el odio”: con estas palabras sonantes el Papa Francisco tocó una vena saliente en el pueblo mozambiqueño. Y fueron palabras que marcaron aún el camino de Jesús:

“’Amarnos’, nos dice Jesús; y Pablo lo traduce como ‘revestirnos de sentimientos de misericordia y de bondad’. El mundo desconocía —y sigue sin conocer— la virtud de la misericordia, de la compasión, al matar o abandonar a su suerte a discapacitados y ancianos, eliminar heridos y enfermos, o gozar con los sufrimientos de los animales. Tampoco practicaba la bondad, la amabilidad, que nos mueve a que el bien del prójimo sea tan querido como el propio". “La equidad de la violencia siempre es un espiral sin salida y su costo es muy alto. Otro camino es posible porque es crucial no olvidar que nuestros pueblos tienen derecho a la paz. Ustedes tienen derecho a la paz”.

Superar la división y la violencia es signo de fortaleza

El Santo Padre señaló luego que la superación de los tiempos de división y de violencia suponen “no sólo un acto de reconciliación o la paz entendida como ausencia de conflicto”, sino “el compromiso cotidiano” que lleve a activamente a “tratar a los demás con esa misericordia y bondad con la que queremos ser tratados”: misericordia y bondad, dijo, “especialmente hacia aquellos que, por su condición, son rápidamente rechazados y excluidos”:

Se trata de una actitud de fuertes y no de débiles, una actitud de hombres y mujeres que descubren que no es necesario maltratar, denigrar o aplastar para sentirse importantes, sino al contrario. Y esta actitud es la fuerza profética que Jesucristo mismo nos enseñó al querer identificarse con ellos mostrándonos que el servicio es el camino”.

Es posible descubrir las ideologías que intentan manipular a los pobres

Mozambique, constató Francisco, es un territorio lleno de riquezas naturales y culturales, que “paradójicamente” tiene una enorme cantidad de su población bajo la línea de pobreza:

“Y a veces pareciera que quienes se acercan bajo el supuesto deseo de ayudar, tienen otros intereses. Y es triste cuando esto se constata entre hermanos de la misma tierra que se dejan corromper; es muy peligroso aceptar que este sea el precio que tenemos que pagar ante la ayuda extranjera”

El Papa indicó aún el camino, que es siempre aquel de Jesús: “reconociendo y valorando al otro como hermano hasta sentir su vida y su dolor como nuestra vida y nuestro dolor”, dijo, "es posible descubrir todas las ideologías de cualquier tipo que intentan manipular a los pobres y a las situaciones de injusticia para el servicio de intereses políticos”.

La paz de Cristo sea árbitro en sus corazones

“Si Jesús es el árbitro entre las emociones conflictivas de nuestro corazón, - aseguró el Pontífice -  entre las decisiones complejas de nuestro país, entonces Mozambique tiene un futuro de esperanza garantizado”.

 

Papa en Zimpeto: ustedes han escuchado el grito silencioso de los marginados

El Papa Francisco visita el Centro de salud polivalente “San Egidio” de Zimpeto. Refiriéndose a la labor que tantas personas realizan en el hospital afirmó: “Es la manifestación del amor de Dios, siempre dispuesto a soplar vida y esperanza donde abunda la muerte y el dolor”.

Manuel Cubías – Ciudad del vaticano

El Papa saludó a todas las personas que laboran en el hospital, así como a todos los presentes, especialmente a aquellas mujeres enfermas de SIDA/VIH. El hospital abrió sus puertas en junio de 2018, pero "Dream" está allí desde 2002.

Acogido y acompañado por el fundador de la Comunidad de Sant'Egidio Andrea Riccardi, Francisco entra en el hospital que está a 19 kilómetros de la nunciatura, inaugurado en junio de 2018 por el presidente de Mozambique Nyusi y por el entonces nuncio apostólico, Mons. Edgar Peña Parra. Los niños lo saludan con una danza y un canto tradicional, luego el pontífice descubre una placa conmemorativa y escucha al coordinador nacional del proyecto Dream, Cacilda Massango, quien recuerda que aquí los enfermos "reciben medicinas gratuitas, tratamientos de salud, alimentos, pero sobre todo dignidad y amistad".

Cacilda, de paciente joven a coordinadora nacional

Gracias al proyecto Dream, explica Cacilda, en toda África "cientos de miles de madres seropositivas han tenido la alegría de dar a luz a sus hijos sin SIDA. Ver nacer a un bebé sano es una experiencia maravillosa para una madre enferma: ¡un milagro! Hoy la cura es un sueño hecho realidad.

El Buen Samaritano. Buscar soluciones

Francisco, teniendo como telón de fondo la parábola del Buen Samaritano dice: “Todos los que han pasado por aquí, todos los que vienen con desesperación y angustia, son como ese hombre tirado al borde del camino. Y, aquí, ustedes no han pasado de largo, no han seguido su camino como lo hicieron otros —el levita y el sacerdote—. Este centro nos muestra que hubo quienes se detuvieron y sintieron compasión, que no cedieron a la tentación de decir “no hay nada por hacer”, “es imposible combatir esta plaga”, y se animaron a buscar soluciones”.

Escuchar el grito silencioso

El Papa continuó su discurso afirmando que el hospital es “la casa, donde vive el Señor con los que están al lado del camino (…) han escuchado ese grito silencioso, apenas audible, de infinidad de mujeres, de tantos que vivían con vergüenza, marginados, juzgados por todos”. Y a ellas, continúa el Papa, “han añadido a los que padecen cáncer, tuberculosis, y a centenares de desnutridos, especialmente niños y jóvenes”.

La comunidad sanitaria expresión del Corazón de Jesús

El Papa resaltó que el éxito de la misión del hospital reside en la búsqueda comunitaria y humilde de la salud de los enfermos, por eso afirma: “Son un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor (…)  que honra al otro como persona y busca su bien”.

Escuchar el grito. Restituir la dignidad

El Papa insiste en la relación existente entre la escucha del sufrimiento del otro y la posibilidad de ayudarle a reencontrar su dignidad: “Escuchar este grito les ha hecho entender que no bastaba con un tratamiento médico, ciertamente necesario; por eso han mirado la integralidad de la problemática, para restituir la dignidad de mujeres y niños, ayudándolos a proyectar un futuro mejor”.

Trabajo en redes, por una mayor eficacia

Los límites de la acción sanitaria en el lugar no han sido impedimento para, con humildad, trabajar con otros. El Papa subraya esta realidad: “Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia (…) sin ningún tipo de protagonismo”. El Papa también resaltó el empeño institucional por formar operadores locales, así como la generación de redes de cooperación con profesionales de la salud a través de la telemedicina.

Escuchar a los más pobres. Escuchar nuestra devastada tierra

El Papa integra a la escucha de los más pobres, la obligación de escuchar los gritos de “nuestra oprimida y devastada tierra, que gime y sufre dolores de parto (…) tenemos que darnos cuenta que somos todos parte de un mismo tronco”.

El Papa se despidió de los presentes volviendo a la parábola del Buen Samaritano y les dijo: “cuando nosotros nos vayamos, cuando vuelvan a la tarea cotidiana, cuando nadie les aplauda ni les considere, sigan recibiendo a los que llegan, salgan a buscar los heridos y derrotados en las periferias”.

Regalo al hospital de Zimpeto

El Papa ha regalado una placa devocional de la Virgen María con el Niño. Pertenece a la fabricación moderna de Deruta, una de las cerámicas italianas más importantes, cuya tradición en la elaboración artística del ladrillo no sólo se remonta a finales del siglo XIII, sino que aún se utiliza en la actualidad.

La Virgen se representa como un medio busto en el gesto de presentar al Niño Jesús como "camino de salvación", sentado sobre un cojín colocado sobre las rodillas de su madre mientras él extiende sus manos hacia ella, según un modelo estilístico típico de muchas obras realizadas por el famoso escultor florentino Benedetto da Maiano.

 

LA FE DE SANTA MARÍA

— El sábado, un día dedicado a la Virgen. Honrarla especialmente y meditar sus virtudes.

— La obediencia de la fe.

— Vida de fe de Santa María.

I. Hoy, sábado, es un día apropiado para que meditemos la vida de fe de la Virgen y le pidamos su ayuda para crecer más y más en esta virtud teologal. Desde los primeros siglos, los cristianos han dedicado este día de la semana a honrar de modo muy particular a Nuestra Señora. Algunos teólogos, antiguos y recientes, señalan razones de conveniencia para honrar en este día a nuestra Madre del Cielo. Entre otras, porque el sábado fue para Dios el día de descanso, y la Virgen fue aquella en la que –como escribe San Pedro Damián– «por el misterio de la Encarnación, Dios descansó como en un lecho sacratísimo»1; el sábado es también preparación y camino del domingo, símbolo y signo de la fiesta del Cielo, y la Virgen Santísima es la preparación y el camino hacia Cristo, puerta de la felicidad eterna2. Santo Tomás señala que dedicamos el sábado a nuestra Madre porque «conservó en ese día la fe en el misterio de Cristo mientras Él estaba muerto»3. Y además está el argumento de amor: los cristianos necesitamos un día particular para honrar a Santa María.

Desde muy antiguo, en iglesias, capillas, ermitas y oratorios se reza o se canta la Salve, u otras preces marianas, en la tarde del sábado. Y muchos cristianos procuran esmerarse este día en honrar a la Reina del Cielo: escogen una jaculatoria para repetírsela muchas veces en el día, hacen una visita a alguna persona enferma o sola o necesitada, ofrecen una mortificación que marca ese día mariano, acuden a rezar a alguna ermita o iglesia dedicada a la Virgen, ponen más atención en las oraciones que le dirigen: Santo Rosario, Ángelus o Regina Coeli, la Salve...

Existen muchas devociones marianas, y el cristiano no tiene por qué vivirlas todas, pero «no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su amor a María.

»Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia»4.

«Si buscas a María, encontrarás “necesariamente” a Jesús, y aprenderás –siempre con mayor profundidad– lo que hay en el Corazón de Dios»5. Consideremos cómo vivimos el sábado habitualmente, y si tenemos específicos detalles de cariño hacia la Virgen.

II. Busquemos hoy a Nuestra Señora meditando su fe grande, mayor que la de cualquier otra criatura. Antes de que el Ángel anunciara a la Virgen que había sido elegida para ser la Madre de Dios, Ella meditaba la Sagrada Escritura y profundizaba en su conocimiento como nunca lo hizo otra inteligencia humana. Su entendimiento, que nunca había estado afectado por los daños del pecado, y además esclarecido por la fe y los dones del Espíritu Santo, meditaría con hondura las profecías referentes al Mesías. Esta luz divina, y su amor sin límites a Dios y a los hombres, le hacían anhelar y clamar por la venida del Salvador con mayor vehemencia que los Patriarcas y todos los justos que la habían precedido. Y el Señor se complacía en esa oración llena de fe y de esperanza. Ella, con esa oración, daba más gloria a Dios que el universo entero con todas las demás criaturas.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, bajo la mirada amorosa de la Santísima Trinidad, ante la expectación de los ángeles del Cielo, la Virgen recibe la embajada del Ángel: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres6. Narra San Lucas que la Virgen se turbó al escuchar el mensaje del Ángel, y se puso a considerar qué significaría tal salutación7. En su alma nada se resiste, nada se opone, todo está abierto a la acción directa de Dios. En Ella no hay limitación alguna al querer divino. Dios había preparado su corazón llenándola de gracia, y su libre cooperación a estos dones la convierte en buena tierra para recibir la semilla divina. Inmediatamente prestó su asentimiento pleno, abandonada en el Señor: fiat mihi secundum verbum tuum, hágase en mí según tu palabra.

«En la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando “la obediencia de la fe” a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando “el homenaje del entendimiento y de la voluntad” (Const. Dei Verbum, 5). Ha respondido, por tanto, con todo su “yo” humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con “la gracia de Dios que previene y socorre” y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo, que “perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones” (Ibídem, 5; cfr. Const. Lumen gentium, 56)»8. En la Anunciación tiene lugar el momento culminante de la fe de María: tiene realidad lo que tantas veces había meditado en la intimidad de su corazón; «pero es además el punto de partida, de donde inicia todo su “camino hacia Dios”, todo su camino de fe»9.

Esta es la primera consecuencia de la fe de Santa María en su vida: una plena obediencia a los planes de Dios, que Ella ve con especial hondura. Mirando a nuestra Madre del Cielo vemos nosotros si la fe nos mueve a llevar a cabo la voluntad de Dios, sin poner límites; a querer lo que Él quiere, cuando quiera y del modo que quiera. Examinemos cómo aceptamos las contrariedades normales de la jornada, cómo amamos la enfermedad, el dolor, los planes que hemos de cambiar por circunstancias imprevistas, el fracaso, todo aquello que es contrario a los propios planes o modos de actuar... Pensemos si realmente los resultados positivos y también estas realidades penosas o difíciles de llevar nos santifican, o si, por el contrario, nos alejan del Señor.

III. La vida de Nuestra Señora no fue fácil. No le fueron ahorradas pruebas y dificultades, pero su fe saldrá siempre victoriosa y fortalecida, convirtiéndose en modelo para todos nosotros. «Como Madre, enseña; y, también como Madre, sus lecciones no son ruidosas. Es preciso tener en el alma una base de finura, un toque de delicadeza, para comprender lo que nos manifiesta, más que con promesas, con obras.

»Maestra de fe. ¡Bienaventurada tú, que has creído! (Lc 1, 45), así la saluda Isabel, su prima, cuando Nuestra Señora sube a la montaña para visitarla. Había sido maravilloso aquel acto de fe de Santa María: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). En el Nacimiento de su Hijo contempla las grandezas de Dios en la tierra: hay un coro de ángeles, y tanto los pastores como los poderosos de la tierra vienen a adorar al Niño. Pero después la Sagrada Familia ha de huir a Egipto, para escapar de los intentos criminales de Herodes. Luego, el silencio: treinta largos años de vida sencilla, ordinaria, como la de un hogar más de un pequeño pueblo de Galilea»10.

En los años de Nazaret brilla en silencio la fe de la Virgen. El Hijo que Dios le ha dado es un niño que crece y se desarrolla como el resto de los seres humanos, que aprende a hablar, a caminar y a trabajar como los demás. Pero sabe que aquel niño es el Hijo de Dios, el Mesías esperado durante siglos. Cuando lo contempla inerme en sus brazos, sabe que es el Omnipotente. Sus relaciones con Él están llenas de amor, porque es su hijo, y de respeto, porque es su Dios. Cuando salen de su boca las primeras palabras entrecortadas, lo mira como a la Sabiduría infinita; cuando lo ve entretenido en sus juegos de niño, o fatigado –después de una jornada de trabajo junto a José, cuando ya es un adolescente–, reconoce en Él al Creador del cielo y de la tierra.

La Virgen actualizaba su fe en los pequeños sucesos de los días normales; se encendía en el trato íntimo con Jesús, y fue creciendo de día en día con esa oración continua que era la relación permanente con su Hijo, enfocando con visión sobrenatural los pequeños y grandes acontecimientos de su vida, santificando «lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad»11.

La fe de Santa María alcanzó su punto culminante iuxta crucem Iesu. Sin palabras, con su sola presencia en el Calvario por designio divino12, manifiesta que la luz de la fe alumbra con esplendor incomparable en su corazón.

Toda la vida de María fue una obediencia a la fe. Contemplándola se comprende que «creer quiere decir “abandonarse” en la verdad misma de la palabra de Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente “¡cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!” (Rom 11, 33). María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo de aquellos “inescrutables caminos” y de los “insondables designios” de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio divino»13.

«Nos falta fe. El día en que vivamos esta virtud –confiando en Dios y en su Madre–, seremos valientes y leales. Dios, que es el Dios de siempre, obrará milagros por nuestras manos.

»—¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea!»14, que sepa enfocar y dirigir todos los acontecimientos con una fe serena e inconmovible.

1 San Pedro Damián, Opúsculo 33, De bono sufragiorum, PL 145, 566. — 2 Cfr. G. Roschini, La Madre de Dios, Madrid 1958, vol. II, p. 596. — 3 Santo Tomás, Sobre los mandamientos, en Escritos de Catequesis, p. 239. — 4 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 142. — 5 ídem, Forja, n. 661. — 6 Lc 1, 28. — 7 Lc 1, 29. — 8 Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, 13. — 9 Ibídem, 14. — 10 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 284. — 11 ídem, Es Cristo que pasa, 148. — 12 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 58. — 13 Juan Pablo II, o. c., 14. — 14 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 235.

 

“La mayor donación de Dios a los hombres”

Cuando le recibas, dile: Señor, espero en Ti; te adoro, te amo, auméntame la fe. Sé el apoyo de mi debilidad, Tú, que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas (Forja, 832)

No descubro nada nuevo si digo que algunos cristianos tienen una visión muy pobre de la Santa Misa, que para otros es un mero rito exterior, cuando no un convencionalismo social. Y es que nuestros corazones, mezquinos, son capaces de vivir rutinariamente la mayor donación de Dios a los hombres. En la Misa, en esta Misa que ahora celebramos, interviene de modo especial, repito, la Trinidad Santísima. Corresponder a tanto amor exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma: oímos a Dios, le hablamos, lo vemos, lo gustamos. Y cuando las palabras no son suficientes, cantamos, animando a nuestra lengua ‑Pange, lingua!‑ a que proclame, en presencia de toda la humanidad, las grandezas del Señor.

Vivir la Santa Misa es permanecer en oración continua; convencernos de que, para cada uno de nosotros, es éste un encuentro personal con Dios: adoramos, alabamos, pedimos, damos gracias, reparamos por nuestros pecados, nos purificamos, nos sentimos una sola cosa en Cristo con todos los cristianos. (Es Cristo que pasa, nn. 87-88)

 

 

Algo grande y que sea amor (XI): Frutos de la fidelidad

La certeza de saberse siempre con Dios es fuente viva de esperanza, de la que brotan sin parar nuevos manantiales de alegría y de paz que fecundan nuestra vida y la de los que nos rodean.

Vocación19/08/2019

Opus Dei - Algo grande y que sea amor (XI): Frutos de la fidelidad

El libro de los Salmos arranca con un canto a la fecundidad de quien procura ser fiel a Dios y a su ley, y no se deja llevar por el ambiente que promueven los impíos: «Será como un árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto a su tiempo, y no se marchitan sus hojas: cuanto hace prospera» (cfr. Sal 1,1-3). En realidad, se trata de una enseñanza constante en la Escritura: «El hombre fiel será muy alabado» (Pr 28,20); «quien siembra justicia, tendrá recompensa segura» (Pr 11,18). Todas las obras de Dios son fecundas, como lo son las vidas de quienes responden a su llamada. El Señor lo recordó a los apóstoles en la última cena: «Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). Lo único que nos pide es que permanezcamos unidos a Él como los sarmientos a la vid, pues «el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,6).

A lo largo de los siglos, los santos han experimentado igualmente la generosidad de Dios. Santa Teresa, por ejemplo, escribía: «No suele Su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje»[1]. A quienes le son fieles, les ha prometido que les recibirá en su Reino con palabras llenas de cariño: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21). Sin embargo, Dios no espera al Cielo para premiar a sus hijos, sino que ya en esta vida los va introduciendo en esa alegría divina con muchas bendiciones, con frutos de santidad y virtudes, sacando lo mejor de cada persona y de sus talentos; ayudándonos a no detenernos demasiado en nuestra fragilidad y a confiar cada vez más en el poder de Dios. Además, a través de sus hijos el Señor bendice también a quienes les rodean. Dios se goza en ello: «porque en esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto» (Jn 15,8).

Vamos a repasar en estas páginas algunos frutos que produce nuestra fidelidad, tanto en nuestra vida como en la de los demás. Ojalá estos frutos, y muchos otros que solo Dios conoce, nos estimulen a no interrumpir nunca la acción de gracias a Dios por sus cuidados y su cercanía. También así aprenderemos a disfrutar cada día más de ese amor.

 

Un cielo dentro de nosotros

Tan solo unas semanas antes de marcharse al Cielo, decía san Josemaría a un grupo de hijos suyos: «Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísimo. (…) En nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo»[2]. El Señor lo había prometido a los apóstoles: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Este es el principal don que Dios nos ofrece: su amistad y su presencia en nosotros.

Dios no espera al Cielo para premiar a sus hijos, ya en esta vida los llena de bendiciones

Cada día podemos contemplar con ojos nuevos en la oración esta verdad de la presencia divina en nosotros, y cuidarla en nuestra memoria. Llenos de asombro y de agradecimiento, trataremos entonces de corresponder como buenos hijos al cariño inmenso que Dios nos tiene. Porque el Señor «no baja del cielo un día y otro día para quedarse en un copón dorado, sino para encontrar otro cielo que le es infinitamente más querido que el primero: el cielo de nuestra alma, creada a su imagen y templo vivo de la adorable Trinidad»[3]. Solo con este regalo divino podemos sentirnos infinitamente pagados; y también seguros de la alegría que damos a Dios con nuestra fidelidad.

Cuando viene el cansancio físico o moral, cuando arrecian los embates y dificultades, es momento de recordar de nuevo que, «si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente»[4]. La certeza de que Dios está conmigo, en mí; y de que yo estoy en él (cfr. Jn 6,56) es fuente de una seguridad interior y una esperanza que no es posible explicar humanamente. Esta convicción nos va haciendo cada vez más sencillos —como niños— y nos da una visión amplia y confiada, un interior destensado y alegre. Del fondo del alma brotan entonces la alegría y la paz, como frutos naturales de la fidelidad y de la entrega. Estos frutos son tan importantes y tienen tanta fuerza evangelizadora que san Josemaría los pedía a diario al Señor en la santa Misa, para él y para todas sus hijas e hijos[5].

Tenemos un Cielo dentro de nosotros para llevarlo a todas partes: a nuestra casa, al lugar de trabajo, al descanso, a las reuniones con los amigos… «En nuestros días, en los que se percibe frecuentemente una ausencia de paz en la vida social, en el trabajo, en la vida familiar… es cada vez más necesario que los cristianos seamos, con expresión de san Josemaría, “sembradores de paz y de alegría”»[6]. Sabemos por experiencia que esa paz y esa alegría no son nuestras. Por eso procuramos cultivar la presencia de Dios en nuestros corazones, para que sea Él quien nos colme y quien comunique sus dones a quienes nos rodean. Y la eficacia de esa sencilla siembra es segura, aunque su alcance es imprevisible: «La paz del mundo, quizá, depende más de nuestras disposiciones personales, ordinarias y perseverantes, por sonreír, perdonar y quitarnos importancia, que de las grandes negociaciones entre los Estados, por muy importantes que sean»[7].

Corazón firme y misericordioso

Cuando dejamos que la presencia de Dios arraigue y fructifique en nosotros —en cierto modo, eso es la fidelidad—, adquirimos progresivamente una «firmeza interior» desde la que se hace posible ser pacientes y mansos ante las contrariedades, los imprevistos, las situaciones molestas, nuestros propios límites y los de lo demás. Decía san Juan María Vianney que «nuestras faltas son granos de arena al lado de la grande montaña de la misericordia de Dios»[8]. Esta convicción permite reaccionar cada vez más como Dios reacciona ante las mismas personas y circunstancias, con mansedumbre y misericordia, sin inquietarnos cuando no responden a nuestras previsiones y gustos inmediatos. Descubrimos, en definitiva, que todos los sucesos son de alguna forma «vehículos de la voluntad divina y deben ser recibidos con respeto y amor, con alegría y paz»[9]. De este modo, poco a poco, adquirimos una mayor facilidad para rezar, disculpar y perdonar, como hace el Señor, y recuperamos pronto la paz, si la perdemos.

Dios transforma nuestro pobre corazón en uno manso y misericordioso, a la medida del suyo

En ocasiones, puede parecernos pusilánime esta disposición a cultivar la mansedumbre y la misericordia en nuestro corazón ante las miserias ajenas que nos parecen denunciables o ante la malicia de algunos que pretenden hacer daño. Recordemos, sin embargo, cómo Jesús reprende a los discípulos cuando sugieren enviar un castigo del cielo sobre los samaritanos que no lo reciben (cfr. Lc 9,55). «El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un “corazón que ve”. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia»[10]. Nuestra misericordia paciente, que no se irrita ni se queja ante la contrariedad, se convierte así en bálsamo con el que Dios sana a los contritos de corazón, venda sus heridas (cfr. Sal 147,3) y les hace más fácil y llevadero el camino de la conversión.

Una eficacia que no podemos imaginar

Cultivar y dar a conocer la propia imagen y el perfil personal ante los demás se ha convertido hoy en un requisito a veces indispensable para estar presentes y tener impacto en los diversos ámbitos de las redes sociales y laborales. Sin embargo, si perdemos de vista que vivimos en Dios, que Él «está junto a nosotros de continuo»[11], este interés puede derivar en una obsesión más o menos sutil por sentirse aceptados, reconocidos, seguidos e incluso admirados. Se siente entonces una necesidad constante de verificar el valor y trascendencia que tiene todo lo que hacemos o decimos.

Este afán por ser reconocidos y por tocar nuestra valía responde en realidad, aunque sea de un modo tosco, a una verdad profunda. Y es que de hecho valemos mucho; tanto, que Dios ha querido dar su vida por cada uno. Sin embargo, sucede que muy fácilmente nos ponemos a exigir, aun de modos muy sutiles, el amor y el reconocimiento que solo podemos acoger. Tal vez por eso el Señor quiso señalar en el Sermón de la Montaña: «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean, de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 6,1). Y aún más radicalmente: «que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3).

Este riesgo de exigir el Amor en lugar de acogerlo irá perdiendo fuerza en nosotros si actuamos con el convencimiento de que Dios contempla nuestra vida con cariño detallado —porque el cariño está en los detalles—. «Si quieres tener espectadores de las cosas que haces, ahí los tienes: los ángeles, los arcángeles y hasta el mismo Dios del Universo»[12]. Se experimenta entonces en el alma la autoestima de quien se sabe siempre acompañado y no necesita así de especiales estímulos externos para confiar en la eficacia de su oración y de su vida; y esto tanto si son conocidas de muchos, como si pasan desapercibidas para la inmensa mayoría. Nos bastará tener presente la mirada de Dios y sentir dirigidas a cada uno de nosotros las palabras de Jesús: «y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,4).

Podemos aprender mucho, en este sentido, de los años escondidos de Jesús en Nazaret. Allí pasó la mayor parte de su vida en la tierra. Bajo la atenta mirada de su Padre del Cielo, de la Virgen María y de san José, el Hijo de Dios estaba ya realizando en silencio, y con una eficacia infinita, la Redención de la humanidad. Pocos lo veían, pero ahí, desde un modesto taller de artesano, en una pequeña aldea de Galilea, Dios estaba cambiando para siempre la historia de los hombres. Y nosotros también podemos tener esa fecundidad de la vida de Jesús, si le transparentamos, si le dejamos amar en nuestra vida, con esa sencillez.

Desde lo escondido de cada Sagrario, desde lo hondo de nuestro corazón, Dios sigue cambiando el mundo. Por eso nuestra vida de entrega, en unión con Dios y con los demás, adquiere por la Comunión de los Santos una eficacia que nosotros no podemos imaginar ni medir. «No sabes si has progresado, ni cuánto… —¿De qué te servirá ese cálculo…? —Lo importante es que perseveres, que tu corazón arda en fuego, que veas más luz y más horizonte...: que te afanes por nuestras intenciones, que las presientas —aunque no las conozcas—, y que por todas reces»[13].

Dios es el de siempre

San Pablo animaba a los cristianos a ser fieles, a no preocuparse de ir a contracorriente y a trabajar con la mirada puesta en el Señor: «Así pues, hermanos míos amados, manteneos firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, teniendo siempre presente que vuestro trabajo no es en vano en el Señor» (1 Co 15,58). San Josemaría repetía de diversas maneras la misma exhortación del apóstol: «Si sois fieles, podéis llamaros vencedores. En vuestra vida no conoceréis derrotas. No existen los fracasos, si se obra con rectitud de intención y queriendo cumplir la Voluntad de Dios. Con éxito o sin él hemos triunfado, porque hemos hecho el trabajo por Amor»[14].

Saberse acompañado siempre por Dios aumenta nuestra sencillez y confianza en el que todo lo puede

En cualquier camino vocacional puede suceder que, al cabo de un tiempo de entrega, sintamos la tentación del desaliento. Pensamos quizá que no hemos sido muy generosos hasta entonces, o que nuestra fidelidad da poco fruto y que tenemos poco éxito apostólico. Es bueno recordar en esos casos lo que Dios nos ha asegurado: «Mis elegidos nunca trabajarán en vano» (Is 65,23). San Josemaría lo expresaba así: «ser santo entraña ser eficaz, aunque el santo no toque ni vea la eficacia»[15]. Dios permite en ocasiones que sus fieles sufran pruebas y dificultades en su labor, para hacer más bella su alma, más tierno su corazón. Cuando, a pesar de nuestra ilusión por agradar a Dios, nos desanimemos o nos cansemos, no dejemos de trabajar con sentido de misterio: teniendo presente que nuestra eficacia es «muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. (…) Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca»[16].

El Señor nos pide trabajar con abandono y confianza en sus fuerzas y no en las nuestras, en su visión de las cosas y no en nuestra limitada percepción. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas —a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos— no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[17]. La conciencia de que Dios lo puede todo y de que Él ve y atesora todo el bien que hacemos, por muy pequeño y escondido que pueda parecer, nos ayudará «a estar seguros y optimistas en los momentos duros que puedan surgir en la historia del mundo o en nuestra existencia personal. Dios es el de siempre: omnipotente, sapientísimo, misericordioso; y en todo momento sabe sacar, del mal, el bien; de las derrotas, grandes victorias para los que confían en Él»[18].

De la mano de Dios, vivimos en medio del mundo como hijos suyos, y nos vamos convirtiendo en sembradores de paz y de alegría para todos los que viven a nuestro alrededor. Ese es el trabajo paciente, artesanal, que Dios realiza en nuestros corazones. Dejemos que ilumine todos nuestros pensamientos y que inspire todas nuestras acciones. Es lo que hizo nuestra Madre la Virgen, feliz de ver las cosas grandes que el Señor hacía en su vida. Ojalá sepamos también nosotros decir cada día como Ella: Fiat!, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).

Pablo Edo


[1] Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, cap. 34.

[2] Cfr. S. Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1980, p. 361.

[3] Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, cap. 5.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 92.

[5] Cfr. J. Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Madrid, Rialp 2000, p. 229.

[6] F. Ocáriz, Homilía, 12-V-2017.

[7] Ibidem.

[8] Citado en G. Bagnard, «El Cura de Ars, apóstol de la misericordia», Anuario de Historia de la Iglesia 19 (2010) p. 246.

[9] Instrucción mayo-1935 — 14-IX-1950, n. 48.

[10] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est (25-XII-2005), n. 31.

[11] San Josemaría, Camino, n. 267.

[12] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, 19.2 (PG 57, 275).

[13] San Josemaría, Forja, n. 605.

[14] San Josemaría, A solas con Dios, n. 314 (AGP, Biblioteca, P10).

[15] Forja, n. 920.

[16] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), n. 279.

[17] San Josemaría, Surco, n. 860.

[18] D. Javier, Carta pastoral, 4-XI-2015.

 

 

‘En espíritu y en verdad’: crear la unidad de vida (I)

La unidad de vida es un rasgo esencial del espíritu del Opus Dei. Este editorial, en dos entregas, presenta algunas de sus manifestaciones.

Vida espiritual13/01/2017

Opus Dei - ‘En espíritu y en verdad’: crear la unidad de vida (I)

Dios desea adoradores «en espíritu y en verdad» (Jn 4,24), dice Jesús a la samaritana en su diálogo junto al pozo de Sicar. Toda la existencia de un cristiano está llamada a hacerse adoración del Padre (Jn 4,23), sin que haya espacios donde la luz de Dios no llegue a entrar: ese es el culto espiritual (cfr. Rm 12,1) por el que llegamos a ser templos vivos de Dios, piedras vivas de su templo (cfr. 1 P 2,5).

«Haz de tu corazón un altar»[1], dice san Pedro Crisólogo. Para ser uno mismo altar, no basta con dar: es necesario darse. Todo en nuestra vida se ha de purificar, en unión profunda con la hostia verdaderamente agradable a Dios, el sacrificio de Cristo. Así, poco a poco, se crea la unidad de vida, se colma el abismo que el pecado abre entre la fe y la vida. Sin desanimarnos ante las dificultades, descubrimos la maravillosa realidad de que allí donde estamos todo contribuye a nuestro bien, si nos refugiamos en el Amor eterno del Dios Uno y Trino, cuya presencia ilumina toda nuestra vida.

Toda la existencia de un cristiano está llamada a hacerse adoración del Padre, sin que haya espacios donde la luz de Dios no llegue a entrar

«La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado» (Mt 6,22). Si nuestras intenciones son rectas, si están encaminadas a Dios y a los demás en Él, entonces todas nuestras acciones se dirigirán hacia el bien, en «una unidad de vida sencilla y fuerte»[2], porque «todo puede y debe llevarnos a Dios»[3]. Sin embargo, a menudo podemos olvidar esta realidad. Por eso, desde el punto de vista espiritual, la formación que se da a los fieles de la Obra tiende a crear en cada uno la unidad de vida, que es característica esencial del espíritu del Opus Dei. Esa unificación refuerza cada vez más nuestra identidad de hijos de Dios en Cristo, por la fuerza del Espíritu Santo, que lo vivifica todo a través de la caridad y nos impulsa a la santidad y al apostolado en las ocupaciones de nuestra jornada.

La unidad de vida de Jesús

La unidad de vida «tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro»[4] y es, por el Espíritu Santo, «participación en la suprema unidad de lo divino y humano realizada en la Encarnación del Hijo de Dios»[5]. Cristo es «principio de unidad y de paz»[6]: Él está siempre unido a su Padre y le reza para que nos santifique en la verdad (cfr. Jn 13,17). Su alimento, lo que le da vida, es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Todo está orientado hacia esa misión, desde el instante de la encarnación (cfr. Hb 10,5-7) hasta cuando sube a Jerusalén, caminando delante de sus discípulos con la prisa del amor (cfr. Lc 19,28). Sus milagros avalan sus palabras, y la muchedumbre comenta sin rodeos: «todo lo ha hecho bien» (Mc 7,37).

San Josemaría solía ver en ese entusiasmo popular –«bene omnia fecit»– no solo los milagros, que maravillan a tanta gente, sino el hecho de que Cristo «todo lo acabó bien, terminó todas las cosas bien, no hizo más que el bien»[7]. En el Señor, consagración y misión forman una unidad perfecta. «No es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de redentor. El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ut omnes homines salvi fiant (1 Tm 2,4)»[8]. Por eso se aplican a Jesús de modo eminente aquellas palabras de Isaías que Él mismo proclamó en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado…» (Lc 4,18; cfr. Is 61,1). Jesús es el Dios y hombre perfecto que vivió en su vida terrenal una total unidad de vida y que «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación»[9]. Él descubre a cada uno su llamada a reconciliarse con Dios, y a atraer con alegría hacia esa reconciliación el ámbito que Dios le ha confiado en el mundo (cfr. 2 Cor 5,18-19).

El divorcio entre la fe y la vida cotidiana

Aunque ya se ha realizado para siempre en la Persona del Señor, esta reconciliación personal y social está todavía en camino hacia esa plenitud, en camino hacia Cristo. Como en tiempos del Concilio Vaticano II, «el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo personalmente conminaba graves penas contra él»[10]: «nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo» (Mt 6,24).

La incoherencia de vida, en la que caen muchas personas, creyentes o no, es una falta de armonía y de paz que quiebra el equilibrio personal. Esto no debería sorprender, porque «ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres»[11]. La unidad de vida es decisiva para todos, y de un modo peculiar para los laicos, como enseña san Juan Pablo II: todo ha de ser ocasión de unión con Dios y de servicio a los demás[12]. El trabajo profesional de un cristiano es coherente con su fe. «Aconfesionalismo. Neutralidad. –Viejos mitos que intentan siempre remozarse. ¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?»[13].

La unidad de vida es decisiva para todos, y de un modo peculiar para los laicos. El trabajo profesional de un cristiano es coherente con su fe.

Esas palabras tienen gran actualidad: Dios no puede dejarse arrinconar por un laicismo erigido en religión sin Dios. El Papa Francisco invita a «reconocer la ciudad –y por lo tanto todos los espacios donde se desarrolla la vida de nuestra gente– desde una mirada contemplativa, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas... Él vive entre los ciudadanos promoviendo la caridad, la fraternidad, el deseo del bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta, desvelada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero»[14].

Alegrarnos en la tempestad

Los cristianos, sellados por la cruz en el bautismo, han conocido siempre la persecución. «Toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con él (cfr. Jn 15,20)»[15]. Ante la perspectiva del destierro, san Juan Crisóstomo, el gran orador del Oriente, no perdía confianza: «Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza; sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme: ¿qué podemos temer?, ¿la muerte? Para mí, la vida es Cristo y la muerte, una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo, de modo que nada podemos llevarnos de él. Me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir si no es para vuestro bien. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza»[16].

Las dificultades de dispersión que plantea el mundo no nos han de desanimar. Contemporáneo del Crisóstomo, san Agustín predicaba la alegría más que el lamento: «¿Por qué, pues, has de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que los actuales? Desde el primer Adán hasta el Adán de hoy, ésta es la perspectiva humana: trabajo y sudor, espinas y cardos. ¿Se ha desencadenado sobre nosotros algún diluvio? ¿Hemos tenido aquellos difíciles tiempos de hambre y de guerras? Precisamente nos los refiere la historia para que nos abstengamos de protestar contra Dios en los tiempos actuales. ¡Qué tiempos tan terribles fueron aquéllos! ¿No nos hace temblar el solo hecho de escucharlos o leerlos? Así es que tenemos más motivos para alegrarnos de vivir en este tiempo que para quejarnos de él»[17].

Aunque haya guerras, epidemias, nuevas pobrezas y persecuciones, desde las más toscas, por parte de fundamentalismos que se dicen religiosos, hasta las más refinadas, en forma de laicismos que pueden llegar a ser igualmente fundamentalistas –basta pensar en las trabas a la objeción de conciencia en varios países de Occidente–, la confianza en Dios es más fuerte que todas las dificultades: se trata de una esperanza que nace del Amor, y que por eso no defrauda (cfr. Rm 5,5). Estamos llamados a glorificar a Dios en lo más profundo de nuestro ser, desde el corazón, donde Él lo unifica todo, desde una gloria divina que es el peso del Amor, una fuerza arrolladora que nos permite dar razón de nuestra esperanza (cfr. 1 P 3,15): Cristo vive en nosotros.

Omnia in bonum

Dieciséis siglos después del Crisóstomo y de san Agustín, San Josemaría lanzaba un grito lleno de optimismo: «Debéis sentir siempre en vuestro corazón este grito, que tengo como esculpido en mi alma: omnia in bonum!, todo es para bien. Es San Pablo el que nos da esta doctrina de serenidad, de alegría, de paz, de filiación con Dios: porque el Señor nos ama como un Padre, y es sapientísimo y todopoderoso: omnia in bonum! (cfr. Rm 8,28)»[18].

Comentaba don Álvaro: «Cuando escribió el Padre esta Instrucción, en 1941, se acababa de salir de la gran tragedia de la guerra civil española, y había comenzado la guerra mundial. La situación era verdaderamente apocalíptica: y, en la Iglesia, por el comportamiento de unos y de otros, se habían producido grandes desgarrones, enormes heridas. España, que había salido sangrante y destrozada de la guerra civil, se encontraba en peligro de verse envuelta en ese conflicto mucho mayor: y el Padre pensaba en la posibilidad de estar otra vez solo –como en la guerra anterior española–, con todos sus hijos esparcidos por los diferentes frentes de guerra o recluidos en cárceles»[19].

Parte de nuestra unidad de vida es amar el lugar y el tiempo en el que Dios nos ha puesto: es ilusionante poder trabajar y mejorar este mundo, a la vez que tenemos la cabeza en el Cielo. Creación y redención se realizan dinámicamente aquí, hoy y ahora, siempre que vibremos por conocer y comprender nuestro mundo, para amarlo con un optimismo creacional, como lo hizo San Josemaría, que invitaba también a no soñar «sueños vanos»[20], a huir de cualquier «mística ojalatera»[21]. En nuestro ambiente, tratamos de mostrarnos tal como somos: «Al presentarnos como lo que somos, como ciudadanos corrientes –haciéndose cargo cada uno de sus responsabilidades personales: familiares, profesionales, sociales, políticas– no fingimos nada, porque este modo de proceder no es el resultado de una táctica. Es todo lo contrario: es naturalidad, es sinceridad, es manifestar la verdad de nuestra vida y de nuestra vocación. Somos gente de la calle»[22].

Dios nos quiere en este mundo

En la actualidad asistimos a graves sucesos que manifiestan la acción del diablo en el mundo. Aunque «cada época de la historia lleva en sí elementos críticos –comenta el Papa–, al menos en los últimos cuatro siglos no se han visto tan sacudidas las certezas fundamentales que constituyen la vida de los seres humanos como en nuestra época (…). Es un cambio que se refiere al modo mismo en que la humanidad lleva adelante su existencia en el mundo»[23]. También San Josemaría, viendo venir esa decadencia, proclamaba con acentos proféticos: «Se escucha como un colosal non serviam (Jer 2,20) en la vida personal, en la vida familiar, en los ambientes de trabajo y en la vida pública. Las tres concupiscencias (cfr. 1 Jn 2,16) son como tres fuerzas gigantescas que han desencadenado un vértigo imponente de lujuria, de engreimiento orgulloso de la criatura en sus propias fuerzas, y de afán de riquezas. Toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales»[24].

Parte de nuestra unidad de vida es amar el lugar y el tiempo en el que Dios nos ha puesto: es ilusionante poder trabajar y mejorar este mundo, a la vez que tenemos la cabeza en el Cielo.

El amor al mundo no nos impide ver lo que no va, lo que necesita purificación, lo que ha de ser transformado. Hemos de aceptar la realidad tal como es, tal como se presenta, con sus luces y sus sombras. Y esto requiere vibrar con las cosas, conocer los problemas, tratar a muchas personas, leer, escuchar. Para amar a Dios no tenemos nada mejor que el mundo en el que Él mismo nos ha llamado a vivir, fiados de la oración que el Hijo eleva al Padre: «No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17,15).

Amando este mundo, que es el que nos sirve tal como es para nuestra propia santificación y la amistad con los demás, acudiremos a Jesús para mejorarlo, para transformarlo, convirtiéndonos nosotros mismos día tras día. Santa María hizo crecer a Jesús en la vida ordinaria de Nazaret; ahora, dedicada enteramente a su misión de Madre nuestra, hace crecer a Jesús en nuestra vida ordinaria. Ella nos ayuda a ponderar todo acontecimiento en nuestro corazón (cfr. Lc 2,51) para descubrir la presencia de Dios que nos llama cada día. «Nosotros, hijos –vuelvo a deciros–, somos gente de la calle. Y cuando trabajamos en las cosas temporales, lo hacemos porque ese es nuestro sitio, ese es el lugar en el que encontramos a Jesucristo, en el que nuestra vocación nos ha dejado»[25]. Es allí donde brilla esa luz del alma que refleja la eterna bondad del Señor. Y, con esa luz, Dios ilumina el mundo.

 

Guillaume Derville


[1] San Pedro Crisólogo, Sermón 108: PL 52, 499-500.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 10. Cfr. santo Tomás de Aquino, Sup. Ev. Matt. (Mt 6,22).

[3] Ibídem.

[4] Es Cristo que pasa, 11.

[5] I. de Celaya, “Unidad de vida”, en Diccionario de San Josemaría, Monte Carmelo - Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer, Burgos 2013, 1222.

[6] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen Gentium (21-XI-1964), 9.

[7] Es Cristo que pasa, 16.

[8] Es Cristo que pasa, 106.

[9] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes (7-XII-1965), 22.

[10] Ibidem, 43.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, 407.

[12] Cfr. san Juan Pablo II, Ex. Ap. postsinodal Christifideles laici (30-XIII-88), 17 y 59.

[13] San Josemaría, Camino, 353.

[14] Francisco, Ex. ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), 71.

[15] Catecismo de la Iglesia Católica, 530.

[16] San Juan Cristóstomo, Homilía, 1-3: PG 52, 427-430.

[17] San Agustín, Sermón Caillau-Saint Yves 2, 92: PLS 2, 441-442, cit. en Liturgia horarum, lectio del miércoles la XX semana del Tiempo ordinario.

[18] San Josemaría, Instrucción, 8-XII-1941, 34.

[19] Beato Álvaro del Portillo, nota 48 a Instrucción, 8-XII-1941, 34.

[20] San Josemaría, Amigos de Dios, 8.

[21] San Josemaría, Conversaciones, 88. Cfr. S. Sanz, “L’ottimismo creazionale di san Josemaría”, en J. López (ed.) San Josemaría e il pensiero teologico, Atti del Convegno Teologico, vol. 1, Edusc, Roma 2014, 230; A. Rodríguez Luño, “San Josemaría e la teologia morale”, en Ibidem, 308; “Epílogo. Unidad de vida”, en E. Burkhart – J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría: estudio de teología espiritual, vol. 3, Rialp, Madrid 2013, 617-653.

[22] San Josemaría, Carta 19-III-1954, 27.

[23] Francisco, Discurso, 22-III-2013.

[24] San Josemaría, Carta 14-II-1974, 10.

[25] San Josemaría, Carta 19-III-1954, 29.

 

 

¿Quién dice la gente que soy Yo?

Daniel Tirapu

La Pasión de Cristo que se representa en la catedral de La Habana

photo_camera La Pasión de Cristo que se representa en la catedral de La Habana

¿Quién dice la gente que soy Yo?                                     

Eso preguntó Jesús a sus seguidores. Eres un profeta, un lunático de esos que abundan por el mediterráneo, el primer socialista, un hippye desharrapado, una invención de tus seguidores, Elías, un vegetariano consecuente, el Rey de los judíos, una incógnita histórica, un problema privado de conciencia, el fundador del calendario cristiano, el cordero más inocente de la historia, un perdedor...

"Tú eres el hijo de Dios vivo", gritó Pedro sin saber lo que decía porque ni la carne ni la sangre se lo revelaron.

En materiales doctrinales de la web del Opus Dei  se han descargado más de un millón sobre la figura de Jesús.

Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo dijo San Josemaría. Empecemos por buscarle y ya le estamos encontrando.

 

 

La auténtica oración cristiana

Posted: 05 Sep 2019 02:13 PM PDT

Amigos%2Bde%2BDios

La Comisión episcopal para la Doctrina de la Fe ha publicado un documento titulado “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo (Sal42, 3): Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana” (Madrid 2019).

La oración cristiana es un encuentro y un diálogo con Dios, por medio de su Hijo, Jesucristo, a la luz y bajo el impulso del Espíritu Santo. Por tanto, no debe confundirse con una técnica de autodominio de sí mismo o de las propias emociones y sentimientos. También se distingue, aunque puede tener ciertos elementos comunes, de la oración que se hace en otras religiones. El texto tiene cinco partes.

La situación y los retos actuales

1. En la primera (“situación espiritual y retos pastorales”) se presenta la situación de la espiritualidad cristiana en el contexto cultural actual y los retos pastorales que supone. El activismo típico de nuestro tiempo no facilita precisamente la espiritualidad. Sin embargo, muchos buscan el necesario silencio y paz interior. Pero a veces, aun siendo cristianos, lo hacen a través de técnicas de meditación que se originan en tradiciones religiosas no cristianas. Esto les lleva de hecho a abandonar la fe católica, aunque no lo pretendan. Otras veces se trata de técnicas de relajación que se presentan como complemento a la propia fe. Esas técnicas pueden servir a veces como introducción a la oración, pero con frecuencia se insertan en un “método” que en su conjunto es incompatible con la fe cristiana, y más bien encierra al que la practica en sí mismo.

En el momento actual muchos viven al margen de la fe. A la vez, siguen anhelando la felicidad y la vida plena. Esto requiere presentar la fe cristiana no solo como un conjunto de verdades o de normas morales, sino ante todo como un encuentro personal con Dios a través de Jesucristo.

Cristo y la salvación

2. En la segunda parte se presentan los “aspectos teológicos” de la espiritualidad cristiana y de la oración cristiana. Profundiza en la figura de Cristo y en el significado cristiano de la salvación. Para la fe cristiana, Jesucristo no es solo un gran maestro espiritual sino el Hijo de Dios hecho hombre. Las religiones representan el esfuerzo humano por alcanzar un conocimiento superior en relación con Dios. Buscan, como consecuencia, salvar a los hombres de los límites de la vida terrena (el pecado, el dolor, la muerte) y abrirles a una vida plena y eterna. Aunque está bastante extendido el relativismo religioso, para el cristiano no todas las religiones dicen lo mismo ni tienen igual valor. Sabe que al corazón humano y a la inteligencia humana no les basta sustituir la salvación por una felicidad o un bienestar puramente terreno o material.

Oración cristiana y "técnicas de oración"

3. En la tercera parte (“las espiritualidades que se derivan de estas doctrinas”), se muestran las diferencias entre la oración cristiana y otras técnicas de meditación como la “mindfulness”, inspiradas en el budismo zen. En este caso no hay propiamente un “tú” divino y personal con el que dialogar en la oración, sino que el sujeto se centra en sí mismo, en su propia mente y en sus propios sentimientos. Busca la aceptación pacífica de la realidad para evitar el sufrimiento, pero no se propone mejorar esa realidad. En cambio, la fe cristiana propone un trato personal con Diosuno y trino, por medio de su Hijo Jesucristo, hecho carne por nosotros y nuestra salvación. Por eso no se puede considerar a Jesús simplemente como un buen ejemplo de persona espiritual y generosa, como un modelo ideal común, junto con otros, para todas las religiones.

4. La cuarta parte recoge los “elementos esenciales de la oración cristiana”. La oración cristiana tiene relación con la oración de Jesús, que es un diálogo de amor con Dios Padre y una fuente, referencia y modelo de entrega por nuestra salvación. En la oración de Jesús, el centro no son sus deseos ni la búsqueda de una felicidad meramente terrena al margen de Dios Padre; sino, por el contrario, el cumplimiento del plan divino de la salvación por medio de la aceptación, con obediencia amorosa, de la pasión y de la Cruz. Por eso, dice el texto: “Vivir como si Dios no existiera es la mayor dificultad para la oración” (n. 23).

Jesús no enseña unas técnicas para la oración, sino que enseña la confianza filial, la humildad y la perseverancia como actitudes básicas para rezar, tal como se manifiestan en la oración del Padrenuestro. La auténtica oración cristiana se dirige a Dios pidiendo por las propias necesidades y las de los demás, implorando el perdón y la fortaleza para vencer al mal y al Maligno, ser personal y concreto, autor e instigador del mal en el mundo. De esta manera el cristiano que ora, impulsado e iluminado por el Espíritu Santo, crece en fe, esperanza y caridad, es decir en amor a Dios y a los demás. Y como consecuencia, se dispone a servir en concreto, sin despreciar el mundo y la historia; al contrario, amando el mundo en lo que tiene de bueno y su tarea al servicio del bienestar temporal y eterno de todos. Por eso la oración es como el alma de la misión evangelizadora del cristiano. 

Oración, Iglesia y coherencia

La oración cristiana nace y madura en el seno de la Iglesia, que es madre, cuerpo y hogar para los cristianos. Por eso la oración se alimenta de la vida íntima de la Iglesia que se manifiesta en la liturgia y en los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía. Y además, recurre a los santos, testigos, en la Iglesia y en el mundo, de la tradición viva de la oración. Por este camino, que implica esfuerzo y perseverancia, el cristiano llega a la “contemplación”, que es descubrirse en todo como ser amado y responder al Amor.

El documento precisa: “En lo referente a las técnicas, a las que tanta importancia se da actualmente, debemos recordar de nuevo que más importante que una oración formalmente bien hecha, es que vaya acompañada y sea expresión de la autenticidad de la vida” (n. 36). En todo caso añade que “nunca se pueden confundir las sensaciones de quietud y distensión o los sentimientos gratificantes que producen ciertos ejercicios físicos o psíquicos con las consolaciones del Espíritu Santo” (Ibid.).

Maestra de la oración cristiana es especialmente la Virgen María. Desde antes de la Anunciación, donde conoce lo que Dios le pide, hasta después de la Cruz, donde asume ser Madre de nuestra vida espiritual en la Iglesia, es también el verdadero modelo del cristiano que reza.

Conclusión

En la quinta parte (“conclusión”) se subraya, ante todo, la necesidad de la oración para el camino cristiano que es camino de santidad. En segundo lugar se apela a los educadores y formadores cristianos, que deben ayudar a los cristianos a crecer en su “vida interior”, para que enseñen con sencillez a hacer oración, sin dejarse arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas” (Hb 13, 9).

En definitiva, como se ve, este documento se sitúa en la estela de otros anteriores del Magisterio, y proporciona a todos los hijos de la Iglesia una ocasión para impulsar la vida cristiana como vida de auténtica oración; vida apoyada en un trato personal confiado con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que participa de la vida de oración que el mismo Jesucristo mantiene con el Padre, tal como contemplamos en el Evangelio.
OH0SqxabMs4?utm_source=feedburner&utm_medium=email

 

 

Comentario al Evangelio: Para seguir a Jesús

Evangelio del 23º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C) y comentario al evangelio

Vida cristiana

Opus Dei - Comentario al Evangelio: Para seguir a Jesús

Evangelio (Lc 14,25-33)

Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo:

— Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo.


Comentario

Jesús se dirigía hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos, y muchos se les iban sumando por el camino. Era fácil dejarse arrastrar por el entusiasmo que provocaban sus palabras amables, por su cordial acogida -especialmente hacia los más necesitados-, y por su alegría contagiosa. Pero Jesús no quiere que ninguno de sus seguidores se sienta engañado. Vendrán momentos difíciles, porque en Jerusalén los espera la cruz.

Seguir a Jesús no es sumarse a un cortejo triunfal, sino tomar por amor decisiones que implican renuncia y sufrimiento. Quien desea seguirlo ha de estar libre de ataduras que le dificulten disponer de todo su tiempo, o que le resten energías para ayudarle en la obra de la redención. Jesús es demasiado claro, hasta el punto de que sus palabras acerca del desprendimiento de la propia familia resultan duras. ¿No manda Dios amar, reverenciar y obedecer a los padres? ¿Cómo es que Jesús emplea unas palabras tan fuertes, que parecen contradecir ese mandamiento?

Jesús necesita seguidores fieles. Pero el Maestro sabe bien que es difícil resistirse al cariño de los padres, amigos, o parientes cercanos, y que éstos, muchas veces con buena intención, pueden dejarse llevar más del corazón que de la fe o la razón. Por eso su lenguaje fuerte no deja lugar a dudas. San Juan Crisóstomo, hablando de los padres, explicaba en una de sus homilías que el Señor “solamente manda que se les obedezca en lo que no se opone a la piedad para con Dios; y en todo lo demás, es cosa santa procurarles todo honor. Pero cuando exigen más de lo que conviene, no se ha de obedecer”. Este Padre de la Iglesia hace notar que Jesús no manda aborrecer a los padres, lo que sería una gran maldad, sino que dice que “si ellos quieren que los ames más que a Mí”, entonces aborrécelos, porque en ese caso estarían perdiéndose a sí mismos y al hijo al que piensan que aman, pero al que le están dificultando su correspondencia a la gracia. Decía esto Cristo –concluye el Crisóstomo– para hacer a los hijos más fuertes y a los padres que quieran poner impedimentos, más sensatos[1].

Fiel a la doctrina del Evangelio, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales”[2]. Por esto, Dios se sirve de buenas familias cristianas, para sembrar en sus hijos el amor a Él, a los demás y la generosidad para que centren sus vidas en torno a Cristo, y encuentren en sus padres el apoyo necesario para secundar su vocación.

Para dar razón de esta exigencia Jesús se sirve de dos parábolas: la de la torre que se ha de construir y la del rey que va a la guerra. De ambas se desprende la importancia de no dejarse llevar por un primer impulso sentimental, sino de sopesar a fondo todo lo que está en juego, antes de tomar una decisión precipitada. Si se trata de colaborar con Cristo en la obra de la redención, no cabe una entrega a medias, un decir que sí, pero sin terminar de desligarse de todas las ataduras de la tierra. La conclusión es clara: “cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”. Sus palabras se dirigen a todos, tanto a quien está en momentos de discernimiento de su vocación personal, como a quienes forman parte del entorno familiar o social de quienes están tomando sus propias decisiones vitales.

La experiencia de los santos invita siempre a una respuesta libre y generosa. “Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios –aconseja san Josemaría–, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural”[3].


[1] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 35.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1618.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 97.

 

 

DOMINGO XXIII.                                    

Lc 14, 25-33.

Ser discípulo mío.           

El evangelio de Lucas es el evangelio del discípulo, del que se identifica con el proyecto evangelizador de los sentimientos del Corazón de Jesús. El discipulado de Jesús según Lucas, tiene tres claves que son irrenunciables en quien quieren seguir a Jesús con todas las consecuencias.

Primero, no se puede ser discípulo de Jesús si Él no nos llama a seguirle con todas las consecuencias. El discípulo es el que llamado por Cristo, vive en disposición de ponerse en camino. No se puede ser discípulo sin su llamada, y la escucha de esa llamada, se realiza en el encuentro personal con quien tiene abierto el Corazón.

Segundo, el discípulo tiene que renunciar a todos sus bienes como nos recuerda el evangelio de Lucas de este domingo. Es vivir la abnegación, la renuncia a uno mismo, que es el bien que más nos cuesta perder. Es el olvido de si, inicio de toda santidad. Renunciar a los bienes que nos impiden abrazar a los pobres por tener el corazón demasiado lleno de sí mismo. El renunciar a los bienes, a todos los bienes, es la afirmación del Absoluto de Dios que cuando más cuidamos de sus cosas, más cuida El de las nuestras.

Tercero el discipulado de Lucas iluminado por la luz de Cristo, debe discernir los signos de los tiempos, de los que siempre humildemente debemos de dejarnos iluminar por el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que como repite el papa Francisco, es nuestro principal aliado en el discernimiento de los espíritus.

 Ser discípulo de Jesús es tener los sentimientos del Corazón de Cristo, que siempre nos conduce a la misma entrega de Jesús. María es la primera y discípula perfecta de Cristo.

+ Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres 

 

Menos hijos, más mascotas

Cuando las familias tenían más hijos y menos mascotas

Cuando las familias tenían más hijos y menos mascotas

«No se debe dar a los perros el pan destinado a los hijos» (Mc. 7,27)

Esta frase de la Sagrada Escritura viene a la mente al considerar la triste inversión que se está dando en nuestra sociedad: menos hijos y más mascotas.

Lujos y atenciones absurdas para mascotas

Contenidos

A las mismas personas a quienes parece un gasto muy fuerte tener un hijo más, no les parece demasiado gastar en ciertos «lujos» para su mascota.

Así, cada vez más se ofrecen servicios más completos para animales, como calzado para la lluvia, impermeables, baños especiales, restaurantes, cementerios, etc.

En los lugares en que esta mentalidad echó más raíces, ya existen «psicólogos» para combatir el «stress» del animalito, «institutos» para adelgazarlos, mamás para que no se queden solos, etc.

Los perros sustituyen a los hijos

Al mismo tiempo, se está consolidando una mentalidad que considera a los niños más como una carga que como una bendición de Dios lo que, en su expresión extrema, hace que se prefiera la mascota al hijo.

Es más que una metáfora, pues de verdad señala cómo los animales se han convertido en un ˜miembro más de la familia”.

Un rasgo distintivo de Europa, donde el perro es un «sustituto» de los hijos. A tal punto llega esta triste tendencia que, en algunos casos de divorcio, la custodia de los hijos se resuelve con menos discusiones y menos pasión que la de la mascota…

La intimidad es para los seres humanos y no para los animales

Un desequilibrado sentimentalismo de fondo igualitario, concede a los animales cariños e intimidades que el orden de la Providencia reservó para las relaciones entre seres humanos

Aquí hay, en realidad, un grave desequilibrio. Nadie niega que la compañía de ciertos animales bonitos y de aspecto agradable ayuda al desarrollo espiritual del hombre, especialmente en una época en que estamos rodeados de tantas cosas feas y artificiales. Pero de ahí a dar a estas mascotas lo que debemos a nuestros hijos hay un abismo.

La belleza de los animales para reposo del hombre

Como bien señalaba el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira «los animales que Dios hizo para la convivencia con el hombre son precisamente aquellos en que la rudeza natural está velada por apariencias bellas o hasta espléndidas. Pájaros de plumas brillantes o canto armonioso, gatos de actitudes elegantes y pelo sedoso, perros de noble porte o aspecto imponente, peces que despliegan velos graciosos en la placidez de sus acuarios. Son ellos factores de belleza, distracción y reposo en nuestra existencia diaria.

«Es porque Dios respeta la nobleza del hombre que, en los animales destinados a su convivencia, quiso velar con esas apariencias magníficas la rudeza natural a todo ser no espiritual. Notoriamente son esas criaturas como flores del reino animal, hechas para nuestro hogar como las flores del reino vegetal. Y según las reglas de una buena tradición, hay formas ordenadas para que un hombre aprecie las bellas flores y conviva con los bellos animales, sin pasar de la justa medida, dedicando a eses seres un afecto o concediéndoles una intimidad que sólo a las criaturas humanas se debe dar.

«Los animales pueden, por lo tanto, tener su lugar en una sensibilidad cristiana bien formada. Pero hay límites. No se debe dar a los perros el pan destinado a los hijos (Mc. 7, 27) advierte Nuestro Señor, ni darle perlas a los cerdos (at. 7,6). Es lo que hace quien, llevado por un desequilibrado sentimentalismo de fondo igualitario, concede a los animales cariños e intimidades que el orden de la Providencia reservó para las relaciones entre seres humanos».

 

 

Hace mucho tiempo…

Norma Mendoza Alexandry

Hemos creado una sociedad en la que a casi nadie importa lo que realmente hace felices a las personas.

matrimonio

Los padres o madres del mismo sexo son la forma menos natural de todas las formas de familia.

Hace mucho tiempo, todos teníamos significado: sabíamos que teníamos significado porque nuestra mamá y nuestro papá nos lo decían, un Dios que nos ama y una sociedad que nos necesitaba.

El domingo, afuera de la Iglesia, estaban unos pequeños niños pidiendo limosna en la puerta, aunque mucho más allá estaba sentada en la banqueta una mujer también pidiendo limosna. Algunas personas que pasaban cerca se compadecían, le daban a alguno una moneda y seguían su camino.

Hoy, la gran mayoría de las personas, no sólo esos menores limosneros y quien los cuidaba, quizá su madre, pueden contar solo con los dedos de una mano, el número de personas cuya vida sea alterada quizá sólo por unos minutos, cuando ellos mueran. En la mayoría de los casos se percibe que a casi nadie le importamos realmente.

¿Qué está pasando?

Hemos creado una sociedad en la que a casi nadie importa lo que realmente hace felices a las personas, que es: la familia, Dios y una comunidad alrededor con quienes compartimos, trabajamos, progresamos. Todo esto está rápidamente desapareciendo, hoy hay mucho más individualismo.

Con la indiferencia a la familia de padre-madre-hijos, a la Iglesia y a una sociedad solidaria a nuestro alrededor, las razones que las personas tenían tradicionalmente para su propia existencia están en peligro de quedarse en el pasado.

El resultado es predecible: cada vez hay más personas que sienten desolación, depresión, ansiedad, abatimiento, abuso de drogas y muerte. En un artículo periodístico leemos: “La epidemia de la soledad en EEUU ya es un negocio. Iniciativas ofrecen comprar abrazos, paseos en compañía de ‘actividades familiares’ a adultos solitarios. Más de la mitad de los adultos creen que nadie los conoce realmente. Las autoridades dicen que sentirse solo, perjudica lo mismo que fumar 15 cigarrillos diarios.” (El País, 25 agosto, 2019, pág 21).

Pensemos por un momento en lo que pasa también en esta sociedad en que vivimos y en el bienestar de los niños y niñas, cómo es que podamos comprender que hoy está legalmente permitido que dos personas del mismo sexo se unan legalmente en lo que ellos llaman “matrimonio” y que además puedan adoptar a uno o más menores para su crianza.

La noticia que acaba de salir en los medios de comunicación el día 26 de agosto es la siguiente, pero antes, quiero hacer notar que, de lo que no se habla jamás, es del bienestar de los menores afectados por estas decisiones políticas, para ellos, la adopción de menores es solamente “el tema” que se propone para su aprobación:

“Toluca. - Por falta de consenso entre los diputados integrantes de la comisión de Gobernación y Puntos Constitucionales en el Congreso del Estado de México, no avanzó la legalización de los matrimonios igualitarios y su análisis pasará al cuarto periodo ordinario de sesiones, confirmó la diputada Mercedes Colín Guadarrama (PRI). La también presidenta de la comisión encargada del tema admitió que es el término "matrimonio" el que mantiene divididas las opiniones de los diputados de Morena, PAN, PRI, PRD y PT, además que algunos de los legisladores insisten en que sean convocadas agrupaciones de la comunidad LGBTTTI para conocer "de viva voz" si es verdad que están a favor de sacar de la discusión el tema de las adopciones”. (C. González, El Universal)

Un sacerdote católico, fr. Paul Sullins, exprofesor de sociología de la Universidad Católica de América ha dado varias conferencias sobre “el impacto en los niños de la parentalidad por personas del mismo sexo”.

Este investigador dice en primer lugar que hoy “existe una guerra contra el matrimonio”. Citando al papa Francisco: “Esta guerra no es una guerra con armas, sino una guerra de ideas. Es una colonización ideológica que está tratando de destruir a la familia con esfuerzos para redefinir la misma institución del matrimonio”.

Continúa fr. Sullins: “Este ataque a la familia está basado en una demoníaca ideología de género que niega la orden de la creación expresada en la complementariedad de varones y mujeres”.

El matrimonio sólo existe entre un varón y una mujer quienes “se comprometen en una relación natural, conyugal y sexual ordenada por un convenio designado a asegurar su mutuo bien y la procreación y educación de sus hijos. Ellos se dan a sí mismos mutuamente en su totalidad, exclusividad y permanencia”.

Una de las primeras figuras que escribió sobre el “matrimonio” homosexual, Evan Wolfson quien publicó el libro Por qué importa el matrimonio (2003) definió el matrimonio contrariamente a las enseñanzas de la Iglesia Católica o de la naturaleza como “una relación de interdependencia emocional y financiera entre dos personas legitimada por un compromiso público”.

Esta definición es notoria porque fue exactamente el lenguaje usado en 2018 durante el fallo que legalizó el “matrimonio” homosexual en California y más tarde ante la Suprema Corte de EEUU durante la decisión que legalizó este “matrimonio” en todo ese país.

Fr. Paul Sullins ante esto, dice: “El matrimonio conyugal de varón-mujer concibe que los derechos de los adultos estén en segundo lugar ante las necesidades de los menores, mientras que un “matrimonio” en la ‘relación comprometida’ de personas del mismo sexo, por el contrario, antepone los deseos de los adultos ante las necesidades de los menores”. Es decir, en esta relación, los niños son ‘externos’, son sólo un agregado, un deseo o capricho, de allí que “la parentalidad del mismo sexo no puede llegar a satisfacer lo que es mejor para los menores”.

La enseñanza católica afirma que dichas sociedades tienen mucho menos posibilidades de proveer hogares satisfactorios de crianza para los niños y las niñas. Y continúa Sullins: “Como ha mostrado la experiencia, la ausencia de complementariedad sexual en uniones del mismo sexo crea muchos obstáculos en el desarrollo normal de los niños y niñas que son colocados al cuidado de dichas personas. Estos niños serán privados de la experiencia ya sea de paternidad o de maternidad… en un ambiente que no los conduce a su completo desarrollo humano”.

El papa Francisco declara: “Los niños maduran viendo a su padre y a su madre; su identidad madura al confrontar el amor que se tienen su padre y su madre, percibiendo su diferencia”.

Sullins lo sigue y dice: “En el plan de Dios, cada niño y cada niña debería recibir el cuidado de las dos personas de cuyo amor conyugal ese niño es la expresión”. En Amoris Laetitia leemos: “Tanto la madre como el padre, ambos son necesarios para su desarrollo integral y armonioso”.

Sullins utiliza gráficas de estudios de investigación elaborados sobre las dificultades emocionales en los menores criados por padre y madre y otros criados por padres o madres lesbianas o gays.

Por falta de espacio en este breve artículo sólo mencionaré los porcentajes de problemas emocionales en menores de edad comparando familias del mismo sexo y del sexo opuesto (1997-2013) expuestos por Sullins en niños norteamericanos:

Problemas emocionales en menores de edad (porcentajes):

- Criados por padre y madre biológicos casados: 4.9%

- Criados por familia sustituta o con padrastro o madrastra: 8.2%

- Parejas en cohabitación: 9.5%

- Padre o madre soltero: 9.9%

- Pareja de personas del mismo sexo: 17.7%

Los resultados son bastante claros.

1) Los niños y niñas criados por su padre y madre tienen menor riesgo de problemas emocionales que aquellos con dos padres o dos madres del mismo sexo.

2) La salud emocional es muchísimo mejor en niños y niñas con padres biológicos casados como enseña la Donum Vitae. La salud emocional es peor en niños criados por parejas del mismo sexo.

Siguiendo a Sullins, “la sociedad actualmente tiende a alejarse de hogares con padre y madre biológicos presentes en la vida de los niños y hoy nos movemos hacia padres heterosexuales separados, recombinados, inestables o solteros”, lo cual es menos consistente con el designio de Dios.

“Los padres o madres del mismo sexo son la forma menos natural de todas las formas de familia”. Esto es una tendencia de lo más natural, hacia lo menos natural”.

 

Sólo los que aman dicen siempre

Blanca Sevilla

Nació la solidaridad de destinos y privilegios que había vislumbrado en los libros, en las novelas que la dejaron jugar con los sueños.

amor

Cuando se miró chiquita, diminuta, en sus pupilas; cuando le temblaron las manos en un nerviosismo inexplicale; cuando supo de esta realidad excepcional para seres de excepción, conoció también el significado de nosotros. Se miró en su mirada y confirmó su yo de siempre, magnificado; se sumergió en sus vivencias y una soledad la acogió para transformarlo todo.

Nació la solidaridad de destinos y privilegios que había vislumbrado en los libros, en las novelas que la dejaron jugar con los sueños.

Sintió la liberación del que ama, no del que recibe amor. Sus capacidades se ensancharon y se propuso mantenerse así, en una voluntad y una fe de creación constantes.

–¿Por qué tú? –se preguntó una y mil veces–. ¿Por qué yo?

La exactitud se hizo nada.

–El mejor momento es éste; si no entrego mis dones, mis talentos y mis capacidades, podrían aniquilarme. La soledad sola me permitió descubrirme, pero eso es insuficiente. Yo deseo la afirmación de plenitud y eternidad de la que habla Ignace Lepp.

Por supuesto que sabía del amor, ¿quién puede ignorarlo? Hubiera estado muerta si no lo encontrara en las líneas que le regalaron tantos hombres creativos.

–¿Por qué tú? –volvió a preguntarse-– ¿Por qué si eres un ser común, con errores y defectos?

–No voy a perder mis ímpetus ante ese misterio, ante ese móvil secreto que la razón no alcanza a explicar ni a comprender.

–Simplemente te conocí y es un privilegio –se dice–. ¿Cuántos hay, hombres comunes e insensibles, incapaces de inventar la vida, que pasan al lado del otro y sólo lo rozan, en una vulgaridad inexplicable?

–Tal vez te acogí porque adiviné en ti en ese germen de absoluto y de infinito que están en potencia, que constituyen una posibilidad; tal vez.

La calidad del amor se prueba en el fuego. Su permanencia, en la voluntad y en la esperanza de creación.

Por eso, sólo los que aman dicen siempre.

 

 

 

Canto a la Familia

Cuando se pregunta qué es lo más se quiere  y valora, la mayoría respondemos, sin titubeos: mi familia. Los vínculos que genera son los más fuertes e íntimos. Es nuestra cuna y la primera escuela, la que más hondo siembra. En ella nos criamos y es nuestro apoyo. Inyecta seguridad psicológica, favorecedora  de la salud mental. Es fuente de felicidad y una fuerza que nos impulsa a vivir. Aún en las menos perfectas, sus miembros se sienten protegidos y amados, y la ofensa más dolorosa que puedan recibir es el intento ajeno de desprestigiarla. Merece la pena que el hombre y la mujer que deciden formar una familia, se propongan  la armonía, la comprensión, la permanencia en el amor, y fijen unos objetivos esenciales de educación de los hijos. En un hogar en donde reina la fidelidad y el respeto,  brota la paz y todos, padres e hijos, gozan de un sentimiento firme de seguridad que lleva a afrontar, sin desgarros interiores, las crisis laborales y sociales que puedan presentarse. La familia es un don de Dios, y gran acierto es cuidarla y grave error minusvalorarla. Tanto atrae, que, para destruirla, sus enemigos  buscan denominar lo mismo a otras formas de convivencia; pero no convencen. El Papa Magno San Juan Pablo II decía: “La familia es base de la sociedad y el lugar donde las personas aprenden por vez primera los valores que les guían durante toda su vida. Esla única comunidad en la que todo hombre es amado por sí mismo, por lo que es y no por lo que tiene”.

Josefa Romo

 

 

La obsesión de “progresismo”

Esta eventualidad es la que más temor suscita entre el mundo empresarial en la medida que la obsesión de “progresismo” que afecta a toda la izquierda y que supone la mayor amenaza para la estabilidad económica que, ahora más que nunca, necesita el país. Hay otro factor de inquietud que acaso sea de mayor calado: el deterioro de las libertades públicas, entre ella de enseñanza y religiosa, esenciales en toda democracia, como consecuencia de unas políticas igualitarias, agitadas por una ideología sectaria que defienden por igual tanto Sánchez como su aparente rival Pablo Iglesias. Lo que acaso no ha comprendido todavía la izquierda española es que la igualdad que defiende la izquierda y la libertad que asume la derecha, pueden ser ideales perfectamente complementarios. De ahí que acaso haya llegado la hora de ensayar en España una gran coalición de izquierda y derecha, tanto más deseable cuanto más se agudizan los retos de los nacionalismos radicales.

Xus D Madrid

 

 

Campeona de la maternidad tardía

Según el último estudio de la oficina europea de estadística, Eurostat, España ocupa la primera posición en el ranking de maternidad tardía. El 8,8% de los nacimientos en España durante 2017 fueron ya de madres con 40 años o más. La reacción popular más habitual nos llevaría a buscar las causas en asuntos como la precariedad laboral y la situación económica, que retrasan a su vez la emancipación de los jóvenes. Pero lo cierto es que no siempre ha ocurrido así y de esas mismas causas no se han derivado necesariamente estas consecuencias.

Suso do Madrid

 

 

Sin gobierno funcionan mejor

                                Los italianos, que son maestros en sentencias contundentes, puesto que ese pueblo o pueblos, han pasado “las de Caín” a lo largo de su ya larga historia; tienen como frase contundente, la que sigue: “Cuando mejor funciona Italia es cuando el gobierno está dimitido”.

                                En Bélgica: Hace diez años y muchos de ustedes lo recordarán, en ese país siempre revuelto, por cuanto “valones y flamencos”, andan siempre a la greña; estuvo sin gobierno casi dos años… ¡Y en tan largo tiempo no pasó nada grave sino todo lo contrario! Como se demuestra por cuanto ocurriera y que ampliamente difundió la prensa; cuyo resumen les muestro a continuación:

                                “Bélgica acumula casi año y medio sin un Gobierno y todas sus decisiones las toma un gabinete en funciones. Sin embargo, y presiones sobre la deuda aparte, el país presenta unos datos económicos envidiables, con mejoras sustanciales en paro, déficit y hasta en el salario mínimo. El 14 de junio de 2010, el democristiano Yves Leterme se convirtió en el interino mejor pagado del mundo. Aquel día asumía el cargo de primer ministro en funciones de Bélgica, tras las elecciones generales celebradas el día antes y esperando su pronta salida, ya que los comicios los había ganado la Nueva Alianza Flamenca encabezada por Bart de Wever. Más de 500 días después, muy poco ha cambiado en política. El supuesto acuerdo al que llegaron nada menos que seis partidos distintos en septiembre ha vuelto a estallar por los aires y el rey Alberto II ya no sabe qué hacer para conseguir un acuerdo que deja la imagen belga por lo suelos. Todo lo contrario que la economía, que vuela bien alto en medio de las dudas de medio primer mundo. Si excluimos el mercado de deuda (la prima de riesgo belga es la siguiente a la española en el ranking respecto al bono alemán), desde el paro al déficit han mejorado con un Gobierno que tenía las manos atadas. Curiosamente, en cuanto los políticos belgas se han puesto a hablar de economía han vuelto a los problemas. El consenso alcanzado en septiembre se ha roto esta vez por la discusión sobre los Presupuestos de 2012. Así que vuelta a empezar. Pero, ¿cómo ha mejorado Bélgica sin medidas especiales de ajustes, subidas o bajadas de impuestos, recortes de funcionarios o reformas laborales? - Empecemos por el paro: al cierre de 2009, último año completo con un Gobierno normal al frente (aunque también año duro de la crisis financiera mundial), el desempleo en Bélgica se situó en el 8,2% de la población. Doce meses después, la mitad de ellos sin poder pleno en el Ejecutivo, bajó al 7,7%. El último dato disponible es de septiembre de 2011 y la tasa ha caído al 6,7%”.

                                Lo que muestra o demuestra todo ello, es que en esos dos países, tienen mecanismos de “defensa de los inútiles políticos”; seguro que una administración pública, digna de denominarse así; y la que llegado el momento, no necesita ni ministros y menos jefes de gobierno; “como una máquina oficial y bien engrasada, sigue su marcha y hace lo que se debe hacer”; o sea y más claro, que como aquí cuando hay elecciones, cambian hasta “las sillas de los conserjes” (empleo que en la mayoría de países modernos ya no existe), pues todo se paraliza, mientras los inútiles contendientes en política se dedican a exterminarse unos a otros; lo que nos dice que España, necesita una Administración Pública en todos sus estamentos, que sea verdaderamente profesional y que pueda marchar de la forma más conveniente, llegado estos momentos que como ahora, “los políticos andan a pedrada limpia los unos con los otros”.

                                O sea que en elecciones, sólo se debía elegir al presidente o alcalde y de ahí para abajo, que cada jefe elija sus colaboradores, pero dentro de los ya fijos en la administración pública; limitándoles eso tan nefasto que se dice de “libre disposición”; seguro que así, nos librábamos de tantísimo enchufado o nepotes que como parásitos, lo que hacen es comerse los presupuestos sin beneficio para el país, nación, o lo que esto sea ya.

                                La situación que hoy mismo vive España es de bochorno… ¿No se les cae la cara de vergüenza a los políticos, todos los políticos, que estén cobrando sin hacer nada o peor aún, poner obstáculos ante la cantidad de problemas que tiene el país? ¿Es que no son antes, mucho antes, los intereses de España y los españoles, que los que tan indignamente dicen representarnos? ¿Quién responde satisfactoriamente?

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes