Las Noticias de hoy 22 Julio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 22 de julio de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

Papa: sabiduría del corazón es combinar contemplación y la acción

Papa: el apostolado de la prevención es la clave contra los abusos

SANTA MARÍA MAGDALENA*: Francisco Fernandez Carbajal

“Los hijos son lo más importante”: San Josemaria

María Magdalena, cercana al Maestro: + Javier Echevarría

Vosotros sois la luz del mundo: Carlos Ayxelà

El desafío de la ecología esquizofrénica: Luis-Fernando Valdés

Aborto: ¿Puede haber algo más terrible para un país?: Acción Familia

La “Indiferencia Exasperante”: José Martínez Colín

Comunicar la fe con eficacia: Francisco Javier Pérez-Latre

La llamada universal a la santidad en la historia de la Iglesia: José Luis Illanes

‘Constancia inteligente’: Alfonso Aguiló

Por  los cuidados paliativos: Josefa Romo

Yo y la fuerza de la gravedad: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Papa: sabiduría del corazón es combinar contemplación y la acción

Antes de recitar la oración mariana del Ángelus, el Santo Padre comenta el pasaje del evangelista Lucas que narra la visita de Jesús a la casa de Marta y María. Y en el Tweet de hoy invita a pedir "la gracia de amar y servir a Dios y a los hermanos con las manos de Marta y el corazón de María”

María Cecilia Mutual - Ciudad del Vaticano

Contemplación y acción. La sabiduría del corazón está en el saber conjugar estas dos actitudes, siguiendo el ejemplo de María y Marta, que reciben a Jesús en casa. Lo afirmó el Papa Francisco antes de guiar la oración del Ángelus de este décimo sexto domingo del tiempo ordinario. Dirigiéndose a los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro no obstante el sol ardiente de julio, el Pontífice comenta el pasaje del Evangelio de san Lucas que relata la visita de Jesús a la casa de Marta y María, hermanas de Lázaro, recordando que María se sienta a los pies de Jesús para escucharlo, porque “no quiere perder ninguna de sus palabras” mientras a Marta “los servicios la cautivan”.

El Señor siempre nos sorprende

Francisco precisa que cuando el Señor viene a visitarnos a nuestra vida,  “todo debe ser dejado de lado”, porque “su presencia y su palabra están por encima de todo lo demás”. “El Señor siempre nos sorprende” – asegura – y “cuando realmente lo escuchamos, las nubes se disipan, las dudas dan paso a la verdad, los miedos a la serenidad, y las diferentes situaciones de la vida encuentran su justo lugar”.

Saber escoger la mejor parte

“Se trata de hacer una pausa durante la jornada, de recogerse en silencio para dar cabida al Señor que ‘pasa’ – prosigue Francisco - y encontrar el valor de permanecer un poco ‘al margen’ con Él, para volver después, con más serenidad y eficacia, a las cosas de la vida cotidiana”.

El Obispo de Roma afirma que Jesús, alabando el comportamiento de María, es como si repitiera a cada uno de nosotros:

“ No te dejes abrumar por las cosas que tengas que hacer, sino escucha ante todo la voz del Señor, para llevar a cabo bien las tareas que la vida te asigna ”

El carisma de la hospitalidad

El Papa comenta seguidamente las palabras de Jesús a Marta, que fue quien recibió a Jesús y “tenía el carisma de la hospitalidad”: "Marta, Marta, estás ansiosa y agitada por muchas cosas". Con estas palabras, - precisa Francisco - Él ciertamente no pretende condenar la actitud del servicio, sino más bien la ansiedad con la que a veces se la vive. También nosotros compartimos la preocupación de Santa Marta y, siguiendo su ejemplo, nos proponemos hacer que en nuestras familias y en nuestras comunidades se viva el sentido de la acogida, de la fraternidad, para que cada uno pueda sentirse "como en casa", especialmente los pequeños y los pobres".

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ÁNGELUS DEL 21 DE JULIO DE 2019

21/07/2019

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ÁNGELUS DEL 21 DE JULIO DE 2019

María y Marta nos muestran el camino

Por eso, continúa el Santo Padre, “el Evangelio de hoy nos recuerda que la sabiduría del corazón reside precisamente en saber combinar estos dos elementos: la contemplación y la acción”, y "si queremos saborear la vida con alegría", por una parte, "debemos ‘estar a los pies’ de Jesús, para escucharlo mientras nos revela el secreto de todo; y por otra, estar atentos y dispuestos a la hospitalidad, cuando Él pasa y llama a nuestra puerta, con el rostro del amigo que tiene necesidad de un momento de descanso y de fraternidad”.

De ahí su oración final: “Que María Santísima, Madre de la Iglesia, nos conceda la gracia de amar y servir a Dios y a los hermanos con las manos de Marta y el corazón de María, para que permaneciendo siempre en la escucha de Cristo podamos ser artesanos de paz y esperanza”.

Después de la oración mariana, antes de saludar a los peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro, el Papa quiso recordar los cincuenta años del alunizaje del hombre:

“ Queridos hermanos y hermanas, hace cincuenta años, como ayer, el hombre pisó la luna, realizando un sueño extraordinario. Que el recuerdo de este gran paso de la humanidad encienda el deseo de progresar juntos hacia metas aún mayores: más dignidad para los débiles, más justicia entre los pueblos, más futuro para nuestra casa común. ”

Seguidamente, saludó como de costumbre a los fieles presentes en la plaza, romanos y peregrinos, dirigiendo un saludo especial a  las novicias de las Hijas de María Auxiliadora procedentes de diversos países:

“Las saludo de manera especial y espero que algunas de ustedes irán a la Patagonia: ¡hay tanta necesidad de trabajar allí”. 

El cordial saludo del Papa fue también para los alumnos del Colegio Cristo Rey de Asunción (Paraguay); los seminaristas y a los formadores de la Obra Don Guanella de Iaşi (Rumania); los jóvenes de Chiry-Ourscamp (Francia) y a los fieles de Cantù. A todos ellos Francisco les deseó un feliz domingo, con la habitual recomendación: “no se olviden de rezar por mí”.

 

 

Papa: el apostolado de la prevención es la clave contra los abusos

 

Francisco dirige un video mensaje a los estudiantes de un curso sobre protocolos y procesos de prevención para la tutela de los menores, en programa hasta el 26 de julio en la Universidad Pontificia de México y subraya la importancia de la prevención, enseñada por Don Bosco

“La protección de los menores es un problema serio. Es un problema del que todos conocemos las vergüenzas que nos ha traído a la Iglesia, que miembros nuestros hayan intervenido, hayan actuado en estos delitos”: comienza así el video mensaje enviado por el Papa Francisco a los estudiantes del curso sobre protocolos y procesos de prevención para la protección del menor, organizado por el Centro de investigación y formación interdisciplinar para la protección del menor (CEPROME), en la Universidad Pontificia de México. Un curso – señala el Pontífice – “importante por todos los menores, para que nadie, nadie, abuse de ellos, nadie les impida llegar a Jesús”. Francisco se remite a las palabras de Jesús: “Dejen que vengan a mí” e indica que “cualquier persona, religioso, religiosa, laico, laica, obispo, cualquier persona, que impida llegar a Jesús a un chico, tiene que ser detenido en sus actitudes, corregido si estamos a tiempo, o castigado si hay delito de por medio”.

La prevención, un apostolado

Haciendo hincapié en el tema de la prevención el Santo Padre hace una comparación con las adicciones: “¿Cómo prevenir para que los chicos no caigan en la droga? Aquí es: ¿Cómo prevenir para que los chicos no sean abusados?”:

“ Prevenir para cuidar a los menores, es el apostolado de la prevención. ”

Seguir el sistema preventivo de don Bosco

Francisco recuerda que fue don Bosco quien “instituyó un modo de actuar en la educación que se lo llamó sistema preventivo", “muy criticado por las épocas más iluministas de la educación”.  “Después nos dimos cuenta que había un gran valor allí”,  “un valor fundamental” porque – alerta el Papa – “vos nunca sabés dónde te van a abusar un chico, dónde a un chico te lo van a desviar, donde le van a enseñar a fumar droga, que es una manera de corrupción, porque no pensemos solamente en abuso sexual, cualquier tipo de abuso, cualquier tipo de abuso”.

El Ceprome

El curso, con sede en las instalaciones de la Universidad Pontificia de México, fue inaugurado el pasado 1° de julio por el Nuncio Apostólico, Monseñor Franco Coppola, con una ponencia titulada “La Prevención del Abuso en la Iglesia Latinoamericana".

El Centro de investigación y formación interdisciplinar para la protección del menor (CEPROME),  nació de un convenio de colaboración, en 2016,  entre la Universidad Pontificia de México con el Centro de Protección a la Infancia, con sede en la Universidad Gregoriana de Roma. Esta institución dirigida por el sacerdote y psicólogo P. Daniel Portillo Trevizo, también tiene programado realizar este año el primer Congreso Latinoamericano sobre la Prevención del Abuso de Menores, del 6 al 8 de noviembre.

 

 

SANTA MARÍA MAGDALENA*

Memoria

— Nos enseña a buscar a Jesús en toda circunstancia.

— Reconoce a Jesús cuando la llama por su nombre. Su alegría ante Cristo resucitado.

— Es enviada por el Señor a los Apóstoles. La alegría de todo apostolado.

I. Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; // mi carne tiene ansia de ti, // como tierra reseca, agostada, sin agua1, leemos en el Salmo responsorial de la Misa.

Al cabo de veinte siglos resultan conmovedores la delicadeza, la fidelidad y el amor de María Magdalena por Jesús. San Juan nos narra en el Evangelio de la Misa2 cómo esta mujer se dirigió al sepulcro en cuanto se lo permitió el descanso sabático, cuando todavía estaba oscuro, en busca del Cuerpo muerto de su Señor. Él la había librado del Maligno3 y la gracia fructificó en su corazón, siguió fielmente al Maestro en algunos de sus viajes apostólicos y le sirvió generosamente con sus bienes. En los momentos terribles de la crucifixión permaneció en el Calvario4, cerca de quien la había curado de sus males. Es más, cuando depositaron a Jesús en el sepulcro, ella permaneció cerca haciéndole compañía, como hemos hecho nosotros quizá junto al cadáver de una persona amada. Lo consigna San Mateo: Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro5.

Pasado el sábado, al alborear el día primero de la semana6, se dirigió con otras santas mujeres al lugar donde se encontraba el Cuerpo de Jesús, para embalsamarlo. Pero el Señor ya no está allí: ¡ha resucitado! Ve la piedra corrida y el sepulcro vacío; entonces echó a correr, fue a Simón y al otro discípulo al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto7. Pedro y Juan salieron corriendo hacia el sepulcro vacío. San Juan nos cuenta que aquel momento fue definitivo en su vida: vio y creyó8. Ambos Apóstoles se volvieron de nuevo a casa9, pero María se quedó allí, llorando por la ausencia del Cuerpo del Maestro. Con una tristeza indefinible, sin creer aún en la Resurrección, persevera, no se quiere separar del lugar donde vio por última vez el Cuerpo adorable del Maestro.

Nosotros consideramos hoy «la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel de quien pensaba que se habían llevado. Por esto ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas»10. No dejemos nosotros de buscar siempre a Jesús; también en los momentos en los que, si el Señor lo permite, el desaliento o la oscuridad penetren en el alma. No olvidemos nunca que Él siempre está muy cerca de nuestra vida, aunque no lo veamos. Siempre está cercano, porque, como dice el Apóstol, «“Dominus prope est”! - el Señor me sigue de cerca. Caminaré con Él, por tanto, bien seguro, ya que el Señor es mi Padre..., y con su ayuda cumpliré su amable Voluntad, aunque me cueste»11.

II. Por su perseverancia en buscarle, por su gran amor, María Magdalena recibió el don de ser la primera persona a la que Jesús se apareció12. Al principio, María no reconoció a Jesús, a pesar de estar a su lado. San Juan nos dice que se volvió atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús13. A pesar de que le habló no se dio cuenta de que era Cristo ¡vivo! quien estaba a su lado: Mujer le dijo el Señor, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?14, Las lágrimas no la dejaban ver al Maestro, a quien adivinamos sonriendo, feliz con el encuentro, como cuando se dirige a nosotros, que le buscamos sin cesar, porque Él es el mismo entonces y ahora. Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde le has puesto y yo lo recogeré15. Entonces, Jesús la llamó por su nombre, con la entonación propia que el Maestro empleaba cuando se dirigía a ella. Jesús le dijo: ¡María!16. Todos los nubarrones, almacenados en su corazón desde tres días atrás, desaparecieron de golpe. «¡Cuántas penas interiores, cuántos tormentos del espíritu causados por un gran amor y para los que parecía no haber consuelo, se han deshecho como la espuma ante una sola palabra de Jesús!»17. ¡Tantas veces! Y como un río incontenible, como si todo hubiera sido una pesadilla, María le mira y le dice: Rabboni! ¡Maestro!18. San Juan ha querido dejarnos, como si fuera una realidad intraducible, el término hebreo, familiar, con el que tantas veces le llamó.

«Se le buscaba muerto comenta San Agustín-, y se presentó vivo. ¿Cómo vivo? La llama por su nombre: María, y ella responde al instante nada más oír su nombre: Rabboni. El hortelano pudo haber dicho “¿A quién buscas? ¿Por qué lloras?”; María, en cambio, solo Cristo podía decirlo. La llamó por su nombre el mismo que la llamó al reino de los cielos. Pronunció el nombre que había escrito en su libro: María. Y ella: Rabboni, que significa “Maestro”. Ya había reconocido a quien la iluminaba para que lo reconociera; ya veía a Cristo en quien antes había visto a un hortelano. Y el Señor le dijo: No me toques, pues aún no he subido a mi Padre (Jn 20, 17)»19.

¡Cómo desaparecen nuestros pesares cuando descubrimos a Jesús vivo, glorioso, que está a nuestro lado y que nos llama por nuestro nombre! ¡Qué alegría encontrarle tan próximo, tan familiar, poderle llamar con nuestro acento peculiar, que Él bien conoce! Nuestra oración es nuestra dicha más profunda. Y también el soporte donde se apoya la vida entera. No dejemos de buscarle si alguna vez no le vemos; si perseveramos, Él se hará encontradizo con nosotros y nos llamará por el apelativo familiar, y recobraremos la paz y la alegría, si la hubiéramos perdido. Una sola palabra de Jesús nos devuelve la esperanza y los deseos de recomenzar. No olvidemos, en ninguna situación, que «el día del triunfo del Señor, de su Resurrección, es definitivo. ¿Dónde están los soldados que había puesto la autoridad? ¿Dónde están los sellos, que habían colocado sobre la piedra del sepulcro? ¿Dónde están los que condenaron al Maestro? ¿Dónde están los que crucificaron a Jesús?... Ante su victoria, se produce la gran huida de los pobres miserables.

»Llénate de esperanza: Jesucristo vence siempre»20. También vence en nuestra vida, triunfa sobre aquellos defectos y flaquezas que podrían parecer inamovibles.

III. Después de consolar a María, Jesús le da un mensaje para los Apóstoles, a quienes llama con el apelativo entrañable de hermanos. Y fue María Magdalena y anunció a los discípulos: ¡He visto al Señor!, y a continuación les contó todo lo que había sucedido21. Nos imaginamos la alegría con que María pronunciaría estas palabras: ¡He visto al Señor! Es el gozo y alegría de todo apostolado en el que anunciamos a los demás, de mil formas distintas, que Jesús vive. Y comenta Santo Tomás de Aquino: «Por esta mujer, que fue la más solícita en reconocer el sepulcro de Cristo, se designa a toda persona que ansía conocer la verdad divina y, por tanto, es digna de anunciar a los demás el conocimiento de tal gracia, como María lo anunció a los discípulos, para que no deba ser reprendida por haber escondido el talento». Y concluye el Santo Doctor: «No se os ha concedido este gozo para que lo ocultéis en el secreto de vuestro corazón, sino para enseñarlo a los que aman»22, para publicarlo a los cuatro vientos. Quien encuentra a Cristo en su vida, lo encuentra para todos. La noticia de la Resurrección se propagó como un incendio en los primeros siglos; los cristianos eran conscientes de ser portadores de la Buena Nueva, los discípulos gozosos de Aquel que murió por todos y resucitó al tercer día, como había predicho. Eran un pueblo feliz en medio de un mundo triste; y su alegría, como la nuestra, procedía de estar cerca de Cristo vivo. El apostolado es siempre la comunicación de un mensaje alegre, el más gozoso de todos.

Hoy pedimos a Santa María Magdalena que nos alcance del Señor su amor y su perseverancia en buscarle. Y que ya que a ella, antes que a nadie, le confió la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual, nos conceda a nosotros la alegría de anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos23. Allí le contemplaremos, también a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, que nunca se ha separado de nuestro lado. Y veremos con particular gozo a todos aquellos a quienes anunciamos, a través tantas veces de la amistad, que Cristo resucitado sigue entre nosotros.

1 Salmo responsorial. Sal 62, 2. — 2 Jn 20, 1-2; 11-18. — 3 Lc 8, 2. — 4 Cfr. Mt 27, 56. — 5 Mt 27, 61. — 6 Cfr. Mt 28, 1. — 7 Jn 20, 2. — 8 Cfr. Jn. 20, 8. — 9 Jn 20, 10. — 10 Liturgia de las Horas, Segunda lectura. San Gregorio Magno. Homilías sobre los evangelios, 25, 1-2. — 11 Cfr. San Josemaría Escrivá, Surco, n. 53. — 12 Mc 16, 9 — 13 Jn 20, 14. — 14 Jn 20, 15. — 15 Jn 20, 15. — 16 Jn 20, 16. — 17 M. J. Indart, Jesús en su mundo, Herder, Barcelona 1963, p. 124. — 18 Jn 20, 16. — 19 San Agustín, Sermón 246, 3-4. — 20 San Josemaría Escrivá, Forja, Rialp, 2.ª ed., Madrid 1987, n. 660. — 21 Cfr. Jn 20, 18. — 22 Santo Tomás, en Catena Aurea, vol. VIII, p. 400. — 23 Cfr. Oración colecta de la Misa.

Era originaria de Magdala, pequeña ciudad de Galilea al noroeste del lago de Tiberíades. Formó parte del grupo de mujeres que seguía a Jesús y le atendía con sus bienes. Estuvo presente en el Calvario y, en la madrugada del día de Pascua, tuvo el privilegio de ser la primera, después de la Virgen, que vio al Redentor resucitado, a quien conoció cuando la llamó por su nombre. Su culto se extendió considerablemente en la Iglesia de Occidente durante la Edad Media. No parece probable que fuera la misma que aquella que derramó sobre los pies de Jesús un frasco de alabastro en casa de Simón el fariseo.

 

 

“Los hijos son lo más importante”

Hay dos puntos capitales en la vida de los pueblos: las leyes sobre el matrimonio y las leyes sobre la enseñanza; y ahí, los hijos de Dios tienen que estar firmes, luchar bien y con nobleza, por amor a todas las criaturas. (Forja, 104)

La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.
Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.
Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad ‑o la verdad entera‑ que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad. (Es Cristo que pasa, 27)

 

 

María Magdalena, cercana al Maestro

“La Magdalena irrumpe en el Evangelio con la fuerza de quien ama profundamente y desea amar siempre más”, escribió Mons. Javier Echevarría sobre esta gran figura del Evangelio, que nos proporciona una gran enseñanza: “Quien desea verdaderamente servir a la Iglesia, ante todo pone sus ojos en Cristo”.

Artículos21/07/2019

Opus Dei - María Magdalena, cercana al Maestro

Otros artículos: Textos para meditar sobre Santa María Magdalena | Quién fue María Magdalena? | ¿Qué relación tuvo Jesús con María Magdalena? | Decreto sobre la festividad de santa María Magdalena


A lo largo del año, la liturgia invita a los cristianos a recordar algunas de las figuras que siguieron de cerca a Cristo. Hacer memoria de los santos constituye un incentivo para revitalizar la propia vida cristiana, mirando a quienes —hombres o mujeres—, con su ejemplo y su intercesión, invitan al Pueblo de Dios a contemplar el futuro con esperanza segura.

El Papa Francisco, en este año de la misericordia, ha querido subrayar la relevancia de una gran figura, seguidora de Cristo, María Magdalena, disponiendo que su memoria litúrgica se eleve a la categoría de fiesta. Con tal decisión, el Santo Padre desea que el ejemplo de esta santa discípula de Jesús se halle más presente en la vida de piedad de la Iglesia.

Cercana a la Cruz, [María Magdalena] nos ofreció una lección de fortaleza; y luego, acudiendo a la tumba del Crucificado, no permitió que la esperanza se apagara en el mundo.

La Magdalena irrumpe en el Evangelio con la fuerza de quien ama profundamente y desea amar siempre más. De ella se escribe en el texto que Jesús había expulsado siete demonios, una afirmación que puede referirse a situaciones dolorosas, físicas o morales. En cualquier caso, el sufrimiento la condujo a Cristo y, desde entonces, no miró atrás. Comprendió que su caminar ya sólo tenía sentido si se gastaba al servicio de Dios y de los hermanos. Liberada de esos males, se muestra grande y generosa ante nuestros ojos, cuando —cercana a la Cruz— nos ofreció una lección de fortaleza; y luego, acudiendo a la tumba del Crucificado, no permitió que la esperanza se apagara en el mundo. ¡Gran discípula de Cristo fue María Magdalena!

Magdalena Penitente, de José de Ribera.Magdalena Penitente, de José de Ribera.

«Mujer, ¿por qué lloras?», le preguntó Cristo cuando había llegado a buscarle al sepulcro, para ungir su cadáver, y lo buscaba con pasión santa, con perseverancia. Como señaló muchas veces el fundador del Opus Dei, «sin Jesús no estamos bien». En 1964, en la memoria litúrgica de esta mujer, san Josemaría hizo su oración personal ante el Sagrario y, entre otras cosas, comentaba: «¡El sepulcro vacío! María Magdalena llora, hecha un mar de lágrimas. Necesita al Maestro. Había ido allí para consolarse un poco estando cerca de Él, para hacerle compañía, porque sin el Señor no merece la pena ninguna cosa. Persevera María en oración, le busca por todos los sitios, no piensa más que en Él. Hijos míos, frente a esa fidelidad, Dios no se resiste: para que tú y yo saquemos consecuencias; para que aprendamos a amar y a esperar de verdad».

En un primer momento, ella no reconoció al Maestro. Pero perseveró en su afán de encontrarle. Sólo al escuchar su nombre, con el acento personalísimo con que Jesús se dirige a cada uno, reconoce al Salvador. Y a ella, la primera entre los discípulos que vio al Resucitado, se le confía el primer anuncio de la resurrección: un mensaje que no ha cesado de difundirse desde entonces en el mundo. Una preciosa responsabilidad que recae ahora en cada uno de nosotros. ¡Cuántas veces se sirve el Señor de otras personas, para llamarnos a cada uno por nuestro nombre y comunicarnos también el encargo de darle a conocer a otras gentes!

Las mujeres del Evangelio —María Magdalena, Marta y María de Betania, Juana, Susana y Salomé—, sirvieron a Jesucristo con una lealtad que no siempre demostraron los discípulos. Ellas acompañaban al Maestro por los senderos de Palestina o lo alojaron en su hogar; lloraron a su lado en el camino de la Cruz; fueron con la Madre, Santa María, hasta el patíbulo; y quisieron honrar el cuerpo de Jesús tras la sepultura...

La mujer está convocada a contribuir a la misión de la Iglesia con su inteligencia, su sensibilidad y fortaleza, su piedad, su celo apostólico y su afán de servicio, su capacidad de iniciativa y su generosidad

Hoy como entonces, la mujer está convocada a contribuir a la misión de la Iglesia con su inteligencia, su sensibilidad y fortaleza, su piedad, su celo apostólico y su afán de servicio, su capacidad de iniciativa y su generosidad. Pero, por encima de todo, puede contribuir —como los demás fieles cristianos— con su santidad personal. Esta es la enseñanza primordial de la vida de María Magdalena: quien desea verdaderamente servir a la Iglesia, ante todo pone sus ojos en Cristo, le sigue de cerca por los caminos de la tierra, con fidelidad total, incluso cuando los demás huyen ante la aparente victoria del mal.

La humanidad necesita mujeres y hombres así: capaces de acudir sin cansancio a la misericordia divina, leales al pie de la Cruz.

El próximo 22 de julio supone una ocasión para recordar la vida de la Magdalena, que viene a presentarse como el resumen de la biografía de cada cristiano: comenzar y recomenzar, con humildad; amar a Cristo; confiar en Él pese a las sombras que, a veces, quizá oscurezcan el camino; servir a los demás con empeño creciente, en el lugar donde nos ha tocado vivir. La humanidad necesita mujeres y hombres así: capaces de acudir sin cansancio a la misericordia divina, leales al pie de la Cruz, atentos a escuchar —en las tareas ordinarias de cada jornada— el propio nombre de los labios del Resucitado.

+ Javier Echevarría

Prelado del Opus Dei


Cuando el Papa Francisco elevó la memoria litúrgica de María Magdalena (22 de julio) a categoría de fiesta, Mons. Javier Echevarría escribió un texto sobre la discípula de Cristo, anunciadora del Resucitado.

 

 

Vosotros sois la luz del mundo

La fe es un regalo de Dios que nos cambia la vida. La serie de editoriales que ahora comenzamos con el título “La luz de la fe” —dirigida a creyentes, vacilantes y no creyentes abiertos a Dios— desea ayudar a descubrirlo, y a compartir el hallazgo.

La luz de la fe09/05/2017

Opus Dei - Vosotros sois la luz del mundo

«El pueblo que yacía en tinieblas ha visto una gran luz; para los que yacían en región y sombra de muerte una luz ha amanecido» (Mt 4,16). De la mano del profeta Isaías, san Mateo presenta bajo el signo de la luz el inicio de la actividad apostólica del Señor en Galilea, tierra de transición entre Israel y el mundo pagano. Jesús, como profetizaba el anciano Simeón décadas antes con el Niño entre sus brazos, es «luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32). Lo dirá el Señor de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Con la luz de la fe, con la luz que es Él, la realidad adquiere su verdadera profundidad, la vida encuentra su sentido. Sin ella, al final parece que «todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija»[1].

Son muchas las personas que, a veces sin saberlo, buscan a Dios. Buscan su felicidad, que solo pueden encontrar en Dios, porque su corazón está hecho por Él y para Él. «Ya estás tú en sus corazones —reza San Agustín—, en los corazones de los que te confiesan, y se arrojan en ti, y lloran en tu seno a vista de sus caminos difíciles (…) porque eres tú, Señor, y no un hombre de carne y sangre; eres tú, Señor, que los hiciste, quien los restablece y consuela»[2]. Sin embargo, también hay quienes esperan encontrar la felicidad en otra parte, como si el Dios de los cristianos fuera un competidor de sus ansias de felicidad. En realidad, le están buscando a Él: se encaran solo «con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina»[3].

Son muchas las personas que, a veces sin saberlo, buscan a Dios: su corazón está hecho por Él y para Él.

—«¿Crees tú en el Hijo del Hombre?» —pregunta Jesús al ciego de nacimiento, que ha recobrado ya la vista. —«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» (Jn 9,35s). En todos los rincones del mundo hay hombres y mujeres que, en el fondo de la indiferencia u hostilidad que puedan mostrar hacia la fe, esperan quien les indique dónde está Dios, dónde está el que puede iluminar sus ojos y saciar su sed. Retratan bien su situación unas palabras que san Ireneo escribe sobre Abrahán: «Cuando, siguiendo el ardiente deseo de su corazón, peregrinaba por el mundo preguntándose dónde estaba Dios, y comenzó a flaquear y estaba a punto de desistir en la búsqueda, Dios tuvo piedad de aquel que, solo, le buscaba en silencio»[4]. A cada uno de ellos debemos llegarnos los cristianos, con el convencimiento humilde y sereno de que sabemos de Aquel a quien buscan (cfr. Jn 1,45s; Hch 17,23), aunque también nosotros constatemos tantas veces que aún no le conocemos bien. A todos los cristianos el Señor nos dice: «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14); «dadles vosotros de comer» (Mt 14,16).

Levadura de esta masa

El Evangelio «es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar»[5], porque alcanza a «iluminar toda la existencia del hombre»[6], a diferencia de los saberes humanos, que solo consiguen esclarecer algunas dimensiones de la vida. Sin embargo, esta luz que «brilla en las tinieblas» (Jn 1,5) se encuentra con frecuencia con la frialdad de un mundo que tiene por real solamente lo que se puede ver y tocar, lo que se deja ver a la luz de la ciencia o del consenso social. Por una inercia cultural de siglos, la fe se percibe a veces como «un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás»[7].

Sin embargo, también aquí hay motivos para el optimismo. Benedicto XVI constataba ya hace unos años cómo la ciencia ha empezado a tomar conciencia de sus límites: «muchos científicos dicen hoy que de alguna parte tiene que venir todo, que debemos volver a plantearnos esa pregunta. Con ello vuelve a crecer también una nueva comprensión de lo religioso, no como un fenómeno de naturaleza mitológica, arcaica, sino a partir de la conexión interior del Logos»[8]: poco a poco va quedando atrás la idea, demasiado simple, de que creer en Dios es un recurso para cubrir lo que no sabemos. Se abre camino una concepción de la fe como la mirada que logra dar mejor cuenta del sentido del mundo, de la historia, del hombre y, a la vez, de su complejidad y misterio[9].

El Evangelio «es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar» (Papa Francisco)

Estas nuevas perspectivas traen consigo un desafío para la teología, la catequesis y, en definitiva, el apostolado personal: «la religiosidad tiene que regenerarse de nuevo en este gran contexto y encontrar así nuevas formas de expresión y de comprensión. El hombre de hoy no comprende ya sin más que la sangre de Cristo en la cruz es expiación por sus pecados (…); se trata de fórmulas que hay que traducir y captar de nuevo»[10]. En efecto, es tarea de la teología no solo profundizar en los distintos aspectos de la fe, sino también acercar cada generación al Evangelio. La teología y la catequesis no deben contemporizar, en el sentido de rebajar la fe a las miopías de cada época, pero están llamadas a hacer contemporáneo a Cristo: a acoger las inquietudes, el lenguaje y los desafíos de cada momento, no como un mal menor, sino como la materia y el ambiente en que Dios espera que hagamos un pan sabroso, un pan para alimentar a todos (cfr. Mt 14,16). «Fuimos invitados a ser levadura de esta masa concreta. Es cierto podrán existir “harinas” mejores, pero el Señor nos invitó a leudar aquí y ahora, con los desafíos que se nos presentan. No desde la defensiva, no desde nuestros miedos sino con las manos en el arado, ayudando a hacer crecer el trigo tantas veces sembrado en medio de la cizaña»[11].

La atención a la sensibilidad del presente no viene a añadirse desde fuera a la fidelidad al Evangelio, sino que forma parte esencial de ella. Para proteger la fe, para vivirla con sentido, y para ir por todo el mundo enseñándola (cfr. Mc 16,15), se hace necesario recibirla hoy de nuevo, percibirla y hacer que los demás la perciban como lo que verdaderamente es: un don de Dios que nos cambia la vida, que la llena de luz. «Algunos pasan por la vida como por un túnel, y no se explican el esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe»[12]. El esfuerzo por mostrar esa luz y calor de la fe está transido de una solicitud sincera por hacerse cargo de las perplejidades y las dudas de nuestros coetáneos, sin considerarlas de antemano como impertinencias o complicaciones. Así uno se pone en mejores condiciones de encontrar, en cada caso, las palabras adecuadas. Hay personas, escribía San Josemaría, «que no saben nada de Dios..., porque no les han hablado en términos comprensibles»[13]. Cuando alguien no entiende, puede ser porque quien les habla tampoco ha comprendido lo que explica, o no se ha hecho cargo de sus inquietudes, y habla, quizá sin querer, de un modo abstracto y despegado. A la vez, es bueno no olvidar que «nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz (…). Hay cosas que solo se comprenden desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos»[14].

Los católicos pueden verse a veces criticados como gente de miras estrechas, por el hecho de que no se pliegan a ciertos postulados que el mundo da por buenos. Sin embargo, si no dejan que les invada el miedo o el resentimiento ante las descalificaciones, si procuran desentrañar la inquietud o la herida que late en una respuesta airada, si no se cansan de pensar nuevos modos de dar cuenta de su visión del mundo, de hecho serán reconocidos, cada uno a su nivel, como personas con «amplitud de horizontes (…); una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento (…); una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[15].

El lenguaje que mueve no es necesariamente el del gran orador, sino el de quien habla, desde su modo de ser, con sus palabras, de su experiencia de la fe.

La serie de editoriales que ahora inicia se propone ilustrar cómo la fe responde a las aspiraciones más profundas del corazón del hombre del siglo XXI, cómo Cristo, en enseñanza del Concilio Vaticano II, «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[16]. Se quiere prestar atención a las dificultades que muchas personas encuentran —incluso cristianos con buena formación— para comprender el sentido de determinados aspectos de la fe, y para explicarlos a otros cuya fe se ha enfriado, o que querrían acercarse a ella. Se dirige, por tanto, a un público amplio: creyentes, vacilantes y no creyentes con apertura, quizá latente, a la fe. Las distintas cuestiones se abordan sin pretensión de exhaustividad, centrando el esfuerzo en recuperar accesos, en trazar nuevos caminos hacia puntos que pueden resultar menos claros hoy: mostrando, en fin, cómo la fe ilumina la realidad, y cómo se puede vivir la propia vida bajo esa luz. ¿Qué significa para mi vida, por ejemplo, que Jesucristo haya resucitado, o que Dios sea una Trinidad de personas? ¿En qué sentido la fe en la creación cambia la visión de la realidad? ¿Si el más allá no es un lugar físico, cómo pensar que sea tan real como el suelo que piso?

Donde está tu síntesis

Quien sigue un partido de tenis por la televisión no mejora con eso su forma física o su técnica: solo al jugar en la cancha entran en movimiento la técnica, el estilo, el golpe. De modo análogo, la formación doctrinal no se limita al acopio de conocimientos o de argumentos. Nos podemos beneficiar mucho de lo que leemos o estudiamos, pero no basta con retener: es necesario elaborar una comprensión propia de las cosas, hacerlas nuestras. «El estudio de la teología, no rutinario ni simplemente memorístico, sino vital, ayuda en gran medida a que lleguen a ser plenamente connaturales a la inteligencia las verdades de nuestra fe y a aprender a pensar en la fe y desde la fe. Sólo así se está en condiciones de valorar las múltiples cuestiones, en ocasiones complejas, que suscitan las ocupaciones profesionales y el desarrollo de la sociedad en su conjunto»[17].

La caridad, el amor fraterno, por el que vemos en cada hombre un hermano, es sin duda el testimonio más auténtico y luminoso de la fe: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros» (Jn 13,35). Cuando una persona se sabe querida de verdad, sin reservas, adivina el Amor de quien «nos amó primero» (1 Jn 4,19), un Amor que no es de este mundo, porque pasa por encima de tantas cosas —errores, antipatías, timidez, desconocimiento— que en el mundo llevan a la gente a ignorarse o a despreciarse. «A Dios se le puede ver con el corazón: la simple razón no basta»[18]: si la caridad, que habla al corazón, hace visible a Dios, su falta desdibuja su presencia en el mundo, y deslegitima al evangelizador; hace de él un falso profeta (Cfr. Mt 7,15). Sin embargo, la autenticidad que se espera hoy de un cristiano no se limita al testimonio de la caridad: se refiere también, en una medida importante, al modo personal y natural en que habla de Dios. Si uno tiene el hábito de pensar y de explicarse su propia fe, si ese diálogo interior nutre su oración y se nutre de ella, al hablar de Dios no transmitirá solo nociones teológicas o doctrinales: hablará de su experiencia, la de alguien que vive con Él y de Él. Por contraste, decía san Agustín, «pierde el tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior»[19]. Escuchar la Palabra de Dios es dejar que modele nuestro modo de pensar, de hablar, de vivir; que ilumine nuestras situaciones, intereses, encuentros; que se haga, en definitiva, nuestra.

Las ideas de otros pueden ayudarnos mucho, pero no basta con hacer acopio de ellas si queremos hablar de corazón a corazón.

«Donde está tu síntesis, allí está tu corazón», escribe el Papa, parafraseando una frase del Señor (cfr. Mt 6,21): «la diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón»[20]. El lenguaje que mueve no es necesariamente el del gran orador, sino el de quien habla, desde su modo de ser, con sus palabras, de su experiencia de la fe. Por eso la formación doctrinal no está llamada a discurrir en un sector de nuestro saber, aislado del resto, sino a dialogar con todo lo que vivimos y somos, de modo que aun tomando tantas formas como personas, se pueda reconocer el mismo Espíritu en todas ellas. Así lo vemos en los santos, que nos hablan de Dios de mil modos, y así sucede con tantos santos escondidos. Si cada época —hoy quizá más— tiene sus Babeles, marañas de voces enfrentadas o discordantes (cfr. Gn 11,1-9), la pluralidad de lenguas del Espíritu Santo sigue ensanchándose en una «nueva Pentecostés»[21] allí donde hay cristianos que le escuchan, porque «si el Espíritu Santo no da interiormente la inteligencia, el hombre trabaja en vano (...): si el Espíritu Santo no acompaña el corazón del que oye, será inútil la palabra del doctor»[22].

Intenta beber de tu propia fuente

Se ha dicho que la cultura es lo que queda cuando uno olvida lo que estudió: es aquello que crece al cultivar la tierra de nuestra alma. «Nuestra formación no termina nunca»[23], solía decir san Josemaría: es necesario estudiar durante toda la vida, y hacerlo con la mentalidad evangélica y evangelizadora del agricultor (cfr. Mt 13,3-43). El cultivo es un trabajo paciente y sostenido, pero lleno de gratificaciones, cuando salen los primeros brotes, y cuando llegan los frutos. Junto al diálogo con Dios en la oración, y la disposición a conversar con los demás, facilita mucho ese cultivo la reflexión personal, por la que se adquiere una voz propia, auténtica, abierta. En ese diálogo interior, es necesario arar, sembrar, regar: ir dando forma a las ideas, buscar las palabras, aunque a veces salgan solo balbuceos. Las ideas de otros pueden ayudarnos mucho, pero no basta con hacer acopio de ellas si queremos hablar de corazón a corazón.

No se trata, pues, solamente de saber cosas, según una noción meramente cuantitativa del saber, sino de adquirir y renovar una mirada penetrante y apasionada sobre la realidad en toda su amplitud, es decir, con los demás y con Dios. La comprensión de la fe es tarea para cada uno, con sus modos: la profesora universitaria, el trabajador manual, la asistenta social, el auditor. Esta tarea intransferible no se añade al interés por conocer la fe, sino que le da forma: es una actitud por la que uno procura hacer suyo lo que oye, no solo en las obras, sino también en las ideas, en el lenguaje. «Soy un hombre de este tiempo si vivo sinceramente mi fe en la cultura de hoy, siendo uno que vive con los medios de comunicación de hoy, con los diálogos, con las realidades de la economía, con todo, si yo mismo tomo en serio mi propia experiencia e intento personalizar en mí esta realidad. Así estamos en el camino de hacer que también los demás nos entiendan. San Bernardo de Claraval, en su libro de reflexiones a su discípulo el Papa Eugenio, dijo: intenta beber de tu propia fuente, es decir, de tu propia humanidad. Si eres sincero contigo mismo y empiezas a ver en ti qué es la fe, con tu experiencia humana en este tiempo, bebiendo de tu propio pozo, como dice san Bernardo, también puedes decir a los demás lo que hay que decir»[24].

Aunque el cristiano tiene la responsabilidad de defender la fe, su espíritu de fondo no es el de quien recupera un espacio perdido, sino el de quien se sabe parte de una serena conquista.

Quien se conduce así aprende de todas las conversaciones, no se arredra ante las objeciones, sino que las acepta como retos para comprender mejor su propia fe, para hacerse cargo de cómo piensan los demás, para percibir con ellos sus vértigos. Quien vive así escucha mucho, aprende con todos y de todos; concibe el diálogo, más que como una lucha por afianzar posiciones y rebatir argumentos, como un baile, en el que todo puede cooperar a esclarecer la realidad, aunque no sea siempre por la línea recta. «Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo»[25].

Aunque el cristiano tiene la responsabilidad de defender la fe, su espíritu de fondo no es el de quien recupera un espacio perdido, sino el de quien se sabe parte de una serena conquista. Sabemos dónde está la felicidad que busca nuestro corazón y el de todos los hombres y mujeres. Y la buscamos con ellos: «de ti piensa mi corazón: “Busca su rostro”» (Sal 27,8). Qué paz nos da esa certeza, para dialogar con todos, como hermanos que buscan a quien yo busco, que comparten conmigo mucho más de lo que piensan; para crecer con ellos, sabiendo que a su tiempo se hará la luz: nuestros amigos descubrirán «ubi vera sunt gaudia», dónde se encuentra la verdadera alegría[26], y nosotros lo redescubriremos con ellos.

Carlos Ayxelà

*****

Lecturas para profundizar

Sigue una lista, no exhaustiva, de libros, artículos y documentos acerca del modo de hablar de la fe hoy. Se indican en primer lugar algunos textos del Magisterio reciente y de otros organismos de la Iglesia, y después textos de otros autores. En las próximas entregas de esta serie se indicarán también textos específicos sobre los respectivos temas.

Francisco, Enc. Lumen Fidei, 29-VI-2013.

Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, esp. capítulo 3, “El anuncio del evangelio”.

Francisco, Catequesis en el Año de la Fe, de marzo a diciembre 2013 (disponibles en vatican.va)

Benedicto XVI, Catequesis en el Año de la Fe (octubre 2012 – febrero 2013, disponibles en vatican.va; p.ej. “¿Cómo hablar de Dios?”, 28-XI-2012 [leer]; “El deseo de Dios”, 7-XI-2012 [leer]).

San Juan Pablo II, Carta Ap. Novo Millennio Ineunte, 6-I-2001 (leer)

San Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo (marzo 1985 – noviembre 1997, disponibles en vatican.va, pdb)

Beato Pablo VI, Ex. Ap. Evangelii Nuntiandi, 8-XII-1975 (leer).

Catecismo de la Iglesia Católica (vatican.va, intratext) y Compendio del Catecismo (ebook)

Consejo Pontificio de la Cultura ¿Dónde está tu Dios? La fe cristiana ante la increencia religiosa, Valencia: Edicep, 2005 (leer).

Consejo Pontificio de la Cultura La vía pulchritudinis, camino de evangelización y de diálogo (leer).


Babendreier, J. La fe explicada hoy, Rialp, 2016 (The Faith Explained Today: Popular Edition)

Barron, R. Catolicismo: un viaje al corazón de la fe, Doubleday, 2013; disponible también en dvd (Catholicism: a Journey to the Heart of the Faith).

Biffi, G. Corso inusuale di catechesi (3 vols.) Elledici, 2006.

Burggraff, J. “La transmisión de la fe en la sociedad postmoderna”, en Burggraff, J. La transmisión de la fe en la sociedad postmoderna y otros escritos, Eunsa, 2015 (disponible en opusdei.org).

Chaput, Ch. Strangers in a Strange Land. Living the Catholic Faith in a Post-Christian World, Henry Holt, 2017.

Dolan, T. – Allen J. Un pueblo de esperanza. Conversaciones con Timothy Dolan, Palabra, 2015 (A People of Hope. The Challenges facing the Catholic Church and the Faith that can save it).

Hadjadj, F. La suerte de haber nacido en nuestro tiempo, Rialp, 2016 (L’aubaine d’être né en ce temps).

Hadjadj, F. ¿Cómo hablar de Dios hoy? Anti-manual de evangelización, Nuevo Inicio, 2013 (Comment parler de Dieu aujourd’hui? Anti-manuel d’évangelisation).

Hahn, S. La evangelización de los católicos. Manual para la misión de la Nueva Evangelización, Palabra, 2014 (Evangelizing Catholics).

Hahn, S. - Socías, J. La fe cristiana explicada. Introducción al catolicismo, Edibesa - MTF, 2015 (Introduction to Catholicism for Adults)

Ivereigh, A. - De la Cierva, Y. Cómo defender la fe sin levantar la voz. Respuestas civilizadas a preguntas desafiantes, Palabra, 2016 (Ivereigh, A. - Lopez, K. J. How to Defend the Faith without Raising your Voice).

San Josemaría, “Sed amigos sinceros y realizaréis un apostolado y un diálogo fecundos”, ABC, 17-V-1992 (leer).

Knox, R. El Credo a cámara lenta, Palabra, 2000 [3ª ed.] (The Creed in Slow Motion).

Lewis, C.S. Mero cristianismo, Rialp, 1995 (Mere Christianity).

Mora, J.M. “10 claves para comunicar la fe”.

Ratzinger, J. Dios y el mundo: creer y vivir en nuestra época, Galaxia Gutenberg, 2002 (Gott und die Welt. Glauben und Leben in unserer Zeit).

Ratzinger, J. “La nueva evangelización”, Conferencia en el Congreso de Catequistas y Profesores de Religión, Roma 10-XII-2000 (leer).

Trese, L.J. La fe explicada, Rialp, 2014 [28ª ed.] (Faith Explained).


[1] Francisco, Enc. Lumen Fidei (29-VI-2013), 3.

[2] San Agustín, Confesiones V.2.2.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 179.

[4] San Ireneo de Lyon, Demostración de la predicación apostólica, 24 (Sources Chrétiennes 406, 117).

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium (24-XI-2013), 265.

[6] Francisco, Lumen Fidei, 4.

[7] Francisco, Lumen Fidei, 4.

[8] Benedicto XVI, Luz del mundo, Herder, Barcelona 2010, 145.

[9] Cfr. Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12-IX-2006.

[10] Benedicto XVI, Luz del mundo, 145.

[11] Francisco, Homilía, 2-II-2017.

[12] San Josemaría, Camino, 575.

[13] San Josemaría, Surco, 941.

[14] Francisco, Evangelii Gaudium, 42.

[15] Surco, 428.

[16] Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes (7-XII-1965), 22.

[17] Javier Echevarría, Carta Pastoral con ocasión del Año de la Fe (29-XI-2012), 35.

[18] Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración, La esfera de los libros, Madrid 2007, 121.

[19] San Agustín, Sermón 179, 1.1.

[20] Francisco, Evangelii gaudium, 143.

[21] Surco, 213. Cfr. Hch 2,1-13.

[22] Santo Tomás de Aquino, Super Evangelium S. Ioannis, 14.6.

[23] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 18-VI-1972 (citado en J. Echevarría, Carta sobre la nueva evangelización, 2-X-2011).

[24] Benedicto XVI, Discurso, 26-II-2009 (cfr. San Bernardo, De consideratione libri quinque ad Eugenium tertium, II.3.6. [PL 182, 745]).

[25] Francisco, Evangelii gaudium, 142.

[26] Misal Romano, domingo XXI del tiempo ordinario, oración colecta

 

El desafío de la ecología esquizofrénica

Luis-Fernando Valdés

Eldesafiodelaecologia

Se han realizado grandes esfuerzos educativos para remediar la situación global de la ecología, pero los resultados no han sido tan significativos. ¿Por qué la actual educación ecológica no ha conllevado un mejoramiento del medio ambiente?

  1. El problema de fondo. Una de las principales causas de la destrucción del medio ambiente es el comercio desmedido, que exige cada vez mayor cantidad de materias primas para satisfacer a millones de consumidores insaciables.

Otro factor menos perceptible quizá del deterioro ecológico es el predominio de una cultura individualista que, por estar centrada en sus propios intereses, deja de lado las necesidades de las personas que padecen hambre, enfermedad o pobreza.

En ambos casos, no es suficiente dar información ecológica para que mejore la situación. Más bien, se requiere un cambio de hábitos tanto de consumo como de respeto a la vida. Sin embargo, el modelo educativo actual genera una especie de “esquizofrenia”, pues muchas personas que se consideran a sí mismas como ecológicas son simultáneamente consumistas y/o no respetan la dignidad humana.

  1. Hábitos de consumo. Un primer aspecto en el que es muy notoria esta dualidad entre lo que se piensa y el modo práctico de vivir y que conlleva la destrucción de bosques, ríos y mares es el consumismo, entendido como comprar productos por mera moda o sin una clara necesidad.

El Papa Francisco, en su encíclica “Laudato Si’”, enfrenta al consumismo como fuente de la actual crisis ecológica, y resalta la dualidad de conducta de algunos, que aunque saben que la compra de productos no basta para hacerlos felices, “no se sienten capaces de renunciar a lo que el mercado les ofrece” (n. 209).

  1. Respeto al ser humano. El núcleo de la ecología es el respeto al hombre mismo, que es el centro de todo ecosistema y de toda sociedad. De hecho, nuestra civilización occidental está basada en el respeto a la dignidad de cada persona.

Sin embargo, también en este ámbito sucede lo que el mismo Papa considera un estilo de vida “esquizofrénico”, porque “se preocupa por la protección de los animales en extinción, pero ignora los problemas de los ancianos”; o también porque “defiende el bosque amazónico, pero se olvida de los derechos de los trabajadores a un salario justo”. (Discurso, 5 feb. 2018)

  1. Hacia un nuevo estilo de vida. La raíz de esta dualidad o esquizofrenia ecológica consiste en que la educación ecológica actual se basa en sólo dar información, pero no en implementar un modo de vida estable basado en el sentido de responsabilidad.

Según Francisco, se trata de crear una “ciudadanía ecológica”, que sin limitarse a informar logre desarrollar hábitos (LS, 210). Es decir, “educar en un estilo de vida basado en una actitud de cuidado de nuestra casa común que es la creación” (Discurso cit.).

Más allá de la mera propaganda verde, esta nueva ciudadanía debe “despertar el placer de experimentar una ética ecológica partiendo de elecciones y gestos de la vida cotidiana” (Ibídem). 

Epílogo. La educación ecológica se enfrenta hoy a un gran desafío, el de superar la esquizofrenia que ha sido generada al reducir la educación a la mera información, pues esta reducción ha suscitado una generación de personas que defienden la ecología como idea, pero que quizá no están dispuestas a cambiar sus hábitos consumistas o a abandonar sus actitudes poco solidarias.

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Aborto: ¿Puede haber algo más terrible para un país?

«Cuando en la sociedad civil es desterrada la religión y aún repudiada la doctrina y autoridad de la misma Revelación, también se obscurece y aún se pierde la verdadera idea de la justicia y del derecho, en cuyo lugar triunfan la fuerza y la violencia”.

Vista de Santiago de Chile

Si el Estado legaliza el derecho de algunos a solicitar o practicar el aborto, actúa de forma arbitraria, falta a un deber y se arroga un poder que no le pertenece, socavando las bases jurídicas de la Nación

Frecuentemente escuchamos preguntas como esta: ¿Por qué será necesario tomar en consideración la enseñanza de la Iglesia al legislar en materia de aborto?

Hay que considerar que el derecho a la vida, como todos los derechos fundamentales del hombre, se asienta en el carácter universal y trascendente de la naturaleza humana y, por ello, es anterior y superior a toda ordenación jurídica positiva.

Es decir:

“No es el reconocimiento por parte de otros lo que constituye este derecho; exige ser reconocido y es absolutamente injusto rechazarlo”. [1]

En consecuencia, si el Estado legaliza el derecho a solicitar o a practicar el aborto, actúa de forma arbitraria; falta a un deber y se arroga un poder que no le corresponde, socavando las bases jurídicas de la Nación.

Baje gratuitamente el libro «55 Preguntas y respuestas contra el aborto».

Legislando al margen de la ley natural y divina

Por otra parte, es necesario comprender la gravedad que conlleva legislar al margen de la ley natural y divina, ignorando la autoridad de la Iglesia Católica en estas materias.

Cuando en su país se encendió la polémica del aborto, el conocido pensador católico brasileño, Plinio Corrêa de Oliveira, así lo explicó en una entrevista periodística:

“La Iglesia Católica fue instituida por Nuestro Señor Jesucristo como maestra de la moral. Excluirla de cualquier asunto de naturaleza moral es excluir al mismo Jesucristo, lo que desgraciadamente no es raro que ocurra en los medios de comunicación de nuestros días. (…)

“El derecho de la Iglesia a ser oída no le viene de la mayoría sino de la autoridad del mismo Jesucristo, el cuál fue igualmente Maestro cuando la multitud lo glorificaba cantando: ‘¡Hosanna al Hijo de David!’, como cuando vociferaban: ‘¡Crucifícalo!’.

“Negarle al Divino Maestro ese derecho, es obviamente mucho más censurable en un país católico en el cual la inmensa mayoría dispone de medios, inclusive pacíficos y enteramente legales, para conseguir que su voz nunca sea rechazada u omitida. (…)

“¡Cada aborto constituye un asesinato! (…)

“En la medida en que la impunidad legal permita que en Brasil el aborto se introduzca en nuestras costumbres, el número de asesinatos se multiplicará indefinidamente. “Todo esto hace correr un río de pecados que gritan y claman al cielo por venganza. Esta enérgica expresión la encontramos hasta en los Catecismos.

“¿Puede haber algo más terrible para un país?

“En el plano social, los efectos del aborto son claros. Por una parte, la ausencia de frutos en las llamadas ‘uniones libres’ sólo contribuye a multiplicarlas. Por otra parte, el aborto debilita los vínculos del matrimonio. En efecto, cuanto más numerosos son los hijos, tanto más se robustecen los vínculos afectivos y morales entre los padres.

“Todo esto constituye un factor más que debilita al matrimonio y a la familia, y, por tanto, a toda la sociedad brasileña” [2]

La enseñanza de la Iglesia

Beato Pío IX

Cuando en la sociedad civil es desterrada la religión se obscurece y aún se pierde la verdadera idea de la justicia y del derecho

Ya el Beato Pío IX había enseñado en el mismo sentido que:

«Cuando en la sociedad civil es desterrada la religión y aún repudiada la doctrina y autoridad de la misma Revelación, también se obscurece y aún se pierde la verdadera idea de la justicia y del derecho, en cuyo lugar triunfan la fuerza y la violencia”.

Y deja en claro que:

“Una sociedad, substraída a las leyes de la religión y de la verdadera justicia, no puede tener otro ideal que acumular riquezas, ni seguir más ley, en todos sus actos, que un insaciable deseo de satisfacer la indómita concupiscencia del espíritu sirviendo tan sólo a sus propios placeres e intereses”. [3]

Esta desgracia se ha abatido sobre nuestro País. Está en nuestras manos que esa ley inicua sea derogada.


[1] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, “El aborto provocado- Textos de la Declaración y documentos de diversos episcopados”, prólogo de Mons. Juan A. Reig, obispo de Segorbe-Castellón, España, Ediciones Palabra, Madrid, 2000,p. 32.

[2] Cfr, Plinio Corrêa de Oliveira, entrevista concedida a “Edicao Mineira”, Belo Horizonte, Brasil, nº 45, 5-1-83.

[3] Cfr. Beato Pio IX, Encíclica “Quanta Cura”, 8-12-1864.

 

La “Indiferencia Exasperante”

¿Tenemos helado el corazón?

  • Para saber

“Una de las peores enfermedades del mundo es no ser nadie para nadie”, decía la Santa Madre Teresa de Calcuta. Si vivimos en sociedad, no es que por azares del destino nos tocó vivir en comunidad, sino porque es natural a la persona humana convivir, pues será ahí donde pueda perfeccionarse, sobre todo en lo más importante como lo es en el amor.

El Papa Francisco se refirió el pasado domingo a la famosa y hermosa parábola del “buen samaritano” (cf. Lc 10,25-37), la cual se ha convertido en el modelo de cómo debe actuar un cristiano para ganar la vida eterna. El Papa invitó a todos a leerla. En ella un pobre individuo es robado, golpeado y dejado medio muerto por unos ladrones. Y aunque pasan cerca un sacerdote y un levita, no se detienen. Es un samaritano que pasa, quien se compadece y se ocupa de él. Y eso que los judíos trataban a los samaritanos con desprecio. De esta manera Jesús nos muestra que hay que dejar cualquier prejuicio y tener compasión incluso con los extraños y socorrerlos con todos los medios a nuestro alcance.

  • Para pensar

Se cuenta la historia de un campesino que vivía en lo alto de un monte y bajaba todos los días a la ciudad. Era un hombre piadoso y al volver, pasaba sediento y cansado junto a un río, pero no bebía para ofrecerle a Dios ese sacrificio. El cielo respondía a su sacrificio haciendo lucir cada noche una brillante estrella que el campesino admiraba y agradecía que hubiera sido recibido con beneplácito su sacrificio por Dios.

Cierto día se encontró a un amigo en la ciudad que lo acompañó a su casa. Cuando se acercaban al río, ambos cansados, pensó que si no bebía agua, su amigo tampoco lo haría, y viéndolo agotado decidió beber. Su amigo se refrescó bebiendo también. Esa noche, el campesino pensó que al no haber hecho el sacrificio, no aparecería la estrella, pero cuál va siendo su sorpresa que vio brillar en el firmamento dos brillantes y hermosas estrellas. Su misericordia fue premiada doblemente.

Pensemos si en ocasiones no pasamos también de largo ante la necesidad de alguien, sin tener compasión.

  • Para vivir

Al terminar de contar la parábola, Jesús pregunta: “¿Cuál de estos tres te parece que ha sido un prójimo del que cayó en manos de ladrones?”. Se le responde: “Quién tuvo compasión de él.” (v. 37). Jesús lo aprueba y dice “Haz tú lo mismo”. Esta es la clave: Ser capaz de tener compasión. Por eso, señala el Papa, si no sentimos compasión frente a una persona necesitada, si nuestro corazón no se conmueve, significa que algo anda mal en nosotros, que nuestro corazón se ha convertido en hielo.

No podemos dejarnos llevar por la insensibilidad egoísta, por un “indiferentismo exasperante”. Jesús nos indica que la misericordia hacia una necesidad es el verdadero rostro del amor. Por eso Dios mismo es misericordia, porque tiene compasión y es capaz de acercarse a nuestro dolor, a nuestro pecado y perdonarlo. Jesús mismo es la compasión del Padre por nosotros. Al final el Papa Francisco pidió a la Virgen María nos de la gracia de tener y de crecer en la compasión.

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Comunicar la fe con eficacia

Escrito por Francisco Javier Pérez-Latre

El autor comparte experiencias y consideraciones con el fin de transmitir la fe en arguments.es. En este artículo, incorpora también aportaciones de expertos en redes sociales como Jorge Gutiérrez, Auxi Rueda, La Samaritana, Josefer Juan, Txomin Pérez y Paulina Núñez

La comunicación de la fe es…. la comunicación. Comunicar la fe no difiere mucho de comunicar otras cosas, excepto en un elemento trascendental: el atractivo del mensaje es mucho mayor. Por otra parte, la comunicación es una actividad profesional que tiene sus reglas, como la física, la construcción o el fútbol. Vamos a estudiar algunas de esas reglas en las redes sociales y el mundo digital con el objetivo de suscitar sensibilidad a la comunicación, un concepto muy vinculado al de comunión y comunidad.

Redes sociales, plazas públicas

A partir de 2003, empezaron a tener audiencias “masivas”. Facebook tiene 2.200 millones de usuarios activos: se trata de un fenómeno único en la historia de la comunicación que resulta difícil ignorar. YouTube supera los 1.900 millones e Instagram está por encima de 1.000 millones. Twitter tiene 335 millones de usuarios y algunos son líderes de opinión. A estas alturas, resulta evidente que en las redes sociales se dicen tonterías, e incluso hay gente que tiene en ellas conductas peligrosas, sembrando rumores, falsedades y división. Pero las redes sociales también reflejan la sed humana de vínculos con otras personas, de amistad, de estar cerca unos de otros.

A la vez, pueden reflejar simplemente vanidad o narcisismo. Es un mundo de paradojas, las paradojas de la comunicación digital, que presenta problemas y oportunidades y tiene también sus límites.

Lo que entienden los demás

Comunicar es entender qué hablamos para un público. Por eso lo importante no es qué decimos, sino qué entienden los demás. La comprensión de la audiencia es imprescindible para comunicar: es necesario investigar a fondo los públicos potenciales de la comunicación y ajustar a ellos los contenidos. Preguntarnos: ¿qué necesita la gente ahora, hoy? ¿En qué les puedo ser útil? El público nos tiene que comprender: por eso hay que tener cuidado con el lenguaje institucional o técnico. Comunicar supone dar razón con brillantez y claridad de cuestiones complejas.

En este sentido, comunicar es traducir. Las redes sociales tienen su lenguaje propio que hay que conocer de modo profesional: conviene usar hashtags o iniciar “hilos”, por ejemplo. Otro elemento de la comprensión del público es entender que mucha gente acude a las redes a descansar, a entretenerse, no a escuchar sermones. Pocas palabras bastan. No hay que cansar. Les relaciones con los públicos recuerdan también que hay que interactuar y responder: atreverse a preguntar, entrar en las historias. Ser samaritanos de las redes, no pasar de largo. Las encuestas pueden ser modos interesantes de plantear preguntas de fondo que hagan pensar.

Identidad

En las redes sociales debes tener una clara identidad. No puedes sufrir lo que se podría llamar el “síndrome de Jason Bourne”, el del que ya no sabe quién es: tienes que ser quién dices ser. A veces la distinción entre vida online y vida offline confunde un poco: la identidad de las personas es una en casa, en el trabajo, en la diversión y en la red, aunque los temas de conversación sean un poco diferentes. En cualquier caso, en las redes sociales tienes que elegir tu perfil, apostar por el tipo de persona que vas a ser. En el contexto digital, puedes suscitar inquietudes, compartir frases e imágenes que te han hecho pensar, o hablar de Dios, de la Virgen, del Papa o de los ángeles y los santos, nuestros grandes amigos. El cristianismo te hace alegre, optimista, te da esperanza. No tienes más que transmitirlo. Las JMJ tienen cientos de miles de amigos en redes sociales como Twitter, Facebook o Instagram.

Conversación y perfil

Hay que elegir el tema de conversación, de acuerdo con ese perfil que se ha definido. No es posible abordar todos los temas: es bueno planear un poco los contenidos que se van a difundir, de modo que sean diferenciados. Cada perfil debe tener características precisas. Y luego hay que cuidar ese perfil evitando dos extremos que en las redes sociales son perniciosos: la saturación y los silencios prolongados.

Aunque no se puede hablar de cualquier tema, tampoco podemos ser “monotemáticos”. En la vida hablamos de muchas cosas. Las redes son una prolongación de la vida, por eso es relevante que en ellas aparezcan nuestros diversos intereses, sin perder de vista la identidad que hemos definido para el perfil.

Por eso es importante hacer de altavoz de las cosas que los demás hacen bien, destacar los buenos contenidos de otros: citar otras cuentas, mostrar ejemplos excelentes y alabar las buenas prácticas.

La religión interesa

Cuando hablas de religión, la audiencia aumenta: la religión fascina a las multitudes. Estudia a Francisco, Benedicto XVI o Juan Pablo II como comunicadores (lee Luz del Mundo o Evangelii Gaudium, por ejemplo): te darán excelentes pistas para tu perfil en las redes sociales. La cuenta de Twitter del Papa Francisco ha sido un nuevo hito en ese proceso: se trata del líder mundial con más eco en esa plataforma de comunicación. También puedes aprender de la actividad en redes sociales de instituciones de la Iglesia y de grandes marcas como Coca-Cola, Nike, Starbucks o Google. Y no es verdad del todo que vayamos contracorriente, porque el mundo neopagano carece de futuro, es una civilización que ha agotado sus soluciones y respuestas y pide a gritos a Dios.

Primero, pensar

Cuenta hasta 10. Conviene usar las redes sociales con medida y reflexión. Tienes que formarte para usarlas. Hemos construido autopistas de la información, pero quizá nos hemos olvidado de enseñar a conducir. La adicción a la conexión y a la “popularidad” te hace ineficaz e improductivo. Lo importante no es cuánta gente te sigue: tú quieres tener credibilidad y autoridad para ayudar a muchas personas, no para brillar. La comunicación no es cuestión de medios, es cuestión de tener cosas que decir. Para conseguirlo, es imprescindible la formación y las buenas fuentes de información.

Es necesario también dedicar tiempo al pensamiento y la investigación: antes de hacer hay que pensar. Hay que formarse y saber.

La velocidad cuenta

En el contexto digital, la velocidad es relevante. Hay ciclos de noticias, hay conversaciones en marcha: las noticias solo son noticias hoy…. La “vida” de un post en Facebook es de 80 minutos. En Twitter, el 95% de los RT ocurren 60 minutos después de publicar. Las cosas tienen su momento, tienen sus horas, como tus públicos. Nos toca estar siempre pendientes de la actualidad. La relevancia de los mensajes en las redes sociales está siempre vinculada a la conversación pública que está teniendo lugar en ellas en cada momento.

Aprender de los jóvenes

Hay jóvenes que son maestros. Con su entusiasmo y conocimiento de la tecnología, los jóvenes enseñan a los mayores el uso de las redes sociales. Se hace necesario aprender de ellos. A lo mejor no tiene sentido que aprendamos a usar Instagram: una persona de 18 años maneja esa red social con toda naturalidad. ¿Qué podemos aprender, con ellos sobre Spotify, Netflix o Fortnite? Los jóvenes necesitan guía, formación y orientación pero hay muchas cosas que hacen mejor que los mayores. Hay que dejarles que las hagan.

Aportar valor

Antes de escribir o difundir una imagen, tendrías que preguntarte: ¿aporto luz y comprensión? ¿Es una ayuda lo que digo? ¿Voy a arrancar alguna sonrisa? ¿Voy a hacer pensar? Tienes que hablar con respeto, pero no olvides que los temas son controvertidos. En todo caso, no te preocupes por las críticas. Cuando hables de religión muchos te criticarán, pero también muchos te apreciarán más y te apoyarán. No clasificar. No dividir el mundo en bandos: no estamos contra nadie.

Alegría, sonrisa, amabilidad. No olvides tomar el buen humor en serio. No discutas, no te comportes como un troll. Tienes que tener un timeline impecable: debes cuidar la calidad en la comunicación y no puedes convertirte en spamer. Tienes que ganar los corazones, no las discusiones. La alegría, la sonrisa y la amabilidad se solapan con los contenidos porque la fe es alegría. A veces la comunicación negativa funciona, pero siempre es un error: no estamos contra nadie ni hablamos contra nadie. Es un mensaje positivo y afirmativo, el de una vida con mayúsculas. No se trata de ganar a cualquier precio, como en la política.

Imágenes

Usa fotos y videos. Es una civilización donde manda lo audiovisual: como demuestra Instagram, asistimos a un giro visual en la comunicación. Estoy hoy llega hasta el punto de que es mejor no difundir nada que difundir una imagen que no tenga el nivel necesario. Tenemos que recuperar la palabra y el pensamiento, pero sin imágenes no se comunica. Se trata de una buena noticia porque la religión siempre ha sido rica en imágenes. Benedicto XVI elogiaba la música de Bruckner, con palabras ricas en imágenes: es “como encontrarse dentro de una gran catedral, observando las imponentes estructuras de su arquitectura que nos envuelven, nos empujan hacia arriba y nos emocionan”. Piensa en la cruz, la “marca” más omnipresente de la historia, mucho más que Coca-Cola… En los equipos de comunicación de las instituciones de la Iglesia hay que hacer hueco a los diseñadores gráficos y los fotógrafos.

Despertar

Las redes sociales tienen también efecto de “comunicación interna”. Los que tenemos fe tenemos que apoyarnos y sostenernos mutuamente. Somos parte de una gran tradición y de un gran equipo. Las cosas buenas que dices animarán a los que piensan como tú y les ayudarán a “salir del escondite”. Ya se sabe que las redes sociales entusiasman, provocan movimientos y llevan a la acción “offline”. A lo mejor movilizas energías que estaban dormidas, o confirmas a otros que tenían miedo de salir a la palestra.

Por último, no hay que olvidar que lo importante no son las redes sociales, lo importante es comunicar con distintos públicos, aportar sentido, significado y relevancia, curar corazones rotos y mentes desorientadas. Las redes son un medio. Un medio con gran audiencia, sí. Pero solo un medio.

Francisco Javier Pérez-Latre
Director del Master en Gestión de Empresas de Comunicación (MEGEC) en la Universidad de Navarra.

Fuente: Revista Palabra

 

La llamada universal a la santidad en la historia de la Iglesia

Escrito por José Luis Illanes

El profesor José Luis Illanes ofrece luces para entender una realidad que todavía tiene que ser redescubierta por muchos bautizados

En la actualidad, es relativamente frecuente escuchar referencias a la necesidad de la santidad de todos los cristianos; pero su concreción, su aplicación práctica a través de la predicación y el acompañamiento espiritual, se encuentran muy lejos de haberse normalizado. Los últimos papas han recordado esta exigencia universal de todos los bautizados: recientemente, el papa Francisco en su exhortación Gaudete te Exultate, sobre el llamamiento a la santidad en el mundo contemporáneo, o el reciente Sínodo de los Obispos (2018) dedicado a los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. El profesor José Luis Illanes trata en estas páginas la historia de la vocación universal a la santidad. Cómo se ha vivido y como se ha enseñado durante veinte siglos. Ofrece luces para entender una realidad que todavía tiene que ser redescubierta por muchos bautizados.

“Ésta es la voluntad de Dios vuestra santificación”, escribe san Pablo en la primera de sus cartas a los tesalonicenses[1]. San Juan en la primera de sus epístolas realiza una declaración análoga: “Queridísimos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es. Todo aquel que tiene esta esperanza, se santifica para ser como él, que es santo”[2]. En el trasfondo de esas afirmaciones apostólicas, se encuentran las palabras del mismo Jesucristo, que, en el sermón de la montaña, después de haber puesto de manifiesto que los mandamientos son mucho más que un simple elenco de prescripciones, concluye con una invitación solemne: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”[3].

Esos textos, junto a otros muchos que podríamos alegar, nos sitúan ante un horizonte de progresivo crecimiento en la condición cristiana. La semilla, la nueva vida, comunicada con el bautismo, está llamada a crecer, radicándose en el alma cada vez con más hondura e informando la totalidad la existencia. Y esto en referencia a todo cristiano, ya que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”[4], de esa verdad que es Cristo, con el que el cristiano está llamado a identificarse, abriéndose, en virtud de la gracia y de la acción del Espíritu Santo, a la comunión con Dios Padre.

La llamada a identificarse con Cristo, y por tanto a la santidad, forma parte del núcleo del mensaje evangélico. Y, en consecuencia, ha estado presente en todos los periodos de la historia de la Iglesia, desde la época apostólica hasta nuestros días. Es un hecho a la vez que la proclamación de la llamada universal a la santidad realizada en uno de los documentos del Concilio Vaticano II −la constitución Lumen Gentium− fuera recibida como un acontecimiento que representaba un importante paso adelante en la vida de la Iglesia y en el impulso a su apostolado. Porque aunque es cierto que esa llamada ha estado siempre presente en la predicación de la Iglesia, también lo es que, desde una perspectiva teológica y pastoral, no ha sido siempre proclamada con la misma nitidez e intensidad. 

De la época apostólica a los inicios del monaquismo

No es este el momento de proceder a una exposición histórica detallada que documente lo que acabamos de decir, tarea que exigiría un amplio espacio; pero sí cabe esbozar algunas pinceladas. La primera de esas pinceladas nos lleva a situarnos en la época apostólica y en las cronológicamente sucesivas, durante las cuales la cercanía de la vida terrena de Jesús y el encuentro con los apóstoles y sus colaboradores inmediatos mantenía una fuerte tensión espiritual. Hubo problemas y defecciones, como los mismos escritos apostólicos reconocen, pero la grandeza del mensaje sobre un Dios que crea por amor, y que lleva su amor hasta hacerse hombre y dar su vida por nosotros, se difundió con vibración y rapidez de un extremo a otro del imperio romano. Las persecuciones que se sucedieron a partir del siglo primero, contribuyeron, también en los lugares y en los periodos donde alcanzaron menos virulencia, a mantener viva la conciencia de que la vocación cristiana reclamaba el heroísmo. Y no sólo en el contexto de la persecución, sino en todo momento, dando testimonio de Cristo a través de la fe vivida en y a través del existir ordinario.

A comienzo del siglo IV cesan las persecuciones. Algo antes (probablemente en torno al año 270), un joven patricio, nacido en una zona cercana al Nilo y Antonio de nombre, percibe que Dios le pide que deje su casa y todos sus bienes, distribuyéndolos entre los pobres, y que marche al desierto, para allí, en el retiro y en la soledad, entregarse a la oración y a la busca de la unión Dios. Nacía así el movimiento monástico (de monos, solo, en griego), que, con matices diversos, se extendió ampliamente, llegando hasta nuestros días, e impulsando, tanto en la época antigua como en las posteriores, decisiones de honda vida cristiana, también entre quienes no se han sentido llamados a la condición monástica.

No el monaquismo en cuanto tal, pero sí la reflexión al respecto, está expuesta a un riesgo: interpretar esa vocación no como una, entre otras posibles vocaciones cristianas, sino como la vocación cristiana por excelencia, considerando las restantes como menos radicales o menos abiertas a la plenitud de la santidad. Un ejemplo neto de ese planteamiento lo ofrecen, apenas un siglo más tarde, las Instituciones cenóbiticas del abad de Marsella, Juan Casino. En el capítulo destinado a comentar la pobreza de los iniciadores del monaquismo, hace referencia a la comunidad cristiana primitiva de Jerusalén cuyos miembros, según narran los Hechos de los apóstoles (2, 44-45), vendían sus bienes y tenían en común todas las cosas. Casiano no desconoce que esa práctica no se vivía en las comunidades cristianas constituidas, también en época apostólica, en otras ciudades y regiones, pero enseguida continúa: “¿Quienes pensáis que serán más bienaventurados, aquellos que congregados más recientemente de los gentiles, y no teniendo fuerzas para seguir la perfección evangélica, todavía conservan sus riquezas, en una situación que el Apóstol [san Pablo] considera fructuosa, si, al menos, se apartan de los ídolos, de la fornicación, de lo sofocado y de la sangre; o aquellos que, satisfaciendo la verdad evangélica y llevando cada día la cruz de Cristo, nada han querido conservar de sus propias posesiones?”[5].

El abad de Marsella no ha tenido seguidores en su peculiar interpretación del decreto del Concilio de Jerusalén (Act 15, 22-29) como un decreto encaminado a permitir a los gentiles seguir un cristianismo dulcificado. Sí los ha tenido, en cambio, aunque de ordinario acudiendo a términos menos netos, respecto a la consideración según la cual cabe distinguir entre dos condiciones cristianas: la formada por quienes, aspirando a continuar la vida de la primitiva comunidad de Jerusalén, viven un cristianismo radical; y la integrada por el resto de los cristianos, que se acogen a un cristianismo menos exigente. 

Como ya tuve ocasión de escribir hace años, seguir a lo largo de la historia la reiteración, con unas u otras palabras, de esa concepción[6]. No es necesario sin embargo proceder a ello en este momento. Es oportuno señalar en cambio que trajo consigo una predicación que trasmitía la promesa divina de salvación y manifestaba sus exigencias morales, pero sin desplegar ante el cristiano corriente −o sin desplegar de forma efectiva− todas las implicaciones espirituales que de ahí derivan o, al menos, sin poner de manifiesto que esas implicaciones pueden encarnarse también en la existencia secular ordinaria. En suma, de una forma o de otra, se daba por supuesto que el existir ordinario, con todo lo que implica de participación en las tareas profesionales, en la vida social y política, en los avatares y afanas que jalonan la historia, no es compatible con una aspiración a la plenitud de la santidad[7].

La aparición y desarrollo de la doctrina sobre los consejos evangélicos

En los inicios del monaquismo el compromiso de los monjes se expresaba, de ordinario, sólo a través del voto o promesa de estabilidad, es decir, del compromiso a permanecer en el monasterio en el que se ingresaba y a cumplir la regla por la que ese monasterio se regía. En la Edad Media, y, en parte, como consecuencia, primero, de la asunción por parte de los monjes de tareas pastorales y, después, de la aparición de las órdenes mendicantes, cuyos miembros tenían −y tienen− una amplia movilidad, se acudió, como rasgos definitorios de la vida religiosa, a los consejos evangélicos, dando a la expresión no un sentido genérico −los consejos contenidos en el Evangelio−, sino específico y, por así decir, técnico, es decir, tres realidades que configuran un estado de vida: la pobreza entendida como renuncia al uso de los bienes materiales, la castidad vivida en el estado de celibato y unida por tanto a una plena continencia y a la renuncia a constituir una familia, y la obediencia considerada como entrega de la propia libertad[8]

El estado, o condición de vida, configurado por ese triple compromiso no fue nunca propuesto como un imperativo dirigido a todos los cristianos, sino como un ideal que puede ser recomendado o aconsejado. Y que puede serlo porque −y aquí tocamos la cuestión decisiva− se juzga que, al implicar un apartamiento de la sociedad humana, con todos los compromisos y empeños que esa sociedad trae consigo −lazos familiares, trabajo, relaciones económicas y culturales, etc.− facilita llegar a una más plena comunión con Dios. De ahí que ese estado de vida sea calificado, como hace Tomás de Aquino, como "estado de perfección" o, más exactamente, como "status perfectionis acquirendae", estado encaminado a la llegada efectiva a la una íntima comunión Dios y a la perfección cristiana.

Al asumir la tradición que le precede, el Aquinate lo hace con el equilibrio y la capacidad de síntesis que le caracteriza. De ahí que, ante todo, deje constancia de que la perfección cristiana hace referencia, formal o esencialmente, al cumplimiento de la voluntad de Dios y, por tanto, a los mandamientos, y singularmente al precepto de la caridad, del amor a Dios y al prójimo, a cuyo cumplimiento están llamados, con la ayuda de la gracia, todos los cristianos. “El amor a Dios y al prójimo –concluye- no cae bajo precepto según cierta medida, de modo que lo que está más allá quede bajo consejo”: respecto al fin del precepto −y esa es la calificación que merece el amor− no cabe medida; cabe ciertamente distinción y medida en relación con lo que, hoy y ahora, contribuye a manifestar el amor, pues aquí entra en juego la prudencia, pero manteniendo siempre la verdad del amor y la apertura a su crecimiento[9]

La reflexión tomista no termina ahí. Puede, en efecto −prosigue el Aquinate−, haber, y hay de hecho, en relación con la caridad, consejos, y por tanto decisiones y comportamientos que no se imponen a todos, sino que se proponen a la libre aceptación, pero desde una perspectiva diversa del acto mismo de la caridad: la posibilidad de remover realidades que, aunque no sean contrarias al mandamiento de la caridad, puedan dificultar el crecimiento en el olvido de uno mismo y en el amor a Dios[10]. El horizonte último de su argumentación seguirá siendo la llamada a ese crecer ilimitadamente en el amor que caracteriza la ley cristiana, pero dirigiendo la atención hacia los factores que pueden excluir o la dificultar ese dinamismo. Situado en esa línea distingue entre dos niveles:

a) de una parte, el apegamiento concupiscente y pecaminoso a las realidades creadas, es decir, la actitud de quien “se entrega totalmente a las cosas de este mundo, colocando en ellas su fin, y asumiéndolas como regla que guíe todas sus acciones”; lo que constituye un desorden que aleja por entero de los bienes espirituales;

b) de otra, el apartamiento, en la medida de lo posible, de aquellas realidades de este mundo que no se oponen a la caridad, pero con cuya remoción el fin, la perfección de la caridad, puede ser alcanzado “mejor y más fácilmente”, como es el caso, señala expresamente, del matrimonio y de las ocupaciones seculares[11].

De ahí la expresión con que resume su pensamiento: la perfección de la vida cristiana “per se et essentialiter” consiste en la caridad, pero “secundario et instrumentaliter” en la profesión de los consejos evangélicos, en el sentido específico que venimos considerando, o lo que es lo mismo en la adopción de un estado de vida, el status perfectionis adquirendi, alejado de las ocupaciones seculares[12]. Ciertamente, el Aquinate lo advierte expresamente, esto no implica que toda persona que haya asumido ese estado llegue efectivamente a la perfección (dependerá de su fidelidad a la decisión inicial), ni tampoco excluye que alguien que no haya asumido el estado de perfección pueda llegar a ser perfecto (la gracia de Dios es omnipotente). Pero una y otra posibilidad constituyen excepciones que no derogan el principio general. En suma, la síntesis tomasiana mantiene el prejuicio de considerar que, de por sí, las actividades seculares constituyen un obstáculo para el crecimiento en la plenitud del existir cristiano, con las consecuencias pastorales que antes indicábamos: dar origen a una predicación más moralizante que espiritual, y que, al presentar la vocación religiosa como paradigmática, coloca al cristiano corriente ante un ideal que puede admirar, pero sin aspirar a hacerlo propio.

De los inicios de la Edad Moderna hasta nuestros días

La reflexión sobre la llamada a la santidad se ha desarrollado, pasando por la Edad Moderna hasta llegar casi a nuestros días, dando por supuesta, al menos tácitamente, la doctrina sobre el estado de perfección y sobre los consejos evangélicos tal y como quedó configurada por Tomás de Aquino. No han faltado, sin embargo, autores que a lo largo de esos siglos se han manifestado conscientes del empobrecimiento de la vida espiritual del conjunto del pueblo cristiano que esa doctrina, predicada de forma unilateral, podía provocar, y que han intentado, aunque sin entrar en una confrontación teológico-especulativa, corregirla. Citemos dos ejemplos:

  • San Francisco de Sales (1567-1627) que, al comienzo de una de sus obras más importantes, la Introducción a la vida devota, afirma netamente que a la devoción (y entiende por devoción “un verdadero amor de Dios”, una caridad que “llega al grado de perfección”) están llamados todos los cristianos, y “cada uno según calidad y estado”. “La devoción debe ser practicada de una forma por el caballero y de otra por el artesano; por el criado y por el príncipe; por la viuda y por la soltera; por la doncella y por la casada; hay que relacionar su práctica con las fuerzas, las ocupaciones y a los deberes de cada uno. Yo te ruego que me respondas, amada Filotea: ¿Sería justo que el obispo observase una vida de soledad semejante a la del cartujo? Y si los casados no quisieran poseer nada como los capuchinos; y el artesano pretendiese estar todo el día en el templo como los religiosos; y el religioso, estuviese entregado a toda suerte de relaciones para servir al prójimo, como el obispo, ¿no sería todo ello una devoción ridícula, desordenada e intolerable?”. Unos párrafos después se expresa aún con más fuerza: “No sólo es error, sino herejía, querer desterrar la vida dev,ota de la compañía de los soldados, de las cortes de los príncipes y de la familias de los casados”. “Es verdad −prosigue− que la devoción contemplativa, monástica y religiosa no puede ejercerse en esos estados; más también es cierto que (fuera de estas tres suertes de devoción) hay otras muchas aptas para perfeccionar a los que viven en el estado seglar”[13].
  • San Alfonso María de Ligorio (1696-1787) que, en su Práctica del amor a Jesucristo, tratando del deseo de perfección, escribe “En gravísimo error están quienes sostienen que Dios no exige que todos seamos santos, ya que san Pablo afirma: ‘Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación’”. Y prosigue “Dios quiere que todos seamos santos, y cada uno según su estado, el religioso como religioso, el seglar como seglar, el sacerdote como sacerdote, el casado como casado, el mercader como mercader, el soldado como soldado, y así de los demás estados y condiciones”[14].

Las obras mencionadas, y especialmente la Introducción a la vida devota, tuvieron amplio eco en el campo de la espiritualidad, y más concretamente en la apertura de los seglares a las dimensiones teologales del existir cristiano. Sin embargo, se estaba todavía lejos de una neta proclamación de la llamada universal a la santidad: para llegar a esa meta ha habido que esperar hasta la celebración, a mediados del siglo XX, del Concilio Vaticano II.

Hacia el Concilio Vaticano II

¿Por qué tuvo que darse esa espera?, ¿qué razones explican que no se pasara rápida y fácilmente desde los asertos de san Francisco de Sales y de san Alfonso María de Ligorio, junto a los de otros autores que podrían mencionarse, a un amplio reconocimiento de la existencia de una llamada universal a la santidad? Pueden, obviamente, ofrecerse muchas explicaciones, pero me parece que la mejor clave hermenéutica es la que ofreció el Cardenal Albino Luciani en un artículo que publicó en julio de 1978, unos meses antes de su elección como Romano Pontífice. El artículo, que está destinado a comparar entre sí la doctrina sobre la santidad de los cristianos corrientes, ocupados en la diversas tareas y realidades temporales, de san Francisco de Sales y la de san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, comienza declarando que en ambos autores se pueden encontrar, a ese respecto, expresiones y declaraciones semejantes, pero, también, claras diferencias. El obispo de Ginebra −escribe desarrollando esa primera afirmación− “enseña solamente una espiritualidad de los laicos, mientras que Escrivá ofrece una espiritualidad laical. Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios utilizados por los religiosos, con las oportunas adaptaciones. Escrivá es más radical: habla incluso de materializar −en el buen sentido− la santificación. Para él lo que se debe trasformar en oración y santidad es el trabajo material en sí mismo considerado”[15].

Prolongando esa observación, mejor, explicitando su trasfondo teológico, cabe decir que el fundamento último de la “mayor radicalidad” de la posición de san Josemaría Escrivá se encuentra en la valoración del mundo como realidad creada por Dios, dañada ciertamente por el pecado, pero sanada por la gracia que hace posible al cristiano devolver la bondad originaria al mundo en el que vive. Dicho con otras palabras, en la superación, consciente y decididamente propugnada, de toda consideración según la cual las ocupaciones temporales serían, ante todo, tareas y realidades que dificultan la elevación de la mente y de la vida hacia Dios, para verlas en cambio como puntos de apoyo para una relación viva e intensa con Dios, que quiere que la gran mayoría de los cristianos viva en medio del mundo y lleven ese mundo hacia Él[16]

Cuanto venimos diciendo incide, como es obvio, en la doctrina sobre los consejos evangélicos. No porque la excluya en cuanto tal: los tres consejos evangélicos, entendidos como lo hace Tomás de Aquino, definen un estado de vida −el religioso− de singular importancia para el vivir de la Iglesia. Sino porque excluye su universalidad, es decir, todo intento de considerar el “estado de los consejos” como la vocación cristiana por excelencia y “paradigmática”[17]. Y al excluir esa universalidad, abre el camino a otra: la de la llamada a la santidad cada uno según su propio estado o condición.

El Concilio Vaticano II, recogiendo los fermentos e impulsos presentes en la Iglesia de la primera mitad del siglo XX −los que hemos mencionados, y otros muy variados, desde la Acción Católica y el movimiento litúrgico hasta la renovación de los estudios bíblicos y de la teología− proclamó la llamada universal a la santidad en el capítulo quinto de la Constitución Lumen gentium. Lo hizo a través de tres declaraciones fundamentales:

a) Todos los cristianos están llamados a la santidad, a la perfección cristiana: “Todos en la Iglesia, pertenezcan a la jerarquía o sean regidos por ella, están llamados a la santidad, según las palabras del Apóstol: ‘Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación’ (1 Ts 4, 3)” (Lumen gentium, n. 39); “todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen gentium, n. 40).

b) Esa santidad a la que los cristianos están llamados es una y la misma para todos, no hay ninguna condición cristiana en la que se esté llamado a menor santidad que en otras: “En los diversos géneros de vida y ocupación todos cultivan la misma santidad. Todos, por la acción del Espíritu de Dios, obedientes a la voz del Padre, adorando a Dios Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas, de modo que puedan tener parte en su gloria“ (Lumen gentium, n. 41).

c) Esa única santidad debe perseguirla cada cristiano según su propio don: “Cada uno, según sus dones y tareas, debe avanzar con decisión por el camino de la fe viva, que suscita esperanza y se traduce en obras de amor” (Lumen gentium, n. 41).

Desde la perspectiva que estamos situados, resulta claro que esta última afirmación es la más significativa. Tanto más si tenemos en cuenta que constituye el inicio de un largo número de la Constitución en el que Concilio va haciendo referencia a diversos estados y condiciones (obispos y presbíteros, esposos y padres, trabajadores y obreros) para subrayar que es precisamente a través de ese estado o condición como cada uno está llamado a progresar en la personal santificación. Las palabras con las que se cierra el número sintetizan el mensaje que los párrafos precedentes aspiraban a trasmitir: “Todos los cristianos, por tanto, en sus condiciones de vida, trabajo y circunstancias, serán cada vez más santos a través de todo ello si todo lo reciben con fe como venido de las manos del Padre del cielo y colaboran con la voluntad divina manifestando a todos, precisamente en el cuidado de lo temporal, el amor con el que el Padre ama al mundo” (Lumen gentium, n. 41). 

Reconocimiento del amor que Dios tiene al hombre, valoración del mundo como realidad creada por Dios, fe en la acción de la gracia que vence al pecado y hace posible devolver al mundo su bondad originaria y llevarlo hacia Dios, constituyen, como ya apuntábamos más arriba, el presupuesto para la toma de conciencia y la consiguiente proclamación de la llamada universal a la santidad, con la amplitud y la fuerza con que lo hace el Vaticano II, y la totalidad del magisterio eclesiástico sucecivo. Y también, podríamos añadir, los de su efectiva puesta en práctica.

José Luis Illanes
Profesor Ordinario Emérito de la Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Fuente: temesdavui.org.

 

[1] Ts 4, 3.

[2] Jn 3, 2-3.

[3] Mt 5, 48.

[4] Tim 2,4.

[5] Casiano, Juan, De coenobiorum institutis, l. 7, c. 17 (PL 49, 310-311).

[6] ILLANES, José Luis, Mundo y santidad, Rialp, Madrid 1984, p. 48-50.

[7] Limitémonos a citar, como ya lo hice en la obra mencionada en la nota anterior, un texto de un escritor del siglo de oro español, Luis de la Puente (1564-1624), tanto más significativo cuanto que su autor estuvo muy atento a la promoción espiritual de los seglares: “Consideramos varias suertes de hombres que hay en el mundo a los que llega este llamamiento [al seguimiento de Cristo]: 1) La primera es la de aquellos que se hacen sordos a este llamamiento y, embaucados por los bienes de esta vida, no quieren seguir a este Rey (…). 2) La segunda suerte es la de aquellos que quieren seguir a este Rey (…), pero cortamente, contentándose con guardar los preceptos, queriendo quedarse con sus riquezas y dignidades y gozar de los deleites lícitos del matrimonio, pero no tienen ánimo para mayor perfección. Éstos, aunque hacen lo que les basta para salvarse, como su imitación es corta, así su galardón será corto (…). 3) La tercera suerte es de aquellos que con ánimo generoso se ofrecen a seguir a este Rey en todo y por todo (…). Éstos son los religiosos, los cuales como imitan con más perfección a Cristo, así recibirán de Él más copioso galardón” (Meditaciones de los Misterios de nuestra santa Fe, cito por la edición realizada en Madrid, en 1953, t.I, pp. 328-330).

[8] Sobre los diversos sentidos en que la palabra “consejo” puede ser referida al evangelio y, en general, a la vida espiritual, puede verse lo que hemos escrito en Mundo y santidad, o.cit., pp.163-193, y en Preceptos y consejos, en “Burgense” 44 (2003) 465-484.

[9] DE AQUINO, Tomás, Summa Theologica, 2-2, q. 184, a. 3.

[10] DE AQUINO, Tomás, Summa Theologica, 2-2, q. 184, a. 3.

[11] DE AQUINO, Tomás, Summa Theologica, 1-2, q. 108, aa. 3 y 4. Otros textos sintéticos en 1-2, q. 108, a. 4, y 2-2, q. 186, a. 7 (ver también aa. 3-6 y 8).

[12] DE AQUINO, Tomás, Summa Theologica, 2-2, q. 184, a.3.

[13] DE SALES, San Francisco, La Introducción a la vida devota fue publicada por primera vez en 1608. Las frases citadas se encuentran en la parte I, capítulos I y IV; versión castellana en Obras selectas de San Francisco de Sales, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1953, t. I, p. 48.

[14] DE LIGORIO, San Alfonso María, El libro Práctica del amor a Jesucristo fue publicado por primera vez en 1768. Las palabras citadas se encuentran en el capítulo VIII, apartado III.

[15] LUCIANI, Albino, Cercando Dio nel lavoro quotidiano, en “Il Gazzettino”, Venecia, 25-VII-1978.

[16] Digámoslo con palabras del propio san Josemaría: “Cristo, Nuestro Señor, sigue empeñado en esta siembra de salvación de los hombres y de la creación entera, de este mundo nuestro, que es bueno, porque salió bueno de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia humana, el que rompió la armonía divina de lo creado. Pero Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que -por obra del Espíritu Santo- tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus (Gal 4, 5), fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios (cfr Rm 6, 4-5), liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo (cfr. Ef 1, 9-10), que los ha reconciliado con Dios (cfr Col 1, 20). A esto hemos sido llamados los cristianos”. (Es Cristo que pasa, n. 183). Para una exposición más amplia del mensaje de san Josemaría puede verse nuestra obra La santificación del trabajo, Palabra, Madrid 2001; la primera edición, más breve, es de 1966.

[17] La terminología que empleo es la de Hans Urs von Balthasar, en diversos escritos y especialmente en su obra Estados de vida del cristiano, publicada, en su original alemán, en 1977, aunque la redacción es anterior.

 

‘Constancia inteligente’

Escrito por Alfonso Aguilo

Una prueba de que la constancia debe ir acompañada de inteligencia y de estrategia, no solo de insistencia

Londres, 22 de mayo de 1787. Después de que los trabajadores han marchado a sus casas, doce hombres se reúnen en una pequeña imprenta del número 2 de la calle George Yard. No son personas poderosas, pero inician un movimiento que, tras mucho trabajo y muchas resistencias, acabaría por transformar el mundo: en menos de cincuenta años lograron que se aboliera la esclavitud en el imperio británico, cuando buena parte de su economía se fundamentaba sobre el trabajo esclavo.

La tarea parecía casi imposible. Vivían en un mundo que aceptaba la esclavitud como algo completamente normal, incluso como un derecho. Decenas de miles de marineros, comerciantes y navieros dependían del tráfico de esclavos, y los aranceles aduaneros sobre numerosas mercancías producidas por esclavos en las colonias eran fundamentales para los presupuestos generales del Imperio. Era un gigantesco negocio dominado por buques británicos, que transportaban más de la mitad de los esclavos capturados en el Nuevo Mundo. La idea de prohibir ese comercio en Gran Bretaña en 1787 era casi tan utópica como podría ser hoy un movimiento para imponer la energía renovable en Arabia Saudita.

Sin embargo, el movimiento antiesclavista cristalizó con rapidez, de una manera jamás lograda en intentos anteriores. Su líder más carismático fue William Wilberforce, un incansable y brillante orador que logró introducir con fuerza esa causa en el Parlamento Británico. Consiguieron generar fuertes sentimientos populares de adhesión a la lucha con aquella vergonzosa lacra, superando barreras geográficas, étnicas o de clase. La esclavitud se convirtió en un tema ineludible para la opinión pública londinense. Y surgieron novedosas formas de comunicar su mensaje. Además de los tradicionales libros y folletos, crearon un sello, distribuyeron pines, organizaron boicots al azúcar procedente del trabajo esclavo, movilizaron a la población femenina como nunca hasta entonces, popularizaron canciones y composiciones poéticas, e incluso recogieron grandes rollos con cientos de miles de firmas y entregaron personalmente argumentarios a cada líder político.

Después de cinco años de extenuante trabajo de aquella “Comisión contra la Trata de Esclavos”, finalmente, en la votación decisiva en el Parlamento británico, en 1792, su propuesta fue derrotada. Además, la coyuntura internacional posterior no fue favorable, y aquellos hombres atravesaron una larga “noche oscura”… hasta que llegó el año 1806.

James Stephen, cuñado de Wilberforce, era abogado marítimo y sugirió un cambio radical de táctica. Convenció a Wilberforce de que no siguiera con los archiconocidos planes y argumentos, que eran sistemáticamente rechazados. Pensaron un camino más largo pero inesperado para sus adversarios, que implicó la introducción de un proyecto de ley para prohibir a los súbditos británicos ayudar o participar en el comercio de esclavos con las colonias francesas o españolas, naciones contra las que en ese momento estaban en guerra. Fue un movimiento astuto, ya que la mayoría de los armadores británicos ocultaban sus barcos esclavistas bajo bandera estadounidense, y ese dato apenas era conocido. El gabinete presentó un “Proyecto de Ley de Comercio de Esclavos Extranjeros”. Wilberforce y los demás abolicionistas procuraron no llamar demasiado la atención sobre el efecto del proyecto. La ley fue aprobada por 283 votos contra 16. Era el 23 de febrero de 1807. Al entrar en vigor, tanto la Royal Navy como los corsarios con patente del Imperio Británico podían atacar a los barcos esclavistas que navegaban bajo bandera neutral, argumentando que los enemigos de Inglaterra se escondían con frecuencia detrás de esas enseñas. Era una iniciativa fundamentada en intereses de guerra, pero fue letal para el comercio esclavista en todo el mundo.

La abolición completa no llegaría hasta 1833, pero aquello fue un enorme paso hacia delante. Un ejemplo de cómo un pequeño grupo de personas comprometidas puede lograr un gran cambio social. Y una muestra de cómo muchas veces las soluciones a grandes problemas pueden venir por caminos inesperados y estar basadas en intereses también inesperados. Una prueba de que la constancia debe ir acompañada de inteligencia y de estrategia, no solo de insistencia. Esa “constancia inteligente” requiere más observación, más trabajo en equipo, entender mejor las ideas de los otros, analizar mejor las causas de los propios fracasos y, sobre todo, mantener siempre la mirada en el largo plazo.

Alfonso Aguiló

 

 

Por  los cuidados paliativos

Todos lo saben. Vincent Lambert murió por deshidratación y desnutrición inducida; o sea, de hambre y de sed.  Nueve días sin comer ni beber. Ni a un animal se le desea. Una muerte cruel, decretada por un juez en Francia. La solicitaba la esposa desde hace seis años, aduciendo, sin pruebas, que él la hubiera querido. ¿No eran, acaso, sus padres y hermanos, que lucharon por su vida, quienes más lo querían? Hoy se habla de “muerte digna”, como si la muerte natural no fuese digna cuando a cada uno le llega su hora. Contradicciones de una cultura  no asentada en lo razonable y moralmente bueno. En España, criticamos a los nazis, pioneros de la eutanasia, y se pretende imitarles con esas leyes impropias de una civilización progresista. Se ha eliminado la pena de muerte, y, ahora, se pretende imponer leyes de eutanasia ( de matanzas) con el eufemismo de “muerte digna”, en lugar de proporcionar la ayuda de los cuidados paliativos a quienes lo necesitan. La multiplicación de los abusos abundan allí en donde se legalizan estas leyes antivida ( Holanda) .¿Por qué, lo que se pretende, no es la provisión de unidades de cuidados paliativos  a todos los hospitales de España? Aquí, mueren al año 80.000 personas sin haber recibido cuidados paliativos. Matar a un ser humano es siempre indigno, e indigno, también, el ensañamiento terapéutico, que no era el caso de Vicent Lambert, enfermo desde 2008 y que no había empeorado  en las últimas semanas. El Papa Francisco escribió en su cuenta de Twitter: “ No construyamos una civilización que elimina a las personas cuya vida consideramos que ya no es digna de ser vivida: toda vida humana tiene valor, siempre”.

Josefa Romo

 

 

Yo y la fuerza de la gravedad

 

                                Sí… adrede me coloco el primero, puesto que después de considerarme “un nada”, como ya he desarrollado en recientes artículos; también me considero el primero de todos y de todo, en este Universo, en que fui creado, “sin mi permiso”; puesto que esa, “cuasi inexistente nada en que me valoro, es algo que existe y piensa por sí mismo”; y aunque consciente igualmente de que seré destruido por cuanto ello es ley universal; pero mientras piense, existo, me valoro y me quiero como a lo único que de verdad, merece quererse, en esta “dolorosa” existencia que he vivido y que considero, es similar a las de todos los demás (“pobres criaturas”) que al igual que yo, si es que piensan, en las terribles palabras que atormentaron siempre a ese animal autotitulado “ser humano”; y al que consideré mucho más infeliz, que a todos los demás, ya que… “El qué, el por qué, el para qué, e incluso el vivir la eternidad”; son cargas que encierran los misterios, del ser, sentir, pensar y sufrir y no hay respuestas.

                                 Y ahora diré el porqué de este preámbulo que no es de locos, sino más bien, de miserables impotentes; pero con la inteligencia suficiente, como para enfrentarse a la realidad y sin miedo alguno.

                                LA GRAVEDAD Y EL UNIVERSO: Días atrás en ese ya mucho tiempo que cada día me sobra, tropecé en la televisión, con uno de los programas que sobre ese gran misterio, cual es El Universo; unos denominados “sabios”, con todo lujo y derroche de imágenes espaciales, explicaban lo que es esa enorme fuerza, cuyo misterio desconocen, pero que sí que afirman; es la que aparte de mover, todo el inconmensurable aparato espacial, es la que en realidad, lo va destruyendo todo, llegado el momento de su destrucción, y cuando a “cada cuerpo”, en cuya fuerza equilibrada, se mantiene “con vida”; le llega el momento de desaparecer y ser disuelto, o esparcido por esas inconmensurables extensiones, que al final; y en simas desconocidas, que denominan como “agujeros negros”; sus restos, son tragados para ir a sumergirse en ni saben dónde, como trataré de sintetizar, explicando lo que vi, las sensaciones que me produjeron, y la total paz que al final sentí; puesto que asumí totalmente mi cuasi no existir, e incluso el no ser, “ni el nada que pensé”.

                                Al ir oyendo las distancias entre cuerpos denominados grandes (galaxias, que a su vez contienen millones de sistemas solares y muchos más millones de planetas) y que cuentan o valoran, en algo inalcanzable para la mayoría, cuales son “los años luz”; nuestra miserable existencia, que aquí la contamos como, “años Tierra Sol”, es algo que por lo insignificante, da risa al inteligente; y miedo terrorífico, al que no sabe encajar, “la nada que en realidad es cada cual”, sea rey o lacayo, tenga dinero o no, sea de familia de alta alcurnia, o de las que procedemos de la plebe; el caso es igual.

                                Por ello, por todo ello, el inteligente, que se detenga, analice cuanto hoy escribo muy resumido; busque y vea en Internet, uno de los muchos documentales que hay sobre estos temas; y analice fríamente el tema; y luego que se dedique a vivir, dejando igualmente vivir a todos los demás. No se necesita mucho para lograr ello con un poco de generosidad. Y finalmente, que espere sin miedos a que le llegue la hora, “de entregar la cuchara” (como hace mucho tiempo me dijo uno de “la plebe”); puesto que ese es el único fin, con el que contamos con la certeza plena que ha de llegar en su momento. ¿Después? ¡Ah!...?

                               

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes