las Noticias de hoy 11 Julio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 11 de julio de 2019       

Indice:

ROME REPORTS

Palabras del papa Francisco

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

“Una sociedad es humana si protege la vida, toda vida” – Tweet del Papa Francisco

Líbano: Francisco bendice a los Cascos Azules, “soldados de paz”

SAN BENITO, PATRÓN DE EUROPA*: Francisco Fernandez Carbajal

“No te olvides de la higuera maldecida”: San Josemaria

El prelado, en Nueva York

¿Un Dios que deja hacer? El mal y el dolor: Antonio Ducay

Orar en cuerpo y alma: la mortificación cristiana

Hospital de campaña: Ramiro Pellitero

“Cartilla moral e Iglesias”: + Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

¿Dónde está la solución?: + Braulio Rodríguez Plaza. Arzobispo de Toledo, Primado de España

Fidelidad: encuentra.com

¿Teología del cuerpo?: Sheila Morataya

Estado laico y estado laicista: Ana Teresa López de Llergo

El trabajo es para la familia, no al revés: Carlos Ramos Rosete

Memoria de actividades: Juan García.

 “Ecumenismo de la sangre”: Pedro García

Efectos de la pornografía: Jaume Catalán Díaz

La España de hoy y la del dos de mayo de 1808: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Palabras del papa Francisco

Miércoles, 10 de julio de 2019

Ninguna comunidad cristiana puede ir adelante sin el apoyo de la oración perseverante, la oración que es el encuentro con Dios, con Dios que nunca falla, con Dios fiel a su palabra, con Dios que no abandona a sus hijos. Jesús se preguntaba: «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?» (Lc 18,7). En la oración, el creyente expresa su fe, su confianza, y Dios expresa su cercanía, también mediante el don de los Ángeles, sus mensajeros.

Una llamada a la fe. En la segunda lectura, San Pablo escribe a Timoteo: «Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje… Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo» (2 Tm 4,17-18). Dios no saca a sus hijos del mundo o del mal, sino que les da fuerza para vencerlos. Solamente quien cree puede decir de verdad: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 23,1).

Cuántas fuerzas, a lo largo de la historia, ha intentado –y siguen intentando– acabar con la Iglesia, desde fuera y desde dentro, pero todas ellas pasan y la Iglesia sigue viva y fecunda, inexplicablemente a salvo para que, como dice san Pablo, pueda aclamar: «A Él la gloria por los siglos de los siglos» (2 Tm 4,18).

Todo pasa, solo Dios permanece. Han pasado reinos, pueblos, culturas, naciones, ideologías, potencias, pero la Iglesia, fundada sobre Cristo, a través de tantas tempestades y a pesar de nuestros muchos pecados, permanece fiel al depósito de la fe en el servicio, porque la Iglesia no es de los Papas, de los obispos, de los sacerdotes y tampoco de los fieles, es única y exclusivamente de Cristo. Solo quien vive en Cristo promueve y defiende a la Iglesia con la santidad de vida, a ejemplo de Pedro y Pablo.

Los creyentes en el nombre de Cristo han resucitado a muertos, han curado enfermos, han amado a sus perseguidores, han demostrado que no existe fuerza capaz de derrotar a quien tiene la fuerza de la fe.

Una llamada al testimonio. Pedro y Pablo, como todos los Apóstoles de Cristo que en su vida terrena han hecho fecunda a la Iglesia con su sangre, han bebido el cáliz del Señor, y se han hecho amigos de Dios.

Pablo, con un tono conmovedor, escribe a Timoteo: «Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida» (2 Tm 4,6-8).

Una Iglesia o un cristiano sin testimonio es estéril, un muerto que cree estar vivo, un árbol seco que no da fruto, un pozo seco que no tiene agua. La Iglesia ha vencido al mal gracias al testimonio valiente, concreto y humilde de sus hijos. Ha vencido al mal gracias a la proclamación convencida de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo», y a la promesa eterna de Jesús (cf. Mt 16,13-18).

 

 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
Lunes 29 de junio de 2015

La lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles nos habla de la primera comunidad cristiana acosada por la persecución. Una comunidad duramente perseguida por Herodes que «hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan» y «decidió detener a Pedro… Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel» (12,2-4).

Sin embargo, no quisiera detenerme en las atroces, inhumanas e inexplicables persecuciones, que desgraciadamente perduran todavía hoy en muchas partes del mundo, a menudo bajo la mirada y el silencio de todos. En cambio, hoy quisiera venerar la valentía de los Apóstoles y de la primera comunidad cristiana, la valentía para llevar adelante la obra de la evangelización, sin miedo a la muerte y al martirio, en el contexto social del imperio pagano; venerar su vida cristiana que para nosotros creyentes de hoy constituye una fuerte llamada a la oración, a la fe y al testimonio.

Una llamada a la oración. La comunidad era una Iglesia en oración: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5). Y si pensamos en Roma, las catacumbas no eran lugares donde huir de las persecuciones sino, sobre todo, lugares de oración, donde santificar el domingo y elevar, desde el seno de la tierra, una adoración a Dios que no olvida nunca a sus hijos.

La comunidad de Pedro y de Pablo nos enseña que una Iglesia en oración es una iglesia en pie, sólida, en camino. Un cristiano que reza es un cristiano protegido, custodiado y sostenido, pero sobre todo no está solo.

Y sigue la primera lectura: «Estaba Pedro durmiendo… Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro… Las cadenas se le cayeron de las manos» (Hch 12,6-7).

¿Pensamos en cuántas veces ha escuchado el Señor nuestra oración enviándonos un Ángel? Ese Ángel que inesperadamente nos sale al encuentro para sacarnos de situaciones complicadas, para arrancarnos del poder de la muerte y del maligno, para indicarnos el camino cuando nos extraviamos, para volver a encender en nosotros la llama de la esperanza, para hacernos una caricia, para consolar nuestro corazón destrozado, para despertarnos del sueño existencial, o simplemente para decirnos: «No estás solo».

¡Cuántos ángeles pone el Señor en nuestro camino! Pero nosotros, por miedo, incredulidad o incluso por euforia, los dejamos fuera, como le sucedió a Pedro cuando llamó a la puerta de una casa y una sirvienta llamada Rosa, al reconocer su voz, se alegró tanto, que no le abrió la puerta (cf. Hch 12,13-14).

Ninguna comunidad cristiana puede ir adelante sin el apoyo de la oración perseverante, la oración que es el encuentro con Dios, con Dios que nunca falla, con Dios fiel a su palabra, con Dios que no abandona a sus hijos. Jesús se preguntaba: «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?» (Lc 18,7). En la oración, el creyente expresa su fe, su confianza, y Dios expresa su cercanía, también mediante el don de los Ángeles, sus mensajeros.

Una llamada a la fe. En la segunda lectura, San Pablo escribe a Timoteo: «Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje… Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo» (2 Tm 4,17-18). Dios no saca a sus hijos del mundo o del mal, sino que les da fuerza para vencerlos. Solamente quien cree puede decir de verdad: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 23,1).

Cuántas fuerzas, a lo largo de la historia, ha intentado –y siguen intentando– acabar con la Iglesia, desde fuera y desde dentro, pero todas ellas pasan y la Iglesia sigue viva y fecunda, inexplicablemente a salvo para que, como dice san Pablo, pueda aclamar: «A Él la gloria por los siglos de los siglos» (2 Tm 4,18).

Todo pasa, solo Dios permanece. Han pasado reinos, pueblos, culturas, naciones, ideologías, potencias, pero la Iglesia, fundada sobre Cristo, a través de tantas tempestades y a pesar de nuestros muchos pecados, permanece fiel al depósito de la fe en el servicio, porque la Iglesia no es de los Papas, de los obispos, de los sacerdotes y tampoco de los fieles, es única y exclusivamente de Cristo. Solo quien vive en Cristo promueve y defiende a la Iglesia con la santidad de vida, a ejemplo de Pedro y Pablo.

Los creyentes en el nombre de Cristo han resucitado a muertos, han curado enfermos, han amado a sus perseguidores, han demostrado que no existe fuerza capaz de derrotar a quien tiene la fuerza de la fe.

Una llamada al testimonio. Pedro y Pablo, como todos los Apóstoles de Cristo que en su vida terrena han hecho fecunda a la Iglesia con su sangre, han bebido el cáliz del Señor, y se han hecho amigos de Dios.

Pablo, con un tono conmovedor, escribe a Timoteo: «Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida» (2 Tm 4,6-8).

Una Iglesia o un cristiano sin testimonio es estéril, un muerto que cree estar vivo, un árbol seco que no da fruto, un pozo seco que no tiene agua. La Iglesia ha vencido al mal gracias al testimonio valiente, concreto y humilde de sus hijos. Ha vencido al mal gracias a la proclamación convencida de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo», y a la promesa eterna de Jesús (cf. Mt 16,13-18).

Queridos Arzobispos, el palio que hoy recibís es un signo que representa la oveja que el pastor lleva sobre sus hombros como Cristo, Buen Pastor, y por tanto es un símbolo de vuestra tarea pastoral, es un «signo litúrgico de la comunión que une a la Sede de Pedro y su Sucesor con los metropolitanos y, a través de ellos, con los demás obispos del mundo»  (Benedicto XVI, Angelus, 29 junio 2005).

Hoy, junto con el palio, quisiera confiaros esta llamada a la oración, a la fe y al testimonio.

La Iglesia os quiere hombres de oración, maestros de oración, que enseñéis al pueblo que os ha sido confiado por el Señor que la liberación de toda cautividad es solamente obra de Dios y fruto de la oración, que Dios, en el momento oportuno, envía a su ángel para salvarnos de las muchas esclavitudes y de las innumerables cadenas mundanas. También vosotros sed ángeles y mensajeros de caridad para los más necesitados.

La Iglesia os quiere hombres de fe, maestros de fe, que enseñéis a los fieles a no tener miedo de los muchos Herodes que los afligen con persecuciones, con cruces de todo tipo. Ningún Herodes es capaz de apagar la luz de la esperanza, de la fe y de la caridad de quien cree en Cristo.

La Iglesia os quiere hombres de testimonio. Decía san Francisco a sus hermanos: Predicad siempre el Evangelio y, si fuera necesario, también con las palabras (cf. Fuentes franciscanas, 43). No hay testimonio sin una vida coherente. Hoy no se necesita tanto maestros, sino testigos valientes, convencidos y convincentes, testigos que no se avergüencen del Nombre de Cristo y de su Cruz ni ante leones rugientes ni ante las potencias de este mundo, a ejemplo de Pedro y Pablo y de tantos otros testigos a lo largo de toda la historia de la Iglesia, testigos que, aun perteneciendo a diversas confesiones cristianas, han contribuido a manifestar y a hacer crecer el único Cuerpo de Cristo. Me complace subrayarlo en la presencia –que siempre acogemos con mucho agrado– de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por el querido hermano Bartolomé I.

Es muy sencillo: porque el testimonio más eficaz y más auténtico consiste en no contradecir con el comportamiento y con la vida lo que se predica con la palabra y lo que se enseña a los otros.

Enseñad a rezar rezando, anunciad la fe creyendo, dad testimonio con la vida.

 

 

 


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“Una sociedad es humana si protege la vida, toda vida” – Tweet del Papa Francisco

No quedan recursos para salvar a Vincent Lambert

julio 10, 2019 18:51Larissa I. LópezPapa Francisco

(ZENIT – 10 julio 2019).- “Una sociedad es humana si protege la vida, toda vida, desde el inicio hasta su fin natural, sin decidir quién es digno o no de vivir”, ha expresado hoy, 10 de julio de 2019, el Papa Francisco a través de un tweet publicado en su cuenta oficial.

“¡Que los médicos ayuden la vida, no la quiten!”, añade el Santo Padre y, también ha exhortado a orar “por los enfermos que son abandonados hasta dejarlos morir”.

Este tweet ha sido publicado mientras Vincent Lambert, ciudadano francés de 42 años tetrapléjico y dependiente, está siendo privado de alimentación e hidratación, cuidados ordinarios debidos a todo paciente, debido a la última decisión tomada por parte del equipo médico que le atiende y avalada por los jueces franceses.

Se trata de una medida injusta que acelerará su muerte. Sobre la misma, los padres y hermanos de Lambert, que han llevado a cabo todas las acciones posibles para evitarla, han transmitido en un comunicado que es irreversible y que ya no les queda ningún recurso.

En torno a este caso, el Papa Francisco ya había publicado un tweet anteriormente, el pasado 20 de mayo. En él, el Santo Padre pedía oraciones por aquellos que “viven en estado de grave enfermedad” y exhortaba a custodiar la vida como don de Dios y a no ceder “a la cultura del descarte”.

Por su parte, Kevin Farrell, en representación del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida y la Pontificia Academia para la Vida intervino con un comunicado en el que se reiteraba que la interrupción de la nutrición y de la hidratación supone una “gran violación de la dignidad de la persona” y que dicha suspensión de los consabidos cuidados básicos constituye “una forma de abandono del enfermo fundada en un juicio despiadado sobre su calidad de vida, expresión de una cultura del descarte que selecciona las personas más frágiles e indefensas sin reconocer su unicidad y su inmenso valor”.

 

Líbano: Francisco bendice a los Cascos Azules, “soldados de paz”

Dentro de la Misión UNIFIL

julio 10, 2019 19:20RedacciónPapa y Santa Sede

(ZENIT – 10 julio 2019).- El Papa Francisco envió una carta, firmada por él mismo, al capellán militar don Claudio Mancusi para agradecer personalmente a los Cascos Azules que en el período octubre 2018-mayo 2019 sirvieran a la causa de la paz en el Líbano, dentro de la Misión UNIFIL.

El Santo Padre escribe: “Agradezco a todos los trabajadores de la paz que contribuyen a difundir un mensaje de fraternidad en los desiertos del mundo… imparto a los ‘soldados de paz’ la bendición del Señor”.

El Pontífice también expresó su gratitud por haber recibido la colecta de las “Actas” relativas a la construcción de la Iglesia “María Decor Carmeli y Papa San Juan XXIII” en la Base de la ONU en Shama, entregada el pasado 26 de junio en el Vaticano por el comandante de la brigada Bersaglieri Garibaldi, general de brigada Diodato Abagnara y por el capellán.

El lugar de culto tiene un significado singular porque es la única iglesia de rito latino en el sur del Líbano y la primera en Oriente Medio que se dedica al “Papa bueno”, patrono del ejército italiano.

Se trata de un signo de profunda estima y aliento para todos los pacificadores dirigidos por el general Abagnara, seguido siempre por el arzobispo militar Ordinario de Italia, Mons. Santo Marcianò, quien el 18 de marzo, con ocasión de la visita al contingente italiano y de la consagración de la nueva iglesia, recibió la ciudadanía honorífica de la capital fenicia de Tiro, la primera vez para un obispo católico, precisamente en agradecimiento a su continua cercanía y compromiso con la cultura de la reunión.

La mirada y la atención de Francisco al diálogo y a la paz en Oriente Medio han encontrado en los “soldados de paz” a los excepcionales intérpretes de los sentimientos y demandas de las poblaciones afligidas que, ayudando a crecer en seguridad y en la eliminación de las barreras al desarrollo personal y al diálogo, avanzan hacia un futuro de estabilidad y coexistencia pacífica.

 

 

SAN BENITO, PATRÓN DE EUROPA*

Memoria

— Raíces cristianas de Europa.

— Necesidad de una nueva evangelización.

— Tarea de todos. Hacer lo que esté en nuestras manos.

I. Al conmemorar el quince centenario del nacimiento de San Benito, el Papa Juan Pablo II recordaba el «trabajo gigantesco» del santo, que contribuyó en gran manera a configurar lo que más tarde sería Europa1. Era un tiempo en el que «corrían gran peligro no solo la Iglesia, sino también la sociedad civil y la cultura. San Benito atestiguó, con insignes obras y con su santidad, la perenne juventud de la Iglesia». Además, «él y sus seguidores sacaron de la barbarie y llevaron a la vida civilizada y cristiana a pueblos bárbaros, y conduciéndolos a la virtud, al trabajo y al pacífico ejercicio de las letras, los unió en caridad a manera de hermanos»2. San Benito contribuyó en gran medida a forjar el alma y las raíces de Europa, que son esencialmente cristianas, sin las cuales no se entienden ni se explican nuestra cultura ni nuestro modo de ser3. La misma identidad europea «es incomprensible sin el Cristianismo», y «precisamente en él se hallan esas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva a los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria»4.

Hoy estamos asistiendo, por desgracia, a un empeño decidido y sistemático que trata de eliminar lo más esencial de nuestras costumbres: su hondo sentido cristiano. «Por una parte, la orientación casi exclusiva hacia el consumo de los bienes materiales, quita a la vida humana su sentido más profundo. Por otra parte, el trabajo está volviéndose en muchos casos casi una coacción alienante para el hombre, sometido al colectivismo, y se separa, casi a cualquier precio, de la oración, quitando a la vida humana su dimensión ultraterrena»5. Parece en ocasiones como si pueblos enteros se encaminaran a una nueva barbarie, peor que la de tiempos pasados. El materialismo práctico «impone hoy al hombre su dominio de maneras muy diferentes y con una agresividad que a nadie excluye. Los principios más sagrados, que fueron guía segura de comportamiento de los individuos y de la sociedad, están siendo desplazados por falsos pretextos referentes a la libertad, la sacralidad de la vida, la indisolubilidad del matrimonio, el sentido auténtico de la sexualidad humana, la recta actitud hacia los bienes materiales, que el progreso ha traído»6. No parece exagerado pensar que en muchos lugares, si no llega el remedio oportuno, las ideas que están cristalizando darán lugar a una nueva sociedad pagana. Por influjo del laicismo, que prescinde de toda relación con Dios, en no pocas legislaciones civiles, los derechos y deberes del ciudadano se establecen sin ninguna relación con una ley moral objetiva. Y lo hacen compatible con una apariencia de bondad, que solo engaña a personas de escasa formación y a los que ya han perdido el sentido de la dignidad humana.

Ante esta situación, el Papa Juan Pablo II ha hecho múltiples llamadas a una nueva evangelización de Europa y del mundo, en la que estamos todos comprometidos. Examinemos hoy, en la festividad de San Benito, nuestro sentido cristiano de la vida y el espíritu apostólico que debe animar todos nuestros actos. No olvidemos que «en la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo»7. Y nos quiere a nosotros como protagonistas de este renacer de la fe. Sentiremos la alegría de dar a conocer a Cristo a compañeros de trabajo, amigos, familiares... Y el Señor premiará ese esfuerzo con gracias abundantes que nos llevarán a una mayor intimidad con Él.

II. Muchos cristianos, ante un panorama que parece adverso, han preferido poner entre paréntesis, dejar a un lado, lo que podía chocar con la opinión más generalizada, que muchas veces se ha puesto a sí misma la etiqueta de «moderna» y de «progreso», y «a fuerza de poner entre paréntesis lo que nos molesta en un problema escribe un pensador de nuestros días, para no separarnos de nuestros compañeros, corremos el riesgo de enterrar en nosotros lo que es esencial»8, aquello que explica el sentido de nuestro vivir cotidiano.

Ningún cristiano puede permanecer al margen de las grandes cuestiones humanas que el mundo tiene planteadas. «No podemos cruzarnos de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de inedia, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impidiéndole intervenir en la educación, en la cultura, en la vida familiar.

»No son derechos nuestros: son de Dios, y a nosotros, los católicos, Él los ha confiado... ¡para que los ejercitemos!»9.

Ante esta situación, cuyas consecuencias vemos todos los días, hemos de sentir la urgencia de recristianizar el mundo, ese mundo quizá pequeño en el que se desarrolla nuestra vida: «cada uno de nosotros ha de plantearse de verdad esta pregunta: ¿qué puedo hacer yo en mi ciudad, en mi lugar de trabajo, en mi escuela o en mi universidad, en esa agrupación social o deportiva de la que formo parte, etc. para que Jesucristo reine efectivamente en las almas y en las actividades? Pensadlo delante de Dios, pedid consejo, rezad... y lanzaos con santa agresividad, con valentía espiritual a conquistar para Dios ese ambiente»10.

La tarea de la recristianización de Europa y del mundo no se puede plantear como si solo fuera abordable por aquellos que tienen una influencia política o pública considerable. Por el contrario, es tarea de todos. Volvemos de nuevo a evangelizar este mundo nuestro cuando vivimos como quiere Dios: cuando los padres y madres de familia comenzando por su conducta, por ejemplo en la generosidad en el número de hijos, en el modo de tratar a quienes les ayudan en las tareas domésticas, a los vecinos... educan a sus hijos en el desprendimiento de sus cosas personales, en el sentido del deber, en la austeridad de vida, en el espíritu de sacrificio para el cuidado de los mayores y de los más necesitados... Cooperan en la recristianización de la sociedad los predicadores y catequistas que recuerdan, sin cansancio y sin reduccionismos oportunistas, todo el mensaje de Cristo; los colegios que, teniendo en cuenta los objetivos para los que fueron fundados, forman realmente en el espíritu cristiano; los profesionales que, aunque esto les acarree un cierto perjuicio económico, se niegan a prácticas inmorales: comisiones injustas, aprovechamiento desleal de informaciones reservadas, de influencias, intervenciones médicas que pugnan con la Ley de Dios, o inserciones publicitarias que ayudan a sostener emisoras o publicaciones claramente anticristianas... Y siempre el apostolado personal basado en la amistad, que es eficaz en toda circunstancia.

III. Existe un antiguo proverbio que dice: «más vale encender una cerilla que maldecir la oscuridad». Aparte de que no es propio de los hijos de Dios la queja sistemática sobre el mal, el clima pesimista y negativo, si los cristianos nos decidiéramos a llevar a cabo lo que está en nuestras manos, cambiaríamos el mundo de nuevo, como hicieron los primeros cristianos, pocos en número, pero con una fe viva y operativa. Es un gran error no hacer nada, por pensar quizá que se puede hacer poco. Una carta a un periódico alabando o agradeciendo un buen artículo, puede alentar al director de la publicación o al periodista a publicar otros en la misma línea; recomendar un buen libro puede ser el instrumento que utilice el Espíritu Santo para transformar un alma; expresar nuestra opinión con serenidad puede reafirmar a otro en su sentido cristiano... Todas nuestras acciones, con la gracia Dios, tienen repercusiones insospechadas.

Y hemos de contar con que hacer el bien es siempre más atractivo que el mal; y también con la ayuda de la Virgen y de los santos Ángeles Custodios para sacar adelante lo que nos proponemos, y con la fortaleza que otorga la ayuda de la Comunión de los Santos, que alcanza incluso a los que están más lejos. Son muchas las razones para ser optimistas, «con un optimismo sobrenatural que hunde sus raíces en la fe, que se alimenta de la esperanza y a quien pone alas el amor. Hemos de impregnar de espíritu cristiano todos los ambientes de la sociedad. No os quedéis solamente en el deseo: cada una, cada uno, allá donde trabaje, ha de dar contenido de Dios a su tarea, y ha de preocuparse –con su oración, con su mortificación, con su trabajo profesional bien acabado– de formarse y de formar a otras almas en la Verdad de Cristo, para que sea proclamado Señor de todos los quehaceres terrenos»11. Para esto aprovecharemos todas las situaciones, incluso los viajes por motivos de descanso o de trabajo, como hicieron los primeros cristianos, que «viajando o estableciéndose en regiones donde Cristo no había sido anunciado, testimoniaban con valentía su fe y fundaban allí las primeras comunidades»12.

A San Benito, le encomendamos hoy esta tarea de todos de recristianizar la sociedad, y le pedimos que sepamos proclamar con nuestra vida y nuestra palabra «la perenne juventud de la Iglesia». Sobre todo le pedimos esa santidad personal que está en la base de todo apostolado. «Veo amanecer señala el Papa Juan Pablo II- una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo»13.

Santa María, Reina de Europa y del mundo, ruega por todos aquellos que se hallan en camino hacia Cristo... ruega por nosotros.

1 Juan Pablo II, Homilía 1-I-1980. — 2 Pío XII, Enc. Fulgens radiatur, en el Centenario de la muerte de San Benito, 21-III-1947. — 3 Cfr. L. Suárez. Raíces cristianas de Europa, Palabra, 2ª ed., Madrid 1986, pp. 16 ss. — 4 Juan Pablo II, Discurso en Santiago de Compostela, 9-XI-1982. — 5 ídem, Homilía en Nursia, 23-III-1980. — 6 ídem, Homilía en el Phoenix Park de Dublín, 29-IX-1979. — 7 ídem, Enc. Redemptoris missio, 7-XII-1990, n. 86. — 8 J. Guiton, Silencio sobre lo esencial, EDICEP, Valencia 1988, p. 20. — 9 San Josemaría Escrivá, Surco, Rialp, 3.ª ed., Madrid 1986, n. 310. — 10 A. del Portillo, Carta 2-X-1985. — 11 ídem, Carta 25-XII-1985, n. 10. — 12 Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, cit. 82. — 13 Ibídem, n. 92.

San Benito nació en Nursia (Italia) hacia el año 480. Después de haber recibido una esmerada formación en Roma comenzó a practicar la vida eremítica en Subiaco, donde reunió algunos discípulos; más tarde se trasladó a Casino. Allí fundó el célebre monasterio de Montecasino y escribió la Regla de la vida monástica, cuya difusión le valió el ser llamado «Padre de los monjes de Occidente». Influyó y sigue ejerciendo su influencia en muchas Constituciones de la vida religiosa. Murió en Montecasino el 21 de marzo del año 547, pero ya desde fines del siglo viii comenzó a celebrarse su fiesta en muchos lugares en el día de hoy. Pablo VI, en la Carta Apostólica Pacis nuntius (24-X-1964), proclamó a San Benito Patrón de Europa por el extraordinario influjo que ejerció personalmente y a través de sus monjes en establecer las raíces cristianas de este viejo continente. Juan Pablo II, con la Carta Apostólica Egregiae virtutis (31-XII-1980), proclamó a los Santos Cirilo y Metodio copatronos de Europa (cfr. Encíclica Slavorum Apostoli, 2-VI-1985).

 

“No te olvides de la higuera maldecida”

Aprovéchame el tiempo. -No te olvides de la higuera maldecida. Ya hacía algo: echar hojas. Como tú... -No me digas que tienes excusas. -No le valió a la higuera -narra el Evangelista- no ser tiempo de higos, cuando el Señor los fue a buscar en ella. -Y estéril quedó para siempre. (Camino, 354)

Volvemos al Santo Evangelio, y nos detenemos en lo que nos refiere San Mateo, en el capítulo veintiuno. Nos relata que Jesús, volviendo a la ciudad, tuvo hambre, y descubriendo una higuera junto al camino se acercó allí. ¡Qué alegría, Señor, verte con hambre, verte también junto al Pozo de Sicar, sediento! (...)
¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha -una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado- para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos. (...)
Se llegó a la higuera, no hallando sino solamente hojas. Es lamentable esto. ¿Ocurre así en nuestra vida? ¿Ocurre que tristemente falta fe, vibración de humildad, que no aparecen sacrificios ni obras? ¿Que sólo está la fachada cristiana, pero que carecemos de provecho? Es terrible. Porque Jesús ordena: nunca jamás nazca de ti fruto. Y la higuera se secó inmediatamente. Nos da pena este pasaje de la Escritura Santa, a la vez que nos anima también a encender la fe, a vivir conforme a la fe, para que Cristo reciba siempre ganancia de nosotros. (Amigos de Dios 201-202)

 

 

El prelado, en Nueva York

El prelado del Opus Dei está ya en Nueva York, donde comienza su viaje pastoral a los Estados Unidos. Allí estará hasta el próximo 11 de julio, día en que continuará un recorrido que le llevará a Chicago, Los Ángeles y San Francisco.

Del Prelado10/07/2019

Opus Dei - El prelado, en Nueva York

Lunes 8 de julio

El lunes, el prelado del Opus Dei visitó el campus de Nueva York de la IESE Business School. Mons. Ocáriz es gran canciller de la Universidad de Navarra, de la que forma parte la IESE Business School. Esta ha sido su primera visita al campus, que abrió sus puertas en 2009. Le recibió el director en la sede de los Estados Unidos, Eric Weber. Tras pasar por el oratorio, pudo conocer las instalaciones y saludar a una representación de quienes allí trabajan, como los matrimonios Luis y Mariana o Nina y Gerard.

El prelado participó en un acto académico organizado por el Witherspoon Institute, un centro de investigación cuya finalidad es comprender mejor los fundamentos morales de las sociedades democráticas.

Entre los participantes estaban, Robert George, professor de Filosofía Política, R. R. Reno, editor de First Things, y April Readlinger, directora ejecutiva de CanaVox. Las palabras iniciales fueron de Russel J. Snell, director del Center on the University and Intellectual Life del Witherspoon Institute, quien habló sobre los cambios culturales que afrontan actualmente los jóvenes.

 

En esta línea, la intervención del prelado y el debate posterior se centró en la necesidad de comprender el amor, que a veces queda reducido a puro sentimentalismo. Mons. Ocáriz dijo que la libertad es comprendida completamente cuando surge del verdadero amor. El amor no es solamente sentimientos, sino que pasa por desear el bien del otro. Si amar es simplemente disfrutar usando a la otra persona, se convierte en una especie de egoísmo. Educar en la libertad, dijo, es muy importante para el crecimiento de la gente joven.

Domingo, 7 de julio

El prelado aterrizó en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York a primera hora de la tarde.

Le recibieron, entre otros, el vicario del Opus Dei en Estados Unidos, monseñor Thomas G. Bohlin, y algunas familias. Patricia y Thomas White acudieron a saludarle con sus cinco niños. Los pequeños mostraron al prelado una pancarta que habían pintado junto con su madre en la que decían: “Padre, Welcome to the USA.”

 

¿Un Dios que deja hacer? El mal y el dolor

¿Por qué existe el mal? ¿Qué sentido tiene el dolor? ¿Por qué Dios permite el mal? Estas son las preguntas que toda persona se hace en algún momento de la vida. Hacen referencia a uno de los grandes misterios del hombre.

La luz de la fe24/10/2018

Opus Dei - ¿Un Dios que deja hacer? El mal y el dolor

La existencia del mal en el mundo, especialmente en sus formas más agudas y difíciles de entender, es una de las causas más frecuentes del abandono de la fe. Ante sucesos que parecen claramente injustos y sin sentido y frente a los que nos sentimos impotentes, surge de modo natural la pregunta de cómo puede Dios permitirlo. ¿Por qué el Señor, que es bueno, que es omnipotente, deja que ocurran males semejantes? ¿Por qué personas sencillas, que acarrean ya mucho peso en la vida, deben cargar con el drama de una tragedia imprevista, como un desastre natural?¿Por qué Dios no interviene? Son preguntas que no dirigimos al mundo, ni tampoco a nuestros semejantes, sino a Dios, porque confesamos que Él es el Creador y el Señor del mundo [1].

Estas cuestiones, en cierta manera, desbordan los confines de la Revelación y penetran en el misterio de Dios mismo; al fin y al cabo, nada hay en la creación que escape a la sabiduría y a la voluntad de Dios. Del mismo modo que no podemos abarcar la infinita bondad de Dios, tampoco podemos sondear completamente sus proyectos. Por eso, muchas veces, la mejor actitud ante el mal y el dolor es la del abandono confiado en Dios, que siempre “sabe más” y “puede más”.

Pero es también natural que tratemos de iluminar el oscuro misterio del mal, de modo que la fe no se apague por la experiencia de la vida, sino que, precisamente en esos momentos, siga siendo luz clara en nuestro camino, «lámpara para mis pasos» (Sal 119,105).

El mal procede de la libertad creada

Dios no ha creado un mundo cerrado, al que sólo tenga acceso Él, ni tampoco ha hecho el mundo perfecto. Lo ha hecho abierto a muchas posibilidades y perfectible, y ha creado a los hombres y a las mujeres para que lo habiten y lo completen con su ingenio. Nos ha hecho inteligentes y libres y nos ha dado espacio para desarrollar esos talentos. En ese sentido Dios, al llamarnos a la existencia, nos pone a prueba: nos encarga la tarea de hacer el bien según nuestras posibilidades. Y eso es, con frecuencia, una tarea fatigosa. «Negociad hasta que vuelva» (Lc 19,13): como en la conocida parábola de Jesús, los talentos no se pueden enterrar o esconder: cada uno está llamado a hacer fructificar su vida, a desarrollar lo que recibimos. Pero a menudo no lo hacemos, o incluso hacemos todo lo contrario, nos proponemos voluntariamente cosas malas y las llevamos a cabo: somos, muchas veces, culpables.

El verdadero mal, el que más hemos de temer: el pecado. De él provienen los otros males de un modo o de otro

La humanidad lo fue desde el principio, desde aquel acto que fue cabeza de los demás males. Todo lo que hay de mal en el mundo gira en torno a esto: al mal uso de la libertad, a la capacidad que tenemos de destruir las obras de Dios: en nosotros mismos, en los demás, en la naturaleza. Cuando lo hacemos nos privamos de Dios, se oscurece nuestro corazón, e incluso podemos hacer que nuestra vida o la de otros se conviertan en un infierno. Este es el verdadero mal, el que más hemos de temer: el pecado. De él provienen los otros males de un modo o de otro.

El sufrimiento como prueba o purificación

Pero entonces ¿el mal es siempre el fruto directo de la culpa? Primero hay que aclarar qué es el mal. En sí mismo no es más que la otra cara del bien, la cara que la realidad muestra cuando el bien falta, cuando lo que debería ser no es y lo que tendría que estar presente no lo está. El mal es privación, no tiene entidad positiva, es negatividad, y necesita agarrarse al bien para existir[2]. Sufrimos cuando experimentamos esa ausencia de lo bueno. Desde luego, la culpa, nuestra o de los demás, produce siempre un daño; sin embargo, no siempre que sufrimos un daño lo sufrimos por haber sido culpables.

En la Sagrada Escritura el libro de Job trata con profundidad este problema. Los amigos de Job quieren persuadirlo de que las desgracias que el Señor le ha enviado son consecuencia de sus pecados, de su injusticia. Aunque no pocas veces sea así, porque los delitos merecen un castigo –algo lógico según el orden humano y también según el divino–, el caso de Job nos muestra que también los justos y los inocentes sufren. Refiriéndose a este libro sagrado san Juan Pablo II escribió: «Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y que tenga carácter de castigo»[3]. De hecho, para Job su sufrimiento supuso una prueba para su fe, de la que salió fortificado. En ocasiones Dios nos prueba, pero siempre nos da su gracia para vencer y busca el modo de que podamos crecer en el amor, que es el sentido último del bien.

Otras veces el sufrimiento tiene un sentido de purificación. Así sucedió con Israel en el tiempo de Moisés, cuando el pueblo era voluble y caprichoso. Dios lo purificó con un largo viaje a través del desierto, y así lo fue formando hasta que fue capaz de entrar en la tierra prometida y reconocer la fidelidad de Dios a su palabra. Con frecuencia, el sufrimiento adquiere –en la Providencia divina– un valor semejante, purificador. Existen personas que, enfrascadas en el ajetreo de la vida, no se plantean las preguntas decisivas hasta que una enfermedad, o un revés económico o familiar, les lleva a interrogarse más a fondo. Y es frecuente que se opere un cambio, una conversión, o una mejora, o una apertura a la necesidad del prójimo. Entonces el sufrimiento es también pedagogía de Dios, que quiere que el hombre no se pierda, que no se disipe en las delicias del camino o entre los afanes mundanos. Por tanto, aunque hay una medida de mal en la vida de cada uno con la que cuenta la Providencia divina, ese mal se revela en último término servicio al bien del hombre.

El sufrimiento en la naturaleza

En esta luz adquiere también un cierto sentido el sufrimiento natural, ese que está presente y como inscrito en nuestro entorno creado: la fatiga del crecimiento para saber más y progresar, la caducidad de los seres, que envejecen y mueren, la falta de armonización en los fenómenos naturales (que se imponen como destruyendo el orden de la creación). Sufrimientos que no podemos evitar, que no dominamos ni controlamos, que están ahí, inscritos en la naturaleza.

Cuando contemplamos una naturaleza desatada hemos de pensar que el Señor nos presenta allí la figura de un mundo en el que no puede reinar

En ocasiones se trata de males necesarios para que puedan subsistir otros bienes. Santo Tomás pone el ejemplo del león que no podría conservar su vida si no diera caza al asno o a algún otro animal[4]. Pero, con frecuencia, se nos ocultan los bienes que puedan tener relación con los sucesos trágicos de la naturaleza. No es fácil entender por qué Dios los permita, ni por qué ha creado un universo donde está implicada la destrucción y que, a veces, no parece estar regido por la Bondad y el Amor. Una posible luz viene del hecho de considerar que, en general, la destrucción originada por los fenómenos naturales, tiene que ver, según el designio creador, con nuestra libertad y con la capacidad que tenemos de rechazar a Dios.

El hábitat en que vivimos y que tantas veces nos maravilla con su belleza –el mundo físico– puede también convertirse en un lugar horrible, de modo semejante a como nuestro corazón, hecho para amar a Dios y tener el Cielo dentro, puede también llegar a ser un lugar triste y oscuro: si se abandona, si se deja llevar por las semillas que planta el diablo. De modo que, cuando contemplamos una naturaleza desatada que causa destrucción sin miramientos ni atisbos de justicia, hemos de pensar que el Señor nos presenta allí la figura de un mundo en el que no puede reinar y de un corazón que rechaza el amor y la justicia. La profunda relación entre la Creación y el hombre, que fue puesto como cabeza para que la custodiase (cfr. Gén 2,15), se muestra también en ese desorden.

Los hombres y también «la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rm 8,22), porque participa del proyecto creador y redentor de Dios. Ella también «tiene la esperanza de ser liberada de la corrupción» y «participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

El sufrimiento redentor

Pero sin duda lo que ilumina de modo más importante el sentido del mal es la Cruz de Jesús. Y junto a la Cruz, la Resurrección. Su Cruz nos indica que el sufrimiento puede ser el signo y la prueba del amor. Más aún, que puede ser la vía de la destrucción del pecado. Porque en la Cruz de Jesús el amor de Dios lavó los pecados del mundo. El pecado no resiste, no puede resistir, al amor que se abaja y se humilla por el bien del pecador. Como expresa un famoso personaje creado por Dostoievski, «la humildad del amor es una terrible fuerza, la más fuerte de todas, a la cual no hay nada que se asemeje»[5].

En la Cruz, el sufrimiento de Jesús es redentor porque su amor al Padre y a los hombres no retrocede ante el rechazo y la injusticia humanas. Él dio su vida por los pecadores, los sirvió con su entrega total, y así su Cruz se convirtió en fuente de vida para ellos.

También nuestros sufrimientos pueden ser redentores, cuando son fruto del amor o se transforman por el amor. Entonces participan de la Cruz de Cristo. Como enseñaba san Josemaría, el sufrimiento es fuente de vida: de vida interior y de gracia para uno mismo y para los demás[6]. En realidad, no es el sufrimiento en cuanto tal lo que redime, sino la caridad presente en él.

Ya en lo humano el amor tiene capacidad de modelar la vida: la madre que no escatima esfuerzos por la felicidad de sus hijos, el hermano que se sacrifica por el hermano necesitado, el soldado que se juega la vida por su pelotón. Son ejemplos que perviven en la memoria y honran a sus protagonistas. Cuando ese amor está motivado y fundado en la fe, entonces, además de ser algo hermoso, es también divino: participa de la Cruz y es canal de la gracia que proviene de Cristo. Allí el mal se transforma en bien, mediante la acción del Espíritu Santo, don que procede de la Cruz de Jesús.

La última carta

Pero a todo lo que se ha dicho hasta ahora para intentar explicar el sentido del mal se podría añadir una consideración conclusiva. Y es que, aunque el mal está presente en la vida del hombre sobre la tierra, Dios tiene siempre en su mano una última carta, es siempre el último jugador por lo que se refiere a la vida de cada uno. Dios nos quiere, nos aprecia, y por eso se reserva la última carta, que es la esperanza del mundo: su amor creador omnipotente. El amor que se manifiesta también en la resurrección de Jesucristo.

Pues por grandes e incomprensibles que lleguen a ser los dramas de la vida, mucho mayor es el poder creador y re-creador de Dios. La vida es tiempo de prueba y, cuando se acaba, empieza lo definitivo. Este mundo es pasajero. Sucede con él como con el ensayo de un concierto: quizá alguien se olvidó el instrumento y otro no se aprendió bien la partitura y un tercero está desafinando. Para eso están los ensayos. Es el tiempo de ajustar, de armonizar instrumentos, de adaptarse al director de la orquesta. Luego, al fin, llega el gran día, cuando todo está ya listo, y el concierto tiene lugar en una sala fastuosa, en medio del alborozo y de la emoción general.

La vida de Cristo no muestra sólo el amor de Dios sino también su poder, el poder de devolver con creces todo aquello que no correspondió a la justicia, todo aquello en lo que pareció que Dios no estaba presente, allí donde le dejó hacer al mal y al dolor más allá de lo que llegamos entonces a comprender. Jesús experimentó también su momento de abandono (cfr. Mc 15,34), lo sufrió con amor, y a la Cruz le siguió una eterna gloria. El último libro de la Escritura, el Apocalipsis, nos habla de un Dios que «enjugará toda lágrima» (Ap 21,4) porque Él hace nuevas todas las cosas (cfr. Ap 21,5) y será fuente de una felicidad sobreabundante.

¿Cómo ayudar a los que sufren?

En muchas ocasiones, ante el dolor ajeno nos sentimos impotentes y solamente podemos hacer lo mismo que el buen samaritano (cfr. Lc 10,25-37): ofrecer cariño, escuchar, acompañar, estar al lado; es decir, no pasar de largo. Algunas obras de arte retratan al buen samaritano y al hombre asaltado con el mismo rostro. Y puede interpretarse como que Cristo cura y, a la vez, es curado. Cada uno de nosotros somos, o podemos ser, el buen samaritano que cura las heridas de otro, y en ese momento somos Cristo. Pero a veces también necesitamos que nos curen porque algo nos ha herido –una mala cara, una mala contestación, un amigo que nos ha dejado– y somos curados por un buen samaritano, que puede ser el mismo Cristo cuando acudimos a Él en la oración, o una persona cercana que se convierte en Cristo cuando nos escucha. Y nosotros somos Cristo para los demás, porque cada uno de nosotros somos imagen y semejanza de Dios.

El sufrimiento permanece siempre como un misterio, pero un misterio que por la acción salvadora de Nuestro Señor nos puede abrir hacia los demás: «En todas partes hay chicos abandonados o porque los abandonaron cuando nacieron o porque la vida los abandonó, la familia, los padres y no sienten el afecto de la familia. ¿Cómo salir de esa experiencia negativa de abandono, de lejanía de amor? Hay un solo remedio para salir de esas experiencias: hacer aquello que yo no recibí. Si tú no recibiste comprensión, sé comprensivo con los demás. Si no recibiste amor, ama a los demás. Si sentiste el dolor de la soledad, acércate a aquellos que están solos. La carne se cura con la carne y Dios se hizo carne para curarnos a nosotros. Hagamos lo mismo nosotros con los demás»[7].

Muchas personas han sentido la caricia de Dios justamente en los momentos más difíciles: los leprosos acariciados por santa Teresa de Calcuta, los tuberculosos a los que confortaba material y espiritualmente san Josemaría o los moribundos tratados con respeto y amor por san Camilo de Lelis. Esto también nos dice algo sobre el misterio del dolor en la existencia humana: son momentos en que la dimensión espiritual de la persona puede desplegarse con fuerza si se deja abrazar por la gracia del Señor, dignificando hasta las situaciones más extremas.

Antonio Ducay


[1] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 9.

[2] Cfr. J. Ratzinger, Dios y el mundo, Creer y vivir en nuestra época, Barcelona 2005, p. 120.

[3] Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 11.

[4] Cfr. San Tommaso d’Aquino, Summa Theologiae, I, q. 48, a. 2 ad 3

[5] Los hermanos Karamazov, Colihue, Buenos Aires 2006, p. 447.

[6] Cfr. S. Josemaría, Via Crucis, Estación XII.

[7] Papa Francisco, Discurso en el estadio Kerasani de Nairobi, 27-XI-2015.

 

Orar en cuerpo y alma: la mortificación cristiana

Jutta Burggraf fue Doctora en Teología por la Universidad de Navarra. Falleció en el año 2010.

Virtudes09/05/2015

Hay cosas que no comprendemos. Sólo podemos acercarnos a ellas con fe. Y con amor. ¿Por qué Jesucristo murió en una cruz? ¿Fue necesaria esta horrible pasión para liberarnos de nuestras oscuridades interiores? Desde luego que no. Dios habría podido perdonar nuestros pecados de mil maneras distintas, o simplemente no perdonarlos.

Locura de amor de Jesucristo

Probablemente, ha elegido la más impresionante de todas, aquella que manifiesta más claramente la locura de su gran amor: se ha hecho hombre –uno de nosotros–, y ha compartido las alegrías y durezas de nuestra vida hasta el final.

A pesar de su omnipotencia eterna, se dejó –¡libremente!– humillar, flagelar, escupir, ridiculizar, coronar de espinas y clavar en un madero. ¿Por qué? Quizá para mostrarnos que es capaz de hacer “todo" por nosotros, como un amigo que muere para salvar al otro. Y para convencernos –una vez por todas– que tenemos un inmenso valor: nuestro destino no es indiferente a Dios. Misterio de amor, sobreabundancia de generosidad.

Cristo ha muerto para que nosotros vivamos

¿Esto quiere decir que los cristianos tenemos que vivir ahora de un modo severo y riguroso? ¿Que no debemos disfrutar de las cosas buenas de la vida? ¡Todo lo contrario! Cristo ha muerto para que nosotros vivamos; ha sufrido para que nosotros seamos felices; ha roto nuestras cadenas para que anunciemos su reino de libertad. La obra de salvación debería reflejarse en el rostro, en la mirada, en la sonrisa y la risa, en la serenidad y la fortaleza, en la comprensión y la amistad, en el ánimo sincero, solidario y generoso de los “liberados".

Quien experimenta que es profundamente aceptado y amado, no puede más que transmitir el amor con alegría. Y quiere estar cada vez más cerca al amor de su vida

Quien experimenta que es profundamente aceptado y amado, no puede más que transmitir el amor con alegría. Y quiere estar cada vez más cerca al amor de su vida. Lo advertimos en el amor humano, a veces con una claridad que nos hace temblar. Pensemos, por ejemplo, en las mujeres alemanas que acompañaron voluntariamente a sus marido judíos a los campos de concentración nazi. O en aquella madre que se acostumbró a cerrar los ojos durante casi todo el día, para percibir el mundo del mismo modo que su hijo ciego.

Compartir el destino de Cristo

Algo parecido ocurre en el amor a Cristo. Los cristianos quieren compartir su destino. ¿No es verdad que dos personas se unen más fuertemente cuando llevan juntas un gran dolor, que cuando celebran juntas una maravillosa fiesta? Por esto, los cristianos quieren estar también en la cruz, y no tienen reparos en subir libremente al monte Calvario. ¿Cómo lo hacen? Tratan de aceptar, con ánimo, los múltiples problemas de la vida diaria; los utilizan como el material del que fabrican una cruz, “su cruz", aquella para la que Cristo les considera preparados, y la que lleva con ellos. Como es sabido, Dios suele actuar así con sus amigos.

Los cristianos quieren identificarse cada vez más plenamente con el amado, que se dejó –¡libremente!– crucificar. Por esto, buscan, según una larga tradición, también libremente “mortificaciones corporales", como son el ayuno o una peregrinación austera y tantas otras. Lo que aman, por supuesto, no es la cruz en sí, sino al Crucificado

Las mortificaciones corporales, una larga tradición cristiana

Sin embargo, quien ama, es capaz de “excederse", de cometer locuras. Los cristianos quieren identificarse cada vez más plenamente con el amado, que se dejó –¡libremente!– crucificar. Por esto, buscan, según una larga tradición, también libremente “mortificaciones corporales", como son el ayuno o una peregrinación austera y tantas otras.

Lo que aman, por supuesto, no es la cruz en sí, sino al Crucificado. No quieren tener las cosas mejor que Él. Si la gente ha flagelado y escupido a Cristo, no desean que a ellos les den honores. No quieren vivir en comodidad y aburguesamiento, sino con Él y como Él. Este es el primer aspecto, el más importante, de la “mortificación corporal".

Alma y cuerpo, ordenar las pasiones y educar los sentidos

Hay también otro, que tiene que ver con nuestra naturaleza: somos cuerpo y alma. Todas nuestras actividades espirituales se encuentran profundamente unidas a nuestra vida sensible. Además, nuestra naturaleza humana está debilitada por el pecado. Hay desorden y tentaciones. Oponerse a la realidad y pretender contradecir los movimientos de la naturaleza, resulta del todo inútil. Una empresa con este fin conduciría únicamente a la rigidez de un estoicismo inhumano. Pero sería igualmente erróneo ceder ante todos los deseos y olvidar la realidad que vive cada uno. Lo más conveniente es aceptarse como uno es. Cuando hay algo en el corazón que contradice al amor, necesitamos sinceridad para reconocer nuestros sentimientos, y no ocultarlos o simplemente reprimirlos; ello sólo conduciría a una actitud convulsiva.

Un cristiano quiere limpiar su “casa interior", cada día de nuevo, para que Dios pueda habitar cada vez más hondamente en ella

Un cristiano quiere limpiar su “casa interior", cada día de nuevo, para que Dios pueda habitar cada vez más hondamente en ella. Es el otro aspecto de la “mortificación corporal" que, por cierto, es una expresión poco feliz: no se trata de “matar" nada ni a nadie, sino de ordenar las pasiones y educar los sentidos. Es importante que cada uno encuentre su propio modo de actuar, que le ayude a crecer en el amor y, de paso, a vencer las tentaciones. No hace falta que todos hagan lo mismo. Cada época tiene su estilo particular, su mentalidad, sus costumbres y formas.

Con la mortificación no se trata de “matar" nada ni a nadie, sino de ordenar las pasiones y educar los sentidos

Aunque es, ciertamente, más importante la lucha interior, no deberíamos despreciar la exterior que puede prepararnos a ella. Tal vez, el recto significado de la “mortificación corporal" fue tergiversado en el pasado, y se llegó a exageraciones. Por eso, hoy en día, la “mortificación" es rechazada por amplios sectores de la sociedad. Pero no se trata de que, debido a algunas exageraciones conocidas, se renuncie a todo tipo de vida ascética; más bien, la ascética debe vivirse en forma inteligente, prudente y oportuna.

El poner orden en el caos interior que, a veces, tenemos, puede lograrse por amor a Dios, sin miedo ni escrúpulos ni formalismos, con mucha confianza y una gran libertad, y con un corazón generoso. Es una forma de rezar: orar en cuerpo y alma.

Un encuentro más personal con Cristo, con libertad y confianza

Si la lucha es sincera, conduce a un encuentro más personal con Cristo. A través de ella, no se busca la propia perfección, sino el amor de Dios. No debemos conducirnos por miedo de “no hacer nada malo", y de no caer jamás. Lo decisivo es el valor de levantarse una y otra vez. Dios nos es más suave y más grato cuando elevamos a Él nuestro corazón dolorido, que cuando pretendemos mostrarle todos nuestros logros ascéticos y nuestra perfección moral.

No debemos conducirnos por miedo de “no hacer nada malo", y de no caer jamás. Lo decisivo es el valor de levantarse una y otra vez

Si la lucha es humilde, se ensancha nuestro corazón. El mismo Dios, que quiere habitar en nosotros, nos hace participar no sólo en su cruz, sino también en su resurrección. Nos da la fuerza de superar nuestras rigideces y estrecheces, y nuestra ceguera para ver la indigencia de los demás. Y nos da la luz para ver los propios límites y la gran necesidad que tenemos de los otros. En una palabra, nos hace capaz de amar de verdad.

 

 

Hospital de campaña

Posted: 10 Jul 2019 11:17 AM PDT

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Con frecuencia el papa Francisco ha comparado a la Iglesia con un hospital de campaña. Sobre esto ha escrito Wojciech Giertych, teólogo de la Casa Pontificia, un excelente artículo en el “Osservatore Romano” (5-VII-2019): “La Iglesia ante los sufrimientos y los dramas del mundo: Un oasis de humanidad”.

El texto explica el funcionamiento de este "hospital", las condicionesen que puede funcionar y los medios con los que puede contar.

Comienza evocando escenarios bélicos como la Primera Guerra Mundial, en los que muchos jóvenes eran llamados a combatir en trincheras fangosas, y se comprometían a luchar para conquistar metros de territorio con un coste muy alto. “Viendo mutilaciones, intoxicaciones, muerte y destrucción, junto con una mezcla de heroísmo y desesperación, se encontraban con los soldados adversarios y a veces descubrían con estupor que sus experiencias eran idénticas”.

Así se representa, en efecto, en muchas películas desde los años veinte –pronto hará un siglo– hasta nuestros días, como Frantz(F. Ozon, 2016).


En medio de aquella carnicería, del horror y del caos, de la confusión y de las preguntas desconcertantes –señala el autor– se situaba el hospital de campaña. Una estructura que se mantenía como de milagro, en condiciones imposibles y sujeta a continuos bombardeos. El personal sanitario, sobrecargado de trabajo, afrontaba continuamente el drama del sufrimiento y de la muerte. Debían tomar decisiones rápidas, concentrándose en lo que considerasen más importante, y debían emprender, con recursos limitados, intervenciones quirúrgicas dolorosas.

Y aquí viene la primera gran característica que se puede aplicar a cualquier hospital de campaña: “En medio de la guerra, que es siempre una explosión de violencia y de rabia, un hospital de campaña es un oasis de humanidad”. También porque se suele atender a soldados de las dos partes del conflicto. Los que poco antes se empeñaban en una batalla homicida, ahora se encontraban como enfermos ansiosos de una palabra de esperanza.

Hospitales (cristianos) de campaña

El autor se refiere más concretamente a hospitales de campaña inspirados por la fe cristiana e incluso católica: “Los que están próximos a la muerte reciben el viático orante y sacramental –la comunión eucarística, que según la fe católica une al que la recibe con Cristo, como fruto de su pasión, muerte y resurrección– para la peregrinación final que de pronto se convierte en su viaje más importante”.

En esta perspectiva señala también: “En la deshumanización de la guerra, el hospital de campaña es un signo improvisado de humanidad, de gracias invisibles, vividas al hilo tumultuoso y doloroso de los acontecimientos. No ofrece solamente curaciones, sino también la esperanza más profunda, una esperanza que tiene origen en el sacrificio de Cristo, en la única escuela del amor que viene recordada por la Cruz Roja que aparece en todas partes”. Un signo, efectivamente, de indudables raíces cristianas.

A continuación prolonga la metáfora de la guerra con la situación actual. Si hoy la Iglesia puede considerarse hoy como un hospital de campaña es porque sigue existiendo la guerra –una guerra diferente pero no menos intensa– y, con ella, el caos el sufrimiento y la confusión. Los enemigos son las fuerzas del mal –el pecado– y las partes en conflicto no están bien definidas, pues los ataques provienen tanto desde fuera como desde dentro de las personas. Las líneas del frente son confusas, porque pasan a través del corazón de cada individuo, y existe siempre el peligro de recaer en el pesimismo o en la falta de confianza respecto a la victoria del bien.

¿Cuál es, en esta situación tenebrosa, el papel de la Iglesia? La Iglesia es portadora de una luz que proviene de Dios. “La Iglesia es el sacramento de salvación, un signo visible de gracias invisibles, capaces de curar las heridas más profundas nunca padecidas por los hombres”. De este modo,“la verdadera caridad, el amor divino derramado en el corazón humano por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5), vivido en la práctica, comporta una dosis de humanidad en un mundo frecuentemente deshumanizado”.

La Iglesia, portadora de esperanza

En medio de la desesperación, la Iglesia debe ser portadora de esperanza. Pero está claro que no es una esperanza meramente humana, sino que abre las mentes y los corazones “a una perspectiva que va más allá del presente y sus tragedias”. Aquí se distinguen claramente las esperanzas (meramente) humanas y la que Benedicto XVI ha llamado la “gran esperanza”: el amor de Dios que nos espera para darnos la vida plena, la vida eterna y verdadera, según la fe cristiana. Esa gran esperanza que asume y da sentido también a las pequeñas esperanzas terrenas (cf. enc. Spe salvi, nn. 27 ss).

Por eso –continúa el teólogo autor del texto– “la primera preocupación de la Iglesia no es solo aliviar los males físicos actuales”, cosa que pueden hacer también organizaciones gubernamentales o no, y otros entes privados con eficiente profesionalidad.

En este hospital de campaña que es la Iglesia, la Iglesia se preocupa sobre todo de la salvación eterna: el amor cristiano y sobrenatural de la caridad, sin desatender las necesidades inmediatas, ama al prójimo en orden a Dios. Con otras palabras, contribuye a curar al otro como miembro –al menos potencial– del Cuerpo (místico) de Cristo. Y esta preocupación incide en el amor cotidiano del cristiano a cuantos le rodean.

Entonces, cabría preguntar, ¿cómo o dónde se distingue, en este hospital, lo que hace la Iglesia y lo que hace cada cristiano personalmente? Podríamos pensar que lo más importante es lo que la Iglesia hace como “institución”, oficialmente. Pero el autor no comienza por ahí, sino por valorar lo que hacen, y ante todo lo que son, los cristianos personalmente.

“La Iglesia está presente en el mundo en primer lugar a través de la conciencia auténtica de los cristianos singulares, animados por el amor divino. Su percepción de los desafíos es completada por la virtud creativa. La calidad de esta respuesta –se advierte– es fundamental, aunque no se valore con medidas humanas. La ‘fe que obra por medio de la caridad’ (Ga 5, 6) manifiesta la presencia y la acción del Espíritu Santo”.

Esto significa –continúa explicando– que tales acciones están precedidas por un acto de fe, centrado en Cristo, confiando en el poder de su amor divino”. Por tanto, la condición es una “fe viva” que compromete, por decirlo así, la intervención divina, porque el cristiano cree en la fecundidad del amor de Dios. Y entonces ese acto amoroso –del cristiano que se preocupa por la salvación de los demás y procura acercarlos a Dios y a su gracia– es reforzado desde dentro por la gracia divina. Es más –podría decirse– lo que salva es propiamente la gracia de Dios, que cuenta con nuestra colaboración.

El cristiano podrá así –señala el autor– darle un vaso de agua al soldado que muere, evocando la fe en el Dios vivo, y ello adquiere un brillo y una fecundidad que solo percibirán los ojos de la fe. De ahí se siguen encuentros dramáticos con el misterio divino, momentos de verdadera caridad, reconciliaciones y peticiones de perdón por los errores cometidos, vueltas a Dios y expresiones espirituales de gratitud. Todo ello es –continúa siendo por todas partes– “el pan cotidiano de los hospitales cristianos de campaña”.

Esos hospitales son, en efecto, los cristianos que se preocupan por el bien integral de cada uno y cada una de los que le rodean: sus hijos, padres y hermanos, sus amigos y compañeros de trabajo, todos aquellos con los que su vida se cruza cada día.

La salvación se produce con medios divinos

En esta explicación del papel de cada cristiano como “médico”, siguiendo los pasos de Cristo, es interesante la valoración –por parte del autor– de los “medios” que sirven para el buen funcionamiento de este hospital:

“La escasez de medios del hospital de campaña indica la pobreza espiritual –la virtud cristiana del desprendimiento– como preludio necesario para todos los actos de amor verdaderamente sobrenaturales. La dolorosa percepción de que los retos son insuperables, de que toda argumentación humana es insuficiente, de que los pecados, abusos y dependencias parecen irremediables, de que las heridas y los conflictos no pueden ser curados con medios naturales como son los procedimientos legales o las terapias psicológicas, es un requisito indispensables para el florecimiento de la gracia”.

Esta pobreza espiritual –observa el teólogo– “es una situación en la que se vuelve evidente que el único recurso posible y verdaderamente sensato es pedir la intervención del poder divino, porque los esfuerzos humanos son completamente insuficientes”. Es esta una llamada a la oración continua, que es fruto y alimento de la fe, como medio principal para la acción del cristiano.

Pues bien, afirma claramente este teólogo: son los santos los que aprecian estos momentos, estas situaciones y estos medios. “Porque es entonces cuando se ven forzados a no contar con nadie sino con Dios y, haciéndolo así, a la vez que manifiestan la fe y la caridad, encuentran al Dios vivo”.

Con otras palabras también del autor, los cristianos están llamados a colaborar en la salvación que se produce con medios divinos. Por eso, si quisieran salvar el mundo (y la Iglesia) solo con medios naturales, sus esfuerzos están destinados a fracasar y muy pronto muestran su inutilidad.

En consecuencia, “reconocer que los retos superan completamente las expectativas, los medios y las capacidades, y nos sitúan en una situación de profunda pobreza espiritual, es, de hecho, una bendición”. Y esto es así, porque las dificultades fuerzan a una profundización de la fe y a la convicción de que los gestos pobres y en apariencia inútiles, son alimentados desde dentro por la potencia del amor divino.

Y de ahí la conclusión: “El hospital de campaña que es la Iglesia vive en la alabanza, la admiración y la gratitudhacia el Dios que implora –de nosotros– corazones, manos y gestos humanos para que un poco de Su amor divino se haga presente aquí y ahora”.

 

 

 

“Cartilla moral e Iglesias”

“Colaboremos en la renovación moral de nuestra sociedad”

+ Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

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Un grupo de denominaciones protestantes está colaborando en la distribución de un folleto titulado “Cartilla Moral”, obra original de Alfonso Reyes (1889-1959), adaptada por José Luis Martínez, editada por vez primera en 1952, reimpresa por la Secretaría de Educación Pública en 1992 y en 2018. Ahora trae una presentación de nuestro actual Presidente, quien la recomienda como parte del proceso que desea seguir para llegar a la elaboración de una “Constitución Moral”, pues sostiene, con razón, que su Cuarta Transformación requiere una educación moral de la ciudadanía. Es decir, que no bastan leyes para reformar la educación pública, la economía, la seguridad nacional, la política, para combatir la corrupción, para dar prioridad a los pobres y que haya equidad, para lograr respeto a la pluralidad y a la diversidad, si no hay un cambio en las conciencias, si no hay valores culturales, morales y espirituales, si no hay una base moral que nos lleve a nuevas actitudes personales y comunitarias. En esto, estamos muy de acuerdo. Esto no es contrario al Estado laico, pues no se trata de impulsar una religión, sino de cimentar los cambios necesarios en principios de moral natural, de una ética humana, fruto de la experiencia secular de la humanidad, para convivir en paz y en justicia.

La Cartilla moral no es un documento propio de una religión, sino una serie de principios que, si se ponen en práctica, ayudan a vivir en paz social. Estos son los temas que aborda: La moral y el bien; el hombre se educa para el bien; cuerpo y alma; civilización y cultura; los respetos morales; respeto a nuestra persona; la familia; la sociedad; la ley y el derecho; la patria; la sociedad humana; la naturaleza y el valor moral. En ninguna parte hace campaña de una determinada religión; son sólo principios valederos para toda persona, creyente y no creyente. No teman, pues los laicistas a ultranza.

Entonces, si es un buen aporte a la sociedad, ¿por qué la mayoría de protestantes y el episcopado mexicano no lo han asumido y no lo difunden? Por dos razones: Porque la Sagrada Escritura, en particular el Nuevo Testamento, que nosotros predicamos, tienen eso y muchísimo más, pues la fe no se reduce a una moral, sino que es el encuentro experiencial con Jesucristo vivo, encarnación del amor misericordioso del Padre; tenemos los sacramentos, fuente de vida no sólo recta y honrada, sino santa, si es que se viven como debe ser. Y, además, porque no se puede utilizar la religión para apoyar un partido político, aunque sea el gobernante. Usar la religión para un proyecto político, aunque sea bueno, es poner a Dios al servicio del césar reinante, y eso de ninguna manera es moralmente aceptable. Con todo, no reprobamos la buena intención de nuestro presidente, de insistir en que el cambio del país depende, en el fondo, de la conversión de las mentes y de los comportamientos.

PENSAR

El Papa Francisco, en su visita a México, dijo en Palacio Nacional, el 13 de febrero de 2016: Un futuro esperanzador se forja en un presente de hombres y mujeres justos, honestos, capaces de empeñarse en el bien común. La experiencia nos demuestra que cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo.

A los dirigentes de la vida social, cultural y política, les corresponde de modo especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino, en su familia y en todos los círculos en los que se desarrolla la sociabilidad humana, ayudándoles a un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz.

Esto no es sólo un asunto de leyes que requieran de actualizaciones y mejoras —siempre necesarias—, sino de una urgente formación de la responsabilidad personal de cada uno, con pleno respeto del otro como corresponsable en la causa común de promover el desarrollo nacional.

Le aseguro, señor Presidente, que, en este esfuerzo, el Gobierno mexicano puede contar con la colaboración de la Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta Nación y que renueva su compromiso y voluntad de servicio a la gran causa del hombre: la edificación de la civilización del amor”.

ACTUAR

Colaboremos en la renovación moral de nuestra sociedad, cada quien desde su creencia o su increencia, porque en ello nos juzgamos la paz que tanto anhelamos, pero no usemos la religión al servicio de una política partidista.

 

¿Dónde está la solución?

No creo en la igualdad de género. Creo en la igualdad entre el sexo femenino y el sexo masculino, esto es, entre los seres humanos. Creo, pues, en la igualdad de sexos. No me gusta la desigualdad por la que la mujer sufre en tantos campos; detesto la violencia contra la mujer y, por supuesto, condeno sin ninguna clase de dudas las muertes que hombres –habría que decir “el macho”- comete contra la mujer; como también detesto las muertes de niños por ser niños, de adultos y de ancianos, como me duele que haya quienes mueren por falta de seguridad en el trabajo, por ahorrarse un dinero, o por tantas discriminaciones que se dan en la sociedad humana.

Pero no creo en la igualdad de género; me reafirmo en ello. ¿Por qué razón? Porque, aunque no existe ninguna diferencia en cuanto a la dignidad y a los derechos fundamentales entre hombre y mujer, hay diferencia entre sexo masculino y el sexo femenino. Lo cual no me impide ver la igualdad radical entre las dos partes que constituyen la humanidad: la mujer y el hombre. Hay diferencia entre los sexos, aunque éstos son complementarios, y las diferencias entre hombre y mujer no se deben simplemente a una cuestión de género, cultura, educación o mala educación, o asignación de roles. Pero no me escandalizo porque niños y niñas, por ejemplo, jueguen a juegos que no sé por qué tiene que ser de “niños” o de “niñas”.

Acepto o entiendo que existan quienes defienden la igualdad de género. No tengo por qué ser partidario del pensamiento único. Por eso mismo, me parece muy radical la postura de los que consideran que quienes no aceptamos la igualdad de género, tan marcada hoy en nuestra sociedad, somos retrógrados, o de pensamiento inferior. Mucho menos que odiamos a las mujeres. En absoluto. Pero, eso sí, no tenemos como verdadero lo que ellos tienen como evidente: no hay sexos, solo género. Aquí radica en nuestro mundo la gran diferencia entre el modo de entender y comprender qué es el ser humano, hombre/mujer, que yo creo que se complementan.

¿Podrá haber, dentro de la libertad de pensamiento, algún acuerdo básico sobre la antropología humana? Lo desearía. ¿Cómo no pensar que hay exigencias éticas fundamentales e irrenunciables para el ser humano? Si no fuera así, estaríamos ante el pensamiento único que la cultura imperante en Europa, sin ir más lejos, impone como un martillo pilón y, además, sin aclarar conceptos y confundiendo las cosas con cierta simpleza, pensando, por ejemplo, que la ideología de género soluciona todo.

Tiene que haber por ello exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, que concierne al bien integral de la persona. Una de estas exigencias éticas fundamentales es la complementariedad entre los dos sexos y no el enfrentamiento ni el empoderamiento de un sexo o del otro. La mujer y el hombre se complementan porque ese perfeccionarse el uno al otro sexo está en la misma realidad corporal de ambos, en su realidad personal. Y no solo desde el punto de vista biológico o corporal. Los creyentes sabemos, además, que en el origen de los sexos está la acción creadora de Dios.

Sé que para algunos la “opción de Dios” no puede ser tenida en cuenta, porque piensan que es una opción religiosa o de los creyentes, y por ello particular o propia de los creyentes. No es así la cuestión, es mucho más compleja. Piensen, además, los dicen o creen ser ateos o agnósticos que ellos no pueden caer en un radicalismo más extremo. Sinceramente pienso que mayor radicalismo es el que impera en Occidente, con Europa y España incluidas: el que defiende que solo la “opción género” es válida y todas demás explicaciones sobre qué es el ser humano, el hombre y la mujer, deben desaparecer. Según ellos, están superadas.

No se solucionarán de este modo los problemas, ni lograremos una victoria sobre un machismo inaceptable que sigue en nuestra sociedad, cuya erradicación impide además que sigan muriendo mujeres injustamente… y algún hombre. La ideología de género no es la solución. De ningún modo.

+ Braulio Rodríguez Plaza. Arzobispo de Toledo, Primado de España

 

Fidelidad

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Vivir la fidelidad se traduce en la alegría de compartir con alguien la propia vida, procurando la felicidad y la mejora personal de la pareja.

La fidelidad es un valor fundamental. Ya hemos escrito antes del valor de la lealtad que se aplica muy directamente con amigos, amistades, familiares y compañeros de trabajo. Sin embargo la fidelidad como valor se aplica más directamente a las relaciones de pareja entre novios y entre esposos, y hoy hemos querido profundizar en este tema, porque no es necesario sufrir la infidelidad de la pareja para entender que este es un valor fundamental.

Alcanzar el verdadero y único amor es la aspiración más noble del hombre, sin embargo, el egoísmo y el placer se han convertido en dos gigantes que impiden tener una relación sana, estable y de beneficio para las personas. Hacer conciencia y robustecer el valor de la fidelidad, es una necesidad que nos apremia en beneficio de nosotros mismos, la familia y la sociedad entera.

La fidelidad es el íntimo compromiso que asumimos de cultivar, proteger y enriquecer la relación con otra persona y a ella misma, por respeto a su dignidad e integridad, lo cual garantiza una relación estable en un ambiente de seguridad y confianza que favorece al desarrollo integral y armónico de las personas.

Por extraño que pueda parecer, la fidelidad es anterior a la relación misma; debemos conocer y descubrir realmente lo que buscamos y estamos dispuestos a dar en una relación. La rectitud de intención nos ayudará a superar el egoísmo y hacer a un lado los intereses poco correctos.

Así, una relación está destinada al fracaso por desvirtuar el propósito de la misma: Esto sucede con quien busca un joven apuesto o una chica hermosa para satisfacer la propia vanidad o la búsqueda de placer; peor aún si se pretende a través de esa relación, alcanzar una mejor posición social y un interés económico. Poco futuro tiene esa pareja cuando alguna de las partes no ha entendido que debe haber disposición para compartir, comprender y colaborar al perfeccionamiento personal del otro.

Podemos afirmar que el egoísmo es el mayor peligro para cualquier relación. Aunque no siempre aparece a primera vista, podemos observar que algunas personas se dejan llevar por todo lo que es novedoso: ropa, autos, aparatos…; con el consecuente cumplimiento de sus caprichos, buscando el placer en la comida, la bebida, el sexo y la diversión.

Estas personas están en constante peligro de faltar a la fidelidad en cualquier momento, porque su vida está orientada a la novedad, al cambio y a la búsqueda de nuevas experiencias y satisfacciones. Ser fiel cuesta trabajo porque no existe la disposición a dar y a darse. ¿Cómo esperar que una relación no sea aburrida al poco tiempo? ¿Cómo pretender que se eviten nuevas experiencias? Vencer al egoísmo, al placer y a la comodidad con una conducta sobria, garantiza nuestro crecimiento personal, y por ende, el de cualquier relación.

La fidelidad no es exclusiva del matrimonio, es indispensable en el noviazgo porque no hay otra forma de aprender a cultivar una relación y hacer que prospere. No está mal que los jóvenes conozcan a distintas personas antes de decidir con quien sacar adelante su proyecto de vida, pero debe hacerse bien, sin engaños, procurando conocer realmente a la persona, dando lo mejor de sí mismos, teniendo rectitud de intención en sus intereses, eso es noble, correcto y sobre todo, leal.

También debemos ser cautelosos en nuestros afectos y tratar con delicadeza y respeto a las personas del sexo opuesto, máxime si ya tenemos otra relación o un compromiso con alguna persona en particular. Una cosa es la cortesía y el trato amable, otra muy diferente los halagos, las excesivas atenciones y la comunicación de sentimientos e inquietudes personales; estos intercambios hacen crecer un afecto que va más allá de la amistad y de la convivencia profesional porque se involucra a la persona en nuestra vida, en nuestra intimidad y siempre tendrá la misma consecuencia: faltar a la fidelidad. Por eso, es necesario ser muy cuidadosos con nuestro trato en la oficina, la escuela, con los familiares y en todos los lugares que frecuentamos.

La fidelidad no es atadura, por el contrario, es la libre expresión de nuestras aspiraciones, nos colma de alegría e ilumina cotidianamente a las personas. Una buena relación posee una serie de características que la hacen especial y favorecen a la vivencia de la fidelidad, pero deben cuidarse para que no sean el producto de la emoción inicial:

– Existe el interés por estar al lado de la persona, se procuran detalles de cariño y momentos agradables.

– Constantemente se hace un esfuerzo por congeniar y limar las asperezas, procurando que las discusiones sean mínimas para lograr la paz y la concordia lo más pronto posible.

– Se da poca importancia a las fallas y errores de la pareja, hacemos todo lo posible por ayudar a que las supere con comprensión y cariño.

– Somos cada vez más felices en la medida que se «avanza» en el conocimiento de la persona y en la forma en la que corresponde a nuestra ayuda.

– Compartimos alegrías, tristezas, triunfos, fracasos, planes… todo.

– Por el respeto que merece nuestra pareja, cuidamos el trato con personas del sexo opuesto, con naturalidad, cortesía y delicadeza; que a final de cuentas, es el respeto que tenemos por nosotros mismos

La fidelidad no es sólo la emoción y el gusto de estar con la pareja, es la lucha por olvidarnos de pensar únicamente en nuestro beneficio; es encontrar en los defectos y cualidades de ambos la oportunidad de ser mejores y así llevar una vida feliz.

Sin lugar a dudas, cuando somos fieles podemos decir que nuestra persona se perfecciona por la unión de dos voluntades orientadas a un fin común: la felicidad del otro. Cuando este interés es auténtico, la fidelidad es una consecuencia lógica, gratificante y enriquecedora.

Vivir la fidelidad se traduce en la alegría de compartir con alguien la propia vida, procurando la felicidad y la mejora personal de la pareja, generando estabilidad y confianza perdurables, teniendo como resultado el amor verdadero.

 

¿Teología del cuerpo?

 

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Hace poco tuve la gran fortuna de asistir a un día de entrenamiento con con Christopher West sobre la teología del cuerpo. Este hombre es un experto en la teología del cuerpo de San Juan Pablo II y co fundador del Instituto para la Teología del cuerpo en Filadelfia. Como mujer comprometida con las enseñanzas de la Iglesia, hace ya algunos años me gradué con una Maestría en Matrimonio y Familia de la Universidad de Navarra. Lo que ahí aprendí sobre la belleza del diseño de Dios en cuanto a la creación de nosotros los hombres me pareció extraordinario y al mismo tiempo un material que todos los seres humanos deberíamos conocer para salir de nuestra ignorancia y vivir de acuerdo al plan divino.

Te preguntarás qué quiere decir teología del cuerpo y por qué es importante que como cristianos conozcamos sobre ella. Teología es, según la perspectiva cristiana, no sólo una palabra “sobre” Dios, sino ante todo, una palabra “de” Dios, de nuestro Dios que se ha revelado, que ha salido al encuentro con nosotros, que ha empezado un diálogo lleno de amor con cada uno de forma personal y única. Por lo tanto, teología del cuerpo es lo que dice Dios sobre nuestro cuerpo humano. La teología del cuerpo de Juan Pablo II es una reflexión bíblica del misterio de Dios para el hombre descubierto en el cuerpo humano. Dios no revela su misterio en los animales, lo ha hecho únicamente en el hombre. Dios creó el cuerpo, el hogar del alma y vehículo de la consciencia como signo de su misterio de amor hacia la persona humana, lo crea del polvo de la tierra al igual que a los animales. Sin embargo, al crear al hombre Dios le sopla “aliento de vida”, haciéndolo semejante a Él para que someta y reine la tierra (Génesis 1,7). Ésta es una verdad esplendorosa que debería llevar a cada uno a vivir dando gloria a Dios por la oportunidad de nuestra vida.

Christopher West en su presentación hizo un llamado muy profundo y de urgencia a que cada hombre y mujer trabajemos por llevar al mundo el verdadero significado de la sexualidad y del amor entre hombre y mujer. Hablo con absoluta claridad de la función de cada órgano sexual y hubo un momento en que se puso de rodillas y rogó a todos los asistentes ayudar a rescatar la belleza del amor de Dios en el hombre.

Algunos puntos importantes:

  • Mientras no estés en una relación formal o no seas casado no pases mucho tiempo a solas. Haz voluntariado. Forma parte de una comunidad cristiana. Busca un deporte , haz mucho ejercicio.
  • Ora diariamente para que puedas crecer en intimidad y conocimiento de Cristo.
  • Cultiven los rituales de conexión con su pareja. Elijan fechas especiales en los que estarán a solas. Sin hijos, sin amigos y con el compromiso en esas ocasiones de profundizar en el conocimiento que tienen uno del otro.
  • Cultiven la castidad. Tengan períodos en que por amor a Dios y al otro van a dedicar su tiempo a la oración, a la entrega con los hijos, al servicio de los demás.

Con toda seguridad la crisis actual entre las personas, la confusión en cuanto a la sexualidad y hasta el uso de la ropa es algo que daña al ser humano a unos niveles mucho más profundos . Esto se debe a esta pérdida en la consciencia de que el sexo esta ordenado a un compromiso, a una entrega incondicional del ser con el objetivo de traer más seres humanos al mundo y que serán los testigos de ese amor entre las personas.

Roguemos a San Juan Pablo II para que en nosotros los cristianos vayan surgiendo más voluntarios para hablar sobre la belleza de nuestra sexualidad sin miedo y con convicción a los jóvenes de todas las naciones.

San Juan Pablo II, ruega por nosotros.

Sheila Morataya

 

 

Estado laico y estado laicista

Ana Teresa López de Llergo

Es más fácil gobernar con un Estado laicista porque se crea uniformidad, todo se rige sin matices, aunque se atrofie la iniciativa de los ciudadanos. Sin embargo, el Estado laico, aunque más difícil, es el que auténticamente supone progreso porque cuenta con la participación ingeniosa de los ciudadanos educados.

Estado laico y Estados laicista

Dos sucesos del ámbito político, uno en México y otro en Brasil me hicieron relacionar los espacios personal y social. Somos personas y nos encontramos siempre en un entorno social donde recibimos estímulos y en donde nos expresamos.

El de México se refiere al reciente reparto de la Cartilla Moral, el de Brasil es el discurso de Christine Nogueira do Reis Tonietto al tomar el cargo de titular del Ministerio de Educación, en octubre de 2018, bajo la presidencia de Jair Bolsonaro.

Convicciones:

No cabe duda que el modo de ser –temperamento, educación, manera de asumir la propia historia– influyen en nuestra conducta. Este es un aspecto sumamente importante para predecir el desempeño de una persona porque trae consigo una trayectoria que refleja la fuerza o debilidad en las convicciones.

Las convicciones son aquellos saberes que todos tenemos. Si la persona los valora obviamente serán para ella un punto valioso para la toma de decisiones y para el desempeño. Si la persona no los valora, porque los siente como una imposición, buscará el modo de evadirlos y estará sujeta al vaivén de las opiniones circundantes.

En principio, a todos nos gusta una persona congruente con lo que piensa, quiere y realiza. Ésta nos da la seguridad de que cumplirá sus promesas y defenderá sus compromisos. Es alguien con raíces, que no improvisa ni busca alagar a quien tiene una investidura superior.

Estado laico:

Conviene definir al Estado laico y no confundirlo con el laicista. El Estado laico asume su papel de institución que busca el bienestar terrenal de todos los ciudadanos circunscritos en su demarcación. No sustituye las competencias religiosas ni las combate, sabe respetar las responsabilidades propias de una institución natural y de la sobrenatural. Los principios que defiende son la libertad de cada persona y el orden que beneficia a todos.

Por eso, interviene en la educación para asegurar el recto uso de la libertad y para prescribir una serie de normas que aseguren el orden en beneficio de la convivencia del colectivo plural a su cargo.

El Estado laicista es aquel que impone el punto de vista de quienes asumen la autoridad. Si son antirreligiosos persiguen a los religiosos; si privilegian a un tipo de religión la imponen a los demás, en detrimento de otros credos. Si, por ejemplo, tiene un único punto de vista de la organización laboral la impone y asfixian otros modos de organización que pueden ser mejores en determinados sectores.

En el fondo el Estado laicista es autoritario, no respeta la libertad y su sistema educativo se vuelve un adoctrinamiento unívoco. La regulación del orden social se vuelve fiscalización y sometimiento.

Es más fácil gobernar con un Estado laicista porque se crea uniformidad, todo se rige sin matices, aunque se atrofie la iniciativa de los ciudadanos. Sin embargo el Estado laico, aunque más difícil, es el que auténticamente supone progreso porque cuenta con la participación ingeniosa de los ciudadanos educados.

Y la dificultad del Estado laico se debe a que se respetan los credos de los civiles y por eso, no se restringen los variados lugares donde practican sus ritos. Se respetan también los antecedentes culturales de algunos grupos que vienen de otros lugares. Vale la pena el enriquecimiento debido a las aportaciones de todos. El Estado laico no se sale de su sitio para ejercer otros deberes que no son del beneficio temporal.

Reparto de la cartilla moral:

Con estos antecedentes, es posible reconocer el derecho de la autoridad civil para proponer una cartilla que ayude a mejorar el desempeño ciudadano. Pero, como señala Jorge Traslosceros, investigador de la UNAM, la Cartilla Moral no ha de asociarse ni privilegiar a la comunidad religiosa a quien se le encarga el reparto.

Tampoco la Cartilla Moral sustituye las normas morales que se pueden dar en la familia o en diversos grupos religiosos. La Cartilla Moral tiene que ser tan general que dé buenas bases para cualquier otro tipo de instructivo.

Discurso de Chris Tonietto:

El 5 de julio de 2019, Avenir dela culture, publicó el discurso de la toma de protesta de Christine, en el Congreso de Brasil. De sus palabras cito las siguientes: "Quiero dedicar nuestro mandato a Cristo, Rey del Universo, a Nuestra Señora de Aparecida, Patrona de Brasil, que es la tierra de la Santa Cruz. Quiero reafirmar aquí mi compromiso moral al servicio de la defensa de la vida desde su concepción, la defensa de los valores cristianos, la lucha contra el aborto y la ideología de género, la corrupción y el crimen. Insto a los jóvenes brasileños a no perder la esperanza en nuestra nación. ¡Quiero servir a mi país con todo el amor, la ética, las cualidades morales y el vigor que mi fe católica me inspira con tanta fuerza!"

Continuó: "¡Les deseo a todos un excelente mandato y que sean bendecidos! Que Dios bendiga nuestras acciones en esta asamblea legislativa. ¡Viva Cristo el Rey!"

La eligieron para el Ministerio de Educación conociendo su postura, y con una trayectoria profesional muy destacada. Tiene 27 años, está casada, abogada de profesión. Ha trabajado en la Comisión de Justicia y Ciudadanía, en la Comisión de Defensa de los Derechos de la Mujer, en la Comisión de Seguridad Social y Familia, en la Comisión de Legislación Participativa.

Es legítimo que manifieste las intenciones que mueven su desempeño laboral, pero es de esperar que trabaje para todos los ciudadanos, desde el Ministerio de Educación, respetando todos los credos.

 

 

El trabajo es para la familia, no al revés

Carlos Ramos Rosete

Un principio básico en la reconciliación familia y trabajo es que el trabajo es para la familia y no la familia para el trabajo.

 

Trabajo y familia

La disyuntiva trabajo y familia se presenta como problemática para una gran cantidad de personas, especialmente para las esposas.

Una respuesta extrema a la pregunta enunciada en el título del presente artículo diría que sí es irreconciliable porque nadie puede servir a dos amos, pues quedaría bien con uno y mal con otro.

Existen muchas personas que se aventuran a experimentar la tan difícil reconciliación familia y trabajo, teniendo como consecuencia, en muchos casos, grandes fracasos entre los cuáles se han presentado situaciones de divorcio destruyendo a muchas familias. Efectivamente, la reconciliación entre familia y trabajo es difícil, riesgosa, pero no imposible.

La posibilidad de que una persona puede llevar a cabo la armonía entre familia y trabajo depende de la valoración prudencial de algunos factores que de modo general se describen a continuación.

1.La situación matrimonial a valorar en el futuro. Es indudable que a un matrimonio con hijos le resulta difícil, a veces imposible, la reconciliación trabajo con familia, especialmente si se le compara con un matrimonio sin hijos.

Es importante que los novios con perspectivas de matrimonio, dialoguen sobre esa situación de familia y trabajo. Y en razón de aquel diálogo tomen las decisiones prudentes de cuándo casarse, o sea, qué tiempo seguirán como novios junto con sus compromisos laborales y cómo éstos seguirán, o no seguirán, o bien, disminuirán cuando ya se encuentren casados.

En este sentido sería riesgoso que los novios no platiquen sobre su futura situación familiar y como ésta se conciliará o no con el trabajo, porque tal vez ya estando casados podrían advertir que su mejor decisión hubiera sido retrasar un poco su matrimonio.

2.La valoración del rol masculino y femenino hacia dentro del matrimonio y el hogar. Si los cónyuges trabajan, es importante el diálogo de cómo se invertirá el ingreso económico de ambos y el cómo cada uno de ellos contribuye a la dinámica familiar relativa al cuidado del hogar, especialmente, si ya existen hijos.

En este aspecto, la mentalidad clásica de que el esposo no contribuye en absoluto al cuidado del hogar porque esto es competencia de la esposa, hace imposible o muy desgastante para ella la conciliación familia y trabajo. En este esquema, el esposo llega a descansar al hogar y la esposa, por su parte, tiene un doble trabajo.

Igualmente, la mentalidad clásica de que el salario del esposo debe ser entregado en su mayor parte a la esposa, y a su vez, el salario de la esposa es exclusivo para ella; no ha dejado de ocasionar discusiones matrimoniales en el aspecto económico que ha dado lugar a divorcios.

3.Las condiciones laborales del trabajo de los cónyuges. Por parte de la actividad laboral que desempeñan los cónyuges es importante considerar su carga o exigencia. Existen trabajos muy demandantes para las personas como es el caso de aquellas en donde las cosas propias del trabajo hay que concluirlas en la casa porque la jornada laboral no es suficiente para terminarlas. Y si se habla de prácticas laborales injustas de tercer mundo, se tienen trabajos en donde los empleados terminan las cosas por hacer, más allá de la jornada laboral como un “deber” laboral para evitar el recorte de personal. Es decir, una es la jornada laboral formal y legal, y otra es la jornada cotidiana que excede en 2 o 3 horas a la jornada formal sin pago extra, lo que eufemísticamente se conoce, a veces, como “ponerse la camiseta de la empresa”, donando tiempo extra como costumbre habitual.

En contrapartida, existen empresas con mentalidad de primer mundo relativa a la jornada laboral flexible, en donde la misma empresa busca crear las condiciones para que sus trabajadores puedan conciliar sus deberes laborales junto con sus necesidades personales y familiares.

4.La expectativa sobre el nivel de vida socioeconómico familiar. Este punto es otro a dialogar ya desde el noviazgo con perspectivas de matrimonio. Existen matrimonios que se desgastan por alcanzar un determinado nivel socioeconómico al grado de deshacerse como matrimonio.

Un principio básico en la reconciliación familia y trabajo es que el trabajo es para la familia y no la familia para el trabajo.

 

 

Memoria de actividades

El pasado 31 de mayo se presentaba la Memoria anual de actividades de la Iglesia Católica en España. Se trata de presentar ante la opinión pública, en un ejercicio de transparencia y rendición de cuentas, en qué y cómo se han invertido los recursos económicos derivados de la Asignación Tributaria, pero no sólo. Se trata, además, de mostrar la amplitud y profundidad de la incidencia de la presencia de la Iglesia en todos los aspectos de nuestra vida común.

La propia existencia de las parroquias tiene una gran incidencia en nuestros barrios y pueblos, pero esta Memoria refleja también el compromiso eclesial en tareas como el acompañamiento a los enfermos, la pastoral penitenciaria, la atención a los parados, a las personas sin hogar o a las mujeres con dificultad para llevar adelante su embarazo.

Juan García.

 

 

 “Ecumenismo de la sangre”

Veinte años después de la visita de Juan Pablo II, Francisco emprendía un viaje a Rumanía, país de mayoría ortodoxa pero con una importante comunidad católica. El Papa destacaba en un videomensaje a los rumanos el llamado “ecumenismo de la sangre”, la persecución que sufrieron durante la época soviética, sin distinción, cristianos de una y otra confesión. Otro elemento que facilita el acercamiento es la profunda religiosidad popular de los rumanos, algo especialmente palpable en la devoción a la Virgen que comparten ortodoxos, católicos e incluso evangélicos y calvinistas. Especialmente la región de Transilvania se caracteriza por esa armonía en una diversidad que tiene carácter religioso pero también étnico, con importantes minorías de origen húngaro o alemán.

Pedro García

 

 

Efectos de la pornografía

Durante e pasado mes nos hemos lamentado por el suicido de Verónica, una madre de familia de la que se había difundido un video con contenido sexual. Se ha denunciado, con razón, que ha sido un abuso de intimidad que ha acabado en tragedia. Pero mientras se hacían esas denuncias, muchos españoles se han dedicado a buscar el video en las páginas de pornografía. Es un morbo incalificable, pero no solo. España es uno de los países de mayor consumo de pornografía del mundo. Y eso tiene consecuencias en los niños que suelen empezar a ver pornografía a los nueve años.

Jaume Catalán Díaz

 

 

La España de hoy y la del dos de mayo de 1808

            A quienes, “ansían y se drogan con el poder” (Generalmente ninguna figura señera de la historia del hombre lo ha querido nunca) les debe caer la derrota, como el mayor “castigo de todos los dioses en los que crean”; reunidos para “lamerse las profundas heridas”; generalmente se repelen los “hunos a los hotros”; y sirven del despreciable espectáculo del que no sabe aceptar los hechos y por tanto, sirve como escenario cómico para la risión del inteligente, que simplemente los compadece.

            Veamos lo que ocurre el “dos de mayo” en el Madrid tras las elecciones:

            “Fiesta del Dos de Mayo: desprecios, desplantes y 'bofetadas' a Rajoy: Plantones, desplantes, miradas asesinas...la fiesta de la Comunidad de Madrid fue un tenso banderazo de salida de las elecciones autonómicas y municipales. Casado no saludó a GarridoErrejón no miraba a MonasterioAyuso evitaba a Ortega SmithCarmena hablaba con todos (era la anfitriona). La fiesta de la Comunidad de Madrid fue el banderazo de salida de la campaña electoral de autonómicas y municipales. Saltaban chispas en el gran patio de la Real Casa de Correos. Todos contra todos. Las heridas del 28-A todavía están sin cauterizar. Y había muchos voluntarios para echar vinagre en los costurones. Era como una cena navideña en la que la suegra refunfuña y los cuñados no se hablan. Todo era singular y extraño en la celebración del Dos de Mayo. Aires de campaña, 'puñaladas' al viento, y hasta el anfitrión, un desconocido, un tal Pedro Rollán, que pasaba por allí cuando estalló el lío del 'desertor'. Por no estar, ni siquiera estaba Ana Pastor, que no se pierde una. La ex presidenta del Congreso a buen seguro tenía asuntos que tramar en Galicia. Sánchez tampoco envió ni un ministro al acto, en contra de la costumbre. Otro desplante”. https://www.vozpopuli.com/politica/dos-mayo-madrid-casado-aguirre-garrido_0_1241576075.html (Aquí el resto).

            Pero que es en realidad el tan famoso y cacareado dos de mayo de 1808 para la historia de España y sobre todo para sus indeseables gobernantes de “casi siempre”: pues sencillamente, es una vergüenza nacional y por emplear una palabra suave, puesto que es mucho más denigrante. ¿Por qué? Pues por cuanto representa la sublevación de un pueblo, contra, “quienes venían a redimirlo y situarlo en un lugar mucho más avanzado al estado de siervos y esclavos en que se encontraba”; y sorprendentemente y debido a la orografía hispana, y la “guerra de guerrillas”; es donde el tan victorioso ejército napoleónico, va a recibir derrotas tras derrotas, hasta que es expulsado de aquí, pare beneficio de todas las monarquías europeas; en especial la inglesa, que sabe aprovechar el coraje del guerrillero español (aquí es donde se inventa la guerra de guerrillas, que seguro viene desde la época de los iberos o íberos) y lo emplea como sólo saben emplear lo que les interesa a los ingleses. Pero como el pueblo es el rebaño a explotar, “se lo devuelven” a aquellos denigrantes Borbones, que lo vuelven a situar en el estado anterior a la guerra, incluso restaurando “la inquisición religiosa” y todos los abusos de una nobleza, que “de noble, tenía lo que yo de cipayo”; de ahí ese episodio de “Vivan las cadenas” y que les he contado ya en varios artículos.

            Tras todos aquellos desastres y retrocesos, han de venir varias guerras civiles (las denominadas Carlistas) y muchos otros desastres, entre los que se pierden todas las colonias del aún potentísimo Imperio Español; y finalmente se llega, a la terrible guerra civil de 1936-1939; tras la cobarde huida del otro Borbón (Alfonso XIII) que huye a su dorado exilio, expulsado como lo que fue (reitero un cobarde) por no saber permanecer en España, afrontando una situación que no era una derrota y; tratar de apacentar a los que tan opípara vida le habían proporcionado.

            Pero en fin, aquí en España, ocurren “cosas insólitas”; puesto que en la dicha guerra civil, la gana un militar de prestigio; y aún, hoy, los que la perdieron, ni le reconocen la victoria y mucho menos, las muchas cosas que, “en su reinado”, prosperaron en España… “eso sí, los crímenes que por su bando se cometieron, esos nos los están recordando cada dos por tres… por el contrario los que cometieron los perdedores antes de perder, de ellos ni hablar siguiera, por lo visto estaban justificados”.

            Sí… España es diferente, y yo “como hijo de aquella terrible guerra”; lo puedo atestiguar, certificar y firmar… “incluso con mi propia sangre”; amén.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí más)