Las Noticias de hoy 06 Julio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 06 de julio de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del papa Francisco en Santa Marta

Oración, cercanía y sinodalidad – Francisco a los miembros del Sínodo de la Iglesia greco-católica ucraniana

Mes Misionero Extraordinario: “Cada bautizado es un enviado”

EL VINO NUEVO: Francisco Fernandez Carbajal

“La oración debe prender en el alma”: San Josemaria

«Tu rostro, Señor, buscaré»: la fe en el Dios personal: Lucas Buch - Carlos Ayxelá

ARMONIZAR NUESTRO CORAZÓN CON EL DE JESÚS: Alberto García-Mina Freire

«La empresa es una comunidad de personas que sirve a otras personas»

Integridad de la justicia

Comentario al evangelio: “Yo os envío”

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO.: + Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres

Müller habla claro, una vez más: Ernesto Juliá

Un cierto cansancio: Daniel Tirapu

La revolución sexual destruye la familia III: Alfredo Mac Hale

El Bien y el Mal: el orden moral: Gregorio Guitián

Asia Bibi y el futuro de Pakistán: Jesús Martínez Madrid

La aportación en este momento de cambio: Juan García.

Mucho más que un pobre hortera: JD Mez Madrid

La “igualdad” y la perversión política: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Homilía del papa Francisco en Santa Marta

Viernes, 5 de julio de 2019

El verdadero amor es amar y dejarme amar. Es más difícil dejarse amar que amar. Por eso es tan difícil llegar al amor perfecto de Dios, porque podemos amarlo, pero lo importante es dejarnos amar por Él. El verdadero amor es abrirse a ese amor que está primero y que nos provoca una sorpresa. Si vos tenés sólo toda la información, estás cerrado a las sorpresas. El amor te abre a las sorpresas, el amor siempre es una sorpresa, porque supone un diálogo entre dos: entre el que ama y el que es amado. Y de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque Él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa. Dios nos sorprende. Dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la psicología de la computadora de creer saberlo todo. ¿Cómo es esto? Espera un momento y la computadora tiene todas las respuestas: ninguna sorpresa. En el desafío del amor, Dios se manifiesta con sorpresas.
Pensemos en san Mateo. Era un buen comerciante. Además, traicionaba a su patria porque le cobraba los impuestos a los judíos para pagárselos a los romanos. Estaba lleno de plata y cobraba los impuestos. Pasa Jesús, lo mira y le dice: Ven, sígueme. No lo podía creer. Si después tienen tiempo, vayan a ver el cuadro que Caravaggio pintó sobre esta escena. Jesús lo llama, le hace así. Los que estaban con él dicen: ¿A éste, que es un traidor, un sinvergüenza? Y él se agarra a la plata y no la quiere dejar. Pero la sorpresa de ser amado lo vence y sigue a Jesús. Esa mañana, cuando Mateo fue al trabajo y se despidió de su mujer, nunca pensó que iba volver sin el dinero y apurado para decirle a su mujer que preparara un banquete. El banquete para aquel que lo había amado primero, que lo había sorprendido con algo muy importante, más importante que toda la plata que tenía. ¡Déjate sorprender por Dios! No le tengas miedo a las sorpresas, que te mueven el piso, nos ponen inseguros, pero nos meten en camino. El verdadero amor te lleva a quemar la vida, aun a riesgo de quedarte con las manos vacías. Pensemos en san Francisco: dejó todo, murió con las manos vacías, pero con el corazón lleno.
¿De acuerdo? No jóvenes de museo, sino jóvenes sabios. Para ser sabios, usar los tres lenguajes: pensar bien, sentir bien y hacer bien. Y para ser sabios, dejarse sorprender por el amor de Dios, y andá y quemá la vida.

 

 

Oración, cercanía y sinodalidad – Francisco a los miembros del Sínodo de la Iglesia greco-católica ucraniana

“Ofrecer un testimonio de esperanza cristiana”

julio 05, 2019 16:51Larissa I. LópezPapa y Santa Sede

(ZENIT- 5 julio 2019).- Hoy, 5 de julio de 2019, en la Sala Bolonia del Palacio Apostólico Vaticano, el Papa Francisco ha recibido en audiencia a los miembros del Sínodo permanente de la Iglesia greco-católica ucraniana.

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Durante su discurso, en primer lugar, el Papa se ha referido a la situación “difícil y delicada” que, desde hace más de cinco años, vive Ucrania, una nación “herida por un conflicto que muchos llaman ‘híbrido’, compuesto, como es, por acciones de guerra en las que los responsables se mimetizan; un conflicto donde los más débiles y los más pequeños pagan el precio más alto, un conflicto agravado por falsificaciones propagandistas  y manipulaciones de vario tipo, incluido el intento de involucrar el aspecto religioso”.

Francisco ha agradecido la fidelidad a Dios y al Sumo Pontífice que ha demostrado la Iglesia greco-católica ucraniana a lo largo de la historia y que, a menudo han “pagado cara”. Igualmente, el Santo Padre ha señalada que pide a Dios para que “acompañe las acciones de todos los líderes políticos para que no busquen el llamado bien partidista, que al final siempre es un interés a expensas de otros, sino el bien común, la paz”.

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Asimismo, confesó que comienza las mañanas y termina las tardes de sus días encomendando “vuestra Iglesia” a la Virgen que Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk le regaló cuando dejó su cargo de obispo auxiliar en Buenos Aires.

Después, el Pontífice habló sobre el papel de la Iglesia en las situaciones de conflicto, en las que debe ofrecer testimonio “de esperanza cristiana”, que no es “una esperanza del mundo”, sino una que nunca defrauda, que no da paso al desaliento, que sabe cómo superar toda tribulación en la dulce fuerza del Espíritu” (ver Rm 5,2-5). Y añadió que “la esperanza cristiana, alimentada por la luz de Cristo, hace que la resurrección y la vida resplandezcan incluso en las noches más oscuras del mundo”, motivo por el que en los tiempos difíciles, “la prioridad para los creyentes sea unirse a Jesús, nuestra esperanza”.

Oración, cercanía y sinodalidad

Así, el Obispo de Roma animó a los presentes, como pastores, a tener como preocupación principal “la oración y la vida espiritual”, siendo esta la “primera ocupación” para ellos: “Que todos sepan y vean que en vuestra tradición sois una Iglesia que sabe hablar en términos espirituales y no mundanos (ver 1 Corintios 2:13). Porque del cielo en la tierra, necesita cada persona que se acerca a la Iglesia, no de ninguna otra cosa”.

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“Después de la oración viene la cercanía”, explicó Francisco: “la cercanía de los pastores a los fieles es un canal que se construye día a día y que lleva el agua viva de la esperanza. Así se construye, encuentro tras encuentro, con los sacerdotes que conocen las preocupaciones de la gente y se interesan por ellas y los fieles que, a través del cuidado que reciben, asimilan el anuncio del Evangelio que transmiten los pastores”.

Además, describió que la Iglesia es un lugar “donde la puerta está siempre abierta” y les pidió que nunca la cierren “nunca mandar a casa a los que necesitan ser escuchados” ni caer en “la tentación de vivir esclavos del reloj”.

A la oración y la cercanía, el Papa Francisco agrega la “sinodalidad”, pues “ser Iglesia es ser comunidad que camina junta. No es suficiente tener un sínodo, hay que ser sínodo”. Y ofreció tres aspectos que “reavivan” dicha sinodalidad.

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El primero, es el de la escucha porque “es importante que cada uno, dentro del Sínodo se sienta escuchado” y esto significa mostrar “sensibilidad y apertura a las opiniones de los hermanos, también las de los más jóvenes, también las de quienes son considerados menos expertos”.

La segunda es la corresponsabilidad porque “no podemos ser indiferentes a los errores o descuidos de los demás sin intervenir de manera fraternal pero convencida: nuestros hermanos necesitan nuestros pensamientos, nuestro aliento, así como nuestras correcciones, porque, precisamente, estamos llamados a caminar juntos”.

El tercer aspecto tiene que ver con la participación de los laicos, “miembros de pleno derecho de la Iglesia” que “también están llamados a expresarse, a dar sugerencias”.

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Por último, el Papa recordó que la sinodalidad también lleva “a ampliar horizontes, a vivir la riqueza de la propia tradición dentro de la universalidad de la Iglesia: a beneficiarse de las buenas relaciones con otros ritos, a considerar la belleza de compartir partes significativas del propio tesoro teológico y litúrgico con otras comunidades, incluso las no católicas, a tejer relaciones fructíferas con otras Iglesias particulares, así como con los dicasterios de la Curia Romana”.

A continuación exponemos el discurso completo del Papa Francisco.

***

Discurso del Santo Padre

¡Beatitud, querido hermano arzobispo mayor, Eminencias, Excelencias, queridos hermanos!

Ha sido mi deseo invitaros aquí en Roma para un intercambio fraterno, también con los Superiores de los Dicasterios competentes de la Curia Romana. Gracias por aceptar la invitación, es hermoso veros. Ucrania vive desde hace tiempo una situación difícil y delicada, desde hace más de cinco años herida por un conflicto que muchos llaman “híbrido”, compuesto, como es, por acciones de guerra en las que los responsables se mimetizan; un conflicto donde los más débiles y los más pequeños pagan el precio más alto, un conflicto agravado por falsificaciones propagandistas  y manipulaciones de vario tipo, incluido el intento de involucrar el aspecto religioso.

Os llevo en mi corazón y rezo por vosotros, queridos hermanos ucranianos. Y os revelo que a veces lo hago con las oraciones que recuerdo y que aprendí del obispo Stefano Chmil, entonces sacerdote salesiano; él me las enseñó cuando yo tenía 12 años, en 1949, y aprendía con él a servir la Divina Liturgia tres veces por semana. Os agradezco vuestra fidelidad al Señor y al Sucesor de Pedro, que a menudo habéis pagado cara a lo largo de la historia, y suplico al Señor que acompañe las acciones de todos los líderes políticos para que no busquen el llamado bien partidista, que al final siempre es un interés a expensas de otros, sino el bien común, la paz. Y le pido al “Dios de todo consuelo” (2 Corintios 1: 3) que conforte las almas de los que han perdido a sus seres queridos a causa de la guerra, de los que llevan sus heridas en el cuerpo y en el espíritu, de los que  han tenido que  dejar la casa y el trabajo y enfrentar el riesgo de buscar un futuro más humano en otro lugar, lejos. Sabéis que mi mirada se dirige todas las mañanas y todas las noches a la Virgen que Su Beatitud me regaló, cuando dejó Buenos Aires para asumir el oficio de arzobispo mayor que la Iglesia le había confiado. Frente a ese icono comienzo y concluyo las jornadas encomendando a la ternura de la Virgen, que es Madre, a todos vosotros,  a vuestra Iglesia. Se puede decir que empiezo el día y lo acabo “en ucraniano” mirando a la Virgen.

El papel principal de la Iglesia, ante las complejas situaciones causadas por los conflictos, es ofrecer un testimonio de esperanza cristiana. No es una esperanza del mundo, que se basa en cosas que pasan, que vienen y van, y con frecuencia dividen, sino en la esperanza que nunca defrauda, que no da paso al desaliento, que sabe cómo superar toda tribulación en la dulce fuerza del Espíritu (ver Rm 5,2-5). La esperanza cristiana, alimentada por la luz de Cristo, hace que la resurrección y la vida resplandezcan incluso en las noches más oscuras del mundo. Por lo tanto, queridos hermanos, creo que en los tiempos difíciles, incluso más que en los de paz, la prioridad para los creyentes sea unirse a Jesús, nuestra esperanza. Se trata de renovar esa unión fundada en el Bautismo y arraigada en la fe, arraigada en la historia de nuestras comunidades, arraigada en los grandes testigos: pienso en la muchedumbre de héroes de la vida cotidiana, en esos numerosos santos de al lado que, con sencillez,  en vuestro pueblo respondieron al mal con el bien (ver Romanos 12:21). Ellos son los ejemplos a los que mirar: aquellos que en la mansedumbre de las Bienaventuranzas tuvieron el valor cristiano: el de no oponerse al malvado,  el de amar a los enemigos y orar por los perseguidores (ver Mt 5: 39.44). Ellos, en el campo violento de la historia, plantaron la cruz de Cristo. Y han dado fruto. Estos hermanos y hermanas vuestros que sufrieron persecución y martirio y que abrazados solamente al Señor Jesús, rechazaron la lógica del mundo, según la cual a la violencia se responde con la violencia, han escrito con su vida las páginas más límpidas de la fe en sus vidas: son semillas fecundas de esperanza cristiana. He leído con emoción el libro “Perseguidos por la verdad”. Detrás de esos sacerdotes, obispos, monjas, está el pueblo de Dios que lleva adelante con la fe y con la oración a todo el pueblo.

Hace unos años, el Sínodo de los Obispos de la Iglesia greco-católica ucraniana adoptó el programa pastoral titulado  La parroquia viva, lugar de encuentro con el Cristo vivo. En algunas traducciones, la expresión “parroquia viva” se ha traducido con el adjetivo “vibrante”. En efecto, el encuentro con Jesús, la vida espiritual, la oración que vibra en la belleza de vuestra liturgia transmiten esa hermosa fuerza de paz, que alivia las heridas, infunde valor pero no agresividad. Cuando, como de un pozo de agua de manantial, sacamos esta vitalidad espiritual y la transmitimos, la Iglesia se vuelve fecunda. Se vuelve  anunciadora del Evangelio de la esperanza, maestra de esa vida interior que ninguna otra institución puede ofrecer.

Por eso deseo alentaros a todos vosotros, como pastores del Pueblo santo de Dios, a tener esta preocupación primordial en todas vuestras actividades: la oración, la vida espiritual. Es la primera tarea, no se le puede anteponer ninguna otra. Que todos sepan y vean que en vuestra tradición sois una Iglesia que sabe hablar en términos espirituales y no mundanos (vea 1 Corintios 2:13). Porque del cielo en la tierra, necesita cada persona que se acerca a la Iglesia, no de ninguna otra cosa. Que el Señor nos conceda esta gracia y haga que todos nos dediquemos  a nuestra santificación y a la de los fieles que nos han sido confiados. En la noche del conflicto que estáis atravesando, como en Getsemaní, el Señor pide a los suyos que “velen y oren”; no que se defiendan, ni mucho menos que ataquen. Pero los discípulos se durmieron en lugar de orar y al llegar Judas sacaron sus espadas. No habían orado y  habían caído en tentación, en la tentación de la mundanalidad: la debilidad violenta de la carne había prevalecido sobre la mansedumbre del espíritu. No el sueño, no la espada, no la fuga, (ver Mt 26.40.52.56), sino la oración y la entrega de sí mismo hasta el final, son las respuestas que el Señor espera de los suyos. Solo estas respuestas son cristianas, solo ellas salvan de la espiral mundana de la violencia.

La Iglesia está llamada a llevar a cabo su misión pastoral con diversos medios. Después de la oración viene la cercanía. Lo que el Señor había pedido a sus apóstoles esa noche, que permanecieran cerca de él y que velasen (ver Mc 14, 34), hoy se lo pide a sus pastores: que estén con la gente, velando al lado de los que atraviesan la noche del dolor. La cercanía de los pastores a los fieles es un canal que se construye día a día y que lleva el agua viva de la esperanza. Así se construye, encuentro tras encuentro, con los sacerdotes que conocen las preocupaciones de la gente y se interesan por ellas y los fieles que, a través del cuidado que reciben, asimilan el anuncio del Evangelio que transmiten los pastores. No lo entienden si los Pastores solamente dicen Dios; lo entienden si hacen todo lo posible por dar a Dios: dándose  a sí mismos, estando cerca, testigos del Dios de la esperanza que se hizo carne para recorrer los caminos del hombre. La Iglesia es el lugar de donde se saca la esperanza, donde la puerta está siempre abierta, donde se recibe el consuelo y el estímulo. Nunca cierres, con ninguno, sino corazón abierto; nunca ponerse a mirar el reloj, nunca mandar a casa a los que necesitan ser escuchados. Nosotros somos servidores del tiempo. Nosotros vivimos en el tiempo. Por favor, ¡no caigáis en la tentación de vivir esclavos del reloj! El tiempo, no el reloj.

El cuidado pastoral comprende, en primer lugar, la liturgia que, como ha destacado a menudo el arzobispo mayor, junto con la espiritualidad y la catequesis constituye un elemento que caracteriza la identidad de la Iglesia greco-católica ucraniana. Al mundo, ” tan a menudo aún desfigurado por el egoísmo y la avidez, la liturgia le revela el camino hacia el equilibrio del hombre nuevo ” (S. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Orientale lumen, 11): el camino de la caridad, del amor incondicional, dentro del cual se debe encanalar  cualquier otra actividad, para que se nutra el vínculo fraternal entre las personas, dentro y fuera de la comunidad. Con este espíritu de cercanía en 2016 promoví una iniciativa humanitaria, con la que invitaba  a participar a las Iglesias de Europa a ofrecer ayuda a las personas más directamente afectadas por el conflicto. Doy nuevamente las gracias de corazón  a todos los que contribuyeron a la realización de esta colecta, tanto a nivel económico como organizativo y técnico. A esa primera iniciativa, ahora completada sustancialmente, me gustaría que siguieran otros proyectos especiales. Ya en esta reunión se podrá proporcionar alguna información. Es muy importante estar cerca de todos y ser concretos, también para evitar el peligro de que una situación grave de sufrimiento caiga en el olvido general. No se puede olvidar al hermano que sufre, cualquiera que sea la parte de donde viene. No se puede olvidar al hermano que sufre.

A la oración y la cercanía me gustaría agregar una tercera palabra, que es tan familiar para vosotros: sinodalidad. Ser Iglesia es ser comunidad que camina junta. No es suficiente tener un sínodo, hay que ser sínodo. La Iglesia necesita un intenso intercambio interno: un diálogo vivo entre los pastores y entre los pastores y los fieles. Como Iglesia católica oriental, tenéis ya una marcada expresión sinodal en vuestro ordenamiento canónico, que prevé un recurso frecuente y regular a las asambleas del Sínodo de los Obispos. Pero todos los días debemos hacer sínodo, esforzándonos por caminar juntos, no solo con los que piensan de la misma manera, -sería muy fácil- sino con todos los creyentes en Jesús.

Tres aspectos reavivan la sinodalidad. En primer lugar, la escucha: escuchar las experiencias y sugerencias de los hermanos obispos y sacerdotes. Es importante que cada uno, dentro del Sínodo se sienta escuchado. Escuchar es tanto más importante cuanto más se asciende en la jerarquía. La escucha es sensibilidad y apertura a las opiniones de los hermanos, también las de los más jóvenes, también las de quienes son considerados menos expertos. Un segundo aspecto: la corresponsabilidad. No podemos ser indiferentes a los errores o descuidos de los demás sin intervenir de manera fraternal pero convencida: nuestros hermanos necesitan nuestros pensamientos, nuestro aliento, así como nuestras correcciones, porque, precisamente, estamos llamados a caminar juntos. No se puede esconder lo que está mal y seguir adelante como si nada hubiera pasado para defender  el buen nombre propio  a toda costa: la caridad siempre debe vivirse en la verdad, en la transparencia, en esa parresia que purifica a la Iglesia y hace que camine. La sinodalidad -tercer aspecto-, también significa la participación de los laicos: como miembros de pleno derecho de la Iglesia también están llamados a expresarse, a dar sugerencias. Partícipes de la vida eclesial, no solo deben ser acogidos, sino escuchados. Y subrayo este verbo: escuchar. El que escucha, luego puede hablar bien. El que no está acostumbrado a escuchar no habla, ladra.

La sinodalidad también lleva a ampliar horizontes, a vivir la riqueza de la propia tradición dentro de la universalidad de la Iglesia: a beneficiarse de las buenas relaciones con otros ritos, a considerar la belleza de compartir partes significativas del propio tesoro teológico y litúrgico con otras comunidades, incluso las no católicas, a tejer relaciones fructíferas con otras Iglesias particulares, así como con los dicasterios de la Curia Romana. La unidad en la Iglesia será tanto más fecunda cuanto más real sean el entendimiento y la cohesión entre la Santa Sede y las Iglesias particulares. Más precisamente: cuánto más el entendimiento y la cohesión entre todos los obispos y el obispo de Roma. Esto ciertamente no debe “no debe implicar que ellas sufran una disminución en la conciencia de su propia autenticidad y originalidad” (Orientale lumen, 21), sino a plasmarla dentro de nuestra identidad católica, es decir, universal. Como universal, está en peligro y puede erosionarse por el apego a particularismos de diversos tipos: particularismos eclesiales, particularismos nacionalistas,  particularismos políticos.

Queridos hermanos, estos dos días de reunión, que tanto deseaba, sean momentos fuertes de intercambio, de escucha recíproca, de diálogo libre, siempre animado por la búsqueda del bien, en el espíritu del Evangelio. Que nos ayuden a caminar mejor juntos. Se trata, de alguna manera, de una especie de Sínodo dedicado a los temas más importantes para la Iglesia greco-católica ucraniana en este período, agravado por el conflicto militar todavía en curso y caracterizado por una serie de procesos políticos y eclesiales mucho más amplios de los que atañen a nuestra Iglesia católica. Pero os pido este espíritu, este discernimiento sobre el que verificarse: oración y  vida espiritual en primer lugar; luego, cercanía, sobre todo con los que sufren; después, sinodalidad, camino juntos, camino abierto, paso a paso, con mansedumbre y docilidad. Os doy las gracias, os acompaño en este camino y os pido, por favor, que me recordéis en vuestras oraciones. Gracias.

© Librería Editorial Vaticana

 

 

Mes Misionero Extraordinario: “Cada bautizado es un enviado”

Declaraciones de Mons. Dal Toso en España

julio 05, 2019 18:05Marina DroujininaMisión

(ZENIT- 5 julio 2019).- “Cada bautizado es un enviado” y cada uno “debe responder a su llamada concreta”, afirma Mons. Giovanni Pietro Dal Toso, secretario adjunto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y presidente de las Obras Misionales Pontificias (OMP).

Al inaugurar la 72ª Semana Española de Misionología en la Facultad de Teología de Burgos, el 1 de julio de 2019, recordó que la misión se basa en “la vocación inherente a cada bautizado”, señala L’Osservatore Romano con fecha del 6 de julio.

“La misión del enviado no es diferente de la misión de Jesús mismo, dijo Mons. Dal Toso: ‘Como me envió el Padre, yo también os envío a vosotros’ en una continuidad que transformará al enviado en una voz, un anuncio, una misión”.

La misión, recordó el arzobispo, “comienza con un encuentro personal” con Cristo. Cristo, muerto y resucitado, continuó, es “el sujeto” de la obra misionera, pero también constituye su “objeto” y su “corazón”.

“La missio ad gentes -explicó- conserva toda su relevancia, incluso en territorios como Europa o América, donde “cada vez más personas no son bautizadas, no creen o son indiferentes, o ignoran totalmente la fe”.

“La fuerza del laicismo no debe subestimarse”, dijo Mons. Dal Toso, ya que “se alimenta del consumismo y se difunde fácilmente por todas partes en internet, que no solo es una herramienta, sino también una forma de vida, incluso en los ámbitos tradicionalmente religiosos”.

Entrando en los detalles del programa, el presidente de la OMP indicó los tres eventos principales que marcarán las celebraciones del Mes Misionero en Roma: la vigilia en San Pedro con el Papa (1 de octubre); el rosario misionero que será transmitido en vivo desde la basílica de Santa María la Mayor (7 de octubre) y la celebración eucarística en San Pedro con el Papa durante la Jornada Mundial de las Misiones (20 de octubre).

A nivel local, explicó, se están promoviendo varias iniciativas: peregrinaciones diocesanas o nacionales, oraciones en las parroquias y testimonios de misioneros de diferentes partes del mundo. Entre los ejemplos más significativos se encuentran el de Colombia, que ha convocado una misión a todas las parroquias para la ocasión; Venezuela, Malawi, Kenia y Portugal, que han decidido dedicar un año completo a la misión “con un programa intensivo de formación y estudio”; y Polonia, Haití, Filipinas, Australia y Malawi, que se distinguen por la producción de materiales educativos y formativos.

Subrayando también la importancia de las iniciativas promovidas en España, el arzobispo reafirmó que “la profundización teológica del carácter misionero de la Iglesia es uno de los retos más importantes de la misión hoy”.

Finalmente, Mons. Dal Toso recordó que “118 direcciones nacionales aseguran la presencia de obras en unos 140 países”, lo que hace que esta red sea “verdaderamente universal”.

Es un verdadero “carisma”, expuso, es decir, un don del Espíritu Santo que debemos mantener y defender”, centrado en tres ámbitos esenciales: la oración, el testimonio y la caridad. Sin olvidar el carácter “pontificio” (es el mismo Papa quien nombra a su presidente) que caracteriza a estas obras: son en realidad “un instrumento del Santo Padre para el bien de la Iglesia universal”.

 

 

EL VINO NUEVO

— Disponer el alma para recibir el don divino de la gracia; los odres nuevos.

— La contrición restaura y prepara para recibir nuevas gracias.

— La Confesión sacramental, medio para crecer en la vida interior.

I. Jesús enseñaba, y quienes le escuchaban le entendían bien. Todos los que oyeron por vez primera las palabras que recoge el Evangelio de la Misa sabían de remiendos en los vestidos, y todos también, acostumbrados a las faenas del campo, conocían lo que pasa cuando se echa el vino nuevo, sacado de la uva recién vendimiada, en los odres viejos. Con estas imágenes sencillas y bien conocidas enseñaba el Señor las verdades más profundas acerca del Reino que Él vino a traer a las almas: Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en los odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan1.

Jesús declara la necesidad de acoger su doctrina con un espíritu nuevo, joven, con deseos de renovación; pues de la misma manera que la fuerza de la fermentación del vino nuevo hace estallar los recipientes ya envejecidos, así también el mensaje que Cristo trae a la tierra tenía que romper todo conformismo, rutina y anquilosamiento. Los Apóstoles recordarían aquellos días junto a Jesús como el principio de su verdadera vida. No recibieron su predicación como una interpretación más de la Ley, sino como una vida nueva que surgía en ellos con ímpetu extraordinario y requería disposiciones nuevas.

Siempre que los hombres se han encontrado con Jesús a lo largo de estos veinte siglos, algo ha surgido en ellos, rompiendo actitudes viejas y gastadas. Ya el Profeta Ezequiel había anunciado2 que Dios otorgaría a los suyos otro corazón y les daría un espíritu nuevo. San Beda, al comentar este pasaje del Evangelio, explica3 cómo los Apóstoles serán transformados en Pentecostés y repletos a la vez del fervor del Espíritu Santo. Esto ocurrirá después en la Iglesia con cada uno de sus miembros, una vez recibido el Bautismo y la Confirmación. Estos nuevos odres, el alma limpia y purificada, deben estar siempre llenos; «pues vacíos, los carcome la polilla y la herrumbre; la gracia los conserva llenos»4.

El vino nuevo de la gracia necesita unas disposiciones en el alma constantemente renovadas: empeño por comenzar una y otra vez en el camino de la santidad, que es señal de juventud interior, de esa juventud que tienen los santos, las personas enamoradas de Dios. Disponemos el alma para recibir el don divino de la gracia cuando correspondemos a las mociones e insinuaciones del Espíritu Santo, pues nos preparan para recibir otras nuevas y, si no hemos sido del todo fieles, cuando acudimos al Señor pidiéndole que sane nuestra alma. «Quita, Señor Jesús –le pedimos con San Ambrosio–, la podredumbre de mis pecados. Mientras me tienes atado con los lazos del amor, sana lo que está enfermo (...). Yo he encontrado un médico, que vive en el Cielo y derrama su medicina sobre la tierra. Solo Él puede curar mis heridas, pues no tiene ninguna; solo Él puede quitar al corazón su dolor, al alma su palidez, pues Él conoce los secretos más recónditos»5.

Solo tu amor, Señor, puede preparar mi alma para recibir más amor.

II. El Espíritu Santo trae constantemente al alma un vino nuevo, la gracia santificante, que debe crecer más y más. Este «vino nuevo no envejece, pero los odres pueden envejecer. Una vez rotos se echan a la basura y el vino se pierde»6. Por eso es necesario restaurar continuamente el alma, rejuvenecerla, pues son muchas las faltas de amor, los pecados veniales quizá, que la indisponen para recibir más gracias y la envejecen. En esta vida sentiremos siempre las heridas del pecado: defectos del carácter que no se acaban de superar, llamadas de la gracia que no sabemos atender con generosidad, impaciencias, rutina en la vida de piedad, faltas de comprensión...

Es la contrición la que nos dispone para nuevas gracias, acrecienta la esperanza, evita la rutina, hace que el cristiano se olvide de sí mismo y se acerque de nuevo a Dios en un acto de amor más profundo. La contrición lleva consigo la aversión al pecado y la conversión a Cristo. Ese dolor de corazón no se identifica con el estado en que puede encontrarse el alma por los efectos desagradables de la falta (la ruptura de la paz familiar, la pérdida de una amistad...); ni siquiera consiste en el deseo de no haber hecho lo que se ha hecho...: es la decidida condena de una acción, la conversión hacia lo bueno, hacia la santidad de Dios manifestada en Cristo, es «la irrupción de una vida nueva en el alma»7, llena de amor al encontrarse otra vez con el Señor. Por eso no sabe arrepentirse, no se siente movido a la contrición, quien no relaciona sus pecados, los grandes y las pequeñas faltas, con el Señor.

Delante de Jesús, todas las acciones adquieren su verdadera dimensión; si nos quedáramos solos ante nuestras faltas, sin esa referencia a la Persona ofendida, probablemente justificaríamos y restaríamos importancia a las faltas y pecados, o bien nos llenaríamos de desaliento y de desesperanza ante tanto error y omisión. El Señor nos enseña a conocer la verdad de nuestra vida y, a pesar de tantos defectos y miserias, nos llena de paz y de deseo de ser mejores, de recomenzar de nuevo.

El alma humilde siente la necesidad de pedir a Dios perdón muchas veces al día. Cada vez que se aparta de lo que el Señor esperaba de ella ve la necesidad de volver como el hijo pródigo, con dolor verdadero: padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros8. Y el Señor, «que está cerca de los que tienen el corazón contrito»9, escuchará nuestra oración. Con esta contrición el alma se prepara continuamente para recibir el vino nuevo de la gracia.

III. El Señor, sabiendo que éramos frágiles, nos dejó el sacramento de la Penitencia, donde el alma no solo sale restablecida, sino que, si había perdido la gracia, surge con una vida nueva. A este sacramento debemos acudir con sinceridad plena, humilde, contrita, con deseos de reparar. Una Confesión bien hecha supone un examen profundo (profundo no quiere decir necesariamente largo, sobre todo si nos confesamos con frecuencia): si es posible, ante el Sagrario, y siempre en la presencia de Dios. En el examen de conciencia, el cristiano ve lo que Dios esperaba de su vida y lo que en realidad ha sido; la bondad o malicia de sus acciones, las omisiones, las ocasiones perdidas..., la intensidad de la falta cometida, el tiempo que se permaneció en ella antes de pedir perdón10.

El cristiano que desea tener una conciencia delicada, y para ello se confiesa con frecuencia, «no se contentará con una confesión simplemente válida, sino que aspirará a una confesión buena que ayude al alma eficazmente en su aspiración hacia Dios. Para que la confesión frecuente logre este fin, es menester tomar con toda seriedad este principio: sin arrepentimiento no hay perdón de los pecados. De aquí nace esta norma fundamental para el que se confiesa con frecuencia: no confesar ningún pecado venial del que uno no se haya arrepentido seria y sinceramente.

»Hay un arrepentimiento general. Es el dolor y la detestación de los pecados cometidos en toda la vida pasada. Ese arrepentimiento general es para la confesión frecuente de una importancia excepcional»11, pues ayuda a restañar las heridas que dejaron las flaquezas, purifica el alma y la hace crecer en el amor al Señor.

La sinceridad nos llevará siempre que sea necesario a descender a esos pequeños detalles que dan a conocer mejor nuestra flaqueza: ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué motivo?, ¿cuánto tiempo?; evitando tanto el detalle insustancial y prolijo como la generalización, diciendo con sencillez y delicadeza lo que ha ocurrido, el verdadero estado del alma, huyendo de las divagaciones, como «no fui humilde», «tuve pereza», «he faltado a la caridad»..., cosas, por otra parte, aplicables casi siempre al común de los mortales. Al practicar la Confesión frecuente hemos de cuidar siempre que sea un acto personal en el que nosotros pedimos perdón al Señor de flaquezas muy concretas y reales, no de generalidades difusas.

Este sacramento de la misericordia es refugio seguro; allí se curan las heridas, se rejuvenece lo que ya estaba gastado y envejecido, y todos los extravíos, grandes y pequeños, se remedian. Porque la Confesión no solo es un juicio en el que las deudas son perdonadas, sino también medicina del alma.

La Confesión impersonal esconde con frecuencia un punto de soberbia y de amor propio que trata de enmascarar o justificar lo que humilla y deja, humanamente, en mal lugar. Quizá pueda ayudarnos, para hacer más personal este acto de la penitencia, cuidar hasta el modo de confesarnos: «yo me acuso de ...», pues no es este sacramento un relato de cosas sucedidas, sino autoacusación humilde y sencilla de nuestros errores y flaquezas ante Dios mismo, que nos perdonará a través del sacerdote y nos inundará con su gracia.

«¡Dios sea bendito!, te decías después de acabar tu Confesión sacramental. Y pensabas: es como si volviera a nacer.

»Luego, proseguiste con serenidad: “Domine, quid me vis facere?” —Señor, ¿qué quieres que haga?

»—Y tú mismo te diste la respuesta: con tu gracia, por encima de todo y de todos, cumpliré tu Santísima Voluntad: “serviam!” —¡te serviré sin condiciones!»12. Te serviré, Señor, como siempre has querido que lo haga: con sencillez, en medio de mi vida corriente, en lo ordinario de todos los días.

1 Mt 9, 16-17. — 2 Ez 36, 26. — 3 San Beda, Comentario al Evangelio de San Marcos, 2, 21-22. — 4 San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, 5, 26. — 5 Ibídem, 5, 27. — 6 G. Chevrot, El Evangelio al aire libre, Herder, Barcelona 1961, p. 111. — 7 Cfr. M. Schmaus, Teología dogmática, Rialp, 2ª ed., Madrid 1963, vol. VI, p. 562. — 8 Lc 15, 18-19. — 9 San Agustín Comentario al Evangelio de San Juan, 15, 25. — 10 Cfr. San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, II, 19. — 11 B. Baur, La confesión frecuente, Herder, Barcelona 1957, pp. 37-38. — 12 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 238.

 

 

“La oración debe prender en el alma”

La verdadera oración, la que absorbe a todo el individuo, no la favorece tanto la soledad del desierto, como el recogimiento interior. (Surco, 460)

El sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso.
Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón... ¿No es esto -de alguna manera- un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? ¿Qué se cuentan los que se quieren, cuando se encuentran? ¿Cómo se comportan? Sacrifican cuanto son y cuanto poseen por la persona que aman.
Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto. (Amigos de Dios, nn. 295-296)

 

 

«Tu rostro, Señor, buscaré»: la fe en el Dios personal

La fe cristiana es una fe con Rostro, una fe que dice: no estás solo en el mundo… hay Alguien que ha querido que existas, que te ha dicho «¡vive!».

La luz de la fe13/02/2018

Opus Dei - «Tu rostro, Señor, buscaré»: la fe en el Dios personal

«De ti piensa mi corazón: “Busca su rostro”. Tu rostro, Señor, buscaré» (Sal 27,8). Este verso del salmista responde a un motivo que recorre la Sagrada Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis[1]: toda la historia de Dios con los hombres, que sigue hoy su curso, entre los pliegues de sus páginas. En este anhelo se expresa, pues, algo que late también —de un modo más o menos explícito— en el corazón de los hombres y mujeres del siglo XXI. Porque si durante años podía parecer que el declive de la religión en el mundo occidental era imparable, que la fe en Dios era ya poco más que un mueble obsoleto frente a la cultura moderna y el mundo científico, de hecho sigue viva la búsqueda de Dios y de un sentido trascendente para la propia existencia.

Hoy se ha vuelto más difícil reconocer el rostro de un Dios personal, o advertir de modo vital su cercanía

En esta búsqueda de lo sagrado, no obstante, se ha dado un notable cambio cualitativo. El cuadro de las creencias es hoy más complejo y fragmentado que en el pasado. En la Iglesia católica ha caído la práctica y han aumentado quienes se declaran cristianos, pero no aceptan algunos aspectos de la doctrina de fe o de la moral. También se da una tendencia a mezclar libremente creencias diversas (por ejemplo, el cristianismo y el budismo). Ha aumentado el número de personas que dicen creer en una fuerza impersonal y no en el Dios de la fe cristiana, así como el de los miembros de las religiones no cristianas, especialmente orientales, o movimientos New Age. Para muchos, la imagen de lo divino se difumina en los contornos de una fuerza cósmica, de una fuente de energía espiritual o de un ser distante e indiferente. En definitiva, se puede decir que en la presente atmósfera cultural se ha vuelto más difícil reconocer el rostro de un Dios personal, considerar verdaderamente creíble el mensaje cristiano sobre el Dios que se ha hecho visible en Jesucristo, o advertir de modo vital su cercanía.

Si hay culturas en las que la visión impersonal de Dios se debe a que la fe cristiana ha tenido poco influjo sobre ellas, en el mundo occidental se trata más bien de un fenómeno cultural complejo: «un extraño olvido de Dios» por el que «parece que todo marche igualmente sin él»[2]. Este olvido, que no puede evitar un cierto «sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos»[3], se manifiesta entre otras cosas en la tendencia a concebir la religión desde una óptica individual, como un “consumo” de experiencias religiosas, en función de las propias necesidades espirituales. Aunque desde esta óptica es difícil comprender que Dios nos llama a una relación personal, tampoco lo facilitaba una concepción bastante extendida tiempo atrás, que veía la práctica religiosa fundamentalmente como una “obligación” o un mero deber exterior hacia Dios. Resulta iluminante en ese sentido la mirada penetrante del beato John Henry Newman sobre la historia: «cada siglo es como los demás, aunque a quienes viven en él les parece peor que cualquiera de los anteriores»[4].

El contexto en el que la fe cristiana se desenvuelve en la actualidad reviste, ciertamente, una nueva complejidad. Pero también hoy ―como ayer― es posible redescubrir la fuerza arrolladora de una fe con Rostro, una fe que nos dice: no estás solo en el mundo; hay Alguien que ha querido que existas, que te ha dicho «¡vive!» (cfr. Ez 16,6) y que te quiere feliz para siempre. El Dios de Jesucristo, al que se ha criticado de «haber rebajado la existencia humana, quitando novedad y aventura a la vida»[5], quiere realmente que tengamos vida, y vida en abundancia (cfr. Jn 10,10), es decir, una felicidad que nadie ni nada nos podrá quitar (cfr. Jn 16,22).

El misterio de un Rostro y los ídolos sin rostro

De modo especial en Occidente, algunas personas perciben hoy la espiritualidad y la religión como antagónicas: mientras en la “espiritualidad” perciben autenticidad y cercanía ―se trata de sus experiencias, de sus sentimientos―, en la religión ven sobre todo un cuerpo de normas y creencias que les resulta ajeno. La religión aparece así, quizá, como un objeto de interés histórico y cultural, pero no como una realidad esencial para la vida personal y social. Junto a otros factores, esto puede deberse a ciertas carencias en la catequesis, porque, de hecho, la fe cristiana está llamada a hacerse experiencia en la vida de cada uno, como lo son los encuentros interpersonales, la amistad, etc. «La vida interior ―escribía san Josemaría― si no es un encuentro personal con Dios, no existirá»[6]. En esa misma línea, ha escrito el Papa Francisco: «invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él»[7].

El encuentro con Dios no responde a la lógica inmediata de lo automático: no se accede a una persona como se accede a una web, siguiendo sencillamente un link

Este encuentro, sin embargo, no responde a la lógica inmediata de lo automático. No se accede a una persona como se accede a una web, siguiendo sencillamente un link; ni se descubre verdaderamente a una persona como se encuentra un objeto cualquiera. Incluso cuando parece que el hallazgo de Dios ha sido repentino, como sucede con algunas conversiones, los relatos de los conversos suelen mostrar cómo aquel paso se había venido preparando desde mucho tiempo antes, a fuego lento. El camino hacia la fe, y la vida misma del creyente, tiene mucho de espera paciente. «¡Debemos vivir a la espera de este encuentro!»[8]. Los vaivenes de la historia de la salvación ―tanto los que se relatan en la Escritura como los que vemos en la actualidad― muestran cómo Dios sabe esperar. Dios espera porque trata con personas. Pero también por eso, porque Él es Persona, el hombre debe aprender a esperar. «La fe, por su propia naturaleza, requiere renunciar a la posesión inmediata que parece ofrecer la visión; es una invitación a abrirse a la fuente de la luz, respetando el misterio propio de un Rostro, que quiere revelarse personalmente y en el momento oportuno»[9].

El episodio del becerro de oro en el desierto (Cfr. Ex 32,1-8) es una imagen perenne de esa impaciencia de los hombres con Dios. «Mientras Moisés habla con Dios en el Sinaí, el pueblo no soporta el misterio del rostro oculto de Dios, no aguanta el tiempo de espera»[10]. Se entienden así las advertencias insistentes de los profetas del Antiguo Testamento acerca de la idolatría[11], que atraviesan los siglos hasta hoy. Ciertamente, a nadie le gusta que le llamen idólatra: la palabra tiene una connotación de sumisión y de irracionalidad que la hace poco conciliadora. Sin embargo, es interesante observar que los profetas dirigían el término sobre todo a un pueblo creyente. Porque la idolatría no es solo ni principalmente un problema de «las gentes» que no invocan el Nombre de Dios (cfr. Jr 10,25): tiende a hacerse un lugar también en la vida del creyente, como una “reserva” por si Dios no fuera a llenar las expectativas del corazón, como si Dios no fuera suficiente. «Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos «tienen boca y no hablan» (Sal 115,5). Vemos entonces que el ídolo es un pretexto para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos»[12]. Esta es, pues, la tentación: asegurarse un rostro, aunque no sea más que el nuestro, como en un espejo. «En lugar de tener fe en Dios, se prefiere adorar al ídolo, cuyo rostro se puede mirar, cuyo origen es conocido, porque lo hemos hecho nosotros»[13]. Se deja por imposible la búsqueda del Dios personal, del Rostro que quiere ser acogido, y se opta por rostros que elegimos nosotros: dioses “personalizados” ―con el sabor agridulce que a veces deja este adjetivo―; dioses «de plata y oro, de bronce y hierro, de madera y piedra, que ni ven, ni oyen, ni conocen» (Dn 5,23), pero que se prestan a nuestros deseos.

Dios espera porque trata con personas; pero también por eso, porque Él es Persona, el hombre debe aprender a esperar

Podemos vivir aferrados a esas seguridades durante un tiempo, más o menos largo. Pero es fácil que un revés profesional, una crisis familiar, un hijo problemático o una enfermedad grave hagan derrumbarse esa seguridad. «¿Dónde están los dioses que te hiciste? Que se levanten, si es que pueden salvarte» (Jr 2,28). El hombre se da cuenta entonces de que está solo en el mundo; como Adán y Eva en el paraíso tras el pecado, cae en la cuenta de que está desnudo, suspendido en el vacío (cfr. Gn 3,7). «Llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y, aunque no lo admitan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor»[14].

 

El Dios personal

¿En qué sentido el cristianismo puede superar las insuficiencias de los ídolos y saciar esa inquietud? Mientras para otras religiones o espiritualidades «Dios queda muy lejos, parece que no se da a conocer, no se hace amar»[15], el Dios cristiano «se ha dejado ver: en el rostro de Cristo vemos a Dios, Dios se ha hecho “conocido”»[16]. El Dios cristiano es el Alguien por quien suspira el corazón humano. Y Él mismo ha venido a mostrarnos su rostro: «lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida (…) os lo anunciamos» (1 Jn 1,3). Cuando todas las seguridades humanas fallan, cuando la vida y su sentido se vuelven inciertos, entra en escena el «Verbo de la vida». Quien le rechaza queda como prisionero de su necesidad de amor[17]; quien le abre las puertas, y decide no agarrarse a sus propias seguridades o a su desesperación, quien se reconoce ante Él como un pobre enfermo, un pobre ciego, puede descubrir su rostro personal.

Ahora bien, ¿qué significa que Dios es persona, que tiene rostro? Y sobre todo, ¿tiene sentido esta pregunta? Cuando Felipe pide a Jesús que les muestre al Padre, responde el Señor: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). El hecho de que Dios se haya hecho hombre en Jesús, de que a través de su humanidad se haya manifestado Dios en persona ―evento que es el centro mismo de la fe cristiana―, muestra que esta pregunta no designa una quimera sino que tiene una meta real.

Sin embargo, si Dios tiene rostro personal, si se ha revelado en Jesucristo, ¿por qué se esconde a nuestra mirada? «¿No lo daría uno todo con tal de que se le permitiera verlo andar por la calle, oír el timbre de su voz, penetrar su mirada, sentir su “poder”, percibir con la experiencia más íntima quién es él?»[18] ¿Por qué, si Dios vino al mundo, ha vuelto ahora a esconderse en su misterio? En realidad, el Génesis ―que no solo versa sobre los orígenes, sino también sobre los ejes mismos de la historia― muestra que es más bien el hombre quien se esconde de Dios por el pecado (cf. Gn 3,9-10).

Con todo, imaginando que Jesús se hubiera quedado en la tierra, ¿verdaderamente sería más personal la relación con Él? Cada uno dispondría, en el mejor de los casos, de unos pocos instantes en la vida para estar con Él. Unas palabritas, y una foto, como con los famosos... Admitiendo, pues, que Dios «se esconda»... se puede decir que lo hace precisamente porque quiere entablar una relación personal con cada hombre y cada mujer: de tú a tú, de corazón a corazón. En la relación con Dios sucede, en el modo más intenso posible, algo que es propio todas las relaciones personales: que nunca acabamos de conocer al otro del todo; que es necesario buscarle. «Sí, por detrás de las gentes te busco. / No en tu nombre, si lo dicen, / no en tu imagen, si la pintan. / Detrás, detrás, más allá»[19].

«El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). La Encarnación de Dios hace de la personalidad humana un camino apto para acercarse al misterio del Dios personal. De hecho se trata del único camino, porque no conocemos de modo directo ningún otro modo de existencia personal. Al recorrerlo, sin embargo, es necesario evitar el antropomorfismo: la tendencia a describir un Dios a la medida del hombre, algo así como un ser humano agrandado, perfeccionado. Ya el hecho mismo de que Dios sea una Trinidad de personas muestra cómo su Ser personal desborda los marcos de nuestra propia experiencia; pero no la hace por eso inútil para intentar acercarnos a su Misterio, con las alas de la fe y de la razón[20].

Retomemos, pues, la pregunta: ¿Qué significa ser persona? Una persona se distingue de los seres no personales en que «se posee a sí misma por la voluntad y se comprende perfectamente por la inteligencia: es la trascendencia de un ser que puede decir “yo”»[21]. Trascendencia, porque el “yo” de cada persona ―incluso de quienes no pueden decir “yo”― hace de ella una realidad irreductible al resto del universo; por así decir, cada persona es un abismo. «Un abismo llama a otro abismo» (Sal 42,8), dice el verso de un salmo, en el que san Agustín reconoce el misterio de la persona humana[22]. Pues bien, decir que Dios es persona significa que se trata de un “Yo” que es dueño de sí y que es distinto de mí, pero que a la vez no está junto a mí como cualquier otra persona humana. Dios es, como decía también san Agustín en una expresión de una profundidad y belleza difíciles de superar, interior intimo meo: Él está más profundamente dentro de mí que yo mismo[23], porque se encuentra en el origen más profundo de mi ser. Es Él quien ha pensado en mí, y quien ya nunca dejará de hacerlo.

Dios está más profundamente dentro de mí que yo mismo, porque se encuentra en el origen más profundo de mi ser

Precisamente aquí se dibuja una frontera decisiva entre nuestro ser personal y el de Dios. Nuestra existencia es radicalmente dependiente de Dios: somos porque Él ha querido; nuestro ser está en sus manos. «En el comienzo de la filosofía occidental aparece repetidamente la cuestión del arjé, el principio de todas las cosas, y se le dan variadas y profundas respuestas. Pero hay solo una respuesta que responda realmente: darse cuenta religiosamente de que mi principio está en Dios. Digámoslo mejor: en la voluntad de Dios, dirigida hacia mí, de que he de ser, y ser el que soy»[24]. Dios ha decidido que yo exista, y sea precisamente tal como soy; por eso puedo aceptarme y considerarme un bien. Es lo que sucede cada vez que el hijo se descubre amado por sus padres, cada vez que una mirada, una sonrisa, un gesto le dice: «¡Para mí es bueno que existas!»[25]: se reconoce enteramente dependiente… y al mismo tiempo querido sin reservas.

«Él nos hizo y somos suyos» (Sal 100,3). Esta dependencia radical ¿supone una forma de dominio? Para responder afirmativamente haría falta decir que, cuando una madre sonríe a su hijo pequeño, lo hace con afán de dominarlo. ¿Es el dominio el único modo de relación entre personas? Más aún, ¿es el principal? Frente a la lógica del dominio se nos presenta enseguida otra más poderosa: la lógica del amor. Frente a la posición de quien dice a otro: «Tienes que ser como digo yo», se alza el grito más hondamente personal: «¡Es bueno que existas… como eres!». Esa es la palabra que se dirige a la persona amada, al hijo enfermo, al padre anciano, cuando se le afirma tal como es… y se le quiere.

Reconocer que yo no soy mi origen, pues, no supone sin más aceptar mi finitud: esa es una conclusión que se queda en la superficie de las cosas. En realidad, significa abrirme a la infinitud de Dios; significa reconocer que «en cuanto yo existo, somos dos. Mi existencia es en su misma esencia, relación. Solo subsisto porque soy pronunciado por otro. Reconocer esa absoluta dependencia es simplemente ratificar lo que soy. Solo existo porque soy amado. Y existir será para mí amar a mi vez, responder a la gracia con la acción de gracias»[26]. La Revelación cristiana nos da a conocer a un Dios que se rige por esta lógica. Un Dios que crea por Amor, por una sobreabundancia de Amor. Más: un Dios que es Amor. Y precisamente en el encuentro con él descubrimos nuestro rostro personal: descubrimos quiénes somos.

 

El rostro de Dios

«No somos el producto casual y sin sentido de la evolución ―apuntaba Benedicto XVI al ser elegido para la sede de Pedro―. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[27]. Esta realidad no es simplemente objeto de una captación intelectual. En otras palabras, no basta decir: «De acuerdo, ya lo entiendo». Es una chispa que enciende la vida entera: da una visión del cristianismo que supera en mucho la de un sistema intelectual y transforma la existencia desde su raíz.

Reconocer que yo no soy mi origen significa abrirme a la infinitud de Dios; reconocer que solo existo porque soy amado

Desde esta nueva visión, la oración adquiere un lugar central en la existencia, tal como vemos en la vida de Jesús[28]. Lejos de algunas concepciones que desfiguran su sentido, la oración no consiste en un vaciamiento de sí, ni en un servil acatamiento de una voluntad ajena. Lo ilustra bien el Papa Francisco, al describir cómo reza: «siento como si estuviera en manos de otro, como si Dios me estuviese tomando la mano. Creo que hay que llegar a la alteridad trascendente del Señor, que es Señor de todo, pero que respeta siempre nuestra libertad»[29]. La oración es, entonces, en primer lugar, descubrir que estamos con Dios: Alguien vivo, real, que no soy yo mismo; Alguien en quien descubro realmente quién soy, en quien descubro mi verdadero rostro.

Al reconocernos creados por Dios, pues, no nos sentimos negados, sino precisamente afirmados. Alguien nos ha dicho: «¡Es bueno que existas!». Y ese Alguien, además, lo ha ratificado y lo ha definido para siempre al dar su vida por cada uno de nosotros. La alternativa ante Dios no es someterse o rebelarse, sino cerrarse al amor o, sencillamente, dejarse amar para responder amando. Nuestro Origen es el Amor, y para el Amor hemos sido elegidos y llamados por Dios. Por eso, cuando en el cielo «veamos el rostro de Dios, sabremos que siempre lo hemos conocido. Ha formado parte, ha hecho, sostenido y movido, momento a momento, desde dentro, todas nuestras experiencias terrenas de amor puro. Todo lo que era en ellas amor verdadero, aun en la tierra era mucho más Suyo que nuestro, y solo era nuestro por ser Suyo»[30].

Lucas Buch - Carlos Ayxelá

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Lecturas para profundizar

Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24-11-2013, nn. 264-267: “El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva”).

Francisco, Enc. Lumen Fidei, 29-6-2013, nn. 8-39.

Benedicto XVI, Audiencia, 16-1-2013.

Consejo Pontificio para la Cultura, Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso (2003), Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre la «Nueva Era» (acerca del cristianismo, ante el auge del New Age y otras espiritualidades).

Congregación para la doctrina de la fe (1989) Orationis Formas. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana (acerca de la relación personal con Dios, como aspecto esencial de la oración cristiana)


Borghello, U. Liberare l’amore. La comune idolatria, l’angoscia in agguato, la salvezza cristiana, (caps. 2-4), Ares, 2009.

Burggraf, J. “La libertad, don y tarea” (disponible on-line), en Burggraf, J. La transmisión de la fe en la sociedad postmoderna y otros escritos, Eunsa, 2015.

Daniélou, J. Dios y nosotros, Cristiandad, Madrid 2003, cap. 2, “El Dios de los filósofos” (orig. Dieu et nous).

Guardini, R. La aceptación de sí mismo – Las edades de la vida, Guadarrama, Madrid 1962 (orig. Die Annahme seiner selbst).

Mundo y persona. Ensayos para una teoría cristiana del hombre, Encuentro, 2000. (orig. Welt und Person. Versuche zur christlichen Lehre vom Menschen)

Ratzinger, J. Introducción al cristianismo (I.4.2 “El Dios personal”) Sígueme, 2016 (orig. Einführung in das Christentum)

El Dios de los cristianos (I.1 “Dios tiene nombre”), Sígueme, 2009 (orig. Der Gott Jesu Christi. Betrachtungen über den Dreieinigen Gott).

Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (I.1. “La unidad y la pluralidad de las religiones. El lugar de la fe cristiana en la historia de las religiones”) Sígueme, 2005 (orig. Glaube, Wahrheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen)

― “Sobre el concepto de persona en teología”, en Ratzinger, J. Palabra en la Iglesia, Sígueme, 1976 pp. 165-180 (orig. “Zum Personverständnis in Theologie”). Disponible on-line en inglés.

 

Cuadro del editorial: Pedro y Juan corriendo al sepulcro, de Eugène Burnand.


[1] «Tendré que ocultarme de tu rostro, vivir errante y vagabundo por la tierra» (Gn 4,14); «No podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo» (Ex 33,20); «El Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia» (Nm 6,25); ¿Por qué me escondes tu rostro y me tratas como a tu enemigo? (Jb 13,24); «¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?» (Sal 42,3); «No apartaré de vosotros mi rostro, porque soy misericordioso» (Jr 3,12); «Verán su rostro y llevarán su nombre grabado en la frente» (Ap 22,4).

[2] Benedicto XVI, Homilía, 21-VIII-2005.

[3] Ibídem.

[4] J.-H. Newman, Lectures on the Prophetical Office of the Church, Londres 1838, p. 429.

[5] Francisco, Enc. Lumen Fidei, 29-VI-2013, n. 2.

[6] Es Cristo que pasa, n. 174.

[7] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24-XI-2013, n. 3.

[8] Francisco, Audiencia general, 11-X-2017.

[9] Francisco, Lumen Fidei, n. 13.

[10] Ibídem.

[11] Cfr. por ejemplo Ba 6,45-51; Jr 2,28; Is 2,8; 37,19.

[12] Francisco, Lumen Fidei, n. 13.

[13] Ibídem.

[14] Amigos de Dios, n. 260

[15] Benedicto XVI, Lectio divina, 12-II-2010.

[16] Ibidem.

[17] Cfr. U. Borghello. Liberare l’amore, Milano, Ares 2009, p. 34.

[18] R. Guardini, El Señor, IV.6, “Revelación y misterio”.

[19] P. Salinas, La voz a ti debida en Poesías Completas, Barral 1971, p. 223.

[20] Con la imagen de las “alas” se refiere san Juan Pablo II a la fe y la razón, al inicio de su encíclica Fides et Ratio (14-IX-1998).

[21] J. Daniélou, Dios y nosotros, Cristiandad, Madrid 2003, p. 95 (el subrayado es nuestro).

[22] Cfr. San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 41, nn. 13-14.

[23] San Agustín, Confesiones III.6.11.

[24] R. Guardini, La aceptación de sí mismo – Las edades de la vida, Guadarrama, Madrid 1962, p. 29.

[25] Esta es la definición que da del amor J. Pieper en su conocida obra Las Virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 2012, pp. 435-444.

[26] J. Daniélou, Dios y nosotros, p. 108.

[27] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 24-IV-2005.

[28] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia, 30-XI-2011.

[29] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco, 54.

[30] C. S. Lewis, Los cuatro amores, Rialp, Madrid 1991, p. 153.

 

 

ARMONIZAR NUESTRO CORAZÓN CON EL DE JESÚS

(en el centenario de la consagración de España a su Sagrado Corazón)

El 30 de mayo de 1919, en el Cerro de los Ángeles (situado en Getafe, es el centro geográfico de España; por esa razón fue el lugar elegido para construir un monumento dedicado al Sagrado Corazón), el rey Alfonso XIII consagró públicamente España al Sagrado Corazón de Jesús. La oración que leyó solemnemente delante del Santísimo Sacramento expuesto en la Custodia dice así: “España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante ese trono de tus bondades que para Ti se alza en el centro de la Península (...) Reinad en los corazones de los hombres, en el seno de los hogares, en la inteligencia de los sabios, en las aulas de las ciencias y de las letras y en nuestras leyes e instituciones patrias”. Se ha cumplido el centenario de ese ofrecimiento. Años antes, el papa León XIII había pedido consagrar el género humano al Corazón de Cristo (en la encíclica Annum sacrum 25.05.1889).

Con motivo de este aniversario (se celebró litúrgicamente el domingo 30 de junio en el Cerro de los Ángeles), propondré ideas acerca del Sagrado Corazón de Jesús. El propósito: armonizar nuestro corazón con el suyo este verano. En esto se resume la vida del cristiano: “no me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»” (Francisco La Alegría del Evangelio n. 7). Y, ¿qué encuentro más íntimo que el de armonizar los corazones?

El Corazón traspasado de Jesús

La Providencia dispuso que Cristo muriera en la Cruz antes que sus dos compañeros de tormento; a ellos, según la costumbre, los soldados les quebraron la tibia y el peroné de ambas piernas provocando la muerte por asfixia. Con Jesús, ya muerto, le alancearon para certificar su muerte, alcanzando la aurícula derecha del corazón. San Juan, testigo directo, recoge el hecho: “uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado”, reseñando un detalle que le sorprendió: “y al punto salió sangre y agua” (Juan 19, 34). La medicina explica esta rareza. El corazón de un cadáver reciente concentra la sangre líquida en la aurícula derecha. Por eso, aunque estaba muerto, brotó abundante al ser atravesado. El agua era líquido seroso, que es acuoso y pudo deberse a una pleuritis traumática o pericarditis serosa. Por los brutales golpes recibidos en la Pasión llegó sangre a la cavidad pleural, cuyo líquido seroso flota sobre la sangre al ser menos denso. Por eso, de la lanzada salió sangre y suero. Recordaría Juan las palabras del Maestro en la última Cena: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lucas 22, 20). Jesús, por amor nuestro, derramó hasta la última gota de su sangre preciosísima. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Juan 13, 1). Ese fue el alto precio para nuestro rescate. La contemplación de esta escena ha alimentado la devoción de los cristianos desde los primeros siglos, como nos muestra la predicación de Juan y de Pablo: “vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor” (Efesios 5, 2).

En una ocasión, santa Catalina de Siena (doctora de la Iglesia, del siglo XIV) preguntó al Señor: <Dulce Cordero sin mancha, tú estabas muerto cuando tu costado fue abierto. ¿Para qué, entonces, permitiste que tu Corazón fuese de tal forma herido y abierto a la fuerza?>. Jesús le contestó: “Por varias razones, de las que te diré la principal. Mis deseos hacia la raza humana eran infinitos y el tiempo actual de sufrimiento y tortura estaban al terminar. Ya que mi amor es infinito, yo no podía por este sufrimiento manifestarte cuanto te amo. Es por eso que yo quise revelarte el secreto de mi corazón, permitiéndote verlo abierto, para que puedas entender que te amé mucho más de lo que te podía probar por un sufrimiento que ha terminado”. A través del conducto abierto por la lanza advertimos más claramente la profecía de Isaías: “el castigo de nuestra paz cayó sobre él; y por sus llagas fuimos nosotros curados” (Isaías 53, 5). En una ocasión, el Papa habló de la devoción del rezo de un Padre nuestro por cada una de las cinco llagas de Cristo: “cuando rezamos ese Padre Nuestro, intentamos entrar a través de las llagas de Jesús, dentro, precisamente a su corazón. Y allí aprenderemos la gran sabiduría del misterio de Cristo, la gran sabiduría de la cruz” (Ángelus 18.03.2018). El costado herido por la lanza es la puerta abierta a su Sagrado Corazón: desde allí nos invita a entrar, para permanecer en él y llenarnos de amor. Nos dice: “el que tenga sed que venga a mí y beba” (Juan 7, 37).

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“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13). Y Dios quiso darnos una prueba más de ese amor sin medida con su corazón traspasado. Lo enseñaba Benedicto XVI: “Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. Juan 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: <Dios es amor> (1Juan 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar” (Deus caritas est n. 12). La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, hombre verdadero y Dios, nos invita a adentrarnos en su Corazón; en su intimidad, en lo que pensaba, en lo que quería, en lo que sentía, en lo más profundo de su ser. En definitiva, lleva a enamorarnos de Cristo, haciendo de su corazón, el nuestro. Repitamos: “Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). “El Corazón traspasado de Cristo es el Corazón de la revelación, el Corazón de nuestra fe”, afirmaba Francisco (23.06.17); es el camino que nos introduce en el misterio del amor de Dios por nosotros, y nos enseña a querer a los demás con ese amor. Nuestro corazón se abre a Dios y al prójimo para vivir con un nuevo sentido aprendido en el Corazón apasionado de Jesús. “Sagrado Corazón de Jesús, sed mi amor”.

La fiesta del Sagrado Corazón: un deseo de Jesús

Nos situamos en el Convento de la Visitación de Paray-le-Monial (Francia), en la segunda mitad del siglo XVII. Años antes, san Francisco de Sales impulsó la devoción al Sagrado Corazón en su orden de la Visitación. Santa Margarita de Alacoque, religiosa visitandina, recibió varias revelaciones de Jesús en relación con su Sagrado Corazón. En la cuarta y última, (sucedida durante la octava del Corpus Christi del año 1675, en junio), santa Margarita estaba adorando el Santísimo Sacramento. El Señor le descubrió su Corazón y le dijo: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, sólo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor. Pero lo que más me duele es que se porten así los corazones que se me han consagrado”.

El Señor pidió a Margarita que promoviera una fiesta especial “para honrar a mi Corazón”. Quiso que fuera “el primer viernes después de la octava del Corpus”. Y solicitó “que se comulgue dicho día para pedirle perdón y reparar los ultrajes por él recibidos durante el tiempo que ha permanecido expuesto en los altares”. Llevar a término ese deseo de Jesús costó a Margarita muchos sufrimientos e incomprensiones. La fiesta del Sagrado Corazón se celebró por vez primera en 1686 en Paray-le-Monial; aunque no vio su propagación (murió en 1690). Pero el Espíritu Santo se sirvió de ella para que su deseo madurará y se abriera paso en la vida de la Iglesia. Contó con la ayuda de san Claudio La Colombière, jesuita, su confesor. La Compañía de Jesús fueron los grandes propagadores de esta devoción; con el tiempo se extendió a toda Francia. En España, la devoción al Sagrado Corazón tiene un nombre propio: el beato Bernardo de Hoyos, jesuita. En 1731, con 21 años, fue a estudiar Teología en el Colegio de San Ambrosio de Valladolid, actual Santuario Nacional de la Gran Promesa. Allí conoce el culto al Corazón de Jesús a través de un libro del Padre José de Gallifet, sj.; y tiene las experiencias místicas que le llevan a su difusión por toda España. “Me dijo Jesús: <Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes>” (14.05.1733). En 1765, el Papa Clemente XIII introdujo la fiesta en Roma. Y el Papa Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia en 1856.

Después de haber recorrido a lo largo del año las fiestas litúrgicas de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, que comenzaron con su nacimiento en Belén, al acabar de contemplar los misterios de su vida en la tierra, celebramos la solemnidad de su Sagrado Corazón. Pio XII calificaba al “sacratísimo y adorable Corazón del Redentor divino” como “el símbolo y signo más noble del amor divino” (Encíclica Haurietis aquas n. 6). Símbolo singular del ilimitado amor divino latente en todo lo que lo que hizo para nuestra Redención. Ese es su deseo, que hagamos experiencia de lo mucho que nos ama y cambiar nuestro corazón. “Viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría. Si reconocemos esta maravillosa relación del Señor con sus hijos, se cambiarán necesariamente nuestros corazones, y nos haremos cargo de que ante nuestros ojos se abre un panorama absolutamente nuevo, lleno de relieve, de hondura y de luz” (san Josemaría El Corazón de Cristo, paz de los cristianos en Es Cristo que pasa n. 165). En la Eucaristía, participamos en el amor divino que nos salva. La Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de la Cruz. Todo lo que sucedió, sucede. No es una

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repetición, un recuerdo; es una actualización misteriosa, una ventana abierta por la que estamos en el Calvario... y contemplamos el costado abierto de Jesús del que manan los bienes del Cielo. “Vamos a Misa con la certeza de ser bendecidos por el Señor, y salimos para bendecir nosotros a su vez, para ser canales de bien en el mundo” (Francisco homilía 23.06.19). Este verano organicemos el domingo para poner la Misa en el centro del día, procuremos asistir algún día entre semana. Preparemos nuestro corazón para recibir la Sagrada Comunión, “para pedirle perdón y reparar los ultrajes por él recibidos”. Conscientes de que en la Hostia consagrada late el Sagrado Corazón de Jesús; al comulgar recibimos su Cuerpo, que nos conforma con Él; nos implanta su Corazón, nos modela según su Corazón; para hacer todo con Él, por Él y en Él, por amor a su Padre, para dar el amor recibido a los demás, con la ayuda del Espíritu Santo derramado en nuestra alma.

El Corazón de Jesús, un corazón de carne

Jesucristo es hombre verdadero. “El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (Concilio Vaticano II Gaudium et Spes n. 22). Al mismo tiempo, el Catecismo nos recuerda que “la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a <uno de la Trinidad>. El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad” (Catecismo de la Iglesia n. 470). Cristo nos ama con un corazón de hombre, que al mismo tiempo es un corazón de Dios. Es el misterio de la Encarnación: “porque en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente” (Colosenses 2, 9). En Cristo, aunque haya dos naturalezas, humana y divina, perfectas y distintas, solo hay una persona divina: “tiene una inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas que tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia n. 482).

Por eso, el corazón del Padre se nos revela en el corazón del Hijo. “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Juan 14, 9) nos dice, como al apóstol Felipe. El amor humano de Cristo no es sino una revelación del amor divino común a la Trinidad. Todo lo que ese amor realiza lo hace en unión con el amor divino y por causa de él: el corazón de Cristo iba a sacar su bondad humana del océano de la Misericordia divina. Es una fuente inagotable de ternura, de bondad, de perdón, de amabilidad... “Dios Padre se ha dignado concedernos, en el Corazón de su Hijo, infinitos dilectionis thesauros, tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño. Si queremos descubrir la evidencia de que Dios nos ama –de que no sólo escucha nuestras oraciones, sino que se nos adelanta–, nos basta seguir el mismo razonamiento de San Pablo: <El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas?> (Romanos 8, 32)” (san Josemaría El Corazón de Cristo, paz de los cristianos en Es Cristo que pasa n. 162). La vida cristiana es una invitación a conocer verdaderamente a Jesús, a conocer su Corazón y dejarle modelar el nuestro, “pues lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano” (Jeremías 18, 6).

¿Cómo conocer el Corazón de Jesús? Basta abrir el Evangelio; sin olvidar el resto de las Sagradas Escrituras, que apuntan y nos hablan de Jesús, el Mesías prometido. En la lectura meditada de la vida de Jesús, “que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (enseñaba san Pedro en casa de Cornelio (Hechos 10, 38)), se nos muestra el amor misericordioso de su Corazón; de cómo se estremece de compasión ante la muchedumbre que le seguía; de su dolor con lágrimas ante la muerte de su amigo Lázaro; de cómo acoge a los pecadores perdonando sus pecados y remediando su miseria; de cómo ama a su Padre Dios... Nadie que acude a Él es descartado. También encontraremos enseñanzas suyas en las que manifiesta su corazón: la parábola del buen pastor, del buen samaritano, del padre bueno (también llamada del hijo pródigo)... Y, por su puesto, su Pasión y muerte en la Cruz. No nos dejará abandonados, nos confiará al Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, infundido en nuestra alma por el Bautismo; y nos alimentará dándonos a comer su mismo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en el milagro de la Eucaristía. Bautismo simbolizado en el agua que lava, Eucaristía significada en la sangre que redime, que manan del costado abierto. “Ellos son el nuevo caudal que crea la Iglesia y renueva a los hombres” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret tomo II).

Al contemplar tanto amor, san Pablo exclamaba emocionado, agradecido y movido a corresponder: “mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2, 20). “Toda la

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vida de Cristo expresa su misión: <Servir y dar su vida en rescate por muchos> (Marcos 10, 45)” (Catecismo de la Iglesia n. 608). Este verano cuidemos el encuentro diario con Dios en la oración, oxígeno para nuestro corazón, que nos mantiene vivos; podremos contemplar el Corazón de Jesús; preveamos un rato (15 ́ es 1% del día), para “estar a solas con quien sabemos nos ama” (santa Teresa Libro de la vida cap. 8) y nos cambia. Nada empuja al amor como el saber y sentirse amado, en la oración. “Todas las veces que pensamos en Jesucristo, recordemos el amor con el que nos colmó con sus favores... el amor llama al amor” (santa Teresa Libro de la vida cap. 22). “Si alcanzas a valorar con el corazón la belleza de este anuncio y te dejas encontrar por el Señor; si te dejas amar y salvar por Él; si entras en amistad con Él y empiezas a conversar con Cristo vivo sobre las cosas concretas de tu vida, esa será la gran experiencia, esa será la experiencia fundamental que sostendrá tu vida cristiana” (Exh. Apostólica Chritus vivit n. 129), nos dice el Papa.

El corazón de Jesús desea ardientemente amarnos

“Ante todo quiero decirle a cada uno la primera verdad: <Dios te ama>. Si ya lo escuchaste no importa, te lo quiero recordar: Dios te ama. Nunca lo dudes, más allá de lo que te suceda en la vida. En cualquier circunstancia, eres infinitamente amado” (Exh. Apostólica Chritus vivit n. 112), así se dirigía el Papa a los jóvenes, y a cada cristiano. Dios nos ama en Cristo, se ha encarnado para amarnos con corazón de hombre, que arde en amor por nosotros.

Nunca olvidemos que Jesús vive, ha resucitado. “Alégrate con tu Amigo que triunfó (...) El mal no tiene la última palabra. En tu vida el mal tampoco tendrá la última palabra, porque tu Amigo que te ama quiere triunfar en ti. Tu salvador vive” (ídem n. 126). Nos sigue amando con su corazón de carne, unido para siempre a su divinidad. Con el corazón más amante y más amable que pueda existir. En la primera revelación a santa Margarita (27 de diciembre de 1673), estando de rodillas delante del Santísimo Sacramento, Jesús le manifestó que quería contar con ella para manifestar su amor a los hombres: “Mi Divino Corazón, está tan apasionado de Amor a los hombres, que, no pudiendo contener en él las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame y se manifieste a ellos”. ¿Para qué? “para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. Esta es la seguridad que nos llena de esperanza; pase lo que nos pase, Jesús está siempre a nuestro lado... nunca nos deja de la mano, “se hizo carne precisamente para poder sufrir con nosotros y estar con nosotros en nuestros sufrimientos” (Benedicto XVI 6.04.2007), nos consuela, nos perdona, nos fortalece, nos atrae a su Corazón amante. No cesa de ofrecernos el don de Dios: “el Espíritu Santo llena el corazón de Cristo resucitado y desde allí se derrama en tu vida como un manantial. Y cuando lo recibes, el Espíritu Santo te hace entrar cada vez más en el corazón de Cristo para que te llenes siempre más de su amor, de su luz y de su fuerza” (Exh. Apostólica Chritus vivit n. 130).

Cuenta santa Margarita que Jesús, mostrándole un día su Corazón arrojando llamas por todas partes, le dijo: “Si tú supieras cuán sediento estoy de hacerme amar de los hombres, no perdonarías nada para ello”. Y otras veces oía decir: “Tengo sed, me abraso en deseos de ser amado”. Hagamos viva la experiencia de saciar la sed de amor del Corazón de Jesús, ser su consuelo acogiendo su amor. ¿Cómo? Haciéndole compañía en el Sagrario, escuela del Corazón de Jesús. En verano acerquémonos a la Iglesia (en www.misas.org podemos localizar los lugares de culto próximos a donde estemos y los horarios) y agradezcamos que se haya quedado esperándonos para colmarnos de sus dones. Adoremos y amemos. Reparemos su Corazón herido por la frialdad, ingratitud y ofensas de los hombres, empezando por las nuestras, dándole cariño. Imploremos su bendición para tantas intenciones que necesitamos y necesita el mundo. Descansemos en su presencia.

Los problemas de corazón que padecemos

A Jesús le importa nuestro corazón. ¿Cuál es el estado del nuestro? El corazón envejece, pierde “músculo”, capacidad de amar cuando se descuida. ¿Tenemos problemas de corazón, es necesario operar? Recordemos la enseñanza de Jesús: “porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Marcos 7, 21-23). El pecado se define como endurecimiento del corazón, nos lesiona el corazón. En el libro “El nombre de Dios es misericordia”, Francisco

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señalaba ese efecto. Decía que el pecado “nos empobrece”. Entretiene el corazón con las cosas del mundo (el dinero, el poder, el placer, la comodidad, el éxito a cualquier precio, la seguridad en sí mismo...) convirtiéndolos en ídolos, en dioses a quien servimos y nos esclavizan; son ofertas de amor falsas que nunca sacian las aspiraciones del corazón. “Es una ceguera del espíritu, que impide ver lo esencial, fijar la mirada en el amor que da la vida; y lleva poco a poco a detenerse en lo superficial”, apuntaba. Además, el pecado “aísla”. Ese ocuparse egoísta llega a “hasta hacernos insensibles ante los demás y ante el bien. Cuántas tentaciones tienen la fuerza de oscurecer la vista del corazón y volverlo miope”, afirmaba. “Una de las enfermedades que tiene el mundo de hoy es la cardioesclerosis, corazones escleróticos, duros, que no saben expresar el amor y el cariño”, declaraba Francisco (entrevista al canal El Sembrador en diciembre de 2016). Y contagiamos al mundo de nuestras enfermedades. También el corazón del mundo está herido por nuestros pecados. Los males que aquejan a la sociedad (odios, divisiones, injusticias, mentiras, violencias, marginaciones...) son causados por el corazón endurecido de los hombres, no el de los demás, sino el nuestro.

Cristo sabe de nuestros problemas de corazón y ha venido a curarnos: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan” (Lucas 5, 31-32), nos advierte. Todo lo ha padecido “por mí”, ha muerto “por mí”. El Hijo de Dios se ha hecho hombre “por mis pecados”, para satisfacer la justicia divina con su voluntario sacrificio. El amor rechazado del Padre debía ser reparado con un acto de amor supremo, de un hombre que fuera Dios. Un amor divino herido también en su amor al hombre y al mundo: ese rechazo a su amor de Padre causa simultáneamente en el hombre su autodestrucción, y hace daño a otros hombres; y echa por tierra la bondad con que Dios había creado todo por amor a él. Dios se compadece del mal del hombre, su criatura amada. Por eso, el Hijo de Dios se ha hecho hombre igualmente “por mi curación”, para satisfacer la misericordia divina y llevar a término el plan amoroso de salvación. “Es precisamente la misericordia de Dios la que lleva a cumplimiento la verdadera justicia (...) El Señor continuamente nos ofrece su perdón y nos ayuda a acogerlo y a tomar conciencia de nuestro mal para podernos liberar (...) El Señor de la misericordia quiere salvar a todos. El problema es dejar que entre en el corazón” (Francisco 3.02.16).

En el corazón amante de Jesús descubrimos el océano de la misericordia de Dios. Los ríos de malicia de los hombres, aunque sean impetuosos y estén de crecida, nada pueden ante este océano de Misericordia (ref. Francisco 1.01.2016). Jesús es el médico divino. Acudamos a su Corazón Misericordioso. Confesándole claramente nuestros pecados, con humildad y confianza, en el sacramento de la Alegría, del Perdón. La reparación que nos pide es que volvamos a confiar en su amor misericordioso, entregándole nuestra miseria a través de su ministro en la tierra, el sacerdote; dejándonos limpiar por la sangre preciosísima que brota de su Corazón, recibiendo contritos la absolución de nuestros pecados sinceramente reconocidos. Y así, curará las heridas de nuestro corazón, lo liberará de la esclavitud del pecado y lo arrancará del dominio del demonio; lo hará nuevo. Hayamos hecho lo que hicimos. “Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (La Alegría del Evangelio n. 3)” (Exh. Apostólica Chritus vivit n. 119). No nos tomemos vacaciones en esta cita con la Misericordia.

La Misericordia divina se muestra también en sus sabias recomendaciones para evitar nuestra autodestrucción y la del prójimo. Dios, el mejor de los padres, previene a sus hijos de aquello que no les conviene. Cura nuestras enfermedades, pero prefiere que no enfermemos. No es un tirano sino un padre bueno, que ha enviado a su Hijo para que nos eduque con palabras y hechos. Es una iniciativa de su amor por nosotros. En el Corazón de Jesús encontramos la Buena Noticia (Evangelio) que nos salva. Jesucristo es la Verdad que señala el camino para ser feliz. Desde su Corazón sabio nos libra de los errores que desorientan, que despojan de la libertad para amar. Se apiada y pone al alcance los principios que rigen la vida buena. Palabras cargadas de fuerza liberadora, unos expresan el bien que se debe hacer y otros, el mal que se debe evitar. En verano reservemos un tiempo para instruirnos en su Sagrado Corazón. Podemos leer las catequesis del Papa (están en www.vatican.va audiencias: sobre la Misa (XI.17-IV.18); los mandamientos (VI-XI.18); el Padre nuestro (XII.18-V.19)) o algún capítulo del Catecismo de la Iglesia.

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Un encuentro de corazones que transforma

“Jesús, en ti confío”. El encuentro con el Corazón de Jesús nos cambia. Su amor acogido nos hace buenos, nos mejora la capacidad de amar, nos dilata el corazón. Con Él se hace realidad lo profetizado: “Les daré otro corazón e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que sigan mis preceptos y cumplan mis leyes y las pongan en práctica: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Ezequiel 11, 19-20). El fuego del Espíritu Santo que emana del Corazón de Jesús nos purifica de las miserias, extingue el fuego del amor propio egoísta que nos encierra en nuestro yo. Entonces, Jesús puede mostrarnos los tesoros de su Corazón: el Padre y nosotros, sus hermanos. Nos enciende en amor, nos concede un plus de amor, y nos invita a amar como Él los ama; también nos invita a padecer con Él, a compartir su dolor cuando su Padre Dios y sus hermanos, son ofendidos por los pecados, nuestros y de todos. Ese es el consuelo que nos reclama. Nos dice: “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mateo 11, 29-30). Nunca podremos devolver tanto amor como el que recibimos. Pero siempre será más del que podemos, al derramarse el amor de Jesús en nuestros corazones y ser el cirineo que nos ayuda a llevar la cruz de cada día. Esa es la reparación que nos requiere: “sed imitadores de Dios, como hijos queridos” (Efesios 5, 1)

En la segunda revelación a santa Margarita, Jesús le mostró una imagen de su Sagrado Corazón. “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior... la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en él la cruz; quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”. Los hombres conocemos a través de los sentidos, y Dios se pliega a nuestra manera de conocer. Al mostrarnos esta imagen nos interpela: para que al mirar creamos en su amor y encaucemos nuestros afectos; y así reaccionemos ante el mal, que le causa tanto dolor, con amor, con el que nos dona desde el Corazón de su Hijo derramando el Espíritu Santo. Cuando se ama se procura agradar en todo al amado, querer lo que él quiere, evitar ofenderle... y cuando así no se ha hecho, cuanto antes pedirle perdón, consolarle y estar más atento en adelante. Y, así, Dios transforma nuestro corazón a la medida del Corazón de su Hijo.

El Corazón de Jesús nos convoca a la revolución de la ternura

Desde el inicio de su pontificado (2013), Francisco nos ha recordado que “el Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (La Alegría del Evangelio n. 88). Lo volvió a hacer al convocar el Año de la Misericordia (2016). En una entrevista al semanario italiano Credere, al contestar sobre el motivo que le había movido a convocar este Año, refería esa maduración en su alma: después de mencionar las acciones de pontífices anteriores, explicó: “Mi primer Ángelus como Papa fue sobre la misericordia de Dios (...) también en mi primera homilía como Papa (el domingo 17 de marzo de 2013 en la parroquia de Santa Ana), hablé de la misericordia (...) Estamos habituados a las malas noticias, a las noticias crueles y a las atrocidades más grandes que ofenden el nombre y la vida de Dios. El mundo tiene necesidad de descubrir que Dios es Padre, que tiene misericordia (...) Me ha venido a la mente esa imagen de la Iglesia como un hospital de campaña después de la batalla; es la verdad, ¡cuánta gente herida y destruida! (...) He sentido que Jesús quiere abrir la puerta de Su corazón, que el Padre quiere mostrar sus entrañas de misericordia, y por eso nos manda el Espíritu: para moverse y para movernos”. Este deseo del Papa se plasma en una Iglesia “en salida”.

“¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros” (Misericordiae Vultus n. 5). Secundemos al Papa, renovados por el amor del Corazón de Jesús vivamos de manera que se cumpla lo que espera: “dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia” (ídem n. 12). Honramos y complacemos al Sagrado Corazón cuando acogemos su mandato de amarnos unos a otros como Él nos ama (ref. Juan 14, 12). Jesús nos lanza a aprender a ver en los demás, especialmente en los más pobres y necesitados, la imagen de su Corazón que pide amor y que lo da cuando es amado. Sigue padeciendo

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en los hombres, miembros de su Cuerpo místico; y pide consolar su Corazón tratándolos con afecto y compasión, a través de las obras de misericordia que Él mismo nos enseñó y vivió. Hagámoslo este verano con los que nos rodean, empezando por los más próximos. La caridad debe empapar todas nuestras acciones para que prevalezca el amor. Así Dios se servirá de nosotros para que el Corazón de su Hijo sea conocido, honrado y reine con su ternura en más corazones. Mejorará el corazón de las familias, de la sociedad, del mundo. Nos irá mejor.

 

«La empresa es una comunidad de personas que sirve a otras personas»

La escuela de negocios de la Universidad de Navarra, IESE Business School, ha concluido la celebración de su 60 aniversario con el congreso de Ética “La empresa y sus responsabilidades sociales”, en el que ha participado Mons. Fernando Ocáriz, Gran Canciller.

Del Prelado05/07/2019

Opus Dei - «La empresa es una comunidad de personas que sirve a otras personas»

El Gran Canciller de la Universidad de Navarra, Mons. Fernando Ocáriz ha visitado el IESE para conmemorar el 60 aniversario.

Texto y audio de la conferencia de Mons. Fernando Ocáriz, Gran Canciller de la Universidad de Navarra


El IESE lleva 60 años formando directivos con valores bajo un enfoque ético y humanista de la empresa. En el congreso se ha reflexionado sobre los cambios sociales, económicos y tecnológicos que están obligando a repensar cuáles son las funciones y responsabilidades de las empresas y los directivos, y el impacto que pueden tener las escuelas de dirección en este ámbito.

El director general del IESE, Franz Heukamp, ha inaugurado el congreso dando la bienvenida a los participantes que llenaban el Aula Magna, antiguos alumnos del IESE, directivos, miembros de escuelas de negocio asociadas, empleados de la escuela, y a las personas conectadas por videoconferencia desde Madrid, Nueva York y Múnich, donde la escuela tiene sedes. Ha tenido unas palabras de agradecimiento para el beato Álvaro del Portillo y Mons. Echevarría que los animaron a “contribuir a la mejora de la sociedad”, teniendo presente que “cada persona es importante”.

La tarea principal del directivo

Seguidamente el Gran Canciller de la Universidad de Navarra y prelado del Opus Dei, ha pronunciado su conferencia que ha empezado con un agradecimiento por la invitación al acto y a san Josemaría Escrivá por ser el “instrumento de Dios para promover esta iniciativa”. El hilo conductor de la conferencia ha sido la idea de que “la empresa es una comunidad de personas que sirve a otras personas dentro de una sociedad de personas. Solo después de considerar esto tienen cabida los capitales, las instalaciones, la tecnología y las realidades jurídicas”.

Mons. Fernando Ocáriz ha mencionado los orígenes del IESE y la ilusión de san Josemaría por “mejorar la formación y la vida cristiana de tantas personas que en Cataluña se ocupaban de dirigir empresas de todo tipo”.

“¿Cuál es la tarea principal del directivo?”, se ha preguntado Mons. Ocáriz. “Convocar, formar, orientar, exigir, animar, cuidar y en, ocasiones, sanar a ese equipo humano que es el que llevará adelante las actividades de la empresa”, ha afirmado. “De ahí la necesidad de que los dirigentes tengan muy presente que toda persona es importante, no solo ni principalmente por lo que aporta a la empresa, sino por lo que es en sí misma”, ha añadido.

Lo que distingue al IESE

“Desde aquel primer programa de formación de directivos que comenzó en noviembre de 1958, el IESE ha experimentado notables cambios que se han traducido en resultados de mejora profesional y personal para los miles de mujeres y hombres que se han beneficiado de la huella que el IESE ha dejado en la sociedad”, ha comentado.

La conferencia del Gran Canciller ha concluido con una mirada al futuro: “Queda mucho por hacer: nuevas generaciones llegan cada día a vuestras aulas, vuestros programas se multiplican, cada vez abarcáis más países, vuestros trabajos de investigación reciben merecidos elogios… Pero lo que distingue al IESE es esa referencia constante a los valores éticos y morales. Sed siempre fieles a ella”.

Por la mañana, el prelado, antes de impartir la conferencia, tuvo un encuentro con directores de colegios de Institució Familiar d’Educació que este año celebra sus 50 años. Les ha animado a “transmitir la esperanza y alegría que se encuentra en la fuente de la fe”. Como recuerdo le han regalado un “Fargalet”, figura que simboliza los alumnos de Institució y le han concedido el título de Profesor de Honor.

 

Integridad de la justicia

 

En ‘El Vídeo del Papa’ de julio, el Papa Francisco encomienda a las personas que administran justicia en el mundo, para que la injusticia no tenga la última palabra.

De la Iglesia y del Papa04/07/2019

De los jueces dependen decisiones que influyen en los derechos y en los bienes de las personas.

Su independencia les tiene que mantener alejados del favoritismo, de las presiones las cuales pueden contaminar las decisiones que ellos tienen que tomar.

Los jueces han de seguir el ejemplo de Jesús, que no negocia nunca la verdad.

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Recemos para que todos aquellos que administran la justicia obren con integridad, y para que la injusticia que atraviesa el mundo no tenga la última palabra.


Intenciones mensuales anteriores. Las intenciones son confiadas mensualmente a la Red Mundial de Oración del Papa con el objetivo de difundir y concienciar sobre la imperiosa necesidad de orar y actuar por ellas.

 

 

Comentario al evangelio: “Yo os envío”

Evangelio del 14º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C) y comentario al evangelio.

Vida cristiana

Opus Dei - Comentario al evangelio: “Yo os envío”

Evangelio (Lc 10, 1-12.17-20)

Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía:

—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: «El Reino de Dios está cerca de vosotros». Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid: «Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca». Os digo que en aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad.

Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo:

—Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

Él les dijo:

—Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo.


Jesús anunció el Reino de Dios desde los inicios con la colaboración de los hombres. Lucas, el evangelista de los gentiles, nos cuenta que después de enviar a los doce, como representantes de las tribus de Israel, “designó el Señor a otros setenta y dos y los envió (…) adonde él había de ir”. Detrás del número 72 subyace quizá la alusión a “los linajes de los hijos de Noé” a partir de los cuales, como cuenta el libro del Génesis, “se extendieron los pueblos por la tierra después del diluvio” (Gn 10,32). Este envío misionero “a toda ciudad y lugar” significaría la universalidad de los destinatarios de la buena nueva y también la de quienes deben anunciarla.

No sabemos quiénes eran estos 72 discípulos. De hecho, serían muchos los que tendrían amistad y confianza con Jesús, los que trabajaron y dieron la vida por su Maestro, aunque sus nombres no hayan quedado consignados en los evangelios. Esta actitud discreta y eficaz, con “la sencillez, el no llamar la atención, el no exhibir, el no ocultar”[1], enamoraba a san Josemaría, que la señalaba con frecuencia como característica propia de los fieles cristianos corrientes, que se saben enviados en medio del mundo para transformarlo, con la fe y el testimonio de su vida.

Para la eficacia de la misión, Jesús prepara a sus discípulos con instrucciones precisas, que son válidas para cualquier época. Primero exhorta a rogar por el número de los obreros que han de trabajar en la mies, porque es Él quien elige y envía. Toca a los discípulos dar prioridad a la oración en su misión y rogar al dueño de las almas que llame y envíe a más gente.

Por otro lado, Jesús no tiene una visión negativa del mundo, porque no lo ve como un erial, sino como una mies preparada para la siega. “Podían los discípulos vacilar, meditar entre sí y decir: ¿Cómo será posible que nosotros, tan pocos en número, podamos convertir a todo el mundo; los sencillos a los sofistas, los desnudos a los vestidos, los súbditos a los que dominan? —comentaba san Juan Crisóstomo—. “Y para que no se turbasen con la reflexión de todo esto, llama al Evangelio mies, como diciendo: Todo está preparado”[2].

Además, Jesús envía a los discípulos “de dos en dos”, “para que se ayuden mutuamente y den testimonio de amor fraterno, —señalaba Benedicto XVI—. Y “les advierte de que serán "como corderos en medio de lobos", es decir, deberán ser pacíficos a pesar de todo y llevar en todas las situaciones un mensaje de paz”[3].

Entre las instrucciones de Jesús destaca la confianza en la Providencia y el desprendimiento de los bienes: “No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias”. Porque, como explica el Papa Francisco, el desapego de los bienes es la condición para ser discípulo.

A su regreso, los discípulos expresan su alegría y entusiasmo por la eficacia de la tarea, “¡Hasta los demonios se nos someten en tu nombre!”, exclaman. Los frutos de su labor no se basaron tanto en el talento personal como en el nombre de Jesús y en la docilidad a las indicaciones del Maestro. Por su parte, Jesús eleva el sentido sobrenatural de la alegría de sus discípulos, que no radica en sentirse influyentes en este mundo sino más bien en el otro, donde el nombre de quienes aman a Dios queda inscrito “no con tinta, —dice un Padre de la Iglesia— sino en la memoria y en la gracia de Dios”[4].


[1] Cfr. P. Agulles, Voz “Naturalidad”, Diccionario san Josemaría Escrivá de Balaguer, Burgos, Monte Carmelo – Instituto Histórico Josemaría Escrivá, 2013, p. 882.

[2] San Juan Crisóstomo, in Mat. Hom. 34.

[3] Benedicto XVI, Ángelus, 8-VII-2007.

[4] Teofilacto, Catena aurea, in loc.

 

 

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO.

Lc 10, 1-12. 17-20.

PONEOS EN CAMINO.                              

Jesús eligió y escogió a doce y también llamo y envió a los setenta y dos, hombres y mujeres que siguen a Jesús por los caminos del mundo. Es la primera experiencia recogida en el evangelio de vida consagrada, donde Jesús llama y envía a mujeres y hombres a seguirle en el camino de la vida.

Primero, nos envía de dos en dos, en comunidades pobres y sencillas. Sin hacer alarde, nada más que la fuerza y el poder nos vienen del Señor. No quedarse en la queja de lo difícil de la misión, sino en la alegría de que todo lo puedo en Aquel que nos conforta.

Segundo experimentar la fuerza de Dios en nuestra debilidad nos abre a vivir contando y cantando las misericordias del Señor. Las dificultades del camino no son para quedarse en ellas, sino para abrirnos a quien sabemos que nos ama y nos envía a evangelizar siempre con signos pobres.

Por último la confianza en medio de los problemas, tensiones y conflictos nos lanza a una autentica conversión personal sin la cual no puede haber misión. Se evangeliza en la medida en que nos abrimos de Corazón a un amor más fuerte que nuestros pecados y debilidad. Si sembramos vida entregada, cosecharemos amor abundante y fecundidad apostólica.

+ Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres

 

 

Müller habla claro, una vez más

Ernesto Juliá

El cardenal Müller con el Papa Francisco.

photo_camera El cardenal Müller con el Papa Francisco.

En una entrevista reciente, el cardenal responde así a la pregunta sobre las controversias que se están dando dentro de la Conferencia Episcopal alemana:

“Unos obispos con su presidente (es decir, el de la Conferencia Episcopal Alemana) a la cabeza (…) consideran que la secularización y la descristianización de Europa es un desarrollo irreversible. Por esta razón la Nueva Evangelización, el programa de Juan Pablo II y Benedicto XVI es, desde su punto de vista, una batalla contra el curso objetivo de la historia, que se parece a la lucha de Don Quijote contra los molinos de viento. (…)

Una consecuencia derivada de esto es la demanda de la Sagrada Comunión incluso para aquella gente que no profesan la fe católica y también para aquellos católicos que no están en estado de gracia santificante. También se incluyen en la agenda: una bendición para las parejas homosexuales, la intercomunión con los protestantes, la relativización de la indisolubilidad del matrimonio sacramental, la introducción de los viri probati y, con ello, la abolición del celibato sacerdotal y la aprobación de relaciones sexuales antes y fuera del matrimonio. Estos son sus fines, y para alcanzarlos están dispuestos a aceptar incluso la división entre los obispos de la Conferencia Episcopal”

Y para todo esto, “(…) ofrecen una justificación para «suavizar» las verdades de la fe definidas e infalibles (es decir, dogmas). Dicho todo esto, estamos tratando con un proceso flagrante de protestantizacion”.

Poco después señala:

“Ser popular en la opinión pública es hoy en día el criterio para ser supuestamente buen obispo o sacerdote. Estamos experimentando una conversión al mundo, en vez de a Dios, contrariamente a la afirmación del apóstol Pablo: “Pues ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gal. 1, 10).

¿Se dan cuenta esos obispos de que “convertirse al mundo” es “convertirse al vacío”, seguir a Fausto y vender el alma al diablo?, ¿acomodarse a un “cristianismo light”, es convertir a Cristo en el fundador de una religión más, y perder la perspectiva de que ha venido a la tierra a desvelarnos la Religión Revelada por Dios en Él, su Hijo hecho hombre?

Quizá han querido interpretar con una falsa hermenéutica –la de la ruptura-, y no la de la continuidad afirmada por Benedicto XVI, algunos párrafos de los nn. 44 y 45 de la Gaudium et spes, en los que se lee:

“La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los conceptos y lenguas de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el sabor filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta adaptación de la predicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización. (…)

Es propio de todo el pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir, e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada” (44).

“La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad. Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana al tiempo de su peregrinar en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es “sacramento de salvación”, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre” (45).

Si se lee con atención este texto del Concilio, y se coloca en el ambiente de la predicación de los primeros siglos, se entiende bien su sentido. No hace más que recordarnos la forma de adaptar la predicación a cada cultura y mentalidad como siempre se ha hecho en los últimos dos mil años, corrigiendo la Santa Sede en algunos casos los errores y excesos de esa adaptación. Los que predicaban la Fe católica no tuvieron la peregrina idea de adaptar la Verdad de Cristo a las culturas que se encontraban; las iluminaban con la Luz de Cristo. Eran conscientes de que para que alguien pueda recibir la Fe –don gratuito de Dios-  ha de escuchar antes el contenido de la Fe, la Verdad, tal cual.

No caben subterfugios de “acercamiento a la mentalidad del pueblo”, como el que sugería otro sacerdote en un programa de televisión. Hablábamos de la Resurrección de Cristo. Él dijo que el hecho de la resurrección no cabía en la mente de un hombre del siglo XXI, y que era suficiente hablar de la “resurrección de Cristo en nuestro espíritu”.

 Le contesté, con san Pablo, qué si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. La Resurrección es un hecho real, sucedido en un lugar y en un tiempo bien preciso y determinado. El Hecho más importante en la historia de la humanidad, y que daba sentido a todo el caminar del hombre sobre la tierra. Y, ciertamente, no cabía en la mente sin fe de un hombre del siglo XXI, como no había cabido en la mente de ningún hombre de los siglos I, II, III, etc. de nuestra época, y tampoco cabría en la de uno del siglo XXX o LV, si la historia sigue en pie.  La Iglesia no puede dejar de seguir anunciando la Verdad eterna de la Resurrección de Cristo.

Hermenéutica de la “continuidad”, no de la “ruptura”. La Verdad es Cristo, en su plenitud. Müller, una vez más, nos lo ha vuelto a recordar.

ernesto.julia@gmail.com

 

 

Un cierto cansancio

Daniel Tirapu

Jesús en Betania.

photo_camera Jesús en Betania.

Lo confieso, estoy cansado, me canso. Un buen profesor mío decía que desde que Adán pecó ya no se sabe lo que es cansancio y lo que es pereza. Pero estoy cansado.

 De dar la batalla vital, de intentar explicar lo que mueve mi vida, de los porrazos, de ver la propia vida tan egoísta a veces. Dicen los autores espirituales que una de las peores tentaciones o pruebas es el desaliento, el cansancio, la falta de esperanza. Me conmueven las escenas en que Jesús se retira con los apóstoles a descansar, a hablar, apartándose del gentío porque ni tiempo de comer tenían.

Jesús también antes de la pasión pasa por Betania, donde se encuentra en familia, donde es tratado con intimidad, con calor. Jesús se cansa y se sienta en un pozo y pide de beber, se duerme en una tormenta, hay que tener mucho sueño para eso. El descanso es bueno, no consiste en no hacer nada, es represar, es dar gloria Dios, en familia, en la naturaleza, cerca del mar , de las estrellas. Jesús, María, sed mi descanso y compañía.

         

La revolución sexual destruye la familia III

La utopía de Marx se va instalando en todas las instituciones de nuestro pais

Abolir la familia fue una de las principales metas de Marx y Engels

“Abolir la familia” fue una de las principales metas de Marx y Engels. Hoy se instaura la utopía igualitaria de Marx creando leyes y medidas coercitivas: aborto, ideología de género, “matrimonios” homosexuales, cuotas idénticas para hombres y mujeres en las empresas, gobierno, colegios y universidades.

Veremos a continuación qué es lo que esconde la ideología de género, así como la concepción evolucionista de los llamados derechos humanos.

Por detrás de la ideología de género, las aberraciones de Marx

Contenidos

 

Como se sabe, “abolir la familia” fue una de las principales metas de Marx y Engels, que el comunismo durante tres cuartos de siglo trató de imponer a los países que subyugó.

Hoy se convirtió en el objetivo principal de la izquierda internacional,­ en unión con el feminismo radical y con poderosas organiza­ciones que pretenden controlar la población (tanto o más que el nazismo o el comunismo), bajo el disfraz de los derechos humanos y de la promoción de la mujer.­

La ideología de género es una reinterpretación de las ideas de Marx, según las cuales la historia es una continua lucha de clases entre “opresores” y “oprimidos”, caracterizada, durante el siglo XX, por la oposición entre obrero y el patrón y el pobre frente al rico. Hoy esa aberración fue transpuesta, dado su fracaso mundial, a la familia, donde el hombre sería el “opresor”, y la mujer o los hijos los “oprimidos”.

La destrucción legal de la familia

Se busca así, imponer cambios, leyes y medidas coercitivas: aborto para las mujeres, niños libres de la tutela paterna, “matrimonios” homosexuales, cuotas idénticas para hombres y mujeres en las empresas, gobiernos, colegios y universidades. Todo conforme a lo deseado expresamente por Marx, con vistas a la extinción de las clases y el triunfo de la utopía igualitaria.

La semejanza entre el marxismo y esta forma de pensar ya era palpable en el libro El origen de la familia, la propiedad y el Estado, de Engels: “El primer antagonismo de clases coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monogámico, y la primera opresión de una clase a la otra, con la del sexo femenino por el masculino” (Cf. Frederick Engels, The Origin of the Family,­ Property and the State, International Publishers, New York, 1972, pp. 65-66).

Karl Marx exigía que los medios de “producción y reproducción” fuesen arrebatados a los opresores y entregados a los oprimidos. Y afirmaba que las clases desaparecerían cuando se eliminasen la propiedad privada y la familia encabezada por un padre; se estableciese el libertinaje sexual; se facilitase el divorcio unilateral; se aceptase la filiación ilegítima; se concediese a las mujeres derechos reproductivos que incluyan el aborto; se forzase su entrada en el mercado del trabajo; fuesen colectivizadas las tareas domésticas; se colocasen a los niños en instituciones estatales, libres de la autoridad de los padres; y se eliminase la religión.

Todo eso trataron de realizarlo las tiranías comunistas. Éstas se vieron no obstante obligadas a retroceder en los ataques a la familia a causa del repudio de la población, ciñéndose primordialmente a la colectivización económica. Y cuando el régimen soviético se deshizo, tomó fuerza la ideología de género como un marxismo metamorfoseado, que recogió y lanzó sus más notorias aberraciones, ya no en Oriente, sino en todo Occidente.

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Karl Marx exigía que se forzase la entrada de las mujeres en el mercado del trabajo

A ese respecto, numerosas “feministas de género” acusan hoy a los líderes de la secta roja en el sentido de que el colapso de la revolución comunista en Rusia se debió a su fracaso en destruir la familia, que es la verdadera causa de la opresión psicológica, económica y política (Cf. Dale O’Leary, artículos en www.catholic-pages.com/dir/feminisn .asp; ver también Shulamith Firestone, The Dialectic of Sex, Bantam Books, Nueva York, 1970). Según ellas, el sexo implica clase, y ésta presupone desigualdad. Para eliminarla, se elaboró la teoría de que el género no es definido por la naturaleza, sino que es “una construcción” —es decir, un invento— social o cultural. O sea, que es inculcado y aprendido; y que por tanto es posible que sea cambiado, pudiendo una persona del sexo masculino adoptar un género femenino, y viceversa.

¿Qué sostiene la ideología de género?

Según esta ideología, no se nace como hombre o como mujer, sino que se aprende a ser una cosa u otra, como afirma la existencialista bisexual Si­mone de Beauvoir. Ella dice también que la atracción heterosexual es aprendida, y que el instinto materno no existe. Mientras tales aberraciones recorren el mundo, organismos internacionales de izquierda imponen a diversos países subdesarrollados su “agenda de género”, promoviendo el aborto y la homosexualidad. La ayuda financiera internacional es condicionada al alineamiento de los gobiernos a esas posiciones. A Uganda la ONU le cortó los subsidios, porque aquel país africano resolvió incentivar oficialmente, en lugar de los preservativos, la castidad y la fidelidad conyugal como antídotos contra el Sida.

Si se demuele de esa forma a la familia y se inunda la sociedad con la promiscuidad más abyecta, si los peores vicios tienen ciudadanía y la moral es perseguida, ¿cómo podrán formarse los niños y los jóvenes dentro de cierta rectitud, para que lleguen a ser adultos útiles a la sociedad y respetuosos de la moral y de la Ley? Con muy pocas excepciones, será casi imposible. Será la realización completa de los designios de Marx.

Por más monstruosa que sea tal ideología, ella cuenta con numerosos adeptos, muchos de ellos bien colocados, que van pasando de contrabando sus propósitos. En la mayoría de los casos, sin que haya una oposición clara y organizada. Algunos obispos —uno en el Perú, otro en España, aún otro en México, además de uno en América Central— la censuraron fuertemente. Pero la inmensa mayoría de los prelados, como es tan frecuente en relación a temas graves de moral católica, no se pronunció. En consecuencia, la mayor parte de los católicos ignora que esa aberración se está volviendo dominante.

Los “derechos humanos”, al sabor del relativismo

Se suma a lo anteriormente dicho otra cadena de aberraciones doctrinarias, lanzadas con supuesta base en los llamados “derechos humanos”. En la mayoría de los ambientes, se habla de ellos sin que siquiera se sepa cuáles son esos derechos, lo que incluye, cómo deben ser entendidos y jerarquizados, cuáles de ellos prevalecen cuando entran en conflicto, y qué limitaciones tienen, en virtud del bien común. Por ejemplo, ¿por qué no presentan el derecho de propiedad como un derecho humano? ¿Y el derecho a la vida del bebé por nacer?

Claro está que, bajo el rótulo de “derechos humanos”, la izquierda incluye todo aquello que sirve a los propósitos y métodos de la Revolución anti-cristiana, y nada de lo que la contraría, aún cuando se trate del derecho más básico, universal e indiscutible.

O sea, está vigente un concepto relativista, que proclama hoy como “derechos humanos” actos que ayer no eran considerados tales, y que mañana tampoco lo serán. Simplemente porque habrá pasado la hora en que a la Revolución universal le convenía servirse de ellos, y llegado el momento de substituirlos por otras fórmulas sofísticas, que serán la bandera de los nuevos revolucionarios que entren en escena.

Los «derechos humanos» se transforman

Los ideólogos de los “derechos humanos” afirman sin pudor que el concepto de éstos es evolutivo, dependiendo de la ideología cuyo predominio ellos mismos desean.

Por ejemplo, cuando querían ver explícitamente implantado el comunismo stalinista, consideraban que los supuestos derechos del proletariado —o sea, las facultades que los marxistas atribuían a éste— eran fundamentales, y las víctimas no tenían derecho alguno. Como ahora desean la explosión de las “diversidades” para la instauración del caos moral, doctrinario, cultural y legal, lo que califican de indispensable­ es el “derecho a la diferencia”.

Hace pocas décadas, a nadie en sana conciencia se le ocurriría pensar que la homosexualidad y la práctica del aborto podrían algún día ser considerados “derechos humanos”. Hoy, sin embargo, son relativamente pocos los que se atreven a negarlo.

De modo inverso, durante siglos los derechos de propiedad privada, de herencia y de libre iniciativa fueron considerados, de acuerdo con el orden natural y la moral católica, como absolutamente esenciales a la naturaleza humana. Hoy ellos son negados de modo ufano y desafiante por demagogos baratos, por politólogos pedantes, ; por clérigos de avanzada y por feministas frenéticas.

¿Quién enfrenta tal proceso de descristianización del mundo?

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«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»

El mundo contemporáneo se sometió al más craso relativismo. ¿Por qué?

Sin duda porque gran parte de aquellos que tienen por obligación proclamar los principios verdaderos —con validez absoluta y permanente basada en la voluntad­ de Dios— raras veces lo hacen.­ Y cuando lo hacen, es con tales vacilaciones, timidez y cautelas, que dan la impresión de que creen muy poco en ellos, y por lo tanto que no los consideran esenciales. Proceden así porque temen­ el riesgo de ser calificados como intransigentes, intolerantes y reaccio­narios.

La dictadura del relativismo

Diversos documentos emanados de la Santa Sede, en los últimos años, impugnaron el relativismo imperante en el mundo de hoy, muchos de los cuales firmados por el actual Papa Benedicto XVI cuando dirigía la Congregación para la Doctrina de la Fe, o ya en la Cátedra de Pedro.

¿Habrá algún obispo o sacerdote que lo haya hecho para el bien de sus propios fieles, en especial de aquellos que no tienen acceso fácil a los documentos pontificios? Es posible, pero después de una cuidadosa investigación, no encontramos la menor noticia que hable en ese sentido. O sea, documentos de gran importancia —sea por el contenido, sea por la eminencia de la autoridad que los emitió— caen simplemente en el vacío, poniéndose en realce ideologías ab­surdas y siniestras como las arriba señaladas.­

Después de describir sumariamente el panorama de la destrucción de la familia, cabe preguntar: ¿dónde están los defensores de la familia verdadera, que Dios dotó de todos los atributos y derechos, consignado como está en incontables documentos pontificios a lo largo de 20 siglos? Son muy escasos, pues la gran mayoría se redujo al silencio, con temor de enfrentar el virulento proceso de descristianización en curso.

He aquí el principal campo de batalla de los católicos de hoy: rescatar del silencio esos principios y orientar a los hermanos en la Fe, para que sean preservados de la saña revolucionaria, recordándoles­ que tal saña no se vence con silencios o contemporizaciones, y menos aún con concesiones, sino con la valiente y completa afirmación de la verdad católica. Para animarlos y orientarlos, debe prevalecer la máxima invencible “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5, 29). Siguiendo­ esta sentencia, Nuestro Señor Jesucristo reinará no sólo en nosotros, sino también a nuestro alrededor.

Alfredo Mac Hale

 

 

El Bien y el Mal: el orden moral

Escrito por Gregorio Guitián

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La naturaleza tiene una finalidad y un orden interno propios −con sus leyes, ritmos y ciclos−. Este orden interno, la Moral, es como una «gramática» que debemos aprender y respetar si queremos relacionarnos adecuadamente con la naturaleza

La llamada «conciencia ecológica» es mayor cada día. Nos hemos dado cuenta progresivamente de que el medio ambiente no lo aguanta todo y es fácil comprobar los efectos negativos del maltrato del entorno natural. Hoy nadie pone en tela de juicio la necesidad de cuidar mejor nuestra casa común. Por eso, cuando alguien daña el medio ambiente para conseguir sus propios intereses, aquello es percibido como un acto de egoísmo, una injusticia, y en definitiva, un mal moral. No debemos servirnos de la naturaleza de cualquier manera porque, entre otras cosas, comprometeríamos su futuro.

Gracias a la experiencia y al estudio profundo del medio natural, reconocemos que la naturaleza tiene una finalidad y un orden interno propios −con sus leyes, sus ritmos y ciclos−. Ese orden interno viene a ser como una «gramática» que debemos aprender y respetar si queremos relacionarnos adecuadamente con la naturaleza. En palabras de Benedicto XVI, «el ambiente natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una «gramática» que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no instrumental y arbitrario»[1]. Comprendemos así que la propia libertad no es absoluta y está medida por el respeto de ese orden inscrito en la naturaleza. Además, se trata de un don recibido, pues sabemos que nosotros no hemos creado ni el mundo ni el orden interno que posee. Es un regalo que debemos cuidar de forma inteligente.

Una «gramática» para el ser humano

En este contexto, tiene sentido que nos detengamos a pensar en una realidad: los seres humanos no somos un elemento artificial de este mundo; no nos hemos creado a nosotros mismos ni nos hemos situado en este entorno particular −el mundo− por una decisión de nuestra libertad. Somos parte de la creación. Y si es así, ¿no es coherente que el ser humano también posea un orden y finalidad internas, como una «gramática» intrínseca que lo orienta a un objetivo que ha de alcanzar de manera inteligente y libre?

El ser humano es parte de la Creación y, por tanto,
goza de un orden y finalidad interna

Entendemos que existe un modo adecuado de cuidar la salud corporal para proteger la vida humana. No todo lo que a uno le parece bueno necesariamente hace bien a su salud; no todas las setas son digestivas. Pero en el ser humano hay más que cuidado de la salud. En nuestro corazón encontramos un deseo irresistible de felicidad. Gracias a la fe, los cristianos sabemos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que «es amor» (1 Jn 4,8), y por eso, tenemos claro que la felicidad guarda relación con el amor verdadero, y en definitiva, con Dios. En realidad, es algo que no resulta ajeno a nadie porque la experiencia nos muestra que todos encontramos dentro el deseo de amor recibido y dado. Dicho en términos muy gráficos, «nuestro corazón siempre apunta en alguna dirección: es como una brújula en busca de orientación. Podemos incluso compararlo con un imán: necesita adherirse a algo»[2].

Muchas propuestas, muchos caminos

¿En qué consiste la felicidad? ¿En las riquezas, en el placer, en la diversión, en el éxito profesional, en el amor? ¿Y cuál es el buen camino para llegar a ella? Hoy muchos afirman con rotundidad que no existe una verdad acerca de la bondad o maldad del obrar en vistas a la excelencia humana. Lo que existe son las verdades de cada individuo, «que consisten en la autenticidad con lo que cada uno siente dentro de sí, válidas sólo para uno mismo, y que no se pueden proponer a los demás con la pretensión de contribuir al bien común»[3]. De ese modo la «gramática» del amor y la felicidad humanas, es decir, una verdad más grande acerca del obrar moral que orienta la vida personal y social en su conjunto hacia una vida lograda, no existiría y «es vista con sospecha»[4].

Sin embargo, comprobamos que, aunque todo el mundo busca la felicidad, hay mucha infelicidad en este mundo. Eso es percibido por todos como un mal, es decir, como la privación del bien adecuado al ser humano. No todo aquello que el hombre ama y estima ser la clave de la felicidad lo es en realidad, ni todos los caminos que parecen llevar a la felicidad terminan en ella: las apariencias y los espejismos abundan. Por ejemplo, es frecuente cifrar la felicidad en los placeres, en el bienestar físico o en la posesión y disfrute de las riquezas, y orientar la conducta en consecuencia. Sin embargo, numerosas personas de todos los tiempos que han perseguido –y logrado– una vida de placer, bienestar y riquezas afirman desde lo más íntimo de sus corazones que son infelices. ¿No era esa su verdad acerca de lo bueno para ellos? ¿Y las obras con las que perseguían la felicidad no eran buenas moralmente, puesto que aquella era su verdad?

Si la moralidad fuera algo subjetivo, que cambia en función de las personas, épocas y sociedades, no habría inconveniente en volver a permitir, por ejemplo, la esclavitud según en qué lugares y circunstancias. Sólo pensarlo produce repulsión, y es que la inmoralidad de la esclavitud es una verdad moral incuestionable para la humanidad; una verdad alcanzada tras vencer fuertes resistencias de una razón oscurecida por poderosos intereses personales y colectivos.

Es inhumano que no haya una verdad
objetiva acerca del bien o el mal

Desde otra perspectiva, la experiencia de toda persona que sufre en carne propia los estragos del mal moral puede servir para captar que existe un orden moral no subjetivo. ¿Cómo explicar racionalmente a quien ha perdido el empleo y el sustento suyo y de su familia por una calumnia, que en realidad calumniar no es objetivamente malo? ¿Cómo convencerle de que es malo para él o ella, pero que puede haber sido moralmente bueno para quien realizó la calumnia porque ahora es más feliz, o porque le ha venido bien a terceras personas?

Una intuición se eleva de lo más profundo: es inhumano que no haya una verdad objetiva acerca del bien o el mal en relación con el ser humano y el anhelo de su corazón. «Llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas»[5]. Lo que aparta al ser humano del camino hacia la auténtica felicidad le hace daño, y es por eso un mal moral. En cambio, lo que le lleva por esa senda es un bien. Cada persona tiene ante sí la tarea de aprender a distinguir la verdad acerca del bien y del mal en relación con el amor y la felicidad, y obrar en consecuencia: es el reto de descubrir el orden moral o, con otras palabras, la «gramática» del amor y de la felicidad.

¿Quién conoce el orden moral que conduce a la felicidad humana?

Cada uno ha de encontrar y recorrer el camino de la felicidad con libertad, a través de su propia conciencia. Sin embargo, sería frustrante que tuviéramos que comenzar desde cero en la búsqueda del camino hacia la felicidad. Gracias a Dios, la ley natural está «presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón»[6] y es algo a lo que todos tenemos acceso directo porque forma parte de nuestra naturaleza. Además, ninguno es una isla, y la reflexión sobre lo que hace que una vida humana sea lograda y excelente −sobre cómo conseguir la felicidad− es muy antigua. Cada persona cuenta con las fuerzas de la razón y del corazón para esa búsqueda, pero siendo realistas, también somos conscientes de que, con no poca frecuencia, la inteligencia se nubla y la voluntad se tuerce víctima de los propios intereses y pasiones que deforman la verdad. No es fácil dar con el auténtico orden moral que lleva a la plenitud humana. Se percibe un clamor de voces con propuestas muy dispares, voces con un atractivo innegable pero que no siempre transmiten la verdad. ¿Cómo orientarnos?

Si alguien quiere distinguir un buen vino de uno peor, podrá orientarse con lo que dicen los catadores expertos, quienes fruto de su experiencia y de su estudio han logrado una llamativa connaturalidad para detectar las cualidades de un vino. En el orden moral sucede algo análogo. Como decía santo Tomás de Aquino, «aquel que se comporta rectamente en todo posee un recto juicio acerca de los casos singulares. Mientras que el que sufre de falta de rectitud viene a menos también en el juicio: pues quien está despierto juzga rectamente tanto que él está despierto como que otro duerme; mientras que quien duerme no tiene juicio recto ni sobre él mismo ni sobre los demás. Por tanto, las cosas no son como aparecen al que duerme, sino como aparecen a quien está despierto»[7].

El gran tesoro que los cristianos poseen para ofrecerlo a la humanidad entera es que, gracias a la fe, han recibido una brújula y un mapa inigualables acerca del orden moral que permite acertar con el camino del amor y la felicidad. Se trata de un orden creado por aquel que tiene el «copyright» del amor y la felicidad: Dios mismo, autor del ser humano y del mundo. En Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación»[8]. La vida de Jesús −el Evangelio− conecta con las intuiciones y experiencias del corazón humano. No contiene solo una orientación preciosa sobre el amor y la felicidad verdaderas, sino que es sobre todo el ejemplo y la sabiduría de Jesús, que ha enseñado y recorrido el camino de la felicidad y acompaña por él a toda persona llamada a la vida: «os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros (…). Si comprendéis esto y lo hacéis, seréis bienaventurados» (Jn 13,15.17).

El gran tesoro de cristianos es que, gracias a la fe,
han recibido una brújula, Jesucristo

Las verdades sobre el orden moral, cuya revelación fue plenamente realizada en y por Cristo, han sido recibidas y custodiadas a lo largo de los siglos a través del magisterio del Papa y de los demás sucesores de los apóstoles −los obispos−. Su misión ha consistido en guardar el depósito de la fe y la moral recibidas de Jesucristo, y transmitirlo incólume de generación en generación. Así, la Iglesia ofrece al mundo una «gramática» del comportamiento humano, y lo hace a pesar de las fuertes presiones que recibe en cada tiempo para cambiar esas enseñanzas. Eso es algo que podemos ver con toda claridad en nuestros días, por ejemplo en lo que toca al matrimonio, al amor y la sexualidad.

Además de las enseñanzas del Magisterio, la Iglesia ofrece ante todo el testimonio inigualable de la vida de miles y miles de hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, se han esforzado por vivir conforme a ese orden moral. Son personas que han alcanzado una excelencia humana de vida −un amor y una felicidad tales− que causa admiración al mundo y es imposible de negar. Sin olvidar la miseria que resulta de la incoherencia con la vida de Cristo de muchos cristianos, la Iglesia es una «fábrica» muy probada de personas santas, como santa Teresa de Calcuta, san Maximiliano Kolbe, o la recién beatificada Guadalupe Ortiz de Landázuri, cuyas vidas demuestran la solidez y profunda humanidad del orden moral vivido y enseñado por Jesucristo. Quien tenga inquietud por la cuestión ética no debería despreciar el hecho de que el orden moral que propone el cristianismo es el más probado −y durante más tiempo− en numerosas culturas del mundo, dando muestras de su capacidad de conexión con el corazón humano en entornos culturales extraordinariamente diferentes entre sí.

Por último, cuando la Iglesia se pronuncia sobre cuestiones relativas a la convivencia humana −por ejemplo, sobre algunas leyes− lo hace sólo si están en juego la dignidad del ser humano, la justicia u otros bienes morales importantes. La Iglesia no pretende en absoluto usurpar la justa autonomía de las realidades temporales ni imponer lo que ella piensa a quienes no comparten su fe. Participa en el diálogo social ofreciendo su experiencia ética porque la historia de la humanidad demuestra que la razón humana «ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente»[9]. En definitiva, lo que la Iglesia desea es «servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales»[10].

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Hoy es fácil percibir la llamada a cuidarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. En realidad, esa llamada está relacionada con la vocación al amor y a la felicidad que es propia del ser humano. Cualquier persona que quiera tomarse con seriedad ese anhelo podrá encontrar en el Evangelio de Jesucristo, que resuena en su Iglesia, una clara orientación, una «gramática» adecuada para entablar un diálogo con el corazón humano y con el mundo que nos rodea, en la búsqueda de la auténtica felicidad.

Gregorio Guitián

Fuente: opusdei.org.

[1] Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 48.

[2] Francisco, Homilía en el Miércoles de ceniza, 6-III-2019.

[3] Francisco, Enc. Lumen fidei, 29-VI-2013, n. 25.

[4] Ibid.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 260.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1956.

[7] Santo Tomás de Aquino, In I Cor, c. 2, lect. 3, n. 118.

[8] Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 7-XII-1965, n. 22.

[9] Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 28.

[10] Ibid.

 

 

Asia Bibi y el futuro de Pakistán

Finalmente Asia Bibi, hace aproximadamente un mes, la mujer cristiana que fue condenada a muerte en Pakistán por una falsa acusación de blasfemia, salía de su país y ya está en Canadá, según fuentes próximas a su familia. Ha pasado nueve años en el corredor de la muerte y solo después de muchas apelaciones y movilizaciones internacionales fue posible su absolución el pasado mes de octubre. Desde entonces ha permanecido custodiada en un lugar desconocido, debido a las amenazas de muerte de los grupos radicales islamistas, que no han aceptado el veredicto del Tribunal Supremo.

En esta ocasión el gobierno pakistaní ha sido firme frente a las amenazas y ha asegurado el cumplimiento de la ley. También ha sido importante la movilización de numerosas autoridades musulmanas con las que la Iglesia mantiene un paciente diálogo: 500 imanes firmaron el pasado mes de enero la Declaración de Islamabad, en la que afirmaban que “asesinar con el pretexto de la religión es contrario a la enseñanza del Islam”.  

Jesús Martínez Madrid

 

 

La aportación en este momento de cambio

El Secretario de la Conferencia Episcopal participaba en un desayuno organizado por el Foro Nueva Economía, en el que afrontaba los principales asuntos de la actualidad, mostrando la pertinencia del mensaje de la Iglesia en este complejo momento social y político. La Iglesia, ha dicho, es un pueblo de muchos rostros y a través de su múltiple actividad reflejada en la Memoria recientemente presentada, se manifiesta quién es ese pueblo y de qué vive.

En referencia a la política insistió en que hay que superar la “dialéctica de los contrarios” a través de la búsqueda del bien común, recordando que este momento de cambios vertiginosos demanda políticas a largo plazo en materias como la demografía o la inmigración. El obispo secretario ha reafirmado el compromiso de la Iglesia con la vida, recordando que “la muerte no es la solución a los problemas” y ha subrayado que afirmar la dignidad humana exige hacer esfuerzos para acompañar en el sufrimiento, ayudas médicas y sociales, pero también espirituales. Para afrontar los grandes retos de nuestra convivencia no bastan leyes y policía, es necesario curar las heridas del corazón del hombre.

Juan García.

 

 

Mucho más que un pobre hortera

La progresiva penetración del progresismo entendido como una fascinación hacia lo que viene o puede llegar, desplaza hoy a todo aquello que ha venido sedimentándose a lo largo de los años y que tantísimo nos ha costado lograr. En una desdichada adolescencia colectiva, preferimos la mudanza a la permanencia de lo que hemos comprobado que funciona y que resulta disparatado desmantelar. Incluso la propia evolución se ha visto empapada de ese espejismo tan extendido, sin reparar que no siempre se hace preciso alterar las cosas que marchan bien, sino solamente cuando mejoran objetivamente lo existente.

Las consecuencias que algo así proyecta en las naciones en las que tiene la desgracia de suceder, son incalculables. Para empezar, alcanzan bien pronto al electorado, seducido por ilusiones que encadenan supuestos avances tantas veces inocuos, porque cualquier cosa es ahora mejor que seguir como estamos, aunque vayamos razonablemente bien. Las opciones que defiendan aquello que ha supuesto llegar donde estamos y sostengan su prudente mantenimiento o consolidación, sin acogerse a esa fantasía infantil del cambio por el cambio a cualquier precio, enseguida son arrinconadas por reaccionarias o retrógradas, pese a que se asienten sobre cimientos sólidos y más que justificados.

De ahí que el modernillo sea mucho más que un pobre hortera. Es la constatación gráfica de que nos hemos convertido en unos advenedizos de cuidado, que no sabemos separar el polvo de la paja y que nos subimos al primer carro que pasa, sin comprobar antes si tiene bueyes delante.

Menudo reto tenemos por delante para liberarnos de esta odiosa inclinación social que amenaza no solo al buen gusto, la elegancia o el sentido común, sino al desarrollo mismo de las corrientes conservadoras, envueltas hoy en una desorientación morrocotuda precisamente propiciada por unos modernillos que también lo son, aunque no se enteren.

JD Mez Madrid

 

 

La “igualdad” y la perversión política

 

            Estoy “hasta la coronilla”, de oír lo de las “discriminaciones” femeninas, lo de “machismo” y tantas cosas similares, como se van extendiendo por “el mundo de los idiotas”; generalmente las que vocean “machista”, son lo opuesto y en toda su virulencia, puesto que son “hembristas”; las que si pudieran, dejaban preñados a los machos, obligándoles a darles la teta a las criaturas, limpiarlas, criarlas y ellas darse la vida “de machos”; que es lo que en realidad pienso que quieren, puesto que lo que piden no es igualdad, sino revancha; a la vista está aquí en España, como se emplea la ley, en cuanto ella caiga sobre, “el macho o la hembra”.

Esto de "la igualdad", aparte de ser una perversidad política, puesto que el político lo que trata siempre es de crear polémica para considerarse "el salvador" y al que siguen los idiotas de siempre; este tema, debe ser estudiado y sometido a la realidad de la vida en este planeta, donde sólo existe LA COMPETITIVIDAD Y EN ESA COMPETICIÓN EL QUE VALE, VALE; Y EL QUE NO, SE QUEDA ATRÁS; y eso es lo que tienen que hacer las mujeres, prepararse cada vez mejor y competir; puesto que ya existen muchas, QUE MANDAN Y DIRIGEN, LAS DEMÁS QUE APRENDAN, Y PUNTO. En una empresa, es el empresario el que manda y por lógica, empleará lo que estima es más valioso, para su empresa y para sus ingresos.

         Por otra parte veamos qué. La desigualdad, es notoria en la creación de empresas… ¿cuántos hombres hay que crean empresas y cuántas mujeres? En mi país, la diferencia es muy notable, por tanto que empiecen las mujeres a ser, “creadoras” de sus propias empresas y en ellas que contraten a mujeres con prioridad; considero es la única forma de demostrar, su valía, así como su igualdad, o incluso su superioridad sobre el hombre; y no nos vengan con llantos y lamentos, o con discursos demagógicos, o de “capullos de Alejandría”; ya está bien de tanto quejarse; que piensen, trabajen y emprendan y con ello, demuestren lo que son, puesto que la realidad es que son mucho más fuertes que el hombre y tan inteligentes o mucho más, puesto que unen “la malicia”, que en el hombre, es mucho más escasa; y ya lo escribí, hace muchos años, con mi trabajo… “El otro cordón umbilical”, el que pueden buscar y leer en mi Web.

         En cuanto a “la igualdad”, no existe ni en las hojas de un mismo árbol; y “la sabia Naturaleza, sobra el porqué de ello”; incluso en el individuo humano, existe la desigualdad de que si te sacan una foto por el perfil derecho y otra por el perfil izquierdo, la imagen resultante difieren notablemente entre ambas. Por descontado que no hay dos dedos iguales en toda la humanidad y que tengan “repetida la huella”.

         Así que leyes iguales para todos; y no lo que hay; y a competir libremente cada cual como pueda, es en esa “lucha verdadera”, dónde se demuestra la valía del individuo, que como ya también afirmé hace muchos años… “Es superior a la masa”.

         Por ello es de “la masa”, de dónde surgen los líderes verdaderos, pero son tan escasos, que por ello destacan de verdad, los que verdaderamente lo son; el resto, son sólo advenedizos, jefes o jefecillos, que aprovechando la ocasión; “cogen el mando”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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