Las Noticias de hoy 04 Julio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 04 de julio de 2019       

Indice:

ROME REPORTS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Francisco expresa sus condolencias por las 14 víctimas del incendio en un submarino ruso

Libia: Mueren 40 personas en un bombardeo a un centro de detención de migrantes

Vincent Lambert: Vuelven a interrumpir los tratamientos de alimentación e hidratación

Mons. Paolo Pezzi habla sobre el reencuentro entre el Papa y Putin

EL VALOR INFINITO DE LA MISA: Francisco Fernandez Carbajal

“Agranda tu corazón”: San Josemaria

La vida sin Dios: José Brage

La fe no es una idea sino la vida: Luis Montoya.

Teología centrada en la evangelización:Ramiro Pellitero

“Los buenos políticos”: + Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

Tener sed del Dios vivo: + Braulio Rodríguez Plaza. Arzobispo de Toledo, Primado de España

La familia educa mejor: Aníbal Cuevas

Los niños necesitan un papá y una mamá biológicos

Canonistas sobre el secreto de confesión: "Iremos a la cárcel, pero el sigilo sacramental es una línea roja"

¿Tienes un plan “b” en tu vida?: Lucía Legorreta

El cristianismo, perseguido: Suso do Madrid

¿UNA EDUCACION DEFICIENTE ENGENDRA VIOLENCIA?: José Murillo Berges.

Libertad religiosa: Jesús Domingo Martínez

INTERNET, LOS ESCLAVOS, EL GOBIERNO Y LOS BANCOS: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica de San Juan de Letrán
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 7 de abril de 2013

Con gran alegría celebro por primera vez la Eucaristía en esta Basílica Lateranense, catedral del Obispo de Roma. Saludo con sumo afecto al querido Cardenal Vicario, a los Obispos auxiliares, al Presbiterio diocesano, a los Diáconos, a las Religiosas y Religiosos y a todos los fieles laicos. Saludo asimismo al señor Alcalde, a su esposa y a todas las Autoridades. Caminemos juntos a la luz del Señor Resucitado.

1. Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.

2. En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.

Y recordemos también a Pedro: que tres veces reniega de Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí»; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús – cuánta ternura –. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios.

Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos.

A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esta es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto!. Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. Un gran teólogo alemán, Romano Guardini, decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza (cf. Glaubenserkenntnis, Würzburg 1949, 28). Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios, es un diálogo que si lo hacemos, nos da esperanza.

3. Quisiera subrayar otro elemento: la paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: «A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal (cf. Dt 32,13), es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sermón 61, 4. Sobre el libro del Cantar de los cantares). Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero «mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos» (ibid, 5). Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. San Bernardo llega a afirmar: «Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia (Rm 5,20)» (ibid.).Tal vez alguno de nosotros puede pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él. Cuántas veces en mi ministerio pastoral me han repetido: «Padre, tengo muchos pecados»; y la invitación que he hecho siempre es: «No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo». Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.

Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: «Adán, ¿dónde estás?», lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado. Acordaos de lo de san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.

En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan hermosa, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor.

 


Al final de la misa el Pontífice se asomó al balcón de las bendiciones de la basílica de San Juan de Letrán y saludó a los fieles en la plaza con estas palabras:

Hermanos y hermanas, ¡buenas tardes! Os doy las gracias por vuestra compañía en la misa de hoy. ¡Muchas gracias! Os pido que recéis por mí, lo necesito. No os olvidéis de esto. ¡Gracias a todos vosotros! Y sigamos adelante todos juntos, el pueblo y el Obispo, todos juntos; adelante siempre con la alegría de la Resurrección de Jesús; Él siempre está a nuestro lado. Que el Señor os bendiga.

Después de la bendición, el Papa concluyó:

¡Muchas gracias! ¡Hasta pronto!

 

 

Francisco expresa sus condolencias por las 14 víctimas del incendio en un submarino ruso

El pasado 1 de julio

julio 03, 2019 12:38Larissa I. LópezPapa y Santa Sede

(ZENIT – 3 julio 2019).- El director ad interim de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Alessandro Gisotti, ha comunicado hoy, 3 de julio de 2019, que el Santo Padre ha sido informado de la tragedia del incendio en el submarino ruso y “expresa sus condolencias y su cercanía a las familias de las víctimas y a los afectados por esta catástrofe”.

El incendio se produjo el pasado lunes, 1 de julio, en un submarino militar de Rusia que se encontraba en las aguas territoriales de este país, según informó el Ministerio de Defensa ruso. El incendio se inició mientras se efectuaban unas pruebas de batimetría y, como consecuencia, 14 personas murieron intoxicadas.

Se ha abierto una investigación para conocer las causas del accidente. El submarino se encuentra actualmente en la base naval rusa de Severomorsk.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin transmitió ayer sus condolecías a las familias de los fallecidos. Putin tiene previsto reunirse en audiencia con el Papa en el Vaticano mañana, 4 de julio de 2019.

 

 

Libia: Mueren 40 personas en un bombardeo a un centro de detención de migrantes

Declaraciones de Mons. Guerini di Tora

julio 03, 2019 19:05Larissa I. LópezGuerra y terrorismo

(ZENIT – 3 julio 2019).- Más de 40 personas han muerto y 35 resultaron heridas en el bombardeo que  ha afectado a un centro de detención de migrantes en Tajoura, a unos doce kilómetros de la capital, Trípoli, de acuerdo a la información ofrecida hoy, 3 de julio de 2019, por Vatican News.

El gobierno, junto con las Naciones Unidas y Estados Unidos, culpa de este ataque aéreo al ejército nacional libio, pero este lo niega.

En declaraciones para el citado medio vaticano, el presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones de la Conferencia Episcopal Italiana, Mons. Guerino Di Tora, en nombre de los obispos italianos, ha condenado este ataque y lo ha definido como un acto “deplorable de inhumanidad”.

El obispo y director de la Fundación Migrantes ha señalado que situaciones como esta, fruto del fenómeno de la migración, son un desafío que se extiende a todos, como seres humanos: “Todos debemos ser capaces de sentirnos corresponsables. Y entonces se convierte para nosotros en una toma de conciencia humana, incluso antes que cristiana. Ciertamente, para nosotros, los cristianos, representa algo más: la llamada que el Señor nos hace ante estas situaciones, a no dejar al otro, al prójimo, en realidades inhumanas, a socorrerlo, a acogerlo”, expresó.

Igualmente, Mons. Di Tora, ha manifestado la tristeza que supone que este acontecimiento haya vuelto a centrar la atención sobre Libia, un territorio donde se producen “muchos conflictos olvidados” sobre los que el Papa Francisco incide con frecuencia.

El prelado también ha recordado que la guerra en Libia continúa y constituye “un conflicto que capta todos los problemas que afectan al norte de África y que involucra, incluso indirectamente, a todos estos migrantes que están detenidos en estos ‘campos de concentración'”.  Asimismo, considera que este debe ser un enfrentamiento que despierte “la conciencia de otras naciones, que deben ser capaces de encontrar una forma de mediación, una forma de volver a un equilibrio de paz y estabilidad”.

En consecuencia, Mons. Di Tora insta a que situaciones como la de Libia entren en nuestra cultura “para que todos podamos mover a los que están en el poder y gobiernan a las naciones, a toda Europa, a las Naciones Unidas, para que esta realidad cese lo antes posible, para que se puedan encontrar las condiciones y los métodos para que esa paz llegue a ser un bien común de todo el mundo.

 

 

Vincent Lambert: Vuelven a interrumpir los tratamientos de alimentación e hidratación

En el hospital de Reims, Francia

julio 03, 2019 19:53Larissa I. LópezBioética y defensa de la familia

(ZENIT – 3 julio 2019).- Ayer, 2 de julio de 2019, el jefe del equipo médico que atiende a Vincent Lambert en el hospital de Reims (Francia) decidió una vez más interrumpir la alimentación e hidratación a este paciente, tetrapléjico y en estado vegetativo por un accidente de moto acaecido en 2008.

El pasado viernes, 28 de junio, la Corte de Casación de Francia revocó la anterior resolución de la Corte de Apelaciones de París, del 20 de mayo, en la que se ordenó la reanudación de dichos cuidados a Lambert.

Se trata de un caso en el que la familia está dividida, su mujer desea interrumpir el suministro de los medios de soporte vital, mientras que los padres desean mantenerlo.

El Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia valora que esta última decisión “podría calificarse como un acto objetivamente eutanásico”: “Retirar un medio vital, como puede ser la respiración asistida mecánica, solo sería éticamente válido, en caso de riesgo inminente de muerte y existencia de sufrimientos intensos bien contrastados. Sin embargo, en este caso concreto no nos parece que exista ese riesgo, dado que Lambert lleva en el mismo estado desde 2008 y no parece ser que su salud haya empeorado significativamente en las últimas semanas”, apuntan.

Igualmente, proponen que la mejor solución ética a los problemas de salud graves consiste en ofrecer cuidados paliativos de calidad, de manera que se “elimine el dolor del paciente y no al paciente”.

Kevin Farrell en representación del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida y la Pontificia Academia para la Vida intervino también con un comunicado el pasado 21 de mayo sobre la situación de este ciudadano francés. En él se expone que la interrupción de la alimentación y de la hidratación constituye una “gran violación de la dignidad de la persona” y se resaltaba que el estado vegetativo, aunque grave, “no compromete de ninguna forma la dignidad de las personas que se encuentran en esta condición, ni sus derechos fundamentales a la vida y a los cuidados, entendidos como una continuidad de la asistencia humana básica”.

Sobre este caso concreto, la primera vez que en el Hospital Universitario de Reims se procedió al apagado de las máquinas de hidratación y alimentación de Lambert, el Papa Francisco publicó un tweet. En él, el Santo Padre pedía oraciones por aquellos que “viven en estado de grave enfermedad” y exhortaba a custodiar la vida como don de Dios y a no ceder “a la cultura del descarte”.

 

 

Mons. Paolo Pezzi habla sobre el reencuentro entre el Papa y Putin

El próximo 4 de julio en el Vaticano

julio 03, 2019 10:53Marina DroujininaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 3 julio 2019).- “Los temas queridos” por el Papa Francisco estarían en la “agenda del encuentro” con el Presidente ruso Vladimir Putin, indica Mons. Paolo Pezzi, arzobispo metropolitano de la arquidiócesis de la Madre de Dios en Moscú: “Progreso de la paz, protección de nuestra casa común, defensa de la creación”.

En una entrevista para Vatican News en italiano del 1 de julio de 2019, Mons. Pezzi mencionó el encuentro entre el Papa y el Presidente ruso que tendrá lugar en el Vaticano el jueves 4 de julio. Este es el tercer encuentro cara a cara entre el Papa Francisco y Putin: el primero tuvo lugar el 25 de noviembre de 2013, el segundo el 10 de junio de 2015. Tras reanudar las relaciones bilaterales en 1990, la Santa Sede y la Federación de Rusia restablecieron relaciones diplomáticas plenas en 2009.

La cuestión de la paz no puede faltar en el orden del día de este nuevo encuentro, dice Mons. Pezzi, porque “Rusia es una nación esencial para la paz, que puede hacer posible alcanzar un objetivo tan importante”. “Y el Papa es muy sensible a la pacificación entre los pueblos”, añadió,  “lo ha dicho muchas veces”.

En cuanto a la posibilidad de que el Presidente ruso invite al Papa a Rusia, Mons. Pezzi cree que “esta no es la intención de Vladimir Putin”. “No creo”, explica, “que el presidente ruso pueda dar tal paso por su propia voluntad sin el apoyo claro de la Iglesia Ortodoxa”.

El “Papa Francisco”, continúa el Arzobispo Metropolitano de Moscú, “insiste en que, para cada nación, es el poder político el que hace una invitación formal. Pero es sobre todo la realidad religiosa del vínculo en cuestión la que debe estar interesada en recibir al Papa. Y hasta ahora, me parece que, por parte de la Iglesia Ortodoxa en Rusia, el elemento religioso más significativo, no hay una invitación oficial.

 

 

EL VALOR INFINITO DE LA MISA

— El sacrificio de Isaac, imagen y figura del Sacrificio de Cristo en el Calvario. Valor infinito de la Misa.

— Adoración y acción de gracias.

— Expiación y propiciación por nuestros pecados; impetración de todo aquello que necesitamos.

I. Leemos en el libro del Génesis1 cómo Dios quiso probar la fe de Abrahán. Le había sido prometido que su descendencia sería como las estrellas del cielo. El Patriarca ve el paso del tiempo hasta llegar a una edad muy avanzada; y su mujer era estéril. Pero él siguió creyendo en la palabra de Dios.

Yahvé le había anunciado que tendría un hijo, y Abrahán lo creyó contra toda esperanza; cuando al fin vino al mundo lo llamó Isaac, y cuando, ya mayor, constituía el premio a su confianza, Dios, señor de la vida y de la muerte, le mandó que lo sacrificara: Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en uno de los montes que Yo te indicaré. Pero en el momento en que iba a sacrificar al hijo amado, el Ángel del Señor le detuvo. Y oyó el Patriarca estas palabras llenas de bendiciones sobreabundantes: Por haber hecho esto, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo serán bendecidos en tu descendencia, porque me has obedecido.

Los Padres de la Iglesia han visto en el sacrificio de Isaac un anuncio del sacrificio de Jesús. Isaac, el único hijo de Abrahán, el amado, cargado con la leña hacia el monte donde va a ser sacrificado, es figura de Cristo, el Unigénito del Padre, el Amado, que camina con la cruz a cuestas hacia el Calvario, donde se ofrece como sacrificio de valor infinito por todos los hombres.

En la Misa, después de la Consagración, el Canon Romano celebra la memoria de esta oblación de Abrahán, la entrega de su hijo. Él es nuestro «padre en la fe». Dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda, decimos a Dios Padre: acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec...2.

La obediencia de Abrahán es la máxima expresión de su fe sin condiciones a Dios. Por eso, recobró de nuevo a Isaac y, después de haberlo ofrecido, lo recibió como un símbolo. Pensaba, en efecto, que Dios es poderoso para resucitar de entre los muertos; por eso lo recobró y fue como una imagen de lo venidero3.

Orígenes señala que el sacrificio de Isaac nos hace comprender mejor el misterio de la Redención. «El hecho de que Isaac llevara la leña para el holocausto es figura de Cristo que llevó su cruz a cuestas. Pero, al mismo tiempo, llevar la leña para el holocausto es tarea del sacerdote. Luego Isaac fue a la vez víctima y sacerdote (...). Cristo es al mismo tiempo Víctima y Sumo Sacerdote. Según el espíritu, en efecto, ofrece la víctima a su Padre; según la carne, Él mismo es ofrecido sobre el altar de la Cruz»4. Por eso, cada Misa tiene un valor infinito, inmenso, que nosotros no podemos comprender del todo: «alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres almas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los santos, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y todo lo que hagan hasta el fin de los siglos»5.

II. Aunque todos los actos de Cristo fueron redentores, existe, sin embargo, en su vida un acontecimiento singular que destaca sobre todos, y al que todos se dirigen: el momento en que la obediencia y el amor del Hijo ofrecieron al Padre un sacrificio sin medida, a causa de la dignidad de la Ofrenda y por el Sacerdote que la ofrecía. Y es Él quien permanece en la Misa como Sacerdote principal y Víctima realmente ofrecida y sacramentalmente inmolada.

En la Santa Misa, los frutos que miran inmediatamente a Dios, como la adoración y la acción de gracias, se producen siempre en su plenitud infinita, sin depender de nuestra atención, ni del fervor del sacerdote. En cada Misa se ofrecen infaliblemente a Dios una adoración, una reparación y una acción de gracias de valor sin límites, porque es Cristo mismo quien la ofrece y el que se ofrece. Por eso, es imposible adorar mejor a Dios, reconocer su dominio soberano sobre todas las cosas y sobre todos los hombres. Es la realización más acabada del precepto: Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás6.

Es imposible dar a Dios una reparación más perfecta por las faltas diariamente cometidas que ofreciendo y participando con devoción del Santo Sacrificio del Altar7. Es imposible agradecerle mejor los bienes recibidos que a través de la Santa Misa: Quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi?... ¿Cómo retribuiré a Dios por todos los beneficios que ha tenido conmigo? Elevaré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor8. Qué gran oportunidad para agradecer a Dios tantos bienes como recibimos..., pues a veces es posible que nos olvidemos de dar gracias a Dios por sus dones, tantos y tantos; puede sucedernos como a los leprosos curados por Jesús...

«La adoración, la reparación y la acción de gracias son efectos infalibles del sacrificio de la Misa que miran al mismo Dios»9, ya que es el mismo el que ofrece y se ofrece. ¡Qué honor tan grande el de los sacerdotes, al prestarle a Cristo la voz y las manos en el sacrificio eucarístico! ¡Qué grandeza la de los fieles de poder participar en tan gran Misterio!

«Dile al Señor que, en lo sucesivo, cada vez que celebres o asistas a la Santa Misa, y administres o recibas el Sacramento Eucarístico, lo harás con una fe grande, con un amor que queme, como si fuera la última vez de tu vida.

»—Y duélete, por tus negligencias pasadas»10.

III. En el monte Moria no fue sacrificado Isaac, el hijo único y amado de Abrahán; en el Calvario, Jesús padeció y murió por todos nosotros, pro peccatis, a causa de nuestros pecados. Este fruto de expiación y de propiciación alcanza también a las almas de quienes nos precedieron y que se purifican en el Purgatorio, esperando el traje de bodas11 para entrar en el Cielo.

El sacrificio eucarístico realiza, por sí mismo y por su propia virtud, el perdón de los pecados; «pero lo opera de una manera mediata... Por ejemplo, una persona que pida a Dios sin asistir al sacrificio la gracia de mudar de vida y de confesarse, la obtendrá solo en virtud de su fervor y de sus instancias...; pero si oye Misa con este fin es seguro que obtendrá este favor eficazmente con tal de que no oponga obstáculos a ello»12.

Jesucristo, al ofrecerse al Padre, pide por todos. Él vive para interceder por nosotros13. ¿Qué mejor momento encontraríamos que este de la Santa Misa para acercarnos a pedir lo que tanto necesitamos?

Cada Misa es ofrecida por la Iglesia entera, que suplica a su vez por todo el mundo. «Cada vez que se celebra una Misa es la sangre de la Cruz la que se derrama como lluvia sobre el mundo»14. Junto a la Iglesia, pedimos de modo particular por el Papa, el obispo diocesano, el propio prelado y todos los demás que, «fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica»15. Junto a este fruto general de la Misa, hay también un fruto especial, de diverso modo, para quienes participan en el Santo Sacrificio: quienes han procurado que se celebre; para el sacerdote hay un fruto especialísimo irrenunciable, puesto que depende de su voluntad meritoria el que se diga la Misa; participan de este fruto especial los acólitos, los cantores... y todo el pueblo santo que esté presente en el Sacrificio, cada uno según sus disposiciones: todos los circunstantes, cuya fe y entrega bien conoces... Por ellos y todos los suyos, por el perdón de sus pecados y la salvación que esperan, te ofrecemos y ellos mismos te ofrecen este sacrificio de alabanza a ti, eterno Dios, vivo y verdadero16.

Además de los frutos de alabanza y de adoración a Dios, también produce la Santa Misa, de modo infinito e ilimitados en sí mismos, los frutos de remisión de nuestros pecados y de impetración de todo aquello que necesitamos, pero son finitos y limitados según nuestras disposiciones. Por eso es tan importante la preparación del alma con la que nos acercamos a participar de este único Sacrificio, y los momentos de recogimiento ya acabada la acción sagrada. «¿Estáis allí –pregunta el Santo Cura de Ars– con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios y de la consumación de igual sacrificio?»17.

Pidamos a Nuestra Señora que la celebración o la participación del sacrificio eucarístico sea para nosotros la fuente donde se sacian y se aumentan nuestros deseos de Dios.

1 Primera lectura. Año I. Gen 22, 1-19. — 2 Misal Romano, Plegaria Eucarística, 1. — 3 Cfr. Heb 11, 19. — 4 Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 8, 6, 9. — 5 Santo Cura de Ars, Sermón sobre la Santa Misa. — 6 Mt 4, 10. — 7 Conc. de Trento, Sesión 22, c. 1. — 8 Sal 115, 12. — 9 R. Garrigou-Lagrange, El Salvador, p. 457 — 10 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 829 — 11 Cfr. Mt 22, 12. — 12 Anónimo, La Santa Misa, Rialp, Madrid 1975, p. 95. — 13 Cfr. Heb 7, 25. — 14 Ch. Journet, La Misa, Desclée de Brouwer, 2ª ed., Bilbao 1962, p. 182. — 15 Misal Romano, Plegaria Eucarística, I. — 16 Ibídem. — 17 Santo Cura de Ars, Sermón sobre el pecado.

 

 

“Agranda tu corazón”

No tengas espíritu pueblerino. Agranda tu corazón, hasta que sea universal, “católico”. No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas. (Camino, 7)

En una ocasión vi un águila encerrada en una jaula de hierro. Estaba sucia, medio desplumada; tenía entre sus garras un trozo de carroña. Entonces pensé en lo que sería de mí, si abandonara la vocación recibida de Dios. Me dio pena aquel animal solitario, aherrojado, que había nacido para subir muy alto y mirar de frente al sol. Podemos remontarnos hasta las humildes alturas del amor de Dios, del servicio a todos los hombres. Pero para eso es preciso que no haya recovecos en el alma, donde no pueda entrar el sol de Jesucristo. Hemos de echar fuera todas las preocupaciones que nos aparten de El; y así Cristo en tu inteligencia, Cristo en tus labios, Cristo en tu corazón, Cristo en tus obras. Toda la vida ‑el corazón y las obras, la inteligencia y las palabras‑ llena de Dios. (...)
Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo! (Es Cristo que pasa, 11)

 

 

La vida sin Dios

Dios es un Padre amoroso que creó al hombre para alcanzar la felicidad. Pero el hombre desobedeció y se prefirió a sí mismo antes que al Amor de Dios.

La luz de la fe31/05/2018

Opus Dei - La vida sin Dios

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica comienza con esta pregunta: «¿Cuál es el designio de Dios para el hombre?» Y responde: «Dios, infinitamente bienaventurado y perfecto en sí mismo, en un designio de pura bondad, ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida Bienaventurada»[1]. Es decir, Dios ha creado al hombre para que sea feliz, y el camino para lograrlo es estar con Él (cfr. Mc 3,13), participar de su vida bienaventurada. A esa dicha se dirigen todas las enseñanzas de Jesús: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,11). Dios Padre, como todos los padres del mundo, lo que quiere de sus hijos es que sean felices.

El designio de Amor pleno Dios está inscrito en lo más íntimo de nuestro ser: el hombre busca, desea y persigue la felicidad en todo su obrar

Este designio de Dios, anhelo de amor pleno, está inscrito en lo más íntimo de nuestro ser: el hombre busca, desea y persigue la felicidad en todo su obrar y, especialmente, en todos sus deseos y amores. Hace ya veintitrés siglos que Aristóteles se dio cuenta de esto, y escribió, en el primer capítulo de su Ética a Nicómaco, que todos los hombres estamos de acuerdo en que la felicidad es el bien supremo, en vistas al cual elegimos todos los demás bienes (salud, éxito, honor, dinero, placeres, etc.)[2].

La realidad

En teoría, cualquiera sabe esto, y podría decir: «yo, lo que quiero, es ser feliz». Y sin embargo algo falla, porque con frecuencia el hombre no consigue alcanzar la felicidad. Quizás hemos tenido la experiencia de mirar las caras de la gente a nuestro alrededor durante un viaje en metro o autobús y hemos podido descubrir rostros marcados por la tristeza, la angustia y el dolor. «Los hombres mueren y no son felices», sentenciaba con cierto pesimismo un escritor ateo del siglo XX. Y puede que nos hayamos preguntado interiormente: «Señor, ¿qué pasa?».

El plan de la Creación incluía nuestra felicidad, pero algo falló. No siempre conseguimos ser felices y, a menudo, quizás por eso mismo, tampoco logramos hacer felices a los demás. Es más, no raramente causamos sufrimientos unos a otros, actuando de una manera cruel y perversa. Con frecuencia, hemos de decir: «Señor, ¡ten piedad de tu pueblo! Señor, ¡perdón por tanta crueldad!»[3], como rezaba el papa Francisco durante la visita a Auschwitz-Birkenau en la Jornada Mundial de la Juventud de 2016. Más tarde, esa misma noche, al dirigirse a la multitud desde la ventana del arzobispado, añadió: «He estado en Auschwitz, en Birkeanu. ¡Cuánto dolor, cuánta crueldad! Pero, ¿es posible que nosotros los hombres, creados a semejanza de Dios, seamos capaces de hacer estas cosas?».

¿Qué pasa? ¿Por qué tanta gente no es feliz? ¿Por qué realidades que prometen tanta felicidad –la amistad, los lazos familiares, las relaciones sociales, las cosas creadas- son a veces fuente de tanta insatisfacción, amargura y tristeza? ¿Cómo es posible que los hombres seamos capaces de producir tanto daño? Las respuestas a estas punzantes y dolorosas preguntas se concentran en una palabra: el pecado.

Enemigo de la felicidad

Etimológicamente, la palabra «pecado» viene del latín peccatum, que significa: «delito, falta o acción culpable». En griego, la lengua del Nuevo Testamento, «pecado» se dice hamartia, que significa: «fallo de la meta, no dar en el blanco», y se aplicaba especialmente al guerrero que fallara el blanco con su lanza. Por último, en hebreo la palabra común para «pecado» es jattáʼth, que también significa errar en el sentido de no alcanzar una meta, camino, objetivo o blanco exacto.

El plan de la Creación incluía nuestra felicidad, pero 'algo' falló

Así pues, un primer sentido del pecado es errar el blanco. Lanzamos una flecha dirigida a la felicidad, pero fallamos el tiro. En este sentido el pecado es un error, una trágica equivocación y, a la vez, un engaño: buscamos la felicidad donde no está (como la fama o el poder), tropezamos en nuestro camino hacia ella (por ejemplo, acumulando bienes superfluos que ciegan nuestro corazón a las necesidades de los demás) o, peor aún, confundimos nuestro anhelo de felicidad con otro amor (como el caso de un amor infiel). Pero siempre, detrás del pecado está la búsqueda de un bien –real o aparente- que pensamos que nos hará felices. No comprenderemos el pecado mientras no sepamos detectar el anhelo de felicidad insatisfecho que lo genera. Como advirtió Nuestro Señor: «Del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez» (Mc 7,21-22). A veces, un deseo vehemente de algo que es pecado procede de una carencia en el deseo fundamental de amor, que provoca angustia y tristeza, y que se piensa –erróneamente- resolver de ese modo. Por ejemplo, quien se siente poco querido y carece de vínculos afectivos firmes, ya sea con Dios, la propia familia o los amigos, fácilmente reaccionará con desconfianza y agresividad, incluso con injusticia, ante las pretensiones ajenas, para protegerse y asegurarse; o buscará un sucedáneo de ese amor en las relaciones de usar y tirar, el placer o las cosas materiales.

Solo el amor de Dios sacia[4]. Benedicto XVI lo expresó así: «La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra sólo en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito o en nuestras relaciones personales sino en Dios. Sólo Él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón»[5]. En cambio, cuando nos olvidamos de Él, es fácil que aparezcan la frustración, la tristeza y la desesperación, consecuencias de un corazón insatisfecho. Por eso, resulta lleno de sentido el consejo de san Josemaría: «No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado»[6].

Ofensa a Dios, Padre amoroso

El Compendio del Catecismo define el pecado como «una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor»[7]. Mucha gente sin embargo se plantea: «¿De verdad que a Dios le importa o le afecta lo que yo hago, incluso lo que yo pienso? ¿Cómo puedo yo hacer daño a Dios? ¿Acaso puede Dios sufrir, padecer? ¿Cómo puedo yo ofender a Dios, que es absolutamente trascendente?».

En griego, la palabra «pecado» se dice hamartia, que significa: «fallo de la meta, no dar en el blanco»

Si por ofensa entendemos causar un daño, evidentemente a Dios no le puede ofender nada de lo que hagamos. Nada de lo que yo haga daña a Dios. Pero Dios es Amor, es un Padre lleno de amor por sus hijos, y puede compadecerse de nosotros. Más aún, Dios se ha hecho uno de los nuestros, para tomar sobre sí nuestros pecados y redimirnos. Lo explicaba Benedicto XVI en su segunda encíclica: «Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis. Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios»[8]. San Pablo empleará una frase fuerte para referirse al misterio de Cristo: «al que no conocía el pecado, [Dios] lo hizo pecado en favor nuestro» (2 Cor 5,21).

En cierto modo, Dios sufre con nuestro pecado porque nos hace daño a nosotros. Él no es un ser caprichoso que convierte en pecado acciones de suyo indiferentes, y las prohíbe para que le demostremos nuestra obediencia evitándolas, sino un Padre amoroso que nos indica aquello que nos puede hacer daño e impedir la felicidad a la que estamos llamados. Sus mandamientos se podrían comparar a un manual de instrucciones del hombre –conviene tener en cuenta que el contenido de este manual ha sido inscrito de algún modo en la naturaleza creada del hombre, y se dirige espontáneamente a su conciencia, sin necesidad de abrir las páginas del manual– para alcanzar la felicidad propia y no estorbar la ajena.

El pecado lesiona el amor que Dios nos tiene, ese amor que quiere hacernos felices. De algún modo, cuando pecamos, es como si Dios se lamentara entre lágrimas: «¿Pero qué haces, hijo mío? ¿No te das cuenta de que eso te hace daño, a ti y a mis otros hijos? ¡No lo hagas! ¡No te engañes! ¡Mira que ahí no encuentras lo que añoras, la felicidad, sino todo lo contrario! ¡Hazme caso!». Es en este sentido que se dice que el pecado es «una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor»[9]. Ofendemos su amor, lo ponemos en entredicho con nuestras obras pecaminosas.

Conviene añadir que Dios nunca se enfada con nosotros. Nunca toma represalias, ni siquiera cuando pecamos. En esos momentos, es como si estuviera sufriendo con nosotros y por nosotros en Cristo. Decía Clemente de Alejandría que, «en su gran amor por la humanidad, Dios va tras el hombre como la madre vuela sobre el pajarillo cuando éste cae del nido; y si la serpiente lo está devorando la madre revolotea alrededor gimiendo por sus polluelos (cfr. Deut 32,11). Así Dios busca paternalmente a la criatura, la cura de su caída, persigue a la bestia salvaje y recoge al hijo, animándole a volver, a volar hacia el nido»[10]. ¡Así es Dios!

No comprenderemos el pecado mientras no sepamos detectar el anhelo de felicidad insatisfecho que lo genera

Dios está como el padre de la parábola del hijo pródigo, oteando el horizonte por si ve regresar al hijo pecador (cfr. Lc 15,11-19). El pecado nos aleja de Dios. Pero eso no es verdad por parte de Dios, sino por parte nuestra. Son abundantes los pasajes del Evangelio en los que Jesucristo busca el trato con los pecadores, y los defiende ante los ataques de los escribas y fariseos. Dios no se aleja de nosotros, no deja de amarnos. La distancia se crea en nuestro corazón, de la piel hacia dentro. Pero Dios sigue pegado a nosotros. Somos nosotros los que nos cerramos a su amor. Y basta un paso por nuestra parte para que su misericordia entre en nuestras almas. «Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc 15,20). El pecado es el enemigo número uno de la felicidad, pero tiene poco poder ante la misericordia de Dios: «Todos somos pecadores. Pero él nos ama, nos ama»[11]. Esa es nuestra esperanza.

Atentado a la solidaridad humana

Después de hablar de la ofensa a Dios, el Compendio añade que el pecado, todo pecado, «hiere la naturaleza del hombre y atenta a la solidaridad humana»[12]. En realidad, ambos elementos están unidos, pues el hombre es social por naturaleza. Pero fijémonos en la segunda parte: atenta a la solidaridad humana. Ante esta afirmación algunos se cuestionan: «¿Por qué es malo el pecado personal si no incumbe a otras personas, si no hago daño a nadie?». En realidad, ya hemos visto que, con el pecado, siempre hago daño a alguien: a mí mismo. Y, precisamente por eso, ofendo a Dios. Pero ahora se trata de ver que todo pecado, aun el más oculto, hiere a la unidad de los seres humanos.

El Génesis describe cómo el primer pecado rompe el hilo de la amistad que unía a la familia humana. Tras la caída, se nos muestra al hombre y a la mujer como si se apuntaran mutuamente con su dedo acusador: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí» (Gen 3,12), dice Adán. Su relación, antes marcada por el asombro amoroso, pasa a estar bajo el signo del deseo y el dominio: «Tendrás ansia de tu marido, y él te dominará» (Gen 3,12), dice Dios a Eva[13].

No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado (San Josemaría)

San Juan Pablo II lo explicaba así: «Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado»[14]. En efecto, quien se deja llevar por pecados internos de rencor o crítica ya está tratando injustamente a los demás, y es imposible que no se manifieste externamente en la omisión del amor debido al prójimo, o incluso en faltas externas de caridad con él; quien comete pecados de impureza, aunque sean interiores, corrompe su capacidad de mirar y, por tanto, de amar, y ya está tratando a los demás, al menos a algunos, como objetos, y no como personas; quien solo piensa egoístamente en su beneficio, difícilmente podrá dejar de cometer injusticias y maltratar el medioambiente que comparte con los demás. En definitiva, el pecado introduce una división interna en el hombre, una pérdida de libertad tal, que «no es raro que haga lo que no quiere y deje de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad»[15].

El pecado siembra la división en el corazón de los hombres y se interpone en su caminar conjunto hacia la felicidad. Ante su crudeza, se podría insinuar la tentación del pesimismo y la tristeza, sobre todo si dejáramos de mirar a Cristo. Contemplar el paso de Jesús cargando con la Cruz, doloroso pero sereno, frágil pero majestuoso, nos llena de esperanza y de optimismo, porque por muy grandes que sean nuestras miserias y pecados, ahí está Él, que con «su caída nos levanta, [con] su muerte nos resucita. A nuestra reincidencia en el mal, responde Jesús con su insistencia en redimirnos, con abundancia de perdón. Y, para que nadie desespere, vuelve a alzarse fatigosamente abrazado a la Cruz»[16].

José Brage


[1] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n.1.

[2] Cfr. Aristóteles, Ética a Nicómaco, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid 2002, nn. 1095-1097.

[3] Francisco, Visita a Auschwitz, 29-VIII-2016.

[4] Cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 361.

[5] Benedicto XVI, Discurso a los alumnos del Colegio Universitario Santa María de Twickenham, Londres, 17-IX-2010.

[6] San Josemaría, Camino, n. 386.

[7] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392.

[8] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi (30-XI-2007), n. 39.

[9] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392.

[10] Clemente de Alejandría, Protréptico, 10.

[11] Francisco, Palabras desde la ventana del Arzobispado de Cracovia durante la Jornada Mundial de la Juventud, 29-VIII-2016.

[12] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392.

[13] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 400.

[14] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia (2.XII.1984), n. 15.

[15] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7.XII.1965), n. 9.

[16] San Josemaría, Via Crucis, VIIª estación.

 

 

La fe no es una idea sino la vida

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Entrevista al Papa emérito Benedicto XVI

Traducción de una entrevista a Benedicto XVI contenida en el libro Por medio de la fe. Doctrina de la justificación y experiencia de Dios en la predicación de la Iglesia y en los Ejercicios Espirituales[1], a cargo del jesuita Daniele Libanori, en la que el Papa emérito habla de la centralidad de la misericordia en la fe cristiana.

El volumen recoge las actas de un congreso que tuvo lugar en octubre pasado en Roma. Como escribe Filippo Rizzi en «Avvenire» del 16 de marzo, que publica un resumen, el autor de la entrevista (cuyo nombre no aparece en el libro) es el jesuita Jacques Servais, alumno de Hans Urs von Balthasar y experto en su obra.

Santidad, la cuestión planteada este año en el marco de las jornadas de estudio promovidas por la Rectoría del Gesù es la de la justificación por la fe. El último volumen de su Opera Omnia (gs IV) destaca una contundente afirmación: «La fe cristiana no es una idea, sino una vida». Comentando la célebre afirmación paulina (Rm 3,28), habló usted, a este propósito, de una doble trascendencia: «La fe es un don a los creyentes comunicado a través de la comunidad, la cual, por su parte, es fruto del don de Dios» («Glaube ist Gabe durch die Gemeinschaft; die sich selbst gegeben wird», gs IV, 512). ¿Podría explicar qué entiende con esa afirmación, teniendo en cuenta naturalmente el hecho que el objetivo de estas jornadas es aclarar la teología pastoral y vivificar la experiencia espiritual de los fieles?

Se trata de la cuestión: qué es la fe y cómo se llega a creer. Por un lado, la fe es un contacto profundamente personal con Dios, que me afecta en lo más íntimo y me pone ante el Dios vivo con absoluta inmediatez de modo que puedo hablarle, amarle y entrar en comunión con Él. Pero, al mismo tiempo, esa realidad absolutamente personal tiene que ver inseparablemente con la comunidad: forma parte de la esencia de la fe el hecho de introducirme en el nosotros de los hijos de Dios, en la comunidad peregrina de los hermanos y hermanas. A la vez, el encuentro con Dios significa también que yo mismo me abro, arrancado de mi encerrada soledad y acogido en la comunidad viva de la Iglesia. Esta es también mediadora de mi encuentro con Dios, que, sin embargo, llega a mi corazón de un modo completamente personal.

La fe deriva de la escucha (fides ex auditu), nos enseña san Pablo. La escucha, a su vez, implica siempre un interlocutor. La fe no es producto de la reflexión ni tampoco un intento de penetrar en la profundidad de mi ser. Ambas cosas pueden estar presentes, pero son insuficientes sin la escucha mediante la cual Dios desde fuera, a partir de una historia creada por Él mismo, me interpela. Para que yo pueda creer necesito testigos que hayan encontrado a Dios y me lo hagan accesible.

En mi artículo sobre el bautismo hablé de la doble trascendencia de la comunidad, destacando así una vez más un importante elemento: la comunidad de fe no se crea sola. No es una asamblea de hombres que tienen ideas en común y deciden trabajar por la difusión de dichas ideas. Porque entonces todo se basaría en una decisión propia y, en última instancia, en el principio de la mayoría, es decir, al final sería una opinión humana. Y para mí, una Iglesia así construida no puede ser ni garante de la vida eterna ni exigirme decisiones que me hagan sufrir y que estén en contra de mis deseos. No, la Iglesia no se ha hecho a sí misma; fue creada por Dios y es formada continuamente por Él. Esto tiene su expresión en los sacramentos, sobre todo en el bautismo: yo entro en la Iglesia no con un acto burocrático, sino mediante el sacramento. Y eso equivale a decir que soy acogido en una comunidad que no se ha originado a sí misma y que se proyecta más allá de sí misma.

La pastoral que desea formar la experiencia espiritual de los fieles debe proceder de estos datos fundamentales. Es necesario que abandone la idea de una Iglesia que se produce a sí misma y haga resaltar que la Iglesia se convierte en comunidad en la comunión del Cuerpo de Cristo. La Iglesia debe llevar al encuentro con Jesucristo y a su presencia en el sacramento.

Cuando era usted Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, comentando la Declaración conjunta de la Iglesia católica y de la Federación luterana mundial sobre la doctrina de la justificación del 31 de octubre de 1999, destacó una diferencia de mentalidad respecto a Lutero y a la cuestión de la salvación y de la bienaventuranza tal como él la proponía. La experiencia religiosa de Lutero estaba dominada por el terror ante la cólera de Dios, sentimiento bastante extraño al hombre moderno, marcado más bien por la ausencia de Dios (véase su artículo en «Communio», 2000, 430). Para estos, el problema no es tanto cómo asegurarse la vida eterna, sino más bien garantizarse, en las precarias condiciones de nuestro mundo, un cierto equilibrio de vida plenamente humana. ¿La doctrina de Pablo de la justificación por la fe, en este nuevo contexto, puede alcanzar la experiencia «religiosa» o, al menos, la experiencia «elemental» de nuestros contemporáneos?

Ante todo debo subrayar una vez más lo que escribí en «Communio» (2000) sobre la problemática de la justificación. Para el hombre de hoy, respecto al tiempo de Lutero y a la perspectiva clásica de la fe cristiana, las cosas, en cierto sentido, se han vuelto del revés; o sea, ya no es el hombre quien cree necesitar la justificación ante Dios, sino que es del parecer de que Dios es quien debe justificarse de todas las cosas horrendas presentes en el mundo y ante la miseria del ser humano, cosas todas que, en última instancia, dependerían de Él. A este propósito, me parece indicativo que un teólogo católico asuma de modo directo y formal dicho enfoque: Cristo no habría padecido por los pecados de los hombres, sino que habría, por así decir, borrado las culpas de Dios. Aunque por ahora la mayor parte de los cristianos no comparte tan drástico cambio de nuestra fe, se puede decir que todo esto va creando una tendencia de fondo en nuestro tiempo. Cuando Johann Baptist Metz sostiene que la teología de hoy debe ser «sensible a la teodicea» (theodizeeempfindlich), está destacando el mismo problema, pero de modo positivo. Incluso prescindiendo de tan radical oposición a la visión eclesial de la relación entre Dios y el hombre, el hombre de hoy tiene mayormente la sensación de que Dios no puede dejar que se pierda la mayor parte de la humanidad. En este sentido, la preocupación por la salvación típica de un tiempo casi ha desaparecido.

Sin embargo, en mi opinión, continua existiendo, de otro modo, la percepción de que necesitamos la gracia y el perdón. Para mí es un «signo de los tiempos» el hecho de que la idea de la misericordia de Dios sea cada vez más central y dominante (a partir de sor Faustina, cuyas visiones reflejan en profundidad la imagen de Dios propia del hombre de hoy y su deseo de la bondad divina). El Papa Juan Pablo II estaba profundamente impregnado de dicho impulso, aunque no siempre se notara de modo explícito. No es casualidad que su último libro, que vio la luz justo inmediatamente antes de su muerte, hable de la misericordia de Dios. A partir de las experiencias en las que, desde sus primeros años de vida, comprobó toda la crueldad de los hombres, afirma que la misericordia es la única verdadera y última reacción eficaz contra la potencia del mal. Solo donde hay misericordia acaba la crueldad, acaban el mal y la violencia. El Papa Francisco está completamente es esta línea. Su práctica pastoral se expresa precisamente en el hecho de que nos habla continuamente de la misericordia de Dios. Es la misericordia lo que nos mueve hacia Dios, mientras la justicia nos asusta en su presencia. En mi opinión, esto demuestra que, bajo la pátina de su seguridad y de su justicia, el hombre de hoy esconde un profundo conocimiento de sus heridas y de su indignidad ante Dios. Está esperando la misericordia. Tampoco es casualidad que la parábola del buen samaritano sea especialmente atractiva para los contemporáneos. Y no solo porque en ella se subraya fuertemente el componente social de la existencia cristiana, ni solo porque en ella el samaritano, el hombre no religioso respecto a los representantes de la religión, aparece, por así decir, como el que actúa de modo verdaderamente conforme a Dios, mientras que los representantes oficiales de la religión se han hecho, por así decir, inmunes a Dios. Está claro que esto gusta al hombre moderno. Sin embargo, me parece igualmente importante que, en el fondo, los hombres esperen que el samaritano venga en su ayuda, se incline ante ellos, vierta aceite en sus heridas, cuide de ellos y les lleve a un lugar seguro. En última instancia, saben que necesitan la misericordia de Dios y su delicadeza. En la dureza del mundo tecnificado en el que los sentimientos ya no cuentan nada, aumenta sin embargo la espera de un amor salvífico que venga dado gratuitamente. Me parece que en el tema de la misericordia divina se expresa de un modo nuevo lo que significa la justificación por la fe. A partir de la misericordia de Dios, que todos buscan, es posible también hoy interpretar de nuevo el núcleo fundamental de la doctrina de la justificación y que aparezca aún en toda su importancia.

Cuando Anselmo dice que Cristo debía morir en la cruz para reparar la ofensa infinita que se había hecho a Dios y así restaurar el orden quebrantado, usa un lenguaje difícilmente aceptable para el hombre moderno (cfr. gs IV, 215.ss). Expresándose así, se corre el riesgo de proyectar sobre Dios una imagen de un Dios encolerizado, atrapado, ante el pecado del hombre, por sentimientos de violencia y agresividad comparables a los que nosotros mismos podemos experimentar. ¿Cómo es posible hablar de la justicia de Dios sin arriesgarse a desmontar la certeza, ya asumida por los fieles, de que el Dios de los cristianos es un Dios «rico en misericordia» (Ef 2,4)?

Ciertamente, los conceptos de san Anselmo se han vuelto hoy para nosotros incomprensibles. Es nuestro deber intentar comprender de modo nuevo la verdad que se encierra tras dicho modo de expresarse. Por mi parte, formulo tres puntos de vista sobre este aspecto:

a) La contraposición entre el Padre, que insiste de modo absoluto en la justicia, y el Hijo que obedece al Padre y obedeciendo acepta la cruel exigencia de la justicia, no es solo incomprensible hoy, sino que, a partir de la teología trinitaria, es totalmente errónea en sí misma. El Padre y el Hijo son una sola cosa y, por tanto, su voluntad es ab intrinseco una sola[2]. Cuando el Hijo, en el huerto de los olivos, lucha con la voluntad del Padre no se trata de que deba aceptar para sí una cruel disposición de Dios, sino de atraer a la humanidad dentro de la voluntad de Dios. Tendremos que volver, en seguida, a la relación de las dos voluntades del Padre y del Hijo.

b) Y entonces, ¿por qué la cruz y la expiación? De algún modo hoy, en los vericuetos del pensamiento moderno de los que hemos hablado antes, la respuesta a dichas preguntas se puede formular de un modo nuevo. Pongámonos ante la increíble y sucia cantidad de mal, de violencia, de mentira, de odio, de crueldad y de soberbia que infectan y arruinan el mundo entero. Esa mole de mal no puede ser simplemente declarada inexistente, ni siquiera por parte de Dios. Tiene que ser depurada, reelaborada y superada. El antiguo Israel estaba convencido de que el sacrificio diario por los pecados, y sobre todo la gran liturgia del día de la expiación (yom-kippur), eran necesarios como contrapeso a la masa de mal presente en el mundo y que solo mediante dicho reequilibrio el mundo podía, por así decir, seguir siendo soportable. Una vez desaparecidos los sacrificios en el templo, había que buscar qué podía contrarrestar las superiores potencias del mal, cómo encontrar algún contrapeso. Los cristianos sabían que el templo destruido fue sustituido por el cuerpo resucitado del Señor crucificado y que en su amor radical e inconmensurable se había creado un contrapeso a la inconmensurable presencia del mal. Es más, sabían que las ofrendas presentadas hasta entonces solo podían ser concebidas como un gesto del deseo de un contrapeso real. Sabían también que ante la prepotencia del mal solo un amor infinito podía vencer, solo una expiación infinita. Sabían que Cristo crucificado y resucitado es un poder que puede contrarrestar el del mal y que salva el mundo. Y sobre estas bases pudieron también comprender el sentido de sus propios sufrimientos como metidos en el amor de Cristo que sufre y como parte de la potencia redentora de dicho amor. Antes cité a aquel teólogo según el cual Dios ha tenido que sufrir por sus culpas respecto al mundo; ahora, al dar la vuelta a esa perspectiva, surge la siguiente verdad: simplemente Dios no puede dejar como está la masa del mal que deriva de la libertad que Él mismo ha concedido. Solo él, viniendo a formar parte del sufrimiento del mundo, puede redimir el mundo.

c) Sobre estas bases se vuelve más clara la relación entre el Padre y el Hijo. Reproduzco, sobre el tema, un pasaje del libro de De Lubac sobre Orígenes que me parece muy claro: «El Redentor entró en el mundo por compasión con el género humano. Cargó sobre sí nuestros padecimientos mucho antes de ser crucificado; es más, incluso antes de abajarse a asumir nuestra carne: si no los hubiese experimentado antes no habría venido a formar parte de nuestra vida humana. ¿Y cuál fue ese sufrimiento que soportó antes por nosotros? Fue la pasión del amor. Pero el Padre mismo, el Dios del universo, el que es sobreabundante en longanimidad, paciencia, misericordia y compasión, ¿no sufre también él en cierto sentido? “El Señor tu Dios se ha puesto tus vestidos como el que carga a su hijo” (Dt 1,31). Dios toma sobre sí nuestros vestidos como el hijo de Dios toma sobre sí nuestros sufrimientos. ¡El Padre mismo no carece de pasiones! Si se le invoca, entonces Él conoce misericordia y compasión. Él siente un sufrimiento de amor (Homilías sobre Ezequiel 6, 6)».

En algunas zonas de Alemania hubo una devoción muy conmovedora que contemplaba die Not Gottes (“la indigencia de Dios”). A mí me evoca una impresionante imagen que representa al Padre que sufre, que, como Padre, comparte interiormente los sufrimientos del Hijo. Y también la imagen del “trono de gracia” forma parte de esa devoción: el Padre sostiene la cruz y el crucificado, se inclina amorosamente sobre él y, de otra parte, por así decir, está con él en la cruz. Así, de modo grandioso y puro, se advierte ahí qué significan la misericordia de Dios y la participación de Dios en el sufrimiento del hombre. No se trata de una justicia cruel, ni del fanatismo del Padre, sino de la verdad y de la realidad de la creación: de la verdadera íntima superación del mal que, en última instancia, solo puede realizarse en el sufrimiento del amor.

En los «Ejercicios Espirituales», Ignacio de Loyola no utiliza las imágenes veterotestamentarias de venganza, al contrario que Pablo (cfr. 2Tes 1,5-9); a pesar de esto, invita a contemplar cómo los hombres, hasta la Encarnación, «descendían al infierno» (Ejercicios Espirituales, n. 102; cfr. ds IV, 376) y a considerar el ejemplo de «innumerables otros que acabaron allí por muchos menos pecados de lo que yo he cometido» (Ejercicios Espirituales, n. 52). En ese espíritu san Francisco Javier vivió su actividad pastoral, convencido de que tenía que intentar salvar del terrible destino de la perdición eterna a cuantos más «infieles» posible. La enseñanza, formalizada en el concilio de Trento, en la sentencia sobre el juicio de buenos y malos, luego radicalizada por lo jansenistas, ha sido tomada de modo mucho más contenida en el Catecismo de la Iglesia católica (cfr. §5 633, 1037). ¿Se puede decir que en este punto, en los últimos años, ha habido una especie de «desarrollo del dogma» que el Catecismo debe absolutamente tener en cuenta?

No hay duda de que en ese punto estamos ante una profunda evolución del dogma. Mientras los padres y teólogos del medioevo podían ser del parecer de que, en sustancia, todo el género humano se había hecho católico y que el paganismo era solo marginal, el descubrimiento del nuevo mundo al inicio de la era moderna cambió de manera radical las perspectivas. En la segunda mitad del siglo pasado se afirmó completamente la conciencia de que Dios no puede dejar que se pierdan todos los no bautizados y que una felicidad puramente natural para ellos no representa una real respuesta a la cuestión de la existencia humana. Si es verdad que los grandes misioneros del siglo XVI todavía estaban convencidos de que quien no era bautizado está para siempre perdido −y eso explica su empeño misionero−, en la Iglesia católica tras el concilio Vaticano II dicha convicción fue definitivamente abandonada. De ahí derivó una profunda y doble crisis. Por un lado, parece quitarse toda motivación a un futuro compromiso misionero. ¿Para qué habría que intentar convencer a las personas a que acepten la fe cristiana cuando pueden salvarse sin ella? Pero también para los cristianos surgió otra cuestión: se volvió incierta y problemática la obligatoriedad de la fe y de su forma de vida. Si hay quien se puede salvar de otras maneras, ya no es tan evidente, a fin de cuentas, que el cristiano esté vinculado a las exigencias de la fe cristiana y a su moral. Pero, si fe y salvación ya no son interdependientes, también la fe se vuelve inmotivada.

En los últimos tiempos se han formulado diversos intentos con el fin de conciliar la necesidad universal de la fe cristiana con la posibilidad de salvarse sin ella. Recuerdo aquí dos: primero la bien conocida tesis de los cristianos anónimos de Karl Rahner. En ella se sostiene que el acto-base esencial de la existencia cristiana, que resulta decisivo en orden a la salvación, en la estructura trascendental de nuestra conciencia consiste en la apertura al completamente otro todo, hacia la unidad con Dios. La fe cristiana habría hecho surgir en la conciencia lo que es estructural en el hombre en cuanto tal. Por eso, cuando el hombre se acepta en su ser esencial, cumple lo esencial de ser cristiano aunque no lo conozca de modo conceptual. El cristiano coincide pues con lo humano y, en este sentido, es cristiano todo hombre que se acepta a sí mismo aunque no lo sepa. Es verdad que esta teoría es fascinante, pero reduce el cristianismo a una pura y consciente presentación de lo que el ser humano es en sí y, por tanto, descuida el drama del cambio y de la renovación, que es central en el cristianismo.

Mucho menos aceptable es la solución propuesta por las teorías pluralistas de la religión, para las cuales todas las religiones, cada una a su modo, serían vías de salvación y, en ese sentido, a todos los efectos deben ser consideradas equivalentes. La crítica de la religión ejercida en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento y en la Iglesia primitiva es esencialmente más realista, más concreta y más verdadera en su examen que las otras religiones. Una recepción tan simplista no es proporcionada a la grandeza de la cuestión.

Recordemos por último sobre todo a Henri de Lubac y con él algunos otros teólogos que han insistido en el concepto de sustitución vicaria. Para ellos, la proexistencia de Cristo sería expresión de la figura fundamental de la existencia cristiana y de la Iglesia en cuanto tal. Es verdad que así el problema no se resuelve del todo, pero a mí me parece que esta es en realidad la intuición esencial que toca la existencia de cada cristiano. Cristo, en cuanto único, era y es para todos, y los cristianos, que en la grandiosa imagen de Pablo constituyen su cuerpo en este mundo, participan de dicho “ser para”. Cristiano, por así decir, no se es para sí mismo, sino, con Cristo, para los demás. Esto no significa una especie de billete especial para entrar en la beatitud eterna, sino la vocación para construir el conjunto, el todo. Lo que la persona humana necesita en orden a la salvación es la íntima apertura respecto a Dios, la íntima expectativa y adhesión a Él, lo que a su vez significa que nosotros, junto con el Señor al que hemos encontrado, vamos hacia los demás y procuramos hacerles visible el acontecimiento de Dios en Cristo.

Es posible explicar este “ser para” también de modo un poco más abstracto. Es importante para la humanidad que en ella haya verdad, y que sea creída y practicada. Que se sufra por ella. Que se ame. Estas realidades penetran con su luz el mundo en cuanto tal y lo sostienen. Yo pienso que, en la presente situación, se vuelve para nosotros cada vez más claro y comprensible lo que el Señor dijo a Abraham, es decir, que diez justos serían suficientes para hacer sobrevivir una ciudad, pero que se destruye a sí misma si tan pequeño número no se alcanza. Está claro que debemos reflexionar ulteriormente sobre toda esta cuestión.

A los ojos de muchos “laicos”, caracterizados por el ateísmo del siglo XIX y XX, usted ha hecho notar, que es más bien Dios −si existe− y no el hombre quien debería responder de las injusticias, del sufrimiento de los inocentes, del cinismo del poder al que se asiste, impotentes, en el mundo y en la historia universal (cfr. Spe salvi, n. 42)... En su libro «Jesús de Nazaret», hace eco a lo que para ellos −y para nosotros− es un escándalo: «La realidad de la injusticia, del mal, no puede ser simplemente ignorada, simplemente puesta aparte. Debe ser absolutamente superada y vencida. Solamente así hay verdaderamente misericordia» («Jesús de Nazaret», III 153, citando 2Tim 2,13). ¿El sacramento de la confesión es, y en qué sentido, uno de los lugares en los que puede suceder una «reparación» del mal cometido?

Ya he intentado exponer en su conjunto los puntos fundamentales relativos a este problema respondiendo a la tercera pregunta. El contrapeso al dominio del mal solo puede consistir en primer lugar en el amor divino-humano de Jesucristo que es siempre más grande que toda posible potencia del mal. Pero es necesario que nosotros nos insertemos en esa respuesta que Dios nos da mediante Jesucristo. Aunque el individuo es responsable de un fragmento de mal, y por tanto es cómplice de su poder, sin embargo, junto a Cristo puede «completar lo que falta a sus sufrimientos» (cfr. Col 1,24).

El sacramento de la penitencia tiene ciertamente en este campo un papel importante. Significa que nosotros nos dejamos plasmar y trasformar siempre por Cristo, y que pasamos continuamente desde la parte de quien destruye a la que salva.

Fuente: L'Osservatore Romano.

Traducción de Luis Montoya.

 


[1]Per mezzo de la fede. Doctrina de la giustificazione ed esperienza di Dio nella predicazione de la Iglesia e negli Esercizi Spirituali a cura del gesuita Daniele Libanori. Cinisello Balsamo, Edizioni San Paolo, 2016, pp. 208, 20 €.

[2]Cfr. J. Ratzinger–Benedicto XVI, Jesús de Nazaret I, cap. 6 in fine. Cfr. también J. Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II, cap. 6, 3 (ndt).

 

Teología centrada en la evangelización

Posted: 03 Jul 2019 07:35 AM PDT

 

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En su visita a la Facultad de Teología de Nápoles (21-VI-2019), el papa Francisco ha querido destacar la dimensión evangelizadora de la teología como necesidad en el momento actual, para la teología misma y para el servicio que presta a la Iglesia y a la sociedad.


Acogida y diálogo

1. En este sentido ha señalado que hoy la teología debe ser una teología de la acogida y el diálogo; acogida de las cuestiones y de los problemas que se plantean en los grupos humanos, las culturas y las religiones, para promover procesos paz y de justicia. Como forma de acogida, “el diálogo es ante todo un método de discernimiento y de anuncio de la Palabra de amor que se dirige a cada persona y que, en el corazón de cada persona, desea morar”.

Hoy la teología está llamada a renovarse mediante el discernimiento, don del Espíritu Santo que no excluye, sino que implica la sabiduría que procede de asumir los conocimientos de las ciencias humanas y los integra con los criterios de la fe. Con otras palabras, la teología requiere interpretar los signos de los tiempos (en la realidad del mundo, de la sociedad y de las personas, en la creación y en la historia) para comprender como la vida humana y las culturas están interpeladas por la revelación del amor de Dios, manifestado plenamente en Jesús.

Se trata de un doble movimiento, de abajo arriba –desde la realidad leída y escuchada a la luz de la fe– y de arriba abajo –desde la Cruz que permite comprender los signos del Reino de Dios en la historia–.

El diálogo teológico puede así “llegar allí donde se forman los paradigmas, las maneras de sentir, los símbolos, las representaciones de las personas y de los pueblos”. Esto es, en efecto, una consecuencia de poner la evangelización en el centro de la tarea teológica (cf. Exhort. Evangelii nuntiandi, n. 19). Es también –señala aquí el papa– un modo del testimonio propio de la tarea teológica, como lo es la promoción de la “no violencia” y de la paz. Y también de esta manera se puede evitar el “sindrome de Babel” que Francisco caracteriza así: “no escuchar lo que dice el otro y creer que yo sé lo que el otro piensa y lo que el otro dirá”.

El papa anima concretamente al diálogo con el judaísmo y el islamismo. Esto requiere educar a nuestros estudiantes en el conocimiento de la cultura y de la lenguas árabe y judía, así como el entendiemiento mutuo entre estudiantes cristianos, judíos y musulmanes. Y ejemplifica este diálogo tanto en el estudio de los textos sagrados como en la teología elaborada a partir de las cuestiones y problemas importantes de la vida. Así el diálogo se realiza en la interpretación teológica en tiempos y lugares específicos.

Escucha de la historia y las vivivencias de los pueblos

2. Una teología de la acogida y del diálogo es necesariamente una teología de la “escucha consciente”. Se trata de escuchar la historia y las vivencias de los pueblos. “En particular, se trata de comprender la forma en que las comunidades cristianas y las existencias proféticas individuales han conocido, incluso recientemente, encarnando la fe cristiana en contextos a veces de conflicto, coexistencia minoritaria y plural con otras tradiciones religiosas”.

En los pueblos –como sucede oncretamente en la zona del Mediterráneo– se da el mestizaje, es decir, el encuentro entre culturas, inculturaciones mutuas. Tanto la identidad de la propia cultura como el proceso del encuentro entre culturas se traduce en narraciones: “ narraciones renovadas y compartidas que –a partir de la escucha de las raíces y del presente– hablen al corazón de las personas, narraciones en las que sea posible reconocerse de manera constructiva, pacífica y generadora de esperanza”.

De esta manera el anuncio del Evangelio se realiza mediante el diálogo y la escucha que genera comunión, como hizo Jesús: “Su escucha divina del corazón humano abre este corazón para acoger a su vez la plenitud del amor y la alegría de la vida. No se pierde nada con el diálogo. Siempre se gana. Con el monólogo perdemos todos, todos...”.

Es importante sobre todo escuchar a los jóvenes. Esto “permite que los jóvenes den su aportación a la comunidad, ayudándola a abrirse a nuevas sensibilidades y plantearse preguntas inéditas” (Exhort. ap. Christus vivit, n. 65).

Compasión e interdisciplinariedad

3. Una teología centrada en la evangelización debe ser también una teología compasiva e interdisciplinar, como desarrollo de la tradición viva de la fe.

Como consecuencia de la acogida, del diálogo y de la escucha –propone el papa– los teólogos deben ser también personas compasivas, tocadas por las “heridas” de este “mar común”, animadas por la misericordia. Personas capaces de comunión y compasión, sacadas del Corazón de Cristo y alimentadas en la oración. Porque de otra manera “la teología no solo pierde su alma, sino que pierde su inteligencia y su capacidad para interpretar la realidad de una manera cristiana”. Esto conlleva reconocer y rechazar algunas prácticas y actitudes inadecuadas que se han desarrollado en nombre de una religión o de una raza.

Este método del diálogo y de la escucha, guiado por el criterio evangélico de la misericordia, puede “enriquecer enormemente el conocimiento y la relectura interdisciplinares, y resaltar también, en contraste, las profecías de paz que el Espíritu no ha dejado nunca de despertar”.

Acerca de la interdisciplinariedad asumida por la teología, notemos que esto corresponde efectivamente, al hecho de que el uso de la razón se comprende hoy necesariamente de modo “interdisciplinar”, es decir, con la aportación de perspectivas diversas. En el caso de la teología esta interdisciplinariedad toma la forma de “transdisciplinariedad”, al considerar las aportaciones de las ciencias a la luz de la revelación y la tradición cristianas (cf. Const. ap. Veritatis gaudium, 29-I-2018, 4c).

Tradición viva

De hecho el papa señala que “la interdisciplinariedad como criterio para la renovación de la teología y los estudios eclesiásticos implica el compromiso de revisitar y re-interrogar continuamente la tradición. ¡Revisitar la tradición! Y reinterrogar”.


Los teólogos cristianos –explica– no escuchan la realidad desde la nada, sino en la herencia teológica que hunde sus raíces en el Nuevo Testamento, los Padres de la Iglesia y muchos otros pensadores y testigos de la fe. Por eso se trata de una tradición viva, que vive en el cuerpo de los cristianos que es la Iglesia:

“Es esa tradición viva llegada a nosotros la que puede contribuir a iluminar y descifrar muchas cuestiones contemporáneas”.

Avisa Francisco que esto tiene como condición el respeto a la verdad histórica y la rectitud en la intención del que estudia y reflexiona, para discernir si la fe se ha vivido y comprendido con autenticidad. Y en los casos en que no haya sido así, para corregir y mejorar nuestras actitudes y prácticas, de modo que podamos anunciar y transmitir la fe coherentemente:

“Con la condición, sin embargo, de que siempre se relea [esa tradición] con una voluntad sincera de purificar la memoria, es decir, sabiendo discernir cuánto ha sido vehículo de la intención original de Dios, revelada en el Espíritu de Jesucristo, y cuánto, en cambio, haya sido infiel a esta intención misericordiosa y salvadora”.

Al papa le interesa subrayar esa tradición viva: “No olvidemos que la tradición es una raíz que nos da vida: nos transmite la vida para que podamos crecer y florecer, fructificar. A menudo pensamos en la tradición como un museo. ¡No! La semana pasada, o la otra, leí una cita de Gustav Mahler que decía: ‘La tradición es la garantía del futuro, no la guardiana de las cenizas’. Es hermoso”.

“Vivamos –insiste– la tradición como un árbol que vive, que crece. Ya en el siglo V, Vicente de Lérins lo entendía muy bien: el crecimiento de la fe, de la tradición, con estos tres criterios: annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate. ¡Es la tradición¡ ¡Pero sin tradición no puedes crecer!  La tradición para crecer, como la raíz para el árbol”.

 

Una teología "en red"

4. El papa propone desarrollar una teología “en red”, es decir, en conexión con los problemas del mundo y en colaboración con instituciones civiles, eclesiales e interreligiosas. También en solidaridad con muchos “náufragos” de la sociedad y de la historia. Náufragos fueron, con actitudes distintas, tanto el profeta Jonás como el apóstol Pablo, y la teología debe aprender de ambos, “manteniendo la mente y el corazón fijos en el “Dios misericordioso y compasivo” (cf. Gen 4,2).

Esa “red”, vista por la teología, es una “red viva”, que corresponde a la “comunión con el Espíritu de Jesús, que es el Espíritu de paz, el Espíritu de amor que actúa en la creación y en los corazones de los hombres y las mujeres de buena voluntad de todas las razas, culturas y religiones”.

Una teología renovada

5. Hoy la teología –como ha sucedido continumente a lo largo de la historia– ha de ser renovada. “Las antiguas arquitecturas del pensamiento, las grandes síntesis teológicas del pasado son minas de sabiduría teológica, pero no pueden aplicarse mecánicamente a las cuestiones actuales “.

Y para esta renovación actual de la teología, el papa señala cuatro puntos:

Primero, vuelve sobre la necesidad de hacer hoy teología conscientemente como acto de misericordia. Como ha hecho en alguna ocasión anterior, dice Francisco: “Les animo a que estudien cómo, en las diferentes disciplinas – dogmática, moral, espiritualidad, derecho, etc. – se puede reflejar la centralidad de la misericordia. Sin misericordia, nuestra teología, nuestro derecho, nuestra pastoral, corren el riesgo de caer en la mezquindad burocrática o en la ideología, que por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio”.

En segundo lugar, atender a la historia y a la dimensión histórica de la teología; eso nos hace humildes: nos hace reconocer nuestra poquedad, y también la fuerza de Dios que explica muchas cosas de la historia del cristianismo.

Tercero, tener en cuenta la libertad teológica a la hora de explicar la fe, dentro de la sustancial verdad del Evangelio. Que haya variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio mismo (cf. Evangelii gaudium, 40). En este punto el papa advierte que “las cuestiones disputadas deben quedarse solamente entre los teólogos”, porque “al Pueblo de Dios es necesario darle la sustancia que alimenta la fe y que no la relativice”.

Cuarto y último, la conveniencia, para toda esta tarea, de dotarse de estructuras ligeras y flexibles para reflejar –en los estatutos, organización, método, etc.– esta teología que corresponde a una “Iglesia en salida”. Y en la que deben participar por tanto muchos fieles laicos y mujeres, tanto laicas como religiosas, tanto profesoras como estudiantes.

De esta manera desarrolla el papa los actuales criterios para la reforma de los estudios teológicos: reforzando el anuncio de la fe junto con el discernimiento (la acogida y la escucha de la realidad, la interdisciplinariedad desde la tradición viva de la fe), la colaboración con fidelidad, valentía y misericordia, en diálogo con la sociedad, las culturas y las religiones, para la promoción de la coexistencia pacífica de personas y pueblos.

 

“Los buenos políticos”

“Oremos por nuestros gobernantes”

+ Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

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Se cumple un año de que fue elegido, por amplia mayoría, el actual presidente de nuestro país. Hay encuestas que aún le reconocen un alto porcentaje de aprobación ciudadana, aunque cada día más personas expresan su inconformidad y decepción.

Los obispos no tenemos la misión de impulsar o reprobar un proyecto político, a no ser que estén en juego derechos humanos y divinos, sino ser voz de un pueblo que aún tiene grandes esperanzas con severas carencias, y que un buen político debe tomar en cuenta. A veces los altos funcionarios no tienen una real visión de lo que acontece, porque sus colaboradores les ocultan lo que en verdad sucede y les dan cifras o datos parciales. Nuestra cercanía a los políticos ha de ser siempre pastoral, para hacerles ver lo que realmente pasa, buscando el bien del pueblo, no privilegios o prebendas personales o institucionales.

A pesar de las buenas intenciones de nuestro presidente, la inseguridad no cede, la violencia no se controla, el narcotráfico sigue generando muertes y extorsiones, la economía no crece como se prometió, la corrupción no está desterrada. Sigue siendo insuficiente el abasto de medicinas en los centros hospitalarios oficiales. Su inicial apertura a los migrantes fue muy notable, pero no se calculó la crisis que ahora se quiere detener con medidas que siempre criticamos. De todos modos, se intenta atacar de fondo el problema con inversiones en los países emisores de migrantes.

Sin embargo, no todo es culpa de los gobiernos, pasados o presente. Entre todos, construimos o destruimos el país. No basta cambiar leyes, tener más policías o nuevos guardias, despedir servidores públicos, gobernar con decretos. Si cada quien no hacemos nuestra parte, aunque se cambien gobernantes o legisladores, la situación no mejora. Todos somos corresponsables, cada quien en su justa medida.

PENSAR

El Papa Francisco, en su tradicional encuentro de principio de año con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, dijo: Es oportuno que los políticos escuchen la voz de sus pueblos y busquen soluciones concretas para favorecer el bien mayor. Esto exige, sin embargo, el respeto del derecho y de la justicia, porque soluciones relativas, emotivas y apresuradas, puede que consigan acrecentar un consenso efímero, pero no contribuirán nunca a la solución de los problemas más profundos; al contrario, los aumentarán.

La buena política está al servicio de la paz, porque hay una íntima relación entre la buena política y la pacífica convivencia entre pueblos y naciones. La paz no es nunca un bien parcial, sino que abraza a todo el género humano. Un aspecto esencial, por tanto, de la buena política es perseguir el bien común de todos, en cuanto bien de todos los hombres y de todo el hombre.

A la política se le pide tener altura de miras y no limitarse a buscar soluciones de poco calado. El buen político no debe ocupar espacios, sino debe poner en marcha procesos; está llamado a hacer prevalecer la unidad sobre el conflicto, que tiene como base la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante. Esta se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad multiforme que engendra nueva vida (7-I-2019).

ACTUAR

En vez de sólo criticar al gobierno en turno, de sólo lamentar e inventar “memes” en las redes sociales, que sólo son un desahogo, cada quien analicemos qué podemos hacer por mejorar algo de nuestro país, empezando por tu propia familia, tu colonia o barrio, tu pueblo, tu parroquia. Y oremos por nuestros gobernantes, pues la oración de intercesión tiene efectos increíbles.

 

Tener sed del Dios vivo

Eso que llamamos oración, ¿es un encuentro con uno mismo o con Dios? Es decir, ¿rezar es abrir el corazón a aceptar lo que Dios quiera de nosotros o una técnica para afrontar las dificultades de la vida mediante el autodominio de las de las propias emociones y sentimientos? Cuando rezo, con oraciones que sé de memoria, o cuando hago una visita al Señor en el Sagrario o a la Virgen, ¿es Dios lo más importante o es uno mismo? Si decimos que creemos en Dios, ¿Éste es una persona, un rostro concreto o pensamos que estamos ante un ser que “vaya a ustedes” a saber quién es? ¿Nos ha abierto nuestro Señor Jesucristo el camino que nos conduce a Dios, su Padre, al Dios vivo y verdadero?

¡Cuantas preguntas! Parecen muchas, pero en realidad lo más importante es conocer lo que Jesús enseña en los Evangelios sobre la oración y eso es bastante fácil, pues Cristo sabe que nuestro corazón de hombres y mujeres no encontrará descanso más que Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Y es que la fe y la oración son inseparables. Si nosotros creemos que Jesús es el Hijo de Dios y el Hijo de la Virgen María, rezamos, en consecuencia, al que es el Salvador nuestro, ya que entregó su vida y resucitó. Él Está vivo y puede ayudarnos porque es absolutamente singular, y porque, al ser Hijo de Dios, se encarnó, se hizo Hombre en la plenitud de los tiempos, y es la presencia de Hijo único de Dios.

Si no creyéramos esto, Jesús de Nazaret sólo sería alguien en quien la Divinidad estaría presente con mayor intensidad, pero no Dios. Y, ¿cómo rezar a alguien así? La revelación acontecida en Jesucristo no sería decisiva para conocer la verdad sobre Dios, y todas las religiones serían lo mismo. ¿Es posible aceptar esto? Hay quien lo acepta, pero no sería cristiano.

¿Cómo es la oración de Jesús, para aprender de Él? Ante todo, es la manera de expresar su relación filial con el Padre. Rezar para Él no es una imposición que le viene de fuera, sino que nace del amor. Este amor le alimenta y le lleva a vivir una entrega total y plena a su misión. Ya sé que a nosotros nos cuesta más hacer esto, pero se puede hacer. En la oración de Jesús, el centro no son sus deseos ni la consecución de una felicidad puramente terrena al margen del Padre, sin dudar nunca de Él, porque vivir como si Dios no existiese es la mayor dificultad para la oración.

En este tiempo parece que para muchos el primer problema de la oración es la cuestión de las técnicas para entrar en ella. Pues Jesús – llama la atención- no le dio mucha importancia a esta cuestión de las técnicas. Y para rezar no dio muchas instrucciones. Para Él es más importante la sencillez exterior y la sinceridad interior, porque no se puede, separar la vida y la oración, como dice Jesús en Mt 7, 21: “No todo el que me dice: “Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

Entre las enseñanzas de Jesús sobre la oración destaca el Padrenuestro (cfr. Mt 6, 9-13; Lc 11, 1-4) La oración del Señor es la propia del Hijo; la de los discípulos, la de quienes por gracia son hijos en el Hijo y, por eso, pueden dirigirse a Dios llamándole Padre. El cristiano puede rezar el Padrenuestro con los mismos sentimientos filiales que Cristo, que no vino a hacer su voluntad, sino a cumplir la voluntad del Padre que le había enviado. La oración dominical, pues, contribuye al modelo y la norma de la oración auténticamente cristiana.

San Agustín decía, “si vas discurriendo por todas las plegarias de la Santa Escritura, creo que nada hallarás que no se encuentre y contenga en esta oración dominical. Por eso, hay libertad para decir estas cosas en la oración con unas u otras palabras, pero no debe haber libertad para decir cosas distintas”.

¿Tienen más tiempo en verano? Reza el Padrenuestro con sus peticiones. Te hará bien.

+ Braulio Rodríguez Plaza. Arzobispo de Toledo, Primado de España

 

 

La familia educa mejor

   La Familia basada en el matrimonio, la unión estable y comprometida de un hombre y una mujer, es de origen natural y muy anterior a los Estados e independiente de las ideologías y las creencias. Como algo vivo que es ha sufrido cambios y las relaciones entre sus miembros han evolucionado. Sin embargo lo permanente se mantiene.   La familia es un bien social que debe ser protegido y potenciado y ello no supone ninguna falta de respeto hacia quienes eligen otras formas de convivencia. Lo que es una falta de respeto y de sentido común es pretender que lo diferente sea igual.   
   Cada vez hay más y mejores estudios científicos que demuestran las ventajas que para los hijos supone que sus padres estén casados y sus familias no hayan sido rotas .   
   Family Facts es una Fundación norteamericana que promueve la familia. Me maravilla cómo los norteamericanos saben conjugar con maestría el estudio serio con la divulgación. Son unos maestros de la apologética. Family Facts ha publicado un estudio en el que resume en diez las ventajas de las Familias estables:   
   1. Los niños criados en familias intactas tienen, como media, mejores resultados académicos, más salud emocional y menos problemas de comportamiento.   
   2. Los padres de familias intactas pasan, como media, más tiempo con sus hijos   
   3. Los adolescentes que cenan con su familia tienen menos riesgo de fumar, beber y drogarse   
   4. Los adolescentes de familias intactas tienen menos riesgo de implicarse en sexo prematuro   
   5. Los niños criados en familias intactas por padres felizmente casados tienden a ser más religiosos en la edad adulta.   
   6. Los niños criados en familias intactas tienen más probabilidad de tener relaciones sentimentales más sanas y estables en la edad adulta   
   7. Las familias intactas tienen más probabilidad de ofrecer un hogar seguro a los niños   
   8. Las madres casadas tienden a crear un mejor ambiente doméstico para sus hijos    
   9. Las madres casadas tienen menos riesgo de sufrir abusos y violencia   
   10. Los padres casados tienen mayor bienestar psicológico  


 Aníbal Cuevas

 

 

Los niños necesitan un papá y una mamá biológicos

    Las Ciencias Sociales lo confirman.
    Circulan muchos estudios parciales que dicen que no hay diferencia en la crianza de un niño entre padres del mismo sexo y de diferentes sexos, y estos son los que usa el lobby homosexual para hacer avanzar su causa. Pero hay estudios, con muestras más grandes y más completos, que señalan que los hijos de padres del mismo sexo tienen peores rendimientos en muchos aspectos que los criados por su padres biológicos.
   Un grupo de profesores de ciencias sociales presentaron la investigación académica que muestra la necesidad del niño de una madre y un padre casados, en un escrito presentado ante el Tribunal Supremo.
    DEFICIENCIA DE LOS ESTUDIOS PARCIALES
   El informe demuestra que cuando se trata de la paternidad del mismo sexo, no tenemos estudios adecuados. El fenómeno es demasiado nuevo y demasiado pocos los casos para que los estudios sean fiables y mucho menos concluyentes.
   Estudios recientes, que afirman que los niños criados en hogares homosexuales “no son diferentes” de aquellos criados en hogares tradicionales, presentan graves deficiencias:
   La gran mayoría de estos estudios se basaron en muestras de menos de 100 padres (o hijos), y por lo general únicamente representan a personas con una buena educación, mujeres blancas (padres), y a menudo con ingresos elevados.
   Estos son apenas una muestra representativa de una parte de la población de lesbianas y gays que crían niños, y por lo tanto no constituyen una base suficiente para hacer afirmaciones generales acerca de los resultados del niño en las estructuras parentales del mismo sexo.
   Esta metodología defectuosa se presta a conclusiones erróneas que no muestran diferencias entre los grupos.
    ESTUDIOS MAS GRANDES Y CON MEJOR METODOLOGÍA MUESTRAN OTRA COSA

   Sin embargo, los estudios que utilizan muestras de mayor tamaño y métodos más robustos han puesto la tesis de “no hay diferencia” en duda.
   Un estudio reciente, utilizando un gran muestra poblacional al azar, halla que los niños criados por padre y madre casados lo hicieron mucho mejor en la educación y el empleo que los de otras parejas – personas del mismo sexo – y eran menos propensos a sufrir de depresión y uso de drogas. Ellos eran menos propensos a ser víctimas de abuso sexual, recibir asistencia social, tener una aventura, o cohabitar.
    NO ES SIMPLEMENTE DOS PADRES PRESENTES SINO UNA PAREJA DE HOMBRE Y MUJER

   Lo que sí sabemos, fiable y concluyentemente, es que las mamás y los papás biológicos casados ??importan para los niños. Como dice el resumen:
   No es simplemente la presencia de dos padres… sino la presencia de dos padres biológicos lo que parece apoyar el desarrollo de los niños…. Los expertos han sostenido que tanto las madres como los padres hacen contribuciones únicas a la crianza de los hijos.
   Los profesores presentan una gran cantidad de becas que demuestran que la maternidad y la paternidad son diferentes:
   La madre juega un papel crítico en el desarrollo neuronal de los niños, la comunicación, la sensación de seguridad, resolución de problemas, comprender y responder a los sentimientos y vínculos sociales con amigos y familiares.
   La participación del padre está relacionada con resultados positivos en la educación, la salud física y la prevención de la delincuencia juvenil. Los niños que “pelean con sus padres” aprenden que cierto comportamiento violento es inaceptable. Los padres fomentan la exploración y desalientan en los chicos la “masculinidad compensatoria cuando ellos rechazan y denigran todo lo que es femenino y en su lugar se enganchan en un conducta dominante y violenta”.
   Incluso el propio presidente Obama declaró enfáticamente que los niños necesitan padres para mantenerlos en la escuela, fuera de la pobreza, y de la prisión. El Presidente Obama concluyó lamentando que
   “los cimientos de nuestra comunidad son más débiles debido a que se carece de padres involucrados”.
    LAS VENTAJAS ÚNICAS DEL MATRIMONIO PARA CRIAR A LOS HIJOS
   Pero la redefinición del matrimonio niega la importancia de las madres y padres actuando en conjunto, y las parejas del mismo sexo, como puntualizan los profesores “por definición, excluye o a una madre o a un padre”.
   La preocupación no es si las parejas homosexuales pueden hacer “calificados y exitosos esfuerzos en la crianza de los niños”: es que “siguen habiendo ventajas únicas de una estructura de crianza que consiste en una madre y un padre”.
   El matrimonio, como los académicos escriben: “es un ambiente ideal para criar a los hijos“.
   Y es esta definición del matrimonio la que debe promover el estado porque le da ventajas y seguridad a las personas.

 

 

Canonistas sobre el secreto de confesión: "Iremos a la cárcel, pero el sigilo sacramental es una línea roja"

El Vaticano reafirma la inviolabilidad del sacramento de la penitencia ante la preocupación por algunas leyes civiles que pretenden romper esta norma de la Iglesia

El Papa Francisco, confesándose.

photo_cameraEl Papa Francisco, confesándose.

 

El cardenal Mauro Piacenza ha explicado a Vatican News la Nota de la Penitenciaría Apostólica sobre el secreto de confesión, la importancia del fuero interno y la inviolabilidad del sigilo sacramental. "El sacerdote no es el maestro de la confesión, sino que actúa en nombre de Dios". "Ninguna acción política o iniciativa legislativa puede forzar la inviolabilidad del sigilo sacramental", ha manifestado. 

El Cardenal Piacenza recuerda las palabras del Papa Francisco hablando del sacramento de la Reconciliación, el pasado 29 de marzo, quien afirmó: “El penitente debe tener la certeza, en todo momento, de que la conversación sacramental permanecerá en el secreto de la confesión, entre su propia conciencia, que se abre a la gracia de Dios, y la necesaria mediación del sacerdote. El sigilo sacramental es indispensable y ningún poder humano tiene jurisdicción sobre él, ni puede reclamarlo”.

Línea roja

Al respecto, canonistas españoles consultados por Religión Confidencial aplauden esta iniciativa y afirman: "El secreto de confesión es una línea roja". 

Las mismas fuentes explican que esta Nota de la Penitenciaria Apostólica ha sido necesaria porque la Iglesia está muy preocupada por las distintas legislaciones civiles que pretenden romper con esta norma de la Iglesia. "Iremos a la cárcel pero no podemos romper el sigilo sacramental", afirman los sacerdotes canonistas consultados por RC. 

Así mismo, recuerdan que los dos niveles máximos de secreto profesional se dan entre los abogados, obligados a no revelar la información de sus clientes, y los ministros religiosos, ya sean clérigos, sacerdotes, o monjas. 

Otra cosa es lo que ocurre fuera del sacramento de la Penitencia. "Cuando una persona me cuenta algo y me dice: esto es como si fuera secreto de confesión, le tenemos que decir que hay una diferencia. Si tenemos conocimiento de algún hecho delictivo, como es un abuso a menores, el sacerdote o clérigo tiene que realizar un juicio moral personal y discernir cuál es el mal mayor: o romper la confidencialidad y transmitirlo a las autoridades, o respetar esa confidencia y permitir que se siga cometiendo ese delito", explican. 

En cuánto a lo que pueden opinar algunas instancias judiciales sobre si el sacerdote está encubriendo un abuso a menores por no revelar el secreto de confesión, las fuentes consultadas por RC matizan: "La Iglesia ha encubierto cuando conocía estos abusos por otras vías que no fuera la confesión". 

En esta línea, la Santa Sede está insistiendo a los clérigos y religiosos, o profesores de religión, en comunicar a las autoridades si tienen el conocimiento de que se está produciendo algún tipo de abuso sexual, siempre y cuando ese conocimiento se produzca fuera del sacramento de la penitencia. 

Lo que les parece ir en contra de la libertad religiosa es lo que pretenden algunas leyes propuestas en Estados Unidos incluso en España, las cuales instan a denunciar cualquier sospecha de abuso, medida demasiado discriminatoria y poco acertada, que además podría provocar denuncias falsas contra personas inocentes. 

 

 

¿Tienes un plan “b” en tu vida?

Lucía Legorreta

Cuando el mundo que habíamos conocido se viene abajo, no queda más remedio que sacudirnos el polvo y construir una nueva realidad con lo que tengamos a mano.

Optimismo

Todos hemos experimentado esta realidad: la vida es un cambio, a veces nos gusta y otras nos toma por sorpresa. La vida que llevamos no es la única posible, ante un golpe hay que evitar el riesgo de quedar paralizado.

Pensemos que nuestra vida es un barco, en tiempos tormentosos como los presentes es importante contar con un plan B por si la nave no puede mantener el rumbo que nos habíamos fijado.

Y viene una buena noticia, cuando sucede la catástrofe, casi siempre descubrimos que la alternativa es mejor. Los expertos en organización recomiendan: “cuando acontece cualquier crisis, es de suma importancia responder con rapidez, tienes que abordar el problema frontalmente”.

Claro que para que la respuesta sea rápida y útil, lo óptimo es no tener que improvisar sobre la marcha, no conviene hacer experimentos y probar cosas nuevas, puede ser doloroso.

Por eso merece la pena plantearnos previamente que haríamos si….

- perdiéramos nuestro empleo, o incluso si el sector en el que ahora trabajas deja de ser una opción laboral.

- nuestra pareja dejara de estar con nosotros.

- no nos resultara posible mantener nuestra casa actual.

- una enfermedad nos obligara a bajar el ritmo de vida que llevamos.

Las empresas le denominan el peor escenario posible. Puede sonarte un poco drástico lo que te propongo, sin embargo, resulta muy útil. El haber pensado en una alternativa ante un cambio en nuestra vida, nos hará que cuando llegue, y si es que llega, estemos preparados.

Y porque no decirlo, muchas veces un giro en nuestra vida, resulta que se convierte en una gran oportunidad. Veamos algunos ejemplos:

- Un despido laboral que provoca un cambio más satisfactorio o que se convierte en una vía hacia un negocio propio.

- Una ruptura emocional que nos permite conocer a otra persona con la cual congeniamos mejor.

- Una enfermedad que nos obliga a un cambio de hábitos, que deriva en una existencia con más optimismo y vitalidad.

- Una discusión que deja al descubierto nuestros miedos y carencia, con lo que entendemos cuáles son nuestros puntos débiles y como nos relacionamos con los demás.

- Una ruina económica que nos impulsa a llevar una vida más auténtica y un estilo de finanzas más sostenible.

Como bien dice un proverbio: “Si te caes siete veces, levántate ocho”.

Lógicamente para convertir un plan B en una gran oportunidad debemos tener una actitud combativa y optimista, ya que si nos gana la autocompasión: siempre me pasa a mí…todo me sale mal…de esta situación ya no podré salir…, habremos perdido definitivamente la partida.

Debo aclararte que no se trata de provocar pensamientos negativos de lo que puede sucederte en tu vida, ya que como lo hemos platicado en otras ocasiones, estos afectan a la salud física y psicológica de cualquier de nosotros.

Se trata de plantearnos alternativas por si algo sucediera en tu vida. Una vez que los has hecho, verás que no está tan mal y vivirás más tranquilo. Reflexiona y hazlo a un lado, guárdalo en un cajón mental por si llega a suceder.

La herramienta esencial para encontrar un nuevo rumbo es la actitud. La aptitud nos enseña a gobernar la nave, pero la actitud nos permite seguir remando en medio de la tormenta.

No podemos cambiar nuestro pasado ni cómo actuará la gente. No podemos cambiar lo inevitable. Lo único que podemos es jugar con lo que tenemos, y eso es nuestra actitud. Los especialistas afirman que la vida es el 10% lo que te pasa, y el 90% es como reaccionas ante ello.

Cuando el mundo que habíamos conocido se viene abajo, no queda más remedio que sacudirnos el polvo y construir una nueva realidad con lo que tengamos a mano.

Hace más de un siglo nos decía Mark Twain: “El secreto para salir adelante es empezar. Y el secreto para empezar es dividir esa tarea que parece abrumadoramente compleja en pequeñas metas y empezar sin más demora por la primera”.

Te invito a pensar: que sería lo peor que podría pasarme si…ocurren diversos cambios en tu vida, y verás que ese Plan B no es tan difícil como parece, y que probablemente te lleve a conocer y vivir nuevas oportunidades que nunca pensaste.

 

 

El cristianismo, perseguido

Aunque con características distintas a las de otras latitudes, también en Europa y, por supuesto en España, existe una persecución constante y grave al cristianismo que, según algunos, debería de estar relegado a las sacristías.

Los recientes acontecimientos en Sri Lanka, han conmocionado a la sociedad por lo que suponen de tragedias personales e incluso por lo que indican de desprecio a las libertades fundamentales de cualquier individuo.

Que unos ciudadanos pierdan la vida en una iglesia, sea de la confesión que sea, por el mero hecho de expresar públicamente sus convicciones religiosas, es uno de los acontecimientos más abominables que pueden darse en una sociedad que se llama moderna y democrática.

Pero ocurre que no es necesario fijar la mirada en países y regiones en los que la mezcla de creencias puede llevar, en la práctica, a tales tragedias que, por otra parte, corroboran las estadísticas que indican que el cristianismo es la religión más perseguida en el mundo.

Suso do Madrid

 

 

¿UNA EDUCACION DEFICIENTE ENGENDRA VIOLENCIA?

Son ya más de mil las mujeres muertas por violencia de género. Cada vez que se repite esta tragedia, se convoca un minuto de silencio en señal de duelo. Esa reacción es lógica, pero  insuficiente. Estas muertes revelan que en nuestra sociedad existe un problema humano de gran calado: que hay muchas familias rotas, con el padre y la madre cada uno por su lado, y los hijos... Ante este fenómeno que por su magnitud alcanza dimensiones sociológicas, además de expresar solidaridad post mortem con las víctimas, ¿no sería también conveniente intentar averiguar sus causas? Hoy, desde el parvulario hasta la universidad, ¿en qué valores se educa a los niños/as, adolescentes y jóvenes? Porque ni es oro todo lo que reluce, ni es Educación  todo lo que se enseña bajo esa etiqueta. Por ejemplo, en  “Educación sexual” se advierten cosas extrañas. No se educa en valores como la generosidad, la responsabilidad, el respeto a la dignidad de la persona, etc., sino que sus contenidos sólo describen, en clave hedonista, aspectos mecánicos del funcionamiento genital, donde lo más aproximado a educación son recomendaciones higiénicas para evitar enfermedades de transmisión sexual, y de paso alecciona también en que el embarazo se debe evitar, como si también fuese una enfermedad, en lugar de valorarlo como la fase inicial del desarrollo de una vida humana. Tampoco enseñan a valorar que la persona con quien se mantiene relación sexual no es un objeto de usar  tirar; ni se enseña que esa relación, salvo que se tenga el alma estragada, conlleva asumir la responsabilidad de las consecuencias que originan, entre otras, desencadenan un proceso de sentimientos afectivos que precisa delicadas atenciones, y  que si estas se descuidan es probable que se originen frustración, depresiones, ...etc. Estos y otros aspectos trascendentes, coma la responsabilidad de los propios actos, no son tenidos en cuenta en esa educación de hoy. Mientras, suma y sigue el número de víctimas, que no cesa a pesar de los repetidos minutos de silencio.

 José Murillo Berges.

 

 

Libertad religiosa

En nuestros días estamos viendo que tanto el fundamentalismo como el relativismo desafían el ejercicio sustancial de la libertad religiosa en el mundo. El primero porque supone la instrumentalización de la religión por parte de ideologías totalitarias que pretenden justificar la violencia con motivos pretendidamente religiosos. Pero también en las democracias liberales se ha extendido un concepto de neutralidad ambiguo, que muchas veces esconde un laicismo que pretende expulsar lo religioso del ámbito público. El documento reivindica el bien que supone el ejercicio de la libertad religiosa para la construcción y el enriquecimiento de la ciudad común, y también reconoce la necesidad de un discernimiento de la autoridad pública respecto de las diversas formas de experiencia religiosa.

Jesús Domingo Martínez

 

 

INTERNET, LOS ESCLAVOS, EL GOBIERNO Y LOS BANCOS

 

                                Pienso que la invasión del, “Internet”, ya es una plaga peligrosa para el ser humano; y lo es por “cuanto todo lo que apetece demasiado termina perjudicando al hombre, puesto que hasta la insustituible agua, en demasía ahoga y mata”; por tanto y como ya dejaron escrito los sabios griegos… “nada en exceso”; pero ya no es sólo la adicción del “mono humano”, a tan modernísimo invento; sino que los gobiernos y los avarientos del dinero, los bancos; nos quieren esclavizar y someternos a sus dictados, eliminando el insustituible trato humano; e igualmente, suprimiendo millones y millones puestos de trabajo, que canallescamente, dejan a inmensas multitudes sin trabajo; puesto que “esa infernal máquina unida a otras muchas”; no ha previsto sustituciones para emplear la mano de obra que destruye; y el que sólo tiene, “esa mano de obra como único capital”, tiene que terminar muchas veces, como paria, parásito o mendigo, de una sociedad, que a lo sumo, le dará de comer por caridad y nada más.

                                Lo que digo en mi apretado preámbulo, lo puede ver y comprobar cualquiera que, “mueva un poco sus neuronas; y se fije, en la realidad que nos rodea”; no se necesita mucha inteligencia para verlo y ampliarlo cada cual, según su caletre.

                                Veamos cómo “grandes y chicos y de todos los niveles que sepamos averiguar”; ya van pegados a su artilugio moderno; y desde que se levantan hasta que se acuestan (algunos puede que también en el inquieto sueño-insomnio)no paran de fijar su vista, en “su aparatito”, mientras ya encelados, pulsan y pulsan, no sé qué tan grandes atractivos, que incluso y ya como enfermedad (algunos) han de someterse a los nuevos médicos, en estas nuevas enfermedades, que al final y si no se racionaliza el uso, van a terminar por convertir “al mono humano”, en “una pieza más”, de tan alta tecnología, que intuyo es lo que algunos perversos quisieran, para así tener mucho mejor dominado a ese “pobre mono”, que carente de decisión individual, se auto somete a una esclavitud idiota por cuanto terminará por atrofiar su propio y maravilloso cerebro. Ya la tan celebrada súper tecnología, ha llegado a grados tan altísimos, que creo sinceramente que hay que auto controlarse y no dejarse llevar por ella, si de verdad queremos progresar como seres humanos; puesto que como escribí hace mucho tiempo en relación al dinero, esto es lo mismo, o sea… “Es un medio no un fin y por tanto hay que emplearlo con esa inteligencia que definen esas dos palabras, puesto que medio es ponerlo a nuestro servicio individual y fin, es, todo lo contrario; o sea pasar a su servicio como esclavo”.

                                Como denuncia de cuanto digo, es por ejemplo, cómo quiere esclavizarnos el gobierno, pretendiendo que en vez de ser atendidos, por “los ejércitos de empleados que mantenemos con nuestros impuestos”; llegas a una ventanilla o mostrador a pedir un servicio (que es público no olvidemos ello) y escuetamente el empleado de turno, te dice que “lo saques de Internet”; cosa que aunque sepas y puedas (muchísimos no estamos capacitados para ello) no tienes el por qué estar sometido a esta nueva carga, de en general, inútiles gobiernos, que más que gobernar, lo que hacen es abusar del gobernado. Peor aún (si cabe) es cuando vas a un banco, donde ya han eliminado a la mayoría de los antes empleados que te atendían cordialmente y sin prisas; y allí, “el ya autómata que te recibe”; fríamente te manda a la máquina de la ya enfermiza, “ordenadomanía” y con ello, te sitúan como un empleado más, que al servicio del dinero y gran capital, y al que ordenan fríamente y no le pagan nada por ese servicio, que es un trabajo gratuito, para ese infernal dinero, que ya te cobra hasta por pisar las oficinas, aparte de por guardarte el dinero, que luego ellos prestan a los intereses que les da la gana, puesto que dominando los sistemas de gobierno, se han convertido en los verdaderos tiranos políticos, que todo lo controlan o quieren controlar.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes