Las Noticias de hoy 01 Julio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 01 de julio de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: “La urgencia de comunicar el Evangelio no admite demoras”

Ola de calor: El Papa reza por los que sufren del calor

Domingo, 30 de junio de 2019

EL VALOR DE UN JUSTO: Francisco Fernandez Carbajal

Quiso experimentar la fatiga y el cansancio": San Josemaria

El Amor que abraza el mundo (La creación, II): Marco Vanzini / Carlos Ayxelá

El secreto de la vida; José Martínez Colín

Sobre protección de los niños, un compromiso renovado: Monseñor José H. Gomez

Ideas claras sobre el sacerdocio: Miguel Ponce y Nicolás Álvarez de las Asturias

¿Enseñar o dialogar en la Amazonía?: Ernesto Juliá

San Pío X, el gran luchador contra la herejía modernista: Plinio Corrêa de Oliveira

El nuevo feminismo del Papa: Mary Ann Glendon

 Tercer round: Jorge Hernández Mollar

La angustia de ser padres:    José María Lahoz García Pedagogo

Personalidad y educación: Valentín Martínez-Otero

Atención hospitalaria y valores cristianos: Suso do Madrid

Los sirios: José Morales Martín

No es justo juzgar: Xus D Madrid

Tener hijos… no tener hijos: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Ángelus: “La urgencia de comunicar el Evangelio no admite demoras”

Palabras del Papa antes de la oración mariana

junio 30, 2019 13:16Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli, Papa Francisco

(ZENIT – 30 junio 2019).- A las 12 del mediodía de hoy, 13º domingo del tiempo ordinario, el Santo Padre Francisco desde la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano se dirige a los peregrinos y fieles reunidos en la Plaza San Pedro para recitar el Ángelus.

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de hoy (cf. Lc 9, 51-62), san Lucas comienza el relato del último viaje de Jesús a Jerusalén, que concluirá en el capítulo 19. Es una larga marcha no sólo geográfica sino espiritual y teológica una marcha hacia el cumplimiento de la misión del Mesías. La decisión de Jesús fue total, y los que le siguieron fueron llamados a medirse con Él. El evangelista presenta hoy tres personajes -tres casos de vocación, podríamos decir- que ponen de relieve lo que se pide a quien quiere seguir a Jesús hasta el final, totalmente.

El primer personaje le promete: “Te seguiré dondequiera que vayas”. (v. 57). Pero Jesús responde que el Hijo del Hombre, a diferencia de los zorros que tienen madrigueras y los pájaros que tienen nidos, “no tiene donde reclinar la cabeza” (ver 58), la pobreza absoluta de Jesús. Jesús, de hecho, dejó la casa de su padre y renunció a toda seguridad para anunciar el Reino de Dios a las ovejas perdidas de su pueblo. Así Jesús señaló a sus discípulos que nuestra misión en el mundo no puede ser estática, sino itinerante. El cristiano es un itinerante. La Iglesia por su naturaleza está en movimiento, no es sedentaria y no se queda tranquila en su propio recinto. Está abierta a los horizontes más amplios, enviada, la Iglesia es enviada a llevar el Evangelio a las calles y llegar a las periferias humanas y a asistenciales. Este es el primer personaje.

El segundo personaje con el que Jesús se encuentra recibe la llamada directamente de Él, pero responde: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre” (v. 59). Es una petición legítima, basada en el mandamiento de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20,12). Sin embargo, Jesús responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos” (v. 60). Con estas palabras, deliberadamente provocadas Él tiene la intención de reafirmar la primacía del seguimiento y la proclamación del Reino de Dios, incluso por encima de las realidades más importantes, como la familia. La urgencia de comunicar el Evangelio, que rompe la cadena de la muerte e inaugura la vida eterna, no admite demoras, pero requiere inmediatez y disponibilidad, es decir, la Iglesia es itinerante, pero también la Iglesia es decidida, va con prontitud, al momento, sin esperar.

El tercer personaje también quiere seguir a Jesús pero con una condición, después de haber ido a despedirse de sus parientes, por eso se escucha decir al Maestro: “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (v. 62). Seguir a Jesús excluye las nostalgias y las miradas hacia atrás, sino que requiere la virtud de la decisión.

La Iglesia para seguir a Jesús es itinerante, con prontitud, enseguida lo hace y decidida. El valor de estas tres condiciones planteadas por Jesús – itinerancia, prontitud y decisión – no radica en una serie de dichos de “no” a las cosas buenas e importantes de la vida. El acento, más bien, debe ser colocado sobre el objetivo principal: ¡llegar a ser discípulo de Cristo! Una elección libre y consciente, hecha por amor, para corresponder a la gracia inestimable de Dios, y no hecha de una manera de promoverse a sí mismo. Esto es triste, atención a aquellos que piensan que están siguiendo a Jesús para promoverse a sí mismos, es decir, para hacer carrera, para sentirse importantes o adquirir un puesto de prestigio. Jesús quiere que sean apasionados de él y del Evangelio. Una pasión del corazón que se traduce en gestos concretos de proximidad, de cercanía a los hermanos más necesitados de acogida y cuidados. Como él mismo lo vivió.

Que la Virgen María, icono de la Iglesia en camino, nos ayude a seguir con alegría al Señor Jesús y proclamar a nuestros  hermanos y hermanas, con renovado amor, la Buena Nueva de la salvación.

 

 

Ola de calor: El Papa reza por los que sufren del calor

Palabras del Papa después del Ángelus

junio 30, 2019 17:26Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli, Papa Francisco

(ZENIT – 30 junio 2019).- En el Ángelus de este 30 de junio de 2019, el Papa Francisco oró “por todos aquellos que en estos días han sufrido mas las consecuencias del calor: enfermos, ancianos, personas que tienen que trabajar al exterior “Que nadie sea abandonado o explotado”.

En sus saludos después de la oración mariana en la Plaza de San Pedro, también deseó a todos los trabajadores “un período de descanso durante el verano, que pueda beneficiarlos a ellos y a sus familias”.

AK

Palabras del Papa después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas!
En las últimas horas hemos visto un buen ejemplo de una cultura de encuentro en Corea. Saludo a los protagonistas, orando para que este gesto significativo constituya un paso más en el camino de la paz no sólo en esa península, sino en beneficio de todo el mundo.

En este último día de junio, deseo a todos los trabajadores que durante el verano puedan tener un periodo de descanso que les beneficiará a ellos y a sus familias.

Rezo por los que más han sufrido las consecuencias del calor estos días: los enfermos, personas mayores, personas que tienen que trabajar al aire libre, en obras de construcción…. Que nadie sea abandonado o explotado.

Y ahora dirijo mi cordial saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos: familias, grupos parroquiales, asociaciones. Saludo en particular al grupo de Hermanas de Santa Isabel y a los peregrinos que vinieron en bicicleta de Sartirana Lomellina. Veo que hay muchos polacos…. Saludo a los polacos. ¡Bravo!

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y adiós.

 

Domingo, 30 de junio de 2019

En  el Evangelio de hoy (cfr. Lc 9,51-62) San Lucas da inicio al relato del último viaje de Jesús a Jerusalén, que culminará en el capítulo 19. Es una larga marcha no solo geográfica y espacial, sino espiritual y teológica hacia el cumplimiento de la misión del Mesías. La decisión de Jesús es radical y total, y cuantos le siguen están llamados a medirse por ella. El Evangelista nos presenta hoy tres personajes –tres casos de vocación, podríamos decir– que aclaran cuánto se pide a quien quiera seguir a Jesús a fondo, totalmente.
 
El primer personaje le promete: «Te seguiré adonde quiera que vayas» (v. 57). ¡Generoso! Pero Jesús responde que el Hijo del hombre, a diferencia de las zorras que tienen sus madrigueras y los pájaros que tienen sus nidos, «no tiene dónde reclinar la cabeza» (v. 58). La pobreza absoluta de Jesús. Jesús, de hecho, dejó la casa paterna y renunció a toda seguridad para anunciar el Reino de Dios a las ovejas perdidas de su pueblo. Así Jesús nos indica a sus discípulos que nuestra misión en el mundo no puede ser estática, sino itinerante. El cristiano es un itinerante. La Iglesia por naturaleza está en movimiento, no se queda sedentaria y tranquila en su recinto. Está abierta a los más vastos horizontes, enviada –¡la Iglesia es enviada!– a llevar el Evangelio por las calles y llegar a las periferias humanas y existenciales. Ese es el primer personaje.
 
El segundo personaje que Jesús encuentra recibe directamente de Él la llamada, pero responde: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre» (v. 59). Es una petición legítima, fundada en el mandamiento de honrar al padre y a la madre (cfr. Ex 20,12). Sin embargo Jesús replica: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (v. 60). Con estas palabras, claramente provocativas, pretende afirmar el primado del seguimiento y del anuncio del Reino de Dios, incluso sobre las realidades más importantes, como la familia. La urgencia de comunicar el Evangelio, que rompe la cadena de la muerte e inaugura la vida eterna, no admite retrasos, sino que requiere prontitud y disponibilidad. Así pues, la Iglesia es itinerante, y aquí la Iglesia es decidida, actúa de prisa, al momento, sin esperar.
 
El tercer personaje quiere también seguir a Jesús pero con una condición: lo hará después de ir a despedirse de sus parientes. Y este oye decir al Maestro: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios» (v. 62). Seguir a Jesús excluye lamentos y miradas atrás, requiere la virtud de la decisión.
 
La Iglesia, para seguir a Jesús, es itinerante, actúa en seguida, de prisa, y decidida. El valor de estas condiciones puestas por Jesús –vida itinerante, prontitud y decisión– no está en una serie de “noes” dichos a cosas buenas e importantes de la vida. El acento, más bien, se pone en el objetivo principal: ¡ser discípulo de Cristo! Una elección libre y consciente, hecha por amor, para corresponder a la gracia inestimable de Dios, y no hecha como un modo de promoverse a uno mismo. ¡Es triste esto! Ay de los que piensan seguir a Jesús para subir, para hacer carrera, para sentirse importantes o conseguir un puesto de prestigio. Jesús nos quiere apasionados de Él y del Evangelio. Una pasión del corazón que se traduce en gestos concretos de proximidad, de cercanía a los hermanos más necesitados de acogida y de atención. Justo como Él mismo vivió.
 
Que la Virgen María, imagen de la Iglesia en camino, nos ayude a seguir con alegría al Señor Jesús y a anunciar a los hermanos, con renovado amor, la Buena Noticia de la salvación.

Ángelus. Domingo, 30 de junio de 2019

 

 

EL VALOR DE UN JUSTO

— Por diez justos, Dios habría perdonado a miles de habitantes de dos ciudades.

— Nuestra participación en los infinitos méritos de Cristo.

Como luceros en el mundo.

I. La Sagrada Escritura nos muestra a Abrahán, nuestro padre en la fe, como un hombre justo en el que Dios se alegró de una manera muy particular y a quien hizo depositario de las promesas de redención del género humano. La Epístola a los Hebreos habla con emoción de este santo Patriarca y de todos los hombres justos del Antiguo Testamento que murieron sin haber alcanzado las promesas, sino viéndolas y saludándolas desde lejos1, con un gesto lleno de alegría. «Es una comparación –comenta San Juan Crisóstomo– sacada de los navegantes que, cuando ven de lejos las ciudades a donde se dirigen, sin haber entrado aún en el puerto, lanzan saludos emocionados»2.

Aunque no llegaron a ser poseedores en esta vida de la redención prometida, ni participaron de la unión que nosotros podemos tener con el Hijo Unigénito de Dios, Yahvé los trató como amigos íntimos y confió en ellos plenamente; por su fe y su fidelidad se olvidó muchas veces de los errores de otros. Muchos hombres se salvaron porque fueron amigos de estos «amigos de Dios». Cuando Dios dispuso la destrucción de Sodoma y de Gomorra a causa de sus muchos pecados, se lo comunicó a Abrahán3, y este se sintió solidario de aquellas gentes. Entonces se acercó Abrahán y dijo a Dios: ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta justos en la ciudad, ¿los destruirás?, ¿no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él?, le dice lleno de confianza. Y Dios le responde: Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a todo el lugar por amor de ellos. Pero no se encontraron estos cincuenta justos. Y Abrahán hubo de ir bajando la cifra de los hombres santos: ¿Y si hubiera cinco menos, es decir, cuarenta y cinco? Y el Señor le dice: No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco hombres justos. Pero tampoco los había. Y Abrahán seguía intercediendo ante el Señor: ¿Y si solo hubiese cuarenta?..., ¿treinta?..., ¿veinte?... Finalmente, se vio que no había ni diez hombres justos en aquella ciudad. El Señor había dicho a la última petición de Abrahán: Si hay diez, tampoco la destruiré. ¡Por el amor de diez justos, Dios habría perdonado todo el lugar! ¡Tanto es el valor de las almas santas ante los ojos del Señor! ¡Tanto está dispuesto a realizar por ellas!

Con frecuencia se habla en la Sagrada Escritura de la solidaridad en el mal, en el sentido de que el pecado de unos puede dañar a toda la comunidad4. Pero Abrahán invierte los términos: pide a Dios que, ya que estima tanto la justicia de los santos, estos sean la causa de bendiciones para todos, aunque muchos sean pecadores. Y Dios acepta este planteamiento del Patriarca.

Nosotros podemos meditar hoy en la alegría y en el gozo de Dios cuando procuramos serle fieles. En el valor que pueden tener nuestras obras cuando las hacemos por Dios, aun las más ocultas, las que parece que nadie ve y que quizá no tendrán «aparentemente» ninguna trascendencia: Dios da mucho valor a las obras de quienes luchan por la santidad. Dios se goza en los santos; y por ellos su misericordia y su perdón se derraman sobre otros hombres que de por sí no lo merecen. Es un misterio maravilloso, pero real, el que Dios se goza en las personas que caminan hacia la santidad.

II. Con Jesucristo se cumplirá lo que había sido anunciado: por la muerte de uno solo podrán salvarse todos5. El misterio de la solidaridad humana alcanza en Cristo una plenitud insospechada. Nada ha sido ni será jamás, con una distancia infinita, tan agradable a Dios como el ofrecimiento –el holocausto– que Jesús hizo de su vida por la salvación de todos, y que culminó en el Calvario: «para que se diese en la tierra, en un alma humana, un acto de amor de Dios de valor infinito, era necesario que esa alma humana fuera la de una Persona divina. Tal fue el alma del Verbo hecho carne: su acto de amor tomaba en la Persona divina del Verbo un valor infinito para satisfacer y para merecer»6.

Enseña Santo Tomás de Aquino que Jesucristo ofreció a Dios más de lo que exigiría la justa compensación de la ofensa inferida por todo el género humano. Y esto se cumplió: por la grandeza del amor con que padecía; por la dignidad de la Vida que entregaba en satisfacción por todos, pues era la vida del Dios-Hombre; por la enormidad del dolor que padeció...7. «Mayor fue la caridad de Cristo paciente que la malicia de los que le crucificaron, y por eso pudo Cristo satisfacer más con su Pasión que ofender los que le crucificaron dándole muerte, hasta tal punto que la Pasión de Cristo fue suficiente y sobreabundante por los pecados de los que le crucificaron»8, y por los de todos los hombres de todos los tiempos, tanto los personales como el pecado original de todas las almas, «como si un médico preparara una medicina con la que pueden curarse cualesquiera enfermedades aun en el futuro»9.

Jesucristo ha dado plena satisfacción al amor eterno del Padre10. Así lo ha enseñado siempre la Iglesia11. El amor de Cristo muriendo por nosotros en la Cruz agradaba a Dios más de lo que pueden desagradarle todos los pecados de todos los hombres juntos. Y en la medida en que vamos identificando nuestra voluntad con la del Señor, nos apropiamos los méritos de Cristo. ¡Reparamos a Dios haciendo nuestros el amor y los méritos de su Hijo! Aquí se fundamenta el valor incomparable que un solo hombre santo tiene para Dios. Aunque son muchos los pecados que se cometen cada día, ¡hay también muchas almas que, pese a sus miserias, desean agradar a Dios con todas sus fuerzas!

No importa si nuestra vida no tiene una gran resonancia externa; lo que importa es nuestra decisión de ser fieles, al convertir los días de la vida en una ofrenda a Dios. Quien sabe mirar a su Padre Dios, quien le trata con la confianza y amistad de Abrahán, no cae en el pesimismo, aunque el empeño constante por servir al Señor no dé resultados externos de los que uno pueda ufanarse. ¡Qué engaño tan grande cuando el diablo intenta que el alma se llene de pesimismo ante resultados aparentemente escasos, y, en cambio, el Señor está contento, a veces muy contento, por la lucha diaria puesta, por el recomenzar continuo!

«“Nam, et si ambulavero in medio umbrae mortis, non timebo mala” –aunque anduviere en medio de las sombras de la muerte, no tendré temor alguno. Ni mis miserias, ni las tentaciones del enemigo han de preocuparme, “quoniam tu me cum es”– porque el Señor está conmigo»12. Siempre has estado presente en mi vida, Señor.

III. En atención a los diez no la destruiré. ¡Habrían bastado diez justos! Las personas santas compensan con creces todos los crímenes, abusos, envidias, deslealtades, traiciones, injusticias, egoísmos... de todos los habitantes de una gran ciudad. Por nuestra unión al sacrificio redentor de Jesucristo, Dios mirará con especial compasión a familiares, amigos, conocidos... que quizá se extraviaron por ignorancia, por error, por debilidad, o porque no recibieron las gracias que nosotros hemos recibido. ¡Cuántas veces tendremos ese amistoso y afable regateo con Jesús, semejante al que tuvo Abrahán con Yahvé! Mira, Señor –le diremos–, que esta persona es mejor de lo que manifiesta, que tiene buenos deseos... ¡ayúdala! Y Jesús, que conoce bien la realidad, la moverá con su gracia en atención a nuestra amistad con Él.

Dios acoge las peticiones de los suyos en el mundo con particular atención: las oraciones de los niños, que rezan con un corazón sin malicia, y las de quienes se hacen como ellos; las súplicas de los enfermos, a quienes pone más cerca de su Corazón; las de quienes hemos repetido tantas veces que no tenemos otra voluntad que la Suya, que queremos servirle en medio de nuestras tareas normales de todos los días. Sostienen verdaderamente al mundo quienes procuran estar unidos a Cristo. Y esa unión no se manifiesta ordinariamente en hechos exteriores llamativos. «Son más numerosos sin comparación los acontecimientos cuyo realce social queda por ahora oculto: es la multitud inmensa de las almas que han pasado su existencia gastándose en el anonimato de la casa, de la fábrica, de la oficina; que se han consumido en la sociedad orante del claustro; que se han inmolado en el martirio cotidiano de la enfermedad. Cuando todo quede manifiesto en la parusía, entonces aparecerá el papel decisivo que ellas han desempeñado, a pesar de las apariencias contrarias, en el desarrollo de la historia del mundo. Y esto será también motivo de alegría para los bienaventurados, que sacarán de ello tema de alabanza perenne al Dios tres veces Santo»13.

San Pablo dice a los primeros cristianos que brillan como luceros en el mundo14, alumbrando a todos con la luz de Cristo. Dios mira desde el Cielo la tierra y se goza en esas personas que viven una vida corriente, normal, pero que son conscientes de la dignidad de su vocación cristiana. El Señor se llena de alegría al contemplar nuestra tarea, casi siempre menuda y sin relieve, si procuramos ser fieles.

1 Heb 11, 13. — 2 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Carta a los Hebreos, 2, 3. — 3 Primera lectura. Año 1. Gen 18, 16-33. — 4 Cfr. Jos 7, 16-26. — 5 Is 53, 1 ss. — 6 R. Garrigou-Lagrange, El Salvador, Rialp, Madrid 1972, p. 297. — 7 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica 3, q. 48, a. 2. — 8 Ibídem. — 9 Ibídem, q. 49, a. 1. — 10 Cfr. Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 10. — 11 Cfr. Conc. de Trento, Sesión VI, cap. 7; cfr. Pío XII, Enc. Humani generis, Denz-Sch 2318/3891. — 12 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 194. — 13 Juan Pablo II, Homilía 11-II-1981. — 14 Flp 2, 15.

 

 

Quiso experimentar la fatiga y el cansancio"

No sabes si será decaimiento físico o una especie de cansancio interior lo que se ha apoderado de ti, o las dos cosas a la vez...: luchas sin lucha, sin el afán de una auténtica mejora positiva, para pegar la alegría y el amor de Cristo a las almas. Quiero recordarte las palabras claras del Espíritu Santo: sólo será coronado el que haya peleado «legitime» –de verdad, a pesar de los pesares. (Surco, 163)

La alegría, el optimismo sobrenatural y humano, son compatibles con el cansancio físico, con el dolor, con las lágrimas –porque tenemos corazón–, con las dificultades en nuestra vida interior o en la tarea apostólica.
El, «perfectus Deus, perfectus Homo» –perfecto Dios y perfecto Hombre–, que tenía toda la felicidad del Cielo, quiso experimentar la fatiga y el cansancio, el llanto y el dolor..., para que entendamos que ser sobrenaturales supone ser muy humanos. (Forja, 290)

Cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha –una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado– para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (Cfr. Ioh IV, 34.). (Amigos de Dios, 201)

 

 

El Amor que abraza el mundo (La creación, II)

Tras haber reflexionado sobre los relatos de la creación, podemos preguntarnos una vez más: ¿en qué sentido es racional hablar hoy de creación?

La luz de la fe14/08/2017

Opus Dei - El Amor que abraza el mundo (La creación, II)

Que el amor tiene un lugar central en la realidad resulta una idea hermosa e inspiradora para muchas personas. Pero se trata quizá a menudo de una convicción nostálgica: el mundo, se dicen, sería un lugar mejor si todos nos guiásemos por este principio. La experiencia del mal, de las injusticias, de lo imperfecto del mundo, parecen hacer del amor más un ideal al que tender que la base sobre la que se levantaría el edificio mismo de la realidad. «En efecto, el hombre moderno cree que la cuestión del amor tiene poco que ver con la verdad. El amor se concibe hoy como una experiencia que pertenece al mundo de los sentimientos volubles y no a la verdad»[1].

«Nada hay más oculto y nada más presente que Él; difícilmente se halla dónde está y más difícilmente dónde no está» (San Agustín)

Por contraste, la fe cristiana reconoce en el origen del universo un Amor personal e infinitamente creativo, que ha llegado hasta el punto de entrar como uno más en su creación, para salvarla. «Con amor eterno te amé; por eso prolongué mi misericordia para contigo» (Jr 31,3). Muchas personas que trabajan con ilusión por mejorar el mundo reconocen la grandeza de esta visión de la realidad, pero no pueden dejar de ver la idea de un ser personal y eterno –un ser que precede el mundo– como algo que a fin de cuentas responde a un modo de pensar «mítico y contrario al sistema»[2]: algo ajeno al entramado racional que podemos compartir, en la medida en que se basa en nuestra experiencia común del mundo. Tras haber reflexionado sobre los relatos de la creación en el Génesis, podemos preguntarnos ahora, una vez más: ¿en qué sentido es racional hablar hoy de creación?

¿Dónde está Dios?

Es frecuente oír, incluso entre gente con fe, la consideración de que, mientras la ciencia basa sus afirmaciones en pruebas seguras, la idea de Dios se basaría en tradiciones o suposiciones no verificables. A primera vista, parece difícil objetar nada a esta idea. Sin embargo, si se tiene en cuenta que «pruebas seguras» significa aquí «evidencias empíricas», se comprende que esa seguridad tiene un alcance acotado por la misma ciencia, que deliberadamente se concentra en los aspectos empíricos y mensurables de la realidad. Esta decisión estratégica ha permitido a la ciencia crecer exponencialmente, pero implica también que su estudio no puede abarcar todo el espectro de la realidad, o no puede al menos descartar que este espectro sea más amplio. Por otro lado, como toda disciplina –y esto incluye también a la teología–, la ciencia experimental tiene presupuestos que ella misma no puede demostrar. Uno de ellos es la existencia de la realidad que estudia, que requiere necesariamente una reflexión racional de otro tipo. Se entiende así que la revelación cristiana no venga a cuestionar el método de la ciencia ni sus evidentes éxitos: en realidad, lo precede y le abre horizontes más amplios.

Ciertamente, el modo peculiar en que Dios se hace presente en el mundo puede hacerle aparecer a veces como un gran ausente. Escribía san Agustín: «Nada hay más oculto y nada más presente que Él; difícilmente se halla dónde está y más difícilmente dónde no está»[3]. Esta paradoja, este cruce de sí y no, que parece indicar un cortocircuito, habla en cambio de la necesidad de abrir la racionalidad a otro nivel[4]. Dios no es una realidad como otras en este mundo, ni interviene necesariamente en los procesos naturales de modos empíricamente verificables. Dios actúa en un nivel mucho más profundo, sosteniendo el ser mismo de todas las cosas, haciendo que las cosas sean. Al hablar de Él, incluso para negar su existencia, el lenguaje va siempre más allá del marco de rigor propio de la ciencia experimental, y se inserta en un lenguaje distinto, que la ciencia misma presupone, y que tiene también un rigor propio: el lenguaje filosófico o metafísico. Por eso, el dios al que se querría obligar a revelarse a través de instrumentos de observación científica no sería el verdadero Dios, sino una caricatura suya. Y el verdadero Dios no viene a interferir en la ciencia, porque se sitúa en un nivel de realidad anterior a la ciencia misma. Dios no cabe en las leyes de la física, porque son más bien las leyes de la física las que «caben» en Él[5].

Una ciencia sin Dios no liberaría al mundo de los mitos, porque siempre quedarían inevitablemente rendijas que se llenarían con otras explicaciones

La aportación de la ciencia ha sido determinante para hacer al hombre consciente de la inmensidad del universo, de su evolución dinámica; para comprender sus leyes, así como la trayectoria evolutiva, que forma una especie de prehistoria biológica de aparición del homo sapiens sobre la tierra. Sin embargo, la ciencia no puede explicar hasta el final el origen del universo, porque este evento no enlaza dos «estados» de la misma realidad. Explicar la «ley» con la que se ha pasado de la nada a la primera forma embrionaria del universo está más allá de las posibilidades de la ciencia, porque la nada escapa a cualquier representación científica. Toda teoría cosmológica asume una estructura espacio-temporal como punto de partida; y la nada en sentido radical, es decir, el no-ser, cae siempre fuera de esta estructura: el umbral que separa el ser y la nada es metafísico[6]. Se entiende por eso que el diálogo entre la ciencia y la teología no sea solo deseable sino necesario, y que requiera la mediación de la filosofía, más que como un árbitro para poner paz entre partes en litigio, como un interlocutor capaz de comprender el alcance y las posibilidades de ambas disciplinas.

En el corazón de lo real

Incluso aproximándose hasta el origen mismo del universo, pues, la ciencia se queda siempre de este lado de la realidad, dentro del ser. Son muchos los científicos que, al identificar ese umbral, se dan cuenta de la necesidad de emprender una reflexión filosófica, desde la que es posible llegar a comprender la necesidad de un Creador en el origen del universo. «Es, sin duda, un gran libro la misma hermosura de la creación. Contempla, mira, lee su parte superior y su parte inferior. Dios no hizo letras de tinta, mediante las cuales pudieras conocerle: puso ante tus ojos esas mismas cosas que hizo. ¿Por qué buscas una voz más potente? A ti claman el cielo y la tierra: “Dios me hizo”»[7].

Sin embargo, la filosofía misma topa también con preguntas límite: ¿Por qué el ser y no más bien la nada? ¿Por qué existo? En este sentido, la fe cristiana viene a aportar «una imagen de Dios nueva, más elevada que la que pudiera nunca forjarse y pensar la razón filosófica. Pero la fe tampoco contradice la doctrina filosófica de Dios; (…) la fe cristiana en Dios acepta en sí la doctrina filosófica de Dios y la consuma»[8]. Ante la pregunta acerca del porqué, del sentido último de la existencia –pregunta que en algún momento de la vida se vuelve decisiva para todos–, se hace el silencio. Se alza entonces la fe cristiana, y responde serenamente: Dios estaba ahí antes del mundo, pensó en él, y lo creó con amor.

Esta sencilla afirmación produce, en realidad, lo contrario de lo que a veces se achaca a la noción de creación: desmitifica el universo. La comprensión del mundo como creación de Dios es «la “Ilustración” decisiva de la historia (…), la ruptura con los temores que habían reprimido a los hombres. Significa la liberación del Universo por la razón, el reconocimiento de su racionalidad y de su libertad»[9]. Aunque la ciencia es capaz de leer una parte importante de la lógica interna de la naturaleza, una ciencia sin Dios no liberaría al mundo de los mitos, porque siempre quedarían inevitablemente rendijas que se llenarían con otras explicaciones[10]. No es posible, por la autolimitación de la ciencia a lo empírico, que ella misma cubra algún día todas esas rendijas; y el hombre tampoco va a dejar de preguntarse por ellas, porque el hecho mismo de hacerlo –como, por lo demás, el ejercicio mismo de la ciencia– muestra que trasciende el orden de lo empírico. El espíritu humano, que se manifiesta entre otras cosas en el hecho de que cada uno de nosotros percibe su identidad frente al mundo, en el hecho de que nos preguntemos por esas rendijas, e incluso de que alguien pueda considerar estúpido preguntarse por ellas… todo ello pone de manifiesto, incluso a una reflexión meramente filosófica, que nosotros mismos –aun siendo un microcosmos, que comparte con el universo sus mismos elementos– somos algo más que simple mundo.

La libertad personal y la autoconciencia, por las que uno se percibe distinto del mundo, son por eso también grandes rendijas a través de las cuales el hombre puede asomarse a la trascendencia: hablan del Dios personal que es aún más radicalmente distinto del mundo, y que lo crea libremente. Y viceversa, en el reconocimiento de que la realidad tiene su origen en esa Libertad creadora se juega el reconocimiento mismo de la libertad humana, y por tanto de la dignidad de cada persona[11]. Este es uno de los sentidos fundamentales en los que el Génesis dice que «creó Dios al hombre a su imagen» (Gn 1,27): nosotros mismos somos un espejo en el que se puede entrever a Dios. Por eso el beato John Henry Newman identificaba en la conciencia «nuestro gran maestro interior de religión»[12], un «principio de conexión entre la criatura y el creador»[13].

La fe en la creación, pues, no viene a añadir desde fuera el «mundo del espíritu» al mundo material: más bien afirma decididamente que Dios abraza el entero universo material. La intuición poética de Dante lo expresó de modo inmortal: «Dios es el amor que mueve el sol y las demás estrellas»[14]. En el corazón de lo real está Dios, y Dios quiere el mundo, y a cada uno: «abierta su mano con la llave del amor, surgieron las criaturas»[15]. Tiene gran profundidad teológica, en este sentido, un pensamiento recurrente en san Josemaría; a la hora de actuar, solía decir, esta es «la razón más sobrenatural: porque nos da la gana»[16]. La libertad y el amor, como la racionalidad del mundo, hablan de Dios. Por eso, si san Agustín reconocía a Dios en el libro de la naturaleza, le encontraba también en la intimidad de su alma: «he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando (…). Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera»[17].

El milagro del mundo

La realidad de los milagros responde a esta misma prioridad respecto al mundo de la libertad, el amor y la sabiduría de Dios. Con su peculiar estilo paradójico, decía Chesterton: «Si un hombre cree en la inalterabilidad de las leyes de la naturaleza, no puede creer en ningún milagro de ninguna época. Si un hombre cree en una voluntad anterior a las leyes, puede creer en cualquier milagro de cualquier época»[18]. Los tres evangelios sinópticos hablan de un leproso que se acerca a Jesús, pidiéndole su curación. Jesús responde: «Quiero, queda limpio» (Mt 8,3). Dios cura a aquel hombre porque quiere, del mismo modo que creó el mundo, y ha creado a cada uno, porque quiere, por amor. Comentando el relato de otro milagro, la curación de un ciego, observaba Benedicto XVI: «No es casualidad que el comentario conclusivo de la gente después del milagro recuerde la valoración de la creación al comienzo del Génesis: “Todo lo ha hecho bien” (Mc 7,37). En la acción sanadora de Jesús entra claramente la oración, con su mirada hacia el cielo. La fuerza que curó al sordomudo fue provocada ciertamente por la compasión hacia él, pero proviene del hecho de que recurre al Padre. Se entrecruzan estas dos relaciones: la relación humana de compasión hacia el hombre, que entra en la relación con Dios, y así se convierte en curación»[19].

Vivimos de milagro: cada instante de nuestra vida ordinaria se desenvuelve en medio del milagro de un mundo que existe por amor

Los milagros, pues, no son excepciones que ponen en cuestión la solidez y la racionalidad del mundo, sino que apuntan a la raíz misma de esa solidez: ponen de manifiesto el verdadero milagro, que es la existencia misma del universo y de la vida; el verdadero milagro –miraculum, algo ante lo que solo cabe admirarse– es la creación de Dios. La apertura de la razón a este inicio de los inicios no solo hace razonables los milagros, sino que hace razonable, sobre todo, el mundo mismo. «La uniformidad y la generalidad de las leyes naturales (…) llevan a pensar que la naturaleza se basta a sí misma. Y sin embargo, no hay solución de continuidad entre la creación y el acontecimiento más habitual y banal. El milagro interviene para convencernos de ello»[20].

Se dice a veces que «vivimos de milagro», para referirse a los modos sorprendentes en que se resuelven ciertos problemas o peligros. En realidad, la expresión recoge una verdad radical: cada instante de nuestra vida ordinaria se desenvuelve en medio del milagro de un mundo que existe por amor. «Cada uno de nosotros, cada hombre y cada mujer, es un milagro de Dios, es querido por él y es conocido personalmente por él»[21]. Como decía san Pablo a quienes le escuchaban en el Areópago de Atenas, «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Por eso, «para la tradición judío-cristiana, decir “creación” es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado»[22].

***

«Te doy gracias porque me has hecho como un prodigio» (Sal 139,14): la fe en la creación se cifra en una profunda actitud de agradecimiento. A pesar del dolor y del mal presentes en el mundo, la realidad entera –y en especial la propia existencia y la de quienes nos rodean– aparece como una promesa de felicidad: «¡Todos los sedientos, venid a las aguas! Y los que no tengáis dinero, ¡venid! (…) Comprad, sin dinero y sin nada a cambio, vino y leche» (Is 55,1). El hombre se sabe inerme –porque realmente lo es–, pero destinatario de una generosidad infinita que le llama a vivir, y a vivir para siempre. San Ireneo lo sintetizó en una máxima célebre: «La gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios»[23]. Desde esta mirada, la vida no es una simple lucha por el éxito o por la supervivencia, ni siquiera en las condiciones más extremas: es espacio para el agradecimiento, para la adoración, en la que el hombre encuentra su verdadero descanso[24]. «¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido! El Creador puede decir a cada uno de nosotros: “Antes que te formaras en el seno de tu madre, yo te conocía” (Jr 1,5). Fuimos concebidos en el corazón de Dios, y por eso “cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario”»[25].

Marco Vanzini / Carlos Ayxelá

 


Lecturas para profundizar

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 279-324.

Francisco, Enc. Laudato si’, capítulo II, “El evangelio de la creación” (nn. 62-100)

Benedicto XVI, Audiencia, 6-II-2013; Audiencia, 9-XI-2005

Homilía en la Vigilia Pascual, 23-IV-2011; Homilía en la Vigilia Pascual, 7-IV-2012.

Mensaje al Meeting de Rimini, 10-VIII-2012.

Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias, 31-X-2008.

Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12-IX-2006.

Juan Pablo II, Catequesis sobre la creación, 8-I-1986 – 23-IV-1986.

Memoria e identidad, Planeta, Barcelona 2005.


Artigas, M.; Turbón, D. Origen del hombre. Ciencia, filosofía y religión, Eunsa, Pamplona 2007.

Chesterton, G. K. Santo Tomás de Aquino, Rialp, Madrid 2016 (On Saint Thomas Aquinas).

Guardini, R. El principio de las cosas: Meditaciones sobre los tres primeros capítulos del Génesis, publicado en Meditaciones Teológicas, Cristiandad, Madrid, 1965, 13-113. (Der Anfang der Dinge [Meditationen über Genesis, Kapitel 1-3]).

– “El ojo y el conocimiento religioso”, en Los sentidos y el conocimiento religioso, Cristiandad, Madrid, 1965, 21-48. (“Das Auge und die religiöse Erkenntnis”).

La aceptación de sí mismo. Lumen, Buenos Aires 2016; Cristiandad, Madrid 1962 (Die Annahme seiner selbst).

Kehl, M. La creación, Sal Terrae, Bilbao 2011 (Schöpfung: Warum es uns gibt).

Marmelada, C.; Palafox, E.; Llano, A. En busca de nuestros orígenes. Biología y trascendencia del hombre a la luz de los últimos descubrimientos, Rialp, Madrid 2017.

Maspero, G.; O’Callaghan, P. Creatore perché Padre. Introduzione all’ontologia del dono, Cantagalli, Siena 2012.

Polkinghorne, J. Science and Theology, Parallelisms, en Tanzella-Nitti, G. y Strumia, A. (eds.), Interdisciplinary Encyclopedia of Religion and Science, www.inters.org.

Ratzinger, J. Progetto di Dio. Meditazioni sulla creazione e la Chiesa, Marcianum Press, Venecia 2012 (Gottes Projekt. Nachdenken über Schöpfung und Kirche).

Creación y pecado, Eunsa, Pamplona 2005 = En el principio creó Dios [incluye la conferencia Consecuencias de la fe en la creación], Edicep, Valencia 2008 (Im Anfang schuf Gott. Vier Münchener Fastenpredigten über Schöpfung und Fall. Konsequenzen des Schöpfungsglaubens).

Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época, Random House Mondadori, Barcelona 2002, pp. 106-136 (Gott und die Welt. Glauben und Leben in unserer Zeit).

Sanz, S. La creación, en www.opusdei.org.

Tanzella-Nitti, G. Creation, en Tanzella-Nitti, G. y Strumia, A. (eds.), Interdisciplinary Encyclopedia of Religion and Science, www.inters.org.


[1] Francisco, Enc. Lumen Fidei (29-VI-2013), 27.

[2] J. Ratzinger, La fiesta de la fe, Desclée, Bilbao 1999, 25.

[3] San Agustín, De quantitate animae, 34, 77.

[4] Es en este sentido que Benedicto XVI habló de «la valentía para abrirse a la amplitud de la razón» (Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12-IX-2006).

[5] «Albert Einstein dijo que en las leyes de la naturaleza “se revela una razón tan superior que toda la racionalidad del pensamiento y de los ordenamientos humanos es, en comparación, un reflejo absolutamente insignificante” (…). Un primer camino, por lo tanto, que conduce al descubrimiento de Dios es contemplar la creación con ojos atentos» (Benedicto XVI, Audiencia, 14-XI-2012).

[6] En ese sentido, explica Santo Tomás de Aquino que para sacar el ser de la nada es necesaria una «potencia infinita» (cfr. Summa Theologica I, q. 45, 5, ad 3): una capacidad que no puede ser comunicada a ninguna criatura, precisamente porque –como podemos percibir en nuestra existencia misma– las criaturas son contingentes, es decir, podrían no haber sido nunca (Summa Theologica I, q. 104, 1)

[7] San Agustín, Sermón 68, 6.

[8] J. Ratzinger, El Dios de la fe y el Dios de los filósofos, Encuentro, Barcelona 2007, 13.

[9] J. Ratzinger, Creación y pecado, Eunsa, Pamplona 2005, 37.

[10] Son muchos los científicos que así lo entienden; baste con mencionar a Einstein, que, desde una idea peculiar de Dios llegó a decir que «la ciencia sin la religión está coja; la religión sin la ciencia es ciega» (Pensieri, idee, opinioni [1934-1950], Newton Compton, Roma 1996, p. 29); y a Georges Lemaître, sacerdote y físico, que puso las bases de lo que más adelante se llamaría, al principio con ironía, y luego más seriamente, el Big Bang.

[11] Cfr. J. Ratzinger, La fiesta de la fe, 25-26: «Si, partiendo de la realidad, la personalidad no es posible o no existe, tampoco puede existir en ningún otro sitio. La libertad o es posible partiendo del fundamento de la realidad o bien no existe».

[12] Beato John Henry Newman, An Essay in Aid of a Grammar of Assent, Longmans Green and Co, Londres 1903, 389.

[13] Ibidem, 117.

[14] «L’amor che move il sole e l’altre stelle» (Dante, Commedia. Paradiso, XXXIII, 145).

[15] Santo Tomás de Aquino, Commentum in secundum librum Sententiarum, Prologus (citado en Catecismo de la Iglesia Católica, 293).

[16] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 184.

[17] San Agustín, Confesiones, X, 27, 38.

[18] G. K. Chesterton, Orthodoxy, New York, Dover 2012, 67.

[19] Benedicto XVI, Audiencia general, 14-XII-2011.

[20] J. Guitton, Le temps et l’éternité chez Plotin et saint Augustin, Aubier, Paris 1955, 176-177.

[21] Benedicto XVI, Audiencia general, 23-V-2012.

[22] Francisco, Laudato si’, 76.

[23] San Ireneo, Adversus haereses, 4, 20, 7 (citado en Catecismo de la Iglesia Católica, 294).

[24] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 347. Creación, milagro, adoración, agradecimiento… No es casual que estos motivos converjan en el misterio eucarístico: «La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración» (Francisco, Laudato si’, 236).

[25] Francisco, Laudato si’, 65; cfr. Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24-IV-2005).

 

 

El secreto de la vida

José Martínez Colín

Santidad en medio del mundo

Escribió sabiamente Dostoievski: “El secreto de la vida humana no radica en el hecho de que uno vive, sino en para qué vive”. Y ese secreto lo han conocido los santos, quienes han sabido descubrir el sentido verdadero a los acontecimientos de su vida, y vivir de acuerdo a él. Por eso los santos, decía el papa Pío XI, “son comparables a los telescopios de los astrónomos. A través de los mismos podemos ver ciertas estrellas que nadie sería capaz de distinguir a simple vista. A través de los santos aprendemos a ver con más claridad aquellas verdades que la vida cotidiana oscurece a nuestros ojos” (8-XII-1933).

Saber encontrar y amar a Dios en nuestra vida cotidiana, es el mensaje que el Señor le pidió a san Josemaría Escrivá que viviera y difundiera por todo el mundo y para lo cual fundó el Opus Dei.

Hace 44 años, en 1975, fallecieron, con menos de un mes de diferencia, San Josemaría Escrivá, el 26 de junio, y la ahora recién beatificada Guadalupe Ortiz de Landázuri, el 16 de julio. Ambos habían luchado hasta el último aliento de su vida por corresponder al amor de Dios en su vida ordinaria en el Opus Dei, procurando acercar a los demás al amor de Dios.

Es significativo que ambos lo hayan alcanzado: Uno, cumpliendo la voluntad de Dios fundando el Opus Dei, camino de santidad en el trabajo ordinario y Guadalupe, por su parte, luchando por andar ese camino, confiando plenamente en ese mensaje del fundador.

Guadalupe comprendió que no se trataba de ser perfecta aquí en la tierra, sino de vivir enamorada de Dios. Había escuchado de san Josemaría que el “santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta”. Esa confianza en la misericordia de Dios le llevaba a estar muy alegre, a pesar de verse con defectos. Así le escribía a San Josemaría: “Soy muy feliz y estoy muy contenta… Aunque veo que todo lo hago con muchos defectos (vanidad y amor propio, sobre todo) noto tanto que me ayuda el Señor que estoy segura de que si Él se empeña llegaré a agradarle de verdad… Cada día quiero mostrarle mejor lo que siento por Él y cómo le agradezco lo muchísimo que me quiere”.

Una amiga suya, Laura Busca, que sería luego su cuñada, recuerda que Guadalupe nunca se quejaba de nada. Por ejemplo, le sorprendía que utilizara indistintamente zapatos de un número o de otro, sin quejarse. Cuando su madre, que tenía un pie más pequeño, tenía zapatos que le quedaban apretados, Guadalupe se ofrecía alegremente para ensanchárselos llevándolos puestos algunos días, pues tenía el pie más grande.

Después de la guerra civil española del siglo XX, los alimentos estaban muy racionados. Ella atendía una residencia para estudiantes. En una ocasión no había suficiente consomé. Una persona testimonia, que vio sin que se diera cuenta Guadalupe, que al ver que no alcanzaba para todos, llenó su taza con agua caliente y se la tomó muy contenta como si fuera un sabroso caldo, sacrificándose en lo ordinario por amor.

Otro testimonio lo da Guadalupe Gutiérrez, de Tacámbaro, quien la conoció en 1952, de once años. Años más tarde convivió con ella en la Ciudad de México. Cuenta cómo Guadalupe le enseñó a cuidar los detalles y a vivir bien la virtud de la pobreza combinándola con la limpieza y el buen gusto. Era una persona sencilla, acogedora, afable. Enseguida inspiraba confianza y cariño. Sabía siempre escuchar, comprender, ser amable y bondadosa, lo mismo si era una campesina, que una universitaria o una señora de clase social alta. Para todas tenía comprensión y afecto humano. Era una persona recia, laboriosa, puntual, alegre y optimista. Supo pasar por alto la escasez de medios viviendo desprendida de todo, dándolo todo: “Me enseñó a poner Amor de Dios en cada cosa que hacía: hacer bien una cama, dejar limpia una habitación o que no quedaran torcidos los cordones de una cortina”.

El obispo de Tacámbaro le pidió que diera unas charlas a las campesinas del lugar. Ella aceptó gustosa y estuvieron en un lugar recién construido, lo que sería el seminario diocesano, por lo que aún no estaba amueblado. En una mañana Guadalupe, mientras daba una charla sentada en el patio, colocada en suelo como todas, notó que algo le subía en la pierna y le picaba, sintiendo un fortísimo dolor. Se agarró el vestido y apretó fuerte para matar al intruso y continuó hablando tan contenta como si nada hubiera ocurrido. Nadie de las que escuchaba la charla noto nada fuera de lo normal. Cuando terminó la charla dijo lo que le había ocurrido y el intenso dolor que tenía. Procuraron atenderla pues le subió mucho la temperatura. Tuvieron que regresar a la Ciudad de México donde siguió teniendo fiebre durante muchos días. A pesar de estar en esas condiciones, no hacía referencia a sus malestares, sino que se interesaba por quienes iban a saludarla.

Guadalupe fue un gran apoyo para San Josemaría. Ella, con su sonrisa permanente, vivía lo que San Josemaría enseñaba: saber vivir alegremente cada día unidos a la Cruz. Ahora ambos gozan del Señor en una eterna felicidad. Un ejemplo que alimenta nuestra esperanza de santidad y nos invita a saber descubrir a Dios en nuestro quehacer ordinario para amarlo en todo momento

 

Sobre protección de los niños, un compromiso renovado

Monseñor José H. Gomez

La semana pasada estuve en Baltimore para participar en la asamblea anual de primavera de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos.

Fue una reunión importante y los cuatro días que pasamos juntos estuvieron dedicados casi por completo al asunto de cómo nosotros, como obispos, deberíamos cumplir con nuestra responsabilidad en el manejo de las denuncias de abuso sexual del clero contra menores.

El flagelo del abuso dentro de la Iglesia sigue siendo la prioridad más urgente de los obispos.

Aquí, en Los Ángeles y en todo el país, la Iglesia ha hecho enormes progresos en estas áreas, quizá mucho más que cualquier otra organización o institución de Estados Unidos.

Tan solo en el último año, la Iglesia capacitó en todo el país a casi 4 millones de niños y a 2.6 millones de adultos, además de realizar verificaciones de antecedentes con respecto a los empleados de la Iglesia.

Las diócesis de la nación tienen oficinas para recibir denuncias de abusos y para garantizar que las víctimas-sobrevivientes sean tratadas con dignidad y compasión y reciban la asistencia y los recursos que necesitan para encontrar la sanación.

El trabajo de prevención de abusos por parte de la Iglesia, aunque está bajo la dirección de los obispos, es llevado a cabo principalmente por equipos de laicos, en todos los niveles. Gracias a su competencia y dedicación, es extremadamente raro en la actualidad que haya nuevos casos de abuso de menores por parte de sacerdotes.

La auditoría anual independiente más reciente, que abarca el período 2017-2018, encontró que hubo tres denuncias fundamentadas de abuso por parte de sacerdotes hacia menores actuales en todo el país. Todas las denuncias, ya sea confirmadas o no, se informaron a la policía.

Aquí, en la Arquidiócesis de Los Ángeles, como ya les he informado, ha habido dos casos comprobados de conducta inapropiada por parte de los sacerdotes de la Arquidiócesis en los últimos 10 años.

Es importante tener presentes estos números porque la cuestión del abuso por parte de los sacerdotes aparece casi a diario en las noticias.

Gran parte de lo que se está reportando se refiere a abusos cometidos hace muchos años. Por ejemplo, en la auditoría nacional más reciente, la mayor parte de las 1,455 acusaciones de abuso contra el clero de las cuales se informó en 2017-2018 ocurrieron hace como 10 o 14 años.

La antigüedad de un reclamo no lo hace menos grave, como tampoco hace que sean menos serias las heridas que ha infligido. Pero tenemos que mantener esto en perspectiva conforme seguimos aprendiendo las lecciones del pasado y continuamos trabajando para prevenir abusos en el futuro.

En lo personal, asumo mi responsabilidad de proteger seriamente a los niños. Considero que hasta un solo incidente ya es demasiado.

Seguimos trabajando diligentemente para proteger a los niños y para reportar las denuncias y retirar del ministerio a los perpetradores. Desde 2002, la Arquidiócesis de Los Ángeles ha entrenado a más de 329,000 adultos, y cada año educa a más de 165,000 niños para la prevención de abusos y para hacer las denuncias pertinentes. Además, se han tomado las huellas digitales de más de 168,000 adultos, a quienes también se les realizó una verificación de antecedentes.

Los animo a que revisen todos nuestros protocolos y programas de prevención de abusos en nuestro sitio web: protect.la-archdiocese.org. Y si, en cualquier caso, ya sea usted o alguien que usted conoce ha sido víctima de abuso por parte de cualquiera que tenga que ver con la Iglesia de Los Ángeles, lo exhorto a que reporte esto de inmediato a la policía y a que se comunique con nuestra oficina de Asistencia a las Víctimas al 800-355-2545.

El Papa Francisco nos ha dado nuevas normas universales para la Iglesia en nuestra labor de combatir los abusos. Esto surgió como consecuencia de una reunión a la cual el Santo Padre convocó en febrero a los obispos, procedentes de todas las diócesis.

Nuestro trabajo en Baltimore consistió, en parte, en adaptar y promulgar estas nuevas normas universales para los Estados Unidos y en continuar con el trabajo que ya habíamos comenzado, con miras a aumentar la responsabilidad y efectividad de nuestros esfuerzos en lo que se refiere a la prevención de abusos.

Emitimos una declaración breve y sincera, en la que expresamos nuestra contrición por los abusos pasados y a la vez renovamos nuestro compromiso por cumplir con nuestra responsabilidad moral como obispos.

Además, emitimos nuestro voto con respecto a tres iniciativas importantes que pretendemos llevar a cabo con la necesaria asistencia de los líderes laicos a nivel nacional y local: establecer un sistema de informes de terceros a nivel nacional para recibir quejas sobre abusos o conductas inapropiadas contra obispos; establecer protocolos para imponer limitaciones a los obispos destituidos de su cargo por razones graves; y establecer un protocolo para implementar las nuevas normas del Papa Francisco sobre la manera en la que los arzobispos metropolitanos deben investigar las denuncias contra los obispos.

Estas son medidas buenas e importantes y yo le pido a Dios que nos ayuden a sanar a todos aquellos que han sido heridos y a restaurar la confianza que se ha perdido.

Oren por mí esta semana, y yo oraré por ustedes. Y sigamos orando por las víctimas-sobrevivientes de abuso y por todos aquellos miembros de la Iglesia que están trabajando para prevenir futuros abusos.

Que nuestra Santísima Madre María nos impulse a todos a continuar la conversión de nuestros corazones para que podamos crecer en santidad y en nuestro servicio del Evangelio. VN

Excelentísimo Señor José H. Gómez
Arzobispo de Los Ángeles

 

Ideas claras sobre el sacerdocio

Miguel Ponce y Nicolás Álvarez de las Asturias ofrecen algunas repuestas a cuestiones como el sacerdocio “ad tempus”, el acceso al sacerdocio de la mujer y el celibato

Ordenación Sacerdotal

Llamados y enviados. Una introducción a la teología del sacerdocio ministerial.
Miguel Ponce Cuéllar y Nicolás Álvarez de las Asturias
Palabra

Para empezar. No está nada mal este tándem de autores para una introducción al estudio del ministerio sacerdotal en tiempos de confusión. Don Miguel Ponce Cuéllar, vamos a llamarle factor principal, es un teólogo veterano, residente en la más profunda Extremadura, hombre de lecturas múltiples y actualizadas. Son muy numerosos sus trabajos de síntesis teológica, que además de síntesis contienen una clara pedagogía. De hecho hay que conectar este manual con su libro anterior “Teología del sacerdocio ministerial. Llamados a servir” (BAC, Madrid 2016).

Y don Nicolás Álvarez de las Asturias es un joven profesor de San Dámaso, una de las cabezas más bien amuebladas del panorama teológico y canónico de hoy. Por lo tanto, a la hora de escribir, de nuevo, sobre el sacerdocio en retornados tiempos de confusión, qué mejor idea que unir el trabajo de dos generaciones distintas, distantes en el tiempo, pero convergentes en una concepción del sacerdocio que debe ser, primero, vivida, y, después, puesta en valor. 

Vayamos al grano. Entre el Concilio Vaticano II, cuyos textos sobre el sentido del ministerio sacerdotal son meridianamente claros, y el tiempo actual, en el que vuelve cierta confusión sobre la teología y la espiritualidad sacerdotal, media el rico magisterio de Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y, últimamente del Papa Francisco. Y sin embargo, algunas “especies” teológicas que adquirieron peso público a finales de los sesenta y setenta ahora han vuelto al protagonismo eclesial. Se habla aquí por tanto de la adecuada respuesta, desde el punto de vista
teológico, a una “crisis de identidad sacerdotal”.

Leemos en el prólogo: “Los sacerdotes de nuestro tiempo desarrollamos nuestro ministerio en un momento marcado todavía por las –esperemos que- últimas oleadas de interpretaciones del sacerdocio, surgidas como alternativas a
cuanto la Iglesia había ido comprendiendo a lo largo de su historia. Esto se traduce todavía en modos muy diversos de entender el propio ministerio y su lugar específico en el seno de la comunidad cristiana, independientemente que, desde el punto de vista doctrinal, las cosas parezcan estar muy claras”.

Pongamos por caso algunas ideas a las que este libro da una adecuada respuesta. Cuando usted lea, u oiga en alguna homilía, algunas de las siguientes ideas que les sintetizo, recomienden este libro. A saber que: a) Cristo no fundó la
institución eclesial, porque esperaba la inmediatez de la parusía; b) la elección de los Doce tuvo solo un sentido escatológico y simbólico; c) la implantación del ministerio en las comunidades eclesiales nació como fruto de las necesidades de una Iglesia concreta; d) la asunción por parte de la Iglesia del modelo ministerial de las comunidades, de Hechos de los Apóstoles y Cartas Pastorales, no es la única posible y tal eclesiología no es la única acorde con el pensamiento de Cristo; y e) la Iglesia de hoy debe estar abierta a las diferentes posibilidades que ofrecen actualmente los movimiento renovadores eclesiales.

Este manual introductorio tiene tres núcleos principales: el análisis de la Sagrada Escritura respecto al ministerio sacerdotal, la historia de la comprensión en la Iglesia del ministerio, y un apartado final sobre cuestiones relevantes, como por ejemplo, la identidad del sacerdote, su fundamento cristológico, la vocación sacerdotal, la funciones ministeriales al servicio de la comunidad o la espiritualidad sacerdotal.

Se podría aducir que este es un libro solo para seminaristas, para estudiantes de teología o para sacerdotes. No lo creo. Este es un libro de formación para todos los cristianos que quieran saber sobre el sacerdocio, que respeten y
valoren y cuiden el ministerio del sacerdote “in persona Christi” y a los sacerdotes. 

Es cierto que, sobre todo, en la parte final se ofrecen algunas repuestas a cuestiones, digamos, siempre discutidas y presentes en la opinión pública eclesial, como el sacerdocio “ad tempus”, el acceso al sacerdocio de la mujer y el celibato.

Temas que se abordan, quizá no de forma obsesiva, pero sí desde el claro fundamento teológico en la comprensión del ministerio. Lo que lleva a sacar de forma clara las conclusiones a los aludidos mantras.

Interesante, por último, un epílogo breve sobre el ministerio ordenado y la renovación pastoral en la Iglesia, que dice mucho más que lo que afirma. Y también muy interesante la perspectiva histórica y teológica de la relación entre
episcopado y presbiterado, entre los sacerdotes y los obispos.

Llamados y envíados.

 

 

¿Enseñar o dialogar en la Amazonía?

Ernesto Juliá

Sínodo obispo Jóvenes.

photo_camera Sínodo obispo Jóvenes.

El texto del Instrumentum Laboris en preparación del sínodo de la Amazonia está dando mucho que pensar y hablar, además de escribir Algunos comentaristas eclesiásticos han señalado que después de este sínodo la Iglesia no sería la misma. Otros han subrayado algunas sugerencias en clara contradicción con las Verdad de la Fe.

Ante reacciones semejantes, pienso que vale la pena no perder de vista la Iglesia no la hacemos los hombres; la ha fundado Jesucristo, Dios y hombre verdadero, hace dos mil años, y seguirá siendo la misma, siempre nueva y siempre viva por mucho que los hombres nos empeñemos en querer cambiarla y adaptarla a nuestra visión e intereses.  Con Dios no se juega. En la Iglesia no hay ruptura; hay continuidad, como recordó en su momento Benedicto XVI.

No sé lo que el Señor permitirá que surja de ese sínodo. No puedo negar, sin embargo, que por lo que recoge ese documento de trabajo hace presagiar algún que otro nubarrón.

Hoy me quedo solamente con una afirmación que aparece en el n. 36 del documento, y que se desarrolla en el numero siguiente:

“Jesús fue un hombre de diálogo y de encuentro. Así lo vemos ·con la mujer samaritana, en el pozo donde buscaba saciar su sed (…)  Fue capaz de dialogar y amar más allá de la particularidad de la herencia religiosa samaritana. La evangelización así se realiza en la vida ordinaria de Samaría, en la Amazonia, en todo el mundo. El diálogo es una comunicación gozosa entre los que se aman. (…) El diálogo busca el intercambio, el consenso y la comunicación, los acuerdos y las alianzas, pero sin perder la cuestión de fondo, es decir, la preocupación por una sociedad justa, capaz de memoria y sin exclusión” (nn. 36 y 37).

Cristo, ¿sólo dialogó?, ¿quiso llegar a algún acuerdo con la samaritana? ¿intercambió sus “ideas” con las de la samaritana para aprender algo? ¿se preocupó de la situación de la sociedad samaritana y de arreglar los problemas que pudieran tener?, ¿hablaron del cambio climático, de la economía, de las fronteras de los países?

A la samaritana le sucedió lo que a tantas personas que escuchaban al Señor:

“Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de sus enseñanzas, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas” (Mateo, 7, 29).

Cristo vino a enseñar, a hablar; a predicar los misterios escondidos del amor de Dios a los hombres; no a “dialogar” para aprender de “sabidurías ancestrales”, como parece quiere señalar el párrafo 29 del documento: “Los nuevos caminos de evangelización han de construirse en diálogo con estas sabidurías ancestrales en las que se manifiestan semillas del Verbo”. ¿Qué es esa “sabiduría ancestral”?

Cristo no envió a los apóstoles a dialogar y llegar a acuerdos, con sus oyentes. El mandato que les dio no deja lugar a dudas:

“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado” (Mc 16, 16). Y san Mateo recoge el mandato del Señor de forma incluso más explícita: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (28, 19).

Y mucho menos les envió a dialogar con todas las “cosmovisiones” del mundo que se encontraran, como se sugiere a lo largo del documento. ¿Cómo se puede poner al mismo nivel una “cosmovisión” cualquiera con la Fe en Cristo y en su Palabras, que hablan del Amor de Dios Creador y Padre, de la Redención del pecador arrepentido, de la Vida Eterna?

La Verdad, que es Cristo, no es una cosmovisión más como pueden ser la amazónica, la subsahariana, la liberal consumista; la comunista; la ideología de género, la nazi, etc. Y cuando los discípulos de Cristo comenzaron a predicar a y a enseñar a los pueblos no buscaron un encuentro a mitad de camino. Dialogaban para convertir; para abrir los oídos a los sordos, los ojos a los ciegos, la lengua a los mudos; y para que los que vivían en una gran obscuridad recibieran el resplandor de la Luz eterna.

Las primeras palabras de Jesucristo que recogen los Evangelios no forman parte de ningún diálogo. “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos”.  Una predicación, una enseñanza que quiere preparar a sus oyentes a dejar su mal hacer, y convertirse a la Luz de Dios, al Amor de Dios en el Corazón de Cristo.

Eso es lo que necesita la Amazonía y las tribus que allí viven; en algunas de ellas, y en más de 50 años de “misión dialogada”, no ha habido ningún bautismo.

ernesto.julia@gmail.com

 

San Pío X, el gran luchador contra la herejía modernista

San Pío X denunció a los enemigos de la Iglesia que trabajaban en su interior

El modernismo trataba de adaptar la Iglesia al espíritu y a los errores del mundo moderno

El Pontificado de San Pío X se desarrolló desde 1903 a 1914, un período marcado por muchas y arduas luchas.

Entre ellas se destaca su condenación del movimiento denominado “modernismo”, estigmatizado por el Pontífice como la “síntesis de todas las herejías”.

El modernismo, precursor del actual progresismo

Ese movimiento, precursor del progresismo católico de nuestros días, trataba de adaptar la Iglesia al espíritu y a los errores del mundo moderno, infectando los ambientes católicos con esos errores.

Aquel extraordinario Pontífice, en su famosa y magnífica encíclica Pascendi Dominici Gregis (8/09/1907) denunció a los enemigos internos, que conspiraban para desfigurar y, finalmente, destruir la Santa Iglesia por dentro:

“Los fautores del error se ocultan en el propio seno de la Iglesia, por así decir, en las propias venas y entrañas de ella”.

* * *

Nos pareció de interés transcribir un comentario de Plinio Corrêa de Oliveira, hecho en entrevista concedida a una radio de Brasil, en 1990.

Comentario de Plinio Corrêa de Oliveira a la acción de San Pío X

Plinio Corrêa de Oliveira

«San Pío X tuvo que luchar durante su Pontificado contra una herejía que nació bajo el nombre de “modernismo”.

«Esta tenía la finalidad de infiltrar la Iglesia ; hacer que sus adeptos llegasen a los puestos de la Jerarquía de la Iglesia; y así modificarla en el sentido herético: no de fuera hacia adentro, sino desde dentro de ella misma, es decir, en nombre de la Iglesia, ocupando puestos de dirección, para así trasformarla en el sentido heretizante

”Las ideas de los adeptos de ese herejía modernista llevarían a la Iglesia, en el campo social, a una posición francamente socialista, con tendencia comunista.

”Esos males fueron vistos por el Santo Pontífice con una mirada angélicamente límpida, que lo llevó a fulminar la herejía modernista en viarios documentos, de los cuales, sin duda alguna, el más famoso fue la encíclica Pascendi”.

Sobre el «modernismo», su influencia en la Democracia Cristiana y la «Teología de la Liberación», recomendamos leer: Del catolicismo social al cato-socialismo: historia de un desvío

 

El nuevo feminismo del Papa

Escrito por Mary Ann Glendon

Sin minimizar la importancia de las críticas, este artículo da cuenta de un registro histórico envidiable que destaca la preocupación que la Iglesia siempre ha tenido por las mujeres

A mediados de 1950, una amiga escribió a la novelista católica estadounidense Flannery O'Connor para quejarse por las declaraciones sexistas de un sacerdote olvidado desde hace tiempo. La autora de la carta debió haber exigido que le explicara cómo puede una persona pertenecer a una iglesia que exterioriza semejantes actitudes, dado que la respuesta de Flannery O'Connor fue rápida y contundente: "No debes decir que la Iglesia arrastra esa pesada carga, es el Padre mengano el que la arrastra o muchos Padres menganos. La Iglesia canonizaría tanto a una mujer como a un hombre y supongo que ha hecho mucho más que cualquier otra fuerza en la historia para liberar a las mujeres".

No hay dudas de que Flannery O'Connor estaba pensando de las muchas maneras en que el avance del cristianismo ha fortalecido la posición de las mujeres en el pasado. Es realmente notable que la Iglesia primitiva haya logrado que se aceptara ampliamente el ideal de mantener la monogamia en culturas en las que la poligamia era común y en las que la costumbre permitía a los hombres que dejaran de lado a sus mujeres.

Más tarde, a pesar de las presiones de los príncipes y mercaderes, el Concilio de Trento se manifestó firmemente en contra de los matrimonios arreglados sin el consentimiento de los esposos. Aún más tarde, las políticas que la Europa continental implementó para proteger a madres y niños se vieron fuertemente influenciadas por el pensamiento social católico.

Tal vez la novelista también tuvo en cuenta la actitud de Jesús hacia las mujeres. Cuando leemos los relatos apostólicos, podemos observar con facilidad de qué manera tan radical nuestro Señor se apartó de la cultura de sus tiempos cuando trabó amistad con mujeres, incluso pecadoras públicas. Resulta llamativo que Jesús haya mantenido tantas conversaciones importantes con mujeres y que haya confiado sus enseñanzas más significativas en primer lugar a sus amigas mujeres.

Aún así, uno podría imaginar a la joven que escribió la carta respondiendo con impaciencia "Está bien, pero ¿qué hizo la Iglesia últimamente por nosotras?" Ni siquiera Flannery O'Connor pudo prever, en aquellos días preconciliares, que la Iglesia Católica estuviera a punto de ser una de las instituciones mundiales que defendió más enérgicamente la libertad y dignidad de las mujeres.

El Concilio Vaticano II señaló el camino hacia una nueva toma de conciencia de las preocupaciones de las mujeres con unas pocas declaraciones enigmáticas repletas de insinuaciones. El Concilio habló con calidez de la idea de que los órdenes políticos y económicos debían extender los beneficios de la cultura a todos, ayudando tanto a los hombres como a las mujeres para que pudieran desarrollar sus dones según su dignidad innata, (Gaudium et Spes, 1). En su "Mensaje final", los padres del Consejo proclamaron lo siguiente: "Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora".

Aporte para las mujeres

El hecho de que la Iglesia no sería un mero observador pasivo del progreso de las mujeres en el mundo secular se volvió evidente durante los años setenta cuando surgió como una defensora acérrima de las mujeres, especialmente de las mujeres pobres, en los entornos internacionales de justicia social y económica. Desde el inicio, la Iglesia tuvo una voz distintiva en aquellas discusiones. Fue una defensora incansable de aquellas voces que pocas veces se escuchan en los corredores del poder: la de refugiadas, inmigrantes y madres de todo el mundo. Muchas veces fue prácticamente la única institución que insistió en que no puede existir un progreso auténtico para las mujeres si no se respetan sus roles en la familia. Dicha preocupación por el rol de las mujeres en la familia no se opone de ninguna manera a la forma en que la Iglesia apoya las aspiraciones de las mujeres de participar en la vida económica, social y política.

El hecho de que la Iglesia no sería un mero observador pasivo del progreso de las mujeres en el mundo secular se volvió evidente durante los años setenta cuando surgió como una defensora acérrima de las mujeres, especialmente de las mujeres pobres, en los entornos internacionales de justicia social y económica.

En los años 90, el Santo Padre abrazó la causa de los derechos de las mujeres en términos específicos. Su Carta apostólica a las mujeres previa a la Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín de 1995 decía que: "Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de la persona y por tanto igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora-madre, justas promociones en la carrera, igualdad de los esposos en el derecho de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y deberes del ciudadano en un régimen democrático".

El hecho de que la Iglesia no sería un mero observador pasivo
del progreso de las mujeres en el mundo secular se volvió
evidente durante los años setenta cuando surgió como una
defensora acérrima de las mujeres, especialmente
de las mujeres pobres, en los entornos internacionales
de justicia social y económica

Su respaldo no se limitó solamente a palabras alentadoras. El Papa fue el primer líder mundial que asumió un compromiso concreto frente a las metas -igualdad, desarrollo y paz- de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer de 1995. Unos pocos días antes de la reunión de Pekín, comprometió a las trescientas mil organizaciones católicas educativas, de salud y socorro para que implementaran una estrategia prioritaria para niñas y mujeres jóvenes, especialmente las más pobres, con especial hincapié en la educación. Incluyó deliberadamente una estrategia sobre la educación de los niños "en el sentido de la dignidad y el valor de la mujer". Hizo un llamamiento especial a las mujeres de la Iglesia para que adoptaran "nuevas formas de liderazgo en el servicio... y a todas las instituciones de la Iglesia, para que acogieran ese aporte de las mujeres". 

Un amor evidente

A mediados de los noventa, fue claro que uno de los grandes logros del papado de Juan Pablo II consistió en darle mucha más vida y vigor a las declaraciones fecundas del Concilio Vaticano II sobre las mujeres. En una notable serie de escritos, meditó con mucha más profundidad que cualquiera de sus predecesores sobre los roles de mujeres y hombres a la luz de la palabra de Dios. El vocabulario que empleó en tales escritos sorprendió a varios. El Papa no sólo se alineó con las mujeres en la búsqueda de la libertad, sino que adoptó muchos de los términos que suelen emplear los movimientos feministas, hasta incluso exigió un "nuevo feminismo" en la Evangelium Vitae. En su "Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz" de 1995 observó que, "mirando este gran proceso de liberación de la mujer", se puede decir que ha sido un camino difícil "no exento de errores" aunque dirigido a un mejor futuro para las mujeres. En Mulieris Dignitatem (1988), que incluye la base teológica principal de sus mensajes a las mujeres, calificó de pecaminosa la discriminación de las mujeres y resaltó en repetidas oportunidades que no hay lugar en la visión del cristiano para la opresión de las mismas.

Todos los escritos están redactados en forma de diálogo. Su autor invita a las mujeres a reflexionar y meditar con él acerca de la búsqueda de la igualdad, la libertad y la dignidad a la luz de la fe y en el contexto de una sociedad cambiante en la que la Iglesia y los fieles se enfrentan a retos nuevos y complejos. Nadie que lea estos mensajes puede no sentirse impresionado por el amor, empatía y respeto evidente que Juan Pablo II tiene por las mujeres. Ello se advierte más que nada en sus palabras compasivas a madres solteras y mujeres que se sometieron al aborto. La imagen que viene a la mente es la de un hombre que está cómodo con las mujeres y que escucha atentamente sus inquietudes más profundas. Luego de reunirse con el Papa antes de la conferencia de Pekín, la Secretaria General Gertrude Mongella les dijo a los periodistas "Si todos pensaran como él lo hace, no sería necesaria una conferencia sobre la mujer".

Nuevos roles para las mujeres

En lo que respecta a los roles cambiantes de las mujeres, los escritos del Papa no contienen rastros del dogmatismo que suele caracterizar a la retórica tanto del feminismo organizado como de los conservadores culturales. Afirma la importancia de la identidad sexual biológica, pero no consuela a los que creen que los roles de hombres y mujeres están fijados para siempre a un patrón estático. Por el contrario, celebró que las mujeres asumieran nuevos roles e hizo hincapié en la medida en que el condicionamiento cultural ha sido un obstáculo para el progreso de las mujeres.

A pesar de las declaraciones del Papa y del rol incuestionable, y muy poco reconocido, de la Iglesia como defensora de los intereses de las mujeres en la sociedad, muchas de ellas han sentido que la Iglesia tardó en examinar sus propias estructuras y el comportamiento de sus propios representantes a la luz de las meditaciones del Santo Padre. Sin embargo, una mirada hacia los desarrollos recientes demuestra que han surgido cambios sorprendentes bajo su liderazgo. Lo que es más importante a la larga es que estipuló un importante conjunto de pautas para lograr una cantidad mayor de transformaciones más profundas. Tampoco dejó de enfrentarse a las injusticias del pasado y a todos los Padres fulano de tal que existieron a lo largo de la historia: "Pero si la culpa objetiva [de poner obstáculos en el progreso de la mujer], especialmente en determinados contextos históricos, no ha sido tan sólo de unos pocos miembros de la Iglesia, lo siento sinceramente. Que este sentimiento se convierta para toda la Iglesia en un compromiso de renovada fidelidad a la inspiración evangélica".

Modelando esta nueva entrega a la inspiración evangélica desde su propia esfera, el Papa Juan Pablo II ha tomado medidas históricas para incrementar el nivel de participación de religiosas y laicas en todos los niveles de la Iglesia. En 1995, exhortó en términos fuertes "a todos los hombres en la Iglesia a realizar, donde sea necesario, un cambio de corazón, y a tener, como exigencia de su fe, una visión positiva de la mujer. Les pido que tomen cada vez más conciencia de los inconvenientes que las mujeres, especialmente las niñas, han tenido que afrontar, y observen si la actitud de los hombres, su falta de sensibilidad o de responsabilidad pueden haber sido la causa". Fue él mismo quien designó a una cantidad sin precedentes de mujeres laicas y religiosas para ocupar cargos en consejos y academias pontificias, dando el ejemplo a los cardenales, obispos y demás sacerdotes de todo el mundo.

Evidentemente no podemos esperar que la totalidad de la Iglesia coincida en la visión evangélica un año después de la conferencia de Pekín o incluso treinta años después del Concilio Vaticano II. Las actitudes culturales, la costumbre y el pecado son aún más testarudos. No hay dudas de que el progreso ocurrirá a distintas velocidades en diferentes partes de la Iglesia y en sus instituciones remotas. El viaje tendrá sus vaivenes, sus intentos fallidos y sus callejones sin salida. El cambio institucional, después de todo, requiere cambios de mentalidad y corazón en las personas. Como una vez dijo el Papa Pablo VI sobre la curia romana: "no nos hará bien cambiar las caras si no cambiamos los corazones". Sin embargo, es evidente que una transformación histórica está en camino.

Como así tampoco puedo pensar en principios más
fructíferos para guiar y promover un mayor progreso para
las mujeres que los comprendidos en las Sagradas
Escrituras y en la doctrina social de la Iglesia

Los que adoptan un enfoque legalista y formal para el estudio de las instituciones podrían fácilmente subestimar la profundidad de este proceso de cambio. Las normas formales de una organización muchas veces ofrecen una imagen ambigua de la situación actual de la mujer dentro del grupo. (¡Tan sólo debemos pensar en las Naciones Unidas como el ejemplo de una organización cuya práctica ha fallado en su compromiso oficial con la igualdad sexual!) En el entorno de la Iglesia Católica y a partir del Concilio Vaticano II, se ha observado que una cierta diversidad formal en los roles estuvo acompañada, en la práctica, de un incremento extraordinario de la participación femenina en la vida de la Iglesia. En todo el mundo, mujeres laicas y religiosas están ayudando en muchas funciones que se limitaban principal o exclusivamente a los sacerdotes, hombres y niños. Las mujeres están a cargo de varias tareas pastorales en las parroquias y están engrosando las filas de misioneros. Tal vez desde el primer siglo A.D. que las mujeres no se han comprometido tan activa y visiblemente en la vida de las personas llamadas por Jesucristo.

En lo que respecta a los roles de liderazgo, la administración del sistema de salud de la Iglesia, el segundo más importante del mundo, está a cargo, casi en su mayoría, de mujeres ejecutivas católicas. Las mujeres católicas, religiosas y laicas son directoras, rectoras y miembros del consejo de administración del proveedor mundial más importante de educación privada elemental y secundaria. (Hace mucho tiempo que la Iglesia Católica promueve la educación de las mujeres, ofreciendo nuevas oportunidades a mujeres jóvenes en países en los que otras instituciones prestaron poca o nada de atención al desarrollo intelectual de las chicas.) La Iglesia Católica no tiene una necesidad comparativa de pedir disculpas en este sentido.

Las instituciones de la Iglesia también pueden compararse favorablemente, en lo que respecta al progreso de las mujeres, con instituciones seculares importantes, tales como corporaciones, administraciones públicas, universidades y las Naciones Unidas. Las mismas siguen rehusándose un tanto a recibir los aportes de las mujeres, especialmente en los niveles más elevados. Además, a diferencia de muchas instituciones seculares, la Iglesia no espera que las laicas sacrifiquen sus vidas familiares. Cuando al doctora Jane Matlary, miembro de la delegación de Pekín de la Santa Sede, anunció que debía regresar a Noruega antes de que termine la conferencia para ocuparse de un problema familiar, se marchó llena de bendiciones y buenos deseos. Mucho del progreso de las mujeres en el mundo de los negocios se vio permanentemente afectado por resolver ese tipo de conflictos en favor de su familia. Sin embargo, la Iglesia tiene una visión diferente. El Papa Juan Pablo II luego designó a la doctora Matlari como miembro del Consejo Pontificio Justicia y Paz.

Dado que la Iglesia se encuentra en un período de tanta vitalidad para las mujeres (y para el laicado), es desconcertante que quienes afirman desear el avance de la mujer dentro de la Iglesia se hayan centrado particularmente en el sacerdocio masculino. En la mayoría de los casos, la explicación trae aparejada una confusión acerca del carácter de la Iglesia y del sacerdocio: lo cual lleva a analogías fuera de lugar desde la esfera secular. La Iglesia no es una corporación ni un gobierno. Su terreno no es la ganancia ni el poder, sino el cuidado de las almas. Obviamente, la Iglesia no puede regirse por los mismos principios que General Motors o un municipio. 

Igual llamado a la santidad

El sacerdocio no es un trabajo, sino un llamado de Dios. No se trata de poder, sino de servicio. Por cierto, este tipo de llamado se reserva a los hombres, pero el llamado a la santidad es universal. ¿Quién puede sostener que el llamado de la Madre Teresa a la santidad tiene menor valor, por ser diferente, que el llamado del arzobispo de Calcuta? La comprensión del tema de la ordenación ha quedado aún más enturbiada por un falta generalizada de distinción entre los roles sacramentales que se reservan a los sacerdotes y un rango mucho más amplio de roles pastorales y ministeriales que pueden estar a cargo de personas no ordenadas. Los roles pastorales y ministeriales están más abiertos que nunca a las mujeres. De hecho, la Iglesia necesita y busca con desesperación en muchos lugares los aportes de laicos, tanto hombres como mujeres, en estas áreas. Dado que "la Iglesia canonizaría tanto a una mujer como a un hombre" y que tantos roles cruciales en la Iglesia no solo están abiertos a las mujeres sino que a nadie les interesa, ¿por qué algunas personas continúan sintiéndose ofendidas por el sacerdocio masculino? Tal como lo mencionara recién, lamentablemente, los malentendidos de buena fe son comunes. En algunos casos, lamento decirlo, la preocupación por la ordenación tiene un lado más oscuro. La discusión en la conferencia de 1995 de un grupo estadounidense fundado en los años setenta para promover la causa de la ordenación de mujeres es ilustrativa. Fue doloroso leer en The New York Times que algunas mujeres en la reunión sostuvieron que ya no deberían insistir en la ordenación de mujeres, pero no porque la Iglesia haya puesto fin al debate sino que, en las palabras de un profesor de divinidad de la escuela, porque "ordenación significa subordinación a una orden de dominación elitista, dominada por hombres, sagrada y jerárquica". Otros hablaron a favor de perseverar en el objetivo original del grupo, pero el tono de sus comentarios fue más en contra de la Iglesia que a favor de las mujeres: "Necesitamos personas con cinceles dentro", dijo una hermana religiosa, "quitándole sus instituciones, o nunca se vendrá abajo." Un profesor de estudios religiosos metió la cuchara: "Ordenar a las mujeres es dar a este sistema totalitario podrido en que se ha convertido la Iglesia católica romana un empujoncito para caer en su tumba". De más está decir que la gran mayoría de mujeres católicas estadounidenses no comparten estos sentimientos, pero se les da amplia publicidad en los medios.

La Iglesia, ¿ha hecho lo suficiente para ajustar sus propias estructuras al principio de que no hay distinción entre el hombre y la mujer en el misterio de la redención? Claro que no. Una vez más, Flannery O'Connor estuvo en lo cierto. Cuarenta años atrás, cuando su amiga protofeminista clamó en contra de los defectos de la Iglesia, Flannery O'Connor le contestó "lo que parece que en verdad estás reclamando es que la Iglesia debería traer el reino de los cielos a la tierra en este preciso instante". Continuó diciendo:

Cristo fue crucificado en la tierra y todos nosotros, más específicamente sus miembros, crucificamos a la Iglesia, porque es una iglesia de pecadores. Cristo nunca dijo que la Iglesia se manejaría de una manera inteligente o sin cometer pecados, sino que no enseñaría nada erróneo. Ello no significa que ninguno de los sacerdotes enseñará nada erróneo, sino que la Iglesia, en su totalidad y hablando a través del Papa, no enseñará nada que sea erróneo en materia de fe. La Iglesia se fundó en Pedro, quien negó a Cristo tres veces y no fue capaz de caminar por sí mismo sobre las aguas. Ustedes están esperando que sus sucesores caminen sobre las aguas.

Cuatro décadas después de que se escribieran esas sabias palabras, una mujer católica, impaciente con el ritmo del cambio, podría considerar preguntarse: En la sociedad contemporánea, ¿dónde me siento más respetada como mujer, cualquiera sea el camino que elija en mi vida? ¿Qué tipo de pensamiento toma con mayor seriedad mis preocupaciones más profundas? ¿Qué organización habla más claramente en nombre de todas las mujeres, incluso de aquellas que viven en la pobreza? Las madres católicas también podrían considerar preguntarse: ¿Dónde me siento más respaldada y alentada en la dificultosa tarea de educar a mis hijos en las condiciones actuales? Por mi parte, no puedo pensar en ninguna otra institución que supere a la Iglesia católica en estos aspectos.

Como así tampoco puedo pensar en principios más fructíferos para guiar y promover un mayor progreso para las mujeres que los comprendidos en las Sagradas Escrituras y en la doctrina social de la Iglesia. En especial, las consecuencias de combinar los escritos de Juan Pablo II sobre las mujeres con sus escritos sobre la familia, el laicado, el trabajo humano y la justicia social son verdaderamente revolucionarias −y en su mayor parte aún objeto de exploración. Estos grandes escritos están abiertos al futuro.

En una gran medida, dependerá de los fieles, tanto hombres y mujeres que peregrinan juntos en este viaje terrenal, que avancen más allá de Pekín. Como "compañeros en el misterio de la redención", mujeres y hombres deben unirse para aplicar las enseñanzas "siempre viejas y siempre nuevas" a la tarea de construir la "civilización de la vida y del amor". Debemos conocer las consecuencias para un feminismo moderno de una visión de la persona humana que comprenda la individualidad única de cada uno de nosotros, nuestra solidaridad con nuestros congéneres y nuestra unidad en el cuerpo místico de Cristo.  

Mary Ann Glendon

 

 Tercer round

Debemos seguir reivindicando y demostrando con hechos y no solo palabras, que somos los únicos capaces de aunar el centro derecha español.

A escasos días ya de depositar nuestros votos para la triple elección que debe configurar  la nueva composición de municipios, parlamentos autonómicos y parlamento europeo y  a menos de un mes de los anteriores comicios que se han celebrado para elegir a diputados y senadores, no se puede decir que vislumbremos un horizonte de estabilidad y normalidad en la gobernanza de los intereses que son gestionados desde las distintas administraciones e instituciones del Estado.

Si convulso y enervante fue el final de la anterior legislatura con Pedro Sánchez presidiendo un  gobierno de izquierdas, frentepopulista, atípico y emergente como consecuencia de una frustrante moción de censura al presidente Rajoy, la que se avecina después de la nueva composición del arco parlamentario nacional no augura precisamente una temperatura primaveral sino más bien un tormentoso invierno que nos inundará con una fuerte granizada, adornada de los mismos fatuos y vacíos discursos, además de las ya habituales posturas irreconciliables de tirios y troyanos.

Está suficientemente acreditado que el centro derecha, representado por el partido popular y su joven líder Pablo  Casado, ha sufrido un fuerte varapalo de su electorado tradicional y VOX ha fagocitado parte del descontento que aglutinaba la derecha más conservadora de las siglas que él representa. Ciudadanos ha seguido su línea ascendente al beneficiarse de la indefinición de su espacio ideológico y electoral pero dejándose llevar al mismo tiempo por la acertada estrategia del partido socialista para incluirlo en el cesto del centro derecha y así alejarlo de sus potenciales votantes de centro izquierda que pudieran buscar refugio en el liberal o socialdemócrata Rivera.

Consecuencia también de los resultados electorales del día 28, es la nueva composición del ala izquierda del mapa político español. El binomio Pedro Sánchez/Iván Redondo ha conseguido recomponer una buena parte del partido socialista a costa de radicalizar su discurso para  aprovechar el desaguisado y las incongruencias de Pablo Iglesias con su aburguesamiento habitacional, su sovietizado autoritarismo y su persistente proximidad hacia los independentistas catalanes y batasuneros/etarras.

Por otra parte el encarcelamiento del misionero Oriol Junqueras le ha reportado pingües beneficios políticos, consolidando a su formación política en Cataluña, lo que le permite llevar la voz cantante del republicanismo independentista y una mayor capacidad de presión para incomodar al “dialogante” Sánchez y quizás arrinconar al dúo Torra-Puigdemont sumidos en una espiral endiabladamente antiespañola. Un PP prácticamente desaparecido en tierras catalanas, unido a su penosa debacle existencial en el País Vasco y al aparatoso  histrionismo de Iceta, capitán del PSC y muy veleidoso con el nacionalismo catalán, anuncian la necesidad urgente de un cambio estratégico del partido popular en las dos comunidades autónomas.

Este tercer round que ahora tienen que encarar los partidos políticos y sus líderes respectivos tienen aspectos relevantes que los distancian de la anterior confrontación nacional y en el que influyen dos elementos importantes. Por una parte una mayor proximidad al ciudadano de los candidatos municipales y autonómicos, además de una mayor  y más detallada valoración personal de su gestión y por otra un total alejamiento e indiferencia hacia los candidatos al parlamento europeo. Es evidente que ello va a incidir en el peso de las siglas en una u otra elección y consecuentemente en la lectura que del resultado de las urnas, hagan los analistas y partidos para sus posicionamientos respectivos a la hora de entablar y adoptar acuerdos de gobierno a nivel nacional o local y regionales.

Ante un panorama tan fragmentado no resulta nada fácil aventurar lo que puede resultar de este complejo rompecabezas y en especial para alcanzar lo que es más importante: el bienestar, el desarrollo y la pacífica convivencia de los españoles. El Partido Popular no está en sus mejores momentos, pero lejos de entrar ahora en la innecesaria valoración  de lo sucedido en estos últimos meses y especialmente en la última campaña electoral, se hace obligatorio y más aún para los que hemos tenido el honor y el privilegio de haberlo representado en las instituciones nacionales e internacionales, pedir un esfuerzo adicional de sus dirigentes y militantes para reivindicar y defender el legado de tantos miles de afiliados y cargos públicos que se han dejado la piel honradamente en la defensa del partido y de España.

Debemos seguir reivindicando y demostrando con hechos y no solo palabras, que somos los únicos capaces de aunar el centro derecha español desde la moderación pero también desde la firmeza, la flexibilidad y la paciencia para recuperar el terreno perdido. En estas próximas elecciones  la gestión, la experiencia y la eficacia son los argumentos a tener en cuenta para encarar con éxito las elecciones municipales y autonómicas. Las europeas merecen otro análisis de diferente orden que no conviene mezclar en este momento. Como bien señalaba Cánovas del Castillo  “a mí me convencen los argumentos o me convencen los hechos, cuando pasan por el crisol de la experiencia”, y de esa experiencia anda sobrado el partido que hoy preside Pablo Casado.

Jorge Hernández Mollar

 

 

La angustia de ser padres


   ¿Alguna vez te has sentido angustiado por el hecho de ser padre? Esta situación puede ocurrir en cualquier momento, cuando tenemos por primera vez un bebé en nuestras manos, cuando hemos de empezar a buscar colegio… pero sobre todo a medida que nuestros hijos se van haciendo mayores. ¿Te sientes abrumado por una responsabilidad que consideras desmesurada y que llega a paralizar tus actuaciones? Confiar en que siempre podemos mejorar nuestra actuación nos ayudará a superar la angustia.

   La educación que damos a nuestros hijos condiciona claramente sus percepciones, valores y relaciones con los demás. Y hay padres que cuando toman conciencia de este hecho se sienten abrumados por la responsabilidad. Algunos llegan incluso a angustiarse. También es relativamente frecuente que, a medida que tenemos más claro cuál es nuestro papel de padres, nos vayamos alejando de ese papel ideal. Afortunadamente, esta responsabilidad mal entendida puede transformarse en una actitud positiva. Basta cambiar el objetivo: en vez de considerar la posibilidad de llegar a ser una madre o un padre perfecto, intenta esforzarte para mejorar como padre, para aprender algunas estrategias educativas, para mejorar el ambiente familiar.

   Creo firmemente que aspirar a la perfección es una locura, y que compararnos con modelos utópicos e inexistentes es demoledor. En cambio, el propósito de esforzarse para mejorar es vivir nuestra vida con responsabilidad, es vivir una vida con sentido.

   Intentar ser perfectos produce angustia, aspirar a mejorar nos permite progresar

   Pero quizá todas estas afirmaciones puedan parecer un tanto filosóficas o fruto de ciertas elucubraciones. Quizá parezca que en la práctica no significan nada, pero en realidad son muy importantes porque pretenden despertar en nuestra conciencia de padres una actitud optimista. Pensemos que nada se puede lograr si no confiamos en ello. Confianza en nuestros propios medios y confianza en nuestros hijos.

   Lo que menos necesitan nuestros hijos es tener unos padres perfectos

   Por extraño que parezca, unos padres perfectos acaban por ser un modelo inimitable y, por tanto, descorazonador. Lo que necesitan nuestros hijos son padres responsables, que se esfuercen por ser mejores padres y mejores personas. Eso sí es imitable y esperanzador. Aquí tenemos el primer recurso educativo a nuestro alcance. Las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra.

   – “Es que yo no tengo paciencia” -me han contestado no pocos padres o madres cuando les proponía algún objetivo concreto. “No tengo tiempo” -decían otros. “No sé hacerlo”, aún añadían.

   Todos ellos hablaban con sinceridad, pero en cambio sus respuestas y sus dudas eran ciertamente infundadas y fruto de la inseguridad que a veces produce la tarea de ser padres. He sido testimonio de centenares de niños, jóvenes, padres y madres que han demostrado que eran capaces de cambiar y de mejorar con su esfuerzo. No hay ninguna razón para pensar que nosotros no somos capaces de hacer otro tanto. Pero además, ¿cómo tendríamos la osadía de esperar que nuestros hijos mejoren y progresen si nosotros que somos mayores, más expertos y más fuertes no somos capaces de hacerlo?

   Aún añadiré más razones para levantar el ánimo. En la tarea de educar a nuestros hijos no estamos solos, contamos con la ayuda de diferentes personas o instituciones: de nuestra pareja, de instituciones educativas, de cursos de formación de padres, de libros, de revistas, de portales como éste…

   Es consolador que, para realizar nuestra tarea de padre o madre, contemos asimismo con la ayuda continuada y próxima de nuestra pareja. La importancia de esta ayuda la conocen muy bien los padres o madres que, por diversas circunstancias, tienen que desarrollar este trabajo en solitario, sin la ayuda de su pareja.

   Pero también contamos con otra ayuda continuada e interesada. Me refiero a la ayuda de nuestro propio hijo. Es frecuente que no pensemos en él como verdadero artífice de su educación, sino como una masa informe de arcilla a la que modelamos a nuestro antojo. Y, en cambio, es él quien, con nuestro apoyo, será el verdadero creador de su personalidad, además del primer interesado en hacerlo bien. Es una prueba de amor confiar en la persona amada, y es un requisito educativo confiar en que nuestro hijo puede esforzarse y progresar. Así pues, si contamos con él, seguramente dispondremos de un colaborador eficaz.

   Un amigo mío, muy mentalizado con la educación de sus hijos, me decía:

   – “Es que a mí, por desgracia, no me han enseñado a ser padre en ningún sitio, me he tenido que espabilar solo, y la verdad es que no hay muchos sitios adonde acudir”.

   Para ser padres no se ha establecido un sistema de escuelas y de exámenes como para ser conductor, por ejemplo. No se exige acreditar una capacitación, por lo cual la mayoría de los futuros padres o madres no realizan una preparación previa. Los que se deciden a hacerlo tampoco lo tienen fácil, ya que escasean los centros de orientación, aunque existen algunas escuelas de padres a las que se puede acudir en busca de formación. También hay que contar con el asesoramiento continuado que ofrecen la mayoría de los centros educativos, a través de charlas o entrevistas.

   Los libros y revistas son otro medio de información al que podemos recurrir. Me gustaría que medios como el que permite que nos comuniquemos en este momento sirvan de consejeros eficaces sobre qué leer y dónde conseguirlo.

   José María Lahoz García Pedagogo

 

Personalidad y educación

   En este artículo su autor se centra en una original concepción de la personalidad -la personalidad cinco estrellas- y en su cultivo desde la institución escolar. En su opinión, la escuela actual no cuenta con una teoría de la personalidad suficientemente sólida y aceptada que guíe la acción formativa de los educadores. Sin soslayar las características de cada etapa del desarrollo y otros poderosos condicionantes, el autor del texto proporciona una visión armónica de la personalidad que permite orientar la formación entreverada de cinco aspectos básicos: sensibilidad, apertura, cordialidad, respeto y responsabilidad, garantes del despliegue personal saludable y de la convivencia.  

   Aunque en el lenguaje coloquial se dice, en ocasiones, de alguien que “tiene mucha personalidad” o que “carece de personalidad”, se trata de expresiones imprecisas desde la perspectiva psicológica, pues toda persona, más allá de la nitidez de su manera de ser o de su atractivo, tiene personalidad. En aras del rigor, ha de señalarse que la personalidad es el conjunto de rasgos individuales que se poseen y que explican la manera habitual de comportarse.  

   Aun cuando engloba aspectos morfológicos, generalmente se refiere a la estructura psicológica, esto es, a la dimensión intelectual, afectiva y volitiva, de ahí que se manifieste en los pensamientos, sentimientos, deseos y, por supuesto, en las acciones. La personalidad constituye una globalidad dinámica y adaptativa. Es el resultado de los factores hereditarios y ambientales. Es relativamente estable y consistente, pero también experimenta cambios más o menos significativos, por ejemplo, en función de los acontecimientos biográficos. En contra de lo planteado por alguna concepción psicológica, la personalidad no está determinada, lo que nos lleva, por un lado, a reconocer el valor de la libertad, por más que haya limitaciones, y, por otro, a insistir en la posibilidad de mejora individual.

    Entre las condiciones que poseen mayor potencia modeladora de la personalidad se encuentra, sin duda alguna, la educación. El legado genético no fija el camino a seguir. El ser humano, a diferencia de los animales o de las máquinas, es capaz de trazar su propio rumbo con libertad. Enlazando con esta bella noción, aunque pese a los partidarios de planteamientos pedagógicos mecanicistas y sombríos, la educación se alza como la genuina impulsora de la autonomía responsable.

    La personalidad es como una semilla que, si bien contiene el embrión de la futura planta, requiere un terreno adecuado y condiciones idóneas para desarrollarse. Pues bien, la educación ofrece esa posibilidad acrecentadora y emancipadora. Afirmación a la que nada se puede objetar y que, en cambio, admite numerosas matizaciones, pues cómo entienda cada cual qué es la educación es algo que nos llevaría a un tratado interminable repleto de múltiples discusiones.

    Retomando el hilo discursivo, se advierte que no es suficiente con nacer con buenas cualidades físicas o psicológicas. Se precisa, además, administrar de la mejor manera la herencia, para que se rentabilice y no se derroche. Aunque no me gusta utilizar metáforas económicas, creo que al estirar el tropo se observa con claridad que la educación es una buena inversión personal, la mejor de las posibles.  

   Temperamento y carácter

    Orientados de nuevo por la brújula psicológica descubrimos en nuestro recorrido por la personalidad dos grandes dimensiones integradas unitariamente: temperamento y carácter. El temperamento depende sobre todo de la herencia, tiene raíz biológica y empuja a obrar en una determinada dirección. Es difícil de cambiar, de ahí que se haya popularizado lo de “genio y figura hasta la sepultura”. El carácter, sin embargo, está condicionado por el ambiente y se adquiere en el transcurso de la vida. Es un conjunto de hábitos de comportamiento establecidos por las influencias sociales, culturales, educativas, etc. Si el temperamento impulsa a actuar desordenadamente, el carácter controla la conducta y la ordena a la inteligencia y a la voluntad. Es el caso, por ejemplo, de la persona inclinada a reaccionar impetuosamente que logra contenerse merced a su carácter. Temperamento y carácter, más allá de sus diferencias, se imbrican y complementan.

    Espero que el recordatorio anterior ilusione suficientemente y se alejen los fantasmas del determinismo y del pesimismo, pues como queda dicho la vida no está programada fatalmente por los genes. Cada cual puede jugar sus cartas de la mejor forma posible. La personalidad en buena medida se (auto)construye.

    Impelidos por un optimismo pedagógico saludable que, evidentemente, no niega las limitaciones de todo proceso formativo, hemos de reconocer de inmediato el valor de la educación. Sin ella la personalización quedaría detenida. El ser humano sin educación queda confinado en los límites de la animalidad.

    La persona se descubre en la relación interhumana.   

   Particularmente en la infancia necesita a los demás para su seguridad física y para adquirir informaciones, destrezas, actitudes y valores. Sin esa ayuda, cuidado, afecto y orientación de los adultos no sería posible una vida verdaderamente humana. La manera de proporcionar el alimento, la calidez, las sonrisas, etc., constituyen el repertorio educativo familiar básico que se brinda al neonato y que paulatinamente, sobre todo con la entrada en la escuela, se torna más complejo, sistemático e intencional.

    El recorrido educativo, más o menos formalizado, se extiende a toda la vida, pero es en los primeros tramos donde adquiere capital importancia. Por eso las reflexiones que seguidamente expresamos, enlazadas con el concepto de personalidad, apuntan a las etapas educativas iniciales. Para empezar, procede señalar que la impronta de un ambiente educativo rico se refleja en los rasgos fundamentales del sujeto. La emergente personalidad, al margen de imprevistos biográficos o de cualquier otra circunstancia incontrolada, se “moldea” en función de la educación proporcionada. Como cabe suponer, no se trata de esculpir la personalidad infantil, sino de facilitar que el propio niño asuma paulatinamente el protagonismo en el proceso de construcción personal.

    La personalidad cinco estrellas

    Cualquier teoría pedagógica tiene finalidad práctica, pues necesariamente se encamina a mejorar la educación. La acción formativa se ve así condicionada por sus fundamentos científicos, pero también por la época histórica. Desde mi punto de vista, en el contexto sociocultural que nos toca vivir, sólo una educación adscrita a un paradigma neohumanista puede fomentar una personalidad saludable, por dos razones principales. La primera, porque otros modelos, pese a sus contribuciones técnicas, han resultado deficitarios para desplegar la compleja realidad personal.

    La segunda, porque el retroceso psicosocial experimentado exige una respuesta educativa integradora que preste especial atención a la ética.

    Debe agregarse que, en la actualidad, el mundo escolar no cuenta con una teoría de la personalidad ampliamente aceptada que guíe la acción formativa de los educadores. Quizá esto explique que la escuela, en general, no cultive como debiera el despliegue integral de la personalidad de los educandos, sino aspectos aislados. El resultado es una formación artificial e incompleta. Por supuesto, la pretensión de ofrecer una teoría completa sobre la personalidad, explicativa de su desarrollo, excede las posibilidades de este artículo. No obstante, y con la oportuna cautela, me animo a señalar que el referente de personalidad básica a promover educativamente se define por la siguientes notas: sensibilidad, apertura, cordialidad, respeto y responsabilidad, que describo a continuación de modo sumario:

 – La sensibilidad es la facultad de sentir. La persona sensible es receptiva a cuanto acontece a su alrededor, reacciona ante los acontecimientos y vibra con los sentimientos y necesidades de los demás.

 – La apertura refleja la tendencia a actuar conforme a criterios amplios, así como a aceptar y valorar las diferencias. Esta característica es incompatible con la intransigencia y cerrazón.

 – La cordialidad expresa la orientación afable hacia los otros, tal como se pone de manifiesto en el trato afectuoso y en la cooperación. La cordialidad verdadera constituye unos de los fundamentos de la convivencia y, por tanto, debe cultivarse a diario.

 – El respeto nos lleva a mirar al otro con deferencia, esto es, considerada y cortésmente. En el respeto encuentra su asiento la comunicación personal. Constituye, por tanto, una ley básica de toda interacción humana cuyo quebranto torna imposible la relación.

 – La responsabilidad equivale a actuar con reflexión y compromiso, así como a aceptar las consecuencias de los hechos realizados. Equivale a responder a las demandas de la vida social y a implicarse en la construcción de la convivencia.    En este artículo sostengo que una educación genuinamente humanista favorece el despliegue saludable de la personalidad, al menos en los cinco aspectos esenciales citados. Estos rasgos configuran lo que podríamos denominar la personalidad cinco estrellas, en la que se descubre una clara influencia del modelo de los “cinco grandes” (big five) factores de personalidad procedente de la ciencia psicológica. Las características mencionadas se ven matizadas por el influjo de otros factores, entre los que cabe señalar el impacto de la genética, el proceso de crecimiento o la circunstancia social. Lo que ha de quedar fuera de toda duda es que una educación como la propugnada, en un ambiente congruente, permite aprehender la realidad personal del otro y, a la vez, enriquecer la propia en los rasgos señalados.    La metáfora ofrecida, más allá de su evocación empresarial o publicitaria, permite ilustrar la organización medular de la personalidad. El compromiso educativo con la personalidad estelar no debe aplazarse. Así como su cultivo dilata los territorios del corazón y la cabeza, su desatención formativa reduce considerablemente las posibilidades personales.   

 Valentín Martínez-Otero

 

Atención hospitalaria y valores cristianos

Desde la visión que tenemos en los hospitales católicos, el avance hacia mayores cotas de humanización y sentimiento de acogida en la medicina actuales constituye un fenómeno imparable, si bien su evolución se percibe muchas veces como lenta. Lo vemos no sólo en las nuevas generaciones de profesionales, para las que la comunicación horizontal, quizás por haber crecido en un contexto dominado ya por las nuevas tecnologías y redes sociales, se ha convertido para ellos en un rasgo de normalidad, y también lo observamos en una corriente de sensibilidad que han comenzado a filtrarse desde esas unidades de paliativos o geriátricas hacia el resto de las especialidades médicas.

A los hospitales de la Iglesia, esta concepción de la medicina como una disciplina eminentemente humana forma parte de nuestros principios y valores fundacionales. De hecho, mucho antes de que los Estados desarrollaran sus modelos de bienestar, con especial incidencia en la prestación de servicios médicos y de salud, la Iglesia Católica ya cumplía un papel fundamental de acogida y dispensación de cuidados a los enfermos. Incluso antes de que se acuñase el propio concepto hospitalario como entidad y función especializada en la sanación de las personas, la Iglesia Católica, a través de sus múltiples congregaciones, ya venía desarrollando esta función asistencial que forma parte de su auténtica esencia como institución.

Suso do Madrid

 

 

Los sirios

Los sirios han padecido una guerra larga, cruenta y muy destructiva que ha provocado la muerte de más de 500.000 personas y un altísimo número de desplazamientos forzosos.  La imagen de la guerra es siempre la misma: muerte y destrucción. Civiles asesinados, niños huérfanos, mujeres viudas y explotadas, y emigrantes forzosos, son las víctimas más visibles de una guerra que en las últimas horas ha destruido hospitales, escuelas y  núcleos urbanos. Es posible que Rusia y El Asad se hayan equivocado al atacar zonas desmilitarizadas. Y no solo porque se trata de una inmoralidad manifiesta, sino porque como teme Naciones Unidas se pudiera tratar de la excusa perfecta para dar oxígeno a una Guerra que se creyó que había ya rozado su fin.

José Morales Martín

 

 

No es justo juzgar

Está claro que no es justo juzgar el nombramiento del nuevo arzobispo por este clima que se ha creado. Pero lo que no va a ser posible es que ya no se tenga en cuenta este aspecto, incluso para la percepción de las palabras y las acciones del nuevo arzobispo de Tarragona.

Pero la clave, una vez más, es si con este nombramiento de un perfil  nacionalista –la imagen como constructo social- supone cambio en la política vaticana de nombramiento de obispos en Cataluña y el País Vasco. Máxime si tenemos en cuenta el antecedente reciente del País Vasco.  

Pero la cuestión no solo es si el obispo tiene un amor ordenado o no a su patria, a la tierra de sus ancestros, a su cultura. La cuestión es si va a ser obispo de todos y qué piensa de los efectos ya comprobados por la historia de cierta comprensión y práctica del nacionalismo eclesial que ha dejado vacíos los seminarios y ha contribuido a la secularización de las mentes en la media en que se ha convertido en una religión de sustitución.

Al menos en España, lo que ha creado el nacionalismo eclesial no es precisamente una Iglesia viva, activa, en salida, misionera, católica, universal integradora. Todo lo contrario. El nacionalismo eclesial ha cerrado más el círculo de la auto-referencialidad y ha generado muros, no puentes. La Iglesia nacionalista es el ejemplo de una Iglesia endogámica.

Xus D Madrid

 

Tener hijos… no tener hijos

 

                                Mi nueva novela que pronto saldrá editada en la red de Internet; principalmente toca ese tema y cuyos protagonistas, entre situarse en la vida y luego tratar de darse “la vida padre”; cuando tratan de engendrar hijos, ya se les ha pasado la época fértil y tienen que recurrir a todo lo que hoy hay como sucedáneo, pero sin conseguirlo; y por ello empiezan a vegetar en ese final en que termina toda pareja sin hijos, que normalmente suele ser bastante triste, cuando no trágico.

                                Desde ya mucho tiempo atrás en el “rico occidente o sociedad de consumo”, la mayoría de parejas suelen emprender el mismo camino. Como mucho y para justificarse a sí mismos, suelen traer “un retoño” y no quieren más. Retoño que pasará casi de inmediato a la guardería, de allí al colegio y así continuará hasta su mayoría de edad o independencia; y donde su familia apenas la ha conocido puesto que vivirá “entre juguetes y aparatos electrónicos que lo entretengan y eduquen”; los progenitores, siempre atareadísimos; emplearán gran parte de su tiempo en tratar de ganar cuanto más dinero mejor, para surtir al retoño de todos sus caprichos y de paso costearse ellos los también muy numerosos que necesitan… la familia desapareció hace tiempo; por muchos motivos que dejo a cada cual los averigüe con su caletre.

                                Entre mis muchas experiencias tengo la dolorosa de ser hijo único; no he conocido pues, el disfrute de tener hermanos con quienes jugar o pelearme, cosa que desde muy niño noté y envidié de aquellos otros que sí los tenían. Fueron épocas de calamidades de todo tipo y como correspondían a la pos guerra civil. En mis primeros siete años, mi madre fue mi abuela materna, puesto que mi madre (viuda) tenía que ir a trabajar (cuando había trabajo) por pura necesidad de supervivencia. De todo ello me quedaron unos traumas y unos tan amargos recuerdos que me han martirizado toda mi vida y aún hoy a mi ya avanzada vejez, me siguen martirizando sobre todo en las noches en que el insomnio no me deja dormir cuando a mi mente viene aquella película de pesadillas que yo viví de niño, con tantos miedos por las soledades padecidas.

                                Seguro que por ello, tras mi casamiento y desde aquella muy feliz noche de bodas, mi esposa y yo fuimos de inmediato en busca de hijos; desafortunadamente a los cuatro meses vino un aborto, lo que nos dejó desolados a ambos, que abrazados lloramos juntos (contábamos 21 años ella y yo 25)… de inmediato a que pasó aquello continuamos y así nos nace nuestro primer hijo en 1964, el segundo en 1966 y el tercero en 1968… nunca fui más feliz que cuando podía estar en la cama los domingos o días de fiesta y estos chiquitines venían corriendo a arrebujarse con migo y que los acariciara y les contara cuentos u otras cosas; luego vendría todo lo demás, que terminaba “en el banquetillo” de la tarde, compuesto de refrescos y frutos secos variados, en que todos disfrutábamos como niños y a lo grande, pero en casa… yo entonces trabajaba “más que el Sol”, puesto que había de hacerlo muchas horas nocturnas, como viajante de comercio y lo que me imposibilitaba el estar más con mi familia… pero mi esposa quedaba en casa cuidando a la prole y ahorrando lo que podía con la buena administración que siempre llevó en el hogar… pasaron los años y vino un nuevo aborto; el que sentimos igualmente puesto que queríamos aquel cuarto hijo.

                                Nunca he firmado nómina, o sea que he ido por libre por la vida y como autónomo me jubilé; o sea que el que sabe de estas cosas entiende muy bien que la vida no me fue fácil… hoy esos tres hijos (que ya nos han dado siete nietos) unidos en la empresa familiar, la llevan de forma regular y siguen unidos, aun cuando las discusiones familiares “son la salsa de la vida” y las hay en todas las familias. Mi esposa y yo satisfechos, ya que llevamos casados nada menos que medio siglo y un año más; puesto que consideramos haber cumplido con “la ley natural que se sintetiza en la frase bíblica de… “creced y multiplicaos”.

                                Y en ese creced y multiplicaos entran todos los animales o bichos que pueblan el planeta; “entre los que el bicho humano somos unos más”.

                                Cuanto antecede me lo inspira un demoledor informe publicado en ABC del 15-05-2014; el que refiriéndose a España, titula así… “Hogares con menos hijos, menos matrimonios y más divorcios”. El que de alguna manera demuestra el estado poblacional de España que en esto como en tantas cosas, está en franca decadencia, puesto que una población que no se renueve, va camino de la extinción; la que llegará antes o después. Los huecos serán ocupados por los emigrantes y España será al final un mestizaje de razas y colores… “nuestro ancestral mestizaje de queso de muchas leches será sustituido por otro de vete a saber que leches y colores”.

                                Los pensionistas de hoy iremos muriendo cada vez más pobres y abandonados, puesto que al no renovarse la población el desenlace final será terrible. Por igual motivo los jóvenes que piensen hoy en sus futuras jubilaciones si es que llegan a viejos; que se preparen y ahorren si pueden, puesto que difícilmente las van a encontrar en un sistema “ya en saldo” y del que los gobernantes no se ocupan absolutamente de nada… “salvo en asegurarse sus pagas vitalicias por el servicio público y a través de los impuestos que harán pagar a… “todo bicho viviente”; que por pocos que sean, les harán pagar lo suficiente para que “los de siempre vivan con comodidad y sin preocupaciones”…. ¿Progreso… quién dijo tan gran mentira? (escrito en 2014)

                               

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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