Las Noticias de hoy 27 Junio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 27 de junio de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

“Las cuatro huellas de un buen cristiano” – Catequesis completa

La liturgia, expresión de la esencia de la Iglesia – Palabras de Francisco en español

El Papa, “profundamente adolorido”, reza tras ver la foto del padre y su hija ahogados en el Río Grande

FRUTOS DE LA MISA: Francisco Feernandez Carbajal

“Amar a nuestros enemigos”: San Josemaria

«Estamos llamados a amar este mundo, no otro»

La santidad, un sueño posible

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Consagración al Corazón de Jesús

El Corazón de Jesús, corazón del Evangelio y de la Iglesia

Convencer sin querer derrotar: diez claves para la comunicación de la fe: Juan Manuel Mora

¿Por qué no cree el cristiano en la reencarnación?: encuentra. com

Imperialismo demográfico: ¿quién decide quiénes sobran?: Alfonso Aguiló

Hacia una Teología de lo femenino. En torno a la Carta Apostólica ‘Mulieris Dignitatem’: Carmen Álvarez Alonso

Tres testimonios de la fe: Jesús Ortiz López

Teresa Cardona: “No sé qué me va a pedir Dios este año, porque estoy muy contenta”

El derecho a la pereza: Jesús Martínez Madrid

La tolerancia social con la pereza: Enric Barrull Casals

Que reparten la pobreza: Pedro García

El Por qué no meten más presos en la cárcel: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

ROME REPORTS

 

 

 

“Las cuatro huellas de un buen cristiano” – Catequesis completa

La vida de los primeros cristianos

junio 26, 2019 13:41Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 26 junio 2019).- Para el Papa Francisco, las cuatro actitudes, “las cuatro huellas de un buen cristiano”, son las prácticas que realizaban las primeras comunidades de creyentes: escuchar asiduamente la enseñanza apostólica; establecer unas relaciones interpersonales de gran calidad, también por medio de la “comunión de bienes espirituales y materiales”; rememorar al Señor a través de la Eucaristía; y dialogar con Dios en la oración.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/or260619_4-414x275.jpg

Hoy, miércoles 26 de junio de 2019, el Santo Padre ha continuado con la serie de catequesis sobre el Libro de los Hechos de los Apóstoles, centrándose en el tema “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. La vida de la comunidad primitiva entre el amor de Dios y el amor por los hermanos” (Hechos de los Apóstoles 2,  42. 44-45).

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/cq5dam.web_.800.800-6-6-183x275.jpeg

La audiencia general ha tenido lugar esta mañana en la plaza de San Pedro. No obstante, antes de acudir a la plaza, el Papa ha saludado a los enfermos que, a causa del calor, participaban en la misma desde el Aula Pablo VI.

Esta ha sido la última audiencia general antes del descanso estival. Las audiencias generales de los miércoles se suspenden durante todo el mes de julio y se reanudarán en el mes de agosto.

El fruto de Pentecostés

En primer lugar, durante la catequesis, el Pontífice ha destacado que el fruto de Pentecostés, de la venida del Espíritu Santo, fue que cerca de tres mil personas se bautizaran para adherirse a Cristo, pasando a formar parte de la comunidad cristiana, “esa fraternidad que es el hábitat de los creyentes y el fermento eclesial de la obra de evangelización”.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/20190626112714_2047-413x275.jpg

Después, Francisco se ha referido a cómo Lucas muestra a la Iglesia de Jerusalén como “el paradigma de cada comunidad cristiana” y como un “ícono de fraternidad” que no conviene minimizar. En los Hechos de los Apóstoles se describe que los primeros cristianos se reúnen “como familia de Dios, espacio de koinonia, es decir, de la comunión de amor entre hermanos y hermanas en Cristo”.

El Obispo de Roma ha subrayado también que en el alma del cristiano no hay sitio para el egoísmo y ha propuesto el ejemplo de unidad de la comunidad primitiva que define los Hechos, en la que todos vivían juntos “cercanos, preocupados unos de otros, no para chismorrear del otro, no, para ayudar, para acercarse”.

La fraternidad

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/MTC8326-413x275.jpg

Según el Papa Francisco, la gracia del Bautismo revela, en consecuencia, un vínculo intrínseco entre los hermanos que “están llamados a compartir, a identificarse con los demás y a dar ‘según la necesidad de cada uno’ (Hechos 2:45), es decir, la generosidad, la limosna, el preocuparse por el otro, visitar a los enfermos, ir a ver a quienes pasan necesidades, a los que necesitan consuelo”.

Y añadió que “esta fraternidad porque elige el camino de la comunión y de la atención a los necesitados, esta fraternidad que es la Iglesia puede vivir una vida litúrgica verdadera y auténtica”.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/cq5dam.web_.800.800-5-7-414x275.jpeg

Finalmente, el Santo Padre explicó que en los Hechos de los Apóstoles, el Señor garantiza el crecimiento de la comunidad: “la perseverancia de los creyentes en la alianza genuina con Dios y con los hermanos se convierte en una fuerza atractiva que fascina y conquista a muchos (ver Evangelii gaudium, 14), un principio gracias al cual vive la comunidad creyente de cada época”.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/cq5dam.web_.800.800-2-10-413x275.jpeg

El fruto de Pentecostés, la poderosa efusión del Espíritu de Dios sobre la primera comunidad cristiana, fue que muchas personas sintieron sus corazones traspasados ​​por el feliz anuncio – el kerigma- de la salvación en Cristo y se adhirieron a Él libremente, convirtiéndose, recibiendo el bautismo en su nombre y recibiendo a su vez el don del Espíritu Santo. Cerca de tres mil personas entran a formar parte de esa fraternidad que es el hábitat de los creyentes y el fermento eclesial de la obra de evangelización. El calor de la fe de estos hermanos y hermanas en Cristo hace de sus vidas el escenario de la obra de Dios que se manifiesta con prodigios y  señales por medio de los apóstoles. Lo extraordinario se vuelve ordinario y la vida cotidiana se convierte en el espacio de la manifestación del Cristo viviente.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/cq5dam.web_.800.800-1-11-413x275.jpeg

El evangelista Lucas nos lo cuenta mostrándonos a la iglesia de Jerusalén como el paradigma de cada comunidad cristiana, como el ícono de una fraternidad que fascina y que no debe  convertirse en mito pero tampoco hay que  minimizar. El relato de los Hechos deja que miremos entre las paredes de la domus donde los primeros cristianos se reúnen como familia de Dios, espacio de koinonia, es decir, de la comunión de amor entre hermanos y hermanas en Cristo.  Vemos que viven de una manera precisa: “acudiendo a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión, a la fracción del pan y al as oraciones” (Hechos 2:42). Los cristianos escuchan asiduamente el didaché o la enseñanza apostólica; practican unas relaciones interpersonales de gran calidad  también a través de la comunión de bienes espirituales y materiales; recuerdan al Señor a través de la “fracción del pan“, es decir, de la Eucaristía, y dialogan con Dios en la oración. Estas son las actitudes del cristiano, las cuatro huellas de un buen cristiano.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/cq5dam.web_.800.800-3-8-413x275.jpeg

A diferencia de la sociedad humana, donde se tiende a hacer los propios intereses,  independientemente o incluso a expensas de los otros, la comunidad de creyentes ahuyenta el individualismo para fomentar el compartir y la solidaridad.  No hay lugar para el egoísmo en el alma de un cristiano: si tu corazón es egoísta, no eres cristiano, eres mundano, que busca solo tu favor, tu beneficio. Y Lucas nos dice que los creyentes están juntos (ver Hechos 2:44), La cercanía y la unidad son el estilo de los creyentes: cercanos, preocupados unos de otros, no para chismorrear del otro, no, para ayudar, para acercarse.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/cq5dam.web_.800.800-4-7-413x275.jpeg

La gracia del bautismo revela,  por lo tanto, el vínculo íntimo entre los hermanos en Cristo que están llamados a compartir, a identificarse con los demás y a dar “según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:45), es decir, la generosidad, la limosna, el preocuparse por el otro, visitar a los enfermos, ir a ver a quienes pasan necesidades, a los que necesitan consuelo.

Y precisamente esta fraternidad porque elige el camino de la comunión y  de la atención a los necesitados, esta fraternidad que es la Iglesia puede vivir una vida litúrgica verdadera y auténtica: “Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón.  Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo”. Hechos 2,46-47).

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/cq5dam.web_.800.800-22-413x275.jpeg

Por último, el relato de los Hechos nos recuerda que el Señor garantiza el crecimiento de la comunidad (vea 2:47): la perseverancia de los creyentes en la alianza genuina con Dios y con los hermanos se convierte en una fuerza atractiva que fascina y conquista a muchos (ver Evangelii gaudium, 14), un principio gracias al cual vive la comunidad creyente de cada época.

Pidamos al Espíritu Santo que haga de nuestras comunidades lugares donde recibir  y practicar la nueva vida, las obras de solidaridad y de comunión, lugares donde las liturgias sean un encuentro con Dios, que se convierte en comunión con los hermanos y las hermanas, lugares que sean puertas abiertas a la Jerusalén celestial.

© Librería Editorial Vaticana

 

 

La liturgia, expresión de la esencia de la Iglesia – Palabras de Francisco en español

Ciclo sobre los Hechos de los Apóstoles

junio 26, 2019 10:41Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT –26 junio 2019).- Hoy, 26 de junio de 2019, en la audiencia general, el Santo Padre ha continuado con la serie de catequesis sobre el Libro de los Hechos de los Apóstoles y ha hecho mención a la importancia de la liturgia, expresión de la esencia de la Iglesia, “el lugar donde nos encontramos con el Resucitado y experimentamos su amor”.

En sus palabras en español, Francisco ha remitido a san Lucas, que describe la Iglesia de Jerusalén como “el paradigma de toda comunidad cristiana”. Los cristianos eran perseverantes en las enseñanzas de los apóstoles, a través de la Eucaristía recordaban al Señor y dialogaban con Dios en la oración.

Igualmente, el Pontífice ha resaltado la unión fraternal que vivían aquellos cristianos, compartiendo con todos “los bienes espirituales y materiales, según la necesidad de cada uno”. Así, al compartir la Palabra de Dios y el pan, añadió, “la Iglesia se convierte en fermento de un mundo nuevo, en el que florece la justicia, la solidaridad y la compasión”.

Finalmente, el Papa ha indicado que el relato de san Lucas expone que el Señor “iba agregando a los que se iban salvando: la perseverancia de los creyentes en la alianza con Dios y con los hermanos se convierte así en una fuente de atracción que fascina y conquista a los demás”.

Esta ha sido la última audiencia general antes del descanso estival. Las audiencias generales de los miércoles se suspenden durante todo el mes de julio y se reanudarán en el mes de agosto.

 

El Papa, “profundamente adolorido”, reza tras ver la foto del padre y su hija ahogados en el Río Grande

Declaraciones de Alessandro Gisotti

junio 26, 2019 14:12Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 26 junio 2019).- “El Santo Padre ha visto, con inmensa tristeza, la imagen del papá y de su hija muertos ahogados en el Río Grande mientras trataban de pasar la frontera entre México y los Estados Unidos”, ha declarado Alessandro Gisotti, director interino de la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Por ello, el Papa está “profundamente adolorido” por sus muertes, reza por ellos y por todos los migrantes “que han perdido la vida tratando de escapar de la guerra y la miseria”, ha comunicado el periodista, en respuesta a las preguntas de algunos periodistas, este miércoles, 26 de junio de 2019.

Óscar Alberto Martínez, de 25 años, y su hija Valeria, de menos de dos año, procedentes de El Salvador, perdieron la vida al intentar cruzar el río Bravo, según informó el lunes, 22 de junio, la esposa y madre de los fallecidos a las autoridades, quien vio desde la orilla cómo la corriente se llevaba a su familia río abajo.

La tragedia sucedió en la ciudad mexicana de Matamoros, en el nororiental estado mexicano de Tamaulipas, aproximadamente a un kilómetro del puente nuevo internacional.

Continúan llegando a la frontera de México con Estados Unidos migrantes de Honduras, El Salvador y Guatemala, así como de Cuba, Haití y diversos países africanos y asiáticos. Desde octubre, han ingresado a México miles de ellos en caravanas a través de la frontera sur.

 

 

FRUTOS DE LA MISA

— Los frutos de la Misa. El sacrificio eucarístico y la vida ordinaria del cristiano.

— Participación consciente, activa y piadosa. Nuestra participación en la Santa Misa debe ser oración personal, unión con Jesucristo, Sacerdote y Víctima.

— Preparación para asistir a la Misa. El apostolado y el sacrificio eucarístico.

I. El Concilio Vaticano II «nos recuerda que el sacrificio de la cruz y su renovación sacramental en la Misa constituyen una misma y única realidad, excepción hecha del modo diverso de ofrecer (...) y que, consiguientemente, la Misa es al mismo tiempo sacrificio de alabanza, de acción de gracias, propiciatorio y satisfactorio»1. Suelen sintetizarse en estos cuatro los fines que el Salvador dio a su sacrificio en la Cruz.

Estos cuatro fines de la Santa Misa se logran en distinta medida y manera. Los fines que directamente se refieren a Dios, como son la adoración o alabanza, y la acción de gracias, se producen siempre infalible y plenamente con su infinito valor, aun sin nuestro concurso, aunque no asista a la celebración de la Misa ni un solo fiel, o asista distraído. Cada vez que se celebra el sacrificio eucarístico se alaba sin límites a Dios Nuestro Señor y se ofrece una acción de gracias que satisface plenamente a Dios. Esta oblación, dice Santo Tomás, agrada a Dios más de lo que le ofenden todos los pecados del mundo2, pues Cristo mismo es el Sacerdote principal de cada Misa y también la Víctima que se ofrece en todas ellas.

Sin embargo, los otros dos fines del sacrificio eucarístico (propiciación y petición), que revierten en favor de los hombres y que se llaman frutos de la Misa, no siempre alcanzan de hecho la plenitud que de suyo podrían conseguir. Los frutos de reconciliación con Dios y de obtención de lo que pedimos a su benevolencia podrían también ser infinitos, porque se basan en los méritos de Cristo, pero de hecho nunca los recibimos en tal grado porque se nos aplican según las disposiciones personales. Nuestra mejor participación en el Santo Sacrificio del Altar logra una mayor aplicación de estos frutos de propiciación y petición. La misma oración de Cristo multiplica el valor de nuestra oración en la medida en que, en la Misa, unimos nuestras peticiones y desagravios a los suyos.

Para recibir los frutos de la Misa, la Iglesia nos invita a unirnos al sacrificio de Cristo, a participar, por tanto, en la alabanza, acción de gracias, expiación e impetración de Jesucristo. El mismo rito externo de la Misa (las acciones y ceremonias), a la vez que significa el sacrificio interior de Jesucristo, es signo de la entrega y oblación de los fieles unidos a Él3. Esta entrega de todo nuestro ser, del quehacer diario, es un motivo más para realizarlo con perfección humana y rectitud de intención. «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas –señala el Concilio Vaticano II–, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y del cuerpo, si se hacen en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cfr. 1 Pdr 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con el Cuerpo del Señor»4. Todas nuestras obras y la propia vida adquieren un nuevo valor, porque todo gira entonces alrededor de la Santa Misa, que es el centro del día, al que se dirigen todos nuestros pensamientos y acciones, y la fuente de la que manan todas las gracias necesarias para santificar nuestro paso por la tierra.

II. Para que obtengamos cada vez más fruto de la Santa Misa, nuestra Madre la Iglesia quiere que asistamos, no como «extraños y mudos espectadores», sino tratando de comprenderla cada vez mejor, a través de los ritos y oraciones, participando de la acción sagrada de modo consciente, piadoso y activo, con recta disposición de ánimo, poniendo el alma en consonancia con la voz y colaborando con la gracia divina5. Prestaremos delicada atención a los diálogos, a las aclamaciones, haremos actos de fe y de amor en los silencios previstos: en la Consagración, en el momento de recibir al Señor... Lo principal es la participación interna, nuestra unión con Jesucristo que se ofrece a Sí mismo, pero nos será de gran provecho ayudarnos de esos elementos externos que también forman parte de la liturgia: las posturas (de rodillas, de pie, sentados), la recitación o canto de partes en común (el Gloria, el Credo, el Sanctus, el Padrenuestro...), etc.

En muchas ocasiones nos resultará de gran ayuda leer en el propio misal las oraciones del celebrante. El empeño por vivir la puntualidad –llegar al menos unos minutos antes del comienzo–, nos ayudará a prepararnos mejor y será una delicada atención con Cristo, con el sacerdote que celebra la Misa y con quienes van a participar de ella. El Señor agradece que también en esto seamos ejemplares. ¿Acaso no llegaríamos con la suficiente antelación si se tratase de una importante audiencia? Nada existe en el mundo más importante que la Santa Misa.

La participación interna consiste principalmente en el ejercicio de las virtudes: actos de fe, de esperanza y de amor. En el momento de la Consagración podemos repetir, con el Apóstol Tomás, aquellas palabras llenas de fe y de amor: Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás presente sobre el altar..., u otras que nuestra piedad nos sugiera.

Nuestra participación en la Santa Misa debe ser, ante todo, oración personal, en la que culmina nuestro diálogo habitual con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta oración, «en cuanto a cada uno es posible, es condición indispensable para una auténtica y consciente participación litúrgica. Y no solo eso; ella es también el fruto, la consecuencia de tal participación (...). Es necesario hoy y siempre, pero hoy más que nunca, mantener un espíritu y una práctica de oración personal... Sin una propia íntima y continua vida interior de oración, de fe, de caridad, no podemos mantenernos cristianos; no se puede, de una manera útil y provechosa, participar en el renacimiento litúrgico; no se puede eficazmente dar testimonio de aquella autenticidad cristiana de que tanto se habla; no se puede pensar, respirar, actuar, sufrir y esperar plenamente con la Iglesia viva y peregrina... A todos os decimos: orad, hermanos: orate, fratres. No os canséis de intentar que surja del fondo de vuestro espíritu, con vuestra íntima voz, este ¡Tú! dirigido al Dios inefable, a ese misterioso Otro que os observa, os espera, os ama. Y ciertamente no quedaréis desilusionados o abandonados, sino que probaréis la alegría nueva de una respuesta embriagadora: Ecce adsum, he aquí que estoy contigo»6. De modo muy particular tenemos a Dios junto a nosotros y en nosotros en el momento de la Comunión, donde la participación en la Santa Misa llega a su momento culminante. «El efecto propio de este sacramento –enseña Santo Tomas de Aquino– es la conversión del hombre en Cristo, para que diga con el Apóstol: Vivo, no yo, sino que Cristo vive en mí»7.

III. Antes de la Santa Misa hemos de disponer nuestra alma para acercarnos al acontecimiento más importante que cada día sucede en el mundo. La Misa celebrada por cualquier sacerdote, en el lugar más recóndito, es lo más grande que en ese momento está sucediendo sobre la tierra; aunque no asista ni una sola persona. Es lo más grato a Dios que podemos ofrecerle los hombres; es la ocasión por excelencia para darle gracias por los muchos beneficios que recibimos, para pedirle perdón por tantos pecados y faltas de amor... y tantas cosas (espirituales y materiales) como necesitamos. «¿Quién no tiene cosas que pedir? Señor, esa enfermedad... Señor, esta tristeza... Señor, aquella humillación que no sé soportar por tu amor... Queremos el bien, la felicidad y la alegría de las personas de nuestra casa; nos oprime el corazón la suerte de los que padecen hambre y sed de pan y de justicia; de los que experimentan la amargura de la soledad; de los que, al término de sus días, no reciben una mirada de cariño ni un gesto de ayuda.

»Pero la gran miseria que nos hace sufrir, la gran necesidad a la que queremos poner remedio es el pecado, el alejamiento de Dios, el riesgo de que las almas se pierdan para toda la eternidad. Llevar a los hombres a la gloria eterna en el amor de Dios: esa es nuestra aspiración fundamental al celebrar la Misa, como fue la de Cristo al entregar su vida en el Calvario»8. De esta manera, nuestro apostolado se dirige hacia la Santa Misa y de ella sale fortalecido.

Los minutos de acción de gracias después de la Misa completarán esos momentos tan importantes del día, y tendrán una influencia directa en el trabajo, en la familia, en la alegría con que tratamos a todos, en la seguridad y confianza con que vivimos el resto de la jornada. La Misa así vivida nunca será un acto aislado; será alimento de todas nuestras acciones y les dará unas características peculiares...

Y en la Santa Misa encontramos siempre a nuestra Madre Santa María. «¿Cómo podríamos tomar parte en el sacrificio sin recordar e invocar a la Madre del Soberano Sacerdote y de la Víctima? Nuestra Señora ha participado muy íntimamente en el sacerdocio de su Hijo durante su vida terrestre, para que esté ligada para siempre al ejercicio de su sacerdocio. Como estaba presente en el Calvario, está presente en la Misa, que es una prolongación del Calvario. En la Cruz asistía a su Hijo ofreciéndole al Padre; en el altar, asiste a la Iglesia que se ofrece a sí misma con su Cabeza cuyo sacrificio renueva. Ofrezcámonos a Jesús por medio de Nuestra Señora»9. Procuremos tener presente en la Santa Misa a nuestra Madre Santa María, y Ella nos ayudará a estar con mayor piedad y recogimiento.

1 Misal Romano, Ordenación general, Proemio, 2. — 2 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológicas, 3, q. 48, a. 2. — 3 Cfr. Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947. — 4 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 34. — 5 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 11; 48. — 6 Pablo VI, Alocución 14-VIII-1969. — 7 Santo Tomás, IV Libro de las sentencias, d. 12, q. 2, a. 1. 8 San Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia, pp. 79-80. — 9 P. Bernadot, La Virgen en mi vida, Barcelona 1947, p. 233.

 

 

“Amar a nuestros enemigos”

No somos buenos hermanos de nuestros hermanos los hombres, si no estamos dispuestos a mantener una recta conducta, aunque quienes nos rodeen interpreten mal nuestra actuación, y reaccionen de un modo desagradable (Forja, 460).

Los hijos de Dios nos forjamos en la práctica de ese mandamiento nuevo, aprendemos en la Iglesia a servir y a no ser servidos, y nos encontramos con fuerzas para amar a la humanidad de un modo nuevo, que todos advertirán como fruto de la gracia de Cristo. Nuestro amor no se confunde con una postura sentimental, tampoco con la simple camaradería, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el prójimo, venerar -insisto- la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo.
Universalidad de la caridad significa, por eso, universalidad del apostolado; traducción en obras y de verdad, por nuestra parte, del gran empeño de Dios, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Si se ha de amar también a los enemigos -me refiero a los que nos colocan entre sus enemigos: yo no me siento enemigo de nadie ni de nada-, habrá que amar con más razón a los que solamente están lejos, a los que nos caen menos simpáticos, a los que, por su lengua, por su cultura o por su educación, parecen lo opuesto a ti o a mí. (Amigos de Dios, 230)

 

«Estamos llamados a amar este mundo, no otro»

Homilía de Mons. Fernando Ocáriz, pronunciada en la misa de la festividad de san Josemaría, celebrada en la basílica de san Eugenio (Roma).

Homilías26/06/2019

Opus Dei - «Estamos llamados a amar este mundo, no otro»

En el Evangelio que acabamos de escuchar, san Lucas nos cuenta que “la multitud se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios” (Lc 5,1). Aquel día muchas personas rodeaban a Cristo; tantas, que era difícil que todos le escuchasen con claridad. Se encontraban a la orilla de un lago y no había una colina cercana en la que Jesús pudiese situarse mejor, tal como lo había hecho en otras ocasiones. Entonces decide subir a una barca y apartarse un poco de la tierra firme. El Señor conocía perfectamente los corazones de aquellas gentes; aunque unos estarían allí por curiosidad, otros por simple coincidencia, otros por verdadera sed de Dios, Jesús sabía que todos necesitaban de su palabra para descubrir el sentido de sus vidas.

Contemplando a Cristo que desea dejarse ver por la multitud que le busca, podemos preguntarnos: ¿Se trata simplemente de una escena del pasado? ¿Ver a Jesús rodeado de tanta gente no es la imagen de un mundo que en nuestros días ya no existe?

San Josemaría, cuya festividad celebramos, al meditar este mismo pasaje, concluía que aquello que había sucedido hace dos mil años sigue sucediendo siempre: todos “están deseando oír el mensaje de Dios, aunque externamente lo disimulen”; todos, aunque muchas veces no tienen las palabras ni las fuerzas para expresar ese deseo, “sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor” (Amigos de Dios, n. 260 y ss.). De manera similar se han expresado, en estos últimos años, los Romanos Pontífices. El Papa Francisco, por ejemplo, nos invita a dar a conocer a Jesús a quienes “buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro” (Evangelii gaudium, n. 14). Benedicto XVI, después de comparar nuestro tiempo a un desierto que anhela refrescarse con el agua viva, reconoce que ahora “son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita” (Homilía, 11-X-2012).

Existen tantos testimonios de personas que, ante el descubrimiento de la alegría que trae a sus vidas el camino cristiano, exclaman: ¡Pero yo no sabía! ¡Nadie me lo había dicho! ¡Yo pensaba que era otra cosa! Por eso, la escena que nos narra san Lucas no pertenece a un mundo del pasado. La gente quiere agolparse alrededor de Jesús porque busca sin cesar cosas buenas y bellas que llenen su corazón; todos tenemos, en lo más profundo de nuestra alma, anhelos que solo Él es capaz de saciar. Pidamos a Dios que nos haga capaces de reconocer esa nostalgia de su rostro, esos signos de la sed de Cristo en las demás personas. Pidamos a Dios que sepamos transmitir su verdadera imagen a quienes nos rodean; la imagen de ese Cristo que busca alejarse un poco de la orilla para que todos, hasta los más alejados, puedan verlo y escucharlo.

Al final de este pasaje del Evangelio, Jesús invita a Pedro, a Santiago y a Juan a seguirle como discípulos. Es impresionante pensar que, tan solo unos pocos años después, su afán apostólico haya llevado la Buena Nueva a muchos lugares importantes de la época; también hasta Roma. Los primeros cristianos, a pesar de enfrentar persecuciones e incomprensiones, sabían que el mundo les pertenecía. San Pablo, en la segunda lectura, enuncia con toda claridad la convicción que les llenaba de confianza: “Si somos hijos, también herederos” (Rom 8,17).

Efectivamente: este mundo es parte de nuestra herencia. En la primera lectura se dice que Dios colocó al hombre en el mundo "para que lo trabajara y lo custodiara"(Gn 2,15). Y en el salmo que cantamos –y que san Josemaría rezaba todas las semanas– se nos dice que, a través de Cristo, tenemos como herencia todas las naciones y que poseemos como propia toda la tierra (Cfr. Sal 2,8). La Sagrada Escritura nos lo dice claramente: este mundo es nuestro, es nuestro hogar, es nuestra tarea, es nuestra patria.

Por eso, al sabernos hijos de Dios, no podemos sentirnos extraños en nuestra propia casa; no podemos transitar por esta vida como visitantes en un lugar ajeno ni podemos caminar por nuestras calles con el miedo de quien pisa territorio desconocido. El mundo es nuestro porque es de nuestro Padre Dios. Como enseña santo Tomás de Aquino: todo está sometido a su gobierno omnipotente, nada se escapa a su misericordia, aunque muchas veces nosotros no alcancemos a verlo (Summa, I, q. 103, a.5, risp.). Estamos llamados a amar este mundo, no otro en el que pensamos que tal vez nos sentiríamos más a gusto; solo podemos amar a las personas concretas que nos rodean, a los desafíos concretos que tenemos por delante. No se puede emprender una tarea apostólica con la resignación de quien preferiría otro momento.

Cuando san Josemaría invitaba a amar el mundo apasionadamente, muchas veces nos ponía en guardia frente a esa “mística ojalatera” que pone condiciones al terreno que quiere evangelizar, pensando: “Ojalá las cosas fueran distintas”. Pidamos al Señor la capacidad de ilusionarnos con esta misión que nos ha confiado, como un hijo que se entusiasma por trabajar en las tareas de su propia casa.

Este día, en el que dirigimos nuestra mirada especialmente hacia san Josemaría, podemos tomar ejemplo de su fe para lanzarse a empresas que parecían imposibles, en un tiempo que en no pocos aspectos era más complicado y difícil que el nuestro. Dejémonos contagiar por esa confianza de nuestro Padre, que nos lleva a amar este mundo que hemos recibido por herencia y a procurar colmar esa nostalgia de Cristo en tantas personas con las que nos encontramos. Para esto nos apoyamos muy especialmente en la mediación de Nuestra Madre Santa María, que vela con amor y paciencia materna por la felicidad de todos sus hijos. Así sea.

 

La santidad, un sueño posible

El 26 de junio se celebran numerosas misas con motivo de la festividad de san Josemaría. Un día señalado para recordar el mensaje del “santo de lo ordinario”, como lo definió san Juan Pablo II. El vicario regional, Ignacio Barrera, recién nombrado, ha presidido la Eucaristía en la Catedral de la Almudena.

Últimas noticias26/06/2019

Opus Dei - La santidad, un sueño posible

El vicario regional, Ignacio Barrera, en la misa de la fiesta de san Josemaría, celebrada esta tarde en la Catedral de la Almudena.

Una misa vespertina a finales de junio suele llevar premio: la ola de calor fue citada al comienzo de la homilía y, entre abanicos, los asistentes que llenaron la catedral se ganaron un poco de cielo y, posiblemente, un necesario refresco posterior.

Guadalupe y Teresa

Ignacio Barrera, en su primera Misa de la fiesta de san Josemaría como vicario regional del Opus Dei en España, enmarcó la homilía entre dos mujeres, Guadalupe y Teresa, además de la Virgen María, como es lógico.

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-c6be4cabee604efdb9bac7bf713a1f03.jpg

Primero recordó el ejemplo de la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri, recientemente beatificada, y por tanto “confirmación de que nosotros podemos llegar a la santidad”. Al final, unas palabras dedicadas a Teresa Cardona, numeraria fallecida en accidente durante un proyecto de voluntariado en Costa de Marfil: “Su alegría, vocación de servicio y trabajo” –señaló Ignacio Barrera- nos dejan “un recuerdo imborrable”.

La búsqueda de la santidad, pese a todo

“La santidad llama a la santidad”, remarcó el vicario, como hilo central de toda la homilía. Aunque cada uno tiene su itinerario, sus luchas, y una diversidad enriquecedora, que hace precisamente amable y atractiva cada santidad personal. “Al mismo tiempo”, resumió, “los santos en el cielo son parecidos, porque todos han sido moldeados por el Espíritu Santo y tienen a Cristo como modelo”.

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-4424f98a40a348ff20c000f2bae1b57f.jpg

“Nuestras ilusiones se verán colmadas por las maravillas de Dios nos recordaba san Josemaría en una de sus homilías”, continuó el vicario regional, que finalizó citando al Papa Francisco: “el amor de Dios y nuestra relación con Cristo vivo no nos privan de soñar, no nos exigen que achiquemos nuestros horizontes. Al contrario, ese amor nos mueve, nos estimula, nos lanza hacia una vida mejor y más bella” (Exh. ap. Christus vivit, n. 138).

 

 

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Textos, vídeos y audios para vivir la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que se celebra este viernes.

De la Iglesia y del Papa24/06/2019

Opus Dei - Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Detalle del cuadro “Alegoría del Sagrado Corazón” de Federico Laorga, que se encuentra en el Santuario de Torreciudad.

∙ El año pasado el Papa Francisco explicaba que esta fiesta era “la solemnidad litúrgica del amor de Dios”.

Origen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y explicación de la liturgia en esta fiesta.

El corazón de Cristo, paz de los cristianos (audio y texto): «En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él», dice San Josemaría en esta homilía con motivo de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Relato sobre la Consagración del Opus Dei al Sagrado Corazón de Jesús.

Consagración al Sagrado Corazón de Jesús y otras plegarias de Benedicto XVI en la JMJ (audio y texto)

Libro electrónico “La ternura de Dios”: Este libro gratuito reúne los editoriales sobre la misericordia publicados en esta página web durante el año Jubilar convocado por el Papa Francisco.

 

Consagración al Corazón de Jesús

Ante los contratiempos san Josemaría no se amilanaba. Se mantenía tieso, pero sufría, especialmente por los padecimientos de sus hijos. Era el año 1952. Se acercaba la fiesta de Cristo Rey y decidió consagrar el Opus Dei, con sus miembros y apostolados, al Sagrado Corazón de Jesús.

Relatos biográficos21/10/2013

Opus Dei - Consagración al Corazón de Jesús

Un corazón que sufre por el mundo

Ante los contratiempos san Josemaría no se amilanaba. Se mantenía tieso, pero, indudablemente, todo él sufría, especialmente considerando los padecimientos de sus hijos. Su corazón, grande y abierto al mundo, se asomaba, más allá de las necesidades de la Obra y de sus apostolados, a cuanto alteraba la paz universal: odios fratricidas, enfrentamientos sociales, persecución de la Iglesia y guerras entre los pueblos. Eran, estas luchas, cuestiones que tomaba sobre sí, suplicando millares de veces al día: Cor Iesu sacratissimum, dona nobis pacem!

Pero tan mal cariz presentaba el asunto de las obras (en el edificio de Villa Tevere) al entrar el mes de septiembre, que el Fundador, viendo que la empresa romana se iba a pique, lanzó un S.O.S., por si el Señor quería poner fin a esta tortura. (...) Decidió consagrar el Opus Dei, con todos sus miembros y apostolados, al Sagrado Corazón de Jesús. Pronto haré la consagración al Sagrado Corazón —anuncia a los de México—. Ayudadme a prepararla, repitiendo muchas veces: Cor Iesu sacratissimum, dona nobis pacem.

Y, a modo de postdata, la petición de auxilio: S.O.S. Seguimos con el agua hasta el cuello. Y también con la misma confianza en nuestro Padre-Dios. Acercábase el 26 de octubre, Fiesta de Cristo Rey, día fijado para la ceremonia de la consagración, y don Josemaría animaba a todos sus hijos a que le ayudasen a hacerla a su gusto, a gusto del Corazón de Jesús. En tal atolladero se había metido que, a juzgar por lo que escribe, sentíase acorralado, sin escapatoria, atado de pies y manos:

Ponemos los medios terrenos y rezamos, aquí. Pero —insisto— no se ve salida [...]. Si no resolvemos este nudo antes de fin de mes, podemos llevar un golpe que alegre a satanás.

Diez días de respiro antes del previsto hundimiento, si es que Dios no remediaba la situación. Confiaba en que la Virgen no les desampararía y que su Divino Hijo, al acercarse el día de consagrar la Obra, no podía menos de responder al clamor de tanta oración. Pero la carta en que expresa esta esperanza acaba con una desfallecida confesión al Consiliario de Colombia: No sé cómo te escribo —no releo la carta— porque tengo además la preocupación de la salud de Álvaro. (...)

“La Obra de Dios” —había escrito— “ha nacido para extender por todo el mundo el mensaje de amor y de paz, que el Señor nos ha legado; para invitar a todos los hombres al respeto de los derechos de la persona.

[...] Veo a la Obra proyectada en los siglos, siempre joven, garbosa, guapa y fecunda, defendiendo la paz de Cristo, para que todo el mundo la posea”.

Llegó el día

El día que tocaba hacer la consagración —26 de octubre de 1952—, no estaba aún acabado el pequeño oratorio contiguo a su cuarto de trabajo. Cuando escribe a los de Madrid, días más tarde, todavía se le nota claramente satisfecho de la hazaña: trepar por tres escaleras hasta alcanzar el oratorio y hacer allí la consagración:

“Contento: hice la consagración, subiendo por tres escaleras de mano —¡una detrás de otra!— para llegar al oratorio. ¡Vendrá la paz, en todos los terrenos! Estoy seguro.”

Ese día había consagrado la Obra con todas sus labores apostólicas; y las almas de los miembros del Opus Dei con todas sus facultades, sentidos, pensamientos, palabras, acciones, trabajos y alegrías; y especialmente te consagramos —rezaba la fórmula— “nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor”.

Optimista y seguro

La paz cayó despaciosamente sobre su alma, como lluvia mansa y benéfica. Ni un cambio repentino. Ni un prodigio sorprendente. Vino la felicidad interior —el gaudium cum pace— como una brisa, restableciendo en el alma la alegría, la seguridad y el optimismo:

“Hasta ahora, no se ve la solución económica. Pero estoy contento y seguro .¡Cuánto espero de esta consagración!”.

Aminoró la contradicción, sin cesar por completo, pues eran las calumnias como el monstruo de las siete cabezas. Cedió un tanto el peso abrumador de las deudas; fue posible retrasar algunos pagos; se recibieron pequeños donativos y se hipotecó el solar y parte de lo ya construido .

Con la consagración se dilató su audacia, declarándose optimista y seguro. En el Corazón de Jesús halló paz y refugio, conforme a la petición hecha el 26 de octubre:

"Concédenos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada; y establece en nuestros corazones el lugar de tu reposo, para permanecer así íntimamente unidos: a fin de que un día te podamos alabar, amar y poseer por toda la eternidad en el Cielo, en unión con tu Hijo y con el Espíritu Santo. Así sea."

Fuente: Textos extraídos de Vázquez de Prada, Andrés, El Fundador del Opus Dei (III)

 

 

El Corazón de Jesús, corazón del Evangelio y de la Iglesia

https://www.revistaecclesia.com/wp-content/uploads/2016/05/sagradocorazóndejesus.jpg

El Corazón de Jesús, corazón del Evangelio y de la Iglesia – editorial Ecclesia

El Corazón de Cristo es el corazón del Evangelio y el corazón de la Iglesia y de su misión evangelizadora. El Corazón de Jesús es el corazón de la Misericordia del Padre. El corazón de Cristo es un corazón que mana, que palpita, un corazón paciente, un corazón que ama, que perdona, que conoce y acoge siempre. Es un corazón que llora, que acompaña, que mira, que lucha, que salva, que muestra sus heridas y es siempre solidario con las heridas de los demás: «Sus heridas  nos han curado». Un corazón, sí, que sana y en cuyas cicatrices están todas nuestras cicatrices.

«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso», leemos en Mateo 11, 25-30 es el texto evangélico que, además, nos da la clave para comprender este misterio: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y a los entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla».

La devoción al Corazón de Jesús no es el culto a una parte de su organismo y anatomía humana, es el culto y la devoción al mismo Jesucristo, a su persona entera. De ahí, pues, que la devoción al Corazón de Jesús sea entraña misma del culto a Jesucristo como expresión del amor de Dios y siga siendo hoy y siempre un espléndido camino de vida y piedad cristiana.

La devoción al Corazón de Jesús es quintaescencia del Evangelio y del plan de salvación de Dios. Es hablar de la humanidad de quien nos «amó con corazón de hombre» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 22). Hablar del Corazón de Jesús es hablar del amor de Dios a los hombres. «Te amé con amor eterno» (Jeremías 31, 3). «Tanto amó Dios al mundo que entregó por él a su Hijo único» (Juan 3, 16).

Y por todo ello, nunca podrá estar desfasado el culto al Corazón de Jesús, ni ser una praxis propia de otras épocas. Porque el Amor incondicional siempre ha de estar de moda y es siempre el tesoro de la Iglesia y su permanente oferta a la humanidad de todos los tiempos. También a la nuestra.

Desde estas claves y en el contexto del primer centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, la diócesis de Getafe, donde se halla este santuario, invita a todos a renovar la consagración del 30 de mayo de 1919. Y lo hace en este domingo 30 de junio de 2010, como cuenta el reportaje de hoy de ECCLESIA.

Pero, ¿qué es lo que hay que renovar? ¿Qué significa, qué conlleva la renovación de una consagración al Corazón de Jesús, cien años después y en un contexto social, cultural, político y también religioso tan diferente? Recibir el pasado con una confesión de fe agradecida, custodiar el presente y transmitir esperanza en medio de una etapa evangelizadora diferente. Así lo han escrito en una extensa carta pastoral el obispo de Getafe y su obispo auxiliar.

Renovar la consagración al Corazón de Jesús no es un ejercicio de reivindicación política, sino de libertad y de responsabilidad  de una imprescindible propuesta evangelizadora. Es ofrecer a Jesucristo, que, para nosotros, «es con mucho lo mejor» (Filipenses 1, 23). Es «una manifestación de piedad, desvinculada de cualquier lectura política o de nostalgias de épocas pasadas». Es actualizar e impetrar para que la concordia en la Iglesia y en la sociedad siga brotando del Corazón de Cristo.

 

 

Convencer sin querer derrotar: diez claves para la comunicación de la fe

Artículo de Juan Manuel Mora, vicerrector de la Universidad de Navarra, publicado en “L'Osservatore Romano”, con el título “Diez reglas para comunicar la fe”.

Otros18/09/2015

Opus Dei - Convencer sin querer derrotar: diez claves para la comunicación de la fe

La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Pero es también una cuestión de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la comunicación la fe.

Con frecuencia, este tema se relaciona con la “nueva evangelización”. En ese contexto, Juan Pablo II ha afirmado que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Aquí nos referiremos en particular a la novedad en los métodos.

Quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.

Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.

Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional, articularé mis reflexiones en una serie de principios. Los primeros se refieren al mensaje que se quiere difundir; los siguientes, a la persona que comunica; y los últimos, al modo de transmitir ese mensaje en la opinión pública.

1. Veamos primero los principios relativos al mensaje.

Ante todo, el mensaje ha de ser ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.

Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer.

Juan Pablo II afirma en la encíclica “ Familiaris consortio ” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.

El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para transmitirla adecuadamente los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.

 

Foto: Ed YourdonFoto: Ed Yourdon

Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.

En segundo lugar, el mensaje ha de ser relevante , significativo para quien escucha, no solamente para quien habla.

La comunicación no es principalmente lo que el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende.

Tomás de Aquino afirma que hay dos tipos de comunicación: la locutio, un fluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan; y la illuminatio , que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta.

Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas.

Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.

 

Foto: AntramirFoto: Antramir

En tercer lugar, el mensaje ha de ser claro . La comunicación no es principalmente lo que el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar argumentos claros y palabras sencillas. En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, de las imágenes, de los símbolos, para difundir el mensaje cristiano.

La credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral.

A veces, cuando la comunicación no funciona, se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.

2. Pasemos ahora a los principios relativos a la persona que comunica.

Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone ha de merecer credibilidad. Así como la credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral, la mentira y la sospecha anulan en su base el proceso de comunicación. La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.

Por otra parte, en comunicación, como en economía, cuentan mucho los avales. El aval de una autoridad en la materia, o de un observador imparcial, representa una garantía para la opinión pública. Con otras palabras, nadie se avala a sí mismo. Existen instancias que, con mayor o menor fundamento, ejercen esa función evaluadora. En el ámbito de la opinión pública, ese aval lo otorgan principalmente los periodistas. Por eso, es crucial considerarlos como aliados, nunca como enemigos, en el proceso de comunicación.

 

Foto: Dave HeutsFoto: Dave Heuts

El segundo principio es la Empatía. La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas: políticos y electores, periodistas y lectores. Personas con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones.

Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor. Una escritora africana ha afirmado que la madurez de una persona está en su capacidad de descubrir que puede “herir” a los demás y de obrar en consecuencia.

Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral.

Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral. La empatía no implica renunciar a las propias convicciones, sino ponerse en el lugar del otro. En la sociedad actual, convencen las respuestas llenas de sentido y de humanidad.

El tercer principio relativo a la persona que comunica es la cortesía . La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente. Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad.

Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano.

Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura.

Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después. Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.

3. Veamos por último algunos principios que se refieren al modo de comunicar:

El primero es la profesionalidad. “Gaudium et Spes” recuerda que cada actividad humana tiene su propia naturaleza, que es preciso descubrir, emplear y respetar, si se quiere participar en ella. Cada campo del saber tiene su metodología; cada actividad, sus normas; y cada profesión, su lógica.

 

Foto: mikebairdFoto: mikebaird

La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro: los políticos, los empresarios, los periodistas, los profesores, los guionistas, los sindicalistas, son quienes pueden introducir mejoras prácticas en sus respectivos ámbitos. San Josemaría Escrivá recordaba que es cada profesional, comprometido con sus creencias y con su profesión, quien ha de encontrar las propuestas y soluciones adecuadas. Si se trata de un debate parlamentario, con argumentos políticos; si de un debate médico, con argumentos científicos; y así sucesivamente.

La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro.

Este principio se aplica a las actividades de comunicación, que están conociendo un desarrollo extraordinario en los últimos años, tanto por la calidad creciente de las formas narrativas, como por las audiencias cada vez más amplias y por la participación ciudadana cada día más activa.

El segundo principio podría denominarse transversalidad. La profesionalidad es imprescindible cuando en un debate pesan las convicciones religiosas. La transversalidad, cuando pesan las convicciones políticas.

En este punto, vale la pena mencionar la situación de Italia. Al hacer la declaración de la renta, más del 80% de los italianos marcan la casilla correspondiente a la Iglesia, porque desean apoyar económicamente sus actividades. Eso quiere decir que la Iglesia merece la confianza de una gran mayoría de ciudadanos, no solamente de quienes se reconocen en una tendencia política.

La comunicación de ideas tiene mucho que ver con el “cultivo”: sembrar, regar, podar, antes de cosechar.

En ese país, y en muchos otros, los católicos no plantean su acción pública poniendo su esperanza en un partido. Saben por experiencia que lo importante no es que una formación política incorpore a su programa la doctrina social cristiana, sino que esos valores se hagan presentes en todos los partidos, de modo transversal.

El tercer principio relativo al modo de comunicar es la gradualidad . Las tendencias sociales tienen una vida compleja: nacen, crecen, se desarrollan, cambian y mueren. En consecuencia, la comunicación de ideas tiene mucho que ver con el “cultivo”: sembrar, regar, podar, antes de cosechar.

El fenómeno de la secularización se ha ido consolidando en los últimos siglos. Procesos de tan larga gestación no se resuelven en años, meses o semanas.

 

Foto: Qlis

Foto: Qlis

El cardenal Ratzinger explicaba que nuestra visión del mundo suele seguir un paradigma “masculino", donde lo importante es la acción, la eficacia, la programación y la rapidez. Y concluía que conviene dar más espacio a un paradigma “femenino", porque la mujer sabe que todo lo que tiene que ver con la vida requiere espera, reclama paciencia.

Lo contrario de este principio es la prisa y el cortoplacismo que llevan a la impaciencia y muchas veces también al desánimo, porque es imposible lograr objetivos de entidad en plazos cortos.

A estos nueve principios habría que agregar otro que afecta a todos los aspectos mencionados: al mensaje, a la persona que comunica y al modo de comunicar. El principio de la caridad .

Algunos autores han destacado que, en los primeros siglos, la Iglesia se extendió de forma muy rápida porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.

La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe.

La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo; proporciona credibilidad, empatía y amabilidad a las personas que comunican; y es la fuerza que permite actuar de forma paciente, integradora y abierta. Porque el mundo en que vivimos es con demasiada frecuencia un mundo duro y frío, donde muchas personas se sienten excluidas y maltratadas y esperan algo de luz y de calor. En este mundo, el gran argumento de los católicos es la caridad. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente, nueva.

Juan Manuel Mora

Vicerrector de Comunicación Institucional

Universidad de Navarra

 

¿Por qué no cree el cristiano en la reencarnación?

http://encuentra.com/revista/wp-content/uploads/2008/07/reencarnacion.encuentra.com_.int_.png

La reencarnación, que es afirmada por muchas religiones orientales, la teosofía y el espiritismo, es muy distinta de la resurrección

¿Por qué no cree el cristiano en la reencarnación?

A esta pregunta respondió el teólogo Michael F. Hull de Nueva York al intervenir en la videoconferencia mundial de teología organizada el 29 de abril de 2003 por la Congregación vaticana para el Clero. Estas fueron sus palabras.

La integridad de la persona humana (cuerpo y alma en la vida presente y la futura) ha sido y sigue siendo uno de los aspectos de la revelación divina más difíciles de entender. Son todavía actuales las palabras de san Agustín: «Ninguna doctrina de la fe cristiana es negada con tanta pasión y obstinación como la resurrección de la carne» («Enarrationes in Psalmos», Ps. 88, ser. 2, § 5). Dicha doctrina, afirmada constantemente por la Escritura y la Tradición, se encuentra expresada de la manera más sublime en el capítulo 15 de la Primera carta de San Pablo a los Corintios. Y es declarada continuamente por los cristianos cuando pronuncian el Credo de Nicea: «Creo en la resurrección de la carne». Es una expresión de la fe en las promesas de Dios.

A menudo, aun sin el auxilio de la gracia, la razón humana llega a vislumbrar la inmortalidad del alma, pero no alcanza a concebir la unidad esencial de la persona humana, creada según la «imago Dei». Por ello, a menudo, la razón no iluminada y el paganismo han visto «a través de un cristal, borrosamente» el reflejo de la vida eterna revelada por Cristo y confirmada por su misma resurrección corporal de los muertos, pero no pueden ver «la dispensación del misterio escondido desde siglos en Dios, creador del universo» (Ef 3,9). La noción equivocada de la metempsícosis (Platón y Pitágoras) y la reencarnación (hinduismo y budismo) afirma una transmigración natural de las almas humanas de un cuerpo a otro. La reencarnación, que es afirmada por muchas religiones orientales, la teosofía y el espiritismo, es muy distinta de la resurrección de la fe cristiana, según la cual la persona será reintegrada, cuerpo y alma, el último día para su salvación o su condena.

Antes de la parusía, el alma del individuo, entra inmediatamente, con el juicio particular, en la bienaventuranza eterna del cielo (quizá después de un período de purgatorio necesario para las delicias del cielo) o en el tormento eterno del infierno (Benedicto XII, «Benedictus Deus»). En el momento de la parusía, el cuerpo se reunirá con su alma en el juicio universal. Cada cuerpo resucitado será unido entonces con su alma, y todos experimentarán entonces la identidad, la integridad y la inmortalidad. Los justos seguirán gozando de la visión beatífica en sus cuerpos y almas unificados y también de la impasibilidad, la gloria, la agilidad y la sutileza. Los injustos, sin estas últimas características, seguirán en el castigo eterno como personas totales.

La resurrección del cuerpo niega cualquier idea de reencarnación porque el retorno de Cristo no fue una vuelta a la vida terrenal ni una migración de su alma a otro cuerpo. La resurrección del cuerpo es el cumplimiento de las promesas de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento. La resurrección del cuerpo del Señor es la primicia de la resurrección. «Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los de Cristo en su venida» (1 Cor 15,21–23). La reencarnación nos encierra en un círculo eterno de desarraigo corporal, sin otra certidumbre más que la renovación del alma. La fe cristiana promete una resurrección de la persona humana, cuerpo y alma, gracias a la intervención del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para la perpetuidad del paraíso.

En la carta apostólica Tertio millennio adveniente (14 de noviembre de 1994), escribe Juan Pablo II: «¿Cómo podemos imaginar la vida después de la muerte? Algunos han propuesto varias formas de reencarnación: según la vida anterior, cada uno recibirá una vida nueva bajo una forma superior o inferior, hasta alcanzar la purificación. Esta creencia, profundamente arraigada en algunas religiones orientales, indica de por sí que el hombre se rebela al carácter definitivo de la muerte, porque está convencido de que su naturaleza es esencialmente espiritual e inmortal. La revelación cristiana excluye la reencarnación y habla de una realización que el hombre está llamado a alcanzar durante una sola vida terrenal» (n° 9).

 

 

Imperialismo demográfico: ¿quién decide quiénes sobran?

Al hombre de cada siglo
le salva un grupo de hombres
que se oponen a sus gustos.

Chesterton

Oscuras profecías

Desde que Thomas Malthus se equivocara, hace ya muchos años, al pronosticar que Inglaterra jamás podría soportar una población superior a diez millones de habitantes, han sido muchos los que continúan repitiendo periódicamente sus mismas y agoreras predicciones. El argumento siempre ha sido el mismo: si la población mundial continúa creciendo, el planeta camina inexorablemente hacia su ruina.

Sin embargo, si echamos una mirada a la historia, deberíamos ser comprensivos con Malthus. Hagamos un supuesto, remontándonos veinticinco o treinta siglos.

Si a los íberos que poblaban la ribera del río Manzanares antes de la llegada de los romanos, alguien les hubiera preguntado por la población máxima que podrían admitir aquellas tierras que ellos ocupaban, es muy probable que hubieran asegurado que allí no había caza para alimentar más que a unos pocos miles de personas; y que si hubiera más, se exterminaría a los elefantes y bisontes de que se alimentaban; y no habría madera para construir sus viviendas; y los pequeños campos cultivables serían insuficientes; etc.

Y si les hubieran dicho que allí, en esa zona en la que apenas había unos cuantos asentamientos dispersos a la orilla del río, tres mil años después iba a haber una ciudad de más de cuatro millones de habitantes —la actual Madrid—, lo más probable es que lo tomaran a broma. Pensarían que habría que estar loco para pensar que de aquellas tierras pudiera salir carne, frutas y cereales para alimentar a esa ingente multitud.

Y sin necesidad de remontarnos tanto, si en 1950 le hubieran preguntado a alguien qué ocurriría si se duplicara la población mundial, probablemente habría dicho que sería una tremenda catástrofe.

Sin embargo, eso es lo que ha sucedido —con creces—, y se supone que vivimos algo mejor que entonces. Es más —paradojas de la vida—, resulta que bastantes de los problemas actuales de Occidente provienen de los excedentes alimentarios, y es frecuente que se subvencione a los agricultores para que no cultiven determinadas tierras o para que disminuyan el número de cabezas de ganado.

Los pronósticos aterradores han sido moneda corriente durante los últimos cuarenta o cincuenta años. Se han vaticinado catástrofes tremendas que estaban ya a la vuelta de la esquina, si alguien no hacía algo inmediatamente para contener el amenazador boom demográfico.

Una de las más famosas predicciones fue la de los hermanos Paddock, que aseguraron que veríamos millones de muertos de hambre en los Estados Unidos. Sin embargo, sus profecías se toparon con una superproducción agraria sin precedentes.

Tampoco parece que se cumplieran los cálculos de Paul Ehrlich —cuyas tesis fueron durante años un auténtico dogma en todo el mundo—, cuando predijo que en los años setenta estallaría un conflicto a escala mundial, producido por el agobiante avance de la superpoblación, que causaría cientos de millones de muertes, provocaría guerras y violencia, y destruiría los recursos necesarios para mantener la vida sobre el planeta.

Todas esas negras predicciones han demostrado tener una fuerte carga de ciencia-ficción, pero muy poco de ciencia. Por ejemplo —como señala Robert L. Sassone—, es curioso que los veinte países con mayor escasez de alimentos sean países con poca población; o que la mayor parte del terreno potencialmente agrícola siga sin utilizarse; o que las grandes fases de desarrollo de los países hoy más industrializados hayan coincidido con fuertes crecimientos de población.

Frente a tantos progresos innegables que han acompañado al crecimiento de la población, los profetas del desastre solo pueden esgrimir hipotéticos riesgos futuros. Pero los fallos de pronósticos anteriores nos advierten de lo poco fiable de ese tipo de profecías. No se puede negar que hay bolsas de pobreza en torno a las grandes ciudades del mundo, y que hay regiones en las que se padece hambre, desnutrición, problemas de salud, mortalidad infantil, etc., pero hay que comprender que se trata de problemas complejos y que sus causas no son la simple presión demográfica.

El resultado de muchas victorias sobre la muerte

Hace diez mil años, el planeta solo podía mantener a 4 millones de personas, y su esperanza de vida al nacer era de tan solo 20 años.

En el siglo XIX, nuestro planeta era capaz de mantener a 1.000 millones de personas, y su esperanza de vida rondaba los 30 años.

Ahora, nos acercamos a los 7.000 millones de personas en la tierra, y viven más tiempo y con más salud que nunca. La esperanza de vida alcanza casi los 80 años en los países desarrollados, y oscila entre 45 y 60 años en los países más pobres.

Este avance ha sido posible sobre todo gracias a la reducción de las tasas de mortalidad infantil, que se deben fundamentalmente a las grandes mejoras en la agricultura, la sanidad y la medicina.

El incremento de la población mundial es el resultado de muchas victorias de la humanidad sobre la muerte. Lo normal —afirma Julian L. Simon— sería que todos los filántropos dieran saltos de alegría al presenciar este triunfo de la mente humana y de la organización sobre las fuerzas de la naturaleza causantes de la muerte. En cambio, muchos se quejan de que hay demasiada gente viva para disfrutar de ese don, y se empeñan en implantar duras campañas de control de natalidad.

La apoteosis de la intolerancia

Lo peor de todo esto es que esos alarmismos demográficos han solido traer consigo políticas inhumanas, de intolerancia flagrante, de tremenda coerción y de graves violaciones de los derechos humanos. Y, desgraciadamente, no han sido casos aislados.

Por ejemplo, el gobierno indio ha llevado a cabo durante décadas extensos programas de esterilizaciones masivas de ciudadanos, en muchos casos mediante engaño o violencia. En China, esas campañas han sido aún más masivas e intimidatorias, ejerciendo sobre los matrimonios una presión enorme y a menudo brutal para limitar la descendencia familiar a un solo hijo por familia.

Esos programas son ejemplos extremos de violaciones de derechos humanos que, en nombre del control de la población, se cometen y se han cometido en tantos países. Pero lo más doloroso —se lamentaba Karl Zinsmeister—, es que las autoridades internacionales hagan apologías públicas de esa clase de políticas inhumanas: es triste que cuando la ONU entregó por primera vez el premio de planificación familiar, los ganadores fueran precisamente los directores de los programas indio y chino.

Resulta seriamente preocupante la grave intolerancia que demuestran quienes violentan las raíces culturales milenarias de esos pueblos promoviendo semejantes campañas antinatalistas. Como decía Chesterton, con este tipo de políticas se acaba desdibujando la diferencia entre animales y seres humanos, y se acaba tratando a seres humanos pobres como si no fueran más que estorbos económicos, sociales o ecológicos. Como si fueran una nueva especie de contaminación que es preciso eliminar.

Y tiene también razón Julián Marías al advertir que quienes piensan así reducen lo humano casi a la zoología. Ven a la mujer embarazada como una simple hembra preñada, y parecen empeñados en coartar la libertad de toda una parte de la humanidad a la que consideran carente de responsabilidad.

El testimonio de la historia

—Pero muchos siguen pensando que el crecimiento demográfico es una seria amenaza para el desarrollo y el futuro de nuestro planeta, tanto por la escasez de recursos naturales como por el deterioro ambiental.

Ya hemos visto que los datos no son tan alarmantes. Cualquier experto en economía agraria sabe bien que la dieta alimenticia de la población mundial no ha parado de crecer en los últimos cincuenta años. Y quienes estudian la economía de los recursos naturales saben igualmente que todos los recursos son cada vez más accesibles, en lugar de más escasos, como lo demuestra el descenso de los precios de todos ellos a lo largo de los últimos siglos y las últimas décadas.

—Bien, pero se dice que el aumento de población de una sociedad reduce el ahorro, impide la inversión, disminuye las posibilidades educativas y es la causa fundamental del hambre en el mundo.

Ninguna de esas afirmaciones sobre el aumento de la población parece avalada por el transcurrir de la historia:

  • Los costes de los recursos naturales han ido disminuyendo a largo plazo en todos los casos, salvo alguna excepción temporal. Es decir, ha crecido siempre la disponibilidad de materias primas. Por ejemplo, el precio actual del cobre —en función de los salarios de cada época— es aproximadamente una décima parte del que tenía en el siglo XVIII, la centésima parte que durante el Imperio Romano, y la milésima parte que en Babilonia hace 4.000 años.
  • Los productos elaborados (bolígrafos, camisetas, neumáticos, etc.) son cada vez más baratos, porque cada vez sabemos producir más y a menor coste.
  • El incremento de productividad por unidad de superficie agraria ha crecido muchísimo más rápido que la población, y hay serias razones para pensar que esta tendencia continuará. Por tanto, hay cada vez menos motivos para preocuparse por la disponibilidad de tierra cultivable: aumenta el número de cosechas al año, aumentan los rendimientos por hectárea gracias a las mejoras en los métodos de cultivo y los fertilizantes, y aumenta también la superficie por la puesta en cultivo de nuevas tierras y por la recuperación de tierras abandonadas.
  • Solo hay un recurso importante que parece haber empezado a decrecer, y es el más importante: el ser humano. Ahora hay más gente que nunca en el planeta. Pero si midiéramos la escasez de seres humanos de la misma manera que medimos la escasez de otros bienes económicos, vemos que los salarios no han hecho más que subir en todo el mundo, en los países pobres y en los ricos. La cantidad que hay que pagar a un peluquero o un cocinero o un economista ha subido tanto en la India como en Estados Unidos. Este incremento de los precios es una clara muestra de que las personas son cada vez más escasas, aunque seamos más.

Todas las predicciones de los alarmistas han resultado erróneas. Los metales, los alimentos y demás recursos naturales son ahora más accesibles, en vez de más escasos, como se predecía. Los expertos concuerdan en que las grandes hambrunas han sido, casi sin excepción, consecuencia de conflictos bélicos, desórdenes civiles y corrupción política y económica.

Los problemas del Tercer Mundo solo pueden resolverse mediante la solidaridad internacional y una ayuda eficaz para resolver los problemas internos de esos países: mala política y administración, corrupción, guerras, etc.

¿Quién decide quiénes sobran?

—Pero supongo que habrá siempre una limitación que viene dada por el número de habitantes que físicamente puede mantener un área determinada.

Ese número de habitantes no depende solo de los kilómetros cuadrados, sino sobre todo de la organización económica y social. Hay 127 millones de personas apiñadas en las pequeñas islas del Japón. Sin embargo, gracias a la buena organización y a su excelente productividad, los japoneses figuran entre los países más ricos del mundo.

—Bien, pero parece que ahora ya están bastante llenas esas islas.

Eso es lo que nos parece a nosotros. Si se hubiera preguntado a los indios algonquinos que poblaban Manhattan en el siglo XVII cuánta gente pensaban que podría albergar la isla, seguramente habrían respondido también que ya estaba bastante llena. Sin embargo, ahora está llena de rascacielos y tampoco debe estar tan mal allí la gente, al menos a juzgar por lo que cuesta comprarse un piso en Nueva York.

La respuesta que daba Chesterton a quien le hablaba de exceso de población, era una sencilla pregunta: si él mismo era parte de ese exceso de población; y, si no lo era, cómo sabía que no lo era.

Antiguos dogmas supuestamente científicos

—Bien, pero lo del Japón que decías antes es un caso excepcional. Quizá sea un país con una mentalidad tan especial que no puede servir para rebatir un principio que parece elemental: si los recursos naturales de una tierra son pocos, o su orografía es muy difícil, está claro que cuantos menos sean, siempre es mejor; después de todo, más gente significa más bocas que alimentar, más pies que calzar, más escuelas que construir. Más gente siempre supone más problemas.

No parece que la realidad obedezca demasiado a ese razonamiento. Podrían ponerse muchos otros ejemplos, además del Japón, que contradicen esa explicación.

Si nos fijamos en Suiza, vemos también que es un país pequeño, en cuya reducida extensión apenas hay recursos naturales, y que es el más abrupto y montañoso de Europa; sin embargo, es de los más ricos del continente.

Países como Japón o Suiza (pequeños, montañosos y sin recursos naturales), no son casos aislados. La gran riqueza de esos países —quizá consecuencia precisamente de su pobreza en recursos naturales— está en los recursos humanos: una elevada densidad de población con un elevado nivel de preparación.

Hay muchísimos más ejemplos de contrastes que niegan esa relación directa entre la pobreza y la elevada densidad de población. Holanda tiene 402 habitantes por kilómetro cuadrado, y Rusia solo 8. Alemania tiene 231, y Bolivia solo 9.

—Quizá sea eso cierto para países que ya han conseguido una riqueza económica, pero parece que para los que son pobres, una elevada población siempre supone un gran retraso en el crecimiento económico.

Sin embargo, parece que bastantes naciones pequeñas —por ejemplo Taiwán, Corea del Sur, Singapur, etc.— han sido las de mayor crecimiento económico del mundo durante varias décadas. Y todas ellas eran antes pobres y muy pobladas: por ejemplo, Corea del Sur tiene 484 habitantes por kilómetro cuadrado y un nivel económico muy alto.

Hay docenas de países poco poblados que son pobres y sucios y padecen hambre. Y también hay multitud de países con población grande y densa, que son prósperos y atractivos. Esto no significa que la densidad de población sea una gran ventaja, pero tampoco parece que sea una desventaja.

Sería un reduccionismo condicionar el éxito económico al bajo número de habitantes. De entrada, es olvidar que la gente no solo consume, sino que también produce.

—Pero cuando el paro laboral crece, y los puestos de trabajo son escasos, más vale limitar el crecimiento de la población, pues se ve que la economía no admite más trabajadores.

El sistema económico parece algo más complejo que eso. Muchas veces, el estancamiento de la economía se debe a un freno en el consumo, que es consecuencia a su vez del estancamiento de la población. Para que haya puestos de trabajo, es preciso producir; y para producir, hace falta gente que consuma. Si esa cadena se frena por un parón en el número de consumidores, la economía se frena también.

La hipótesis de que un buen desarrollo económico exige un fuerte control de la natalidad supone, entre otras cosas, desconocer una lección de la historia: el crecimiento de la población precede al crecimiento económico, y es difícil encontrar un ejemplo de un país que haya mantenido al mismo tiempo una caída de población y un buen desarrollo económico.

Todas estas realidades innegables han llevado a un heterogéneo grupo de prestigiosos investigadores a contradecir los antiguos dogmas del control demográfico. Personas como Simon Kuznets, Colin Clark, P. T. Bauer, Ester Boserup, Albert Hirshman, Julian Simon, Richard Easterlin y otros, coinciden en que es preciso subrayar el gran potencial creativo de los individuos humanos. La solución está en organizar mejor la sociedad: las personas son su recurso más valioso.

Como ha escrito Hannah Arendt, el milagro que interrumpe una y otra vez el curso del mundo y el discurrir de las cosas humanas, y lo salva de la decadencia, es, en última instancia, el hecho de la natalidad, del nacimiento. El milagro consiste en que nacen nuevos seres humanos. Cada recién llegado —siempre que se le permita llegar, y luego desarrollar sus capacidades únicas e irrepetibles— es un nuevo potencial de ganancia para la humanidad.

Oscuros intereses políticos y económicos

—De todas formas, ¿no es un poco extraño que todos esos datos y razones científicas no convenzan a tantas instituciones que continúan promoviendo grandes campañas de control de la natalidad?

Es cierto que parece un poco extraño. Y me atrevo a decir que es también un poco sospechoso. De hecho, están surgiendo cada vez más voces de protesta —aunque por desgracia aún bastante silenciadas— contra ese tipo de políticas antinatalistas.

Es sospechoso, por ejemplo, que la mayor parte de lo que se consideran ayudas al desarrollo de países pobres se destine a sufragar gastos administrativos y de gestión de las propias instituciones que conceden esas supuestas ayudas: grandes edificios, ingentes gastos de personal y de representación, viajes, hoteles, congresos, etc.

Y es también sospechoso que los fondos restantes, que son ya teóricamente destinados a promover directamente el desarrollo en cada país, se suelan a su vez emplear mayoritariamente en subvencionar campañas de planificación familiar.

—Supongo que algo gastarán en promover directamente el desarrollo, ¿no?

Muy poco, solo un pequeño tanto por ciento. Casi todo el presupuesto se va en burocracia, gestión y multimillonarios contratos con empresas que se dedican a implantar el control de la natalidad. Al final, solo una pequeña parte se destina a los gastos sociales verdaderamente esenciales para el desarrollo (infraestructuras, capacitación profesional, sanidad, cultura, educación, etc.).

Y es una pena que esas instituciones, que aseguran contribuir a la liberación de la mujer, en muchos casos lo que hacen en la práctica es sacrificar inversiones que harían posible su acceso a la educación —habitualmente inferior al varón en esos países— para destinar esos recursos a facilitarles su acceso a la planificación familiar.

No falta gente, además, que asegura que detrás de esos contratos de family planning hay oscuros —oscurísimos— intereses económicos y políticos.

Esas campañas cuentan con unas dotaciones de varios billones de dólares anuales, y de ese dinero viven —bastante bien, por cierto— muchas grandes multinacionales del sector. Son cifras que bien pueden forzar políticas gubernamentales o comprar voluntades de personas de ámbitos muy diversos.

Hay que pensar que son contratos muy apetecibles, pues venden de un golpe millones de preservativos y píldoras anticonceptivas, que suponen grandes ganancias, siempre seguras, puesto que los gobiernos del Tercer Mundo se ven obligados a comprarlos.

Además, muchas veces, como se ha denunciado en repetidas ocasiones, son productos ya retirados de los mercados occidentales por sus efectos secundarios o su baja calidad.

—Me parece mal, lógicamente, pero al fin y al cabo se trata de un regalo, ¿no?

Bueno, es que no debe olvidarse un detalle: toda esa solidaridad internacional incluye un plan para pasarle luego la mayor parte de la factura a los propios países en vías de desarrollo.

Como ha denunciado Ignacio Aréchaga, el plan es perfecto: primero se establece que hay una demanda insatisfecha de servicios de control de la natalidad; después se dictamina lo que hay que gastar en la promoción de medios anticonceptivos, proporcionados en su mayor parte por las multinacionales de los países ricos; y finalmente se pasa el grueso de la factura a los países en desarrollo, ya que “ellos son los primeros beneficiados”.

Parece que no es muy arriesgado pensar que hay demasiada gente poderosa que tiene mucho interés en mantener este tipo de políticas antinatalistas. Las razones que dan suelen ser de solidaridad, de ecología o de preocupación humanitaria. En muchos casos, lo harán de buena fe. Pero me temo que, detrás de esas mismas razones filantrópicas, muchos otros esconden inconfesables afanes de mantener el imperialismo económico, sostener un rentable colonialismo demográfico, ganar dinero a expensas del Tercer Mundo, contener las avalanchas de inmigrantes o ceder a presiones provenientes de intereses de poderosos grupos económicos internacionales.

La alarma ante el crecimiento demográfico enmascara muchos temores a una nueva situación que inquieta a los países ricos. Un miedo que —como señalaba el demógrafo francés Hervé Le Bras— “se expresa bajo la forma alegórica de un atentado a la salud del planeta, mientras que se trata de un atentado a los privilegios de los ricos por la llegada de nuevos convidados al banquete de la naturaleza”. Una sutil intolerancia, lamentablemente disfrazada de tolerancia y solidaridad.

Una nueva forma de acoso sexual

Si se supiera —sugiere de nuevo Ignacio Aréchaga—, que un alto cargo de la ONU presiona a una funcionaria para obtener sus favores a cambio de un ascenso, inmediatamente sería destituido por acoso sexual. Es curioso, en cambio, que si esos mismos altos cargos fuerzan a millones de mujeres y hombres a organizar su natalidad de acuerdo con sus dictados, so pena de ahogarles financieramente, haya quienes los consideren como unos benefactores de la humanidad.

Por razones éticas de carácter elemental, no pueden admitirse programas que someten a los matrimonios a presiones degradantes para que recurran a la esterilización o a otros métodos anticonceptivos. No se puede estar de acuerdo con que los pobres sean señalados con el dedo como si su propia existencia fuera la causa, no el efecto, del deterioro social o económico de un país.

Es una hipocresía decir a esos pueblos hambrientos que, para que no crezcan más, los países occidentales van a limitarles su natalidad esterilizando a las personas, vendiéndoles preservativos (fabricados por multinacionales que están haciendo a su costa grandes negocios), o instalando clínicas abortistas (que de paso proporcionen fetos con los que hacer cremas para la alta cosmética occidental).

Los que estén verdaderamente preocupados por el bienestar de la población de los países pobres deberían centrar su atención no en los simples números de la población, sino en las instituciones —un gobierno y una política económica y educativa adecuadas— que posibiliten a los ciudadanos ejercer verdaderamente sus potencialidades.

—¿Piensas entonces que hay que defender la procreación a toda costa?

No se trata de eso. La transmisión de la vida humana debe ejercitarse con un alto sentido de responsabilidad. Hay que respetar el derecho de los esposos a decidir el tamaño de la familia y a espaciar los nacimientos, sin presiones provenientes de la intolerancia de los gobiernos o de otras organizaciones, que no pueden arrogarse responsabilidades que corresponden a los esposos, ni pueden tampoco usar de la extorsión, la coacción o la violencia para hacer que los cónyuges se sometan a sus directrices en esta materia.

Por ejemplo, es un signo de imperialismo detestable vincular la concesión de ayudas internacionales a imponer infamantes condiciones que afectan al control de la natalidad. Son los esposos quienes han de decidir en conciencia sobre el número y espaciamiento de los hijos.

—¿Y no es extraño que haya tanta oposición en la actualidad contra esas ideas, que coinciden con la doctrina de la Iglesia católica?

Lo que aquí se debate no es una doctrina de la Iglesia católica, sino el respeto a la libertad de los esposos. No me extrañaría que un día no muy lejano se acaben por reconocer de modo universal esas razones, en contra de las del colonialismo demográfico que algunos llevan tiempo imponiendo a los países pobres.

Ya ha sucedido algo parecido con el marxismo, tan defendido durante largos años por legiones enteras de afamados economistas e intelectuales occidentales. La Iglesia católica no dudó en plantar cara a la doctrina de Marx, y aseguró siempre que sus tesis atentaban contra la dignidad humana. Con el tiempo, el marxismo se ha venido abajo estrepitosamente, y la resistencia ética de la Iglesia católica —hasta entonces considerada como arcaica y retrógrada por todos aquellos sesudos intelectuales— ha sido confirmada por la aplastante fuerza de los hechos. Y no ha sido porque los hombres de la Iglesia hubieran tenido una competencia científica superior (tampoco eran tontos), sino porque juzgaban los comportamientos humanos según principios de humanidad.

Sobre la explosión demográfica mundial y sus peligros, son muchos los demógrafos que dicen hoy lo contrario de lo que se afirmaba hace treinta o cuarenta años. Y son muchos los que denuncian que las posturas del imperialismo antinatalista obedecen a una mezcla de mitos y prejuicios ideológicos con otros intereses económicos, pero que no resisten un análisis científico medianamente serio.

Veremos a quién da el tiempo la razón. Afortunadamente, a veces sucede que, en no mucho tiempo, se verifica con la experiencia lo acertado de las conclusiones que se pueden sacar de la conciencia moral. Por eso muchas veces, en vez de fijarse en la oposición de los que más gritan, es más ilustrativo prestar más atención a los gritos del silencio, a los gritos de los que no pueden hablar porque, de un modo u otro, no se les deja vivir.

Alfonso Aguiló

 

 

Hacia una Teología de lo femenino. En torno a la Carta Apostólica ‘Mulieris Dignitatem’

 Carmen Álvarez Alonso

https://www.almudi.org/images/MaternidadDivina3NN.jpg

“En la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del varón, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino”

Asistimos a una reformulación de los derechos fundamentales del hombre que implica, lógicamente, un nuevo planteamiento de la cuestión de los derechos de la mujer. En nombre de una defensa de la dignidad e igualdad de la mujer, que busca la liberación del “dominio” del varón, se pasa sutilmente del feminismo más radical a una “masculinización de lo femenino” (cf. MD 10). La “masculinización de lo femenino” conlleva inevitablemente una “feminización de lo masculino”, una disolución de esa específica masculinidad del varón que tiene su mayor expresión en la paternidad física y/o espiritual. Una interpretación meramente biofisiológica de la mujer y de la maternidad, derivada de una visión materialista del hombre − y, por tanto, de su cuerpo−, devalúa la feminidad en lo que tiene de su significado más personal. La maternidad está esencialmente vinculada a la estructura de la mujer y participa, por ello, de la dimensión personal del don (cf. MD 18). Por tanto, es fruto del dualismo antropológico la pérdida del sentido personalista del cuerpo y, con ello, la pérdida de su significado teológico[1]. Porque “en la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del varón, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino” (MD 18). Por ello, la desaparición de la figura del padre o una deformación reduccionista de la maternidad influyen en una comprensión inadecuada o deformada tanto del misterio de Dios como del misterio de la Iglesia y de María. En la mujer, como en el varón, lo biológico tiene un ineludible significado teológico; pero, además, la feminidad de la mujer reviste una profunda dimensión eucarística estrechamente vinculada al significado teológico de su maternidad. Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Mulieris dignitatem esbozó con original belleza algunas líneas maestras de lo que podríamos llamar teología de lo femenino y de las que pretendo apuntar aquí sólo algunas breves notas.

1. La mujer, en el corazón mismo del misterio de Cristo

La “plenitud de los tiempos” está marcada por el nacimiento del Verbo como hombre “nacido de mujer” (Ga 4,4). El acontecimiento de Nazaret es el inicio y anticipo, en sus líneas fundamentales, de ese momento clave y definitivo de la autorrevelación de Dios que será la encarnación y, de manera particular el misterio pascual. Y la mujer está situada “en el corazón mismo de este acontecimiento salvífico” (MD 3) de una manera única y excepcional, precisamente en virtud de su maternidad. La “plenitud de los tiempos” comienza, por tanto, revelando en Cristo la altísima vocación y dignidad de la mujer, según el plan salvífico de Dios. Una vocación propia y peculiar de la feminidad, que históricamente aparece vinculada con particular intensidad a la maternidad de María, precisamente porque en ella se realiza la unión con Dios más alta que pueda darse en el orden humano. Una unión insospechada durante la secular historia de Israel, también porque debía darse en la carne, si bien no según la carne. Esa altísima unión con Dios que se realiza en María había de ser, además, paradigma y modelo de la unión con Dios a la que, por el misterio de la creación del principio, está llamada toda criatura (cf. MD 4). Por tanto, la “plenitud de los tiempos” hace del misterio de la Mujer el ejemplar y modelo más logrado para toda esa humanidad, ya sea masculina o femenina, cuya vocación primera y fundamental en virtud del misterio del principio es, precisamente, la unión con Dios.

Por otra parte, en este acontecimiento de Nazaret se nos revela también un modo de unión con Dios que es propio y exclusivo de la maternidad femenina. se trata de esa unión entre madre e hijo que marcará de forma permanente todo el desenvolverse del misterio de Cristo Hijo (cf. MD 4). Sin duda, lo femenino estuvo presente no sólo en la carne del Verbo, formada de la carne y sangre de María, sino también en toda su vida, naturalmente marcada por esa relación materna. Así, por ejemplo, en la misma oración de Cristo se expresa esa unión profunda que se da entre la paternidad divina y la maternidad humana cuando “hablaba como Hijo, unido al Padre por el eterno misterio del engendrar divino, y lo hacía así siendo al mismo tiempo Hijo auténticamente humano de su Madre Virgen” (MD 8). Y en María la contemplación del Verbo fue, primeramente, materna, es decir, al compás de esa relación tan primordial e inmediata que vivió como madre gestante. El misterio de su gestación biológica supuso también esa otra gestación espiritual en la que ella fue «comprendiendo» y ponderando el grandioso misterio que llevaba en su interior. Y, como sucede a cualquier madre, también en María la vivencia de su maternidad virginal y la experiencia única de ese Hijo Dios dejó en ella una huella irreversible[2]. Esa especial disposición interior de la madre hacia su hijo que se da en toda maternidad, tuvo desde el principio en María una particular orientación cristocéntrica y, por tanto, eucarística. Aquella maternidad del Verbo consubstancial al Padre fue transformando su alma femenina en alma cada vez más materna, e hizo que en su alma cada vez más materna fuera creciendo una maternidad cada vez más universal. También en ella lo masculino del Hijo quedó siempre presente y vinculado a su persona, a su vida, a todo su misterio, precisamente en virtud de esa maternidad virginal única. Y dado que en toda madre siempre permanece algo del hijo que ha llevado en sus entrañas, podemos afirmar que entre Cristo y María se dio una relación materno-filial irreversible. Mucho de lo femenino de María quedó para siempre en la masculinidad del Hijo, y mucho de la masculinidad de Cristo quedó para siempre vinculado a la feminidad de María.

Aquella diferencia y complementariedad entre masculinidad y feminidad que apuntaba en la revelación del principio, en la carne de aquel primer hombre creado en gracia, anunciaba ya esa otra complementariedad y diferencia que había de darse entre el nuevo Adán y la nueva Eva. Diferencia y complementariedad que, en Cristo y en María, no aparecen ya vinculadas a lo biológico ni a la procreación de la vida humana, aunque sí a la realidad de un cuerpo que no dejaba de ser masculino y femenino. En la nueva creación, masculinidad y feminidad aparecen vinculadas a la virginidad física y espiritual, a la fecundidad divina a la transmisión y participación de la vida misma de Dios a todos los hombres. En la maternidad virginal y divina de María y en el misterio de la virginidad de Cristo surge, por tanto, una nueva forma de vivir la sexualidad humana, que abrirá perspectivas también nuevas para entender la diferencia y complementariedad entre lo masculino y lo femenino de todos los tiempos. Aquella reciprocidad que en el misterio del principio pretendía revelarse en los límites estrechos del cuerpo, de la masculinidad de Adán y de la feminidad de Eva, comienza a alcanzar sus cotas más altas a medida que el plan salvífico de Dios se va acercando a su realización más cumplida y plena. Esa reciprocidad −si bien siempre desigual− entre lo masculino de Cristo y lo femenino de María que inicia en la Anunciación, habrá de llegar todavía a la Cruz, a la glorificación y a su prolongación mística en el misterio de la iglesia para alcanza su cumplido cumplimiento.

2. Lo femenino como clave hermenéutica de lo humano

La creación del hombre como “imagen y semejanza de Dios” es, según el Génesis, la clave de bóveda que sustenta el misterio del hombre[3]. Tanto la mujer como el varón son creados por Dios como los únicos seres humanos, puestos «uno junto al otro» como «otro yo» en la misma humanidad, según el sentido original del término “ayuda semejante” (Gn 2,18). Ese carácter personal exclusivo de lo humano les hace existir en «unidad de los dos», es decir, en la donación plena al «otro yo», para realizar así su «ser imagen y semejanza de Dios». Ser persona a imagen y semejanza de Dios implica ser-don para el «otro yo» en la misma humanidad, a través del matrimonio, o ser-don para el otro, a través de la consagración. De este modo, el varón y la mujer, creados como “ayuda semejante” uno para el otro, están llamados a encarnar en esa “unidad de los dos” el misterio de comunión y donación que es Dios mismo. Pues bien, este hecho fundamental que es la creación del varón y la mujer como “ayuda semejante” y recíproca marca, en su misma entraña, toda la historia de la humanidad. Y en virtud de este principio del ser y existir para el otro, en “unidad de los dos”, lo masculino y lo femenino quedan también integrados en el modularse propio de la Historia de la salvación (cf. MD 7). Siendo Dios fiel a sí mismo, la revelación y realización de su plan salvífico habría de seguir su curso natural por el camino de lo humano, de la totalidad de lo humano, de lo masculino y de lo femenino.

Este dato fundamental se presenta, por tanto, como clave interpretativa del dinamismo de la revelación de Dios que, hablando de sí mismo, utilizará los cauces propios del lenguaje humano. El lenguaje bíblico tiene un cierto carácter antropomórfico que ha de entenderse desde la doble vertiente de una analogía que el Papa se detiene a explicar en MD 8. Esa analogía muestra que el hombre es «semejante» a Dios, por ser imagen suya, y que Dios, en cierto modo, también se hace «semejante» al hombre para que, gracias a esa similitud, pueda ser conocido por él. Por otra parte, los límites propios de esa analogía hablan también de la no-semejanza, de esa disimilitud esencial entre Dios y sus criaturas. Este uso analógico del lenguaje humano para referirse a Dios ha de tenerse en cuenta a la hora de interpretar los numerosos textos bíblicos que utilizan comparaciones e imágenes inspiradas en el amor humano para atribuir a Dios cualidades propias de lo femenino y masculino, o de la paternidad y maternidad humanas. En MD 8, Juan Pablo II se detiene a enumerar algunos de esos textos bíblicos tan característicos, tomados sobre todo del profeta Isaías, que presentan el amor de Dios como amor «masculino» de esposo y padre, o amor «femenino» de esposa, virgen y madre. La analogía del amor esponsal humano y la figura de Dios-Esposo que recorre el Antiguo Testamento culminarán en Ef 5,23-32, texto ampliamente comentado en MD 23-25. En san Pablo la relación entre lo masculino y lo femenino y el don sincero de sí en que se fundamenta el amor entre los esposos alcanza su más alto significado. El amor de Dios es semejante al amor esponsal de los esposos, si bien no es igual. Cristo ha entrado en la historia como el Esposo que se ha dado totalmente a sí mismo, convirtiéndose así en el Don más absoluto y radical. Ahora bien, siguiendo con la analogía paulina, la Iglesia, y todos los hombres por medio de ella, están llamados a ser la Esposa de Cristo. Y concluye el Papa: “De este modo «ser esposa» y, por consiguiente, «lo femenino» se convierte en símbolo de todo lo «humano»” (MD 25), de lo masculino y de lo femenino. Este valor simbólico de lo femenino, que entraña en sí una referencia a todo lo humano, aparece recogido de forma más explícita en el principio hermenéutico que Juan Pablo II formula en MD 22: “No se puede lograr una auténtica hermenéutica del hombre, es decir, de lo que es «humano», sin una adecuada referencia a lo que es «femenino». Así sucede, de modo análogo, en la economía salvífica de Dios; si queremos comprenderla plenamente en relación con toda la historia del hombre no podemos dejar de lado, desde la óptica de nuestra fe, el misterio de la «mujer»: virgen-madre-esposa”. La mujer y la maternidad se convierten, así, en cauces de lo divino, ya que lo femenino de María precedió, con una prioridad temporal sin precedentes, el misterio de la masculinidad de Cristo.

Es innegable, según el Papa, el vínculo de María con toda la humanidad. El misterio de María “pertenece íntimamente al misterio salvífico de Cristo” (MD 2) y, por ello, está situado igualmente en el centro mismo del misterio de la iglesia. Ahora bien, dado que la iglesia, según el concilio Vaticano II, es “en Cristo como un sacramento (...) de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1), también María se halla unida de manera particular y excepcional a toda la humanidad. Y dado que todos los hombres son herederos del misterio de la creación del ser humano como varón-hembra en el principio, también lo son de la economía de la nueva creación inaugurada precisamente con la maternidad divina de María. Por tanto, si “el nuevo Adán manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gs 22), concluye el Papa: “en este «desvelar el hombre al propio hombre» ¿no se debe quizás descubrir un puesto particular para aquella «mujer» que fue la Madre de Cristo?” (MD 2). Así pues, el principio formulado por Juan Pablo II en MD 22, que hace de lo femenino una clave hermenéutica de todo lo humano, viene a completar aquel otro principio cristológico que había formulado ya el concilio Vaticano II en Gs 22 y que hacía del Verbo encarnado una clave hermenéutica del misterio del hombre. MD 22 hace de lo femenino un cauce para penetrar en esos aspectos del misterio de Dios que nos han sido revelados en el misterio de la mujer. ¿Acaso no conocemos, por ejemplo, en la maternidad virginal y divina de María algo del misterio del eterno engendrar del Padre de una manera mucho más directa y cercana que a través de la paternidad de José? incluso en el orden humano de la paternidad, la maternidad se presenta también como cauce natural para conocer muchos aspectos del hijo[4]. Así debió suceder también en el caso de Jesús. En muchos aspectos José conoció y aprendió a descubrir por María muchos aspectos del Hijo y hasta de su propia paternidad. El fue el primero que recorrió el camino de la maternidad de María para penetrar más profundamente en los misterios de Dios que se estaban revelando en su Hijo.

3. La integración de lo masculino y lo femenino en la Historia de la Salvación

La consecuencia más inmediata del uso analógico del lenguaje del amor humano para referirse a Dios y del principio hermenéutico formulado en MD 22 es la radical confirmación del misterio de la creación del ser humano como varón y hembra a imagen y semejanza de Dios. En virtud de esa semejanza de lo humano con Dios, y dentro de los límites propios de la analogía, podemos hablar de Dios sirviéndonos de lo que, en el amor humano, es femenino y masculino. De ahí que el dinamismo de la revelación y hasta el cumplimiento mismo del plan salvífico de Dios no hubieran podido desenvolverse a lo largo de la Historia de la Salvación de otro modo sino a través de todo lo humano, masculino y femenino. Y había de respetarse Dios a sí mismo no sólo en el hecho de haber dado a ese amor humano una forma masculina y femenina sino también en el hecho de haberle dado un lenguaje propio vinculado precisamente al cuerpo y a su carácter sexuado. Y, dado que en el ámbito de lo humano y personal, la masculinidad y feminidad se distinguen y, a la vez, se completan y se explican mutuamente, había de servirse Dios de este modo dual de ser humano para decirse a sí mismo en el lenguaje de amor que el hombre era capaz de entender. Con ello, Dios hizo de la masculinidad y feminidad ‘sacramentos’ de sí mismo[5]. Dios no es, ni puede ser, femenino ni masculino; pero su misterio nos ha sido revelado precisamente en ese lenguaje de donación propio de la sexualidad humana, haciendo así de la masculinidad y feminidad un cauce expresivo, y a la vez interpretativo, de la Historia de Salvación.

En María se manifiesta plenamente todo el contenido del plan de Dios relativo al misterio de la ‘mujer’ que estaba ya esbozado en aquella Eva del principio y que alcanza en la expresión “llena de gracia” un cumplimiento especial. Dado que la gracia no prescinde ni anula la naturaleza humana sino que, más bien, la eleva y perfecciona, esa plenitud de gracia hizo que, en María, el misterio de la mujer alcanzara su perfección y plenitud. En la maternidad divina y virginal de María culmina aquel significado teológico de la feminidad y de la maternidad, que comenzó a revelarse en sus líneas fundamentales ya en el misterio de la primera Eva. Por eso, Juan Pablo II llega a afirmar en MD 11 que se da en el misterio de la ‘mujer’ una “revelación correlativa al misterio de la redención”, que es el que se cumple en el misterio del varón, aquel que fue ya esbozado en el primer Adán y que se ha cumplido definitivamente en Cristo. “Revelación correlativa”, es decir, como si hubiera aspectos de esa revelación de Dios que sólo podían ser dados a conocer a través del misterio de la ‘mujer’ y de su feminidad. Esa “revelación correlativa” queda desvelada plenamente en María precisamente por ser ‘mujer’, es decir, en su ser femenino y, sobre todo, en lo más específico y definitorio de su feminidad que es su maternidad, la más perfecta que en el orden humano se pueda dar. La feminidad, o el misterio de la ‘mujer’, se convierte así en una línea hermenéutica que recorre, con contenido y desarrollo propios, toda la economía de salvación y la misma revelación de Dios.

El mismo uso analógico del lenguaje de lo masculino y femenino nos permite entrar indirectamente en el misterio del eterno engendrar de Dios, porque en la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del varón, se revela ese misterio del eterno engendrar que es Dios mismo. “Este «engendrar» −afirma el Papa− no posee en sí mismo cualidades «masculinas» ni «femeninas». Es de naturaleza totalmente divina. Es espiritual del modo más perfecto, ya que «Dios es espíritu» (Jn 4,24) y no posee ninguna propiedad típica del cuerpo, ni «femenina» ni «masculina». Por consiguiente, también la «paternidad» en Dios es completamente divina, libre de la característica corporal «masculina», propia de la paternidad humana” (MD 8). De este modo, si bien en la generación eterna del Verbo no podemos hablar de paternidad y maternidad en el sentido físico, ya que son propias del engendrar humano, sí podemos afirmar que en la generación temporal del Verbo y en el prodigio único de la maternidad virginal de María se nos revelan algunos aspectos del misterio de la fecundidad y del engendrar de Dios que sólo podían revelarse a través del lenguaje de la feminidad. María, precisamente por ser madre virginal y por haber sido fecundada sólo por el Espíritu santo, es el «signo» humano que más cercanía y semejanza tiene con la fecundidad y el engendrar de Dios. Un engendrar que es también virginal y divino, en cuanto que no hay en él intervención ni contaminación alguna de nada que no sea Dios. Por otra parte, la fecundidad del Padre, engendrando eternamente en el Espíritu santo al Verbo, fue maravillosamente revelada a partir del misterio de esta ‘mujer’, en la que Dios pudo «darse desde sí mismo» y «ser acogido en ella», es decir, aunando los dos dinamismos propios de la donación sexual que se expresan y realizan en el engendrar humano. De esta manera, si bien el engendrar de Dios no tiene cualidades masculinas o femeninas, es, sin embargo, modelo absoluto de todo engendrar y generar que se dé en el orden humano, tanto en lo biológico como en lo espiritual. Y esta semejanza −y desemejanza− entre el eterno engendrar de Dios y el generar humano se nos revela con especial intensidad en la maternidad virginal y divina de María. En esta reciprocidad y complementariedad que se da en el tiempo entre la generación eterna del Verbo y su nacimiento temporal de María, entre la fecundidad divina del Padre y la humana de María, culmina aquella diferencia y complementariedad originarias entre lo masculino y lo femenino que, por el misterio del principio, constituye el modo de ser de todo lo humano. Y, si bien se trata de una dualidad que, en el misterio de la concepción virginal del Verbo, no se agota en lo puramente biológico ni aparece exclusivamente vinculada al modo humano de engendrar, sí que necesita de un cuerpo para expresarse.

4. La maternidad en el orden de la Alianza

La palabras del protoevangelio (Gn 3,15) sitúan el misterio de la mujer en la perspectiva de la redención, aunando en la misma línea de cumplimiento el nombre de Eva y de María. Si en la creación de la mujer quedó completada la revelación del principio, en la maternidad de María se inicia el cumplimiento de ese otro principio en que el ser humano, hecho ya nueva criatura, vivirá un nuevo y más pleno significado de su masculinidad y feminidad. Las palabras del protoevangelio insisten con fuerza en el protagonismo de esta mujer, en cuyo seno comenzó ya a sellarse la nueva y definitiva Alianza de Dios con la humanidad. “He aquí que Dios inicia en ella, con su «fiat» materno («hágase en mí»), una nueva alianza con la humanidad. Esta es la Alianza eterna y definitiva en Cristo, en su cuerpo y sangre, en su cruz y resurrección. Precisamente porque esta Alianza debe cumplirse «en la carne y la sangre» su comienzo se encuentra en la Madre” (MD 19). Aquella Palabra de Dios, que se hizo carne y sangre en Ella y de Ella, comenzaba ya a entregarse en ella y por ella al Padre como sacrificio de la nueva Alianza[6]. En MD 11, el Papa hace notar cómo, en el Antiguo Testamento, la intervención de Dios en la historia de su pueblo tuvo como protagonistas a varias mujeres; sin embargo, para estipular su alianza con la humanidad, Dios se dirigía solamente a varones. Sin embargo, al comienzo de la nueva y definitiva Alianza está la mujer, y sólo con ella habló Dios en términos de Alianza. Esta Virgen de Nazaret era ya un “signo indicativo” (MD 11): comenzaba a recomponerse en ella aquella Alianza revelada en el principio, que tenía en la unidad primordial de los dos, de lo masculino y femenino, una expresión privilegiada.

La maternidad de María introdujo la feminidad en lo más íntimo del orden de la nueva y eterna Alianza. “Y cada vez, todas las veces que la maternidad de la mujer se repite en la historia humana sobre la tierra, está siempre en relación con la Alianza que Dios ha establecido con el género humano mediante la maternidad de la Madre de Dios”, afirma el Papa en MD 19. Aquí ha de entenderse, primeramente y en su sentido más inmediato, la maternidad referida al cuerpo. Cada gestación y alumbramiento «según la carne» están misteriosamente asociados a la maternidad de María, porque a ella está vinculado todo lo humano y toda la humanidad, y de manera particular todo el misterio de la mujer tal y como se realiza en cada una de las mujeres. Pero, a través de ella, cada gestación y alumbramiento se convierten también en un «signo en la carne» de ese misterio de la Alianza en Cristo al cual la maternidad está íntimamente asociada. Por otra parte, ha de entenderse también aquí, y quizá con mayor incidencia, ese otro sentido más profundo de la feminidad que se vive en la maternidad espiritual y que tiene también en María su realización más cumplida. Esta maternidad espiritual, por realizarse «según el espíritu», es signo aún más preclaro de ese misterio de la Alianza con Dios, que «es espíritu» (Jn 4,24). La maternidad biológica de María era, en cierto modo, signo y «sacramento» de su maternidad espiritual. Esa maternidad, única desde lo biológico, estaba llamada a abrirse hacia una universalidad de amplitud y profundidad insospechadas, derivada del carácter también universal de la Alianza en Cristo. La maternidad espiritual que comenzó en aquella mujer de Nazaret habría de revelarse plenamente al pie de la Cruz, precisamente allí donde también se cumplió definitivamente la nueva y definitiva Alianza en Cristo.

El Papa vincula el misterio de la Alianza y la maternidad de María interpretando en la perspectiva del misterio pascual el texto de Jn 16,21: “«La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora, pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo». La primera parte de estas palabras de Cristo se refieren a «los dolores del parto», que pertenecen a la herencia del pecado original; pero al mismo tiempo indican la relación que existe entre la maternidad de la mujer y el misterio pascual” (MD 19). La maternidad según la carne y los dolores del parto son signo y herencia del pecado original; pero no perdieron ese carácter de signo y coherencia de aquella Alianza primordial en la que el ser humano fue creado en el principio y que se expresaba sobre todo en la «unidad de los dos». Sin embargo, era necesario que una nueva maternidad restableciese plenamente aquel significado que este signo femenino tenía antes del pecado original, significado que fue restaurado y realizado en plenitud en el misterio pascual. Esta nueva maternidad se significa en un parto virginal, sin dolor, que da a luz a Aquel que ha borrado el pecado del mundo; pero se significa también en una nueva maternidad según el espíritu, cuya fecundidad está definitivamente vinculada a la eficacia salvífica del misterio pascual. En cierto modo, en este signo que es el misterio de la maternidad de María está ya recapitulado, en sus líneas más esenciales, todo el plan salvífico de Dios y la misma Historia de salvación. Esta es la nueva feminidad que se nos revela plenamente al pie de la Cruz, en la teología del stabat. Allí le llegó a María la hora del parto: “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora...” (Jn 16,21). Y concluye el Papa: “En efecto, en dicho misterio está contenido también el dolor de la Madre bajo la Cruz; la Madre que participa mediante la fe en el misterio desconcertante del «despojo» del propio Hijo (MD 19)”. La Hora de la maternidad espiritual de María coincide, por tanto, con la Hora de Cristo en la Cruz. María completaba así, en la maternidad de su carne y de su espíritu, aquello que faltaba a los padecimientos de Cristo en bien de su cuerpo que es la iglesia (cf. Col 1,24). “De este modo −afirma Benedicto XVI− sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio”[7].

5. Lo femenino es esencialmente eucarístico

En la Eucaristía se celebra el misterio de todo el ser humano, varón y mujer, en su masculinidad y feminidad, porque es “el sacramento del Esposo, de la Esposa” (MD 26). La Eucaristía es el memorial del amor de Dios-Esposo, revelado hasta el fondo en el misterio pascual a través de un cuerpo «entregado» y una sangre «derramada». Ese amor esponsal queda, pues, contenido en ese total y absoluto «don de sí» que se cumple ritualmente en la última cena e históricamente en la Cruz. Y allí estaba toda la Esposa, la Esposa de todos los tiempos, que en el stabat de María al pie de la Cruz acogía en sí el don del Esposo. Esta realidad nupcial sólo podía expresarse sacramentalmente revistiendo de valor de signo la masculinidad del varón y la feminidad de la mujer, tal como hizo Dios en el principio. Así pues, lo que Dios quiso unir naturalmente en el principio −el varón y la mujer, lo masculino y lo femenino como totalidad de lo humano− quedó también definitivamente unido de forma sacramental. De este modo, la unidad y complementariedad entre feminidad y masculinidad es también uno de los dinamismos internos de la Eucaristía, en el que se celebra y expresa sacramentalmente la totalidad de la donación nupcial entre Cristo y la iglesia. Por tanto, mucho de femenino y de maternidad hubo también en la institución de la Eucaristía.

Ahora bien, Cristo vinculó de manera muy explícita la institución de la Eucaristía con el ministerio sacerdotal de los apóstoles. Así quería expresar “la relación entre el varón y la mujer, entre lo que es ‘femenino’ y lo que es ‘masculino’, querida por Dios, tanto en el misterio de la creación como en el de la redención...” (MD 26). La Eucaristía expresa de modo sacramental, ante todo, ese don de sí redentor de Cristo-Esposo hacia su Esposa. Y este es el significado fundamental del hecho de que “el servicio sacramental de la Eucaristía −en la que el sacerdote actúa «in persona Christi» −es realizado por el hombre” (MD 26)[8]. Por otra parte, dado que el cuerpo sexuado tiene carácter de signo, tanto la masculinidad como la feminidad tienen un valor sacramental exclusivo y específico, por el cual no significa lo mismo decir ‘Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre, que se entrega por vosotros’ en boca de un varón o en boca de una mujer. En el orden de la sexualidad humana, varón y mujer no se entregan uno al otro de la misma manera: el varón se entrega saliendo de sí mismo y entrando en la mujer; la mujer se entrega acogiendo en sí la donación del varón. Las palabras sobre las que gravita el sacramento de la Eucaristía exigen, por tanto, la sacramentalidad específica de la masculinidad del varón, de su concreto cuerpo sexuado, por el hecho de que la donación masculina tiene su propio y específico dinamismo de donación hacia. Así pues, el don de sí de Cristo hacia su Esposa la Iglesia celebrado sacramentalmente en la Eucaristía sólo podía significarse en la masculinidad del sacerdote que celebra in persona Christi.

Ahora bien, también en la Eucaristía el misterio de la feminidad ilumina el significado sacramental de la masculinidad del varón. Porque, si es verdad que la Eucaristía gravita sobre un cuerpo que se da y una sangre que se entrega para dar la vida al mundo, ¿qué es la misma maternidad de la mujer, en su dinamismo más esencial, sino un cuerpo y una sangre que se dan para comunicar y dar a luz una nueva vida al mundo? La Eucaristía, por tanto, entraña en su mismo dinamismo celebrativo, lo más esencial de la maternidad femenina. Y, al igual que en la maternidad de María, también en la Eucaristía se expresa sacramentalmente el hecho de que esa maternidad sea virginal. Porque también aquí la vida divina viene engendrada en el seno de esa acción sacramental de la iglesia sólo por obra del Espíritu Santo. Esta dimensión materna de la Eucaristía es la expresión celebrativa de la donación esponsal de la Esposa, de la Iglesia, que es también materna y femenina. Por tanto, un sacramento que discurre en lo más íntimo de su dinamismo litúrgico como discurre, en el orden natural, el dinamismo de la maternidad femenina necesitaba de la masculinidad del varón y del valor sacramental de su cuerpo para ser así sacramento en el que se hace memorial del misterio de la totalidad de lo humano y del misterio nupcial entre Cristo y la iglesia.

En la última cena se anticipó, de forma ritual, lo que iba a suceder de forma histórica y real horas después en el Calvario. Y, dado que en la mujer lo biológico tiene significado teológico, también en la feminidad de María se anticipó de forma natural, en su cuerpo y en su actitud espiritual, algo de lo que iba a significarse ritualmente en la última cena y de forma histórica en la cruz. En su cuerpo, porque por su maternidad virginal entregó su carne y su sangre para dar a luz a Cristo y entregarlo así al mundo; en su espíritu, porque, mediante el fiat de la encarnación, unido al fiat del Verbo escondido en su seno, dio comienzo y anticipó ya esa identificación perfecta con la oblación interior de Cristo que había de culminar, para ambos, en la Cruz. María es, por tanto, mujer eucarística primeramente por ser mujer, es decir, en su propio cuerpo femenino; pero también por ser madre y por ser virgen. Aquello que los presbíteros celebran en virtud de su ministerio específico, es decir, la entrega esponsal de Cristo en su Cuerpo y en su sangre para comunicar la vida divina al mundo, a su modo también lo realiza la mujer, y María de manera muy singular, en virtud de ese otro ministerio propio de su feminidad que es la maternidad. Qué bello paralelismo entre el sacerdocio que se actualiza en la Eucaristía y el dinamismo propiamente femenino de la maternidad por el hecho de gravitar ambos sobre el significado personal de un cuerpo y una sangre que se dan para comunicar una nueva vida. Cuánta cercanía en el modo en que ambas realidades transmiten la vida.

María al pie de la Cruz representa también el sacerdocio de toda la iglesia, llamada a ser pueblo sacerdotal como lo fue ella, es decir, a través de su maternidad y virginidad. Ese sacerdocio universal tiene, según el Papa, mucho de femenino: “En el ámbito del «gran misterio» de Cristo y de la iglesia todos están llamados a responder −como una esposa− con el don de la vida al don inefable del amor de Cristo (...) En el «sacerdocio real», que es universal, se expresa a la vez el don de la Esposa” (MD 27)[9]. En el stabat de María al pie de la Cruz se «completa» de alguna manera el sacerdocio de Cristo. María se asocia a la ofrenda eucarística y sacerdotal de Cristo en la Cruz con su propia ofrenda, ciertamente también eucarística y sacerdotal. Era lo que faltaba a los sufrimientos y a la oblación de Cristo (cf. Col 1,24): esa mutua reciprocidad y ordenación entre el sacerdocio universal de la Esposa y el de Cristo, entre la Eucaristía «celebrada» por Cristo sacerdote en la Cruz y la Eucaristía «celebrada» por María en la liturgia de su propia vida. De ahí la necesidad de armonizar el aspecto “petrino” de la iglesia con el aspecto “mariano” (cf. MD 27), también para que todo el misterio de la sacerdotalidad de Cristo se exprese y realice en la Iglesia en toda su plenitud. La estructura jerárquica de la iglesia y el ministerio ordenado están ordenados a la santidad de sus miembros; y en el orden de la santidad lo primero es el misterio de la mujer: “El Concilio Vaticano II, confirmando la enseñanza de toda la tradición, ha recordado que en la jerarquía de la santidad precisamente la «mujer», María de Nazaret, es «figura» de la Iglesia. Ella «precede» a todos en el camino de la santidad; en su persona la «iglesia ha alcanzado ya la perfección con la que existe inmaculada y sin mancha» (cf. Ef 5,27)”.

La iglesia, por ser primeramente mariana, realiza también el ministerio de su feminidad a través de esa maternidad espiritual que mira a engendrar en los demás la vida divina. A través de esa maternidad según el Espíritu, la iglesia es también, a su modo, madre de Dios en las almas. Pero la maternidad es, además, una dimensión esencial en la vida cristiana de cada uno de los miembros que formamos este cuerpo místico, la Esposa. El mismo apóstol san Pablo, para expresar la hondura de su ministerio apostólico, no duda en recurrir a lo que es por esencia lo más específico femenino: “Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto” (Ga 4,19). De esta manera, para expresar en profundidad cuál es y cómo es la misión de la iglesia, el apóstol recurre, una vez más, a lo femenino y a la maternidad (cf. MD 22).

6. La mujer y su especial connaturalidad con el Espíritu Santo en el orden del amor

El orden del amor pertenece a la vida trinitaria y, en ella, el Espíritu Santo es “la hipóstasis personal del amor” (MD 29). Ese Espíritu es el Don en el que recibimos y participamos del amor mismo de Dios que es su vida divina (cf. Rm 5,5). Que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios significa también que el amor se convierte para él en una exigencia ontológica, pues sólo el amor corresponde de forma adecuada al bien que la persona es (cf. MD 29). Esta norma personalista marca la vocación fundamental e innata de todo ser humano al amor (cf. Gs 12; FC 11), vocación que tiene una particular significación para la mujer. Por su feminidad, en ella se dan de un modo especialísimo esas condiciones humanas primordiales y radicales necesarias para realizar el orden del amor que exige el bien que es la persona. Este dato es fundamental para entender algo de su dignidad según el plan de Dios, pues “la dignidad de la mujer es medida en razón del amor” (MD 29). Pero es también un elemento estructural de la vocación específica de la mujer, la realización del orden del amor, que si bien está vinculada a la “unidad de los dos”, lo está de un modo prioritario y preferente a la maternidad física y espiritual. El Papa precisa, además, cómo esta vinculación se cumple plenamente en María: “respecto a ella se pone de relieve, de modo pleno y directo, el íntimo unirse del orden del amor −que entra en el ámbito del mundo de las personas humanas a través de una Mujer− con el Espíritu santo” (MD 29). Así pues, por esa connaturalidad de lo femenino con la Eucaristía, por la analogía tan cercana entre la maternidad de la mujer y la fecundidad de Dios, la vocación de la mujer está especialmente orientada al orden del amor y, por tanto, asociada estrechamente a la acción del Espíritu santo.

Algunas imágenes utilizadas por los escritores antiguos recogen ya esta específica proximidad. La imagen del útero divino para referirse al Espíritu Santo pertenece a las más antiguas de la tradición cristiana[10]. La costilla tomada de Adán, además de significar la común humanidad que unía a Adán y Eva −común humanidad en la que se fundamenta su reciprocidad−, fue una bella imagen del Espíritu Santo, de cuya generación habría de nacer la compañera del Verbo, la Iglesia, esa nueva Eva que comparte con Cristo una nueva forma de «humanidad» y de «reciprocidad»[11]. Asimismo, explicaban la procesión no-generativa del Espíritu santo frente a la generación del Verbo recurriendo a la analogía de la procedencia de Eva, sacada del costado de Adán y consubstancial a él, sin ser hija suya[12]. Y, en cierto modo, Juan Pablo II recoge también esta idea cuando afirma que “en el Espíritu de Cristo ella puede descubrir el significado pleno de su feminidad y, de esta manera, disponerse al «don sincero de sí misma» a los demás, y de este modo encontrarse a sí misma” (MD 31).

Si Dios quiso revelarnos algo de cómo el Espíritu Santo actúa en el mundo, comunicando a los hombres su vida divina, nos lo dijo, sin duda, a través de la feminidad y, de manera particular, en la maternidad de la mujer. Es propio de la feminidad darse acogiendo en sí el don del otro, del varón, como el Espíritu Santo acoge en sí el don mutuo del otro, del Padre y del Hijo. Y si el Espíritu Santo es dado y comunicado al mundo es para que en el seno de las almas sea acogida la vida del Verbo. En la feminidad encuentra tan especial expresividad humana el dinamismo de donación del amor de Dios que ya Clemente de Alejandría, con los acentos poéticos de una bella analogía, no dudó en afirmar que, por Amor, Dios se hizo mujer: “Y entonces contemplarás el seno del Padre, a quien sólo el Hijo Unigénito de Dios declaró. El propio Dios es Amor, y por Amor se nos hizo mujer. Lo inefable de Él es Padre. Lo compasivo hacia nosotros se hizo Madre. El Padre, en amándonos, se hizo hembra. Indicio grande de ello es aquel a quien engendró de sí propio. Y el fruto engendrado de amor es Amor”[13]. Cuando Dios genera y da a luz, en el Espíritu, su propia vida en los hombres, en cierto modo se hace «materno», «madre» del Hijo Unigénito, como María, Madre de Dios. Cuando el Padre acoge en sí, en el Espíritu, el don del otro −nuestra donación humana y, sobre todo, el don del Hijo unigénito−, en cierto modo se hace «femenino». Y como es Dios, haciéndose de este modo «madre» y «mujer», siempre es virgen, porque es fecundo sólo en el don y en la vida del Espíritu. Y es el Espíritu Santo quien hace virginal ese don, preservándolo de toda contaminación que no sea Él mismo y su propio ser divino.

* * *

Más allá de estos dos modos de ser hombre, masculinidad y feminidad son también, en Dios, dos modos de expresarse en la carne y de realizar su plan de salvación. La pretensión feminista de liberarse del “dominio del varón” por el camino de la “masculinización de lo femenino”, además de ser en sí misma radicalmente contradictoria, está abocada a ahogarse en los límites de una perspectiva cada vez más reduccionista y antihumanista. Sin embargo, la cuestión de la mujer sigue reclamando una respuesta teológica que responda a la verdad plena de la persona. Las líneas fundamentales de esa teología de la feminidad han de encontrarse en el misterio de la Mujer, tal como se ha realizado en la perfecta feminidad de María.

Carmen Álvarez Alonso
Profesora de Teología Dogmática en la Facultad de Teología ‘San Dámaso’ de Madrid

Fuente: laityfamilylife.va.

[1] Cf. Benedicto XVI, Congreso eclesial de la diócesis de Roma sobre la familia (6-6-2005): “También el cuerpo del hombre y de la mujer tiene, por tanto, por así decir, un carácter teológico, no es simplemente cuerpo, y lo que es biológico en el hombre no es sólo biológico, sino expresión y cumplimiento de nuestra humanidad. Del mismo modo, la sexualidad humana no está al lado de nuestro ser persona sino que le pertenece. Solo cuando la sexualidad se integra en la persona logra darse un sentido a sí misma”.

[2] Cf. MD 18: “La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular «comprende» lo que lleva en su interior (...) Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre –no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general–, que caracteriza profunda-mente toda la personalidad de la mujer”.

[3] Las líneas fundamentales de antropología y de teología de la creación que se recogen en MD 6-7 remiten a las catequesis sobre teología del cuerpo que Juan Pablo ii dirigió durante las Audiencias de los miércoles, especialmente desde el 5 de septiembre de 1979 al 2 de abril de 1980. La Mulieris dignitatem es un desarrollo monográfico de esas catequesis enfocado específicamente hacia el tema de la mujer.

[4] Cf. MD 18: “Aunque los dos sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una «parte» especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal. (...) El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre, se encuentra siempre «fuera» del proceso de gestación y nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia «paternidad». Podríamos decir que esto forma parte del normal mecanismo humano de ser padres, incluso cuando se trata de las etapas sucesivas al nacimiento del niño, especialmente al comienzo. La educación del hijo −entendida globalmente− debería abarcar en sí la doble aportación de los padres: la materna y la paterna. sin embargo, la contribución materna es decisiva y básica para la nueva personalidad humana”.

[5] Sobre el valor sacramental de la sexualidad, cf. Juan Pablo II, Audiencia general (20-2-1980): “El hombre aparece en el mundo visible como la expresión más alta del don divino, porque lleva en sí la dimensión interior del don. (...) De este modo, y en esta dimensión, se constituye un sacramento primordial, entendido como signo que transmite eficazmente en el mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad. (...) El sacramento, como signo visible, se constituye con el hombre, en cuanto “cuerpo”, mediante su “visible” masculinidad y feminidad. En efecto, el cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo. (...) El hombre, en efecto, mediante su corporeidad, su masculinidad y feminidad, se convierte en signo visible de la economía de la Verdad y del Amor, que tiene su fuente en Dios mismo y que ya fue revelada en el misterio de la creación.

[6] Los primeros autores cristianos recogían ya esta teología de la Alianza en la imagen de la copa o del cáliz referida a María. Cf., por ejemplo, Ambrosio de Milán, De institutione virginis 81 y 90.

[7] Audiencia general (12-8-2009).

[8] Cf. Juan Pablo II, Audiencia general (27-7-1994) n. 5: “si tratamos de comprender el motivo por el que Cristo reservó para los varones la posibilidad de tener acceso al ministerio sacerdotal, podemos descubrirlo en el hecho de que el sacerdote representa a Cristo mismo en su relación con la iglesia. Ahora bien, esta rela-ción es de tipo nupcial: Cristo es el esposo y la iglesia es la esposa. Así pues, para que la relación entre Cristo y la iglesia se exprese válidamente en el orden sacramental, es indispensable que Cristo esté representado por un varón. La distinción de los sexos es muy significativa en este caso, y desconocerla equivaldría a menosca-bar el sacramento. En efecto, el carácter específico del signo que se utiliza es esencial en los sacramentos. El bautismo se debe realizar con el agua que lava; no se puede realizar con aceite, que unge, aunque el aceite sea más costoso que el agua. Del mismo modo, el sacramento del orden se celebra con los varones, sin que esto cuestione el valor de las personas”.

[9] Cf. MD 30: “Si el hombre es confiado de modo particular por Dios a la mujer, ¿no significa esto tal vez que Cristo espera de ella la realización de aquel «sacerdocio real» (1 P 2,9) que es la riqueza dada por Él a los hombres?”.

[10] Cf. M. Guerra, “La naturaleza impersonal (energía, la dimensión femenina de lo divino, etc.) y personal del Espíritu santo según algunas sectas”: Burgense 39/2 (1998) 340.

[11] Así, por ejemplo, Metodio de Olimpo −entre otros−, según A. Orbe, “La procesión del Espíritu santo y el origen de Eva”: Gregorianum 45 (1964) 113. La idea tiene sus antecedentes en la tradición judía y gnóstica.

[12] Cf. A. Orbe, “La procesión del Espíritu Santo y el origen de Eva”: Gregorianum 45 (1964) 103-118.

[13] Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur? 37.

 

Tres testimonios de la fe

Jesús Ortiz López

Beatificación de Guadalupe Ortiz de Landazuri

photo_camera Beatificación de Guadalupe Ortiz de Landazuri

Se cumple otro aniversario del fallecimiento de san Josemaría Escrivá, en realidad su nacimiento para el Cielo. Su vida ha sido un testimonio de la fidelidad al querer de Dios, un hombre de gran corazón, enamorado de Jesucristo y de la
Virgen María, y por eso mismo lleno de caridad hacia todos. Y son miles las personas que le trataron el esta vida, incluidos los no católicos y los no cristianos. También los enemigos, que los tuvo, como ha ocurrido a la mayoría de los santos, pues sin Cruz no hay santidad, que se prueba con las cruces que imponen otros
hombres.

«Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que lleguemos a ella no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes, aunque el modo de ejecutar tales acciones no debe ser común», decía el fundador del Opus Dei. Y san Juan Pablo II le denominó el santo de lo ordinario, especialmente en la solemne ceremonia de su canonización en Roma, en la plaza de San Pedro abarrotada en aquella ocasión. Retrocediendo hacia atrás, en junio de 1946, recién llegado a Roma, pasó la noche en oración desde la terraza de la vivienda donde se alojó, con visibilidad a los apartamentos del Papa. En contraste entre un hombre solo rezando y los miles de fieles de todo el mundo celebrando unidos señala la fecundidad de la gracia en los santos.

Otro testimonio bien reciente es la muerte de Teresa Cardona, fiel del Opus Dei, cuando empezaba el traslado a Yamoussoukro para continuar una labor solidaria, encabezando un grupo de jóvenes felices por ayudar a niños y remodelar una escuela. La noticia ha sido muy difundida en los principales medios pues señala que hay muchos jóvenes con valores dispuestos a darse a los demás. Son la esperanza de una sociedad que anda escasa de valores y de principios. Son muchas las muestras de solidaridad y condolencias, desde los Reyes y los políticos hasta las
redes sociales.

Finalmente, otro testimonio conocido ha sido la beatificación de Guadalupe Ortiz de Landázuri el mes de mayo en Madrid. Su vida como profesional, investigadora y profesora, como mujer solidaria siempre ya desde su labor en México, y como fiel del Opus Dei, siempre disponible y alegre, levanta también la esperanza en un mundo conflictivo, violento, y muchas indiferente a Dios y a las verdaderas necesidades de las personas.

 

 

Teresa Cardona: “No sé qué me va a pedir Dios este año, porque estoy muy contenta”

El cónsul de Costa de Marfil pagó el envío de la guitarra en el avión. Habían firmado un seguro a todo riesgo. Teresa se había despedido del colegio porque iba a cuidar a sus padres enfermos

Teresa Cardona.

photo_cameraTeresa Cardona.

 

El colegio Mayor Bonaigua de Barcelona, donde residía Teresa Cardona, relata al detalle en su perfil de Twitter las últimas noticias sobre el accidente de Costa de Marfil que costó le vida a la profesora y una de las monitoras del grupo de 30 cooperantes que habían viajado al país africano para ayudar en la reconstrucción de un colegio.

A las 13 horas aproximadamente, aterrizaba el avión con 24 estudiantes. “Ahora se reencontrarán con sus familias y se irán a casa a descansar. Esperamos que las que han quedado en Costa de Marfil puedan volver a casa pronto”, explican en un tweet.

Las voluntarias iban a hacer tareas de rehabilitación en las instalaciones de la escuela Ebenezer en Yamousukro, clases de higiene y nutrición para mujeres y actividades con niños. El campo de trabajo era un proyecto con voluntad de perdurar en el tiempo. 

 

Atendidas en un hospital de la Orden de Malta

En un primer momento las voluntarias heridas fueron atendidas "con todo cuidado" en el Hospital Saint Jean Baptiste, gestionado por la Orden de Malta, indica Bonaigua. Dos monitoras se han quedado en Costa de Marfil acompañando a las que están esperando la autorización para viajar.

Se espera que los restos de Teresa lleguen hoy miércoles que serán trasladados al Colegio Mayor y con bastante probabilidad el funeral será el jueves, según han confirmado fuentes de la familia a Religión Confidencial.   

 

Este Confidencial también ha  podido saber algunos detalles nuevos sobre este trágico accidente que ha conmocionado a mucha gente.

Las residentes del Colegio Mayor Bonaigua acuden diariamente al centro para rezar y apoyarse las unas a las otras. Están algo impactadas también con los medios de comunicación, “cantidad de cámaras todos los días frente a la residencia”.

 

"Salieron negritos a ayudar por todas partes" 

Por otra parte, el cónsul de Costa de Marfil, que está actualmente en Barcelona, está muy afectado porque las conoció antes de irse. "Salían del aeropuerto y Teresa tocaba la guitarra y animaba a todas las cooperantes. Como era un bulto  más costaba una pasta llevar la guitarra, pero Teresa estaba tan motivada que el cónsul le pagó el paquete para que se la pudiera llevar", informan las mismas fuentes a RC. 

También relatan como se produjo el accidente y lo que ocurrió en esos momentos: "La noche que llegaron, durmieron en el club del Opus Dei en la capital de Costa de Marfil y al día siguiente partieron en dos autobuses para irse al pueblo donde estaba el colegio que iban a restaurar. Cuando llevaban una hora de viaje, reventó la rueda y el bus dio bastantes vueltas de campana. Teresa estaba sentada al final de bus y murió en el acto. La que estaba a su lado no sufrió nada. Todavía queda una estudiante ingresada y se ha quedado una responsable con ella".  

 

El autobús que iba delante paró y salieron dos monitoras a ayudar a sacarlas a todas. "Estaban en medio de la selva y empezaron a salir “negritos” de todas partes. Les llevaron en sus coches a un centro de salud y luego las trasladaron al hospital privado de la Orden de Malta. A las diez más afectadas les hicieron todo tipo de pruebas. Ellas dicen que sus ángeles de la guarda son ahora negritos".

Rezando un rosario tras otro 

Las del primer autobús estuvieron dos horas paradas, rezando un rosario tras otro. Posteriormente, se fueron de nuevo al club de la Obra de Costa de Marfil "que las han cuidado espectacularmente", señalan las mismas fuentes. 

Al día siguiente del accidente, las voluntarias se enteraron que Teresa había fallecido. El conductor que fue trasladado al hospital está muy afectado, pero impresionado por las muestras de cariño y la oración. 

Como era el segundo año que realizaban este proyecto, las monitoras se habían encargado de contratar un seguro a todo riesgo que les cubre todo, hospitalización y el traslado del cadáver de Teresa a España. 

Teresa estaba muy contenta este año 

Amigas de Teresa Cardona relatan a RC que ella había manifestado semanas atrás que este año estaba muy contenta, que el año había sido genial y decía: "No sé qué me va a pedir Dios este año porque estoy muy contenta". 

Como si de un presentimiento se tratara, Teresa se había despedido del colegio Canigó, porque dejaba la subdirección para pasar más tiempo con sus padres enfermos de Alzheimer. Había recogido todas sus cosas, también de la residencia de Bonaigua, y las había empaquetado en cajas. 

El jueves, antes de viajar a Costa de Marfil, celebraron una cena de despedida en el Colegio Mayor. "El periodista de la Vanguardia está flipando con todo el cariño que está viendo entre los amigos y familiares de de Bonaigua". 

 

 

El derecho a la pereza

Sorprende que se hayan publicado libros con estos títulos: Elogio de la ociosidad; Elogio de la pereza; El derecho a la pereza. De forma irónica, sus autores elogian la “pereza” para –por contraste- criticar el activismo y la vida agitada de hoy. Proponen más tiempo para el ocio creativo y para el necesario reposo.

Jacques Leclercq en su obra Elogio de la pereza (2014) responde a esta pregunta retórica: ¿Por qué elogiar hoy la pereza?

Esta es su respuesta: “porque nuestro siglo se ufana de ser el de la vida intensa, y esa vida intensa no es sino una vida agitada, porque el signo de nuestro siglo es la carrera, y los más bellos descubrimientos de que se enorgullece no son descubrimientos de sabiduría, sino de velocidad. Nuestra vida no es propiamente humana más que si en ella hay lentitud, sin que esto quiera decir que haya de ser del todo ociosa; también puede hacerse un elogio del trabajo, pero el trabajo, el esfuerzo, ha de partir de un reposo y desembocar en un reposo. Las grandes obras y los grandes gozos no se saborean corriendo”.

Esa vida agitada no es lo que se esperaba tras la revolución tecnológica (trabajar menos y disponer así de más tiempo para el ocio). Por ello, ya no se habla de la soñada “civilización del ocio”, sino solamente de “la cultura del esfuerzo”, entendida no como un medio, sino como fin en sí mismo (el esfuerzo por el esfuerzo).

Contra la pereza, la prevención más eficaz sigue siendo crecer en diligencia (del latín diligere, que significa amar); es una virtud que forma parte de la caridad. Se opone al descuido, a la impuntualidad, a la desidia y a la desgana.

La diligencia es hacer cualquier tarea con entusiasmo, prontitud de ánimo, esmero, cuidado de los detalles y gozo. Juan Ramón Jiménez la incluía en lo que llamaba “el trabajo gustoso (opuesto al trabajo penoso), propio de cualquier ser humano capaz de poner en su oficio la atención y el deseo suficientes.

Jesús Martínez Madrid

 

 

La tolerancia social con la pereza

El envidioso procura que los demás no descubran su defecto, porque está mal visto socialmente. En cambio, existen muchos perezosos que hablan en público de su condición y que incluso presumen de serlo: “Nadie se avergüenza de levantarse tarde y, por el contrario, se ironiza sobre el que lo hace a las ocho de la “madrugada,” con el lechero (…). El cansancio es algo tan aborrecido por el español, que cuando alguien sufre por un amor no correspondido, se dice de él que pasa fatigas.” (F. Diaz Plaja: El español y los siete pecados capitales).

Mientras algunos jóvenes perezosos esperan sentados y relajados una oportunidad en su vida, otros, más diligentes, ya la han buscado y encontrado. Esto se viene cumpliendo al menos desde que Esopo publicó la fábula de la cigarra y la hormiga. La orgullosa y perezosa cigarra acabó pidiendo limosna a la diligente y humilde hormiga.

La pereza crónica es un camino ancho que desemboca en el pozo de los perdedores. Por otra parte, ser perezoso debe de ser agotador, porque exige estar siempre buscando la forma de no hacer lo que se debe hacer.

La pereza es una de las plagas de la sociedad actual. Afecta especialmente a quienes se pasan las “horas muertas” divirtiéndose en las pantallas digitales, que son incompatibles con el esfuerzo.

La pereza es un antivalor contrario a valores positivos, como la diligencia y la responsabilidad. Si no se corrige a tiempo siempre irá a más, con riesgo de convertirse en una adicción. ¿Qué empresa admitiría a un candidato con síndrome de adicción a la pereza?

Enric Barrull Casals

 

Que reparten la pobreza

Hay mucha gente que ha viajado a países del Tercer Mundo, a lugares donde se vive muy pobremente y, sin embargo, han encontrado personas acogedoras y generosas con lo poco que tienen. Personas que viven con lo mínimo y no tienen inconveniente en acoger al peregrino que llama a su puerta. Que reparten la pobreza.

Es más, hay mucha gente que ha estado en África, en misiones de voluntariado, en lugares muy pobres, y que cuentan lo llamativo de la sonrisa de los niños, y también de los mayores, de manera que el que viaja a aquellos lugares queda con una añoranza de volver, de estar con aquellas gentes alegres. Es el caso de un amigo, médico, que acaba de jubilarse y se va dos años al Congo a ayudar en un hospital. Se va feliz.

Parece una bobada, pero la riqueza entristece, crea más deseos de tener, convierte a las personas en egoístas. Evidentemente esto es una generalización, porque en todos los sitios se puede uno encontrar con gente generosa, personas que viven desahogadamente y están siempre pensando en cómo ayudar a los necesitados. Pero lo que abunda es el cómodo, el materialista, el que se cierra en sus bienes.

Por lo tanto, parece que, en nuestro ambiente, es más urgente la evangelización de los ricos. Parece que habría que preocuparse un poco de tantas personas incapaces de entender el cristianismo porque están encerrados en sí mismo. Sin juzgar ni hablar de nadie en concreto, es tan frecuente encontrar por la calle gente triste. Sí, por las calles de los barrios ricos de las ciudades, por poner un ejemplo.

Habría que plantearse, cuanto antes, qué hacemos con los ricos para que se salven, porque también ellos son hijos de Dios.

Pedro García

 

El Por qué no meten más presos en la cárcel

 

                                  Ya he tocado el tema de “los presos en España que nuestros impuestos mantienen y los penados nada rinden, pese a lo muy costoso de su mantenimiento”; en mi Web pueden encontrar dichos artículos. Recientemente leo en revista de prestigio (XLSEMANAL 1641 del 7 al 13 de abril 2019) algunos datos que aquí reproduzco.

                                “Los presos en las penitenciarías españolas, son en la actualidad unos sesenta mil; los funcionarios de prisiones son unos veinte mil”. O sea que para tres presos hay un empleado del Estado; a los que hay que aumentar, los cientos o miles de guardias civiles, que prestan servicio continuo, en las prisiones, para puestos de vigilancia, traslados, etcétera. Aumentemos los que trabajen en las mismas, en los diferentes cometidos de cocinas, fontaneros, electricistas y todo el personal que requieren instalaciones, enormes y complejas como se suponen hay en estas penitenciarías. Y finalmente aumentemos, desde el costo de los edificios, hasta el más mínimo detalle de su mantenimiento y control, lo que en abundantes oficinas y estamentos del Estado, deben existir para el control de esta multitud de privados de libertad. Aun así, los más directos funcionarios que tienen que convivir junto a los presos, se quejan de falta enorme de empleados, por lo que hay protestas, incluso huelgas, donde hemos visto a estos empleados estatales, clamar contra el gobierno, por el abandono de los mismos, las carencias que tienen y los peligros que soportan, puesto que les está prohibido defenderse de las agresiones en que puede peligrar su vida, incluso.

                                ¿A cuánto nos cuesta cada día de estancia en una cárcel del preso español? No lo sabemos, porque los gobiernos no quieren averiguarlo o decirlo; pero imaginemos la enormidad del gastos; por lo que doy por seguro, que deben existir “órdenes o sugerencias interiores y de alto nivel”, para evitar que la población de delincuentes en España, y salvo que los hechos sean muy graves, no entren en la cárcel y de ahí, podemos imaginar la súper abundancia de delincuentes nacionales y extranjeros que viven y pululan en España, puesto que la mayoría de esta gente, sabe de leyes, “más que lo responsables de las mismas y con ello y las infinitas argucias que aquí hay, explica el que multitudes de ellos y tras tomarles las declaraciones policiales, vuelvan a su tolerada libertad, dónde indudablemente seguirán delinquiendo”; no encuentro otra explicación. Pero y como ya escribí.

                                “Siempre y desde que aprendí a pensar y deducir, me hecho la siguiente pregunta. ¿Por qué si una persona honrada y para poder vivir o sobrevivir tiene necesariamente que trabajar y un preso no tiene que hacerlo; y el Estado, lo mantiene incluso mucho mejor que a muchos de los otros mentados? Digo preso, pero igual opino sobre “presas”, e incluso sobre adolescentes delincuentes ya y que por su edad, “saben que  lo que han hecho es delito”; y  por descontado que cada delito tiene que tener asignados un tipo de trabajo y por significarlos, opino que deben ser desde los más llevaderos hasta los más duros y peligrosos.

                                No soy yo el que ha designarlos puesto que ya pagamos ejércitos de empleados públicos, que son los indicados  a asignarlos al tipo de delitos y la duración de los mismos. Lo que no entiendo por mucho que me lo expliquen es, “la inactividad y el almacenamiento de seres humanos para que simplemente vegeten y que muchos de ellos vivan mejor atendidos que lo estarían en su propio domicilio si es que lo tienen”. Además que en las cárceles muchos lo que aprenden es nuevas formas de delinquir o perfeccionar las que ya conocen; puesto que en ese oficio “hay maestros”.

                                No se trata de forzar sino muy al contrario, el convencerles de que tienen que trabajar para el Estado por cuanto han delinquido en  él y han de contribuir a su propio mantenimiento, como mínimo; y si opino así para los nativos españoles, mucho más duro considero debe ser para quién viene sin ser llamado; y viene a España a delinquir como fin único de su viaje.

                                Finalmente recordar lo que el gran sabio dijo hace “milenios”; puesto que al final todo proviene, de la no formación y educación del individuo… "Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres"; lo dijo…  Pitágoras; así pues, mucha menos enseñanza tecnológica y de “apretabotones”; y mucha más de moral y de responsabilidad humana del individuo, que aprenda desde niño sus muchas obligaciones, que son necesarias para adquirir derechos; puesto que los políticos nos hastían preconizando derechos (que ellos violan en general) pero jamás nos hablan de OBLIGACIONES.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes