Las Noticias de hoy 24 Junio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 24 de junio de 2019          

Indice:

ROME REPORTS

Corpus Christi: “La Eucaristía es una escuela de bendición” – Homilía del Papa

La Eucaristía, Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, donados para la salvación del mundo

LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA*: Francisco Fernandez Carbajal

“Eres hijo de Dios”: San Josemaria

Una profesora comprometida con la acción social

San Josemaría: amigos en toda la tierra

Roma. 26 de junio de 1975

Tema 13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados: Miguel de Salis Amaral

70 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos: Mary Ann Glendon

Busca y encontrarás: Joaquin Garcia Hudobro

Una silenciosa herida en la sociedad: Luis Fernando Valdés

En Pentecostés la Iglesia de Cristo echa a andar: Pedro Beteta López

ESCUELA PARA PADRES: ¿Quién va a pagar las jubilaciones futuras, si hoy las familias no tienen suficientes hijos?: Francisco Gras

La dignidad de una democracia: Valentín Abelenda Carrillo

La batalla educativa comienza: Enric Barrull Casals

Un día para la alegría: José Morales Martín

¿Qué elegimos y a qué nos obligan?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Corpus Christi: “La Eucaristía es una escuela de bendición” – Homilía del Papa

En el barrio romano de Casal Bertone

junio 23, 2019 18:58RedacciónPapa Francisco

(ZENIT – 23 junio 2019).- Con motivo de la misa del Corpus Christi, el Papa Francisco invitó a los bautizados a “redescubrir dos verbos simples y esenciales para la vida cotidiana: decir y dar”. La vida eucarística, como un antídoto en cierto modo, a la “voracidad”.

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El Papa Francisco presidió la Misa del “Corpus Christi”, en la explanada de la iglesia de Santa María Consolatrice, en el barrio romano de Casal Bertone, a las 18 horas. Decir, para el Papa, por lo tanto es “bendecir” y “decir bien”.

“Es importante que nosotros los pastores recordemos bendecir al pueblo de Dios. “Queridos sacerdotes, no tengan miedo de bendecir, el Señor quiere decir cosas buenas sobre su pueblo, se complace en hacer sentir su amor por nosotros”, dijo el Papa.

El Papa ha invitado a renunciar tanto a la “arrogancia” como a la “amargura”, en la lógica de la Eucaristía: “No nos contaminemos con la arrogancia, no nos dejemos invadir por la amargura”. Nosotros que comemos el pan que lleva en si toda la dulzura en su interior“.

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El Papa instó a promover una economía del “don” y no del “tener” y ” de la voracidad”: “La” economía “del Evangelio se multiplica al compartir, alimentar y distribuir, no satisface a los Voracidad de unos pocos, pero da vida al mundo. No es tener, sino dar la palabra de Jesús. ”

Y la clave es, dice el Papa, no “magia” sino “confianza en Dios y en su providencia”.

AB

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Homilía del Papa Francisco

La Palabra de Dios nos ayuda hoy a redescubrir dos verbos sencillos y al mismo tiempo esenciales para la vida de cada día: decir y dar.

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Decir. En la primera lectura, Melquisedec dice: «Bendito sea Abrám por el Dios altísimo […]; bendito sea el Dios altísimo» (Gn 14,19-20). El decir de Melquisedec es bendecir. Él bendice a Abraham, en quien todas las familias de la tierra serán bendecidas (cf. Gn 12,3; Ga 3,8). Todo comienza desde la bendición: las palabras de bien engendran una historia de bien. Lo mismo sucede en el Evangelio: antes de multiplicar los panes, Jesús los bendice: «tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos» (Lc 9,16). La bendición hace que cinco panes sean alimento para una multitud: hace brotar una cascada de bien.

¿Por qué bendecir hace bien? Porque es la transformación de la palabra en don. Cuando se bendice, no se hace algo para sí mismo, sino para los demás. Bendecir no es decir palabras bonitas, no es usar palabras de circunstancia; es decir bien, decir con amor. Así lo hizo Melquisedec, diciendo espontáneamente bien de Abraham, sin que él hubiera dicho ni hecho nada por él. Esto es lo que hizo Jesús, mostrando el significado de la bendición con la distribución gratuita de los panes. Cuántas veces también nosotros hemos sido bendecidos, en la iglesia o en nuestras casas, cuántas veces hemos escuchado palabras que nos han hecho bien, o una señal de la cruz en la frente… Nos hemos convertido en bendecidos el día del

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Bautismo, y al final de cada misa somos bendecidos. La Eucaristía es una escuela de bendición. Dios dice bien de nosotros, sus hijos amados, y así nos anima a seguir adelante. Y nosotros bendecimos a Dios en nuestras asambleas (cf. Sal 68,27), recuperando el sabor de la alabanza, que libera y sana el corazón. Vamos a Misa con la certeza de ser bendecidos por el Señor, y salimos para bendecir nosotros a su vez, para ser canales de bien en el mundo.

Es importante que los pastores nos acordemos de bendecir al pueblo de Dios. Queridos sacerdotes, no tengáis miedo de bendecir, el Señor desea decir bien de su pueblo, está feliz de que sintamos su afecto por nosotros. Y solo en cuanto bendecidos podremos bendecir a los demás con la misma unción de amor. Es triste ver con qué facilidad hoy se maldice, se desprecia, se insulta. Presos de un excesivo arrebato, no se consigue aguantar y se descarga la ira con cualquiera y por cualquier cosa. A menudo, por desgracia, el que grita más y con más fuerza, el que está más enfadado, parece que tiene razón y recibe la aprobación de los demás. Nosotros,

El Papa habla de la Eucaristía en el Ángelus © Vatican Media

que comemos el Pan que contiene en sí todo deleite, no nos dejemos contagiar por la arrogancia, no dejemos que la amargura nos llene. El pueblo de Dios ama la alabanza, no vive de quejas; está hecho para las bendiciones, no para las lamentaciones. Ante la Eucaristía, ante Jesús convertido en Pan, ante este Pan humilde que contiene todo el bien de la Iglesia, aprendamos a bendecir lo que tenemos, a alabar a Dios, a bendecir y no a maldecir nuestro pasado, a regalar palabras buenas a los demás.

El segundo verbo es dar. El “decir” va seguido del “dar”, como Abraham que, bendecido por Melquisedec, «le dio el diezmo de todo» (Gn 14,20). Como Jesús que, después de recitar la bendición, dio el pan para ser distribuido, revelando así el significado más hermoso: el pan no es solo un producto de consumo, sino también un modo de compartir. En efecto, sorprende que en la narración de la multiplicación de los panes nunca se habla de multiplicar. Por el contrario, los verbos utilizados son “partir, dar, distribuir” (cf. Lc 9,16). En resumen, no se destaca la multiplicación, sino el compartir. Es importante: Jesús no hace magia, no transforma los cinco panes en cinco mil y luego dice: “Ahora, distribuidlos”. No. Jesús reza, bendice esos cinco panes y

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comienza a partirlos, confiando en el Padre. Y esos cinco panes no se acaban. Esto no es magia, es confianza en Dios y en su providencia. En el mundo siempre se busca aumentar las ganancias, incrementar la facturación… Sí, pero, ¿cuál es el propósito? ¿Es dar o tener? ¿Compartir o acumular? La “economía” del Evangelio multiplica compartiendo, nutre distribuyendo, no satisface la voracidad de unos pocos, sino que da vida al mundo (cf. Jn 6,33). El verbo de Jesús no es tener, sino dar.

La petición que él hace a los discípulos es perentoria: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9,13). Tratemos de imaginar el razonamiento que habrán hecho los discípulos: “¿No tenemos pan para nosotros y debemos pensar en los demás? ¿Por qué deberíamos darles nosotros de comer, si a lo que  han venido es a escuchar a nuestro Maestro? Si no han traído comida, que vuelvan a casa o que nos den dinero y lo compraremos”. No son razonamientos equivocados, pero no son los de Jesús, que no escucha otras razones: Dadles vosotros de comer. Lo que tenemos da fruto si lo damos —esto es lo que Jesús quiere decirnos—; y no importa si es poco o mucho. El Señor hace cosas grandes con nuestra pequeñez, como hizo con los cinco panes. No realiza milagros con acciones espectaculares, sino con gestos humildes, https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/11-1-414x275.jpg

partiendo con sus manos, dando, repartiendo, compartiendo. La omnipotencia de Dios es humilde, hecha sólo de amor. Y el amor hace obras grandes con lo pequeño. La Eucaristía nos los enseña: allí está Dios encerrado en un pedacito de pan. Sencillo y esencial, Pan partido y compartido, la Eucaristía que recibimos nos transmite la mentalidad de Dios. Y nos lleva a entregarnos a los demás. Es antídoto contra el “lo siento, pero no me concierne”, contra el “no tengo tiempo, no puedo, no es asunto mío”.

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En nuestra ciudad, hambrienta de amor y atención, que sufre la degradación y el abandono, frente a tantas personas ancianas y solas, familias en dificultad, jóvenes que luchan con dificultad para ganarse el pan y alimentar sus sueños, el Señor te dice: “Tú mismo, dales de comer”. Y tú puedes responder: “Tengo poco, no soy capaz”. No es verdad, lo poco que tienes es mucho a los ojos de Jesús si no lo guardas para ti mismo, si lo arriesgas. Y no estás solo: tienes la Eucaristía, el Pan del camino, el Pan de Jesús. También esta tarde nos nutriremos de su Cuerpo entregado. Si lo recibimos con el corazón, este Pan desatará en nosotros la fuerza del amor: nos sentiremos bendecidos y amados, y querremos bendecir y amar, comenzando desde aquí, desde nuestra ciudad, desde las calles que recorreremos esta tarde. El Señor viene a nuestras calles para decir-bien de nosotros y para darnos ánimo. También nos pide que seamos don y bendición.

© Librería Editorial Vaticano

 

La Eucaristía, Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, donados para la salvación del mundo

Palabras del Papa antes del Ángelus

junio 23, 2019 13:26Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 23 junio 2019).- A las 12 del mediodía de hoy, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el Santo Padre Francisco se ha asomado a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

Estas son las palabras del Papa al introducir la oración mariana:

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Palabras del Papa 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, en Italia y en otros países, celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Corpus Christi. El Evangelio nos presenta el episodio del milagro de los panes (cf. Lc 9,11-17) que tiene lugar a orillas del lago de Galilea. Jesús tiene la intención de hablar a miles de personas, llevando a cabo sanaciones. Al anochecer los discípulos se acercan al Señor y le dicen: “Despide a la gente para que vayan a descansar y buscar comida por las aldeas y los campos cercanos porque en este lugar no hay comida” (ver 12). También los discípulos estaban cansados. De hecho, estaban en un lugar aislado y la gente para comprar comida tenían que caminar ir a las aldeas.

Pero Jesús responde: “Ustedes mismos denles de comer” (v. 13). Estas palabras causan asombro a los discípulos, quizás se enojaron y le responden: “Sólo tenemos cinco panes y dos peces a menos que vayamos a comprar comida para toda esta gente” (ibíd.). En cambio Jesús invita a sus discípulos a hacer una verdadera conversión desde la lógica de “cada uno para sí mismo” a la del compartir, comenzando por lo poco que la Providencia nos pone a nuestra disposición. Y de inmediato muestra que tiene muy claro lo que quiere hacer.

Les dice: “Háganlos sentarse en grupos como de cincuenta, luego toma en sus manos los cinco panes y los dos peces, se dirige al Padre Celestial y pronuncia la oración de bendición. Entonces, comienza a partir los panes, a dividir los peces, y a dárselos a los discípulos, quienes los distribuyeron a la multitud. Y esa comida no termina, hasta que todos están satisfechos.

Este milagro –muy importante, hasta el punto de que lo cuentan todos los evangelistas– manifiesta el poder del Mesías y, al mismo tiempo, su compasión por la gente. Ese gesto prodigioso no sólo permanece como uno de los grandes signos de la vida pública de Jesús, sino que anticipa lo que será después, al final, el memorial de su sacrificio, es decir, la Eucaristía, sacramento de su Cuerpo, y de su Sangre donados para la salvación del mundo.

La Eucaristía es la síntesis de toda la existencia de Jesús, que fue un solo acto de amor al Padre y a sus hermanos. Allí también, como en el milagro de la multiplicación de los panes, Jesús tomó el pan en sus manos, elevó al Padre la oración de bendición, partió el pan y se lo dio a sus discípulos; y lo mismo hizo con el cáliz de vino. Pero en ese momento, en la víspera de su Pasión, quiso dejar en ese gesto del Testamento de la nueva y eterna Alianza, memorial perpetuo de su Pascua de la muerte, y
resurrección.

La fiesta del Corpus Christi nos invita cada año a renovar nuestro asombro y la alegría ante este maravilloso don del Señor, que es la Eucaristía. Recibámoslo con gratitud, no de la manera. pasiva, habitual, no tenemos que acostumbrarnos a la Eucaristía y comunicarnos con costumbres, tenemos que renovar verdaderamente nuestro “amén” al Cuerpo de Cristo, cuando el sacerdote nos dice, el Cuerpo de Cristo, nosotros decimos “amén”, nos tiene que venir del corazón, es Jesús que nos ha salvado, es Jesús que viene a darme la fuerza, es Jesús vivo, pero no nos acostumbremos, cada vez como si fuera la Primera Comunión.

Una expresión de la fe eucarística del pueblo santo de Dios, son las procesiones con el Santísimo Sacramento, que en esta solemnidad tiene lugar en todas partes en la Iglesia Católica.

Esta noche, en el barrio romano de Casal Bertone, yo también celebraré la Misa, a la que seguirá la procesión. Invito a todos a participar, incluso espiritualmente, por radio y televisión.

Que la Virgen nos ayude a seguir con fe y amor a Jesús, a quien adoramos en la Eucaristía.

 

LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA*

Solemnidad

— La misión del Bautista.

— Nuestro cometido: preparar los corazones para que Cristo pueda entrar en ellos.

Oportet illum crescere... Conviene que Cristo crezca más y más en nuestra vida y que disminuya la propia estimación de lo que somos y valemos.

I. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; éste venía para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto1.

Hace notar San Agustín que «la Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, y él es el único cuyo nacimiento festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo»2. Es el último Profeta del Antiguo Testamento y el primero que señala al Mesías. Su nacimiento, cuya Solemnidad celebramos, «fue motivo de gozo para muchos»3, para todos aquellos que por su predicación conocieron a Cristo; fue la aurora que anuncia la llegada del día. Por eso, San Lucas resalta la época de su aparición, en un momento histórico bien concreto: El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea...4. Juan viene a ser la línea divisoria entre los dos Testamentos. Su predicación es el comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios5, y su martirio habrá de ser como un presagio de la Pasión del Salvador6. Con todo, «Juan era una voz pasajera; Cristo, la Palabra eterna desde el principio»7.

Los cuatro Evangelistas no dudan en aplicar a Juan el bellísimo oráculo de lsaías: He aquí que yo envío a mi mensajero, para que te preceda y prepare el camino. Voz que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas8. El Profeta se refiere en primer lugar a la vuelta de los judíos a Palestina, después de la cautividad de Babilonia: ve a Yahvé como rey y redentor de su pueblo, después de tantos años en el destierro, caminando a la cabeza de ellos, por el desierto de Siria, para conducirlos con mano segura a la patria. Le precede un heraldo, según la antigua costumbre de Oriente, para anunciar su próxima llegada y hacer arreglar los caminos, de los que, en aquellos tiempos, nadie solía cuidar, a no ser en circunstancias muy relevantes. Esta profecía, además de haberse realizado en la vuelta del destierro, había de tener un significado más pleno y profundo en un segundo cumplimiento al llegar los tiempos mesiánicos. También el Señor había de tener su heraldo en la persona del Precursor, que iría delante de Él, preparando los corazones a los que había de llegar el Redentor9.

Contemplando hoy, en la Solemnidad de su nacimiento, la gran figura del Bautista que tan fielmente llevó a cabo su cometido, podemos pensar nosotros si también allanamos el camino al Señor para que entre en las almas de amigos y parientes que aún están lejos de Él, para que se den más los que ya están próximos. Somos los cristianos como heraldos de Cristo en el mundo de hoy. «El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»10.

II. La misión de Juan se caracteriza sobre todo por ser el Precursor, el que anuncia a otro: vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino el que había de dar testimonio de la luz11. Así consigna en el inicio de su Evangelio aquel discípulo que conoció a Jesús gracias a la preparación y a la indicación expresa que recibió del Bautista: Al día siguiente estaba allí de nuevo Juan y dos discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús12. ¡Qué gran recuerdo y qué inmenso agradecimiento tendría San Juan Apóstol cuando, casi al final de su vida, rememora en su Evangelio aquel tiempo junto al Bautista, que fue instrumento del Espíritu Santo para que conociera a Jesús, su tesoro y su vida!

La predicación del Precursor estaba en perfecta armonía con su vida austera y mortificada: Haced penitencia –clamaba sin descanso–, porque está cerca el reino de los Cielos13. Semejantes palabras, acompañadas de su vida ejemplar, causaron una gran impresión en toda la comarca, y pronto se rodeó de un numeroso grupo de discípulos, dispuestos a oír sus enseñanzas. Un fuerte movimiento religioso conmovió a toda Palestina. Las gentes, como ahora, estaban sedientas de Dios, y era muy viva la esperanza del Mesías. San Mateo y San Marcos refieren que acudían de todos los lugares: de Jerusalén y de todos los demás pueblos de Judea14; también llegaban gentes de Galilea, pues Jesús encontró allí sus primeros discípulos, que eran galileos15. Ante los enviados del Sanedrín, Juan se da a conocer con las palabras de Isaías: Yo soy la voz que clama.

Con su vida y con sus palabras Juan dio testimonio de la verdad; sin cobardías ante los que ostentaban el poder, sin conmoverse por las alabanzas de las multitudes, sin ceder a la continua presión de los fariseos. Dio su vida defendiendo la ley de Dios contra toda conveniencia humana: no te es lícito tener por mujer a la esposa de tu hermano16, reprochaba a Herodes.

Poca era la fuerza de Juan para oponerse a los desvaríos del tetrarca, y limitado el alcance de su voz para preparar al Mesías un pueblo bien dispuesto. Pero la palabra de Dios tomaba fuerza en sus labios. En la Segunda lectura de la Misa17 la liturgia aplica al Bautista las palabras del Profeta: Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano, me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba. Y mientras Isaías piensa: en vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas, el Señor le dice: te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

El Señor quiere que le manifestemos en nuestra conducta y en nuestras palabras allí donde se desenvuelve diariamente el trabajo, la familia, las amistades..., en el comercio, en la Universidad, en el laboratorio..., aunque parezca que ese apostolado no es de mucho alcance. Es la misma misión de Juan la que el Señor nos encomienda ahora, en nuestros días: preparar los caminos, ser sus heraldos, los que le anuncian a otros corazones. La coherencia entre la doctrina y la conducta es la mejor prueba de la convicción y de la validez de lo que proclamamos; es, en muchas ocasiones, la condición imprescindible para hablar de Dios a las gentes.

III. La misión del heraldo es desaparecer, quedar en segundo plano, cuando llega el que es anunciado. «Tengo para mí –señala San Juan Crisóstomo– que por esto fue permitida cuanto antes la muerte de Juan, para que, desaparecido él, todo el fervor de la multitud se dirigiese hacia Cristo en vez de repartirse entre los dos»18. Un error grave de cualquier precursor sería dejar, aunque fuera por poco tiempo, que lo confundieran con aquel que se espera.

Una virtud esencial en quien anuncia a Cristo es la humildad y el desprendimiento. De los doce Apóstoles, cinco, según mención expresa del Evangelio, habían sido discípulos de Juan. Y es muy probable que los otros siete también; al menos, todos ellos lo habían conocido y podían dar testimonio de su predicación19. En el apostolado, la única figura que debe ser conocida es Cristo. Ese es el tesoro que anunciamos, a quien hemos de llevar a los demás.

La santidad de Juan, sus virtudes recias y atrayentes, su predicación..., habían contribuido poco a poco a dar cuerpo a que algunos pensaran que quizá Juan fuese el Mesías esperado. Profundamente humilde, Juan solo desea la gloria de su Señor y su Dios; por eso, protesta abiertamente: Yo os bautizo con agua; pero viene quien es más fuerte que yo, al que no soy digno de desatar la correa de sus sandalias: Él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego20. Juan, ante Cristo, se considera indigno de prestarle los servicios más humildes, reservados de ordinario a los esclavos de ínfima categoría, tales como llevarle las sandalias y desatarle las correas de las mismas. Ante el sacramento del Bautismo, instituido por el Señor, el suyo no es más que agua, símbolo de la limpieza interior que debían efectuar en sus corazones quienes esperaban al Mesías. El Bautismo de Cristo es el del Espíritu Santo, que purifica como lo hace el fuego21.

Miremos de nuevo al Bautista, un hombre de carácter firme, como Jesús recuerda a la muchedumbre que le escucha: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Alguna caña que a cualquier viento se mueve? El Señor sabía, y las gentes también, que la personalidad de Juan trascendía de una manera muy acusada, y se compaginaba mal con la falta de carácter. Algo parecido nos pide a nosotros el Señor: pasar ocultos haciendo el bien, cumpliendo con perfección nuestras obligaciones.

Cuando los judíos fueron a decir a los discípulos de Juan que Jesús reclutaba más discípulos que su maestro, fueron a quejarse al Bautista, quien les respondió: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él... Es necesario que Él crezca y que yo disminuya22. Oportet illum crescere, me autem minui: conviene que Él crezca y que yo disminuya. Esta es la tarea de nuestra vida: que Cristo llene nuestro vivir. Oportet illum crescere... Entonces nuestro gozo no tendrá límites. En la medida en que Cristo, por el conocimiento y el amor, penetre más y más en nuestras pobres vidas, nuestra alegría será incontenible.

Pidámosle al Señor, con el poeta: «Que yo sea como una flauta de caña, simple y hueca, donde solo suenes tú. Ser, nada más, la voz de otro que clama en el desierto». Ser tu voz, Señor, en medio del mundo, en el ambiente y en el lugar en el que has querido que transcurra mi existencia.

1 Antífona de entrada. Jn 1, 6-7; Lc 1, 17. — 2 Liturgia de las Horas, Segunda lectura. San Agustín, Sermón 293, 1. — 3 Misal Romano, Prefacio de la Misa del día. — 4 Cfr. Lc 3, 1 ss. — 5 Cfr. Mc 1, 1. — 6 Cfr. Mt 17, 12. — 7 San Agustín, o. c., 3. — 8 Mc 1, 2. — 9 Cfr. L. Cl. Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, FAX, 8ª ed., Madrid 1966, p. 260. — 10 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 1. — 11 Jn 1, 6. — 12 Jn 1, 29-30. — 13 Mt 3, 2. — 14 Cfr. Mt 3, 5; Mc 1, 1-5. — 15 Cfr. Jn 1, 40-43. — 16 Mc 6, 18. — 17 Segunda lectura. Is 49, 1-6. — 18 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio, de San Juan, 29, 1. — 19 Cfr. Hech 1, 22. — 20 Jn 3, 15-16. — 21 Cfr. San Cirilo de Alejandría, Catequesis, 20, 6. — 22 Cfr. Jn 3, 27-30.

Esta Solemnidad se celebraba ya en el siglo iv. Juan, hijo de Zacarías e Isabel, pariente de la Virgen, es el Precursor de Jesucristo, y en esta misión pone su vida entera, llena de austeridad, de penitencia y de celo por las almas. Como él mismo nos dice: conviene que Él (Jesús) crezca, y que yo mengüe. Es también este el proceso que se debe realizar en la vida espiritual de todo fiel cristiano.

 

 

“Eres hijo de Dios”

El bautismo nos hace “fideles —fieles, palabra que, como aquella otra, “sancti —santos, empleaban los primeros seguidores de Jesús para designarse entre sí, y que aún hoy se usa: se habla de los "fieles" de la Iglesia. —¡Piénsalo! (Forja, 622)

Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan [...]. Y una voz desde los cielos dijo: —Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido (Mt 3, 13.17).
En el Bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo.
La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra.
¡Haremos que arda el mundo, en las llamas del fuego que viniste a traer a la tierra!... Y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin.
Yo te oigo clamar, Rey mío, con voz viva, que aún vibra: "ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?" —Y contesto —todo yo— con mis sentidos y mis potencias: "ecce ego: quia vocasti me!"
El Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble, por medio del Bautismo: eres hijo de Dios.
Niño: ¿no te enciendes en deseos de hacer que todos le amen? (Santo Rosario, Iº misterio luminoso)

 

 

Una profesora comprometida con la acción social

Reproducimos un artículo publicado en La Vanguardia, con motivo del accidente de varias universitarias en Costa de Marfil, en el que ha fallecido Teresa Cardona, una de las encargadas del la actividad de promoción social.

Revista de prensa23/06/2019

Opus Dei - Una profesora comprometida con la acción socialImagen del grupo que viajó a Costa de Marfil con la monitora Teresa Cardona (LVD)

La Vanguardia La profesora fallecida era comprometida, vitalista y amante de la música

Comunicado del Colegio Mayor Bonaigua


Quienes conocían a Teresa Cardona coinciden en un adjetivo al recordarla para este diario: vitalista. Subdirectora del colegio Canigó y del colegio mayor Bonaigua, ambos centros de Barcelona y vinculados al Opus Dei, la profesora catalana fallecida el viernes en un accidente de tráfico en Costa de Marfil mientras acompañaba a un grupo de 27 jóvenes y dos monitoras durante un viaje solidario, era una mujer decidida y comprometida. Por eso no dudó en ponerse al frente por segundo año del campo solidario de trabajo que ambos centros educativos desarrollan en un pueblo cercano a Yamusukro, en el centro del país marfileño.

“Era una mujer alegre y entregada. Hacía todo siempre con una sonrisa, disfrutaba de cada proyecto que iniciaba, era de esas personas positivas y optimistas que nunca bajan los brazos”, explica Concepción Patxot, portavoz del Bonaigua. En una foto cedida a este diario justo antes de partir hacia Costa de Marfil, se ve a Cardona sonriente en medio del grupo, como una más. Entre las alumnas accidentadas, de entre 17 y 20 años, hay al menos 10 heridas, dos de ellas con fracturas pero no se teme por su vida.

Además de a África, Cardona llevaba su generosidad con el prójimo a su día a día. La menor de una extensa familia de varios hermanos y soltera sin hijos, estaba muy volcada en el cuidado de sus padres, de edad muy avanzada.

Maria Pilar Arregui, directora de la Fundació Montblanc y quien coincidió años atrás con Cardona, destaca también la vitalidad de la fallecida, pero añade un rasgo más de su carácter: su pasión por la música. “La recuerdo siempre contenta y con una guitarra en las manos o con su acordeón”.

Amante del deporte —practicaba especialmente el tenis, entre otros deportes— y de la educación, tenía en la música su otra gran pasión. Además de demostrar buenas cualidades en el canto, sumaba a su habilidad con la guitarra y el acordeón, un buen manejo del teclado, con el que participaba en un grupo musical del Bonaigua.

Un detalle reciente define el carácter de Cardona. Antes de este último viaje a Costa de Marfil, no se rindió cuando la aerolínea se negó a llevar su guitarra en el avión si no pagaba un alto sobrecoste. Cardona removió viento y marea y habló incluso con la embajada española en el país africano para poder llevar consigo su instrumento. Al final no lo llevó porque no quiso que nadie pagara un gasto que consideraba excesivo, pero fue porque ella lo decidió. Por eso, al recordarla, además de en su vitalidad todos sus amigos coinciden en otra cosa también: “Teresa nunca se daba por vencida”.

 

 

San Josemaría: amigos en toda la tierra

Cercana ya la festividad de san Josemaría, recogemos nueve noticias y anécdotas sobre la huella que el fundador del Opus Dei sigue dejando en la vida de muchas personas.

Noticias22/06/2019

Opus Dei - San Josemaría: amigos en toda la tierra

Argentina: “¡Llenad de amor esta tierra!”

Recientemente se ha celebrado en Argentina el 45 aniversario de la visita pastoral que realizó san Josemaría. “¡Llenad de amor esta tierra! ¡Que se quieran! ¡Que los argentinos se quieran!”, repetía con énfasis mientras inspiraba a miles de personas.

“No hemos de distinguir entre gente de este lado y del otro, de adelante y de atrás, hemos de tener corazón para todos, comprensión para todos”, añadió. La Oficina de Información del Opus Dei en Argentina ha producido un vídeo para recordar el mensaje del fundador.

Con otro santos, en la catedral de Colonia

Una placa en la catedral de Colonia (Alemania) recuerda los principales santos y beatos que han rezado en el templo a lo largo de su historia. Junto a Bernardo de Claraval (+1153), Hildegard von Bingen (+1179), Alberto Magno (+1280), Edith Stein (+1945) o los Papas Juan XXIII (+1963) y Juan Pablo II +2005), puede leerse “Josemaría Escrivá de Balaguer +1975”.

La placa está adornada con dos de los más importantes símbolos usados por los primeros cristianos: el pez y el ancla. En griego la palabra pez se dice “Ichthys”. Puestas en vertical, estas letras forman el acróstico “Iesús Jristós, Zeú Yiós, Sotér”, es decir, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. El ancla, en cambio, es citada por san Pablo como metáfora de la esperanza, ya que ambas aseguran la estabilidad en las dificultades.

Placa que recuerda la oración de santos y beatos que pasaron por la catedral de Colonia (Alemania).

Placa que recuerda la oración de santos y beatos que pasaron por la catedral de Colonia (Alemania).

En Andorra, para celebrar la libertad

Por octavo año, se recordará en Andorra la llegada de san Josemaría al principado el 2 de diciembre de 1937, tras haber atravesado los Pirineos para buscar la libertad durante la Guerra Civil que asoló a España.

La celebración será el próximo 29 de junio e iniciará con una misa en la iglesia de Sant Juliá de Lòria, donde se puede contemplar el nuevo retablo, obra de Marko Ivan Rupnik. En la iglesia hay también, desde hace cinco años, una escultura de san Josemaría orante. Concelebrarán sacerdotes del obispado de Urgell y de la prelatura del Opus Dei.

Después, como es tradicional, un grupo de personas subirán al “Mas de Alins”, la montaña que delimita la frontera andorrana, para revivir la entrada de san Josemaría por este mismo lugar, en el invierno de 1937.

Celebración eucarística el 26 de junio de 2018 en Andorra.

Celebración eucarística el 26 de junio de 2018 en Andorra.

Un boletín para los chilenos

El rastro que un santo deja en la vida de muchas personas está compuesto por miles de historias, que pueden pasar desapercibidas. Para que el mensaje de san Josemaría llegue a muchos más, la Oficina de Información del Opus Dei en Chile publica un boletín de noticias.

En el número 12º se habla sobre la importancia de los laicos en la vida de la Iglesia, sobre personas que se acercaron a Dios, y sobre iniciativas diversas que llevan a cabo jóvenes en cárceles, zonas empobrecidas u hospitales, entre otros temas.

Descargue el boletín sobre san Josemaría

Un cómic en Eslovenia

“Pot do svetosti. Sv. Jožefmarija Escrivá in njegova zgodba”, así se titula el cómic que relata la vida de san Josemaría y que saldrá a la luz gracias a la editorial Družina. El título se traduce como “Camino a la santidad, San Josemaría Escrivá y su historia”.

Los autores son Juan Juvancic y Rafael Arias. El cómic será publicado en castellano próximamente por Rialp. Está dirigido para niños hasta los 12 años de edad.

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Un rastro de bien que une continentes

La canonización de san Josemaría propició el nacimiento de Harambee, una ONG para impulsar proyectos educativos en África. En Chile, los alumnos del colegio Tabancura –que visitó san Josemaría durante su visita al país andino- colaboran con la asociación Rostros, que se ha propuesto financiar los estudios de 25 jóvenes de Kenia y Camerún.

De ese modo, la colaboración entre Harambee y Rostros ha unido a los dos continentes. Más información.

Por vez primera en La Haya

Este año será la primera vez que se celebrará la misa en la festividad de san Josemaría en la ciudad de La Haya, sede del gobierno holandés y de varias instituciones internacionales (por ejemplo, el Tribunal Internacional de Justicia).

Si bien aún no hay labor apostólica estable del Opus Dei en esa ciudad, desde hace casi diez años se ofrecen medios de formación cristiana a numerosas personas. Otras ciudades holandesas donde se recordará a san Josemaría son Amsterdam, Hengelo Maastricht, Moergestel, Tilburg y Utrecht.

Una plaza para recordar a dos amigos: Matteo y Josemaría

Apricena es una pequeña ciudad situada cerca de Foggia, en Pulia, una región del sureste italiano. El ayuntamiento ha decidido dedicarle una plaza. Junto a esta, se ha pintado un mural que retrata a san Josemaría repitiendo a personas de todo el mundo un fragmento de su homilía “Amar al mundo apasionadamente”, en la que recuerda que es en las cosas que se aman donde se puede encontrar a Cristo.

El primer fiel del Opus Dei supernumerario de Publia, Matteo Masselli, falleció en 2017. Dos años más tarde, sus amigos de Apricena pensaron que dedicar una plaza al santo que guió su vida espiritual era el mejor modo para recordarlo y agradecerle su amistad.

Amigos de Matteo Masselli y vecinos de Apricena en la inauguración de la plaza.

Amigos de Matteo Masselli y vecinos de Apricena en la inauguración de la plaza.

“In dialogue with the Lord”: primera edición en inglés

La editorial Scepter ha publicado “In dialogue whit the Lord” (En diálogo con el Señor), colección de meditaciones de san Josemaría.

El libro, publicado en Londres y New York, expresa en su título la intención de san Josemaría: ayudar a los lectores a hacer oración personal, a hablar con Dios cara a cara.

 

 

Roma. 26 de junio de 1975

Relato del cardenal Julián Herranz sobre la marcha al cielo de San Josemaría el 26 de junio de 1975

Últimas noticias24/06/2008

El 26 de junio regresé a Villa Tevere desde el Vaticano a la hora habitual: poco antes de la una y media del mediodía. Nada más llegar me avisaron desde la Secretaría general:

-Suba enseguida. El Padre está muriéndose.

Me dio un vuelco el corazón y, rezando, subí rápidamente. Cuando llegué al segundo piso de la Villa Vecchia, don Álvaro, que en ese momento se hallaba en el dintel de la puerta de su cuarto de trabajo, donde yacía el Padre, me dijo:

—Ven, ven, porque tú también eres médico.

Entré inmediatamente y encontré al Padre en sotana, tendido en el suelo, con el rostro sereno, aunque sin respiración.

José Luis Soria, sacerdote y médico, estaba efectuándole la respiración artificial desde un rato antes. Fuimos alternándonos: unos segundos él y otros yo. Continuamos practicándole también el masaje cardíaco.

Yo no sabía lo que había sucedido, aunque supuse, como luego me informaron, que el Padre había sufrido un shock cardíaco. Acepté la Voluntad de Dios, pero le pedía que no se lo llevase tan pronto. De rodillas como estaba, le pedí con toda mi alma al Señor que aceptase un cambio: mi vida por la suya. La mía vale poco, le dije. La suya nos es necesaria a todos: a sus hijos, a la Iglesia, a la humanidad.

Y así estuvimos José Luis y yo, durante largo rato: una vez y otra, y otra... en silencio, con lágrimas en los ojos, hasta que nos dimos cuenta de que era inútil seguir. Todos los signos clínicos eran de muerte. Don Álvaro y Javier Echevarría, que en todo momento habían acompañado y atendido amorosamente al Padre, comunicaron formalmente la tristísima noticia a los miembros del Consejo General que estaban reunidos en una habitación contigua. También, por teléfono, a las mujeres de la Asesoría Central. En ambos casos, dándoles a la vez los oportunos consejos de piedad filial y de gobierno.

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***

Trasladamos enseguida el cuerpo del Padre al oratorio de Santa María de la Paz. Horas después, mientras rezaba ante su cadáver, revestido con ornamentos sacerdotales, vino a mi mente, entre otros muchos entrañables recuerdos, la confidencia que el Padre nos hizo un lejano día de Navidad de 1953, junto al fuego de la chimenea de la sala de estar.

Nos dijo que quería escribir un libro sobre el borrico, ese animal bíblico con el que tanto le gustaba identificarse, porque había dado calor a Jesús en Belén y lo había llevado en triunfo a Jerusalén. Un animal que los hombres no suelen estimar pero que el Padre nos ponía como ejemplo: de humildad, de reciedumbre en el trabajo y de fidelidad en esa guerra de paz y de amor que sus hijos del Opus Dei y todos los cristianos están llamados a propagar en el mundo. Si llegaba a tener tiempo para escribir ese libro —nos dijo— lo titularía Vida y ventura de un borrico de noria.

 

Dios se lo llevó antes de que pudiera completarlo. Pero se conservan pasajes recogidos de sus conversaciones, de los que algunos, corregidos de su puño y letra, glosan las misericordias del oratorio de Pentecostés que él quiso ornamentar con escenas de borricos. Esos textos –recogidos en Crónica , una revista interna- son un símbolo de su vida. Entre otras maravillas de la “teología del borrico”, se lee:

«Al borrico le hubiese gustado llegar a la Navidad; calentar otra vez, con su aliento, al Niño. Pero estuvo de algún modo presente, en la blanca alegría de aquella noche, porque vinieron los ángeles e hicieron de su piel panderos y zambombas.

»La historia del borrico termina bien; muere trabajando. Y que lo destrocen después, que lo despellejen y hagan tambores para la guerra y zambombas para cantar al Niño Dios».

Así murió el Padre.

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/static/images/ico-link.pngSanta María de la Paz: Iglesia prelaticia del Opus Dei

 

 

Tema 13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados

La Iglesia es communio sanctorum: comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

Resúmenes de fe cristiana19/12/2016

Opus Dei - Tema 13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecadosNo hay ninguna falta que la Iglesia no pueda perdonar, porque Dios puede perdonar siempre.

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1. La comunión de los Santos

La Iglesia es communio sanctorum: comunión de los santos, es decir, comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios, unidos a Cristo y llamados santos. Unos aún caminan en esta tierra, otros murieron y se purifican también con la ayuda de nuestras plegarias. Otros, en fin, gozan ya de la visión de Dios e interceden por nosotros. La comunión de los santos también quiere decir que todos los cristianos tenemos en común los dones santos, en cuyo centro está la Eucaristía, todos los demás sacramentos que a ella se ordenan, y todos los demás dones y carismas (cfr. Catecismo, 950).

Por la comunión de los santos, los méritos de Cristo y de todos los santos que nos han precedido en la tierra nos ayudan en la misión que el mismo Señor nos pide realizar en la Iglesia. Los santos que están en el Cielo no asisten con indiferencia a la vida de la Iglesia peregrinante: nos impulsan con su intercesión ante el Trono de Dios, y aguardan que la plenitud de la comunión de los santos se realice con la segunda venida del Señor, el juicio y la resurrección de los cuerpos. La vida concreta de la Iglesia peregrina y de cada uno de sus miembros; la fidelidad de cada bautizado tiene gran importancia para la realización de la misión de la Iglesia, para la purificación de muchas almas y para la conversión de otras [1].

La comunión de los santos está orgánicamente estructurada en la tierra, porque Cristo y el Espíritu la hicieron y hacen sacramento de la Salvación, es decir, medio y señal por la que Dios ofrece la Salvación a la humanidad. En su caminar terreno, la Iglesia también se estructura externamente en la comunión de las Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal y presididas cada una por su propio obispo; en esas iglesias particulares se da una comunión peculiar entre sus fieles, con sus patronos, sus fundadores y sus santos principales. Análogamente se da esta comunión en otras realidades eclesiales.

También estamos en cierta comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, hay incluso cierta unión en el Espíritu Santo con los cristianos que no pertenecen a la Iglesia Católica [2].

1.1. La Iglesia es comunión y sociedad. Los fieles: jerarquía, laicos y vida consagrada.

La Iglesia en la tierra es, a la vez, comunión y sociedad estructurada por el Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios, de los sacramentos y de los carismas. Por tanto, su estructura no se puede separar de su realidad comunional, no se puede sobreponer a ella ni puede entenderse como un modo de automantenerse y autogobernarse por sí misma después de un primer periodo de “carismático” fervor. Los mismos sacramentos que hacen la Iglesia son los que la estructuran para que sea en la tierra el sacramento universal de salvación. Concretamente, por los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden, los fieles participan –en formas diversas– de la misión sacerdotal de Cristo y, por tanto, de su sacerdocio [3]. De la acción del Espíritu Santo en los sacramentos y a través de los carismas provienen las tres grandes posiciones históricas que se encuentran en la Iglesia: los fieles laicos, los ministros sagrados (que han recibido el sacramento del Orden y forman la jerarquía de la Iglesia) y los religiosos (cfr. Compendio , 178). Todos ellos tienen en común la condición de fieles, es decir, al ser «incorporados a Cristo mediante el Bautismo, han sido constituidos miembros del Pueblo de Dios; han sido hechos partícipes, cada uno según su propia condición, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, y son llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios a la Iglesia. Entre ellos hay una verdadera igualdad en su dignidad de hijos de Dios» (Compendio, 177).

Cristo instituyó la jerarquía eclesiástica con la misión de hacer presente a Cristo a todos los fieles por medio de los sacramentos y a través de la predicación de la Palabra de Dios con autoridad en virtud del mandato recibido de Él. Los miembros de la jerarquía también recibieron la misión de guiar el Pueblo de Dios (cfr. Mt 28, 18-20). La jerarquía está formada por los ministros sagrados: obispos, presbíteros y diáconos. El ministerio de la Iglesia tiene una dimensión colegial, es decir, la unión de los miembros de la jerarquía eclesiástica está al servicio de la comunión de los fieles. Cada obispo ejerce su ministerio como miembro del colegio episcopal –el cual sucede al colegio apostólico– y en unión con su cabeza, que es el Papa, haciéndose partícipe con él y con los demás obispos de la solicitud por la Iglesia universal. Además, si le ha sido confiada una iglesia particular, la gobierna en nombre de Cristo con la autoridad que ha recibido, con potestad ordinaria, propia e inmediata, en comunión con toda la Iglesia y bajo el Santo Padre. El ministerio episcopal también tiene un carácter personal, porque cada uno es responsable ante Cristo, que lo ha llamado personalmente y le confirió la misión al recibir el sacramento del Orden en plenitud.

El Papa es el Obispo de Roma y sucesor de san Pedro; es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal. El colegio de los obispos, en comunión con el Papa y nunca sin él, ejerce también la potestad suprema y plena sobre la Iglesia. Los obispos han recibido la misión de enseñar como testigos auténticos de fa fe apostólica; de santificar dispensando la gracia de Cristo en el ministerio de la Palabra y de los sacramentos, en particular de la Eucaristía; y gobernar al pueblo de Dios en la tierra (cfr. Compendio, 184, 186 y ss.).

El Señor ha prometido que su Iglesia permanecerá siempre en la fe (cfr. Mt 16, 19) y la garantiza con su presencia en virtud del Espíritu Santo. Esta propiedad es poseída por la Iglesia en su totalidad (no en cada miembro). Por eso los fieles en su conjunto no se equivocan al adherir indefectiblemente a la fe guiados por el magisterio vivo de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo que guía unos y otros. La asistencia del Espíritu Santo a toda la Iglesia para que no se equivoque al creer se da también al magisterio para que enseñe fiel y auténticamente la Palabra de Dios. En algunos casos específicos esa asistencia del Espíritu garantiza que las intervenciones del magisterio no contienen error; por eso se suele decir que en tales casos el magisterio participa de la misma infalibilidad que el Señor ha prometido a su Iglesia. «La infalibilidad del Magisterio se ejerce cuando el Romano Pontífice, en virtud de su autoridad de Supremo Pastor de la Iglesia, o el colegio de los obispos en comunión con el Papa, sobre todo reunido en un Concilio Ecuménico, proclaman con acto definitivo una doctrina referente a la fe o a la moral; y también cuando el Papa y los obispos, en su Magisterio ordinario, concuerdan en proponer una doctrina como definitiva. Todo fiel debe adherirse a tales enseñanzas con el obsequio de la fe» ( Compendio, 185).

Los laicos son aquellos fieles cuya misión es buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados [4]. Puesto que participan del sacerdocio de Cristo, los laicos también se asocian a su misión santificadora, profética y real (cfr. Compendio, 189-191). Participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual, sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas sus obras. Participan en la misión profética cuando acogen en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra. Participan en la misión regia porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad.

De los fieles laicos y de la jerarquía provienen fieles que se consagran de modo especial a Dios por la profesión de los consejos evangélicos: castidad (en el celibato o virginidad), pobreza y obediencia. La vida consagrada es un estado de vida reconocido por la Iglesia, que participa en su misión mediante una plena entrega a Cristo y a los hermanos dando testimonio de la esperanza del Reino de los cielos (cfr. Compendio, 192 y ss.) [5].

2. Creo en el perdón de los pecados

Cristo tenía el poder de perdonar los pecados (cfr. Mc 2, 6-12). Lo dio a sus discípulos cuando les entregó el Espíritu Santo, les dio «el poder de las llaves» y les envió a bautizar y perdonar los pecados a todos: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). San Pedro concluye su primer discurso después de Pentecostés animando los judíos a la penitencia, «y que cada uno sea bautizado en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38).

La Iglesia conoce dos modos de perdonar los pecados. El Bautismo es el primero y principal sacramento por el que se nos perdonan los pecados. Para los pecados cometidos después del Bautismo, Cristo ha instituido el sacramento de la Penitencia, en el que el bautizado se reconcilia con Dios y con la Iglesia.

Cuando se perdonan los pecados, es Cristo y el Espíritu quienes actúan en y a través de la Iglesia. No hay ninguna falta que la Iglesia no pueda perdonar, porque Dios puede perdonar siempre y siempre lo ha querido hacer si el hombre se convierte y pide perdón (cfr. Catecismo , 982). La Iglesia es instrumento de santidad y santificación, actúa para que todos estemos más cerca de Cristo. El cristiano con su lucha por vivir santamente y con su palabra puede hacer que los demás estén más cerca de Cristo y se conviertan.

Miguel de Salis Amaral

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 976-987.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 200-201.


[1] «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes» (San Josemaría, Camino, 755).

[2] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 15.

[3] Cfr. Ibidem, 10.

[4] Cfr. Ibidem, 31.

[5] «Nuestra misión de cristianos es proclamar esa Realeza de Cristo, anunciarla con nuestra palabra y con nuestras obras. Quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 105).

 

 

70 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos

Escrito por Mary Ann Glendon

En sus setenta años de vida, la Declaración Universal de Derechos Humanos ha sido una referencia de primer orden para las personas y los pueblos

Sin embargo, algunas interpretaciones empobrecedoras y el actual contexto político y cultural hacen necesario replantear aquel proyecto global de impulso de los derechos humanos y una vuelta a las ideas que de verdad lo inspiraron.

Cuando, al término de la segunda guerra mundial, el proyecto de los derechos humanos pasaba de ser un sueño a una realidad, casi nadie imaginaba que transformaría significativamente el terreno moral de las relaciones internacionales. Los «realistas» de la política se reían solo con pensarlo. Cuando la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) el 10 de diciembre de 1948, la Guerra Fría desplegaba ya una oscura sombra sobre sus perspectivas. Las dos grandes potencias eran, como mínimo, tibias. El bloque soviético se había abstenido en la votación de la Declaración en la ONU, y el sentimiento de muchos americanos —si sabían algo del documento— era un «Muchas gracias, ya tenemos los derechos que necesitamos». El iusinternacionalista más conocido del momento, el polaco-británico juez de la Corte Internacional de Justicia Hersch Lauterpacht, opinaba que la Declaración «no constituye un logro de gran magnitud»[1]. Advertía que no tenía eficacia jurídica vinculante y predecía que su autoridad moral sería nimia.

Pero los sedicentes «realistas» demostraron estar equivocados. O, dicho de otro modo, aprendieron que los ideales son reales. El ideal de los derechos humanos cautivó la imaginación de muchos en los años de la posguerra, y su símbolo más eminente, la DUDH, encontró una cálida recepción en muchas partes del mundo. A lo largo del gran periodo de procesos constituyentes que siguió a la guerra, sirvió como modelo para las cartas adoptadas por las nuevas naciones y para los catálogos de derechos que se iban añadiendo a las constituciones antiguas[2].

Con el paso del tiempo, la DUDH se convirtió en la estrella polar de los movimientos que contribuyeron a acelerar el fin del colonialismo, terminar el apartheid en Sudáfrica y derribar los regímenes totalitarios −aparentemente indestructibles− de Europa del Este. Hoy, casi cualquier caso reiterado o flagrante de abuso de derechos llega a ser público, y la mayoría de los gobiernos se cuida mucho de salir en las listas negras de notorios violadores de derechos. Así pues, dentro del setenta aniversario de la Declaración Universal, los amigos de los derechos humanos tienen mucho que celebrar. En torno a tal conmemoración, sin embargo, se cierne una tormenta que amenaza la idea misma de que existen ciertos derechos fundamentales que pertenecen a todo hombre y toda mujer en la tierra.

Es un hecho que los derechos humanos internacionales están perdiendo apoyo. En los países en vías de desarrollo, el modo en que los derechos humanos han sido promovidos ha resucitado viejos resentimientos asociados a la dominación colonial. La promoción y el uso de los derechos humanos a cargo de los gobiernos occidentales se perciben como algo dirigido a favorecer sus propios intereses. En muchas ocasiones, las ONG occidentales se han presentado diciendo: «Sabemos lo que es bueno para vosotros mejor que vosotros mismos». La Corte Penal Internacional ha sido criticada por centrarse en casos provenientes de países africanos geopolíticamente débiles. Muchos piensan que, con su énfasis en la justicia internacional, los agentes de los derechos humanos han hecho más difícil solucionar conflictos, derrocar dictadores y reconciliar grupos combatientes en estados frágiles.

El escepticismo sobre los derechos humanos ha ido creciendo igualmente en las democracias liberales occidentales. También aquí, una fuente principal del desencanto contemporáneo se asocia al historial manchado de las instituciones supranacionales: su distancia de los pueblos a cuyas vidas afectan; su susceptibilidad ante la influencia política y de lobbies; y su falta de responsabilidad democrática, escrutinio público y contrapesos internos. En Occidente muchos están preocupados por la tendencia creciente a articular cuestiones políticas complejas como asuntos de derechos humanos, una inclinación que alimenta la división y menoscaba la difícil tarea de encontrar soluciones operativas en asuntos como la política migratoria[3].

Algunos interrogantes que persiguieron al proyecto de los derechos humanos en sus primeros estadios se replantean hoy vengativamente. ¿Cómo puede decirse que un derecho es universal en un mundo de tanta variedad cultural y política? ¿Qué ocurre cuando un derecho fundamental colisiona con otro derecho fundamental? ¿Qué papel tienen la sociedad, el Estado y los organismos internacionales en la implementación de estos derechos?

En definitiva: una idea que contribuyó a traer esperanza y libertad a millones de personas en todo el mundo se enfrenta ahora a desafíos que ponen en cuestión su propia legitimidad.

¿Qué salió mal?

¿Cómo es posible que una idea que mostró ser tan potente haya caído en semejante descrédito? Buenas intenciones, errores honestos, política de poder y puro y simple oportunismo: todo esto ha contribuido. Tal y como yo lo veo, se sucedieron dos estadios: una actitud selectiva ante los derechos iniciada por las dos superpotencias durante la Guerra Fría; y −medio siglo después− un uso extremadamente ambicioso del concepto, toda vez que los derechos humanos habían demostrado su fuerza moral. Ambos estadios llevaron consigo el olvido de la sabiduría arduamente lograda por hombres y mujeres que habían vivido las dos guerras, y que soñaban con un futuro en el que los seres humanos podrían, en palabras de la Carta de la ONU, «elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de libertad».

En este artículo, defenderé que las posibilidades de salvar el proyecto de los derechos humanos dependen de un redescubrimiento de aquella sabiduría arduamente lograda. Antes, sin embargo, veamos qué ha ido mal.

Con la tinta de la DUDH de 1948 apenas seca, los antagonistas de la Guerra Fría ignoraron que se trataba de un documento integrado, compuesto de partes mutuamente condicionadas. Lo partieron por la mitad, por así decirlo, con los Estados Unidos abanderando los derechos civiles y políticos, con la Unión Soviética enfatizando sus previsiones sociales y económicas, y ambos ignorando el resto del texto. Desmontando y politizando las previsiones interdependientes de la DUDH, iniciaron una aproximación selectiva a los derechos humanos que creó el escenario para ulteriores perversiones.

Pero la idea de los derechos humanos continuaba penetrando en la conciencia global y, con el final de la Guerra Fría, su influencia aumentó drásticamente. Al finalizar el siglo XX, nos encontramos con una enorme variedad de organizaciones de derechos humanos, que incluye especialistas, activistas, agencias de ejecución y de monitorización y revistas académicas.

A continuación, en la segunda fase, estas alteraciones en la balanza del movimiento de los derechos humanos condujeron a significativos virajes en cuanto a su enfoque y su ámbito de influencia. La ambición del movimiento le condujo a fomentar una expansión en el número de derechos básicos. Su dependencia occidental en cuanto a la fundamentación lo llevó a promover ideas que eran más populares en las sociedades occidentales que en otras partes del mundo. Los activistas de los derechos humanos asumieron generalmente una aproximación homogénea, ignorando la llamada de la DUDH a un estándar común que pudiera cobrar vida a través de una variedad de formas legítimas. Inevitablemente, grupos de interés específicos comenzaron a aprovecharse de la autoridad moral de la idea de los derechos humanos con la esperanza de ver reconocidos los puntos de su agenda como derechos humanos internacionales.

Entre las ONG más activas en los escenarios internacionales se encontraban y se encuentran grupos de control de la población y defensores de los derechos relacionados con el aborto. En la Conferencia de la Mujer de Pekín de 1995 [en la cual la autora encabezó la delegación oficial de la Santa Sede], la Primera Dama de los Estados Unidos, Hillary Clinton, lanzó el famoso eslogan: «Los derechos humanos son derechos de la mujer, y los derechos de la mujer son derechos humanos». Este aserto era solo parcialmente cierto. Los derechos humanos son derechos de la mujer −pertenecen a todos−. Pero no todo lo que se ha reconocido como un derecho en uno o más países es un derecho humano universal. Los redactores de la DUDH fueron cuidadosos en atenerse a un estándar mínimo, dejando que muchos asuntos controvertidos se resolvieran en procesos ordinarios locales.

Hoy, sin embargo, los esfuerzos por expandir la categoría de derechos humanos avanzan rápidamente. Un reciente artículo en Foreign Affairs advertía con desaprobación que «buena parte de la comunidad de los derechos humanos no solo ha evitado expresar recelos a la proliferación de derechos sino que, a menudo, ha liderado el proceso»[4].

Para empeorar las cosas, los activistas han continuado con la aproximación selectiva de los viejos antagonistas de la Guerra Fría. Promoviendo nuevos derechos, o interpretaciones innovadoras de los derechos, con frecuencia ignoran o atacan derechos establecidos que no encajan en sus agendas. En sus manos, el documento que fue diseñado como un todo unificado ha sido deconstruido hasta lo irreconocible. En el contexto de la ONU, por ejemplo, los defensores de derechos sexuales y abortivos se han opuesto vigorosamente a cualquier referencia a aquellas partes de la DUDH relativas a la libertad religiosa, la protección de la familia y los derechos parentales[5].

En los países en desarrollo, muchas actividades de ONG financiadas por Occidente han resucitado la acusación de que el proyecto de los derechos humanos no es más que un instrumento de imperialismo cultural, un intento neocolonial para universalizar el sistema de ideas particular “occidental”. Cuando semejantes recriminaciones provienen de líderes de regímenes represivos son fáciles de descartar. Pero cuando provienen de personas que simpatizan con la causa de los derechos humanos, como el filósofo y economista indio Amartya Sen, premio Nobel nacido en Calcuta, reflejan algo fundamentalmente inquietante. Sen identificó el núcleo del problema cuando criticó a los diseñadores de políticas internacionales por otorgar «prioridad a sus propias ideas» y por exhibir «una tendencia peligrosa a tratar a la gente de los países pobres no como seres racionales, sino como fuentes impulsivas e incontroladas de un gran daño social, necesitadas de fuerte disciplina»[6].

Entretanto, la división política y la diversidad ideológica creciente amenazan con transformar la concepción de los derechos; lo que era un escudo que protegía se convierte en una lanza que grupos opuestos se arrojan mutuamente. En Estados Unidos, la confianza en los derechos y los tribunales para resolver las disputas políticas ha alentado una actitud de winner-takes-all (todo o nada) a expensas de la tolerancia y el acuerdo.

Por sintetizar los elementos de la crisis actual, la autoridad de la idea de derechos humanos, arduamente conseguida, ha sido golpeada desde varias direcciones: la proliferación de derechos y reivindicaciones de derechos conduce a un aumento de conflictos de derechos. La aproximación selectiva a los derechos suscita el riesgo de trivializar derechos que se veían como fundamentales. Las concepciones altamente individualistas de los derechos promovidas por tantos activistas han dado nuevo vigor a viejos desafíos a la universalidad de los derechos humanos. La actuación de las instituciones supranacionales ha suscitado preocupaciones con respecto a la falta de transparencia, responsabilidad y frenos y contrapesos de estos organismos. Si añadimos el hecho de que las ideas acerca de los derechos humanos mutan más fácilmente que las propias instituciones que hacen posible tener derechos con algún significado −Estado de Derecho, procedimientos justos, etcétera−, tenemos todos los ingredientes de una crisis de legitimidad.

Lo que el olvido no ha borrado el oportunismo lo ha erosionado hasta el punto de que uno podría decir de la Declaración Universal lo que Abraham Lincoln afirmó en una ocasión sobre la Declaración de Independencia: «Ha demostrado ser un obstáculo frente a los tiranos de todos los tiempos y seguirá siéndolo, a menos que sea despreciada por sus supuestos partidarios»[7].

Recuperar la sabiduría de los artífices de la declaración universal 

Opino que estos desafíos, por grandes que sean, no resultan insuperables; y que, para afrontarlos, hay mucho que aprender de la sabiduría de aquella gran generación de estadistas que dieron vida al proyecto de los derechos humanos.

De hecho, los interrogantes que tuvieron que abordar los redactores de la DUDH a finales de los años cuarenta eran llamativamente similares a los que ahora regresan a un primer plano. En una mirada retrospectiva, resulta asombroso que Eleanor Roosevelt, el libanés Charles Malik, el chino Peng-chu Chang y sus demás colegas previeran prácticamente todos los problemas a los que su empresa se enfrentaría: su sometimiento a las turbulencias de la política, su dependencia de modos de entender comunes que se revelarían escurridizos, su concreción en ideas de libertad y solidaridad que serían difíciles de armonizar y su vulnerabilidad frente a la politización y al malentendido.

Tiene gran interés, por consiguiente, ver qué puede aprenderse de sus esfuerzos por proteger su proyecto de los obstáculos que inevitablemente encontraría. Desde mi punto de vista, de la sabiduría olvidada de los redactores de la DUDH podemos sacar cuatro lecciones: 1) El número de derechos que personas de civilizaciones enormemente distintas pueden reconocer como universal es relativamente modesto; 2) La universalidad de los derechos humanos no significa homogeneidad en el modo de darles vida; 3) El núcleo relativamente reducido de derechos a los que personas de sociedades diversas pueden apelar es interdependiente; y 4) El principio de subsidiariedad representa la mejor aproximación a sus implementaciones.

Cuando la ONU consideró por vez primera la idea de una declaración universal de derechos, el problema de si había algún derecho que pudiera ser universal se tomó tan en serio que algunos de los filósofos más reconocidos del mundo −incluido Jacques Maritain− fueron convocados por la Unesco para estudiarlo. Después de recabar la opinión de decenas de otros pensadores y líderes religiosos de culturas orientales y occidentales, los consultores de la Unesco informaron de que solo unos pocos principios básicos de la conducta humana eran de hecho compartidos, si bien su elaboración como «derechos» constituía un fenómeno europeo y relativamente moderno[8]

La Comisión de Derechos Humanos de la ONU, que redactó la DUDH, asumió seriamente este consejo. Se atuvieron a lo fundamental y se abstuvieron de incluir ideas que no gozaban de una fuerte pretensión de universalidad.

Los redactores desarrollaron una aproximación pluralista a la cuestión de cómo puede considerarse un derecho universal sabiendo que las distintas culturas confieren un peso diferente a los derechos fundamentales, y que las condiciones políticas y económicas afectarían a la capacidad de cada nación de llevar a la práctica tales derechos[9]. No contemplaron esto, sin embargo, como una cuestión fatal para su proyecto. Como señaló Maritain, «con el teclado de la Declaración es posible tocar muchos tipos de música»[10].

Los estándares mínimos fijados en la DUDH se redactaron de un modo lo bastante flexible como para responder a necesidades dispares en cuanto a énfasis e implementación, pero no tan maleables que cualquier derecho básico pudiera quedar completamente ignorado o subordinado. Los redactores entendieron que siempre habría modos desiguales de llevar a la práctica los derechos humanos en contextos sociales y políticos distintos. En consecuencia, de manera deliberada dejaron a los Estados espacio para experimentar con soluciones diversas a sus múltiples retos, algunos de los cuales atañen a los asuntos más controvertidos hoy. El artículo 14, por ejemplo, prevé que todos tenemos el derecho a «buscar y disfrutar» de asilo ante la persecución, pero no dice nada sobre cómo debe protegerse ese derecho. Se esperaba que los principios fecundos de la Declaración serían interpretados y desarrollados de maneras distintas según formas legítimas variadas, y que cada país proporcionaría experiencias e ideas de las que otros podrían aprender.

El compromiso con el pluralismo ha sido reformulado en muchas ocasiones en documentos de la ONU, de forma destacada en la Declaración de Viena de 1993, donde se afirma la universalidad de los derechos humanos considerando que «debe tenerse presente el significado de las particularidades nacionales y regionales y de los diversos trasfondos históricos, culturales y religiosos»[11].

La tercera lección que hemos de extraer de la obra de los redactores ha sido también reafirmada varias veces en documentos de la ONU, e ignorada ampliamente durante setenta años: que «todos los derechos son universales, indivisibles, interdependientes e interrelacionados»[12].

Los arquitectos de la DUDH tuvieron un enorme cuidado en asegurar que sería leída como un documento integrado, formado por un grupo pequeño de derechos, fortalecidos de manera recíproca. Hoy, sin embargo, la DUDH es comúnmente vista como una relación de garantías separadas. Apenas hay quien se dé cuenta de que el documento posee una estructura, que incluye deberes lo mismo que derechos, y que fue pensada para ser leída como un conjunto. Aunque el carácter holístico de la Declaración −basada en los principios de dignidad, libertad, igualdad y fraternidad− es evidente a primera vista, su estructura ha sido ignorada durante décadas tanto por sus apologistas como por sus detractores. Aislando cada parte de su lugar en el conjunto, la tergiversación de la Declaración, hoy común, facilita su abuso. Las colisiones entre derechos se tratan como contiendas en las que el ganador se lleva todo más que como ocasiones para interpretarlos optimizando la protección de cada uno[13]. Han quedado casi olvidadas del todo las secciones de la Declaración que clarifican que los derechos dependen de manera importante del respeto a los derechos de los demás y del rule of law (Estado de derecho), así como de una sana sociedad civil.

Debo añadir algunas palabras sobre un cuarto rasgo de la DUDH ignorado durante largo tiempo. Reconociendo que siempre habría disputas sobre las responsabilidades relativas de los organismos internacionales, de los gobiernos nacionales y locales y de la sociedad civil en relación con los derechos humanos, los redactores de la DUDH adoptaron una aproximación pragmática hacia lo que hoy se conoce como el principio de subsidiariedad; un principio elaborado primero por la doctrina social católica que enfatiza la primacía del nivel más bajo de implementación que pueda llevar a cabo la tarea, reservando los actores nacionales e internacionales para situaciones en que las entidades más pequeñas son incapaces de hacer frente de forma adecuada a los asuntos.

Hoy, muchas personas que apoyan los derechos humanos conciben su puesta en marcha principalmente en términos de dirección y desarrollo desde el Derecho y las instituciones internacionales. Algo muy lejano a la visión de los redactores de la DUDH. Lo que muchos expertos han olvidado, o han decidido olvidar, es que una de las características más sobresalientes de la DUDH es su reconocimiento de la importancia que tiene para la libertad humana un amplio abanico de grupos sociales, empezando por las familias y pasando por las instituciones de la sociedad civil, el Estado nación y los organismos internacionales. En buena lógica, la cláusula de Proclamación llama a «todo órgano de la sociedad» a promover el reconocimiento y la observancia de los derechos. En el cuerpo de la DUDH, los individuos son protegidos en sus contextos sociales y políticos. La familia es, como tal, un sujeto amparado por los derechos humanos, y su tutela debe ser provista, significativamente, tanto por la sociedad como por el Estado. Los derechos a tomar parte en grupos religiosos y organizaciones de trabajadores están garantizados junto con el derecho a participar en el gobierno.

En sus memorias, el francés René Cassin, otro redactor del texto, nos cuenta que, «a ojos de los autores de la Declaración, el respeto efectivo de los derechos humanos depende en primer lugar y por encima de todo de la mentalidad de los individuos y grupos sociales»[14]. Eleanor Roosevelt, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos entre 1947 y 1951, confirmaba este modo de ver en uno de sus últimos discursos ante la ONU, cuando centró su atención en la importancia de las estructuras intermedias de la sociedad civil, los escenarios en que las personas adquieren sus primeras nociones acerca de sus derechos y deberes y sobre cómo ejercerlos responsablemente −dentro de las familias, escuelas, lugares de trabajo, asociaciones religiosas y de otro tipo−: «¿Dónde comienzan, después de todo, los derechos humanos? En lugares pequeños, cercanos al hogar −tan cercanos y pequeños que no se pueden ver en ningún mapa del mundo−. Y, sin embargo, son el mundo de la persona individual: el barrio en el que vive; la escuela o la universidad en la que estudia; la fábrica, la granja o la oficina en la que trabaja… a menos que estos derechos tengan significado allí, poco significarán en parte alguna. Si la acción ciudadana no aúna esfuerzos en sostenerlos cerca de casa, en vano trataremos de hacer progresos en el gran mundo»[15].

En su libro sobre derechos humanos y estados frágiles, el teórico político Seth Kaplan hace una fuerte llamada a los partidarios de los derechos humanos a pensar con más profundidad sobre qué puede y debe hacerse localmente, y sobre qué requiere un concurso de los actores o instituciones nacionales e internacionales. Kaplan apunta que, por razones diversas, el Estado ha demostrado ser en muchos países incapaz de tutelar los derechos de su pueblo, y recomienda hacer uso de las instituciones intermedias para ello. Dado que los actores religiosos se encuentran a menudo en la vanguardia de los esfuerzos por difundir los derechos humanos y que proporcionan servicios cruciales para los pobres y marginados en muchas partes del mundo, Kaplan reprende a los universalistas occidentales por dejar a esas instituciones de lado y por promover aproximaciones de arriba abajo que generan el riesgo de alienar a muchos países y comunidades: «Las organizaciones occidentales de derechos humanos habitualmente hacen muy poco para construir o fortalecer las instituciones locales o para trabajar de modo conjunto con organizaciones basadas en la fe […], a pesar de que estas instituciones tienen más influencia sobre el modo en que se protegen los derechos a diario y sobre la calidad general de vida que cualquier acción estatal»[16].

Mirando al futuro

Partiendo del estado actual, ¿adónde se dirige el proyecto de los derechos humanos? ¿Es de verdad cierto, como reza el título de un reciente libro, que estamos viviendo «los tiempos finales de los derechos humanos»[17]? Mientras se desvanece la memoria de cómo las naciones del mundo decidieron −después de dos guerras mundiales− afirmar unos pocos principios básicos como universales, no está nada claro que su ambiciosa empresa pueda resistir la presión del lobbying agresivo, la creciente autoafirmación nacional y étnica y las ambiguas y poderosas fuerzas de la globalización. Me da la impresión de que las perspectivas de resucitar el proyecto de los derechos humanos se desdibujan si no se recuperan los cuatro principios que he mencionado.

Conviene recordar que los hombres y mujeres que edificaron sobre esos principios el proyecto de los derechos humanos no eran unos idealistas soñadores. Casi todos ellos habían vivido dos guerras mundiales y crisis económicas severas. Los acontecimientos de su época les habían mostrado seres humanos capaces de lo mejor y de lo peor. Cobraron aliento a partir del hecho de que, así como la raza humana es capaz de graves violaciones de derechos humanos, también es capaz de imaginar que existen derechos violados, de articular esos derechos en declaraciones y constituciones, de orientar su conducta hacia las normas que han reconocido y de sentir la necesidad de excusarse cuando su conducta deja que desear.

En el edificio de la ONU en Nueva York hay una escultura que −a mi juicio− capta algo de esa fe «en las cosas que se esperan y confianza en lo que no se ve»; un regalo del Gobierno de Italia que consiste en una enorme esfera de bronce pulido que sugiere un globo terráqueo. Se trata de una figura agradable de ver, pese a que llama la atención por su imperfección. En su superficie brillante se destacan grietas profundas y abruptas, demasiado grandes como para repararlas. Uno piensa que acaso esté agrietada porque es defectuosa, como el mundo roto. O quizás tiene que romperse, como un huevo, para que algo nuevo emerja. Tal vez ambas cosas. Cuando uno se acerca a las hendiduras de su superficie, ve que en el interior hay otra esfera brillante. ¡Y también esa está agrietada! Pero hay una sensación tremenda de movimiento, de dinamismo, de potencia, de posibilidades emergentes. Y así ha ocurrido con el proyecto de los derechos humanos. Sí, la empresa tiene fallos. Sí, todavía acaecen violaciones terribles de la dignidad humana. Pero, gracias en gran medida a aquellos que redactaron la Declaración Universal, numerosas personas han sido inspiradas para hacer algo a favor de ellos.

A día de hoy, los amigos y defensores de los derechos humanos participan en el proceso de construir el legado de hombres y mujeres a los que −no sin razón− a menudo se denomina «la más grande generación» (the greatest generation). Dentro de setenta años, seres humanos que todavía no han nacido se formarán opiniones sobre cómo la generación presente −nosotros− administró ese legado. En su día emitirán el juicio de si acrecentamos o despilfarramos la herencia transmitida por Eleanor Roosevelt, Charles Malik, Peng-chun Chang, René Cassin y tantas personas de alma grande que se empeñaron en crear un estándar de lo justo a partir de las cenizas de terribles injusticias. Y me pregunto: ¿estaremos a la altura?

Mary Ann Glendon. Profesora de Derecho de la Universidad de Harvard

Texto basado en la conferencia impartida el 16 de noviembre de 2018 en el simposio internacional sobre derechos humanos organizado por la Universidad de Roma LUMSA.

Fuente: Nuestro Tiempo.

[Traducción y edición: Fernando Simón Yarza]

 

[1] Hersch Lauterpacht, International Law and Human Rights, Praeger, Nueva York, 1950, p. 415.

[2] Hurst Hannum, «The Status of the Universal Declaration of Human Rights in National and International Law», Georgia Journal of International and Comparative Law, 25, 1996, p. 287.

[3] R.R. Reno, «Against Human Rights», First Things, Mayo 2016. Vid. también Noel Malcolm, «Human Rights Law and the Erosion of Politics», The New Criterion, Enero 2016, pp. 7-12.

[4] Jacob Mchangama and Guglielmo Verdirame, «The Danger of Human Rights Proliferation:  When Defending Liberty, Less is more», Foreign Affairs, 24 de julio de 2013.

[5] Vid., v. gr., Mary Ann Glendon, «What Happened at Beijing», First Things, Enero 1996.

[6] Amartya Sen, «Population:  Delusion and Reality», The New York Review of Books, 22 de septiembre de 1994.

[7] Abraham Lincoln, The Collected Works of Abraham Lincoln 1858-1860, Roy P. Basler et. al. eds., 1953, 79, 195.

[8] Richard McKeon, «Philosophic Bases», en Human Rights:  Comments and Interpretations, Unesco, Wingate, Nueva York, 1949, p. 45.

[9] Vid. Jacques Maritain, «Introduction», en Human Rights:  Comments and Interpretations, Unesco, Wingate, Nueva York, 1949, p. 16.

[10] Ibid.

[11] U.N. Vienna Declaration of Human Rights, 1993, Art. 5.

[12] Ibid.

[13] Vid. Donald Kommers y Russell Miller, The Constitutional Jurisprudence of the Federal Republic of Germany, Duke University Press, Durham, 2012, pp. 67-68.

[14] René Cassin, La Pensée et l’Action, F. Laou, Boulogne-sur-Seine, 1972, p. 155.

[15] Eleanor Roosevelt, Remarks at the United Nations, 27 de marzo de 1953, citado en Joseph Lash, Eleanor:  The Years Alone, W. W. Norton Company, Nueva York, 1972, p. 81.

[16] Seth D. Kaplan, Human Rights in Thick and Thin Societies, cit., p. 199.

[17] Simon Hopgood, The Endtimes of Human Rights, Cornell University Press, Ithaca, 2016.

 

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Joaquin Garcia Hudobro

Los agnósticos que conozco suelen estar muy preocupados con una pregunta: ¿es posible ser una buena persona sin creer en Dios?

El solo hecho de que se planteen la cuestión muestra que efectivamente son buenas personas: gente como el Conde Drácula o Cruella de Vil no estaba excesivamente preocupada de cosas como ésa. Sin embargo, me temo que la pregunta no sea demasiado importante.

Nosotros somos buenos o malos según con quien nos comparemos: probablemente seamos buenos, si tenemos en frente a Pol Pot o a Goebbels, y saldremos bastante mal parados si nos comparamos con Tomás Moro o con Teresa de Calcuta. Algo así parece dar a entender la respuesta de Jesús al joven rico, cuando le dice que “nadie es bueno, sino sólo Dios”.

Por otra parte, nuestros agnósticos no suelen ser tales. En sentido estricto, agnóstico es aquél que no afirma ni niega la existencia de Dios. Simplemente dice que no sabe si hay algo semejante. En cambio, aquéllos de nuestros amigos que se declaran agnósticos, se sentirían muy ofendidos si los caracterizáramos de esa manera. Casi todos admiten la existencia de un Ser Superior. Lo que no tienen claro es que ese Ser tenga todos los atributos que nosotros le asignamos, que haya hablado a los hombres a través de Moisés y los Profetas, o que se haya encarnado, muerto y resucitado, y —además— que la Iglesia y los sacramentos sean obra suya, que los milagros existan y otras cosas semejantes. Es decir, no son propiamente agnósticos, sino más bien deístas, gente que cree en un Dios, pero que piensa que no se ocupa de los asuntos humanos. Sólo en un sentido muy amplio los podemos llamar agnósticos. La diferencia, sin embargo, que presentan con los deístas al estilo Voltaire, estriba en que no están demasiado convencidos de su deísmo. Son personas que se cuestionan constantemente. Además, con frecuencia no sólo son muy respetuosos de la religión, sino que incluso se interesan enormemente por ella. En eso tenemos una diferencia importante: a muchos católicos la religión nos interesa un comino. Lo que nos interesa es Dios. Si adherimos a una religión, es sólo porque creemos que ha sido inventada por Dios mismo. Es decir, tenemos un interés indirecto en ella. La aceptamos simplemente porque estamos convencidos de que lo que dice es verdad.

Además, es frecuente que los agnósticos digan: “me gustaría creer, pero no puedo”. Esto es un excelente comienzo, al menos para encontrarse con el cristianismo, que dice que la fe es un don divino. Con nuestras luces podemos llegar a la existencia de Dios y a saber muy pocas cosas más sobre Él (como que es uno, eterno, etc.). Para saber más, Él mismo tiene que tomar la iniciativa, en dos sentidos: primero, entregándonos una información que nos resulta inaccesible por nuestras propias fuerzas (la Revelación); segundo, dándonos una especial ayuda para asentir a esas verdades. Esa ayuda es lo que llamamos fe. A veces los cristianos se comportan como si la fe fuese algo que poseyeran por familia o por el hecho de haber nacido en un lugar determinado. Y no es así, tal como la existencia de los agnósticos se encarga de recordarlo: la fe es un regalo.

Es un hecho que hay bastantes millones de personas en el mundo que —salvo que les suceda algo muy excepcional— no tienen la más mínima posibilidad de tenerla: ni siquiera han oído hablar de cosas como la fe. Esto no sólo pasa en países de continentes lejanos, sino en muchos ambientes de Nueva York, Amsterdam u otras grandes ciudades. ¿Quiere decir esto que Dios no trata a todos por igual? Efectivamente es así: basta con leer la parábola de los talentos. De esta circunstancia algunos deducen que no es necesario hablar de Dios y del cristianismo a estas personas, ya que están de buena fe y, por tanto, pueden alcanzar la salvación. Me parece que es un planteamiento erróneo. La cuestión no es si se salvan o no, sino una de muy distinto tipo. Si Dios existe y se ha revelado ¿no es una pena que haya personas que no lo sepan? Aunque tuviéramos plena certeza de que alcanzarán la vida eterna, resultaría justificado hablarles de Dios, como es conveniente hablarles de la rueda o la penicilina. Una vida con la rueda y la penicilina es objetivamente preferible a una vida que ignore estos maravillosos descubrimientos. Con Dios pasa lo mismo. Si el cristianismo es verdadero, una vida con mandamientos, ángeles, perdón de los pecados, Iglesia, muerte y resurrección, es algo que no conviene perderse: es el máximo avance en materia de civilización. Por razones que no conocemos, Dios ha querido que los hombres lleguen a estas cosas pasando por el contacto con otros seres humanos que les hablen de ellas. Este contacto es necesario, aunque no suficiente, pues, como vimos, la fe (la capacidad de aceptar esas cosas) es un regalo.

Sin embargo, a nuestro alrededor hay personas que no están en la situación de ciertos tibetanos o neopaganos. Ellos han oído hablar de las verdades de la fe cristiana, aunque sea en el catecismo de niños o en algún funeral de una tía vieja. Con todo, no creen. Una posibilidad es que simplemente Dios les haya negado ese don. Otra, más sencilla, es pensar que hay algunos obstáculos que les impiden acogerlo. Estos obstáculos no necesariamente dependen de ellos. En algún caso sí: un amigo mío (q. e. p. d.), que vivía en un país a muchos kilómetros de distancia, pasó en su vida períodos de creencia o agnosticismo que coincidían perfectamente con el grado de fidelidad matrimonial que presentaba. Pero no siempre las cosas son tan sencillas. A veces es una determinada educación, marcada por el cientificismo, o algunas indigestiones filosóficas padecidas en la adolescencia. Otras tienen que ver con los traumas que les ha dejado una instrucción religiosa inadecuada o, al menos, poco apta para su personal psicología. Todo esto es muy complicado y no somos los encargados de dar juicios definitivos, lo que no significa que omitamos prestar una ayuda a esas personas.

Pienso que hay tres formas muy concretas de prestar un apoyo a quienes pasan por esa situación.

La primera consiste en ayudarlos a descubrir si acaso hay en su conducta algo que objetivamente constituye un obstáculo para reconocer la divinidad y las exigencias que impone. En el caso de mi amigo, la cosa era bastante clara y el remedio muy identificable, aunque no siempre la gente quiera ponerlo en práctica.

La segunda consiste en animarlos a tomarse en serio sus preguntas y buscar la respuesta a las mismas. Esta respuesta puede ser trabajosa y supone estudio y diálogo. En ocasiones, más que contestar uno sus preguntas, habrá que estimularlos a que ellos mismos busquen la respuesta. El cristiano no es una "rokola", en donde uno encaja una pregunta y sale una respuesta de modo automático, al modo en que empieza una canción después de que alguien ha depositado una moneda. A veces hay gente que pregunta por el placer de preguntar. En ese caso, la cura que requieren no es una respuesta brillante, sino la indicación de una serie de libros (ojalá bien aburridos) que pueden leer para hallar una respuesta.

El filósofo letón Valdis Turins me contó una vez su experiencia con los escépticos. Se daba cuenta de que acudían a él como moscas, llenos de preguntas ingeniosas y objeciones sutiles. Cuando les daba una respuesta, se retiraban derrotados (¡no les interesaba una respuesta, sino ponerlo en aprietos, de lo contrario se habrían puesto contentos de encontrar una verdad!) Al día siguiente volvían con nuevos bríos y nuevas objeciones. Con el tiempo, se dio cuenta de que la mejor respuesta era el silencio. Además, en su caso, había una solución casi infalible. Como durante la época comunista los filósofos letones casi siempre tenían que pasar largas temporadas en la cárcel, ya que eran personajes ingratos para el régimen, sucede que esas personas, tarde o temprano, tendrían muchas horas disponibles para enfrentarse con sus preguntas en una celda solitaria. En esos casos, o se preocupaban de hallar ellos mismos una respuesta o enloquecían. Como el instinto de supervivencia suele ser más profundo que la vanidad, terminaban por abandonar el escepticismo.

La tercera ayuda es, a mi juicio, la más importante: animarlos a pedir auxilio, o sea, a rezar. Pero ¿cómo van a rezar a un Dios que ni siquiera saben si los oye? Exactamente así. Nadie está impedido de rezar como lo hacía ese trágico ateo: “Dios, si es que hay Dios, salva mi alma, si es que tengo alma”. Esto tiene varias ventajas. La primera tiene que ver con los creyentes, que de esa manera son apartados de la arrogancia de pensar que “ellos” son los encargados de llevar a la fe a los que no la tienen, cuando su misión, en el mejor de los casos, consiste en ayudarlos a despejar ciertos obstáculos. La segunda se relaciona con el hecho de que así la cuestión queda mejor centrada. En efecto, ya no se trata de si uno es o no una buena persona, sino de abrirse a una realidad que nos supera. Además, de paso elimina un obstáculo frecuente en los agnósticos. Ellos saben que son personas que están “en búsqueda”, lo que es verdad. Pero como en nuestro tiempo el hecho de estar en búsqueda tiene mucho más prestigio que el de haber encontrado, resulta muy fácil que se enamoren de su búsqueda y del halo prestigioso que la rodea, y se olviden de que esa búsqueda apunta a una meta, a Dios. Si lo encontrarán o no, es algo que ignoramos, pero sí es importante que sepan que la suya es una situación intermedia, que tarde o temprano debería llevar a reconocer que los creyentes son unos ilusos, o que los ateos han sido ciegos. Y si llegan a aceptar la existencia de Dios, concluirán que —si los deístas tienen razón— los adherentes al cristianismo están creyendo más cosas de las necesarias, es decir, son supersticiosos. En cambio, si el cristianismo está en lo cierto, habría que pensar que los deístas se están perdiendo algo importante.

 

 

Una silenciosa herida en la sociedad

Luis Fernando Valdés

La trata de personas es un gran crimen contra la humanidad pero, aunque es un delito que todos reprueban, hoy mismo es una plaga difícil de erradicar. ¿Qué propone el Papa Francisco para salvar a las víctimas del tráfico de humanos?

  1. Iniciativas para denunciar la trata. La Santa Sede tiene también la misión de promover la dignidad humana de todas las personas, creyentes o no. Y por eso ha desarrollado algunos proyectos para combatir este terrible mal social.

Entre otros programas, el Vaticano instituyó en 2015 las “Jornadas de oración y reflexión contra la trata de personas”, que se celebra en una fecha muy significativa, el 8 de febrero, fiesta de Santa Josefina Bakhita, una religiosa africana del s. XIX, que en su niñez fue víctima de traficantes de esclavos negros.

De esta manera, la Iglesia católica suma esfuerzos con otras instituciones internacionales, como la ONU, la cual cada 23 de septiembre conmemora el Día Internacional contra la Explotación Sexual y la Trata de Personas.

  1. El fenómeno de la trata. Según un informe de la Comisión Europea (2016), la trata de seres humanos “consiste en la compraventa y explotación de niños y adultos”. El documento explica que los traficantes “explotan la vulnerabilidad de la gente”, producida por “la pobreza, la discriminación, la desigualdad de género, la violencia contra las mujeres, la falta de acceso a la educación, los conflictos étnicos y los desastres naturales”.

El informe describe que la trata de personas se realiza con fines explotación sexual y laboral, junto con otros fines que me impacta enunciar: “mendicidad forzosa, actividad delictiva, matrimonio forzoso o de conveniencia, o extracción de órganos, la trata de lactantes y niños de corta edad para su adopción, la trata de mujeres embarazadas para vender sus bebés recién nacidos, la trata para la producción de cannabis y la trata con fines de contrabando o venta de estupefacientes”.

  1. La esclavitud moderna. Cada mes, Francisco graba un video en el que pide a los fieles que recen por una intención particular. Con motivo de la Jornada contra la trata, el Papa emplea el video de febrero para denunciar el tráfico de personas.

En el video, el Pontífice explica que “aunque tratemos de ignorarlo, la esclavitud no es algo de otro tiempo”. Y más adelante añade que “no podemos ignorar que hoy hay esclavitud en el mundo, tanto o más quizás que antes”.

Y luego, el Papa invita a no permanecer indiferentes: “Ante esta trágica realidad, no podemos lavarnos las manos si no queremos ser, de alguna manera, cómplices de estos crímenes contra la humanidad”.

  1. Un silencio cómplice. Hace un año, en la Jornada de 2018, le preguntaron a Francisco sobre el sorprendente silencio ante el fenómeno de la trata. A lo que contestó que, por una parte, hay mucha ignorancia sobre el tema.

Pero, por otra, “a veces parece que haya también poca voluntad de comprender la dimensión del problema”, y que esto se debe a que “toca de cerca nuestras conciencias, porque es escabroso, porque nos avergüenza”.

El Papa denunció con claridad que hay personas que conocen este problema, pero no quieren hablar de él “porque se encuentran al final de la ‘cadena de consumo’», como usuarios de los ‘servicios’ que son ofrecidos en la calle o en internet”.

Y añadió que también hay personas que directamente no quieren que se hable de este teman, por que están implicados “directamente en las organizaciones criminales que de la trata obtienen buenos beneficios”.

Epílogo. El dolor de hombres, mujeres y niños que son tratados como esclavos y que sufren dolor físico y maltrato psicológico es una gran herida social, que nos afecta a todos, aunque no lo queramos ver. Por eso, es tarea obligatoria de todos no quedarnos callados, no aceptar que la trata de personas sea algo normal de nuestra cultura y denunciarla.

lfvaldes@gmail.com

 

En Pentecostés la Iglesia de Cristo echa a andar

Pentecostés se opone a la confusión de Babel. La religión católica tiene en Jesucristo su Fundamento. El destino del hombre no es vagar en la orfandad angustiosa del olvido de quien fue su Creador sino participar en su misma vida y permanecer en la intimidad de Dios. De lo hondo del alma emerge el grito agradecido de San Pablo: “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!”. Gracias al Verbo que se encarna por obra del Espíritu Santo en el seno de María Santísima, el hombre ha recibido el inmenso don de la filiación divina.

Hoy, ante un pasado histórico asaetado por sus infidelidades, el hombre alza su voz como Cristo en Getsemaní y en la Cruz, “con poderoso clamor y lágrimas” y grita al descubrir su verdad más íntima: la de ser hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. “El Espíritu Santo, que el Padre envió en el nombre de su Hijo, hace que el hombre participe en la vida íntima de Dios; hace que el hombre sea también hijo, a semejanza de Cristo, y heredero de aquellos bienes que  constituyen la parte del Hijo. En esto consiste la religión del permanecer en la vida íntima de Dios, que se inicia con la encarnación del Hijo de Dios”[1].

El Espíritu Santo, Espíritu del Hijo que se manifestó en Pentecostés hace posible la manifestación gloriosa del Hijo encarnado al final de los tiempos. Desde Abel, el primer justo e inocente, hasta el último de los elegidos antes del Juicio universal, serán congregados en la casa del Padre, la Iglesia universal. La misión de la Iglesia viene a ser como la prolongación o expansión histórica de la misión del Hijo y del Espíritu Santo.

La Biblia presenta el pecado como fuente de hostilidad y violencia que se observa bien en el fratricidio de Caín y en la división de los pueblos que se fragmentan al no entenderse entre ellos como se ve en el episodio de la Torre de Babel. En Pentecostés, cuando la Iglesia naciente echa a andar se verifica el hecho contrario: hablan los Apóstoles en su idioma galileo y todos los habitantes, en aquellas fechas en Jerusalén, venidos de todo el mundo conocido les entienden cada uno en su propia lengua. Es el don de glosolalia.

La era de la Iglesia. Mirando todo lo sucedido en la historia de la humanidad, desde el nacimiento de Jesucristo, brota con espontaneidad el sentido de gratitud, de alabanza y de responsabilidad hacia la Iglesia, porque Cristo vive no ya sólo en el Cielo para nunca más morir sino que también vive en su Iglesia. La era de la Iglesia comenzó en Pentecostés, con la venida del Espíritu de Cristo sobre María, su Madre, los Apóstoles y sobre los discípulos que estaban reunidos en oración en el Cenáculo. “Dicha era empezó en el momento en que las promesas y profecías, que explícitamente se referían al Paráclito, el Espíritu de la verdad, comenzaron a verificarse con toda su fuerza y evidencia sobre los apóstoles, determinando así el nacimiento de la Iglesia”[2]. Verdaderamente nace la Iglesia en Pentecostés y con ello da comienzo la era de la Iglesia, pero la gestación que precede al nacimiento lo compone la vida terrena de Cristo, es decir la acción del Espíritu Santo en todos y cada uno de los actos –gestos y palabras– que acompañaron el transitar terreno del Verbo hecho Hombre.

Tras el envío del Espíritu Santo anunciado y prometido por Jesucristo, comienza la Iglesia su andadura, su era. Del comienzo de esta era, difícil por demás, nos habla San Lucas, con amplitud en los Hechos de los Apóstoles. Allí se ve el protagonismo que adquiere el Espíritu Santo y el consuelo que regala a los primeros cristianos aunque no les sean ahorrados los dolores;  sufrimientos que son, por otra parte, caricias y muestra de su cercanía. Estos primeros cristianos, nuestros primeros hermanos en la fe de la Iglesia con la venida del Espíritu Santo, fueron hechos capaces de realizar la misión que se les había confiado. Se sintieron llenos de fortaleza. Precisamente esto que obró en ellos el Espíritu Santo lo sigue obrando continuamente en la Iglesia, en los que somos sus sucesores[3].

La Iglesia es un misterio. La Iglesia es un misterio de Dios y, por tanto, un misterio trinitario. Un misterio que responde a una realidad compleja para nuestra inteligencia y que por ser precisamente un misterio del amor de Dios, es imposible alcanzar a definir. Un misterio al que deseamos acceder, porque la fe busca entender y en el que para penetrar, conviene –como dice el Catecismo de la Iglesia– “contemplar su origen dentro del designio la Santísima Trinidad y su realización progresiva en la historia”[4]. Dadas estas premisas y, no obstante las inmensas dificultades que se dan –por su misma y transcendente misteriosa riqueza– para delinear con palabras el misterio de la Iglesia, se puede intentar una aproximación verbal. En este acercamiento al misterio, creemos que puede ser válido aunque siempre será también deficiente, afirmar que la Iglesia es la comunión de todos los hombres con Dios Padre, y de ellos entre sí, en Cristo por el Espíritu Santo[5].

Según el Concilio Vaticano II, la Iglesia es en su esencia más íntima un misterio de fe, profundamente vinculado con el misterio infinito de la Trinidad. Según el magisterio del Concilio, heredero de la tradición, el misterio de la Iglesia está enraizado en Dios-Trinidad y por eso tiene como dimensión primera y fundamental la dimensión trinitaria, en cuanto que desde su origen hasta su conclusión histórica y su destino eterno la Iglesia tiene consistencia y vida en la Trinidad[6].

Esa perspectiva trinitaria resuena en boca de Jesús en las últimas palabras que dijo a los Apóstoles antes de su retorno definitivo al Padre: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”[7]. Todas las gentes, invitadas y llamadas a unirse en una sola fe, están marcadas por el misterio de Dios uno y trino. Todas las gentes están invitadas y llamadas al bautismo, que significa la introducción en el misterio de la vida divina de la Santísima Trinidad, a través de la Iglesia de los Apóstoles y de sus sucesores, signo visible de la comunidad de los creyentes[8].

La Iglesia es un hecho histórico, cuyo origen es documentable y está documentado. Dios ha pensado en todos. Es el pueblo de Dios. El pueblo de un Padre que convoca a quienes creen en Cristo, en su Santa Iglesia. Iglesia escogida antes de la creación del mundo, preparada admirablemente en la historia de Israel y en la Antigua Alianza y constituida en estos tiempos definitivos. En la Iglesia tiene la creación su fin[9]. Y esto porque es definitiva la plenitud que Cristo –Dios con nosotros– otorga al tiempo al entrar Dios en la historia humana mediante la encarnación del Verbo.

Dios Padre modela la Iglesia y Cristo y el Espíritu son sus manos. La respuesta de Dios al pecado original fue el comienzo, como el big-bang de la Iglesia, su comienzo. Se inicia y se expansiona primero bajo unas coordenadas espacio-temporales para trascenderlas después. La comunión de Adán con Dios y en Él, por Él y con Él con todos los hombres, haciéndose solidaria la humanidad, se rompió por el pecado. En Adán todos los hombres pecaron[10] y la comunión con Dios se destruyó. Por eso, si Dios en su infinita misericordia decide volver a unirnos con Él mediante su Hijo y por su Amor que todo lo puede, entendemos que la Redención sea la esencia de la Iglesia. Después del pecado tuvo lugar la promesa hecha a nuestros primeros Padres en el Paraíso, al ser expulsados de él. Adán primero, después Abel, más tarde Enoc, y en suma todos los justos hasta Cristo, prefiguraban la Iglesia que Él había de fundar. Los Santos Padres hablan, quizá por esto, de la Iglesia “antes de la Iglesia”.

La Iglesia es una realidad viva, que se está realizando. No se trata pues de una institución ya concluida, que tuvo su momento y ya está. No es así. La Iglesia es una realidad viva, dinámica, que está en crecimiento constante; una realidad que se está realizando hoy, ahora. Una realidad que, por tanto, no está acabada; pero que es tan rica y sublime que no es posible definirla con precisión. Estamos, insistimos, ante un misterio de Dios al que siempre habrá que acercarse con la cabeza sumisa y de rodillas.

De modo poético han visto algunos al Espíritu Santo y a Cristo como las dos manos del Padre con las que ha hecho la Iglesia[11], dando a entender con ello las dos misiones: la del Verbo y la del Espíritu Santo en la Iglesia. La Iglesia, Pueblo de Dios, tiene su origen en el Padre por la doble misión del Hijo y del Espíritu[12]. La Alianza que establece Dios con su pueblo elegido es, en todos sus pasos, una prefiguración de la Iglesia de Cristo. El origen único de la Iglesia se fundamenta en la unidad de un Dios tripersonal. Es una acción única, simultánea, como toda obra trinitaria ad extra y que posee la unidad operativa de las tres divinas Personas. No es un reparto, pues, de funciones dentro de la Trinidad[13]. No hay que extrañarse de que en ocasiones se haya empleado esta manera de hablar, pues venía acompañada del deseo de defender al pueblo cristiano de los modernistas, para quienes los Apóstoles reinventaron la Iglesia tras recoger las enseñanzas de Jesucristo. Pero quedarse ahí habría sido una deficiente defensa de la Iglesia; habría sido medirla con un rasero no sólo excesivamente humano sino sobre todo erróneo lo cual ya no sería disculpable. Tampoco es verdad lo que afirma Boff cuando dice que se predicó el Reino y salió la Iglesia[14].

Vino Jesucristo a lo que vino y realizó con plenitud su deseo; es decir, le salió lo que predicó. Cristo fundó la Iglesia porque quiso, y porque así lo quiso, lo hizo. Es el Fundador y su Fundamento porque es lo que quiso hacer, lo hizo –es Fundador– y en Él –su Fundamento– pervive. Hay una continuidad esencial entre el Jesús de Nazaret y el Cristo resucitado ya que se trata de la misma Persona. La acción fundacional de la Iglesia es en todos sus pasos la de una sola Persona, el Verbo encarnado, tanto durante su caminar histórico como después de su Resurrección.

Pedro Beteta López

Doctor en Teología


[1] Tertio Millennio Adveniente, n. 8

[2] Carta Encíclica Dominum et Vivificantem, n.7

[3] Cfr. Carta Encíclica Dominum et Vivificantem, n.7

[4] Catecismo de la Iglesia, n. 758

[5] Cfr. Pedro Rodríguez, El Opus Dei en la Iglesia, Ed. Rialp, (1993)

[6] Cfr. San Cipriano, De oratione dominica, 23; PL 4, 553

[7] Mt, 28, 19

[8] Cfr. Audiencia general, 9-X-1991

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 760

[10] Cfr. Rom 5, 12

[11] Cfr. San Ireneo, Adv. Haer., V, 6, 1

[12] Cfr. Pedro Rodríguez, Eclesiología 30 años despues de Lumen gentium, Ed. Rialp (1994), p. 184

[13] Cfr. M.M. Garijo-Guembre, La comunión de los santos. Fundamento y estructura de la Iglesia, Biblioteca Herder, sección de Filosofía y Teología, nº 190, Barcelona 1991, 37-45.

[14] Cfr. L. Boff, Eclesiogénesis, Paris 1978, 79s y 84

 

ESCUELA PARA PADRES: ¿Quién va a pagar las jubilaciones futuras, si hoy las familias no tienen suficientes hijos?

Los que no tengan hijos o los que tengan uno sólo, que no se enfaden conmigo. Pretendo explicar una realidad, poniendo en contexto este grave problema, presente y futuro.

Actualmente las mujeres en el mundo occidental tienen una media de 1,30 hijos, pero tendrían que tener una media de 2,00 hijos como mínimo, para reponer el número de personas de la nación. Esta situación produce una tasa de crecimiento cero. Por lo tanto, no solamente no hay reposición de la población, sino que estamos muy por debajo del umbral de reemplazo generacional. Con este decrecimiento poblacional, se llega a una población más envejecida y peor atendida socialmente, por falta de ingresos en el Gobierno. La escasez de nacimientos, influenciado también por el desempleo endémico, ha llegado al límite del desafío vegetativo, promotor del invierno demográfico.

Criar un hijo hasta los 18 años, cuesta aproximadamente 220,000 Dólares, si va a una escuela pública y gratuita. Si va a un colegio privado cuesta muchísimo más. El costo de criar 2 hijos (media mínima de nacimientos necesarios para la reposición de la población), supondría 440.000 Dólares. Con lo que cuesta criar a dos hijos, para asegurar la tasa de reposición de las jubilaciones, se puede ir haciendo un fondo de reserva económica, para comprar una póliza de seguros privada, que garantice un fondo importante de pensiones. Estas inversiones privadas, son mucho más rentables financieramente, que los obligatorios planes de pensiones del gobierno.

Es injusto, que las familias que tienen varios hijos, sean las que tienen que, además de pagar obligatoriamente los mismos impuestos al trabajo, que las que no tienen hijos o tienen uno sólo, no tengan alguna compensación nacional. Y además que sean castigadas económica y socialmente, a pagar las pensiones futuras de los que solamente tienen un hijo o no tiene ninguno. La injusticia radica en el coste desmesurado para las familias, que tienen dos o más hijos.

Otras familias, prefieren poner el dinero que podrían dedicar a ahorrar para su jubilación, en la crianza de los hijos, que es el fin absoluto por el que se unieron en matrimonio, para formar una familia.

Además de la voluntaria inversión económica, que se emplea en la crianza de los hijos, hay otras energías como el tiempo, la educación, la formación en las virtudes y valores humanos, el ejemplo, etc. Más la renuncia a otros modelos de vida que no se pueden llevar, por el desgaste en esas energías.

Algunos gobiernos consideran que criar hijos, es un capricho voluntario, por lo cual, dicen que el que quiera tener hijos, que los pague. Y que si no hay suficientes hijos, para la reposición de las pensiones de jubilación, suben los impuestos de los trabajadores y todo arreglado.

Algunas familias voluntariamente no tienen hijos, o tienen uno solo por varias razones: Económicas, sociales, miedos a no poderlos mantener, para que no les limiten sus posibilidades de viajes, consumo, comodidades, deterioro del aspecto físico, tener que asumir la responsabilidad de criarlos y educarlos, miedo a la pérdida del trabajo y a sus consecuencias, etc. o por la edad avanzada para la natalidad.

El futuro del importe de las pensiones es muy incierto. Son los hijos los que reponen la población de los trabajadores, cuando estos se van jubilando. Sin hijos que reemplacen a los trabajadores, estos no tendrán la opción de cobrar las pensiones, aunque las hayan estado pagando durante años.

La madre del agua es la familia, compuesta de una madre, un padre e hijos. Es el principal pilar de la sociedad y factor clave, para el desarrollo sostenible que garantiza la continuidad de la raza humana, lo mismo que hace el agua.

Las familias no se pueden dormirse en los laureles, creyendo que el Estado u otros, van a resolver sus propios problemas, más los que determinadas estamentos de la sociedad les producen, con sus hostigamientos. Tienen la obligación de formarse bien y tomar todas las medidas posibles, para eliminar o minimizar esos ataques.

Conceptos de los fondos de pensiones, comunes o individuales.

  • Los países tienen dos sistemas públicos, muy diferentes, sobre la forma de administrar el financiamiento del dinero, correspondiente a las pensiones: A) El Sistema Solidario de Reparto (SSR) o fondo común. B) El Sistema de Capitalización Individual (SCI) o fondo individual.
  • En el Sistema Solidario de Reparto (SSR), la pensión de cada persona, se financia con los aportes de todos los trabajadores activos. El dinero aportado va a un fondo común, que lo administra el Estado, para financiar todas las pensiones. Este sistema se caracterizaba por tener cotizaciones indefinidas y beneficios definidos. Es decir, el monto de la pensión, no se relaciona necesariamente con lo aportado durante la vida activa, sino con las características del fondo común y con el cumplimiento de ciertos requisitos legales, que dan derecho a una pensión previamente definida.
  • En este sistema (SSR) o fondo común, el valor efectivo de las pensiones cada vez es menor, ya que suben anualmente menos que el índice de precios al consumo. Las familias que más soportan el peso del sistema son penalizadas, a pesar de que sin ellas, el sistema no es viable.
  • En este sistema (SSR) o fondo común, no es lógico que las familias que tienen hijos, tengan que pagar las futuras pensiones de los jubilados, que no han tenido hijos. Olvidando todos los sacrificios y satisfacciones que suponen, tienen que pagar con los impuestos que produzcan esos hijos, las pensiones de los que voluntariamente no los tienen. Por ejemplo los solteros, las parejas del mismo sexo, los matrimonios que deciden no tenerlos, etc.
  • En este sistema (SSR) o fondo común, las pensiones del mañana, no dependen de lo que cada trabajador haya cotizado, sino de las personas que estén cotizando, en el momento de la jubilación. Hay más variables, pero a largo plazo, la clave está en la natalidad, ya que sin más de 2 hijos por mujer y otras medidas complementarias, no habrá futuras pensiones dignas.
  • En el Sistema de Capitalización Individual (SCI) o fondo individual, cada trabajador posee una cuenta privada, donde se depositan sus cotizaciones obligatorias, las cuales se van capitalizando y ganando la rentabilidad de las inversiones, que las empresas administradoras realizan. Al término de la vida activa del trabajador, este capital le es devuelto al afiliado o a sus beneficiarios sobrevivientes, en la forma de alguna de las modalidades de pensión.

 

Es muy incierto el futuro de las pensiones de jubilación. Todos los gobiernos dicen que en los próximos años, no tendrán dinero para poder pagar las pensiones, pues el fondo de pensiones está con déficit y los ingresos para las pensiones futuras, son menores que las obligaciones, puesto que no tiene ingresos, ya que son muy pocos los nuevos jóvenes que se incorporan al mercado laboral. A pesar de que el importe de las pensiones, cada vez tiene menor poder adquisitivo, ya que no se incrementan adecuadamente al costo de vida.

11 Posibles soluciones. Buenas y malas:

  1. Apoyar la natalidad de las familias, protegiéndolas socialmente y ayudándoles con ventajas fiscales.
  2. La posible conciliación de horarios laborales y familiares.
  3. La disminución o eliminación de los abortos.
  4. La promoción de la maternidad desde la religión, el estado y la sociedad. Pero pedir a las familias, mediante técnicas de “marketing”, que no tengan miedo a ser padres, etc. Todo esto debe ir acompañado de profundas medidas de ayuda.
  5. Fomentar la inmigración para que ellos y sus futuros hijos, con sus impuestos paguen por las pensiones de los que ahora no tienen suficientes hijos, y así asegurar la tasa de reposición de los trabajadores actuales.
  6. Instaurar en las pensiones el Sistema de Capitalización Individual (SCI) o fondo individual y eliminar el Sistema Solidario de Reparto (SSR) o fondo común.
  7. Jubilarse, obligatoriamente, cinco años más tarde e lo que se hace ahora, suponiendo que haya trabajo para todos.
  8. Aumentar los impuestos generales para poder cubrir, incluso a largo plazo, los costos de las pensiones.
  9. Rebajar el importe de las pensiones a percibir o ponerles un techo, de máximos importes.
  10. Aumentar los años de cotización, para tener derecho a las pensiones.
  11. Subir las cuotas mensuales, que automáticamente se deducen de los sueldo.

Cada vez la esperanza de vida es mayor, se vive durante más años y más saludablemente, lo que origina que haya más defunciones que nacimientos, originando un camino cuesta abajo, que lleva al colapso demográfico. También aumentan los costos, relacionados con la salud de las personas mayores, y el costo del mayor número de años, de cobro de pensiones. Todo ello ocasiona la imposibilidad de cubrir, los mayores costos médicos y el aumento de los años de pensiones, con los ingresos que en su día hicieron.

La belleza y la necesidad de la familia, fundada en el matrimonio y abierta a la vida, nunca decaerá, aunque el actual pensamiento único, siga denigrando la institución familiar y promoviendo otros tipos de unión, que son opuestos y no comparables, a las peculiaridades de la verdadera familia.

El derecho a tener hijos y a percibir ayudas sociales del Gobierno para criarlos, no puede ser aplastado por los Gobiernos, ni siquiera en nombre de los deseos privados, de algunos grupos sociales. Formar una familia y tener hijos es una cosa buena, lógica y natural, que se equilibra con los momentos de alegría, de sano orgullo, de esperanzas, de dolor, de desilusiones, de trabajo, etc.

La maternidad ha entrado en una crisis profunda, a medida que está cambiando el concepto de familia, lo que origina que los países occidentales, se despueblan. La Ideología de Género lo impregna todo, incluso el concepto determinante de la maternidad. El peor miedo, es el miedo a tener miedo. No hay que tener miedo, a no ser esclavos de la corrección política, ni a ser amigos de las verdades, que siempre han soportado el concepto de la familia.

La dictadura del pensamiento único del grupo LGTB está tan atrincherada, que quienes se atreven a desafiarlo, se encuentran fuera del ámbito de la cortesía y de la educación social. Teniendo en cuenta la gravedad de los nuevos dogmas de la corrección política, de la ideología dominante y la presión de las leyes de los grupos LGTB, los que no se someten a su dictadura, pueden incurrir hasta en penas legales.

Situaciones actuales contradictorias: Occidente metido de lleno en un invierno demográfico, con una media de 1,30 hijos por mujer. China con una ley que prohibía a las mujeres tener más de 1 hijo, hasta ahora que la han ampliado a poder tener 2 hijos. Inglaterra con un castigo económico, a quien tenga en el futuro inmediato, más de 2 hijos.

Conclusiones: Piensen que con el importe de la pensión, que le pagará el gobierno cuando Vd. se jubile, no le llegará para poder vivir, haya cotizado lo que haya cotizado. Para esas fechas, tendrá que tener ahorrado, una cantidad considerable de dinero, según el tipo de vida futura que quiera tener. Lo adecuado es comprar un plan de jubilación, desde el momento que empieza a trabajar. Calcule que aproximadamente, suelen ser más de 40 años de trabajo cotizando y 25 años posteriores de cobro de pensión. Haga los números con un profesional de los seguros y las finanzas, y obre en consecuencia, pues la realidad, aunque sea cruel, es la realidad.

francisco@micumbre.com

 

La dignidad de una democracia

Se puede aceptar una limosna con toda dignidad y lucrar una subvención, cobrar unos dineros por un trabajo ficticio u obtener una prebenda bancaria, con absoluta indignidad.

Apoyar causas nobles y ayudar a la consecución de fines en beneficio de la sociedad es digno. Es indigno respaldar dictaduras que matan la libertad, sean del color que sean y estén en la geografía que estén.

Es digna la laboriosidad que consigue honradamente crear puestos de trabajo y empresas que contribuyen al florecimiento de la economía. Es indigno pretender justificar persecuciones políticas, discriminaciones ideológicas o cambios repentinos de estatus personales.

Aunque el concepto de la propia dignidad o de la indignidad personal es algo subjetivo, existen parámetros y valoraciones objetivas que están en la mente de todos los demócratas y que permiten un juicio más o menos acertado de colectivos y de la propia sociedad, en el seno de la cual, se dan ciertos hechos que algunos pueden llegar a calificar de indignos desde una óptica populista y sectaria.

Por suerte la dignidad de una democracia, se basa en las actitudes y en los valores de la persona y va mucho más allá del pobre concepto que algunos puedan tener de lo digno y de lo indigno.

Valentín Abelenda Carrillo

 

La batalla educativa comienza

La noticia de la suspensión del festival educativo “Ven y verás” producía una profunda desazón en no pocas personas. No solo por lo genial de la idea originaria de la delegación de educación de la diócesis de Getafe –una diócesis puntera hoy en España en muchos ámbitos-, sino por la frescura de la propuesta y la originalidad bien articulada. Tenía todas las claves de un éxito seguro en cuanto a participación y expresión de la alegría cristiana. Una fiesta de la vocación educadora.

Por más que nos empeñemos en lo contrario, la necesidad de símbolos sociales públicos de vocación y misión de la educación católica en nuestra sociedad es hoy una prioridad. Si, como parece, han sido los criterios de oportunidad política los que han frustrado la iniciativa, es un primer mal síntoma de cómo se va a afrontar la inminente batalla educativa que nos espera. Como decía Chesterton, “un verdadero soldado no lucha porque tenga algo que odia delante de él; lucha porque tiene algo que ama detrás”.

Además, hay una contradicción interna en la argumentación. No se quiere que el acto se entienda como una manifestación de fuerza política, en clave política, y se suspende por un criterio de prevención ante una reacción a una visión política del acto, que no es la que está en su naturaleza. ¿O por qué si no?

No nos engañemos. Es un lugar común que la ley educativa que está en el “congelador”, y que suponemos se pondrá en marcha en cuanto se constituya el nuevo gobierno, va en la línea de disminuir libertad de educación ahogándola poco a poco en sus distintos aspectos (clases de religión, colegios concertados, educación especial...).

Enric Barrull Casals

 

 

Un día para la alegría

En algunas localidades, en muchas,  con motivo de la celebración del Corpus Christi, las calles por donde discurre la procesión con el Santísimo están tapizadas con flores primorosamente dispuestas por los fieles. Y es que el Corpus es la fiesta que expresa en nuestras calles y plazas la alegría por la cercanía inaudita de Dios, una cercanía que es también Palabra y Luz para nuestras preguntas humanas. Por el contrario, cuando se desliga al hombre de Dios se termina por desligar de la ética muchas parcelas del quehacer humano: ciencia, comunicaciones sociales, economía, política.

En un momento de preocupación por nuestra convivencia social y de incertidumbre ante los conflictos que afligen a tantos pueblos de la tierra, esta fiesta, la del Corpus Christi, arroja luz y siembra esperanza en la ciudad común. Nos mueve al perdón y a la solidaridad, nos llama a acoger al diferente, nos recuerda que existe una Luz que supera cualquier oscuridad.

José Morales Martín

 

 

¿Qué elegimos y a qué nos obligan?

 

                                Hoy veintiocho de abril del dos mil diecinueve en España; son las ocho de la mañana y dentro de una hora, se abrirán las puertas y “las urnas”, donde podremos elegir… ¿el qué y a quién?; aún no sé si votaré o no, ¿para qué? Llevo cuarenta años votando y el resultado es que “cada vez vamos peor”; no obstante y puede que por última vez, voy a votar; participando en este, “inmenso teatro”, donde la realidad, es como en el resto de escenarios teatrales; “la realidad está fuera de la escena que representamos la inmensidad de marionetas que lo conformamos, o nos hacen conformar en este carnaval democrático”. Veamos el porqué de estas tristes certidumbres a que llego tras reflexionar.

                                Primero de todo, es mentira que elijamos individuos que nos representen; nos obligan a elegir “lotes”, que seleccionados por las camarillas que dirigen los que dominan dictatorialmente los partidos, que ya los seleccionan, como miembros de obediencia ciega a las consignas que vendrán de, “ni sabemos dónde”; tienen que someterse a esa tiranía y por descontado que olvidarán todo lo demás; ya que en definitiva, a lo que van es “a vivir de la política; a nutrir su panza y su bolsillo y aspirando, a lograr metas quizá inconfesables por cuanto, les ciegue la ambición”; que es lo que hemos visto, ocurre mucho más acentuado en la nueva época, que nos dicen “democrática”, pero que por cuanto digo y mucho más que se puede añadir… no lo es.

                                Tal y como se presenta la “muy revuelta y descontenta” situación del “españolito de a pie”; intuyo, que el resultado de esta votaciones, va a ser, una  “gran menestra”, de componentes múltiples, que como “jauría ansiosa de poder”, irán a trincar lo máximo que de él puedan, para repartírselo como hasta aquí; o sea, como mejor les venga en gana, que es lo que han hecho anteriormente; los problemas de España, quedarán olvidados, incluso la mayoría de promesas que y como siempre, hayan hecho los que sin pudor alguno, “mienten más que hablan”.

                                El poder se traduce al dinero público a controlar y administrar, según convenga a los que lo logren; o sea tener a mano dinero cuanto más mejor.

                                Por descontado que no harán lo que deben; y que a mi entender es ir ya preparados a la primera reunión nacional, bien documentados; y con los verdaderos problemas de los españoles (“España somos los españoles y eso no lo quieren saber los inútiles que nos gobiernan”) y plantear en el parlamento, la solución por orden de prioridades, que no soy yo el que tiene que decirlas; pagamos con nuestros impuestos, a muchos miles de técnicos, que deben saberlas y si no las saben, que los echen y pongan a los que de verdad, sepan aportar soluciones.

                                Pero como ocurre siempre, cada cual, “tirará de la manta y la rajará sin remordimiento alguno, sin responsabilidad y como siempre, a pagar nosotros, los siempre indefensos pagadores de impuestos, que somos “la masa de siempre”.

                                Como siempre ocurre, la mayoría que consiga, “un cacho del negocio”, dirá y con razón, que ha ganado; puesto que en realidad los que dicen y aplauden esas victorias; han ganado “el chollo”, que les va a permitir vivir como ni soñaron la mayoría de ellos… “y esa es la partidocracia que no democracia, que en nada se parece a la que dejará escrita Montesquieu o Varón de Secondat, q.e.p.d.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

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