Las Noticias de hoy 22 Junio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 22 de junio de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

“La teología después de ‘Veritatis gaudium’ en el contexto del Mediterráneo” – Discurso del Papa

Congreso sobre Teología en Nápoles: Mensaje del Patriarca Ecuménico de Constantinopla

“Jueguen al diálogo” contra el bullying – Videomensaje del Papa a los jóvenes de Scholas Occurrentes

SANTOS JUAN FISHER Y TOMÁS MORO, MÁRTIRES*: Francisco Fernandez Carbajal

“¡Si los cristianos supiésemos servir!”: San Josemaria

Soluciones milenial para los problemas mundiales

Tema 12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia católica

Comentario al Evangelio: “Dadles vosotros de comer”

DOMINGO SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO: + Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres 

Corpus Christi: gran lección de combatividad de la Iglesia: Plinio Corrêa de Oliveira

La Isla, una película con ética: Daniel Tirapu

Nuestros curas: + José María Gil Tamayo. Obispo de Ávila

Redes sociales, instrumentos para reforzar la fe: Silvia del Valle Márquez

El bien de los hijos: la paternidad responsable (I): T. Melendo

“Varón y mujer los creó”: Informe sobre el documento del Vaticano sobre la ideología de género: Justo Aznar

23 millones de niñas: Enric Barrull Casals

El Iftar de Alí Evsen: Suso do Madrid

La selección por el sexo y el aborto: José Morales Martín

España: “Muertos, muertos y sus muertos”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

ROME REPORTS

 

 

 

“La teología después de ‘Veritatis gaudium’ en el contexto del Mediterráneo” – Discurso del Papa

Pontificia Facultad de Teología del sur de Italia, Nápoles

junio 21, 2019 16:50RedacciónPapa y Santa Sede

El Santo Padre Francisco se ha desplazado esta mañana a Nápoles para participar en el encuentro organizado por la Pontificia Facultad de Teología del sur de Italia – Sección de San Luis: “La teología después de Veritatis gaudium en el contexto del Mediterráneo “(20-21 de junio de 2019).

El Papa Francisco fue recibido por el cardenal arzobispo de Nápoles y Gran Canciller de la Facultad Pontificia, Crescenzio Sepe, el obispo de Nola, S.E. Mons. Francesco Marino, el Superior General de la Compañía de Jesús, Padre Arturo Sosa Abascal, S.I,  el Vicecanciller de la Facultad y Superior Provincial de los Jesuitas, Padre Gianfranco Matarazzo, S.I., el Decano de la Facultad, don Gaetano Castello, el vicepresidente, Padre Giuseppe Di Luccio, S.I., el Superior de la Comunidad, Padre Domenico Marafioti, S.I., y por el Rector del Pontificio Seminario de Campania, el Padre Francesco Beneduce, S.I.
La sesión pública del encuentro tuvo lugar en la plaza frente a la Facultad. Después de  las intervenciones del segundo día de los trabajos, el Santo Padre pronunció el discurso que publicamos a continuación.

***

Discurso del Papa Francisco

Queridos estudiantes y profesores,
Señores cardenales

Me complace encontrarme hoy con vosotros y participar en este congreso. Devuelvo de todo corazón el saludo del querido hermano, el Patriarca Bartolomé, un gran precursor de la Laudato si’ –precursor desde hace años- que ha querido contribuir a la reflexión con su mensaje personal. Gracias, Bartolomé, hermano querido.

El Mediterráneo es desde siempre lugar de tránsito, de intercambios y, en ocasiones, también de conflicto. Conocemos tantos. Este lugar plantea hoy una serie de cuestiones a menudo dramáticas. Se pueden traducir en algunas de las preguntas que nos hicimos en la reunión interreligiosa de Abu Dabi: ¿Cómo podemos custodiarnos mutuamente en la única familia humana? ¿Cómo alimentar una convivencia tolerante y pacífica que se traduzca en auténtica fraternidad? ¿Cómo hacer que prevalezca en nuestras comunidades la acogida del otro y de los que son diferentes a porque pertenecen a una tradición religiosa y cultural diferente de la nuestra? ¿Cómo pueden las religiones ser caminos de hermandad en lugar de muros de separación? Estas y otras preguntas piden ser interpretadas en varios niveles, y requieren un compromiso generoso de escucha, estudio e intercambio de ideas para promover procesos de liberación, de paz, de fraternidad y de justicia. Tenemos que convencernos: se trata de poner en marcha procesos, no de hacer definiciones de espacios, de ocupar espacios. Poner en marcha procesos.

Una teología de la acogida y el diálogo

Durante este congreso, habéis analizado primero las contradicciones y dificultades en el espacio del Mediterráneo, y luego os habéis interrogado sobre las mejores soluciones. En este sentido, os preguntáis qué teología es apropiada para el contexto en el que vivís y trabajáis. Yo diría que la teología, particularmente en este contexto, está llamada a ser una teología de la acogida y a desarrollar un diálogo  sincero con las instituciones sociales y civiles, con la universidad y los centros de investigación, con los líderes religiosos y con todas las mujeres y hombres de buena voluntad, para construir en la paz de una sociedad inclusiva y fraterna y también para la custodia de la creación.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/SFO1777-413x275.jpg

Cuando el Proemio de Veritatis gaudium menciona la profundización del kerygma y el diálogo como criterios para renovar los estudios, se quiere decir  que están al servicio del camino de una Iglesia que coloca cada vez más la evangelización en el centro.  No la apologética, no los manuales, -como hemos escuchado-: evangelizar. En el centro está la evangelización, que no significa proselitismo. En el diálogo con las culturas y las religiones, la Iglesia anuncia la Buena Nueva de Jesús y la práctica del amor evangélico que predicaba como una síntesis de toda la enseñanza de la Ley, de las visiones de los Profetas y de la voluntad del Padre. El diálogo es ante todo un método de discernimiento y de anuncio de la Palabra de amor que se dirige a cada persona y que, en el corazón de cada persona, desea morar. Solo escuchando esta Palabra y en la experiencia del amor que comunica se puede discernir la realidad del kerygma. El diálogo, entendido de esta manera, es una forma de acogida.

Me gustaría reiterar que “el discernimiento espiritual no excluye los aportes de sabidurías humanas, existenciales, psicológicas, sociológicas o morales. Pero las trasciende. Ni siquiera le bastan las sabias normas de la Iglesia. Recordemos siempre que el discernimiento es una gracia.-un don- […] En definitiva, el discernimiento conduce a la fuente misma de la vida que no muere, es decir, ” conocer al Padre, el único Dios verdadero y al que ha enviado Jesucristo” (Jn 17, 3) “(Exhortación ap. .Gaudete et exsultate, 170).

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/SFO2499-355x533.jpg

Las escuelas de teología se renuevan con la práctica del discernimiento y con un modo de proceder dialógico capaz de crear un clima correspondiente de práctica espiritual e intelectual. Se trata de un diálogo tanto en el planteamiento de los problemas como en la búsqueda juntos de las vías de solución. Un diálogo capaz de integrar el criterio vivo de la Pascua de Jesús con el movimiento de analogía, que lee en la realidad, en la creación y en la historia, nexos, signos y referencias teológicas. Esto comporta la asunción hermenéutica del misterio del camino de Jesús que lo lleva a la cruz, a la resurrección y al don del Espíritu. Asumir esta lógica jesuana y pascual es indispensable para comprender cómo la realidad histórica y creada es interpelada por  la revelación del misterio del amor de Dios. De ese Dios que en la historia de Jesús se manifiesta -cada vez y dentro de cada contradicción- más grande en el amor y en la capacidad de recuperar el mal.

Ambos movimientos son necesarios, complementarios: un movimiento de lo bajo a lo alto que puede dialogar, con un sentido de escucha y discernimiento, con cada instancia humana e histórica, teniendo en cuenta todo el grosor de lo humano; y un movimiento de lo alto a lo bajo, donde “lo alto” es el de Jesús levantado en la cruz, que permite, al mismo tiempo, discernir las señales del Reino de Dios en la historia y comprender proféticamente las señales del anti-Reino que desfiguran el alma y la historia humana. Es un método que permite, en una dinámica constante, confrontar cada instancia humana y captar qué luz cristiana ilumine los pliegues de la realidad y qué energías está despertando el Espíritu del Crucificado Resucitado, de vez en vez, aquí y ahora.

La forma dialógica de proceder es el camino de llegar allí donde se forman los paradigmas, las maneras de sentir, los símbolos, las representaciones de las personas y de los pueblos, digamos. Llegar allí, como “etnógrafos espirituales” del alma de los pueblos, para poder dialogar en profundidad y, si es posible, contribuir a su desarrollo con el anuncio del Evangelio del Reino de Dios, cuyo fruto es la maduración de una fraternidad cada vez mayor,  dilatada e inclusiva. Diálogo y anuncio del Evangelio que puede llevarse a cabo de la manera descrita por Francisco de Asís en la Regla no bulada, poco después después de su viaje por  el Mediterráneo oriental. Para Francisco hay una primera forma en que  simplemente se vive como cristianos: ” Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios  y confiesen que son cristianos. ” (XVI: FF 43). Luego hay una segunda forma en que, siempre dócil a las señales y a la acción del Señor resucitado y a su Espíritu de paz, la fe cristiana se anuncia como una manifestación en el amor de Jesús por Dios por todos los hombres. Me impresiona tanto aquel consejo de Francisco a los frailes: “Predicad el Evangelio; si fuera necesario también con las palabras”. ¡Es el testimonio!.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/SFO6316-413x275.jpg

Esta docilidad al Espíritu implica un estilo de vida y de anuncio sin espíritu de conquista, sin la voluntad de hacer proselitismo -¡es la peste!- y sin una intención agresiva de refutación. Una modalidad que entra en diálogo “desde dentro” con los hombres y con sus culturas, sus historias, sus diferentes tradiciones religiosas; una modalidad que, en consonancia con el Evangelio, también incluye el testimonio hasta el sacrificio de la vida, como lo demuestran los ejemplos luminosos de Charles de Foucauld, de los monjes de Tibhirine, el obispo de Oran Pierre Claverie y de tantos hermanos y hermanas que, con la Gracia de Cristo, fueron fieles con mansedumbre y humildad y murieron con el nombre de Jesús en sus labios y la misericordia en sus corazones. Y aquí pienso  en la no violencia como horizonte y saber del mundo, al que la teología debe mirar como elemento constitutivo propio. Los escritos y las prácticas de Martin Luther King y Lanza del Vasto y otros “artesanos” de la paz nos ayudan aquí. Nos ayuda y alienta la memoria del beato Giustino Russolillo, que fue alumno de esta Facultad, y de Don Peppino Diana, el joven párroco asesinado por la Camorra, que también estudió aquí. Y me gustaría mencionar aquí un síndrome peligroso, que es el “síndrome de Babel”. Nosotros pensamos que el “síndrome de Babel” sea la confusión que se origina en no entender lo que dice el otro. Este es el primer paso. Pero el verdadero “síndrome de Babel”, es el de no escuchar lo que dice el otro y creer que yo sé lo que el otro piensa y lo que el otro dirá. ¡Esto es la peste!

Ejemplos de diálogo para una teología de la acogida

“Diálogo” no es una fórmula mágica, pero ciertamente la teología se ayuda en su renovación cuando se asume seriamente, cuando se fomenta y favorece entre profesores y estudiantes, así como con otras formas de conocimiento y con otras religiones, especialmente el judaísmo y el islam. Los estudiantes de teología tendrían que educarse al diálogo con el judaísmo y el islamismo para comprender las raíces comunes y las diferencias de nuestras identidades religiosas, y así contribuir más eficazmente a construir una sociedad que aprecia la diversidad y favorece el respeto, la fraternidad y la convivencia pacífica.

Educar a los estudiantes a esto. Yo estudié en la época de la teología decadente, de la escolástica decadente, en la época de los manuales. Entre nosotros había una broma, todas las tesis teológicas se probaban con este esquema, un silogismo: 1. Las cosas parecen ser así. 2. El catolicismo siempre tiene la razón. 3. Ergo … O sea, una teología de tipo defensivo, apologética, incluida en un manual. Bromeábamos así pero eran las cosas que nos presentaban en aquella época de escolástica decadente.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/06/SFO2140-413x275.jpg

Buscar una convivencia pacífica y dialógica. Ayer, el cardenal de Colombo me decía: “Después de hacer lo que tenía que hacer, me di  cuenta de que un grupo de gente,  cristianos, querían ir al barrio  de los musulmanes para matarlos”. “Invité al Imam conmigo, en el coche, y fuimos juntos allí para convencer a los cristianos de que somos amigos,  de que  aquellos eran extremistas, que no son de los nuestros”. Esta es una actitud de cercanía y diálogo. Con los musulmanes estamos llamados a dialogar para construir el futuro de nuestras sociedades y de nuestras ciudades; estamos llamados a considerarlos partnerspara construir una coexistencia pacífica, incluso cuando haya episodios terribles a mano de grupos fanáticos enemigos del diálogo, como la tragedia de la Pascua pasada en Sri Lanka. Formar a los estudiantes para dialogar con los judíos implica educarlos en el conocimiento de su cultura, de su forma de pensar, de su lengua, para comprender y vivir mejor nuestra relación en ámbito religioso. En las facultades de teología y en las universidades eclesiásticas se deben fomentar los cursos de  lengua y cultura árabe y hebrea, así como el entendimiento mutuo entre estudiantes cristianos, judíos y musulmanes.

Me gustaría dar dos ejemplos concretos de cómo el diálogo que caracteriza a una teología de la acogida puede aplicarse a los estudios eclesiásticos. En primer lugar, el diálogo puede ser un método de estudio, así como de enseñanza. Cuando leemos un texto, dialogamos con él y con el “mundo” del cual es una expresión; y esto también se aplica a los textos sagrados, como la Biblia, el Talmud y el Corán. A menudo, además, interpretamos un texto particular en diálogo con otros de la misma época o de diferentes épocas. Los textos de las grandes tradiciones monoteístas en algunos casos son el resultado de un diálogo entre ellas. Se pueden dar casos de textos que están escritos para responder a preguntas sobre cuestiones importantes de la vida planteados por textos que los precedieron. Esta es también una forma de diálogo.

El segundo ejemplo es que el diálogo se puede cumplir como hermenéutica teológica en un tiempo y lugar específicos. En nuestro caso: el Mediterráneo a principios del tercer milenio. No es posible leer este espacio de manera realista si no es en diálogo y como un puente -histórico, geográfico, humano- entre Europa, África y Asia. Es un espacio en el que la ausencia de paz ha producido múltiples desequilibrios regionales y mundiales, y cuya pacificación, a través de la práctica del diálogo, podría, en cambio, contribuir en gran medida a iniciar procesos de reconciliación y paz. Giorgio La Pira nos diría que se trata, para la teología, de contribuir a construir en toda la cuenca mediterránea una “gran tienda de paz”, donde los diferentes hijos del padre común Abraham pueden vivir juntos en mutuo respeto. No olvidar al padre común.

Una teología de la acogida es una teología de la escucha

El diálogo como hermenéutica teológica presupone e implica la escucha consciente. Esto significa también escuchar la historia y las vivencias de los pueblos que se asoman al espacio mediterráneo para poder descifrar los eventos que conectan el pasado con el presente y captar las heridas junto con su potencial. En particular, se trata de comprender la forma en que las comunidades cristianas y las existencias proféticas individuales han conocido, incluso recientemente, encarnando la fe cristiana en contextos a veces de conflicto, coexistencia minoritaria y plural con otras tradiciones religiosas.

Esta escucha debe ser profundamente interna a las culturas y los pueblos también por otra razón. El Mediterráneo es precisamente el mar del mestizaje, -si no entendemos el mestizaje, no entenderemos nunca el Mediterráneo-, un mar cerrado geográficamente con respecto a los océanos, pero culturalmente siempre abierto al encuentro, al diálogo y la inculturación mutua. No obstante, hay una necesidad de narraciones renovadas y compartidas que, -a partir de  la escucha de  las raíces y del presente – hablen al corazón de las personas, narraciones en las que sea posible reconocerse de manera constructiva, pacífica y generadora de esperanza.

La realidad multicultural y multirreligiosa del nuevo Mediterráneo se forma con estas narraciones, en el diálogo que viene de la escucha de las personas y de los textos de las grandes religiones monoteístas, y sobre todo de la escucha de los jóvenes. Pienso en los estudiantes de nuestras facultades de teología,  o de las universidades “laicas” o de otras inspiraciones religiosas. “Cuando la Iglesia – y, podemos agregar, la teología – abandona esquemas rígidos y se abre a la escucha disponible y atenta de los jóvenes, esta empatía la enriquece, porque “permite que los jóvenes den su aportación a la comunidad, ayudándola a abrirse a nuevas sensibilidades y plantearse preguntas “inéditas” (Exh. ap. postsin. Christus vivit, 65).A captar nuevas sensibilidades: este es el reto.

La profundización del kerygma se hace con la experiencia de diálogo que nace de la escucha y que genera comunión. El mismo Jesús anunció el reino de Dios dialogando con cada tipo y categoría de personas del judaísmo de su tiempo: con los escribas, los fariseos, los doctores de la ley, los recaudadores de impuestos, los eruditos, los simples, los pecadores. A una mujer samaritana, le reveló, escuchando y dialogando, el don de Dios y su propia identidad: le abrió el misterio de su comunión con el Padre y de la sobreabundante plenitud que fluye de esta comunión. Su escucha divina del corazón humano abre este corazón para acoger a su vez la plenitud del amor y la alegría de la vita. No se pierde nada con el diálogo. Siempre se gana. Con el monólogo perdemos todos, todos..

Una teología interdisciplinaria.

Una teología de la acogida que, como método interpretativo de la realidad, adopta el discernimiento y el diálogo sincero, necesita teólogos que sepan cómo trabajar juntos y de forma interdisciplinaria, superando el individualismo en el trabajo intelectual. Necesitamos teólogos (hombres y mujeres, presbíteros, laicos y religiosos) que, en un profundo arraigo histórico y eclesial y, al mismo tiempo, abiertos a las inagotables innovaciones del Espíritu, sepan cómo escapar de la lógica autorreferencial, competitiva y, de hecho, cegadora que a menudo también existen en nuestras instituciones académicas y escondidas, tantas veces, entre las escuelas teológicas.

En este camino continuo de salir de uno mismo y encontrarse con el otro, es importante que los teólogos sean hombres y mujeres compasivos,- lo subrayo: que sean hombres y mujeres compasivos-  tocados por la vida oprimida de muchos, por la esclavitud de hoy, por las heridas sociales, por la violencia, por las guerras y de las enormes injusticias sufridas por tantos pobres que viven en las orillas de este “mar común”. Sin comunión y sin compasión, nutrida constantemente por la oración, -esto es importante: se puede hacer teología solamente “de rodillas”- la teología no solo pierde su alma, sino que pierde su inteligencia y su capacidad para interpretar la realidad de una manera cristiana. Sin compasión, sacada del Corazón de Cristo, los teólogos corren el riesgo de verse tragados en la condición de privilegio de aquellos que se sitúan prudentemente fuera del mundo y no comparten nada arriesgado con la mayoría de la humanidad. La teología de laboratorio, la teología pura y “destilada”, destilada como el agua, el agua destilada, que no tiene sabor.

Me gustaría poner un ejemplo de cómo la interdisciplinariedad que interpreta la historia puede ser una profundización del kerygma y, si está animada por la misericordia, puede estar abierta a la transdisciplinariedad. Me refiero en particular a todas las actitudes agresivas y guerreras que han marcado la manera de habitar el espacio mediterráneo de los pueblos que se llamaban a sí mismos cristianos. Aquí hay que mencionara sea las actitudes y prácticas coloniales que tanto han plasmado  la imaginación y las políticas de estos pueblos que las justificaciones de todo tipo de guerras, y todas las persecuciones cometidas en nombre de una religión o una supuesta pureza racial o doctrinal. También nosotros hemos sido persecutores. Recuerdo que en la Chanson de Roland, después de ganar la batalla, los musulmanes estaban en fila, todos, frente a la pila del bautismo, a la pila bautismal. Había uno con una espada allí. Y los hacían elegir: ¡o te bautizas o adiós! Te vas al otro barrio.. O el bautismo o la muerte. Hemos hecho esto. Respecto a esta historia compleja y dolorosa, el método del diálogo y de la escucha, guiado por el criterio evangélico de la misericordia, puede enriquecer enormemente el conocimiento y la relectura interdisciplinarios, y resaltar también, en contraste, las profecías de paz que el Espíritu no ha dejado nunca de despertar.

La interdisciplinariedad como criterio para la renovación de la teología y los estudios eclesiásticos implica el compromiso de revisitar y re-interrogar continuamente la tradición. ¡Revisitar la tradición! Y reinterrogar. En efecto, la escucha como teólogos cristianos no se produce desde la nada, sino desde una herencia teológica que, -precisamente dentro del espacio mediterráneo-, hunde sus raíces en las comunidades del Nuevo Testamento, en la rica reflexión de los Padres y en múltiples generaciones de pensadores y testigos.  Es esa tradición viva llegada a nosotros la que puede contribuir a iluminar y descifrar muchas cuestiones contemporáneas. Con la condición, sin embargo, de que siempre se relea con una voluntad sincera de purificar la memoria, es decir, sabiendo discernir cuánto ha sido vehículo de la intención original de Dios, revelada en el Espíritu de Jesucristo, y cuánto, en cambio, haya sido infiel a esta intención misericordiosa y salvadora. No olvidemos que la tradición es una raíz que nos da vida:  nos transmite la vida para que podamos crecer y florecer, fructificar. A menudo pensamos en la tradición como un museo. ¡No! La semana pasada, o la otra, leí una cita de Gustav Mahler que decía: “La tradición es la garantía del futuro, no la guardiana de las cenizas”. Es hermoso Vivamos la tradición como un árbol que vive, que crece. Ya en el siglo V, Vicente de Lérins lo entendía muy bien: el crecimiento de la fe, de la tradición, con estos tres criterios: annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate. ¡Es la tradición¡ ¡Pero sin tradición no puedes crecer!  La tradición para crecer, como la raíz para el árbol.

Una teología en  red.

La teología después de Veritatis gaudium es una teología en la red y, en el contexto del Mediterráneo, en solidaridad con todos los “náufragos” de la historia. En la tarea teológica que nos espera, recordamos a San Pablo y el camino del cristianismo primitivo que une a Oriente con Occidente. Aquí, muy cerca de donde desembarcó Pablo, no se puede olvidar que los caminos del Apóstol estuvieron marcados por críticas como en el naufragio en el centro del Mediterráneo (Hechos 27: 9ff). Naufragio que nos hace pensar en el de Jonás. Pero Pablo no huye, y puede incluso pensar que Roma es su Nínive. Puede pensar en corregir la actitud derrotista de Jonás redimiendo su huida. Ahora que el cristianismo occidental ha aprendido de muchos errores y problemas críticos del pasado, puede regresar a sus fuentes con la esperanza de poder dar testimonio de la Buena Nueva a los pueblos del oriente y del occidente, del norte y del sur. La teología – manteniendo la mente y el corazón fijos en el “Dios misericordioso y compasivo” (cf. Gen 4,2) – puede ayudar a la Iglesia y la sociedad civil a reanudar el camino en compañía de muchos náufragos, alentando a las poblaciones mediterráneas a rechazar cualquier tentación de reconquista y cierre de identidad. Ambas nacen, se alimentan y crecen del miedo. No se puede hacer teología en un clima de miedo.

El trabajo de las facultades de teología y de las universidades eclesiásticas contribuye a la edificación  de una sociedad justa y fraterna, en la que el cuidado de la creación y la construcción de la paz son el resultado de la colaboración entre instituciones civiles, eclesiales e interreligiosas. Es ante todo una obra en la “red evangélica”,  es decir, en comunión con el Espíritu de Jesús, que es el Espíritu de paz, el Espíritu de amor que actúa en la creación y en los corazones de los hombres y ñas mujeres de buena voluntad de todas las razas, culturas y religiones… Al igual que el lenguaje utilizado por Jesús para hablar sobre el Reino de Dios, así, de manera similar, la interdisciplinariedad y el trabajo en red hacen posible favorecer el discernimiento de la presencia del Espíritu del Resucitado en la realidad. Partiendo de la comprensión de la Palabra de Dios en su contexto mediterráneo original, es posible discernir los signos de los tiempos en nuevos contextos.

La teología después de “Veritatis gaudium” en el contexto del Mediterráneo

He subrayado mucho Veritatis gaudium. Quisiera dar las gracias aquí, porque está presente, a Mons. Zani, que fue uno de los artífices de ese documento. ¡Gracias! ¿Cuál es entonces la tarea de la teología después de Veritatis gaudium en el contexto del Mediterráneo? Yendo al punto ¿cuál es la tarea? Debe sintonizarse con el Espíritu de Jesús Resucitado, con su libertad de recorrer el mundo y de llegar a las periferias, incluso a las de los pensamientos. A los teólogos toca siempre la tarea de alentar el encuentro de las culturas con las fuentes de la Revelación y la Tradición. Las antiguas arquitecturas del pensamiento, las grandes síntesis teológicas del pasado son minas de sabiduría teológica, pero no pueden aplicarse mecánicamente a las cuestiones actuales. Se trata de atesorarlas para encontrar nuevos caminos. Gracias a Dios, las primeras fuentes de teología, es decir, la Palabra de Dios y el Espíritu Santo, son inagotables y siempre fructíferas; por lo tanto, se puede y se debe trabajar en la dirección de un “Pentecostés teológico”, que permita a las mujeres y hombres de nuestro tiempo escuchar “en su propia lengua” una reflexión cristiana que responda a su búsqueda de sentido y de vida plena. Para que esto suceda, son indispensables algunos presupuestos.

En primer lugar, es necesario partir del Evangelio de la misericordia, del anuncio hecho por el mismo Jesús y de los contextos originales de la evangelización. La teología nace en medio de seres humanos concretos, encontrados con la mirada y el corazón de Dios, que los busca con amor misericordioso. Hacer teología es también un acto de misericordia. Me gustaría repetir aquí, desde esta ciudad donde no solo hay episodios de violencia, sino que conserva muchas tradiciones y muchos ejemplos de santidad, -así como una obra maestra de Caravaggio sobre las obras de misericordia y el testimonio del santo doctor Giuseppe Moscati- quisiera repetir lo que escribí a la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina: « También los buenos teólogos, como los buenos pastores, huelen a pueblo y a calle y, con su reflexión, derraman ungüento y vino en las heridas de los hombres. Que la teología sea expresión de una Iglesia que es «hospital de campo», que vive su misión de salvación y curación en el mundo. La misericordia no es sólo una actitud pastoral, sino la sustancia misma del Evangelio de Jesús. Les animo a que estudien cómo, en las diferentes disciplinas – dogmática, moral, espiritualidad, derecho, etc. – se puede reflejar la centralidad de la misericordia. Sin misericordia, nuestra teología, nuestro derecho, nuestra pastoral, corren el riesgo de caer en la mezquindad burocrática o en la ideología, que por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio.”[1] La teología, por el camino de la misericordia, se defiende de domesticar el misterio.

En segundo lugar, se necesita una seria asunción de la historia dentro de la teología, como un espacio abierto al encuentro con el Señor. “La capacidad de vislumbrar la presencia de Cristo y el camino de la Iglesia en la historia nos hace humildes y nos aleja de la tentación de refugiarnos en el pasado para evitar el presente. Y esta ha sido la experiencia de tantos, tantos estudiosos, que han empezado, no digo ateos, pero algo agnósticos, y han encontrado a Cristo. Porque la historia no se podía entender sin esa fuerza. “.[2]

Es necesaria la libertad teológica. Sin la posibilidad de experimentar nuevos caminos, no se crea nada nuevo, y no queda espacio para la novedad del Espíritu del Resucitado: ” A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelioo “(Ex. ap. Evangelii gaudium, 40). Esto también significa una revisión adecuada de la ratio studiorum. Sobre la libertad de reflexión teológica haría una distinción. Entre los estudiosos, debemos avanzar con libertad; luego, en última instancia, será el magisterio el que diga algo, pero no se puede hacer una teología sin esta libertad. Pero al predicar al Pueblo de Dios, por favor, ¡no hagáis daño a la fe del Pueblo de Dios con cuestiones disputadas! Las cuestiones disputadas deben quedarse solamente entre los teólogos. Es vuestra tarea Pero al Pueblo de Dios es necesario darle la sustancia que alimenta la fe y que no la relativice.

Finalmente, es esencial dotarse de estructuras ligeras y flexibles, que manifiesten la prioridad otorgada a la acogida y al diálogo, al trabajo inter y trans- disciplinario y en la red. Los estatutos, la organización interna, el método de enseñanza, la organización de los estudios deberían reflejar la fisonomía de la Iglesia “en salida”. Todo debe orientarse en los horarios y en las formas destinadas a favorecer lo más posible la participación de aquellos que desean estudiar teología: además de seminaristas y religiosos, también los laicos y las mujeres sea laicas que religiosas. En particular, el aporte  que las mujeres están dando y pueden dar a la teología es indispensable y, por lo tanto, su participación debe apoyarse, como lo hace  esta Facultad, donde hay una buena participación de mujeres como profesoras y como estudiantes.

Este hermoso lugar, sede de la Facultad de Teología dedicada a San Luis, cuya fiesta se celebra hoy, sea el símbolo de una belleza para compartir, abierta a todos. Sueños con facultades de teología donde se viva la convivencia de las diferencias, donde se practique una teología del diálogo y la acogida; donde se experimente el modelo del poliedro del saber teológico en lugar del de  una esfera estática e incorpórea. Donde la investigación teológica sea capaz de promover un proceso de inculturación desafiante pero convincente.

Conclusión

Los criterios del Proemio de la Constitución Apostólica Veritatis gaudium son criterios evangélicos. El kerygma, el diálogo, el discernimiento, la colaboración, la red- yo agregaría la parresia, que ha sido citada como un criterio, que es la capacidad de estar en el límite, junto con el hypomoné, de tolerar, de estar en el límite para avanzar – son todos elementos y criterios que traducen la forma en que Jesús vivió y anunció el Evangelio y con el que también puede ser transmitido hoy por sus discípulos.

La teología después de Veritatis gaudium es una teología kerygmática, una teología del discernimiento, de la misericordia y de la acogida, que se coloca en diálogo con la sociedad, las culturas y las religiones para la construcción de la coexistencia pacífica de personas y pueblos. El Mediterráneo es la matriz histórica, geográfica y cultural de la acogida kerygmática practicada con el diálogo y la misericordia. Nápoles es un ejemplo y un laboratorio especial de esta investigación teológica ¡Buen trabajo!

***

[1] Carta del Santo Padre Francisco al Gran canciller de la Pontificia Universidad Católica Argentina en el centenario de la Facultad de Teología, 3 de marzo 2015 [2]Discurso a los participantes en el congreso de la Asociación de profesores de Historia de la Iglesia, 12 de enero de 2019

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Congreso sobre Teología en Nápoles: Mensaje del Patriarca Ecuménico de Constantinopla

“Hospitalidad evangélica” y reciprocidad

junio 21, 2019 17:49Anita BourdinEcumenismo y diálogo interreligioso

(ZENIT – 21 junio 2019).- El Patriarca Bartolomé recomienda la hospitalidad evangélica y desea que la acogida de las poblaciones migrantes en el mundo se realice respetando su sufrimiento y su dignidad, y respetando a los pueblos que los acogen. Es decir, el líder ortodoxo desea la elaboración de una “teología de la acogida”.

El Patriarca Ecuménico de Constantinopla envió un mensaje al padre Pino Di Luccio, vicedecano de la Facultad Pontificia de Teología del Sur de Italia (Sección San Luigi), Nápoles, para el congreso sobre “La Teología después de Veritatis Gaudium en el contexto mediterráneo” (20 -21 junio 2019).

Bartolomé, quien no pudo asistir al evento, agradeció al padre Di Luccio por su invitación y se alegra de la participación del Papa Francisco, apreciando “su” profundo compromiso con la salvaguarda de la persona humana y todo lo que lo rodea, un compromiso basado en el κοινωνία de la relación trinitaria”. Así, ha saludado al Papa Francisco y al Arzobispo de Nápoles, cardenal Crescenzio Sepe, a los organizadores y participantes.

Acogida e integración

“La acogida debe convertirse principalmente en una integración, pero nunca en un sincretismo”, insiste el patriarca Bartolomé, quien pide reciprocidad: “Si existe una necesidad de justicia global para muchos pueblos en movimiento, también existe la justicia de muchos pueblos que abren sus propias fronteras”. Existe el deber evangélico y humano de acoger a las personas en dificultad, pero también existe el deber de aquellos que son acogidos de respetar las tradiciones, las costumbres y la fe de aquellos que los acogen”.

Señala que “el Mare Nostrum, Μεσόγειος θάλασσα, (…) – el mar entre las tierras” es “la cuna de la historia, la civilización, las lenguas, las culturas y de las religiones capaces de las interconexiones y de los intercambios, que han guiado los procesos sociales de toda la región durante siglos, contribuyendo al crecimiento de los pueblos”.

Cita la contribución de las religiones a estas culturas: “Si bien el cristianismo, en su sentido oriental y occidental, jugó un papel fundamental después del edicto de Milán, el judaísmo y luego el Islam contribuyeron, alternando fases históricas, para encontrar vías de comunión y convivencia. La sucesión del Imperio Romano, las invasiones bárbaras, el Imperio Romano Oriental en Bizancio, el Imperio Otomano, nunca rompió la sinfonía de comunión “de los pueblos de la región,” a pesar de las tensiones nunca latentes”.

Eliminar las causas

Ahora, este mar se ha convertido recientemente, observa el Patriarca, “más bien en una frontera para no cruzar entre el norte y el sur del mundo, haciendo preguntas sobre el mismo concepto de acogida del extranjero, del cual el cristianismo es la máxima expresión, según la enseñanza de nuestro Maestro y Salvador”.

Recuerda la posición de la Iglesia ortodoxa expresada “durante el Santo y Gran Consejo de Creta en 2016”: dice su apego “al diálogo, y en particular a los cristianos no ortodoxos”.

Evoca los “nacionalismos” y los “fundamentalismos” del siglo XX. y “siempre presente en demasiadas partes de nuestro mundo”, las “tensiones que se encienden hoy para la acogida de los más débiles, de las personas expuestas a las tensiones sociales, económicas y climáticas” y plantean “nuevas preguntas sobre la Iglesia “así como los temas de “la globalización”y “los fenómenos extremos de violencia e inmigración” pero agrega que en este contexto, los cristianos han atacado las “causas” de la pobreza para “eliminar las causas que crean los problemas sociales”.

Un fenómeno mundial

No se trata sólo de la “asistencia”, dice el Patriarca, sino de “la verdad y la justicia”, que implica “la comprensión de las causas, cuidar de sus efectos y el testimonio fuerte del peligro que representa las antiguas y nuevas esclavitudes”.

Deplora los impresionantes flujos migratorios de “pueblos enteros o, peor aún, de generaciones completas” y “engendra una pobreza recrudecida en el hemisferio sur y los fenómenos de intolerancia por quienes deberían practicar la hospitalidad”.

Un fenómeno que afecta no solo a las poblaciones “de los países del continente africano que se dirigen hacia los países que bordean el Mar Mediterráneo”, sino también a “los países de América del Sur que se dirigen al norte”, “los países asiáticos a Oceanía “e incluso” dentro de Europa misma entre Oriente y Occidente”.

Es en este contexto, insiste Bartolomé, que toma toda su importancia el “compromiso primordial de las iglesias a favor de la justicia social”.

Y aquí es donde entra en juego la importancia de “crear presupuestos teológicos y antropológicos”, particularmente a través del trabajo de las universidades y los centros de estudio, para “crear una nueva toma de conciencia en el mundo”.

Para enfrentar las causas de la crisis, recomienda favorecer una “economía eco-sostenible, respetuosa con el medio ambiente”, recordando el “deber de entregar” el planeta “intacto a las generaciones futuras”, es decir “una economía que da dignidad al ser humano” en un mundo “libre de tensiones, libre de semilleros de guerra”, lejos del “egoísmo exagerado” y el “egocentrismo” de un pequeño número .

Se trata de una “economía de respeto por las peculiaridades de los pueblos y regiones” que puede “ayudar a mejorar la existencia de nuevas generaciones, a crear un nuevo intercambio, basado en el diálogo y la justicia, pero también en una verdad no manipulada “que puede” evitar o limitar “estos flujos migratorios.

Un exigencia evangélica

Deplora que “el concepto de hospitalidad” ya no sea “percibido por los pueblos cristianos” como una “exigencia evangélica” o un “ejemplo de fraternidad humana”, sino como una “invasión” de los pueblos por parte de otros pueblos, pero señala que este “concepto de invasión” es una constante de la historia: “Seguimos hablando de invasiones de persas, romanos, invasiones bárbaras, invasiones árabes, mongoles y turcas, blancos sobre los amerindios, la comunidad negra de Estados Unidos desarraigada en el pasado e incluso las invasiones nazis, soviéticas y otras hasta nuestros días”.

Pero advierte contra tales “sentimientos” en las iglesias: el patriarca invita “a considerar cuidadosamente la forma en que acogemos, por qué damos la bienvenida, pero especialmente cómo acoger, en el respeto de la población local”.

 

 

“Jueguen al diálogo” contra el bullying – Videomensaje del Papa a los jóvenes de Scholas Occurrentes

I Conferencia virtual sobre el acoso y el ciberacoso

junio 21, 2019 15:57Larissa I. LópezPapa y Santa Sede

(ZENIT – 21 junio 2019).- El Papa Francisco ha exhortado a los jóvenes a que “declaren la guerra al bullying” y “jueguen al diálogo”: “Jueguen por el caminar juntos, jueguen la paciencia del escuchar al otro. Entonces será una paz fuerte, y esa misma paz fuerte hará que descubran la propia dignidad, la propia dignidad”, matizó.

El Santo Padre ha enviado hoy, 21 de junio de 2019, un mensaje de video a los participantes en la primera conferencia en línea contra el bullying y el ciberacoso titulada “#StopCyberbullyingDay – 24h Scholas Talks”, organizada por WeZum, el Observatorio Internacional de la Juventud de la Fundación Scholas Occurrentes, en colaboración con Time4Child Cooperativa Social ONLUS, que tiene lugar hoy en Roma, en la sede de la Fundación en el Vaticano (plaza de San Calixto).

En dicho mensaje, el Pontífice ha transmitido a los jóvenes de Scholas que está al tanto del trabajo y el esfuerzo que supone realizar este tipo de encuentros.

Buscar la propia identidad

El Obispo de Roma también les ha comunicado que una de sus preocupaciones es que cada uno de ellos encuentre “su propia identidad”: “Encontrar la propia identidad es un camino, es un camino de diálogo, es un camino de reflexión, es un camino de interioridad”, señaló el Papa.

Francisco ha continuado indicando que una forma fácil de no recorrer dicho camino es la de agredir o disminuir la identidad de los demás, donde nace el bullying.

El bullying es un fenómeno de auto-compensación, de auto-valoración, pero no encontrándome yo, sino disminuyendo al otro para sentirme más alto. Es un aprender a mirar desde arriba a abajo y mal”, describió, y añadió que la única manera lícita de mirar desde arriba hacia abajo a otra persona es para ayudarle a levantarse.

Igualmente, el Papa ha señalado que las expresiones de bullying demuestran “la pobreza de la propia identidad de quien agrede, que necesita agredir para sentirse persona”.

Remedio contra el bullying

El Pontífice ha subrayado que la única manera de poner remedio a estos comportamientos “es el compartir, el convivir, el dialogar, el escuchar al otro, tomarse tiempo para caminar juntos, tomarse tiempo porque es el tiempo el que hace la relación”.

“No tengan miedo a dialogar: cada uno de nosotros tiene algo que dar al otro. Cada uno de nosotros tiene algo bueno para dar al otro, cada uno de nosotros necesita recibir algo bueno del otro. El diálogo, el diálogo que nos hace iguales no en la identidad -somos identidades diferentes-, nos hace iguales en el camino. Somos caminantes, iguales todos, todos caminamos, pero todos diferentes, pero todos en armonía”, explicó.

 

 

SANTOS JUAN FISHER Y TOMÁS MORO, MÁRTIRES*

Memoria

— Un testimonio de fe hasta el martirio.

— Fortaleza y vida de oración.

— Coherencia cristiana y unidad de vida.

I. En Inglaterra, en 1534, se exigió a todos los ciudadanos que hubieran alcanzado la edad legal que prestasen juramento al Acta de Sucesión, en la que se reconocía como matrimonio la unión de Enrique VIII y Ana Bolena. Se proclamaba el rey Jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, negando al Papa toda autoridad. Juan Fisher, Obispo de Rochester, y Tomás Moro, Canciller del Reino, se negaron a jurar el Acta, y fueron encarcelados en abril de 1534 y decapitados al año siguiente.

En un momento en que muchos se doblegaron a la voluntad real, su juramento habría pasado prácticamente inadvertido y hubieran conservado la vida, la hacienda y el cargo, como tantos otros1. Sin embargo, ambos fueron fieles a su fe hasta el martirio. Supieron dar la vida en aquel momento porque fueron hombres que vivieron su vocación día a día, dando testimonio de fe en cada jornada, a veces en asuntos que podrían parecer de escaso o de ningún relieve.

Tomás Moro es una figura muy cercana a nosotros, pues fue un cristiano corriente, que supo compaginar bien su vocación de padre de familia con la profesión de abogado y más tarde de Canciller, en una perfecta unidad de vida. Se encontraba en el mundo como en su propio hogar; amaba todas las realidades humanas que constituyen el entramado de su vida, donde Dios le quiso. Vivió al mismo tiempo un desprendimiento de los bienes y un amor a la Cruz tan grandes que puede decirse que ahí asentó toda su fortaleza.

Tomás Moro tenía costumbre de meditar cada viernes algún pasaje de la Pasión de Nuestro Señor. Cuando sus hijos o su mujer se quejaban por dificultades y contrariedades comunes, les decía que no podían pretender «ir al Cielo en un colchón de plumas» y les recordaba los sufrimientos que padeció Nuestro Señor, y que no es el siervo mayor que su dueño. Además de aprovechar las contrariedades para identificarse con la Cruz, Moro hacía otras penitencias. Algunos días llevaba, a flor de piel y oculta, una camisa de pelo áspero. Esta práctica la continuó durante su encarcelamiento en la Torre de Londres, a pesar del frío, humedad y privaciones de toda clase que pasó en aquellos largos meses2. Aquí, en la Cruz, encontró su fortaleza.

Nosotros, cristianos que siguen de cerca a Cristo en medio del mundo, dando testimonio, casi siempre callado, ¿encontramos las fuerzas en el desprendimiento de los bienes, en la mortificación diaria y en la oración?

II. Cuando Tomás Moro hubo de dimitir de su cargo de Lord Canciller, reunió a la familia para exponerles el futuro que les aguardaba y hacer previsiones económicas. «He vivido –dijo, resumiendo su carrera– en Oxford, en la hospedería de la Cancillería... y también en la Corte del rey..., desde lo más bajo a lo más alto. Actualmente dispongo de poco más de cien libras al año. Si tenemos que seguir juntos, todos deberemos aportar nuestra parte; pienso que lo mejor para nosotros es no descender de golpe al nivel más bajo». Y les sugiere un descenso gradual, recordándoles cómo uno puede vivir feliz en cada categoría. Y si ni siquiera pueden sostenerse en el nivel más bajo, el que vivió en Oxford, «entonces –les dice con paz y buen humor– todavía nos queda ir juntos a pedir limosna, con bultos y bolsas, y confiar en que alguna buena persona sienta compasión de nosotros (...), pero aun entonces nos mantendremos juntos, unidos y felices»3. Nunca permitió que nada rompiera la unidad y la paz familiar, ni siquiera cuando se encontró ausente o en la cárcel. Vivió desprendido de los bienes cuando los tuvo, y con gran alegría cuando no disponía de lo indispensable. Siempre supo estar a la altura de las circunstancias. Sabía cómo celebrar un acontecimiento, incluso en prisión. Un biógrafo contemporáneo suyo dice que, estando preso en la Torre, solía vestirse con más elegancia en los días de fiesta importantes, en cuanto se lo permitía su escaso vestuario. Mantuvo siempre su alegría y su buen humor, incluso en el momento en que subía al cadalso, porque se apoyó firmemente en la oración.

«Dame, mi buen Señor, la gracia de esforzarme para conseguir las cosas que en la oración te pido», rezaba. No esperaba que Dios hiciera por él lo que, con un poco de esfuerzo, podía lograr por sí mismo. Trabajó con empeño toda su vida hasta llegar a ser un abogado de prestigio antes de ser nombrado Canciller, pero nunca olvidó la necesidad de la oración, aunque a veces, sobre todo en circunstancias tan dramáticas como mientras esperaba la ejecución, no le era fácil. En estos días escribió una larga plegaria, en la que, entre muchas piadosas y conmovedoras consideraciones del hombre que sabe que va a morir, exclamaba: «Dame, Señor mío, un anhelo de estar contigo, no para evitar calamidades de este pobre mundo, y ni siquiera para evitar las penas del purgatorio, ni las del infierno tampoco, ni para alcanzar las alegrías del Cielo, ni por consideración de mi propio provecho, sino sencillamente por auténtico amor a Ti»4.

Santo Tomás Moro se nos presenta siempre como un hombre de oración; así pudo ser fiel a sus compromisos como ciudadano y como fiel cristiano en todas las circunstancias, en perfecta unidad de vida. Así hemos de ser nosotros. «¿Católico, sin oración?... Es como un soldado sin armas»5. ¿Cómo es nuestro trato con el Señor? ¿Nos esforzamos en crecer día a día en intimidad con Él? ¿Influye nuestra oración en el resto del día?

III. Give me thy grace, good Lord, to set the world at nought... «Dadme vuestra gracia, buen Señor, para estimar el mundo en nada, para tener mi mente bien unida a vos; y no depender de las variables opiniones de los demás... Para que piense en Dios con alegría, e implore tiernamente su ayuda. Para que me apoye en la fortaleza de Dios y me esfuerce con afán en amarle... Para darle gracias sin cesar por sus beneficios; para redimir el tiempo que he perdido...»6. Así escribía el Santo en los márgenes del Libro de las Horas que tenía en la Torre de Londres. Eran aquellos días en que estaba dedicado a contemplar la Pasión, preparando así su propia muerte en unión con la que padeció Cristo en la Cruz.

Pero Santo Tomás no solo vivió de cara a Dios en aquellos momentos supremos. Su amor a Dios se había manifestado diariamente en su vida de familia, de modo sencillo y afable, en el ejercicio de su profesión de abogado, en el más alto cargo de Inglaterra, como Lord Canciller. Cumpliendo los deberes de todos los días, unas veces importantes y otras menos, se santificó y ayudó a otros a encontrar a Dios. Entre muchos ejemplos de un apostolado eficaz, nos ha dejado el que llevó a cabo con su yerno, que había caído en la herejía luterana. «He tenido paciencia con tu marido –decía a su hija Margaret– y he razonado y discutido con él acerca de esos puntos de la religión. Le he dado además mi pobre consejo paterno, pero veo que no ha servido de nada para atraerlo de nuevo al redil. Por ello, Meg, ya no voy a discutir más con él, sino que lo voy a dejar enteramente en manos de Dios, y voy a rezar por él»7. Las palabras y las oraciones de Tomás Moro fueron eficaces, y el marido de su hija volvió a la plenitud de la fe, fue un cristiano ejemplar y padeció mucho por ser consecuente con su fe católica.

Santo Tomás Moro está entre nosotros como ejemplo vivo para nuestra conducta de cristianos. Es «semilla fecunda de paz y de alegría, como lo fue su paso por la tierra entre su familia y amigos, en el foro, en la cátedra, en la Corte, en las embajadas, en el Parlamento y en el gobierno.

»Es también el patrono silencioso de Inglaterra, que derramó su sangre en defensa de la unidad de la Iglesia y del poder espiritual del Vicario de Cristo. Y siendo la sangre de los cristianos semilla germinante, la de Tomás Moro va lentamente calando y empapando las almas de quienes a él se acercan imantados por su prestigio, dulzura y fortaleza. Moro será el apóstol silencioso del retorno a la fe de todo un pueblo»8.

A Juan Fisher y a Tomás Moro les pedimos hoy que sepamos imitarlos en su coherencia cristiana para vivir en todas las circunstancias de nuestra existencia como el Señor espera de nosotros, en lo grande y en lo pequeño. Con la liturgia de la fiesta, pedimos: Señor, Tú que has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de la fe; concédenos, te rogamos, por la intercesión de San Juan Fisher y de Santo Tomás Moro, ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra9.

1 Cfr. A. Prévosi, Tomás Moro y la crisis del pensamiento europeo, Palabra, Madrid 1972, p. 392. — 2 Cfr. T. J. McGovern, Tomás Moro, un hombre para la eternidad, Madrid 1984, pp. 22-23. — 3 Roper’s Life of More, citado por T. J. McGovern, o. c., p, 31. — 4 T. Moro, Un hombre solo (Cartas desde la Torre), Rialp, Madrid 1988, p. 125. — 5 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 453. — 6 T. Moro, Un hombre solo, pp. 120-122. — 7 N. Haspsfield, Sir Thomas More, Londres 1963, p. 102; A. Vázquez de Prada, Sir Tomás Moro, Rialp, 3ª ed., Madrid 1975, pp. 284-285. — 8 A. Vázquez de Prada, o. c., pp, 15-16. — 9 Oración colecta de la Misa.

Juan Fisher fue ordenado sacerdote en 1491. Ejerció diversos cargos en la Universidad de Cambridge, a la vez que asumía la dirección espiritual de la reina Margarita, madre de Enrique VII, pasando a ocupar más tarde la Cátedra de Teología que la reina fundara allí. A principios de 1504 es nombrado rector de Cambridge y a finales de año sería consagrado Obispo de Rochester, la más pequeña y pobre diócesis de Inglaterra; dos días más tarde tomaba posesión de su puesto como miembro del Consejo del Rey.

Tomás Moro realizó estudios de Literatura y Filosofía en Oxford y de Derecho en New Inn. En 1504 fue elegido miembro del Parlamento y ocupó distintos cargos públicos, logrando un gran prestigio por sus conocimientos de leyes y por su honradez. Aunque su vida profesional fue intensa, siempre encontró tiempo para dedicar a la familia, su gran ocupación, y para los estudios literarios o históricos: publicó varios libros y ensayos. En 1529 fue nombrado Canciller de Inglaterra, a pesar de que ya había contestado claramente al rey que no podía estar de acuerdo con la disolución del matrimonio real. Plenamente interesado por los problemas de su tiempo, se entregó a su trabajo con afán de llenar de contenido cristiano las leyes e instituciones de su época.

Ambos murieron decapitados en 1535 por negarse a reconocer la supremacía de Enrique VIII sobre la Iglesia de Inglaterra y la anulación del matrimonio del rey.

 

 

“¡Si los cristianos supiésemos servir!”

“¡Si los cristianos supiésemos servir!”Cuando te hablo del "buen ejemplo", quiero indicarte también que has de comprender y disculpar, que has de llenar el mundo de paz y de amor. (Forja, 560)

¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen.
¿Cómo lo mostraremos a las almas? Con el ejemplo: que seamos testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo, seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina. Así obró Cristo: coepit facere et docere, primero enseñó con obras, luego con su predicación divina.
Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepotencia. Hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien. (Es Cristo que pasa, 182).

 

 

Soluciones milenial para los problemas mundiales

¿Quién dijo que a los jóvenes de la generación milenial no les interesan los problemas mundiales? Son parte de una generación digital, hiperconectada y con altos valores sociales y éticos. Han nacido con un móvil en las manos. Son curiosos, atrevidos, impacientes y muy sociables. ¿Un ejemplo? Sigan leyendo...

Últimas noticias21/06/2019

Habían puesto en marcha varios proyectos para materializar algunos de los objetivos de la ONU, y fue la propia Naciones Unidas quien invitó a cuatro alumnas del colegio Ayalde a exponerlos en su primera Cumbre de Jóvenes celebrada en su sede de Nueva York, el pasado mes de abril.

Junto a jóvenes de Estados Unidos, Qatar, Afganistán e India, trasladaron los proyectos elaborados sobre los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) al secretario general de la ONU, Antonio Guterres, la vicesecretaria general de Comunicación Global de la ONU, Alison Smale, y los directivos de otras instituciones de la ONU como UNODS, UN SDG y UNICEF.

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-7b8e1969b2f234d410484c824b36f2a4.jpg

Esta cumbre fue impulsada por la ONU y MUN IMPACT, una organización que difunde los Objetivos de Desarrollo Sostenible (2030) del programa de Naciones Unidas entre los jóvenes. Su denominación responde al objetivo principal: impactar y crear una conciencia entre los jóvenes para construir un mundo mejor.

Las alumnas de Ayalde habían puesto en marcha cuatro proyectos con distintas acciones para apoyar el fin de la pobreza (ODS 1), el hambre 0 (ODS 2), el agua limpia y el saneamiento (ODS 6) y la vida submarina (ODS 14). MUN IMPACT los descubrió a través de las redes sociales y los seleccionó para que fueran a exponerlos en esta primera Cumbre de Jóvenes.

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-59823aa0a90f3740d5efc80b2de9c474.jpg

Hasta ahora, Ayalde es el único colegio europeo con el título de MUN IMPACT Partner Club. A partir del curso que viene, gracias a la labor de difusión que han hecho, se sumarán también Munabe y otros dos colegios más.

Algunos impactos conseguidos

 

Las alumnas asumen que con sus proyectos no solucionan por completo esos problemas, pero son conscientes de que, sin duda, son un primer paso para lograrlo. Las estudiantes han salido de su comodidad y se han puesto manos a la obra.

Las redes sociales han sido y siguen siendo su principal altavoz para difundir las ideas y lograr esa ayuda y ese cambio que buscan. Han conseguido saltar de ellas a los medios de comunicación, que se han hecho eco de algunas de las acciones que han llevado a cabo, como por ejemplo, la limpieza de una playa de Getxo en la que recogieron toneladas de basura.

¿Qué es MUN?

 

MUN (Model United Nations) es una simulación de la Organización de las Naciones Unidas para estudiantes. Ayalde se sumó a esta iniciativa y la incorporó a su proyecto educativo en 2014. En ella se recrea el trabajo realizado en la Organización de las Naciones Unidas, así como el de los órganos específicos de la ONU: Asamblea General, el Consejo de Seguridad o el Consejo de Derechos Humanos. La recreación se realiza por estudiantes en un congreso internacional.

En 2017 Ayalde organizó la primera edición de MUN Bilbao. Desde entonces se celebra el congreso cada año de la mano de alumnos de Ayalde y Munabe, como un medio para formar a las nuevas generaciones en liderazgo, diálogo, respeto y preocupación por convertir el mundo en un lugar mejor para todos.

 

Tema 12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia católica

El Espíritu Santo une íntimamente a los fieles con Cristo de modo que forman un solo cuerpo, la Iglesia, donde existe una diversidad de miembros y funciones.

Resúmenes de fe cristiana20/12/2016

Opus Dei - Tema 12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia católicaEl día de Pentecostés el Espíritu descendió sobre los Apóstoles y los primeros discípulos, mostrando con signos externos la vivificación de la Iglesia fundada por Cristo.

PDF► Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia católica.

RTF► Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia católica.

Serie completa► “Resúmenes de fe cristiana”, libro electrónico gratuito en formato PDF, Mobi y ePub

*****

1. Creo en el Espíritu Santo

1.1. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad

En la Sagrada Escritura, el Espíritu Santo es llamado con distintos nombres: Don, Señor, Espíritu de Dios, Espíritu de Verdad y Paráclito, entre otros. Cada una de estas palabras nos indica algo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es “Don”, porque el Padre y el Hijo nos lo envían gratuitamente: el Espíritu ha venido a habitar en nuestros corazones (cfr. Ga 4,6); Él vino para quedarse siempre con los hombres. Además, de Él proceden todas las gracias y dones, el mayor de los cuales es la vida eterna junto con las otras Personas divinas: en Él tenemos acceso al Padre por el Hijo.

El Espíritu es “Señor” y “Espíritu de Dios”, que en la Sagrada Escritura son nombres que se atribuyen sólo a Dios, porque es Dios con el Padre y el Hijo. Es “Espíritu de Verdad” porque nos enseña de modo completo todo lo que Cristo nos ha revelado, y guía y mantiene la Iglesia en la verdad (cfr. Jn 15, 26; 16, 13-14). Es el “otro” Paráclito (Consolador, Abogado) prometido por Cristo, que es el primer Paráclito (el texto griego habla de “otro” Paráclito y no de un paráclito “distinto” para señalar la comunión y continuidad entre Cristo y el Espíritu).

En el Símbolo Niceno-Constantinopolitano rezamos «Et in Spiritum Sanctum, Dominum et vivificantem: qui ex Patre [Filioque] procedit. Qui cum Patre et Filio simul adoratur, et conglorificatur: qui locutus est per Prophetas». En esta frase los Padres del Concilio de Constantinopla (381) quisieron utilizar algunas de las expresiones bíblicas con las que se nombraba al Espíritu. Al decir que es “dador de vida” se referían al don de la vida divina dado al hombre. Por ser Señor y dador de vida, es Dios con el Padre y el Hijo y recibe por tanto la misma adoración que las otras dos Personas divinas. Al final, también han querido señalar la misión que el Espíritu realiza entre los hombres: habló por los profetas. Los profetas son aquéllos que hablaron en nombre de Dios movidos por el Espíritu para mover a la conversión a su pueblo. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento encuentra su plenitud en el misterio de Jesucristo, la Palabra definitiva de Dios.

«Son numerosos los símbolos con los que se representa al Espíritu Santo: el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él» (Compendio, 139).

1.2. La Misión del Espíritu Santo

La Tercera Persona de la Santísima Trinidad coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del designio de nuestra salvación hasta su consumación; pero en los “últimos tiempos” –inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo– el Espíritu se reveló y nos fue dado, fue reconocido y acogido como Persona (cfr. Catecismo, 686). Por obra del Espíritu, el Hijo de Dios tomó carne en las entrañas purísimas de la Virgen María. El Espíritu lo ungió desde el inicio; por eso Jesucristo es el Mesías desde el inicio de su humanidad, es decir, desde su misma Encarnación (cfr. Lc 1, 35). Jesucristo revela al Espíritu con su enseñanza, cumpliendo la promesa hecha a los Patriarcas (cfr. Lc 4, 18s), y lo comunica a la Iglesia naciente, exhalando su aliento sobre los Apóstoles después de su Resurrección (cfr. Compendio, 143). En Pentecostés el Espíritu fue enviado para permanecer desde entonces en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, vivificándola y guiándola con sus dones y con su presencia. Por esto también se dice que la Iglesia es Templo del Espíritu Santo, y que el Espíritu Santo es como el alma de la Iglesia.

El día de Pentecostés el Espíritu descendió sobre los Apóstoles y los primeros discípulos, mostrando con signos externos la vivificación de la Iglesia fundada por Cristo. «La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria» (Compendio, 144). El Espíritu hace entrar al mundo en los “últimos tiempos”, en el tiempo de la Iglesia.

La animación de la Iglesia por el Espíritu Santo garantiza que se profundice, se conserve siempre vivo y sin pérdida todo lo que Cristo dijo y enseñó en los días que vivió en la tierra hasta su Ascensión [1]; además, por la celebración-administración de los sacramentos, el Espíritu santifica la Iglesia y los fieles, haciendo que ella continúe siempre llevando las almas a Dios [2].

«La misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables porque en la Trinidad indivisible, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero inseparables. En efecto, desde el principio hasta el fin de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, que nos une a Cristo en la fe, a fin de que podamos, como hijos adoptivos, llamar a Dios “Padre” (Rm 8, 15). El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por medio de su acción cuando nos revela el Verbo y cuando obra en la Iglesia» (Compendio, 137).

1.3. ¿Cómo actúan Cristo y el Espíritu Santo en la Iglesia?

Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y les ofrece la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo también actúa concediendo gracias especiales a algunos cristianos para el bien de toda la Iglesia, y es el Maestro que recuerda a todos los cristianos aquello que Cristo ha revelado (cfr. Jn 14, 25s).

«El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den “el fruto del Espíritu” (Ga 5, 22)» (Compendio, 145).

2. Creo en la Santa Iglesia Católica

2.1. La revelación de la Iglesia

La Iglesia es un misterio (cfr., p. ej., Rm 16,25-27), es decir, una realidad en la que entran en contacto y comunión Dios y los hombres. Iglesia viene del griego “ekklesia”, que significa asamblea de los convocados. En el Antiguo Testamento fue utilizada para traducir el “quahal Yahweh”, o asamblea reunida por Dios para honrarle con el culto debido. Son ejemplos de ello la asamblea sinaítica, y la que se reunió en tiempos del rey Josías con el fin de alabar a Dios y volver a la pureza de la Ley (reforma). En el Nuevo Testamento tiene varias acepciones, en continuidad con el Antiguo, pero designa especialmente el pueblo que Dios convoca y reúne desde los confines de la tierra para constituir la asamblea de todos los que, por la fe en su Palabra y el Bautismo, son hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo (cfr. Catecismo, 777; Compendio, 147).

En la Sagrada Escritura la Iglesia recibe distintos nombres, cada uno de los cuales subraya especialmente algunos aspectos del misterio de la comunión de Dios con los hombres. “Pueblo de Dios” es un título que Israel recibió. Cuando se aplica a la Iglesia, nuevo Israel, quiere decir que Dios no quiso salvar a los hombres aisladamente, sino constituyéndolos en un único pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que le conociera en la verdad y le sirviera santamente [3]. También significa que ella ha sido elegida por Dios, que es una comunidad visible que está en camino –entre las naciones– hacia su patria definitiva. En ese pueblo todos tienen la común dignidad de los hijos de Dios, una misión común, ser sal de la tierra, y un fin común, que es el Reino de Dios. Todos participan de las tres funciones de Cristo, real, profética y sacerdotal (cfr. Catecismo, 782-786).

Cuando decimos que la Iglesia es el “cuerpo de Cristo” queremos subrayar que, a través del envío del Espíritu Santo, Cristo une íntimamente consigo a los fieles, sobre todo en la Eucaristía, los incorpora a su Persona por el Espíritu Santo, manteniéndose y creciendo unidos entre sí en la caridad, formando un solo cuerpo en la diversidad de los miembros y funciones. También se indica que la salud o la enfermedad de un miembro repercute en todo el cuerpo (cfr. 1 Co 12, 1-24), y que los fieles, como miembros de Cristo, son instrumentos suyos para obrar en el mundo (cfr. Catecismo, 787-795). La Iglesia también es llamada “Esposa de Cristo” (cfr. Ef 5, 26ss), lo cual acentúa, dentro de la unión que la Iglesia tiene con Cristo, la distinción de ambos sujetos. También señala que la Alianza de Dios con los hombres es definitiva porque Dios es fiel a sus promesas, y que la Iglesia le corresponde asimismo fielmente siendo Madre fecunda de todos los hijos de Dios.

La Iglesia también es el “templo del Espíritu Santo”, porque Él vive en el cuerpo de la Iglesia y la edifica en la caridad con la Palabra de Dios, con los sacramentos, con las virtudes y los carismas [4]. Como el verdadero templo del Espíritu Santo fue Cristo (cfr. Jn 2, 19-22), esta imagen también señala que cada cristiano es Iglesia y templo del Espíritu Santo. Los carismas son dones que el Espíritu concede a cada persona para el bien de los hombres, para las necesidades del mundo y particularmente para la edificación de la Iglesia. A los pastores corresponde discernir y valorar los carismas (cfr. 1 Ts 5, 20-22; Compendio, 160).

«La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su Muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los redimidos» ( Compendio, 149; cfr. Catecismo, 778).

Cuando Dios revela su designio de salvación que es permanente, manifiesta también cómo desea realizarlo. Ese designio no lo llevó a cabo con un único acto, sino que primero fue preparando la humanidad para acoger la Salvación; sólo más adelante se reveló plenamente en Cristo. Ese ofrecimiento de Salvación en la comunión divina y en la unidad de la humanidad fue definitivamente otorgado a los hombres a través del don del Espíritu Santo que ha sido derramado en los corazones de los creyentes poniéndonos en contacto personal y permanente con Cristo. Al ser hijos de Dios en Cristo, nos reconocemos hermanos de los demás hijos de Dios. No hay una fraternidad o unidad del género humano que no se base en la común filiación divina que nos ha sido ofrecida por el Padre en Cristo; no hay una fraternidad sin un Padre común, al que llegamos por el Espíritu Santo.

La Iglesia no la han fundado los hombres; ni siquiera es una respuesta humana noble a una experiencia de salvación realizada por Dios en Cristo. En los misterios de la vida de Cristo, el ungido por el Espíritu, se han cumplido las promesas anunciadas en la Ley y en los profetas. También se puede decir que la fundación de la Iglesia coincide con la vida de Jesucristo; la Iglesia va tomando forma en relación a la misión de Cristo entre los hombres, y para los hombres. No hay un momento único en el que Cristo haya fundado la Iglesia, sino que la fundó en toda su vida: desde la encarnación hasta su muerte, resurrección, ascensión y con el envío del Paráclito. A lo largo de su vida, Cristo –en quien habitaba el Espíritu– fue manifestando cómo debía ser su Iglesia, disponiendo unas cosas y después otras. Después de su Ascensión, el Espíritu fue enviado a la Iglesia y en ella permanece uniéndola a la misión de Cristo, recordándole lo que el Señor reveló, y guiándola a lo largo de la historia hacia su plenitud. Él es la causa de la presencia de Cristo en su Iglesia por los sacramentos y por la Palabra, y la adorna continuamente con diversos dones jerárquicos y carismáticos [5]. Por su presencia se cumple la promesa del Señor de estar siempre con los suyos hasta el final de los tiempos (cfr. Mt 28, 20).

El Concilio Vaticano II retomó una antigua expresión para designar a la Iglesia: “comunión”. Con ello se indica que la Iglesia es la expansión de la comunión íntima de la Santísima Trinidad a los hombres; y que en esta tierra ella ya es comunión con la Trinidad divina, aunque no se haya consumado aún en su plenitud. Además de comunión, la Iglesia es signo e instrumento de esa comunión para todos los hombres. Por ella participamos en la vida íntima de Dios y pertenecemos a la familia de Dios como hijos en el Hijo por el Espíritu [6]. Esto se realiza de forma específica en los sacramentos, principalmente en la Eucaristía, también llamada muchas veces comunión (cfr. 1 Co 10, 16). Por último, se llama también comunión porque la Iglesia configura y determina el espacio de la oración cristiana (cfr. Catecismo , 2655, 2672, 2790).

2.2. La misión de la Iglesia

La Iglesia tiene que anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Cristo. En la tierra es el germen e inicio de este Reino. Después de su Resurrección, el Señor envió los Apóstoles a predicar el Evangelio, a bautizar y a enseñar a cumplir lo que Él había mandado (cfr. Mt 28, 18ss). El Señor entregó a su Iglesia la misma misión que el Padre le había confiado (cfr. Jn 20, 21). Desde el inicio de la Iglesia esta misión fue realizada por todos los cristianos (cfr. Hch 8, 4; 11, 19), que muchas veces han llegado al sacrificio de la propia vida para cumplirla. El mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de Dios, que ha enviado a su Hijo y a su Espíritu porque «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4).

En ese envío misionero están contenidas las tres funciones de la Iglesia en la tierra: el munus profeticum (anunciar la buena noticia de la salvación en Cristo), el munus sacerdotale (hacer efectivamente presente y transmitir la vida de Cristo que salva por los sacramentos) y el munus regale (ayudar a los cristianos a cumplir la misión y crecer en santidad). Aunque todos los fieles comparten la misma misión, no todos desempeñan el mismo papel. Algunos de ellos fueron elegidos por el Señor para ejercer determinadas funciones, como los Apóstoles y sus sucesores, que son conformados por el sacramento del orden con Cristo cabeza de la Iglesia de una forma específica, distinta de los demás.

Porque la Iglesia recibió de Dios una misión salvífica en la tierra para los hombres, y fue dispuesta por Dios para realizarla, se dice que la Iglesia es el sacramento universal de Salvación, pues tiene como fin la gloria de Dios y la salvación de los hombres (cfr. Catecismo, 775). Es sacramento universal de salvación porque es signo e instrumento de la reconciliación y de la comunión de la humanidad con Dios, y de la unidad de todo el género humano [7]. También se dice que la Iglesia es un misterio porque en su realidad visible se hace presente y actúa una realidad espiritual y divina que sólo se percibe mediante la fe.

La afirmación «fuera de la Iglesia no hay salvación» significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por medio de la Iglesia, que es su Cuerpo. Nadie puede salvarse si, habiendo reconocido que ha sido fundada por Cristo para la salvación de los hombres, la rechaza o no persevera. Al mismo tiempo, gracias a Cristo y a su Iglesia, pueden alcanzar la salvación eterna todos aquellos que, sin culpa alguna, ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y, bajo el influjo de la gracia, se esfuerzan en cumplir su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia. Todo cuanto de bueno y verdadero se encuentra en las otras religiones viene de Dios, puede preparar para la acogida del Evangelio y conducir hacia la unidad de la humanidad en la Iglesia de Cristo (cfr. Compendio, 170 y ss.).

2.3. Las propiedades de la Iglesia: una, santa, católica, apostólica

Llamamos propiedades a aquellos elementos que caracterizan la Iglesia. Los encontramos en muchos de los Símbolos de la fe desde épocas muy antiguas de la Iglesia. Todas las propiedades son un don de Dios que conlleva una tarea que cumplir por parte de los cristianos.

La Iglesia es Una porque su origen y modelo es la Santísima Trinidad; porque Cristo –su fundador– restablece la unidad de todos en un sólo cuerpo; porque el Espíritu Santo une a los fieles con la Cabeza, que es Cristo. Esta unidad se manifiesta en que los fieles profesan una misma fe, celebran unos mismos sacramentos, están unidos en una misma jerarquía, tienen una esperanza común y la misma caridad. La Iglesia subsiste como sociedad constituida y organizada en el mundo en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él [8]. Sólo en ella se puede obtener la plenitud de los medios de salvación puesto que el Señor confió los bienes de la Nueva Alianza al Colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro. En las iglesias y comunidades cristianas no católicas hay muchos bienes de santificación y de verdad que proceden de Cristo e impulsan a la unidad católica; el Espíritu Santo se sirve de ellas como instrumentos de salvación, puesto que su fuerza viene de la plenitud de gracia y verdad que Cristo dio a la Iglesia católica (cfr. Catecismo , 819). Los miembros de esas iglesias y comunidades se incorporan a Cristo en el Bautismo y por eso los reconocemos como hermanos. Se puede crecer en unidad: acercándonos más a Cristo y ayudando a los demás cristianos a estar más cerca de Él; fomentando la unidad en lo esencial, la libertad en lo accidental y la caridad en todo [9]; haciendo más habitable la casa de Dios a los demás; creciendo en veneración y respeto por el Papa y la jerarquía, ayudándoles y siguiendo sus enseñanzas.

El movimiento ecuménico es una tarea eclesial por la que se busca restaurar la unidad entre los cristianos en la única Iglesia fundada por Cristo. Es un deseo del Señor (cfr. Jn 17, 21). Se realiza con la oración, con la conversión del corazón, el recíproco conocimiento fraterno y el diálogo teológico.

La Iglesia es Santa porque Dios es su autor, porque Cristo se entregó por ella para santificarla y hacerla santificante, porque el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. Por tener la plenitud de los medios salvíficos, la santidad es la vocación de cada uno de sus miembros y el fin de toda su actividad. Es santa porque da constantemente frutos de santidad en la tierra, porque su santidad es fuente de santificación de sus hijos –aunque en esta tierra se reconocen todos pecadores y necesitados de conversión y purificación–. La Iglesia también es santa debido a la santidad alcanzada por sus miembros que ya están en el Cielo, de modo eminente la santísima Virgen María, que son sus modelos e intercesores (cfr. Catecismo, 823-829). La Iglesia puede ser más santa, a través de la tarea de santidad realizada por sus fieles: la conversión personal, la lucha ascética por parecerse más a Cristo, la reforma que ayuda a cumplir mejor la misión y a huir de la rutina, la purificación de la memoria que remueve los falsos prejuicios sobre los demás, y el cumplimiento concreto de la voluntad de Dios en la caridad.

La Iglesia es Católica –es decir, universal– porque en ella está Cristo, porque conserva y administra todos los medios de salvación dados por Cristo, porque su misión abarca a todo el género humano, porque ha recibido y transmite en su integridad todo el tesoro de la Salvación y porque tiene la capacidad de inculturarse, elevando y mejorando cualquier cultura. La catolicidad crece extensiva e intensivamente a través de un mayor desarrollo de la misión de la Iglesia. Toda iglesia particular, es decir, toda porción del pueblo de Dios que está en comunión en la fe, en los sacramentos, con su obispo –a través de la sucesión apostólica–, formada a imagen de la Iglesia universal y en comunión con toda la Iglesia (que la precede ontológica e cronológicamente) es católica.

Como su misión abarca toda la humanidad, cada hombre, de modos diversos, pertenece o al menos está ordenado a la unidad católica del Pueblo de Dios. Está plenamente incorporado a la Iglesia quien, poseyendo el Espíritu de Cristo, se encuentra unido por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión. Los católicos que no perseveren en la caridad, aunque incorporados a la Iglesia, le pertenecen con el cuerpo pero no con el corazón. Los bautizados que no realizan plenamente dicha unidad católica están en una cierta comunión, aunque imperfecta, con la Iglesia católica (cfr. Compendio, 168).

La Iglesia es Apostólica porque Cristo la ha edificado sobre los Apóstoles, testigos escogidos de su Resurrección y fundamento de su Iglesia; porque con la asistencia del Espíritu Santo, enseña, custodia y transmite fielmente el depósito de la fe recibido de los Apóstoles. También es apostólica por su estructura, en cuanto es instruida, santificada y gobernada, hasta la vuelta de Cristo, por los Apóstoles y sus sucesores, los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro. La sucesión apostólica es la transmisión, mediante el sacramento del Orden, de la misión y la potestad de los Apóstoles a sus sucesores. Gracias a esta transmisión, la Iglesia se mantiene en comunión de fe y de vida con su origen, mientras a lo largo de los siglos ordena su misión apostólica a la difusión del Reino de Cristo sobre la tierra. Todos los miembros de la Iglesia participan, según las distintas funciones, de la misión recibida por los Apóstoles de llevar el Evangelio al mundo entero. La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (cfr. Catecismo , 863).

Miguel de Salis Amaral

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


 

Bibliografía básica

Sobre el Espíritu Santo

Catecismo de la Iglesia Católica, 683-688; 731-741.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 136-146.

Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, 18-V-1986, 3-26.

Juan Pablo II, Catequesis sobre el Espíritu Santo, VIII-XII.1989.

San Josemaría, Homilía El Gran Desconocido, en Es Cristo que pasa, 127-138.

Lecturas recomendadas

Catecismo de la Iglesia Católica, 748-945. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 147-193.

San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia (4-VI-1972), en Amar a la Iglesia, Palabra, Madrid 1986, pp. 13-36.


[1] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dei Verbum, 8.

[2] «La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de El y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana […] Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 127 y ss.).

[3] Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 4 y 9; San Cipriano, De Orat Dom, 23 (CSEL 3, 285).

[4] «Cuando invoques, pues, a Dios Padre, acuérdate de que ha sido el Espíritu quien, al mover tu alma, te ha dado esa oración. Si no existiera el Espíritu Santo, no habría en la Iglesia palabra alguna de sabiduría o de ciencia, porque está escrito: es dada por el Espíritu la palabra de sabiduría (I Cor XII, 8)... Si el Espíritu Santo no estuviera presente, la Iglesia no existiría. Pero, si la Iglesia existe, es seguro que el Espíritu Santo no falta» (San Juan Crisóstomo, Sermones panegyrici in solemnitates D. N. Iesu Christi , hom. 1, De Sancta Pentecostes, n. 3-4, PG 50, 457).

[5] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 4 y 12.

[6] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 22.

[7] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 1.

[8] Cfr. Ibidem, 8.

[9] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 92.

 

Comentario al Evangelio: “Dadles vosotros de comer”

Evangelio del Domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (ciclo C) y comentario al evangelio.

Vida cristiana

Opus Dei - Comentario al Evangelio: “Dadles vosotros de comer”

Evangelio (Lc 9,11b-17)

En aquel tiempo, Jesús acogió a la gente, les hablaba del Reino de Dios, y sanaba a los que tenían necesidad.

Empezaba a declinar el día, y se acercaron los doce para decirle:

—Despide a la muchedumbre, para que se vayan a los pueblos y aldeas de alrededor, a buscar albergue y a proveerse de alimentos; porque aquí estamos en un lugar desierto.

Él les dijo:

—Dadles vosotros de comer.

Pero ellos dijeron:

—No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros y compremos comida para todo este gentío —había unos cinco mil hombres.

Entonces les dijo a sus discípulos:

—Hacedlos sentar en grupos de cincuenta.

Así lo hicieron, y acomodaron a todos.

Tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición sobre ellos, los partió y empezó a dárselos a sus discípulos, para que los distribuyeran entre la muchedumbre. Comieron hasta que todos quedaron satisfechos. Y de lo que sobró recogieron doce cestos de trozos.


Comentario

Los evangelios retratan con frecuencia a Jesús llevado de su inmenso amor por la gente, acogiendo a todos, predicando el Reino de Dios con paciencia y curando a los enfermos que le presentaban. En el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, Jesús también se preocupa de su indigencia material. Como explica el Papa Francisco, “su compasión no es un vago sentimiento; muestra en cambio toda la fuerza de su voluntad de estar cerca de nosotros y de salvarnos. Jesús nos ama mucho, y quiere estar con nosotros. Según llega la tarde, Jesús se preocupa de dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y cuida de cuantos le siguen”[1].

El milagro de la multiplicación, que todos los evangelistas quisieron consignar, fue un preludio del derroche de amor de Jesús en la Eucaristía. De hecho, la escena está cargada de significado eucarístico. Por un lado, Jesús alimentó a la muchedumbre en un lugar desierto. Con este acto de bondad rememoraba y actualizaba el amor providente de Dios narrado en el Éxodo, cuando alimentó a Israel con el misterioso maná que bajaba del cielo cada día (cfr. Ex 16,1ss.) como preludio del verdadero pan del cielo de la Eucaristía (cfr. Jn 6,30ss.).

Por otro lado, los gestos de Jesús sobre los panes −“levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición sobre ellos, los partió y empezó a dárselos” (v. 16)−, recordaban los gestos que hacía el cabeza de familia en las casas de Israel y prefiguraban los gestos de la institución de la Eucaristía en la última cena (cfr. 1Co 11, 23-26; Mc 14,12-26; Mt 26,17-20 y Lc 22,7-39). Eran los mismos gestos de la fracción del pan que haría el resucitado, a la mesa, con los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,30). Los mismos gestos, en definitiva, que repiten los sacerdotes en cada Misa. El amor de Jesús mostrado aquella tarde de la multiplicación se extendería así en el espacio y el tiempo. En este sentido, Santa Teresita del Niño Jesús explicaba de modo sorprendente que “Dios no baja del cielo todos los días para quedarse en un copón dorado, sino para encontrar otro cielo que le es infinitamente más querido que el primero: el cielo de nuestra alma, creada a su imagen, y Templo vivo de la adorable Trinidad”[2].

Con el milagro de la multiplicación, cerca de cinco mil personas quedaron saciadas e incluso sobró mucho: “doce cestos de trozos”. Este hecho, seguramente previsto por Jesús, además de reflejar el cuidado del Maestro por las cosas pequeñas, simbolizaba también la gran abundancia de los tiempos mesiánicos que anunciaron los profetas (cfr. Is 25,6; Sal 78,19-20), y anticipaba el sobreabundante amor de Jesús por los hombres, cumplido en el sacrificio de la cruz y perpetuado en la Eucaristía.

Por último, Jesús quiso hacer partícipes a los discípulos de su amor servicial por las muchedumbres. Por eso cuando ellos pretenden despedir a la gente, Jesús le dice: “dadles vosotros de comer”. Porque como dice el Papa Francisco “el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el de compartir, el del don, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte, se convierte en riqueza, porque el poder de Dios, que es el del amor, desciende sobre nuestra pobreza para transformarla. (…) Así que preguntémonos al adorar a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor, que se da a mí, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo de dar, de compartir, de amarle a Él y a los demás?”[3].


[1] Papa Francisco, Audiencia, 17 de agosto de 2016.

[2] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, Manuscrito A, Cap. V.

[3] Papa Francisco, Homilía, 30 de mayo de 2013.

 

DOMINGO SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

 Lc 9, 11b-17.

La Iglesia vive del Cuerpo y sangre de Cristo resucitado que nos lanza a compartir con los más necesitados. En torno a la Eucaristía celebrada comulgada y adorada es donde vive la Iglesia y desde donde creamos fraternidad y compartimos y tocamos como decía la Madre Teresa de Calcuta el cuerpo y la sangre en los pobres. No podemos separar Eucaristía de caridad. Jesús y la vida fraternal. Comer su cuerpo y repartir nuestros bienes con los que viven en todas las periferias.

Lucas en este texto nos presenta las claves que siempre dan los evangelios sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas para acercarse al misteryum fidei que es la Eucaristía.

Primero. Al caer de la tarde. Nos recuerda a los de Emaús. Es el momento también cuando entro Jesús en el cenáculo. Allí ante una multitud de personas cuando cae la tarde, el Corazón de Jesús se compadece de una humanidad hambrienta y sedienta de Amor. Se convierte Jesús no solo en Pastor conmovido, sino en pasto y comida como dice un himno de laudes en el corpus Cristi. Es el Señor que realiza sus grandes milagros y hazañas en servicio de un pueblo hambriento y sin esperanza.

Segundo. El Señor siempre construye desde nuestros panes y peces, desde nuestra pobreza. Él siempre cuenta con nosotros. Nunca desprecia lo humano y pobre, si sabemos ofrecerlo y no desconfiamos de su infinita misericordia. No era nada lo que tenía pero ofrecieron ni más ni menos que lo que tenían. Su Amor siempre cuenta con lo que somos y tenemos. Podría haber prescindido de lo poco que puede aportarle la humanidad para dar de comer a la multitud, y sin embargo es necesaria nuestra colaboración. Dios es humilde y hasta cuando instituye la Eucaristía quiere necesitar para su realización de nuestro pan y vino. No dice que el vino y el pan tienen que ser de primera etiqueta y calidad...pero es necesario. De tal manera que si falta un poco de pan y un poco de vino no hay Eucaristía, aunque este reunido todo el colegio apostólico.

Tercero. Se saciaron porque la Eucaristía es el pan del cielo el pan compartido que contiene en si todo deleite. Aquella multitud encontró en el nuevo maná que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo hasta saciaros, sino que es mi Padre celestial, el que os da el verdadero pan de vida. Jesús bendice y alaba al Padre incluso antes de que se haga el milagro, pues es el Padre el que nos ha dado a su Hijo como comida y bebida para la vida de la gente.   

+ Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres 

 

 

Corpus Christi: gran lección de combatividad de la Iglesia

Estamos en la fiesta de Corpus Christi y me gustaría mostrarles algo al respecto de la razón por la cual esa fiesta fue instituida.

Procesión del Corpus Christi, Sevilla – Manuel Cabral y Aguado Bejarano -1857 (Museo del Prado, Madrid)

Ustedes saben que los protestantes, herejes, negaron y niegan la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Ese fue uno de los mayores escándalos ocurridos en la Iglesia en el siglo XVI, que fue un siglo de tantos escándalos. Los medievales tenían una profunda fe en el Santísimo Sacramento, en la presencia real y, por lo tanto, una devoción enorme ya sea a la Santa Misa, ya sea a la adoración del Santísimo Sacramento. Y los protestantes negaron brutalmente la presencia real.

Los protestantes negaron la Presencia Real

Esa negación fue uno de los puntos de fractura entre protestantes y católicos y fue recibida por los católicos como uno de los peores ultrajes que jamás se haya cometido contra Nuestro Señor.

¿Cuál fue entonces la política, porque se puede aquí hablar de política en el sentido elevado del término, es decir, cuál fue la táctica pastoral usada por la Iglesia frente a ese hecho?

La Iglesia tenía dos caminos. Ella podía decir: «bien, nuestros hermanos separados protestantes están negando la presencia real. Si nosotros afirmamos protuberantemente la presencia real, aumentamos la separación. Como ellos no aceptan de ninguna manera ese dogma, en la medida en que nosotros lo afirmamos, ellos se apartan; entonces vale la pena que repensemos el dogma de la presencia real. Y, tomando en consideración que los tiempos cambiaron, porque el año 1500 estaba en buenas cuentas bien lejos del año 1 de la era cristiana, era muy natural que ahora expresásemos la presencia real en un vocabulario diferente que agradara a los protestantes. No sería una negación de la presencia real. ¡Esto jamás! Es un dogma definido por Nuestro Señor Jesucristo y, debido a esto, no diremos lo contrario de este dogma.

https://www.accionfamilia.org/images/2017/Proclamacion_Dogma_Infalibilidad.jpg

Proclamación del Dogma de la Infalibilidad Pontificia

Pero, en vez de afirmar tan protuberantemente que Nuestro Señor está realmente presente bajo las apariencias eucarísticas, presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, podríamos decir lo siguiente. ¿Que es realmente esta presencia? Dios está presente en todas partes y los buenos amigos protestantes pueden entender que Dios está presente allí, como Él está, por ejemplo, presente en una flor, o cómo está presente en un pan cualquiera.

Nosotros entendemos que no es así. Que está realmente presente con Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, pero no vamos a decir esto para no crear una división. Después, vamos a comenzar el diálogo. En el diálogo les decimos: «¿qué tal sería si volvemos a estudiar los fundamentos del dogma de la presencia real, para verificar, en conjunto, hasta que punto ese dogma tiene o no su fundamento en la Sagrada Escritura?»

El protestante diría: «su duda es hermana de la mía. Yo también quiero estudiar el asunto, como también usted quiere». El quedará con una cierta impresión de que tengo duda, pero yo no dije que tengo duda.

Entonces comienza una conversación al respecto del Santísimo Sacramento en la que yo digo: «mire, sería más interesante, en vez de tomar una posición endurecida, que estudiemos cuál es el modo por el cual podríamos llegar a un acuerdo. De tal manera que de la tesis «Jesucristo está presente en realmente en la Eucaristía», y de la antítesis «Jesucristo no está realmente presente en la Eucaristía», pudiésemos deducir una tercera posición. Que no sería enteramente una ni otra cosa. Usted cede un poco, y yo cedo un poco. Y afirmaremos juntos que Jesucristo de hecho está presente en la Eucaristía. Ahora, si está presente sólo en cuanto Dios, o en cuanto Hombre-Dios, es un pormenor al respecto del cual cada uno de nosotros reclama su libertad de posición. Entonces, habremos llegado finalmente a una síntesis.

Una solución aparentemente salomónica

Por esta forma, se podía haber evitado la ruptura entre protestantes y católicos y el mundo cristiano hoy sería unánimemente católico. Esto habría dado a la Religión Católica una fuerza, un vigor, una magnitud muy diferente de la tristeza de esa ruptura, de esa división que existe. Ustedes católicos, cuando ven las sectas protestantes pulverizadas y que de lo alto y de dentro de su unidad se reían de esa pulverización, ¿imaginan bien de qué desgracia se ríen? ¿De qué infortunio se están burlando? ¿Tienen una idea de cuánto esto representó para el relajamiento moral de este mundo protestante así dividido? ¿Cuánto representó de luchas, de divisiones, de dolores y de sufrimiento? La primera cisión partió de ustedes, cuando rechazaron nuestra novedad. Las otras cisiones ocurrieron en cadena, exactamente debido a ese rechazo que ustedes practicaron. Ustedes son los autores de los males de los cuales se quejan y ustedes se ríen de nosotros, siendo que ustedes nos redujeron al estado en que estamos.

Si Satanás tuviese que hacer uso de la palabra, con más inteligencia y con más atractivo, diría más o menos la misma cosa.

La Iglesia debe enseñar la doctrina con toda claridad

Los Santos, los teólogos, los papas que vivieron en aquel tiempo, siguieron una política enteramente diversa. Y pensaron lo siguiente: la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo para enseñar la verdad. Ella no tiene el derecho de dar una enseñanza confusa porque la instrucción confusa no es una enseñanza digna de ese nombre. La enseñanza confusa es indigna. Aunque sea involuntariamente, y que el profesor por incompetencia, deje la confusión reinar sobre el contenido de lo que está enseñando, aunque sea involuntariamente, no es digno de ser profesor. Porque la claridad es la primera de las cualidades del profesor.

Por lo tanto, la primera exigencia de la enseñanza es ser clara. Si quien enseña no lo hace intencionalmente con claridad, es peor que un incompetente: es un deshonesto. Porque es una deshonestidad, es un fraude, que alguien se presente con la segunda intención de no dar la verdad entera, cuando es esto lo que se espera.

Si, de acuerdo a lo que pensaron aquellos grandes teólogos y Doctores, la Iglesia guardara silencio a ese respecto, oyendo los fieles una enseñanza confusa sobre una verdad indispensable para la salvación, Ella estaría haciendo un fraude a los fieles. Y estaría faltando a su misión.

En segundo lugar, si la Iglesia silenciase al respecto de la Eucaristía, haría que los fieles comulguen mal. ¿Quién puede hacer un acto de adoración al Santísimo Sacramento si no tiene certeza si allí está Nuestro Señor Jesucristo? ¡No es posible! Es decir, la Iglesia para mantener una unidad pútrida, sacrificaría la vida espiritual de sus fieles.

El Concilio de Trento toma posición

Los Padres del Concilio de Trento entendieron que era necesario hacer lo contrario. Y en oposición al protestantismo, acentuar el culto al Santísimo Sacramento. Instituir una fiesta para la adoración del Santísimo Sacramento. Hacer una procesión en la que el Santísimo Sacramento saliera a la calle, adorado por todos, en que las multitudes lo adoran de rodilla en tierra, reconociendo que bajo las apariencias eucarísticas, allí está Nuestro Señor Jesucristo. E impulsar ese culto de todas las maneras, llegando a esa plenitud que es la adoración perpetua al Santísimo Sacramento, instituida por San Pedro Julián Eymard.

Una actitud de lealtad

Era la política de enfrentar, de no conceder, de luchar, de afirmar, de proclamar. Era la política de la honestidad, de la lealtad, de la integridad, de la coherencia. De ella vino para la Iglesia un torrente de gracias; exactamente las gracias de la Contrarreforma, que representaron una de las mayores lluvias de gracias que la Iglesia ha recibido.

Acentuar el culto al Santísimo Sacramento, a Nuestra Señora, la devoción al papado, fue la respuesta de la Iglesia al protestantismo. Una larga respuesta de 300 años, que se fue acentuando. En el siglo XIX, la proclamación de la infalibilidad papal, la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción y, en nuestros días, el dogma de la Asunción. Tuvimos una serie de afirmaciones, de instituciones, etc., desarrollando y afirmando aquello que el protestantismo negaba. De manera que cuanto más ellos persistían en su error, tanto más alto íbamos proclamando la verdad. Cuanto más ellos se dividían, tanto más nuestra unidad se afirmaba.

Hasta que otros vientos soplaron. Vamos a decir la verdad de frente: hay incontables católicos que ya no tienen más la coherencia de su fe. No tienen más la pugnacidad, no tienen más aquella e integridad que caracteriza la institución cuando está viva.

La Iglesia nunca disminuye de vitalidad, porque ella es inmortal. Ella es sobrenatural, ella es divina, pero la correspondencia de sus hijos puede disminuir y puede, por lo tanto, la densidad de la fe disminuir el espíritu de muchos hijos de la Iglesia. Ahora, en la fiesta de Corpus Christi, vemos como el coraje de proclamar los dogmas disminuyó y como, por consecuencia, hay una disminución de la fe, en incontables de esos que se dicen católicos.

La fiesta del Corpus Christi es la fiesta del Santísimo Sacramento, pero ella es una gran lección de combatividad. Aprendamos esa lección, y procuremos ser cada vez más combativos por amor a Nuestra Señora y por adoración al Santísimo Sacramento.

Estamos en la fiesta de Corpus Christi y me gustaría mostrarles algo al respecto de la razón por la cual esa fiesta fue instituida.

Ustedes saben que los protestantes, herejes, negaron y niegan la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Ese fue uno de los mayores escándalos ocurridos en la Iglesia en el siglo XVI, que fue un siglo de tantos escándalos. Los medievales tenían una profunda fe en el Santísimo Sacramento, en la presencia real y, por lo tanto, una devoción enorme ya sea a la Santa Misa, ya sea a la adoración del Santísimo Sacramento. Y los protestantes negaron brutalmente la presencia real.

Los protestantes negaron la Presencia Real

Esa negación fue uno de los puntos de fractura entre protestantes y católicos y fue recibida por los católicos como uno de los peores ultrajes que jamás se haya cometido contra Nuestro Señor.

¿Cuál fue entonces la política, porque se puede aquí hablar de política en el sentido elevado del término, es decir, cuál fue la táctica pastoral usada por la Iglesia frente a ese hecho?

La Iglesia tenía dos caminos. Ella podía decir: «bien, nuestros hermanos separados protestantes están negando la presencia real. Si nosotros afirmamos protuberantemente la presencia real, aumentamos la separación. Como ellos no aceptan de ninguna manera ese dogma, en la medida en que nosotros lo afirmamos, ellos se apartan; entonces vale la pena que repensemos el dogma de la presencia real. Y, tomando en consideración que los tiempos cambiaron, porque el año 1500 estaba en buenas cuentas bien lejos del año 1 de la era cristiana, era muy natural que ahora expresásemos la presencia real en un vocabulario diferente que agradara a los protestantes. No sería una negación de la presencia real. ¡Esto jamás! Es un dogma definido por Nuestro Señor Jesucristo y, debido a esto, no diremos lo contrario de este dogma.

Proclamación del Dogma de la Infalibilidad Pontificia

Pero, en vez de afirmar tan protuberantemente que Nuestro Señor está realmente presente bajo las apariencias eucarísticas, presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, podríamos decir lo siguiente. ¿Que es realmente esta presencia? Dios está presente en todas partes y los buenos amigos protestantes pueden entender que Dios está presente allí, como Él está, por ejemplo, presente en una flor, o cómo está presente en un pan cualquiera.

Nosotros entendemos que no es así. Que está realmente presente con Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, pero no vamos a decir esto para no crear una división. Después, vamos a comenzar el diálogo. En el diálogo les decimos: «¿qué tal sería si volvemos a estudiar los fundamentos del dogma de la presencia real, para verificar, en conjunto, hasta que punto ese dogma tiene o no su fundamento en la Sagrada Escritura?»

El protestante diría: «su duda es hermana de la mía. Yo también quiero estudiar el asunto, como también usted quiere». El quedará con una cierta impresión de que tengo duda, pero yo no dije que tengo duda.

Entonces comienza una conversación al respecto del Santísimo Sacramento en la que yo digo: «mire, sería más interesante, en vez de tomar una posición endurecida, que estudiemos cuál es el modo por el cual podríamos llegar a un acuerdo. De tal manera que de la tesis «Jesucristo está presente en realmente en la Eucaristía», y de la antítesis «Jesucristo no está realmente presente en la Eucaristía», pudiésemos deducir una tercera posición. Que no sería enteramente una ni otra cosa. Usted cede un poco, y yo cedo un poco. Y afirmaremos juntos que Jesucristo de hecho está presente en la Eucaristía. Ahora, si está presente sólo en cuanto Dios, o en cuanto Hombre-Dios, es un pormenor al respecto del cual cada uno de nosotros reclama su libertad de posición. Entonces, habremos llegado finalmente a una síntesis.

Una solución aparentemente salomónica

Por esta forma, se podía haber evitado la ruptura entre protestantes y católicos y el mundo cristiano hoy sería unánimemente católico. Esto habría dado a la Religión Católica una fuerza, un vigor, una magnitud muy diferente de la tristeza de esa ruptura, de esa división que existe. Ustedes católicos, cuando ven las sectas protestantes pulverizadas y que de lo alto y de dentro de su unidad se reían de esa pulverización, ¿imaginan bien de qué desgracia se ríen? ¿De qué infortunio se están burlando? ¿Tienen una idea de cuánto esto representó para el relajamiento moral de este mundo protestante así dividido? ¿Cuánto representó de luchas, de divisiones, de dolores y de sufrimiento? La primera cisión partió de ustedes, cuando rechazaron nuestra novedad. Las otras cisiones ocurrieron en cadena, exactamente debido a ese rechazo que ustedes practicaron. Ustedes son los autores de los males de los cuales se quejan y ustedes se ríen de nosotros, siendo que ustedes nos redujeron al estado en que estamos.

Si Satanás tuviese que hacer uso de la palabra, con más inteligencia y con más atractivo, diría más o menos la misma cosa.

La Iglesia debe enseñar la doctrina con toda claridad

Los Santos, los teólogos, los papas que vivieron en aquel tiempo, siguieron una política enteramente diversa. Y pensaron lo siguiente: la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo para enseñar la verdad. Ella no tiene el derecho de dar una enseñanza confusa porque la instrucción confusa no es una enseñanza digna de ese nombre. La enseñanza confusa es indigna. Aunque sea involuntariamente, y que el profesor por incompetencia, deje la confusión reinar sobre el contenido de lo que está enseñando, aunque sea involuntariamente, no es digno de ser profesor. Porque la claridad es la primera de las cualidades del profesor.

Por lo tanto, la primera exigencia de la enseñanza es ser clara. Si quien enseña no lo hace intencionalmente con claridad, es peor que un incompetente: es un deshonesto. Porque es una deshonestidad, es un fraude, que alguien se presente con la segunda intención de no dar la verdad entera, cuando es esto lo que se espera.

Si, de acuerdo a lo que pensaron aquellos grandes teólogos y Doctores, la Iglesia guardara silencio a ese respecto, oyendo los fieles una enseñanza confusa sobre una verdad indispensable para la salvación, Ella estaría haciendo un fraude a los fieles. Y estaría faltando a su misión.

En segundo lugar, si la Iglesia silenciase al respecto de la Eucaristía, haría que los fieles comulguen mal. ¿Quién puede hacer un acto de adoración al Santísimo Sacramento si no tiene certeza si allí está Nuestro Señor Jesucristo? ¡No es posible! Es decir, la Iglesia para mantener una unidad pútrida, sacrificaría la vida espiritual de sus fieles.

El Concilio de Trento toma posición

Los Padres del Concilio de Trento entendieron que era necesario hacer lo contrario. Y en oposición al protestantismo, acentuar el culto al Santísimo Sacramento. Instituir una fiesta para la adoración del Santísimo Sacramento. Hacer una procesión en la que el Santísimo Sacramento saliera a la calle, adorado por todos, en que las multitudes lo adoran de rodilla en tierra, reconociendo que bajo las apariencias eucarísticas, allí está Nuestro Señor Jesucristo. E impulsar ese culto de todas las maneras, llegando a esa plenitud que es la adoración perpetua al Santísimo Sacramento, instituida por San Pedro Julián Eymard.

Una actitud de lealtad

Era la política de enfrentar, de no conceder, de luchar, de afirmar, de proclamar. Era la política de la honestidad, de la lealtad, de la integridad, de la coherencia. De ella vino para la Iglesia un torrente de gracias; exactamente las gracias de la Contrarreforma, que representaron una de las mayores lluvias de gracias que la Iglesia ha recibido.

Acentuar el culto al Santísimo Sacramento, a Nuestra Señora, la devoción al papado, fue la respuesta de la Iglesia al protestantismo. Una larga respuesta de 300 años, que se fue acentuando. En el siglo XIX, la proclamación de la infalibilidad papal, la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción y, en nuestros días, el dogma de la Asunción. Tuvimos una serie de afirmaciones, de instituciones, etc., desarrollando y afirmando aquello que el protestantismo negaba. De manera que cuanto más ellos persistían en su error, tanto más alto íbamos proclamando la verdad. Cuanto más ellos se dividían, tanto más nuestra unidad se afirmaba.

Hasta que otros vientos soplaron. Vamos a decir la verdad de frente: hay incontables católicos que ya no tienen más la coherencia de su fe. No tienen más la pugnacidad, no tienen más aquella e integridad que caracteriza la institución cuando está viva.

La Iglesia nunca disminuye de vitalidad, porque ella es inmortal. Ella es sobrenatural, ella es divina, pero la correspondencia de sus hijos puede disminuir y puede, por lo tanto, la densidad de la fe disminuir el espíritu de muchos hijos de la Iglesia. Ahora, en la fiesta de Corpus Christi, vemos como el coraje de proclamar los dogmas disminuyó y como, por consecuencia, hay una disminución de la fe, en incontables de esos que se dicen católicos.

La fiesta del Corpus Christi es la fiesta del Santísimo Sacramento, pero ella es una gran lección de combatividad. Aprendamos esa lección, y procuremos ser cada vez más combativos por amor a Nuestra Señora y por adoración al Santísimo Sacramento.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

La Isla, una película con ética

Daniel Tirapu

La Isla

photo_camera La Isla

La trama es la siguiente: personas que están aisladas en un fabuloso complejo, trabajan, se divierten, son atendidas con esmero, pero ni saben de dónde vienen, ni a dónde van. Visten igual.

Uno de ellos comienza a hacerse preguntas, empieza a soñar, a dudar. Les han dicho que fueron rescatados de un ambiente mortífero y su única esperanza e ilusión es que un sorteo les lleve a la Isla.

Todo es una farsa, son clones de repuesto para gente con mucho dinero que necesita un corazón, un hígado, un hijo, un seguro de vida. Son seres para otro.

Cuando se habla de un embrión, es lo mismo, pero no se le ve tan grande o desarrollado. La película ayuda a darse cuenta de lo que hay detrás de tanto supuesto avance, una cosificación de la persona y tratarlos como vacas o cerdos, con todo mi respeto. Bienvenida la ética a una película que hace pensar.

Muy recomendable también Gattaca, hijos de la ciencia, hijos del amor.

 

Nuestros curas

Aunque todos los cristianos participamos del sacerdocio de Cristo por el bautismo que nos identifica con Él y nos lleva a ofrecer tantos sacrificios cada día en el trabajo, en la vida de familia, en la enfermedad y en mil encrucijadas, esta semana me van a permitir ser un poco corporativista y que les escriba sobre nuestros curas, sobre quienes han recibido el sacerdocio ministerial. Lo hago además con el dolor de haber sufrido la pasada semana la muerte, a los 52 años, de mi hermano Juan Antonio, sacerdote y teólogo, profesor de la Universidad de Navarra y formador de vocaciones sacerdotales. Ha vivido y muerto como un verdadero santo tras casi dos años de lucha contra el cáncer. Además estamos en plena campaña vocacional con motivo del Día del Seminario y deseo rendirles a nuestros curas un homenaje de gratitud y reconocimiento.

Son miles y miles en España y están en nuestras parroquias: las de los pueblos pequeños y las de las barriadas de las grandes ciudades, desarrollando un trabajo abnegado de ayuda a los demás con su tarea evangelizadora, con la administración de los sacramentos, con la promoción de tantas obras sociales y culturales; con la cercanía a los enfermos y a los que sufren; con el consejo pronto para quien lo necesita. Otros viven entregados a la educación de los más jóvenes o al acompañamiento y consuelo de los enfermos en los hospitales; los hay quienes se dejan cada día lo mejor de sí para lograr una vida más digna a los pobres y marginados, o a los que están atrapados en las nuevas esclavitudes.

La mayoría de ellos, aunque sobrepase con creces ya en nuestro país los 65 años de edad y cuando muchos podrían descansar como cualquier persona con esos años, siguen en el tajo que a cada uno le toca a más en una sobrecarga laboral que haría conflictivo cualquier convenio colectivo en el mundo civil, si algún sindicato se ocupara de este sector. Pero ellos sacan fuerzas de lo menguado de sus filas y alargan los años en un servicio escondido y alegre. En nuestra diócesis de Ávila no son pocos los que habiendo superado los 80 siguen atendiendo tareas pastorales, incluso algunos con más de 90 años. ¡Benditos sean!

Muchas veces trabajan a contracorriente de un mundo en el que, por la pérdida del sentido religioso y predominio del secularismo, se hace para los curas cada vez más difícil explicar la razón de ser de su vocación, de su entrega abnegada al ideal evangélico. Afortunadamente ya no forman parte de la clase directiva típica de los pueblos de la España tópica. Y con no menor gratitud a la Providencia también han desaparecido del elenco de personajes del chiste fácil e incluso han dejado de ser los adversarios reconocibles y también tópicos para el rancio anticlericalismo, por desgracia cíclicamente retornante.

Gracias a Dios, sigue habiendo jóvenes que optan con generosidad por imitarles en este servicio, en esta vocación maravillosa. También ellos han roto el tópico y son gente de su tiempo, más preparada y decidida. En España actualmente hay 1.203 seminaristas mayores, pero con desigual reparto. En esto también sufrimos en nuestra diócesis una grave “despoblación”, ya que sólo contamos con 4 seminaristas mayores, lo que hace imposible el relevo sacerdotal en muchos puestos pastorales y nos sitúa ante una verdadera emergencia vocacional a la que hemos de hacer frente con una mayor oración (cf. Mt 9,38), para que Dios envíe obreros a su mies y con una más decidida propuesta vocacional por parte de todos, especialmente de los sacerdotes y educadores cristianos. El sacerdocio no puede dejar de ser en Ávila un camino atractivo para nuestros jóvenes ofrecido sin complejos desde el gran esfuerzo educativo que la Iglesia lleva a cabo y desde las familias cristianas. Ya es hora de que tomemos conciencia de esta tarea urgente.

Hemos de caer en la cuenta de que tenemos muchos motivos de agradecimiento para nuestros curas y en estos días de la campaña del Seminario podrían tomar incluso forma de oración por estos sacerdotes buenos, que son los más y cuyos nombres y rostros conocemos o recordamos. Los que han aparecido y puedan aparecer en las páginas de sucesos de los medios por haber traicionado el ministerio sacerdotal con conductas criminales, especialmente contra los menores y personas vulnerables, son minoría, pero no por ello dejan de dolernos profundamente y merecen nuestra condena aunque sólo hubiera un caso, y nos avergüenza profundamente y pedimos perdón en especial a las víctimas y haremos todo lo que esté en nuestras manos por evitarlo, siguiendo el esfuerzo ejemplar del Papa Francisco por erradicar esta lacra de nuestras filas.

Pero la inmensa mayoría de los sacerdotes buenos no ocupará nunca espacio en una noticia y sí en el corazón agradecido de Dios y del pueblo. A ellos les dedicaba precisamente el Papa Francisco unas palabras de aliento en su discurso al final de la reciente e histórica reunión en el Vaticano sobre Protección de Menores en la Iglesia, y que hago mías: “Permitidme, señalaba el Papa, ahora un agradecimiento de corazón a todos los sacerdotes y a los consagrados que sirven al Señor con fidelidad y totalmente, y que se sienten deshonrados y desacreditados por la conducta vergonzosa de algunos de sus hermanos. Todos —Iglesia, consagrados, Pueblo de Dios y hasta Dios mismo— sufrimos las consecuencias de su infidelidad. Agradezco, en nombre de toda la Iglesia, a la gran mayoría de sacerdotes que no solo son fieles a su celibato, sino que se gastan en un ministerio que es hoy más difícil por los escándalos de unos pocos —pero siempre demasiados— hermanos suyos. Y gracias también a los laicos que conocen bien a sus buenos pastores y siguen rezando por ellos y sosteniéndolos”.

+ José María Gil Tamayo. Obispo de Ávila

 

 

Redes sociales, instrumentos para reforzar la fe

Silvia del Valle Márquez

Nosotros como papás debemos procurarles todos los medios a nuestro alcance para lograr que tengan una espiritualidad adecuada, así podrán compartirla con los demás.

Imagen de redes sociales

El mundo de las redes sociales es algo que a muchos de nosotros como papás nos puede llegar a aterrar, pero debemos verle el lado positivo y colaborar a extender el Reino de Dios en este nuevo continente digital, que por cierto, es el que más personas tiene; ahí estamos nosotros, nuestros hijos y muchas personas más que también deberían de ser alcanzadas por la Palabra de Dios.

Muchos me pueden decir que suena complicado o que es una locura, pero tienen razón, es la locura de llevar a más personas a Cristo y, sobre todo, romper el paradigma y darnos cuenta que si el papa nos está pidiendo ser una Iglesia en salida, que debemos ir por los que están alejados, las redes sociales pueden ser un medio eficaz, siempre y cuando lo hagamos de forma ordenada y dirigida.

Por eso aquí te dejo mis 5 Tips para lograr que nuestros hijos (y nosotros también) sean misioneros digitales.

Primero: El Mensaje es Cristo. Deben estar llenos de él para poderlo dar. Es importante entonces, que tengan claro que lo que tratamos de comunicar es a Jesús y su acción en nuestras vidas. Así debemos tener claro que nosotros solo somos el medio, el fin siempre es extender el Reino de Dios. Para esto deben tener una vida espiritual fuerte. Nosotros como papás debemos procurarles todos los medios a nuestro alcance para lograr que tengan una espiritualidad adecuada, así podrán compartirla con los demás.

Segundo: Deben hablar el lenguaje de la red en la que van a incursionar. Es importante que conozcan un poco la red social ya que no todas las redes son iguales ni están dirigidas a los mismos públicos, por eso deben pensar cual es su mejor opción. De las más amigables para comenzar es Facebook.

Tercero: Que sean creativos a la hora de dar el mensaje. Es cierto que hay tantos mensajes en las redes sociales que es necesario ser innovador y dar un mensaje sólido. El mensaje que damos nosotros es muy sólido, por eso ahora debemos buscar una forma creativa, pero que no se salga de lo que el magisterio, la doctrina y la tradición nos marcan como adecuado y católico. La innovación está en la forma, no en el mensaje.

Cuarto: Debemos poner reglas para el uso de las redes sociales, de otra forma buscarían estar todo el día y es una realidad que se vuelve algo adictivo estar en las redes sociales. Por eso hay que establecer desde el principio horarios de uso de los dispositivos para realizar la misión digital.

Quinto: Hay que tomar medidas de seguridad. Debemos estar atentos a lo que pasa. Es una realidad que en el mundo digital no todo es lindo, que existen riesgos reales como es la suplantación de la personalidad, el que se diga que es alguien y que en realidad no lo sea y el que se inventen perfiles con información falsa; por eso debemos acompañar a nuestros hijos, sobre todo si son menores de edad, para que la experiencia de la misión digital sea lo más segura posible.

Pero ojo, no debemos negarles la posibilidad de evangelizar en las redes sociales, ya que de forma natural, ellos interactúan en ellas, solo es cuestión de que lo hagan ahora con un propósito mas alto y que se conviertan en misioneros digitales.

Por cierto, ¿no se te antoja a ti también ser misionero digital? Pues, ¡adelante!

 

El bien de los hijos: la paternidad responsable (I)

“Un hijo no es sino la síntesis del amor de los cónyuges entre sí, unidos íntimamente al amor de Dios, que crea el alma”. En la serie de textos sobre amor humano, se aborda ahora el don de los hijos.

Amor humano12/10/2015

Opus Dei - El bien de los hijos: la paternidad responsable (I)

Nada más práctico que una buena teoría

Al sostener que quien no vive como piensa acaba pensando cómo vive, la sabiduría popular no lo dice todo y ni siquiera lo más importante.

Porque si es cierto que quienes no luchan por corregir una conducta equivocada terminan con frecuencia echando mano de una teoría que la justifique, no lo es menos que un conocimiento adecuado de las realidades fundamentales constituye la mejor y más permanente ayuda para un recto comportamiento.

Entre esas verdades, ninguna influye tanto en la conducta como la comprensión profunda de que cualquier mujer o varón es persona. Y ninguna determina tan eficazmente la actitud de los cónyuges entre sí y respecto a sus hijos.

Por eso, la consideración pausada de lo que lleva consigo ser persona, lejos de apartarnos de la práctica educativa, nos introduce hasta su mismo corazón, a la vez que ilumina desde dentro el sentido más hondo de la paternidad responsable.

Persona e hijo de Dios

El desvelamiento de la condición personal, unido históricamente a la difusión del cristianismo, se intuye en toda su grandeza al descubrirlo como respuesta a una sola y decisiva pregunta:¿Cuál no será el valor de cada hombre si el Verbo de Dios ha decidido encarnarse y morir en la Cruz para devolverle la posibilidad de gozar de Él y con Él por toda la eternidad?

La verdad era tan innegable como sublime y pasmosa. Y sus consecuencias prácticas tan profundas y cotidianas, que los primeros en vislumbrarla temieron no estar a la altura de tanta maravilla y olvidar, siquiera por un momento, la impresionante grandeza de cuantos los rodeaban.

Quisieron asegurar entonces que el mismo vocablo con que se referían a ellos trajera a su mente la valía casi infinita de cualquier varón o mujer, de “cada uno de todos”.

Que es justo lo que indica la palabra persona, utilizada desde entonces para designarlos: la magnitud indescriptible y la absoluta e insustituible singularidad de todo ser humano, correlativa, en los dominios de la gracia, a la condición de hijos de Dios.

 

Fotos de Álvaro García Fuentes.Fotos de Álvaro García Fuentes.

Siguiendo una pauta divina

La filosofía y la teología refrendan lo que los hombres de buena voluntad intuyen y cualquier cristiano sabe con certeza: lo único que puede mover a Dios a crear es el bien de las criaturas a las que piensa dar el ser y, en particular, de las personas; Él nada gana al crearnos, puesto que su Bien es infinito y no admite incremento.

Con palabras más claras: cada uno de los seres humanos es fruto directo del infinito Amor de Dios, que quiere lo mejor para él.

Y como nada hay mejor que Dios mismo, Dios crea al hombre a su imagen y semejanza —lo hace capaz de conocerlo y amarlo— y, elevándolo al orden de la gracia, lo destina a unirse definitivamente a Él, introducido en su propia Vida, en un diálogo eterno y poderosamente unitivo de conocimiento y amor.

Para referirse a esa condición final del ser humano, Tomás de Aquino utiliza expresiones tan audaces como profundas: los hombres estamos llamados a “alcanzar” o “tocar” a Dios (attingere Deum), transformándonos en “dioses” por participación (participative dii).

Si Dios puede describirse como un Acto infinito y perfecto de Amor de Dios, seremos enteramente semejantes a Él cuando, al término, llevados por su gracia, todo nuestro ser se resuma y transforme en un también perpetuo y gozoso acto… de amor de Dios.

Dioses por participación: ese es nuestro destino y el más soberano índice de nuestra grandeza.

Cómo “responder” a la grandeza de nuestros hijos

Sobre esa convicción se construyó y sigue asentándose lo mejor de nuestra civilización; y sobre la misma base, enriquecida y hecha eficaz mediante el diálogo con Dios, debe edificarse la relación de los cónyuges entre sí y con cada hijo.

Siempre y en cualquier circunstancia, al referirse a sus hijos, un padre y una madre han de considerar que se encuentran ante una persona y que, con su propia actitud y manera de obrar, deben responder a la grandeza de esa índole personal.

En su acepción más amplia y profunda, la paternidad responsable designa la calidad del comportamiento de unos padres que responden como personas a la nobleza indescriptible, e imposible de exagerar, de unos hijos que también son personas.

Más allá del genérico respeto, e incluso de la veneración y la reverencia, esa respuesta sólo queda adecuadamente expresada con una palabra: amor, entendido reciamente como la búsqueda coherente y decidida del bien del ser querido.

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-26df11b0c42455aee1fc696cc0c4d01e.jpgCooperadores de Dios

La vida en la tierra, entonces, más que como una “prueba”, debe concebirse como la gran oportunidad que Dios ofrece para incrementar nuestra capacidad de amar, de modo que vayamos siendo más felices ya en este mundo y que, al concluir nuestra existencia temporal, habiendo dilatado las fronteras de nuestro corazón, nos “quepa” más Dios en el alma y gocemos más de Él por toda la eternidad.

Y el padre y la madre han de colaborar con Dios en esta tarea, de una manera muy particular, derivada de su condición de padres.

El Modelo es, de nuevo, Dios mismo. Si, para salvarnos, Jesucristo se “anonadó”, manifestando así la infinitud del Amor divino, para educar —que no es, en definitiva, sino enseñar a amar— el padre y la madre han de saber asimismo “desaparecer” en beneficio de cada hijo. Es decir, sus intereses, sus capacidades, sus ilusiones más nobles no cuentan, entonces, sino en la medida en que saben ponerlas sin reservas al servicio del cumplimiento del plan de Dios para cada hijo.

En otras palabras, en la proporción exacta en que ayudan a cada uno a descubrir ese designio —único, aunque convergente con el de cualquier otro ser humano—, y fomentan y apoyan su libertad; para que sepa conducirse por sí mismo hasta la plenitud del Amor que le dio el ser y que de nuevo lo interpela para que libremente retorne a Él.

Co-creadores responsables

Ese derecho-deber deriva, según decía, de su condición de padres. Como recuerda también Tomás de Aquino, quienes han sido la causa del surgir de una realidad, han de constituir asimismo el motor de su desarrollo: pueden y deben.

El hijo no es sino la síntesis del amor de los cónyuges entre sí, unidos íntimamente al amor de Dios, que crea el alma. Corresponde, pues, a los padres cooperar con Dios en la educación de cada hijo, como un derecho inalienable, que a la par es un deber del que nadie les puede dispensar: por ser realmente sus padres, por su condición de co-creadores.

Dios se bastaba para dar la vida a cualquier ser humano; no necesitaba de nada ni de nadie. Pero quiso también ahora asimilarnos a Él en esa su acción creadora, fruto de su infinito Amor, elevándonos, en cierto sentido, a la altura de co-creadores.

Y lo hizo a su manera, teniendo en cuenta su propia sublimidad y, por decirlo de algún modo, la grandeza del término de su acción creadora: cada persona humana, que exige ser tratada siempre con amor, pero muy particularmente en el instante prodigioso en que inaugura su existencia, que es condición de posibilidad de cualquier otro momento y situación.

Por eso, para llevar a cabo la creación de cada nueva persona humana, Dios buscó “algo” igualmente maravilloso: si el infinito y todopoderoso Amor divino es el Texto que narra la entrada en la vida del ser humano y la realiza —la Palabra de Dios es infinitamente eficaz—, el único contexto proporcionado a ese Amor sin medida habría de ser un también grandioso y exquisito acto de amor.

Me refiero, como es fácil colegir, al acto maravilloso con el que se unen íntimamente un varón y una mujer que, por amor, se han entregado mutuamente y de por vida.

Como sugerí, este conjunto de verdades, normalmente poco atendidas, constituyen el ámbito y el horizonte imprescindibles, donde se recorta la doctrina particular de la paternidad responsable.

Lo que en ella suele afirmarse —y que reservo para un posterior artículo— solo acaba de entenderse a la luz de la sublimidad de quienes intervienen más directamente en la generación y el desarrollo de toda persona humana: Dios, el propio hijo, cada uno de sus padres.

T. Melendo

 

 

“Varón y mujer los creó”: Informe sobre el documento del Vaticano sobre la ideología de género

Observatorio de Bioética – Universidad Católica de Valencia

junio 21, 2019 12:22Justo AznarBioética y defensa de la familia

(ZENIT – 21 junio 2019).-El pasado 10 de junio, la Congregación para la Educación Católica hizo público un documento titulado “Varón y mujer los creó”, en el que se expone lo que esta Congregación piensa sobre la Ideología de Género, y especialmente cómo se puede hacer llegar esta información al mundo educativo, pues, según dicha Congregación, el objetivo del Documento es «ofrecer algunas reflexiones que puedan orientar y apoyar a cuantos están comprometidos con la educación de las nuevas generaciones para poder abordar metódicamente las cuestiones más debatidas sobre la sexualidad humana, a la luz de la vocación al amor, a la cual toda persona es llamada».

La Congregación para la Educación Católica ofrece este documento para orientar y apoyar a cuantos están comprometidos en la educación de los jóvenes.

Dada la extensión del Documento, que incluye 57 puntos, desde el Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia, nos ha parecido de interés redactar un texto resumido que, sin alterar el contenido del documento original, pueda facilitar su lectura.

Este texto se estructura, al igual que el documento original, en capítulos, con los mismos títulos que en él se especifican.

Introducción

No cabe duda que los padres y educadores están ante una verdadera emergencia educativa en todo aquello que afecta a los temas de afectividad y sexualidad, pues en muchos casos se han propuesto caminos educativos que «transmiten una concepción de la persona y de la vida pretendidamente neutra, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la justa razón», creando una profunda «desorientación antropológica» en los padres y educadores sobre estos temas.

Tanto unos como otros se enfrentan al desafío que supone la Ideología de Género, que esencialmente niega la diferencia sexual entre hombre y mujer, ya que el sexo no se define genéticamente, es decir en el nacimiento, sino que se construye según los deseos individuales. Soy varón o mujer, porque es lo que siento y quiero ser. Esto socaba el fundamento antropológico de la familia, al separar drásticamente la diversidad y complementariedad biológica entre varón y mujer.

Al abordar esta cuestión, ésta no puede ser valorada al margen de la educación al amor, según se define en el Concilio Vaticano II, en donde se especifica que la educación sexual debe responder «al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, a la vez que sea conforme a la cultura cristiana».

Por ello, la Congregación para la Educación Católica, dentro de sus competencias, ofrece este documento para orientar y apoyar a cuantos están comprometidos en la educación de los jóvenes.

Breve historia

https://www.observatoriobioetica.org/wp-content/uploads/2019/06/genero-300x169.jpeg

El documento se refiere, en primer lugar, a cómo ha evolucionado el concepto de Género en el siglo XX, que fundamentalmente se basa en una «lectura puramente sociológica de la diferenciación sexual enmarcada dentro de las libertades individuales», haciendo hincapié en que «la identidad sexual tiene más que ver con una construcción social que con una realidad natural o biológica», afirmando en ese sentido que en «las relaciones interpersonales lo que importa es el afecto ente los individuos, independientemente de la diferencia sexual y del fin procreador de dichas relaciones, relaciones que se consideran irrelevantes en la construcción de concepto de familia».

Puntos de encuentro

Aunque, indudablemente el concepto de Ideología de Género difiere sustancialmente de lo que en la diferenciación sexual propugna una adecuada antropología cristiana, existen también algunos puntos de encuentro, como puede ser el «luchar por cualquier expresión de injusta discriminación» entre los individuos, y en «respetar a cada persona en su particular y diferente condición, de modo que nadie debido a sus condiciones personales pueda convertirse en objeto de acoso, violencia, insultos y discriminación injusta».

Otro punto que puede ser positivo es aumentar la comprensión antropológica de los valores de la feminidad que de alguna forma se defiende en esta Ideología.

Crítica

Sin embargo, existen abundantes puntos discrepantes entre la Ideología de Género y una adecuada antropología cristiana, ya que las teorías del Género estimulan «un proceso progresivo de desnaturalización o alejamiento de la naturaleza» en cuanto al sexo se refiere. En este sentido la identidad sexual, e incluso la propia familia, hay que repensarlas de acuerdo a lo que se ha venido en denominar “liquidez” y “fluidez postmoderna”.

Además de ello, la ideología de género propone un dualismo antropológico, que da origen a un «relativismo, donde todo es equivalente e indiferenciado, sin orden ni finalidad», vaciando de esta manera la antropología cristiana sobre el sexo de las personas y sobre la familia.

Todo ello promueve «proyectos educativos y pautas legislativas» que afectan radicalmente a la «diferencia biológica entre el hombre y la mujer», «como si más allá de los individuos no hubiera verdades, valores, principios que nos orienten, como si todo fuera igual y cualquier cosa debiera permitirse».

Razonar

«Existen argumentos racionales que aclaran la centralidad del cuerpo como un elemento integral de la identidad personal y de las relaciones personales». «El cuerpo es la subjetividad que comunica la identidad del ser», ya que el dimorfismo sexual, es decir, la diferencia sexual entre hombres y mujeres, está fundamentado en las ciencias experimentales y humanas.

Como consecuencia de ello «el proceso de identificación sexual se ve obstaculizado por la construcción ficticia de un “género” o incluso de un “tercer género”, oscureciendo la sexualidad como un elemento diferenciador de la identidad masculina y femenina.

Proponer

«Sin una aclaración satisfactoria de la antropología sobre la cual se basa el significado de la sexualidad y la afectividad, no es posible estructurar adecuadamente un camino educativo que sea coherente con la naturaleza del hombre como persona», ya que dicha antropología, la cristiana, defiende que «el hombre posee una naturaleza que se debe respetar y que no puede manipularse a su antojo», respeto que se basa en «el reconocimiento de la dignidad peculiar del ser humano y en la ley moral escrita en su propia naturaleza». Esta antropología cristiana tiene sus raíces en la narración de los orígenes, tal como se describe en el libro del Génesis, en donde se afirma que “Dios creo al hombre a su imagen, varón y mujer los creó (Génesis 1, 27).

La familia

Según el documento de la Congregación para la Educación Católica que se está comentando, «la familia es el lugar natural en donde la relación entre hombre y mujer encuentra su plena actuación. La familia es una realidad antropológica y, en consecuencia, una realidad social de cultura», es decir, «una sociedad natural en donde se realizan plenamente la reciprocidad y complementariedad entre hombre y mujer». Esta realidad precede al mismo orden sociopolítico del Estado».

Fundados en esta racionalidad antropológica surgen dos derechos, «el primero es el derecho de la familia a ser reconocida como el principal espacio pedagógico para la formación del niño», lo que fundamenta el derecho que tienen los padres a educar a sus hijos; el segundo es el derecho del niño a «crecer en una familia con un padre y una madre, en el que se genere un ambiente idóneo para su desarrollo y maduración afectiva».

La escuela

De igual manera los educadores cristianos deben «dar testimonio de la verdad sobre la persona

sexualidad, cómo se está educando a los más pequeños en esta materia

humana», y cuando hacen referencia a la «educación de la afectividad deben utilizar un lenguaje apropiado a la edad de los alumnos, pues deben de tener en cuenta que los niños y los jóvenes aún no han alcanzado la plena madurez», por lo que las enseñanzas referentes a la sexualidad deben realizarse de acuerdo a su edad.

La sociedad

No cabe duda que la sociedad actual está imbuida por la prioridad de la libertad personal, lo que condiciona que la bandera de dicha libertad se esgrima como objetivo fundamental de la educación sexual.

Por estas razones «no se puede dejar a la familia sola, frente al desafío educativo», debiendo fomentarse una «alianza educativa entre familia, escuela y sociedad», promoviendo un interactuar sustancial y no burocrático que armonice las responsabilidades primordiales de los padres con la tarea de los maestros en la educación de los niños y adolescentes, teniendo en cuenta que esta alianza «debe estar informada siempre por el principio de subsidiariedad».

La formación de los formadores

Dentro de este proceso educativo es fundamental la educación continuada de los formadores, que debe abarcar no solamente sus aspectos profesionales específicos, sino también aquellos culturales y espirituales que pueden afectar a la educación de los alumnos, tratando de que «los educadores sepan acompañar a los alumnos hacia objetivos elevados», relacionándolos «entre ellos y con el mundo social».

Un aspecto importante es el ejemplo personal de los educadores, pues «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan y, sobre todo, si escucha a los que enseñan es porque a su vez dan testimonio».

Al margen de esta reflexión general, y ya estrictamente en relación con la Ideología de Género, es fundamental que los educadores católicos «reciban una preparación adecuada sobre el contenido de los diferentes aspectos de la cuestión de género y sean informados sobre las leyes vigentes y las propuestas que se están discutiendo en sus propios países con la ayuda de personas cualificadas que de manera equilibrada» y bien fundamentad sobre principios científicos confirmados.

Conclusión

Concluye el documento afirmando que «el diálogo parece ser el camino más efectivo para una transformación positiva de las inquietudes e incomprensiones», para el desarrollo en profundidad del ser humano.

«Más allá de cualquier reduccionismo ideológico los educadores católicos están llamados a transformar positivamente los desafíos actuales», siguiendo el camino de la razón y de la propuesta cristiana. «Los formadores tienen la fascinante misión educativa de enseñar un camino en torno a las diversas expresiones del amor, al cuidado mutuo, a la ternura respetuosa y a la comunicación en busca de sentido».

«Esta cultura de dialogo no contradice la legitima aspiración de las escuelas católicas de mantener su propia visión de la sexualidad humana en función de la libertad de las familias para poder basar la educación de sus hijos en una antropología integral capaz de armonizar todas las dimensiones que constituyen su identidad física o espiritual».

«La Congregación para la Educación Católica alienta a continuar con la misión formativa de las nuevas generaciones y especialmente de quien sufre la pobreza en sus distintas expresiones y necesitan del amor de los educadores y educadoras».

Comentario final

No cabe duda que la Ideología de Género está influyendo objetivamente en el pensamiento social, orientándolo a posturas opuestas a lo que se podría calificar como una adecuada antropología cristiana, lo que afecta profundamente a personas y familias.

"Masculino o femenino, ¿Una construcción social?", vídeo dirigido a valorar la transexualidad y la Ley que la Comunitat Valenciana está elaborando.

No siempre las valoraciones que se hacen, generalmente desde grupos ideológicos de poder, son acordes al pensamiento cristiano, por ello, es de agradecer que la Congregación para la Educación Católica, haya publicado, el documento “Varón y mujer los creó. Para una vía del diálogo sobre la cuestión del género”, en el que de forma explícita se expone lo que se debe considerar como doctrina de la Iglesia Católica en esta controvertida materia.

Somos muchos los católicos que vamos a encontrar en este Documento una fuente de aguas claras para ir formando nuestra conciencia en tan controvertido problema, con la seguridad de que vamos a caminar por el sendero que nuestra madre la Iglesia nos va señalando.

Además de ello, la Ideología de Género afecta de forma directa a la educación de los hijos, por lo que una guía para orientar a los padres sobre qué hacer en este delicado tema, es un instrumento de incalculable valor para saber cómo proceder en el sagrado deber que tenemos de educar a nuestros hijos en la Fe y ello, especialmente, en nuestra Comunidad Valenciana en donde las autoridades educativas han publicado una Guía de Educación Sexual para controlar la educación de los adolescentes y jóvenes en materia sexual, guía que no solo ofrece pautas muy alejadas de una adecuada antropología cristina, sino que en algunas ocasiones se muestra manifiestamente contraria.

Es por ello, que el Documento para la Congregación de la Educación Católica es, en estos momentos, un texto de indudable utilidad para orientar a los padres católicos sobre la educación de sus hijos.

Justo Aznar

Observatorio de Bioética

Universidad Católica de Valencia

 

 

23 millones de niñas

El aborto selectivo por sexo ha causado la muerte prematura de más de 23 millones de mujeres, según el primer estudio global sistemático del desequilibrio de la proporción de sexos.

Es difícil estimar el impacto global del aborto selectivo por sexo porque los abortos, y algunas veces incluso los nacimientos, no siempre se rastrean con precisión. El nuevo estudio ideó un modelo estadístico para predecir el impacto total del aborto selectivo por sexo en los países que tienen una proporción de sexos sesgada.

Los autores encontraron que 23 millones de niñas están desaparecidas en todo el mundo como "consecuencia directa del aborto selectivo por sexo, impulsado por la coexistencia de la preferencia del hijo, la tecnología fácilmente disponible de la determinación sexual prenatal y el declive de la fertilidad".

La mayoría de estas niñas fueron abortadas en China continental, donde faltan 11.9 millones de niñas, y en India, donde faltan 10.6 millones. Pero según los autores del estudio, la ausencia de mujeres también es estadísticamente fuerte en otros países, la mayoría de los cuales se encuentran en Asia y Europa del Este.

Los autores citan la preferencia del hijo y la disponibilidad del diagnóstico sexual prenatal, combinado con la accesibilidad del aborto selectivo por sexo, como los principales impulsores de las tasas sesgadas.

Si bien los autores no mencionan explícitamente la política de un solo hijo de China, reconocen implícitamente su impacto devastador. Describen un "efecto de compresión" de una pequeña preferencia por el tamaño de la familia en las relaciones sexuales. Los autores explican que "el aborto selectivo por sexo proporciona un medio para evitar a las familias numerosas y al mismo tiempo tener hijos varones".

Enric Barrull Casals

 

 

El Iftar de Alí Evsen

Para los musulmanes, el Ramadán es un tiempo sagrado. Es un tiempo de especial relación con la familia y los amigos. Un tiempo en el que los extraños y desconocidos son bienvenidos a la mesa. Un mes dedicado al ayuno, a la oración y a la limosna. Una oportunidad para dar la bienvenida a personas de todas las creencias y compartir el Iftar al final del día, demostrando así la hospitalidad y generosidad del anfitrión.

El señor Alí Evsen está empeñado en ayudar a dar forma al documento sobre la Fraternidad Humana  por la Paz Mundial y la Convivencia Común, firmado por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, el pasado 4 de febrero en los Emiratos Árabes Unidos. Con actos como el Iftar quiere hacer de la sociedad española una sociedad ejemplar en la cultura del encuentro, del diálogo como medio de cooperación y como método para aumentar la comprensión mutua y trabajar juntos por la fraternidad humana y la convivencia común.

Madrid es la sede de su Fundación para el diálogo entre las religiones, que tiene como fin el conocimiento mutuo y el trato personal que permite  derribar los muros levantados por el miedo, la incomprensión  y la ignorancia. El anfitrión  de este peculiar Iftar tiene muy claro que su trabajo en pos de una imagen adecuada del Islam no solo tiene repercusiones en el mundo islámico sino en las sociedades secularizadas. Impresionaba el momento de la invitación a la oración, una oración que en el corazón de los presentes en la cena del Iftar tenía el nombre de paz.

Suso do Madrid

 

 

La selección por el sexo y el aborto

Hace unos días leía que “un nuevo estudio global del fenómeno de los abortos selectivos por sexo ha encontrado que faltan 23 millones de mujeres que de lo contrario hubieran nacido”. Este estudio es el primero de su tipo y muestra cómo la tecnología moderna, la preferencia por el hijo y la disponibilidad del aborto han causado problemas sociales en China, India y otros países. Tal vez solo sea el resultado de un estudio pero considero que es muy significativo y que los grupos feministas y mucho gobernantes debería analizar su política pro abortista.

José Morales Martín

 

 

España: “Muertos, muertos y sus muertos”

                                En España “las guerras civiles” no han terminado aún, aquí las guerras intestinas, vienen desde que se sepa la historia y por cuanto algunos inteligentes, seguro que no hispanos; empezaron a escribírnosla (los romanos); por tanto la última guerra civil, que ganara Franco; no se la perdonan los que la perdieron; y pese a que ya Franco lleva muerto y sepultado más de cuarenta años; aun así, si muchos pudieran, no sólo desenterraban sus huesos, sino que eran capaces de quemarlos en uno de los muchos acantilados de la península; y los restos, echarlos al mar desde los mismos…  pero ¡Oh la venganza incluso sobre los muertos que ya no pueden hacer nada por sí! Aunque aquí más que venganza todo gira “sobre la panza y el bolsillo”.

                                Aquí hay, un “ejército de políticos en activo y otro mayor de acólitos o seguidores”; que andan reivindicando el desentierro de multitud de huesos de desgraciadas víctimas del franquismo; pero ninguno, reivindica las muertes, los huesos y todo tipo de latrocinios, que también hicieron los que se dicen republicanos, comunistas, socialistas, pero que hoy sí que son como todos los demás, o sea; “de panza y bolsillo”, que es lo que en definitiva defienden todos; y es por lo que recurren a todo tipo de demagogia, simplemente para seguir viviendo de la política, puesto que otra cosa no saben o no quieren hacer, por motivos justificados, ya que “la vida fuera de la administración del dinero público, no sólo es dura, sino durísima para la inmensa mayoría de españoles”, a los que la nueva, era, sólo nos ha traído empobrecimiento continuo, cuando no indigencia a grados ya vergonzosos. Pero de esto, tampoco quieren hablar… “lo hunos y los hotros”.

            Hoy cuando escribo, leo con indignación, esta noticia: “El PSOE quiere que el Estado pague la exhumación de 120.000 víctimas del franquismo. El programa socialista propone "un plan global de exhumación de fosas de carácter cuatrienal" y declarar el 31 de octubre (que curiosamente es el día mundial del ahorro) día nacional del recuerdo para todas las víctimas. El PSOE considera que el Estado español, siguiendo las recomendaciones de la ONU, debe "asumir directamente" la gestión de las políticas y actuaciones de búsqueda de las víctimas de la Guerra Civil y la posterior represión franquista que, según datos de las asociaciones de Memoria Histórica, son alrededor de 120.000 personas repartidas en 2.500 fosas localizadas por el Ministerio de Justicia a lo largo de la geografía nacional”. El paréntesis es mío. https://www.vozpopuli.com/politica/PSOE-Estado-pague-exhumacion-victimas-franquismo-elecciones-generales-2019_0_1236477313.html  (vean aquí el resto)

            En el mismo periódico y “a vuela tecla”,  he manifestado lo que sigue: “Esta España no tiene remedio... "SIEMPRE LANZANDO MUERTOS DE UNOS CONTRA OTROS"; La mayoría de españoles siguen viviendo en el medievo y en las venganzas imperdonables. Mejor que gastar dinero en muertos y en desenterrar huesos, costosísimo trabajo que no sirve para nada, emplear ese dinero y el mucho que roban "unos y otros", en atender mucho mejor a los que aún estamos vivos; como dato bochornoso, vivo en una capital de provincia, donde aún en el hospital estatal, sigue habiendo HABITACIONES PARA TRES ENFERMOS ¿Y CUÁNTAS COSAS MÁS?

         Lo que no he dicho en el periódico es lo siguiente: Que mi propio padre fue fusilado por “los de Franco” y que sus huesos y desde 1939 están en una fosa común, junto a los de otros muchos represaliados, simplemente por “pensar de otra forma”… ¿Qué hago, a cuántos he de matar y por qué de ello?... Nunca pensé en ello ni en nada parecido, entendí lo que es una guerra civil; y asimilé los hechos como es normal, los que hace… “ese bicho animal humano y a cuya especie pertenezco y tengo que cargar con ese hecho, que no olvido, pero que guardé en mi alma, hace ya muchos años”. ¿Por qué los demás no intentan hacer lo mismo… o es que idiotamente piensan en “la resurrección de los muertos?”: Amén

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes