Las Noticias de hoy 17 Junio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 17 de junio de 2019    

Indice:

ROME REPORTS

Día Mundial del Refugiado: El Papa alienta la solidaridad

Visita a Camerino, Italia: “Después del terremoto, haz un poco de bien sin esperar a que otros comiencen”

LA VIDA DE LA GRACIA: Francisco Fernandez Carbajal

“Constancia, que nada te desconcierte”: San Josemaria

Tema 9. La Encarnación: José Antonio Riestra

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»

La legítima autonomía de las cosas temporales: Elisabeth Reinhardt

Sobre la educación cristiana de la sexualidad: Ramiro Pellitero

Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (I): Julio Diéguez

Notre Dame, y el “vacío de Dios, vacío del hombre”: Ernesto Juliá

De amores y colores o el tema de Dios: + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

Hipertexto  celeste :Al Espíritu Santo: Irene Mercedes Aguirre, de su  obra Diálogos del Camino, Buenos Aires, Argentin

Actualidad del antimodernismo de San Pío X: Acción Familia

“Yo quiero ser como ella”:: Enric Barrull Casals

Fenómenos como Hakuna: Jaume Catalán Díaz

La cultura del encuentro: Suso do Madrid

Reflexiones de… “Un nada”  II: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Día Mundial del Refugiado: El Papa alienta la solidaridad

Palabras en el Ángelus dominical

junio 16, 2019 14:40Anne KurianAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 16 junio 2019).- Con motivo del Día Mundial del Refugiado (20 de junio de 2019), el Papa Francisco alentó a “la solidaridad con los hombres, mujeres y niños que huyen de la guerra, la persecución y las violaciones de los derechos fundamentales”.

“Que nuestras comunidades eclesiales y civiles estén cerca de ellas y atentas a sus necesidades y sufrimientos”, invitó durante el Ángelus que celebró el 16 de junio en Camerino, Italia central: tierra devastada. por el terremoto de 2016.

AK

Esta es nuestra traducción de las palabras que el Papa ha pronunciado para introducir la oración mariana

Palabras del Papa en el Ángelus

Ayer, en Pozzomaggiore, Cerdeña, Edvige Carboni, una mujer sencilla del pueblo que abrazó la Cruz en su humilde vida diaria, dando un testimonio de fe y caridad, fue proclamada bienaventurada. Demos gracias por esta fiel discípula de Cristo, que pasó toda su vida al servicio de Dios y del prójimo. Un aplauso a la nueva beata,  ¡todos!

Queremos recordar a los refugiados de una manera especial en la Jornada Mundial dedicada a ellos por las Naciones Unidas. Este jornada invita a todos a la solidaridad con los hombres, mujeres y niños que huyen de la guerra, la persecución y las violaciones de los derechos fundamentales. Que nuestras comunidades eclesiales y civiles estén cerca de ellas y atentas a sus necesidades y sufrimientos.

También me preocupa el aumento de las tensiones en el Golfo Pérsico. Invito a todos a usar las herramientas de la diplomacia para resolver los complejos problemas de los conflictos en el Medio Oriente. También renuevo a la comunidad internacional un llamamiento urgente para hacer todos los esfuerzos posibles para promover el diálogo y la paz.

Al final de esta celebración, saludo a todos cordialmente, aquí presentes. Extiendo con afección mis saludos a los enfermos, a los ancianos, a los presos y a todos aquellos que, a través de la radio y la televisión, se han unido espiritualmente a esta misa. Agradezco sinceramente a todos aquellos (instituciones, organizaciones, asociaciones e individuos) que han trabajado en mi breve pero intensa visita, colaborando generosamente con la Arquidiócesis de Camerino-San Severino Marche. Deseo enviar un saludo especial y aliento a la gente de San Severino Marche, a quien saludaré desde arriba mientras sobrevuele sobre su ciudad en helicóptero.

Queridos hermanos y hermanas, caminad unidos y gozosos por el camino de la fe, la esperanza y la caridad, fieles a los muchos testimonios de santidad de los cuales vuestra tierra es rica. Pienso, entre otros, en San Venanzio, San Severino, San Ansovino, San Nicola da Tolentino, San Pacífico y en la Bienaventurada Battista Varano. También pienso en las muchas figuras de “santos de las puertas de al lado” no beatificadas o canonizadas que han sostenido, y sostienen, y han transformado a las familias y comunidades por la fuerza de sus vidas cristianas.

Y ahora recitemos juntos la oración del Ángelus . Confío a toda la comunidad diocesana a la Santísima Virgen, a quien veneráis en muchos santuarios y a quien invocáis especialmente bajo el título de Santa María en la Via. Que, animando con su presencia materna la primera comunidad de discípulos de Jesús, ayude también hoy a la Iglesia a dar un buen testimonio del Evangelio.

 

 

Visita a Camerino, Italia: “Después del terremoto, haz un poco de bien sin esperar a que otros comiencen”

Homilía del Papa

junio 16, 2019 14:06Anne KurianPapa y Santa Sede

(ZENIT – 16 junio 2019).- “Todos pueden hacer un poco de bien, sin esperar a que otros comiencen … Todos pueden consolar a alguien, sin esperar a que se resuelvan sus problemas”, alentó el Papa Francisco después del terremoto que azotó el centro de Italia en agosto de 2016. Desde Camerino, en las Marcas, este 16 de junio de 2019, llamó a no olvidar estas tierras devastadas y apenas reconstruidas.

En una visita de un día a la diócesis de Camerino-San Severino, el Papa celebró la Misa en la Plaza Cavour después de encontrarse con los desplazados en sus viviendas de emergencia.

“¿Qué es el hombre?”, preguntó en su homilía: “Este es tu gran sueño, Señor, que siempre recuerdas”. Y aseguró: “El Señor nos da una certeza: nos recuerda … porque lo queremos”. “Somos pequeños bajo el cielo e indefensos cuando la tierra tiembla, pero para Dios somos más preciosos que cualquier otra cosa”.

A diferencia de las “expectativas terrenales” que “siempre tienen una fecha de vencimiento”, la esperanza del Espíritu “no caduca, porque se basa en la fidelidad de Dios”, también ha dicho.

AK

A continuación, reproducimos la homilía del Papa Francisco en la Misa celebrada en Camerino.

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Homilía del Papa Francisco

“¿Qué es el hombre para que pienses en él?”, hemos orado en el Salmo (8,5). Estas palabras me vinieron a la mente pensando en vosotros. Ante lo que habéis experimentado y sufrido, frente a casas derrumbadas y edificios reducidos a escombros, surge la pregunta: ¿qué es el hombre? ¿Qué es, si lo que plantea puede desmoronarse en un instante? ¿Qué es, si la esperanza puede terminar en polvo?.

Que es el hombre La respuesta parece llegar en la continuación de la oración: (¿qué es) el hijo del hombre, del cuál tu te preocupas? Dios nos recuerda, como somos, con nuestras debilidades. En la incertidumbre que sentimos fuera de nosotros mismos y en nosotros, el Señor nos da una certeza: nos recuerda. Recuerda (ri-corda), es decir, vuelve a nosotros con el corazón, porque nos preocupamos por Él. Y mientras aquí abajo demasiadas cosas se olvidan, Dios no nos deja caer en el olvido. Nadie es despreciable a sus ojos, todos tienen un valor infinito para Él: somos pequeños bajo el cielo e indefensos cuando la tierra tiembla, pero para Dios somos más preciosos que cualquier otra cosa.

“Recordar” es una palabra clave para la vida. Pidamos la gracia de recordar cada día que no somos olvidados por Dios, que somos sus hijos amados, únicos e irreemplazables: recordarlo nos da la fuerza para no abandonar las adversidades de la vida. Recordemos cuánto valemos ante la tentación de llorar y continuamos insistiendo en lo peor que parece no terminar nunca. Los malos recuerdos vienen incluso cuando no pensamos en ello; pero pagan mal: solo dejan melancolía y nostalgia. ¡Pero qué difícil es liberarse de los malos recuerdos! Como dice esta frase, es más fácil para Dios sacar a Israel de Egipto que a Egipto del corazón de Israel.

Para liberar el corazón del pasado que regresa, los recuerdos negativos que mantienen prisioneros, los arrepentimientos que paralizan, necesitamos a alguien que nos ayude a cargar los pesos que tenemos en nosotros. Hoy, Jesús nos dice precisamente que no podemos llevar el peso de tantas cosas (Jn 16,12). ¿Y qué enfrentar nuestra debilidad? No quita el peso, como nos gustaría, nosotros que siempre estamos buscando soluciones rápidas y superficiales; No, el Señor nos da el Espíritu Santo. Lo necesitamos porque Él es el Consolador, es decir, el que no nos deja solos bajo el peso de la vida. Es Él quien transforma nuestra memoria de esclavos en memoria libre, las heridas del pasado en recuerdos de salvación. Él cumple en nosotros lo que hizo Jesús: sus heridas,  heridas malignas, ahuecadas por la maldad, se han convertido, a través del poder del Espíritu, en canales de misericordia, heridas luminosas en las que brilla el amor de Dios, un amor que se eleva, que da nueva vida. El Espíritu Santo hace esto cuando lo invitamos a que entre en nuestras heridas. Unge malos recuerdos con el bálsamo de la esperanza, porque el Espíritu Santo es el que reconstruye la esperanza.

“Esperanza”. ¿Qué esperanza es? No es una esperanza pasajera. Las expectativas terrenales son fugaces, pero siempre tienen una fecha de caducidad: están hechas de ingredientes terrenales, que tarde o temprano se echan a perder. La esperanza del Espíritu es duradera. No caduca porque se basa en la fidelidad de Dios. La esperanza del Espíritu tampoco es optimismo. Nace más profundamente, reaviva en el fondo del corazón la certeza de ser precioso porque es amado. Infunde confianza para no estar solo. Es una esperanza que deja paz y alegría en nosotros, independientemente de lo que ocurra afuera. Es una esperanza que tiene raíces fuertes, que ninguna tormenta puede desarraigar en la vida. Es una esperanza, dice San Pablo hoy, que “no decepciona” (Rom 5,5), lo que da la fuerza para vencer toda tribulación (vv 2-3). Cuando estamos perturbados o heridos, nos vemos obligados a “anidar” alrededor de nuestra tristeza y nuestros miedos. El Espíritu Santo, por el contrario, nos libera de nuestros nidos, nos hace volar, nos revela el maravilloso destino para el cual nacemos. El Espíritu nos nutre con esperanza viva. Pidámosle que venga en nosotros y estará cerca.

La” proximidad” es la tercera palabra que me gustaría compartir con ustedes. Hoy celebramos la Santísima Trinidad. La Trinidad no es un rompecabezas teológico sino el espléndido misterio de la cercanía de Dios. La Trinidad nos dice que no tenemos un Dios solitario arriba en el cielo, distante e indiferente; No, es el Padre que nos dio a su Hijo, que se hizo hombre como nosotros, y que, para estar aún más cerca de nosotros, nos ayuda a llevar el peso de la vida, nos envía su propio Espíritu. El que es Espíritu, viene en medio de nosotros y, así nos consuela desde dentro, nos trae la ternura de Dios a lo más íntimo. Con Dios, los pesos de la vida no permanecen sobre nuestros hombros: el Espíritu, a quien nombramos cada vez que hacemos la señal de la cruz, cuando tocamos nuestros hombros, viene a darnos fuerza, a alentarnos y a apoyarnos. De hecho, es un especialista para reanimar, para recuperar, para reconstruir. Se necesita más fuerza para reparar que para construir, para comenzar de nuevo que para volver a comenzar, para reconciliarse que para llevarse bien. Esta es la fuerza que Dios nos da. Por tanto, el que viene a Dios no cae, va hacia delante; logra comenzar de nuevo, intentando de nuevo, reconstruyendo.

Queridos hermanos y hermanas, he venido hoy para estar cerca de vosotros; Estoy aquí para orar con vosotros a Dios, para que nos recuerde, para que nadie se olvide de quién está en problemas. Ruego al Dios de la esperanza, para que lo que es inestable en la tierra no haga dudar de la certeza que tenemos en nosotros. Ruego al Dios cercano, para que provoque acciones concretas de proximidad. Han pasado casi tres años y el riesgo es que, después de la primera participación emocional y de los medios de comunicación, la atención caerá y las promesas terminarán en el olvido, aumentando la frustración de quien ve que el territorio se está despoblando más y más. El Señor, por el contrario, nos insta a recordar para reparar, reconstruir y hacerlo juntos, sin olvidar nunca al que sufre.

¿Qué es el hombre para que pienses en él? Dios nos recuerda, Dios que sana nuestros recuerdos heridos ungiéndolos con esperanza, Dios que está cerca de nosotros para levantarnos desde dentro, nos ayuda a ser constructores del bien, consoladores de corazones. Todos pueden hacer un poco de bien, sin esperar a que otros empiecen … Yo comienzo … Todos pueden consolar a alguien, sin esperar a que se resuelvan sus problemas … ¿Qué es el hombre? … Es tu gran sueño, Señor, lo que siempre recuerdas. Que nosotros también recordemos que vinimos al mundo para dar esperanza y cercanía, porque somos tus hijos, “Dios de toda consolación” (2 Corintios 1,3).

 

 

LA VIDA DE LA GRACIA

— Una vida nueva. Dignidad del cristiano.

— La gracia santificante, participación en la naturaleza divina.

— La gracia nos lleva a la identificación con Cristo: docilidad, vida de oración, amor a la Cruz.

I. Los cristianos, desde el momento en que se nos infunde la gracia santificante en el Bautismo, tenemos una nueva vida sobrenatural, distinta de la existencia común de los hombres; es una vida particular y exclusiva de quienes creen en Cristo, de aquellos que nacen no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de querer de hombre, sino que nacen de Dios1. En el Bautismo, el cristiano comienza a vivir la misma vida de Cristo2. Entre Él y nosotros se ha establecido una comunión de vida distinta, superior y más fuerte e íntima que la de los miembros de la sociedad humana. La unión con el Señor es tan profunda que transforma radicalmente la existencia del cristiano, y hace posible que la vida de Dios se desarrolle como algo propio en el interior del alma. Nuestro Señor habla de la vid y los sarmientos3, San Pablo la compara a la unión entre el cuerpo y la cabeza4, pues una misma savia y una misma sangre recorren la cabeza y los miembros.

La primera consecuencia de esta realidad es la dicha incomparable de hacernos hijos de Dios; la filiación divina no es un mero título. Cuando alguien adopta a otro como hijo le da su apellido y sus bienes, le ofrece su cariño, pero no es capaz de comunicarle algo de su propia naturaleza ni de su propia vida. La adopción humana es algo externo: no cambia a la persona ni le añade perfecciones o cualidades que no sean meramente externas (mejores vestidos, más medios para aumentar su cultura...). En la adopción divina es distinto: se trata de un nuevo nacimiento, que produce una admirable mejora de la naturaleza de quien es adoptado. Carísimos -escribe San Juan-, nosotros somos ya ahora hijos de Dios5. No es una ficción, no es otorgar un título honorífico, porque el mismo Espíritu de Dios está dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios6. Es una realidad tan grande y tan alegre que le hace escribir a San Pablo: no sois extraños ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios7.

¡Cuánto bien hará a nuestra alma considerar a menudo que Cristo es la fuente de la que mana a raudales esta nueva vida que se nos ha dado! Por Él -escribe San Pedro- Dios nos ha dado las grandes y preciosas gracias que había prometido, para hacernos partícipes por medio de estas mismas gracias de la naturaleza divina8.

Ante tal dignidad, la cabeza y el corazón se inclinan para dar continuas gracias al Señor, que ha querido poner en nosotros tanta riqueza, y nos decidimos a vivir conscientes de las joyas preciosas que hemos recibido. Los ángeles miran al alma en gracia llenos de respeto y de admiración. Y nosotros, ¿cómo vemos a nuestros hermanos los hombres, que han recibido o están llamados a recibir esa misma dignidad? ¿Cómo nos comportamos, llevando un tesoro de tan altísimo valor? ¿Sabemos de verdad lo que vale nuestra alma, y lo manifestamos en la conducta, en la delicadeza con que evitamos aun lo más pequeño que desdiga de la dignidad de nuestra condición de cristianos?

II. Al principio, después de la primera creación, la criatura era nueva, perfecta, según la había hecho Dios. Pero el pecado la envejeció y causó en ellas grandes estragos. Por eso, Dios hizo otra nueva creación9: la gracia santificante, una participación limitada de la naturaleza divina, por la que el hombre, sin dejar de ser criatura, es semejante a Dios, participa íntimamente en la vida divina.

Es una realidad interior que produce «una especie de resplandor y luz que limpia todas las manchas de nuestras almas y las torna hermosísimas y muy brillantes»10. Esta gracia es la que une nuestra alma con Dios en un estrechísimo lazo de amor11. ¡Cómo deberemos protegerla, convencidos de que es el mayor bien que tenemos! La Sagrada Escritura la compara a una prenda que Dios pone en los corazones de los fieles12, a una semilla que echa sus raíces en el interior del hombre13, a un manantial de aguas que manará sin cesar hasta la vida eterna14.

La gracia santificante no es un don pasajero y transitorio, como ocurre con esos impulsos y mociones para realizar u omitir alguna acción, a los que llamamos gracias actuales; es «un principio permanente de vida sobrenatural»15, una disposición estable radicada en la misma esencia del alma. Porque determina un modo de ser estable y permanente –aunque se puede perder por el pecado mortal–, se la llama también gracia habitual.

La gracia no violenta el orden natural, sino que lo supone, lo eleva y perfecciona, y ambos órdenes se prestan mutua ayuda, porque uno y otro de Dios proceden16. Por eso, el cristiano, lejos de renunciar a las obras de la vida terrena –al trabajo, a la familia...–, las desarrolla y las perfecciona, coordinándolas con la vida sobrenatural, hasta el punto de ennoblecer la misma vida natural17.

Con esta dignidad hemos de vivir y de comportarnos en todas nuestras acciones; en ningún momento del día debemos olvidar los dones con que hemos sido favorecidos. Nuestra existencia será bien diferente si en medio de los quehaceres diarios tenemos presente el honor que nos ha hecho nuestro Padre Dios: que –por la gracia– nos llamemos hijos suyos, y que de verdad lo seamos18.

III. La gracia santificante diviniza al cristiano y le convierte en hijo de Dios y en templo de la Trinidad Santísima. Esta semejanza en el ser debe reflejarse necesariamente en nuestro obrar: en pensamientos, acciones y deseos –a medida que progresamos en la lucha ascética–, de modo que la vida puramente humana vaya dejando paso a la vida de Cristo. Se ha de cumplir en nuestras almas aquel proceso interior que indican las palabras del Bautista: conviene que él crezca y yo mengüe19. Hemos de pedir al Señor que se haga cada vez más firme en nosotros esta aspiración: tener en el corazón los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo20; y desterrar el egoísmo, el pensar excesivamente en nosotros mismos, cualquier síntoma de aburguesamiento... Por esto, quienes se ufanan de llevar el nombre de cristianos, no solo han de contemplar al Maestro como un perfectísimo Modelo de todas las virtudes, sino que han de reproducir de tal manera en sus costumbres la doctrina y la vida de Jesucristo que sean semejantes a Él21, en el modo de tratar a los demás, en la compasión por el dolor ajeno, en la perfección del trabajo profesional, imitando los treinta años de vida oculta en Nazaret...

Así se repetirá la vida de Jesús en la nuestra, en una configuración creciente con Él que realiza de modo admirable el Espíritu Santo, y que tiene como término la plena semejanza y unión, que se consumará en el Cielo. Pero, considerémoslo serenamente en nuestra oración, para llegar a esa identificación con Cristo se precisa una orientación muy clara de toda nuestra vida: colaborar con el Señor en la tarea de la propia santificación, quitando obstáculos a la acción del Paráclito y procurando hacer en todo lo que más agrada a Dios, de tal manera que podamos decir, como Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y dar cumplimiento a su obra22. Esta correspondencia a la gracia –que se ha de hacer realidad día tras día, minuto a minuto– se podría resumir en tres puntos principales: ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, mantener en toda circunstancia la vida de oración, a través de las prácticas de devoción que hemos concretado en la dirección espiritual, y cultivar un constante espíritu de penitencia.

Docilidad, porque el Espíritu Santo «es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera»23 en nuestro personal crecimiento interior y en el abundante apostolado que hemos de ejercer entre nuestros amigos, parientes y colegas.

Vida de oración, «porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo constante con Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo»24.

Unión con la Cruz, «porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida de cada cristiano»25, aceptando en primer lugar las contradicciones, grandes o pequeñas, que nos llegan, y ofreciendo al Señor cada día otras muchas pequeñas mortificaciones a través de las cuales nos unimos a la Cruz con sentido de corredención, purificamos nuestra vida y nos disponemos para un diálogo íntimo y profundo con Dios.

Examinemos hoy, al terminar nuestra oración, cómo es nuestra correspondencia a la gracia en estos tres puntos, porque de ella depende el desarrollo de la vida de la gracia en nosotros. Le decimos al Señor que no queremos contentarnos con el nivel alcanzado en la oración, en la presencia de Dios, en el sacrificio...; que, con su gracia y con la protección de Santa María, no nos detendremos hasta llegar a la meta que da sentido a nuestra vida: la plena identificación con Jesucristo.

1 Jn 1, 13. — 2 Cfr. Gal 3, 27. — 3 Jn 15, 1-6. — 4 1 Cor 12, 27. 5 1 Jn 3, 2. — 6 Rom 8, 16. — 7 Ef 2, 19. — 8 2 Pdr 1, 4. — 9 Cfr. Santo Tomás, Comentario a la Segunda Carta a los Corintios, IV, 192. — 10 Catecismo Romano, II, 2, n. 50. — 11 Cfr. ibídem, I, 9, n. 8. 12 Cfr. 2 Cor 5, 5. 13 Cfr. 1 Jn 3, 9. — 14 Jn 4, 14. — 15 Pío XI, Enc. Casti connubii, 31-XII-1930. — 16 Cfr. ídem, Enc. Divini illius Magistri, 31-XII-1929. — 17 Cfr. ibídem; cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 40. — 18 Cfr. 1 Jn 3, 1. — 19 Jn 3, 30. — 20 Flp 2, 5. — 21 Cfr. Pío XII, Enc. Mystici Corporis, 29-VI-1943. — 22 Jn 4, 24. — 23 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 135. — 24 Ibídem, 136. — 25 Ibídem, 137.

 

 

“Constancia, que nada te desconcierte”

El desaliento es enemigo de tu perseverancia. -Si no luchas contra el desaliento, llegarás al pesimismo, primero, y a la tibieza, después. -Sé optimista. (Camino, 988)

Constancia, que nada desconcierte. -Te hace falta. Pídela al Señor y haz lo que puedas por obtenerla: porque es un gran medio para que no te separes del fecundo camino que has emprendido. (Camino, 990)

No puedes "subir". -No es extraño: ¡aquella caída!...
Persevera y "subirás". -Recuerda lo que dice un autor espiritual: tu pobre alma es pájaro, que todavía lleva pegadas con barro sus alas.
Hacen falta soles de cielo y esfuerzos personales, pequeños y constantes, para arrancar esas inclinaciones, esas imaginaciones, ese decaimiento: ese barro pegadizo de tus alas.
Y te verás libre. -Si perseveras, "subirás". (Camino, 991)

Da gracias a Dios, que te ayudó, y gózate en tu victoria. -¡Qué alegría más honda, esa que siente tu alma, después de haber correspondido! (Camino, 992)

 

Tema 9. La Encarnación

Es la demostración por excelencia del Amor de Dios hacia los hombres, pues la Segunda Persona de la Santísima Trinidad —Dios— se hace partícipe de la naturaleza humana en unidad de persona.

Resúmenes de fe cristiana23/12/2016

Opus Dei - Tema 9. La EncarnaciónLa Virgen María fue predestinada para ser Madre de Dios desde toda la eternidad juntamente con la Encarnación del Verbo.

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1. La obra de la Encarnación

La asunción de la naturaleza humana de Cristo por la Persona del Verbo es obra de las tres Personas divinas. La Encarnación de Dios es la Encarnación del Hijo, no del Padre, ni del Espíritu Santo. No obstante, la Encarnación fue una obra de toda la Trinidad. Por eso, en la Sagrada Escritura a veces se atribuye a Dios Padre (Hb 10, 5; Ga 4, 4), o al Hijo mismo (Flp 2, 7), o al Espíritu Santo (Lc 1, 35; Mt 1, 20). Se subraya así que la obra de la Encarnación fue un único acto, común a las tres Personas divinas. San Agustín explicaba que «el hecho de que María concibiese y diese a luz es obra de la Trinidad, ya que las obras de la Trinidad son inseparables» [1]. Se trata en efecto de una acción divina ad extra, cuyos efectos están fuera de Dios, en las criaturas, pues son obra de las tres Personas conjuntamente, ya que uno y único es el Ser divino, que es el mismo poder infinito de Dios (cfr. Catecismo, 258).

La Encarnación del Verbo no afecta a la libertad divina, pues Dios podía haber decidido que el Verbo no se encarnara, o que se encarnara otra Persona divina. Sin embargo, decir que Dios es infinitamente libre no significa que sus decisiones sean arbitrarias ni negar que el amor sea la razón de su actuar. Por eso los teólogos suelen buscar las razones de conveniencia que se pueden vislumbrar en las diversas decisiones divinas, tal como se manifiestan en la actual economía de la salvación. Buscan tan sólo poner de relieve la maravillosa sabiduría y coherencia que existe en toda obra divina, no una eventual necesidad en Dios.

2. La Virgen María, Madre de Dios

La Virgen María fue predestinada para ser Madre de Dios desde toda la eternidad juntamente con la Encarnación del Verbo: «en el misterio de Cristo, María está presente ya “antes de la creación del mundo” como aquella que el Padre ‘ha elegido’ como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad» [2]. La elección divina respeta la libertad de Santa María, pues «el Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida (LG 56; cfr. 61)» ( Catecismo , 488). Por eso, desde muy antiguo, los Padres de la Iglesia han visto en María la Nueva Eva.

«Para ser la Madre del Salvador, María fue “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante” (LG 56)» (Catecismo, 490). El arcángel San Gabriel, en el momento de la Anunciación, la saluda como «llena de gracia» (Lc 1, 28). Antes de que el Verbo se encarnara, María era ya, por su correspondencia a los dones divinos, llena de gracia. La gracia recibida por María la hace grata a Dios y la prepara para ser la Madre virginal del Salvador. Totalmente poseída por la gracia de Dios, pudo dar su libre consentimiento al anuncio de su vocación (cfr. Catecismo, 490). Así, «dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención (cfr. LG 56)» ( Catecismo, 494). Los Padres orientales suelen llamar a la Madre de Dios «la Toda Santa» y «la celebran “como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura” (LG 56). Por la gracia de Dios María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida» (Catecismo, 493).

María ha sido redimida desde su concepción: «es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX: “… la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano” (DS 2803)» ( Catecismo, 491). La Inmaculada Concepción manifiesta el amor gratuito de Dios, pues ha sido iniciativa divina y no mérito de María sino de Cristo. En efecto, «esta “resplandeciente santidad del todo singular” de la que ella fue “enriquecida desde el primer instante de su concepción” (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es “redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo” (LG 53)» (Catecismo, 492).

Santa María es Madre de Dios: «en efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios (cfr. DS 252)» (Catecismo , 495). Ciertamente no ha engendrado la divinidad, sino el cuerpo humano del Verbo, al que se unió inmediatamente su alma racional, creada por Dios como todas las demás, dando así origen a la naturaleza humana que en ese mismo instante fue asumida por el Verbo.

María fue siempre Virgen. Desde antiguo, la Iglesia confiesa en el Credo y celebra en su liturgia «a María como la (…) “siempre-virgen” (cfr. LG 52)» (Catecismo, 499; cfr. Catecismo, 496-507). Esta fe de la Iglesia se refleja en la antiquísima fórmula: «Virgen antes del parto, en el parto y después del parto». Desde el inicio, «la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso; Jesús fue concebido “absque semine ex Spiritu Sancto” (Cc. Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo» (Catecismo, 496). María fue también virgen en el parto, pues «le dio a luz sin detrimento de su virginidad, como sin perder su virginidad lo había concebido (…) Jesucristo nació de un seno virginal con un nacimiento admirable» [3]. En efecto, «el nacimiento de Cristo “lejos de disminuir consagró la integridad virginal” de su madre (LG 57)» (Catecismo, 499). María permaneció perpetuamente virgen después del parto. Los Padres de la Iglesia, en sus explicaciones de los Evangelios y en su respuestas a las diversas objeciones, han afirmado siempre esta realidad, que manifiesta su total disponibilidad y la entrega absoluta al designio salvífico de Dios. Lo resumía San Basilio cuando escribió que «los amantes de Cristo no admiten escuchar que la Madre de Dios haya dejado de ser virgen en algún momento» [4].

María fue asunta al Cielo. «La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte» [5]. La Asunción de la Santísima Virgen constituye una anticipación de la resurrección de los demás cristianos (cfr. Catecismo, 966). La realeza de María se fundamenta en su maternidad divina y en su asociación a la obra de la Redención [6]. El 1 de noviembre de 1954, Pío XII instituyó la fiesta de Santa María Reina [7].

María es la Madre del Redentor. Por eso su maternidad divina comporta también su cooperación en la salvación de los hombres: «María, hija de Adán, aceptando la palabra divina fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con El y bajo El, por la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, los Santos Padres estiman a María, no como un mero instrumento pasivo, sino como una cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia» [8]. Esta cooperación se manifiesta también en su maternidad espiritual. María, nueva Eva, es verdadera madre de los hombres en el orden de la gracia pues coopera al nacimiento a la vida de la gracia y al desarrollo espiritual de los fieles: María «colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia» [9] (cfr. Catecismo, 968). María es también mediadora y su mediación materna, subordinada siempre a la única mediación de Cristo, comenzó con el fiat de la Anunciación y perdura en el cielo, ya que «con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» [10] (cfr. Catecismo, 969).

María es tipo y modelo de la Iglesia: «La Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es “miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia” (LG 53), incluso constituye “la figura” (…) de la Iglesia (LG 63)» (Catecismo, 967). Pablo VI, el 21-11-1964, nombró solemnemente a María Madre de la Iglesia, para subrayar de modo explícito la función maternal que la Virgen ejerce sobre el pueblo cristiano [11].

Se comprende, a la vista de cuanto hemos expuesto, que la piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen sea un elemento intrínseco del culto cristiano [12]. La Santísima Virgen «es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de “Madre de Dios”, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades… Este culto… aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente» [13]. El culto a Santa María «encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cfr. SC 103) y en la oración mariana, como el Santo Rosario» (Catecismo, 971).

3. Figuras y profecías de la Encarnación

Hemos visto en el tema anterior cómo tras el pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, Dios no abandonó al hombre sino que les prometió un Salvador (cfr. Gn 3, 15; Catecismo, 410).

Tras el pecado original y la promesa del Redentor, Dios mismo vuelve a tomar la iniciativa y estableció una Alianza con los hombres: con Noé tras del diluvio (cfr. Gn 9-10) y después sobre todo con Abraham (cfr. Gn 15-17), a quien prometió una gran descendencia y hacer de ella un gran puebo, dándole una nueva tierra, y en quien un día serían bendecidas todas las naciones. La Alianza se renovó después con Isaac (cfr. Gn 26, 2-5) y con Jacob (cfr. Gn 28, 12-15; 35, 9-12). En el Antiguo Testamento, la Alianza alcanza su expresión más completa con Moisés (cfr. Ex 6, 2-8; Ex 19-34).

Momento importante en la historia de las relaciones entre Dios e Israel fue la profecía de Natán (cfr. 2 S 7, 7-15), que anuncia que el Mesías será de la descendencia de David y que reinará sobre todos los pueblos, no sólo sobre Israel. Del Mesías se dirá en otros textos proféticos que su nacimiento tendría lugar en Belén (cfr. Mi 5, 1), que pertenecería a la estirpe de David (cfr. Is 11, 1; Jr 23, 5); que se le pondría por nombre «Enmanuel», esto es, Dios con nosotros (cfr. Is 7, 14); que se le llamará «Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la Paz» (Is 9, 5), etc. Junto a estos textos que describen al Mesías como rey y descendiente de David, hay otros que relatan, también de modo profético, la misión redentora del Mesías, llamándolo Siervo de Yahvé, siervo de dolores, que asumirá en su cuerpo la reconciliación y la paz (cfr. Ef 2,14-18): Is 42, 1-7; 49, 1-9; 50, 4-9; 52, 13-53, 12. En este contexto es importante el texto de Dn 7, 13-14 sobre el Hijo del hombre, que misteriosamente a través de la humildad y el abajamiento supera la condición humana y restaura el reino mesiánico en su fase definitiva (cfr. Catecismo, 440).

Las principales figuras del Redentor en el Antiguo Testamento son el inocente Abel, el sumo sacerdote Melquisedec, el sacrificio de Isaac, José vendido por sus hermanos, el cordero pascual, la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto y el profeta Jonás.

4. Los nombres de Cristo

Son muchos los nombres y títulos atribuidos a Cristo por teólogos y autores espirituales a lo largo de los siglos. Unos se toman del Antiguo Testamento; otros, del Nuevo. Algunos son utilizados o aceptados por Jesús mismo; otros le han sido aplicados por la Iglesia a lo largo de los siglos. Veremos aquí los nombres más importantes y habituales.

Jesús (cfr. Catecismo, 430-435), que en hebreo significa «Dios salva»: «en el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión» (Catecismo, 430), es decir, El es el Hijo de Dios hecho hombre para salvar «a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). El nombre de Jesús «significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo (cfr. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados. El es el Nombre divino, el único que trae la salvación (cfr. Jn 3, 18; Hch 2, 21) y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación» (Catecismo, 432). El nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana (cfr. Catecismo, 435).

Cristo (cfr. Catecismo, 436-440), que viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» y que quiere decir «ungido». Pasa a ser nombre propio de Jesús «porque El cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de El» (Catecismo, 436). Éste era el caso de los sacerdotes, los reyes y excepcionalmente de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey (cfr. ibid.). Jesús «aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cfr. Jn 4, 25-26; 11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cfr. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cfr. Jn 6, 15; Lc 24, 21)» (Catecismo, 439).

Jesucristo es el Unigénito de Dios, el Hijo único de Dios (cfr. Catecismo, 441-445). La filiación de Jesús respecto a su Padre no es una filiación adoptiva como la nuestra, sino la filiación divina natural, es decir, «la relación única y eterna de Jesucristo con Dios, su Padre: El es el Hijo único del Padre (cfr. Jn 1, 14.18; 3, 16.18) y El mismo es Dios (cfr. Jn 1, 1). Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios (cfr. Hch 8, 37; 1 Jn 2, 23)» (Catecismo, 454). Los evangelios «narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su “Hijo amado” (Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa a sí mismo como el “Hijo único de Dios” ( Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna» (Catecismo, 444).

Señor (cfr. Catecismo, 446-451): «en la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cfr. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por “Kyrios” [“Señor”]. Señor se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título “Señor” para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cfr. 1 Co 2, 8)» (Catecismo, 446). Al atribuir a Jesús el título divino de Señor, «las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cfr. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cfr. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque Él es de “de condición divina” (Flp 2, 6) y el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (cfr. Rm 10, 9; 1 Co 12, 3; Flp 2, 11)» (Catecismo, 449). La oración cristiana, litúrgica o personal, está marcada por el título «Señor» (cfr. Catecismo, 451).

5. Cristo es el único Mediador perfecto entre Dios y los hombres. Es Maestro, Sacerdote y Rey.

«Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre en la unidad de su Persona divina: por esta razón Él es el único Mediador entre Dios y los hombres» (Catecismo, 480). La expresión más profunda del Nuevo Testamento sobre la mediación de Cristo se encuentra en la primera carta a Timoteo: «Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2, 5). Se presentan aquí la persona del Mediador y la acción del Mediador. Y en la carta a los Hebreos se presenta a Cristo como el mediador de una Nueva Alianza (cfr. Hb 8, 6; 9, 15; 12, 24). Jesucristo es mediador porque es perfecto Dios y perfecto hombre, pero es mediador en y por su humanidad. Esos textos del Nuevo Testamento presentan a Cristo como profeta y revelador, como sumo sacerdote y como Señor de toda la creación. No se trata de tres ministerios distintos, sino de tres aspectos diversos de la función salvífica del único mediador.

Cristo es el profeta anunciado en el Deuteronomio (18,18). Por profeta tenía la gente a Jesús (cfr. Mt 16, 14; Mc 6, 14-16; Lc 24, 19). El mismo inicio de la carta a los Hebreos resulta paradigmático a estos efectos. Pero Cristo es más que profeta: Él es el Maestro, es decir, aquel que enseña por propia autoridad, con una autoridad desconocida hasta entonces que dejaba sorprendidos a quienes le escuchaban. El carácter supremo de las enseñanzas de Jesús se fundamenta en el hecho de que es Dios y hombre. Jesús no sólo enseña la verdad, sino que El es la Verdad hecha visible en la carne. Cristo, Verbo eterno del Padre, «es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta» (Catecismo, 65). La enseñanza de Cristo es definitiva, también en el sentido de que, con ella, la Revelación de Dios a los hombres en la historia ha tenido su último cumplimiento.

Cristo es sacerdote. La mediación de Jesucristo es una mediación sacerdotal. En la carta a los Hebreos, que tiene como tema central el sacerdocio de Cristo, Jesucristo es presentado como el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, «único Sumo Sacerdote, según el orden de Melquisedec» (Hb 5, 10; 6, 20), «santo, inocente, inmaculado» (Hb 7, 26), «que, “mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados” (Hb 10, 14), es decir, mediante el único sacrificio de su Cruz» (Catecismo, 1544). Del mismo modo que el sacrificio de Cristo –su muerte en la Cruz- es único por la unidad que existe entre el sacerdote y la víctima –de valor infinito-, así también su sacerdocio es único. Él es la única víctima y el único sacerdote. Los sacrificios del Antiguo Testamento eran figura del de Cristo y recibían su valor precisamente por su ordenación al de Cristo. El sacerdocio de Cristo, sacerdocio eterno, es participado por el sacerdocio ministerial y por el sacerdocio de los fieles, que ni se suman ni suceden al de Cristo (cfr. Catecismo, 1544-1547).

Cristo es Rey. Lo es no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre. La soberanía de Cristo es un aspecto fundamental de su mediación salvífica. Cristo salva porque tiene el poder efectivo para hacerlo. La fe de la Iglesia afirma la realeza de Cristo y profesa en el Credo que «su reino no tendrá fin», repitiendo así lo que el arcángel Gabriel dijo a María (cfr. Lc 1, 32-33). La dignidad real de Cristo ya había sido anunciada en el Antiguo Testamento (cfr. Sal 2, 6; Is 7, 6; 11. 1-9; Dn 7, 14). Cristo, sin embargo, no habló mucho de su realeza, pues entre los judíos de su tiempo estaba muy difundida una concepción material y terrena del Reino mesiánico. Sí lo reconoció en un momento particularmente solemne, cuado contestando a una pregunta de Pilato, respondió: «Sí, tu lo dices. Yo soy Rey» (Jn 18, 37). La realeza de Cristo no es metafórica, es real y comporta el poder de legislar y de juzgar. Es una realeza que se fundamenta en el hecho de que es el Verbo encarnado y en que es nuestro Redentor [14]. Su reino es espiritual y eterno. Es un reino de santidad y de justicia, de amor, de verdad y de paz [15]. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y resurrección (cfr. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo «venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos (Mt 20, 28)» ( Catecismo, 786).

Todos los fieles «participan de estas tres funciones de Cristo y tienen las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas» (Catecismo, 783).

6. Toda la vida de Cristo es redentora

Por lo que se refiere ala vida de Cristo, «el Símbolo de la fe no habla más que de los misterios de la Encarnación (concepción y nacimiento) y de la Pascua (pasión, crucifixión, muerte, sepultura, descenso a los infiernos, resurrección, ascensión). No dice nada explícitamente de los misterios de la vida oculta y pública de Jesús, pero los artículos de la fe referentes a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda la vida terrena de Cristo» (Catecismo, 512).

Toda la vida de Cristo es redentora y cualquier acto humano suyo posee un valor trascendente de salvación. Incluso en los actos más sencillos y aparentemente menos importantes de Jesús hay un eficaz ejercicio de su mediación entre Dios y los hombres, pues son siempre acciones del Verbo encarnado. Esta doctrina la entendió con especial profundidad San Josemaría, que ha enseñado a transformar todos los caminos de la tierra en caminos divinos de santificación: «llega la plenitud de los tiempos y, para cumplir esa misión (…) nace un Infante en Belén. Es el Redentor del mundo; pero, antes de hablar, ama con obras. No trae ninguna fórmula mágica, porque sabe que la salvación que ofrece debe pasar por el corazón del hombre. Sus primeras acciones son risas, lloros de niño, sueño inerme de un Dios encarnado: para enamorarnos, para que lo sepamos acoger en nuestros brazos» [16].

Los años de la vida oculta de Cristo no son una simple preparación para su ministerio público, sino auténticos actos redentores, orientados hacia la consumación del Misterio Pascual. Tiene gran relevancia teológica el hecho de que Jesús compartió durante la mayor parte de su vida la condición de la inmensa mayoría de los hombres: la vida cotidiana de familia y de trabajo en Nazaret. Nazaret es así una lección de vida familiar, una lección de trabajo [17]. Cristo también realiza nuestra redención durante los muchos años de trabajo de su vida oculta dando así todo su sentido divino en la historia de la salvación a la labor cotidiana del cristiano, y de millones de hombres de buena voluntad: «Jesús, creciendo y vivendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corrente y ordinario, tiene un sentido divino» [18].

José Antonio Riestra

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


Bibliografía básica

 

Catecismo de la Iglesia Católica, 484-570, 720-726 y 963-975.

Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, Madrid 2007, 23-30; 371-410 (Introducción y cap. 10).

Lecturas recomendadas

J.L. Bastero de Eleizalde, María, Madre del Redentor, 2ª ed., Eunsa, Pamplona 2004.

M. Ponce Cuéllar, María, Madre del redentor y Madre de la Iglesia, 2ª ed., Herder, Barcelona 2001.

F. Ocáriz – L.F. Mateo Seco – J.A. Riestra, El misterio de Jesucristo, 3ª ed., EUNSA, Pamplona 2004.


[1] San Agustín, De Trinitate, 2, 5, 9; cfr. Concilio Lateranense IV: DS 801.

[2] Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, 8; cfr. Pio IX, Bula Ineffabilis Deus; Pío XII, Bula Munificentissimus Deus, AAS 42(1950)9768; Pablo VI, Exh. Ap. Marialis cultus, 25; CIC, 488.

[3] San León Magno, Ep. Lectis dilectionis tuae, DS 291-294.

[4] San Basilio, In Christi generationem, 5.

[5] Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 59; cfr. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903.

[6] Cfr. Pío XII, Enc. Ad coeli reginam , 11-10-1954: AAS 46(1954)625-640.

[7] Cfr. AAS 46(1954)662-666.

[8] Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 56.

[9] Ibidem, 61.

[10] Ibidem, 62.

[11] Cfr. AAS 56(1964)1015-1016.

[12] Cfr. Pablo VI, Exh. Marialis cultus, 56.

[13] Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 66.

[14] Cfr. Pío XI, Enc. Quas primas, 11-11-1925, AS 17(195)599.

[15] Cfr. Misal Romano, Prefacio de la Misa de Jesucristo, Rey del Universo.

[16] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 36.

[17] Cfr. Pablo VI, Alocución en Nazaret , 5-1-1964: Insegnamenti di Paolo VI 2(1964)25.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 14.

 

 

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»

Este artículo sobre el trabajo desarrolla el mensaje principal de san Josemaría: que la propia tarea bien hecha y ofrecida al Señor es medio para acercarse a Dios y cristianizar la sociedad.

Trabajo13/10/2014

Opus Dei - Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»

Foto: Ismael Martínez Sánchez

Las luces y sombras de la época que vivimos están patentes a los ojos de todos. El desarrollo humano y las plagas que lo infectan; el progreso civil en muchos aspectos y la barbarie en otros...: son contrastes que tanto san Juan Pablo II como sus sucesores han señalado repetidas veces[1], animando a los cristianos iluminar la sociedad con la luz del Evangelio. Sin embargo, aunque todos estamos llamados a transformar la sociedad según el querer de Dios, muchos no saben cómo hacerlo. Piensan que esa tarea depende casi exclusivamente de quienes gobiernan o tienen capacidad de influir por su posición social o económica y que ellos sólo pueden hacer de espectadores: aplaudir o silbar, pero sin entrar en el terreno de juego, sin intervenir en la partida.

No ha de ser esa la actitud del cristiano, porque no responde a la realidad de la vocación a la que está llamado. Quiere el Señor que seamos nosotros, los cristianos —porque tenemos la responsabilidad sobrenatural de cooperar con el poder de Dios, ya que El así lo ha dispuesto en su misericordia infinita—, quienes procuremos restablecer el orden quebrantado y devolver a las estructuras temporales, en todas las naciones, su función natural de instrumento para el progreso de la humanidad, y su función sobrenatural de medio para llegar a Dios, para la Redención[2].

No somos espectadores. Al contrario, es misión específica de los laicos santificar el mundo «desde dentro»[3]: orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas[4]. Como enseña el Concilio Vaticano II, los laicos han de «iluminar y ordenar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen constantemente según Cristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor»[5]. En una palabra: cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano[6].

Foto: Ismael Martínez Sánchez

Foto: Ismael Martínez Sánchez

Y para esto los cristianos tenemos el poder necesario, aunque no tengamos poder humano. Nuestra fuerza es la oración y las obras convertidas en oración. La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios[7]. Concretamente, el arma específica que poseen la mayoría de cristianos para transformar la sociedad es el trabajo convertido en oración. No simplemente el trabajo, sino el trabajo santificado.

Dios se lo hizo comprender a San Josemaría en un momento preciso, el 7 de agosto de 1931, durante la San Misa. Al llegar la elevación, trajo a su alma con fuerza extraordinarias las palabras de Jesús: cuando seré levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí[8]. Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: ¡si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño..., entonces omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad![9]

Cristianizar la sociedad

Dios ha confiado al hombre la tarea de edificar la sociedad al servicio de su bien temporal y eterno, de modo acorde con su dignidad[10]: una sociedad en la que las leyes, las costumbres y las instituciones que la conforman y estructuran, favorezcan el bien integral de las personas con todas sus exigencias; una sociedad en la que cada uno se perfeccione buscando el bien de los demás, ya que el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a os demás»[11]. Sin embargo, todo se ha trastocado a causa del pecado del primer hombre y de la sucesiva proliferación de los pecados que —como enseña el Catecismo de la Iglesia— hacen «reinar entre los hombres la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las "estructuras de pecado" son expresión y efecto de los pecados personales»[12].

El Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo nuestro Señor, ha venido al mundo para redimirnos del pecado y de sus consecuencias. Cristianizar la sociedad no es otra cosa que liberarla de esas consecuencias que el Catecismo resume con las palabras que acabamos de leer. Es, por una parte, liberarla de las estructuras de pecado —por ejemplo, de las leyes civiles y de las costumbres contrarias a la ley moral—, y por otra, más a fondo, procurar que las relaciones humanas estén presididas por el amor de Cristo, y no viciadas por el egoísmo de la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social[13].

Cristianizar la sociedad no es imponer a nadie la fe verdadera. Precisamente el espíritu cristiano reclama el respeto del derecho a la libertad social y civil en materia religiosa, de modo que no se debe impedir a nadie que practique su religión, según su conciencia, aun cuando estuviera en el error, siempre que respete las exigencias del orden público, de la paz y la moralidad pública, que el Estado tiene obligación de tutelar[14]. A quienes están en el error hay que procurar que conozcan la verdad, que sólo se encuentra plenamente en la fe católica, enseñándoles y convenciéndoles con el ejemplo y con la palabra, pero nunca con la coacción. El acto de fe sólo puede ser auténtico si es libre.

Pero cuando un cristiano intenta que la ley civil promueva el respeto de la vida humana desde el momento de la concepción, la estabilidad de la familia a través del reconocimiento de la indisolubilidad del matrimonio, los derechos de los padres en la educación de los hijos tanto en escuelas públicas como en privadas, la verdad en la información, la moralidad pública, la justicia en las relaciones laborales, etc., no está pretendiendo con imponer su fe a los demás, sino cumpliendo con su deber de ciudadano y contribuyendo a edificar, en lo que está de su parte, una sociedad mejor, conforme a la dignidad de la persona humana. Ciertamente, el cristiano,gracias a la Revelación divina, posee una especial certeza sobre la importancia que esos principios y verdades poseen para edificar una sociedad más justa; pero estos están al alcance de la razón humana, y por eso cualquier persona, independientemente de su fe, puede apreciar el valor e importancia que esos principios tienen para la vida social.

Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana[15]. Se trata de «sanear las estructuras y los ambientes del mundo (...) de modo que favorezcan la práctica de las virtudes en vez de impedirla»[16]. La fe cristiana hace sentir hondamente la aspiración, propia de todo ciudadano, de buscar el bien común de la sociedad. Un bien común que no se reduce al desarrollo económico, aunque ciertamente lo incluyen. Son también, y antes —en sentido cualitativo, no siempre en el de urgencia temporal—, las mejores condiciones posibles de libertad, de justicia y de vida moral en todos sus aspectos, y de paz, que corresponden a la dignidad de la persona humana.

Cuando un cristiano hace lo posible para configurar de este modo la sociedad lo hace en virtud de su fe, no en nombre de una ideología opinable de partido político. Actúa como actuaron los primeros cristianos. No tenían, por razón de su vocación sobrenatural, programas sociales ni humanos que cumplir; pero estaban penetrados de un espíritu, de una concepción de la vida y del mundo, que no podía dejar de tener consecuencias en la sociedad en la que se movían[17]. La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana[18].

Es necesario procurar sanear las estructuras de la sociedad para empaparla de espíritu cristiano, pero no es suficiente. Aunque parezca una meta muy alta, no pasa de ser una exigencia básica. Hace falta mucho mas: procurar sobre todo que las personas sean cristianas, que cada uno irradie a su alrededor, en su conducta diaria, la luz y el amor de Cristo, el buen olor de Jesucristo[19]. El fin no es que las estructuras sean sanas, sino que las personas sean santas. Tan equivocado sería despreocuparse de que las leyes y las costumbres de la sociedad fueran conformes al espíritu cristiano, como conformarse sólo con esto. Porque además, en ese mismo momento peligrarían de nuevo las mismas estructuras sanas. Siempre hay que estar recomenzando. «No hay humanidad nueva, si antes no hay hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio»[20].

Por medio del trabajo

De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes[21] Si queremos cristianizar la sociedad,lo primero es la santidad personal, nuestra unión con Dios. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención[22]. Es necesario que no perdamos la sal, la luz y el fuego que Dios ha puesto dentro de nosotros para transformar el ambiente que nos rodea. El Papa san Juan Pablo II ha señalado que «es un cometido que exige valentía y paciencia»[23]: valentía porque no hay que tener miedo a chocar con el ambiente cuando es necesario; y paciencia, porque cambiar la sociedad desde dentro requiere tiempo, y mientras tanto no hay que acostumbrarse a la presencia del mal cristalizado en la sociedad, porque acostumbrarse a una enfermedad mortal es tanto como sucumbir a ella. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad "desde dentro", estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene —no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado— de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica[24].

Dios quiere que infundamos espíritu cristiano a la sociedad a través de la santificación del trabajo profesional, ya que por el trabajo, somete el cristiano la creación (cfr. Gn 1,28) y la ordena a Cristo Jesús, centro en el que están destinadas a recapitularse todas las cosas[25]. El trabajo profesional es, concretamente, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres[26].

Foto: Ismael Martínez Sánchez

Foto: Ismael Martínez Sánchez

Cada uno se ha de proponer la tarea de cristianizar la sociedad a través de su trabajo: primero mediante en el afán de acercar a Dios a sus colegas y a las personas con las que entra en contacto profesional, para que también ellos lleguen a santificar su trabajo y a dar el tono cristiano a la sociedad; y después, e inseparablemente, mediante el empeño por cristianizar las estructuras del propio ambiente profesional, procurando que sean conformes a la ley moral. Quien se dedica a la empresa, a la profesión farmacéutica, a la abogacía, a la información o a la publicidad..., debe tratar de influir cristianamente en su ambiente: en las relaciones y en las instituciones profesionales y laborales. No es suficiente no mancharse con prácticas inmorales; hay que proponerse limpiar el propio ámbito profesional, hacerlo conforme a la dignidad humana y cristiana.

Para todo esto debemos recibir una formación tal que suscite en nuestras almas, a la hora de acometer el trabajo profesional de cada uno, el instinto y la sana inquietud de conformar esa tarea a las exigencias de la conciencia cristiana, a los imperativos divinos que deben regir en la sociedad y en las actividades de los hombres[27].

Las posibilidades de contribuir a la cristianización de la sociedad en virtud del trabajo profesional, van más allá de lo que puede realizarse en el estricto ambiente de trabajo. La condición de ciudadano que ejerce una profesión en la sociedad es un título para emprender o colaborar en iniciativas de diverso género, junto con otros ciudadanos que comparten los mismos ideales: iniciativas educativas de la juventud —escuelas donde se imparta una formación humana y cristiana, tan necesarias y urgentes en nuestro tiempo—, iniciativas asistenciales, asociaciones para promover el respeto a la vida, o la verdad en la información, o el derecho a un ambiente moral sano... Todo realizado con la mentalidad profesional de los hijos de Dios llamados a santificarse en medio del mundo.

Que entreguemos plenamente nuestras vidas al Señor Dios Nuestro, trabajando con perfección, cada uno en su tarea profesional y en su estado, sin olvidar que debemos tener una sola aspiración, en todas nuestras obras: poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres[28] .

 


[1] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Ecclesia in Europa, 28-VI-2003, c. I.

[2] San Josemaría, Carta 30-IV-1946, n. 19, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 420.

[3] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[4] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 17, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[6] San Josemaría, Conversaciones, n. 112.

[7] San Josemaría, Forja, n. 439.

[8] Jn 12, 32.

[9] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 27-X-1963, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, pp. 426-427:

[10] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 353, 1929, 1930.

[11] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1869..

[13] San Josemaría, Surco, n. 302.

[14] Cfr. Conc. vaticano II, Decr. Dignitatis humanae, nn. 1, 2 y 7.

[15] San Josemaría, Forja, n. 718.

[16] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 36.

[17] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 22, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 418.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.

[19] Cfr. 2 Cor 2, 15.

[20] Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, n. 18.

[21] San Josemaría, Camino, n. 755.

[22] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 183.

[23] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 1-V-1991, n. 38.

[24] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.

[25] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 14, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 425.

[26] Conversaciones, n. 10.

[27] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 15, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, III, Rialp, Madrid 2013, p. 574.

[28] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 41 en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 428. Cfr Forja, n. 678.

 

 

La legítima autonomía de las cosas temporales

Estudio publicado en Romana Nº 15 por Elisabeth Reinhardt, Profesora Agregada de Historia de la Teología Medieval y Moderna, del Departamento de Teología Histórica (Universidad de Navarra).

Otros24/05/2016

La legítima autonomía de las cosas temporales (PDF)

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El texto de la "Gaudium et spes"

Dentro del capítulo sobre la actividad humana en el mundo en la Constitución Pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, encontramos un apartado (n. 36) que se titula "La justa autonomía de la realidad terrena". Es interesante esta formulación, porque late en ella una pregunta y una inquietud: ¿cómo debe ser la relación de las cosas terrenas con la realidad sobrenatural? ¿Existe tal vez una autonomía que no sea justa?

Efectivamente, este punto del documento comienza señalando el temor de nuestros contemporáneos de que «por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia». Es un problema real, que tiene sus raíces históricas en el supuesto antagonismo entre razón y fe, ciencia y religión, Iglesia y sociedad civil, condición de ciudadano y de cristiano... Quienes participan de este temor ven, sin duda, la actividad humana totalmente aislada —cerrada en sí—, y la religión —con la correspondiente actividad sagrada— separada de la anterior, como dos fuerzas en pugna mutua que procuran no dejar ganar terreno la una a la otra. Al introducir este tema, el Concilio toca —sin decirlo así— la llaga del laicismo, abierta y muy extendida en la sociedad actual, como dirá en otro lugar del mismo documento: «El divorcio entre la fe y la vida diaria debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época»[1].

En el momento de plantear el tema, el Concilio comienza hablando en términos afirmativos: la autonomía de las cosas temporales es una exigencia justa, legítima, siempre que entendamos por este término «que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco»[2]. Por las palabras que siguen, se entiende que la legitimidad de esta autonomía no se basa en factores sociológicos, ni en un reclamo por parte del mundo contemporáneo, sino que tiene un fundamento ontológico: se funda en la realidad misma de la creación, y el Concilio no duda en afirmar que es «voluntad del Creador».

Es evidente, pues, que para comprender rectamente esta autonomía, es preciso acudir a la verdad de la creación, con todo lo que implica. El texto conciliar remite efectivamente al dogma de la creación, tal como fue declarado por el Concilio Vaticano I[3]. Después argumenta en términos metafísicos: «por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología de cada ciencia o arte»[4]. El texto latino es aún más preciso y merece la pena reflexionar sobre cada uno de los términos:

firmitas, que designa el ser, participado analógicamente, que es propio de cada cosa y le da consistencia, pero dependiente de la acción creadora y conservadora de Dios; contingencia, por tanto, y al mismo tiempo solidez. Se puede ver implicada aquí también la unidad del ente constituido, que radica en su ser.

veritas, que indica en este texto verdad "ontológica", como expresión efectiva del proyecto divino en lo que Dios conoce y quiere que exista.

bonitas, otro de los trascendentales que expresa la bondad de todo lo creado, verdad revelada[5] y declarada por el Magisterio[6].

—La propia consistencia ontológica de cada criatura tiene una dimensión dinámica: la causalidad propia, dentro del orden de todo lo creado («propriis legibus ac ordine») que se fundamenta en el ser y en la naturaleza de las criaturas.

El hombre, en su actividad sobre las demás cosas creadas, debe reconocer y respetar el orden establecido por Dios, en los cuatro aspectos señalados antes:

—conforme al ser de las cosas, en cuanto dotadas de su propia firmitas, sabiendo que él no tiene dominio sobre el ser, ya que no lo ha constituido, como tampoco es causa del ser que él mismo tiene.

—conforme a la verdad de las cosas, respetando sus naturalezas, que no ha puesto él, como tampoco es autor de la naturaleza humana. Esto es un reto a la honradez intelectual en el trabajo científico: investigar según la verdad, con el método adecuado a "lo que" las cosas son, hacer según la verdad —si nos referimos a la actividad transformadora del hombre en el mundo— y obrar según la verdad en la propia vida.

—conforme a la bondad de las cosas, que tiene su raíz en la creación, que el hombre no debe pervertir haciendo mal uso de ellas y de sí mismo.

—de acuerdo con el orden de fines establecido por Dios que dirige todo lo creado hacia el fin último.

Estos dos últimos aspectos son un reto a la honradez ética del hombre en el uso de las cosas creadas y en su propia conducta, es decir conforme al orden y la ley inscrita por Dios en todo lo creado: «ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que Dios ordena, dirige y gobierna el mundo universo y los caminos de la comunidad humana según el designio de su sabiduría y de su amor», como dice el Concilio en otro documento[7].

Si el hombre procede así al desarrollar su actividad en el mundo, no encontrará cortapisas por parte de la fe, porque se mueve dentro de un campo de unidad: no puede haber oposición entre el trabajo del hombre sobre las cosas temporales (que el Concilio llama res profanæ) y las realidades de la fe (res fidei), porque ambos órdenes de realidades tienen su origen en un mismo y único Dios[8].

¿Qué sucede con el no-creyente? Es frecuente la objeción por parte de los partidarios de la solución de continuidad entre las realidades terrenas y la fe: les parece que quien se declara no-creyente no tiene que respetar los límites de origen "sagrado". Una vez aclarada la no-oposición entre las realidades terrenas y las de la fe, el Concilio sale al paso de esta objeción remitiendo al orden natural: «Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aún sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser»[9].

La expresión «con perseverancia y humildad» parece hacer referencia a lo constitutivo de las cosas: su ser, verdad, bondad y orden (en definitiva, la ley eterna que el hombre de conciencia recta percibe con certeza como ley natural): humildad, como actitud de aceptación de la realidad como viene "dada" y esfuerzo constante —perseverancia— hasta encontrar respuesta ante lo "escondido" de las cosas.

La actividad humana que tenga estas características cuenta con el auxilio de Dios y de algún modo "toca" su poder y sabiduría, incluso sin que haya un conocimiento explícito del Creador por parte de quien realiza esta tarea. Y esto por razones de orden metafísico, insoslayables, como afirma el texto: se encuentra guiado por Dios en su trabajo y, por tanto, va encaminado hacia la verdad, porque Dios fundamenta la verdad de las cosas y las ordena al fin último. El texto latino lo expresa con mayor claridad: facit ut sint id quod sunt.

Con toda sinceridad manifiesta el Concilio que algunas veces se han dado actitudes deplorables entre los propios cristianos por no entender bien y no respetar la autonomía recta en el trabajo científico, «Actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.» La referencia en nota a pie de página del texto conciliar es precisamente el caso Galileo Galilei[10], que a veces se invoca como precedente para rechazar orientaciones éticas del Magisterio en materia científica que concierne la fe o la moral. El Concilio, por encima de polémicas y discusiones, deja claros los principios y advierte a todos —también a los propios cristianos— el peligro de no actuar conforme a ellos.

Pero el término "autonomía de lo temporal" se entiende a veces en otro sentido, y entonces no merece carta de ciudadanía en la actividad investigadora y transformadora del hombre: «si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida»[11].

La ruptura —entre el mundo y Dios— de que aquí se habla nace evidentemente del interior del hombre y puede obedecer a distintas actitudes erróneas:

—la del ateísmo, que niega claramente la existencia de Dios;

—la del agnosticismo, que no ve acceso cognoscitivo a Dios y prescinde de Él;

—la del ateísmo práctico que, absorbido por las cosas temporales, no se interesa por el "problema de Dios";

—y una actitud secularista, laicista, muy difundida, que sin negar a Dios ni prescindir de El, lo sitúa en un coto cerrado, de modo que todo lo religioso es considerado como heterogéneo, que no debe entrar para nada en el quehacer temporal. Aquí no se trata siempre de una independencia total y absoluta de Dios como si no fuese el Creador del universo, sino de una independencia práctica, a nivel de la actividad humana.

De estas posturas nace la supuesta oposición entre fe y ciencia, religión y sociedad, ley de Dios y ley civil..., y lo más nefasto para el propio hombre y su actividad en el mundo: pierde la luz que necesitaría para penetrar en los "secretos" de la realidad —ya que «por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida»—, no alcanza la comprensión del universo porque no escucha «la voz de Dios en el lenguaje de la creación», malinterpreta y en consecuencia "usa mal" las cosas creadas. Y es entonces cuando pierde el dominio sobre aquellas cosas que por su naturaleza son inferiores a él y también el señorío de sí mismo, y experimenta —aunque pueda no admitirlo— que la creación se vuelve contra él.

El desarrollo histórico y cultural es querido por Dios, pero sólo es recto si cumple una condición: que el hombre reconozca a Dios como Creador y Señor y dirija toda su actividad a la gloria de Dios, fin del universo[12].

Si en el n.36 el Concilio se expresa en términos amplios —hablando de todos los que creen en Dios y quienes le buscan sin saberlo aún—, después analiza —a la luz de la Revelación— la deformación de la actividad humana: la causa es el pecado. Así, el progreso por una parte beneficia al hombre y, por otra, constituye para él una gran tentación, «pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir el propio género humano»[13]. El texto hace referencia, indirectamente, a la ruptura que implica el pecado: al transgredir el hombre el orden establecido por Dios, no sólo se separa de El sino que pierde su propia unidad interna y produce además una ruptura con respecto a las criaturas inferiores al él, que dificulta el dominio sobre ellas. A esta dificultad se añade "el poder de las tinieblas", resultado del pecado de las criaturas puramente espirituales.

Todo esto supone una lucha constante para el hombre y le afecta en su actividad. Como camino para superar esta situación, el Concilio señala la norma cristiana, que consiste en «purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y del egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios»[14].

Más adelante, la misma Constitución Pastoral expone cuál es la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo, y de cada cristiano que forma parte de ella, para lograr que la actividad humana se desarrolle conforme a los designios de Dios. Es una llamada a la coherencia: «El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico»[15]. Y señala un doble error, que lleva al «divorcio entre la fe y la vida diaria»: descuidar lo temporal bajo el pretexto de encaminarse a la vida eterna; o, centrarse en lo temporal como algo ajeno a los valores religiosos, y reducir la vida religiosa a actos de culto y el cumplimiento de determinadas obligaciones morales.

Se trata, pues, de evitar la escisión y de volver a unir lo separado, a la luz de misterio de Verbo Encarnado: «Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios»[16]. La búsqueda de la unidad en la vida personal viene a ser la clave para lograr que la propia actividad y la de los demás se dirija al fin último. El texto latino, en las palabras citadas, recalca la unidad de esta síntesis vital: in unam synthesim vitalem.

Esta tarea compete propia aunque no exclusivamente a los laicos, «testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana»[17], ejerciendo y respetando la libertad en cuestiones opinables, sin invocar la autoridad de la Iglesia para sus opciones personales. En su actividad en el mundo deben respetar la recta autonomía de lo temporal: «Cuando actúan, individual o colectivamente, como ciudadanos del mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos»[18]. ¿De dónde nace esta rectitud y esfuerzo de coherencia cristiana? El Concilio responde: «A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena»[19].

La doctrina de Juan Pablo II

El tema de la autonomía de las cosas temporales aparece una y otra vez en la doctrina de Juan Pablo II, tanto en las encíclicas como en su predicación y catequesis con motivo de las audiencias generales. En alguna ocasión ha comentado ampliamente el punto 36 de la Gaudium et spes. En su catequesis sobre la creación, por ejemplo, dedica una audiencia entera a este tema que ve íntimamente vinculado con la verdad de la creación[20]. Aquí interesan particularmente aquellos aspectos que proyectan una nueva luz sobre el texto conciliar, fruto sin duda de la reflexión profunda de Juan Pablo II sobre el contenido de los diversos documentos.

Señala una doble dimensión de la creación, dentro del planteamiento de la finalidad:

—una dimensión "trascendental" en las criaturas, que es como una manifestación externa y absolutamente libre de la gloria interna de Dios, en la que consiste también el fin de todo lo creado: «En el misterio de la gloria todas las criaturas adquieren su significado trascendental: "superándose" a sí mismas para abrirse a Aquel, en quien tienen su comienzo... y su meta»[21].

—y una dimensión "inmanente", que es el perfeccionamiento de las criaturas e implica la ciencia, la técnica, la cultura, la historia...[22].

Dentro de esta dimensión inmanente, inseparable de la otra, se sitúa el problema de la autonomía de las cosas terrenas.

Juan Pablo II concede especial importancia al hecho de que el Concilio entronque este tema en la verdad de la creación, que no sólo es una verdad de fe, revelada en el Antiguo y Nuevo Testamento, sino que es también una verdad que une a todos los que creen en Dios, es decir, a todos los que —como dice la Gaudium et spes en el n.36— «escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación.» Esta verdad, aunque plenamente manifestada en la Revelación, es accesible de por sí a la razón humana. Los términos en que se expresa el texto conciliar, comenta Juan Pablo II, indican —al menos de modo indirecto— «que el mundo de las criaturas tiene necesidad de la Razón última y de la Causa primera. En virtud de su misma naturaleza los seres contingentes tienen necesidad, para existir, de un apoyo en el Absoluto (en el Ser necesario), que es Existencia por sí (Esse subsistens). El mundo contingente y fugaz "desaparece sin el Creador"»[23].

En su catequesis sobre la providencia divina aborda este tema desde otra perspectiva y destaca especialmente el papel del hombre dentro del orden creado. Hay que partir de la base de que «todo lo que ha sido creado, pertenece a Dios, su Creador, y, en consecuencia, depende de El. En cierto sentido, cada uno de los seres es más "de Dios" que "de sí mismo". Es primero de "Dios" y, luego, "de sí". Lo es de un modo radical y total que supera infinitamente todas las analogías de la relación entre autoridad y súbditos de la tierra»[24].

Juan Pablo II tiene muy presente la pregunta por la autonomía de la creación y el papel del hombre, pero «según la fe católica es propio de la Sabiduría trascendente del Creador hacer que Dios esté presente en el mundo como Providencia, y simultáneamente que el mundo posea esa "autonomía", de la que habla el Concilio Vaticano II»[25].

Comentando Sab 8, 1 —sobre la acción de Dios que rige el universo suaviter et fortiter, excluye toda posible oposición entre autonomía de lo creado y providencia divina: «La providencia divina se manifiesta precisamente en dicha "autonomía de las cosas creadas", en la que se revela tanto la fuerza como la "dulzura" propias de Dios. En ella se confirma que la Providencia del Creador como Sabiduría trascendente y para nosotros siempre misteriosa, abarca todo ("se extiende del uno al otro confín"), se realiza en todo con su potencia creadora y su firmeza ordenadora (fortiter), aun dejando intacta la función de las criaturas como causas segundas, inmanentes, en el dinamismo de la formación y del desarrollo del mundo, como puede verse indicado en ese suaviter del libro de la Sabiduría»[26].

Dentro de este orden, el hombre tiene una posición y tarea especiales, conforme a la naturaleza que Dios le ha dado: «En lo que se refiere a la inmanente formación del mundo, el hombre posee, pues, desde el principio y constitutivamente, en cuanto ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, un lugar totalmente especial. Según el libro del Génesis, fue creado para "dominar", para "someter la tierra". Participando, como sujeto racional y libre, pero siempre como criatura, en el dominio del Creador sobre el mundo, el hombre se convierte de cierta manera en "providencia" para sí mismo, según la hermosa expresión de Santo Tomás (S.Th. I, q. 22, a. 2 ad 4). Pero por la misma razón gravita sobre él desde el principio una peculiar responsabilidad tanto ante Dios como ante las criaturas y, en particular, ante los otros hombres»[27].

Dios en su acción providente, señala Juan Pablo II, no sólo tiene en cuenta la autonomía que El mismo ha otorgado a las criaturas, sino que respeta la libertad del hombre en su caminar terreno. «En el hombre y con el hombre, la acción de la Providencia alcanza una dimensión "histórica", en el sentido de que sigue el ritmo y se adapta a las leyes del desarrollo de la naturaleza humana, permaneciendo inmutada e inmutable en la soberana trascendencia de su ser que no experimenta mutaciones. La Providencia es una presencia eterna en la historia del hombre: de cada uno y de las comunidades. La historia de las naciones y de todo el género humano se desarrolla bajo el "ojo" de Dios y bajo su omnipotente acción»[28].

El hombre no sólo debe usar rectamente las cosas creadas que le han sido entregadas, sino que es «para sí mismo un don de Dios» y por tanto debe respetar la estructura natural y moral que Dios le ha dado[29]. Es más, en el hombre toda la creación visible debe acercarse a Dios y encaminarse a su plenitud definitiva. «El verdadero desarrollo —esto es, el progreso— que el hombre está llamado a realizar en el mundo, no debe tener sólo un carácter "técnico", sino, sobre todo, "ético", para llevar a plenitud en el mundo creado el reino de Dios»[30].

En este contexto adquiere especial interés la cuestión ecológica a la que Juan Pablo II atribuye gran importancia y que ve como un problema ético[31]. El desequilibrio ecológico nace de un uso arbitrario de las criaturas, se viola el orden que naturalmente tienen las cosas creadas y se ignora la "finalidad inmanente" en la obra de la creación. Este modo de actuar proviene de una falsa interpretación de la autonomía de las cosas terrenas y llegan a constituir una amenaza para él mismo[32]. «El hombre, que descubre su capacidad de transformar y, en cierto sentido, de "crear" el mundo con el propio trabajo, olvida que éste se desarrolla siempre sobre la base de la primera y originaria donación de las cosas por parte de Dios. Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe traicionar»[33].

El uso ilegítimo de esta autonomía alcanza también a la vida en todos sus grados y adquiere especial gravedad cuando se trata de la vida humana en todas sus fases, concretamente en las fases en que se encuentra más desprotegida[34]. «Pero es fácil ceder al deslumbramiento de una pretendida autosuficiencia en el progresivo "dominio" de las fuerzas de la naturaleza, hasta olvidarse de Dios o ponerse en su lugar. Hoy esta pretensión llega a algunos ambientes en forma de manipulación biológica, genética, psicológica... que si no está regida por los criterios de la ley moral (y consiguientemente orientada al reino de Dios) puede convertirse en el predominio del hombre sobre el hombre, con consecuencias trágicamente funestas»[35].

La "autonomía" que prescinde de Dios —no duda en afirmar Juan Pablo II— no sólo es ilegítima sino también inútil[36].

En su conocimiento amplio y profundo del mundo actual, Juan Pablo II valora todo lo positivo, pero no deja de señalar con claridad lo que no concuerda con los designios de Dios, y orienta hacia soluciones definitivas. «El hombre, hoy más que en cualquier otro tiempo, es particularmente sensible a la grandeza y la autonomía de su tarea de investigador y dominador de las fuerzas de la naturaleza. Sin embargo hay que notar que existe un grave obstáculo en el desarrollo y en el progreso del mundo. Este está constituido por el pecado y por la cerrazón que supone, es decir, por el mal moral»[37]. Superar el mal es a la vez querer el progreso moral del hombre, y dar una respuesta a las exigencias esenciales de un mundo "más humano". En esto, dice Juan Pablo II, el reino de Dios encuentra su «materia y los signos de su presencia eficaz»[38].

La solución es preciso situarla en el plan de salvación que se está realizando: «si el crecimiento del reino de Dios no se identifica con la evolución del mundo, sin embargo es verdad que el reino de Dios está en el mundo y antes que nada en el hombre, que vive y trabaja en el mundo. El cristiano sabe que con su compromiso a favor del progreso de la historia y con la ayuda de la gracia de Dios coopera al crecimiento del reino, hasta el cumplimiento histórico y escatológico del designio de la divina Providencia»[39].

Ante la situación actual del mundo —indiferencia religiosa, ateísmo en sus diversas formas y, particularmente, el secularismo, junto a la descristianización de pueblos de antigua tradición cristiana— Juan Pablo II ve necesario realizar una nueva evangelización, revalorizar la dignidad de la persona humana, promover la paz[40]. En este contexto recuerda la vocación de los fieles laicos a la santidad por el bautismo y que esta búsqueda de la santidad o «vida según el Espíritu» debe expresarse particularmente «en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas»[41].

Esto supone una exigencia y formación concretas, que previene y sana, si fuera el caso, el secularismo: «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida "espiritual", con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida "secular", es decir, la vida de familia, el trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura»[42]. Ante esta «fractura entre fe y vida, entre Evangelio y cultura», Juan Pablo II recuerda precisamente la llamada a la «unidad de vida» que hizo el Concilio Vaticano II en el texto que se ha citado antes[43].

Santificación del mundo y unidad de vida en el Beato Josemaría

Desde el 2 de octubre de 1928 se ha hecho sentir, cada vez con más fuerza, el mensaje de que todos los hombres están llamados por Dios a la santidad en medio de las realidades terrenas. En esa fecha, un sacerdote joven —Josemaría Escrivá de Balaguer— lo percibió con absoluta claridad, como una potente luz de Dios. Desde ese mismo instante, sabiéndose instrumento al servicio de la Redención, se dedicó con todas sus fuerzas a poner en práctica ese querer de Dios. Así quedó fundado el Opus Dei que aún no tenía nombre y no era más que una semilla en una tierra bien preparada. Gracias a su respuesta fidelísima y generosa a Dios, en medio de múltiples y graves dificultades, este mensaje se ha ido abriendo camino dentro de la Iglesia y fuera de ella, en prácticamente todas las partes del mundo. El Fundador del Opus Dei falleció en Roma el 26 de junio de 1975, con una fama de santidad evidente, y fue beatificado por Juan Pablo II en Roma, el 17 de mayo 1992. Como dice el Decreto que declaró la heroicidad de sus virtudes, «Gracias a una vivísima percepción del misterio del Verbo Encarnado, comprendió Mons. Escrivá de Balaguer que, en el corazón del hombre renacido en Cristo, el entero tejido de las realidades humanas se compenetra con la economía de la vida sobrenatural, convirtiéndose así en lugar y medio de santificación»[44].

Al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer no se le planteaba como problema la legítima autonomía de las cosas temporales, debido a su profunda comprensión de la verdad de la creación y del misterio de Cristo, aunque no dejaba de advertir —ya en 1951— las dificultades que surgen en torno a este tema: «Con periódica monotonía, algunos tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre la fe y la ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se entienden los términos reales del problema»[45].

El problema deja de serlo, la ruptura desaparece, si se entiende bien el alcance del orden natural y del sobrenatural, si se sitúan bien los términos del problema: «Si el mundo ha salido de las manos de Dios, si El ha creado al hombre a su imagen y semejanza y le ha dado una chispa de su luz, el trabajo de la inteligencia debe —aunque sea con un duro trabajo— desentrañar el sentido divino que ya naturalmente tienen las cosas; y con la luz de la fe, percibimos también su sentido sobrenatural, el que resulta de nuestra elevación al orden de la gracia. No podemos admitir el miedo a la ciencia, porque cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad. Y Cristo dijo: Ego sum veritas. Yo soy la verdad»[46].

En una homilía, en 1960, hablaba de dos posturas contrarias que conducen a la escisión entre fe y vida —como diría después la Constitución Gaudium et spes en el n.43 que se ha citado—: «Se dan, a veces, algunas actitudes, que son producto de no saber penetrar en ese misterio de Jesús. Por ejemplo, la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias.» Y la postura contraria, de los que «tienden a imaginar que, para poder ser humanos, hay que poner en sordina algunos aspectos centrales del dogma cristiano, y actúan como si la vida de oración, el trato continuo con Dios, constituyera una huida ante las propias responsabilidades y un abandono del mundo»[47].

Con la «tercera dimensión» que otorga la vida sobrenatural[48], todas las realidades creadas cobran relieve y acercan a Dios. El Beato Josemaría Escrivá de Balaguer afirma así que no hay «realidades exclusivamente profanas», con lo que excluye de entrada cualquier ruptura entre fe y vida corriente: «Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte»[49].

Desde esta perspectiva, la santificación del trabajo no es algo "superpuesto" en la vida cristiana, sino que es consecuencia de saberse hijo de Dios y, como tal, imitador de Cristo: «Y éste es el secreto de la santidad que vengo predicando desde hace tantos años —decía el Fundador del Opus Dei en 1960—: Dios nos ha llamado a todos para que le imitemos; y a vosotros y a mí para que, viviendo en medio del mundo —¡siendo personas de la calle!—, sepamos colocar a Cristo Señor Nuestro en la cumbre de todas las actividades humanas honestas»[50].

Y en palabras de una homilía de 1956: «Quiero hablar siempre de vida diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo seremos?»[51] En la homilía pronunciada el 8-X-67 en el Campus de la Universidad de Navarra —que es un canto a la santificación de las realidades terrenas desde dentro del mundo—, se expresaba en palabras similares e igualmente incisivas: «No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo»[52].

No se cansaba de inculcar la «unidad de vida», como una síntesis viva entre trabajo, oración apostolado, la una synthesis vitalis que la Constitución Gaudium et spes recomendaría como remedio al «divorcio entre fe y vida». Decía en 1951 el Fundador del Opus Dei: «Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte»[53]. El apostolado no puede ser un "añadido" sino que brota de la santificación del trabajo: «Hemos de evitar el error de considerar que el apostolado se reduce al testimonio de unas prácticas piadosas. Tu y yo somos cristianos, pero a la vez, y sin solución de continuidad, ciudadanos y trabajadores, con unas obligaciones claras que hemos de cumplir de un modo ejemplar, si de veras queremos santificarnos»[54].

Para lograr esta unidad de vida, es necesario mantener la fe viva y vibrante por la caridad: «Cuando la fe flojea, el hombre tiende a figurarse a Dios como si estuviera lejano, sin que apenas se preocupe de sus hijos. Piensa en la religión como en algo yuxtapuesto, para cuando no queda otro remedio; espera, no se explica con qué fundamento, manifestaciones aparatosas, sucesos insólitos. Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada»[55].

En este modo de concebir la vida cristiana, se da ya por supuesta la autonomía legítima de las cosas temporales y no sólo se respeta, sino que el amor al mundo en cuanto obra de Dios lleva a amar también esa autonomía. Lo reflejan las orientaciones claras y sintéticas que solía dar el Fundador del Opus Dei: «Tu vocación de cristiano te pide estar en Dios y, a la vez, ocuparte de las cosas de la tierra, empleándolas objetivamente tal como son: para devolverlas a El»[56].

Siempre ha distinguido entre "del mundo" y "mundano", y el amor a Dios y al mundo están siempre unidos, como expresa este punto de Surco: «Los hombres mundanos se afanan para que las almas pierdan cuanto antes a Dios; y luego, para que pierdan el mundo... No aman este mundo nuestro, ¡lo explotan, pisoteando a los demás! —¡Que no seas tú también víctima de ese doble timo!»[57]. En estas palabras es fácil la comparación con lo que dice la Constitución Pastoral Gaudium et spes en el n.36 al hablar de la autonomía ilegítima, que no sólo aleja de Dios sino que hace que las criaturas mismas queden "oscurecidas" para el hombre.

En realidad, todo el capítulo "Ciudadanía" de Surco es una orientación clara de cómo debe actuar el ciudadano de "las dos ciudades" sin que se produzca una ruptura, ni interna del hombre en su actuación sobre el mundo, ni externa, en el resultado de la actuación misma, ya que «No se puede separar la religión de la vida, ni en el pensamiento, ni en la realidad cotidiana»[58]. La tarea del cristiano es «contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social»[59].

Si falta ese afán de santificar el mundo, es fácil que se produzca el fenómeno del laicismo, porque muchas realidades terrenas, abandonadas a sí mismas o en manos de no-creyentes se convierten en obstáculos a la vida sobrenatural y «forman como un coto cerrado y hostil a la Iglesia». Por eso, sigue diciendo el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer: «Tú, por cristiano —investigador, literato, científico, político, trabajador...—, tienes el deber de santificar esas realidades. Recuerda que el universo entero — escribe el Apóstol— está gimiendo como en dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios»[60].

En esta tarea del cristiano están siempre unidas —no mezcladas— lo que llama el Fundador del Opus Dei «alma verdaderamente sacerdotal» y «mentalidad plenamente laical». Quedan intacta la legítima autonomía de las cosas temporales y, a la vez, en y a través de la actividad misma del cristiano esas realidades temporales son "santificadas". Si con la buena intención de santificar el mundo no se respeta esa autonomía de lo temporal, se da pie al clericalismo, que detestaba el Fundador del Opus Dei y contra el que prevenía de múltiples maneras: «No quieras hacer del mundo un convento, porque sería un desorden... Pero tampoco de la Iglesia una bandería terrena, porque equivaldría a una traición»[61]. No le gustaba hablar de «obreros católicos, de ingenieros católicos, de médicos católicos, etc., como si se tratase de una especie dentro de un género, como si los católicos formaran un grupito separado de los demás, creando así la sensación de que hay un foso entre los cristianos y el resto de la humanidad»[62]. Prefería hablar de «católicos que son obreros», «católicos que son ingenieros, o médicos», etc.

Otra característica de la «mentalidad laical» y del respeto a la autonomía de lo temporal es el amor a la libertad en todo el amplísimo terreno de lo opinable. «Qué triste cosa es tener una mentalidad cesarista, y no comprender la libertad de los demás ciudadanos, en las cosas que Dios ha dejado al juicio de los hombres»[63]. O, como decía en 1960, en términos más gráficos aún: «Sería empequeñecer la fe, reducirla a una ideología terrena, enarbolando un estandarte político-religioso para condenar, no se sabe en nombre de qué investidura divina, a los que no piensan del mismo modo en problemas que son, por su propia naturaleza, susceptibles de recibir numerosas y diversas soluciones»[64]. En la homilía pronunciada en el Campus de la Universidad de Navarra, ante varios miles de personas, exhortó a difundir por todas partes una verdadera «mentalidad laical» y expresó en síntesis las conclusiones prácticas que lleva consigo:

«a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;

a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen —en materias opinables— soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;

y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas»[65].

Su profunda compenetración personal del misterio del Verbo Encarnado —no sólo en el terreno doctrinal, sino también por la contemplación constante en medio de la vida ordinaria— le llevó, como por analogía, a entender el mundo en su verdadera perspectiva: de modo semejante a como en Cristo la naturaleza divina y la humana —distintas, sin mezcla ni confusión[66]- están unidas en la Persona del Verbo, en el mundo creado se distingue realmente lo natural de lo sobrenatural; no se debe confundir ni mezclar, pero lo natural —incluida toda la actividad humana recta— está ordenada hacia la Redención en Cristo, para «poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas». En esta perspectiva cristológica no hay para el Fundador del Opus Dei realidades estrictamente profanas —cfr. cita 49—. Tampoco hay entonces conflicto de "autonomías" ni escisión de campos.

Pero, en definitiva, donde tiene que cultivarse esta actitud auténticamente cristiana —que es necesario promover, como decía la Constitución Pastoral Gaudium et spes en el n.43—, es en el interior de cada uno. Lo expresaba el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer en la homilía ya citada, el 8 de octubre 1967, con una imagen que le sugería el mismo ambiente donde la pronunció —al aire libre—: «En la línea de horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...»[67].

Al estudiar las enseñanzas del Fundador del Opus Dei sobre la autonomía de las cosas temporales y al considerar las soluciones prácticas nacidas bajo su impulso, se pone de manifiesto una clara afinidad con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, ya años antes de que se celebrase. Nos encontramos efectivamente con una «profética coincidencia con el Concilio Vaticano II», como lo expresa el decreto sobre las virtudes heroicas[68].

Elisabeth Reinhardt, Doctora en Teología


 

[1] CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 43.

[2] Ibid., n. 36.

[3] CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Dei Filius, c. 1, Dz 1783-1784 (3002-3003).

[4] Gaudium et spes, n. 36.

[5] Cfr. Gn 1, 31.

[6] Cfr. CONCILIO IV DE LETRÁN, Dz 428 (800).

[7] CONCILIO VATICANO II, Decl. Dignitatis humanæ, n. 3.

[8] Gaudium et spes, n. 36.— El texto conciliar hace referencia al Concilio Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, c. 3, Dz 1785-1786 (3004-3005).

[9] Gaudium et spes, n. 36.

[10] Ibid., nota 7.

[11] Gaudium et spes, n. 36.

[12] Cfr. Gaudium et spes, n. 34.

[13] Gaudium et spes, n. 37.

[14] Ibid.

[15] Gaudium et spes, n. 43.

[16] Ibid.

[17] Ibid.

[18] Ibid.

[19] Ibid.

[20] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 2-IV-1986.

[21] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 12-II-1986.

[22] Cfr. JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 2-IV-1986.

[23] Cfr. Ibid.

[24] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 14-V-1986.

[25] Ibid.

[26] Ibid.

[27] Ibid.. Cfr. Alocución en la audiencia general, 21-V-1986.

[28] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 21-V-1986.

[29] Cfr. JUAN PABLO II, Litt. enc. Centesimus annus, 1-V-1991, n. 38.

[30] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 21-V-1986.

[31] Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8-XII-1989.

[32] Cfr. JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 2-IV-1986.

[33] JUAN PABLO II, Litt. enc. Centesimus annus, n. 37.

[34] Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8-XII-1989.

[35] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 18-IV-1986.

[36] Cfr. JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 2-IV-1986.

[37] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 25-VI-1986.

[38] Cfr. Ibid.

[39] Ibid.

[40] Cfr. JUAN PABLO II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, nn. 4-7.

[41] Ibid., n. 17.

[42] Ibid., n. 59.

[43] Cfr. Gaudium et spes, n. 43.

[44] CONGREGACIÓN PARA LAS CAUSAS DE LOS SANTOS, Decreto sobre la heroicidad de las virtudes del siervo de Dios Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, 9-IV-1990.

[45] Es Cristo que pasa, n. 10.

[46] Ibid.

[47] Ibid., n. 98; cfr. Amigos de Dios, n. 58.

[48] Cfr. Camino, n. 279.

[49] Es Cristo que pasa, n. 112; cfr. n. 120.

[50] Amigos de Dios, n. 58.

[51] Es Cristo que pasa, n. 36.

[52] Conversaciones, n. 114.

[53] Es Cristo que pasa, n. 10.

[54] Amigos de Dios, n. 61.

[55] Ibid., n. 313.

[56] Surco, n. 295; cfr. Forja, n. 678.

[57] Surco, n. 304.

[58] Ibid., n. 308.

[59] Ibid., n. 302.

[60] Ibid., n. 311.

[61] Ibid., n. 312.

[62] Es Cristo que pasa, n. 53; cfr. n. 184.

[63] Surco, n. 313.

[64] Es Cristo que pasa, n. 99.

[65] Conversaciones, n. 117.

[66] Cfr. CONCILIO DE CALCEDONIA, Dz 148 (301-302).

[67] Conversaciones, n. 116.

[68] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LAS CAUSAS DE LOS SANTOS, Decreto sobre la heroicidad de las virtudes del siervo de Dios Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, 9-IV-1990.

 

Sobre la educación cristiana de la sexualidad

Posted: 16 Jun 2019 12:01 PM PDT

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«Nos prometimos el cielo, y nos quedamos en las nubes». Así dice un grafiti – expresión quizá de una pareja decepcionada– que contemplé hace algunos años. Hoy el ambiente cultural propicia una sexualidad desvinculada del amor y de la vida. Se facilita el sexo, pero se pone difícil encontrar el amor.

Con la intención de ofrecer algunas orientaciones a los educadores acerca de las cuestiones debatidas sobre la sexualidad humana «a la luz de la vocación al amor a la que toda persona es llamada», la Congregación para la Educación Católica ha publicado un documento titulado: «Varón y mujer los creó. Para una vía de diálogo sobre la cuestión del gender en la educación» (2-II-2019). Una cuestión importante que tiene que ver con la antropología y la teología del cuerpo y del amor.

No se trata de un documento doctrinal, sino de una invitación a la reflexión, ante todo desde la razón, también desde la fe, con vistas a la tarea educativa. Se quiere así animar al diálogo entre los educadores, en un momento en que la enseñanza católica sobre este tema es considerada a veces como retrógrada.


La educación afectivo-sexual

1. En efecto, en el clima cultural existe actualmente una difundida desorientación antropológica. Esto –señala el documento– ha contribuido a desestructurar la familia, con la tendencia a cancelar las diferencias entre el hombre y la mujer, consideradas como simples efectos de un condicionamiento (relativista) histórico-cultural.

Esta teoría o ideología llamada «gender» promueve una identidad personal y una intimidad afectiva de corte individualista, independiente de la diversidad biológica entre varón y mujer.

En cambio, una educación afectivo-sexual adecuada considera la totalidad de la persona; pide, por tanto, «la integración de los elementos biológicos, psico-afectivos, sociales y espirituales».

La estructura del documento corresponde al método del discernimiento: 1) escuchar (mirada y escucha a la realidad) para manifestar puntos de acuerdo y críticas; 2) razonar (valoración de esa realidad); 3) proponer (propuestas concretas a partir de la antropología cristiana, para la familia y la escuela, la sociedad y los educadores).

De este modo, «escuchar las necesidades del otro, así como la comprensión de las diferentes condiciones lleva a compartir elementos racionales y a prepararse para una educación cristiana arraigada en la fe que, como dice el Concilio Vaticano II, “todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre” (GS, 11)».

Se ve la necesidad de distinguir entre la ideología del gender –que responde a ciertas aspiraciones, pero busca imponerse de modo voluntarista, como pensamiento único incluso en la educación de los niños– y otras investigaciones llevadas a cabo por las ciencias humanas sobre los diversos modos de vivir, en las distintas culturas, la diferencia sexual entre hombre y mujer.

Por ejemplo, como ha señalado el cardenal Versaldi –prefecto del Dicasterio que ha publicado el documento– en una entrevista sobre el tema, es preciso reconocer las formas de subordinación injusta que ha padecido muchas veces la mujer durante la historia, viendo relegadas valiosas características culturales que ellas han desarrollado a partir de su propia naturaleza.

Por otra parte, aunque la perspectiva católica no se compagina con la denominada ideología de género, el texto se ofrece como una invitación al diálogo con quienes piensan de otra manera.

La antropología cristiana como fundamento

2. Ante la necesidad de la educación en este aspecto, el texto propone, ante todo, la referencia a una naturaleza humana, que debe ser respetada y no manipulada. Ese es el núcleo, a nivel racional, de una verdadera “ecología del hombre” que reconoce la dignidad del ser humano y la ley moral escrita en su naturaleza (cf. Enc. Laudato si’, n. 24).

Pasando a las enseñanzas de la revelación sobre la creación, en el libro del Génesis se encuentra la verdad de la creación del hombre y de la mujer en su distinción y relación mutua (dimensión horizontal) y con Dios (dimensión vertical). Se trata de dos modos de ser persona orientados a una complementariedad que colabora con Dios creador.

Así brilla el valor del cuerpo humano en cuanto signo transparente de la dignidad personal y de la comunión interpersonal. El cuerpo está llamado a manifestar el “don de sí”, a partir de la naturaleza (unidad de cuerpo y alma). La unión sexual en el matrimonio aparece así como “signo de un compromiso totalizante, enriquecido por todo el camino previo” (Exhort. Amoris laetitia, n. 283). Es decir, el camino que comienza por el conocimiento y la mutua atracción, y avanza por la valoración de la persona a la que se adentra en su conocimiento. Esto no se comprende si se interpreta el cuerpo desde una postura fisicista o naturalista, considerando que la persona es solo su cuerpo entendido en sentido materialista.

Por el contrario, la persona está hecha como una “totalidad unificada” de cuerpo y alma, que madura y logra su sentido en relación con el diálogo y la comunión interpersonal.

Con otras palabras, la identidad personal se configura no solo en dependencia de factores biológicos o genéticos sino también en relación con los demás: con el temperamento, la familia y la cultura, las experiencias vividas y la formación recibida, las influencias de amigos y personas admiradas, etc. (cf. Amoris laetitia, n. 286).

Todo ello tiene como condición la necesidad de reconocer la raíz metafísica de la identidad sexual: “Hombre y mujer son las dos formas en que se expresa y se realiza la realidad ontológica de la persona humana”. No existe –afirma el texto– la “persona abstracta” que elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya. Y si no se reconoce la dualidad de hombre y mujer como dato presente ya desde la creación, se corre el riesgo de no respetar adecuadamente a los hijos y de no realizar la adecuada función de la familia como célula que vivifica la sociedad (cf. Benedicto XVI, Discurso, 21-XII-2012).

En esta perspectiva, educar para la sexualidad y la afectividad equivale, en palabras de Juan Pablo II, a educar en el “significado del cuerpo” (el cuerpo significa la persona). Por eso es necesario cuidarlo y valorarlo en su feminidad o masculinidad a la luz de una “ecología plenamente humana e integral”. 

Formación integral y papel de los educadores

3. A partir de esta visión cristiana del hombre (antropología cristiana) y de la sexualidad, se comprende el papel y la responsabilidad de la familia, de la escuela y de la sociedad con vistas a una formación integral que tenga en cuenta la transformación actual de la sociedad y de las relaciones interpersonales.

Se entiende asimismo la importancia de la formación de los formadores. Los educadores han de conjugar su conocimiento de la antropología con su preparación personal psico-pedagógica; y conjugar también la autoridad con el testimonio, en el marco de la labor de toda la comunidad educativa. Deben formarse –en efecto, en esto como en otras cuestiones igualmente decisivas– de modo permanente y en contacto con instituciones superiores y con expertos a nivel nacional e internacional que puedan "contribuir a ofrecer herramientas innovadoras y creativas para consolidar la educación integral de la persona desde la primera infancia frente a visiones parciales y distorsionadas".

En la conclusión del documento cabe señalar tres puntos.

Primero, el hecho de que la propuesta educativa cristiana es un antídoto natural contra la cultura del descarte, y una defensa de la dignidad originaria de todo hombre y mujer, que está por encima de la manipulación de cualquier poder e ideología.

En segundo lugar, la legitimidad de las escuelas de inspiración católica para educar en una antropología integral, en función de la libertad de las familias que les confían sus hijos.

Finalmente, la necesidad, por parte de los educadores cristianos –también los que trabajan en escuelas públicas–, de un acompañamiento prudente y comprensivo de los casos complejos y dolorosos, promoviendo en todos sus alumnos la apertura a los demás, para que vean en cada uno un hermano y hermana que hay que conocer y respetar, y para que atiendan a la realidad que les rodea y pide su cuidado.

 

 

Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (I)

Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un saber. Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ser. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo y dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él.

Formación de la personalidad16/06/2018

Opus Dei - Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (I)

Jesucristo es, sin duda, el amor de nuestra vida: no el mayor entre otros, sino aquel que da sentido a todos los demás amores y a los intereses, ilusiones, ambiciones, trabajos, iniciativas que llenan nuestros días y nuestro corazón. De aquí, que sea fundamental mantener en nuestra vida espiritual «la centralidad de la persona de Jesucristo»[1]: Él es el camino para entrar en comunión con el Padre en el Espíritu Santo. En Él, se devela el misterio de quién es el hombre[2], a qué está llamado. Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio, ahondar también en el propio misterio personal. Por eso, dejar que Jesús sea el centro de nuestra vida lleva, entre otras cosas, a «redescubrir con luces nuevas el valor antropológico y cristiano de los diferentes medios ascéticos; llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad, corazón, relaciones con los demás (…)»[3].

Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio, ahondar también en el propio misterio personal

Esa persona a la que hay que llegar somos nosotros mismos, son todos aquellos a los que alcanzamos con nuestra amistad, con nuestro apostolado. La formación que recibimos e impartimos, ha de llegar a la inteligencia, a la voluntad y a los afectos, sin que ninguno de estos elementos quede descuidado o simplemente sometido a los otros. Aquí nos centraremos sobre todo en la formación de la afectividad, dando por supuesta la enorme relevancia de que se apoye en una buena formación intelectual. Considerar la importancia de la formación integral nos permitirá redescubrir la gran verdad que encierra la identificación que san Josemaría establecía entre fidelidad y felicidad[4].

Formarse para entrar en sintonía con Cristo

Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un saber. Así, tendría buena formación quien a lo largo de su vida ha recibido buenos contenidos doctrinales, ascéticos, profesionales, etc. Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ser. Un buen profesional conoce la ciencia y la técnica que requiere su profesión, pero tiene algo más: ha desarrollado hábitos –modos de ser– que le disponen a aplicar bien esa ciencia y esa técnica que posee: hábitos de atención a los demás, de concentración en el trabajo, de puntualidad, de digerir éxitos y fracasos, de perseverancia, etc.

El voluntarismo es una visión errada de la virtud, que la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad

Del mismo modo, ser un buen cristiano no es simplemente conocer –al nivel adecuado a la propia situación en la Iglesia y en la sociedad– la doctrina sobre los sacramentos, o sobre la oración, o sobre las normas morales generales y profesionales. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo para conocer su anchura, su profundidad (cfr. Ef 3,18), dejar que su Vida entre en la nuestra, y poder repetir con san Pablo que «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20). Es decir, ser «alter Christus, ipse Christus»[5], dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él. Ese dejar actuar a la gracia, no es meramente pasivo, no consiste sólo en evitar poner obstáculos, ya que el Espíritu Santo no nos transforma en Cristo sin nuestra cooperación libre, voluntaria. Pero tampoco esto basta: entregarnos al Señor, darle nuestra vida, no es solamente darle nuestras decisiones, nuestros actos; es también darle nuestro corazón, nuestros afectos, incluso nuestra espontaneidad. Para esto es imprescindible una buena formación intelectual y doctrinal que configure la cabeza, que incida en nuestras decisiones, pero es también necesario que esa doctrina cale y llegue al corazón de la persona. Y esto requiere lucha… y requiere tiempo. Dicho de otro modo, es necesario adquirir virtudes, y precisamente en eso consiste la formación.

No es raro encontrarse con personas que temen que la insistencia en las virtudes acabe conduciendo al voluntarismo. Nada más lejos de la realidad. Quizá, en la raíz de esta confusión, se encuentre una visión errada de la virtud, que la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad, que hace a quien la posee capaz de cumplir la norma moral, incluso cuando esta se opone a la propia inclinación. Se trata de una idea bastante difundida y, efectivamente, de origen voluntarista. En definitiva, la virtud consistiría en la capacidad de ir contra la corriente de las propias inclinaciones cuando la norma moral así lo requiere. Naturalmente, hay algo de verdad en esto, pero se trata de algo incompleto que transforma las virtudes en cualidades frías, que llevarían a la negación práctica de las propias inclinaciones, intereses y afectos y que, sin querer, acaban convirtiendo la indiferencia en un ideal: como si la vida interior y la entrega consistieran en llegar a no sentirse atraído por nada que pudiera obstaculizar las propias decisiones futuras.

Plantear la formación de este modo, impediría llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad y afectos no estarían creciendo juntos, llevándose de la mano, ayudándose mutuamente, sino que alguna de esas facultades estaría aplastando a alguna de las otras. El desarrollo de la vida interior, en cambio, requiere esa integración y, desde luego, no lleva a empequeñecerse, a perder intereses y afectos; no tiene como objetivo que no nos afecten las cosas, que no nos importe lo importante, no nos duela lo doloroso, no nos preocupe lo preocupante o no nos atraiga lo atractivo. Al contrario, conduce a expandir el corazón, que se llena de un amor grande, desde el que mira a todos esos sentimientos y consigue, por eso, verlos en un contexto más amplio que da recursos para afrontar aquellos que plantean una dificultad, y ayuda a captar el sentido positivo y trascendente de los que resultan agradables.

El Evangelio nos muestra el interés sincero del Señor por el descanso de los suyos: «venid vosotros solos a un lugar apartado y descansad un poco» (Mc 6,31), o también la reacción de su corazón ante el sufrimiento de sus amigos, como Marta y María (cfr. Jn 11,1-44). No podemos imaginar que en esos momentos Jesucristo estuviera actuando, como si, en el fondo, por su unión con su Padre, lo que sucedía a su alrededor le resultara indiferente. San Josemaría hablaba de amar al mundo y de hacerlo apasionadamente[6], impulsaba a poner el corazón en Dios y, por Él, en los demás, en el trabajo que nos ocupa, en la labor apostólica, porque «el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte»[7]. La disponibilidad, por ejemplo, no es la disposición de aquél a quien le es indiferente una cosa que otra, porque ha conseguido perder todo interés, quizá para evitar sufrir cuando se le pida algo que le contraría; sino la disposición grandiosa de quien sabe prescindir en un momento de algo bueno y atractivo para concentrarse en otra cosa en la que Dios le espera, porque vivir para Dios es lo que profundamente desea. Se trata de alguien, en definitiva, con corazón grande, con intereses, con ambiciones buenas que sabe superar cuando conviene, no porque las niegue o porque intente que no le afecten, sino porque su interés en amar y servir a Dios es mucho más grande aún. Y no sólo es más grande, sino que es –se ha ido convirtiendo en– lo que da sentido y contiene en sí todos los otros intereses.

Gozar con la práctica de las virtudes

El desarrollo de la vida interior no tiene como objetivo que no nos afecten las cosas

La formación de las virtudes requiere lucha, vencer la propia inclinación cuando se opone a los actos buenos. Esta es la parte de verdad que contiene el concepto reductivo –voluntarista– de virtud, al que nos referíamos antes. Pero la virtud no consiste en esa capacidad de oponerse a la inclinación, sino más bien en la formación de la inclinación. El objetivo no es, pues, ser capaces de dejar habitualmente a un lado la afectividad para poder guiarse por una regla externa, sino más bien formar la afectividad de modo que seamos capaces de gozar en el bien realizado. La virtud consiste precisamente en ese gozo en el bien, en la formación –digámoslo así– del buen gusto: «[Dichoso el hombre] que se complace en la Ley del Señor, y noche y día medita su Ley» (Sal 1,2) En definitiva, la virtud es la formación de la afectividad y no el hábito de oponerse sistemáticamente a ella.

Mientras la virtud no está formada, la afectividad puede plantear una resistencia al acto bueno, que habrá que vencer. Pero el objetivo no es simplemente conseguir vencerla, sino más bien desarrollar el gusto por ese comportamiento. Cuando se posee la virtud, el acto bueno puede seguir costando, pero se hace con alegría. Pongamos algún ejemplo. Levantarnos puntualmente por la mañana –el minuto heroico[8]– probablemente nos cueste siempre: quizá no llegará el día en que al sonar el despertador no nos apetezca permanecer un rato más en la cama. Pero si nos esforzamos habitualmente en vencer la pereza por amor a Dios, llega el momento en que hacerlo nos alegra, mientras que ceder a la comodidad nos desagrada, nos deja un mal sabor de boca. Paralelamente, a una persona justa, llevarse un producto del supermercado sin pagar, no sólo le resultaría prohibido, sino también feo, desagradable, discordante con sus disposiciones, con su corazón. Esta configuración de la afectividad que genera esa alegría ante el bien y ese disgusto ante el mal, no es una consecuencia colateral de la virtud, sino que es un componente esencial de ella. Por eso la virtud nos hace capaces de disfrutar del bien.

No es esta una idea meramente teórica. Al contrario, tiene una gran incidencia práctica saber que cuando luchamos no estamos acostumbrándonos a fastidiarnos, sino aprendiendo a disfrutar del bien, aunque de momento eso exija ir contra corriente.

La formación de las virtudes hace que las facultades y los afectos aprendan a centrarse en lo que verdaderamente puede satisfacer las aspiraciones más profundas, y otorguen lugares secundarios –siempre subordinados a los principales– a lo que simplemente está en el orden de los medios. En última instancia, formarse en las virtudes es aprender a ser feliz, a gozar de y con lo grandioso, es, en definitiva, prepararse para el Cielo.

Una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Del mismo modo, actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad

Si formarse es crecer en virtudes y las virtudes consisten en un cierto orden en los afectos, se puede concluir que toda formación es formación de la afectividad. Quizá, al leer esto, alguien podría objetar que, en el esfuerzo por adquirir virtudes, su intento era más operativo que afectivo, e incluso añadir que llamamos virtudes a unos hábitos operativos. Es verdad. Pero si las virtudes nos ayudan a hacer el bien es porque nos ayudan a sentir correctamente. El ser humano siempre se mueve hacia el bien. El problema moral es, en última instancia, por qué lo que no es bueno, se nos aparece –se presenta a nuestros ojos– como bueno en una situación concreta. Que esto suceda se debe a que el desorden de las tendencias lleva a exagerar el valor del bien al que se dirige alguna de ellas, de modo que se considera más deseable en esa situación que otro bien con el que ha entrado en conflicto, que, sin embargo, posee mayor valor objetivo porque responde al bien global de la persona. Por ejemplo: en una cierta situación podemos encontrarnos ante la tesitura de decir o no la verdad. La tendencia natural que tenemos a la verdad, nos la presentará como un bien. Pero también tenemos una tendencia natural al aprecio de los demás que, en ese caso concreto, si nos parece que la verdad nos haría quedar mal, nos presentará la mentira como conveniente. Esas dos tendencias entran en conflicto. ¿Cuál de ellas prevalecerá? Dependerá de cuál de los dos bienes es más importante para nosotros y en esta valoración la afectividad juega un papel decisivo. Si está bien ordenada, ayudará a la razón a percibir que la verdad es muy valiosa y que el aprecio de los demás no es deseable si exige renunciar a ella. Ese amor a la verdad por encima de otros bienes que también nos atraen, es precisamente lo que denominamos sinceridad. Pero si el afán por quedar bien es más fuerte que la atracción de la verdad, es fácil que la razón se engañe, y aun sabiendo que eso no es bueno, juzgue conveniente mentir. Aunque sepamos perfectamente que no se debe mentir, consideramos que en este caso nos conviene hacerlo.

La afectividad ordenada ayuda a hacer el bien porque ayuda antes a percibirlo. Interesa mucho formarla. ¿Cómo conseguirlo? Trataremos de exponer algunas ideas en el próximo editorial. Ahora nos limitaremos a señalar algo que conviene saber antes de afrontar ese tema.

La voluntad y los sentimientos

Acabamos de afirmar que una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Lo mismo se puede decir en el sentido contrario: actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad.

Sabemos por experiencia –y conviene no olvidarlo si no queremos caer fácilmente en frustraciones y desánimos– que no podemos controlar directamente nuestros sentimientos: si nos envuelve el desánimo, no podemos resolver el problema decidiendo sin más sentirnos alegres. Lo mismo sucede si queremos en un cierto momento sentirnos más audaces, o menos tímidos, o si deseamos no tener miedo o vergüenza, o no sentir la atracción sensible de algo que juzgamos desordenado. Otras veces, quizá desearíamos tratar con soltura a una persona ante la que sentimos un cierto rechazo involuntario por razones que reconocemos nimias, pero no conseguimos superar y nos damos cuenta de que proponerse sin más tratarla con sencillez no resuelve la dificultad. En definitiva, no basta una decisión voluntaria para que los sentimientos se ajusten a nuestros deseos. Sin embargo, que la voluntad no controle directamente los sentimientos no significa que no tenga ningún influjo sobre ellos.

En ética, el control que la voluntad puede ejercer sobre los sentimientos se califica de político, porque es semejante al que un gobernante tiene sobre las decisiones de sus súbditos: no puede controlarlas directamente, ya que ellos son libres; pero puede tomar ciertas medidas –por ejemplo, disminuir los impuestos– esperando que produzcan ciertos resultados –por ejemplo, un aumento del consumo o de la inversión– a través de la voluntad libre de los ciudadanos. También nosotros podemos realizar ciertos actos que esperamos que susciten unos sentimientos concretos: podemos detenernos a considerar el bien que hará una labor apostólica para la que buscamos ayuda, como medio para sentirnos más audaces al solicitar un donativo para su puesta en marcha. Podemos considerar nuestra filiación divina esperando también que nos afecte menos a nivel sensible un revés profesional. También sabemos que ingerir una cierta dosis de alcohol puede provocar un estado transitorio de euforia; y que si voluntariamente damos vueltas en nuestra cabeza a un mal trato recibido, provocaremos reacciones de ira. Estos serían algunos ejemplos del influjo, siempre indirecto, que la voluntad puede ejercer a corto plazo sobre los sentimientos.

Mucho más importante, sin embargo, es el influjo que la voluntad ejerce a largo plazo sobre la afectividad, porque es precisamente ese influjo lo que le permite darle forma, formarla. Al reflexionar sobre ese proceso se percibe claramente que la persona es una y que la formación sólo logra su objetivo si alcanza a la inteligencia, a la voluntad, a los afectos. En esto nos detendremos en el próximo editorial.

Julio Diéguez


[1] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[2] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7.XII.1965), n. 22.

[3]F. Ocáriz, Carta pastoral, 14.II.2017, n. 8.

[4] San Josemaría, Surco, 84: «Tu felicidad en la tierra se identifica con tu fidelidad a la fe, a la pureza y al camino que el Señor te ha marcado». Cfr. también, por ejemplo, San Josemaría, Instrucción, mayo-1935/14-IX-1950, 60; Instrucción, 8-XII-1941, 61; San Josemaría Amigos de Dios, 189.

[5]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 96.

[6] Baste mencionar, como ejemplo, el título de la homilía Amar al mundo apasionadamente, en Conversaciones, nn. 113-123.

[7] Amigos de Dios, n, 183.

[8]San Josemaría, Camino, n. 206.

 

Notre Dame, y el “vacío de Dios, vacío del hombre”

Ernesto Juliá

Indendio en Notre Dame.

photo_camera Indendio en Notre Dame.

Gabriel Albiac ha escrito hace unos días una tercera de ABC titulada Catedrales. El texto es una reflexión sobre el incendio de Notre Dame, y es a la vez una clara invitación a pensar.

Norberto Bobbio, otro filósofo ateo, afirmaba: “Para mí, la diferencia fundamental no se da entre creyentes y no creyentes, sino entre pensantes y no pensantes; o bien, entre quienes reflexionan sobre los auténticos porqués y los indiferentes que no reflexionan”. Y no cabe duda de que Albiac piensa, y estas palabras suyas son una clara confirmación:

“Cae la flecha.  Y es lo sagrado, en un estrato simbólico muy primigenio de nosotros, lo que se desmorona en un demasiado brutal tropo poético; lo sagrado que fuimos, lo sagrado de cuya huida hemos tomado nuestro sincopado ingenio y nuestro incurable vacío. Lo agónico sagrado de un siglo que anunciara un pesaroso Gerard de Nerval, anticipándose al Nietzsche mensajero del mundo huérfano: “¡Dios ha muerto!”. El cielo está vacío… ¡Llorad hijos, no tenéis ya padre!”

Las Catedrales son una auténtica manifestación de la presencia de Dios en nosotros, en nuestras ciudades, en nuestro caminar. Así las han elevado los albañiles y los maestros que, palmo a palmo, metro a metro, generación tras generación, han levantado sus muros hasta rozar el cielo, sabiéndose mirados por Dios. Los muros no tenían que llegar al cielo; cumplieron su misión elevando al cielo la mirada de los hombres.

¿Nos hemos quedado sin Padre, al caer la espadaña de Notre Dame?

Mientras Albiac piensa en Cioran - “Y recordé la evocación de Cioran, que es epitafio fiel de nuestro tiempo: Somos todos espíritus religiosos sin religión. Todos. Los de siglo XX”-, las personas, hombres y mujeres, jóvenes y entrados en años, que rezan mientras contemplan el incendio, hacen renacer la Catedral en sus corazones en sus inteligencias. No quieren quedarse sin la presencia del Padre. No quieren quedar vacíos de Dios, vacíos del hombre. Son espíritus religiosos con religión, y habrán vivido, sin duda, la Santa Misa que ya se celebra de nuevo en Notre Dame.

Alguien comentó años atrás, qué en los años 60 del pasado siglo, se decía, Cristo sí, Iglesia no; en los 70, Dios sí, Cristo no; en los 80, religión sí; Dios no; en los noventa, espiritualidad, sí; religión no.  Y podríamos ahora añadir: en los años 00, religión no; hombre sí; y cuando estamos terminando los años 10, no pocos han decidido dar el cambio radical: hombres no, cuerpo sí. Vacíos de Dios, vacíos del hombre.

El incendio de la Catedral ha ayudado a no pocas personas a descubrir el vacío de Dios, el vacío del hombre, que tenían enterrado en sus corazones; y han comenzado a redescubrir que las Catedrales no son adornos dentro de nuestras ciudades, no son el producto cultural de mentes que quieren huir del mundo, no son lugares de turismo.

Albiac lo recuerda con palabras de André Malraux, que advertía del disparate que es hablar de ese gótico catedralicio como “estilo artístico”: lo esencial se pierde. No es la belleza lo que está en juego. La catedral no era espacio de arte. Era lugar sagrado. Antes de que lo sagrado abandonase nuestra escena: “Desde la primera abadía hasta la última catedral no olvidemos que se trata aquí de lo divino…La catedral somete todas las formas de la tierra a las suyas propias, como Dios se anexiona a los fieles a través de los santos. No hablo solo de la arquitectura, cuya acción fue evidente, sino de lo sobrenatural que aportaba la catedral al dominar la ciudad, también del infinito espacio que imponían las perspectivas de su luz y sus vidrieras”,

Y a la vez lo señala con claridad, con palabras propias.

“No se alzaron las catedrales en el centro de las ciudades. Las ciudades fueron tejidas en torno a sus campanarios. Y esa red de lo sagrado inventó Europa: una frágil geometría del espíritu”. Y llenaron a Europa de Dios y del hombre.

El incendio de Notre Dame no les ha gustado mucho a quienes hablaban de “La gran claridad materialista de las iglesias incendiadas” “La iglesia que ilumina es la que más arde”. La “claridad materialista” es pura y simple obscuridad; oscuridad que se hace total en el corazón y en la mente de quienes anhelan que las iglesias “ardan”. 

El incendio en el corazón de París, ¿llegará a ser un incendio que ilumine los corazones y las mentes de los europeos, les ayude a descubrir en sus corazones el vacío de Dios, el vacío del hombre, y haga renacer en ellos la nostalgia de Dios, el anhelo de la cercanía de Cristo, Dios y hombre verdadero, muerto en los brazos de Santa María, como aparecía en las imágenes de Notre Dame?

Las llamas de Notre Dame, ¿abrirán ojos europeos y les ayudarán a arrodillarse ante Cristo Resucitado, ante Cristo Eucaristía, como hizo el capellán de bomberos que salvó las Formas Consagradas en el Sagrario?

ernesto.julia@gmail.com

 

De amores y colores o el tema de Dios

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Todavía me parece ver aquella escena en la que aquellos jóvenes vivarachos intentaban convencer al profe de religión de que su materia era abstracta, que no suscitaba ningún interés en sus vidas, que era un rollo patatero, como decían aún en una jerga aceptable dentro de su informalidad. Una chica preciosa y pizpireta argumentaba así como delegada de curso ante el regocijo de sus compañeros, que veían al profe en un aprieto inusual. Pero éste no se arredró, y aceptó el reto. Comenzó el diálogo.

¿En qué órgano del cuerpo se esconde tu alegría?, preguntó el profe. No lo supo decir, porque recordaba que tantas veces todo su cuerpo cantaba de gozo. ¿Y podrías decirme de qué color es el amor o dónde habita? Del todo ruborizada por tan insólita pregunta, tampoco supo responder. Entonces… no existen ni la alegría ni el amor, si no sabes dónde anidan, qué color tienen, ni quién les da cobijo o se atreve a dibujarlos. Esto mismo sucede con Dios, remató el profe. Y se quedó así ella, como muda, sin respuesta, totalmente pensativa, como el resto de sus compañeros de clase.

Aquel maestro lleno de sabiduría que conocí en Italia, hablaba así a los jóvenes, a sus padres, planteándoles el sentido religioso de la vida. Citaba autores que, no siendo siempre creyentes, sin embargo, dejaban en sus poemas la evidencia más veraz de que en nuestro corazón hay siempre un reclamo que, si no lo censuramos o nadie nos lo censura, nos lleva hasta la misma pregunta por Dios. Mucho antes lo dijo el gran San Agustín en sus célebres Confesiones: “nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti”.

Sí, somos un corazón inquieto. Lo decía el poeta Cesare Pavese: “¿alguien nos ha prometido nunca nada? Entonces, ¿por qué esperamos?”. Aparentemente nadie nos promete nada, pero nuestro corazón no sabe dejar de esperar: todos esperamos tantas cosas, que luego no coinciden con lo que nos brindan los paraísos del poder, el dinero y el placer como decía Thomas Eliot. Y, a pesar de ser una y otra vez burlados, chantajeados, engañados, hay un reducto del alma que no se rinde y vuelve a soñar, atreviéndose a esperar lo que su corazón inquieto le exige como belleza, como bondad y como verdad para las que nacimos, esas que coinciden con la entraña de Dios.

De todo esto habla la asignatura de Religión Católica: educar esta inquietud, acompañar esa espera, ayudar a descubrir que la promesa de Dios es lo más correspondiente con las exigencias más nobles de nuestro corazón. Y que todo esto tiene que ver con la vida, con lo que me enamora, lo que me asusta, lo que me despierta y anima, con lo que sueño, con aquello que repudio y descarto.

Un niño o un joven que no ha tenido esta educación, tendrá menos posibilidades para ver la realidad con todos los factores que la componen. Y habrá que suplir esa terrible carencia con cuanto pueda embotar su mirada y okupar su corazón: demasiadas cosas superfluas, inútiles o incluso nocivas (el alcohol y la droga como evasión, el sexo sin amor, etc.). La asignatura de Religión es una oportunidad para crecer en humanidad, para ser más y mejor persona, porque nos pone delante esas exigencias de belleza, bondad y verdad que realmente nos hacen libres y nos permiten amar.

Por este motivo, un año más, animo a los padres que tienen hijos en edad escolar, y a los mismos jóvenes, a que escojan la asignatura de Religión. No privéis a vuestros hijos, no os privéis vosotros mismos, de una materia que con respeto ayudará a que las personas sean formadas integralmente, sin ninguna mutilación ideológica. Sólo ellos serán más libres. Sólo ellos sabrán dónde está el gozo y qué color tiene el amor, porque Dios es el discreto cómplice de los latires mejores de su inquieto corazón. Vale la pena.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

 

Hipertexto  celeste :Al Espíritu Santo

Mueve el viento las hojas. La espléndida mañana

consagra, luminosa, la gloria de este día.

Un hálito del cielo se posa en mi ventana

con la paloma blanca de pura alegoría.

 

Por detrás de los ruidos, del susurro del viento,

me llega su mensaje, pletórico de anhelos.

hipertexto  que a mi alma le desnuda el cimiento

a través de  intuiciones que despliega en sus vuelos.

 

Absorta, casi en trance, percibo su silencio

que enciende –paradoja- la voz del alma mía

y  me incita constante a escribir con afán.

 

¡Se puebla mi ventana de paz y de armonía,

de  claridad de ideas que en mi mente  potencio

y sin hesitaciones al mundo surgirán!

Irene Mercedes Aguirre, de su  obra Diálogos del Camino, Buenos Aires, Argentina

 

 

Actualidad del antimodernismo de San Pío X

San Pío X condenó la herejía modernista en la encíclica Pascendi Dominici Gregis

El Papa San Pío X, gran luchador contra la herejía modernista

La encíclica Pascendi Dominici Gregis del Papa San Pío X continúa actualísima a pesar de que hayan transcurrido más de cien años. El historiador y catedrático Roberto de Mattei así se expresó en una conferencia en la Pontificia Universidad Santo Tomás, en Roma:

«Trabajando en estrecha simbiosis con el Secretario de Estado Vaticano, el Cardenal Merry del Val, se rodeó de pocos y fieles colaboradores en el ámbito curial, atrayendo una notable hostilidad de una parte del mundo católico».

Los objetivos del Papa santo

«Desde el comienzo de su pontificado trabajó en cuatro objetivos importantes: el nuevo Catecismo; el nuevo Código de Derecho Canónico; el estímulo a la Comunión frecuente de los fieles; la lucha contra el modernismo. En este último punto hubo un desarrollo significativo con la publicación del decreto Lamentabili,, una especie de nuevo Syllabus, en el cual citaba 65 errores de la nueva doctrina».

«Ese Decreto fue seguido por la Pascendi, publicada en una época en la cual el Catolicismo tenía ya, además de los enemigos declarados, muchos adversarios ocultos que operaban dentro de la Iglesia. Estos, eran obviamente ocultos y peligrosos, porque tenían un conocimiento directo de la Iglesia. Su objetivo era el de transformar la Iglesia desde dentro, dejando intacta su apariencia estructural».

Lucha contra los errores entre los católicos no es obra de división, sino de unidad

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«La lucha contra el modernismo se concretizó esencialmente en los siguientes puntos: un retorno a la doctrina tomista; un mayor control sobre los seminarios, con una relativa suspensión de los profesores que estuvieran ‘infectados de modernismo’; la prohibición de lecturas inmorales en la prensa; la institución de ‘censores eclesiásticos’; prohibición de congresos para sacerdotes no autorizados por los Obispos; institución del ‘consejo de vigilancia’ para el clero; obligación de parte de los Obispos de informar a la Santa Sede al respecto de estos puntos anteriores».

El juramento anti-modernista

«Con el decreto del 1 de septiembre de 1907, el Papa impuso el ‘juramento anti-modernista’: fue un golpe mortal a esta corriente de pensamiento que, caída en el olvido por otros 50 años, reaparece como un río a caballo del Concilio Vaticano II», continuó.

«Fue en esos años que Jacques Maritain afirmó: ‘el modernismo histórico fue una modesta fiebre de heno, si lo comparamos con la actual fiebre modernista’. Pocos años después, en 1972, el papa Pablo VI, lanzó la célebre alarma sobre ‘el humo de su Satanás’ que entonces había ‘entrado en el templo de Dios'».

Encíclica Pascendi Dominici Gregis

«A la distancia de un siglo -concluyó de Mattei- la Pascendi Dominici Gregis, con su condenación al modernismo como una ‘síntesis de todas las herejías’ es aún actualísima y es deseable que los católicos la redescubran para oponerse al modernismo actual, mucho más nocivo que el del pasado, ya sea por sus métodos intelectuales más pérfidos y sofisticados, ya porque repite errores que ya están condenados».

«Las consecuencias deteriorantes del modernismo son la atribución del mismo valor a todas las religiones, la reducción de la caridad a una mera filantropía, la reducción de la razón a meras opiniones hasta llegar, en último análisis, al indiferentismo axiológico y al agnosticismo».

 

“Yo quiero ser como ella”

Es muy sorprendente el empuje de esta mujer, Guadalupe Ortiz de Lanázuri. Quizá sobre todo en los relatos sobre sus años en México, queda uno conmocionado con el empeño que pone por ayudar a las personas con las que se encuentra. Detecta enseguida cuales son las necesidades de la gente con quien va tropezando, sobre todo graves deficiencias en la formación. Se encuentra a gente muy buena, pero con poca catequesis. Y no se conforma con lamentarse. En ningún momento observa, sin más, los problemas que existen. Siempre la llevan a poner remedio, y, en dos o tres años, organiza las cosas para que haya centros de formación para llegar a los diversos tipos de gente, con sus problemáticas.

Nos encontramos ante una mujer feliz, porque está muy cerca de Dios, porque está constantemente pensando en los demás, porque se deja la vida por servir, porque su trato con Dios le ayuda en todo momento a descubrir las necesidades de los demás. El lector encuentra un ejemplo asequible, no una vida lejana. Por eso, este libro es gratificante y animante. Uno, fácilmente, dice: yo quiero ser como ella.

Enric Barrull Casals

 

Fenómenos como Hakuna

Fenómenos como Hakuna, en el sector del apostolado juvenil, o la presencia de iniciativas como los retiros de Emaús, Effetá, Lifetime, Alpha, o en los barrios de inmigración la Asociación Juan XXIII, son síntomas de una vitalidad eclesial que está inmersa en el tejido social y que es capaz de ofrecer una respuesta adecuada a los problemas personales y comunitarios.

Uno de los aspectos claves, en este proceso, es la educación, y las nuevas iniciativas de concertada y privada, con novedosos modelos, en el tejido de formación de las nuevas generaciones, como pueden ser los Edith Stein, Educatio Servanda, Fomento, además de la educación superior.

En Madrid, durante los últimos veinte años se ha implantado un modelo de eficaz libertad educativa que está teniendo su incidencia social.  Lo mismo ocurre con iniciativas similares en el ámbito de la cultura.

Al fin y al cabo, la presencia de la realidad del sujeto cristiano colectivo no depende de decisiones políticas verticales, sino de una vitalidad innata que trasciende la polarización ideológica y que está volcada en la experiencia de encuentro con Cristo. Incluso cuando las imágenes públicas y mediáticas, incluso las intraeclesiales, estén lamentablemente sesgadas.

Jaume Catalán Díaz

 

 

La cultura del encuentro

Precisamente, el lunes 27 de mayo se hacía público el mensaje del Papa para la Jornada Mundial de los Migrantes y los Refugiados que se celebrará el próximo septiembre. Francisco señala con dramatismo que no se trata solo de los migrantes sino de nuestros miedos, de nuestra humanidad, de muestra capacidad de construir la ciudad de Dios y de los hombres combatiendo “el gran engaño de un modelo de progreso construido sobre la explotación de muchos”. Se trata, en definitiva, de afrontar lo que el Papa denomina la “globalización de la indiferencia”, en el marco de una cultura del encuentro. En ella se encuentra inmersa la Iglesia española con diversas iniciativas que llegan hasta las parroquias y las familias que voluntariamente están ofreciendo sus hogares a quienes buscan refugio. Como dice el Papa, la palabra de Dios es capaz de encender los corazones y de abatir muros de división.

Suso do Madrid

 

 

Reflexiones de… “Un nada”  II

 

                                El 31 de Marzo inicié esta serie y cuya continuidad ni sé si la tendrá; pero como “nadie manda en su mente y yo soy una nada”; pienso que luego, puede ser cierto, aquello que atribuyen al fraile alemán e iniciador de la rebelión católica, que dio lugar a la denominada “reforma”; y cuyo individuo dijo que, “los hombres somos marionetas cuyos hilos mueve Dios” (se le atribuye a Martín Lutero)… esos “hilos me mueven a decir lo que hoy escribo”; si sirve para algo o no, me trae “al pairo”; a mí sí me sirven al menos para responder a esa mente que no sé si es mía o me viene por alguno de los ignorados hilos que dijera el mentado fraile y que son los que mandan y dirigen.

                                Cuando reflexiono sobre “las entrevistas divinas” que tantos mortales se atribuyen y sus seguidores afirman; simplemente me pregunto y pregunto… ¿Pero ese Dios ha hablado nunca con alguien y se ha preocupado de ello en este insignificante planeta, habitado por tantos y tan diferentes tipos, “de monos humanos”? ¿Alguien lo vio o ha visto y sabe algo de su aspecto individual? Y la verdad, lo dudo totalmente y no me lo creo. Por otra parte nadie ha visto la imagen de Dios y si como otros dicen, Dios es el Universo y dentro del mismo estamos “los monos terráqueos”, pues algo de ese “Dios desconocido puede estar dentro de nosotros mismos”. Analizar todo ello es imposible por privilegiado que se crea así mismo, “el mono más inteligente de todos los monos”.

                                Luego entonces, ¿por qué yo, en mis escritos, me he manifestado creyente y lo sigo siendo; es por lo que y por enésima vez, me pregunto?… ¿En qué creo, por qué creo, necesita templos eso en lo que creo, puesto que si ya tiene el propio templo que Él mismo se creara, cual es el inmenso Universo, para qué dedicarle ridículas residencias si ya ello (“sea lo que sea”) lo posee todo y por tanto supongo que no necesita nada, puesto que incluso nos posee a todos y a toda la vida por “ello” creada? ¿Por qué entonces, “el mono ya referido”, inició ritos y los encerró en templos e hizo y hace lo que hace? Ni lo sé, ni lo entiendo en absoluto; me pierdo en mis inmensos interiores, per termino en una calma absoluta; y como el más perplejo de, “todos los monos que aquí habitaron y habitan”; puesto que por encima de todo y sobre todo, “yo soy efecto y no causa”, por lo que no debe preocuparme nada de lo que yo no soy responsable y por tanto, no me considero culpable. Como caso curioso y de ignorancia manifiesta, voy a citar a nada menos que a Sócrates, el que considerado como “el más sabio de los sabios”; y tras él mismo, reconocer su ignorancia con la lapidaria frase de… “sólo sé que no sé nada”, al morir, obligado por una sentencia incalificable, lo último que dicen que dijo a uno de sus discípulos, fue… le debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo descuides”. Asclepio era el dios de la medicina y al que supongo veneraban los griegos; pero según se dice y se escribe, Sócrates no creía en este dios y en otros muchos de aquellos dioses; entonces, “pobre gallo”, si en realidad fue sacrificado por indicación del sabio a una de tantas deidades creadas por la imaginación del “mono humano”; y las que como tantas otras, lo fuera para crear el negocio, “alrededor del santo, como tantos otros santos han sido creados, para que de ellos vivan los santeros”; y por cuanto aportan sus creyentes para el mantenimiento de, en realidad, “algo que no existe nada más que en la mente y en la fe de la ignorancia”.

                                Prosigo en mis creencias y en lo que creo, “o creo que creo”.

                                Creo por cuanto he mirado y observado todo cuanto me rodea; y si el “mono” no ha podido crear nada de lo que nos da el ser y la vida y las infinitas maravillas naturales que nos rodean; y menos, los inmensos e innumerables cuerpos estelares que existen en el Universo; indudablemente, “el mono somos efecto y no causa”; e indudablemente; “La Causa” es la que creó y crea, por tanto hay que creer en ella por lógica elemental. ¿Pero por qué y para qué fuimos creados? Ese es otro gran misterio que como tal es indescifrable. Por ello, ya he decidido mostrarme totalmente conforme a lo que se me ha dado en esta vida y esperar lo que me reste de ella; y procurando no hacer daño a nadie ni a nada vivo, aguardar tranquilamente a que me llegue la muerte; en la esperanza que con ella me llegará la nunca encontrada paz; importándome ya poco, si después de ella seguiré existiendo o no, puesto que con mi vida mis vivencias y pensamientos, me considero haber vivido aquí demasiados siglos o milenios, como para querer volver a esta miserable tierra.

                                No obstante todo ello… Pienso que en el principio y cuando ya tuviera en su cráneo las suficientes  neuronas para pensar, “el mono”, asombrado o aterrado al darse cuenta de toda la tragedia que le rodeaba y; “mirándose a sí mismo y a los otros bichos que a su alrededor pululaban”; y viendo con la fiereza a que el hambre y las atracciones sexuales les impulsaban; y viéndose a sí mismo, impulsado por las mismas fuerzas, pero creyéndose superior, pensó y dedujo que, a lo primero que había que adorar, era a ese “algo inmenso” (el Sol), que le daba “luz, calor y vida”; y al que de alguna manera, debía adoración y mostrarse sumiso a él, puesto que sin él; “no había  vida y la noche eterna, sólo le proporcionaría la muerte y de forma terrible por los padecimientos que habría de sufrir, antes de llegar a ella”; así, todas las primeras adoraciones se iniciaron a favor “del padre Sol”; y al que como no se podía alcanzar, “los listos de la época, ya le buscaron casa (templo) y montaron el negocio, para que unas minorías, vivieran “como dioses”, siempre a costa de los que adoctrinaron para adorar a ese dios supremo, pero que en realidad sería “a la casta” que lo había adoptado principal o exclusivamente, en beneficio propio.

                                Pero… ¿Cómo agradecerle a aquel primer dios sus beneficios? Pienso que, viendo, “el mono al resto de bichos”; y fijándose, en que muchos de ellos, para obtener el “sexo” de la hembra, habían que obsequiarla con algo; viendo igualmente la satisfacción del propio “mono”, al lograr un buen banquete carnívoro y devorándolo, como veía él devorar a los otros seres carnívoros que a su alrededor pululaban, pensó que la mejor ofrenda que se podía hacer a “su primer dios”, eran presas vivas para su deleite; lo que luego derivaría en ofrecerle hasta seres humanos, incluso a los propios hijos, o los vecinos que cazaran, en aquellas primeras luchas de conquista y esclavización. (Mañana el resto)

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo… o sea “un nada”)

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