Las Noticias de hoy 15 Junio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 15 de junio de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

Francisco insta a los líderes petroleros a emprender una “transición energética radical”

Perú: Reunión “muy positiva” del Presidente del Episcopado con el Papa

Estados Unidos: Los obispos toman decisiones esenciales en materia de abusos

EL VALOR DE LA PALABRA EMPEÑADA: Francisco Fernandez Carbajal

“El trabajo es una bendición de Dios”: San Josemaria

Fiesta de la Santísima Trinidad

Mensaje del Papa para la III Jornada Mundial de los Pobres (17-11-2019)

Mensaje del Prelado (14 junio 2019)

Comentario al Evangelio: Santísima Trinidad

DOMINGO SANTÍSIMA TRINIDAD. SOLEMNIDAD.: + Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres 

La Santísima Trinidad: José María López Ferrera

Tema 8. Jesucristo, Dios y Hombre verdadero: José Antonio Riestra

Ironía cristiana: Daniel Tirapu

“Ninguna vida es indigna por el sufrimiento que padezca”. Valoración bioética del caso Noa Pothoven: Observatorio de Bioética

Comentario sobre el escrito de la Asociación de Farmacéuticos Católicos acerca de la dispensación farmacéutica de anticonceptivos: Julio Tudela

Padres ausentes…¿y los hijos?: Lucía Legorreta de Cervantes

ESCUELA PARA PADRES: El Bullying también lo fomentan los padres con su mal ejemplo. (14 ocasiones):Francisco Gras

Guadalupe: Suso do Madrid

Podemos y sus asesores de infancia: Enric Barrull Casals

El gran tesoro: Pedro García

Reflexiones de… “Un nada”  I: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Francisco insta a los líderes petroleros a emprender una “transición energética radical”

“No podemos permitirnos el lujo de esperar”

junio 14, 2019 18:54Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 14 junio 2019).- “¡El tiempo apremia! Las reflexiones deben ir más allá de la mera exploración de lo que se puede hacer y enfocarse en lo que se necesita hacer, de hoy en adelante. No podemos permitirnos el lujo de esperar a que otros se adelanten, o dar prioridad a los beneficios económicos a corto plazo. La crisis climática requiere de nosotros una acción específica ahora mismo”

Esta es la advertencia que ha hecho el Papa Francisco a los jefes de las compañías petrolíferas, este viernes, 14 de junio de 2019, reunidos en la Casina Pío IV del Vaticano, en torno al curso La transición energética y la protección de la casa común, organizado organizado por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Transición energética radical 

“Hoy se necesita una transición energética radical para salvar nuestra casa común. Todavía hay esperanza y queda tiempo para evitar los peores impactos del cambio climático, siempre que haya una acción rápida y decidida”.

El Papa ha agradecido de manera especial este encuentro, después del celebrado con ellos el año pasado, haciendo hincapié en la gravedad de la situación actual: “Este segundo Diálogo, tiene lugar en un momento crítico”, ha dicho.

“No es una exageración”

“La crisis ecológica actual –ha continuado– especialmente el cambio climático, amenaza el futuro de la familia humana y esto no es una exageración. Durante demasiado tiempo hemos ignorado colectivamente los frutos de los análisis científico, y las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía”.

Sabemos que “los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse”, les ha alentado Francisco, haciendo referencia al punto 205 de la Encíclica Laudato si.

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rresponsabilidad

Son los pobres quienes sufren el “peor impacto” de la crisis climática, ha indicado. “Como demuestra la situación actual, los pobres son los más vulnerables a los huracanes, las sequías, las inundaciones y otros fenómenos meteorológicos extremos”.

“¡El futuro es nuestro”, gritan los jóvenes hoy y tienen razón!. Así, ha explicado: “Las generaciones futuras están a punto de heredar un mundo en ruinas. Nuestros hijos y nietos no deberían tener que pagar el costo de la irresponsabilidad de nuestra generación”, ha dicho, subrayando la idea: “Ellos, nuestros hijos, nuestros nietos no deberían pagar, no es justo que paguen el precio de nuestra irresponsabilidad”.

Calentamiento global

En este contexto, el Santo Padre ha compartido con ellos un dato revelador sobre el calentamiento global: Un avance significativo en el último año ha sido la publicación del Informe especial sobre el impacto del calentamiento global de 1.5ºC sobre los niveles preindustriales por parte del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático.

“Ese Informe advierte claramente de que las repercusiones sobre el clima serán catastróficas si superamos el umbral de 1.5ºC descrito en el objetivo del Acuerdo de París”, ha añadido. “El Informe también advierte de que falta solo poco más de una década para alcanzar esta barrera del calentamiento global”.

Publicamos a continuación el discurso que el Santo Padre ha dirigido a los presentes:

***

Discurso del Papa Francisco

Eminencia,
Distinguidos gerentes, inversores y expertos,
Señoras y señores,

Extiendo una calurosa bienvenida a todos vosotros con motivo de este Diálogo sobre La transición energética y la defensa de la casa común. Encontraros en Roma, después del encuentro del año pasado, es una señal positiva de vuestro compromiso constante de trabajar juntos en un espíritu de solidaridad con el fin de dar pasos concretos para la protección de nuestro planeta. Os lo agradezco.

Este segundo Diálogo, tiene lugar en un momento crítico. La crisis ecológica actual, especialmente el cambio climático, amenaza el futuro de la familia humana y esto no es una exageración. Durante demasiado tiempo hemos ignorado colectivamente los frutos de los análisis científico, y “las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía” (Enc. Laudato si ‘, 161). Por lo tanto, cualquier discusión sobre el cambio climático y la transición energética debe asumir los mejores frutos de la investigación científica actualmente disponible y dejarnos interpelar por ella en profundidad (ver ibid., 15).

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Un avance significativo en el último año ha sido la publicación del Informe especial sobre el impacto del calentamiento global de 1.5ºC sobre los niveles preindustriales por parte del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático. Ese Informe advierte claramente de que las repercusiones sobre el clima serán catastróficas si superamos el umbral de 1.5ºC descrito en el objetivo del Acuerdo de París. El Informe también advierte de que falta solo poco más de una década para alcanzar esta barrera del calentamiento global. Ante tal emergencia climática, debemos tomar las medidas oportunas para no cometer una grave injusticia con los pobres y las generaciones futuras. Debemos actuar con responsabilidad y considerar muy bien el impacto de nuestras acciones a corto y largo plazo.

Efectivamente, son los pobres quienes sufren el peor impacto de la crisis climática. Como demuestra la situación actual, los pobres son los más vulnerables a los huracanes, las sequías, las inundaciones y otros fenómenos meteorológicos extremos. Por eso, ciertamente, hace falta valor para responder “a los gritos cada vez más angustiosos de la tierra y de sus pobres” (Discurso a los participantes en la Conferencia Internacional en el tercer aniversario de Laudato Si’, 6 de julio de 2018). Al mismo tiempo, las generaciones futuras están a punto de heredar un mundo en ruinas. Nuestros hijos y nietos no deberían tener que pagar el costo de la irresponsabilidad de nuestra generación. Me excuso pero quisiera subrayar esto: ellos, nuestros hijos, nuestros nietos no deberían pagar, no es justo que paguen el precio de nuestra irresponsabilidad. De hecho, como cada vez es más evidente, los jóvenes nos reclaman un cambio (ver Laudato si ‘, 13) “¡El futuro es nuestro”, gritan los jóvenes hoy y tienen razón!.

Vuestro encuentro se ha centrado en tres puntos interconectados: primero, una transición correcta, segundo, el precio del carbón y tercero, la transparencia en la notificación de riesgos climáticos. Son tres problemas enormemente complejos y os agradezco que los hayáis propuesto para la discusión y a vuestro nivel, que es un nivel serio, científico.

Una transición correcta, como sabéis, se menciona en el Preámbulo de los Acuerdos de París. Esta transición implica gestionar el impacto social y laboral del cambio a una sociedad de bajo consumo de carbono. Si se gestiona bien, esta transición puede generar nuevas oportunidades de empleo, reducir la desigualdad y aumentar la calidad de vida de las personas afectadas por el cambio climático.

Segundo, una política de los precios del carbón es esencial si la humanidad quiere usar los recursos de la creación de manera inteligente. La falta de gestión de las emisiones de carbono ha generado una enorme deuda que ahora tendrán  que pagar con intereses los que vienen después de nosotros. Nuestra utilización de los recursos ambientales comunes puede considerarse ética solo cuando los costes económicos y sociales que se derivan del uso de los recursos ambientales comunes se reconozcan de manera transparente y sean sufragados totalmente por aquellos que se benefician, y no por otros o por las futuras generaciones (ver ibid., 195).

El tercer tema, la transparencia en la notificación de  los riesgos climáticos, es esencial porque los recursos económicos deben ser explotados allí donde puedan aportar el bien mayor. Una comunicación abierta, transparente, fundamentada científicamente y regulada redunda en interés de todos, haciendo posible mover el capital financiero a aquellas áreas que ofrecen las más amplias posibilidades a la inteligencia humana para crear e innovar, a la vez que protege el ambiente y crea más fuentes de trabajo. “(ibid., 192).

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Queridos amigos, ¡el tiempo apremia! Las reflexiones deben ir más allá de la mera exploración de lo que se puede hacer y enfocarse en lo que se necesita hacer, de hoy en adelante. No podemos permitirnos el lujo de esperar a que otros se adelanten, o dar prioridad a los beneficios económicos a corto plazo. La crisis climática requiere de nosotros una acción específica ahora mismo (ver ibid., 161) y la Iglesia está totalmente comprometida a hacer su parte.

En nuestro encuentro del año pasado, expresé mi preocupación porque “la civilización requiere energía, ¡pero el uso de la energía no debe destruir la civilización!”(1). Hoy se necesita una transición energética radical para salvar nuestra casa común. Todavía hay esperanza y queda tiempo para evitar los peores impactos del cambio climático, siempre que haya una acción rápida y decidida, porque sabemos que «los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse “(Laudato si ‘, 205).

Os doy nuevamente las gracias por haber respondido generosamente una vez más a la invitación del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Os aseguro mis oraciones por vuestras decisiones; e invoco de todo corazón las bendiciones del Señor sobre vosotros y vuestras familias.

[1] Discurso a los participantes al encuentro para dirigentes de las principales empresas del sector petrolífero, del gas natural y de otras actividades relacionadas con la energía, 9 de junio, 2018.

 

Perú: Reunión “muy positiva” del Presidente del Episcopado con el Papa

Monseñor Miguel Cabrejos

junio 14, 2019 19:22Rosa Die AlcoleaConferencias Episcopales

(ZENIT – 14 junio 2019).- El Papa ha recibido esta mañana, viernes, 14 de junio de 2019, en el Palacio Apostólico Vaticano a monseñor Miguel Cabrejos Vidarte, Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, recientemente elegido Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

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La reunión con el Santo Padre fue calificada por Mons. Cabrejos como “muy cordial” y “muy positiva”, describe la Conferencia Episcopal Peruana en un comunicado.

El encuentro se produce un mes después de la elección del Presidente del Episcopado Peruano como Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), organismo de comunión, reflexión, colaboración y servicio a las 22 Conferencias Episcopales que se sitúan desde México hasta el Cabo de Hornos, incluyendo el Caribe y las Antillas.

 

Estados Unidos: Los obispos toman decisiones esenciales en materia de abusos

Sobre sus responsabilidades

junio 14, 2019 13:47Enrique SorosProtección de Menores

(ZENIT – 14 junio 2019).- Ayer finalizó la Asamblea de Obispos de Estados Unidos de primavera, celebrada en la ciudad de Baltimore. El tema principal de la misma fue marcar la responsabilidad de los obispos al respecto de denuncias de abusos sexuales en sus diócesis, basados en el documento (Motu proprio) del Papa Francisco Vos estis lux mundi, Ustedes son la luz del mundo.

La asamblea ha votado con aprobación de amplia mayoría a favor de el establecimiento de reportes de terceras partes sobre posibles violaciones de obispos al documento mencionado.

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Por un lado, se ha aprobado con 205 votos a favor, 16 en contra y tres abstenciones, la autorización del diseño de un sistema de recepción de reportes de posibles violaciones por parte de obispos al documento papal en cuestión, a través de terceras partes y en forma confidencial.

Implementación de las indicaciones del Papa

Por otro lado, se aprobó con 200 votos a favor, 21 en contra y dos abstenciones, la autorización al Comité Ejecutivo para desarrollar una propuesta más detallada de un sistema de reporte de terceras partes, que incluya ajustes para la implementación de Vos estis lux mundis, desde las finanzas, lo estructural y otras perspectivas, a ser presentada por la Comisión Administrativa, en los encuentros de septiembre y noviembre 2019 para su revisión y aprobación.

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A su vez, los obispos votaron a favor de comprometerse a activar el sistema de reporte a través de terceras partes no más tarde del 31 de mayo 2020, con 220 votos a favor, cuatro en contra y una abstención.

Tres medidas adicionales

Además, los obispos votaron ayer a favor de tres medidas adicionales al respecto de la asunción de sus responsabilidades relativas a casos de abusos en sus diócesis, ampliando así el marco regulatorio de Vos estis lux mundi y la Carta de Estados Unidos para la Protección de Niños y Jóvenes.

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En la primera de estas tres votaciones se aprobó el “Protocolo sobre Restricciones no Penales, Disponibles a Obispos”, con 212 votos a favor, cuatro en contra y una abstención. En la segunda votación se aprobó el documento “Reconociendo nuestros Compromisos Episcopales”, con 217 votos a favor, uno en contra y dos abstenciones. En el tercer escrutinio se aprobaron las “Directivas para la Implementación de las Provisiones de Vox estis lux mundi Concernientes a Obispos y sus Equivalentes”, con 218 votos a favor, uno en contra y dos abstenciones.

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Se puede acceder a toda la acción de los obispos al respecto de sus responsabilidades ante abusos sexuales en sus diócesis en www.usccb.org/meetings.

Por su parte, el obispo Joe Vásquez, de Austin, Texas, presidente de la comisión de Migración de USCCB, presentó un informe sobre las dificultades que presentan los inmigrantes en Estados Unidos, urgiendo a los obispos a estar del lado de los extranjeros susceptibles de ser deportados, requiriendo acción en este sentido a los senadores, y brindando ayuda a los inmigrantes a través de diversos servicios, incluyendo el de información.

 

 

EL VALOR DE LA PALABRA EMPEÑADA

— El Señor realza el valor de la palabra dada. Si no existe la necesidad de un juramento, nuestra palabra debe bastar.

— Amor a la verdad en toda ocasión y circunstancia.

— Fidelidad y lealtad a nuestros compromisos.

I. En tiempos de Jesús, la práctica del juramento había caído en el abuso por su frecuencia, por la ligereza con que se hacía, y por la casuística que se había originado para legitimizar su incumplimiento. Jesús sale al paso de esta costumbre, y con la fórmula pero yo os digo, que emplea con frecuencia para señalar la autoridad divina de sus palabras, prohíbe poner a Dios por testigo, no solo de cosas falsas, sino también de aquellos asuntos en los que la palabra del hombre debe bastar. Así lo recoge San Mateo en el Evangelio de la Misa1: A vosotros os debe bastar decir sí o no. El Señor quiere realzar y devolver su valor y fuerza a la palabra del hombre de bien que se siente comprometido por lo que dice.

Jurar, es decir, poner a Dios por testigo de algo que se asegura o se promete, es lícito, y en ocasiones necesario, cuando se hace con las debidas condiciones y circunstancias. Es entonces un acto de la virtud de la religión y redunda en honor del nombre de Dios. El Profeta Jeremías ya había señalado que el juramento grato a Dios debía ser realizado en verdad, en juicio y en justicia2; es decir, la afirmación ha de ser verdadera, formulada con prudencia –ni ligera ni temerariamente– y referida a una cosa o necesidad justa y buena.

Si no lo exige la necesidad, nuestra palabra de cristianos y de hombres honrados debe bastar, porque nos han de conocer como personas que buscan en todo la verdad y que dan un gran valor a la palabra empeñada, en lo que se fundamenta toda lealtad y toda fidelidad: a Cristo, a nuestros compromisos libremente adquiridos, a la familia, a los amigos, a la empresa en la que trabajamos.

En las situaciones normales de la vida corriente, bastará nuestra palabra para dar toda la consistencia necesaria a lo que afirmamos o prometemos; pero la fuerza de la palabra empeñada ha de ganarse día a día, siendo veraces en lo pequeño, rectificando con valentía cuando nos hemos equivocado, cumpliendo nuestros compromisos. ¿Nos conocen así en el lugar donde trabajamos, en la familia, aquellos que nos tratan? ¿Saben que procuramos no mentir jamás, ni siquiera por diversión, o por conseguir un bien, o por evitar un mal mayor?

II. En las enseñanzas de Cristo, la hipocresía y la falsedad son vicios muy combatidos3, mientras que la veracidad es una de las virtudes más gratas a Nuestro Señor: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez4, dirá de Natanael cuando se le acerca acompañado de Felipe. Jesucristo mismo es la Verdad5; por el contrario, el demonio es el padre de la mentira6. Quienes sigan al Maestro han de ser hombres honrados y sinceros que huyen siempre del engaño y basan sus relaciones –humanas y divinas– en la veracidad.

La verdad se transmite a través del testimonio del ejemplo y de la palabra: Cristo es el testigo del Padre7; los Apóstoles8, los primeros cristianos, nosotros ahora, somos testigos de Cristo delante de un mundo que necesita testimonios vivos. Y ¿cómo creerían nuestros amigos y colegas en la doctrina que queremos transmitirles, si nuestra propia vida no estuviera basada en un gran amor a la verdad? Los cristianos debemos poder decir, como Jesucristo, que hemos venido al mundo para atestiguar sobre la verdad9, en un momento en que muchos utilizan la mentira y el engaño como una herramienta más para escalar puestos, para alcanzar un mayor bienestar material o evitarse compromisos y sacrificios; o simplemente por cobardía, por falta de virtudes humanas. El mismo Jesús señaló el amor a la verdad como una cualidad necesaria en sus discípulos, que lleva consigo la paz del alma, porque la verdad os hará libres10.

Hemos de ser ejemplares, estando dispuestos a construir nuestra vida, nuestra hacienda, nuestra profesión, sobre un gran amor a la verdad. No nos sentimos tranquilos cuando hay por medio una mentira. Debemos amar la verdad y poner empeño en encontrarla, pues en ocasiones está tan oscurecida por el pecado, las pasiones, la soberbia, el materialismo..., que de no amarla no sería posible reconocerla. ¡Es tan fácil aceptar la mentira cuando llega –disimulada o con claridad– en ayuda del falso prestigio, de mayores ganancias en la profesión...!; pero ante la tentación, tantas veces disfrazada con variados argumentos, hemos de recordar, clara, diáfana, la doctrina de Jesús: sea vuestra palabra: «Sí, sí»; «No, no»11.

Ser veraces es un deber de justicia, una obligación de caridad y de respeto al prójimo. Y esta misma consideración por quienes nos escuchan nos llevará en ocasiones a no manifestar, indiscretamente, nuestros conocimientos y opiniones, sino de acuerdo con la formación, edad, etc., de los oyentes. El amor a la verdad que nos han confiado nos llevará a mantener firmes otras exigencias morales, como la reserva o el secreto profesional, el derecho a la intimidad, etc., pidiendo, si es preciso, consejo sobre el modo de actuar en casos difíciles para defender una determinada verdad ante quien quiere acceder a ella injustamente.

III. Al dar nuestra palabra, en cierto modo nos damos nosotros mismos, nos comprometemos en lo más íntimo de nuestro ser. Un cristiano, un verdadero discípulo de Jesucristo, a pesar de sus errores y defectos, ha de ser leal, honesto, un hombre de palabra; alguien que es fiel a su palabra. En la Iglesia los cristianos nos llamamos fieles, para expresar la condición de miembros del Pueblo de Dios adquirida por el Bautismo12. Pero también fiel es la persona que inspira confianza, de la que nos podemos fiar, aquella cuyo comportamiento corresponde a la confianza puesta en ella o a lo que exigen de ella el amor, la amistad, el deber, y que es fiel a una promesa, a la palabra dada...13. En la Sagrada Escritura el calificativo fiel es atribuido a Dios mismo, porque nadie como Él, de modo eminente, es digno de confianza: es siempre fiel a sus promesas, no nos falla jamás. Fiel es Dios –dice San Pablo a los Corintios–, que no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas...14.

Es fiel quien es leal a su palabra. Es leal el que cumple sus compromisos: con Dios y con los hombres. Pero la sociedad muestra con frecuencia duda y relativismo, ambiente de infidelidad; muchas gentes, de todas las edades, parecen ignorar la cabal obligación de ser fieles a la palabra dada, de llevar adelante los compromisos que se adquirieron con total libertad, de mantener una conducta coherente con las decisiones que han tomado ante Dios o ante los hombres: en la vida religiosa y en la vida civil. Podrán presentarse dificultades, pero en cualquier caso la fe y la doctrina de la Iglesia, el ejemplo de los santos, nos enseñan que es posible vivir las virtudes: a quien hace lo que está de su parte, Dios no le niega su gracia.

Hemos de estar firmemente persuadidos, y ayudar a los demás a estarlo, de que se pueden vivir las virtudes con todas sus exigencias, pues se ha extendido ampliamente una idea –a veces un sentimiento difuso– de que las virtudes, los compromisos, son una especie de «ideales», unas metas a las que hay que tender, pero que son inalcanzables. Pidamos fervientemente al Señor que no nos inficcionemos nunca de ese error.

El cristiano, ejercitándose en la lealtad, no cederá cuando las exigencias morales sean o parezcan más fuertes. Hemos de pedir a Dios esa rectitud de conciencia: quien cede, teóricamente «desearía» vivir las virtudes, «desearía» no pecar, pero considera que si la tentación es fuerte o las dificultades grandes, está poco menos que justificado ceder. Esto puede ocurrir ante los compromisos en el trabajo, frente a la necesidad de rechazar con energía un clima de sensualidad, al ser necesarios unos medios costosos para sacar adelante la educación de los hijos, o el propio matrimonio, o el camino vocacional. Recordemos hoy en nuestra oración aquella advertencia de Jesús: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca15. La roca es Cristo, que nos brinda siempre su fortaleza.

Fieles a Cristo: esta es la mayor alabanza que nos pueden hacer; que Jesucristo pueda contar con nosotros sin limitaciones de circunstancias o de futuro, y que nuestros amigos sepan que no les fallaremos, que la sociedad a la que pertenecemos se pueda apoyar, como en cimiento firme, en los pactos que hemos suscrito, en la palabra empeñada de modo libre y responsable. «Cuando viajáis de noche en ferrocarril, ¿no habéis pensado nunca de pronto que la vida de varios centenares de personas está en manos de un maquinista, de un guardagujas que, sin cuidarse del frío y del cansancio, están en su puesto? La vida de todo un país, la vida del mundo, dependen de la fidelidad de los hombres en el cumplimiento de su deber profesional, de su función social, de que cumplan fielmente sus contratos, que sostengan la palabra dada»16, sin necesidad de poner a Dios por testigo, como hombres cabales.

A vosotros os debe bastar decir sí o no. Hombres de palabra, leales en el cumplimiento de los pequeños deberes diarios, sin mentiras ni engaños en el ejercicio de nuestra profesión, sencillos y prudentes, huyendo de lo que no es claro: honradez sin fisuras, diáfana. Si vivimos esta lealtad en lo humano, con la ayuda de la gracia seremos leales con Cristo, que en definitiva es lo que importa, pues quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho17; no podríamos construir la integridad de nuestra fidelidad a Cristo sobre una lealtad que se cuarteara cada día en las relaciones humanas.

Qué alegría recibimos cuando en medio de una dificultad llega un amigo y nos dice: «¡Puedes contar conmigo!». También agradará al Señor que le digamos hoy en nuestra oración, con la sencillez de quien conoce su debilidad: Señor, ¡puedes contar conmigo! Nos puede servir también como una jaculatoria que repitamos a lo largo del día.

Pidamos a María Santísima, Virgo fidelis, Virgen fiel, que nos ayude a ser leales y fieles en nuestra conducta diaria, en el cumplimiento de nuestros deberes y compromisos.

1 Mt 5, 33-37. — 2 Jer 4, 2. — 3 Cfr. Mt 23, 13-32. — 4 Jn 1, 47. — 5 Jn 14, 6. 6 Jn 8, 44. — 7 Jn 3, 11. — 8 Cfr. Hech 1, 8. — 9 Jn 14, 6. — 10 Jn 8, 32. — 11 Mt 5, 37. — 12 Cfr. A. del Portillo, Fieles y laicos en la Iglesia, EUNSA, Pamplona 1969, p. 28 ss. — 13 M. Moliner, Diccionario de uso del español, Gredos, Madrid 1970, voz Fiel. — 14 1 Cor 10, 13. — 15 Mt 7, 25. — 16 G. Chevrot, Pero Yo os digo..., Rialp, Madrid 1981, p. 180. — 17 Lc 16, 20.

 

 

“El trabajo es una bendición de Dios”

El trabajo es la vocación inicial del hombre, es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo. El Señor, el mejor de los padres, colocó al primer hombre en el Paraíso, “ut operaretur” –para que trabajara. (Surco, 482)

El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa.
Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.
Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra. (Es Cristo que pasa, 47)

 

Fiesta de la Santísima Trinidad

Este domingo celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Proponemos algunos textos del Evangelio, del Magisterio, del Papa Francisco y de San Josemaría, más algunos textos para meditar, que pueden ayudar en la preparación de esa fiesta.

 

De la Iglesia y del Papa11/06/2019

Ángelus del Papa Francisco en la solemnidad de la santísima Trinidad (2018)

Comentario al Evangelio: Santísima Trinidad

La Santísima Trinidad (Textos para orar de san Josemaría Escrivá)

Beato Álvaro del Portillo: «La Santísima Trinidad, misterio que colma nuestra vida de cristianos».

Resúmenes de fe cristiana: Tema 5. La Santísima Trinidad

'Creo, creemos', libro electrónico de Mons. Javier Echevarría: El Credo constituye el hilo conductor de “Creo, creemos", ebook compuesto por fragmentos de las Cartas Pastorales que Mons. Javier Echevarría escribió durante el Año de la fe.

Esa corriente trinitaria de Amor (editorial de la serie La luz de la fe): El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, porque revela cómo el Amor es el tejido mismo de la realidad.

Una de las oraciones a la Santísima Trinidad del devocionario.

Una de las oraciones a la Santísima Trinidad del devocionario.

Devocionario: Oraciones a la Santísima Trinidad (Descarga el devocionario móvil).

∙ Preguntas sobre la fe cristiana: ¿Creo en Dios, Uno y Trino? La Santísima Trinidad es el misterio de Dios en sí mismo, el misterio central de la fe y de la vida cristiana. ¿Qué significa en la práctica decir “Creo en Dios Uno y Trino”? ¿Cómo distinguir y tratar a cada una de las Tres Personas divinas?

∙ Libro electrónico gratuito: el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.


Evangelio

Mateo 28, 16-20 Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Juan 3, 16-18 Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

Juan 16, 12-15 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.

∙ Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (nn 44-49)

¿Cuál es el misterio central de la fe y de la vida cristiana?

El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

¿Puede la razón humana conocer, por sí sola, el misterio de la Santísima Trinidad?

Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios.

¿Cómo expresa la Iglesia su fe trinitaria?

La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

¿Cómo obran las tres divinas Personas?

Inseparables en su única sustancia, las divinas Personas son también inseparables en su obrar: la Trinidad tiene una sola y misma operación. Pero en el único obrar divino, cada Persona se hace presente según el modo que le es propio en la Trinidad. «Dios mío, Trinidad a quien adoro... pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Beata Isabel de la Trinidad)

 

Mensaje del Papa para la III Jornada Mundial de los Pobres (17-11-2019)

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III JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
17 de noviembre de 2019

La esperanza de los pobres nunca se frustrará

1. «La esperanza de los pobres nunca se frustrará» (Sal 9,19). Las palabras del salmo se presentan con una actualidad increíble. Ellas expresan una verdad profunda que la fe logra imprimir sobre todo en el corazón de los más pobres: devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida.

El salmista describe la condición del pobre y la arrogancia del que lo oprime (cf. 10,1-10); invoca el juicio de Dios para que se restablezca la justicia y se supere la iniquidad (cf. 10,14-15). Es como si en sus palabras volviese de nuevo la pregunta que se ha repetido a lo largo de los siglos hasta nuestros días: ¿cómo puede Dios tolerar esta disparidad? ¿Cómo puede permitir que el pobre sea humillado, sin intervenir para ayudarlo? ¿Por qué permite que quien oprime tenga una vida feliz mientras su comportamiento debería ser condenado precisamente ante el sufrimiento del pobre?

Este salmo se compuso en un momento de gran desarrollo económico que, como suele suceder, también produjo fuertes desequilibrios sociales. La inequidad generó un numeroso grupo de indigentes, cuya condición parecía aún más dramática cuando se comparaba con la riqueza alcanzada por unos pocos privilegiados. El autor sagrado, observando esta situación, dibuja un cuadro lleno de realismo y verdad.

Era una época en la que la gente arrogante y sin ningún sentido de Dios perseguía a los pobres para apoderarse incluso de lo poco que tenían y reducirlos a la esclavitud. Hoy no es muy diferente. La crisis económica no ha impedido a muchos grupos de personas un enriquecimiento que con frecuencia aparece aún más anómalo si vemos en las calles de nuestras ciudades el ingente número de pobres que carecen de lo necesario y que en ocasiones son además maltratados y explotados. Vuelven a la mente las palabras del Apocalipsis: «Tú dices: “soy rico, me he enriquecido; y no tengo necesidad de nada”; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, ciego y desnudo» (Ap 3,17). Pasan los siglos, pero la condición de ricos y pobres se mantiene inalterada, como si la experiencia de la historia no nos hubiera enseñado nada. Las palabras del salmo, por lo tanto, no se refieren al pasado, sino a nuestro presente, expuesto al juicio de Dios.

2. También hoy debemos nombrar las numerosas formas de nuevas esclavitudes a las que están sometidos millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños.

Todos los días nos encontramos con familias que se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en otros lugares; huérfanos que han perdido a sus padres o que han sido separados violentamente de ellos a causa de una brutal explotación; jóvenes en busca de una realización profesional a los que se les impide el acceso al trabajo a causa de políticas económicas miopes; víctimas de tantas formas de violencia, desde la prostitución hasta las drogas, y humilladas en lo más profundo de su ser. ¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? ¿Y qué decir de las numerosas personas marginadas y sin hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades?

Con frecuencia vemos a los pobres en los vertederos recogiendo el producto del descarte y de lo superfluo, para encontrar algo que comer o con qué vestirse. Convertidos ellos mismos en parte de un vertedero humano son tratados como desperdicios, sin que exista ningún sentimiento de culpa por parte de aquellos que son cómplices en este escándalo. Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos. No pueden permitirse ser tímidos o desanimarse; son vistos como una amenaza o gente incapaz, sólo porque son pobres.

Para aumentar el drama, no se les permite ver el final del túnel de la miseria. Se ha llegado hasta el punto de teorizar y realizar una arquitectura hostil para deshacerse de su presencia, incluso en las calles, últimos lugares de acogida. Deambulan de una parte a otra de la ciudad, esperando conseguir un trabajo, una casa, un poco de afecto… Cualquier posibilidad que se les ofrezca se convierte en un rayo de luz; sin embargo, incluso donde debería existir al menos la justicia, a menudo se comprueba el ensañamiento en su contra mediante la violencia de la arbitrariedad. Se ven obligados a trabajar horas interminables bajo el sol abrasador para cosechar los frutos de la estación, pero se les recompensa con una paga irrisoria; no tienen seguridad en el trabajo ni condiciones humanas que les permitan sentirse iguales a los demás. Para ellos no existe el subsidio de desempleo, indemnizaciones, ni siquiera la posibilidad de enfermarse.

El salmista describe con crudo realismo la actitud de los ricos que despojan a los pobres: «Están al acecho del pobre para robarle, arrastrándolo a sus redes» (cf. Sal 10,9). Es como si para ellos se tratara de una jornada de caza, en la que los pobres son acorralados, capturados y hechos esclavos. En una condición como esta, el corazón de muchos se cierra y se afianza el deseo de volverse invisibles. Así, vemos a menudo a una multitud de pobres tratados con retórica y soportados con fastidio. Ellos se vuelven como transparentes y sus voces ya no tienen fuerza ni consistencia en la sociedad. Hombres y mujeres cada vez más extraños entre nuestras casas y marginados en nuestros barrios.

3. El contexto que el salmo describe se tiñe de tristeza por la injusticia, el sufrimiento y la amargura que afecta a los pobres. A pesar de ello, se ofrece una hermosa definición del pobre. Él es aquel que «confía en el Señor» (cf. v. 11), porque tiene la certeza de que nunca será abandonado. El pobre, en la Escritura, es el hombre de la confianza. El autor sagrado brinda también el motivo de esta confianza: él “conoce a su Señor” (cf. ibíd.), y en el lenguaje bíblico este “conocer” indica una relación personal de afecto y amor.

Estamos ante una descripción realmente impresionante que nunca nos hubiéramos imaginado. Sin embargo, esto no hace sino manifestar la grandeza de Dios cuando se encuentra con un pobre. Su fuerza creadora supera toda expectativa humana y se hace realidad en el “recuerdo” que él tiene de esa persona concreta (cf. v. 13). Es precisamente esta confianza en el Señor, esta certeza de no ser abandonado, la que invita a la esperanza. El pobre sabe que Dios no puede abandonarlo; por eso vive siempre en la presencia de ese Dios que lo recuerda. Su ayuda va más allá de la condición actual de sufrimiento para trazar un camino de liberación que transforma el corazón, porque lo sostiene en lo más profundo.

4. La descripción de la acción de Dios en favor de los pobres es un estribillo permanente en la Sagrada Escritura. Él es aquel que “escucha”, “interviene”, “protege”, “defiende”, “redime”, “salva”… En definitiva, el pobre nunca encontrará a Dios indiferente o silencioso ante su oración. Dios es aquel que hace justicia y no olvida (cf. Sal 40,18; 70,6); de hecho, es para él un refugio y no deja de acudir en su ayuda (cf. Sal 10,14).

Se pueden alzar muchos muros y bloquear las puertas de entrada con la ilusión de sentirse seguros con las propias riquezas en detrimento de los que se quedan afuera. No será así para siempre. El “día del Señor”, tal como es descrito por los profetas (cf. Am 5,18; Is 2-5; Jl 1-3), destruirá las barreras construidas entre los países y sustituirá la arrogancia de unos pocos por la solidaridad de muchos. La condición de marginación en la que se ven inmersas millones de personas no podrá durar mucho tiempo. Su grito aumenta y alcanza a toda la tierra. Como escribió D. Primo Mazzolari: «El pobre es una protesta continua contra nuestras injusticias; el pobre es un polvorín. Si le das fuego, el mundo estallará».

5. No hay forma de eludir la llamada apremiante que la Sagrada Escritura confía a los pobres. Dondequiera que se mire, la Palabra de Dios indica que los pobres son aquellos que no disponen de lo necesario para vivir porque dependen de los demás. Ellos son el oprimido, el humilde, el que está postrado en tierra. Aun así, ante esta multitud innumerable de indigentes, Jesús no tuvo miedo de identificarse con cada uno de ellos: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Huir de esta identificación equivale a falsificar el Evangelio y atenuar la revelación. El Dios que Jesús quiso revelar es éste: un Padre generoso, misericordioso, inagotable en su bondad y gracia, que ofrece esperanza sobre todo a los que están desilusionados y privados de futuro.

¿Cómo no destacar que las bienaventuranzas, con las que Jesús inauguró la predicación del Reino de Dios, se abren con esta expresión: «Bienaventurados los pobres» (Lc 6,20)? El sentido de este anuncio paradójico es que el Reino de Dios pertenece precisamente a los pobres, porque están en condiciones de recibirlo. ¡Cuántas personas pobres encontramos cada día! A veces parece que el paso del tiempo y las conquistas de la civilización aumentan su número en vez de disminuirlo. Pasan los siglos, y la bienaventuranza evangélica parece cada vez más paradójica; los pobres son cada vez más pobres, y hoy día lo son aún más. Pero Jesús, que ha inaugurado su Reino poniendo en el centro a los pobres, quiere decirnos precisamente esto: Él ha inaugurado, pero nos ha confiado a nosotros, sus discípulos, la tarea de llevarlo adelante, asumiendo la responsabilidad de dar esperanza a los pobres. Es necesario, sobre todo en una época como la nuestra, reavivar la esperanza y restaurar la confianza. Es un programa que la comunidad cristiana no puede subestimar. De esto depende que sea creíble nuestro anuncio y el testimonio de los cristianos.

6. La Iglesia, estando cercana a los pobres, se reconoce como un pueblo extendido entre tantas naciones cuya vocación es la de no permitir que nadie se sienta extraño o excluido, porque implica a todos en un camino común de salvación. La condición de los pobres obliga a no distanciarse de ninguna manera del Cuerpo del Señor que sufre en ellos. Más bien, estamos llamados a tocar su carne para comprometernos en primera persona en un servicio que constituye auténtica evangelización. La promoción de los pobres, también en lo social, no es un compromiso externo al anuncio del Evangelio, por el contrario, pone de manifiesto el realismo de la fe cristiana y su validez histórica. El amor que da vida a la fe en Jesús no permite que sus discípulos se encierren en un individualismo asfixiante, soterrado en segmentos de intimidad espiritual, sin ninguna influencia en la vida social (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 183).

Hace poco hemos llorado la muerte de un gran apóstol de los pobres, Jean Vanier, quien con su dedicación logró abrir nuevos caminos a la labor de promoción de las personas marginadas. Jean Vanier recibió de Dios el don de dedicar toda su vida a los hermanos y hermanas con discapacidades graves, a quienes la sociedad a menudo tiende a excluir. Fue un “santo de la puerta de al lado” de la nuestra; con su entusiasmo supo congregar en torno suyo a muchos jóvenes, hombres y mujeres, que con su compromiso cotidiano dieron amor y devolvieron la sonrisa a muchas personas débiles y frágiles, ofreciéndoles una verdadera “arca” de salvación contra la marginación y la soledad. Este testimonio suyo ha cambiado la vida de muchas personas y ha ayudado al mundo a mirar con otros ojos a las personas más débiles y frágiles. El grito de los pobres ha sido escuchado y ha producido una esperanza inquebrantable, generando signos visibles y tangibles de un amor concreto que también hoy podemos reconocer.

7. «La opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha» (ibíd., 195) es una opción prioritaria que los discípulos de Cristo están llamados a realizar para no traicionar la credibilidad de la Iglesia y dar esperanza efectiva a tantas personas indefensas. En ellas, la caridad cristiana encuentra su verificación, porque quien se compadece de sus sufrimientos con el amor de Cristo recibe fuerza y confiere vigor al anuncio del Evangelio.

El compromiso de los cristianos, con ocasión de esta Jornada Mundial y sobre todo en la vida ordinaria de cada día, no consiste sólo en iniciativas de asistencia que, si bien son encomiables y necesarias, deben tender a incrementar en cada uno la plena atención que le es debida a cada persona que se encuentra en dificultad. «Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación» (ibíd., 199) por los pobres en la búsqueda de su verdadero bien. No es fácil ser testigos de la esperanza cristiana en el contexto de una cultura consumista y de descarte, orientada a acrecentar el bienestar superficial y efímero. Es necesario un cambio de mentalidad para redescubrir lo esencial y darle cuerpo y efectividad al anuncio del Reino de Dios.

La esperanza se comunica también a través de la consolación, que se realiza acompañando a los pobres no por un momento, cargado de entusiasmo, sino con un compromiso que se prolonga en el tiempo. Los pobres obtienen una esperanza verdadera no cuando nos ven complacidos por haberles dado un poco de nuestro tiempo, sino cuando reconocen en nuestro sacrificio un acto de amor gratuito que no busca recompensa.

8. A los numerosos voluntarios, que muchas veces tienen el mérito de ser los primeros en haber intuido la importancia de esta preocupación por los pobres, les pido que crezcan en su dedicación. Queridos hermanos y hermanas: Os exhorto a descubrir en cada pobre que encontráis lo que él realmente necesita; a no deteneros ante la primera necesidad material, sino a ir más allá para descubrir la bondad escondida en sus corazones, prestando atención a su cultura y a sus maneras de expresarse, y así poder entablar un verdadero diálogo fraterno. Dejemos de lado las divisiones que provienen de visiones ideológicas o políticas, fijemos la mirada en lo esencial, que no requiere muchas palabras sino una mirada de amor y una mano tendida. No olvidéis nunca que «la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual» (ibíd., 200).

Antes que nada, los pobres tienen necesidad de Dios, de su amor hecho visible gracias a personas santas que viven junto a ellos, las que en la sencillez de su vida expresan y ponen de manifiesto la fuerza del amor cristiano. Dios se vale de muchos caminos y de instrumentos infinitos para llegar al corazón de las personas. Por supuesto, los pobres se acercan a nosotros también porque les distribuimos comida, pero lo que realmente necesitan va más allá del plato caliente o del bocadillo que les ofrecemos. Los pobres necesitan nuestras manos para reincorporarse, nuestros corazones para sentir de nuevo el calor del afecto, nuestra presencia para superar la soledad. Sencillamente, ellos necesitan amor.

9. A veces se requiere poco para devolver la esperanza: basta con detenerse, sonreír, escuchar. Por un día dejemos de lado las estadísticas; los pobres no son números a los que se pueda recurrir para alardear con obras y proyectos. Los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa. Los pobres nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo.

A los ojos del mundo, no parece razonable pensar que la pobreza y la indigencia puedan tener una fuerza salvífica; sin embargo, es lo que enseña el Apóstol cuando dice: «No hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor» (1 Co 1,26-29). Con los ojos humanos no se logra ver esta fuerza salvífica; con los ojos de la fe, en cambio, se la puede ver en acción y experimentarla en primera persona. En el corazón del Pueblo de Dios que camina late esta fuerza salvífica, que no excluye a nadie y a todos congrega en una verdadera peregrinación de conversión para reconocer y amar a los pobres.

10. El Señor no abandona al que lo busca y a cuantos lo invocan; «no olvida el grito de los pobres» (Sal 9,13), porque sus oídos están atentos a su voz. La esperanza del pobre desafía las diversas situaciones de muerte, porque él se sabe amado particularmente por Dios, y así logra vencer el sufrimiento y la exclusión. Su condición de pobreza no le quita la dignidad que ha recibido del Creador; vive con la certeza de que Dios mismo se la restituirá plenamente, pues él no es indiferente a la suerte de sus hijos más débiles, al contrario, se da cuenta de sus afanes y dolores y los toma en sus manos, y a ellos les concede fuerza y valor (cf. Sal 10,14). La esperanza del pobre se consolida con la certeza de ser acogido por el Señor, de encontrar en él la verdadera justicia, de ser fortalecido en su corazón para seguir amando (cf. Sal 10,17).

La condición que se pone a los discípulos del Señor Jesús, para ser evangelizadores coherentes, es sembrar signos tangibles de esperanza. A todas las comunidades cristianas y a cuantos sienten la necesidad de llevar esperanza y consuelo a los pobres, pido que se comprometan para que esta Jornada Mundial pueda reforzar en muchos la voluntad de colaborar activamente para que nadie se sienta privado de cercanía y solidaridad. Que nos acompañen las palabras del profeta que anuncia un futuro distinto: «A vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra» (Mal 3,20).

Vaticano, 13 de junio de 2019
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

Francisco

 

 

Mensaje del Prelado (14 junio 2019)

Mons. Ocáriz nos anima a vivir las solemnidades y fiestas del mes de junio con una profunda alegría y con agradecimiento a Dios por su amor inmenso.

Cartas pastorales y mensajes14/06/2019

Opus Dei - Mensaje del Prelado (14 junio 2019)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En este mes de junio, se celebran solemnidades y fiestas fundamentales para nuestra fe: desde el pasado día 2, la Ascensión del Señor, hasta el próximo día 29, san Pedro y san Pablo. Todas, cada una con sus particularidades, nos dan ocasión para intensificar el agradecimiento a Dios por su amor inmenso. Como consecuencia, estas celebraciones nos invitan a compartir la alegría, también disfrutando de una más intensa vida en familia, tanto en los centros de la Obra como en los hogares de los agregados y supernumerarios.

Aunque la alegría no tiene por qué manifestarse del mismo modo en todos los momentos y circunstancias, siempre podemos vivir contentos, ante lo humanamente agradable y también ante lo que represente sufrimiento. Como a los apóstoles, a todos Jesús nos dice «que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena» (Jn 15,11). Y san Pablo nos exhorta: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Fil 4,4).

En este sentido, tampoco la experiencia de nuestra debilidad y de nuestros pecados debe sumirnos en la tristeza porque, como le ocurrió al hijo pródigo (cfr. Lc 15,22-24), la alegría auténtica nace de la certeza de sabernos siempre infinitamente amados por Dios, que nos prepara «una gran fiesta -la profunda alegría del arrepentimiento-» (Carta 14-II-1974, n. 7).

Así, podremos ser siempre, con Jesús, sembradores de paz y de alegría.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

Roma, 14 de junio de 2019

 

 

Comentario al Evangelio: Santísima Trinidad

Evangelio de la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Ciclo C) y comentario al evangelio.

Vida cristiana

Opus Dei - Comentario al Evangelio: Santísima Trinidad

Evangelio (Jn 16,12-15)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarlas ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que va a venir. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije: «Recibe de lo mío y os lo anunciará».


Comentario

En la última cena, Jesús explica a los apóstoles las verdades más profundas acerca de sí mismo y de su relación con el Padre y el Espíritu Santo, a la vez que les asegura que no se quedarán solos porque contarán con la ayuda del Espíritu Santo, que continuará su misión guiando a la Iglesia a lo largo del tiempo.

Los Apóstoles han sido testigos de la predicación y de las acciones de Jesús, así como de su trato filial con Dios, al que siempre se dirige llamándole “padre”, incluso en ocasiones, con la forma infantil abbá, “papá” (cf. Mc 14,36). Ahora, les habla de la ayuda que les prestará el Espíritu Santo: “recibirá de lo mío y os lo anunciará” (v. 14). La acción del Espíritu sobre la Iglesia no consiste en suscitar ni enseñar cosas distintas de las manifestadas por Jesucristo –ya que la verdad no cambia con el tiempo, las opiniones, ni el parecer de las gentes–, sino en favorecer la plena comprensión de todo lo que el Hijo oyó del Padre y les dio a conocer (cf. v. 15). Jesús ya les había anunciado que “el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Jn 14,26), y ahora añade que “os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que va a venir” (v.13). Su tarea consistirá en orientarnos hacia la verdad en las nuevas y cambiantes situaciones de la historia y de la vida de las personas, con la mirada puesta siempre en lo que Jesús nos ha enseñado.

Jesús habla con naturalidad del Padre y del Espíritu como personas distintas a él y entre sí, a la vez que insinúa que comparten lo mismo: “todo lo que tiene el Padre es mío” (v. 15), y lo que anuncia el Espíritu es lo que “recibirá de lo mío” (v. 14). Sólo hay un Dios, una sola naturaleza divina, que subsiste en tres personas distintas, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. El Catecismo de la Iglesia Católica, utilizando la fórmula de la antigua confesión de fe llamada Quicumque, afirma que “la fe católica es esta: que veneremos un Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad, no confundiendo las personas, ni separando las substancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad”[1].

Esta verdad de fe no es algo bonito, pero lejano, sino que nos habla de nuestra relación personal con Dios y con cada una de las personas divinas: “En efecto —recuerda el Papa Francisco—, mediante el Bautismo, el Espíritu Santo nos ha insertado en el corazón y en la vida misma de Dios, que es comunión de amor. Dios es una ‘familia’ de tres Personas que se aman tanto que forman una sola cosa. Esta ‘familia divina’ no está cerrada en sí misma, sino que está abierta, se comunica en la creación y en la historia y ha entrado en el mundo de los hombres para llamar a todos a formar parte de ella. El horizonte trinitario de comunión nos envuelve a todos y nos anima a vivir en el amor y la fraternidad, seguros de que ahí donde hay amor, ahí está Dios”[2].

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, por eso, es parte de nuestra propia naturaleza fomentar la unidad y el amor recíproco con el Señor y con los demás, en la gran familia del mundo y de la Iglesia, en las relaciones sociales y domésticas, en la amistad y el entorno de trabajo. “La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a comprometernos en los acontecimientos cotidianos para ser fermento de comunión, de consolación y de misericordia”[3].


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 266.

[2] Papa Francisco, Ángelus. Domingo 22 de mayo de 2016.

[3] Ibidem.

 

 

 

DOMINGO SANTÍSIMA TRINIDAD. SOLEMNIDAD.

Jn 16, 12 -15.

TRES Y UN SOLO CORAZON.                                                     

 El misterio de Dios escondido y revelado en plenitud es la Santísima Trinidad. Dios es familia es unidad, es comunión, es Trino en personas, con un solo Corazón, el de Cristo.

El misterio trinitario sin lugar a dudas es el centro de la revelación del cristianismo. El esfuerzo de toda la Iglesia en su magisterio para enseñarlo y vivirlo, sin traicionar el depósito de la fe, ha sido colosal e inmenso en la fidelidad a la Revelación y en la catequesis de explicación a la hora de transmitir la fe. En todos los textos donde se afirma la Trinidad siempre se subrayan tres claves para ser fiel al misterio revelado.

Primero la unicidad de Dios. Dios uno y trino. El Dios revelado a Abraham, Isaac y Jacob es Uno, y hay que amarle con todo el corazón y con todas nuestras fuerzas. El judío afirma que existe un solo Dios que no es como el de los pueblos circundantes que tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen...

Segundo por la Encarnación del Verbo cuando dice el Padre hagamos redención nos encontramos con que el Padre tiene un Hijo que nacido de mujer es el Redentor y el Salvador, y que como el Padre es Dios de Dios, Luz de luz...

Finalmente se nos ha revelado que Jesús desde el seno del Padre nos ha enviado el Espíritu Santo que como Señor y dador de vida tiene la misión de formar en nosotros los sentimientos del Corazón de Cristo.

 El Espíritu Santo es persona, don, regalo para convertir nuestra vida de una historia mal hecha en historia de salvación por su amor redentor.

+ Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres 

 

 

La Santísima Trinidad

De la fe el central misterio

es el de la Trinidad

que, aunque sean tres Personas,

en el ser son Unidad.

El Padre es el increado,

engendrado, el Hijo, en Él

y el Espíritu Santo

de ambos, su amor, a la vez.

 

Nos dirigimos al Padre

por medio de Jesucristo

en unidad del Espíritu,

idéntico al Padre e Hijo;

siendo uno solo el eterno

en una generación

que jamás aconteció

pues no hay fin ni iniciación.

 

Según la teología,

son llamadas “procesiones”

de un fruto que es permanente

y estable en definición.

La Humanidad participa

de ésa vida divina

cuando se deja llevar

del espíritu de Dios.

 

Del padre, la creación;

del Hijo, la redención

y del Espíritu Santo,

la continua espiración,

como gracias concedidas

del Bautismo el sacramento

y distinguir a los tres

será gran descubrimiento.

 

Si bien, es fundamental

que, de la fe, el misterio

de la Santa Trinidad

es que, aunque sean tres Personas

distintas para nombrar,

son Dios las tres Coiguales

que expresan todo su ser,

Uno y Trino, en unidad.

 

José María López Ferrera

 

 

Tema 8. Jesucristo, Dios y Hombre verdadero

Jesucristo asumió la naturaleza humana sin dejar de ser Dios: es verdadero Dios y verdadero hombre.

Resúmenes de fe cristiana24/12/2016

Opus Dei - Tema 8. Jesucristo, Dios y Hombre verdaderoJesucristo, el Verbo encarnado, no es ni un mito, ni una idea abstracta cualquiera; es un hombre que vivió en un contexto concreto.

PDF► Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Serie completa► “Resúmenes de fe cristiana”, libro electrónico gratuito en formato PDF, Mobi y ePub

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1. La Encarnación del Verbo

«Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4). Se cumple así la promesa de un Salvador que Dios hizo a Adán y Eva al ser expulsados del Paraíso: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje; él te pisará la cabeza mientras acechas tu su calcañar» (Gn 3, 15). Este versículo del Génesis se conoce con el nombre de protoevangelio, porque constituye el primer anuncio de la buena nueva de la salvación. Tradicionalmente se ha interpretado que la mujer de que se habla es tanto Eva, en sentido directo, como María, en sentido pleno; y que el linaje de la mujer se refiere tanto a la humanidad como a Cristo.

Desde entonces hasta el momento en que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14), Dios fue preparando a la humanidad para que pudiera acoger fructuosamente a su Hijo Unigénito. Dios escogió para sí al pueblo israelita, estableció con el una Alianza y lo formó progresivamente, interviniendo en su historia, manifestándole sus designios a través de los patriarcas y profetas y santificándolo para sí. Y todo esto, como preparación y figura de aquella nueva y perfecta Alianza que había de concluirse en Cristo y de aquella plena y definitiva revelación que debía ser efectuada por el mismo Verbo encarnado [1]. Aunque Dios preparó la venida del Salvador sobre todo mediante la elección del pueblo de Israel, esto no significa que abandonase a los demás pueblos, a “los gentiles”, pues nunca dejó de dar testimonio de sí mismo (cfr. Hch 14, 16-17). La Providencia divina hizo que los gentiles tuvieran una conciencia más o menos explícita de la necesidad de la salvación, y hasta en los últimos rincones de la tierra se conservaba el deseo de ser redimidos.

La Encarnación tiene su origen en el amor de Dios por los hombres: «en esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de El» (1 Jn 4, 9). La Encarnación es la demostración por excelencia del Amor de Dios hacia los hombres, ya que en ella es Dios mismo el que se entrega a los hombres haciéndose partícipe de la naturaleza humana en unidad de persona.

Tras la caída de Adán y Eva en el paraíso, la Encarnación tiene una finalidad salvadora y redentora, como profesamos en el Credo: «por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo y se encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen, y se hizo hombre» [2]. Cristo afirmó de Sí mismo que «el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 19; cfr. Mt 18, 11) y que «Dios no ha enviado a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 17).

La Encarnación no sólo manifiesta el infinito amor de Dios a los hombres, su infinita misericordia, justicia y poder, sino también la coherencia del plan divino de salvación. La profunda sabiduría divina se manifiesta en cómo Dios ha decidido salvar al hombre, es decir del modo más conveniente a su naturaleza, que es precisamente mediante la Encarnación del Verbo.

Jesucristo, el Verbo encarnado, «no es ni un mito, ni una idea abstracta cualquiera; Es un hombre que vivió en un contexto concreto y que murió después de haber llevado su propia existencia dentro de la evolución de la historia. La investigación histórica sobre Él es, pues, una exigencia de la fe cristiana» [3].

Que Cristo existió pertenece a la doctrina de la fe, como también que murió realmente por nosotros y que resucitó al tercer día (cfr. 1 Co 15, 3-11). La existencia de Jesús es un hecho probado por la ciencia histórica, sobre todo, mediante el análisis del Nuevo Testamento cuyo valor histórico está fuera de duda. Hay otros testimonios antiguos no cristianos, paganos y judíos, sobre la existencia de Jesús. Precisamente por esto, no son aceptables las posiciones de quienes contraponen un Jesús histórico al Cristo de la fe y defienden la suposición de que casi todo lo que el Nuevo Testamento dice acerca de Cristo sería una interpretación de fe que hicieron los discípulos de Jesús, pero no su auténtica figura histórica que aún permanecería oculta para nosotros. Estas posturas, que en muchas ocasiones encierran un fuerte prejuicio contra lo sobrenatural, no tienen en cuenta que la investigación histórica contemporánea coincide en afirmar que la presentación que hace el cristianismo primitivo de Jesús se basa en auténticos hechos sucedidos realmente.

2. Jesucristo, Dios y hombre verdadero

La Encarnación es «el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo» (Catecismo, 483). La Encarnación del Hijo de Dios «no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre» (Catecismo, 464). La divinidad de Jesucristo, Verbo eterno de Dios, se ha estudiado al tratar sobre la Santísima Trinidad. Aquí nos fijaremos sobre todo en lo que hace referencia a su humanidad.

La Iglesia defendió y aclaró esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a las herejías que la falseaban. Ya en el siglo I algunos cristianos de origen judío, los ebionitas, consideraron a Cristo como un simple hombre, aunque muy santo. En el siglo II surge el adopcionismo, que sostenía que Jesús era hijo adoptivo de Dios; Jesús sólo sería un hombre en quien habita la fuerza de Dios; para ellos, Dios era una sola persona. Esta herejía, fue condenada en el 190 por el papa San Víctor, por el Concilio de Antioquía del 268, por el Concilio I de Constantinopla y por el Sínodo Romano del 382 [4]. La herejía arriana, al negar la divinidad del Verbo, negaba también que Jesucristo fuera Dios. Arrio fue condenado por el Concilio I de Nicea, en el año 325. También actualmente la Iglesia ha vuelto a recordar que Jesucristo es el Hijo de Dios subsistente desde la eternidad que en la Encarnación asumió la naturaleza humana en su única persona divina [5].

La Iglesia también hizo frente a otros errores que negaban la realidad de la naturaleza humana de Cristo. Entre estos se encuadran aquellas herejías que rechazaban la realidad del cuerpo o del alma de Cristo. Entre las primeras se encuentra el docetismo, en sus diversas variantes, que tiene un trasfondo gnóstico y maniqueo. Algunos de sus seguidores afirmaban que Cristo tuvo un cuerpo celeste, o que su cuerpo era puramente aparente, o que apareció de repente en Judea sin haber tenido que nacer o crecer. Ya San Juan tuvo que combatir este tipo de errores: «muchos son los seductores que han aparecido en el mundo, que no confiesan que Jesús ha venido en carne» (2 Jn 7; cfr. 1 Jn 4, 1-2).

Arrio y Apolinar de Laodicea negaron que Cristo tuviera verdadera alma humana. El segundo ha tenido particular importancia en este campo y su influencia estuvo presente durante varios siglos en las controversias cristológicas posteriores. En un intento de defender la unidad de Cristo y su impecabilidad, Apolinar sostuvo que el Verbo desempeñaba las funciones del alma espiritual humana,. Esta doctrina, sin embargo, suponía negar la verdadera humanidad de Cristo, compuesta, como en todos los hombres, de cuerpo y alma espiritual (cfr. Catecismo, 471). Fue condenado en el Concilio I de Constantinopla y en el Sínodo Romano del 382 [6].

3. La unión hipostática

Al principio del siglo quinto, tras las controversias precedentes, estaba clara la necesidad de sostener firmemente la integridad de las dos naturalezas humana y divina en la Persona del Verbo; de modo que la unidad personal de Cristo comienza a constituirse en el centro de atención de la cristología y de la soteriología patrística. A este nueva profundización contribuyeron nuevas discusiones.

La primera gran controversia tuvo su origen en algunas afirmaciones de Nestorio, patriarca de Constantinopla, que utilizaba un lenguaje en el que daba a entender que en Cristo hay dos sujetos: el sujeto divino y el sujeto humano, unidos entre sí por un vínculo moral, pero no físicamente. En este error cristológico tiene su origen su rechazo del título de Madre de Dios, Theotókos, aplicado a Santa María. María sería Madre de Cristo pero no Madre de Dios. Frente a esta herejía, San Cirilo de Alejandría y el Concilio de Éfeso del 431 recordaron que «la humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción… Por eso el Concilio de Éfeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno» (Catecismo, 466; cfr. DS 250 y 251).

Unos años más tarde surgió la herejía monofisita. Esta herejía tiene sus antecedentes en el apolinarismo y en una mala comprensión de la doctrina y del lenguaje empleado por San Cirilo por parte de Eutiques, anciano archimandrita de un monasterio de Constantinopla. Eutiques afirmaba, entre otras cosas, que Cristo es una Persona que subsiste en una sola naturaleza, pues la naturaleza humana habría sido absorbida en la divina. Este error fue condenado por el Papa San León Magno, en su Tomus ad Flavianum [7], auténtica joya de la teología latina, y por el Concilio ecuménico de Calcedonia del año 451, punto de referencia obligado para la cristología. Así enseña: «hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad» [8], y añade que la unión de las dos naturalezas es «sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación» [9].

La doctrina calcedonense fue confirmada y aclarada por el II Concilio de Constantinopla del año 553, que ofrece una interpretación auténtica del Concilio anterior. Tras subrayar varias veces la unidad de Cristo [10], afirma que la unión de las dos naturalezas de Cristo tiene lugar según la hipóstasis [11], superando así la equivocidad de la formula ciriliana que hablaba de unidad según la “fisis”. En esta línea, el II Concilio de Costantinopla indicó también el sentido en que había de entenderse la conocida formula ciriliana de «una naturaleza del Verbo de Dios encarnada» [12], frase que San Cirilo pensaba que era de San Atanasio pero que en realidad se trataba de una falsificación apolinarista.

En estas definiciones conciliares, que tenían como finalidad aclarar algunos errores concretos y no exponer el misterio de Cristo en su totalidad, los Padres conciliares utilizaron el lenguaje de su tiempo. Al igual que Nicea empleó el término consubstancial, Calcedonia utiliza términos como naturaleza, persona, hipóstasis, etc., según el significado habitual que tenían en el lenguaje común, y en la teología de su época. Esto no significa, como han afirmado algunos, que el mensaje evangélico se helenizara. En realidad, quienes se demostraron rígidamente helenizantes fueron precisamente los que proponían las doctrinas heréticas, como Arrio o Nestorio, que no supieron ver las limitaciones que tenía el lenguaje filosófico de su tiempo frente al misterio de Dios y de Cristo.

4. La Humanidad Santísima de Jesucristo

«En la Encarnación ‘la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida’ (GS 22, 2)» ( Catecismo, 470). Por eso la Iglesia ha enseñado «la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a “uno de la Trinidad”. El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cfr. Jn 14, 9-10» (Catecismo, 470).

El alma humana de Cristo está dotada de un verdadero conocimiento humano. La doctrina católica ha enseñado tradicionalmente que Cristo en cuanto hombre poseía un conocimiento adquirido, una ciencia infusa y la ciencia beata propia de los bienaventurados en el cielo. La ciencia adquirida de Cristo no podía ser de por sí ilimitada: «por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar “en sabiduría, en estatura y en gracia” (Lc 2, 52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cfr. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34)» (Catecismo, 472). Cristo, en quien reposa la plenitud del Espíritu Santo con sus dones (cfr. Is 11, 1-3), poseyó también la ciencia infusa, es decir, aquel conocimiento que no se adquiere directamente por el trabajo de la razón, sino que es infundido directamente por Dios en la inteligencia humana. En efecto, «El Hijo, en su conocimiento humano, demostraba también la penetración que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los hombres (cfr. Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61» (Catecismo, 473). Cristo poseía también la ciencia propia de los beatos: «Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cfr. Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33-34; 14, 18-20.26-30» (Catecismo, 474). Por todo esto debe afirmarse que Cristo en cuanto hombre es infalible: admitir el error en Él sería admitirlo en el Verbo, única persona existente en Cristo. Por lo que se refiere a una eventual ignorancia propiamente dicha, hay que tener presente que «lo que reconoce ignorar en este campo (cfr. Mc 13, 32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cfr. Hch 1, 7)» (Catecismo, 474). Se entiende que Cristo fuera humanamente consciente de ser el Verbo y de su misión salvífica [13]. Por otra parte, la teología católica, al pensar que Cristo poseía ya en la tierra la visión inmediata de Dios, ha siempre negado la existencia en Cristo de la virtud de la fe [14].

Frente a las herejías monoenergeta y monotelita que, en lógica continuidad con el monofisismo precedente, afirmaban que en Cristo hay una sola operación o una sola voluntad, la Iglesia confesó en el III Concilio ecuménico de Constantinopla, del año 681, que «Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cfr. DS 556-559). La voluntad humana de Cristo “sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta voluntad omnipotente” (DS 556)» (Catecismo, 475). Se trata de una cuestión fundamental pues está directamente relacionada con el ser de Cristo y con nuestra salvación. San Máximo el Confesor se distinguió en este esfuerzo doctrinal de clarificación y se sirvió con gran eficacia del conocido pasaje de la oración de Jesús en el Huerto, en el que aparece el acuerdo de la voluntad humana de Cristo con la voluntad del Padre (cfr. Mt 26, 39).

Consecuencia de la dualidad de naturalezas es también la dualidad de operaciones. En Cristo hay dos operaciones, las divinas, procedentes de su naturaleza divina, y las humanas, que proceden de la naturaleza humana. Se habla también de operaciones teándricas para referirse a aquéllas en las que la operación humana actúa como instrumento de la divina: es el caso de los milagros realizados por Cristo.

El realismo de la Encarnación del Verbo se manifestó también en la última gran controversia cristológica de la época patrística: la disputa sobre las imágenes. La costumbre de representar a Cristo, en frescos, iconos, bajorrelieves, etc., es antiquísima y existen testimonios que se remontan al menos al siglo segundo. La crisis iconoclasta se produjo en Constantinopla a comienzos del siglo VIII y tuvo su origen en una decisión del Emperador. Ya antes había habido teólogos que se habían mostrado a lo largo de los siglos partidarios o contrarios al uso de las imágenes, pero ambas tendencias habían coexistido pacíficamente. Quienes se oponían solían aducir que Dios no tiene límites y no puede por tanto encerrarse dentro de unas líneas, de unos trazos, no se puede circunscribir. Sin embargo, como señaló San Juan Damasceno es la misma Encarnación la que ha circunscrito al Verbo incircunscribible. «Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (…) Por eso se puede “pintar” la faz humana de Jesús (Ga 3, 2)» (Catecismo, 476). En el II Concilio ecuménico de Nicea, del año 787, «la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas» (Catecismo, 476). En efecto, «las particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la persona divina del Hijo de Dios. El ha hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera su imagen, venera a la persona representada en ella» [15].

El alma de Cristo, al no ser divina por esencia sino humana, fue perfeccionada, como las almas de los demás hombres, mediante la gracia habitual, que es «un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor» (Catecismo, 2000). Cristo es santo, como anunció el arcángel Gabriel a Santa María en la Anunciación: Lc 1, 35. La humanidad de Cristo es radicalmente santa, fuente y paradigma de la santidad de todos los hombres. Por la Encarnación, la naturaleza humana de Cristo ha sido elevada a la mayor unión con la divinidad –con la Persona del Verbo- a que puede ser elevada criatura alguna. Desde el punto de vista de la humanidad del Señor, la unión hipostática es el mayor don que jamás se haya podido recibir, y suele conocerse con el nombre de gracia de unión. Por la gracia habitual el alma de Cristo fue divinizada con esa transformación que eleva la naturaleza y las operaciones del alma hasta el plano de la vida íntima de Dios, proporcionando a sus operaciones sobrenaturales una connaturalidad que de otro modo no tendría. Su plenitud de gracia implica también la existencia de las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo. De este plenitud de gracia de Cristo, «recibimos todos, gracia sobre gracia» (Jn 1, 16). La gracia y los dones han sido otorgados a Cristo no sólo en atención a su dignidad de Hijo, sino también en atención a su misión de nuevo Adán y Cabeza de la Iglesia. Por eso se habla de una gracia capital en Cristo, que no es una gracia distinta de la gracia personal del Señor, sino que es un aspecto de esa misma gracia que subraya su acción santificadora sobre los miembros de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, «es el Cuerpo de Cristo» (Catecismo, 805), un Cuerpo «del que Cristo es la Cabeza: vive de Él, en Él y por Él; Él vive con ella y en ella» (Catecismo, 807).

El Corazón del Verbo encarnado. «Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: “El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Nos ha amado a todos con un corazón humano» (Catecismo, 478). Por este motivo, el Sagrado Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia del amor con que ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres (cfr. ibidem).

José Antonio Riestra

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


Bibliografía básica

 

Catecismo de la Iglesia católica, 422-483.

Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, Madrid 2007, 371-410.

Lecturas recomendadas

A. Amato, Jesús el Señor , BAC, Madrid 1998.

F. Ocáriz – L.F. Mateo Seco – J.A. Riestra, El misterio de Jesucristo, 3ª ed., EUNSA, Pamplona 2004.


[1] Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 9.

[2] Concilio de Constantinopla I, Symbolum, DS 150; cfr. Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 55.

[3] Comisión Teológica Internacional, Cuestiones selectas de Cristología (1979), en ID., Documentos 1969-1996 , 2ª ed., BAC, Madrid 2000, 221.

[4] Cfr. DS 151 y 157-158.

[5] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium Filii Dei, 21-II-1972, en AAS 64(1972)237-241.

[6] Cfr. DS 151 y 159.

[7] Cfr. Ibidem, 290-295.

[8] Cfr. Ibidem, 301; Catecismo , 467.

[9] Cfr. Idem.

[10] Cfr. Ibidem, 423.

[11] Cfr. Ibidem, 425.

[12] Cfr. Ibidem, 429.

[13] Cfr. Comisión Teológica Internacional, La conciencia que Jesús tenía de Sí mismo y de su misión (1985), en ID., Documentos 1969-1996, 2ª ed., BAC, Madrid 2000, 377-391.

[14] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación, n. V, 26-XI-2006.

[15] Concilio de Nicea II, DS 601.

 

Ironía cristiana

Daniel Tirapu

Imagen aérea del Vaticano.

photo_camera Imagen aérea del Vaticano.

Que ciegos y atolondrados somos a veces. Cosas que nos parecen tremendamente importantes, no lo son y otras pequeñas sí lo son.

Nos preocupa la política, la actualidad, la radio, las leyes, las propuestas, nuestro orgullo, si dijeron, si no dijeron que si yo, que si tú, que si te acordaste, que si no.

¿Qué fue del comunismo?, ¿qué de la teología de la liberación? y ¿de Hans Kung? desde que no da clase en facultad católica, él mismo se da cuenta de que pinta poco, y de ¿Leonardo Boff?. Todo es muy relativo y muy importante a la vez.

Miro a la Capilla Sixtina, ahí está todo, el presente, el pasado y el futuro. Al final el que salva sabe y el que no, no sabe nada. ¿De qué te sirve ganar el mundo, si pierdes tu alma?.. Ah, hoy, de nuevo, uno me dijo que por qué el Papa no vende el Vaticano y se lo da a los pobres, pues porque el Vaticano es de los pobres y su presupuesto inferior al de la Universidad alguna Universidad española.

Vendamos el Guernica, el Thyssen, la Moncloa... y le dije que empezara por vender su 4x4, última gama. El día que dos enamorados se regalen un saco de cemento, hemos acabado.

 

“Ninguna vida es indigna por el sufrimiento que padezca”. Valoración bioética del caso Noa Pothoven

“Ninguna vida es indigna por el sufrimiento que padezca”. Valoración bioética del caso Noa Pothoven

A Noa Pothoven, una adolescente holandesa de 17 años se le dejó morir por inanición el pasado domingo. La joven sufría desde hace años estrés postraumático, anorexia y depresión tras haber sido sometida a abusos sexuales y violación desde los 11 a los 14 años.
Noa quería acabar con su vida porque ya no podía aguantar más su sufrimiento y solicitó la eutanasia. Los médicos se la negaron invitándola a que siguiera antes “un trayecto médico y de maduración personal”. La eutanasia es legal en Holanda desde 2002, y a partir de los 12 años pueden pedirla niños con enfermedades sin curación y padecimientos insufribles. Los menores necesitan el permiso de los padres, pero desde los 16 años deciden por su cuenta, siempre que tengan autorización y ayuda médica. En este caso, se le denegó por considerar que no reunía los requisitos exigidos por la ley.
La Asociación holandesa de Psiquiatría publicó en 2018 un protocolo para guiar a sus miembros cuando un paciente pide morir. “Como un desorden psíquico puede influir en la capacidad para discernir del paciente, es difícil saber si ese deseo es voluntario y meditado. Al menos dos expertos deben evaluar la situación, que es poco frecuente: de las 6.858 peticiones de eutanasia registradas en 2017, 83 tenían base psiquiátrica”, indica el código de conducta.
A pesar de lo publicado estos días en algunos medios nacionales e internacionales asegurando que a Noa se le había practicado la eutanasia, el ministro de Sanidad de los Países Bajos, Hugo de Jonge, ha afirmado que “no ha habido eutanasia en este caso”. Además, el ministro asegura que ha pedido a los inspectores del servicio sanitario y de juventud que investiguen las circunstancias del fallecimiento de la joven.
La familia de la chica ha afirmado mediante un comunicado publicado en el diario holandés “De Gelderlander” que «Noa eligió no comer ni beber más» y que «eso fue la causa de su muerte». Noa anunció recientemente en “un triste último mensaje” en Instagram que había dejado de comer y beber por un tiempo. Afirmó que ésta era una decisión bien considerada y definitiva”.

¿Se podía haber evitado la muerte de Noa?

Ahora el debate se centra en por qué fallaron todas las instancias que debían tratar el estrés post traumático, anorexia y depresión que padecía la joven. La opinión pública cuestiona por qué familiares y médicos han permitido morir a una adolescente de esta manera. Noa llevaba una sonda nasogástrica clínica debido a su negativa a comer. Para “acabar con sus sufrimientos”, decidió dejar de

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alimentarse. En ese caso, la muerte se considera natural.
En relación con este tema nos parece de interés referirnos a la opinión del psiquiatra, FG Miller publicado en la revista científica Journal Medical Ethics, quien pone en duda la integridad profesional de los facultativos que atienden a pacientes con diagnósticos de depresión resistentes al tratamiento para justificar la eutanasia. Éste es, en última instancia, el argumento que ha llevado en otras ocasiones a aplicar una inyección letal a jóvenes en similares circunstancias a las de Noa (ver AQUÍ). Miller afirma que a estos pacientes siempre se les pueden dar nuevas ayudas terapéuticas que puedan mejorar su calidad de vida y así que vuelvan a tener ganas de vivir. Por ello, concluye que no es apropiado incluir pacientes con “depresión resistente al tratamiento” como una opción legal para el suicidio asistido.

Amortizar un duro caso con fines políticos pro eutanasia

Resultaría insensible el no empatizar con el sufrimiento que desvela este relato. Nadie puede ignorar la dureza de una vida marcada por los abusos sexuales, la depresión y la anorexia. Este caso representa un universo de dolor frente al que muchos de nosotros no podemos hacer otra cosa que suspender todo juicio sobre la persona y su familia que la apoyó en su decisión de morir.
Pero con todo el respeto que merece esta situación, el problema comienza cuando se pretenden amortizar este tipo de episodios aislados de alto voltaje emocional y gran difusión mediática para fines políticos que, estratégicamente, buscan concienciar y educar a la sociedad. (ver vídeo).
Permitir que en una sociedad uno de sus miembros provoque su muerte, supone un debilitamiento progresivo del carácter inviolable de la vida humana y de los derechos que la protegen. Si en “algunos casos” se pudiera disponer de la vida propia o ajena, se estaría afirmando que la vida humana puede ser devaluada y perder la incondicionalidad de su respeto. Social y legalmente se operaría un cambio de paradigma ya que, bajo determinadas situaciones de sufrimiento, se aceptaría que la vida pueda ser violada, y su violabilidad constituir un derecho. Pero ninguna vida es indigna y por tanto violable por el sufrimiento que padezca. La vida humanaLa mejor solución ética a los problemas graves de salud del final de la vida son los cuidados paliativos y no la eutanasia.

siempre constituirá un bien, aunque esté enferma. Lo que representa un mal es el sufrimiento resultante que habrá que dotarlo de sentido, reducirlo al máximo, eliminarlo, apoyando al que sufre y a los que les acompañan para evitar llegar a la triste situación de pensar que ya no merece la pena seguir viviendo adoptando la peor de las decisiones.
Aturdidos por esta tragedia, sostenemos que no pueden existir variantes benignas de la eutanasia y del suicidio asistido. Y por más que entendamos su sufrimiento, la valoración ética de este tipo de acciones no puede quedar diluida bajo una pátina de bondad, compasión y amor. Por muy duro que parezca, la lástima que provoca una situación de sufrimiento nunca puede justificar quitarse intencionalmente la vida. Por qué si así fuera ¿dónde fijaríamos el límite del sufrimiento a partir del cual se aceptaría la petición de eutanasia o de suicidio? ¿Bastaría con que alguien manifestara que ya no quiere seguir viviendo porque su vida carece de sentido? ¿Por qué en unos casos si se admitiría y en otros no? Al final, tarde o temprano, no habría más remedio que abrir la puerta a un sinfín de situaciones que reclamarían la muerte, por ejemplo, al sufrir por la pérdida de un ser querido, por la amputación de un brazo o de un seno, por un desengaño amoroso, por bullyng, por perdida de movilidad, cáncer, alzheimer, discapacidad y retraso mental progresivo, etc.
Por otra parte, legislar sobre casos extremos muy minoritarios y dramáticos resulta un modo inadecuado de legislar ya que, al hacerlo bajo esa trágica y excepcional petición de muerte, acabaría convirtiéndose tal excepción en norma, extendiéndose la falsedad de que lo normal sería solicitar la eutanasia ante un diagnóstico de enfermedad incurable o de sufrimiento psíquico. De hecho, por el carácter pedagógico de las leyes, amplios sectores sociales y los propios facultativos acabarían pensando – como así ha sucedido en Holanda y Bélgica- que la eutanasia es la única alternativa ofertable a los enfermos llegados a esa fase irreversible de la enfermedad. Es decir, que el acostumbramiento social y el activismo pro-eutanásico terminarían por convencer a los profesionales médicos y a los familiares que terminar con la vida de un enfermo por la pena que les provoca o por petición de éste, representaría una alternativa ética. Ante opciones personales aisladas de eutanasia y suicidio, por respetables y dolorosas que sean, el Estado no debería universalizarlas en un pretendido derecho que obligue o presione a unos – médicos y familiares- a causar la muerte directa de otros.

Cuidados paliativos, la otra respuesta a la fragilidad y al sufrimiento humano

Por el contrario, lo que el Estado sí debería atender y legislar es para una mayoría de ciudadanos enfermos y sus familiares que están reclamando a voces unos cuidados paliativos de calidad, los cuales, una vez ofrecidos, neutralizarían las escasas peticiones de eutanasia que se dan. Aquí sí que existe un deber del Estado de universalizar el derecho y el acceso a estos cuidados, invirtiendo tanto como sea necesario para hacerlos realidad. Y estos esfuerzos solo se pueden alcanzar a través del compromiso de los gobernantes y la colaboración de sociedades compasivas y solidarias con los más vulnerables, que pongan en marcha equipos multidisciplinares de profesionales médicos, enfermeros, psicólogos, trabajadores sociales, asistentes espirituales. Actualmente, en todos los casos de sufrimiento causado por dolores físicos y/o mentales, la medicina paliativa ya ha demostrado su eficacia para neutralizarlos o al menos disminuirlos. Y la sedación paliativa, cuando está indicada medicamente, puede controlar los síntomas refractarios intratables que muchas veces constituyen la causa de sufrimientos intensos.
Existen otras respuestas a la fragilidad y al sufrimiento humano al final de la vida o ante una enfermedad incurable, que son más acordes con lo que la dignidad de los enfermos y sus familias merecen, más acordes con nuestra propia auto-representación como sociedad progresista y comprometida con sus miembros más débiles. Todas ellas empiezan por una necesaria inversión pública en cuidados paliativos.

Observatorio de Bioética
Instituto Ciencias de la Vida
Universidad Católica de Valencia

 

 

Comentario sobre el escrito de la Asociación de Farmacéuticos Católicos acerca de la dispensación farmacéutica de anticonceptivos

Comentario sobre el escrito de la Asociación de Farmacéuticos Católicos acerca de la dispensación farmacéutica de anticonceptivos

La exigencia de prescripción médica para los contraceptivos orales es incuestionable en todos los casos excepto en el de la contracepción de emergencia, para la que, inexplicablemente desde criterios farmacológicos, la actual legislación obvia esta exigencia. La no exigencia por parte del farmacéutico de esta prescripción va en contra de la buena praxis, del criterio deontológico y de la norma legal.

Con el título “Comentarios al artículo emitido por la Asociación de Farmacéuticos Católicos sobre la dispensación de píldoras anticonceptivas en Farmacia” ha sido publicado un escrito en la página de la Asociación de Farmacéuticos Católicos, relacionado con la licitud moral de la dispensación farmacéutica de píldoras contraceptivas (ver AQUI).

Aunque coincidimos con muchos de los planteamientos expuestos, quisiéramos matizar algunos de ellos. Existen dos párrafos en el documento que, a nuestro parecer, ofrecen una formulación confusa de la dispensación farmacéutica en algunos casos, y que se reproduce a continuación:

 “Cuando la ley (o la misma clientela) le presionase para dispensarla con o sin receta, hasta el punto de que si no lo hiciera le sobrevendrían sanciones, el riesgo de cerrar la farmacia, ambiente hostil y pérdida de mucha clientela, etc., entonces su acción ya no es tanto la de vender en sentido estricto: ya que su capacidad de decisión en la dispensación es nula o está muy mermada. Y su acción se configura como una cooperación material semejante a la que presta un empleado, aunque con mayor grado de responsabilidad. Esta cooperación puede ser lícita en algunos casos, ante el deber de procurar un bien necesario o de evitar graves daños como los que se acaban de decir u otros.”

“Por eso siempre, o casi siempre, convendrá que exijan la receta médica. Si se trata de un comprador ocasional puede informarle sobre los efectos para la salud, y, muchas veces, negarse a dispensarlos sin receta, y por supuesto por razones de orden superior si fueran sustancias abortivas. Si se trata de clientes habituales, que ya van habitualmente sin receta, debe buscar especialmente el trato y el diálogo, para llegar a disuadirles (sin prisas, a veces en un plazo de meses) o, en último caso, que no los soliciten en su farmacia.”

Parece aceptarse en determinados casos la dispensación sin receta de los contraceptivos orales, bajo situaciones de “presión legal o de la misma clientela, especialmente cuando se trata de clientela habitual”, circunstancias en las que los autores parecen relajar los criterios profesionales, deontológicos y éticos de manera no justificada.

La exigencia de prescripción médica para los contraceptivos orales -objeto del presente artículo- es incuestionable en todos los

Contraceptivos. Su uso o no, no parece tener relación alguna con el índice de mortalidad pero se detectaron otros factores de riesgo.

casos excepto en el de la contracepción de emergencia, para la que, inexplicablemente desde criterios farmacológicos, la actual legislación obvia esta exigencia. La no exigencia por parte del farmacéutico de esta prescripción va en contra de la buena praxis, del criterio deontológico y de la norma legal. Sin excepción alguna. Parece insólito relajar esta norma en caso de “clientes habituales, que ya van habitualmente sin receta”.

Para el caso de los contraceptivos postcoitales, dado que no existe exigencia legal de prescripción médica, la objeción del farmacéutico solo puede ampararse en criterios científicos (farmacovigilancia y seguridad) o éticos, derivados fundamentalmente de su mecanismo de acción antiimplantatorio. No debería obviarse el hecho de que en ningún caso la contracepción postcoital puede tener un uso terapéutico sino exclusivamente contraceptivo. Aún en el caso que se menciona en el artículo de que se tratase de relaciones sexuales extraconyugales, la posibilidad de que el fármaco actúe terminando con la vida de un embrión hace ilícita su dispensación para los que excluimos el aborto en cualquier caso.

A este respecto, debe mencionarse que los contraceptivos orales no están exentos de un riesgo -aunque pequeño- de actuar impidiendo un embarazo por un mecanismo antiimplantatorio, lo cual añade una dificultad ética adicional a su dispensación, aún en el caso de que se realizase bajo prescripción médica, tal como hemos analizado en una reciente publicación.[1]

Se reproduce a continuación algunas de las palabras que San Juan Pablo II dirigió a los Farmacéuticos Católicos en 1990, como ya había hecho San Pablo VI previamente, en las que se hace referencia a la posibilidad de que los farmacéuticos seamos solicitados “con fines no terapéuticos, que pueden contravenir las leyes de la naturaleza, en detrimento de la dignidad de la persona.”

DISCORSO DI GIOVANNI PAOLO II ALLA FEDERAZIONE INTERNAZIONALE DEI FARMACISTI CATTOLICI

Sabato, 3 novembre 1990

“Como tantas veces he tenido ocasión de enfatizar, los farmacéuticos pueden ser solicitados con fines no terapéuticos, que pueden contravenir las leyes de la naturaleza, en detrimento de la dignidad de la persona. Por lo tanto, está claro que la distribución de los medicamentos, así como su concepción y su uso, deben regirse por un código moral riguroso y cuidadosamente observado. El respeto a este código de conducta presupone la fidelidad a algunos principios intangibles que la misión de los bautizados y el deber de testimonio cristiano hacen particularmente actuales.

…En la distribución de medicamentos, el farmacéutico no puede renunciar a las necesidades de su conciencia en nombre de las leyes del mercado, ni en nombre de la legislación conforme. La ganancia legítima y necesaria debe estar siempre subordinada al respeto de la ley moral y al apego al magisterio de la Iglesia. En la sociedad, debería ser posible reconocer a los farmacéuticos católicos, que son a la vez testigos competentes y fieles, sin los cuales las instituciones y asociaciones que los agrupan en esta capacidad perderían su razón de ser.”

El problema moral de la dispensación de píldoras anticonceptivas, como conclusión de este primer punto, estriba en cooperar con una esterilización injusta. Cuando no sea esterilización (terapia de patologías ginecológicas) o no sea injusta (contextos no-conyugales), la dispensación de anticonceptivos está sujeta a los mismos criterios habituales en la deontología farmacéutica.

Además, con la puesta en marcha del protocolo europeo de control del medicamento, que en España se ha implantado como SEVEM (sistema español de verificación de medicamentos), se hace aún más necesaria la existencia de receta médica para la dispensación, ya que este sistema controla de dónde viene el fármaco, en qué farmacia se entrega y a quién. Es decir, se garantiza la trazabilidad del medicamento y se refuerza el control sobre la dispensación de los medicamentos con receta.

A esto se suma la preocupación de ver cómo van en aumento las ETS debido a la multiplicación de “contactos sexuales” en quienes sólo se cuidan de no quedarse/dejar a alguien embarazada, y el incremento de embarazos en adolescentes, con los problemas de orden psíquico y emocional que generan.

La distinción entre ambas es de suma importancia para evitar aplicaciones fundamentalistas, “rigoristas” se dice en moral.

La cooperación material es moralmente mala, y por lo tanto ilícita, cuando la propia acción causa realmente el mal que el otro va a realizar. Es decir, cuando hay una relación esencial, no meramente accidental, entre la propia acción y la acción mala: cuando ambas acciones son moralmente dependientes (no solo concatenadas físicamente) una de la otra. Para facilitar este discernimiento, la ética ofrece algunos principios que se pueden concretar así: 1) que la propia intención sea buena (para excluir la cooperación formal); 2) que la propia acción sea en sí mismo buena o al menos indiferente moralmente hablando; 3) que el efecto bueno no sea obtenido a través del malo (para excluir aquel nexo causal eficaz); 4) que exista un motivo necesario proporcionalmente grave respecto al mal que se va a realizar, que justifique llevar a cabo la propia acción.

Como es obvio, desde una perspectiva cristiana esta cuarta condición es fundamental. La cooperación material debe tener razones proporcionadamente graves en relación con el mal que se va a causar, para realizarla. Es una exigencia de la caridad. Ayudar a una persona a realizar algo que es un mal moral pone en un serio compromiso el mandamiento de “amar al prójimo”. Quien coopera materialmente lo hace en cierto modo a su pesar. Consciente de que alguien se va a servir de su propia actividad para fines inmorales, la realiza porque de no hacerlo le sobrevendrán a él mismo males que debe evitar, o perderá otros fines buenos que le son necesarios. Por eso, cuando existiera la posibilidad de actuar sin cooperar al mal, aunque ello comporte cierto esfuerzo o presente alguna incomodidad personal, no sería moralmente admisible la cooperación al mal.

3) Una importante observación final. Sobre la proporcionalidad, el testimonio cristiano y el deber de “cooperar al bien” desde la propia profesión:

Ese “bien necesario” al que se acaba de hacer referencia no es de tipo económico; no tendría sentido -por la desproporción que comporta- un planteamiento así: “puedo dispensar anticonceptivos algunas veces, si es necesario para mantener la clientela y no sufrir perjuicio económico”. Tampoco se trata sólo del mantenimiento de su familia, pues esto quizá podría lograrlo de otro modo, con otro trabajo. El bien es fundamentalmente la ayuda que debe prestar con el ejercicio de su profesión a muchos clientes -orientando, aconsejando, dando un ejemplo de conducta íntegra, un testimonio en favor de la vida humana, etc.- y a otros colegas farmacéuticos, contribuyendo no poco a la cristianización de la sociedad.

El daño que procura evitar es que apenas existan farmacias que se opongan a la dispensación de estos productos (con más razón si son abortivos): porque no son medicinas. Evidentemente, no realiza el bien que debe, ni evita el daño, si vende anticonceptivos sin poner trabas, o sin ponerlas suficientemente. Pero tampoco podría realizarlo si, por negarse absolutamente y en todos los casos a dar esos productos, tuviera que abandonar la farmacia. En este contexto, la cooperación material al mal que supone dispensar algunas veces esos productos (que, además, quien lo deseara podría adquirirlos muy fácilmente en otra farmacia), puede considerarse necesaria para lograr un bien importante que ha de buscar con su profesión, más aún en las circunstancias actuales.

De todos modos, los empleados, en la medida en que puedan, y desde luego el propietario, habrán de tener el objetivo de llegar a evitar la dispensación de anticonceptivos usados para un fin anticonceptivo. Por eso siempre, o casi siempre, convendrá que exijan la receta médica. Si se trata de un comprador ocasional puede informarle sobre los efectos para la salud, y, muchas veces, negarse a dispensarlos sin receta, y por supuesto por razones de orden superior si fueran sustancias abortivas. Si se trata de clientes habituales, que ya van habitualmente sin receta, debe buscar especialmente el trato y el diálogo, para llegar a disuadirles (sin prisas, a veces en un plazo de meses) o, en último caso, que no los soliciten en su farmacia.

Se vuelve a insistir en que algunos productos que no son “anticonceptivos que podrían tener efecto abortivo”, sino que se usan después de haber realizado el coito (anticoncepción postcoital), con el fin exclusivo de provocar el aborto en caso de que hubiera habido concepción, debe evitar dispensarlos.

Tanto los empleados como, a mayor razón, el propietario, han de tener conocimientos científicos serios acerca de toda esta materia -consultando los datos más recientes, etc.- y aprender modos de argumentar. Para aconsejar a algunos clientes, quizá puede tener preparada información sobre los llamados métodos naturales. Parece innecesario insistir, pero como es obvio deberá saber cuáles son los productos que tienen una finalidad verdaderamente terapéutica (p.ej., para regular el ciclo femenino), que en principio se pueden dispensar.

En conclusión, a un propietario de farmacia (y, análogamente, a los empleados de la misma) se le presentan dos posibilidades: negarse siempre a la venta de esos productos, salvo que exhiban una receta; o bien, facilitarlos algunas veces, como se ha explicado hasta ahora, con vistas a no dispensarlos, pero continuando con la farmacia. Entre estos dos modos de actuar no debe elegir guiándose por el criterio de lo más fácil o de lo más ventajoso económicamente. El criterio es hacer todo el bien posible dentro de su profesión, sin abandonarla, pero sin temor a dar la cara y complicarse la vida, a riesgo de ganar menos dinero. La situación en que se encuentra exige, además, que realice muy bien su trabajo, procurando que su farmacia destaque por su prestigio y competencia, servicios al cliente, simpatía, etc., y tratando de evangelizar a sus colegas de profesión.

 

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Julio Tudela

Miembro del Observatorio de Bioética

Director del Máster en Bioética

Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir

 

Padres ausentes…¿y los hijos?

Lucía Legorreta de Cervantes

El mejor regalo que les puedes dar a tus hijos es TU tiempo. Me gustó mucho esta frase que comparto con ustedes: para estar mañana en el recuerdo de tus hijos, debes estar presente en sus vidas hoy.

 

Hijos de padres ausentes

Padres ausentes, no solo me refiero a una falta de presencia física, sino también a un alejamiento emocional: tengo papás, pero nunca los veo…dicen que soy importante para ellos, pero no lo siento…me dicen que me aman, sin embargo, no me siento amado.

Es una situación que estamos viviendo en la actualidad, y no quiero decir que la culpa es totalmente de los padres, pero sí ser conscientes de que la dinámica familiar ha cambiado, y los que se han visto más afectados son los hijos.

La mayoría de los hogares mexicanos dependen ya de dos salarios, por lo tanto, ambos padres trabajan y el tiempo dedicado a los hijos ha disminuido.

Las jornadas de trabajo son de muchas horas, los traslados a sus hogares largos, llegan cansados, de mal humor y en muchos casos los niños ya están dormidos.

La cuarta parte de los hogares en nuestro país están encabezados por una mujer sola, quien tiene a su cargo el sostén económico y la educación de los hijos.

Las familias de hoy son más pequeñas. En los años sesenta el promedio de hijos por mujer era de siete, actualmente es de 2.1 hijos por mujer y en la Ciudad de México ha disminuido a 1.7 este promedio.

Esto ha traído como consecuencia que muchos papás quieren darle a sus hijos lo que ellos no tuvieron, y a esos pequeños los llenan de juguetes, permisos, comodidades.

Se suma un sentimiento de culpabilidad tanto del padre como de la madre de no poder estar con ellos, de no tener tiempo suficiente y surgen elementos compensatorios como el exceso de dinero, juegos, pasando por alto conductas inadecuadas.

Más juguetes = Menos responsabilidad

Más dinero = Menos límites y consecuencias

Más videojuegos = Menos tolerancia a la frustración

Más internet = Menos interacción social

Más éxitos = Menos logros propios

Más privilegios = Menos perseverancia y esfuerzos propios

Y ante estos padres ausentes aparecen los llamados hijos vacíos. Niños y sobretodo adolescentes desconectados, incomunicados, se creen capaces de todo y solo buscan su beneficio. Viven en la abundancia, reciben premios y regalos todo el tiempo con el mínimo esfuerzo.

No saben cuándo es suficiente; no trabajan ni realizan sacrificios; no terminan lo que empiezan; confunden los caprichos con una necesidad real.

Su prioridad es divertirse, gastar dinero; tienen poca motivación para el estudio, poco respeto y disciplina; tienen poca concentración y se distraen con la tecnología.

Estos hijos vacíos se ven afectados emocionalmente: tienen poca tolerancia a la frustración; tienen acceso a todo tipo de información; usan el internet sin supervisión; visten de forma no apropiada.

Se sabe que el 70% de los adolescentes de secundaria y preparatoria utilizan Facebook y el 95% de estos tienen en su cuarto TV, computadora, celular o videojuegos.

No es que sea mala esta generación, simplemente se les da demasiado muy pronto y sin supervisión.

Viven un ambiente duro pero desequilibrado; lleno de peligros, pero por otro lado muy light. Están bien dotados en la parte cognitiva e intelectual pero pobres en la parte emocional. Por lo tanto, son jóvenes más aislados, menos activos que antes y que tienden a alejarse del mundo y a crear su propio mundo.

Es importantísimo nuestro papel como padres en la adolescencia de nuestros hijos. Su autoestima dependerá de cómo los tratemos y amemos.

La educación debe llevar dos riendas paralelas: una de ellas la del cariño, diálogo, respeto y amor. La segunda es la de los límites, disciplina, firmeza y autoridad.

Afecto con disciplina, límites con amor. Esto es lo mejor que podemos darles. Nuestro deber como padres es hacerlos hombres y mujeres de bien. Educarlos para que ellos sepan tomar buenas decisiones en su vida.

El mejor regalo que les puedes dar a tus hijos es TU tiempo. Me gustó mucho esta frase que comparto con ustedes: para estar mañana en el recuerdo de tus hijos, debes estar presente en sus vidas hoy.

Si eres un padre o una madre ausente, conviértete hoy en un padre presente, y a ese hijo vacío lo llenarás de fortaleza y de amor para triunfar en la vida.

 

 

ESCUELA PARA PADRES: El Bullying también lo fomentan los padres con su mal ejemplo. (14 ocasiones)

El Bullying, sin querer o queriendo, puede empezar a fomentarse desde la tranquilidad del hogar, con esos comentarios mordaces, despectivos, injuriosos, etc. que los padres hacen delante de los hijos, sobre las personas que son diferentes a su grupo étnico, social o intelectual.

Esos comentarios suelen fomentar en los hijos la xenofobia, el racismo, la intolerancia, el abuso de fuerza, la discriminación, la aporofobia (miedo a la pobreza), la burla por el físico o imagen, etc., de eso, solamente hay un pequeño paso para desencadenar el chispazo del crimen del bullying.

Critican o consienten que los hijos hablen despectiva o negativamente, sobre diferencias en los sistemas de educación entre escuelas públicas, colegios privados y homeschooling, lo que crea un sentido de rechazo a los no iguales, que algunas veces termina fomentando el bullying.

Los padres no deben hablar con total naturalidad delante de sus hijos, sobre las cosas que nos les gustan de otros, o de situaciones contrarias a sus intereses económicos, sociales o educacionales, demonizando a todos los que no son iguales.

14 Ocasiones en las que los padres pueden sembrar la semilla del bullying:

  1. Cuando critican a las víctimas del bullying al decir “Algo habrán hecho”. “No saben ni defenderse”
  2. Cuando critican a los que son pacíficos y no quieren meterse en peleas, animando a los promotores del bullying: “Son unos cobardes, dejan que todo el mundo haga lo que quiera, no imponen su autoridad”.
  3. Cuando critican a todo lo que sea inclusión, flexibilidad, generosidad, comprensión, caridad, respeto, etc.
  4. Cuando critican aseverando que todos hacen todo mal, y nosotros lo hacemos todo bien.
  5. Cuando critican con expresiones faciales o lenguaje corporal, indicando el disgusto de estar con alguien, que no les cae bien.
  6. Cuando critican continuadamente a los políticos elegidos democráticamente, aunque los que critican, no hayan ejercido el derecho al voto.
  7. Cuando critican a los profesores que castigan a los responsables que ejercieron el Bullying.
  8. Cuando critican los videos comprados o los programa de TV, que no contengan explícitamente acciones violentas, contra las personas más débiles o indefensas.
  9. Cuando critican despiadadamente a otros familiares o amigos comunes, en relación con sus gastos o ingresos, situación económica, problemas familiares, etc.
  10. Cuando critican de forma hiriente o ridiculizadora, los artículos de opinión, noticias o personas en los medios de comunicación, etc.
  11. Cuando critican perversamente, atentando contra la autoestima y dignidad de otras personas, en frases como: “No valen para nada”. “Por mucho que se esfuercen no lo van a conseguir”. “No vale la pena, ni que lo intenten”. “No son capaces”. “Por su culpa, nosotros estamos así”.
  12. Cuando critican negativamente todo lo que sucede, expresando intolerancia hacia lo diferente o ignorado.
  13. Cuando critican sobre colectivos diferentes a ellos, por su Fe, raza, etnia, color, situación económica, cultural, salud, presencia, etc.
  14. Cuando critican sobre todo lo que se oye o ve en la televisión, en determinados programas, sin ejercer el derecho de cambiar el canal.

Algunos padres no quieren o no saben darse cuenta, que ellos tienen que ser para sus hijos los modelos de virtudes, y que tienen que educarlos con sus conocimientos y prácticas de las virtudes y valores humanos. Deben examinar sus propias conductas y lo que se les enseña, considerando cómo afectan a los más pequeños, los comentarios violentos que realizan incluso dentro del hogar.

Los padres deben comprender que sus comentarios, hechos o actitudes despectivas o agresivas, tienen consecuencias directas sobre el comportamiento de los hijos. Tienen que darse cuenta que están enseñando a sus hijos a abusar, fomentando o consintiendo, que sus hijos en la escuela o en la calle hagan bullying.

El efecto desolador que produce, el hacer comentarios tras comentarios de otras personas diferentes, se quejan, dan opiniones sobre todo y sobre todos. Lanzan condena tras condena contra otras personas, que son distintas a ellos. Incluso sugieren que si tuvieran el poder, actuarían de manera violenta con otras personas diferentes.

En el mismo hogar empieza la siembra de la semilla del odio, pues cuando los hijos llegan a tener poder, en grupo o en solitario, contra otra persona diferente, se le viene el recuerdo de las injurias que sus padres han dicho, sobre determinadas personas. Casi siempre indefensas o en minoría.

Pueden enviar sus consultas o comentarios a francisco@micumbre.com

 

 

Guadalupe

Hay un sentir bastante generalizado en torno a una mujer extraordinaria, como es Guadalupe Ortiz de Landázuri, una idea que surge de inmediato cuando se comenta alguna de las biografías escritas sobre ella, aunque creo que de un modo especial en la última editada: “En vanguardia”. Es la impresión de que esta santa -en ciernes- es de las nuestras, es de nuestro nivel, por así decir, tuvo las mismas luchas que muchos cristianos de la calle, empeñados en vivir cara a Dios.

Es ese descubrimiento de que Guadalupe no fundó nada, no fue mártir, no salió en los periódicos por algún hecho extraordinario. Por eso el lector sale muy reconfortado. Es verdad eso de que todos podemos ser santos. Porque ¿qué aprendemos de ella? Vemos alegría. Una alegría constante, lógica, porque está cerca de Dios, porque está pendiente de los demás. O sea, una felicidad normal, asequible, porque todos sabemos que podemos mejorar en el trato con los demás, que podemos ser más generosos. Todo es ponerse. Yo, que estuve presente en su beatificación, siento una gracia y una devoción especial por esta persona tan de la calle, tan nuestra.

Suso do Madrid

 

 

Podemos y sus asesores de infancia

Confirmado. Podemos no tiene buenos asesores. La Policía Judicial ha detenido a otra miembro de Infancia Libre. Se trata del tercer arresto en menos de dos meses de madres de esta entidad que asesoraba a Podemos en materia de menores, por hechos parecidos contra los padres. Al menos en este caso la niña, de 11 años, sí estaba escolarizada y no se la acusa de sustracción de menores. Lecciones sociales las justas por parte de unos políticos que se han rodeado de personas que han utilizado la violencia y la mentira.

Enric Barrull Casals

 

 

El gran tesoro

El gran tesoro de la última biografía, sobre Guadalupe Ortiz de Landázuri, es la gran cantidad de cartas que se incluyen. Muchas cartas a San Josemaría, por quien sentía un gran cariño, cartas a otras personas del Opus Dei, cartas a su hermano, etc. De manera que no estamos ante una narración de terceros, de una autora –que sin duda ha hecho su trabajo-, de unas personas que la conocieron y nos cuentan –que también hay algo- sino que conseguimos conocerla  a través de lo que ella siente, piensa, lucha. Se podría decir que la visión propia es siempre subjetiva y, por lo tanto, de poco valor. Pero el lector observa coherencia.

En sus cartas se ven sus luchas. Tiene un empeño sincero por tratar a Dios, por hacer sus ratos de oración, por rezar el Rosario a la Virgen, pero se da cuenta de que cuando tiene mucho jaleo exterior en su vida, su plan de vida cristiano a veces le falla. Y se lo cuenta, con toda sencillez, al Fundador de la Obra, a quien escribe como a un director espiritual. A San Josemaría, a quien ha conocido personalmente –su primer contacto con la Obra fue una conversación con él- le tiene un gran cariño y tiene con él una gran confianza. Y le escribe constantemente, para contarle su vida, para contarle sus logros, sus batallitas. Y esas cartas, debidamente archivadas son, para nosotros, un auténtico tesoro.

Pedro García

 

Reflexiones de… “Un nada”  I

 

                                Como, “estamos (dicen) en semana religiosa, trascendente, profunda y no sé cuántas cosas más y visto la feria y fiesta que es todo este tinglado, en gran parte de España; me he decidido a opinar en estos días y decirles lo que pienso como un nada que me considero, pero que ocupa un lugar en el tiempo y el espacio”.

                                Quienes tenemos la desgracia de pensar y deducir (“que no es un privilegio como dicen los que no deben pensar y menos deducir”); constantemente nuestra “loca o independiente mente y ese cerebro que parece ser le da cabida”, nos martirizan con pensamientos extremos que nos atenazan y nos sepultan en profundidades inimaginables; hoy me atrevo a exteriorizar los que siguen y que indudablemente, no son sino una parte del, “surtido que bulle en mí y desde hace muchos años”: Veamos.

                                ¿Para qué?... Ese exceso de avaricia humana. Para qué construir, dominar, atesorar, grandes propiedades, si todo desaparece, todo se pierde en el olvido, es el propio Universo el que se autodestruye en su eterna transformación; si tú no eres nada, si hasta los considerados más grandes, yacen o yacerán en el olvido en un determinado transcurrir del tiempo; si ni sabemos el por qué existimos y menos para qué existimos; si lo que conocemos de nuestra propia historia es más para sentir vergüenza de la especie, que admiración por la misma; si hasta el resto de “animales” nos dan ejemplo de su existir y comportarse, en relación a nosotros, que la única justificación que podemos sentir, es que no somos causa sino efecto; por tanto, si ni nosotros mismos pudimos habernos creado, no podemos asumir culpabilidad alguna de lo que podamos haber hecho o haremos en el futuro; al final y como dijera el promotor de “la reforma cristiana” … “sólo somos marionetas cuyos hilos mueve Dios”; contundente afirmación a la que llega el que fuera monje y que vivió aquí bajo el nombre de Martín Lutero; y que surgiera, del rito católico de las enseñanzas del controvertido Cristo.

                                Entonces, ¿por qué si no somos nada de lo que creemos y podemos confirmar, por qué nos complicamos tanto la vida? ¿Por qué no llevar una vida más atemperada y sencilla; y si se me entiende, más asimilada a la animalidad que prevalece en nuestro ser la mayoría de veces u ocasiones? Y por tanto mucho más llevadera y agradable al fin y al cabo; y esperar así; sin miedos el desenlace final y al que llegaremos sin duda alguna; y después y sin preocupación digna de mención, que “sea lo que sea y ha de ser, por cuanto nada podemos hacer para evitarlo y lo diga quién lo diga y lo haga con las argumentaciones que quiera”.

                                Quizá y siguiendo las mejores enseñanzas que yo aquí encontré, el camino mejor sea el que aconseja y dice… No hagas a nadie ni a nada vivo, sea hombre, animal, planta o incluso la tierra que te da la vida… nada que tú no quieras que a ti te sea hecho”; practicando todo ello y a medida en que tus otras fuerzas te lo permitan, encontrarás no la felicidad, que es una quimera puesto que aquí no existe; pero sí un conformismo y un estado de tranquilidad digno de ser sentido. Rebelarse contra todos “los otros insondables problemas”, pienso que más que absurdo, es de ser bastante más brutos de lo que en realidad somos, y lo somos porque así nos crearon las fuerzas que indudablemente ignoramos. Amén.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes