Las Noticias de hoy 10 Junio 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 10 de junio de 2019    

Indice:

ROME REPORTS

Abrir el corazón al Espíritu para que él nos enseñe a escuchar con el corazón

Pentecostés: “Necesitamos especialmente el Espíritu”

Tren de los niños: Las grandes guerras comienzan con un poco de odio, advierte el Papa

LA MISERICORDIA DIVINA: Francisco Fernandez Carbajal

"Enamórate y no 'le' dejarás": San Josemaria

Santa María, Madre de la Iglesia

Tema 5. La Santísima Trinidad: Giulio Maspero

La Iglesia, "misterio de la luna": Ramiro Pellitero

Cristo está vivo en su Iglesia: Monseñor José H. Gomez

Hacia donde vamos: Plinio Corrêa de Oliveira

Guadalupe Ortiz de Landázuri.: +Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres

La mujer, lo más sagrado: Klaus Feldmann Petersen

La Venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los Apóstoles: José María López Ferrera

SEÑOR….YO QUIERO SER: Magui del Mar

La feria del libro: Ángel Cabrero Ugarte

Todas las cosas por amor: Domingo Martínez Madrid

Un camino penitencial: Jesús D Mez Madrid

Desde 1988: Juan García.

URNAS VACÍAS: PUEBLOS AGOTADOS  (yII): Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Abrir el corazón al Espíritu para que él nos enseñe a escuchar con el corazón

Misa de Vigilia de Pentecostés con el Papa Francisco

junio 09, 2019 12:39Raquel AnilloPapa Francisco, Roma

(ZENIT – 9 junio 2019).- “Abran sus ojos y oídos, pero especialmente su corazón”, para escuchar el “grito oculto de la gente” en las ciudades: este es el llamado del Papa Francisco en esta víspera de Pentecostés, 8 de junio de 2019. Como Dios, el cristiano está invitado a tener un corazón “atento y sensible a los sufrimientos y sueños de los hombres”.

Celebrando ayer la misa de vigilia de Pentecostés en la Plaza de San Pedro, el Papa deseó que la Iglesia fuera “una madre con un corazón abierto” para todos “: “¡Como me gustaría que los que viven en Roma reconozcan a la Iglesia … por este ‘plus’ de ¡Misericordia, por ese ‘plus’ de humanidad y ternura, que tanto necesitamos! No por otras cosas … Nos sentiríamos como en casa, el “hogar materno” donde siempre somos bienvenidos y a donde siempre podemos regresar”.

AK

Homilía del Papa Francisco

También esta noche, la víspera del último día del tiempo de Pascua, la fiesta de Pentecostés, Jesús está en medio de nosotros  y proclama en voz alta: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura, ríos de agua viva brotarán de tu vientre” (Jn 7, 37-38). Es el “río de agua viva” del Espíritu Santo que brota del vientre de Jesús, de su costado traspasado por la lanza (cf. Jn 19,36), y que lava y fecunda a la Iglesia, la Esposa Mística, representada por María, la nueva Eva, al pie de la cruz.

El Espíritu Santo brota del vientre de la misericordia de Jesús Resucitado, llenando nuestro seno de una “buena medida, suave, llena y desbordante” de misericordia (cf. Lc 6,38) y nos transforma en una Iglesia-madre de misericordia, es decir, en una “madre de un corazón abierto” para todos! Cuánto me gustaría que la gente que vive en Roma reconociera a la Iglesia, que nos reconociera por esto más por la Misericordia, no por otra cosa, por esto lo más de humanidad y ternura, de lo cual hay tanta necesidad! Uno se sentiría como en casa, en la “casa materna” donde siempre se es bienvenido y donde siempre se puede volver. Se sentiría siempre bien recibida, escuchada, bien interpretada, ayudada a dar un paso adelante en la dirección del reino de Dios… Como sabe hacer una madre, incluso con sus hijos que han crecido.

Este pensamiento sobre la maternidad de la Iglesia me recuerda que hace 75 años, el 11 de junio de 1944, el Papa Pío XII hizo un acto especial de acción de gracias y súplica a la Virgen María, para la protección de la ciudad de Roma. Lo hizo en la iglesia de San Ignacio, donde había sido traída la venerada imagen de Nuestra Señora del Divino Amor. El Amor Divino es el Espíritu Santo, que brota del Corazón de Cristo. Él es la “roca espiritual” que acompaña al pueblo de Dios en el desierto para que sacando de él agua viva sacie su sed a lo largo del camino (cf. 1 Co 10,4).

En la zarza que no se consume imagen de la Virgen María y Madre está el Cristo resucitado que nos habla, nos comunica el fuego del Espíritu Santo, nos invita a descender en medio de la gente para escuchar el grito, nos envía a abrir el sendero a caminos de libertad que conducen a las tierras prometidas por Dios.

Lo sabemos: también hoy, como en todos los tiempos, hay quienes intentan construir “una ciudad y una torre que lleguen hasta el cielo” (cf. Gn 11,4). Son proyectos humanos, también nuestros proyectos, al servicio de un yo cada vez mayor, hacia un cielo donde ya no hay lugar para Dios. Dios nos deja hacerlo por un tiempo, para que podamos experimentar hasta qué punto del mal y de la tristeza podemos llegar sin Él…. Pero el Espíritu de Cristo, Señor de la historia, no puede esperar para tirarlo todo por la borda, para que volvamos a empezar de nuevo. Siempre somos un poco cortos de vista y de corazón;

Abandonados a nosotros mismos, terminamos perdiendo el horizonte; llegamos a convencernos de que lo hemos entendido todo, y acabamos de tomar en consideración todas las variables, y nos preguntamos, qué cosa sucederá y cómo va a pasar….

Estas son todas construcciones nuestras que se engañan a sí mismos de tocar el cielo. En cambio, el Espíritu irrumpe en el mundo desde lo alto, desde el vientre de Dios, donde nació el Hijo, y hace nuevas todas las cosas.

¿Qué celebramos hoy, todos juntos, en nuestra ciudad de Roma? Celebramos la primacía del Espíritu, que nos hace estar callados ante lo imprevisible del designio de Dios, y luego nos estremece la alegría: “Entonces esto fue lo que Dios tuvo en su seno para nosotros”, este camino de la Iglesia, este pasaje, este Éxodo, esta llegada a la tierra prometida, la ciudad-Jerusalén con  puertas siempre abiertas a todos, donde las diversas lenguas del hombre se componen en la armonía del Espíritu, porque el Espíritu es la armonía. Y si tenemos en mente los dolores del parto, entendemos que nuestro gemido, el de la gente que vive en esta ciudad y el gemido de toda la creación no son más que el gemido del mismo Espíritu: es el nacimiento del nuevo mundo. Dios es el Padre y la madre, Dios es la partera, Dios es el gemido,

Dios es el Hijo engendrado en el mundo y nosotros, la Iglesia, estamos al servicio de este nacimiento, no al servicio de nosotros mismos, no al servicio de nuestras ambiciones, de tantos sueños de poder, no, al servicio de esto, de lo que hace Dios, de estas maravillas que hace Dios.

“Si el orgullo y la presunta superioridad moral nos ofuscan nuestro oído, nos daremos cuenta que bajo el grito de tanta gente no hay nada más que un auténtico gemido del Espíritu Santo. Es el Espíritu que nos impulsa una vez más a no contentarnos, a tratar de volver a nuestro camino; es este Espíritu que nos salvará de toda “reorganización” diocesana (Discurso a la Convención Diocesana, 9 Mayo de 2019). El peligro es este, querer confundir la novedad del Espíritu con un método de organizar todo, no, esto no es el Espíritu de Dios, el Espíritu de Dios cambia todo, nos hace comenzar, no desde el inicio sino de un nuevo camino

Dejémonos llevar por la mano del Espíritu y llevemos en medio del corazón de la ciudad para escuchar su grito, su gemido. A Moisés Dios le dice que este clamor oculto del pueblo ha llegado hasta Él: Lo ha escuchado, ha visto la opresión y el sufrimiento…. Y ha decidido intervenir enviando a Moisés para levantar y alimentar el sueño de libertad de los israelitas y para revelarles que este sueño es su voluntad: hacer de Israel un pueblo libre, su pueblo, un pueblo unido a él por una alianza de amor, llamado a dar testimonio de la fidelidad del Señor ante todas las naciones.

Pero para que Moisés pueda llevar a cabo su misión, Dios quiere que él “descienda” con él en medio de los israelitas. El corazón de Moisés debe volverse como el de Dios, atento y sensible a los sufrimientos y sueños de los hombres, a lo que gritan en secreto cuando levantan la mano al Cielo, porque ya no tienen ningún asidero en la tierra. Es el gemido del Espíritu, y Moisés debe escuchar, no con el oído sino  con el corazón.

Hoy nos pide a nosotros cristianos a aprender a escuchar con el corazón. El Maestro de esta escucha es el Espíritu, abrir el corazón para que él nos enseñe a escuchar con el corazón, abrirlo.

Para escuchar el grito de la ciudad de Roma, necesitamos que el Señor nos lleve de la mano y nos haga “descender”  descender de nuestras posiciones, bajar en medio de los hermanos  que viven en nuestra ciudad  para escuchar su necesidad de salvación, el grito que llega hasta Él y que nosotros normalmente no escuchamos. No se trata de escuchar ni explicar cosas intelectuales ni ideológicas  Me hace llorar cuando veo a una Iglesia que cree que es fiel al Señor, para actualizarse cuando se buscan caminos puramente funcionalistas, caminos que no provienen del Espíritu de Dios. Esta Iglesia no sabe descender, no sabe bajar y si no descienden no es el Espíritu quien manda. Se trata de una cuestión de abrir los ojos y los oídos, pero sobre todo el corazón, escuchando con el corazón. Entonces nos pondremos en camino. Entonces sentiremos dentro de nosotros el fuego de Pentecostés, que nos impulsa a gritar a los hombres y mujeres de esta ciudad que su esclavitud ha terminado y que Cristo es el camino que conduce a la ciudad del cielo. Para esto necesitamos la  fe, hermanos y hermanas. Hoy pedimos el don de la fe para poder ir por este camino. Amén!

 

 

Pentecostés: “Necesitamos especialmente el Espíritu”

“El cristianismo sin el Espíritu es un moralismo sin alegría” (Homilía de la misa)

junio 09, 2019 12:56Raquel AnilloPapa Francisco, Roma

(ZENIT – 9 junio 2019).- Hoy, “estamos buscando una solución rápida, una píldora tras otra para seguir adelante, una emoción tras otra para sentirnos vivos. Pero sobre todo, necesitamos el Espíritu “, dijo el Papa Francisco el 9 de junio de 2019, en la fiesta de Pentecostés. “El cristianismo sin el Espíritu es un moralismo sin alegría; con el Espíritu es vida “, aseguró también.

Celebrando la misa este domingo por la mañana en la Plaza de San Pedro, el Papa explicó que “el Espíritu no es, como podría parecer, algo abstracto; Es la persona más concreta, la persona más cercana, la que cambia nuestra vida … es la que pone orden en el frenesí. Hay paz en la preocupación, confianza en el desaliento, alegría en la tristeza, juventud en la vejez, coraje en la prueba.

AK

Homilía del Papa Francisco

Después de cincuenta días de incertidumbre para los discípulos, llegó Pentecostés. Por una parte, Jesús había resucitado, lo habían visto y escuchado llenos de alegría, y también habían comido con Él. Por otro lado, aún no habían superado las dudas y los temores: estaban con las puertas cerradas (cf. Jn 20,19.26), con pocas perspectivas, incapaces de anunciar al que está Vivo. Luego, llega el Espíritu Santo y las preocupaciones se desvanecen: ahora los apóstoles ya no tienen miedo ni siquiera ante quien los arresta; antes estaban preocupados por salvar sus vidas, ahora ya no tienen miedo de morir; antes permanecían encerrados en el Cenáculo, ahora salen a anunciar a todas las gentes. Hasta la Ascensión de Jesús, esperaban un Reino de Dios para ellos (cf. Hch 1,6), ahora están ansiosos por llegar hasta los confines desconocidos. Antes no habían hablado casi nunca en público y, cuando lo habían hecho, a menudo habían causado problemas, como Pedro negando a Jesús; ahora hablan con parresia a todos. La historia de los discípulos, que parecía haber llegado a su final, es en definitiva renovada por la juventud del Espíritu: aquellos jóvenes que poseídos por la incertidumbre pensaban que habían llegado al final, fueron transformados por una alegría que los hizo renacer. El Espíritu Santo hizo esto. El Espíritu no es, como podría parecer, algo abstracto; es la persona más concreta, más cercana, que nos cambia la vida. ¿Cómo lo hace? Fijémonos en los apóstoles. El Espíritu no les facilitó la vida, no realizó milagros espectaculares, no eliminó problemas y adversarios. El Espíritu trajo a la vida de los discípulos una armonía que les faltaba, porque Él es armonía.

Armonía dentro del hombre. Los discípulos necesitaban ser cambiados por dentro, en sus corazones. Su historia nos dice que incluso ver al Resucitado no es suficiente si uno no lo recibe en su corazón. No sirve de nada saber que el Resucitado está vivo si no vivimos como resucitados. Y es el Espíritu el que hace que Jesús viva y renazca en nosotros, el que nos resucita por dentro. Por eso Jesús, encontrándose con los discípulos, repite: «Paz a vosotros» (Jn 20,19.21) y les da el Espíritu. La paz no consiste en solucionar los problemas externos —Dios no quita a los suyos las tribulaciones y persecuciones—, sino en recibir el Espíritu Santo. Esa paz dada a los apóstoles, esa paz que no libera de los problemas sino en los problemas, es ofrecida a cada uno de nosotros. Es una paz que asemeja el corazón al mar profundo, que siempre está tranquilo, aun cuando la superficie esté agitada por las olas. Es una armonía tan profunda que puede transformar incluso las persecuciones en bienaventuranzas. En cambio, cuántas veces nos quedamos en la superficie. En lugar de buscar el Espíritu tratamos de mantenernos a flote, pensando que todo irá mejor si se acaba ese problema, si ya no veo a esa persona, si se mejora esa situación. Pero eso es permanecer en la superficie: una vez que termina un problema, vendrá otro y la inquietud volverá. El camino para tener tranquilidad no está en alejarnos de los que piensan distinto a nosotros, no es resolviendo el problema del momento como tendremos paz. El punto de inflexión es la paz de Jesús, es la armonía del Espíritu.

Hoy, con las prisas que nos impone nuestro tiempo, parece que la armonía está marginada: reclamados por todas partes, corremos el riesgo de estallar, movidos por un continuo nerviosismo que nos hace reaccionar mal a todo. Y se busca la solución rápida, una pastilla detrás de otra para seguir adelante, una emoción detrás de otra para sentirse vivos. Pero lo que necesitamos sobre todo es el Espíritu: es Él quien pone orden en el frenesí. Él es la paz en la inquietud, la confianza en el desánimo, la alegría en la tristeza, la juventud en la vejez, el valor en la prueba. Es Él quien, en medio de las corrientes tormentosas de la vida, fija el ancla de la esperanza. Es el Espíritu el que, como dice hoy san Pablo, nos impide volver a caer en el miedo porque hace que nos sintamos hijos amados (cf. Rm 8,15). Él es el Consolador, que nos transmite la ternura de Dios. Sin el Espíritu, la
vida cristiana está deshilachada, privada del amor que todo lo une. Sin el Espíritu, Jesús sigue siendo un personaje del pasado, con el Espíritu es una persona viva hoy; sin el Espíritu la Escritura es letra muerta, con el Espíritu es Palabra de vida. Un cristianismo sin el Espíritu es un moralismo sin alegría; con el Espíritu es vida.

El Espíritu Santo no solo trae armonía dentro, sino también fuera, entre los hombres. Nos hace Iglesia, compone las diferentes partes en un solo edificio armónico. San Pablo lo explica bien cuando, hablando de la Iglesia, repite a menudo una palabra, “diversidad”: «diversidad de carismas, diversidad de actuaciones, diversidad de ministerios» (1 Co 12,4-6). Somos diferentes en la variedad de cualidades y dones. El Espíritu los distribuye con imaginación, sin nivelar, sin homologar. Y a partir de esta diversidad construye la unidad. Lo hace desde la creación, porque es un especialista en transformar el caos en cosmos, en poner armonía. Hoy en el mundo, las desarmonías se han convertido en verdaderas divisiones: están los que tienen demasiado y los que no tienen nada, los que buscan vivir cien años y los que no pueden nacer. En la era de la tecnología estamos distanciados: más “social” pero menos sociales. Necesitamos el Espíritu de unidad, que nos regenere como Iglesia, como Pueblo de Dios y como humanidad fraterna. Siempre existe la tentación de construir “nidos”: de reunirse en torno al propio grupo, a las propias preferencias, el igual con el igual, alérgicos a cualquier contaminación. Del nido a la secta, el paso es corto: ¡cuántas veces se define la propia identidad contra alguien o contra algo! El Espíritu Santo, en cambio, reúne a los distantes, une a los alejados, trae de vuelta a los dispersos. Mezcla diferentes tonos en una sola armonía, porque ve sobre todo lo bueno, mira al hombre antes que sus errores, a las personas antes que sus acciones. El Espíritu plasma a la Iglesia y al mundo como lugares de hijos y hermanos. Hijos y hermanos: sustantivos que vienen antes de cualquier otro adjetivo. Está de moda adjetivar, lamentablemente también insultar. Después nos damos cuenta de que hace daño, tanto al que es insultado como también al que insulta. Devolviendo mal por mal, pasando de víctimas a verdugos, no se vive bien. En cambio, el que vive según el
Espíritu lleva paz donde hay discordia, concordia donde hay conflicto. Los hombres espirituales devuelven bien por mal, responden a la arrogancia con mansedumbre, a la malicia con bondad, al ruido con el silencio, a las murmuraciones con la oración, al derrotismo con la sonrisa.

Para ser espirituales, para gustar la armonía del Espíritu, debemos poner su mirada por encima de la nuestra. Entonces todo cambia: con el Espíritu, la Iglesia es el Pueblo santo de Dios; la misión, el contagio de la alegría; los otros hermanos y hermanas, amados por el mismo Padre. Pero sin el Espíritu, la Iglesia es una organización; la misión, propaganda; la comunión, un esfuerzo. El Espíritu es la primera y última necesidad de la Iglesia (cf. S. Pablo VI, Audiencia general, (29 noviembre 1972). Él «viene donde es amado, donde es invitado, donde se lo espera» (S. Buenaventura, Sermón del IV domingo después de Pascua). Recémosle todos los días. Espíritu Santo, armonía de Dios, tú que transformas el miedo en confianza y la clausura en don, ven a nosotros. Danos la alegría de la resurrección, la juventud perenne del corazón. Espíritu Santo, armonía nuestra, tú que nos haces un solo cuerpo, infunde tu paz en la Iglesia y en el mundo. Haznos artesanos de concordia, sembradores de bien, apóstoles de esperanza.

 

 

Tren de los niños: Las grandes guerras comienzan con un poco de odio, advierte el Papa

Meditación, ecología y dinero en el diálogo

junio 09, 2019 17:18Anne KurianPapa Francisco

(ZENIT – 9 junio 2019).- Las grandes guerras comienzan con un poco de odio: esta es la advertencia del Papa Francisco a unos 500 niños que participan en la 7ª edición del “Tren de los Niños”, el 8 de junio de 2019, en el Vaticano.

Este año, los niños afectados por las inundaciones en Cerdeña, los niños de los barrios de Nápoles y los estudiantes de Génova afectados por el derrumbe del Puente Morandi, participaron en la iniciativa promovida por el Consejo Pontificio para la Cultura en colaboración con los Ferrocarriles italianos (Ferrovie dello Stato Italiane).

El Papa se reunió con ellos en el patio de San-Dámaso y entabló un diálogo con ellos, instándolos a “nunca, nunca odiar a un compañero o compañera de escuela … no hablar nunca mal de los demás”. Y el Papa le ha dado su “receta infalible”: “Cuando quieras hablar mal de los demás, muerde tu lengua”. Fuerte fuerte! Y así, la lengua se hincha y ya no podrás hablar”.

“Hay tantas maneras de avanzar juntos, ¿por qué discutir? él continuó: Las grandes guerras que existen hoy, donde nos matamos unos a otros … comienzan así, con un poco de odio en las pequeñas cosas”.

El Papa invitó a los niños con gorras rojas a “conocer y distinguir las voces: la voz de Dios, la voz de Jesús, la voz del Ángel Guardián … y la voz del diablo … uno debe saber distinguir, para no equivocarse “. Cuando sientes “la voluntad de hacer algo bueno”, es “Dios quien te inspira a hacer el bien”, también explicó; y sin embargo es el diablo quien inspira a “hacer algo malo”.

Refiriéndose a sus viajes apostólicos, el Papa confesó en broma: “No me gusta viajar. ¡Es cierto! … A mí me pasó lo que les pasa a los niños caprichosos: ¿No te gusta la sopa? Toma dos platos! ¿No te gusta viajar? Vas a hacer algunos tours”.

“La gente no respeta la naturaleza”, lamentó, aconsejando a los niños que tiren sus botellas “a la basura” y no “en el mar”: el plástico “contamina”, “los peces también comen, y mueren. También defendió los bosques, “el pulmón del mundo”: “La Deforestación  es mala porque elimina la capacidad de revivir el universo entero”.

¿Por qué la contaminación, por qué la deforestación, por qué “los pesticidas que matan”? Por el dinero, respondió el Papa, advirtiendo: “Tienes que ganar dinero para vivir, el dinero se usa para vivir”, pero no debes “vivir por el dinero”. “No. Porque arruina tu corazón, te corrompe. Una vez escuché a una persona mayor que me enseñó algo que digo mucho: el diablo entra en los bolsillos. Y la codicia lo arruinarlo todo”.

 

 

LA MISERICORDIA DIVINA

— La misericordia de Dios es infinita, eterna y universal.

— La misericordia supone haber cumplido previamente con la justicia, y va más allá de lo que exige esta virtud.

— Frutos de la misericordia.

I. San Pablo llama a Dios Padre de las misericordias1, designando su infinita compasión por los hombres, a quienes ama entrañablemente. Pocas otras verdades están tan insistentemente repetidas, quizá, como esta: Dios es infinitamente misericordioso y se compadece de los hombres, de modo particular de aquellos que sufren la miseria más profunda, el pecado. En una gran variedad de términos e imágenes –para que los hombres lo aprendamos bien–, la Sagrada Escritura nos enseña que la misericordia de Dios es eterna, es decir, sin límites en el tiempo2; es inmensa, sin limitación de lugar ni espacio; es universal, pues no se reduce a un pueblo o a una raza, y es tan extensa y amplia como lo son las necesidades del hombre.

La encarnación del Verbo, del Hijo de Dios, es prueba de esta misericordia divina. Vino a perdonar, a reconciliar a los hombres entre sí y con su Creador. Manso y humilde de corazón, brinda alivio y descanso a todos los atribulados3. El Apóstol Santiago llama al Señor piadoso y compasivo4. En la Epístola a los Hebreos, Cristo es el Pontífice misericordioso5; y esta actitud divina hacia el hombre es siempre el motivo de la acción salvadora de Dios6, que no se cansa de perdonar y de alentar a los hombres hacia su Patria definitiva, superando las flaquezas, el dolor y las deficiencias de esta vida. «Revelada en Cristo la verdad acerca de Dios como Padre de la misericordia, nos permite “verlo” especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad»7. Por eso, la súplica constante de los leprosos, ciegos, cojos... a Jesús es: ten misericordia8.

La bondad de Jesús con los hombres, con todos nosotros, supera las medidas humanas. «Aquel hombre que cayó en manos de los ladrones, que lo desnudaron, lo golpearon y se fueron dejándolo medio muerto, Él lo reconfortó, vendándole las heridas, derramando en ellas su aceite y vino, haciéndole montar sobre su propia cabalgadura y acomodándolo en el mesón para que tuvieran cuidado de él, dando para ello una cantidad de dinero y prometiendo al mesonero que, a la vuelta, le pagaría lo que gastase de más»9. Estos cuidados los ha tenido con cada hombre en particular. Nos ha recogido malheridos muchas veces, nos ha puesto bálsamo en las heridas, las ha vendado... y no una, sino incontables veces. En su misericordia está nuestra salvación; como los enfermos, los ciegos y los lisiados, también debemos acudir nosotros delante del Sagrario y decirle: Jesús, ten misericordia de mí... De modo particular, el Señor ejerce su misericordia a través del sacramento del Perdón. Allí nos limpia los pecados, nos acoge, nos cura, lava nuestras heridas, nos alivia... Es más, en este sacramento nos sana plenamente y recibimos nueva vida.

II. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia10, leemos en el Evangelio de la Misa. Hay una especial urgencia por parte de Dios para que sus hijos tengan esa actitud con sus hermanos, y nos dice que la misericordia con nosotros guardará proporción con la que nosotros ejercitamos: con la medida con que midiereis seréis medidos11. Habrá proporción, no igualdad, pues la bondad de Dios supera todas nuestras medidas. A un grano de trigo corresponderá un grano de oro; a nuestro saco de trigo, un saco de oro. Por los cincuenta denarios que perdonamos, los diez mil talentos (una fortuna incalculable) que nosotros debemos a Dios. Pero si nuestro corazón se endurece ante las miserias y flaquezas ajenas, más difícil y estrecha será la puerta para entrar en el Cielo y para encontrar al mismo Dios. «Quien desee alcanzar misericordia en el Cielo debe él practicarla en este mundo. Y por esto, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el Cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena»12.

En ocasiones, se pretende oponer la misericordia a la justicia, como si aquella apartara a un lado las exigencias de esta. Se trata de una visión equivocada, pues hace injusta a la misericordia, siendo así que es la plenitud de la justicia. Enseña Santo Tomás13 que cuando Dios obra con misericordia –y cuando nosotros le imitamos– hace algo que está por encima de la justicia, pero que presupone haber vivido antes plenamente esta virtud. De la misma manera que si uno diera doscientos denarios a un acreedor al que solo debe cien no obra contra la justicia, sino que –además de satisfacer lo que es justo– se porta con liberalidad y misericordia. Esta actitud ante el prójimo es la plenitud de toda justicia. Es más, sin misericordia se termina por llegar a «un sistema de opresión de los más débiles por los más fuertes» o a «una arena de lucha permanente de los unos contra los otros»14.

Con la justicia sola no es posible la vida familiar, ni la convivencia en las empresas, ni en la variada actividad social. Es obvio que, si no se vive la justicia primero, no se puede ejercitar la misericordia que nos pide el Señor. Pero después de dar a cada uno lo suyo, lo que por justicia le pertenece, la actitud misericordiosa nos lleva mucho más lejos: por ejemplo, a saber perdonar con prontitud los agravios (en ocasiones imaginarios, o producidos por la propia falta de humildad), a ayudar en su tarea a quien ese día tiene un poco más de trabajo o está más cansado, a dar una palabra de aliento a quien tiene una dificultad o se le ve más preocupado o inquieto (puede ser la enfermedad de un familiar, un tropiezo en un examen, un quebranto económico...), prestarnos para realizar esos pequeños servicios que tan necesarios son en toda convivencia y en todo trabajo en común...

III. Por muy justas que llegaran a ser las relaciones entre los hombres, siempre será necesario el ejercicio cotidiano de la misericordia, que enriquece y perfecciona la virtud de la justicia. La actitud misericordiosa se ha de extender a necesidades muy diversas: materiales (comida, vestido, salud, empleo...), de orden moral (facilitar a nuestros amigos el que se confiesen, combatir la gran ignorancia acerca de las verdades más elementales de la fe enseñando el Catecismo, colaborando en una tarea de formación...). La misericordia es, como dice su etimología, una disposición del corazón que lleva a compadecerse, como si fueran propias, de las miserias que encontramos cada día. Por eso, en primer lugar debemos ejercitarnos en la comprensión con los defectos ajenos, en mantener una actividad positiva, benevolente, que nos dispone a pensar bien, a disculpar fácilmente fallos y errores, sin dejar de ayudar en la forma que resulte más oportuna. Actitud que nos lleva a respetar la igualdad radical entre todos los hombres, pues son hijos de Dios, y las diferencias y peculiaridades de cada personalidad. La misericordia supone una verdadera compasión, el compartir efectivamente las desdichas de nuestros hermanos, tanto materiales como espirituales.

El Señor hizo de esta bienaventuranza el camino recto para alcanzar la felicidad en esta vida y en la otra. «Es como un hilillo de agua fresca que brota de la misericordia de Dios y que nos hace participar de su misma felicidad. Nos enseña, mucho mejor que los libros, que la verdadera felicidad no consiste en tomar y poseer, en juzgar y tener razón, en imponer la justicia a nuestro modo, sino más bien en dejarnos tomar y asir por Dios, en someternos a su juicio y a su justicia generosa, en aprender de Él la práctica cotidiana de la misericordia»15. Entonces comprendemos que hay más gozo en dar que en recibir16. Un corazón compasivo y misericordioso se llena de alegría y de paz. Así alcanzamos también esa misericordia que tanto necesitamos; y se lo deberemos a aquellos que nos han dado la oportunidad de hacer algo por ellos mismos y por el Señor. San Agustín nos dice que la misericordia es el lustre del alma, la enriquece y la hace aparecer buena y hermosa17.

Al terminar este rato de oración, acudimos a nuestra Madre Santa María, pues Ella «es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la misericordia»18.

Aunque ya tengamos abundantes pruebas de su amor maternal por cada uno de nosotros, podemos decirle a la Santísima Virgen: Monstra te esse matrem!19, muestra que eres madre, y ayúdanos a mostrarnos como buenos hijos tuyos y hermanos de todos los hombres.

1 Primera lectura de la Misa. Año I, 2 Cor 1, 1-7. — 2 Sal 100. — 3 Mt 11, 28. — 4 Sant 5, 11. — 5 Heb 2, 17. — 6 Tit 2, 11; 1 Pdr 1, 3. — 7 Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 30-XI-1980, 2. — 8 Mt 9, 27; 14, 20; 15, 22; 20, 30; Mc 10, 47; Lc 17, 13. — 9 San Máximo de Turín, Carta 11. — 10 Mt 5, 7. — 11 Mt 7, 2. — 12 San Cesáreo de Arlés, Sermón 25. — 13 Santo Tomás, Suma Teológica, 1, q. 21, a. 3, ad 2. — 14 Juan Pablo II, o. c., 14. — 15 S. Pinckaers, En busca de la felicidad, Palabra, Madrid 1981, pp. 126-127. — 16 Cfr. Hech 20, 35. — 17 Cfr. San Agustín, en Catena Aurea, vol. I, p. 48. — 18 Juan Pablo II, o. c., 9. — 19 Liturgia de las Horas, Segundas Vísperas del Común de la Virgen, Himno Ave, maris stella.

 

 

"Enamórate y no 'le' dejarás"

¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. -Enamórate, y no "le" dejarás. (Camino, 999)

Me hace temblar aquel pasaje de la segunda epístola a Timoteo, cuando el Apóstol se duele de que Demas escapó a Tesalónica tras los encantos de este mundo... Por una bagatela, y por miedo a las persecuciones, traicionó la empresa divina un hombre, a quien San Pablo cita en otras epístolas entre los santos.
Me hace temblar, al conocer mi pequeñez; y me lleva a exigirme fidelidad al Señor hasta en los sucesos que pueden parecer como indiferentes, porque, si no me sirven para unirme más a El, ¡no los quiero! (Surco, 343)
El desaliento es enemigo de tu perseverancia. -Si no luchas contra el desaliento, llegarás al pesimismo, primero, y a la tibieza, después. -Sé optimista. (Camino, 988)
¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! -Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. -Un día y otro: todos iguales.
Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín.
Lleva este pensamiento a tu vida interior. (Camino, 998)

 

 

Santa María, Madre de la Iglesia

El lunes después de Pentecostés la Iglesia celebra la Memoria de “María, Madre de la Iglesia”. Ofrecemos algunos textos para considerar esa fiesta litúrgica.

De la Iglesia y del Papa09/06/2019

Opus Dei - Santa María, Madre de la Iglesia

Icono de María Madre de la Iglesia (Mater Ecclesiae), en la plaza de san Pedro (Roma).

Decreto sobre la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, en el Calendario Romano General (descargar en PDF)

 

Comentario “La memoria de María, Madre de la Iglesia”, de Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos (descargar en PDF)


 

La historia del mosaico de María, Mater Ecclesiae

Uno de los elementos arquitectónicos más recientes en la plaza de San Pedro es el mosaico dedicado a María "Mater Ecclesiae" junto con el texto Totus Tuus, una muestra más del cariño a la Virgen de san Juan Pablo II.

 

Texto del Papa Francisco

Me gustaría mirar a María como imagen y modelo de la Iglesia. Y lo hago recuperando una expresión del Concilio Vaticano II. Dice la constitución Lumen gentium: “Como enseñaba san Ambrosio, la Madre de Dios es una figura de la Iglesia en el orden de la fe, la caridad y de la perfecta unión con Cristo” (n. 63).

María vivió la fe en la sencillez de las miles de ocupaciones y preocupaciones cotidianas de cada madre

Partamos desde el primer aspecto, María como modelo de fe. ¿En qué sentido María es un modelo para la fe de la Iglesia? Pensemos en quién fue la Virgen María: una joven judía, que esperaba con todo el corazón la redención de su pueblo. Pero en aquel corazón de joven hija de Israel, había un secreto que ella misma aún no lo sabía: en el designio del amor de Dios estaba destinada a convertirse en la Madre del Redentor. En la Anunciación, el mensajero de Dios la llama “llena de gracia” y le revela este proyecto. María responde “sí”, y desde ese momento la fe de María recibe una nueva luz: se concentra en Jesús, el Hijo de Dios que se hizo carne en ella y en quien que se cumplen las promesas de toda la historia de la salvación. La fe de María es el cumplimiento de la fe de Israel, en ella realmente está reunido todo el camino, la vía de aquel pueblo que esperaba la redención, y en este sentido es el modelo de la fe de la Iglesia, que tiene como centro a Cristo, la encarnación del amor infinito de Dios.

¿Cómo ha vivido María esta fe? La vivió en la sencillez de las miles de ocupaciones y preocupaciones cotidianas de cada madre, en cómo ofrecer los alimentos, la ropa, la atención en el hogar… Esta misma existencia normal de la Virgen fue el terreno donde se desarrolla una relación singular y un diálogo profundo entre ella y Dios, entre ella y su hijo. El “sí” de María, ya perfecto al principio, creció hasta la hora de la Cruz. Allí, su maternidad se ha extendido abrazando a cada uno de nosotros, nuestra vida, para guiarnos a su Hijo. María siempre ha vivido inmersa en el misterio del Dios hecho hombre, como su primera y perfecta discípula, meditando cada cosa en su corazón a la luz del Espíritu Santo, para entender y poner en práctica toda la voluntad de Dios.

Podemos hacernos una pregunta: ¿nos dejamos iluminar por la fe de María, que es Madre nuestra? ¿O la creemos lejana, muy diferente a nosotros? En tiempos de dificultad, de prueba, de oscuridad, la vemos a ella como un modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y solamente nuestro bien? Pensemos en ello, ¡tal vez nos hará bien reencontrar a María como modelo y figura de la Iglesia por esta fe que ella tenía!

Llegamos al segundo aspecto: María, modelo de caridad. ¿De qué modo María es para la Iglesia ejemplo viviente del amor? Pensemos en su disponibilidad hacia su prima Isabel. Visitándola, la Virgen María no solo le llevó ayuda material, también eso, pero le llevó a Jesús, quien ya vivía en su vientre. Llevar a Jesús en dicha casa significaba llevar la alegría, la alegría plena. Isabel y Zacarías estaban contentos por el embarazo que parecía imposible a su edad, pero es la joven María la que les lleva el gozo pleno, aquel que viene de Jesús y del Espíritu Santo, y que se expresa en la caridad gratuita, en el compartir, en el ayudarse, en el comprenderse.

Nuestra Señora quiere traernos a todos el gran regalo que es Jesús; y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría. Así, la Iglesia es como María, la Iglesia no es un negocio, no es un organismo humanitario, la Iglesia no es una ONG, la Iglesia tiene que llevar a todos hacia Cristo y su evangelio; no se ofrece a sí misma –así sea pequeña, grande, fuerte o débil- la Iglesia lleva a Jesús y debe ser como María cuando fue a visitar a Isabel. ¿Qué llevaba María? A Jesús. La Iglesia lleva a Jesús: ¡este el centro de la Iglesia, llevar a Jesús! Si hipotéticamente, alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, ¡esta sería una Iglesia muerta! La Iglesia debe llevar la caridad de Jesús, el amor de Jesús, la caridad de Jesús.

Hemos hablado de María, de Jesús. ¿Qué pasa con nosotros? ¿Con nosotros que somos la Iglesia? ¿Cuál es el amor que llevamos a los demás? Es el amor de Jesús que comparte, que perdona, que acompaña, ¿o es un amor aguado, como se alarga al vino que parece agua? ¿Es un amor fuerte, o débil, al punto que busca las simpatías, que quiere una contrapartida, un amor interesado?

María rezaba, trabajaba, iba a la sinagoga… Pero cada acción se realizaba siempre en perfecta unión con Jesús

Otra pregunta: ¿a Jesús le gusta el amor interesado? No, no le gusta, porque el amor debe ser gratuito, como el suyo. ¿Cómo son las relaciones en nuestras parroquias, en nuestras comunidades? ¿Nos tratamos unos a otros como hermanos y hermanas? ¿O nos juzgamos, hablamos mal de los demás, cuidamos cada uno nuestro “patio trasero”? O nos cuidamos unos a otros? ¡Estas son preguntas de la caridad!

Y un último punto brevemente: María, modelo de unión con Cristo. La vida de la Virgen fue la vida de una mujer de su pueblo: María rezaba, trabajaba, iba a la sinagoga… Pero cada acción se realizaba siempre en perfecta unión con Jesús. Esta unión alcanza su culmen en el Calvario: aquí María se une al Hijo en el martirio del corazón y en la ofrenda de la vida al Padre para la salvación de la humanidad. Nuestra Madre ha abrazado el dolor del Hijo y ha aceptado con Él la voluntad del Padre, en aquella obediencia que da fruto, que trae la verdadera victoria sobre el mal y sobre la muerte.

Es hermosa esta realidad que María nos enseña: estar siempre unidos a Jesús. Podemos preguntarnos: ¿Nos acordamos de Jesús sólo cuando algo está mal y tenemos una necesidad? ¿O tenemos una relación constante, una profunda amistad, incluso cuando se trata de seguirlo en el camino de la cruz?

Pidamos al Señor que nos dé su gracia, su fuerza, para que en nuestra vida y en la vida de cada comunidad eclesial se refleje el modelo de María, Madre de la Iglesia (Audiencia, 23 octubre 2013).

 

Textos de san Josemaría

- Hace falta que meditemos con frecuencia, para que no se vaya de la cabeza, que la Iglesia es un misterio grande, profundo. No puede ser nunca abarcado en esta tierra. Si la razón intentara explicarlo por sí sola, vería únicamente la reunión de gentes que cumplen ciertos preceptos, que piensan de forma parecida. Pero eso no sería la Santa Iglesia.

En la Santa Iglesia los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio —Iglesia purgante—, o con los que gozan ya —Iglesia triunfante— de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, trasciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa —en la tierra y en el cielo— alabándola como Madre (‘El fin sobrenatural de la Iglesia’, en Amar a la Iglesia. 28-V-1972).

Dios nos la entrega como Madre de todos los regenerados en el Bautismo, y convertidos en miembros de Cristo: Madre de la Iglesia entera

- Viendo Jesús a María y al discípulo amado, que estaba allí, se dirige a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después habla con el discípulo: ahí tienes a tu Madre. Desde aquel momento la recibió el discípulo por suya. Y nosotros por nuestra. Dios nos la entrega como Madre de todos los regenerados en el Bautismo, y convertidos en miembros de Cristo: Madre de la Iglesia entera. Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros unidos a otros miembros, escribe San Pablo. La que es Madre del Cuerpo es Madre de todos los que se incorporan a Cristo, desde el primer brote de la vida sobrenatural, que se inicia en el Bautismo y se robustece con el crecimiento de los dones del Espíritu Santo (Artículo titulado ‘La Virgen del Pilar’. Publicado en Libro de Aragón, por la CAMP de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1976). También se recoge en Por las sendas de la fe (ed. J. A. Loarte) ed Cristiandad.

- Seguramente también vosotros, al ver en estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como una reunión de familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a encontrarse junto a su Madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común (Es Cristo que pasa, 139, 3).

- Alzo en este momento mi corazón a Dios y pido, por mediación de la Virgen Santísima -que está en la Iglesia, pero sobre la Iglesia: entre Cristo y la Iglesia, para proteger, para reinar, para ser Madre de los hombres, como lo es de Jesús Señor Nuestro-; pido que nos conceda esa prudencia a todos, y especialmente a los que, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, deseamos trabajar por Dios: verdaderamente nos conviene aprender a ser prudentes (Amigos de Dios, 155, 2).

- Me gusta volver con la imaginación a aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de Él. Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre —y, después de Ella, José— conoce como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al Salvador.

Que en cada uno de vosotros, escribía San Ambrosio, esté el alma de María, para alabar al Señor; que en cada uno esté el espíritu de María, para gozarse en Dios. Y este Padre de la iglesia añade unas consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un sentido espiritual claro para la vida del cristiano. Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros[1].

Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con El por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios.

Su mucho amor a Nuestra Señora y su falta de cultura teológica llevó, a un buen cristiano, a hacerme conocer cierta anécdota que voy a narraros, porque —con toda su ingenuidad— es lógica en persona de pocas letras.

Tómelo —me decía— como un desahogo: comprenda mi tristeza ante algunas cosas que suceden en estos tiempos. Durante la preparación y el desarrollo del actual Concilio, se ha propuesto incluir el tema de la Virgen. Así: el tema. ¿Hablan de ese modo los hijos? ¿Es ésa la fe que han profesado siempre los fieles? ¿Desde cuándo el amor a la Virgen es un tema, sobre el que se admita entablar una disputa a propósito de su conveniencia?

La Madre de Dios y, por eso, Madre de todos los cristianos, ¿no será Madre de la Iglesia, que es la reunión de los que han sido bautizados y han renacido en Cristo?

Si algo está reñido con el amor, es la cicatería. No me importa ser muy claro; si no lo fuera —continuaba— me parecería una ofensa a Nuestra Madre Santa. Se ha discutido si era o no oportuno llamar a María Madre de la Iglesia. Me molesta descender a más detalles. Pero la Madre de Dios y, por eso, Madre de todos los cristianos, ¿no será Madre de la Iglesia, que es la reunión de los que han sido bautizados y han renacido en Cristo, hijo de María?

No me explico —seguía— de dónde nace la mezquindad de escatimar ese título en alabanza de Nuestra Señora. ¡Qué diferente es la fe de la Iglesia! El tema de la Virgen. ¿Pretenden los hijos plantear el tema del amor a su madre? La quieren y basta. La querrán mucho, si son buenos hijos. Del tema —o del esquema— hablan los extraños, los que estudian el caso con la frialdad del enunciado de un problema. Hasta aquí el desahogo recto y piadoso, pero injusto, de aquella alma simple y devotísima.

Sigamos nosotros ahora considerando este misterio de la Maternidad divina de María, en una oración callada, afirmando desde el fondo del alma: Virgen, Madre de Dios: Aquel a quien los Cielos no pueden contener, se ha encerrado en tu seno para tomar la carne de hombre[2].

Mirad lo que nos hace recitar hoy la liturgia: bienaventuradas sean las entrañas de la Virgen María, que acogieron al Hijo del Padre eterno[3]. Una exclamación vieja y nueva, humana y divina. Es decir al Señor, como se usa en algunos sitios para ensalzar a una persona: ¡bendita sea la madre que te trajo al mundo! (Amigos de Dios, nn. 281-283).

 

Tema 5. La Santísima Trinidad

Es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Resúmenes de fe cristiana27/12/2016

Opus Dei - Tema 5. La Santísima TrinidadLas Personas divinas son tres Alguien, pero un único Dios.

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1. La revelación del Dios uno y trino

«El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» ( Compendio, 44). Toda la vida de Jesús es revelación del Dios Uno y Trino: en la anunciación, en el nacimiento, en el episodio de su pérdida y hallazgo en el Templo cuando tenía doce años, en su muerte y resurrección, Jesús se revela como Hijo de Dios de una forma nueva con respecto a la filiación conocida por Israel. Al comienzo de su vida pública, además, en el momento de su bautismo, el mismo Padre atestigua al mundo que Cristo es el Hijo Amado (cfr. Mt 3, 13-17 y par.) y el Espíritu desciende sobre Él en forma de paloma. A esta primera revelación explicita de la Trinidad corresponde la manifestación paralela en la Transfiguración, que introduce al misterio Pascual (cfr. Mt 17, 1-5 y par.). Finalmente, al despedirse de sus discípulos, Jesús les envía a bautizar en el nombre de las tres Personas divinas, para que sea comunicada a todo el mundo la vida eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cfr. Mt 28, 19).

En el Antiguo Testamento, Dios había revelado su unicidad y su amor hacia el pueblo elegido: Yahwé era como un Padre. Pero, después de haber hablado muchas veces por medio de los profetas, Dios habló por medio del Hijo (cfr. Hb 1, 1-2), revelando que Yahwé no sólo es como un Padre, sino que es Padre (cfr. Compendio, 46). Jesús se dirige a Él en su oración con el término arameo Abbá, usado por los niños israelitas para dirigirse a su propio padre (cfr. Mc 14, 36), y distingue siempre su filiación de la de los discípulos. Esto es tan chocante, que se puede decir que la verdadera razón de la crucifixión es justamente el llamarse a sí mismo Hijo de Dios en sentido único. Se trata de una revelación definitiva e inmediata [1], porque Dios se revela con su Palabra: no podemos esperar otra revelación, en cuanto Cristo es Dios (cfr., p. ej., Jn 20, 17) que se nos da, insertándonos en la vida que mana del regazo de su Padre.

En Cristo, Dios abre y entrega su intimidad, que de por sí sería inaccesible al hombre sólo por medio de sus fuerzas [2]. Esta misma revelación es un acto de amor, porque el Dios personal del Antiguo Testamento abre libremente su corazón y el Unigénito del Padre sale a nuestro encuentro, para hacerse una cosa sola con nosotros y llevarnos de vuelta al Padre (cfr. Jn 1, 18). Se trata de algo que la filosofía no podía adivinar, porque radicalmente se puede conocer sólo mediante la fe.

2. Dios en su vida íntima

Dios no sólo posee una vida íntima, sino que Dios es –se identifica con– su vida íntima, una vida caracterizada por eternas relaciones vitales de conocimiento y de amor, que nos llevan a expresar el misterio de la divinidad en términos de procesiones.

De hecho, los nombres revelados de las tres Personas divinas exigen que se piense en Dios como el proceder eterno del Hijo del Padre y en la mutua relación –también eterna– del Amor que «sale del Padre» (Jn 15, 26) y «toma del Hijo»( Jn 16, 14), que es el Espíritu Santo. La Revelación nos habla, así, de dos procesiones en Dios: la generación del Verbo (cfr. Jn 17. 6) y la procesión del Espíritu Santo. Con la característica peculiar de que ambas son relaciones inmanentes, porque están en Dios: es más son Dios mismo, en tanto que Dios es Personal; cuando hablamos de procesión, pensamos ordinariamente en algo que sale de otro e implica cambio y movimiento. Puesto que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza del Dios Uno y Trino (cfr. Gn 1, 26-27), la mejor analogía con las procesiones divinas la podemos encontrar en el espíritu humano, donde el conocimiento que tenemos de nosotros mismos no sale hacia afuera: el concepto que nos hacemos de nosotros es distinto de nosotros mismos, pero no está fuera de nosotros. Lo mismo puede decirse del amor que tenemos para con nosotros. De forma parecida, en Dios el Hijo procede del Padre y es Imagen suya, análogamente a como el concepto es imagen de la realidad conocida. Sólo que esta Imagen en Dios es tan perfecta que es Dios mismo, con toda su infinitud, su eternidad, su omnipotencia: el Hijo es una sola cosa con el Padre, el mismo Algo, esa es la única e indivisa naturaleza divina, aunque sea otro Alguien. El Símbolo del Nicea-Constantinopla lo expresa con la formula «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero». El hecho es que el Padre engendra al Hijo donándose a Él, entregándole Su substancia y Su naturaleza; no en parte, como acontece en la generación humana, sino perfecta e infinitamente.

Lo mismo puede decirse del Espíritu Santo, que procede como el Amor del Padre y del Hijo. Procede de ambos, porque es el Don eterno e increado que el Padre entrega al Hijo engendrándole y que el Hijo devuelve al Padre como respuesta a Su Amor. Este Don es Don de sí, porque el Padre engendra al Hijo comunicándole total y perfectamente su mismo Ser mediante su Espíritu. La tercera Persona es, por tanto, el Amor mutuo entre el Padre y el Hijo [3]. El nombre técnico de esta segunda procesión es espiración. Siguiendo la analogía del conocimiento y del amor, se puede decir que el Espíritu procede como la voluntad que se mueve hacia el Bien conocido.

Estas dos procesiones se llaman inmanentes, y se diferencian radicalmente de la creación, que es transeúnte, en el sentido de que es algo que Dios obra hacia fuera de sí. Al ser procesiones dan cuenta de la distinción en Dios, mientras que al ser inmanentes dan razón de la unidad. Por eso, el misterio del Dios Uno y Trino no puede ser reducido a una unidad sin distinciones, como si las tres Personas fueran sólo tres máscaras; o a tres seres sin unidad perfecta, como si se tratara de tres dioses distintos, aunque juntos.

Las dos procesiones son el fundamento de las distintas relaciones que en Dios se identifican con las Personas divinas: el ser Padre, el ser Hijo y el ser espirado por Ellos. De hecho, como no es posible ser padre y ser hijo de la misma persona en el mismo sentido, así no es posible ser a la vez la Persona que procede por la espiración y las dos Personas de las que procede. Conviene aclarar que en el mundo creado las relaciones son accidentes, en el sentido de que sus relaciones no se identifican con su ser, aunque lo caractericen en lo más hondo como en el caso de la filiación. En Dios, puesto que en las procesiones es donada toda la substancia divina, las relaciones son eternas y se identifican con la substancia misma.

Estas tres relaciones eternas no sólo caracterizan, sino que se identifican con las tres Personas divinas, puesto que pensar al Padre quiere decir pensar en el Hijo; y pensar en el Espíritu Santo quiere decir pensar en aquellos respecto de los cuales Él es Espíritu. Así las Personas divinas son tres Alguien, pero un único Dios. No como se da entre tres hombres, que participan de la misma naturaleza humana sin agotarla. Las tres Personas son cada una toda la Divinidad, identificándose con la única Naturaleza de Dios [4]: las Personas son la Una en la Otra. Por eso, Jesús dice a Felipe que quien le ha visto a Él ha visto al Padre (cfr. Jn 14, 6), en cuanto Él y el Padre son una cosa sola (cfr. Jn 10, 30 y 17, 21). Esta dinámica, que técnicamente se llama pericóresis o circumincesio (dos términos que hacen referencia a un movimiento dinámico en que el uno se intercambia con el otro como en una danza en círculo) ayuda a darse cuenta de que el misterio del Dios Uno y Trino es el misterio del Amor: «Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él» (Catecismo, 221).

3. Nuestra vida en Dios

Siendo Dios eterna comunicación de Amor es comprensible que ese Amor se desborde fuera de Él en Su obrar. Todo el actuar de Dios en la historia es obra conjunta de la tres Personas, puesto que se distinguen sólo en el interior de Dios. No obstante, cada una imprime en las acciones divinas ad extra su característica personal [5]. Con una imagen, se podría decir que la acción divina es siempre única, como el don que nosotros podríamos recibir de parte de una familia amiga, que es fruto de un sólo acto; pero, para quien conoce a las personas que forman esa familia, es posible reconocer la mano o la intervención de cada una, por la huella personal dejada por ellas en el único regalo.

Este reconocimiento es posible, porque hemos conocido a las Personas divinas en su distinción personal mediante las misiones, cuando Dios Padre ha enviado juntamente al Hijo y al Espíritu Santo en la historia (cfr. Jn 3, 16-17 y 14, 26), para que se hiciesen presentes entre los hombres: «son, sobre todo, las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de las personas divinas» (Catecismo, 258). Ellos son como las dos manos del Padre [6] que abrazan a los hombres de todos los tiempos, para llevarlos al seno del Padre. Si Dios está presente en todos los seres en cuanto principio de lo que existe, con las misiones el Hijo y el Espíritu se hacen presentes de forma nueva [7]. La misma Cruz de Cristo manifiesta al hombre de todos los tiempos el eterno Don que Dios hace de Sí mismo, revelando en su muerte la íntima dinámica del Amor que une a las tres Personas.

Esto significa que el sentido último de la realidad, lo que todo hombre desea, lo que ha sido buscado por los filósofos y por las religiones de todos los tiempos es el misterio del Padre que eternamente engendra al Hijo en el Amor que es el Espíritu Santo. En la Trinidad se encuentra, así, el modelo originario de la familia humana [8] y su vida íntima es la aspiración verdadera de todo amor humano. Dios quiere que todos los hombres sean una sola familia, es decir una cosa sola con Él mismo, siendo hijos en el Hijo. Cada persona ha sido creado a imagen y semejanza de la Trinidad (cfr. Gn 1, 27) y está hecho para vivir en comunión con los demás hombres y, sobre todo, con el Padre Celestial. Aquí se encuentra el fundamento último del valor de la vida de cada persona humana, independientemente de sus capacidades o de sus riquezas.

Pero el acceso al Padre se puede encontrar sólo en Cristo, Camino, Verdad y Vida (cfr. Jn 14, 6): mediante la gracia los hombres pueden llegar a ser un solo Cuerpo místico en la comunión de la Iglesia. A través de la contemplación de la vida de Cristo y a través de los sacramentos, tenemos acceso a la misma vida íntima de Dios. Por el Bautismo somos insertados en la dinámica de Amor de la Familia de las tres Personas divinas. Por eso, en la vida cristiana, se trata de descubrir que a partir de la existencia ordinaria, de las múltiples relaciones que establecemos y de nuestra vida familiar, que tuvo su modelo perfecto en la Sagrada Familia de Nazareth podemos llegar a Dios: «Trata a las tres Personas, a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Y para llegar a la Trinidad Beatísima, pasa por María» [9]. De este modo, se puede descubrir el sentido de la historia como camino de la trinidad a la Trinidad, aprendiendo de la “trinidad de la tierra” –Jesús, María y José– a levantar la mirada hacia la Trinidad del Cielo.

Giulio Maspero

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 232-267.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 44-49.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía Humildad , Amigos de Dios, 104-109.

J. Ratzinger, El Dios de los cristianos. Meditaciones, Ed. Sígueme, Salamanca 2005.


[1] Cfr. Santo Tomás de Aquino, In Epist. Ad Gal., c. 1, lect. 2.

[2] «Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios» (Compendio, 45).

[3] «El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo; “procede del Padre” ( Jn 15, 26), que es principio sin principio y origen de toda la vida trinitaria. Y procede también del Hijo (Filioque), por el don eterno que el Padre hace al Hijo. El Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo encarnado, guía a la Iglesia hasta el conocimiento de la “verdad plena” (Jn 16, 13)» (Compendio, 47).

[4] «La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo» (Compendio, 48).

[5] «Inseparables en su única sustancia, las divinas Personas son también inseparables en su obrar: la Trinidad tiene una sola y misma operación. Pero en el único obrar divino, cada Persona se hace presente según el modo que le es propio en la Trinidad» ( Compendio, 49).

[6] Cfr. San Ireneo, Adversus haereses, IV, 20, 1.

[7] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 43, a. 1, c. y a. 2, ad. 3.

[8] «El “Nosotros” divino constituye el modelo eterno del “nosotros” humano; ante todo, de aquel “nosotros” que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina» (Juan Pablo II, Carta a las familias, 2-II-1994, 6).

[9] San Josemaría, Forja, 543.

 

 

La Iglesia, "misterio de la luna"

Posted: 09 Jun 2019 01:45 PM PDT

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Como la madre y la luna, la Iglesia concibe en virtud de la semilla vital que recibe y da una luz que ella recibe del sol (Cristo) para hacerla suya.

Los escritores cristianos de los primeros siglos gustaban de comparar a la Iglesia con la luna, porque la luz que tiene no es propia, sino que la recibe del sol[1]. La constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia “Lumen gentium” (luz de las gentes) comienza por esas palabras, que no se refieren a la Iglesia sino a Cristo. Él es la luz de los pueblos. Y por eso, el Concilio, expresión de la Iglesia, “reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura[2] con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia”.

Para el papa Francisco, es importante percibir que el centro del cristianismo es Cristo. No somos nosotros y ni siquiera la Iglesia, que de otro modo podría funcionalizarse y convertirse en una ONG. Ella debe ser, según los Padres, como la luna, que transmite una luz que no es propia. No puede ser “autorreferencial” –es decir, hablar solo de sí misma, vivir para sí misma–, sino misionera. De otra manera, insiste el papa, dejaría de ser institución divina para pasar a ser obra de hombres (cf. Discurso en el Encuentro con el Comité del CELAM, Río de Janeiro, 28-VII-2013).


Fe en Dios y en la Iglesia

1. Fe en Dios y en la Iglesia. El Concilio Vaticano II explicó que la Iglesia es uno de los "misterios" –verdades o realidades de la fe cristiana que van más allá de nuestra razón– (cf. LG, capítulo 1). Ahora bien, ¿qué decir a una persona que afirma que cree en Dios pero que no cree en la Iglesia? Y por otra parte, ¿qué significa “creer en la Iglesia”?

Cabría comenzar diciendo que las dos cosas no están en el mismo nivel. Primero, la fe en Dios, sobre la base de la razón –que puede llegar a la existencia de un ser infinitamente bueno y justo–, nos lleva a afirmar que Dios existe; a fiarnos totalmente de Él y a buscarle como sentido total de nuestra vida.
Para un cristiano, creer en Dios es inseparable de creer en Jesucristo, que nos manifiesta el amor de Dios; y en el Espíritu Santo, que es el que nos lleva a la fe.

Segundo, cuando un cristiano dice “creo en la Iglesia” quiere decir que cree que existe la Iglesia como obra de Dios, querida y fundada por Cristo, vivificada y asistida por el Espíritu Santo, para ser medio de salvación. Así la “fe” en la Iglesia es inseparable de la fe en Dios. Ciertamente, la Iglesia no es Dios, y no es por sí misma objeto de fe, como, en cambio, sí lo es Dios. Como la luna, la Iglesia da una luz que no es suya, solo la transmite. La fe que anuncia la Iglesia no es la fe “en ella”, sino en Dios.

Así dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa, y no de creer en la Iglesia, para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia” (n. 750).

Al mismo tiempo, creer en Dios nos lleva a confiar en la Iglesia, sabernos y sentirnos parte de la Iglesia, Misterio de comunión con Dios y con los que están unidos con Él. Ella es también, a lo largo de la historia, “sacramento” (signo e instrumento de salvación[3]), en sentido amplio para todos los hombres, familia de Dios y semilla de una nueva y definitiva fraternidad universal.

Fiarse de la Iglesia es fiarse de Cristo

2. Fiarse de la Iglesia es fiarse de Cristo. En la práctica, cuando una persona dice que “cree en Dios” pero “no cree en la Iglesia”, suele significar que no se fía de que la Iglesia tenga que ver con Dios. Y esto puede ser por algo que ha oído o le han contado y no ha verificado suficientemente, por alguna “herida” personal que no ha curado adecuadamente, alguna duda que se ha planteado y no ha sabido resolver, una idea de Dios poco cristiana, algo que ha supuesto para esa persona un escándalo, quizá por la mala conducta de algunos cristianos e incluso pastores de la Iglesia.

Vienen bien aquí unas palabras de Benedicto XVI, cuando, en el Olimpyastadion de Berlin (22-IV-2011) señalaba que no se entiende a la Iglesia si se la mira quedándose en su apariencia exterior; si se la considera “únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la ‘Iglesia’. Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, grano y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y profundo de la Iglesia”. De esa visión no brota ya la alegría de pertenecer a esta vid.

Los Padres de la Iglesia se fijaban en que la luna muere, genera la vida y renace radiante[4]. Como la madre y la luna, la Iglesia concibe en virtud de la semilla vital que recibe y da una luz que ella, siendo solamente otra tierra, recibe del sol (Cristo) para hacerla suya. Lo importante es que la Iglesia es de Dios, ha sido querida por Cristo para salvar al hombre, y en ella actúa el Espíritu Santo para que sea luz y vida de las personas y del mundo. Pero esto solo lo puedo descubrir si me abro a Dios y a los demás, si me comprometo como cristiano. Si estoy dispuesto a cambiar lo que haga falta para buscar la verdad junto con el amor.

Cabría decir que “creer en la Iglesia” significa creer que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, sigue viviendo. Y que actúa, hoy y en todas las épocas, por medio de los cristianos. Esto no es una imaginación sin fundamento ni una pretensión sin sentido. Es una realidad que va dejando huella en la historia, y que se apoya en lo que Cristo hizo, enseñó y prometió.

¿Con qué fin? Para que los cristianos den luz y vida verdadera al mundo. ¿Y cómo? La mayoría de los cristianos lo harán desde su lugar en el mundo, en su trabajo, en sus familias, con sus relaciones culturales, en sus actividades sociales, con tal de que permanezca cada uno en unión con Dios y abierto a las necesidades materiales y espirituales de los demás.

La fe no es individualista

3. La fe no es individialista. La existencia de la Iglesia nos habla de que la fe cristiana no es individualista, no es algo solitario, como el producto de mi pensamiento, ni se puede vivir al margen de los demás cristianos. Como ha enseñado Benedicto XVI, “nuestra fe es verdaderamente personal, solo si es a la vez comunitaria: puede ser ‘mi fe’, solo si vive y se mueve en el ‘nosotros’ de la Iglesia, solo si es nuestra fe, nuestra fe común en la única Iglesia” (Audiencia general, 31-X-2012).

Esto no quiere decir que yo pierda mi personalidad, sino al contrario: al vivir con Cristo y con los que viven con él, mi personalidad se dilata. Mi conocimiento adquiere un mayor alcance. Crece mi capacidad de amar y aumenta la eficacia de todo lo que hago, pues adquiere un valor de ofrenda a Dios y de servicio a los demás. Yo me encuentro fortalecido con la ayuda de los demás, y también yo les ayudo, incluso con mis pocas fuerza.

Santidad y pecado en la Iglesia

4. Santidad y pecado en la Iglesia. Como la luna, hay en la Iglesia luces y manchas, montañas y cráteres, podríamos decir: santidad y pecado.

¿Cómo sé –se preguntaba también Joseph Ratzinger– que la Iglesia católica es la verdadera? Y respondía: porque ella guarda, para transmitirlo de modo vivo, todo lo que Cristo hizo y enseñó. Y de esto hay suficientes signos: la vida y el ejemplo admirable de los santos, los milagros (que siguen existiendo y puede probarse que no tienen causas naturales), la calidad del pensamiento que origina la fe cristiana, su ayuda al desarrollo de las culturas, a la defensa de los derechos humanos, a la promoción de la paz y de la justicia, la belleza de tantas realizaciones de la Iglesia en su conjunto y de muchos cristianos personalmente.

¿Pero no es verdad también que a veces los cristianos se han equivocado y han hecho daño a otros? ¿No es verdad que hay curas que no han hecho bien a las personas? Como todo aquello donde intervienen los hombres, también en el cristianismo ha habido equivocaciones, debilidades y pecados. Santidad y pecado coexisten durante la historia en la Iglesia. Pero si la Iglesia fuera algo meramente humano, habría desaparecido muy pronto. Comenzando porque los apóstoles abandonaron a Jesús ante su pasión, y uno de ellos (Judas) fue el que le traicionó. Pero Jesús prometió que Él no abandonaría a los suyos, y que el Espíritu Santo no permitiría que fueran dominados por el error o por el mal.

Ni las dificultades exteriores ni las interiores (los fallos de los cristianos) han sido capaces de acabar con la Iglesia porque la Iglesia es de Dios y no nuestra. Es verdad que los cristianos podemos dar mal ejemplo, y a veces lo hemos dado. Por eso hemos de estar vigilantes para ser fieles cada uno a lo que tenemos que hacer en el mundo: buscar la santidad y ayudar a los demás en el camino hacia Dios. La palabra Iglesia es transcripción del griego ek-klesis, que significa con-vocación, vocación junto con otros, llamada a la santidad que es llamada al amor.

Llevar la luz de Cristo

5. La misión evangelizadora: llevar la luz de Cristo. También el papa Francisco ha recogido la imagen de la luna aplicada a la Iglesia, tomando palabras de san Ambrosio: “La Iglesia es verdaderamente como la luna: (...) no brilla con luz propia, sino con la luz de Cristo. Recibe su esplendor del Sol de justicia, para poder decir luego: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”» (Hexameron, IV, 8, 32).

Cristo –continúa explicando Francisco– es la luz verdadera que brilla; y, en la medida en que la Iglesia está unida a él, en la medida en que se deja iluminar por él, ilumina también la vida de las personas y de los pueblos.

Por tanto, para la Iglesia evangelizar, ser misionera, no es ganar adeptos ni vender un producto –como podría ser para cualquier sociedad o grupo humano–, sino que que es una manifestación de su propia naturaleza. Se trata de anunciar y comunicar la vida divina que Dios nos da. La misión de la Iglesia es, por tanto, su vocación: hacer resplandecer la luz de Cristo es su servicio (cf. Homilía 6-I-2006).

“Una Iglesia en salida hasta los últimos confines exige una conversión misionera constante y permanente (...), esta apertura ilimitada, esta salida misericordiosa, como impulso urgente del amor y como fruto de su intrínseca lógica de don, de sacrificio y de gratuidad. (...) Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2019).

En consecuencia, todo esto se traduce en el compromiso evangelizador de cada cristiano, no solamente de aquellos que tienen una vocación específicamente misionera, destinada a bautizar y ofrecer la salvación cristiana en el respeto de la libertad personal de cada uno, en diálogo con las culturas y las religiones de los pueblos donde son enviados. Esta tarea de la misión “ad gentes” –a los no cristianos– será siempre necesaria también como signo para la conversión permanente de todos los cristianos (cf. Ibid.).

Lo cierto es que muchas personas esperan de todos nosotros un compromiso misionero, porque necesitan a Cristo, necesitan conocer el rostro del Padre. Necesitan ver esa luz que es Cristo –desde su “pequeña” fuente en Belén–, que atrae a todas las personas del mundo y guía a los pueblos por el camino de la paz (cf. Homilía 6-I-2006).

Los autores cristianos, siguiendo a san Bernardo, muestran a María, coronada por el sol y con la luna bajo sus pies, como “vivo lazo de unión entre los dos astros, entre la Iglesia y Jesucristo” (citado por De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Madrid 2008).

Así exclama el beato Newman dirigiéndose a María: «¡Vellón entre el rocío y la superficie, Cristo y la Iglesia, el sol y la luna, tú eres la senda, Virgen María!» (citado por H. De Lubac, ibid.).
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[1] Hugo Rahner dedica a la Iglesia como “mysterium lunae” unas 140 páginas (cf. Simboli della Chiesa. L’ecclesiologia dei Padri, pp. 144-287, Milano 1995, original alemán de 1964).
[2] Cf. Mc 16, 15.
[3] Cf. Lumen gentium, nn. 1, 9, 48 y 59.
[4] Los Padres de la Iglesia reunieron elementos de la filosofía griega, del conocimiento científico de los pueblos primitivos y de la mitología, con otros procedentes de la Revelación cristiana, con el fin de inculturar la fe cristiana en su tiempo, además de prevenir contra la idolatría o la superstición centrada en los astros. Esto debe reflejarse también en cada cristiano singular: ha de morir a sí mismo en su unión e identificación con Cristo, para poder dar vida espiritual a otros. Y esto tiene lugar en el seno de la Iglesia a la vez que “edifica” a la Iglesia misma y participa de su misión, hasta llegar a la gloria eterna.

 

Cristo está vivo en su Iglesia

Monseñor José H. Gomez
4 junio 2019

Estos días han sido un tiempo ocupado y hermoso dentro de mi ministerio.

Ahora que escribo esto, se celebra el noveno aniversario de mi Misa de bienvenida como arzobispo coadjutor de Los Ángeles.

¡Cómo se va el tiempo! Estos años han sido fuente de alegría en mi vida y le agradezco a Dios por el privilegio de servir a la familia de Dios de este lugar.

Estamos llegando al final del mes de María y en estos años que he pasado en Los Ángeles, he experimentado una creciente conciencia de su amorosa presencia en mi vida y de la protección que Ella ejerce con respecto a esta Iglesia local, que ha sido nombrada en honor de la Reina de los Ángeles.

Estamos llegando al final de esta feliz temporada posterior a la Pascua. Después de bautizar y acoger a muchos nuevos creyentes en la Vigilia Pascual, en estas semanas posteriores al día de Pascua, he estado celebrando tres o cuatro confirmaciones a la semana en parroquias de toda la arquidiócesis.

La Iglesia de Los Ángeles está viva y sigue creciendo. Lo veo en el entusiasmo de estos hombres y mujeres jóvenes que vienen para ser confirmados.

Ellos tienen hambre de saber cómo es Dios y dónde pueden encontrarlo, de saber cómo darle culto y lo que eso implica en cuanto a la manera como deben vivir. Estos jóvenes están dispuestos a seguir a Jesús a dondequiera que Él los guíe. Y ellos son un ejemplo para mi propia fe, para mi propio caminar con Jesús.

Este mes tuve también la alegría de instalar al obispo auxiliar Joseph Brennan como el nuevo obispo de Fresno, nuestro vecino del norte. Y justo después de eso, le dimos la bienvenida aquí a un nuevo obispo, ordenando al obispo auxiliar Alex Aclan.

En estas celebraciones nos acompañó el representante personal del Papa Francisco en nuestro país, el Nuncio Apostólico Christophe Pierre. Su presencia fue un signo de esperanza, un recordatorio de que cada Iglesia local está unida por vínculos espirituales con una Iglesia que es universal y global y, al mismo tiempo, una institución divina establecida por Cristo sobre los cimientos de los Doce Apóstoles.

Aquí y en Fresno, celebramos esto con alegres y festivas liturgias y con sencillas reuniones de familiares y amigos. Hubo diversión, risas y lágrimas de alegría.

Para mí, fue una alegría personal el poder pasar un tiempo con las familias del obispo Brennan y del obispo Aclan, conocer a sus seres queridos y darme cuenta de cómo el amoroso ejemplo que ellos presenciaron en sus hogares fue lo que dio origen a su vocación, a su gozosa fe y a su espíritu de servicio.

Durante los comentarios que hizo en la ceremonia de su ordenación, el obispo Aclan se mostró visiblemente conmovido al hablar de su amor por nuestra Santísima Madre María. Nunca olvidaré ese momento ni el sentimiento de la presencia materna de María, velando por todos nosotros y por nuestras familias.

Me estoy preparando para ordenar nuevos sacerdotes y diáconos permanentes para la familia de Dios durante los próximos fines de semana. Una vez más, Dios nos ha bendecido con hombres excelentes, que lo aman y que tienen un corazón capaz de revelarlo a Él a los demás.

Necesitamos tener en cuenta estas gracias y todas estas hermosas señales que Dios nos da en nuestra vida cotidiana. Por mi parte, así lo hago.

Jesús prometió estar con su Iglesia hasta el final de los tiempos y nos prometió su Espíritu para guiarnos. Él no nos abandonará.

Jesús murió por nosotros, resucitó por nosotros, y ahora camina con nosotros. Y si sabemos dónde y cómo mirar, veremos con los ojos de la fe que Cristo está vivo en su Iglesia.

Yo lo veo actuando a través de los sacrificios ocultos de los sacerdotes, que dan todo lo que tienen para llevar a Jesús a su pueblo, para ayudarle a la gente a conocer el amor de Dios y el plan que Él tiene para sus vidas.

Lo veo trabajando en nuestras parroquias y en nuestras oficinas de cancillería, en nuestras escuelas, ministerios y hogares. ¡Hay santos y siervos del Evangelio en todos estos lugares!

El Señor resucitado sigue todavía haciendo cosas nuevas a nuestro alrededor y en todas partes; Él está cambiando los corazones y las mentes y transfigurando esta áspera arcilla de nuestra humanidad para que podamos participar de su divinidad. ¡Pidámosle a Dios que nos dé una mirada que nos permita percibir eso!

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes. Sigan orando por la Iglesia y trabajando por renovar la Iglesia mediante la propia santidad de ustedes.

Pidámosle a Nuestra Señora, Reina de los Ángeles, que nos ayude a amar más cada día a Jesús y a hacer todo por la gloria de Dios y por amor de nuestro prójimo. VN VN

 

 

Hacia donde vamos

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Mientras un inmenso crepúsculo espiritual se va desarrollando ante nuestros ojos desolados, lentamente se va desmoronando la civilización. No para dar lugar a otro orden de cosas, menos bueno quizá, sino a una sistematización del sumo desorden.

Pienso que no existe en todo el Antiguo Testamento, principio más íntimamente ligado a nuestras concepciones sobre la civilización en general, y particularmente sobre la Civilización cristiana, que el del salmista: “Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los que la edifican”.

Escribió Pío XI que la única civilización verdadera, digna de este nombre, es la civilización cristiana.

Para nosotros, que nacimos en la gloria y santidad de los últimos fulgores de esa civilización, tal verdad es fundamental.

A medida que la tragedia de este inmenso crepúsculo espiritual se va desarrollando ante nuestros ojos desolados, lentamente se va desmoronando la civilización. No para dar lugar a otro orden de cosas, menos bueno quizá, pero orden al fin y al cabo.

La sociedad de acero y cemento que se va construyendo por todas partes es la sistematización del sumo desorden.

El orden es la disposición de las cosas según su naturaleza y su fin.

Todas las cosas se van disponiendo gradualmente contra su naturaleza y su fin. Existirá quizá en este metálico infierno una organización rígida y feroz, como rígida y feroz es la férrea jerarquía que existe entre los ángeles de la perdición. Durará esta era de acero hasta que las fuerzas de disgregación se tornen tan vehementes, que ni siquiera toleren ya la organización del mal. Será entonces la explosión final.

No tendremos otro desenlace si continuamos por este camino. Porque para nosotros bautizados, los medios términos no son posibles.

O volvemos a la Civilización Cristiana, o acabaremos por no tener civilización alguna. Entre la plenitud solar de la Civilización Cristiana y el vacío absoluto de la destrucción total, hay etapas pasajeras: no existen, sin embargo, terrenos donde se pueda construir nada duradero.

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Los medios términos no son posibles. O volvemos a la Civilización Cristiana, o acabaremos por no tener civilización alguna

Claro está que no somos fatalistas. Si para el suicida, del puente hasta el río, existe todavía la posibilidad de una contrición, ciertamente también existe posibilidad de arrepentimiento, de enmienda y de resurrección para la humanidad, en el resto de camino que va desde su estado actual hasta su aniquilamiento.

La Providencia nos acecha en todas las curvas de esta última y más profunda espiral. Se trata, para nosotros, de escuchar con diligencia su voz salvadora.

Esta voz se hace oír, para nosotros, en la múltiple y terrible lección de los hechos. Todo hoy en día nos habla de disgregación. El castigo divino está humeando en torno de nosotros.

Estamos en el instante providencial en que, aprovechando este poco de aliento que la paz nos da, podemos instruirnos con el pasado, y considerar la advertencia de este futuro del que nos aproximamos con terror.

Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Es este el consejo de la Escritura.

Abramos, pues, de par en par nuestros corazones a la dura lección de los hechos.

Es un deber examinar con frialdad, con realismo, con objetividad inexorable el mundo actual; sondear una a una sus llagas, volcar el espíritu a la contemplación de sus desastres y sus dolores. Porque Dios nos habla por la voz de todas estas pruebas. Ser totalmente optimista delante de ellas, es cerrar los oídos a la voz de Dios

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Guadalupe Ortiz de Landázuri.

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En la biografía de Guadalupe no se encuentran fenómenos extraordinarios. Su vida fue una vida corriente, de trabajo intenso y sereno, de alegría, de preocupaciones por los demás.

Nace en el seno de una familia católica. Padre militar, lo que motivó que tuvieran que vivir en distintos lugares, según los destinos de su padre.

Probablemente, el hecho de ser única chica entre hermanos varones, forjó su carácter y su personalidad desde la reciedumbre y la valentía que las adornaba con una extraordinaria paciencia, una sonrisa permanente, un trato afable, un acentuado sentido del humor y, lo que es más importante, con un inmenso corazón.

Estoy convencido que todo esto le vino muy bien cuando se matriculó en Ciencias Químicas en la Universidad Central. Era una de las CINCO únicas mujeres en una clase de 70 personas.

Era profundamente piadosa y de sólida formación doctrinal y desarrolló un amplio y fructífero apostolado a lo largo de toda su vida

Entre las muchas virtudes que adornaron la vida de Guadalupe, no en vano ya es Beata, me voy a fijar en tres: Presencia de Dios, Amor al prójimo y Alegría constante

1.- Presencia de Dios

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El amor hace pensar con mucha frecuencia en la persona amada o en lo que se ama. Si un alma está enamorada de Dios, como le ocurría a Guadalupe, pensará en Él casi constantemente y, movida por la fe, descubrirá su presencia y cercanía en todo momento. De manera natural y espontánea vivirá con el Señor y sentirá la acción de su Amor y de su Misericordia.

Esta unión profunda y eficaz parece descubrirse en algunos párrafos de las cartas que Guadalupe escribía a San Josemaría. Era tan profunda la unión con Dios que nunca se sentía sola.

No es difícil descubrir en ella un espíritu verdaderamente contemplativo, de unión con el Señor en la vida ordinaria. Estaba con los pies en la tierra, concentrada en realizar, lo mejor posible, las tareas que tenía encomendadas, pero también estaba con el corazón en el Cielo.

Fue contemplativa en medio del mundo, encarnando, de este modo, fielmente el espíritu del Opus Dei, que ha venido a recordar a los hombres que los caminos humanos pueden ser caminos divinos, caminos de unión con Dios.

2.- Amor al prójimo

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Otra consecuencia de la unión viva y profunda con el Señor es la preocupación por los demás hasta el olvido de sí misma. En la vida de Guadalupe se descubre una atención constante al prójimo.

Cuando en el año 1950, san Josemaría, le pide que vaya a México para llevar el mensaje del Opus Dei a aquellas tierras, realizó un inmenso trabajo y, entre otras iniciativas, junto con una amiga médico de profesión, crean una especie de Dispensario Ambulante y realizaban el trabajo yendo casa por casa y en los barrios más pobres y necesitados. Pasaban consulta y les proporcionaban, de forma gratuita, los medicamentos que necesitaban.

Fue, Guadalupe, una “pionera” en la atención y entrega a los que viven en “las periferias de la vida y del corazón”, como dice el Papa Francisco.

Trataba a todo el mundo con muchísimo cariño. El amor de Guadalupe a Dios y a los demás la hizo fuerte, mortificada y con un inmenso espíritu de sacrificio que la llevó a olvidarse de sí misma para dedicarse a los demás. Guadalupe buscó la santidad a través del trabajo cotidiano y de la entrega a su prójimo. Fue una digna hija de san Josemaría.

3.- Alegría constante

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Como tercera manifestación de la santidad de Guadalupe, quiero señalar su alegría constante que, a veces se traducía en una risa sonora que contagiaba a quien estuviera a su lado. La historiadora Beatriz Gaytán, recuerda: “Siempre que pienso en Guadalupe oigo, a pesar del tiempo transcurrido, su risa”.

Hablar de alegría después de hablar de entrega a los demás, me recuerda un texto de San Josemaría:

“Darse sinceramente a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría” (Forja, 591).

Efectivamente, la alegría de Guadalupe no era el entusiasmo lógico de la juventud o de la persona a la que las cosas le salen bien, sino que era la alegría de quienes han encontrado a Jesús y viven con Él. Y esto nos lo demostró Guadalupe a través de toda su vida.

La suya era una alegría serena, constante y desbordante. Era señal, no sólo de su amor a Dios, sino también de su amor al prójimo que, siempre debe ser una continuación del amor a Dios. Era una alegría sobrenatural, pero también muy humana, realista y constante. Ante acontecimientos que podían contrariarla, respondió siempre con la alegría de cumplir feliz la voluntad de Dios.

“Los que no somos santos, estamos alegres si un día las cosas nos salen bien; al día siguiente, si nos salen mal, nos entristecemos. Los santos –como Guadalupe- tienen una constante alegría, aún en medio de las contradicciones”. (Beato Álvaro del Portillo).

En este mismo sentido, san Pablo, invitaba a vivir siempre alegres en el Señor y así vivió Guadalupe desde la juventud hasta la muerte.

Conclusión.

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He dicho, hace unos instantes, que Guadalupe poseía un corazón inmenso, un corazón hecho para amar y que en el ejercicio de ese amor a Dios y su prójimo, fue desgastándose poco a poco. En 1975, los médicos, habida cuenta de los problemas que aparecen y que se traducen en cansancio al caminar, al subir pendientes, al realizar esfuerzos, deciden que hay que operar ese corazón. El 1 de julio de ese mismo año es operada. El resultado de la intervención fue satisfactorio, pero en el proceso de recuperación sufre una insuficiencia respiratoria y falleció el 16 de julio de 1975, festividad de la Virgen del Carmen.

Para concluir quiero recordar una de las parábolas de Jesús: “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele, noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega”.

Así es la vida de los santos, así ha sido la vida de Guadalupe. La semilla de la gracia fue sembrada en su corazón en el momento del Bautismo y esta semilla, con naturalidad, y en el secreto del diálogo de la conciencia con Dios, ha crecido y ha dado frutos de santidad que han saltado hasta la vida eterna. La semilla ha dado un fruto abundante.

Es bonito que la Iglesia declare la vida santa, no solo de personas que han realizado obras extraordinarias, sino también de personas, como Guadalupe, que han llevado una vida sencilla de amor a Dios, de amor al prójimo y de trabajo y entrega a los demás hasta desgastarse.

+Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres

 

 

La mujer, lo más sagrado

Klaus Feldmann Petersen

Actualmente no se respeta nada, ni a la que ya es madre, ni a la que está en camino de serlo, ni siquiera a niñitas inocentes de 4 años (Calcetitas rojas).

Feminicidios en México

Todos los días en las noticias se oye de un nuevo “FEMINICIDIO”, un término que no se usaba antes. Que ya van tantos aquí, que van tantos allá, que cada vez son más, que hasta pequeñas de cuatro años son víctimas de esos infames, que cada vez son mayor en número y tienen menos respeto a la vida, a la dignidad. Son de aquellos de los que se podría decir que ojala sus madres hubieran sido víctimas de la Ideología de Género y hubieran abortado. Aquí en México especialmente, aunque también en todo el mundo SE LE HABÍA TENIDO UNA CONSIDERACIÓN, INCLUSIVE VENERACIÓN MUY GRANDE A LA MUJER, SOBRE TODO A LAS MADRES, LO MÁS SAGRADO PARA CUALQUIERA. Que no le tocaran a alguien a su madre, porque ponía al otro como Dios puso al perico. Y es que la mujer, especialmente la MADRE, fue creada por Dios para ser con Él, la dadora de vida. Por eso se respetaba y admiraba tanto la Virginidad, porque se esperaba que la unión fuera bendecida ante un altar para poder llegar a ser MADRE, la que constituía el corazón y el alma de la FAMILIA.

Actualmente no se respeta nada, ni a la que ya es madre, ni a la que está en camino de serlo, ni siquiera a niñitas inocentes de 4 años (Calcetitas rojas). Jovencitas que por ingenuidad e ignorancia son inducidas por los seguidores de la Ideología de Genero (mafias de izquierda), a sentirse liberadas, a sentirse dueñas de sus cuerpos, a creer que saben cuidarse y si los recursos que les recomiendan fallan por algún motivo, a deshacerse de ese “estorbo” de sus vidas, asesinando al hijo de sus entrañas. Son víctimas de LA CULTURA DE LA MUERTE, que hemos visto por todos los ángulos, que es la culpable de todas nuestras desgracias, CRISIS de seguridad, de violencia, de educación, de productividad, de pobreza, y sobre todo de la cada vez más grave CRISISIS GLOBAL DEL MEDIO AMBIENTE. ¿Qué tal los frentes fríos, producidos, contradictoriamente, por el sobrecalentamiento, porque al calentarse más la atmosfera de los trópicos, producen mayores masas de aire caliente, que al ascender por su menor densidad, provocan que los vacíos que forman sean llenados del aire frío que viene de los polos. El número de frentes fríos está constantemente en aumento, con más trágicas consecuencias, igual que los huracanes y ciclones.

LA CULTURA DE LA MUERTE es la que va creando poco a poco en la población; una idea falsa de la realidad, con una pseudoeducación sin valores les va desarrollando ideales falsos de felicidad, les va fomentando la ambición de dinero, de poder y de bienestar y placer. Esto se convierte en una verdadera adicción ya que logran un sentimiento de satisfacción en forma relativamente fácil. En casos extremos a los que se llega en forma paulatina, ya no hay freno; se hace lo que sea con tal de alcanzar ese falso sentimiento de felicidad; que es totalmente pasajero. Se ha perdido totalmente la ubicación en la realidad y ya no se respeta nada. Y eso es lo que ha pasado con el aumento de la cantidad de FEMINICIDIOS.

En nuestro querido México tradicional, la mujer era lo más sagrado, se inculcaba a los jóvenes que era totalmente inadmisible ponerle la mano encima a una mujer, que era cobarde abusar de la fuerza. Claro que el abuso del alcohol siempre ha provocado la violencia intrafamiliar. Ahora además del alcohol, el cada vez más difundido uso de drogas (adicción), hace que las víctimas de esta forma de vida actúen peor que animales y sus mente obtusas y deformadas, los lleva a que después de satisfacer sus bajos instintos, para ocultar lo hecho, lo más sencillo es hacer desaparecer el cuerpo del delito. ¿Qué puede ser sagrado para alguien que ha perdido toda dignidad, que ha caído en la mayor degradación humana posible?

La justicia debe ser implacable, debe castigarse efectivamente esos delitos y es que hay jueces que los declaran libres con cualquier pretexto, ¿corrupción? Muchos policías han declarado que para qué arriesgan sus vidas si luego un juez banal va a darle la libertad al delincuente...

Si comparamos las condiciones actuales y las de antes, vemos que la diferencia es que aun en las familias más humildes se les educaba de acuerdo con VALORES, con un sentido del honor, la palabra valía, en las casas nunca faltaba un altarcito a la Santísima Virgen de Guadalupe con su veladora, un hombre se preciaba de ser todo un caballero, humilde o con recursos, pero un caballero, que sabía respetar a la mujer por su dignidad.

Actualmente la CULTURA DE LA MUERTE, promovida por las mafias de izquierda, ha logrado, especialmente ahora con la Ideología de Genero, que se pierda la escala de valores en las familias. Que se olviden de Dios, que lo hagan totalmente a un lado, que no haya nada por lo cual el ego no esté en primer plano.

VOLVAMOS A DARLE A LA MUJER NUEVAMENTE EL LUGAR Y EL RESPETO QUE LE CORRESPONDE, QUE ES EL QUE LE TOCA DESPUÉS DE DIOS Y LA VIDA. Para lograrlo lo primero que tenemos que hacer es darle a Dios en la vida pública y privada su lugar, respetar la Vida que Dios es el único amo sobre ella y de acuerdo con esto, DARLE A LA MUJER EL RESPETO Y EL AMOR QUE LE CORRESPONDE.

Me gustaría tener dotes de poeta para poder expresar lo que LA MUJER representa, la criatura más hermosa de cuerpo y alma que ha salido de la mano de Dios.

Solo recuperando la CULTURA DE LA VIDA Y DEL AMOR y no con leyes que ni siquiera se cumplen, lograremos terminar con los FEMINICIDOS y con todas las demás lacras y problemas, como no, al último está el PROBLEMA AMBIENTAL.

¡LA MUJER ES LO MÁS SAGRADO DE LA CREACIÓN!

“Donde hay Bosques hay Agua y Aire puro; donde hay Agua y Aire puro hay Vida.”

 

La Venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los Apóstoles

Un ruido, cual viento impetuoso,

se produjo en la casa en que vivían

y aparecieron, como fuego, lenguas

que se posaron sobre las cabezas

de los apóstoles y de la de María.

La muchedumbre se quedó confusa:

Eran partos y medos y elamitas;

de Capadocia, Ponto, Asia y Frigia

y preguntaban ¿No son galileos?

¿Cómo es que hablan nuestra lengua misma?

Y después de que Pedro predicara,

más de tres mil son los que se bautizan.

Los Hechos de San Lucas continúan

narrando los prodigios que se hacían

unánimes de ejemplo en oraciones,

las posesiones suyas compartidas,

andaban en amor y en alegría.

Su número, que aumenta por momentos,

va abrazando ese género de vida.

Pentecostés es el momento de la recepción de los Dones del Espíritu Santo: fortaleza, ciencia, sabiduría, consejo, entendimiento, piedad y temor de Dios. Los apóstoles, ya sin miedos ni complejos, se echan a la calle para llevar la luz de Cristo a todas las gentes. Se producen enseguida las primeras conversiones preguntando dócilmente qué tenían que hacer y, una vez bautizados, perseveraban en la doctrina, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

 

 

SEÑOR….YO QUIERO SER
Autora: Magui del Mar
La Dama Azteca de la Pluma de Oro
Poeta Mexicana
Poitiers, París, Francia

Señor…yo quiero ser
como agua viva
que vaya por el mundo dando amores…
que dé…aunque no reciba
y prodigue mis flores.

Que olvide las ofensas recibidas,
no piense en sinsabores…
y al encontrar espinas en mi senda,
ojalá que mi canto sea más dulce
y a todo aquel que sufre…yo comprenda.

Haz que yo me prodigue …por siempre dando
y a aquel que llore…el consuelo llevando.

Mas Señor…soy humana,
mi gran debilidad Tú ven…y sana…,
permite que en mi vida
sólo haya cicatrices…ni una herida
y pueda entre mi llanto
repetirte que te amo tanto…tanto.

Que al final de mis días decir pueda:
Transité por el mundo el bien haciendo
y si de mí ningún recuerdo queda,
no me importa
si mi existencia plena fui viviendo
y palpando
ese valor que todo lo soporta.

Llegar…llegar cantando,
ofrecerte el aroma de mis rosas…
los amores ingratos olvidando,
sin pensar ya en angustias…ni en más cosas.

Allí…ya en tu regazo
al sentir la dulzura de tu abrazo,
hundiéndome en tu Seno,
mi espíritu tranquilo…ya sereno,
se fundirá en lo eterno…
Y si yo acaso desde allí pudiera
seguir haciendo el bien,
Señor…cómo quisiera
de nuevo hacerlo desde allá…también.

Derechos Reservados.


MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

La feria del libro

Ángel Cabrero Ugarte

Feria del libro.

photo_camera Feria del libro.

Casi seguro que cualquiera que pueda leer este artículo ha tenido ocasión de ver en la prensa o en la TV las escenas dantescas que se han producido recientemente en el Everest. La última noticia que tengo es de diez muertos en el atasco, no de coches, sino de alpinistas en la inmensa cola para arribar a la cima más alta del mundo. ¿Qué ha pasado? De pronto, de una cima a la que se accedía con extrema dificultad, hemos pasado de que algún alpinista conseguía llegar, con más o menos medios, a que haya multitudes. Pero, además, por lo que parece, sin las debidas precauciones.

También me han contado que, en cuanto ha empezado el buen tiempo, el Camino de Santiago se ha llenado de peregrinos hasta límites nunca vistos. Y eso que la catedral apenas se puede visitar porque está en obras.

¿Qué tendríamos que pensar de estos fenómenos que se han convertido de masas? Alguno piensa que hay cierto borreguismo, voy donde va todo el mundo, es lo que toca, está de moda. Ojalá que todos los peregrinos que se amontonan en estos días por el Camino sean personas verdaderamente interesadas por conseguir un empujón en su vida, como nos cuentan la mayoría de las personas que lo hacen. Hace años pasé bastantes horas confesando en la catedral a los que iban llegando, en año santo, y ciertamente había infinidad de conversiones.

Me parece que lo de la Feria del Libro es algo parecido. Es lo que toca. Me resulta difícil admitir que esos miles de personas que se acercan al Parque del Retiro en estos días hayan leído algún libro en el resto del año, o desde la última feria. Mi experiencia, de no pocos años, es que, incluso las personas en quienes descubres un cierto interés por leer te dicen, con pena o con cara de cansados, que no tienen tiempo para leer. Hay gente que lee ensayo, otros que leen historia, muchos que leen novelas y otros que leen espiritualidad. Pero la inmensa mayoría no lee nada.

No tienen tiempo.

Pero te cuentan, sin el más mínimo reparo, de qué va la serie tal o la seria cual, que es ver cine simplemente por “perder un poco el tiempo”, porque están muy cansados. Pero ni un libro. Esto es lo que hay incluso en ambientes culturales. Conozco bastantes profesores que no leen un libro de literatura o historia porque leen lo de su especialidad, o sea cuestiones técnicas necesarias para una investigación. Pero leer por leer, por agrandar su cultura en todas las direcciones, por aprender a escribir, por disfrutar con esos personajes que han creado los clásicos y los escritores de ahora para que pensemos un poco en cómo es la vida, de eso nada.

Pero entonces, ¿quién va a la Feria? En realidad, es lo que se lleva, y si de paso se puede hacer una foto con un conocido o consigue que alguien le firme un libro, pues ya tan contentos. Sería muy interesante investigar cual es el número de libros firmados que no los ha llegado a leer nadie. No serán pocos porque, en realidad el interés por el paseo en la feria es la firma o la foto, o estar donde están todos.

Pero si la Feria del Libro consigue que cien personas se conviertan en lectores, ya habrá compensado el esfuerzo.

 

 

Todas las cosas por amor

La tarea de los cristianos es dar testimonio de la fe y desde ahí contribuir a que el mundo se acerque al designio del amor de Dios para todos. En una de sus catequesis, el Papa Francisco explicaba que la gloria que nos espera se construye en la tierra con el amor, y alentaba a los fieles a pedir al Padre que nos quite el velo de los ojos para que estos días, mirando al crucificado, podamos aceptar que Dios es amor y que estamos llamados a hacer todas las cosas por amor. Por ello la Iglesia celebra, en dos semanas, con la solemnidad de  la Eucaristía, el Día del Amor Fraterno. Las promesas políticas pasan, lo que nunca pasará será la Promesa de la Salvación.

Domingo Martínez Madrid

 

Un camino penitencial

El papa polaco reconocía que “la presente generación se siente privilegiada porque el progreso le ofrece tantas posibilidades, insospechadas hace solamente unos decenios”. Pero todo crecimiento va acompañado de dificultades. Por eso, “el panorama del mundo contemporáneo presenta también sombras y desequilibrios no siempre superficiales”. Lo recuerda el pontífice con pasajes expresivos de la Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, a la que siempre consideró “un documento de particular importancia”. Las fuentes de inquietud siguen vigentes por desgracia, como la permanencia de los arsenales atómicos o la persistencia del hambre en el mundo. Sobre todo, quizá, la humanidad está aún más amenazada por la “primacía de las cosas sobre la persona”, o la existencia de opresiones éticas que privan al ser humano de la libertad interior. Hasta llegar también –nueva coincidencia de tres papas- a una “desacralización que a veces se transforma en ‘deshumanización’: el hombre y la sociedad para quienes nada es ‘sacro’ van decayendo moralmente, a pesar de las apariencias”.

Juan Pablo II, después de páginas esclarecedoras sobre las exigencias de la justicia, invita a conseguir su plenitud recurriendo a la misericordia divina con ánimo penitente: “la Iglesia no puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. (…) Es pues necesario que todo cuanto he dicho en el presente documento sobre la misericordia se transforme continuamente en una ferviente plegaria (…) Recurramos al amor paterno que Cristo nos ha revelado en su misión mesiánica y que alcanza su culmen en la cruz, en su muerte y resurrección. Recurramos a Dios mediante Cristo, recordando las palabras del Magnificat de María, que proclama la misericordia ‘de generación en generación’”.

Jesús D Mez Madrid

 

 

Desde 1988

La intuición del sacerdote vallisoletano José Velicia, ya fallecido, y del escritor José Jiménez Lozano, ha ido cristalizando desde aquella primera exposición de 1988 y ha contribuido a valorar un enorme patrimonio artístico que han podido disfrutar más de once millones de personas que han pasado por las distintas ediciones en los últimos veinte años

En Lerma, población situada a medio camino entre Burgos y Aranda de Duero en el autovía A-1 de Madrid Irún, donde tiene lugar la exposición “Las Edades del Hombre” este año se articula en cinco capítulos está integrada por numerosas piezas de las más recónditas iglesias de la conocida como España vaciada. Muchas de ellas han sido restauradas y recuperadas para estas exposiciones que son verdaderos relatos catequéticos, expresión de la capacidad evangelizadora del arte cristiano.

Juan García.

 

URNAS VACÍAS: PUEBLOS AGOTADOS  (yII)

            Es claro que al igual que ocurría con esa clase política, ocurría con la clase adinerada o grandes propietarios, puesto que muchos de ellos y de ambas clases, acumularon capitales inmensos y algunos (se dice) que incluso en el extranjero y a buen recaudo de controles por parte de la nueva república... “las cárceles y los castigos, quedaron como siempre... para la plebe y alguna clase media un poquito rebelde y que no pudieran aislar en el ostracismo”.

            Y cómo el interés de esas clases dominantes y que resumen las dos palabras que siguen... “dinero y política”, sólo se ocuparon de cuanto se dice, pues la república empezó a crecer en delincuencia común a una velocidad enorme y tan es así, que llegó un momento en que pese a todas las penitenciarías que había y que se hicieron de nueva construcción... que fueron muchas... no había lugar para mantener más presos en las cárceles de la república y optaban, por ir acortando condenas, conceder privilegios a penados y ponerlos en la calle, aun cuando en muchos casos, fuesen asesinos, que reincidieron y siguieron asesinando, robando, estafando, etc. También aumentó muchísimo la delincuencia denominada “de guante blanco”, pero ya hemos dicho, que “el dinero y la política” estaban bien enlazados y a éstos apenas si se les tocaba, salvo a alguno que quiso “acaparar demasiado poder y que estaba reservado para otros”; pero aún en la cárcel, estos privilegiados lo fueron dentro de ella y en amplio sentido de lo que significa la palabra privilegio.

            Siguieron las ya atosigantes y cansinas votaciones, pues cada año había que “votar algo” y las urnas no paraban de ser sacadas para que en ellas, el denominado “pueblo soberano”, eligiera nuevas ternas de políticos, pero eso sí, elegidos en listas cerradas e impuestas por los partidos dominantes, que en realidad en vez de partidos democráticos, eran una especie de dictaduras soterradas y a cuyas cúspides, sólo llegaban los que dejaban entrar los ya instalados. O sea que los que se llenaban sus bocas de “democracia”, jamás la implantaron en sus organizaciones internas, puesto que como ya dije, era la forma de que muchos se eternizaran en puestos de poder y con garantías de emolumentos substanciosos; amén de guardaespaldas, coches blindados, etc.  “mientras al pueblo lo podían robar, extorsionar, o incluso asesinar en una indefensión nunca conocida tras las guerras civiles padecidas”; todo el aparato policial, se empleaba principalmente en sostener y cuidar de las cúpulas y de que el país no se moviese para nada... salvo para pagar impuestos que cada vez fueron más altos y confiscatorios.

            Proliferó igualmente y paralelo a cuanto se dice, una infinidad de parásitos, marginales o marginados, a los que se les mantenía y cuidaba, principalmente por conseguirles el voto, puesto que el voto de muchas de éstas muchedumbres, era la base para conseguir el poder de quién por ello mismo los cuidaba y mantenía, pese a que muchos de ellos eran pobres parásitos a los que nadie se cuidó de  educar y formar para hacerlos ciudadanos libres... era mejor mantener una gran cantidad de súbditos o cuasi siervos... o sea, la versión de “la plebe de Roma y el pan y circo”, pero dos milenios después de aquello que nos cuenta la historia.

            Pero llegó un momento en que la gente, se cansó; la gente que no percibía fondos de lo que se vino en denominar “la teta nacional” (erario público) y cada vez iban menos a votar, se cundió el desánimo y la terrible frase de... ¿votar, para  qué? No se rebelaron, no, aquellas gentes eran lo suficientemente inteligentes para haber aprendido que la rebelión por la fuerza y como siempre, sólo traería desgracias y penurias para los rebeldes; por tanto decidieron emplear una especie de colectiva resistencia pasiva y la que se fue extendiendo, de forma que en cada votación iba menos gente a votar. Y ello pese a que por los medios de “comunicación social” (todos controlados por el dinero y la política) y empleando todas las técnicas habidas y por haber, se les incitaba a ejercer “el sagrado derecho al voto”.

            Así en aquellas últimas votaciones, ocurrió algo insólito. Llegado el día crucial y establecidas las mesas y las urnas; cubiertas las plazas de los vigilantes de las mismas... fueron entrando los que votaron aquel día y que sólo fueron, los pertenecientes a partidos que esperaban algo o ya lo tenían asegurado, y algunos de sus familiares... echaron las papeletas en las urnas, extrañándose de que tan poca gente hubiese ese día en los colegios electorales.

            Llegado el escrutinio, la cantidad global fue irrisoria con arreglo a la población de aquella república, pero como “el que no vota no cuenta”; con toda la cara dura del mundo, se consideraron válidas aquellas elecciones y contando y recontando aquella miseria de votos, se hicieron los consabidos repartos por la ley proporcional, que un belga inventara para “este tipo de compadreo” y se constituyeron todos los cargos... como si nada hubiese pasado en aquella ya agotada república.

            Todo siguió la “normalidad democrática” e incluso se llegó a la inauguración oficial y toma de posesión de los “cargos electos por el pueblo”, para lo que se montó la  parafernalia que cada vez se montaba y al amparo de tal espectáculo, se fue reuniendo en la  explanada del palacio donde morarían “aquellos padres de la república”... una silenciosa multitud, que fue acudiendo pausadamente y sin producir recelos a los cientos de guardias armados que velaban por la seguridad del evento. Así se pudo llenar a rebosar aquella explanada y cuando el acto terminó y con gran boato, todos los asistentes y por orden  de categorías iniciaron la salida “triunfal”, del parlamento; aquella multitud y en total silencio, fue sacando de sus bolsillos una hoja de papel tamaño folio, que mostrándola a toda aquella “aristocracia democrática”, la pudo ir leyendo sin dificultad alguna.

       Aquel folio y en letras grandes ocupándolo todo, simplemente decía.

¡¡F U E R A!!

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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