Las Noticias de hoy 23 Mayo 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 23 de mayo de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

El Espíritu Santo, “protagonista de toda oración cristiana”

“Nunca dejemos de hablar al Padre de nuestros hermanos y hermanas” – Catequesis completa

Francisco anima a los hispanoparlantes a “ser hombres y mujeres de oración”

Ser testigos de la caridad y la fraternidad – Mensaje del Papa a los fieles en China

Encuentro del Santo Padre con Denis Mukwege, Premio Nobel de la Paz

OFRECER LAS OBRAS DEL DÍA: Francisco Fernandez Carbajal

“¡Enséñame a tratar a tu Hijo!”: San Josemaria

Se hablará de ella: Andrés Cárdenas

La gratitud nos mueve a la lucha: Justin Gillespie

La oración, algo indispensable: Tere Fernández del Castillo

Sor Lucía, vidente de Fátima, nos da 7 razones para rezar el Santo Rosario todos los días

Luces de Dios: Ernesto Juliá

“Hacer el bien es siempre algo grande”: Alfonso Aguiló

¿Es rentable ser bueno?: José Luis Martín Descalzo

El reto de la honestidad: Lucía Legorreta

Las cinco etapas por las que pasa el matrimonio: LaFamilia.info

Hoy existen muchos ídolos: Pedro García

Mártires de sangre: Jesús Martínez Madrid

Habla al unísono en Venezuela: Jesús D Mez Madrid

Cambios climáticos múltiples: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

Email: felixfernandez@ffastur.com

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ROME REPORTS

 

 

 

El Espíritu Santo, “protagonista de toda oración cristiana”

Resumen de la catequesis en español

mayo 22, 2019 10:18Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT –22 mayo 2019).-  El Santo Padre ha resaltado hoy la importancia radical del Espíritu Santo en la oración: “El Nuevo Testamento nos revela que el primer protagonista de toda oración cristiana es el Espíritu Santo, que hemos recibido en nuestro bautismo y que nos hace capaces de orar como lo que somos, Hijos de Dios, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús. Este es el misterio de la oración cristiana, que nos introduce en el diálogo amoroso de la Santísima Trinidad”.

En la audiencia general de hoy, 22 de mayo de 2019, el Papa Francisco ha finalizado el ciclo de catequesis sobre el Padre Nuestro.

Abbá, papá

Con respecto a la oración del Padre Nuestro, el Pontífice ha señalado que el rezo del mismo no debe ser una fórmula que repitamos mecánicamente, sino de una manera de encontrar la “intimidad filial” con el Señor, llamándole “¡Abbá!, Papá”: “Es la intimidad en la que Jesús, el revelador del Padre, nos introduce por su gracia”, añadió el Pontífice.

Igualmente, resaltó que “el Catecismo de la Iglesia católica nos recuerda que: ‘es el Espíritu Santo, [quien] a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre’ (N. 2766)”.

Jesús y la oración

El Santo Padre también subrayó que el Evangelio muestra que todas las expresiones con las que Jesús reza a lo largo de su vida se refieren al Padre Nuestro y que  animó repetidamente a los discípulos a cultivar el espíritu de oración.

 

“Nunca dejemos de hablar al Padre de nuestros hermanos y hermanas” – Catequesis completa

Fin del ciclo sobre el Padre Nuestro

mayo 22, 2019 16:52Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 22 mayo 2019).- El Papa Francisco ha exhortado a que, en la oración, “nunca dejemos de hablar al Padre de nuestros hermanos y hermanas en la humanidad, para que ninguno de ellos, especialmente los pobres, permanezca sin un consuelo y una porción de amor”.

En la audiencia general de hoy, miércoles 24 de abril de 2019, el Santo Padre ha finalizado el ciclo de catequesis sobre el Padre Nuestro. A lo largo de ella, el Pontífice ha subrayado la necesidad de cultivar la oración y de dirigirnos a Dios como Padre, siendo el Espíritu Santo el que nos hace rezar verdaderamente como hijos de Dios.

Audacia de llamar a Dios “Padre”

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Francisco ha señalado en primer lugar que esta oración cristiana nace de la audacia de llamar a Dios “Padre”.

Jesús es el que nos introduce en este rezo, que no es una fórmula, sino una manera de adentrarnos por medio de la gracia en la “intimidad filial” con el Señor.

Efectivamente, el Papa ha remarcado que el texto del Padre Nuestro recuerda a las expresiones de oración que aparecen en el Evangelio y ha enumerado algunos ejemplos.

Así, en Getsemaní, Jesús reza y se dirige a Dios con el término “Abbà” (Padre) y san Pablo también utilizó está invocación.

Espíritu Santo, protagonista

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Francisco ha subrayado que el primer protagonista de toda oración cristiana es el Espíritu Santo: “Él  sopla en el corazón de cada uno de nosotros que somos discípulos de Jesús. El Espíritu nos hace capaces de orar como hijos de Dios, como realmente somos por el Bautismo. El Espíritu nos hace rezar en el ‘surco’ que Jesús excavó para nosotros. Este es el misterio de la oración cristiana: la gracia nos atrae a ese diálogo de amor de la Santísima Trinidad”.

“Dios mío, Dios mío”

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Asimismo, el Pontífice ha recordado que, aunque el Padre celestial no abandonaría a su Hijo, el amor de Jesús por nosotros le llevó  “al punto de experimentar el abandono de Dios, su lejanía, porque había tomado sobre sí todos nuestros pecados”.

En el momento de la cruz, cuando Jesús experimenta el mayor dolor, enuncia “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46). Y en ese “mío”,  que reitera  la consabida relación filial, “está el núcleo de la relación con el Padre, está el núcleo de la fe y de la oración”, explica el Obispo de Roma.

Orar en cualquier situación

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A partir de este núcleo, continuó el Pontífice, “un cristiano puede rezar en cualquier situación”, con las expresiones de la Biblia o con cualquiera de las que han surgido a lo largo de la historia.

Finalmente, el Papa Francisco ha propuesto repetir la siguiente plegaria de Jesús: “Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a  pequeños” (Lc 10:21 ).

Para rezar, concluyó el Obispo de Roma, “tenemos que hacernos pequeños, para que el Espíritu Santo venga a nosotros y sea Él quien nos guíe en la oración”.

A continuación exponemos la catequesis completa del Santo Padre.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

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Hoy terminamos el ciclo de catequesis sobre el “Padre Nuestro”. Podemos decir que la oración cristiana nace de la audacia de llamar a Dios con el nombre de “Padre”. Esta es la raíz de la oración cristiana: llamar “Padre” a Dios. ¡Hace falta valor! No se trata  tanto de una fórmula, como de una intimidad filial en la que somos introducidos por gracia: Jesús es el revelador del Padre y nos da familiaridad con Él. ” No nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico). Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre. “(Catecismo de la Iglesia Católica, 2766). Jesús mismo usó diferentes expresiones para rezar al Padre. Si leemos con atención los Evangelios descubrimos que estas expresiones de oración que emergen en los labios de Jesús recuerdan el texto del “Padre Nuestro”.

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Por ejemplo, en la noche de Getsemaní, Jesús reza así: “¡Abba, Padre! Todo es posible para ti: ¡aparta de mí esta copa! pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú “(Mc 14:36). Ya hemos recordado este texto del Evangelio de Marcos. ¿Cómo podemos dejar de reconocer en esta oración, por muy breve que sea, un rastro del “Padre Nuestro”? En medio de las tinieblas, Jesús invoca a Dios con el nombre de “Abbà”, con confianza filial y, aunque sienta temor y angustia, pide que se cumpla su voluntad.

En otros pasajes del Evangelio, Jesús insiste con sus discípulos para que cultiven un espíritu de oración. La oración debe ser insistente, y sobre todo, debe recordar a los hermanos, especialmente cuando vivimos relaciones difíciles con ellos. Jesús dice: “Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tienes algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestras ofensas” (Mc 11, 25). ¿Cómo podemos dejar de reconocer la similitud con el “Padre Nuestro” en estas expresiones? Y los ejemplos podrían ser numerosos, también para nosotros.

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En los escritos de San Pablo no encontramos el texto del “Padre Nuestro”, pero su presencia emerge en esa estupenda síntesis donde la invocación del cristiano se condensa en una sola palabra: “Abbà” (véase Rom 8:15; Gal 4 , 6). En el Evangelio de Lucas, Jesús satisface plenamente la petición de los discípulos que, al verlo a menudo aislarse y sumergirse en la oración, un día deciden preguntarle: “Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan (el  Bautista) a sus discípulos” ( 11.1). Y entonces el Maestro les enseñó la oración al Padre.

Considerando el Nuevo Testamento en conjunto, resalta claramente que el primer protagonista de toda oración cristiana es el Espíritu Santo. No lo olvidemos: el protagonista de toda oración cristiana es el Espíritu Santo. Nosotros no podríamos rezar nunca sin la fuerza del Espíritu Santo. Es él quien reza en nosotros y nos mueve a rezar bien. Podemos pedir al Espíritu Santo que nos enseñe a rezar, porque Él es el protagonista, el que hace la verdadera oración en nosotros. Él  sopla en el corazón de cada uno de nosotros que somos discípulos de Jesús. El Espíritu nos hace capaces de orar como hijos de Dios, como realmente somos por el Bautismo. El Espíritu nos hace rezar en el “surco” que Jesús excavó para nosotros. Este es el misterio de la oración cristiana:  la gracia nos atrae a ese diálogo de amor de la Santísima Trinidad.

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Jesús rezaba así. A veces usaba expresiones que ciertamente están muy lejos del texto del “Padre Nuestro”. Pensad en las palabras iniciales del Salmo 22, que Jesús pronuncia en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46). ¿Puede el Padre celestial abandonar a su Hijo? No, desde luego. Y sin embargo, el amor por nosotros, los pecadores, llevó a Jesús a este punto: al punto de experimentar el abandono de Dios, su lejanía, porque había tomado sobre sí todos nuestros pecados. Pero incluso en el grito de angustia, permanece el ” Dios mío, Dios mío“. En ese “mío” está el núcleo de la relación con el Padre, está el núcleo de la fe y de la oración.

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Por eso, a partir de este núcleo, un cristiano puede rezar en cualquier situación. Puede asumir todas las oraciones de la Biblia, especialmente de los Salmos; pero puede rezar también con tantas expresiones que en milenios de historia han brotado del corazón de los hombres. Y nunca dejemos de hablar al Padre de nuestros hermanos y hermanas en la humanidad, para que ninguno de ellos, especialmente los pobres, permanezca sin un consuelo y una porción de amor.

Al final de esta catequesis, podemos repetir esa oración de Jesús: “Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a   pequeños” (Lc 10:21 ). Para rezar tenemos que hacernos pequeños, para que el Espíritu Santo venga a nosotros y sea Él quien nos guíe en la oración.

© Librería Editorial Vaticana

 

Francisco anima a los hispanoparlantes a “ser hombres y mujeres de oración”

Se dirigió a un grupo de Guinea Ecuatorial

mayo 22, 2019 11:11Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 22 mayo 2019).- “A todos los animo a que pidan al Señor la gracia de ser hombres y mujeres de oración, y a que recuerden ante el Padre a todos nuestros hermanos y hermanas, especialmente a los más necesitados y abandonados, para que a ninguno falte consolación y amor”.

Estas son las palabras del Papa Francisco dirigidas a los hispanohablantes durante la audiencia general celebrada hoy, 22 de mayo de 2019, en la plaza de San Pedro. En esta catequesis, el Obispo de Roma ha finalizado el ciclo sobre el Padre Nuestro, recordando la importancia del Espíritu Santo para la oración cristiana.

El Papa también ha saludado a los peregrinos de lengua española procedentes de España, América Latina y Guinea Ecuatorial. Finalmente, les ha ofrecido a todos su bendición.

Peregrinos de Guinea Ecuatorial

Durante este saludo a los hispanoparlantes, el Santo Padre se ha dirigido especialmente a los que han llegado desde la diócesis de Ebibeyin, en Guinea Ecuatorial, acompañados por su Obispo, Monseñor Miguel Ángel Nguema Bee.

 

Ser testigos de la caridad y la fraternidad – Mensaje del Papa a los fieles en China

Fiesta de la Virgen “Auxilio de los cristianos”

mayo 22, 2019 14:46Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 22 mayo 2019).-  “Queridos fieles en China, nuestra Mamá del Cielo os ayude a todos a ser testigos de la caridad y la fraternidad, manteniéndoos siempre unidos en la comunión de la Iglesia universal. Rezo por vosotros y os bendigo”. Estas son las palabras con las que el Papa Francisco se ha dirigido a la comunidad católica de este país asiático.

Después de la catequesis de la Audiencia general, el Papa Francisco ha mandado un mensaje especial a los fieles católicos de China con motivo de la fiesta de la Santísima Virgen María “Auxilio de los Cristianos”. Esta advocación, que se celebra el próximo 24 de mayo, es particularmente venerada en el santuario de “Nuestras Señora de Sheshan” en Shanghai.

El Papa ha aprovechado esta ocasión para manifestar su “cercanía y afecto a todos los católicos en China, quienes, entre las pruebas y las fatigas diarias siguen  creyendo, esperando y amando”.

Finalmente, junto a los participantes en la audiencia, el Santo Padre ha rezado un avemaría por los católicos en China.

 

Encuentro del Santo Padre con Denis Mukwege, Premio Nobel de la Paz

Defensor de los derechos de las mujeres congoleñas

mayo 22, 2019 18:03Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 22 mayo 2019).- Hoy , 22 de mayo de 2019, tras la Audiencia General, el Papa Francisco ha saludado al doctor congoleño Denis Mukwege, Premio Nobel de la Paz 2018.

Así lo ha informado el director ad interim de la la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Alessandro Gisotti.

Encuentro con el Papa

En declaraciones a Vatican Media después de su encuentro con el Papa, Denis Mukwege ha destacado que Francisco “conoce muy bien los problemas de mi país” y ha reiterado su compromiso con la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres.

Este ginecólogo también ha explicado que, durante más de 20 años, la República del Congo ha sufrido la pérdida de millones de personas, a menudo debido a masacres, hambre o falta de atención médica y cientos de miles de mujeres han sufrido situaciones de violencia.

Denis Mukwege

Denis Mukwege es ginecólogo y fundador el Hospital Panzi en Bukavu, en el sudoeste de la República del Congo. En este hospital ha ayudado a miles de mujeres, víctimas de agresiones sexuales. Uno de sus objetivos primordiales es poner fin a la impunidad de los responsables de este tipo de abusos en su país.

Mukwege es un firme defensor de los derechos de la mujer que no se ciñe a los cuidados médicos, sino que también atiende a otras cuestiones tales como la ayuda a la educación, a la inserción social, el acompañamiento judicial o las campañas de sensibilización.

Ha sobrevivido a seis intentos de asesinato. En 2012 tuvo que refugiarse en Europa por haber denunciado a los responsables de la violencia en su país y volvió al año siguiente para retomar sus compromisos sociales.

Premio Nobel de la Paz

En 2018, junto con Nadia Murad -la joven yazidí iraquí secuestrada y abusada por el grupo yihadista Estado Islámico-, Denis Mukwege fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Ambos fueron recompensados ​​por sus esfuerzos para poner fin al uso de la violencia sexual como arma en las guerras.

 

 

OFRECER LAS OBRAS DEL DÍA

— El ofrecimiento de obras dirige a Dios nuestro día desde los comienzos. Nuestra primera oración.

— Cómo hacerlo. El «minuto heroico».

— El ofrecimiento de obras y la Santa Misa. Ofrecer nuestra tarea al Señor muchas veces al día.

I. Para ordenar nuestra vida, el Señor nos ha dado los días y las noches. El día habla al día y la noche comunica sus pensamientos a la noche1. Y cada nuevo día, al despedirse el día pasado, nos recuerda que hemos de continuar nuestros trabajos interrumpidos y renovar nuestros proyectos y nuestras esperanzas. «El hombre sale a trabajar hasta el anochecer: entonces llega la noche y, con una amable sonrisa, (Dios) nos manda dejar todos nuestros juguetes, con los cuales nos alborotamos tanto nosotros (...), nos cierra los libros, nos esconde las distracciones, extiende un gran manto negro sobre nuestra vida...; cuando la oscuridad se cierra a nuestro alrededor, vivimos un ensayo general de la muerte; el alma y el cuerpo se dan las buenas noches... Luego llega la mañana y con la mañana el renacimiento»2.

Cada día comienza, en cierto modo, con un nacimiento y acaba con una muerte; cada día es como una vida en miniatura. Al final, nuestro paso por el mundo habrá sido santo y agradable a Dios si hemos procurado que cada jornada fuera grata a Dios, desde que despunta el sol hasta su ocaso. También la noche, porque del mismo modo la hemos ofrecido al Señor. El hoy es lo único de que disponemos para santificarlo. El día habla al día; el día de ayer susurra al de hoy, y nos dice de parte del Señor: Comienza bien. «Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti»3. El día de ayer ha desaparecido para siempre, con todas sus posibilidades y con todos sus peligros. De él solo han quedado motivos de contrición por las cosas que no hicimos bien, y motivos de gratitud por las innumerables gracias, beneficios y cuidados que recibimos de Dios. El «mañana» está aún en las manos del Señor.

Lo que debemos santificar es el día de hoy. ¿Y cómo vamos a empezarlo si no es ofreciéndoselo a Dios? Solo quienes no conocen a Dios y los cristianos tibios comienzan sus días de cualquier manera. El ofrecimiento de obras por la mañana es un acto de piedad que orienta bien el día, que lo dirige a Dios desde sus comienzos, de la misma manera que la brújula señala al Norte. El ofrecimiento de obras nos dispone desde el primer momento para escuchar y atender las innumerables inspiraciones y mociones del Espíritu Santo en este día, que ya no se repetirá nunca más. Hoy si oís su voz no queráis endurecer vuestros corazones4. Y en cada jornada nos habla Dios.

Le decimos al Señor que le queremos servir en el día de hoy, que le queremos tener presente. «Renovad cada mañana, con un serviam! decidido –¡te serviré, Señor!–, el propósito de no ceder, de no caer en la pereza o en la desidia, de afrontar los quehaceres con más esperanza, con más optimismo, bien persuadidos de que si en alguna escaramuza salimos vencidos podremos superar ese bache con un acto de amor sincero»5.

Nuestras obras llegarán antes a Dios si hacemos el ofrecimiento a través de su Madre, que es también Madre nuestra. «Aquello poco que desees ofrecer, procura depositarlo en aquellas manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor sin sufrir de Él repulsa»6.

II. La costumbre de ofrecer el día a Dios también la vivían los primeros cristianos: «apenas despertar, antes de enfrentarse de nuevo con el trasiego de la vida, antes de concebir en su corazón cualquier impresión, antes incluso de acordarse del cuidado de sus intereses familiares, consagran al Señor el nacimiento y principio de sus pensamientos»7.

San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a ofrecer todo su día a Dios. Recomendaba a los primeros cristianos de Corinto: Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios8. Y a los colosenses: Y todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él9.

Muchos buenos cristianos tienen el hábito adquirido de dirigir su primer pensamiento a Dios. Y enseguida el «minuto heroico», que es una buena ayuda para hacer bien el ofrecimiento de obras y comenzar bien el día. «Sin vacilación: un pensamiento sobrenatural y... ¡arriba! —El minuto heroico: ahí tienes una mortificación que fortalece tu voluntad y no debilita tu naturaleza»10. «Si, con la ayuda de Dios, te vences, tendrás mucho adelantado para el resto de la jornada.

«¡Desmoraliza tanto sentirse vencido en la primera escaramuza!»11.

Aunque no hay por qué adaptarse a una fórmula concreta, es conveniente tener un modo habitual de hacer esta práctica de piedad, tan útil para que marche bien toda la jornada. Unos recitan alguna oración sencilla aprendida de pequeños... o de mayores. Es muy conocida esta oración a la Virgen, que sirve a la vez de ofrecimiento de obras y de consagración personal diaria a Nuestra Señora: ¡Oh Señora mía! ¡Oh madre mía! Yo me ofrezco del todo a Vos, y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, ¡oh Madre de bondad!, guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra. Amén.

Aparte del ofrecimiento de obras, cada cual verá lo que estima oportuno añadir a sus oraciones al levantarse: alguna oración más a la Virgen, a San José, al Ángel de la Guarda. Es un momento también oportuno para traer a la memoria los propósitos de lucha que se concretaron en el examen de conciencia del día anterior, renovando el deseo y pidiendo a Dios la gracia para cumplirlos.

Señor, Dios todopoderoso, que nos has hecho llegar al comienzo de este día: sálvanos hoy con tu poder, para que no caigamos en ningún pecado; sino que nuestras palabras, pensamientos y acciones sigan el camino de tus mandatos12.

III. Hemos de dirigirnos al Señor cada día pidiéndole ayuda para tenerle siempre presente; y no solo en los momentos expresamente dedicados a hablar con Él, sino también en las normales actividades diarias, pues queremos que además de estar bien realizadas sean oración grata a Dios. Por eso podemos decir con la Iglesia: Te pedimos, Señor, que prevengas nuestras acciones y nos ayudes a proseguirlas, para que todo nuestro trabajo empiece en Ti y por Ti alcance su fin13.

En la Santa Misa encontramos el momento más oportuno para renovar el ofrecimiento de nuestra vida y de las obras del día. Cuando el sacerdote ofrece el pan y el vino, nosotros ofrecemos cuanto somos y poseemos, y todo aquello que nos proponemos hacer en esa jornada que comienza. En la patena ponemos la memoria, la inteligencia, la voluntad... Además, familia, trabajo, alegrías, dolor, preocupaciones... Y las jaculatorias y actos de desagravio, las comuniones espirituales, las pequeñas mortificaciones, los actos de amor con que esperamos llenar el día. Siempre resultarán pobres y pequeños estos dones que ofrecemos, pero al unirse a la oblación de Cristo en la Misa se hacen inconmensurables y eternos. «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechas en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (Cfr. 1 Pdr 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor»14.

En el altar, junto al pan y al vino, hemos dejado cuanto somos y poseemos: ilusiones, amores, trabajos, preocupaciones... Y en el momento de la Consagración se lo entregamos definitivamente a Dios. Ahora, ya nada de eso es solo nuestro, y por tanto –como quien lo ha recibido en depósito y administración– deberemos utilizarlo para el fin al que lo hemos destinado: para la gloria de Dios y para hacer el bien a quienes están cerca de nosotros.

El haber ofrecido todas nuestras obras a Dios nos ayudará a hacerlas mejor, a trabajar con más eficacia, a estar más alegres en la vida de familia aunque estemos cansados, a ser mejores ciudadanos, a vivir mejor la convivencia con todos. El ofrecimiento de nuestras obras podemos repetirlo, aunque solo sea con el pensamiento, muchas veces a lo largo del día; por ejemplo, cuando iniciamos una nueva actividad, o cuando lo que estamos haciendo nos resulte particularmente dificultoso. El Señor también acepta nuestro cansancio, que así adquiere un valor redentor.

Vivamos cada día como si fuera el único que tenemos para ofrecer a Dios, procurando hacer las cosas bien, rectificando cuando las hemos hecho mal. Y un día será el último y también se lo habremos ofrecido a Dios nuestro Padre. Entonces, si hemos procurado vivir ofreciendo continuamente a Dios nuestra vida, oiremos a Jesús que nos dice, como al buen ladrón: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso15.

1 Sal 18, 3. — 2 R. A. Knox, Ejercicios para seglares, Rialp, 2ª ed., Madrid 1962, pp. 45-46. — 3 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 253. — 4 Sal 94, 7-8. — 5 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 217. — 6 San Bernardo, Hom. en la Natividad de la B. Virgen María, 18. — 7 Casiano, Colaciones, 21. — 8 1 Cor 10, 31. — 9 Col 3, 17. — 10 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 206. — 11 Ibídem, n. 191. — 12 Liturgia de las Horas. Laudes. — 13 Ibídem, Oración de Laudes. Lunes 1ª semana. — 14 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 34. — 15 Lc 23, 43.

 

 

“¡Enséñame a tratar a tu Hijo!”

Si no tratas a Cristo en la oración y en el Pan, ¿cómo le vas a dar a conocer? (Camino, 105)

Procura dar gracias a Jesús en la Eucaristía, cantando loores a Nuestra Señora, a la Virgen pura, la sin mancilla, la que trajo al mundo al Señor.
–Y, con audacia de niño, atrévete a decir a Jesús: mi lindo Amor, ¡bendita sea la Madre que te trajo al mundo!
De seguro que le agradas, y pondrá en tu alma más amor aún. (Forja, 70)
Busca a Dios en el fondo de tu corazón limpio, puro; en el fondo de tu alma cuando le eres fiel, ¡y no pierdas nunca esa intimidad!
–Y, si alguna vez no sabes cómo hablarle, ni qué decir, o no te atreves a buscar a Jesús dentro de ti, acude a María, «tota pulchra» –toda pura, maravillosa–, para confiarle: Señora, Madre nuestra, el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Dios: ¡enséñame –enséñanos a todos– a tratar a tu Hijo! (Forja, 84)

 

 

Se hablará de ella

La santidad de Guadalupe, como recuerda el Papa Francisco, forma parte del «rostro más bello de la Iglesia», su imagen más auténtica, porque se trata de la vida del mismo Cristo que se da a todas las personas que le rodean.

Otros16/05/2019

Opus Dei - Se hablará de ella

Betania está a tres kilómetros de Jerusalén. Jesús y sus discípulos están a la mesa en casa de una familia amiga. Allí se encuentra una mujer que juega con un pequeño frasco de alabastro entre sus manos, mientras espera con impaciencia el instante oportuno para actuar. Estos recipientes eran pequeñas vasijas de piedra, muchas veces decorados, con el cuello muy estrecho para que solamente pudieran pasar pocas gotas del líquido que contenían dentro; esta forma los hacía especialmente útiles para dispersar fragancias o ungüentos. La mujer había llenado el pequeño frasco con “perfume de nardo puro de mucho precio” (Mc 14,3).

Ahora piensa que ha llegado el momento. Se levanta y, acercándose a Jesús, rompe el frasco probablemente por aquella parte más angosta. La vistosa vasija, que podía haberse utilizado también como decoración, no estaba destinada a conservarse en algún rincón de su casa. El perfume, que sería la envidia de sus conocidas, tampoco era para utilizarlo en ella misma. Podía haber optado por derramar sobre Cristo tan solo una parte, unas cuantas gotas, sin necesidad de romper su recipiente: la justa medida para que constara públicamente su adhesión al Maestro. Pero su corazón le pide verterlo todo, derramar sobre Jesús todo lo que tenía entre manos. Detrás de este gesto habría mucho trabajo, horas, pensamientos, sacrificios, afectos, sueños: todo era para su Maestro.

En el aire de la habitación se mezclan el aroma de nardo y el amor de esta mujer. Por eso Jesús se ve movido a decir: «Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta buena nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que esta ha hecho» (Mt 26,13).

Con todas mis fuerzas

Esas mismas palabras de Cristo podemos aplicarlas a la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri y a todos los santos y santas de la Iglesia Católica: en el mundo entero se habla de lo que han hecho. Benedicto XVI, en una ocasión, recordó a las mujeres que Jesús encontró en el camino y que pusieron su vida al servicio del Evangelio: la profetisa Ana, la samaritana, la mujer siro-fenicia, la hemorroísa, la pecadora perdonada, María Magdalena, Juana, Susana, las que no abandonaron a Jesús durante su Pasión y «otras muchas» (Lc 8,3), además de todas las cristianas de aquellos primeros años que vienen mencionadas en el Nuevo Testamento[1]. Esto ha sido constante a lo largo de la historia: la Iglesia siempre ha estado adornada por mujeres santas, entre las que además se cuentan cuatro Doctoras de la Iglesia. En este largo catálogo aparece ahora también Guadalupe por haber vivido, impulsada por el Espíritu Santo, las virtudes de manera heroica y discreta siguiendo el espíritu del Opus Dei. La santidad de todas estas mujeres, en palabras del Papa Francisco, «es el rostro más bello de la Iglesia»[2], su imagen más auténtica, porque se trata del desarrollo de la vida del mismo Cristo dentro de cada persona.

El 19 de marzo de 1944, Guadalupe, como la mujer de Betania, rompió el frasco que contenía lo más valioso que tenía: su propia vida. Desde aquel día, vivió para ungir a Jesús con el perfume de su libertad

Muchas de estas mujeres podrían recordar el momento en el que Dios quiso meterse en su vida de un modo nuevo, con una intensidad especial, tal vez porque estaban ya preparadas para lanzarse a una aventura divina. En este sentido, el Decreto sobre las virtudes de Guadalupe, después de repasar brevemente su años de infancia y juventud, da cuenta de su encuentro con san Josemaría, el 25 de enero de 1944. Era la tarde invernal de un martes. Acudió por recomendación de un amigo, con el que había coincidido en el tranvía después de Misa. Guadalupe recuerda lo que experimentó, pasado un breve intercambio de palabras con el fundador del Opus Dei: «Tuve la sensación clara de que Dios me hablaba a través de aquel sacerdote (…). Sentí una fe grande, fuerte reflejo de la suya… y me puse interiormente en sus manos para toda mi vida»[3]. Durante los días que siguieron a aquel encuentro –señala el Decreto– Guadalupe «entendió con claridad que Dios la llamaba para servir a la Iglesia a través del trabajo hecho por amor y del apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria»[4].

Desde aquel día comenzó a frecuentar el primer centro de mujeres del Opus Dei, ubicado en la calle Jorge Manrique, en Madrid, donde poco a poco incorporaba a su vida sencillas costumbres de piedad. El 19 de marzo de 1944, después de hacer un curso de retiro, pasados menos de dos meses desde que conociera al fundador del Opus Dei, Guadalupe pidió la admisión en la Obra. «Dios, en su gran bondad, quiere que trabaje en ella con todas mis fuerzas»[5], escribió en una carta dirigida a san Josemaría. Aquel día Guadalupe, como la mujer de Betania, quiso romper el frasco que contenía lo más valioso que tenía: su propia vida. Aquel día –y todos los que vinieron a continuación– Guadalupe quiso ungir a Jesús con el perfume de su libertad.

Lo que llevo dentro

El Decreto sobre las virtudes se explaya al repasar múltiples facetas de su personalidad: «la alegría contagiosa, la fortaleza para afrontar las adversidades, el optimismo cristiano en circunstancias difíciles y su entrega a los demás». Se recuerdan detalles de su generosidad con quienes la rodeaban, especialmente cuando se trataba de entregar su tiempo; se da cuenta de su amabilidad, de su obediencia, sobriedad y tenacidad. El mismo documento no deja de resaltar su fe, manifestada en «la aceptación alegre de la voluntad de Dios», su esperanza y su caridad.

Esta lista puede hacernos pensar que Guadalupe era una persona fuera de lo común. Alguien que tiene todas esas virtudes probablemente contrasta con la impresión que tenemos de nuestra propia vida, en la que muchas veces no sabemos ni siquiera por dónde empezar a luchar. Ante esto podemos recordar que la santidad es, ante todo, una obra que realiza Dios en nosotros. Y, por otro lado, es bueno ser conscientes de que tampoco Guadalupe la alcanzó de la noche a la mañana. El Señor cuenta con nuestra historia, con nuestras tareas, con la relación con quienes nos rodean, para moldear poco a poco esa santidad única en cada persona. San Josemaría, con su experiencia de sacerdote, decía que «las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo»[6].

En ese sentido, las cartas enviadas por Guadalupe al fundador del Opus Dei a lo largo de los años, en las cuales descubría con delicadeza su alma, son testigos de los defectos que día a día ella misma detectaba en su carácter[7]. Aunque muchas veces estas debilidades se repetían diariamente, esto no era una razón para resignarse. Su amor a Dios supo sobreponerse ante ellas. La fuerza que ofrece el Señor a través de los sacramentos y a través de la vida de piedad es la que resplandece detrás de aquella descripción de las virtudes de Guadalupe. Faltando pocos días para abordar el avión que la llevaría hasta tierras americanas, para poner allí las primeras semillas del apostolado del Opus Dei, señalaba: «En la oración y en la Misa me esfuerzo mucho (…). Cada vez noto más que lo hago todo por lo que llevo dentro, y eso me da mucha paz»[8].

¿Será este el camino hacia al Cielo?

Fueron muy variadas las actividades a las que, según el documento de la Congregación para las causas de los santos, se dedicó la beata Guadalupe. Todas estas tareas constituyen el ambiente dentro del cual puede fraguar la santidad: una residencia universitaria, un dispensario médico, en medio de talleres manuales o de escritura, moviéndose de pueblo en pueblo, en las oficinas desde donde se orienta el apostolado del Opus Dei, en las aulas de química o de ciencias domésticas, o en la habitación de un hospital[9]. En la agitación de ese traqueteo diario, lo más común es no ser totalmente conscientes del trabajo que realiza el Espíritu Santo en nuestra alma. De hecho, de ordinario el alma se calienta poco a poco. Sucede en la vida espiritual como cuando los niños aprenden a hablar: lentamente, metidos en la conversación diaria, a fuerza de uso, su lenguaje se va enriqueciendo imperceptiblemente. Así se metió Dios en la vida de Guadalupe.

La santidad es una obra que hace el Espíritu Santo en nosotros. Y para ello cuenta con nuestra historia, nuestras tareas, con la relación con quienes nos rodean, para ir moldeando esa imagen suya que es única en cada uno

En marzo de 1950 habían salido hacia México las tres primeras mujeres del Opus Dei en ese país. Serían años de extender su apostolado por varias ciudades, a través de diversas iniciativas educativas y sociales. Por ejemplo, desde 1951, se habían hecho cargo de rehabilitar una antigua casa de campo –Montefalco– que utilizarían para impulsar socialmente la zona, además de organizar allí actividades destinadas a dar formación cristiana[10]. Guadalupe estuvo allí, entre otros muchos momentos, en abril de 1955 para vivir unas jornadas de retiro espiritual. Días después confiaba por carta su experiencia a san Josemaría, quien se encontraba en Roma. Le decía que no había tenido «ni altos ni bajos», pero que estaba encontrando a Dios con naturalidad en las cosas que hacía. Al final le transmitía también una inquietud: «Esa seguridad de Dios en mi camino, junto a mí, me da ilusión en todo, me hace fácil las cosas que antes no me gustaba hacer, de modo que, sin pensarlo, las hago. Padre, tengo una preocupación: ¿será de verdad el camino que llevo el del Cielo? Lo encuentro demasiado cómodo, pues no tengo problemas personales, casi nunca»[11].

La realidad es que, aunque la impresión de Guadalupe podía ser distinta, no faltaban problemas. Había pasado poco tiempo desde que la descripción de Montefalco era la de tener dos habitaciones con camas plegables, dos baños para casi cuarenta personas, además de las constantes instrucciones para no gastar ni una gota de agua de más, porque se terminaba rápidamente. Se insiste en no lavar «ni un pañuelo» en la casa[12]. Además, era Guadalupe quien estaba al frente de la preparación de las mujeres que pudieran encargarse de los apostolados del Opus Dei en varias ciudades mexicanas e incluso en varios países en los que se pensaba iniciar el trabajo. A todo esto, tampoco tenía dinero: había escrito a algunas de la Obra que estaban en Estados Unidos para pedirles un poco de ropa, ya que a las mexicanas se les habían terminado todos los préstamos al comprar los billetes de una que debía viajar a Roma. Nada de esto era demasiado cómodo ni era una real ausencia de problemas. Pero desde sus 27 años, el espíritu el Opus Dei le había ayudado a encontrar en la multitud de pequeñas dificultades una oportunidad para identificarse con la Cruz de Jesús. A san Josemaría le gustaba pensar que la santidad en la vida ordinaria es como un plano inclinado en el que, imperceptiblemente, se puede ascender hasta la más elevada unión con Dios.

Dios se metió en la vida de Guadalupe lentamente, de modo casi imperceptible, hasta hacerse tan imprescindible que la nueva beata lo encontraba con naturalidad en todas las cosas que hacía

También en este sentido, el fundador del Opus Dei, bastantes años después, con la conciencia de haber empleado su vida en transmitir ese espíritu que Dios le había confiado, decía a sus hijos durante una reunión familiar el 2 de enero de 1971: «Con la gracia del Señor, os he enseñado un camino, un modo de llegar al Cielo. Os he dado un medio para arribar al fin, de una manera contemplativa. El Señor nos concede esa contemplación, que de ordinario apenas sentís»[13].

Adonde vayas iré

El Padre, en su carta del 9 de enero de 2018, nos recordaba la historia de Rut, una de las grandes mujeres que protagonizaron la historia de la Salvación. Se fijaba, concretamente, cómo en su vida «libertad y entrega echan raíces en un profundo sentido de pertenencia a la familia»[14]. Rut era moabita pero contrajo matrimonio con un joven judío que había llegado a tierras extranjeras en busca de un mejor futuro. En su nueva familia, Rut encontró el sentido de su existencia: encontró al único Dios, sus palabras, su culto, su pueblo. Al poco tiempo, sin embargo, murieron los tres varones de la familia. Entonces Noemí, la suegra de Rut, entre lágrimas de tristeza, la anima a volver a su tierra, a sus dioses y allí rehacer su vida. Noemí, una mujer ya mayor, sabía que no podría ofrecer un futuro seguro ni con comodidades para sus nueras. Pero Rut le respondió: «No me obligues a marcharme y a alejarme de ti, pues adonde vayas iré y donde pases las noches las pasaré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios» (Rt 1,16).

El corazón de Guadalupe, aunque aquejado de graves problemas médicos, no conocía fronteras: fue un corazón enamorado, por eso la nueva beata fue tan feliz

Son numerosas las generaciones que han hablado de la fidelidad de Rut, así como de la mujer que derramó aquel perfume sobre Jesús. Muchos artistas han visto en su historia de fidelidad un motivo de inspiración. Las palabras citadas bien las podemos aplicar a los momentos en los que Guadalupe descubrió su llamada a la santidad en el Opus Dei: «Tu pueblo será mi pueblo». En sus cartas se manifiesta claramente esta convicción que caló muy pronto en su alma: la de estar dispuesta a lo que fuera por su familia y buscar siempre la felicidad de quienes la rodeaban. Escribía en diciembre de 1950: «Hoy he escrito para la Navidad a todas las nuestras de España, Roma, Chicago e Irlanda»[15]. En otra ocasión, enviaba unas letras a la directora de un centro del Opus Dei: «A querernos nosotras también, aunque a veces cueste un poquito, ¿de acuerdo? Ocúpate mucho de las nuestras (de todas)»[16]. Su corazón, aunque aquejado de graves problemas médicos, no conocía fronteras. Lo mismo sucedía con las personas que se acercaban a los medios de formación del Opus Dei. Esa aparente falta de dificultades en su vida era también fruto de estar pensando continuamente en los demás.

En junio de 1975 Guadalupe es internada en la Clínica de la Universidad de Navarra para una larga sucesión de chequeos médicos. Esto no hace que pierda su buen humor y, en sus cartas, compare sus sosegadas rutinas en el hospital a las del un balneario[17]. Fue finalmente operada el 1 de julio, pocos días después del fallecimiento de san Josemaría. En plena fase de recuperación, escribe a Roma, para agradecer todas las oraciones por su salud: «Aquí me tenéis. Todos tenemos un poco de parte en este asunto. El Padre, el primero, y por su intercesión, vuestra petición constante ha sido oída, y aquí aparezco con un corazón que hace ‘pon, pon…’ rítmicamente y con fuerza»[18]. Probablemente estas fueron las últimas letras escritas por Guadalupe Ortiz de Landázuri. Cuando las tuvo en sus manos el beato Álvaro del Portillo, escribió en un papel: “Guadalupe Ortiz de Landázuri está, con el Padre, en el Cielo”. Y ahora su corazón tiene más ritmo y fuerza que nunca.

Andrés Cárdenas


[1] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia 14-II-2007.

[2] Francisco, Ex. ap. Gaudete et exsultate (19-III-2018), n. 9.

[3] Manuscrito autógrafo, VII-1975, citado en Mercedes Eguíbar, Guadalupe Ortiz de Landázuri, Ediciones Palabra, Madrid, 2001, p. 45.

[4] Decreto sobre las virtudes de Guadalupe Ortiz de Landázuri, 4-V-2017.

[5] Carta a san Josemaría, 19-III-1944.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 78.

[7] Cfr. Letras a un santo, Oficina de información del Opus Dei, 2018.

[8] Carta a san Josemaría, 28-II-1950.

[9] Cfr. Decreto sobre las virtudes de Guadalupe Ortiz de Landázuri, 4-V-2017.

[10] «Montefalco, 1950: una iniciativa pionera para la promoción de la mujer en el ámbito rural mexicano», en Studia et documenta, n.2, EDUSC, Roma, 2008, p. 214.

[11] Carta a san Josemaría, 24-IV-1955.

[12] Cfr. Mercedes Montero, En Vanguardia, Rialp, Madrid, 2019, pp. 183-184.

[13] San Josemaría, En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2017, p. 286.

[14] Del Padre, Carta, 9-I-2018, n. 9.

[15] Carta a san Josemaría, 18-XII-1950.

[16] Carta a Cristina Ponce, II-1954.

[17] Cfr. Carta a Mercedes Peláez, 22-VI-1975.

[18] Carta a Carmen Ramos, 13-VII-1975.

 

La gratitud nos mueve a la lucha

¿Cuáles son los verdaderos motivos que mueven a un cristiano? ¿Qué buscamos cuando decimos que queremos ser mejores? La lucha se debe centrar en Dios, no en nosotros, sugiere este texto.

Vida espiritual14/11/2018

Opus Dei - La gratitud nos mueve a la lucha

«Porque es como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno solo: a cada uno según su capacidad; y se marchó» (Mt 25,14-15). La historia de Jesús sobre los talentos nos resulta muy familiar y, como toda la Escritura, nunca deja de invitarnos a una mayor comprensión de nuestra vida de relación con Dios.

En el fondo, la parábola habla de un hombre que confía generosamente gran parte de sus riquezas a tres de sus siervos. Al hacerlo, no los trata como a simples sirvientes, sino que los implica en sus negocios. Visto de esta manera, parece que confiar es precisamente el verbo adecuado: no les da instrucciones detalladas, diciéndoles exactamente qué hacer. Lo deja en sus manos. A juzgar por su reacción –el afán con el que se esfuerzan por multiplicar la riqueza de su señor– dos de ellos lo comprendieron enseguida. Experimentaron el gesto de su señor como una señal de confianza. Podríamos incluso decir que lo veían como un gesto de amor, y por eso buscaban amorosamente agradarle, aunque no se les hubieran dado más exigencias o condiciones. «El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco» (Mt 25,16). De la misma manera, el que tenía los dos talentos ganó dos más.

La historia de Jesús sobre los talentos nos invita a una mayor comprensión de nuestra vida de relación con Dios

El otro sirviente, en cambio, percibe algo muy diferente. Siente que está siendo puesto a prueba y que, por lo tanto, no debe fracasar. Para él, es de suma importancia no tomar una decisión equivocada. «El que había recibido uno fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor» (Mt 25,18). Teme disgustar a su amo, así como las consecuencias que imagina que podrían resultar de ese enfado. Por eso, le dice: «Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo» (Mt 25,24-25). Como cree que su amo es duro e injusto, no siente que se le confíe nada. Lo ve como una prueba onerosa, y no como una oportunidad. Y no queriendo fallar en esa prueba, elige actuar de la manera más segura posible con las pertenencias e intereses de otra persona. El resultado es una actitud fría y despegada: «Aquí tienes lo tuyo» (Mt 25,25).

Estas dos reacciones, tan diferentes, pueden ayudarnos a considerar cómo estamos respondiendo a lo que Dios nuestro Padre nos ha confiado: nuestra vida, nuestra vocación cristiana. Ambas tienen un valor inmenso ante sus ojos. Y Él las ha puesto en nuestras manos. ¿Cómo es nuestra respuesta?

Luchar por agradecimiento, no por miedo

Para los dos primeros siervos de la parábola, la confianza de su señor era un verdadero regalo. Sabían que no se lo merecían, no tenían derecho a esperar de él un encargo semejante. De una manera nueva, entendieron que la relación con su amo no se basaba en el éxito o el fracaso de lo que hacían, sino en cómo les veía él. Más allá de lo que eran de hecho en el momento presente, era capaz de intuir lo que podían llegar a ser. Visto de esta manera, es fácil imaginar el profundo sentido de gratitud que brotaría de sus corazones. Recibir una mirada de esperanza es un auténtico don, y la respuesta más natural a un regalo es querer dar algo a cambio.

Si no tenemos presente esto, podemos confundir la importancia de la lucha en nuestra vida cristiana. Si nos esforzamos por lograr éxito para merecer así ser amados, es muy difícil que la lucha nos lleve a experimentar una paz genuina. Esforzarse por ser amado, aunque sea inconscientemente, siempre significa que los fracasos y los reveses conducirán a un profundo desaliento o, peor aún, a que la amargura invada el alma. En cambio, fundamentar nuestra lucha en la gratitud nos ayuda a evitar ese peligro.

La parábola sugiere también que los dos primeros siervos recibieron aquel don con un sentido de misión, una misión única y personal. El amo, se nos dice, dio a cada uno «según su capacidad» (Mt 25,15). Es poco probable que los sirvientes tuvieran alguna experiencia previa de inversión y supervisión de grandes sumas de riqueza. Sin embargo, al confiar en ellos, al mirarles según lo que podían llegar a ser, su señor los llamaba de hecho a ser más, a esforzarse por alcanzar lo que aún no eran. En otras palabras, con aquel don les confería una misión del todo particular. Y, puesto que vieron el don en estos términos, estuvieron inspirados y animados para estar a la altura de esa llamada. Hicieron suyos los asuntos de su señor y se esforzaron por emprender algo de lo que todavía no tenían experiencia. Se lanzaron a aprender, a crecer y a desafiarse a sí mismos, por gratitud, despreciando cualquier miedo.

Como en la parábola, Dios Padre también nos llama a cada uno de nosotros de acuerdo con lo que Él ve que podemos llegar a ser. Esto es lo más importante, y lo que queremos descubrir de nuevo en nuestra oración: cómo nos ve Dios, y no, cómo lo hacemos nosotros mismos. Queremos asegurarnos de que nuestra lucha se centre en Él, no en nosotros. Precisamente porque puedo estar seguro de la actitud de Dios hacia mí, puedo olvidarme de mí mismo y lanzarme a desarrollar y hacer crecer las riquezas que me han sido confiadas para su gloria y para el beneficio de los demás. Esta lucha nos llevará a crecer en las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, y en todas aquellas virtudes humanas que nos permiten trabajar con excelencia y ser verdaderos amigos de nuestros amigos.

Una lucha inspirada en el ejemplo de Jesús

Cada uno de nosotros anhela la paz y el consuelo, un descanso a todos nuestros esfuerzos. Jesús lo entiende perfectamente, y por eso nos invita: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11,28-30). Este descanso lo experimentaremos plenamente al final de los tiempos, cuando resucitemos y toda la creación se llene de Dios como las aguas llenan los mares (cfr. Is 11,9). En el momento presente, en cambio, la paz y el descanso que Jesús nos ofrece van íntimamente ligados a la necesidad de tomar su yugo y luchar por seguirle.

«Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga» (Mc 8,34). Las palabras de Jesús no son un requisito severo, impuesto arbitrariamente. Al contrario, son fuente de un inmenso consuelo. Cristo va delante de nosotros y experimenta en su propia carne los desafíos, temores y dolores que surgen, en un mundo marcado por el pecado, al responder libremente a la llamada del Padre. Jesús no nos pide desde lejos que luchemos, sino que ha estado allí antes que nosotros; siempre nos precede. «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado. Por lo tanto, acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno» (Hb 4,15-16). El Señor nos propone algo que Él mismo ya ha vivido.

San Josemaría nos anima a cada uno a descubrir en nuestra vida cómo ser cirineos

Hablando del modo en que Simón de Cirene llevó la cruz con Jesús, san Josemaría nos anima a cada uno a descubrir en nuestra vida cómo ser cirineos: «Ser voluntariamente Cireneo de Cristo, acompañar tan de cerca a su Humanidad doliente, reducida a un guiñapo, para un alma enamorada no significa una desventura, trae la certeza de la proximidad de Dios, que nos bendice con esa elección»[1]. El descubrimiento consiste en que mi lucha –una lucha que podría sentir como injusta, de la misma manera que Simón– la llevo adelante con Jesús. Se trata de una unión con Él en el momento presente, en el esfuerzo, y no sólo cuando he tenido éxito. Aceptarla voluntariamente, como consecuencia inherente al don de mi vocación cristiana, supone abrir la puerta al descubrimiento de que Jesús mismo está esforzándose en mí y conmigo. Por lo tanto, «no se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso»[2].

Al mismo tiempo, el Señor nos invita también a ver los resultados de una vida que abraza la Cruz: la victoria sobre el pecado y la muerte, y su glorificación por el Padre. A causa de la Resurrección, en Jesús tenemos una prueba absolutamente inquebrantable del valor que tiene esforzarse por ser fieles a lo que nuestro Padre Dios nos ha confiado. Como nos dice san Pablo: «la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente» (2 Cor 4,17). Junto a Jesús podemos mirar a la Cruz y ver, no un dolor inútil y sin sentido, sino victoria y redención. De este modo, seremos capaces de enmarcar los desafíos y las dificultades que necesariamente surgen cuando tratamos de seguir fielmente a Cristo en su ejemplo por multiplicar y hacer fructífero lo que el Padre le había confiado.

La gracia transfigura la lucha, sin eliminarla

Quizás el sirviente que enterró el talento se sintió abrumado, entristecido incluso por el esfuerzo que implicaba lo que veía hacer a sus compañeros. Comparándose con ellos, y tal vez sintiéndose inadecuado para tal tarea, buscó un camino más fácil y seguro. Así que cavó un hoyo y enterró el regalo que se le había confiado, junto con todas las posibilidades que venían con él. Esta trama básica se repite cada vez que evitamos el esfuerzo y la incomodidad que conlleva perseguir cualquier cosa que valga la pena en la vida. No debemos olvidar que la lucha y el esfuerzo en la búsqueda amorosa del bien no son injustos ni arbitrarios. Forman parte de la naturaleza misma de la vida, la vida que el Señor ha santificado. En nuestro camino en la tierra, la unión con Jesús se producirá precisamente a través de una lucha libre y amorosa por crecer en las virtudes sobrenaturales y humanas. Porque la gracia no sustituye la dinámica propia de la vida humana, sino que la une a Dios.

Si tenemos esto en cuenta, nuestros esfuerzos y nuestra lucha no serán una expresión de autosuficiencia o de neopelaganismo. No debemos olvidar nunca que, como escribía san Pablo a los Filipenses, «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito» (Flp 2,13). La lucha, pues, no se opone a la acción de la gracia en nosotros. En el fondo, el crecimiento en las virtudes teologales no es otra cosa que amor –divino y humano–, y la santidad, precisamente, es «la plenitud de la caridad»[3].

San Josemaría expresa esta misma verdad teológica desde la perspectiva de la oración: «Luego, mientras hablabas con el Señor en tu oración, has comprendido con mayor claridad que lucha es sinónimo de Amor, y le has pedido un Amor más grande, sin miedo al combate que te espera, porque pelearás por Él, con Él y en Él»[4]. Cuanto más intentemos vivir nuestra lucha como amor, más nos conmoverá el deseo de que ese amor, esa lucha, aumente. Superaremos la tentación de enterrar lo que hemos recibido por el deseo de evitar las incomodidades y, en su lugar, lo invertiremos en todo el empeño que ese encargo necesariamente implica.

Libres para crecer, libres para aprender

En su carta pastoral del 9 de enero, el Padre nos ayuda a considerar más profundamente la íntima relación entre libertad y lucha en nuestras vidas: «Cuanto más libres somos, más podemos amar. Y el amor es exigente: “todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 13,7)»[5]. A la vez, cuanto más amamos, más nos sentimos libres, incluso en momentos difíciles o desagradables. «Cuanto más intensa es nuestra caridad, más libres somos. También actuamos con libertad de espíritu cuando no tenemos ganas de realizar algo o nos resulta especialmente costoso, si lo hacemos por amor, es decir, no porque nos gusta, sino porque nos da la gana»[6].

Cuanto más nos identifiquemos con el don que Dios nos ha concedido más dispuestos estaremos a luchar

No se trata de una técnica para conseguir hacer lo que no nos apetece hacer, borrar una realidad sombría con las palabras ‘amor’ y ‘libertad’. Más bien, se trata de una verdad profunda de nuestras almas que cada uno de nosotros está invitado a descubrir. Cuanto más nos identifiquemos con el don que Dios nos ha concedido, con nuestros talentos y nuestra misión, más dispuestos estaremos a luchar, cuando sea preciso, para cuidar y cultivar ese don. No nos moverán el miedo, ni el peso de la obligación, sino el agradecimiento a Dios, y el deseo de corresponder a su Amor. «La fe en el amor de Dios por cada una y por cada uno (cfr. 1 Jn 4,16) nos lleva a corresponder por amor. Nosotros podemos amar porque Él nos ha amado primero (cfr. 1 Jn 4,10). Saber que el Amor infinito de Dios se encuentra no solo en el origen de nuestra existencia, sino en cada instante, porque Él es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, nos llena de seguridad»[7].

En los últimos tiempos se ha trabajado mucho para entender de nuevo la importancia de la lucha dentro del desarrollo humano integral, especialmente en el área del trabajo profesional y la educación. «Pensad un poco en los colegas vuestros que destacan por su prestigio profesional, por su honradez, por su servicio abnegado: ¿no dedican muchas horas en la jornada —y aun en la noche— a esa tarea? ¿No tenemos nada que aprender de ellos?»[8]. Seguramente podemos aprender de ellos a luchar mejor, y así ser libres para amar más. Además, quienes luchan mejor suelen tener una lucha abierta. No ven sus habilidades –sus talentos– como algo fijo o determinado. Como los dos primeros siervos de la parábola de Jesús, entienden que lo que se les confía está destinado a crecer a través del esfuerzo y la lucha. Si seguimos este ejemplo, advertiremos que la lucha en sí misma vale la pena: los reveses y las dificultades no aparecerán ya como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar; no experimentaremos el esfuerzo como una carencia, sino como una señal de progreso; y, en lugar de sentirnos heridos porque vean nuestros defectos, desearemos conocer nuestra debilidad y recibir el consejo de otros.

Posiblemente los dos primeros siervos de la parábola creyeron que lo que se les había confiado podía crecer. Fueron atraídos e inspirados por la confianza de su amo. Nosotros podemos sentirnos igualmente inspirados, igualmente de libres, cuando descubrimos una vez más cómo el amor de nuestro Padre Dios se encuentra en la misión única que nos ha confiado a cada uno de nosotros. Una misión que implica sacrificio y lucha para llevarla a cabo.

El Señor nos ha confiado una misión maravillosa. Ha querido contar con nosotros para hacer presente su Amor infinito en medio del mundo en que vivimos. Por eso, «saber que Dios nos espera en cada persona (cfr. Mt 25,40), y que quiere hacerse presente en sus vidas también a través de nosotros, nos lleva a procurar dar a manos llenas lo que hemos recibido. Y en nuestra vida, hijas e hijos míos, hemos recibido y recibimos mucho amor. Darlo a Dios y a los demás es el acto más propio de la libertad. El amor realiza la libertad, la redime: la hace encontrarse con su origen y con su fin, en el Amor de Dios»[9]. Los dos siervos que cultivaron el don de su amo finalmente descubrieron una recompensa mucho mayor que la que podían haber imaginado: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,23). Este es el gozo que buscamos, y es también el gozo que nos acompaña en nuestra lucha, lleno de la esperanza que hizo exclamar a San Pablo: «Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros» (Rm 8,18).

Justin Gillespie


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, 132.

[2] Ibídem.

[3] San Josemaría, Surco, 739.

[4] Ibídem, n. 158.

[5] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 5

[6] Ibídem.

[7] Ibídem, n. 4.

[8] Amigos de Dios, n. 60.

[9] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 4.

 

 

La oración, algo indispensable

La oración es tan necesaria en nuestra vida espiritual como lo es respirar para nuestra vida del cuerpo

Por: Tere Fernández del Castillo | Fuente: Catholic.net

Todos los seres humanos, estamos formados por una parte material que es el cuerpo y por una parte espiritual que es el alma.

Tanto nuestro cuerpo como nuestra alma tienen una serie de necesidades. Solemos atender con mayor frecuencia y rapidez las necesidades del cuerpo y dejamos muchas veces a un lado las necesidades del alma. Cuando esto sucede, experimentamos un vacío en nuestras vidas.

Es importante saber atender a nuestra identidad completa dándole al alma la importancia que merece.

La oración es tan necesaria en nuestra vida espiritual como lo es respirar para nuestra vida del cuerpo.

El hombre, por estar formado de alma y cuerpo, tiene en su misma naturaleza una sed de cosas infinitas, siente la necesidad de conocer a Dios, intuye la presencia de un Ser Superior, de Alguien infinito que es la respuesta a sus necesidades.

La historia de la existencia humana da prueba de la religiosidad innata del hombre en las distintas épocas y en las diferentes culturas.

En la actualidad, después de una época en que el hombre se olvidó de Dios para adentrarse en un materialismo sorprendente, hace apenas unos cuantos años, hemos sido testigos de un despertar espiritual en la sociedad. Los hombres se han dado cuenta de que lo material no satisface sus inquietudes eternas y ha regresado a buscar a Dios.

Desgraciadamente, muchos han intentado encontrarlo a través de caminos erróneos como la meditación trascendental, la dianética, la cienciología, las técnicas orientales de meditación y relajación, la quiromancia y la adivinación.

En todos estos casos, se habla del espíritu y de un ser superior, un dios cósmico, un dios presente en los elementos que conforman el universo y los ejercicios que realizan los centran en ellos mismos, pues buscan como único fruto "sentirse bien", estar en paz con ellos mismos.

La oración cristiana es muy diferente a estas técnicas que están de moda, porque es una oración personal (de persona a persona) en la que nosotros hablamos con Dios que nos creó, nos conoce y que nos ama.

Nuestro Dios es una persona, no algo etéreo como el cosmos o el universo. No es un dios "cósmico", es un Dios con el que podemos dialogar de persona a persona porque nos conoce a cada uno y sabe qué es lo que necesitamos.

Dios es un Padre que nos ama, y con la oración nosotros participamos de su amor. Es un Padre que llena de bendiciones a sus hijos.

La oración cristiana da frutos, no sólo con uno mismo sino con los demás, nos hace crecer en el amor a Dios y a los hombres.

Cuando un hombre aprende a orar, jamás vuelve a tener sed, no vuelve a experimentar ningún vacío interior pues la oración llena las necesidades de su alma.

Algunos quizá, hayamos alguna vez intentado orar con toda nuestra buena voluntad, pero los esfuerzos que hicimos no dieron el fruto que esperábamos y terminamos desanimados y abandonando la oración. ¿Por qué nos pasa esto? Porque no sabemos orar, necesitamos aprender a orar.

Las personas que han aprendido a orar, han encontrado el gusto por la oración y han logrado vencer obstáculos que en otro momento de sus vidas les hubieran parecido muy difíciles de superar como la falta de tiempo y el no poderse concentrar. Se puede decir que la oración ha pasado a ser parte de su vida.

Aprender a orar es aprender a estar atentos a la acción de Dios. Existen métodos, que vamos a dar a conocer más adelante en el taller, que nos ayudan a aprender a orar pero son sólo unas guías que nos acompañan a determinado punto y después ya desaparecen porque logramos entrar en comunicación con Dios. Son ayudas, apoyos para profundizar en nuestra oración.

Así como los deportistas se preparan y entrenan para conseguir mejores resultados, el alma tiene capacidades espirituales que pueden estar dormidas por falta de preparación y entrenamiento.

Si nosotros aprendemos a orar, encontraremos en Dios la respuesta a todas nuestras inquietudes, encontraremos la paz espiritual y nuestro corazón se encontrará lleno de energía para dar amor a los demás.

Con la oración ocurre lo que con la levadura que fermenta la masa o con una antorcha que alumbra una habitación. Así es la oración: ilumina y fermenta toda nuestra vida y nos hace crecer en nuestro interior. Dios se convierte en un Alguien en nuestras vidas y no es sólo una "idea" sin vida. El diálogo continuo con Dios se vuelve parte de nuestra vida cotidiana.

 

 

 

Sor Lucía, vidente de Fátima, nos da 7 razones para rezar el Santo Rosario todos los días

Las razones las detalló en el libro "Llamadas del Mensaje de Fátima"

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Ha comenzado el mes de octubre, dedicado al rezo del Santo Rosario, oración mariana por excelencia, que Nuestra Señora, en sus apariciones, ha pedido se rece a diario. Pero ¿Por qué es tan importante esta oración?

La Sierva de Dios, Sor María Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado -Lucía Dos Santos-, una de las tres videntes de Fátima -quien falleció el 13 de febrero de 2005- en el libro "Llamadas del Mensaje de Fátima" habla de lo importante del rezo diario de la oración mariana "para obtener la paz para el mundo y el final de la guerra", que alentó la Virgen desde su primer mensaje.

En el libro, la vidente también da 7 razones para rezar el Rosario todos los días:

Es una oración para todos, que se adapta a las posibilidades de cada quien

La Sierva de Dios escribe que "rezar el Rosario es algo que todos pueden hacer, ricos y pobres, sabios e ignorantes, grandes y pequeños", en común, en privado, en cualquier lugar y en diferentes momentos del día.

El Rosario es la oración más agradable de hacer luego de la Misa

Sor Lucía señala que el Rosario "es la oración más agradable que podemos ofrecer a Dios y las más ventajosa para nuestras propias almas" luego de la Misa, sobre todo por las oraciones que contiene y los misterios que se meditan. Razón de ello sería la tanta insistencia con que Nuestra Señora pide esta oración.

También ayuda a recibir mejor la Eucaristía

La vidente considera en su libro que rezar el Santo Rosario es "una forma de prepararse para participar mejor en la Eucaristía". Igualmente, es acción de gracias tras recibir el Cuerpo de Cristo.

Pone en contacto con Dios

Escribe que el Rosario es la oración que más nos pone "en contacto familiar con Dios, como el hijo acude a su padre para agradecerle por los regalos que ha recibido, para hablar con él sobre preocupaciones especiales, para recibir su guía, su ayuda, su apoyo y su bendición".

Contribuye a cumplir los ofrecimientos diarios

Para Sor Lucía es necesario que cada quien responda a cada inquietud siendo conscientes de cada cuenta del Rosario: "necesitamos contar, para tener una idea clara y vívida de lo que estamos haciendo, y para saber positivamente si hemos completado o no lo que habíamos planeado ofrecer a Dios cada día, para perseverar y mejorar en nosotros mismos nuestra fe, esperanza y caridad".

Evita que la persona caiga en el materialismo

La religiosa es contundente al afirmar que quienes "dejan de decir el Rosario y no van a Misa diaria, no tienen nada que los sustente, y terminan por perderse en el materialismo de la vida terrenal".

Preserva las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad

La Sierva de Dios sostiene que "Dios y Nuestra Señora saben mejor que nadie lo que es más apropiado para nosotros y lo que más necesitamos. Además, el Rosario será un medio poderoso para ayudarnos a preservar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad".

 

 

Luces de Dios

Ernesto Juliá

Níña con Síndrome de Down. Asociación Down Madrid.

photo_camera Níña con Síndrome de Down. Asociación Down Madrid.

También en tiempos en los que la Fe parece debilitarse en el corazón y en la mente de muchas personas, no faltan hombres y mujeres que anhelan descubrir algún rastro de Dios en sus vidas, y en su entorno.

A veces caen en la tentación de pedir al Señor pruebas contundentes, sensibles, palpables de su interés por los seres humanos; y para encontrarlas se lanzan a peregrinaciones a santuarios lejanos para vivir una “experiencia de Dios” que les conmueva y reconforte.

El Señor, que es verdaderamente paciente con las pequeñeces de los hombres, se hace presente en nuestras vidas por caminos muy normales, muy sencillos, muy a nuestro alcance, aunque en tantas ocasiones nos pasan del todo inadvertidos. ¿Qué caminos?

Tantos como seres humanos hay sobre la tierra. Y, me atrevería a decir, de manera particular podemos encontrar el aroma de Dios, y a Dios mismo ahora que tantos lo quieren quitar de sus perspectiva, en la sonrisa de las personas que nos encontramos diariamente en nuestro camino. Su sonrisa nos pueden manifestar la sonrisa de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La sonrisa de un niño, de una niña Down, cuando le da un beso a su madre, a su padre, que le tratan con el mismo cariño que a sus otros cinco hermanos.

La sonrisa de un abuelo, de una abuela que se han vestido con todo esmero y pulcritud para vivir el bautismo de su primer biznieto.

La sonrisa de una madre al contemplar al niño recién salido de sus entrañas, besarlo, acariciarlo, darle el calor de su cuerpo, de su alma; y acompañarle en los primeros latidos de su corazón fuera del seno materno.

La sonrisa de un padre al gozar del buen resultado de un hijo que estrena su profesión venciendo su primer pleito; terminando su primera operación quirúrgica arreglando las válvulas de un corazón extenuado.

La sonrisa de un padre de familia, de una madre, que agradecen a Dios poder gozar de la armonía y buen aire entre sus hijos, y ver que el empeño y la dedicación que han vivido en transmitirles la Fe ha dado frutos profundos en el corazón de todos ellos. La alegría evangélica de saber que “sus hijos caminan en la Verdad”.

La sonrisa de un abuelo que, ya en el lecho de muerte, y después de haber recibido la Unción de los enfermos, se despide de hijos, de nietos, de biznietos, con un sencillo “hasta el cielo”.

La sonrisa de un pecador arrepentido, al vivir el amor misericordioso de Dios, después de recibir la absolución de sus pecados en el sacramento de la Reconciliación.

La sonrisa de un hombre que se lanza al mar para salvar a un náufrago, y se encomienda a su Ángel de la Guarda para que todo salga bien, al devolver a la madre el cuerpo vivo de su hijo que ya daba por muerto.

La sonrisa de un hombre al celebrar las Bodas de Oro, y después de llorar al dar gracias a Dios por el don que ha sido para él la compañía de su esposa, contempla el rostro de su mujer, y sonríe.

La sonrisa de una mujer agradecida a la Virgen Santísima, por el gesto de una persona que ha sabido de su precaria situación económica y le ha hecho llegar un sobre de forma anónima e imposible de ser identificada.

La lista de sonrisas semejantes sería casi infinita. En medio de la falta de moral, del mal ejemplo de personas corrompidas de muchas maneras, del egoísmo e individualismo reinante, el palpitar del amor de Dios a los hombres sigue vibrando en las sonrisas de los hombres y de las mujeres que aman a Dios.

ernesto.julia@gmail.com

 

“Hacer el bien es siempre algo grande”

Un hombre pasea tranquilamente por la playa a primera hora de la mañana y, a lo lejos, ve caminar a un niño.

Según se acerca a él, ve que de vez en cuando el niño se agacha, recoge algo entre la arena y lo lanza con fuerza al mar. Cuando ya está más cerca, ve que lo que recoge son estrellas de mar, atrapadas en la orilla al bajar la marea y condenadas a ahogarse al sol, y el chico las devuelve al agua para que puedan seguir con vida.

Cuando el hombre llega a la altura del niño, le pregunta: “¿Pero…, para qué haces eso? ¿No ves lo inmensamente grande que es el mar, con todas las playas que tiene, y los millones de estrellas que morirán a diario al bajar la marea? ¿No te das cuenta que lo que haces no cambia nada?”.

El niño le mira fijamente, con asombro, con perplejidad, duda un momento pero luego se agacha de nuevo, recoge otra estrella y la lanza al mar. Se gira hacia el hombre y le dice, mientras señala hacia el agua: “¿Usted cree? Por lo menos, para esta estrella sí que ha cambiado algo.”

Hay muchas ocasiones en que los grandes razonamientos pueden hacernos perder el sentido y la grandeza de lo que es hacer el bien, por pequeño que sea. Toda buena acción tiene sus buenas consecuencias, aunque quizá sean minúsculas, o se vean muy poco, o parezca que no cambian casi nada. Entre otras cosas porque hacer el bien es siempre algo grande.

Es verdad que la mayoría de las cosas que hacemos no cambiarán el mundo. Y es cierto que apenas aportan nada si se contemplan en términos de grandes estrategias globales. Pero también es cierto que cada pequeña acción buena es un bien para alguien, y quizá para esa persona, en su caso particular, ese bien no sea tan pequeño. No va a resolverle su vida, ni va a aliviar apenas su sufrimiento, ni evitará quizá que vuelva a pasar por esa misma necesidad al poco tiempo, pero es indudable que cada pequeño detalle de preocupación y cercanía con otra persona hace el mundo un poco mejor, más llevadero, menos difícil, más humano. Muchas veces, esos pequeños detalles que supuestamente no resuelven nada, son precisamente los que dan sentido a nuevos esfuerzos, los que nos hacen mejores a nosotros mismos, los que proporcionan a otros la energía y las ganas de vivir, los que invitan a no abandonar esa dinámica de preocuparnos unos por otros sin ampararnos en razonamientos que enfrían el corazón y narcotizan nuestros mejores sentimientos.

Si cada uno devuelve al mar cada día unas cuantas estrellas que encuentra en su camino, si cada día, cuando vemos algo que queremos cambiar dejamos de pensar en que esa tarea es inútil, en que somos pocos los que nos planteamos hacerlo, o que es una tarea que nos queda grande, que nos excede, si la gente tiene el pragmatismo de no ser tan pragmáticos, entonces haremos entre todos un mundo cada día un poco mejor. Y si los demás no lo hacen, lo hacemos nosotros y al menos así a nuestro alrededor lo lograremos un poco. Aunque sea cierto que lo que hacemos es como una gota en el océano, también es cierto que la realización de una buena acción genera en quien la realiza y su entorno una satisfacción y una inercia que nadie puede suplir, la alegría de hacer el bien, que siempre genera una cadena de buenas acciones, porque quien se sorprende ante los pequeños buenos detalles de los demás se siente impulsado, casi obligado, a hacer lo mismo con los demás.

Alfonso Aguiló

 

¿Es rentable ser bueno?"

José Luis Martín Descalzo

Quiero contarles a ustedes la historia de Piluca. Resulta que, en el colegio donde yo fui muchos años capellán, había dos hermanitas –Piluca y Manoli- que eran especialmente simpáticas y diablillos. Y un día, hablando a las mayores (y a Piluca entre ellas) les expliqué como todos los que nos rodean son imágenes de Dios y cómo debían tratar a sus padres, a sus hermanas, como si tratasen a Dios. Y Piluca quedó impresionadísima.

Aquel día, al regresar del colegio, coincidió con su hermana pequeña en el ascensor. Y, como Piluca iba cargadísima de libros, dijo a Manoli: "Dale al botón del ascensor". "Dale tú", respondió la pequeña. "Dale tú, que yo no puedo", insistió Piluca. "Pues dale tú, que eres mayor", replicó Manoli. Y, entonces, Piluca sintió unos deseos tremendos de soltar los libros y pegarle un mamporro a su hermanita. Pero, como un relámpago, acudió a su cabeza un pensamiento. ¿Cómo la voy a pegar si mi hermanita es Dios? Y optó por callarse y por dar como pudo al botón.

Luego, jugando, se repitió la historia. Y comiendo. Y por la noche. Y todas las veces que Piluca sentía deseos de estrangular a su hermana, se los metía debajo de los tacones porque no estaba nada bien estrangular a Dios.

A la mañana siguiente, cuando volvieron del colegio, veo yo a Piluca que viene hacia mí, arrastrando por el uniforme a su hermana con las lágrimas de genio en los ojos, y me grita: "Padre, explíquele a mi hermana que también yo soy Dios, porque así no hay manera de vivir."

Comprenderéis que me reí muchísimo y que, después de tratar de explicar a Manoli lo que Piluca me pedía, me quedé pensativo sobre un problema que me han planteado muchas veces: ¿Ser buena persona es llevar siempre las de perder? En un mundo en el que todos pisotean, si tú no lo haces ¿no estarás llamado a ser un estropajo? ¿Hay que ladrar con los perros y morder con los lobos? ¿Es "rentable" ser cordero?

Las preguntas se las traen. Y, en una primera respuesta, habría que decir que ser bueno es una lata, que en este mundo "triunfan" los listos, que es más rentable ser un buen pelota que un buen trabajador, que para hacer millones hay que olvidarse de la moral y de la ética.

Pero, si uno piensa un poquito más, la cosa ya no es tan sencilla. ¿Es seguro que ese tipo de "triunfos" son los realmente importantes? Y no voy a hablar aquí del reino de los cielos. En ese campo yo estoy seguro de que la bondad da un ciento por uno, rentabilidad que no da acción alguna de este mundo.

Pero quiero hacer la pregunta más a nivel de tierra. Y aquí mi optimismo es tan profundo que estoy dispuesto a apostar porque, más a la corta o más a la larga, ser buena persona y querer a los demás acaba siendo rentabilísimo.

Lo es, sobre todo, a nivel interior. Yo, al menos, me siento muchísimo más a gusto cuando quiero que cuando soy frío. Sólo la satisfacción de haber hecho aquello que debía me produce más gozo interior que todos los triunfos de este mundo. Moriría pobre a cambio de morir queriendo.

Pero es que, incluso, creo que el amor produce amor. Con excepciones, claro. ¿Quién no conoce que el desagradecimiento es una de las plantas más abundantes en este mundo de hombres? ¡Cuántas puñaladas recibimos de aquellos a quienes más hemos amado! ¡Cuántas veces el amor acaba siendo reconocido... pero tardísimo!

Esa es la razón por la que uno debe amar porque debe amar y no porque espere la recompensa de otro amor. Eso llevaría a terribles desencantos.

Y, sin embargo, me atrevo a apostar a que quien ama a diez personas, acabará recibiendo el amor de alguna de ellas. Tal vez no de muchas. Cristo curó diez leprosos y sólo uno volvió a darle las gracias. Tal vez esa sea la proporción correcta de lo que pasa en este mundo.

Pero aún así, ser querido por uno de los diez a quienes hemos querido, ¿no es ya un éxito enorme? Por eso me parece que será bueno eso de amar a la gente como si fuesen Dios, aunque la mitad nos traten después como demonios.

 

El reto de la honestidad

La realidad es que, si empezamos por ser deshonestos en lo pequeño, poco a poco lo iremos siendo en lo importante

Todos los días y a todas horas vivimos situaciones que ponen a prueba nuestra honestidad: en la casa, trabajo, escuela o calle suceden cosas que nos obligan a preguntarnos como debemos actuar.

Algunos ejemplos: la empleada de una tienda comete un error al entregarnos el cambio y nos da dinero de más; te encuentras algo tirado de valor en la calle que no es tuyo; el maestro revisa mal el examen y nos te da una calificación más alta de la que mereces; rompes accidentalmente algo en una tienda y nadie se da cuenta.

¿Y podríamos seguir y seguir, como reaccionas ante estas situaciones? ¿Las dejamos pasar o nos vamos por lo correcto?

Mentir, engañar, ser injusto con los demás, no cumplir una promesa, robar, todas éstas son formas de deshonestidad.

A veces la deshonestidad tiene que ver con cosas de poca importancia como el hacer trampa en un juego o decir una pequeña mentira; pero también puede relacionarse con situaciones relevantes, como alguien que roba o comete un fraude.

Como vemos, el gran reto de ser honestos tiene que ver con nuestro interior, con nosotros mismos, ya que en la mayoría de los casos estas pequeñas fallas pueden no ser vistas por los demás.

La realidad es que, si empezamos por ser deshonestos en lo pequeño, poco a poco lo iremos siendo en lo importante.

Creer en la honestidad y promover este valor no significa que siempre vayamos a caminar por el lado correcto, que nunca nos equivocaremos o que todo el tiempo seremos justos con los otros.

Significa, más bien, que somos capaces de distinguir entre un comportamiento adecuado y otro que no lo es. También quiere decir que, aunque nos cueste trabajo, trataremos de conducirnos lo más honradamente posible.

En ocasiones nos comportaremos mal, consciente o sin darnos cuenta, después de todo somos humanos. Sin embargo, lo que importa es reconocer que hemos actuado mal y que podemos cambiar.

Es verdad que las personas que cometen actos deshonestos no siempre reciben castigo. Podemos llegar a pensar: “Si otros lo hacen… ¿por qué no hacerlo yo?” Y como bien dice el dicho: “Mal de muchos, consuelo de tontos”

No porque estemos rodeados de faltas de honestidad, no debemos luchar y vivir este valor: este es el gran reto.

Si eres papá o mamá, la vida cotidiana ofrece muchas oportunidades a los padres para comunicar a sus hijos el significado de la honestidad.

Pero sobre todo se aprende mediante el ejemplo y a través de pequeñas acciones y actitudes: respeto a las señales de tránsito, no aprovecharse de los demás, ser honrados, cumplir aquello que prometen y reclamar frente a una injusticia, entre otras cosas, les están transmitiendo, sin decirlo explícitamente, la esencia de la honestidad:

Algunos consejos:
- Nunca califiques de manera positiva frente a tus hijos los actos deshonestos de alguien.
- Evita mostrar interés o aplaudir expresiones artísticas o culturales, que hagan apología del crimen.
- Hazles ver a tus hijos que los actos honestos no necesitan ser premiados; la satisfacción que producen es su mejor recompensa.

Quizá el rasgo más importante de la honestidad, el cual comparte con otros valores, es que no existe fuera de la acción. Es decir, más que un concepto abstracto o una entidad teórica, la honestidad es algo que se hace.

En el mundo no hay honestidad, sino actos honestos. Nadie puede llamarse a sí mismo honesto hasta que no lo demuestra con los hechos.

Es por ello que este valor, padres de familia y maestros: habrá que enseñarse, sobre todo, a partir de ejemplos que aludan a conductas específicas.

Actuar de manera honesta nos trae, a la larga, más ventajas que desventajas, aunque al principio no lo parezca. Podrás o no arrepentirte de un acto deshonesto, pero nunca lo harás de haber hecho lo correcto.

Las personas honestas se respetan a sí mismas y, por lo tanto, se sienten mejor pues están en paz con su conciencia, viven más tranquilas.

También son confiables a los ojos de los demás y, en consecuencia, se ganan en aprecio de sus semejantes. A los líderes honestos se les quiere y sigue porque sus actos están apegados a la justicia y a la verdad.
Vivamos este gran reto y seamos honestos con nosotros mismos y con los demás.

 

 

Las cinco etapas por las que pasa el matrimonio

 

Por LaFamilia.info

 

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La relación matrimonial, a lo largo de su existencia, pasa por unas etapas las cuales están determinadas por las circunstancias que viven en su momento y también por el desarrollo personal de cada uno de los cónyuges. Cada etapa tiene sus bondades como también sus retos. Lo interesante es que este proceso es de alguna forma previsible y por lo tanto puede ayudar a que las parejas se preparen para afrontar cada una de ellas.

Aunque no hay reglas generales, sí es cierto que algunos factores tanto externos como internos, determinan unas condiciones especiales; por ejemplo, no es lo mismo estar recién casados y sin hijos, que llevar veinte años de unión y con hijos jóvenes. Por eso, es de gran provecho para las parejas identificar la etapa que viven y las que están por llegar, para así convertir los desafíos en oportunidades de mejora. Las cinco etapas por las que pasa el matrimonio son las siguientes.

Primera etapa: Transición y adaptación

Comprende aproximadamente los tres primeros años de casados. Es una etapa fundamental puesto que en ésta se establecen los fundamentos o bases de la relación. Durante este tiempo la pareja se adapta a un nuevo sistema de vida, por eso las claves de esta fase son la comunicación y la negociación. Es importante que los cónyuges realicen un proyecto familiar, en el cual se visualicen a futuro y establezcan las metas que quieran lograr.

Los aspectos más importantes para resolver en este período de ajuste son:

  • - Independizarsede las familias de origen, con el fin de lograr la autonomía que toda pareja necesita para llegar preparada a las siguientes etapas.
  • - Puesto que es un aprendizaje en un rol hasta entonces desconocido, se requiere paciencia, confianza, tolerancia y apoyo entre los cónyuges.
  • - Es una etapa para establecer las reglas de intimidad, sobre los gustos y preferencias, y aquellos momentos o situaciones que a cada uno le es desagradable.
  • - La pareja se prueba en elmanejo y administración del dinero, del tiempo, así como en la distribución de tareas del hogar, entre otros. Es momento de decisiones y acuerdos.

Segunda etapa: Establecimiento y llegada de los hijos

Ocurre entre los tres y los diez años de casados aproximadamente. Ya ha finalizado la luna de miel y el proceso de adaptación, ahora hay un mayor conocimiento del cónyuge y es probable que las desavenencias sean más frecuentes; o lo contrario sean menos, producto de la madurez adquirida en la primera etapa de convivencia.

En esta fase los cónyuges aterrizan; el amor va acompañado más de la razón que del sentimentalismo. La voluntad juega un papel importante en el binomio compromiso-entendimiento.

En esta época la mayoría de las parejas se convierten en padres; hecho que implica retos diferentes y una nueva organización de roles. Los cónyuges deben evitar que la dedicación que requieren los hijos, no desplace la relación de pareja. También hay que velar para que los compromisos del trabajo, y las demandas de la vida diaria, no inicien un gradual distanciamiento.

Tercera etapa: Transformación

Suele acontecer entre los diez y veinte años de casados, puede coincidir con la pubertad de los hijos y la edad mediana de los cónyuges. Esta última marca un período de reflexión y renovación en la vida del ser humano; por lo que es importante que el matrimonio se encuentre en un estado saludable y que individualmente se afronte de la mejor manera. Así no se convertirá en una amenaza para la estabilidad matrimonial.

Del mismo modo, los esposos deben procurar que las dificultades que surjan por la crianza de los hijos, no afecten la unión conyugal. La unidad en la autoridad y el trabajo conjunto, deben ser la prioridad.

En esta etapa los cónyuges deben ser bastante creativos, no caer en la rutina (fácil y silenciosa) redescubrirse otra vez como pareja y conectarse nuevamente. Deben recuperar los detalles -si los han perdido-, también compartir hobbies y actividades que ambos disfruten. El tiempo a solas, sin los hijos, es determinante en esta etapa.

Cuarta etapa: Estabilización y “Nido vacío”

Se presenta entre los veinte y los treinta y cinco años de unión. “Cuando las parejas han sido capaces de resolver conflictos y crisis en las etapas anteriores, este es un período de estabilización y una oportunidad para lograr un mayor desarrollo y realización personal, y como pareja.” afirma el autor Francisco Castañera en su artículo "Ciclo de vida del matrimonio".

En esta etapa por lo general se da lugar al síndrome del“nido vacío”, lo que sitúa a la pareja en una nueva forma de vida; ahora están el uno para el otro. Para algunas personas, esta puede ser una situación penosa, pues conlleva al desprendimiento de los hijos, y consigo el sentimiento de soledad. No obstante, es algo que los padres terminan asumiendo y lo superan al cabo del tiempo.

Lo valioso de esta etapa es la solidez y el conocimiento pleno de la pareja: la capacidad de dialogar, de tolerar mejor las diferencias, de reírse de los mutuos errores, de hacer las críticas de un modo amable, de iniciar juntos alguna actividad. Es la ocasión para reafirmar más la creatividad y encontrar nuevos desafíos a la vida matrimonial.

Quinta etapa: Envejecer juntos

Se da a partir de los treinta y cinco años de matrimonio. Algunas personas optan por la jubilación, así surge algo muy positivo y es que se dispone de más tiempo para disfrutar el uno del otro. Se realizan actividades antes imposibles por las ocupaciones laborales, y surge una gran motivación: los nietos. Estos pequeños le dan luz y felicidad al matrimonio en esta etapa.

Los cónyuges en este tiempo, tienen mucha necesidad de apoyo y cariño uno del otro. Los conflictos en esta fase son bastante menos frecuentes; la mayoría de las parejas se han estabilizado en líneas de poder e intimidad.

Para finalizar, una reflexión en las palabras de Francisco Castañera: "Este recorrido, nos lleva a reflexionar sobre lo importante que es valorar durante todo nuestro matrimonio la calidad y cantidad de nuestra intimidad, el apoyo y el cariño que damos a nuestra pareja, y no esperar a la última etapa cuando el final se encuentra cerca."

 

 

Hoy existen muchos ídolos

Hoy existen muchos ídolos, muy preocupantes y muy ligados a una sociedad que exalta el individualismo y el egocentrismo y que se ha hecho cada vez más tolerante con los caprichos del Yo. Es una sociedad que enaltece el culto a la personalidad y elige como ídolos a personajes populares. Esta forma de idolatría encierra una injusticia: se admira a estrellas del deporte o del cine, lo que hace que sean conocidos mundialmente, mientras que grandes investigadores científicos viven casi en el anonimato.

La admiración hacia personas interesantes estimula el propio crecimiento en valores, pero cuando la admiración es infundada sólo se mantiene por una ceguera: la del fanatismo. La muerte de Michael Jackson en junio de 2009, fue tan desoladora para sus fans, que poco después de su desaparición 15 de ellos se suicidaron.

Todas las formas de idolatría moderna tienen un rasgo en común: el amor a uno mismo. “El dinero y el placer, tienden a ocupar el lugar supremo en la escala de valores de la vida de muchas personas. Hoy se vive para ganar dinero o para "gozar la vida". Todo el resto se subordina a estos fines”. (Cfr. Oscar Alzamora: Los ídolos modernos)

Se adora el consumismo, porque satisface la necesidad de aumentar nuestro ego a través de la compra compulsiva de más cosas. Del dinero se espera, erróneamente, seguridad, en contraste con lo que decía Aristóteles: “la seguridad está en el nomos: en la concordia de hombres libres que buscan la vida buena; de ninguna manera en la riqueza”.

El placer como fin en sí mismo crea hastío, vacío y aislamiento, por lo que se buscan sensaciones cada vez más fuertes que acaban despersonalizando a quienes las persiguen. El dinero y el placer forman un binomio: se gana más dinero para gastarlo en más y nuevos placeres.

El procedimiento para liberarnos de ese binomio es situar a sus dos componentes en el lugar en el que les corresponde dentro de la escala axiológica, (muy por debajo de valores como la verdad, la bondad y la belleza). Necesitamos un despertar espiritual que nos permita descubrir nuestro vacío existencial y la inutilidad de seguir probando con nuevas idolatrías para llenarlo.

Pedro García

 

 

Mártires de sangre

Raro es el día en que la prensa no recoge el asesinato de un sacerdote; la muerte de un misionero; el asalto a una iglesia; la condena por “blasfemia” de un cristiano que defiende su fe; etc., etc; aunque últimamente ha silenciado la matanza de cristianos por bandas musulmanas armadas en Nigeria y en Mali.

Los mártires siguen siendo de actualidad; y lo serán siempre. El hombre que se aleja de Cristo, quiere arrancar a Cristo del horizonte de su vida, y del horizonte de la vida de los demás. Y una vez retirado del horizonte destruyendo iglesias, cruces, etc., le llega el turno al querer eliminar también a toda persona que le recuerde a Cristo: y surgen los mártires; que dan su vida en la tierra bien conscientes de la vida eterna que les espera en el Cielo.

Esas noticias nos mueven a afirmar nuestra Fe en medio de las condiciones más normales de nuestro vivir; en las repetidas novedades  de cada día. Quizá no los vemos, no nos damos cuenta, pero son muchos los cristianos, los católicos, que dan testimonio con su vida de que Cristo vive en ellos, y por ese testimonio sufren una especie de martirio silencioso

Jesús Martínez Madrid

 

 

Habla al unísono en Venezuela

La Conferencia Episcopal, la Conferencia de Religiosas y Religiosos y el Consejo Nacional de Laicos de Venezuela publicaron un Comunicado conjunto en el que daban cuenta de su posición ante el drama que vive el pueblo venezolano.

Los firmantes constataban el sufrimiento que causa la carencia de los recursos básicos indispensables, así como indefensión ante la justicia. Son estas las razones que llevan a los venezolanos a buscar una salida y a pedir un proceso de transición que permita, a través de elecciones libres, la participación política en igualdad de condiciones para todos. Los hechos son incuestionables: represión, violación de los derechos humanos y detenciones arbitrarias. No es legítimo que el Estado incumpla con los deberes que le correspondan y actúe contra los derechos de los ciudadanos que piden el retorno del orden constitucional.

Los católicos venezolanos decidieron tomar una postura conjunta y pedir al Gobierno de Venezuela que facilite la entrada de ayuda humanitaria, agradecen a los activistas su lucha por los derechos y las libertades y animan a todos a defender a las víctimas de la represión.

Nadie podrá decir que la Iglesia católica en Venezuela ha abogado por la inacción. Lo que no se le puede pedir es que use medios y recursos contrarios a su propia vocación y misión.

Jesús D Mez Madrid

 

 

Cambios climáticos múltiples

 

                                Se inició una campaña, supongo que de distracción y para que las masas no piensen por sí mismas como individuos y se dejen llevar por lo que interese “a quién o quienes sean”, y así, esos individuos aborregados no lleguen a pensar en los asuntos que como individuos y socialmente les interesa; o sea lo de siempre… “deja que piense yo por ti y te diga lo que tienes que hacer, puesto que así te domino mucho mejor”.

                                El pasado dieciséis de marzo y en su tarde, la cadena dos de la televisión española, pasó uno de los muchos documentales que esa emisora nos ofrece y la que como una universidad, educa o forma con ellos, puesto que en ellos, yo no encuentro otra cosa que una enorme enseñanza y que esta es positiva. Este era de la serie dedicada al denominado “hombre de Cromañón”, los que desaparecieron misteriosamente al decir de los entendidos y que fue sustituido por el hombre actual o denominado “sapiens-sapiens”; en el documental se entra en los cambios climáticos que hubo antes y después de esos “cuarenta mil años” en que datan a este ser humano, que por cuanto muestran, no era tan bruto o no desarrollado como nos presentaron, “a los hombres de las cavernas”.

                                En esos cambios climáticos que van desarrollando una serie abundante de eruditos o técnicos de diferentes universidades, se demuestra que los cambios climáticos en este “huevo terráqueo”, no sólo han sido muchos, sino infinitos y que en realidad, este “cascarón estelar lleno de magma incandescente y sometido a altísimas temperaturas interiores”, no es que cambiara en los infinitos siglos en que existe, sino que sigue en constante cambio; y él mismo pudo producir, los gases venenosos que acabaron no sólo con ese “hombre primitivo” aquí en lo que hoy es Europa, sino que lo pudo hacer en múltiples áreas de lo que hoy son “los cinco continentes” y donde sitúan, enormes extensiones de lo que fueron o son zonas volcánicas; muchas de las cuales siguen en activo y otras están en latente tensión como para reventar en cualquier momento, que puede ser, cuando menos se le espere, ya que “el mono humano”, como “una nada que es o somos”, no puede controlar y menos evitar, las enormes fuerzas naturales cuando estas se desatan en las catástrofes que conocemos, algunas de las cuales son muy recientes y las hemos visto.

                                También estos eruditos, en ese documental, muestran perforaciones en diferentes puntos del planeta y donde en forma tubular, extrajeron capas de tierras o rocas, que hace incontables siglos, permanecieron como capas superiores y que cubrieran la Tierra; incluso en la hoy helada Groenlandia, nos muestran estas extracciones y aseguran analizando esas capas, que ese hoy “desierto helado”, en el remoto pasado, fue una estepa, bosques u otro tipo de tierras, similares a las que hoy existen en otros lugares, manteniendo abundante flora y fauna. Además puedo añadir que las tan famosas montañas Himalayas, hoy siguen creciendo y en sus faldas, hay fósiles que en su momento, fueron seres vivos en profundos mares de este planeta. Lo que demuestra que nuestro planeta “y como ser vivo que lo considera la filosofía profunda”, sigue moviéndose por sus propios impulsos y creando o destruyendo vida en los mismos, o sea lo que siempre ha hecho.

                                Por tanto preocuparnos nosotros del cambio climático actual; es algo que salvo, mantener el planeta lo más limpio posible de las basuras indestructibles que hemos logrado fabricar, poco más podemos hacer; por tanto mejor seguir las sabias enseñanzas de aquellos verdaderos sabios estoicos que aconsejaron lo que sigue.

                                ¿A qué te preocupa el pasado si ya lo viviste y no volverá? ¿A qué te preocupa el porvenir… sabes si los vas a vivir? Preocúpate sólo del día que vives hoy; procura hacerlo de forma que cuando vayas a dormir esta noche, tu alma no te remuerda la conciencia por algo que no hiciste bien y duerme tranquilo. Y lo que “viene del cielo”, si es bueno dale gracias a los dioses por ello; y si es malo, aguántalo puesto que los dioses te lo mandan a ti, no a tu hermano, ni a tu vecino; es sólo para ti y si te revelas a ello, lo único que conseguirás es sufrir mucho más que si lo aceptas tal como viene; puesto que te viene por algo que nunca puedes saber.

                                Así es que y terminando por mi parte… “procura controlar tus ambiciones y vive mucho mejor y más tranquilo con lo que puedas tener y que te haga la vida más llevadera; la felicidad aquí no existe ni nunca existió.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes