Las Noticias de hoy 02 Mayo 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 02 de mayo de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

Catequesis del Papa: “En las pruebas no estamos solos, Dios vela con nosotros”

Homilía del Papa: ceder ante el fracaso es la desolación cristiana

Obispos Nicaragua: leer la historia actual desde alegría de la pascua

HACER EL BIEN Y RESISTIR AL MAL: Francisco Fernandez Carbajal

“María está junto a ti”: San Josemaria

En el taller de José: San Josemaria

Los orígenes de la devoción a la Virgen – mes de mayo: primeroscristianos

Urge prio­ri­zar a las per­so­nas para des­car­tar la in­de­cen­te pre­ca­rie­dad

Religión y política en el mundo: Salvador Bernal

Que el trabajo no destruya la familia: LaFamilia.info

La familia de un adicto: Lucia Legorreta

¡Seamos coherentes!: Acción Familia

El trabajo como virtud y valor humano, explicado a los hijos: Francisco Gras

Se quiere prohibir que los viajeros traigan productos animales y vegetales: Jesús Domingo

Prohibir las carpas circenses con animales: Pedro García

El centro del anuncio a los jóvenes: Jesús Domingo Martínez

Doctrina social puesta en práctica: Jesús D Mez Madrid

Pensamientos y reflexiones 216: Antonio García Fuentes

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Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

ROME REPORTS

 

 

Catequesis del Papa: “En las pruebas no estamos solos, Dios vela con nosotros”

«No nos dejes caer en la tentación», la penúltima invocación de la oración del Padre Nuestro, tema de la catequesis del Papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 1 de mayo de 2019.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Queridos hermanos y hermanas: hoy reflexionamos sobre la penúltima invocación de la oración del padrenuestro que dice: «No nos dejes caer en la tentación». Esta petición se encuentra en el centro del drama entre nuestra libertad y las insidias del maligno. Es una frase difícil de traducir en las lenguas modernas, pero está claro que Dios no es el que nos tienta, como si Él fuera el que busca hacernos caer en el momento de la prueba”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del primer miércoles de mayo de 2019, continuando con su ciclo de catequesis dedicadas a la oración del Padre Nuestro.

Nuestra libertad y las insidias del maligno

En su catequesis, el Santo Padre recordó que el Padre Nuestro comienza de manera serena: nos hace desear que el gran plan de Dios se cumpla entre nosotros. Luego mira a la vida y nos pregunta qué necesitamos cada día: el "pan cotidiano". Luego la oración se dirige a nuestras relaciones interpersonales, a menudo contaminadas por el egoísmo: pedimos perdón y nos comprometemos a darlo. Pero es con esta penúltima invocación – precisó el Pontífice – que nuestro diálogo con el Padre celestial entra, por así decirlo, en el corazón del drama, es decir, en el terreno de la confrontación entre nuestra libertad y las insidias del maligno.

“Cuando el mal aparece en la vida del hombre, Dios lucha a su lado, para que pueda ser liberado. Un Dios que siempre combate con nosotros, no contra nosotros. Es en este sentido que nosotros rezamos el Padre Nuestro”

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Audiencia General del 1 de mayo de 2019

01/05/2019

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Audiencia General del 1 de mayo de 2019

Dios no es el protagonista de las tentaciones

Antes de proseguir su explicación de la penúltima invocación del Padre Nuestro, el Papa Francisco precisó que, la expresión griega original contenida en los Evangelios es difícil de interpretar con precisión, y todas las traducciones modernas no son tan exactas. “Sin embargo – subrayó el Pontífice – podemos converger de manera unánime en un elemento: sea cual sea la forma en que entendamos el texto, debemos excluir que Dios sea el protagonista de las tentaciones que se presentan en el camino del hombre. Como si Dios estuviera al acecho para poner insidias y trampas para sus hijos”. Una interpretación de este tipo – agregó el Papa – contrasta en primer lugar con el texto mismo, y está lejos de la imagen de Dios que Jesús nos reveló. No lo olvidemos, el Padre Nuestro comienza con “Padre”. Y un padre no pone trampas a sus hijos. “Los cristianos no tienen nada que ver con un Dios envidioso, en competencia con el hombre, o que disfruta poniéndolo a prueba. Y estas son las imágenes de muchas divinidades paganas”.

“Leemos en la Carta del Apóstol Santiago: Nadie, cuando es tentado, debe decir: ‘Yo soy tentado por Dios’; porque Dios no puede ser tentado al mal y no tienta a nadie. (1,13). En todo caso, es todo lo contrario: el Padre no es el autor del mal, ningún hijo que pide un pez recibe una serpiente (cf. Lc 11, 11)”

En la prueba y tentación, Dios vela junto a nosotros

“También Jesús vivió momentos de prueba y tentación, pero supo vencerlos – explicó el Santo Padre hablando en nuestro idioma – se impuso al demonio durante las tentaciones en el desierto, y cuando experimentó la desolación más absoluta en el huerto de Getsemaní, dio testimonio de que confiaba en su Padre Dios. En aquel instante previo a su Pasión, cuando sentía un gran abandono, pidió a sus discípulos que velasen y orasen con Él, pero ellos no fueron capaces de hacerlo. Sin embargo, cuando nosotros somos probados y tentados por el maligno, Él vela y está junto a nosotros. De este modo, sabemos que no estamos solos en el momento de prueba y dificultad, sino que estamos recorriendo, junto a Jesús, el camino que el bendijo con su presencia salvadora”.

“Es nuestro consuelo en la hora de la prueba: saber que ese valle, desde que Jesús lo atravesó, ya no está desolado, sino que es bendecido por la presencia del Hijo de Dios. Él nunca nos abandonará”

¡Quédate aquí y vigila conmigo!

Es en ese tiempo de la prueba suprema, precisó el Santo Padre, que Dios no nos deja solos. Cuando Jesús se retira a orar en Getsemaní, su corazón es invadido por una angustia indecible, y experimenta la soledad y el abandono. La prueba es tan lacerante que algo inesperado sucede. Jesús nunca pide amor para sí mismo, pero esa noche sintió su alma triste hasta la muerte, y entonces pide la cercanía de sus amigos: "¡Quédate aquí y vigila conmigo! “En el tiempo de agonía – subrayó el Pontífice – Dios pide al hombre que no lo abandone, y en cambio el hombre duerme. En el tiempo en que el hombre conoce su prueba, Dios en cambio vela. Esa noche de dolor y lucha es el último sello de la Encarnación: Dios viene a visitarnos en nuestras profundidades y en los dramas que llenan la historia”.

“Oh Dios, aleja de nosotros el tiempo de la prueba y de la tentación. Pero cuando llegue este tiempo para nosotros, muéstranos que no estamos solos, que Cristo ya ha asumido el peso de esa cruz, y nos llama a llevarla con Él, abandonándonos confiados al amor del Padre”

Que el Señor que aleje de nosotros todo tipo de tentación

Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco saludó cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y de Latinoamérica, en modo particular a los sacerdotes de la Diócesis de Cartagena, acompañados por su Obispo, Mons. José Manuel Lorca Planes. “Pidamos al Señor que aleje de nosotros todo tipo de tentación y que sepamos percibir su presencia a nuestro lado en todo momento de nuestra vida. Dios siempre nos acompaña y hace más ligero el peso de nuestra cruz”.

 

 

Homilía del Papa: ceder ante el fracaso es la desolación cristiana

Durante la Misa celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, Francisco comentó la primera lectura, tomada del Libro de los Números, para referirse al “espíritu del cansancio” que “quita la esperanza”

Barbara Castelli – Ciudad del Vaticano

A veces los cristianos “prefieren el fracaso”, que deja lugar a las quejas y a la insatisfacción, “campo perfecto para la siembra del diablo”. En su homilía de la Misa de la mañana, el Papa Francisco reflexionó sobre el “cansancio”, relatado en el Libro de los Números (Nm 21, 4-9). “El pueblo de Dios – leemos en la primera lectura – no soportó el viaje”: “El entusiasmo” y “la esperanza” de la fuga de la esclavitud en Egipto se habían desvanecido poco a poco en la orilla del mar y después en el desierto, llegando a murmurar contra Moisés. “El espíritu del cansancio nos quita la esperanza – observó el Santo Padre – “el cansancio es selectivo: nos hace ver siempre lo malo del momento que estamos viviendo y olvidar las cosas buenas que hemos recibido”.

Y nosotros, cuando estamos en la desolación, no soportamos el viaje y buscamos refugio en los ídolos o en la murmuración, o en tantas cosas... Este es un modelo para nosotros. Y este espíritu del cansancio en nosotros, los cristianos, también nos lleva a un modo de vivir insatisfecho: el espíritu de la insatisfacción. No nos gusta todo, todo sale mal... El mismo Jesús nos lo enseñó cuando dice de este espíritu de la insatisfacción que somos como los niños que juegan.

“ Estamos más apegados a la insatisfacción, al cansancio y al fracaso ”

La siembra del diablo

Algunos cristianos se rinden ante el “fracaso”, sin darse cuenta de que éste es el “campo perfecto para la siembra del diablo”. A veces tienen “miedo a las consolaciones” – prosiguió diciendo el Papa Bergoglio – “miedo a la esperanza”, “miedo a las caricias del Señor”, llevando “una vita de quejicoso” por las coas frustradas.

Esta es la vida de muchos cristianos. Viven quejándose, viven criticando, viven murmurando y viven insatisfechos. “El pueblo no soportó el viaje”. Nosotros, los cristianos, a menudo no soportamos el viaje. Y nuestra preferencia es el apego al fracaso, es decir, la desolación. Y la desolación es de la serpiente: la serpiente antigua, la del Paraíso terrenal. Es un símbolo. Y aquí la misma serpiente que sedujo a Eva, es esto un modo de hacer ver la serpiente que tienen dentro, que siempre muerde en la desolación.

Miedo a la esperanza

Pasar la vida quejándose: les pasa a los que “prefieren el fracaso”, “no soportan la esperanza”, “no soportaron la resurrección de Jesús”.

Hermanos y hermanas, recordemos sólo esta frase: “El pueblo no soportó el viaje”. Los cristianos no soportan el viaje. Los cristianos no soportan la esperanza. Los cristianos no soportan la curación. Los cristianos no soportan la consolación. Estamos más apegados a la insatisfacción, al cansancio, al fracaso. Que el Señor nos libere de esta enfermedad.

 

Obispos Nicaragua: leer la historia actual desde alegría de la pascua

Los Obispos de Nicaragua han dirigido este 1 de mayo, día de San José obrero, a todo el pueblo de Dios el mensaje: “La alegría pascual: clave para leer la historia patria actual”

Ciudad del Vaticano

Los obispos nicaragüenses comienzan su mensaje constatando la acción de la Iglesia desde la fe y afirman que “Nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación no nos permite quedarnos al margen de los acontecimientos del mundo y para nosotros, de la situación cultural, política, económica, familiar y social del país. El cerrarse egoístamente en la propia comodidad y peor aún, avivar sentimientos de odio entre hermanos, no es evangélico”.

Esta constatación también tiene su fundamento en las enseñanzas del Concilio: “Enseña el Concilio Vaticano II que el mensaje cristiano no debe apartarnos de la construcción del mundo, ni nos lleva a despreocuparnos del bien común; más bien nos obliga a llevar a cabo todo esto como un deber (cf. GS 34)”.

Los Obispos afirman que la fe en Cristo resucitado nos da la clave para vivir la alegría de la esperanza: “Es tarea ardua descubrir el camino de la alegría pascual y conducir a las personas y comunidades a producir el fruto del Espíritu que es la alegría según el evangelio. La tarea es muy exigente, pues supone, descentrarse de uno mismo y anteponer los intereses de los otros y de la nación a los propios”.

Exhortación de los Obispos

Los prelados llaman a construir en una sociedad sufriente. Proponen cinco aspectos urgentes a edificar:

Una Nicaragua donde todos seamos capaces de lograr una visión de cambio que conduzca a una trasformación cualitativa.

Una Nicaragua donde se asuma la centralidad de la persona humana y su dignidad como hijo de Dios.

Una Nicaragua donde respetemos y fortalezcamos la democracia y su institucionalidad.

Una Nicaragua donde se ejerza sin restricciones la libertad de expresión.

Una Nicaragua donde la paz sea fruto de la justicia.

Los Obispos plantean que “En este momento de crisis, los nicaragüenses estamos llamados a establecer acuerdos en materia de justicia que sean duraderos y que se respeten, de tal manera que apoyamos toda iniciativa de dialogo que se haga con buena voluntad y particularmente el esfuerzo que la Santa Sede ha venido haciendo a través de los diversos mensajes que el Papa Francisco nos ha enviado y la presencia del Señor Nuncio como Testigo y Acompañante Internacional”.

 

 

HACER EL BIEN Y RESISTIR AL MAL

— Resistencia de los Apóstoles a obedecer mandatos injustos. Firmeza en la fe.

— Todas las realidades, cada una en su orden, deben estar dirigidas a Dios. Unidad de vida. Ejemplaridad.

— No se puede prescindir de la fe a la hora de valorar las realidades terrenas. Resistencia al mal.

I. A pesar de la severa prohibición del sumo sacerdote del Sanedrín de que no volvieran a predicar y a enseñar de ningún modo en el nombre de Jesús1, los Apóstoles predicaban cada día con más libertad y entereza la doctrina de la fe. Y eran muchos los que se convertían y bautizaban. Entonces –nos lo narra la Primera lectura de la Misa–, fueron llevados de nuevo al Sanedrín. El Sumo Sacerdote les interrogó: ¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? Pero vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina... Pedro y los Apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres2. Y siguieron anunciando la Buena Nueva.

La resistencia de los Apóstoles a obedecer los mandatos del Sanedrín no era orgullo ni desconocimiento de sus deberes sociales con la autoridad legítima. Se oponen porque se les quiere imponer un mandato injusto, que atenta a la ley de Dios. Recuerdan a sus jueces, con valentía y sencillez, que la obediencia a Dios es lo primero. Están convencidos de que «no hay peligro para quienes temen a Dios sino para quienes no lo temen»3, y de que es peor cometer injusticia que padecerla.

Los Apóstoles demuestran con su conducta la firmeza en la fe, lo hondo que han calado las enseñanzas del Señor después de haber recibido el Espíritu Santo, y también lo que pesa en sus vidas el honor de Dios4.

Hoy también pide el Señor a los suyos la fortaleza y la convicción de aquellos primeros, cuando, en algunos ambientes, se respira un clima de indiferencia, o de ataque frontal, más o menos velado, a los verdaderos valores humanos y cristianos. La conciencia bien formada impulsará al cristiano a cumplir las leyes como el mejor de los ciudadanos, y le urgirá también a tomar posición respecto a las normas contrarias a la ley natural que pudieran alguna vez promulgarse. El Estado no es jurídicamente omnipotente; no es la fuente del bien y del mal.

«Es obligación de los católicos presentes en las instituciones políticas –enseñan los obispos españoles– ejercer una acción crítica dentro de sus propias instituciones para que sus programas y actuaciones respondan cada vez mejor a las aspiraciones y criterios de la moral cristiana. En algunos casos puede resultar incluso obligatoria la objeción de conciencia frente a actuaciones o decisiones que sean directamente contradictorias con algún precepto de la moral cristiana»5.

La protección efectiva de los bienes fundamentales de la persona, el derecho a la vida desde la misma concepción, la protección del matrimonio y de la familia, la igualdad de oportunidades en la educación y en el trabajo, la libertad de enseñanza y de expresión, la libertad religiosa, la seguridad ciudadana, la contribución a la paz internacional, etcétera, forman parte del bien común, por el que deben luchar los cristianos6.

La pasividad ante asuntos tan importantes sería en realidad una lamentable claudicación y una omisión, en ocasiones grave, del deber de contribuir al bien común. Entrarían dentro de esos pecados de omisión de los que –además de los de pensamiento, palabra y obra– pedimos perdón cada día al Señor al comienzo de la Santa Misa. «Muchas realidades materiales, técnicas, económicas, sociales, políticas, culturales..., abandonadas a sí mismas, o en manos de quienes carecen de la luz de nuestra fe, se convierten en obstáculos formidables para la vida sobrenatural: forman como un coto cerrado y hostil a la Iglesia.

»Tú, por cristiano –investigador, literato, científico, político, trabajador...–, tienes el deber de santificar esas realidades. Recuerda que el universo entero –escribe el Apóstol– está gimiendo como en dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios»7.

II. Se mueve a nuestro alrededor un continuo flujo y reflujo de corrientes de opinión, de doctrinas, de ideologías, de interpretaciones muy diferentes del hombre y de la vida. Y esto, no ya a través de libros para especialistas, sino a través de novelas de moda, revistas gráficas, periódicos, programas televisivos al alcance de grandes y pequeños... Y en medio de esta confusión doctrinal, es necesaria una norma de discernimiento, un criterio claro, firme y profundo, que nos permita ver todo con la unidad y coherencia de una visión cristiana de la vida, que sabe que todo procede de Dios y a Dios se ordena.

La fe nos da un criterio estable que orienta, y la firmeza de los Apóstoles para llevarlo a la práctica. Nos da una visión clara del mundo, del valor de las cosas y de las personas, de los verdaderos y falsos bienes... Sin Dios y sin el conocimiento del fin último del hombre, el mundo deja de entenderse o se verá desde un ángulo parcial y deformado. Precisamente, «el aspecto más siniestramente típico de la época moderna consiste en la absurda tentación de querer construir un orden temporal sólido y fecundo sin Dios, único fundamento en el que puede sostenerse»8.

El cristiano no debe prescindir de su fe en ninguna circunstancia. «Aconfesionalismo. Neutralidad. —Viejos mitos que intentan siempre remozarse.

»¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católicos, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?»9. Esa actitud equivale a decir –en la política, en los negocios, en el modo de descansar o divertirme, cuando estoy con mis amigos, cuando elijo el colegio para mis hijos...–: aquí, en esta situación concreta, nada tiene que ver Dios; en estos asuntos no influye mi fe cristiana, todo esto ni viene de Dios ni a Dios se ordena.

Sin embargo, la fe ilumina toda la existencia. Todo se ordena a Dios. Pero esa ordenación ha de respetar la naturaleza propia de cada cosa. No se trata de convertir el mundo en una gran sacristía, ni los hogares en conventos, ni la economía en beneficencia... Pero, sin simplificaciones ingenuas, la fe debe informar el pensamiento y la acción del cristiano porque jamás, en ninguna circunstancia, en ningún momento del día se debe dejar de ser cristiano, y de conducirse y de pensar como tal.

Por eso, «los cristianos ejercerán sus respectivas profesiones movidos por el espíritu evangélico. No es buen cristiano quien somete su forma de actuar profesionalmente al deseo de ganar dinero o alcanzar poder como valor supremo o definitivo. Los profesionales cristianos, en cualquier área de la vida, deben ser ejemplo de laboriosidad, competencia, honradez, responsabilidad y generosidad»10.

III. Un cristiano no debe prescindir de la luz de la fe a la hora de valorar un programa político o social, o una obra de arte o cultural. No se detendrá en la consideración de un solo aspecto –económico, político, técnico, artístico...– para dar por buena una realidad. Si en ese acontecimiento político o social o en esa obra no se guarda la debida ordenación a Dios –manifestada en las exigencias de la Ley divina–, su valoración definitiva no puede ser más que una, negativa, cualquiera que sea el valor parcial de otros aspectos de esa realidad.

No se puede alabar esa política, esa ordenación social, una determinada obra cultural, cuando se transforma en instrumento del mal. Es una cuestión de estricta moralidad y, por tanto, de buen sentido. ¿Quién alabaría un insulto a su propia madre, porque estuviese compuesto en un verso con gran perfección rítmica? ¿Quién lo difundiría, alabando sus perfecciones, aun advirtiendo que eran solo «formales»? Es manifiesto que la perfección técnica de los medios no hace más que agravar la maldad de la cosa en sí desordenada, que de otra manera quizá pasaría inadvertida o tendría menos virulencia.

Ante crímenes abominables, como calificaba el Concilio Vaticano II a los abortos, la conciencia cristiana rectamente formada exige no participar en su realización, desaconsejarlos vivamente, impedirlos si es posible y, además, participar activamente por evitar o subsanar esa aberración moral en el ordenamiento jurídico. Ante esos hechos gravísimos, y otros semejantes que también se oponen frontalmente a la moral, nadie puede pensar que no puede hacer nada. Lo poco que cada uno puede hacer, debe hacerlo: especialmente participar con sentido de responsabilidad en la vida pública. «Mediante el ejercicio del voto encomendamos a unas instituciones determinadas y a personas concretas la gestión de asuntos públicos. De esta decisión colectiva dependen aspectos muy importantes de la vida social, familiar y personal, no solamente en el orden económico y material, sino también en el moral»11. En las manos de todos, de cada uno, si actúa con sentido sobrenatural y sentido común, está la tarea de hacer de este mundo, que Dios nos ha dado para habitar, un lugar más humano y medio de santificación personal. Si nos esforzamos en cumplir los deberes sociales, vivamos en una gran ciudad o en un pueblecito perdido, con un cargo importante o humilde en la sociedad, aunque pensemos que nuestra aportación es minúscula, seremos fieles al Señor, también si un día el Señor nos pide una actuación más heroica: Quien es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho12.

1 Cfr. Hech 4, 18. — 2 Hech 5, 27-29. — 3 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 13. — 4 Cfr. Sagrada Biblia, Hechos de los Apóstoles, EUNSA, Pamplona 1984, p. 108 ss. — 5 Conferencia Episcopal Española, Testigos de Dios vivo, 28-VI-1985, n. 64, e). — 6 ídem, Los católicos en la vida pública, 22-IV-1986, nn. 119-121. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 311. — 8 Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 15-V-1961, 72. — 9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 353. — 10 Conferencia Episcopal Española, Testigos de Dios vivo, n. 63. — 11 ídem, Los católicos en la vida pública, n. 118. — 12 Lc 16, 10.

 

 

“María está junto a ti”

 

No estás solo. -Lleva con alegría la tribulación. -No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. -Pero... ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? -No estás solo: María está junto a ti. (Camino, 900)

Da alegría comprobar que la devoción a la Virgen está siempre viva, despertando en las almas cristianas el impulso sobrenatural para obrar como domestici Dei, como miembros de la familia de Dios.
Seguramente también vosotros, al ver en estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como una reunión de familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a encontrarse junto a su madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común.
María edifica continuamente la Iglesia, la aúna, la mantiene compacta. Es difícil tener una auténtica devoción a la Virgen, y no sentirse más vinculados a los demás miembros del Cuerpo Místico, más unidos también a su cabeza visible, el Papa. Por eso me gusta repetir: omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, ¡todos, con Pedro, a Jesús por María! (Es Cristo que pasa, 139)

 

 

 

En el taller de José

"San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre" dice San Josemaría en esta homilía.

Homilías en audio28/03/2009

La figura de San José en el Evangelio

La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: Nuestro Padre y Señor.

San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos. Y ese hecho tiene también, para nosotros, un significado que es motivo de reflexión y de alegría.

Al celebrar hoy su fiesta, quiero evocar su figura, trayendo a la memoria lo que de él nos dice el Evangelio, para poder así descubrir mejor lo que, a través de la vida sencilla del Esposo de Santa María, nos transmite Dios.

La figura de San José en el Evangelio

Tanto San Mateo como San Lucas nos hablan de San José como de un varón que descendía de una estirpe ilustre: la de David y Salomón, reyes de Israel. Los detalles de esta ascendencia son históricamente algo confusos: no sabemos cuál de las dos genealogías, que traen los evangelistas, corresponde a María –Madre de Jesús según la carne– y cuál a San José, que era su padre según la ley judía. Ni sabemos si la ciudad natal de San José fue Belén, a donde se dirigió a empadronarse, o Nazaret, donde vivía y trabajaba.

Sabemos, en cambio, que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros.

La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino, hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos (S. Justino, Dialogus cum Tryphone, 88, 2, 8 (PG 6, 687).); quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de esfuerzo y de sudor.

De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan.

No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana.

Para vivir la virtud de la castidad, no hay que esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y, para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la juventud. Joven era el corazón y el cuerpo de San José cuando contrajo matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad divina, cuando vivió junto a Ella respetando la integridad que Dios quería legar al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas. Quien no sea capaz de entender un amor así, sabe muy poco de lo que es el verdadero amor, y desconoce por entero el sentido cristiano de la castidad.

Era José, decíamos, un artesano de Galilea, un hombre como tantos otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea.

Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió –si se me permite hablar así– la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro. Dios no se deja nunca ganar en generosidad. José podía hacer suyas las palabras que pronunció Santa María, su esposa: Quia fecit mihi magna qui potens est, ha hecho en mi cosas grandes Aquel que es todopoderoso, quia respexit humilitatem, porque se fijó en mi pequeñez (Lc I, 48–49.).

José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo (Cfr. Mt I, 19.). Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina (Cfr. Gen VII, 1; XVIII, 23–32; Ez XVIII, 5 ss; Prv XII, 10.); otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo (Cfr. Tob VII, 5; IX, 9.). En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres.

La fe, el amor y la esperanza de José

No está la justicia en la mera sumisión a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser honda, vital, porque el justo vive de la fe (Hab II, 4.). Vivir de la fe: esas palabras que fueron luego tantas veces tema de meditación para el apóstol Pablo, se ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó inesperada, sorprendente.

Porque la historia del Santo Patriarca fue una vida sencilla, pero no una vida fácil. Después de momentos angustiosos, sabe que el Hijo de María ha sido concebido por obra del Espíritu Santo. Y ese Niño, Hijo de Dios, descendiente de David según la carne, nace en una cueva. Angeles celebran su nacimiento y personalidades de tierras lejanas vienen a adorarle, pero el Rey de Judea desea su muerte y se hace necesario huir. El hijo de Dios es, en la apariencia, un niño indefenso, que vivirá en Egipto.

Al narrar estas escenas en su Evangelio, San Mateo pone constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los planes divinos.

En muchas ocasiones los Padres de la Iglesia y los autores espirituales hacen resaltar esta firmeza de la fe de San José. Refiriéndose a las palabras del Angel que le ordena huir de Herodes y refugiarse en Egipto (Cfr. Mt II, 13.), el Crisóstomo comenta: Al oír esto, José no se escandalizó ni dijo: eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber no ha mucho que El salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y sufrir un largo desplazamiento: eso es contrario a tu promesa. José no discurre de este modo, porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que el Angel lo había dejado indeterminado, puesto que le había dicho: está allí –en Egipto– hasta que yo te diga. Sin embargo, no por eso se crea dificultades, sino que obedece y cree y soporta todas las pruebas alegremente (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum homiliae, 8, 3, (PG 57, 85).).

La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida. Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa, y que su docilidad no presenta la actitud de la obediencia de quien se deja arrastrar por los acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores.

José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría. De este modo, aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos.

En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt II, 22.). Ha aprendido a moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea.

Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él –un carpintero de Galilea–, estaba iniciando en el mundo: le redención de los hombres.

Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San José y los de toda vida cristiana. La entrega de San José aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por eso, un buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha concedido el Señor.

Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a tomar algo que estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es –a pesar de los errores personales, de las caídas, de las debilidades– mantenerse en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad. Renovar la entrega es renovar, repito, la fidelidad a lo que el Señor quiere de nosotros: amar con obras.

El amor tiene necesariamente sus características manifestaciones. Algunas veces se habla del amor como si fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para completar egoístamente la propia personalidad. Y no es así: amor verdadero es salir de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz. Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio, del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de nuestras acciones.

Las obras del Amor son siempre grandes, aunque se trate de cosas pequeñas en apariencia. Dios se ha acercado a los hombres, pobres criaturas, y nos ha dicho que nos ama: Deliciae meae esse cum filiis hominum (Prv VIII, 31.), mis delicias son estar entre los hijos de los hombres. El Señor nos da a conocer que todo tiene importancia: las acciones que, con ojos humanos, consideramos extraordinarias; esas otras que, en cambio, calificamos de poca categoría. Nada se pierde. Ningún hombre es despreciado por Dios. Todos, siguiendo cada uno su propia vocación –en su hogar, en su profesión u oficio, en el cumplimiento de las obligaciones que le corresponden por su estado, en sus deberes de ciudadano, en el ejercicio de sus derechos–, estamos llamados a participar del reino de los cielos.

Eso nos enseña la vida de San José: sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros. Lo he pensado muchas veces, al meditar sobre la figura de San José, y ésta es una de las razones que hace que sienta por él una devoción especial.

Cuando en su discurso de clausura de la primera sesión del concilio Vaticano II, el pasado 8 de diciembre, el Santo Padre Juan XXIII anunció que en el canon de la misa se haría mención del nombre de San José, una altísima personalidad eclesiástica me llamó en seguida por teléfono para decirme: Rallegramenti! ¡Felicidades!: al escuchar ese anuncio pensé en seguida en usted, en la alegría que le habría producido. Y así era: porque en la asamblea conciliar, que representa a la Iglesia entera reunida en el Espíritu Santo, se proclama el inmenso valor sobrenatural de la vida de San José, el valor de una vida sencilla de trabajo cara a Dios, en total cumplimiento de la divina voluntad.

 

Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo

Describiendo el espíritu de la asociación a la que he dedicado mi vida, el Opus Dei, he dicho que se apoya, como en su quicio, en el trabajo ordinario, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo. La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios.

La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía.

Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte, como un día lo hizo con Pedro y con Andrés: Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum (Mt IV, 19.), seguidme y yo os haré pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos.

El que vive de fe puede encontrar la dificultad y la lucha, el dolor y hasta la amargura, pero nunca el desánimo ni la angustia porque sabe que su vida sirve, sabe para qué ha venido a esta tierra. Ego sum lux mundi –exclamó Cristo–; qui sequitur me non ambulat in tenebris, sed habebit lumen vitae (Ioh VIII, 12.). Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina a oscuras, sino que poseerá la luz de la vida.

Para merecer esa luz de Dios hace falta amar, tener la humildad de reconocer nuestra necesidad de ser salvados, y decir con Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú guardas palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios (Ioh VI, 69–70.). Si actuamos de verdad así, si dejamos entrar en nuestro corazón la llamada de Dios, podremos repetir también con verdad que no caminamos en tinieblas, pues por encima de nuestras miserias y de nuestros defectos personales, brilla la luz de Dios, como el sol brilla sobre la tempestad.

La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad. La actitud del hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios.

Vosotros, que celebráis hoy conmigo esta fiesta de San José, sois todos hombres dedicados al trabajo en diversas profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis a tan distintas naciones, razas y lenguas. Os habéis educado en aulas de centros docentes o en talleres y oficinas, habéis ejercido durante años vuestra profesión, habéis entablado relaciones profesionales y personales con vuestros compañeros, habéis participado en la solución de los problemas colectivos de vuestras empresas y de vuestra sociedad.

Pues bien: os recuerdo, una vez más, que todo eso no es ajeno a los planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis.

El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa.

Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.

Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra (Gen I, 28.). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.

Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara.

Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por El, herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios (1 Cor X, 31.).

El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. Entre las indicaciones, que San Pablo hace a los de Efeso, sobre cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto en ellos su conversión, su llamada al cristianismo, encontramos ésta: el que hurtaba, no hurte ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en alguna tarea honesta, para tener con qué ayudar a quien tiene necesidad (Eph IV, 28.). Los hombres tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus vidas, y también del pan del cielo que ilumine y dé calor a sus corazones. Con vuestro trabajo mismo, con las iniciativas que se promuevan a partir de esa tarea, en vuestras conversaciones, en vuestro trato, podéis y debéis concretar ese precepto apostólico.

Si trabajamos con este espíritu, nuestra vida, en medio de las limitaciones propias de la condición terrena, será un anticipo de la gloria del cielo, de esa comunidad con Dios y con los santos, en la que sólo reinará el amor, la entrega, la fidelidad, la amistad, la alegría. En vuestra ocupación profesional, ordinaria y corriente, encontraréis la materia –real, consistente, valiosa– para realizar toda la vida cristiana, para actualizar la gracia que nos viene de Cristo.

En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios.

Para servir, servir

Para comportarse así, para santificar la profesión, hace falta ante todo trabajar bien, con seriedad humana y sobrenatural. Quiero recordar ahora, por contraste, lo que cuenta uno de esos antiguos relatos de los evangelios apócrifos: El padre de Jesús, que era carpintero, hacía arados y yugos. Una vez –continúa la narración– le fue encargado un lecho, por cierta persona de buena posición. Pero resultó que uno de los varales era más corto que el otro, por lo que José no sabía qué hacerse. Entonces el Niño Jesús dijo a su padre: pon en tierra los dos palos e iguálalos por un extremo. Así lo hizo José. Jesús se puso a la otra parte, tomó el varal más corto y lo estiró, dejándolo tan largo como el otro. José, su padre, se llenó de admiración al ver el prodigio, y colmó al Niño de abrazos y de besos, diciendo: dichoso de mí, porque Dios me ha dado este Niño (Evangelio de la infancia, falsamente atribuido al apóstol Tomás, n. 13; en Los evangelios apócrifos, edición de A. Santos Otero, Madrid 1956, p. 314–315.).

José no daría gracias a Dios por estos motivos; su trabajo no podía ser de ese modo. San José no es el hombre de las soluciones fáciles y milagreras, sino el hombre de la perseverancia, del esfuerzo y –cuando hace falta– del ingenio. El cristiano sabe que Dios hace milagros: que los realizó hace siglos, que los continuó haciendo después y que los sigue haciendo ahora, porque non est abbreviata manus Domini (Is LIX, 1.), no ha disminuido el poder de Dios.

Pero los milagros son una manifestación de la omnipotencia salvadora de Dios, y no un expediente para resolver las consecuencias de la ineptitud o para facilitar nuestra comodidad. El milagro que os pide el Señor es la perseverancia en vuestra vocación cristiana y divina, la santificación del trabajo de cada día: el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación habitual. Ahí os espera Dios, de tal manera que seáis almas con sentido de responsabilidad, con afán apostólico, con competencia profesional.

Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección.

Pero también ese servir humano, esa capacidad que podríamos llamar técnica, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue fundamental en el trabajo de San José y debería ser fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret.

En Nazaret, José sería uno de los pocos artesanos, si es que no era el único. Carpintero, posiblemente. Pero, como suele suceder en los pueblos pequeños, también sería capaz de hacer otras cosas: poner de nuevo en marcha el molino, que no funcionaba, o arreglar antes del invierno las grietas de un techo. José sacaba de apuros a muchos, sin duda, con un trabajo bien acabado. Era su labor profesional una ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas.

A veces, cuando se tratara de personas más pobres que él, José trabajaría aceptando algo de poco valor, que dejara a la otra persona con la satisfacción de pensar que había pagado. Normalmente José cobraría lo que fuera razonable, ni más ni menos. Sabría exigir lo que, en justicia, le era debido, ya que la fidelidad a Dios no puede suponer la renuncia a derechos que en realidad son deberes: San José tenía que exigir lo justo, porque con la recompensa de ese trabajo debía sostener a la Familia que Dios le había encomendado.

La exigencia del propio derecho no ha de ser fruto de un egoísmo individualista. No se ama la justicia, si no se ama verla cumplida con relación a los demás. Como tampoco es lícito encerrarse en una religiosidad cómoda, olvidando las necesidades de los otros. El que desea ser justo a los ojos de Dios se esfuerza también en hacer que la justicia se realice de hecho entre los hombres. Y no sólo por el buen motivo de que no sea injuriado el nombre de Dios, sino porque ser cristiano significa recoger todas las instancias nobles que hay en lo humano. Parafraseando un conocido texto del apóstol San Juan (Cfr. 1 Ioh IV, 20.), se puede decir que quien afirma que es justo con Dios pero no es justo con los demás hombres, miente: y la verdad no habita en él.

Como todos los cristianos que vivimos aquel momento, recibí también con emoción y alegría la decisión de celebrar la fiesta litúrgica de San José Obrero. Esa fiesta, que es una canonización del valor divino del trabajo, muestra cómo la Iglesia, en su vida colectiva y pública, se hace eco de las verdades centrales del Evangelio, que Dios quiere que sean especialmente meditadas en esta época nuestra.

Ya hemos hablado mucho de este tema en otras ocasiones, pero permitidme insistir de nuevo en la naturalidad y en la sencillez de la vida de San José, que no se distanciaba de sus convecinos ni levantaba barreras innecesarias.

Por eso, aunque quizá sea conveniente en algunos momentos o en algunas situaciones, de ordinario no me gusta hablar de obreros católicos, de ingenieros católicos, de médicos católicos, etc., como si se tratara de una especie dentro de un género, como si los católicos formaran un grupito separado de los demás, creando así la sensación de que hay un foso entre los cristianos y el resto de la Humanidad. Respeto la opinión opuesta, pero pienso que es mucho más propio hablar de obreros que son católicos, o de católicos que son obreros; de ingenieros que son católicos, o de católicos que son ingenieros. Porque el hombre que tiene fe y ejerce una profesión intelectual, técnica o manual, es y se siente unido a los demás, igual a los demás, con los mismos derechos y obligaciones, con el mismo deseo de mejorar, con el mismo afán de enfrentarse con los problemas comunes y de encontrarles solución.

El católico, asumiendo todo eso, sabrá hacer de su vida diaria un testimonio de fe, de esperanza y de caridad; testimonio sencillo, normal, sin necesidad de manifestaciones aparatosas, poniendo de relieve –con la coherencia de su vida– la constante presencia de la Iglesia en el mundo, ya que todos los católicos son ellos mismos Iglesia, pues son miembros con pleno derecho del único Pueblo de Dios.

El trato de José con Jesús

Desde hace tiempo me gusta recitar una conmovedora invocación a San José, que la Iglesia misma nos propone, entre las oraciones preparatorias de la misa: José, varón bienaventurado y feliz, al que fue concedido ver y oír al Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y oír, y no oyeron ni vieron. Y no sólo verle y oírle, sino llevarlo en brazos, besarlo, vestirlo y custodiarlo: ruega por nosotros. Esta oración nos servirá para entrar en el última tema que voy a tocar hoy: el trato entrañable de José con Jesús.

Para San José, la vida de Jesús fue un continuo descubrimiento de la propia vocación. Recordábamos antes aquellos primeros años llenos de circunstancias en aparente contraste: glorificación y huida, majestuosidad de los Magos y pobreza del portal, canto de los Angeles y silencio de los hombres. Cuando llega el momento de presentar al Niño en el Templo, José, que lleva la ofrenda modesta de un par de tórtolas, ve cómo Simeón y Ana proclaman que Jesús es el Mesías. Su padre y su madre escuchaban con admiración, dice San Lucas. Más tarde, cuando el Niño se queda en el Templo sin que María y José lo sepan, al encontrarlo de nuevo después de tres días de búsqueda, el mismo evangelista narra que se maravillaron.

José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando sus designios y él se esfuerza por entenderlos. Como toda alma que quiera seguir de cerca a Jesús, descubre en seguida que no es posible andar con paso cansino, que no cabe la rutina. Porque Dios no se conforma con la estabilidad en un nivel conseguido, con el descanso en lo que ya se tiene. Dios exige continuamente más, y sus caminos no son nuestros humanos caminos. San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos.

Pero si José ha aprendido de Jesús a vivir de un modo divino, me atrevería a decir que, en lo humano, ha enseñado muchas cosas al Hijo de Dios. Hay algo que no me acaba de gustar en el título de padre putativo, con el que a veces se designa a José, porque tiene el peligro de hacer pensar que las relaciones entre José y Jesús eran frías y exteriores. Ciertamente nuestra fe nos dice que no era padre según la carne, pero no es ésa la única paternidad.

A José —leemos en un sermón de San Agustín— no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno. Y luego añade: ¿cómo era padre? Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios.

José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, le trató dándole todo lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le transmitió su oficio. Por eso los vecinos de Nazaret hablarán de Jesús, llamándole indistintamente faber y fabri filius: artesano e hijo del artesano. Jesús trabajó en el taller de José y junto a José. ¿Cómo sería José, cómo habría obrado en él la gracia, para ser capaz de llevar a cabo la tarea de sacar adelante en lo humano al Hijo de Dios?

Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José.

No es posible desconocer la sublimidad del misterio. Ese Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la plenitud de su edad. Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.

José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de El con abnegación alegre. ¿No será ésta una buena razón para que consideremos a este varón justo, a este Santo Patriarca en quien culmina la fe de la Antigua Alianza, como Maestro de vida interior? La vida interior no es otra cosa que el trato asiduo e íntimo con Cristo, para identificarnos con El. Y José sabrá decirnos muchas cosas sobre Jesús. Por eso, no dejéis nunca su devoción, ite ad Ioseph, como ha dicho la tradición cristiana con una frase tomada del Antiguo Testamento.

Maestro de vida interior, trabajador empeñado en su tarea, servidor fiel de Dios en relación continua con Jesús: éste es José. Ite ad Ioseph. Con San José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret.

 

Los orígenes de la devoción a la Virgen – mes de mayo

La devoción a la Virgen en la Iglesia primitiva

La Virgen María ha sido honrada y venerada como Madre de Dios desde los albores del cristianismo.

“Los primeros cristianos, a los que hemos de acudir siempre como modelo, dieron un culto amoroso a la Virgen. En las pinturas de los tres primeros siglos del Cristianismo, que se conservan en las catacumbas romanas, se la contempla representada con el Niño Dios en brazos. ¡Nunca les imitaremos bastante en esta devoción a la Santísima Virgen!” (San Josemaría)

Con ocasión del mes de mayo, hablamos sobre los orígenes de la devoción mariana en los primeros cristianos

“Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48)

Como han puesto en evidencia los estudios mariológicos recientes, la Virgen María ha sido honrada y venerada como Madre de Dios y Madre nuestra desde los albores del cristianismo. En los tres primeros siglos la veneración a María está incluida fundamentalmente dentro del culto a su Hijo.

Un Padre de la Iglesia resume el sentir de este primigenio culto mariano refiriéndose a María con estas palabras: «Los profetas te anunciaron y los apóstoles te celebraron con las más altas alabanzas». De estos primeros siglos sólo pueden recogerse testimonios indirectos del culto mariano. Entre ellos se encuentran algunos restos arqueológicos en las catacumbas, que demuestran el culto y la veneración, que los primeros cristianos tuvieron por María.

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“Virgen con el Niño” Catacumba de Santa Priscila. Roma

Tal es el caso de las pinturas marianas de las catacumbas de Priscila: en una de ellas se muestra a la Virgen nimbada con el Niño al pecho y un profeta (quizá Isaías) a un lado; las otras dos representan la Anunciación y la Epifanía.

Todas ellas son de finales del siglo II. En las catacumbas de San Pedro y San Marceliano se admira también una pintura del siglo III/IV que representa a María en medio de S. Pedro y S. Pablo, con las manos extendidas y orando. Una magnífica muestra del culto mariano es la oración “Sub tuum praesidium” (Bajo tu amparo nos acogemos)  que se remonta al siglo III-IV, en la que se acude a la intercesión a María.

Los Padres del siglo IV alaban de muchas y diversas maneras a la Madre de Dios. San Epifanio, combatiendo el error de una secta de Arabia que tributaba culto de latría a María, después de rechazar tal culto, escribe: «¡Sea honrada María! !Sea adorado el Señor!».

La misma distinción se aprecia en San Ambrosio quien tras alabar a la « Madre de todas las vírgenes» es claro y rotundo, a la vez, cuando dice que «María es templo de Dios y no es el Dios del templo» , para poner en su justa medida el culto mariano, distinguiéndolo del profesado a Dios.

Hay constancia de que en tiempo del papa San Silvestre, en los Foros, donde se había levantado anteriormente un templo a Vesta, se construyó uno cuya advocación era Santa María de la Antigua. Igualmente el obispo Alejandro de Alejandría consagró una Iglesia en honor de la Madre de Dios. Se sabe, además, que en la iglesia de la Natividad en Palestina, que se remonta a la época de Constantino, junto al culto al Señor, se honraba a María recordando la milagrosa concepción de Cristo.

En la liturgia eucarística hay datos fidedignos mostrando que la mención venerativa de María en la plegaria eucarística se remonta al año 225 y que en las fiestas del Señor -Encarnación, Natividad, Epifanía, etc.- se honraba también a su Madre. Suele señalarse que hacia el año 380 se instituyó la primera festividad mariana, denominada indistintamente «Memoria de la Madre de Dios», «Fiesta de la Santísima Virgen», o «Fiesta de la gloriosa Madre».

El testimonio de los Padres de la Iglesia

El primer Padre de la Iglesia que escribe sobre María es San Ignacio de Antioquía (+ c. 110), quien contra los docetas, defiende la realidad humana de Cristo al afirmar que pertenece a la estirpe de David, por nacer verdaderamente de María Virgen.

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Fue concebido y engendrado por Santa María; esta concepción fue virginal, y esta virginidad pertenecea uno de esos misterios ocultos en el silencio de Dios.

En San Justino (+ c. 167) la reflexión mariana aparece remitida a Gen 3, 15 y ligada al paralelismo antitético de Eva-María.

En el Diálogo con Trifón, Justino insiste en la verdad de la naturaleza humana de Cristo y, en consecuencia, en la realidad de la maternidad de Santa María sobre Jesús y, al igual que San Ignacio de Antioquía, recalca la verdad de la concepción virginal, e incorpora el paralelismo Eva-María a su argumentación teológica.

Se trata de un paralelismo que servirá de hilo conductor a la más rica y  constante teología mariana de los Padres.

San Ireneo de Lyon (+ c. 202), en un ambiente polémico contra los gnósticos y docetas, insiste en la realidad corporal de Cristo, y en la verdad de su generación en las entrañas de María. Hace, además, de la maternidad divina una de las bases de su cristología: es la naturaleza humana asumida por el Hijo de Dios en el seno de María la que hace posible que la muerte redentora de Jesús alcance a todo el género humano. Destaca también el papel maternal de Santa María en su relación con el nuevo Adán, y en su cooperación con el Redentor.

En el Norte de África Tertuliano (+ c. 222), en su controversia con el gnóstico Marción), afirma que María es Madre de Cristo porque ha sido engendrado en su seno virginal.

En el siglo III se comienza a utilizar el título Theotókos (Madre de Dios). Orígenes (+ c. 254) es el primer testigo conocido de este título. En forma de súplica aparece por primera vez en la oración Sub tuum praesidium. que –como hemos dicho anteriormente- es la plegaria mariana más antigua conocida. Ya en el siglo IV el mismo título se utiliza en la profesión de fe de Alejandro de Alejandría contra Arrio.

A partir de aquí cobra universalidad y son muchos los Santos Padres que se detienen a explicar la dimensión teológica de esta verdad –San Efrén, San Atanasio, San Basilio, San Gregorio de Nacianzo, San Gregorio de Nisa, San Ambrosio, San Agustín, Proclo de Constantinopla, etc.-, hasta el punto de que el título de Madre de Dios se convierte en el más usado a la hora de hablar de Santa María.

La verdad de la maternidad divina quedó definida como dogma de fe en el Concilio de Efeso del año 431.

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“¿Y después de la muerte del Salvador? María es la Reina de los Apóstoles; se encuentra en el Cenáculo y les acompaña en la recepción de Aquél queCristo había prometido, del Paráclito; les anima en sus dudas, les ayuda a vencer los obstáculos que la flaqueza humana pone en su camino: es guía, luz y aliento de aquellos primeros cristianos”.(San Josemaría Escrivá)

 

Las Prerrogativas o Privilegios Marianos

La descripción de los comienzos de la devoción mariana quedaría incompleta si no se mencionase un tercer elemento básico en su elaboración: la firme convicción de la excepcionalidad de la persona de Santa María -excepcionalidad que forma parte de su misterio- y que se sintetiza en la afirmación de su total santidad, de lo que se conoce con el calificativo de “privilegios” marianos.

Se trata de unos “privilegios” que encuentran su razón en la relación maternal de Santa María con Cristo y con el misterio de la salvación, pero que están realmente en Ella dotándola sobreabundantemente de las gracias convenientes para desempeñar su misión única y universal.

Estos privilegios o prerrogativas marianas no se entienden como algo accidental o superfluo, sino como algo necesario para mantener la integridad de la fe.

San Ignacio, San Justino y Tertuliano hablan de la virginidad. También lo hace San Ireneo. En Egipto, Orígenes defiende la perpetua virginidad de María, y considera a la Madre del Mesías como modelo y auxiliode los cristianos.

En el siglo IV, se acuña el término aeiparthenos —siempre virgen—, que S. Epifanio lo introduce en su símbolo de fe y posteriormente el II Concilio Ecuménico de Constantinopla lo recogió en su declaración dogmática.

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Junto a esta afirmación de la virginidad de Santa María, que se va haciendo cada vez más frecuente y universal, va destacándose con el paso del tiempo la afirmación de la total santidad de la Virgen. Rechazada siempre la existencia, de pecado en la Virgen, se aceptó primero que pudieron existir en Ella algunas imperfecciones.

Así aparece en San Ireneo, Tertuliano, Orígenes, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Efrén, San Cirilo de Alejandría, mientras que San Ambrosio y San Agustín rechazan que se diesen imperfecciones en la Virgen.

Después de la definición dogmática de la maternidad divina en el Concilio de Efeso (431), la prerrogativa de santidad plena se va consolidando y se generaliza el título de “toda santa” –panaguía-. En el Akathistos se canta “el Señor te hizo toda santa y gloriosa” (canto 23).

A partir del siglo VI, y en conexión con el desarrollo de la afirmación de la maternidad divina y de la total santidad de Santa María, se aprecia también un evidente desarrollo de la afirmación de las prerrogativas marianas.

Así sucede concretamente en temas relativos a la Dormición, a la Asunción de la Virgen, a la total ausencia de pecado (incluido el pecado original) en Ella, o a su cometido de Mediadora y Reina. Debemos citar especialmente a S. Modesto de Jerusalén, a S. Andrés de Creta, a S. Germán de Constantinopla y a S. Juan Damasceno como a los Padres de estos últimos siglos del periodo patrístico que más profundizaron en las prerrogativas marianas.

Fuente: www.primeroscristianos.com

 

 

Urge prio­ri­zar a las per­so­nas para des­car­tar la in­de­cen­te pre­ca­rie­dad

Pu­bli­ca­do hace 21 horas - Agen­cia SIC

Ante la ce­le­bra­ción del 1º de Mayo, las en­ti­da­des pro­mo­to­ras de la ini­cia­ti­va Igle­sia por el Tra­ba­jo De­cen­te (ITD) –Cá­ri­tas, Con­fe­ren­cia Es­pa­ño­la de Re­li­gio­sos (CON­FER), Her­man­dad Obre­ra de Ac­ción Ca­tó­li­ca (HOAC), Jus­ti­cia y Paz, Ju­ven­tud Es­tu­dian­te Ca­tó­li­ca (JEC) y Ju­ven­tud Obre­ra Cris­tia­na (JOC)— unen sus vo­ces, por se­gun­do año con­se­cu­ti­vo, para “ce­le­brar el sen­ti­do crea­dor del tra­ba­jo” y re­cla­mar la erra­di­ca­ción de “la la­cra de la pre­ca­rie­dad la­bo­ral que ca­rac­te­ri­za el ac­tual sis­te­ma de re­la­cio­nes la­bo­res y que le­sio­na los de­re­chos de las per­so­nas tra­ba­ja­do­ras y de sus fa­mi­lias”.

En el ma­ni­fies­to Prio­ri­zan­do a las per­so­nas, des­car­ta­mos la in­de­cen­te pre­ca­rie­dad ela­bo­ra­do con mo­ti­vo de esta fies­ta de los tra­ba­ja­do­res y de san José Obre­ro, re­cuer­dan que “el tra­ba­jo de­cen­te, que for­ma par­te de los Ob­je­ti­vos de Desa­rro­llo Sos­te­ni­ble, es un ele­men­to im­pres­cin­di­ble para la jus­ti­cia so­cial y la cohe­sión de toda la hu­ma­ni­dad”.

Efec­tos en jó­ve­nes, fa­mi­lias y ma­yo­res

Las en­ti­da­des de la Igle­sia de­nun­cian los gra­ves efec­tos que la pre­ca­rie­dad la­bo­ral está te­nien­do en “la ju­ven­tud hun­di­da en una po­bre­za cró­ni­ca que les im­po­si­bi­li­ta un pro­yec­to de vida”, en las “fa­mi­lias cu­yas ne­ce­si­da­des bá­si­cas que­dan sin ase­gu­rar o sin cu­brir, como son el te­cho, luz, co­mi­da, ropa o me­di­ca­men­tos” y en las “per­so­nas ma­yo­res que su­fren una ve­jez sin ca­li­dad a cau­sa de unas pen­sio­nes in­dig­nas”.

Ade­más de sub­ra­yar que “el tra­ba­jo es esen­cial para la vida de las per­so­nas por­que ayu­da a cons­truir nues­tra hu­ma­ni­dad”, las or­ga­ni­za­cio­nes exi­gen “a po­lí­ti­cos, go­ber­nan­tes y po­de­res eco­nó­mi­cos unos de­re­chos que son bá­si­cos para la cons­truc­ción de una so­cie­dad cuyo sen­ti­do y fun­ción sir­van al bien co­mún”. Para ello pro­po­nen, re­co­gien­do uno de los fo­cos se­ña­la­dos por la Or­ga­ni­za­ción In­ter­na­cio­nal del Tra­ba­jo con mo­ti­vo de la ce­le­bra­ción del cen­te­na­rio, “un pro­gra­ma cen­tra­do en las per­so­nas y ba­sa­do en la in­ver­sión en las ca­pa­ci­da­des de los in­di­vi­duos, las ins­ti­tu­cio­nes la­bo­ra­les y en el tra­ba­jo de­cen­te y sos­te­ni­ble”.

El ma­ni­fies­to in­clu­ye el tes­ti­mo­nio de Cé­sar, un jo­ven de Za­ra­go­za, quien su­fre en car­ne pro­pia los efec­tos de la pre­ca­rie­dad la­bo­ral y que ex­pli­ca cómo “la ma­yo­ría de tra­ba­jos que me ofre­cen las em­pre­sas son pre­ca­rios, ho­ras suel­tas, sus­ti­tu­cio­nes pun­tua­les… No dan para vi­vir de for­ma dig­na, ni mu­cho me­nos. Este tipo de tra­ba­jo me ge­ne­ra mu­cho es­trés y ten­go mie­do del día de ma­ña­na. Por eso, este 1º de Mayo acu­di­ré a la ca­lle para jun­to a otros in­ten­tar con­se­guir un tra­ba­jo digno”.

In­de­cen­te pre­ca­rie­dad

Una si­tua­ción de in­de­cen­te pre­ca­rie­dad re­fle­ja­da en los ín­di­ces de:

■ Des­em­pleo. 3.304.300 per­so­nas pa­ra­das y sin po­si­bi­li­dad de tra­ba­jar (EPA 2018).

■ Ca­li­dad del em­pleo. La tasa de tem­po­ra­li­dad es del 26,86% (EPA 2018). El tra­ba­jo a tiem­po par­cial in­vo­lun­ta­rio es del 58%; 58,2% en hom­bres; 68,5% en mu­je­res (EPA 2017).

■ Po­bre­za la­bo­ral. Un to­tal de 12.338.187 per­so­nas, el 26,6 % de la po­bla­ción está en ries­go de po­bre­za y/​o ex­clu­sión so­cial. El 14,1% de las per­so­nas ocu­pa­das son per­so­nas tra­ba­ja­do­ras po­bres. (In­for­me ARO­PE, EAPN, 2018)

■ Ho­ras ex­tras. Se rea­li­zan 7 mi­llo­nes de ho­ras ex­tras a la se­ma­na, de las que 3 mi­llo­nes no se co­bran. 364.400 tra­ba­ja­do­res tra­ba­jan ho­ras de más sin co­brar­las y otros 415.400 los que las ha­cen co­bran­do. (CCOO, EPA 2018)

■ Re­des de pro­tec­ción. La tasa de co­ber­tu­ra de per­so­nas sin tra­ba­jo y con pres­ta­cio­nes es del 61%. 1,39 mi­llo­nes de per­so­nas ca­re­cen de tra­ba­jo y de pres­ta­ción so­cial ca­re­ce de pres­ta­ción (SPEE, 02/​04/​2019). 2.835.000 pen­sio­nis­tas (el 29,6%) tie­nen una pen­sión por de­ba­jo del um­bral de po­bre­za (609€/​mes). Más de 1,5 mi­llo­nes de pen­sio­nis­tas (15 %) tie­nen un im­por­te men­sual de en­tre 609 € y 650 €. (In­for­me ARO­PE, EAPN, 2018)

■ Sa­la­rios. El sa­la­rio me­dio anual de las mu­je­res fue de 20.131,41 eu­ros, mien­tras que el de los hom­bres fue de 25.924,43 eu­ros en 2016. El suel­do más fre­cuen­te se si­tuó en torno a 16.497,40 eu­ros (INE 2018).

■ Se­gu­ri­dad y sa­lud la­bo­ral. El nú­me­ro de ac­ci­den­tes de tra­ba­jo con baja en 2018 fue 47.435. De los ac­ci­den­tes en jor­na­da con baja, se pro­du­je­ron 297 ac­ci­den­tes gra­ves y 37 ac­ci­den­tes mor­ta­les. El nú­me­ro to­tal de ac­ci­den­tes de tra­ba­jo con baja in iti­ne­re fue 6.135, de los cua­les el 44% (2.729) afec­ta­ron a va­ro­nes, mien­tras que el 56% res­tan­te (3.406) afec­ta­ron a mu­je­res. Por gra­ve­dad, 73 fue­ron ac­ci­den­tes in iti­ne­re gra­ves y 7 ac­ci­den­tes in iti­ne­re mor­ta­les. (MI­TRA­MISS, avan­ce 2019)

■ Par­ti­ci­pa­ción de los tra­ba­ja­do­res. El 51,3% de los asa­la­ria­dos no tie­ne re­pre­sen­tan­te sin­di­cal en la em­pre­sa (En­cues­ta de Con­di­cio­nes de Tra­ba­jo. 6ª EWCS, 2015. Ins­ti­tu­to Na­cio­nal de Se­gu­ri­dad e Hi­gie­ne en el Tra­ba­jo).

■ Des­can­so. El 22,4% de los ocu­pa­dos tra­ba­ja más de 40 ho­ras a la se­ma­na. El 33% tra­ba­ja en do­min­go, una o más ve­ces al mes. El 24,6% tie­ne un ho­ra­rio que no se adap­ta a sus com­pro­mi­sos fa­mi­lia­res y per­so­na­les (Ibi­dem).

Si­tuar a las per­so­nas en cen­tro

Con ob­je­to de trans­for­mar es­tas con­di­cio­nes de quie­bra de de­re­chos y de dig­ni­dad, Cá­ri­tas, CON­FER, HOAC, Jus­ti­cia y Paz, JEC y JOC plan­tean es­tas re­cla­ma­cio­nes:

■ Que se si­túe a la per­so­na en el cen­tro de la vida po­lí­ti­ca, de las re­la­cio­nes la­bo­ra­les y del tra­ba­jo, a fin de abor­dar la in­de­cen­te pre­ca­rie­dad que des­car­ta a mi­llo­nes de per­so­nas al ac­ce­so a un tra­ba­jo de­cen­te, y de fa­ci­li­tar el diá­lo­go so­cial en­tre los go­bier­nos y las or­ga­ni­za­cio­nes de tra­ba­ja­do­res y tra­ba­ja­do­ras, em­pre­sa­ria­do y agen­tes so­cia­les.

■ Que los po­de­res pú­bli­cos ha­gan efec­ti­vo el de­re­cho a un tra­ba­jo digno para to­das las per­so­nas, ya que el tra­ba­jo es ex­pre­sión de la pro­pia dig­ni­dad

■ Que se re­co­noz­ca so­cial y ju­rí­di­ca­men­te el tra­ba­jo de cui­da­dos, ba­sa­do en un plan­tea­mien­to nue­vo de po­lí­ti­cas so­cia­les, de gé­ne­ro y edu­ca­ti­vas que fa­ci­li­te una pres­ta­ción de los cui­da­dos com­par­ti­da por hom­bres y mu­je­res.

■ Que se pro­mue­van unas con­di­cio­nes la­bo­ra­les que ga­ran­ti­cen la in­te­gri­dad fí­si­ca y psí­qui­ca de la per­so­na, y su pro­tec­ción so­cial, para que no haya ni una per­so­na muer­ta más por ac­ci­den­te de tra­ba­jo.

En el mar­co del 1º de Mayo, las en­ti­da­des que li­de­ran la ITD han con­vo­ca­do en todo el país una apre­ta­da agen­da de ac­ti­vi­da­des de mo­vi­li­za­ción pú­bli­ca para exi­gir, de la mano de las or­ga­ni­za­cio­nes sin­di­ca­les, un tra­ba­jo de­cen­te acor­de con la dig­ni­dad de to­das las per­so­nas.

(Cá­ri­tas)

 

 

Religión y política en el mundo

Salvador Bernal

Jair Bolsonaro

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En el comienzo del tercer milenio, sigue siendo necesario, a mi entender, luchar para evitar enfrentamientos políticos por cuestiones religiosas. Puede ser una utopía, a la vista de la situación real en tantos países, en los que domina el fundamentalismo, a pesar de que los textos constitucionales reconocen la libertad religiosa: desde las repúblicas islámicas más o menos radicales, al laicismo militante de occidente.

Tampoco faltan, en naciones de raigambre cristiana, mezcolanzas entre lo espiritual y lo temporal, como se comprueba en estos momentos, por ejemplo, en Brasil. Bajo la presidencia de Jair Bolsonaro se reiteran afirmaciones y gestos, apoyados en principios supuestamente populares, que intentan dar fundamento religioso a políticas más bien antisocialistas.

De momento, no parece que las esperanzas de cambio sean acogidas con satisfacción, si se aceptan los datos de los sondeos de opinión a los tres meses del comienzo de su mandato: el porcentaje favorable al presidente está en el 32%, el peor dato respecto de sus predecesores de la izquierda Lula y Dilma Rousseff, e incluso Fernando Collor, destituido dos años después de su investidura, en 1990.

Bolsonaro recuerda a Trump por su empeño en reiterar los argumentos que le llevaron a la presidencia, como si se dirigiera sólo a sus votantes, no al conjunto de los ciudadanos. No basta con la profunda y repetida crítica a la cultura marxista o a la perversa ideología de género, para comenzar a resolver los graves problemas sociales planteados en la gran nación del sur de América. Se advierte un componente religioso de fondo, es decir, la adhesión a una creencia fundamental, como lo es, en el plano de la lógica, la aplicación indiscriminada de lo políticamente impuesto a cualquier circunstancia de la vida pública. Menos mal que, a diferencia de Trump, no tienen eficacia fuera de sus fronteras.

Si en Brasil se difundió mucho en el siglo pasado un liberacionismo inspirado sobre todo en la acción de sacerdotes y religiosos católicos, el apoyo a Bolsonaro refleja más bien la implantación de criterios procedentes de peculiares iglesias evangélicas, tan expandidas en aquella tierra en los últimos tiempos, sobre todo, entre las clases más desfavorecidas. A pesar de su catolicismo de origen, el presidente refleja fuertes dosis de irenismo y sincretismo, dentro de la defensa de valores cristianos en la educación y la sociedad.

En el polo opuesto figura la campaña tenaz del laicismo estadounidense que, desde los campus universitarios y grandes medios de comunicación, se proyecta actualmente en fenómenos inquietantes que amenazan la tradicional libertad, con la consiguiente separación constitucional de Estado e Iglesias. Una manifestación específica es el intento de cerrar el paso a los católicos para el ejercicio de la judicatura, sobre todo, en los tribunales que deben velar por la aplicación de la Constitución.

El juez del Tribunal Supremo Clarence Thomas –católico- ha denunciado el intento de senadores demócratas de establecer criterios que evocan aquellos juicios –prejuicios- de “limpieza de sangre” aplicados en España para depurar a los responsables de la tarea evangelizadora tras el descubrimiento de América: los sufrió en su propia carne el futuro san Juan de Ávila.

Thomas, que gusta de pasar inadvertido, ha considerado oportuno manifestar públicamente en un acto universitario su idea de que América se había “librado de los tests en materia religiosa”, gracias al artículo sexto de la Constitución: “ninguna prueba religiosa será jamás requerida como cualificación para ningún oficio o cargo público en los Estados Unidos”. Y afirmó tajantemente: “no conozco a ningún juez que haya permitido que la religión interfiera en su trabajo”; al contrario, “si empiezas el día de rodillas, enfocarás tu trabajo de un modo diferente a si pensases al comienzo del día que alguien te ungió para imponer tu voluntad a los demás”.

Aun sin llegar a mesianismos extremos, tiene razón Juan Meseguer cuando analiza la instrumentalización de las creencias –también laicistas- que convierten la política en religión. Prefiere la distinción de planos. Por mi parte, he rechazado siempre el llamado “voto católico”, también en España, configurada en la constitución vigente como Estado no confesional. Al cabo, y aunque siga pareciendo utopía, se impone dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

 

Que el trabajo no destruya la familia

Por LaFamilia.info

 

 

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Foto: Freepik

 

El trabajo dignifica al ser humano y es el medio para proveerle el bienestar material a la familia. Pero no siempre resulta fácil para el hombre y la mujer lograr este equilibrio trabajo-familia, teniendo en cuenta las exigencias del mundo empresarial que hoy rigen.

 

Por eso, en el marco de la celebración del Día del Trabajo (1ero de mayo) te damos las siguientes recomendaciones que pretenden servir de reflexión y hacer un alto en el camino para pensar en el negocio más importante de la vida: la familia.

 

Ser eficientes durante las horas laborales: Durante la jornada ordinaria se debe poner toda la concentración y empeño, de modo que estas horas sean lo más productivas posibles y así poder culminar a la hora indicada para irse a casa. Para lograr este propósito es importante eliminar los llamados “ladrones del tiempo” como son: la falta de delegación, las reuniones largas y mal preparadas, la impuntualidad, la poca organización de las actividades, las conversaciones inoficiosas, entre otros.

 

Establecer límites y prioridades: La familia es el cliente más importante, por lo tanto debe tener su lugar en la agenda con carácter prioritario y sin opción de ser desplazados por asuntos del trabajo. Para velar porque este compromiso sea inamovible, se sugiere establecer citas con fecha y hora, como si se tratara de cualquier compromiso profesional. Esto implica además aprender a defender este espacio, muchas veces habrá que decir “no” a eventos o invitaciones que no son determinantes para la vida profesional y al contrario, sí son de gran provecho en el hogar.

 

No llevar trabajo para la casa: Sólo en circunstancias extremas que así lo requieran, los expertos recomiendan no llevar trabajo para la casa. Hay que aprender a culminar las tareas laborales para poder disfrutar de la familia, sobretodo en esta era de las comunicaciones hay que “desconectarse”: apagar los móviles, no mirar el correo, apartarse de la computadora... En ocasiones esto se convierte en hábito y poco a poco se va deteriorando el espacio familiar.

 

Compartir los triunfos y las dificultades: No es justo llegar al hogar malhumorado, a causa de las dificultades del trabajo. La pareja es un apoyo y la persona más indicada para escuchar y tal vez brindar un consejo cuando se presentan estas situaciones, pero siempre bajo los términos de respeto, confianza y amor.

 

Confesarle al esposo(a) que se tienen líos laborales -grandes o pequeños, pero que igualmente le quitan el sueño- permitirá que fluya la comprensión y la empatía en la pareja, evitando así muchos conflictos. Hay que tener en cuenta que ante un comportamiento agresivo o retraído sin explicaciones, la imaginación no tarda en comenzar a volar…

 

Estar en casa; con cuerpo y alma: Algunos padres caen en el error de llegar a casa a ver televisión o a mirar redes sociales, etc. Cuando se está en casa, se debe dedicar tiempo de calidad tanto al cónyuge como a los hijos. La cena por ejemplo, es un momento especial para sentarse todos juntos en la mesa y comentar las experiencias que cada uno vivió en el día, o si no es esta ocasión, debe existir otro espacio que permita el diálogo y esparcimiento en familia -realizar actividades deportivas, ir al parque, dar un paseo, etc.- en fin, cada grupo familiar define qué va mejor de acuerdo a su estilo; lo importante es evitar que todos lleguen a casa a encerrarse en sus habitaciones. Ojo: hay que luchar por ser una familia “unida” y no una familia “junta”.

 

Tiempo a solas con el cónyuge: no es sólo un consejo, es el fruto de investigaciones que demuestran que una cita semanal con el esposo(a) sin hijos y sin distracciones, une a la pareja y la fortalece, lo que se traslada en beneficio para los hijos.

 

 

La familia de un adicto

Lucia Legorreta

La familia de un adicto puede llegar a adoptar ciertas actitudes y características debido a los problemas que enfrentan.

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Terminé hace poco el libro “Luchando por la vida”, historia desgarradora en la que un joven lucha día tras día, año tras año para dejar su adicción a las drogas, a la vez que su madre narra lo que la familia vivió y sufrió al ver a su hijo hundirse cada vez más hasta terminar con su vida.

Sabemos que la adicción es una enfermedad. Una vez que una persona la desarrolla, ésta debe ser tratada como una enfermedad y por lo mismo el adicto no debe ser castigado, precisamente porque está enfermo.

En palabras del experto en este tema Dr. Kevin McCauley: “los adictos pueden hacer cosas terribles: robar, engañar y mentir, pero resulta que no es una característica en ellos, sino que hay una razón por la cual actúan así, y esta razón es un desajuste en la química del cerebro. Algo pasa en el cerebro de estas personas al consumir alcohol y drogas….

…Muchas veces el mismo adicto se describe a sí mismo como una mala persona, débil de carácter, que sólo sabe lastimar a sus seres queridos”

Y hoy, hablaremos de esos seres queridos: de la familia de un adicto. ¿qué sucede dentro de ella?

La familia como unidad, recibe de manera frontal el impacto de una adicción. Definitivamente nadie la busca y menos la desea.

De modo que no existe familia que no se afecte y muestre síntomas de disfunción, cuando uno de sus miembros se enferma de adicción.

Paradójicamente, la familia afectada por la adicción termina produciendo un sistema de conductas que apoyan al desarrollo de la adicción. A eso se le llama codependencia.

Es también una enfermedad, en la que se generan conceptos como: obsesión, falta de límites, y conductas inapropiadas y de rescate, compulsión y control, deseos de cambiar a la persona adicta, dejando de vivir para vivir la vida del otro.

Las relaciones familiares y la comunicación se van haciendo cada vez más disfuncionales, debido a que el sistema familiar se va enfermando progresivamente. Los miembros de la familia sin darse cuenta empiezan a actuar diferentes roles para minimizar o distraer la verdadera raíz del problema:

- El rescatador: este miembro de la familia se encarga de salvar al adicto a los problemas que resultan de su adicción: inventan las excusas, pagan las cuentas, llaman al trabajo para justificar las ausencias, etc. Ellos se asignan a sí mismos la tarea de resolver todas las crisis que el adicto produce.

- El Cuidador: asumen con ímpetu todas las tareas y responsabilidades que puedan, con tal de que el adicto no tenga responsabilidades, o tenga las menos posibles.

- El Rebelde: u oveja negra, su función es desenfocar a la familia y atraer la atención sobre sí mismo, de modo que todos puedan volcar sobre él su ira y frustración.

- El Héroe: también está empeñado en desviar la atención de la familia y distraerla hacia él, a través de logros positivos. Hace que la familia se sienta orgullosa, y ayuda a distraer la atención en el adicto.

- El Recriminador: esta persona se encarga de culpar al adicto a todos los problemas de la familia.

- El Desentendido: usualmente este papel es tomado por algún menor de edad que se mantiene al margen de las discusiones y de la dinámica familiar. Hay una gran tristeza y decepción que es incapaz de expresar.

- El Disciplinado: este familiar presenta la idea de que lo que hace falta es un poco de disciplina y agrede al adicto, ya sea física o verbalmente. Nace de la ira y frustración que se acumulan en la familia y de los sentimientos de culpa que muchos padres albergan por la adicción de sus hijos.

Todos y cada uno de los familiares realizan estos roles sin la más mínima idea de que están promoviendo el desarrollo de la adicción. La intención es buena y piensan que están ayudando.

De aquí la importancia de hacer conciencia de la necesidad de cambios en la familia para lograr una mejor recuperación.

La terapia individual puede ser de ayuda en las primeras etapas del tratamiento. La terapia familiar es básica para la recuperación.

En ella se aprende a ejercer y brindar el amor que el co-dependiente siente por el adicto y le permite establecer límites sanos con claridad y firmezas. A esto se le llama amor responsable.

Como familiares, a veces el cariño puede evitar que pongamos límites adecuados para protegernos o evitar conflictos. Sin embargo, el amor de la familia combinado de manera balanceada, con la firmeza necesaria para establecer límites saludables, es una herramienta vital en el proceso de convivir con un adicto activo.

La familia organizada y bajo la guía de un profesional especializado puede lograr un cambio en la vida de este ser querido.

 

 

¡Seamos coherentes!

La familia tradicional era numerosa porque se basaba en el matrimonio indisoluble

Sólo el matrimonio salvaguarda la dignidad del marido y de la mujer y su bienestar, y es por su naturaleza la única garantía del bienestar de los niños

Si toleramos la permisividad moral no podremos evitar el aborto y la eutanasia. Es necesario que seamos coherentes con nuestra fe y la moral que la Iglesia en nuestras vidas.

Miles de chilenos estamos unidos en la defensa de los indefensos, la protección de la infancia y del no nacido.

Estamos a favor de la causa de los que son víctimas de la tiranía abortista, del cinismo y de la hipocresía médica estatal.

Sin embargo, no debemos engañarnos a nosotros mismos, los riesgos son demasiado altos. Nunca vamos a ganar esta lucha, a menos que ataquemos la cultura de la muerte en sus raíces.

Para ser verdadera y consistentemente a favor de la vida, no es suficiente oponerse al aborto. También debemos combatir:

* La permisividad moral

La fornicación y el adulterio rompen los vínculos sagrados que unen la sexualidad humana a la procreación y la familia. El aborto es la garantía última de la libertad sexual estéril y sin vida: el placer carnal absoluto e inconsecuente del «amor libre», carente de la responsabilidad y del compromiso del matrimonio.

Como declaró el Papa Pío XII, «Sólo el matrimonio salvaguarda la dignidad del marido y de la mujer y su buen estado, y es por su naturaleza la única garantía del bienestar de los niños”.

Una vez que la inmoralidad sexual desvía el acto conyugal de su propósito divinamente ordenado, para defender la santidad de la vida, tenemos que defender el pacto sagrado del matrimonio.

* La anticoncepción

La crueldad de los paganos romanos  ha vuelto a nuestra sociedad

No debemos engañarnos a nosotros mismos, los riesgos son demasiado altos. Nunca vamos a ganar esta lucha, a menos que ataquemos la cultura de la muerte en sus raíces

La anticoncepción fácil conduce lógicamente al aborto a pedido. Las parejas que practican la anticoncepción son mucho más propensas a recurrir al aborto, en el caso de un embarazo no planeado, como medio de control de la natalidad después de la concepción. De hecho, la mayoría de los anticonceptivos modernos son abortivos, es decir, que abortan el feto.

Como proclamó el Papa Pablo VI, en su encíclica Humanae Vitae contra el aborto, «Todos y cada acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida«.

Dado que el aborto se nutre de la mentalidad anticonceptiva, para oponernos a la masacre del aborto de manera efectiva, debemos oponernos a la mentalidad pro‒abortista de la anticoncepción.

Baje su libro gratuito contra el aborto

* La eutanasia

Si el hombre no defiende toda vida humana inocente como sagrada e inviolable, la vida de nadie está a salvo. Así como el niño indefenso en el vientre de su madre se sacrifica a la auto-condescendencia de nuestra cultura de la muerte, la vida deteriorada o envejecida de nuestros enfermos cae víctima de los mismos dioses falsos.

Como advirtió el Papa Juan Pablo II, «Nuevos retrasos y negligencias podrían dar lugar a la supresión de un número incalculable de vidas humanas y a una mayor y grave degradación de toda la sociedad a niveles aún más inhumanos”.

Dado que el holocausto del aborto conduce inevitablemente al holocausto de la eutanasia, para defender toda vida humana inocente, debemos oponernos al aborto, al infanticidio y a la eutanasia sin compromisos o excepciones.

* Conclusión

Para ser pro-vida, debemos combatir la permisividad moral, la contracepción, la pornografía y la eutanasia con la coherencia y vigilancia constantes con las que nos oponemos al aborto.

Como el Santo Padre nos recuerda: «La fidelidad es la coherencia de vivir de acuerdo con lo que uno cree; adaptar la propia vida al objeto de nuestra adhesión. Aceptar la incomprensión, la persecución, en lugar de una ruptura entre lo que uno practica y lo que uno cree: esta es la coherencia».

Que María, nuestra Madre, ejemplo vivo de la fidelidad a Cristo, nos ayude a dar testimonio coherente con la Ley de Dios en nuestras vidas.

 

El trabajo como virtud y valor humano, explicado a los hijos

ESCUELA PARA PADRES

 

El trabajo desde la educación familiar

 

Los padres tienen que ir enseñando a los hijos desde muy pequeños, a realizar y comprender las virtudes y valores humanos del trabajo, preparándoles para el futuro, cuando tengan que trabajar en los estudios, en la empresa o en la sociedad. Pueden empezar mandándoles pequeñas actividades y responsabilidades, dentro de la casa, para que se vayan acostumbrando a obedecer y a sentir la satisfacción del trabajo, bien hecho. Así cuando llegue la hora de realizar el trabajo profesionalmente, tendrán ya la costumbre convertida en hábito y posteriormente en virtud y sabrán organizar y administrar el tiempo, para poder hacer lo que sea necesario, sin poner pretextos para no hacer el trabajo que les corresponda.

 

El verdadero trabajo de los hijos dentro de la familia es estudiar, ayudar a los padres y a sus hermanos, también ayudar a los familiares y amigos. Deben esforzarse en prepararse muy bien para el futuro, aprovechando todos los medios a su alcance, procurando siempre recorrer una milla de más, en las obligaciones. El trabajo del estudiante es estudiar, hacer lo que les manden sin tratar de esquivarlo o buscando disculpas, incluyendo las tareas para después de la escuela.

 

El trabajo desde la sociedad

 

Es el resultado de la actividad humana y puede, no ser una ocupación retribuida por terceros. El trabajo es el eje en torno al cual, gira la organización y el progreso de la humanidad y ofrece a cada hombre, la oportunidad de crecer, desarrollar todas sus capacidades congénitas, realizarse como persona y ser cada día, plenamente adulto, ahondando en los principales campos de la formación integral, material, intelectual, humano y espiritual. No sólo expresa la dignidad del hombre, sino que la aumenta, hace la vida humana, más humana. El hombre que trabaja, asegura el futuro de aquellos que vendrán después.

 

Cuando no hay trabajo disponible o hay despidos, surge un problema muy grave, pues estas situaciones son el origen del descontento, hundimiento y frustración de muchas familias. Toda persona tiene derecho a tener un trabajo, en condiciones dignas, a poder ser libre para elegirlo y a la protección social del desempleo.

 

El trabajo desde la religión

 

El trabajo también es un medio para santificar la vida, es una de las principales actividades humanas, sociales y religiosas, además de uno de los factores de la producción. Lo contrario del trabajo es el ocio, ya que el descanso no es no hacer nada, es distraerse en actividades que exigen menos esfuerzo. No basta trabajar, hay que trabajar bien, a conciencia, con seriedad y compromiso, poniendo empeño en lo que se hace, aceptando los fracasos y aprendiendo a vivir las virtudes y valores humanos de la paciencia y la caridad, en su ocupación diaria. Trabajar bien, significa ante todo, la actividad de trabajar, no al resultado del trabajo. También existe la gozosa inactividad del descanso merecido y necesario.

 

Se puede y debe trabajar bien, aunque el resultado no sea bueno, ya sea por una equivocación involuntaria o por causas que no dependen de uno mismo. Hay que tratar de superar las contrariedades, en vez de rebelarse contra ellas. El trabajo debe estar bien realizado, a conciencia, con la mejor perfección humana posible, con sentido de responsabilidad, con amor y perseverancia, sin abandonos ni ligerezas, con empeño y constancia, con rigor, con calidad humana y poniendo todo el esfuerzo necesario. En el trabajo deben tenerse en cuenta, el buen cumplimiento de todas las obligaciones familiares, profesionales, religiosas y sociales, sacando provecho a los talentos que cada uno ha recibido.

 

El valor humano del trabajo, no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino hacerlas cada día mejor. Dios no acepta el trabajo mal hecho ni defectuoso, la sociedad tampoco. Para hacer bien el trabajo, hay que poner en práctica las virtudes y valores humanos, los cuales forman un entramado en el que los hilos, se refuerzan entre sí y se funden en uno solo. Los principales son: El optimismo, el orden, la alegría, la caridad, la constancia, la diligencia, la fortaleza, la humildad, la justicia, la laboriosidad, la lealtad, la magnanimidad, la mansedumbre, la perseverancia, la prudencia, la reciedumbre, la serenidad, la templanza y todas las demás virtudes relacionadas.

 

Sin la fe, la esperanza y la caridad, el esfuerzo humano no basta, para hacer bien el trabajo, porque su falta se manifiesta antes o después, en la quiebra de éstas: en injusticia, en odio, en ira, en envidia, pues el secreto para realizar cada día mejor el trabajo, es la atención a los detalles y a las cosas pequeñas, para poderles dar un remate de perfección.

 

Hay que luchar  con las  dificultades naturales de cada situación, sin dejarse vencer nunca por el agobio, la comodidad, el egoísmo y la pereza, que es el vicio capital contra el trabajo y madre de todos los vicios. Una de sus formas más corriente, es la tardanza y dejación del cumplimiento de las obligaciones, dejando al margen de la moral cristiana, con faltas de justicia, de veracidad, de honradez.

 

El trabajo no se debe afrontar, como cualquier cosa que hay que realizar. Hay que hacerlo cómo y cuándo se debe, apetezca o no. No consiste sólo en trabajar mucho, porque no hay que olvidar que, a fuerza de descuidar detalles, pueden hacerse compatible el trabajar sin descanso y vivir como un cómodo egoísta.

 

El que es buen trabajador es diligente y no precipitado. Aprovecha el tiempo, que no sólo es oro, sino que hace lo que debe y está en lo que hace, no por rutina, ni por ocupar las horas, sino como fruto de una reflexión atenta y ponderada. Nunca se debe aplazar lo que cuesta hacer, ni dar prioridad a las cosas que gusten más o exijan menos esfuerzo. No se debe dejar el trabajo para mañana, si se puede hacer hoy. No debe dejarse llevar por la falsa excusa de la comodidad, conformándose con lo que basta hacer, para salir del paso, dejándonos arrastrar por razonadas sinrazones, para estar mano sobre mano. Después no debe extrañarnos, si nos llaman vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles, etc.

 

La virtud y valor humano del trabajo, puede perderse si se descuida la atención al detalle o a las cosas que no le gustan al que lo hace, como la puntualidad al comenzar y terminar el trabajo, la atención a la familia, el abandono de las obligaciones religiosas, sociales o económicas. No basta querer hacerlo bien, sino que hay que saber hacerlo bien, ya que siempre requiere preparación, competencia, no sólo técnica, sino moral, humana y religiosa. No basta la “buena voluntad” o la rectitud de intención, para ser un buen médico o una buena ama de casa, sino que se requiere, conocimientos mejorados continuamente y poseer y aprender a practicar, las virtudes y valores humanos, para desarrollarlos con sinceridad, veracidad, ecuanimidad, serenidad y paciencia, porque obras son amores y no buenas razones.

 

El perfeccionismo mal entendido en el trabajo, es una deformación de las virtudes y valores humanos. Es lo contrario a la perfección, pues revela un amor propio inapropiado, una ignorancia de las propias limitaciones, una auto complacencia vana y una falta de realismo y humildad. El sentido común indica, que casi siempre lo mejor es enemigo de lo bueno, porque el perfeccionismo puede llegar a descuidar otras exigencias del trabajo bien hecho, como acabarlo en el plazo, calidad y precio conveniente. Los trabajos continuos y repetitivos, no debemos considerarlos como monótonos. Tenemos que descubrir una nueva dimensión, en esas tareas relacionándolas con los deberes que hay que cumplir y los servicios que hay que prestar.

 

Un tutor de vida con experiencia, puede ser una parte muy importante, para hacer bien el trabajo, ya que puede ofrecer muchos consejos certeros. Pero para aceptarlos, se requiere mucha humildad y sencillez, incluso para admitir las propias limitaciones y para dejarse ayudar, evitando la suficiencia, la presunción y la vanidad. Pero hay que estar abiertos a recibir formación, dentro de la familia, por los amigos o por los expertos, sabiendo aprovechar las observaciones de quienes nos quieren y rodean. El trabajo bien hecho, no es un ídolo al que hay que adorar. No es un fin en la vida, que pone en el triunfo la propia complacencia. El trabajo tiene una dimensión y esencia religiosa, que tenemos que descubrirla trabajando con inteligencia, esfuerzo, orden y alegría. No se debe vivir para trabajar, sino trabajar para vivir. Hay que colocar en su sitio los deberes profesionales, pues son los medios para llegar a unos fines, nunca pueden tomarse como lo fundamental de esta vida.

 

17 Sentencias sobre el trabajo

 

  1. Cuando contratas gente más lista que tú, demuestras ser más listo que éllos.
  2. Cuando la meta es importante, los obstáculos se vuelven pequeños.
  3. Dichoso el que tiene una profesión, que coincide con su afición.
  4. El arte de dirigir consiste en saber, cuando se debe abandonar la batuta, para no molestar a la orquesta.
  5. El genio comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las acaba.
  6. El modo de dar una vez en el clavo, es dar cien veces en la herradura. 
  7. El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer.
  8. En ninguna parte está, el que en todas está.
  9. Hay personas que trabajan, como si fueran a vivir eternamente.
  10. La buena gestión consiste en mostrar a la gente normal, cómo se hace el trabajo de gente superior.
  11. La buena suerte no es casual; es producto del trabajo.
  12. La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.
  13. El tiempo es oro tanto en el trabajo, como en el ocio.
  14. Mira si será malo el trabajo, que deben pagarte para que lo hagas.
  15. No se llega a campeón sin sudar.
  16. Siempre que te pregunten si puedes hacer un trabajo, contesta que sí y ponte enseguida a aprender como se hace.
  17. No dejes para mañana el trabajo, que puedas hacer hoy.

 

Si tiene algún comentario, por favor escriba a francisco@micumbre.com

 

 

 

Se quiere prohibir que los viajeros traigan productos animales y vegetales

El Ministerio de Agricultura (MAPA) sacó a consulta pública hasta el 2 de abril, un borrador de orden que tiene como objetivo establecer medidas específicas de protección de la salud pública, la sanidad animal y la sanidad vegetal en España.

En este borrador, recuerda la posible introducción de enfermedades con alta repercusión económica, como la peste porcina africana (PPA) o la Xylella fastidiosa, mediante la entrada en España de partidas personales no comerciales de productos de origen animal, y de vegetales o productos vegetales, que forman parte del equipaje de los viajeros procedentes de terceros países, o se envíen a particulares en pequeños envíos desde los citados terceros países.

Por este motivo, el borrador de Orden, una vez que se publique en el BOE, prohibirá la entrada por las vías antes mencionadas de:

•Carne y productos cárnicos, leche y productos lácteos.

•Otros productos de origen animal y subproductos, salvo algunas excepciones.

•Vegetales y productos vegetales de especies sensibles a alguno de los organismos nocivos relacionados en la normativa comunitaria.

Las compañías de transporte aéreo y marítimo internacionales y los operadores de servicio postal tendrían que informar a sus clientes de la prohibición de traer los productos anteriormente citados. Además, deberán disponer en sus instalaciones, o medios de transporte, de recipientes estancos para la retirada de los productos que pudieran llevar sus clientes.

Jesús Domingo

 

 

Prohibir las carpas circenses con animales

No tienen bastante con invadir granjas y mataderos, ni les basta con los toros, sino que seguimos para bingo: ahora les ha dado con prohibir también las carpas circenses con animales. Lo próximo será la ganadería extensiva, la doma clásica o equitación olímpica, las exhibiciones con delfines, los zoológicos y hasta las mascotas domésticas, porque todas esas actividades se basan en el dominio por el hombre de esas criaturas irracionales hoy rebautizadas como “sintientes” o algo así.

Nadie en sus cabales puede defender el maltrato animal. Para evitarlo, cuentan nuestras administraciones con personal especializado capaz de inspeccionar y sancionar cualquier tarea susceptible de producirlo, incluidos los circos. Ahora bien, deducir que se deban impedir los animales en los circos porque siempre se ocasionan abusos en ellos es mucho deducir, salvo que se considere como vejación cualquier cosa que hagan los animales en las arenas de un circo.

Tengo imborrables recuerdos de infancia de aquellas caravanas cargadas de ilusión. Antes de cada función, solíamos acercarnos a ver en las jaulas a los leones, camellos o elefantes. Nunca percibí en ellos más que su propio hedor a tigre de Bengala, que no sé si será considerado hoy como una grave ofensa animal. Sus piruetas, equilibrios y brincos jamás me hicieron sospechar que estas bestias estuvieran desatendidas o mortificadas, sino todo lo contrario: aquellos circos estaban llenos de ejemplares orondos y robustos, dignos de ser presentados ante gradas repletas de ojos incapaces de pestañear. Es más, el circo que se presentaba con cuadrúpedos escuchimizados solía tener garantizado el fracaso en taquilla, porque el interés popular se centraba precisamente en el riesgo que pudiera tener el domador de ser devorado, y no en el que pudiera padecer el animal amaestrado.

Pedro García

 

El centro del anuncio a los jóvenes

Es cierto también que muchos jóvenes son instrumentalizados hasta convertirlos en presa fácil de propuestas deshumanizadoras elaboradas por grupos de poder. La Iglesia tiene el reto de acompañarlos en su camino y de propiciar en los propios jóvenes una verdadera preocupación por otros jóvenes, que víctimas de guerras, de adicciones o de flagelos como el aborto, necesitan su ayuda. El amor de Dios y la relación con Cristo vivo no impiden soñar ni estrechan el horizonte; al contrario, estimulan y proyectan hacia una vida mejor y más bella; una vida verdaderamente libre, que no se convierta en títere a merced de las tendencias del momento y que esté dispuesta a dar un paso de valentía juvenil y profundamente evangélica que este momento histórico requiere.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Doctrina social puesta en práctica

Más que los contenidos particulares, destacaría sólo un aspecto general sobre la visión que muchos tienen del Papa y de la Iglesia católica. Me refiero al “conservadurismo” que se supone como seña de identidad de la Iglesia. Al dialogar sobre los inmigrantes y los descartados del mundo, la familia y los jóvenes desconcertados, la sexualidad y los homosexuales, los abusos de algunos clérigos y en la familia, las esclavitudes modernas, el tráfico de armas, los planteamientos del capitalismo y del socialismo, etcétera, las respuestas del Papa Francisco son razonables sin ser necesariamente conservadoras.

En efecto, el Papa Francisco se refería varias veces a la doctrina social de la Iglesia, que no es conservadora ni progresista. No es una tercera vía entre dos ideologías, porque su contenido es de naturaleza moral, previo a las leyes, a las costumbres y a la sociología: orienta hacia el bien común, sostiene el ser y el deber ser, y busca el

Cuando habla el Papa -desde Pablo VI a Francisco-, la Iglesia publica un documento, o un católico habla de esas cuestiones esenciales, fácilmente se los considera conservadores, una etiqueta que de hecho minusvalora sus ideas y sus actitudes ante la vida. Por eso el Papa parece a unos conservador y a otros progresista, como también decían de san Juan Pablo II, que les parecía conservador en moral y progresista en lo social. Preciso es recordar, por tanto, que el planteamiento de la Iglesia es espiritual, moral e integral, de acuerdo con su misión de ofrecer la salvación de Jesucristo a todas las personas, sin distinción de razas, culturas y religiones.

Jesús D Mez Madrid

 

 

Pensamientos y reflexiones 216

 

CATALUÑA: Verdades y mentiras

                                                                                                                   Como la única verdad que va quedando clara es la que… “todos los contendientes, gobierno nacional incluido, es que están plenamente interesados en que el follón catalán siga adelante, puesto que todos parecen ganar en ello”; los que estamos ya no sólo hartos sino hastiados, “del asunto catalán” y como españoles; opinamos y me hago eco de los muchos que he consultado, que esto hay que acabarlo cuanto antes y radicalmente si no hay otro remedio… ¿por qué de ello?

                                                                                                                   Si tanto se habla de una Constitución, que nos rige y que en su día aprobamos todos los españoles, por una inmensa mayoría de TODA ESPAÑA; y en ella se consagra que ESPAÑA ES UNA E INDIVISIBLE; ello autoriza a emplear “los medios que sean”, para confirmar ello, de grado… “o contra la pared que sea”; si no es así, el gobierno que gobierne, no lo podemos considerar legítimo, puesto que no cumple con su principal obligación.

                                                                                                                   Veamos por otra parte, que en Francia y donde hay, “la otra gran parte de Cataluña”; allí no reclaman nada de independencia; y “los de aquí”, guardan un silencio vergonzoso, cuando sólo se refieren a “laparte de Cataluña que hoy es España y de ello hace muchos siglos”… La evidencia queda clara, o sea que “los de aquí arremeten por cuanto los gobiernos no lo son y en Francia ni se mueven, por cuanto en Francia, los gobiernos gobiernan como se debe gobernar y empleando los medios que hagan falta en cualquier momento… “y punto”. (De mi artículo de igual titular 03-10-2018)

 

Contaminación planetaria: Soluciones ya

            Refiriéndose a uno de mis recientes artículos, un lector me escribe afirmando lo que a continuación copio literalmente:

“Un grupo de investigadores de la Universidad portuguesa de Aveiro ha descubierto que el hongo denominado Zalerion maritimum es capaz de degradar los plásticos que se acumulan en el mar, convertidos en las últimas décadas en una de las grandes amenazas medioambientales. La responsabilidad, el sentido común y ese tipo de investigación son los que hay que potenciar con urgencia”.

         Ampliando ello y por mi parte o cuenta, añado lo que sigue.

            Y hay que OBLIGAR a los fabricantes de “los aparatos que sean” (lavadoras, ordenadores, máquinas, etc. etc.) que lo hagan bajo las exigencias de no dejar inservibles estas como ahora ocurre, que se dice los fabrican con artilugios ya preparados para que duren un tiempo limitado, Y por ello, TENGAS QUE COMPRAR OTRO PARA REPONERLO de inmediato; lo que en sí, es lo que ocasiona, esas MONTAÑAS DE RESIDUOS que inundan ya el mundo; por tanto hay que legislar afinando mucho para evitar lo que es evitable por cuanto la técnica lo permite.

             Igualmente hay que fabricar envases y embalajes, que sean reciclables y no el tipo que ha permitido la situación actual de acumulación de basuras; hoy hay técnicas para solucionar todo, lo que hace falta es imponerlas con firmeza. De acuerdo que todo ello no se puede realizar “de la noche a la mañana”, pero sí que se pueden conceder plazos razonables para que cada cual, adecue sus industrias a las necesidades DEL PLANETA; puesto que esta es nuestra casa, la de todos; y ya está demasiado llena de mierdas de todas clases y muchas de ellas INDESTRUCTIBLES. (De mi artículo de igual titular 03-10-2018)

 

Gobiernos, multinacionales y… “sus esclavos”

 

                                Hoy “los gobiernos” los imponen las multinacionales, los bancos, o lo que perversamente denominan como “los mercados”; en general fuerzas ocultas, pero que ejercen el gran poder que mueve a este pobre mundo, destrozado ya por unos intereses egoístas y de minorías que permanecen “escondidas” en la sombra y por tanto son impunes, ya que no pueden recibir ataques concretos; o sea que inexplicablemente se ha llegado a, “una especie de gobiernos fantasmas, pero que son los que efectivamente ejercen el poder que nos va esclavizando poco a poco y que no va a cesar hasta límites que ni sabemos, pero que pueden llegar a la destrucción del planeta”; cosa absurda por demás, pero que la intuición me dice que es posible y cada vez más.

                                Y ello es así, por cuanto, “los individuos que sean y colegiadamente ya se consideran muy por encima del bien y del mal; y por tanto han borrado de sus conciencias (si es que ya las poseen) una responsabilidad global y surgida la catástrofe, o catástrofes que cada vez abundan más… ellos se consideran en ese limbo en que no les llega remordimiento alguno y por ello”, pasará lo que tenga que pasar y al final nadie resultará, ni será encontrado culpable, puesto que la infernal máquina que han creado, al final parecerá que marcha sola”… “y una máquina no puede ser responsable de nada, si no hay un piloto o conductor que sepamos es quién la dirige”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes