Las Noticias de hoy 29 Abril 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 29 de abril de 2019    

Indice:

ROME REPORTS

Regina Caeli: Jesús se aparece trayendo tres dones: la paz, la alegría y la misión apostólica

Regina Caeli: El Papa agradece a todos los que le enviaron sus saludos de Pascua

Argentina: Homilia del Cardenal Becciu en la beatificación de los mártires

SANTA CATALINA DE SIENA*: Francisco Fernandez Carbajal

“¿Tú..., soberbia? -¿De qué?”: San Josemaria

Algo grande y que sea amor (VII): Quien da la vida por sus amigos: Carlos Villar

Pascua: He resucitado y aún estoy contigo: Félix María Arocena

¿CREO EN LA IGLESIA?: Alejo Fernández Pérez

Hacia una Teología de lo femenino. En torno a la Carta Apostólica ‘Mulieris Dignitatem’: Carmen Álvarez Alonso

La libertad religiosa en el mundo postsecular: Javier María Prades López

Resucitó: Daniel Tirapu

Obedecer para ser libre: Plinio Corrêa de Oliveira

Obligaciones y derechos de los hijos: Francisco Gras

La Pascua, el mejor tiempo de alcanzar la identificación con Cristo: Pedro Beteta López

Cris­to vive (I): + En­ri­que Be­na­vent Vidal. Obis­po de Tor­to­sa

Ante las pró­xi­mas elec­cio­nes: +Ma­nuel Sán­chez Mon­ge, Obis­po de San­tan­der

La actividad del COF diocesano: Jesús Martínez Madrid

Permitir la entrada: Xus D Madrid

Una Iglesia experta en humanidad: José Morales Martín

EL "OTRO" CORDÓN UMBILICAL (O el maltrato entre hombres y mujeres):    Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Regina Caeli: Jesús se aparece trayendo tres dones: la paz, la alegría y la misión apostólica

Palabras del Papa antes del Regina Caeli

abril 28, 2019 14:39Raquel AnilloAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 28 abril 2018).-  En este segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, el Papa Francisco se asoma a la ventana de su estudio del Palacio Apostólico del Vaticano para dirigirse a los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza San Pedro para rezar el Regina Caeli.

Palabras del Papa antes del Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

El evangelio de hoy (Juan 20: 19-31) nos dice que en el día de Pascua Jesús se aparece a sus discípulos en el Cenáculo, trayendo tres dones: la paz, la alegría y la misión apostólica.

Las primeras palabras que dice son: “La paz sea contigo” (v. 21). El Señor Resucitado trae auténtica paz, porque a través de su sacrificio en la cruz ha logrado la reconciliación entre Dios y la humanidad y ha vencido el pecado y la muerte, esta es la paz. Sus discípulos eran los primeros que necesitaban esta paz, porque después de la captura y la sentencia de muerte contra el Maestro, habían caído en el desconcierto y el miedo. Jesús se aparece vivo entre ellos y mostrando sus heridas en el cuerpo glorioso, da la paz como fruto de su victoria. Pero esa tarde el apóstol Tomás no estuvo presente. Informado de este evento extraordinario, él, incrédulo ante el testimonio de los otros apóstoles, pretende verificar personalmente la verdad de lo que ellos afirman. Ocho días después, como hoy, se repite la aparición: Jesús se encuentra con la incredulidad de Tomás y le invita a tocar sus heridas. Son la fuente de la paz, porque son el signo del inmenso amor de Jesús, quien derrotó a las fuerzas hostiles del hombre, es decir, el pecado, el mal y la muerte. Invita a tocar las heridas, es una enseñanza para nosotros, como si Jesús nos dijera a cada uno de nosotros: “Si tu no estás en paz, toca mis heridas”.

Tocar las heridas de Jesús, que están en los problemas, en las dificultades, en las persecuciones, en las enfermedades, en tanta gente que sufre. ¿Tu no estás en paz?, Ve, ve a visitar a alguien que es símbolo de la herida de Jesús, toca la herida de Jesús. De esas heridas sale la misericordia. Por eso hoy es el domingo de la misericordia. Un santo decía que el cuerpo de Jesús crucificado es como un saco de misericordia, que a través de las heridas venía hacia todos nosotros. Todos nosotros necesitamos de la misericordia, lo sabemos. acerquémonos a Jesús y toquemos  sus heridas, en nuestros hermanos que sufren. Las heridas de Jesús son un tesoro: de ahí surge la misericordia. seamos valerosos y toquemos las heridas de Jesús. Con estas heridas Él está delante del Padre y nos hace ver al Padre, como si dijera. “Padre, este es el precio, estas heridas son lo que yo he pagado por mis hermanos”. Con las heridas Jesús intercede ante el Padre. Nos da la misericordia y nos acerca e intercede por nosotros. No olviden nunca las heridas de Jesús.

El segundo don que Jesús resucitado trae a los discípulos es la alegría. El evangelista informa que los discípulos se regocijaron al ver al Señor “(v. 20). Hay un versículo que dice que “no podían creer por la alegría que tenían”, no lo podían creer.  A nosotros cuando nos pasa algo increíble demasiado bello, nos viene de dentro decir: “¡No lo podemos creer, que esto no es verdad!” y así decían los discípulos, no lo podían creer por tanta alegría que sentían. Y esa es la alegría que nos da Jesús. Si tu estás triste, si no estás en paz, mira a Jesús crucificado a Jesús resucitado, mira sus heridas y recibe su alegría.

Y además de la paz y la alegría, Jesús da a sus discípulos una nueva misión: “Así como el Padre me envió, yo también os envío” (v. 21). y La resurrección de Jesús es el inicio de un nuevo dinamismo  de amor capaz de transformar el mundo con la presencia del Espíritu Santo.

En este segundo domingo de Pascua, estamos invitados a acercarnos a Cristo con fe, abriendo nuestros corazones a la paz, la alegría y la misión, pero no nos olvidemos las heridas de Jesús, que de ahí surge la paz, la alegría y la fuerza par la misión.

Confiamos esto a la intercesión de materna de la Virgen María, Reina del Cielo y de la Tierra.

 

 

Regina Caeli: El Papa agradece a todos los que le enviaron sus saludos de Pascua

Palabras después de la oración mariana

abril 28, 2019 16:35Anne KurianAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 28 abril 2019).- Este domingo de la octava de Pascua, el Papa Francisco agradeció a todos los que le enviaron saludos: “Les devuelvo de todo corazón invocando lo mejor para cada familia”, aseguró desde la Plaza de San Pedro donde celebró la Regina Caeli.

Después de la oración mariana de la temporada de Pascua, el Papa hizo varias llamadas para la evacuación de los refugiados en Libia por las víctimas de las inundaciones en Sudáfrica. También deseó paz y alegría a las iglesias orientales, católicas y ortodoxas, que celebran la Pascua según el calendario juliano.

Esta nuestra traducción de las palabras que pronunció el Papa.

Las palabras del Papa después del Regina Caeli.

Queridos hermanos y hermanas,

Ayer, en La Rioja, Argentina, el Obispo Enrique Angel Angelelli, Carlos de Dios Murias, Franciscano conventual, Gabriel Longueville, sacerdote fidei donum, y Wenceslao Pedernera, catequista, padre de familia, fueron proclamados beatos. Estos mártires de la fe fueron perseguidos por la justicia y la caridad evangélica. Que su ejemplo y su intercesión apoyen especialmente a quienes trabajan por una sociedad más justa y más inclusiva. Uno de ellos era francés, fue a la Argentina como misionero. Los otros tres, argentinos. ¡Aplaudamos a todos los nuevos beatos!

Los invito a unirse a mi oración por los refugiados que se encuentran en centros de detención en Libia, cuya situación, que ya es muy grave, se vuelve aún más peligrosa debido al conflicto en curso. Solicito la evacuación urgente de mujeres, niños y enfermos lo antes posible a través de los corredores humanitarios.

Y oremos por aquellos que perdieron la vida o sufrieron graves daños a causa de las recientes inundaciones en Sudáfrica. Que nuestra solidaridad y el apoyo concreto de la comunidad internacional no le falle a nuestros hermanos.

Los saludo a todos, fieles romanos y peregrinos de Italia y tantos países, especialmente los fieles de Tlalnepantla (México), los jóvenes de Valencia, los estudiantes de Tricase, los adolescentes de Arcore y los de Carugo; Los fieles de Modugno y Génova. Un saludo especial a la peregrinación diocesana de las familias de la Arquidiócesis de Trani-Barletta-Bisceglie, así como a los devotos de la Divina Misericordia reunidos hoy en la iglesia de Santo Spirito en Sassia.

A mis hermanos y hermanas de las Iglesias orientales que hoy celebran la Pascua santa según el calendario juliano, extiendo mis cordiales deseos. ¡Que el Señor resucitado les dé gozo y paz! Y un aplauso también para todos los católicos orientales y ortodoxos, para decirles: “¡Feliz Pascua!”

Finalmente, agradezco a todos los que en este período me enviaron un saludo para la Pascua. Los devuelvo incondicionalmente invocando lo mejor para cada familia.

Buen domingo a todos ! Y, por favor, no os olvidéis orar por mí. Buen almuerzo y adiós.

 

 

Argentina: Homilia del Cardenal Becciu en la beatificación de los mártires

Testigos del amor a Cristo

abril 28, 2019 16:09RedacciónTestimonios de la Fe

(ZENIT  – 28 abril 2019).- Beatificación de los mártires de la rioja el 27 de abril de 2019 presidida por el Cardenal Angelo Becciu a las 10 de la mañana.

HOMILÍA

Card. Angelo Becciu
Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos
La Rioja, sábado 27 de abril de 2019.

“Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos”.

Queridos hermanos y hermanas,
La invitación que la Liturgia nos renueva constantemente en este tiempo de Pascua, encuentra hoy
en nosotros, reunidos en el solemne rito de la beatificación de cuatro mártires, una respuesta
particularmente pronta y alegre. Nos alegramos y nos regocijamos en el Señor por el don de los nuevos
Beatos. Son hombres que han dado valientemente su testimonio de Cristo, mereciendo ser propuestos por
la Iglesia a la admiración e imitación de todos los fieles. Cada uno de ellos puede repetir las palabras del
libro de la Apocalipsis, proclamadas en la primera lectura: “Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de
nuestro Dios y la soberanía de su Mesías” (Ap 12,10): el poder de Cristo resucitado, que, a lo largo de los
siglos, por medio de su Espíritu, continúa viviendo y actuando en los creyentes, para impulsarlos hacia la
plena realización del mensaje evangélico.

Conscientes de esto, los nuevos Beatos siempre contaron con la ayuda de Dios, incluso cuando
tuvieron que “sufrir por la justicia” (1Pe 3,14), de modo que siempre estaban dispuestos a defenderse
delante de cualquiera que les pidiese razón de la esperanza que ellos tenían (cfr 1Pe 3,15). Se ofrecieron a
Dios y al prójimo en un heroico testimonio cristiano, que tuvo su culmen en el martirio. Hoy a la Iglesia
se complace en reconocer que Enrique Ángel Angelelli, Obispo de La Rioja, Carlos de Dios Murias,
franciscano conventual, Gabriel Longueville, sacerdote misionero fidei donum, y el catequista Wenceslao
Pedernera, padre de familia, fueron insultados y perseguidos a causa de Jesús y de la justicia evangélica
(cfr Mt 5, 10-11), y han alcanzado una “gran recompensa en el cielo” (Mt 5,12).

“¡Felices ustedes!” (Mt 5,11; 1Pe 3,13). ¿Cómo podríamos no escuchar dirigida a nuestros cuatro
Beatos esta sugestiva manifestación de alabanza? Ellos fueron testigos fieles del Evangelio y se
mantuvieron firmes en su amor a Cristo y a su Iglesia a costa de sufrimientos y del sacrificio extremo de
la vida. Fueron asesinados en 1976 [mil novecientos setenta y seis], durante el período de la dictadura
militar, marcado por un clima político y social incandescente, que también tenía claros rasgos de
persecución religiosa. El régimen dictatorial, vigente desde hacía pocos meses en Argentina, consideraba
sospechosa cualquier forma de defensa de la justicia social. Los cuatro Beatos desarrollaban una acción
pastoral abierta a los nuevos desafíos pastorales; atenta a la promoción de los estratos más débiles, a la
defensa de su dignidad y a la formación de las conciencias, en el marco de la Doctrina Social de la
Iglesia. Todo esto, para intentar ofrecer soluciones a los múltiples problemas sociales.

Se trataba de una obra de formación en la fe, de un fuerte compromiso religioso y social, anclado
en el Evangelio, en favor de los más pobres y explotados, y realizado a la luz de la novedad del Concilio
Ecuménico Vaticano II, en el fuerte deseo de implementar las enseñanzas conciliares. Podríamos
definirlos, en cierto sentido, como “mártires de los decretos conciliares”.

Fueron asesinados debido a su diligente actividad de promoción de la justicia cristiana. De hecho,
en aquella época, el compromiso en favor de una justicia social y de la promoción de la dignidad de la
persona humana se vio obstaculizado con todas las fuerzas de las autoridades civiles. Oficialmente, el
poder político se profesaba respetuoso, incluso defensor, de la religión cristiana, e intentaba
instrumentalizarla, pretendiendo una actitud servil por parte del clero y pasiva por parte de los fieles,
invitados por la fuerza a externalizar su fe solo en manifestaciones litúrgicas y de culto. Pero los nuevos
Beatos se esforzaron por trabajar en favor de una fe que también incidiese en la vida; de modo que el
Evangelio se convirtiese en fermento en la sociedad de una nueva humanidad fundada en la justicia, la
solidaridad y la igualdad.

El Beato Enrique Ángel Angelelli fue un pastor valiente y celoso que, nada más llegar a La Rioja,
empezó a trabajar con gran celo para socorrer a una población muy pobre y víctima de injusticias. La
clave de su servicio episcopal reside en la acción social en favor de los más necesitados y explotados, así
como en valorar la piedad popular como un antídoto contra la opresión. Icono del buen pastor, fue un
enamorado de Cristo y del prójimo, dispuesto a dar su vida por los hermanos. Los sacerdotes Carlos de
Dios Murias y Gabriel Longueville fueron capaces de individuar y responder a los desafíos concretos de
la evangelización siendo cercanos a las franjas más desfavorecidas de la población. El primero, religioso
franciscano, se distinguió por su espíritu de oración y un auténtico desapego de los bienes materiales; el
segundo, por ser hombre de la Eucaristía. Wenceslao Pedernera, catequista y miembro activo del
movimiento católico rural, se dedicó apasionadamente a una generosa actividad social alimentada por la
fe. Humilde y caritativo con todos.

Estos cuatro Beatos son modelos de vida cristiana. El ejemplo del Obispo enseña a los pastores de
hoy a ejercer el ministerio con ardiente caridad, siendo fuertes en la fe ante las dificultades. Los dos
sacerdotes exhortan a los presbíteros de hoy a ser asiduos en la oración y a hallar, en el encuentro con
Jesús y en el amor por Él, la fuerza para no escatimar nunca en el ministerio sacerdotal: no entrar en
componendas con la fe, permanecer fieles a toda costa a la misión, dispuestos a abrazar la cruz. El padre
de familia enseña a los laicos a distinguirse por la transparencia de la fe, dejándose guiar por ella en las
decisiones más importantes de la vida.

Vivieron y murieron por amor. El significado de los Mártires hoy reside en el hecho de que su
testimonio anula la pretensión de vivir de forma egoísta o de construir un modelo de sociedad cerrada y
sin referencia a los valores morales y espirituales. Los Mártires nos exhortan, tanto a nosotros como a las
generaciones futuras, a abrir el corazón a Dios y a los hermanos, a ser heraldos de paz, a trabajar por la
justicia, a ser testigos de solidaridad, a pesar de las incomprensiones, las pruebas y los cansancios. Los
cuatro Mártires de esta diócesis, a quienes hoy contemplamos en su beatitud, nos recuerdan que “es
preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal” (1 Pe 3,17), como
nos ha recordado el apóstol Pedro en la segunda lectura.

Los admiramos por su valentía. Les agradecemos su fidelidad en circunstancias difíciles, una
fidelidad que es más que un ejemplo: es un legado para esta diócesis y para todo el pueblo argentino y
una responsabilidad que debe vivirse en todas las épocas. El ejemplo y la oración de estos cuatro Beatos
nos ayuden a ser cada vez más hombres de fe, testigos del Evangelio, constructores de comunidad,
promotores de una Iglesia comprometida en testimoniar el Evangelio en todos los ámbitos de la sociedad,
levantando puentes y derribando los muros de la indiferencia. Confiamos a su intercesión esta ciudad y
toda la nación: sus esperanzas y sus alegrías, sus necesidades y dificultades. Que todos puedan alegrarse
del honor ofrecido a estos testigos de la fe. Dios los sostuvo en los sufrimientos, les ofreció el consuelo y
la corona de la victoria. Que el Señor sostenga, con la fuerza del Espíritu Santo, a quienes hoy trabajan en
favor del auténtico progreso y de la construcción de la civilización del amor.

Beato Enrique Ángel Angelelli y tres compañeros mártires, ¡rogad por nosotros!

 

 

SANTA CATALINA DE SIENA*

Memoria

— Amor a la Iglesia y al Papa, «el dulce Cristo en la tierra».

— Santa Catalina ofreció su vida por la Iglesia.

— Afán de dar a conocer con claridad la verdad y de influir positivamente en la opinión pública, según la capacidad de cada cual.

I. Sin una instrucción particular (aprendió a escribir siendo ya muy mayor) y con una corta existencia, Santa Catalina pasó por la vida, llena de frutos, «como si tuviese prisa de llegar al eterno tabernáculo de la Santísima Trinidad»1. Para nosotros es modelo de amor a la Iglesia y al Romano Pontífice, a quien llamaba «el dulce Cristo en la tierra»2, y de claridad y valentía para hacerse oír por todos.

Los Papas residían entonces en Avignon, con múltiples dificultades para la Iglesia universal, mientras que Roma, centro de la Cristiandad, se volvía poco a poco una gran ruina. El Señor hizo entender a la Santa la necesidad de que los Papas volvieran a la sede romana para iniciar la deseada y necesaria reforma. Incansablemente oró, hizo penitencia, escribió al Papa, a los Cardenales, a los príncipes cristianos...

A la vez, Santa Catalina proclamó por todas partes la obediencia y amor al Romano Pontífice, de quien escribe: «Quien no obedezca a Cristo en la tierra, el cual está en el lugar de Cristo en el Cielo, no participa del fruto de la Sangre del Hijo de Dios»3.

Con enorme vigor dirigió apremiantes exhortaciones a Cardenales, Obispos y sacerdotes para la reforma de la Iglesia y la pureza de las costumbres, y no omitió graves reproches, aunque siempre con humildad y respeto a su dignidad, pues son «ministros de la sangre de Cristo»4. Es principalmente a los pastores de la Iglesia a los que dirige una y otra vez llamadas fuertes, convencida de que de su conversión y ejemplaridad dependía la salud espiritual de su rebaño.

Nosotros pedimos hoy a la Santa de Siena alegrarnos con las alegrías de nuestra Madre la Iglesia, sufrir con sus dolores. Y podemos preguntarnos cómo es nuestra oración diaria por los pastores que la rigen, cómo ofrecemos, diariamente, alguna mortificación, horas de trabajo, contrariedades llevadas con serenidad..., que ayuden al Santo Padre en esa inmensa carga que Dios ha puesto sobre sus hombros. Pidamos también hoy a Santa Catalina que nunca le falten buenos colaboradores al «dulce Cristo en la tierra».

«Para tantos momentos de la historia, que el diablo se encarga de repetir, me parecía una consideración muy acertada aquella que me escribías sobre lealtad: “llevo todo el día en el corazón, en la cabeza y en los labios una jaculatoria: ¡Roma!”»5. Esta sola palabra podrá ayudarnos a mantener la presencia de Dios durante el día y expresar nuestra unidad con el Romano Pontífice y nuestra petición por él. Quizá nos pueda servir hoy para aumentar nuestro amor a la Iglesia.

II. Santa Catalina fue profundamente femenina, sumamente sensible6. A la vez, fue extraordinariamente enérgica, como lo son aquellas mujeres que aman el sacrificio y permanecen cerca de la Cruz de Cristo, y no permitía debilidades en el servicio de Dios. Estaba convencida de que, tratándose de uno mismo y de la salvación de las almas que Cristo rescató con su Sangre, era improcedente una excesiva indulgencia, adoptar por comodidad o cobardía una débil filantropía, y por eso gritaba: «¡Basta ya de ungüento! ¡Que con tanto ungüento se están pudriendo los miembros de la Esposa de Cristo!».

Fue siempre fundamentalmente optimista, y no se desanimaba si, a pesar de haber puesto los medios, no salían los asuntos a la medida de sus deseos. Durante toda su vida fue una mujer profunda, delicada. Sus discípulos recordaron siempre su abierta sonrisa y su mirada franca; iba siempre limpia, amaba las flores y solía cantar mientras caminaba. Cuando un personaje de la época, impulsado por un amigo, acude a conocerla, esperaba encontrar a una persona de mirada esquinada y sonrisa ambigua. Su sorpresa fue grande al encontrarse con una mujer joven, de mirada clara y sonrisa cordial, que le acogió «como a un hermano que volviera de un largo viaje».

Poco tiempo después de su llegada a Roma murió el Papa. Y con la elección del sucesor se inicia el cisma que tantas desgarraduras y tanto dolor habría de producir en la Iglesia. Santa Catalina hablará y escribirá a Cardenales y reyes, a príncipes y Obispos... Todo inútil. Exhausta y llena de una inmensa pena, se ofrece a Dios como víctima por la Iglesia. Un día del mes de enero, rezando ante la tumba de San Pedro, sintió sobre sus hombros el peso inmenso de la Iglesia, como ha ocurrido en ocasiones a otros santos. Pero el tormento duró pocos meses: el 29 de abril, hacia el mediodía, Dios la llamaba a su gloria. Desde el lecho de muerte, dirigió al Señor esta conmovedora plegaria: «¡Oh Dios eterno!, recibe el sacrificio de mi vida en beneficio de este Cuerpo Místico de la Santa Iglesia. No tengo otra cosa que dar, sino lo que me has dado a mí»7. Unos días antes había comunicado a su confesor: «Os aseguro que, si muero, la única causa de mi muerte es el celo y el amor a la Iglesia, que me abrasa y me consume...». Pidamos nosotros hoy a Santa Catalina ese amor ardiente por nuestra Madre la Iglesia, que es característica de quienes están cerca de Cristo.

Nuestros días son también de prueba y de dolor para el Cuerpo Místico de Cristo, por eso «hemos de pedir al Señor, con un clamor que no cese (cfr. Is 58, l), que los acorte, que mire con misericordia a su Iglesia y conceda nuevamente la luz sobrenatural a las almas de los pastores y a las de todos los fieles»8. Ofrezcamos nuestra vida diaria, con sus mil pequeñas incidencias, por el Cuerpo Místico de Cristo. El Señor nos bendecirá y Santa María –Mater Ecclesiae– derramará su gracia sobre nosotros con particular generosidad.

III. Santa Catalina nos enseña a hablar con claridad y valentía cuando los asuntos de que se trate afecten a la Iglesia, al Romano Pontífice o a las almas. En muchos casos tendremos la obligación grave de aclarar la verdad, y podemos aprender de Santa Catalina, que nunca retrocedía ante lo fundamental, porque tenía puesta su confianza en Dios.

En la Primera lectura de la Misa, enseña el Apóstol Juan: Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo: Dios es luz sin ninguna oscuridad9. Ahí tenía su origen la fuerza de los primeros cristianos y la de los santos de todos los tiempos: no enseñaban una verdad propia, sino el mensaje de Cristo que nos ha sido transmitido de generación en generación. Es el vigor de una Verdad que está por encima de las modas, de la mentalidad de una época concreta. Nosotros debemos aprender cada vez más a hablar de las cosas de Dios con naturalidad y sencillez, pero a la vez con la seguridad que Cristo ha puesto en nuestra alma. Ante la campaña de silencio organizada sistemáticamente –tantas veces denunciada por los Romanos Pontífices– para oscurecer la verdad, silenciar los sufrimientos que los católicos padecen a causa de su fe, o las obras rectas y buenas, que a veces apenas tienen ningún eco en los grandes medios de difusión, nosotros, cada uno en su ambiente, hemos de servir de altavoz a la verdad. Algunos Papas han calificado esta actitud de conspiración del silencio10 ante las obras buenas, literarias, científicas, religiosas, de promoción social, de buenos católicos o de las instituciones que las promueven. Por el hecho mismo de ser católicos, muchos medios de difusión callan o los dejan en la penumbra.

Nosotros podemos hacer mucho bien en este apostolado de opinión pública. A veces llegaremos solo a los vecinos o a los amigos que visitamos o nos visitan, o mediante una carta a los medios de comunicación o una llamada a un programa de radio que pide opiniones sobre un tema controvertido y que quizá tiene un fondo doctrinal que debe ser aclarado, respondiendo con criterio a una encuesta pública, aconsejando un buen libro... Debemos rechazar la tentación de desaliento, de que quizá «podemos poco». Un inmenso río que lleva un caudal enorme está alimentado de pequeños regueros que, a su vez, se han formado quizá gota a gota. Que no falte la nuestra. Así comenzaron los primeros cristianos en la difusión de la Verdad.

Pidamos hoy a Santa Catalina que nos transmita su amor a la Iglesia y al Romano Pontífice, y que tengamos el afán santo de dar a conocer la doctrina de Jesucristo en todos los ambientes, con todos los medios a nuestro alcance, con imaginación, con amor, con sentido optimista y positivo, sin dejar a un lado una sola oportunidad. Y, con palabras de la Santa, rogamos a Nuestra Señora: «A Ti recurro, María, te ofrezco mi súplica por la dulce Esposa de Cristo y por su Vicario en la tierra, a fin de que le sea concedida la luz para regir con discernimiento y prudencia la Santa Iglesia»11.

1 Juan Pablo II, Homilía en Siena, 14-X-1980. — 2 Santa Catalina de Siena, Cartas, III, Ed. italiana de P. Misciateli, Siena 1913, 211. — 3 ídem, Carta 207, III, 270. — 4 Cfr. Pablo VI, Homilía en la proclamación de Santa Catalina como Doctora de la Iglesia, 4-X-1970. — 5 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 344. — 6 Cfr. Juan Pablo II, Homilía 29-IV-1980. — 7 Santa Catalina de Siena, Carta 371, V, 301-302. — 8 San Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia, Palabra, Madrid 1986 p. 55. — 9 1 Jn 1, 5. — 10 Cfr. Pío XI, Enc. Divini Redemptoris, 10-III-1937. — 11 Santa Catalina de Siena, Oración XI.

Nació en Siena en el año 1347. Ingresó muy joven en la Tercera Orden de Santo Domingo, sobresaliendo por su espíritu de oración y de penitencia. Llevada de su amor a Dios, a la Iglesia y al Romano Pontífice, trabajó incansablemente por la paz y unidad en la Iglesia en los tiempos difíciles del destierro de Avignon. Se trasladó a esta ciudad y pidió al Papa Gregorio XI que regresara cuanto antes a Roma, donde el Vicario de Cristo en la tierra debía gobernar la Iglesia. «Si muero, sabed que muero de pasión por la Iglesia», declaró unos días antes de su muerte, ocurrida el 30 de abril de 1380.

Escribió innumerables cartas de las que se conservan alrededor de cuatrocientas, algunas oraciones y «elevaciones» y un solo libro, El Diálogo, que recoge las conversaciones íntimas de la Santa con el Señor. Fue canonizada por Pío II y su culto se extendió pronto por toda Europa. Santa Teresa dijo de ella que, después de Dios, debía a Santa Catalina, muy singularmente, el progreso de su alma. Pío IX la nombró segunda Patrona de Italia y Pablo VI la declaró Doctora de la Iglesia.

 

 

“¿Tú..., soberbia? -¿De qué?”

¿Tú..., soberbia? -¿De qué? (Camino, 600)

Cuando el orgullo se adueña del alma, no es extraño que detrás, como en una reata, vengan todos los vicios: la avaricia, las intemperancias, la envidia, la injusticia. El soberbio intenta inútilmente quitar de su solio a Dios, que es misericordioso con todas las criaturas, para acomodarse él, que actúa con entrañas de crueldad.
Hemos de pedir al Señor que no nos deje caer en esta tentación. La soberbia es el peor de los pecados y el más ridículo. Si logra atenazar con sus múltiples alucinaciones, la persona atacada se viste de apariencia, se llena de vacío, se engríe como el sapo de la fábula, que hinchaba el buche, presumiendo, hasta que estalló. La soberbia es desagradable, también humanamente: el que se considera superior a todos y a todo, está continuamente contemplándose a sí mismo y despreciando a los demás, que le corresponden burlándose de su vana fatuidad. (Amigos de Dios, 100)

 

 

Algo grande y que sea amor (VII): Quien da la vida por sus amigos

El secreto de un corazón célibe: dejar un amor en la tierra para llenar el mundo entero con la luz del Amor de Dios.

Vocación26/03/2019

Opus Dei - Algo grande y que sea amor (VII): Quien da la vida por sus amigos

«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gn 1,27). Así cuenta el primer relato del Génesis el origen del hombre y la mujer: Dios los crea a la vez. Ambos poseen la misma dignidad, porque son su viva imagen. El segundo relato se detiene de nuevo en este evento (Gn 2,7-25), pero lo hace como a cámara lenta: Dios crea primero al varón y lo pone en el jardín de Edén. El mundo reverbera belleza en todos sus detalles: el cielo, las aguas del mar, los ríos que atraviesan las montañas y los árboles de todo tipo de especies. Un escenario extraordinario ante el que, sin embargo, Adán se siente solo.

Para sacarlo de esa soledad, el Señor crea toda la variedad de criaturas vivientes que pueblan el Paraíso: las aves del cielo, los peces que surcan los mares, los animales terrestres. Pero nada de todo eso parece bastar al hombre. Es entonces cuando Dios decide concederle una «ayuda adecuada» (Gn 2,18) y, del propio costado del varón, crea a la mujer. Por fin, Adán descubre unos ojos que le devuelven una mirada como la suya: «¡Esta sí es hueso de mis huesos, y carne de mi carne!» (Gn 2,23). Este encuentro le llena de gozo, pero sobre todo ilumina su identidad: le dice de un modo nuevo quién es. Algo le faltaba al hombre, que solo otra persona como él le podía dar.

«No es bueno que el hombre esté solo»

Estas páginas del Génesis recogen verdades fundamentales sobre el ser humano; y las expresan, más que con una reflexión teórica, de un modo narrativo, con un lenguaje simbólico. La soledad de Adán tiene por eso un hondo significado antropológico. San Juan Pablo II decía que todo hombre ­y toda mujer participan de esa soledad originaria; en algún momento de su vida tienen que enfrentarse a ella[1]. Cuando Dios dice «no es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2,18), se refiere en realidad a ambos[2]: tanto el hombre como la mujer necesitan un auxilio para salir de esa soledad, un cauce para caminar juntos hacia la plenitud que les falta. Y eso es el matrimonio.

Cuando, siglos después, Jesús recuerde a los fariseos cómo eran las cosas «en el principio», se referirá precisamente a este pasaje de la Biblia (cfr. Mt 19,1-12). El matrimonio cristiano es una llamada de Dios que invita a un hombre y a una mujer a caminar juntos hacia Él. Y no solo juntos, sino además uno a través del otro. El cónyuge es, para una persona casada, camino imprescindible hacia Dios; un camino en el que la carne se convierte en escenario de comunión y de entrega amorosa, materia y espacio de santificación. El amor matrimonial es, así, un encuentro de cuerpos y almas que embellece y transfigura el cariño humano: le da, con la gracia del sacramento, un alcance sobrenatural.

Quien vive el celibato es padre o madre de muchos hijos, porque «paternidad es dar vida a los demás» (Papa Francisco)

Al mismo tiempo, el amor entre un hombre y una mujer apunta más allá de sí mismo. Cuando es verdadero, es siempre un camino hacia Dios, no una meta. La meta sigue siendo la plenitud que solo se encuentra en Él. Por eso, no tiene nada de extraño que alguien casado pueda sentir algunas veces aquella soledad originaria. Sin embargo, este sentimiento no significa, como a veces se lo presenta, que el amor se haya acabado y que deba empezar otra historia, porque tampoco esa nueva historia sería suficiente. Más bien, es un signo de que el corazón humano tiene una sed que solo se puede apagar completamente en el amor infinito de Dios.

La psicología de quien sabe que no está solo

En ese mismo diálogo sobre el matrimonio, tras recordar la enseñanza del Génesis, Jesús da un paso más. La entrega mutua del hombre y la mujer es un hermoso camino que lleva a Dios. Sin embargo, no es el único camino posible. El Señor habla de quienes, por un don especial, renuncian al matrimonio «por el Reino de los Cielos» (Mt 19,12). Él mismo recorrió esa vía: permaneció célibe. En su vida no tenía razón de ser una mediación hacia Dios: «el Padre y yo somos uno» (Jn 10,30); «yo estoy en el Padre y el Padre en mí» (Jn 14,11). Y Jesús no solo recorrió esta vía, sino que quiso Él mismo convertirse en Camino para que muchas otras personas pudieran amar de ese modo, que «solo puede tener sentido a partir de Dios»[3].

La historia de la Iglesia está llena de historias de personas que han acogido la llamada de Jesús a identificarse con Él también en este aspecto: algo muy de Jesús, que pertenece a la entraña de su vida, aunque no sea por eso para todos los cristianos. No despreciaban el matrimonio quienes, ya desde los primeros siglos, respondieron a la llamada al celibato. Quizá incluso ese otro camino les había llegado a ilusionar tanto como el que iban a emprender. Pero precisamente por eso, porque percibían la vida matrimonial como algo hermoso, podían entregar ese proyecto a Dios con una alegría radiante. «Sólo entre los que comprenden y valoran en toda su profundidad (…) [el] amor humano —escribe san Josemaría— puede surgir esa otra comprensión inefable de la que hablará Jesús (cfr. Mt 19,11), que es un puro don de Dios y que impulsa a entregar el cuerpo y el alma al Señor, a ofrecerle el corazón indiviso, sin la mediación del amor terreno»[4]. De algún modo, a quienes llama al celibato Dios les hace descubrir la fuente y la meta de todo auténtico amor. Son alcanzados de una manera especial por el Amor que llenaba el corazón de Jesús y que se ha volcado sobre su Iglesia.

El celibato es, pues, un camino que refleja la gratuidad del amor de Aquel que siempre da el primer paso (cfr. 1 Jn 4,19). Aunque las personas célibes parecen recortar su libertad al ofrecer a Dios la posibilidad de formar una familia, en realidad la ensanchan: su abandono en las manos de Dios, su disposición a dejar por Él «casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras» (Mt 19,29), les hace, de un modo particular, «libres para amar»[5]. Como hace una persona casada, deben custodiar su corazón, para que el amor que llevan dentro no se desvíe de Dios, y para darlo a los demás. Sin embargo, su entrega no se concentra en la persona del cónyuge, sino en Cristo, que los envía al mundo entero, para transmitir «los latidos de su Corazón amabilísimo»[6] a las personas concretas que les rodean.

El celibato es camino que refleja la gratuidad del amor de Dios, que siempre da el primer paso

Así fue la vida de Jesús. Él no se sentía solo, porque se sabía acompañado siempre de su Padre: «Te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre» (Jn 11,41-42). Para nosotros, en cambio, el riesgo de la soledad permanece. Pero cuando Cristo llena de verdad el corazón de una persona, uno ya no se encuentra solo. Decía por eso san Josemaría que Dios le había dado «la psicología del que no se encuentra nunca solo, ni humana ni sobrenaturalmente solo»[7]. En unas líneas en las que se percibe el sabor de lo vivido, escribía: «El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un “crescendo” de cariño que supera todas las barreras. Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón»[8].

Juan, un corazón célibe

En la última cena, pocas horas antes de entregar su vida, Jesús abre su corazón a los apóstoles: « Nadie tiene amor más grande —les dice— que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Estas palabras, que concentran todo su amor por los hombres, son a la vez una llamada. El Señor dice por eso a los apóstoles: «A vosotros os llamo amigos» (Jn 15,15). Ellos son, como todos los hombres, destinatarios de su amor «hasta el extremo» (Jn 13,1), pero también son amigos de un modo especial. «El Amigo» los invita a hacer como Él[9]: a dar también la vida por sus amigos. Estas palabras se encuentran, sin duda, en el origen de toda vocación cristiana; pero siempre han resonado de un modo especial en el corazón de quienes le han seguido dejándolo todo.

La Cruz será el lugar de la mayor manifestación del Amor. En esta escena sublime emerge con fuerza, junto a María y las santas mujeres, la figura del apóstol Juan. «A la hora de la verdad huirán todos, menos Juan, que de veras amaba con obras. Sólo este adolescente, el más joven de los apóstoles, permanece junto a la Cruz. Los demás no sentían ese amor tan fuerte como la muerte»[10]. Desde la aurora de la adolescencia había vibrado en su corazón el amor a Jesús. Sabemos cómo guardaba en su memoria el recuerdo del día en que había encontrado al Señor: «Juan cruzó su mirada con la de Cristo, lo siguió y le preguntó: Maestro, ¿dónde vives? Se fue con Él, y estuvo con el Maestro todo el día. Luego lo cuenta, a la vuelta de los años, con un candor encantador, como un adolescente que hace un diario en el que vierte el corazón y apunta hasta la hora: hora autem erat quasi decima… Se acuerda hasta del momento preciso en que le miró Cristo, de cuándo le atrajo Cristo, de cuándo no se resistió a Cristo, de cuándo se enamoró de Cristo»[11].

Podemos imaginar cómo a Jesús, en la Cruz, le emocionaría ver al joven discípulo que «en la cena se había apoyado en su pecho» (Jn 21,20). Quizá no era una sorpresa para Él encontrar a su Madre. De una manera o de otra, siempre había permanecido a su lado. Una madre es siempre la que sostiene a su hijo. Sin embargo, junto a ella, la mirada del Señor descubre a un amigo: Juan. En medio de la angustia de aquella hora, sus ojos se encuentran. ¡Qué gozo tan enorme debió producir en el corazón del Señor! Y es precisamente entonces, nos dice el Evangelio, al verlo junto a su Madre, cuando el Señor introduce a Juan en la relación única que existía entre María y Él. «Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: —Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: —Aquí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27).

«El Amigo» los invita a hacer como Él: a dar también la vida por sus amigos

Años más tarde, Juan escribiría: « Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Esta afirmación sorprendente nace de su vivencia personal. Juan se sabía profundamente amado por Jesús. Era algo que lo llenaba y que daba un sentido nuevo a su existencia: llevar ese mismo amor a todo el mundo. «Juan —decía el Beato John Henry Newman— tuvo el privilegio indescriptible de ser el amigo de Cristo. Y de este modo aprendió amar a los demás; primero su afecto estuvo concentrado, y después pudo expandirse. Tuvo además el encargo solemne y reconfortante de cuidar a la Madre de nuestro Señor, la Santísima Virgen, tras su partida. ¿No tenemos aquí las fuentes secretas de su especial amor por sus hermanos? Aquel a quien el Salvador favoreció con su afecto, para confiarle además la misión de hijo de su Madre ¿podía ser otra cosa que un memorial y un modelo (tanto como un hombre puede serlo) de amor profundo, contemplativo, ferviente, sereno, ilimitado?»[12].

Despertar corazones

La entrega del corazón entero a Dios no surge simplemente de una decisión personal: es un don, el don del celibato. De igual modo, no es una renuncia lo que lo define, sino el amor que nace de un descubrimiento: «El Amor... ¡bien vale un amor!»[13]. El corazón adivina un Amor incondicional, un Amor que le estaba esperando, y quiere entregarse a Él con esa incondicionalidad, en exclusiva. Y no simplemente para experimentarlo, sino para darlo también a muchas otras personas. Como san Juan, que no solo disfrutó del amor de Jesús, sino que procuró que ese mismo Amor se extendiera por el mundo entero. Para el discípulo amado, esa era la consecuencia natural: «Si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4,11).

A veces el celibato se asocia fundamentalmente a la dedicación de tiempo, como si esa entrega total se justificara por una cuestión de eficacia: para sacar adelante ciertas obras de apostolado, para no tener otros compromisos. Sin embargo, esa perspectiva es reductiva. El celibato no nace de consideraciones prácticas sobre la disponibilidad para la evangelización, sino de una llamada de Cristo. Es una invitación a vivir de modo particular el estilo de vida de su corazón: a amar como Cristo, a perdonar como Cristo, a trabajar como Cristo; más aún, a ser el mismo Cristo —ipse Christus— para todas las almas. Por eso, «las razones puramente pragmáticas, la referencia a la mayor disponibilidad, no bastan. Esa mayor disponibilidad de tiempo fácilmente podría llegar a ser también una forma de egoísmo, que se ahorra los sacrificios y las molestias necesarias para aceptarse y soportarse mutuamente en el matrimonio; de esta forma, podría llevar a un empobrecimiento espiritual o a una dureza de corazón»[14].

El celibato no es, pues, una soledad de torre de marfil, sino una llamada a acompañar, a despertar corazones. ¡Cuántas personas hay en el mundo que no se sienten importantes, que piensan que su vida no es valiosa, y que a veces caen en comportamientos extraños, porque están buscando en el fondo un poco de amor! Quien recibe el don del celibato sabe que está en el mundo también para acercarse a todas ellas y descubrirles el amor de Dios: para recordarles su valor infinito. Así, el corazón célibe es fecundo del mismo modo en que lo es el corazón fecundo y redentor de Jesús. Ante cada persona, procura descubrir el mismo bien que el Señor sabía descubrir en quienes se acercaban a Él. No ve una pecadora, un leproso, un despreciable publicano… sino la maravilla de una criatura amada por Dios, elegida por Dios, de gran valor.

El celibato es una invitación a vivir el estilo de vida del corazón de Cristo: ser Ipse Christus para todas las almas

De este modo, aunque quien vive el celibato no tiene hijos naturales, se hace capaz de una paternidad profunda y real. Es padre —o madre— de muchos hijos, porque «paternidad es dar vida a los demás»[15]. Sabe que está en el mundo para cuidar de los demás, mostrándoles, con su vida misma y con su palabra cercana, que solo Dios puede saciar la sed que experimentan. «Nuestro mundo (…), donde Dios entra en el mejor de los casos como hipótesis, pero no como realidad concreta, necesita apoyarse en Dios del modo más concreto y radical posible. Necesita el testimonio que da de Dios quien decide acogerlo como tierra en la que se funda su propia vida. Por eso precisamente hoy, en nuestro mundo actual, el celibato es tan importante, aunque su cumplimiento en nuestra época se vea continuamente amenazado y puesto en tela de juicio»[16].

Un don llamado a crecer día a día

El don divino del celibato no es como un sortilegio, que transforma la realidad inmediatamente y para siempre. Dios lo concede, más bien, a modo de una semilla que debe crecer paulatinamente en tierra buena. El celibato es, como toda vocación, don y tarea. Es camino. Por eso, no basta la decisión de entregarse a ser célibe por el reino de los Cielos para que el corazón se transforme automáticamente. Es preciso un empeño continuo por arrancar las malas hierbas, por estar al tanto de insectos y parásitos. La gracia divina actúa siempre en la naturaleza, sin negarla ni suplantarla. En otras palabras, Dios cuenta con nuestra libertad y con nuestra historia personal. Y es precisamente ahí, en ese escenario de barro y gracia, donde crece silenciosamente el hermoso don de un corazón virginal. Donde crece… o donde se echa a perder.

Como el hijo menor de la parábola, incluso los que están llamados a una mayor intimidad con Dios pueden un día sentirse hastiados, vacíos. Aquel joven decidió marcharse a un lugar lejano (cfr. Lc 15,13), porque en la casa de su padre notaba un vacío interior. Fue necesario que llegara hasta lo más bajo, para que, por fin, abriera los ojos y cayera en la cuenta del estado de esclavitud en el que había caído. Es interesante notar que, según el texto evangélico, el motivo por el que volvió no fue muy espiritual: tenía hambre, hambre biológica, física. Echaba de menos el pan tierno de la casa de su padre. Cuando por fin regresó, su padre le estaba esperando y, «corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20). El hijo había imaginado casi un juicio formal (cfr. Lc 15,18-19); en cambio, encuentra un abrazo lleno de vida. Descubre —quizá con más claridad que nunca— su identidad más profunda: es hijo de tan buen Padre.

Otras veces el hastío puede tomar una forma más insidiosa: puede suceder que, permaneciendo en la casa de su padre, uno se sienta más siervo que hijo, como el hermano mayor de la parábola, que «vivía en su casa, pero no era libre, porque su corazón estaba fuera»[17]. En ambos casos, el camino para salir de la tristeza es volver los ojos al Padre y al amor que nos tiene. El hambre del alma la sacia Dios con el Pan de la Eucaristía, en el que encontramos a Aquel que se ha hecho uno de nosotros, para que podamos quererle como Amigo. Allí podemos saciarnos y, de esa forma, mantener el corazón encendido en un amor que es «fuerte como la muerte» (Ct 8,6).

Juan permaneció junto a la Cruz de Jesús, y estuvo presente también en su Ascensión a los Cielos, «aquel día en que una aparente despedida fue en verdad el comienzo de una nueva cercanía»[18]. El Maestro tenía que separarse físicamente de sus discípulos, a los que había amado hasta el extremo, para poder amarlos aún de más cerca a ellos y a cada una de las personas que creerían en Él. Ese es el secreto de un corazón célibe: dejar un amor en la tierra para llenar con la luz de su Amor el mundo entero.

Carlos Villar


[1] Cfr. San Juan Pablo II, Audiencia general, 10-X-1979; 24-X-1979; 31-X-1979.

[2] Cfr. San Juan Pablo II, Audiencia general, 10-X-1979, n. 2.

[3] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22-XII-2006.

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 122.

[5] F. Ocáriz, Carta, 14-II-2017, n. 8.

[6] San Josemaría, Camino, n. 884.

[7] San Josemaría, En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2017, p. 185.

[8] Via Crucis, VIII estación, n. 5.

[9] Así, «el Amigo», llamaba a veces san Josemaría a Jesús. Cfr. Camino, n. 422; Es Cristo que pasa, n. 93.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 2 (cfr. Ct 8,6).

[11] San Josemaría, notas de un encuentro con jóvenes, 6-VII-1974 (AGP, biblioteca, P04, vol. II, p. 113).

[12] Newman, J.H. “Love of Relations and Friends”, Parochial and Plain Sermons 2, sermón 5.

[13] Camino, n. 171.

[14] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22-XII-2006.

[15] Francisco, Homilía en Santa Marta, 26-VI-2013.

[16] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22-XII-2006.

[17] F. Ocáriz, Carta, 9-I-2018, n. 9.

[18] J. Ratzinger, “El comienzo de una nueva cercanía”, en El resplandor de Dios en nuestro tiempo, Barcelona: Herder, 2008, p. 185.

 

Pascua: He resucitado y aún estoy contigo

El tiempo de Pascua, estallido de alegría, se extiende desde la vigilia Pascual hasta el domingo de Pentecostés. En estos cincuenta días la Iglesia nos envuelve en su alegría por la victoria del Señor sobre la muerte. Cristo vive, y viene a nuestro encuentro.

Año Litúrgico27/03/2016

Opus Dei - Pascua: He resucitado y aún estoy contigo

«Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, aleluya»[1]. El tiempo pascual es un anticipo de la felicidad que Jesucristo nos ha ganado con su victoria sobre la muerte. El Señor «fue entregado por nuestros pecados» y resucitó «para nuestra justificación»[2]: para que, permaneciendo en Él, nuestra alegría sea completa[3].

«He resucitado y aún estoy contigo, has puesto tu mano sobre mí; tu sabiduría ha sido maravillosa» . Es la experiencia inefable de la resurrección, vivida por el Señor en las primeras luces del domingo.

En el conjunto del Año litúrgico, el tiempo pascual es el “tiempo fuerte” por antonomasia, porque el mensaje cristiano es anuncio alegre que surge con fuerza de la salvación obrada por el Señor en su “pascua”, su tránsito de la muerte a la vida nueva. «El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»[4].

Lo que sólo «unos pocos testigos elegidos de antemano por Dios»[5] pudieron experimentar en las apariciones del Resucitado, ahora se nos da en la liturgia, que nos hace revivir esos misterios Como predicaba el Papa san León Magno, «todas las cosas relativas a nuestro Redentor que antes eran visibles, ahora han pasado a ser ritos sacramentales»[6] Es expresiva la costumbre de los cristianos de Oriente que, conscientes de esta realidad, desde la mañana del domingo de Resurrección intercambian el beso pascual: «Christos anestē», Cristo ha resucitado; «alethōs anestē», verdaderamente ha resucitado.

La liturgia latina, que en la noche santa del sábado volcaba su alegría en el Exultet, en el domingo de Pascua la condensa en el hermoso introito Resurrexi: «he resucitado y aún estoy contigo, has puesto tu mano sobre mí; tu sabiduría ha sido maravillosa»[7]. Ponemos en labios del Señor, delicadamente, en términos de cálida oración filial al Padre, la experiencia inefable de la resurrección, vivida por Él en las primeras luces del domingo. Así nos animaba San Josemaría en su predicación a acercarnos a Cristo, sabiéndonos sus contemporáneos: «he querido recordar, aunque fuera brevemente, algunos de los aspectos de ese vivir actual de Cristo ―Iesus Christus heri et hodie; ipse et in sæcula―, porque ahí está el fundamento de toda la vida cristiana»[8]. El Señor quiere que le tratemos y hablemos de Él no en pasado, como se hace con un recuerdo, sino percibiendo su “hoy”, su actualidad, su viva compañía.

La Cincuentena pascual

Mucho antes de que existiera la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, la comunidad cristiana celebraba ya esta cincuentena de alegría.

Mucho antes de que existiera la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, la comunidad cristiana celebraba ya esta cincuentena de alegría. Quien durante estos días no expresara su júbilo era considerado como alguien que no había captado el núcleo de la fe, porque «con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[9]. Esta fiesta, tan prolongada, nos sugiere hasta qué punto «los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros»[10]. En este tiempo, la Iglesia vive ya el gozo que el Señor le depara: algo que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre»[11].

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Este sentido escatológico, de anticipo del cielo, se refleja desde hace siglos en la praxis litúrgica de suprimir las lecturas del Antiguo Testamento durante el tiempo pascual. Si toda la Antigua Alianza es preparación, la Cincuentena pascual celebra, en cambio, la realidad del reino de Dios ya presente En la Pascua todo ha sido renovado, y no cabe figura allí donde todo es cumplimiento Por eso, en el tiempo pascual la liturgia proclama, junto al cuarto Evangelio, los Hechos de los Apóstoles y el libro del Apocalipsis: libros luminosos que tienen una especial afinidad con la espiritualidad de este tiempo.

Los escritores del Oriente y del Occidente cristianos contemplaron el conjunto de la Cincuentena pascual como un único y extenso día de fiesta. Por eso, los domingos de este tiempo no se llaman segundo, tercero, cuarto… después de Pascua, sino, sencillamente, domingos de Pascua. Todo el tiempo pascual es como un solo gran domingo; el domingo que hizo domingos a todos los domingos. Del mismo modo se comprende el domingo de Pentecostés, que no es una nueva fiesta, sino el día conclusivo de la gran fiesta de la Pascua.

Todo el tiempo pascual es como un solo gran domingo; el domingo que hizo domingos a todos los domingos.

Cuando llegaba la Cuaresma algunos himnos de la tradición litúrgica de la Iglesia recitaban el aleluya con un tono de despedida. En contraste, la liturgia pascual se recrea en este canto, porque el aleluya es avance del cántico nuevo que entonarán en el cielo los bautizados[12], que ya ahora se saben resucitados con Cristo. Por eso, durante el tiempo pascual, tanto el estribillo del salmo responsorial como el final de las antífonas de la Misa repiten frecuentemente esta aclamación, que une el imperativo del verbo hebreo hallal –alabar- y Yahveh, el nombre de Dios.

«¡Feliz aquel aleluya que allí entonaremos! —dice san Agustín en una homilía— Será un aleluya seguro y sin temor, porque allí no habrá ningún enemigo, no se perderá ningún amigo. Allí, como ahora aquí, resonarán las alabanzas divinas; pero las de aquí proceden de los que están aún en dificultades, las de allá de los que ya están en seguridad; aquí de los que han de morir, allá de los que han de vivir para siempre; aquí de los que esperan, allá de los que ya poseen; aquí de los que están todavía en camino, allá de los que ya han llegado a la patria»[13]. San Jerónimo escribe que, durante los primeros siglos en Palestina, ese grito se había hecho tan habitual que quienes araban los campos decían de cuando en cuando: ¡aleluya! Y los que remaban en las barcas para trasladar a los viajeros de una a otra orilla de un río, cuando se cruzaban, exclamaban: ¡aleluya! «Un júbilo profundo y sereno embarga a la Iglesia en estas semanas del tiempo pascual; es el que nuestro Señor ha querido dejar en herencia a todos los cristianos (…); un contento lleno de contenido sobrenatural, que nada ni nadie nos podrá quitar, si nosotros no lo permitimos»[14].

La octava de Pascua

«Los ocho primeros días del tiempo pascual constituyen la “octava de Pascua”, y se celebran como solemnidades del Señor»[15]. Antiguamente, durante esta octava el obispo de Roma celebraba las stationes como un modo de introducir a los neófitos en el triunfo de aquellos santos especialmente significativos para la vida cristiana de la Urbe. Era una cierta “geografía de la fe”, en la que la Roma cristiana aparecía como una reconstrucción de la Jerusalén del Señor. Se visitaban varias basílicas romanas: la vigilia de Pascua la statio tenía lugar en San Juan de Letrán; el domingo en Santa María Mayor; el lunes en San Pedro del Vaticano; el martes en San Pablo Extramuros; el miércoles en San Lorenzo Extramuros; el jueves en la basílica de los Santos Apóstoles; el viernes en Santa María ad martyres; y el sábado, de nuevo, en San Juan de Letrán.

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Las lecturas de esos días guardaban relación con el lugar de la celebración. Así, por ejemplo el miércoles la statio se celebraba en la basílica de San Lorenzo Extramuros. Allí el evangelio que se proclamaba era el pasaje de las brasas encendidas[16], en clara alusión a la tradición popular romana, que relata cómo el diácono Lorenzo fue martirizado sobre una parrilla. El sábado de la octava era el día en que los neófitos deponían el alba con la que se habían revestido en su bautismo durante la vigilia pascual La primera lectura era por eso la exhortación de Pedro que comienza con las palabras «deponentes igitur omnem malitiam…»[17]: habiéndoos despojado de toda malicia…

Los Padres de la Iglesia hablaban con frecuencia del domingo como “octavo día”. Situado más allá de la sucesión septenaria de los días, el domingo evoca el inicio del tiempo y su final en el siglo futuro[18]. Por eso, los antiguos baptisterios, como el de san Juan de Letrán, tenían forma octogonal; los catecúmenos salían de la fuente bautismal para iniciar su vida nueva, abierta ya al octavo día, al domingo que no acaba. Cada domingo nos recuerda así que nuestra vida transcurre dentro del tiempo de la Resurrección.

Ascensión y Pentecostés

«Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles y también nuestra mirada a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre»[19] Empieza el tiempo de una presencia nueva del Señor: parece que está más escondido, pero en cierto modo está más cerca de nosotros; empieza el tiempo de la liturgia, que es toda ella una gran oración al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; una oración «en cauce manso y ancho»[20].

Con la ascensión empieza el tiempo de una presencia nueva del Señor: parece que está más escondido, pero en cierto modo está más cerca de nosotros.

Jesús desaparece de la vista de los apóstoles, que quizá se quedan taciturnos al principio. «No sabemos si en aquel momento se dieron cuenta de que precisamente ante ellos se estaba abriendo un horizonte magnífico, infinito, el punto de llegada definitivo de la peregrinación terrena del hombre. Tal vez lo comprendieron solamente el día de Pentecostés, iluminados por el Espíritu Santo»[21].

«Dios todopoderoso y eterno, que has querido incluir el sacramento de la Pascua en el misterio de los cincuenta días…»[22]. La Iglesia nos enseña a reconocer en esta cifra el lenguaje expresivo de la revelación El número cincuenta tenía dos cadencias importantes en la vida religiosa de Israel: la fiesta de Pentecostés, siete semanas después de comenzar a meter la hoz en el trigo; y la fiesta del jubileo que declaraba santo el año cincuenta: un año dedicado a Dios en el que cada uno recobraba su propiedad, y cada cual podía regresar a su familia[23]. En el tiempo de la Iglesia, el «sacramento de la Pascua» incluye los cincuenta días después de la Resurrección del Señor, hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Si, con el lenguaje de la liturgia, la Cuaresma significa la conversión a Dios con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, la Pascua significa nuestra vida nueva de “con-resucitados” con Cristo. «Igitur, si consurrexistis Christo, quæ sursum sunt quærite: así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios»[24]

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Al cumplirse estos cincuenta días, «llegamos al culmen de los bienes y a la metrópolis de todas las fiestas»[25], pues, inseparable de la Pascua, es como la “Madre de todas las fiestas”. «Sumad —decía Tertuliano a los paganos de su tiempo— todas vuestras fiestas y no llegaréis a la cincuentena de Pentecostés»[26]. Pentecostés es, pues, un domingo conclusivo, de plenitud. En esta Solemnidad vivimos con admiración cómo Dios, a través del don de la liturgia, actualiza la donación del Espíritu que tuvo lugar en los albores de la Iglesia naciente.

San Josemaría vivía y nos animaba a vivir con este sentido de presente perenne: «Ayúdame a pedir una nueva Pentecostés, que abrase otra vez la tierra».

Si en la Ascensión Jesús «fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad»[27], ahora, en el día de Pentecostés, el Señor, sentado a la derecha del Padre, comunica su vida divina a la Iglesia mediante la infusión del Paráclito, «fruto de la Cruz»[28]. San Josemaría vivía y nos animaba a vivir con este sentido de presente perenne: «Ayúdame a pedir una nueva Pentecostés, que abrase otra vez la tierra»[29].

Se comprende también por eso que San Josemaría quisiera comenzar algunos medios de formación de la Obra rezando una oración tradicional en la Iglesia que se encuentra, por ejemplo, en la Misa votiva del Espíritu Santo: «Deus, qui corda fidelium Sancti Spiritus illustratione docuisti, da nobis in eodem Spiritu recta sapere, et de eius semper consolatione gaudere»[30]. Con palabras de la liturgia, imploramos a Dios Padre que el Espíritu Santo nos haga capaces de apreciar, de saborear, el sentido de las cosas de Dios; y pedimos también disfrutar del consuelo alentador del «Gran Desconocido»[31]. Porque «el mundo tiene necesidad del valor, de la esperanza, de la fe y de la perseverancia de los discípulos de Cristo. El mundo necesita los frutos, los dones del Espíritu Santo, como enumera san Pablo: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Ga 5, 22). El don del Espíritu Santo ha sido dado en abundancia a la Iglesia y a cada uno de nosotros, para que podamos vivir con fe genuina y caridad operante, para que podamos difundir la semilla de la reconciliación y de la paz»[32].

Félix María Arocena


[1] Misal Romano, Miércoles de la Octava de Pascua, Antífona de entrada. Cfr. Mt 25, 34.

[2] Rm 4, 25.

[3] Cfr. Jn 15, 9-11.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.

[5] Hch 10, 41.

[6] San León Magno, Sermo 74, 2 (PL 54, 398).

[7] Misal Romano, Domingo de Resurrección, Antífona de entrada. Cfr. Sal 138 (139), 18.5-6.

[8] Es Cristo que pasa, n. 104. Cfr. Hb 13, 8.

[9] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 1.

[10] Rm 8, 18.

[11] 1 Co 2, 9.

[12] Cfr. Ap 5,9

[13] San Agustín, Sermo 256, 3 (PL 38, 1193).

[14] Beato Álvaro, Caminar con Jesús, Cristiandad: Madrid, 2014, 197.

[15] Misal Romano, Normas universales del año litúrgico, 24.

[16] Jn 21, 9.

[17] 1 P 2, 1.

[18] Cfr. San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini, 31-V-1998, n. 26.

[19] Francisco, Regina Coeli, 1-VI-2014.

[20] Camino, 145.

[21] Benedicto XVI, Homilía, 28-V-2006.

[22] Misal Romano, Vigilia del Domingo de Pentecostés, colecta.

[23] Cfr. Lv 23, 15-22; Nm 28, 26-31; Lv 25, 1-22.

[24] Col 3, 1.

[25] San Juan Crisóstomo, Homilia II de Sancta Pentecoste (PG 50, 463).

[26] Tertuliano, De idolatria 14 (PL 1, 683).

[27] Misal Romano, Ascensión del Señor, prefacio.

[28] Es Cristo que pasa, n. 96.

[29] San Josemaría, Surco, n. 213.

[30] Misal Romano, Misa votiva del Espíritu Santo, colecta.

[31] Cfr. Es Cristo que pasa, nn. 127-138.

[32] Francisco, Homilía en la Solemnidad de Pentecostés, 24-V-2015.

 

 

¿CREO EN LA IGLESIA?

Por Alejo Fernández Pérez

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Hemos oído tantas veces la frase “Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia”… Pero nos sorprendemos al descubrir lo poco sabemos tanto de Dios como de la Iglesia. Reflexiones sobre un sentir común, con poco sentido común.

“Creo en Dios, pero no en la Iglesia ni en los curas”. Nos suelta un amigo ¡Caray! Uno es libre de creer o no creer, de ser católico o budista, agnóstico o creyente, capitalista o comunista… o del equipo de fútbol que le plazca. Todos nos merecen respeto cuando actúan con honestidad. Pero, quien dice creer en Dios, y se llama cristiano, y además es persona de cierta cultura, no puede quedarse “en medio”. Además, nos miró por encima del hombro y con un gesto de paternal benevolencia, sonriente, consideró con esa parrafada, justificada una faceta particular de su vida. ¿Qué quiso decir este amigo nuestro? ¿Sabía lo que decía? ¿Se trata de una de esas tonterías que todos decimos de vez en cuando? ¿Se imaginan a este caballero diciendo: Yo creo en el socialismo, pero no en los socialistas. Más que oponerse a la Iglesia, al P.P., al PSOE o a cualquier otro partido político del país que sea se oponen a la idea que ellos tienen de estas organizaciones. La realidad tiene muy poco que ver con sus ideas, frutos de prejuicios que pululan en el ambiente y de una escasa formación. No han leído a los Evangelios, ni a Marx, ni a Hengel, ni se han preocupado de leer los escritos del Papa o los programas de los diferentes partidos. Se limitan a “hablar alto y fuerte” de todo lo que no entienden, lo que constituye un insulto mental a cualquier inteligencia.

La experiencia nos indica que esto que se dice de la institución Iglesia a nadie se le ocurre decirlo sobre cualquier otra institución, por ejemplo:

– A ningún obrero o empleado se le pasa por la cabeza creer en el trabajo, en su empresa, pero no en el jefe, técnicos, capataces, edificios, oficinas, etc.

– A ningún militar se le ocurre que pueda ir a la guerra sin generales. Jefes u oficiales, armas, instrucción, cuarteles,… ni que se pueda desobedecer a los jefes.

– No se puede creer en el fútbol pero no en los futbolistas, directivos, las reglas del juego, entrenadores ni en los campos de juego.

– No se puede creer en la enseñanza, pero no en los profesores, ni en la necesidad de escuelas.

Sin embargo, seguiremos yendo al trabajo aunque no nos gusten los jefes, y a la escuela aunque los profesores no sean buenos, y a la guerra aunque nos desagraden los mandos; pero, curiosamente, si no nos gustan algunos curas nos vamos de la Iglesia. ¿No será esto una excusa para justificar nuestra forma de vida? No perdamos el tiempo: No existen los jefes ni las leyes hechas a gusto de cada uno.

Siguiendo por este camino, estiman que no hacen falta sacerdotes, templos ni liturgias. A ellos les basta hablar directamente con Dios de tu a tu. Cosa que, por supuesto -pero nunca te lo dicen-, tampoco hacen. Creen en Dios y están dispuestos a seguirle, pero a su manera, como a un Dios del que podamos disponer a nuestro antojo.

La Iglesia es una institución divina, pero está regida por hombres con todas sus virtudes y defectos. Cristo prometió ayuda a su Iglesia hasta el final de los tiempos, pero no aseguró la fidelidad ni la sensatez de sus miembros, a quienes dejó libres de aceptar o no sus mandamientos. Incluso el propio Cardenal Joseph Ratzinger dijo una vez un símil muy profundo “La iglesia es como la luna: tierra, rocas y desierto, pero que desde la tierra es un bellísimo cuerpo celeste que nos ilumina en la noche, aunque su luz no sea propia“. Efectivamente, la Iglesia es tierra, rocas y desierto. Pero también es un cuerpo celeste de belleza incomparable que ilumina nuestras noches con la luz de la fe. La Iglesia entre más se le conoce, más se le ama, y más profundamente se comprende por qué es el Cuerpo Místico de Cristo.

Cualquiera que en conciencia se considere cristiano, socialista, comunista, budista, o lo que sea, cumplirá las leyes correspondientes y obedecerá a sus jefes, o si no está de acuerdo, se larga o le largarán con su música a otra parte.

Para los católicos – que es para quienes escribimos en esta ocasión- lo que es o deba ser la Iglesia y nuestras relaciones con Dios, solo se rigen por las palabras de Cristo en sus Evangelios, en los Hechos y Epístolas de los apóstoles y en la tradición cristiana contrastada históricamente. En la Religión, como en la mili, en la enseñanza o en el trabajo nadie puede ir “por la libre“. Del Evangelio de San Mateo entresacamos un párrafo esclarecedor:

En cierta ocasión, Jesús responde: “Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra “edificaré yo mi Iglesia”, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos”. Más claro ni el agua. Jesucristo mismo instituyó la Iglesia. No es un invento humano, ni los apóstoles se dieron cuenta del “valor político” o las supuestas riquezas que la Iglesia podría tener. Siguieron el mandato de Jesús.

Queda muy claro, que Jesús funda “su” Iglesia sobre Pedro, y que otorga a Pedro autoridad para legislar y gobernar sobre la tierra. Por tanto, querido amigo, las palabras de Jesús se creen o no; pero si se creen, como decíamos en la mili: “Punto en boca y cartucho al cañón”. La Iglesia como institución humana no habría prevalecido durante muchos años. Pero en XX siglos es la institución más antigua que conocemos en la tierra.

Antes de hablar, hay que estar informados. Para hablar de la Iglesia hay que saber eclesiología e historia de la Iglesia, para hablar de Dios hay que saber al menos teología dogmática, teología moral y teología sacramentaria con una profunda (y constante) vida de oración. De otro modo se habla “de oídas”.

 La moraleja de esta historia es que hay que conocer antes de hablar. Y hay que conocer a fondo la Iglesia, o de otro modo la opinión “Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia” es, a lo menos, frívola y superficial.

 

 

Hacia una Teología de lo femenino. En torno a la Carta Apostólica ‘Mulieris Dignitatem’

Escrito por Carmen Álvarez Alonso

“En la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del varón, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino”

Asistimos a una reformulación de los derechos fundamentales del hombre que implica, lógicamente, un nuevo planteamiento de la cuestión de los derechos de la mujer. En nombre de una defensa de la dignidad e igualdad de la mujer, que busca la liberación del “dominio” del varón, se pasa sutilmente del feminismo más radical a una “masculinización de lo femenino” (cf. MD 10). La “masculinización de lo femenino” conlleva inevitablemente una “feminización de lo masculino”, una disolución de esa específica masculinidad del varón que tiene su mayor expresión en la paternidad física y/o espiritual. Una interpretación meramente biofisiológica de la mujer y de la maternidad, derivada de una visión materialista del hombre − y, por tanto, de su cuerpo−, devalúa la feminidad en lo que tiene de su significado más personal. La maternidad está esencialmente vinculada a la estructura de la mujer y participa, por ello, de la dimensión personal del don (cf. MD 18). Por tanto, es fruto del dualismo antropológico la pérdida del sentido personalista del cuerpo y, con ello, la pérdida de su significado teológico[1]. Porque “en la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del varón, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino” (MD 18). Por ello, la desaparición de la figura del padre o una deformación reduccionista de la maternidad influyen en una comprensión inadecuada o deformada tanto del misterio de Dios como del misterio de la Iglesia y de María. En la mujer, como en el varón, lo biológico tiene un ineludible significado teológico; pero, además, la feminidad de la mujer reviste una profunda dimensión eucarística estrechamente vinculada al significado teológico de su maternidad. Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Mulieris dignitatem esbozó con original belleza algunas líneas maestras de lo que podríamos llamar teología de lo femenino y de las que pretendo apuntar aquí sólo algunas breves notas.

1. La mujer, en el corazón mismo del misterio de Cristo

La “plenitud de los tiempos” está marcada por el nacimiento del Verbo como hombre “nacido de mujer” (Ga 4,4). El acontecimiento de Nazaret es el inicio y anticipo, en sus líneas fundamentales, de ese momento clave y definitivo de la autorrevelación de Dios que será la encarnación y, de manera particular el misterio pascual. Y la mujer está situada “en el corazón mismo de este acontecimiento salvífico” (MD 3) de una manera única y excepcional, precisamente en virtud de su maternidad. La “plenitud de los tiempos” comienza, por tanto, revelando en Cristo la altísima vocación y dignidad de la mujer, según el plan salvífico de Dios. Una vocación propia y peculiar de la feminidad, que históricamente aparece vinculada con particular intensidad a la maternidad de María, precisamente porque en ella se realiza la unión con Dios más alta que pueda darse en el orden humano. Una unión insospechada durante la secular historia de Israel, también porque debía darse en la carne, si bien no según la carne. Esa altísima unión con Dios que se realiza en María había de ser, además, paradigma y modelo de la unión con Dios a la que, por el misterio de la creación del principio, está llamada toda criatura (cf. MD 4). Por tanto, la “plenitud de los tiempos” hace del misterio de la Mujer el ejemplar y modelo más logrado para toda esa humanidad, ya sea masculina o femenina, cuya vocación primera y fundamental en virtud del misterio del principio es, precisamente, la unión con Dios.

Por otra parte, en este acontecimiento de Nazaret se nos revela también un modo de unión con Dios que es propio y exclusivo de la maternidad femenina. se trata de esa unión entre madre e hijo que marcará de forma permanente todo el desenvolverse del misterio de Cristo Hijo (cf. MD 4). Sin duda, lo femenino estuvo presente no sólo en la carne del Verbo, formada de la carne y sangre de María, sino también en toda su vida, naturalmente marcada por esa relación materna. Así, por ejemplo, en la misma oración de Cristo se expresa esa unión profunda que se da entre la paternidad divina y la maternidad humana cuando “hablaba como Hijo, unido al Padre por el eterno misterio del engendrar divino, y lo hacía así siendo al mismo tiempo Hijo auténticamente humano de su Madre Virgen” (MD 8). Y en María la contemplación del Verbo fue, primeramente, materna, es decir, al compás de esa relación tan primordial e inmediata que vivió como madre gestante. El misterio de su gestación biológica supuso también esa otra gestación espiritual en la que ella fue «comprendiendo» y ponderando el grandioso misterio que llevaba en su interior. Y, como sucede a cualquier madre, también en María la vivencia de su maternidad virginal y la experiencia única de ese Hijo Dios dejó en ella una huella irreversible[2]. Esa especial disposición interior de la madre hacia su hijo que se da en toda maternidad, tuvo desde el principio en María una particular orientación cristocéntrica y, por tanto, eucarística. Aquella maternidad del Verbo consubstancial al Padre fue transformando su alma femenina en alma cada vez más materna, e hizo que en su alma cada vez más materna fuera creciendo una maternidad cada vez más universal. También en ella lo masculino del Hijo quedó siempre presente y vinculado a su persona, a su vida, a todo su misterio, precisamente en virtud de esa maternidad virginal única. Y dado que en toda madre siempre permanece algo del hijo que ha llevado en sus entrañas, podemos afirmar que entre Cristo y María se dio una relación materno-filial irreversible. Mucho de lo femenino de María quedó para siempre en la masculinidad del Hijo, y mucho de la masculinidad de Cristo quedó para siempre vinculado a la feminidad de María.

Aquella diferencia y complementariedad entre masculinidad y feminidad que apuntaba en la revelación del principio, en la carne de aquel primer hombre creado en gracia, anunciaba ya esa otra complementariedad y diferencia que había de darse entre el nuevo Adán y la nueva Eva. Diferencia y complementariedad que, en Cristo y en María, no aparecen ya vinculadas a lo biológico ni a la procreación de la vida humana, aunque sí a la realidad de un cuerpo que no dejaba de ser masculino y femenino. En la nueva creación, masculinidad y feminidad aparecen vinculadas a la virginidad física y espiritual, a la fecundidad divina a la transmisión y participación de la vida misma de Dios a todos los hombres. En la maternidad virginal y divina de María y en el misterio de la virginidad de Cristo surge, por tanto, una nueva forma de vivir la sexualidad humana, que abrirá perspectivas también nuevas para entender la diferencia y complementariedad entre lo masculino y lo femenino de todos los tiempos. Aquella reciprocidad que en el misterio del principio pretendía revelarse en los límites estrechos del cuerpo, de la masculinidad de Adán y de la feminidad de Eva, comienza a alcanzar sus cotas más altas a medida que el plan salvífico de Dios se va acercando a su realización más cumplida y plena. Esa reciprocidad −si bien siempre desigual− entre lo masculino de Cristo y lo femenino de María que inicia en la Anunciación, habrá de llegar todavía a la Cruz, a la glorificación y a su prolongación mística en el misterio de la iglesia para alcanza su cumplido cumplimiento.

2. Lo femenino como clave hermenéutica de lo humano

La creación del hombre como “imagen y semejanza de Dios” es, según el Génesis, la clave de bóveda que sustenta el misterio del hombre[3]. Tanto la mujer como el varón son creados por Dios como los únicos seres humanos, puestos «uno junto al otro» como «otro yo» en la misma humanidad, según el sentido original del término “ayuda semejante” (Gn 2,18). Ese carácter personal exclusivo de lo humano les hace existir en «unidad de los dos», es decir, en la donación plena al «otro yo», para realizar así su «ser imagen y semejanza de Dios». Ser persona a imagen y semejanza de Dios implica ser-don para el «otro yo» en la misma humanidad, a través del matrimonio, o ser-don para el otro, a través de la consagración. De este modo, el varón y la mujer, creados como “ayuda semejante” uno para el otro, están llamados a encarnar en esa “unidad de los dos” el misterio de comunión y donación que es Dios mismo. Pues bien, este hecho fundamental que es la creación del varón y la mujer como “ayuda semejante” y recíproca marca, en su misma entraña, toda la historia de la humanidad. Y en virtud de este principio del ser y existir para el otro, en “unidad de los dos”, lo masculino y lo femenino quedan también integrados en el modularse propio de la Historia de la salvación (cf. MD 7). Siendo Dios fiel a sí mismo, la revelación y realización de su plan salvífico habría de seguir su curso natural por el camino de lo humano, de la totalidad de lo humano, de lo masculino y de lo femenino.

Este dato fundamental se presenta, por tanto, como clave interpretativa del dinamismo de la revelación de Dios que, hablando de sí mismo, utilizará los cauces propios del lenguaje humano. El lenguaje bíblico tiene un cierto carácter antropomórfico que ha de entenderse desde la doble vertiente de una analogía que el Papa se detiene a explicar en MD 8. Esa analogía muestra que el hombre es «semejante» a Dios, por ser imagen suya, y que Dios, en cierto modo, también se hace «semejante» al hombre para que, gracias a esa similitud, pueda ser conocido por él. Por otra parte, los límites propios de esa analogía hablan también de la no-semejanza, de esa disimilitud esencial entre Dios y sus criaturas. Este uso analógico del lenguaje humano para referirse a Dios ha de tenerse en cuenta a la hora de interpretar los numerosos textos bíblicos que utilizan comparaciones e imágenes inspiradas en el amor humano para atribuir a Dios cualidades propias de lo femenino y masculino, o de la paternidad y maternidad humanas. En MD 8, Juan Pablo II se detiene a enumerar algunos de esos textos bíblicos tan característicos, tomados sobre todo del profeta Isaías, que presentan el amor de Dios como amor «masculino» de esposo y padre, o amor «femenino» de esposa, virgen y madre. La analogía del amor esponsal humano y la figura de Dios-Esposo que recorre el Antiguo Testamento culminarán en Ef 5,23-32, texto ampliamente comentado en MD 23-25. En san Pablo la relación entre lo masculino y lo femenino y el don sincero de sí en que se fundamenta el amor entre los esposos alcanza su más alto significado. El amor de Dios es semejante al amor esponsal de los esposos, si bien no es igual. Cristo ha entrado en la historia como el Esposo que se ha dado totalmente a sí mismo, convirtiéndose así en el Don más absoluto y radical. Ahora bien, siguiendo con la analogía paulina, la Iglesia, y todos los hombres por medio de ella, están llamados a ser la Esposa de Cristo. Y concluye el Papa: “De este modo «ser esposa» y, por consiguiente, «lo femenino» se convierte en símbolo de todo lo «humano»” (MD 25), de lo masculino y de lo femenino. Este valor simbólico de lo femenino, que entraña en sí una referencia a todo lo humano, aparece recogido de forma más explícita en el principio hermenéutico que Juan Pablo II formula en MD 22: “No se puede lograr una auténtica hermenéutica del hombre, es decir, de lo que es «humano», sin una adecuada referencia a lo que es «femenino». Así sucede, de modo análogo, en la economía salvífica de Dios; si queremos comprenderla plenamente en relación con toda la historia del hombre no podemos dejar de lado, desde la óptica de nuestra fe, el misterio de la «mujer»: virgen-madre-esposa”. La mujer y la maternidad se convierten, así, en cauces de lo divino, ya que lo femenino de María precedió, con una prioridad temporal sin precedentes, el misterio de la masculinidad de Cristo.

Es innegable, según el Papa, el vínculo de María con toda la humanidad. El misterio de María “pertenece íntimamente al misterio salvífico de Cristo” (MD 2) y, por ello, está situado igualmente en el centro mismo del misterio de la iglesia. Ahora bien, dado que la iglesia, según el concilio Vaticano II, es “en Cristo como un sacramento (...) de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1), también María se halla unida de manera particular y excepcional a toda la humanidad. Y dado que todos los hombres son herederos del misterio de la creación del ser humano como varón-hembra en el principio, también lo son de la economía de la nueva creación inaugurada precisamente con la maternidad divina de María. Por tanto, si “el nuevo Adán manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gs 22), concluye el Papa: “en este «desvelar el hombre al propio hombre» ¿no se debe quizás descubrir un puesto particular para aquella «mujer» que fue la Madre de Cristo?” (MD 2). Así pues, el principio formulado por Juan Pablo II en MD 22, que hace de lo femenino una clave hermenéutica de todo lo humano, viene a completar aquel otro principio cristológico que había formulado ya el concilio Vaticano II en Gs 22 y que hacía del Verbo encarnado una clave hermenéutica del misterio del hombre. MD 22 hace de lo femenino un cauce para penetrar en esos aspectos del misterio de Dios que nos han sido revelados en el misterio de la mujer. ¿Acaso no conocemos, por ejemplo, en la maternidad virginal y divina de María algo del misterio del eterno engendrar del Padre de una manera mucho más directa y cercana que a través de la paternidad de José? incluso en el orden humano de la paternidad, la maternidad se presenta también como cauce natural para conocer muchos aspectos del hijo[4]. Así debió suceder también en el caso de Jesús. En muchos aspectos José conoció y aprendió a descubrir por María muchos aspectos del Hijo y hasta de su propia paternidad. El fue el primero que recorrió el camino de la maternidad de María para penetrar más profundamente en los misterios de Dios que se estaban revelando en su Hijo.

3. La integración de lo masculino y lo femenino en la Historia de la Salvación

La consecuencia más inmediata del uso analógico del lenguaje del amor humano para referirse a Dios y del principio hermenéutico formulado en MD 22 es la radical confirmación del misterio de la creación del ser humano como varón y hembra a imagen y semejanza de Dios. En virtud de esa semejanza de lo humano con Dios, y dentro de los límites propios de la analogía, podemos hablar de Dios sirviéndonos de lo que, en el amor humano, es femenino y masculino. De ahí que el dinamismo de la revelación y hasta el cumplimiento mismo del plan salvífico de Dios no hubieran podido desenvolverse a lo largo de la Historia de la Salvación de otro modo sino a través de todo lo humano, masculino y femenino. Y había de respetarse Dios a sí mismo no sólo en el hecho de haber dado a ese amor humano una forma masculina y femenina sino también en el hecho de haberle dado un lenguaje propio vinculado precisamente al cuerpo y a su carácter sexuado. Y, dado que en el ámbito de lo humano y personal, la masculinidad y feminidad se distinguen y, a la vez, se completan y se explican mutuamente, había de servirse Dios de este modo dual de ser humano para decirse a sí mismo en el lenguaje de amor que el hombre era capaz de entender. Con ello, Dios hizo de la masculinidad y feminidad ‘sacramentos’ de sí mismo[5]. Dios no es, ni puede ser, femenino ni masculino; pero su misterio nos ha sido revelado precisamente en ese lenguaje de donación propio de la sexualidad humana, haciendo así de la masculinidad y feminidad un cauce expresivo, y a la vez interpretativo, de la Historia de Salvación.

En María se manifiesta plenamente todo el contenido del plan de Dios relativo al misterio de la ‘mujer’ que estaba ya esbozado en aquella Eva del principio y que alcanza en la expresión “llena de gracia” un cumplimiento especial. Dado que la gracia no prescinde ni anula la naturaleza humana sino que, más bien, la eleva y perfecciona, esa plenitud de gracia hizo que, en María, el misterio de la mujer alcanzara su perfección y plenitud. En la maternidad divina y virginal de María culmina aquel significado teológico de la feminidad y de la maternidad, que comenzó a revelarse en sus líneas fundamentales ya en el misterio de la primera Eva. Por eso, Juan Pablo II llega a afirmar en MD 11 que se da en el misterio de la ‘mujer’ una “revelación correlativa al misterio de la redención”, que es el que se cumple en el misterio del varón, aquel que fue ya esbozado en el primer Adán y que se ha cumplido definitivamente en Cristo. “Revelación correlativa”, es decir, como si hubiera aspectos de esa revelación de Dios que sólo podían ser dados a conocer a través del misterio de la ‘mujer’ y de su feminidad. Esa “revelación correlativa” queda desvelada plenamente en María precisamente por ser ‘mujer’, es decir, en su ser femenino y, sobre todo, en lo más específico y definitorio de su feminidad que es su maternidad, la más perfecta que en el orden humano se pueda dar. La feminidad, o el misterio de la ‘mujer’, se convierte así en una línea hermenéutica que recorre, con contenido y desarrollo propios, toda la economía de salvación y la misma revelación de Dios.

El mismo uso analógico del lenguaje de lo masculino y femenino nos permite entrar indirectamente en el misterio del eterno engendrar de Dios, porque en la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del varón, se revela ese misterio del eterno engendrar que es Dios mismo. “Este «engendrar» −afirma el Papa− no posee en sí mismo cualidades «masculinas» ni «femeninas». Es de naturaleza totalmente divina. Es espiritual del modo más perfecto, ya que «Dios es espíritu» (Jn 4,24) y no posee ninguna propiedad típica del cuerpo, ni «femenina» ni «masculina». Por consiguiente, también la «paternidad» en Dios es completamente divina, libre de la característica corporal «masculina», propia de la paternidad humana” (MD 8). De este modo, si bien en la generación eterna del Verbo no podemos hablar de paternidad y maternidad en el sentido físico, ya que son propias del engendrar humano, sí podemos afirmar que en la generación temporal del Verbo y en el prodigio único de la maternidad virginal de María se nos revelan algunos aspectos del misterio de la fecundidad y del engendrar de Dios que sólo podían revelarse a través del lenguaje de la feminidad. María, precisamente por ser madre virginal y por haber sido fecundada sólo por el Espíritu santo, es el «signo» humano que más cercanía y semejanza tiene con la fecundidad y el engendrar de Dios. Un engendrar que es también virginal y divino, en cuanto que no hay en él intervención ni contaminación alguna de nada que no sea Dios. Por otra parte, la fecundidad del Padre, engendrando eternamente en el Espíritu santo al Verbo, fue maravillosamente revelada a partir del misterio de esta ‘mujer’, en la que Dios pudo «darse desde sí mismo» y «ser acogido en ella», es decir, aunando los dos dinamismos propios de la donación sexual que se expresan y realizan en el engendrar humano. De esta manera, si bien el engendrar de Dios no tiene cualidades masculinas o femeninas, es, sin embargo, modelo absoluto de todo engendrar y generar que se dé en el orden humano, tanto en lo biológico como en lo espiritual. Y esta semejanza −y desemejanza− entre el eterno engendrar de Dios y el generar humano se nos revela con especial intensidad en la maternidad virginal y divina de María. En esta reciprocidad y complementariedad que se da en el tiempo entre la generación eterna del Verbo y su nacimiento temporal de María, entre la fecundidad divina del Padre y la humana de María, culmina aquella diferencia y complementariedad originarias entre lo masculino y lo femenino que, por el misterio del principio, constituye el modo de ser de todo lo humano. Y, si bien se trata de una dualidad que, en el misterio de la concepción virginal del Verbo, no se agota en lo puramente biológico ni aparece exclusivamente vinculada al modo humano de engendrar, sí que necesita de un cuerpo para expresarse.

4. La maternidad en el orden de la Alianza

La palabras del protoevangelio (Gn 3,15) sitúan el misterio de la mujer en la perspectiva de la redención, aunando en la misma línea de cumplimiento el nombre de Eva y de María. Si en la creación de la mujer quedó completada la revelación del principio, en la maternidad de María se inicia el cumplimiento de ese otro principio en que el ser humano, hecho ya nueva criatura, vivirá un nuevo y más pleno significado de su masculinidad y feminidad. Las palabras del protoevangelio insisten con fuerza en el protagonismo de esta mujer, en cuyo seno comenzó ya a sellarse la nueva y definitiva Alianza de Dios con la humanidad. “He aquí que Dios inicia en ella, con su «fiat» materno («hágase en mí»), una nueva alianza con la humanidad. Esta es la Alianza eterna y definitiva en Cristo, en su cuerpo y sangre, en su cruz y resurrección. Precisamente porque esta Alianza debe cumplirse «en la carne y la sangre» su comienzo se encuentra en la Madre” (MD 19). Aquella Palabra de Dios, que se hizo carne y sangre en Ella y de Ella, comenzaba ya a entregarse en ella y por ella al Padre como sacrificio de la nueva Alianza[6]. En MD 11, el Papa hace notar cómo, en el Antiguo Testamento, la intervención de Dios en la historia de su pueblo tuvo como protagonistas a varias mujeres; sin embargo, para estipular su alianza con la humanidad, Dios se dirigía solamente a varones. Sin embargo, al comienzo de la nueva y definitiva Alianza está la mujer, y sólo con ella habló Dios en términos de Alianza. Esta Virgen de Nazaret era ya un “signo indicativo” (MD 11): comenzaba a recomponerse en ella aquella Alianza revelada en el principio, que tenía en la unidad primordial de los dos, de lo masculino y femenino, una expresión privilegiada.

La maternidad de María introdujo la feminidad en lo más íntimo del orden de la nueva y eterna Alianza. “Y cada vez, todas las veces que la maternidad de la mujer se repite en la historia humana sobre la tierra, está siempre en relación con la Alianza que Dios ha establecido con el género humano mediante la maternidad de la Madre de Dios”, afirma el Papa en MD 19. Aquí ha de entenderse, primeramente y en su sentido más inmediato, la maternidad referida al cuerpo. Cada gestación y alumbramiento «según la carne» están misteriosamente asociados a la maternidad de María, porque a ella está vinculado todo lo humano y toda la humanidad, y de manera particular todo el misterio de la mujer tal y como se realiza en cada una de las mujeres. Pero, a través de ella, cada gestación y alumbramiento se convierten también en un «signo en la carne» de ese misterio de la Alianza en Cristo al cual la maternidad está íntimamente asociada. Por otra parte, ha de entenderse también aquí, y quizá con mayor incidencia, ese otro sentido más profundo de la feminidad que se vive en la maternidad espiritual y que tiene también en María su realización más cumplida. Esta maternidad espiritual, por realizarse «según el espíritu», es signo aún más preclaro de ese misterio de la Alianza con Dios, que «es espíritu» (Jn 4,24). La maternidad biológica de María era, en cierto modo, signo y «sacramento» de su maternidad espiritual. Esa maternidad, única desde lo biológico, estaba llamada a abrirse hacia una universalidad de amplitud y profundidad insospechadas, derivada del carácter también universal de la Alianza en Cristo. La maternidad espiritual que comenzó en aquella mujer de Nazaret habría de revelarse plenamente al pie de la Cruz, precisamente allí donde también se cumplió definitivamente la nueva y definitiva Alianza en Cristo.

El Papa vincula el misterio de la Alianza y la maternidad de María interpretando en la perspectiva del misterio pascual el texto de Jn 16,21: “«La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora, pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo». La primera parte de estas palabras de Cristo se refieren a «los dolores del parto», que pertenecen a la herencia del pecado original; pero al mismo tiempo indican la relación que existe entre la maternidad de la mujer y el misterio pascual” (MD 19). La maternidad según la carne y los dolores del parto son signo y herencia del pecado original; pero no perdieron ese carácter de signo y coherencia de aquella Alianza primordial en la que el ser humano fue creado en el principio y que se expresaba sobre todo en la «unidad de los dos». Sin embargo, era necesario que una nueva maternidad restableciese plenamente aquel significado que este signo femenino tenía antes del pecado original, significado que fue restaurado y realizado en plenitud en el misterio pascual. Esta nueva maternidad se significa en un parto virginal, sin dolor, que da a luz a Aquel que ha borrado el pecado del mundo; pero se significa también en una nueva maternidad según el espíritu, cuya fecundidad está definitivamente vinculada a la eficacia salvífica del misterio pascual. En cierto modo, en este signo que es el misterio de la maternidad de María está ya recapitulado, en sus líneas más esenciales, todo el plan salvífico de Dios y la misma Historia de salvación. Esta es la nueva feminidad que se nos revela plenamente al pie de la Cruz, en la teología del stabat. Allí le llegó a María la hora del parto: “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora...” (Jn 16,21). Y concluye el Papa: “En efecto, en dicho misterio está contenido también el dolor de la Madre bajo la Cruz; la Madre que participa mediante la fe en el misterio desconcertante del «despojo» del propio Hijo (MD 19)”. La Hora de la maternidad espiritual de María coincide, por tanto, con la Hora de Cristo en la Cruz. María completaba así, en la maternidad de su carne y de su espíritu, aquello que faltaba a los padecimientos de Cristo en bien de su cuerpo que es la iglesia (cf. Col 1,24). “De este modo −afirma Benedicto XVI− sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio”[7].

5. Lo femenino es esencialmente eucarístico

En la Eucaristía se celebra el misterio de todo el ser humano, varón y mujer, en su masculinidad y feminidad, porque es “el sacramento del Esposo, de la Esposa” (MD 26). La Eucaristía es el memorial del amor de Dios-Esposo, revelado hasta el fondo en el misterio pascual a través de un cuerpo «entregado» y una sangre «derramada». Ese amor esponsal queda, pues, contenido en ese total y absoluto «don de sí» que se cumple ritualmente en la última cena e históricamente en la Cruz. Y allí estaba toda la Esposa, la Esposa de todos los tiempos, que en el stabat de María al pie de la Cruz acogía en sí el don del Esposo. Esta realidad nupcial sólo podía expresarse sacramentalmente revistiendo de valor de signo la masculinidad del varón y la feminidad de la mujer, tal como hizo Dios en el principio. Así pues, lo que Dios quiso unir naturalmente en el principio −el varón y la mujer, lo masculino y lo femenino como totalidad de lo humano− quedó también definitivamente unido de forma sacramental. De este modo, la unidad y complementariedad entre feminidad y masculinidad es también uno de los dinamismos internos de la Eucaristía, en el que se celebra y expresa sacramentalmente la totalidad de la donación nupcial entre Cristo y la iglesia. Por tanto, mucho de femenino y de maternidad hubo también en la institución de la Eucaristía.

Ahora bien, Cristo vinculó de manera muy explícita la institución de la Eucaristía con el ministerio sacerdotal de los apóstoles. Así quería expresar “la relación entre el varón y la mujer, entre lo que es ‘femenino’ y lo que es ‘masculino’, querida por Dios, tanto en el misterio de la creación como en el de la redención...” (MD 26). La Eucaristía expresa de modo sacramental, ante todo, ese don de sí redentor de Cristo-Esposo hacia su Esposa. Y este es el significado fundamental del hecho de que “el servicio sacramental de la Eucaristía −en la que el sacerdote actúa «in persona Christi» −es realizado por el hombre” (MD 26)[8]. Por otra parte, dado que el cuerpo sexuado tiene carácter de signo, tanto la masculinidad como la feminidad tienen un valor sacramental exclusivo y específico, por el cual no significa lo mismo decir ‘Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre, que se entrega por vosotros’ en boca de un varón o en boca de una mujer. En el orden de la sexualidad humana, varón y mujer no se entregan uno al otro de la misma manera: el varón se entrega saliendo de sí mismo y entrando en la mujer; la mujer se entrega acogiendo en sí la donación del varón. Las palabras sobre las que gravita el sacramento de la Eucaristía exigen, por tanto, la sacramentalidad específica de la masculinidad del varón, de su concreto cuerpo sexuado, por el hecho de que la donación masculina tiene su propio y específico dinamismo de donación hacia. Así pues, el don de sí de Cristo hacia su Esposa la Iglesia celebrado sacramentalmente en la Eucaristía sólo podía significarse en la masculinidad del sacerdote que celebra in persona Christi.

Ahora bien, también en la Eucaristía el misterio de la feminidad ilumina el significado sacramental de la masculinidad del varón. Porque, si es verdad que la Eucaristía gravita sobre un cuerpo que se da y una sangre que se entrega para dar la vida al mundo, ¿qué es la misma maternidad de la mujer, en su dinamismo más esencial, sino un cuerpo y una sangre que se dan para comunicar y dar a luz una nueva vida al mundo? La Eucaristía, por tanto, entraña en su mismo dinamismo celebrativo, lo más esencial de la maternidad femenina. Y, al igual que en la maternidad de María, también en la Eucaristía se expresa sacramentalmente el hecho de que esa maternidad sea virginal. Porque también aquí la vida divina viene engendrada en el seno de esa acción sacramental de la iglesia sólo por obra del Espíritu Santo. Esta dimensión materna de la Eucaristía es la expresión celebrativa de la donación esponsal de la Esposa, de la Iglesia, que es también materna y femenina. Por tanto, un sacramento que discurre en lo más íntimo de su dinamismo litúrgico como discurre, en el orden natural, el dinamismo de la maternidad femenina necesitaba de la masculinidad del varón y del valor sacramental de su cuerpo para ser así sacramento en el que se hace memorial del misterio de la totalidad de lo humano y del misterio nupcial entre Cristo y la iglesia.

En la última cena se anticipó, de forma ritual, lo que iba a suceder de forma histórica y real horas después en el Calvario. Y, dado que en la mujer lo biológico tiene significado teológico, también en la feminidad de María se anticipó de forma natural, en su cuerpo y en su actitud espiritual, algo de lo que iba a significarse ritualmente en la última cena y de forma histórica en la cruz. En su cuerpo, porque por su maternidad virginal entregó su carne y su sangre para dar a luz a Cristo y entregarlo así al mundo; en su espíritu, porque, mediante el fiat de la encarnación, unido al fiat del Verbo escondido en su seno, dio comienzo y anticipó ya esa identificación perfecta con la oblación interior de Cristo que había de culminar, para ambos, en la Cruz. María es, por tanto, mujer eucarística primeramente por ser mujer, es decir, en su propio cuerpo femenino; pero también por ser madre y por ser virgen. Aquello que los presbíteros celebran en virtud de su ministerio específico, es decir, la entrega esponsal de Cristo en su Cuerpo y en su sangre para comunicar la vida divina al mundo, a su modo también lo realiza la mujer, y María de manera muy singular, en virtud de ese otro ministerio propio de su feminidad que es la maternidad. Qué bello paralelismo entre el sacerdocio que se actualiza en la Eucaristía y el dinamismo propiamente femenino de la maternidad por el hecho de gravitar ambos sobre el significado personal de un cuerpo y una sangre que se dan para comunicar una nueva vida. Cuánta cercanía en el modo en que ambas realidades transmiten la vida.

María al pie de la Cruz representa también el sacerdocio de toda la iglesia, llamada a ser pueblo sacerdotal como lo fue ella, es decir, a través de su maternidad y virginidad. Ese sacerdocio universal tiene, según el Papa, mucho de femenino: “En el ámbito del «gran misterio» de Cristo y de la iglesia todos están llamados a responder −como una esposa− con el don de la vida al don inefable del amor de Cristo (...) En el «sacerdocio real», que es universal, se expresa a la vez el don de la Esposa” (MD 27)[9]. En el stabat de María al pie de la Cruz se «completa» de alguna manera el sacerdocio de Cristo. María se asocia a la ofrenda eucarística y sacerdotal de Cristo en la Cruz con su propia ofrenda, ciertamente también eucarística y sacerdotal. Era lo que faltaba a los sufrimientos y a la oblación de Cristo (cf. Col 1,24): esa mutua reciprocidad y ordenación entre el sacerdocio universal de la Esposa y el de Cristo, entre la Eucaristía «celebrada» por Cristo sacerdote en la Cruz y la Eucaristía «celebrada» por María en la liturgia de su propia vida. De ahí la necesidad de armonizar el aspecto “petrino” de la iglesia con el aspecto “mariano” (cf. MD 27), también para que todo el misterio de la sacerdotalidad de Cristo se exprese y realice en la Iglesia en toda su plenitud. La estructura jerárquica de la iglesia y el ministerio ordenado están ordenados a la santidad de sus miembros; y en el orden de la santidad lo primero es el misterio de la mujer: “El Concilio Vaticano II, confirmando la enseñanza de toda la tradición, ha recordado que en la jerarquía de la santidad precisamente la «mujer», María de Nazaret, es «figura» de la Iglesia. Ella «precede» a todos en el camino de la santidad; en su persona la «iglesia ha alcanzado ya la perfección con la que existe inmaculada y sin mancha» (cf. Ef 5,27)”.

La iglesia, por ser primeramente mariana, realiza también el ministerio de su feminidad a través de esa maternidad espiritual que mira a engendrar en los demás la vida divina. A través de esa maternidad según el Espíritu, la iglesia es también, a su modo, madre de Dios en las almas. Pero la maternidad es, además, una dimensión esencial en la vida cristiana de cada uno de los miembros que formamos este cuerpo místico, la Esposa. El mismo apóstol san Pablo, para expresar la hondura de su ministerio apostólico, no duda en recurrir a lo que es por esencia lo más específico femenino: “Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto” (Ga 4,19). De esta manera, para expresar en profundidad cuál es y cómo es la misión de la iglesia, el apóstol recurre, una vez más, a lo femenino y a la maternidad (cf. MD 22).

6. La mujer y su especial connaturalidad con el Espíritu Santo en el orden del amor

El orden del amor pertenece a la vida trinitaria y, en ella, el Espíritu Santo es “la hipóstasis personal del amor” (MD 29). Ese Espíritu es el Don en el que recibimos y participamos del amor mismo de Dios que es su vida divina (cf. Rm 5,5). Que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios significa también que el amor se convierte para él en una exigencia ontológica, pues sólo el amor corresponde de forma adecuada al bien que la persona es (cf. MD 29). Esta norma personalista marca la vocación fundamental e innata de todo ser humano al amor (cf. Gs 12; FC 11), vocación que tiene una particular significación para la mujer. Por su feminidad, en ella se dan de un modo especialísimo esas condiciones humanas primordiales y radicales necesarias para realizar el orden del amor que exige el bien que es la persona. Este dato es fundamental para entender algo de su dignidad según el plan de Dios, pues “la dignidad de la mujer es medida en razón del amor” (MD 29). Pero es también un elemento estructural de la vocación específica de la mujer, la realización del orden del amor, que si bien está vinculada a la “unidad de los dos”, lo está de un modo prioritario y preferente a la maternidad física y espiritual. El Papa precisa, además, cómo esta vinculación se cumple plenamente en María: “respecto a ella se pone de relieve, de modo pleno y directo, el íntimo unirse del orden del amor −que entra en el ámbito del mundo de las personas humanas a través de una Mujer− con el Espíritu santo” (MD 29). Así pues, por esa connaturalidad de lo femenino con la Eucaristía, por la analogía tan cercana entre la maternidad de la mujer y la fecundidad de Dios, la vocación de la mujer está especialmente orientada al orden del amor y, por tanto, asociada estrechamente a la acción del Espíritu santo.

Algunas imágenes utilizadas por los escritores antiguos recogen ya esta específica proximidad. La imagen del útero divino para referirse al Espíritu Santo pertenece a las más antiguas de la tradición cristiana[10]. La costilla tomada de Adán, además de significar la común humanidad que unía a Adán y Eva −común humanidad en la que se fundamenta su reciprocidad−, fue una bella imagen del Espíritu Santo, de cuya generación habría de nacer la compañera del Verbo, la Iglesia, esa nueva Eva que comparte con Cristo una nueva forma de «humanidad» y de «reciprocidad»[11]. Asimismo, explicaban la procesión no-generativa del Espíritu santo frente a la generación del Verbo recurriendo a la analogía de la procedencia de Eva, sacada del costado de Adán y consubstancial a él, sin ser hija suya[12]. Y, en cierto modo, Juan Pablo II recoge también esta idea cuando afirma que “en el Espíritu de Cristo ella puede descubrir el significado pleno de su feminidad y, de esta manera, disponerse al «don sincero de sí misma» a los demás, y de este modo encontrarse a sí misma” (MD 31).

Si Dios quiso revelarnos algo de cómo el Espíritu Santo actúa en el mundo, comunicando a los hombres su vida divina, nos lo dijo, sin duda, a través de la feminidad y, de manera particular, en la maternidad de la mujer. Es propio de la feminidad darse acogiendo en sí el don del otro, del varón, como el Espíritu Santo acoge en sí el don mutuo del otro, del Padre y del Hijo. Y si el Espíritu Santo es dado y comunicado al mundo es para que en el seno de las almas sea acogida la vida del Verbo. En la feminidad encuentra tan especial expresividad humana el dinamismo de donación del amor de Dios que ya Clemente de Alejandría, con los acentos poéticos de una bella analogía, no dudó en afirmar que, por Amor, Dios se hizo mujer: “Y entonces contemplarás el seno del Padre, a quien sólo el Hijo Unigénito de Dios declaró. El propio Dios es Amor, y por Amor se nos hizo mujer. Lo inefable de Él es Padre. Lo compasivo hacia nosotros se hizo Madre. El Padre, en amándonos, se hizo hembra. Indicio grande de ello es aquel a quien engendró de sí propio. Y el fruto engendrado de amor es Amor”[13]. Cuando Dios genera y da a luz, en el Espíritu, su propia vida en los hombres, en cierto modo se hace «materno», «madre» del Hijo Unigénito, como María, Madre de Dios. Cuando el Padre acoge en sí, en el Espíritu, el don del otro −nuestra donación humana y, sobre todo, el don del Hijo unigénito−, en cierto modo se hace «femenino». Y como es Dios, haciéndose de este modo «madre» y «mujer», siempre es virgen, porque es fecundo sólo en el don y en la vida del Espíritu. Y es el Espíritu Santo quien hace virginal ese don, preservándolo de toda contaminación que no sea Él mismo y su propio ser divino.

* * *

Más allá de estos dos modos de ser hombre, masculinidad y feminidad son también, en Dios, dos modos de expresarse en la carne y de realizar su plan de salvación. La pretensión feminista de liberarse del “dominio del varón” por el camino de la “masculinización de lo femenino”, además de ser en sí misma radicalmente contradictoria, está abocada a ahogarse en los límites de una perspectiva cada vez más reduccionista y antihumanista. Sin embargo, la cuestión de la mujer sigue reclamando una respuesta teológica que responda a la verdad plena de la persona. Las líneas fundamentales de esa teología de la feminidad han de encontrarse en el misterio de la Mujer, tal como se ha realizado en la perfecta feminidad de María.

Carmen Álvarez Alonso
Profesora de Teología Dogmática en la Facultad de Teología ‘San Dámaso’ de Madrid

Fuente: laityfamilylife.va.

 

[1] Cf. Benedicto XVI, Congreso eclesial de la diócesis de Roma sobre la familia (6-6-2005): “También el cuerpo del hombre y de la mujer tiene, por tanto, por así decir, un carácter teológico, no es simplemente cuerpo, y lo que es biológico en el hombre no es sólo biológico, sino expresión y cumplimiento de nuestra humanidad. Del mismo modo, la sexualidad humana no está al lado de nuestro ser persona sino que le pertenece. Solo cuando la sexualidad se integra en la persona logra darse un sentido a sí misma”.

[2] Cf. MD 18: “La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular «comprende» lo que lleva en su interior (...) Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre –no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general–, que caracteriza profunda-mente toda la personalidad de la mujer”.

[3] Las líneas fundamentales de antropología y de teología de la creación que se recogen en MD 6-7 remiten a las catequesis sobre teología del cuerpo que Juan Pablo ii dirigió durante las Audiencias de los miércoles, especialmente desde el 5 de septiembre de 1979 al 2 de abril de 1980. La Mulieris dignitatem es un desarrollo monográfico de esas catequesis enfocado específicamente hacia el tema de la mujer.

[4] Cf. MD 18: “Aunque los dos sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una «parte» especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal. (...) El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre, se encuentra siempre «fuera» del proceso de gestación y nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia «paternidad». Podríamos decir que esto forma parte del normal mecanismo humano de ser padres, incluso cuando se trata de las etapas sucesivas al nacimiento del niño, especialmente al comienzo. La educación del hijo −entendida globalmente− debería abarcar en sí la doble aportación de los padres: la materna y la paterna. sin embargo, la contribución materna es decisiva y básica para la nueva personalidad humana”.

[5] Sobre el valor sacramental de la sexualidad, cf. Juan Pablo II, Audiencia general (20-2-1980): “El hombre aparece en el mundo visible como la expresión más alta del don divino, porque lleva en sí la dimensión interior del don. (...) De este modo, y en esta dimensión, se constituye un sacramento primordial, entendido como signo que transmite eficazmente en el mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad. (...) El sacramento, como signo visible, se constituye con el hombre, en cuanto “cuerpo”, mediante su “visible” masculinidad y feminidad. En efecto, el cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo. (...) El hombre, en efecto, mediante su corporeidad, su masculinidad y feminidad, se convierte en signo visible de la economía de la Verdad y del Amor, que tiene su fuente en Dios mismo y que ya fue revelada en el misterio de la creación.

[6] Los primeros autores cristianos recogían ya esta teología de la Alianza en la imagen de la copa o del cáliz referida a María. Cf., por ejemplo, Ambrosio de Milán, De institutione virginis 81 y 90.

[7] Audiencia general (12-8-2009).

[8] Cf. Juan Pablo II, Audiencia general (27-7-1994) n. 5: “si tratamos de comprender el motivo por el que Cristo reservó para los varones la posibilidad de tener acceso al ministerio sacerdotal, podemos descubrirlo en el hecho de que el sacerdote representa a Cristo mismo en su relación con la iglesia. Ahora bien, esta rela-ción es de tipo nupcial: Cristo es el esposo y la iglesia es la esposa. Así pues, para que la relación entre Cristo y la iglesia se exprese válidamente en el orden sacramental, es indispensable que Cristo esté representado por un varón. La distinción de los sexos es muy significativa en este caso, y desconocerla equivaldría a menosca-bar el sacramento. En efecto, el carácter específico del signo que se utiliza es esencial en los sacramentos. El bautismo se debe realizar con el agua que lava; no se puede realizar con aceite, que unge, aunque el aceite sea más costoso que el agua. Del mismo modo, el sacramento del orden se celebra con los varones, sin que esto cuestione el valor de las personas”.

[9] Cf. MD 30: “Si el hombre es confiado de modo particular por Dios a la mujer, ¿no significa esto tal vez que Cristo espera de ella la realización de aquel «sacerdocio real» (1 P 2,9) que es la riqueza dada por Él a los hombres?”.

[10] Cf. M. Guerra, “La naturaleza impersonal (energía, la dimensión femenina de lo divino, etc.) y personal del Espíritu santo según algunas sectas”: Burgense 39/2 (1998) 340.

[11] Así, por ejemplo, Metodio de Olimpo −entre otros−, según A. Orbe, “La procesión del Espíritu santo y el origen de Eva”: Gregorianum 45 (1964) 113. La idea tiene sus antecedentes en la tradición judía y gnóstica.

[12] Cf. A. Orbe, “La procesión del Espíritu Santo y el origen de Eva”: Gregorianum 45 (1964) 103-118.

[13] Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur? 37.

 

La libertad religiosa en el mundo postsecular

Escrito por Javier María Prades López

¿Es necesario reflexionar hoy sobre la libertad religiosa?, ¿qué ha cambiado en el mundo desde 1965, cuando el Concilio Vaticano II aprobó la declaración ‘Dignitatis Humanae’?

La Comisión Teológica Internacional se ha preguntado por las transformaciones de la civilización global desde entonces. Su reciente documento «La libertad religiosa para el bien de todos» nos ayuda a entender cuáles son las oportunidades de las que goza y los riesgos que corre este derecho fundamental hoy día. Para empezar, ha cambiado la percepción de la religión en sí misma. El fenómeno religioso sigue presente en el mundo globalizado de un modo muy significativo, diferente de lo que se preveía a mediados del siglo XX. Al menos algunas tradiciones religiosas muestran la vitalidad de su dimensión comunitaria y así recuperan la importancia del debate público en torno a la verdad y al sentido último de la vida.

Están cambiando las teorías sociales sobre la naturaleza y el significado de la religión. Ya no existen solo las explicaciones que anunciaban una secularización definitiva, como resultado irreversible del progreso hacia una civilización tecno-científica puramente inmanente. Hoy se admite que las formas de la pertenencia religiosa influyen de un modo nuevo sobre la identidad personal, sobre los vínculos sociales y sobre la búsqueda del bien común. Por eso autores tan relevantes −y distintos entre sí− como Taylor, Casanova o Beck han constatado que la religión sigue viva en el mundo moderno. Resulta pues de la máxima actualidad situar adecuadamente la libertad religiosa en este horizonte que ya no es solo «secular» sino también «postsecular».

Asimismo, ha evolucionado la comprensión de la libertad religiosa respecto a la cultura política liberal, cuyo lenguaje se ha convertido en referente para las agencias internacionales, las empresas multinacionales, las grandes asociaciones filantrópicas y de cooperación, y muchos gobiernos del planeta. La cultura del humanismo laico-democrático-plural, que apela al valor de la convivencia pacífica, a la dignidad individual, al diálogo interreligioso e intercultural, utiliza el lenguaje sobre la religión típico de la cultura liberal. Y esa mentalidad se está orientando hacia una reinterpretación individualista y subjetivista de los derechos humanos y hacia la llamada «neutralidad» del Estado en la esfera pública. La comprensión de la libertad religiosa debe hacerse cargo críticamente de este contexto en que se sitúan las personas y las comunidades religiosas ante el Estado actual. Otro motivo para reflexionar sobre la libertad religiosa atañe a la claridad con la que la Iglesia comprende hoy que no puede favorecer ninguna tentación de instrumentalizar la política al servicio de la religión, ni viceversa. El Evangelio se comunica mediante el testimonio sobre el valor integral del «encuentro» con Cristo, es decir, de un acontecimiento que cambia la vida por completo y para siempre. Este método testimonial presupone que la experiencia religiosa en sus manifestaciones genuinas y el poder político colaboren positivamente, desde su autonomía propia, evitando toda confusión o contraposición entre ambos. Es pues necesario respetar en el ámbito social, jurídico y político el derecho a la libertad religiosa, «piedra angular del edificio de los derechos humanos» y garantía de las libertades que aseguran el bien común.

A partir de esta conciencia eclesial se puede valorar críticamente la aportación de las distintas tradiciones religiosas a la experiencia humana común. Cuando es el caso, se denuncia el peligro de la radicalización fundamentalista de la religión, que a veces se presenta como reacción ante la pretendida «neutralidad» ideológica de la cultura política liberal. Esta mentalidad quiere basar la convivencia sobre reglas procedimentales, puramente formales, eliminando o reduciendo al mínimo las convicciones éticas y la apertura trascendente para la construcción social, excluyendo por tanto las voces religiosas de la deliberación pública.

Es obligado igualmente denunciar la persecución violenta contra las religiones, muy frecuente y grave en nuestros días, y en especial los ataques contra el cristianismo. Se trata unas veces de persecución totalitaria y otras de formas encubiertas de discriminación o de segregación social. Del mismo modo, se debe rechazar toda violencia ejercida en nombre de Dios como contraria a la propia naturaleza divina y a la dignidad humana. Por eso, la defensa de la libertad religiosa no es puramente teórica, sino que alcanza su máxima realización en la entrega amorosa de la vida como testimonio no-violento de la libertad en bien de todos y como testimonio vivo de la fe que sufre violencia.

Hay una estrecha afinidad entre la libertad religiosa como derecho fundado en la dignidad de la persona humana y el acto de fe del cristiano como respuesta libre a la llamada de Dios. El Señor no quiere forzar a nadie a creer, sino que espera y desea la libre iniciativa de cada uno. Bien lo sabía Charles Péguy, que hacía exclamar al Padre eterno: «Cuando se ha tenido la experiencia de ser amado libremente, las sumisiones ya no presentan ningún atractivo. Cuando se ha tenido la experiencia de ser amado por hombres libres, las inclinaciones de los esclavos ya no significan nada. (…) Ser amado libremente, nada tiene ese peso, nada tiene ese valor. Esa es, desde luego, mi mayor invención».

Javier María Prades López es Rector de la Universidad San Dámaso.

Fuente: abc.es.

 

Resucitó

Daniel Tirapu

Resurreción

photo_camera Resurreción

Jesús ha resucitado. El sepulcro está vacío. Juan que corrió con Pedro al sepulcro, vió y creyó. La sábana, las vendas; le bastó con eso para creer, para entender tantas cosas que les había dicho el Maestro.

Sí, las mujeres que al alba tenían un problema físico ( quién nos moverá la piedra) acabaron haciéndose preguntas metafísicas: Jesús no está. Se le aparece a María la de Magdala y no es el jardinero. Dos discípulos regresan a Emaús, con el alma partida, con el ánimo muy bajo: Jesús en quien habían puesto toda su esperanza había muerto, qué fracaso!!, qué decepción!!. Pero están con El en el camino y no se dan cuenta hasta que partió el pan. Les explica las escrituras y parte el pan; lo mismo que en la Misa.

 La cruz no es el final. Ni el dolor, ni la muerte, ni los miedos, ni la angustia tienen la última palabra. Jesús ha resucitado y nosotros con El; no es vana nuestra Fe. Oh feliz culpa, que nos hizo merecer tal Redentor. Y yo me callo, y lloro de gozo y de alegría, porque la vida, la Vida, pudo más que la muerte; y me voy con María, que es la madre de los creyentes y de los que conocen el Amor infinito de Dios. Feliz Pascua!!!, surrexit Dominus vere, allelluia!!!.

Es la única noticia de la historia, que merece la pena.

 

 

Obedecer para ser libre

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En la fiesta de San Luis Grignion de Montfort

Hay una esclavitud que libera, y hay una libertad que esclaviza. La esclavitud que libera nos la enseña San Luis María Grignion de Montfort. Se trata de la «esclavitud de amor» a la Santísima Virgen.

No, querido ateo.

Haciendo un lejano eco a las palabras del obispo San Remigio al bautizar a Clodoveo, primer rey cristiano de los francos, te digo: «Quema lo que adoraste y adora lo que has quemado».

Sí, quema el egoísmo, la duda, la modorra, y, movido por el amor de Dios, ama y sirve y lucha por la Fe, la Iglesia y la civilización cristiana. Sacrificarse. Abniégate.

¿Cómo? – Como lo hicieron, en todos los siglos, los que combatieron por Jesucristo el «buen combate» (II Tim. 4, 7).

La «esclavitud de amor»

Y muy señaladamente lo harás si sigues el método definido y justificado por San Luis María Grignion de Montfort. Se trata de la «esclavitud de amor» a la Santísima Virgen.

Bajar el «Tratado de la Verdadera devoción a la Santísima Virgen», libro gratuito»

Esclavitud”… Ruda y extraña palabra, sobre todo para los oídos modernos, habituados a oír hablar, en todo momento, de desalienación, de liberación, y cada vez más propensos a la gran anarquía, la cual, como una calavera de hoz en la mano, parece reír siniestramente a los hombres, desde el umbral de la puerta de salida del siglo XX donde los aguarda.

Ahora bien, hay una esclavitud que libera, y hay una libertad que esclaviza.

Del hombre cumplidor de sus obligaciones se decía en otro tiempo que era «esclavo del deber».

De hecho, era un hombre situado en el ápice de su libertad, que comprendía por un acto todo personal las vías que le tocaba recorrer, deliberaba con varonil vigor a caminar en ellas, y vencía el asalto de las pasiones deshonestas que intentaban cegarlo, desfibrar su voluntad y vedarle así el camino libremente escogido.

El hombre que, alcanzada esta suprema victoria, proseguía con paso firme hacia el rumbo debido, era libre.

«Esclavo» era, por el contrario, aquel que se dejaba arrastrar por las pasiones desordenadas, hacia un rumbo que su razón no aprobaba, ni su voluntad escogía.

A estos genuinos vencidos se llamaba «esclavos del vicio». Se habían, por esclavitud al vicio, «liberado» del sano imperio de la razón.

Libertad y servidumbre

Estos conceptos de libertad y servidumbre, León XIII los expuso, con la brillante maestría que lo caracterizaba, en la encíclica Libertas.

Hoy todo se ha invertido.

Como tipo de hombre «libre» se considera al hippie de flor en puño, deambulando sin sentido, o al hippie que, de bomba en mano, esparce el terror a su antojo.

Por el contrario, por encadenado, por hombre no libre se tiene a quien vive en la obediencia de las leyes de Dios y de los hombres.

En la perspectiva actual, es «libre» el hombre a quien la ley permite comprar las drogas que quiera, usarlas como entienda, y por fin… esclavizarse a ellas. Y es tiránica, esclavizante, la ley que veda al hombre esclavizarse a la droga.

Siempre en esta extraña perspectiva hecha de inversión de valores, es esclavizante el voto religioso mediante el cual, en plena conciencia y libertad, el fraile se entrega, con dejación de cualquier retroceso, al servicio desinteresado de los más altos ideales cristianos.

Para proteger contra la tiranía de su propia debilidad esa libre deliberación, el fraile se sujeta, en ese acto, a la autoridad de superiores vigilantes.

Quien así se vincula para conservarse libre de sus malas pasiones está sujeto hoy a ser calificado de vil esclavo. Como si el superior le impusiera un yugo que cercenase su voluntad… cuando, por el contrario, el superior sirve de barandilla para las almas elevadas que aspiran, libre e intrépidamente – sin ceder al peligroso vértigo de las alturas – a elevarse hasta el ápice de las escalinatas de los supremos ideales.

En suma, para unos es libre quien, con la razón obnubilada y la voluntad quebrada, impulsada por la locura de los sentidos, tiene la facultad de deslizarse voluptuosamente por el tobogán de las malas costumbres.

Y es «esclavo» aquel que sirve a la propia razón, vence con fuerza de voluntad las propias pasiones, obedece a las leyes divinas y humanas, y pone en práctica el orden.

Sobre todo es «esclavo», en esa perspectiva, aquel que, para más plenamente garantizar su libertad, opta libremente por someterse a autoridades que lo guíen hacia donde quiere llegar. ¡Hasta allí nos lleva la atmósfera actual, impregnada de freudismo!

El Tratado de la Verdadera devoción a Nuestra Señora

Fue en otra perspectiva que San Luis Grignion de Montfort, ideó la «esclavitud de amor» a Nuestra Señora, propia para todas las edades y todos los estados de vida: laicos, sacerdotes, religiosos, etc.

¿Qué hace la palabra «amor», conjugada con la palabra «esclavitud» de modo sorprendente, ya que esta última es el señorío brutalmente impuesto por el fuerte al débil, por el egoísta al pobre a quien explota? «Amor», en sana filosofía, es el acto por el cual la voluntad quiere libremente algo.

Así, también en el lenguaje corriente, «querer» y «amar» son palabras utilizables en el mismo sentido. «Esclavitud de amor» es el noble auge del acto por el cual alguien se da libremente a un ideal, a una causa. O, a veces, se vincula a otro.

El afecto sagrado y los deberes del matrimonio tienen algo que vincula, que liga, que ennoblece.

En español, a los grilletes se llama «esposas». La metáfora nos hace sonreír. Y a los divorcistas puede espeluznarles. Porque alude a la indisolubilidad. En portugués se habla de los «vínculos» del matrimonio.

Más vinculante que el estado de casado es el del sacerdote. Y, en cierto sentido, más aún lo es el del religioso.

Cuanto más alto es el estado libremente escogido, tanto más fuerte el vínculo, y tanto más auténtica la libertad.

Así, San Luis Grignion propone que el fiel se consagre libremente como «esclavo de amor» a la Santísima Virgen, dándole su cuerpo y su alma, sus bienes interiores y exteriores, e incluso el valor de sus buenas obras pasadas, presentes y futuras para que nuestra Señora de ellas disponga, para mayor gloria de Dios, en el tiempo y en la eternidad (cfr. «Consagración de sí mismo a Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, por las manos de María»).

Un contrato ventajoso

Nuestra Señora, como Madre excelsa, obtiene a cambio, para sus «esclavos de amor», las gracias de Dios que eleven sus inteligencias hasta la comprensión lucidísima de los más altos temas de la Fe, que den a sus voluntades una fuerza angélica para subir libremente hasta esos ideales, y para vencer todos los obstáculos interiores y exteriores que a ellos indebidamente se oponen.

Pero, preguntará alguien – ¿cómo podrá ponerse a practicar esta diáfana y angélica libertad un fraile, ya sujeto por voto a la autoridad de un superior?

Nada más fácil. Se es fraile por llamado («vocación») de Dios. Es, pues, por voluntad de Dios que el religioso obedece a sus superiores. La voluntad de Dios es la de Nuestra Señora. Y así, siempre que el religioso se haya consagrado como «esclavo de amor» a Nuestra Señora, es en cuanto esclavo de Ella que obedece a su propio superior. La voz de éste es, para él, en la Tierra, como la propia voz de Nuestra Señora.

Un llamado a las cumbres de la libertad

Llamando a todos los hombres a las cumbres de libertad de la «esclavitud de amor», San Luis Grignion lo hace en términos tan prudentes, que dejan libre campo para importantes matizaciones.

Su «esclavitud de amor», tan llena de significado especial para las personas ligadas por voto al estado religioso, puede también ser practicada por sacerdotes seglares y por laicos.

Pues, a diferencia de los votos religiosos, que obligan por cierto tiempo o por la vida entera, el «esclavo de amor» puede dejar en cualquier momento esa elevadísima condición, sin ipso facto cometer pecado.

Y mientras el religioso que desobedece su regla incurre en pecado, el laico «esclavo de amor» no comete pecado alguno por el simple hecho de contradecir en algo la generosidad total del don que hizo.

Esto puesto, el laico se mantiene en esta condición de esclavo por un acto libre, implícita o explícitamente repetido cada día. O mejor, a cada instante.

Para todos los fieles, la «esclavitud de amor», es, pues, esa angélica y suma libertad con que la Virgen los espera en el umbral del siglo XXI: sonriente, atractivo, invitándolos al Reino de ella, según su promesa en Fátima: «Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará».

Ven, querido ateo, conviértete y camina conmigo, con todos los «esclavos de amor» de María, hacia ese Reino de libertad supremamente ordenada, y de orden supremamente libre, a la que te invita la Esclava del Señor, la Reina del Cielo.

Y desvíate del umbral en que está el demonio, como una calavera a riendo macabramente, teniendo a la mano la hoz de la libertad supremamente esclavizante, y de la esclavización supremamente libertaria. Es decir, de la anarquía.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

 

Obligaciones y derechos de los hijos

Este artículo está dirigido a los hijos menores de 18 años y que vivan en el hogar paterno, bajo su custodia y mantenimiento. Si los hijos tienen más de 18 años y siguen viviendo en el hogar paterno, las condiciones reciprocas de convivencia, deberán negociarlas previamente, para que no haya malos entendidos, sobre los mutuos comportamientos. En otro artículo, escribiré sobre las obligaciones y derechos de los hijos mayores de 18 con sus padres, abuelos y familiares directos.

 

10 Derechos de los niños y 10 Obligaciones de sus padres

 

Todos los niños y los jóvenes, tienen derechos y obligaciones en la vida, pero hay algunos, que se sobrepasan los límites de sus derechos y no quieren saber nada de sus obligaciones.

1.       El niño tiene el derecho, a expresarse libremente y sus padres, la obligación de educarle según su edad, para que ese derecho, esté apegado a la verdad, para evitarle, todo lo que le puede hacer daño.

2.       El niño tiene el derecho, a la libertad de conciencia y sus padres, la obligación de educarle, en que esa conciencia sea buena y no la que el Estado o la sociedad, quiera hacerle aparecer como buena.

3.       El niño tiene el derecho, a elegir libremente a sus amigos y sus padres, la obligación de ayudarle a discernir y evitar, que sus “socios” sean unos pandilleros.

4.       El niño tiene el derecho, a ser guiado y sus padres, la obligación de guiarlo por el camino correcto.

5.       El niño tiene el derecho, a no sufrir abusos (sexual, laboral, violencia doméstica, abandono, falta de educación, alimenticios, etc.) y sus padres, la obligación de hacer lo necesario para protegerlo.

6.       El niño tiene el derecho, a recibir a través de los estudios y la formación, los conocimientos que le permitan prosperar en la vida y sus padres, la obligación de persuadirle, para que estudie aunque no lo quiera hacer.

7.       El niño tiene derecho, a recibir una formación religiosa, cívica y moral, que le permita ser una persona de bien, para su futura familia y para la sociedad, y sus padres, la obligación de darle esta formación, a pesar de que la sociedad civil se incline por otros caminos.

8.       El niño tiene el derecho, a tener un hogar en orden y un orden familiar y social, y sus padres, la obligación de dar ejemplo en el orden, instaurarlo y mantenerlo a través de la colaboración familiar.

9.       El niño tiene el derecho, a un horario de libre disposición y sus padres, la obligación de conocer en todo momento su utilización.

10.   El niño tiene derecho, a aprender a manejar el dinero para sus gastos particulares y ahorros, y sus padres, la obligación de conocerlo y corregirlo, si hubiera desviaciones perjudiciales para el niño.

Son aterradoras las consecuencias en los hijos, cuando ocurren las separaciones matrimoniales o divorcios. Ese abandono de las obligaciones que contrajeron los padres, conlleva que se vean conculcados los derechos, que los hijos tienen por derecho propio. Después de un divorcio, es muy raro que los padres cumplan con lo que se comprometieron implícita o explícitamente con sus hijos, sobre sus obligaciones de convivencia, económicas, mantenimiento de la salud, alimentación, ropa, vivienda, educación escolar y religiosa, etc. Son los derechos de los hijos los que debemos proteger, para poder exigirles que cumplan con sus obligaciones.

 

OBLIGACIONES DE LOS HIJOS. Los padres, maestros o educadores, no puede decir nada a los jóvenes iracundos, mequetrefes, blandos, mal educados, bitongos, consentidos, mimados, opulentos, sedentarios, obesos, llenos de prejuicios, etc., porque se les hiere en el amor propio, se les hunde su autoestima, se les recortan las alas de su libertad, se les hace sentirse mal y un sinfín de consecuencias nocivas, que les pueden llegar, si les hacen cumplir con sus obligaciones. La mayoría de las veces, estos defectos de los hijos, se producen por la culpabilidad, negligencia e irresponsabilidad de los padres, que les quita su fuerza moral y obligación de educar a los hijos.

Los hijos ahítos de comida, de dinero para gastar, de ropas nuevas, llenos de juguetes electrónicos, aparatos y medios que les divierten, siguen exigiendo sus interminables listas de derechos, los que ellos creen que tienen que recibir, además de las prebendas que sus padres y la sociedad les da.

Algunas veces, el exacerbado egoísmo demostrado por los hijos, les lleva a decir a sus padres, que tienen la obligación de darles las cosas, porque ellos, los hijos, no pidieron venir a este mundo, fueron los padres los que los trajeron, por lo cual se creen en el indiscutible derecho, de que los alimenten, vistan y les den de todo y les consientan hacer lo que quieran, por lo menos hasta que sean mayores de edad, sin ninguna obligación por su parte.

La mayoría de los sicólogos, quieren ayudar a que los chicos se conviertan en entusiastas aprendedores, independientes, a que tengan auto confianza, auto control, buenos hábitos y actitudes y que tengan un sentido positivo de ellos mismos, hacia las cosas de la vida y que tengan habilidades propias, para resolver sus problemas. El inconveniente es, que quieren conseguir todas estas cosas en los niños, sin que estos tengan que hacer sacrificios, como el adaptar su carácter a las circunstancias, practicar la obediencia y aprender a convivir, desarrollar las virtudes y valores humanos, etc. Alegando que los niños podrían llegar a frustrarse y a perder su autoestima, al tener que obedecer a sus padres y seguir las reglas de la sociedad.

Todo el mundo les recuerda a los jóvenes, que tiene muchos derechos y muy pocas veces, les recuerdan sus obligaciones. Incluso la sociedad civil, a través de muchos políticos, empresarios, policía, sicólogos y maestros, insistentemente se ponen del lado de los jóvenes, sin mirar las consecuencias que el actual permisivismo, esta generando en esta sociedad tan consumista, mimada y consentida.

A medida que van avanzando las edades de los jóvenes, los derechos que tienen, deberían ir reduciéndose y empezando a aumentar sus obligaciones. Incluso después de la mayoría de edad, si han dejado el hogar paterno, siguen teniendo una serie de obligaciones familiares y sociales, que no desaparecerán hasta su muerte. La obligación de ocuparse de sus padres y familiares directos, los mismos que les ayudaron en su juventud, a criarse y prosperar.

Los derechos, como hijos, están reflejados en las leyes civiles, pero sus obligaciones morales con la familia, las hacen desaparecer cuando les conviene. Se olvidan de las épocas, que tuvieron muchos derechos y ninguna obligación.

Cuando son jóvenes, qué pronto y rápidamente, exigen sus derechos y que lentamente, cumplen con sus obligaciones. Es obligación de los padres, recordarles que tienen que cumplir sus obligaciones como hijos, cuando están en la casa familiar y que los padres, tienen el derecho a que los hijos las cumplan.

 

DERECHOS DE LOS HIJOS. Todos los niños tienen el derecho, indiscutible e irrenunciables, de recibir de sus padres o tutores, alimentación, vestido, casa, atención sanitaria, formación en las virtudes y valores humanos, educación académica, religiosa y cívica, cariño, etc. Estos derechos, cuando no los pueden, no quieren o no los saben cumplir los propios padres, deben ser ejercitados por sus familiares más directos o en su lugar, la sociedad civil, representada por el Estado.

Hasta hace poco los padres educaban y formaban a sus hijos, dentro de la familia con sus propios medios y con ayuda de la sociedad. Desgraciadamente hoy en día, en muchos países, los padres tienen que defender a sus hijos, contra los ataques que la sociedad hace a sus hijos, a través de las malsanas costumbres, propagandas y leyes perniciosas.

Aquellas famosas frases, que cualquier persona mayor decía a un niño, cuando veía que este no se portaba bien: “Si no te portas bien, se lo voy a decir a tus padres”. Esa simple amenaza o insinuación, era suficiente para que el niño, cambiara de actitud por el miedo o respeto que tenía, hacia la persona mayor que se lo decía y lo que le podría pasar, si decían algo a sus padres. Hoy en día muchos niños, se vuelven contra las personas mayores, que les llaman la atención, por su mal comportamiento y en algunos casos, llaman a la policía acusándoles de acoso sexual o emocional. La policía, sin preguntar más, se pone de parte de los niños. Creen que de esa manera, están protegiendo y sirviendo a los niños.

 

OBLIGACIONES Y DERECHOS ANTE LA SOCIEDAD. La Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, fue el primer instrumento internacional, jurídicamente vinculante a las personas y a los estados, que incorporó toda la gama de derechos humanos: civiles, culturales, económicos, políticos y sociales, declarando que todos los niños, tienen el derecho al respeto, a la dignidad y al valor de cada individuo, independientemente de su raza, color, género, idioma, religión, opinión, orígenes, riqueza, nacimiento o capacidad, y por lo tanto, estos derechos se deberían aplicar a todos los seres humanos. Estos derechos, interdependientes e indivisibles, tienen que ser mantenidos a ultranza por la familia, la sociedad y los gobiernos, sin que infrinjan los derechos paralelos de los demás, es decir, no garantizar algunos derechos a algunas personas, a costa de otros, pues la citada Convención, define los derechos humanos básicos que disfrutan los niños en todas partes: el derecho a la supervivencia; al desarrollo pleno; a la protección contra influencias peligrosas, los malos tratos y la explotación; y a la plena participación en la vida familiar, cultural y social. Los cuatro principios fundamentales de la Convención, son la no discriminación; la dedicación al interés superior del niño; el derecho a la vida, la supervivencia y desarrollo; y el respeto por los puntos de vista del niño, incluyendo los relacionados con la atención de la salud, la educación y la prestación de servicios jurídicos, civiles y sociales.

 

15 OBLIGACIONES Y DERECHOS RECIPROCOS ENTRE PADRES E HIJOS

 

  1. Tienen derecho a buscar la paz y a vivir en paz, pero la obligación de no abandonarse a la conformidad, ni resignarse ante la injusticia.
  2. Tienen derecho a caer, pero la obligación de intentar levantarse inmediatamente y si es necesario, pidiendo ayuda.
  3. Tienen derecho a desanimarse ante los fracasos, pero la obligación de continuar luchando, hasta alcanzar el triunfo.
  4. Tienen derecho a equivocarse, pero la obligación de no sentir lastima de sus errores, ni de sus personas, pero la obligación de aprender de sus desaciertos, archivarlos mentalmente para el futuro y analizarlos en profundidad, para que no vuelvan a ocurrir.
  5. Tienen derecho a expresar sus verdades, pero la obligación de no querer imponerlas por la fuerza.
  6. Tienen derecho a obtener la justicia, pero la obligación de no tomar venganza cuando no la obtiene. Nadie puede tomar la justicia por su mano.
  7. Tienen derecho a pensar en el futuro, con la obligación de no olvidar, ni evadir el presente.
  8. Tienen derecho a querer a alguien, pero no desear apoderarse de el, para acapararlo, eliminarlo, separarlo, anularlo, etc. Novios, esposos, padres, hermanos, abuelos, etc.
  9. Tienen derecho a que algo le salga mal, pero la obligación de no sentirse derrotados y sobreponerse inmediatamente, como muestra de su visión, valentía y liderazgo.
  10. Tienen derecho a sentir celos del triunfo de los demás, pero la obligación de no desearles el mal a los que triunfan, e imitarles y si pueden superarles.
  11. Tienen derecho a ser positivos, pero la obligación de no ser arrogantes, ni esperar a que las cosas buenas sucedan, sin hacer esfuerzos para conseguirlas.
  12. Tienen derecho a tener algunas veces, un mal momento, un mal día, pero la obligación, de que no se trasforme en costumbre.
  13. Tienen derecho a tener opiniones contrarias a otras personas, pero la obligación de expresarlas correctamente sin herir a los demás.
  14. Tienen derecho a triunfar en los estudios, en el trabajo y en los juegos, pero la obligación de no hacerlo, a costa de poner trampas a otros.
  15. Tienen derecho a vivir bien, pero la obligación, de no ser avaros y compartir con los demás sus conocimientos, bienes y tiempo.

 

10 Sentencias relacionadas con Obligaciones y Derechos

 

  1. El derecho es el conjunto de condiciones, que permiten a la libertad de cada uno, acomodarse a la libertad de todos.
  2. El derecho y la obligación son, como las palmeras: no dan frutos, si no crecen uno al lado del otro.
  3. Para mantener un derecho, no se debe violar el ajeno.
  4. Los países libres son aquellos, en los que son respetados los derechos del hombre y donde las leyes, por consiguiente, son justas.
  5. No estoy de acuerdo con lo que dicen, pero tengo la obligación de defender con mi vida, su derecho a expresarlo.
  6. Penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber, nunca debe ser una obligación, sino un derecho y una oportunidad para privilegiados.
  7. Primero es la obligación y después la devoción.
  8. Tenemos obligación de respetar y proteger la vida humana, de manera absoluta, desde el momento de la concepción, hasta la muerte natural.
  9. Todos los hombres tienen iguales derechos y obligaciones con su libertad, su prosperidad y la protección de las leyes.
  10. El cuerpo humano, es templo de la naturaleza y del espíritu divino. Tenemos la obligación de conservarlo sano; respetarlo; estudiarlo y concederle sus derechos.

Si tiene algún comentario, por favor escriba a francisco@micumbre

 

 

La Pascua, el mejor tiempo de alcanzar la identificación con Cristo

El tiempo pascual es una época litúrgica en la que la Iglesia quiere que reflexionemos sobre la posibilidad –siempre abierta– de identificarnos con Cristo, naciendo a una vida nueva como si de un adelanto a nuestra futura resurrección se tratara. El ejemplo de Cristo es la pauta. No olvidemos que la Resurrección de Cristo es la muestra inequívoca de su ser verdadero Hombre. El hombre no ha nacido para la muerte sino para la vida sine die.

Nuestra salvación viene dada según la incorporación que adquiramos con Cristo mediante la participación en los misterios de su vida. Esa es la razón por la que la Iglesia, un año y otro, gira con los tiempos litúrgicos y las fiesta del Señor y de su Madre en torno a los Misterios de nuestra fe. Incluso el Santo Rosario y, por supuesto, el Libro de las Horas dan una perspectiva de la vida de Cristo.            

Esta participación en el misterio de los misterios de la vida del Señor como realidad misteriosa que es adquiere plenitud cuando participamos de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo como nos recuerda San Pablo al hablarnos del Bautismo. A él se refiere como primer principio vital que nos cristifica: con Él hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos para la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección[1].         

A través de la participación en los misterios de la vida y muerte de Cristo, el cristiano va alcanzando de Dios el don de la identificación con Él. Con gran belleza lo expresa San Bernardo al decir: “No sólo te daré mi concepción, me responde Jesús, sino también mi vida, y esto por todos los grados de las edades, de la infancia, de la niñez, de la adolescencia y de la juventud; te lo daré todo, añade, dándote además mi muerte, mi resurrección, mi ascensión y la venida del Espíritu Santo. Y esto con el fin de que mi concepción purifique la tuya, mi vida instruya la tuya, mi muerte destruya la tuya, mi resurrección preceda la tuya...”[2].          

El pasaje evangélico de la conversación entre Jesús y Nicodemo, tema de la segunda lectura de la Eucaristía en la segunda semana de Pascua, es un ejemplo de cómo es el mismo Señor quien quiere comunicarnos la necesidad de ese renacimiento. Desea que le abramos de par en par el alma, con nuestras dudas e incertidumbres, que lo hagamos cara a cara y sin rodeos. Ante esa actitud Él se adelanta y hasta parece que apenas nos deja incoar el diálogo para tomar Él la palabra y subirlo de inmediato al nivel de su Amor. Le gusta la sencillez pero tira hacia arriba siempre para hacernos sobrevolar nuestras pequeñeces.

Nicodemo era un hombre influyente y de gran rectitud. Buscaba la verdad y como buscaba la Verdad intuye que el Maestro le puede orientar y busca a Cristo. En esta ocasión, a Nicodemo, le hace Jesús una de las confidencias para sublimes de su predicación. Con la imagen de renacer otra vez resalta Jesús nuestro nacimiento en la condición de hijo del Padre que imprime el Bautismo. Nuestro Señor no sólo nos da un ejemplo y una doctrina admirable sino que nos salvó incorporándonos a Sí mismo. En la semilla está el futuro en presente. Cristo es la semilla que nos anuncia –hoy, ahora–, nuestro futuro triunfo sin fin. Dice un Padre de la Iglesia: “bautizados en Cristo habéis sido hechos semejantes al Hijo de Dios”[3]. ¡Qué horizonte abre Cristo al amigo que acude a Él en la oración íntima! En el fondo del diálogo está siempre, el Árbol de la Cruz y con él el fruto sabroso del Espíritu Santo.

“Todos aquellos que creyeron en Cristo recibieron el poder de hacerse hijos de Dios, esto es, hijos del Espíritu Santo, para que llegaran a ser de la misma naturaleza de Dios. Y, para poner de relieve que aquel Dios que engendra es el Espíritu Santo”[4]. Por este motivo añadió el Señor a Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el Reino de Dios”[5]. El lugar teológico, real, práctico y eficaz de ese renacer en Cristo tiene lugar mediante la fructuosa participación en la Eucaristía; en ella es donde recibimos no sólo la gracia que nos hace partícipes de la naturaleza divina sino al mismo Dios Hijo con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.

Es en la consanguineidad que da la Eucaristía donde el cristiano queda transformado, como San Pablo nos dice en una confidencia inaudita: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí[6]. Podríamos pensar que este “a modo de apunte”, es una breve biografía personal sin más, pero no. El Apóstol está mostrándonos nuestra meta en la tierra. El centro de esa confidencia no supone que Pablo haya perdido su identidad, su personalidad. ¡Todo lo contrario! De modo análogo a como Cristo vive por y en el Padre, así el Apóstol vive pero por y en Cristo. Pablo ha logrado, dócil al Espíritu de Cristo, vivir en él la vida de Cristo. ¡Se ha identificado con Cristo! Ha llegado a tener en su corazón sin esfuerzos los mismos sentimientos que tiene Cristo en el suyo y a eso nos instará a aspirar. “El yo mismo, la identidad esencial del hombre –de este hombre, Pablo– ha cambiado. Él todavía existe y ya no existe. Ha atravesado un no y sigue encontrándose en este no: Yo, pero no más yo”[7].

No se trata de que San Pablo nos quiera describir con estas palabras una experiencia mística que nada hubiera tenido de particular. Dios hace las cosas a su manera con oportunidad inaudita  pero, al parecer, de lo que se trata es de relatar la transformación final de aquello que tuvo su inició en el Bautismo. En él fuimos desnudados del propio yo y revestidos e insertados en un nuevo sujeto más grande al que tendemos hasta alcanzar la identificación. “Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia”[8].

El yo hasta entonces aislado adquiere la libertad de campar por la inmensidad divina de su condición de hijo de Dios y poseer una nueva vida donde se comienza a degustar, con el Bautismo, el estallido de la Resurrección, como dice gráficamente Benedicto XVI. El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para atraernos. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. A ella, es decir al Señor resucitado, nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único y no solamente en una sola cosa. Yo, pero no más yo: ésta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el bautismo, la fórmula de la resurrección en el tiempo. Yo, pero no más yo: si vivimos de este modo transformamos el mundo[9].

Tenemos un modo personal estupendo de comprobar qué grado de identificación cristiana lleva nuestra vida en Casa: el celo apostólico. El afán de almas que oprimía el Corazón de Cristo ha de repetirse en nosotros. Otra manifestación de esa identificación es el parecido con la Madre de Cristo. La alegría de la resurrección ha conmovido su corazón y la ha unido de modo nuevo a los discípulos, destinados a convertirse en familia de Jesús mediante la fe. Por eso Ella permanece con los discípulos como madre suya, como Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino[10].

Pedro Beteta López

Doctor en Bioquímica y en Teología

 


[1] Rom 6, 4-5

[2] San Bernardo, Sermones de tiempo,2, 8, Obras completas, BAC, Madrid 1947, 511

[3] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, 21, 1

[4] Dídimo de Alejandría, De Trinitate, 2, 12

[5] Jn, 3, 5

[6] Gál 2, 20

[7] Benedicto XVI, Vigilia Pascual, 15-IV-2006

[8] Ibídem

[9] Cfr. Benedicto XVI, Vigilia Pascual, 15-IV-2006

[10] Cfr. Spe Salvi, 50

 

Cris­to vive (I)

Hace unas se­ma­nas se hizo pú­bli­ca la ex­hor­ta­ción apos­tó­li­ca del Papa Fran­cis­co que lle­va por tí­tu­lo Cris­to vive. En ella, ins­pi­rán­do­se en las apor­ta­cio­nes de los par­ti­ci­pan­tes en la úl­ti­ma asam­blea del sí­no­do de los obis­pos, don­de se ha re­fle­xio­na­do so­bre la mi­sión de la Igle­sia de acom­pa­ñar a los jó­ve­nes y ayu­dar­les en su dis­cer­ni­mien­to vo­ca­cio­nal, nos ofre­ce sus re­fle­xio­nes so­bre el reto que su­po­ne en el mo­men­to ac­tual acer­car­se a ellos para que abran su co­ra­zón y su vida al Se­ñor, y tam­bién so­bre la ne­ce­si­dad que tie­ne la Igle­sia de apren­der de ellos si quie­re man­te­ner­se jo­ven y no per­der el en­tu­sias­mo bus­can­do fal­sas se­gu­ri­da­des mun­da­nas. Ella no está úni­ca­men­te para en­se­ñar a los jó­ve­nes. Tam­bién debe de­jar­se in­ter­pe­lar por ellos. Dada la im­por­tan­cia que este do­cu­men­to pue­de te­ner en la ta­rea pas­to­ral, de­di­ca­re­mos unas se­ma­nas a co­men­tar­lo.

Des­pués de re­cor­dar­nos al­gu­nos per­so­na­jes del An­ti­guo Tes­ta­men­to que, sien­do jó­ve­nes, fue­ron ele­gi­dos por Dios como ins­tru­men­tos en fa­vor de su Pue­blo (ca­pí­tu­lo 1º), el Papa nos in­vi­ta a di­ri­gir una mi­ra­da a Je­sús, quien, en pa­la­bras de San Ire­neo de Lyon, es “jo­ven en­tre los jó­ve­nes para ser ejem­plo de los jó­ve­nes y con­sa­grar­los al Se­ñor” (22). Él es quien debe ilu­mi­nar la mi­sión de la Igle­sia y el ca­mino de los jó­ve­nes: “Je­sús –afir­ma el Papa- no los ilu­mi­na a us­te­des, jó­ve­nes, des­de le­jos o des­de fue­ra, sino des­de su pro­pia ju­ven­tud, que com­par­te con us­te­des… Él fue ver­da­de­ra­men­te uno de us­te­des, y en Él se pue­den re­co­no­cer mu­chas no­tas de los co­ra­zo­nes jó­ve­nes” (30).

La ju­ven­tud de Je­sús fue una pre­cio­sa pre­pa­ra­ción para vi­vir una mi­sión que le exi­gi­ría la en­tre­ga de su vida. En esa eta­pa de la vida del Se­ñor, jun­to con su fa­mi­lia, pasó por mo­men­tos de di­fi­cul­tad como el exi­lio en Egip­to y el re­gre­so a Na­za­ret. Esta eta­pa es­tu­vo ca­rac­te­ri­za­da tam­bién por la vida hu­mil­de y sen­ci­lla en la casa fa­mi­liar, por la obe­dien­cia a Ma­ría y José y por la vi­ven­cia de la re­li­gio­si­dad pro­pia del pue­blo de Is­rael, como lo mues­tra el epi­so­dio de la pe­re­gri­na­ción a Je­ru­sa­lén para la ce­le­bra­ción de la Pas­cua cuan­do te­nía doce años. Todo esto que se veía ex­ter­na­men­te era ex­pre­sión del ca­mino es­pi­ri­tual que el Se­ñor vi­vía in­te­rior­men­te: “en su eta­pa de jo­ven; Je­sús se fue «for­man­do», se fue pre­pa­ran­do para cum­plir el pro­yec­to que el Pa­dre te­nía. Su ado­les­cen­cia y su ju­ven­tud le orien­ta­ron a esa mi­sión su­pre­ma” (27).

La eta­pa ju­ve­nil de Je­sús fue un tiem­po de cre­ci­mien­to “en sa­bi­du­ría, edad y gra­cia ante Dios y los hom­bres” (Lu­cas 2, 51), un pe­río­do de pro­fun­di­za­ción en su re­la­ción con el Pa­dre y con los de­más. Ci­tan­do a San Juan Pa­blo II, el Papa nos dice que vi­vió un au­tén­ti­co cre­ci­mien­to es­pi­ri­tual, por­que “la ple­ni­tud de gra­cia en Je­sús era re­la­ti­va a la edad: ha­bía siem­pre ple­ni­tud, pero una ple­ni­tud cre­cien­te con el cre­cer de la edad” (26). Ese cre­ci­mien­to es­pi­ri­tual le lle­vó a cre­cer en el de­seo de en­tre­gar­se ple­na­men­te a la mi­sión que el Pa­dre le ha­bía con­fia­do. “Es­tos as­pec­tos de la vida de Je­sús –dice el Papa- pue­den re­sul­tar ins­pi­ra­do­res para todo jo­ven que cre­ce y se pre­pa­ra para rea­li­zar su mi­sión. Esto im­pli­ca ma­du­rar en la re­la­ción con el Pa­dre y en la aper­tu­ra a ser con­du­ci­do a rea­li­zar la mi­sión que Dios en­co­mien­da” (30).

Que no per­da­mos la ilu­sión por in­vi­tar a los jó­ve­nes a di­ri­gir su mi­ra­da al Se­ñor.

+ En­ri­que Be­na­vent Vidal. Obis­po de Tor­to­sa

 

 

Ante las pró­xi­mas elec­cio­nes

       En vis­ta de las pró­xi­mas elec­cio­nes de abril y mayo me sien­to en la obli­ga­ción de di­ri­gi­ros un men­sa­je bre­ve, pero fun­da­men­tal. Como obis­po, mi pri­me­ra e in­de­ro­ga­ble mi­sión es el anun­cio del Evan­ge­lio de Je­su­cris­to como ca­mino de li­ber­tad, res­pon­sa­bi­li­dad y sal­va­ción. Aho­ra bien, el Evan­ge­lio que os debo anun­ciar con­tie­ne tam­bién una con­cep­ción pre­ci­sa del hom­bre y de toda su reali­dad, nú­cleo im­por­tan­te de la Doc­tri­na So­cial que la Igle­sia ha pro­cla­ma­do y tes­ti­mo­nia­do siem­pre. Te­nien­do pre­sen­te esta Doc­tri­na quie­ro lla­mar vues­tra aten­ción so­bre al­gu­nos cri­te­rios a te­ner en cuen­ta a la hora de ejer­cer el de­re­cho al voto:

El ejer­ci­cio de la po­lí­ti­ca como com­pro­mi­so por el bien co­mún y no por los in­tere­ses par­ti­da­rios es una vo­ca­ción de ser­vi­cio. A los po­lí­ti­cos la hon­ra­dez los acre­di­ta y en­no­ble­ce; la co­rrup­ción, en cam­bio, los de­gra­da y en­vi­le­ce.

Los ciu­da­da­nos, a la de­bi­da edad, te­ne­mos el de­re­cho y el de­ber de vo­tar.  Para ello cada elec­tor está lla­ma­do a ela­bo­rar un jui­cio pru­den­cial que por de­fi­ni­ción no está nun­ca do­ta­do de cer­te­za in­con­tro­ver­ti­ble.

La de­fen­sa de la dig­ni­dad sa­gra­da de la vida hu­ma­na des­de su co­mien­zo has­ta su fin na­tu­ral es algo a te­ner muy en cuen­ta. Igual­men­te el apo­yo a la fa­mi­lia fun­da­da en el ma­tri­mo­nio en­tre hom­bre y mu­jer y abier­ta a la vida, so­bre todo en tiem­pos de cri­sis de­mo­grá­fi­ca.

Otro de­re­cho que ha de ser res­pe­ta­do y pro­mo­vi­do es la ca­li­dad de la en­se­ñan­za ga­ran­ti­zan­do el de­re­cho de los pa­dres a es­co­ger el mo­de­lo de edu­ca­ción in­te­gral para sus hi­jos más acor­de con sus creen­cias.

Ha de ser prio­ri­ta­rio pro­mo­ver la jus­ti­cia so­cial, el ac­ce­so a la sa­lud, el tra­ba­jo digno y es­ta­ble para to­dos, la ca­li­dad de vida de los más ne­ce­si­ta­dos, la preo­cu­pa­ción por los gru­pos so­cia­les más dé­bi­les, con unas po­lí­ti­cas que se fun­da­men­ten en la jus­ti­cia y so­li­da­ri­dad.

En las cir­cuns­tan­cias ac­tua­les se ha de cui­dar la aco­gi­da, pro­tec­ción, pro­mo­ción e in­te­gra­ción de los in­mi­gran­tes

El Es­ta­do ha de prac­ti­car una lai­ci­dad abier­ta y po­si­ti­va, res­pe­tan­do la li­ber­tad re­li­gio­sa de los ciu­da­da­nos.

Por úl­ti­mo no ol­vi­de­mos que las obli­ga­cio­nes cí­vi­cas no se ex­tin­guen con el ejer­ci­cio del voto. He­mos de es­tar aten­tos al cum­pli­mien­to de las pro­me­sas elec­to­ra­les

Que el Se­ñor nos ilu­mi­ne y nos ben­di­ga a to­dos para sa­ber ac­tuar en con­cien­cia

+Ma­nuel Sán­chez Mon­ge, Obis­po de San­tan­der

 

 

La actividad del COF diocesano

En torno a la actividad del Centro de Orientación Familiar del Obispado de Alcalá de Henares, recuerdo que, se ha desatado una campaña basada en la desinformación, la calumnia y la difamación, con la pretensión de sembrar el miedo, para que la Iglesia deje de hablar con libertad sobre determinados temas. En este caso un informador, haciéndose pasar por una persona homosexual que pedía ayuda, ha hecho públicas una serie de conversaciones privadas, sacadas de contexto, con el fin de sembrar la idea de que el obispado de Alcalá de Henares considera la homosexualidad como una “enfermedad” y ofrece terapias para modificar la orientación sexual.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Permitir la entrada

Permitir la entrada de alimentos y medicinas no es un acto subversivo, ni revolucionario. Se trata de cumplir con los deberes de justicia y cumplir con las normas mínimas del derecho internacional y humanitario. La Iglesia, a través de Caritas, junto a otras organizaciones de ayuda y cooperación, se compromete a facilitar que esta ayuda de emergencia llegue a quienes la necesitan urgentemente.

La llamada apela a las conciencias de quienes pueden dar órdenes, convencer al Gobierno de Maduro y facilitar la entrada de los convoyes de ayuda. Ahora solo queda esperar y comprobar si el Ejército facilita o se limita a resistir a costa de la población.

Xus D Madrid

 

 

Una Iglesia experta en humanidad

La Iglesia es experta en humanidad y haríamos bien todos en reflexionar con sus enseñanzas sin prejuicios; sería útil para desarrollar unas políticas beneficiosas para los hombres y las mujeres, en el presente y en el futuro. Pienso, por ejemplo, en soluciones para superar el desierto demográfico, la integración de inmigrantes, la estabilidad del matrimonio, el desarraigo de los jóvenes, el trabajo digno o la explotación de personas. En esto la Iglesia viene trabajando desde el siglo primero, contribuyendo a lo mejor que tenemos en Occidente.

El Papa Francisco sabía el interés de la entrevista para un público amplio o sin mucha sintonía con la Iglesia, y que las preguntas serían de corte social; por eso sus respuestas fueron según la doctrinal social y la antropología cristiana, si bien quedaron sin tratar temas importantes como China y la evangelización de Oriente. Desde luego esa entrevista no estaba planteada para molestar y menos para hablar del Dios revelado en Jesucristo, de la Iglesia, y de la santidad específicamente cristiana que vitaliza hoy a la sociedad. Tampoco se habló de la renovada evangelización con el protagonismo de los jóvenes llenos de esperanza capaces de cambiar las tendencias.

En otras entrevistas escritas y en el magisterio del Papa los interesados podemos encontrar las respuestas teológicas, centradas más directamente en Jesucristo y la salvación, sobre los medios de santificación en la Iglesia, y también la capacidad para superar la nostalgia de Dios que tienen los hombres de nuestro tiempo.

José Morales Martín

 

 

EL "OTRO" CORDÓN UMBILICAL (O el maltrato entre hombres y mujeres)

 

            Lo he comentado infinidad de veces, no recuerdo en este momento si lo he escrito, aunque creo que sí; pero de alguna manera hay que pensar y meditar en ello, para tratar de comprender ciertos comportamientos entre hombre-mujer o viceversa, puesto que el hecho existe y no parece ser haya sido investigado a fondo.

            Es claro que no me refiero al cordón umbilical físico y que une la placenta de la madre con el vientre del hijo y que es cortado tan pronto el recién nacido "sale a la luz de este mundo".

            Hay otro cordón y el que yo denominé hace ya muchos años como "cordón umbilical psíquico" y el que para mí, existe y es el que une de por vida al hombre con una mujer y aun cuando a lo largo de la vida, este hombre dependa de diferentes mujeres.

            Ese lazo invisible es por cuanto sigue. Un hombre viene siempre en el vientre de una mujer, ninguna mujer, por contra, ha venido en el vientre de un hombre. Así y desde que nace ese hombre, hasta que muere; generalmente "va pasando" de brazos en brazos, hasta que generalmente son unos brazos femeninos, los que le ponen la mortaja antes de emprender, "ese viaje de regreso".

            Es claro que ese hombre, mal considerado o clasificado como perteneciente al "sexo fuerte", va recibiendo cuidos y a la vez órdenes, desde antes de haber aprendido a hablar y andar y las va a seguir recibiendo (directa o indirectamente) a lo largo de su vida, procedentes de mujeres que se le van cruzando y que siempre tratarán de mandar en él, ó dominarlo de alguna de las maneras, puesto que por la fuerza o por la astucia, la mujer manda en la mayoría de hombres y muchos ni caen en esa cuestión, que resume muy bien ese dicho popular que afirma que... "si tu mujer te pide que te tires por un talud, pídele a Dios que no sea muy alto" (más o menos pues cito de memoria).

            En cuanto a la fuerza del hombre (o vitalidad) y la de la mujer, a la vista está la longevidad de unos y de las otras. Morimos mucho antes que ellas y generalmente nos sobreviven largos años, con lo que queda demostrado la resistencia física de unos y otras.

            No hablemos de lo de "sexo fuerte o sexo débil", puesto que un hombre difícilmente "cansa o agota" a una mujer y por contra, una mujer sí que puede "cansar o agotar", a más de un hombre y se queda "tan fresca" en esas lides amorosas, donde igualmente tiene el privilegio de poder fingir, cosa que al hombre le está totalmente vedado; queda por tanto demostrada la potencia de ambos seres, que semejantes, no son iguales en apenas nada de lo decisivo y que los define como bastante diferentes.

            El hombre, sí que suele ser "más bruto", más brusco o incluso "más bestia", pero bajo mi particular opinión, basada en muchas observaciones, de cuando yo "andaba por el mundo" de pueblo en pueblo y "de mostrador en mostrador": la debilidad masculina es manifiesta y el hombre sólo, se queda mucho más desamparado que la mujer. Prueba de cuanto digo es que si el viudo es él, la familia -generalmente- no marcha y termina por desaparecer, salvo que tenga la suerte de encontrar otra mujer ("verdadera") y que recoja a la misma y la saque adelante. Por contra si en la familia muere el padre, la madre (si sabe serlo, que generalmente sí que lo sabe) saca adelante a la prole, logra situarlos y cubre el rol del padre, con una potencia y dignidad que todos hemos visto en múltiples ocasiones.

Esa debilidad masculina y siempre salvo excepciones, se nota en múltiples reacciones, que no son otra cosa que diferentes estados de miedos, que pueden incluso, desembocar en violencia; puesto que siempre la violencia oculta algún tipo de miedo, "más o menos profundo" y que posiblemente ni conoce el que lo padece.

            A mi juicio es lo que justifica ("aunque no lo va a reconocer nadie hoy y ahora") ciertas violencias, las que no controladas a tiempo, llegan a producir los deplorables hechos que estamos hartos de ver reflejados en la prensa y tv.: a saber, lo de los malos tratos a mujeres, si bien está reconocido que igualmente los son a los hombres, por mujeres que los dominan, maltratan, pegan, e incluso destruyen o llegan a asesinarlos.

            Lo que ocurre, es que en un mundo catalogado como "machista", se ha obviado el opuesto o "hembrista", que tiene sus perniciosas consecuencias, pero las que son silenciadas y llevadas con paciencia de "santo", por cuanto el hombre maltratado, es incapaz en mayoría de casos, de denunciar ciertos hechos ante una comisaría o juzgado, puesto que generalmente y en principio, lo que puede recibir es la rechifla, el cachondeo, o un tipo de rechazo, que de antemano limita la acción, puesto que, ¿quién es "el guapo" que denuncia abiertamente, que su mujer le pega, maltrata, vilipendia o escarnece...? Píenselo el lector/lectora.

            Por contra, a la mujer se le ha dado toda clase de amparos y facilidades (como por otra parte es de lógica) y demagógicamente (hasta los políticos se convierten en "salvadores", pues ante todo saben que el voto de la mujer, es aproximadamente un diez por ciento más numeroso que el del hombre) se ha hecho bandera de algo, que como muchas cosas en la vida, tienen otra parte oculta y muy importante, puesto que ningún hombre (yo no me lo creo en absoluto) llega a ciertos grados de violencia, si no es por cuanto hay antecedentes desde vete tú a saber cuánto tiempo anterior y que producen unos hechos íntimos, que nadie conoce nada más que los desgraciados que los llegan a protagonizar, en ese grado ya digno de lástima y compasión y en los que "los espectadores" (muchas veces convertidos en espontáneos e implacables jueces) ni piensan, ni caen, ni menos tratan de averiguar y comprender.

            Pienso sinceramente, que lo primero que hay que sentir, es lástima, incluso piedad, por aquel que recurre a la violencia como extremo, puesto que antes han debido de ocurrir cosas y muchas, así como de múltiples envergaduras.

            Por ello, siempre hay que procurar, "no llegar al silletazo", que más de una vez "alguien", ha pensado asestar a su compañero/compañera, harto ya de aguantar imponderables, situaciones violentas o de límite y a las que se llega, simplemente a través "de la lengua" y sin necesidad de recurrir a otro tipo de "arma asesina"... "las palabras pueden ser más mortíferas que un arma homicida del tipo que sea".

            Por ello, por todo ello, al menos no juzguemos a la ligera. Tratemos de comprender a "víctima y verdugo" ("ó verduga") y más aún, quienes cobran del erario público para tratar de impartir una difícil justicia, la que antes debiera ser: el tratar de una concordia, que muchas veces (yo creo) puede reinstaurarse, si se media a tiempo y antes de que las cosas lleguen a esos límites, donde ya "la fiera" (macho o hembra) ha perdido el control y apenas ya nada se puede hacer.

            Por ello, por todo ello, pensemos y meditemos en que la violencia, es un signo de debilidad, pues el violento es tan débil... tan débil, tan débil, que no se controla ni a sí mismo y es por ello, por cuanto en muchos casos ("no sé si en todos") es más digno de lástima que de otra cosa, puesto que... "el que destruye a una persona, en realidad se está destruyendo así mismo"...?.

            Qué duda cabe, que "lo que está pasando", es el enorme fracaso social y humano que corroe a la sociedad actual; por tanto son necesarias, o mejor dicho, ya imprescindibles... "nuevas escuelas de hombres y mujeres, donde verdaderamente se formen éstos, como tales"; creo sinceramente que habría que de nuevo... volver a estudiar a Pitágoras y su escuela..?".

 

                                                        Antonio García Fuentes

 

Jaén: 29 Diciembre 1999

(Retocado el 11-marzo 2001)

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Respuesta en un foro Internet el 01-02-2006: (Sobre el que unos científicos, han descubierto que el verdadero sexo débil es el hombre)

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Desde hace muchos años (cuento 67 y camino para los 68) deduje por mí mismo, lo que hoy confirman esos científicos. Pues simplemente observando el propio entorno, lo detecta cualquier observador.
a) Viven muchos más años que el hombre.
b) Soportan mucho mejor las enfermedades y las vencen.
c) Supongo que sexualmente no hay que discutir nada... "un hombre apenas puede satisfacer a una mujer"... ¿cuántos hombres puede satisfacer una mujer?
d) El hombre solemos ser "más brutos", lo que no quiere decir que seamos más fuertes, pues la fuerza está en la resistencia y la mujer sabe hacerlo y con su astucia, "y su lengua", le hace, hacer al hombre, "lo que quiere y lo que no quiere". Recordemos el viejo dicho español... "SI TU MUJER TE PIDE QUE TE TIRES POR UN TALUD... PÍDELE A DIOS QUE NO SEA MUY ALTO" (se da por hecho que al final te tiras... "o la tienes que matar, o irte de la casa".
e) Cuando surgen los asesinatos que tristemente proliferan ("también ellas matan y nos enteramos... puede que de muchos casos no") yo siempre medito y me digo... "¿QUÉ Y CUANTO HABRÁ OCURRIDO ANTES DE ESTE FATAL DESENLACE"?... sabido es (y los casados más) que la mujer, empieza una lucha y no cede, te va "acorralando" y ya lo he dicho antes... "a tirarse por el talud".
f) Por otra parte, LA SABIA NATURALEZA, ASIGNÓ A LA MUJER, EL SER DEPOSITARIA DE LA CONTINUIDAD DE LA VIDA ("EL HOMBRE UNOS MINUTOS: ELLA NUEVE MESES") Y ELLO LO RESPALDÓ, CON ESA RESISTENCIA Y ASTUCIA YA DESCRITA.
G) ¿Qué ocurre cuando enviuda uno de los dos?... normalmente, si muere el macho, no pasa nada, la hembra saca a la prole, "como sea" pero la saca. El pobrecito hombre, "se desmenuza" y salvo que encuentre a una buena mujer, es incapaz... "salvo excepciones".
¿Se necesitan más cosas para sin cientifismos de nada, reconocer lo que digo?