Las Noticias de hoy 15 Abril 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 15 de abril de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

Domingo de Ramos: “Para lograr el verdadero triunfo, debemos dejar espacio a Dios”: “Callar, rezar, humillarse”

Jornada Mundial de la Juventud: Francisco invita a los jóvenes a rezar el rosario por la paz en el mundo

Domingo de Ramos: El Papa bendice las palmas bajo el obelisco de San Pedro

LAS NEGACIONES DE PEDRO: Francisco Fernandez Carbajal

Lunes santo: “Se consuma la vida de Jesús”: San Josemaria

Meditaciones de Mons. Javier Echevarría sobre la Semana Santa

Semana Santa: Nos amó hasta el fin: Felix María Arocena

En Vallecas también hay milagros

Un español universal: Rafael Navarro Valls

El voto de los más vul­ne­ra­bles: + Fr. Je­sús Sanz Mon­tes, ofm. Ar­zo­bis­po de Ovie­do

Meditación política sobre el Triunfo y Pasión del Hijo de Dios: Plinio Corrêa de Oliveira,

Conozcamos en familia los signos de la Semana Santa: Silvia del Valle Márquez

Cómo conseguir matrimonios duraderos y felices : Francisco Gras

  Acoso en las universidades: Jorge Hernández Mollar

No podemos dejar la fe a un lado: Valentín Abelenda Carrillo

¿Naciones Unidas pro aborto?: Jaume Catalán Díaz

La castidad sacerdotal :  Jesús Martínez Madrid

LAS RELIGIONES Y EL SER HUMANO: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Domingo de Ramos: “Para lograr el verdadero triunfo, debemos dejar espacio a Dios”: “Callar, rezar, humillarse”

Homilía del Papa en la plaza de San Pedro

abril 14, 2019 11:47Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 14 abril 2019).- En su entrada en Jerusalén, Jesús “nos muestra el camino”. Él “destruyó el triunfalismo con su Pasión”. El Pontífice previene con la “mundanidad espiritual”, que ha calificado como “una forma sutil de triunfalismo”, “el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia”.

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Son palabras de la homilía que el Papa Francisco ha leído esta mañana, 14 de abril de 2019, en la celebración litúrgica del Domingo de Ramos, celebrada en la plaza de San Pedro, en Roma, dando comienzo a la Semana Santa.

Tras la bendición de las palmas y la procesión, el Papa ha celebrado la Santa Misa ante los miles de visitantes y fieles llegados al Vaticano, y ha invitado a “acompañar con fe a nuestro Salvador en su camino y tener siempre presente la gran enseñanza de su Pasión como modelo de vida y de victoria contra el espíritu del mal”.

Triunfalismo

Francisco ha advertido contra el “triunfalismo” que “trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador”, ha explicado el Santo Padre. “El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz; se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados…”.

“Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios; y para dejar espacio a Dios solo hay un modo: el despojarse, el vaciarse de sí mismo. Callar, rezar, humillarse. Con la cruz no se puede negociar, o se abraza o se rechaza. Y con su humillación, Jesús quiso abrirnos el camino de la fe y precedernos en él”, ha exhortado el Papa.

Tentaciones

“Jesús nos muestra cómo hemos de afrontar los momentos difíciles y las tentaciones más insidiosas, cultivando en nuestros corazones una paz que no es distanciamiento, no es impasividad o creerse un superhombre, sino que es un abandono confiado en el Padre y en su voluntad de salvación, de vida, de misericordia”, ha explicado Francisco.

Así, en toda su misión, Jesucristo pasó por la tentación de “hacer su trabajo” decidiendo él el modo y desligándose de la obediencia al Padre. “Desde el comienzo, en la lucha de los cuarenta días en el desierto, hasta el final en la Pasión, Jesús rechaza esta tentación mediante la confianza obediente en el Padre”.

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Entusiasmo por Jesús

Hoy, Domingo de Ramos, se celebra a nivel diocesano la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud, y el Papa ha querido recordar a tantos santos y santas jóvenes, especialmente a aquellos “de la puerta de al lado”, que “solo Dios conoce, y que a veces a él le gusta revelarnos por sorpresa”.

“Queridos jóvenes –ha anunciado– no os avergoncéis de mostrar vuestro entusiasmo por Jesús, de gritar que él vive, que es vuestra vida”. Ha continuado: “Pero al mismo tiempo, no tengáis miedo de seguirlo por el camino de la cruz. Y cuando sintáis que os pide que renunciéis a vosotros mismos, que os despojéis de vuestras seguridades, que os confiéis por completo al Padre que está en los cielos, entonces alegraos y regocijaos”.

A continuación, ofrecemos la homilía completa del Papa Francisco en la celebración del Domingo de Ramos:

***

Las aclamaciones de la entrada en Jerusalén y la humillación de Jesús. Los gritos de fiesta y el ensañamiento feroz. Este doble misterio acompaña cada año la entrada en la Semana Santa, en los dos momentos característicos de esta celebración: la procesión con las palmas y los ramos de olivo, al principio, y luego la lectura solemne de la narración de la Pasión.

Dejemos que esta acción animada por el Espíritu Santo nos envuelva, para obtener lo que hemos pedido en la oración: acompañar con fe a nuestro Salvador en su camino y tener siempre presente la gran enseñanza de su Pasión como modelo de vida y de victoria contra el espíritu del mal.

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Jesús nos muestra cómo hemos de afrontar los momentos difíciles y las tentaciones más insidiosas, cultivando en nuestros corazones una paz que no es distanciamiento, no es impasividad o creerse un superhombre, sino que es un abandono confiado en el Padre y en su voluntad de salvación, de vida, de misericordia; y, en toda su misión, pasó por la tentación de “hacer su trabajo” decidiendo él el modo y desligándose de la obediencia al Padre. Desde el comienzo, en la lucha de los cuarenta días en el desierto, hasta el final en la Pasión, Jesús rechaza esta tentación mediante la confianza obediente en el Padre.

También hoy, en su entrada en Jerusalén, nos muestra el camino. Porque en ese evento el maligno, el Príncipe de este mundo, tenía una carta por jugar: la carta del triunfalismo, y el Señor respondió permaneciendo fiel a su camino, el camino de la humildad.

El triunfalismo trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador. El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz; se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados… Una forma sutil de triunfalismo es la mundanidad espiritual, que es el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia (De Lubac). Jesús destruyó el triunfalismo con su Pasión.

El Señor realmente compartió y se regocijó con el pueblo, con los jóvenes que gritaban su nombre aclamándolo como Rey y Mesías. Su corazón gozaba viendo el entusiasmo y la fiesta de los pobres de Israel. Hasta el punto que, a los fariseos que le pedían que reprochara a sus discípulos por sus escandalosas aclamaciones, él les respondió: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Humildad no significa negar la realidad, y Jesús es realmente el Mesías, el Rey.

Pero al mismo tiempo, el corazón de Cristo está en otro camino, en el camino santo que solo él y el Padre conocen: el que va de la «condición de Dios» a la «condición de esclavo», el camino de la humillación en la obediencia «hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8). Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios; y para dejar espacio a Dios solo hay un modo: el despojarse, el vaciarse de sí mismo. Callar, rezar, humillarse. Con la cruz no se puede negociar, o se abraza o se rechaza. Y con su humillación, Jesús quiso abrirnos el camino de la fe y precedernos en él.

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Tras él, la primera que lo ha recorrido fue su madre, María, la primera discípula. La Virgen y los santos han tenido que sufrir para caminar en la fe y en la voluntad de Dios. Ante los duros y dolorosos acontecimientos de la vida, responder con fe cuesta «una particular fatiga del corazón» (cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris Mater, 17). Es la noche de la fe. Pero solo de esta noche despunta el alba de la resurrección. Al pie de la cruz, María volvió a pensar en las palabras con las que el Ángel le anunció a su Hijo: «Será grande […]; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33).

En el Gólgota, María se enfrenta a la negación total de esa promesa: su Hijo agoniza sobre una cruz como un criminal. Así, el triunfalismo, destruido por la humillación de Jesús, fue igualmente destruido en el corazón de la Madre; ambos supieron callar.

Precedidos por María, innumerables santos y santas han seguido a Jesús por el camino de la humildad y la obediencia. Hoy, Jornada Mundial de la Juventud, quiero recordar a tantos santos y santas jóvenes, especialmente a aquellos “de la puerta de al lado”, que solo Dios conoce, y que a veces a él le gusta revelarnos por sorpresa. Queridos jóvenes, no os avergoncéis de mostrar vuestro entusiasmo por Jesús, de gritar que él vive, que es vuestra vida. Pero al mismo tiempo, no tengáis miedo de seguirlo por el camino de la cruz. Y cuando sintáis que os pide que renunciéis a vosotros mismos, que os despojéis de vuestras seguridades, que os confiéis por completo al Padre que está en los cielos, entonces alegraos y regocijaos. Estáis en el camino del Reino de Dios.

Aclamaciones de fiesta y furia feroz; el silencio de Jesús en su Pasión es impresionante. Vence también a la tentación de responder, de ser “mediático”. En los momentos de oscuridad y de gran tribulación hay que callar, tener el valor de callar, siempre que sea un callar manso y no rencoroso. La mansedumbre del silencio hará que parezcamos aún más débiles, más humillados, y entonces el demonio, animándose, saldrá a la luz. Será necesario resistirlo en silencio, “manteniendo la posición”, pero con la misma actitud que Jesús. Él sabe que la guerra es entre Dios y el Príncipe de este mundo, y que no se trata de poner la mano en la espada, sino de mantener la calma, firmes en la fe. Es la hora de Dios. Y en la hora en que Dios baja a la batalla, hay que dejarlo

hacer. Nuestro puesto seguro estará bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Y mientras esperamos que el Señor venga y calme la tormenta (cf. Mc 4,37-41), con nuestro silencioso testimonio en oración, nos damos a nosotros mismos y a los demás razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3,15). Esto nos ayudará a vivir en la santa tensión entre la memoria de las promesas, la realidad del ensañamiento presente en la cruz y la esperanza de la resurrección.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Jornada Mundial de la Juventud: Francisco invita a los jóvenes a rezar el rosario por la paz en el mundo

Palabras antes de rezar el Ángelus

abril 14, 2019 17:20Rosa Die AlcoleaAngelus y Regina Caeli, Educación y jóvenes

(ZENIT – 14 abril 2019).- El Papa Francisco ha invitado a los jóvenes a rezar el rosario por la paz en el mundo, especialmente en Tierra Santa y en Oriente Medio, y les ha entregado coronas de rosario de madera de olivo hechos por cristianos en Belén, para la JMJ de Panamá (enero 2019) y para este día, dedicado a la 34ª Jornada de la Juventud en todas las diócesis del mundo.

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Minutos antes de las 12 horas, al terminar la Eucaristía este Domingo de Ramos, el Papa Francisco ha rezado la oración mariana del Ángelus, en la plaza de San Pedro, con todos los fieles y sacerdotes presentes.

Asimismo, el Santo Padre ha animado a los jóvenes a leer la Exhortación Apostólica Christus vivit, fruto del Sínodo, donde podrán encontrar “ideas fructíferas para su propia vida y su propio camino de crecimiento en la fe y en el servicio a sus hermanos”, ha dicho.

Siguen las palabras íntegras del Santo Padre Francisco antes de rezar el Ángelus esta mañana:

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Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, saludo a todos los que han participado en esta celebración. Y a todos los que se han unido a nosotros a través de los diferentes medios de comunicación. Este saludo se extiende a todos los jóvenes que hoy, en torno a sus obispos, celebran la Jornada de la Juventud en todas las diócesis del mundo.

Queridos jóvenes, les invito a hacerla vuestra y a vivir en su cotidianidad las indicaciones de la reciente Exhortación Apostólica Christus vivit, fruto del Sínodo, en el que han participado también muchos de vuestros contemporáneos. En este texto, cada uno de ustedes puede encontrar ideas fructíferas para su propia vida y su propio camino de crecimiento en la fe y en el servicio a sus hermanos.

En el contexto de este domingo, he querido ofrecer a todos ustedes, reunidos aquí en la plaza de San Pedro, una corona especial de rosario. Estas coronas de madera de olivo fueron hechas en Tierra Santa específicamente para el Encuentro Mundial de los jóvenes en Panamá el mes de enero pasado y para el día de hoy.

Por eso renuevo a los jóvenes y a todos mi llamado a rezar el rosario por la paz, especialmente por la paz en Tierra Santa y en Oriente Medio. Y ahora volvamos a la Virgen María para que nos ayude a vivir bien la Semana Santa.

Angelus Domini…

 

 

Domingo de Ramos: El Papa bendice las palmas bajo el obelisco de San Pedro

Procesión con los ramos

abril 14, 2019 11:00Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede, Roma

(ZENIT – 14 abril 2019).- En la mañana del Domingo de Ramos, 14 de abril de 2019, el Pontífice Francisco ha presidido la celebración litúrgica en la plaza de San Pedro que ha dado comienzo a la Semana Santa.

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A las 10 horas, el Santo Padre ha bendecido las palmas y los ramos de olivo bajo el obelisco que hay en medio de la gran plaza, y junto a los sacerdotes que concelebrándola la Eucaristía, se ha dirigido en procesión hacia el altar, colocado frente a la Basílica Vaticana.

Doble significado 

Esta celebración especial del Domingo de Ramos tiene como fin unir dos cosas importantes. Por un lado, la realeza de Cristo, con su entrada triunfal en Jerusalén, y por otro lado, el anuncio de la Pasión.

En esta celebración, muy concretamente, hay en la primera parte una procesión donde con ramas, bendecidas por el Papa, recordamos ese momento glorioso del triunfo y de la entrada de Cristo en Jerusalén.

Después se lee la Pasión de Jesús completa, con el que se recuerda el paso de Cristo por este mundo, se recuerda el momento de dolor, de muerte, pero con la certeza en el triunfo y la certeza en la Resurrección.

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Sentido de las palmas

Las palmas y los ramos no son un amuleto de buena suerte que ponemos en las casas. Son un signo de la participación alegre en la procesión, y expresión de la fe en Cristo, Mesías y Señor, que va a la muerte para la salvación de todos los hombres.

Este inicio de la Semana Santa simboliza la preparación para la unión con Cristo en estos momentos de dolor y de sufrimiento, invitando a un recogimiento y espíritu de oración, ayudo y penitencia, con la certeza de la Resurrección y del triunfo del Señor.

 

 

LAS NEGACIONES DE PEDRO

— San Pedro niega conocer al Señor. Nuestras negaciones.

— La mirada de Jesús y la contrición de Pedro.

— El verdadero arrepentimiento. Acto de contrición.

I. Mientras se desarrolla el proceso contra Jesús ante el Sanedrín tiene lugar la escena más triste de la vida de Pedro. Él, que lo había dejado todo por seguir a nuestro Señor, que ha visto tantos prodigios y ha recibido tantas muestras de afecto, ahora le niega rotundamente. Se siente acorralado y niega hasta con juramento conocer a Jesús.

Cuando Pedro estaba abajo en el atrio, llega una de la criadas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro que se estaba calentando, fijándose en él, le dice: También tú estabas con Jesús, ese Nazareno. Pero él lo negó diciendo: Ni le conozco, ni sé de qué hablas. Y salió afuera, al vestíbulo de la casa, y cantó un gallo. Y al verlo la criada empezó a decir otra vez a los que estaban alrededor: éste es de los suyos. Pero él lo volvió a negar. Y un poco después, los que estaban allí decían a Pedro: Desde luego eres de ellos, porque también tú eres galileo. Pero él comenzó a decir imprecaciones y a jurar: No conozco a ese hombre del que habláis1.

Ha negado conocer a su Señor, y con eso niega también el sentido hondo de su existencia: ser Apóstol, testigo de la vida de Cristo, confesar que Jesús es el Hijo de Dios vivo. Su vida honrada, su vocación de Apóstol, las esperanzas que Dios había depositado en él, su pasado, su futuro: todo se ha venido abajo. ¿Cómo es posible que diga no conozco a ese hombre?

Unos años antes, un milagro obrado por Jesús había tenido para él un significado especial y profundo. Al ver la pesca milagrosa (la primera de ellas) Pedro lo comprendió todo, se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador. Pues el asombro se había apoderado de él2. Parece como si en un momento lo hubiera visto todo claro: la santidad de Cristo y su condición de hombre pecador. Lo negro se percibe en contraste con lo blanco, la oscuridad con la luz, la suciedad con la limpieza, el pecado con la santidad. Y entonces, mientras sus labios decían que por sus pecados se siente indigno de estar junto al Señor, sus ojos y toda su actitud le pedían no separarse jamás de Él. Aquel fue un día muy feliz. Allí comenzó realmente todo: Entonces dijo Jesús a Simón: No temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron3. La vida de Pedro tendría desde entonces un formidable objetivo: amar a Cristo y ser pescador de hombres. Todo lo demás sería medio e instrumento para este fin. Ahora, por fragilidad, por dejarse llevar del miedo y de los respetos humanos, Pedro se ha derrumbado.

El pecado, la infidelidad en mayor o menor grado, es siempre negación de Cristo y de lo más noble que hay en nosotros mismos, de los mejores ideales que el Señor ha sembrado en nosotros. El pecado es la gran ruina del hombre. Por eso hemos de luchar con ahínco, ayudados por la gracia, para evitar todo pecado grave –los de malicia, fragilidad o ignorancia culpable– y todo pecado venial deliberado.

Pero incluso del pecado, si tuviéramos la desgracia de cometerlo, hemos de sacar frutos, pues la contrición afianza más la amistad con el Señor. Nuestros errores no deben desalentarnos jamás si nos comportamos con humildad. Un sincero arrepentimiento es siempre la ocasión de un encuentro nuevo con el Señor, del que se pueden derivar insospechadas consecuencias para nuestra vida interior. Si pecamos, hemos de volver al Señor cuantas veces sea preciso, sin angustiarnos pero sí con dolor. «Pedro invirtió una hora para caer, pero en un minuto se levanta y subirá más alto de lo que estaba antes de su caída»4.

El Cielo está lleno de grandes pecadores que supieron arrepentirse. Jesús nos recibe siempre y se alegra cuando recomenzamos el camino que habíamos abandonado, quizá en cosas pequeñas.

II. El Señor, maltratado, es llevado por uno de aquellos atrios. Entonces, se volvió y miró a Pedro5. «Sus miradas se cruzaron. Pedro hubiera querido bajar la cabeza, pero no pudo apartar su mirada de Aquel que acababa de negar. Conoce muy bien las miradas del Salvador. No pudo resistir a la autoridad y al encanto de esa mirada que suscitó su vocación; esa mirada tan cariñosa del Maestro aquel día en que, mirando a sus discípulos, afirmó: He aquí a mis hermanos, hermanas y madre. Y aquella mirada que le hizo temblar cuando él, Simón, quiso apartar la Cruz del camino del Señor. ¡Y la compasiva mirada con que acogió al joven tan poco desprendido para seguirle! ¡Y la mirada anegada de lágrimas ante el sepulcro de Lázaro...! Conoce las miradas del Salvador.

»Y, sin embargo, nunca jamás contempló en el rostro del Señor la expresión que descubre en Él en aquel momento, aquellos ojos impregnados de tristeza, pero sin severidad; mirada de reconvención, sin duda, pero que al mismo tiempo quiere ser suplicante y parece decirle: Simón, yo he rogado por ti.

»Su mirada solo se detuvo un instante sobre él: Jesús fue empujado violentamente por los soldados, pero Pedro la sigue viendo»6. Ve la mirada indulgente sobre la llaga profunda de su culpa. Comprendió entonces la gravedad de su pecado, y el cumplimiento de la profecía del Señor respecto a su traición. Y recordó Pedro las palabras del Señor: Antes que el gallo cante hoy, me habrás negado tres veces. Salió fuera y lloró amargamente7. El salir fuera «era confesar su culpa. Lloró amargamente porque sabía amar, y bien pronto las dulzuras del amor reemplazaron en él a las amarguras del dolor»8.

Saberse mirado por el Señor impidió que Pedro llegara a la desesperanza. Fue una mirada alentadora en la que Pedro se sintió comprendido y perdonado. ¡Cómo recordaría entonces la parábola del Buen Pastor, del hijo pródigo, de la oveja perdida!

Pedro salió fuera. Se separó de aquella situación, en la que imprudentemente se había metido, para evitar posibles recaídas. Comprendió que aquel no era su sitio. Se acordó de su Señor, y lloró amargamente. En la vida de Pedro vemos nuestra propia vida. «Dolor de Amor. —Porque Él es bueno. —Porque es tu Amigo, que dio por ti su Vida. —Porque todo lo bueno que tienes es suyo. —Porque le has ofendido tanto... Porque te ha perdonado... ¡Él!... ¡¡a ti!!

»—Llora, hijo mío, de dolor de Amor»9.

La contrición da al alma una especial fortaleza, devuelve la esperanza, hace que el cristiano se olvide de sí mismo y se acerque de nuevo a Dios en un acto de amor más profundo. La contrición aquilata la calidad de la vida interior y atrae siempre la misericordia divina. Mis miradas se posan sobre los humildes y sobre los de corazón contrito10.

Cristo no tendrá inconveniente en edificar su Iglesia sobre un hombre que puede caer y ha caído. Dios cuenta también con los instrumentos débiles para realizar, si se arrepienten, sus empresas grandes: la salvación de los hombres.

Muy probablemente Pedro, después de las negaciones y de su arrepentimiento, iría a buscar a la Virgen. También nosotros lo hacemos ahora que recordamos con más viveza nuestras faltas y negaciones.

III. Además de una gran fortaleza, la verdadera contrición da al alma una particular alegría, y dispone para ser eficaces entre los demás. «El Maestro pasa, una y otra vez, muy cerca de nosotros. Nos mira... Y si le miras, si le escuchas, si no le rechazas, Él te enseñará cómo dar sentido sobrenatural a todas tus acciones... Y entonces tú también sembrarás, donde te encuentres, consuelo y paz y alegría»11.

Sobre Judas también recayó la mirada del Señor, que le incita a cambiar cuando, en el momento de su traición, se sintió llamado con el título de amigo. ¡Amigo! ¿A qué has venido aquí? No se arrepintió en ese momento, pero más tarde sí: viendo a Jesús sentenciado, arrepentido de lo hecho, restituyó las treinta monedas de plata12.

¡Qué diferencia entre Pedro y Judas! Los dos traicionaron (de distinta manera) la fidelidad a su Maestro. Los dos se arrepintieron. Pedro sería –a pesar de sus negaciones– la roca sobre la que se asentará la Iglesia de Cristo hasta el final de los tiempos. Judas fue y se ahorcó. El simple arrepentimiento humano no basta; produce angustia, amargura y desesperación.

Junto a Cristo el arrepentimiento se transforma en un dolor gozoso, porque se recobra la amistad perdida. En unos instantes, Pedro se unió al Señor –a través del dolor de sus negaciones– mucho más fuertemente de lo que había estado nunca. De sus negaciones arranca una fidelidad que le llevará hasta el martirio.

Judas fue todo lo contrario, se queda solo: A nosotros ¿qué nos importa?, allá tú, le dicen los príncipes de los sacerdotes. Judas, en el aislamiento que produce el pecado, no supo ir a Cristo; le faltó la esperanza.

Debemos despertar con frecuencia en nuestro corazón el dolor de Amor por nuestros pecados. Sobre todo al hacer el examen de conciencia al acabar el día, y al preparar la Confesión.

«A ti que te desmoralizas, te repetiré una cosa muy consoladora: al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia. Nuestro Señor es Padre, y si un hijo le dice en la quietud de su corazón: Padre mío del Cielo, aquí estoy yo, ayúdame... Si acude a la Madre de Dios, que es Madre nuestra, sale adelante»13.

1 Mc 14, 66-67. — 2 Cfr. Lc 5, 8-9. — 3 Lc 5, 10-11. — 4 G. Chevrot, Simón Pedro, p. 261. — 5 Lc 22, 61. — 6 G. Chevrot, loc. cit., pp. 265-266. — 7 Lc 22, 61-62. — 8 San Agustín, Sermón 295. — 9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 436. — 10 Is 66, 2. — 11 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, VIII, 4. — 12 Cfr. Mt 27, 3-10. — 13 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, X, 3.

 

Lunes santo: “Se consuma la vida de Jesús”

Nuestros pecados fueron la causa de la Pasión: de aquella tortura que deformaba el semblante amabilísimo de Jesús, perfectus Deus, perfectus homo Y son también nuestras miserias las que ahora nos impiden contemplar al Señor, y nos presentan opaca y contrahecha su figura.

Cuando tenemos turbia la vista, cuando los ojos se nublan, necesitamos ir a la luz. Y Cristo ha dicho: ego sum lux mundi! (Ioh VIII,12), yo soy la luz del mundo. Y añade: el que me sigue no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida (Via Crucis, VI Estación, n. 1)
Esta semana, que tradicionalmente el pueblo cristiano llama santa, nos ofrece, una vez más, la ocasión de considerar –de revivir– los momentos en los que se consuma la vida de Jesús. Todo lo que a lo largo de estos días nos traen a la memoria las diversas manifestaciones de la piedad, se encamina ciertamente hacia la Resurrección, que es el fundamento de nuestra fe, como escribe San Pablo (Cfr. 1 Cor XV, 14.). No recorramos, sin embargo, demasiado de prisa ese camino; no dejemos caer en el olvido algo muy sencillo, que quizá, a veces, se nos escapa: no podremos participar de la Resurrección del Señor, si no nos unimos a su Pasión y a su Muerte (Cfr. Rom VIII, 17.). Para acompañar a Cristo en su gloria, al final de la Semana Santa, es necesario que penetremos antes en su holocausto, y que nos sintamos una sola cosa con El, muerto sobre el Calvario (...).
Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro. Con frase que se acerca a la realidad, aunque no acaba de decirlo todo, podemos repetir con un autor de hace siglos: El cuerpo de Jesús es un retablo de dolores. A la vista de Cristo hecho un guiñapo, convertido en un cuerpo inerte bajado de la Cruz y confiado a su Madre; a la vista de ese Jesús destrozado, se podría concluir que esa escena es la muestra más clara de una derrota. ¿Donde están las masas que lo seguían, y el Reino cuyo advenimiento anunciaba? Sin embargo, no es derrota, es victoria: ahora se encuentra más cerca que nunca del momento de la Resurrección, de la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia (Es Cristo que pasa, 95).

 

 

Meditaciones de Mons. Javier Echevarría sobre la Semana Santa

En este libro electrónico, Mons. Javier Echevarría acompaña a Cristo contemplando cada una de las escenas, del domingo de Ramos al domingo de Resurrección. Disponible en PDF, ePub y Mobi (para Kindle).

Del Prelado04/04/2016

Opus Dei - Meditaciones de Mons. Javier Echevarría sobre la Semana Santa

PDF► Meditaciones sobre la Semana Santa

ePub► Meditaciones sobre la Semana Santa

Mobi (para Kindle)► Meditaciones sobre la Semana Santa

Las meditaciones, en audio (voz de Mons. Javier Echevarría). Emitidas en 2004.

DOMINGO DE RAMOS: JESÚS ENTRA EN JERUSALÉN

Comienza la Semana Santa y recordamos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. Escribe San Lucas. «Al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos diciéndoles: "Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: el Señor lo necesita". Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho».

¡Qué pobre cabalgadura elige Nuestro Señor! Quizá nosotros, engreídos, habríamos escogido un brioso corcel. Pero Jesús no se guía por razones meramente humanas, sino por criterios divinos. «Esto sucedió —anota San Mateo— para que se cumplieran las palabras del profeta: "Díganle a la hija de Sión: he aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo de animal de yugo"».

Jesucristo, que es Dios, se contenta con un borriquito por trono. Nosotros, que no somos nada, nos mostramos a menudo vanidosos y soberbios: buscamos sobresalir, llamar la atención; tratamos de que los demás nos admiren y alaben. San Josemaría Escrivá, canonizado por Juan Pablo II hace dos años, se prendó de esta escena del Evangelio.

Aseguraba de sí mismo que era un burrito sarnoso, que no valía nada; pero como la humildad es la verdad, reconocía también que era depositario de muchos dones de Dios; especialmente, del encargo de abrir caminos divinos en la tierra, mostrando a millones de hombres y mujeres que pueden ser santos en el cumplimiento del trabajo profesional y de los deberes ordinarios.

Jesús entra en Jerusalén sobre un borrico. Hemos de sacar consecuencias de esta escena. Cada cristiano puede y debe convertirse en trono de Cristo. Y aquí vienen como anillo al dedo unas palabras de San Josemaría. «Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperarnos. Sin embargo, añade, Jesús se contenta con un pobre animal, por trono (...). Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma».

¡Dejémosle tomar posesión de nuestros pensamientos, palabras y acciones! ¡Desechemos sobre todo el amor propio, que es el mayor obstáculo al reinado de Cristo! Seamos humildes, sin apropiarnos méritos que no son nuestros. ¿Imaginan ustedes lo ridículo que habría resultado el borrico, si se hubiera apropiado de los vítores y aplausos que las gentes dirigían al Maestro?

Comentando esta escena evangélica, Juan Pablo II recuerda que Jesús no entendió su existencia terrena como búsqueda del poder, como afán de éxito y de hacer carrera, o como voluntad de dominio sobre los demás. Al contrario, renunció a los privilegios de su igualdad con Dios, asumió la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y obedeció al proyecto del Padre hasta la muerte en la Cruz ( Homilía, 8-IV-2001).

El entusiasmo de las gentes no suele ser duradero. Pocos días después, los que le habían acogido con vivas pedirán a gritos su muerte. Y nosotros ¿nos dejaremos llevar por un entusiasmo pasajero? Si en estos días notamos el aleteo divino de la gracia de Dios, que pasa cerca, démosle cabida en nuestras almas. Extendamos en el suelo, más que palmas o ramos de olivo, nuestros corazones. Seamos humildes. Seamos mortificados. Seamos comprensivos con los demás. Éste es el homenaje que Jesús espera de nosotros.

La Semana Santa nos ofrece la ocasión de revivir los momentos fundamentales de nuestra Redención. Pero no olvidemos que —como escribe San Josemaría—, «para acompañar a Cristo en su gloria, al final de la Semana Santa, es necesario que penetremos antes en su holocausto, y que nos sintamos una sola cosa con Él, muerto sobre el Calvario». Para eso, nada mejor que caminar de la mano de María. Que Ella nos obtenga la gracia de que estos días dejen una huella profunda en nuestras almas. Que sean, para cada una y cada uno, ocasión de profundizar en el Amor de Dios, para poder así mostrarlo a los demás.

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LUNES SANTO: JESÚS EN BETANIA

Ayer recordamos el ingreso triunfal de Cristo en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos y otras personas le aclamaron como Mesías y Rey de Israel. Al final de la jornada, cansado, volvió a Betania, aldea situada muy cerca de la capital, donde solía alojarse en sus visitas a Jerusalén.

Allí, una familia amiga siempre tenía dispuesto un sitio para Él y los suyos. Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos, es el cabeza de familia; con él viven Marta y María, hermanas suyas, que esperan llenas de ilusión la llegada del Maestro, contentas de poder ofrecerle sus servicios.

En los últimos días de su vida en la tierra, Jesús pasa largas horas en Jerusalén, dedicado a una predicación intensísima. Por la noche, recupera las fuerzas en casa de sus amigos. Y en Betania tiene lugar un episodio que recoge el Evangelio de la Misa de hoy.

Seis días antes de la Pascua —relata San Juan—, fue Jesús a Betania. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Inmediatamente salta a la vista la generosidad de esta mujer. Desea manifestar su agradecimiento al Maestro, por haber devuelto la vida a su hermano y por tantos otros bienes recibidos, y no repara en gastos. Judas, presente en la cena, calcula exactamente el precio del perfume.

Pero, en vez de alabar la delicadeza de María, se abandona a la murmuración: ¿por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres? En realidad, como hace notar San Juan, no le importaban los pobres ; le interesaba manejar el dinero de la bolsa y hurtar su contenido.

«La valoración de Jesús es muy diversa», escribe Juan Pablo II. «Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos —"pobres tendrán siempre con ustedes"—, Él se fija en el acontecimiento de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona» (Ecclesia de Eucharistia, 47).

Para ser verdadera virtud, la caridad ha de estar ordenada. Y el primer lugar lo ocupa Dios: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas. Por eso, se equivocan los que —con la excusa de aliviar las necesidades materiales de los hombres— se desentienden de las necesidades de la Iglesia y de los ministros sagrados. Escribe San Josemaría Escrivá: «aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

—Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

—Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: "opus enim bonum operata est in me" —una buena obra ha hecho conmigo».

¡Cuántas personas se comportan como Judas! Ven el bien que hacen otros, pero no quieren reconocerlo: se empeñan en descubrir intenciones torcidas, tienden a criticar, a murmurar, a hacer juicios temerarios. Reducen la caridad a lo puramente material —dar unas monedas al necesitado, quizá para tranquilizar su conciencia— y olvidan que —como escribe también San Josemaría Escrivá— «la caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador».

La Virgen María se entregó completamente al Señor y estuvo siempre pendiente de los hombres. Hoy le pedimos que interceda por nosotros, para que, en nuestras vidas, el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en una sola cosa, como las dos caras de una misma moneda.

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MARTES SANTO: ¿CÓMO ES NUESTRA FE?

El Evangelio de la Misa termina con el anuncio de que los Apóstoles dejarían solo a Cristo durante la Pasión. A Simón Pedro que, lleno de presunción, afirmaba: yo daré mi vida por ti, el Señor respondió: ¿conque tú darás mi vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces.

A los pocos días se cumplió la predicción. Sin embargo, pocas horas antes, el Maestro les había dado una lección clara, como preparándoles para los momentos de oscuridad que se avecinaban.

Ocurrió el día siguiente a la entrada triunfal en Jerusalén. Jesús y los Apóstoles habían salido muy temprano de Betania y, con la prisa, quizá no tomaron ni un refrigerio. El caso es que, como relata San Marcos, el Señor sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella; pero cuando llegó no encontró nada más que hojas, porque no era tiempo de higos. Y la increpó: "¡que nunca jamás coma nadie fruto de ti!" . Sus discípulos lo estaban escuchando.

Al atardecer regresaron a la aldea. Debía de ser una hora avanzada y no repararon en la higuera maldecida. Pero al día siguiente, martes, al volver de nuevo a Jerusalén, todos contemplaron aquel árbol, antes frondoso, que mostraba las ramas desnudas y secas. Pedro se lo hizo notar a Jesús: Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado. Jesús les contestó: "Tengan fe en Dios. En verdad les digo que cualquiera que diga a este monte: arráncate y échate al mar, sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido".

Durante su vida pública, para realizar milagros, Jesús pedía una sola cosa: fe. A dos ciegos que le suplicaban la curación, les había preguntado: ¿creéis que puedo hacer eso? —Sí, Señor, le respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: que se haga en vosotros conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos . Y cuentan los Evangelios que, en muchos lugares, apenas realizó prodigios, porque a las gentes les faltaba fe.

También nosotros hemos de interrogarnos: ¿cómo es nuestra fe? ¿Confiamos plenamente en la palabra de Dios? ¿Pedimos en la oración lo que necesitamos, seguros de obtenerlo si es para nuestro bien? ¿Insistimos en las súplicas lo que sea preciso, sin descorazonarnos?

San Josemaría Escrivá comentaba esta escena del Evangelio. «Jesús —escribe— se acerca a la higuera: se acerca a ti y se acerca a mí. Jesús, con hambre y sed de almas. Desde la Cruz ha clamado: sitio! (Jn 19, 28), tengo sed. Sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta Él, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo».

Se llegó a la higuera, no hallando sino solamente hojas (Mt 21, 19). Es lamentable esto. ¿Ocurre así en nuestra vida? ¿Ocurre que tristemente falta fe, vibración de humildad, que no aparecen sacrificios ni obras?

Los discípulos se maravillaron ante el milagro, pero de nada les sirvió: pocos días después negarían a su Maestro. Y es que la fe debe informar la vida entera. «Jesucristo pone esta condición», prosigue San Josemaría: «que vivamos de la fe, porque después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que remover... en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad».

María, con su fe, ha hecho posible la obra de la Redención. Juan Pablo II afirma que en el centro de este misterio, en lo más vivo de este asombro de la fe, se halla María, Madre soberana del Redentor (Redemptoris Mater, 51). Ella acompaña constantemente a todos los hombres por los senderos que conducen a la vida eterna. La Iglesia , escribe el Papa, contempla a María profundamente arraigada en la historia de la humanidad, en la eterna vocación del hombre según el designio providencial que Dios ha predispuesto eternamente para él; la ve maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que "no caiga" o, si cae, "se levante" (Redemptoris Mater, 52).

María, Madre nuestra: alcánzanos con tu intercesión poderosa una fe sincera, una esperanza segura, un amor encendido.

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MIÉRCOLES SANTO: JUDAS TRAICIONA A JESÚS

El Miércoles Santo recordamos la triste historia de uno que fue Apóstol de Cristo: Judas. Así lo cuenta San Mateo en su evangelio: Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?". Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento, andaba buscando una oportunidad para entregárselo.

¿Por qué recuerda la Iglesia este acontecimiento? Para que nos hagamos cargo de que todos podemos comportarnos como Judas. Para que pidamos al Señor que, de nuestra parte, no haya traiciones, ni alejamientos, ni abandonos. No solamente por las consecuencias negativas que esto podría traer a nuestras vidas personales, que ya sería mucho; sino porque podríamos arrastrar a otros, que necesitan la ayuda de nuestro buen ejemplo, de nuestro aliento, de nuestra amistad.

En algunos lugares de América, las imágenes de Cristo crucificado muestran una llaga profunda en la mejilla izquierda del Señor. Y cuentan que esa llaga representa el beso de Judas. ¡Tan grande es el dolor que nuestros pecados causan a Jesús! Digámosle que deseamos serle fieles: que no queremos venderle —como Judas— por treinta monedas, por una pequeñez, que eso son todos los pecados: la soberbia, la envidia, la impureza, el odio, el resentimiento... Cuando una tentación amenace arrojarnos por el suelo, pensemos que no vale la pena cambiar la felicidad de los hijos de Dios, que eso somos, por un placer que se acaba enseguida y deja el regusto amargo de la derrota y de la infidelidad.

Hemos de sentir el peso de la Iglesia y de toda la humanidad. ¿No es estupendo saber que cualquiera de nosotros puede tener influencia en el mundo entero? En el lugar donde estamos, realizando bien nuestro trabajo, cuidando de la familia, sirviendo a los amigos, podemos ayudar a la felicidad de tantas gentes. Como escribe San Josemaría Escrivá, con el cumplimiento de nuestros deberes cristianos, hemos de ser como la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y con tu palabra un primer círculo... y éste, otro... y otro, y otro. .. Hasta llegar a los sitios más remotos.

Vamos a pedir al Señor que no le traicionemos más; que sepamos rechazar, con su gracia, las tentaciones que el demonio nos presenta, engañándonos. Hemos de decir que no, decididamente, a todo lo que nos aparte de Dios. Así no se repetirá en nuestra vida la desgraciada historia de Judas.

Y si nos sentimos débiles, ¡corramos al Santo Sacramento de la Penitencia! Allí nos espera el Señor, como el padre de la parábola del hijo pródigo, para darnos un abrazo y ofrecernos su amistad. Continuamente sale a nuestro encuentro, aunque hayamos caído bajo, muy bajo. ¡Siempre es tiempo de volver a Dios! No reaccionemos con desánimo, ni con pesimismo. No pensemos: ¿qué voy a hacer yo, si soy un cúmulo de miserias? ¡Más grande es la misericordia de Dios! ¿Qué voy a hacer yo, si caigo una vez y otra por mi debilidad? ¡Mayor es el poder de Dios, para levantarnos de nuestras caídas!

Grandes fueron los pecados de Judas y de Pedro. Los dos traicionaron al Maestro: uno entregándole en manos de los perseguidores, otro renegando de Él por tres veces. Y, sin embargo, ¡qué distinta reacción tuvo cada uno! Para los dos guardaba el Señor torrentes de misericordia.

Pedro se arrepintió, lloró su pecado, pidió perdón, y fue confirmado por Cristo en la fe y en el amor; con el tiempo, llegaría a dar su vida por Nuestro Señor. Judas, en cambio, no confió en la misericordia de Cristo. Hasta el último momento tuvo abiertas las puertas del perdón de Dios, pero no quiso entrar por ellas mediante la penitencia.

En su primera encíclica, Juan Pablo II habla del derecho de Cristo a encontrarse con cada uno de nosotros en aquel momento-clave de la vida del alma, que es el momento de la conversión y del perdón (Redemptor hominis, 20). ¡No privemos a Jesús de ese derecho! ¡No quitemos a Dios Padre la alegría de darnos el abrazo de bienvenida! ¡No contristemos al Espíritu Santo, que desea devolver a las almas la vida sobrenatural!

Pidamos a Santa María, Esperanza de los cristianos, que no permita que nos desanimemos ante nuestras equivocaciones y pecados, quizá repetidos. Que nos alcance de su Hijo la gracia de la conversión, el deseo eficaz de acudir —humildes y contritos— a la Confesión, sacramento de la misericordia divina, comenzando y recomenzando siempre que sea preciso.

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JUEVES SANTO: INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

La liturgia del Jueves Santo es riquísima de contenido. Es el día grande de la institución de la Sagrada Eucaristía, don del Cielo para los hombres; el día de la institución del sacerdocio, nuevo regalo divino que asegura la presencia real y actual del Sacrificio del Calvario en todos los tiempos y lugares, haciendo posible que nos apropiemos de sus frutos.

Se acercaba el momento en el que Jesús iba a ofrecer su vida por los hombres. Tan grande era su amor, que en su Sabiduría infinita encontró el modo de irse y de quedarse, al mismo tiempo. San Josemaría Escrivá, al considerar el comportamiento de los que se ven obligados a dejar su familia y su casa, para ganar el sustento en otra parte, comenta que el amor del hombre recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía... Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad .

¿Cómo corresponderemos a ese amor inmenso? Asistiendo con fe y devoción a la Santa Misa, memorial vivo y actual del Sacrificio del Calvario. Preparándonos muy bien para comulgar, con el alma bien limpia. Visitando con frecuencia a Jesús oculto en el Sagrario.

En la primera lectura de la Misa, se nos recuerda lo que Dios estableció en el Viejo Testamento, para que el pueblo israelita no olvidara los beneficios recibidos. Desciende a muchos detalles: desde cómo debía ser el cordero pascual, hasta los pormenores que habían de cuidar para recordar el tránsito del Señor. Si eso se prescribía para conmemorar unos hechos, que eran sólo una imagen de la liberación del pecado obrada por Jesucristo, ¡cómo deberíamos comportarnos ahora, cuando verdaderamente hemos sido rescatados de la esclavitud del pecado y hechos hijos de Dios!

Ésta es la razón de que la Iglesia nos inculque un gran esmero en todo lo que se refiere a la Eucaristía. ¿Asistimos al Santo Sacrificio todos los domingos y fiestas de guardar, sabiendo que estamos participando en una acción divina?

San Juan relata que Jesús lavó los pies a los discípulos, antes de la Última Cena. Hay que estar limpios, en el alma y en el cuerpo, para acercarse a recibirle con dignidad. Para eso nos ha dejado el sacramento de la Penitencia.

Conmemoramos también la institución del sacerdocio. Es un buen momento para rezar por el Papa, por los Obispos, por los sacerdotes, y para rogar que haya muchas vocaciones en el mundo entero. Lo pediremos mejor en la medida en que tengamos más trato con ese Jesús nuestro, que ha instituido la Eucaristía y el Sacerdocio. Vamos a decir, con total sinceridad, lo que repetía San Josemaría Escrivá: Señor, pon en mi corazón el amor con que quieres que te ame .

En la escena de hoy no aparece físicamente la Virgen María, aunque se hallaba en Jerusalén en aquellos días: la encontraremos mañana al pie de la Cruz. Pero ya hoy, con su presencia discreta y silenciosa, acompaña muy de cerca a su Hijo, en profunda unión de oración, de sacrificio y de entrega. Juan Pablo II señala que, después de la Ascensión del Señor al Cielo, participaría asiduamente en las celebraciones eucarísticas de los primeros cristianos. Y añade el Papa: aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar, para María, como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo (Ecclesia de Eucharistia, 56).

También ahora la Virgen María acompaña a Cristo en todos los sagrarios de la tierra. Le pedimos que nos enseñe a ser almas de Eucaristía, hombres y mujeres de fe segura y de piedad recia, que se esfuerzan por no dejar solo a Jesús. Que sepamos adorarle, pedirle perdón, agradecer sus beneficios, hacerle compañía.

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VIERNES SANTO: CRISTO EN LA CRUZ

Hoy queremos acompañar a Cristo en la Cruz. Recuerdo unas palabras de san Josemaría Escrivá, en un Viernes Santo. Nos invitaba a revivir personalmente las horas de la Pasión: desde la agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos hasta la flagelación, la coronación de espinas y la muerte en la Cruz. Decía: Ligada la omnipotencia de Dios por mano de hombre llevan a mi Jesús de un lado para otro, entre los insultos y los empujones de la plebe .

Cada uno de nosotros ha de verse en medio de aquella muchedumbre, porque han sido nuestros pecados la causa del inmenso dolor que se abate sobre el alma y el cuerpo del Señor. Sí: cada uno lleva a Cristo, convertido en objeto de burla, de una parte a otra. Somos nosotros los que, con nuestros pecados, reclamamos a voz en grito su muerte. Y Él, perfecto Dios y perfecto Hombre, deja hacer. Lo había predicho el profeta Isaías: maltratado, no abrió su boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores.

Es justo que sintamos la responsabilidad de nuestros pecados. Es lógico que estemos muy agradecidos a Jesús. Es natural que busquemos la reparación, porque a nuestras manifestaciones de desamor, Él responde siempre con un amor total. En este tiempo de Semana Santa, vemos al Señor como más cercano, más semejante a sus hermanos los hombres... Meditemos unas palabras de Juan Pablo II: Quien cree en Jesús lleva la Cruz en triunfo, como prueba indudable de que Dios es amor... Pero la fe en Cristo jamás se da por descontada. El misterio pascual, que revivimos durante los días de la Semana Santa, es siempre actual (Homilía, 24-III-2002).

Pidamos a Jesús, en esta Semana Santa, que se despierte en nuestra alma la conciencia de ser hombres y mujeres verdaderamente cristianos, porque vivamos cara a Dios y, con Dios, cara a todas las personas.

No dejemos que el Señor lleve a solas la Cruz. Acojamos con alegría los pequeños sacrificios diarios.

Aprovechemos la capacidad de amar, que Dios nos ha concedido, para concretar propósitos, pero sin quedarnos en un mero sentimentalismo. Digamos sinceramente: ¡Señor, ya no más!, ¡ya no más! Pidamos con fe que nosotros y todas las personas de la tierra descubramos la necesidad de tener odio al pecado mortal y de aborrecer el pecado venial deliberado, que tantos sufrimientos han causado a nuestro Dios.

¡Qué grande es la potencia de la Cruz! Cuando Cristo es objeto de irrisión y de burla para todo el mundo; cuando está en el Madero sin desear arrancarse de esos clavos; cuando nadie daría ni un centavo por su vida, el buen ladrón —uno como nosotros— descubre el amor de Cristo agonizante, y pide perdón. Hoy estarás conmigo en el Paraíso . ¡Qué fuerza tiene el sufrimiento, cuando se acepta junto a Nuestro Señor! Es capaz de sacar —de las situaciones más dolorosas— momentos de gloria y de vida. Ese hombre que se dirige a Cristo agonizante, encuentra la remisión de sus pecados, la felicidad para siempre.

Nosotros hemos de hacer lo mismo. Si perdemos el miedo a la Cruz, si nos unimos a Cristo en la Cruz, recibiremos su gracia, su fuerza, su eficacia. Y nos llenaremos de paz.

Al pie de la Cruz descubrimos a María, Virgen fiel. Pidámosle, en este Viernes Santo, que nos preste su amor y su fortaleza, para que también nosotros sepamos acompañar a Jesús. Nos dirigimos a Ella con unas palabras de San Josemaría Escrivá, que han ayudado a millones de personas. Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús.

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SÁBADO SANTO: SILENCIO Y CONVERSIÓN

Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Guarda silencio para aprender del Maestro, al contemplar su cuerpo destrozado.

Cada uno de nosotros puede y debe unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios. Pero sin estar meramente pasivos: es una gracia que Dios nos concede cuando se la pedimos delante del Cuerpo muerto de su Hijo, cuando nos empeñamos por quitar de nuestra vida todo lo que nos aleje de Él.

El Sábado Santo no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos.

El mundo tiene hambre de Dios, aunque muchas veces no lo sabe. La gente está deseando que se le hable de esta realidad gozosa —el encuentro con el Señor—, y para eso estamos los cristianos. Tengamos la valentía de aquellos dos hombres —Nicodemo y José de Arimatea—, que durante la vida de Jesucristo mostraban respetos humanos, pero que en el momento definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo muerto de Jesús, para darle sepultura. O la de aquellas mujeres santas que, cuando Cristo es ya un cadáver, compran aromas y acuden a embalsamarle, sin tener miedo de los soldados que custodian el sepulcro.

A la hora de la desbandada general, cuando todo el mundo se ha sentido con derecho a insultar, reírse y mofarse de Jesús, ellos van a decir: dadnos ese Cuerpo, que nos pertenece. ¡Con qué cuidado lo bajarían de la Cruz e irían mirando sus Llagas! Pidamos perdón y digamos, con palabras de san Josemaría Escrivá: yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad! Se comprende que pusiesen el cuerpo muerto del Hijo en brazos de la Madre, antes de darle sepultura. María era la única criatura capaz de decirle que entiende perfectamente su Amor por los hombres, pues no ha sido Ella causa de esos dolores. La Virgen Purísima habla por nosotros; pero habla para hacernos reaccionar, para que experimentemos su dolor, hecho una sola cosa con el dolor de Cristo.

Saquemos propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas. Pidamos al Señor que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte. Consideremos el panorama que se nos presenta por delante. La gente que nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del encuentro con Dios. Es necesario que esta Semana Santa —y luego todos los días— sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la Redención.

Acudamos a Santa María: Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos a comprender —como escribe San Josemaría— que es preciso hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una sola cosa con Él .

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DOMINGO DE RESURRECCIÓN: JESÚS HA VENCIDO

Transcurrido el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago, y Salomé, compraron perfumes para ir a embalsamar a Jesús. Muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, se dirigieron al sepulcro . Así comienza San Marcos la narración de lo sucedido aquella madrugada de hace dos mil años, en la primera Pascua cristiana.

Jesús había sido sepultado. A los ojos de los hombres, su vida y su mensaje habían concluido con el más profundo de los fracasos. Sus discípulos, confusos y atemorizados, se habían dispersado. Las mismas mujeres que acuden para realizar un gesto piadoso, se preguntan unas a otras: ¿quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro? "Sin embargo, hace notar san Josemaría Escrivá , siguen adelante... Tú y yo, ¿cómo andamos de vacilaciones? ¿Tenemos esta decisión santa, o hemos de confesar que sentimos vergüenza al contemplar la decisión, la intrepidez, la audacia de estas mujeres?".

Cumplir la Voluntad de Dios, ser fieles a la ley de Cristo, vivir coherentemente nuestra fe, puede parecer a veces muy difícil. Se presentan obstáculos que parecen insuperables. Sin embargo, no es así. Dios vence siempre.

La epopeya de Jesús de Nazaret no termina con su muerte ignominiosa en la Cruz. La última palabra es la de la Resurrección gloriosa. Y los cristianos, en el Bautismo, hemos muerto y resucitado con Cristo: muertos al pecado y vivos para Dios. «¡Oh Cristo —decimos con el Santo Padre Juan Pablo II—, cómo no darte las gracias por el don inefable que nos regalas esta noche! El misterio de tu Muerte y de tu Resurrección se infunde en el agua bautismal que acoge al hombre viejo y carnal, y lo hace puro con la misma juventud divina» ( Homilía, 15-IV-2001).

Hoy la Iglesia, llena de alegría, exclama: éste es el día que ha hecho el Señor: ¡gocémonos y alegrémonos en él! Grito de júbilo que se prolongará durante cincuenta días, a lo largo del tiempo pascual, como un eco de las palabras de San Pablo: puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra; porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.

Es lógico pensar —y así lo considera la Tradición de la Iglesia— que Jesucristo, una vez resucitado, se apareció en primer lugar a su Santísima Madre. El hecho de que no aparezca en los relatos evangélicos, con las otras mujeres, es —como señala Juan Pablo II— un indicio de que Nuestra Señora ya se había encontrado con Jesús.

«Esta deducción quedaría confirmada también —añade el Papa— por el dato de que las primeras testigos de la resurrección, por voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie la Cruz y, por tanto, más firmes en la fe» (Audiencia, 21-V-1997). Sólo María había conservado plenamente la fe, durante las horas amargas de la Pasión; por eso resulta natural que el Señor se apareciera a Ella en primer lugar.

Hemos de permanecer siempre junto a la Virgen, pero más aún en el tiempo de Pascua, y aprender de Ella. ¡Con qué ansias había esperado la Resurrección! Sabía que Jesús había venido a salvar al mundo y que, por tanto, debía padecer y morir; pero también conocía que no podía quedar sujeto a la muerte, porque Él es la Vida.

Una buena forma de vivir la Pascua consiste en esforzarnos por hacer partícipes de la vida de Cristo a los demás, cumpliendo con primor el mandamiento nuevo de la caridad, que el Señor nos dio la víspera de su Pasión: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros. Cristo resucitado nos lo repite ahora a cada uno. Nos dice: ámense de verdad unos a otros, esfuércense todos los días por servir a los demás, estén pendientes de los detalles más pequeños, para hacer la vida agradable a los que conviven con ustedes.

Pero volvamos al encuentro de Jesús con su Santísima Madre. ¡Qué contenta estaría la Virgen, al contemplar aquella Humanidad Santísima —carne de su carne y vida de su vida— plenamente glorificada! Pidámosle que nos enseñe a sacrificarnos por los demás sin hacerlo notar, sin esperar siquiera que nos den las gracias: que tengamos hambre de pasar inadvertidos, para así poseer la vida de Dios y comunicarla a otros. Hoy le dirigimos el Regina Caeli, saludo propio del tiempo pascual. Alégrate, Reina del cielo, aleluya. / Porque el que mereciste llevar en tu seno, aleluya. / Ha resucitado según predijo, aleluya. / Ruega a Dios por nosotros, aleluya. / Gózate y alégrate, Virgen María, aleluya. / Porque el Señor ha resucitado verdaderamente, aleluya.

 

Semana Santa: Nos amó hasta el fin

La Semana Santa es el centro del año litúrgico: revivimos en estos días los momentos decisivos de nuestra redención. La Iglesia nos lleva de la mano, con su sabiduría y su creatividad, del Domingo de Ramos a la Cruz y a la Resurrección.

Año Litúrgico03/04/2017

Opus Dei - Semana Santa: Nos amó hasta el fin

Domingo de RamosJueves SantoViernes SantoSábado santo y la Vigilia pascual


En el corazón del año litúrgico late el Misterio pascual, el Triduo del Señor crucificado, muerto y resucitado. Toda la historia de la salvación gira en torno a estos días santos, que pasaron desapercibidos para la mayor parte de los hombres, y que ahora la Iglesia celebra «desde donde sale el sol hasta el ocaso»[1]. Todo el año litúrgico, compendio de la historia de Dios con los hombres, surge de la memoria que la Iglesia conserva de la hora de Jesús: cuando, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin»[2].

Muchos de los ritos que vivimos estos días echan sus raíces en muy antiguas tradiciones; su fuerza está aquilatada por la piedad de los cristianos y por la fe de los santos de dos milenios.

La Iglesia despliega en estos días su sabiduría maternal para meternos en los momentos decisivos de nuestra redención: a poco que no ofrezcamos resistencia, nos vemos arrastrados por el recogimiento con que la liturgia de la Semana Santa nos introduce en la Pasión; la unción con la que nos mueve a velar junto al Señor; el estallido de gozo que mana de la Vigilia de la Resurrección. Muchos de los ritos que vivimos estos días echan sus raíces en muy antiguas tradiciones; su fuerza está aquilatada por la piedad de los cristianos y por la fe de los santos de dos milenios.

El Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos es como el pórtico que precede y dispone al Triduo pascual:«este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo —verdaderamente inefable— a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra»[3]

Cuando los primeros fieles escuchaban la proclamación litúrgica de los relatos evangélicos de la Pasión y la homilía que pronunciaba el obispo, se sabían en una situación bien distinta de la de quien asiste a una mera representación: «para sus corazones piadosos, no había diferencia entre escuchar lo que se había proclamado y ver lo que había sucedido»[4]. En los relatos de la Pasión, la entrada de Jesús en Jerusalén es como la presentación oficial que el Señor hace de sí mismo como el Mesías deseado y esperado, fuera del cual no hay salvación. Su gesto es el del Rey salvador que viene a su casa. De entre los suyos, unos no lo recibieron, pero otros sí, aclamándole como el Bendito que viene en nombre del Señor[5].

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-2b7ce101fe1563fcb2f379432ece2799.jpgEl Señor, siempre presente y operante en la Iglesia, actualiza en la liturgia, año tras año, esta solemne entrada en el «Domingo de Ramos en la Pasión del Señor», como lo llama el Misal. Su mismo nombre insinúa una duplicidad de elementos: triunfales unos, dolorosos otros. «En este día —se lee en la rúbrica— la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su Misterio pascual»[6]. Su llegada está rodeada de aclamaciones y vítores de júbilo, aunque las muchedumbres no saben entonces hacia dónde se dirige realmente Jesús, y se toparán con el escándalo de la Cruz. Nosotros, sin embargo, en el tiempo de la Iglesia, sí que sabemos cuál es la dirección de los pasos del Señor: Él entra en Jerusalén «para consumar su misterio pascual». Por eso, para el cristiano que aclama a Jesús como Mesías en la procesión del domingo de Ramos, no es una sorpresa encontrarse, sin solución de continuidad, con la vertiente dolorosa de los padecimientos del Señor.

Es ilustrativo el modo en que la liturgia nos traduce este juego de tinieblas y de luz en el designio divino: el Domingo de Ramos no reúne dos celebraciones cerradas, yuxtapuestas. El rito de entrada de la Misa no es otro que la procesión misma, y esta desemboca directamente en la colecta de la Misa. «Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste —nos dirigimos al Padre— que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz»[7]: aquí todo habla ya de lo que va a suceder en los días siguientes.

El Jueves Santo

El Triduo pascual comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor. El Jueves Santo se encuentra entre la Cuaresma que termina y el Triduo que comienza. El hilo conductor de toda la celebración de este día, la luz que lo envuelve todo, es el Misterio pascual de Cristo, el corazón mismo del acontecimiento que se actualiza en los signos sacramentales.

La acción sagrada se centra en aquella Cena en que Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el testamento de su amor, el Sacrificio de la Alianza eterna[8].

Una antigua tradición reserva para el Viernes santo la proclamación de la Pasión según san Juan, en la que se alza la impresionante majestad de Cristo que «se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor» (San Josemaría).

«Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz»[9]. La liturgia nos introduce de un modo vivo y actual en ese misterio de la entrega de Jesús por nuestra salvación. «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente»[10]. El fiat del Señor que da origen a nuestra salvación se hace presente en la celebración de la Iglesia; por eso la Colecta no vacila en incluirnos, en presente, en la Última Cena: «Sacratissimam, Deus, frequentantibus Cenam…», dice el latín, con su habitual capacidad de síntesis; «nos has convocado hoy para celebrar aquella misma memorable Cena»[11].

Este es «el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nosotros»[12]. Las palabras de Jesús, «me voy, y vuelvo a vosotros y os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros»[13] nos introducen en el misterioso vaivén entre ausencia y presencia del Señor que preside todo el Triduo pascual y, desde él, toda la vida de la Iglesia. Por eso, ni el Jueves Santo, ni los días que lo siguen, son sin más jornadas de tristeza o de luto: ver así el Triduo sacro equivaldría a retroceder a la situación de los discípulos, anterior a la Resurrección. «La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas»[14]. Para perpetuar en el mundo este cariño infinito que se concentra en su Pascua, en su tránsito de este mundo al Padre, Jesús se nos entrega del todo, con su Cuerpo y su Sangre, en un nuevo memorial: el pan y el vino, que se convierten en «pan de vida» y «bebida de salvación»[15]. El Señor ordena que, en adelante, se haga lo mismo que acaba de hacer, en conmemoración suya[16], y nace así la Pascua de la Iglesia, la Eucaristía.

Hay dos momentos de la celebración que resultan muy elocuentes, si los vemos en su mutua relación: el lavatorio de los pies y la reserva del Santísimo Sacramento. El lavatorio de los pies a los Doce anuncia, pocas horas antes de la crucifixión, el amor más grande: «el de dar uno la vida por sus amigos»[17]. La liturgia revive este gesto, que desarmó a los apóstoles, en la proclamación del Evangelio y en la posibilidad de realizar la ablución de los pies de algunos fieles. Al concluir la Misa, la procesión para la reserva del Santísimo Sacramento y la adoración de los fieles revela la respuesta amorosa de la Iglesia a aquel inclinarse humilde del Señor sobre los pies de los Apóstoles. Ese tiempo de oración silenciosa, que se adentra en la noche, invita a rememorar la oración sacerdotal de Jesús en el Cenáculo[18]

 

El Viernes Santo

La liturgia del Viernes Santo comienza con la postración de los sacerdotes, en lugar del acostumbrado beso inicial. Es un gesto de especial veneración al altar, que se halla desnudo, exento de todo, evocando al Crucificado en la hora de la Pasión. Rompe el silencio una tierna oración en que el celebrante apela a las misericordias de Dios —«Reminiscere miserationum tuarum, Domine»— y pide al Padre la protección eterna que el Hijo nos ha ganado con su sangre, es decir, dando su vida por nosotros[19].

Una antigua tradición reserva para este día la proclamación de la Pasión según san Juan como momento culminante de la liturgia de la Palabra. En este relato evangélico se alza la impresionante majestad de Cristo que «se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor»[20]. El Señor responde con valentía a los que vienen a prenderle: «cuando les dijo “Yo soy”, se echaron hacia atrás y cayeron en tierra»[21]. Más adelante le oímos responder a Pilato: «mi reino no es de este mundo»[22], y por eso su guardia no lucha para liberarle. «Consummatum est»[23]: el Señor apura hasta el final la fidelidad a su Padre, y así vence al mundo[24].

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Tras la proclamación de la Pasión y la oración universal, la liturgia dirige su atención hacia el Lignum Crucis, el árbol de la Cruz: el glorioso instrumento de la redención humana. La adoración de la santa Cruz es un gesto de fe y una proclamación de la victoria de Jesús sobre el demonio, el pecado y la muerte. Con Él, vencemos nosotros los cristianos, porque «esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe»[25].

La Iglesia envuelve a la Cruz de honor y reverencia: el obispo se acerca a besarla sin casulla y sin anillo[26]; tras él, sigue la adoración de los fieles, mientras los cantos celebran su carácter victorioso: «adoramos tu Cruz, Señor, y alabamos y glorificamos tu santa Resurrección. Por el madero ha venido la alegría al mundo»[27] Es una misteriosa conjunción de muerte y de vida en la que Dios quiere que nos sumerjamos: «unas veces renovamos el gozoso impulso que llevó al Señor a Jerusalén. Otras, el dolor de la agonía que concluyó en el Calvario... O la gloria de su triunfo sobre la muerte y el pecado. Pero, ¡siempre!, el amor —gozoso, doloroso, glorioso— del Corazón de Jesucristo»[28].

El Sábado santo y la Vigilia pascual

El Sábado santo es el día de la espera de la Resurrección, intensamente vivida por la Madre de Jesús, de donde proviene la devoción de la Iglesia a santa María los sábados.

Un texto anónimo de la antigüedad cristiana recoge, como condensado, el misterio que la Iglesia conmemora el Sábado Santo: el descenso de Cristo a los infiernos. «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo»[29]. Como vemos descansar a Dios en el Génesis al final de su obra creadora, el Señor descansa ahora de su fatiga redentora Y es que la Pascua, que está por despuntar definitivamente en el mundo, es «la fiesta de la nueva creación»[30]: al Señor le ha costado la vida devolvernos a la Vida.

La Vigilia Pascual expresa de mil modos el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida nueva en la Resurrección del Señor: el fuego, el cirio, el agua, el incienso, la música y las campanas…

«Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver»[31]: así decía el Señor a los Apóstoles en la víspera de su Pasión. Mientras esperamos su regreso, meditamos en su descenso a las tinieblas de la muerte, en las que estaban todavía sumergidos aquellos justos de la antigua Alianza Cristo, portando en su mano el signo liberador de la Cruz, pone fin a su sueño y los introduce en la luz del nuevo Reino: «Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo»[32]. Desde las abadías carolingias del siglo VIII, se propagará por Europa la conmemoración de este gran Sábado: el día de la espera de la Resurrección, intensamente vivida por la Madre de Jesús, de donde proviene la devoción de la Iglesia a santa María los sábados; ahora, más que nunca, Ella es la stella matutina[33], la estrella de la mañana que anuncia la llegada del Señor: el Lucifer matutinus[34], el sol que viene de lo alto, oriens ex alto[35].

En la noche de este gran Sábado, la Iglesia se reúne en la más solemne de sus vigilias para celebrar la Resurrección del Esposo, incluso hasta las primeras horas del alba. Esta celebración es el núcleo fundamental de la liturgia cristiana a lo largo de todo el año. Una gran variedad de elementos simbólicos expresan el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida nueva en la Resurrección del Señor: el fuego, el cirio, el agua, el incienso, la música y las campanas…

La luz del cirio es signo de Cristo, luz del mundo, que irradia y lo inunda todo; el fuego es el Espíritu Santo, encendido por Cristo en los corazones de los fieles; el agua significa el paso hacia la vida nueva en Cristo, fuente de vida; el alleluia pascual es el himno de los peregrinos en camino hacia la Jerusalén del cielo; el pan y del vino de la Eucaristía son prenda del banquete escatológico con el Resucitado. Mientras participamos en la Vigilia pascual, reconocemos con la mirada de la fe que la asamblea santa es la comunidad del Resucitado; que el tiempo es un tiempo nuevo, abierto al hoy definitivo de Cristo glorioso: «haec est dies, quam fecit Dominus»[36], este es el día nuevo que ha inaugurado el Señor, el día «que no conoce ocaso»[37].

Felix María Arocena


[1] Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[2] Jn 13, 1.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 110.

[4] San León Magno, Sermo de Passione Domini 52, 1 (CCL 138, 307).

[5] Cfr. Mt 21, 9.

[6] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, n. 1.

[7] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Colecta.

[8] Cfr. Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[9] Francisco, Bula Misericordiae Vultus, 11-IV-2015, n. 7.

[10] Jn 10, 17-18.

[11] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[12] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Communicantes propio.

[13] Jn 14, 28; Jn 16, 7.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

[15] Misal Romano, ofertorio.

[16] Cfr. 1 Cor 11, 23-25.

[17] Cfr. Jn 15, 13.

[18] Cfr. Jn 17.

[19] Cfr. Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, oración inicial.

[20] San Josemaría, Via Crucis, X estación.

[21] Jn 18, 6.

[22] Jn 18, 36.

[23] Jn 19, 30.

[24] Cfr. Jn 16, 33.

[25] 1 Jn 5, 4

[26] Cfr. Ceremonial de los obispos, nn. 315. 322.

[27] Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, n. 20.

[28] San Josemaría, Via Crucis, 14, 3.

[29] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 439).

[30] Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 7-IV-2012.

[31] Jn 16, 16.

[32] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 462).

[33] Letanía Lauretana (cfr. Si 50, 6).

[34] Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.

[35] Liturgia de las Horas, Himno Benedictus (Lc 1, 78).

[36] Sal 117 (118), 24.

[37] Cfr. Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.

 

 

En Vallecas también hay milagros

José Manuel Horcajo, cura de una parroquia del popular barrio madrileño, describe historias de yonquis, pobres y adolescentes embarazadas

José Manuel Horcajo.

photo_cameraJosé Manuel Horcajo.

Al cruzar el puente. Testimonios de una Iglesia abierta a todos.

José Manuel Horcajo

Palabra

Desde hace tiempo, por gajes del oficio, leo al menos un libro a la semana. Hay libros que me interesan, que me hacen pensar. Otros están bien, pero poco más. Los hay que pudieran perfectamente no haberse editado.

Perdonen el desahogo. Hacía tiempo que no leía un libro como éste. De verdad. Desde que lo he leído no me lo quito de la cabeza. Quizá porque lo que cuenta ocurre a pocas paradas de autobús de mi casa; quizá porque un día pasé por allí para entrevistar al autor y no me pude ni imaginar lo que era su vida; quizá porque, como dice el Papa Francisco, la realidad es mucho más grande y más importante que las ideas, y con este libro, uno  se topa de bruces con la realidad de lo que es una parte de la Iglesia en Vallecas.

La pequeña Rusia 

Si usted, si tú, querido lector y lectora, querido amigo y amiga, quieres saber qué es Vallecas y lo que pasa en Puente Vallecas, “la pequeña Rusia”, como la llaman; si quieres conocer cuál es la respuesta de una parte de la Iglesia a esas 35.000 familias del barrio que están recibiendo la renta mínima de inserción, que suele oscilar entre trescientos y quinientos euros mensuales; si quieres conocer cómo son los curas jóvenes de Madrid; si quieres entender el pontificado del Papa Francisco, sin dialécticas, sin contraposiciones, sin estereotipos, sin eslóganes, sin reduccionismos; si quieres acompañar la vida de un cura de una de las zonas más emblemáticas de Madrid, no dejes de leer este libro. Por favor. Y de comentarlo en casa, con los amigos, en tu parroquia, a tus vecinos.

Hice la prueba al día siguiente de terminarlo, a altas horas de la madrugada. En la comida familiar, les dije algo así como os tengo que contar una historia que ocurre cerca de la última parada del 148, el bus de la EMT que pasa por la puerta de mi casa y llega bien cerca de la puerta de la parroquia vallecana de San Ramón Nonato.

Embarazada a los 13 años 

Y comencé a narrarles la historia de Angélica, una adolescente de 13 años, de confesión evangélica, de origen boliviano, que se fue al campamento que la parroquia organizaba en un pueblo de Ávila. Y en la primera noche comenzó a decir que le dolía mucho la barriga, y que estaba sangrando. Sor Vicky la escuchaba sorprendida hasta que levantó su camisa y se encontró con un notable bulto. A partir de ahí, hasta que se produjo el feliz nacimiento en el hospital de Talavera de la Reina de un niño sano, se describe una historia que haría las delicias de cualquier director de cine español de nuestro tiempo.  En casa, nadie se llevó la cuchara a la boca durante el relato.

Vamos a ver, que quede claro, José Manuel Horcajo no es, a simple vista, un superhombre, ni un supercura. Más bien, diríamos, en el primer saludo, que es serio, responsable, con cara de buena persona y de listo, y poco más. Y sin embargo, en este libro, se palpa cómo el Señor le va llevando de su mano, le va haciendo que la realidad de los pobres, de los retos, de las amenazas, de todo lo que el pasa, de la pasión por Cristo, le convierta en un cura que se sale.

 

Pero ojo, no nos equivoquemos, todo con un sentido común aplastante. Desde cómo cuenta, en las primeras páginas su vocación, sus botellones, su relación con su novieta, los años de Seminario, sus primeros pasos allí, sus primeros días, hasta cómo habla del cura de Ars, de la Virgen María, de san José, bendito san José…

La clave de este libro no es todo lo que se ha conseguido, es decir, el comedor, la residencia María Villota, la guardería, los campamentos, la Obra Social Familiar Álvaro del Portillo –por cierto que se llevó en el 34 un buen guantazo con una llave inglesa por ir a dar catequesis a unos niños-, la Comunidad Naím, el proyecto Raquel, el grupo Simeón, la Hermandad de san José, los voluntarios…

La clave de este libro son los yonquis

No, la clave de este libro son los yonquis que llegaron un día al comedor y no sabían si decirles que pasaran o no, y luego se hicieron con la gente; José Manuel que fue rescatado del alcohol;  el señor del bar que le dijo que vaya co… por llevar sotana y que así debía de ser; A.C.N., el mendigo de la calle que siempre tenía un piropo; Manuel, que pedía a la puerta de la Iglesia y la Yoli su novia, y su final trágico; Marcelino, que se llevó a su casa a Iván, el búlgaro mendigo; la del pobre Mateo, que se confesó en el hospital y lo celebró con fantas, las de los Punkis… Tantas, tantas historias de puro Evangelio. 

Qué triste sería una parroquia sin pobres. Estaría enferma o sería un museo” se lee en un momento. Y añade, páginas más adelante, nuestro autor,  experiencias de su vida como la siguiente: “Esta semana conversaba con un compañero sacerdote que decidió, hace muchos meses, suprimir el carrito de productos para las familias, y así fomentar la responsabilidad. “Ya no vienen pobres a la parroquia –me contaba este sacerdote un poco confundido-. Esta semana ha venido al despacho uno solo. Me lo contaba sabiendo que tenemos cien entrevistas mensuales”.

“La lucha, si es de Dios, no cansa…” dice en la página 91.

Gracias, querido Horcajo. Has escrito una nueva versión de Evangelio, le Evangelio según José Manuel Horcajo, según se vive en san Ramón Nonato.  

Portada del libro.

 

 

Un español universal

Rafael Navarro Valls

El Papa san Juan Pablo II y Joaquín Navarro Valls.

photo_camera El Papa san Juan Pablo II y Joaquín Navarro Valls.

"Navarro-Valls, el portavoz" que acaba de aparecer, es un libro de testimonios. Testimonios de personas que conocieron y trataron a Joaquín Navarro-Valls, y desean dejar constancia de sus recuerdos, como manifestación de un homenaje in memoriam a una persona que admiraron y apreciaron en vida., y que hoy es un español universal

Son amigos “de los dos lados” de la Oficina de prensa: de la Santa Sede, que ocupó durante 22 años con Juan Pablo II y casi dos con Benedicto XVI. Personas que le trataron cuando era portavoz del Papa, y Joaquín atendió sus peticiones informativas, y de ahí nació una amistad: por ejemplo, el patriarca de los vaticanisti, Luigi Accatoli; Victor Simpson, de la principal agencia de noticias del mundo, Ezio Mauro, director de uno de los principales diarios italianos, Valentina Alazraki, corresponsal de la emisora mexicana Televisa; y George Weigel, el principal biógrafo de Juan Pablo II.

Otros trabajaron con él en distintas circunstancias: la Prof. Janne Haaland Matlary,(Oslo) que compartió esfuerzos en la delegación vaticana para las conferencias internacionales sobre la población y sobre la mujer; el P. Federico Lombardi que, como director de la Radio Vaticana, compartió la tarea de informar sobre el Papa, y que le sucedió al frente de la Oficina de Prensa de la Santa Sede; y dos personas que trabajaron para él, el P. Ciro Benedettini, subdirector de la Oficina de prensa durante muchos años, y Yago de la Cierva, que le trató en la creación del Vatican Information Service , y en relación con la facultad de comunicación de la Iglesia de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

Junto a esos testimonios por así decir profesionales, en los que las relaciones por trabajo dieron lugar a una relación de amistad, he incluido otros testimonios más de ámbito privado. Hablan su médico, la doctora Rossana Alloni, el profesor Paolo Arullani, que se refiere a la dedicación profesional de Joaquín tras dejar la Oficina de prensa; Norberto González Gaitano, que hila recuerdos de muchos amigos de a pie, así como el empresario Sergio Marchionne, (presidente de FIAT y luego de Ferrari) y la política italiana Beatrice Lorenzin, ministra de sanidad de Italia entre 2013 y 2018.

El último de los testimonios es el significativo recuerdo del cardenal Stanisław Dziwicz, secretario de Juan Pablo II por más de cincuenta años, y luego sucesor suyo en la arquidiócesis de Cracovia.

Para terminar, he incluido una larga entrevista que concedió al corresponsal de ABC ante la Santa Sede (Juan Vicente Boo) , que sin duda arroja luces acerca de cómo vivió su trabajo, al tiempo que muestra el talento que tuvo para dar información y contexto sobre acontecimientos transcendentales en la historia reciente del mundo. Es casi como un “auto-testimonio”, que nos pone en contacto directo con lo que hacía, cómo lo hacía y por qué lo hacía.

Este español universal recorrió el mundo entero (unas veinte veces la vuelta al globo) acompañando a Juan Pablo II. Le fascinaba, en primer lugar, el “lado humano” del pontífice polaco, su alegría profunda, nada temperamental, fruto de sus sólidas convicciones; su capacidad de escuchar; su valentía y coraje; su gusto por la poesía y el teatro; su capacidad de seguir tratando a sus amigos; su armonía de espíritu; su reciedumbre…

Una anécdota para acabar. A propósito de su sobriedad, recuerdo que en uno de esos periodos veraniegos perdidos en los Alpes italianos, en los que solía descansar durante unos días Juan Pablo II, llegó el 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen. Las personas que preparaban la comida al Papa, y a las cinco o seis personas que le acompañaban, ofrecieron un menú como el de cualquier jornada. A Joaquín esto no le convenció, y al ver que de postre había una simple pieza de fruta, se disculpó y salió de la habitación. Después, pidió al gendarme las llaves de un coche, y a toda velocidad se fue al pueblo más cercano.

Volvió al rato con unos sencillos polos helados, que distribuyó a los comensales, diciendo: ¡hay que celebrar a la Virgen! El comentario del Papa fue algo así como: “¡el Dr. Navarro siempre tiene buenas ideas!” A mi hermano le conmovió la chispa de alegría en los ojos del Papa ante un helado de esos industriales en la tierra de los sabrosísimos gelati hechos de manera artesanal. A Juan Pablo II se le ganaba con un polo.

 

 

El voto de los más vul­ne­ra­bles

  He te­ni­do que asis­tir al úl­ti­mo adiós de per­so­nas muy que­ri­das a lo lar­go de mi vida, cons­ta­tan­do siem­pre cómo la muer­te es un tran­ce cuyo desen­la­ce dis­pa­ra to­das tus úl­ti­mas pre­gun­tas que, sin em­bar­go, te han acom­pa­ña­do siem­pre des­de que tu­vis­te con­cien­cia y ra­zón de las pri­me­ras que te hi­cis­te cuan­do eras to­da­vía un niño. Ese mo­men­to fi­nal que lla­ma­mos muer­te, for­ma par­te de eso que lla­ma­mos vida en su epí­lo­go bio­grá­fi­co úl­ti­mo, ten­ga­mos la edad que ten­ga­mos.

Todas las re­li­gio­nes con sus di­ver­sas teo­lo­gías, to­das las fi­lo­so­fías y an­tro­po­lo­gías con sus dis­tin­tos por­tes cul­tu­ra­les, han to­ma­do pos­tu­ra ante ese dato bio­ló­gi­co en el que el afec­to y el sen­ti­mien­to con sus emo­ti­vi­da­des no­bles, la fe con sus creen­cias y es­pe­ran­zas, la eco­no­mía con sus pre­su­pues­tos, la po­lí­ti­ca con sus opor­tu­ni­da­des, se po­si­cio­nan de modo inevi­ta­ble ante ese mo­men­to que nos afec­ta a to­dos los mor­ta­les.

La vida y la muer­te tie­nen des­de una pers­pec­ti­va cris­tia­na el mar­cha­mo re­fe­ren­cial que nos pone en de­pen­den­cia con nues­tro Crea­dor, que nos lla­ma por pri­me­ra vez a en­trar en la his­to­ria creán­do­nos y nos lla­ma a la eter­ni­dad que no ter­mi­na tras la úl­ti­ma lla­ma­da. En­tre esas dos lla­ma­das, tie­ne nues­tra agen­da una fe­cha des­co­no­ci­da y mis­te­rio­sa, que un san­to tan po­si­ti­vo, tan ama­ble y tan to­ca­do por la be­lle­za y la bon­dad de to­das las co­sas como fue San Fran­cis­co de Asís, lla­mó sin iro­nía ni acri­tud “la muer­te her­ma­na”.

Todo el re­co­rri­do vi­tal de una per­so­na hu­ma­na, va des­cri­bien­do en su im­pa­ra­ble bio­gra­fía los dis­tin­tos mo­men­tos en los que el hom­bre y la mu­jer apren­den a cre­cer mien­tras su co­ra­zón in­cor­po­ra amo­res, su in­te­li­gen­cia apren­de co­sas, su con­vi­ven­cia en­sa­ya la mu­tua re­ci­pro­ci­dad, su fe afi­na la in­quie­tud del alma y la lle­na de es­pe­ran­za, a la par que se asis­te al pro­gre­si­vo des­gas­te de un cuer­po cuyo en­ve­je­ci­mien­to y de­te­rio­ro inevi­ta­ble no tie­nen bo­tón de pau­sa.

Los cris­tia­nos cree­mos en la vida por­que en ella pal­pi­ta el so­plo de su di­vino Crea­dor, y por do­quier des­cu­bri­mos su fir­ma de au­tor cuan­do te­ne­mos la mi­ra­da inocen­te que han te­ni­do los san­tos, y cuan­do con ellos acer­ta­mos a can­tar­la y pin­tar­la con ta­len­to mu­si­cal, li­te­ra­rio y pic­tó­ri­co pro­pio de los ar­tis­tas en to­das sus ar­tes. Pero la vida no es sólo cues­tión de fe, sino de res­pe­to y de leal­tad ante el don más gran­de y ab­so­lu­to hu­ma­na­men­te ha­blan­do. Y por eso nos in­tere­sa más lo que a la vida hu­ma­na se re­fie­re, aun­que está en es­tre­cha re­la­ción con to­das las de­más cria­tu­ras como bien se­ña­ló San Fran­cis­co y re­cien­te­men­te re­cor­dó el papa Ber­go­glio con su “Lau­da­to sii”. La vida del no na­ci­do, la vida del que na­ció y pue­de atra­ve­sar prue­bas y desa­fíos du­ros por mil mo­ti­vos, la vida del que se abo­ca a la muer­te por en­fer­me­dad o por te­ner edad con mu­chos años. Toda la vida nos in­tere­sa y es de­fen­di­da en to­dos sus tra­mos.

En es­tos días asis­ti­mos a una inusi­ta­da ac­tua­li­dad de ese in­ter­va­lo de la vida que co­rres­pon­de al mo­men­to de la muer­te. Se ins­tru­men­ta­li­za la muer­te con cam­pa­ñas par­ti­dis­tas que aca­so quie­ren pro­vo­car el voto de los di­fun­tos a los que se an­ti­ci­pa su fi­nal con una ley de la eu­ta­na­sia. Ja­más he­mos pro­pi­cia­do los cris­tia­nos el en­sa­ña­mien­to de ese mo­men­to fi­nal, sino que he­mos acep­ta­do que la vida ter­mi­na tem­po­ral­men­te y no es jus­to ni que­ri­do por Dios que sea alar­ga­da ar­ti­fi­cial­men­te. Ahí en­tran los desea­bles cui­da­dos pa­lia­ti­vos, que no tie­nen ape­nas más que una ley in­ci­pien­te, y que ofre­cen a las per­so­nas ter­mi­na­les un fi­nal acom­pa­ña­do por sus se­res que­ri­dos, sos­te­ni­dos en sus do­lo­res con la ayu­da de fár­ma­cos y te­ra­pias pa­lia­ti­vas, sin ex­cluir los re­cur­sos es­pi­ri­tua­les. Ro­dear de este amor, de esta cer­ca­nía, de es­tos re­me­dios a quie­nes en­tran en su úl­ti­mo tra­mo vi­tal, es lo que re­sul­ta en no­ble­za una muer­te dig­na, aun­que ten­ga un cos­te eco­nó­mi­co para los pre­su­pues­tos he­do­nis­tas, evi­tan­do las pri­sas pe­da­gó­gi­cas de quie­nes con la eu­ta­na­sia po­nen a vo­tar a los más vul­ne­ra­bles.

+ Fr. Je­sús Sanz Mon­tes, ofm. Ar­zo­bis­po de Ovie­do

 

 

Meditación política sobre el Triunfo y Pasión del Hijo de Dios

Lea este artículo con atención. Existen numerosas analogías entre la situación internacional actual y la que precedió a la II Guerra Mundial.

Soldados durante la II Guerra Mundial

“Si nos entristece la certeza de tener que morir, nos consuela la esperanza de la inmortalidad futura”

Estamos en la Semana Santa de 1937. Sobre el mundo pesan dos amenazas espectaculares: el comunismo soviético en el Este; en el oeste, los totalitarismos de tipo nacionalista, aparentemente opuestos pero en realidad profundamente afines y con relaciones de mutua dependencia.

Plinio Corrêa de Oliveira, entonces joven líder de las Congregaciones Marianas y director del mayor semanario católico brasileño, “O Legionario”, escribe una “Meditación política sobre la Pasión y el Triunfo de Nuestro Señor Jesucristo“, reivindicando la supremacía de la Iglesia y llamando al deber a los católicos.

Analogías entre la situación internacional actual y la que precedió a la II Guerra Mundial

Contenidos

 

Muchos analistas están comentando hoy las analogías entre la actual situación internacional y la que precedió a la Segunda Guerra Mundial.

Frente a la actual licuefacción moral y cultural del mundo occidental, frente a la amenaza siempre creciente del islamismo militante, y a la espectacular ascensión de falsas reacciones, sea en el Este o en el Oeste, las palabras de Plinio Corrêa de Oliveira resuenan con actualidad: ¡sólo la Iglesia tiene palabras de vida eterna!

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Una meditación política para los católicos

Los acontecimientos celebrados hoy (Domingo de Ramos), y en toda la semana que comienza, ofrecen a los católicos, en los días tormentosos en que vivimos, materia para una utilísima meditación política.

Existen dos errores funestos, que no es raro encontrar entre los católicos brasileños, y que, con extraordinaria oportunidad, deben ser desenmascarados en la Semana Santa.

Como ocurre frecuentemente, esos errores no provienen propiamente de falsas premisas, sino de premisas incompletas.

Es una visión parcial y estrecha de las cosas que los provoca. Y sólo una meditación bien hecha, a la luz de consideraciones naturales o de argumentos inspirados en motivos sobrenaturales, puede poner iluminar el germen malo que se oculta en ellos.

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El primer error consiste en calificar de ineficiente la acción de la Iglesia para la solución de la crisis contemporánea.

Se dice, en ciertos círculos católicos -‒que no por eso son círculos católicos‒ y en ciertos sectores que piensan o dicen estar próximos a los católicos, que la Iglesia ya no basta para hacer frente al comunismo. Y que, por lo tanto, es necesario recurrir a otra organización que ella sí salvará la civilización católica.

Argumentemos sólo con la infalible autoridad de los Pontífices. Porque si para algún católico un argumento inspirado en las palabras de los Papas no es suficientemente convincente, es mejor que ese católico estudie bien su Catecismo, antes de tratar de “salvar la civilización”.

Una causa moral genera el comunismo

Dice el Santo Padre León XIII, y después de él todos los pontífices lo han repetido, que el comunismo es un mal de origen eminentemente moral.

No son tanto los factores económicos o políticos los que generan el movimiento comunista. Sobre todo, más que todo, la desagregación moral de la civilización moderna provocó el comunismo.

Esa crisis moral genera crisis económicas, sociales o políticas. Sólo cuando ella fuere resuelta, serán resueltos los problemas relacionados con las finanzas, la organización política y la vida social de los pueblos contemporáneos.

Papel de la Iglesia en la solución del problema moral

Por otra parte, la solución de ese problema moral sólo puede estar en la acción de la Iglesia, porque sólo el Catolicismo, armado con sus recursos sobrenaturales y naturales, tiene el Don maravilloso de producir en las almas los frutos de virtud indispensables para que florezca la civilización católica.

Lo que acabamos de decir es directamente extraído de las Encíclicas. Basta abrirlas para encontrar lo que afirmamos.

Como consecuencia, o los Papas están equivocados, o debemos reconocer que sólo el Catolicismo salvará al mundo de la crisis en que está hundido.

Por lo tanto, es inútil discutir si, en el país A o B, los católicos actuaron o no actuaron bien. Si en Brasil los católicos tienen bastante espíritu de sacrificio para llevar a cabo los ideales de la Acción Católica.

Eliminar esos errores del seno de la Iglesia

Si es verdad que sólo la Iglesia puede remediar los males contemporáneos, sólo en las filas de la Iglesia debemos tratar de luchar por eliminar esos males.

Poco importa que los otros no cumplan con su deber. Cumplamos el nuestro.

Y si, después de haber hecho todo lo posible ‒la palabra “todo” significa todo, absolutamente todo, y no sólo “un poco” o “mucho”‒ resignémonos delante de la avalancha que viene.

La Iglesia es inmortal

Porque, aunque perezcan Brasil y el mundo entero, aunque la propia Iglesia sea devastada por los lobos de la herejía, ella es inmortal.

Nadará sobre las aguas revueltas del diluvio. Y es desde dentro de su seno sagrado, que saldrán después de la tempestad, como Noé del Arca, los hombres que han de fundar la civilización de mañana.

Pero es allí donde no quieren llegar ciertos católicos. O como los judíos, sólo comprenden a Cristo  sobre un trono de gloria.

Ellos sólo le son fieles en los días parecidos con el Domingo de Ramos, cuando la multitud lo aclama y cubre su camino con sus vestimentas. Porque para ellos Cristo debe ser un Rey terreno. Debe dominar continuamente al mundo.

Y sí, por algún tiempo, la impiedad de los hombres lo reducen de Rey a Crucificado, de Soberano a Víctima, no quieren ya saber de Él.

Cristo para ellos no vino a salvar las almas para la Eternidad.

Vino, eso sí, a establecer en el mundo el régimen corporativo y combatir el comunismo. Y si, por instantes, el comunismo venciera, faltará poco para que estas manos empuñen el látigo para, en unión con los comunistas, flagelar al gran Culpable.

Cristo sufrió para enseñarnos a soportar las derrotas

Sin embargo, Cristo quiso pasar por todos los oprobios, todas las vejaciones, todas las humillaciones, mostrando que la historia de la Iglesia también tendría sus Calvarios, sus humillaciones, sus derrotas. Y que mucho más meritoria era y es la fidelidad en el Gólgota que en el Tabor.

*    *    *

Fue para enseñar a esta gente, que Nuestro Señor se sometió a todas las humillaciones en el Calvario.

Entretanto, fue para enseñar a otra gente que quiso la gloria del Domingo de Ramos.

Existe gente de una mentalidad detestable, que encuentra absolutamente natural que Cristo sufra, que la Iglesia sea vejada, humillada, perseguida.

Los que tienen por Dios su propio vientre

Gente cómoda, “cuyus Deus venter est” -“que tienen por Dios su propio vientre”‒, y que piensan que, como la Iglesia debe imitar a Cristo, es natural que todos, los protestantes, los espiritistas, los judíos y los masones de todo el mundo se lancen contra Ella y la hagan sufrir.

Es la Pasión de Cristo que se repite, dicen ellos. Y mientras esa Pasión se repite, ellos llevan una vida harta y cómoda, en las orgías, en las inmundicias, y la exacerbación de todos los sentidos y en la práctica de todos os pecados.

Para gente como esta fue hecho el látigo con que fueron expulsados los vendedores del Templo.

No podemos cruzarnos de brazos

No es verdad que debamos cruzar los brazos ante las embestidas de los enemigos de la Iglesia. No es verdad que debamos dormir mientras se renueva la Pasión.

El propio Cristo recomendó a sus Apóstoles que orasen y vigilasen. Y si debemos aceptar los sufrimientos de la Iglesia con la resignación que Nuestra Señora aceptó los padecimientos de su Hijo, no es menos exacto o que será un motivo de eterna condenación para nosotros, si nos portamos ante los dolores del Salvador con la somnolencia, la indiferencia y la cobardía de discípulos infieles.

La verdad es ésta: debemos estar siempre con la Iglesia, “porque sólo Ella tiene palabras de vida eterna”.

Si ella es atacada, luchemos por ella. Pero luchemos como mártires, hasta la efusión de nuestra sangre, hasta el empleo de nuestro último recurso de energía y de inteligencia.

Si, a pesar de todo esto, ella continua siendo oprimida, suframos con ella, como San Juan Evangelista a los pies de la Cruz. Y estemos seguros de que, en este mundo o en el otro, Jesús misericordioso no nos negará el espléndido premio de asistir a su gloria divina y suprema.

Plinio Corrêa de Oliveira,

 

Conozcamos en familia los signos de la Semana Santa

Silvia del Valle Márquez

Es bueno platicar con nuestros hijos sobre los signos de la Pasión y Muerte de Jesús para que estén atentos y vivan más cercanamente cada oficio que se realiza durante la Semana Santa.

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La Semana Santa es la época del año que nos abre la puerta a la fiesta mayor que tenemos los católicos: la Pascua.

Pero para llegar a ella es necesario vivir adecuadamente los días santos y para eso te comparto mis 5Tips para tomar en cuenta los signos litúrgicos y vivir más intensamente la Semana Santa.

PRIMERO. Conoce los signos de cada día

Domingo de Ramos: la procesión y las palmas. 

Jueves Santo: La institución de la Eucaristía, la institución del Orden Sacerdotal y el amor al prójimo por medio del servicio.

Viernes Santo: la pasión, el acto máximo de Amor en la Cruz, la muerte de Jesús por nosotros. También María que permanece firme al pie de la Cruz.

Sábado Santo por la mañana: Silencio contemplativo, espera expectante. No hay misa.

Sábado Santo por la noche: Vigilia Pascual en la noche santa. El principal signo es el Cirio Pascual. El fuego, el peregrinar con la luz que es Cristo. 

Domingo: Jesús ha resucitado, estamos de fiesta.

SEGUNDO. Comparte estos signos con tu familia.

Es bueno platicar con nuestros hijos sobre estos signos para que estén atentos y vivan más cercanamente cada oficio que se realiza durante la Semana Santa.

De ser posible, nosotros debemos preparar material didáctico para nuestros hijos pequeños y buscar signos visibles que les ayuden a nuestros hijos adolescentes y jóvenes a recordar lo que se vivirá en cada oficio.

TERCERO. Que el ambiente de la casa esté de acuerdo con lo que vamos a vivir.

A veces es difícil, pero sería muy bueno que la familia completa pudiera entrar en una dinámica de oración y de vivencia de estos días santos.

Si tenemos que salir a trabajar, pues que nuestra actitud sea acorde a lo que estamos viviendo como familia y como Iglesia.

Si vamos a salir de vacaciones, no olvides llevar contigo a Jesús y buscar lugares para vivir los oficios allá donde vayas a vacacionar. La idea es santificar los días de esta semana.

El testimonio también es importante.

CUARTO. Que no te dé pena decir que estamos de luto.

Nuestros hijos necesitan vivir coherentemente, es decir, necesitan ver que vivimos lo que predicamos y que en verdad nos sentimos tristes por que Jesús ha sido aprendido, golpeado, martirizado y le han dado muerte.

Para que después también celebren con gran gozo la resurrección de nuestro Señor y así demos gracias al Padre por regalarnos a su hijito para salvación de la humanidad.

Y QUINTO. La mejor forma de vivir la Semana Santa es asistiendo a los oficios.

No importa que tengas hijos pequeños, es cuestión de prepararte y tomar precauciones.

Es muy probable que los más pequeños no aguanten los oficios completos, calladitos y quietos, pero sí podemos buscar lugares que tengan las mejores condiciones para que nuestros hijos estén bien.

Podemos tomar la precaución de sentarnos cerca de la puerta para que el aire les llegue correctamente y si hay necesidad de salir un ratito con ellos al atrio lo podamos hacer.

Si nuestros hijos son más grandes, o ya son jóvenes, podríamos buscar que se involucren un poco más en la realización de los oficios, de tal manera que los puedan hacer suyos y que los vivan de forma diferente.

Lo más importante es el testimonio que nosotros les demos, así que vamos a vivir una Semana Santa donde le hagamos más caso a los signos litúrgicos y menos caso a las incomodidades y molestias que nos puedan generar los oficios.

Todo depende de tu actitud y de que quieras hacer verdaderamente santos estos días que estamos por vivir. Ojalá que acompañemos a Jesús en su pasión y muerte, pero sobre todo en su resurrección, que es la fiesta de las fiestas.

 

 

Cómo conseguir matrimonios duraderos y felices 

¿Por qué los matrimonios no duran y hay tantos divorcios? Conozca los 10 consejos necesarios para mantener un matrimonio feliz y duradero. 

Más del 50% de los matrimonios terminan en divorcios. Por lo tanto más del 50% de los niños viven en un hogar de un solo padre o sin alguno de sus padres biológicos, lo que crea niños problemáticos y traumatizados. Esta es la razón del artículo, expresar algunos consejos para que los matrimonios duren.
Las personas mayores vemos el desarrollo de los matrimonios como si estuviéramos en la cima de una montana y observáramos ascender a las personas hacia la cumbre. Enseguida nos damos cuenta de quienes no podrán alcanzar la cumbre por que no están preparados para alcanzarla.
Algunas veces es ostensible que les falta preparación matrimonial, objetivos claros, voluntad de sacrificio, capacidad de adaptación, etc. Sin embargo les sobra egoísmo, autocomplacencia, ignorancia de lo que van a hacer, etc.
Por estas razones la profunda preparación para el matrimonio es indispensable, además de ir haciendo un seguimiento continuo de lo que va bien y de lo que va mal. A poder ser hacerlo de la mano de algún profesional o de persona que tengan experiencia matrimonial. Hay muchos expertos y normalmente suelen estar abiertos a escuchar atentamente a los que les preguntan.
También hay matrimonios firmes y duraderos, ejemplos de compromiso verdadero en la toma de decisiones transcendentales.

  1. Educación personal y social, en algunos sitios llamadas normas de educación o maneras.  < >Es muy importante conocer las reglas de educación que se deben usar en la convivencia entre las personas. Cuanto mas trato se tenga con las personas queridas mas educados hay que ser. No se puede bajar la guardia y argumentar la excesiva confianza para no cumplir con las reglas de educación. Ceder los sitios privilegiados, hablar correctamente sin palabras soeces. Es cierto que algunas prácticas de la buena educación suelen aparecer como rarezas ante terceras personas, pero entre los matrimonios es uno de los primeros escalones de toda la escalera que hay que subir para sentirse a gusto. Estas normas se aprende de las enseñanzas de los padres, en la práctica diaria, preguntando a los que saben, en los libros o yendo a las academias donde las enseñan. En la mesa es uno de los lugares más difíciles de mantenerse correctamente educado. Todo lo relacionado con la comida también es un buen espejo de la educación recibida. De la misma forma que queremos comportarnos cuando estamos delante de personas que consideramos importantes o a las que les debemos respeto, así debemos tratar a la esposa/o públicamente y en la intimidad. Que buen ejemplo para los hijos cuando observan que los padres son correctamente educados con la esposa/o y los hijos, estando en presencia de terceros o en la intimidad. Incluso lo observan en las relaciones con los abuelos, otros familiares, amigos o conocidos. Si cada día se va cediendo un poco en la normas de educación, llega un momento en que la familia se convierte en una selva, donde gana el que mas grita, el mas ladino o el mas descarado. En otro artículo hablaré sobre las normas de educación más comunes que debemos practicar. Las podemos aprender en las enseñanzas familiares recibidas, en los libros o fijándonos en terceras personas.  
    Dirimir las diferencias culturales, sociales, religiosas o políticas que aportamos al matrimonio. < >Sobre todo en los matrimonios multirraciales, multiculturales. Cada uno de los cónyuges, normalmente se ha criado de una forma diferente, tanto en el terreno familiar, como social y desconoce la impresión que causara en la esposa/o las costumbres y educación que aporta cuando llega la convivencia. Este aspecto debe quedar bien claro en el noviazgo, donde se deben poner a debate las diferencias para intentar conocerlas, aceptarlas o negociarlas.Dar espacio personal para poder mantener las creencias religiosas. Si se pudieran compartir diariamente seria lo aconsejable ya que los matrimonios necesitan de la energía que aportan las creencias religiosas. Las parejas que rezan juntas, normalmente permanecen juntas.
    Negociar y ceder < >Cuando tengan diferencias ostensibles tienen que negociar cuales se van a quedar, de que forma se van a quedar y cuales deben desaparecer. La negociación no es de quien gana más y quien pierde más. Es la de saber cómo van a vivir mejor los dos y los futuros componentes de la familia. Las diferencias pueden ser fuertes en la forma de manejar las finanzas, las relaciones con los familiares directos o políticos, la dedicación profesional, las relaciones con los amigos, la forma de educar a los posibles hijos, horarios, nivel de vida aparente, y un sinnúmero de conceptos. En cada caso particular una vez puestas sobre la mesa las diferencias y las soluciones a las que están dispuestos cada persona a llegar, llega el momento de las cesiones y de los acuerdos. Habrá algunas colas que no sean negociables por lo que es conveniente conocerlas antes de adquirir compromisos duraderos y tomar decisiones claras referente a las relaciones futuras. Después de conocer las que son innegociables suele ser demasiado tarde para llegar a acuerdos.
    Tener objetivos claros  y realistas
    < >Antes de nada analizar profundamente si los motivos del matrimonio son para formar y hacer crecer una familia, como siempre lo han pensado o simplemente son para convivir con una determinada persona. Dependerá del examen de esos motivos la realidad de lo que se va a realizar y los objetivos que se van a proponer para que los compartan como pareja. Los objetivos serán en el orden familiar, espiritual, profesional, social, económico, etc.Estos objetivos tienen que ser muy claros, realistas y asequibles.
    Poner los medios necesarios para conseguirlos
    < >Además hay que definir los medios a emplear para conseguirlos y el método para medir los avances o retrocesos. El esfuerzo aunado de dos personas hacen una cifra mayor que por separado. En estos casos, uno mas uno, pueden sumar hasta tres o más.Los medios a emplear para cumplir los objetivos también deben ser realistas y adaptarse a las capacidades del matrimonio. Si no son realistas pueden resaltar frustrantes y promover el abandono de los propósitos.
    Ser austeros
    < >La austeridad con moderación es una virtud que puede hacer hasta disfrutar a los que la practican. Es lo contrario del despilfarro al que están acostumbradas muchas sociedades. Siendo austeros darán un buen ejemplo a los hijos porque aprenderán lo que cuesta ganar el dinero y otras virtudes humanas. El llenar de regalos a la esposa/o o comprar cosas innecesarias hace unas costumbres que en los tiempos malos son muy difíciles de evitar y suelen llevar a que algunos matrimonios, que ya aportaban esa mala costumbre, se decidan a endeudarse con intereses escandalosos y que cada vez les resulta mas difícil el salir del bache económico.Tener cuentas bancarias comunes. Mejor una sola cuenta que refleje todos los gastos e ingresos.Analizar mensualmente todo lo gastado, los ingresos y hacer un presupuesto para los meses sucesivos.
    Ser ordenados
    < >El orden empieza por el aspecto personal, pasando por la casa, las finanzas y las relaciones familiares y sociales.Demostrar orden en la casa es fundamental para evitar situaciones que algunas veces rayan en la servidumbre de una persona hacia la otra.Las tareas a realizar deben estar bien definidas de acuerdo a la mejor habilidad, tiempo o posibilidades de cada uno. Ninguna tarea familiar es humillante para quien la hace con cariño, entrega y gusto.Hacer las tareas de la mejor forma posible es una forma de expresar el cariño a los demás y una enseñanza formidable para los hijos.
    Perdonar las diferencias
    < >Al cabo del día puede haber cosas que no se han hecho a gusto de la otra persona. La gran fuerza se demuestra perdonando, pero sin herir.Hay un sabio consejo que dice que nunca empieces a dormir sin haber perdonado cualquier cosa que haya hecho tu esposa/o. Una simple palabra al acostarse puede ser el milagro que borre las diferencia habidas y que si no se borran pudieran incrementarse.
    Encontrar las expectativas de la otra persona para intentar cumplirlas
    < >Aunque algunas veces sea una tarea difícil el sonsacar a la esposa/o las expectativas que tiene con el matrimonio es totalmente necesario el conocerlas y evaluarlas.Después llegara el momento de hablarlas con tranquilidad y negociarlas para poder cumplirlas.Una esposa/o que no ve cumplidas sus expectativas, es una persona frustrada. Muchas veces ocurre porque no ha podido ni hablar de sus expectativas. Si las habla sinceramente hay muchas probabilidades de que entre los dos puedan llegar a cumplirlas.
    Sacrificarse por la otra persona cuando sea necesario
    < >El sacrificio total y desinteresado hacia la esposa/o, hijos o familiares representa la culminación del matrimonio.Si Vd. quiere a su familia como no va a sacrificarse incondicionalmente por élla, si han formado un solo cuerpo.Todos los sacrificios que hagamos por nuestra familia son un ejemplo extraordinario para todos los miembros de la misma y para la sociedad.francisco@micumbre.com

 

 

 

  Acoso en las universidades

“La democracia entra por la puerta principal”

“Las universidades deberían favorecer las condiciones para que el pensamiento riguroso y, por consiguiente, el desacuerdo, el juicio independiente y el cuestionamiento de asunciones obstinadas pueda prosperar en un ambiente de gran libertad” Así reza este pronunciamiento en la Declaración de Chicago del año 2015, que nació precisamente para contrarrestar el clima de censura que se vivía y aún hoy subsiste en los ambientes universitarios de los Estados Unidos.

Venimos asistiendo desde hace algunos años a un movimiento de rechazo e intolerancia en algunas universidades españolas hacia quienes, de una forma pacífica y dialogante, desean exponer en esos foros sus ideas o posiciones sobre diferentes temas culturales, religiosos o políticos.

Hace tres años en el recinto de la Universidad Autónoma de Madrid, un grupo de unos doscientos estudiantes impidieron violentamente a Felipe González y Juan Luis Cebrián celebrar una conferencia. Ayer mismo en la Universidad Autónoma de Barcelona la candidata por el partido popular Cayetana Alvarez de Toledo fue acosada, con inusitada violencia, por un grupo de nacionalistas e independentistas en un acto organizado por “S’ha acabat”., con el objetivo de impedir su acceso al recinto: la democracia entra por la puerta principal sentenció acertadamente Cayetana.

Al margen del clima de tensión que normalmente acompañan a las campañas electorales resulta especialmente alarmante que en el seno de nuestras universidades se produzcan estos actos de intolerancia y violencia antidemocrática, en la medida que constituyen un ataque directo a la libertad de expresión y de pensamiento de ciudadanos, asociaciones o grupos políticos que desempeñan sus actividades en un Estado de derecho y que desean exponer e intercambiar ideas o debatir propuestas en un clima de normalidad democrática.

Resulta también paradójico y escandalosa, la hipocresía de quien como Pablo Iglesias, líder de Podemos y de la formación que ha abanderado sonados escraches a personajes públicos, como el que le practicaron a la Vicepresidenta Soraya Sainz de Santamaría o los que Rita Maestre y sus correligionarias podemitas realizaron contra la capilla de la Universidad Complutense de Madrid, diga ahora que se siente compungido por lo acontecido en Barcelona. Su benevolencia y simpatía hacia  partidos políticos como Bildu o los catalanistas hoy sentados en el banquillo de los acusados ante el Tribunal Supremo, por graves delitos de rebelión y sedición, le hacen también responsable directo o indirecto de los desmanes de quienes se declaran enemigos de las libertades y la convivencia pacífica entre ciudadanos.

Nadie duda hoy del derecho a protestar si se hace de una forma pacífica y civilizada y menos aún en la Universidad que se supone que es de donde emana la energía intelectual de una sociedad. Escuchar respetuosamente antes de protestar permite el ejercicio de poder discrepar y al mismo tiempo aprender que en definitiva es la sagrada misión de cualquier centro educativo.

Como bien señala el profesor Robert P. George de la Universidad de Princeton “esta disposición a tomarse en serio a las personas con las que discrepamos -y no a la indiferencia relativista- es lo que nos vacuna contra el dogmatismo y el pensamiento de grupo, tan tóxicos para la salud de nuestras comunidades académicas y para el funcionamiento de las democracias”.

 Jorge Hernández Mollar

 

 

No podemos dejar la fe a un lado

Rod Dreher (Luisiana, EE.UU., 1967) acerca su libro The Benedict Option a España, adonde ha venido para presentar la versión castellana, La opción benedictina (Encuentro). La obra propone un modelo de vida y supervivencia para el creyente occidental en un mundo postcristiano.

El libro se publicó en Estados Unidos en 2017. Dreher, miembro de la Iglesia ortodoxa oriental, no imaginaba el impacto y la sorpresa que esta obra causaría en una Europa que, según el mismo autor reconoce, ya lleva viviendo desde hace tiempo la situación que él describe en Norteamérica.

-Dreher ha dicho que el mayor malentendido acerca de ‘La opción benedictina’ es que parece que llamo a los cristianos a huir del mundo y construir una fortaleza en las montañas. He escuchado esto muchas veces de gente que no ha leído el libro. ¡Y están seguros de que lo creo! La verdad es que en el libro digo que estamos en un mundo postcristiano, un mundo cada vez más hostil para los cristianos. Si nos decidimos a sobrevivir en este entorno, podemos ser más radicalmente contraculturales. Quiero decir con esto que hay que construir una comunidad que insista en las diferencias que los cristianos tenemos respecto al resto del mundo, y hacer cosas que refuercen tal diferencia. Esto no significa que nos escondamos del mundo, sino que cuando salimos 'al mundo debemos ser fieles representantes de Jesucristo.

-En el pasado vivíamos en una civilización cristiana en la que no había una gran división entre la fe y el mundo. Pero los tiempos han cambiado y si queremos seguir escuchando la voz del Señor, tenemos que pasar más tiempo en contemplación y en silencio. Y no solo de forma metafórica, sino también literal. Así que cuando salgamos al mundo no podemos dejar la fe a un lado y tenemos que estar preparados para sufrir por Cristo.

Valentín Abelenda Carrillo

 

 

¿Naciones Unidas pro aborto?

Difícilmente alguien pudo notar que Naciones Unidas, o al menos, una parte, estuvo involucrada en la polémica ley del Estado del Nueva York que estructuró las decisiones de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos imponiendo el aborto a pedido, incluso justo antes del nacimiento.

Melissa Upreti, quien es “titular de mandato especial” asociada al Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, testificó en septiembre pasado en el Comité para la Mujer del Consejo de la Ciudad de Nueva York, declarando ante los concejales que legislaciones internacionales exigen el aborto a discreción, incluso justo antes del nacimiento.

Recordó a los concejales de la ciudad de Nueva York que el “Grupo de Trabajo de la ONU sobre la discriminación contra la mujer en la ley y en la práctica” envió una carta a los Estados Unidos “instando a la aprobación de la Ley de Salud Reproductiva”.

Específicamente, dijo al Comité que partes del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (ICCPR) requieren del más amplio margen de acción posible por parte de las mujeres para así ser capaces de asesinar a su propio hijo por nacer o al menos disponer de alguien más que haga eso por ellas. El ICCPR es uno de los dos tratados de implementación de la Declaración Universal de Derechos Humanos, y ha sido ratificado por los Estados Unidos.

Argumentó también que el hecho de criminalizar al aborto constituye una discriminación en base al género, y por lo tanto, viola el tratado. Adicional a esto, ella afirma que el artículo “derecho a la vida” en el tratado incluye el derecho al aborto.

Continuó afirmando que ciertos “mecanismos de derechos humanos”, por los cuales se refiere a los comités de la ONU, “han pasado a requerir la despenalización como una obligación inmediata” y el no hacerlo podría “equivaler a un trato cruel, inhumano o degradante”. Estas categorías caen en “crímenes contra la humanidad”, afirmó. Con personajes como Melissa Upreti, en la ONU, el derecho universal, de todos, a la vida está en verdadero peligro.

Jaume Catalán Díaz

 

 

La castidad sacerdotal      

Uno de los días de esta misma semana, hablando sobre el tema de la pederastia y la Iglesia, uno de los participantes en la conversación afirmaba que la causa podría ser el celibato sacerdotal, si los curas estuvieran casados. Pienso que estén o no casados, la castidad la han de vivir igualmente. Y es que la castidad sacerdotal no es carga, ni renuncia, es "afirmación gozosa", que abre nuestro corazón y nuestra mente para pensar en los demás, para preocuparnos de las necesidades de los demás, para servir sin límites el amor de Dios en todos nuestros hermanos, hombres y mujeres, pobres y ricos, jóvenes, adultos, ancianos, sanos y  enfermos. Es superar los pequeños problemas o dificultados por elevación, por Amor a Dios.

Jesús Martínez Madrid

 

 

LAS RELIGIONES Y EL SER HUMANO

 

            Cuando esto escribo, se está celebrando en nada menos que “la liberal” Confederación Helvética (más conocida como Suiza) un referéndum nacional para prohibir el que sean levantados minaretes musulmanes en el territorio helvético, donde existe ya una gran polémica, por cuanto habitan en el mismo casi medio millón de musulmanes y ya han aparecido tres minaretes en otras tantas mezquitas.

            La invasión musulmana en Europa, preocupa por cuanto esta especial religión no es como las demás, que se ocupan sólo del “alma”; ésta es que controla hasta todo el comportamiento del cuerpo e incluso la vestimenta que ha de adoptar; sobre todo las mujeres con el ya polémico velo y no digamos las que visten con ese saco denominado burka y el que sólo deja una mínima rejilla para que la usuaria, pueda ver lo suficiente como para “no tropezar y caer por culpa del primer obstáculo que encuentre”.

            Se llega al extremo de ordenar a sus creyentes el rezo cinco veces al día, arrodillados e inclinados de forma que la frente roce el suelo; cosa ésta que no entendemos ni aceptaríamos quienes aún creyentes en un Dios, no creemos en que Éste pida tal humillación para simplemente orarle con más o menos fervor. Cristo (en el que creen y aceptan los musulmanes, así como los diez mandamientos de Moisés) sólo nos dejó una oración, que está insertada en su gran sermón (Sermón del Monte y que está considerado como el mejor y más grande discurso religioso y social de todos los tiempos) y que como sabemos es El Padrenuestro; el que Cristo ya indicó cómo y cuándo había que orarlo; no dejando fijado ningún tiempo, hora, ni lugar alguno para ello... “cuando tu alma lo necesite”: algo que por lo sencillo es muy hermoso y muy justo. Por tanto estoy igualmente en contra del “arrodillamiento cristiano”.

            Pues bien; cosas tan sencillas y claras, no las aceptan los que indudablemente fanatizados en un credo; quieren vivir “en los tiempos de su profeta”; no entendiendo el que si aquel, escribiera sus doctrinas catorce siglos después, seguro estoy que sus planteamientos religiosos serían diferentes; sencillamente por cuanto los tiempos eran otros y todo evoluciona con el tiempo; hasta las criaturas tal como afirmó Darwin.

            En uno de esos debates que hoy proliferan, no tengo más remedio que decir a uno de estos fanáticos ante su intransigencia e insultos que me lanza; lo que sigue.

            Yo no soy peligroso puesto que nada cerrado preconizo ni represento. Los peligrosos son ustedes los fanáticos; ningún inteligente (y yo lo soy) estamos en contra de ninguna religión, que por si no lo sabe: RELIGIÓN ES RELIGAR TODOS LOS BUENOS SABERES QUE EL HOMBRE HA ACUMULADO A LO LARGO DE SU HISTORIA; lo que sí estamos en contra es de unos tipos violentos, de doctrinas conquistadoras (que no religiosas) y que siguen queriendo imponer el maldito CREE O MUERE;que ya sufrieron generaciones pasadas, entre ellas los que padecieron el fanatismo católico o protestante; tan lejanos de las prédicas de Cristo, como lejanos están muchos islamistas de lo que debe ser su religión al reconocer en ella LOS DIEZ MANDAMIENTOS DE MOISÉS E INCLUSO LAS PRÉDICAS DE CRISTO; reformen pues su doctrina, preconicen la paz y la concordia, eliminen los grupos fanáticos musulmanes, que son hoy los únicos que asesinan en nombre de una religión; y entonces empezaremos a valorarles como VERDADEROS RELIGIOSOS; así pues no lancen soflamas para idiotas.

            Una religión que no deje la plena libertad al ser humano como lo hace EL PROPIO DIOS; no es digna de respeto y menos de credibilidad alguna.

            La mayor calamidad que ha sufrido este planeta, han sido siempre las guerras religiosas, las represalias religiosas y en definitiva, el fanatismo religioso y el que algunos "listos"; se hayan erigido como representantes de Dios y que masas los hayan sostenido e incluso adorado inclinándose ante sus personas.

            Dios supongo está dentro de cada uno de nosotros y por tanto; no haciendo mal a otro; creo que ahí está todo tipo de oraciones y adoraciones a ese Dios desconocido y que sólo se muestra en sus obras.

            Por ello y manifestándome creyente mi lema trata de aproximarse a lo que sigue.

            No hagas a nadie, ni a nada vivo, nada que tu no quieres que a ti te hagan; ayuda lo que puedas... ello produce paz y cierta felicidad".

                        Lema éste que está inserto en todas las buenas filosofías o religiones que el hombre ha predicado y que viene de ni se sabe cuantos milenios atrás. Y lo que confirma que lo más sencillo es lo más hermoso y por tanto limpio.

                        LA RELIGIÓN COMO NEGOCIO: No sé quién lo escribió o lo dijo, pero acertó con lo que afirmó y que fue lo que sigue: “Funda una religión, consigue adeptos y te harás muy rico”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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