Las Noticias de hoy 13 Abril 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 13 de abril de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

Viernes de la Misericordia: Francisco visita a las personas con Alzheimer de ‘Villaggio Emanuele’

Benedicto XVI: El antídoto contra el mal es entrar en el amor de Dios

Sudan del Sur: Discurso del Papa a los dirigentes del país después de su retiro espiritual

ENTREVISTA al Obispo de Tortosa, recibido por Francisco: “Puedo decir que la Virgen de la Cinta ha salvado la vida de muchos niños”

Predicación de Cuaresma: “Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios”

PRENDIMIENTO DE JESÚS: Francisco Fernandez Carbajal

“Le seguirás en todo lo que te pida”: San Josemaria

La lucha interior (Domingo de Ramos)

Semana Santa: Nos amó hasta el fin: Felix María Arocena

Comentario al Evangelio: Domingo de Ramos

DOMINGO DE RAMOS.: + Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres 

DEVOLVER AMOR POR AMOR (ingredientes para vivir una santa Semana Santa): Jose Matud

Eficacia: Daniel Tirapu

Nunca es lícito eliminar una vida humana para resolver ningún problema – editorial Ecclesia

Eutanasia en España.: José Luis Velayos

"La canción de mi padre": La película de esta Semana Santa: Alfonso Mendiz

Escuchar, no discutir: Jaime Nubiola

La respuesta al mal que crece: Juan García.

En la oración el ‘yo’ y la familia: Pedro García

¿Quién estudia?: JD Mez Madrid

Méjico, mejicanos y muchísimos otros planetarios: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Viernes de la Misericordia: Francisco visita a las personas con Alzheimer de ‘Villaggio Emanuele’

A las afueras de Roma

abril 12, 2019 18:32Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede, Roma

(ZENIT – 12 abril 2019).- Continuando con sus emotivas visitas en el ámbito de los Viernes de la Misericordia, el Obispo de Roma ha visitado esta tarde, viernes, 12 de abril de 2019, una institución destinada a personas con Alzheimer llamada el Villaggio Emanuele, en las afueras de Roma, ha informado la Oficina de Prensa del Vaticano.

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Este último viernes de Cuaresma, el Pontífice se ha trasladado al Villaggio Emanuele acompañado de Mons. Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, con la intención de “evidenciar el interés por la condición de exclusión social y de soledad que una enfermedad como el Alzheimer puede generar en las personas que la padecen así como de desorientación, malestar y sufrimiento en sus familiares”, señala la Santa Sede.

La llegada inesperada del Papa en coche al patio del pueblo, fue motivo de sorpresa y alegría para los residentes, con los que el Santo Padre, -acompañado por el profesor honorario de la Fundación Roma, Emanuel, y por el presidente actual Franco Parasassi- departió y a algunos de los cuales visitó en sus habitaciones.

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Villaggio Emanuele

El “villaggio” (pueblo en italiano) está realmente organizado como un pueblo y sus habitantes pueden vivir en condiciones normales, prosiguiendo muchos aspectos de su vida diaria, necesarios para aquellos que viven esta patología difícil, creando y manteniendo así  un puente de comunicación con el exterior.

El pueblo lleva el nombre de su fundador, el profesor Emanuele F.M. Emanuele, presidente honorario de la Fundación Roma, y un innovador en la atención domiciliaria de las personas con Alzheimer. es único en Italia y obedece a la constatación de que esa enfermedad, también debido al aumento de la expectativa de vida, se ha convertido en una prioridad social y necesita, por lo tanto, un modelo de asistencia que garantice una vida lo más normal y respetuosa posible.

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Identidad propia

El Villaggio Emanuele está formado por 14 casas, cada una de las cuales con capacidad para seis personas. También hay un mini supermercado, bar, restaurante y salón de belleza. Los residentes pueden comprar en el supermercado, ayudar en la cocina, ocuparse de las tareas cotidianas conservando así el sentido de la realidad y su identidad propia.

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Cada apartamento está amueblado de la forma más parecida al domicilio en que vivía el residente y no hay una “jornada típica”, ya que cada persona puede decidir cómo quiere pasar su día. En la estructura hay médicos, psicólogos, fisioterapeutas y diverso personal sanitario y la asistencia es completamente gratuita.

La iniciativa de los Viernes de la Misericordia se trata de una actividad pastoral que Francisco comenzó durante el Jubileo de la Misericordia, y que ha llevado al Santo Padre a hospitales, clínicas, casas de acogida o de rehabilitación para drogo dependientes, entre otras instituciones caritativas.

 

 

Benedicto XVI: El antídoto contra el mal es entrar en el amor de Dios

Texto completo: “La Iglesia y el escándalo del abuso sexual”

abril 12, 2019 12:11RedacciónProtección de Menores

(ZENIT- 12 abril 2019)- . En un amplio texto titulado “La Iglesia y los abusos sexuales” –filtrado este miércoles 11 de abril de 2019 por el New York Post– Benedicto XVI ofrece un contexto histórico sobre el problema de los abusos sexuales, también se refiere a los efectos en la vida de los sacerdotes y, en la parte final, hace una propuesta para una adecuada respuesta a este flagelo que ha dañado gravemente a la Iglesia.

A continuación se expone el texto completo del Papa Emérito Benedicto XVI:

***

La Iglesia y los abusos sexuales

“Del 21 al 24 de febrero, tras la invitación del Papa Francisco, los presidentes de las conferencias episcopales del mundo se reunieron en el Vaticano para discutir la crisis de fe y de la Iglesia, una crisis palpable en todo el mundo tras las chocantes revelaciones del abuso clerical perpetrado contra menores. La extensión y la gravedad de los incidentes reportados han desconcertado a sacerdotes y laicos, y ha hecho que muchos cuestionen la misma fe de la Iglesia. Fue necesario enviar un mensaje fuerte y buscar un nuevo comienzo para hacer que la Iglesia sea nuevamente creíble como luz entre los pueblos y como una fuerza que sirve contra los poderes de la destrucción.

Ya que yo mismo he servido en una posición de responsabilidad como pastor de la Iglesia en una época en la que se desarrolló esta crisis y antes de ella, me tuve que preguntar –aunque ya no soy directamente responsable por ser emérito– cómo podía contribuir a ese nuevo comienzo en retrospectiva. Entonces, desde el periodo del anuncio hasta la reunión misma de los presidentes de las conferencias episcopales, reuní algunas notas con las que quiero ayudar en esta hora difícil. Habiendo contactado al Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal (Pietro) Parolin, y al mismo Papa Francisco, me parece apropiado publicar este texto en el “Klerusblatt”.

Mi trabajo se divide en tres partes.

En la primera busco presentar brevemente el amplio contexto del asunto, sin el cual el problema no se puede entender. Intento mostrar que en la década de 1960 ocurrió un gran evento, en una escala sin precedentes en la historia. Se puede decir que en los 20 años entre 1960 y 1980, los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente, y surgió una nueva normalidad que hasta ahora ha sido sujeta de varios laboriosos intentos de disrupción.

En la segunda parte, busco precisar los efectos de esta situación en la formación de los sacerdotes y en sus vidas.

Finalmente, en la tercera parte, me gustaría desarrollar algunas perspectivas para una adecuada respuesta por parte de la Iglesia”.

I.

(1) El asunto comienza con la introducción de los niños y jóvenes en la naturaleza de la sexualidad, algo prescrita y apoyado por el Estado. En Alemania, la entonces ministra de salud, (Käte) Strobel, tenía una cinta en la que todo lo que antes no se permitía enseñar públicamente, incluidas las relaciones sexuales, se mostraba ahora con el propósito de educar. Lo que al principio se buscaba que fuera solo para la educación sexual de los jóvenes, se aceptó luego como una opción factible.

Efectos similares se lograron con el “Sexkoffer” publicado por el gobierno de Austria (N. DEL T. Materiales sexuales usados en los colegios austríacos a fines de la década de 1980). Las películas pornográficas y con contenido sexual se convirtieron entonces en algo común, hasta el punto que se transmitían en pequeños cines (Bahnhofskinos) (N. del T. cines baratos en Alemania que proyectaban pequeñas cintas cerca a las estaciones de tren).

Todavía recuerdo haber visto, mientras caminaba en la ciudad de Ratisbona un día, multitudes haciendo cola ante un gran cine, algo que habíamos visto antes solo en tiempos de guerra, cuando se esperaba una asignación especial. También recuerdo haber llegado a la ciudad el Viernes Santo de 1970 y ver en las vallas publicitarias un gran afiche de dos personas completamente desnudas y abrazadas.

Entre las libertades por las que la Revolución de 1968 peleó estaba la libertad sexual total, una que ya no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia, que caracterizó esos años, está fuertemente relacionada con este colapso mental. De hecho, las cintas sexuales ya no se permitían en los aviones porque podían generar violencia en la pequeña comunidad de pasajeros. Y dado que los excesos en la vestimenta también provocaban agresiones, los directores de los colegios hicieron varios intentos para introducir una vestimenta escolar que facilitara un clima para el aprendizaje.

Parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada.

Para los jóvenes en la Iglesia, pero no solo para ellos, esto fue en muchas formas un tiempo muy difícil. Siempre me he preguntado cómo los jóvenes en esta situación se podían acercar al sacerdocio y aceptarlo con todas sus ramificaciones. El extenso colapso de las siguientes generaciones de sacerdotes en aquellos años y el gran número de laicizaciones fueron una consecuencia de todos estos desarrollos.

(2) Al mismo tiempo, independientemente de este desarrollo, la teología moral católica sufrió un colapso que dejó a la Iglesia indefensa ante estos cambios en la sociedad. Trataré de delinear brevemente la trayectoria que siguió este desarrollo.

Hasta el Concilio Vaticano II, la teología moral católica estaba ampliamente fundada en la ley natural, mientras que las Sagradas Escrituras se citaban solamente para tener contexto o justificación. En la lucha del Concilio por un nuevo entendimiento de la Revelación, la opción por la ley natural fue ampliamente abandonada, y se exigió una teología moral basada enteramente en la Biblia.

Aún recuerdo cómo la facultad jesuita en Frankfurt entrenó al joven e inteligente Padre (Schüller) con el propósito de desarrollar una moralidad basada enteramente en las Escrituras. La bella disertación del Padre (Bruno) Schüller muestra un primer paso hacia la construcción de una moralidad basada en las Escrituras. El Padre fue luego enviado a Estados Unidos y volvió habiéndose dado cuenta de que solo con la Biblia la moralidad no podía expresarse sistemáticamente. Luego intentó una teología moral más pragmática, sin ser capaz de dar una respuesta a la crisis de moralidad.

Al final, prevaleció principalmente la hipótesis de que la moralidad debía ser exclusivamente determinada por los propósitos de la acción humana. Si bien la antigua frase “el fin justifica los medios” no fue confirmada en esta forma cruda, su modo de pensar si se había convertido en definitivo.

En consecuencia, ya no podía haber nada que constituya un bien absoluto, ni nada que fuera fundamentalmente malo; (podía haber) solo juicios de valor relativos. Ya no había bien (absoluto), sino solo lo relativamente mejor o contingente en el momento y en circunstancias.

La crisis de la justificación y la presentación de la moralidad católica llegaron a proporciones dramáticas al final de la década de 1980 y en la de 1990. El 5 de enero de 1989 se publicó la “Declaración de Colonia”, firmada por 15 profesores católicos de teología. Se centró en varios puntos de la crisis en la relación entre el magisterio episcopal y la tarea de la teología. (Las reacciones a) este texto, que al principio no fue más allá del nivel usual de protestas, creció muy rápidamente y se convirtió en un grito contra el magisterio de la Iglesia y reunió, clara y visiblemente, el potencial de protesta global contra los esperados textos doctrinales de Juan Pablo II. (cf. D. Mieth, Kölner Erklärung, LThK, VI3, p. 196) (N. del T. El LTHK es el Lexikon für Theologie und Kirche, el Lexicon de Teología y la Iglesia, cuyos editores incluían al teólogo Karl Rahner y al Cardenal alemán Walter Kasper)

El Papa Juan Pablo II, que conocía muy bien y que seguía de cerca la situación en la que estaba la teología moral, comisionó el trabajo de una encíclica para poner las cosas en claro nuevamente. Se publicó con el título de Veritatis splendor (El esplendor de la verdad) el 6 de agosto de 1993 y generó diversas reacciones vehementes por parte de los teólogos morales. Antes de eso, el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) ya había presentado persuasivamente y de modo sistemático la moralidad como es proclamada por la Iglesia.

Nunca olvidaré cómo el entonces líder teólogo moral de lengua alemana, Franz Böckle, habiendo regresado a su natal Suiza tras su retiro, anunció con respecto a la Veritatis splendor que si la encíclica determinaba que había acciones que siempre y en todas circunstancias podían clasificarse como malas, entonces él la rebatiría con todos los recursos a su disposición.

Fue Dios, el Misericordioso, quien evitó que pusiera en práctica su resolución ya que Böckle murió el 8 de julio de 1991. La encíclica fue publicada el 6 de agosto de 1993 y efectivamente incluía la determinación de que había acciones que nunca pueden ser buenas.

El Papa era totalmente consciente de la importancia de esta decisión en ese momento y para esta parte del texto consultó nuevamente a los mejores especialistas que no tomaron parte en la edición de la encíclica. Él sabía que no debía dejar duda sobre el hecho que la moralidad de balancear los bienes debe tener siempre un límite último. Hay bienes que nunca están sujetos a concesiones.

Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor e incluso sobrepasar la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida.

El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana. El hecho que ya no sea moralmente necesario en la teoría que defiende Böckle y muchos otros demuestra que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí.

En la teología moral, sin embargo, otra pregunta se había vuelto apremiante: había ganado amplia aceptación la hipótesis de que el magisterio de la Iglesia debe tener competencia final (“infalibilidad”) solo en materias concernientes a la fe y los asuntos sobre la moralidad no deben caer en el rango de las decisiones infalibles del magisterio de la Iglesia. Hay probablemente algo de cierto en esta hipótesis que garantiza un mayor debate, pero hay un mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas al principio fundacional de la fe y que tiene que ser defendido si no se quiere que la fe sea reducida a una teoría y no se le reconozca en su clamor por la vida concreta.

Todo esto permite ver cuán fundamentalmente se cuestiona la autoridad de la Iglesia en asuntos de moralidad. Los que niegan a la Iglesia una competencia en la enseñanza final en esta área la obligan a permanecer en silencio precisamente allí donde el límite entre la verdad y la mentira está en juego.

Independientemente de este asunto, en muchos círculos de teología moral se expuso la hipótesis de que la Iglesia no tiene y no puede tener su propia moralidad. El argumento era que todas las hipótesis morales tendrían su paralelo en otras religiones y, por lo tanto, no existiría una naturaleza cristiana. Pero el asunto de la naturaleza de una moralidad bíblica no se responde con el hecho que para cada sola oración en algún lugar, se puede encontrar un paralelo en otras religiones. En vez de eso, se trata de toda la moralidad bíblica, que como tal es nueva y distinta de sus partes individuales.

La doctrina moral de las Sagradas Escrituras tiene su forma de ser única predicada finalmente en su concreción a imagen de Dios, en la fe en un Dios que se mostró a sí mismo en Jesucristo y que vivió como ser humano. El Decálogo es una aplicación a la vida humana de la fe bíblica en Dios. La imagen de Dios y la moralidad se pertenecen y por eso resulta en el cambio particular de la actitud cristiana hacia el mundo y la vida humana. Además, el cristianismo ha sido descrito desde el comienzo con la palabra hodós (camino, en griego, usado en el Nuevo Testamente para hablar de un camino de progreso).

La fe es una travesía y una forma de vida. En la antigua Iglesia, el catecumenado fue creado como un hábitat en la que los aspectos distintivos y frescos de la forma de vivir la vida cristiana eran al mismo tiempo practicados y protegidos ante la cultura que era cada vez más desmoralizada. Creo que incluso hoy algo como las comunidades de catecumenado son necesarias para que la vida cristiana pueda afirmarse en su propia manera.

II.

Las reacciones eclesiales iniciales

(1) El proceso largamente preparado y en marcha para la disolución del concepto cristiano de moralidad estuvo marcado, como he tratado de demostrar, por la radicalidad sin precedentes de la década de 1960. Esta disolución de la autoridad moral de la enseñanza de la Iglesia necesariamente debió tener un efecto en los distintos miembros de la Iglesia. En el contexto del encuentro de los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo con el Papa Francisco, el asunto de la vida sacerdotal, así como la de los seminarios, es de particular interés. Ya que tiene que ver con el problema de la preparación en los seminarios para el ministerio sacerdotal, hay de hecho una descomposición de amplio alcance en cuanto a la forma previa de preparación.

En varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente, con lo que cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos. En un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de especialistas pastorales (Pastoralreferent) vivían juntos. En las comidas cotidianas, los seminaristas y los especialistas pastorales estaban juntos. Los casados a veces estaban con sus esposas e hijos; y en ocasiones con sus novias. El clima en este seminario no proporcionaba el apoyo requerido para la preparación de la vocación sacerdotal. La Santa Sede sabía de esos problemas sin estar informada precisamente. Como primer paso, se acordó una visita apostólica (N. del T.: investigación) para los seminarios en Estados Unidos.

Como el criterio para la selección y designación de obispos también había cambiado luego del Concilio Vaticano II, la relación de los obispos con sus seminarios también era muy diferente. Por encima de todo se estableció la “conciliaridad” como un criterio para el nombramiento de nuevos obispos, que podía entenderse de varias maneras.

De hecho, en muchos lugares se entendió que las actitudes conciliares tenían que ver con tener una actitud crítica o negativa hacia la tradición existente hasta entonces, y que debía ser reemplazada por una relación nueva y radicalmente abierta con el mundo. Un obispo, que había sido antes rector de un seminario, había hecho que los seminaristas vieran películas pornográficas con la intención de que estas los hicieran resistentes ante las conductas contrarias a la fe.

Hubo –y no solo en los Estados Unidos de América– obispos que individualmente rechazaron la tradición católica por completo y buscaron una nueva y moderna “catolicidad” en sus diócesis. Tal vez valga la pena mencionar que en no pocos seminarios, a los estudiantes que los veían leyendo mis libros se les consideraba no aptos para el sacerdocio. Mis libros fueron escondidos, como si fueran mala literatura, y se leyeron solo bajo el escritorio.

La visita que se realizó no dio nuevas pistas, aparentemente porque varios poderes unieron fuerzas para maquillar la verdadera situación. Una segunda visita se ordenó y esa sí permitió tener datos nuevos, pero al final no logró ningún resultado. Sin embargo, desde la década de 1970 la situación en los seminarios ha mejorado en general. Y, sin embargo, solo aparecieron casos aislados de un nuevo fortalecimiento de las vocaciones sacerdotales ya que la situación general había tomado otro rumbo.

(2) El asunto de la pedofilia, según recuerdo, no fue agudo sino hasta la segunda mitad de la década de 1980. Mientras tanto, ya se había convertido en un asunto público en Estados Unidos, tanto así que los obispos fueron a Roma a buscar ayuda ya que la ley canónica, como se escribió en el nuevo Código (1983), no parecía suficiente para tomar las medidas necesarias. Al principio Roma y los canonistas romanos tuvieron dificultades con estas preocupaciones ya que, en su opinión, la suspensión temporal del ministerio sacerdotal tenía que ser suficiente para generar purificación y clarificación. Esto no podía ser aceptado por los obispos estadounidenses, porque de ese modo los sacerdotes permanecían al servicio del obispo y así eran asociados directamente con él. Lentamente fue tomando forma una renovación y profundización de la ley penal del nuevo Código, que había sido construida adrede de manera holgada.

Además y sin embargo, había un problema fundamental en la percepción de la ley penal. Solo el llamado garantismo (una especie de proteccionismo procesal) era considerado como “conciliar”. Esto significa que se tenía que garantizar, por encima de todo, los derechos del acusado hasta el punto en que se excluyera del todo cualquier tipo de condena. Como contrapeso ante las opciones de defensa, disponibles para los teólogos acusados y con frecuencia inadecuadas, su derecho a la defensa usando el garantismo se extendió a tal punto que las condenas eran casi imposibles.

Permítanme un breve excurso en este punto. A la luz de la escala de la inconducta pedófila, una palabra de Jesús nuevamente salta a la palestra: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si le hubieran atado al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran echado al mar” (Mc 9,42).

La palabra “pequeños” en el idioma de Jesús significa los creyentes comunes que pueden ver su fe confundida por la arrogancia intelectual de aquellos que creen que son inteligentes. Entonces, aquí Jesús protege el depósito de la fe con una amenaza o castigo enfático para quienes hacen daño.

El uso moderno de la frase no es en sí mismo equivocado, pero no debe oscurecer el significado original. En él queda claro, contra cualquier garantismo, que no solo el derecho del acusado es importante y requiere una garantía. Los grandes bienes como la fe son igualmente importantes.

Entonces, una ley canónica balanceada que se corresponda con todo el mensaje de Jesús no solo tiene que proporcionar una garantía para el acusado, para quien el respeto es un bien legal, sino que también tiene que proteger la fe que también es un importante bien legal. Una ley canónica adecuadamente formada tiene que contener entonces una doble garantía: la protección legal del acusado y la protección legal del bien que está en juego. Si hoy se presenta esta concepción inherentemente clara, generalmente se cae en hacer oídos sordos cuando se llega al asunto de la protección de la fe como un bien legal. En la consciencia general de la ley, la fe ya no parece tener el rango de bien que requiere protección. Esta es una situación alarmante que los pastores de la Iglesia tienen que considerar y tomar en serio.

Ahora me gustaría agregar, a las breves notas sobre la situación de la formación sacerdotal en el tiempo en el que estalló la crisis, algunas observaciones sobre el desarrollo de la ley canónica en este asunto.

En principio, la Congregación para el Clero es la responsable de lidiar con crímenes cometidos por sacerdotes, pero dado que el garantismo dominó largamente la situación en ese entonces, estuve de acuerdo con el Papa Juan Pablo II en que era adecuado asignar estas ofensas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el título de “Delicta maiora contra fidem”.

Esto hizo posible imponer la pena máxima, es decir la expulsión del estado clerical, que no se habría podido imponer bajo otras previsiones legales. Esto no fue un truco para imponer la máxima pena, sino una consecuencia de la importancia de la fe para la Iglesia. De hecho, es importante ver que tal inconducta de los clérigos al final daña la fe.

Allí donde la fe ya no determina las acciones del hombre es que tales ofensas son posibles.

La severidad del castigo, sin embargo, también presupone una prueba clara de la ofensa: este aspecto del garantismo permanece en vigor.

En otras palabras, para imponer la máxima pena legalmente, se requiere un proceso penal genuino, pero ambos, las diócesis y la Santa Sede se ven sobrepasados por tal requerimiento. Por ello formulamos un nivel mínimo de procedimientos penales y dejamos abierta la posibilidad de que la misma Santa Sede asuma el juicio allí donde la diócesis o la administración metropolitana no pueden hacerlo. En cada caso, el juicio debe ser revisado por la Congregación para la Doctrina de la Fe para garantizar los derechos del acusado. Finalmente, en la feria cuarta (N. del T. la asamblea de los miembros de la Congregación) establecimos una instancia de apelación para proporcionar la posibilidad de apelar.

Ya que todo esto superó en la realidad las capacidades de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ya que las demoras que surgieron tenían que ser previstas dada la naturaleza de esta materia, el Papa Francisco ha realizado reformas adicionales.

III.

(1.) ¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado. Solo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro (de nosotros mismos) lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros.

Primero, sugeriría lo siguiente: si realmente quisiéramos resumir muy brevemente el contenido de la fe como está en la Biblia, tendríamos que hacerlo diciendo que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, solo puede ser, al final, que entremos en este amor. Es la verdadera fuerza contra el mal, ya que el poder del mal emerge de nuestro rechazo a amar a Dios. Quien se confía al amor de Dios es redimido. Nuestro ser no redimidos es una consecuencia de nuestra incapacidad de amar a Dios. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención humana.

Tratemos de desarrollar un poco más este contenido esencial de la revelación de Dios. Podemos entonces decir que el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede entonces tener sentido.

Existe un Dios como creador y la medida de todas las cosas es una necesidad primera y primordial, pero un Dios que no se exprese para nada a sí mismo, que no se hiciese conocido, permanecería como una presunción y podría entonces no determinar la forma [Gestalt] de nuestra vida. Para que Dios sea realmente Dios en esta creación deliberada, tenemos que mirarlo para que se exprese a sí mismo de alguna forma. Lo ha hecho de muchas maneras, pero decisivamente lo hizo en el llamado a Abraham y que le dio a la gente que buscaba a Dios la orientación que lleva más allá de toda expectativa: Dios mismo se convierte en criatura, habla como hombre con nosotros los seres humanos.

En este sentido la frase “Dios es”, al final se convierte en un mensaje verdaderamente gozoso, precisamente porque Él es más que entendimiento, porque Él crea –y es– amor para que una vez más la gente sea consciente de esta, la primera y fundamental tarea confiada a nosotros por el Señor.

Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días fue que se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y no tiene nada que ofrecerle. Y esa es la razón por la que es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más. En puntos individuales, de pronto parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión de rutina.

Ese es el caso con la pedofilia. Se teorizó solo hace un tiempo como algo legítimo, pero se ha difundido más y más. Y ahora nos damos cuenta con sorpresa de que las cosas que les están pasando a nuestros niños y jóvenes amenazan con destruirlos. El hecho de que esto también pueda extenderse en la Iglesia y entre los sacerdotes es algo que nos debe molestar de modo particular.

¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? Al final de cuentas, la razón es la ausencia de Dios. Nosotros, cristianos y sacerdotes, también preferimos no hablar de Dios porque este discurso no parece ser práctico. Luego de la convulsión de la Segunda Guerra Mundial, nosotros en Alemania todavía teníamos expresamente en nuestra Constitución que estábamos bajo responsabilidad de Dios como un principio guía. Medio siglo después, ya no fue posible incluir la responsabilidad para con Dios como un principio guía en la Constitución europea. Dios es visto como la preocupación partidaria de un pequeño grupo y ya no puede ser un principio guía para la comunidad como un todo. Esta decisión se refleja en la situación de Occidente, donde Dios se ha convertido en un asunto privado de una minoría.

Una tarea primordial, que tiene que resultar de las convulsiones morales de nuestro tiempo, es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Por encima de todo, nosotros tenemos que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida en vez de dejarlo a un lado como si fuera una frase no efectiva. Nunca olvidaré la advertencia del gran teólogo Hans Urs von Balthasar que una vez me escribió en una de sus postales: “¡No presuponga al Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, preséntelo!”.

De hecho, en la teología Dios siempre se da por sentado como un asunto de rutina, pero en lo concreto uno no se relaciona con Él. El tema de Dios parece tan irreal, tan expulsado de las cosas que nos preocupan y, sin embargo, todo se convierte en algo distinto si no se presupone sino que se presenta a Dios. No dejándolo atrás como un marco, sino reconociéndolo como el centro de nuestros pensamientos, palabras y acciones.

(2) Dios se hizo hombre por nosotros. El hombre como Su criatura es tan cercano a Su corazón que Él se ha unido a sí mismo con él y ha entrado así en la historia humana de una forma muy práctica. Él habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y asumió la muerte por nosotros. Hablamos sobre esto en detalle en la teología, con palabras y pensamientos aprendidos, pero es precisamente de esta forma que corremos el riesgo de convertirnos en maestros de fe en vez de ser renovados y hechos maestros por la fe.

Consideremos esto con respecto al asunto central: la celebración de la Santa Eucaristía. Nuestro manejo de la Eucaristía solo puede generar preocupación. El Concilio Vaticano II se centró correctamente en regresar este sacramento de la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo, de la presencia de Su persona, de su Pasión, Muerte y Resurrección, al centro de la vida cristiana y la misma existencia de la Iglesia. En parte esto realmente ha ocurrido y deberíamos estar agradecidos al Señor por ello.

Y sin embargo prevalece una actitud muy distinta. Lo que predomina no es una nueva reverencia por la presencia de la muerte y resurrección de Cristo, sino una forma de lidiar con Él que destruye la grandeza del Misterio. La caída en la participación de las celebraciones eucarísticas dominicales muestra lo poco que los cristianos de hoy saben sobre apreciar la grandeza del don que consiste en Su Presencia real. La Eucaristía se ha convertido en un mero gesto ceremonial cuando se da por sentado que la cortesía requiere que sea ofrecido en celebraciones familiares o en ocasiones como bodas y funerales a todos los invitados por razones familiares.

La forma en la que la gente simplemente recibe el Santísimo Sacramento en la comunión como algo rutinario muestra que muchos la ven como un gesto puramente ceremonial. Por lo tanto, cuando se piensa en la acción que se requiere primero y primordialmente, es bastante obvio que no necesitamos otra Iglesia con nuestro propio diseño. En vez de ello se requiere, primero que nada, la renovación de la fe en la realidad de que Jesucristo se nos es dado en el Santísimo Sacramento.

En conversaciones con víctimas de pedofilia, me hicieron muy consciente de este requisito primero y fundamental. Una joven que había sido acólita me dijo que el capellán, su superior en el servicio del altar, siempre la introducía al abuso sexual que él cometía con estas palabras: “Este es mi cuerpo que será entregado por ti”.

Es obvio que esta mujer ya no puede escuchar las palabras de la consagración sin experimentar nuevamente la terrible angustia de los abusos. Sí, tenemos que implorar urgentemente al Señor por su perdón, pero antes que nada tenemos que jurar por Él y pedirle que nos enseñe nuevamente a entender la grandeza de Su sufrimiento y Su sacrificio. Y tenemos que hacer todo lo que podamos para proteger del abuso el don de la Santísima Eucaristía.

(3) Y finalmente, está el Misterio de la Iglesia. La frase con la que Romano Guardini, hace casi 100 años, expresó la esperanza gozosa que había en él y en muchos otros, permanece inolvidable: “Un evento de importancia incalculable ha comenzado, la Iglesia está despertando en las almas”.

Se refería a que la Iglesia ya no era experimentada o percibida simplemente como un sistema externo que entraba en nuestras vidas, como una especie de autoridad, sino que había comenzado a ser percibida como algo presente en el corazón de la gente, como algo no meramente externo sino que nos movía interiormente. Casi 50 años después, al reconsiderar este proceso y viendo lo que ha estado pasando, me siento tentado a revertir la frase: “La Iglesia está muriendo en las almas”.

De hecho, hoy la Iglesia es vista ampliamente solo como una especie de aparato político. Se habla de ella casi exclusivamente en categorías políticas y esto se aplica incluso a obispos que formulan su concepción de la Iglesia del mañana casi exclusivamente en términos políticos. La crisis, causada por los muchos casos de abusos de clérigos, nos hace mirar a la Iglesia como algo casi inaceptable que tenemos que tomar en nuestras manos y rediseñar. Pero una Iglesia que se hace a sí misma no puede constituir esperanza.

Jesús mismo comparó la Iglesia a una red de pesca en la que Dios mismo separa los buenos peces de los malos. También hay una parábola de la Iglesia como un campo en el que el buen grano que Dios mismo sembró crece junto a la mala hierba que “un enemigo” secretamente echó en él. De hecho, la mala hierba en el campo de Dios, la Iglesia, son ahora excesivamente visibles y los peces malos en la red también muestran su fortaleza. Sin embargo, el campo es aún el campo de Dios y la red es la red de Dios. Y en todos los tiempos, no solo ha habido mala hierba o peces malos, sino también los sembríos de Dios y los buenos peces. Proclamar ambos con énfasis y de la misma forma no es una manera falsa de apologética, sino un necesario servicio a la Verdad.

En este contexto es necesario referirnos a un importante texto en la Revelación a Juan. El demonio es identificado como el acusador que acusa a nuestros hermanos ante Dios día y noche. (Ap 12, 10). El Apocalipsis toma entonces un pensamiento que está al centro de la narrativa en el libro de Job (Job 1 y 2, 10; 42:7-16). Allí se dice que el demonio buscaba mostrar que lo correcto en la vida de Job ante Dios era algo meramente externo. Y eso es exactamente lo que el Apocalipsis tiene que decir: el demonio quiere probar que no hay gente correcta, que su corrección solo se muestra en lo externo. Si uno pudiera acercarse, entonces la apariencia de justicia se caería rápidamente.

La narración comienza con una disputa entre Dios y el demonio, en la que Dios se ha referido a Job como un hombre verdaderamente justo. Ahora va a ser usado como un ejemplo para probar quién tiene razón. El demonio pide que se le quiten todas sus posesiones para ver que nada queda de su piedad. Dios le permite que lo haga, tras lo cual Jon actúa positivamente. Luego el demonio presiona y dice: “¡Piel por piel! Sí, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Sin embargo, extiende ahora tu mano y toca su hueso y su carne, verás si no te maldice en tu misma cara”. (Job 2,4f).

Entonces Dios le otorga al demonio un segundo turno. También toca la piel de Job y solo le está negado matarlo. Para los cristianos es claro que este Job, que está de pie ante Dios como ejemplo para toda la humanidad, es Jesucristo. En el Apocalipsis el drama de la humanidad nos es presentado en toda su amplitud.

El Dios Creador es confrontado con el demonio que habla a toda la humanidad y a toda la creación. Le habla no solo a Dios, sino y sobre todo a la gente: Miren lo que este Dios ha hecho. Supuestamente una buena creación. En realidad está llena de miseria y disgustos. El desaliento de la creación es en realidad el menosprecio de Dios. Quiere probar que Dios mismo no es bueno y alejarnos de Él.

La oportunidad en la que el Apocalipsis no está hablando aquí es obvia. Hoy, la acusación contra Dios es sobre todo menosprecio de Su Iglesia como algo malo en su totalidad y por lo tanto nos disuade de ella. La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer. No, incluso hoy la Iglesia no está hecha solo de malos peces y mala hierba. La Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a través del cual Dios nos salva.

Es muy importante oponerse con toda la verdad a las mentiras y las medias verdades del demonio: sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Además hoy hay mucha gente que humildemente cree, sufre y ama, en quien el Dios verdadero, el Dios amoroso, se muestra a Sí mismo a nosotros. Dios también tiene hoy Sus testigos (“martyres”) en el mundo. Nosotros solo tenemos que estar vigilantes para verlos y escucharlos.

La palabra mártir está tomada de la ley procesal. En el juicio contra el demonio, Jesucristo es el primer y verdadero testigo de Dios, el primer mártir, que desde entonces ha sido seguido por incontables otros.

El hoy de la Iglesia es más que nunca una Iglesia de mártires y por ello un testimonio del Dios viviente. Si miramos a nuestro alrededor y escuchamos con un corazón atento, podremos hoy encontrar testigos en todos lados, especialmente entre la gente ordinaria, pero también en los altos rangos de la Iglesia, que se alzan por Dios con sus vidas y su sufrimiento. Es una inercia del corazón lo que nos lleva a no desear reconocerlos. Una de las grandes y esenciales tareas de nuestra evangelización es, hasta donde podamos, establecer hábitats de fe y, por encima de todo, encontrar y reconocerlos.

Vivo en una casa, en una pequeña comunidad de personas que descubren tales testimonios del Dios viviente una y otra vez en la vida diaria, y que alegremente me comentan esto. Ver y encontrar a la Iglesia viviente es una tarea maravillosa que nos fortalece y que, una y otra vez, nos hace alegres en nuestra fe.

Al final de mis reflexiones me gustaría agradecer al Papa Francisco por todo lo que hace para mostrarnos siempre la luz de Dios que no ha desaparecido, incluso hoy. ¡Gracias Santo Padre!

Benedicto XVI

 

 

Sudan del Sur: Discurso del Papa a los dirigentes del país después de su retiro espiritual

El retiro se ha celebrado los días 10 y 11 de abril

abril 12, 2019 12:59RedacciónGuerra y terrorismo, Papa y Santa Sede

(ZENIT- 12 abril 2019).- Ayer 11 de abril de 2019, en la Casa de Santa Marta, en el Vaticano, concluyó el  Retiro espiritual en el que han participado las autoridades civiles y eclesiásticas de Sudán del Sur, iniciado el día 10 y organizado de común acuerdo entre la Secretaría de Estado Vaticana  y la Oficina del arzobispo de Canterbury, Su Gracia Justin Welby.

Después de su discurso, el Santo Padre besó los pies al Presidente y a los vicepresidentes de Sudán del Sur, un signo extraordinario para suplicar  el compromiso de los líderes de Sudán del Sur por la  paz.

Sucesivamente, los participantes recibieron una Biblia firmada por el Santo Padre Francisco, Su Gracia Justin Welby y el reverendo John Chalmers, ex moderador de la Iglesia Presbiteriana de Escocia, con el lema: “Busca lo que une. Supera lo que divide ”. A los líderes de Sudán del Sur, que han asumido un compromiso común por la paz también se les ha impartido la bendición.

Publicamos a continuación el discurso pronunciado por el Santo Padre al final del retiro.

Discurso del Santo Padre

Saludo inicial

1. Doy una cordial bienvenida a cada uno de vosotros, los aquí presentes: al Presidente de la República, a la vicepresidenta y los vicepresidentes de la futura Presidencia de la República, quienes, de conformidad con los términos del Revitalised Agreement on the Resolution of Conflict in South Sudan  asumirán altos cargos de responsabilidad nacional el próximo 12 de mayo. También saludo fraternalmente a los miembros del Consejo de las Iglesias de Sudán del Sur, que acompañan espiritualmente el camino de la grey  que se les ha confiado en sus respectivas comunidades. Doy gracias  a todos por la buena voluntad y el corazón abierto con el que aceptaron mi invitación a participar en este retiro en el Vaticano. Quisiera dirigir un saludo especial al arzobispo de Canterbury, Su Gracia Justin Welby, que concibió esta iniciativa,- es un hermano que va siempre adelante en la reconciliación-  y al ex moderador de la Iglesia Presbiteriana de Escocia, el reverendo John Chalmers. Junto a vosotros alabo a Dios, con el corazón agradecido y exultante por permitirnos compartir estos dos días de gracia en su santa presencia, para implorar y recibir su paz.

Quiero dirigirme a todos vosotros con las palabras del Señor resucitado “¡La paz con vosotros!” (Jn 20:19). Este saludo, al mismo tiempo alentador y consolador, fue el que Jesús dirigió en el cenáculo  a sus discípulos, atemorizados y desolados, cuando se les apareció después de su resurrección. Es extremadamente importante para nosotros recordar  que “paz” fue la primera palabra pronunciada por la voz del Señor, el primer don ofrecido a los apóstoles después de su dolorosa pasión y su triunfo sobre la muerte. Yo también os dirijo ese mismo saludo a los que venís de un contexto de gran tribulación para vosotros  y para vuestro pueblo, un pueblo muy probado por las consecuencias de los conflictos. Que esas palabras resuenen en el cenáculo de esta casa, como las palabras del Maestro, para que todos y cada uno de vosotros tome nuevas fuerzas para alcanzar  el progreso tan deseado de vuestra joven nación y,  como el fuego de Pentecostés en la joven comunidad cristiana, se encienda una nueva luz de esperanza para todos los habitantes de Sudán del Sur. Por eso, llevando todo esto en mi corazón os digo:  “¡La paz con vosotros!”

La paz es el primer don que el Señor nos ha dado y es la primera tarea que los líderes de las naciones deben perseguir: es la condición fundamental para el respeto de los derechos de cada hombre y para el desarrollo integral de todo el pueblo. Jesucristo, a quien Dios Padre envió al mundo como el Príncipe de la Paz, nos dio el modelo a seguir. Él, pasando por el sacrificio y la obediencia, dio su paz al mundo. Por eso, ya desde el momento de su nacimiento, el coro de ángeles entonó el canto celestial: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra, paz a los hombres, en quienes  él se complace” (Lc 2:14).¡ Qué alegría si todos los miembros del pueblo  de Sudán del Sur pudieran cantar con una sola voz el canto que se hace eco de aquel del ángel!: “Oh Dios, te rogamos y te glorificamos por tu gracia en favor de Sudán del Sur, tierra de gran abundancia; mantennos juntos y en armonía “(Primera estrofa del Himno Nacional de Sudán del Sur). ¡Y cómo me gustaría que las voces de toda la familia humana se unieran a este coro celestial para proclamar gloria a Dios y promover la paz entre los hombres!

Mirada de Dios

2. Somos muy conscientes de que la naturaleza de este encuentro nuestro es muy especial y, de alguna manera, única, porque aquí no se trata de un común y habitual encuentro  bilateral o diplomático entre el Papa y los Jefes de Estado y tampoco de una iniciativa ecuménica entre los representantes de las diferentes comunidades cristianas: se trata, de hecho, de un retiro espiritual. La palabra “retiro” ya indica un alejamiento voluntario de un ambiente o de una actividad hacia un lugar apartado. Y el adjetivo “espiritual” sugiere que este nuevo espacio de experiencia se caracteriza por el recogimiento interior, la oración confiada, la reflexión ponderada y los encuentros reconciliadores, que dé buenos frutos para uno mismo y, en consecuencia, para las comunidades a las que pertenecemos.

El propósito de este retiro es estar juntos ante Dios y discernir su voluntad; es reflexionar sobre nuestra vida y sobre la misión común que se nos confía; es tomar conciencia de la enorme corresponsabilidad por el presente y el futuro del pueblo de Sudán del Sur; es comprometerse, revitalizados y reconciliados, en la construcción de vuestra nación. Queridos hermanos y hermanas, no olvidemos que a nosotros, líderes políticos y religiosos, Dios ha confiado la tarea de ser líderes de su pueblo: nos ha confiado mucho, y precisamente por eso, ¡requerirá mucho más de nosotros! Nos pedirá cuentas  de nuestro servicio y de nuestra administración, de nuestro esfuerzo en favor de la paz y del bien cumplido con los miembros de nuestras comunidades, especialmente los más necesitados y marginados, en otras palabras, nos pedirá cuentas de nuestra vida pero también de la vida de los demás (ver Lc 12,48).

El gemido de los pobres que tienen hambre y sed de justicia nos obliga en conciencia y nos compromete en nuestro servicio. Son pequeños a los ojos del mundo pero son preciosos a los ojos de Dios. Cuando uso esta expresión “los ojos de Dios”, pienso en la mirada del Señor Jesús. Cada retiro espiritual, así como el examen diario de conciencia, deben hacernos sentir con todo nuestro ser, con toda nuestra historia, con todas nuestras virtudes y también nuestros defectos, que estamos ante la mirada del Señor, el Único que puede ver la verdad en nosotros y guiarnos completamente a ella. La Palabra de Dios nos da un hermoso ejemplo de cómo el encuentro con la mirada de Jesús puede marcar los momentos más importantes en la vida de uno de sus discípulos. Son las tres miradas del Señor al apóstol Pedro, que me gustaría recordar.

La primera mirada de Jesús a Pedro fue cuando su hermano Andrés lo había llevado ante Él , diciéndole que era el Mesías: Jesús fija su mirada en Simón y le dice que de ahora en adelante se llamará Pedro (ver Jn 1, 41-42). ). Sucesivamente, le anunciará que sobre esa “piedra” construirá su Iglesia, mostrándole así que cuenta  con él para llevar a cabo el plan de salvación para su pueblo. La primera mirada, por lo tanto, es la mirada de la elección que despertó el entusiasmo por una misión especial.
La segunda mirada es la de la noche del Jueves Santo. Pedro ha negado a su Señor por tercera vez. Jesús, a quien se llevan con la fuerza los soldados, lo mira de nuevo, esta vez despertando en él un arrepentimiento doloroso pero saludable. El apóstol se escapó y “lloró amargamente” (Mt 26, 75) por haber traicionado la vocación, la confianza y la amistad del Maestro. La segunda mirada de Jesús, por lo tanto, tocó el corazón de Pedro y causó su conversión.

Finalmente, después de la resurrección, en la orilla del lago de Tiberíades, Jesús fija otra vez su mirada en Pedro, pidiéndole tres veces que le declare su amor  y confiándole de nuevo la misión de pastor de su rebaño, indicándole también cómo esta misión habría culminado con el sacrificio de su vida (ver Jn. 21: 15-19).

De alguna manera, podemos decir que todos hemos sido llamados a la vida de fe, hemos sido elegidos por Dios, pero también por el pueblo, para servirlo fielmente, y en este servicio, quizás, hayamos cometido errores, algunos más pequeños, otros más grandes. El Señor Jesús, sin embargo, siempre perdona los errores del que se arrepiente y siempre renueva su confianza, pidiéndonos, a nosotros en particular, una total dedicación a la causa de su pueblo.

Queridos hermanos y hermanas, la mirada de Jesús se posa también ,aquí  y ahora, en cada uno de nosotros. Es muy importante cruzarse con ella en nuestro interior preguntándonos: ¿Cuál es hoy la mirada de Jesús sobre mí? ¿A qué me llama? ¿Qué quiere perdonarme el Señor y qué me pide que cambie en mi actitud? ¿Cuál es mi misión y la tarea que Dios me confía para el bien de su pueblo? Efectivamente el pueblo es suyo, no nos pertenece, al contrario, nosotros mismos somos miembros del pueblo, solo que tenemos una responsabilidad y una misión particular: la de servirlo. Tengamos la  seguridad, queridos hermanos, de que todos estamos bajo la mirada de Jesús: nos mira con amor, nos pide algo, nos perdona algo y nos da una misión. Nos demuestra una gran confianza, escogiéndonos para ser sus colaboradores en la construcción de un mundo más justo. Tengamos la seguridad de que su mirada nos conoce profundamente, nos ama y nos transforma, nos reconcilia y nos une. Su mirada benévola y misericordiosa nos alienta a abandonar el camino que conduce al pecado y a la muerte y nos sostiene para tomar el camino de la paz y el bien. Hay un ejercicio que es bueno para nosotros y que siempre se puede hacer en casa: pensar que la mirada de Jesús está sobre nosotros y que será precisamente esta mirada llena de amor la que nos reciba en el último día de nuestra vida terrenal.

Y después, la mirada del pueblo

3. La mirada de Dios está especialmente puesta en vosotros y es una mirada que os ofrece la paz. Pero hay también otra mirada puesta sobre vosotros: la mirada de vuestro pueblo y es una mirada que expresa el ardiente deseo de justicia, de reconciliación y de paz. En este momento, deseo asegurar mi cercanía espiritual a todos vuestros compatriotas, en particular a los refugiados y a los enfermos, que se han quedado en el país con grandes expectativas y conteniendo el aliento a la espera del resultado de este día histórico. Estoy seguro de que ellos, con gran esperanza y oración intensa en sus corazones,  han acompañado este encuentro. Y como Noé esperó a que la paloma le trajera la rama de olivo para mostrar el final del diluvio y el comienzo de una nueva era de paz entre Dios y los hombres (ver Gen 8:11), así vuestro pueblo espera vuestro regreso a la patria, la reconciliación de todos sus miembros y una nueva era de paz y prosperidad para todos.

Mis pensamientos se dirigen principalmente a las personas que han perdido a sus seres queridos y sus hogares, a las familias que se han separado y nunca se han vuelto a encontrar, a todos los niños y ancianos, a las mujeres y a los hombres que sufren terriblemente por causa de los conflictos y de la violencia que ha sembrado la muerte, el hambre, el dolor y las lágrimas. Hemos escuchado con fuerza ese grito de los pobres y de los necesitado que penetra en los cielos hasta el corazón de Dios Padre, que quiere hacerles justicia y darles la paz. Pienso muy a menudo en estas almas que sufren e imploro que el fuego de la guerra se apague de una vez por todas, que puedan regresar a sus hogares y vivir con serenidad. Suplico a Dios todopoderoso que llegue la paz a vuestra tierra, y también me dirijo a los hombres de buena voluntad para que llegue la paz a vuestro pueblo.

Queridos hermanos y hermanas, la paz es posible. ¡Nunca me cansaré de repetir que la paz es posible! Pero este gran don de Dios es, al mismo tiempo, también un fuerte compromiso de sus responsables con el pueblo. Los cristianos creemos y sabemos que la paz es posible porque Cristo ha resucitado y ha vencido al mal con el bien, ha asegurado a sus discípulos la victoria de la paz sobre esos cómplices de la guerra que son la soberbia, la avaricia, la sed de poder, la mentira y la hipocresía  (ver Homilía en la celebración por la paz en Sudán del Sur y en la República Democrática del Congo, 23 de noviembre de 2017).

Nos deseo a  todos que sepamos responder a la elevada  vocación de ser artesanos de la paz, en un espíritu de fraternidad y solidaridad con cada miembro de nuestro pueblo, un espíritu noble, recto, firme y valiente en la búsqueda de la paz, a través del diálogo, el negociado  y el perdón. Por lo tanto, os  exhorto a buscar lo que os une, a partir de la pertenencia al mismo pueblo, y a superar todo lo que os divide. La gente está cansada y exhausta de las guerras pasadas: ¡por favor, recordad que con la guerra se pierde todo! Hoy vuestra gente anhela un futuro mejor, que pasa por la reconciliación y la paz.

Con gran confianza, supe en septiembre pasado que los más altos representantes políticos de Sudán del Sur habían estipulado un acuerdo de paz. Por lo tanto, hoy me congratulo con los firmantes de ese documento, tanto con vosotros, los aquí presentes,  como con los ausentes, sin excluir a nadie; en primer lugar, con el Presidente de la República y los jefes de los partidos políticos, por la elección del camino del diálogo, por la voluntad de compromiso, por la determinación de lograr la paz, por la prontitud para reconciliarse y por la voluntad de poner en práctica lo que se ha concluido. Espero de todo corazón que cesen definitivamente las hostilidades, que se respete el armisticio,-¡por favor, que se respete el armisticio!- que se superen las divisiones políticas y étnicas y que la paz sea duradera, por el bien común de todos los ciudadanos que sueñan con comenzar a construir la nación.

Es inapreciable el compromiso común de los hermanos cristianos, dentro de las diversas iniciativas ecuménicas en el seno del Consejo de las Iglesias de Sudán del Sur, en favor de la reconciliación y de la paz, de los pobres y de los marginados, en beneficio del progreso de todo el pueblo de Sudán del Sur. Recuerdo con alegría y gratitud el reciente encuentro con la Conferencia Episcopal de Sudán y de Sudán del Sur en el Vaticano, con motivo de la visita ad limina Apostolorum. Me impresionaron su optimismo, basado en la fe viva y expresado en sus esfuerzos incansables, así como sus preocupaciones en medio de numerosas dificultades políticas y sociales. A todos los cristianos de Sudán del Sur que, ayudando a los más necesitados, vendan las heridas del cuerpo de Jesús, les deseo la abundancia de gracias celestiales y les aseguro mi recuerdo permanente en la oración. ¡Que sean operadores de paz en el pueblo de Sudán del Sur, con la oración y el testimonio, con la guía espiritual y la asistencia humana de cada uno de sus miembros, incluidos los líderes!.

En conclusión, renuevo a todos vosotros, autoridades civiles y eclesiásticas de Sudán del Sur mi gratitud y mi agradecimiento por participar en este retiro; y a todo el querido pueblo de Sudán del Sur, expreso fervientes votos de paz y prosperidad. ¡Qué la abundancia de la gracia y la bendición de Dios misericordioso llegue al corazón de cada hombre y cada mujer en Sudán del Sur y dé frutos de paz duradera y exuberante, de la misma manera que las aguas del río Nilo, que atraviesan vuestro país hacen que la vida crezca y florezca! Finalmente, confirmo mi deseo y mi esperanza de que, con la gracia de Dios, pueda ir pronto a vuestra amada nación, junto con mis queridos hermanos aquí presentes, el arzobispo de Canterbury y el ex moderador de la Iglesia Presbiteriana.

Oración final

4. Por último, me gustaría concluir esta meditación con una oración, respondiendo a la invitación del apóstol San Pablo: “Ante todo recomiendo que se hagan plegarias,  oraciones, súplicas  y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible,  con toda piedad  y dignidad”.(1 Tim 2: 1-2).

Padre santo, Dios de infinita bondad, nos llamas a renovarnos en tu Espíritu y manifiestas tu omnipotencia sobre todo en la gracia del perdón. Reconocemos tu amor de Padre cuando doblegas la dureza del hombre y en un mundo desgarrado por la lucha y la discordia, lo dispones  a la reconciliación. Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza; pero tú, en vez de abandonarnos, has sellado de nuevo con la familia humana, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, un pacto tan sólido que ya nada lo podrá romper.

Te rogamos que actúes, con la fuerza del Espíritu, en lo más profundo de los corazones para que los enemigos se abran al diálogo, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la concordia. Por tu acción, Oh Padre, la búsqueda sincera de la paz extinga las disputas, el amor venza al odio y la venganza se desarme con el perdón, para que, confiándonos únicamente a tu misericordia encontremos el camino de regreso a Ti y, abriéndonos a la acción del Espíritu Santo vivamos en Cristo la nueva vida, en la alabanza perenne de tu nombre y en el servicio a los hermanos. Amén (ver Prefacio de Oraciones Eucarísticas para la Reconciliación I y II).

Queridos hermanos y hermanas, ¡la paz sea con nosotros y con nosotros permanezca siempre!

Y a vosotros tres, que habéis firmado el Acuerdo de Paz, os pido como hermano: permaneced en la paz. Os lo pido de corazón. Sigamos adelante. Habrá tantos problemas, pero no os asustéis, seguid adelante, resolved los problemas. Habéis empezado un proceso: que termine bien. Habrá peleas entre vosotros dos, sí. Que las haya en el despacho, pero ante el pueblo, ¡con las manos unidas! Así, de simples ciudadanos os convertiréis en Padres de la Nación. Permitidme pedíroslo de corazón, con mis sentimientos más profundos.

© Librería Vaticana

 

 

 

ENTREVISTA al Obispo de Tortosa, recibido por Francisco: “Puedo decir que la Virgen de la Cinta ha salvado la vida de muchos niños”

400 años de la Archicofradía de la Virgen de la Cinta

abril 12, 2019 19:52Rosa Die AlcoleaEntrevistas, María y mariología

(ZENIT – 12 abril 2019).- La Real Archicofradía de la Virgen de la Cinta, Patrona de Tortosa, ciudad al norte de España, que nace de una bella y antiquísima tradición transmitida a través de los libros litúrgicos, cumple 400 años de su fundación, motivo por el cual han sido recibidos en audiencia por el Santo Padre Francisco, este viernes, 12 de abril de 2019.

“Yo estoy convencido de que la presencia de la Virgen en sus diversas advocaciones, en su silencio, en su estar ahí, es una presencia evangelizadora para el pueblo cristiano y para la sociedad, porque gracias a la devoción a la Virgen, la fe, que es un afecto hacia la persona del Señor, es decir, y ante la Santísima Virgen, se transmite en el pueblo”: es el testimonio que Mons. Enrique Benavent, obispo de Tortosa, diócesis española en Cataluña, ha ofrecido a Zenit, coincidiendo con su visita, acompañado de 86 personas de su diócesis, al Papa Francisco este viernes, 12 de abril de 2019.

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“Cingulis Traditio”

Según la tradición, la noche del 24 al 25 de marzo del año 1178, cuando ya había concluido la construcción de la primitiva catedral, la Santísima Virgen se hizo visible a un sacerdote devoto que se disponía a celebrar el oficio de maitines y le hizo entrega del sencillo cíngulo con el que ceñía su manto, diciéndole: “porque habéis construido esta Iglesia en honor de mi Hijo y en el mío y porque os amo a vosotros los tortosinos, pongo sobre el altar este cíngulo con el que me ciño y os lo entrego para que lo conservéis como signo de mi amor”.

Ese cíngulo, que materialmente es el de una muchacha pobre, es el tesoro más preciado que conserva nuestra catedral (lo nostre tresor). Desde hace siglos es el lazo que ata los corazones de los tortosinos al de la Virgen, uniéndolos en el cielo y en la tierra, en la vida y en la muerte. “Gracias a él la devoción a la Santísima Virgen y la fe se han transmitido en nuestra ciudad de generación en generación”, detalló el obispo de Tortosa.

Este año se ha celebrado el 4º centenario de la fundación de la Real Archicofradía. “Gracias a ella se ha mantenido y ha crecido la devoción a la Virgen de la Cinta”, asegura el obispo español.

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Año jubilar en Tortosa

“Este año tuvimos distintos tipos de actos, un año jubilar para la diócesis, tuvimos actos culturales. Celebraciones religiosas, hubo un programa también de colaboración con Caritas y de atención a los más necesitados, y distintos actos a lo largo de todo el año, entre ellos, también la bendición de una imagen de la Virgen que presidirá la fachada principal de la Catedral, que es una fachada inacabada y la hornacina central estará presidida por una imagen de la Virgen de la Cinta”, relató a Zenit.

“Los miembros de la Archicofradía vinieron a pedirme: ¿No sería posible una audiencia con el Papa? Realmente yo creía que era imposible, pero escribí la carta y se ve que aquí lo pensaron y de manera un poco sorprendente para mí me dijeron que habían aceptado la petición, y esto es lo que vamos a tener”.

Peregrinación diocesana a Roma

“Yo intenté que fuera una peregrinación diocesana, que no fuera solo los miembros de la junta de la Archicofradía sino que personas de la Diócesis que quisieran participar en este encuentro con el Papa. Al final son unas 86 personas las que participarán. Le presentaré lo que es la Archicofradía, lo que ha sido la historia de la devoción a la Virgen de la Cinta en la ciudad de Tortosa y escucharemos las palabras que el Papa nos quiera decir”.

Estas 86 personas que participan en la peregrinación a la tumba de San Pedro son personas de la Diócesis, abierta a personas de la ciudad, y es que la Virgen de la Cinta es la Patrona de la ciudad, no de la Diócesis, aclaró Mons. Benavent.

Protección del concebido no nacido

El obispo atestigua: “Yo puedo decir que la Virgen de la Cinta ha salvado la vida de muchos niños”.

“La devoción de la Virgen se ha mantenido muy viva en la ciudad de Tortosa”, aseguro el prelado. “Como es el día de la Encarnación del Señor, la devoción a la Virgen de la Cinta está vinculada también a la protección sobre el ser humano concebido y no nacido. Entonces muchas madres que tienen su gestación con dificultad piden ayuda a la Virgen de la Cinta y en los tiempos que corren, es muy importantes escuchar los testimonios de muchas madres que confiadas en la protección de la Virgen, a pesar de las dificultades han conseguido y han llevado adelante su embarazo”.

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Fundación de la Cofradía

El sacerdote nacido en Valencia, España, narra cómo se fundó la Archicofradía, que hoy cumple 400 años: “La Cofradía la funda el obispo Juan de Tena. Él descubre que es importante también para la Diócesis, para la ciudad, la devoción a la Virgen de la Cinta. Ciertamente también un poco inspirado en la espiritualidad, en el espíritu del Concilio del Trento. Ciertamente no quiere una devoción mágica a la cinta, sino que lo quiere es espiritualizar esa devoción, y de alguna manera intenta que se pase un poco de la devoción al cíngulo de la Virgen a una devoción a la Virgen de la Cinta. Y que se pase de la devoción de la cinta de la Virgen a una devoción a la Virgen de la Cinta. Es una manera de espiritualizar, de darle un significado más teológico a esta devoción”.

El Papa, en la Exhortación Evangelii Gaudim dedica varias páginas a la religiosidad popular que es como la expresión de la fe del pueblo, es una idea suya. Esto es cierto. Yo muchas veces pienso que todas estas expresiones de religiosidad popular llegan a muchas personas a las que no llegamos a través de nuestros sermones, de nuestras actividades pastorales… ¿Por qué? Porque tocan el corazón de las personas.

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“Es una advocación que, por su origen (la fiesta de la Encarnación del Señor), lleva a valorar y a cuidar la vida del ser humano no nacido. Durante estos años he escuchado el testimonio de madres gestantes en dificultad, que han protegido la vida de sus hijos confiadas en la Virgen, y que han experimentado su protección sobre sus hijos no nacidos. Durante los años de crisis la Archicofradía ha colaborado con las instituciones caritativas de la diócesis: Cáritas diocesana e interparroquial, casa de acogida, y con diversos programas de atención a los más pobres. Si la devoción a la Madre del Señor es auténtica nos llevar a estar atentos a las necesidades de todos sus hijos.

Palabras al Papa

Monseñor Benavent ha agradecido al Papa su encuentro con ellos, esta mañana en el Vaticano: “Santo Padre, para mí como obispo de Tortosa y para toda la diócesis; para la ciudad, representada hoy en su alcaldesa; para la Archicofradía y la Corte de Honor; y para todos los que estamos aquí, este encuentro es una gracia inmerecida que refuerza más los vínculos con la Sede de Pedro, vínculos históricamente fuertes, porque su antecesor Adriano VI era obispo de Tortosa cuando fue elegido Papa y siempre conservó el afecto por la que había sido su diócesis. Este encuentro es otro signo de amor que la Santísima Virgen ha tenido con nosotros y es, sin duda, uno de los acontecimientos más importantes para la Archicofradía en sus 400 años de historia.

Le aseguro que oramos por usted a la Santísima Virgen, y le pedimos que le conceda fortaleza y sabiduría para continuar por muchos años guiando al Pueblo cristiano por los caminos del Evangelio”.

 

 

Predicación de Cuaresma: “Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios”

Padre Raniero Cantalamessa

abril 12, 2019 13:55Raniero CantalamessaEspiritualidad y oración

(ZENIT- 12 abril 2019). -Esta mañana, a las 9:00,  en la Capilla Redemptoris Mater, el Predicador de la Casa Pontificia, el Reverendo Padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., ha pronunciado el quinto y último sermón de Cuaresma.

El tema de las meditaciones de Cuaresma ha sido el siguiente: “Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios”.

A continuación, ofrecemos el texto completo de la meditación del Padre Cantalamessa.

***

Juan y Pablo: dos miradas diferentes sobre el misterio

En el Nuevo Testamento y en la historia de la teología hay cosas que no se entienden si no se tiene en cuenta un dato fundamental, es decir, el de la existencia de dos enfoques diferentes, aunque complementarios, hacia el misterio de Cristo: el de Pablo y el de Juan.

Juan ve el misterio de Cristo a partir de la Encarnación. Jesús, Verbo hecho carne, es para él el supremo revelador del Dios vivo, aquel fuera del cual «nadie va al Padre». La salvación consiste en reconocer que Jesús «ha venido en carne» (2 Jn 7) y en creer que él «es el Hijo de Dios» (1 Jn 5,5); «Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida» (1 Jn 5,12). En el centro de todo, como se ve, está «la persona» de Jesús hombre-Dios.

La peculiaridad de esta visión joánica salta a los ojos si la comparamos con la de Pablo. Para Pablo, en el centro de atención no está tanto la persona de Cristo, entendida como realidad ontológica; está, más bien, la obra de Cristo, es decir, su misterio pascual de muerte y resurrección. La salvación no está tanto en creer que Jesús es el Hijo de Dios venido en carne, cuanto en creer en Jesús «muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (cf. Rom 4,25). El acontecimiento central no es la encarnación, sino el misterio pascual.

Sería un error fatal ver en ello una dicotomía en el origen mismo del cristianismo. Cualquiera que lee sin prejuicios el Nuevo Testamento comprende que, en Juan, la encarnación es en vistas del misterio pascual, cuando Jesús finalmente derrame su Espíritu sobre la humanidad (Jn 7,39), y entiende que para Pablo el misterio pascual supone y se basa en la Encarnación. Aquel que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, es uno que «tenía la forma de Dios», igual a Dios (cf. Flp 2,5ss). Las fórmulas trinitarias en las que Jesucristo es mencionado junto al Padre y al Espíritu Santo, son una confirmación de que, para Pablo, la obra de Cristo tiene sentido por su persona.

La distinta acentuación de los dos polos del misterio refleja el camino histórico que la fe en Cristo ha hecho después de la Pascua. Juan refleja la fase más avanzada de la fe en Cristo, aquella que se tiene al final, no al comienzo de la redacción de los escritos neotestamentarios. Él está al final de un proceso de remontarse a las fuentes del misterio de Cristo. Esto se nota observando desde dónde comienzan los cuatro Evangelios. Marcos comienza su evangelio desde el bautismo de Jesús en el Jordán; Mateo y Lucas, que vinieron después, dan un paso atrás y hacen comenzar la historia de Jesús desde su nacimiento de María; Juan, que escribe el último, hace un salto decisivo hacia atrás y coloca el comienzo de la historia de Cristo no ya en el tiempo, sino en la eternidad: «En el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios» (Jn 1,1).

El motivo de este desplazamiento de interés es bien conocido. La fe, entretanto, entró en contacto con la cultura griega y ésta está más interesada en la dimensión ontológica que en la histórica. Lo que importa para ella no es tanto el desarrollo de los hechos, cuanto su fundamento (archè). A este factor ambiental se añadían los primeros síntomas de la herejía doceta que cuestionaba la realidad de la Encarnación. El dogma cristológico de las dos naturalezas y de la unidad de la persona de Cristo estará casi enteramente basado en la perspectiva de san Juan del Logos hecho carne.

Es importante tener en cuenta esto para comprender la diferencia y la complementariedad entre teología oriental y teología occidental. Las dos perspectivas, la paulina y la joánica, aunque fusionándose juntas (como vemos que sucede en el Credo Niceno-Constantinopolitano), conservan su distinta acentuación, como dos ríos que, confluyendo uno en otro, conservan durante un largo trecho el distinto color de sus aguas. La teología y la espiritualidad ortodoxa se basa predominantemente en Juan; la occidental (la protestante más aún que la católica) se basa principalmente en Pablo. Dentro de la misma tradición griega, la escuela alejandrina es más joánica, la antioqueña más paulina. Una hace consistir la salvación en la divinización, la otra en la imitación de Cristo.

La cruz, sabiduría de Dios y poder de Dios

Ahora quisiera mostrar qué comporta todo esto para nuestra búsqueda del rostro del Dios vivo. Al término de las meditaciones de Adviento hablé del Cristo de Juan que, en el mismo momento en que se hace carne, introduce en el mundo la vida eterna. Al final de estas meditaciones de Cuaresma, querría hablar del Cristo de Pablo que, en la cruz, cambia el destino de la humanidad. Escuchemos enseguida el texto donde aparece más clara la perspectiva paulina sobre la cual queremos reflexionar:

«Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen. Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,21-25).

El Apóstol habla de una novedad en el actuar de Dios, casi un cambio de ritmo y de método. El mundo no ha sabido reconocer a Dios en el esplendor y en la sabiduría de la creación; entonces él decide revelarse de modo opuesto, a través de la impotencia y la necedad de la cruz. No se puede leer esta afirmación de Pablo sin recordar el dicho de Jesús: «Te bendigo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25).

¿Cómo interpretar este vuelco de valores? Lutero hablaba de un revelarse de Dios «sub contraria specie», es decir, a través de lo contrario de lo que uno se esperaría de él[1]. Él es potencia y se revela en la impotencia, es sabiduría y se revela en la necedad, es gloria y se revela en la ignominia, es riqueza y se revela en la pobreza.

La teología dialéctica de la primera mitad del siglo pasado llevó esta visión a sus últimas consecuencias. Entre el primer y el segundo modo de manifestarse de Dios no existe, según Karl Barth, continuidad, sino ruptura. No se trata de una sucesión sólo temporal, como entre Antiguo y Nuevo Testamento, sino de una oposición ontológica. En otras palabras, la gracia no construye sobre la naturaleza, sino contra ella; toca al mundo «como la tangente al círculo», es decir lo roza, pero sin penetrar dentro, como, en cambio, hace la levadura con la masa. Es la única diferencia que, según dice el mismo Barth, le retenía de llamarse católico; todas las demás le parecían, en comparación, de poca monta. A la analogía entis, él oponía la analogía fidei, es decir, a la colaboración entre naturaleza y gracia, la oposición entre la palabra de Dios y todo lo que pertenece al mundo.

Benedicto XVI, en su encíclica «Deus Caritas Est», muestra las consecuencias que tiene esta distinta visión a propósito del amor. Karl Barth escribió: «Donde entra en escena el amor cristiano, comienza inmediatamente el conflicto con el otro amor [el amor humano] y este conflicto no tiene fin[2]». Benedicto XVI escribe, por el contrario:

«Eros y agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse completamente […]. La fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones»[3].

La oposición radical entre naturaleza y gracia, entre creación y redención, fue atenuándose en los escritos posteriores del mismo Barth y ahora ya no encuentra casi seguidores. Por tanto, podemos acercarnos con más serenidad a la página del Apóstol para entender en qué consiste realmente la novedad de la cruz de Cristo.

Dios se ha manifestado en la cruz, sí, «bajo su contrario», pero bajo lo contrario de lo que los hombres han pensado siempre de Dios, no de lo que Dios es verdaderamente. Dios es amor y en la cruz se produjo la suprema manifestación del amor de Dios por los hombres. En cierto sentido, sólo ahora, en la cruz, Dios se revela «en la propia especie», en lo que le es propio. El texto de la primera Carta a los Corintios sobre el significado de la cruz de Cristo debe ser leído a la luz de otro texto de Pablo en la Carta a los Romanos:

«En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,6-8).

El teólogo medieval bizantino Nicolás Cabasilas (1322-1392) nos proporciona la clave mejor para entender en qué consiste la novedad de la cruz de Cristo. Escribe:

«Dos cosas dan a conocer al amante verdadero y le aseguran el triunfo sobre el amado: hacerle todo el bien que le es posible y tolerar por su amor los más terribles tormentos: el sufrimiento es aún mayor prueba de amistad que el llenar de sus bienes. Pero Dios era inaccesible para todo sufrimiento y no podía ofrecer al hombre la prueba suprema de amor […]. Tenía que darnos alguna prueba y, pues nos amaba con locura, manifestarnos lo extremado de su amor. Para esto inventa y lleva a cabo este anonadamiento maravilloso. Y encuentra en ello la manera de poder sufrir los más atroces tormentos. Y habiéndole mostrado con su tortura la intensidad del amor, obliga al hombre, que antes le huía por el temor de su odio, a que se le acerque confiado»[4].

En la creación Dios nos ha llenado de dones, en la redención ha sufrido por nosotros. La relación entre las dos cosas es la de un amor de beneficencia que se hace amor de sufrimiento.

Pero, ¿qué ha ocurrido tan importante en la cruz de Cristo para hacer de ella el momento culminante de la revelación del Dios vivo de la Biblia? La criatura humana busca instintivamente a Dios en la línea de la potencia. El título que sigue al nombre de Dios es casi siempre «omnipotente». Y he aquí que, abriendo el Evangelio, se nos invita a contemplar la impotencia absoluta de Dios en la cruz. El Evangelio revela que la verdadera omnipotencia es la total impotencia del Calvario. Hace falta poca potencia para proseguir, en cambio, se requiere mucha para ponerse a un lado aparte, para borrarse. ¡El Dios cristiano es esta ilimitada potencia de ocultamiento de si!

La explicación última está, pues, en el nexo indisoluble que existe entre amor y humildad. «Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2,8). Se humilló haciéndose dependiente del objeto de su amor. El amor es humilde porque, por su naturaleza, crea dependencia. Lo vemos, en pequeño, por lo que ocurre cuando dos personas humanas se enamoran. El joven que, según el ritual tradicional, se arrodilla ante una chica para pedir su mano, hace el acto más radical de humildad de su vida, se hace mendigo. Es como si dijera: «Yo no me basto a mí mismo, necesito de ti para vivir». La diferencia esencial es que la dependencia de Dios respecto de sus criaturas nace únicamente por el amor que tiene hacia ellas, la de las criaturas entre sí, de la necesidad que tienen la una de la otra.

«La revelación de Dios como amor, escribió Henri de Lubac, obliga al mundo a revisar todas sus ideas sobre Dios»[5]. La teología y la exégesis están aún lejos, creo, de haber sacado de ello todas las consecuencias. Una de dichas consecuencias es ésta. Si Jesús sufre de forma atroz en la cruz no lo hace principalmente para pagar en lugar de los hombres su deuda insoluta. (¡Con la parábola de los dos siervos, en Lucas 7,41ss., explicó anticipadamente que la deuda de diez mil talentos fue cancelada por el rey gratuitamente!). No, Jesús muere crucificado para que el amor de Dios pudiera llegar al hombre en el punto más remoto en el cual se había alejado rebelándosele, es decir, en la muerte. Incluso la muerte está habitada por el amor de Dios. En su libro sobre Jesús de Nazaret, Benedicto XVI, escribió:

«La injusticia, el mal como realidad no puede simplemente ser ignorado, dejado estar. Debe ser eliminado, vencido. Esta es la verdadera misericordia. Y que ahora, puesto que los hombres no son capaces de ello, que lo haga Dios mismo: esta es la bondad incondicional de Dios»[6].

El motivo tradicional de la expiación de los pecados mantiene, como se ve, toda su validez, pero no el motivo último. El motivo último es «la bondad incondicional de Dios», su amor.

Podemos identificar tres etapas en el camino de la fe pascual de la Iglesia. Al comienzo hay solamente dos hechos escuetos: «Ha muerto, ha resucitado». «Vosotros lo crucificasteis, Dios lo ha resucitado», grita a las multitudes Pedro el día de Pentecostés (cf. Hch 2,23-24). En una segunda fase, se plantea la pregunta: «¿Por qué murió y por qué ha resucitado?», y la respuesta es el kerygma: «Murió por nuestros pecados; ha resucitado para nuestra justificación» (cf. Rom 4,25). Faltaba aún una pregunta: «Y, ¿por qué ha muerto por nuestros pecados? ¿Qué le ha empujado a hacerlo?» La respuesta (unánime, en este punto, de Pablo y de Juan) es: «Porque nos ha amado». «Me amó y se entregó a sí mismo por mí», escribe Pablo (Gál 2,20); «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo», escribe Juan (Jn 13,1).

Nuestra respuesta

¿Cuál será nuestra respuesta frente al misterio que hemos contemplado y que la liturgia nos hará revivir en la Semana Santa? La primera y fundamental respuesta es la de la fe. No una fe cualquiera, sino la fe mediante la cual nos apropiamos de lo que Cristo ha adquirido para nosotros. La fe que “arrebata” el reino de los cielos (Mt 11,12). El Apóstol concluye con estas palabras el texto del que hemos partido:

«Cristo Jesús [se convertiò] para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así —como está escrito—: el que se gloríe, que se gloríe en el Señor» (1 Cor 1,30-31).

Lo que Cristo ha llegado a ser «para nosotros» —justicia, santidad y redención— nos pertenece; ¡es más nuestro que si lo hubiéramos hecho nosotros! Yo no me canso de repetir, a este respecto, lo que escribió san Bernardo:

«Yo, en verdad, tomo con confianza para mí (usurpo!) lo que me falta de las entrañas del Señor, porque rebosan misericordia. […] Mi mérito, por lo tanto, es la misericordia del Señor. No careceré seguramente de mérito mientras el Señor no carezca de misericordia. Si las misericordias del Señor son muchas, yo también soy muy grande por lo que respecta a los méritos […] ¿Cantaré acaso mi justicia? “Señor, recordaré sólo tu justicia” (cf. Sal 71,16). Ella es, en verdad, también mía; porque tú te has hecho para mí justicia que viene de Dios (cf. 1 Cor 1,30)»[7].

No dejemos pasar la Pascua sin haber hecho, o renovado, el golpe de audacia de la vida cristiana que nos sugiere san Bernardo. San Pablo exhorta a menudo a los cristianos a “despojarse del hombre viejo” y «revestirse de Cristo»[8]. La imagen del desvestirse y revestirse no indica una operación sólo ascética, consistente en abandonar ciertos «hábitos» y sustituirlos con otros, es decir, en abandonar los vicios y adquirir las virtudes. Es, ante todo, una operación que hay que hacer mediante la fe. Uno se pone ante el crucifijo y, con un acto de fe, le entrega todos sus pecados, la propia miseria pasada y presente, como quien se despoja y arroja en el fuego sus trapos sucios. Luego se reviste de la justicia que Cristo ha adquirido para nosotros; dice, como el publicano en el templo: «¡Oh Dios ten piedad de mí, pecador!, y vuelve a casa como él, «justificado» (cf. Lc 18,13-14). ¡Esto sería realmente un «hacer la Pascua», realizar el santo «tránsito»!

Naturalmente, no todo termina aquí. De la apropiación debemos pasar a la imitación. Cristo —señalaba el filósofo Kierkegaard a sus amigos luteranos— no es sólo «el don de Dios que hay que aceptar mediante la fe»; es también «el modelo a imitar en la vida»[9]. Quisiera destacar un punto concreto sobre el que tratar de imitar el actuar de Dios: lo que Cabasilas destacó con la distinción entre el amor de beneficencia y el amor de sufrimiento.

En la creación, Dios ha demostrado su amor por nosotros llenándonos de dones: la naturaleza con su magnificencia fuera de nosotros, la inteligencia, la memoria, la libertad y todos los demás dones dentro de nosotros. Pero no le bastó. En Cristo quiso sufrir con nosotros y por nosotros. Así sucede también en las relaciones de las criaturas entre ellas. Cuando brota un amor, se siente inmediatamente la necesidad de manifestarlo haciendo regalos a la persona amada. Es lo que hacen los novios entre sí. Pero sabemos cómo funcionan las cosas: una vez casados, afloran los límites, las dificultades, las diferencias de carácter. Ya no basta hacer regalos; para avanzar y mantener vivo el matrimonio, hay que aprender a «llevar los pesos uno del otro» (cf. Gál 6,2), y a sufrir el uno por el otro y el uno con otro. Así el eros, sin menguar en sí mismo, se convierte también en ágape, amor de donación y no sólo de búsqueda. Benedicto XVI, en la encíclica citada (n.7) , se expresa así:

Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente —fascinación por la gran promesa de felicidad—, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará «ser para» el otro. Así, el momento del agapé se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza. Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don.

La imitación del actuar de Dios no se refiere sólo al matrimonio y a los casados; en un sentido distinto, nos toca a todos nosotros, los consagrados antes que a cualquier otro. El progreso, en nuestro caso, consiste en pasar de hacer muchas cosas por Cristo y por la Iglesia, a sufrir por Cristo y por la Iglesia. Sucede en la vida religiosa lo que sucede en el matrimonio y no hay que asombrarse de ello, desde el momento que es también un matrimonio, un desposorio con Cristo.

Una vez la Madre Teresa de Calcuta hablaba a un grupo de mujeres y las exhortaba a sonreír a su marido. Una de ellas la objetó: «Madre, usted habla así porque no está casada y no conoce a mi marido». Ella le respondió: «Te equivocas. También yo estoy casada y te aseguro que a veces no es fácil tampoco para mí sonreír a mi Esposo». Después de su muerte se ha descubierto a qué aludía la santa con aquellas palabras. Tras la llamada a ponerse al servicio de los más pobres de los pobres, emprendió con entusiasmo el trabajo por su divino Esposo, poniendo en pie obras que maravillaron al mundo entero.

Muy pronto, sin embargo, la alegría y entusiasmo disminuyeron, ella cayó en una noche oscura que la acompañó durante todo el resto de la vida. Llegó a dudar si tenía todavía fe, hasta el punto de que cuando, tras su muerte, fueron publicados sus diarios íntimos, alguien totalmente desconocedor de las cosas del Espíritu, habló incluso de un «ateísmo de la Madre Teresa». La santidad extraordinaria de la Madre Teresa está en el hecho de que vivió todo esto en el más absoluto silencio con todos, escondiendo su desolación interior bajo una sonrisa constante del rostro. En ella se ve lo qué significa pasar de hacer las cosas para Dios, al sufrir por Dios y por la Iglesia.

Es una meta muy difícil, pero afortunadamente Jesús en la cruz no solo nos ha dado el ejemplo de este tipo nuevo de amor; nos ha merecido también la gracia de hacerlo nuestro, de apropiárnoslo mediante la fe y los sacramentos. Prorrumpa, pues, en nuestro corazón, durante la Semana Santa, el grito de la Iglesia: «Adoramus Te, Christe, et benedicimus Tibi, quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum». Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido el mundo.

¡Santo Padre, venerables Padres, hermanos y hermanas: feliz y santa Pascua!

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] Cf. Martin Lutero, De servo arbitrio: WA, 18, 633; cf. también WA, 56, pp. 392. 446-447. [2] Karl Barth, Dommatica eclesiale, IV, 2, 832-852. La incompatibilidad entre amor humano y amor divino es la tesis de Anders Nygren, Eros y ágape, Sagitario, Barcelona 1969. (Edición original sueca (Estocolmo 1930). [3] Benedicto XVI, Deus Caritas Est, nn. 7-8. [4] Nicolás Cabasilas, Vida en Cristo, VI, 2: PG 150, 645 [trad.esp. La vida en Cristro (Rialp, Madrid 41999) 189 ]. [5] H. de Lubac, Histoire et esprit, Paris 1950, Ch.5. [6] Cf. J. Ratzinger – Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, Parte II (Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del VAticano 2011) 151 [trad. esp. Jesús de Nazaret (BAC, Madrid 2015)]. [7] San Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cantar, 61, 4-5: PL 183,1072. [8] Cf. Col 3,9; Rom 13,14; Gál 3,27; Ef 4,24). [9] Cf. Søren Kierkegaard, Diarios, X1, A, 154 (año 1849).

 

PRENDIMIENTO DE JESÚS

— La traición de Judas. Perseverancia en el camino que Dios ha señalado a cada uno. La fidelidad diaria en lo pequeño.

— El pecado en la vida del cristiano. Volver de nuevo al Señor mediante la contrición, y con esperanza.

— La huida de los discípulos. Necesidad de la oración.

I. Terminada su oración en el Huerto de Getsemaní, se levantó el Señor del suelo y despertó una vez más a sus discípulos, adormilados de cansancio y de tristeza. Levantaos, vamos –les dice–; ya llega el que me va a entregar. Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los doce, acompañado de un gran gentío con espadas y palos1.

Se consuma la traición con una muestra de amistad: Se acercó a Jesús y dijo: Salve, Rabí; y le besó2. Nos parece imposible que un hombre que ha conocido tanto a Cristo pueda ser capaz de entregarlo. ¿Qué pasó en el alma de Judas? Porque él estuvo presente en muchos milagros y conoció de cerca la bondad del corazón del Señor para con todos, y se sintió atraído por su palabra y, sobre todo, experimentó la predilección de Jesús llegando a ser uno de los Doce más íntimos. Fue elegido y llamado para ser Apóstol por el mismo Señor. Después de la Ascensión, cuando fue necesario cubrir su vacante, Pedro recordará que era contado entre nosotros, habiendo tenido parte en nuestro ministerio3. También fue enviado a predicar, y vería el fruto copioso de su apostolado; quizá hizo milagros como los demás. Y mantendría diálogos íntimos y personales con el Maestro, como el resto de los Apóstoles. ¿Qué ha pasado en su alma para que ahora traicione al Señor por treinta monedas de plata?

La traición de esta noche debió tener una larga historia. Desde tiempos antes se hallaba ya distante de Cristo, aunque estuviera en su compañía. Permanecía normal en lo externo, pero su ánimo estaba lejos. La ruptura con el Maestro, el resquebrajamiento de su fe y de su vocación, debió producirse poco a poco, cediendo cada vez en cosas más importantes. Hay un momento en que protesta porque le parecen «excesivos» los detalles de cariño que otros tienen con el Señor, y encima su protesta la disfraza de «amor a los pobres». Pero San Juan nos dice la verdadera razón: era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella4.

Permitió que su amor al Señor se fuera enfriando, y ya solo quedó un mero seguimiento externo, de cara a los demás. Su vida de entrega amorosa a Dios se convirtió en una farsa; más de una vez consideraría que hubiera sido mejor no haber seguido al Señor.

Ahora ya no se acuerda de los milagros, de las curaciones, de sus momentos felices junto al Maestro, de su amistad con el resto de los Apóstoles. Ahora es un hombre desorientado, descentrado, capaz de cometer culpablemente la locura que acaba de hacer. El acto que ahora se consuma ha sido ya precedido por infidelidades y faltas de lealtad cada vez mayores. Este es el resultado último de un largo proceso interior.

Por contraste, la perseverancia es la fidelidad diaria en lo pequeño; se apoya en la humildad de recomenzar de nuevo cuando por fragilidad hubo algún descamino. «Una casa no se hunde por un impulso momentáneo. Las más de las veces es a causa de un viejo defecto de construcción. En ocasiones es la prolongada desidia de sus moradores lo que motiva la penetración del agua. Al principio se infiltra gota a gota y va insensiblemente carcomiendo el maderaje y pudriendo el armazón. Con el tiempo el pequeño orificio va tomando mayores proporciones, originándose grietas y desplomes considerables. Al final, la lluvia penetra a torrentes»5.

Perseverar en la propia vocación es responder a las sucesivas llamadas que el Señor hace a lo largo de una vida, aunque no falten obstáculos y dificultades y, a veces, errores aislados, cobardías y derrotas.

Mientras contemplamos estas escenas de la Pasión hacemos examen sobre la fidelidad en lo pequeño a la propia vocación. ¿Se insinúa en algún aspecto como una doble vida? ¿Soy fiel a los deberes del propio estado? ¿Cuido el trato sincero con el Señor? ¿Evito el aburguesamiento y el apego a los bienes materiales –a las «treinta monedas de plata»–?

II. «Tampoco perdió el Señor la ocasión para hacer el bien a quien le hacía mal. Después de haber besado sinceramente a Judas, le amonestó, no con la dureza que merecía, sino con la suavidad con que se trata a un enfermo. Le llamó por su nombre, que es señal de amistad... Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? (Lc 22, 48). ¿Con muestras de paz me haces la guerra? Y aún, para moverle más a que reconociera su culpa, le hizo otra pregunta llena de amor: Amigo, ¿a qué has venido? (Mt 26, 50). Amigo, es mayor la injuria que me haces porque has sido amigo, más duele el daño que me haces. Porque si fuera un enemigo el que me maldijera, lo soportaría..., pero tú, amigo mío, mi amigo íntimo, con quien me unía un amigable trato... (Sal 54, 13). Amigo, que lo has sido y lo debías ser; por Mí puedes serlo de nuevo. Yo estoy dispuesto a serlo tuyo. Amigo, aunque tú no me quieres, Yo sí. Amigo, ¿por qué haces esto, a qué has venido?»6.

La traición se consuma en el cristiano por el pecado mortal. Todo pecado, incluso el venial, está relacionado íntima y misteriosamente con la Pasión del Señor. Nuestra vida es afirmación o negación de Cristo. Pero Él está dispuesto a admitirnos siempre en su amistad, aun después de las mayores infamias. Judas rechazó la mano que le tendió el Señor. Su vida, sin Jesús, quedó rota y sin sentido.

Después de entregarle, Judas debió de seguir con profundo desasosiego las incidencias del proceso contra Jesús. ¿En qué acabaría todo aquello? Pronto se enteró de que los príncipes de los sacerdotes habían dictado sentencia de muerte. Quizá nunca esperó una pena de tal gravedad, quizá vio al Maestro maltratado... Lo cierto es que viendo a Jesús sentenciado, arrepentido de lo hecho, restituyó las treinta monedas de plata. Se arrepintió de su locura, pero le faltó ejercitar la virtud de la esperanza –que podría alcanzar el perdón– y la humildad para volver a Cristo. Podía haber sido uno de los doce fundamentos de la Iglesia a pesar de la enormidad de su culpa, si hubiera pedido perdón a Dios.

El Señor nos espera, a pesar de nuestros pecados y fallos, en la oración confiada y en la Confesión. «El que antes de la culpa nos prohibió pecar, una vez aquella cometida, no cesa de esperarnos para concedernos su perdón. Ved que nos llama el mismo a quien despreciamos. Nos separamos de Él, mas Él no se separa de nosotros»7.

Por muy grandes que puedan ser nuestros pecados, el Señor nos espera siempre para perdonar, y cuenta con la flaqueza humana, los defectos y las equivocaciones. Está siempre dispuesto a volver a llamarnos amigo, a darnos las gracias necesarias para salir adelante, si hay sinceridad de vida y deseos de lucha. Ante el aparente fracaso de muchas tentativas debemos recordar que Dios no pide tanto el éxito, como la humildad de recomenzar sin dejarse llevar por el desaliento y el pesimismo, poniendo en práctica la virtud teologal de la esperanza.

III. Emociona contemplar en esta escena a Jesús pendiente de sus discípulos, cuando era Él quien corría peligro: si me buscáis a mí, dice a quienes acompañaban a Judas, dejad marchar a estos8. El Señor cuida de los suyos.

Entonces apresaron a Jesús y le condujeron a casa del Sumo Sacerdote9. San Juan dice que le ataron10. Y lo harían sin consideración alguna, con violencia. Aquella chusma le va empujando en medio de un vocerío descortés e insultante. Los discípulos, asustados y desconcertados, se olvidan de sus promesas de fidelidad en aquella memorable Cena, y abandonándole, huyeron todos11.

Jesús se queda solo. Los discípulos han ido desapareciendo uno tras otro. «El Señor fue flagelado, y nadie le ayudó; fue afeado con salivas, y nadie le amparó; fue coronado de espinas, y nadie le protegió; fue crucificado, y nadie le desclavó»12. Se encuentra solo ante todos los pecados y bajezas de todos los tiempos. Allí estaban también los nuestros.

Pedro le seguía de lejos13. Y de lejos, como comprendería pronto Pedro después de sus negaciones, no se puede seguir a Jesús. También nosotros lo sabemos. O se sigue al Señor de cerca o se le acaba negando. «Solo nos falta cambiar un pronombre en la breve frase evangélica para descubrir el origen de nuestras propias defecciones: faltas leves o caídas graves, relajamiento pasajero o largos períodos de tibieza, Sequebatur eum a longe: nosotros le seguíamos de lejos (...). La Humanidad sigue a Cristo con desesperante parsimonia, porque hay demasiados cristianos que solo siguen a Jesús de lejos, desde muy lejos»14.

Pero ahora le aseguramos que queremos seguirle de cerca; queremos permanecer con Él, no dejarle solo. También en los momentos y en los ambientes en los que no es popular declararse discípulo suyo. Queremos seguirle de cerca en medio del trabajo y del estudio, cuando vamos por la calle y cuando estamos en el templo, en la familia, en medio de una sana diversión. Pero sabemos que por nosotros mismos nada podemos; con nuestra oración diaria, sí.

Quizá alguno de los discípulos fue en busca de la Santísima Virgen y le contó que se habían llevado a su Hijo. Y Ella, a pesar de su inmenso dolor, les dio paz en aquellas horas amargas. También nosotros hallaremos refugio en ella –Refugium peccatorum–, si a pesar de nuestros buenos deseos nos ha faltado valentía para dar la cara por el Señor cuando Él contaba con nosotros. En Ella encontramos las fuerzas necesarias para permanecer junto al Señor en los momentos difíciles, con afanes de desagravio y de corredención.

1 Mt 26, 46-47. — 2 Mt 26, 49. — 3 Hech 1, 17. — 4 Jn 12, 6. — 5 Casiano, Colaciones, 6. — 6 L. de la Palma, La Pasión del Señor, pp. 59-60. — 7 San Gregorio Magno, Hom. 34 sobre los Evangelios. — 8 Jn 18, 8. — 9 Lc 22, 54. — 10 Jn 18, 12. — 11 Mc 14, 50. — 12 San Agustín, Comentario al Salmo 21, 2, 8. — 13 Lc 22, 54. — 14 G. Chevrot, Simón Pedro, Rialp, 14ª ed., Madrid 1982, pp. 242-243.

 

 

 

“Le seguirás en todo lo que te pida”

Si de verdad deseas que tu corazón reaccione de un modo seguro, yo te aconsejo que te metas en una Llaga del Señor: así le tratarás de cerca, te pegarás a El, sentirás palpitar su Corazón..., y le seguirás en todo lo que te pida. (Forja, 755)

Quienes sostienen una teología incierta y una moral relajada, sin frenos; quienes practican según su capricho personal una liturgia dudosa, con una disciplina de hippies y un gobierno irresponsable, no es extraño que propaguen contra los que sólo hablan de Jesucristo, celotipias, sospechas, falsas denuncias, ofensas, maltratamientos, humillaciones, dicerías y vejaciones de todo género.
Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus Llagas. Y en esos tiempos de purgación pasiva, penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas que procuramos esconder, necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas Santísimas Heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa Sangre redentora, para fortalecernos. Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura, se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo: y veremos que su modo de conversar es apacible y su rostro hermoso, porque los que conocen que su voz es suave y grata, son los que recibieron la gracia del Evangelio, que les hace decir: Tú tienes palabras de vida eterna.
No pensemos que, en esta senda de la contemplación, las pasiones se habrán acallado definitivamente. Nos engañaríamos, si supusiéramos que el ansia de buscar a Cristo, la realidad de su encuentro y de su trato, y la dulzura de su amor nos transforman en personas impecables. Aunque no os falte experiencia, dejadme, sin embargo, que os lo recuerde. El enemigo de Dios y del hombre, Satanás, no se da por vencido, no descansa. Y nos asedia, incluso cuando el alma arde encendida en el amor a Dios. Sabe que entonces la caída es más difícil, pero que -si consigue que la criatura ofenda a su Señor, aunque sea en poco- podrá lanzar sobre aquella conciencia la grave tentación de la desesperanza. (Amigos de Dios, nn. 301-303)

 

 

La lucha interior (Domingo de Ramos)

Homilía pronunciada por san Josemaría 4-IV-1971, en el Domingo de Ramos, y publicada en “Es Cristo que pasa”.

Homilías en audio01/03/2019

Como toda fiesta cristiana, ésta que celebramos es especialmente una fiesta de paz. Los ramos, con su antiguo simbolismo, evocan aquella escena del Génesis: esperó Noé otros siete días y, al cabo de ellos, soltó otra vez la paloma, que volvió a él a la tarde, trayendo en el pico una ramita verde de olivo. Conoció, por esto, Noé que las aguas no cubrían ya la tierra. Ahora recordamos que la alianza entre Dios y su pueblo es confirmada y establecida en Cristo, porque El es nuestra paz. En esa maravillosa unidad y recapitulación de lo viejo en lo nuevo, que caracteriza la liturgia de nuestra Santa Iglesia Católica, leemos en el día de hoy estas palabras de profunda alegría: los hijos de los hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, clamando y diciendo: Gloria en las alturas.

La aclamación a Jesucristo se enlaza en nuestra alma con la que saludó su nacimiento en Belén. Mientras Jesús pasaba, cuenta San Lucas, las gentes tendían sus vestidos por el camino. Y estando ya cercano a la bajada del monte de los Olivos, los discípulos en gran número, transportados de gozo, comenzaron a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que habían visto: bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor, paz en el cielo y gloria en las alturas.

Paz en la tierra

Pax in coelo, paz en el cielo. Pero miremos también el mundo: ¿por qué no hay paz en la tierra? No; no hay paz; hay sólo apariencia de paz, equilibrio de miedo, compromisos precarios. No hay paz tampoco en la Iglesia, surcada por tensiones que desgarran la blanca túnica de la Esposa de Cristo. No hay paz en muchos corazones, que intentan vanamente compensar la intranquilidad del alma con el ajetreo continuo, con la pequeña satisfacción de bienes que no sacian, porque dejan siempre el amargo regusto de la tristeza.

Las hojas de palma, escribe San Agustín, son símbolo de homenaje, porque significan victoria. El Señor estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Iba a triunfar, en el signo de la Cruz, sobre el Diablo, príncipe de la muerte. Cristo es nuestra paz porque ha vencido; y ha vencido porque ha luchado, en el duro combate contra la acumulada maldad de los corazones humanos.

Cristo, que es nuestra paz, es también el Camino. Si queremos la paz, hemos de seguir sus pasos. La paz es consecuencia de la guerra, de la lucha, de esa lucha ascética, íntima, que cada cristiano debe sostener contra todo lo que, en su vida, no es de Dios: contra la soberbia, la sensualidad, el egoísmo, la superficialidad, la estrechez de corazón. Es inútil clamar por el sosiego exterior si falta tranquilidad en las conciencias, en el fondo del alma, porque del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.

Lucha, compromiso de amor y de justicia

Pero este lenguaje, ¿no resulta ya anticuado? ¿Acaso no ha sido sustituido por un idioma de ocasión, de claudicaciones personales encubiertas con un ropaje pseudocientífico? ¿No existe un acuerdo tácito en que los bienes reales son: el dinero que todo lo compra, el poderío temporal, la astucia para quedar siempre arriba, la sabiduría humana que se autodefine adulta, que piensa haber superado lo sacro?

No soy, ni he sido nunca pesimista, porque la fe me dice que Cristo ha vencido definitivamente y nos ha dado, como prenda de su conquista, un mandato, que es también un compromiso: luchar. Los cristianos tenemos un empeño de amor, que hemos aceptado libremente, ante la llamada de la gracia divina: una obligación que nos anima a pelear con tenacidad, porque sabemos que somos tan frágiles como los demás hombres. Pero a la vez no podemos olvidar que, si ponemos los medios, seremos la sal, la luz y la levadura del mundo: seremos el consuelo de Dios.

Nuestro ánimo de perseverar con tesón en este propósito de Amor es, además, deber de justicia. Y la materia de esta exigencia, común a todos los fieles, se concreta en una batalla constante. Toda la tradición de la Iglesia ha hablado de los cristianos como de milites Christi, soldados de Cristo. Soldados que llevan la serenidad a los demás, mientras combaten continuamente contra las personales malas inclinaciones. A veces, por escasez de sentido sobrenatural, por un descreimiento práctico, no se quiere entender nada de la vida en la tierra como milicia. Insinúan maliciosamente que, si nos consideramos milites Christi, cabe el peligro de utilizar la fe para fines temporales de violencia, de banderías. Ese modo de pensar es una triste simplificación poco lógica, que suele ir unida a la comodidad y a la cobardía.

Nada más lejos de la fe cristiana que el fanatismo, con el que se presentan los extraños maridajes entre lo profano y lo espiritual sean del signo que sean. Ese peligro no existe, si la lucha se entiende como Cristo nos ha enseñado: como guerra de cada uno consigo mismo, como esfuerzo siempre renovado de amar más a Dios, de desterrar el egoísmo, de servir a todos los hombres. Renunciar a esta contienda, con la excusa que sea, es declararse de antemano derrotado, aniquilado, sin fe, con el alma caída, desparramada en complacencias mezquinas.

Para el cristiano, el combate espiritual delante de Dios y de todos los hermanos en la fe, es una necesidad, una consecuencia de su condición. Por eso, si alguno no lucha, está haciendo traición a Jesucristo y a todo su cuerpo místico, que es la Iglesia.

Lucha incesante

La guerra del cristiano es incesante, porque en la vida interior se da un perpetuo comenzar y recomenzar, que impide que, con soberbia, nos imaginemos ya perfectos. Es inevitable que haya muchas dificultades en nuestro camino; si no encontrásemos obstáculos, no seríamos criaturas de carne y hueso. Siempre tendremos pasiones que nos tiren para abajo, y siempre tendremos que defendernos contra esos delirios más o menos vehementes.

Advertir en el cuerpo y en el alma el aguijón de la soberbia, de la sensualidad, de la envidia, de la pereza, del deseo de sojuzgar a los demás, no debería significar un descubrimiento. Es un mal antiguo, sistemáticamente confirmado por nuestra personal experiencia; es el punto de partida y el ambiente habitual para ganar en nuestra carrera hacia la casa del Padre, en este íntimo deporte. Por eso enseña San Pablo: yo voy corriendo, no como quien corre a la ventura, no como quien da golpes al aire, sino que castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los otros, venga yo a ser reprobado.

El cristiano no debe esperar, para iniciar o sostener esta contienda, manifestaciones exteriores o sentimientos favorables. La vida interior no es cosa de sentimientos, sino de gracia divina y de voluntad, de amor. Todos los discípulos fueron capaces de seguir a Cristo en su día de triunfo en Jerusalén, pero casi todos le abandonaron a la hora del oprobio de la Cruz.

Para amar de verdad es preciso ser fuerte, leal, con el corazón firmemente anclado en la fe, en la esperanza y en la caridad. Sólo la ligereza insubstancial cambia caprichosamente el objeto de sus amores, que no son amores sino compensaciones egoístas. Cuando hay amor, hay entereza: capacidad de entrega, de sacrificio. de renuncia. Y, en medio de la entrega, del sacrificio y de la renuncia, con el suplicio de la contradicción, la felicidad y la alegría. Una alegría que nada ni nadie podrá quitarnos.

En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día. Nos busca, como buscó a los dos discípulos de Emaús, saliéndoles al encuentro; como buscó a Tomás y le enseñó, e hizo que las tocara con sus dedos, las llagas abiertas en las manos y en el costado. Jesucristo siempre está esperando que volvamos a El, precisamente porque conoce nuestra debilidad.

La lucha interior

Soporta las dificultades como buen soldado de Cristo Jesús, nos dice San Pablo. La vida del cristiano es milicia, guerra, una hermosísima guerra de paz, que en nada coincide con las empresas bélicas humanas, porque se inspiran en la división y muchas veces en los odios, y la guerra de los hijos de Dios contra el propio egoísmo, se basa en la unidad y en el amor. Vivimos en la carne, pero no militamos según la carne. Porque las armas con las que combatimos no son carnales, sino fortaleza de Dios para destruir fortalezas, desbaratando con ellas los proyectos humanos, y toda altanería que se levante contra la ciencia de Dios. Es la escaramuza sin tregua contra el orgullo, contra la prepotencia que nos dispone a obrar el mal, contra los juicios engreídos.

En este Domingo de Ramos, cuando Nuestro Señor comienza la semana decisiva para nuestra salvación, dejémonos de consideraciones superficiales, vayamos a lo central, a lo que verdaderamente es importante. Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena. Para ir al cielo, es indispensable la fidelidad a la doctrina de Cristo. Para ser fiel, es indispensable porfiar con constancia en nuestra contienda contra los obstáculos que se oponen a nuestra eterna felicidad.

Sé que, en seguida, al hablar de combatir, se nos pone por delante nuestra debilidad, y prevemos las caídas, los errores. Dios cuenta con esto. Es inevitable que, caminando, levantemos polvo. Somos criaturas y estamos llenos de defectos. Yo diría que tiene que haberlos siempre: son la sombra que, en nuestra alma, logra que destaquen más, por contraste, la gracia de Dios y nuestro intento por corresponder al favor divino. Y ese claroscuro nos hará humanos, humildes, comprensivos, generosos.

No nos engañemos: en la vida nuestra, si contamos con brío y con victorias, deberemos contar con decaimientos y con derrotas. Esa ha sido siempre la peregrinación terrena del cristiano, también la de los que veneramos en los altares. ¿Os acordáis de Pedro, de Agustín, de Francisco? Nunca me han gustado esas biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno. No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha.

No nos extrañe que seamos derrotados con relativa frecuencia, de ordinario y aun siempre en materias de poca importancia, que nos punzan como si tuvieran mucha. Si hay amor de Dios, si hay humildad, si hay perseverancia y tenacidad en nuestra milicia, esas derrotas no adquirirán demasiada importancia. Porque vendrán las victorias, que serán gloria a los ojos de Dios. No existen los fracasos, si se obra con rectitud de intención y queriendo cumplir la voluntad de Dios, contando siempre con su gracia y con nuestra nada.

Pero nos acecha un potente enemigo, que se opone a nuestro deseo de encarnar acabadamente la doctrina de Cristo: la soberbia, que crece cuando no intentamos descubrir, después de los fracasos y de las derrotas, la mano bienhechora y misericordiosa del Señor. Entonces el alma se llena de penumbras —de triste oscuridad—, se cree perdida. Y la imaginación inventa obstáculos que no son reales, que desaparecerían si mirásemos sólo con un poquito de humildad. Con la soberbia y la imaginación, el alma se mete a veces en tortuosos calvarios; pero en esos calvarios no está Cristo, porque donde está el Señor se goza de paz y de alegría, aunque el alma esté en carne viva y rodeada de tinieblas.

Otro enemigo hipócrita de nuestra santificación: el pensar que esta batalla interior ha de dirigirse contra obstáculos extraordinarios, contra dragones que respiran fuego. Es otra manifestación del orgullo. Queremos luchar, pero estruendosamente, con clamores de trompetas y tremolar de estandartes.

Hemos de convencernos de que el mayor enemigo de la roca no es el pico o el hacha, ni el golpe de cualquier otro instrumento, por contundente que sea: es ese agua menuda, que se mete, gota a gota, entre las grietas de la peña, hasta arruinar su estructura. El peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios.

Oigamos al Señor, que nos dice: quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho. Que es como si nos recordara: lucha cada instante en esos detalles en apariencia menudos, pero grandes a mis ojos; vive con puntualidad el cumplimiento del deber; sonríe a quien lo necesite, aunque tú tengas el alma dolorida; dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad.

Son éstas, y otras semejantes, las mociones que cada día sentiremos dentro de nosotros, como un aviso silencioso que nos lleva a entrenarnos en este deporte sobrenatural del propio vencimiento. Que la luz de Dios nos ilumine, para percibir sus advertencias; que nos ayude a pelear, que esté a nuestro lado en la victoria; que no nos abandone en la hora de la caída, porque así nos encontraremos siempre en condiciones de levantarnos y de seguir combatiendo.

No podemos detenernos. El Señor nos pide un batallar cada vez más rápido, cada vez más profundo, cada vez más amplio. Estamos obligados a superarnos, porque en esta competición la única meta es la llegada a la gloria del cielo. Y si no llegásemos al cielo, nada habría valido la pena.

Los sacramentos de la gracia de Dios

El que desea luchar, pone los medios. Y los medios no han cambiado en estos veinte siglos de cristianismo: oración, mortificación y frecuencia de Sacramentos. Como la mortificación es también oración —plegaria de los sentidos—, podemos describir esos medios con dos palabras sólo: oración y Sacramentos.

Quisiera que considerásemos ahora ese manantial de gracia divina de los Sacramentos, maravillosa manifestación de la misericordia de Dios. Meditemos despacio la definición que recoge el Catecismo de San Pío V: ciertas señales sensibles que causan la gracia, y al mismo tiempo la declaran, como poniéndola delante de los ojos. Dios Nuestro Señor es infinito, su amor es inagotable, su clemencia y su piedad con nosotros no admiten límites. Y, aunque nos concede su gracia de muchos otros modos, ha instituido expresa y libremente —sólo El podía hacerlo— estos siete signos eficaces, para que de una manera estable, sencilla y asequible a todos, los hombres puedan hacerse partícipes de los méritos de la Redención.

Si se abandonan los Sacramentos, desaparece la verdadera vida cristiana. Sin embargo, no se nos oculta que particularmente en esta época nuestra no faltan quienes parece que olvidan, y que llegan a despreciar, esta corriente redentora de la gracia de Cristo. Es doloroso hablar de esta llaga de la sociedad que se llama cristiana, pero resulta necesario, para que en nuestras almas se afiance el deseo de acudir con más amor y gratitud a esas fuentes de santificación.

Deciden sin el menor escrúpulo retardar el bautismo de los recién nacidos, privándoles —con un grave atentado contra la justicia y contra la caridad— de la gracia de la fe, del tesoro incalculable de la inhabitación de la Trinidad Santísima en el alma, que viene al mundo manchada por el pecado original. Pretenden también desvirtuar la naturaleza propia del Sacramento de la Confirmación, en el que la Tradición unánimemente ha visto siempre un robustecimiento de la vida espiritual, una efusión callada y fecunda del Espíritu Santo, para que, fortalecida sobrenaturalmente, pueda el alma luchar —miles Christi, como soldado de Cristo— en esa batalla interior contra el egoísmo y la concupiscencia.

Si se pierde la sensibilidad para las cosas de Dios, difícilmente se entenderá el Sacramento de la Penitencia. La confesión sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino; es un tribunal, de segura y divina justicia y, sobre todo, de misericordia, con un juez amoroso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

Verdaderamente es infinita la ternura de Nuestro Señor. Mirad con qué delicadeza trata a sus hijos. Ha hecho del matrimonio un vínculo santo, imagen de la unión de Cristo con su Iglesia, un gran sacramento en el que se funda la familia cristiana, que ha de ser, con la gracia de Dios, un ambiente de paz y de concordia, escuela de santidad. Los padres son cooperadores de Dios. De ahí arranca el amable deber de veneración, que corresponde a los hijos. Con razón, el cuarto mandamiento puede llamarse —lo escribí hace tantos años— dulcísimo precepto del decálogo. Si se vive el matrimonio como Dios quiere, santamente, el hogar será un rincón de paz, luminoso y alegre.

Nuestro Padre Dios nos ha dado, con el Orden sacerdotal, la posibilidad de que algunos fieles, en virtud de una nueva e inefable infusión del Espíritu Santo, reciban un carácter indeleble en el alma, que los configura con Cristo Sacerdote, para actuar en nombre de Jesucristo, Cabeza de su Cuerpo Místico. Con este sacerdocio ministerial, que difiere del sacerdocio común de todos los fieles esencialmente y no con diferencia de grado, los ministros sagrados pueden consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofrecer a Dios el Santo Sacrificio, perdonar los pecados en la confesión sacramental, y ejercitar el ministerio de adoctrinar a las gentes, in iis quæ sunt ad Deum, en todo y sólo lo que se refiere a Dios.

Por eso el sacerdote debe ser exclusivamente un hombre de Dios, rechazando el pensamiento de querer brillar en los campos en los que los demás cristianos no necesitan de él. El sacerdote no es un psicólogo, ni un sociólogo, ni un antropólogo: es otro Cristo, Cristo mismo, para atender a las almas de sus hermanos. Sería triste que el sacerdote, basándose en una ciencia humana —que, si se dedica a su tarea sacerdotal, cultivará sólo a nivel de aficionado y aprendiz—, se creyera facultado sin más para pontificar en teología dogmática o moral. Lo único que haría es demostrar su doble ignorancia —en la ciencia humana y en la ciencia teológica—, aunque un aire superficial de sabio consiguiese engañar a algunos lectores u oyentes indefensos.

Es un hecho público que algunos eclesiásticos parecen hoy dispuestos a fabricar una nueva Iglesia, traicionando a Cristo, cambiando los fines espirituales —la salvación de las almas, una por una— por fines temporales. Si no resisten a esa tentación, dejarán de cumplir su sagrado ministerio, perderán la confianza y el respeto del pueblo y producirán una tremenda destrucción dentro de la Iglesia, entrometiéndose además, indebidamente, en la libertad política de los cristianos y de los demás hombres, con la consiguiente confusión —se hacen ellos mismos peligrosos— en la convivencia civil. El Orden Sagrado es el sacramento del servicio sobrenatural a los hermanos en la fe; algunos parecen querer convertirlo en el instrumento terreno de un nuevo despotismo.

Pero sigamos contemplando la maravilla de los Sacramentos. En la Unción de los enfermos, como ahora llaman a la Extrema Unción, asistimos a una amorosa preparación del viaje, que terminará en la casa del Padre. Y con la Sagrada Eucaristía, sacramento —si podemos expresarnos así— del derroche divino, nos concede su gracia, y se nos entrega Dios mismo: Jesucristo, que está realmente presente siempre —y no sólo durante la Santa Misa— con su Cuerpo, con su Alma, con su Sangre y con su Divinidad.

Pienso repetidamente en la responsabilidad, que incumbe a los sacerdotes, de asegurar a todos los cristianos ese cauce divino de los Sacramentos. La gracia de Dios viene en socorro de cada alma; cada criatura requiere una asistencia concreta, personal. ¡No pueden tratarse las almas en masa! No es lícito ofender la dignidad humana y la dignidad de hijo de Dios, no acudiendo personalmente a cada uno con la humildad del que se sabe instrumento, para ser vehículo del amor de Cristo: porque cada alma es un tesoro maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre de Cristo.

Hablábamos antes de lucha. Pero la lucha exige entrenamiento, una alimentación adecuada, una medicina urgente en caso de enfermedad, de contusiones, de heridas. Los Sacramentos, medicina principal de la Iglesia, no son superfluos: cuando se abandonan voluntariamente, no es posible dar un paso en el camino del seguimiento de Jesucristo: los necesitamos como la respiración, como el circular de la sangre, como la luz, para apreciar en cualquier instante lo que el Señor quiere de nosotros.

La ascética del cristiano exige fortaleza; y esa fortaleza la encuentra en el Creador. Somos la oscuridad, y El es clarísimo resplandor; somos la enfermedad, y El es salud robusta; somos la escasez, y El la infinita riqueza; somos la debilidad, y El nos sustenta, quia tu es, Deus, fortitudo mea, porque siempre eres, oh Dios mío, nuestra fortaleza. Nada hay en esta tierra capaz de oponerse al brotar impaciente de la Sangre redentora de Cristo. Pero la pequeñez humana puede velar los ojos, de modo que no adviertan la grandeza divina. De ahí la responsabilidad de todos los fieles, y especialmente de los que tienen el oficio de dirigir —de servir— espiritualmente al Pueblo de Dios, de no cegar las fuentes de la gracia, de no avergonzarse de la Cruz de Cristo.

Responsabilidad de los pastores

En la Iglesia de Dios, el tesón constante por ser siempre más leales a la doctrina de Cristo, es obligación de todos. Nadie está exento. Si los pastores no luchasen personalmente para adquirir finura de conciencia, respeto fiel al dogma y a la moral —que constituyen el depósito de la fe y el patrimonio común—, cobrarían realidad las proféticas palabras de Ezequiel: Hijo del hombre, profetiza contra los pastores de Israel. Profetiza, diciéndoles: así habla el Señor Yavé: ¡ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿Los pastores no son para apacentar el rebaño? Vosotros comíais la grosura de las ovejas, os vestíais de su lana... No confortasteis a las flacas, no curasteis a las enfermas, no vendasteis a las heridas, no redujisteis a las descarriadas, no buscabais a las que se habían perdido, sino que dominabais a todas con violencia y dureza.

Son reprensiones fuertes, pero más grave es la ofensa que se hace a Dios cuando, habiendo recibido el encargo de velar por el bien espiritual de todos, se maltrata a las almas, privándoles del agua limpia del Bautismo, que regenera al alma; del aceite balsámico de la Confirmación, que la fortalece; del tribunal que perdona, del alimento que da la vida eterna.

¿Cuándo puede suceder esto? Cuando se abandona esta guerra de paz. Quien no pelea, se expone a cualquiera de las esclavitudes, que saben aherrojar los corazones de carne: la esclavitud de una visión exclusivamente humana, la esclavitud del deseo afanoso de poder y de prestigio temporal, la esclavitud de la vanidad, la esclavitud del dinero, la servidumbre de la sensualidad...

Si alguna vez, porque Dios puede permitir esa prueba, tropezáis con pastores indignos de este nombre, no os escandalicéis. Cristo ha prometido asistencia infalible e indefectible a su Iglesia, pero no ha garantizado la fidelidad de los hombres que la componen. A estos no les faltará la gracia —abundante, generosa— si ponen de su parte lo poco que Dios pide: vigilar atentamente empeñándose en quitar, con la gracia de Dios, los obstáculos para conseguir la santidad. Si no hay lucha, también el que parece estar alto puede estar muy bajo a los ojos de Dios. Conozco tus acciones, tu conducta; sé que tienes nombre de viviente y estás muerto. Está atento y consolida lo que queda de tu grey, que está para morir, pues no he hallado tus obras cabales en presencia de mi Dios. Recuerda, qué cosas has recibido y oíste, y guárdalas y arrepiéntete.

Son exhortaciones del apóstol San Juan, en el siglo primero, dirigidas a quien tenía la responsabilidad de la Iglesia en la ciudad de Sardis. Porque el posible decaimiento del sentido de la responsabilidad en algunos pastores no es un fenómeno moderno; surge ya en tiempos de los apóstoles, en el mismo siglo en el que había vivido en la tierra Jesucristo Nuestro Señor. Y es que nadie está seguro, si deja de pelear consigo mismo. Nadie puede salvarse solo. Todos en la Iglesia necesitamos de esos medios concretos que nos fortalecen: de la humildad, que nos dispone a aceptar la ayuda y el consejo; de las mortificaciones, que allanan el corazón, para que en él reine Cristo; del estudio de la Doctrina segura de siempre, que nos conduce a conservar en nosotros la fe y a propagarla.

Hoy y ayer

La liturgia del Domingo de Ramos pone en boca de los cristianos este cántico: levantad, puertas, vuestros dinteles; levantaos, puertas antiguas, para que entre el Rey de la gloria. El que se queda recluido en la ciudadela del propio egoísmo no descenderá al campo de batalla. Sin embargo, si levanta las puertas de la fortaleza y permite que entre el Rey de la paz, saldrá con El a combatir contra toda esa miseria que empaña los ojos e insensibiliza la conciencia.

Levantad las puertas antiguas. Esta exigencia de combate no es nueva en el cristianismo. Es la verdad perenne. Sin lucha, no se logra la victoria; sin victoria, no se alcanza la paz. Sin paz, la alegría humana será sólo una alegría aparente, falsa, estéril, que no se traduce en ayuda a los hombres, ni en obras de caridad y de justicia, de perdón y de misericordia, ni en servicio de Dios.

Ahora, dentro y fuera de la Iglesia, arriba y abajo, da la impresión de que muchos han renunciado a la lucha —a esa guerra personal contra las propias claudicaciones—, para entregarse con armas y bagaje a servidumbres que envilecen el alma. Ese peligro nos acechará siempre a todos los cristianos.

Por eso, es preciso acudir insistentemente a la Trinidad Santísima, para que tenga compasión de todos. Al hablar de estas cosas, me estremece referirme a la justicia de Dios. Acudo a su misericordia, a su compasión, para que no mire nuestros pecados, sino los méritos de Cristo y los de su Santa Madre, que es también Madre nuestra, los del Patriarca San José que le hizo de Padre, los de los Santos.

El cristiano puede vivir con la seguridad de que, si desea luchar, Dios le cogerá de su mano derecha, como se lee en la Misa de esta fiesta. Jesús, que entra en Jerusalén cabalgando un pobre borrico, Rey de paz, es el que dijo: el reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los que la hacen son los que lo arrebatan. Esa fuerza no se manifiesta en violencia contra los demás: es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario.

Hoy, como ayer, del cristiano se espera heroísmo. Heroísmo en grandes contiendas, si es preciso. Heroísmo —y será lo normal— en las pequeñas pendencias de cada jornada. Cuando se pelea de continuo, con Amor y de este modo que parece insignificante, el Señor está siempre al lado de sus hijos, como pastor amoroso: Yo mismo apacentaré mis ovejas. Yo mismo las llevaré a la majada. Buscaré la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré a la que esté herida, curaré a las enfermas... Habitarán en su tierra en seguridad, y sabrán que yo soy Yavé, cuando rompa las coyundas de su yugo y las arranque de las manos de los que las esclavizaron.

 

 

Semana Santa: Nos amó hasta el fin

La Semana Santa es el centro del año litúrgico: revivimos en estos días los momentos decisivos de nuestra redención. La Iglesia nos lleva de la mano, con su sabiduría y su creatividad, del Domingo de Ramos a la Cruz y a la Resurrección.

Año Litúrgico03/04/2017

Opus Dei - Semana Santa: Nos amó hasta el fin

Domingo de RamosJueves SantoViernes SantoSábado santo y la Vigilia pascual


En el corazón del año litúrgico late el Misterio pascual, el Triduo del Señor crucificado, muerto y resucitado. Toda la historia de la salvación gira en torno a estos días santos, que pasaron desapercibidos para la mayor parte de los hombres, y que ahora la Iglesia celebra «desde donde sale el sol hasta el ocaso»[1]. Todo el año litúrgico, compendio de la historia de Dios con los hombres, surge de la memoria que la Iglesia conserva de la hora de Jesús: cuando, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin»[2].

Muchos de los ritos que vivimos estos días echan sus raíces en muy antiguas tradiciones; su fuerza está aquilatada por la piedad de los cristianos y por la fe de los santos de dos milenios.

La Iglesia despliega en estos días su sabiduría maternal para meternos en los momentos decisivos de nuestra redención: a poco que no ofrezcamos resistencia, nos vemos arrastrados por el recogimiento con que la liturgia de la Semana Santa nos introduce en la Pasión; la unción con la que nos mueve a velar junto al Señor; el estallido de gozo que mana de la Vigilia de la Resurrección. Muchos de los ritos que vivimos estos días echan sus raíces en muy antiguas tradiciones; su fuerza está aquilatada por la piedad de los cristianos y por la fe de los santos de dos milenios.

El Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos es como el pórtico que precede y dispone al Triduo pascual:«este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo —verdaderamente inefable— a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra»[3]

Cuando los primeros fieles escuchaban la proclamación litúrgica de los relatos evangélicos de la Pasión y la homilía que pronunciaba el obispo, se sabían en una situación bien distinta de la de quien asiste a una mera representación: «para sus corazones piadosos, no había diferencia entre escuchar lo que se había proclamado y ver lo que había sucedido»[4]. En los relatos de la Pasión, la entrada de Jesús en Jerusalén es como la presentación oficial que el Señor hace de sí mismo como el Mesías deseado y esperado, fuera del cual no hay salvación. Su gesto es el del Rey salvador que viene a su casa. De entre los suyos, unos no lo recibieron, pero otros sí, aclamándole como el Bendito que viene en nombre del Señor[5].

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-2b7ce101fe1563fcb2f379432ece2799.jpgEl Señor, siempre presente y operante en la Iglesia, actualiza en la liturgia, año tras año, esta solemne entrada en el «Domingo de Ramos en la Pasión del Señor», como lo llama el Misal. Su mismo nombre insinúa una duplicidad de elementos: triunfales unos, dolorosos otros. «En este día —se lee en la rúbrica— la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su Misterio pascual»[6]. Su llegada está rodeada de aclamaciones y vítores de júbilo, aunque las muchedumbres no saben entonces hacia dónde se dirige realmente Jesús, y se toparán con el escándalo de la Cruz. Nosotros, sin embargo, en el tiempo de la Iglesia, sí que sabemos cuál es la dirección de los pasos del Señor: Él entra en Jerusalén «para consumar su misterio pascual». Por eso, para el cristiano que aclama a Jesús como Mesías en la procesión del domingo de Ramos, no es una sorpresa encontrarse, sin solución de continuidad, con la vertiente dolorosa de los padecimientos del Señor.

Es ilustrativo el modo en que la liturgia nos traduce este juego de tinieblas y de luz en el designio divino: el Domingo de Ramos no reúne dos celebraciones cerradas, yuxtapuestas. El rito de entrada de la Misa no es otro que la procesión misma, y esta desemboca directamente en la colecta de la Misa. «Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste —nos dirigimos al Padre— que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz»[7]: aquí todo habla ya de lo que va a suceder en los días siguientes.

El Jueves Santo

El Triduo pascual comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor. El Jueves Santo se encuentra entre la Cuaresma que termina y el Triduo que comienza. El hilo conductor de toda la celebración de este día, la luz que lo envuelve todo, es el Misterio pascual de Cristo, el corazón mismo del acontecimiento que se actualiza en los signos sacramentales.

La acción sagrada se centra en aquella Cena en que Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el testamento de su amor, el Sacrificio de la Alianza eterna[8].

Una antigua tradición reserva para el Viernes santo la proclamación de la Pasión según san Juan, en la que se alza la impresionante majestad de Cristo que «se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor» (San Josemaría).

«Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz»[9]. La liturgia nos introduce de un modo vivo y actual en ese misterio de la entrega de Jesús por nuestra salvación. «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente»[10]. El fiat del Señor que da origen a nuestra salvación se hace presente en la celebración de la Iglesia; por eso la Colecta no vacila en incluirnos, en presente, en la Última Cena: «Sacratissimam, Deus, frequentantibus Cenam…», dice el latín, con su habitual capacidad de síntesis; «nos has convocado hoy para celebrar aquella misma memorable Cena»[11].

Este es «el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nosotros»[12]. Las palabras de Jesús, «me voy, y vuelvo a vosotros y os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros»[13] nos introducen en el misterioso vaivén entre ausencia y presencia del Señor que preside todo el Triduo pascual y, desde él, toda la vida de la Iglesia. Por eso, ni el Jueves Santo, ni los días que lo siguen, son sin más jornadas de tristeza o de luto: ver así el Triduo sacro equivaldría a retroceder a la situación de los discípulos, anterior a la Resurrección. «La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas»[14]. Para perpetuar en el mundo este cariño infinito que se concentra en su Pascua, en su tránsito de este mundo al Padre, Jesús se nos entrega del todo, con su Cuerpo y su Sangre, en un nuevo memorial: el pan y el vino, que se convierten en «pan de vida» y «bebida de salvación»[15]. El Señor ordena que, en adelante, se haga lo mismo que acaba de hacer, en conmemoración suya[16], y nace así la Pascua de la Iglesia, la Eucaristía.

Hay dos momentos de la celebración que resultan muy elocuentes, si los vemos en su mutua relación: el lavatorio de los pies y la reserva del Santísimo Sacramento. El lavatorio de los pies a los Doce anuncia, pocas horas antes de la crucifixión, el amor más grande: «el de dar uno la vida por sus amigos»[17]. La liturgia revive este gesto, que desarmó a los apóstoles, en la proclamación del Evangelio y en la posibilidad de realizar la ablución de los pies de algunos fieles. Al concluir la Misa, la procesión para la reserva del Santísimo Sacramento y la adoración de los fieles revela la respuesta amorosa de la Iglesia a aquel inclinarse humilde del Señor sobre los pies de los Apóstoles. Ese tiempo de oración silenciosa, que se adentra en la noche, invita a rememorar la oración sacerdotal de Jesús en el Cenáculo[18]

 

El Viernes Santo

La liturgia del Viernes Santo comienza con la postración de los sacerdotes, en lugar del acostumbrado beso inicial. Es un gesto de especial veneración al altar, que se halla desnudo, exento de todo, evocando al Crucificado en la hora de la Pasión. Rompe el silencio una tierna oración en que el celebrante apela a las misericordias de Dios —«Reminiscere miserationum tuarum, Domine»— y pide al Padre la protección eterna que el Hijo nos ha ganado con su sangre, es decir, dando su vida por nosotros[19].

Una antigua tradición reserva para este día la proclamación de la Pasión según san Juan como momento culminante de la liturgia de la Palabra. En este relato evangélico se alza la impresionante majestad de Cristo que «se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor»[20]. El Señor responde con valentía a los que vienen a prenderle: «cuando les dijo “Yo soy”, se echaron hacia atrás y cayeron en tierra»[21]. Más adelante le oímos responder a Pilato: «mi reino no es de este mundo»[22], y por eso su guardia no lucha para liberarle. «Consummatum est»[23]: el Señor apura hasta el final la fidelidad a su Padre, y así vence al mundo[24].

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Tras la proclamación de la Pasión y la oración universal, la liturgia dirige su atención hacia el Lignum Crucis, el árbol de la Cruz: el glorioso instrumento de la redención humana. La adoración de la santa Cruz es un gesto de fe y una proclamación de la victoria de Jesús sobre el demonio, el pecado y la muerte. Con Él, vencemos nosotros los cristianos, porque «esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe»[25].

La Iglesia envuelve a la Cruz de honor y reverencia: el obispo se acerca a besarla sin casulla y sin anillo[26]; tras él, sigue la adoración de los fieles, mientras los cantos celebran su carácter victorioso: «adoramos tu Cruz, Señor, y alabamos y glorificamos tu santa Resurrección. Por el madero ha venido la alegría al mundo»[27] Es una misteriosa conjunción de muerte y de vida en la que Dios quiere que nos sumerjamos: «unas veces renovamos el gozoso impulso que llevó al Señor a Jerusalén. Otras, el dolor de la agonía que concluyó en el Calvario... O la gloria de su triunfo sobre la muerte y el pecado. Pero, ¡siempre!, el amor —gozoso, doloroso, glorioso— del Corazón de Jesucristo»[28].

El Sábado santo y la Vigilia pascual

El Sábado santo es el día de la espera de la Resurrección, intensamente vivida por la Madre de Jesús, de donde proviene la devoción de la Iglesia a santa María los sábados.

Un texto anónimo de la antigüedad cristiana recoge, como condensado, el misterio que la Iglesia conmemora el Sábado Santo: el descenso de Cristo a los infiernos. «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo»[29]. Como vemos descansar a Dios en el Génesis al final de su obra creadora, el Señor descansa ahora de su fatiga redentora Y es que la Pascua, que está por despuntar definitivamente en el mundo, es «la fiesta de la nueva creación»[30]: al Señor le ha costado la vida devolvernos a la Vida.

La Vigilia Pascual expresa de mil modos el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida nueva en la Resurrección del Señor: el fuego, el cirio, el agua, el incienso, la música y las campanas…

«Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver»[31]: así decía el Señor a los Apóstoles en la víspera de su Pasión. Mientras esperamos su regreso, meditamos en su descenso a las tinieblas de la muerte, en las que estaban todavía sumergidos aquellos justos de la antigua Alianza Cristo, portando en su mano el signo liberador de la Cruz, pone fin a su sueño y los introduce en la luz del nuevo Reino: «Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo»[32]. Desde las abadías carolingias del siglo VIII, se propagará por Europa la conmemoración de este gran Sábado: el día de la espera de la Resurrección, intensamente vivida por la Madre de Jesús, de donde proviene la devoción de la Iglesia a santa María los sábados; ahora, más que nunca, Ella es la stella matutina[33], la estrella de la mañana que anuncia la llegada del Señor: el Lucifer matutinus[34], el sol que viene de lo alto, oriens ex alto[35].

En la noche de este gran Sábado, la Iglesia se reúne en la más solemne de sus vigilias para celebrar la Resurrección del Esposo, incluso hasta las primeras horas del alba. Esta celebración es el núcleo fundamental de la liturgia cristiana a lo largo de todo el año. Una gran variedad de elementos simbólicos expresan el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida nueva en la Resurrección del Señor: el fuego, el cirio, el agua, el incienso, la música y las campanas…

La luz del cirio es signo de Cristo, luz del mundo, que irradia y lo inunda todo; el fuego es el Espíritu Santo, encendido por Cristo en los corazones de los fieles; el agua significa el paso hacia la vida nueva en Cristo, fuente de vida; el alleluia pascual es el himno de los peregrinos en camino hacia la Jerusalén del cielo; el pan y del vino de la Eucaristía son prenda del banquete escatológico con el Resucitado. Mientras participamos en la Vigilia pascual, reconocemos con la mirada de la fe que la asamblea santa es la comunidad del Resucitado; que el tiempo es un tiempo nuevo, abierto al hoy definitivo de Cristo glorioso: «haec est dies, quam fecit Dominus»[36], este es el día nuevo que ha inaugurado el Señor, el día «que no conoce ocaso»[37].

Felix María Arocena


[1] Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[2] Jn 13, 1.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 110.

[4] San León Magno, Sermo de Passione Domini 52, 1 (CCL 138, 307).

[5] Cfr. Mt 21, 9.

[6] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, n. 1.

[7] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Colecta.

[8] Cfr. Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[9] Francisco, Bula Misericordiae Vultus, 11-IV-2015, n. 7.

[10] Jn 10, 17-18.

[11] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[12] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Communicantes propio.

[13] Jn 14, 28; Jn 16, 7.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

[15] Misal Romano, ofertorio.

[16] Cfr. 1 Cor 11, 23-25.

[17] Cfr. Jn 15, 13.

[18] Cfr. Jn 17.

[19] Cfr. Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, oración inicial.

[20] San Josemaría, Via Crucis, X estación.

[21] Jn 18, 6.

[22] Jn 18, 36.

[23] Jn 19, 30.

[24] Cfr. Jn 16, 33.

[25] 1 Jn 5, 4

[26] Cfr. Ceremonial de los obispos, nn. 315. 322.

[27] Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, n. 20.

[28] San Josemaría, Via Crucis, 14, 3.

[29] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 439).

[30] Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 7-IV-2012.

[31] Jn 16, 16.

[32] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 462).

[33] Letanía Lauretana (cfr. Si 50, 6).

[34] Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.

[35] Liturgia de las Horas, Himno Benedictus (Lc 1, 78).

[36] Sal 117 (118), 24.

[37] Cfr. Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.

 

 

Comentario al Evangelio: Domingo de Ramos

Evangelio del Domingo de Ramos (Ciclo C) y comentario al evangelio.

Vida cristiana

Opus Dei - Comentario al Evangelio: Domingo de Ramos

Evangelio (Lc 19,28-40)

Dicho esto, caminaba delante de ellos subiendo a Jerusalén.

Y cuando se acercó a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos discípulos, diciendo:

—Id a la aldea que está enfrente; al entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo desatáis, le responderéis esto: «Porque el Señor lo necesita».

Los enviados fueron y lo encontraron tal como les había dicho. Al desatar el borrico sus amos les dijeron:

—¿Por qué desatáis el borrico?

—Porque el Señor lo necesita —contestaron ellos.

Se lo llevaron a Jesús. Y echando sus mantos sobre el borrico hicieron montar a Jesús. Según él avanzaba extendían sus mantos por el camino. Al acercarse, ya en la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llena de alegría, comenzó a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que habían visto, diciendo:

¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!

¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!

Algunos fariseos de entre la multitud le dijeron:

—Maestro, reprende a tus discípulos.

Él les respondió:

—Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.


Comentario

El próximo domingo es considerado por la liturgia como el “Domingo de Ramos en la Pasión del Señor”, porque conmemora la entrada de Cristo en Jerusalén para consumar su Misterio Pascual. Por eso se leen desde muy antiguo dos evangelios en este día. Como explica el Papa Francisco, “esta celebración tiene como un doble sabor, dulce y amargo, es alegre y dolorosa, porque en ella celebramos la entrada del Señor en Jerusalén, aclamado por sus discípulos como rey, al mismo tiempo que se proclama solemnemente el relato del evangelio sobre su pasión. Por eso nuestro corazón siente ese doloroso contraste y experimenta en cierta medida lo que Jesús sintió en su corazón en ese día, el día en que se regocijó con sus amigos y lloró sobre Jerusalén”[1].

Benedicto XVI señala que el pasaje de la entrada triunfal “está cargado de referencias misteriosas”[2]. De la versión de Lucas podemos fijarnos en varias de ellas. Por un lado, Jesús desciende el Monte de los Olivos desde Betfagé y Betania, por donde se esperaba la entrada del Mesías. Con sus precisas instrucciones sobre el burro, Jesús emplea el derecho de los reyes a pedir una montura para uso personal. David mandó montar a su hijo Salomón sobre su propio burro para ser llevado a ungir como rey (1Re 1,33). El borriquillo estaba atado, como anunció Jacob que haría Judá con el suyo (Gn 49,11).

Por otro lado, la gente alfombraba con sus mantos el paso de Jesús, como hacían los habitantes de Jerusalén antiguamente en honor de los reyes (2Re 9,13). Y la multitud, llena de júbilo, empezó a cantar para Jesús una versión del Salmo 118: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!”. Y también decían “paz en el cielo, gloria en las alturas”, palabras que nos recuerdan el canto de los ángeles, cuando Jesús nació en Belén (cfr. Lc 2,14), en la ciudad del rey David y del Mesías.

El trasfondo mesiánico de lo que estaba pasando no escapó a la observación de los fariseos, quienes pidieron escandalizados que Jesús reprendiera a sus discípulos. Pero el Maestro les señala la dureza de su corazón. Eran tan claras las señales del Mesías que hasta las piedras gritarían en su honor si ellos consiguieran callar a los discípulos. Y de hecho, como explica un Padre de la Iglesia, “una vez crucificado el Señor, ya que callaron sus conocidos por el temor que tenían, las piedras y las rocas le alabaron, porque, cuando expiró, la tierra tembló, las piedras se rompieron entre sí y los sepulcros se abrieron”[3].

“Así como entonces el Señor entró en la Ciudad Santa a lomos del asno –dice Benedicto XVI−, así también la Iglesia lo veía llegar siempre nuevamente bajo la humilde apariencia del pan y el vino”[4]. Por eso, la escena del domingo de Ramos se repite en cierto modo en nuestra propia vida. Jesús se acerca a la ciudad de nuestra alma a lomos de lo ordinario: en la sobriedad de los sacramentos; o en las suaves insinuaciones, como las que San Josemaría señalaba en su homilía sobre esta fiesta: “vive con puntualidad el cumplimiento del deber; sonríe a quien lo necesite, aunque tú tengas el alma dolorida; dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad”[5].

En este episodio también podemos contemplar con san Josemaría la figura del borrico: “Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma”[6]. Quien recibe a Jesús con humildad y sencillez, luego lo lleva a todas partes.


[1] Papa Francisco, Homilía, Domingo de Ramos 2017.

[2] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Ediciones Encuentro, Madrid 2011, p. 13s.

[3] Beda, Catena Áurea.

[4] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Ediciones Encuentro, Madrid 2011, p. 21.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 77.

[6] Ibídem, n. 181.

 

 

DOMINGO DE RAMOS.

                         Pasión según San Lucas, 22, 14-23, 56.

 ACUÉRDATE DE MÍ.

     La pasión según Lucas tiene matices y sugerencias que hablan del evangelio de la misericordia, del evangelizador, del catequista, del misionero.

Se podría sintetizar en tres palabras claves: Jesús, Misericordia y Asombro.                        Aparece en la pasión el Jesús humano que nos enamora y seduce a todos. El que contempla el buen ladrón en la puerta de la muerte y que le roba el Corazón a Jesús. Hoy estarás conmigo en el paraíso. Curiosamente los apóstoles y discípulos le llaman maestro, Señor, hijo de Dios...los pobres y pecadores sencillamente Jesús. Jesús significa Yahvé salva. Su amor es incondicional. Abre su corazón como puerta de entrada donde solo caben los pequeños y humildes que confiesan sus pecados.

La segunda palabra es Misericordia. Lucas es la pasión de la misericordia. Presenta en todas las escenas el Corazón ilimitadamente bueno de Cristo. No se ve ningún gesto de amargura. Es bueno Jesús siempre y con todos. En la pasión el Señor encuentra la oveja perdida, acoge en su Corazón al hijo prodigo que vuelve a casa herido por la vida. Se alegra con lo pequeño cuando es encontrado y abrazado, como aquella mujer con la moneda insignificante perdida y que se llena de alegría, y como misionera de la misericordia se lo cuenta a todo el mundo.

 Por último es la pasión del asombro de todos los que entran en contacto con El, sobre todo por su bondad tan divina y humana. Acoge y perdona. Reza en su dolor al Padre y comprende a sus amigos dormidos y cansados por tanto dolor padecido. Asombro de un amor incondicional que se entrega y da la vida en todo y por amor a todo.

Según Lucas la pasión de Cristo es la de un amor total y verdadero llamado Jesús.


+ Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres 

 

 

DEVOLVER AMOR POR AMOR (ingredientes para vivir una santa Semana Santa)

El Domingo de Ramos cae el 14 de abril: estamos en tiempo de descuento para el periodo litúrgico más importante: el Triduo Pascual. La Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo es el corazón del Año cristiano, es el centro alrededor del cual gira toda la historia de la Salvación. “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo –estáis salvados por pura gracia–” (Efesios 2, 4-5) nos recuerda san Pablo. La Iglesia nos propone recordar lo que Jesús hizo por nosotros para salvarnos. Qué desgracia que pase la Semana Santa sin pena ni gloria. Como si fuéramos espectadores extraños a lo que está ocurriendo.

El evangelio de san Juan recoge que, a continuación de la entrada triunfal en Jerusalén, Jesús, hombre verdadero, ante la inminencia de su Pasión (quedaban tan solo cuatro días), se llena de angustia y lo manifiesta abiertamente a los discípulos: “Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12, 27-28). Benedicto XVI comentaba el pasaje apuntando que Jesús, “precisamente por ser hombre-Dios, experimentaba con mayor fuerza el terror frente al abismo del pecado humano y a cuánto hay de sucio en la humanidad, que él debía llevar consigo y consumar en el fuego de su amor. Todo esto él lo debía llevar consigo y transformar en su amor” (homilía 29.03.2009). El amor de Jesús al Padre y a nosotros se revela en su aceptación libérrima de la Cruz: “Padre, glorifica tu nombre”. “Con esto quiere decir: <Acepto la cruz>, en la que se glorifica el nombre de Dios, es decir, la grandeza de su amor” (ídem). Sí, Padre, que se manifieste tu amor misericordioso a los hombres. Yo satisfaré su deuda con la justicia divina contraída por sus pecados, así Padre podrás recrearlos con nuestro Amor, el Espíritu Santo, y hacerlos hijos tuyos, como yo soy. “El Hijo unigénito murió por nosotros para no ser el único hijo. No quiso ser único quien, único, murió por nosotros. El Hijo único de Dios ha hecho muchos hijos de Dios. Compró a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado para acoger a los réprobos, vendido para redimirnos, deshonrado para honrarnos, muerto para vivificarnos” (san Agustín Sermón 171). Jesús se sabía amado por su Padre, conocía el misterio de amor que encierra la Cruz, una prueba de amor y camino de glorificación. Por la Cruz a la Gloria. Resucitaría y entraría en la Gloria de su Padre, se sentaría a su derecha, y desde allí reinaría eternamente sobre todo y todos, e intercedería por nosotros y nos prepararía sitio.

Jesús espera que seamos protagonistas de este misterio de amor y salvación junto con él. Nos invita a acompañarle amorosamente en el camino de la Cruz, que no le dejemos solo en su hora, para resucitar con él y vivir ahora una vida nueva, con la libertad de los hijos de Dios. “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará” (Juan 12, 24-26). “No existe otro camino para experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del Amor: el camino de darse, entregarse, perderse para encontrarse” (Benedicto XVI 29.03.2009) En estos días sumerjámonos espiritualmente en el amor de Dios por nosotros para devolver amor por Amor.

El Misterio Pascual: la declaración más plena de su amor

El amor de Dios por los hombres tiene historia, es la historia de la Salvación. La primera declaración de su Amor la realiza en la Creación. Nos crea a su imagen y semejanza por Amor, para ser felices amándole libremente. Su plan se chafó por el pecado: Adán y Eva, tentados por el Maligno, rechazaron su Amor. En su omnipotencia misericordiosa, Dios elaboró un nuevo plan de amor. Eligió un pueblo, Israel, descendientes de Abraham, nuestro padre en la fe; lo liberó de la esclavitud de Egipto y estableció una Alianza de amor a través de su siervo Moisés. Y en la plenitud de los tiempos, reveló su amor enviando a su Hijo Unigénito. Se encarnó, nació de mujer. Toda la vida de Jesús es manifestación de Amor, causa de Salvación, evangelio de Alegría. Pero, sobre todo lo es su Pasión, muerte y Resurrección, cuando, “sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Juan 13, 1).

Si nos preguntamos si importamos a Dios, qué amor nos tiene, la respuesta mejor expresada es la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5, 8). Por mí, por mi amor, Dios entregó a su Hijo al suplicio de la Cruz, hasta derramar la última gota de sangre, y nos envió al Espíritu Santo, su Santo Amor… más no podía hacer. Como Cristo recuerda a sus discípulos: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13). Sin la Pasión, alguien podría dudar del amor de Cristo. Pero, después de su muerte en la Cruz, cada uno de nosotros puede afirmar con seguridad: “el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2, 20). ¿Qué mayor prueba de amor necesitamos para conocer y gustar el Amor de Dios por mí y mover nuestro corazón a devolver amor por Amor?

Por eso, el Misterio Pascual es la declaración de Amor más plena de la Misericordia de Dios con los hombres. “¿Qué ha dejado la Cruz en los que la han visto y en los que la han tocado? ¿Qué deja en cada uno de nosotros? Miren, deja un bien que nadie nos puede dar: la certeza del amor fiel de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos. En la Cruz de Cristo está todo el amor de Dios, está su inmensa misericordia. Y es un amor del que podemos fiarnos, en el que podemos creer” (Francisco, Via Crucis JMJ de Río, 26.07.13).

Llevar el corazón al chequeo anual

En 1495 Leonardo da Vinci inicia, en el refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie (Milán), el Cenacolo o La Última Cena. Tardó tres años en finalizarla. Fue sufragada por el duque Ludovico el Moro, de la familia Sforza. Leonardo usaba modelos al natural. Giambattista Giraldi (1504-1573) se hizo eco de esta forma de trabajar basándose en los recuerdos de su padre: “Antes de pintar una figura, estudiaba primero su naturaleza y su aspecto [...] Cuando se había formado una idea clara, se dirigía a los lugares en los que sabía que hallaría personas del tipo que buscaba, y observaba con atención sus rostros, sus comportamientos, sus costumbres y sus movimientos”. El artista quiso empezar con Jesucristo. El joven elegido tenía una cara que reflejaba paz e inocencia, y estaba libre de las marcas que la vida va dejando en el rostro. Luego, siguió buscando otros modelos para representar al resto de apóstoles, dejando al más complicado, Judas, para el final. Giorgio Vasari (1511-1574), en sus Vite, cuenta la anécdota de que esta forma de trabajar impacientaba al prior del convento y fue a quejarse al duque. Este llamó al pintor para pedirle que acelerara el trabajo. Leonardo le explicó que temía que no fuera posible encontrar nadie que, como Judas, poseyera un corazón tan depravado hasta hacerle traición. Añadió que si, continuando su esfuerzo, no podía encontrarlo, tendría que poner como cara de Judas el retrato del cargante y puntilloso prior. No sabemos a ciencia cierta qué pasó. Se cuenta que, cuando andaba desesperado por no encontrar a nadie semejante, un amigo le dio una pista. Le habló de un hombre que estaba sentenciado a muerte en el calabozo de Roma. Leonardo viajó a Roma y encontró lo que había estado buscando. Aquel hombre tenía el pelo largo, un cuerpo maltrecho, una mirada asesina y la cara marcada por los estragos de la vida. Permitieron al reo trasladarse al estudio del pintor mientras durara su trabajo. Día tras día, el artista iba dando pinceladas maestras a la representación de Judas mientras el modelo le miraba en silencio. Cuando Leonardo terminó de pintar el cuadro y llamó a los guardias para que devolvieran al prisionero a los calabozos, este se resistió y cayó de rodillas ante el pintor. Le gritó desesperado: <¡Leonardo! ¡Mírame bien! ¿Es que no me reconoces?> Da Vinci negó con la cabeza. No recordaba haber visto a aquel hombre antes. <¡Soy yo! ¡El joven al que elegiste para ser el modelo de Cristo!>.

Como señalaba, no sabemos si el relato es una leyenda o un hecho, pero nos recuerda la realidad de nuestra vida. El trigo y la cizaña, el bien y el mal crecen juntos en nuestro corazón: dependiendo del uso que hagamos de la libertad podemos ser Jesús o ser Judas. “Podríamos decir que la libertad es un trampolín para lanzarse al mar infinito de la bondad divina, pero puede transformarse también en un plano inclinado por el cual deslizarse al abismo del pecado y del mal, perdiendo así también la libertad y nuestra dignidad” (Benedicto XVI 18.03.07). Por eso la Iglesia nos propone la Cuaresma. Es el momento oportuno para “hacer un chequeo” a nuestro corazón en “el sanatorio” del Espíritu Santo. Dios nos invita a través del profeta Joel: “convertíos a mí de todo corazón (…) rasgad vuestros corazones (…) y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor” (Joel 2, 12-13). Si acudimos a Dios, no nos defraudará, nos salvará conformando nuestro corazón al de Jesús. Nos lo promete a través del profeta Ezequiel: “les daré otro corazón e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que sigan mis preceptos y cumplan mis leyes y las pongan en práctica: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Pero, si el corazón se les va tras sus ídolos y objetos detestables, los haré responsables de su conducta: –oráculo del Señor Dios–” (Ezequiel 11, 19-21).

Francisco volvió a enseñarlo en la celebración del Miércoles de ceniza. “La Cuaresma es volver a descubrir que estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para las cenizas que se apagan de inmediato; para Dios, no para el mundo; para la eternidad del cielo, no para el engaño de la tierra; para la libertad de los hijos, no para la esclavitud de las cosas. Podemos preguntarnos hoy: ¿De qué parte estoy? ¿Vivo para el fuego o para la ceniza?” (6.03.19) ¿Me parezco a Jesús o me hago cómplice de Judas? Judas había puesto su corazón en el dinero. Así lo apunta san Juan: “era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando” (Juan 12, 6). El Papa animaba a preguntarse dónde hemos puesto el corazón. Lo comparaba a un imán; con el magnetismo del corazón, ¿qué hemos atraído? “Si solo se adhiere a las cosas terrenales, se convierte antes o después en esclavo de ellas: las cosas que están a nuestro servicio acaban convirtiéndose en cosas a las que servir. La apariencia exterior, el dinero, la carrera, los pasatiempos: si vivimos para ellos, se convertirán en ídolos que nos utilizarán, sirenas que nos encantarán y luego nos enviarán a la deriva”. La Cuaresma, en especial esta semana anterior al Domingo de Ramos, está para sondear nuestro corazón y, con la gracia de Dios, liberarlo de esas esclavitudes que producen la “cizaña”, sabiamente compendiada en los siete pecados capitales (la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza) y regresar a Dios.

Poner el corazón en “on”

Si deseamos sintonizar nuestro corazón con el de Jesús, lo primero es poner el corazón en “on”: volver a la casa paterna si nos hemos alejado, como el hijo pródigo. “¿Quién entre nosotros puede presumir de no ser pecador? Ninguno. Todos lo somos” (Francisco, Via Crucis 29.03.13). “El mal es fuerte, tiene un poder seductor: atrae, cautiva. Para apartarse de él no basta nuestro esfuerzo, se necesita un amor más grande. Sin Dios no se puede vencer el mal: solo su amor nos conforta dentro, solo su ternura derramada en el corazón nos hace libres” (Francisco 29.03.19). Con esta finalidad, la diócesis de Roma y muchas otras del mundo viven la iniciativa “24 horas para el Señor”. El Papa la promueve en el Vaticano, donde se inaugura cada año. Se puso en marcha para alentar a los jóvenes a poner el corazón en “on”. Algunas iglesias en zona de “movida” están abiertas 24 horas, con el Santísimo expuesto para la Adoración, con sacerdotes confesando, con el propósito de que muchos experimenten la vuelta a Dios a través del sacramento de la Alegría: Dios Padre nos perdona y hace fiesta por habernos encontrado.

En la primera edición (28.03.14) sorprendió la foto del Papa confesándose en la Basílica del Vaticano. Al acabar de dirigir unas palabras a los jóvenes presentes, Francisco fue a un confesionario que estaba vacío para recibir penitentes, pero de improviso, marchó a otro donde había un sacerdote, se puso de rodillas y se confesó; causando sorpresa a todos. Después, entró en el confesionario previsto, y confesó a las personas que se iban acercando, durante una media hora. Para las siguientes ediciones se estableció ese orden en la ceremonia del acto. El viernes 29 de marzo fue la 6ª edición. En la homilía, Francisco remarcó que “si queremos la liberación del mal hay que dejar actuar al Señor, que perdona y sana. Y lo hace sobre todo a través del sacramento que estamos por celebrar. La confesión es el paso de la miseria a la misericordia, es la escritura de Dios en el corazón. Allí leemos que somos preciosos a los ojos de Dios, que él es Padre y nos ama más que nosotros mismos”.

En esta Cuaresma, ¿hemos experimentado el perdón de Dios en la Confesión, más arrepentidos, con una fe renovada en quien todo puede curar si le confiamos nuestros pecados? Sea cual fuere nuestra respuesta, estamos a tiempo de poner el corazón en “on”: nuestro Padre Dios nos está esperando; si contritos confesamos nuestra miseria no nos regaña, nos perdona, y le falta tiempo para hacernos una fiesta. “Recibir el perdón de los pecados a través del sacerdote es una experiencia siempre nueva, original e inimitable” (Francisco 29.03.19). Arrepentirse no es mirar hacia abajo, a nuestras imperfecciones, sino hacia lo alto, hacia el amor de Dios; no hacia atrás y llenarse de reproches, sino hacia delante, y empezar de nuevo con confianza. Francisco formuló un deseo en la homilía de la 6ª edición de “24 horas para el Señor”: “sería hermoso, después de la confesión, quedarse como aquella mujer (se refería a la mujer pecadora, sorprendida en adulterio, que Jesús acababa de perdonar y librarla de los que querían apedrearla), con la mirada fija en Jesús que nos acaba de liberar: Ya no en nuestras miserias, sino en su misericordia. Mirar al Crucificado y decir con asombro: <Allí es donde han ido mis pecados. Tú los has cargado sobre ti. No me has apuntado con el dedo, me has abierto los brazos y me has perdonado otra vez>”.

Buscar la emisora de Dios

Hemos puesto el corazón en “on”, ahora hemos de buscar la emisora de Dios. Es muy fácil: basta con desear estar con él, hacer oración, rezar. Él siempre está disponible y queriendo estar con nosotros. ¿De qué hablar? En estos días es obligado pedirle que nos cuente la Semana Santa. Hagamos memoria, recordemos (pongamos de nuevo en el corazón) considerando con Dios la Pasión de su Hijo, de su gran Misericordia con nosotros. Cojamos Los Evangelios. En todos se relata el camino de Jesús a la Cruz. Algún año, en estos días, el Papa ha regalado Los Evangelios a los asistentes a la Audiencia de los miércoles en la Plaza del Vaticano. Era una antigua tradición de la Iglesia: en Cuaresma se entregaba un ejemplar a los catecúmenos que iban a bautizarse el Domingo de Resurrección. “¡Es Jesús quien nos habla allí!, acoger la palabra de Dios con el corazón abierto: ¡entonces la buena semilla da fruto!” (Francisco 6.04.14). Meditemos despacio y profundamente lo que sucede esos días en Jerusalén, en Betania… en el Calvario. Recorramos las escenas, “como un personaje más”, aconsejaba san Josemaría. “Nada hay tan eficaz para la salvación y para la siembra de todas las virtudes en un corazón cristiano como la contemplación piadosa y afectiva de cada una de las escenas de la Pasión del Señor”, escribía santo Tomás Moro (La Agonía de Cristo), esperando su muerte encarcelado en la Torre de Londres.

En estos días previos y de manera especial de domingo a domingo, de Ramos a la Resurrección, cuidemos la oración, seamos fieles a esta cita diaria. Jesús nos dice lo que a los apóstoles en el Huerto de los Olivos antes de ser apresado: “¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en tentación” (Lucas 22, 46). Los apóstoles se durmieron y huyeron, le dejaron solo. Ahora nos toca a nosotros. Aprovechemos esos ratos de compañía para consolar a Jesús en su dolor, amarle por los que no le aman, y pedirle que convierta nuestro corazón, lo haga semejante al suyo.

Para mejorar la calidad de conexión

Al encuentro de la oración, la Iglesia nos brinda la Liturgia del Triduo Pascual. El Jueves Santo se celebra la Misa de la Cena del Señor. Animémonos a asistir acompañados de la familia y amigos. No es de precepto, pero es la mejor manera conectarse con la emisora de Dios. Sintonizaremos con Jesús, participando de los sentimientos de su corazón, que nos los manifestó en la Última Cena, la primera Misa, celebrada el primer Jueves Santo. La liturgia de ese día lo recuerda (contemplaremos el lavatorio de los pies y la sorpresa de los apóstoles; el anuncio de la traición de Judas y su dolor; su preocupación por ellos y la promesa del envío del Espíritu Santo; el mandamiento nuevo como señal distintiva del cristiano; la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial; la profecía de las persecuciones que sufrirían por su causa y la segura confianza en su victoria y en su participación en la gloria del Cielo…).

También subirá la calidad de conexión si nos organizamos para asistir a los oficios del Viernes Santo (ese día y el Sábado Santo, según una tradición antiquísima, la Iglesia no celebra la Eucaristía). Esa ceremonia tiene tres partes: la liturgia de la Palabra (con la lectura de la Pasión según san Juan y la oración universal, especial ya que hay un espacio de oración en silencio y de rodillas en cada una de las peticiones); la adoración de la Cruz (que es la parte más importante de la celebración de la Pasión del Señor), y por último, la liturgia de la Comunión (se comulga con las formas consagradas el día anterior). Cuánto nos ayudará acercarnos a adorar la Cruz. “La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo” (Francisco, Via Crucis 29.03.13). Por eso, la Cruz es la señal del cristiano, en ella encontramos un compendio insuperable del amor de Dios por cada uno, y nuestra victoria.

Y, lo más importante, celebrar con el máximo cariño el Domingo de Resurrección, bien en la Vigilia Pascual o en la Misa de Pascua de Resurrección. Por la Cruz a la Luz, si morimos con Cristo viviremos con Él, aquí y en el Cielo para siempre… En verdad ha resucitado el Señor, aleluya. A Él la gloria y el poder por toda la eternidad. Es el mejor broche. Organicémonos para que sea así, evitando en lo posible que viajes u otros asuntos puedan distraernos del día más importante del Año Litúrgico. Y celebrémoslo en familia, que la inmensa alegría de ser salvados se note… también en la mesa.

Unos pluses de conexión

<Por muy buena que sea tu conexión siempre necesitas más>: es lo que nos venden en el mundo digital. Lo mismo en el trato con Dios. En Semana Santa, el amor de los cristianos ha cuajado en costumbres arraigadas que son pluses de conexión. Traigo tres: visitar Monumentos, vivir el Via Crucis y participar en Procesiones.

Al terminar la Misa del Jueves Santo, el Santísimo Cuerpo de Cristo es reservado en una capilla o en algún altar lateral de la Iglesia hasta los oficios del Viernes Santo. El sagrario utilizado es llamado Monumento (se embellece con luces de velas y con profusión de flores, bien iluminado y decorado con tapices y telas u otros motivos). Allí, Jesús nos está esperando; espera nuestra adoración de acción de gracias ante tanto amor bienhechor; espera nuestra compañía en esas horas de soledad y de dolor antes de la Cruz. Una costumbre cristiana es hacer una ronda de Monumentos (visitarle en 7 de esos sitios, o los que podamos). Hagamos una visita, adorándole y rogando por las intenciones que tendrá el Papa en su corazón (por la paz y por la familia; por el Papa y sus trabajos por el bien de la Iglesia; por la santidad de los obispos y sacerdotes, ahora tan lacerada por los abusos; por la santidad de todos los fieles; por la unidad de todos los cristianos; por los cristianos perseguidos a causa de su fe; por la fe de los que no creen o creen débilmente; por los enfermos y por los que carecen trabajo; por los pobres y por los marginados; por los niños que no nacen y por los ancianos que no son queridos…) Y qué mejor hacer la ronda de Monumentos acompañado de familia y amigos; es una experiencia que deja huella y un testimonio de fe luminoso.

La costumbre del Vía Crucis surgió naturalmente entre los cristianos de Jerusalén de los primeros siglos. Recorrían las calles por las que Jesús anduvo cargado con la Cruz hasta el Calvario, y rememoraban los sufrimientos del Redentor. En las peregrinaciones de la Edad Media fue aumentando su práctica, fijándose una ruta que se llamó Via Dolorosa (camino del dolor), y catorce puntos del recorrido o estaciones (donde actualmente te detienes para recordar lo que allí sucedió). Los peregrinos, al volver, movidos por la piedad y el agradecimiento, sembraron Europa de estas mismas estaciones (consistía en una cruz por estación, acompañada de una imagen que representará ese hecho), y se les llamó Via Crucis (camino de la Cruz). Con el tiempo se colocaron en las iglesias y se extendió esta devoción. Alguno de estos días podemos vivir el Via Crucis, acercándonos a alguna iglesia o santuario, y seguir espiritualmente a Jesús por las calles de Jerusalén, meditando sus sufrimientos y uniéndonos interiormente a Él. También cabe unirse al Papa en el Via Crucis del Coliseo (lo retransmitirán el Viernes Santo a las 21.15).

Y por último, las Procesiones, que posiblemente encontremos en el lugar donde estemos. Además del disfrute estético, la belleza de los pasos, la música, el incienso, las luces, las flores,… recemos; a veces bastará con seguir a Jesús con la mirada. En cualquier caso, puede ser ocasión de plantearnos tener un crucifijo (“catedra de Dios”, lo calificó Francisco en la homilía del domingo de Ramos de 2016) y mirarlo, besar sus llagas y descubrir lo que nos ama, más estos días. “Tu Crucifijo. -Por cristiano, debieras llevar siempre contigo tu Crucifijo. Y ponerlo sobre tu mesa de trabajo. Y besarlo antes de darte al descanso y al despertar: y cuando se rebele contra tu alma el pobre cuerpo, bésalo también” (san Josemaría Camino n. 302).

Consecuencias de estar conectados

Si revivimos la Pasión del Señor resonará en nuestro corazón su invitación a padecer con él. “¿Quieres saber cómo agradecer al Señor lo que ha hecho por nosotros?... ¡Con amor! No hay otro camino. <Amor con amor se paga>. Pero la certeza del cariño la da el sacrificio. De modo que ¡ánimo!: niégate y toma su Cruz. Entonces estarás seguro de devolverle amor por amor” (san Josemaría Via Crucis). El cristiano está llamado a seguir los pasos de Jesús, que pasan por la Cruz. “Jesús quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos que son sus primeros beneficiarios” (Compendio del Catecismo n. 123). Con su muerte ha dado un sentido nuevo al dolor, al sufrimiento, a las dificultades, a las contrariedades, a la renuncia voluntaria… del cristiano: unidos al suyo, se convierten en medio de salvación, para uno y para los demás, causa de alegría.

Acojamos la invitación a colaborar con Jesús en la Salvación de las almas y a desagraviar a Dios por los pecados, causa de la Pasión, a través de la cruz de cada día. Además de lo que estos días traigan sin buscarlo (cambios inesperados en los planes, mal tiempo, un dolor…), aprovechemos el ayuno y la abstinencia del Viernes Santo. Y añadamos otras cosas extras, habitualmente serán cosas pequeñas (evitar comer entre las comidas, no tomar dulces o no consumir bebidas alcohólicas, no escuchar la radio en el coche, ayunar de redes sociales, ser amables con el cargante, vencerse en detalles de orden o de puntualidad, terminar bien el trabajo, escuchar al que nos habla dejando lo que hacíamos, pensar los planes posibles familiares poniendo delante los gustos de los demás, hacer un arreglo pendiente de la casa, no quejarse, desterrar los enfados, perder comodidades para que los demás estén a gusto, adelantarse a servir…) Nos puede ayudar esta consideración de san Josemaría, tan cercana en estos días, para ser generosos: “¿No has contrariado, alguna vez, en algo, tus gustos, tus caprichos? –Mira que Quien te lo pide está enclavado en una Cruz –sufriendo en todos sus sentidos y potencias–, y una corona de espinas cubre su cabeza... por ti” (Surco n. 989).

Cuando nos hemos dejado empapar de lo sucedido en el Calvario, nuestro corazón se abre a los demás; al entrar en sintonía con el corazón misericordioso de Jesús, “nos dejamos contagiar por este amor, que nos enseña así a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda, a quien espera una palabra, un gesto. La Cruz nos invita a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de ellos y tenderles la mano” (Francisco Mensaje de Cuaresma 2014). Cristo nos llama a ser buen samaritano, a com-padecerse (padecer con) de los que padecen la miseria. Por una parte, se nos propone remediar la miseria material. “Nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele” (ídem). Pero, sin olvidar la miseria moral, “que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado” y la espiritual. “Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (Leon Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo” (ídem).

Pensemos cómo podemos ayudar a los que veamos estos días de Semana Santa, empezando por el cónyuge y los hijos, agrandando el círculo con los familiares y amigos; sin olvidar los enfermos, los que están solos, los que sufren alguna necesidad, del tipo que sea, y están a nuestro lado. “Allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva” (Francisco, La Alegría del Evangelio n. 86).

Mirarán al que traspasaron (Juan 19, 37)

San Juan recoge la profecía que Zacarías anunció 500 años antes de que se produjera (Zacarías 13, 9-10). Es un buen resumen de lo que podemos hacer en estos días: Mirar a Cristo (al que traspasaron, por mis pecados) y mantener un diálogo de amor. “En la meditación, la Pasión de Cristo sale del marco frío de la historia o de la piadosa consideración, para presentarse delante de los ojos, terrible, agobiadora, cruel, sangrante..., llena de Amor” (san Josemaría Surco n. 993). San Ignacio de Loyola, al contemplar lo que Jesús había hecho por nosotros, se hacía tres preguntas: “¿Qué hice por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿QUÉ HE DE HACER POR CRISTO?” (Ejercicios Espirituales 53). Es la constante de los santos al contemplar los dolores inimaginables que Jesús padeció por amor a cada uno de nosotros.

Y no olvidemos que la Virgen María (la llena de gracia, la llena de amor, la llena de dolor) estuvo al pie de la Cruz (ref Juan 19, 25). Fue el testigo de excepción de lo ocurrido en la Semana Santa. Quién amó más a Jesús que su madre. “¿Puede tu mente alcanzar/ ni en sueños puede haber visto/ lo que la Madre de Cristo/ pudo a Cristo Dios amar?” (Gabriel y Galán, dolor). A más amor, más se sufre con el sufrimiento del amado; y si este es inimaginable como fue el de su hijo… qué difícil nos resulta imaginar ambos, el del hijo amado y el de su madre amante. La Virgen al pie de la Cruz sufre más que si padeciera su muerte en suplicio. Estaba “muriendo con Jesús en su corazón, atravesada por la espada del dolor” (León XIII encíclica Iucunda Semper). Y es nuestra madre. Jesús nos la dio por madre en la Cruz (ref Juan 19, 26). Quién mejor que ella nos enseñará a devolver amor por Amor en esta Semana Santa. Hagamos la prueba y vayamos de su mano al Calvario.

 

 

Eficacia

Daniel Tirapu

Jesús en la cruz

photo_camera Jesús en la cruz

El management, los coach personales, el marketing, el pragmatismo se nos han colado también en la vida espiritual. Resulta inquietante y misterioso el pasaje  sobre las tentaciones de Jesús.

¿Tienes hambre?, convierte las piedras en pan, Tú puedes. Si eres Dios quita los sufrimientos, haz que desaparezca el hambre, rápido, rápido; las piedras en pan y además verás que éxito, creerán, creeremos en Ti. Los apóstoles cayeron en la misma lazada: manda una señal, manda fuego sobre ese pueblo y creerán en Ti. Las autoridades judías: a otros salvó, sálvate a Ti mismo, baja de la cruz. Incluso, a veces, charlando con Jesús, haciendo oración, le sugerimos el modo de hacer las cosas. Como si el paciente le dijese al médico cómo actuar.

Es un Dios grande, pero oculto, humilde en Belén, en la cruz, en la Hostia. A la Iglesia también le pedimos que sea la mejor ONG del mundo, pero Jesús y la Iglesia están para salvarnos, para el perdón de los pecados, para la vida eterna; por supuesto también para que libremente pongamos nuestro mejor esfuerzo en curar y aliviar a los demás. Jesús confío en Ti.

 

Nunca es lícito eliminar una vida humana para resolver ningún problema – editorial Ecclesia

Abrupta, desmesuradamente mediática y dudosamente «inocente» o causal ha sido en plenas vísperas macroelectorales en España el fallecimiento de una señora, enferma de esclerosis múltiple desde hacía años y para cuya muerte ha sido imprescindible la colaboración de su marido. Sin entrar a juzgar el caso, ni su tipificación técnica, jurídica y médica, y expresando nuestro duelo y pésame a esta familia, que ha vivido y vive una situación tan dramática,  sí creemos importante ofrecer unas serie de consideraciones y reflexiones éticas, inscritas en la ley natural, en la recta razón y en el pensamiento e identidad cristiana.

La primera de estas consideraciones ya ha quedado indicada en las primeras de este comentario Editorial y su irrupción en el actual momento político español. En segundo lugar, deseamos retomar unas palabras del Papa en una reciente y popular entrevista televisiva (ECCLESIA número, páginas 3.982, páginas 14 y 15). Preguntado y repreguntado por el periodista acerca el aborto, Francisco respondió con las siguientes preguntas: «¿Es lícito eliminar una vida humana para resolver un problema? ¿Es lícito alquilar a un sicario para que la elimine?».

¿Es lícito –preguntamos nosotros ahora-  no hacer nada e incluso fomentar con políticas restrictivas e insolidarias que el Mediterráneo sea el mayor y más anónimo cementerio de Europa? ¿Es lícito aplicar la pena de muerte a un criminal por abyecto que sea? ¿Es lícito proponer a ancianos y a enfermos terminales un horizonte donde la eutanasia o el suicidio asistido se conviertan en legales e incluso se presenten y se edulcoren, eufemística y demagógicamente, como derechos?

Provocar la muerte no es la solución a ninguna situación por conflictiva que sea. Nunca. En ninguna situación, tanto en la fase inicial y embrionaria de la vida humana, como en su final, como en relación con las personas migrantes y refugiadas.  Y en el caso que nos ocupa, la eutanasia es inmoral, antisocial, insolidaria, radicalmente egoísta, hedonista, materialista y nihilista.

El derecho es la vida, jamás a la muerte. El derecho es la vida y a los cuidados paliativos. Y legalizar el derecho a la eutanasia –y de paso seguir dejando en mantillas los cuidados paliativos y las ayudas eficaces a la dependencia- es, además, intimidatorio y podría favorecer conductas suicidas. En Holanda, donde la eutanasia es legal, un cuarto de los fallecimientos son inducidos por el hombre. Y en Holanda, la tasa de suicidios, reconocidos como tales, es del 12% frente al 8% en España. Y en Bélgica, donde también es legal la eutanasia, el porcentaje de suicidios sube hasta el 17%.

«La eutanasia -recordaron los obispos españoles el pasado 21 de mayo (ECCLESIA, número 3.937, página 11)- es ajena al ejercicio de la medicina y a las profesiones sanitarias, que siempre se rigen por el axioma de “curar, al menos aliviar, y siempre acompañar y consolar”». Es más, añadían los obispos «el artículo 36,3 del Código de Ética y Deontología Médica de la Organización Médica Colegial española afirma que “el médico nunca provocará intencionadamente la muerte de ningún paciente, ni siquiera en caso de petición expresa por parte de éste”».

En el mismo día que en España se desató esta nueva polémica, el Papa Francisco, en un encuentro con periodistas alemanes, expresó su preocupación ante «la contestación del derecho a la vida y el avance de la eutanasia».

La eutanasia –repitámoslo hasta la saciedad; nos va a hacer falta…- no es ningún derecho, avance o progreso. Matar a los que sufren nunca es progresista; acabar con los enfermos indefensos es reaccionario, y lo progresista es cuidarlos. Y no nos debemos dejar engañar so capa de falsa compasión.

 

Eutanasia en España.

Con ocasión de la muerte provocada de María José Carrasco, parece oportuno hacer algunas reflexiones relativas a la eutanasia en España.

La vida es agridulce, pues conlleva alegrías, pero también va con sufrimiento, dolor, enfermedades, limitaciones. “Muerte por compasión”, “ayudar a morir”, “vida sin sentido”, “muerte digna” son términos emocionales, no racionales, utilizados para hacer aceptables la eutanasia en España, así como el suicidio asistido. Parece como si actualmente, con la eutanasia en España, aunque con otro matiz, hubiese vuelto la condena a muerte.

Cuando el sentimiento  y la razón no van al unísono, aparece un sufrimiento que no tiene que ver con el dolor físico; es mayor el dolor moral que el físico. Por eso, la legalización de la eutanasia en España (se llame muerte digna o no) no es lo mismo que su despenalización. La muerte no se debe legitimar; y al hablar de despenalización de la eutanasia en España se significa que la eutanasia es penable, y se anula la pena que lleva consigo.

         Es bueno suprimir el dolor, aliviarlo, para evitar la posible “alienación” del enfermo. Pero no cabe engaño: el doliente es una persona con más necesidad de atención que el sano. Por eso, para evitarle mayores sufrimientos, puede ser necesaria la sedación farmacológica, aunque, como consecuencia, haya un probable riesgo de muerte (hay que informar debidamente al enfermo).

No es lo mismo dolor que sufrimiento. El dolor se alivia, se anula, con analgésicos, con sedantes. El sufrimiento, con comprensión, acompañamiento, amor.

No hay duda de que el esposo de María José acompañó, amó a su mujer toda la vida. No se puede juzgar a las personas; solo Dios es el que juzga. Pero, ¿qué ha ocurrido para que tomase tal decisión? ¿No tuvieron apoyos? ¿No se le ofreció a la enferma algo que fuese realmente digno, de forma personal, individual,  o de forma institucional? ¿Por qué ocurrió esta catástrofe?

Dentro de pocos días conmemoraremos la Pasión del Señor. Jesús se quejó en la cruz del abandono en que estaba (“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”). La muerte es una situación en que un ser humano concreto se enfrenta personalmente con la eternidad. Y abundando más: ¿estuvo solo este matrimonio? ¿No debería haber tenido más apoyos, más cariño?

   Es bueno evitar la ansiedad, el nerviosismo, pero siempre si previamente se han atendido necesidades importantes: auxilio espiritual, dispensación de cariño, acompañamiento, solucionar problemas económicos (por ejemplo, herencia, deudas), temas sociales,  etc. Esto es factible en nuestro país, por la idiosincrasia de sus gentes; por eso, se comprende que muchos vean la eutanasia en España como algo inhumano.

Si al administrar un sedante, la intención es practicar eutanasia tal sedación no es ética.

         Por otra parte, ¿es real el poder morir sin dolor, sin darse cuenta? ¿No constituye un misterio el final de la vida, que no conocemos cómo sucede realmente? ¿Qué cataclismos suceden en ese momento, aunque el paciente esté sedado? ¿Qué ocurre en ese instante, atemporal?

Tener como meta el conseguir falta de dolor y de sufrimiento en la vida es utópico. Otra utopía es vivir eternamente aquí abajo. Quizá estas sean las equivocaciones de la sociedad actual, pues el dolor, la enfermedad, la muerte son nuestros acompañantes. Compadecer es “padecer con” el que sufre. No se da solución a una vida de mala calidad eliminándola, sino mejorándola.

Y el hombre es libre, y en virtud de esa libertad su tendencia es hacia el bien. Lo natural es la elección del bien, de lo bueno. La opción por el suicidio, aun cuando se vea como algo bueno, lleva en sí una gran contradicción: sin vida no hay libertad. La vida lleva implícito el bien de la libertad. Y existen en el hombre, como en todos los animales, dos fuertes instintos: el de la propia conservación y el de la conservación de la especie; los dos con un sustrato biológico muy determinado, incluso a nivel neurológico.

José Luis Velayos

 

"La canción de mi padre": La película de esta Semana Santa

 

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(JUAN JESÚS DE CÓZAR) No faltan cada año por estas fechas dos o tres películas que temáticamente conectan con los tiempos de Cuaresma y Semana Santa. Se trata de filmes con especiales valores humanos y espirituales (de género histórico o no), y aspiraciones de mover a la reflexión y a la mejora personal. Pues bien, se puede decir que la cita cinematográfica de esta Semana Santa se ciñe excepcionalmente a un solo título: La canción de mi padre”, un conmovedor y poderoso relato de redención y de perdón dirigido a todo tipo de público.

Precedida de un éxito incontestable en USA, donde cautivó a 14 millones de espectadores, recaudó 86 millones de dólares y se mantuvo durante cinco semanas en el top ten de la taquilla, la cinta se estrena en España este viernes 5 de abril.

La canción de mi padre” es una película biográfica basada en la historia que inspiró la canción I Can Only Imagine, del grupo MercyMe, el tema góspel más vendido de todos los tiempos. Con más de dos millones de descargas, la canción alcanzó el estatus de doble platino, convirtiéndose en el único single cristiano que ha conquistado ese hito.

Dirigen los hermanos Jon y Andrew Erwin, que se han ido labrando una importante carrera en los últimos diez años y que cuentan con cintas tan comprometidas como “October Baby”. Para el reparto han podido contar con Dennis Quaid, dos veces nominado al Globo de Oro, al que acompañan el actor y cantante J. Michael Finley, Cloris Leachman (ganadora de un Oscar), y el conocido compositor y solista Trace Adkins.

El argumento de “La canción de mi padre” pone el foco en la relación de Bart Millard (J. Michael Finley), un chico sensible y amante de la música, con su agresivo y amargado padre (Dennis Quaid). Una relación difícil, que llega a su punto crítico cuando ambos tengan que afrontar los errores del pasado, en un reencuentro donde la fe abre la posibilidad de la reconciliación.

La banda sonora es espectacular, con mención especial para la extraordinaria canción I Can Only Imagine, cuya letra, llena de esperanza, ha traspasado fronteras y ha multiplicado las versiones en otros idiomas.

La canción de mi padre” entretiene, emociona y contagia la alegría de perdonar y de pedir perdón. Una historia de gozosa superación, donde dolor y amor logran acrisolar una vida de intensas experiencias.

 

 

Escuchar, no discutir

Escrito por Jaime Nubiola

Publicado: 03 Marzo 2019

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Si uno se empeña en escuchar a los demás −sobre todo a quienes son más distintos o parecen tener opiniones más opuestas− y en aprender de ellos, se crece por dentro y a menudo se establecen relaciones intelectuales y afectivas formidables

Durante un reciente viaje a Guatemala, la documentalista Jacin Luna me hizo llegar el clip de cinco minutos de la entrevista con Michael Sandel en la serie “Aprendemos juntos” del BBVA que aparecía en El País uno de esos días. Ya el título de aquella entrevista con el afamado profesor de filosofía política de Harvard resultaba muy atractivo: “Hoy la gente solo escucha opiniones que refuerzan lo que ya cree”. Merece la pena reproducir el pasaje central de esa entrevista aunque sea un poco extenso:

«Vivimos en una época polarizada donde parece que hay muy poca base para una política del bien común. Y una de las características más perjudiciales de la polarización es que la gente solo escucha opiniones que refuerzan lo que ya cree y esto hace que el diálogo sea muy difícil. Casi hasta el punto de que el diálogo y el discurso democrático genuino es un arte perdido. Es un arte perdido porque la gente ha perdido la fe hasta en la posibilidad de debatir con personas que no están de acuerdo con ellos.

Existe el temor de enfrentarnos, de generar conflicto y rabia, o incluso de que esto conduzca a la coerción, a la imposición de los valores de la mayoría sobre la minoría. Y debido a esto, tendemos a evitar el debate sobre valores en política. Creo que es una de las razones por las que el discurso público de las sociedades democráticas de todo el mundo parece ahora tan vacío y tan hueco. Es vacío y hueco porque casi tememos hablar con nuestros conciudadanos sobre grandes cuestiones como la justicia, la ciudadanía y el bien común porque tememos no estar de acuerdo.

[…] Creo que nuestras instituciones educativas deben desempeñar un papel importante en la creación de estas normas y hábitos de diálogo civil. […] Creo que en lugar de esperar a que los partidos políticos y los políticos nos salven, necesitamos vigorizar el discurso público haciendo que el sistema educativo y los medios de comunicación hagan un trabajo mejor».

Estoy tan de acuerdo con este enfoque de Michael Sandel que envié el enlace a mis alumnos por correo electrónico animándoles a ver la entrevista breve (y la versión completa, si les apetecía) y hacerme llegar sus comentarios. Por ahora solo me han escrito dos estudiantes manifestando su acuerdo con Sandel, pero a la vez sintiéndose derrotadas de antemano, incapaces de cambiar esa situación que incluso entre los jóvenes hace a menudo imposible el diálogo y bloquea la reflexión.

Por ejemplo, Lirios, una valiosa alumna levantina, me escribía: “Cada vez resulta más complejo exponer una opinión y que sea escuchada, aunque no se comparta. En seguida hay quien se da por ofendido. Y realmente es una pena que no existan −porque no se fomentan− espacios donde sea viable esa discusión cívica que propone Sandel. Donde todo es café, donde todo vale, nada merece la pena y para eso es mejor quedarte en casa con tus opiniones y no salir al espacio público donde por decir «flor» ya has ofendido a alguien”. Por su parte, la alumna argentina Agustina me escribe: “Me ha pasado tanto en Argentina como en España encontrarme en un debate con personas de mi misma edad y darme cuenta de que repiten las mismas tres frases que la gente les dijo que debían repetir y que no importaba lo que les dijera que no podían salir de sus posiciones”.

Les he contestado a las dos animándolas a crear a su alrededor espacios de escucha y de conversación inteligente y amable: es cuestión de apagar los móviles, de disponer de tiempo y quizá de abundante cerveza. Parafraseando a Hegel, me gusta repetir que las personas de ideales hacen de sus ideas realidades. Si uno se empeña en escuchar a los demás −sobre todo a quienes son más distintos o parecen tener opiniones más opuestas− y en aprender de ellos, se crece por dentro y a menudo se establecen relaciones intelectuales y afectivas formidables.

Me parece que temen expresar sus opiniones porque no desean que de la diferencia de opiniones se pase a la discusión, que en castellano resulta siempre algo enojoso −frente al inglés “to discuss” que equivale a “comentar”−, ya que en las discusiones priman las emociones sobre las razones.

Estoy persuadido de que esta es una de las misiones más importantes de la Universidad: enseñar a dialogar, a escuchar las opiniones de los demás y a expresar con libertad y creativamente el propio parecer. Una universidad ha de constituir un espacio en el que todas las opiniones puedan expresarse con tal de que se haga respetuosa y razonablemente. Ese es el espíritu de la disputatio medieval: es claro que no todas las opiniones son igualmente verdaderas, pero, si han sido formuladas seriamente, en todas ellas hay algo de lo que podemos aprender. No solo la razón de cada uno es camino de la verdad, sino que también las razones de los demás sugieren y apuntan otros caminos que enriquecen y amplían la propia comprensión.

Jaime Nubiola, en filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com.

 

La respuesta al mal que crece

Estamos en plena Cuaresma y por ello me parece justo comentar que con este motivo, el de Cuaresma,  el Papa Francisco publicaba el pasado año un Mensaje que advierte sobre los falsos profetas de este momento histórico y sobre el riesgo de que se enfríe el amor necesario para sostener los lazos de la familia humana. Frente a las inquietudes de este momento surgen esos falsos profetas que se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas con la fascinación del placer, confundido con la felicidad. Ahí encontramos desde la ilusión del dinero al consumo de drogas o las relaciones de “usar y tirar”, presentando así el mal como bien y lo falso como verdadero. La consecuencia es el enfriamiento de la caridad que induce a la tristeza y a la indiferencia y se transforma en violencia contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestra seguridad: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

Juan García.

 

En la oración el ‘yo’ y la familia

En su carta de 1994, el papa apunta grandes orientaciones teológicas, culturales y sociales para entender la situación de la familia. Un punto de partida es que “la oración sea el elemento predominante del Año de la familia en la Iglesia: oración de la familia, por la familia y con la familia”. Recuerda que en la oración el ‘yo’ humano percibe más fácilmente la profundidad de su ser como persona, un principio válido para la familia, que tiene su propia subjetividad, que se confirma y consolida “cuando sus miembros invocan juntos: ‘Padre nuestro’. La oración refuerza la solidez y la cohesión espiritual de la familia, ayudando a que ella participe de la ‘fuerza’ de Dios”. Como es natural, esa plegaria llega también “a las familias en dificultad o en peligro, las desesperanzadas o divididas, y las que se encuentran en situaciones que la Familiaris consortio califica como ‘irregulares’”.

Una vez más, se evoca el gran criterio cristiano de que el modelo originario de la familia hay que buscarlo en el misterio trinitario de Dios. Juan Pablo II afirma sintéticamente: “la genealogía de la persona está unida ante todo con la eternidad de Dios, y en segundo término con la paternidad y maternidad humana que se realiza en el tiempo. Desde el momento mismo de la concepción el hombre está ya ordenado a la eternidad en Dios”. Y desarrolla luego las conclusiones de los principios del Concilio Vaticano II: el ser humano, como única criatura sobre la tierra amada por Dios por sí misma, que “no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo”. Desde ahí se entiende que el hijo es un don: para los padres, para la sociedad: “su vida se convierte en don para los mismos donantes de la vida”. Aunque suponga esfuerzo, cargas económicas, condicionamientos prácticos.

Pedro García

 

¿Quién estudia?

Hace unos días leía un artículo que me pareció muy interesante y que me permito exponer y comentar alguna idea. “Hay una obra recientemente publicada, una novela que mezcla ambientes muy reales y duros con un cuento sobre unos personajes de hace mil años. ‘Un mapa de sal y estrellas’ es una novela original donde los personajes más reales son los de hace mil años. Al-Idrisi, es un cartógrafo comisionado por el rey Roger II de Sicilia para crear un mapa del mundo, allá por el siglo XII. La historia que se cuenta en esta novela, mezclada con la historia reciente de unos desplazados por la guerra, es un cuento fantástico, pero con un personaje histórico que es el cartógrafo.”

Y es que Al-Idrisi es un hombre con mentalidad universitaria. Tiene afán de saber. Entiende que sus estudios pueden ser útiles a los hombres de aquella época y, seguramente, como así fue, a los de épocas posteriores. Le apasiona la posibilidad de descubrir cómo es el mundo, recorrer tierras ignotas, para que consten, con todos los detalles posibles, en el mapa espléndido que, realmente, termina dibujando. Un hombre sabio, porque se ha empeñado en saber.

Ahora, desgraciadamente, en la universidad los estudios se programan en base a las competencias. Se pretende que los universitarios sean competentes para realizar cosas prácticas. Pueden salir estupendos médicos, magníficos ingenieros, pero muy pocos sabios. En realidad, les forman para que tengan unos trabajos muy lucrativos, pero en pocas universidades se les ayuda a saber, a tener esas capacidades que hemos visto en universitarios de los últimos siglos.

JD Mez Madrid

 

 

Méjico, mejicanos y muchísimos otros planetarios

                                Mi artículo titulado “Presidente de Méjico: Inculto, analfabeto o iletrado”, en los foros donde lo he publicado, ha creado “cierto interés” y de la intervención de quién se dice nativo mejicano, reflejo lo que sigue y mi respuesta, por cuanto las considero interesantes de ser difundidas.

“ Muchos mexicanos estamos molestos.

En realidad los mexicanos de estratos socioeconómicos, culturales y académicos bajos, son los que han aplaudido esta tontería de Andrés Manuel.  En este momento México está viviendo un momento muy dramático no solo por cuestiones económicas, políticas, de desempleo, etc... Sino por una salvaje ola de violencia, odio y racismo, hacia UNA, UNA  jovencita que protagonizó una película "Roma" y que. está siendo salvajemente linchada por ser indígena, y por ende su familia también.  Andrés Manuel lo sabe, lo sabe todo México y allende nuestras fronteras y no ha movido un dedo UN SOLO, para frenar este brutal escarnio y en medio de este horror, se le ocurre hacer una estupidez como la de su cartita, sinceramente alguien como yo, se siente avergonzada de esta actitud.  Yo no voté por él, ni por nadie, porque ninguno reunía, desde mi punto de vista, los privilegios que pudieron llevarlo a la silla presidencial.  No puede este dictador arreglar este racismo que está viviendo México hacia esos pueblos y quiere que los demás hagan lo que el debería hacer: PEDIR PERDÓN, perdón por estar permitiendo esta masacre, perdón por haberse enfermado de poder desde antes de tenerlo, perdón porque este México le quedó grande.   Es un maldito iletrado, inculto, por eso, ese pueblo de incultos fue el que votó por él.

Estoy viendo como mi México está llorando sangre, se está cayendo a pedazos y nadie lo ayuda.  López Obrador nos está entregando al Nuevo Orden Mundial como reses al matadero y los mexicanos no se dan cuenta, no ven nada, no oyen nada.   Este desgraciado los tiene dormidos y la democracia se fue al bote de la basura, ahora solo hay que hablar bien de él, sino nos muelen a palos, como si estuviéramos viviendo la Cuba de Castro.  Los medios de comunicación están siendo coartados si dicen algo que no halague su ego.   México entregado a Andrés Manuel y entregado al maldito vecino que tenemos arriba de nuestra frontera norte.  Parece que estamos en la tierra de nadie... a la deriva”....

MI RESPUESTA: “LA INCULTURA Y LA CULPABILIDAD DEL PUEBLO... DE TODOS LOS PUEBLOS: Vamos a hablar claro y profundo... ¿toda la culpa es de los gobernantes? ¡No! Hoy el ser humano que piensa y que quiere superarse a sí mismo, sólo tiene que emprender el camino del "saber" y lo mismo que sabe manejar tantos artilugios electrónicos, lo mismo que se informa de lo que come "y caga" su ídolo de turno, lo mismo que critica desaforadamente "al de enfrente"... ¿por qué no pregunta a su cerebro tantas y tantas cosas como debe? ¿Por qué, no lee o aprende a leer, a escribir, a buscar al que sabe y que vive cerca de él y le pregunta? ¿Por qué sólo se limita a quejarse y a llorar y llegar a extremos en que es capaz de lo más violento para en resumidas cuentas no conseguir nada? Sí, hay muchos "porqués" a los que debe enfrentarse el ser humano antes de quejarse, puesto que se queja principalmente de su propia inutilidad... "todo el que quiere hace y llega... con más o menos esfuerzo llega"; y como yo empecé del cero casi absoluto y he vivido ochenta años, lo sé... Hace muchos años yo escribí el poema que sigue y lo hice plenamente convencido, de que el primero que me tenía que ayudar era YO MISMO...

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MIENTRAS EL SER HUMANO NO PIENSE Y OBRE ASÍ; SERÁ UN ESCLAVO... PEOR AÚN, SERÁ UN ESCLAVO DE SÍ MISMO:

EL GRITO MÁXIMO

¡Dejadme!

Dejadme, dejadme;

aunque seáis poderosos,

aun cuando seáis dioses.

Dejadme.

Yo buscaré mi choza;

yo buscaré mi agua;

yo Buscaré... mi pan.

Dejadme mi libertad...

dejadme mi hambre.

¡Mi hambre es mía...

y en ella mando yo!

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo) www.jaen-ciudad.es (Aquí mucho más)