Las Noticias de hoy 11 Abril 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 11 de abril de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

“Perdona nuestras ofensas”- Catequesis del Papa en la Audiencia general

Audiencia General: “Ninguno ama a Dios tanto como Él nos ha amado”

Nicaragua: El Papa pide a Mons. Silvio Báez que esté en Roma por un tiempo

Consejo de Cardenales: Comienzan las consultas sobre la nueva Constitución apostólica

‘Cristo vive’: “Nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda”

CONTEMPLAR LA PASIÓN: Francisco Fernandez Carbajal

“El peligro es la rutina”: San Josemaria

Dar más sin ser héroes: Carlo De Marchi

Desprendimiento (meditación en Cuaresma)

Dos minutos diarios a orar por la vida: Sheila Morataya

El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo: Benedicto XVI

La alimentación de nuestros hijos: Lucia Legorreta

Análisis de la película “La Pasión de Cristo”: Jaime Cervera

Pese a trabas, película provida “Unplanned”, triunfa en EE.UU.

Jaime Mayor Oreja: “En Europa estamos obligados a una regeneración a través de una nueva cultura de la vida”

Demasiado pronto: Alfonso Aguiló

"Lo insano no es la masculinidad ni la feminidad, …”: Suso do Madrid

La ONU juega al aborto: José Morales Martín

“Obrad en verdad”: Xus D Madrid

Pueblos y… “pueblos”: Antonio García Fuentes

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Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

ROME REPORTS

 

 

 

“Perdona nuestras ofensas”- Catequesis del Papa en la Audiencia general

La soberbia, actitud peligrosa

abril 10, 2019 14:51RedacciónAudiencia General

(ZENIT – 10 abril 2019).- En la Audiencia general de este miércoles 10 de abril de 2019, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco ha dedicado la catequesis a la petición del Padre Nuestro que dice: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

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Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! No hace buen día, pero ¡buenos días, lo mismo!

Después de pedir a Dios el pan de cada día, la oración del “Padre Nuestro” entra en el campo de nuestras relaciones con los demás. Jesús nos enseña a pedirle al Padre: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12). Lo mismo que necesitamos el pan, así necesitamos el perdón. Y esto cada día.

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El cristiano que reza pide a Dios ante todo que le perdone sus ofensas, es decir, sus pecados, el mal que hace. Esta es la primera verdad de cada oración: aunque fuéramos personas perfectas, aunque fuéramos  santos cristalinos que no se desvían nunca de una vida de bien, somos siempre hijos que le deben  todo al Padre. La actitud más peligrosa de toda vida cristiana ¿cuál es? Es la soberbia. Es la actitud de quien se coloca ante Dios pensando que siempre tiene las cuentas en orden con Él: el soberbio cree que hace todo bien. Como ese fariseo de la parábola, que en el templo cree que está rezando pero que, en realidad, se elogia ante Dios “Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás”. Es la gente que se siente perfecta, la gente que critica a los demás, es gente soberbia. Ninguno de nosotros es perfecto, ninguno. Por el contrario, el publicano, que estaba detrás, en el templo, un pecador despreciado por todos, se detiene en el umbral del templo y no se siente digno de entrar y se confía a la misericordia de Dios. Y Jesús comenta: “Este, a diferencia del otro, regresó a su casa justificado” (Pc 18, 14), o sea, perdonado, salvado. ¿Por qué? Porque no era soberbio, porque reconocía sus limitaciones y sus pecados.

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Hay pecados que se ven y pecados que no se ven. Hay pecados flagrantes que hacen ruido, pero también hay pecados tortuosos, que se anidan en el corazón sin que nos demos cuenta. El peor es la soberbia que también puede contagiar a las personas que viven una vida religiosa intensa.  Había una vez un convento de monjas, en el año 1600- 1700, famoso, en la época del jansenismo: eran perfectísimas y se decía de ellas que eran purísimas, como los ángeles, pero soberbias como los demonios. Es algo muy feo.  El pecado divide  la fraternidad,  el  pecado nos hace suponer que somos mejores que los demás, el pecado nos hace creer que somos similares a Dios.

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Y, en cambio, ante  Dios, todos somos pecadores, y tenemos razones para darnos golpes de pecho -¡todos!- como el publican en el templo. San Juan, en su Primera Carta, escribe: “Si decimos no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1 Jon 1: 8). Si quieres engañarte, di que no tienes pecados: así te engañas.

Somos deudores  sobre todo porque en esta vida hemos recibido mucho: la existencia, un padre y una madre, la amistad, las maravillas de la creación … Incluso si a todos nos toca pasar días difíciles, siempre debemos recordar que la vida es una gracia, es el milagro que Dios ha sacado de la nada.

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En segundo lugar, somos deudores  porque, aunque consigamos amar,  ninguno de nosotros puede hacerlo solamente con sus propias fuerzas.  El amor verdadero es cuando podemos amar, pero con la gracia de Dios. Ninguno de nosotros brilla con luz propia. Es lo que los antiguos teólogos llamaban  un “mysterium lunae” no solo en la identidad de la Iglesia, sino también en la historia de cada uno de nosotros.  ¿Qué significa este mysterium lunae“?  Que es como la luna, que no tiene luz propia: refleja la luz del sol. Tampoco nosotros tenemos luz propia: nuestra luz es un reflejo de la gracia de Dios, de la luz de Dios. Si amas es porque alguien, que no eras tú, te sonrió cuando eras un niño, enseñándote a responder con una sonrisa. Si amas es porque alguien a tu lado te despertó al amor, haciendo que entendieras que en él reside el sentido de la existencia.

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Tratemos de escuchar la historia de una persona que ha cometido un error: un prisionero, un convicto, un drogadicto… conocemos a tanta gente que se equivoca en la vida. Sin perjuicio de la responsabilidad, que siempre es personal, a veces te preguntas a quién se debe culpar por sus errores, si sea solamente su conciencia, o la historia de odio y abandono que algunos llevan tras de sí.

Y este es el misterio de la luna: amamos, ante todo,  porque hemos sido amados, perdonamos porque hemos sido perdonados. Y si alguien no ha sido iluminado por la luz solar, se vuelve tan frío como la tierra en invierno.

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¿Cómo podemos dejar de reconocer, en la cadena de amor que nos precede también la presencia providente del amor de Dios? Ninguno de nosotros ama tanto a Dios como Él nos ha amado. Basta ponerse ante un crucifijo para comprender la desproporción: Él nos ha amado y nos ama siempre a nosotros primero.

Recemos, pues: Señor, incluso el más santo de nosotros no deja de ser deudor tuyo. Oh Padre, ¡ten piedad de todos nosotros!

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Al final de la catequesis el Papa ha saludado, entre otros, a los peregrinos de lengua española provenientes de España y de América Latina. “Acercándonos cada vez más a las fiestas de Pascua, -ha dicho- los animo a no dejar de mirar a Cristo en la cruz, para que su amor purifique todas nuestras vidas y nos libre del orgullo de pensar que somos autosuficientes. Que la gracia de la resurrección de Cristo transforme totalmente nuestra vida. ¡Qué Dios los bendiga!

© Librería Editorial Vaticano

 

Audiencia General: “Ninguno ama a Dios tanto como Él nos ha amado”

Palabras del Papa en español

abril 10, 2019 14:23Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 10 abril 2019).- El Papa Francisco ha recordado hoy en la Audiencia general que “ninguno ama a Dios tanto como Él nos ha amado” y que “basta que miremos a Cristo en la cruz para descubrir la desproporción entre su amor y el nuestro”.

En la audiencia de este miércoles, 10 de abril de 2019, el Santo Padre ha dedicado la catequesis a la petición del Padre nuestro que dice: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” y se ha leído el evangelio de san Juan (8,31-42).

En estas fechas cercanas la Semana Santa, el Papa anima a mirar a la cruz como una forma de comprobar que el amor que Dios nos tiene será eternamente mayor que el que nosotros le ofrezcamos. Durante la catequesis, el Pontífice ha resaltado cómo en todas las oraciones del cristiano se realiza una petición de perdón, para ser conscientes de que siempre seremos deudores de Dios.

Todo lo hemos recibido

Dada esta condición de deudores, el Papa considera que la soberbia es la actitud más negativa en la vida cristiana: “se arraiga en el corazón sin que muchas veces nos demos cuenta, e incluso afecta a las personas que llevan una intensa vida religiosa. Nos hace creer que somos mejores que los demás, casi semejantes a Dios, amenazando así con romper la fraternidad”.

Tenemos una deuda de amor con el Señor porque todo lo que tenemos lo hemos recibido de Él. El Papa ha explicado que nuestra existencia es como un “mysterium lunae” porque igual que la luna refleja la luz del sol, nosotros contamos con una luz que no es propia, sino proporcionada por Dios.

Hemos sido amados antes

Fruto de esa existencia recibida “si amamos es porque hemos sido amados antes; si perdonamos es porque antes hemos sido perdonados. Y en esta cadena de amor que nos precede reconocemos la presencia providente de Dios que nos ama”, dice el Pontífice.

 

 

Nicaragua: El Papa pide a Mons. Silvio Báez que esté en Roma por un tiempo

“Yo no he pedido salir de Nicaragua”

abril 10, 2019 22:47Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 10 abril 2019).- El Papa Francisco ha pedido a Mons. Silvio Báez Ortega, Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, que esté en Roma por un tiempo indeterminado, ha anunciado el propio obispo este miércoles 10 de abril de 2019, en rueda de prensa ofrecida en la curia arzobispal, a las 10:30 hora local.

Mons. Báez ha anunciado a los medios de comunicación en rueda de prensa esta información, junto al Cardenal Leopoldo Brenes, tras una larga crisis en el país, agravada con la violencia desatada por el régimen paramilitar del gobierno de Daniel Ortega Murillo, que ha dejado más de 600 muertes en las calles, más de 800 presos políticos y 1000 desaparecidos.

Hace 15 días, aproximadamente, el Papa Francisco invitó a monseñor Silvio Báez Ortega, Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua (Nicaragua), a ir a Roma para mantener con él un diálogo, en audiencia privada, que se celebró el pasado jueves, 4 de abril de 2019, en el Palacio Apostólico del Vaticano, ha relatado el Cardenal Leopoldo Brenes, quien también ha intervenido en la conferencia.

El Obispo nicaragüense aclaró: “Yo no he pedido salir de Nicaragua”, declaró Mons. Báez. “Quiero dejar claro que mi corazón ha estado aquí, en mi tierra, en mi patria, y en medio de mi pueblo, y mi corazón de pastor seguirá aquí, en Nicaragua”.

“Yo no he pedido salir –insistió el prelado– he sido llamado por el Santo Padre, y como ha dicho el Cardenal Brenes, mandó una carta y a través de la Nunciatura se me comunicó que quería conversar conmigo. Fui a Roma y me recibió de una manera muy afectuosa, muy fraterna, con un gran interés por mi ministerio y por mi vida, y también por la situación de Nicaragua. Quiso que le hablara de mi ministerio y de la vida en Nicaragua. Me escuchó con muchísima atención”.

El pastor de la Arquidiócesis de Managua ha reproducido lo que manifestó al Santo Padre: “En este momento experimento un gran dolor en mi corazón. El dolor de no poder estar físicamente en medio de mi amado pueblo nicaragüense”.

“He llorado”

“Así como Pablo se echó a llorar con los presbíteros en Éfeso en Hechos 20, yo he llorado”, ha confesado el obispo. “Esta decisión del Santo Padre que yo he aceptado y asumido con plena obediencia amorosa ha hecho llorar mi corazón”.

“Como no llorar al recordar en estos 10 años el cariño, el apoyo, la confianza, la cercanía, las oraciones de nuestra gente, de nuestros niños, de nuestros jóvenes…”, ha expresado Báez Ortega. “Como olvidar a los campesinos, a las madres de las víctimas de la represión, los jóvenes perseguidos, a quienes están en las cárceles. Llevo todo esto en mi corazón”.

“Les aseguro que tengo una paz profunda que es una gracia especialísima del Señor”, ha compartido con los periodista desde su país.

Asesinatos, ejecuciones extrajudiciales

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (Acnudh) ha responsabilizado a Daniel Ortega de “asesinatos, ejecuciones extrajudiciales, malos tratos, posibles actos de tortura y detenciones arbitrarias cometidos en contra de la población mayoritariamente joven de Nicaragua”. El Gobierno nicaragüense ha negado su responsabilidad y sostiene que es “víctima de un golpe de Estado”.

Entre los fallecidos también cuentan jóvenes y niños. Una crisis que ha dejado un saldo de casi 2.000 heridos e innumerables detenidos. En este periodo de conflicto social, las libertades de prensa y expresión han sido violadas, muchos han sido los periodistas amenazados y heridos al momento de ejercer su labor, y entre los muertos está también el periodista Ángel Gahona, mientras cubría las protestas iniciales.

 

 

Consejo de Cardenales: Comienzan las consultas sobre la nueva Constitución apostólica

Que aborda la reforma de la Curia

abril 10, 2019 18:40Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede, Vaticano

(ZENIT – 10 abril 2019).- El borrador de la nueva Constitución apostólica -sobre la reforma de la Curia Romana –con el título provisional Praedicate evangelium–, aprobado por el Consejo de Cardenales, se enviará ahora a las Conferencias Episcopales Nacionales, a los Sínodos de las Iglesias Orientales, a los Dicasterios de la Curia, a las Conferencias de Superiores y Superioras Mayores y a algunas Universidades Pontificias, a quienes se les pedirá que envíen comentarios y sugerencias.

Durante la 29ª reunión de los 6 cardenales que asesoran a Francisco, se ha puesto a punto el procedimiento de consultación de la nueva Constitución apostólica: Es el nuevo avance acordado en este último Consejo de Cardenales, celebrado del 8 al 10 de abril de 2019 en el Vaticano, con el Pontífice.

El Director ad interim de la Oficina de Prensa, Alessandro Gisotti, ha informado a última hora de la mañana del miércoles, 10 de abril de 2109, acerca de la 29ª reunión del Consejo de Cardenales con el Papa Francisco, celebrada del 8 al 10 de abril.

6 cardenales 

Estos tres días se han reunido en este Consejo de Cardenales los cardenales Pietro Parolin, Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, Reinhard Marx, Seán Patrick O’Malley, Giuseppe Bertello y Oswald Gracia, además del Secretario del Consejo, Mons. Marcello Semeraro, y el Secretario adjunto, Mons. Marco Mellino.

El Santo Padre ha participado en los trabajos con los cardenales, como de costumbre, aunque estuvo ausente esta mañana con motivo de la audiencia general, ha indicado Gisotti. Las sesiones de trabajo han tenido lugar de 9 a 12:30 de la mañana y de 16:30 a 19 horas.

Más mujeres líderes en la Iglesia

Entre los temas abordados durante las sesiones de trabajo han estado también la “orientación misionera que debe asumir cada vez más la Curia” a la luz de la nueva Constitución apostólica, el “compromiso de fortalecer el proceso de sinodalidad” en la Iglesia “en todos los niveles” y la necesidad de una “mayor presencia de las mujeres en roles de liderazgo” en los organismos de la Santa Sede.

Además, se ha reiterado que el Consejo de Cardenales es un organismo que tiene la tarea de ayudar al Santo Padre en el gobierno de la Iglesia universal y, por lo tanto, su función no termina con la publicación de la Constitución apostólica.

O’Malley agradece al Papa el encuentro sobre abusos

El martes 9 de abril, el cardenal Seán Patrick O’Malley explicó al Papa y al Consejo los trabajos de la asamblea plenaria de la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores, que tuvo lugar la semana pasada.

El cardenal O’Malley dio las gracias al Papa por el Encuentro en el Vaticano La protección de los menores en la Iglesia, celebrado el pasado mes de febrero, y por la reciente publicación de las normas para el Estado de la Ciudad del Vaticano, que refuerzan el compromiso de la Iglesia contra todas las formas de abuso de menores  y adultos vulnerables.

La próxima reunión del Consejo de Cardenales tendrá lugar los días 25, 26 y 27 de junio de 2019.

 

 

‘Cristo vive’: “Nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda”

Capítulo octavo: “Vocación”

abril 10, 2019 23:21Rosa Die AlcoleaEducación y jóvenes, Papa y Santa Sede

(ZENIT – 10 abril 2019).- “Lo fundamental es discernir y descubrir que lo que Jesús quiere de cada joven es sobre todo su amistad”, expone el Papa Francisco en el punto 250 de la Exhortación Apostólica Christus vivit, publicada el martes, 2 de abril de 2019.

El capítulo octavo está dedicado a la vocación, que según Francisco “es una llamada al servicio misionero de los demás”, porque nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda (254).

Para realizar nuestra vocación es necesario desarrollarnos, hacer crecer y cultivar todo lo que somos. No se trata de inventarse, de crearse de la nada, sino de descubrirse a la luz de Dios y de hacer florecer el propio ser” (257). Y “este “ser para los demás” en la vida de cada joven está normalmente ligado a dos cuestiones fundamentales: la formación de una nueva familia y el trabajo” (258).

Amor y familia

En cuanto al “amor y la familia”, el Papa escribe que “los jóvenes sienten fuertemente la llamada al amor y sueñan con encontrar a la persona adecuada con la que formar una familia” (259), y el sacramento del matrimonio “envuelve este amor con la gracia de Dios, enraizándolo en Dios mismo” (260). Dios nos creó sexualmente, él mismo creó la sexualidad, que es su don, y por lo tanto “no hay tabúes”. Es un don que el Señor da y “tiene dos objetivos: amarse unos a otros y generar vida”. Es una pasión…. El verdadero amor es apasionado” (261).

Francisco observa que “el aumento de las separaciones, de los divorcios… puede causar grandes sufrimientos y crisis de identidad en los jóvenes. A veces tienen que asumir responsabilidades que no son proporcionales a su edad” (262).

A pesar de todas las dificultades, “quiero decirles…. que vale la pena apostar por la familia y que en ella encontrarán los mejores incentivos para madurar y las mejores alegrías para compartir. No dejes que te roben la oportunidad de amar seriamente” (263). “Creer que nada puede ser definitivo es un engaño y una mentira… Les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contra corriente” (264).

Trabajo

En cuanto al trabajo, el Papa escribe: “Invito a los jóvenes a no esperar vivir sin trabajo, dependiendo de la ayuda de los demás. Esto no es bueno, porque “el trabajo es una necesidad, es parte del sentido de la vida en esta tierra, del camino hacia la madurez, el desarrollo humano y la realización personal. En este sentido, ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre un remedio temporal para las emergencias” (269).

Después de observar cómo los jóvenes experimentan, en el mundo del trabajo, formas de exclusión y de marginación (270), afirma con respecto al desempleo juvenil: “Es una cuestión… que la política debe considerar prioritaria, sobre todo hoy en día, cuando la velocidad del desarrollo tecnológico, junto con la obsesión por reducir los costes laborales, puede llevar rápidamente a la sustitución de innumerables puestos de trabajo por maquinaria” (271). Y a los jóvenes les dice: “Es verdad que no puedes vivir sin trabajo y que a veces tendrás que aceptar lo que encuentras, pero nunca renunciar a tus sueños, nunca enterrar definitivamente una vocación, nunca renunciar” (272).

Francisco concluye este capítulo hablando de “vocaciones a una consagración especial”. En el discernimiento de una vocación no se debe excluir la posibilidad de consagrarse a Dios….”. ¿Por qué excluirlo? Ten la certeza de que si reconoces una llamada de Dios y la sigues, será lo que dé plenitud a tu vida” (276).

 

 

CONTEMPLAR LA PASIÓN

— La costumbre de meditar la Pasión de Nuestro Señor. Amor y devoción al Crucifijo.

— Cómo meditar la Pasión.

— Frutos de esta meditación.

I. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme. Yo te di a beber el agua salvadora que brotó de la peña; tú me diste a beber hiel y vinagre. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho...?1.

La liturgia de estos días nos acerca ya al misterio fundamental de nuestra fe: la Resurrección del Señor. Si todo el año litúrgico se centra en la Pascua, este tiempo «aún exige de nosotros una mayor devoción, dada su proximidad a los sublimes misterios de la misericordia divina»2. «No recorramos, sin embargo, demasiado deprisa ese camino; no dejemos caer en el olvido algo muy sencillo, que quizá, a veces, se nos escapa: no podremos participar de la Resurrección del Señor, si no nos unimos a su Pasión y a su Muerte (Cfr. Rom 8, 17). Para acompañar a Cristo en su gloria, al final de la Semana Santa, es necesario que penetremos antes en su holocausto, y que nos sintamos una sola cosa con Él, muerto sobre el Calvario»3. Por eso, durante estos días, acompañemos a Jesús, con nuestra oración, en su vía dolorosa y en su muerte en la Cruz. Mientras le hacemos compañía, no olvidemos que nosotros fuimos protagonistas de aquellos horrores, porque Jesús cargó con nuestros pecados4, con cada uno de ellos. Fuimos rescatados de las manos del demonio y de la muerte eterna a gran precio5, el de la Sangre de Cristo.

La costumbre de meditar la Pasión tiene su origen en los mismos comienzos del Cristianismo. Muchos de los fieles de Jerusalén de la primera hora tendrían un recuerdo imborrable de los padecimientos de Jesús, pues ellos mismos estuvieron presentes en el Calvario. Jamás olvidarían el paso de Cristo por las calles de la ciudad la víspera de aquella Pascua. Los Evangelistas dedicaron una buena parte de sus escritos a narrar con detalle aquellos sucesos. «Leamos constantemente la Pasión del Señor –recomendaba San Juan Crisóstomo–. ¡Qué rica ganancia, cuánto provecho sacaremos! Porque al contemplarle sarcásticamente adorado, con gestos y con acciones, y hecho blanco de burlas, y después de esta farsa abofeteado y sometido a los últimos tormentos, aun cuando fueres más duro que una piedra, te volverás más blando que la cera, y arrojarás toda soberbia de tu alma»6. ¡A cuántos ha convertido la meditación atenta de la Pasión!

Santo Tomás de Aquino decía: «la Pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida»7. Y visitando un día a San Buenaventura, le preguntó Santo Tomás de qué libros había sacado tan buena doctrina como exponía en sus obras. Se dice que San Buenaventura le presentó un Crucifijo, ennegrecido ya por los muchos besos que le había dado, y le dijo: «Este es el libro que me dicta todo lo que escribo; lo poco que sé aquí lo he aprendido»8. En él los santos aprendieron a padecer y a amar de verdad. En él debemos aprender nosotros. «Tu Crucifijo. —Por cristiano, debieras llevar siempre contigo tu Crucifijo. Y ponerlo sobre tu mesa de trabajo. Y besarlo antes de darte al descanso y al despertar: y cuando se rebele contra tu alma el pobre cuerpo, bésalo también»9.

La Pasión del Señor debe ser tema frecuente de nuestra oración, pero especialmente lo ha de ser en estos días ya próximos al misterio central de nuestra redención.

II. «En la meditación, la Pasión de Cristo sale del marco frío de la historia o de la piadosa consideración, para presentarse delante de los ojos, terrible, agobiadora, cruel, sangrante..., llena de Amor»10.

Nos hace mucho bien contemplar la Pasión de Cristo: en nuestra meditación personal, al leer el Santo Evangelio, en los misterios dolorosos del Santo Rosario, en el Vía Crucis... En ocasiones nos imaginamos a nosotros mismos presentes entre los espectadores que fueron testigos de esos momentos. Ocupamos un lugar entre los Apóstoles durante la Última Cena, cuando nuestro Señor les lavó los pies y les hablaba con aquella ternura infinita, en el momento supremo de la institución de la Sagrada Eucaristía...; uno más entre los tres que se durmieron en Getsemaní, cuando el Señor más esperaba que le acompañásemos en su infinita soledad...; uno entre los que presenciaron el prendimiento; uno entre los que oyeron decir a Pedro, con juramento, que no conocía a Jesús; uno que oyó a los falsos testigos en aquel simulacro de juicio, y vio al sumo sacerdote rasgarse las vestiduras ante las palabras de Jesús; uno entre la turba que pedía a gritos su muerte y que le contemplaba levantado en la Cruz en el Calvario. Nos colocamos entre los espectadores y vemos el rostro deformado pero noble de Jesús, su infinita paciencia...

También podemos intentar, con la ayuda de la gracia, contemplar la Pasión como la vivió el mismo Cristo11. Parece imposible, y siempre será una visión muy empobrecida con relación a la realidad, a lo que de hecho sucedió, pero para nosotros puede llegar a ser una oración de extraordinaria riqueza. Dice San León Magno que «el que quiera de verdad venerar la pasión del Señor debe contemplar de tal manera a Jesús crucificado con los ojos del alma que reconozca su propia carne en la carne de Jesús»12.

¿Qué experimentaría la santidad infinita de Jesús en Getsemaní, cargando con todos los pecados del mundo, la infamias, las deslealtades, los sacrilegios...? ¿Qué soledad ante aquellos tres discípulos que había llevado para que le acompañaran y por tres veces encontró dormidos? También ve, en todos los siglos, a aquellos amigos suyos que se quedarán dormidos en sus puestos, mientras los enemigos están en vigilia.

III. Para conocer y seguir a Cristo debemos conmovernos ante su dolor y desamparo, sentirnos protagonistas, no solo espectadores, de los azotes, las espinas, los insultos, los abandonos, pues fueron nuestros pecados los que le llevaron al Calvario. Pero «conviene que profundicemos en lo que nos revela la muerte de Cristo, sin quedarnos en formas exteriores o en frases estereotipadas. Es necesario que nos metamos de verdad en las escenas que revivimos (...): el dolor de Jesús, las lágrimas de su Madre, la huida de los discípulos, la valentía de las santas mujeres, la audacia de José y de Nicodemo, que piden a Pilato el cuerpo del Señor»13.

«Quisiera sentir lo que sientes, pero no es posible. Tu sensibilidad –eres perfecto hombre– es mucho más aguda que la mía. A tu lado compruebo, una vez más, que no sé sufrir. Por eso me asusta tu capacidad de darlo todo sin reservas.

»Jesús, necesito decirte que soy cobarde, muy cobarde. Pero al contemplarte clavado ya al madero, “sufriendo cuanto se puede sufrir, con los brazos extendidos en ese gesto de sacerdote eterno” (Santo Rosario, San Josemaría Escrivá), voy a pedirte una locura: quiero imitarte, Señor. Quiero entregarme de una vez, de verdad, y estar dispuesto a llegar hasta donde tú me lleves. Sé que es una petición muy por encima de mis fuerzas. Pero sé, Jesús, que te quiero»14.

«Acerquémonos, en suma, a Jesús muerto, a esa Cruz que se recorta sobre la cumbre del Gólgota. Pero acerquémonos con sinceridad, sabiendo encontrar ese recogimiento interior que es señal de madurez cristiana. Los sucesos divinos y humanos de la Pasión penetrarán de esta forma en el alma, como palabra que Dios nos dirige, para desvelar los secretos de nuestro corazón y revelarnos lo que espera de nuestras vidas»15.

La meditación de la Pasión de Cristo nos consigue innumerables frutos. En primer lugar nos ayuda a tener una aversión grande a todo pecado, pues Él fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados16. Jesús crucificado debe ser el libro en el cual, a ejemplo de los santos, debemos leer de continuo para aprender a detestar el pecado y a inflamarnos en el amor de un Dios tan amante; porque en las llagas de Cristo leemos la malicia del pecado, que le condenó a sufrir muerte tan cruel e ignominiosa para satisfacer a la Justicia divina, y las pruebas del amor que Jesucristo ha tenido con nosotros, sufriendo tantos dolores precisamente para declararnos lo mucho que nos amaba17.

«—Y se siente que el pecado no se reduce a una pequeña “falta de ortografía”: es crucificar, desgarrar a martillazos las manos y los pies del Hijo de Dios, y hacerle saltar el corazón»18. Un pecado es mucho más que «un error humano».

Los padecimientos de Cristo nos animan a huir de todo lo que pueda significar aburguesamiento, desgana y pereza. Avivan nuestro amor y alejan la tibieza. Hacen a nuestra alma mortificada, guardando mejor los sentidos.

Si alguna vez el Señor permite enfermedades, dolores o contradicciones particularmente intensas y graves, nos será de gran ayuda y alivio el considerar los dolores de Cristo en su Pasión. Él experimentó todos los sufrimientos físicos y morales, pues «padeció de los gentiles y de los judíos, de los hombres y de las mujeres, como se ve en las sirvientas que acusaron a San Pedro. Padeció también de los príncipes y de sus ministros, y de la plebe... Padeció de los parientes y conocidos, pues sufrió por causa de Judas, que le traicionó, y de Pedro, que le negó. De otra parte, padeció cuanto el hombre puede padecer. Pues Cristo padeció de los amigos, que le abandonaron; padeció en la fama, por las blasfemias proferidas contra Él; padeció en el honor y en la honra, por las irrisiones y burlas que le infirieron; en los bienes, pues fue despojado hasta de los vestidos; en el alma, por la tristeza, el tedio y el temor; en el cuerpo, por las heridas y los azotes»19.

Hagamos el propósito de estar más cerca de la Virgen estos días que preceden a la Pasión de su Hijo, y pidámosle que nos enseñe a contemplarle en esos momentos en los que tanto sufrió por nosotros.

1 Improperios. Liturgia del Viernes Santo. — 2 San León Magno, Sermón 47. 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 95. 4 Cfr. 1 Pdr 2, 24. — 5 Cfr. 1 Cor 6, 20. — 6 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 87, 1. — 7 Santo Tomás, Sobre el Credo, 6. — 8 Citado por San Alfonso Mª de Ligorio, Meditaciones sobre la Pasión, 1, 4. — 9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 302. — 10 ídem, Surco, n. 993. — 11 Cfr. R. A. Knox, Ejercicios para seglares, Rialp, Madrid 1956, pp. 137 ss. — 12 San León Magno, Sermón 15 sobre la Pasión. — 13 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 101. — 14 M. Montenegro, Vía Crucis, Palabra, 3ª ed., Madrid 1976, XI. — 15 San Josemaría Escrivá, loc. cit. — 16 Is 53, 5. — 17 San Alfonso Mª de Ligorio, o. c., 1, 4. — 18 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 993. — 19 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 46 a. 5.

 

 

“El peligro es la rutina”

“Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?” –¿Acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino? Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida. (Camino, 917)

Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos dirigimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un camino, aunque puede presentar trechos de especiales dificultades, aunque nos haga vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario!
Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia.
Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria.
Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que —sin darse cuenta— han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. (Amigos de Dios, nn. 313-314)

 

Dar más sin ser héroes

Ser santos es “dar lo mejor de uno mismo” y, al mismo tiempo, darse cuenta “de que al final siempre es Dios quien lo hace todo”. Texto sobre la santidad que nos pide el Señor.

Vocación06/01/2019

Opus Dei - ​Dar más sin ser héroes

El episodio de la pesca milagrosa que narra san Lucas puede ayudarnos a descubrir lo que el Señor nos pide a cada uno; una petición que se resume en una palabra exigente y a menudo incomprensible: santidad.

Fijémonos en la vida de Jesús, que en el momento en que se narra este pasaje del Evangelio es un maestro famoso, buscado, escuchado y seguido por muchas personas. Jesús ve dos barcas a orillas del lago de Genesaret. “Los pescadores, que habían desembarcado, lavaban sus redes. Subiendo a una de las barcas, la de Simón, le pidió que se alejara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: `Rema mar adentro y echad las redes para la pesca´. Respondió Simón: `Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes´” (Lc 5, 2-5).

El Señor llama a los pescadores justo en el momento en que han fracasado

Como sabemos, la historia continúa con una pesca abundante, pero es importante fijarse en el hecho de que Jesús sube a la barca de los pescadores y los llama, les pregunta, les anima a hacer algo más grande de lo que ya estaban haciendo. Al considerar esta historia, se nos podría venir a la mente: “Sí, debería hacer algo más, pero bastante tengo con sobrevivir...”. Es una reacción normal, pero equivocada. El Señor no nos dice: “No has hecho ni la mitad de lo que tenías que hacer, ahora tienes que hacer más...”. Jesús sube a la barca porque quiere saber cómo se está dentro de nuestra barca: eso es la vocación. Es una llamada para dar lo mejor de uno mismo. Curiosamente, en esa escena la llamada se produce cuando los pescadores lavan sus redes después de haber trabajado toda la noche sin éxito. Es decir, el Señor llama a los pescadores justo en el momento en que han fracasado.

El cardenal Ratzinger, en un artículo publicado en el Osservatore Romano el día de la canonización de san Josemaría, el 6 de octubre de 2002, señaló que existe una idea equivocada de lo que es la santidad: “Sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud heroica, casi inevitablemente se nos mete un concepto erróneo de santidad: `No es para mí´, podemos pensar, porque no me siento capaz de alcanzar las virtudes heroicas: es un ideal demasiado alto”. La santidad se convertiría entonces en algo reservado a algunas personas especiales, no a personas normales como nosotros. “Pero se trata de una concepción equivocada de la santidad, una percepción errónea que ha sido corregida –y este me parece el punto clave– por el propio Josemaría Escrivá”.

El esfuerzo gimnástico por la perfección

Sin embargo, sabemos que la santidad normal y ordinaria no es exclusiva de san Josemaría: hay muchos otros testimonios de santidad alcanzable –“la santidad de la puerta de al lado”, la denominó el Papa Francisco en Gaudete et exsultate–. En efecto, existe una concepción muy peligrosa de lo que es la santidad: la santidad concebida como un esfuerzo gimnástico por hacer todo a la perfección. Esta no es la experiencia de los santos, ni es la experiencia de los apóstoles. Su llamada no se explica porque fueran buenos o porque en ese momento estuvieran dando lo mejor de sí. El santo no es el que hace todo bien, sino el que deja que la voluntad de Dios actúe en su vida. ¿Por qué? Porque confía en Él.

El santo no es el que hace todo bien, sino el que deja que la voluntad de Dios actúe en su vida

Por eso, el error debe corregirse en primer lugar a nivel terminológico, porque se habla de santidad en la vida cotidiana, de santificación del trabajo, de una llamada a la santidad dirigida a todos... Pero “las palabras son importantes”, y si no se entienden las palabras tenemos un problema. No podemos dar por supuesto que atribuimos su verdadero significado a términos como bienaventurado, manso, santidad, pecado, reconciliación, eucaristía... En concreto, la “santificación” puede entenderse equivocadamente como una especie de perfección ética o incluso estética, propia de una persona infalible (“porque he aprendido y ya no me equivoco”).

El Señor no se sube a nuestra barca porque hayamos pasado la noche triunfando y pescando con éxito. En realidad, a veces lo hará en los momentos de fracaso: “Hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero por tu palabra echaré las redes” (Lc 5, 5). Y Pedro lanza las redes de nuevo, en contra de su experiencia, porque el pescador sabe que se pesca de noche. Pero aun sabiendo esto, confía más en Dios que en su propia experiencia. Este es el gran acto de confianza de Pedro, gracias al cual “se llevaron una enorme cantidad de peces, hasta el punto de que las redes casi se rompían. Tuvieron que llamar a los compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas hasta casi hundirse” (Mt 5,6-7).

Si uno se fía de Dios, suceden cosas que uno no espera. Santificar el trabajo, santificarse en la vida diaria, no significa que Dios nos recompensa porque lo hacemos todo bien y no nos equivocamos nunca. Aunque no lo pensemos así, en el fondo, cuando cometemos un acto malo, por orgullo, envidia o celos, con frecuencia nos viene a la cabeza pensar: “Ahora el Señor me castiga porque he hecho algo mal”. Esta es una concepción no evangélica, no cristiana de la santidad. De igual manera, la santificación de la vida familiar no equivale a que el orden siempre reinará en casa. Una madre o un padre con hijos pequeños o adolescentes puede tener la tentación de pensar: “Si santificara mi vida diaria, mis hijos siempre irían bien peinados, con las manos limpias, los dientes blancos como en los anuncios de pasta de dientes…”. No, santificación no es una perfección externa de la vida diaria, o de la vida social o familiar. Significa más bien tratar de poner buena cara, incluso cuando el desorden parece prevalecer; significa sonreír pese a que todo en la jornada vaya mal o nuestro entorno sea caótico y muestre su imperfección de modo evidente.

Los santos, como nosotros

En la exhortación Gaudete et exsultate, el Papa Francisco recuerda que “para ser santos, no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosos” (Gaudete et exsultate, n. 14). La santidad no es para personas especiales. “Muchas veces nos sentimos tentados -dice el Papa- a pensar que la santidad está reservada a aquellos que tienen la posibilidad de distanciarse de las ocupaciones ordinarias para dedicar mucho tiempo a la oración”. Por supuesto, no hay santidad sin oración, pero corremos el riesgo de pensar (quizá después de leer la biografía de un santo o el resumen de dos líneas de su voz en Wikipedia) que los santos son personas que tuvieron frecuentes “arrebatos místicos”...

Los santos, por el contrario, fueron como cada uno de nosotros. No escaparon a las ocupaciones ordinarias, no lograron ser santos escapando de la presión de las mil y un preocupaciones y ocupaciones que nos afectan a todos. Es gracias a ellas que acudieron a la misericordia del Señor.

Si uno se fía de Dios, suceden cosas que uno no espera

Por eso, la santidad es tratar de estar en la realidad amando a los demás, considerando las personas y las situaciones como un don, viendo la presencia de Dios en la propia existencia diaria. La santidad no se alcanza “a pesar” de la realidad en la que nos encontramos, sino precisamente a través de la realidad, que consiste sobre todo en la familia y el trabajo. Luego, pueden existir situaciones extraordinarias, pero antes de nada está la situación en la que nos encontramos.

Lavar cada uno las propias redes

La santidad también significa lavar las redes cuando parece que se pierde el tiempo, porque la pesca no ha servido para nada. Las redes son las herramientas de trabajo para los apóstoles; para cada uno de nosotros son las cosas que usamos habitualmente. Lavarlas supone mantenerlas en orden, es decir, tratar de hacer las cosas con puntualidad y sentido común, fomentando una actitud sonriente mientras se vive una vida normal. Y si a mí me parece que todo ha ido mal, intento seguir poniendo buena cara. Santidad no significa que todo ha ido bien y que he conseguido sonreír; significa que lo he intentado y que, después de una noche entera en la que no he pescado nada, al día siguiente lo intentaré de nuevo con paciencia.

Luchar por la santidad significa también ayudarse mutuamente entre una barca y otra. Quizá en el momento de la pesca nos demos cuenta que tal vez fue decisivo lavar las redes para que no se rompieran: ese detalle de cuidado de las cosas pequeñas ha hecho que resistan. Y ha sido necesaria entonces la ayuda de otra barca. Luchar por la santidad es tratar de ayudar en las necesidades del otro sin pensar que ahora “tiene que arreglárselas solo; tiene su propio barco, yo tengo el mío”.

Lavar las redes e ir hacia la otra barca significa cultivar las virtudes y las cualidades relacionales que ayudan a llevarse bien con los demás, porque no hay santidad encerrada en una torre de marfil, en un edificio donde todo es preciso y no hay contratiempos. En la convivencia ordinaria, aporta hablar con sentido positivo, más aún cuando se trata de personas, para reconocer las cosas buenas que han hecho. En general, hablar bien de los demás, mostrar estima, ayuda a crear ese buen ambiente que san Pablo recomienda: “Competid en la estima hacia los demás” (Rm 12, 10). Esto significa que se tiene que notar ese amor; no se puede querer a una persona sin manifestar ese cariño con palabras o gestos.

En el mensaje que el Señor ha confiado a san Josemaría hay también otro aspecto esencial. La santidad en la vida diaria no es solo una llamada a la vida individual de una persona: hay algo más. La llamada específica es una vocación personal, una especie de “ignición del bautismo”, que nos hace descubrir que la normalidad de la propia vida es una llamada y al mismo tiempo una misión. Es preciso sentirse enviado, con la misión de llevar luz y afecto allí donde cada uno desarrolla su propia vida. No porque sea mejor, sino porque he sido llamado. No se trata de una elección hecha en virtud de una supuesta superioridad, sino una misión para la que el Señor, en su sorprendente imaginación y bondad, nos elige y nos envía por medio del bautismo.

Atreverse a más, sin ser héroes

Cuando se da cuenta de lo que ha pasado, es decir, de que Jesús se ha metido en su barca después de un fracaso y de que entonces, paradójica y milagrosamente, la pesca ha sido un éxito, Simón Pedro se arroja a los pies de Jesús diciendo: “Señor, aléjate de mí porque soy un pecador” (Lc 5, 8). Pedro tiene miedo. Se trata de un sentimiento normal cuando uno percibe que Dios le llama. Si este encuentro fuera una cuestión académica, histórica, si fuera objeto de un estudio sobre otra época u otras personas, no tendría miedo. Pedro, por otro lado, tiene miedo de cómo se puede transformar toda su vida. Tiene miedo porque se siente llamado personalmente a involucrarse, a tratar de dar lo mejor de sí mismo, aquí y ahora.

Es preciso sentirse enviado, con la misión de llevar luz y afecto allí donde cada uno desarrolla su propia vida

Recuerdo que en un encuentro con jóvenes, el Papa san Juan Pablo II escuchó a un grupo cantando “Se puede dar más”, una canción que había ganado el festival de San Remo. Inmediatamente después, improvisó un comentario sobre la canción y dijo que había un verso muy profundo: “Pueden atreverse a más sin ser héroes. Hay quienes piensan que para atreverse a algo hay que mostrar ya una virtud heroica. Pero no todo es heroico, lo que cuenta es el valor y siempre podemos atrevernos a más sin ser héroes” (Juan Pablo II, Encuentro con los jóvenes del UNIV, 19 de abril de 1987). Se puede dar más sin que esto nos convierta en personas diferentes, diversos de quien el Señor quiere que seamos. “Tú, Señor –podríamos decirle–, me pides que sea lo que soy, pero siendo la mejor versión de mí mismo”. Es como cuando nos hacen una foto y sonreímos. No es que la sonrisa sea falsa, sino que al sonreír estamos dando lo mejor que llevamos dentro. Es la mueca la que no es auténtica. La sonrisa siempre es auténtica aunque suponga un esfuerzo, y el Señor nos pide una santidad sonriente. Toda persona que nos ama, si lo pensamos bien, nos imagina sonrientes, porque es nuestro verdadero rostro.

El cardenal Luciani, unas semanas antes de convertirse en Juan Pablo I, escribió que Josemaría Escrivá de Balaguer (que en aquel momento ni siquiera había sido beatificado) había enseñado a convertir el trabajo en una “sonrisa diaria”. Muchas veces la santidad consiste en sonreír a los propios límites, a los del cónyuge, del colega, de los amigos… en definitiva, en sonreír a la realidad, porque nos sabemos mirados con cariño por nuestro Padre Dios. No tenemos que ser héroes pero, al mismo tiempo –diría san Juan Pablo II– sí que podemos hacer más.

Es consolador saber que los tres apóstoles más cercanos a Cristo, cuando fueron llamados, sintieron miedo

Jesús comprende muy bien nuestro miedo y el de Simón Pedro y dice: “No tengas miedo”. Poco antes puede leerse en el Evangelio de Lucas un detalle muy bonito sobre el estado de ánimo del apóstol: “el asombro lo había invadido a él y a todos los que estaban con él por la pesca que habían hecho” (Lc 5, 9), incluso a Santiago y a Juan, los hijos de Zebedeo y compañeros de Simón. Es consolador saber que los tres apóstoles más cercanos a Cristo, cuando fueron llamados, sintieron miedo, “se llenaron de asombro”, tal vez pensando: “No puede ser, no soy un profeta, no soy un santo”. Jesús dice a Simón: “No tengas miedo. De ahora en adelante serás pescador de hombres” (Lc 5, 10). Es decir, a partir de ahora no solo tendrás un trabajo, sino que ayudarás a otros a través de tu vida, tu trabajo, tu presencia. Pero debemos entender bien este “de ahora en adelante”, que no significa de una vez por todas; significa más bien que cada vez que tengamos miedo, el Señor nos dirá: “No tengas miedo, a partir de ahora... vuelve a empezar”.

La fiesta litúrgica de san Josemaría es el 26 de junio. Unas semanas antes de su muerte (a finales de marzo de 1975), san Josemaría celebró el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal e hizo una reflexión espontánea e improvisada sobre su vida: “He querido –decía– hacer la suma de estos cincuenta años, y me ha salido una carcajada. Me he reído de mí mismo, y me he llenado de agradecimiento a Nuestro Señor, porque es Él quien lo ha hecho todo”.

Esta es la santidad a la que estamos llamados. No es la de los que dicen “a partir de ahora mi trabajo, mis relaciones, mis hijos serán como yo digo”, sino la de los que se dan cuenta de que al final siempre es Dios quien lo hace todo. Al contemplar la llamada de los apóstoles en el Evangelio, es bueno recordar que Pedro, Santiago y Juan cometerán después muchos errores, pero que Jesús continuará llamándolos. La llamada a la santidad es diaria, no es de una vez por todas, sino que se renueva cada día. Fuera de Nuestra Señora, no hay santo que en la tierra no haya tenido experiencia del pecado, y el Señor no se aleja de sus hijos por esta razón, no se aleja de nuestra casa porque nos equivoquemos, sino que sube cada día a nuestra barca. A nosotros nos corresponde acogerlo, confiando en la promesa de una vida llena de frutos, de una vida hermosa.

Y vale la pena tratar de responder cada día, como la Virgen: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Carlo De Marchi

 

 

Desprendimiento (meditación en Cuaresma)

Homilía de san Josemaría sobre la virtud cristiana del desprendimiento.

Homilías en audio28/01/2016

Este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo —verdaderamente inefable— a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra.

Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris, nos amonestaba nuestra Madre la Iglesia, al iniciarse la Cuaresma, con el fin de que jamás olvidásemos que somos muy poca cosa, que un día cualquiera nuestro cuerpo —tan lleno de vida ahora— se deshará, como la ligera nube de polvo que levantan nuestros pies al andar; se disipará como niebla acosada por los rayos del sol.

Ejemplo de Cristo

Pero yo quisiera, después de recordaros tan crudamente nuestra personal insignificancia, encarecer ante vuestros ojos otra estupenda realidad: la magnificencia divina que nos sostiene y que nos endiosa. Escuchad las palabras del Apóstol: bien sabéis cómo ha sido la liberalidad de Nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, de modo que vosotros fueseis ricos por medio de su pobreza. Fijaos con calma en el ejemplo del Maestro, y comprenderéis enseguida que disponemos de tema abundante para meditar durante toda la vida, para concretar propósitos sinceros de más generosidad. Porque, y no me perdáis de vista esta meta que hemos de alcanzar, cada uno de nosotros debe identificarse con Jesucristo, que —ya lo habéis oído— se hizo pobre por ti, por mí, y padeció, dándonos ejemplo, para que sigamos sus pisadas.

¿No te has preguntado alguna vez, movido por una curiosidad santa, de qué modo llevó a término Jesucristo este derroche de amor? De nuevo se ocupa San Pablo de respondernos: teniendo la naturaleza de Dios, (...) no obstante, se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres y reducido a la condición de hombre. Hijos, pasmaos agradecidos ante este misterio, y aprended: todo el poder, toda la majestad, toda la hermosura, toda la armonía infinita de Dios, sus grandes e inconmensurables riquezas, ¡todo un Dios!, quedó escondido en la Humanidad de Cristo para servirnos. El Omnipotente se presenta decidido a oscurecer por un tiempo su gloria, para facilitar el encuentro redentor con sus criaturas.

A Dios, escribe el Evangelista San Juan, nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, existente en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer, compareciendo ante la mirada atónita de los hombres: primero, como un recién nacido, en Belén; después, como un niño igual a los otros; más adelante, en el Templo, como un adolescente juicioso y despierto; y, al fin, con aquella figura amable y atractiva del Maestro, que removía los corazones de las muchedumbres que le acompañaban entusiasmadas.

Bastan unos rasgos del Amor de Dios que se encarna, y su generosidad nos toca el alma, nos enciende, nos empuja con suavidad a un dolor contrito por nuestro comportamiento, mezquino y egoísta en tantas ocasiones. Jesucristo no tiene inconveniente en rebajarse, para elevarnos de la miseria a la dignidad de hijos de Dios, de hermanos suyos. Tú y yo, por el contrario, con frecuencia nos enorgullecemos neciamente de los dones y talentos recibidos, hasta convertirlos en pedestal para imponernos a los demás, como si el mérito de unas acciones, acabadas con una perfección relativa, dependiera exclusivamente de nosotros: ¿qué posees tú que no hayas alcanzado de Dios? Y si lo que tienes, lo has recibido, ¿de qué te glorías como si no lo hubieses recibido?.

Al considerar la entrega de Dios y su anonadamiento —hablo para que lo meditemos, pensando cada uno en sí mismo—, la vanagloria, la presunción del soberbio se revela como un pecado horrendo, precisamente porque coloca a la persona en el extremo opuesto al modelo que Jesucristo nos ha señalado con su conducta. Pensadlo despacio: El se humilló, siendo Dios. El hombre, engreído por su propio yo, pretende enaltecerse a toda costa, sin reconocer que está hecho de mal barro de botijo.

No sé si os habrán contado, en vuestra infancia, la fábula de aquel campesino, al que regalaron un faisán dorado. Transcurrido el primer momento de alegría y de sorpresa por ese obsequio, el nuevo dueño buscó dónde podría encerrarlo. Al cabo de bastantes horas, tras muchas dudas y diferentes planes, optó por meterlo en el gallinero. Las gallinas, admiradas por la belleza del recién venido, giraban a su alrededor, con el asombro de quien descubre un semidiós. En medio de tanto alboroto, sonó la hora de la pitanza y, al echar el dueño los primeros puñados de salvado, el faisán —famélico por la espera— se lanzó con avidez a sacar el vientre de mal año. Ante un espectáculo tan vulgar —aquel prodigio de hermosura comía con las mismas ansias del animal más corriente— las desencantadas compañeras de corral la emprendieron a picotazos contra el ídolo caído, hasta arrancarle todas las plumas. Así de triste es el desmoronamiento del ególatra; tanto más desastroso cuanto más se ha empinado sobre sus propias fuerzas, presuntuosamente confiado en su personal capacidad.

Sacad consecuencias prácticas para vuestra vida diaria, sintiéndoos depositarios de unos talentos —sobrenaturales y humanos— que habéis de aprovechar rectamente, y rechazad el ridículo engaño de que algo os pertenece, como si fuera fruto de vuestro solo esfuerzo. Acordaos de que hay un sumando —Dios— del que nadie puede prescindir.

Con esta perspectiva, convenceos de que si de veras deseamos seguir de cerca al Señor y prestar un servicio auténtico a Dios y a la humanidad entera, hemos de estar seriamente desprendidos de nosotros mismos: de los dones de la inteligencia, de la salud, de la honra, de las ambiciones nobles, de los triunfos, de los éxitos.

Me refiero también —porque hasta ahí debe llegar tu decisión— a esas ilusiones limpias, con las que buscamos exclusivamente dar toda la gloria a Dios y alabarle, ajustando nuestra voluntad a esta norma clara y precisa: Señor, quiero esto o aquello sólo si a Ti te agrada, porque si no, a mí, ¿para qué me interesa? Asestamos así un golpe mortal al egoísmo y a la vanidad, que serpean en todas las conciencias; de paso que alcanzamos la verdadera paz en nuestras almas, con un desasimiento que acaba en la posesión de Dios, cada vez más íntima y más intensa.

Para imitar a Jesucristo, el corazón ha de estar enteramente libre de apegamientos. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Pues quien quisiera salvar su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por amor de mí, la encontrará. Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?. Y comenta San Gregorio: no bastaría vivir desprendidos de las cosas, si no renunciáramos además a nosotros mismos. Pero... ¿a dónde iremos fuera de nosotros? ¿Quién es el que renuncia, si a sí mismo se deja?

Sabed que una es la situación nuestra en cuanto caídos por el pecado; y otra, en cuanto formados por Dios. De una forma hemos sido creados, y en otra distinta nos encontramos a causa de nosotros mismos. Renunciémonos, en lo que nos hemos convertido pecando, y mantengámonos como hemos sido constituidos por la gracia. Así, el que ha sido soberbio, si, convertido a Cristo, se hace humilde, ya ha renunciado a sí mismo; si un lujurioso cambia a una vida continente, también se ha renunciado en lo que antes era; si un avariento deja de codiciar y, en lugar de apoderarse de lo ajeno, comienza a ser generoso con lo propio, ciertamente se ha negado a sí mismo.

Señorío del cristiano

Corazones generosos, con desprendimiento verdadero, pide el Señor. Lo conseguiremos, si soltamos con entereza las amarras o los hilos sutiles que nos atan a nuestro yo. No os oculto que esta determinación exige una lucha constante, un saltar por encima del propio entendimiento y de la propia voluntad, una renuncia —en pocas palabras— más ardua que el abandono de los bienes materiales más codiciados.

Ese desprendimiento que el Maestro predicó, el que espera de todos los cristianos, comporta necesariamente también manifestaciones externas. Jesucristo cpit facere et docere: antes que con la palabra, anunció su doctrina con las obras. Lo habéis visto nacer en un establo, en la carencia más absoluta, y dormir recostado sobre las pajas de un pesebre sus primeros sueños en la tierra. Luego, durante los años de sus andanzas apostólicas, entre otros muchos ejemplos, recordaréis su clara advertencia a uno de los que se ofrecieron para acompañarle como discípulo: las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; más el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Y no dejéis de contemplar aquella escena, que recoge el Evangelio, en la que los Apóstoles, para mitigar el hambre, arrancan por el camino en un sábado unas espigas de trigo.

Se puede decir que nuestro Señor, cara a la misión recibida del Padre, vive al día, tal y como aconsejaba en una de las enseñanzas más sugestivas que salieron de su boca divina: no os inquietéis, en orden a vuestra vida, sobre lo que comeréis; ni en orden a vuestro cuerpo, sobre qué vestiréis. Importa más la vida que la comida, y el cuerpo que el vestido. Fijaos en los cuervos: no siembran, ni siegan, no tienen despensa, ni granero; y, sin embargo, Dios los alimenta. Pues, ¡cuánto más valéis vosotros!... Mirad cómo crecen los lirios: no trabajan, ni hilan; y, no obstante, os aseguro que ni Salomón, con toda su magnificencia, estuvo jamás vestido como una de estas flores. Pues, si a una hierba que hoy crece en el campo y mañana se echa al fuego, Dios así la viste, ¿cuánto más hará con vosotros, hombres de poquísima fe?.

Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros —¡con fe recia!— de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, de los hombres mundanos, de las personas que carecen de sentido sobrenatural. Querría, en confidencia de amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todo poderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. Creedme que sólo así nos conduciremos como señores de la Creación, y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá ni siquiera verán.

Permitidme que, una vez más, os manifieste una partecica de mi experiencia personal. Os abro mi alma, en la presencia de Dios, con la persuasión más absoluta de que no soy modelo de nada, de que soy un pingajo, un pobre instrumento —sordo e inepto— que el Señor ha utilizado para que se compruebe, con más evidencia, que El escribe perfectamente con la pata de una mesa. Por tanto, al hablaros de mí, no se me pasa por la cabeza, ¡ni de lejos!, el pensamiento de que en mi actuación haya un poco de mérito mío; y mucho menos pretendo imponeros que caminéis por donde el Señor me ha llevado a mí, ya que puede muy bien suceder que no os pida el Maestro a vosotros lo que tanto me ha ayudado a trabajar sin impedimento en esta Obra de Dios, a la que he dedicado mi entera existencia.

Os aseguro —lo he tocado con mis manos, lo he contemplado con mis ojos— que, si confiáis en la divina Providencia, si os abandonáis en sus brazos omnipotentes, nunca os faltarán los medios para servir a Dios, a la Iglesia Santa, a las almas, sin descuidar ninguno de vuestros deberes; y gozaréis además de una alegría y de una paz que mundus dare non potest, que la posesión de todos los bienes terrenos no puede dar.

Desde los comienzos del Opus Dei, en 1928, aparte de que no contaba con ningún recurso humano, nunca he manejado personalmente ni un céntimo; ni tampoco he intervenido directamente en las lógicas cuestiones económicas, que se plantean al realizar cualquier tarea en la que participan criaturas —hombres de carne y hueso, no ángeles—, que precisan de instrumentos materiales para desarrollar con eficacia su labor.

El Opus Dei ha necesitado y pienso que necesitará siempre —hasta el fin de los tiempos— la colaboración generosa de muchos, para sostener las obras apostólicas: de una parte, porque esas actividades jamás son rentables; de otra, porque, aunque aumente el número de los que cooperan y el trabajo de mis hijos, si hay amor de Dios, el apostolado se ensancha y las demandas se multiplican. Por eso, en más de una ocasión, he hecho reír a mis hijos, pues mientras les impulsaba con fortaleza a que respondiesen fielmente a la gracia de Dios, les animaba a encararse descaradamente con el Señor, pidiéndole más gracia y el dinero, contante y sonante, que nos urgía.

En los primeros años, carecíamos hasta de lo más indispensable. Atraídos por el fuego de Dios, venían a mi alrededor obreros, menestrales, universitarios..., que ignoraban la estrechez y la indigencia en que nos encontrábamos, porque siempre en el Opus Dei, con el auxilio del Cielo, hemos procurado trabajar de manera que el sacrificio y la oración fueran abundantes y escondidos. Al volver ahora la mirada a aquella época, brota del corazón una acción de gracias rendida: ¡qué seguridad había en nuestras almas! Sabíamos que, buscando el reino de Dios y su justicia, lo demás se nos concedería por añadidura. Y os puedo asegurar que ninguna iniciativa apostólica ha dejado de llevarse a cabo por falta de recursos materiales: en el momento preciso, de una forma o de otra, nuestro Padre Dios con su Providencia ordinaria nos facilitaba lo que era menester, para que viéramos que El es siempre buen pagador.

Si queréis actuar a toda hora como señores de vosotros mismos, os aconsejo que pongáis un empeño muy grande en estar desprendidos de todo, sin miedo, sin temores ni recelos. Después, al atender y al cumplir vuestras obligaciones personales, familiares..., emplead los medios terrenos honestos con rectitud, pensando en el servicio a Dios, a la Iglesia, a los vuestros, a vuestra tarea profesional, a vuestro país, a la humanidad entera. Mirad que lo importante no se concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino en conducirse de acuerdo con la verdad que nos enseña nuestra fe cristiana: los bienes creados son sólo eso, medios. Por lo tanto, rechazad el espejuelo de considerarlos como algo definitivo: no queráis amontonar tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen y donde los ladrones los desentierran y roban; atesorad en cambio bienes en el cielo, donde no hay orín, ni la polilla los consume, ni tampoco ladrones que los descubran y los roben. Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.

Cuando alguno centra su felicidad exclusivamente en las cosas de aquí abajo —he sido testigo de verdaderas tragedias—, pervierte su uso razonable y destruye el orden sabiamente dispuesto por el Creador. El corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento y acaba esclavizado ya en la tierra, víctima de esos mismos bienes que quizá se han logrado a base de esfuerzos y renuncias sin cuento. Pero, sobre todo, os recomiendo que no olvidéis jamás que Dios no cabe, no habita en un corazón enfangado por un amor sin orden, tosco, vano. Ninguno puede servir a dos señores, porque tendría aversión a uno y amor al otro, o si se sujeta al primero, despreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas. Anclemos, pues, el corazón en el amor capaz de hacernos felices... Deseemos los tesoros del cielo.

No te estoy llevando hacia una dejación en el cumplimiento de tus deberes o en la exigencia de tus derechos. Al contrario, para cada uno de nosotros, de ordinario, una retirada en ese frente equivale a desertar cobardemente de la pelea para ser santos, a la que Dios nos ha llamado. Por eso, con seguridad de conciencia, has de poner empeño —especialmente en tu trabajo— para que ni a ti ni a los tuyos os falte lo conveniente para vivir con cristiana dignidad. Si en algún momento experimentas en tu carne el peso de la indigencia, no te entristezcas ni te rebeles; pero, insisto, procura emplear todos los recursos nobles para superar esa situación, porque obrar de otra forma sería tentar a Dios. Y mientras luchas, acuérdate además de que omnia in bonum!, todo —también la escasez, la pobreza— coopera al bien de los que aman al Señor; acostúmbrate, ya desde ahora, a afrontar con alegría las pequeñas limitaciones, las incomodidades, el frío, el calor, la privación de algo que consideras imprescindible, el no poder descansar como y cuando quisieras, el hambre, la soledad, la ingratitud, la incomprensión, la deshonra...

Padre,...no los saques del mundo

Somos nosotros hombres de la calle, cristianos corrientes, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, y el Señor nos quiere santos, apostólicos, precisamente en medio de nuestro trabajo profesional, es decir, santificándonos en esa tarea, santificando esa tarea y ayudando a que los demás se santifiquen con esa tarea. Convenceos de que en ese ambiente os espera Dios, con solicitud de Padre, de Amigo; y pensad que con vuestro quehacer profesional realizado con responsabilidad, además de sosteneros económicamente, prestáis un servicio directísimo al desarrollo de la sociedad, aliviáis también las cargas de los demás y mantenéis tantas obras asistenciales —a nivel local y universal— en pro de los individuos y de los pueblos menos favorecidos.ç

Al comportarnos con normalidad —como nuestros iguales— y con sentido sobrenatural, no hacemos más que seguir el ejemplo de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Fijaos en que toda su vida está llena de naturalidad. Pasa seis lustros oculto, sin llamar la atención, como un trabajador más, y le conocen en su aldea como el hijo del carpintero. A lo largo de su vida pública, tampoco se advierte nada que desentone, por raro o por excéntrico. Se rodeaba de amigos, como cualquiera de sus conciudadanos, y en su porte no se diferenciaba de ellos. Tanto, que Judas, para señalarlo, necesita concertar un signo: aquel a quien yo besare, ése es. No había en Jesús ningún indicio extravagante. A mí, me emociona esta norma de conducta de nuestro Maestro, que pasa como uno más entre los hombres.

Juan el Bautista —siguiendo una llamada especial— vestía con piel de camello y se alimentaba de langostas y miel silvestre. El Salvador usaba una túnica de una sola pieza, comía y bebía igual que los demás, se llenaba de alegría con la felicidad ajena, se conmovía ante el dolor del prójimo, no rechazaba el descanso que le ofrecían sus amistades, y a nadie se le ocultaba que se había ganado el sustento, durante muchos años, trabajando con sus propias manos junto a José, el artesano. Así hemos de desenvolvernos nosotros en medio de este mundo: como nuestro Señor. Te diría, en pocas palabras, que hemos de ir con la ropa limpia, con el cuerpo limpio y, principalmente, con el alma limpia.

Incluso —por qué no notarlo—, el Señor que predica un desprendimiento tan maravilloso de los bienes terrenos, muestra a la vez un cuidado admirable en no desperdiciarlos. Después de aquel milagro de la multiplicación de los panes, que tan generosamente saciaron a más de cinco mil hombres, ordenó a sus discípulos: recoged los pedazos que han sobrado, para que no se pierdan. Lo hicieron así, y llenaron doce cestos. Si meditáis atentamente toda esa escena, aprenderéis a no ser roñosos nunca, sino buenos administradores de los talentos y medios materiales que Dios os conceda.

El desprendimiento que predico, después de mirar a nuestro Modelo, es señorío; no clamorosa y llamativa pobretería, careta de la pereza y del abandono. Debes ir vestido de acuerdo con el tono de tu condición, de tu ambiente, de tu familia, de tu trabajo..., como tus compañeros, pero por Dios, con el afán de dar una imagen auténtica y atractiva de la verdadera vida cristiana. Con naturalidad, sin extravagancias: os aseguro que es mejor que pequéis por carta de más que por carta de menos. Tú, ¿cómo imaginas el porte de Nuestro Señor?, ¿no has pensado con qué dignidad llevaría aquella túnica inconsútil, que probablemente habrían tejido las manos de Santa María? ¿No recuerdas cómo, en casa de Simón, se lamenta porque no le han ofrecido agua para lavarse, antes de sentarse a la mesa?. Ciertamente El sacó a colación esa falta de urbanidad para realzar con esa anécdota la enseñanza de que en los detalles pequeños se muestra el amor, pero procura también dejar claro que se atiene a las costumbres sociales del ambiente. Por lo tanto, tú y yo nos esforzaremos en estar despegados de los bienes y de las comodidades de la tierra, pero sin salidas de tono ni hacer cosas raras.

Para mí, una manifestación de que nos sentimos señores del mundo, administradores fieles de Dios, es cuidar lo que usamos, con interés en que se conserve, en que dure, en que luzca, en que sirva el mayor tiempo posible para su finalidad, de manera que no se eche a perder. En los Centros del Opus Dei encontraréis una decoración sencilla, acogedora y, sobre todo, limpia, porque no hay que confundir una casa pobre con el mal gusto ni con la suciedad. Sin embargo, comprendo que tú, de acuerdo con tus posibilidades y con tus obligaciones sociales, familiares, poseas objetos de valor y los cuides, con espíritu de mortificación, con desprendimiento.

Hace muchos años —más de veinticinco— iba yo por un comedor de caridad, para pordioseros que no tomaban al día más alimento que la comida que allí les daban. Se trataba de un local grande, que atendía un grupo de buenas señoras. Después de la primera distribución, para recoger las sobras acudían otros mendigos y, entre los de este grupo segundo, me llamó la atención uno: ¡era propietario de una cuchara de peltre! La sacaba cuidadosamente del bolsillo, con codicia, la miraba con fruición, y al terminar de saborear su ración, volvía a mirar la cuchara con unos ojos que gritaban: ¡es mía!, le daba dos lametones para limpiarla y la guardaba de nuevo satisfecho entre los pliegues de sus andrajos. Efectivamente, ¡era suya! Un pobrecito miserable, que entre aquella gente, compañera de desventura, se consideraba rico.

Conocía yo por entonces a una señora, con título nobiliario, Grande de España. Delante de Dios esto no cuenta nada: todos somos iguales, todos hijos de Adán y Eva, criaturas débiles, con virtudes y defectos, capaces —si el Señor nos abandona— de los peores crímenes. Desde que Cristo nos ha redimido, no hay diferencia de raza, ni de lengua, ni de color, ni de estirpe, ni de riquezas...: somos todos hijos de Dios. Esta persona de la que os hablo ahora, residía en una casa de abolengo, pero no gastaba para sí misma ni dos pesetas al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no le faltaban muchos de esos bienes que tantos ambicionan, pero ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo. ¿Me habéis entendido? Nos basta además escuchar las palabras del Señor: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras.

Todos los que venimos a la palestra de la fe, dice San Gregorio Magno, tomamos a nuestro cargo luchar contra los espíritus malignos. Los diablos nada poseen de este mundo y, por consiguiente, como acuden desnudos, nosotros debemos luchar desnudos también. Porque si uno que está vestido pelea con otro sin ropa, pronto será derribado, porque su enemigo tiene por donde agarrarle. ¿Y qué son las cosas de la tierra sino una especie de indumentaria?.

Dios ama al que da con alegría

Dentro de este marco del desprendimiento total que el Señor nos pide, os señalaré otro punto de particular importancia: la salud. Ahora, la mayor parte de vosotros sois jóvenes; atravesáis esa etapa formidable de plenitud de vida, que rebosa de energías. Pero pasa el tiempo, e inexorablemente empieza a notarse el desgaste físico; vienen después las limitaciones de la madurez, y por último los achaques de la ancianidad. Además, cualquiera de nosotros, en cualquier momento, puede caer enfermo o sufrir algún trastorno corporal.

Sólo si aprovechamos con rectitud —cristianamente— las épocas de bienestar físico, los tiempos buenos, aceptaremos también con alegría sobrenatural los sucesos que la gente equivocadamente califica de malos. Sin descender a demasiados detalles, deseo transmitiros mi personal experiencia. Mientras estamos enfermos, podemos ser cargantes: no me atienden bien, nadie se preocupa de mí, no me cuidan como merezco, ninguno me comprende... El diablo, que anda siempre al acecho, ataca por cualquier flanco; y en la enfermedad, su táctica consiste en fomentar una especie de psicosis, que aparte de Dios, que amargue el ambiente, o que destruya ese tesoro de méritos que, para bien de todas las almas, se alcanza cuando se lleva con optimismo sobrenatural —¡cuando se ama!— el dolor. Por lo tanto, si es voluntad de Dios que nos alcance el zarpazo de la aflicción, tomadlo como señal de que nos considera maduros para asociarnos más estrechamente a su Cruz redentora.

Se requiere, pues, una preparación remota, hecha cada día con un santo desapego de uno mismo, para que nos dispongamos a sobrellevar con garbo —si el Señor lo permite— la enfermedad o la desventura. Servíos ya de las ocasiones normales, de alguna privación, del dolor en sus pequeñas manifestaciones habituales, de la mortificación, y poned en ejercicio las virtudes cristianas.

Hemos de exigirnos en la vida cotidiana, con el fin de no inventarnos falsos problemas, necesidades artificiosas, que en último término proceden del engreimiento, del antojo, de un espíritu comodón y perezoso. Debemos ir a Dios con paso rápido, sin pesos muertos ni impedimentas que dificulten la marcha. Precisamente porque no consiste la pobreza de espíritu en no tener, sino en estar de veras despegados, debemos permanecer atentos para no engañarnos con imaginarios motivos de fuerza mayor. Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra, en vez de levantar.

Al descender a estos consejos, no me baso en situaciones extrañas, anormales o complicadas. Sé de uno que usaba, como registros para los libros, unos papeles en los que escribía algunas jaculatorias que le ayudaran a mantener la presencia de Dios. Y le entró el deseo de conservar con cariño aquel tesoro, hasta que se dio cuenta de que se estaba apegando a aquellos papelajos de nada. ¡Ya veis qué modelo de virtudes! No me importaría manifestaros todas mis miserias, si os sirviese para algo. He tirado un poco de la manta, porque quizá a ti te sucede otro tanto: tus libros, tu ropa, tu mesa, tus... ídolos de quincallería.

En casos como ésos, os recomiendo que consultéis a vuestro director espiritual, sin ánimo pueril ni escrupuloso. A veces bastará como remedio la pequeña mortificación de prescindir del uso de algo por una temporada corta. O, en otro orden, no pasa nada si un día renuncias al medio de transporte que habitualmente empleas, y entregas como limosna la cantidad que ahorras, aunque sea muy poco dinero. De todos modos, si tienes espíritu de desprendimiento, no dejarás de descubrir ocasiones continuas, discretas y eficaces, de ejercitarlo.

Después de abriros mi alma, necesito confesaros también que tengo un apegamiento al que no querría renunciar nunca: el de quereros de verdad a todos vosotros. Lo he aprendido del mejor Maestro, y me gustaría seguir fidelísimamente su ejemplo, amando sin límites a las almas, comenzando por los que me rodean. ¿No os conmueve esa caridad ardiente —¡ese cariño!— de Jesucristo, que utiliza el Evangelista para designar a uno de sus discípulos?: quem diligebat Iesus, aquel a quien El amaba.

Terminamos con una consideración que nos ofrece el Evangelio de la Misa de hoy: seis días antes de la Pascua, vino Jesús a Betania, donde había muerto Lázaro, a quien Jesús resucitó. Allí le prepararon una cena: servía Marta, y Lázaro era uno de los que estaban con El a la mesa. Entonces María tomó una libra de ungüento de nardo puro y de gran precio, y lo derramó sobre los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos, llenándose la casa de la fragancia del perfume. ¡Qué prueba tan clara de magnanimidad el derroche de María! Judas se lamenta de que se haya echado a perder un perfume que valía —con su codicia, ha hecho muy bien sus cálculos— por lo menos trescientos denarios.

El verdadero desprendimiento lleva a ser muy generosos con Dios y con nuestros hermanos; a moverse, a buscar recursos, a gastarse para ayudar a quienes pasan necesidad. No puede un cristiano conformarse con un trabajo que le permita ganar lo suficiente para vivir él y los suyos: su grandeza de corazón le impulsará a arrimar el hombro para sostener a los demás, por un motivo de caridad, y por un motivo de justicia, como escribía San Pablo a los de Roma: la Macedonia y la Acaya han tenido a bien hacer una colecta para socorrer a los pobres de entre los santos de Jerusalén. Así les ha parecido, y en verdad obligación les tienen. Porque si los gentiles han sido hecho partícipes de los bienes espirituales de los judíos, deben también aquéllos hacer partícipes a éstos de sus bienes temporales.

No seáis mezquinos ni tacaños con quien tan generosamente se ha excedido con nosotros, hasta entregarse totalmente, sin tasa. Pensad: ¿cuánto os cuesta —también económicamente— ser cristianos? Pero, sobre todo, no olvidéis que Dios ama al que da con alegría. Por lo demás, poderoso es el Señor para colmaros de todo bien, de suerte que, contentos siempre con tener en todas las cosas lo suficiente, estéis sobrados para ejercitar todo tipo de obras buenas.

Al acercarnos, durante esta Semana Santa, a los dolores de Jesucristo, vamos a pedir a la Santísima Virgen que, como Ella, sepamos también nosotros ponderar y conservar todas estas enseñanzas en nuestros corazones.

 

 

Dos minutos diarios a orar por la vida

Sheila Morataya

Dosminutosdiariosaorarporlavida.encuentra.com.int

Enciendo la varita de incienso y me acerco a mi cuadro de la Divina Misericordia para ofrecer la escritura de este artículo a Dios, que es Jesús.

Me siento en mi cojín de oración y pido al Espíritu Santo que me diga que necesita la mujer de hoy en un mundo tan paganizado y en el que el cristianismo parecería diluirse. Escucho una voz que me dice: Dios llora mucho al ver a la mujer tan insensibilizada. Dios quiere que la mujer vuelva a la oración comprometida, al silencio, al recogimiento y recuerde que ha sido puesta aquí para custodiar la vida. Dios quiere que cuando se mire al espejo para arreglarse y para asombrarse de su belleza, también recuerde su gran dignidad y misión. Aquello para lo que Dios la ha puesto en el mundo: la aportación de la ternura, la elevación de los ojos al cielo, la capacidad para discernir esto de aquello.

Hoy se está llevando en Washington la Marcha por la vida. La mujer por lo menos desde mi humilde opinión que es seguidora de Cristo debe apostar, promover y defender la vida. No es necesario haber cometido un aborto para tomar unos minutos dentro de la propia oración y dedicarlas a pensar y orar por aquellas jóvenes, no tan jóvenes que ya sea por mala voluntad, ignorancia, amistades erróneas, confusión, egoísmo y miedo están pensando en abortar. Esto es así, el día de hoy miles de niños, cada uno único e irrepetible no verá la vida. El día de hoy miles de mujeres escogidas a madres y dicen no a la vida, empezaran el camino del calvario que Dios no ha querido para ellas. Dios quiere ver a la mujer feliz y la mujer es feliz absolutamente cuando se convierte en madre. Pero, ¿es necesario ser madre biológicamente para ser consciente de esto? Creo que no. Pues Dios hizo a la mujer para ser compañera, para guiar, para iluminar, para ser tierna como no puede serlo un hombre. Todas estas cualidades y muchas más están inherentes en nuestra naturaleza. El ADN de la Nueva Eva, la Virgen Santísima está en tus células y en las mías.

Meditemos en esto. Cada mujer debería pensar en la vida todos los días y dedicar por los menos 2 minutos a dirigir toda la abundancia de amor en su corazón hacia aquellas mujeres que están a punto de abortar. ¿Te puedes imaginar lo que pasaría? Más discernimiento, más conciencia. Menos depresión y menos Prozac.

Que la Virgen Santísima, Estrella de la mañana y Super Estrella de Dios nos ilumine a todas y a todos.

Jesús venti!

Sheila Morataya

 

 

El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo

Escrito por Benedicto XVI

Publicado: 10 Abril 2019

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Homilía Misa Crismal, jueves santo 13 de abril de 2006, en la que Su Santidad Benedicto XVI explicó cómo el don del sacerdocio se centra en la amistad con Jesucristo

"Ya no os llamo siervos, sino amigos. Este es el significado profundo del ser sacerdote: llegar a ser amigo de Jesucristo. Por esta amistad debemos comprometernos cada día de nuevo. Amistad significa comunión de pensamiento y de voluntad. En esta comunión de pensamiento con Jesús debemos ejercitarnos, como nos dice san Pablo en la carta a los Filipenses (cf. Flp 2, 2-5). Y esta comunión de pensamiento no es algo meramente intelectual, sino también una comunión de sentimientos y de voluntad, y por tanto también del obrar. Eso significa que debemos conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con él, estando con él".

El sacerdocio es un don

El Jueves santo es el día en el que el Señor encomendó a los Doce la tarea sacerdotal de celebrar, con el pan y el vino, el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre hasta su regreso. En lugar del cordero pascual y de todos los sacrificios de la Antigua Alianza está el don de su Cuerpo y de su Sangre, el don de sí mismo. Así, el nuevo culto se funda en el hecho de que, ante todo, Dios nos hace un don a nosotros, y nosotros, colmados por este don, llegamos a ser suyos: la creación vuelve al Creador. Del mismo modo también el sacerdocio se ha transformado en algo nuevo: ya no es cuestión de descendencia, sino que es encontrarse en el misterio de Jesucristo.

Jesucristo es siempre el que hace el don y nos eleva hacia sí. Sólo él puede decir: "Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre". El misterio del sacerdocio de la Iglesia radica en el hecho de que nosotros, seres humanos miserables, en virtud del Sacramento podemos hablar con su "yo": in persona Christi. Jesucristo quiere ejercer su sacerdocio por medio de nosotros. Este conmovedor misterio, que en cada celebración del Sacramento nos vuelve a impresionar, lo recordamos de modo particular en el Jueves santo. Para que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso, necesitamos ese recuerdo específico, necesitamos volver al momento en que él nos impuso sus manos y nos hizo partícipes de este misterio. 

La imposición de las manos

Por eso, reflexionemos nuevamente en los signos mediante los cuales se nos donó el Sacramento. En el centro está el gesto antiquísimo de la imposición de las manos, con el que Jesucristo tomó posesión de mí, diciéndome: "Tú me perteneces". Pero con ese gesto también me dijo: "Tú estás bajo la protección de mis manos. Tú estás bajo la protección de mi corazón. Tú quedas custodiado en el hueco de mis manos y precisamente así te encuentras dentro de la inmensidad de mi amor. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas".

Recordemos, asimismo, que nuestras manos han sido ungidas con el óleo, que es el signo del Espíritu Santo y de su fuerza. ¿Por qué precisamente las manos? La mano del hombre es el instrumento de su acción, es el símbolo de su capacidad de afrontar el mundo, de "dominarlo". El Señor nos impuso las manos y ahora quiere nuestras manos para que, en el mundo, se transformen en las suyas. Quiere que ya no sean instrumentos para tomar las cosas, los hombres, el mundo para nosotros, para tomar posesión de él, sino que transmitan su toque divino, poniéndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumentos para servir y, por tanto, expresión de la misión de toda la persona que se hace garante de él y lo lleva a los hombres.

Si las manos del hombre representan simbólicamente sus facultades y, por lo general, la técnica como poder de disponer del mundo, entonces las manos ungidas deben ser un signo de su capacidad de donar, de la creatividad para modelar el mundo con amor; y para eso, sin duda, tenemos necesidad del Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento la unción es signo de asumir un servicio: el rey, el profeta, el sacerdote hace y dona más de lo que deriva de él mismo. En cierto modo, está expropiado de sí mismo en función de un servicio, en el que se pone a disposición de alguien que es mayor que él.

Si en el evangelio de hoy Jesús se presenta como el Ungido de Dios, el Cristo, entonces quiere decir precisamente que actúa por misión del Padre y en la unidad del Espíritu Santo, y que, de esta manera, dona al mundo una nueva realeza, un nuevo sacerdocio, un nuevo modo de ser profeta, que no se busca a sí mismo, sino que vive por Aquel con vistas al cual el mundo ha sido creado. Pongamos hoy de nuevo nuestras manos a su disposición y pidámosle que nos vuelva a tomar siempre de la mano y nos guíe.

En el gesto sacramental de la imposición de las manos por parte del obispo fue el mismo Señor quien nos impuso las manos. Este signo sacramental resume todo un itinerario existencial. En cierta ocasión, como sucedió a los primeros discípulos, todos nosotros nos encontramos con el Señor y escuchamos su invitación: "Sígueme". Tal vez al inicio lo seguimos con vacilaciones, mirando hacia atrás y preguntándonos si ese era realmente nuestro camino. Y tal vez en algún punto del recorrido vivimos la misma experiencia de Pedro después de la pesca milagrosa, es decir, nos hemos sentido sobrecogidos ante su grandeza, ante la grandeza de la tarea y ante la insuficiencia de nuestra pobre persona, hasta el punto de querer dar marcha atrás: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador" (Lc 5, 8).

Pero luego él, con gran bondad, nos tomó de la mano, nos atrajo hacia sí y nos dijo: "No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Y tú no me abandones a mí". Tal vez en más de una ocasión a cada uno de nosotros nos ha acontecido lo mismo que a Pedro cuando, caminando sobre las aguas al encuentro del Señor, repentinamente sintió que el agua no lo sostenía y que estaba a punto de hundirse. Y, como Pedro, gritamos: "Señor, ¡sálvame!" (Mt 14, 30). Al levantarse la tempestad, ¿cómo podíamos atravesar las aguas fragorosas y espumantes del siglo y del milenio pasados? Pero entonces miramos hacia él... y él nos aferró la mano y nos dio un nuevo "peso específico": la ligereza que deriva de la fe y que nos impulsa hacia arriba. Y luego, nos da la mano que sostiene y lleva. Él nos sostiene. Volvamos a fijar nuestra mirada en él y extendamos las manos hacia él.

Dejemos que su mano nos aferre; así no nos hundiremos, sino que nos pondremos al servicio de la vida que es más fuerte que la muerte, y al servicio del amor que es más fuerte que el odio.

La fe en Jesús, Hijo del Dios vivo, es el medio por el cual volvemos a aferrar siempre la mano de Jesús y mediante el cual él aferra nuestra mano y nos guía. Una de mis oraciones preferidas es la petición que la liturgia pone en nuestros labios antes de la Comunión: "Jamás permitas que me separe de ti". Pedimos no caer nunca fuera de la comunión con su Cuerpo, con Cristo mismo; no caer nunca fuera del misterio eucarístico. Pedimos que él no suelte nunca nuestra mano... 

"Ya no os llamo siervos, sino amigos"

El Señor nos impuso sus manos. El significado de ese gesto lo explicó con las palabras: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). Ya no os llamo siervos, sino amigos: en estas palabras se podría ver incluso la institución del sacerdocio. El Señor nos hace sus amigos: nos encomienda todo; nos encomienda a sí mismo, de forma que podamos hablar con su "yo", "in persona Christi capitis". ¡Qué confianza! Verdaderamente se ha puesto en nuestras manos.

Todos los signos esenciales de la ordenación sacerdotal son, en el fondo, manifestaciones de esa palabra: la imposición de las manos; la entrega del libro, de su Palabra, que él nos encomienda; la entrega del cáliz, con el que nos transmite su misterio más profundo y personal. De todo ello forma parte también el poder de absolver: nos hace participar también en su conciencia de la miseria del pecado y de toda la oscuridad del mundo, y pone en nuestras manos la llave para abrir la puerta de la casa del Padre.

Ya no os llamo siervos, sino amigos. Este es el significado profundo del ser sacerdote: llegar a ser amigo de Jesucristo. Por esta amistad debemos comprometernos cada día de nuevo. Amistad significa comunión de pensamiento y de voluntad. En esta comunión de pensamiento con Jesús debemos ejercitarnos, como nos dice san Pablo en la carta a los Filipenses (cf. Flp 2, 2-5). Y esta comunión de pensamiento no es algo meramente intelectual, sino también una comunión de sentimientos y de voluntad, y por tanto también del obrar. Eso significa que debemos conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con él, estando con él. Debemos escucharlo en la lectio divina, es decir, leyendo la sagrada Escritura de un modo no académico, sino espiritual. Así aprendemos a encontrarnos con el Jesús presente que nos habla. Debemos razonar y reflexionar, delante de él y con él, en sus palabras y en su manera de actuar. La lectura de la sagrada Escritura es oración, debe ser oración, debe brotar de la oración y llevar a la oración. 

El sacerdote debe ser un hombre de oración

Los evangelistas nos dicen que el Señor en muchas ocasiones -durante noches enteras- se retiraba "al monte" para orar a solas. También nosotros necesitamos retirarnos a ese "monte", el monte interior que debemos escalar, el monte de la oración. Sólo así se desarrolla la amistad. Sólo así podemos desempeñar nuestro servicio sacerdotal; sólo así podemos llevar a Cristo y su Evangelio a los hombres.

El simple activismo puede ser incluso heroico. Pero la actividad exterior, en resumidas cuentas, queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e íntima comunión con Cristo. El tiempo que dedicamos a esto es realmente un tiempo de actividad pastoral, de actividad auténticamente pastoral. El sacerdote debe ser sobre todo un hombre de oración. El mundo, con su activismo frenético, a menudo pierde la orientación. Su actividad y sus capacidades resultan destructivas si fallan las fuerzas de la oración, de las que brotan las aguas de la vida capaces de fecundar la tierra árida.

Ya no os llamo siervos, sino amigos. El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente in persona Christi, aunque nuestra lejanía interior de Cristo no puede poner en peligro la validez del Sacramento. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote significa, por tanto, ser hombre de oración. Así lo reconocemos y salimos de la ignorancia de los simples siervos. Así aprendemos a vivir, a sufrir y a obrar con él y por él.

La amistad con Jesús siempre es, por antonomasia, amistad con los suyos. Sólo podemos ser amigos de Jesús en la comunión con el Cristo entero, con la cabeza y el cuerpo; en la frondosa vid de la Iglesia, animada por su Señor. Sólo en ella la sagrada Escritura es, gracias al Señor, palabra viva y actual. Sin la Iglesia, el sujeto vivo que abarca todas las épocas, la Biblia se fragmenta en escritos a menudo heterogéneos y así se transforma en un libro del pasado. En el presente sólo es elocuente donde está la "Presencia", donde Cristo sigue siendo contemporáneo nuestro: en el cuerpo de su Iglesia.

Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en él. Esta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto.

Quisiera concluir esta homilía con unas palabras de don Andrea Santoro, el sacerdote de la diócesis de Roma que fue asesinado en Trebisonda mientras oraba; el cardenal Cè nos las refirió durante los Ejercicios espirituales. Son las siguientes:

"Estoy aquí para vivir entre esta gente y permitir que Jesús lo haga prestándole mi carne... Sólo seremos capaces de salvación ofreciendo nuestra propia carne. Debemos cargar con el mal del mundo, debemos compartir el dolor, absorbiéndolo en nuestra propia carne hasta el fondo, como hizo Jesús".

Jesús asumió nuestra carne. Démosle nosotros la nuestra, para que de este modo pueda venir al mundo y transformarlo. Amén.

Benedicto XVI

Fuente: arraigadosyedificados.blogspot.com.

 

La alimentación de nuestros hijos

Lucia Legorreta

Erradicar la obesidad infantil no es cosa fácil, pues necesitamos cambiar hábitos y costumbres alimenticias.

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Menos calorías y más ejercicio dicen los expertos. Qué sencillo se escucha y qué difícil es llevarlo a cabo. Tenemos un grave problema de obesidad infantil en nuestro país y es algo que como padres de familia debemos de revertir.

¡Hay estudios que confirman que un porcentaje de bebés ya ingieren más energía de la recomendada durante su primer año de vida! Imagina esto, primer año de vida. Y la situación empeora conforme crece y se incorpora a la mesa familiar, ya que aparecen los refrescos y dulces, y disminuyen las frutas y verduras.

El niño sigue creciendo, disminuye su actividad física y aumenta el sedentarismo, ligado al bombardeo de mensajes publicitarios de alimentos no saludables y el tiempo dedicado a la tecnología.

Reconozco que se han llevado a cabo muchos esfuerzos: una mayor concientización en las escuelas, empresas y gobiernos sobre la promoción de estilo de vida más saludables y activos.

Pero, a fin de cuentas, donde nuestros hijos hacen dos o las tres comidas del día es en nuestros hogares, de donde sale lo que llevan al colegio es de nuestras casas; los hábitos y costumbres alimenticias se viven en la familia.

Antes, el problema de la obesidad era un problema exclusivo de los adultos, pero su incidencia entre la población infantil es cada vez mayor en todo el mundo. Se calcula que el 26% de los niños en edad escolar en nuestro país tiene sobrepeso.

Los malos hábitos de alimentación adquiridos durante la infancia pueden llevar al niño a sufrir sobrepeso u obesidad con consecuencias preocupantes en la edad adulta, principalmente para su salud.

Las consecuencias de la obesidad infantil, fruto de la acumulación de grasa en el organismo son tanto físicas como psicológicas.

Algunas de estas consecuencias en los niños son:

- Problemas con los huesos y articulaciones

- Dificultades para desarrollar algún deporte u otro ejercicio físico debido a la dificultad para respirar y al cansancio.

- Alteraciones en el sueño

- Madurez prematura. Las niñas obesas pueden entrar antes en la pubertad y tener ciclos menstruales irregulares.

- Hipertensión, colesterol y enfermedades cardiovasculares

- Disturbios hepáticos

- Desánimo, cansancio, depresión, decaimiento

- Baja autoestima, asilamiento social, discriminación. Muchos de estos niños son marginados por el aspecto que tienen y puede llevarlos a trastornos como la anorexia, la bulimia, la depresión y llevarlos a tener hábitos extremos como el consumo de drogas y otras sustancias nocivas.

- Problemas cutáneos

- Ocurrencia de diabetes.

Según los expertos, la obesidad cuando se manifiesta en la infancia y persiste en la adolescencia, y no se trata a tiempo, probablemente se arrastrará hasta la edad adulta.

¿Te das cuenta la cantidad de consecuencias que podemos evitarles a nuestros hijos con una alimentación sana y balanceada?

Comparto un decálogo anti obesidad elaborado por la española nutricionista y docente Julia Basulto. Algunos de ellos ya se han implementado en nuestro país, otros aún faltan:

 

  1. Incorporar al dietista nutricionista al Sistema Público de Salud.

 

  1. Incorporar obligatoriamente una advertencia de salud en las bebidas azucaradas y alcohólicas.

 

  1. Prohibir la publicidad de alimentos malsanos dirigidos a niños. Hay estudios que han concluido que hasta uno de cada tres niños no tendría sobrepeso si se aplicara esta medida.

 

  1. Menos sal en los alimentos procesados.

 

  1. Impuestos a las bebidas azucaradas, siguiendo las directrices de la OMS.

 

  1. Que la publicidad de la industria alimentaria se ligue a políticas nutricionales.

 

  1. Incentivar una buena educación nutricional en las escuelas para reducir el consumo de bebidas azucaradas, alimentos procesados y fomentar la actividad física.

 

  1. Cumplir las leyes de seguridad alimentaria.

 

  1. Invertir más en prevención.

 

  1. Impulsar el ejercicio físico y desincentivar el sedentarismo.

Recuerda, que en la realidad nuestros hijos hacen dos o las tres comidas del día en nuestros hogares, lo que llevan a la escuela sale de nuestras casas; los hábitos y costumbres alimenticias se viven en la familia. Cuida su alimentación y evita que sean jóvenes o adultos obesos con todas sus consecuencias físicas y emocionales.

 

 

Análisis de la película “La Pasión de Cristo”

 

Análisis de “La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson

Gibson construye una película excelente. Dura, pero realista, y que pretende que el espectador rece

 

“Fue traspasado por nuestras rebeldías, triturado por nuestras culpas. Por sus llagas hemos sido curados” (Is, 53).

Solamente en el contexto de estas palabras de Isaías puede entenderse en toda su profundidad La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. De hecho, la cinta se abre con esta profecía, la del siervo sufriente, sobreimpresionada en pantalla.

Esto no es un sermón. Vamos a hablar de cine, pero en toda producción artística es indispensable contar con la intención del autor, y lo que pretende un director católico como Mel Gibson con esta película no es sino mover al espectador a rezar. Un análisis de esta cinta, por tanto, no puede prescindir de una importante consideración religiosa.

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Be-mah nishtanah ha-layla ha-zot mi khol ha-layelot (¿Por qué esta noche es distinta a todas las noches?). Estas son las únicas palabras en hebreo de la cinta (el resto está en arameo y en latín), y las dice la Virgen María. Se trata de una pregunta ritual que siempre se hace en hebreo, aún hoy, en los primeros momentos de la cena pascual. La respuesta la da la Magdalena y es “Porque antes éramos esclavos y ya no lo somos”. Con estas palabras Gibson nos enmarca perfectamente en la acción que va a tener lugar, pues establece el paralelismo entre la Pascua judía y la muerte de Cristo: el Antiguo y el Nuevo Testamento. La historia es de sobra conocida, al igual que los personajes: las últimas horas de la vida de Cristo, desde la oración en el huerto hasta la resurrección.

Gibson basa el guión en los evangelios y en las revelaciones de la beata Ana Catalina Emmerick sobre la Pasión, aunque también se toma ciertas licencias que no obstaculizan el tema central de la película.

En la primera escena, la de la agonía en el Huerto de los Olivos, Gibson nos introduce perfectamente en el clímax de la historia con una atrevida y excelente fotografía, esa misteriosa luz azul que inunda la pantalla. Allí vemos un Jesús al que no estamos acostumbrados, que tiene miedo, al que le caen sudores fríos y de sangre, que apenas puede mantenerse en pie. Vemos más que nunca su naturaleza humana, que, ante lo que se le viene encima, ruega al Padre para que le libre de esos padecimientos. También está allí el diablo con forma corporal -una de las licencias del director-.

La oración en el huerto

“Si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la Tuya”.

Haremos ahora un recorrido por la película fijándonos en la interacción entre Jesús y el resto de personajes, muchas veces en forma de miradas del Salvador. La respuesta a estas miradas cambia según el personaje.

La primera de ellas se produce en el huerto. Pedro saca la espada para proteger a su Maestro y le corta la oreja a uno de los guardias, Malco. Entonces, Jesús, ordena a Pedro que suelte el arma y cura la oreja de Malco. La beata Emmerick dice que, después de su encuentro con Cristo, Malco estuvo cerca de María aquel día. En sus ojos se ve el reconocimiento de la divinidad de Jesús.

Malco

Más adelante, justo antes de que Jesús sea juzgado por el Sanedrín, Gibson echa mano por primera vez a algo que se hará frecuente durante el filme, el flashback. Con este recurso el director pretende dos cosas. La primera, completar la explicación del sentido de la muerte de Cristo. La segunda, darle “respiros” al espectador, pues todos los flashbacks son escenas de alegría y de paz que contrastan con la tensión y el sobrecogimiento del espectador ante los episodios la Pasión. En este caso se trata de la deliciosa escena en el taller de Jesús.

Jesús y María

“- Mesa alta, sillas altas.

– Esto nunca va a estar de moda”.

Acabado el juicio ante Caifás, una vez que Jesús ya ha sido condenado a muerte, tienen lugar las tres negaciones de Pedro. El apóstol asegura por tercera vez no conocer a Jesús y es entonces cuando ve la mirada dolida de su Amigo. El director sigue en este pasaje el relato del evangelista San Lucas: “El Señor se volvió y miró a Pedro” (Lc 22, 61). Pero el apóstol, a pesar de haber cometido tan grave traición a su Maestro, a diferencia de Judas, no se abandona a la desesperanza, sino que busca auxilio en María.

Mirada a pedro

“Antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres”.

Pedro y la Virgen

María, refugio de los pecadores.

Jesús ya ha sido juzgado y condenado a muerte. Cuando el patio de la casa de Caifás se ha vaciado, la Virgen, San Juan y María Magdalena se quedan solos. Gibson nos muestra entonces, de forma simbólica, la conexión entre Jesús y su Madre. María se dirige a un sitio concreto y apoya la cara en el suelo. La cámara baja perpendicularmente, como adentrándose en la tierra, hasta llegar al sitio exacto donde Jesús espera el juicio ante Pilato. Es la identificación de ambos con la voluntad del Padre: a pesar del dolor, ambos aceptan la Pasión para la redención del género humano.

María y Jesús

Jesús es llevado ante Pilato. Hristo Sopov, el actor que encarna al procurador romano, refleja a la perfección la lucha interior del personaje por tratar de liberar a Cristo. También vemos las dudas del personaje con su pregunta a Jesús en el pretorio: Quid est veritas? Pilato le transmite sus inquietudes a Claudia, su mujer, y ésta intenta convencerlo de que no condene a Jesús.

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Un autor anónimo de la Edad Media respondió la pregunta de Pilato usando las mismas letras:

– Quid est veritas? (¿Qué es la verdad?)

– Est vir qui adest (Es el varón que tienes delante).

Uno de los intentos del gobernador por conseguir que los judíos dejen de pedir la crucifixión para Jesús es darle “un castigo severo, pero sin permitir que lo maten”. Con ello pretende que al mostrárselo al pueblo, este se apiade ante las heridas de Jesús.

La flagelación es sin duda la escena más dura de toda la película. No se le oculta nada al espectador, hasta el punto de que algunos han puesto el grito en el cielo por la crudeza de las imágenes. Aunque no estoy del todo de acuerdo con ellos, sí que pienso que hay un par de momentos que sobran (el flagelazo que se incrusta en el costado de Cristo y el que le da en la frente). Pero en general, no es una escena sensacionalista sino realista. En esta secuencia se suceden dos miradas significativas. Justo antes de empezar a recibir los golpes, Jesús levanta la los ojos al cielo, dirigiéndose al Padre. La flagelación empieza con treinta golpes dados con varas de madera, al cabo de los cuales vemos a los verdugos recuperando el aliento y a Jesús postrado en el suelo. En ese momento, llega la Virgen. Jesús la mira. Y se levanta.

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“Mi corazón está preparado, Padre”.

mirada de María

María mira a Jesús…

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… y Jesús mira a su Madre.

Ante la increíble resistencia de Jesús, los soldados cambian las varas de madera por los flagella, unas correas acabadas en bolas de plomo sin pulir y en hierros cortantes. Durante esta parte de la flagelación vuelve a aparecer el demonio en forma corporal. Este, lleva en brazos a un niño monstruoso, que representa el pecado.

Flagelación

“Hijo mío, ¿cuándo, dónde, cómo decidirás librarte de todo esto?”.

ecce homo

“Ecce Homo”.

Avanzamos hasta cuando Cristo, después de que Pilato desista y se lave las manos, carga con la cruz. Me fijaré solo en algunos detalles. El primero de ellos, el “duelo de miradas” entre María y Satanás, cada uno a un lado de la calle por donde pasa Jesús llevando la cruz. La Inmaculada contra el Príncipe de la mentira. La Llena de gracia se enfrenta al padre del pecado.

María y Satanás

“Establezco hostilidades entre ti y la Mujer, entre su estirpe y la suya” (palabras a la serpiente en el Génesis 3, 15).

En medio del camino hacia el Calvario, Gibson nos regala, al menos en mi opinión, la escena más bella de la película: el encuentro de Jesús y de María. Lo hace, de nuevo, apoyándose en un flashback. María ve caer a Jesús con la cruz y recuerda a un Jesús niño que se cae mientras está jugando. La música acompaña a la Virgen que corre hacia el Señor y le dice las mismas palabras que en aquella ocasión en Nazaret, “Aquí estoy”. Jesús mira a su Madre y dice:

“¿Ves, Madre? Yo hago nuevas todas las cosas”

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Uno de los legionarios repara en la escena. Se queda pensativo mirando a María. Al final de la película, será uno de los personajes que acaben creyendo en Jesús. De la secuencia se deduce de nuevo la idea de que María nos lleva a Jesús.

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Nada más separarse de su madre, Jesús se levanta, mira al Cielo, en un gesto que reafirma al espectador en que el Salvador acepta lavoluntad del Padre.

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Otra de esas miradas del Señor es la que dirige a Simón de Cirene. Este personaje es forzado a ayudar a Jesús a llevar la cruz. En un principio, su reacción es de repulsa, pero a medida que va conociendo a Jesús se da cuenta de que el hombre que tiene delante no es un hombre cualquiera.

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Jesús ha llegado al Calvario, pero está destrozado y no puede ponerse en pie. El cireneo baja la colina entre sollozos, y mientras él baja, la Virgen, San Juan y la Magdalena coronan el Gólgota. Jesús ve llegar a su madre y, como sucediera antes durante la flagelación, su visión le devuelve las fuerzas y el Salvador se incorpora.

Los soldados rasgan la túnica de Jesús y Gibson introduce el último flashback, esta vez remontándose solo unas pocas horas, hasta la última cena. Allí, Cristo instituye la Eucaristía, que no es otra cosa sino el memorial de su Pasión. Gibson compone un relato muy eucarístico con esta escena.

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“Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”.

Después de tres largas horas de agonía, Jesús entrega el espíritu. Como se cuenta en el Evangelio, Gibson nos enseña el velo del templo rasgándose y el temblor de tierra, pero añade una licencia muy interesante. Es el demonio dando un alarido de rabia. Sabe que ha perdido, Cristo ha vencido al pecado y a la muerte y nos ha dado la libertad de los hijos de Dios.

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El cadáver de Jesús es desclavado y descolgado de la cruz. María lo toma en sus brazos y, rompiendo todos los cánones del cine, mira directamente al espectador, como diciéndole: “Aquí está. Mírale. Lo ha hecho por ti”. La cámara se va alejando lentamente y nos muestra una pietá sangrante. Para mí, el mejor plano -tanto simbólica como técnicamente- de la película.

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“El castigo de nuestra salvación pesó sobre Él y en Sus llagas hemos sido curados”.

Pero este no es el final…

resurrección

En resumen, una película excelente. ¿Real? Por supuesto. ¿Demasiado violenta? No lo creo (salvo los dos detalles mencionados de la flagelación). La fotografía es cautivadora, sobre todo en el huerto de los olivos y en el Calvario. El ritmo es muy adecuado, pues Gibson sabe comprimir muchas escenas sin que parezcan atropelladas (sin dejarse ninguna de las catorce estaciones del vía crucis) y repara en la necesidad del espectador de “respirar” de vez en cuando.

La banda sonora es perfecta acompañadora. Majestuosa, cuando se levanta la cruz y se deja ver al Rey de los judíos. Inquietante e incluso irritante, en las escenas del huerto y en las de Judas. Épica, como en la Resurrección. Pero también cálida cuando hace falta. Cabe destacar la música en la escena del encuentro entre Jesús y María.

Jim Caviezel encarna a la perfección a Jesús, tarea nada fácil, sencillamente porque sabe no estorbar (cuántos “Jesuses” del cine nos han decepcionado). Pero la mejor interpretación de la película es, sin ninguna duda, la de Maia Morgenstern, pues es capaz de transmitirnos dos valores en principio contrapuestos, la amargura de una madre que ve morir a su hijo y la serenidad de quien sabe que lo que está sucediendo es para la redención del hombre. Esta película no se entiende sin María.

 

Jaime Cervera (@jcervera_)

 

 

Pese a trabas, película provida “Unplanned”, triunfa en EE.UU.

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La película provida “Unplanned” ha recaudado 6.1 millones de dólares en su primer fin de semana en Estados Unidos, a pesar de que Twitter bloqueó temporalmente su cuenta oficial y la poca cobertura que le dieron los medios de comunicación.

El filme relata la vida de Abby Johnson, quien fue directora de una clínica de la multinacional abortista Planned Parenthood, en Texas (Estados Unidos), antes de convertirse en activista provida en el 2009.

"Estamos muy felices por el éxito de esta película", aseguró a The Washington Times el CEO de Pure Flix, Michael Scott, que indicó que la masiva participación de la audiencia muestra al aborto como un tema cultural.

El largometraje, que se estrenó el pasado 29 de marzo, ha superado la censura de los medios, así como la clasificación “R” de MPAA, recibida el mes pasado, por la cual menores de 17 años deben ver la película en compañía de un adulto.

"Estamos encantados, gratificados y humildes. Estamos muy complacidos de que el pueblo estadounidense haya respondido con un enorme flujo de apoyo en la taquilla", manifestó.

Debido a ello, comentó que se agregarán 600 pantallas, con lo cual la película llegaría a proyectarse en 1,700 pantallas de cine.

Cabe recordar que varios canales televisivos de cable se negaron a transmitir anuncios promocionales de "Unplanned". De acuerdo con Hollywood Reporter, Lifetime, Hallmark, HGTV, entre otros, son parte de la lista.

"Esta película puede ser esa chispa para atraer más corazones y mentes a la comprensión del valor de la vida", aseguró.

Michael Scott también dijo que el tráiler de “Unplanned” llegó a 1.7 millones de visitas en Youtube el sábado por la mañana.

 

Jaime Mayor Oreja: “En Europa estamos obligados a una regeneración a través de una nueva cultura de la vida”

Jaime Mayor Oreja: “En Europa estamos obligados a una regeneración a través de una nueva cultura de la vida”

El presidente de One of Us imparte en la UCV la ponencia inaugural de las Jornadas “La vida humana. Ciencia y Verdad”

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Jaime Mayor Oreja, presidente de la plataforma europea One of Us, ha inaugurado las Jornadas “La vida humana. Ciencia y Verdad” organizadas por el Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia, el Secretariado Diocesano para la Defensa de la Vida y la Plataforma Valencia Sí a la Vida.

Mayor Oreja ha asegurado que “nunca han sido tan necesarios y decisivos la razón, los valores y los principios cristianos europeos y nunca habían sido tan atacados. Estamos obligados a una refundación y regeneración a través de una nueva cultura de la vida. Sin esta fortaleza moral no habrá ambición política ni Europa tendrá desarrollo. Esta ha perdido el alma y el espíritu y estamos obligados a una regeneración. Hay que preguntarse por qué hemos pasado de una Europa con alma a una Europa sin espiritualismo”.

El origen de esta decadencia, surge para el ponente “tras desnaturalizar a la persona. El momento en el que se olvida que de la misma forma que la familia es la institución de la verdad por excelencia, la dignidad humana es la verdad por excelencia. Esa verdad es la que hemos olvidado. En el instante en que se legaliza el aborto como un derecho en los años sesenta, como si se tratase de un plano inclinado, se van concatenando la eutanasia, la ideología de género, la maternidad subrogada… un cuadro de nuevos y falsos derechos que, esencialmente, sustituyen todos los valores cristianos europeos”.

“Hemos perdido el espíritu esencial para que un proyecto político fructifique”

“Nunca habíamos necesitado tanto una Unión Europea (UE) sólida ni habíamos estado tan divididos y fragmentados. Nunca había sido tan necesario recordar los orígenes de la unión de la vida frente a la destrucción de millones de europeos ni se había producido una situación como la actual, que esconde y secuestra estos orígenes”, ha reflexionado el ponente.

Así, Mayor Oreja, que durante diez años ha pertenecido al Parlamento Europeo, ha recordado que “la UE nació como un grito democrático por la paz, porque durante más de treinta años, desde 1914 a 1945, los europeos nos odiamos y nos introdujimos en la guerra. El arranque de la UE fue la respuesta a esta expresión de la cultura de la muerte”.

Por ello, “Europa ha sido la historia de un éxito que nos ha unido a europeos del este y del oeste y hemos ido abandonando determinados regímenes políticos en la búsqueda de la verdad, de la libertad. Sin embargo, el desenlace es que hoy la Unión Europea tiene un cuerpo considerable –tenemos un Parlamento, un Consejo, un Tribunal de Justicia…- pero hemos perdido el espíritu, esencial para que un proyecto político fructifique”.

“Europa no está presidida por la extrema izquierda ni por la extrema derecha, sino por el extremo desorden y en las elecciones del próximo mes de mayo vamos a ver una expresión del mismo”, ha advertido el impulsor de One uf Us.

En el acto, que ha presidido el Gran Canciller, Antonio Cañizares, han participado el rector, José Manuel Pagán; el director del Master en Bioética de la UCV, Julio Tudela; y el responsable de la Comisión Diocesana para la Familia y la Defensa de la Vida, Juan Andrés Talens.

Cardenal Cañizares: “Es en la cultura de la vida donde está el futuro del siglo XXI”

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Previamente a la conferencia de Mayor Oreja, el cardenal Cañizares ha apremiado “a trabajar y luchar hasta que consigamos, frente a la cultura de la muerte que nos oprime, una cultura de la vida, que es una cultura de esperanza, alegría y futuro. Nosotros apostamos por la vida como Dios ha apostado por la vida del hombre”.

Asimismo, el prelado ha citado a san Juan Pablo II para asegurar que “el tema de la vida es el tema fundamental del siglo XXI. Hablar en favor de la vida parece que sea remitirse a un pasado oscurantista; al contrario, la vida es realmente la luz. Y es una cuestión que en estos momentos ocupa las mejores cabezas y los mejores centros de pensamiento de Europa”.

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Por su parte, Pagán ha expresado que “como Universidad, nos corresponde la tarea de poner de relieve las razones -especialmente las antropológicas- que fundamentan y sustentan el respeto de cada vida humana. Es importante que eduquemos a nuestros jóvenes para el amor y la vida; una educación así nos garantizará una sólida cultura de defensa de la vida y de la familia, tan necesaria hoy. Que no nos preocupe ir contracorriente; quizá más que nunca esto sea el signo más evidente de que estamos cumpliendo con nuestra misión personal e institucional”.

Jornadas “La Vida Humana. Ciencia y verdad”

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Las Jornadas se celebrarán cada martes hasta el 14 de mayo para profundizar en “un sí a la vida, atendiendo a los riesgos a los que se somete a la vida humana hoy”, tanto por los avances científicos como por “teorías inquietantes” que atentan contra la dignidad del hombre. Igualmente, abordarán el aborto, la eutanasia, la sedación y los cuidados paliativos, temas “que están en la mesa de los políticos, frente a los que hay que ofrecer una respuesta desde la antropología cierta y la ciencia bien fundada”, ha añadido Tudela.

Las sesiones, de acceso libre, serán impartidas por Justo Aznar, director del Instituto de Ciencias de la Vida de la UCV; Julio Tudela, y los expertos de la UCV, Ignacio Gómez y Enrique Burguete.

 

 

 

Demasiado pronto

 

Alfonso Aguiló

Es natural que los padres tiendan a pensar que sus hijos son aún demasiado jóvenes e inmaduros para tomar decisiones importantes sobre su vida. Lo confirman los comentarios habituales de los padres cuando sus hijos empiezan a ejercer ciertas responsabilidades: ¡son tan jóvenes!
Dios llama a las almas en diversas etapas de la vida: en la niñez, en la adolescencia, en la juventud...

        —¿En la niñez?

        Juan Pablo II, en su "Carta a los niños", en 1994, dice que "Dios llama a cada hombre y su voz se deja sentir ya en el alma del niño".

        El Cardenal de Madrid, Antonio María Rouco, contaba cómo sintió la llamada de Dios cuando tenía siete años. "Se dice, don Antonio María -le preguntaron en una entrevista en la revista Ecclesia en 1996-, que para que una persona se plantee una vocación tiene que ser ya madura, que sepa lo que hace…, y se mira con un cierto recelo que un chico joven o que un niño se pueda plantear la vocación. En ese sentido, a un niño, a un adolescente que se está pensando la vocación, ¿qué le podría usted decir?". "Pues que yo… -contestó el Cardenal- ¡me planteé la vocación con siete años! Y no estoy exagerando nada. Yo a los siete años tenía unas ganas de ser cura... ¡locas! (...). A partir de ese dato de mi experiencia, veo que, primero, uno nace ya con vocación. Es decir, uno nace por vocación. Esa vocación te acompaña toda la vida y se manifiesta en las condiciones y en las circunstancias propias de la evolución del chico, a través de las distintas edades.

        "Un niño es capaz de responder a una vocación: como niño. Y esa respuesta la tendrá que traducir a una respuesta adolescente y a una respuesta madura cuando llegue el momento. Pero eso no quiere decir que no haya tenido vocación o que no haya podido responder a su manera. Yo creo que hay que respetar mucho esas vocaciones y esas respuestas: por amor al Evangelio y por exigencia del Evangelio. La Iglesia lo ha entendido siempre así y las ha cuidado mucho. Lo demás es una concepción demasiado..., digamos, prepotente: ¡la madurez personal!

        "¿Cuándo está uno maduro? Pues no lo sé. Naturalmente, se requiere un desarrollo biológico previo. Pero ¿la madurez espiritual?, ¿la madurez delante de Dios?, ¿la capacidad de entrega? La puede tener un niño de una forma mucho más limpia, noble y total que una persona mayor."

        —Pero no creo que sea lo habitual que la vocación surja desde tan joven.

        Quizá es más habitual en la adolescencia o en la juventud, pero también es bastante frecuente que los primeros deseos de entrega se presenten en la niñez, aunque no se concreten hasta tiempo después.

        Santo Tomás de Aquino explicaba la predilección de Jesús hacia el apóstol Juan, por su tierna edad, y dice que eso nos da a entender cómo ama Dios de modo especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud. Y Juan Pablo II lo comentaba en 1988: "¡Cristo tiene necesidad de vosotros, jóvenes! Responded a su llamada con el valor y el entusiasmo característico de vuestra edad."

        —¿Y qué crees que deben hacer los padres ante esto?

        Cuando Dios llama a esas edades, los padres deben actuar con mucho sentido común y mucho sentido sobrenatural. No pueden hacer una valoración exclusivamente terrena del misterio de la llamada divina, una interpretación ajena a lo sobrenatural. Ni pensar por principio que, cuando una persona joven toma una decisión de entrega a Dios, lo hace por desconocimiento de la realidad o ignorancia del mundo.

        El discernimiento de la llamada no es cuestión de experiencia humana o de conocimiento de otras realidades, sino, sobre todo, de madurez en el trato con Dios. Además, en la actualidad, para bien o para mal, lo habitual es que cualquier persona joven haya tenido que afrontar toda una serie de dilemas morales con los que la anterior generación no se enfrentó, y que haya conocido, y no siempre positivamente, bastante de ese mundo al que sus padres se refieren. Saben de todo eso quizá más de lo que los adultos piensan, pero, en todo caso, lo importante no es conocer mucho mundo, sino decir a Dios que sí cuando pasa a nuestro lado, como hizo el apóstol San Juan, que era muy joven, un adolescente.

        La vocación no es programable: Dios llama como y cuando quiere. No debemos imponer a Dios nuestro propio calendario. El mismo Señor habla en el Evangelio de las distintas llamadas a diferentes horas del día, cada cual en el momento previsto desde la eternidad. Si fuera un simple "apuntarse" a una realidad humana (como sucede a la hora de elegir un club deportivo o una carrera universitaria, por ejemplo), sería natural estudiar las distintas posibilidades de elección y programar los tiempos oportunos. Pero solo Dios decide el momento en que irrumpe en nuestra vida con su llamada.

        —Pero será bastante excepcional el hecho de plantearle a otra persona la posibilidad de entregarse a Dios.

        No es exactamente eso lo que dijo Juan Pablo II en su alocución del 13 de mayo de 1983: "No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia."

        Hay que pensárselo bien, por supuesto, y hay que hacerlo con enorme respeto a la libertad, pero no es algo tan extraordinario. Si esa persona tiene esa vocación, hablarle de ello será una ayuda que siempre agradecerá. Si no tiene esa vocación, la propuesta no le causará ninguna inquietud, como, de hecho, sucede a la inmensa mayoría de las personas.

        Hay en algunos ambientes un auténtico tabú en torno a estos temas, que lleva a no mencionar casi nunca a los jóvenes que tal vez Dios puede llamarles. Debiera ser normal que una persona pregunte a otra: ¿has pensado alguna vez en entregarte a Dios?, ¿no te gustaría ser sacerdote?, ¿crees quizá que lo tuyo es ser religiosa? Esas preguntas se formulan con naturalidad en otros ámbitos de la vida: ¿te gustaría estudiar esa carrera?, ¿quieres trabajar en ese sitio?, ¿te gusta ese chico, o esa chica?

        Dios llama de mil maneras: a través de una pregunta, de un libro, de un ejemplo, de una película, de un accidente, de una enfermedad, de una conversación. Muchas personas han descubierto su vocación precisamente a raíz de que alguien les ha lanzado una pregunta de ese estilo, una pregunta que interpela, que invita a ser más generoso, que abre horizontes quizá no pensados hasta entonces.

        —Lo importante es la rectitud con que se hace ese planteamiento.

        Por supuesto, esa es la clave. Quien plantea la vocación debe buscar como primer objetivo el bien de esa persona, y debe hacerlo con el máximo respeto a la conciencia, evitando cualquier falta de rectitud, como sucede con cualquier actuación de apostolado cristiano.

        Y por parte de quien se plantea el discernimiento de su vocación, también es fundamental la rectitud. Por eso, en este apartado se habla de las "excusas", para ayudar a quien se plantea la vocación a detectar si sus razones buscan decir que "sí" a lo que Dios le pide y, por tanto, desea sinceramente saber en qué consiste ese "sí", para entonces, con su encuentro personal con Dios, ir definiendo y construyendo ese "sí". Cuando sucede lo contrario, y uno busca, en realidad, el modo de decir que "no" pero manteniendo la tranquilidad de conciencia, entonces, el proceso de discernimiento se deteriora y acaba siendo un proceso de buscar o fabricar excusas. Por eso, al hablar aquí de las excusas, no nos referimos tanto a los obstáculos objetivos que nos podemos encontrar, sino a esos otros obstáculos más subjetivos que nosotros mismos levantamos para no avanzar. Cuando eso sucede, hay dentro de nosotros una falta de rectitud que se afana en buscar esas excusas, en construir ese "no". Pero, en el fondo, si de verdad somos sinceros, sabemos distinguir bastante bien entre unas y otras, y sabemos si las dificultades son superables, si son indicios de la voz de Dios o si son excusas inconsistentes que nos fabricamos.

 

 

"Lo insano no es la masculinidad ni la feminidad, …”

Sobre que la masculinidad no es tóxica, Erica Komisar, psicoanalista, dice "Lo insano no es la masculinidad ni la feminidad, sino el menosprecio de los hombres masculinos y las mujeres femeninas"

Y es que Komisar recuerda las peculiaridades hormonales que están por debajo de las tendencias masculinas comunes. Los varones segregan más testosterona, que favorece la acometividad y la competitividad; y más vasopresina, cuyo efecto en el cerebro inclina a dirigir la agresividad a la protección de las personas queridas. También rasgos femeninos, como la inclinación a cuidar de otros -de los hijos, en especial- o la sensibilidad emocional, están relacionados con las hormonas. Las mujeres tienen más oxitocina que los hombres, y además esta sustancia afecta a ellas y a ellos de modo diverso, como se comprueba cuando una pareja tiene un hijo. La oxitocina inclina a las mujeres a ser más sensibles y empáticas, y a los hombres, a ser un estímulo para el niño y fomentar en él la resiliencia.

"Estas diferencias entre hombres y mujeres -escribe Komisar- se complementan, y así, la pareja puede criar y estimular a sus hijos". La psicoanalista anota que hoy se ve también cierto menosprecio de los rasgos maternales, que recae sobre las mujeres que optan por dejar el empleo para dedicarse a sus hijos pequeños.

Claro está que las tendencias humanas no determinan la conducta, y han de ser cultivadas para que no se desvíen. Así lo señala la misma Komisar: "Por supuesto, llevado al extremo, el culto a la virilidad puede ser perjudicial. Enseñar a los chicos -o a las chicas: para el caso, es lo mismo- que han de ser siempre estoicos, guardarse sus sentimientos para sí y no mostrar nunca debilidad es una receta segura para el trastorno mental. Pero también lo es decir a los chicos que la agresividad, la competitividad y el instinto protector son síntomas patológicos. Como lo es decir a las chicas que su deseo de criar hijos es vergonzoso". En fin, "lo insano no es la masculinidad ni la feminidad, sino el menosprecio de los hombres masculinos, y las mujeres femeninas".

Suso do Madrid

 

La ONU juega al aborto

La agencia de las Naciones Unidas para la mujer incluyó el lenguaje divisivo relacionado con el aborto en un borrador de acuerdo sobre temas relacionados con la mujer. Los expertos dicen que lo hicieron para inclinarse ante los poderosos donantes europeos en un intento por mantenerse relevantes.

El primer borrador de las conclusiones anuales acordadas de la Comisión de las Naciones Unidas sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer se acaba de publicar. El borrador utiliza un lenguaje controvertido sobre “salud y derechos sexuales y reproductivos” rechazado varias veces por los Estados Miembros de la ONU. Está asociado con los derechos de aborto, los derechos LGBT y otras agendas divisivas.

Un delegado decepcionado ha dicho que: "Deben comenzar con el lenguaje del año pasado". Se refería a un acuerdo que califica el término relacionado con el aborto "salud sexual y reproductiva" para excluir un derecho internacional al aborto. El borrador preparado por la agencia de la ONU para mujeres usa la frase “salud y derechos sexuales y reproductivos”.

Confunde dos términos definidos por separado, "salud sexual y reproductiva" y "derechos reproductivos". La nueva frase no tiene una definición clara y se ha usado en asociación con el aborto y los derechos LGBT. El nuevo término es especialmente controvertido porque implica "derechos sexuales". Los estados africanos y árabes se oponen a esta noción debido a sus costumbres sociales conservadoras.

Los diplomáticos de la ONU dijeron que se trataba de un movimiento calculado. La agencia de las Naciones Unidas para la Mujer probablemente tomó una posición extrema para dar a los europeos un chip de negociación en las próximas negociaciones.

José Morales Martín

 

 

“Obrad en verdad”

La doctrina cristiana, desde el clásico “obrad en verdad” de san Juan, es el gran antídoto contra la mentira. En ocasiones, la prudencia o la caridad pueden hacer aconsejable no decir toda la verdad. Pero en ningún caso la verdad es un límite al derecho a la información, porque forma parte de su contenido. En el derecho español suele usarse la frase “información veraz”, evidentemente tautológica.

Otra indicación del decreto Inter mirifica (nº 18) se vive periódicamente desde entonces en la Iglesia: la jornada sobre los medios de comunicación, que ha superado los cincuenta años. No existe una fecha única, porque depende de la decisión de los obispos locales. En la práctica, significa que el papa aprueba cada año un texto sobre esta materia, que suele abordar aspectos concretos de mayor actualidad. Así, en la fiesta de san Francisco de Sales de 2019, ofrece una reflexión sobre las redes sociales y la comunidad humana, a partir del texto de san Pablo a los Efesios “somos miembros unos de otros”.

El papa Francisco se hace eco, desde la óptica cristiana, de un problema importante hoy en todo el mundo: la pessima corruptio optimi reflejada en la realidad informática omnipresente en la vida cotidiana de la humanidad, especialmente entre la población más joven. Porque, “en el escenario actual, la social network community no es automáticamente sinónimo de comunidad”. A veces, es mera agregación, cuando no manifestación de narcisismo individual o colectivo.

La clave de todo, una vez más, está en la virtud de la veracidad. Basten unas citas del mensaje pontificio para recomendar su lectura: “El ser miembros unos de otros es la motivación profunda con la que el Apóstol exhorta a abandonar la mentira y a decir la verdad: la obligación de custodiar la verdad nace de la exigencia de no desmentir la recíproca relación de comunión. De hecho, la verdad se revela en la comunión. En cambio, la mentira es el rechazo egoísta del reconocimiento de la propia pertenencia al cuerpo; es el no querer donarse a los demás, perdiendo así la única vía para encontrarse a uno mismo”. Porque, al cabo, la Iglesia “es una red tejida por la comunión eucarística, en la que la unión no se funda sobre los ‘like’ sino sobre la verdad, sobre el ‘amén’ con el que cada uno se adhiere al Cuerpo de Cristo acogiendo a los demás”.

Xus D Madrid

 

 

Pueblos y… “pueblos”

 

                                No hace mucho y en un anterior artículo escribí lo que sigue: “Dios… o la Creación (“ambas es lo mismo”) dejó al hombre en tierras, todas ricas… simplemente invitándole o retándole, a que con su inteligencia y trabajo, las explotara (cuidándolas); y viviera de ellas, con suficiente desahogo material, para después; “cultivar su yo inteligente o espiritual”; y así, ir progresando en un verdadero progreso; por tanto no hay tierras o mares pobres; “los pobres son los hombres que las habitan y que no saben cultivarlas o explotarlas con la verdadera inteligencia que esos lugares necesitan”; de ahí le vienen todas las miserias que padece”.

                                Hoy me refiero a uno de los pueblos admirables, de larga historia, de luchas inigualables hasta con la propia “Creación” y que sigue marcando un record difícil de igualar; ese país se denomina “Países Bajos u Holanda” y tiene una extensión de algo más de cuarenta y un mil kilómetros cuadrados; y gran parte del mismo, está situado “bajo el nivel del mar”; puesto que supieron “robarle al Océano Atlántico, gran parte de sus tierras y han sabido mantenerlas secas y productivas al máximo posible o imposible, pero real, como ahora les detallo”.

                                Aun cuando su clima es más bien “inhóspito” y poco proclive a la agricultura que se obtiene en países cálidos y mediterráneos; hoy se considera como el segundo exportador de productos agroalimentarios y después de los poderosos Estados Unidos norteamericanos; siendo su producción equiparable a lo que exportan España, Italia y Portugal en conjunto y sumado lo que logran en este campo estos tres países del Sur de Europa.

                                ¿Por qué y cómo han logrado ello? Por cuanto aquí la mayor riqueza con que cuentan “estas tierras”, son sus cerebros y como los saben y han sabido cultivar desde tiempos remotos, es por lo que y empleando todas las técnicas que hoy conoce el hombre, aumentado ello con verdaderas universidades,que enseñan principalmente lo que necesita esta nación, el resultado es la realidad actual, por tanto no hay milagro ni nada parecido, todo es saber emplear y cultivar la inteligencia y aplicarla a lo que necesita un país para hacerse grande en todos los campos; o sea lo que yo vengo escribiendo hace muchos años… “La mayor riqueza de un país son sus cerebros”; lo que supieron los holandeses hace muchos siglos y lo vienen demostrando.

            Pero si bien yo les doy un boceto de esa producción agrícola; mejor busquen en Internet, el siguiente trabajo; “Holanda el silicón vayey de la agricultura” y que con todo tipo de detalles, ha publicado la prestigiosa revista XLSEMANAL del 27 de enero del 2019: Véanlo aquí: Este es un artículo de 'XLSemanal', el suplemento dominical de 'La Verdad'. Puedes seguir leyéndolo completo aquí

                                Esto nos dice bien a las claras lo que el hombre puede hacer en estos momentos y que el hambre en el mundo, es algo superable por mucha población que hubiese en el planeta; lo que hay es que eliminar tiranos y bandidos internacionales, que son los culpables de tantas carencias como hay en el mundo; el que  simple y únicamente lo que necesita es buena formación, buena educación, liberarse de tanto fanatismo religioso o no religioso, pensar por uno mismo y aprender, sobre todo lo que vitalmente cada cual necesita y en el lugar del planeta donde se encuentre; ¿Qué ello es duro? Sí, pero no imposible, los pueblos que de verdad han progresado, todos ellos tuvieron que empezar a luchar por ellos mismos, pero no para imponerse el fatídico “quítate tú para que me ponga yo”; sino una lucha inteligente para precisamente ello, fomentar la verdadera inteligencia que necesitó y necesita el ser humano; todo lo demás son mentiras y demagogia criminal, que son las enfermedades que siempre terminan en ríos de sangre y arrasamiento de todas las tierras que la padecieron y padecen.

                                Por tanto… “muchas menos armas y muchas más herramientas y laboratorios de investigación, que es lo que necesitamos para un verdadero progreso”.

                               

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes