Las Noticias de hoy 08 Abril 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 08 de abril de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: Tercer centenario de San Juan Bautista de La Salle

Ángelus: La misericordia de Dios que perdona

El Obispo de Roma visita la parroquia de San Giulio en Monteverde

Exhortación ‘Cristo vive’: “¡Deja que te escuchen! Aleja los miedos que te paralizan… ¡vive!”

VETE Y NO PEQUES MÁS: Francisco Fernandez Carbajal

“Señor, si quieres, puedes curarme”: San Josemaria

Sentido de misión (II): Lucas Buch

Catequesis del Papa Juan Pablo II: La Cuaresma, Camino hacia la Pascua

Los jóvenes, la fe y la vida en plenitud: Ramiro Pellitero

Católicos, vuelvan a casa: Daniel Tirapu

Atención hospitalaria y valores cristianos: Miguel Ortegón

Derecha-izquierda: Plinio Corrêa de Oliveira

“Ti­bie­za”: + José Ma­ría Gil Ta­ma­yo, Obis­po de Ávila

ELECCIONES Y… ALGUNOS TEMAS IRRENUNCIABLES: Ing. José Joaqupin Camacho                                             

NINGUNO ME HA CONDENADO: Magui del Mar

CONFLICTOS SOCIOAMBIENTALES NOS DESBORDAN: Alfredo Palacios Dongo

Profundamente injusto: Jesús Domingo

Los hombres pueden abortar.: Xus D Madrid

Hay que estar prevenidos: Jesús Martínez Madrid

Una lacra silenciada: Jesús D Mez Madrid

Pensamientos y reflexiones 218: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Ángelus: Tercer centenario de San Juan Bautista de La Salle

“Sean valientes testigos de Jesús y del Evangelio”

abril 07, 2019 15:56Raquel AnilloAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 7 abril 2019).- Después del Ángelus de este domingo, 7 de abril de 2019, el Papa Francisco saludó a los estudiantes italianos que han venido a la Plaza San Pedro con la bandera del 300 aniversario del “nacimiento en el cielo” del fundador de los hermanos de las Escuelas Cristianas San Juan Bautista de La Salle, nacido en Reims, el 30 de abril de 1651 y fallecido en Ruán en el Manoir de Saint-Yon, el 7 de abril de 1719.

Este santo francés dedicó su vida a la educación de los niños pobres y a la pedagogía. San Juan Pablo II lo elogió como un “genio pedagógico” y Benedicto XVI un “maestro espiritual” para los maestros. El Papa Pío XII lo había  convertido en el “patrón de todos los educadores”.

Fue proclamado bienaventurado en 1888 y canonizado en 1900 por  León XIII . Su fiesta se ha fijado para el 7 de abril. En 1937, sus reliquias fueron trasladadas a Roma.

Una misa del tricentenario ha sido celebrada en la catedral de Notre-Dame de Rouen con motivo de este aniversario.

Los Hermanos de las Escuelas Cristianas son religiosos no sacerdotes, que viven en comunidad y dedican sus vidas a Dios a través de la educación de los jóvenes. Hoy los Hermanos trabajan en 77 países, con un millón de jóvenes en los cinco continentes.

Luego, el Papa alentó a los muchos jóvenes presentes en el Ángelus a ser “testigos valientes de Jesús y del Evangelio”.

Y les pide que piensen en orar por él: “Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de orar por mí. Buen almuerzo y adiós!”.

Alrededor de las 16:00 h, se espera que el Papa Francisco visite la parroquia de San Giulio en el distrito de Monteverde de Roma, al sur del Vaticano: esta será la 19a visita del obispo de Roma a una parroquia en su diócesis.

AB

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Los saludo cordialmente a todos ustedes presentes aquí, fieles de Roma y del mundo entero.

Hoy están presentes muchos escolares!

Saludo a los estudiantes españoles de A Coruña y Albacete; Los de Telfs (Austria) y Colmar (Francia).

Saludo a los estudiantes de Bolonia, Nicosia y Génova, así como a los de las escuelas lasalianas de Turín y Vercelli, que recuerdan el tercer centenario de la muerte de San Juan Bautista de la Salle.

Dirijo un pensamiento especial a los Confirmandos de Settignano, Scandicci y a los de la diócesis de Saluzzo, acompañados por su obispo, Mons. Cristiano Bodo. ¡Sean valientes testigos de Jesús y del Evangelio! ¡Sean valientes testigos de Jesús y del Evangelio!, con la confirmación debemos crecer siempre en el coraje, sean valerosos.

Saludo a los niños de 14 años del decanato “Romana Vittoria” de Milán, a los fieles de Pescara, Nápoles y Terni.

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no se olviden orar por mí. Gracias. ¡Buen almuerzo y adiós!

 

 

Ángelus: La misericordia de Dios que perdona

Palabras del Papa antes del Ángelus

abril 07, 2019 13:48Raquel AnilloAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 7 abril 2019).- A las 12:00 h de hoy, V Domingo de Cuaresma, el Santo Padre Francisco se asoma a la ventana  de su estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles  y peregrinos reunidos  en la Plaza San Pedro.

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, buenos días! En este quinto domingo de Cuaresma, la liturgia presenta el episodio de la mujer adúltera (v. Jn 8: 1-11). Contrasta con dos actitudes: la de los escribas y los fariseos, por una parte, y la de Jesús, por otra. Los primeros quieren condenar a la mujer, porque se sienten los guardianes de la Ley y de su fiel aplicación. En cambio, Jesús quiere salvarla, porque personifica la misericordia de Dios que, perdonando, redime y reconciliando renueva.

Así que veamos el evento. Mientras Jesús enseña en el templo, los escribas y los fariseos le traen a una mujer sorprendida en adulterio; la colocan en el medio y le preguntan a Jesús si debe ser apedreada, como lo prescribe la Ley de Moisés. El evangelista señala que ellos le hicieron esta pregunta “para probarlo y tener un motivo para acusarlo” (v. 6). Se puede suponer que su propósito era este, la maldad de esta gente: el “no” a la lapidación habría sido una razón para acusar a Jesús de desobedecer la Ley; el “sí”, en cambio, para denunciarlo a la autoridad romana, que se había reservado las sentencias para sí mismo y no admitía el linchamiento popular. Jesús debe responder.

Los interlocutores de Jesús están cerrados en los cuellos de botella del legalismo y quieren encerrar al Hijo de Dios en su perspectiva de juicio y condena. Pero Él no vino al mundo para juzgar y condenar, sino para salvar y ofrecer a las personas una nueva vida. ¿Y cómo reacciona Jesús ante esto? En primer lugar, permanece en silencio por un rato, y se inclina para escribir con el dedo en el suelo, como para recordar que el único Legislador y Juez es Dios, que había escrito la Ley en la piedra. Luego dice: «Quien entre ustedes esté libre de pecado, arroje la primera piedra contra ella “(v. 7). De esta manera, Jesús apela a la conciencia de esos hombres: se sentían “defensores de la justicia”, pero los llama a la conciencia de su condición de hombres pecadores, por lo que no pueden reclamar el derecho de vida o muerte de otro semejante. En ese punto, uno tras otro, empezando por los más viejos, es decir, los más experimentados de sus propias miserias, todos se fueron, abandonando la lapidación de la mujer. Esta escena también nos invita a cada uno de nosotros a ser conscientes de que somos pecadores y dejar que las piedras de denigración y condenación caigan de nuestras manos, de las habladurías que a veces queremos lanzar contra los demás cuando hablamos de los demás tiramos piedras, actuamos como estos.

Al final solo quedan Jesús y la mujer, allí en el medio:  San Agustín dijo: “permanecen la miseria y la misericordia” (In Joh 33.5). Jesús es el único sin culpa, el único que podría arrojar la piedra contra ella, pero no lo hace, porque Dios “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (v. Ez 33.11). Y Jesús despide a la mujer con estas estupendas palabras: “Vete y de ahora en adelante no peques más” (v. 11). Abre ante ella un nuevo camino, creado por la misericordia, un camino que requiere su compromiso de no pecar más. Es una invitación que también vale para cada uno de nosotros. Jesús siempre nos abre un camino nuevo para ir adelante.

En este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a reconocernos pecadores y a pedir perdón a Dios, y el perdón, a su vez, mientras nos reconcilia y nos da la paz, nos hace comenzar una historia renovada. Toda conversión verdadera está dirigida a un nuevo futuro, a una nueva vida, hermosa, libre de pecado, generosa. No debemos tener miedo de pedir perdón a Jesús, nos abre la puerta para una vida nueva.

Que la Virgen María nos ayude a testimoniar a todo del amor misericordioso de Dios que, en Jesús, nos perdona y hace nueva nuestra existencia, siempre ofreciéndonos nuevas posibilidades.

 

 

El Obispo de Roma visita la parroquia de San Giulio en Monteverde

En el sector oeste de la Diócesis de Roma

abril 07, 2019 19:01RedacciónPapa y Santa Sede, Roma

(ZENIT –  7 abril 2019).- El Santo Padre ha visitado este 5º Domingo de Cuaresma, una visita pastoral a la parroquia romana de San Giulio en Monteverde, en el sector oeste de la Diócesis de Roma, al final de las obras de consolidación, después de que la comunidad parroquial haya pasado tres años en una estructura de tracción debido al colapso de un piso.

A las 15:45 horas, a su llegada, el Papa ha sido recibido por el cardenal vicario Angelo De Donatis; Por el Obispo Auxiliar del sector Oeste, el arzobispo Paolo Selvadagi; del párroco, padre Dario Frattini; y del padre Rinaldo Guarisco, Superior General de los Cánones Regulares de la Inmaculada Concepción, a quien se confía el cuidado de la parroquia.

Antes de la Santa Misa, el Papa Francisco se reunió con los enfermos en una habitación en la planta baja y, después de ascender en el piso superior, en la rectoría, saludó a los que contribuyeron a la creación del Pesebre Viviente, creada por los fieles de San Giulio en Porta Asinaria con el objetivo de recaudar fondos para las obras.

Posteriormente, el Santo Padre se ha encontrado con los recién casados ​​y con los que asisten a los cursos de preparación para el matrimonio; ha saludado a los voluntarios y a los que reciben ayuda de Caritas: entre ellos, cuatro personas sin hogar que la parroquia recibió durante la emergencia del frio.

Inmediatamente después, en el oratorio, el Papa se ha reunido con los miembros de la oficina de estudios religiosos del Vicariato de Roma, con la empresa que realizó el trabajo de reconstrucción y consolidación y con todos los trabajadores.

En la estructura de tracción que ha acogido a los fieles durante el trabajo, lo esperaban niños y niñas que se preparan para la Comunión y la Confirmación, junto con las familias de los niños que han recibido o están a punto de recibir el Bautismo. Finalmente, ha saludado a los sacerdotes de la comunidad y ha administrado el Sacramento de la Reconciliación a algunos fieles.

A las 17:30 horas, el Santo Padre presidido la celebración de la Santa Misa en la iglesia parroquial renovada, con el ritual de dedicación del altar. Después de la proclamación del Evangelio, el Papa pronunciado la homilía. Al final de la visita, el Santo Padre ha regresado al Vaticano.

 

 

Exhortación ‘Cristo vive’: “¡Deja que te escuchen! Aleja los miedos que te paralizan… ¡vive!”

Capítulo quinto: “Los caminos de la juventud”

abril 07, 2019 16:12RedacciónEducación y jóvenes, Papa y Santa Sede

(ZENIT – 7 abril 2019).- “El amor de Dios y nuestra relación con el Cristo vivo no nos impiden soñar, no nos piden que estrechemos nuestros horizontes. Al contrario, este amor nos estimula, nos estimula, nos proyecta hacia una vida mejor y más bella”.

La palabra “inquietud” resume muchas de las aspiraciones del corazón de los jóvenes”. (138). Pensando en un joven, el Papa ve a aquel que tiene los pies siempre enfrente del otro, dispuesto a salir, a disparar, siempre lanzado hacia delante (139). La juventud no puede seguir siendo un “tiempo suspendido”, porque es la “edad de elección” en el ámbito profesional, social, político y también en la elección de la pareja o en la de tener los primeros hijos.

La ansiedad “puede convertirse en un gran enemigo cuando nos lleva a rendirnos porque descubrimos que los resultados no son inmediatos. Los mejores sueños se ganan con esperanza, paciencia y compromiso, renunciando a la prisa. Al mismo tiempo, no debemos bloquearnos ante la inseguridad, no debemos tener miedo de correr riesgos y cometer errores” (142).

“¡Deja que te escuchen!”

Francisco invita a los jóvenes a no observar la vida desde el balcón, a no pasar la vida frente a una pantalla, a no ser reducidos a vehículos abandonados y a no mirar al mundo como turistas: “¡Deja que te escuchen! Aleja los miedos que te paralizan… ¡vive!” (143). Los invita a “vivir el presente” disfrutando con gratitud de cada pequeño don de la vida sin “ser insaciables” y “obsesionados con los placeres sin límite”. (146). En efecto, vivir el presente “no significa lanzarse a una disolución irresponsable que nos deja vacíos e insatisfechos” (147).

No conocerás la verdadera plenitud de ser joven si… no vives la amistad con Jesús” (150). La amistad con él es indisoluble porque no nos abandona (154). y al igual que con nuestro amigo “hablamos, compartimos las cosas más secretas, con Jesús, también conversamos”. Al orar, “jugamos su juego, dejamos espacio para que él pueda actuar, entrar y ganar”. (155). “No priven a su juventud de esta amistad”, “vivirán la hermosa experiencia de saberse siempre acompañados”, como decían los discípulos de Emaús (156).

Desarrollo espiritual

El Papa, hablando de crecimiento y maduración, indica la importancia de buscar “un desarrollo espiritual”, de “buscar al Señor y guardar su Palabra”, de mantener “la “conexión” con Jesús… porque no crecerás en felicidad y santidad sólo con tu fuerza y tu mente” (158).

Incluso el adulto debe madurar sin perder los valores de la juventud: “En cada momento de la vida podemos renovar y aumentar nuestra juventud. Cuando comencé mi ministerio como Papa, el Señor amplió mis horizontes y me dio una juventud renovada. Lo mismo le puede suceder a un matrimonio que lleva muchos años casado, o a un monje en su monasterio” (160). Crecer “significa conservar y alimentar las cosas más preciosas que la juventud te da, pero al mismo tiempo significa estar abierto a purificar lo que no es bueno” (161).

Pero os recuerdo que no serán santos y no se sentirán realizados copiando a los demás”. “deben descubrir quiénes son y desarrollar su manera personal de ser santos” (162).  Francisco propone “caminos de fraternidad” para vivir la fe, recordando que “el Espíritu Santo quiere empujarnos a salir de nosotros mismos, a abrazar a los demás. Por eso, es mejor vivir juntos nuestra fe y expresar nuestro amor en una vida comunitaria” (164) que ayude a superar “la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros problemas, en nuestros sentimientos heridos, en nuestras quejas y en nuestra comodidad” (166). Dios “ama la alegría de los jóvenes y los invita sobre todo a la alegría que se vive en la comunión fraterna” (167).

Jóvenes comprometidos

El Papa habló entonces de los “jóvenes comprometidos”, afirmando que a veces pueden correr “el riesgo de encerrarse en pequeños grupos…”. Sienten que están viviendo en amor fraterno, pero quizás su grupo se ha convertido en una simple extensión de su ego. Esto se agrava si la vocación del laico se concibe sólo como un servicio dentro de la Iglesia…, olvidando que la vocación del laico es ante todo caridad en la familia y caridad social o política” (168).

Francisco propone “que los jóvenes vayan más allá de los grupos de amigos y construyan la amistad social, buscando el bien común. La enemistad social destruye. Y una familia es destruida por la enemistad. Una aldea es destruida por la enemistad. El mundo es destruido por la enemistad. Y la mayor enemistad es la guerra. Hoy vemos que el mundo está siendo destruido por la guerra. Porque somos incapaces de sentarnos y hablar” (169).

El compromiso social y el contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para el descubrimiento o la profundización de la fe y el discernimiento de la propia vocación” (170). El Papa cita el ejemplo positivo de los jóvenes de las parroquias, grupos y movimientos que “tienen la costumbre de ir a acompañar a los ancianos y a los enfermos, o a visitar las zonas pobres” (171).

Mientras que “otros jóvenes participan en programas sociales destinados a la construcción de viviendas para personas sin hogar, o a la recuperación de áreas contaminadas, o a la recolección de ayuda para los más necesitados”. Sería bueno que esta energía comunitaria se aplicara no sólo a acciones esporádicas sino de manera estable”.

Jóvenes protagonistas del cambio

Los estudiantes universitarios “pueden unirse de manera interdisciplinaria para aplicar sus conocimientos a la resolución de problemas sociales, y en esta tarea pueden trabajar codo con codo con jóvenes de otras Iglesias o de otras religiones” (172).

Francisco anima a los jóvenes a comprometerse: “Quiero alentarte a este compromiso, porque sé que «tu corazón, corazón joven, quiere construir un mundo mejor. Sigo las noticias del mundo y veo que tantos jóvenes, en muchas partes del mundo, han salido por las calles para expresar el deseo de una civilización más justa y fraterna. Los jóvenes en la calle. Son jóvenes que quieren ser protagonistas del cambio. Por favor, no dejen que otros sean los protagonistas del cambio. Ustedes son los que tienen el futuro. Por ustedes entra el futuro en el mundo. A ustedes les pido que también sean protagonistas de este cambio”. Y añade: “sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial”.  (174).

“¿A dónde envía Jesús?”

Los jóvenes están llamados a ser “misioneros valientes”, testimoniando en todas partes el Evangelio con su propia vida, lo que no significa “hablar de la verdad, sino vivirla” (175). La palabra, sin embargo, no debe ser silenciada: Hay que “Ser capaz de ir contra corriente y saber compartir a Jesús, comunicar la fe que Él te ha dado” (176).

¿A dónde envía Jesús? “No hay límites: nos envía a todos. El Evangelio es para todos y no para algunos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos, más acogedores. Es para todos”. Y añade: “Y a ustedes, jóvenes, los quiere como sus instrumentos para derramar luz y esperanza, porque quiere contar con vuestra valentía, frescura y entusiasmo”. (177). Y no se puede esperar que “la misión sea fácil y cómoda” (178).

 

 

VETE Y NO PEQUES MÁS

— Es Cristo quien perdona en el sacramento de la Penitencia.

— Gratitud por la absolución: el apostolado de la Confesión.

— Necesidad de la satisfacción que impone el confesor. Ser generosos en la reparación.

I. Mujer, ¿ninguno te ha condenado? —Ninguno, Señor. —Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más1. Habían llevado a Jesús una mujer sorprendida en adulterio. La pusieron en medio, dice el Evangelio2. La han humillado y abochornado hasta el extremo, sin la menor consideración. Recuerdan al Señor que la Ley imponía para este pecado el severo castigo de la lapidación: ¿Tú qué dices?, le preguntan con mala fe, para tener de qué acusarle. Pero Jesús los sorprende a todos. No dice nada: inclinándose, escribía con el dedo en tierra.

La mujer está aterrada en medio de todos. Y los escribas y fariseos insistían con sus preguntas. Entonces, Jesús se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra. E inclinándose de nuevo, seguía escribiendo en la tierra.

Se marcharon todos, uno tras otro, comenzando por los más viejos. No tenían la conciencia limpia, y lo que buscaban era tender una trampa al Señor. Todos se fueron: y quedó solo Jesús y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Las palabras de Jesús están llenas de ternura y de indulgencia, manifestación del perdón y la misericordia infinita del Señor. Y contestó enseguida: Ninguno, Señor. Y Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más. Podemos imaginar la enorme alegría de aquella mujer, sus deseos de comenzar de nuevo, su profundo amor a Cristo.

En el alma de esta mujer, manchada por el pecado y por su pública vergüenza, se ha realizado un cambio tan profundo, que solo podemos entreverlo a la luz de la fe. Se cumplen las palabras del profeta Isaías: No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo... Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo...; para apagar la sed de mi pueblo escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza3.

Cada día, en todos los rincones del mundo, Jesús, a través de sus ministros los sacerdotes, sigue diciendo: «Yo te absuelvo de tus pecados...», vete y no peques más. Es el mismo Cristo quien perdona. «La fórmula sacramental “Yo te absuelvo...”, y la imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al penitente (...). Dios es siempre el principal ofendido por el pecado –tibi soli peccavi–, y solo Dios puede perdonar»4.

Las palabras que pronuncia el sacerdote no son solo una oración de súplica para pedir a Dios que perdone nuestros pecados, ni una mera certificación de que Dios se ha dignado concedernos su perdón, sino que, en ese mismo instante, causan y comunican verdaderamente el perdón: «en aquel momento todo pecado es perdonado y borrado por la misericordiosa intervención del Salvador»5.

Pocas palabras han producido más alegría en el mundo que estas de la absolución: «Yo te absuelvo de tus pecados...». San Agustín afirma que el prodigio que obran supera a la misma creación del mundo6. ¿Con qué alegría las recibimos nosotros cuando nos acercamos al sacramento del Perdón? ¿Con qué agradecimiento? ¿Cuántas veces hemos dado gracias a Dios por tener tan a mano este sacramento? En nuestra oración de hoy podemos mostrar nuestra gratitud al Señor por este don tan grande.

II. Por la absolución, el hombre se une a Cristo Redentor, que quiso cargar con nuestros pecados. Por esta unión, el pecador participa de nuevo de esa fuente de gracias que mana sin cesar del costado abierto de Jesús.

En el momento de la absolución intensificaremos el dolor de nuestros pecados, diciendo quizá alguna de las oraciones previstas en el ritual, como las palabras de San Pedro: «Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo»; renovaremos el propósito de la enmienda, y escucharemos con atención las palabras del sacerdote que nos conceden el perdón de Dios.

Es el momento de traer a la memoria la alegría que supone recuperar la gracia (si la hubiésemos perdido) o su aumento y nuestra mayor unión con el Señor. Dice San Ambrosio: «He aquí que (el Padre) viene a tu encuentro; se inclinará sobre tu hombro, te dará un beso, prenda de amor y de ternura; hará que te entreguen un vestido, calzado... Tú temes todavía una reprensión...; tienes miedo de una palabra airada, y prepara para ti un banquete»7. Nuestro Amén se convierte entonces en un deseo grande de recomenzar de nuevo, aunque solo nos hayamos confesado de faltas veniales.

Después de cada Confesión debemos dar gracias a Dios por la misericordia que ha tenido con nosotros y detenernos, aunque sea brevemente, para concretar cómo poner en práctica los consejos o indicaciones recibidas o cómo hacer más eficaz nuestro propósito de enmienda y de mejora. También una manifestación de esa gratitud es procurar que nuestros amigos acudan a esa fuente de gracias, acercarlos a Cristo, como hizo la samaritana: transformada por la gracia, corrió a anunciarlo a sus paisanos para que también ellos se beneficiaran de la singular oportunidad que suponía el paso de Jesús por su ciudad8.

Difícilmente encontraremos una obra de caridad mejor que la de anunciar a aquellos que están cubiertos de barro y sin fuerzas, la fuente de salvación que hemos encontrado, y donde somos purificados y reconciliados con Dios.

¿Ponemos los medios para hacer un apostolado eficaz de la confesión sacramental? ¿Acercamos a nuestros amigos a ese Tribunal de la misericordia divina? ¿Fomentamos el deseo de purificarnos acudiendo con frecuencia al sacramento de la Penitencia? ¿Retrasamos ese encuentro con la Misericordia de Dios?

III. «La satisfacción es el acto final, que corona el signo sacramental de la Penitencia. En algunos países lo que el penitente perdonado y absuelto acepta cumplir, después de haber recibido la absolución, se llama precisamente penitencia»9.

Nuestros pecados, aun después de ser perdonados, merecen una pena temporal que se ha de satisfacer en esta vida o, después de la muerte, en el Purgatorio, al que van las almas de los que mueren en gracia, pero sin haber satisfecho por sus pecados plenamente10.

Además, después de la reconciliación con Dios quedan todavía en el alma las reliquias del pecado: debilidad de la voluntad para adherirse al bien, cierta facilidad para equivocarse en el juicio, desorden en el apetito sensible... Son las heridas del pecado y las tendencias desordenadas que dejó en el hombre el pecado de origen, que se enconan con los pecados personales. «No basta sacar la saeta del cuerpo –dice San Juan Crisóstomo–, sino que también es preciso curar la llaga producida por la saeta; del mismo modo en el alma, después de haber recibido el perdón del pecado, hay que curar, por medio de la penitencia, la llaga que quedó»11.

Después de recibida la absolución –enseña Juan Pablo II–, «queda en el cristiano una zona de sombra, debida a las heridas del pecado, a la imperfección del amor en el arrepentimiento, a la debilitación de las facultades espirituales en las que obra un foco infeccioso de pecado, que siempre es necesario combatir con la mortificación y la penitencia. Tal es el significado de la humilde, pero sincera, satisfacción»12.

Por todos estos motivos, debemos poner mucho amor en el cumplimiento de la penitencia que el sacerdote nos impone antes de impartir la absolución. Suele ser fácil de cumplir y, si amamos mucho al Señor, nos daremos cuenta de la gran desproporción entre nuestros pecados y la satisfacción. Es un motivo más para aumentar nuestro espíritu de penitencia en este tiempo de Cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a ello de una manera particular.

«“Cor Mariae perdolentis, miserere nobis!” —invoca al corazón de Santa María, con ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los hombres de todos los tiempos.

»—Y pídele –para cada alma– que ese dolor suyo aumente en nosotros la aversión al pecado y que sepamos amar, como expiación, las contrariedades físicas o morales de cada jornada»13.

1 Jn 8, 10-11. — 2 Cfr. Jn 8, 1-11. — 3 Is 43, 16-21. — 4 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Reconciliatio et paenitentia, 2-XII-1984, n. 31, III. — 5 Ibídem. — 6 Cfr. San Agustín, Coment. sobre el Evang. de San Juan, 72.— 7 San Ambrosio, Coment. sobre el Evang. de San Lucas, 7. — 8 Cfr. Jn 4, 28. — 9 Juan Pablo II, loc. cit. — 10 Cfr. Conc. de Florencia, Decreto para los griegos, Dz 673. — 11 San Juan Crisóstomo, Hom. sobre San Mateo, 3, 5. — 12 Juan Pablo II, loc. cit.; Cfr. también Audiencia general, 7-III-1984. — 13 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 258.

 

 

“Señor, si quieres, puedes curarme”

No lo dudes: el corazón ha sido creado para amar. Metamos, pues, a Nuestro Señor Jesucristo en todos los amores nuestros. Si no, el corazón vacío se venga, y se llena de las bajezas más despreciables. (Surco, 800)

¿Cómo dirigirnos a El, cómo hablarle, cómo comportarse? No se compone de normas rígidas la vida cristiana, porque el Espíritu Santo no guía a las almas en masa, sino que, en cada una, infunde aquellos propósitos, inspiraciones y afectos que le ayudarán a percibir y a cumplir la voluntad del Padre. Pienso, sin embargo, que en muchas ocasiones el nervio de nuestro diálogo con Cristo, de la acción de gracias después de la Santa Misa, puede ser la consideración de que el Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro, Amigo. (...)
Es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare, Señor, si quieres ‑y Tú quieres siempre‑, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino. (Es Cristo que pasa, nn. 92-93)

 

 

Sentido de misión (II)

El dinamismo propio del apostolado es la caridad, que es don divino: «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor» (Forja, 565). La Iglesia crece por medio de la caridad de sus fieles y, solo después, llegan la estructura y la organización, como frutos de esa caridad y para estar al servicio de ella.

Vocación15/09/2018

Opus Dei - Sentido de misión (II)

Con vivos trazos describe san Lucas la vida de los primeros creyentes en Jerusalén después de Pentecostés: «Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse» (Hch 2, 46-47). Con todo, pronto llegarían las contradicciones: la prisión de Juan y Pedro, el martirio de Esteban y, finalmente, la persecución abierta.

¿Qué movía a los primeros cristianos a hablar del Señor, incluso durante la persecución?

En ese marco precisamente, narra el evangelista algo sorprendente: «los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio» (Hch 8,4). A cualquiera le llama la atención que, en momentos en que su vida estaba en serio peligro, no renunciaran a seguir anunciando la Salvación. Y no es un suceso aislado, sino que refleja un dinamismo constante. Un poco más adelante se encuentra una noticia similar: «Los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos» (Hch 11,19). ¿Qué movía a aquellos primeros fieles a hablar del Señor a quienes encontraban, incluso en el mismo momento en que huían de una persecución? Les mueve la alegría que han encontrado y que les llena el corazón: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1Jn 1,3). Lo anuncian, sencillamente, «para que nuestra alegría sea completa» (1Jn 1,3). El Amor que se ha cruzado en su camino… deben compartirlo. La alegría es contagiosa. Y eso, ¿no podríamos vivirlo también los cristianos de hoy?

La vía de la amistad

Un detalle de esta escena del libro de los Hechos es muy significativa. Entre aquellos que se habían dispersado «había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús» (Hch 11,20). Los cristianos no se movían en círculos especiales, ni esperaban llegar a lugares idóneos para anunciar la Vida y la Libertad que habían recibido. Cada uno compartía su fe con naturalidad, en el ambiente que le era más cercano, con las personas que Dios ponía en su camino. Como Felipe con el etíope que volvía de Jerusalén, como el matrimonio de Aquila y Priscila con el joven Apolo (cfr. Hch 8,26-40; 18,24-26). El Amor de Dios que llenaba su corazón les llevaba a preocuparse por todas esas personas, compartiendo con ellas aquel tesoro «que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban»[1]. Si partimos de la cercanía con Dios, podremos dirigirnos a quienes nos son más cercanos para compartir lo que vivimos. Más aún, querremos acercarnos a más y más gente, para compartir con ellos la Vida nueva que el Señor nos da. De este modo, ahora como entonces, podrá decirse que «la mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch, 11,21).

Una segunda idea que podemos considerar a la luz de la historia es que, más que por una acción estructural y organizada, la Iglesia crecía —y crece— por medio de la caridad de sus fieles. La estructura y la organización llegarían más tarde, precisamente como fruto de esa caridad y al servicio de ella. En la historia de la Obra hemos visto algo similar. Quienes primero siguieron a San Josemaría querían a los demás con un cariño sincero, y ese era el ambiente en que el mensaje de Dios se fue abriendo camino. Como se cuenta de la primera Residencia: «“Los de Luchana 33” eran amigos unidos por el mismo espíritu cristiano que transmitía el Padre. Por eso, quien se encontró a gusto en el ambiente formado en torno a don José María y a las personas que estaban junto a él, regresó. De hecho, si al piso de Luchana se acudía por invitación, en cambio se permanecía por amistad»[2].

Nos hace bien recordar estos aspectos de la historia de la Iglesia y de la Obra cuando, con el crecimiento que han tenido a lo largo de los años, existe el riesgo de que confiemos más en las obras de apostolado, que en la labor que puede hacer cada una o cada uno. El Padre ha querido recordárnoslo últimamente: «Las circunstancias actuales de la evangelización hacen aún más necesario, si cabe, dar prioridad al trato personal, a este aspecto relacional que está en el centro del modo de hacer apostolado que san Josemaría encontró en los relatos evangélicos»[3].

Los cristianos no se movían en círculos especiales para anunciar la Vida y la Libertad recibidas

En realidad, es natural que sea así. Si el dinamismo propio del apostolado es la caridad que es don de Dios, «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»[4]. La amistad es amor y, para un hijo de Dios, es auténtica caridad. Por eso, no se trata de procurar tener amigos para hacer apostolado, sino que amistad y apostolado son manifestaciones de un mismo amor. Más aún, «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[5]. No está de más que nos preguntemos: ¿cómo cuido a mis amigos?, ¿comparto con ellos la alegría que procede de saber lo mucho que le importo a Dios? Y, por otra parte, ¿procuro llegar a más gente, a personas que quizá nunca han conocido a un creyente, para acercarlas al Amor de Dios?

En las encrucijadas del mundo

«Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1Co 9,16). Estas palabras de san Pablo son un reclamo continuo para la Iglesia. De igual modo, su conciencia de haber sido llamado por Dios para una misión es un modelo siempre actual: «Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo una misión encomendada» (1Co 9,17). El apóstol de las gentes era consciente de haber sido llamado para llevar el nombre de Jesucristo «ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel» (Hch 9,15), y por eso tenía una santa urgencia por llegar a todos ellos.

Cuando, en su segundo viaje, el Espíritu Santo le condujo a Grecia, el corazón de Pablo se dilataba y se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, que se habían quedado en Berea, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar –como solía– a la Sinagoga. Pero le pareció poco, y en cuanto pudo fue también al Ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19). Y así, en el Areópago de Atenas, donde se daban encuentro las corrientes de pensamiento más actuales e influyentes, Pablo anunció el nombre de Jesucristo.

Como el apóstol, también nosotros «estamos llamados a contribuir, con iniciativa y espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los planes de Dios para la humanidad: cogitationes cordis eius, los proyectos de su corazón, que se mantienen de generación en generación (Sal 33 [32], 11)»[6]. Es natural que en muchos fieles cristianos nazca el deseo de llegar a aquellos lugares que «tienen gran incidencia para la configuración futura de la sociedad»[7]. Hace dos mil años, eran Atenas y Roma. Hoy, ¿cuáles son esos lugares? ¿Hay en ellos cristianos que puedan ser en ellos «el buen olor de Cristo» (2Co 2,15)? Y nosotros, ¿no podríamos hacer algo por acercarnos a aquellos lugares, que a menudo no son ya ni siquiera lugares físicos? Pensemos en los grandes espacios en que muchas personas toman decisiones importantes, vitales para su vida… pero pensemos también en esos mismos centros de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestro lugar de trabajo. Cuánto puede hacer, en esos lugares, la presencia de quien promueve una visión más justa y solidaria del ser humano, que no distingue entre ricos o pobres, sanos o enfermos, locales o extranjeros, etc.

Bien pensado, todo esto forma parte de la misión propia de los fieles laicos en la Iglesia. Como propuso el Concilio Vaticano II, ellos «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad»[8]. Esa llamada, común a todos los fieles laicos, se concreta de modo particular en quienes hemos recibido la vocación al Opus Dei. San Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[9]. Los veía preocupados de «llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña»[10], poniéndole, con su trabajo, «en la cumbre de todas las actividades de la tierra»[11].

«La amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes» (F. Ocáriz)

Con el deseo de mantener vivo ese rasgo constitutivo de la Obra, el Padre nos animaba, en su primera carta como prelado, a «promover en todos una gran ilusión profesional: a los que todavía son estudiantes y han de albergar grandes deseos de construir la sociedad, y a los que ejercen una profesión; conviene que, con rectitud de intención, fomenten la santa ambición de llegar lejos y de dejar huella»[12]. No se trata de «estar a la última» por un prurito de originalidad, sino de tomar conciencia de que, para los fieles del Opus Dei, «el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad»[13]. Es una hermosa tarea, que exige de nosotros un constante empeño por salir de nuestro pequeño mundo y levantar los ojos al horizonte inmenso de la Salvación: ¡el mundo entero espera la presencia vivificante de los cristianos! Nosotros, en cambio, «¡cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (cfr. Lc 5,4). Nos invita a gastar nuestra vida en su servicio. Aferrados a él nos animamos a poner todos nuestros carismas al servicio de los otros. Ojalá nos sintamos apremiados por su amor (cfr. 2Co 5,14) y podamos decir con san Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Co 9,16)»[14].

Disponibilidad para hacer la Obra

Junto el deseo de llevar la Salvación a muchas personas, está en el corazón del apóstol «el desvelo por todas las iglesias» (cfr. 2Co 11,28). Necesidades en la Iglesia ha habido desde el principio: el libro de los Hechos cuenta cómo Bernabé «tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hch 4,37); san Pablo recuerda en muchas de sus cartas la colecta que estaba preparando para los cristianos de Jerusalén. La Obra no ha sido, tampoco en este punto, una excepción. Apenas una semana después de llegar por primera vez a Roma, el 30 de junio de 1946, San Josemaría escribía por carta a los miembros del Consejo General, que estaba entonces en Madrid: «Yo pienso ir a Madrid cuanto antes y volver a Roma. Es necesario —¡Ricardo![15]— preparar seiscientas mil pesetas, también con toda urgencia. Esto, con nuestros grandes apuros económicos, parece cosa de locos. Sin embargo, es imprescindible adquirir casa aquí»[16]. Las necesidades económicas en relación con las casas de Roma no habían hecho más que empezar, y, como los primeros cristianos, todos en la Obra las veían como algo muy propio. En los últimos años, don Javier solía contar con emoción la historia de los dos sacerdotes que llegaron a Uruguay para comenzar la labor del Opus Dei. Después de un tiempo en el país, recibieron un donativo importante, que les hubiera sacado del apuro en que se encontraban. Sin embargo, no dudaron un momento en enviarlo enteramente para las casas de Roma.

Las necesidades materiales no terminaron en vida de san Josemaría, sino que permanecen –y permanecerán– siempre. Gracias a Dios, las labores se multiplican por todo el mundo, y además hay que pensar en el mantenimiento de las que existen ya. Por eso, es igualmente importante que se mantenga vivo el común sentido de responsabilidad ante esas necesidades. Como nos recuerda el Padre, «nuestro amor a la Iglesia nos moverá a procurar recursos para el desarrollo de las labores apostólicas»[17]. No es cuestión solamente de que pongamos de nuestra parte, sino sobre todo de que ese esfuerzo nazca del amor que tenemos a la Obra.

Lo mismo se podría decir de otra manifestación maravillosa de nuestra fe en el origen divino de la propia llamada a hacer el Opus Dei en la tierra. Conocemos bien la alegría que le daba a san Josemaría la entrega alegre que veía en sus hijas y en sus hijos. En una de sus últimas cartas, agradeció al Señor que hubieran vivido una «total disponibilidad dentro de los deberes de su estado personal, en el mundo para el servicio de Dios en la Obra»[18]. Los momentos de incertidumbre y contestación que se vivían en la Iglesia y en el mundo hacían brillar con una luz muy especial esa entrega generosa: «jóvenes y menos jóvenes, han ido de acá para allá con la mayor naturalidad, o han perseverado fieles y sin cansancio en el mismo lugar; han cambiado de ambiente si se necesitaba, han suspendido un trabajo y han puesto su esfuerzo en una labor distinta que interesaba más por motivos apostólicos; han aprendido cosas nuevas, han aceptado gustosamente ocultarse y desaparecer, dejando paso a otros: subir y bajar»[19].

En efecto, aunque la labor principal de la Obra sea el apostolado personal de cada uno de sus fieles[20], no hay que olvidar que promueve también, de modo corporativo, algunas actividades sociales, educativas y benéficas. Son manifestaciones distintas del mismo amor ardiente que Dios ha puesto en nuestros corazones. Además, la formación que da la Obra requiere «una cierta estructura»[21], reducida pero imprescindible. El mismo sentido de misión que nos lleva a acercarnos a muchas personas, y a procurar ser levadura en los centros de decisión de la vida humana, mantiene en nosotros una sana preocupación por estas necesidades de toda Obra.

Muchos fieles del Opus Dei –célibes y casados– trabajan en labores apostólicas de muy distinto tipo. Algunos se ocupan de las tareas de formación y gobierno de la Obra. Aunque no constituyen la esencia de su vocación, estar abierto a esos encargos forma parte de su modo concreto de ser Opus Dei. Por eso el Padre les anima a tener, junto una «gran ilusión profesional», «una disponibilidad activa y generosa para dedicarse cuando sea preciso, con esa misma ilusión profesional, a las tareas de formación y gobierno»[22]. No se trata de aceptar esas tareas como un encargo impuesto, que nada tiene que ver con la propia vida. Al contrario, es algo que nace de la conciencia de haber sido llamados por Dios para una tarea grande y, como san Pablo, de querer hacerse «siervo de todos para ganar a cuantos más pueda» (1Co 9,19). Esas tareas son, de hecho, una «labor profesional, que exige una específica y cuidadosa capacitación»[23]. Por eso, cuando se aceptan encargos de este tipo se reciben con sentido de misión, para vivirlos con el deseo de aportar cada uno su granito de arena. Y por la misma razón, no les deben sacar del mundo, sino que, en su caso, serán el modo en que permanezcan en medio del mundo, reconciliándolo con Dios, y el quicio en torno al cual gire su santificación.

En la primera Iglesia, los discípulos tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Vivían pendientes unos de otros, con una encantadora fraternidad: «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor? (2Co 11,29). Desde el lugar en que habían encontrado la alegría del Evangelio, llenaban el mundo de luz. Todos sentían la preocupación de acercar a muchas personas a la Salvación cristiana. Todos deseaban colaborar en la labor de los apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose a su servicio, como los compañeros de viaje de Pablo. No es un cuadro del pasado, sino una maravillosa realidad, que vemos encarnada en la Iglesia y en la Obra, y que estamos llamados a encarnar hoy, con toda la actualidad de nuestra libre correspondencia al don de Dios.

Lucas Buch


[1] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 131.

[2] J. L. González Gullón, DYA –La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), Rialp, Madrid, p. 196.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.

[4] San Josemaría, Forja, n. 565.

[5] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 14.

[6] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[7] Ibíd., n. 29.

[8] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[9] San Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 42.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

[11] Ibíd., n. 183.

[12] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 26.

[14] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 130.

[15] Ricardo Fernández Vallespín era entonces el Administrador General de la Obra y, por tanto, quien tenía el encargo de velar por las necesidades económicas.

[16] A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. III, Rialp, Madrid, p. 45.

[17] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[18] San Josemaría, Carta 14-II-1974, n. 5.

[19] Ídem.

[20] San Josemaría, Conversaciones, n. 51.

[21] Ibíd., n. 63.

[22] F. Ocáriz, Carta 14-II-17, n. 8.

[23] San Josemaría, Carta 29-IX-1957, n. 9.

 

 

Catequesis del Papa Juan Pablo II: La Cuaresma, Camino hacia la Pascua

jueves, 8 de marzo de 2007

Invitación a la penitencia

1. Nos encontramos hoy en el primer día de Cuaresma, Miércoles de Ceniza. En esta jornada, al comenzar el de cuarenta días de preparación a la Pascua, la Iglesia nos impone la ceniza sobre la cabeza y nos invita a la penitencia. La palabra penitencia se repite en muchas páginas de la Sagrada Escritura, resuena en la boca de tantos profetas y, en fin, de modo particularmente elocuente, en la boca del mismo Jesucristo: «Arrepentios, porque el reino de los cielos está cerca» (Mt. 3,2). Se puede decir que Cristo introdujo la tradición del ayuno de cuarenta días en el año litúrgico de la Iglesia, porque Él mismo «ayunó cuarenta días y cuarenta noches» (Mt 4,2), antes de comenzar a enseñar. Con este ayuno cuadragesimal, la Iglesia, en cierto sentido, esta llamada cada año a seguir a su Maestro y Señor si quiere predicar eficazmente su Evangelio. El primer día de Cuaresma –precisamente hoy– debe testimoniar de modo especial que la Iglesia acepta esta llamada de Cristo y que desea cumplirla.

Convertirse a Dios

2. La penitencia en sentido evangélico significa sobre todo conversión. Bajo este aspecto es muy significativo el pasaje del Evangelio del Miércoles de Ceniza. Jesús habla del cumplimiento de los actos de penitencia conocidos y practicados por sus contemporáneos, por el pueblo de la Antigua Alianza. Pero al mismo tiempo somete a crítica el modo puramente externo del cumplimiento de estos actos: limosna, ayuno, oración, porque ese modo es contrario a la finalidad propia de los mismos actos. El fin de los actos de penitencia es un más profundo acercarse a Dios mismo para poderse encontrar con Él en lo íntimo de la entidad humana, en el secreto del corazón.

«Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas… para ser alabados de los hombres… ; No sepa tu izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre que ve lo oculto te premiará.

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas…, para ser vistos de los hombres…, sino… entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará.

Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas…, (sino)… úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt. 6,2).

Por lo tanto, el significado primero y principal de la penitencia es interior, espiritual. El esfuerzo principal de la penitencia consiste en entrar en sí mismo, en lo más profundo de la propia entidad, entrar en esa dimensión de la propia humanidad en la que, en cierto sentido, Dios nos espera. El hombre exterior debe ceder –diría– en cada uno de nosotros al hombre interior y, en cierto sentido, dejarle el puesto. En la vida corriente el hombre no vive bastante interiormente. Jesucristo indica claramente que también los actos de devoción y de penitencia (como el ayuno, la limosna, la oración) que por su finalidad religiosa son principalmente interiores, pueden ceder al exteriorizan corriente, y, por lo tanto, pueden ser falsificados. En cambio, la penitencia, como conversión a Dios, exige sobre todo que el hombre rechace las apariencias, sepa liberarse de la falsedad y encontrarse en toda su verdad interior. Hasta una mirada rápida, breve, en el fulgor divino de la verdad interior del hombre, es ya un éxito. Pero es necesario consolidar hábilmente este éxito mediante un trabajo sistemático sobre sí mismo. Tal trabajo se llama ascesis (así lo llamaban ya los griegos de los tiempos de los orígenes del cristianismo). Ascesis quiere decir esfuerzo interior para no dejarse llevar y empujar por las diversas corrientes exteriores, para permanecer así siempre ellos mismos y conservar la dignidad de la propia humanidad.

Pero el Señor Jesús nos llama a hacer aún algo más. Cuando dice «entra en tu cámara y cierra la puerta», indica un esfuerzo ascético del espíritu humano que no debe terminar en el hombre mismo. Ese cerrarse es, al mismo tiempo, la apertura más profunda del corazón humano. Es indispensable para encontrarse con el Padre, y por esto debe realizarse. «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Aquí se trata de recobrar la sencillez de pensamiento, voluntad y corazón, que es indispensable para encontrarse con Dios en el propio yo interior. ¡Y Dios espera esto para acercarse al hombre interiormente recogido y, a la vez, abierto a su palabra y a su amor! Dios desea comunicarse al alma así dispuesta. Desea darle la verdad y el amor que tienen en Él la verdadera fuente.

Liberación espiritual

3. Así, pues, la corriente principal de la Cuaresma debe correr a través del hombre interior, a través de corazones y conciencias. En esto consiste el esfuerzo esencial de la penitencia. En este esfuerzo, la voluntad humana de convertirse a Dios es investida por la gracia proveniente de conversión y, al mismo tiempo, de perdón y liberación espiritual. La penitencia no es sólo un esfuerzo, una carga, sino también una alegría. A veces es una gran alegría del espíritu humano, alegría que otros manantiales no pueden dar.

Parece que el hombre contemporáneo haya perdido, en cierta medida, el sabor de esta alegría. Ha perdido además el sentido profundo de aquel esfuerzo espiritual que permite volver a encontrarse a sí mismo en toda la verdad de la intimidad propia. A esto contribuyen muchas causas y circunstancias que es difícil analizar en los limites de este discurso. Nuestra civilización –sobre todo en Occidente–, estrechamente vinculada con el desarrollo de la ciencia y de la técnica, entrevé la necesidad del esfuerzo intelectual y físico; pero ha perdido notablemente el sentido del esfuerzo del espíritu, cuyo fruto es el hombre visto en sus dimensiones interiores.

En fin, el hombre que vive en las corrientes de esta civilización pierde muy frecuentemente la propia dimensión; pierde el sentido interior de la propia humanidad. A este hombre le resulta extraño tanto el esfuerzo que conduce al fruto hace poco mencionado como la alegría que proviene de él: la alegría grande del descubrimiento y del encuentro, la alegría de la conversión (metanoia), la alegría de la penitencia.

La liturgia austera del Miércoles de Ceniza y, después, todo el período de la Cuaresma es –como preparación a la Pascua– una llamada sistemática a esta alegría: a la alegría que fructifica por el esfuerzo del descubrimiento de sí mismo con paciencia: «Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas» (Lc. 21,19).

Que nadie tenga miedo de emprender este esfuerzo.

Ciudad del Vaticano, 7 de febrero de 1979

 

 

Los jóvenes, la fe y la vida en plenitud

Posted: 07 Apr 2019 11:15 AM PDT

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El contenido de la exhortación del papa Francisco, “Christus vivit, a los jóvenes y a todo el Pueblo de Dios” –fruto del sínodo sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, de 2018– corresponde bien a su título. No es este un documento “sobre” los jóvenes, sino una conversación con ellos, una carta dirigida en primer lugar a los jóvenes, a cada uno.

En cuanto a los educadores y formadores, quizá en un texto como este (que recoge experiencias de todo el mundo) les interese no tanto buscar “novedades”, como más bien descubrir acentos, matices, puntos de luz y desafíos.

Desde el principio el papa pone a los jóvenes personalmente frente a Jesús: “Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza” (n. 2). En torno a ese núcleo, Francisco mira a la realidad que rodea a los jóvenes y les invita a situarse en ella. También a mirarse a sí mismos en el ambiente en que se mueven, con sus luces y sus sombras. No deja de advertirles de algunos riesgos, pero sobre todo les impulsa a madurar personalmente, preocuparse por las necesidades de los demás y mejorar el mundo.

Para facilitar la lectura y el estudio del texto, se puede dividir en tres partes: una primera, que se pregunta cómo las Sagradas Escrituras presentan la figura de los jóvenes (capítulos 1 y 2) y, desde la fe, mira a la realidad en la que se sitúan actualmente los jóvenes (capítulo 3); una segunda parte, la central, donde se presenta “el gran anuncio de la fe a los jóvenes”, junto con las consecuencias y condiciones (capítulos 4-6); la parte final, dirigida también a los educadores o formadores de los jóvenes sobre la formación, la vocación y el discernimiento (capítulos 7-9).


I. Los jóvenes desde la fe y desde la realidad actual

Los jóvenes y Jesucristo

El primer capítulo se pregunta: “¿Qué dice la Palabra de Dios sobre los jóvenes?”. Muestra algunos jóvenes que aparecen en las Escrituras: su capacidad de soñar, su valentía, su disposición a colaborar con Dios. Siguen las enseñanzas de Jesús sobre los jóvenes. Les anima a cultivar un corazón bueno y grande, aunque esto pueda suponer un camino más o menos costoso de conversión en busca de la sabiduría, que se encuentra particularmente en el amor.

“No hay que arrepentirse ­–les confía Francisco– de gastar la juventud siendo buenos, abriendo el corazón al Señor, viviendo de otra manera. Nada de eso nos quita la juventud, sino que la fortalece y la renueva” (n. 17), le da alas como de águila (cf. Sal 103, 5).

No adula el papa al joven que lee su carta. Le interpela para que no pase su juventud “distraído, volando por la superficie de la vida, adormecido, incapaz de cultivar relaciones profundas y de entrar en lo más hondo de la vida” (n. 19). En el caso de que haya perdido su vigor y sus sueños, su entusiasmo, su esperanza y su generosidad, le asegura que ante Él se presenta Jesús con toda su potencia de Resucitado para levantarle: “Joven a ti te digo, ¡levántate!” (Lc 7, 14).

El capítulo segundo presenta la figura de “Jesucristo, siempre joven”. Toda su juventud fue una preciosa expresión de su obra redentora, de su entrega por nosotros. Él maduró humanamente “en la relación con el Padre, en la conciencia de ser uno más de la familia y del pueblo, y en la apertura a ser colmado por el Espíritu y conducido a realizar la misión que Dios encomienda, la propia vocación”. Por eso es impulso y modelo para plantear a los jóvenes “proyectos que los fortalezcan, los acompañen y los lancen al encuentro con los demás, al servicio generoso, a la misión” (n. 30).

Jesús resucitado es luz y vida nuestra y del mundo. Por Él, con Él y en Él la Iglesia puede ser la verdadera juventud del mundo en la medida en que se renueva continuamente a partir de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, y de la presencia de Cristo y la fuerza de su Espíritu cada día, atenta a los signos de los tiempos. Y los jóvenes pueden ayudarla a mantener esa juventud que ellos y el mundo necesitan.

La realidad actual de los jóvenes

En el capítulo tercero (“Ustedes son el ahora de Dios”) se contiene una mirada a la realidad de los jóvenes en el mundo actual. Una mirada cargada de voces llegadas desde todo el mundo, muy diversas pero capaces de formar una sinfonía. Una mirada positiva y concreta, si bien no exhaustiva. La realidad es “un mundo en crisis” que hace sufrir a muchos jóvenes, que interpela ante todo a los adultos, para que ayuden a los jóvenes en relación con sus deseos, heridas y búsquedas. Se refiere Francisco especialmente a tres temas que identificó claramente el sínodo.

Primero, el ambiente digital, que pide una síntesis nada fácil: “Los jóvenes de hoy son los primeros en hacer esta síntesis entre lo personal, lo propio de cada cultura, y lo global. Pero esto requiere que logren pasar del contacto virtual a una buena y sana comunicación” (n. 90). Segundo, el fenómeno complejo de las migraciones, que pide especialmente de los cristianos un papel profético: “Pido especialmente a los jóvenes que no caigan en las redes de quienes quieren enfrentarlos a otros jóvenes que llegan a sus países, haciéndolos ver como seres peligrosos y como si no tuvieran la misma inalienable dignidad de todo ser humano” (n. 94).

En tercer lugar, insiste en la necesidad de poner fin a todo tipo de abusos: “Los jóvenes podrán ayudar mucho más si se sienten de corazón parte del ‘santo y paciente Pueblo fiel de Dios, sostenido y vivificado por el Espíritu Santo’, porque ‘será justamente este santo Pueblo de Dios el que nos libre de la plaga del clericalismo, que es el terreno fértil para todas estas abominaciones’” (n. 102). Se refiere también a las legítimas reivindicaciones de las mujeres, así como a la reciprocidad entre varones y mujeres.

El papa exhorta a los jóvenes a proponerse la santidad para ser ellos mismos, y no una “fotocopia” de otro. Aunque estuvieran en una mala situación, les quiere llenar de esperanza, al mismo tiempo que les pide que no se aíslen.

II. El anuncio de Cristo a los jóvenes, sus consecuencias y condiciones

El anuncio de la fe a los jóvenes

El capítulo cuarto es el centro del documento. Contiene “el gran anuncio para todos los jóvenes”, que es el anuncio de Dios, de su presencia y de su amor, como en “tres verdades” o tres pasos. Ante todo, el anuncio de “Un Dios que es amor”. Así les dice el papa:

“Nunca lo dudes, más allá de lo que te suceda en la vida. En cualquier circunstancia, eres infinitamente amado. (…) Desde antes de que existiéramos éramos un proyecto de su amor. (…) Para Él realmente eres valioso, no eres insignificante, le importas, porque eres obra de sus manos” (nn. 112-115). Su memoria no es un “disco duro”, sino un corazón lleno de compasión, siempre dispuesto a perdonar. Su amor no aplasta, no humilla. Es un amor constante, discreto y respetuoso, amor de libertad y para la libertad, amor que cura que levanta, dando siempre nuevas oportunidades, buscando siempre el diálogo.

Como en un segundo paso, el amor de Dios se manifiesta especialmente en Cristo y en su Cruz. “El amor del Señor es más grande que todas nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces. (…) Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, solo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: ‘Él nos amó primero’ (1 Jn 4, 19)” (nn. 120-121).

De ahí la interpelación a cada uno de los jóvenes: “Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez” (n. 123).

Además Cristo vive, lleno de vida y de luz para nosotros. Y eso es garantía de que el bien puede hacerse paso, de que los cansancios merecen la pena, de que podemos siempre mirar adelante y vencer todas las dificultades. La vida con Jesús es la experiencia fundamental que los cristianos podemos comunicar a otros. Y todo ello es posible por la acción el Espíritu Santo: en Él encontramos el amor, la intensidad, la pasión, tanto para las “batallas” diarias como para los grandes proyectos.

Una vida plena de sentido y de belleza

Como complemento del anterior, el capítulo quinto (“Caminos de juventud”) muestra la consecuencia del anuncio de Cristo en los jóvenes. Es decir: qué cambia cuando se vive la juventud dejándose iluminar y transformar por el gran anuncio del Evangelio. Porque la juventud es un regalo valioso, un tiempo de sueños y de elecciones caracterizado por la “inquietud”. Una inquietud que no debe degenerar en ansiedad o en miedo. Es el tiempo de las ganas de vivir y de experimentar, sabiendo que lo mejor es exprimir el presente llenándolo de amor. Y eso se puede hacer aun en medio de dificultades.

La plenitud de la juventud solamente se encuentra en el encuentro con Jesucristo, en la amistad con Él, que nos abre a los demás. El cristianismo no es un conjunto de verdades o un código de normas: el cristianismo es Cristo. La juventud es el tiempo del crecimiento y de la maduración, no menos importante en las realidades del espíritu que en las del cuerpo. Es el tiempo de esa amistad con Cristo que llena la vida, que le da sentido total por las sendas de la fraternidad y del compromiso para construir una sociedad nueva. Esa amistad convierte la vida en una aventura y un proyecto fascinante, lleno de belleza (como se expresa en el capitulo siguiente) y también de desafíos.

Francisco pide a los jóvenes cristianos que sean misioneros valientes, que comuniquen y compartan su fe: “No tengan miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente” (n. 177). Y esto, sin esperar a mañana sino con energía, audacia y creatividad, sin fronteras ni límites.

La necesidad de raíces

Una condición para todo ello son las raíces, pues todo árbol solo puede echar ramas hacia el cielo si se asienta firmemente sobre sus raíces en la tierra. Así los jóvenes crecen arraigados en la tierra y en la historia concreta de las personas y de las culturas. A esto dedica Francisco el capítulo sexto (“Jóvenes con raíces”).

Como en el anterior, hay en este capítulo párrafos antológicos, que expresan la belleza de la vida “vivificada” por Cristo sobre la base de la belleza moral que ya tienen muchas realizaciones humanas nobles. Estas realizaciones son imágenes o anticipaciones de la belleza de la entrega de Cristo (“se parecen a la de Cristo en la cruz”). Y por tanto son buenos fundamentos y caminos de la solidaridad con Él en favor de todos. Como muestra, merece la pena transcribir este entero párrafo:

“(...) hay hermosura en el trabajador que vuelve a su casa sucio y desarreglado, pero con la alegría de haber ganado el pan de sus hijos. Hay una belleza extraordinaria en la comunión de la familia junto a la mesa y en el pan compartido con generosidad, aunque la mesa sea muy pobre. Hay hermosura en la esposa despeinada y casi anciana, que permanece cuidando a su esposo enfermo más allá de sus fuerzas y de su propia salud. Aunque haya pasado la primavera del noviazgo, hay hermosura en la fidelidad de las parejas que se aman en el otoño de la vida, en esos viejitos que caminan de la mano. Hay hermosura, más allá de la apariencia o de la estética de moda, en cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en el servicio desinteresado por la comunidad, por la patria, en el trabajo generoso por la felicidad de la familia, comprometidos en el arduo trabajo anónimo y gratuito de restaurar la amistad social. Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza, que se parece a la de Cristo en la cruz, es poner los cimientos de la verdadera solidaridad social y de la cultura del encuentro” (n. 183).

Para crecer enraizados o arraigados (en Dios y en los demás, en contacto con los pobres y con los que sufren), el papa aconseja a los jóvenes la relación con los ancianos, que son guardianes de la “memoria colectiva” en las comunidades humanas y cristianas. Hay que dedicar tiempo a escuchar “los sueños y las visiones” de los ancianos. “Tenemos que aceptar –propone el papa– que toda la sabiduría que necesitamos para la vida no puede encerrarse en los límites que imponen los actuales recursos de comunicación” (n. 195).

Los ancianos nos dirán que una vida sin amor es infecunda, y que el amor se demuestra no solo con palabras, sino también con obras. Nos mostrarán que hay que arriesgar juntos, jóvenes y ancianos. Y que, en palabras del cardenal Pironio, “hemos de amar nuestra hora con sus posibilidades y riesgos, con sus alegrías y dolores, con sus riquezas y sus límites, con sus aciertos y sus errores” (n. 200). Como dijeron los jóvenes de Samoa, los ancianos mantienen la dirección de la barca según la posición de las estrellas y los jóvenes reman con fuerza imaginando el futuro.

III. Formación, vocación y discernimiento

Los últimos tres capítulos se dirigen también a los educadores en una línea propositiva. En el capítulo séptimo (“La pastoral de los jóvenes”) se parte de dos principios de experiencia: la conciencia de que es toda la comunidad cristiana la implicada en la formación de los jóvenes y la urgencia de que tengan un protagonismo mayor en su propia evangelización y la de otros.

Esto comporta una renovación de estilo, sin dejar de recoger lo que haya sido válido para comunicar la alegría del Evangelio, subrayando la participación y la corresponsabilidad.

Como líneas de acción se destacan la búsqueda de caminos y lenguajes apropiados, partiendo de vivir la fe con coherencia, y el crecimiento, centrado en la “experiencia de un gran amor”, es decir en el encuentro con Cristo y el servicio a los demás, completado por la formación doctrinal y moral.

En la situación actual, en la que los jóvenes tienen tantas carencias, es necesario promover ambientes de acogida cordial y de “sentido”, espacios de hogar y de familia, donde se aprenda y se viva el perdonar y el recomenzar, la libertad y la confianza, la amistad y la oración, sin evaluar ni juzgar a las personas.

La educación de la fe y la formación cultural

La escuela de inspiración católica (cf. nn. 221 ss.) es una buena plataforma, un lugar privilegiado para la promoción de los jóvenes. Hoy requiere una renovación que la aleje de la imagen que pueden tener los jóvenes que pasan por algunos establecimientos educativos: un lugar más bien de protección ante los errores “de afuera”, pero un tanto distante del mundo real. Un lugar que quizá no les ha preparado suficientemente para madurar como personas y para vivir la fe en medio del ritmo de nuestra sociedad. Esto afecta a los contenidos de la formación y también al tipo de personas que queremos formar.

En este contexto se señalan algunos criterios centrales para la renovación de la educación de la fe en las escuelas y en las universidades de inspiración católica: “la experiencia del kerygma –el anuncio de Cristo– el diálogo a todos los niveles, la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad, el fomento de la cultura del encuentro, la urgente necesidad de “crear redes” y la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (cf. Const. ap. Veritatis gaudium, nn. 7-8). “También la capacidad de integrar los saberes de la cabeza, el corazón y las manos” (n. 222).

Junto con todo ello, la formación cultural y la necesidad del estudio: “El estudio sirve para hacerse preguntas, para no ser anestesiado por la banalidad, para buscar sentido en la vida” (n. 223); para no distraerse por las muchas sirenas que, como a Ulises, nos pueden desviar del viaje; o incluso para ser capaces, como Orfeo, de componer –a base de investigar, conocer y compartir– unas melodías mejores que las que ofrece el consumismo del ambiente.

La formación de los jóvenes puede y debe realizarse en diversos ámbitos: el ámbito de la liturgia (facilitando momentos y espacios adecuados), el servicio (especialmente a los niños y a los pobres), la música y el canto, el deporte como escuela de solidaridad y esfuerzo, el contacto con la naturaleza; y siempre, sabiendo aprovechar esos regalos de Dios cuya fuerza transciende todas las épocas y circunstancias: la Palabra de Dios, La Eucaristía, el sacramento del perdón, el testimonio de los santos y la enseñanza de los grandes maestros espirituales.

Además señala el documento la importancia de fomentar, entre los jóvenes, un liderazgo “popular”, es decir, capaz de incluir a los más pobres, débiles, limitados y heridos, sin asco ni miedo (cf. 231). Se trata de fomentar la audacia de los jóvenes y prepararlos para que asuman poco a poco responsabilidades. Esto requiere una actitud de “puertas abiertas”, capaz de acoger a cada uno “con sus dudas, sus traumas, sus problemas y su búsqueda de identidad, sus errores, su historia, sus experiencias del pecado y todas sus dificultades” (p. 234). Pide también la apertura a jóvenes que tengan visiones distintas de la vida, otros credos o ningún horizonte religioso. Es un proceso lento, respetuoso, paciente y compasivo, parecido al encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús. Implica enseñar a los jóvenes el discernimiento de sus vidas: reconocer la realidad, interpretarla a la luz de la fe, tomar opciones y emprender itinerarios y proyectos (cf. n. 237).

Otras indicaciones valiosas: la atención a la piedad popular; la promoción de un afán solidario y evangelizador entre los jóvenes mismos; el acompañamiento de los adultos que les escuchen, les comprendan y les guíen adecuadamente, no desde un pedestal sino desde el conocimiento de los límites humanos, comenzando por los propios; la formación de jóvenes líderes, también su formación permanente; la apertura, por parte de las instituciones educativas, a todo tipo de jóvenes, con la disposición de educarles integramente sabiendo adaptarse gradualmente a sus circunstancias (cf. n. 247).

La vocación

A “la vocación” se dedica el capítulo octavo. En ella se concreta lo que Jesus pide a cada joven, en el marco de su amor gratuito y de su amistad. No se trata de un contenido colgado en una “nube” que espere a ser descargado mediante una “aplicación” o con la ayuda de un “tutorial”:

“La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse” (n. 252).

La vocación tiene una esencial dimensión de servicio misionero a los demás. Esto no es un adorno o un apéndice, sino que cada joven ha de pensar: “yo soy una misión en esta tierra, y para esto estoy en este mundo” (Evangelii gaudium, n. 130). Cada uno debe descubrir para qué le llama el Señor, y luego mantener el rumbo sin distraerse para no fallar al dirigirse a ese horizonte.

Dos puntos claves se subrayan aquí: la familia y el trabajo. Es importante que los jóvenes tengan la formación adecuada para rechazar “una vida de desenfreno individualista que finalmente lleva al aislamiento y a la peor soledad” (n. 263); que sean capaces de rechazar la cultura de lo provisional, basada en una desconfianza en la capacidad humana de amar verdaderamente. El trabajo dota a la vida de dignidad y utilidad, de madurez y de sentido, humano y cristiano.

Teniendo en cuaenta que Dios puede pedir una dedicación completa de la vida a su servicio, los jóvenes harán bien en seguir el consejo de Francisco: “busca esos espacios de calma y de silencio que te permitan reflexionar, orar, mirar mejor el mundo que te rodea, y entonces sí, con Jesús, podrás reconocer cuál es tu vocación en esta tierra” (n. 277).

El dicernimiento

En nuestra cultura del zapping y de la multitarea, es necesara la sabiduría del discernimiento. También “el discernimiento” (capítulo noveno) de la vocación requiere no solo la razon y la prudencia humana, sino situarse en el proyecto de Dios que nos ama y nos conoce. Implica la formación de la conciencia para poder identificarse con Jesucristo, con sus intenciones y sentimientos, la oración, el examen de conciencia y la ayuda de quienes Dios pone a nuestro lado para discernir efectivamente nuestro camino. Dicho brevemente: la capacidad de preguntarse “quién soy yo” y “para quién soy yo”. La vocación es un regalo de Dios, un regalo personalizado e interactivo, que estimula y pide arriesgar en el contexto de la amistad con Jesucristo.

A quien pueda ayudarnos en esto, se le pide: primero, escuchar “a la persona”, y el signo de que se hace bien es el tiempo que se le dedica, no solo en cantidad sino también en calidad (atención, desinterés, constancia); en segundo lugar, sensibilidad para discernir (distinguir la gracia de la tentación o de las excusas); tercero, saber escuchar los impulsos que llevan al otro hacia delante (más allá de sus gustos o sentimientos); por último, también implica saber “desaparecer” dejando que sea esa persona la que sigue por sí misma el camino de la libertad que Dios le señala.

 

Católicos, vuelvan a casa

Daniel Tirapu

Católicos vuelvan a casa

photo_camera Católicos vuelvan a casa

La expresión viene de una campaña que se ha hecho en una diócesis de Estados Unidos. Vi alguno de los anuncios, realmente bien hechos y conmovedores. En esa diócesis más de 100.000 católicos alejados se pusieron en contacto con sus parroquias.

Las cicatrices de la vida, desengaños, muertes de seres queridos, fracasos, las algarrobas de tantos hijos pródigos a quienes les pareció que la barca de Pedro era una barca muy endeble, con pilotos poco expertos, de madera.

Y fueron y fuimos buscando un portaviones y el portaviones resultó que se hundía, que prometía mucho y daba poco, que era engañoso ( el diablo es el padre de la mentira).

Pues la barca está a flote y dispuesta a recibirnos de nuevo, a perdonarnos, a dar sentido a la vida. Y María Stella maris es puerto seguro. La peor tentación es creerse tan malo y sin esperanza. Vuelvan, volvamos.

 

 

Atención hospitalaria y valores cristianos

Miguel Ortegón

Patio del Hospital Beata María, perteneciente a las Hermanas Hospitalarias.

photo_camera Patio del Hospital Beata María, perteneciente a las Hermanas Hospitalarias.

La humanización de la medicina figura entre los asuntos de la máxima actualidad en la agenda del sector sanitario. Por humanizar la medicina se entiende la dispensación de unos de unos servicios médicos que, además de contraponer a la enfermedad unas terapias que conduzcan a la curación, generen un entorno de confianza con el paciente. Confianza, por cierto, que debe ser la consecuencia de recibir un trato humano, empático, cálido y acogedor por parte de los profesionales sanitarios, ya se trate de los médicos, del personal de enfermería y auxiliar, o de los voluntarios que acuden cada día a los hospitales para contrarrestar la soledad o mitigar el sufrimiento espiritual de muchos enfermos.

Tradicionalmente, este plano de la comunicación entre profesionales sanitarios y pacientes se ha considerado un terreno manifiestamente mejorable en la mayor parte de las especialidades médico-quirúrgicas. A su logro, no obstante, no ha ayudado la realidad de unos servicios sanitarios mediatizados tanto por la politización de determinadas decisiones como por la mala orientación de algunos temas económicos. Todo ello ha llevado a tiempos de atención y contacto directo con los pacientes muy cortos y, en muchos casos, a la prolongación de los tiempos de espera y a la existencia de barreras para su reducción.

De igual manera, una cultura médica en la que prevalece, como es lógico, el modelo empírico, substanciado en la emisión y prescripción de diagnósticos y tratamientos certeros, tampoco ha contribuido a colocar en el sitio que merece la necesaria comunicación empática con entre facultativos y pacientes. A todo esto, el efecto liberador que prometían las tecnologías de la información, en todo lo que concierne a la parte administrativa de la sanidad (elaboración de informes e historias clínicas de los pacientes), no se ha visto, al menos por ahora, confirmado. Buena parte del valioso tiempo de los facultativos se convierte muchas veces en un espacio para las rutinas administrativas. Ni que decir tiene que se trata de una tarea imprescindible, antes conferida al personal de apoyo, pero que en la práctica resta igualmente oportunidades a la comunicación. 

Quizás, uno de los pocos reductos en los que ha arraigado una relación más cercana con el paciente haya sido en los campos de cuidados paliativos, discapacidad, enfermos crónicos o ancianos, donde buena parte de las terapias consisten también en ofrecerle un soporte emocional como base fundamental para la mejora de su calidad de vida. Se trata de unidades que cuentan con la participación de equipos multidisciplinares con presencia de médicos, psicólogos, rehabilitadores, terapeutas ocupacionales y voluntarios, que además de atender las dolencias físicas, tratan de contrarrestar el estado muchas veces depresivo y de angustia que llevan aparejadas estas duras situaciones.

Desde la visión que tenemos los hospitales católicos, el avance hacia mayores cotas de humanización y sentimiento de acogida en la medicina actuales constituye un fenómeno imparable, si bien su evolución se percibe muchas veces como lenta. Lo vemos no sólo en las nuevas generaciones de profesionales, para las que la comunicación horizontal, quizás por haber crecido en un contexto dominado por las nuevas tecnologías y redes sociales, se ha convertido para ellos en un rasgo de normalidad, y también lo observamos en una corriente de sensibilidad que han comenzado a filtrarse desde esas unidades de paliativos o geriátricas hacia el resto de las especialidades médicas.

A los hospitales de la Iglesia, esta concepción de la medicina como una disciplina eminentemente humana forma parte de nuestros principios y valores fundacionales. De hecho, mucho antes de que los Estados desarrollaran sus modelos de bienestar, con especial incidencia en la prestación de servicios médicos y de salud, la Iglesia Católica ya cumplía un papel fundamental de acogida y dispensación de cuidados a los enfermos. Incluso antes de que se acuñase el propio concepto hospitalario como entidad y función especializada  en la sanación de las personas, la Iglesia Católica, a través de sus múltiples congregaciones, ya venía desarrollando esta función asistencial que forma parte de su auténtica esencia como institución.  

A lo largo de estos dos mil años de civilización, se han producido multitud de acontecimientos sociales y políticos. Hemos asistido a la transformación de los modelos de organización y al propio desarrollo económico de las sociedades y,  sin embargo, esa orientación de servicio hacia los necesitados y los enfermos continúa intacta en el seno de la Iglesia. Somos, en definitiva, dispensadores de servicios médicos de calidad, pero también de hospitalidad. Una hospitalidad que se substancia, en espíritu de acogida, en el cuidado y  la humanidad.

Curiosamente, la ciencia ha venido a confirmar esta visión holística de la sanidad de la que participa la Iglesia desde sus tiempos fundacionales, que consiste en concebir a la persona en su completa integridad, partiendo del principio de que el ser humano es un ente completo, con necesidades físicas, psicológicas, sociales y espirituales que hay que atender por igual. En este aspecto radica uno de los  principales valores diferenciales de los hospitales católicos, además de promover en todo el planeta, precisamente en los lugares donde existe más necesidad, una labor asistencial que llega hasta donde no llega nadie más, ni las instituciones públicas ni las privadas, y que lleva consuelo y medios a las personas con mayores carencias.

Miguel Ortegón es presidente de Hospitales Católicos de Madrid

 

Derecha-izquierda

Las desigualdades sociales deben ser justas y proporcionadas

Dios creó las desigualdades, no aterradoras y monstruosas, sino proporcionadas a la naturaleza, al bienestar y al progreso de cada ser, y adecuadas al orden general del universo. Tal es la desigualdad cristiana.

Derecha e Izquierda frente a trilogía libertad, igualdad, fraternidad

Contenidos

 

Es corriente el uso de los vocablos “derecha” e “izquierda” para describir posiciones adoptadas en varios temas: básicamente en cuestiones políticas, sociales o económicas, pero también en modos de sentir o de ser, como también en la literatura, en las artes, etc.

Un examen de los diversos significados de estos términos permite ver, a primera vista, un tal caos, que según muchos observadores esas palabras han perdido todo valor como calificadores de actitudes ideológicas, culturales o morales.

Sin embargo, sobre el talento, la cultura y la proyección publicitaria de muchos de los que piensan así desde hace tiempo, “derecha” e “izquierda” son todavía palabras de uso corriente y se diría que son indispensables para quienes realicen análisis ideológicos.

Este hecho parece indicar que básicamente contiene algo sustancioso y auténticamente expresivo. Algo incluso insustituible -al menos mientras que el uso común no consagre otras palabras que las sustituyan.

Tengo la intención de analizar aquí ese “algo sustancioso” para ver con los lectores si mi modo de sentirlas corresponde al de ellos, al del gran público. Lo haré muy resumidamente, dadas las limitaciones naturales de este trabajo periodístico.

* * *

La Revolución francesa y la izquierda

Comienzo señalando que en el significado de estas dos palabras correlativas, no todo es impreciso. En ella hay una zona clara.

Definiéndola, será posible detectar “de proche en proche”, el hilo que conduce, a través de significados menos claros, hasta una elucidación final de lo que “derecha” e “izquierda” quieren decir.

La trilogía libertad, igualdad, fraternidad de la Revolución francesa  defina derecha e izquierda

Frente a la trilogía de la Revolución Francesa, todavía hoy el consenso general no duda en calificar de izquierdista perfecto a quien se afirme favorable a una libertad, igualdad y fraternidad absolutas

La zona clara está en la palabra “izquierda”.

Frente a la trilogía de la Revolución Francesa, todavía hoy el consenso general no duda en calificar de izquierdista perfecto a quien se afirme favorable, no a una libertad, una igualdad y una fraternidad cualquiera, sino a la libertad total, la total igualdad y la fraternidad también total.

El anarquismo, punto de referencia

De alguien que es, en definitiva, un anarquista, en el sentido etimológico y radical de la palabra (del griego gobierno “an”, privado y “archê”, gobierno), con o sin connotación de violencia o terrorismo.

Los izquierdistas moderados califican como utópico (“lamentablemente utópico”, dicen) el sueño de su correligionario integral. Nadie negará, sin embargo, la plena autenticidad izquierdista de esa utopía.

En función de este marco de izquierdismo absoluto, es fácil discernir qué -dentro de la escala izquierdista- un programa o un método, puede ser calificado como más o menos izquierdista.

Es decir, será tanto más izquierdista, o menos, cuanto más se aproxime o se distancie del “anarquismo” total.

Así, por ejemplo, un socialista es tanto más izquierdista cuanto más efectiva y general sea la igualdad que reivindica. Y será íntegramente izquierdista el que reivindique la igualdad total.

El liberalismo y el socialismo

Una afirmación análoga debe hacerse en relación a otro “valor” de la trilogía de 1789. Me refiero en especial al liberalismo político. Este será tanto más izquierdista cuanto más reclame la libertad total.

La desigualdad total es anarquismo

Está en la esencia del anarquismo total la afirmación de que toda y cualquier desigualdad es injusta

Así, es cierto que, de acuerdo al consenso general, el izquierdismo tiene su punto omega y su escala de “valores” bien definidos.

Es claro que hay ciertas contradicciones entre socialismo y liberalismo. Y esto conduce a objeciones fáciles contra lo que acabo de afirmar.

Así, el totalitarismo económico destruye fácilmente la libertad política. Y recíprocamente. Pero esta contradicción existe sólo en las etapas intermediarias que todavía no son el anarquismo total, si bien que predispongan a él.

Pues, tanto se puede llegar a este último por una libertad absoluta, cuanto -y principalmente- por una igualdad absoluta. La libertad absoluta propicia una ofensiva general de los que son o tienen menos, contra los que son o tienen más. Y, a su vez, la igualdad completa importa en la negación de toda autoridad y, por lo tanto, de toda ley.

Esas dos vías tan diferentes no son paralelas y se encontrarán en el infinito. Por más contradictorias que sean en la práctica del moderado cotidiano de hoy, convergen en el punto final “an-árquico”, en el cual se encuentran y se completan.

* * *

La derecha, una posición menos definida que la izquierda

La cuestión consiste ahora es saber si los tiene, de modo correlativo, la “derecha”.

Aquí, la confusión es innegable. Sin que ella llegue, sin embargo, a cortar el hilo conductor, el cuadro, análogamente a lo que ocurre con la izquierda, conduce “de proche en proche” a una clasificación de los matices sutiles del derechismo.

Las palabras “derecha” e “izquierda” surgieron en el vocabulario político, social y económico de la Europa del siglo XIX.

El izquierdismo era una participación ideológica en el pensamiento y en la obra de algo aún reciente y bastante definido en sus líneas generales, es decir, la Revolución Francesa.

La izquierda no era sólo una negación volcánica de una tradición que parecía muerta, sino también y cada vez más la afirmación de un futuro que parecía fatal.

Frente a la Revolución avasalladora, la derecha se definió solamente poco a poco, de modo contradictorio y a tientas. (Cfr. Michel Denis, “Les Royalistes de la Mayenne e le Monde Moderne”, Publications de l’Université de Haute-Bretagne, 1977).

El divisor de campos: la igualdad

Si se definiera como un anti-izquierdismo, y “a fortiori” como un anti-anarquismo, ¿qué tendría que ser, en entero rigor de lógica, la derecha?

Como ya dije, está en la esencia del anarquismo total la afirmación de que toda y cualquier desigualdad es injusta. Así, cuanto menor sea la desigualdad, menor será la injusticia. La libertad es querida por el anarquismo precisamente porque la autoridad es en sí misma una negación de la igualdad.

El derechismo afirma, pues, que, en sí misma, la desigualdad no es injusta. Que, en un universo en el cual Dios creó desiguales todos los seres, inclusive y principalmente a los hombres, la injusticia es la imposición de un orden de cosas que Dios, por altísimas razones, hizo desigual. (Cfr. Mt. 25, 14-30; 1 Cor. 12,28 a 31; y santo Tomás, (Summa contra Gentiles, Libro III cap. LXXVII).

Así, la justicia está en la desigualdad.

El comunismo trata de eliminar todas las desigualdades

Dios creó desiguales todos los seres, inclusive y principalmente a los hombres

De esa verdad básica -conviene recordar de paso- no se deduce que cuanto mayor sea la desigualdad, más perfecta es la justicia.

En materia de izquierdismo, la afirmación antitética es lógica (cuanto menor sea la desigualdad, menor será la injusticia). La asimetría entre la perspectiva izquierdista y la derechista es flagrante.

En efecto, Dios creó las desigualdades, no aterradoras y monstruosas, sino proporcionadas a la naturaleza, al bienestar y al progreso de cada ser, y adecuadas al orden general del universo. Tal es la desigualdad cristiana.

Consideraciones análogas se podrían hacer acerca de la libertad en el universo y en la sociedad.

Pero ese patrón de derechismo no es el de la desigualdad absoluta, simétrica y opuesta a la igualdad absoluta. Se trata de la desigualdad armónica, conviene insistir.

Cuanto más una doctrina fuere contraria a la trilogía de 1789 y se aproxime de ese patrón de desigualdades armónicas y proporcionadas, tanto más será derechista.

* * *

Derechas con infiltraciones revolucionarias

Los pensadores y hombres de acción que se irguieron en el siglo XIX como en el siglo XX, contra la Revolución, no siempre fueron calificados sólo por esto como derechistas.

Ellos, o los que los estudiaron, a veces imaginaron que el rótulo de derechismo podría justificar desigualdades abismales (políticas y sociales, pero muchas veces económicas). Como si en esto consistiese el punto extremo de coherencia derechista.

Otros “derechistas” a su vez hicieron concesiones al espíritu igualitario, porque ellos mismos estaban infiltrados de los principios revolucionarios que combatían. O aún por táctica política, es decir, para conquistar y conservar el Poder.

Véase el cuño socialista oficial del fascismo, y no sólo oficial, sino muy acusado del nazismo.

Por todo esto, el vocablo “derecha” no alcanzó en el lenguaje corriente un sentido tan claro cuánto “izquierda”, y ha servido para designar no sólo al verdadero derechismo de inspiración cristiana, sacral, jerárquico y armónico (cf. Plinio Côrrea de Oliveira, “Revolución y Contrarrevolución“), sino también “derechismos” modelados en parte por tradiciones cristianas y en parte por principios ideológicos (como también por experiencias) peculiares).

Con todo, me parece cierto que, por más importantes que hayan sido las notas socialistas de ciertas corrientes llamadas de derecha, el lenguaje corriente sólo las califica como derechas imaginando ver en ellas una afinidad (mayor o menor) con el derechismo cristiano ideal que describí más arriba. El cual, por una tradición multisecular, está en el conocimiento consciente o subconsciente de todos.

En síntesis, en la derecha como en la izquierda tienen un marco definido en el horizonte, a partir del cual sigue “en degradé” la gama de los matices intermedios.

* * *

Dije “sacral”. Se que el término entró de modo inopinado en el artículo. Esto se debe a que el límite de éste no me permite mostrar cuál es, a mi modo de ver, el papel central de la Religión en la concepción derechista auténtica que acabo de enunciar. Y que, obviamente, es mi concepción como la de la TFP.

Digo solamente, casi a título de post scriptum, que el derechismo laico o ateo es absurdo, porque el universo y el hombre son impensables sin Dios.

Lo que no importa en que yo (y aquí alargo un poco el post scriptum), que me considero un adepto en tesis de la unión de la Iglesia con el Estado, la desee para nuestros días “in concreto”.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

“Ti­bie­za”

Mons. José Ma­ría Gil Ta­ma­yo           La Cua­res­ma in­vi­ta a los cris­tia­nos a la re­no­va­ción de su vida es­pi­ri­tual y hay algo que de for­ma muy su­til lo im­pi­de: el acos­tum­bra­mien­to. Los hu­ma­nos nos ve­mos afec­ta­dos por él en mu­chas fa­ce­tas de nues­tra vida, que si bien nos per­mi­te dis­mi­nuir la aten­ción en de­ter­mi­na­das ac­ti­vi­da­des la­bo­ra­les sin que por ello per­da­mos efi­ca­cia y más bien la fa­ci­li­tan, es, en cam­bio ne­fas­to, en otras, como son, por ejem­plo, en el amor hu­mano o en nues­tras re­la­cio­nes con Dios.

Surge en­ton­ces la ti­bie­za. Es lo que le ocu­rre a un ma­tri­mo­nio, cuan­do, con el paso de los años (que pue­den no ser mu­chos) los es­po­sos no han ido ali­men­ta­do día a día el amor con de­ta­lles de ca­ri­ño y ter­mi­nan por acos­tum­brar­se a la vida ma­tri­mo­nial ca­yen­do en la ru­ti­na. Se en­tra así pro­gre­si­va­men­te en una es­pi­rar de so­le­da­des reuni­das: la de la mu­jer, la del ma­ri­do, y a ve­ces has­ta las de los hi­jos. Es el pri­mer paso para lo que vie­ne des­pués, ya que, tras el acos­tum­bra­mien­to y con él el en­fria­mien­to del amor, los es­po­sos de­jan de que­rer­se y em­pie­zan a aguan­tar­se: se en­du­re­ce el co­ra­zón. El ho­gar deja de ser­lo y se con­vier­te en “pen­sión”. Se ve al otro cón­yu­ge como al­guien a quien so­por­tar y los de­fec­tos que an­tes se to­le­ra­ban, ya que na­die es per­fec­to, aho­ra se cri­ti­can y se con­si­de­ran ma­nías in­to­le­ra­bles. Ya no se ha­bla o dia­lo­ga, sino que se dis­cu­te y se acu­san mu­tua­men­te de una lar­ga lis­ta de agra­vios que la sus­cep­ti­bi­li­dad agran­da.

Para po­ner re­me­dio a este acos­tum­bra­mien­to da­ñino hay que re­cu­pe­rar el amor pri­me­ro, vol­ver a enamo­rar­se, pa­rar­se y ha­blar con el otro sin acu­sar­se; ha­cer exa­men y bus­car las cau­sas y no los cul­pa­bles de esta si­tua­ción en la que ha in­flui­do, sin duda, el paso de los años, el can­san­cio, el tra­ba­jo, los ago­bios, etc. Es im­pres­cin­di­ble per­do­nar­se y co­men­zar de nue­vo con ilu­sión re­no­va­da, aun­que al prin­ci­pio pa­re­ce que no se tie­nen ga­nas para ello, que no se sien­te. Eso sí hay que ha­cer­lo con la lec­ción apren­di­da de que el amor ha de ali­men­tar­se cada día con de­ta­lles ca­ri­ño, de ser­vi­cio; con re­nun­cia, con algo tan sen­ci­llo, a lo me­jor, como es de­di­car­le más tiem­po a la otra per­so­na, so­bre todo cuan­do en el ho­gar los hi­jos van cada uno a lo suyo o son ya ma­yo­res…

El en­fria­mien­to del amor tam­bién nos pue­de pa­sar en nues­tras re­la­cio­nes con Dios. Es la ti­bie­za es­pi­ri­tual. San­to To­más de Aquino la de­fi­nía en la Suma Teo­ló­gi­ca como “una cier­ta tris­te­za por lo que el hom­bre se vuel­ve tar­do, para rea­li­zar ac­tos es­pi­ri­tua­les, a cau­sa del es­fuer­zo que com­por­tan” (2-2, q.35, a.3).

Por su par­te, el li­bro del Apo­ca­lip­sis se­ña­la al res­pon­sa­ble de la Igle­sia de Éfeso: “Ten­go con­tra ti que de­jas­te tu pri­mer amor. Con­si­de­ra, pues, de dón­de has caí­do, y arre­pién­te­te, y prac­ti­ca las obras pri­me­ras” (2,4-5).

La ti­bie­za es una ac­ti­tud ante Dios que arrai­ga en una pos­tu­ra hu­ma­na y es­pi­ri­tual de me­dio­cri­dad. Es la pe­re­za del alma, que echa raí­ces en el ca­rác­ter a fuer­za de omi­sio­nes, de de­ja­cio­nes, de fal­tas de ge­ne­ro­si­dad para con Dios y para el com­pro­mi­so cris­tiano. Se deja de re­zar o sólo se hace en si­tua­cio­nes apre­mian­tes, ur­gen­tes. Se sa­can mil ex­cu­sas para no com­pro­me­ter­se en la vida pa­rro­quial o en el ser­vi­cio ecle­sial: que no se tie­ne tiem­po ni ga­nas… Se está bajo mí­ni­mos y lle­ga un mo­men­to que pa­re­ce que no se pue­de ser me­jor cris­tiano, que no se tie­nen fuer­zas para exi­gir­se. Y no es ver­dad; es que se ha en­du­re­ci­do el alma, que fal­ta ca­ri­ño al Se­ñor y a los de­más. El re­me­dio es el mis­mo que para el amor hu­mano: exa­mi­nar dón­de se es­tán las cau­sas de esta si­tua­ción y vol­ver al amor pri­me­ro con ver­da­de­ro arre­pen­ti­mien­to, en el que nos es­ta­ría bien una bue­na con­fe­sión sa­cra­men­tal. Los asun­tos de Dios son una cues­tión de amor y de per­dón.
En­tre las cau­sas de esta pe­re­za del alma, que tam­bién toma cuer­po como ace­dia pas­to­ral en la vida de la Igle­sia, el Papa Fran­cis­co se­ña­la que “el pro­ble­ma no es siem­pre el ex­ce­so de ac­ti­vi­da­des, sino so­bre todo las ac­ti­vi­da­des mal vi­vi­das, sin las mo­ti­va­cio­nes ade­cua­das, sin una es­pi­ri­tua­li­dad que im­preg­ne la ac­ción y la haga desea­ble. De ahí que las ta­reas can­sen más de lo ra­zo­na­ble, y a ve­ces en­fer­men. No se tra­ta de un can­san­cio fe­liz, sino ten­so, pe­sa­do, in­sa­tis­fe­cho y, en de­fi­ni­ti­va, no acep­ta­do” (Evan­ge­lii Gau­dium, 82).

Esta cuar­ta se­ma­na que va­mos a ini­ciar de Cua­res­ma pue­de ser una bue­na oca­sión para “des­con­ge­lar” el alma, para ablan­dar­la en lo hu­mano y en lo es­pi­ri­tual. Es el de­seo del sal­mo 94 que nos hace una bue­na in­vi­ta­ción: “Oja­lá es­cu­chéis hoy su voz: no en­du­rez­cáis el co­ra­zón…”: la voz de los de­más y la de Dios. Un buen de­seo para to­dos. No per­da­mos sin­to­nía con ellos.

Con mi ben­di­ción, les de­seo una fe­liz se­ma­na.

+ José Ma­ría Gil Ta­ma­yo, Obis­po de Ávila

 

 

ELECCIONES Y… ALGUNOS TEMAS IRRENUNCIABLES

Ing. José Joaqupin Camacho                                             

  Siglo 21, sábado 6 de abril 2019

            Escribo esto ya acercándose las elecciones y me centro en un par de ideas que considero útiles, gane quien gane. Lo importante es ir votar, hoy más que nunca, tenemos que participar con responsabilidad y sabiendo bien a quienes elegimos.

 

Señala un antiguo dicho: Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra  y después de una cacería. Se conoce qué pretenden los candidatos, pero hay que valorarlos según cubran lo básico del bien común. El problema es que puedan y… sean sinceros: eso valoraremos con las elecciones…

            Particularmente hay que ver que piensan –entre muchos otros por supuesto-sobre los grandes temas que definen la sociedad, que inciden dramáticamente en el progreso o el ocaso de las sociedades. Son los temas que definen a un candidato o lo descalifican, sólo con que sepan detectarlos o no… y hablen claro sobre ellos.

            Por ello es muy oportuno saber qué piensan  los candidatos a la presidencia acerca de temas como aborto, homosexualismo, planificación familiar,  género, entre otros. Es algo sobre lo que  los políticos en campaña deben definirse, pues  son temas básicos. Porque interesan –deben interesar- a todos y así sean ciudadanos cada vez más participativos y responsables.

            No se trata de interferencia de “la moral” en la política sino de aclarar temas para que las personas actúen libremente y con responsabilidad, según las auténticas exigencias de la justicia social.

            Se señalan aquí unos puntos que son de actualidad en estos momentos de elecciones, que se centran en la protección y la promoción de la dignidad de la persona. Principios a los que no se pueden renunciar en la actuación pública, porque son aquellos sobre los que debe basarse una sociedad correcta. De alguna manera son universales, que puede acogerlos cualquier persona noblemente preocupada por el bien social. Se señalan algunos  aquí, con la brevedad que permite este espacio.

1. El respeto a la persona, desde la concepción, y hasta su muerte natural. Peor que la violencia de la guerra o del terrorismo, es el aborto o la eutanasia. Nadie creerá en  los derechos humanos, si no se respeta la vida de los más débiles, de los ancianos y de los no nacidos. Si se cede algo en el derecho a la vida, es imposible tomarse en serio cualquier otro derecho humano.

2. La familia: uno con una, para siempre, abiertos a la vida. Esto es la base de cualquier orden social. Si se destruye, se destruye la sociedad. Si se la debilita –con leyes divorcistas, o una mala distribución de los impuestos, o sólo no protegerla- la sociedad se debilita, porque las personas sufren, son infelices.

3. El respeto del derecho, que incluye como algo vital a la sociedad, el derecho de los padres a la educación de los hijos.     

Debe saberse qué piensan los candidatos sobre estos temas; la política debe moverse en una dimensión de objetividad de valores.