Las Noticias de hoy 18 Marzo 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 18 de marzo de 2019       

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: “Jesús nos muestra la gloria que nos espera”

Ángelus: “Oremos en silencio por nuestros hermanos musulmanes que fueron asesinados”

LA CONCIENCIA, LUZ DEL ALMA: Francisco Fernandez Carbajal

“¡Dios y audacia!”: San Josemaria

San José en la vida cristiana y en las enseñanzas de san Josemaría

Aprender a ser fiel: J.J. Marcos

La importancia del hogar: Ricardo Sada Fernández

Cuaresma: un llamado de Dios al corazón: LaFamilia.info

15 Cualidades que deben demostrar los padres : Francisco Gras

Cuando el invierno es primavera: Jesús Domingo

FIN DE UNSUR, BÚSQUEDA DE OTRO PROCESO INTEGRADOR: Alfredo Palacios Dongo

COSECHA: MARIA DO SAMEIRO BAROSSO

Pintando el alma humana: Plinio Corrêa de Oliveira,

El regalo de contar con un Papa emérito: Xus D Madrid

60 años luchando contra el hambre y por la mujer: Jesús Martínez Madrid

La Cuaresma es una oportunidad: JD Mez Madrid

LA IGUALDAD DEL HOMBRE: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Ángelus: “Jesús nos muestra la gloria que nos espera”

En esta cuaresma: Demos espacio a la oración y a la Palabra de Dios

marzo 17, 2019 13:32Raquel AnilloAngelus y Regina Caeli

(ZENIT 17 marzo 2019).- El Papa Francisco presidió la oración del Ángelus este domingo 17 de marzo de 2019, desde la ventana del despacho del Palacio Apostólico Vaticano, que da a la Plaza de San Pedro.

En este segundo domingo de cuaresma el Papa nos invita a permanecer algún momento en recogimiento cada día fijando la mirada interior en el rostro de Jesús y dejando que su luz penetre e irradie en nuestra vida.

El evangelista Lucas insiste en el hecho de que Jesús se transfiguraba mientras oraba.

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos permite contemplar el evento de la Transfiguración, en el que Jesús otorga a los discípulos Pedro, Santiago y Juan un anticipo de la gloria de la Resurrección: una parte del cielo en la tierra. El evangelista Lucas (ver 9,28-36) nos muestra a Jesús transfigurado en la montaña, que es el lugar de la luz, un símbolo fascinante de la experiencia única reservada para los tres discípulos.

Suben con el Maestro a la montaña, lo ven sumergiéndose en la oración, y en cierto momento “su rostro cambió de apariencia” (v. 29). Acostumbrados a verlo a diario en la simple apariencia de su humanidad, frente a ese nuevo esplendor, que también envuelve a toda su persona, quedan sorprendidos. Y junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, quienes hablan con él sobre su próximo “éxodo”, es decir, de la Pascua de muerte y resurrección, una anticipación de la Pascua. Entonces Pedro exclama: “Maestro, es bueno para nosotros estar aquí” (v. 33). ¡Quisiera que ese momento de gracia no terminara nunca!.

La Transfiguración tiene lugar en un momento muy preciso en la misión de Cristo, es decir, después de que Él les confió a los discípulos que debía “sufrir mucho, […] ser asesinado y resucitar al tercer día” (v. 21). Jesús sabe que no aceptan esta realidad, la realidad de la cruz, la realidad de la muerte y por eso quiere prepararlos para soportar el escándalo de la pasión y muerte de  cruz, para que sepan que este es el camino a través del cual el Padre celestial hará alcanzar la gloria a su Hijo elegido resucitándolo de los muertos. Y este también será el camino de los discípulos: nadie viene a la vida eterna, sino siguiendo a Jesús, llevando su propia cruz en la vida terrenal.

Cada uno de nosotros tiene su propia cruz, el Señor nos hace ver el final de este recorrido que es la resurreción, la belleza, por lo tanto hay que llevar la propia cruz.

Por lo tanto, la Transfiguración de Cristo nos muestra la perspectiva cristiana del sufrimiento: no es un sadomasoquismo el sufrimiento, es un pasaje necesario pero transitorio. El punto de llegada al que estamos llamados es luminoso, como el rostro de Cristo transfigurado: en él está la salvación, la felicidad, la luz, el amor de Dios sin límites. Al mostrar así su gloria, Jesús nos asegura que la cruz, las pruebas, las dificultades en las que luchamos tienen su solución y su superación en la Pascua.

Por lo tanto, en esta Cuaresma, nosotros también subamos la montaña con Jesús, ¿de qué modo?, con la oración. Subamos a la montaña con la oración, la oración silenciosa, la oración del corazón, la oración siempre buscando al Señor.

Permanezcamos algún momento en recogimiento, cada día un momento, fijemos la mirada interior en el rostro de Jesús y dejemos que su luz penetre e irradie en nuestra vida. De hecho, el evangelista Lucas insiste en el hecho de que Jesús se transfiguraba”mientras oraba” (v. 29). Sumergido en una conversación íntima con el Padre, en la que también resonaban la Ley y los Profetas, Moisés y Elías, y mientras se adhería con todo su ser a la voluntad del Padre, incluida la cruz, la gloria de Dios lo invadió transfigurando también el exterior. Esto es así: la oración en Cristo y en el Espíritu Santo transforma a la persona desde dentro y puede iluminar también a los demás y al mundo que nos rodea. Cuantas veces hemos encontrado a personas que iluminan, que sale la luz de los ojos, que tienen esa mirada luminosa y oran y la oración hace esto, nos hace resplandecer con la luz del Espíritu Santo.

Continuemos nuestro viaje de Cuaresma con alegría. Demos espacio a la oración y a la Palabra de Dios, que la liturgia nos ofrece abundantemente en estos días.

Que la Virgen María nos enseñe a permanecer con Jesús incluso cuando no lo entendamos y no lo comprendamos, porque solo permaneciendo con Él veremos su gloria.

 

 

Ángelus: “Oremos en silencio por nuestros hermanos musulmanes que fueron asesinados”

Oración y gestos de paz para decir no al odio y la violencia

marzo 17, 2019 15:29Anita BourdinAngelus y Regina Caeli

(ZENIT 17 marzo 2019).- “Oremos juntos en silencio por nuestros hermanos musulmanes que fueron asesinados”: el Papa Francisco oró con la multitud presente en el Ángelus el domingo 17 de marzo de 2019, en la Plaza de San Pedro, por las víctimas de la masacre perpetrada en estas dos mezquitas. de Christchurch, Nueva Zelanda, el viernes 15 de marzo, por un extremista australiano que se autodenomina “racista” y “fascista”, Brenton Tarrant, de 28 años.

Un registro aún provisional muestra 50 muertes, de 3 a 77 años, de Pakistán, Turquía, Arabia Saudita, Bangladesh, Indonesia y Malasia. Dos jordanos también están entre unos cuarenta heridos.

“Queridos hermanos y hermanas, dijo que el Papa en italiano después del Ángelus, en estos días, ante el dolor de las guerras y conflictos que continúan afligiendo a la humanidad, se agregó estas víctimas del horrible atentado a dos mezquitas en Christchurch, Nueva Zelanda”.

Aseguró su oración e hizo este llamado: “Rezo por los muertos y heridos y sus familias. Estoy cerca de nuestros hermanos musulmanes y de toda esta comunidad. Renuevo mi invitación a unirnos por medio de la oración y de los gestos de paz para oponernos al odio y la violencia”.

El Papa Francisco agregó el gesto a la palabra orando inmediatamente en silencio con la multitud de unas decenas de miles de personas presentes en la Plaza de San Pedro

 

 

LA CONCIENCIA, LUZ DEL ALMA

— La conciencia ilumina toda la vida. Se puede deformar y endurecer.

— La conciencia bien formada. Doctrina y vida. Ejemplaridad.

— Ser luz para los demás. Responsabilidad.

I. Si oís hoy la voz de Dios, no queráis endurecer vuestros corazones1, nos repite la liturgia todos los días de este tiempo litúrgico. Y cada día, de formas muy diversas, Dios habla al corazón de cada uno de nosotros.

«Nuestra oración durante la Cuaresma va dirigida a despertar la conciencia, a sensibilizarla a la voz de Dios. No endurezcáis el corazón, dice el Salmista. En efecto, la muerte de la conciencia, su indiferencia en relación al bien y al mal, sus desviaciones son una gran amenaza para el hombre. Indirectamente son también una amenaza para la sociedad porque, en último término, de la conciencia humana depende el nivel de moralidad de la sociedad»2. La conciencia es la luz del alma, de lo más profundo del ser del hombre, y, si se apaga, el hombre se queda a oscuras y puede cometer todos los atropellos posibles contra sí mismo y contra los demás.

Antorcha de tu cuerpo son tus ojos3, dice el Señor. Antorcha del alma es la conciencia, y si está bien formada, ilumina el camino, el camino que termina en Dios, y el hombre puede avanzar por él. Aunque tropiece y caiga, puede levantarse y seguir adelante. Quien ha dejado que su sensibilidad interior se «duerma» o «muera» para las cosas de Dios, se queda sin señales y desorientado. Es la mayor desgracia que le puede ocurrir a un alma en esta vida. ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal -anuncia el profeta Isaías-, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y truecan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!4.

Jesús compara la función de la conciencia a la del ojo en nuestra vida. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado, pero si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo queda en tinieblas. Mira, pues, no sea que la luz que hay en ti sea tinieblas5. Cuando el ojo está sano se ven las cosas tal como son, sin deformaciones. Un ojo enfermo no ve o deforma la realidad, engaña al propio sujeto, y la persona puede llegar a pensar que los sucesos y las personas son como ella los ve con sus ojos enfermos.

Cuando alguien sufre un error en los asuntos de la vida diaria, por haber hecho una falsa estimación de los datos, ocasiona perjuicio y molestias, que a veces pueden ser de escasa importancia. Cuando en el error se ve comprometida la vida eterna, la trascendencia no tiene límites.

La conciencia se puede deformar por no haber puesto los medios para alcanzar la ciencia debida acerca de la fe, o bien por una mala voluntad dominada por la soberbia, la sensualidad, la pereza... Cuando el Señor se queja de que los judíos no reciben su mensaje, afirma la voluntariedad de su decisión –no quieren creer6– y no pone la causa en una dificultad involuntaria: esta es más bien consecuencia de su libre negativa: ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi doctrina7. Las pasiones y la falta de sinceridad con uno mismo pueden llegar a forzar el entendimiento, para pensar de otra forma más acorde con un tono de vida o con unos defectos y malos hábitos que no se quieren abandonar. No hay entonces buena voluntad, el corazón se endurece y se adormece la conciencia, porque ya no señala la dirección verdadera, la que lleva a Dios; es como una brújula rota que desorienta a la propia persona, y frecuentemente a otras muchas. «El hombre que tiene el corazón endurecido y la conciencia deformada, aunque pueda tener la plenitud de las fuerzas y de las capacidades físicas, es un enfermo espiritual y es preciso hacer cualquier cosa para devolverle la salud del alma»8.

La Cuaresma es un tiempo muy oportuno para pedirle al Señor que nos ayude a formarnos muy bien la conciencia, y para que examinemos si somos radicalmente sinceros con nosotros mismos, con Dios, y con aquellas personas que en su nombre tienen la misión de aconsejarnos.

II. La luz que hay en nosotros no brota de nuestro interior, de la propia subjetividad, sino de Jesucristo. Yo soy –ha dicho Él– la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas9. Su luz esclarece nuestras conciencias; más aún, nos puede convertir en luz que ilumine la vida de los demás: vosotros sois la luz del mundo10. Nos pone el Señor en el mundo a todos los cristianos para que señalemos con la luz de Cristo el camino a los demás. Lo haremos con nuestra palabra y, particularmente, a través de nuestro comportamiento en los deberes profesionales, familiares y sociales. Por esto, debemos conocer muy bien los límites de nuestras actuaciones con arreglo a la honradez humana y a la moral de Cristo; ser conscientes del bien que podemos realizar, y hacerlo; tener clara conciencia de aquello que en la profesión no puede hacer un hombre de bien y un buen cristiano, y evitarlo; si hemos cometido un error, pedir perdón, corregirlo, y reparar si hubiese lugar a ello. La madre de familia que tiene como tarea santificadora su hogar, deberá preguntarse en su oración si es ejemplar en sus deberes para con Dios, si vive la sobriedad, si domina su malhumor, si dedica el tiempo necesario a los hijos y a la casa... El empresario debe considerar con frecuencia si pone todos los medios necesarios para conocer la doctrina social de la Iglesia, y si se empeña en llevarla a la práctica en sus negocios, en el mundo de su empresa, si paga los salarios justos...

La vida cristiana se enriquece al poner en práctica, en los asuntos diarios, las enseñanzas que el Señor nos hace llegar a través de su Iglesia. La doctrina cobra así toda su fuerza. Doctrina y vida son realidades de una conciencia bien formada. Cuando por ignorancia más o menos culpable se desconoce la doctrina o cuando, conociendo esta, no se lleva a la práctica, se hace imposible llevar una vida cristiana y avanzar en el camino de la santidad.

Todos tenemos necesidad de formarnos una conciencia recta y delicada que entienda con facilidad la voz de Dios en los asuntos de la vida cotidiana. La ciencia moral debida y el esfuerzo por vivir las virtudes cristianas (doctrina y vida) son los dos aspectos esenciales de la formación de la conciencia. En ocasiones, ante situaciones menos claras que se presentan en nuestra profesión deberemos considerarlas delante de Dios, y cuando sea necesario recabar el consejo oportuno de aquellas personas que pueden esclarecer nuestra conciencia, y luego llevar a la práctica las decisiones que hayamos tomado, con responsabilidad personal. Nadie nos puede sustituir ni podemos delegar esta responsabilidad.

En el examen general y particular de conciencia aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos, llamando a nuestros errores, flaquezas y faltas de generosidad por su nombre, sin enmascararlos con falsas justificaciones o tópicos del ambiente. La conciencia que no quiere reconocer sus faltas deja al hombre a merced de su propio capricho.

III. Para el caminante que verdaderamente desea llegar a su destino lo importante es tener claro el camino. Agradece las señales claras, aunque alguna vez indiquen un sendero un poco más estrecho y dificultoso, y huirá de los caminos que, aunque sean anchos y cómodos de andar, no conducen a ninguna parte... o llevan a un precipicio. Debemos tener el máximo interés en formar bien nuestra conciencia, pues es la luz que nos hace distinguir el bien del mal, la que nos lleva a pedir perdón y recuperar la senda del bien si la hubiésemos perdido. La Iglesia nos proporciona los medios, pero no nos exime del esfuerzo de aprovecharlos con responsabilidad.

En nuestra oración de hoy podemos preguntarnos: ¿Dedico a mi formación espiritual el tiempo necesario, o me dejo absorber con frecuencia por las demás cosas que llenan el día? ¿Tengo un plan de lecturas, visto en la dirección espiritual, que me ayude a progresar en mi formación espiritual de acuerdo con mi edad y cultura? ¿Soy fiel a las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, sabiendo que en él encuentro la luz de la verdad ante opiniones contradictorias en materia de fe, de enseñanzas sociales, etcétera, con las que frecuentemente me encuentro? ¿Procuro conocerlo y darlo a conocer? ¿Lo acato con docilidad y piedad? ¿Rectifico frecuentemente la intención ofreciendo las obras a Dios, teniendo en cuenta que los hombres tendemos a buscar el aplauso, la vanidad, la alabanza en lo que hacemos, y que por ahí entra muchas veces la deformación en la conciencia?

Necesitamos luz y claridad para nosotros y para quienes están a nuestro lado. Es muy grande nuestra responsabilidad. El cristiano está puesto por Dios como antorcha que ilumina a otros en su caminar hacia Dios. Debemos formarnos «de cara a esa avalancha de gente que se nos vendrá encima, con la pregunta precisa y exigente: —“bueno, ¿qué hay que hacer?”»11. Los hijos, los parientes, los colegas, los amigos se fijan en nuestro comportamiento y hemos de llevarlos a Dios. Y para que el guía de ciegos no sea también ciego12 no basta saber como de oídas, por referencias; para llevar a nuestros parientes y amigos a Dios no basta un conocimiento vago y superficial del camino; es necesario andarlo... Esto es: tener trato con el Señor, ir conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, tener una lucha concreta contra nuestros defectos. En una palabra: ir por delante en la lucha interior y en el ejemplo. Ser ejemplares en la profesión, en la familia... «Quien tiene la misión de decir cosas grandes –dice San Gregorio Magno–, está obligado igualmente a practicarlas»13. Y solo si las practica será eficaz lo que diga.

Jesucristo, cuando quiso enseñar a los discípulos cómo habían de practicar el espíritu de servicio unos con otros, se ciñó él mismo una toalla y les lavó los pies14. Eso debemos hacer nosotros: dar a conocer a Cristo siendo ejemplares en los quehaceres diarios, convertir en vida la doctrina del Señor.

1 Liturgia de las horas. Invitatorio para la Cuaresma, Sal 94, 8. — 2 Juan Pablo II, Angelus 15-III-1981. — 3 Mt 11, 34. 4 Is 5, 20-21. 5 Lc 11, 34-35. — 6 Cfr. Lc 13, 34; Jn 10, 38. 7 Jn 8, 43. — 8 Juan Pablo II, Ibídem. — 9 Jn 8, 12. — 10 Mt 5, 14. — 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 221. — 12 Cfr. Mt 15, 14. — 13 San Gregorio Magno, Regla pastoral, 2, 3. 14 Cfr. Jn 13, 15.

 

 

“¡Dios y audacia!”

No seáis almas de vía estrecha, hombres o mujeres menores de edad, cortos de vista, incapaces de abarcar nuestro horizonte sobrenatural cristiano de hijos de Dios. ¡Dios y audacia! (Surco, 96)

A lo largo de los años, se presentarán -quizá antes de lo que pensamos- situaciones particularmente costosas, que exigirán mucho espíritu de sacrificio y un mayor olvido de sí mismo. Fomenta entonces la virtud de la esperanza y, con audacia, haz tuyo el grito del Apóstol: en verdad, yo estoy persuadido de que los sufrimientos de la vida presente no son de comparar con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros; medita con seguridad y con paz: ¡qué será el Amor infinito de Dios vertido sobre esta pobre criatura!
Ha llegado la hora, en medio de tus ocupaciones ordinarias, de ejercitar la fe, de despertar la esperanza, de avivar el amor; es decir, de activar las tres virtudes teologales, que nos impulsan a desterrar enseguida, sin disimulos, sin tapujos, sin rodeos, los equívocos en nuestra conducta profesional y en nuestra vida interior. (Amigos de Dios, 71)

 

 

San José en la vida cristiana y en las enseñanzas de san Josemaría

Con motivo de la festividad del 19 de marzo, ofrecemos el editorial que se publicará en el nº 59 de Romana, sobre la devoción de san Josemaría a san José. El autor es Lucas F. Mateo-Seco, fallecido recientemente.

Bibliografía y ensayos16/03/2015

Opus Dei - San José en la vida cristiana y en las enseñanzas de san Josemaría

La devoción a san José estuvo hondamente enraizada en el alma de san Josemaría desde muy joven. Recordando cómo en 1934 había encomendado al santo Patriarca las gestiones para conseguir que se le concediera el primer sagrario, comentaba en 1971: En el fondo de mi alma tenía ya esta devoción a san José, que os he inculcado[2]. Esta devoción está presente, sólida y clara, en escritos de 1933 —aunque san Josemaría la vivía ya desde tiempo atrás, como se puede ver en Santo Rosario, de 1931— y se mantiene viva y cálida hasta el final de su vida, experimentando un crecimiento notable en sus últimos años[3].

1. Introducción

En los tres puntos que dedica en Camino a la devoción a san José, aparecen ya algunas de las razones teológicas en que fundamenta esta devoción. En el número 559, escribe: San José, padre de Cristo, es también tu Padre y tu Señor. —Acude a él[4]. Es significativa la fuerza con que llama aquí a san José padre de Cristo. Más adelante, en una homilía del 19-III-1963, dedicada íntegra a san José[5], explicitará el sentido en que habla de esta paternidad siguiendo la conocida consideración de san Agustín en el Sermo 51, 20: El Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios[6]. Para san Josemaría, la paternidad de san José sobre Jesús no es una paternidad según la carne, pero es una paternidad real y única, que brota de su verdadero matrimonio con santa María y de su especialísima misión, y que es la razón de que también la Iglesia y cada uno de los cristianos le invoquen como «Padre y Señor».

En esa misma homilía que acabamos de citar, dice san Josemaría: desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: nuestro Padre y Señor[7]. Y explica: San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre[8]. En la edición crítico-histórica de Camino, anota Pedro Rodríguez que san Josemaría pudo tomar la expresión Padre y Señor de santa Teresa de Jesús, que tanto influyó en la devoción a san José no sólo en el Carmelo, sino en toda Iglesia[9].

En Camino, las consecuencias de esta «paternidad» se concentran en el magisterio de san José sobre la «vida interior». Dice el n. 560: Nuestro Padre y Señor san José es maestro de la vida interior. —Ponte bajo su patrocinio y sentirás la eficacia de su poder. Y el n. 561: De san José dice santa Teresa, en el libro de su vida: "Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino". —El consejo viene de alma experimentada. Síguelo. La razón que aduce san Josemaría para apoyar estos dos consejos es el trato íntimo y continuado que san José mantuvo con Jesús y con María a lo largo de toda su vida.

Los tres números citados de Camino sitúan el pensamiento de san Josemaría sobre san José en dos coordenadas esenciales: la verdad de su paternidad sobre Jesús y la influencia del santo Patriarca en la historia de la salvación. Estos números testimonian ya desde sus primeras manifestaciones un pensamiento josefológico maduro y una convicción teológica firme. Así se ve en la sencilla firmeza con que llama a san José «padre» de Jesús sin vacilación alguna[10].

2. Una sólida tradición anterior

Con la sobriedad en el decir y con la precisión de lenguaje que le caracterizan, san Josemaría se sabe inserto en una sólida tradición eclesial de teología y devoción al santo Patriarca. Su pensamiento sobre san José es rico, sólido y constante, y en él afloran, junto con la iniciativa propia de una delicada piedad movida por el Espíritu Santo, una magnífica información de las cuestiones teológicas concernientes a san José, y la conciencia de estar pisando terreno seguro[11].

Como es bien sabido, en 1870, Pío IX por el decreto Quemadmodum Deus (8-XII-1870) había declarado a san José patrono de la Iglesia Universal, y el 15 de agosto de 1889, León XIII había publicado su encíclica Quamquam pluries dedicada al santo Patriarca. En esta encíclica, de gran vigor de pensamiento, se recogen las líneas fundamentales de la teología de san José precisamente al aducir las razones por las que debe ser considerado patrono de la Iglesia Universal.

La primera razón que menciona el Papa es que san José es el esposo de santa María y, en consecuencia, es padre de Jesús, el cual es un bien —bonum prolis— de este matrimonio. En el texto del pontífice, la verdad del matrimonio entre santa María y san José está fuera de toda duda y lleva directamente a la verdad de la paternidad de san José sobre Jesús. Ambas realidades —matrimonio y paternidad— constituyen dos rasgos esenciales de la vocación divina de san José: él ha sido llamado para desempeñar estas dos tareas queridas en sí mismas por Dios, en su propio valor. En esta vocación encuentran su razón de ser las demás gracias recibidas por san José; en ella se encuentra, pues, la razón última de «su dignidad, de su santidad y de su gloria»[12].

En el planteamiento de León XIII, el matrimonio de san José con la Virgen es la razón última de todo lo que acompaña a la figura de san José, porque la verdad y perfección de este matrimonio «exige» la participación en sus bienes y, en concreto, en el bien de la prole, aunque la prole haya sido engendrada virginalmente. El Papa llama a este matrimonio «máximo consorcio y amistad al que de por sí va unida la comunidad de bienes», y dice que san José ha sido entregado a la Virgen no sólo como «compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad», sino también como partícipe de su «excelsa grandeza». Él es, pues, «custodio legítimo y natural de la Sagrada Familia»[13].

León XIII sigue en esto una línea de pensamiento, expresada ya por san Ambrosio y san Agustín, que encuentra una de sus formulaciones más perfectas en santo Tomás de Aquino: entre santa María y san José hubo verdadero y perfecto matrimonio. Dada la virginidad perpetua de santa María, algunos escritores antiguos encontraron cierta dificultad en considerar esta unión como un verdadero matrimonio[14]. Estas vacilaciones se disiparon a favor de la autenticidad del matrimonio, entre otras causas, por la decidida toma de posición de san Ambrosio[15] y de san Agustín[16]. Esto no impide que autores tan importantes como san Bernardo (+1153) se hayan mostrado muy cautos ante la afirmación del matrimonio entre san José y santa María, o no lo hayan valorado como elemento fundamental en la teología josefina[17]. La posición de santo Tomás de Aquino (+1274) no ofrece lugar a dudas: la unión entre José y María fue verdadero y perfecto matrimonio, porque en él tuvo lugar la unión esponsal entre sus espíritus[18].

Conviene no olvidar que considerar la unión entre José y María como verdadero matrimonio se ajusta al lenguaje del Nuevo Testamento, que no vacila en llamar a santa María «mujer» de José: ni hay ambigüedades en torno a la virginidad de santa María incluso en aquellos lugares en que se le llama esposa de José (cf., p.ej., Mt 1, 16-25), ni hay dudas en llamar a José padre de Jesús, ni en mostrarlo actuando como tal (cf., p.ej., Lc 2, 21-49).

3. La figura de san José en las enseñanzas de san Josemaría

Desde los primeros escritos, san Josemaría describe la figurade san José como un hombre joven, quizás un poco mayor que santa María, pero en la plenitud de la fuerza y de la vida: El santo Patriarca no era un viejo, sino un hombre joven, fuerte, recio, gran amante de la lealtad, con fortaleza. La Sagrada Escritura le define con una sola palabra: justo (cf. Mt 1, 20-21). José era un varón justo, un hombre lleno de todas las virtudes, como convenía al que había de ser el protector de Dios en la tierra[19].

En el subsuelo de esta descripción se encuentra la convicción de que Dios, al dar la vocación, otorga las gracias convenientes a quien las recibe y que, por tanto, adornó a san José con aquellas dotes de la naturaleza y de la gracia que le hicieron un digno esposo de santa María y cabeza de la Sagrada Familia; está claro también que, de modo análogo a la Virgen Santísima, el papel de san José no es algo accidental, sino parte esencial del plan divino de la salvación.

En la predicación de san Josemaría, el subrayado en la juventud de san José se apoya, además, en tres razones fundamentales: en el sentido común a la hora de leer la Sagrada Escritura (en todo momento se presentan sus desposorios como unos desposorios normales, y no hubiera sido lo más normal el matrimonio de una joven con un anciano), en la consideración de la comunión de espíritus propia del matrimonio (del amor existente entre ellos) y, sobre todo, en la convicción de que la santa pureza no es cuestión de edad, sino que brota del amor: No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a san José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. Para vivir la virtud de la castidad, no hay que esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y, para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la juventud. Joven era el corazón y el cuerpo de san José cuando contrajo matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad divina, cuando vivió junto a ella respetando la integridad que Dios quería legar al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas[20]. Para san Josemaría resulta «inaceptable» presentar a san José como un hombre anciano con el fin de hacer callar a los malpensados[21]. Igualmente resultaría inaceptable no sólo dudar de la verdad de su matrimonio con santa María, sino también el no tomar en consideración el amor existente entre ellos.

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3.1. El amor entre san José y la Virgen

Mons. Javier Echevarría aporta un valiosísimo testimonio del modo en que san Josemaría contemplaba las relaciones entre María y José, al recoger sus palabras ante la Virgen de Guadalupe: Una familia compuesta por un hombre joven, recto, trabajador, recio; y una mujer, casi una niña que, con su desposorio lleno de un amor limpio, encuentran en sus vidas el fruto del amor de Dios a los hombres. Ella pasa por la humildad de no decir nada: ¡qué lección para todos, que estamos siempre dispuestos a entonar nuestras hazañas! Él se mueve con la delicadeza de un hombre recto —¡el momento sería muy duro cuando conoció que su mujer, santa, estaba de buena esperanza!—, y como no desea manchar la reputación de aquella criatura se calla, mientras piensa cómo arreglar las cosas hasta que llega la luz de Dios, que indudablemente pediría desde el primer momento, y se acomoda sin vacilar a los planes del Cielo[22].

La autenticidad del matrimonio lleva consigo la existencia de amor conyugal, de ilusión de vida en común, de compromiso, y lo lógico es pensar que estos rasgos estuvieron muy presentes en el matrimonio entre José y María. Dios añadió a ese amor el fruto de santa María: el Hijo Eterno hecho hombre, que quiso nacer en una familia humana.

Como venimos diciendo, san Josemaría da por supuesto que el matrimonio entre san José y la Virgen es verdadero matrimonio. Parte de aquí como de un dato seguro, y se adentra por la consideración del amor existente entre ambos cónyuges: San José debía de ser joven cuando se casó con la Virgen Santísima, una mujer entonces recién salida de la adolescencia. Siendo joven, era puro, limpio, castísimo. Y lo era, justamente, por el amor. Sólo llenando de amor el corazón podemos tener la seguridad de que no se encabritará ni se desviará, sino que permanecerá fiel al amor purísimo de Dios[23].

Para san Josemaría, el amor es la clave en toda vida humana, y lo es también en la vida de José: en él está la razón de su fortaleza, de su fidelidad, de su castidad. Un poco más adelante, añade: ¿Os imagináis a san José, que amaba tanto a la Santísima Virgen y sabía de su integridad sin mancha? ¡Cuánto sufriría viendo que esperaba un hijo! Sólo la revelación de Dios nuestro Señor, por medio de un ángel, le tranquilizó. Había buscado una solución prudente: no deshonrarla, marcharse sin decir nada. Pero ¡qué dolor!, porque la amaba con toda el alma. ¿Os imagináis su alegría, cuando supo que el fruto de aquel vientre era obra del Espíritu Santo?[24].

Aunque no se detiene en el motivo de la turbación de José, san Josemaría está insinuando que consiste en el «no ver», no en el hecho de que dudase de la virtud de su esposa. No sabe qué hacer: José era un varón justo, un hombre lleno de todas las virtudes, como convenía al que había de ser el protector de Dios en la tierra. Al principio se turba, cuando descubre que su Esposa Inmaculada se halla encinta. Advierte el dedo de Dios en aquellos hechos, pero no sabe cómo comportarse. Y en su honradez, para no difamarla, piensa despedirla en secreto[25].

El dolor de José apunta hacia el hecho mismo de tener que abandonar a su esposa. San Josemaría se atiene sobriamente a los datos que ofrece el Nuevo Testamento, leyéndolos con fe y con sentido común: según los textos, la turbación de san José es clara; esa turbación se debe a una ignorancia que será despejada con el mensaje del ángel; el amor y el conocimiento que José tiene de María, le llevan a pensar que en ese acontecimiento, que no entiende, está el dedo de Dios. San Josemaría insinúa aquí lo que bastantes exégetas han pensado: que la duda de José versa, no sobre la honradez de santa María, sino en cómo debe comportarse pensando en que hay algo divino por medio[26].

Y siempre el amor por medio, pues san Josemaría no duda de que había auténtico amor conyugal entre ellos[27]. Más aún, la castidad de José aparece protegida por ese amor, que se fundamenta en la fe: Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él —un carpintero de Galilea—, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres[28].

Esto significa que, en medio del claroscuro de la fe, san José alcanza a intuir también algo de la grandeza de su misión.

3.2. La paternidad de José

En san Josemaría, no existe vacilación alguna en cómo expresar la paternidad de san José. Desde los primeros escritos hasta el final, le llama padre de Jesús sin más matizaciones. Puede decirse que su pensamiento con respecto a la teología de san José se inscribe en las coordenadas de dos Padres: san Juan Crisóstomo y san Agustín. De san Juan Crisóstomo cita un texto que pone en boca de Dios estas palabras: «No pienses que, por ser la concepción de Cristo obra del Espíritu Santo, eres tú ajeno al servicio de esta divina economía. Porque, si es cierto que ninguna parte tienes en la generación y la Virgen permanece intacta; sin embargo, todo lo que dice relación con la paternidad sin atentar a la dignidad de la virginidad, todo eso te lo entrego a ti, tal como imponer nombre al hijo»[29]. De san Agustín, san Josemaría cita, como se ha visto, el Sermón 51[30].

El ejercicio de la paternidad sobre Jesús constituye parte esencial de una «misión» que llena toda la vida de José: Tiene una misión divina: vive con el alma entregada, se dedica por entero a las cosas de Jesucristo, santificando la vida ordinaria[31]. Aquí radica uno de los principales atractivos que ejerce el santo Patriarca sobre san Josemaría: su total entrega a Jesucristo santificando la vida ordinaria, es decir, en el ejercicio de los quehaceres propios de su oficio y como un buen padre de una familia judía de su época.

San Josemaría ofrece en Es Cristo que pasa una larga descripción de la relación paterno-filial que tiene lugar entre san José y nuestro Señor. Es una página hermosa, sobria y piadosa, en la que se presta atención a los detalles: Para san José, la vida de Jesús fue un continuo descubrimiento de la propia vocación. Recordábamos antes aquellos primeros años llenos de circunstancias en aparente contraste: glorificación y huida, majestuosidad de los Magos y pobreza del portal, canto de los ángeles y silencio de los hombres. Cuando llega el momento de presentar al Niño en el Templo, José, que lleva la ofrenda modesta de un par de tórtolas, ve cómo Simeón y Ana proclaman que Jesús es el Mesías. Su padre y su madre escuchaban con admiración (Lc 2, 33), dice San Lucas. Más tarde, cuando el Niño se queda en el Templo sin que María y José lo sepan, al encontrarlo de nuevo después de tres días de búsqueda, el mismo evangelista narra que se maravillaron (Lc 2, 48). José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando sus designios y él se esfuerza por entenderlos (…) San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos[32].

He aquí la vida interior de san José descrita como una auténtica peregrinación en la fe, en cierto sentido, muy parecida a la de santa María. Ambos, María y José, van descubriendo la voluntad de Dios poco a poco, y van haciendo realidad su primera entrega en una fidelidad con la que se confortan mutuamente. Al mismo tiempo, en ejercicio de su paternidad, José transmite a Jesús su oficio de artesano, su modo de trabajar, incluso en tantas cosas su visión del mundo: Pero si José ha aprendido de Jesús a vivir de un modo divino, me atrevería a decir que, en lo humano, ha enseñado muchas cosas al Hijo de Dios (…) José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, le trató dándole todo lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le transmitió su oficio. Por eso los vecinos de Nazaret hablarán de Jesús, llamándole indistintamente faber y fabri filius (Mc 6, 3; Mt 13, 55): artesano e hijo del artesano. Jesús trabajó en el taller de José y junto a José. ¿Cómo sería José, cómo habría obrado en él la gracia, para ser capaz de llevar a cabo la tarea de sacar adelante en lo humano al Hijo de Dios? Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José[33].

He aquí la paradoja, y san Josemaría es bien consciente de ella: aquel que es la Sabiduría «aprende» de un hombre las cosas más elementales, como el oficio de carpintero. Se manifiesta en esta paradoja la «sublimidad del misterio» de la Encarnación y la verdad de la paternidad de José. Con su Madre, el Señor aprendió a hablar y a andar; en el hogar regido por san José, aprendió lecciones de laboriosidad y de honradez. El mutuo cariño hizo que José y Jesús se pareciesen en muchas cosas: No es posible desconocer la sublimidad del misterio. Ese Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la plenitud de su edad. Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc 2, 52)[34].

3.3. San José, Maestro de vida interior en el trabajo

San José supo enseñar a Jesús con las lecciones con que todo buen padre israelita sabía educar a su hijo: lecciones de vida limpia y de sacrificio, de virtudes humanas y de trabajo ofrecido a Dios y bien acabado; lecciones de vida sobria, justa y honesta. San José nos enseñará también a nosotros que formamos un mismo Cuerpo con Cristo. José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de Él con abnegación alegre. ¿No será ésta una buena razón para que consideremos a este varón justo, a este Santo Patriarca en quien culmina la fe de la Antigua Alianza, como maestro de vida interior? La vida interior no es otra cosa que el trato asiduo e íntimo con Cristo, para identificarnos con Él. Y José sabrá decirnos muchas cosas sobre Jesús. Por eso, no dejéis nunca su devoción, ite ad Ioseph, como ha dicho la tradición cristiana con una frase tomada del Antiguo Testamento (Gn 41, 55)[35].

Dos características de la vida de san José atraen poderosamente el afecto de san Josemaría: su vida de contemplación y su vida de trabajo. Es lógico, pues ambos rasgos son esenciales en el espíritu del Opus Dei. En la fiesta de Epifanía de 1956 decía: Y un último pensamiento para ese varón justo, nuestro Padre y Señor san José, que, en la escena de la Epifanía, ha pasado, como suele, inadvertido. Yo lo adivino recogido en contemplación, protegiendo con amor al Hijo de Dios que, hecho hombre, le ha sido confiado a sus cuidados paternales. Con la maravillosa delicadeza del que no vive para sí mismo, el santo Patriarca se prodiga en un servicio tan silencioso como eficaz. Hemos hablado hoy de vida de oración y de afán apostólico. ¿Qué mejor maestro que san José? Si queréis un consejo que repito incansablemente desde hace muchos años, Ite ad Ioseph (Gn 41, 55), acudid a san José: él os enseñará caminos concretos y modos humanos y divinos de acercarnos a Jesús. Y pronto os atreveréis, como él hizo, a llevar en brazos, a besar, a vestir, a cuidar a este Niño Dios que nos ha nacido[36].

La cita interna está tomada de la oración a san José preparatoria a la santa Misa contenida en el misal romano[37]. Esta oración pone como ejemplo la contemplación de san José en la cercanía de Jesús que, en su sencillez, es buen exponente de la inmediatez con que el cristiano ha de contemplar la vida de Jesús.

Enamora a san Josemaría la vida de trabajo de José y lo considera maestro de vida interior en esa vida de trabajo intenso y humilde porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con Él, a sabernos parte de la familia de Dios, y nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos. Y ese hecho tiene también, para nosotros, un significado que es motivo de reflexión y de alegría[38]. La figura de san José habla también de la universalidad de la llamada al apostolado: él supo convertir el trabajo en ocasión de «dar a conocer a Jesús».

Gran parte de la homilía En el taller de José está dedicada a este tema: el espíritu del Opus Dei se apoya, como en su quicio, en el trabajo ordinario, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo. La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios[39]. La figura de san José se destaca como la de aquel que ha sabido dar al trabajo su dimensión propia en la historia de la salvación.

Es aquí, en el ofrecimiento a Dios del propio trabajo, donde el cristiano ejercita el sacerdocio que ha recibido en el bautismo. Comentando la oración a san José que se acaba de citar, dice: «Deus qui dedisti nobis regale sacerdotium… Para todos los cristianos, el sacerdocio es real (…): todos tenemos alma sacerdotal. Praesta, quaesumus ut, sicut beatus Ioseph unigenitum Filium tuum, natum ex Maria Virgine, (...) suis manibus reverenter tractare meruit et portare, (…) ita nos facias cum cordis munditia… Así, así quiere Él que seamos: limpios de corazón. Et operis innocentia —la inocencia de las obras es la rectitud de intención— tuis sanctis altaribus deservire. Servirle no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida[40].

Es propio del sacerdote santificar. La santificación del trabajo tiene lugar como ejercicio del sacerdocio de los fieles, pues todas sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en hostias espirituales aceptables a Dios por Jesucristo (1P 2,5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre[41].

Entre los gestos de devoción a san José se destaca uno con el que san Josemaría se inserta también en una rica tradición anterior: la comparación del santo Patriarca con José, el hijo de Jacob, que prodigó el pan a los habitantes de Egipto y a los hijos de Israel. Esta comparación viene potenciada por un hecho que le llega profundamente al corazón: porque «buscar el pan» es característico del padre de familia —somos de la familia de san José—, y porque el pan de que se habla es la sagrada Eucaristía. Los textos más vibrantes sobre este tema se encuentran al evocar los acontecimientos que rodean la obtención del permiso para reservar al Señor en la primera residencia de estudiantes.

He aquí cómo recuerda este suceso: En 1934, si no me equivoco, comenzamos la primera residencia de estudiantes (...) Necesitábamos tener al Señor con nosotros, en el tabernáculo. Ahora es fácil, pero, entonces, poner un sagrario era una empresa muy difícil (…) Comencé a pedir a san José que nos concediera el primer sagrario, y lo mismo hacían los hijos míos que tenía entonces alrededor. Mientras encomendábamos este asunto, yo trataba de encontrar los objetos necesarios: ornamentos, tabernáculo… No teníamos dinero. Cuando reunía cinco duros, que entonces era una cantidad discreta, se gastaban en otra necesidad más perentoria. Logré que unas monjitas, a las que quiero mucho, me dejaran un sagrario; conseguí los ornamentos en otro sitio y, por fin, el buen obispo de Madrid nos concedió la autorización para tener el Santísimo Sacramento con nosotros. Entonces, como señal de agradecimiento, hice poner una cadenilla en la llave del sagrario, con una medallita de san José en la que, por detrás, está escrito: ite ad Ioseph! De modo que san José es verdaderamente nuestro Padre y Señor, porque nos ha dado el pan —el pan eucarístico— como un padre de familia bueno. ¿No he dicho antes que nosotros pertenecemos a su familia?»[42].

San José, dador del pan para la Sagrada Familia, es también dador del pan para la Iglesia. Desde el cielo, él sigue ejerciendo su paternidad sobre quienes forman en Cristo un mismo Cuerpo Místico. Con el correr de los años, esta consideración fue haciéndose cada vez más viva, enraizándose progresivamente en el alma de san Josemaría. El Venerable Siervo de Dios Álvaro del Portillo, refiere este recuerdo del viaje por algunos países de América del Sur en 1974: «Durante aquel viaje, nuestro Fundador empezó a hablar de la presencia misteriosa —"inefable", decía— de María y José junto a los sagrarios de todo el mundo. Lo argumentaba así: si la Santísima Virgen no se separó nunca de su Hijo, es lógico que continúe a su lado también cuando el Señor decide quedarse en esta "cárcel de amor" que es el tabernáculo: para adorarle, amarle, rezar por nosotros. Y aplicaba a san José la misma idea: estuvo siempre junto a Jesús y junto a su Esposa; tuvo la suerte de morir acompañado por ellos, ¡qué muerte tan maravillosa! (…) En definitiva, nuestro Padre[43] metía a san José en todo»[44].

En conclusión, la piedad de san Josemaría hacia san José y su visión teológica de la figura y de la misión del santo Patriarca están fundamentadas en su meditación de la Sagrada Escritura —en su lectura cristiana de la Biblia—, en los santos padres, especialmente san Juan Crisóstomo y san Agustín, y en lo que constituyen las líneas de fuerza de la teología de san José en el magisterio pontificio anterior, especialmente en el de León XIII. La teología mariana se suele vertebrar en torno a la verdadera maternidad de santa María (su maternidad sobre Cristo y sobre todos los hombres); así sucede de modo análogo con la teología de san José, tal y como la encontramos expresada en las enseñanzas de san Josemaría: toda ella está vertebrada en torno a tres ejes fundamentales: la verdad de su matrimonio con santa María, la verdad de su paternidad sobre Jesús, su misión de custodio de la Sagrada Familia primero, y de la Iglesia después. Dentro de estas coordenadas, el lector atento encuentra como un amoroso avance en el «descubrimiento» de pequeños detalles, aplicaciones y matices que duraron hasta el final de su vida, como se pone de relieve, por ejemplo, en el testimonio del Venerable Siervo de Dios Álvaro del Portillo que se acaba de citar.

 


[1] Artículo póstumo.

[2]SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, De la familia de José, notas de la predicación, 19-III-1971 (AGP, biblioteca, P09, p. 136).

[3]Cf. ANDRÉS VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, vol. III, Rialp, Madrid 2003, pp. 728 ss. Sobre la presencia de San José en la enseñanza de San Josemaría, cf., entre otros, los siguientes trabajos: L.M. DE LA HERRÁN, La devoción a San José en la vida y enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei (1902-1975), Estudios josefinos, 34 (1980), pp. 147-189; I. SOLER, San José en los escritos y en la vida de San Josemaría. Hacia una teología de la vida ordinaria, Estudios josefinos, 59 (2005), pp. 259-284. Cf. también J.B. FREIRE PÉREZ, Para amar más a San José, Promesa, San José de Costa Rica 2007, pp. 55-61; M. IBARRA BENLLOCH, La capilla de la Sagrada Familia, Scripta de Maria, II/4 (2007), pp. 351-364; J. FERRER, San José nuestro Padre y Señor, Arca de la Alianza, Madrid 2007.

[4]SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 559.

[5]SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Cf. homilía En el taller de José, en Es Cristo que pasa, nn. 39-56. De ahora en adelante, En el taller de José.

[6]SAN AGUSTÍN, Sermo 51, 20: PL 38, 351; BAC 95, p. 40. Cf. En el taller de José, n. 55.

[7]En el taller de José, n. 39.

[8]Ibíd.

[9]He aquí las palabras de Santa Teresa: «Comienzo en el nombre del Señor, tomando por ayuda a su gloriosa Madre, cuyo hábito tengo, aunque indigna de él, y a mi glorioso padre y señor San José, en cuya casa estoy» (SANTA TERESA, Fundaciones, prólogo, 5; BAC 212, 8ª ed., p. 675). Cf. Camino. Edición crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid 2002, p. 689, esp. nt. 29.

[10]Sobre los diversos calificativos que ha recibido la paternidad de san Joséa lo largo de los siglos —padre legal, putativo, nutricio, adoptivo etc.—, cf. B. LLAMERA, Teología de San José, BAC, Madrid 1953, pp. 73-114. Llamera ofrece dos conclusiones muy orientadoras: «Las denominaciones padre legal, putativo, nutricio, adoptivo, virginal y vicario del Padre celestial expresan sólo aspectos parciales e incompletos de la paternidad de san José» (p. 94). Y la siguiente conclusión que explica por qué todas estas «paternidades» le parecen incompletas: «La paternidad de san José es nueva, única y singular, de orden superior a la paternidad natural y adoptiva humanas» (p. 102). Siguiendo a san Agustín se puede decir que la paternidad de san José sobre Jesús es única, singular y de orden superior como es único, singular y de orden superior su matrimonio con santa María.

[11]Además de las numerosas alusiones a san José que hace san Josemaría a lo largo de toda su vida, existen cuatro extensos textos dedicados a San José con los que es fácil esbozar una teología del santo Patriarca casi completa. He aquí los textos: homilía En el taller de José, 19-III-1963, en Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid 1973, nn. 39-56; La escuela de José, notas de la predicación, 19-III-1958 (AGP, biblioteca, P18, pp. 79-88); San José, nuestro Padre y Señor, notas de la predicación, 19-III-1968 (AGP, biblioteca, P09, pp. 93-103); De la familia de José, notas de la predicación, 19-III-1971 (AGP, biblioteca, P09, pp. 133-141). De ahora en adelante, los tres últimos se citarán como La escuela de José; San José, nuestro Padre y Señor; y De la familia de José, respectivamente.

[12]LEÓN XIII, Enc. Quamquam pluries (15-VIII-1889), n. 3.

[13]«Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo de la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella» (Ibíd.).

[14]Cf. G.M. BERTRAND, Joseph (saint). II. Patristique et haut moyen âge, Dictionnaire de Spiritualité, VIII, Beauchesne, Paris 1974, 1304.

[15]«Nec te moveat quod frequenter Scriptura conjugem dicit: non enim virginitatis ereptio, sed conjugii testificatio, nuptiarum celebratio declaratur» (In Lucam, 2, 5: SC 45, p. 74).

[16]San Agustín advierte las implicaciones de esta situación providencial en el concepto mismo de matrimonio al proponerlo como modelo a los matrimonios continentes diciendo: «este matrimonio es tanto más real cuanto que es más casto» (Sermo 51, 10, 13 y 16: PL 38, 342, 344-346, 348; BAC 95, 39-40). Las expresiones latinas que utiliza san Agustín en el Sermo 51 son de una gran belleza y claridad: «Quare pater? Quia tanto firmius pater, quanto castius pater (…) Non ergo de semine Joseph Dominus, quamvis hoc putaretur: et tamen pietati et charitati Joseph natus est de Maria virgine filius, idemque Filius Dei».

[17]Cf. SAN BERNARDO, Homilia Super missus est, II, 15: «Nec vir ergo matris, nec filii pater exstitit, quamvis certa… et necessaria dispensatione utrumque ad tempus appellatus sit et putatus» (en Opera, t. 4, éd. J. Leclerq et H. Rochais, Roma 1966, p. 33). Lo que aquí ocupa el primer plano no es la verdad del matrimonio, sino el hecho de que san José ha sido llamado «vir» y «pater» temporalmente, ad tempus. La traducción castellana de Díez Ramos subraya la poca importancia que el matrimonio de José y María recibe en esta homilía: «Ni fue, pues, varón de la madre ni padre del hijo, aunque (como se ha dicho), por una necesaria razón de obrar y permisión en Dios, fue llamado y reputado por algún tiempo lo uno y lo otro» (BAC 110, 203). La poca importancia dada por San Bernardo al matrimonio entre la Virgen y san José no le impide hacer una cálida descripción de la santidad de José, p.e., al compararlo con José, hijo de Jacob: «Acuérdate al mismo tiempo de aquel gran patriarca, vendido en otro tiempo en Egipto, y reconocerás que éste no sólo tuvo su mismo nombre, sino su castidad, su inocencia y su gracia (…) Aquél, guardando lealtad a su señor, no quiso consentir al mal intento de su señora (cf. Gn 39, 12); éste, reconociendo virgen a su Señora, Madre de su Señor, la guardó fidelísimamente, conservándose él mismo en toda castidad» (Ibíd., 16: BAC 110, 204).

[18] «La forma del matrimonio consiste en cierta indivisible unión de las almas por la que cada cónyuge de modo indivisible se obliga a guardar fidelidad al otro; el fin del matrimonio es engendrar y educar la prole: a lo primero se llega por el acto conyugal; a lo segundo por las obras del marido y la esposa con las que se ayudan para criar a la prole (…) En cuanto a la primera perfección, el matrimonio de la Virgen Madre de Dios y José fue verdadero matrimonio, porque ambos consintieron en la unión conyugal (…) En cuanto a la segunda perfección, que tiene lugar por el acto matrimonial, si esto se refiere a la unión carnal por la que se engendra la prole, aquel matrimonio no fue consumado (…) pero aquel matrimonio tuvo también la segunda perfección en cuanto se refiere a la educación de la prole» (Santo Tomás, S. Th. III, q. 29, a. 2, in c.).

[19]La escuela de José, p. 80. Y en otro lugar, dice: «De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan» (En el taller de José, n. 40).

[20]En el taller de José, n. 40. El mismo pensamiento encontramos en De la familia de José, p. 134, y en San José, nuestro Padre y Señor, pp. 95-96.

[21]Para «garantizar» mejor la virginidad de santa María algunos apócrifos hablaron de un matrimonio anterior de José y lo presentaron de edad avanzada. Esta presentación ha influido poderosamente en el arte (cf. G.M. BERTRAND, en Joseph (saint). II. Patristique et haut moyen âge, Dictionnaire de Spiritualité, VIII, cit., 1302-1303). Para el «realismo» y la sencillez de san Josemaría, la imaginación de esos apócrifos resulta inaceptable. El planteamiento de san Josemaría es muy parecido al de san Jerónimo en el Adv. Helvidium, 19 (PL 23, 203): es necesario atenerse sobriamente a los datos que ofrece el Nuevo Testamento.

[22]SAN JOSEMARÍA, Apuntes de su oración personal ante la Virgen de Guadalupe, 21-V-1970, citado en J. ECHEVARRÍA, Carta, 1-XII-1996 (AGP, biblioteca, P17, vol. 4, pp. 230-231).

[23]De la familia de José, p. 134.

[24]Ibíd., p. 138.

[25]La escuela de José, p. 80.

[26]Tras citar Mt 1, 20, comenta P. GRELOT: «La invitación a no temer tiene lugar en un relato de vocación: José, el justo, recibe de Dios una llamada a la medida de su justicia (…) Al tomar consigo a la madre del niño y convertirse en su esposo, José se convierte al mismo tiempo en responsable de la madre y del hijo ante Dios y ante los hombres; es su papel especial en el plan de salvación. Su paternidad real está señalada por el hecho de que él pondrá el nombre al niño; esta será desde entonces "la palabra de reconocimiento" del padre al hijo» (P. GRELOT, Joseph (Saint). I. Écriture, Dictionnaire de Spiritualité, VIII, cit., 1297-1298).

[27]He aquí otra expresión feliz: «(…) pero José, su esposo, siendo, como era, justo, y no queriendo infamarla… No, no podía en conciencia. Sufre. Sabe que su esposa es inmaculada, que es un alma sin mancilla, y no comprende el prodigio que se ha obrado en ella. Por eso voluit occulte dimittere eam (Mt 1, 19), deliberó dejarla secretamente. Tiene una vacilación, no sabe qué hacer, pero lo resuelve de la manera más limpia» (San José, nuestro Padre y Señor, p. 101).

[28]En el taller de José, n. 42.

[29]SAN JUAN CRISÓSTOMO, In Mat., Hom. 4, 6: BAC 141, 70. Cf. La escuela de José, pp. 80-81.

[30]Cf. En el taller de José, n. 55.

[31]La escuela de José, p. 81.

[32]En el taller de José, n. 54.

[33]Ibíd., n. 55.

[34]Ibíd.

[35]Ibíd., n. 56.

[36] Homilía En la epifanía del Señor,6-I-1956, en Es Cristo que pasa, n. 38.

[37]«O felicem virum, beatum Ioseph, cui datum est, Deum, quem multi reges voluerunt videre et non viderunt, audire et non audierunt; non solum videre et audire, sed portare, deosculari, vestire et custodire!».

[38]SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, En el taller de José, Es Cristo que pasa, n. 39.

[39]Ibíd., n. 45.

[40]SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Notas de una meditación, Roma, 19-III-1968.

[41]CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 34.

[42]De la familia de José, p. 137.

[43] Don Álvaro del Portillo se refiere a san Josemaría como nuestro Padre, pues el Opus Dei es una familia de carácter sobrenatural.

[44]ÁLVARO DEL PORTILLO, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1993, p. 161.

 

Aprender a ser fiel

La fidelidad a una persona, a un amor, a una vocación, es un camino en el que se alternan momentos de felicidad con periodos de oscuridad y duda.

Virtudes14/03/2015

Opus Dei - Aprender a ser fiel

Han transcurrido cuarenta días desde el nacimiento de Jesús, y la Sagrada Familia se pone en camino para cumplir cuanto está mandado por la Ley de Moisés: todo varón primogénito será consagrado al Señor [1]. La distancia de Belén a Jerusalén no es mucha, pero se necesitan varias horas para recorrerla a lomos de cabalgadura; una vez en la capital judía, María y José se dirigen al Templo. Antes de entrar, cumplirían con toda piedad los ritos de purificación; también comprarían, en uno de los negocios cercanos, la ofrenda prescrita a los pobres: un par de tórtolas o dos pichones. Entonces, a través de las puertas de Hulda y de los monumentales pasillos subterráneos por los que transitaban los peregrinos, accederían a la gran explanada. No es difícil imaginar su emoción y recogimiento mientras se encaminan hacia el atrio de las mujeres.

Tal vez fue entonces cuando se les aproximó un hombre anciano. En su rostro se refleja el gozo. Simeón saluda con afecto a María y a José, y manifiesta el ansia con la que había esperado ese momento: es consciente de que sus días están llegando a su fin, pero sabe también –se lo ha revelado el Espíritu Santo [2] – que no morirá sin haber visto al Redentor del mundo. Al verlos entrar, Dios le ha hecho reconocer en ese Niño al Santo de Dios. Con el lógico cuidado que la tierna edad de Jesús requiere, Simeón lo toma en brazos y eleva conmovido su oración: ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel [3].

Al final de su plegaria, Simeón se dirige especialmente a María, introduciendo, en aquel ambiente de luz y alegría, un atisbo de sombra. Sigue hablando de la redención, pero añade que Jesús será signo de contradicción, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones , y dice a la Virgen: a tu misma alma la traspasará una espada [4]. Es la primera vez que alguien habla de ese modo.

Hasta esta ocasión, todo -el anuncio del Arcángel Gabriel, las revelaciones a José, las palabras inspiradas de su prima Isabel y las de los pastores- había proclamado la alegría por el nacimiento de Jesús, Salvador del mundo. Simeón profetiza que María llevará en su vida el destino de su pueblo, y ocupará un papel de primer orden en la salvación. Ella acompañará a su Hijo, colocándose en el centro de la contradicción en la que los corazones de los hombres se manifestarán a favor o en contra de Jesús.

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Contemplar: meditar en la fe

Evidentemente, la Virgen percibe que la profecía de Simeón no desmiente, sino que completa cuanto Dios le ha ido dando a conocer con anterioridad. Su actitud, en ese momento, será la misma que las páginas del Evangelio subrayan en otras ocasiones: María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón [5]. La Virgen medita los sucesos que pasan a su alrededor; busca en ellos la voluntad de Dios, profundiza en las inquietudes que Yahvé pone en su alma y no cae en la pasividad ante lo que le rodea. Ése es el camino, como señalaba Juan Pablo II, para poder ser leales con el Señor: «María fue fiel ante todo cuando, con amor, se puso a buscar el sentido profundo del designio de Dios en Ella y para el mundo (...). No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es la respuesta» [6].

Esa búsqueda de la voluntad divina lleva a María a la acogida, a la aceptación de lo que descubre. María encontrará a lo largo de sus días numerosas oportunidades en las que puede decir «que se haga, estoy pronta, acepto» [7]. Momentos cruciales para la fidelidad, en los cuales probablemente advertiría que no era capaz de comprender la profundidad del designio de Dios, ni cómo se llevaría a término; y sin embargo, observándolos atentamente aparecerá claro su deseo de que se cumpla el querer divino. Son acontecimientos en los que María acepta el misterio, dándole un lugar en su alma «no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser habitado por algo –¡por Alguien!– más grande que el propio corazón» [8].

Bajo la mirada atenta de la Virgen, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres [9]; cuando llegaron los años de la vida pública del Señor, advertiría cómo se iba realizando la profecía de Simeón: éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción [10]. Fueron años en los que la fidelidad de María se expresó en el «vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree»; años de manifestar de uno y mil modos su amor y lealtad a Jesús; años, en definitiva, de coherencia : «el núcleo más íntimo de la fidelidad» Pero toda fidelidad –como le es propio– «debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración», es decir, la de la constancia . «Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida» [11].

Así lo hizo la Virgen: leal siempre, y más en la hora de la tribulación. En el trance supremo de la Cruz se encuentra allí, acompañada de un reducido grupo de mujeres y del Apóstol Juan. La tierra se ha cubierto de tinieblas. Jesús, clavado en el madero, con un inmenso dolor físico y moral, lanza al cielo una oración que aúna sufrimiento personal y radical seguridad en el Padre: Eloí, Eloí, ¿lemá sabacthaní? –que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? [12]. Así empieza el Salmo 22, que culmina en un acto de confianza: se acordarán y se convertirán al Señor los enteros confines de la tierra [13].

¿Cuáles serían los pensamientos de Nuestra Madre al escuchar el grito de su Hijo? Durante años había meditado qué esperaba el Señor de Ella; ahora, viendo a su Hijo sobre la Cruz, abandonado por casi todos, la Virgen tendría presentes las palabras de Simeón: una espada traspasaba sus entrañas. Sufriría de modo singular la injusticia que se estaba consumando; y sin embargo, en la oscuridad de la Cruz, su fe le pondría ante los ojos la realidad del Misterio: se estaba llevando a cabo el rescate de todos los hombres, de cada hombre.

Las palabras de Jesús, llenas de confianza, le harían entender con luces nuevas que su propia aflicción la asociaba más íntimamente a la Redención. Desde lo alto del patíbulo, en el momento mismo de su muerte, Jesús cruza la mirada con su Madre. La encuentra a su lado, en unión de intenciones y de sacrificio. Y así, «el fiat de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat silencioso que repite al pie de la Cruz. Ser fiel es no traicionar en las tinieblas lo que se aceptó en público» [14]. Con su diaria correspondencia, la Virgen se había preparado para este instante. Sabía que, con su entrega incondicional el día de la Anunciación, también había abrazado, de algún modo, estos acontecimientos en los que ahora participa con plena libertad interior: «su dolor forma un todo con el de su Hijo. Es un dolor lleno de fe y de amor. La Virgen en el Calvario participa en la fuerza salvífica del dolor de Cristo, uniendo su fiat, su , al de su Hijo» [15]. María permanece fiel, y ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina [16]; y bajo la protección de esa fidelidad, el Señor coloca a San Juan y, con él, a la Iglesia de todos los tiempos: aquí tienes a tu madre [17].

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Fidelidad: responder desde la fe

Fidelidad: búsqueda, acogida, coherencia, constancia... La vida de María aparece como una respuesta de fe ante las más variadas situaciones. Tal respuesta es posible porque se conmovía al recibir los mensajes de Dios, y los meditaba. Así lo hace entender el propio Señor cuando, ante el elogio de aquella mujer entusiasta, precisa el verdadero motivo por el que su Madre merece ser alabada: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan [18]. Es una de las lecciones más importantes que cabe aprender de María: la fidelidad no se improvisa, se cultiva día a día; no se aprende a ser fiel espontáneamente. Cierto es que la virtud de la fidelidad es una disposición que nace del firme propósito de corresponder a la propia llamada, y que prepara para acoger el proyecto de Dios; pero tal decisión requiere de cada uno ser constantemente coherente.

La perseverancia que pide la fidelidad no es, en absoluto, inercia o monotonía. La vida se desarrolla en una continua sucesión de impresiones, pensamientos y actos; nuestra inteligencia, voluntad y afectividad cambian constantemente de contenidos, y la experiencia muestra que no podemos concentrar todas las potencias en un único objeto durante largo tiempo. Por eso, no cabe hablar de unidad de vida si no se cae en la cuenta de que, por encima de cualquier cambio, el hombre tiene el poder de meditar y valorar cuáles son los episodios decisivos de su historia, y jerarquizarlos, para ser coherente con la trayectoria de vida que ha elegido. En caso contrario, sólo podrá concentrarse en las experiencias del momento y acabará en la superficialidad y en la inconstancia. Como dice San Pablo, todo me es lícito. Pero no todo conviene. Todo me es lícito. Pero no me dejaré dominar por nada [19].

El cristiano discierne los acontecimientos clave a la luz de la fe; a través de ella evalúa cuáles son genuinamente significativos, acogiendo el mensaje que encierran y dejando que se conviertan en puntos de referencia para sus acciones. Los hechos o las situaciones no son valoradas por su actualidad , sino por su cualidad . La persona fiel se guía por el auténtico significado que un acontecimiento ha tenido en su vida; de modo que las realidades verdaderamente fundamentales –por ejemplo el amor de Dios, la filiación divina, la certeza de la vocación, la cercanía de Cristo en los sacramentos– se reconocen, en la propia historia, como realmente efectivas, capaces de guiar la conducta y ser fuente de actitudes firmes. Conviene tener presente lo que recordaba san Josemaría: sólo la ligereza insubstancial cambia caprichosamente el objeto de sus amores [20]. En otra ocasión desarrollaba con más detalle esta misma idea, inspirándose en la estrella que guió a los Reyes Magos: Si la vocación es lo primero, si la estrella luce de antemano, para orientarnos en nuestro camino de amor de Dios, no es lógico dudar cuando, en alguna ocasión, se nos oculta. Ocurre en determinados momentos de nuestra vida interior, casi siempre por culpa nuestra, lo que pasó en el viaje de los Reyes Magos: que la estrella desaparece. Conocemos ya el resplandor divino de nuestra vocación, estamos persuadidos de su carácter definitivo, pero quizá el polvo que levantamos al andar —nuestras miserias— forma una nube opaca, que impide el paso de la luz [21].

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Cuando nos ocurre algo así, hemos de recordar esos momentos decisivos de nuestra vida, en los que hemos visto lo que Dios nos pedía y hemos tomado decisiones generosas que nos comprometen.

De este modo, la memoria desempeña un papel de capital importancia en la fidelidad, pues evoca las magnalia Dei, las cosas grandes que Dios ha hecho en la propia vida; y la historia personal se convierte en lugar de diálogo con el Señor: es un acicate más para ser coherentes, fieles. San Josemaría ve en esa virtud la realización práctica del cabal compromiso de la libertad humana, que aspira a los dones más altos; una libertad que se entrega con esplendidez y pleno discernimiento: en definitiva, el amor y no la inercia es lo que nos lleva a ser fieles al compromiso. Así se aprecia en la vida de María o en la historia del Pueblo de Israel: recuerda estas cosas, Jacob, y tú, Israel, que eres mi siervo. Yo te formé: tú eres mi siervo, Israel, no te olvides de mí. Disipé tus iniquidades como una nube, tus pecados, como la bruma. Retorna a mí, que te he redimido [22]. Recordar la bondad del Señor –en el cosmos y en cada persona– mueve a la lealtad.

Sobre ese fundamento, las luces y gracias que Dios deja en nuestra alma –cuando recibimos los sacramentos, en la oración, en los medios de formación, pero también en nuestras relaciones personales o en el trabajo– ofrecen soluciones y aplicaciones concretas para ser fieles en la vida ordinaria: destellos con los que el alma afina en la piedad y mejora en la fraternidad; que impulsan la labor apostólica y hacen que se desempeñe con ilusión y espíritu de servicio el trabajo profesional. Siendo dóciles a los pensamientos, decisiones y afectos que el Espíritu Santo suscita dentro de nosotros, vamos creciendo en fidelidad y colaboramos –aun sin percibirlo– en la realización de los planes divinos.

¡Qué fecunda es la fe que interioriza los sucesos de la propia biografía! El hombre descubre con luces nuevas que no está solo: todos dependemos de la gracia de Dios y de los demás; y la vocación cristiana nos pone ante la responsabilidad de llevar a muchos a su amor. Ante situaciones que pueden resultar más difíciles o cuyo sentido no se llega a comprender –relaciones familiares complicadas, falta de salud, periodo de aridez interior, dificultades en el trabajo–, el hombre busca y acoge la voluntad del Señor: si aceptamos de Dios los bienes, ¿cómo no vamos a aceptar también los males? [23], dice la Sabiduría divina por boca del Santo Job.

Entonces no se consideran las tentaciones como algo aislado o incompatible con las mociones o decisiones que se reconocieron como inspiradas por Dios en el pasado: más bien entran en el plan divino de salvación.

J.J. Marcos


[1] Lc 2, 23.

[2] Cfr. Lc 2, 26.

[3] Lc 2, 29-32.

[4] Cfr. Lc 2, 34-35.

[5] Lc 2, 19; cfr. Lc 2, 51.

[6] Juan Pablo II, Homilía en la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, 26-I-1979.

[7] Ibid .

[8] Ibid .

[9] Lc 2, 52.

[10] Lc 2, 34.

[11] Juan Pablo II, Homilía en la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, 26-I-1979.

[12] Mc 15, 34.

[13] Sal 22 (21), 28.

[14] Juan Pablo II, Homilía en la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, 26-I-1979.

[15] Benedicto XVI, Discurso del Ángelus, 17-IX-2006.

[16] Vía Crucis , IV estación .

[17] Jn 19, 27.

[18] Lc 11, 28.

[19] 1 Co 6, 12.

[20] Es Cristo que pasa, n. 75..

[21] Es Cristo que pasa, n. 34.

[22] Is 44, 21-22

[23] Jb 2, 10.

 

 

 

La importancia del hogar

Ricardo Sada Fernández
 

SantaMariaGoretti.encuentra.com.int

El ámbito de los deberes y derechos familiares se sitúa dentro del cuarto precepto de la Ley de Dios.

El día 7 de julio de 1902, perdida entre las páginas de un periódico, se publicaba esta noticia: la campesina María Goretti, de escasos 12 años de edad, fue acribillada a puñaladas por el también campesino Alejandro Serenelli, debido a que ella resistió a las torpes pretensiones de éste. Aparentemente, uno de tantos crímenes pasionales.

Pero a la vuelta de pocos años, María Goretti había conquistado la admiración y la veneración de millones de corazones en el mundo. Y el 24 de junio del Año Santo 1950 tuvo lugar su canonización, la más emotiva de la historia, no sólo por la enorme concurrencia de fieles, sino, sobre todo, porque aún vivían su madre y su asesino. Asunción Carlini, una ancianita de 84 años de edad, de manos encallecidas por el duro trabajo del campo, presenció la exaltación de su hija y compartió con ella los aplausos y los vivas de la multitud delirante, enternecida hasta las lágrimas, cuando la descubrió acomodada en su silla de ruedas en un balcón del Vaticano. Al día siguiente el Papa Pío XII la recibió en audiencia privada, con los honores reservados a los Jefes de Estado y quiso que descansara unos días en el lugar destinado a las vacaciones de los Papas.

¿Por qué tantos honores a una pobre viejecita analfabeta? Porque el pueblo católico, lo mismo que el Papa, veían en ella a la forjadora de una gran santa y de una mártir extraordinaria. Habiendo quedado viuda antes del nacimiento de su última hija, hubo de trabajar como hombre en el campo y como mujer en la casa para alimentar y educar a sus seis hijos. Ella no sabría responder a la pregunta de cuál había sido el secreto para formar a Santa María Goretti. Pero el Papa respondió por ella:

“María Goretti… es un fruto maduro del hogar doméstico donde se reza, donde los hijos son educados en el santo temor de Dios, en la obediencia a sus padres, en el amor, en el pudor, en la pureza; donde los niños se acostumbran a contentarse con poco, a prestar bien pronto su ayuda en la casa y en el trabajo; donde las condiciones naturales de la vida y la atmósfera religiosa que los rodean, cooperan poderosamente a hacerlos una cosa en Cristo y a crecer en su gracia”.

Si María Goretti es la prueba, Alejandro Serenelli es la contraprueba. Huérfano de madre desde muy niño, creció al lado de un padre irresponsable, que todo le consentía, que colaboraba inconscientemente a que alimentara sus pasiones con lecturas inmorales. De aquí le nació la idea, según confesó el mismo Alejandro, de cometer un crimen de aquellos que había leído.

El ámbito de los deberes y derechos familiares se sitúa dentro del cuarto precepto del Decálogo. “Honrarás a tu padre y a tu madre” se refiere de modo principal a todos aquellos deberes que conlleva la relación familiar: padres-hijos, hijos-padres y hermanos entre sí. Abarca también, por semejanza, las relaciones con las sociedades superiores: con la Iglesia, la patria y, en general, de todo súbdito con su superior, y viceversa. Pero siendo el hogar y la familia la célula básica de toda sociedad y la primera que Jesucristo nos enseñó a santificar -su primer ejemplo es ser buen hijo-, nos detendremos más pausadamente a tratar este aspecto clave en la vida humana.

Crisis generacionales

Salomón, al principio de su esplendoroso reinado, recibió la visita de su madre Betsabeé, “y el rey se levantó de su trono, le salió al encuentro, le hizo profunda reverencia, sentóse en su trono, y fue puesto un trono para la madre del rey, que se sentó a su derecha” (III Reyes 2, 19). ¿Después de tres mil años, mantiene esta actitud nuestra sociedad “civilizada”?

Tanto los padres como los hijos tienen necesidad de examinar regularmente su fidelidad al cuarto mandamiento de la ley de Dios. En él, Dios se dirige explícitamente a los hijos: “Honrarás a tu padre y a tu madre”, mandándoles amar y respetar a sus padres, obedecerlos en todo lo que no sea una ofensa a Dios y atenderlos en sus necesidades. Pero, mientras se dirige a ellos, mira de reojo a los padres, mandándoles implícitamente que se hagan acreedores al amor y respeto que pide a los hijos.

El fundamento de las obligaciones que establece el cuarto mandamiento, tanto las de los padres como las de los hijos, es el hecho de que toda autoridad viene de Dios. Sea ésta la del padre, la de una potestad judicial o académica, en último extremo, su autoridad es la autoridad de Dios, que Él se digna compartir con ellos. La sumisión que se les debe (siempre, claro está, dentro de sus atribuciones), es sumisión al mismo Dios, y así debe ser considerada. De ahí se sigue que los constituidos en autoridad tienen, como agentes y delegados de Dios, obligación grave de ser leales a la confianza que el Creador ha depositado en ellos.

Esta idea básica debe tener presente la madre con título universitario que anhela trabajar fuera de casa; el padre irascible que descarga en su familia la tensión nerviosa acumulada durante la jornada. La misma idea básica deben tener presente los padres que delegan el cuidado de sus hijos en otras personas debido a sus ocupaciones o distracciones; los padres que invitan a casa a parejas divorciadas o a amigos bebedores y de lengua suelta; los padres que disputan a menudo delante de sus hijos.

Esta idea básica debe tener el patrón o el maestro que abusa de su autoridad y es déspota con sus súbditos o con sus alumnos. Esta idea básica debe tener el gobernante que aprovecha su potestad en favor de su utilidad pecunaria. En resumen, es éste un punto que deberá tener siempre presente aquel que está constituido en autoridad: que Dios se la delegó, y de ella le pedirá cuentas.

 

Cuaresma: un llamado de Dios al corazón

Por LaFamilia.info

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Foto: Freepik-Jcomp

La Cuaresma es tiempo de conversión. Uno de sus propósitos es el cambio personal. Es la oportunidad de hacer una mirada interior para renunciar a todo lo que nos contamina el espíritu y el corazón, y que en últimas nos aleja del amor.

A veces nos preocupa mucho el mundo en que vivimos, la vida de los demás, los errores que otros comenten, la sociedad que nos rodea... ¿Y nuestra situación personal? ¿Cómo está nuestro corazón? ¿Contaminado o limpio? ¿Cómo son nuestras acciones? ¿Nuestros pensamientos? ¿Lastimamos a otros con nuestras actitudes?

La Cuaresma es tiempo de purificación, en el cual se nos recuerda la tentación al egoísmo, el poder, el odio, los juicios, el orgullo, la soberbia, las palabras que destruyen, la mentira, la envidia, la ira… Y es que como ser humanos que somos, podemos caer en las debilidades pero al mismo tiempo poseemos una maravillosa herramienta que es el discernimiento, es decir, la conciencia para reconocer lo que está incorrecto en nuestras vidas y lo que nos hace daño a nosotros y a las personas cercanas.

De modo que la Cuaresma es el momento para “dejar morir en nosotros todo aquello que nos aleja de Dios y de los demás, que nos impide abrazar su voluntad y construirla en nuestras vidas. (…) Por eso Dios quiere que examinemos nuestro corazón y dejemos que su Espíritu lo llene, para poder vivir como Él enseña, para poder realizar su Proyecto.” *Buenasnuevas.com

De igual modo, el Obispo David L. Ricken, aconseja: “Atrevámonos a ver quiénes somos, cómo estamos viviendo nuestra existencia. Abramos nuestro corazón de par en par. No permitamos que nuestro corazón acabe siendo el sediento y hambriento por cerrado en sí mismo. Podemos acabar siendo nosotros, auténticos hambrientos y sedientos, y estar Cristo tocando a nuestras puertas y sin embargo cerramos el corazón.”

Para que ese cambio sea verdadero, el Señor nos invita a ayunar, es decir, a renunciar de aquello que nos contamina (odio, rencor, envidia, egoísmo, indolencia…) y que nos alejan de su modo de vida. La Cuaresma es también una buena ocasión para ejercitar el autocontrol en aspectos que nos cuesten esfuerzo.

Así pues, de diferentes formas recibimos un mensaje persistente en el tiempo de Cuaresma: ser mejores seres humanos, lo cual se logra viviendo a imagen y semejanza de Dios, y de este modo, seremos felices. Esto implica dejar que sea Dios sea nuestra guía, nuestra luz, y sea Él el que trace nuestras acciones, sentimientos, actitudes, valores y pensamientos.

Como recomendación final, traemos a colación estas palabras: “Durante la Cuaresma, cuando nos enfrentamos a nuestras propias debilidades, la tentación es sentirnos molestos y frustrados. "¡Qué mala persona soy!" Pero esa es una lección errónea. Dios nos llama a ser pacientes y a vernos como Él nos ve, con un amor incondicional.” *Obispo David L. Ricken en usccb.org

Preguntas de reflexión

- ¿Qué actitudes, situaciones, realidades de tu vida endurecen tu corazón y lo hacen insensible a los demás?

- ¿Qué es lo que verdaderamente importa para Dios? Revisa tu vida a partir de estas enseñanzas.

- Cuando encuentro algo en mi corazón que contraría el plan de Dios en Mi, ¿acudo al Sacramento de la reconciliación?

 

 

15 Cualidades que deben demostrar los padres 

ESCUELA PARA PADRES

Los padres, al igual que la mujer del César, además de tener buenas cualidades, deben demostrarlas.

  1. Dar ejemplo de amor y respeto con el cónyuge: Los hijos son como los escáneres que se fijan y dejan grabados todos los detalles. La menor grieta en el amor de los padres, es inmediatamente observada y analizada por los hijos. Ellos desean vivamente que el amor de sus padres sea ejemplar, que perdure en el tiempo, que sean fieles mutuamente y que además lo demuestren.
  2. Demostrar la unión conyugal: Su comportamiento ante los hijos debe exteriorizarse, demostrando que tienen un compromiso ante ellos, ante Dios y ante la sociedad. Que se aman mutuamente, que se comportan con fidelidad exquisita, que desean seguir siempre juntos. Que su matrimonio es una institución, que va más allá de una moda pasajera. Que reconocen que implica, una serie de obligaciones, pero que estas brotan del mismo amor, de un amor tan decidido y generoso, que es capaz de arriesgar lo que haga falta, con el objetivo de compartir su felicidad. Que saben que tienen la obligación de construir su matrimonio, día a día, aunque sea artesanalmente, atestiguando amor, paciencia, servicio, sacrificio, conocimiento, caridad, conformidad, humildad, etc.
  3. Dominar la comunicación hablada y corporal: Una gran parte del trabajo de los padres para educar a sus hijos, es tener un buen sistema de comunicación y saber practicarlo, tratando de conseguir empatía con los hijos, cuando se les habla. Las técnicas de comunicación que se emplean en los negocios, en la política o en la sociedad, deben estudiarse detalladamente, para adaptarlas a la comunicación familiar. Una de las tareas principales de los padres es enseñar, de forma clara y concisa, los objetivos internos y externos de la familia, y la forma de alcanzarlos. En la comunicación está incluida la atención, a lo que los hijos dicen, sobre sus preocupaciones, anhelos y sugerencias de convivencia.
  4. Educar con firmeza y amor: Aunque tenga que hacerlo contra la corriente y sea políticamente incorrecto. Los padres no pueden consentir a los hijos, pensando en “el qué dirán”, que termina siempre, en “lo que no han dicho”. La buena educación de un hijo, vale más que todas las críticas y cuchicheos que digan los familiares o amigos. Es preferible educar con firmeza, que no tener que oír el día de mañana de los hijos, “me has hecho un desgraciado, porque no me educaste bien, me consentiste hacer, todo lo que yo quería”. El amor hacia los hijos, hace que nunca se rompa la fina cuerda que sostiene la firmeza. Que tú sí, sea sí y que tú no, sea no. No cambiar como hacen las veletas, para aprovechar el viento que más convenga. Cuando los hijos se dan cuenta de ello, empiezan a presionar para ver quién gana y quien pierde.
  5. Estar muy vigilantes: La obligación de los padres de proteger a los hijos, es mucho más amplia que el derecho a la intimidad que tienen los hijos, mientras estos sean menores de edad, o vivan en la casa de los padres. Algunas veces los hijos compiten con los padres, en tratar de esconder sus comportamientos, en contra de la vigilancia de los padres. Para ello, los padres no pueden ignoran, ni lo que dicen, ni lo que hacen sus hijos. Si es necesario deben informarse con expertos, sobre los amigos y comportamientos que tienen, cuando están fuera de la casa, y estudiar los métodos de detección de las cosas, que no deberían utilizar. Eso no es persecución, es protección. Es obligación revisar sus habitaciones en beneficio de los hijos.
  6. Motivar a la familia: Motivar está muy relacionado con el ejemplo, y es una de las principales responsabilidades de los padres. Hay muchas actividades religiosas, familiares y sociales, que necesitan una gran dosis de motivación, para hacerlas bien y a gusto. Las cosas hechas con motivación, entusiasmo e inspiración, son mucho más fáciles de conseguir y suelen tener mejores resultados. La motivación es contagiosa y se puede transmitir a toda la familia, para intentar llegar a los objetivos comunes, aunque no conlleve un premio material, pero siempre mejorará el ambiente familiar.
  7. Negociar objetivos y planes de vida: Los hijos no pueden educarse, sin tener muy claros los objetivos realistas, que tienen que cumplir. Además de que tiene que tener muy definidos los planes para alcanzarlos, los medios para conseguirlos, los controles para vigilarlos y los medios para evaluar los rendimientos. Esto se consigue estudiándolos bien y desarrollando las virtudes y valores humanos, que encajen con la educación prevista. La familia es un gran equipo, que tiene muy bien definidas las tareas, objetivos y responsabilidades de cada uno, tanto de los padres, como de los hijos. Sin que todos sepan lo que tiene que hacer cada uno, el equipo no funcionará.
  8. Evaluación familiar: Para poder negociar los objetivos con los hijos, los padres tienen que conocer en profundidad, las características internas y externas de cada uno de la familia. Así podrán adjudicarles, las tareas que se correspondan con sus capacidades y defectos, sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Siempre en beneficio de la mayor compenetración del equipo familiar que se ha formado y de los objetivos a corto, medio y largo plazo. El amor paternal es una cosa, la realidad de la vida otra, y otra sobre todas ellas, está la mejora de las personas en el aspecto religioso, social, escolar y familiar.
  9. La legitimidad se obtiene con el ejemplo y el conocimiento: Los padres tienen que ser la brújula que guie a los hijos, hacia el norte que se ha marcado. Para ello la brújula tiene que estar bien construida y calibrada, a través de haberse preparado muy bien, para educar a los hijos. Hay muchos medios para aprender a educar a los hijos. Uno imprescindible es consultar las dudas con un sacerdote, pastor, rabino o imán, según la religión que practiquen. No pueden decir a los hijos que hagan algo, que los padres no hacen, o que no hagan lo que los padres hacen. La autoridad que emana del hecho de ser padres, no puede ser puesta en sospecha, porque los padres dicen una cosa y luego hacen otra. La confianza, respeto y admiración, se ganan día a día, pero se pueden perder en pocos segundos.
  10. Querer mucho a los hijos: Quererlos como son, y no como nos gustaría que fueran. Los hijos y los padres, no se eligen, a cada uno nos los dan hechos. Se aceptan ambos y se trata de cumplir cada uno con sus obligaciones y responsabilidades, pero las de los padres, no pueden ni renunciarse, ni delegarse. Eso sí, tratar de educarlos lo mejor posible, aunque cueste hacer un gran esfuerzo, incluso sacrificando, si es necesario, el tiempo que sea preciso y quitándose el dinero destinado a otras cosas, pero sabiendo, que el que siembra recoge. Nadie ha cosechado sin haber sembrado. Los hijos esperan de los padres, que les protegerán, que les educarán y que les ayudarán a ser personas de provecho en la sociedad. Quieren que “No tengan miedo al amor, al compromiso y a ser íntegros”. Quieren tener unos verdaderos padres, que les amen y que les exijan.
  11. Reconocer los méritos y aptitudes de cada uno: Los hijos a los que se les reconoce sus méritos y aptitudes, propios o adquiridos, tienden a tratar de mejorarlos continuamente. Es muy importante, darles oportunidades para que puedan demostrarlos, en beneficio propio y del conjunto familiar. Los padres también tienen que intentar descubrir e identificar las habilidades y potencialidades, que tengan sus hijos en campos específicos, para una vez identificados, tratar de desarrollar su talento, alentándoles y motivándoles para darles forma, de acuerdo a las capacidades, posibilidades y características de los hijos.
  12. Congeniar con los hijos, que es muy distinto a ser su amigo: Los padres son los padres y los amigos son otra cosa. Es un grave error, hacer esta mezcla, la cual perjudicaría a las dos partes. Debe haber mucha confianza, pero no excesiva, entre padres e hijos, pero la autoridad de los padres, nunca puede ser cuestionada, ni quedar en entredicho. Debe mantenerse un equilibrio entre amor filial, autoridad, cercanía y comprensión. Los amigos se pueden cambiar, pero los padres no. Ahora bien, la obligación de los padres, es estar lo más cerca posible de los sentimientos, inquietudes y confidencias de los hijos.
  13. Ser tolerante con los demás: Nadie es perfecto y mucho menos, ante los ojos de los que tienen la responsabilidad de enseñar, corregir y encauzar. Pero la tolerancia de los padres, no es equivalente al pasotismo, ni a la condescendencia ante las equivocaciones o desobediencias. La exigencia del cumplimiento de las obligaciones, no puede ser equivalente a la dejación de la propia autoridad, ni de la responsabilidad. Saber reaccionar a tiempo, con un buen criterio, mano derecha y clara seguridad, ayuda siempre, a que los hijos reciban una buena educación.
  14. Ser un buen modelo a seguir: Los hijos siempre están observando el comportamiento de los padres. La imagen de la conducta y la responsabilidad de los padres, valen mucho más que mil palabras. El lenguaje verbal y corporal, las conversaciones telefónicas, las amistades, los horarios de llegada al hogar, el trato con otras personas, de la misma familia o ajenas, son los indicios que harán, que los hijos copien para bien o aborrezcan a los padres, si encuentran divergencias, entre lo que dicen y lo que hacen, fuera y dentro de la casa.
  15. Asumir las responsabilidades y no delegarlas: Las responsabilidades familiares, se asumen, voluntaria o involuntariamente, pero no se pueden delegar. Se delegan las funciones y las tareas, pero no las responsabilidades. Es muy necesario preparar bien a los hijos, para que puedan ir asumiendo algunas funciones y tareas de los padres, relacionadas con la familia, de esta forma, irán aprendiendo para cuando necesariamente tengan que realizarlas. Los padres que van enseñando poco a poco a los hijos, a llevar los negocios familiares, les van creando una costumbre y una vocación hacia esas actividades.

francisco@micumbre.com

 

 

Cuando el invierno es primavera

Las altas temperaturas y la ausencia de lluvias condicionan el desarrollo de los cultivos de invierno

Me parece conveniente que los ciudadanos, habitantes de las ciudades, conozcan las preocupaciones que tienen nuestros productores de alimentos motivadas por las desfavorables condiciones meteorológicas.

La ausencia total de lluvias unido a unas temperaturas anormalmente altas durante buena parte del mes de febrero están condicionando seriamente el desarrollo de los cultivos de invierno que, en esta campaña, arrastran además una nacencia tardía ya que las lluvias de finales del otoño impidieron la realización de las tareas de preparación y siembra a tiempo. Los pastos también acusan la falta de agua y los árboles frutales han adelantado semanas la floración, con el consiguiente peligro de cara al cuajado del fruto.

Según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), las precipitaciones se encuentran por debajo de sus valores normales en casi toda la península y desde el 20 de febrero hasta ayer no ha caído una sola gota de agua en ningún punto de España, en algunas no ha caído nada en todo el mes. Las temperaturas están resultado inusualmente altas para el mes de febrero. Esta situación de combinación de ambos factores está provocando, por un lado, la degradación de los cultivos sembrados, especialmente los cereales y leguminosas, y por otro el adelanto de los ciclos vegetativos de los árboles frutales y de frutos secos, especialmente almendros.

Los cultivos herbáceos de secano, que ya adolecen de unas siembras que se realizaron fuera de fecha óptima debido a que las lluvias de otoño retrasaron las labores, son los que más están sufriendo la ausencia de precipitaciones con situaciones límite en amplias zonas de Aragón, Castilla y León y Castilla-La Mancha que se extenderán al resto de zonas productoras si en el plazo de 15 días no llegan las lluvias.

Los cultivos de girasol que ya deberían estar sembrándose en la zona Sur de España están acusando un retraso de las labores ante la falta de humedad en las parcelas. Esta situación se puede repetir en Castilla y León y Aragón de no llover en los próximos días. Las leguminosas para consumo humano, lentejas y garbanzos, que habitualmente se siembran en febrero-marzo están teniendo una nascencia muy irregular y en algunos casos no han nacido.

Por lo que respecta a los pastos, se constata que la situación es alarmante, pues la falta de reservas hídricas provoca el debilitamiento de la planta en un momento que debería ser de pleno desarrollo del pasto de cara a la primavera. Esta situación causa grave preocupación entre los ganaderos de extensivo que verán incrementados los costes de alimentación del ganado si definitivamente no hay un desarrollo adecuado del alimento natural.

Los árboles frutales y frutos secos se han visto afectados, no tanto por la falta de agua, sino por las altas temperaturas que están provocando el adelanto de la floración, especialmente en almendro. Teniendo en cuenta que estos árboles son muy sensibles a las temperaturas bajas en plena floración, el problema puede llegar si en próximas semanas hay una significativa bajada de temperaturas, si se producen ‘heladas’. 

Jesús Domingo

 

FIN DE UNSUR, BÚSQUEDA DE OTRO PROCESO INTEGRADOR

Escribe: Alfredo Palacios Dongo

El próximo día 22 se llevará a cabo en Santiago de Chile una cumbre de Jefes de Estado de Sudamérica donde se debatirá la finalización de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), organismo que nació en 2008 con el principal objetivo de construir de manera participativa y consensuada un espacio de integración y unión sudamericana en los ámbitos social, económico, político y cultural; y en Defensa, a través del Consejo Sudamericano de Defensa (CSD).lo cual nunca se logró porque nació mal y actualmente está casi en extinción con más de tres años sin actividad (cinco países suspendieron su participación y uno se retiró), con un déficit de US$ 20 millones y una inmensa sede construida a un costo de US$ 43 millones en las afueras de la capital de Ecuador, Quito que queda como símbolo de extralimitación de gastos inútiles.

La Unasur fue impulsada por el fallecido dictador venezolano Hugo Chávez definiéndola como “su gran sueño personal”, y en el camino, a través de manipulaciones políticas que siguió al pie de la letra el otro dictador Maduro, se introdujeron ideologías izquierdistas en una coyuntura que varios presidentes con ese sesgo político (principalmente Venezuela, Bolivia y Ecuador, integrantes de la Alianza Bolivariana para las Américas – Alba) tenían concepciones muy divergentes con el resto de países y se oponían a la propuesta respaldada por Estados Unidos de crear un Área de Libre Comercio de las Américas.

En la próxima cumbre de mandatarios en Chile, a la que ha sido también invitado el presidente encargado de Venezuela, Juan Guaidó, se debatirá la creación de otra plataforma de integración, entre las principales propuestas está la creación del Foro para el Progreso y Desarrollo de América Latina (Prosur), un mecanismo presentado en enero pasado por los presidentes de Colombia, Iván Duque, y de Chile Sebastián Piñera, manifestando que su principal objetivo será “para el desarrollo de América del Sur”.

Bajo este panorama, a pesar que ningún país se ha manifestado sobre el  proyecto Prosur, se espera que en la próxima cumbre de mandatarios se encuentre una nueva realidad que evite la asimetría y aislamiento y dé inicio a la creación de un nuevo proyecto integrador que logre una identidad de vinculo de todos los países sudamericanos como mecanismo de coordinación de políticas públicas en defensa de la democracia, independencia de poderes, integración económica, agenda social y respeto a las libertades y derechos humanos.

Ver mi Blog:  http://www.planteamientosperu.com

 

 

COSECHA

 

Entraré por otras puertas,
cuando la luz me empuje
y el rocío de la mañana brille
en flores color de rosa y espuma de mar.
Como la primera sílaba de la noche silenciosa hablaré
de sombras y de ángeles azules.

Esa era mi vida.
Soy una chispa, un instante,
una calavera blanca,
un amanecer,

un pequeño pez en un estanque.
Nado en el agua, en olores
y en el dulce vino
de una vieja cosecha dorada.

 

MARIA DO SAMEIRO BAROSSO

 

 

Pintando el alma humana

Para retratar el alma humana en lo que tiene de más íntimo, vivo y sutil, el artista no necesita recurrir a deformaciones que degradan la propia naturaleza humana.

Una tendencia muy frecuente en los artistas cuya producción puede ser reputada como típicamente del “siglo XX” consiste en la deformación del hombre.

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“Nuestra Imagen”, es el género humano visto por David Alfaro Siqueiros

Huyendo de copiar la realidad con las formas en que las ve habitualmente el ojo humano, la representan con alteraciones destinadas a manifestarles el aspecto más profundo.

Tomado en tesis, este proceso nada tiene de malo.

Una deformación horrenda

Sin embargo, llama la atención que, cuando alteran los aspectos corrientes de la realidad, muchos artistas, de los más típicamente modernos, de hecho deforman la realidad casi hasta lo horrendo.

Así, en los cuadros modernos, no es difícil encontrar figuras humanas perfectamente cónicas: cabeza minúscula, hombros poco más anchos que la cabeza, cintura mucho más ancha que los hombros, piernas que parecen ir ensanchándose hasta el tobillo en él cual se entroncan pies literalmente inmensos.

En ciertas esculturas, los cuellos no son sólo gruesísimos, sino deformados, presentando en uno u otro punto bocios alarmantes.

En suma, si algún mago apareciera a cualquier hombre normalmente cuerdo, y le ofreciera un líquido para transformar su fisonomía y su cuerpo en el de una figura-tipo del arte moderno, tal ofrecimiento sería seguido de un inmediato y enérgico rechazo…

Esta obsesión por lo deforme, por lo feo, incluso por lo horrendo, llegó en ciertas producciones artísticas a los límites de lo inconcebible.

Véase por ejemplo el cuadro titulado “Nuestra Imagen”, que aquí publicamos. Es la figura moral del género humano, como la quiso presentar un artista típicamente ultra-moderno.

* * *

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Es el cardenal Richelieu, pintado por Philippe de Champaigne en tres actitudes diferentes. En el retrato trasparecen las cualidades y defectos del estadista.

Como si el universo fuera un receptáculo de ignominias

Que haya en el universo deformidades físicas y morales terribles, y que sea lícito al artista representarlas, siempre que de ahí no resulte una ofensa a las buenas costumbres, nadie lo contesta.

Sin embargo, pintar sólo el horror, no pintar ni esculpir sino para deformar, como si el universo no fuera sino un receptáculo de ignominias, he ahí lo que revela un estado de espíritu errado, y una concepción indiscutiblemente falsa y peligrosa, quiera de los hombres, quiera del Mundo.

Esta tendencia para lo horrendo tiene en su raíz una visión desesperada y blasfema de la creación, que es obra de Dios.

Las pinturas o esculturas hechas bajo la influencia de esta visión deforman el alma; y los ambientes impregnados de este estado de espíritu sólo pueden degradar al hombre, extinguiendo en él todos los brotes de inteligencia y de voluntad para un ideal verdaderamente noble, puro y elevado

A título de contraste, presentamos aquí, sacado al azar de la inmensa producción artística de los siglos pasados, un cuadro que representa un hombre en su madurez.

Y mucho más que el físico de este hombre, su estado de espíritu, su perfil moral.

Es Richelieu, pintado por Philippe de Champaigne en tres actitudes diferentes.

Todas las cualidades – y también todos los defectos – del gran estadista se reflejan en este admirable estudio, en que el alma humana es retratada en lo que tiene de más íntimo, vivo y sutil, sin que el artista haya necesitado recurrir, para esto, a deformaciones que degradan la propia naturaleza humana.

Plinio Corrêa de Oliveira,

 

 

El regalo de contar con un Papa emérito

Hace seis años, Benedicto XVI anunció que dejaba la sede de Pedro porque ya no se encontraba con fuerzas, ni físicas ni espirituales, y porque, después de haberlo rezado mucho, consideraba que era la mejor opción para la Iglesia. Desde entonces tenemos el gran regalo de contar con un papa emérito, algo así como tener al abuelo en casa, el abuelo sabio, en palabras del papa Francisco. Por eso sería un error recordar solo aquel gesto final de enorme impacto. El Cardenal Ratzinger, después Benedicto XVI, es ya un gigante en la historia de la Iglesia. Es, desde luego, un gran teólogo y un pastor que supo leer y aplicar, desde la hermenéutica de la continuidad, las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

Xus D Madrid

 

60 años luchando contra el hambre y por la mujer

Manos Unidas, la ONG para el desarrollo de la Iglesia en España, ha cumplido 60 años. Creada por un grupo de mujeres de la Acción Católica, la organización es hoy un referente respetado en todo el mundo por su profesionalidad y su capacidad de llegar a los últimos rincones del planeta, de la mano siempre de misioneros y de otros socios locales asentados sobre el terreno. Esa cercanía es la clave de un éxito que se basa en trabajar desde dentro de cada comunidad, haciéndola protagonista de su propio desarrollo y respondiendo a sus necesidades reales de forma sostenible.

En el horizonte ha estado siempre el gran reto de acabar con el hambre en el mundo, objetivo que Manos Unidas insiste en que sería factible si existiera la voluntad para ello.

Jesús Martínez Madrid

 

 

La Cuaresma es una oportunidad

Ante el panorama de corrupción que se observa en tantos ámbitos, el Papa urge a que se manifieste el testimonio de los cristianos como esperanza para el mundo. En el itinerario de la Cuaresma, el ayuno nos ayuda a cambiar nuestra actitud de “devorarlo” todo, transformándola en capacidad de sufrir por amor. La oración significa renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia, y reconocernos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna significa salir de la necedad de acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos el futuro

La Cuaresma es una oportunidad de volver a encontrar la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, el único que nos permite encontrar la verdadera felicidad.

JD Mez Madrid

 

 

LA IGUALDAD DEL HOMBRE

 

¿Pero cómo se puede igualar al hombre? ¿Por arriba en lo elevado como pretenden los sabios? O... ¿Por abajo como pretenden los demagogos?

            El sabio pretende un hombre fuerte, solo, pero en armonía con el resto, rico en inteligencia, sano de cuerpo, no estático ni estatificado, evolucionante y ascendente siempre hacia lo que llama Dios.

            El demagogo pretende una masa homogénea, fácil y dúctil, simple y fácilmente excitable y, por tanto, muy manejable para lograr los fines pretendidos –por el demagogo- a través de esa igualdad, que preconizada sin base ni fuerza para convencer al inteligente, consigue lo que pretende, puesto que la plebe estará siempre dispuesta para escuchar la voz que anuncia indefectiblemente el camino fácil; camino en el que sólo confían los imbéciles.

            El grave inconveniente desde que el hombre habita este mundo es precisamente ese hombre masificado, la abundancia de masas y la escasez de individuos.

            Más aún, dentro de esos individuos, son más escasos los de mayor pureza, puesto que dentro de esas minorías existe en mayor abundancia el demagogo, el que con algo más de inteligencia que la plebe, usa ésta “en cabalgar a la bestia, y sin saber conducirla, termina agotándola, desbocándola y exterminándola”... Parece ser que siempre –o casi siempre- por su superabundancia fue así... ¿Seguirá siéndolo en el futuro?... Tal y como se ve el horizonte, pienso que sí; terrible y largo tiempo el que queda para que el hombre cambie, para que ese hombre pueda volver al orden natural y jerárquico que impera y domina en toda la Naturaleza, donde ni una gota de agua es igual a lo otra; ni una hoja del mismo árbol es idéntica a la otra del mismo tronco; ni aún siquiera encontraríamos dos piedras exactamente iguales, pues esa Naturaleza “rompe el molde cada vez que crea algo”. Entonces, ¿cómo encontrar dos hombres iguales?, si ni aún los engendrados en el mismo seno y de igual parto, lo son ni en lo físico y mucho menos en lo psíquico y espiritual...

            Simple y llanamente convenzámonos de que no existe ni existirán dos hombres iguales, por tanto al no ser posibles dos hombres iguales no puede existir la igualdad. Existirán grupos más o menos afines, más o menos parecidos, “más o menos iguales o semejantes en lo aparente”; pero a medida que se profundice, aparecerá la desigualdad que lleva al extremo de la lucha interna del individuo con su propio yo interior, cuerpo-alma, espíritu-materia, o como se quieran definir esas “dos mitades” en que a su vez se subdivide el propio individuo. He aquí lo hermoso de la diversidad humana, y si se quiere, lo terrible de la misma por su complejidad.

            “Por ello, el hombre no podrá ir BIEN en filas y menos en masas”; irá mejor en hileras, y éstas en conjunción y armonía buscando “la pirámide natural”; pues en una emocionante y a la vez simple definición, lo curioso es que hombres –y mujeres- sólo existen de dos tipos genéricos... “Los que nacen para mandar y los que nacen para obedecer”. Naturalmente me refiero a los dotados por esa “fuerza que desconocemos” y la que inmutable a todos y a todo, enriquece al individuo al nacer y lo sigue acrecentando a lo largo de su vida y durante toda su existencia, según se desarrolle la misma y por imperativo del propio esfuerzo individual, aún en base al soporte colectivo, puesto que sería absurdo negar, “que las piedras del edificio se mantienen sujetas, unas en base y sobre las otras”.

            Por ello, “el que viene a mandar o ejercer un mando en este mundo al final lo ejercerá”, pese a quién pese y pase lo que pase; su fuerza vital o inteligente –no hablo de la que emana del bruto-  se dejará sentir en el ámbito más o menos amplio que llega a dominar y la que –no se olvide esto- está en continuo crecimiento mientras la vida sostenga a este individuo, el que muchas veces “seguirá ejerciendo ese mando desde más allá de su propia muerte”. Éste es el mando positivo  y el trascendente (hoy se le denomina líder), y el que sin duda alguna hay que acatar y obedecer; el otro, el tiránico, el del bruto, o el del demagogo, se mantendrán efímeramente y será destruido por su propio impulso, destructor de sí mismo; tal y como ocurre con “el violento vendaval”. Por ello, aun teniéndolo que soportar con rebeldía –nunca con sumisión total- sus días o sus años estarán contados, puesto que mientras más violento e irracional sea, menos durará y antes se consumirá, bien en la propia autoconsunción o a través de la propia fuerza contraria que generará por la inmutable Ley de Causa-Efecto que todo lo rige con la implacable Justicia Universal.

            Vivimos hoy épocas de grandes y complejas muchedumbres de “fieles a lo absurdo”, de adictos al espectáculo de “moda”, el que preparado como conviene al demagogo, deforma más que forma, y embrutece más que dignifica a ese hombre masificado, el que, incapaz de pensar por sí mismo, se sigue dejando llevar por “el canto de sirena”, el que le produce ese refugio a su miedo y el que encuentra en “el no pensar”, puesto que a lo contrario le teme y puede que incluso le produzca terror o pavor.

            No se decantan líderes ni élites NATURALES, por cuanto lo complicado de la demagogia actual es enorme; y envueltas en ella las grandes masas, son muy pocos los que se apartan del “gran escándalo”, para pensar y meditar sobre qué es lo que está pasando “aquí y ahora”.

            Por ello se está deformando tanto y a tan gran velocidad el conjunto de pueblos y civilizaciones que hoy “alumbran” –es un decir- al siglo XXI.

            Hoy, “los derechos abundan mucho más que las obligaciones” y –por ejemplo- un preso reincidente y ya convertido en escoria, suele “estar más protegido” que un hombre honrado, que obviamente es mucho más positivo –por tanto- para la evolución conveniente de la Humanidad. Se “procura” curar la drogadicción  y otras lacras con parches y remiendos, cuando lo lógico y, por tanto necesario, sería la erradicación total mediante medios que debieran ser sobrados. Los “parlamentos” están convertidos en una especie de “gallineros” donde –como en Bizancio- se sigue discutiendo sobre el “sexo de los ángeles”. Se está ya pensando en el avión del siglo XXI para reemplazar a las fuerzas de “defensa” de la Europa actual y, sin embargo, no son capaces “los europeos” de sacudirse tanta degradación y escoria como existe en este viejo continente, el que fuera cuna de las mejores civilizaciones y dónde –y como demoledor ejemplo de corrupción- se ha descubierto dentro de una valija diplomática  hasta a un ministro africano, el que así trataba de ser secuestrado hacia su país; no hablemos del conjunto de “líos a alto nivel” que aparecen en la prensa, los que nos dicen bien a las claras, “los que existen soterrados u ocultos y de los que nunca nos enteraremos. Por ello, uno, en su bien consolidada individualidad pensante, dice y se sonríe...

            ¿Éstos son los que van a educar y preparar a las masas para un mejor y más brillante porvenir?

            ¿Por dónde? ¿Por arriba o por abajo?

            ¿Con qué ejemplos se quiere producir el efecto de la emulación en las masas?

            Sonriamos tristes y escépticos  y esperemos el devenir del tiempo... “Quizá vengan los nuevos Dioses  y los nuevos héroes del Olimpo del siglo XXI”... Quién sabe lo que La Creación nos tenga reservado a los hombres que aspiramos a ver “ese tiempo igual”, que se conocerá como el tercer milenio desde que se crucificara al Cristo, el que, desde luego fue “clavado en el madero” por cuanto ante todo y sobre todo fue un individuo singular... “Tan singular, que hoy hay cientos de agrupaciones o sectas cristianas que dicen seguirlo... amén”.    

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí más)

 Torre del Mar (Costa de Málaga) Julio de 1984