Las Noticias de hoy 07 Marzo 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 07 de marzo de 2019  

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en el Miércoles de Ceniza

‘Venga a nosotros tu Reino’: “Nuestro corazón se llena de luz con la esperanza de Cristo”

Audiencia general, 6 de marzo de 2019 – Catequesis del Papa

Cuaresma 2019: “La oración, limosna y ayuno nos ayuden a renovar nuestra vida cristiana”

LA CRUZ DE CADA DÍA: Francisco Fernandez Carbajal

"Vivid una particular comunión de los santos": San Josemaria

Mensaje del Prelado (7 marzo 2019)

«Trabajo y santidad»: un libro con reflexiones del prelado

La penitencia: Antonio Miralles

¿Cómo quieres vivir esta Cuaresma?: Sheila Morataya

Conciencia y verdad: Cardenal Joseph Ratzinger

El Mobbing o “Psicoterror Laboral” comparable al Bullying escolar: Francisco Gras

Pell: ¿Otro caso Bernardin?: Ernesto Juliá

La influencia mutua de la familia y la sociedad: Raúl Espinoza

Monseñor Felipe Arizmendi: ‘Iglesia santa y pecadora’

SILENCIOS QUE SE OYEN FUERTE: René Mondragón

CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II A LAS MUJERES: JUAN PABLO II

¿El aborto como un derecho?: José Morales Martín

¿Desacelaración de la economía o inicio de recesión?: Jesús Domingo Martínez

Masculinidad: Xus D Madrid

LAS IDEOLOGÍAS Y LOS PARTIDOS HAN MUERTO: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en el Miércoles de Ceniza
Roma, 6 de marzo de 2019

«Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno santo» (Jl 2,15), dice el profeta en la primera Lectura. La Cuaresma se abre con un sonido estridente, el de una trompeta que no acaricia los oídos, sino que anuncia un ayuno. Es un sonido fuerte, que quiere frenar nuestra vida que va siempre corriendo, pero a menudo no sabe bien adónde. Es una llamada a pararse —un “¡detente!”—, a ir a lo esencial, a ayunar de lo superfluo que distrae. Es una alarma para el alma.

Al sonido de esa alarma le acompaña el mensaje que el Señor trasmite por boca del profeta, un mansaje breve y encendido: «Volved a mí»[*] (v. 12). Volver. Si debemos volver, quiere decir que nos hemos ido a otro sitio. La Cuaresma es el tiempo para encontrar la ruta de la vida. Porque en el recorrido de la vida, como en todo camino, lo que cuenta de verdad es no perder de vista la meta. En cambio, cuando en el viaje lo que interesa es admirar el paisaje o pararse a comer, no se va lejos. Cada uno puede preguntarse: en el camino de la vida, ¿busco la ruta? ¿O me contento con vivir al día, pensando solo en estar bien, en resolver algún problema y en divertirme un poco? ¿Cuál es la ruta? ¿Quizá la búsqueda de la salud, que hoy muchos dicen que es lo primero, pero que antes o después pasará? ¿Tal vez los bienes y el bienestar? ¡Pero no estamos en el mundo para eso! Volved a mí, dice el Señor. A mí. Es el Señor la meta de nuestro viaje en el mundo. La ruta hay que ponerla en Él.

Para encontrar la ruta, hoy se nos da una señal: ceniza en la cabeza. Es una señal que nos hace pensar qué tenemos en la cabeza. Nuestros pensamientos persiguen a menudo cosas pasajeras, que vienen y van. La ligera capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y verdad: de tantas cosas que tienes en la cabeza, tras las que cada día corres y te afanas, no quedará nada. Por mucho que te apures, de la vida no te llevarás ninguna riqueza. Las realidades terrenas se desvanecen, como el polvo al viento. Los bienes son provisionales, el poder pasa, el éxito se acaba. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que induce a vivir para las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez se acaba, solo queda la ceniza. La Cuaresma es el tiempo para liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo. La Cuaresma es descubrir que estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para la ceniza que en seguida se apaga; para Dios, no para el mundo; para la eternidad del cielo, no para el engaño de la tierra; para la libertad de los hijos, no para la esclavitud de las cosas. Podemos preguntarnos hoy: ¿de qué parte estoy? ¿Vivo para el fuego o para la ceniza?

En este viaje de vuelta a lo esencial que es la Cuaresma, el Evangelio propone tres etapas, que el Señor nos pide recorrer sin hipocresía, sin ficciones: la limosna, la oración, el ayuno. ¿Para qué sirven? La limosna, la oración y el ayuno nos remiten a las únicas tres realidades que no desaparecen. La oración nos une a Dios; la caridad al prójimo; el ayuno a nosotros mismos. Dios, los hermanos, mi vida: son las realidades que no acaban en la nada, en las que hay que invertir. Ahí es donde nos invita a mirar la Cuaresma: a lo Alto, con la oración, que libera de una vida horizontal, plana, donde se halla tiempo para el yo pero se olvida a Dios. Y luego al otro, con la caridad, que libera de la vanidad del tener, del pensar que las cosas van bien si me van bien a mí. Finalmente, nos invita a mirarnos dentro, con el ayuno, que libera del apego a las cosas, de la mundanidad que anestesia el corazón. Oración, caridad, ayuno: tres inversiones para un tesoro que dura.

Jesús dijo: «Donde está tu tesoro allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Nuestro corazón apunta siempre a alguna dirección: es como una brújula en busca de orientación. Podemos también compararlo a un imán: necesita pegarse a algo. Pero si se pega solo a las cosas terrenas, antes o después acaba esclavo: las cosas de las que servirse se convierten en cosas a las que servir. El aspecto exterior, el dinero, la carrera, los pasatiempos: si vivimos para eso, se convertirán en ídolos que nos usan, sirenas que nos encantan y luego nos mandan a la deriva. En cambio, si el corazón se apega a lo que no pasa, nos encontramos a nosotros mismos y nos hacemos libres. Cuaresma es el tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades. Es tiempo de curación de las dependencias que nos seducen. Es tiempo para fijar la mirada en lo que queda.

¿Dónde fijar entonces la mirada a lo largo del camino de la Cuaresma? Es fácil: en el Crucifijo. Jesús en la cruz es la brújula de la vida que nos orienta al cielo. La pobreza del leño, el silencio del Señor, su expolio por amor nos muestran la necesidad de una vida más sencilla, libre de tanto afán por las cosas. Jesús desde la cruz nos enseña el fuerte valor de la renuncia. Porque cargados con pesos engorrosos nunca iremos  adelante. Necesitamos liberarnos de los tentáculos del consumismo y de los lazos del egoísmo, del querer siempre más, del no contentarnos nunca, del corazón cerrado a las necesidades del pobre. Jesús, que en el leño de la cruz arde de amor, nos llama a una vida ardiente de Él, que no se pierde entre las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad. ¿Es difícil vivir como Él pide? Sí, es difícil, pero conduce a la meta. Nos lo muestra la Cuaresma. Empieza con la ceniza, pero al final nos lleva al fuego de la noche de Pascua; a descubrir que, en el sepulcro, la carne de Jesús no se vuelve ceniza, sino que resurge gloriosa. También vale para nosotros, que somos polvo: si volvemos al Señor con nuestras fragilidades, si tomamos la vía del amor, abrazaremos la vida que no acaba. Y sin duda viviremos en la alegría.

 

 

‘Venga a nosotros tu Reino’: “Nuestro corazón se llena de luz con la esperanza de Cristo”

Resumen de la catequesis en español

marzo 06, 2019 11:24Rosa Die AlcoleaAudiencia General

(ZENIT – 6 marzo 2019).- Cuando decimos en el Padre Nuestro “venga a nosotros tu Reino”, “nuestro corazón se llena de luz con la esperanza de Cristo que viene a nuestro encuentro”, ha expresado el Papa Francisco en la catequesis pronunciada esta mañana.

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A las 9:20 horas, el Pontífice ha llegado a la plaza de San Pedro, este miércoles, 6 de marzo de 2019, en una cálida mañana de marzo cercana a la primavera, y ha recorrido los pasillos entre los fieles con el papamóvil, sobre el que ha subido a algunos niños a bordo, como acostumbra hacer en este evento.

En su discurso en italiano, continuando con el ciclo de catequesis sobre el ‘Padre Nuestro’, el Papa ha reflexionado esta mañana sobre la segunda invocación del Padre nuestro, que dice: “Venga a nosotros tu Reino” (Del libro de la Biblia: Del Evangelio según Mateo, 13, 31-32).

“Jesús ya desde el comienzo de su misión anunciaba la llegada del Reino, y animaba a la gente a convertirse para acoger en sus vidas la Buena Noticia de la salvación”, ha indicado el Santo Padre.

Pedimos a Dios “que no se aleje de nosotros”

Cuando en un mundo tan marcado por el pecado y el sufrimiento rezamos con la expresión “venga a nosotros tu Reino”, le pedimos a Dios “que no se aleje de nosotros, que lo necesitamos”.

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En sus parábolas, Jesús enseñó que el Reino de Dios crece y se propaga con paciencia y mansedumbre, ha señalado Francisco. “Que a pesar de tener una apariencia humilde, como un grano de mostaza o un poco de levadura, lleva dentro una fuerza capaz de transformar los corazones y el mundo”.

Estas parábolas manifiestan también “el misterio de Cristo, de su muerte y resurrección”. Él es como el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto, ha explicado el Pontífice.

 

 

Audiencia general, 6 de marzo de 2019 – Catequesis del Papa

“¡Venga a nosotros tu Reino!”

marzo 06, 2019 14:08Rosa Die AlcoleaAudiencia General

(ZENIT – 6 marzo 2019).- Reflexionando sobre la oración del ‘Padre Nuestro’, el Santo Padre ha indicado que “¡Venga a nosotros tu Reino!” es como decir: “¡Padre, te necesitamos!, ¡Jesús te necesitamos! ¡Necesitamos que en todas partes y para siempre seas Señor entre nosotros!”. “Venga a nosotros tu Reino, ven en medio de nosotros”.

La audiencia general ha tenido lugar esta mañana a las 9:20 horas, en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. Prosiguiendo el ciclo de catequesis sobre el Padre nuestro, el Papa se ha centrado en el tema “Venga a nosotros tu reino” (Pasaje bíblico: Evangelio de San Mateo, 13, 31-32).

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“¡Venga a nosotros tu Reino!”: “Sembremos esta palabra en medio de nuestros pecados y fracasos. Regalémosla a las personas que están derrotadas y dobladas por la vida, a los que han saboreado más odio que amor, a los que han vivido días inútiles sin haber entendido nunca por qué”, ha invitado el Papa Francisco en la audiencia general.

“El Reino de Dios es ciertamente una gran fuerza, la más grande que existe, pero no de acuerdo con los criterios del mundo. Por eso nunca parece tener mayoría absoluta”, explica Francisco.

“A veces nos preguntamos: ¿por qué este Reino se instaura tan lentamente?”, ha planteado el Papa. “Jesús dice que el Reino de Dios se asemeja a un campo donde el trigo bueno y la cizaña crecen juntos: el peor error sería querer intervenir inmediatamente extirpando del mundo las que nos parecen malas hierbas”.

La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica. A continuación, sigue la catequesis completa del Papa:

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Cuando rezamos el “Padre nuestro”, la segunda invocación con la que nos dirigimos a Dios es “venga a nosotros  tu Reino” (Mt 6, 10). Después de rezar para que su nombre sea santificado, el creyente expresa el deseo de que se acelere la venida de su Reino. Este deseo brotó, por así decirlo, desde el corazón mismo de Cristo, que comenzó su predicación en Galilea proclamando: “El tiempo se ha https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/03/FD246128030619-413x275.jpg

cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva “(Mc 1,15). Estas palabras no son en absoluto una amenaza, al contrario, son un anuncio feliz, un mensaje de alegría. Jesús no quiere empujar a la gente a que se convierta sembrando el temor del juicio inminente de Dios o el sentimiento de culpa por el mal cometido. Jesús no hace proselitismo: simplemente anuncia.

Al contrario, lo que Él trae es la Buena Nueva de la salvación, y a partir de ella  llama a convertirse. Todos están invitados a creer en el “evangelio”: el señorío de Dios se ha acercado a sus hijos. Esto es el Evangelio: el señorío de Dios se ha acercado a sus hijos. Y Jesús anuncia esta maravilla, esta gracia: Dios, el Padre, nos ama, está cerca de nosotros y nos enseña a caminar por el camino de la santidad.

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Los signos de la venida de este Reino son múltiples, y todos son positivos. Jesús comienza su ministerio cuidando a los enfermos, tanto en el cuerpo como en el espíritu, de aquellos que vivían una exclusión social, -por ejemplo, los leprosos- de los pecadores mirados con desprecio por todos, también por los que eran más pecadores que ellos, pero se hacían pasar por justos. Y  Jesús ¿cómo les llama? “Hipócritas”. El mismo Jesús indica estos signos, los signos del Reino de Dios: “Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y se anuncia a los pobres la Buena Nueva ” (Mt 11, 5).

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“¡Venga a nosotros tu Reino!”, repite con insistencia el cristiano cuando reza el “Padre nuestro”. Jesús ha venido. Pero el mundo todavía está marcado por el pecado, poblado por tanta gente que sufre, por personas que no se reconcilian y no perdonan, por guerras y por tantas formas de explotación; pensemos en la trata de niños, por ejemplo.

Todos estos hechos son una prueba de que la victoria de Cristo aún no se actuado completamente: muchos hombres y mujeres todavía viven con el corazón cerrado. Es sobre todo en estas situaciones que la segunda invocación del “Padre Nuestro” brota de  los labios del cristiano: “¡Venga a nosotros tu Reino!”. Que es como decir: “¡Padre, te necesitamos!, ¡Jesús te necesitamos! ¡Necesitamos que en todas partes y para siempre seas Señor entre nosotros!”. “Venga a nosotros tu Reino, ven en medio de nosotros”.

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A veces nos preguntamos: ¿por qué este Reino se instaura tan lentamente? Jesús ama hablar de su victoria con el lenguaje de las parábolas. Por ejemplo, dice que el Reino de Dios se asemeja a un campo donde el trigo bueno y la cizaña crecen juntos: el peor error sería querer intervenir inmediatamente extirpando del mundo las que nos parecen malas hierbas. Dios no es como nosotros, Dios tiene paciencia. El Reino de Dios no se instaura en el mundo con la violencia: su estilo de propagación es la mansedumbre (cf. Mt 13, 24-30).

El Reino de Dios es ciertamente una gran fuerza, la más grande que existe, pero no de acuerdo con los criterios del mundo. Por eso nunca parece tener mayoría absoluta. Es como la levadura que se amasa en la harina: aparentemente desaparece, pero es precisamente la que fermenta la masa (cf. Mt 13, 33). O es como un grano de mostaza, tan pequeño, casi invisible, pero lleva dentro la fuerza explosiva de la naturaleza, y una vez que crece, se convierte en el más grande de todos los árboles del jardín (cf. Mt 13, 31-32).

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En este “destino” del Reino de Dios podemos intuir la trama de la vida de Jesús: él también era un signo débil para sus contemporáneos, un evento casi desconocido para los historiadores oficiales de la época. El mismo se definió como un “grano de trigo” que muere en la tierra, pero solo de esta manera puede dar “mucho fruto” (cf. Jn 12,24). El símbolo de la semilla es elocuente: un día el campesino la hunde en la tierra (un gesto que parece un entierro), y luego, “duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él mismo sepa cómo “(Mc 4:27). Una semilla que brota es más obra de Dios que del hombre que la ha sembrado (cf. Mc 4, 27). Dios siempre nos precede, Dios siempre nos sorprende. Gracias a él después de la noche del Viernes Santo, hay un alba de Resurrección capaz de iluminar de esperanza al mundo entero.

“¡Venga a nosotros tu Reino!”. Sembremos esta palabra en medio de nuestros pecados y fracasos. Regalémosla a las personas que están derrotadas y dobladas por la vida, a los que han saboreado más odio que amor, a los que han vivido días inútiles sin haber entendido nunca por qué. Regalémosla a los que han luchado por la justicia, a todos los mártires de la historia, a los que han llegado a la conclusión de que han luchado por nada y de que el mal domina este mundo. Escucharemos entonces la oración del “Padre Nuestro” que responde. Repetirá por enésima vez esas palabras de esperanza, las mismas que el Espíritu ha puesto como sello de todas las Sagradas Escrituras: “¡Sí, vengo pronto!”. Amén. Ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús sea con todos “(Ap 22:20).

 

 

Cuaresma 2019: “La oración, limosna y ayuno nos ayuden a renovar nuestra vida cristiana”

Palabras a los peregrinos hispanohablantes

marzo 06, 2019 11:50Rosa Die AlcoleaAudiencia General

(ZENIT – 6 marzo 2019).- “Que la oración, la limosna y el ayuno nos ayuden a renovar nuestra vida cristiana, participando en la Pascua del Señor” ha encomendado el Papa Francisco, esta mañana en la audiencia general.

El Santo Padre ha deseado a todos los peregrinos y visitantes de lengua española, presentes en la plaza de San Pedro, este miércoles, 6 de marzo de 2019, un “feliz comienzo del tiempo de Cuaresma”, tiempo de conversión y de misericordia.

“Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española provenientes de España y América Latina”, ha expresado el Papa al concluir su resumen de la catequesis en español, hoy dedicada a la segunda el Papa ha reflexionado esta mañana sobre la segunda invocación del Padre nuestro, que dice: “Venga a nosotros tu Reino”.

En particular, Francisco se ha dirigido a los participantes en el “Encuentro Mundial de Transportistas y Empresarios, sobre Cambio climático, Tráfico humano, Tecnología y Transporte”, organizado por la Academia Pontificia de las Ciencias sociales. “Que el estudio de Laudato si’ los ayude a dar pasos significativos de justicia y solidaridad.

 

 

LA CRUZ DE CADA DÍA

— No puede haber un Cristianismo verdadero sin Cruz. La Cruz del Señor es fuente de paz y de alegría.

— La Cruz en las cosas pequeñas de cada día.

— Ofrecer las contrariedades. Detalles pequeños de mortificación.

I. Ayer comenzó la Cuaresma y hoy nos recuerda el Evangelio de la Misa que para seguir a Cristo es preciso llevar la propia Cruz: También les decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame1.

El Señor se dirige a todos y habla de la Cruz de cada día. Estas palabras de Jesús conservan hoy su más pleno valor. Son palabras dichas a todos los hombres que quieren seguirle, pues no existe un Cristianismo sin Cruz, para cristianos flojos y blandos, sin sentido del sacrificio. Las palabras del Señor expresan una condición imprescindible: el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo2. «Un Cristianismo del que se pretendiera arrancar la cruz de la mortificación voluntaria y la penitencia, so pretexto de que esas prácticas son residuos oscurantistas, medievalismos impropios de una época humanista, ese Cristianismo desvirtuado lo sería tan solo de nombre; ni conservaría la doctrina del Evangelio ni serviría para encaminar en pos de Cristo los pasos de los hombres»3. Sería un Cristianismo sin Redención, sin Salvación.

Uno de los síntomas más claros de que la tibieza ha entrado en un alma es precisamente el abandono de la Cruz, de la pequeña mortificación, de todo aquello que de alguna manera suponga sacrificio y abnegación.

Por otra parte, huir de la Cruz es alejarse de la santidad y de la alegría; porque uno de los frutos del alma mortificada es precisamente la capacidad de relacionarse con Dios y con los demás, y también una profunda paz en medio de la tribulación y de dificultades externas. La persona que abandona la mortificación queda atrapada por los sentidos y se hace incapaz de un pensamiento sobrenatural.

Sin espíritu de sacrificio y de mortificación no hay progreso en la vida interior. Dice San Juan de la Cruz que si hay pocos que llegan a un alto estado de unión con Dios se debe a que muchos no quieren sujetarse «a mayor desconsuelo y mortificación»4. Y escribe el mismo santo: «Y jamás, si quiere llegar a poseer a Cristo, le busque sin la cruz»5.

No olvidemos, pues, que la mortificación está muy relacionada con la alegría, y que cuando el corazón se purifica se torna más humilde para tratar a Dios y a los demás. «Esta es la gran paradoja que lleva consigo la mortificación cristiana. Aparentemente, el aceptar y, más, el buscar el sufrimiento parece que debiera hacer de los buenos cristianos, en la práctica, los seres más tristes, los hombres que “peor lo pasan”.

»La realidad es bien distinta. La mortificación solo produce tristeza cuando sobra egoísmo y falta generosidad y amor de Dios. El sacrificio lleva siempre consigo la alegría en medio del dolor, el gozo de cumplir la voluntad de Dios, de amarle con esfuerzo. Los buenos cristianos viven quasi tristes, semper autem gaudentes (2 Cor 6, 10): como si estuvieran tristes, pero en realidad siempre alegres»6.

II. «La Cruz cada día. Nulla dies sine cruce!, ningún día sin Cruz: ninguna jornada, en la que no carguemos con la cruz del Señor, en la que no aceptemos su yugo (...).

»El camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Dios mismo nos ayuda y con Él no cabe la tristeza. In laetitia, nulla die sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz»7.

La Cruz del Señor, con la que hemos de cargar cada día, no es ciertamente la que produce nuestros egoísmos, envidias, pereza, etcétera, no son los conflictos que producen nuestro hombre viejo y nuestro amar desordenado. Esto no es del Señor, no santifica.

En alguna ocasión, encontraremos la Cruz en una gran dificultad, en una enfermedad grave y dolorosa, en un desastre económico, en la muerte de un ser querido: «(...) no olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios.

»Es la hora de amar la mortificación pasiva, que viene –oculta o descarada e insolente– cuando no la esperamos»8. El Señor nos dará las fuerzas necesarias para llevar con garbo esa Cruz y nos llenará de gracias y frutos inimaginables. Comprendemos que Dios bendice de muchas maneras, y frecuentemente, a sus amigos, haciéndonos partícipes de su Cruz y corredentores con Él.

Sin embargo, lo normal será que encontremos la Cruz de cada día en pequeñas contrariedades que se atraviesan en el trabajo, en la convivencia: puede ser un imprevisto con el que no contábamos, el carácter difícil de una persona con la que necesariamente hemos de convivir, planes que debemos cambiar a última hora, instrumentos de trabajo que se estropean cuando más necesarios eran, molestias producidas por el frío o el calor o el ruido, incomprensiones, una leve enfermedad que nos disminuye la capacidad de trabajo en ese día...

Hemos de recibir estas contrariedades diarias con ánimo grande, ofreciéndolas al Señor con espíritu de reparación: sin quejarnos, pues esa queja frecuentemente señala el rechazo de la Cruz. Estas mortificaciones, que llegan sin esperarlas, pueden ayudarnos, si las recibimos bien, a crecer en el espíritu de penitencia que tanto necesitamos, y a mejorar en la virtud de la paciencia, en caridad, en comprensión: es decir, en santidad. Si las recibiéramos con mal espíritu podrían sernos motivo de rebeldía, de impaciencia o de desaliento. Muchos cristianos han perdido la alegría al final de la jornada, no por grandes contrariedades, sino por no haber sabido santificar el cansancio propio del trabajo, ni las pequeñas dificultades que han ido surgiendo durante el día. La Cruz –pequeña o grande– aceptada, produce paz y gozo en medio del dolor y está cargada de méritos para la vida eterna; cuando no se acepta la Cruz, el alma queda desilusionada o con una íntima rebeldía, que sale enseguida al exterior en forma de tristeza y de mal humor. «Cargar con la Cruz es algo grande, grande... Quiere decir afrontar la vida con coraje, sin blanduras ni vilezas; quiere decir transformar en energía moral las dificultades que nunca faltarán en nuestra existencia; quiere decir comprender el dolor humano, y, por último, saber amar verdaderamente»9. El cristiano que va por la vida rehuyendo sistemáticamente el sacrificio no encontrará a Dios, no encontrará la felicidad. Rehúye también la propia santidad.

III. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo... Además de aceptar la Cruz que sale a nuestro encuentro, muchas veces sin esperarla, debemos buscar otras pequeñas mortificaciones para mantener vivo el espíritu de penitencia que nos pide el Señor. Para progresar en la vida interior será de gran ayuda tener varias mortificaciones pequeñas fijas, previstas de antemano, para hacerlas cada día.

Estas mortificaciones buscadas por amor a Dios serán valiosísimas para vencer la pereza, el egoísmo que aflora en todo instante, la soberbia, etc. Unas nos facilitarán el trabajo, teniendo en cuenta los detalles, la puntualidad, el orden, la intensidad, el cuidado de los instrumentos que utilizamos; otras estarán orientadas a vivir mejor la caridad, en particular con las personas con quienes convivimos y trabajamos: saber sonreír aunque nos cueste, tener detalles de aprecio hacia los demás, facilitarles su trabajo, atenderlos amablemente, servirles en las pequeñas cosas de la vida corriente, y jamás volcar sobre ellos, si lo tuviéramos, nuestro malhumor; otras mortificaciones están orientadas a vencer la comodidad, a guardar los sentidos internos y externos, a vencer la curiosidad; mortificaciones concretas en la comida, en el cuidado del arreglo personal, etcétera. No es preciso que sean cosas muy grandes, sino que se adquiera el hábito de hacerlas con constancia y por amor a Dios.

Como la tendencia general de la naturaleza humana es la de rehuir lo que suponga esfuerzo, debemos puntualizar mucho en esta materia, para no quedarnos solo en los buenos deseos. Por eso en ocasiones será muy útil incluso apuntarlas, para repasarlas en el examen o en otros momentos del día y no dejar que se olviden. Recordemos también que las mortificaciones más gratas al Señor son aquellas que hacen referencia a la caridad, al apostolado y al cumplimiento más fiel de nuestro deber.

Digámosle a Jesús, al acabar nuestro diálogo con Él, que estamos dispuestos a seguirle, cargando con la Cruz, hoy y todos los días.

1 Lc 9, 23. — 2 Lc 14, 27. — 3 J. Orlandis, Ocho bienaventuranzas, Pamplona 1982, p. 72. — 4 San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, II, 7. — 5 ídem, Carta al P. Juan de Santa Ana, 23. — 6 R. M. de Balbín, Sacrificio y alegría, Rialp. 2ª ed., Madrid 1975, p. 123. — 7 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 176. — 8 ídem, Amigos de Dios, 301. — 9 Pablo VI, Alocución 24-III-1967.

 

 

"Vivid una particular comunión de los santos"

Comunión de los Santos. -¿Cómo te lo diría? -¿Ves lo que son las transfusiones de sangre para el cuerpo? Pues así viene a ser la Comunión de los Santos para el alma. (Camino, 544)

Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo. (Camino, 544)
Aquí estamos, consummati in unum! (Ioh XVII, 23.), en unidad de petición y de intenciones, dispuestos a comenzar este rato de conversación con el Señor, con el deseo renovado de ser instrumentos eficaces en sus manos. Ante Jesús Sacramentado –¡cómo me gusta hacer un acto de fe explícita en la presencia real del Señor en la Eucaristía!–, fomentad en vuestros corazones el afán de transmitir, con vuestra oración, un latido lleno de fortaleza que llegue a todos los lugares de la tierra, hasta el último rincón del planeta donde haya un hombre que gaste generosamente su existencia en servicio de Dios y de las almas. Porque, gracias a la inefable realidad de la Comunión de los Santos, somos solidarios –cooperadores, dice San Juan (3 Ioh, 8.)– en la tarea de difundir la verdad y la paz del Señor. (Amigos de Dios, 154).

 

Mensaje del Prelado (7 marzo 2019)

La Iglesia -dice el Prelado en este mensaje- es Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo. Por eso, los cristianos debemos 'sentire cum Ecclesia'.

CARTAS PASTORALES Y MENSAJES07/03/2019

Queridísimos, ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

San Josemaría nos exhortaba, con su palabra y su ejemplo, a sentire cum Ecclesia; a vivir en plena sintonía con la Iglesia. Una sintonía que nos lleva a alegrarnos con sus alegrías y a sufrir con sus sufrimientos.

En años difíciles, en los que san Pablo VI llegó a decir que «el humo de satanás» se introducía por las grietas de la Iglesia, nuestro Padre nos insistió en que eran «tiempos de rezar» y «tiempos de reparar». Esta misma exhortación querría que resonara también ahora en nuestras almas, ante la situación presente –distinta pero no menos difícil que aquella–, en la que junto a confusión doctrinal y errores prácticos, es muy penosa la división. También por esto, procuremos ser buenos hijos de la Iglesia, ayudando con nuestra oración al Papa en su misión de principio visible de unidad de fe y comunión.

Hijas e hijos míos, considerar las dificultades de la hora presente, ciertamente graves, no nos puede llevar a una actitud pesimista ni desesperanzada. Sobre todo porque, aunque compuesta por mujeres y hombres débiles, la Iglesia es Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Sacramento universal de salvación. Por otra parte, como nos decía don Javier –y de lo que todos tenemos experiencia–, «¡cuánta gente buena hay en el mundo!».

En la oración por la Iglesia, acudamos con frecuencia a san Miguel Arcángel, como el Papa Francisco pidió hace unos meses; a san José, patrono de la Iglesia universal, en especial el próximo día 19; y siempre a Santa María, Mater Ecclesiae.

Con todo cariño os bendice, en este comienzo de la Cuaresma,

vuestro Padre

Roma, 7 de marzo de 2019

 

«Trabajo y santidad»: un libro con reflexiones del prelado

“Trabajo y santidad. Coloquio con Monseñor Fernando Ocáriz” es un libro, publicado por la profesora Maria Aparecida Ferrari, que recoge un coloquio con el prelado del Opus Dei.

Del Prelado06/03/2019

Opus Dei - «Trabajo y santidad»: un libro con reflexiones del prelado

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“Trabajo y santidad. Coloquio con Monseñor Fernando Ocáriz” (Palabra 2019) contiene, entre otros textos, la transcripción de un diálogo entre profesores universitarios y mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, sobre las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer respecto a la santificación del trabajo profesional. Se trata de un encuentro académico que tuvo lugar en Roma en octubre de 2017, al final del congreso internacional “The Heart of Work” − “Un alma para el trabajo profesional”.

El volumen ha sido publicado también en italiano y próximamente se hará en inglés y portugués.

Portada del libro.Portada del libro.

El texto del coloquio está precedido por una introducción de la profesora María Aparecida Ferrari, en la que presenta un vídeo sobre la santificación del trabajo, compuesto por fragmentos de tertulias con san Josemaría alrededor de 1974, cuyo estreno abrió paso al coloquio con mons. Ocáriz.

El libro ofrece también un marco de referencia, al iniciarse con una breve "Nota histórica y teológica" del profesor Javier López Díaz. Al final de la publicación se ofrece además una selección bibliográfica sobre la visión cristiana del trabajo y sobre la santificación de la actividad profesional en las enseñanzas de san Josemaría.

Ofrecemos a continuación un extracto del libro, correspondiente al comentario que monseñor Fernando Ocáriz realizó del vídeo que ofrecemos bajo estas líneas:

 

 

 

 

“La santificación del trabajo puede explicarse de distintas maneras. San Josemaría escribió en un punto de Camino: «Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo» (n. 359). Esto no significa simplemente añadir al trabajo un ornamento externo de devoción. Se trata de la finalidad misma del trabajo: el porqué y el para qué, que determinan el modo mismo de llevarlo a cabo”.

“Entonces, ¿cuál es el ‘motivo sobrenatural’ del que depende la santificación del trabajo? No puede ser otro que el amor de Dios y, como parte inseparable de este amor, el servicio a los demás. Santificar el trabajo es esto: hacerlo por amor de Dios y para servir a los demás, y ello exige hacerlo bien, con profesionalidad, término que san Josemaría utiliza con frecuencia. Es preciso trabajar bien –lo hemos escuchado en el vídeo– porque «Dios no acepta chapuzas» (Amigos de Dios, n. 55), no podemos ofrecerle cosas hechas mal conscientemente, es decir, sin cuidar los detalles, sin buscar la perfección de lo que se hace. […] El trabajo «nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor» (Es Cristo que pasa, n. 48). Esta es la raíz gracias a la cual el trabajo se hace –puede hacerse– algo realmente santo y santificador”.

Pregunta: “¿Sería justo destacar, según la enseñanza de san Josemaría, que Dios nos observa como un espectador mientras trabajamos?”

“Dios, ¿un espectador? Si se entiende la idea de espectador de modo extrínseco, pienso que Dios es mucho más que un espectador. En el sentido más profundo, Él es siempre un protagonista, incluso cuando no lo sepamos o no queramos saberlo, ya que, en todo, dependemos de Él, que nos sostiene en el ser. Además, si se habla de la santificación del trabajo, la presencia de Dios no es solo la de alguien que está fuera, a quien ofrecemos lo que hacemos. Dios está con nosotros y dentro de nosotros. Trabajamos con Cristo y en Cristo. Dice san Pablo: «Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor; porque ya vivamos, ya muramos, del Señor somos» (Rm 14,8). De modo que nuestra relación con Dios no es nunca como la que podríamos tener con alguien que simplemente nos observa. Pero si no se considera la figura del espectador como alguien que observa desde fuera, sino entendiéndolo en el modo en que, en la Santísima Trinidad, el Padre mira al Hijo y a aquellos que son “hijos en el Hijo” (Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22), entonces es legítimo hablar en esos términos”.

 

 

La penitencia

Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia ofreciéndonos una nueva posibilidad de convertirnos y de recuperar, después del Bautismo, la gracia de la justificación.

Resúmenes de fe cristiana10/12/2016

Opus Dei - Tema 22. La penitencia

Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama 'contrición perfecta'.

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1. La lucha contra el pecado después del Bautismo

1.1. Necesidad de la conversión

A pesar de que el Bautismo borra todo pecado, nos hace hijos de Dios y dispone a la persona para recibir el regalo divino de la gloria del Cielo, sin embargo en esta vida quedamos aún expuestos a caer en el pecado; nadie está eximido de tener que luchar contra él, y las caídas son frecuentes. Jesús nos ha enseñado a rezar en el Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», y esto no de vez en cuando, sino todos los días, muy a menudo. El apóstol San Juan dice también: «Si decimos: ‘no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). Y a los cristianos de primera hora en Corinto, san Pablo exhortaba: «En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios» (2 Co 5, 20).

Así pues, la llamada de Jesús a la conversión: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15), no se dirige sólo a los que aún no le conocen, sino a todos los fieles cristianos que también deben convertirse y avivar su fe. «Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia» (Catecismo, 1428).

1.2. La penitencia interior

La conversión comienza en nuestro interior: la que se limita a apariencias externas no es verdadera conversión. Uno no se puede oponer al pecado, en cuanto ofensa a Dios, sino con un acto verdaderamente bueno, acto de virtud, con el que se arrepiente de aquello con lo que ha contrariado la voluntad de Dios y busca activamente eliminar ese desarreglo con todas sus consecuencias. En eso consiste la virtud de la penitencia.

«La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia» (Catecismo, 1431).

La penitencia no es una obra exclusivamente humana, un reajuste interior fruto de un fuerte dominio de sí mismo, que pone en juego todos los resortes del conocimiento propio y una serie de decisiones enérgicas. «La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo» ( Catecismo, 1432).

1.3. Diversas formas de penitencia en la vida cristiana

La conversión nace del corazón, pero no se queda encerrada en el interior del hombre, sino que fructifica en obras externas, poniendo en juego a la persona entera, cuerpo y alma. Entre ellas destacan, en primer lugar, las que están incluidas en la celebración de la Eucaristía y las del sacramento de la Penitencia, que Jesucristo instituyó para que saliéramos victoriosos en la lucha contra el pecado.

Además, el cristiano tiene otras muchas formas de poner en práctica su deseo de conversión. «La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cfr. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás» (Catecismo, 1434). A esas tres formas se reconducen, de un modo u otro, todas las obras que nos permiten rectificar el desorden del pecado.

Con el ayuno se entiende no sólo la renuncia moderada al gusto en los alimentos, sino también todo lo que supone exigir al cuerpo y no darle gusto con el fin de dedicarnos a lo que Dios nos pide para el bien de los demás y el propio. Como oración podemos entender toda aplicación de nuestras facultades espirituales –inteligencia, voluntad, memoria– a unirnos a Dios Padre nuestro en conversación familiar e íntima. Con relación a los demás, la limosna no es sólo dar dinero u otros bienes materiales a los necesitados, sino también otros tipos de donación: compartir el propio tiempo, cuidar a los enfermos, perdonar a los que nos han ofendido, corregir al que lo necesita para rectificar, dar consuelo a quien sufre, y otras muchas manifestaciones de entrega a los demás.

La Iglesia nos impulsa a las obras de penitencia especialmente en algunos momentos, que nos sirven además para ser más solidarios con los hermanos en la fe. «Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia» (Catecismo, 1438).

2. El sacramento de la Penitencia y Reconciliación

2.1. Cristo instituyó este sacramento

«Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» (Catecismo, 1446).

Jesús, durante su vida pública, no sólo exhortó a los hombres a penitencia, sino que acogiendo a los pecadores los reconciliaba con el Padre [1]. «Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23)» ( Catecismo, 976). Es un poder que se transmite a los obispos, sucesores de los apóstoles como pastores de la Iglesia, y a los presbíteros, que son también sacerdotes del Nuevo Testamento, colaboradores de los obispos, en virtud del sacramento del Orden. «Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico» ( Catecismo, 1442).

2.2. Nombres de este sacramento

Recibe diversos nombres según se ponga de relieve un aspecto u otro. «Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador» ( Catecismo, 1423); «de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia» (Catecismo, 1424); «de la confesión porque […] la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento» (ibidem); «del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente el perdón y la paz» (ibidem); «de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión» (Catecismo, 1423).

2.3. Sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia

«Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones» (Lumen gentium, 11).

«Porque el pecado es una ofensa hecha o Dios, que rompe nuestra amistad con él, la penitencia “tiene como término el amor y el abandono en el Señor”. El pecador, por tanto, movido por la gracia del Dios misericordioso, se pone en camino de conversión, retorna al Padre, que: «nos amó primero», y a Cristo, que se entregó por nosotros, y al Espíritu Santo, que ha sido derramado copiosamente en nosotros» [2].

«“Por arcanos y misteriosos designios de Dios, los hombres están vinculados entre sí por lazos sobrenaturales, de suerte que el pecado de uno daña a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a los otros”, por ello la penitencia lleva consigo siempre una reconciliación a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a quienes el propio pecado perjudica» [3].

2.4. La estructura fundamental de la Penitencia

«Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Cristo y establece el modo de la satisfacción» (Compendio, 302).

3. Los actos del penitente

Son «los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción» (Catecismo, 1448).

3.1. La contrición

«Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”» ( Catecismo , 1451 [4]).

«Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta”(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental» (Catecismo, 1452).

«La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia» (Catecismo, 1453).

«Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas» (Catecismo, 1454).

3.2. La confesión de los pecados

«La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia: “En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo (cfr. Ex 20,17; Mt 5,28), pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos”» (Catecismo, 1456 [5]).

«La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión» [6]. La confesión de las culpas nace del verdadero conocimiento de sí mismo ante Dios, fruto del examen de conciencia, y de la contrición de los propios pecados. Es mucho más que un desahogo humano: «La confesión sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino» [7].

Al confesar los pecados el cristiano penitente se somete al juicio de Jesucristo, que lo ejercita por medio del sacerdote, el cual prescribe al penitente las obras de penitencia y lo absuelve de los pecados. El penitente combate el pecado con las armas de la humildad y la obediencia.

3.3. La satisfacción

«La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también penitencia » ( Catecismo, 1459).

El confesor, antes de dar la absolución, impone la penitencia, que el penitente debe aceptar y cumplir luego. Esa penitencia le sirve como satisfacción por los pecados y su valor proviene sobre todo del sacramento: el penitente ha obedecido a Cristo cumpliendo lo que Él ha establecido sobre este sacramento, y Cristo ofrece al Padre esa satisfacción de un miembro suyo.

Antonio Miralles

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


 

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1422-1484.

Lecturas recomendadas

Ordo Paenitentiae , Praenotanda, 1-30.

Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Pænitentia, 2-XII-1984, 28-34.

Pablo VI, Const. Ap. Indulgentiarum doctrina, 1-I-1967.


[1] «Al ver Jesús la fe de ellos, dijo: “Hombre, tus pecados te son perdonados”» ( Lc 5, 20); «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia» (Lc 5, 31-32); «Entonces le dijo a ella: Tus pecados quedan perdonados» (Lc 7, 48).

[2] Ordo Paenitentiae, Praenotanda, 5 (las citas textuales en castellano están tomadas de la traducción de la Conferencia Episcopal Española). La última frase de la cita está tomada de la constitución Pænitemini, 17-II-1966, de Pablo VI.

[3] Ibidem. La cita dentro de este texto es de Pablo VI, const. Indulgentiarum doctrina, 1-I-1967, 4.

[4] La cita que recoge el Catecismo es del Concilio de Trento (DS 1676).

[5] La cita que recoge el Catecismo es del Concilio de Trento (DS 1680).

[6] Ordo Paenitentiae , Praenotanda, 31.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 78.

 

© Fundación Studium, 2016 y © Oficina de Información del Opus Dei, 2016.

 

 

¿Cómo quieres vivir esta Cuaresma?

Sheila Morataya
 

vivircuaresma

Comienza la cuaresma, un año más, una llamada más, una oportunidad para hacer penitencia y renovarnos interiormente  para preparar la Pascua del Señor.

A partir de esta semana, la liturgia de la Iglesia nos estará invitando a través de las lecturas a entrar en una profunda reflexión sobre nuestra vida, sobre los motivos que nos mueven a hacer lo que hacemos, purificando la mente, el corazón y el alma para recomenzar de nuevo o para aquellos que ya caminan en Cristo para unirse más profundamente a su amor.

Muchos esperamos impacientes el día miércoles,  vamos a ponernos la ceniza. Muchos niños por primera vez tendrán esta experiencia y si los adultos sabemos explicárselos bien y sobre todo damos ejemplo de convicción en esta enseñanza de la Iglesia, serán tocados para siempre en su alma, mente y corazón.

¿Estaremos conscientes todos que significa el miércoles de ceniza para el cristiano? ¿Sabemos con qué tipo de espíritu, consciencia, entrega pudiéramos vivir en esos días y lo que hace en nuestra alma si lo hacemos bien?

Cuando nos dirigimos hacia el altar para la imposición de las cenizas en nuestra frente, el sacerdote nos recuerda las palabras del Génesis después del pecado original: “Memento homo, quia pulvis es… “Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir”.

Memento homo…. Acuérdate… sí, creo que la primera soy yo,  que me olvido fácil del Señor.  Se me hace difícil seguir muchas veces. Especialmente cuando me pasan cosas que no comprendo.

Aún y cuando sé que esta es la vida de un cristiano muchas veces pierdo de vista que sin el Señor no somos nada.

Cuánta es la sabiduría de la Iglesia,  que sabe lo que necesitan sus hijos y cada año nos invita, poniendo como punto de partida la imposición de la ceniza en nuestra frente,  a que nos despeguemos de las cosas de la tierra, de los deseos que nos mueven y de tantas cosas más para volver los ojos y el corazón a Él; y nos convirtamos.

Pero ¿qué quiere decir convertirse?  Convertirse es creer.   Bajar los brazos. Rendir la propia inteligencia a la fe, al mensaje que trajo Jesús, que viene para morir por ti y por mí, para que seamos buenos, para que entremos al cielo y conozcamos la plenitud de la felicidad.

¿Y de qué nos debemos convertir?  Del pecado que nos nubla el entendimiento,  llena de maleza el corazón y lo endurece.

Hay que orar mucho los unos por los otros. Hay que orar por todos los miembros de la Iglesia, por los que estando heridos quieren servir a Dios. Para que  en este tiempo de apariencias, sonidos y luces seamos muchos más lo que nos acerquemos a Dios para poder iluminar a los que se han dejado seducir por lo que no es la verdad.

Jesús vino por cada uno de nosotros y por ellos.

Todos somos ellos

Un día yo vivía entre ellos y Jesús se me presento, encontrando en mí un corazón contrito, necesitado, adolorido, conocedor de sus faltas y pecados y dispuesta a eliminarlos.

“os acordaréis de vuestros malos caminos, de vuestros días que no fueron buenos” nos dice Ezequiel 36:31,32.

Esta semana representa una gran oportunidad para vivir un miércoles diferente. Me pregunto ¿qué podría pasar en el corazón de nosotros los cristianos si no hiciéramos esto sólo un miércoles al año? ¿Qué podría transformarse e iluminarse en nuestro propio corazón sin cada miércoles nos dedicáramos a pensar que somos polvo de la tierra y que a ese polvo vamos a volver?

Pienso que nuestra perspectiva de lo que queremos cambiaria. Pienso que nos abandonaríamos a servirnos unos a otros; a amarnos unos a otros con completa caridad.  ¿Acaso no es esto lo que mostraba Jesús cuando  miró a Pedro? ¿Acaso no es esto lo que nos enseñó Jesús cuando lo perdonó?

San Juan Pablo II nos dejó escrito que: “convertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo  el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver empezar siempre, avanzar cada día”.

Yo me invito y te invito a que este miércoles de ceniza nos preguntemos:

“¿Por qué voy hoy a imponerme la ceniza? ¿Para qué decido ir este miércoles a imponerme la ceniza?”

Tratemos de que cada uno se haga un plan concreto de trabajo sobre el alma, recordemos la penitencia, la mortificación, el perdón, la oración… y sepamos qué hacer para poder ofrecer obras dignas, diariamente al Señor, durante esta Cuaresma que comienza hoy.

Mirémosla y vivámosla como un tiempo de gracia que se nos da, una oportunidad única de purificación, desintoxicación, cambio y esperanza.

Sheila Morataya

 

Conciencia y verdad

14 mayo 2013. Joseph Ratzinger

Humanitas.cl

“Cuando lo moral es una realidad interior y el hombre se eleva interiormente por encima de sí mismo, la moralidad y la libertad dejan de ser antagónicas para convertirse en realidades que se basan la una en la otra y se requieren recíprocamente”

      En el actual debate sobre la naturaleza propia de la moralidad y sobre las modalidades de su conocimiento, la cuestión de la conciencia se ha convertido en el punto crucial de la discusión, sobre todo en el ámbito de la teología moral católica. El debate gira en torno a los conceptos de libertad y de norma, de autonomía y de heteronomía, de autodeterminación y de determinación desde el exterior mediante la autoridad. En él a la conciencia se la presenta como el baluarte de la libertad frente a las limitaciones de la existencia impuestas por la autoridad. En dicho contexto están contrapuestas de este modo dos concepciones del catolicismo: por una parte, la comprensión renovada de su esencia, que explica la fe cristiana partiendo de la libertad y como principio de la libertad, y por otra, un modelo superado, “preconciliar”, que somete la existencia cristiana a la autoridad, la cual mediante normas regula la vida hasta en sus aspectos más íntimos y trata de esta manera de mantener un poder de control sobre los hombres. Así pues “moral de la conciencia” y “moral de la autoridad” parecen contraponerse entre sí como dos modelos incompatibles; la libertad de los cristianos se pondría a salvo apelándose al principio clásico de la tradición moral, según el cual la conciencia es la norma suprema que siempre se debe seguir, incluso frente a la autoridad. Y si la autoridad en este caso: el Magisterio eclesiástico quiere tratar de la moral, desde luego que puede hacerlo, pero solamente proponiendo elementos para que la conciencia se forme un juicio autónomo, si bien aquélla ha de tener siempre la última palabra. Algunos autores conectan este carácter de última instancia, propio de la conciencia, a la fórmula según la cual la conciencia es infalible.

      Llegados aquí se puede presentar una contradicción. Ni que decir tiene que siempre se ha de seguir un dictamen claro de la conciencia, o que por lo menos, nunca se puede ir contra él. Pero otra cuestión es, si el juicio de conciencia, o lo que se toma como tal, tiene también siempre razón, es decir, si es infalible. Si así fuera, querría decir que no existe ninguna verdad, por lo menos en materia de moral y religión, es decir en el ámbito de los fundamentos de nuestra existencia. Desde el momento que los juicios de conciencia se contradicen, se tendría sólo una verdad del sujeto, que se reduciría a su sinceridad. No habría ni puerta ni ventana que pudiera llevarnos del sujeto al mundo circunstante y a la comunión de los hombres.

      Aquel que tenga el valor de llevar esta concepción hasta sus últimas consecuencias llegará a la conclusión de que no existe ninguna verdadera libertad y que lo que suponemos que son dictámenes de la conciencia, no son en realidad más que reflejos de las condiciones sociales. Esto tendría que llevar al convencimiento de que la contraposición entre libertad y autoridad deja algo de lado; que tiene que haber algo aún más profundo, si se quiere que libertad y, por consiguiente, humanidad tengan un sentido. La conciencia errónea

Una conversación sobre la conciencia errónea y algunas primeras conclusiones

      De esta manera se ha hecho evidente que la cuestión de la conciencia nos lleva al centro del problema moral, de la misma manera que la cuestión de la existencia humana. Ahora quisiera tratar de exponer la referida cuestión, no como reflexión rigurosamente conceptual, sino más bien de forma narrativa, como hoy se dice, contando antes que nada la historia de mi acercamiento personal a este problema. La primera vez que fui consciente de la cuestión, en toda su urgencia, fue al principio de mi actividad académica. Una vez, un colega más anciano, muy interesado en la situación del ser cristiano en nuestro tiempo, opinaba en una discusión que había que dar gracias a Dios por haber concedido a tantos hombres la posibilidad de ser no creyentes en buena conciencia. Si se les hubiera abierto los ojos y se hubieran hecho creyentes, no habrían sido capaces, en un mundo como el nuestro, de llevar el peso de la fe y sus deberes morales. Sin embargo, y puesto que recorren un camino diferente en buena conciencia, pueden igualmente alcanzar la salvación. Lo que me asombró de esta afirmación no fue tanto la idea de una conciencia errónea concedida por Dios mismo para poder salvar con esta estratagema a los hombres, la idea, por así decir, de una ceguera mandada por Dios mismo para la salvación de estas personas. Lo que me turbó fue la concepción de que la fe es un peso difícil de sobrellevar y que sólo pueden soportarlo naturalezas particularmente fuertes: casi una forma de castigo, y siempre un conjunto oneroso de exigencias difíciles de afrontar. Según esta concepción, la fe, en lugar de hacer más accesible la salvación, la dificulta. Así pues, tendría que ser feliz precisamente aquel a quien no se le carga con el peso de tener que creer y de tener que someterse al yugo moral, que conlleva la fe de la Iglesia Católica. La conciencia errónea, que permite vivir una vida más fácil e indica un camino más humano sería por lo tanto la verdadera gracia, el camino normal hacia la salvación. La no verdad, el quedarse lejos de la verdad, sería para el hombre mejor que la verdad. No sería la verdad lo que le liberaría, sino más bien tendría que liberarse de ella. Dentro de su propia casa el hombre estaría más en las tinieblas que en la luz; la fe no sería un don del buen Dios, sino más bien una maldición. Así las cosas, ¿cómo puede la fe provocar gozo? Más aún, ¿quién podría tener el valor de transmitir la fe a los demás? ¿No será mejor ahorrarles este peso o incluso mantenerlos lejos de él? En los últimos decenios, concepciones de este tipo han paralizado visiblemente el impulso de la evangelización: quien entiende la fe como una carga pesada, como una imposición de exigencias morales, no puede invitar a los otros a creer; más bien prefiere dejarles en la presunta libertad de su buena fe.

      Quien hablaba de esta manera era un sincero creyente, mejor dicho: un católico riguroso, que cumplía con su deber con convicción y escrupulosidad. Sin embargo, expresaba de esta manera una modalidad de experiencia de fe, que puede sólo inquietar y cuya difusión podría ser fatal para la fe. La aversión, que llega a ser traumática en muchos, contra lo que consideran un tipo de catolicismo “preconciliar” deriva, en mi opinión, del encuentro con una fe de este tipo, que hoy casi no es más que un peso. Aquí sí que surgen cuestiones de la máxima importancia: ¿Puede verdaderamente una fe semejante ser un encuentro con la verdad? La verdad sobre el hombre y sobre Dios, ¿es de veras tan triste y tan pesada, o en cambio la verdad no consiste, precisamente, en la superación de un legalismo similar?

      ¿Es que no consiste en la libertad? ¿Pero adónde conduce la libertad? ¿Qué camino nos indica? En la conclusión tendremos que volver a estos problemas fundamentales de la existencia cristiana hoy; pero antes es menester volver al núcleo central de nuestro tema, a la conciencia. Como ya he dicho, lo que me asustó del argumento antes mencionado fue sobre todo la caricatura de la fe, que yo creí entrever. Sin embargo, reflexionando desde otro ángulo, me pareció que era falso incluso el concepto de conciencia del que se partía. La conciencia errónea protege al hombre de las onerosas exigencias de la verdad y así la salva...: esta era la argumentación. Aquí la conciencia no se presenta como la ventana desde la que el hombre abarca con su vista la verdad universal, que nos funda y sostiene a todos y que una vez reconocida por todos hace posible la solidaridad del querer y la responsabilidad. En esta concepción la conciencia no es la apertura del hombre hacia el fundamento de su ser, la posibilidad de percibir lo más elevado y esencial. Más bien parece ser el cascarón de la subjetividad, en el que el hombre se puede esconder huyendo de la realidad. Está aquí presupuesto, precisamente, el concepto de conciencia del liberalismo. La conciencia no abre las puertas al camino liberador de la verdad, la cual o no existe en absoluto o es demasiado exigente para nosotros. La conciencia es la instancia que nos exime de la verdad. Se transforma en la justificación de la subjetividad, que ya no se deja poner en discusión, y así como en la justificación del conformismo social, que como mínimo común denominador entre las diferentes subjetividades, tiene como tarea el hacer posible la vida en la sociedad. Desaparece el deber de buscar la verdad, como también las dudas sobre las tendencias generales predominantes en la sociedad y todo lo que en ella se ha vuelto costumbre. Es suficiente estar convencido de las propias opiniones, así como adaptarse a las de los demás. El hombre queda reducido a sus convicciones superficiales que, cuanto menos profundas sean tanto mejor para él.

      Lo que en un principio me había parecido sólo marginalmente claro, en esta discusión, se me mostró en toda su evidencia algo después, durante una disputa entre colegas, a propósito del poder de justificación de la conciencia errónea. Alguien objetó a esta tesis que, si esto tuviera un valor universal, entonces hasta los miembros de las SS nazis estarían justificados y tendríamos que buscarlos en el paraíso. Estos, efectivamente, llevaron a cabo sus atrocidades con fanática convicción y también con una absoluta certeza de conciencia. A lo que otro respondió con la máxima naturalidad, que realmente era así: no hay ninguna duda de que Hitler y sus cómplices, que estaban profundamente convencidos de su causa, no hubieran podido obrar de otra manera y que por lo tanto, por mucho que sus acciones hayan sido objetivamente espantosas, a nivel subjetivo, se comportaron moralmente bien. Desde el momento que ellos siguieron su conciencia, por deformada que estuviera, se tendría que reconocer que su comportamiento era para ellos moral y por lo tanto no se pondría en tela de juicio su salvación eterna. Después de esta conversación tuve la absoluta certeza de que había algo que no cuadraba en esta teoría sobre el poder justificativo de la conciencia subjetiva, con otras palabras: tuve la seguridad de que un concepto de conciencia que llevaba a conclusiones semejantes tenía que ser falso. Una firme convicción subjetiva y la consiguiente falta de dudas y escrúpulos no justifican absolutamente al hombre. Unos treinta años después, encontré sintetizadas en las lúcidas palabras del sicólogo Albert Gorres las intuiciones, que desde hacía mucho tiempo también yo trataba de articular a nivel conceptual. Su elaboración pretende constituir el núcleo de esta aportación. Gorres nos dice que el sentimiento de culpa, la capacidad de reconocer la culpa pertenece a la esencia misma de la estructura sicológica del hombre. El sentimiento de culpa, que rompe con una falsa serenidad de conciencia y que se puede definir como una protesta de la conciencia contra mi existencia satisfecha de sí misma, es tan necesario para el hombre como el dolor físico, como síntoma, que permite reconocer las disfunciones del organismo. Quien ya no es capaz de percibir la culpa está espiritualmente enfermo, es “un cadáver viviente, una máscara de teatro” como dice Gorres. “Son los monstruos, que entre otros brutos, no tienen ningún sentimiento de culpa. Quizá Hitler, Himmler o Stalin carecían totalmente de él. Quizá los padrinos de la mafia no tengan ninguno, o quizá los tengan bien escondidos en el desván. También los sentimientos de culpa abortados... Todos los hombres tienen necesidad de sentimientos de culpa”.

      Por lo demás una simple hojeada a la Sagrada Escritura habría podido prevenir de semejantes diagnósticos y de semejante teoría de la justificación mediante la conciencia errónea. En el salmo 19,13 encontramos esta afirmación, que merece siempre ponderación: “¿Quién será capaz de conocer los deslices? Límpiame de los que se me ocultan”. Aquí no se trata de objetivismo veterotestamentario, sino de la más profunda sabiduría humana: dejar de ver las culpas, el enmudecimiento de la voz de la conciencia en tan numerosos ámbitos de la vida es una enfermedad espiritual mucho más peligrosa que la culpa, que uno todavía está en condiciones de reconocer como tal. Quien no es capaz de reconocer que matar es pecado, ha caído más bajo de quien todavía puede reconocer la maldad de su comportamiento, ya que se ha alejado mucho más de la verdad y de la conversión. No por nada en el encuentro con Jesús, quien se autojustifica aparece como el que verdaderamente está perdido. Si el publicano, con todos sus innegables pecados, es más justificable ante Dios que el fariseo con todas sus obras verdaderamente buenas (Lc, 18, 9-14), esto sucede no porque los pecados del publicano dejen de ser verdaderamente pecados y las buenas obras del fariseo, buenas obras. Esto no significa de ningún modo que el bien que hace el hombre no sea bien ante Dios y que el mal no sea mal ante El y ni siquiera que esto no sea en el fondo tan importante. La verdadera razón de este juicio paradójico de Dios se entiende precisamente a partir de nuestra cuestión: el fariseo ya no sabe que también él tiene culpas. Está completamente en paz con su conciencia. Pero este silencio de la conciencia lo hace impenetrable para Dios y para los hombres. En cambio el grito de la conciencia, que no da tregua al publicano, hace que sea capaz de verdad y de amor. Por esto Jesús puede obrar con éxito en los pecadores, porque estos no se han vuelto impermeables, escudándose en una conciencia errónea, a ese cambio que Dios espera de ellos, así como de cada uno de nosotros. El en cambio no puede tener éxito con los “justos”, precisamente porque a ellos les parece que no tienen necesidad de perdón, ni de conversión; efectivamente su conciencia ya no les acusa, si no que más bien los justifica.

      Algo análogo podemos encontrar también en San Pablo, el cual nos dice que los gentiles conocen muy bien, incluso sin ley, lo que Dios espera de ellos (Rom 2,1-16). Toda la teoría de la salvación mediante la ignorancia se viene abajo en este versículo: en el hombre está inevitablemente presente la verdad, una verdad del Creador, la cual fue puesta luego por escrito en la revelación de la historia de la salvación. El hombre puede ver la verdad de Dios, por ser él un ser creado. No verla es pecado. Deja de ser vista sólo cuando no se quiere ver. Este rechazo de la voluntad, que impide el conocimiento, es culpable. Por eso, si la lucecita no se enciende, ello es debido a una negación deliberada de todo lo que no deseamos ver.

      Llegados a este punto de nuestras reflexiones es posible sacar las primeras consecuencias para responder a las cuestiones sobre la naturaleza de la conciencia. Ahora podemos ya decir: no se puede identificar la conciencia del hombre con la autoconciencia del yo, con la certidumbre subjetiva de sí mismo y del propio comportamiento moral. Este conocimiento, puede ser por una parte un mero reflejo de las opiniones difundidas en el ambiente social. Por otra parte puede derivar de una falta de autocrítica, de una incapacidad de escuchar las profundidades del espíritu. Todo lo que ha salido a la luz después del hundimiento del sistema marxista en la Europa Oriental, confirma este diagnóstico. Las personalidades más atentas y nobles de los pueblos por fin liberados hablan de una enorme devastación espiritual, que ha tenido lugar en los años de la deformación intelectual. Notan una torpeza del sentimiento moral, que representa una pérdida y un peligro mucho más grave que los daños económicos ocurridos. El nuevo patriarca de Moscú lo denunció de manera impresionante al principio de su ministerio, en el verano de 1990: La capacidad de percepción de los hombres, que han vivido en un sistema basado en la mentira, se había obscurecido, según él. La sociedad había perdido la capacidad de misericordia y los sentimientos humanos se habían desvanecido. Toda una generación estaba perdida para el bien, para acciones dignas del hombre. “Tenemos el deber de encarrilar la sociedad a los valores morales eternos”, es decir: el deber de desarrollar nuevamente en el corazón de los hombres el sentido auditivo, casi atrofiado para escuchar las sugerencias de Dios. El error, la “conciencia errónea”, sólo a primera vista es cómoda. Si no se reacciona, el enmudecimiento de la conciencia lleva a la deshumanización del mundo y a un peligro mortal.

      Dicho con otras palabras: la identificación de la conciencia con el conocimiento superficial, la reducción del hombre a su subjetividad no libera en absoluto, sino que esclaviza; nos hace totalmente dependientes de las opiniones dominantes a las que incluso va rebajando de nivel día tras día. Quien hace coincidir la conciencia con las convicciones superficiales, la identifica con una seguridad seudorracional entreverada de autojustificaciones, conformismo y pereza. La conciencia se degrada a mecanismo de desculpabilización, mientras que lo que representa verdaderamente es la transparencia del sujeto para lo divino y por lo tanto también la dignidad y la grandeza específicas del hombre. La reducción de la conciencia a la certidumbre subjetiva significa al mismo tiempo la renuncia a la verdad. Cuando el salmo, anticipando la visión de Jesús sobre el pecado y la justicia, ruega por la liberación de las culpas no conscientes, está llamando la atención sobre esta conexión. Desde luego se debe seguir la conciencia errónea. Sin embargo aquella renuncia a la verdad, ocurrida precedentemente y que ahora se toma la revancha, es la verdadera culpa, una culpa que en un primer momento mece al hombre en una falsa seguridad para después abandonarlo en un desierto sin senderos.

Newman y Sócrates: guías para la conciencia

      Me gustaría ahora hacer una breve digresión. Antes de intentar formular respuestas coherentes a las cuestiones sobre la naturaleza de la conciencia, es preciso que ampliemos un poco las bases de la reflexión, más allá de la dimensión personal de la que hemos partido. A decir verdad, no tengo intención de desarrollar aquí un docto tratado sobre la historia de las teorías de la conciencia, argumento sobre él que recientemente se han publicado diferentes estudios. En cambio preferiría seguir tratando la materia de modo ejemplificador y por decir así, narrativo. Para empezar detengámonos por un momento en el Cardenal Newman, cuya vida y obra podrían muy bien definirse como un único y gran comentario al problema de la conciencia. Pero ni siquiera aquí podremos estudiar a Newman de manera particularizada. En este marco no podemos detenernos en las particularidades del concepto newmaniano de conciencia. Quisiera sólo indicar el lugar que la idea de conciencia tiene en el conjunto de la vida y del pensamiento de Newman. Las perspectivas así adquiridas ahondarán en los problemas actuales y abrirán conexiones con la historia, es decir, conducirán a los grandes testigos de la conciencia y a los orígenes de la doctrina cristiana sobre la vida según la conciencia. ¿Quién no recuerda, a propósito del tema “Newman y la conciencia” la famosa frase de la Carta al Duque de Norfolk: “Si yo tuviera que llevar la religión a un brindis después de una comida lo que no es muy oportuno hacer desde luego brindaría por el Papa. Pero antes por la conciencia y después por el Papa...”. Según la intención de Newman esto tenía que ser en contraposición con las afirmaciones de Gladstone un claro reconocimiento del papado, pero también contra las deformaciones ultramontanas una interpretación del papado, el cual es entendido correctamente sólo cuando es considerado conjuntamente a la primacía de la conciencia, por lo tanto no contrapuesto a ella, sino más bien garantizado y fundado sobre ella. Comprender esto es difícil para el hombre moderno, que piensa a partir de la contraposición entre autoridad y subjetividad. Para él la conciencia está de parte de la subjetividad y es expresión de la libertad del sujeto, mientras que la autoridad parece limitar, amenazar o hasta negar dicha libertad. Así, pues, tenemos que profundizar más para aprender a comprender de nuevo una concepción, en la que este tipo de contraposición ya no es válido.

      Para Newman el término medio que asegura la conexión entre los dos elementos de conciencia y de la autoridad es la verdad. No dudo en afirmar que la idea de verdad es la idea central de la concepción intelectual de Newman; la conciencia ocupa un lugar central en su pensamiento precisamente porque en el centro está la verdad. Con otras palabras: la centralidad del concepto de conciencia va unida en Newman con la precedente centralidad del concepto de verdad y se puede comprender sólo partiendo de ésta. La presencia preponderante de la idea de conciencia en Newman no significa que, en el siglo XIX y en contraposición con el objetivismo de la neoescolástica, él haya sostenido una filosofía o teología de la subjetividad. Desde luego es verdad que en Newman el sujeto encuentra una atención que no había recibido, en el ámbito de la teología católica, quizá desde los tiempos de San Agustín.

      Pero se trata de una atención en la línea de San Agustín, y no en la de la filosofía subjetivista de la modernidad. Al ser elevado a cardenal, Newman confesó que toda su vida había sido una batalla contra el liberalismo.

      Podríamos añadir: también contra el subjetivismo en el cristianismo, tal y como él lo encontró en el movimiento evangélico de su época y que, a decir verdad, constituyo para él la primera etapa de aquel camino de conversión que duró toda su vida. La conciencia no significa para Newman que el sujeto es el criterio decisivo frente a las pretensiones de la autoridad, en un mundo en que la verdad está ausente y que se sostiene mediante el compromiso entre exigencias del sujeto y exigencias del orden social. Más bien la conciencia significa la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo; la conciencia es la superación de la mera subjetividad en el encuentro entre la interioridad del hombre y la verdad procedente de Dios. Es significativo el verso que Newman compuso en Sicilia en 1833: “Me gusta elegir y entender mi camino. Ahora en cambio rezo: ¡Señor, guíame tú!”. La conversión al catolicismo no fue para Newman una elección determinada por el gusto personal, por necesidades espirituales subjetivas. Así se expresaba en 1844, cuando estaba todavía, por así decir, en el umbral de la conversión: “Nadie puede tener una opinión más desfavorable que la mía sobre el estado actual de los católicos-romanos”. Lo que para Newman, en cambio, era importante era el tener que obedecer más a la verdad reconocida que a su propio gusto, incluso el enfrentamiento con sus propios sentimientos, con los vínculos de amistad y de una formación común. Me parece significativo que Newman, en la jerarquía de las virtudes subraye la primacía de la verdad sobre la bondad o, para expresarnos más claramente: que ponga de relieve la primacía de la verdad sobre el consenso, sobre la capacidad de acomodo de grupo. Por lo tanto diría que cuando hablamos de un hombre de conciencia, nos referimos a alguien dotado de las citadas disposiciones interiores. Es aquel que, si el precio es la renuncia a la verdad, nunca comprará el consenso, el bienestar, el éxito, la consideración social, la aprobación de la opinión dominante. En esto Newman se relaciona con el otro gran testigo inglés de la conciencia: Tomás Moro, para el que la conciencia no fue de ninguna manera la expresión de una testarudez subjetiva o de terco heroísmo. El mismo se colocó entre aquellos mártires angustiados que solamente después de indecisiones y muchas preguntas se obligaron a sí mismos a obedecer a la conciencia: a obedecer a esa verdad, que tiene que estar en mayor altura de cualquier instancia social y de cualquier forma de gusto personal. Se nos presentan pues dos criterios para discernir la presencia de una auténtica voz de la conciencia: ésta no coincide con los propios deseos y los propios gustos; no se identifica con lo que socialmente es más ventajoso, con el consenso de grupo o con las exigencias del poder político o social.

      Aquí nos es de utilidad echar un vistazo a la problemática actual. El individuo no puede pagar su progreso, su bienestar con una traición a la verdad conocida. Ni siquiera la humanidad entera puede hacerlo. Tocamos aquí el punto verdaderamente crítico de la modernidad: la idea de verdad ha sido eliminada en la práctica y sustituida por la de progreso. El progreso mismo “es” la verdad. Sin embargo, en esta aparente exaltación se queda sin dirección y se desvanece. Efectivamente, si no hay ninguna dirección todo podría ser lo mismo: progreso como regreso. La teoría de la relatividad formulada por Einstein, concierne como tal al mundo físico. Pero a mí me parece que puede describir oportunamente también la situación del mundo espiritual de nuestro tiempo. La teoría de la relatividad afirma que dentro del universo no hay ningún sistema fijo de referencia. Cuando ponemos un sistema como punto de referencia y partiendo de él tratamos de medir el todo, en realidad se trata de una decisión nuestra, motivada por el hecho de que sólo así podemos llegar a algún resultado. Sin embargo la decisión habría podido ser diferente de lo que fue. Lo que se ha dicho, a propósito del mundo físico, refleja también la segunda revolución copernicana en nuestra actitud fundamental hacia la realidad: la verdad como tal, lo absoluto, el verdadero punto de referencia del pensamiento ya no es visible. Por eso, tampoco desde el punto de vista espiritual, hay ya un arriba y un abajo. En un mundo sin puntos fijos de referencia dejan de existir las direcciones. Lo que miramos como orientación no se basa en un criterio verdadero en sí mismo, sino en una decisión nuestra, últimamente en consideraciones de utilidad. En un contexto “relativista” semejante, una ética teleológica o consecuencialista se vuelve al final nihilista, aunque no lo perciba. Y todo lo que en esta concepción de la realidad es llamado “conciencia”, si lo estudiáramos a fondo vemos que no es más que un modo eufemístico para decir que no hay ninguna conciencia, en sentido propio, es decir, ningún “consaber” con la verdad. Cada uno determina por sí mismo sus propios criterios y en la universal relatividad, nadie puede ni siquiera ayudar a otro en este campo, y menos aún prescribirle nada.

      Está clara pues, la extrema radicalidad de la actual disputa sobre la ética y su centro, la conciencia. Me parece que un paralelo adecuado en la historia del pensamiento se puede encontrar en la disputa entre Sócrates-Platón y los Sofistas. En ella se pone a prueba la decisión crucial entre dos actitudes fundamentales: por una parte, la confianza de que el hombre tiene la posibilidad de conocer la verdad, y por otra parte una visión del mundo en la que el hombre crea por sí mismo los criterios para su vida. El hecho de que Sócrates, un pagano, haya podido llegar a ser, en un cierto sentido, el profeta de Jesucristo, encuentra, a mi modo de ver, su justificación en esta cuestión fundamental. Ello supone que se ha concedido al modo de filosofar inspirado en él, un privilegio histórico salvífico, llamémoslo así, y que se le ha hecho molde adecuado para el Logos cristiano, por tratarse de una liberación a través de la verdad y por la verdad. Si prescindimos de las contingencias históricas, en las que se desarrolló la controversia de Sócrates, se advierte en seguida lo mucho que en el fondo aunque con argumentos diferentes y otra terminología afecta a la misma cuestión ante la que nos encontramos nosotros hoy. La renuncia a admitir la posibilidad de que el hombre conozca la verdad lleva en primer lugar a un uso puramente formalista de las palabras y los conceptos. A su vez la pérdida de los contenidos lleva a un mero formalismo de los juicios, ayer como hoy. En muchos ambientes uno no se pregunta, hoy, qué piensa un hombre. Se tiene ya preparado un juicio sobre su pensamiento, en la medida en que se le puede catalogar con unas de las correspondientes etiquetas formales: conservador, reaccionario, fundamentalista, progresista, revolucionario. La catalogación en un esquema formal hace que sea superflua la confrontación con los contenidos. Se puede ver lo mismo, y de manera todavía más clara, en el arte: lo que una obra de arte expresa es totalmente indiferente; puede exaltar a Dios o al Diablo; el único criterio es su realización técnico-formal. Hemos llegado así al punto verdaderamente candente de la cuestión: cuando los contenidos ya no cuentan, cuando lo que predomina es una mera praxología, la técnica se convierte en el criterio supremo. Pero esto significa que el poder, ya sea revolucionario o reaccionario, se convierte en la categoría que domina todo. Esta es precisamente la forma perversa de la semejanza con Dios, de la que habla la narración del pecado original: el camino de una mera capacidad técnica, el camino del puro poder es contrafacción de un ídolo y no realización de la semejanza con Dios. Lo específico del hombre, en cuanto hombre, consiste en su interrogarse no sobre el “poder” sino sobre el “deber”, en abrirse a la voz de la verdad y de sus exigencias. En mi opinión este fue el contenido último de la investigación socrática y éste es también el sentido más profundo del testimonio de todos los mártires: atestiguan la capacidad de verdad del hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza divina. Es precisamente en este sentido en que los mártires son los grandes testigos de la conciencia de la capacidad concedida al hombre de percibir, además del poder, también el deber, y por eso de abrir el camino al verdadero progreso, al verdadero ascenso.

Dos niveles de la conciencia

    a) Anamnesis

      Después de todas estas correrías a través de la historia del pensamiento, ha llegado el momento de sacar conclusiones, es decir, de formular un concepto de conciencia. La tradición medieval había individuado, justamente, dos niveles del concepto de conciencia, que se tienen que distinguir cuidadosamente, pero que también tienen que estar siempre en relación. Muchas tesis inaceptables sobre el problema de la conciencia, me parece que dependen del hecho que se ha desatendido, o la distinción o la correlación entre los dos elementos. La corriente principal de la escolástica ha llamado a los dos niveles de la conciencia con los conceptos de sindéresis y de conciencia. El término sindéresis llegó a la tradición medieval sobre la conciencia desde la doctrina estoica del microcosmos. Pero no quedó claro su significado exacto y así llegó a ser un obstáculo para un esmerado desarrollo de la reflexión sobre este aspecto esencial de la cuestión global acerca de la conciencia. Quisiera por eso, sin entrar en el debate sobre la historia del pensamiento, sustituir este término problemático por el concepto platónico, mucho más claramente definido, de anamnesis, el cual no sólo tiene la ventaja de ser lingüísticamente más claro, más profundo y más puro, sino que también y sobre todo de concordar con temas esenciales del pensamiento bíblico y con la antropología desarrollada a partir de la Biblia. Con el término anamnesis se debe entender aquí, lo que, precisamente, San Pablo, en el segundo capítulo de la carta a los Romanos, expresó con estas palabras: “Cuando los paganos, que no tienen Ley, hacen espontáneamente lo que ella manda, aunque la Ley les falte, son ellos su propia Ley; y muestran que llevan escrito dentro el contenido de la Ley cuando la conciencia aporta su testimonio...” (2,14s.). La misma idea se encuentra desarrollada de modo impresionante en la gran regla monástica de San Basilio. Podemos leer allí: “El amor de Dios no depende de una disciplina impuesta desde fuera, sino que está constitutivamente inscrito en nosotros como capacidad y necesidad de nuestra naturaleza racional”. San Basilio, acuñando una expresión que después será importante en la mística medieval, habla de la “chispa del amor divino que ha sido escondida en lo más íntimo de nuestro ser”. En el espíritu de teología de San Juan, sabe que el amor consiste en cumplir los mandamientos y que, por lo tanto, la chispa del amor, infusa por el Creador en nosotros, significa esto: “Hemos recibido interiormente una originaria capacidad y prontitud para cumplir todos los mandamientos divinos... Estos no son algo que se nos impone desde fuera”. Es la misma idea, que a este propósito, también afirma San Agustín, llevándola a su núcleo esencial: “En nuestros juicios no sería posible decir que una cosa es mejor que otra si no tuviéramos imprimido dentro de nosotros un conocimiento fundamental del bien”. Esto significa, que el primer nivel ontológico, llamémoslo así, del fenómeno de la conciencia consiste en el hecho que ha sido infundido en nosotros algo semejante a una originaria memoria del bien y de lo verdadero (las dos realidades coinciden); que hay una tendencia íntima del ser del hombre, hecho a imagen de Dios, hacia todo lo que es conforme a Dios. Desde su raíz el ser del hombre advierte una armonía con algunas cosas y se encuentra en contradicción con otras. Esta anamnesis del origen, que deriva del hecho que nuestro ser está constituido a semejanza de Dios, no es un saber ya articulado conceptualmente, un cofre de contenidos que están esperando sólo que los saquen. Es, por decir así, un sentimiento interior, una capacidad de reconocimiento, de modo que quien es interpelado, sino está interiormente replegado en sí mismo, es capaz de reconocer dentro de sí su eco. Él se da cuenta: “Esto es a lo que propende mi naturaleza y lo que ella busca”. Sobre esta anamnesis del Creador, que se identifica con el fundamento mismo de nuestra existencia, se basa la posibilidad y el derecho de la misión. El Evangelio puede, es más, tiene que ser predicado a los gentiles, porque ellos mismos, en su interior, lo esperan (cfr. Is 42,4). En efecto, la misión se justifica si los destinatarios, en el encuentro con la palabra del Evangelio, reconocen: “He aquí, esto es precisamente lo que yo esperaba”. En este sentido San Pablo puede decir que los paganos “son ellos su propia Ley”, no en el sentido de la idea moderna y liberalista de autonomía, que impide toda trascendencia del sujeto, sino en el sentido mucho más profundo de que nada me pertenece menos que mi mismo yo, que mi yo personal es el lugar de la más profunda superación de mí mismo y del contacto con aquello de lo que provengo y hacia lo que me dirijo. En estas frases San Pablo expresa la experiencia que había tenido como misionero entre los paganos y que ya antes Israel tuvo que experimentar en relación con los denominados “temerosos de Dios”. Israel había podido adquirir experiencia en el mundo pagano de lo que los apóstoles de Jesucristo encontraron nuevamente confirmado: su predicación respondía a una expectativa. Esta salía al encuentro a un conocimiento fundamental antecedente sobre los elementos constantes y esenciales de la voluntad de Dios, que fueron puestos por escrito en los mandamientos, pero que es posible encontrar en todas las culturas y que puede ser explicado más claramente cuando menos intervenga un poder cultural arbitrario en la deformación de este conocimiento primordial. Mientras más vive el hombre en el temor de Dios confróntese la historia de Cornelio más se vuelve concreta y claramente eficaz esta anamnesis. Tomemos de nuevo en consideración una idea de San Basilio: el amor de Dios, que se concreta en los mandamientos, no se nos impone desde fuera subraya este Padre de la Iglesia por el contrario nos es infuso precedentemente. El sentido del bien ha sido imprimido en nosotros, declara San Agustín. A partir de esto podemos ahora comprender correctamente el brindis de Newman antes por la conciencia y sólo después por el Papa. El Papa no puede imponer a los fieles católicos ningún mandamiento sólo porque él lo quiera o porque lo considere útil. Una concepción moderna y voluntarista semejante de la autoridad puede solamente deformar el auténtico significado teológico del papado. De este modo, la verdadera naturaleza del ministerio de San Pedro se ha vuelto totalmente incomprensible en la época moderna precisamente porque en este horizonte mental se puede pensar a la autoridad sólo con categorías que ya no permiten ningún puente entre sujeto y objeto. Por eso todo lo que no procede del sujeto puede ser sólo una determinación impuesta desde fuera. Pero las cosas se presentan totalmente diferentes partiendo de una antropología de la conciencia, como hemos tratado de delinear poco a poco en estas reflexiones. La anamnesis infusa en nuestro ser necesita, por decir así, una ayuda externa para llegar a ser consciente de sí misma. Pero este “desde fuera” no es, de ningún modo, nada que se contraponga, es más bien algo dirigido hacia ella: tiene una función mayéutica, no le impone nada desde fuera, pero lleva a cabo lo que es propio de la anamnesis, su interior y específica apertura a la verdad. Cuando se habla de la fe y de la Iglesia, cuyo radio que parte del Logos redentor se extiende más allá del don de la creación, tenemos que tener en cuenta, sin embargo, una dimensión todavía más vasta, que está desarrollada sobre todo en la literatura de San Juan. San Juan conoce la anamnesis del nuevo “nosotros”, en el que participamos mediante la incorporación en Cristo (un solo cuerpo, es decir, un único yo con él). En diferentes momentos del Evangelio se encuentra que ellos comprendieron mediante un acto de la memoria. El encuentro original con Jesús ofreció a sus discípulos lo que ahora todas las generaciones reciben mediante su encuentro fundamental con el Señor en el bautismo y en la eucaristía: la nueva anamnesis de la fe, que análogamente a la anamnesis de la creación, se desarrolla en un diálogo permanente entre la interioridad y la exterioridad. En contraste con la pretensión de los doctores gnósticos, los cuales querían convencer a los fieles que su fe ingenua habría tenido que ser comprendida y aplicada de manera totalmente diferente, San Juan pudo afirmar: “Vosotros no necesitáis otros maestros, desde el momento que, como ungidos (bautizados) tenéis ya conocimiento” (cfr. 1Jn 2,20-27). Esto no significa que los creyentes posean una omnisciencia de hecho, sino que indica más bien la certeza de la memoria cristiana. Esta naturalmente aprende sin intermisión, pero partiendo de su identidad sacramental, llevando a cabo interiormente un discernimiento entre lo que es un desarrollo de la memoria y lo que es una destrucción o una falsificación de la misma. Hoy nosotros, justo en la crisis actual de la Iglesia, estamos experimentando de una manera nueva, la fuerza de esta memoria y la verdad de la palabra apostólica: lo que lleva al discernimiento de los espíritus, más que las directivas de la jerarquía, es la capacidad de orientación de la memoria de la fe sencilla. Sólo en este contexto se puede comprender correctamente la primacía del Papa y su correlación con la conciencia cristiana. El significado auténtico de la autoridad doctrinal del Papa consiste en el hecho de que él es el garante de la memoria. El Papa no impone desde fuera sino que desarrolla la memoria cristiana y la defiende. Por ello, el brindis por la conciencia ha de preceder al del Papa, porque sin conciencia no habría ningún papado. Todo el poder que él tiene es poder de la conciencia: servicio al doble recuerdo, sobre el que se basa la fe y que tiene que ser continuamente purificada, ampliada y defendida contra las formas de destrucción de la memoria, que está amenazada tanto por una subjetividad que ha olvidado el propio fundamento, como por las presiones de un conformismo social y cultural.

    b) Conscientia

      Después de estas consideraciones sobre el primer nivel esencialmente ontológico del concepto de conciencia, tenemos que pasar ahora a su segunda dimensión, el nivel del juzgar y del decidir, que en la tradición medieval fue denominado con el único término de conscientia-conciencia. Presumiblemente esta tradición terminológica ha contribuido no poco a la moderna limitación del concepto de conciencia. Desde el momento que Santo Tomás, por ejemplo, llama con el término “conscientia” solo a este segundo nivel, es coherente desde su punto de vista que la conciencia no sea ningún “habitus”, es decir, ninguna cualidad estable inherente al ser del hombre, sino más bien un “actus”, un evento que se cumple. Naturalmente, Santo Tomas presupone como dato el fundamento ontológico de la anamnesis (synderesis); describe esta última como una íntima repugnancia hacia el mal y una íntima atracción hacia el bien. El acto de la conciencia aplica este conocimiento básico a las situaciones particulares. Según Santo Tomás este se subdivide en tres elementos: reconocer (recognocere), testimoniar (testificari) y por último juzgar (iudicare). Se podría hablar de interacción entre una función de control y una función de decisión. Partiendo de la tradición aristotélica Santo Tomás concibe este proceso según el modelo de un razonamiento deductivo, de tipo silogístico. Sin embargo, señala con fuerza lo específico de este conocimiento de las acciones morales, cuyas conclusiones no derivan sólo del mero conocimiento o razonamientos. En este ámbito si una cosa es reconocida o no reconocida siempre depende también de la voluntad, que cierra el camino al reconocimiento o bien encamina hacia él. Ello depende, pues, de una impronta moral ya dada, que por consiguiente puede ser o ulteriormente deformada o mayormente purificada. También en este nivel, el de juzgar (el de la conscientia en sentido estricto) vale el principio que también la conciencia errónea obliga. Esta afirmación es plenamente inteligible en la tradición del pensamiento de la escolástica. Nadie puede obrar contra sus convicciones, como ya había dicho San Pablo (Rom 14,23). Sin embargo que la convicción adquirida sea obviamente obligatoria en el momento en que se actúa, no significa ninguna canonización de la subjetividad. No es nunca una culpa seguir las convicciones que nos hemos formado, al contrario deben seguirse.

      Pero del mismo modo puede ser una culpa que uno haya llegado a formarse convicciones tan equivocadas y haya pisoteado la repulsión hacia ellas que advierte la memoria de su ser. La culpa, pues, se encuentra en otro lugar, más en lo profundo, no en el acto del momento, no en el juicio que en ese momento da la conciencia, sino en esa desatención hacia mi mismo ser, que me impide de oír la voz de la verdad y sus sugerencias interiores. Por esta razón, también los criminales que obran con convicción siguen siendo culpables. Estos ejemplos macroscópicos no deben servir para tranquilizarnos, sino más bien para despertarnos y hacer que tomemos en serio la gravedad de la súplica: “Límpiame de los que se me ocultan” (Sal 19,13).

Epílogo

      Al final de nuestro camino queda todavía abierta la cuestión de la que hemos partido: la verdad, por lo menos tal y como nos la presenta la fe de la Iglesia, ¿no es quizá demasiado alta y difícil para el hombre? Después de todas las consideraciones que hemos venido haciendo, podemos responder ahora: por supuesto, el camino alto y arduo que conduce a la verdad y al bien no es un camino cómodo. Es un desafío al hombre. Pero quedarse tranquilamente encerrados en sí mismos no libera, antes bien, actuando así nos malogramos y nos perdemos. Escalando las alturas del bien, el hombre descubre cada vez más la belleza, que hay en la ardua fatiga de la verdad y descubre también que justo en ella está para él la redención. Pero con esto no hemos dicho todavía todo. Disolveríamos el cristianismo en un moralismo si no estuviese claro un anuncio, que supera nuestro propio hacer. Sin tener que gastar demasiadas palabras, ello puede resultar evidente en una imagen sacada del mundo griego, en la que podemos ver al mismo tiempo cómo la anamnesis del Creador nos empuja dentro de nosotros hacia el Redentor y cómo cada hombre puede reconocerlo como Redentor, desde el momento que él responde a nuestras más íntimas expectativas. Me refiero a la historia de la expiación del matricidio de Orestes. Este cometió el homicidio como un acto conforme a su conciencia, hecho que el lenguaje mitológico describe como obediencia a la orden del dios Apolo. Pero ahora es perseguido por las Erinias, a las que hay que ver como personificación mitológica de la conciencia, que desde la memoria profunda le reprocha, atormentándolo, que su decisión de conciencia, su obediencia a la “orden divina” era en realidad culpable. Todo lo trágico de la condición humana emerge en esta lucha entre los “dioses”, en este conflicto íntimo de la conciencia. En el tribunal sacro, la piedra blanca del voto de Atenea lleva a Orestes la absolución, la purificación, por cuya gracia las Erinias se transforman en Euménides, en espíritus de la reconciliación. En este mito está representado algo más que la superación del sistema de la venganza de la sangre a favor de un justo ordenamiento jurídico de la comunidad. Hans Urs von Balthasar ha expresado de la siguiente manera este algo más: “...la gracia apaciguadora es siempre para él, el restablecimiento común de la justicia, no la del antiguo tiempo carente de gracia de las Erinias, sino la de un derecho lleno de gracia”. En este mito percibimos la voz nostálgica de que la sentencia de culpabilidad objetivamente justa de la conciencia y la pena interiormente lacerante que se deriva, no son la última palabra, sino que hay un poder de la gracia, una fuerza de expiación, que puede cancelar la culpa y hacer que la verdad sea finalmente liberadora. Se trata de la nostalgia de que la verdad no se reduzca sólo a interrogarnos con exigencia, sino que también nos transforme mediante la expiación y el perdón. Mediante ellas como dice Esquilo “la culpa es lavada” y nuestro mismo ser se transforma desde el interior, más allá de nuestras capacidades. Ahora bien, ésta es precisamente la novedad específica del cristianismo: el Logos, la Verdad en persona, es también al mismo tiempo la reconciliación, el perdón que transforma más allá de todas nuestras capacidades e incapacidades personales. En esto consiste la verdadera novedad, sobre la que se funda la más grande memoria cristiana, la cual es también, al mismo tiempo, la respuesta más profunda a lo que la anamnesis del Creador aguarda de nosotros. Allí donde no sea suficientemente proclamado o percibido este centro del mensaje cristiano, allí la verdad se transforma de hecho en un yugo, que resulta demasiado pesado para nuestros hombros y del que tenemos que tratar de liberarnos. Pero la libertad obtenida de este modo está vacía. Nos transporta a la tierra desolada de la nada y así se destruye ella misma. El yugo de la verdad se ha hecho “blando” (Mt 11,30), cuando la Verdad ha llegado, nos ha amado y ha quemado nuestras culpas en su amor. Sólo cuando conocemos y experimentamos interiormente todo esto, adquirimos la libertad de escuchar con gozo y sin ansia el mensaje de la conciencia.

Cardenal Joseph Ratzinger

 

El Mobbing o “Psicoterror Laboral” comparable al Bullying escolar

ESCUELA PARA PADRES

El Mobbing o “Psicoterror Laboral” comparable al Bullying escolar.

  • 23 Tipos de personas vulnerables y propicias a sufrir el Mobbing
  • 4 Características principales de los que practican el Mobbing
  • 21 Tipos de Mobbing en las empresas y en la sociedad
  • 32 Acciones de Mobbing a las victimas en el trabajo o en la sociedad
  • 7 Acciones que las empresas deben hacer para evitar el Mobbing con sus empleados
  • 16 Acciones para evitar ser victima del Mobbing en el trabajo y en la sociedad
  • “Desamigar”, nueva forma de Mobbing al suprimir la amistad a otro, principalmente en los contactos de las redes sociales

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Escribir sobre el Mobbing no es pesimismo, es realismo. Es una llamada de atención a los padres, para que sepan que sus hijos que siempre están vigilantes, analizando sus expresiones o comentarios y tomando nota del comportamiento, de lo que los padres dicen y hacen en la familia, el trabajo y en la sociedad. Los comentarios de acoso laboral, realizado o sufrido, pueden trascender la intimidad del hogar y quedarse incrustados en la mente de los hijos. Lo que ellos oigan a sus padres, será muchas veces lo que les origine su futuro comportamiento.

El Mobbing puede traducirse como acoso, maltrato, violencia o psicoterror laboral, social, físico o verbal. Es una manifestación de abuso, que atenta gravemente contra la dignidad, la integridad física o psíquica de las persona, en el trabajo o en la sociedad. Es una situación intencionada de conflicto puntual o continuado, de un acosador o grupo de acosadores, contra una o varias victimas de un grupo determinado, para hacerles la vida imposible. Se alimenta principalmente de las ansias de poder, de la envidia, del deseo de dominación y de las ganas de hacer daño a otros. No suele dejar huellas exteriores visibles, pero destroza los sentimientos, las mentes y en muchos casos, el futuro de las personas.

El Mobbing se produce entre los mismos trabajadores o entre los jefes con los empleados. También entre adultos, novios, esposos o amigos. En la mayoría de los casos, el acosador no tiene a nadie que le reprenda, corrija y castigue sus actuaciones, repeticiones o inclinaciones, como suele suceder en el caso del Bullying escolar, que es un acoso o maltrato exclusivo, entre los estudiantes jóvenes.

El Bullying escolar, deja unas cicatrices que si no se curan, permitirán para siempre la aceptación del Mobbing laboral, como una actitud normal hacia ellos. Hay personas adultas, que por sus características físicas o mentales, han crecido profesionalmente bajo la tiranía del acoso. Primero fue el Bullying en la escuela y después el Mobbing en el trabajo. Posteriormente serán ellos mismos los acosadores, debido a que están inmersos en esa herencia de comportamiento, que terminará impregnado su conducta, considerándola normal, incluso no llegando a percibir la grave dimensión del problema, hacia ellos y hacia los demás.

El Mobbing puede dirigirse contra la salud, la integridad moral, la profesionalidad y las relaciones familiares o amistosas de las personas, incluso sin que ellas lleguen a percatarse, ni entender los motivos por lo que lo sufren. Nunca se debe achacar, a la propia culpa, ni asumir su responsabilidad, al ser acosado.

El Mobbing se hace también, en el interior de la familia, del trabajo y en la sociedad y se convierte en un desgraciado instrumento de diversión, que se alimenta de hacer daño uno a otro, a base de agredir, intimidar o molestar a los demás.

Para no sentir los mordiscos de terror que supone sufrir el Mobbing, hay que tener una muy buena formación religiosa y mental. Dominar las virtudes y valores humanos de la paciencia, la caridad, la constancia, la firmeza, la perseverancia, la serenidad, la tolerancia, etc., pues son fundamentales para poder conservar un amplio dominio, de uno mismo y muy alta autoestima.

El Mobbing se retroalimenta con la implantación de la “Cultura del silencio obligado” y la “Cultura de la Resignación”, impuestas por los acosadores, que normalmente suelen creer que están en posesión de superioridad. Los acosados tienen miedo a las represalias de los abusadores y mucho temor, a pasar por la vergüenza de que los demás se enteren. Por eso su sufrimiento lo mantienen en secreto. No suelen tener el valor de denunciar los abusos, a sus superiores en el trabajo o a la policía. Entonces los abusadores, se salen con la suya.

El consentimiento de los abusados, ayuda a los abusadores a irse creciendo cada vez más, hasta que llegan a situaciones que en beneficio de todos, debieran ser castigadas. En la mayoría de los casos, desparece la “Cultura de la convivencia” y la “Cultura del Castigo”.

Ejercitar continuamente el Mobbing, produce en algunas personas una adicción compulsiva y aditiva, que les hace estar todo el día molestando a los demás. Son esos jefes, compañeros o amigos tóxicos, de los que hay que intentar alejarse. Hacen Mobbing por los motivos más absurdos, se enfurecen por cualquier cosa y quieren vengarse ante cualquier, pero a poder ser, con los más débiles. Otros se ponen celosos y quieren desquitarse, por alguna agresión recibida, real o imaginaria.

Contra el Mobbing se lucha alejándose de él, demostrando un gran dominio y equilibrio de la autoestima, pues no se puede salir de sus garras, sin pagar un alto precio. No hay ninguna razón para aceptar, con sumisión, el sufrimiento que produce el Mobbing. Cuánto más cerca se esté o más tiempo dure, más daño y peores consecuencias genera. El Mobbing puede producir grandes heridas físicas y emocionales, para las cuales hay que tener preparadas las estrategias adecuadas de rechazo, con el fin de poderlas curar inmediatamente, procurando que su intensidad disminuya con el paso del tiempo, que no se infecten ni acrecienten y que no vuelvan a producirse.

Cuando en el trabajo o en la sociedad, se siente que una persona, debido a su prepotencia, acosa a otra, se está creando un ambiente de violencia, que si no se pone remedio inmediato, alcanzará niveles impredecibles. Nadie sabe dónde terminarán los actos del Mobbing, pueden empezar como una gracias o una “broma pesada” y terminar, con la ruina moral y profesional de una persona y toda su familia.

La gravedad del Mobbing no son sólo los daños que produce, sino el cómo se reparan. Las heridas producidas y las cicatrices dejadas producen el ”síndrome de desconfianza” presente y futura, y puede llegar a desmoronar y desestabilizar los principios familiares, morales y sociales del acosado.

23 Tipos de personas vulnerables y propicias a sufrir el Mobbing: Debido a que no pueden ni quejarse a sus superiores, ni responder, ni dejar el trabajo, ni desahogarse con sus familiares, amigos o consejeros. En muchos casos los propios jefes alientan el Mobbing entre sus subordinados, para que se vayan acostumbrando a endurecer sus mentalidades.

1.      Los empleados más indefensos.

2.      Los empleados más necesitados del trabajo y que no puede dejarlo.

3.      Los empleados muy tímidos o introvertidos, acostumbrados a la sumisión incondicional.

4.      Los empleados nuevos.

5.      Los menos capacitados para el trabajo que realizan.

6.      Los que están muy contentos, integrados y satisfechos con su matrimonio, vida familiar y relaciones sociales, debido a que con el ejemplo que imanan, produce la envidia a los acosadores.

7.      Los que hablan claro al hacer las preguntas incómodas y claves, que nadie se atreve a formular, para no disentir contra del pensamiento único de los que practican el Mobbing.

8.      Los que han sido acosados en otras ocasiones y quieren vengarse, en otros más débiles.

9.      Los que no se enteran o no quieren enterarse, de los estragos que produce la  terrible violencia del Mobbing. No se dan cuenta de que “Ayer fueron a por ellos, mañana vendrán a por ti”

10.   Los que por ética profesional y en contra de las costumbres, rechazan corrupciones, premios y ascensos inmerecidos, a cambio de su silencio y adhesión inquebrantable, a los que practican el Mobbing.

11.   Los que por su noble actitud, son una permanente denuncia sobre las cosas que funcionan mal o con poca ética, en perjuicio de los accionistas, empleados, proveedores, clientes o de la sociedad, por ejemplo: Contaminación ambiental, fraudes de impuestos, engaños en los productos o garantías, etc.

12.   Los que se atreven a comentar los errores de sus superiores, las cosas que no funcionan, pero que podrían funcionar, y cuestionan las versiones oficiales de la empresa, buscando la verdad.

13.   Los que se quejan y denuncian los actos indignos de Mobbing, defienden y se solidarizan con las víctimas de injusticias, vejaciones y malos tratos en la organización, y abren los ojos a sus compañeros.

14.   Los que son buscados y elegidos sistemáticamente por otros empleados, para liderar o participar en los proyectos o equipos de trabajo más difíciles.

15.   Los que son políticamente incorrectos con los temas, valores y situaciones de la empresa y denuncian las inmoralidades, los robos, las malversaciones y el desvío ilegal del dinero o productos.

16.   Los que son un punto de referencia atípica, para otros de la organización, por sus grandes dotes de autonomía, autoridad moral, capacidad de trabajo, carisma, comprensión del sufrimiento ajeno, conocimientos, dinamismo, empatía, ética, experiencia, honestidad, honradez, idealismo, independencia, iniciativa, inteligencia, interés por el desarrollo y bienestar de los demás, liderazgo, madurez, motivación, popularidad social, rectitud, sabiduría, sensibilidad, sentido de la justicia, sociabilidad, etc.

17.   Los que tienen buenas amistades, alianzas y solidaridades, dentro de la empresa, por lo que no son bien vistos por los jefes, los cuales tratan de acosarlos separadamente y enfrentarlos entre sí, para “Divide y vencerás”.

18.   Los que tienen diferencias raciales, religiosa, económicas o de inmigración, con la mayoría dominante en el trabajo o en la sociedad.

19.   Los que tienen poca confianza en su imagen y en la buena realización de su trabajo.

20.   Los que tienen su punto flaco, en el excesivo apego al dinero y a las ventajas o prebendas materiales, por lo que saben que nunca protestarán por el Mobbing.

21.   Los que tienen un complejo de inferioridad heredado o provocado, por sus anteriores situaciones.

22.   Los que tienen un gran sentido de responsabilidad, ética y honradez, que chocan con determinadas prácticas laborales, no aceptables moralmente y se niegan a mirar para otro lado, ante las inmoralidades o las injusticias.

23.   Los que tienen vergüenza de que otros sepan que son victimas, temiendo que eso transcienda y se empeore su situación.

El Mobbing se suele dar contra las personas por su envidiada y brillante capacidad, su excelencia profesionalidad, su solidaridad con los compañeros, sus excelentes conocimientos, etc.

Los compañeros de trabajo, la familia y los amigos, pueden detectar si alguien está sufriendo el Mobbing y no se atreve a decirlo, debido a que está bajo presiones o amenazas. El cambio de comportamiento, las miradas o respuestas evasivas, cuando se pregunta por el tema, la constante desgana por el trabajo, el asilamiento, etc.

4 Características principales de los que practican el Mobbing:

1.      Nunca reconocen sus acciones de Mobbing, siempre dicen que la culpa ha sido del acosado, y que éste les ha provocado.

2.      Están buscando continuamente, quién pueda avalar sus conductas de Mobbing, soportada en sus mentiras.

3.      Sienten una profunda animadversión por los acosados, y continuamente les están sacando y exagerando sus defectos, sean verdaderos o falsos.

4.      Se ceban en que la víctima, suele tener un elevado sentido de la responsabilidad y de la ética.

Los que practican el Mobbing para destruir a las personas, suelen ser vulgares, ignorantes, mediocres, mal educados y carentes totalmente de los mínimos conocimientos y practicas de las virtudes y valores humanos. Tienen tanta o más culpa, los que se suelen poner a su lado y participan, consienten, callan, amparan y justifican, dejándose engatusar y engañar, por acciones que de sobra saben que son perversas.

Hay muchas empresas y organizaciones, que tienen claras políticas de “Tolerancia Cero” relacionadas con el Mobbing. Si los responsables de la empresa, encuentran a un acosador, inmediatamente tienen que tomar una acción enérgica, para enfrentarle y tomar las medidas correspondientes, que prevengan el que no vuelva a ocurrir. Si consienten que entre los empleados se instale la “Cultura del Mobbing”, muy pronto trascenderá al exterior y el sufrimiento de las familias y amistades de sus colaboradores, tendrá repercusiones impredecibles.

Desafortunadamente algunos empresarios, no muestran el interés que debieran para contrarrestar, los primeros conatos de la instalación del Mobbing en la empresa, incluso cuando observan, las primeras agresiones verbales o discriminaciones que se producen. Antiguamente decían: -Divide a los empleados y triunfarás. Si se pelean entre ellos mucho mejor, pues así no se unen contra el empresario-. Pero eso es un fracaso profesional y humano, ya que hoy lo que intentan hacer todas las empresas, es propiciar un gran ambiente laboral, a través del trabajo en equipo y todos muy unidos.

El Mobbing puede convertirse en una adicción colectiva, si no se corta a tiempo, para evitar envenenar el ambiente laboral de la empresa o las relaciones sociales. El Mobbing es un conflicto unilateral, entre el acosador y la victima o el grupo de victimas, que han elegido.

El Mobbing algunas veces es alentado por políticos o grupos sociales extremistas, que instigan a determinados colectivos, abusando de ellos verbalmente. Esto suele trascender, como mal ejemplo a la sociedad, y convertirse en los cimientos de los problemas de mala convivencia. Este Mobbing, lo hacen para afianzarse en sus equivocadas suposiciones de primacía racial, superioridad económica, intolerancia religiosa o desprecio sexual.

21 Tipos de Mobbing en las empresas y en la sociedad:

1.      Amenazas a la integridad física.

2.      Bloqueo social: Se practica a través de la estigmatización secundaria, que deja una huella imborrable y resulta muy difícil de combatir.

3.      El Cyber Mobbing.

4.      El chantaje emocional, económico y social.

5.      El “Grooming”: Que es el acosos sexual por internet y éste generalmente lo practican los adultos, con jóvenes, en edad escolar.

6.      El “Sexting”.

7.      El “Texting”.

8.      El acoso psicológico.

9.      El de exclusión de grupo.

10.   El hostigamiento.

11.   El menosprecio, en público y en privado.

12.   El sexual.

13.   La coacción.

14.   La exclusión social.

15.   La intimidación.

16.   La manía persecutoria.

17.   La manipulación.

18.   La tiranía.

19.   Los acosos verbales.

20.   Los golpes, dejando o no dejando marcas.

21.   Los insultos.

El acoso laboral o social, para calificarlo como Mobbing, tiene que darse periódicamente y periodos susceptibles de medirse. No es cuando sucede esporádicamente, en situaciones aisladas y sin repeticiones.

32 Acciones de Mobbing, a las victimas en el trabajo o en la sociedad:

1.      Acosar sexualmente con actos, gestos o proposiciones.

2.      Amenazar o aterrorizar anónimamente por teléfono o con escritos.

3.      Calumniar o murmurar sobre su persona.

4.      Crear la falsa imagen de que es un enfermo mental, que no puede razonar, por lo que tiene que someterse a un examen psiquiátrico.

5.      Criticar o burlarse de su vida, privada familiar o social.

6.      Cuestionar y desautorizar todas sus decisiones u opiniones.

7.      Chantajear y amenazar, para que no denuncie el Mobbing que recibe.

8.      Darle trabajos humillantes.

9.      Desacreditar o impedir, que pueda mantener su reputación personal o laboral.

10.   Designarle un puesto de trabajo, que le aísle y aleje de sus compañeros.

11.   Evitar que la víctima, tenga la posibilidad de mantener contactos sociales internos o externos.

12.   Excederse en el control riguroso de su trabajo, con manera malintencionada.

13.   Exigir resultados exagerados a su trabajo.

14.   Expresarse con gestos de desprecio hacia su persona, en presencia de otros compañeros.

15.   Gritarle y recriminarle constantemente, por todas sus acciones.

16.   Hostigarle con acciones, que afecten su salud física o psíquica.

17.   Ignorar continuamente su presencia, dirigiéndose exclusivamente a otros.

18.   Impedir por el jefe o por los compañeros, que se exprese o pueda objetar, sobre el trato que recibe.

19.   Infravalorar el trabajo que realiza, no dándole ninguna posibilidad de mejora profesional o económica, incluso limitándole las oportunidades de trabajar, en lo que conoce o está entrenado.

20.   Injuriarle con términos insultantes, obscenos o degradantes.

21.   Interrumpirle constantemente, cuando habla o cuando trabaja.

22.   Intimar o agredirle físicamente.

23.   Mofarse por sus dolencias, limitaciones o minusvalías.

24.   No contestarle cuando se dirige a otra persona.

25.   Obligarle a realizar trabajos peligrosos o perjudiciales para su salud, sin haberle dado entrenamiento, ni medios protectores y no tener en cuenta sus capacidades.

26.   Ocasionarle desperfectos en sus herramientas, documentos, tareas o trabajos realizados.

27.   Prohibir que otros le dirijan la palabra, de forma que se produzca un vacío ante su presencia.

28.   Propalar aseveraciones y rumores malsanos y perjudiciales.

29.   Reírse de lo que ignora, aunque no tenga por qué conocerlo.

30.   Reprochar continuamente su trabajo, aunque esté bien hecho.

31.   Ridiculizarle por su forma de expresarse, imitándoles la voz y los gestos.

32.   Tratar sus asuntos los últimos, aunque haya llegado los primeros.

33.   Zaherir o mofarse continuamente por sus orígenes, raza, nacionalidad, creencias religiosas o convicciones políticas.

7 Acciones que las empresas deben hacer, para evitar el Mobbing con sus empleados:

1.      Asignar equitativamente cargos, trabajos y remuneraciones.

2.      Capacitar a los líderes, para que sean capaces de evitar y solucionar los conflictos laborales, colectivos y personales.

3.      Establecer sistemas de aceptación, acomodación, para los nuevos trabajadores.

4.      Estructurar y concretar las tareas y funciones de cada cargo.

5.      Instaurar canales abiertos de comunicación, verticales y horizontales,para la recepción y solución de quejas anónimas y advertidas.

6.      Tener una política de “Tolerancia Cero” para el Mobbing, entre todas las personas de la empresa.

7.      Velar por las relaciones laborales, con sus empleados y entre ellos.

El Mobbing si no se corrige a tiempo, puede terminar violentamente con asesinatos, suicidios, depresiones, etc. Hay muchos casos en que concluye, con varias de estas cosas a la vez y vemos, en los medios de comunicación, que un empleado deprimido, mata a sus jefes y compañeros de trabajo y después se suicida. La empresa tiene la obligación de tener, los mecanismos de información para detectar esas actitudes y tomar a tiempo, las correspondientes medidas de seguridad.

También los empleados, deben procurar enterarse si es que pueden existir compañeros con signos externos, de poder ejercer la capacidad de aniquilar psicológicamente a otras personas, con el Mobbing, por lo que tienen que estar muy atentos a estas situaciones y comunicarlas a sus jefes, por los conductos reglamentarios, antes de que puedan ocurrir.

16 Acciones para evitar ser victima del Mobbing en el trabajo y en la sociedad:

1.      Antes de que ocurra la primera vez, tener estudiadas a las personas que sean susceptibles de hacerlo y las posibles alternativas a emplear, para que si ocurriera, no vuelva a suceder. El Mobbing no debe coger a nadie desprevenido.

2.      Asegurarse el apoyo laboral, familiar y social.

3.      Aumentar la confianza en uno mismo.

4.      Comunicar por los conductos reglamentarios, el acoso recibido, y en su caso hacerlo público, para conseguir el apoyo de otros compañeros. La unión hace la fuerza.

5.      Consultar con profesionales capacitados, los hechos, las evidencias o las suposiciones, para encontrar soluciones concretas, a cada caso, y así evitar la parálisis emocional. Cuatro ojos ven más que dos.

6.      Evitar la autoinculpación, de todo lo malo que sucede en la empresa, pues al final, se estará dando herramientas y municiones a los acosadores.

7.      Fortalecerse emocionalmente ante el Mobbing, de forma que no se introduzca en la mente.

8.      Identificar bien el problema e informarse perfectamente, de las actitudes y soluciones que hayan tenido éxito demostrado, en situaciones similares, en función de las características de las personas acosadas, las del acosador, las del ambiente y circunstancias donde ocurre.

9.      Incrementar el margen de maniobra en el trabajo y en la sociedad, relacionado con las posibles alternativas de respuesta, alejamiento o huida.

10.   Mantener una buena forma física y mental, preparada para cualquier golpe.

11.   Negociar con el acosador, los motivos por los que lo hace, haciéndole saber en los problemas que se mete, si no lo suspende inmediatamente. No es cuestión de convencerle, para que cambie, es cuestión de ser fuerte y hacer ver, que el acosado, no está solo en la sociedad.

12.   No reaccionar con ataques violentos, pero intentar como en el judo, aprovechar la fuerza de los acosadores, para desarmarles.

13.   Procurar no aislarse voluntariamente del grupo, a no ser que se sufra una exclusión social, premeditada por los otros.

14.   Reforzar y estabilizar, la situación económica.

15.   Remover de la mente, malos recuerdos, relacionados con otras ocasiones de Mobbing.

16.   Tener un buen control mental y saber canalizar todos los sentimientos de ira, rabia o frustración.

“Desamigar”, nueva forma de Mobbing, principalmente en los contactos de las redes sociales, al suprimir la amistad a otro. Es una acción muy humillante, ante los miles de personas que se pueden enterar. Es una de las principales causas del Mobbing, entre amigos. La máxima expresión de ‘Desamigar”, es convertir a un amigo, en enemigo, sin ninguna causa que lo justifique, solamente por fastidiarle y enemistarse con él, incluso para hacerle daño, ante un grupo de amigos o colegas. Esto es más cruel, si el que lo efectúa, es uno de los líderes del grupo.

El Mobbing no es “Desamigar” a los “amigos tóxicos”. Hacerlo es una obligación, para mantenerse en un buen estado de salud mental y salud social. Hay amigos que nos pueden ayudar a subir a la cima del mundo, y otros que nos pueden hundir, en el más profundo de los abismo. Hay que saber “Desamigar” de quien puede hacer daño a nosotros, a nuestra familia y a la sociedad.

Si tiene algún comentario, por favor escriba a francisco@micumbre.com

 

Pell: ¿Otro caso Bernardin?

Ernesto Juliá

Cardenal George Pell.

photo_camera Cardenal George Pell.

¿Qué está pasando en la justicia del estado de Victoria, en Australia? Sin ningún testigo, habiendo ya afirmado el segundo acusador que todo era falso,  ha dictado sentencia condenatoria contra el card. Pell.

Son muchas las voces, entre ellas, el americano Georges Weigel, bien conocido por sus libros sobre Juan Pablo II y análisis sobre la Iglesia actual, y dos jesuitas, James Schall, antiguo profesor de Georgetown University en USA, y Frank Brennan, profesor de la Universidad Católica de Australia, que se han hecho esa pregunta.

Schall señala que algo semejante a lo de Pell es lo que ha sucedido con los ataques al ya juez de la Corte Suprema de Usa, Brett Kavanaugh. Las calumnias inventadas para impedir su nombramiento a la Corte Suprema quedaron en eso, en calumnias, y como tal, desechadas. ¿Quién movió a esas falsas testigos para que actuaran así?

Esa misma pregunta surge ahora ante este juicio inicuo, puesto en marcha después de que el Cardenal haya sido declarado inocente en dos acusaciones anterior, que se descubrieron sin fundamento alguno.

Quizá amparados en esa aberración jurídica de que ante la primera acusación, venga de donde venga, el acusado debe probar su inocencia, y al acusador le basta hablar sin necesidad de probar nada -¡se puede sostener una justicia basado en una afirmación semejante?-, ha seguido adelante este infame juicio, como salió adelante el que se lanzó en 1993 contra el entonces arzobispo de Chicago, cardenal Josep Bernardin.

En aquel entonces, un joven que decía tener "memoria recuperada" presentó cargos de abuso sexual contra el Cardenal, que resultaron ser falsos. Bernardin asumió esos cargos con calma. Años más tarde, el joven, que estaba muriendo por complicaciones de SIDA, se retractó de la acusación y el Cardenal viajó para celebrar la Misa para él y ofrecerle su completo perdón.

Bernardin conocía muy bien las palabras del Señor: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentiras digan contra vosotros todo género de mal por mí.” (Mt, 5, 11).

Las perspectivas de que Pell sea declarado inocente en el juicio de apelación tienen buen fundamento. El Cardenal fue la autoridad eclesiástica australiana más firme contra este tipo de abusos, de pecados; y fue muy firme, también, en tratar de arreglar asuntos monetarios en el vaticano. Los ataques le llovieron por diferentes frentes, y ante todos se mantuvo en pie.

¿Aprenderán los encargados de hacer justicia en Australia, y en todo el mundo, la injusticia que supone juzgar a un hombre maduro y que ha dado buenas muestras de su Fe, de su Caridad, de su valentía para defender la doctrina y la moral de Cristo, por las palabras de una persona que saca a relucir “ensueños sexuales” de hace 20 años, y los pretende lanzar contra un Cardenal, sin pruebas ni testigos de ningún tipo?

Confío en que la justicia australiana se dé cuenta de que ese procedimiento ha servido a Stalin, Mao Tse Tung, Pol Pot,  etc. para asesinar a cientos de millones de personas.

ernesto.julia@gmail.com

 

La influencia mutua de la familia y la sociedad

Raúl Espinoza

La familia y la sociedad están ligadas pues las dependen entre ellas mismas en un vínculo mutuo.

Sociedad y Familia

El pasado domingo primero de marzo, se conmemoró el “Día Nacional de la Familia”. Pero en estos tiempos en que se difunden ideologías confusas acerca de este tema capital, vale la pena preguntarse: ¿qué es la familia? Es la célula primera y vital de la sociedad. Es el núcleo fundamental de un hombre y una mujer –cuna de la vida y amor entre los cónyuges– donde se procrean los hijos. Es en el hogar donde las personas nacen, se desarrollan y se forman en virtudes como hijos, estudiantes o trabajadores y futuros profesionales y ciudadanos.

Monseñor Carlos Aguiar Retes, entonces presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, y actualmente cardenal primado de México, transmitió unas reveladoras y valientes palabras –que me parecen de gran actualidad– y que pronunció en un Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en la Ciudad de México. Decía: “La familia es patrimonio de la humanidad, por ello es necesario valorarla y cuidarla. En la actualidad, la familia sufre situaciones adversas provocadas por el secularismo y el relativismo ético, por los diversos flujos migratorios, por la pobreza, por la inestabilidad social y por las legislaciones civiles contrarias al matrimonio y al favorecer los anticonceptivos y el aborto, amenazan el futuro de los pueblos”.

Es en la familia donde se gesta la fuente primera de la educación que permite desarrollar todas las capacidades del ser humano tanto los valores humanos como los culturales, espirituales y sociales. Dicho en otras palabras, es el hogar la mejor escuela de las virtudes; la célula fundamental e insustituible donde éstas se forjan y comunican.

Recuerdo mis clases de Civismo de la secundaria, en que se nos explicaba que “la familia es el pilar de la sociedad” y que cuando existían un conjunto de familias sanas, formaban un tejido social sano y, lo contrario, una familia dividida por el divorcio y afectada por la violencia intrafamiliar, el alcoholismo, la drogadicción, la delincuencia… tenía como resultado una sociedad enferma y con graves desorientaciones en lo relativo a los valores.

¿Por qué se dice que la familia y la sociedad tienen una influencia mutua? Porque lo ideal es que formen un conjunto armónico. Tienen una función complementaria en la defensa y promoción del bien de todas las mujeres y los hombres. Pero la sociedad y, más específicamente el Estado, deben de reconocer que la familia es una entidad que goza de un derecho propio y primordial y, por lo tanto, el gobierno en sus relaciones con la familia está gravemente obligado a atenerse al principio de la subsidiariedad y proporcionarle la ayuda necesaria para su desarrollo y fortalecimiento. ¿Por qué razón? Porque la familia es el corazón de la sociedad, sin ella se deshilvanaría esa estructura básica de la convivencia humana.

La historia demuestra que cuando el Estado promueve y fomenta a la familia, sobrevienen generaciones de niños y jóvenes sanos, con sólidos valores humanos y espirituales. Se trata de conceptos medulares orientados hacia la conformación de personalidades maduras ya que se genera un ambiente propicio dentro del cual se forman ciudadanos con criterios claros, responsables, laboriosos, generosos, altruistas e interesados por el progreso material y el bien común de la patria y la entera sociedad.

 

Monseñor Felipe Arizmendi: ‘Iglesia santa y pecadora’

“Convirtámonos diariamente”

marzo 06, 2019 14:32Felipe Arizmendi EsquivelEspiritualidad y oración

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

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Preocupación, dolor y vergüenza, es lo que sentimos al conocer nuevas fallas en nuestra Iglesia. Durante algunos años, decíamos que todo era una trama de los medios informativos contra su autoridad moral. Sin embargo, son inocultables los pecados y los abusos que se han cometido al interior de la misma institución. Ante esta realidad, es digna de elogio la actitud madura y serena de gran parte del pueblo católico, que asume esta realidad y se mantiene fiel. Reconoce que no es toda la Iglesia la que falla, sino sólo algunos casos.

Las quejas más comunes de los feligreses son por los malos tratos que reciben de sus párrocos. En mis casi 28 años de obispo, sólo una vez recibí la denuncia de que un sacerdote estaba predicando cosas contrarias a la fe. Lo llamé para aclarar las cosas, y eran sólo imprudencias en su forma de explicar el origen de la humanidad según la Biblia. Pero quejas por el exceso de requisitos para recibir los sacramentos, por las faltas de atención, por lenguajes léperos, por excesos en bebidas, por los altos estipendios que imponen, por su irresponsabilidad o su autoritarismo, eso es más frecuente, y no de estos tiempos. Lamentablemente.

Ahora como obispo emérito, más que antes, recorro varias partes del país acompañando en ejercicios espirituales a los presbíteros, y doy testimonio de su gran disponibilidad para superarse, corregirse, ser más fieles a su vocación, servidores más humildes y entregados a su pueblo. Reflexionan y analizan lo que dicen la Palabra de Dios y el Magisterio eclesial, para enmendar aquello que no refleje el estilo de Jesús en su trato con el Padre celestial y con el pueblo. La gran mayoría de los creyentes aprecian a sus sacerdotes y acuden confiadamente a ellos, porque los perciben buenas personas, entregados a su ministerio, sencillos y pobres, responsables y fieles servidores.

PENSAR

El Papa Francisco, en su tradicional encuentro de fin de año con la Curia romana, resaltó ambos aspectos de la Iglesia: es santa y pecadora. Dijo: “Si Cristo, santo, inocente, inmaculado, no conoció el pecado, sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa e inmaculada y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación.

La Biblia y la historia de la Iglesia nos enseñan que muchas veces, incluso los elegidos, andando en el camino, empiezan a pensar, a creerse y a comportarse como dueños de la salvación, y no como beneficiarios; como controladores de los misterios de Dios, y no como humildes distribuidores; como aduaneros de Dios, y no como servidores del rebaño que se las ha confiado.

Este año, en el mundo turbulento, la barca de la Iglesia ha vivido y vive momentos de dificultad, y ha sido embestida por tormentas y huracanes. Muchos se han dirigido al Maestro, que aparentemente duerme, para preguntarle: ‘Maestro, ¿no te importa que perezcamos?’ Otros, aturdidos por las noticias, comenzaron a perder la confianza en ella y a abandonarla. Otros, por miedo, por intereses, por un fin ulterior, han tratado de golpear su cuerpo aumentando sus heridas. Otros, no ocultan su deleite al verla zarandeada. Muchos otros, sin embargo, siguen aferrándose a ella con la certeza de que ‘el poder del infierno no la derrotará’. Mientras tanto, la Esposa de Cristo continúa su peregrinación en medio de alegrías y aflicciones, en medio de éxitos y dificultades, externas e internas. Ciertamente, las dificultades internas siguen siendo siempre las más dolorosas y las más destructivas.

Un gran motivo de alegría es el gran número de personas consagradas, de obispos y sacerdotes, que viven diariamente su vocación en fidelidad, silencio, santidad y abnegación. Son personas que iluminan la oscuridad de la humanidad con su testimonio de fe, amor y caridad. Personas que trabajan pacientemente por amor a Cristo y a su Evangelio, en favor de los pobres, los oprimidos y los últimos, sin tratar de aparecer en las primeras páginas de los periódicos o de ocupar los primeros puestos. Personas que, abandonando todo y ofreciendo sus vidas, llevan la luz de la fe allí donde Cristo está abandonado, sediento, hambriento, encarcelado y desnudo. Y pienso especialmente en los numerosos párrocos que diariamente ofrecen un buen ejemplo al pueblo de Dios, sacerdotes cercanos a las familias, que conocen los nombres de todos y viven su vocación con sencillez, fe, celo, santidad y caridad. Personas olvidadas por los medios de comunicación, pero sin los cuales reinaría la oscuridad” (21-XII-2018).

Al recibir a feligreses de la diócesis del Padre Pío, dijo: “La Iglesia es santa, es la esposa de Cristo, pero nosotros, los hijos de la Iglesia, somos todos pecadores, ¡y algunos grandes!, pero él amaba a la Iglesia tal como es, no la destruyó con la lengua, ya que está de moda hacerlo ahora. El que ama a la Iglesia sabe cómo perdonar, porque sabe que él mismo es un pecador y necesita el perdón de Dios. Sabe cómo arreglar las cosas, pero siempre con perdón. No podemos vivir una vida entera acusando, acusando, acusando a la Iglesia. Debemos señalar los defectos, pero en el momento en que se denuncian, se ama a la Iglesia. Sin amor, eso es del diablo” (20-II-2019).

ACTUAR

En la Iglesia de Cristo hay santidad y pecado. Tú también eres Iglesia. De ti y de mí depende que haya más una cosa u otra. Convirtámonos diariamente, aprovechando esta Cuaresma, para que abunden más la gracia, la oración, el servicio, la rectitud en las costumbres, el amor a los que sufren.

 

SILENCIOS QUE SE OYEN FUERTE

Por René Mondragón

RECIÉN

Este escribano acusa recibo de nuestras hermosísimas lectoras en nuestro pueblo hermano de Venezuela. Nos re-enviaron el video reproducido en México por mi querido Claudio X. González, y tuiteado por el Profesor Steve Hanke (@steve_hanke) al que denominó  “The Guaidó Hurricane” #Venezuela.

En el paneo que realiza el improvisado camarógrafo desde su teléfono celular, se aprecian varias decenas de miles de venezolanos en pie de lucha contra el dictador que tanto defiende en México el legislador Fernández Noroña.

Aparecen dos momentos interesantes: el primero, esos miles de hermanos nuestros gritan, se detienen a saludar, cantan, brincan y ondean las banderas de su país, pero lo hacen con un sonrisa franca y un grito de libertad que no les cabe en el pecho, porque la sangre de los hombres y mujeres buenos, se calienta y está caliente-entre otras razones- por el hambre y la miseria, por la falta de medicamentos y la pobreza que todas las mañanas sale a asolearse por la calles de Caracas y de todo el resto del país.

La presencia sudorosa de los que gritan de alegría, llenos de esperanza, es porque quieren que uno de los tripulantes del convoy se detenga y baje a saludar; que salga a compartir ese solecito venezolano que quema la piel sabroso por las gotas de sudor que juegan el papel de lente de aumento sobre los poros.

En el convoy viene Juan Guaidó el presidente legítimo, como le llama merecidamente Luis Almagro el hombre fuerte de la OEA.  Guaidó no puede bajar de su vehículo; son decenas de personas que quieren verlo, hablar con él, decirle cosas sobre todo aquello que de él y de su lucha conjunta esperan.

Guaidó se trepa al toldo de la camioneta que lo transporta. Los muchos miles de corazones le gritan y él corresponde sonriendo, poniendo el puño cerrado sobre el corazón y lanzando el alma a sus hermanos de Patria. Después de unos minutos, la gritería se transforma lentamente, en el himno de Venezuela. Todos cantan con alegría y se ponen la mano en el pecho en señal de profundo respeto por la tierra, por su patria ensangrentada y dolida.

La paradoja estriba en que esos gritos de silencio, de ansias de libertad que solo puede ser acallado con las bayonetas, se oyen fuerte en todo el mundo, aunque en nuestro México alguien quisiera ensordecerlas. Cierto. Maduro tiene al ejército –a su Guardia Nacional- para reprimir a los inconformes…pero, los soldados también tienen familia, hijos, padres y hermanos, viudas y madres que ven de cerca lo que pasa, y que saben a qué huele el hambre y la muerte.

SILENCIOS ACALLADOS

No obstante, hay silencios que parecieran obligados a callar, si se le permite al escribano describirlo así. Es el caso de los abusos infantiles realizados por clérigos.

Cuando SS Francisco ha hablado fuerte, reconoce los pecados y pide perdón, el festín informativo se desgrana en las diversas tonalidades del clásico: “Ya ven, se los dije”. Por eso se descalifica a la Institución y el lodo surge desde los puntos cardinales. Todo, con tal de desacreditar a la Iglesia como intentando hacerle perder el carisma que le dio Su Fundador hace 20 siglos.

En el Encuentro sobre la protección de los Menores, la Conferencia del Episcopado Mexicano –CEM- anunció los compromisos serios, fuertes en su ejercicio de auto-crítica, pero en pleno terreno del combate a la pederastia, con acciones inmediatas.

La periodista Cynthia Fabila aborda el tema en su entrega: Los obispos se sitúan a favor de las víctimas, para escucha, comprender, acompañar y comprometerse en el proceso de sanación; con la consigna de cooperar con las autoridades ministeriales. Nada más falso que acusar a la Iglesia de esconder o solapar.

El énfasis en la formación de sacerdotes santos, apoyados en el campo por expertos, en la selección y los procesos formativos de los aspirantes y hacerlo de forma permanente, porque se trata de vivir a plenitud una vocación que está lejos de preparar a alguien para hacer daño a los más vulnerables.

Y en un tercer compromiso, la indicación papal de reforzar y verificar las directrices episcopales, elevándolas a rango normativo, no solo indicativo, con total apego a la norma canónica y a los protocolos de la legislación sustantiva y adjetiva penal.

Como puede apreciarse, estas conclusiones del VEM no requieren estridencias ni notas de portada, porque son silencios que se oyen…y bien fuerte.

 

 

CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II A LAS MUJERES

A vosotras, mujeres del mundo entero,
os doy mi más cordial saludo:

1. A cada una de vosotras dirijo esta carta con objeto de compartir y manifestar gratitud, en la proximidad de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, que tendrá lugar en Pekín el próximo mes de septiembre.

Ante todo deseo expresar mi vivo reconocimiento a la Organización de las Naciones Unidas, que ha promovido tan importante iniciativa. La Iglesia quiere ofrecer también su contribución en defensa de la dignidad, papel y derechos de las mujeres, no sólo a través de la aportación específica de la Delegación oficial de la Santa Sede a los trabajos de Pekín, sino también hablando directamente al corazón y a la mente de todas las mujeres. Recientemente, con ocasión de la visita que la Señora Gertrudis Mongella, Secretaria General de la Conferencia, me ha hecho precisamente con vistas a este importante encuentro, le he entregado un Mensaje en el que se recogen algunos puntos fundamentales de la enseñanza de la Iglesia al respecto. Es un mensaje que, más allá de la circunstancia específica que lo ha inspirado, se abre a la perspectiva más general de la realidad y de los problemas de las mujeres en su conjunto, poniéndose al servicio de su causa en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. Por lo cual he dispuesto que se enviara a todas las Conferencias Episcopales, para asegurar su máxima difusión.

Refiriéndome a lo expuesto en dicho documento, quiero ahora dirigirme directamente a cada mujer, para reflexionar con ella sobre sus problemas y las perspectivas de la condición femenina en nuestro tiempo, deteniéndome en particular sobre el tema esencial de la dignidad y de los derechos de las mujeres, considerados a la luz de la Palabra de Dios.

El punto de partida de este diálogo ideal no es otro que dar gracias. « La Iglesia —escribía en la Carta apostólica Mulieris dignitatem— desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el "misterio de la mujer" y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las "maravillas de Dio", que en la historia de la humanidad se han realizado en ella y por ella » (n. 31).

2. Dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación y la misión de la mujer en el mundo se convierte en un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.

Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.

Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.

Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.

Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del « misterio », a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.

Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta « esponsal », que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.

3. Pero dar gracias no basta, lo sé. Por desgracia somos herederos de una historia de enormes condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a esclavitud. Esto le ha impedido ser profundamente ella misma y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas riquezas espirituales. No sería ciertamente fácil señalar responsabilidades precisas, considerando la fuerza de las sedimentaciones culturales que, a lo largo de los siglos, han plasmado mentalidades e instituciones. Pero si en esto no han faltado, especialmente en determinados contextos históricos, responsabilidades objetivas incluso en no pocos hijos de la Iglesia, lo siento sinceramente. Que este sentimiento se convierta para toda la Iglesia en un compromiso de renovada fidelidad a la inspiración evangélica, que precisamente sobre el tema de la liberación de la mujer de toda forma de abuso y de dominio tiene un mensaje de perenne actualidad, el cual brota de la actitud misma de Cristo. El, superando las normas vigentes en la cultura de su tiempo, tuvo en relación con las mujeres una actitud de apertura, de respeto, de acogida y de ternura. De este modo honraba en la mujer la dignidad que tiene desde siempre, en el proyecto y en el amor de Dios. Mirando hacia El, al final de este segundo milenio, resulta espontáneo preguntarse: ?qué parte de su mensaje ha sido comprendido y llevado a término?

Ciertamente, es la hora de mirar con la valentía de la memoria, y reconociendo sinceramente las responsabilidades, la larga historia de la humanidad, a la que las mujeres han contribuido no menos que los hombres, y la mayor parte de las veces en condiciones bastante más adversas. Pienso, en particular, en las mujeres que han amado la cultura y el arte, y se han dedicado a ello partiendo con desventaja, excluidas a menudo de una educación igual, expuestas a la infravaloración, al desconocimiento e incluso al despojo de su aportación intelectual. Por desgracia, de la múltiple actividad de las mujeres en la historia ha quedado muy poco que se pueda recuperar con los instrumentos de la historiografía científica. Por suerte, aunque el tiempo haya enterrado sus huellas documentales, sin embargo se percibe su influjo benéfico en la linfa vital que conforma el ser de las generaciones que se han sucedido hasta nosotros. Respecto a esta grande e inmensa « tradición » femenina, la humanidad tiene una deuda incalculable. ¡Cuántas mujeres han sido y son todavía más tenidas en cuenta por su aspecto físico que por su competencia, profesionalidad, capacidad intelectual, riqueza de su sensibilidad y en definitiva por la dignidad misma de su ser!

4. Y qué decir también de los obstáculos que, en tantas partes del mundo, impiden aún a las mujeres su plena inserción en la vida social, política y económica? Baste pensar en cómo a menudo es penalizado, más que gratificado, el don de la maternidad, al que la humanidad debe también su misma supervivencia. Ciertamente, aún queda mucho por hacer para que el ser mujer y madre no comporte una discriminación. Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de la persona y por tanto igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora-madre, justas promociones en la carrera, igualdad de los esposos en el derecho de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y deberes del ciudadano en un régimen democrático.

Se trata de un acto de justicia, pero también de una necesidad. Los graves problemas sobre la mesa, en la política del futuro, verán a la mujer comprometida cada vez más: tiempo libre, calidad de la vida, migraciones, servicios sociales, eutanasia, droga, sanidad y asistencia, ecología, etc. Para todos estos campos será preciosa una mayor presencia social de la mujer, porque contribuirá a manifestar las contradicciones de una sociedad organizada sobre puros criterios de eficiencia y productividad, y obligará a replantear los sistemas en favor de los procesos de humanización que configuran la « civilización del amor ».

5. Mirando también uno de los aspectos más delicados de la situación femenina en el mundo, cómo no recordar la larga y humillante historia —a menudo « subterránea »— de abusos cometidos contra las mujeres en el campo de la sexualidad? A las puertas del tercer milenio no podemos permanecer impasibles y resignados ante este fenómeno. Es hora de condenar con determinación, empleando los medios legislativos apropiados de defensa, las formas de violencia sexual que con frecuencia tienen por objeto a las mujeres. En nombre del respeto de la persona no podemos además no denunciar la difundida cultura hedonística y comercial que promueve la explotación sistemática de la sexualidad, induciendo a chicas incluso de muy joven edad a caer en los ambientes de la corrupción y hacer un uso mercenario de su cuerpo.

Ante estas perversiones, cuánto reconocimiento merecen en cambio las mujeres que, con amor heroico por su criatura, llevan a término un embarazo derivado de la injusticia de relaciones sexuales impuestas con la fuerza; y esto no sólo en el conjunto de las atrocidades que por desgracia tienen lugar en contextos de guerra todavía tan frecuentes en el mundo, sino también en situaciones de bienestar y de paz, viciadas a menudo por una cultura de permisivismo hedonístico, en que prosperan también más fácilmente tendencias de machismo agresivo. En semejantes condiciones, la opción del aborto, que es siempre un pecado grave, antes de ser una responsabilidad de las mujeres, es un crimen imputable al hombre y a la complicidad del ambiente que lo rodea.

6. Mi « gratitud » a las mujeres se convierte pues en una llamada apremiante, a fin de que por parte de todos, y en particular por parte de los Estados y de las instituciones internacionales, se haga lo necesario para devolver a las mujeres el pleno respeto de su dignidad y de su papel. A este propósito expreso mi admiración hacia las mujeres de buena voluntad que se han dedicado a defender la dignidad de su condición femenina mediante la conquista de fundamentales derechos sociales, económicos y políticos, y han tomado esta valiente iniciativa en tiempos en que este compromiso suyo era considerado un acto de transgresión, un signo de falta de femineidad, una manifestación de exhibicionismo, y tal vez un pecado.

Como expuse en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, mirando este gran proceso de liberación de la mujer, se puede decir que « ha sido un camino difícil y complicado y, alguna vez, no exento de errores, aunque sustancialmente positivo, incluso estando todavía incompleto por tantos obstáculos que, en varias partes del mundo, se interponen a que la mujer sea reconocida, respetada y valorada en su peculiar dignidad » (n. 4).

¡Es necesario continuar en este camino! Sin embargo estoy convencido de que el secreto para recorrer libremente el camino del pleno respeto de la identidad femenina no está solamente en la denuncia, aunque necesaria, de las discriminaciones y de las injusticias, sino también y sobre todo en un eficaz e ilustrado proyecto de promoción, que contemple todos los ámbitos de la vida femenina, a partir de una renovada y universal toma de conciencia de la dignidad de la mujer. A su reconocimiento, no obstante los múltiples condicionamientos históricos, nos lleva la razón misma, que siente la Ley de Dios inscrita en el corazón de cada hombre. Pero es sobre todo la Palabra de Dios la que nos permite descubrir con claridad el radical fundamento antropológico de la dignidad de la mujer, indicándonoslo en el designio de Dios sobre la humanidad.

7. Permitidme pues, queridas hermanas, que medite de nuevo con vosotras sobre la maravillosa página bíblica que presenta la creación del ser humano, y que dice tanto sobre vuestra dignidad y misión en el mundo.

El Libro del Génesis habla de la creación de modo sintético y con lenguaje poético y simbólico, pero profundamente verdadero: « Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: varón y mujer los creó » (Gn 1, 27). La acción creadora de Dios se desarrolla según un proyecto preciso. Ante todo, se dice que el ser humano es creado « a imagen y semejanza de Dios » (cf. Gn 1, 26), expresión que aclara en seguida el carácter peculiar del ser humano en el conjunto de la obra de la creación.

Se dice además que el ser humano, desde el principio, es creado como « varón y mujer » (Gn 1, 27). La Escritura misma da la interpretación de este dato: el hombre, aun encontrándose rodeado de las innumerables criaturas del mundo visible, ve que está solo (cf. Gn 2, 20). Dios interviene para hacerlo salir de tal situación de soledad: « No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada » (Gn 2, 18). En la creación de la mujer está inscrito, pues, desde el inicio el principio de la ayuda: ayuda —mírese bien— no unilateral, sino recíproca. La mujer es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer: mujer y hombre son entre sí complementarios. La femineidad realiza lo « humano » tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria.

Cuando el Génesis habla de « ayuda », no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo « masculino » y de lo « femenino » lo « humano » se realiza plenamente.

8. Después de crear al ser humano varón y mujer, Dios dice a ambos: « Llenad la tierra y sometedla » (Gn 1, 28). No les da sólo el poder de procrear para perpetuar en el tiempo el género humano, sino que les entrega también la tierra como tarea, comprometiéndolos a administrar sus recursos con responsabilidad. El ser humano, ser racional y libre, está llamado a transformar la faz de la tierra. En este encargo, que esencialmente es obra de cultura, tanto el hombre como la mujer tienen desde el principio igual responsabilidad. En su reciprocidad esponsal y fecunda, en su común tarea de dominar y someter la tierra, la mujer y el hombre no reflejan una igualdad estática y uniforme, y ni siquiera una diferencia abismal e inexorablemente conflictiva: su relación más natural, de acuerdo con el designio de Dios, es la « unidad de los dos », o sea una « unidualidad » relacional, que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante.

A esta « unidad de los dos » confía Dios no sólo la obra de la procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma de la historia. Si durante el Año internacional de la Familia, celebrado en 1994, se puso la atención sobre la mujer como madre, la Conferencia de Pekín es la ocasión propicia para una nueva toma de conciencia de la múltiple aportación que la mujer ofrece a la vida de todas las sociedades y naciones. Es una aportación, ante todo, de naturaleza espiritual y cultural, pero también socio-política y económica. ¡Es mucho verdaderamente lo que deben a la aportación de la mujer los diversos sectores de la sociedad, los Estados, las culturas nacionales y, en definitiva, el progreso de todo el genero humano!

9. Normalmente el progreso se valora según categorías científicas y técnicas, y también desde este punto de vista no falta la aportación de la mujer. Sin embargo, no es ésta la única dimensión del progreso, es más, ni siquiera es la principal. Más importante es la dimensión ética y social, que afecta a las relaciones humanas y a los valores del espíritu: en esta dimensión, desarrollada a menudo sin clamor, a partir de las relaciones cotidianas entre las personas, especialmente dentro de la familia, la sociedad es en gran parte deudora precisamente al « genio de la mujer ».

A este respecto, quiero manifestar una particular gratitud a las mujeres comprometidas en los más diversos sectores de la actividad educativa, fuera de la familia: asilos, escuelas, universidades, instituciones asistenciales, parroquias, asociaciones y movimientos. Donde se da la exigencia de un trabajo formativo se puede constatar la inmensa disponibilidad de las mujeres a dedicarse a las relaciones humanas, especialmente en favor de los más débiles e indefensos. En este cometido manifiestan una forma de maternidad afectiva, cultural y espiritual, de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia que tiene en el desarrollo de la persona y en el futuro de la sociedad. ¿Cómo no recordar aquí el testimonio de tantas mujeres católicas y de tantas Congregaciones religiosas femeninas que, en los diversos continentes, han hecho de la educación, especialmente de los niños y de las niñas, su principal servicio? Cómo no mirar con gratitud a todas las mujeres que han trabajado y siguen trabajando en el campo de la salud, no sólo en el ámbito de las instituciones sanitarias mejor organizadas, sino a menudo en circunstancias muy precarias, en los Países más pobres del mundo, dando un testimonio de disponibilidad que a veces roza el martirio?

10. Deseo pues, queridas hermanas, que se reflexione con mucha atención sobre el tema del « genio de la mujer », no sólo para reconocer los caracteres que en el mismo hay de un preciso proyecto de Dios que ha de ser acogido y respetado, sino también para darle un mayor espacio en el conjunto de la vida social así como en la eclesial. Precisamente sobre este tema, ya tratado con ocasión del Año Mariano, tuve oportunidad de ocuparme ampliamente en la citada Carta apostólica Mulieris dignitatem, publicada en 1988. Este año, además, con ocasión del Jueves Santo, a la tradicional Carta que envío a los sacerdotes he querido agregar idealmente la Mulieris dignitatem, invitándoles a reflexionar sobre el significativo papel que la mujer tiene en sus vidas como madre, como hermana y como colaboradora en las obras apostólicas. Es ésta otra dimensión, —diversa de la conyugal, pero asimismo importante— de aquella « ayuda » que la mujer, según el Génesis, está llamada a ofrecer al hombre.

La Iglesia ve en María la máxima expresión del « genio femenino » y encuentra en Ella una fuente de continua inspiración. María se ha autodefinido « esclava del Señor » (Lc 1, 38). Por su obediencia a la Palabra de Dios Ella ha acogido su vocación privilegiada, nada fácil, de esposa y de madre en la familia de Nazaret. Poniéndose al servicio de Dios, ha estado también al servicio de los hombres: un servicio de amor. Precisamente este servicio le ha permitido realizar en su vida la experiencia de un misterioso, pero auténtico « reinar ». No es por casualidad que se la invoca como « Reina del cielo y de la tierra ». Con este título la invoca toda la comunidad de los creyentes, la invocan como « Reina » muchos pueblos y naciones. ¡Su « reinar » es servir! ¡Su servir es « reinar »!

De este modo debería entenderse la autoridad, tanto en la familia como en la sociedad y en la Iglesia. El « reinar » es la revelación de la vocación fundamental del ser humano, creado a « imagen » de Aquel que es el Señor del cielo y de la tierra, llamado a ser en Cristo su hijo adoptivo. El hombre es la única criatura sobre la tierra que « Dios ha amado por sí misma », como enseña el Concilio Vaticano II, el cual añade significativamente que el hombre « no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo » (Gaudium et spes, 24).

En esto consiste el « reinar » materno de María. Siendo, con todo su ser, un don para el Hijo, es un don también para los hijos e hijas de todo el género humano, suscitando profunda confianza en quien se dirige a Ella para ser guiado por los difíciles caminos de la vida al propio y definitivo destino trascendente. A esta meta final llega cada uno a través de las etapas de la propia vocación, una meta que orienta el compromiso en el tiempo tanto del hombre como de la mujer.

11. En este horizonte de « servicio » —que, si se realiza con libertad, reciprocidad y amor, expresa la verdadera « realeza » del ser humano— es posible acoger también, sin desventajas para la mujer, una cierta diversidad de papeles, en la medida en que tal diversidad no es fruto de imposición arbitraria, sino que mana del carácter peculiar del ser masculino y femenino. Es un tema que tiene su aplicación específica incluso dentro de la Iglesia. Si Cristo —con una elección libre y soberana, atestiguada por el Evangelio y la constante tradición eclesial— ha confiado solamente a los varones la tarea de ser «icono » de su rostro de « pastor » y de « esposo » de la Iglesia a través del ejercicio del sacerdocio ministerial, esto no quita nada al papel de la mujer, así como al de los demás miembros de la Iglesia que no han recibido el orden sagrado, siendo por lo demás todos igualmente dotados de la dignidad propia del « sacerdocio común », fundamentado en el Bautismo. En efecto, estas distinciones de papel no deben interpretarse a la luz de los cánones de funcionamiento propios de las sociedades humanas, sino con los criterios específicos de la economía sacramental, o sea, la economía de « signos » elegidos libremente por Dios para hacerse presente en medio de los hombres.

Por otra parte, precisamente en la línea de esta economía de signos, incluso fuera del ámbito sacramental, hay que tener en cuenta la « femineidad » vivida según el modelo sublime de María. En efecto, en la « femineidad » de la mujer creyente, y particularmente en el de la « consagrada », se da una especie de « profecía » inmanente (cf. Mulieris dignitatem, 29), un simbolismo muy evocador, podría decirse un fecundo « carácter de icono », que se realiza plenamente en María y expresa muy bien el ser mismo de la Iglesia como comunidad consagrada totalmente con corazón « virgen », para ser « esposa » de Cristo y « madre » de los creyentes. En esta perspectiva de complementariedad « icónica » de los papeles masculino y femenino se ponen mejor de relieve las dos dimensiones imprescindibles de la Iglesia: el principio « mariano » y el « apostólico-petrino » (cf. ibid., 27).

Por otra parte —lo recordaba a los sacerdotes en la citada Carta del Jueves Santo de este año— el sacerdocio ministerial, en el plan de Cristo « no es expresión de dominio, sino de servicio » (n. 7). Es deber urgente de la Iglesia, en su renovación diaria a la luz de la Palabra de Dios, evidenciar esto cada vez más, tanto en el desarrollo del espíritu de comunión y en la atenta promoción de todos los medios típicamente eclesiales de participación, como a través del respeto y valoración de los innumerables carismas personales y comunitarios que el Espíritu de Dios suscita para la edificación de la comunidad cristiana y el servicio a los hombres.

En este amplio ámbito de servicio, la historia de la Iglesia en estos dos milenios, a pesar de tantos condicionamientos, ha conocido verdaderamente el « genio de la mujer », habiendo visto surgir en su seno mujeres de gran talla que han dejado amplia y beneficiosa huella de sí mismas en el tiempo. Pienso en la larga serie de mártires, de santas, de místicas insignes. Pienso de modo especial en santa Catalina de Siena y en santa Teresa de Jesús, a las que el Papa Pablo VI concedió el título de Doctoras de la Iglesia. Y ¿cómo no recordar además a tantas mujeres que, movidas por la fe, han emprendido iniciativas de extraordinaria importancia social especialmente al servicio de los más pobres? En el futuro de la Iglesia en el tercer milenio no dejarán de darse ciertamente nuevas y admirables manifestaciones del « genio femenino ».

12. Vosotras veis, pues, queridas hermanas, cuántos motivos tiene la Iglesia para desear que, en la próxima Conferencia, promovida por las Naciones Unidas en Pekín, se clarifique la plena verdad sobre la mujer. Que se dé verdaderamente su debido relieve al « genio de la mujer », teniendo en cuenta no sólo a las mujeres importantes y famosas del pasado o las contemporáneas, sino también a las sencillas, que expresan su talento femenino en el servicio de los demás en lo ordinario de cada día. En efecto, es dándose a los otros en la vida diaria como la mujer descubre la vocación profunda de su vida; ella que quizá más aún que el hombre ve al hombre, porque lo ve con el corazón. Lo ve independientemente de los diversos sistemas ideológicos y políticos. Lo ve en su grandeza y en sus límites, y trata de acercarse a él y serle de ayuda. De este modo, se realiza en la historia de la humanidad el plan fundamental del Creador e incesantemente viene a la luz, en la variedad de vocaciones, la belleza —no solamente física, sino sobre todo espiritual— con que Dios ha dotado desde el principio a la criatura humana y especialmente a la mujer.

Mientras confío al Señor en la oración el buen resultado de la importante reunión de Pekín, invito a las comunidades eclesiales a hacer del presente año una ocasión para una sentida acción de gracias al Creador y al Redentor del mundo precisamente por el don de un bien tan grande como es el de la femineidad: ésta, en sus múltiples expresiones, pertenece al patrimonio constitutivo de la humanidad y de la misma Iglesia.

Que María, Reina del amor, vele sobre las mujeres y sobre su misión al servicio de la humanidad, de la paz y de la extensión del Reino de Dios.

Con mi Bendición.

Vaticano, 29 de junio, solemnidad de los santos Pedro y Pablo, del año 1995.

JUAN PABLO II

 

¿El aborto como un derecho?

La plataforma que se presentó en París analizará en profundidad las raíces de esa gran crisis que, a su juicio, empezó el día en que se legalizó y legitimó el aborto como un derecho. Desde ese momento se impone en Europa una especie de moda dedicada a destruir los valores de la civilización cristiana, en el marco de un nuevo paganismo que no ha sido todavía suficientemente debatido desde una perspectiva intelectual. De lo que se trata, por tanto, es de impulsar una participación más activa de los pensadores europeos para analizar los grandes dilemas éticos que amenazan a la sociedad europea.

De momento, más de un centenar de intelectuales, encabezados por el historiador francés Rémi Brague, se han adherido a esta iniciativa que ya cuenta con el apoyo decidido de las universidades católicas de Ávila y Valencia, así como de las universidades CEU-San Pablo y Francisco de Vitoria.

José Morales Martín

 

 

¿Desacelaración de la economía o inicio de recesión?

La economía global podría crecer en 2019 un 3,3%, tres décimas menos de lo esperado en 2018.  Las previsiones para España apuntan a un crecimiento de la economía en 2019 del 2,3%, lo que también supone tres décimas menos con respecto al incremento previsto para el 2018.

La incógnita central es discernir si estamos ante un ajuste suave del crecimiento, para corregir los desequilibrios generados por la política económica procíclica global de los últimos 5 años, o si por el contrario, estamos ante el proceso de gestación de una nueva crisis global derivada de dichos desequilibrios. Esta es la pregunta que plantea el informe de “Panorama económico y sectorial 2019” elaborado por el Servicio de Estudios de MAPFRE. La primera opción es la previsión del Servicio de Estudios.

El menor crecimiento de la economía española se debe a una desaceleración en la demanda doméstica (menos inversión por peores condiciones financieras), que la exportación sólo compensará mínimamente.

A nivel global, los mayores peligros se centran en la guerra comercial y sus efectos en la actividad. El caso más significativo es la presión que se cierne sobre la Reserva Federal. Un error de política monetaria en Estados Unidos ante un repunte eventual de la volatilidad o del precio del petróleo podría ser el detonante del escenario alternativo de riesgo. Una subida de tipos en EEUU sin pausa hasta alcanzar 3,50-3,75%, un fuerte aumento de la aversión al riesgo global, y una caída de la Bolsa del 10% coincidiendo con el momento de mayor volatilidad, serían elementos a considerar en un escenario de riesgo.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Masculinidad

Hace unos días leía que la Asociación Psicológica Americana (APA) había publicado una guía para la terapia con hombres y muchachos, donde los rasgos típicos de la "masculinidad tradicional" son calificados de perjudiciales. Tales directrices han provocado críticas por parte de profesionales que las consideran ideológicas y sin base científica.

Parece que el documento de la APA suscribe la teoría de género (ideología de género, para sus críticos) que considera las diferencias entre los sexos como creaciones culturales. También se suma a la idea de que los modelos de hombre que imperaban en el pasado son discriminadores y opresivos.

Estas corrientes se difunden en una época de profundos cambios sociales en torno a los roles femenino y masculino. Muchos hombres se sienten inseguros y desplazados en un ambiente que pone bajo sospecha su mentalidad y sus actitudes. Algunos autores han denunciado esto que consideran un prejuicio antimasculino.

Una muestra de este fenómeno es la polémica provocada por la nueva campaña publicitaria de Gillette, centrada en un mensaje contra la "masculinidad tóxica". Junto a reacciones favorables, ha suscitado numerosas críticas de quienes la han tomado como una generalización injusta que difunde una visión negativa de los hombres.

A esta situación se refiere la psicoanalista norteamericana Erica Komisar en The Wall Street Journal (16-01-2019), a propósito de la nueva guía de la APA. En su ejercicio profesional, dice, "he visto un aumento de casos de depresión entre hombres jóvenes que se sienten humillados en una sociedad hostil a la masculinidad".

Xus D Madrid

 

 

LAS IDEOLOGÍAS Y LOS PARTIDOS HAN MUERTO

 

            Visto la marcha de los últimos tiempos, visto la real y cruda verdad materialista de unas plagas de  políticos “de panza y bolsillo”; hay que rendirse a la evidencia y esta es cruda y dura… y lo sintetizo en mi titular de hoy. Todo lo que de verdadero cambio y progreso efectivo para el hombre, que alguna vez tuvieran “los gérmenes” de todas las ideologías políticas,  ha muerto; y han muerto matados por sus propios propagadores, que mintiendo más que hablando y haciendo lo que en cada momento ha convenido a las camarillas dominantes; han terminado por enterrar todo tipo de ideología que sostuviera a, unos sistemas que después de corromperse, han sido muertos y no enterrados. Es por lo que aún soportamos unos hedores que contaminan todo el ambiente y que pudren todo cuanto rozan o tocan.

            Todo el arco político está fracasado  y por ello; todo se ha convertido en una especie de bodrio en que todo es o sabe lo mismo, si bien nos lo quieren presentar como diferente; pero la ideología que impera es la vieja técnica o táctica del… “quítate tú que me ponga yo”; lo que importa es el bolsillo y la panza del aspirante y el que éste se sitúe bien o magníficamente bien, para lo que le reste de vida.

            La situación que estamos viviendo lo demuestra,  puesto que han sido tan inútiles que partiendo de un mundo próspero y sin grandes complicaciones (1970/1980) y contando con la mayor tecnología de toda la historia del “pobre hombre (dicen que sapiens)”; han propiciado la mayor catástrofe social y económica que registra la historia… “la tan cacareada globalización ha resultado una globalidad miserable y que llena de miseria a la mayor parte del globo terráqueo”. Y en vez de establecer unos tribunales especiales para hallar culpables y que estos sean juzgados como merecen; todos estos inútiles van de reunión en reunión, itinerantes por el mundo, produciendo enormes gastos, y dándose  una vida de lujos y apariencias que nada resuelve, puesto que se ve claro que el asunto es de tal envergadura, que ni saben cómo afrontarlo y como siempre; y en las grandes catástrofes o cataclismos… “la naturaleza y sus bichos obrará por sí misma y con su ley natural resolverá todo, en el tiempo y el espacio, pero con la crudeza en que obran siempre las fuerzas naturales”.

            Por tanto, ya no podemos confiar ni en conservadores, ni en revolucionarios; hay que tratar de animar a aquellos inteligentes, al parecer ocultos, para que se manifiesten y  preconicen soluciones si es que las hay y procurar elegirlos para que dirijan esta catástrofe; pues ya no se trata de  partidos (todos fracasados: reitero) sino de administradores para “un todo”; eficaces, honrados, trabajadores y en quienes intentemos de nuevo confiar,  puesto que el ser humano es un ser social y al vivir en sociedades, esas sociedades necesitan administradores… pero buenos administradores y no todo lo que hemos padecido y a los que hay que repudiar sin contemplaciones; simplemente necesitamos una renovación de principios y fines, que estos son incapaces de realizar. Y lo son posiblemente, por cuanto faltos de inteligencia y sobrados de egoísmo, no están dotados para dirigirnos hacia  un futuro posible y razonable y  sin las perniciosas banderías o nefastos partidismos que nos asolan.

Todo ello es el fruto de que se llevan ya bastantes décadas, en que desaparecidos los últimos y verdaderos estadistas… no nacieron los que debían sustituirlos (o no los dejaron llegar al poder) y al caer todos los resortes en manos de mediocridades y además cargadas de ambiciones y egoísmos;  hemos sufrido la destrucción que a la vista está, pero la que no podemos eludir las masas, por cuanto y sencillamente… somos impotentes y estamos  inermes ante toda esta pléyade de inútiles totales.

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            Lo que antecede, lo escribí a primeros de abril del 2009; hoy podría escribirlo igualmente, pero empeorándolo; puesto que la inutilidad ha ido creciendo desde entonces y sigue “su marcha normal como si tal cosa”; por otra parte el súbdito que no ciudadano, persiste en su pernicioso “borreguismo” y espera el que otros le solucionen sus muchos problemas; cosa que nunca ocurrirá.

                                Hay que aplicarse a lo que hace milenios ya aconsejaban los sabios… “El precio de desentenderse de la política es el de ser gobernado por los peores hombres”: Platón…Modestamente y hace ya muchos años vengo escribiendo, que… “La política es algo demasiado serio e importante para dejarla en manos… sólo de los políticos”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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