Las Noticias de hoy 14 Febrero 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 14 de febrero de 2019  

Indice:

ROME REPORTS

Padre Nuestro: Jesús nos enseña a rezar con el “tú”, y no con el “yo”

Audiencia general, 13 de febrero de 2019 – Catequesis del Papa Francisco

El Vaticano anuncia que el Cardenal John Henry Newman será santo

SANTOS CIRILO Y METODIO*: Francisco Fernandez Carbajal

“Hija mía, el Señor cuenta con tu ayuda”: San Josemaria

Mensaje del Prelado (14 febrero 2019)

Santos, todos

Una nueva intercesora: Guadalupe Ortiz de Landázuri: Ana Teresa López de Llergo

La filiación divina: fuente de vida espiritual: Javier Sesé

El matrimonio es un acto de amor indisoluble: José Luis Bautista González

Los fundamentos de la familia a la luz de Cristo: Juan Pablo II

San Valentín: Javier López

¡Mi mamá no tiene novio!

Muerte digna. Reflexiones.: Dr. Jose Luis Velayos

EL TESORO DEL CRISTIANO: ¡MENUDO PADRE TENGO!: Alberto García-Mina Freire

Las 25 mejores películas románticas: Alfonso Mendiz

POLÍTICA Y PODER: CRISIS DE VALORES Y ÉTICA: Alfredo Palacios Dongo

CUANDO EL SILENCIO NOS ALCANCE: René Mondragón

Compromisos cristianos contra la pena de muerte: JD Mez Madrid

“Manos Unidas” 2019: Josefa  Romo

NEGRO SOBRE BLANCO.: Amparo Tos Boix, Valencia.

LA ORGANIZACIÓN NACIONAL DE CIEGOS ESPAÑOLES: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

ROME REPORTS

 

 

 

Padre Nuestro: Jesús nos enseña a rezar con el “tú”, y no con el “yo”

El Papa retoma las catequesis sobre esta oración

febrero 13, 2019 11:40Rosa Die AlcoleaAudiencia General

(ZENIT – 13 febrero 2019).- Esta mañana, en la audiencia general, el Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre el Padre Nuestro, “para aprender a rezar cada vez mejor”, ha anunciado al comienzo de sus palabras en español, al resumir la catequesis en este idioma.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/Papa-2-413x275.jpg

La audiencia general ha tenido lugar en el Aula Pablo VI, a las 9:30 horas, el miércoles, 13 febrero de 2019, momento en el que el Papa ha reflexionado sobre el tema ‘Padre de todos nosotros’ (Del Evangelio según Lucas, 10, 21-22).

Francisco ha explicado a los fieles que “la verdadera oración es la que se realiza en el secreto del corazón; es un diálogo silencioso, como un cruce de miradas entre dos personas que se aman: Dios y el hombre”.

Por ello, en el Padre Nuestro, Jesús nos enseña a rezar con el “tú”, y no con el “yo”; “porque la oración cristiana es confidencial pero también es diálogo”, ha indicado el Pontífice. En la oración del Padrenuestro decimos: «Sea santificado tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad».

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/Papa-4-413x275.jpg

“Nosotros”, comunidad

Y en la segunda parte pasa al “nosotros”: «danos el pan de cada día, perdona nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal». La oración cristiana “no es individualista, sino que es un diálogo con Dios, desde y con la comunidad de hermanos y hermanas”.

El cristiano cuando reza lleva consigo a las personas y las situaciones que vive –ha recordado el Papa– y hace propios los sentimientos de Jesús, que siente compasión de cuantos encuentra en su camino.

“También nosotros cuando rezamos tenemos presentes a aquellas personas que no buscan a Dios, porque Jesús no ha venido a salvar solo a los justos, sino a todos”, ha propuesto el Santo Padre.

 

Audiencia general, 13 de febrero de 2019 – Catequesis del Papa Francisco

‘Padre de todos nosotros’ – 6ª catequesis del ‘Padre Nuestro’

febrero 13, 2019 16:33RedacciónAudiencia General

La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar  a las 9:25 en el Aula Pablo VI  donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.

El Santo Padre, retomando el ciclo de catequesis sobre el Padre nuestro, se ha centrado en el tema “Padre de todos nosotros” (Pasaje bíblico: Del Evangelio según San Lucas 10, 21-22)

Tras resumir su discurso en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el mundo.

La audiencia general ha terminado con el canto del  Pater Noster  y la bendición apostólica.

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos nuestro itinerario para aprender cada vez mejor a rezar como Jesús nos enseñó. Tenemos que rezar como Él nos enseñó a hacerlo.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/firma-libro-413x275.jpg

Él dijo: cuando reces, entra en el silencio de tu habitación, retírate del mundo y dirígete  a Dios llamándolo “¡Padre!”. Jesús quiere que sus discípulos no sean como los hipócritas que rezan de pie en las calles para que los admire la gente (cf. Mt 6, 5). Jesús no quiere hipocresía. La verdadera oración es la que se hace en el secreto de la conciencia, del corazón: inescrutable, visible solo para Dios. Dios y yo. Esa oración huye de la falsedad: ante Dios es imposible fingir. Es imposible, ante Dios no hay truco que valga, Dios nos conoce así, desnudos en la conciencia y no se puede fingir. En la raíz del diálogo con Dios hay un  diálogo silencioso, como el cruce de miradas entre dos personas que se aman: el hombre y Dios cruzan la mirada, y esta es oración. Mirar a Dios y dejarse mirar por Dios: esto es rezar. “Pero, padre, yo no digo palabras…” Mira a Dios y déjate mirar por Él: es una oración, ¡una hermosa oración!

Sin embargo, aunque la oración del discípulo sea confidencial, nunca cae en el intimismo. En el secreto de la conciencia, el cristiano no deja el mundo fuera de la puerta de su habitación, sino que lleva en su corazón personas y situaciones, los problemas, tantas cosas, todas las llevo en la oración.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/Papa-5-413x275.jpg

Hay una ausencia impresionante en el texto de “Nuestro Padre”. ¿Si yo preguntase a vosotros cual es la ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro? No será fácil responder. Falta una palabra. Pensadlo todos: ¿qué falta en el Padre nuestro? Pensad, ¿qué falta? Una palabra. Una palabra por la que en nuestros tiempos, -pero quizás siempre-, todos tienen una gran estima. ¿Cuál es la palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? Para ahorrar tiempo os la digo: Falta la palabra “yo”. “Yo” no se dice nunca.  Jesús nos enseña a rezar, teniendo en nuestros labios sobre todo el “Tú”, porque la oración cristiana es diálogo: “santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad”.  No mi nombre, mi reino, mi voluntad. Yo no, no va. Y luego pasa al “nosotros“. Toda la segunda parte del “Padre Nuestro” se declina en la primera persona plural: “Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal”. Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de  tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo:  dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo. No hay que olvidarlo, falta la palabra “yo”. Se reza con el tú y con el nosotros. Es una buena enseñanza de Jesús. No os olvidéis.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/niño-audiencia-413x275.jpg

¿Por qué? Porque no hay espacio para el individualismo en el diálogo con Dios. No hay ostentación de los problemas personales como si fuéramos los únicos en el mundo que sufrieran. No hay oración elevada a Dios que no sea la oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros: estamos en comunidad, somos hermanos y hermanas, somos un pueblo que reza, “nosotros”. Una vez el capellán de una cárcel me preguntó: “Dígame, padre, ¿Cuál es la palabra contraria a yo? Y yo, ingenuo, dije: “Tú”. “Este es el principio de la guerra. La palabra opuesta a “yo” es “nosotros”, donde está la paz, todos juntos”. Es una hermosa enseñanza la que me dio aquel cura.

Un cristiano lleva a la oración todas las dificultades de las personas que están a su lado: cuando cae la noche, le cuenta a Dios los dolores con que se ha cruzado ese día; pone ante Él tantos rostros, amigos e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas. Si uno no se da cuenta de que a su alrededor hay tanta gente que sufre, si no se compadece de las lágrimas de los pobres, si está acostumbrado a todo, significa que su corazón es ¿cómo es? ¿Marchito? No, peor: es de piedra. En este caso, es bueno suplicar al Señor que nos toque con su Espíritu y ablande nuestro corazón. “Ablanda, Señor, mi corazón”. Es una oración hermosa: “Señor, ablanda mi corazón, para que entienda y se haga cargo de todos los problemas, de todos los dolores de los demás”. Cristo no pasó inmune al lado de las miserias del mundo: cada vez que percibía una soledad, un dolor del cuerpo o del espíritu, sentía una fuerte compasión, como las entrañas de una madre. Este “sentir compasión” –no olvidemos esta palabra tan cristiana: sentir compasión- es uno de los verbos clave del Evangelio: es lo que empuja al buen samaritano a acercarse al hombre herido al borde del camino, a diferencia de otros que tienen un corazón duro.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/Venezuela-413x275.jpg

Podemos preguntarnos: cuando rezo, ¿me abro al llanto de tantas personas cercanas y lejanas?, ¿O pienso en la oración como un tipo de anestesia, para estar más tranquilo? Dejo caer la pregunta, que cada uno conteste. En este caso caería víctima de un terrible malentendido. Por supuesto, la mía ya no sería una oración cristiana. Porque ese “nosotros” que Jesús nos enseñó me impide estar solo tranquilamente y me hace sentir responsable de mis hermanos y hermanas.

Hay hombres que aparentemente no buscan a Dios, pero Jesús nos hace rezar también por ellos, porque Dios busca a estas personas más que a nadie. Jesús no vino por los sanos, sino por los enfermos, por  los pecadores (cf. Lc 5, 31), es decir, por  todos, porque el que piensa que está sano, en realidad no lo está. Si trabajamos por la justicia, no nos sintamos mejor que los demás: el Padre hace que su sol salga sobre los buenos y sobre los malos (cf. Mt 5:45). ¡El Padre ama a todos! Aprendamos de Dios que siempre es bueno con todos, a diferencia de nosotros que solo podemos ser buenos con alguno, con alguno que me gusta.

Hermanos y hermanas, santos y pecadores, todos somos hermanos amados por el mismo Padre. Y, en el ocaso de la vida, seremos juzgados por el amor, por cómo hemos amado. No solo el amor sentimental, sino también compasivo y concreto, de acuerdo con la regla evangélica -¡no la olvidéis!- “Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos, más pequeños a mí lo hicisteis”.Así dice el Señor. Gracias.

 

 

El Vaticano anuncia que el Cardenal John Henry Newman será santo

El Papa ha aprobado el milagro atribuido a su intercesión

febrero 13, 2019 14:21Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 13 febrero 2019).- La Santa Sede ha confirmado que el cardenal inglés John Henry Newman será santo próximamente. El Papa Francisco ha aprobado el milagro atribuido a la intercesión del beato, converso del anglicanismo y fundador del Oratorio de San Felipe Neri en Inglaterra.

El Santo Padre aprobó ayer, 12 de febrero de 2019, el decreto que autoriza la canonización beato inglés, al recibir en audiencia al cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, informa la Oficina de Prensa de la Santa Sede, este miércoles, 13 de febrero de 2019.

Newman fue beatificado en el Reino Unido por Benedicto XVI el 19 de septiembre de 2010, fijando su festividad para el 9 de octubre, fecha de su conversión.

El cardenal de la Santa Iglesia Romana, nació en Londres (Inglaterra) el 21 de febrero de 1801 y murió en Edgbaston (Inglaterra) el 11 de agosto de 1890. Fundó el Oratorio de San Felipe Neri en la ciudad inglesa de Birmingham, en 1848. Fue rector de la Universidad Católica de Dublín (1851-1858).

Canonización

La canonización implica que esa persona debe recibir veneración (culto) universal; que el creyente puede rezar confiadamente en ella; que su nombre se inscriba en la lista (canon) de los santos de la Iglesia; y se la “eleve a los altares” es decir, se le asigne un día de fiesta para la veneración litúrgica por parte de la Iglesia entera, y se le puedan dedicar capillas, iglesias y santuarios. Se celebra la fecha de la fiesta porque es el día de “su nacimiento para la eternidad”.

Asimismo, durante esta reunión, el Sumo Pontífice autorizó a dicha Congregación a promulgar los Decretos relativos al milagro atribuido a la intercesión de la beata india Mariam Thresia Chiramel Mankidiyan.

Nuevo mártir

Asimismo, el Pontífice aprobó el martirio del ecuatoriano jesuita Víctor Emilio Moscoso Cárdenas, y las virtudes heroicas del español Manuel García Nieto, y de la colombiana María Berenice Duque Hencker (nacida: Ana Julia), fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Anunciación.

Venerables

Del mismo modo, el Papa aprobó las virtudes heroicas de otros 3 siervos de Dios: el cardenal húngaro Jozsef Mindszenty, anteriormente arzobispo de Esztergom y Primado de Hungría, y los italianos Giovanni Battista Zuaboni, sacerdote diocesano, y Serafina Formai, fundadora de la Congregación de las Hermanas Misioneras del Buen Mensaje.

 

 

SANTOS CIRILO Y METODIO*
Patronos y evangelizadores de Europa

Memoria

— La evangelización de los pueblos eslavos.

— A un nuevo paganismo se debe responder con una nueva evangelización.

— Promover y transmitir las costumbres cristianas de la vida corriente.

I. Cirilo y Metodio dedicaron su vida a la conversión del pueblo eslavo, y desarrollaron este servicio misionero «en unión tanto con la Iglesia de Constantinopla, por la que habían sido enviados, como con la sede de Roma, por la cual fueron confirmados. De este modo, manifestaban la unidad de la Iglesia»1.

El Papa ha recordado frecuentemente los fundamentos cristianos del ser de Europa, de tal manera que «la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo», «y precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria»2. El mismo nombre de Europa aparece tardíamente y tiene unas connotaciones puramente geográficas, mientras que para designar la unidad cultural que tiene unos mismos fundamentos se empleaba el apelativo de Cristiandad u otro similar3.

Cuando a un edificio le fallan sus cimientos se puede derrumbar con suma facilidad. Por eso, el Papa, ante el continuo deterioro de la fe, dirige esos apremiantes llamamientos, a todos y a cada uno, para una nueva evangelización de Europa. «La Iglesia de hoy –decía a los jóvenes peregrinos en Santiago de Compostela– se prepara a una nueva cristianización, que se presenta a sus ojos como un desafío, al cual deberá responder adecuadamente como en tiempos pasados»4. Son palabras dirigidas a nosotros.

En algunos casos se trata de llevar a cabo una nueva implantación del Cristianismo, como la que realizaron los Santos Cirilo y Metodio entre los pueblos eslavos, comenzando por lo más fundamental, pues en algunos lugares parece como si hubiera vuelto de nuevo el paganismo, y de un modo más absoluto que en los pueblos primitivos, pues estos al menos mantenían unas creencias religiosas. Y esta es una tarea que nos toca a todos, comenzando por recristianizar el ambiente que nos rodea y sus costumbres; en primer lugar, los más cercanos: hablemos de Dios, con claridad y sin respetos humanos, como lo único que puede dar sentido al hombre y a la sociedad; enseñemos que cualquier iniciativa humana que no tenga presente al Creador está condenada al fracaso; ayudemos en la tarea de la Iglesia de enseñar el Catecismo; invitemos, con audacia, a nuestros amigos a medios de formación cristiana, sin dar a nadie como perdido o irrecuperable; aconsejemos buenos libros; facilitemos a otros el camino que conduce al encuentro con Cristo a través de la Confesión...

II. El Cristianismo le dio su ser a Europa y configuró su unidad, en la que se integró una muchedumbre de pueblos y de razas, de cultura y de procedencias bien diversas, que se asentaron a lo largo del tiempo y forjaron una convivencia bajo unos mismos principios cristianos. La conversión de Europa no fue empresa breve, sino que se prolongó durante más de un milenio. «Fue una empresa con avances y retrocesos, con triunfos y aparentes fracasos, a la que cada pueblo contribuyó con lo mejor de su genio y figura; una empresa en la que la Providencia de Dios quiso contar, como siempre, con la cooperación del hombre. Ante todo, la conversión de Europa fue un acontecimiento religioso y, a la vez, el factor esencial en la formación de la civilización occidental»5.

Aún hoy el alma de Europa permanece unida en puntos muy esenciales, pues, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, al menos en el substrato de muchas de sus leyes y costumbres. Mantiene valores que debe al Cristianismo, como la dignidad de la persona humana, el sentimiento de justicia y de libertad, la laboriosidad, el espíritu de iniciativa, el amor a la familia, el respeto a la vida, la tolerancia y el deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan6.

A la vez, nos encontramos con una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral, con la disgregación de la familia y la degeneración de las costumbres7. No son pocos los pueblos que han admitido en sus legislaciones leyes que ni siquiera son humanas, como es la ley del aborto, que hace retroceder la civilización a épocas de barbarie y degradación. Pero a un nuevo paganismo en las ideas y en las costumbres se responde con una nueva evangelización. Ha sido siempre propio del cristiano ahogar el mal en abundancia de bien. Y eso es lo que nos pide el Señor que llevemos a cabo con esas personas –pocas o muchas, jóvenes o mayores– que están a nuestro alcance.

Muchas veces han resonado en nuestros oídos las palabras del Papa en Santiago de Compostela, en su primera visita a España: «Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes»8.

Dios se quiere valer ahora de nosotros para recristianizar la sociedad desde sus mismos cimientos, como hicieron los primeros cristianos y continuaron después tantas generaciones. Sin abandonar el lugar profesional y familiar. ¡Cuánto bien podemos hacer! Para eso es necesario que llevemos una vida de fe viva, que cuidemos con esmero cada día el tiempo que dedicamos a la oración, «tratando a solas con quien sabemos nos ama»9. Es preciso que toda nuestra actividad tenga su centro y su raíz en la Santa Misa, que sepamos acudir al sacramento de la Penitencia, donde se purifica el alma, se rejuvenece y se llena de alegría.

III. Cuando Pablo y sus colaboradores inmediatos atravesaban Frigia y la región de Galacia, el Espíritu Santo les hacía caminar hacia adelante sin permitir que se detuvieran en las ciudades del camino. Por fin, en Tróade, Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de pie y le suplicaba diciendo: Ven a Macedonia y ayúdanos10. Era una llamada apremiante, gracias a la cual se inició la evangelización de Europa. Esa misma llamada hemos de sentir nosotros de gentes que nos rodean y que, en ocasiones, han olvidado o tienen confundidos los rudimentos de la fe. También nos dicen: «Ven y ayúdanos».

Es probable que el Señor no nos pida que marchemos lejos, pues el medio que frecuentamos cada día es el lugar donde el Señor quiere que hagamos esa nueva cristianización, con fe y optimismo, sin pararnos ante las dificultades, pues «si los obstáculos son grandes, también es más abundante la gracia divina: será Él quien los remueva, sirviéndose de cada uno como de una palanca»11. Aprovecharemos todas las circunstancias que cada día nos salen al paso: el nacimiento o la muerte de un pariente o conocido, la enfermedad, los festejos familiares, las pequeñas alegrías que podemos ayudar a sobrenaturalizar, el ofrecer un tiempo para dar catequesis...; siempre tendremos ocasión de aconsejar un buen libro que acerque a Dios, o de dar un consejo a quien está pasando un mal momento...; insinuaremos la posibilidad de bendecir una casa que se comienza a habitar; enseñaremos a pedir ayuda al Ángel Custodio en las pequeñas o grandes necesidades que se presentan; daremos ejemplo a la hora de bendecir la mesa y de dar gracias por los alimentos recibidos; sugeriremos el colocar una imagen de la Virgen en la casa, que indica que allí hay alguien que cree y ama a la Madre de Dios... Son pequeñas costumbres que heredamos de otras generaciones de cristianos y que debemos transmitir, pues en ellas se plasma y se hace práctica una vida de fe. Dios se hace cotidiano en mil pequeños momentos, en el saludo, al convertir en una ofrenda grata al Señor el trabajo diario, en el modo de plantear las vacaciones o el descanso... La fe lo penetra todo, para enriquecerlo y sobrenaturalizarlo. A la vez, lo hace más humano.

El convencimiento firme de que la misma vocación cristiana nos lleva a dar a conocer a Cristo es un paso adelante en esa empresa que el Papa pide a todos. Si cada cristiano fuera consecuente con su fe, no tardaríamos en cambiar el mundo: lo habríamos convertido en un lugar más humano, donde la convivencia resultaría más fácil y grata, porque estaría más cerca de Dios. Comencemos esa labor por nosotros mismos y movamos a otros a que también la continúen. Así, el apostolado será como la piedra caída en el lago, que origina una onda y esta otra...12, sin fin. Pidamos al Señor, con la liturgia de la Misa, que nos conceda, por intercesión de los santos hermanos Cirilo y Metodio, la gracia de aceptar tu Palabra y de llegar a formar un pueblo unido en la confesión y defensa de la verdadera fe13.

A Santa María, Mater Ecclesiae y Regina mundi, le pedimos «una Iglesia rejuvenecida, firme en la unidad, renovada en el afán de santidad y en el afán apostólico de todos sus miembros»14, para que Jesús reine en todos los corazones y en todas las actividades de los hombres.

1 Juan Pablo II, Const. Apost. Egregiae virtutis, 31-XII-1980. 2 ídem, Discurso en Santiago de Compostela, 9-XI-1982, 2. 3 Cfr. L. Suárez, Raíces cristianas de Europa, Palabra, 2ª ed., Madrid 1986, p. 6 ss. 4 Juan Pablo II, Discurso en Santiago de Compostela, 19-VIII-1989. 5 J. Orlandis, La conversión de Europa al cristianismo, Rialp, Madrid 1988, pp. 11 ss. — 6 Cfr. Juan Pablo II, Discurso en Santiago de Compostela, 9-XI-1982, 4. — 7 ídem, Discurso 6-XI-1981. 8 ídem, Discurso en Santiago de Compostela, 9-XI-1982. 9 Santa Teresa, Vida, 8, 2. 10 Hech 16, 9. 11 A. del Portillo, Carta pastoral, 25-XII-1985, n. 10. — 12 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 831. 13 Misal Romano, Oración colecta de la Misa. — 14 A. del Portillo, o. c., n. 12.

Cirilo y Metodio eran el menor y el mayor de una familia de siete hermanos. Nacieron en Tesalónica (Grecia), y eran hijos de un alto funcionario de la Administración bizantina. Cirilo adquirió en Constantinopla una cuidada formación, llegando a ser profesor de la Universidad imperial. Metodio, después de haber sido gobernador y haber tenido una agitada vida política, profesó en un monasterio de Bitinia. Ambos dedicaron su vida a la evangelización de los pueblos eslavos. Para facilitar esta labor, Cirilo, experto lingüista, acometió la inmensa tarea de componer un alfabeto para expresar por escrito los sonidos de la lengua eslava, que carecía de caracteres escritos. Tradujo los principales textos de la Sagrada Escritura y de la liturgia; años más tarde, Metodio completó la obra de su hermano.

Cirilo murió en Roma el 14 de febrero del año 869, recibiendo sepultura junto a las reliquias de San Clemente, que él había llevado a la Ciudad Eterna. Metodio falleció el 6 de abril del año 885. Su cuerpo fue trasladado posteriormente a Roma y reposa junto al de su hermano. Juan Pablo II los nombró, junto a San Benito, Patronos de Europa por su labor evangelizadora con los pueblos eslavos.

 

 

“Hija mía, el Señor cuenta con tu ayuda”

Hija mía, que has constituido un hogar, me gusta recordarte que las mujeres –¡bien lo sabes!– tenéis mucha fortaleza, que sabéis envolver en una dulzura especial, para que no se note. Y, con esa fortaleza, podéis hacer del marido y de los hijos instrumentos de Dios o diablos. –Tú los harás siempre instrumentos de Dios: el Señor cuenta con tu ayuda. (Forja, 690)

La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad... La feminidad no es auténtica si no advierte la hermosura de esa aportación insustituible, y no la incorpora a la propia vida.
Para cumplir esa misión, la mujer ha de desarrollar su propia personalidad, sin dejarse llevar de un ingenuo espíritu de imitación que –en general– la situaría fácilmente en un plano de inferioridad y dejaría incumplidas sus posibilidades más originales. Si se forma bien, con autonomía personal, con autenticidad, realizará eficazmente su labor, la misión a la que se siente llamada, cualquiera que sea: su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no sólo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve. (Conversaciones con Mons. Escrivá, 87)
Una mujer con la preparación adecuada ha de tener la posibilidad de encontrar abierto todo el campo de la vida pública, en todos los niveles. En este sentido no se pueden señalar unas tareas específicas que correspondan sólo a la mujer. (...) En este terreno lo específico no viene dado tanto por la tarea o por el puesto cuanto por el modo de realizar esa función, por los matices que su condición de mujer encontrará para la solución de los problemas con los que se enfrente, e incluso por el descubrimiento y por el planteamiento mismo de esos problemas. (Conversaciones con Mons. Escrivá, 90)

 

Mensaje del Prelado (14 febrero 2019)

Mons. Fernando Ocáriz trata en este mensaje sobre la unidad que da el amor, y que se transforma en comunión.

Cartas pastorales y mensajes14/02/2019

Opus Dei - Mensaje del Prelado (14 febrero 2019)

Queridísimos, ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En mi reciente viaje en varios países de Centroamérica, he podido experimentar, otra vez, la bendita unidad de la Obra. No dejemos de sorprendernos por esta misericordia que tiene Dios con nosotros. Nuestro Padre, refiriéndose al 14 de febrero de 1930 y al 14 de febrero de 1943, comentó en una ocasión: «No en vano ha querido el Señor que coincidan estas dos manifestaciones de su bondad en una misma fecha. (...) Pedid al Señor que os enseñe a amar la unidad de la Obra como Él la quiso desde el primer momento» (14-II-1958).

El Señor, durante la Última Cena, rezó por la unidad de quienes serían sus discípulos: «Ut omnes unum sint» (Jn 17,21); que todos seamos uno. No se trata solo de la unidad de una organización humanamente bien estructurada, sino de la unidad que da el Amor: «como Tú, Padre, en mí y yo en Ti» (Ibíd.). En este sentido, los primeros cristianos son un claro ejemplo: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).

Precisamente por ser consecuencia del amor, esta unidad no es uniformidad, sino comunión. Se trata de unidad en la diversidad, manifestada en la alegría de convivir con las diferencias, aprender a enriquecernos con los demás, fomentar a nuestro alrededor un ambiente de afecto. Jesús señaló que esta unidad es condición de eficacia en la transmisión del Evangelio: «Para que el mundo crea» (Jn 17,21). Unidad, por tanto, que no nos encierra en un grupo, sino que – como parte de la Iglesia – nos abre a ofrecer nuestra amistad a todas las personas en esta magnífica misión evangelizadora.

Esforcémonos con un renovado empeño por vivir la unidad: empezando con quienes tenemos más cerca. Entonces, con la gracia de Dios, fuente de esa unidad, podremos superar los obstáculos que se nos presenten en el camino.

Con todo cariño os bendice,

vuestro Padre

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-b7af70ec953505b3f6dd009a55dd0f78.jpg

Roma, 14 de febrero de 2019

 

 

Santos, todos

“Nunca habrá mujeres —ni de broma— en el Opus Dei”. Unos días después de escribir esta frase, Josemaría Escrivá descubrió que la Obra era un camino universal de santidad abierto también a las mujeres. Fue parte de ese despliegue gradual de la voluntad de Dios, algo insospechado que le sobrevino. Era el 14 de febrero de 1930, un año y medio después de fundar el Opus Dei.

Últimas noticias13/02/2019

Opus Dei - Santos, todos

Especial sobre los aniversarios del 14 de febrero, día en que san Josemaría entendió con profundidad que Dios llamaba a las mujeres y a los sacerdotes a ser y hacer el Opus Dei.


La frase, extraña para una mente del siglo XXI, tiene sentido en el contexto de una época en la que era inconcebible que hombres y mujeres pertenecieran a una misma institución de la Iglesia, más teniendo en cuenta que hasta 1941 el Opus Dei no tuvo su primer reconocimiento jurídico y en una España –la que vio nacer la Obra– donde el ejercicio profesional como vía de transformación del mundo apenas tenía cabida entre las mujeres.

Solo unas pocas cursaban estudios superiores y la mayoría se dedicaban, principalmente, al hogar y carecían de independencia económica y social. En 1933 las mujeres acudían por primera vez a votar en España. No fue hasta el curso 1977-1978 cuando la presencia de universitarias en las aulas llegó al 43%, una cifra que en Estados Unidos se había alcanzado en 1920. Por no hablar de falta de autonomía para obtener un pasaporte, abrir una cuenta bancaria, administrar bienes, suscribir contratos, disponer de los ingresos del trabajo, etc.

Tanto hombres como mujeres estaban llamados a la plenitud cristiana en medio del mundo, pero en aquel entonces eso era tan inédito e insólito que en muchas ocasiones a Escrivá lo llamaron hereje

Desde el momento en que el fundador del Opus Dei entendió la amplitud de aquel mensaje, se puso a trabajar con mujeres solteras –como Carmen Cuervo, que tenía un cargo de responsabilidad en el Ministerio de Trabajo o Mª Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis en el Hospital del Rey– y casadas, aunque éstas últimas no se incorporaron jurídicamente a la institución hasta 1948. Tanto hombres como mujeres estaban llamados a la plenitud cristiana en medio del mundo, pero en aquel entonces eso era tan inédito e insólito que en muchas ocasiones llamaron a Escrivá hereje.

En 1968, afirmaba: “Una sociedad moderna, democrática, ha de reconocer a la mujer su derecho a tomar parte activa en la vida política, y ha de crear las condiciones favorables para que ejerciten ese derecho todas las que lo deseen”.

Distintas mujeres, distintas realidades

El pensamiento de san Josemaría sobre la condición femenina puede entreverse en las vidas de muchas mujeres del Opus Dei, por ejemplo, Guadalupe Ortiz de Landázuri (1916-1975).

Guadalupe Ortiz de Landázuri.

Guadalupe Ortiz de Landázuri.

En un Madrid prebélico, comenzó la carrera de Ciencias Químicas, que terminó tras la guerra civil, con uno de los mejores expedientes de su curso. Quería dedicarse a la docencia universitaria y empezó los cursos de doctorado pero, como era una de las primeras numerarias del Opus Dei, fue adaptando su objetivo a las necesidades de cada momento.

“Una sociedad moderna, democrática, ha de reconocer a la mujer su derecho a tomar parte activa en la vida política, y ha de crear las condiciones favorables para que ejerciten ese derecho todas las que lo deseen”

Durante un tiempo, se dedicó a la administración doméstica de los primeros centros, se encargó de la dirección de la primera residencia universitaria en Madrid, comenzó la labor apostólica en varias ciudades españolas y después en México, pero nunca dejó de lado su carrera. Al llegar a México, se matriculó en algunas asignaturas del doctorado de Químicas. Después, tras pasar un tiempo en Roma colaborando con san Josemaría en el trabajo de gobierno del Opus Dei, volvió a España y defendió su tesis doctoral, en 1965.

Entre 1960 y 1974 Guadalupe Ortiz de Landázuri dio clases en el Instituto Ramiro de Maeztu y en la Escuela de Maestría Industrial, de la que fue catedrática y subdirectora

Entre 1960 y 1974 dio clases en el Instituto Ramiro de Maeztu y en la Escuela de Maestría Industrial, de la que fue catedrática y subdirectora.

También Laura Busca (1918-2000), a la que sus amigos recuerdan magnánima y con gran temperamento, fue una de las primeras mujeres en cursar, en los años 30, la carrera de Farmacia en la Universidad Central de Madrid.

Durante esos años, vivió en la Residencia de la Institución Libre de Enseñanza, y comenzó su tesis doctoral sobre el tifus en el Hospital del Rey. Allí conoció a su futuro marido, el médico Eduardo Ortiz de Landázuri, con quien se casó el 17 de junio de 1941. Doce años después se incorporó al Opus Dei como supernumeraria.

Laura Busca (segunda por la izquierda).

Laura podría haber dedicado sus esfuerzos a una carrera profesional que parecía prometedora, sin embargo, libremente decidió poner todas sus capacidades en sacar adelante a su familia.

En cambio, Lourdes Díaz Trechuelo (1921- 2008) eligió pelear a fondo para desarrollar su carrera profesional. Comenzó a estudiar en casa, en Sevilla, con una profesora particular, como era habitual entre las chicas de familias acomodadas de la época. En 1935, en contra de la opinión de sus padres, cursó el bachillerato en el único Instituto Nacional de Segunda Enseñanza que entonces había en Sevilla. Aprobó todas las asignaturas y, en enero de 1937, terminó el Bachiller.

Lourdes Díaz Trechuelo en la Biblioteca de la Universidad de Córdoba. Foto cedida por la Universidad de Navarra.

Durante la guerra y los primeros años 40 tuvo diferentes trabajos, hasta que decidió estudiar y presentarse a las oposiciones a Cátedra de Instituto de Geografía e Historia, que se acababan de convocar. Tardó varios años en sacar la plaza ya que, entre medias, enfermó gravemente una tía suya y después su padre, a los que atendió personalmente.

La larga e intensa vida profesional de Lourdes Díaz-Trechuelo transcurrió principalmente en Sevilla y Granada, pero viajó por todo el mundo impartiendo conferencias y participando en congresos de su especialidad

En enero de 1953 fue la primera mujer sevillana en pedir la admisión como agregada del Opus Dei. Años más tarde, obtuvo la plaza de Profesora de Historia de América en la Universidad de Córdoba.

El caso de Encarnita Ortega (1920-1995) es un poco diferente. Después de que la contienda nacional truncara sus estudios de bachillerato, ejerció de enfermera en diversos hospitales durante la guerra civil. En 1941, conoció el Opus Dei y pidió la admisión como numeraria.

El compromiso de Encarnita Ortega con la mujer se manifestó en ayudar al impulsar numerosas iniciativas sociales en todo el globo y en su interés por el mundo de la moda.

Desde el principio puso toda su capacidad en trabajar junto al fundador para extender la labor apostólica a otros países. Colaboró en el impulso de numerosas iniciativas sociales y educativas en todo el mundo.

Encarnita Ortega, en el centro de la fotografía.

San Josemaría insistía en que las mujeres no tenían por qué contraponer los dos ámbitos, trabajo y familia. “La dedicación a las tareas familiares supone una gran función humana y cristiana. Sin embargo, esto no excluye la posibilidad de ocuparse en otras labores profesionales —la del hogar también lo es—, en cualquiera de los oficios y empleos nobles que hay en la sociedad en que se vive”.

Lourdes, Encarnita, Laura, Guadalupe y muchas otras, encarnan la riqueza y diversidad de ese genio femenino multitarea, siempre intentando conciliar las circunstancias personales con el desarrollo profesional.

 

Una nueva intercesora: Guadalupe Ortiz de Landázuri

Ana Teresa López de Llergo

Guadalupe Ortiz de Landázuri tendrá su ceremonia de beatificación en Madrid. Fue una de las primeras mujeres en pedir a san Josemaría Escrivá incorporarse como numeraria. Por lo que es importante considerar su constancia, el no querer llamar la atención, el aprovechamiento de las oportunidades.

 

Guadalupe Ortiz

A propósito del inicio de la labor con mujeres en el Opus Dei, para el 14 de febrero de 2017 escribí un artículo en donde mencioné a Guadalupe Ortiz de Landázuri, por ser una de las primeras mujeres que pidió al Fundador incorporarse como numeraria. Y, ahora, en este año, el 18 de mayo, se tendrá la ceremonia de su beatificación en Madrid.

El miércoles 6 de febrero de este año, se organizó un evento en la Universidad Panamericana para darla a conocer, porque Guadalupe tenía alma universitaria, fue docente e investigadora toda su vida, actividades que supo compatibilizar con tareas de gran envergadura. Afrontó los encargos con el ánimo emprendedor que siempre la caracterizó.

Es la primera mujer del Opus Dei que sigue los pasos de san Josemaría Escrivá y del beato Álvaro del Portillo, en la declaración de la Iglesia de una vida ejemplar e imitable. Y, para muestra un botón: en el evento estaba un estudiante y alguien le preguntó por qué había asistido, dijo que le llamó la atención el anuncio de una mujer docente, investigadora y que ahora nos la proponen como modelo.

En el auditorio de la Universidad, de las 9:45 a las 12:30 atendimos a las exposiciones y al final hubo un brindis para conversar y cambiar impresiones. La maestra de ceremonias fue la directora de Pedagogía, Claudia García Casas. Introdujo con una breve semblanza a los expositores.

La vicerrectora general de los tres Campus de la Universidad, Fernanda Llergo Bay, inauguró el homenaje. Hizo ver que la vida de Guadalupe es muy sugerente, como quedó claro en los textos de los diversos expositores. Vino a México con el mensaje del Opus Dei, y ese espíritu impregna el ideario de la Panamericana. Por eso, de alguna manera ella está presente. Y, como está en el Cielo es una poderosa intercesora, como lo son los santos.

María Teresa Nicolás, vicerrectora académica, entresacó datos biográficos de Guadalupe relacionándolos con los eventos mundiales y del pueblo español. El resultado es que su vida transcurre entre guerras y postguerras. Sufrió las consecuencias y nunca tuvo rencor u odio contra los agresores que ocasionaron grandes dolores.

Nació el 12 de diciembre 1916, por eso se llama Guadalupe. Por causas políticas la familia emigró a Tetuán, allí estudió el bachillerato: única mujer de su grupo. Aunque sus compañeros le ponían retos ella siempre los superó. Más adelante su padre, prisionero político, no quiso abandonar a sus subalternos condenados a muerte y murió con ellos. Guadalupe le acompañó la noche anterior al fusilamiento.

Se matriculó en la carrera de ciencias químicas. Interrumpe los estudios por la guerra civil en España. Al restablecerse la paz obtiene el grado de licenciada.

Como san Josemaría que sintió la llamada de Dios al ver las huellas de unos pies descalzos en la nieve, ella también sintió que Dios le pedía algo. Le presentan al Fundador de la Obra y un poco más adelante pide ser admitida como numeraria, el 19 de marzo de 1944.

Vive en la residencia Zurbarán en Madrid, también en Bilbao. Luego san Josemaría la envía a México. Después de seis años y meses en estas tierras va a Roma, a colaborar en el Gobierno de la Obra cerca del Fundador. Una deficiencia cardiaca le hace regresar a España. Allí saca el doctorado en Química, imparte clases e investiga.

Muere en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra, el 16 de julio de 1975, un poco menos de un mes después de la muerta de San Josemaría.

Un 18 de mayo hizo la primera comunión, y el 18 de mayo de este año, en Madrid, la beatificarán, fecha que fijó el papa Francisco después de declarar su heroicidad para vivir las virtudes y de comprobar un milagro.

El doctor Alberto Ross, vicerrector de investigación, habla de ella como una universitaria en la postguerra. Y en un tiempo en que prácticamente había muy pocas mujeres incursionando en esos trabajos. En la Facultad de Filosofía y Letras las mujeres alcanzaron el 68.9%, pero en Farmacia sólo el 40%. Y el 12% de los trabajadores eran mujeres. Cita el número 12 de la Gaudete et exultate del papa Francisco.

El rector del Campus México, Santiago García, hace ver que ahora el gobierno de la Universidad está conformado con el 75% de mujeres, pero no solamente por eso, Guadalupe es un modelo para la institución sino también por el empeño en el trabajo cotidiano, por su profesionalidad y por su capacidad de impulso.

Lourdes Monroy, directora de proyectos en el gobierno de la Obra en México, habló de Guadalupe como pionera, gestora e impulsora del trabajo del Opus Dei en México.

Era numeraria, que significa entregar la vida a Cristo con un camino propio del Opus Dei. Es pionera porque se adelanta y explora para iniciar una actividad. Impulsó la labor apostólica en México. Abre brecha.

Llegó a México el 6 de marzo de 1950, con Manolita Ortiz y María Esther Ciancas. Inicia la primera residencia: Copenhague. En diciembre va a Michoacán por diez jovencitas para aprender a administrar los servicios en los Centros de la Obra.

A principios de 1951 donan la hacienda de Montefalco que estaba en ruinas por el incendio que sufrió durante la Revolución Mexicana. En marzo de 1952, algunas numerarias se van a Culiacán, y en noviembre de 1953 otras van a Monterrey. En octubre de este año inicia un Patronato para conseguir fondos para la formación de sacerdotes de la Obra.

En marzo de 1954 se tiene en Montefalco una actividad para mujeres. En septiembre de 1955 inicia el colegio Chapultepec en Culiacán. Es el primero del Opus Dei, en el mundo, para mujeres. En febrero de 1956 se inaugura Montefalco como casa de retiros. Este mismo año inicia la escuela Montefalco para mujeres. Actualmente hay 3609 exalumnas.

La fecundidad del amor de Guadalupe, a los seis años de su llegada a México, logra 50 numerarias, 40 numerarias auxiliares, 15 supernumerarias y 2 agregadas. Seis casas de la sección femenina. Veinte numerarias y 10 numerarias auxiliares en otros países.

¿Por qué pudo hacerlo? Por la gracia de Dios a quien amaba y a quien se entregó. Por secundar los planes de san Josemaría. Por su grandísima fe, sencillez y alegría contagiosa. Porque presentó los proyectos de modo fácil y accesible. Porque no se consideró ni se hizo imprescindible.

El prelado del Opus Dei, Don Fernando Ocariz, la declara con un espíritu valiente y entusiasta.

A continuación, la Dra. Mónica Meza recordó una investigación, que se publicó hace algunos años, sobre la formación que Montefalco ha proporcionado a las mujeres de la región.

La Dra. María de los Ángeles Padilla habló de Guadalupe como una mujer de ciencia y fe, con tres rasgos: investigadora, docente y creadora de nuevos programas.

Con Piedad de la Cierva investiga sobre el contenido de sílice en la cascarilla de arroz y las propiedades como material refractario. Con paciencia y tenacidad aprovecha cualquier momento para investigar. De ella decían: mujer listísima, pero sobre todo tenaz.

Como docente enriquece esa actividad con la investigación.

Como creadora de nuevos programas, en 1968 promueve y colabora en el Centro de Innovación en Ciencias Doméstica (CEICID), aporta sus investigaciones en textiles. El año pasado este Centro cumplió 50 años.

¿Qué aprender de Guadalupe? Su constancia, el no querer llamar la atención, el aprovechamiento de las oportunidades.

Para terminar, la Dra. María Teresa Nicolás habló de la Beca “bgodl”. E invitó para el 4 de abril a las 12 horas, a ver el video que realizarán sobre Guadalupe.

Fue una mujer que sabía querer y era correspondida. Cuando la internaron en la Universidad de Navarra, para operarla del corazón, me consta que todas las numerarias que vivían con ella en Madrid, sufrieron su ausencia y continuamente se ofrecían para ir a cuidarla. Dios les tomó la delantera y se la llevó.

 

 

La filiación divina: fuente de vida espiritual

Ofrecemos el artículo "La conciencia de la filiación divina, fuente de vida espiritual", escrito por el profesor de Teología Javier Sesé y publicado en “Scripta Theologica” 31 (1999/2).

Otros20/02/2016

La filiación divina: fuente de vida espiritual (PDF, para imprimir)

1. Desde la experiencia de los santos

“Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo (…) Y así, aquí está empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos; en lo cual conoce el alma la verdad del dicho de Isaías que dice: ‘A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis regalados’ (Is 66, 12)”. Hasta aquí San Juan de la Cruz en su Cántico espiritual.

“Ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de agradecimiento y de amor”, añade Santa Teresa del Niño Jesús, recordando la misma cita de Isaías, completada, entre otras referencias de la Escritura, con ésta del mismo profeta: “¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49, 15).

Por eso, Santa Teresa de Jesús dice de Dios “que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en El no puede haber sino todo bien cumplido”; y San Josemaría Escrivá afirma, de forma paralela, que Dios es un Padre que nos ama “más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos”. Y añade, conmovido, en otro momento: “Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con El la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada”.

Estos textos, citados como arranque de nuestra reflexión, pretenden ser paradigmáticos de la misma, tanto de su contenido como de su método. En efecto, nos proponemos presentar una reflexión teológica sobre la conciencia de la filiación como fuente de vida espiritual, pero inspirada en la experiencia y la enseñanza de los santos.

No es mi intención analizar unos textos concretos de determinados maestros de espiritualidad; ni abrumar con una amplia erudición de referencias, aunque sí citaré un buen número de ejemplos como apoyo de mis reflexiones; sino exponer lo que la lectura, el estudio y, sobre todo, una “contemplación” teológica de la doctrina y la experiencia interior de diversos santos me lleva a concluir como síntesis común a todos ellos.

De esta forma, deseo presentar algunas ideas que tengan, por una parte, un carácter y una aplicación lo más universal posible, y por otra, estén apoyadas en autoridades teológicas contrastadas. Efectivamente, la filiación divina, como condición común y básica del ser cristiano, puede y debe ayudarnos a todos en el camino de nuestra vida espiritual; y la experiencia y la enseñanza de aquéllos que han recorrido con éxito ese camino es la mejor garantía tanto de la veracidad de lo que afirmemos como de su utilidad práctica.

Si toda la teología, a mi entender, debe conducir armónicamente al conocimiento de la verdad divina y al afianzamiento de la santidad personal, mucho más aquella parte de esta ciencia que estudia expresamente la santidad cristiana, y que solemos denominar teología espiritual; y si los santos proporcionan luces decisivas para toda buena reflexión teológica, en teología espiritual se hacen imprescindibles.

Pienso que así, además, mi contribución puede resultar verdaderamente complementaria de las que hemos escuchado hasta ahora en el simposio; no tanto por decir cosas distintas, pues seguiremos contemplando la figura de nuestro Padre Dios, sino por iluminar esas ideas desde otra perspectiva: una perspectiva que ojalá sea viva y vivificante para todos, como sin duda lo fue para los que han inspirado estas líneas.

Como última consideración introductoria, no debemos olvidar que estamos ante el principal misterio de nuestra fe (Dios mismo), contemplado desde unas experiencias espirituales que, a su vez, esconden otro misterio de fe: el de la vida divina en el interior del alma cristiana. Hay, por tanto, mucho más en esas realidades -infinitamente más- de lo que aquí se pueda decir, y en la misma experiencia de esos santos hay mucha más riqueza de la que la teología haya podido extraer hasta ahora. Por eso, cada afirmación que aquí se propone abre nuevos y amplios panoramas de reflexión. Pero éste es precisamente uno de los grandes alicientes de la ciencia teológica, y de la teología espiritual en particular.

2. Amor paterno de Dios e intimidad trinitaria

La contemplación reflexiva de textos y experiencias como los citados al principio me han llevado, en estos últimos meses, a un primer convencimiento que considero fundamental, y que propongo como idea clave de todo lo que seguirá: lo que hace reaccionar a los santos no es tanto la conciencia de ser él mismo o ella misma hija o hijo de Dios, sino la comprensión cada vez más profunda y viva de lo que significa “Dios es mi Padre”; es decir, el descubrimiento del infinito amor divino volcado en él o en ella: la constatación viva y práctica de “cuánto Dios me quiere”.

El santo es, sin duda, consciente de lo que causa el Amor divino en su propio ser y en su propia vida, y lo agradece de veras; pero más que fijarse en sí mismo, se fija en Dios: contempla admirado su infinita grandeza, y descubre con sorpresa que todo ese esplendor no se queda estático y como ajeno ante sus ojos, sino que se inclina hacia él, se le da, se hace suyo, sin más motivo que la pura liberalidad de su Amor divino.

Estos sentimientos se hayan presentes, en particular, en los textos citados al principio, pero recojamos otras palabras significativas, en este caso de Santa Teresa de los Andes, que nos ayuden a dar algunos pasos más: “Nuestro Señor me dijo que quería que viviera con El en una comunión perpetua, porque me amaba mucho (…) Después me dijo que la Sma. Trinidad estaba en mi alma; que la adorara (…) Mi alma estaba anonadada. Veía su Grandeza infinita y cómo bajaba para unirse a mí, nada miserable. El, la Inmensidad, con la pequeñez; la Sabiduría, con la ignorancia; el Eterno, con la criatura limitada; pero, sobre todo, la Belleza, con la fealdad; la Santidad, con el pecado. Entonces, en lo íntimo de mi alma, de una manera rápida, me hizo comprender el amor que lo hacía salir de sí mismo para buscarme (…) Vi que (…) con una criatura tan miserable se quiere unir; quiere identificarla con su propio ser sacándola de sus miserias para divinizarla de tal manera que llegue a poseer sus perfecciones infinitas”.

Apoyados en lo que acabamos de leer, subrayemos otras dos ideas fundamentales que considero inseparables de la primera ya apuntada: es el Dios Todopoderoso, Inmenso, Eterno, Infinito, Inmutable, etc., el que es nuestro Padre y nos ama así, con toda la conmovedora ternura materna que hemos recordado al principio; y es, a la vez, el Dios Trino el que así se nos entrega, no sólo porque nos revela los secretos de su intimidad trinitaria, sino porque introduce al alma en esa misma intimidad.

No me refiero con ello a la deducción de que lo dicho debe ser así porque así es Dios; sino a que la conciencia viva que tienen los santos de ese Amor paternal divino que se vuelca en el alma, y que les conmueve hasta las entrañas, incluye inseparablemente tres aspectos, cuya combinación provoca precisamente la intensidad y hondura de su reacción interior: el amor de Dios por mí es tan cercano e íntimo como el que existe entre una madre y su hijo recién nacido (primer aspecto); no porque se digne darme unas migajas de su infinito amor, sino porque se entrega Él verdaderamente, como es, en su grandeza e infinitud (segundo aspecto); y la prueba irrebatible de que esto es así, la constituye el hecho de que Dios se me entrega como se entrega a su Hijo (tercer aspecto): es mi Padre como es Padre de Jesús; mi filiación es participación en la misma Filiación de su Hijo; y su amor por mí es como el Amor con que ama a su Hijo: me entrega su mismo Amor paterno-filial que es el Espíritu Santo.

Dicho de otra forma: la experiencia y enseñanza de los santos -eco de lo que se manifiesta en la Escritura- nos muestra, por una parte, que sólo desde el seno de la misma Trinidad, y porque Ella toma la iniciativa de abrirse y darse, puede haber verdadera intimidad con Dios, verdadero intercambio de amor, verdadero trato paterno-filial; y por otra -o mejor, como consecuencia-, que sólo así Dios es realmente mío y todo lo suyo es mío, sin dejar de ser Dios.

El santo comprende profundamente, y enseña, a través de esa muestra de asombro y osadía, de amor y humildad, maravillosamente combinados, que si Dios me amara “como desde fuera de sí mismo”, es decir, no trinitariamente, no sería realmente Padre: sería, como mucho, sólo analógica o limitadamente padre; bueno, eso sí; incluso capaz de abrumarnos con infinidad de regalos y muestras de afecto, tratando de ganar nuestro corazón; pero sin acabar de entrar de verdad en él: porque el alma intuiría, en el fondo, que se trata de un amor indirecto, incluso interesado; que no es un verdadero amor de padre.

Sin embargo, la Encarnación de Jesucristo, su muerte por nosotros, el don de su Espíritu, la vida trinitaria en el alma, nos están diciendo que Dios es Padre de verdad, que me ama Él personalmente (tri-personalmente, podríamos decir); más allá de dones y dádivas concretos por maravillosos que sean… ¡que lo son!. El alma que comprende y siente esto a fondo trasciende los dones y regalos concretos; porque, ante todo, sabe que le tiene siempre a Él, con todos los tesoros de su misma vida divino-trinitaria.

Insistamos en esta importante doctrina reproduciendo una certera síntesis teológica salida de la pluma de Santa Edith Stein: “El alma, en la que mora Dios por gracia, no es simplemente una pantalla impersonal en la que se refleje la vida divina, sino que ella misma está dentro de esa vida. La vida divina es una vida trinitaria, tripersonal: es el Amor desbordante con el que el Padre engendra al Hijo y le da su Ser, y con el que el Hijo recibe ese Ser y se lo devuelve al Padre, el Amor en que el Padre y el Hijo son una misma cosa y que lo espiran ambos como su común Espíritu. Mediante la gracia este Espíritu se derrama a su vez sobre las almas. De esta manera resulta que el alma vive su vida de gracia por el Espíritu Santo, ama en Él al Padre con el Amor del Hijo y al Hijo con el Amor del Padre”.

3. Singularidad de la relación Padre-hijo

Desmenucemos un poco más estas ideas básicas. El alma santa es particularmente consciente no sólo de cuánto Dios ama, de cómo ama, sino de la singularidad de su Amor: de cuánto me ama y cómo me ama; de que no sólo es Padre, sino mi Padre; no sólo es Amor, sino mi Amor.

Por eso se atreve a tratar a Dios con las mismas palabras de Jesús: “Padre mío”, “Abbá”: ¡Papá!. Bien consciente, eso sí, de que lo puede decir y lo dice movido por el Espíritu del Padre y del Hijo que habita en su alma, como recuerda San Pablo (cf. Rom 8, 14-17 y Gal 4, 4-7)… ¡Pero lo dice! Y el “Padre nuestro” alcanza entonces su verdadero significado: mi Padre, tu Padre y su Padre …, de todos y cada uno, en Jesucristo.

Así lo propone San Josemaría Escrivá: “le diremos con San Pablo, Abbá, Pater!, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo”.

Dios es, de esta forma, mi Padre (cercanísimo, intimísimo)…, pero no deja de ser mi Dios; y esto tiene importantes consecuencias: todo el poder, gloria y majestad, bondad, verdad y belleza divinos son para el hombre… ¡Para mí en concreto! Míos por derecho de hijo. No merecidos, ni ganados o conquistados, desde luego; pero tampoco simplemente dados graciosamente por un Señor todopoderoso que se digna acercarse desde su altura majestuosa; sino recibidos como efecto irrefutable de que me ha hecho realmente su hijo, con todas sus consecuencias… Y esto es, sin duda, mucho más grande y más conmovedor, aunque los resultados prácticos parezcan los mismos.

Digo “parezcan”, porque, de hecho, los resultados no son los mismos: muchas de las audacias -por ejemplo, apostólicas- que contemplamos en la vida de los santos pienso que sólo son explicables porque “usan” el poder de Dios -valga la expresión- como propio de un hijo, de un heredero de pleno derecho. Mejor aún, como un poder que brota del mismo Dios actuando desde lo íntimo de la propia alma; y no simplemente como un don recibido desde fuera para ser usado, por muy liberal que haya sido la dádiva y por mucha libertad de uso que haya concedido el donador. Además, sólo desde esa perspectiva se puede mantener el equilibrio -como mantienen los santos- entre audacia y humildad.

Afinando un poco más, podemos decir que la verdadera conciencia de la filiación divina es la conciencia no sólo de que es mi Padre y mi Dios, sino mi Dios-Padre, que me entrega como propios a su Hijo y, con Él, a su Espíritu; es decir, hay una captación muy profunda de la Unidad en la Trinidad y de la Trinidad en la Unidad; y en ella, del equilibrio entre trascendencia y cercanía de Dios, entre su grandeza y su sorprendente anonadamiento para ser mío, nuestro.

Es lo que expresa, entre otros posibles testimonios, uno de los más conocidos párrafos de las Moradas de Santa Teresa de Jesús: “entiende (el alma que llega a las séptimas moradas) con grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios (…) Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos (cf. Jn 14, 23). ¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma”.

Y es lo que explica también San Juan de la Cruz en su Llama de amor viva, ya desde el prólogo: “Y no hay que maravillar que haga Dios tan altas y extrañas mercedes a las almas que él da en regalar; porque Si consideramos que es Dios, y que se las hace como Dios, y con infinito amor y bondad, no nos parecerá fuera de razón; pues él dijo que en el que le amase vendrían el Padre, Hijo y Espíritu Santo, y harían morada en él (cf. Jn 14, 23); lo cual había de ser haciéndole a él vivir y morar en el Padre, Hijo y Espíritu Santo en vida de Dios”.

Volveremos en seguida sobre los aspectos trinitarios de esta realidad. Ahora sigamos profundizando en los rasgos de intimidad paterno-filial que los santos descubren tras ese Amor divino.

La confianza y el abandono que brotan de la realidad de la filiación divina son habitualmente muy subrayados, pero, siguiendo la línea marcada al principio de nuestra reflexión, quiero insistir en que el santo se fija sobre todo en cómo Dios le quiere y le trata, de tal forma que no tiene más remedio, por decirlo así, que confiar y abandonarse. Es decir, esa actitud no es tanto fruto de un esfuerzo ascético personal -aunque ese esfuerzo también existe-, como, sobre todo, de un dejarse llevar por Dios: ¡por algo se habla precisamente de abandono! Aunque se trate siempre de un abandono activo, libre y consciente por parte del hijo.

Así lo expresa, por ejemplo, San Francisco de Sales: “‘Si no os hacéis sencillos como niños, no entraréis en el reino de mi Padre’ (Mt 10, 16). En tanto que el niño es pequeñito, se conserva en gran sencillez; conoce sólo a su madre; tiene un solo amor, su madre; una única aspiración, el regazo de su madre; no desea otra cosa que recostarse en tan amable descanso. El alma completamente sencilla sólo tiene un amor, Dios; y en este único amor, una sola aspiración, reposar en el pecho del Padre celestial, y aquí establecer su descanso, como hijo amoroso, dejando completamente todo cuidado a Él, no mirando a otra cosa sino a permanecer en esta santa confianza”.

Por otra parte, es esa “combinación” divinidad-paternidad-amor, presente en la donación trinitaria al alma que comporta la realidad de la filiación divina, la que realmente provoca en los santos una honda respuesta de amor filial, un entusiasmo, una auténtica “locura” de amor. Así se expresaban, en su oración, por ejemplo, Santa Teresa del Niño Jesús y San Josemaría Escrivá: “Déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame, sí, que te diga que tu amor llega hasta la locura… ¿Cómo quieres que, ante esa locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi confianza…?”. “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?”.

4. El Amor paterno de Dios manifestado en Jesucristo y en el Espíritu Santo

Busquemos de nuevo la perspectiva trinitaria ya apuntada. No podemos olvidar, en efecto, dos realidades teológicas que se hacen también particularmente vivas en las almas que poseen una profunda vida interior, y que les mueven aún más a corresponder.

La primera, que el Hijo es la Imagen del Padre y, al encarnarse, acerca esa imagen a nosotros, también en el sentido de que podemos contemplar “encarnado” el Amor de Dios Padre: en Jesús, vemos, sentimos y experimentamos ese Amor divino “humanizado”; y esto es decisivo tanto para acercarse intelectualmente a esa realidad, como para que exista por nuestra parte una verdadera respuesta filial, que tiene que ser necesariamente humana. Es decir, en el Corazón de Jesús, en sus acciones divino-humanas, en sus manifestaciones de cariño, el alma cristiana se hace más consciente y siente más vivamente qué significa el Amor paterno-maternal de Dios: cómo me ama Dios, cómo se “traduce” humanamente (corporal y espiritualmente) ese Amor; además de descubrir los caminos del verdadero amor filial, aprendidos de quien es el Hijo por naturaleza.

Por otra parte, no sólo somos hechos hijos en el Hijo, sino que la Encarnación de Jesucristo aparece como garantía de la verdad de nuestra propia filiación divina, como explica agudamente San Juan de Avila: “Inefable merced es que adopte Dios por hijos los hijos de los hombres, gusanillos de la tierra. Mas para que no dudásemos de esta merced, pone San Juan otra mayor, diciendo: ‘La palabra de Dios es hecha carne’ (Jn 1, 14) . Como quien dice: No dejéis de creer que los hombres nacen de Dios por espiritual adopción, mas tomad, en prendas de esta maravilla, otra mayor, que es el Hijo de Dios ser hecho hombre, e hijo de una mujer”.

Visto desde otra perspectiva, la intimidad con Jesús no sólo es intimidad con el Verbo encarnado, sino necesariamente también con el Padre de quien procede y que le ha enviado a nosotros (a mí, descubre cada uno, en la perspectiva íntima y singular que estamos subrayando). Crecen así, a la vez, la intimidad con el Padre y la intimidad con el Hijo; y crece a la vez la “distinción” en el trato con ellos, precisamente en la medida en que crece la conciencia viva de que soy hijo del Padre en el Hijo, de que soy más Cristo…

Así lo sintetiza un conocido texto de San Josemaría Escrivá, que guarda por lo demás gran paralelismo con el citado más arriba de Santa Teresa de Jesús, y nos conduce también a la segunda idea prometida: “Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: ‘cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él’ (Jn 14, 23). El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador”.

En efecto, por su parte -y ésta es la segunda idea, inseparable de la anterior, como indivisible es el misterio trinitario-, el Espíritu Santo es el Amor paterno-filial del Padre y del Hijo, por el que soy hecho hijo de Dios en Jesucristo. El Paráclito no sólo me hace hijo, me enseña a ser hijo y me mueve a vivir como hijo, sino que, ante todo y como causa de esto, me hace participar en el mismo Amor paterno-filial divino en Cristo; y en esa participación, me muestra de forma viva y experimental cómo es el Amor paterno de Dios en Jesús, porque El mismo -el Espíritu del Padre y del Hijo- es ese Amor.

Por ello, también la intimidad que busca y obtiene el alma con el Espíritu Santo es necesariamente intimidad con el Padre y el Hijo, en cuanto son y se aman como Padre e Hijo, y en cuanto los tres son Dios; y crece la intimidad del cristiano con el Espíritu Santo como Persona divina distinta, en la medida en que es más consciente de lo que significa ser hijo del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo.

Oigamos, en este punto, a Santa Catalina de Siena en su oración: “¡Oh Trinidad eterna, oh Deidad! Esta, la naturaleza divina, dio valor a la sangre de tu Hijo. Tú, Trinidad eterna, eres un mar profundo, donde cuanto más me sumerjo, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Eres insaciable, pues llenándose el alma en tu abismo, no se sacia, porque siempre queda hambre de ti, Trinidad eterna, deseando verte con luz en tu luz (…) ¡Oh Trinidad eterna, fuego y abismo de caridad! (…) Por haber experimentado y visto con la luz del entendimiento la luz de tu abismo y la belleza de la criatura. Trinidad eterna, por eso, mirándome en ti, he visto que era imagen tuya, partícipe de tu poder, Padre eterno, y de tu sabiduría en el entendimiento. Esta sabiduría se atribuye a tu Hijo unigénito. El Espíritu Santo, que procede de ti y de tu Hijo, me ha dado la voluntad, pues soy capaz de amar. Tú, Trinidad eterna, eres el que obra, y yo, tu criatura. He conocido que estás enamorado de la belleza de tu obra en la nueva creación que hiciste de mí por medio de la sangre de tu Hijo. ¡Oh abismo, oh Deidad eterna, oh Mar profundo! ¿Qué más podías darme que darte a ti mismo?”.

5. La Bondad de nuestro Padre Dios

En todo lo dicho hasta ahora hemos podido comprobar cómo la conciencia de la filiación divina no sólo conduce a una respuesta generosa de amor a Dios, sino que va dando también al alma luces importantísimas sobre el mismo Dios; luces que provocan, desde luego, un mayor crecimiento interior, pero que también ayudan al teólogo en su estudio científico sobre los misterios divinos. Por este camino deseo proseguir mi reflexión, profundizando en ese binomio intimidad-grandeza con que se nos presenta la paternidad divina.

Conciencia de la paternidad de Dios significa, lo hemos subrayado ya, conciencia de un amor personal del Padre, en Cristo y por el Espíritu Santo hacia cada uno de sus hijos e hijas singularmente. Esto quiere decir, entre otras cosas, y así lo sienten y lo expresan con particular viveza los santos, un amor divino vivo, actual y operante, continuo e intenso, y a la vez, concreto, lleno de detalles muy personales de amor de Dios respecto a cada hijo en cuanto tal, en los que la infinita capacidad divina de amar se adapta a la condición y necesidades de cada uno. Y cuanto mayor es la correspondencia del alma santa a ese amor, más se esmera Dios, por decirlo así, en sorprenderle con finuras y delicadezas de amor, como el mejor de los padres y la mejor de las madres.

Todo esto proporciona al santo una comprensión particular de la Bondad de Dios, que lejos de ser una simple afirmación teórica, la ve manifestada día a día en su propia vida, hasta conmoverle profundamente. Entroncamos así con una de las cuestiones más delicadas que la conciencia del hombre se plantea cuando se le presenta la figura paternal de Dios: el problema del mal. No es el momento de entrar en cuestión tan compleja y a menudo desconcertante, e incluso traumática, para el ser humano; pero sí de apuntar, al menos, la perspectiva que abre la experiencia de los santos para iluminar una reflexión sobre el mal.

Podríamos decir que los santos abordan la cuestión desde el interior de Dios mismo. Es decir, no intentan congeniar la experiencia del mal en el mundo con la certeza de fe de la infinita bondad divina, buscando ese complejo equilibrio en el que tantas veces la reflexión filosófico-teológica se embarca sin acabar de llegar a puerto. Sino que, más bien, lo ven todo desde esa intimidad alcanzada con la Trinidad, en la que la bondad divina es, ante todo, el mismo amor paterno-filial al que han sido llamados a participar; y el mundo y el hombre son vistos así desde la óptica de Dios Creador y Redentor. Y esto hasta tal punto que, más que intentar explicar el mal, da la impresión de que para ellos ha desaparecido como problema, porque en el mismo Dios no existe.

Es lo que expresan, por ejemplo, estas palabras de Santo Tomás Moro a su hija mayor, en su prisión de la Torre de Londres: “Hija mía queridísima, nunca se perturbe tu alma por cualquier cosa que pueda ocurrirme en este mundo. Nada puede ocurrir sino lo que Dios quiere. Y yo estoy muy seguro de que sea lo que sea, por muy malo que parezca, será de verdad lo mejor”.

Y así lo aplica también San Josemaría Escrivá a situaciones más ordinarias, objetivamente menos dramáticas, pero en las que también un alma cristiana puede pasarlo mal y desconcertarse: “¿Penas?, ¿contradicciones por aquel suceso o el otro?… ¿No ves que lo quiere tu Padre-Dios…, y Él es bueno…, y Él te ama -¡a ti solo!- más que todas las madres juntas del mundo pueden amar a sus hijos?”.

En efecto, desde esa experiencia de intimidad con Dios, resulta incuestionable que lo que solemos llamar mal físico nunca es un verdadero mal; y en cuanto al único verdadero mal, el pecado, aparece enfocado siempre a la luz de la Misericordia divina y del bien que Dios mismo extrae continuamente de él.

6. Dios Padre Misericordioso

La Misericordia paterna de Dios, vista desde la entraña misma de su Amor y su Bondad, tiene particular fuerza, en efecto, en la conciencia de la filiación divina. No puedo detenerme ahora en todas sus implicaciones, pero sí subrayar, en la misma línea que viene marcando nuestra reflexión, lo que me parece más decisivo en la experiencia de los santos: no es tanto la Misericordia en cuanto perdón lo que contemplan, sino en cuanto Amor que no puede dejar de incluir el perdón; no es tanto que mi Padre me perdona, sino que mi Padre me ama, y por eso me perdona: que realmente su corazón se vuelca en mí como hijo, más allá de la realidad concreta de mis obras buenas o malas.

Me atrevería a decir que el santo apenas se fija en el pecado como tal, sino sólo como contraste que ayuda a calibrar hasta qué punto Dios le ama personalmente, sin condicionar su amor a la respuesta fiel o infiel de su hijo. La parábola del hijo pródigo, sobre la que con toda razón se está hablando y escribiendo tanto últimamente, resulta sin duda emblemática en este sentido. El hijo menor de la parábola busca, como mucho, el perdón, pero lo que encuentra es el amor: amor paterno que incluye, desde luego, el perdón, pero que va mucho más allá. El hijo no recupera a su Padre, sino que se da cuenta de que nunca lo ha perdido; que él puede ser mal hijo, pero que el Padre nunca puede dejar de ser buen Padre, porque le ama de verdad, por ser quién es, en lo más hondo y desde lo más hondo.

Se entiende así que los santos se conmuevan hasta el punto que reflejan, por ejemplo, estas palabras de Santa Teresa de Jesús: “Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de Misericordia tan grande y merced tan crecida a traición tan fea y abominable?; que no sé cómo no se me parte el corazón cuando esto escribo, porque soy ruin”; o estas otras de San Josemaría Escrivá, referidas precisamente a la reacción del padre de la parábola: “Éstas son las palabras del libro sagrado: ‘le dio mil besos’, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres?”.

La Misericordia suele aparecer, efectivamente, en la experiencia y enseñanza de los santos, como la gran prueba del amor paternal divino, y también del Corazón de su Hijo encarnado, que es su Imagen fiel: la manifestación más conmovedora, la más consoladora, la más tierna… Por eso, es un aspecto clave para comprender mejor todo lo dicho hasta ahora y lo que seguirá; y en el caso particular de los santos, buena parte de su comprensión del Amor divino y de su respuesta generosa a la gracia brota precisamente de sus experiencias personales sobre la Misericordia viva y operante de Dios.

Demos un paso más. Como acabamos de comprobar en la referencia a la parábola del hijo pródigo, la Misericordia divina refuerza el convencimiento de que en el Amor paternal de Dios cabemos todos: ninguno pierde cariño paterno por muy pecador que sea. Más bien al contrario: todo invita a pensar en una “predilección” divina por el pecador. Hasta el punto de que santos como San Agustín o Santa Teresa del Niño Jesús hablan de la existencia de una Misericordia “previniente” de Dios; porque intuyen que, incluso para el cristiano que en un momento determinado, sinceramente, no tenga conciencia de graves pecados, no puede dejar de ser verdad que Dios le ama mucho porque le perdona mucho (cf. Lc 7, 40-47).

Citemos las reflexiones de la santa de Lisieux: “Sé también que a mí Jesús me ha perdonado mucho más que a Santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer. ¡Cómo me gustaría saber explicar lo que pienso…! Voy a poner un ejemplo. Supongamos que el hijo de un doctor muy competente encuentra en su camino una piedra que le hace caer, y que en la caída se rompe un miembro. Su padre acude en seguida, lo levanta con amor y cura sus heridas, valiéndose para ello de todos los recursos de su ciencia; y pronto su hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe de que a ese hijo le sobran motivos para amar a su padre!

“Pero voy a hacer otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de su hijo hay una piedra, se apresura a ir antes que él y la retira (sin que nadie lo vea). Ciertamente que el hijo, objeto de la ternura previsora de su padre, si DESCONOCE la desgracia de que su padre lo ha librado, no le manifestará su gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado… Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse, ¿no lo amará todavía mucho más?

“Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. El quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como Santa María Magdalena, sino que ha querido que YO SEPA hasta qué punto Él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a Él ¡con locura…!”.

7. La Misericordia del Padre y del Hijo

Por otra parte, la comprensión de hasta qué punto es grande el Amor misericordioso de Dios Padre por cada uno de sus hijos suele alcanzar su cénit en la contemplación del misterio de la Cruz, visto no sólo desde la conmovedora entrega de Jesús por mis pecados, sino desde la generosidad del Padre que entrega a su Hijo y que recibe la entrega de Éste.

Así lo expresa, por ejemplo, San Agustín, parafraseando a San Pablo y a San Juan: “¡Oh cómo nos amaste, Padre bueno, ‘que no perdonaste a tu Hijo único, sino que le entregaste por nosotros, impíos!’ (cf. Rom 8, 32) ¡Oh cómo nos amaste, haciéndose por nosotros, ‘quien no tenía por usurpación ser igual a ti, obediente hasta la muerte de cruz, siendo el único libre entre los muertos (cf. Fil 2, 6), teniendo potestad para dar su vida y para nuevamente recobrarla’ (cf. Jn 10, 18). Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima, y por eso vencedor, por ser víctima; por nosotros sacerdote y sacrificio ante ti, y por eso sacerdote, por ser sacrificio, haciéndonos para ti de esclavos hijos, y naciendo de ti para servirnos a nosotros”.

Toda esta riqueza de pruebas de Amor y Misericordia divina no hace sino proporcionar nuevos impulsos a las manifestaciones de trato filial, osado y atrevido, del alma que se deja arrebatar y conmover por Dios. Volvamos a oír a Santa Catalina de Siena en su oración a Dios Padre:

“¡Oh Misericordia, que procede de tu divinidad, Padre eterno, y que gobierna con tu poder el mundo entero! En tu Misericordia fuimos creados, en tu Misericordia fuimos creados de nuevo por la sangre de tu Hijo; tu Misericordia nos conserva; tu Misericordia hizo que tu Hijo usara sus brazos en el madero de la cruz para la lucha de la muerte con la vida y de la vida con la muerte (...) ¡Oh Misericordia! El corazón se sofoca pensando en ti, pues dondequiera que intente fijar mi pensamiento no encuentro más que Misericordia. ¡Oh Padre eterno!, perdona mi ignorancia, pero el amor a tu Misericordia me excusa ante tu benevolencia”.

De hecho, con relativa frecuencia, en la oración de los santos, la consideración de la Misericordia del Padre y la de Jesucristo se entremezclan hasta que parecen confundirse, y es una de las ocasiones en que suelen tratar también a Jesús como Padre; así ocurre, por ejemplo, en esta oración de San Alfonso María de Ligorio: “Vos mismo, Jesús mío, que sois el ofendido por mí, os hacéis mi intercesor: ‘Y Él es propiciación por nuestros pecados’ (1 Jn 2, 2). No quiero, pues, haceros este nuevo agravio de desconfiar de vuestra Misericordia. Me arrepiento con toda el alma de haberos despreciado, ¡oh sumo Bien!; dignaos recibirme en vuestra gracia por aquella sangre derramada por mí. Padre…, no soy ya digno de llamarme hijo tuyo (Lc 15, 21). No, Redentor y Padre mío, no soy digno de ser hijo vuestro, por haber tantas veces renunciado a vuestro amor; mas vos me hacéis digno con vuestros merecimientos. Gracias. Padre mío, gracias; os amo”.

Reencontramos así, desde una nueva perspectiva, la estrecha relación entre el Amor paterno de Dios y la donación redentora de su Hijo, que no es sino un reflejo de lo que el Hijo recibe del Padre en el seno de la Trinidad: toda su realidad divina, y por tanto todo su infinito Amor, el mismo con que Padre, Hijo y Espíritu Santo nos aman y nos perdonan.

8. La cercanía de Dios

Por un itinerario contemplativo-reflexivo parecido al que acabamos de recorrer hablando de la Bondad y la Misericordia, la intimidad divina que brota de la filiación divina vivida hasta sus últimas consecuencias nos da luz también sobre otros atributos divinos; y al profundizar en ellos, vuelve a crecer la vida espiritual, deseando corresponder más a ese Amor divino inagotable.

La inmensidad de Dios y su omnipresencia, por ejemplo, aparecen así como una presencia activa, viva y efectiva de Dios en cada hijo suyo; como una realidad concreta, amorosa e íntima para el alma; una presencia de un Padre “interesado y ocupado” en las cosas de su hijo, pequeñas y grandes, trascendentes y anecdóticas. El alma siente de verdad que su Padre Dios sólo tiene ojos para ella; y su vida en Cristo y la presencia activa del Espíritu no dejan de recordárselo y de moverle a obrar en consecuencia.

Análogamente, la Eternidad divina se experimenta como la plenitud de esa presencia y donación amorosa de Dios a cada uno en cada instante, volcando en el interior del alma toda la riqueza de su ser divino: una participación en el eterno entregarse del Padre al Hijo y al Espíritu Santo. No es una eternidad al margen de mi tiempo, sino una eternidad volcada en mi tiempo, al que llega a proporcionar valor de eternidad; y en todo esto, la Encarnación del Verbo juega de nuevo un papel decisivo, pues el alma descubre ahí hasta qué punto a Dios le interesa de verdad todo lo humano y temporal.

Toda esta realidad subyace, por ejemplo, a lo expresado en este punto de Camino, del que hemos reproducido ya unas palabras al principio: “Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos”.

O a estas otras consideraciones y recomendaciones de Santa Teresa de Jesús: “Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas parte y que le vino a hallar dentro de sí mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija”.

Desde otra perspectiva, la eternidad de Dios como ausencia de principio y de fin, conmueve también al santo por lo que supone de prolongación infinita del amor de Dios por cada uno. Así lo expresa San Francisco de Sales: “Considera el amor eterno que Dios te ha manifestado, pues antes que la humanidad de Jesucristo padeciese por ti en la Cruz, su Divina Majestad te llevaba presente en su soberana bondad y te amaba desde el principio. Pero ¿cuándo comenzó a amarte? Cuando comenzó a ser Dios. Y ¿cuándo comenzó a ser Dios? Nunca, pues no tiene principio ni fin; y, por tanto, te amó siempre, desde toda la eternidad; y desde toda la eternidad te tenía preparados los favores y las gracias que te ha concedido”.

En estrecha relación con lo anterior, la inmutabilidad deja de ser un atributo fundamentalmente negativo, que parece alejar a Dios de nosotros, y se desvela más bien como una vida llena de intensa actividad, rica y perfecta, que se vuelca en cada alma con verdadero amor paterno. Hasta tal punto que, en esa intimidad filial, el alma siente, por ejemplo, que Dios se “conmueve” al ritmo de sus personales experiencias, como todo buen padre reacciona con amor paterno ante los sentimientos, las necesidades y las inquietudes de su hijo.

Ciertamente, Dios no se conmueve en el sentido de sufrir un cambio, pero sí en cuanto vive con toda la intensidad de su infinito amor su relación con nosotros, como vivas e intensas son las relaciones en el seno de la Trinidad. Es decir, Dios ama de verdad y “vive” su amor por cada hijo y cada hija; y por tanto, participa realmente en todas sus vicisitudes, aunque no las sufra en el sentido en que esa expresión pueda significar imperfección.

Aún así, el santo suele llegar más lejos todavía; porque, a través de la Humanidad de Jesucristo, comprende que Dios ha querido acercarse también a los aspectos pasivos de esas experiencias de sus hijos: ha querido “humanizar” su amor, sin dejar de ser divino. Y esto le conmueve profundamente por doble motivo: porque Dios se le hace así más cercano, sin duda; pero también porque no deja de ser Dios: porque -insistimos una vez más- lo grandioso y conmovedor es, sobre todo, que es mi Padre y mi Dios inseparablemente; y que Jesús es el Hombre-Dios que me abre los secretos de la intimidad divina, sin rebajar ni un ápice toda su grandeza al entregárnosla.

Contemplémoslo desde otro ángulo: la conciencia de la paternidad de Dios significa descubrir que Dios tiene verdaderos “sentimientos paternales”, en lo que tienen de perfección de amor; acciones divinas que el alma enamorada siente realmente como “nuevas”, “distintas” en cada momento de su trato íntimo con Dios, en la medida en que se sabe amado como hijo concreto, distinto de otros hijos, y al que le pasan cosas distintas cada día y cada hora, que no son indiferentes para un amor verdaderamente paternal y maternal.

Sólo desde esa perspectiva se puede atisbar la hondura teológica que existe tras consideraciones íntimas de los santos, como la que paso a reproducir, en boca de Santa Teresa del Niño Jesús, y vencer la tentación de clasificarlas superficialmente como, por ejemplo, “ingenuidades piadosas de una niña”:

“Me he formado del cielo una idea tan elevada, que a veces me pregunto cómo se las arreglará Dios, después de mi muerte, para sorprenderme (…) En fin, pienso ya desde ahora que, si no me siento suficientemente sorprendida, aparentaré estarlo por darle gusto a Dios. No habrá peligro alguno de que le haga ver mi decepción; sabré ingeniármelas para que él no se dé cuenta. Por lo demás, me las arreglaré siempre para ser feliz. Para lograrlo, tengo mis pequeños trucos, que tú ya conoces y que son infalibles… Además, con sólo ver feliz a Dios me bastará para sentirme yo plenamente feliz”.

¿Realmente se puede pretender “engañar” así a Dios? Por lo menos, me atrevo a asegurar, dándole la vuelta al texto de la santa, que el Señor se las habrá ingeniado para que a Santa Teresita le parezca que ha conseguido engañarle; porque ante un alma tan fina, un corazón paterno como el de Dios no puede más que rendirse.

Finalmente, sin pretender agotar la lista de atributos divinos, observemos también cómo la omnipotencia de Dios toma otra perspectiva desde esta intimidad filial con él: no es un poder que me domina y sojuzga, sino que está “a mi servicio”, del que incluso llego a participar, porque soy su hijo y heredero, con todas sus consecuencias. Su providencia no es la propia de un vigía o controlador, ni -peor aún- la de un titiritero que moviera los hilos de mi vida como si fuera una marioneta; sino la que reflejan los desvelos de un Padre amoroso, continua e intensamente preocupado del bien de sus hijos; incluida, ante todo, su libertad, donada en la creación y reconquistada para nosotros por Jesucristo en la Cruz.

9. Trascendencia de Dios e intimidad filial

En definitiva, la trascendencia divina, para un alma plenamente consciente de lo que significa ser hijo de Dios, no es lejanía y desinterés, sino cercanía e intimidad: conciencia de que toda esa grandeza de Dios, que en sí misma parece inalcanzable e inabarcable, se pone al alcance del hijo, no porque éste la alcance, sino porque Él se la da como verdadero Padre amoroso.

Este es el convencimiento que subyace a estas frases extraídas de una carta de Santa Teresa de los Andes a una amiga suya: “Créeme. Sinceramente te lo digo; yo antes creía imposible poder llegar a enamorarme de un Dios a quien no veía; a quien no podía acariciar. Mas hoy día afirmo con el corazón en la mano que Dios resarce enteramente ese sacrificio. De tal manera siente uno ese amor, esas caricias de Nuestro Señor, que le parece tenerlo a su lado. Tan íntimamente lo siento unido a mí, que no puedo desear más, salvo la visión beatífica en el cielo. Me siento llena de Él y en este instante lo estrecho contra mi corazón pidiéndole que te dé a conocer las finezas de su amor. No hay separación entre nosotros. Donde yo vaya, El está conmigo dentro de mi pobre corazón. Es su casita donde yo habito; es mi cielo aquí en la tierra”.

Esta última expresión (“cielo en la tierra”), referida al alma, está tomada por la santa chilena de los escritos de la Beata Isabel de la Trinidad, quien la utiliza con gran frecuencia y la explica así: “‘Padre nuestro que estás en los cielos’ (Mt 6, 9). En ese pequeño cielo que Él se ha hecho en el centro de nuestra alma es donde debemos buscarle y, sobre todo, donde debemos morar (…) ‘adorémosle en espíritu y en verdad’ (cf. Jn 4, 23). Es decir, por Jesucristo y con Jesucristo porque Él sólo es el verdadero adorador en espíritu y en verdad. Seremos entonces hijas de Dios y conoceremos por experiencia la verdad de estas palabras de Isaías: ‘Serán llevados en brazos, y acariciados sobre las rodillas’ (Is 66, 12). En efecto, la única ocupación de Dios parece consistir en colmar al alma de caricias y pruebas de amor como una madre cría a su hijo y le alimenta con su leche. ¡Oh! Permanezcamos a la escucha de la voz misteriosa de nuestro Padre. ‘Hija mía, nos dice, dame tu corazón’ (cf. Pv 23, 26)”.

Sin embargo, la misma idea del “cielo en la tierra” puede ser vista desde otra perspectiva enriquecedora, como la que plantea San Josemaría Escrivá en la homilía pronunciada en este campus universitario en 1967: “Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”.

La intimidad de la relación paterno-filial con Dios se proyecta así en toda la realidad que rodea la vida del cristiano: en el mundo visto desde la Bondad de su Creador, que es nuestro Padre y que nos lo ha dado por herencia. Se explica así el título que el fundador de esta universidad dio a la homilía citada: “Amar al mundo apasionadamente”, tan apasionadamente como amamos a nuestro Padre Dios.

Me parece importante, en este momento ya avanzado de nuestra reflexión, apuntar otra realidad hondamente sentida por los santos (presente también en los textos citados), pero no siempre bien entendida en algunas reflexiones especulativas sobre nuestro tema. Trascendencia divina significa verdadera intimidad, sí, pero con “otro”; más aún: lo maravilloso para el santo es que, siendo Dios quién es, sea mi Padre, se una a mí; y que, unido a mí, siga siendo quién es. Es un amor y una unión de dos: el Padre no es el hijo y el hijo no es el Padre; y, además, yo soy el hijo porque Él ha querido libérrimamente constituirme como tal.

Es una divinización que no es confusión; más aún, el alma santa intuye que si hubiera algún tipo de mezcla o confusión, ya no sería un amor genuino, porque ya no recibiría tanto, mereciendo tan poco: ya no sería el todo que se vuelca en la nada; e intuye también que, si hubiera igualdad de “condiciones” con Dios, perdería encanto ese amor.

Personalmente, a pesar de la pobreza de toda comparación de este estilo, me ayuda a entender y explicar ese sentimiento íntimo de los santos ante el amor de Dios que supera el abismo abierto por su condición humana y su miseria personal, la imagen, repetida de formas diversas en la literatura, de la pobre doncella de la que se enamora un gran príncipe, o del pordiosero despreciado por todos que descubre un buen día, con gran asombro, que su verdadero padre es el rey.

Aprovechemos este momento para anotar también que, en todo lo dicho hasta aquí, subyace una actitud fundamental por parte del hijo de Dios, actitud que es virtud básica en el camino de la vida interior: la humildad. La filiación me eleva a unas alturas insospechadas de intimidad con Dios y de divinización, sí; pero porque Dios se hace mío, no porque yo deje de ser criatura, ni pecador, ni miserable. Más aún, cuanto más íntima es esa unión con la Trinidad, más siente el alma santa, a la vez, el abismo que le separa de Dios, y más valora en consecuencia su Amor y su Misericordia; volviendo a iniciarse así otro ciclo de enamoramiento y respuesta de amor, en esa espiral apasionante que conduce a la santidad.

10. Conciencia de la filiación divina y camino hacia la santidad

Nos vamos acercando al final de nuestra reflexión, pero no quiero dejar de aludir brevemente a otros dos aspectos que me parecen decisivos en la comprensión de la vida espiritual a la luz de la filiación divina. El primero, que en buena medida ha estado presente a lo largo de toda la ponencia, brota de las conocidas palabras que cierran la primera parte del sermón de la montaña: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Al hablar de la llamada universal a la santidad es habitual el recurso a esta cita, entre otras referencias bíblicas. Sin embargo, al desarrollar lo que esa llamada implica en la vida cristiana el acento se pone a veces -con verdad, pero, a mi juicio, demasiado unilateralmente- en la imitación de Jesucristo. Por contra, me parece que la referencia explícita que el mismo Jesús hace al Padre en ese momento, abre otras perspectivas enriquecedoras sobre lo que significa la santidad cristiana que todos buscamos, y sobre cómo alcanzarla.

En efecto, esas palabras del Señor nos hablan de la grandeza y maravilla de la meta, sin rebajarla un ápice y, al mismo tiempo, aumentan nuestra confianza y deseo de alcanzarla: si no fuera mi Padre, su perfección sería inalcanzable; si no fuera Dios, flaquearía mi confianza y tampoco bulliría mi deseo, pues la meta no sería tan maravillosa y apetecible; la más apetecible de todas.

De hecho, algo paralelo ocurre cuando reflexionamos sobe la imitación de Jesucristo, a quién no se puede separar de su Padre: si no fuera hombre como yo, ¡qué difícil sería seguirle!; y si no fuera Dios, qué poco poder tendría para ayudarme, y qué poco aliciente encontraría en ser su discípulo. Y otra consideración similar se puede hacer al meditar en lo que significa ser templos del Espíritu Santo y ser conducidos por Él en nuestro camino de santidad.

Pero, siendo paralelas estas consideraciones, me parece que no se deben reconducir una a las otras, sin tergiversar la realidad misma del misterio trinitario y de nuestra participación en él: realmente soy hijo de Dios -del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo-, y mi santidad brota de ahí y debe crecer en esas mismas coordenadas trinitarias, hasta una meta apenas entrevista ahora, pero que seguirá siendo divino-trinitaria: “Queridísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Así, en particular, en la medida en que crece la conciencia de esa relación paterno-filial con Dios, el alma corre: vuela hacia la santidad… Escribe la Beata Isabel de la Trinidad, después de citar el fragmento de San Juan que acabamos de reproducir: “He ahí el módulo de la santidad de los hijos de Dios: ser santo como Dios es santo; ser santo con la santidad de Dios y esto viviendo íntimamente con Él en el fondo del abismo sin fondo, dentro de nuestro ser”.

11. Paternidad de Dios y Maternidad de María

Nuestra última consideración nos va a llevar de la paternidad divina a la maternidad mariana. Pero dejemos la palabra a San Luis María Grignion de Montfort: “Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María (…) El mundo era indigno -dice San Agustín- de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de manos del Padre, quien lo entregó a María para que el mundo lo recibiera por medio de Ella. Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su corte”.

Al hilo de estas consideraciones, queremos subrayar la relación entre la paternidad divina y la maternidad mariana, que, desde esa singular relación de Santa María con la Trinidad, se vierte en nosotros. En efecto, igual que hemos insistido en contemplar la conciencia de la filiación divina como una comprensión de la paternidad de Dios, queremos apuntar la conveniencia de no mirar sólo a María como modelo de filiación, ni contemplar simplemente su maternidad espiritual desde su relación maternal con Jesucristo, sino también desde su relación singular con el Padre en cuanto Padre de Jesús, y con el Espíritu Santo en cuanto nexo de unión en el seno de la Trinidad.

Como consecuencia de esta consideración, en el amor maternal de María, sentiremos y comprenderemos mejor, de forma viva y muy “humana”, el amor paternal de Dios, del que ella participa de forma singular; y particularmente en sus manifestaciones “maternales”: las que precisamente sirvieron de arranque a nuestra ponencia y han reaparecido varias veces a lo largo de ella, en boca de los santos. Volvamos a oír a uno de ellos, a este gran maestro del amor a María que acabamos de citar:

“Esta Madre del Amor Hermoso quitará de tu corazón todo escrúpulo y temor servil desordenado y lo abrirá y ensanchará para correr por los mandamientos de su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios, y encender en el alma el amor puro, cuya tesorera es Ella. De modo que en tu comportamiento con el Dios-Caridad ya no te gobernarás -como hasta ahora- por temor, sino por amor puro. Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por agradarle incesantemente y dialogarás con Él confidencialmente como un hijo con su cariñoso Padre. Si, por desgracia, llegaras a ofenderlo, te humillarás al punto delante de Él, le pedirás perdón humildemente, tenderás hacia Él la mano con sencillez, te levantarás de nuevo amorosamente, sin turbación ni inquietud, y seguirás caminando hacia Él, sin descorazonarte”.

 

 

El matrimonio es un acto de amor indisoluble

En el capítulo 19 de Mateo, versículos 3 al 12, se expresan los fines del sacramento del matrimonio, entre los que destacan el fin unitivo y la complementariedad.

Por: Padre José Luis Bautista González

https://imagenes.catholic.net/imagenes_db/328e12_57469.jpg

El matrimonio es un acto de amor indisoluble

En días pasados, en la liturgia del viernes de la Semana 19 del Tiempo Ordinario año par, se leyó el capítulo 19 de Mateo, versículos 3 al 12, que precisamente es el basamento que utiliza el Papa Pio XI en la Casti Connubi, el Papa Juan Pablo II en la Familiaris Consortio y el Papa Francisco en Amores Laetitia, sobre los dos fines del sacramento del matrimonio.

16 AGOSTO 2016. El contexto es que unos fariseos que interpretan rígidamente la ley le preguntan a Jesús si un hombre puede por cualquier motivo “despachar” a la mujer, dar el acta de divorcio, y Jesús responde desde la misma ley, bajo la apreciación que hace el Génesis: Desde un principio Dios los hizo hombre y mujer. Entonces, se entiende que desde la ley natural, que es participación de la ley interna, la constitución biológica, distinta, XX y XY se unen precisamente en un acto de amor, fin unitivo, hombre y mujer, no más.

Lo demás, lamentablemente, son pasiones desbordantes que hay en el corazón del hombre y que tristemente en estos países que son presa fácil de las políticas internacionales, de la ONU, de las cumbres de Copenhague, del Cairo y de Pekín, han hecho estragos en América Latina, como lo hemos visto últimamente en Argentina, en Colombia y aquí en México.

Pero, ¿cuál es el segundo fin del matrimonio?, porque hay diferencia en el cuerpo del hombre y la mujer, pero hay complementariedad. El segundo fin, es el fin procreativo. Pero también dice nuestro señor Jesucristo esto: por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola cosa. Aquí se ven las dos propiedades del matrimonio: el matrimonio es monogámico, aquí no se acepta la poliandría. Pero claro en el matrimonio monogámico el hombre y la mujer en su inteligencia y voluntad respetando su libertad lo acepta total y libremente, pero también como dice la sentencia de Jesús: lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Por lo tanto, podemos inferir que aquí esta la segunda propiedad del matrimonio: la indisolubilidad, si no hubiera una causal para declarar nulo de raíz el matrimonio, el matrimonio es totalmente válido.

Pero al final, hay una sentencia: yo les declaro que si alguien deja a su mujer, salvo que viva en unión ilegítima, comete adulterio y expone a la mujer a cometer adulterio. Hay una excepción, que es la unión ilegítima, aquel hombre y mujer que no han recibido la unión sacramental. Pero si el hombre y la mujer están casados por la iglesia, el segundo matrimonio será adulterio.  

Fue triste que el día siguiente de la publicación de Amores Laetitia el 20 de marzo de este año, algunos comunicadores nacionales y algunos periódicos, hayan declarado: el Papa Francisco permite que los adúlteros comulguen ¡no hay peor mentira que eso!  Ni un concilio ecuménico, ni el Papa puede cambiar la legislación que Jesús pronunció en su vida terrena  porque entonces ¿cómo se salvaguardaría la validez del matrimonio?  Porque si  una persona, sin que se declare nulo su primer matrimonio pueda comulgar, entonces no tendría sentido casarse por la iglesia.  Y dónde quedaría también la ley que menciona Pablo en la primera carta a los Corintios capítulo 11, versículos 23 al 26 cuando dice: hay quienes comen el cuerpo de Cristo para su salvación  y hay quienes comen el cuerpo de Cristo para su condenación.

Finalmente, cuando el Papa estuvo en México, unos divorciados vueltos a casar dijeron: aunque no podemos acceder a los sacramentos, podemos acceder a la demás riqueza de la iglesia.

Salvaguardemos el matrimonio.

 

 

Los fundamentos de la familia a la luz de Cristo

Cristo propone al matrimonio y a la familia cristiana: la misión que El ha propuesto siempre y propone también en nuestra época, en el mundo contemporáneo.
Por: Juan Pablo II | Fuente: Catequesis sobre el amor humano en el plan divino

https://imagenes.catholic.net/imagenes_db/94e4ea_1.jpeg

(5-IX-79/9-IX-79)

“El Creador al principio los hizo hombre y mujer” (Mt 19,4; Mc 10,6)

1. Desde hace algún tiempo están en curso los preparativos para la próxima Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en Roma en el otoño del próximo año. El tema del Sínodo: “De muneribus familiæ christianæ (Misión de la familia cristiana”), concentra nuestra atención sobre esta comunidad de vida humana y cristiana, que desde el principio es fundamental. Precisamente de esta expresión, “desde el principio” se sirve el Señor Jesús en el coloquio sobre el matrimonio, referido en el Evangelio de San Mateo y en el de San Marcos. Queremos preguntarnos qué significa esta palabra “principio”. Queremos además aclarar por qué Cristo se remite al “principio” precisamente en esta circunstancia y, por tanto, nos proponemos un análisis más preciso del correspondiente texto de la Sagrada Escritura.
2. Jesucristo se refirió dos veces al “principio”, durante la conversación con los fariseos, que le presentaban la cuestión sobre la indisolubilidad del matrimonio. La conversación se desarrolló del modo siguiente:
“Se le acercaron unos fariseos con propósito de tentarle, y le preguntaron: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa? El respondió: ¿No habéis leido que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. Ellos le replicaron: Entonces ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjole El: Por la dureza de vuestro corazón Os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así” (Mt 19, 3 ss; cf. Mc 10, 2 ss).
Cristo no acepta la discusión al nivel en que sus interlocutores tratan de introducirla, en cierto sentido no aprueba la dimensión que ellos han intentado dar al problema. Evita enzarzarse en las controversias jurídico casuísticas; y, en cambio, se remite dos veces “al principio”. Procediendo así, hace clara referencia a las palabras correspondientes del libro del Génesis, que también sus interlocutores sabían de memoria. De esas palabras de la revelación más antigua, Cristo saca la conclusión y se cierra la conversación.
3. “Principio” significa, pues, aquello de que habla el libro del Génesis. Por lo tanto, Cristo cita al Génesis 1, 27, en forma resumida: “Al principio el Creador los hizo varón y hembra”, mientras que el pasaje original completo dice así textualmente: “Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó y los creó varón y hembra”. A continuación el Maestro se remite al Génesis 2, 24: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne”. Citando estas palabras casi “in extenso”, por completo, Cristo les da un significado normativo todavía más explícito (dado que podría ser hipotético que en el libro del Génesis sonaran como afirmaciones de hecho: “dejará... se unirá... vendrán a ser una sola carne”). El significado normativo es admisible en cuanto que Cristo no se limita sólo a la cita misma, sino que añade: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre”. Ese “no lo separe” es determinante. A la luz de esta palabra de Cristo, el Génesis 2, 24 enuncia el principio de la unidad e indisolubilidad del matrimonio como el contenido mismo de la Palabra de Dios, expresada en la revelación más antigua.
4. Al llegar a este punto se podría sostener que el problema está concluido, que las palabras de Jesús confirman la ley eterna formulada e instituida por Dios desde el “principio”, como la creación del hombre. Incluso podría parecer que el Maestro, al confirmar esta ley primordial del Creador, no hace más que establecer exclusivamente su propio sentido normativo, remitiéndose a la autoridad misma del primer Legislador. Sin embargo, esa expresión significativa: “desde el principio”, repetida dos veces, induce claramente a los interlocutores a reflexionar sobre el modo en que Dios ha plasmado al hombre en el misterio de la creación, como “varón y hembra”, para entender correctamente el sentido normativo de las palabras del Génesis. Y esto es tan válido para los interlocutores de hoy, como lo fue para los de entonces. Por lo tanto, en el estudio presente, considerando todo esto, debemos meternos precisamente en la actitud de los interlocutores actuales de Cristo.
5. Durante las sucesivas reflexiones de los miércoles, en las audiencias generales, como interlocutores actuales de Cristo, intentaremos detenernos más largamente sobre las palabras de San Mateo (19, 3 y ss). Para responder a la indicación que Cristo ha encerrado en ellas, trataremos de penetrar en ese “principio” al que se refirió de modo tan significativo; y así seguiremos de lejos el gran trabajo que sobre este tema precisamente emprenden ahora los participantes en el próximo Sínodo de los Obispos. Junto con ellos toman parte numerosos grupos de Pastores y de laicos que se sienten particularmente responsables de la misión que Cristo propone al matrimonio y a la familia cristiana: la misión que El ha propuesto siempre y propone también en nuestra época, en el mundo contemporáneo.
El ciclo de reflexiones que comenzamos hoy, con intención de continuarlo durante los sucesivos encuentros de los miércoles, tiene como finalidad, entre otras cosas, acompañar, de lejos por así decirlo, los trabajos preparativos al Sínodo, pero no tocando directamente su tema, sino dirigiendo la atención a las raíces profundas de las que brota este tema.

 

San Valentín

Su fiesta se celebra el 14 de Febrero

San Valentín

San Valentín era un sacerdote que hacia el siglo III ejercía en Roma. Gobernaba el emperador Claudio II, quien decidió prohibir la celebración de matrimonios para los jóvenes, porque en su opinión los solteros sin familia eran mejores soldados, ya que tenían menos ataduras . El sacerdote consideró que el decreto era injusto y desafió al emperador. Celebraba en secreto matrimonios para jóvenes enamorados (de ahí se ha popularizado que San Valentín sea el patrón de los enamorados). El emperador Claudio se enteró y como San Valentín gozaba de un gran prestigio en Roma, el emperador lo llamó a Palacio. San Valentín aprovechó aquella ocasión para hacer proselitismo del cristianismo.

Aunque en un principio Claudio II mostró interés, el ejército y el Gobernador de Roma, llamado Calpurnio, le persuadieron para quitárselo de la cabeza.

El emperador Claudio dio entonces orden de que encarcelasen a Valentín. Entonces, el oficial Asterius, encargado de encarcelarle, quiso ridiculizar y poner a prueba a Valentín. Le retó a que devolviese la vista a una hija suya, llamada Julia, que nació ciega. Valentín aceptó y en nombre del Señor, le devolvió la vista.

Este hecho convulsionó a Asterius y su familia, quienes se convirtieron al cristianismo. De todas formas, Valentín siguió preso y el débil emperador Claudio finalmente ordenó que lo martirizaran y ejecutaran el 14 de Febrero del año 270. La joven Julia, agradecida al santo, plantó un almendro de flores rosadas junto a su tumba. De ahí que  el almendro sea símbolo de amor y amistad duraderos.

La fecha de celebración del 14 de febrero fue establecida por el Papa Gelasio para honrar a San Valentín entre el año 496 y el 498 después de Cristo. Los restos mortales de San Valentín se conservan actualmente en la Basílica de su mismo nombre, que está situada en la ciudad italiana de Terni (Italia). Cada 14 de febrero se celebra en dicho templo, una acto de compromiso por parte de diferentes parejas que quieren contraer matrimonio al año siguiente. 

La costumbre de intercambiar regalos y cartas de amor el 14 de febrero nació en Gran Bretaña y en Francia durante la Edad Media, entre la caída del Imperio Romano y mediados del siglo XV.

San Valentín

Los norteamericanos adoptaron la costumbre a principios del siglo XVIII. Los avances de la imprenta y el bajón en los precios del servicio postal incentivaron el envío de saludos por San Valentín. Hacia 1840, Esther A. Howland comenzó a vender las primeras tarjetas postales masivas de San Valentín en Estados Unidos.

 

Aunque sean los enamorados los que principalmente celebran este día, sin embargo hoy en día se festeja también a todos aquellos que comparten la amistad, ya sea maestros, parientes, compañeros de trabajo y todo el que siente, tenga la edad que tenga, el olor del amor que, como flor de primavera, nunca debe perder su agradable perfume.

¡Les deseo un feliz día de los enamorados y de la amistad!

Javier López

 

 

¡Mi mamá no tiene novio!

ramo de rosas

De visita en casa de mis tíos, me divierte ver a mi prima mayor prepararse cuando espera a su novio; toda contenta se peina, perfuma y pinta los labios, se viste muy guapa y corre de un lado a otro de la casa, arreglando todo con detalle para que su "mi amor" no encuentre defecto alguno en el entorno.

Entonces llega el novio oliendo a mucha loción y cuando se miran...¡uff!, parece que flotan en el aire. Se abrazan con ternura y ella le ofrece algo para tomar junto con las galletas que le preparó durante la tarde. Además, el celebra todo lo que ella le prepara para cenar con esmero. Luego se sientan a charlar, comentan tonterías durante horas, después de lograr que los niños desaparezcamos de la sala. Se escuchan el uno al otro sin perder detalle ni soltarse sus manos, hasta que al susodicho no le queda mas remedio que despedirse cuando mi tío empieza a rondar con la almohada bajo el brazo.

Al día siguiente le pregunto a mi mamá quién es su novio, y me dice muy sonriente que su novio es mi papá. - "No mami en serio..." pero ella insiste.

¿Cómo va a ser mi papá su novio?. ¡En primer lugar, él nunca llega con un ramo de flores, ni chocolates; sí le da un regalo a mamá en su cumpleaños y navidad, pero nunca he visto que el novio de mi prima se presente con una licuadora o dinero para que se compre algo. Además mamá no pone cara de Blancanieves cuando papá llega del trabajo, ni él sonríe como príncipe azul cuando la mira. Mamá no corre a arreglarse el peinado, ni a pintarse los labios cuando suena el timbre de la puerta y apenas voltea a verlo para decir "hola" porque está revisando las tareas.

El saludo de mi papá, en vez de "hola mi vida" es "Hola, ¡que día!" y de inmediato se tumba en el sillón  para estar cómodo.

En lugar de "¿qué te apetece para cenar?"; Mi mamá le pregunta temerosa "Qué, ¿quieres cenar?" y cuando creo que papá le va a decir "Qué guapa estás hoy", le pregunta "¿dónde está el mando de la tele?". Los novios se dicen cosas románticas como "¡cuánto te amo!", en vez de "¿fuiste al banco?".

Mi prima y su novio no pueden dejar de mirarse. Cuando mamá pasa delante de papá, él inclina la cabeza para no perder detalle de lo que hay en la tele. A veces, papá le da un abrazo sorpresa a mamá, pero ella tiene que zafarse por que siempre está moviéndose con rapidez.

Además, mis papás solo se dan la mano cuando en Misa el padre dice "daos fraternalmente la paz".

Yo creo que ella me dice que son novios para que no me entere de que "cortaron" cuando se casaron. La verdad es que mi mamá no tiene novio y mi papá no tiene novia. Qué aburrido... ¡Solo son esposos!

 

 

Muerte digna. Reflexiones.

El comienzo de la vida está determinado por la fecundación. El momento de la muerte, también puntual, dentro del proceso de finalización  de la vida, es parte de la biografía del individuo.

En la concepción filosófica clásica, la muerte es la separación del principio vital (alma, psique) y del cuerpo. También se han dado definiciones impersonales: la extinción del sistema individual; o también: la supresión del metabolismo.

El hombre es el animal que conoce que va a morir. Hacia los tres o cuatro años, coincidiendo con  la experiencia de la yoidad, aparece la angustia de la muerte.

La  muerte es inexplicable bajo el punto de vista de la experiencia, pues viviendo,  no es posible tener una noción precisa de lo que pueda ser. Por eso, el miedo a morir es normal: miedo a  si después hay una aniquilación o si  hay un cambio de morada. Como dice Julián Marías, es seguro que vamos a morir y no tenemos seguridad de lo que pasará después. La ciencia no puede demostrar la existencia de otra vida, pero el hombre tiene la intuición de que siempre va a vivir.

Biológicamente, la muerte es la pérdida irreversible del orden orgánico, del funcionamiento del organismo como un todo. Algún órgano u órganos pueden seguir funcionando durante un tiempo (ello hace legítimo el trasplante de órganos en esos momentos), y las células pueden seguir manteniendo temporalmente su funcionamiento; pero desaparece la unidad vital por la que el organismo funciona de forma unitaria.

Las funciones respiratoria, circulatoria y  nerviosa están entrelazadas: el cese de una de ellas determina en breve el acabamiento de las otras dos. El cerebro es el órgano crítico cuyo fallo determina irreversiblemente la muerte, pues su eliminación impide la capacidad de funcionar el organismo como un todo.

Ya no se utilizan los términos de muerte real y muerte aparente. La muerte real se correspondería con el momento en que se produce la terminación de la vida, que no se puede determinar exactamente. La muerte aparente tendría que ver con los signos externos, detectables desde fuera. La muerte clínica sería equivalente a la muerte orgánica.

Desde mediados del siglo XX se habla de muerte cerebral, en la que podría seguir el corazón latiendo y los pulmones respirando (aunque con ayuda), pero el cerebro habría dejado de funcionar.

La corteza cerebral está implicada especialmente en los procesos de consciencia; el electroencefalograma (EEG) revela su actividad eléctrica. En el tronco del encéfalo se encuentran los centros nerviosos cardiorrespiratorios; su destrucción impide el funcionamiento del organismo como un todo;  pero no impide que (aunque por poco tiempo) la corteza cerebral siga funcionando; por eso, un EEG plano (ausencia de actividad eléctrica cortical) no puede constituir criterio suficiente para el diagnóstico preciso de la muerte; se necesitan datos coadyuvantes. (En las intoxicaciones con barbitúricos se observa un silencio electroencefalográfico que puede recuperarse incluso después de muchas horas).

Un individuo muere cuando su cerebro deja de funcionar irreversiblemente, como consecuencia de un fallo cardiaco o respiratorio, o directamente, por fallo cerebral. Lógicamente, hay certeza absoluta de muerte cerebral cuando todo el tejido encefálico está destruido. En las demás situaciones, si el médico hace cuidadosamente las exploraciones pertinentes y tiene en cuenta cada caso, puede llegar a diagnosticar la muerte con suficiente seguridad.

 Algunos han ampliado el concepto de muerte cerebral a los anencéfalos. Estos niños presentan un defecto en el cierre de los huesos del cráneo, con exposición al exterior del tejido encefálico. Probablemente integran alguna experiencia subjetiva, como es el dolor. No están muertos.

En el estado vegetativo persistente se mantienen las funciones cardiorrespiratorias, y no hay consciencia.  Estos enfermos no están muertos.

Los dementes graves están inconscientes y conservan el funcionamiento del tronco del encéfalo. Tampoco están muertos.

 En los tres casos no se puede hablar de muerte cerebral, pues el tallo cerebral está activo, el organismo funciona como un todo. Se trata de seres humanos, y en consecuencia, respetables.

La vida es agridulce, pues conlleva alegrías, pero también va con sufrimiento, dolor, enfermedades, limitaciones. “Muerte por compasión”, “ayudar a morir”, “vida sin sentido”, “muerte digna” son términos emocionales, no racionales, utilizados para hacer aceptables la eutanasia y el suicidio asistido. Parece como si actualmente, aunque con distinto matiz,  hubiese vuelto la condena a muerte.

Aunque no es estrictamente eutanasia, sí lo parece la actitud de algunos sanitarios de no prestar cuidados ordinarios (y menos, extraordinarios) a los ancianos, por el hecho de ser ancianos (“Vd, es mayor; no merece la pena tratarle u operarle”).

Compadecer es “padecer con” el que sufre. No se da solución a una vida de mala calidad eliminándola, sino mejorándola: con cariño, compañía espiritual, medicamentos, gastando lo que se deba, aunque se deba lo que se gaste, etc.  El amor al prójimo es ricamente imaginativo. Es la norma del cristiano.

 

EL TESORO DEL CRISTIANO: ¡MENUDO PADRE TENGO!

 (confiar en Dios, nuestro Padre)

El Papa comenzó un nuevo ciclo en las Audiencias de los miércoles el 5 de diciembre de 2018, sobre el “Padre nuestro”. En la primera catequesis, Francisco nos recordaba que “los evangelios nos presentan retratos muy vívidos de Jesús como <hombre de oración> (…) Jesús rezaba como reza cada hombre en el mundo. Y, sin embargo, en su manera de rezar, también había un misterio encerrado. Ese misterio encerrado es su relación de Hijo unigénito de Dios. Jesús habla con su Padre. Y, cuando es interpelado por sus discípulos: “Señor, enséñanos a rezar” (Lucas 11, 1), “Jesús no se niega, no está celoso de su intimidad con el Padre, sino que ha venido precisamente para introducirnos en esta relación con el Padre. Y así se convierte en maestro de oración para sus discípulos, como ciertamente quiere serlo para todos nosotros” (Francisco 5.12.18). Jesús recita el “Padre nuestro” y dispone que así recemos: como un hijo habla con su padre.

En otra catequesis, Francisco se fijó en una palabra: “Abba, Padre”. Con dos citas de san Pablo (Romanos 8, 15; Gálatas 4, 6) ilustró como, para los primeros discípulos, la oración alcanzaba lo esencial en esa expresión que se repite en la predicación de san Pablo: “Abba, Padre”. ¿Por qué? Porque “condensa toda la novedad del Evangelio” (Francisco 16.01.19). “¿Acaso hay realmente una verdad del mensaje evangélico más fundamental y universal que esta: Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos?” (San Juan Pablo II 2.06.1980). Francisco apuntaba que “Abba” es de las pocas palabras del arameo, lengua que hablaba Jesús, que han permanecido sin traducir al griego en los textos del Nuevo Testamento. ¿Por qué respetaron la versión original? Por lo singular y significativo del término: Jesús se dirigía a Dios como lo hace un niño pequeño: papá, papaíto. Esta forma de orar de Jesús asombraba tanto a los primeros cristianos, judíos en su mayoría, que no podían dejar que se desdibujará: “decir “Abba” es algo mucho más íntimo, más conmovedor que llamar a Dios “Padre” simplemente (…) Nosotros seguimos diciendo “Padre nuestro”, pero con el corazón estamos invitados a decir “Papá”, a tener una relación con Dios como la de un niño con su papá, que lo llama “papá”” (16.01.19).

En su razonamiento, el Papa concluía: después de haber conocido a Jesús y de escuchar su predicación, el cristiano ya no considera a Dios como un tirano a quien temer, no le tiene miedo, sino que siente que su confianza en él florece: puede hablar al Creador llamándolo <Padre> (16.01.19). Este es el propósito de esta charla, que nuestra confianza en Dios, nuestro Padre, florezca con fuerza renovada. Que podamos exclamar: ¡Menudo Padre tengo!... ¡Merece la pena ser su hijo!

Considerando nuestra condición de hijos…

Consideremos la confianza de un niño en sus padres. Es una roca firme para crecer sanos. Está sostenida por el amor incondicional y fiel de los padres, que se manifiesta en infinidad de detalles: palabras, gestos, acciones, preocupaciones… que materializan ese cuidado paternal y maternal. El niño espera que sus padres se comporten siempre así, se fía, no concibe otro comportamiento futuro; se abandona en esa confianza sin medida que forja en el tiempo una confianza en sí mismo, sólido apoyo para el desarrollo exitoso de la libertad personal. Entre hijo y padres se teje una familiaridad llena de intimidad y alegría, de comunicación mutua de bienes y de amor. Es como la red de seguridad que permite a los principiantes avanzar en el oficio de hacerse hombres, sin sufrir daños irreparables.

Por desgracia, actualmente muchos niños crecen a la intemperie; son huérfanos de padres vivos, en especial, de la figura del padre. Con los datos del INE del 2014, las estadísticas en España nos dicen:

  • que las parejas de hecho crecen (1 de cada 7 hogares de parejas es de parejas de hecho; es decir, de los 11,4 millones de hogares de parejas, más de 1,6 millones de hogares lo forman parejas de hecho);
  • que las familias monoparentales aumentan (son ya 1,7 millones de hogares monoparentales, el 10% del total; más de 700.000 (el 42%) son viudos/as, y más de 460.000 (el 26%) son divorciados);
  • que los hijos nacidos fuera del matrimonio suben (4 de cada 10 nacimientos son extramatrimoniales; ya más de 181.000 niños (el 42,5%) nacen fuera del matrimonio anualmente);
  • que el drama del divorcio engorda (en el 2014 se produjeron 162.554 matrimonios y 105.893 rupturas familiares. La tasa de ruptura/matrimonio española (0,65) está muy por encima de la media de la Unión Europea (0,46). El divorcio afecta anualmente a casi 100.000 niños (92.753 hijos en el 2014). Tan solo en los últimos 5 años (2010-2014) 458.371 niños se han visto afectados por el divorcio de sus padres. Las parejas con 1 niño y las de con 2 niños son las más afectadas. Entre las dos suponen el 92 % del total. Los hijos menores son los más afectados por la ruptura: 9 de cada 10 rupturas (90%) tienen hijos menores de edad, afectando a más de 83.900 hijos menores de edad. La población separada/divorciada, con 2,3 millones de personas, representa ya el 6% de la población adulta española).

Esta situación es muy grave y causa profundas heridas en la vida de muchos. A esto se suma lo descrito por la santa Teresa de Calcuta: La más grande enfermedad hoy en día no es la lepra ni la tuberculosis, sino el sentimiento de no ser reconocido, amado y protegido. Y recordaba que el primer lugar donde se debe remediar esta clase de pobreza es el hogar. “Pienso que hoy el mundo está de cabeza, y está sufriendo tanto porque hay tan poquito amor en el hogar y en la vida de familia. No tenemos tiempo para nuestros niños, no tenemos tiempo para el otro, no hay tiempo para poder gozar uno con el otro”. En la Vigilia de oración de la JMJ de Panamá, Francisco contó un recuerdo que refleja este abandono. En una charla con jóvenes uno le preguntó:<¿Por qué hoy muchos jóvenes no se preguntan sobre si Dios existe o les cuesta creer en Él y les falta tanto compromiso por la vida?> Les contesté:<Y ustedes, ¿qué piensan sobre esto?> Entre las respuestas que surgieron me acuerdo de una que me tocó el corazón:<Padre, es que muchos de ellos sienten que, poco a poco, dejaron de existir para otros, se sienten muchas veces invisibles>” (26.01.19).

David Blankenhorn (fundador y presidente del Institute for American Values) avisaba, a mediados de los años 90 del siglo pasado, sobre cuál iba a ser el principal factor que marcaría la línea divisoria de la sociedad estadounidense en las primeras décadas del siglo XXI: “no será el color de la piel, la lengua, la religión o el lugar donde uno vive. Será una cuestión de patrimonio personal: quién, siendo niño, recibió el amor y los cuidados de un padre preocupado por él y por su madre, y quién no lo tuvo (cita del libro “Padres destronados”, María Calvo). La carencia de este amor es calificado de “agujero negro del alma” de muchos niños (Sergio Sinay, La sociedad de los hijos huérfanos).

La estrecha unión de nuestra condición de hijos de nuestros padres, y de Dios

San Pablo VI enseñaba que “el matrimonio es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor” (Encíclica Humanae vitae n. 8). Por eso, existe una estrecha relación entre nuestra condición de hijos de Dios e hijos de nuestros padres. D. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, lo recordaba: “Por ejemplo, cuando los padres y madres toman en sus brazos a un hijo pequeño que se ha caído y se ha hecho daño, y lo rodean con su cariño, le están transmitiendo el amor de Dios Padre, «del cual -como escribe san Pablo- toma nombre toda paternidad en los cielos y en la tierra» (Efesios 3, 15). En esos y en otros muchos momentos, los padres son instrumento de los cuidados de nuestro Padre Dios (homilía fiesta de san Josemaría 26.06.18). Recientemente, el Papa enseñaba la preciosa ayuda de los matrimonios cristianos a la pastoral de la Iglesia. Su ejemplo de amor generoso y fiel de uno con el otro, del que participan gozosamente los hijos, es “en verdad, un sermón silencioso para todos, un sermón <de día laborable>, diría, de todos los días” (discurso a la Rota romana 29.01.19). La imagen de los padres y madres buenos nos permite intuir afectivamente qué significa y cómo es el cariño paternal-maternal de Dios por mí.

En sentido contrario, quien ha vivido o vive en una situación de precariedad familiar, su fe se ve probada, si la tiene. Para las víctimas de una familia desestructurada, sean o no culpables de la situación, Dios tiene alta probabilidad de estar sentado en el banco de “acusados” y ser declarado “culpable”. Para ellos la palabra familia, padre, madre, hermanos, amor… puede traer muy malos recuerdos, nada felices; pueden estar asociados a sentimientos muy desagradables. Pueden pensar en que Dios es cruel, que los ha creado para vivir en un infierno, entre traiciones, chantajes, egoísmos, abandonos, incluso abusos. Pueden guardar una profunda herida nunca curada. Pueden estar dominados por el enfado, la tristeza, la amargura, el rencor, la dureza de corazón, la desconfianza, el temor… que hacen de parapeto para creer, esperar y amar a Dios y al prójimo. Se entiende que Benedicto XVI afirmara: “en efecto, el envilecimiento del amor humano, la supresión de la auténtica capacidad de amar se revela, en nuestro tiempo, como el arma más adecuada y eficaz para separar a Dios del hombre, para alejar a Dios de la mirada y del corazón del hombre (Discurso 6.VI.2005). Las estadísticas y las leyes manifiestan claramente este propósito: los matrimonios y la familia están en el punto de mira de Satanás.

Pero precisamente, esta honda crisis de la ecología humana nos abre un panorama para nuestra vida de cristianos: ahora, más que nunca, es necesaria una ecología de la santidad, empezando en la familia. Para que la gente que nos rodea pueda captar algo de lo que Dios le ama nos necesita; para empezar, necesita que le queramos de verdad, más si son personas que han sufrido el desamparo en su familia y en la vida. Dios se sirve de mi amor humano y cristiano para mostrarle su rostro. Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: <Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. (…) Pero Él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama>” (Francisco exhortación Gaudete et exultate n. 107).

La alegría y la esperanza del cristiano ―de todos nosotros, y también del Papa―, nace de haber experimentado alguna vez esta mirada de Dios que nos dice: <vos sos parte de mi familia y no te puedo dejar a la intemperie>, es es lo que nos dice Dios a cada uno” (JMJ Panamá 25.01.19). Las huellas de la infancia y de la juventud marcan la vida de toda persona; pero, sea cual sea nuestra historia, siempre permanece la esperanza, porque Dios es un padre que nos ama de manera incondicional y nos rescata del mal cuando nos confiamos a Él. Muchos santos –y muchísimos cristianos– después de una infancia dolorosa han vivido una vida luminosa, porque, gracias a Jesucristo, se han reconciliado con la vida”, afirmaba Francisco (catequesis 19.09.18). Cuando nos abrimos al amor de Dios y experimentamos su bondad, nuestra vida, también las heridas, se ilumina y se descubre su valor. Percibimos que Dios siempre ha estado a nuestro lado, que es un padre bueno que “desde siempre nos prepara para una vida de hijos suyos, donde cada acto es una misión recibida por Él” (19.09.18). Todo lo sucedido hasta entonces adquiere sentido en ese plan amoroso de Dios. “Aquí todo se vierte, todo resulta valioso, todo se convierte en constructivo” (19.09.18).

El secreto de los santos: haber descubierto y vivido lo qué significa “Dios es mi padre que me ama con locura”

San Juan nos da la pista: “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Juan 4, 16). Nos explica que el amor de Dios Padre por nosotros se ha manifestado en que “envió a su Hijo para ser Salvador del mundo” (1 Juan 4, 14). En Jesús, Hijo de Dios encarnado, enviado por el Padre, muerto por nosotros en la Cruz, nos descubre los infinitos tesoros del Amor divino, y nos los entrega en el Espíritu Santo. “En esto conocemos que permanecemos en Él, y Él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu” (1 Juan 4, 13). El Espíritu Santo, que es el mismo Amor con que el Padre y el Hijo se quieren, se nos da en el Bautismo haciéndonos hijos de Dios; somos hechos templos suyos, para que viviendo en nosotros podamos responder al Amor de Dios con su mismo Amor. En esto consiste la santidad. Para poder ser perfectos, como a Él le agrada, necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria; nos hace falta caminar en unión con Él reconociendo su amor constante en nuestras vidas. Hay que perderle el miedo a esa presencia que solamente puede hacernos bien” (Francisco Gaudete et exultate n. 51).

Los santos no son solo alguien que ama profundamente a Dios, sino, alguien que antes ha descubierto y gustado que Dios se había enamorado de él. Lo saben con la cabeza y con el corazón. Este es el secreto: dejarse seducir por Dios. De ahí nace el amor de los santos a Dios, un amor vivo y diligente, que abarca toda su vida y todas sus acciones. Los santos se han dado cuenta que de que ese amor de Dios es lo que realmente vale la pena y le dan el primer lugar. Y así, reencuentran todos los otros amores de su vida engrandecidos por ese amor. Ya que el amor a Dios se autentifica en la vida de los santos por su amor a los demás: “pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Juan 4, 20). “Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia (Francisco Gaudete et exultate n. 107).

Hagamos como los santos: dejemos que el amor de Dios nos sorprenda y atrape, dejemos que Dios actúe en nosotros, y a través de nosotros. Consideremos una vez y otra, saborear decía san Josemaría, nuestra condición de hijos de tan buen padre; y ayudemos a los demás a descubrirlo. Esta es la verdad que nos libera. “No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima (san Josemaría Amigos de Dios n. 26). Qué pena vivir sin conocer quiénes somos, andar por la vida sin papeles, huérfanos… sin gozar de la gran Esperanza, causa de nuestra alegría. Lo ha vuelto a proclamar el Papa en su último viaje a Emiratos Árabes: la vida cristiana “es sentirse, en Jesús, hijos amados del Padre. Es vivir la alegría de esta bienaventuranza, es entender la vida como una historia de amor, la historia del amor fiel de Dios que nunca nos abandona y quiere vivir siempre en comunión con nosotros” (homilía 5.02.19).

“Que no te la den con queso”

Evidentemente, los enemigos de Dios no se quedaran cruzados de brazos. Nuestra naturaleza frágil de pecadores, las tentaciones que encontramos en el mundo corrompido por el pecado, y la acción del príncipe del mal, que es algo más que un mito, nos la intentan “dar con queso”. Era una trampa que algunos bodegueros practicaban para “colar” a los clientes incautos un vino de peor calidad. Les agasajaban con queso para que no pudieran apreciar el vino que iban a comprar. Un grupo de expertos americanos explica que las proteínas del queso limitan el poder de degustar otros sabores. Según dicen, el queso enmascara el sabor original del vino, ya que la grasa que contiene bloquea las moléculas del sabor del vino.

En nuestro caso, ¿qué “queso” tomamos que nos impide gustar las cosas de Dios; en concreto, valorar el amor de Dios y de los demás, como más valioso que el amor a las riquezas, al poder, al éxito, a uno mismo? ¿Qué “queso” tomamos que insensibiliza nuestro corazón, impide que nos duela lo malo que hacemos y dificulta que nos atraiga lo bueno que deberíamos hacer… y poco a poco, le da la vuelta a nuestros gustos, corrompe nuestro corazón? ¿Qué hacer entonces? “Acordaos: quizás alguno lleva dentro cosas difíciles, cosas que no sabe cómo resolver, tanta amargura por haber hecho esto y estoDios no nos ocultará su rostro. Él no se encerrará en el silencio. Tú dile <Padre> y Él te contestará. Tú tienes un Padre. <Sí, pero yo soy un delincuente...> ¡Pero tienes un padre que te ama! Dile, <Padre>, empieza a rezar así y en el silencio nos dirá que nunca nos ha perdido de vista. <Pero, padre, yo he hecho esto...> <No te he perdido nunca de vista, lo he visto todo. Pero he estado siempre allí, cerca de ti, fiel a mi amor por ti>. Esa será la respuesta. Nunca os olvidéis de decir <Padre>” (catequesis 16.01.19), este es el consejo del Papa, una vez y otra. Lo volvió a recordar en la JMJ: podemos hacerle las mil y unas, pero Jesús nos ama, y nos salva. Porque solo lo que se ama puede ser salvado (…) El amor del Señor es más grande que todas nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces” (26.01.19).

Ojo con los enemigos de dentro: la soberbia y el desánimo. San Pablo nos advierte de nuestra frágil condición: “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Corintios 4, 7). El cristiano no es un superhombre, sin defectos, incapaz de pecar… sino un pecador “capaz de todos los horrores y de todos los errores que han cometido las personas más ruines” (San Josemaría Via Crucis); pero agraciado, salvado, muy amado… por su Padre Dios. Por tanto, no dejemos que nos roben la esperanza. “Es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces como Él quiere escribir esta historia de amor. Abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de las negaciones y nos abraza siempre, siempre, siempre después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie. Porque la verdadera caída –atención a esto– <la verdadera caída, la que es capaz de arruinarnos la vida es la de permanecer en el piso y no dejarse ayudar>. Hay un canto alpino muy lindo: <En el arte de ascender, la victoria no está en no caer, sino en no permanecer caído>. No permanecer caído…” (JMJ Panamá 26.01.19). Podemos rompernos con facilidad. Por eso, Dios que es amor, lo revela en forma de misericordia: acude a nuestro auxilio, nos da la mano para que nos levantemos, cuando reconocemos humildemente nuestra realidad ante Él, dejando que actúe con sus gracias.

La llave del corazón de Dios: nuestra confianza en Él

Jesús, al ser preguntado por quién es el mayor en el reino de los cielos, se acercó a un niño y les dijo: En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos” (Mateo 18, 3-4). Jesús nos señala el camino para saber y disfrutar del amor de Dios: cultivar un corazón de niño, que se abandona confiadamente en su Padre; no un corazón autosuficiente, satisfecho de sí mismo. Un niño sencillo es humilde y se sabe pequeño; siempre busca el abrazo de su padre y se fía de él; se reconoce necesitado y pide esperándolo todo; y cuando hace una trastada, no se esconde, arrepentido pide perdón, y promete que no lo volverá a hacer… aunque por fragilidad volverá a hacerla. En cambio, la autosuficiencia, la desconfianza, la indiferencia cierran las puertas de nuestro corazón a Dios. Por eso, lo que más desagrada a nuestro Padre Celestial son nuestras faltas de confianza en su amor; nuestros pecados, nuestra debilidad, nuestros defectos no le asustan, sabe de qué barro estamos hechos y nos puede curar.

Dios nos pregunta como Jesús a los dos ciegos: “¿Creéis que puedo hacerlo?” Ellos contestaron: <Sí, Señor>. “Entonces les tocó los ojos, diciendo: <Que os suceda conforme a vuestra fe> (Mateo 9, 28-29). Conforme a nuestra fe, en la medida en que con-fiamos (del latín cum fide) en Él, recibimos su amor. Quien más confía, más amor recibe, más agraciado es. Nuestra confianza de hijos se funda en su Misericordia por nosotros. Francisco no ceja en el anuncio de la Misericordia divina, esta verdad consoladora del amor paternal de Dios que nos ha revelado en Jesús. Un año especial dedicado a la Misericordia (de noviembre de 2015 a 2016, con catequesis y publicaciones ad hoc), con sesiones de continuidad en la catequesis dedicada a la Esperanza (de diciembre de 2016 a noviembre de 2017) son una buena muestra de su propósito. Decía que “la Misericordia es el corazón de Dios” (catequesis 6.04.16), y recordaba una expresión de san Juan Pablo II: “la Misericordia es el segundo nombre del Amor” (Ángelus 6.09.15). Un amor paterno y materno, que se vuelca en cada uno; un amor incondicional y fiel. Dios nos “primerea” dice el Papa, nos ama primero; su amor es anterior a nuestra respuesta. Dios no me ama porque me porte bien, porque no tenga defectos, sino porque soy su hijo, tal como soy. Porque nos ama desea mejorarnos con sus gracias, que seamos más… hijos suyos; porque nos ama nos perdona: la manifestación más conmovedora de su amor; me perdona de verdad, siempre y para siempre, lo que sea; porque nos ama respeta la libertad que nos ha dado, aunque vea que nos equivocamos; porque nos ama siempre nos está esperando, como el padre del hijo pródigo.

Es decisivo en la vida cristiana comprender quién es mi Padre y todo lo que me da, experimentar cotidianamente su amor infinito, para así darle nuestra confianza de hijos. Por la confianza, por la fe en ese amor, permitimos que Dios nos comunique sus dones, sus bendiciones, y seamos capaces de acogerlos sin que hagamos un mal uso de ellos. Jesús me dice como a los apóstoles: “¿Dónde está vuestra fe?” (Lucas 8, 25). Santa Faustina Kowalska (1905-1938) fue llamada por Jesús “apóstol de la divina misericordia”. Su confesor le pidió que escribiera sus vivencias, incluidas las revelaciones que Jesús le hizo. En una de ellas le decía: Las gracias de Mi misericordia se toman con un solo recipiente y éste es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son Mi gran consuelo, porque en tales almas vierto todos los tesoros de Mis gracias. Me alegro de que pidan mucho, porque Mi deseo es dar mucho, muchísimo. Me pongo triste, en cambio, si las almas piden poco, estrechan sus corazones” (Diario pequeño n. 1578).

¿Confiamos realmente en Dios o en nosotros, en lo que poseemos, en lo que hacemos, en nuestras cualidades? ¿Consideramos que todo lo que somos y todo lo que realizamos es don gratuito de la Misericordia? ¿Reconocemos nuestra condición de pecadores, confiándonos sinceramente al Perdón de Dios? ¿Nos dejamos robar la esperanza sin caer en la cuenta de que la Misericordia de Dios es infinita y pone límite al mal que encontramos en nosotros y en el mundo? Nuestra confianza en Dios, ¿cambia según lo hacen las circunstancias? Cuando en nuestra vida o en la de las personas que nos importan, se presentan la enfermedad o las limitaciones propias de la edad, las dificultades en el trabajo o la pérdida de este, la falta de entendimiento en casa o con un amigo… ¿nos quejamos a Dios pidiéndole cuentas, de porqué a mí me ocurre esto? ¿O sabemos aceptar esa situación solicitando a Dios luces para entender y fuerzas para querer? Cuando pedimos a Dios, ¿añadimos la coletilla “hágase tu voluntad, Tú sabes más lo que conviene”?

Continuaremos… repasando algunos momentos especiales de nuestra relación filial con nuestro Padre Dios para ganar en confianza. Te doy pistas de esos momentos por si quieres adelantar… al reconocer nuestra pequeñez e indigencia ante la infinitud de Dios; al estar con Dios en la oración, y en todo momento; al constatar nuestra fragilidad dejándonos seducir por el mal; al toparnos con el sufrimiento… propio y próximo.

 

 

Las 25 mejores películas románticas

 

 

https://1.bp.blogspot.com/-6LVivhmLD8k/XGGtZ-bs_dI/AAAAAAAAKgo/UKR9GGNXiiARb7diJoErLfg2eqTfw8NsACLcBGAs/s320/Casablanca.jpg

A nadie se le escapa que dentro de tres días, el 14 de febrero, es San Valentín. En todos los medios de comunicación hay artículos y propuestas para esta fecha.

Ciertamente, no hay que esperar al Patrón de los enamorados para tener un detalle con la mujer o el marido, con la novia o el novio. El amor es algo que hay que regar todos los días, como la rosa de El Principito. Nosotros necesitamos ser también ese pequeño Príncipe que riega cada día su flor delicada; con cuidados pequeños pero constantes: una sonrisa, un beso, un abrazo, un piropo...

Y evitar la rutina, y decir “te quiero” con la ilusión de la primera vez. Volver a ser novios, aunque se cuenten por decenios los años de matrimonio.

Todo eso es cierto. Pero también lo es que las fechas tienen su significado. Por eso he querido sumarme a esta celebración con una lista de 25 películas románticas que han superado la barrera del tiempo. Este fin de semana es una ocasión espléndida para sorprender a nuestra pareja con un filme que vimos hace años, o que vemos ahora por primera vez. El cine siempre ha sido “una fábrica de sueños”; y en ocasiones, una forma de demostrar el cariño.

Que paséis un gran día de San Valentín. Y, por favor, ¡decidme cuáles de ellas son vuestras preferidas! Me encantará saberlo:

1. Casablanca (1942), de Michael Curtiz
2. Vacaciones en Roma (1953), de William Wyler
3. Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming
4. Tú y yo (1957), de Leo McCarey
5. Ninotchka (1939), de Ernst Lubitch

6. Sonrisas y lágrimas (1965), de Robert Wise
7. Matrimonio de conveniencia (1990), de Peter Weir
8. Cumbres borrascosas (1939), de William Wyler
9. Luces de la ciudad (1931), de Charles Chaplin
10. Cyrano de Bergerac (1990), de Jean-Paul Rappeneau

11. El hombre tranquilo (1952), de John Ford
12. Bodas y prejuicios (2005), de Gurinder Chadha
13. Mejor... imposible (1997), de James L. Brooks
14. Breve encuentro (1945), de David Lean
15. Sabrina (1954), de Billy Wilder

16. West Side Story (1961), de Robert Wise
17. Algo para recordar (1993), de Nora Ephron
18. Mientras dormías (1995), de Jon Turteltaub
19. Ghost (1990), de Jerry Zucker
20. La princesa prometida (1987), de Rob Reiner

21. La Bella y la Bestia (1991), de Gary Trouslade y Kirk Wise
22. Lo que queda del día (1993), de James Ivory
23. Sentido y sensibilidad (1995), de Ang Lee
24. El camino a casa (1999), de Zhang Yimou
25. La vida secreta de las palabras (2005), de Isabel Coixet

 

 

 

POLÍTICA Y PODER: CRISIS DE VALORES Y ÉTICA

Escribe: Alfredo Palacios Dongo

Todos los acontecimientos que están sucediendo en nuestro país como consecuencia del caso Odebrecht nos demuestran el alto nivel de corrupción política existente como un mal endémico que nos persigue desde hace muchísimos años debido esencialmente a una crisis de valores y de ética donde el poder se relaciona con las malas prácticas al margen de la ley y la justicia, una explicación sería que la corrupción y el crimen organizado generan una elevadísima rentabilidad creando un amenazante vínculo entre el poder, la política y el dinero.

Pero principalmente esta situación se presenta debido a que la gran mayoría de nuestra sociedad política que conforma el Estado no comprende que la actividad política es un quehacer social cuyo principal fin es alcanzar, mediante patrones de acción y organización, el bienestar de la sociedad y cuya esencia debe ser de servicio a los demás, el logro del bien común y el fortalecimiento de una estructura de virtudes y valores públicos para construir la voluntad política de las diversas instituciones integrantes de la nación en la defensa de la población.

Lamentablemente en nuestro país hemos corroborado que existen grandes intereses personales y sectoriales que actúan solo por conveniencia y buscan en la política un medio esencial de vida tratando de mantener el poder para copar espacios y cargos que inexorablemente se transforman en el tiempo en grandes focos de corrupción. Estas actitudes frivolizan la función pública y disminuyen la calidad de la política, lo cual bloquea el camino de nuestro país hacia el desarrollo.

Bajo este panorama existen justificadas razones de desconfianza y sospechas de la ciudadanía sobre las actuaciones, decisiones, conductas y prácticas de muchos políticos, las trapacerías que se producen en el ámbito político por corrupción y falta de ética, amparadas por el poder, tienen un profundo impacto negativo sobre la sociedad. Un país como el nuestro requiere que la política se convierta en el fin supremo de la sociedad, tenemos una dramática fragilidad institucional y profundos problemas sociales por resolver, esta realidad requiere que la clase política tome un camino convergente a la construcción del bien común y al fortalecimiento de la ética pública y sus principios fundamentales, integridad, transparencia y probidad. Cuando logremos en nuestro país imprimir valores éticos en la conciencia colectiva, a través del ejemplo de las autoridades políticas, recién iniciaremos el gran cambio hacia el progreso. 

Ver mi Blog:  http://www.planteamientosperu.com

 

 

CUANDO EL SILENCIO NOS ALCANCE

Por René Mondragón

INTERESANTE

Pablo Iriart acaba de publicar en su espacio en El financiero, “Tapetelandia”, un artículo durísimo que describe el asombroso silencio y la extrañísima quietud de actores relevantes, poderes fácticos, liderazgos de opinión, dirigentes sociales y religiosos, ante lo que el periodista describe como una condición en donde “La sociedad observa, con total indiferencia, cómo se destruye la República y se instaura a pasos agigantados un régimen autoritario y antidemocrático”

AVASALLA

Es cierto. El modelo de comunicación social implementado por el equipo presidencial, avasalla, pontifica, señala, acusa, torpedea, achaca, condena y se ensordece con la propia estridencia.

Basta la cercanía con el mandatario, para garantizar lo que sea. Ya es de dominio público la serie de desaciertos, su falta de escucha, o mejor aún, su sordera selectiva respeto de aquello que se aleja de su sentir; pocas voces destacan la serie de declaraciones sin fundamento, de su profundo desconocimiento sobre muchos temas. El escribano repite: ciertamente es comprensible porque no es diosito.

Las descalificaciones y el reiterado discurso que divide, son los factores empleados para terminar con los disensos. Habla de todo y en todo le asiste una especial iluminación que lo vuelve infalible. Cuando no hay más, “evangeliza” invitando al pueblo a portarse bien y no lastimar al prójimo, aunque él lo haga una y otra vez, porque unos son Fifís-Conservadores y Neoliberales- y los otros pertenecen a esa élite que conforma “el pueblo sabio”

¿POR QUÉ TANTO SILENCIO?

La pregunta no está por demás. El silencio de muchas organizaciones intermedias de la sociedad y/o de muchos dirigentes de opinión, puede obedecer al asombro y a lo pasmoso que resultan las acciones presidenciales. Pero, la tardanza puede resultar de un impacto negativo sin precedentes.

LAS CAUSAS

Pueden ser diversas. Una, debido al alud de bots del club de aplaudidores incondicionales, que se dedican a mentarle la madre a quienes opinan en contra de alguna tesis del mandatario. Otras, en las que el comentócrata se ha visto en la necesidad de cancelar sus cuentas en redes sociales porque, incluso, se han llenado de amenazas personales o contra la familia. El riesgo es alto.

En otras situaciones, priva el temor a algún tipo de represalias de alguna autoridad, por ser considerado miembro de la mafia del poder o, simplemente, ser señalado de corrupto por don Manuelito Bartlett.

Y SIN EMBARGO, SE EXTRAÑAN

Así es. No se trata de amarrar navajas gratuitamente, pero se extrañan las voces de Mons. Aguiar Retes y del Episcopado Mexicano, frente a los intentos de legalizar el aborto, la eutanasia y acabar fastidiando a la familia y al matrimonio. Se extrañan las voces de los Pastores orientando a la feligresía sobre la llamada Cartilla Moral y la redacción de la “Constitución Moral”, pero también sobre los demás temas sociales y de construcción del bien común.

Se extrañan las voces de los colectivos, de las ONG’s que tanto combatieron la impunidad, los crímenes, la violencia y el narcotráfico. Los titulares de los mismos organismos autónomos en proceso de extinción, tampoco han hablado.

Faltan las voces de las organizaciones de padres de familia en relación con el indoctrinamiento que viene rebasando por la izquierda.

Hacen falta las voces y la valentía de las plumas en los medios y en las redes, a ejemplo de ésta, nuestra amable casa editora.

Puede ser que el cansancio les derrote. El mensaje de Aristóteles Núñez para cerrar su cuenta, al escribano le parece como el silencio provocado por el cansancio de la voz que sigue clamando en el desierto.

La posibilidad de que el silencio nos alcance es alta. Fue necesario que Chávez doblegara a los disidentes para dejar en la miseria a su pueblo; hoy, la dictadura de Maduro se sostiene con alfileres ante la irrupción de Guaidó. Todo eso tuvo que pasar para que los venezolanos rompieran el silencio.

En México, ¿esperaremos a que el silencio nos alcance? Al tiempo.

 

 

Compromisos cristianos contra la pena de muerte

A pesar del avance de los populismos nacionalistas, sigue el retroceso de la pena capital. No faltan sombras, porque vivimos en un mundo demasiado complejo, pero son más las luces, como corresponde a la época del año.

La Jornada mundial contra la pena de muerte, celebrada desde 2002 el 30 de noviembre, a partir de una propuesta de la Comunidad de San Egidio, ha sido precedida este año por una importante resolución de la tercera comisión de la asamblea general de la ONU: la petición a los Estados miembros de poner fin a las ejecuciones fue apoyada por 123 países, ocho más que en una consulta similar en 2016; 36 delegaciones votaron en contra y 30 se abstuvieron. La iniciativa de la moratoria está en la agenda de la organización internacional desde 2007 ainstancias de Italia. A la diplomacia transalpina se unen diversas asociaciones de la sociedad civil, que forman una especie de Task Forke por la abolición; destacan, además de San Egidio, Amnistía Internacional y Nessuno Tocchi Caino. Significa un gran apoyo para el segundo protocolo facultativo del Pacto Internacional de derechos civiles y políticos, destinado a abolir la pena de muerte, aprobado por la asamblea general de la ONU el 15 de diciembre de 1989.

Entre las sombras figura en estos momentos Filipinas, por la radicalización de su actual presidente Rodrigo Duterte: promovió la batalla para introducir la sanción capital en el ordenamiento, pero va más lejos aún, con el fomento de ejecuciones extrajudiciales, especialmente en la lucha contra el narcotráfico. Se comprende el dramático llamamiento del obispo de Kalookan Pablo Virgilio David, vicepresidente de la Conferencia episcopal: “Un asesinato extrajudicial siempre es un error, aunque signifique la muerte de delincuentes. Esta es nuestra petición desesperada para el Adviento y la próxima Navidad: por el amor de Dios, ¡detengan las matanzas! Comencemos la sanación”.

JD Mez Madrid

 

 

“Manos Unidas” 2019

Mi admiración para Manos Unidas. Con el lema Creemos en la igualdad y en la dignidad de las personas”, se ha celebrado, este año, la campaña de Manos Unidas. Esta vez, la Organización ha puesto su acento en la mujer, cuya dignidad y derechos no están todavía reconocidos en países de lo que llamamos el tercer mundo, en donde ni siquiera cuenta su voz. Se trata de una organización de la Iglesia, que fundaron las Mujeres españolas de Acción Católica en 1960 para luchar contra el hambre en el mundo. Sus proyectos se basan, sobre todo, en el desarrollo agrícola, la promoción educativa, la atención sanitaria y la promoción de la mujer. Por su labor caritativa, el Papa San Pablo VI la incorporó al Consejo Pontificio “Cor Unum”. Con total transparencia ( su auditoría es anual), Manos Unidas está gestionada por laicos católicos,  que actúan en calidad de voluntarios y apoyan y sufragan cientos de proyectos para el desarrollo en África, Asia, América y Oceanía. Los fondos proceden de las colectas que se realizan, con este propósito, en los colegios católicos y en las parroquias de España el segundo domingo de febrero; además, cuenta con cuotas de sus socios y con donativos. Hay parroquias- unas, solas; otras, en unión-  que se  implican en proyectos concretos que Manos Unidas aprueba y se encarga de supervisar y de llevar a efecto. Por su labor humanitaria y social, que ha mejorado la vida de millones de personas en todo el mundo,  Manos Unidas está en posesión, entre otros galardones, del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia ( 1910) . Como Cáritas y Vida Humana Internacional,  es una de las grandes Obras sociales de la Iglesia Católica, expresión viva de su Misericordia.

Josefa  Romo

 

 

NEGRO SOBRE BLANCO.

El presidente del Gobierno ha considerado que en la manifestación convocada para este domingo en Madrid por PP y Ciudadanos, apoyada por Vox, "se verá una España en blanco y negro".

Tal vez se refería a lo que la RAE define como “negro sobre blanco”: “poner algo por escrito o impreso en papel”, es decir expresar algo con claridad, adquiriendo el compromiso de lo dicho.

Frente a la España “en blanco y negro” el Sr. Sánchez defiende la España de pandereta en que nos la está convirtiendo -¡y que se lo cree!-, algo así como Alicia en el país de las Maravillas…

Las palabras del Sr. Presidente son, a mi entender, el mejor apoyo que se puede dar a la concentración de Madrid.

Amparo Tos Boix, Valencia.

 

LA ORGANIZACIÓN NACIONAL DE CIEGOS ESPAÑOLES

 

                                Muy pocos españoles saben que la hoy “tan famosa ONCE”; su denominación real y fundacional es la que indica mi titular. Es la consecuencia de tapar largos nombres y sustituirlos por siglas; cosa esta que no sé si es más por “ocultar” detalles y camuflar lo que sea; pero esta organización se pensó, fundó y funcionó, pensando sólo y exclusivamente en los ciegos españoles; luego también camuflando la denominación de ciego, por la de… “invidente”; cosa que no concuerda con lo anterior, puesto que aquí en vez de ahorrarse letras, las duplican… “pero por lo visto, ciego es definición ofensiva y… invidente no”; en fin son cosas de los progresistas.

                                Esta organización nace en Andalucía (creo recordar que en Sevilla) y de allí, la amplían a toda España… esta ampliación llega “de la mano de Franco” y se inicia en 1938 en plena Guerra Civil;también de dicha fecha fue el denominado “Fuero del Trabajo” y que fue pensado para regularizar y humanizar al obrero o trabajador español… También yo y curiosamente, nazco en agosto de 1938; por tanto algo me liga a esos otros dos “nacimientos”, que tanto dieron que hablar y siguen dando… si bien “el fuero del trabajo”, fue sepultado en el olvido, por cuanto “no interesa recordarlo”.

                                En principio y como todo “árbol que se planta”; sus efectos no se dejaron notar; tan es así, que yo he visto a ciegos pedir limosna en las esquinas o yendo de casa en casa, de taberna en taberna, algunos de ellos con una guitarra o bandurria, haciendo dúos o tríos y sirviendo de músicos en las casas de putas o lupanares, donde y según “el poder del cliente”, se organizaban bailes privados… las ciegas a pedir limosna y poco más. Entienda el lector que hablo de los pertenecientes a las clases pobres y que eran abundantísimos en España. Los ricos vivían como tales,, aunque luego muchos también se enchufaron “al maná” que producía la “Organización Nacional de Ciegos Españoles”.

                                Pero aquella organización perfectamente dotada y controlada por el Estado Español, y partiendo de aquel primigenio cupón de sorteo diario y que se compraba a diez céntimos y se sorteaba en las sedes provinciales, en acto público y a las diez de la noche, de forma rudimentaria pero leal y clara por demás… hasta llegar a lo que ha llegado a ser la “Organización Nacional de Ciegos Españoles”; van unas distancias astronómicas; puesto que al estar libre de impuestos llegó un momento en que era algo así, como… “Un Estado dentro del Estado”; ya que incluso pudo prestarle dinero “al patrón” y en cantidades considerables.

                                Igualmente hoy, un trabajador “en los ciegos”, está mucho mejor remunerado que en la mayoría de otros trabajos y además gozan de anexos, que ya quisieran para sí, el resto de trabajadores de toda España. Si le interesa saber ello busque en Internet donde hay profusión de informaciones, de las que yo sólo les dejo una y  por cuanto la misma es de fuera de la misma organización: http://es.wikipedia.org/wiki/Organizaci%C3%B3n_Nacional_de_Ciegos_Espa%C3%B1oles

                                Es maravilloso el que “un botín” tan apetitoso, haya podido continuar floreciente por tanto tiempo, aunque en el camino “sufriese tormentas y terremotos”; puesto que indudablemente que muchos que fueron a administrarlo, tratarían de sacar lo máximo que pudieran de una fundación tan rentable como lo fue y supongo lo sigue siendo la moderna “ONCE”… si ello es así, es por que “los buitres que nos asolaron”, no han podido privatizarlo, como sí que hicieron con tantos y tantos bienes nacionales como quedaron incólumes a la muerte de Franco; el que por lo visto, esto sí… “esto si que lo dejó atado y bien atado”.

                                Su prosperidad la veo en mi propia provincia, donde hoy cuando escribo leo en prensa local (“VIVA JAÉN” 05-09-2013) que aquí hay 1577 empleados que viven de la “Organización Nacional de Ciegos Españoles”; lo que la convierte en la principal empresa por número de trabajadores, en una provincia de 650.000 habitantes.

                                Por todo ello y en competición internacional, España le ha concedido el “Premio Príncipe de Asturias, A la Concordia”; por lo que nadie podrá criticar tal concesión por favoritismo alguno; puesto que este premio (hasta hoy) goza de un prestigio internacional, que ni el de algunos de los tan criticados “Nobel”; donde ahora mismo está en entredicho, el que se le concedió al presidente Obama (de “La Paz”); puesto que es inconcebible ese premio a quién… “tantas guerras mantuvo y mantiene, e incluso quiere empezar nuevos frentes”.

                                Así es que les deseo lo que nos deseábamos los componentes de aquel club internacional de turismo al que pertenecí (el SKAL club) y cuyos lemas cantábamos tras la culminación de nuestros grandes actos… ¡“Salud, amor, larga vida y felicidad”!); es lo que yo deseo a todos los componentes de esa gran organización y espero que la misma sea copiada y mejorada en todo lo posible… y en todo este pobre mundo, en el que muy pocas cosas así podemos comentar, con la satisfacción que yo hoy lo hago… aunque en mi familia y en varias generaciones nunca hubo un ciego… “Al menos de la vista”.

                                Lo que critico y con toda la mordacidad que puedan imaginar, es que en todas las informaciones que he leído, oído o visto; no se habla de todo esto en la amplitud que merece… “y es que de Franco sólo quieren difundir lo malo que pudiera hacer o que consintiera el que otros hicieran… lo bueno o buenísimo no interesa… a los que mandan, claro está”.

                                Esperemos que ahora el día uno de enero y que celebran “ese premio gordísimo que sortean”; junto con la propaganda que se hacen “los ciegos”; digan sus orígenes y a quién debe esa gran prosperidad que tienen hoy, “los ciegos y no ciegos españoles que se benefician de esa fundación y mucho más sus jefes y administradores”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)

Jaén: 05 de Septiembre del 2013 ( retocado y añadido el último párrafo el 25-12-2018)