Las Noticias de hoy 09 Febrero 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 09 de febrero de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Video del Papa: Rezar por la “acogida generosa de las víctimas de la trata de personas”

Padres Blancos y Hermanas Blancas: Sembradores de esperanza en la lucha contra la esclavitud

Fundación Galileo: Francisco valora su anuncio del “mensaje salvífico del Evangelio”

SANTIFICAR EL DESCANSO: Francisco Fernandez Carbajal

“Comunión de los santos”: San Josemaria

La filiación divina: fuente de vida espiritual: Javier Sesé

Sacerdote de Jesucristo: Antonio Aranda

Comentario al Evangelio: «Echaré las redes»

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.: + Francisco Cerro Chave. Obispo de Coria-Cáceres

LOS SIETE DOMINGOS DE SAN JOSÉ

 DEVOCIÓN Y PRÁCTICA DE LOS SIETE DOMINGOS DE SAN JOSÉ : José María López Ferrera

¿Feminismo? ¿Qué feminismo?: Nuria Chinchilla

Hospital del Señor: Javier López

La fuerza de voluntad: Lucia Legorreta

La inocencia y el sentido de lo maravilloso: Plinio Corrêa de Oliveira.

La “macabra ley radical”: Norma Mendoza Alexandry

¿Una justicia sin vida?: Enric Barrull Casals

Los Derechos Humanos en el mundo contemporáneo: Pedro García

Los mártires de Argelia: Jesús Domingo Martínez

CERCA DE LAS ESTRELLAS: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Viernes 8 de febrero de 2019

El Evangelio (Mc 6,14-29) cuenta el martirio de Juan Bautista. Un relato con cuatro personajes: el rey Herodes, Herodías, Salomé y el profeta decapitado. Al final, los discípulos de Juan piden el cuerpo del profeta y le dan sepultura. El más grande acabó así. Pero Juan lo sabía, sabía que tenía que anonadarse. Lo dijo desde el principio, hablando de Jesús: “Él debe crecer, y yo disminuir”. Y disminuyó hasta la muerte. Fue el precursor, el anunciador de Jesús, que dijo: “No soy yo; ese es el Mesías”. Lo mostró a los primeros discípulos y luego su luz se apagó poco a poco, hasta la oscuridad de aquella celda, en la cárcel donde, solo, fue decapitado. ¿Y porqué pasó eso? No es fácil contar la vida de los mártires. El martirio es un servicio, un misterio, un don de la vida muy especial y muy grande. Y al final las cosas concluyen violentamente, por actitudes humanas que llevan a quitar la vida a un cristiano, a una persona honrada, y hacerlo mártir.

Veamos los otros tres personajes. Primero el rey, que creía que Juan era un profeta, lo escuchaba con gusto, de algún modo lo protegía, pero lo tenía encarcelado. Era indeciso, porque Juan le reprochaba su pecado, el adulterio. En el profeta, Herodes oía la voz de Dios que le decía: “Cambia de vida”, pero no lograba hacerlo. El rey era corrupto, y donde hay corrupción, es muy difícil salir. Un corrupto que intentaba hacer equilibrios diplomáticos entre su vida, no solo adúltera, sino también de tantas injusticias, y su conciencia que sabía que aquel hombre era santo. Y no lograba desatar el nudo. Luego, Herodías, la mujer del hermano del rey, asesinado por Herodes para poseerla. El Evangelio dice de ella solo que odiaba a Juan, porque hablaba claro. Y sabemos que el odio es capaz de todo, es una fuerza grande. El odio es la respiración de Satanás. Pensemos que él no sabe amar, no puede amar. Su ‘amor’ es el odio. Y esta mujer tenía el espíritu satánico del odio, que destruye. El tercer personaje, la hija de Herodías, Salomé, buena bailarina, que gustó mucho a los comensales y al rey. Herodes, con ese entusiasmo, prometió a la chica: “Te lo daré todo”. Usa las mismas palabras que Satanás para tentar a Jesús: “Si me adoras te daré todo, todo el reino”. Pero Herodes no lo podía saber.

Tras estos personajes está satanás, sembrador de odio en la mujer, sembrador de vanidad en la chica, sembrador de corrupción en el rey. Y el hombre más grande nacido de mujer acabó solo, en una celda oscura de la cárcel, por el capricho de una bailarina vanidosa, el odio de una mujer diabólica y la corrupción de un rey indeciso. Un mártir que dejó que su vida se fuese apagando poco a poco, para dejar sitio al Mesías. Juan muere en la celda, en el anonimato, como tantos mártires nuestros. El Evangelio dice solo que “sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro”. Todos sabemos que fue un gran testigo, un gran hombre, un gran santo. La vida tiene valor solo al darla, al darla en el amor, en la verdad, al darla a los demás, en la vida ordinaria, en la familia. Siempre al darla. Si uno toma la vida para sí, para protegerla, como el rey en su corrupción o la mujer con el odio, o la chica con su vanidad –un poco adolescente, inconsciente–, la vida muere, la vida se marchita, no sirve.

Juan dio su vida: “Yo debo disminuir para que Él sea escuchado, sea visto, para que Él se manifieste, el Señor”. Solo os aconsejo no pensar mucho en esto, pero sí recordar la imagen de los cuatro personajes: el rey corrupto, la mujer que solo sabía odiar, la chica vanidosa que es una inconsciente, y el profeta decapitado solo en la celda. Mirar eso, y que cada uno abra el corazón para que el Señor le hable de eso.

 

 

Video del Papa: Rezar por la “acogida generosa de las víctimas de la trata de personas”

Red Mundial de Oración del Papa

febrero 08, 2019 11:40Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 8 febrero 2019).- “Aunque tratemos de ignorarlo, la esclavitud no es algo de otros tiempos”, Francisco reflexiona este mes en ‘El Video del Papa‘ sobre la tragedia actual de la trata de personas en el mundo, intención de oración en febrero.

La petición que hace el Pontífice este mes es “rezar por la acogida generosa de las víctimas de la trata de personas, de la prostitución forzada y de la violencia”, mensaje central del video publicado el 2 de febrero de 2019, por la Red Mundial de Oración del Papa.

Ante esta trágica realidad, “no podemos lavarnos las manos si no queremos ser, de alguna manera, cómplices de estos crímenes contra la humanidad. No podemos ignorar que hoy hay esclavitud en el mundo, tanto o más quizás que antes”.

La Jornada Mundial de Oración y Reflexión sobre la Trata de Personas se celebra hoy, 8 de febrero de 2019, día de San Josefina Bakhita, con el tema Juntos contra la trata de personas.

‘El Video del Papa’ difunde cada mes las intenciones de oración del Santo Padre por los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia, a través de la Red Mundial de Oración del Papa.

 

 

Padres Blancos y Hermanas Blancas: Sembradores de esperanza en la lucha contra la esclavitud

Palabras del Santo Padre

febrero 08, 2019 20:13RedacciónPapa y Santa Sede

(ZENIT – 8 febrero 2019).- A las 11:30 horas en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a los Misioneros de África (Padres Blancos) y las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de África (Hermanas Blancas) con motivo de la celebración del CL Aniversario de la fundación de la Sociedad de Misioneros y de la Congregación de las Hermanas.

A continuación publicamos el discurso que el Papa ha dirigido a los presentes en el encuentro:

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https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/E-413x275.jpgDiscurso del Papa

Queridos hermanos y hermanas,

Os recibo con alegría con motivo de la celebración del 150 aniversario de la fundación de la Sociedad de Misioneros de África y de la Congregación de las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de África. Agradezco a vuestros Superiores Generales las palabras que me han dirigido, y deseo expresaros mi cordial saludo y mi cercanía espiritual y, a través de vosotros, a todos los miembros de vuestros institutos presentes en África y en otras regiones del mundo. Gracias por el servicio a la misión de la Iglesia, vivido con pasión y generosidad, en fidelidad a las intuiciones evangélicas de vuestro fundador común, el Cardenal Lavigerie.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/B-413x275.jpgDurante los últimos tres años, os habéis preparado para celebrar este jubileo. Como miembros de la gran “familia Lavigerie”, habéis regresado a vuestras raíces, habéis mirado vuestra historia con gratitud, para poder vivir vuestro compromiso actual con una pasión renovada por el Evangelio y ser sembradores de esperanza. Junto a vosotros doy gracias a Dios, no solo por los dones que ha concedido a la Iglesia a través de vuestros Institutos, sino también y sobre todo por la fidelidad de su amor, que celebráis en este Jubileo. ¡Qué este año jubilar fortalezca en vosotros la certeza de que “fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro”! (1 Co. 1: 9) !Qué vuestra consagración, vuestro ministerio puedan manifestarse concretamente, en vuestra vida fraterna y en vuestros diversos compromisos, la fidelidad del amor de Dios y su cercanía, para sembrar la esperanza en los corazones de aquellos que están heridos, probados, desanimados y se sienten tan a menudo abandonados!.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/A-1-413x275.jpgQueridos amigos, lo sabéis: cuando Monseñor Lavigerie, entonces arzobispo de Argel, fue guiado por el Espíritu para fundar la Sociedad de los Misioneros de África, y luego la Congregación de las Hermanas Misioneras, tenía en su corazón la pasión por el Evangelio y el deseo de anunciarlo a todos, convirtiéndose en “todo a  todos” (cf. 1 Co. 9:22). Por esta razón, vuestras raíces están marcadas por la misión ad extra: está en vuestro ADN. Así, siguiendo las huellas del Fundador, vuestra primera preocupación, vuestra santa inquietud, es ” que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. “(Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 49). Pero, a la luz del camino realizado hasta ahora a partir de vuestra fundación, sabéis que el anuncio  del Evangelio no es sinónimo de proselitismo; es esa dinámica que nos lleva a estar cerca de otros para compartir el don recibido, el encuentro de amor que cambió vuestra vida y os llevó a decidir consagrar la vida al Señor Jesús, Evangelio para la vida y la salvación del  mundo. Siempre es por Él, con Él, y en Él,  que se vive la misión.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/D-413x275.jpgPor lo tanto, os aliento a mantener vuestros ojos fijos en Jesucristo, para no olvidar nunca que el verdadero misionero es ante todo un discípulo. Cultivad el vínculo particular que os  une al Señor, mediante la escucha de su Palabra, la celebración de los sacramentos y el servicio a los hermanos, para que vuestras acciones puedan manifestar su presencia, su amor misericordioso, su compasión por aquellos a quien el Espíritu os envía y os conduce. ¡Qué la celebración de vuestro jubileo os ayude a convertiros en “nómadas del Evangelio”, hombres y mujeres que no temen ir a los desiertos de este mundo y buscar juntos los medios para acompañar a los hermanos al oasis que es el Señor, para que el agua viva de su amor apague cualquier sed suya!

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/SFO9393-413x275.jpgEspero que este Año Jubilar contribuya también al desarrollo de los lazos fraternales entre vosotros, porque el anuncio del Evangelio no se puede vivir sino gracias a una auténtica comunión misionera. Con la fuerza del Espíritu Santo, sed testigos de la esperanza que no defrauda (ver Rom 5: 5), a pesar de las dificultades. En fidelidad a vuestras raíces, no tengáis miedo de arriesgaros en los caminos de la misión, de ser “testigos de que Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras.” (Exhort. Ap. Gaudete et exsultate, 135).

El Espíritu Santo haga de vosotros constructores de puentes entre los hombres. Qué allí donde el Señor os haya enviado, podáis contribuir a desarrollar una cultura de encuentro, estar al servicio de un diálogo que, respetando las diferencias, sepa enriquecerse con la diversidad de los demás. Y os agradezco en particular el trabajo que habéis hecho ya en favor del diálogo con el Islam, con los hermanos y hermanas musulmanes. Con el estilo y la simplicidad del vuestro modo de vivir, manifestáis https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/SFO9381-413x275.jpgtambién la necesidad de cuidar nuestra casa común, la tierra. Por último, siguiendo los pasos del cardenal Lavigerie, estáis llamados a sembrar esperanza, luchando contra todas las formas actuales de esclavitud; haciéndoos cercanos a los pequeños y a los pobres, a aquellos que esperan, en las periferias de nuestra sociedad, ser reconocidos en su dignidad, ser acogidos, protegidos, levantados, acompañados, promovidos e integrados.

Con esta esperanza, os encomiendo al Señor, por intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de África. Os imparto la  bendición apostólica así como a todos  los miembros de  vuestras comunidades, e invoco la bendición de Dios sobre aquellos cuya vida compartís, allí donde el Señor os ha enviado. Y por favor no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

 

 

Fundación Galileo: Francisco valora su anuncio del “mensaje salvífico del Evangelio”

Discurso del Pontífice

febrero 08, 2019 19:46Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 8 febrero 2019).- El Santo Padre Francisco ha recibido esta mañana a las 11 horas en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico, a los miembros de la Fundación Galileo y les ha dirigido el siguiente discurso.

“Desempeñáis un papel valioso dando a conocer el mensaje salvífico del Evangelio a las personas de nuestro tiempo, especialmente a nuestros hermanos y hermanas más vulnerables”, les ha agradecido el Pontífice.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/SFO3351-406x275.jpgFundación Galileo

La Fundación Galileo existe para promover iniciativas basadas en la fe con un espíritu católico y cristiano. Su objetivo es apoyar proyectos especiales del Santo Padre a través de la filantropía, con un énfasis especial en el trabajo de las Academias Pontificias de Ciencias y Ciencias Sociales.

También busca ampliar las relaciones ecuménicas existentes entre la Iglesia Católica y la Comunión Anglicana, así como el apoyo a las comunidades cristianas en Tierra Santa, cuya existencia se encuentra bajo una amenaza grave.

***

Discurso del Santo Padre

Queridos amigos,

Un cordial saludo a vosotros, fideicomisarios y benefactores de la Galileo Foundation y con mucho gusto aprovecho esta oportunidad para expresar mi agradecimiento por vuestro generoso compromiso con la misión pastoral de la Iglesia. Vuestro patrocinio de una amplia variedad de proyectos muestra de alguna manera la universalidad de la Iglesia misma.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/Galileo-1-413x275.jpgComo fieles laicos, según las formas de secuela del Señor propias de las vocaciones y responsabilidades específicas de cada uno, desempeñáis un papel valioso dando a conocer el mensaje salvífico del Evangelio a las personas de nuestro tiempo, especialmente a nuestros hermanos y hermanas más vulnerables. Os animo a proseguir ofreciendo con generosidad un testimonio tan importante.

Quisiera subrayar especialmente vuestra contribución a la sensibilización sobre la situación de las personas que sufren pobreza y explotación, especialmente de los que son presa de la trata de seres humanos. Es una tarea urgente y esencial para los cristianos de hoy. Y ciertamente no es una coincidencia que nos encontremos en la fiesta de Santa Josefina Bakhita, patrona de las víctimas de la trata de seres humanos. Ella conoció por su dolorosa experiencia personal la realidad de la esclavitud y sus consecuencias violentas y humillantes. Y sin embargo, por la gracia de Dios, llegó a conocer la verdadera libertad y la verdadera alegría. Su santidad https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/Galileo-2-413x275.jpgde vida es un llamado no solo a enfrentar con mayor determinación las formas modernas de esclavitud, que son una herida abierta en el cuerpo de la sociedad, una llaga en la carne de Cristo y un crimen contra la humanidad (cf. Discurso a los participantes en la Conferencia internacional sobre la trata de personas, 10 de abril de 2014), sino también aprender de su gran ejemplo. ¿Qué nos dice? Ella nos enseña cómo dedicarnos a los pobres con ternura, delicadeza y compasión.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/02/Galileo-4-413x275.jpgQueridos amigos, en los proyectos y actividades que estáis preparando, os sostenga un arraigo cada vez más profundo en la oración, la intercesión de Santa Josefina Bakhita y la fuerza que solo el Espíritu Santo puede dar. Y mientras servía al Señor, invoco de Él sobre vosotros y vuestras familias bendiciones de gozo y paz. Os agradezco vuestras oraciones y os pido, por favor, que sigáis rezando por mí. Gracias

© Librería Editorial Vaticano

 

 

SANTIFICAR EL DESCANSO

— Cansancio de Jesús. Contemplar su Santa Humanidad.

— Nuestro cansancio no es en vano. Aprender a santificarlo.

— Deber de descansar. Hacerlo para servir mejor a Dios y a los demás.

I. Los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco1. Son palabras del Evangelio de la Misa, que nos muestran la solicitud de Jesús por los suyos. Los Apóstoles, después de una intensa misión apostólica, sienten el natural cansancio y el desgaste de las fuerzas. El Señor se da cuenta enseguida y cuida de ellos: Se fueron en una barca a un sitio tranquilo y apartado.

En otras ocasiones es Jesús quien se encuentra verdaderamente cansado del camino2 y se sienta junto a un pozo porque no puede dar un paso más. Él sintió algo tan propio de la naturaleza humana como es la fatiga. La experimentó en su trabajo, como nosotros cada día, en los treinta años de vida oculta. En muchas ocasiones, terminaba la jornada extenuado. Los Evangelistas nos narran cómo, durante una tempestad en el lago, el Señor se durmió en un extremo de la barca: había pasado todo el día predicando3; era tan intenso su cansancio que no se despertó a pesar de las olas. No simuló el Señor que estaba dormido para probar a sus discípulos; estaba realmente rendido de fatiga.

En estos momentos de desgaste físico real, Jesucristo está también redimiendo a la humanidad, y su debilidad debe ayudarnos a sobrellevar la nuestra y corredimir con Él. ¡Qué gran consuelo contemplar al Señor agotado! ¡Qué cerca de nosotros está Jesús en esos momentos!

En el cumplimiento de nuestros deberes, al empeñarnos generosamente en la tarea profesional, al gastar sin regateos muchas energías en iniciativas de apostolado y servicio a los demás, es natural que aparezca el cansancio como un compañero casi inseparable. Lejos de quejarnos ante esta realidad común a todos, hemos de aprender a descansar cerca de Dios y ejercitarnos de continuo en esa actitud: «¡Oh, Jesús! —Descanso en Ti»4, podemos decir muchas veces en nuestro interior, buscando en Él nuestro apoyo.

El Señor entiende bien nuestra fatiga porque Él pasó por esas situaciones similares a las nuestras. Nosotros debemos aprender a recuperarnos junto a Él: Venid a mí -nos dice- todos los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré5. Nos aligeramos de nuestra carga cuando unimos nuestro cansancio al de Cristo, ofreciéndolo por la redención de las almas. Nos aliviará cuidar especialmente de la caridad amable con quienes nos rodean, también si en esos momentos nos cuesta un poco más. Y nunca debemos olvidar que el descanso es, a la vez, una situación que hemos de santificar. Esos momentos de distracción no deben ser parcelas aisladas en nuestra vida, ni ocasión de permitir alguna compensación egoísta, de buscarse a sí mismo. El Amor no tiene vacaciones.

II. Jesús se vale también de los momentos en que toma nuevas fuerzas para remover las almas. Mientras descansa junto al pozo de Jacob, una mujer se acercó dispuesta a llenar su cántaro de agua. Esa será la oportunidad que aprovechará el Señor para mover a esta mujer samaritana a un cambio radical de vida6.

También nosotros sabemos que ni siquiera nuestros momentos de fatiga deben pasar en vano. «Solo después de la muerte sabremos a cuántos pecadores les hemos ayudado a salvarse con el ofrecimiento de nuestro cansancio. Solo entonces comprenderemos que nuestra inactividad forzosa y nuestros sufrimientos pueden ser más útiles al prójimo que nuestros servicios efectivos»7. No dejemos nunca de ofrecer esos períodos de postración o de inutilidad por el agotamiento o la enfermedad. Ni en esas circunstancias dejemos tampoco de ayudar a los demás.

El cansancio nos enseña a ser humildes y a vivir mejor la caridad. Advertimos entonces que no lo podemos todo y que necesitamos de los demás; el dejarse ayudar favorece en gran manera la humildad. A la vez, como todos nos encontramos más o menos fatigados, comprendemos mejor el consejo de San Pablo de llevar los unos las cargas de los otros8, entendemos que cualquier ayuda a quienes vemos algo agobiados es siempre una gran manifestación de caridad.

La fatiga es beneficiosa para alentar el desprendimiento de las muchas cosas que nos gustaría hacer y a las que no llegamos por la limitación de nuestras fuerzas. También nos ayuda a crecer en la virtud de la fortaleza y la correspondiente virtud humana de la reciedumbre, pues es un hecho que no siempre nos encontraremos en la plenitud de fuerzas y de salud para trabajar, estudiar, llevar a cabo una gestión dificultosa, etcétera, que sin embargo hemos de hacer. Una parte no pequeña de estas virtudes consiste en acostumbrarnos a trabajar cansados o, al menos, sin encontrarnos físicamente tan bien como nos gustaría estar para desempeñar esas tareas. Si lo hacemos por el Señor, Él las bendice de una manera particular.

El cristiano considera la vida como un bien inmenso, que no le pertenece y que ha de cuidar; hemos de vivir los años que Dios quiera, habiendo dejado realizada la tarea que se nos ha encomendado. Y, en consecuencia, por Dios y por los demás, debemos vivir las normas de prudencia en el cuidado de la propia salud y de la de aquellos que de alguna manera dependen de nosotros. Entre estas normas están «los oportunos descansos para distracción del ánimo y para consolidar la salud del espíritu y del cuerpo»9.

Sujetarse a un horario, dedicar el tiempo conveniente al sueño, dar un paseo periódicamente o hacer una excursión sencilla, son medios que conviene poner, viviendo el orden en nuestra actividad: quizá actuar de otro modo –si una obligación inaplazable no lo impide– revelaría atolondramiento y pereza, más dañina en cuanto que con esa actitud estaríamos poniéndonos voluntariamente en ocasión de que se desmejore la vida interior, cayendo en el activismo, siendo más propensos a perder la serenidad, etc. Una persona ordenada encuentra habitualmente el modo de vivir un prudente descanso, en medio de una actividad exigente y abnegada.

III. Aprendamos a descansar. Y si podemos evitar el agotamiento, no debemos dejar de hacerlo. El Señor quiere que cuidemos de la salud, que sepamos recuperar fuerzas; es parte del quinto mandamiento. El descanso es necesario para restaurar las energías perdidas y para que el trabajo sea más eficaz. Y, sobre todo, para servir mejor a Dios y a los demás.

«Pensad que Dios ama apasionadamente a sus criaturas, y ¿cómo trabajará el burro si no se le da de comer, ni dispone de un tiempo para restaurar las fuerzas, o si se quebranta su vigor con excesivos palos? Tu cuerpo es como un borrico –un borrico fue el trono de Dios en Jerusalén– que te lleva a lomos por las veredas divinas de la tierra: hay que dominarlo para que no se aparte de las sendas de Dios, y animarle para que su trote sea todo lo alegre y brioso que cabe esperar de un jumento»10.

Cuando se está postrado se tiene menos facilidad para hacer las cosas bien, como Dios quiere que las hagamos, y también pueden ser más frecuentes las faltas de caridad, al menos de omisión. San Jerónimo señala con buen humor: «Me enseña la experiencia que cuando el burro va cansado se apoya en todas las esquinas».

Se ha dicho que «el descanso no es no hacer nada: es distraernos en actividades que exigen menos esfuerzo»11; es enriquecimiento interior, ocasión frecuente de un mayor apostolado, de fomentar la amistad, etc. No se confunde el descanso con la pereza.

Nuestra Madre la Iglesia se ha preocupado siempre de la salud física de sus hijos. El Papa Juan Pablo II, comentando el pasaje del Evangelio que nos narra la estancia y el descanso de Jesús en casa de Marta y de María, señalaba que el descanso significa dejar las ocupaciones cotidianas, despegarse de las normales fatigas del día, de la semana y del año. Es importante que no sea «andar en vacío», que no sea solamente un vacío. A veces convendrá –decía el Pontífice– ir al encuentro con la naturaleza, con las montañas, con el mar y con el arbolado. Y por supuesto, siempre será necesario que el descanso se llene de un contenido nuevo, el que da el encuentro con Dios: abrir la vista interior del alma a su presencia en el mundo, abrir el oído interior a su Palabra de verdad12.

Entendemos bien que no pocas personas dedican períodos de descanso laboral a pasatiempos y actividades que no facilitan, y que incluso entorpecen en ocasiones, ese encuentro con Cristo. Lejos de dejarnos arrastrar por un ambiente más o menos extendido, la elección del lugar de vacaciones, el programa de un viaje, la actividad de un fin de semana que tengamos oportunidad de dedicar al descanso debe estar orientada por esta perspectiva: para el descanso nos sirve la misma norma que para el trabajo: amar a Dios y al prójimo. Convendrá evitar estar pendiente de uno mismo, y buscar la unión con el Señor; siempre es tiempo de preocuparse por los demás, de atenderlos, de ayudarles, de interesarnos por sus aficiones. Siempre es tiempo de amar. El Amor no admite espacios en blanco. Jesús descansó por motivos de obediencia a la ley de Moisés, de exigencias familiares, de amistad o de fatiga..., como cualquier persona. Nunca lo hizo por haberse cansado de servir a los demás. Jamás se aisló y se mostró inasequible, como quien dijese: «¡Ahora me toca a mí!». Nunca hemos de movernos por miras egoístas; tampoco a la hora de parar y recuperar fuerzas. En esos momentos también estamos junto a Dios; no es un tiempo pagano, ajeno a la vida interior.

El Señor nos deja en el Evangelio de la Misa una muestra muy particular de amor: preocuparse por la fatiga y la salud de quienes viven a nuestro lado. Y, junto al pozo de Sicar, extenuado, nos dio un formidable ejemplo: no dejó pasar la oportunidad de hacer apostolado, de convertir a la mujer samaritana. Y esto, a pesar de que no había trato entre judíos y samaritanos. Cuando hay amor, ni el agotamiento es excusa para no hacer apostolado.

1 Mc 6, 30-31. — 2 Cfr. Jn 4, 6. — 3 Cfr. Mc 4, 38. — 4 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 732. — 5 Mt 11, 28. — 6 Cfr. Jn 4, 8 ss. — 7 G. Chevrot, El pozo de Sicar, p. 25. — 8 Gal 6, 2. — 9 Conc. Vat. II, Cont. Gaudium et spes, 61. 10 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 137. — 11 Ídem, Camino, n. 357. — 12 Cfr. Juan Pablo II, Ángelus 20-VII-1980.

 

 

“Comunión de los santos”

Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo. (Camino, 545)

Hace un instante, antes del lavabo, hemos invocado al Espíritu Santo, pidiéndole que bendiga el Sacrificio ofrecido a su santo Nombre. Acabada la purificación, nos dirigimos a la Trinidad ‑Suscipe, Sancta Trinitas‑, para que acoja lo que presentamos en memoria de la vida, de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Cristo, en honor de María, siempre Virgen, en honor de todos los santos.
Que la oblación redunde en salvación de todos ‑Orate, fratres, reza el sacerdote‑, porque este sacrificio es mío y vuestro, de toda la Iglesia Santa. Orad, hermanos, aunque seáis pocos los que os encontráis reunidos; aunque sólo se halle materialmente presente nada más un cristiano, y aunque estuviese solo el celebrante: porque cualquier Misa es el holocausto universal, rescate de todas las tribus y lenguas y pueblos y naciones.
Todos los cristianos, por la Comunión de los Santos, reciben las gracias de cada Misa, tanto si se celebra ante miles de personas o si ayuda al sacerdote como único asistente un niño, quizá distraído. En cualquier caso, la tierra y el cielo se unen para entonar con los Angeles del Señor: Sanctus, Sanctus, Sanctus... (Es Cristo que pasa, 89)

 

 

La filiación divina: fuente de vida espiritual

Ofrecemos el artículo "La conciencia de la filiación divina, fuente de vida espiritual", escrito por el profesor de Teología Javier Sesé y publicado en “Scripta Theologica” 31 (1999/2).

Otros20/02/2016

La filiación divina: fuente de vida espiritual (PDF, para imprimir)

1. Desde la experiencia de los santos

“Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo (…) Y así, aquí está empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos; en lo cual conoce el alma la verdad del dicho de Isaías que dice: ‘A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis regalados’ (Is 66, 12)”. Hasta aquí San Juan de la Cruz en su Cántico espiritual.

“Ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de agradecimiento y de amor”, añade Santa Teresa del Niño Jesús, recordando la misma cita de Isaías, completada, entre otras referencias de la Escritura, con ésta del mismo profeta: “¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49, 15).

Por eso, Santa Teresa de Jesús dice de Dios “que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en El no puede haber sino todo bien cumplido”; y San Josemaría Escrivá afirma, de forma paralela, que Dios es un Padre que nos ama “más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos”. Y añade, conmovido, en otro momento: “Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con El la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada”.

Estos textos, citados como arranque de nuestra reflexión, pretenden ser paradigmáticos de la misma, tanto de su contenido como de su método. En efecto, nos proponemos presentar una reflexión teológica sobre la conciencia de la filiación como fuente de vida espiritual, pero inspirada en la experiencia y la enseñanza de los santos.

No es mi intención analizar unos textos concretos de determinados maestros de espiritualidad; ni abrumar con una amplia erudición de referencias, aunque sí citaré un buen número de ejemplos como apoyo de mis reflexiones; sino exponer lo que la lectura, el estudio y, sobre todo, una “contemplación” teológica de la doctrina y la experiencia interior de diversos santos me lleva a concluir como síntesis común a todos ellos.

De esta forma, deseo presentar algunas ideas que tengan, por una parte, un carácter y una aplicación lo más universal posible, y por otra, estén apoyadas en autoridades teológicas contrastadas. Efectivamente, la filiación divina, como condición común y básica del ser cristiano, puede y debe ayudarnos a todos en el camino de nuestra vida espiritual; y la experiencia y la enseñanza de aquéllos que han recorrido con éxito ese camino es la mejor garantía tanto de la veracidad de lo que afirmemos como de su utilidad práctica.

Si toda la teología, a mi entender, debe conducir armónicamente al conocimiento de la verdad divina y al afianzamiento de la santidad personal, mucho más aquella parte de esta ciencia que estudia expresamente la santidad cristiana, y que solemos denominar teología espiritual; y si los santos proporcionan luces decisivas para toda buena reflexión teológica, en teología espiritual se hacen imprescindibles.

Pienso que así, además, mi contribución puede resultar verdaderamente complementaria de las que hemos escuchado hasta ahora en el simposio; no tanto por decir cosas distintas, pues seguiremos contemplando la figura de nuestro Padre Dios, sino por iluminar esas ideas desde otra perspectiva: una perspectiva que ojalá sea viva y vivificante para todos, como sin duda lo fue para los que han inspirado estas líneas.

Como última consideración introductoria, no debemos olvidar que estamos ante el principal misterio de nuestra fe (Dios mismo), contemplado desde unas experiencias espirituales que, a su vez, esconden otro misterio de fe: el de la vida divina en el interior del alma cristiana. Hay, por tanto, mucho más en esas realidades -infinitamente más- de lo que aquí se pueda decir, y en la misma experiencia de esos santos hay mucha más riqueza de la que la teología haya podido extraer hasta ahora. Por eso, cada afirmación que aquí se propone abre nuevos y amplios panoramas de reflexión. Pero éste es precisamente uno de los grandes alicientes de la ciencia teológica, y de la teología espiritual en particular.

2. Amor paterno de Dios e intimidad trinitaria

La contemplación reflexiva de textos y experiencias como los citados al principio me han llevado, en estos últimos meses, a un primer convencimiento que considero fundamental, y que propongo como idea clave de todo lo que seguirá: lo que hace reaccionar a los santos no es tanto la conciencia de ser él mismo o ella misma hija o hijo de Dios, sino la comprensión cada vez más profunda y viva de lo que significa “Dios es mi Padre”; es decir, el descubrimiento del infinito amor divino volcado en él o en ella: la constatación viva y práctica de “cuánto Dios me quiere”.

El santo es, sin duda, consciente de lo que causa el Amor divino en su propio ser y en su propia vida, y lo agradece de veras; pero más que fijarse en sí mismo, se fija en Dios: contempla admirado su infinita grandeza, y descubre con sorpresa que todo ese esplendor no se queda estático y como ajeno ante sus ojos, sino que se inclina hacia él, se le da, se hace suyo, sin más motivo que la pura liberalidad de su Amor divino.

Estos sentimientos se hayan presentes, en particular, en los textos citados al principio, pero recojamos otras palabras significativas, en este caso de Santa Teresa de los Andes, que nos ayuden a dar algunos pasos más: “Nuestro Señor me dijo que quería que viviera con El en una comunión perpetua, porque me amaba mucho (…) Después me dijo que la Sma. Trinidad estaba en mi alma; que la adorara (…) Mi alma estaba anonadada. Veía su Grandeza infinita y cómo bajaba para unirse a mí, nada miserable. El, la Inmensidad, con la pequeñez; la Sabiduría, con la ignorancia; el Eterno, con la criatura limitada; pero, sobre todo, la Belleza, con la fealdad; la Santidad, con el pecado. Entonces, en lo íntimo de mi alma, de una manera rápida, me hizo comprender el amor que lo hacía salir de sí mismo para buscarme (…) Vi que (…) con una criatura tan miserable se quiere unir; quiere identificarla con su propio ser sacándola de sus miserias para divinizarla de tal manera que llegue a poseer sus perfecciones infinitas”.

Apoyados en lo que acabamos de leer, subrayemos otras dos ideas fundamentales que considero inseparables de la primera ya apuntada: es el Dios Todopoderoso, Inmenso, Eterno, Infinito, Inmutable, etc., el que es nuestro Padre y nos ama así, con toda la conmovedora ternura materna que hemos recordado al principio; y es, a la vez, el Dios Trino el que así se nos entrega, no sólo porque nos revela los secretos de su intimidad trinitaria, sino porque introduce al alma en esa misma intimidad.

No me refiero con ello a la deducción de que lo dicho debe ser así porque así es Dios; sino a que la conciencia viva que tienen los santos de ese Amor paternal divino que se vuelca en el alma, y que les conmueve hasta las entrañas, incluye inseparablemente tres aspectos, cuya combinación provoca precisamente la intensidad y hondura de su reacción interior: el amor de Dios por mí es tan cercano e íntimo como el que existe entre una madre y su hijo recién nacido (primer aspecto); no porque se digne darme unas migajas de su infinito amor, sino porque se entrega Él verdaderamente, como es, en su grandeza e infinitud (segundo aspecto); y la prueba irrebatible de que esto es así, la constituye el hecho de que Dios se me entrega como se entrega a su Hijo (tercer aspecto): es mi Padre como es Padre de Jesús; mi filiación es participación en la misma Filiación de su Hijo; y su amor por mí es como el Amor con que ama a su Hijo: me entrega su mismo Amor paterno-filial que es el Espíritu Santo.

Dicho de otra forma: la experiencia y enseñanza de los santos -eco de lo que se manifiesta en la Escritura- nos muestra, por una parte, que sólo desde el seno de la misma Trinidad, y porque Ella toma la iniciativa de abrirse y darse, puede haber verdadera intimidad con Dios, verdadero intercambio de amor, verdadero trato paterno-filial; y por otra -o mejor, como consecuencia-, que sólo así Dios es realmente mío y todo lo suyo es mío, sin dejar de ser Dios.

El santo comprende profundamente, y enseña, a través de esa muestra de asombro y osadía, de amor y humildad, maravillosamente combinados, que si Dios me amara “como desde fuera de sí mismo”, es decir, no trinitariamente, no sería realmente Padre: sería, como mucho, sólo analógica o limitadamente padre; bueno, eso sí; incluso capaz de abrumarnos con infinidad de regalos y muestras de afecto, tratando de ganar nuestro corazón; pero sin acabar de entrar de verdad en él: porque el alma intuiría, en el fondo, que se trata de un amor indirecto, incluso interesado; que no es un verdadero amor de padre.

Sin embargo, la Encarnación de Jesucristo, su muerte por nosotros, el don de su Espíritu, la vida trinitaria en el alma, nos están diciendo que Dios es Padre de verdad, que me ama Él personalmente (tri-personalmente, podríamos decir); más allá de dones y dádivas concretos por maravillosos que sean… ¡que lo son!. El alma que comprende y siente esto a fondo trasciende los dones y regalos concretos; porque, ante todo, sabe que le tiene siempre a Él, con todos los tesoros de su misma vida divino-trinitaria.

Insistamos en esta importante doctrina reproduciendo una certera síntesis teológica salida de la pluma de Santa Edith Stein: “El alma, en la que mora Dios por gracia, no es simplemente una pantalla impersonal en la que se refleje la vida divina, sino que ella misma está dentro de esa vida. La vida divina es una vida trinitaria, tripersonal: es el Amor desbordante con el que el Padre engendra al Hijo y le da su Ser, y con el que el Hijo recibe ese Ser y se lo devuelve al Padre, el Amor en que el Padre y el Hijo son una misma cosa y que lo espiran ambos como su común Espíritu. Mediante la gracia este Espíritu se derrama a su vez sobre las almas. De esta manera resulta que el alma vive su vida de gracia por el Espíritu Santo, ama en Él al Padre con el Amor del Hijo y al Hijo con el Amor del Padre”.

3. Singularidad de la relación Padre-hijo

Desmenucemos un poco más estas ideas básicas. El alma santa es particularmente consciente no sólo de cuánto Dios ama, de cómo ama, sino de la singularidad de su Amor: de cuánto me ama y cómo me ama; de que no sólo es Padre, sino mi Padre; no sólo es Amor, sino mi Amor.

Por eso se atreve a tratar a Dios con las mismas palabras de Jesús: “Padre mío”, “Abbá”: ¡Papá!. Bien consciente, eso sí, de que lo puede decir y lo dice movido por el Espíritu del Padre y del Hijo que habita en su alma, como recuerda San Pablo (cf. Rom 8, 14-17 y Gal 4, 4-7)… ¡Pero lo dice! Y el “Padre nuestro” alcanza entonces su verdadero significado: mi Padre, tu Padre y su Padre …, de todos y cada uno, en Jesucristo.

Así lo propone San Josemaría Escrivá: “le diremos con San Pablo, Abbá, Pater!, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo”.

Dios es, de esta forma, mi Padre (cercanísimo, intimísimo)…, pero no deja de ser mi Dios; y esto tiene importantes consecuencias: todo el poder, gloria y majestad, bondad, verdad y belleza divinos son para el hombre… ¡Para mí en concreto! Míos por derecho de hijo. No merecidos, ni ganados o conquistados, desde luego; pero tampoco simplemente dados graciosamente por un Señor todopoderoso que se digna acercarse desde su altura majestuosa; sino recibidos como efecto irrefutable de que me ha hecho realmente su hijo, con todas sus consecuencias… Y esto es, sin duda, mucho más grande y más conmovedor, aunque los resultados prácticos parezcan los mismos.

Digo “parezcan”, porque, de hecho, los resultados no son los mismos: muchas de las audacias -por ejemplo, apostólicas- que contemplamos en la vida de los santos pienso que sólo son explicables porque “usan” el poder de Dios -valga la expresión- como propio de un hijo, de un heredero de pleno derecho. Mejor aún, como un poder que brota del mismo Dios actuando desde lo íntimo de la propia alma; y no simplemente como un don recibido desde fuera para ser usado, por muy liberal que haya sido la dádiva y por mucha libertad de uso que haya concedido el donador. Además, sólo desde esa perspectiva se puede mantener el equilibrio -como mantienen los santos- entre audacia y humildad.

Afinando un poco más, podemos decir que la verdadera conciencia de la filiación divina es la conciencia no sólo de que es mi Padre y mi Dios, sino mi Dios-Padre, que me entrega como propios a su Hijo y, con Él, a su Espíritu; es decir, hay una captación muy profunda de la Unidad en la Trinidad y de la Trinidad en la Unidad; y en ella, del equilibrio entre trascendencia y cercanía de Dios, entre su grandeza y su sorprendente anonadamiento para ser mío, nuestro.

Es lo que expresa, entre otros posibles testimonios, uno de los más conocidos párrafos de las Moradas de Santa Teresa de Jesús: “entiende (el alma que llega a las séptimas moradas) con grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios (…) Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos (cf. Jn 14, 23). ¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma”.

Y es lo que explica también San Juan de la Cruz en su Llama de amor viva, ya desde el prólogo: “Y no hay que maravillar que haga Dios tan altas y extrañas mercedes a las almas que él da en regalar; porque Si consideramos que es Dios, y que se las hace como Dios, y con infinito amor y bondad, no nos parecerá fuera de razón; pues él dijo que en el que le amase vendrían el Padre, Hijo y Espíritu Santo, y harían morada en él (cf. Jn 14, 23); lo cual había de ser haciéndole a él vivir y morar en el Padre, Hijo y Espíritu Santo en vida de Dios”.

Volveremos en seguida sobre los aspectos trinitarios de esta realidad. Ahora sigamos profundizando en los rasgos de intimidad paterno-filial que los santos descubren tras ese Amor divino.

La confianza y el abandono que brotan de la realidad de la filiación divina son habitualmente muy subrayados, pero, siguiendo la línea marcada al principio de nuestra reflexión, quiero insistir en que el santo se fija sobre todo en cómo Dios le quiere y le trata, de tal forma que no tiene más remedio, por decirlo así, que confiar y abandonarse. Es decir, esa actitud no es tanto fruto de un esfuerzo ascético personal -aunque ese esfuerzo también existe-, como, sobre todo, de un dejarse llevar por Dios: ¡por algo se habla precisamente de abandono! Aunque se trate siempre de un abandono activo, libre y consciente por parte del hijo.

Así lo expresa, por ejemplo, San Francisco de Sales: “‘Si no os hacéis sencillos como niños, no entraréis en el reino de mi Padre’ (Mt 10, 16). En tanto que el niño es pequeñito, se conserva en gran sencillez; conoce sólo a su madre; tiene un solo amor, su madre; una única aspiración, el regazo de su madre; no desea otra cosa que recostarse en tan amable descanso. El alma completamente sencilla sólo tiene un amor, Dios; y en este único amor, una sola aspiración, reposar en el pecho del Padre celestial, y aquí establecer su descanso, como hijo amoroso, dejando completamente todo cuidado a Él, no mirando a otra cosa sino a permanecer en esta santa confianza”.

Por otra parte, es esa “combinación” divinidad-paternidad-amor, presente en la donación trinitaria al alma que comporta la realidad de la filiación divina, la que realmente provoca en los santos una honda respuesta de amor filial, un entusiasmo, una auténtica “locura” de amor. Así se expresaban, en su oración, por ejemplo, Santa Teresa del Niño Jesús y San Josemaría Escrivá: “Déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame, sí, que te diga que tu amor llega hasta la locura… ¿Cómo quieres que, ante esa locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi confianza…?”. “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?”.

4. El Amor paterno de Dios manifestado en Jesucristo y en el Espíritu Santo

Busquemos de nuevo la perspectiva trinitaria ya apuntada. No podemos olvidar, en efecto, dos realidades teológicas que se hacen también particularmente vivas en las almas que poseen una profunda vida interior, y que les mueven aún más a corresponder.

La primera, que el Hijo es la Imagen del Padre y, al encarnarse, acerca esa imagen a nosotros, también en el sentido de que podemos contemplar “encarnado” el Amor de Dios Padre: en Jesús, vemos, sentimos y experimentamos ese Amor divino “humanizado”; y esto es decisivo tanto para acercarse intelectualmente a esa realidad, como para que exista por nuestra parte una verdadera respuesta filial, que tiene que ser necesariamente humana. Es decir, en el Corazón de Jesús, en sus acciones divino-humanas, en sus manifestaciones de cariño, el alma cristiana se hace más consciente y siente más vivamente qué significa el Amor paterno-maternal de Dios: cómo me ama Dios, cómo se “traduce” humanamente (corporal y espiritualmente) ese Amor; además de descubrir los caminos del verdadero amor filial, aprendidos de quien es el Hijo por naturaleza.

Por otra parte, no sólo somos hechos hijos en el Hijo, sino que la Encarnación de Jesucristo aparece como garantía de la verdad de nuestra propia filiación divina, como explica agudamente San Juan de Avila: “Inefable merced es que adopte Dios por hijos los hijos de los hombres, gusanillos de la tierra. Mas para que no dudásemos de esta merced, pone San Juan otra mayor, diciendo: ‘La palabra de Dios es hecha carne’ (Jn 1, 14) . Como quien dice: No dejéis de creer que los hombres nacen de Dios por espiritual adopción, mas tomad, en prendas de esta maravilla, otra mayor, que es el Hijo de Dios ser hecho hombre, e hijo de una mujer”.

Visto desde otra perspectiva, la intimidad con Jesús no sólo es intimidad con el Verbo encarnado, sino necesariamente también con el Padre de quien procede y que le ha enviado a nosotros (a mí, descubre cada uno, en la perspectiva íntima y singular que estamos subrayando). Crecen así, a la vez, la intimidad con el Padre y la intimidad con el Hijo; y crece a la vez la “distinción” en el trato con ellos, precisamente en la medida en que crece la conciencia viva de que soy hijo del Padre en el Hijo, de que soy más Cristo…

Así lo sintetiza un conocido texto de San Josemaría Escrivá, que guarda por lo demás gran paralelismo con el citado más arriba de Santa Teresa de Jesús, y nos conduce también a la segunda idea prometida: “Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: ‘cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él’ (Jn 14, 23). El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador”.

En efecto, por su parte -y ésta es la segunda idea, inseparable de la anterior, como indivisible es el misterio trinitario-, el Espíritu Santo es el Amor paterno-filial del Padre y del Hijo, por el que soy hecho hijo de Dios en Jesucristo. El Paráclito no sólo me hace hijo, me enseña a ser hijo y me mueve a vivir como hijo, sino que, ante todo y como causa de esto, me hace participar en el mismo Amor paterno-filial divino en Cristo; y en esa participación, me muestra de forma viva y experimental cómo es el Amor paterno de Dios en Jesús, porque El mismo -el Espíritu del Padre y del Hijo- es ese Amor.

Por ello, también la intimidad que busca y obtiene el alma con el Espíritu Santo es necesariamente intimidad con el Padre y el Hijo, en cuanto son y se aman como Padre e Hijo, y en cuanto los tres son Dios; y crece la intimidad del cristiano con el Espíritu Santo como Persona divina distinta, en la medida en que es más consciente de lo que significa ser hijo del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo.

Oigamos, en este punto, a Santa Catalina de Siena en su oración: “¡Oh Trinidad eterna, oh Deidad! Esta, la naturaleza divina, dio valor a la sangre de tu Hijo. Tú, Trinidad eterna, eres un mar profundo, donde cuanto más me sumerjo, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Eres insaciable, pues llenándose el alma en tu abismo, no se sacia, porque siempre queda hambre de ti, Trinidad eterna, deseando verte con luz en tu luz (…) ¡Oh Trinidad eterna, fuego y abismo de caridad! (…) Por haber experimentado y visto con la luz del entendimiento la luz de tu abismo y la belleza de la criatura. Trinidad eterna, por eso, mirándome en ti, he visto que era imagen tuya, partícipe de tu poder, Padre eterno, y de tu sabiduría en el entendimiento. Esta sabiduría se atribuye a tu Hijo unigénito. El Espíritu Santo, que procede de ti y de tu Hijo, me ha dado la voluntad, pues soy capaz de amar. Tú, Trinidad eterna, eres el que obra, y yo, tu criatura. He conocido que estás enamorado de la belleza de tu obra en la nueva creación que hiciste de mí por medio de la sangre de tu Hijo. ¡Oh abismo, oh Deidad eterna, oh Mar profundo! ¿Qué más podías darme que darte a ti mismo?”.

5. La Bondad de nuestro Padre Dios

En todo lo dicho hasta ahora hemos podido comprobar cómo la conciencia de la filiación divina no sólo conduce a una respuesta generosa de amor a Dios, sino que va dando también al alma luces importantísimas sobre el mismo Dios; luces que provocan, desde luego, un mayor crecimiento interior, pero que también ayudan al teólogo en su estudio científico sobre los misterios divinos. Por este camino deseo proseguir mi reflexión, profundizando en ese binomio intimidad-grandeza con que se nos presenta la paternidad divina.

Conciencia de la paternidad de Dios significa, lo hemos subrayado ya, conciencia de un amor personal del Padre, en Cristo y por el Espíritu Santo hacia cada uno de sus hijos e hijas singularmente. Esto quiere decir, entre otras cosas, y así lo sienten y lo expresan con particular viveza los santos, un amor divino vivo, actual y operante, continuo e intenso, y a la vez, concreto, lleno de detalles muy personales de amor de Dios respecto a cada hijo en cuanto tal, en los que la infinita capacidad divina de amar se adapta a la condición y necesidades de cada uno. Y cuanto mayor es la correspondencia del alma santa a ese amor, más se esmera Dios, por decirlo así, en sorprenderle con finuras y delicadezas de amor, como el mejor de los padres y la mejor de las madres.

Todo esto proporciona al santo una comprensión particular de la Bondad de Dios, que lejos de ser una simple afirmación teórica, la ve manifestada día a día en su propia vida, hasta conmoverle profundamente. Entroncamos así con una de las cuestiones más delicadas que la conciencia del hombre se plantea cuando se le presenta la figura paternal de Dios: el problema del mal. No es el momento de entrar en cuestión tan compleja y a menudo desconcertante, e incluso traumática, para el ser humano; pero sí de apuntar, al menos, la perspectiva que abre la experiencia de los santos para iluminar una reflexión sobre el mal.

Podríamos decir que los santos abordan la cuestión desde el interior de Dios mismo. Es decir, no intentan congeniar la experiencia del mal en el mundo con la certeza de fe de la infinita bondad divina, buscando ese complejo equilibrio en el que tantas veces la reflexión filosófico-teológica se embarca sin acabar de llegar a puerto. Sino que, más bien, lo ven todo desde esa intimidad alcanzada con la Trinidad, en la que la bondad divina es, ante todo, el mismo amor paterno-filial al que han sido llamados a participar; y el mundo y el hombre son vistos así desde la óptica de Dios Creador y Redentor. Y esto hasta tal punto que, más que intentar explicar el mal, da la impresión de que para ellos ha desaparecido como problema, porque en el mismo Dios no existe.

Es lo que expresan, por ejemplo, estas palabras de Santo Tomás Moro a su hija mayor, en su prisión de la Torre de Londres: “Hija mía queridísima, nunca se perturbe tu alma por cualquier cosa que pueda ocurrirme en este mundo. Nada puede ocurrir sino lo que Dios quiere. Y yo estoy muy seguro de que sea lo que sea, por muy malo que parezca, será de verdad lo mejor”.

Y así lo aplica también San Josemaría Escrivá a situaciones más ordinarias, objetivamente menos dramáticas, pero en las que también un alma cristiana puede pasarlo mal y desconcertarse: “¿Penas?, ¿contradicciones por aquel suceso o el otro?… ¿No ves que lo quiere tu Padre-Dios…, y Él es bueno…, y Él te ama -¡a ti solo!- más que todas las madres juntas del mundo pueden amar a sus hijos?”.

En efecto, desde esa experiencia de intimidad con Dios, resulta incuestionable que lo que solemos llamar mal físico nunca es un verdadero mal; y en cuanto al único verdadero mal, el pecado, aparece enfocado siempre a la luz de la Misericordia divina y del bien que Dios mismo extrae continuamente de él.

6. Dios Padre Misericordioso

La Misericordia paterna de Dios, vista desde la entraña misma de su Amor y su Bondad, tiene particular fuerza, en efecto, en la conciencia de la filiación divina. No puedo detenerme ahora en todas sus implicaciones, pero sí subrayar, en la misma línea que viene marcando nuestra reflexión, lo que me parece más decisivo en la experiencia de los santos: no es tanto la Misericordia en cuanto perdón lo que contemplan, sino en cuanto Amor que no puede dejar de incluir el perdón; no es tanto que mi Padre me perdona, sino que mi Padre me ama, y por eso me perdona: que realmente su corazón se vuelca en mí como hijo, más allá de la realidad concreta de mis obras buenas o malas.

Me atrevería a decir que el santo apenas se fija en el pecado como tal, sino sólo como contraste que ayuda a calibrar hasta qué punto Dios le ama personalmente, sin condicionar su amor a la respuesta fiel o infiel de su hijo. La parábola del hijo pródigo, sobre la que con toda razón se está hablando y escribiendo tanto últimamente, resulta sin duda emblemática en este sentido. El hijo menor de la parábola busca, como mucho, el perdón, pero lo que encuentra es el amor: amor paterno que incluye, desde luego, el perdón, pero que va mucho más allá. El hijo no recupera a su Padre, sino que se da cuenta de que nunca lo ha perdido; que él puede ser mal hijo, pero que el Padre nunca puede dejar de ser buen Padre, porque le ama de verdad, por ser quién es, en lo más hondo y desde lo más hondo.

Se entiende así que los santos se conmuevan hasta el punto que reflejan, por ejemplo, estas palabras de Santa Teresa de Jesús: “Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de Misericordia tan grande y merced tan crecida a traición tan fea y abominable?; que no sé cómo no se me parte el corazón cuando esto escribo, porque soy ruin”; o estas otras de San Josemaría Escrivá, referidas precisamente a la reacción del padre de la parábola: “Éstas son las palabras del libro sagrado: ‘le dio mil besos’, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres?”.

La Misericordia suele aparecer, efectivamente, en la experiencia y enseñanza de los santos, como la gran prueba del amor paternal divino, y también del Corazón de su Hijo encarnado, que es su Imagen fiel: la manifestación más conmovedora, la más consoladora, la más tierna… Por eso, es un aspecto clave para comprender mejor todo lo dicho hasta ahora y lo que seguirá; y en el caso particular de los santos, buena parte de su comprensión del Amor divino y de su respuesta generosa a la gracia brota precisamente de sus experiencias personales sobre la Misericordia viva y operante de Dios.

Demos un paso más. Como acabamos de comprobar en la referencia a la parábola del hijo pródigo, la Misericordia divina refuerza el convencimiento de que en el Amor paternal de Dios cabemos todos: ninguno pierde cariño paterno por muy pecador que sea. Más bien al contrario: todo invita a pensar en una “predilección” divina por el pecador. Hasta el punto de que santos como San Agustín o Santa Teresa del Niño Jesús hablan de la existencia de una Misericordia “previniente” de Dios; porque intuyen que, incluso para el cristiano que en un momento determinado, sinceramente, no tenga conciencia de graves pecados, no puede dejar de ser verdad que Dios le ama mucho porque le perdona mucho (cf. Lc 7, 40-47).

Citemos las reflexiones de la santa de Lisieux: “Sé también que a mí Jesús me ha perdonado mucho más que a Santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer. ¡Cómo me gustaría saber explicar lo que pienso…! Voy a poner un ejemplo. Supongamos que el hijo de un doctor muy competente encuentra en su camino una piedra que le hace caer, y que en la caída se rompe un miembro. Su padre acude en seguida, lo levanta con amor y cura sus heridas, valiéndose para ello de todos los recursos de su ciencia; y pronto su hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe de que a ese hijo le sobran motivos para amar a su padre!

“Pero voy a hacer otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de su hijo hay una piedra, se apresura a ir antes que él y la retira (sin que nadie lo vea). Ciertamente que el hijo, objeto de la ternura previsora de su padre, si DESCONOCE la desgracia de que su padre lo ha librado, no le manifestará su gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado… Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse, ¿no lo amará todavía mucho más?

“Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. El quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como Santa María Magdalena, sino que ha querido que YO SEPA hasta qué punto Él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a Él ¡con locura…!”.

7. La Misericordia del Padre y del Hijo

Por otra parte, la comprensión de hasta qué punto es grande el Amor misericordioso de Dios Padre por cada uno de sus hijos suele alcanzar su cénit en la contemplación del misterio de la Cruz, visto no sólo desde la conmovedora entrega de Jesús por mis pecados, sino desde la generosidad del Padre que entrega a su Hijo y que recibe la entrega de Éste.

Así lo expresa, por ejemplo, San Agustín, parafraseando a San Pablo y a San Juan: “¡Oh cómo nos amaste, Padre bueno, ‘que no perdonaste a tu Hijo único, sino que le entregaste por nosotros, impíos!’ (cf. Rom 8, 32) ¡Oh cómo nos amaste, haciéndose por nosotros, ‘quien no tenía por usurpación ser igual a ti, obediente hasta la muerte de cruz, siendo el único libre entre los muertos (cf. Fil 2, 6), teniendo potestad para dar su vida y para nuevamente recobrarla’ (cf. Jn 10, 18). Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima, y por eso vencedor, por ser víctima; por nosotros sacerdote y sacrificio ante ti, y por eso sacerdote, por ser sacrificio, haciéndonos para ti de esclavos hijos, y naciendo de ti para servirnos a nosotros”.

Toda esta riqueza de pruebas de Amor y Misericordia divina no hace sino proporcionar nuevos impulsos a las manifestaciones de trato filial, osado y atrevido, del alma que se deja arrebatar y conmover por Dios. Volvamos a oír a Santa Catalina de Siena en su oración a Dios Padre:

“¡Oh Misericordia, que procede de tu divinidad, Padre eterno, y que gobierna con tu poder el mundo entero! En tu Misericordia fuimos creados, en tu Misericordia fuimos creados de nuevo por la sangre de tu Hijo; tu Misericordia nos conserva; tu Misericordia hizo que tu Hijo usara sus brazos en el madero de la cruz para la lucha de la muerte con la vida y de la vida con la muerte (...) ¡Oh Misericordia! El corazón se sofoca pensando en ti, pues dondequiera que intente fijar mi pensamiento no encuentro más que Misericordia. ¡Oh Padre eterno!, perdona mi ignorancia, pero el amor a tu Misericordia me excusa ante tu benevolencia”.

De hecho, con relativa frecuencia, en la oración de los santos, la consideración de la Misericordia del Padre y la de Jesucristo se entremezclan hasta que parecen confundirse, y es una de las ocasiones en que suelen tratar también a Jesús como Padre; así ocurre, por ejemplo, en esta oración de San Alfonso María de Ligorio: “Vos mismo, Jesús mío, que sois el ofendido por mí, os hacéis mi intercesor: ‘Y Él es propiciación por nuestros pecados’ (1 Jn 2, 2). No quiero, pues, haceros este nuevo agravio de desconfiar de vuestra Misericordia. Me arrepiento con toda el alma de haberos despreciado, ¡oh sumo Bien!; dignaos recibirme en vuestra gracia por aquella sangre derramada por mí. Padre…, no soy ya digno de llamarme hijo tuyo (Lc 15, 21). No, Redentor y Padre mío, no soy digno de ser hijo vuestro, por haber tantas veces renunciado a vuestro amor; mas vos me hacéis digno con vuestros merecimientos. Gracias. Padre mío, gracias; os amo”.

Reencontramos así, desde una nueva perspectiva, la estrecha relación entre el Amor paterno de Dios y la donación redentora de su Hijo, que no es sino un reflejo de lo que el Hijo recibe del Padre en el seno de la Trinidad: toda su realidad divina, y por tanto todo su infinito Amor, el mismo con que Padre, Hijo y Espíritu Santo nos aman y nos perdonan.

8. La cercanía de Dios

Por un itinerario contemplativo-reflexivo parecido al que acabamos de recorrer hablando de la Bondad y la Misericordia, la intimidad divina que brota de la filiación divina vivida hasta sus últimas consecuencias nos da luz también sobre otros atributos divinos; y al profundizar en ellos, vuelve a crecer la vida espiritual, deseando corresponder más a ese Amor divino inagotable.

La inmensidad de Dios y su omnipresencia, por ejemplo, aparecen así como una presencia activa, viva y efectiva de Dios en cada hijo suyo; como una realidad concreta, amorosa e íntima para el alma; una presencia de un Padre “interesado y ocupado” en las cosas de su hijo, pequeñas y grandes, trascendentes y anecdóticas. El alma siente de verdad que su Padre Dios sólo tiene ojos para ella; y su vida en Cristo y la presencia activa del Espíritu no dejan de recordárselo y de moverle a obrar en consecuencia.

Análogamente, la Eternidad divina se experimenta como la plenitud de esa presencia y donación amorosa de Dios a cada uno en cada instante, volcando en el interior del alma toda la riqueza de su ser divino: una participación en el eterno entregarse del Padre al Hijo y al Espíritu Santo. No es una eternidad al margen de mi tiempo, sino una eternidad volcada en mi tiempo, al que llega a proporcionar valor de eternidad; y en todo esto, la Encarnación del Verbo juega de nuevo un papel decisivo, pues el alma descubre ahí hasta qué punto a Dios le interesa de verdad todo lo humano y temporal.

Toda esta realidad subyace, por ejemplo, a lo expresado en este punto de Camino, del que hemos reproducido ya unas palabras al principio: “Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos”.

O a estas otras consideraciones y recomendaciones de Santa Teresa de Jesús: “Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas parte y que le vino a hallar dentro de sí mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija”.

Desde otra perspectiva, la eternidad de Dios como ausencia de principio y de fin, conmueve también al santo por lo que supone de prolongación infinita del amor de Dios por cada uno. Así lo expresa San Francisco de Sales: “Considera el amor eterno que Dios te ha manifestado, pues antes que la humanidad de Jesucristo padeciese por ti en la Cruz, su Divina Majestad te llevaba presente en su soberana bondad y te amaba desde el principio. Pero ¿cuándo comenzó a amarte? Cuando comenzó a ser Dios. Y ¿cuándo comenzó a ser Dios? Nunca, pues no tiene principio ni fin; y, por tanto, te amó siempre, desde toda la eternidad; y desde toda la eternidad te tenía preparados los favores y las gracias que te ha concedido”.

En estrecha relación con lo anterior, la inmutabilidad deja de ser un atributo fundamentalmente negativo, que parece alejar a Dios de nosotros, y se desvela más bien como una vida llena de intensa actividad, rica y perfecta, que se vuelca en cada alma con verdadero amor paterno. Hasta tal punto que, en esa intimidad filial, el alma siente, por ejemplo, que Dios se “conmueve” al ritmo de sus personales experiencias, como todo buen padre reacciona con amor paterno ante los sentimientos, las necesidades y las inquietudes de su hijo.

Ciertamente, Dios no se conmueve en el sentido de sufrir un cambio, pero sí en cuanto vive con toda la intensidad de su infinito amor su relación con nosotros, como vivas e intensas son las relaciones en el seno de la Trinidad. Es decir, Dios ama de verdad y “vive” su amor por cada hijo y cada hija; y por tanto, participa realmente en todas sus vicisitudes, aunque no las sufra en el sentido en que esa expresión pueda significar imperfección.

Aún así, el santo suele llegar más lejos todavía; porque, a través de la Humanidad de Jesucristo, comprende que Dios ha querido acercarse también a los aspectos pasivos de esas experiencias de sus hijos: ha querido “humanizar” su amor, sin dejar de ser divino. Y esto le conmueve profundamente por doble motivo: porque Dios se le hace así más cercano, sin duda; pero también porque no deja de ser Dios: porque -insistimos una vez más- lo grandioso y conmovedor es, sobre todo, que es mi Padre y mi Dios inseparablemente; y que Jesús es el Hombre-Dios que me abre los secretos de la intimidad divina, sin rebajar ni un ápice toda su grandeza al entregárnosla.

Contemplémoslo desde otro ángulo: la conciencia de la paternidad de Dios significa descubrir que Dios tiene verdaderos “sentimientos paternales”, en lo que tienen de perfección de amor; acciones divinas que el alma enamorada siente realmente como “nuevas”, “distintas” en cada momento de su trato íntimo con Dios, en la medida en que se sabe amado como hijo concreto, distinto de otros hijos, y al que le pasan cosas distintas cada día y cada hora, que no son indiferentes para un amor verdaderamente paternal y maternal.

Sólo desde esa perspectiva se puede atisbar la hondura teológica que existe tras consideraciones íntimas de los santos, como la que paso a reproducir, en boca de Santa Teresa del Niño Jesús, y vencer la tentación de clasificarlas superficialmente como, por ejemplo, “ingenuidades piadosas de una niña”:

“Me he formado del cielo una idea tan elevada, que a veces me pregunto cómo se las arreglará Dios, después de mi muerte, para sorprenderme (…) En fin, pienso ya desde ahora que, si no me siento suficientemente sorprendida, aparentaré estarlo por darle gusto a Dios. No habrá peligro alguno de que le haga ver mi decepción; sabré ingeniármelas para que él no se dé cuenta. Por lo demás, me las arreglaré siempre para ser feliz. Para lograrlo, tengo mis pequeños trucos, que tú ya conoces y que son infalibles… Además, con sólo ver feliz a Dios me bastará para sentirme yo plenamente feliz”.

¿Realmente se puede pretender “engañar” así a Dios? Por lo menos, me atrevo a asegurar, dándole la vuelta al texto de la santa, que el Señor se las habrá ingeniado para que a Santa Teresita le parezca que ha conseguido engañarle; porque ante un alma tan fina, un corazón paterno como el de Dios no puede más que rendirse.

Finalmente, sin pretender agotar la lista de atributos divinos, observemos también cómo la omnipotencia de Dios toma otra perspectiva desde esta intimidad filial con él: no es un poder que me domina y sojuzga, sino que está “a mi servicio”, del que incluso llego a participar, porque soy su hijo y heredero, con todas sus consecuencias. Su providencia no es la propia de un vigía o controlador, ni -peor aún- la de un titiritero que moviera los hilos de mi vida como si fuera una marioneta; sino la que reflejan los desvelos de un Padre amoroso, continua e intensamente preocupado del bien de sus hijos; incluida, ante todo, su libertad, donada en la creación y reconquistada para nosotros por Jesucristo en la Cruz.

9. Trascendencia de Dios e intimidad filial

En definitiva, la trascendencia divina, para un alma plenamente consciente de lo que significa ser hijo de Dios, no es lejanía y desinterés, sino cercanía e intimidad: conciencia de que toda esa grandeza de Dios, que en sí misma parece inalcanzable e inabarcable, se pone al alcance del hijo, no porque éste la alcance, sino porque Él se la da como verdadero Padre amoroso.

Este es el convencimiento que subyace a estas frases extraídas de una carta de Santa Teresa de los Andes a una amiga suya: “Créeme. Sinceramente te lo digo; yo antes creía imposible poder llegar a enamorarme de un Dios a quien no veía; a quien no podía acariciar. Mas hoy día afirmo con el corazón en la mano que Dios resarce enteramente ese sacrificio. De tal manera siente uno ese amor, esas caricias de Nuestro Señor, que le parece tenerlo a su lado. Tan íntimamente lo siento unido a mí, que no puedo desear más, salvo la visión beatífica en el cielo. Me siento llena de Él y en este instante lo estrecho contra mi corazón pidiéndole que te dé a conocer las finezas de su amor. No hay separación entre nosotros. Donde yo vaya, El está conmigo dentro de mi pobre corazón. Es su casita donde yo habito; es mi cielo aquí en la tierra”.

Esta última expresión (“cielo en la tierra”), referida al alma, está tomada por la santa chilena de los escritos de la Beata Isabel de la Trinidad, quien la utiliza con gran frecuencia y la explica así: “‘Padre nuestro que estás en los cielos’ (Mt 6, 9). En ese pequeño cielo que Él se ha hecho en el centro de nuestra alma es donde debemos buscarle y, sobre todo, donde debemos morar (…) ‘adorémosle en espíritu y en verdad’ (cf. Jn 4, 23). Es decir, por Jesucristo y con Jesucristo porque Él sólo es el verdadero adorador en espíritu y en verdad. Seremos entonces hijas de Dios y conoceremos por experiencia la verdad de estas palabras de Isaías: ‘Serán llevados en brazos, y acariciados sobre las rodillas’ (Is 66, 12). En efecto, la única ocupación de Dios parece consistir en colmar al alma de caricias y pruebas de amor como una madre cría a su hijo y le alimenta con su leche. ¡Oh! Permanezcamos a la escucha de la voz misteriosa de nuestro Padre. ‘Hija mía, nos dice, dame tu corazón’ (cf. Pv 23, 26)”.

Sin embargo, la misma idea del “cielo en la tierra” puede ser vista desde otra perspectiva enriquecedora, como la que plantea San Josemaría Escrivá en la homilía pronunciada en este campus universitario en 1967: “Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”.

La intimidad de la relación paterno-filial con Dios se proyecta así en toda la realidad que rodea la vida del cristiano: en el mundo visto desde la Bondad de su Creador, que es nuestro Padre y que nos lo ha dado por herencia. Se explica así el título que el fundador de esta universidad dio a la homilía citada: “Amar al mundo apasionadamente”, tan apasionadamente como amamos a nuestro Padre Dios.

Me parece importante, en este momento ya avanzado de nuestra reflexión, apuntar otra realidad hondamente sentida por los santos (presente también en los textos citados), pero no siempre bien entendida en algunas reflexiones especulativas sobre nuestro tema. Trascendencia divina significa verdadera intimidad, sí, pero con “otro”; más aún: lo maravilloso para el santo es que, siendo Dios quién es, sea mi Padre, se una a mí; y que, unido a mí, siga siendo quién es. Es un amor y una unión de dos: el Padre no es el hijo y el hijo no es el Padre; y, además, yo soy el hijo porque Él ha querido libérrimamente constituirme como tal.

Es una divinización que no es confusión; más aún, el alma santa intuye que si hubiera algún tipo de mezcla o confusión, ya no sería un amor genuino, porque ya no recibiría tanto, mereciendo tan poco: ya no sería el todo que se vuelca en la nada; e intuye también que, si hubiera igualdad de “condiciones” con Dios, perdería encanto ese amor.

Personalmente, a pesar de la pobreza de toda comparación de este estilo, me ayuda a entender y explicar ese sentimiento íntimo de los santos ante el amor de Dios que supera el abismo abierto por su condición humana y su miseria personal, la imagen, repetida de formas diversas en la literatura, de la pobre doncella de la que se enamora un gran príncipe, o del pordiosero despreciado por todos que descubre un buen día, con gran asombro, que su verdadero padre es el rey.

Aprovechemos este momento para anotar también que, en todo lo dicho hasta aquí, subyace una actitud fundamental por parte del hijo de Dios, actitud que es virtud básica en el camino de la vida interior: la humildad. La filiación me eleva a unas alturas insospechadas de intimidad con Dios y de divinización, sí; pero porque Dios se hace mío, no porque yo deje de ser criatura, ni pecador, ni miserable. Más aún, cuanto más íntima es esa unión con la Trinidad, más siente el alma santa, a la vez, el abismo que le separa de Dios, y más valora en consecuencia su Amor y su Misericordia; volviendo a iniciarse así otro ciclo de enamoramiento y respuesta de amor, en esa espiral apasionante que conduce a la santidad.

10. Conciencia de la filiación divina y camino hacia la santidad

Nos vamos acercando al final de nuestra reflexión, pero no quiero dejar de aludir brevemente a otros dos aspectos que me parecen decisivos en la comprensión de la vida espiritual a la luz de la filiación divina. El primero, que en buena medida ha estado presente a lo largo de toda la ponencia, brota de las conocidas palabras que cierran la primera parte del sermón de la montaña: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Al hablar de la llamada universal a la santidad es habitual el recurso a esta cita, entre otras referencias bíblicas. Sin embargo, al desarrollar lo que esa llamada implica en la vida cristiana el acento se pone a veces -con verdad, pero, a mi juicio, demasiado unilateralmente- en la imitación de Jesucristo. Por contra, me parece que la referencia explícita que el mismo Jesús hace al Padre en ese momento, abre otras perspectivas enriquecedoras sobre lo que significa la santidad cristiana que todos buscamos, y sobre cómo alcanzarla.

En efecto, esas palabras del Señor nos hablan de la grandeza y maravilla de la meta, sin rebajarla un ápice y, al mismo tiempo, aumentan nuestra confianza y deseo de alcanzarla: si no fuera mi Padre, su perfección sería inalcanzable; si no fuera Dios, flaquearía mi confianza y tampoco bulliría mi deseo, pues la meta no sería tan maravillosa y apetecible; la más apetecible de todas.

De hecho, algo paralelo ocurre cuando reflexionamos sobe la imitación de Jesucristo, a quién no se puede separar de su Padre: si no fuera hombre como yo, ¡qué difícil sería seguirle!; y si no fuera Dios, qué poco poder tendría para ayudarme, y qué poco aliciente encontraría en ser su discípulo. Y otra consideración similar se puede hacer al meditar en lo que significa ser templos del Espíritu Santo y ser conducidos por Él en nuestro camino de santidad.

Pero, siendo paralelas estas consideraciones, me parece que no se deben reconducir una a las otras, sin tergiversar la realidad misma del misterio trinitario y de nuestra participación en él: realmente soy hijo de Dios -del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo-, y mi santidad brota de ahí y debe crecer en esas mismas coordenadas trinitarias, hasta una meta apenas entrevista ahora, pero que seguirá siendo divino-trinitaria: “Queridísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Así, en particular, en la medida en que crece la conciencia de esa relación paterno-filial con Dios, el alma corre: vuela hacia la santidad… Escribe la Beata Isabel de la Trinidad, después de citar el fragmento de San Juan que acabamos de reproducir: “He ahí el módulo de la santidad de los hijos de Dios: ser santo como Dios es santo; ser santo con la santidad de Dios y esto viviendo íntimamente con Él en el fondo del abismo sin fondo, dentro de nuestro ser”.

11. Paternidad de Dios y Maternidad de María

Nuestra última consideración nos va a llevar de la paternidad divina a la maternidad mariana. Pero dejemos la palabra a San Luis María Grignion de Montfort: “Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María (…) El mundo era indigno -dice San Agustín- de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de manos del Padre, quien lo entregó a María para que el mundo lo recibiera por medio de Ella. Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su corte”.

Al hilo de estas consideraciones, queremos subrayar la relación entre la paternidad divina y la maternidad mariana, que, desde esa singular relación de Santa María con la Trinidad, se vierte en nosotros. En efecto, igual que hemos insistido en contemplar la conciencia de la filiación divina como una comprensión de la paternidad de Dios, queremos apuntar la conveniencia de no mirar sólo a María como modelo de filiación, ni contemplar simplemente su maternidad espiritual desde su relación maternal con Jesucristo, sino también desde su relación singular con el Padre en cuanto Padre de Jesús, y con el Espíritu Santo en cuanto nexo de unión en el seno de la Trinidad.

Como consecuencia de esta consideración, en el amor maternal de María, sentiremos y comprenderemos mejor, de forma viva y muy “humana”, el amor paternal de Dios, del que ella participa de forma singular; y particularmente en sus manifestaciones “maternales”: las que precisamente sirvieron de arranque a nuestra ponencia y han reaparecido varias veces a lo largo de ella, en boca de los santos. Volvamos a oír a uno de ellos, a este gran maestro del amor a María que acabamos de citar:

“Esta Madre del Amor Hermoso quitará de tu corazón todo escrúpulo y temor servil desordenado y lo abrirá y ensanchará para correr por los mandamientos de su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios, y encender en el alma el amor puro, cuya tesorera es Ella. De modo que en tu comportamiento con el Dios-Caridad ya no te gobernarás -como hasta ahora- por temor, sino por amor puro. Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por agradarle incesantemente y dialogarás con Él confidencialmente como un hijo con su cariñoso Padre. Si, por desgracia, llegaras a ofenderlo, te humillarás al punto delante de Él, le pedirás perdón humildemente, tenderás hacia Él la mano con sencillez, te levantarás de nuevo amorosamente, sin turbación ni inquietud, y seguirás caminando hacia Él, sin descorazonarte”.

 

 

Sacerdote de Jesucristo

Estudio de Antonio Aranda, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana", nº 17 (1993).

Otros02/06/2015

Opus Dei - Sacerdote de Jesucristo

Sobre la misión eclesial del beato Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei

Introducción: Hechos históricos, significados reológicos

Allí donde la Voluntad salvífica de Dios se manifiesta explícitamente ante la conciencia creyente, bien sea a través de los cauces comunes de la Iglesia, bien a través del cauce particular de una persona escogida, tiene lugar un acontecimiento de naturaleza no sólo histórico-temporal sino también teológica. Es decir: aquel acontecimiento posee una realidad y un significado que piden ser considerados tanto a la luz de la historia como, sobre todo, bajo la luz de la fe. Debe ser analizado de acuerdo con su inserción en la entera historia de la salvación.

Dios ha establecido eternamente una ordenación de sus acciones respecto a los hombres, una oikonomía en la que se expresan y se despliegan amorosamente en favor nuestro los misterios de la theologia, como marco permanente e inmutable de su donación. Si el pensamiento cristiano puede reflexionar sobre el significado teológico de los hechos históricos, o incluso concebir una verdadera teología de la historia —producto intelectual típicamente cristiano— es, precisamente, por su profunda certeza de fe de que el hombre y toda la realidad creada han sido concebidos y queridos por Dios dentro de aquel marco, y hallan, por tanto, su fuente última de sentido en la generosa e indebida comunicación de la Vida trinitaria a la criatura amada: al hombre, amado en el Amado, elevado y llamado en Cristo por el Espíritu Santo a la condición de hijo del Padre.

El misterio del Dios-Hombre, plenitud de la donación trinitaria es, en consecuencia, la luminaria encendida para que alcancemos bajo su resplandor el conocimiento del "misterio del Padre y de su amor" y conozcamos también el misterio de nuestra propia condición y destino filial. Jesucristo es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9). En su vida, muerte y resurrección, y en el Don del Espíritu Santo que desde ellas se derrama sobre el hombre redimido, está la clave de la economía salvífica y de la historia humana que se construye sobre ella. Y así, cualquier acontecimiento que pertenezca a este ámbito —cualquier acontecimiento portador y testigo de la sacramentalidad de la Iglesia—, ha de ser acogido y estudiado en referencia a Cristo y su misión, en referencia también a su Cuerpo que prolonga su presencia y su eficacia salvífica hasta el fin de los tiempos.

La vocación sacerdotal y la misión fundacional del Beato Josemaría Escrivá constituyen, en su unidad, de la que hablaremos, un acontecimiento de esas características, en el que nos proponemos profundizar. Analizaremos el contenido de los datos históricos para preguntarnos, sobre esa base, por la cuestión teológica subyacente, que podría ser formulada así: "Si, como prueban los estudios biográficos y las investigaciones históricas, Dios llamó a Josemaría Escrivá en primer lugar al sacerdocio como vía o condición para llamarle luego a fundar el Opus Dei, estableciéndose así una evidente relación de continuidad temporal y de causalidad (mutua exigencia) entre su vocación sacerdotal y su misión fundacional, ¿cómo expresar el fundamento de la correlación teológica que acompaña e ilumina esa relación histórica?". O bien: ¿cómo interpretar teológicamente que hubiese de ser llamado al sacerdocio antes y en absoluta referencia a la sucesiva misión fundacional?

Estos enunciados nos ponen ante una cuestión histórico-teológica muy interesante en torno a la figura del Beato Josemaría, que seguramente dará ocasión al desarrollo de otros estudios en el futuro. Formulada la cuestión más directamente diría así: ¿qué relación guardan entre sí los dones sacramentales que recibió como sacerdote y los dones carismáticos que acompañaron a su específica misión? Si se tiene en cuenta que el don ministerial por excelencia es la potestad de actuar in persona Christi Capitis, es decir, la participación en la capitalidad de Cristo respecto de la Iglesia, la pregunta que centrase nuestra atención podría ser ésta: "¿En qué modo y por qué razón, salvada la libre Voluntad divina dispositiva y siempre dentro de la presente economía de la salvación, era condición necesaria la participación ministerial en la capitalidad de Cristo por parte del Beato Escrivá para ser Fundador del Opus Dei?".

Como resulta evidente, esa cuestión requeriría ser estudiada reflexionando desde la naturaleza misma y la misión del Opus Dei, que proyectarían luz sobre la condición sacerdotal de su Fundador. Esa es la luz que trataremos de captar y de expresar en estas páginas, pero no es necesario que nuestro estudio comience por ahí. Esperamos, más bien, alcanzar ese punto al final, después de encaminar la investigación por la vía de los hechos históricos[1].

I. El beato Josemaría, sacerdote de Jesucristo: marco esencial de una vida y una misión

La primera parte de la investigación la dedicamos a considerar algunos aspectos de la vocación sacerdotal de Josemaría Escrivá, repasando los datos biográficos oportunos. A partir de esa llamada —caracterizada por algunas circunstancias singulares—, y de la respuesta dada por él, se establecerá el marco histórico dentro del cual va a ser recibida y desarrollada su misión fundacional. Además de analizar los hechos nos detendremos a pensar en el contenido y significado teológico del cuadro que conforman, pues desde ambos puntos de mira (el histórico y el teológico) el sacerdocio del Beato Josemaría ofrece numerosos puntos de reflexión.

A. Hechos que conforman el marco fundacional

1. ¿Por qué sacerdote?: una pregunta anterior al 2 de octubre de 1928.

En los diversos relatos autobiográficos en los que Josemaría Escrivá narra de modo sucinto los hechos sobresalientes de su vida[2], se encuentran casi siempre los datos fundamentales acerca de su llamada al sacerdocio. Indudablemente constituía para él un acontecimiento de primera magnitud, y de mención obligada para dar noticia de su persona y sus obras.

Esto, podríamos pensar, parecería también lógico en el caso de cualquier otro sacerdote que tuviese el deber de relatar los hechos de su existencia. El origen y las circunstancias de su vocación sacerdotal siempre ocuparían un lugar de privilegio en su memoria y en su narración. Pero en el caso que nos compete concurre además un factor que el propio protagonista no dejaba de mencionar y que aporta cierta luz en nuestro tema. En alguna de esas narraciones autobiográficas lo encontramos expresado bajo la forma de una pregunta concisa hecha en primera persona: «¿por qué me hice sacerdote?», de la que nos interesa tanto la respuesta dada como el hecho mismo de plantearla.

Comentaba a veces el Beato Josemaría que él mismo se hizo en muchas ocasiones esa pregunta en los años transcurridos entre su decisión de hacerse sacerdote (días finales de 1917 y primeros meses de 1918) y la fecha fundacional del Opus Dei (2 de octubre de 1928). Así, por ejemplo, en el siguiente texto, que alude a una de sus actitudes mas características durante aquel periodo de años: «(...) Y yo, medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo, ¿qué es? Y en un latín de baja latinidad, cogiendo las palabras del ciego de Jericó, repetía: Domine, ut videam! Ut sit! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres, y que yo ignoro»[3].

Este recuerdo constituye un dato importante para nuestro estudio, como importante lo era también para él: su llamada al sacerdocio se presentó desde el primer momento como un medio necesario para otra cosa; como en relación a un fin que estaba más allá... No es común que la llamada al sacerdocio se presente ante el llamado bajo esa forma: como algo que Dios quiere, pero mostrando a la vez que no es todo lo que quiere. Y tampoco es común que el interesado —en este caso un muchacho de 16 años— advierta de modo indudable, desde el primer momento, esa singular característica que acompaña a su vocación. Debemos tener en cuenta que el sacerdocio no sólo es una realidad teológicamente plena, significativa en sí misma y no necesitada de otra realidad para recibir sentido, sino que además, psicológicamente, también se presenta ante el llamado como un horizonte de plenitud (plenitud de donación, de entrega a Dios, de servicio a la Iglesia...). La condición sacerdotal nunca es —ni teológica ni psicológicamente— camino para otras cosas que no sean su propia recepción y ejercicio en bien de la Iglesia. Nada hay humanamente más allá, como meta ulterior y, por tanto, como fuente de sentido. El sacerdocio es algo en sí , una realidad sustantiva tanto por ser un sacramento como por su estatuto eclesial y existencial.

Josemaría advierte desde el principio ese doble estímulo de la acción de Dios en él (la llamada al sacerdocio y un "algo más" unido a ella, aún desconocido), pero vivirá sin embargo la entrega a su vocación de manera absoluta, también desde el principio. Esto constituye un punto de notable interés para nosotros. En sus años de seminarista y en su existencia sacerdotal anterior a la fecha fundacional del Opus Dei, su compromiso con la vocación sacerdotal es pleno y absoluto, y así lo será ya para siempre. El sacerdocio era ya originariamente para él una exigencia y una condición irrecusable de la voluntad de Dios, de manera que ese "algo más" desconocido que Dios le hacía barruntar no relativizaba la autenticidad de su camino sacerdotal, sino que —sin debilitar su esencia y su contenido— lo orientaba hacia un real pero ignorado querer divino.

«¿Por qué me hice sacerdote? Porque creí que era más fácil cumplir una voluntad de Dios, que no conocía. Desde unos ocho años antes la barruntaba, pero no sabía qué era, y no lo supe hasta 1928. Por eso me hice sacerdote»[4]. Estas palabras, como las anteriores, dirigen el punto de mira hacia la cuestión para nosotros clave. En el alma de aquel muchacho, que decide ser sacerdote porque se sabe indudablemente llamado por Dios, ha quedado clavada desde el inicio mismo de la llamada una certeza y un interrogante: Dios quiere que sea sacerdote, pero también quiere "algo más"; ¿qué es eso?

Es importante contemplar más de cerca el cuadro que tenemos delante, para tratar de discernir la fisonomía de la concreta llamada de Dios a Josemaría:

— Hay, en primer lugar, una vocación divina inesperada e imprevisible para el interesado: «Yo nunca pensé en hacerme sacerdote, nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había planteado el problema, porque creía que eso no era para mí»[5]. «Más aún: me molestaba el pensamiento de poder llegar al sacerdocio algún día (...). Siempre he amado mucho a los sacerdotes, justamente porque la formación que recibí en mi familia era una formación profundamente religiosa. Me habían hecho amar, respetar, venerar el sacerdocio. Pero no [lo quería] para mí: para otros»[6].

— Esa veneración por el sacerdocio denota, en efecto, una honda formación cristiana en la que se adivina la actitud tradicionalmente transmitida en la Iglesia. El joven Josemaría posee del sacerdocio el hondo y sencillo saber que se encierra en esa veneración multisecular, de la que participa. Cuando se desvela la voluntad de Dios para él, que enciende la luz del sacerdocio, entenderá el significado básico de lo que Dios le pide: ser un sacerdote en la Iglesia, un sacerdote secular. Resta aún, sin embargo, la oscuridad del para qué.

— Josemaría comunica a los demás (primero a su padre) que quiere ser sacerdote: esa es la certeza sin sombras que Dios ha puesto ya en él. No habla, sin embargo, de esa otra certeza que posee aún bajo la oscuridad. Él entiende qué es ser sacerdote y sabe que Dios ha dispuesto que siga ese camino con normalidad, conforme al proceso de formación y a la disciplina establecida en la Iglesia. Los otros también entienden así su decisión de llegar al sacerdocio, y en esa dirección se encaminan los consejos que recibirá. «Vi con claridad que Dios quería algo, pero no sabía qué era. Por eso hablé con mi padre diciéndole que quería ser sacerdote (...). Fue la única vez que yo he visto lágrimas en sus ojos. Me respondió: mira, hijo mío, si no vas a ser un sacerdote santo, ¿por qué quieres serlo? Pero no me opondré a lo que deseas. Y me presentó a un amigo suyo sacerdote, para que me orientara»[7].

— Los relatos biográficos, al enmarcar ese acontecimiento en su contexto, dan razón más detenida de aquellas lágrimas del padre de Josemaría[8]. Para nosotros basta considerar la escena como un testimonio muy útil sobre lo que venimos resaltando: allí se asiste al anuncio por parte de un hijo y al conocimiento por parte de un padre de una decisión de ser sacerdote, en un entorno familiar cristiano en el que se entiende la exigencia de la vida sacerdotal. Eso es lo que manifiestan implícitamente la conversación de Josemaría con su padre, las palabras y las lágrimas de éste (que comprende que el camino elegido por su hijo es pleno y cierra otros, en los que legítimamente tenía puesta su esperanza), y los consejos que recibirá de los sacerdotes amigos de su padre con los que hablará. Josemaría barrunta que Dios quiere algo de él como sacerdote, y se decide a serlo con todas las consecuencias, pues "lo otro" ya llegaría y precisamente por ese camino. «Vi con claridad que Dios quería algo, pero no sabía qué era (...) Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era —evidentemente— una elección. Ya vendría lo que fuera...De paso me daba cuenta de que no servía, y hacía esa letanía, que no es de falsa humildad, sino de conocimiento propio: no valgo nada, no tengo nada, no soy nada, no sé nada...»[9]. Lo que hubiera de venir, según dan a entender esas palabras y los hechos que comentamos, no era considerado por Josemaría como algo que fuera a afectar la realidad o la sustancia de su futuro sacerdocio, aunque alguna relación tendría con él. Con la "letanía" manifiesta haber comprendido que su vida ha entrado en una desconocida dinámica divina, para la que se considera incapaz. Viene al recuerdo la actitud del profeta Jeremías ante la llamada de Dios (cfr Jer 1, 6).

— El cuadro se puede completar con una frase muy significativa con la que Josemaría Escrivá describía su disposición interna tras aquellas entrevistas mantenidas con el sacerdote al que le presentó su padre, y con otros sacerdotes conocidos de la familia Escrivá: «quello no era lo que Dios me pedía, y yo me daba cuenta: no quería ser sacerdote por ser sacerdote»[10]. ¿Qué significa esto en el contexto de una indudable llamada al sacerdocio? La llamada de Dios al joven Escrivá, como estamos viendo, tenía un doble contenido. En primer lugar, consistía en la vocación sacerdotal "normal", que una vez aceptada provocaría un notable cambio en la vida del interesado (marcha al Seminario, abandono de otras posibilidades de futuro hasta entonces abiertas e incluso deseadas...). La vocación habría de culminar, lógicamente, con la recepción del sacramento del Orden para desplegarse después en el ejercicio de la función ministerial que naturalmente le acompaña. Si uno es sacerdote en la Iglesia, lo es para el ministerio, y en este punto no existía duda en Josemaría porque esa es la realidad y la imagen tradicional del sacerdote transmitida en la Iglesia. Pero, en segundo lugar, existía una certeza, así mismo indudable, de que aquella llamada al sacerdocio y al ejercicio del ministerio decía referencia a un ulterior querer divino y, por decirlo así, a un plus de significado aún desconocido. En este sentido, Josemaría era consciente, por lo que muestran sus palabras, de que era llamado no sólo para el ejercicio común del ministerio (no sólo para el ordinario trabajo pastoral), sino también para alguna finalidad "añadida", no incluida de por sí en el servicio pastoral habitual.

La historia ha mostrado que esa finalidad "añadida", esa nueva fuente de significado, entonces desconocida pero en cierto modo ya activa, era una misión fundacional insospechable por estar basada puramente en la libertad de Dios: en la indeducibilidad de su Amor y de su Voluntad salvífica. Sin que debamos entrar ahora en el contenido de la misión, que analizaremos más tarde, es necesario subrayar cómo su oculta presencia en el interior de la vocación sacerdotal de Josemaría convertía a ésta en el seno de su gestación. Y por eso, aun sin identificarse con el ejercicio ordinario del ministerio, la misión estaba inseparablemente ligada desde su origen a la función ministerial del futuro sacerdote. Aquello que Dios ponía y pedía (la misión latente) se mostraba como algo connatural al sacerdocio y al ministerio., sin agotarse en éste.

Todo esto es muy importante para lograr captar y describir los rasgos morfológicos de la misión fundacional, oculta todavía pero ya activada por Dios en el espíritu del joven Josemaría. Era una misión para un sacerdote. Y esta cualidad arrojará un haz de luz sobre la naturaleza de la fundación, así como también en ésta se iluminará la figura sacerdotal del Fundador. Lo trataremos en la segunda parte de este trabajo, pero aún debemos concluir la primera.

2. Plena entrega al sacerdocio, aunque esperando

Los hechos históricos subsiguientes están marcados por las mismas características generales, y ofrecen un significado básico coincidente con lo que acabamos de decir. En síntesis, el camino sacerdotal seguido por Josemaría es el común para un futuro sacerdote diocesano, pues ante todo él habrá de ser un "común" sacerdote en la Iglesia. El conjunto de los hechos —expresado sinteticamente— está constituido por el proceso de su formación sacerdotal en el Seminario (en Logroño primero, en Zaragoza después), por la recepción de las Sagradas Ordenes y por el ejercicio de su ministerio pastoral sucesivamente en una pequeñísima población rural (Perdiguera), en una parroquia urbana de Zaragoza y, finalmente, en ambientes diversos de una gran ciudad como Madrid, dedicado aquí sobre todo a una capellanía que le pone en estrecho contacto con un entorno de marginación, enfermedad y pobreza.

Aunque no es necesario entrar ahora en detalles de la vida espiritual y del progreso en la intimidad con Dios de aquel seminarista y luego joven sacerdote, crecientes en aquellos años y al hilo de los hechos aquí contemplados —no podemos olvidar, en efecto, que estamos hablando de un hombre que será elevado años después a los altares—, sí nos interesa poner atención en algunos aspectos significativos de este periodo.

Uno de ellos es la intensidad puesta por Josemaría en recibir la formación sacerdotal. Aunque en su alma late una inquietud profunda, que traspasa las fronteras inmediatas de lo cotidiano (y le lleva a la oración y al sacrificio), vive intensamente el periodo de formación sin distraerse de sus exigencias. Su actitud es la de quien se sabe llamado a recorrer ese camino con toda la perfección posible, pues es la vía ordinaria que conduce al sacerdocio y a eso otro que Dios quiere. Con permiso de sus superiores compagina esa formación con los estudios universitarios en la Facultad de Derecho, actitud en la que se adivina un impulso de perfeccionar su preparación intelectual y humana, pero no al margen o con detrimento de la específica preparación para el servicio sacerdotal, que es lo primero en su interés y actividad.

En todo el periodo que contemplamos, comenzando por el Seminario, no faltaron a Josemaría obstáculos, y algunos muy consistentes, que hubieran podido entorpecer de algún modo el desarrollo ordinario de su vocación sacerdotal, pero nada le desvía de lo que Dios le pide. Resulta muy ilustrativa la lectura de unas palabras autobiográficas en las que se alude a las dificultades de aquellos años y se deja vislumbrar la actitud de Josemaría: «Eran hachazos que Dios Nuestro Señor daba para preparar —de ese árbol— la viga que iba a servir, a pesar de ella misma, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam!, Domine, ut sit! No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder a la bondad de Dios, pero esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo»[11]. Seguía adelante y esperaba: esos dos verbos describen de manera elocuente la situación, en la que se advierte a las claras la acción de Dios. La Providencia protege su camino sacerdotal.

Los datos que se conocen de sus primeros servicios pastorales —tras la ordenación sacerdotal, el 28 de marzo de 1925— muestran una dedicación total al ministerio[12], con independencia de que en su alma siguiese activamente presente la necesidad de esperar. Tiene una conciencia muy viva de su deber de servir, como sacerdote, a todos. De nuevo es preciso recordar que estamos hablando de un joven sacerdote que se encamina seriamente hacia la santidad, para quien la palabra "servicio" significa entrega pastoral ilimitada, a ejemplo de Cristo. D. Josemaría se considera por encima de todo «sacerdote de Cristo». Ese será ya siempre el título más expresivo de su persona, su más alta honra. «Soy sacerdote secular —escribirá años después—: sacerdote de Jesucristo, que ama apasionadamente el mundo»[13].

Una lectura atenta de sus obras permite descubrir, en efecto, una hondísima resonancia sacerdotal en las contadas alusiones que hace de su persona, y esa impronta —la impronta de su encuentro espiritual con Cristo Sacerdote, en el que llegará a alcanzar un altísimo grado— está ya presente en aquellos primeros años de ejercicio abnegado del ministerio. Incluso quien no conociera bien los hechos narrados en los relatos biográficos, sería posiblemente capaz de advertir la intensa conciencia ministerial del Beato Josemaría a través de sus propias palabras cuando dejan entrever un servicio pastoral comprometido con la verdad de Dios y del hombre[14], con la caridad[15], y con la justicia[16], hasta las últimas consecuencias[17].

3. Una misión fundacional en una existencia sacerdotal

Aquel joven sacerdote de Cristo va a recibir una misión fundacional a los tres años de su ordenación, cuando se encuentra sumido en una intensísima dedicación al ministerio. Es el 2 de octubre de 1928[18]. Lo que Dios le inspira aquel preciso día se le presenta al mismo tiempo como una iluminación y como una misión que se le encomienda. El sacerdote entiende que aquello es el "algo más" inscrito en la antigua llamada: la ulterior y esperada fuente de significado de los acontecimientos que han tenido lugar hasta desembocar en su existencia sacerdotal; pero aquello ha de ser, además, una fundación.

Interesa reparar en los hechos, en el marco en que la obra fundacional de D. Josemaría va a nacer y comienza a desarrollarse. Los hechos parecen hablar desde el punto de partida, como vemos, de una existencia sacerdotal que estaba ya orientada a radice hacia una específica misión fundacional, o bien —si se quiere contemplar el fenómeno a la inversa—, de una tarea fundacional de tal naturaleza que ha exigido nacer en una existencia sacerdotal. Hay una mutua referibilidad y, por así decir, una "causalidad" ad invicem. Pero, ¿en qué sentido?

Es preciso volver a mencionar de nuevo la sustantividad teológica del sacerdocio, que no recibe contenido y significado de nada externo a él (es decir, extrínseco a su esencia). La esencia del sacerdocio está constituida por la consagración sacramental y por la capacidad recibida en ella de ejercitar la función ministerial. Nada puede afectar desde fuera ese núcleo teológico. Esto quiere decir, entre otros aspectos, que el sacerdocio se recibe en la Iglesia para ejercer el ministerio y no para otros fines: la consagración es para el desempeño de la función. No existe un sacerdocio "especial" o, por decirlo así, un sacerdocio "para esto" o "para aquello". Sólo hay un sacerdocio para el ministerio. Así, pues, viniendo a nuestro caso, se comprende que el sacerdocio de aquel hombre elegido para una misión fundacional no estaba esencialmente afectado por dicha misión: no era un sacerdocio especial para fundar el Opus Dei. D. Josemaría Escrivá, como cualquier otro sacerdote, lo era para ejercitar la función ministerial en la Iglesia.

Ahora bien, como muestran los datos históricos, su llamada al sacerdocio llevaba también inscrita una orientación hacia la misión fundacional. Josemaría no había recibido un sacerdocio "especial" para ser Fundador del Opus Dei, sino para ser ministro de Cristo en la Iglesia, pero sí había sido llamado al sacerdocio para realizar esa fundación. Luego, siendo ambas cosas ciertas (y de Dios) al mismo tiempo, se debe subrayar la necesaria conexión entre el contenido de su función ministerial y el de su misión fundacional. Y como, además, el contenido del ministerio sólo puede estar determinado por su propio estatuto teológico interno (y no por algo externo), esa necesaria conexión pone claramente de manifiesto que la necesidad viene por parte de la misión fundacional. Era ésta la que exigía por naturaleza estar enraizada en un "suelo" ministerial: su contenido específico imponía que debía nacer y desarrollarse en esencial dependencia con el ejercicio de la función ministerial de un sacerdote de Cristo. Decimos, por tanto, y nos parece importante subrayarlo, que el Opus Dei tal como Dios lo quiso (por su naturaleza específica, podemos decir) debía estar enraizado en el Cuerpo de Cristo a través de la condición sacerdotal de su Fundador. Esto nos abrirá un interesante horizonte de reflexión teológica.

Antes de cerrar este apartado de nuestro estudio —descripción del marco fundacional—, señalamos algunos textos del Beato Josemaría que confirman de modo implícito cuanto se acaba de escribir. Decimos de modo implícito, puesto que en esos textos no se hacen consideraciones directamente teológicas sobre el Opus Dei y su Fundador sino más bien de carácter espiritual, y por tanto la base teológica del razonamiento permanece latente. Tres de esos pasajes, paralelos entre sí, afrontan la cuestión como desde fuera, hablando de otra cosa, pero son muy ilustrativos. El cuarto texto, en cambio, va al núcleo mismo de la cuestión, si bien se mueve en un plano de intelección y discurso que excede el nuestro.

Los tres primeros recogen una frase característica del Beato Escrivá en relación con el comienzo de su misión fundacional, con la que solía manifestar el cúmulo de limitaciones humanas en el que el Opus Dei hubo de ver la luz. Los tres coinciden básicamente —desde perspectivas distintas— en un punto: en resaltar la juventud del sacerdote que había recibido aquella misión, aunque señalan además otros aspectos:

— El primero pone el acento en la carencia de medios humanos por parte del Fundador: «¿Cómo se fundó? Sin ningún medio humano. Sólo tenía yo veintiséis años, gracia de Dios y buen humor. La Obra nació pequeña: no era más que el afán de un joven sacerdote, que se esforzaba en hacer lo que Dios le pedía»[19].

— El segundo manifiesta la profunda conciencia de misión de aquel joven sacerdote: «Cuando tenía veintiséis años y percibí en toda su hondura el compromiso de servir al Señor en el Opus Dei, le pedí con toda mi alma ochenta años de gravedad. Le pedía más años a mi Dios —con ingenuidad de principiante, infantil— para saber utilizar el tiempo, para aprender a aprovechar cada minuto, en su servicio. El Señor sabe conceder esas riquezas»[20].

— El tercero de los pasajes revela, desde la memoria de los orígenes, una viva experiencia del poder de Dios: «Tenía yo veintiséis años —repito—, la gracia de Dios y buen humor: nada más. pero así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es El el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso. Había que crear toda la doctrina teológica y ascética, y toda la doctrina jurídica. Me encontré con una solución de continuidad de siglos: no había nada. La Obra entera, a los ojos humanos, era un disparatón. Por eso, algunos decían que yo estaba loco y que era un hereje, y tantas cosas más»[21].

Al margen de la perspectiva explícita de cada uno, esos textos testimonian indudablemente la desproporción entre las exigencias de la misión fundacional y los medios humanos para llevarla a cabo. Pero sirven también para percibir el fundamento esencial que Dios ha establecido para ella: la condición sacerdotal del Fundador. El nacimiento del Opus Dei no necesitaba tanto de su experiencia humana y pastoral, que con sólo veintiséis años de edad y tres de ordenación no podía ser tan amplia como para concebir desde ella la inmensa realidad eclesial que estaba naciendo, sino que necesitaba más bien, como se ve, de su sacerdocio. El Fundador era sólo un joven sacerdote: joven (su juventud no parece ser obstáculo), pero sacerdote (ese es el dato esencial). Y, en cuanto sacerdote, capaz de participar ministerialmente en las acciones de Cristo como Cabeza de la Iglesia: acciones en las que el Redentor edifica y alimenta su Cuerpo y lo dispone para continuar la obra redentora. Aquel joven sacerdote habrá de fundar el Opus Dei sin medios humanos, pero "con sacerdocio ministerial", es decir, como poseedor del medio sacramental con el que Cristo y el Espíritu Santo dan vida sobrenatural y eficacia salvífica a la Iglesia.

El cuarto texto, como hemos dicho, nos conduce a consideraciones mucho más profundas aunque no heterogéneas con lo anterior. Las palabras del Beato Josemaría, que descubren una íntima acción sobrenatural de Dios en su alma, dicen así:

«A mis sesenta y cinco años, he hecho un descubrimiento maravilloso. me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ¡Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera Misa: la Cruz. Vi que el oficio de sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino.

A Cristo también le costó esfuerzo. Su Humanidad Santísima se resistía a abrir los brazos en la Cruz, con gesto de Sacerdote eterno. A mí nunca me ha costado tanto la celebración del Santo Sacrificio como ese día, cuando sentí que también la Misa es Opus Dei. Me dio mucha alegría, pero me quedé hecho migas.

Soy doctor en Teología, y académico de la Pontificia Academia Romana de Teología...; pero esto sólo se ve cuando Dios lo quiere dar. Y luego, cuando se cuenta, se dice con la vergüenza de no haber sabido entenderlo hasta entonces. Pero no importa; ¿no habéis oído a San Pablo?: gustosamente me gloriaré en mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo.

No es cuestión de sentimientos, hijos. Yo no siento nada: voy a contrapelo casi siempre. No es sentir: es vivir de amor y de fe»[22].

Sólo haremos una anotación al texto, relacionada directamente con el punto que estamos estudiando, aunque esas palabras se presten a diversas consideraciones. El Beato Josemaría narra un hecho sobrenatural en el que ha entendido y experimentado ("vi", "sentí") que la celebración de la Misa —acción ministerial por excelencia— es trabajo divino, operatio Dei, Opus Dei. Dios le concedió en aquella ocasión el don de comprender, de modo nuevo, que en la acción sacramental desarrollada en el Santo Sacrificio se escondía una profunda fuente de significado respecto de su propia misión fundacional. No era sólo una consideración ascética la que hacía el Beato Josemaría con aquellas palabras, sino que daba testimonio de una evidencia sobrenatural, clara en su forma pero misteriosa en su raíz.

En lo que interesa a nuestra investigación, ese hecho nos hace comprender que al Beato Josemaría, como Fundador del Opus Dei, se le concedió experimentar —en la luminosidad del misterio— que el núcleo más central de su función como sacerdote (confeccionar la Eucaristía), guarda íntima relación con la naturaleza específica de su fundación. O dicho con otras palabras que más tarde precisaremos: se le permitió experimentar que la acción ministerial en la que se edifica y alimenta la Iglesia (la realización del Sacrificio), al ser verdaderamente operatio Dei, opus Dei, es como el analogatum princeps de su misión fundacional. De su propio sacerdocio, podemos deducir, emerge la fuerza de su carisma fundacional; y de la naturaleza de ese carisma viene una luz sobre el porqué de su llamada a ser sacerdote de Cristo.

B. Ser sacerdote: una mirada teológica sobre el marco fundacional

La condición sacerdotal —que en el caso del Beato Josemaría Escrivá es, como acabamos de ver, el marco esencial de su misión de Fundador— encierra en sí un contenido teológico general, sobre el que también debemos reflexionar. ¿Qué significa teológicamente ser sacerdote? O bien, en nuestro caso, ¿cuáles son las coordenadas teológicas de la fundación del Opus Dei? Estas coordenadas son, en efecto, las mismas que sitúan teológicamente la persona del Fundador, pues la fundación, en cuanto acontecimiento histórico, es acción suya. Pero al Fundador le caracteriza teológicamente su condición de ministro de Cristo, es decir, su participación sacramental en la capitalidad de Cristo respecto de la Iglesia. Esta es, en consecuencia, la cuestión que debemos tratar, que se reduce a reflexionar sobre el significado teológico de la expresión «agere in persona Christi Capitis».

La fórmula tradicional "agere in persona Christi Capitis"[23] permite expresar con exactitud la esencia de la condición ministerial, como la capacidad de participar eficazmente, a través de la recepción del sacramento del Orden, en las acciones propias de la capitalidad de Cristo respecto de la Iglesia. Plantearse su significado teológico requiere hacerse dos preguntas —¿por qué puede un sacerdote ejercitar eficazmente unas acciones salvíficas representando a Cristo Cabeza?, ¿cuál es la finalidad de dicha capacidad?—, a las que podemos responder brevemente.

¿Por qué puede un sacerdote ejercitar eficazmente unas acciones salvíficas representando a Cristo Cabeza?, ¿cuál es el fundamento de la eficacia ministerial? La respuesta es una: la potestad recibida con el sacramento. En virtud de la potestas que se le ha entregado con el Orden, el sacerdote participa de la eficacia del mismo Cristo en la realización de las acciones específicas de su ministerio. Pero, ¿cuál es la finalidad de dicha capacidad?, ¿para qué se le entrega? También en este caso sólo hay una respuesta: para hacer presente, como instrumento, la acción redentora de Cristo; para prolongar sacramentalmente su misión salvífica: para dar vida a su Cuerpo y sostener su misión.

Así, pues, el fundamento de la ministerialidad en cuanto participación en la capitalidad de Cristo es la potestad recibida, mientras que su finalidad es hacer presente aquí y ahora, mediante acciones específicas, la salvación como vida de la Iglesia (y en la Iglesia, del mundo). "Agere in persona Christi Capitis" significa tanto una cosa como otra: el fundamento y la finalidad del ejercicio de la función ministerial. Se contempla, por tanto, en esa fórmula la sacramentalidad de las acciones sacerdotales respecto a la vida de la Iglesia. A ella está por completo referida la condición de ministro de Cristo. En rigor teológico la ministerialidad (participación en la capitalidad de Cristo) debe ser definida como pura referencialidad ad vitam Ecclesiæ , que a su vez dice referencia a la vida del mundo. Esa es la esencia de la función ministerial, que aquí denominaremos "eclesialidad": capacidad de dar participadamente vida al Cuerpo de Cristo en la tierra, con potestad y eficacia, para la salvación del mundo.

En Cristo Sacerdote la referencia a la vida de la Iglesia se manifiesta y se despliega como amor esponsal: su capitalidad («Cristo es Cabeza de la Iglesia, el Salvador de su Cuerpo» (Ef 5, 23) se traduce en su amor y entrega por la Iglesia (5, 25), para darle vida, es decir, para santificarla, purificarla con el agua y la palabra, hacerla santa e inmaculada (5, 26-27). Estas expresiones paulinas unen de manera implícita la amorosa donación que hace Cristo de sí mismo con el don sacramental del Espíritu Santo a la Iglesia. Ella es Cuerpo de Cristo precisamente por estar vivificada por el Espíritu de Cristo. La Iglesia vive por el Espíritu. La doctrina del Cuerpo Místico, tan querida a San Pablo, permite expresar tanto la realidad teológica de la Iglesia (la unidad orgánica, en una vida única, de la Cabeza con los miembros y de éstos entre sí), como su origen (el don del Espíritu tras la donación de la vida de Cristo).

La formulación de esta doctrina en el NT se presenta en conexión y, en cierto modo, como una consecuencia derivada de la capitalidad universal de Cristo, otorgada por el Padre «resucitándole de entre los muertos, sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero. Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud que lo llena todo» (Ef 1, 20-23). La capitalidad universal de Cristo, consecuencia de su sacrificio y su victoria, se concentra, por así decir, en su capitalidad respecto de la Iglesia, Cuerpo suyo en cuanto animada por su Espíritu. Y esta unidad de dos (Cristo y la Iglesia), que son una sola cosa (Cabeza y Cuerpo) por tener un mismo Espíritu y una misma vida (la del Resucitado), no encuentra en San Pablo otro modo mejor de ser expresada que el de la unidad fundada en el amor esponsal (cfr Ef 5, 29-32).

Así, pues, la capitalidad universal de Cristo, único Sacerdote, único Mediador por Quien viene toda la salvación (cfr Heb 8, 1-6), se "condensa" en su capitalidad respecto a la Iglesia, a la que da su vida para la vida del mundo. Y en este sentido puede decirse también que la capitalidad de Cristo se realiza de hecho, históricamente, como eclesialidad: como entrega esponsal ad vitam Ecclesiae.

Llevando estas ideas a los sacerdotes, ministros de Cristo, quienes en el ejercicio de sus funciones específicas actúan in persona Christi Capitis, es decir, participan en su capitalidad respecto de la Iglesia, debe decirse que su ministerio exige radicalmente ser realizado como entrega esponsal a la Iglesia, y en ella a la misión salvífica. La traducción de esa realidad teológica al plano espiritual y personal del ministro (es decir, lo que debe caracterizar la conciencia de ser ministro de Cristo, aquí y ahora) consiste principalmente en: a) amor indiviso a la Iglesia y su misión, b) mentalidad de servicio a ambas, c) fidelidad a la unidad orgánica de la Iglesia en la que se funda la eficacia de la misión.

II. El beato Josemaría, fundador del Opus Dei: sentido de una vida y un ministerio sacerdotalesS

En los apartados anteriores hemos estudiado el marco de la vida y la misión fundacional del Beato Josemaría Escrivá, que es su sacerdocio: su condición de sacerdote de Jesucristo. Lo hemos considerado a través de los acontecimientos biográficos, y hemos puesto de manifiesto la inserción en ese marco sacerdotal de la misión fundacional. Esta, como hemos visto, no se identifica con el ejercicio del ministerio del sacerdote-fundador, pero nace y se desarrolla, por gracia de Dios, sobre el fundamento de su condición ministerial. Finalmente, hemos señalado brevemente el significado teológico y espiritual de dicha condición, en cuanto participación en la capitalidad de Cristo. Hasta aquí ha llegado, en consecuencia, nuestra reflexión sobre el marco sacerdotal de la fundación del Opus Dei por el Beato Josemaría.

Hecho ese análisis, que aporta ya una importante luz acerca de la naturaleza de la fundación, vamos ahora a invertir los términos, y pasaremos a estudiar cómo se adecúa el contenido de la misión fundacional a ese marco sacerdotal. Es decir, después de estudiar cómo Josemaría Escrivá fue llamado por Dios al sacerdocio para llegar a ser —desde su condición sacerdotal— Fundador del Opus Dei, ahora tratamos de ver cómo el origen y desarrollo de aquella específica misión fundacional se articula y desarrolla en torno al sacerdocio del Fundador. Si el sacerdocio fue el marco de la fundación, ésta fue el sentido de la vida y el ministerio sacerdotales del Beato Josemaría.

A. Misión fundacional de un sacerdote

1. Los inicios de la fundación

«Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios todas las almas»[24].

Las palabras citadas, escritas por Mons. Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, ofrecen una completa descripción de la misión recibida por aquel joven sacerdote, D. Josemaría Escrivá, en Madrid, en la festividad de los Santos Angeles Custodios, 2 de octubre de 1928. Para recibirla en el tiempo oportuno, decretado por Dios, había sido conducido hasta aquellas circunstancias concretas de su persona y su existencia. Y comenzó a hacer lo que se le pedía: «Desde ese momento (...) no tuve ya tranquilidad alguna, y empecé a trabajar, de mala gana, porque me resistía a meterme a fundar nada; pero comencé a trabajar, a moverme, a hacer: a poner los fundamentos»[25]. Sobre estas cuestiones históricas, ampliamente tratadas en la bibliografía sobre el Fundador, no nos detendremos. Nos limitamos a enfocarlas desde la perspectiva global de nuestro trabajo, siguiendo la línea de reflexión planteada.

En la impronta del carisma fundacional se perfilaban con nitidez los elementos esenciales de la misión —compendiados esencialmente en el texto de Mons. del Portillo con el que hemos abierto este apartado—, y cuyos principales aspectos podemos destacar aún más con palabras del propio Fundador. Nos fijaremos, para ello, en algunos pasajes de sus obras que hacen referencia expresa a los momentos iniciales de la fundación y son, por esa razón, como un reflejo de la luz recibida el 2 de octubre de 1928.

En el centro de la enseñanza del Fundador encontramos el anuncio de la llamada universal a la santidad, como señala este pasaje de 1930: «Hemos venido a decir con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa (...), pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualesquiera que sea su estado, su profesión o su oficio»[26].

El trabajo santificado y santificador estaba contenido en el núcleo del mensaje fundacional, no como elemento accidental sino como punto esencial: «El Señor suscitó el Opus Dei en 1928 para ayudar a recordar a los cristianos que, como cuenta el libro del Génesis, Dios creó al hombre para trabajar. Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación»[27].

Bajo la luz de la misión recibida, como se ve en este último texto, la figura del Dios-Hombre y el ejemplo de su vida escondida es particularmente elocuente. Así también lo manifiestan estas palabras: «Esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo»[28].

Llamada universal a la santidad, a través de la santificación del trabajo ordinario, siguiendo el ejemplo luminoso de la vida escondida de Cristo... Rasgos esenciales del mensaje fundacional encomendado a Josemaría Escrivá, a los que, siempre bajo el resplandor dela vida y la obra de Jesús, se añade inseparablemente otro: el deber apostólico del cristiano: «No cabe disociar la vida interior y el apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo quiso encarnarse para salvar a los hombres, para hacerlos con El una sola cosa. Esta es la razón de su venida al mundo: por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo, rezamos en el Credo. Para el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación profesional. ¡Lo he dicho sin cesar, desde que el Señor dispuso que surgiera el Opus Dei! Se trata de santificar el trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de santificar a los demás con el ejercicio de la propia profesión, cada uno en su propio estado. El apostolado es como la respiración del cristiano: no puede vivir un hijo de Dios, sin ese latir espiritual»[29].

Esos nítidos rasgos de la misión y mensaje fundacionales están recogidos con tono de formulación sintética, en un texto del Fundador, en que hace notar también su disposición de obediencia a lo que Dios le pide y su "resistencia" a comenzar una nueva fundación: «No me interesaba ser fundador de nada. Por lo que a mi persona y a mi trabajo se refería, siempre he sido enemigo de nuevas fundaciones. Porque todas las antiguas fundaciones, lo mismo que las de siglos inmediatos, me parecían actuales. Ciertamente nuestra Obra —la Obra de Dios— surgía para hacer que renaciera una nueva y vieja espiritualidad de almas contemplativas, en medio de todos los quehaceres temporales, santificando todas las tareas ordinarias de esta tierra: poniendo a Jesucristo en la cumbre de todas las actividades honestas en las que los hombres están comprometidos, y amando este mundo, que huía del Creador»[30].

Esa era la misión y la finalidad esperada desde tantos años atrás por el joven sacerdote, llamado ahora a desarrollarla. ¿Mostraba aquella misión en sí misma, en su contenido, que debía ser recibida y realizada por un sacerdote? ¿Decían sus rasgos esenciales necesaria relación con la condición ministerial, es decir, con la potestad de actuar eficazmente in persona Christi Capitis para la vida de la Iglesia y del mundo? La respuesta a posteriori a esas preguntas es, indudablemente, afirmativa, pero si seguimos nuestra metodología y reflexionamos a partir de los acontecimientos históricos no es éste el momento de ofrecerla. Lo que nos dicen los hechos es, sencillamente, que aquel sacerdote —que esperaba conocer el porqué de su llamada al sacerdocio—, conocida la misión empezó «a trabajar, a moverse, a hacer: a poner los fundamentos». Comenzó a hacer lo que debía, y lo hizo según su condición personal: como sacerdote.

D. Josemaría comenzó, en efecto, a trabajar en aquella misión sacerdotalmente : sin medios humanos, pero con el medio sobrenatural de su sacerdocio ministerial. La fundación del Opus Dei, con su específico mensaje de santidad en cualquier estado y en las ocupaciones de cada uno, nacía e iniciaba así su camino en la tierra. Estos son los hechos y en ellos hemos de buscar significados.

2. La eclesialidad de la tarea fundacional

A través del trabajo incesante del Fundador, el mensaje fundacional fue extendiéndose poco a poco, con dificultades pero activamente, entre hombres y mujeres, laicos y sacerdotes diocesanos, enfermos y sanos, pobres y gentes con fortuna... Los datos históricos muestran que los primeros pasos y los primeros frutos del Opus Dei estuvieron firmemente asociados a la actividad ministerial de D. Josemaría: a su predicación, a su atención a la capellanía del Patronato de enfermos, a las horas dedicadas al confesonario. D. Josemaría es sacerdote, tiene un trabajo pastoral determinado, se relaciona sacerdotalmente con numerosas personas de distintos ambientes. En todos los ámbitos de su trabajo pastoral encuentra tierra en la que sembrar y apoyar el desarrollo de la misión fundacional, la cual va siguiendo hasta materialmente el camino de la existencia sacerdotal del Fundador. El Opus Dei comenzó su camino sobre ese fundamento, además de apoyarse firmemente sobre la base menos visible pero más decisiva de la oración, la Santa Misa, la penitencia del Fundador y de otras personas a las que él como sacerdote atiende y a las que ruega esa ayuda.

He aquí dos ejemplos de los inicios de su trabajo fundacional: «¿Qué medios puse yo? (...). Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada (...). Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos, si es que se puede llamar casas a aquellos tugurios... (...). De modo que fui a buscar los medios para hacer la Obra de Dios en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor (...). Fueron años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta»[31]. «La Obra está saliendo adelante a base de oración: de mi oración —y de mis miserias— que a los ojos de Dios fuerza lo que exige el cumplimiento de su voluntad; y de la oración de tantas almas —sacerdotes y seglares, jóvenes y viejos, sanos y enfermos—, a quienes yo recurro, seguro de que el Señor les escucha, para que recen por una determinada intención que, al principio, sólo sabía yo. Y con la oración, la mortificación y el trabajo de los que vienen junto a mí: éstas han sido nuestras únicas y grandes armas para la lucha»[32].

La condición ministerial y el propio trabajo pastoral del Fundador son, en esos años de los inicios —como lo serán ya siempre, adecuadamente a las circunstancias de cada momento—, un gran cauce por el que la fundación discurre y en el que encuentra impulso sobrenatural para progresar. Sin embargo, como es lógico, aunque intimamente relacionados en su persona, no se identifican el trabajo fundacional —orientado de modo directo a difundir en todos los ámbitos de la sociedad el espíritu de la Obra que Dios le ha encargado realizar—, y el ejercicio de sus deberes pastorales concretos de aquellos años (como Capellán del Patronato de Enfermos o, más tarde, como Rector del patronato de Santa Isabel). Es decir, ni todo aquel servicio pastoral de D. Josemaría estaba dirigido a construir sobre esa base el Opus Dei, ni todo el crecimiento de la Obra procedía de aquellos concretos encargos pastorales. En realidad, lo importante en esta cuestión es, a mi entender, otra cosa que los hechos sólo muestran cuando se contemplan en profundidad, y que consiste en la condición ministerial misma del Fundador y en la realidad teológica básica del ministerio, que hemos denominado eclesialidad.

Así hemos llamado, en efecto, páginas atrás a la forma histórica de realizarse la participación ministerial en la capitalidad de Cristo con respecto a la Iglesia. Le dábamos ese nombre porque la eclesialidad consiste desde un punto de vista teológico en la potestad y en la obligación de dar participadamente vida sobrenatural a la Iglesia, para la vida del mundo, y debe realizarse de hecho como entrega esponsal a la Iglesia y a su misión. En el plano de la autoconciencia sacerdotal la eclesialidad se manifiesta principalmente, según vimos, como amor indiviso a la Iglesia, mentalidad de servicio, fidelidad a su unidad orgánica. Contempladas las cosas desde esta perspectiva, lo importante en nuestra cuestión no consiste sólo en comprobar que la actividad fundacional de Josemaría Escrivá se apoyó de hecho en el ejercicio de su función ministerial —como no podía ser de otro modo—, sino en mostrar que la fundación realizada se caracterizó desde su origen por los signos indudables de la eclesialidad, y que estaba enteramente orientada, en sí misma, en su propia realidad histórica, en su hacerse, al servicio de la misión salvífica de la Iglesia.

Una fundación orientada por completo hacia ese fin y caracterizada de hecho por esos signos en su realización práctica, está manifestando a viva voz su enraizamiento originario en el "suelo" sacerdotal. Sólo desde la conciencia de eclesialidad propia de un sacerdote identificado con su ministerio se puede conducir y desarrollar un organismo eclesial, cuyas señas manifiestas de identidad sean precisamente los signos de la eclesialidad. Que eso es lo que caracteriza al Opus Dei desde su origen es lo que hemos de mostrar.

Y eso es fácilmente comprobable, pues el Beato Josemaría supo caracterizar inequívocamente y de modo manifiesto su tarea fundacional por el amor incondicionado a la Esposa de Cristo, por la entrega generosa a su servicio y por la efectiva unidad con el Romano Pontífice y con todos los Pastores de la Iglesia. Los hechos que avalan esta afirmación son notorios y los testimonios abundantes. Entre otros, los de numerosos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas que conocieron los primeros pasos del trabajo fundacional de D. Josemaría, y dan fe de lo que para ellos era particularmente significativo: la profundidad de su amor y su entrega al servicio de la Iglesia. Pienso que esos testimonios constituyen un importante elemento de reflexión para nuestra materia. Pongamos unos cuantos ejemplos (en los que subrayamos algunas palabras significativas).

El antiguo Arzobispo de Valencia, Mons. José María García Lahiguera —persona con fama de santidad, cuyo proceso de canonización ha sido incoado—, tuvo conocimiento de la fundación que estaba llevando a cabo D. Josemaría Escrivá en 1932 a través del propio Fundador, y remontándose a esa fecha escribió: «Yo estaba fuertemente conmovido de lo que iba oyendo y comprendí enseguida que el Padre estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios. Era un panorama de apostolado y servicio a la Iglesia que atraía, maravilloso . (...) Su amor a la Iglesia de Dios era tan grande que, de modo natural, estimulaba y alentaba todas las instituciones surgidas para llevar almas a Dios. (...) Pero si quisiéramos destacar algún campo en el que su amor a la Iglesia encontraba lugar para expansionarse —además, como digo, de la Obra que Dios le había encomendado—, podemos afirmar que fue el clero diocesano uno de los principales objetivos de sus afanes apostólicos»[33].

Mons. Pedro Cantero Cuadrado, que fue Arzobispo de Zaragoza, amigo del Beato Josemaría desde 1930, y remontándose también a esas fechas tempranas de la fundación, relata: «Josemaría era un sacerdote con gran espíritu de oración y amor a Dios, y con una gran entrega (...). No le movía otro pensamiento que la plena dedicación al servicio de la Iglesia, dónde y en el modo en que Dios le había llamado. (...) Otra de las notas de su espíritu era el amor a la Iglesia, pero no a una Iglesia idealizada, sino a la Iglesia real, histórica, a la que hemos de entregarnos con obras de servicio y de fidelidad. (...) Amaba Josemaría entrañablemente a la Iglesia. Y la amaba con obras de servicio. En primer lugar, el amor a la Iglesia llenaba su vida interior: era constante su oración por el Papa, por los Obispos de todo el mundo, por los sacerdotes, por la unidad de todos los hombres bajo un solo credo y bajo un solo Pastor»[34].

El Cardenal José María Bueno Monreal, que dirigió la diócesis de Sevilla largos años y que también conoció al Beato Josemaría desde los primeros tiempos de la fundación, refiriéndose al trabajo del Fundador en sus años romanos escribe: «Su presencia en los ambientes eclesiásticos romanos, siempre actual, fue a la vez tan discreta como lo había sido en Madrid. Esto le permitió servir a la Iglesia con un trabajo callado e intenso, y llevar a cabo el Opus Dei, sin desviarse de lo que constituía y daba sentido más hondo a su vida. (...) Creo que destacaba su fe en la Iglesia. Y dentro de este tema, su fe incondicional al Magisterio eclesiástico (...). Su amor a la libertad no encontraba obstáculo a la hora de obedecer pronta y fielmente al Papa. Tenía la más rendida obediencia a la Jerarquía»[35].

El antiguo Obispo de Ciudad Real, Mons. Juan Hervás Benet, al que se debe la fundación de los Cursillos de Cristiandad, ha señalado: «A lo largo de estos años de trato con Monseñor Escrivá y su Obra (...) la actividad de D. Josemaría estaba constantemente dirigida a poner los fundamentos ascéticos, formativos y apostólicos del Opus Dei. Sin embargo, quiero hacer constar también que su celo sacerdotal no se cerraba en su propia Obra, sino que movido por su ejemplar caridad pastoral (...) se volcaba sobre todos los que llevan el peso de los problemas de la Iglesia (...) No perdió nunca de vista cuál era el objetivo de todas sus actividades: servir a la Iglesia»[36].

Se podrían prolongar las citas y abundar en el relato de los hechos, pero no es necesario hacerlo por la notoriedad de la cuestión. Y tampoco es preciso, por idéntica razón, detenernos en los numerosos pasajes de las obras del Beato Josemaría en los que se refiere explícitamente a su amor a la Iglesia y a su afán de servicio[37]. Sólo quiero, por excepción, mencionar un importante testimonio sobre esta "pasión dominante" suya —como la denomina Mons. Alvaro del Portillo[38] — de «servir a la Iglesia sin servirse de ella» o de «servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida». Es precisamente Mons. del Portillo quien ha escrito del Beato Josemaría: «Afirmaba con desarmante sencillez que amaba el Opus Dei en la medida en que sirviera a la Iglesia. ¡Cuántas veces le he oído exclamar: «Si el Opus Dei no sirve a la Iglesia, ¡no me interesa!»[39]. Y ha relatado cómo en dos momentos de la vida del Fundador (uno en los años treinta y otro en la década de los cuarenta), Dios puso a prueba su espíritu sobrenatural justamente en relación al servicio del Opus Dei a la Iglesia, pidiéndole un sacrificio semejante al de Abrahám: el holocausto de la Obra que le había encomendado. Tras las duras pruebas, Dios le confirmó inmediatamente en la tarea: el Opus Dei seguiría adelante en servicio de la Iglesia, del Papa y de todas las almas[40].

Podemos cerrar aquí esta etapa de nuestro estudio, en la que hemos comprobado que las señas de identidad de la obra fundacional del Beato Josemaría son, en efecto, desde su origen, los signos de la eclesialidad. La misión recibida el 2 de octubre de 1928, con su contenido espiritual y pastoral específico, fue llevada a cabo bajo la impronta del amor y del servicio a la Esposa de Cristo. Apoyado desde el primer instante en la condición ministerial del Fundador y en su profundísima conciencia de ser sacerdote de Jesucristo, el Opus Dei nació y creció por todo el mundo hasta el día de hoy ad vitam Ecclesiae, para hacer llegar a todos los hombres —a través de su espiritualidad y de sus modos apostólicos específicos— esa misma vida que nos ha alcanzado el Redentor.

B. La figura del fundador desde la naturaleza de la misión fundacional

Llegamos al punto final de nuestro estudio, en el que conectamos de nuevo con la pregunta que lo iniciaba y que volvemos a recordar: "¿En qué modo y por qué razón, salvada la libre Voluntad divina dispositiva y siempre dentro de la presente economía de la salvación, era condición necesaria la participación ministerial del Beato Escrivá en la capitalidad de Cristo para ser Fundador del Opus Dei?". Hasta ahora hemos ido acercándonos a esta meta siguiendo la vía histórica —lo que de hecho ha sucedido— y preguntándonos por los significados teológicos. En cierto modo, hemos reflexionado sobre la lógica o conveniencia externa de los acontecimientos, con un esquema de pensamiento que sonaría así: "si el Fundador reunía esas características es lógico que la fundación tenga éstas"... Y hemos comprobado que, en efecto, es así: el desarrollo de la misión fundacional manifiesta, desde su origen, una honda congruencia con la condición sacerdotal del Beato Josemaría.

Ahora nos esforzamos por ir algo más allá. La pregunta mencionada plantea la cuestión de si —además de esa conveniencia externa— existe una correlación interna entre la naturaleza de la misión fundacional del Beato Josemaría y su condición de sacerdote, y cómo expresarla. Hasta aquí hemos considerado la misión a partir del sacerdocio de D. Josemaría y en relación con él, o, por decirlo de otro modo hemos mirado la naturaleza de la fundación a la luz del Fundador. Ahora, en cambio, tratamos de contemplar la figura del Fundador tomando ocasión de la misión: queremos proyectar la luz que se desprende de la obra fundacional sobre quien la llevó a cabo, para comprender mejor la exigencia de que estuviera dotado de la condición sacerdotal. Nos conformaremos con señalar algunas líneas de reflexión.

«¿Por qué me hice sacerdote? Porque creí que era más fácil cumplir una voluntad de Dios, que no conocía. Desde unos ocho años antes la barruntaba, pero no sabía qué era, y no lo supe hasta 1928. Por eso me hice sacerdote». La pregunta y su respuesta van, como vemos, al núcleo de nuestra cuestión, y sugieren la existencia de esa lógica interna a la que nos hemos referido. ¿Puede ser razonada más detenidamente una vez que conocemos la naturaleza y las características según las cuales se ha realizado históricamente aquella voluntad de Dios?

La línea de reflexión que ha de seguirse tiene un doble momento: se deben analizar los aspectos o rasgos fundamentales de la fisonomía del Opus Dei, a los que, en parte, ya aludíamos en páginas anteriores; pero también se ha de tener presente que estamos moviéndonos dentro de esta concreta economía salvífica, la cual posee sus propias y determinadas características. Es, pues, necesario poner la atención ante todo en ésta para poder considerar luego cómo se inserta en ella la fisonomía del Opus Dei, y dar finalmente una respuesta a la cuestión formulada.

En su más profunda raíz la presente economía de la salvación se caracteriza por su plena orientación hacia Cristo: ésa es la clave de su identidad, en la que también se encuentra toda la luz que precisamos. La entera historia de la salvación es esencialmente cristocéntrica, pues tanto su origen y fundamento, como su fin y todo su contenido constituyen el despliegue o manifestación histórica del misterio del Salvador. Él es, en efecto, el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6), y ninguna realidad creada, sea natural o sobrenatural, tiene significado al margen de Él.

Así como todo lo humano, y en general todo cuanto existe, ha de ser comprendido bajo la luz de Cristo y en referencia a Él, así también Cristo mismo debe ser contemplado bajo la luz de su misión redentora, pues su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor[41] son inseparables y mutuamente iluminantes. El misterio del Hijo de Dios encarnado —es decir, la estructura y la sustancia de la presente economía salvífica— es misterio de redención, convertido en realidad histórica a través de la vida, muerte sacrificial y resurrección de Cristo. Esto quiere decir, si se considera con atención, que la sustancia teológica de la economía salvífica divina ha sido conformada históricamente como sacerdocio y acción sacerdotal de Jesús. La fisonomía del misterio de la encarnación redentora del Verbo, lo que de él vemos y en él se nos manifiesta acerca de Dios y del hombre, está históricamente expresado como ser y misión sacerdotales. En el sacerdocio de Jesucristo, ejercitado a lo largo de toda su vida —pues Él es siempre el Hijo Redentor— y plenificado en su muerte y resurrección, está misteriosamente concentrada y realizada la voluntad salvífica divina. El resplandor que ilumina la obra redentora y que, desde ella, se derrama sobre la amorosa acción creadora llenándola con su claridad, es la luz de Cristo Sacerdote que se entrega a sí mismo ut vitam habeant, et abundantius habeant (Jn 10, 10).

Esta economía salvífica de fisonomía sacerdotal subsiste históricamente en la Iglesia y se prolonga hasta el fin de los tiempos a través de la Iglesia. El Cuerpo de Cristo, unido a su Cabeza y animado por el Espíritu Santo, es —ya ahora en la tierra y después, perfectamente, en el cielo— expresión del misterio del Verbo encarnado. Por esta razón, se puede afirmar también que la dimensión teológica más profunda del misterio de la Iglesia como pueblo de Dios es su condición de pueblo sacerdotal, consagrado a imagen de Cristo para continuar con Él su misión redentora. La Iglesia se conoce a sí misma como una orgánica conjunción de dones y funciones, jerárquicamente estructurada —ministros y laicos, sacerdocio ministerial y sacerdocio bautismal—, al servicio de la misión salvífica común, para la vida del mundo. En la potestad y eficacia salvífica del sacerdocio ministerial, que está esencialmente al servicio del sacerdocio común de todos los fieles, descansa y se alimenta la vitalidad de la Iglesia. A través de los ministros consagrados, quienes participan sacramentalmente en la autoridad y en la acción de Cristo Cabeza de la Iglesia, viene la vida y la eficacia a todos los miembros del Cuerpo. El ser y la misión sacerdotales de la Esposa de Cristo están, pues, históricamente sostenidos en el ejercicio de las funciones específicas del ministerio consagrado.

Estos breves trazos de la teología de la Iglesia son suficientes para nuestro propósito. Con ellos hemos querido situar el plano en el que debe ser considerada la fisonomía del Opus Dei, para tratar de descubrir en ella la luz que arroja sobre la figura de su Fundador. ¿Cuáles son sus rasgos fundamentales? Sin ánimo de extendernos en este punto, y tomando algunas ideas de un conocido estudio sobre el Opus Dei[42], cabría describir sintéticamente dicha fisonomía en base a diversos factores evidentes como, por ejemplo, la variedad y multiplicidad de sus miembros (varones y mujeres; célibes y casados; sacerdotes y seglares que desarrollan una acción apostólica común, en unidad orgánica e íntima cooperación desde las respectivas funciones de unos y otros; personas dotadas de plena libertad en las cuestiones profesionales, sociales y políticas;...). Es también patente en el Opus Dei la universalidad o internacionalidad de quienes lo componen y de sus actividades apostólicas de formación, así como su organización unitaria e interdiocesana. Junto a estos aspectos por así decir más externos o inmediatos, existen otros rasgos fisonómicos institucionales más internos o mediatos, aunque también patentes, como son su mensaje de santificación en medio del mundo y de impregnación de los quehaceres y realidades temporales con el espíritu del Evangelio; su enseñanza sobre el trabajo como inserción en el mundo y como instrumento para llevar a él el espíritu de Cristo; el sentido vocacional de la existencia cristiana, entendida como radical compromiso de fe y, en consecuencia, como seguimiento e imitación de Cristo en el trabajo diario y en la condición del existir en medio del mundo; la decidida llamada a la santidad personal que extiende por el mundo; la proclamación de la dimensión apostólica esencial de la vida cristiana, como contribución personal a la tarea redentora...

¿Qué expresan esos rasgos fisonómicos? ¿De qué "sustancia" teológica es manifestación histórica esa orgánica e inseparable unidad de sacerdotes y seglares, entregados en medio del mundo y en el ejercicio de la propia profesión u oficio a la empresa de seguir fielmente a Cristo y continuar su misión para la vida del mundo? En cierta ocasión, para expresar la naturaleza de la misión fundacional a la que Dios le llamaba, y hablando en tono coloquial aunque, como es lógico, desde la plenitud de su carisma fundacional, el Beato Josemaría describió el Opus Dei como «una partecica de la Iglesia»[43]. En su seno late, en efecto, y de eso hablan los rasgos que hemos mencionado, el misterio mismo de la Iglesia como fuerza conformadora e impulso vital: esa es la realidad teológica substante del Opus Dei desde el 2 de octubre de 1928, y así lo ha entendido y proclamado la Suprema Autoridad eclesiástica al erigirlo como Prelatura personal.

Pero allí donde el misterio de la Iglesia se hace históricamente presente con sus elementos constitutivos esenciales y con toda su eficacia redentora es también necesaria, en la presente economía salvífica, la presencia fundante del ministerio ordenado. En el origen del Opus Dei, como signo y sello de su precisa naturaleza eclesiológica, era preciso que estuviera un sacerdote: un hombre capaz de obrar in persona Christi Capitis, que se supiese llamado al ejercicio del ministerio, y llamado también a llevar sobre sí, con sus dones ministeriales y carismáticos, la tarea fundacional. «¿Para qué me hice sacerdote?», se preguntaba el Beato Josemaría. Por exigencia de la naturaleza teológica de la misión fundacional que Dios le encomendaba, podemos contestar. Esa es, como veníamos buscando, la luz que la misión fundacional arroja sobre la condición del Fundador.

Antonio Aranda

Universidad Pontificia de la Santa Cruz


[1] El planteamiento de nuestro trabajo guarda cierta relación con lo que ha escrito Pedro Rodríguez en las pp. 73-82 de su estudio: El Opus Dei como realidad eclesiológica, publicado dentro del volumen colectivo: "El Opus Dei en la Iglesia", Rialp, Madrid 1993. En la p. 73 de ese trabajo se lee: «El carisma fundacional que recibió Josemaría Escrivá (...) recaía sobre un «ministro sagrado», un sacerdote de Cristo», y en la correspondiente nota 92, entre otras cosas, señala: «Vistas las cosas en perspectiva histórica y desde la consideración de la estructura de la Iglesia, la condición de sacerdote del Fundador del Opus Dei aparece no ya como disposición, sino como esencial para fundar y presidir la institución que finalmente vio la luz el 2 de octubre de 1928. De hecho, Josemaría Escrivá «se sabía» Fundador del Opus Dei precisamente en cuanto sacerdote». Esta es, precisamente, la cuestión que queremos analizar aquí.

[2] Es sabido que el Beato Josemaría se "resistía" a hablar de sí mismo —de su vida, de la acción de Dios en ella, de sus obras— por humildad, y que sólo "cedía" en este punto por exigencias de la caridad y de la obediencia. Las referencias autobiográficas se encuentran aquí y allá en diversos pasajes de sus escritos, así como en palabras suyas pronunciadas por distintos motivos, a veces, por ejemplo, como respuesta a alguna pregunta directa sobre esas cuestiones. Todo esos textos tienen gran valor para biógrafos e historiadores, y muchos de ellos están ya recogidos sustancialmente en algunas semblanzas y biografías publicadas, a las que nos remitimos.

[3] Palabras en Lima (Perú), el 26-VII-1974 (AGP, P04, vol. IV, pp. 398-399); cfr. A. DEL PORTILLO, Una vida para Dios, Rialp, Madrid 1992, p. 29, nota 24. (Citaremos en adelante esta obra como: "Una vida para Dios").

[4] Palabras en Roma, el 28-III-1973 (AGP, P01, 1973, p. 310); cfr. "Una vida para Dios", p. 28, nota 22.

[5] Meditación Los pasos de Dios, 14-II-1964 (AGP, P01, 1976, p. 853); cfr. "Una vida para Dios", p. 27, nota 17.

[6] Palabras en Lima (Perú), el 26-VII-1974 (AGP, P04, vol. IV, pp. 395-397); cfr. "Una vida para Dios", p 27, n. 18.

[7] Meditación Los caminos de Dios, 19-III-1975 (AGP, P01, 1975, pp. 800-801); cfr. "Una vida para Dios", p. 28, nota. 20.

[8] Cfr. F. GONDRAND, Al paso de Dios. Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1985, pp. 33-34; P. BERGLAR, Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1987, pp. 38-39; A. SASTRE, Tiempo de caminar. Semblanza de Monseñor Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1989, pp. 50-52.

[9] Meditación Los caminos de Dios, o.c.; cfr. "Una vida para Dios", p. 28, nota 20.

[10] Meditación Los pasos de Dios, 14-II-1964 (AGP, P01, 1976, p. 856); cfr. "Una vida para Dios", p. 28, nota. 21.

[11] Ibid.; cfr. "Una vida para Dios", p. 31, nota 29.

[12] Cfr. los datos recogidos sintéticamente en: A. DEL PORTILLO, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, (realizada por C. Cavalleri), Rialp, Madrid 1993, pp. 69-70.

[13] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1980, 13ª ed., n. 118.

[14] «He concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana. Ese modo de obrar y ese espíritu se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad revelada, y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar» (Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid 1978, 15ª ed., n.99; el subrayado en éste y en los textos siguientes es nuestro).

[15] «Quizá alguno piense que soy un ingenuo. No me importa. Aunque me califiquen de ese modo, porque todavía creo en la caridad, os aseguro que ¡creeré siempre! Y, mientras El me conceda vida, continuaré ocupándome —como sacerdote de Cristo— de que haya unidad y paz entre los que, por ser hijos del mismo Padre Dios, son hermanos; de que la humanidad se comprenda; de que todos compartan el mismo ideal: ¡el de la Fe!» (Amigos de Dios, Rialp, Madrid 1980, 6ª ed., n. 174).

[16] «Quizá penséis en tantas injusticias que no se remedian, en los abusos que no son corregidos, en situaciones de discriminación que se trasmiten de una generación a otra, sin que se ponga en camino una solución desde la raíz. No puedo, ni tengo por qué, proponeros la forma concreta de resolver esos problemas. Pero, como sacerdote de Cristo, es deber mío recordaros lo que la Escritura Santa dice. (...). Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo. Los cristianos —conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo—, han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres» (Es Cristo que pasa, o.c., n. 167).

[17] «Pensad lo que prefiráis en todo lo que la Providencia ha dejado a la libre y legítima discusión de los hombres. Pero mi condición de sacerdote de Cristo me impone la necesidad de remontarme más alto, y de recordaros que, en todo caso, no podemos jamás dejar de ejercitar la justicia, con heroísmo si es preciso» (Amigos de Dios, o.c., n. 170).

[18] Sobre los aspecto históricos de esa fecha fundacional, cfr. P. BERGLAR, o.c., pp. 67-76; A. SASTRE, o.c., pp. 90-99; sobre aspectos más teológicos, cfr. J. L. ILLANES, Dos de octubre de 1928: alcance y significado de una fecha en "Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei", Eunsa, Pamplona 1985, pp. 65 ss.; A. DE FUENMAYOR-V. GOMEZ-IGLESIAS-J. L. ILLANES, Itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, pp. 25-36.

[19] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, o.c., n. 32.

[20] Amigos de Dios, o.c., n. 54.

[21] Meditación En un dos de octubre, 2-X-1962 (AGP, P01, 1972, p. 987); cfr. "Una vida para Dios", p. 34, nota. 32.

[22] AGP, P01, 1975, p. 226. Cfr S. BERNAL, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1980, 6ª ed., pp. 80-81 (no incluye los dos últimos párrafos de la cita).

[23] Cfr. B. D. MARLIANGEAS, Clés pour une théologie du ministère. In persona Christi. In persona Ecclesiæ, Paris 1978; G. RAMBALDI, Alter Christus, in persona Christi, personam Christi gerere. Nota sull'uso di tali e simili espressioni nel magistero da Pío XI al Vaticano II e il loro riferimento al carattere en «Teología del sacerdocio», vol V, Burgos 1973.

[24] A. DEL PORTILLO, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, (realizada por C. Cavalleri), Rialp, Madrid 1993, p. 72.

[25] Meditación En un dos de octubre 2-X-1962 (AGP, P01, 1972, p. 987); cfr. "Una vida para Dios", p. 34, nota 32.

[26] Carta, 24-III-1930, n. 2; cfr. "Una vida para Dios", p. 70, nota 2.

[27] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, o.c., n. 55.

[28] Es Cristo que pasa, o.c., n. 20.

[29] Ibid., n. 122.

[30] Carta, 4-IX-1951, n. 3; cfr. "Una vida para Dios", p. 91, nota 6.

[31] Meditación Los caminos de Dios, 19-III-1975, o.c; cfr. "Una vida para Dios", p. 35, nota 33.

[32] Carta, 11-III-1940, n. 32; cfr. "Una vida para Dios", pp. 37-38, nota 36.

[33] Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei, Palabra, Madrid 1991, n. 1: Mons. José María García Lahiguera, pp. 15, 29-30.

[34] Ibid., n. 2: Mons. Pedro Cantero Cuadrado, pp. 16, 32, 49.

[35] Ibid., n. 3: Cardenal José María Bueno Monreal, pp. 34, 36-37.

[36] Ibid., n. 5: Mons. Juan Hervás Benet, pp. 42-43.

[37] Baste con un ejemplo: «La única ambición, el único deseo del Opus Dei y de cada uno de sus hijos es servir a la Iglesia como ella quiere ser servida, dentro de la específica vocación que el Señor nos ha dado (Carta, 31-V-1943, n. 1; cfr. "Una vida para Dios", pp. 93-94, nota 12). Cfr. Conversaciones, nn. 47, 60; Amigos de Dios, nn. 11, 117, 196, 316; Camino, n. 519; Surco, n. 351; Forja, nn. 138, 584. Cfr también, "Una vida para Dios", pp. 40-42, 69-88, 103-108, 205-210.

[38] "Una vida para Dios", p. 103.

[39] Ibid., pp. 105-106.

[40] Cfr ibidem, pp. 106-107.

[41] Este principio teológico fundamental es también básico en la enseñanza del Fundador del Opus Dei, de quien tomamos la formulación: «No es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ut omnes homines salvi fiant (cfr 1 Tim II, 4), para salvar a todos los hombres. Con nuestras miserias y limitaciones personales, somos otros Cristos, el mismo Cristo, llamados también a servir a todos los hombres» (Es Cristo que pasa, n. 106). Como hemos escrito en otra parte, «en esta frase se advierte un presupuesto esencial del pensamiento cristocéntrico del Beato Josemaría: la absoluta inseparabilidad entre ser y función de Cristo, principio teológico básico que alimenta constantemente su espiritualidad. Explícita o implícitamente, este principio, al que puede calificarse de estructural dentro del proceso reflexivo del Beato Josemaría, mantiene una presencia iluminante en todos sus escritos. De esa luz se beneficia también por entero la visión que el Beato tiene de la Iglesia y de la existencia cristiana. Puede afirmarse, en efecto, que, en su pensamiento, la unidad indestructible entre ser y función expresa teológicamente la identidad de Cristo, la de su Cuerpo que es la Iglesia, y la de sus miembros que son los cristianos» (El cristiano, alter Christus, ipse Christus en el pensamiento del Beato Josemaría Escrivá) en "Santidad y Mundo. Estudios en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá" (Actas del Congreso Internacional celebrado en Roma, Roma 12-14 de octubre de 1993), EUNSA, Pamplona 1996, p. 167.

[42] Cfr. A. DE FUENMAYOR — V. GOMEZ-IGLESIAS — J.L. ILLANES, Itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, pp. 39-37.

[43] Cfr. P. RODRIGUEZ, El Opus Dei como realidad eclesiológica en P. RODRÍGUEZ — F. OCÁRIZ — J.L. ILLANES, "El Opus Dei en la Iglesia", Rialp, Madrid 1993, p. 22.

 

Comentario al Evangelio: «Echaré las redes»

Evangelio del 5º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C) y comentario al texto.

Vida cristiana07/02/2019

Opus Dei - Comentario al Evangelio: «Echaré las redes»

Evangelio (Lc 5, 1-11)

Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.

Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:

— Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.

Simón le contestó:

— Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.

Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:

— Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.

Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:

— No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.

Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.


Comentario

Según el relato de san Lucas, Jesús conocía a Simón desde poco antes. Se había alojado en su casa y había curado a su suegra, que tenía fiebre[1]. Ahora, cuando Jesús está predicando en el puerto de Cafarnaún, se toma la confianza de subirse a la barca de Simón, e incluso le pide que deje lo que tiene entre manos (estaba lavando las redes), y la separe un poco de la orilla. Simón estaba cansado y desanimado porque, después de una noche de duro trabajo, no había pescado nada, pero lo hace sin quejarse.

Cuando Jesús termina de hablar, todavía le pide algo más, muy exigente en esas circunstancias: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. También ahora Simón obedece, sin ganas, y comprueba asombrado que sus pobres redes se llenan con una cantidad enorme de peces. ¡Cuántas veces sucede lo mismo en nuestra vida, cuando escuchamos lo que Jesús nos dice, y lo hacemos!

La escena es muy actual. También ahora, sin dar mayor importancia al cansancio y a la aparente infecundidad del esfuerzo de los suyos, Jesús repite a cada cristiano la misma petición: ¡mar adentro! “También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los Apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera”[2].

“Esta es la lógica que guía la misión de Jesús y la misión de la Iglesia: ir a buscar, “pescar” a los hombres y las mujeres […] para restituir a todos la plena dignidad y libertad, mediante el perdón de los pecados. Esto es lo esencial del cristianismo: difundir el amor regenerante y gratuito de Dios, con actitud de acogida y de misericordia hacia todos, para que cada uno puede encontrar la ternura de Dios y tener plenitud de vida”[3].

Jesús prepara poco a poco a Simón para la llamada. Sobre la base de una amistad que construye día a día, pone a prueba su generosidad, y su amigo va comprobando con los hechos que, al final, el Señor es más generoso, y da mucho más de lo que pide. Al arrastrar las redes repletas de peces, queda asombrado y sobrecogido. Reconoce el poder de Dios, que actúa a través de la palabra de Jesús, y este encuentro directo con el Dios vivo, que es capaz de realizar tal prodigio valiéndose de lo poco que puede aportar un pobre hombre, le impresiona profundamente.

Simón tiene miedo, pero Jesús le quita dramatismo a la situación, lo invita a una gran aventura, y le pide una entrega total, un seguimiento sin condiciones. La respuesta de Simón y de los que estaban con él no se hizo esperar: dejadas todas las cosas, le siguieron. “Antes de ser apóstol, pescador. Después de apóstol, pescador. La misma profesión que antes, después. ¿Qué cambia entonces? Cambia que en el alma — porque en ella ha entrado Cristo, como subió a la barca de Pedro — se presentan horizontes más amplios, más ambición de servicio”[4].

Lo que sucedió con aquellos hombres es algo singular pero muy representativo de la llamada que Dios hace a cada uno, con particular claridad en algunos momentos de la vida, para que descubra aquello para lo que ha sido hecho y en donde encontrará la felicidad. La vocación es una llamada divina. El hombre no la diseña, sino que la descubre cuando da una respuesta positiva a la propuesta que el Señor le hace.

La experiencia de las propias limitaciones y de la personal debilidad no es obstáculo alguno. Simón Pedro era consciente de todo eso y, a pesar del miedo inicial, no dudó en seguir a Jesús. También ahora, como sucedió con él, la fuerza de Dios suple nuestras pobres condiciones, siempre que confiemos en el poder de su misericordia y en la acción de la gracia divina que nos transforma y renueva.


[1] Lc 4,38-39.

[2] Benedicto XVI, Homilía en el comienzo del Pontificado, 24.IV.05.

[3] Francisco, Angelus, 7.II.16.

[4] San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 264-265.

 

 

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

Rema mar adentro.

Lc 5, 1-11.

     Evangelizar lleva siempre consigo el encuentro con Cristo en el mar de la vida. En el entorno del lago tiene lugar este pasaje tan de seguimiento de Jesús. El Señor siempre nos pide la confianza de remar mar adentro. En la orilla se quedan los cobardes, los que no se atreven a surcar profundidades en mar adentro donde está la pesca mejor. 

     Por otra parte se puede experimentar en el camino del amor de Jesús las tempestades y dificultades en el mar embravecido de la vida. La mayor dificultad es la esterilidad, el no haber pescado nada con todo lo que hemos entregado y arriesgado en nuestra vida. A veces la crisis es total. Somos muy dados a mirarnos o a culpabilizarnos. Lo mejor es siempre lo de Pedro en tu nombre volveré una y otra vez a echar las redes. Se de quien me he fiado y estoy persuadido de que el Señor nunca nos deja en la estacada.

   Ante tantos peces en nuestras pobres redes por confiar en el Señor el asombro de Pedro nos conmueve. Es el asombro humilde del contemplativo que se hace osadía e intrepidez. No soy digno, apartate de mí soy solo un pobre pecador. Es la manifestación más palpable de que se está en el camino de la santidad. Apartate de mí, no soy digno, te fallo miles de veces no te das cuenta...Solo creo en la santidad de los humildes que como Pedro viven en el asombro de un amor capaz de sanar todas nuestras heridas.

 

 + Francisco Cerro Chave. Obispo de Coria-Cáceres

 

 

LOS SIETE DOMINGOS DE SAN JOSÉ

Es una antigua tradición en la Iglesia preparar la fiesta de San José, el 19 de marzo, con la contemplación de los dolores y gozos del Santo Patriarca durante los siete domingos anteriores a su fiesta.

DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ

De la mano de san José iremos contemplando los dolores: aquellos momentos en los que tuvo que pasar las pruebas que el Señor le tenía preparadas, los momentos que se entregó de forma plena al querer de Dios, aun sin comprender del todo lo que tenía guardado para él.

También iremos meditando los gozos de san José: la alegría y la felicidad de compartir su vida junto a su esposa, la Santísima Virgen y el Niño. El gozo de saberse en las manos de un Dios que le había escogido para tan gran tarea.

Los cristianos siempre han visto en san José un ejemplo de entrega y de fe en Dios y podemos considerarlo maestro de oración. Fue él, después de la Virgen, quien más de cerca trató al Niño Dios, quien tuvo con él el trato más amable y sencillo.

Antífona (para todos los días):


¡Oh feliz Varón, bienaventurado José!
A quién le fue concedido no sólo ver y oir al Hijo de Dios,
a quién muchos quisieron ver y no vieron , oir y no oyeron,
sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo.
V: Rogad por nosotros bienaventurado San José.
R: Para que seamos dignos de alcanzar las
promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amen.

 

SEGUNDO DOMINGO

Oh bienaventurado patriarca glorioso San José,
escogido para ser padre adoptivo del Hijo de Dios
hecho hombre: el dolor que sentisteis, viendo nacer al
Niño Jesús en tan gran pobreza, se cambio de pronto
en alegría celestial al oír el armonioso concierto de los
ángeles, y al contemplar las maravillas de aquella noche
tan resplandeciente.
Por este dolor y por este gozo, alcanzadnos
que después del camino de esta vida vayamos a
escuchar las alabanzas de los ángeles, y a gozar de los
resplandores de la gloria celestial.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

 

FINAL (para todos los días): 

 

Acordaos Oh purísimo Esposo de María, oh dulce protector mío
San José, que jamás se oyó decir que haya dejado
de ser consolado uno solo de cuantos han acudido a
vuestra protección e implorado vuestro auxilio. Con esta
confianza vengo a vuestra presencia y me encomiendo
a Vos fervorosamente, oh padre nutricio del Redentor.
No desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas
piadosamente. Amén.

Oración: Oh Dios, que por providencia inefable
os dignasteis escoger al bienaventurado José para
esposo de vuestra Santísima Madre: os suplicamos nos
concedáis la gracia de que, venerándole en la tierra
como a nuestro protector, merezcamos tenerle por
intercesor en los cielos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria, por las intenciones del Papa.

Es conveniente hacerlo confesando y comulgando.

 

 

 DEVOCIÓN Y PRÁCTICA DE LOS SIETE DOMINGOS DE SAN JOSÉ 

 

 

Introducción

 

          En el orden de prelación de las devociones esenciales, por importancia de la santidad a quien van dirigidas, no hay nadie  que ostente mayor altura, después de Jesucristo y de Nuestra Señora, que el Patriarca San José  y de ahí la inclusión en esta breve guía de los Siete Domingos dedicados a él, como práctica tenida por muy piadosa para honrarle, según  merece el más justo entre los  justos, digno de imitación en sus virtudes, por cuanto participó significativamente en forma directa y  excepcional  nada menos que en los planes de Dios para llevar a cabo su obra redentora de la Humanidad.

          La cita evangélica a cargo de  Mt 11,11 en que se plasma la frase del Señor “En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan el Bautista”, pudiera dar lugar a controversia a la hora de considerar quien es de entre los mortales la persona con mayor grado de santidad, una vez cruzado el umbral de la muerte del cuerpo o parte material del ser humano. No hay lugar a duda de que Jesucristo, únicamente en el caso del Precursor, formuló la afirmación rotunda, a favor de Juan, diciendo de él que se trataba del más grande de los nacidos, y en tales palabras se basarían algunos tratadistas espirituales y predicadores de buena fe para deslizar, en ocasiones, que el santo que se eleva por encima de los demás no sea otro que el Bautista.

            Pero al contenido del texto de San Mateo al decir: “entre los nacidos de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan” (Mt 11, 11), se podría contraponer el que figura  en el, también Evangelio sinóptico, de San Lucas: “ no hay entre los nacidos de mujer profeta más grande que Juan” (Lc 7,28), ambas citas según versión directa del texto original griego por Nacar y Colunga, Biblioteca de Autores Cristianos, Sagrada Biblia, Edi. Católica de 1957 ; y dicha puntualización bien puede despejar la posible duda, sobre la supremacía en santidad de San José a que antes se hacía referencia, situando con verdadera propiedad al último profeta como el más grande entre los anteriores profetas, porque sus ojos vieron al Mesías y con él tiene lugar el cierre de la antigua Ley a la que Jesús daría cumplimiento con la nueva Alianza sellada con su propia sangre. A este mismo respecto, señala San Josemaría Escrivá: “que cuando el Señor hace esa alabanza del Bautista, probablemente, ya no estaba San José en la tierra” y de ahí que, en ese momento, el Bautista era el más santo (Pedro Beteta, “San José y la unidad de vida” Edicep, primera edi. Marzo de 2007, pag. 32, nota 13).   

            Y es así cómo se puede entender y proclamar que San José es la criatura más santa, en escalón inferior a la Santísima Virgen, porque nadie ha ascendido como vaso de mayor elección de Dios que él después de Nuestra Señora, de la que fue esposo castísimo y, al mismo tiempo, padre adoptivo de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. No puede haber, no hay, atributos más excelsos que ser “quasi patrem regis”, es decir, en cierta manera padre del Hijo de Dios, al ser padre adoptivo o nutricio de Jesús y esposo en la tierra de la Madre de Dios. Colocado en ese puesto y lugar por Dios para cuidar, defender, alimentar, y ejercer de cabeza de la Sagrada Familia. Y cumplió tan maravillosamente este encargo divino porque fue la criatura humana que más amó y más fue amado por Jesús y María, y la única que  murió en brazos de Jesús y de María. Patrono universal de la Iglesia y de la buena muerte, más que él solamente la Virgen Santísima y la Trinidad Beatísima. 

 

 

 

 

 

LA PRÁCTICA DE LA DEVOCIÓN DE LOS SIETE DOMINGOS DE SAN JOSÉ, se realiza mediante la consideración de los siete Dolores y los siete Gozos del Santo Patriarca.

 

                        Modo de hacerlo cada uno de los siete domingos

anteriores a la fiesta de San José:

 

1º) Comenzar con el rezo de la plegaria inicial.

 2º) Leer la oración correspondiente a un dolor y gozo de cada domingo.

3º) Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria, después del dolor y gozo que corresponda.

 4º) Oración de consagración a San José (consignada en este guión después del séptimo domingo)  

5º) Antífona y oración final.

6º) Rezo de un Padrenuestro, Ave María y Gloria por la persona e intenciones del Papa

y de un Credo, como acto de fe.

7º) Conocer y tener en cuenta las indulgencias, según se indica al final del guión.

 

Plegaria inicial

 

Patriarca San José,

más justo señor y padre

de la universal Iglesia

el patrono indispensable,

también de la buena muerte

el de gracias alcanzables,

como nos dijo Teresa,

para todos los favores

y entre los santos el grande.

Por encima de profetas,

de apóstoles y  de mártires,

tu luz, más alta, en el cielo

después de Santa María

que es tu esposa

y nuestra Madre.

A ti nos encomendamos

para que siempre nos guardes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO PRIMERO

Primer Dolor y Gozo

 

Recio y valiente maestro,

de virtudes teologales

y de virtudes humanas,

sentiste dolor inmenso

en la sangre y en el alma

cuando ibas a repudiar

a la esposa más perfecta,

con el corazón transido,

por una aparente infamia.

El Ángel te abrió el misterio

a lo que era el plan divino

y con un gozo inefable

la recibiste en tu casa.

Serías entonces guardián

de la familia más santa.

Por este dolor y gozo

te pedimos nos concedas

llegar a la muerte en gracia.

(Padrenuestro, Avemaría y Gloria)

 

 

DOMINGO SEGUNDO

Segundo Dolor y Gozo

 

Sin posada y sin techo,

cobijarte

no podías en Belén

y te dolía

que María diera a luz

en cualquier parte,

carente

del más mínimo detalle

de ese calor de hogar

que tú querías.

Pero, al nacer el Niño

aquella noche,

el dolor se fue a gozo

y alegría

viendo en el cielo

una legión de Ángeles,

que a la gloria de Dios

resplandecía.

Por este dolor y gozo

te pedimos nos concedas

oír el cántico de Ángeles

en la tierra prometida.

(Padrenuestro, Avemaría y Gloria)

DOMINGO TERCERO

Tercer Dolor y Gozo

Preciosísima sangre

redentora

primera de Jesús

que, derramada,

te rompe el corazón,

bien dolorido,

obediente a la ley,

el sacrificio

de la circuncisión.

Pero imponer el nombre

a tu Jesús

te iluminaba

de dicha y santo orgullo,

pues eras como el padre

de aquel bendito Niño

que era , y que es,

el mismo Dios.

Por este dolor y gozo

te pedimos nos concedas

vivir sobrios esta vida

y morir en compunción.

(Padrenuestro, Avemaría y Gloria)

 

 DOMINGO CUARTO

 

Cuarto Dolor y Gozo

Simeón anuncia

y profetiza

padecer de María y de Jesús:

Una espada,

para la Madre Santa

y signo contradictorio,

 para el Hijo,

con la Cruz.

Más dolor en tu vida

en aquel día,

pero la Redención

te traería

saber que surgiría

el bien para las almas

y gloria a todo hombre,

mediante su bautismo

y conversión.

Por este dolor y gozo

te pedimos nos concedas,

con Jesús y con María,

la gloria y resurrección.

(Padrenuestro, Avemaría y Gloria)

 

DOMINGO QUINTO

Quinto Dolor y Gozo

Sufrir dificultad

en el trabajo

de servicio y sustento

a la familia,

y, más aún,

como pobre emigrante

viviendo en tierra egipcia.

Mas teniendo contigo

a los más santos,

a Jesús y María

en compañía,

entre los tres

derrumbasteis las prácticas

de toda idolatría

dando ejemplo constante

de dulzura y mesura,

de armonía.

Por este dolor y gozo

te pedimos nos concedas

vivir y morir en brazos

de Jesús y de María.

(Padrenuestro, Avemaría y Gloria)

 

 

DOMINGO SEXTO

  Sexto Dolor y Gozo

Peligro y sufrimiento

en el camino

de vuelta a otro destino,

antes abandonado,

de la patria.

De nuevo, sería el Ángel

quien da aviso

y al cruzar la frontera

reconoces

al sucesor de Herodes,

Arquelao,

acecho de enemigo,

y a Nazareth

el rumbo rectificas

usando la razón

y el buen sentido.

El gozo de volver

a tu Israel

sería, con María,

compartido.

Por este dolor y gozo

te pedimos nos concedas

vernos libres de temores

y al morir ser bendecidos.

(Padrenuestro, Avemaría y Gloria)

 

DOMINGO SÉPTIMO

Séptimo Dolor y Gozo

No habían acabado

las tristezas

ni dichas que, también,

retornarían,

como fue la pérdida

del Niño

en la gran urbe,

al menos por tres días.

Mi Jesús no aparece,

¡Qué mar de lágrimas

las de José y María!

Preguntas anhelantes

a extraños y cercanos.

¿Por qué no vienes, Ángel,

y ayudas a buscarlo?

He perdido a mi Dios

y, a cambio, doy mi vida

¿No me oyes desde el Templo

clamando en oraciones?

Y, otra vez, la alegría

estalla en bendiciones:

Aparece Jesús,

dando lecciones

de doctrina,

a ancianos y doctores.

Por este dolor y gozo

te pedimos nos concedas

gozar de Dios en la gloria

aunque seamos pecadores.

(Padrenuestro, Avemaría y Gloria)

 

 

Acto de consagración a San José

Viviste Buen José

aquí en la tierra,

como un hombre cualquiera,

entre muy hondas penas y alegrías

y fuiste el más feliz

porque tú eras

el amor de Jesús

y de María.

Yo me consagro a ti,

delante de Ellos,

 y te pido me cuides

 de por vida.

 

 

Antífona y oración final para cada domingo

Antífona.- El mismo Jesús, al comenzar los treinta años, era tenido por hijo de José

.

V.- Ruega por nosotros, San José

R.- Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo

 

V.- Oración. ¡Oh Dios, que por inefable Providencia os dignasteis elegir a San José por esposo de vuestra Santísima Madre!: Os rogamos nos concedáis que, pues le veneramos en la tierra como a nuestro protector, merezcamos tenerle como intercesor en el cielo delante de Vos, que vivís y reináis por los siglos de los siglos.

 R.- Amen.

 

Finalizar esta piadosa práctica, cada uno de los siete domingos, con:

Un Padre Nuestro, por la persona e intenciones del Papa y

Un Credo, como acto de fe.

 

Indulgencias concedidas por la Santa Sede

a la devoción y práctica de los siete domingos a San José.

 

San Gregorio XVI.- (Rescripto de la Sagrada Congregación de indulgencias de 22/1/1836)

Indulgencia parcial de 300 días en cada uno de los seis primeros domingos.

Indulgencia plenaria en el séptimo domingo.

 

S.S. Pío XI.- (Rescripto de la Sagrada Congregación de Indulgencias de 1/2/1847)

Confirma las anteriores concesiones y añade:

Indulgencia plenaria en cada uno de los siete domingos continuos.

 

 

¿Feminismo? ¿Qué feminismo?

Hoy os ofrezco el vídeo “Por qué La Marcha de las Mujeres no nos representa” (y su transcripción traducida), publicado por la web norteamericana de noticias, The Daily Signal (perteneciente al thinktank, con sede en Washington D.C., The Heritage Foundation).

Como veréis, son muchas y variadas razones por las que estas mujeres se rebelan contra un feminismo impuesto y excluyente. Podéis añadir las vuestras en los comentarios. Por mi parte, en estos días en que aún resulta difícil creer la nueva Ley del Aborto de Nueva York, donde se puede abortar hasta el mismo momento del nacimiento (entre otras cosas, más detalles aquí), me sumo al rechazo de un movimiento que enmascara una dictadura que se pretende imponer desde posiciones de gran poder económico.

La Marcha de las Mujeres no me representa porque el movimiento fue un fraude desde el principio.

La Marcha de las mujeres no me representa porque no representa a todas las mujeres.

La Marcha de las Mujeres excluye a mujeres como yo porque mis creencias cristianas no encajan en su dialéctica de izquierdas.

Se ha dicho muchas veces que no hay cabida para mujeres como yo, con puntos de vista próvida o una visión tradicional del matrimonio y la familia.

Soy una conservadora próvida de “America First” y mi voz no es bienvenida, porque no voto con mi anatomía, ni con mi silla de ruedas. Voto con mi cabeza, guiada por mi corazón.

La Marcha de las mujeres no me representa porque están demasiado llenas de políticas liberales izquierdistas y en realidad no se preocupan del bienestar de las mujeres.

No representan a las “mini-mujeres” en el seno materno.

Creo que para ser verdaderamente pro-mujer hay que ser pro-niña, lo que significa que debemos ser pro-bebés, y no que tengo el derecho de matar a un niño para empoderarme.

Soy feminista próvida porque soy una orgullosa madre provida que cree que los derechos reproductivos significan esperar a tener sexo hasta estar casada.

Como hija adoptada y mujer, quiero usar esta segunda oportunidad que me da la vida para promocionar la adopción por encima del aborto.

La marcha de las mujeres no me representa porque sé que hemos nacido hombres o mujeres.

La marcha de las mujeres no me representa porque creo en igualdad de derechos, no en derechos extra.

Porque los líderes de la Marcha de las Mujeres son de alguna manera incapaces de condenar el odio.

Este feminismo te coloca una etiqueta y te dice lo oprimida que estás, lo que puedes decir y lo que puedes pensar.

Mis padres huyeron de la Cuba de Castro y puedo comprender y valorar los valores de la libertad de expresión y de la diversidad de opiniones políticas.

Lo que se percibe es que esas mujeres están enfadadas por alguna injusticia hacia su género, y como madre y profesional no tengo nada por lo que estar enfadada.

El mensaje de la Marcha de las Mujeres es: “Si eres mujer, eres una víctima”, pero yo, de ninguna manera, me siento víctima.

No me siento representada por una organización que excluye a tantas mujeres. Lo que necesitamos es una Marcha de todas las mujeres.

 

 

Hospital del Señor

médico

Fui al Hospital del Señor a hacerme una revisión de rutina y constaté que estaba enfermo. Cuando Jesús me tomó la presión vio que estaba baja de ternura. Al medirme la temperatura el termómetro registró 40 grados de egoísmo.

Hizo un electrocardiograma y el diagnóstico fue que necesitaba varios "by-pases" de amor porque mis venas estaban bloqueadas y no abastecían mi corazón vacío.

Pasé hacia ortopedia: no podía caminar al lado de mi hermano, y tampoco podía abrazarlo porque me había fracturado al tropezar con mi vanidad. También me encontraron miopía, ya que no podía ver más allá de las apariencias; cuando me quejé de sordera Jesús me diagnosticó quedarme sólo en las palabras vacías de cada día.

GRACIAS SEÑOR, porque las consultas son gratuitas, por tu gran misericordia. Prometo, al salir de aquí, usar solamente los remedios naturales que recetas en el Evangelio...

Al levantarme tomaré un vaso de AGRADECIMIENTO.

Al llegar al trabajo, una cucharada sopera de BUEN DÍA.

Cada hora un comprimido de PACIENCIA y una copa de HUMILDAD.

Al llegar a casa, SEÑOR, voy a tener diariamente una inyección de AMOR, y al irme a acostar dos cápsulas de CONCIENCIA TRANQUILA.

 

 

La fuerza de voluntad

Lucia Legorreta

La fuerza de voluntad es la actitud que nos convierte en buenas o malas personas; todo depende cómo la implementemos.

 

Fuerza de voluntad

 

Leí hace poco algo muy cierto: el mundo se divide entre los voluntariosos, capaces de invertir en esfuerzo y trabajo para lograr un proyecto, y los que no lo son. Las personas que logran lo que se proponen y las que nunca alcanzan sus metas.

Esa fuerza de voluntad es la capacidad que tenemos que decidir qué hacer, y optar por un determinado tipo de comportamiento.

Se asocia con el ahínco necesario para alcanzar objetivos que a corto plazo suponen un sacrificio, pero que benefician a largo plazo.

Y aquí es cuando aparece el primer problema: el sacrificio inmediato. Cuesta mucho pensar en el largo plazo, preferimos lo inmediato.

La voluntad no es innata. Así que dejemos de lamentarnos o de decir que nacimos sin fuerza de voluntad, todos debemos luchar para tenerla.

¿Cómo? Reflexiona en lo siguiente:

- Deja de etiquetarte: y de tener experiencias negativas contigo mismo. Si piensas que volverás a postergar y que fallarás en el intento, al final abandonarás lo que te propusiste.

Si tienes una idea, una meta, ilusiónate con ella, y espera buenos resultados de lo que quieres alcanzar. Te puedes equivocar todas las veces que sea necesario. Lo que debes rechazar es no verte capaz de cometer errores y seguir adelante.


- Sin motivación, la fuerza desaparece: debes de buscar la tuya. Te digan lo que te digan, si ya encontraste tu propia motivación, será suficiente argumento para ganarle a la dejadez.

- Organízate: no postergar, la mayoría de las veces es cuestión de organizarse mejor. El éxito radica en cómo estableces tus prioridades y como distribuyes tu tiempo.

Las personas que llevan una vida saludable, que practican deporte, que tienen tiempo para ver a sus amigos y ver una película de forma relajada, no cuentan con una vida más ociosa, solo se organizan mejor.

- No seas impulsivo: la falta de voluntad obedece a los impulsos. Espera, piensa, para, frena. Solo retrasa el deseo para ver cuánto tiempo eres capaz de esperar.

No se trata de que te prohíbas hacer algo, sino que le des tiempo a tu paciencia y reflexión para que no actúes de inmediato.

- Planea: estate preparado y ten pensado que vas a hacer cuando flaquees, cuando te dé flojera. Tener una lista con distintas alternativas por si la voluntad falla, es una herramienta muy positiva para seguir adelante y no abandonarla.

- Modifica tus hábitos: es más sencillo cambiar que eliminar. Psicológicamente no es lo mismo ponerse a dieta que modificar tus hábitos alimenticios. La segunda opción suena menos restrictiva.
Así en lugar de pensar todo lo que tienes que abandonar, piensa en lo que vas a hacer para sustituir y rellenar ese espacio.

- Autocontrol y fuerza de voluntad no son lo mismo, pero están muy relacionados. El primero es la capacidad consciente de regular los impulsos, La fuerza de voluntad hace referencia al esfuerzo que inviertes para alcanzar algo.


- Establece prioridades: no quieras cambiar todo de golpe: dejar de comprar en forma compulsiva, hacer deporte, perder peso, dejar de fumar, etc. Elije que es lo más importante para ti y empieza por ahí.

- No todo es agradable: significa que no todo en la vida puede producir satisfacción. Mejor asume con humor que tienes que hacer cosas a pesar de que no te guste hacerlas, no tienes otra alternativa.

La diferencia entre los que lo consiguen y los que se quedan en el camino es que reconocen que deben de pasar por etapas en las que no se está cómodo. En esta vida no nos podemos mover solo por placer.

- No discutas tu diablito: todos tenemos una figura negativa en nuestro cerebro que nos argumenta constantemente lo bien que se está en el mundo de lo fácil. Este diablito le vence la batalla a la fuerza de voluntad.


Hoy decídete y pon manos a la obra. En esta vida hay tiempo para todo. Te sentirás muy satisfecho contigo mismo si empiezas a dejar de limitarte y excusarte en que la fuerza de voluntad no es lo tuyo, solo tienes que actuar.

 

La inocencia y el sentido de lo maravilloso

El alma del inocente está impregnada, desde las primeras luces de la razón, del sentido de lo sobrenatural y de lo maravilloso.

                

El niño no tiene dificultad en creer en lo que la fe nos enseña porque aspira a un mundo maravilloso más allá del que vemos

«Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. En verdad os digo, que quien no recibiere el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Lc. 18, 16-17).

El espíritu del niño no se oscurece por ciertas cosas que empañan el espíritu de muchos adultos. En primer lugar porque el niño, en general, aún no se corrompió. En segundo lugar —lo que es más importante—, por efecto del Bautismo el niño tiene una propensión a creer y una facilidad para admitir lo maravilloso.

Así, el espíritu del niño se encanta con el árbol de Navidad.

Pero, ¿qué es el árbol de Navidad?

Es algo que nos sumerge en el mundo de lo maravilloso, en el mundo de los “cuentos de hadas”.

El niño tiene una gran rectitud con relación a la fe, cree y no pregunta las razones para creer. Él cree desde el primer instante.

https://www.accionfamilia.org/images/navidad-nevada.jpg

Pero, ¿qué es esto? Es un sentido virginal que el niño tiene de un mundo más allá de este mundo; de una realidad existente más allá de ésta que vemos, y que es más bella y satisface anhelos del espíritu humano.

Sin embargo, a medida que la persona se va apegando a las cosas terrenas, va perdiendo el sentido de lo extra terreno, que es el sentido de lo metafísico —el sentido de una realidad que existe más allá de lo físico, el sentido de lo maravilloso y de lo sublime.

Así se entiende el episodio de Nuestro Señor elogiando a los niños, incentivándolos a aproximarse de Él.

No es un elogio a la incapacidad propia de la niñez, que es un efecto del pecado original, sino elogio de esos valores de alma que el niño tiene, y que pueden encontrarse también en el hombre inocente.

El alma del inocente está impregnada, desde las primeras luces de la razón, del sentido de lo sobrenatural y de lo maravilloso.

Plinio Corrêa de Oliveira.

 

 

La “macabra ley radical”

Norma Mendoza Alexandry

La vida humana es un derecho que todos tenemos, incluso antes del momento de nacer; pero a lo largo de la historia, el hombre ha modificado esto, hasta llegar al punto de aprobar una ley para que el aborto sea legal en cualquier momento del embarazo.

 

Aborto Nueva York

“Quienes nos dijeron una vez que el aborto debía permanecer seguro, legal y raro, ahora lo han hecho peligroso, impuesto y frecuente”. Éstas fueron las palabras que agregó el cardenal Timothy Dolan al calificar la ley recientemente aprobada en Nueva York sobre el aborto como la “macabra ley radical”.

Cuando respondemos a la pregunta: ¿Qué es la vida humana?, de forma implícita respondemos también a la pregunta previa: ¿Qué es el hombre? Sin embargo, nos empeñamos en construir diferentes hipótesis sobre nosotros mismos y seguimos construyéndolas hasta que la verdad nos traspasa mediante el dolor causado por la realidad inevitable de la muerte.

¡Cuánto más cuando se trata de la muerte de un niño o de una niña que por fallas, omisiones, falsos derechos, ignorancia, pobreza y muchos otros pretextos de los adultos, el no-nacido encuentra la muerte súbita y dolorosa en el vientre de su madre y se corta de tajo su futuro promisorio!

Todos nos hemos acostumbrado a la palabra ‘aborto’, pero todos sabemos muy bien que esta palabra significa “crimen”, sabemos que es un crimen abominable a un ser humano desprotegido e inocente, sabemos además que éste es puesto en la lista de los ‘sin nombre’, que es un condenado a muerte sin merecerlo y que posiblemente equivale a un número, es decir, la víctima 118 millones más uno.

¿Podemos dudar de cuándo comienza la vida humana? ¿Qué derecho asumen las políticas y leyes de un país para suprimir la vida humana a punto de nacer? El relativismo moral no tolera ninguna opinión más que la propia, se cree que lo que cada uno opine sobre lo que está bien o lo que está mal es correcto, y se desea que todas las opiniones se hagan cumplir por la ley.

¿Han visto ustedes alguna vez el World Trade Center de Nueva York iluminarse con luz rosa? Ha de ser algo fuera de serie. Lástima que el propósito de la última vez que se iluminó así fue por una “aberración” macabra.

Como héroe de esta celebración se encuentra el tristemente célebre gobernador de esa gran ciudad, Andrew Cuomo, quien pasará a la historia por su mortífera aprobación y firma de la “Ley de Salud Reproductiva” que permite los abortos antes y después del sexto mes del embarazo hasta el momento de nacer. Esto, a pesar del hecho de que once niños no-nacidos muertos durante el ataque a las Torres del W.T.C. de Nueva York el 9 de septiembre de 2011 son honrados e incluidos en el monumento de homenaje a este suceso doloroso.

Se considera que un feto a los seis meses de gestación puede sobrevivir (es viable y compatible con la vida independiente de su madre), y después de éstos, en los tres meses siguientes hasta el parto, la madre podrá abortar según la ley aprobada si “aduce problemas en su bienestar”. También esta ley elimina el aborto del código penal y aclara que una variedad de profesionales médicos con licencia, pueden también realizar el procedimiento. Para decirlo con otras palabras, lo que permite esta ley parece sacada de una película de terror contra seres humanos desprotegidos, no-deseados, despreciados y asesinados con aprobación de su propia madre.

El cardenal T. Dolan de Nueva York describe la ley con estas palabras:

“En adelante, se descartarán todos los cargos contra un abortista que permite que un bebé abortado, que de alguna manera sobreviva a las tijeras, el bisturí, la solución salina y el desmembramiento, muera ante sus ojos… La nueva ley ordena que, para que un aborto sea más conveniente y fácil, el médico no tenga que realizarlo e incluso podría usarse para suprimir los derechos de conciencia de los profesionales de la salud…”

Ante tales procedimientos es necesario que todos sepamos algo sobre las fuentes sensoriales del feto. Estudios científicos de medicina han demostrado que el feto experimenta DOLOR. Cuando un ser humano en el vientre de su madre tiene dolor, no tiene aire para externar sonido, pero responde con movimientos rápidos y vigorosos de su cuerpo, movimientos de respiración y precipitaciones hormonales.

El doctor norteamericano de origen griego, Dr. Giannakoulopoulus hizo el siguiente experimento: A pocos minutos de haber inyectado en la ‘vena intropática’ a un feto para una transfusión, éste mostró un aumento del 590% en beta-endorfina y 83% de aumento en cortosol, esto es la evidencia química del dolor.

Abortar, por tanto, no solo es un acto violento y mucho más en los últimos meses de su gestación, sino tremendamente doloroso. Los sentidos neuroanatómicos del tacto muestran, por tanto, que el dolor es una señal importante, sobre todo, el dolor agudo en los abortos efectuados desde 0 a 24 semanas y por tanto, aún más a medida que se acerca la fecha del parto, pues consisten en el desmembramiento del no-nacido con fórceps metálicos puntiagudos o la sustitución del líquido amniótico por una solución salina que el pequeño inhala mientras la sal quema su piel. Se ha visto que, aun así, el niño puede sobrevivir en estas condiciones hasta una hora y sin anestesia, sufriendo dolores intensos hasta su muerte. (T. Kerenyi et. al. Intramniotic Techniques, Abortion and Sterilization. Editorial Hogson, 1981).

El histórico progreso hacia el reconocimiento de derechos igualitarios del que muchos norteamericanos estaban orgullosos ahora es impedido por la matanza sin sentido de un millón de pequeñas vidas humanas en abortos cada año. Un millón de niños, cuya sangre es derramada no en nombre de los derechos humanos, sino tomando como razón una ‘elección’ de su madre.

Actualmente en Estados Unidos existe una gran división entre su gente, y todo se debe a estas leyes llamadas “progresistas” que tienen decisión sobre la vida y la muerte del ser humano.

La ética pro-vida es ésta: Todos los seres humanos tienen igual valor porque son humanos. El zigoto tiene el mismo valor que el niño(a) de párvulos y éste tiene el mismo valor que el adulto. Sus diferencias son sólo en desarrollo y tamaño, no en valor. Y porque todos los humanos poseen el mismo valor, nuestros derechos humanos –comenzando con el derecho a la vida– deben ser igualmente respetados.

Los norteamericanos rechazan la idea de devaluar a un semejante con base en su sexo, raza, color, religión, tamaño, habilidad, edad o cualquier otro factor. Su historia está escrita en el reconocimiento de extender derechos, privilegios y seguridad a todos los seres humanos, –excepto– durante los últimos 46 años en EE. UU., al ser humano que vive en el útero materno.

La pregunta es: ¿Se trata con igual dignidad al niño no-nacido, que al niño que va a párvulos a los 4 años? Por supuesto que no. Y sin embargo ambos son humanos. El movimiento pro-aborto se basa por tanto en que “no todos los seres humanos son iguales”. Entonces, ¿los derechos humanos son subjetivamente otorgados o negados a la persona antes de nacer sobre bases que nada tienen que ver con la humanidad del niño(a)?
Nadie puede realmente creer que: si se mata a un niño dos minutos antes de nacer es legal, es un acto permitido, otorga libración a la madre. Pero si se mata al niño dos minutos después de haber nacido, es un crimen punible como asesinato. Todos sabemos cuánto lamentaron los norteamericanos, por ejemplo, aquel tiroteo en una escuela de Connecticut en donde murieron dos docenas de inocentes menores de edad, y en cambio, ahora aprueban en Nueva York una ley que permite el vil asesinato de niños a punto de nacer sin restricción más que la madre dé como pretexto, que el embarazo le causa ‘problemas a su bienestar’.

En la legalización del aborto, una pensada estrategia lingüística y comunicativa puede convertir una palabra en lo contrario de lo que significaba en su origen. Es bien conocido que en la Ciudad de México se añadió la expresión “interrupción legal del embarazo” en una reforma al Código Penal para aplicarla a través de la Ley de Salud, aduciendo el “derecho a decidir” de las mujeres.

A partir de esta reforma, es claro que la Ley de Salud se instituye para la salud de algunos y la muerte de otros. En esto consiste el derecho de una mujer y la negación de todos los derechos, empezando por la vida, del ser que lleva en su vientre. La decisión de destruir la vida queda sólo entre la paciente y el proveedor de salud, aunque se trate de la muerte de un ser humano.

No olvidemos que, en México, la Cámara de Diputados se encuentra considerando legislación para legalizar el aborto a demanda. El anteproyecto de ley fue propuesto por la diputada Lorena Villavicencio Ayala, que permitirá el aborto a demanda durante el primer trimestre del embarazo en casos de salud de la madre o disfunción fetal. La diputada Villavicencio aduce falsamente que México necesita legalizar el aborto para cumplir con la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer y con la Convención Interamericana sobre la Prevención, Sanción y Erradicación de la Violencia contra la Mujer “Convención Belém Do Pará”, a pesar del hecho de que no existe obligación internacional para legalizar el aborto. La Comisión de Derechos Humanos en el Congreso recientemente aprobó el anteproyecto de ley, mientras es procesado legislativamente.

Deseo recordar el principio de la primacía de la vida como fundamento normativo de toda política del Estado. En el fondo de este principio se encuentra el reconocimiento de que toda persona tiene derecho a la vida, generalmente entendida como un derecho a ser libre de violencia mortal, mutilación y tortura.

Un filósofo nos dice: “Los componentes de quienes están en el poder son demasiado débiles para poder vivir sorprendidos por el acontecimiento del ser y de forma especial por el acontecimiento de la identidad del hombre; se esconden en ese mundo abstracto en el que todo, incluidos el nacimiento y la muerte, representa un producto de la razón pura y de la razón ensimismada en ella, no conocen el don. En cambio, quien sabe mirar dentro del rostro del hombre conoce el don de la vida”. (Stanislav Griygiel. Para Mirar al Cielo. En: ¿Qué es la vida? A Scola, U. Cat. De Chile, 1999)

¿Qué es el hombre? ¿Qué pensador no se ha hecho esta pregunta? ¿No será que el hombre está hecho de tal manera que tiene necesidad de que otro lo defina, que le dé razón de su ser y de su destino? El Salmo 8,1 nos dice:
“Señor Dios nuestro, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?”

 

 

¿Una justicia sin vida?

Me permito recomendar la lectura del discurso del presidente de la Comunidad de San Egidio, Marco Impagliazzo, en el XI Congreso Internacional de Ministros de Justicia. Se publicó en ilfoglio.it con el título “No a la política de las emociones. ¿Por qué sigue siendo necesario luchar por la abolición de la pena de muerte?”

Una de las principales razones es que, en una sociedad donde el miedo y la frustración crecen, resulta indispensable una batalla absoluta por la vida, por toda vida. No se puede dejar llevar por el sentimentalismo, que exige soluciones radicales y rápidas, especialmente tras crímenes atroces, casi siempre ligados al terrorismo, al feminicidio o a violencias contra los más débiles.

Ciertamente, el panorama “de la violencia cotidiana sigue siendo sombrío. Las muertes violentas de tanta gente nos golpean. Es una herida, una cicatriz que desfigura a todas las sociedades, sin excepción”. Justamente por eso, es más importante aún el abolicionismo, “porque la lucha contra la pena de muerte priva en sí de toda legitimidad a cualquier muerte, homicidio, violencia y, sobre todo, a cualquier guerra, declarada o no declarada, justificada o no justificada”. Se trata, sin duda, de un mensaje cultural de máxima importancia. Porque “si ni siquiera en un proceso justo se puede condenar a muerte al culpable, entonces toda muerte violenta pierde sentido, no sirve de excusa ni, menos aún, de inevitabilidad”. No hay vida que no tenga valor. En cambio, ¿qué sentido tiene una justicia sin vida?

Enric Barrull Casals

 

 

Los Derechos Humanos en el mundo contemporáneo

El Papa Francisco enviaba un mensaje a los participantes en la Conferencia Internacional sobre los derechos humanos en el mundo, que tuvo legar en octubre en la Pontificia Universidad Gregoriana, cuando se cumplía el 70 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con la que la familia de las naciones quería reconocer la igual dignidad de cada persona humana, de la que se derivan derechos y libertades fundamentales. Observando con atención nuestras sociedades contemporáneas, encontramos numerosas contradicciones que llevan a preguntarnos si verdaderamente la igual dignidad de todos es reconocida, protegida y promovida en todas las circunstancias. Me parece inetersante que cada uno se responda a sí mismo.

Pedro García

 

 

Los mártires de Argelia

El pasado 8 de diciembre tuvo lugar la beatificación de 19 mártires en la ciudad argelina de Orán. Junto al entonces obispo de Orán, el francés Pierre Claverie, el grupo de mártires más conocido son los siete monjes trapenses de Thibirine, convertidos en icono de una presencia cristiana en medio del islam a la que está vetado anunciar explícitamente el Evangelio, pero que así y todo ofrece el testimonio más elocuente de amor a Dios y a los hombres a través de la caridad y la oración contemplativa. Para un pueblo profundamente religioso como el musulmán, su mensaje no pasó inadvertido, y sigue sembrando hoy la semilla del Evangelio desde la renacida comunidad de Thibirine en el Atlas de Marruecos, un país en la agenda inmediata de viajes del Papa Francisco. Me parece que mañana, día en el que los cristianos celebramos la Conversión de san Pablo, tengamos un recuerdo de estos mártires del siglo XX y por la Unidad de los Cristianos.

Jesús Domingo Martínez

 

CERCA DE LAS ESTRELLAS

 

            El hombre, que nunca tuvo alas salvo las que le produjo su imaginación, al amparo precisamente de ella: “QUISO VOLAR”. ¿Y qué es lo que consiguió?: efectivamente, consiguió mucho, mucho, pero generalmente todo cuanto consiguió lo hizo pensando en sí mismo más que en los demás; de ahí que las “mejores” (es un decir) máquinas y herramientas, siempre fuesen para dedicarlas a la guerra, mejor dicho, como armas para obtener un dominio mucho más perfecto, sobre otros hombres para que éstos, pasasen a su servicio y a ser posible con exclusividad. La última de ella es los ordenadores y “la ordenadomanía”, que más que ayudar al hombre, lo ha esclavizado y convertido en una marioneta que dirige el poder como le da la gana.

            Por ello, ese hombre y en general sólo progresa o ha progresado, en una sola línea, o sea, la exclusivamente material. Ha olvidado lo que de espiritual tiene el hombre y salvo excepciones muy contadas, el hombre ha sido dominado siempre por sus miedos, que son los que siempre le han impulsado a “atesorar excesivamente”, pues una cosa es guardar para las épocas en que se pueda necesitar, cosa que hacen las hormigas y las abejas, junto con otra infinidad de animales: y otra cosa muy diferente y perniciosa, la que suelen hacer muchos hombres,  atesorar de forma excesiva y lo que produce una penuria y miseria, de la que ya nos habla el sabio Pitágoras con su  consejo siguiente.

 

“No aspiréis jamás a la vanidad de ser ricos; contribuiríais a que hubiese más pobres”. 

           

            ¿Pero por qué ocurre ello y con tanta profusión a lo largo de toda la Historia que conocemos del hombre y sus civilizaciones? Pienso sinceramente, que por cuanto ese hombre siempre ha estado sólo y generalmente desvalido. Es por lo que debió pensar que en éste mundo era la fuerza lo principal y junto con ella o para dominar a la misma, era necesario el poder y en forma de dinero, tal y como hoy lo conocemos o como en otras épocas existió (oro, plata, piedras preciosas, ganado, sal, etc.): así se garantizaba una más cómoda y segura vida, si sabía mantener los resortes de ese poder, el que astutamente supo compartir con los elementos cercanos, que podrían hacerle “sombra”, o inccluso arrebatarle ese poder y bienestar antes mentados, el que de hecho le era arrebatado muchas veces y en base a la misma fuerza que él emplease.

Para conseguir ello, tuvo primero que compartir poder y dinero con los elementos fuertes de su entorno (clan, tribu, pueblo) y en detrimento de una mayoría dominada o sojuzgada por el tal (jefe, rey, caudillo) y es claro que igualmente tuvo que pactar  con él (o los) miembros destacados y que por sus artes ó “astucias”, decían estar y tener comunicación con los dioses o la deidad suprema; y es claro que a este o éstos elementos, tuvo que dotarles de bienes suficientes y un status al nivel que requiere aquel que es o se considera, como...  “el  enlace entre el hombre de esta tierra y los dioses del cielo o firmamento”.

            En resumidas cuentas, que entre los miedos de unos y las ignorancias de otros, es como siempre se ha mantenido el poder, puesto que el hombre o mujer, siempre han estado (y están) condicionados por esos miedos, que son muchos y variados y que sólo conocen (si es que los saben detectar) los propios individuos que los sufren. En el caso que hoy comento, o sea en el miedo a la impotencia de sobrevivir o subsistir, más o menos dignamente, el miedo que produce, se puede definir de la siguiente manera:

            “El miedo a no conseguir lo que se cree será necesario y suficiente a lo largo de la vida y una vez conseguido ello, el miedo a perder lo que ya se tiene conquistado”.

            Son, bajo mi particular apreciación, los dos miedos cruciales y que padece cualquier ser humano, lo sepa o no, pero pienso sinceramente que son instintivos.

            Y si he hablado de ese poder del que se cree “enviado de los dioses”, es por cuanto el ser humano y por rudimentario o inculto que sea, tiene temores y miedos a lo que sin entenderlo valora como superior a su propio ser, o sea el misterio de la divinidad (Dios, dioses, genios, espíritus, etc.) y en los que ha creído siempre, puesto que no se encuentra ningún pueblo o grupo humano, por salvaje que se le considere, que no tenga sus creencias religiosas, más o menos desarrolladas y en todas ellas existe “el eslabón”, que autorizado por “los dioses”, es quien pide bienes, dones, perdona faltas y pecados y concierta pactos, entre los hombres y las divinidades inferiores o el superior Creador. Y es claro que de ello ha vivido y sigue viviendo hoy mismo.

            Si analizamos el mundo que nos rodea hoy que estamos a las puertas del denominado “tercer milenio”; y nos trasladamos con la imaginación, hacia cualquier tiempo pasado donde el hombre se debatió con “sus miedos”, veremos que poco ha cambiado ese hombre y “sus miedos”; tampoco lo ha hecho en su fiereza y brutalidad, pues si bien existe “una especie de barniz”, que aparentemente lo protege (nos protege, puesto que entramos todos) llegados momentos decisivos de “otros miedos o pánicos”, la fiera que bulle dentro sale con la máxima fuerza destructiva y ocurren los hechos, que todos hemos visto muy recientemente en los actos execrables producidos en esas luchas intestinas de los países balcánicos[1] y otros muchos que en la actualidad o bastante recientemente, ocurre o han ocurrido y donde se demuestra la terrible definición de que:  “el hombre sigue siendo el lobo para el propio hombre, que ni el lobo lo es para su propia especie”.

            Necesario (pues) nuevas enseñanzas, nuevas leyes justas y que sean aplicadas a niveles internacionales y en definitiva, ir preparando a las nuevas generaciones, para que precisamente sean eso mismo... “nuevas y mejores”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y Filósofo)

www.jaen-ciudad.es (allí más temas)

Jaén: 11 Enero de 2000 (retocado hoy 27-12-2018)

 


[1] Creo no necesario recordar lo que ha ocurrido  (y siguen ocurriendo aunque en menor escala) en Bosnia, Kósovo, Serbia, etc. O lo que hoy mismo está pasando en alguna de las antes repúblicas soviéticas (Rusia y “sus satélites). También me podría  referir a lo que no hace mucho ocurriera en países centroamericanos (El Salvador, Guatemala, etc.) ó Africa, donde hay, hubo y habrá masacres incalificables por su virulencia y extensión. O más reciente y aquí mismo en algunos lugares de “la costa de Almería”, que aunque no sea equiparable a lo anterior, pero tiene su similitud por cuanto pasó y puede volver a ocurrir, si no se arbitran medidas lógicas y que eliminen los estados de violencia, que tapados por el momento, están ahí latentes y en espera de que “alguien o algo... prenda de nuevo  la mecha”.