Las Noticias de hoy 30 Enero 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 30 de enero de 2019  

Indice:

ROME REPORTS

Papa a la Rota Romana: Unidad y fidelidad, fundamentos del matrimonio y de la Iglesia

Papa: Mensaje a la IV Conferencia internacional “Por el equilibrio del mundo”

Las reflexiones del Papa sobre las tribulaciones en un libro

LA SIEMBRA Y LA COSECHA: Francisco Fernandez Carbajal

“No pongas el corazón en nada caduco”: San Josemaria

«Necesitamos multiplicar la esperanza»: Santo Padre a Panamá para la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud (23-28 de enero de 2019).

El prelado, en Costa Rica: «Cuando uno trabaja por Dios, todo es para su Gloria»

Vamos a contar mentiras: Alfonso Sánchez-Rey

Solo el amor salva: Ramiro Pellitero

El delito de blasfemia evoluciona sólo en occidente: Salvador Bernal

Miedo: Ángel Cabrero Ugarte

¿Por qué la Iglesia opina en temas sociales?: Luis-Fernando Valdés

¿Quiero que haya justicia: Ana Teresa López de Llergo

Lo mejor y lo peor de los humanos.: José Manuel Belmonte

Leche “Origen España”: Jesús Domingo

NUESTROS GLACIARES SE DERRITEN: Alfredo Palacios Dongo

El desierto espiritual: Suso do Madrid

La soledad, nueva enfermedad social: Enric Barrull Casals

Lo que Europa necesita son grandes valores: Pedro García

Discursos políticos “o cómo no decir nada”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

 

ROME REPORTS

 

 

Papa a la Rota Romana: Unidad y fidelidad, fundamentos del matrimonio y de la Iglesia

El matrimonio fue el centro del discurso del Papa a los miembros del Tribunal Apostólico de la Rota Romana con ocasión de la inauguración del año judicial.

María Cecilia Mutual - Ciudad del Vaticano

Los esposos que viven en la unidad y en  fidelidad reflejan bien la imagen y semejanza de Dios. Ésta es la Buena Noticia: que la fidelidad es posible, porque es un don tanto en los esposos como en los presbíteros: lo afirmó el Papa esta mañana hablando a los oficiales y abogados del Tribunal de la Rota Romana, recibidos en audiencia en la Sala Clementina con ocasión de la inauguración del Año Judicial.

Esta Buena Noticia  - ha señalado el Papa -  es la que debería hacer más fuerte y consoladora también el ministerio fiel y lleno de amor evangélico de obispos y sacerdotes.

Después de agradecer al Decano de la Rota Romana por sus palabras de saludo, el Papa expresó sus mejores deseos a todos los oficiales, abogados y colaboradores del Tribunal Apostólico de la Rota Romana por el Año Judicial que se inaugura.

Apoyo pastoral contra la sociedad secularizada

El discurso del Pontífice parte de la constatación de una sociedad siempre más secularizada, “que no favorece el crecimiento de la fe”, con la consecuencia de que los fieles encuentran dificultad para dar testimonio de un estilo de vida según el Evangelio. Y en este contexto Francisco señala la “necesidad de que la Iglesia actúe de manera acorde para ofrecer un apoyo espiritual y pastoral adecuado”.

Unidad y fidelidad

El Papa recuerda que, en el trabajo cotidiano al servicio del matrimonio cristiano, los integrantes del Tribunal apostólico tienen experiencia de los dos fundamentos principales del matrimonio y de la Iglesia misma: Unidad y fidelidad. “Dos valores importantes” dice el Santo Padre, que “no son necesarios solo entre los cónyuges sino en general en las relaciones interpersonales y aquellas sociales”. Y recuerda los “inconvenientes” que acarrean en ámbito civil, “las promesas no mantenidas” y “la infidelidad a la palabra dada”.

Acompañamiento permanente de la Iglesia a las familias

Los “valores irrenunciables y constitutivos”  de unidad y fidelidad, no sólo deben ser “ilustrados a los futuros esposos”  - precisa el Papa -sino que “necesitan una acción pastoral constante de parte de la Iglesia, especialmente de parte de “Obispos y sacerdotes para acompañar a la familia en las diversas etapas de su formación y desarrollo. En necesario – afirma Francisco – una triple preparación al matrimonio: remota, próxima y permanente.

Responsabilidad primaria de los pastores

Y en esta formación matrimonial “sujetos principales” son los “pastores”, con la necesaria participación de las “comunidades eclesiales en sus diversas componentes, “corresponsables de esta pastoral bajo la guía del Obispo” – prosigue el Papa.

Aquila y Priscila, cooperadores de la fecundidad de la Iglesia

Francisco cita a los santos esposos, Aquila y Priscila, colaboradores de San Pablo a quienes el apóstol llama con afecto “sinergoi”, por su colaboración plena con su trabajo.

“ Pidamos al Espíritu Santo que done también hoy a la Iglesia sacerdotes capaces de apreciar y valorizar los carismas de los esposos con fe firme y espíritu apostólico como Aquila y Priscila ”

El Santo Padre evidencia que aquellos esposos que viven el matrimonio “en unidad generosa y amor fiel” representan a su vez una valiosa ayuda pastoral para la Iglesia porque, asegura el Papa – “ofrecen a todos un ejemplo de verdadero amor y se transforman en testigos y cooperadores de la fecundidad de la Iglesia”.

Cuidado Pastoral

Francisco recuerda los diversos medios pastorales para el cuidado pastoral constante y permanente de la Iglesia para el bien del matrimonio y de la familia: el acercamiento a la Palabra de Dios, especialmente mediante la lectio divina, los encuentro de catequesis, la participación en la celebración de los Sacramentos, sobre todo la Eucaristía, el coloquio y la dirección espiritual, la participación a grupos familiares y de servicio caritativo.

 

Papa: Mensaje a la IV Conferencia internacional “Por el equilibrio del mundo”

Con ocasión de la Cuarta Conferencia internacional “Por el equilibrio del mundo”, que se celebra en La Habana, Cuba, del 28 al 31 de enero, el Santo Padre envió un mensaje a los participantes en el que les desea “que estos días de trabajo y reflexión den frutos de entendimiento y de diálogo en la consecución de una civilización cada vez más fraterna”

María Fernanda Bernasconi – Ciudad del Vaticano

Firmada en la Ciudad del Vaticano el 17 de enero, el Papa Francisco se dirige en su Mensaje a los delegados y participantes en la Conferencia Internacional “Por el equilibrio del mundo”, que se celebra en La Habana, en el marco de la conmemoración “de una fecha tan significativa para ese amado país, como es el natalicio de José Martí, y cuyo propósito es aunar voluntades que contribuyan, mediante un diálogo fecundo, a estrechar vínculos de fraternidad entre las naciones”.

Los hombres de bien deberían unirse en la pluralidad

El Obispo de Roma escribe que “es fácil constatar cómo los diversos acontecimientos ocurridos en el planeta han contribuido de forma significativa a que se ponga en peligro el equilibrio de la civilización actual”. Y añade que “por esta razón los hombres de bien deberían unirse y encontrarse en eventos de esta naturaleza, en un marco de pluralidad, para lograr una auténtica promoción humana”, sin olvidar que “quienes se empeñan en la defensa de la dignidad de las personas, pueden encontrar en la fe cristiana los argumentos más profundos para ese compromiso” (Carta encíclica Laudato si’, 65).

El ambiente humano y el ambiente natural van de la mano

El Santo Padre destaca que “el ambiente humano y el ambiente natural van de la mano y pueden degradarse juntos”. De ahí que no es posible “afrontar de forma adecuada la degradación ambiental si no comprendemos las causas que tienen que ver con la degradación humana y social” (cf. ibíd., 48). Razón por la cual el Pontífice recuerda que ya expresó – durante su visita pastoral a Cuba – que “debería cultivarse, sobre todo en los jóvenes, una cultura del encuentro mediante la promoción de una amistad social (cf. Saludo a los jóvenes, La Habana, 20 septiembre 2015), la cual nos aúna en un objetivo común de promoción de las personas”.

Buscar alternativas eficaces en torno al pensamiento de Martí

Por último, el Santo Padre los anima a buscar alternativas eficaces en torno al pensamiento de José Martí, “un hombre de luz”, como lo definió San Juan Pablo II durante su visita a Cuba (Encuentro con el mundo de la cultura, La Habana, 23 enero 1998).

Y manifiesta su deseo de que las enseñanzas “de ese maestro y escritor cubano resuenen dentro de nosotros y nos recuerden, con sus palabras, que ‘todos los árboles de la tierra se concentrarán al cabo en uno, que dará en lo eterno un suavísimo aroma: el árbol del amor, de tan robustas y copiosas ramas, que a su nombre se cobijarán sonrientes y en paz todos los hombres’” (Obras completas, vol. 5, 103).

 

 

Las reflexiones del Papa sobre las tribulaciones en un libro

El libro que hoy se publica en Italia, a cargo de los sacerdotes jesuitas Antonio Spadaro y Diego Fares, ha sido edito por l’Ancora y La Civiltà Cattolica, con el prefacio de Francisco

María Fernanda Bernasconi – Ciudad del Vaticano

Hoy se publica en Italia el libro titulado “Cartas de tribulación” de Jorge Mario Bergoglio, por la editorial L'Ancora, con el prefacio del Papa Francisco y la introducción del P. Antonio Spadaro, Director de La Civiltà Cattolica.

El volumen vuelve a proponer un texto inédito de 1987 de Jorge Mario Bergoglio sobre la “doctrina de la tribulación", publicado el pasado mes de mayo en la revista de los jesuita.

Recomiendo leerlas y rezar con ellas

“Siento – escribe Francisco – que el Señor me pide que comparta nuevamente las Cartas de la tribulación. Que las comparta con todos los que – en medio de la confusión que el padre de la mentira sabe sembrar en sus persecuciones – se sienten decididos a combatir bien, libres de aquel victimismo al que hemos sido tentados de rendirnos. Recomiendo leerlas y rezar con ellas. Estas cartas son – lo ha sido para muchos en aquellos momentos especiales – verdadera fuente de mansedumbre, valor y clara esperanza”.

Son palabras que Francisco considera fundamentales hoy para que la Iglesia sea capaz de afrontar tiempos de desolación, turbación y polémicas antievangélicas.

Al respecto cabe destacar que en 1987 el entonces padre Jorge Mario Bergoglio firmaba el prefacio de una recopilación de ocho cartas, escritas entre los años 1758 y 1831, por los sacerdotes Lorenzo Ricci y Jan Roothaan, los dos Prepósitos Generales que guiaron la Compañía de Jesús durante el período de la “gran tribulación” de la supresión de la Orden en 1773.

Hoy se vuelve a proponer este texto, cuya primera parte fue publicada por primera vez en italiano por La Civiltà Cattolica, incluyendo las cartas traducidas del latín.

El volumen contiene una guía a la lectura del padre Diego Fares. Las “Cartas de tribulación” representan un volumen epistolar que se ha ido formando a lo largo del tiempo, generado ante situaciones difíciles, y revela mucho sobre Francisco y su manera de tratar el tiempo de la desolación. Estas son las palabras que el Pontífice dice a la Iglesia hoy, repitiéndoselas a sí mismo en primer lugar.

 

 

LA SIEMBRA Y LA COSECHA

— Parábola del sembrador. Nosotros somos colaboradores del Señor. Dar doctrina. Las disposiciones de las almas pueden cambiar.

— Optimismo en el apostolado. El Señor permite que en muchas ocasiones no veamos los frutos. Paciencia y constancia. «Las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo».

— El fruto es siempre superior a la semilla que se pierde. Muchos de nuestros amigos están esperando que les hablemos de Cristo.

I. Salió el sembrador a sembrar su semilla, nos dice el Señor en el Evangelio1. El campo, el camino, los espinos y los pedregales recibieron la semilla: el sembrador siembra a voleo y la simiente cae en todas partes. Con esta parábola quiso declarar el señor que Él derrama en todos su gracia con mucha generosidad. Lo mismo que el labrador no distingue la tierra que pisa con sus pies, sino que arroja natural e indistintamente su semilla, así el Señor no distingue al pobre del rico, al sabio del ignorante, al tibio del fervoroso, al valiente del cobarde2. Dios siembra en todos; da a cada hombre las ayudas necesarias para su salvación.

En la oficina, en la empresa, en la farmacia, en la consulta, en el taller, en la tienda, en los hospitales, en el campo, en el teatro..., en todas partes, allí donde nos encontremos, podemos dar a conocer el mensaje del Señor. Él mismo es quien esparce la semilla en las almas y quien da a su tiempo el crecimiento. «Nosotros somos simples braceros, porque Dios es quien siembra»3. Somos colaboradores suyos y en su campo: Jesús, «por medio de los cristianos, prosigue su siembra divina. Cristo aprieta el trigo en sus manos llagadas, lo empapa con su sangre, lo limpia, lo purifica y lo arroja en el surco, que es el mundo»4, con infinita generosidad.

Nos toca preparar la tierra y sembrar en nombre del Señor de la tierra. No deberíamos desaprovechar ninguna ocasión de dar a conocer a nuestro Dios: viajes, descanso, trabajo, enfermedad, encuentros inesperados..., todo puede ser ocasión para sembrar en alguien la semilla que más tarde dará su fruto. El Señor nos envía a sembrar con largueza. No nos corresponde a nosotros hacer crecer la semilla; eso es propio del Señor5: que la semilla germine y llegue a dar los frutos deseados depende solo de Dios, de su gracia que nunca niega. Debemos recordar siempre «que los hombres no son más que instrumentos, de los que Dios se sirve para la salvación de las almas, y hay que procurar que estos instrumentos estén en buen estado para que Dios pueda utilizarlos»6. Gran responsabilidad la del que se sabe instrumento: estar en buen estado.

En todas partes cayó la semilla del sembrador: en el campo, en el camino, en los espinos, en los pedregales. «Y ¿qué razón tiene el sembrar sobre espinas, sobre piedras, sobre el camino? Tratándose de semilla y de tierra, ciertamente no tendría razón de ser, pues no es posible que la piedra se convierta en tierra, ni que el camino no sea camino, ni que las espinas dejen de ser tales; mas con las almas no es así. Porque es posible que la piedra se transforme en tierra buena, y que el camino no sea ya pisado ni permanezca abierto a todos los que pasan, sino que se torne campo fértil, y que las espinas desaparezcan y la semilla fructifique en ese terreno»7. No hay terrenos demasiado duros o baldíos para Dios. Nuestra oración y nuestra mortificación, si somos humildes y pacientes, pueden conseguir del Señor la gracia necesaria que transforme las condiciones interiores de las almas que queremos acercar a Dios.

II. Siempre es eficaz la labor en las almas. El Señor, de forma muchas veces insospechada, hace fructificar nuestros esfuerzos. Mis elegidos no trabajarán en vano8, nos ha prometido.

La misión apostólica unas veces es siembra, sin frutos visibles, y otras recolección de lo que otros sembraron con su palabra, o con su dolor desde la cama de un hospital, o con un trabajo escondido y monótono que permaneció inadvertido a los ojos humanos. En ambos casos, el Señor quiere que se alegren juntamente el sembrador y el segador9. El apostolado es tarea alegre y, a la vez, sacrificada: en la siembra y en la recolección.

La tarea apostólica es también labor paciente y constante. De la misma manera que el labriego sabe esperar días y más días hasta ver despuntar la simiente, y más aún hasta la recolección, así debemos hacer nosotros en nuestro empeño de acercar almas a Dios. El Evangelio y la propia experiencia nos enseñan que la gracia, de ordinario, necesita tiempo para fructificar en las almas. Sabemos también de la resistencia a la gracia en muchos corazones, como pudo suceder con el nuestro anteriormente. Nuestra ayuda a otros se manifestará entonces en una mayor paciencia –muy relacionada con la virtud de la fortaleza– y en una constancia sin desánimos. No intentemos arrancar el fruto antes de que esté maduro. «Y es esta paciencia la que nos impulsa a ser comprensivos con los demás, persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo»10.

La espera no se confunde con la dejadez ni con el abandono. Por el contrario, mueve a poner los medios más oportunos para aquella situación concreta en la que se encuentra esa persona a la que queremos ayudar: abundancia de la luz de la doctrina, más oración y alegría, espíritu de sacrificio, profundizar más en la amistad...

Y cuando la semilla parece que cae en terreno pedregoso o con espinos, y que tarda en llegar el fruto deseado, entonces hemos de rechazar cualquier sombra de pesimismo al ver que el trigo no aparece cuando queríamos. «A menudo os equivocáis cuando decís: “me he engañado con la educación de mis hijos”, o “no he sabido hacer el bien a mi alrededor”. Lo que sucede es que aún no habéis conseguido el resultado que pretendíais, que todavía no veis el fruto que hubierais deseado, porque la mies no está madura. Lo que importa es que hayáis sembrado, que hayáis dado a Dios a las almas. Cuando Dios quiera, esas almas volverán a Él. Puede que vosotros no estéis allí para verlo, pero habrá otros para recoger lo que habéis sembrado»11. Sobre todo estará Cristo, para quien nos hemos esforzado.

Trabajar cuando no se ven los frutos es un buen síntoma de fe y de rectitud de intención, buena señal de que verdaderamente estamos realizando una tarea solo para la gloria de Dios. «La fe es un requisito imprescindible en el apostolado, que muchas veces se manifiesta en la constancia para hablar de Dios, aunque tarden en venir los frutos.

»Si perseveramos, si insistimos bien convencidos de que el Señor lo quiere, también a tu alrededor, por todas partes, se apreciarán señales de una revolución cristiana: unos se entregarán, otros se tomarán en serio su vida interior, y otros –los más flojos– quedarán al menos alertados»12.

III. Otra semilla, en cambio, cayó en buena tierra y dio fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta.

Aunque una parte de la siembra se perdió porque cayó en mal terreno, la otra parte dio una cosecha imponente. La fertilidad de la buena tierra compensó con creces a la simiente que dejó de dar el fruto debido. No debemos olvidar nunca el optimismo radical que comporta el mensaje cristiano: el apostolado siempre da un fruto desproporcionado a los medios empleados. El Señor, si somos fieles, nos concederá ver, en la otra vida, todo el bien que produjo nuestra oración, las horas de trabajo que ofrecimos por otros, las conversaciones que sostuvimos con nuestros amigos, las horas de enfermedad ofrecidas, el resultado de aquel encuentro del que nunca más tuvimos noticias, los frutos de todo lo que aquí nos pareció un fracaso, a quiénes alcanzó aquella oración del Santo Rosario que rezamos cuando veníamos de la Facultad o de la oficina... Nada quedó sin fruto: una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El gran error del sembrador sería no echar la simiente por temor a que una parte cayera en lugar poco propicio para que fructificara: dejar de hablar de Cristo por temor a no saber sembrar bien la semilla, o a que alguno pueda interpretar mal nuestras palabras, o nos diga que no le interesan, o...

En el apostolado hemos de tener presente que Dios ya sabe que unas personas responderán a nuestra llamada, y otras no. Al hacer al hombre criatura libre, el Señor –en su Sabiduría infinita– contó con el riesgo de que usara mal su libertad: aceptó que algunos hombres no quisieran dar fruto; «cada alma es dueña de su destino, para bien o para mal (...). Siempre nos impresiona esta tremenda capacidad tuya y mía, de todos, que revela a la vez el signo de nuestra nobleza»13.

Dios se complace en los que corresponden voluntariamente a su gracia. Un alma que se decide libremente a aceptar sus gracias en lugar de rechazarlas, ¡cuánta gloria da a Dios!; una persona que se empeña en dar frutos de santidad con la ayuda divina en lugar de quedarse en la tibieza, ¡cuánto se complace Dios en ella!; pensemos cuánto le han agradado los santos, cuánto le ha glorificado la Santísima Virgen en el tiempo de su estancia en la tierra. Este ha de ser el fundamento de nuestro optimismo en el apostolado.

Dios nos podría haber creado sin libertad, de modo que le diéramos gloria como dan gloria los animales y las plantas, que se mueven por las leyes necesarias de su naturaleza, de sus instintos, sometidos a la servidumbre de unos estímulos externos o internos. Podríamos haber sido como animales más perfeccionados, pero sin libertad. Sin embargo, Dios nos ha querido crear libres para que, por amor, queramos reconocer nuestra dependencia de Él. Sepamos decir libremente, como la Virgen: He aquí la esclava del Señor14. Hacernos esclavos de Dios por amor compensa al Señor de todas las ofensas que otros pueden hacerle por utilizar mal la libertad.

Vivamos la alegría de la siembra, «cada uno según su posibilidad, facultad, carisma y ministerio. Todos, por consiguiente, los que siembran y los que siegan, los que plantan y los que riegan, han de ser necesariamente una sola cosa, a fin de que, “buscando unidos el mismo fin, libre y ordenadamente”, dediquen sus esfuerzos con unanimidad a la edificación de la Iglesia»15.

1 Mc 4, 1-20. — 2 Cfr. San Juan Crisóstomo Homilías sobre San Marcos, 44, 3. 3 San Agustín, Sermón 73, 3. — 4 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 157. — 5 Cfr. 1 Cor 3, 7. — 6 San Pío X, Enc. Haerent animo, 9. — 7 San Juan Crisóstomo, o. c., 44. — 8 Is 65, 23. — 9 Cfr. Jn 4, 36. — 10 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 78. — 11 G. Chevrot, El pozo de Sicar, Rialp, Madrid 1981, p. 267. — 12 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 207. — 13 Ídem, Amigos de Dios, 33. — 14 Lc 1, 38. — 15 Conc. Vat. II, Decr. Ad gentes, 28.

 

 

“No pongas el corazón en nada caduco”

No pongas el corazón en nada caduco: imita a Cristo, que se hizo pobre por nosotros, y no tenía dónde reclinar su cabeza. –Pídele que te conceda, en medio del mundo, un efectivo desasimiento, sin atenuantes. (Forja, 523)

Somos nosotros hombres de la calle, cristianos corrientes, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, y el Señor nos quiere santos, apostólicos, precisamente en medio de nuestro trabajo profesional, es decir, santificándonos en esa tarea, santificando esa tarea y ayudando a que los demás se santifiquen con esa tarea. Convenceos de que en ese ambiente os espera Dios, con solicitud de Padre, de Amigo; y pensad que con vuestro quehacer profesional realizado con responsabilidad, además de sosteneros económicamente, prestáis un servicio directísimo al desarrollo de la sociedad, aliviáis también las cargas de los demás y mantenéis tantas obras asistenciales -a nivel local y universal- en pro de los individuos y de los pueblos menos favorecidos.
Al comportarnos con normalidad -como nuestros iguales- y con sentido sobrenatural, no hacemos más que seguir el ejemplo de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Fijaos en que toda su vida está llena de naturalidad. Pasa seis lustros oculto, sin llamar la atención, como un trabajador más, y le conocen en su aldea como el hijo del carpintero. A lo largo de su vida pública, tampoco se advierte nada que desentone, por raro o por excéntrico. Se rodeaba de amigos, como cualquiera de sus conciudadanos, y en su porte no se diferenciaba de ellos. Tanto, que Judas, para señalarlo, necesita concertar un signo: aquel a quien yo besare, ése es. No había en Jesús ningún indicio extravagante. A mí, me emociona esta norma de conducta de nuestro Maestro, que pasa como uno más entre los hombres. (Amigos de Dios, nn. 120-121)

 

 

«Necesitamos multiplicar la esperanza»

Intervenciones del viaje apostólico del Santo Padre a Panamá para la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud (23-28 de enero de 2019).

De la Iglesia y del Papa28/01/2019

Miércoles, 23 de enero de 2019

9.35 Salida en avión desde Roma/Fiumicino hacia Panamá.

16.30 Llegada al Aeropuerto Internacional Tocumen de Panamá. Acogida oficial.

16.50 Transporte hacia la Nunciatura Apostólica.

Jueves, 24 de enero de 2019

9.45 Ceremonia de bienvenida en la entrada principal de la Presidencia de la República (Palacio de las Garzas).

10.00 Visita al presidente de la República en la Presidencia de la República (Palacio de las Garzas).

10.40 Encuentro con las autoridades, el cuerpo diplomático y representantes de la sociedad en el Palacio Bolívar.

11.15 Encuentro con los obispos centroamericanos en la iglesia de S. Francisco de Asís.

17.30 Ceremonia de acogida y apertura de la JMJ en el Campo Santa María la Antigua.

Viernes, 25 de enero de 2019

10.30 Liturgia penitencial con los jóvenes privados de libertad en el Centro de Cumplimiento de Menores (Las Garzas de Pacora).

11.50 Transporte en helicóptero a la Nunciatura Apostólica.

17.30 Vía Crucis con los jóvenes en el Campo Santa María la Antigua.

Sábado, 26 de enero de 2019

9.15 Santa Misa con la dedicación del altar de la Catedral Basílica de Santa María la Antigua con los Sacerdotes, los Consagrados y los Movimientos Laicales.

12.15 Comida con los jóvenes en el Seminario Mayor San José.

18.30 Vigilia con los jóvenes en el Campo San Juan Pablo II.

Domingo, 27 de enero de 2019

8.00 Santa Misa para la Jornada Mundial de la Juventud en el Campo San Juan Pablo II.

10.45 Visita a la casa hogar Buen Samaritano. Ángelus.

16.30 Encuentro con los voluntarios de la JMJ en el Estadio Rommel Fernández.

18.00 Ceremonia de despedida en el Aeropuerto Internacional Tocumen de Panamá.

18.15 Salida en avión hacia Roma.


Encuentro con las autoridades, el cuerpo diplomático y representantes de la sociedad

Señor Presidente,
Señora Vicepresidente,
Distinguidas autoridades,
Señoras y señores:

Le agradezco señor Presidente sus palabras de bienvenida y su amable invitación a visitar esta nación. En su persona quiero saludar y agradecer a todo el pueblo panameño que, desde Darién hasta Chiriquí y Bocas del Toro, han realizado un esfuerzo invalorable para acoger a tantos jóvenes provenientes de todas partes del mundo. Gracias por abrirnos las puertas de la casa.

 

Comienzo mi peregrinación en este histórico recinto donde Simón Bolívar – como lo acaba de recordar el señor Presidente - afirmó que «si el mundo hubiese de elegir su capital, el istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino», y convocó a los líderes de su tiempo para forjar el sueño de la unificación de la Patria Grande. Convocatoria que nos ayuda a comprender que nuestros pueblos son capaces de crear, forjar y, sobre todo, soñar una patria grande que sepa y pueda albergar, respetar y abrazar la riqueza multicultural de cada pueblo y cultura. Siguiendo esta inspiración podemos contemplar a Panamá como tierra de convocatoria y como tierra de sueños.

1. Panamá es tierra de convocatoria

Así lo transparentó el Congreso Anfictiónico, y así también lo transparenta hoy el desembarco de miles de jóvenes que traen consigo el deseo y las ganas de encontrarse y celebrar.

Vuestro País, por su privilegiada ubicación, se vuelve un enclave estratégico no solo para la región sino para el mundo entero. Puente entre océanos y tierra natural de encuentros, Panamá, el país más angosto de todo el continente americano, es símbolo de la sustentabilidad que nace de la capacidad de crear vínculos y alianzas. Esta capacidad configura el corazón del pueblo panameño.

Cada uno de ustedes ocupa un lugar especial en la construcción de la nación y está llamado a velar para que esta tierra pueda cumplir su vocación de ser tierra de convocatorias y encuentros; esto implica la decisión, el compromiso y el trabajo cotidiano para que todos los habitantes de este suelo tengan la oportunidad de sentirse actores de su destino, del de sus familias y de la nación toda. Es imposible pensar el futuro de una sociedad sin la participación activa ―y no solo nominal― de cada uno de sus miembros, de tal modo que la dignidad se vea reconocida y garantizada en el acceso a la educación de calidad y en la promoción de trabajos dignos. Ambas realidades tienen la fuerza de ayudar a reconocer y valorar la genialidad y el dinamismo creador de este pueblo y a su vez, son el mejor antídoto ante cualquier tipo de tutelaje que pretenda recortar la libertad y someta o saltee la dignidad ciudadana, especialmente la de los más pobres.

La genialidad de estas tierras está marcada por la riqueza de sus pueblos originarios: bribri, buglé, emberá, kuna, nasoteribe, ngäbe y waunana, que tanto tienen que decir y recordar desde su cultura y visión del mundo: a ellos mi saludo, mi reconocimiento. Y no deja de ser un signo esperanzador el hecho de que esta Jornada Mundial de la Juventud haya comenzado una semana atrás con la Jornada de los jóvenes de los pueblos indígenas y la Jornada de los jóvenes de descendencia africana. Los saludo desde aquí y les agradezco que hayan dado este primer paso de esta Jornada Mundial de la Juventud. Ser tierra de convocatorias supone celebrar, reconocer y escuchar lo específico de cada uno de estos pueblos y de todos los hombres y mujeres que conforman el rostro panameño y animarse a entretejer un futuro esperanzador, porque solo se es capaz de defender el bien común por encima de los intereses de unos pocos o para unos pocos cuando existe la firme decisión de compartir con justicia los propios bienes.

Las nuevas generaciones, desde su alegría y entusiasmo, desde su libertad, sensibilidad y capacidad crítica reclaman de los adultos, pero especialmente de todos aquellos que tienen una función de liderazgo en la vida pública, llevar una vida conforme a la dignidad y autoridad que revisten y que les ha sido confiada. Es una invitación a vivir con austeridad y transparencia, en la responsabilidad concreta por los demás y por el mundo; una invitación a llevar una vida que demuestre que el servicio público es sinónimo de honestidad y justicia, y antónimo de cualquier forma de corrupción. Ellos reclaman un compromiso, en el que todos ―comenzando por quienes nos llamamos cristianos― tengamos la osadía de construir «una política auténticamente humana» (Const. past. Gaudium et spes, 73) que ponga a la persona en el centro como corazón de todo; lo cual impulsa a crear una cultura de mayor transparencia entre los gobiernos, el sector privado y la población toda, como reza esa hermosa oración que ustedes tienen por la patria: «Danos el pan de cada día: que lo podamos comer en casa propia y en salud digna de seres humanos».

2. Además de tierra de convocatoria, Panamá es tierra de sueños

En estos días Panamá no solo será recordada como centro regional o punto estratégico para el comercio o el tránsito de personas; se convertirá en un “hub” de la esperanza. Punto de encuentro donde jóvenes provenientes de los cinco continentes, cargados de sueños y esperanzas, celebrarán, se encontrarán, rezarán y reavivarán el deseo y su compromiso por crear un mundo más humano. Así desafiarán las miopes miradas cortoplacistas que, seducidas por la resignación, por la avidez, o presas del paradigma tecnocrático, creen que el único camino posible se transita en el «juego de la competitividad, [de la especulación] y de la ley del más fuerte donde el poderoso se come al más débil» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 53), cerrando el mañana a una nueva imaginación de la humanidad. Al hospedar los sueños de estos jóvenes, hoy Panamá se vuelve tierra de sueños que desafía tantas certezas de nuestro tiempo y genera horizontes vitales que señalan una nueva espesura al caminar con una nueva mirada respetuosa y llena de compasión por los otros. Durante este tiempo seremos testigos de la apertura de nuevos canales de comunicación y de entendimiento, de solidaridad, de creatividad y ayuda mutua; canales de medida humana que impulsen el compromiso, rompan el anonimato y el aislamiento en vistas a una nueva manera de construir la historia.

Otro mundo es posible, lo sabemos y los jóvenes nos invitan a involucrarnos en su construcción para que los sueños no queden en algo efímero o etéreo, para que impulsen un pacto social en el que todos puedan tener la oportunidad de soñar un mañana: el derecho al futuro también es un derecho humano.

En este horizonte parecieran tomar cuerpo las palabras de Ricardo Miró que, al cantarle al terruño de sus amores, decía: «Porque viéndote, Patria, se dijera /que te formó la voluntad divina/ para que bajo el sol que te ilumina /se uniera en ti la Humanidad entera» (Patria de mis amores).

Les renuevo mi agradecimiento por todo lo que han hecho especialmente usted, señor Presidente - para que este encuentro sea posible y expreso a usted, nuevamente señor Presidente, a todos los aquí presentes, y a quienes siguen por los medios de comunicación, mis mejores deseos de un renovada esperanza y alegría en el servicio al bien común.

Que Santa María la Antigua bendiga y proteja a Panamá.


Encuentro con los obispos centroamericanos

Queridos hermanos:

Gracias Mons. José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador, por las palabras de bienvenida que me dirigió en nombre de todos. De los cuales aquí presente encuentro amigos de travesuras juveniles. El buen ladrón se ríe. Me alegra poder encontrarlos y compartir de manera más familiar y directa sus anhelos, proyectos e ilusiones de pastores a quienes el Señor confió el cuidado de su pueblo santo. Gracias por la fraterna acogida.

 

Poder encontrarme con ustedes es también “regalarme” la oportunidad de poder abrazar y sentirme más cerca de vuestros pueblos, poder hacer míos sus anhelos, también sus desánimos y, sobre todo, esa fe “corajuda” que sabe alentar la esperanza y agilizar la caridad. Gracias por permitirme acercarme a esa fe probada pero sencilla del rostro pobre de vuestra gente que sabe que «Dios está presente, no duerme, está activo, observa y ayuda» (S. Óscar Romero, Homilía, 16 diciembre 1979).

Este encuentro nos recuerda un evento eclesial de gran relevancia. Los pastores de esta región fueron los primeros que crearon en América un organismo de comunión y participación que ha dado —y sigue dando todavía— abundantes frutos. Me refiero al Secretariado Episcopal de América Central (SEDAC). Un espacio de comunión, de discernimiento y de compromiso que nutre, revitaliza y enriquece vuestras Iglesias. Pastores que supieron adelantarse y dar un signo que, lejos de ser un elemento solamente programático, indicó cómo el futuro de América Central —y de cualquier región en el mundo— pasa necesariamente por la lucidez y capacidad que se tenga para ampliar la mirada, unir esfuerzos en un trabajo paciente y generoso de escucha, comprensión, dedicación y entrega, y poder así discernir los horizontes nuevos a los que el Espíritu nos está llevando [1] (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 235).

En estos 75 años desde su fundación, el SEDAC se ha esforzado por compartir las alegrías y tristezas, las luchas y las esperanzas de los pueblos de Centroamérica, cuya historia se entrelazó y forjó con la historia de vuestra gente. Muchos hombres y mujeres, sacerdotes, consagrados, consagradas y laicos, han ofrecido su vida hasta derramar su sangre por mantener viva la voz profética de la Iglesia frente a la injusticia, el empobrecimiento de tantas personas y el abuso de poder. Recuerdo que siendo cura joven, el apellido de algunos de ustedes era mala palabra. La constancia de ustedes mostró el camino, gracias.

Ellos nos recuerdan que «quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 107). Y esto, no como limosna sino como vocación.

Entre esos frutos proféticos de la Iglesia en Centroamérica me alegra destacar la figura de San Óscar Romero, a quien tuve el privilegio de canonizar recientemente en el contexto del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes. Su vida y enseñanza son fuente de inspiración para nuestras Iglesias y, de modo particular, para nosotros obispos. Él también fue mala palabra. Sospechado, excomulgado en los cuchicheos privados de tantos obispos.

El lema que escogió para su escudo episcopal y que preside su lápida expresa de manera clara su principio inspirador y lo que fue su vida de pastor: “Sentir con la Iglesia”. Brújula que marcó su vida en fidelidad, incluso en los momentos más turbulentos.

Este es un legado que puede transformarse en testimonio activo y vivificante para nosotros, también llamados a la entrega martirial en el servicio cotidiano de nuestros pueblos, y en este legado me gustaría basarme para esta reflexión, sentir con la Iglesia, reflexión que quiero compartir con ustedes. Sé que entre nosotros hay personas que lo conocieron de primera mano —como el Cardenal Rosa Chávez, a quien el Cardenal Quarracino me dijo que era candidato al premio Nóbel de fidelidad. Así que, Eminencia, si considera que me equivoco con alguna apreciación me puede corregir, no hay problema. Apelar a la figura de Romero es apelar a la santidad y al carácter profético que vive en el ADN de vuestras Iglesias particulares.

Sentir con la Iglesia

1. Reconocimiento y gratitud

Cuando San Ignacio propone las reglas para sentir con la Iglesia, perdonen la publicidad, busca ayudar al ejercitante a superar cualquier tipo de falsas dicotomías o antagonismos que reduzcan la vida del Espíritu a la habitual tentación de acomodar la Palabra de Dios al propio interés. Y así posibilita al ejercitante la gracia de sentirse y saberse parte de un cuerpo apostólico más grande que él mismo y, a la vez, con la consciencia real de sus fuerzas y posibilidades: ni débil ni selectivo o temerario. Sentirse parte de un todo, que será siempre más que la suma de las partes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 235) y que está hermanado por una Presencia que siempre lo va a superar (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 8).

De ahí que me gustaría centrar este primer Sentir con la Iglesia, de la mano de San Óscar, como acción de gracias, o sea gratitud por tanto bien recibido, no merecido. Romero pudo sintonizar y aprender a vivir la Iglesia porque amaba entrañablemente a quien lo había engendrado en la fe. Sin este amor de entrañas será muy difícil comprender su historia y su conversión, ya que fue este mismo amor el que lo guió hasta la entrega martirial; ese amor que nace de acoger un don totalmente gratuito, que no nos pertenece y que nos libera de toda pretensión y tentación de creernos sus propietarios o únicos intérpretes. No hemos inventado la Iglesia, ella no nace con nosotros y seguirá sin nosotros. Tal actitud, lejos de abandonarnos a la desidia, despierta una insondable e inimaginable gratitud que lo nutre todo. El martirio no es sinónimo de pusilanimidad o de la actitud de alguien que no ama la vida y no sabe reconocer el valor que tiene. Al contrario, el mártir es aquel que es capaz de darle carne y hacer vida esta acción de gracias.

Romero sintió con la Iglesia porque, en primer lugar, amó a la Iglesia como madre que lo engendró en la fe y se sintió miembro y parte de ella.

2. Un amor con sabor a pueblo

Este amor, adhesión y gratitud, lo llevó a abrazar con pasión, pero también con dedicación y estudio, todo el aporte y renovación magisterial que el Concilio Vaticano II proponía. Allí encontraba la mano segura en el seguimiento de Cristo. No fue un ideólogo ni ideológico; su actuar nació de una compenetración con los documentos conciliares. Iluminado desde este horizonte eclesial, sentir con la Iglesia es para Romero contemplarla como Pueblo de Dios. Porque el Señor no quiso salvarnos aisladamente sin conexión, sino que quiso constituir un pueblo que lo confesara en la verdad y lo sirviera santamente (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 9). Todo un Pueblo que posee, custodia y celebra la «unción del Santo» (ibíd., 12) y ante el cual Romero se ponía a la escucha para no rechazar Su inspiración (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 16 julio 1978). Así nos muestra que el pastor, para buscar y encontrarse con el Señor, debe aprender y escuchar los latidos de su pueblo, percibir “el olor” de los hombres y mujeres de hoy hasta quedar impregnado de sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias (cf. Const. past. Gaudium et spes, 1) y así escudriñar la Palabra de Dios (cf. Const. dogm. Dei Verbum, 13). Escucha del pueblo que le fue confiado, hasta respirar y descubrir a través de él la voluntad de Dios que nos llama (cf. Discurso durante el encuentro para la familia, 4 octubre 2014). Sin dicotomías o falsos antagonismos, porque solo el amor de Dios es capaz de integrar todos nuestros amores en un mismo sentir y mirar.

Para él, en definitiva, sentir con la Iglesia es tomar parte en la gloria de la Iglesia, que es llevar en sus entrañas toda la kénosis de Cristo. En la Iglesia Cristo vive entre nosotros y por eso tiene que ser humilde y pobre, ya que una Iglesia altanera, una Iglesia llena de orgullo, una Iglesia autosuficiente, no es la Iglesia de la kénosis (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 1 octubre 1978).

3. Llevar en las entrañas la kénosis de Cristo

Esta no es solo la gloria de la Iglesia, sino también una vocación, una invitación para que sea nuestra gloria personal y camino de santidad. La kénosis de Cristo no es cosa del pasado sino garantía presente para sentir y descubrir su presencia actuante en la historia. Presencia que no podemos ni queremos callar porque sabemos y hemos experimentado que solo Él es “Camino, Verdad y Vida”. La kénosis de Cristo nos recuerda que Dios salva en la historia, en la vida de cada hombre, que esta es también su propia historia y allí nos sale al encuentro (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 7 diciembre 1978).

Es importante, hermanos, que no tengamos miedo de tocar y de acercarnos a las heridas de nuestra gente, que también son nuestras heridas, y esto hacerlo al estilo del Señor. El pastor no puede estar lejos del sufrimiento de su pueblo; es más, podríamos decir que el corazón del pastor se mide por su capacidad de dejarse conmover frente a tantas vidas dolidas y amenazadas. Hacerlo al estilo del Señor significa dejar que ese sufrimiento golpee y marque nuestras prioridades y nuestros gustos, golpee y marque el uso del tiempo y del dinero e incluso la forma de rezar, para poder ungirlo todo y a todos con el consuelo de la amistad de Jesucristo en una comunidad de fe que contenga y abra un horizonte siempre nuevo que dé sentido y esperanza a la vida (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49). La kénosis de Cristo implica abandonar la virtualidad de la existencia y de los discursos para escuchar el ruido y la cantinela de gente real que nos desafía a crear lazos. Y permítanme decirlo: las redes sirven para crear vínculos pero no raíces, son incapaces de darnos pertenencia, de hacernos sentir parte de un mismo pueblo. Sin este sentir, todas nuestras palabras, reuniones, encuentros, escritos serán signo de una fe que no ha sabido acompañar la kénosis del Señor, una fe que se quedó a mitad de camino.

Recuerdo un pensador latinoamericano: Así se termina siendo un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia y una Iglesia sin pueblo.

La kénosis de Cristo es joven

Esta Jornada Mundial de la Juventud es una oportunidad única para salir al encuentro y acercarse aún más a la realidad de nuestros jóvenes, llena de esperanzas y deseos, pero también hondamente marcada por tantas heridas. Con ellos podremos leer de modo renovado nuestra época y reconocer los signos de los tiempos porque, como afirmaron los padres sinodales, los jóvenes son uno de los “lugares teológicos” en los que el Señor nos da a conocer algunas de sus expectativas y desafíos para construir el mañana (cf. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc. final, 64). Con ellos podremos visualizar cómo hacer más visible y creíble el Evangelio en el mundo que nos toca vivir; ellos son como termómetro para saber dónde estamos como comunidad y sociedad.

Ellos portan consigo una inquietud que debemos valorar, respetar, acompañar, y que tanto bien nos hace a todos porque desinstala y nos recuerda que el pastor nunca deja de ser discípulo y siempre está en camino. Esa sana inquietud nos pone en movimiento y nos primerea. Así lo recordaron los padres sinodales al decir: «los jóvenes, en ciertos aspectos, van por delante de los pastores» (ibíd., 66). Un pastor en relación a su rebaño no siempre va adelante, por momentos tiene que ir adelante para guiar, por momentos tienen que ir en el medio para olfatear lo que pasa, por momentos atrás, para custodiar a los últimos y no dejar que sea material descartable.

Nos tiene que llenar de alegría comprobar cómo la siembra no ha caído en saco roto. Muchas de esas inquietudes e intuiciones de los jóvenes han crecido en el seno familiar alimentadas por alguna abuela o catequista.

Hablando de las abuelas. Esta la segunda vez que la veo. La vi ayer y la vi hoy: una viejita así, flacucha. De mi edad o más, todavía con una mitra. Se había puesto una mitra con cartón y un cartel que decía: "Santidad, las abuelas también hacemos lío". Una maravilla de pueblo.

Y los jóvenes aprendieron en la parroquia, en la pastoral educativa o juvenil. Inquietudes que crecieron en una escucha del Evangelio y en comunidades con fe viva y ferviente que encuentra tierra donde germinar. ¡Cómo no agradecer tener jóvenes inquietos por el Evangelio! Por supuesto que cansa, por supuesto que a veces molesta. Se me viene el pensamiento y la frase que decía un filósofo griego de sí mismo, yo la digo de los jóvenes: "Son como un tábano sobre el lomo de un noble caballo". Para que no se duerman, caballos somos nosotros.

Esta realidad nos estimula a un mayor compromiso para ayudarlos a crecer ofreciéndoles más y mejores espacios que los engendren al sueño de Dios. La Iglesia por naturaleza es Madre y como tal engendra e incuba vida protegiéndola de todo aquello que amenace su desarrollo. Gestación en libertad y para la libertad. Los exhorto pues, a promover programas y centros educativos que sepan acompañar, sostener y potenciar a sus jóvenes; por favor “róbenselos” a la calle antes de que sea la cultura de muerte la que, “vendiéndoles humo” y mágicas soluciones se apodere y aproveche de su inquietud y de su imaginación. Y háganlo no con paternalismo, que no lo toleran, no de arriba a abajo, porque eso no es lo que el Señor nos pide, sino como padres, como hermanos a hermanos. Ellos son rostro de Cristo para nosotros y a Cristo no podemos llegar de arriba a abajo, sino de abajo a arriba (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 2 septiembre 1979).

Son muchos los jóvenes que dolorosamente han sido seducidos con respuestas inmediatas que hipotecan la vida. Hay tantos otros a quienes se les ha dado una ilusión cortoplacista en algunos movimientos, se hacen los pelagianos o suficiente de sí mismos y quedan abandonados a mitad de camino.

Nos decían los padres sinodales: por constricción o falta de alternativas se encuentran sumergidos en situaciones altamente conflictivas y de no rápida solución: violencia doméstica, feminicidios —qué plaga que vive nuestro continente en este sentido—, bandas armadas y criminales, tráfico de droga, explotación sexual de menores y de no tan menores, etc., y duele constatar que en la raíz de muchas de estas situaciones se encuentra una experiencia de orfandad fruto de una cultura y una sociedad que se fue “desmadrando”. Sin madre, los dejó huérfanos.

Hogares resquebrajados tantas veces por un sistema económico que no tiene como prioridad las personas y el bien común y que hizo de la especulación “su paraíso” desde donde seguir “engordando” sin importar a costa de quién. Así nuestros jóvenes sin hogar, sin familia, sin comunidad, sin pertenencia, quedan a la intemperie del primer estafador.

No nos olvidemos que «el verdadero dolor que sale del hombre, pertenece en primer lugar a Dios» (Georges Bernanos, Diario de un cura rural, 74). No separemos lo que Él ha querido unir en su Hijo. El mañana exige respetar el presente dignificando y empeñándose en valorar las culturas de vuestros pueblos. En esto también se juega la dignidad: en la autoestima cultural. Vuestros pueblos no son el “patio trasero” de la sociedad ni de nadie. Tienen una historia rica que ha de ser asumida, valorada y alentada. Las semillas del Reino fueron plantadas en estas tierras. Estamos obligados a reconocerlas, cuidarlas y custodiarlas para que nada de lo bueno que Dios plantó se seque por intereses espurios que por doquier siembran corrupción y crecen con la expoliación de lo más pobres. Cuidar las raíces es cuidar el rico patrimonio histórico, cultural y espiritual que esta tierra durante siglos ha sabido “mestizar”. Empéñense y levanten la voz contra la desertificación cultural y espiritual de vuestros pueblos, que provoca una indigencia radical ya que deja sin esa indispensable inmunidad vital que sostiene la dignidad en los momentos de mayor dificultad.

Los felicito por la iniciativa de que esta Jornada Mundial de la Juventud haya comenzando con la Jornada de la Juventud Indígena en David y con la Jornada de la Juventud de origen africano. Es un primer paso para hacer ver ese plurifacetismo de nuestros pueblos.

En la última carta pastoral, ustedes afirmaban: «Últimamente nuestra región ha sido impactada por la migración hecha de manera nueva, por ser masiva y organizada, y que ha puesto en evidencia los motivos que hacen una migración forzada y los peligros que conlleva para la dignidad de la persona humana» (SEDAC, Mensaje al Pueblo de Dios y a todas las personas de buena voluntad, 30 noviembre 2018).

Muchos de los migrantes tienen rostro joven, buscan un bien mayor para sus familias, no temen arriesgar y dejar todo con tal de ofrecer el mínimo de condiciones que garanticen un futuro mejor. En esto no basta solo la denuncia, sino que debemos también anunciar concretamente una “buena noticia”. La Iglesia, gracias a su universalidad, puede ofrecer esa hospitalidad fraterna y acogedora para que las comunidades de origen y las de destino dialoguen y contribuyan a superar miedos y recelos, y consoliden los lazos que las migraciones, en el imaginario colectivo, amenazan con romper. “Acoger, proteger, promover e integrar” a los pueblos pueden ser los cuatro verbos con los que la Iglesia, en esta situación migratoria, conjugue su maternidad en el hoy de la historia (cf. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc. final, 147).

El Vicario General de París, Mons. Benoit, acaba de sacar un libro que tiene como subtítulo "Acoger a los migrantes", un llamado al coraje. Una joya ese libro. Él está aquí en la jornada.

Todos los esfuerzos que puedan realizar tendiendo puentes entre comunidades eclesiales, parroquiales, diocesanas, así como por medio de las conferencias episcopales serán un gesto profético de la Iglesia que en Cristo es «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Const. dogm. Lumen gentium, 1). Así la tentación de quedarnos en la sola denuncia se disipa y se hace anuncio de la Vida nueva que el Señor nos regala.

Recordemos la exhortación de San Juan: «Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3,17-18).

Todas estas situaciones plantean preguntas, son situaciones que nos llaman a la conversión, a la solidaridad y a una acción educativa incisiva en nuestras comunidades. No podemos quedar indiferentes (cf. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc. final, 41-44). El mundo descarta, el espíritu del mundo descarta, lo sabemos y padecemos; la kénosis de Cristo no, la hemos experimentado y la seguimos experimentando en propia carne por el perdón y la conversión. Esta tensión nos obliga a preguntarnos continuamente: ¿dónde queremos pararnos?

La kénosis de Cristo es sacerdotal

Es conocida la amistad y el impacto que generó el asesinato del P. Rutilio Grande en la vida de Mons. Romero. Fue un acontecimiento que marcó a fuego su corazón de hombre, sacerdote y pastor. Romero no era un administrador de recursos humanos, no gestionaba personas ni organizaciones, Romero sentía con amor de padre, amigo y hermano. Una vara un poco alta, pero vara al fin para evaluar nuestro corazón episcopal, una vara ante la cual podemos preguntarnos: ¿Cuánto me afecta la vida de mis curas? ¿Cuánto soy capaz de dejarme impactar por lo que viven, por llorar sus dolores, así como festejar y alegrarme con sus alegrías? El funcionalismo y clericalismo eclesial —tan tristemente extendido, que representa una caricatura y una perversión del ministerio— empieza a medirse por estas preguntas. No es cuestión de cambios de estilos, maneras o lenguajes —todo importante ciertamente— sino sobre todo es cuestión de impacto y capacidad de que nuestras agendas episcopales tengan espacio para recibir, acompañar y sostener a nuestros curas, tengan “espacio real” para ocuparnos de ellos. Eso hace de nosotros padres fecundos.

En ellos normalmente recae de modo especial la responsabilidad de que este pueblo sea el pueblo de Dios. Ellos están en la línea de fuego. Ellos llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12), están expuestos a un sinfín de situaciones diarias que los pueden dejar más vulnerables y, por tanto, necesitan también de nuestra cercanía, de nuestra comprensión y aliento, ellos necesitan de nuestra paternidad. El resultado del trabajo pastoral, la evangelización en la Iglesia y la misión no se basa en la riqueza de los medios y recursos materiales, ni en la cantidad de eventos o actividades que realicemos sino en la centralidad de la compasión: uno de los grandes distintivos que como Iglesia podemos ofrecer a nuestros hermanos.

Me preocupa cómo la compasión ha perdido centralidad en la Iglesia o se está perdiendo para no ser tan pesimista, incluso en medios de comunicación católicos la compasión no está. Existe la condena, el enseñamiento, la valoración de sí mismo, la denuncia de la herejía. Que no se pierda en nuestra iglesia la compasión y que no se pierda en el obispo la centralidad de la compasión.

La kénosis de Cristo es la expresión máxima de la compasión del Padre. La Iglesia de Cristo es la Iglesia de la compasión, y eso empieza por casa. Siempre es bueno preguntarnos como pastores: ¿Cuánto impacta en mí la vida de mis sacerdotes? ¿Soy capaz de ser padre o me consuelo con ser mero ejecutor? ¿Me dejo incomodar? Recuerdo las palabras de Benedicto XVI al inicio de su pontificado hablándole a sus compatriotas: «Cristo no nos ha prometido una vida cómoda. Quien busca la comodidad con Él se ha equivocado de camino. Él nos muestra la senda que lleva hacia las cosas grandes, hacia el bien, hacia una vida humana auténtica» (Benedicto XVI, Discurso a los peregrinos alemanes, 25 abril 2005).

El obispo tiene que crecer todos los días en la capacidad de dejarse incomodar, ser vulnerable a su pueblo. Estoy pensando en uno, de una diócesis grande, muy trabajador. Tenía audiencia en las mañanas. Era bastante frecuente que no veía la hora de ir a comer y había los curas que lo estaban allí esperando, así que volvía atrás y los atendía. Dejarse incomodar y dejar que el fideo se pase y la chuleta se enfríe. Dejarse incomodar por los curas.

Sabemos que nuestra labor, en las visitas y encuentros que realizamos ―sobre todo en las parroquias― tiene una dimensión y componente administrativo que es necesario desarrollar. Asegurar que se haga, sí, pero eso no es ni será sinónimo de que seamos nosotros quienes tengamos que utilizar el escaso tiempo en tareas administrativas. En las visitas, lo fundamental y lo que no podemos delegar es “el oído”. Hay muchas cosas que hacemos a diario que deberíamos confiarlas a otros. Lo que no podemos encomendar, en cambio, es la capacidad de escuchar, la capacidad de seguir la salud y vida de nuestros sacerdotes. No podemos delegar en otros la puerta abierta para ellos. Puerta abierta que cree condiciones que posibiliten la confianza más que el miedo, la sinceridad más que la hipocresía, el intercambio franco y respetuoso más que el monólogo disciplinador.

Recuerdo esas palabras del Beato Rosmini, acusado de hereje, hoy beato: «No hay duda de que solo los grandes hombres pueden formar a otros grandes hombres […]. En los primeros siglos, la casa del obispo era el seminario de los sacerdotes y diáconos. La presencia y la vida santa de su prelado, resultaba ser una lección candente, continua, sublime, en la que se aprendía conjuntamente la teoría en sus doctas palabras y la práctica en asiduas ocupaciones pastorales. Y así se veía crecer a los jóvenes Atanasios junto a los Alejandros» (Antonio Rosmini, Las cinco llagas de la santa Iglesia, 63).

Es importante que el cura encuentre al padre, al pastor en el que “mirarse” y no al administrador que quiere “pasar revista de las tropas”. Es fundamental que, con todas las cosas en las que discrepamos e inclusive los desacuerdos y discusiones que puedan existir (y es normal y esperable que existan), los curas perciban en el obispo a un hombre capaz de jugarse y dar la cara por ellos, de sacarlos adelante y ser mano tendida cuando están empantanados. Un hombre de discernimiento que sepa orientar y encontrar caminos concretos y transitables en las distintas encrucijadas de cada historia personal.

Cuando estaba en Argentina a veces escuchaba gente que decía "el cura no"; y la secretaria del obispo tenía la agenda llena. "Llame dentro de veinte días", "quiero ver al obispo", "no se puede, no puede ver al obispo", "quería consultarle". Esto es no un consejo sino algo del corazón. Si tiene la agenda llena, bendito sea Dios, porque así van a comer el pan. Si ven un llamado de un cura, a más tardar llamenlo al dia siguiente. Lo llaman y le pregunta si puede esperar, desde ese momento el cura sabrá que el obispo es padre.

La palabra autoridad etimológicamente viene de la raíz latina "augere" que significa aumentar, promover, hacer progresar. La autoridad en el pastor radica especialmente en ayudar a crecer, en promover a sus presbíteros, más que en promoverse a sí mismo —eso lo hace un solterón, no un padre—. La alegría del padre/pastor es ver que sus hijos crecieron y fueron fecundos. Hermanos, que esa sea nuestra autoridad y el signo de nuestra fecundidad.

La kénosis de Cristo es pobre

Sentir con la Iglesia es sentir con el pueblo fiel, el pueblo sufriente y esperanzador de Dios. Es saber que nuestra identidad ministerial nace y se entiende a la luz de esta pertenencia única y constituyente de nuestro ser. En este sentido quisiera recordar con ustedes lo que San Ignacio nos escribía a los jesuitas: «la pobreza es madre y muro», engendra y contiene. Madre porque nos invita a la fecundidad, a la generatividad, a la capacidad de donación que sería imposible en un corazón avaro o que busca acumular. Y muro porque nos protege de una de las tentaciones más sutiles que enfrentamos los consagrados, la mundanidad espiritual: ese revestir de valores religiosos y “piadosos” el afán de poder y protagonismo, la vanidad e incluso el orgullo y la soberbia. Muro y madre que nos ayuden a ser una Iglesia que sea cada vez más libre porque está centrada en la kénosis de su Señor. Una Iglesia que no quiere que su fuerza esté —como decía Mons. Romero— en el apoyo de los poderosos o de la política, sino que se desprende con nobleza para caminar únicamente tomada de los brazos del crucificado, que es su verdadera fortaleza. Y esto se traduce en signos concretos, en signos evidentes, esto nos cuestiona e impulsa a un examen de conciencia sobre nuestras opciones y prioridades en el uso de los recursos, influencias y posicionamientos. La pobreza es madre y muro porque custodia sobre todo nuestro corazón para que no se deslice en concesiones y compromisos que debilitan la libertad y la parresía a la que el Señor nos llama.

Hermanos, antes de terminar pongámonos bajo el manto de la Virgen y recemos juntos para que ella custodie nuestro corazón de pastores y nos ayude a servir mejor al Cuerpo de su Hijo, el santo Pueblo fiel de Dios que camina, vive y reza aquí en Centroamérica.

Recémosle a la Madre… Ave María

Que Jesús los bendiga y la Virgen María los cuide. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí para que cumpla todo lo que dije. Muchas gracias.

[1] Quiero hacer presente la memoria de pastores que, movidos por su celo pastoral y su amor a la Iglesia, dieron vida a este organismo eclesial, como Monseñor Luis Chávez y González, arzobispo de San Salvador, y Monseñor Víctor Sanabria, arzobispo de San José de Costa Rica, entre otros.


Ceremonia de acogida y apertura de la Jornada Mundial de la Juventud

Queridos jóvenes, ¡buenas tardes!
¡Qué bueno volver a encontrarnos y hacerlo en esta tierra que nos recibe con tanto color y calor! Juntos en Panamá, la Jornada Mundial de la Juventud es otra vez una fiesta de alegría, una fiesta de esperanza para la Iglesia toda y, para el mundo, un enorme testimonio de fe.

 

Me acuerdo que en Cracovia algunos me preguntaron si iba a estar en Panamá y les contesté: “Yo no sé, pero Pedro seguro va a estar. Pedro va a estar”. Hoy me alegra decirles: Pedro está con ustedes para celebrar y renovar la fe y la esperanza. Pedro y la Iglesia caminan con ustedes y queremos decirles que no tengan miedo, que vayan adelante con esa energía renovadora y esa inquietud constante que nos ayuda y moviliza a ser más alegres y más disponibles, más “testigos del Evangelio”. Ir adelante no para crear una Iglesia paralela un poco más “divertida” o “cool” en un evento para jóvenes, con alguno que otro elemento decorativo, como si a ustedes eso los dejara felices. Ustedes no piensan eso, porque pensar así sería no respetarlos y no respetar todo lo que el Espíritu a través de ustedes nos está diciendo.

¡Al contrario! Queremos reencontrar y despertar junto a ustedes la continua novedad y juventud de la Iglesia abriéndonos siempre a esa gracia del Espíritu Santo que hace siempre un nuevo Pentecostés (cf. SÍNODO SOBRE LOS JÓVENES, Doc. final, 60). Eso solo es posible, como lo acabamos de vivir en el Sínodo, si nos animamos a caminar escuchándonos y a escuchar complementándonos, si nos animamos a testimoniar anunciando al Señor en el servicio a nuestros hermanos que siempre es un servicio concreto. No es un servicio de figuritas.

Pienso en ustedes empezando a caminar primero en esta jornada, los jóvenes de la juventud indígena. Fueron los primeros en América y los primeros en caminar en este encuentro. Un aplauso grande. Y también los jóvenes de la juventud descendiente de africanos que también hicieron su encuentro y nos ganaron la mano.

Sé que llegar hasta aquí no ha sido nada fácil. Conozco el esfuerzo, el sacrificio que realizaron para poder participar en esta Jornada. Muchos días de trabajo y dedicación, encuentros de reflexión y oración hacen que el camino sea en gran medida la recompensa. El discípulo no es solamente el que llega a un lugar sino el que empieza con decisión, el que no tiene miedo de arriesgar y ponerse a caminar. Si uno empieza a caminar ya no tiene miedo.

Esa es su mayor alegría, estar en camino. Ustedes no tuvieron miedo de arriesgar y caminar. Hoy podemos “estar de rumba”, porque esta rumba comenzó hace ya mucho tiempo en cada comunidad.

Escuchamos decir en la presentación con las banderas que venimos de culturas y pueblos diferentes, hablamos lenguas diferentes, usamos ropas diferentes. Cada uno de nuestros pueblos ha vivido historias y circunstancias diferentes. ¡Cuántas cosas nos pueden diferenciar!, pero nada de eso impidió poder encontrarnos, tantas diferencias no impidieron poder encontrarnos y divertirnos juntos. Ninguna diferencia nos paró. Eso es posible porque sabemos que hay algo que nos une, hay Alguien que nos hermana. Ustedes, queridos amigos, han hecho muchos sacrificios para poder encontrarse y así se transforman en verdaderos maestros y artesanos de la cultura del encuentro. Ustedes en esto se transforman en maestros y artesanos de la cultura del encuentro que no es “hola que tal, chau”; sino que nos hace caminar juntos.

Con sus gestos y actitudes, con sus miradas, sus deseos y especialmente con su sensibilidad desmienten y desautorizan todos esos discursos que se concentran y se empeñan en sembrar división, en excluir o expulsar a los que “no son como nosotros”. Como en varios países de América decimos, no son GCU: gente como uno. Todos somos gente como uno, todos con nuestras diferencias.

Y esto porque tienen ese olfato que sabe intuir que «el amor verdadero no anula las legítimas diferencias, sino que las armoniza en una unidad superior». Sabe quien dice eso? El Papa Benedicto XVI, que está mirando y lo vamos a aplaudir. ¡Le mandamos un saludo! Desde acá. Él nos está mirando por la televisión. Un saludos, todos, con la mano al Papa Benedicto.

Por el contrario, sabemos que el padre de la mentira, el demonio, siempre prefiere un pueblo dividido y peleado, a un pueblo que aprende a trabajar juntos. Y este es un criterio para distinguir a la gente, los constructores de puentes y de muros, esos constructores de muros que dividen a la gente. ¿Ustedes qué quieren ser? ¡Constructores de puentes! (responden los jóvenes).

Ustedes nos enseñan que encontrarse no significa mimetizarse, ni pensar todos lo mismo o vivir todos iguales haciendo y repitiendo las mismas cosas, eso lo hacen los loros y los papagayos. Encontrarse es un llamado e invitación a atreverse a mantener vivo un sueño en común.

Tenemos muchas diferencias, nos vestimos diferente, pero podemos tener un sueño común. Sí, un sueño grande y capaz de cobijar a todos. Ese sueño por el que Jesús dio la vida en la cruz y el Espíritu Santo se desparramó y tatuó a fuego el día de Pentecostés en el corazón de cada hombre y cada mujer, en corazón de cada uno, el tuyo y en el mío, a la espera de que encuentre espacio para crecer y para desarrollarse.

Un sueño llamado Jesús sembrado por el Padre, Dios como Él, enviado por el Padre, con la confianza que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño concreto que es una persona y que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar cada vez que los escuchamos: «Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,34- 35).

¿Cómo se llame el sueño nuestro? ¡Jesús! (responden los jóvenes)
A un santo de estas tierras, escuchen esto, le gustaba decir: «El cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, o de prohibiciones. Así el cristianismo resulta muy repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto, que reclama y pide mi amor. El cristianismo es Cristo» ¿Lo decimos todos juntos? El cristianismo es Cristo. (cf. S. OSCAR ROMERO, Homilía, 6 noviembre 1977). Es desarrollar el sueño por el que dio la vida: amar con el mismo amor que nos ha amado. No nos amó hasta la mitad, no nos amó un cachito, nos amó totalmente. Nos llenó de amor, dio su vida.

Nos preguntamos: ¿Qué nos mantiene unidos? ¿Por qué estamos unidos? ¿Qué nos mueve a encontrarnos? ¿Saben lo que es? La seguridad de saber que hemos sido amados con un amor entrañable que no queremos y no podemos callar, un amor que nos desafía a responder de la misma manera: con amor. Es el amor de Cristo que nos apremia (cf. 2 Co 5,14).
Fíjense que el amor que nos une es un amor que no “patotea” ni aplasta, un amor que no margina, que no se calla, un amor que no humilla ni avasalla. Es el amor del Señor, un amor de todos los días, discreto y respetuoso, amor de libertad y para la libertad, amor que sana y levanta. Es el amor del Señor que sabe más de levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado. Es el amor silencioso de la mano tendida en el servicio y la entrega. Es el amor que no se pavonea, que no la juega de pavo real, que se da a los humildes. Ese es el amor que nos une a nosotros.

Te pregunto: ¿Creés en este amor? Te pregunto otra cosa: ¿Crees que este amor vale la pena?

Jesús una vez preguntó a uno lo mismo y le dijo que vaya y haga lo mismo. En nombre de Jesús yo les digo que hagan lo mismo. No tengan miedo de ese amor que gasta la vida.

Fue la misma pregunta e invitación que recibió María. El ángel le preguntó si quería llevar este sueño en sus entrañas y hacerlo vida, hacerlo carne.

María tenía la edad de tantos de ustedes y María dijo: «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Cerremos los ojos todos y pensemos en María. No era tonta, sabía lo que sentía su corazón, sabía lo que era el amor y respondió "He aquí la Sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra". En este momentito de silencio, Jesús le dice a cada uno, a vos, a vos y vos: ¿Te animas? ¿Querés? Pensá en María y contesta: quiero servir al Señor, que se haga en mí según tu palabra.

María se animó a decir “sí”. Se animó a darle vida al sueño de Dios. Y esto es lo mismo que el ángel te quiere preguntar a vos, a vos, a mí: ¿querés que este sueño tenga vida? ¿Querés darle carne con tus manos, con tus pies, con tu mirada, con tu corazón? ¿Querés que sea el amor del Padre el que te abra nuevos horizontes y te lleve por caminos jamás imaginados y pensados, soñados o esperados que alegren y hagan cantar y bailar al corazón?

¿Nos animamos a decirle al ángel, como María: he aquí los siervos del Señor, hágase? No contesten acá. contesten en el corazón. Hay preguntas que solo se responden en silencio.

Queridos jóvenes: Lo más esperanzador de esta Jornada no va a ser un documento final, una carta consensuada o un programa a ejecutar. No, eso no va a ser. Lo más esperanzador de este encuentro serán vuestros rostros y una oración. Eso dará esperanza. Con la cara con la cual vuelvan a sus casas, con la oración que aprendieron a decir con el corazón cambiado.

Cada uno volverá a casa con la fuerza nueva que se genera cada vez que nos encontramos con los otros y con el Señor, llenos del Espíritu Santo para recordar y mantener vivo ese sueño que nos hace hermanos y que estamos invitados a no dejar que se congele en el corazón del mundo: allí donde nos encontremos, haciendo lo que estamos haciendo, siempre podremos levantar la mirada y decir: Señor, enséñame a amar como Tú nos has amado —¿se animan a repetirlo conmigo?—. Señor, enséñame a amar como Tú nos has amado. Más fuerte, están roncos: Señor, enséñame a amar como Tú nos has amado.

Y como queremos ser buenos y educados, no podemos terminar este primer encuentro sin agradecer. Gracias a todos los que han preparado con mucha ilusión esta Jornada Mundial de la Juventud. Todo esto, gracias, fuerte. Gracias por animarse a construir y hospedar, por decirle “sí” al sueño de Dios de ver a sus hijos reunidos. Gracias Mons. Ulloa y todo su equipo por ayudar a que Panamá hoy sea no solamente un canal que une mares, sino también canal donde el sueño de Dios siga encontrando cauces para crecer, multiplicarse e irradiarse en todos los rincones de la tierra.

Amigos y amigas, que Jesús los bendiga. Lo deseo de todo corazón. Que Santa María la Antigua los acompañe siempre, para que todos seamos capaces de decir sin miedo, como ella: «Aquí estoy. Hágase». Gracias.


Liturgia penitencial con los jóvenes privados de libertad en el Centro de Cumplimiento de Menores

«Este recibe a los pecadores y come con ellos» acabamos de escuchar en el evangelio (Lc 15,2). Y eso lo que murmuraban algunos fariseos y escribas bastante escandalizados, bastante molestos por el modo como se comportaba Jesús.

 

 

Con esa expresión pretendían descalificarlo, desvalorizarlo delante de todos, pero lo único que consiguieron fue señalar una de las actitudes más comunes, más distintiva, más linda: «este recibe a los pecadores y come con ellos». Y todos somos pecadores, todos, y por eso nos recibe Jesús con cariño a todos los que estamos acá y si alguno no se siente pecador de todos los que estamos aquí, sepa que Jesús no lo va a recibir, se pierde lo mejor

Jesús no tiene miedo de acercarse a aquellos que, por un montón de razones, cargaban sobre sus espaldas con el odio social como eran los publicanos ―recordemos que los publicanos se enriquecían en base a saquear a su mismo pueblo; ellos provocaban mucha, pero mucha indignación― o también tenían el odio social porque tenían algún error en su vida o equivocaciones como los así llamados pecadores. Jesús lo hace porque sabe que en el cielo hay más fiesta por uno solo de los que se equivocan, de los pecadores convertidos, que por noventa y nueve justos que permanecen bien.

Mientras esta gente se limitaban tan solo a murmurar o indignarse porque Jesús se juntaba con la gente señalada por algún error social, algún pecado, y cerraban las puertas de la conversión, del diálogo con Jesús, Jesús se acerca y se compromete. Jesús pone en juego su reputación e invita siempre a mirar un horizonte capaz de hacer nueva la vida de hacer nueva la historia. Todos, todos, todos tenemos un horizonte, todos. “Yo no lo tengo”, puede decir alguno. Abrí la ventana y lo vas a encontrar abrí la ventana de tu corazón, abrí la ventana a Jesús y lo vas a encontrar. Todos tenemos un horizonte.

Son dos miradas bien diferentes que se contraponen: la de Jesús y la de estos doctores de la ley. Una mirada estéril, infecunda, la de la murmuración y el chisme que siempre esta hablando mal de los otros y se siente justo; y otra que invita a la transformación y conversión, que es la del Señor, la de una vida nueva como vos expresaste recién.

La mirada de la murmuración y el chisme

Y esto no es de aquella época, es de hoy también. Muchos no toleran y no les gusta esta opción de Jesús, es más, entre dientes al principio y con gritos al final, manifiestan su disgusto buscando desacreditar este comportamiento de Jesús y el de todos aquellos que están con él. No aceptan, rechazan esta opción de estar cerca y ofrecer nuevas oportunidades. Esta gente condena de una vez para siempre, descalifica de una vez para siempre y se olvidan que a los ojos de Dios ellos están descalificados y necesitan ternura necesitan de amor y de comprensión, pero no lo quieren aceptar.

Con la vida de la gente parece más fácil poner rótulos y etiquetas que congelan y estigmatizan no solo el pasado sino también el presente y el futuro de las personas. Le ponemos etiquetas a la gente, este es así, este hizo esto, así, así son la gente que murmuran, los chismosos son así. Estos rótulos que, en definitiva, lo único que logran es dividir: acá están los buenos y allá están los malos; acá están los justos y allá los pecadores. Y eso Jesús no lo acepta, eso es la cultura del adjetivo. Nos encanta adjetivar a la gente, nos encanta. ¿Vos como te llamás? Me llamo bueno. No, ese es un adjetivo. ¿Cómo te llamás? Ir al nombre de la persona, quién sos, qué haces, qué ilusiones tenés, cómo siente tu corazón. A los chismosos no les interesa, buscan rápido la etiqueta para sacárselos de encima. La cultura del adjetivo que descalifica a la persona, piénselo eso, para no caer en esto que se nos ofrece tan fácilmente en la sociedad.

Esta actitud contamina todo porque levanta un muro invisible que hace creer que marginando, separando o aislando se resolverán mágicamente todos los problemas. Y cuando una sociedad o comunidad se permite esto y lo único que hace es cuchichear, chismear y murmurar, entra en un círculo vicioso de divisiones, reproches y condenas. Curioso, esta gente que no acepta a Jesús así y lo que nos enseña, es gente que está siempre peleada entre ellos, entre los que se llaman “justos”.

Además es una actitud social de marginación, exclusión y de una confrontación tal que les hace decir irresponsablemente como Caifás: «Conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera» (Jn 11,50). No, mejor que estén guardados todos aquí, no vengan a molestar. Es duro esto. Y con esto se tuvo que enfrentar Jesús y con esto nos enfrentamos hoy.

Y normalmente el hilo se corta por la parte más fina: la de los más débiles e indefensos, que son los que más sufren estas condenas sociales.

Qué dolor genera ver cuando una sociedad concentra sus energías más en murmurar e indignarse que en luchar y luchar para crear oportunidades y transformación.

La mirada de la conversión, la otra mirada

En cambio, todo el evangelio está marcado por esta otra mirada que no es nada más y nada menos que la que nace del corazón de Dios. Dios nunca te va a echar, Dios no echa a nadie. Dios te dice, vení. Dios te espera y te abraza y si vos salís del camino te busca y te abraza.

El Señor quiere hacer fiesta cuando ve a sus hijos que retornan a casa (cf. Lc 15,11-32). Así lo testimonió Jesús manifestando hasta el extremo el amor misericordioso del Padre.

Tenemos padre, como dijiste vos. Me gustó esa confesión tuya, tenemos Padre. Tengo un Padre, cosa linda.

Un amor, el de Jesús, que no tiene tiempo para murmurar, sino que busca romper el círculo de la crítica superflua e indiferente, neutra y aséptica. Te doy gracias Señor, decía aquel doctor de la ley porque no soy como ese. Estos que creen que tienen el alma purificada y a veces en una ilusión de vida aséptica que no sirve para nada.

Una vez escuché decir a un campesino decir que el agua más pura cuál es, el agua destilada, decía él, pero usted sabe padre que cuando la tomo no tiene sabor a nada. Así es la vida de los que están criticando, chismeando, separados de los demás. Se sienten tan puros que no saben a nada, son incapaces de convocar a alguien, viven para cuidarse, para hacerse la cirugía estética en el alma y no para tender la mano a otros y ayudarlos a crecer, que es lo que hace Jesús, que acepta la complejidad de la vida y de cada situación.

El amor de Jesús es un amor que inaugura una dinámica capaz de ofrecer caminos y oportunidades de integración y transformación, de sanación y de perdón, caminos de salvación. Comiendo con publicanos y pecadores, Jesús rompe la lógica que separa, excluye, aísla y divide falsamente entre “buenos y malos”. Y no lo hace por decreto o con buenas intenciones, tampoco con voluntarismos o sentimentalismos ¿Cómo lo hace Jesús? Lo hace creando vínculos capaces de posibilitar nuevos procesos; apostando y celebrando cada paso posible. Por eso Jesús, cuando Mateo se convierte, no le dice bueno te felicito, venid conmigo, sino que le dice hagamos fiesta en su casa. El chismoso, el que se para, no sabe hacer fiesta porque tiene el corazón amarrado. Crear vínculos, hacer fiesta es lo que hace Jesús.

Así rompe también con otra murmuración nada fácil de detectar y que “taladra los sueños” porque repite como susurro continuo: no vas a poder, no vas a poder. ¿Cuántas veces ustedes la han sentido aquí? Cuidado. Eso es como la polilla que te va comiendo por dentro, cuando vos sentís que no vas a poder, date un cachetazo y piensa que sí vas a poder, lo vas a lograr.

Es el cuchicheo interior que aparece en quien, habiendo llorado su pecado y consciente de su error no cree que pueda cambiar. Es cuando se cree interiormente que el que nació “publicano” tiene que morir “publicano”; y esto no es verdad. El evangelio nos dice todo lo contrario. Once de los doce apóstoles eran pecadores pesados, porque cometieron el peor de los pecados, abandonaron a su maestro, otros renegaron de e, otros se fueron lejos, traicionaron los apóstoles y Jesús los fue buscando y son los que cambiaron el Universo.

A ninguno se le ocurrió, pensó “no vas a poder”. Cuidado con la polilla del no vas a poder.

Amigos: Cada uno de nosotros es mucho más que sus rótulos. Es mucho más que los adjetivos que nos quieren poner, que la condena que nos impusieron. Así Jesús nos lo enseña e invita a creer.

La mirada de Jesús nos desafía a pedir y buscar ayuda para transitar los caminos de la superación. Hay veces que la murmuración parece ganar, pero no la crean, no la escuchen. Busquen y escuchen las voces que impulsan a mirar adelante y no las que los tiran abajo. Escuchen las voces que les hacen ver la ventana y mirar el horizonte. Cada vez que venga la polilla del no vas a poder, responder que si vas a poder.

La alegría y la esperanza del cristiano ―de todos nosotros, también del Papa― nace de haber experimentado alguna vez esta mirada de Dios que nos dice: vos sos parte de mi familia y no puedo dejarte a la intemperie. Eso es lo que nos dice Dios a cada uno. Vos sos parte de mi familia y no te voy a dejar tirado en la cuneta.

No puedo perderte en el camino, estoy aquí contigo. ¿Aquí? Sí Señor, aquí. Es haber sentido como lo compartiste vos, Luis, que en aquellos momentos que parecía que todo se había acabado algo te dijo:

¡No! Todo no ha terminado, porque tenés un propósito grande que te permite comprender que el Padre Dios estaba y está con todos nosotros y nos regala personas con las que caminar y ayudarnos a alcanzar nuevas metas.

Y así Jesús transforma la murmuración en fiesta y nos dice: “¡Alégrense conmigo!”. Vamos a hacer fiesta. En la parábola del hijo pródigo me gustó una vez que encontré una traducción dice que el padre dijo que “vamos a hacer fiesta”. Una traducción decía, y ahí empezó el baile: la alegría con la que somos recibidos por Dios, empezó el baile.

Hermanos: Ustedes son parte de la familia, ustedes tienen mucho para compartir, ayúdennos a saber cuál es la mejor manera para estar y acompañar el proceso de transformación que, como familia, todos necesitamos. Todos.

Una sociedad se enferma cuando no es capaz de hacer fiesta por la transformación de sus hijos, una comunidad se enferma cuando vive de la murmuración aplastante, condenatoria e insensible. El chisme. Una sociedad es fecunda cuando logra generar dinámicas capaces de incluir e integrar, de hacerse cargo y luchar para crear oportunidades y alternativas que den nuevas posibilidades a sus hijos, cuando se ocupa en crear futuro con comunidad, educación y trabajo. Esa comunidad es sana.

Y si bien puede experimentar la impotencia de no saber el cómo, no se rinde y lo vuelve a intentar. Todos tenemos que ayudarnos para aprender, en comunidad, a encontrar estos caminos, a intentarlo de nuevo. Es una alianza que tenemos que animarnos a realizar: ustedes, chicos, chicas, los responsables de la custodia y las autoridades del Centro y del Ministerio, todos, y sus familias, así como los agentes de Pastoral.

Todos, peleen y peleen, pero no entre ustedes por favor, para encontrar y buscar los caminos de inserción y transformación. Eso el Señor lo bendice, esto el Señor lo sostiene y esto el Señor lo acompaña.

En breve continuaremos con la celebración penitencial donde todos podremos experimentar la mirada del Señor, que no mira un adjetivo, nunca, sino que un hombre, los ojos, el corazón, no mira una condena sino que mira hijos. Mirada de Dios que desmiente las descalificaciones y nos da la fuerza para crear esas alianzas necesarias que nos ayudan a todos a desmentir las murmuraciones, esas alianzas fraternas que permiten que nuestras vidas sean siempre una invitación a la alegría de la salvación, a la alegría de tener un horizonte adelante, a la alegría de tener una fiesta de hijos. Vayamos por este camino, gracias.


Vía Crucis con los jóvenes en el Campo Santa María la Antigua

Señor, Padre de misericordia, en esta Cinta Costera, junto a tantos jóvenes venidos de todo el mundo, hemos acompañado a tu Hijo en el camino de la cruz; ese camino que quiso recorrer para mostrarnos cuánto nos amas y cuán comprometido estás con nuestras vidas.

 

 

El camino de Jesús hacia el Calvario es un camino de sufrimiento y soledad que continúa en nuestros días. Él camina, padece en tantos rostros que sufren la indiferencia satisfecha y anestesiante de nuestra sociedad, sociedad que consume y se consume, que ignora y se ignora en el dolor de sus hermanos.

También nosotros, tus amigos Señor, nos dejamos llevar por la apatía, la inmovilidad. No son pocas las veces que el conformismo nos ha ganado y paralizado. Ha sido difícil reconocerte en el hermano sufriente: hemos desviado la mirada, para no ver; nos hemos refugiado en el ruido, para no oír; nos tapamos la boca, para no gritar.

Siempre la misma tentación. Es más fácil y “pagador” ser amigos en las victorias y en la gloria, en el éxito y en el aplauso; es más fácil estar cerca del que es considerado popular y ganador.

Qué fácil es caer en la cultura del bullying, del acoso, de la intimidación, del encarnizamiento con el débil.

Para ti no es así Señor, en la cruz te identificaste con todo sufrimiento, con todo aquel que se siente olvidado.

Para ti no es así Señor, pues quisiste abrazar a todos aquellos que muchas veces consideramos no dignos de un abrazo, de una caricia, de una bendición; o, peor aún, ni nos damos cuenta de que lo necesitan, los ignoramos.

Para ti no es así Señor, en la cruz te unes al vía crucis de cada joven, de cada situación para transformarla en camino de resurrección.

Padre, hoy el vía crucis de tu Hijo se prolonga: se prolonga en el grito sofocado de los niños a quienes se les impide nacer y de tantos otros a los que se les niega el derecho a tener infancia, familia, en los niños que no pueden jugar, cantar, soñar, se prolonga en las mujeres maltratadas, explotadas y abandonadas, despojadas y ninguneadas en su dignidad; en los ojos tristes de los jóvenes que ven arrebatadas sus esperanzas de futuro por falta de educación y trabajo digno; se prolonga en la angustia de rostros jóvenes, amigos nuestros que caen en las redes de gente sin escrúpulos ―entre ellas también se encuentran personas que dicen servirte, Señor―, redes de explotación, de criminalidad y de abuso, que se alimentan de sus vidas.

El vía crucis de tu Hijo se prolonga en tantos jóvenes y familias que, absorbidos en una espiral de muerte a causa de la droga, el alcohol, la prostitución y la trata, quedan privados no solo de futuro sino de presente. Y así como repartieron tus vestiduras, Señor, queda repartida y maltratada su dignidad.

El vía crucis de tu Hijo se prolonga en jóvenes con rostros fruncidos que perdieron la capacidad de soñar, de crear e inventar el mañana y se “jubilan” con el sinsabor de la resignación y el conformismo, una de las drogas más consumidas en nuestro tiempo.

Se prolonga en el dolor oculto e indignante de quienes, en vez de solidaridad por parte de una sociedad repleta de abundancia, encuentran rechazo, dolor y miseria, y además son señalados y tratados como los portadores y responsables de todo el mal social.

La pasión de tu Hijo se prolonga en la resignada soledad de los ancianos que dejamos abandonados y descartados.

Se prolonga en los pueblos originarios, a quienes se despoja de sus tierras, sus raíces y su cultura, silenciando y apagando toda la sabiduría que tienen y nos pueden aportar.

Padre, el vía crucis de tu Hijo se prolonga en el grito de nuestra madre tierra, que está herida en sus entrañas por la contaminación de sus cielos, por la esterilidad en sus campos, por la suciedad de sus aguas, y que se ve pisoteada por el desprecio y el consumo enloquecido que supera toda razón.

Se prolonga en una sociedad que perdió la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor.

Sí, Padre, Jesús sigue caminando, cargando y padeciendo en todos estos rostros mientras el mundo, indiferente, y en un confortable cinismo, consume el drama de su propia frivolidad.

Y nosotros, Señor, ¿qué hacemos?

¿Cómo reaccionamos ante Jesús que sufre, camina, emigra en el rostro de tantos amigos nuestros, de tantos desconocidos que hemos aprendido a invisibilizar?

Y nosotros, Padre de misericordia, ¿Consolamos y acompañamos al Señor, desamparado y sufriente, en los más pequeños y abandonados? ¿Lo ayudamos a cargar el peso de la cruz, como el Cireneo, siendo operadores de paz, creadores de alianzas, fermentos de fraternidad? ¿Nos animamos a permanecer al pie de la cruz como María?

Contemplamos a María, mujer fuerte. De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz. Con su misma decisión y valentía, sin evasiones ni espejismos. Ella supo acompañar el dolor de su Hijo, tu Hijo Padre; sostenerlo en la mirada, cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió, pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del “sí”, que sostiene y acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza.

Nosotros también Padre, queremos ser una Iglesia que sostiene y acompaña, que sabe decir: ¡Aquí estoy! en la vida y en las cruces de tantos cristos que caminan a nuestro lado.

De María aprendemos a decir “sí” al aguante recio y constante de tantas madres, padres, abuelos que no dejan de sostener y acompañar a sus hijos y nietos cuando “están en la mala”.

De ella aprendemos a decir “sí” en la testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a comenzar en situaciones que parecen que todo está perdido, buscando crear espacios, hogares, centros de atención que sean mano tendida en la dificultad.

En María aprendemos la fortaleza para decir “sí” a quienes no se han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y del abuso, del desprestigio y la agresión y trabajan para brindar oportunidades y condiciones de seguridad y protección.

En María aprendemos a recibir y hospedar a todos aquellos que han sufrido el abandono, que han tenido que dejar o perder su tierra, sus raíces, sus familias, sus trabajos.

Padre, como María queremos ser la Iglesia que propicie una cultura que sepa acoger, proteger, promover e integrar; que no estigmatice y menos generalice en la más absurda e irresponsable condena de identificar a todo emigrante como portador del mal social.

De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz, pero no con un corazón blindado y cerrado, sino con un corazón que sepa acompañar, que conozca de ternura y devoción; que entienda de piedad al tratar con reverencia, delicadeza y comprensión. Queremos ser una Iglesia de la memoria que respete y valorice a los ancianos y reivindique el lugar que tienen como custodios de nuestras raíces.

Padre, como María queremos aprender a “estar”.

Enséñanos Señor a estar al pie de la cruz, al pie de las cruces; despierta esta noche nuestros ojos, nuestro corazón; rescátanos de la parálisis y de la confusión, del miedo y de la desesperación. Padre, enséñanos a decir: Aquí estoy junto a tu Hijo, junto a María y junto a tantos discípulos amados que quieren hospedar tu Reino en el corazón. Amén.

Y después de haber vivido la pasión del Señor junto a María al pie de la cruz, nos vamos con el corazón silencioso y en paz, alegre y con muchas ganas de seguir a Jesús, que Jesús los acompañe y que la Virgen los cuide. Adiós.


Santa Misa con la dedicación del altar de la Catedral Basílica de Santa María la Antigua con los Sacerdotes, los Consagrados y los Movimientos Laicales.

En primer lugar quiero felicitar al Señor Arzobispo que por primera vez después de casi siete años puede encontrarse con su esposa, que es esta iglesia, viuda provisoria durante todo este tiempo. Y felicitar a la viuda que deja de ser viuda hoy con el encuentro con su esposo.

También quiero agradecer a todos los que hicieron posible esto, a las autoridades y a todo el pueblo de Dios, todo lo que hicieron para que el Señor Arzobispo pudiera encontrarse con su pueblo, no en casa prestada sino en la suya. Muchas gracias señor presidente.

En el programa estaba previsto que esta ceremonia, por falta de tiempo, tuviera dos significados: la consagración del altar y el encuentro con sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos consagrados. Así que lo que voy a decir va a estar en esa línea, pensado en los sacerdotes, las religiosas, los religiosas, los laicos consagrados, son todos los que trabajan en esta Iglesia particular.

«Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: “Dame de beber”» (Jn 4,6-7).

El evangelio que hemos escuchado no duda en presentarnos a Jesús cansado de caminar. Al mediodía, cuando el sol se hace sentir con toda su fuerza y poder, lo encontramos junto al pozo. Necesitaba calmar y saciar la sed, refrescar los pasos, recuperar fuerzas para poder continuar con su misión.

Los discípulos vivieron en primera persona lo que significaba la entrega y disponibilidad del Señor para llevar la Buena Nueva a los pobres, vendar los corazones heridos, proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, consolar a los que estaban de duelo y proclamar el año de gracia a todos (cf. Is 61,1-3). Son todas situaciones que te toman la vida, te toman la energía; y “no ahorraron” en regalarnos tantos momentos importantes en la vida del Maestro donde también nuestra humanidad pueda encontrar una palabra de Vida.

Fatigado del camino

Es relativamente fácil para nuestra imaginación, compulsivamente productivista, contemplar y entrar en comunión con la actividad del Señor, pero no siempre sabemos o podemos contemplar y acompañar las “fatigas del Señor”, como si esto no fuera cosa de Dios. El Señor se fatigó y en esa fatiga encuentran espacio tantos cansancios de nuestros pueblos y de nuestra gente, de nuestras comunidades y de todos aquellos que están cansados y agobiados (cf. Mt 11,28).

Las causas y motivos que pueden provocar la fatiga del camino en nosotros sacerdotes, consagrados y consagradas, miembros de movimientos laicales, son múltiples: desde largas horas de trabajo que dejan poco tiempo para comer, descansar, rezar y estar en familia, hasta “tóxicas” condiciones laborales y afectivas que llevan al agotamiento y agrietan el corazón; desde la simple y cotidiana entrega hasta el peso rutinario de quien no encuentra el gusto, el reconocimiento o el sustento necesario para hacer frente al día a día; desde habituales y esperables situaciones complicadas hasta estresantes y angustiantes horas de presión. Toda una gama de peso a soportar.

Sería imposible tratar de abarcar todas las situaciones que resquebrajan la vida de los consagrados, pero en todas sentimos la necesidad urgente de encontrar un pozo que pueda calmar y saciar la sed y el cansancio del camino. Todas reclaman, como grito silencioso, un pozo desde donde volver a empezar.

De un tiempo a esta parte no son pocas las veces que parece haberse instalado en nuestras comunidades una sutil especie de fatiga, que no tiene nada que ver con la fatiga del Señor. Aquí tenemos que estar atentos. Se trata de una tentación que podríamos llamar el cansancio de la esperanza. Ese cansancio que surge cuando ―como en el evangelio― el sol cae como plomo y vuelve fastidiosas las horas, y lo hace con una intensidad tal que no deja avanzar ni mirar hacia adelante. Como si todo se volviera confuso. No me refiero aquí a la «particular fatiga del corazón» (cf. Carta enc. Redemptoris Mater, 17; Exhort. apost. Evangelii Gaudium, 287) de quienes “hechos trizas” por la entrega al final del día logran expresar una sonrisa serena y agradecida; sino a esa otra fatiga, la que nace de cara al futuro cuando la realidad “cachetea” y pone en duda las fuerzas, los recursos y la viabilidad de la misión en este mundo tan cambiante y cuestionador.

Es un cansancio paralizante. Nace de mirar para adelante y no saber cómo reaccionar ante la intensidad y perplejidad de los cambios que como sociedad estamos atravesando. Estos cambios parecieran cuestionar no solo nuestras formas de expresión y compromiso, nuestras costumbres y actitudes ante la realidad, sino que ponen en duda, en muchos casos, la viabilidad misma de la vida religiosa en el mundo de hoy. E incluso la velocidad de esos cambios puede llevar a inmovilizar toda opción y opinión y, lo que supo ser significativo e importante en otros tiempos parece que ya no tiene lugar.

Hermanas y hermanos, el cansancio de la esperanza nace al constatar una Iglesia herida por su pecado y que tantas veces no ha sabido escuchar tantos gritos en el que se escondía el grito del Maestro: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).

Y así podemos acostumbrarnos a vivir con una esperanza cansada frente al futuro incierto y desconocido, y esto deja espacio a que se instale un gris pragmatismo en el corazón de nuestras comunidades. Todo aparentemente parecería proceder con normalidad, pero en realidad la fe se desgasta y se degenera. Comunidades y presbiterios desilusionados con la realidad que no entendemos o que creemos que no tiene ya lugar para nuestra propuesta, podemos darle “ciudadanía” a una de las peores herejías posibles para nuestra época: pensar que el Señor y nuestras comunidades no tienen ya nada que decir ni aportar en este nuevo mundo que se está gestando (cf. Exhort. apost. Evangelii gaudium, 83). Y entonces sucede que lo que un día surgió para ser sal y luz del mundo termina ofreciendo su peor versión.

Dame de beber

Las fatigas del camino acontecen y se hacen sentir. Gusten o no gusten están, y es bueno tener la misma valentía que tuvo el Maestro para decir: «dame de beber». Como le sucedió a la samaritana y nos puede suceder a cada uno de nosotros, no queremos calmar la sed con cualquier agua sino con ese «manantial que brotará hasta la vida eterna» (Jn 4,14). Sabemos, como bien lo sabía la samaritana que cargaba desde hacía años los cántaros vacíos de amores fallidos, que no cualquier palabra puede ayudar a recuperar las fuerzas y la profecía en la misión. No cualquier novedad, por muy seductora que parezca, puede aliviar la sed. Sabemos, como bien lo sabía ella, que tampoco el conocimiento religioso, la justificación de determinadas opciones y tradiciones pasadas o novedades presentes, nos hacen siempre fecundos y apasionados «adoradores en espíritu y en verdad» (Jn 4,23).

Dame de beber es lo que pide el Señor y es lo que nos pide que digamos nosotros. Y al decirlo, le abrimos la puerta a nuestra cansada esperanza para volver sin miedo al pozo fundante del primer amor, cuando Jesús pasó por nuestro camino, nos miró con misericordia, y nos eligió y nos pidió seguirlo; al decirlo recuperamos la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los nuestros, el momento en que nos hizo sentir que nos amaba, que me amaba, y no solo de manera personal sino también como comunidad (cf. Homilía en la Vigilia Pascual, 19 abril 2014). Poder decir dame de beber es volver sobre nuestros pasos y, en fidelidad creativa, escuchar cómo el Espíritu no engendró una obra puntual, un plan de pastoral o una estructura a organizar sino que, por medio de tantos “santos de la puerta de al lado” ―entre los cuales encontramos padres y madres fundadores de institutos seculares, obispos y párrocos que supieron poner fundamento a sus comunidades―, regaló vida y oxígeno a un contexto histórico determinado que parecía asfixiar y aplastar toda esperanza y dignidad.

“Dame de beber” significa animarse a dejarse purificar y rescatar la parte más auténtica de nuestros carismas fundantes ―que no solo se reducen a la vida religiosa sino a la Iglesia toda― y ver de qué forma se pueden expresar hoy. Se trata no solo de mirar con agradecimiento el pasado sino de ir en búsqueda de las raíces de su inspiración y dejar que resuenen nuevamente con fuerza entre nosotros (cf. PAPA FRANCISCO - FERNANDO PRADO, La fuerza de la vocación, 42).

“Dame de beber” significa reconocer que necesitamos que el Espíritu nos transforme en hombres y mujeres memoriosos de encuentro y un paso, del paso salvífico de Dios. Y con confianza, así como lo hizo ayer, lo seguirá haciendo mañana: «ir a las raíces nos ayuda sin lugar a dudas a vivir el presente, y a vivirlo sin miedo. Tenemos necesidad de vivir sin miedo respondiendo a la vida con la pasión de estar empeñados con la historia, inmersos en las cosas. Con pasión de enamorados» (cf. ibíd., 44).

La esperanza cansada será sanada y gozará de esa «particular fatiga del corazón» cuando no tema volver al lugar del primer amor y logre encontrar, en las periferias y desafíos que hoy se nos presentan, el mismo canto, la misma mirada que suscitó el canto y la mirada de nuestros mayores. Así evitaremos el riesgo de partir desde nosotros mismos y abandonaremos la cansadora auto-compasión para encontrar los ojos con los que Cristo hoy nos sigue buscando, nos sigue mirando, nos sigue llamando, invitando a la misión como lo hizo en aquel primer encuentro, el encuentro del primer amor.

* * *

No me parece un acontecimiento menor que esta catedral vuelva a abrir sus puertas después de mucho tiempo de renovación. Experimentó el paso de los años, como fiel testigo de la historia de este pueblo y con la ayuda y el trabajo de muchos quiso volver a regalar su belleza. Más que una formal reconstrucción, que siempre intenta volver a un original pasado, buscó rescatar la belleza de los años abriéndose a hospedar toda la novedad que el presente le podía regalar. Una catedral española, india y afroamericana se vuelve así catedral panameña, de los de ayer, pero también de los de hoy que han hecho posible este hecho. Ya no pertenece solo al pasado, sino que es belleza del presente.

Y hoy nuevamente es regazo que impulsa a renovar y alimentar la esperanza, a descubrir cómo la belleza del ayer se vuelve base para construir la belleza del mañana.

Y así actúa el Señor, nada de cansancio de la esperanza, sí la peculiar fatiga del corazón del que lleva adelante todos los días lo que le fue encomendado: la mirada del primer amor.

Hermanos, no nos dejemos robar la esperanza que hemos heredado de nuestros padres, la belleza que hemos heredado de nuestros padre, que ella sea la raíz viva y fecunda que nos ayude a seguir haciendo bella y profética la historia de salvación en estas tierras.


Vigilia con los jóvenes en el Campo San Juan Pablo II

Queridos jóvenes, ¡buenas tardes!

Vimos este hermoso espectáculo sobre el Árbol de la Vida que nos muestra cómo la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a ser parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse; es el primero en decir “sí” a nuestra vida, El siempre va primero, es el primero a decir sí nuestra historia, y quiere que también digamos “sí” junto a Él. Él siempre nos primerea.

Así sorprendió a María y la invitó a formar parte de esta historia de amor. Sin lugar a dudas la joven de Nazaret no salía en las “redes sociales” de la época, Ella no era una “influencer”, pero sin quererlo ni buscarlo se volvió la mujer que más influenció en la historia.

Le podemos decir con confianza de hijos: María, la “influencer” de Dios. Con pocas palabras se animó a decir “sí” y a confiar en el amor, a confiar en las promesas de Dios, que es la única fuerza capaz de renovar, de hacer nuevas todas las cosas. Y todos nosotros hoy tenemos algo que hacer nuevo adentro, hoy tenemos que dejar que Dios renueve algo en mi corazón Pensemos un poquito: ¿Qué quiero yo que Dios renueve en mi corazón?

Siempre llama la atención la fuerza del “sí” de María, joven, de ese «hágase» que le dijo al ángel. Fue una cosa distinta a una aceptación pasiva o resignada, fue algo distinto a un “sí” como diciendo: bueno, vamos a probar a ver qué pasa. Fue algo más, algo distinto. María no conocía esa expresión, era decidida, supo de qué se trataba y dijo sí.

Fue algo más, algo distinto, fue el “sí” de quién quiere comprometerse y arriesgar, de quien quiere apostarlo todo, sin más seguridad que la certeza de saber que era portadora de una promesa. Le pregunto a cada uno de ustedes, ¿se sienten portadores de una promesa? ¿Qué promesa tengo en el corazón para llevar adelante?

María sin dudas tendría una misión muy difícil, pero las dificultades no eran una razón para decir “no”. Seguro que tendría complicaciones, pero no serían las mismas complicaciones que se producen cuando la cobardía nos paraliza por no tener todo claro o asegurado de antemano. María no compró un seguro de vida, María se jugó y por eso es fuerte, por eso es una influencer, es la influencer de Dios.

El “sí” y las ganas de servir fueron más fuertes que las dudas y las dificultades.

Esta tarde también escuchamos cómo el “sí” de María hace eco y se multiplica de generación en generación. Muchos jóvenes a ejemplo de María arriesgan y apuestan guiados por una promesa. Gracias Erika y Rogelio por el testimonio que nos han regalado. Fueron valientes estos, merecen un aplauso.

Compartieron sus temores, dificultades y todo el riesgo vivido ante el nacimiento de Inés. En un momento dijeron: «A los padres, por diversas circunstancias, nos cuesta aceptar la llegada de un bebé con alguna enfermedad o discapacidad», eso es cierto, es comprensible. Pero lo sorprendente fue cuando agregaron: «al nacer nuestra hija decidimos amarla con todo nuestro corazón». Ante su llegada, frente a todos los anuncios y dificultades que aparecían, tomaron una decisión y dijeron como María «hágase», decidieron amarla. Frente a la vida de vuestra hija frágil, indefensa y necesitada la respuesta de ustedes, Erika y Rogelio, fue “sí” y ahí tenemos a Inés. ¡Ustedes se animaron a creer que el mundo no es solo para los fuertes! ¡Gracias!

Decir “sí” al Señor, es animarse a abrazar la vida como viene con toda su fragilidad y pequeñez y hasta muchas veces con todas sus contradicciones e insignificancias con el mismo amor con el que nos hablaron Erika y Rogelio. Asumir la vida como viene. Es abrazar nuestra patria, nuestras familias, nuestros amigos tal como son, también con sus fragilidades y pequeñeces. Abrazar la vida se manifiesta también cuando damos la bienvenida a todo lo que no es perfecto, a todo lo que no es puro ni destilado, pero por eso no es menos digno de amor. ¿Acaso alguien por ser discapacitado o frágil no es digno de amor? Les pregunto, ¿un discapacitado, una persona frágil es digna de amor? Sí. Entendieron.

Otra pregunta, a ver cómo responden: ¿Alguien por ser extranjero, por haberse equivocado, por estar enfermo o en una prisión no es digno de amor? Y así lo hizo Jesús: abrazó al leproso, al ciego y al paralítico, abrazó al fariseo y al pecador. Abrazó al ladrón en la cruz e incluso abrazó y perdonó a quienes lo estaban crucificando.

¿Por qué? Porque solo lo que se ama puede ser salvado. Vos no podes salvar una persona, vos no podes salvar una situación si no la amás. Solo lo que se ama puede ser salvado. ¿Lo repetimos? Solo lo que se ama puede ser salvado.

Por eso nosotros podemos ser salvados por Jesús, porque nos ama. Podemos hacerle las mil y una, pero nos ama, y nos salva, porque solo lo que se ama puede ser salvado. Solo lo que se abraza puede ser transformado.

El amor del Señor es más grande que todas nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces, pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces, como Él quiere escribir esta historia de amor. Abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de sus negaciones y nos abraza siempre, siempre, después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie. Porque la verdadera caída, atención a esto, la verdadera caída, la que es capaz de arruinarnos la vida es la de permanecer en el piso y no dejarse ayudar.

Hay un canto alpino muy lindo que van cantando mientras suben la montaña: en el arte de ascender la victoria no está en no caer, sino en no permanecer caído. no permanecer caído. La mano para que te alcen. No permanecer caído.

¡El primer paso es no tener miedo de recibir la vida como viene, no tener miedo de abrazar la vida, como es. Ese es el árbol de la vida que hemos visto hoy.

Gracias Alfredo por tu testimonio y la valentía de compartirlo con todos nosotros. Me impresionó mucho cuando decías: «comencé a trabajar en la construcción hasta que se terminó dicho proyecto. Sin empleo las cosas tomaron otro color: sin colegio, sin ocupación y sin trabajo». Lo resumo en los cuatro “sin” que dejaron nuestra vida sin raíces y se seca: sin trabajo, sin educación, sin comunidad y sin familia. Es decir, vida sin raíces. Estos cuatro “sin”, matan.

Es imposible que alguien crezca si no tiene raíces fuertes que ayuden a estar bien sostenido y agarrado a la tierra. Es fácil “volarse” cuando no hay de dónde agarrarse, de dónde sujetarse. Esta es una pregunta que los mayores estamos obligados a hacernos, los mayores que estamos aquí, es más, es una pregunta que ustedes tendrán que hacernos y tendremos el deber de respondérsela: ¿Qué raíces les estamos dando?, ¿qué cimientos para construirse como personas les facilitamos? Qué fácil resulta criticar a los jóvenes y pasar el tiempo murmurando si les privamos de oportunidades laborales, educativas y comunitarias desde dónde agarrarse y soñar el futuro. Sin educación es difícil soñar futuro, sin trabajo es muy difícil soñar futuro, sin familia y sin comunidad es casi imposible soñar futuro. Porque soñar el futuro es aprender a responder no solo para qué vivo, sino para quién vivo, para quién vale la pena gastar mi vida. y eso lo tenemos que facilitar nosotros los mayores dándoles trabajo, educación, comunidad, oportunidades

Como nos decía Alfredo, cuando uno se descuelga y queda sin trabajo, sin educación, sin comunidad y sin familia, al final del día nos sentimos vacíos y terminamos llenando ese vacío con cualquier cosa, con cualquier verdura. Porque ya no sabemos para quién vivir, luchar y amar.

A los mayores que están aquí y a los que nos están viendo, les pregunto: ¿Qué haces vos para generar futuro en los jóvenes de hoy?, ¿sos capaz de luchar para que tengan educación, para que tengan trabajo, para que tengan familia, para que tengan comunidad? Cada uno de los grandes respondámonos en el corazón.

Recuerdo una vez, charlando con unos jóvenes que uno me pregunta: “¿Por qué hoy muchos jóvenes no se preguntan sobre si Dios existe o les cuesta creer en Él y les falta tanto compromiso con la vida?” Les contesté: “Y ustedes, ¿qué piensan sobre esto?” Entre las respuestas que surgieron en la conversación me acuerdo de una que me tocó el corazón y tiene que ver con la experiencia que Alfredo compartía: “Padre, es que muchos de los jóvenes sienten que poco a poco dejaron de existir para otros, se sienten muchas veces invisibles”. Muchos jóvenes sienten que dejaron de existir para otros, para la familia, para la sociedad, para la comunidad, y entonces muchas veces se sienten invisibles.

Es la cultura del abandono y de la falta de consideración. No digo todos, pero muchos sienten que no tienen mucho o nada para aportar porque no cuentan con espacios reales desde dónde sentirse convocados. ¿Cómo van a pensar que Dios existe si ellos, estos jóvenes, hace tiempo que dejaron de existir para sus hermanos y para la sociedad? Así los estamos empujando a no mirar el futuro y a caer en las garras de las drogas, de cualquier cosa que los destruya. Podemos preguntarnos: ¿Qué hago yo con los jóvenes que veo?, ¿los critico o no me interesa?, ¿los ayudo o no me interesa? ¿Es verdad que para mi dejaron de existir hace tiempo?

Lo sabemos bien, no basta estar todo el día conectado para sentirse reconocido y amado. Sentirse considerado e invitado a algo es más grande que estar “en la red”. Significa encontrar espacios en el que puedan con sus manos, con su corazón y con su cabeza sentirse parte de una comunidad más grande que los necesita y que también ustedes jóvenes necesitan.

Y eso los santos lo entendieron muy bien. Pienso por ejemplo en Don Bosco que no se fue a buscar a los jóvenes a ninguna parte. A ver acá los que quieren a Don Bosco, un aplauso. Don Bosco no se fue a buscar a los jóvenes a ninguna parte lejana o especial, simplemente aprendió a ver todo lo que pasaba en la ciudad con los ojos de Dios y, así, su corazón fue golpeado por cientos de niños, de jóvenes abandonados sin estudio, sin trabajo y sin la mano amiga de una comunidad. Mucha gente vivía en la misma ciudad, muchos criticaban a esos jóvenes, pero no sabían mirarlos con los ojos de Dios. A los jóvenes hay que mirarlos con los ojos de Dios.

Él lo hizo, se animó Don Bosco, y se animó a dar ese primer paso: abrazar la vida como se presenta y, a partir de ahí, no tuvo miedo de dar el segundo paso: crear con ellos una comunidad, una familia donde con trabajo, estudio se sintieran amados. Darles raíces desde donde sujetarse para que puedan llegar al cielo, para que puedan ser alguien en la sociedad, darles raíces para se agarren y no los tire abajo el viento que viene, eso hizo Don Bosco, eso hacen los santos, eso hacen las comunidades que saben mirar a los jóvenes con los ojos de Dios. ¿Se animan ustedes los grandes a mirar a los jóvenes con los ojos de Dios?

Pienso en muchos lugares de nuestra América Latina que promueven lo que llaman familia grande, hogar de Cristo que, con el mismo espíritu de otros centros, buscan recibir la vida como viene en su totalidad y complejidad porque saben que el árbol siempre guarda «una esperanza guarda el árbol: si es cortado, aún puede retoñar, y no dejará de echar renuevos» (Jb 14,7).

Y siempre se puede “retoñar y echar renuevos”, siempre se puede empezar de nuevo cuando hay una comunidad, calor de hogar donde echar raíces, que brinda la confianza necesaria y prepara el corazón para descubrir un nuevo horizonte: horizonte de hijo amado, buscado, encontrado y entregado a una misión. Por medio de rostros concretos es como el Señor se hace presente. Decir “sí” como María a esta historia de amor es decir “sí” a ser instrumentos para construir, en nuestros barrios, comunidades eclesiales capaces de callejear la ciudad, abrazar y tejer nuevas relaciones. Ser un “influencer” en el siglo XXI es ser custodios de las raíces, custodios de todo aquello que impide que nuestra vida se vuelva gaseosa, que nuestra vida se evapore en la nada.

Ustedes los mayores sean custodios de todo aquello que nos permita sentirnos parte los unos de los otros, custodios de todo aquello que nos haga sentir que nos pertenecemos.

Así lo vivió Nirmeen en la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia. Se encontró con una comunidad viva y alegre, que le salió a su encuentro, le dio pertenencia, por lo tanto identidad, y le permitió vivir la alegría que significa ser encontrada por Jesús. Nirmeen le esquivaba a Jesús, tenía sus distancias hasta que alguien le hizo ver raíces, le dio pertenencia y esa comunidad la animó a comenzar ese camino que ella nos contó.

Un santo latinoamericano una vez se preguntó: «El progreso de la sociedad, ¿será sólo para llegar a poseer el último auto o adquirir la última técnica del mercado? ¿En eso se resume toda la grandeza del hombre? ¿No hay nada más que vivir para esto?» (cf. S. ALBERTO HURTADO, Meditación de Semana Santa para jóvenes, 1946). Yo les pregunto a los jóvenes: ¿Ustedes quieren esta grandeza o no? ¡No!

La grandeza no es solo tener el último auto, adquirir la última técnica del mercado. Ustedes fueron creados para algo más. María lo comprendió y dijo: ¡Hágase! Erika y Rogelio lo comprendieron y dijeron: ¡Hágase! Alfredo lo comprendió y dijo: ¡Hágase! Nirmeen lo comprendió y dijo: ¡Hágase! Los hemos escuchado aquí. Amigos, les pregunto: ¿Están dispuestos a decir “sí”? ¡Sí! Aprendieron a contestar, ya me gusta más.

El Evangelio nos enseña que el mundo no será mejor porque haya menos personas enfermas, menos personas débiles, menos personas frágiles o ancianas de quien ocuparse e incluso no porque haya menos pecadores; no, no será mejor por eso. El mundo será mejor cuando sean más las personas que, como estos amigos que nos han hablado, estén dispuestos y se animen a gestar el mañana, a creer en la fuerza transformadora del amor de Dios. A ustedes jóvenes les pregunto: ¿Quieren ser “influencer” al estilo de María. Ella se animó a decir «hágase»? Solo el amor nos vuelve más humanos, no las peleas, no el bullying, no el estudio solo; solo el amor nos vuelve más humanos, más plenos, todo el resto son buenos pero vacíos placebos.

Dentro de un momento nos vamos a encontrar con Jesús vivo en la Eucaristía. Seguro que van a tener muchas cosas que decirle, muchas cosas que contarle sobre distintas situaciones de sus vidas, de sus familias y de sus países.

Estando frente a Jesús, cara a cara, anímense, no tengan miedo de abrirle el corazón para que Él renueve el fuego de su amor, que los impulse a abrazar la vida con toda su fragilidad, con toda su pequeñez, pero también con toda su grandeza y hermosura. Que Jesús los ayude a descubrir la belleza de estar vivos y despiertos, vivos y despiertos.

No tengan miedo de decirle a Jesús que ustedes también quieren tomar parte en su historia de amor en el mundo, ¡que están para más!

Amigos: Les pido también que en ese cara a cara con Jesús sean buenos y le pidan por mí para que yo tampoco tenga miedo de abrazar la vida, para que sea capaz de cuidar las raíces y sea capaz de decir como María: ¡Hágase según tu palabra!


Santa Misa para la Jornada Mundial de la Juventud en el Campo San Juan Pablo II

«Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír» (Lc 4,20-21).

 

Así el evangelio nos presenta el comienzo de la misión pública de Jesús. Lo hace en la sinagoga que lo vio crecer, rodeado de conocidos y vecinos y hasta quizá de alguna de sus “catequistas” de la infancia que le enseñó la ley. Momento importante en la vida del Maestro por el cual, el niño que se formó y creció en el seno de esa comunidad, se ponía de pie, tomaba la palabra para anunciar y poner en acto el sueño de Dios. Una palabra proclamada hasta entonces solo como promesa de futuro, pero que en boca de Jesús solo podía decirse en presente, haciéndose realidad: «Hoy se ha cumplido».

Jesús revela el ahora de Dios que sale a nuestro encuentro para convocarnos también a tomar parte en su ahora de «llevar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia en el Señor» (cf. Lc 4,18-19). Es el ahora de Dios que con Jesús se hace presente, se hace rostro, carne, amor de misericordia que no espera situaciones ideales, situaciones perfectas para su manifestación, ni acepta excusas para su realización. Él es el tiempo de Dios que hace justa y oportuna cada situación y cada espacio. En Jesús se inicia y se hace vida el futuro prometido.

¿Cuándo? Ahora. Pero no todos los que allí lo escucharon se sintieron invitados o convocados. No todos los vecinos de Nazaret estaban preparados para creer en alguien que conocían y habían visto crecer y que los invitaba a poner en acto un sueño tan esperado. Es más, decían: “¿ Pero este no es el hijo de José?” (cf. Lc 4,22).

También a nosotros nos puede pasar lo mismo. No siempre creemos que Dios pueda ser tan concreto, tan cotidiano, tan cercano y tan real, y menos aún que se haga tan presente y actúe a través de alguien conocido como puede ser un vecino, un amigo, un familiar. No siempre creemos que el Señor nos pueda invitar a trabajar y a embarrarnos las manos junto a Él en su Reino de forma tan simple pero contundente. Cuesta aceptar que «el amor divino se haga concreto y casi experimentable en la historia con todas sus vicisitudes dolorosas y gloriosas» (Benedicto XVI, Audiencia general, 28 septiembre 2005).

Y no son pocas las veces que actuamos como los vecinos de Nazaret, que preferimos un Dios a la distancia: lindo, bueno, generoso, bien dibujadito pero distante y, sobre todo, un Dios que no incomode, un Dios “domesticado”. Porque un Dios cercano y cotidiano, un Dios amigo y hermano nos pide aprender de cercanías, de cotidianeidad y sobre todo de fraternidad. Él no quiso tener una manifestación angelical o espectacular, sino quiso regalarnos un rostro hermano y amigo, concreto, familiar. Dios es real porque el amor es real, Dios es concreto porque el amor es concreto. Y es precisamente esta «concreción del amor lo que constituye uno de los elementos esenciales de la vida de los cristianos» (cf. Benedicto XVI, Homilía, 1 marzo 2006).

Nosotros también podemos correr los mismos riesgos que los vecinos de Nazaret, cuando en nuestras comunidades el Evangelio se quiere hacer vida concreta y comenzamos a decir: “pero estos chicos, ¿no son hijos de María, José, no son hermanos de... son parientes de...? Estos, ¿no son los jovencitos que nosotros ayudamos a crecer…? Que se calle la boca, ¿cómo le vamos a creer? Ese de allá, ¿no era el que siempre rompía los vidrios con su pelota?”. Y lo que nació para ser profecía y anuncio del Reino de Dios termina domesticado y empobrecido. Querer domesticar la Palabra de Dios es tentación de todos los días.

E incluso a ustedes, queridos jóvenes, les puede pasar lo mismo cada vez que piensan que su misión, su vocación, que hasta su vida es una promesa pero solo para el futuro y nada tiene que ver con el presente. Como si ser joven fuera sinónimo de sala de espera de quien aguarda el turno de su hora. Y en el “mientras tanto” de esa hora, les inventamos o se inventan un futuro higiénicamente bien empaquetado y sin consecuencias, bien armado y garantizado y con todo “bien asegurado”. No queremos ofrecerles a ustedes un futuro de laboratorio. Es la “ficción” de alegría, no la alegría del hoy, del concreto, del amor. Y así con esta ficción de la alegría los “tranquilizamos”, los adormecemos para que no hagan ruido, para que no molesten mucho, para que no se pregunten ni nos pregunten, para que no se cuestionen ni nos cuestionen; y en ese “mientras tanto” sus sueños pierden vuelo, se vuelven rastreros, comienzan a dormirse y son “ensoñamientos” pequeños y tristes (cf. Homilía del Domingo de Ramos, 25 marzo 2018), tan solo porque consideramos o consideran que todavía no es su ahora; que son demasiado jóvenes para involucrarse en soñar y trabajar el mañana. Y así los seguimos procrastinando… Y ¿saben una cosa?, que a muchos jóvenes esto les gusta. Por favor, ayudémosle a que no les guste, a que se rebelen, a que quieran vivir el ahora de Dios.

Uno de los frutos del pasado Sínodo fue la riqueza de poder encontrarnos y, sobre todo, escucharnos. La riqueza de la escucha entre generaciones, la riqueza del intercambio y el valor de reconocer que nos necesitamos, que tenemos que esforzarnos en propiciar canales y espacios en los que involucrarse en soñar y trabajar el mañana ya desde hoy. Pero no aisladamente, sino juntos, creando un espacio en común. Un espacio que no se regala ni lo ganamos en la lotería, sino un espacio por el que también ustedes deben pelear. Ustedes jóvenes deben pelear por su espacio hoy, porque la vida es hoy. Nadie te puede prometer un día del mañana. Tu vida hoy, es hoy. Tu jugarte es hoy. Tu espacio es hoy. ¿Cómo estás respondiendo a esto?

Ustedes, queridos jóvenes, no son el futuro. Nos gusta decir: “Ustedes son el futuro…”. No, son el presente. No son el futuro de Dios, ustedes jóvenes son el ahora de Dios. Él los convoca, los llama en sus comunidades, los llama en sus ciudades para ir en búsqueda de sus abuelos, de sus mayores; a ponerse de pie junto a ellos, tomar la palabra y poner en acto el sueño con el que el Señor los soñó.

No mañana, ahora, porque allí , ahora, donde está tu tesoro está también tu corazón (cf. Mt 6,21); y aquello que los enamore conquistará no solo vuestra imaginación, sino que lo afectará todo. Será lo que los haga levantarse por la mañana y los impulse en las horas de cansancio, lo que les rompa el corazón y lo que les haga llenarse de asombro, de alegría y de gratitud. Sientan que tienen una misión y enamórense, que eso lo decidirá todo (cf. Pedro Arrupe, S.J., Nada es más práctico). Podremos tener todo, pero, queridos jóvenes, si falta la pasión del amor, faltará todo. ¡La pasión del amor hoy! ¡Dejemos que el Señor nos enamore y nos lleve hasta el mañana!

Para Jesús no hay un “mientras tanto” sino amor de misericordia que quiere anidar y conquistar el corazón. Él quiere ser nuestro tesoro, porque Jesús no es un “mientras tanto” en la vida o una moda pasajera, es amor de entrega que invita a entregarse.

Es amor concreto, de hoy, cercano, real; es alegría festiva que nace al optar y participar en la pesca milagrosa de la esperanza y la caridad, la solidaridad y la fraternidad frente a tanta mirada paralizada y paralizante por los miedos y la exclusión, la especulación y la manipulación.

Hermanos: El Señor y su misión no son un “mientras tanto” en nuestra vida, un algo pasajero, no son solo una Jornada Mundial de la Juventud, ¡son nuestra vida de hoy y caminando!

Todos estos días de forma especial ha susurrado como música de fondo el hágase de María. Ella no solo creyó en Dios y en sus promesas como algo posible, le creyó a Dios, se animó a decir “sí” para participar en este ahora del Señor. Sintió que tenía una misión, se enamoró y eso lo decidió todo. Que ustedes sientan que tienen una misión, se dejen enamorar y el Señor decidirá todo.

Y como sucedió en la sinagoga de Nazaret, el Señor, en medio nuestro, sus amigos y conocidos, vuelve a ponerse de pie, a tomar el libro y decirnos: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír» (Lc 4,21).

Queridos jóvenes, ¿quieren vivir la concreción de su amor? Que vuestro “sí” siga siendo la puerta de ingreso para que el Espíritu Santo nos regale un nuevo Pentecostés, a la Iglesia y al mundo. Que así sea.

Saludo final

Al final de esta celebración, doy gracias a Dios por habernos dado la posibilidad de compartir estos días y vivir nuevamente esta Jornada Mundial de la Juventud.

De modo particular quiero agradecer la presencia en esta celebración del señor Presidente de Panamá, Juan Carlos Varela Rodríguez, como también la de Presidentes de otras naciones y la de las demás autoridades políticas y civiles.

Agradezco a Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, arzobispo de Panamá, su disponibilidad y su buen hacer al acoger en su Diócesis esta Jornada, así como a los demás obispos de este país y de los países vecinos, por todo lo que han realizado en sus comunidades para dar cobijo y ayuda a tantos jóvenes.

Gracias a todas aquellas personas que nos han sostenido con su oración, y que han colaborado con su esfuerzo y trabajo para hacer realidad este sueño de la Jornada Mundial de la Juventud en este país.

Y a ustedes, queridos jóvenes, un grande «gracias». Su fe y su alegría han hecho vibrar a Panamá, a América y al mundo entero. Como tantas veces escuchamos durante estos días en el Himno de esta jornada: “Somos peregrinos que venimos hoy aquí desde continentes y ciudades”. Estamos en camino, sigan caminando, sigan viviendo la fe compartan la fe. Y no se olviden que no son el mañana, no son el “mientras tanto” sino el ahora de Dios.

Ya se ha anunciado la sede de la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Les pido que no dejen enfriar lo que han vivido durante estos días. Vuelvan a su parroquias y comunidades, a sus familias y a sus amigos, transmitan lo que han vivido, para que otros puedan vibrar con esa fuerza y con esa ilusión concreta que ustedes tienen. Y con María sigan diciendo “sí” al sueño que Dios sembró en ustedes.

Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.


Visita a la casa hogar Buen Samaritano. Ángelus.

Queridos jóvenes,
Estimados directores, colaboradores, agentes de pastoral,
Amigas y amigos:

Gracias padre Domingo por las palabras que, en nombre de todos, me ha dirigido. Quise este encuentro con ustedes, que están aquí en el hogar El Buen Samaritano, y también con los demás jóvenes presentes del Centro Juan Pablo II, del Hogar San José de las Hermanas de la Caridad y de la “Casa del Amor”, de la Congregación Hermanos de Jesús Kkottonngae. Estar hoy con ustedes es para mí un motivo para renovar la esperanza. Gracias por permitirlo.

Preparando este encuentro pude leer el testimonio de un miembro de este hogar que me tocó el corazón porque decía: «aquí yo nací de nuevo». Este hogar, y todos los centros que ustedes representan, son signo de esa vida nueva que el Señor nos quiere regalar. Es fácil confirmar la fe de unos hermanos cuando se la ve actuar ungiendo heridas, sanando esperanza y animando a creer. Acá no nacen de nuevo solo los que podríamos llamar “beneficiarios primeros” de vuestros hogares; aquí la Iglesia y la fe nacen; aquí la Iglesia y la fe se recrean continuamente por medio de la caridad.

Comenzamos a nacer de nuevo cuando el Espíritu Santo nos regala los ojos para ver a los demás, como nos decía el P. Domingo, no solo como nuestros vecinos ―que eso es ya decir mucho― sino como nuestros prójimos. Ver a los demás como prójimo.

El Evangelio nos dice que una vez le preguntaron a Jesús: ¿Quién es mi prójimo? (cf. Lc 10,29). Él no respondió con teorías, tampoco hizo un discurso bonito o elevado, sino que usó una parábola ―la del Buen Samaritano―, un ejemplo concreto de la vida real que todos ustedes conocen y viven muy bien. El prójimo es una persona, un rostro que encontramos en el camino, y por el cual nos dejamos mover, nos dejamos conmover: mover de nuestros esquemas y prioridades y conmover entrañablemente por lo que esa persona vive para darle lugar y espacio en nuestro andar. Así lo entendió el buen Samaritano ante el hombre que había quedado medio muerto al borde del camino no solo por unos bandidos sino también por la indiferencia de un sacerdote y de un levita que no se animaron a ayudar, y que, saben, la indiferencia también mata, hiere y mata. Unos por unas míseras monedas, los otros por miedo a contaminarse, por desprecio o disgusto social no tuvieron problema en dejar tirado en la calle a ese hombre. El buen Samaritano, así como todas vuestras casas, nos muestran que el prójimo es en primer lugar una persona, alguien con rostro concreto, con rostro real y no algo a saltear o ignorar, sea cual sea su situación. Es rostro que revela nuestra humanidad tantas veces sufriente e ignorada.

El prójimo es rostro que incomoda hermosamente la vida porque nos recuerda y pone en el camino de lo verdaderamente importante y nos libra de banalizar y volver superfluo nuestro seguimiento del Señor.

Estar aquí es tocar el rostro silencioso y maternal de la Iglesia que es capaz de profetizar y crear hogar, crear comunidad. El rostro de la Iglesia que normalmente no se ve y pasa desapercibido, pero es signo de la concreta misericordia y ternura de Dios, signo vivo de la buena nueva de la resurrección que actúa hoy en nuestras vidas.

Crear “hogar” es crear familia; es aprender a sentirse unidos a los otros más allá de vínculos utilitarios o funcionales, unidos de tal manera que sintamos la vida un poco más humana. Crear hogar es permitir que la profecía tome cuerpo y haga nuestras horas y días menos inhóspitos, menos indiferentes y anónimos. Es crear lazos que se construyen con gestos sencillos, cotidianos y que todos podemos realizar. Un hogar, y lo sabemos todos muy bien, necesita de la colaboración de todos. Nadie puede ser indiferente o ajeno, ya que cada uno es piedra necesaria en su construcción. Y eso implica pedirle al Señor que nos regale la gracia de aprender a tenernos paciencia, de aprender a perdonarse; aprender todos los días a volver a empezar. Y, ¿cuántas veces perdonar o volver a empezar? Setenta veces siete, todas las que sean necesarias. Crear lazos fuertes exige de la confianza que se alimenta todos los días de la paciencia y el perdón.

Y así se produce el milagro de experimentar que aquí se nace de nuevo, aquí todos nacemos de nuevo porque sentimos actuante la caricia de Dios que nos posibilita soñar el mundo más humano y, por tanto, más divino.

Gracias a todos ustedes por el ejemplo y generosidad; gracias a sus Instituciones, a los voluntarios y a los bienhechores. Gracias a cuantos hacen posible que el amor de Dios se haga cada vez más concreto, más real, mirando a los ojos de los que están a nuestro alrededor y reconociéndonos como prójimos.

Ahora vamos a rezar el Ángelus, los confío a nuestra Madre la Virgen. Le pedimos a Ella, que como buena Madre que sabe de ternura y de prjimidad, nos enseñe a estar atentos para descubrir cada día quién es nuestro prójimo y nos anime a salir con rapidez a su encuentro, y así poder darle un hogar, un abrazo donde encuentre cobijo y amor de hermanos. Una misión en la que todos estamos involucrados.

Los invito ahora a poner bajo su manto todas las inquietudes que tengan, todas las necesidades, aquellos dolores que llevan, las heridas que padecen, para que, como Buena Samaritana, venga a nosotros y nos auxilie con su maternidad, con su ternura, con su sonrisa de Madre.

* * *

V. El Ángel del Señor anunció a María,
R. Y concibió por obra del Espíritu Santo.

Avemaría.

V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mi según tu palabra.

Avemaría.

V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.

Avemaría.

V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oración

Te suplicamos, Señor, que derrames tu gracia en nuestras almas para que los que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo Jesucristo, por su Pasión y Cruz seamos llevados a la gloria de su Resurrección. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.

R. Amén.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy se celebra el Día Internacional de conmemoración en memoria de las víctimas del holocausto. Necesitamos mantener vivo el recuerdo pasado, de las tragedias pasadas y aprender de las páginas negras de la historia para no volver a cometer nunca más los mismos errores. Sigamos esforzándonos sin descanso por cultivar la justicia, fomentar la concordia y sostener la integración para ser instrumentos de paz y constructores de un mundo mejor.

Deseo expresar mi sentimiento de pesar por las tragedias que han golpeado al Estado de Minas Gerais en Brasil y al Estado de Hidalgo en México. Encomiendo a la misericordia de Dios a todas las personas fallecidas y, al mismo tiempo, rezo por los heridos y expreso mi afecto y mi cercanía espiritual a sus familias y a toda la población.

Aquí en Panamá, he pensado mucho en el pueblo venezolano al que me siento particularmente unido en estos días, ante la grave situación por la que atraviesa, pido al Señor que se busque y se logre una solución justa y pacífica para superar la crisis respetando los derechos humanos y deseando exclusivamente el bien de todos los habitantes del país. Los invito a rezar poniendo esta intercesión bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela.

A Cristo y a la Virgen también encomendamos las víctimas del atentado terrorista perpetrado, este domingo, en la Catedral de Joló en Filipinas mientras se celebraba Eucaristía. Reitero mi más firme reprobación por este episodio de violencia que enluta de nuevo a esta comunidad cristiana y elevo mis oraciones por los difuntos y por los heridos. Que el Señor, Príncipe de la paz convierta el corazón de los violentos y conceda a los habitantes de aquella región una serena convivencia.

Y hoy, último día de la Jornada Mundial de la Juventud, como ofrenda de la Misa trajeron una lista de 20 jóvenes que no pudieron enterarse cómo sucedía la jornada de la juventud, por la televisión, por la radio, jóvenes alumnos de la Escuela de Cadetes de Policía “General Francisco de Paula Santander” en Colombia, asesinados por el odio terrorista. Estos jóvenes fueron ofrenda en la Misa y, como recuerdo de ellos, me permito en este Ángelus nombrarlos, y cada uno en el corazón, sino en voz alta en el corazón, diga esa palabra que se suele decir en estos institutos cuando se nombra a un muerto: “presente”. Que estén presentes delante de Dios: el cadete Luis Alfonso Mosquera Murillo; el cadete, Óscar Javier Saavedra Camacho; el cadete Jonathan Efraín Suescún García; el cadete Manjarrés Contreras, Juan Felipe; el cadete Juan Diego Ayala Anzola; el cadete Juan David Rodas Agudelo; el cadete Diego Alejandro Pérez Alarcón; el cadete Jonathan Heyner León Torres; el cadete, Allan Paul Bayona Barreto; el cadete Diego Alejandro Molina Peláez; cadete Carlos Daniel Campaña Huertas; cadete Diego Fernando Martínez Galvis; cadete Juan Esteban Marulanda Orozco; cadete César Alberto Ojeda Gómez; cadete Cristian Fabián González Portilla; cadete Fernando Alonso Iriarte Agresott; la cadete Érika Sofía Chicó Vallejo; el cadete Cristian Camilo Maquilón Martínez; el cadete Steven Rolando Prada Riaño; cadete Iván René Muñoz Parra. Te pedimos Señor que les des su paz y al pueblo colombiano que también le des su paz. Amén

Nuevamente, les agradezco lo que están haciendo aquí, es grande, es muy bello. Que Dios los bendiga y recen por mí. Gracias.


Encuentro con los voluntarios de la JMJ en el Estadio Rommel Fernández

Queridos voluntarios:

Antes de finalizar esta Jornada Mundial de la Juventud, quise encontrarme con ustedes para agradecerles a cada uno el servicio que han realizado durante estos días y en los últimos meses que precedieron a la Jornada.

Gracias a Bartosz, Stella Maris del Carmen y Maria Margarida por compartir sus experiencias en primera persona. Para mí fue muy importante escucharlos y darme cuenta de la comunión que se genera cuando nos unimos para servir a los demás. Experimentamos cómo la fe adquiere un sabor y una fuerza completamente nueva: la fe se vuelve más viva, más dinámica y más real. Se experimenta una alegría – se está viendo aquí - una alegría distinta por haber tenido la oportunidad de trabajar codo a codo con otros para lograr un sueño común. Sé que todos ustedes han experimentado todo esto.

Ustedes ahora saben cómo palpita el corazón cuando se vive una misión, y no porque alguien se los contó, sino porque lo vivieron. Tocaron con su propia vida que «no hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13).

También han tenido que vivir momentos duros que les exigió algún que otro sacrificio. Como nos decías, Bartosz, uno también experimenta las propias debilidades. Lo bueno es que estas debilidades no te detuvieron en tu entrega ni se volvieron lo central, ni lo más importante. Las experimentaste en el servicio, sí; intentando entender y servir a los otros voluntarios y peregrinos, sí; pero tuviste la valentía de que esto no te frenara, no te paralizara, seguiste adelante. Que nuestros límites y nuestras debilidades no nos paralicen, seguir adelante con nuestros defectos – ya los corregiremos -, con nuestras debilidades, para seguir adelante y así es la belleza de sabernos enviados, la alegría de saber que por encima de todos los inconvenientes tenemos una misión que llevar adelante. No dejar que las limitaciones, las debilidades e incluso los pecados nos frenen e impidan vivir la misión, porque Dios nos invita a hacer lo que podamos y a pedir lo que no podemos, sabiendo que su amor nos va tomando y transformando de manera progresiva (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 49-50). No se asusten si ven sus debilidades, no se asusten incluso si ven sus pecados, se levantan y adelante, siempre adelante. No se queden caídos, no se cierren, vayan adelante con lo que tengan encima, vayan adelante, que Dios sabe perdonar todas las cosas. Aprendamos de tantos que como Bartosz pusieron el servicio y la misión en primer lugar, el resto vas a ver que vendrá por añadidura.

Gracias a todos, porque en estos días han estado atentos y pendientes hasta de los más pequeños, los más cotidianos y hasta los más aparentemente insignificantes detalles, como ofrecer un vaso de agua, y ―a la vez― atendieron las cosas más grandes que requerían mucha planificación. Han preparado cada detalle con alegría, creatividad y compromiso, y con mucha oración. Porque las cosas rezadas se sienten y se viven con hondura. La oración le da espesura, le da vitalidad a todo lo que hacemos. Rezando descubrimos que somos parte de una familia más grande de lo que podemos ver e imaginar. Rezando le “abrimos la jugada” a la Iglesia que nos sostiene y acompaña desde el cielo, a los santos y santas que nos han marcado el camino, pero sobre todo rezando “le abrimos la jugada” a Dios para que Él pueda actuar y pueda entrar y pueda vencer.

Ustedes han querido dedicar su tiempo, su energía, recursos, a soñar y armar este encuentro. Podrían perfectamente haber optado por otras cosas, ustedes quisieron comprometerse. Esa palabra que la quieren borrar: compromiso. Eso los hace crecer, eso los agiganta, como estén, pero compromiso. Dar lo mejor de sí para hacer posible el milagro de la multiplicación no solo de los panes sino de la esperanza. Y ustedes dando lo mejor de sí, comprometiéndose, hacen el milagro de la multiplicación de la esperanza. Necesitamos multiplicar la esperanza. ¡Gracias, gracias por todo eso! Y en esto demuestran una vez más, que es posible renunciar a los propios intereses en favor de los demás. Como también lo hiciste tú, Stella Maris. Yo había leído los testimonios ante, por eso pude escribir esto, y cuando leí el tuyo sentí algo como ganas de llorar. Renunciaste a tus intereses, habías juntado pesito a pesito para poder participar en la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia, pero renunciaste para ir a cubrir el sufragio de tus tres abuelos. Renunciaste para honrar tus raíces y eso te hace mujer, te hace adulta, te hace valiente. Renunciaste a participar en algo que te gustaba y que habías soñado para poder ayudar y acompañar a tu familia, para honrar tus raíces, para poder estar ahí; y el Señor, sin que vos lo esperaras ni lo pensaras, te estaba preparando el regalo de la Jornada Mundial de la Juventud en tu tierra. Al Señor le gusta hacer estos chistes, al Señor le gusta responder de esta manera a la generosidad, siempre gana en generosidad: Vos le das un poquito así y Él te da un montón así. Así es el Señor, qué le vamos a hacer, así nos quiere. Como Stella Maris, muchos de ustedes también realizaron renuncias de todo tipo. Tantos de ustedes renunciaron... Piensen ahora, a qué renuncié yo para meterme de voluntario. Piensen un minuto. Ustedes con lo que han pensado han tenido que postergar sueños para cuidar su tierra y sus raíces. Eso siempre el Señor lo bendice, no se deja ganar en generosidad. Cada vez que postergamos algo que nos gusta por el bien de los otros y especialmente por los más frágiles, o por el bien de nuestras raíces como son nuestros abuelos y nuestros ancianos, el Señor lo devuelve ciento por uno. Te gana en generosidad, porque nadie le puede ganar a Él en generosidad, nadie lo puede superar en amor. Amigos: den y se les dará, y experimentarán cómo el Señor «les volcará sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante» (Lc 6,38), como dice el Evangelio.

Queridos amigos, han tenido una experiencia de fe más viva, más real; han vivido la fuerza que nace de la oración y la novedad de una alegría diferente fruto del trabajo codo a codo incluso con personas que no conocían. Ahora llega el momento del envío: vayan cuenten, vayan testimonien, vayan contagien lo que han visto y oído. Y esto no lo hagan con muchas palabras sino, como lo hicieron aquí, con gestos simples y con gestos cotidianos, esos que transforman y hacen nuevas todas las cosas, esos gestos capaces de armar lio, un lio constructivo, un lio de amor. Les cuento una cosa, cuando venía el primer día por el camino había una señora con un bonete, una señora mayor ya, abuela, ahí en la reja por donde yo pasaba con el auto y tenía un cartel que decía: “Nosotras las abuelas también sabemos armar lio”. Y ponía: “Con sabiduría”. Júntense con los abuelos para armar lio, va a ser un lio contundente, un lio genial, no el tengan miedo, vayan y hablen. Me parecía muy viejita la señora y le pregunté la edad: tenía 14 años menos que yo, qué vergüenza.

Pidámosle al Señor su bendición. Que bendiga a sus familias y a sus comunidades y a todas las personas con las que ustedes se van a encontrar en el futuro próximo. Pongamos también bajo el manto de la Virgen Santa nuestro corazón, lo que siente nuestro corazón. Que ella los acompañe. Y como les dije en Cracovia, yo no sé si en la próxima Jornada Mundial de la Juventud voy a estar, pero les aseguro que Pedro va a estar y los va a confirmar en la fe. Sigan adelante, con coraje y valentía y, por favor -soy pecador de alma-, no se olviden de rezar por mí. Gracias.

Oración –

Y ahora les doy la bendición. Ponemos en nuestro corazón lo que somos, lo que deseamos, a las personas con las cuales trabajamos en este tiempo, a los otros voluntarios, a la gente que hemos visto. Ponemos en nuestro corazón a los amigos para que reciban la bendición; y también ponemos en nuestro corazón a los que no nos quieren, a los enemigos, cada uno de nosotros tiene alguno, para que Jesús los bendiga también, y todos juntos podamos ir adelante.

Bendición

 

El prelado, en Costa Rica: «Cuando uno trabaja por Dios, todo es para su Gloria»

Mons. Fernando Ocáriz ya está en Costa Rica, donde celebró un encuentro de catequesis en el colegio Iribó, al que asistieron mujeres que participan en los medios de formación del Opus Dei.

Del Prelado29/01/2019

28 de enero de 2019

Mons. Ocáriz inició subrayando la importancia de la alegría: “El deseo de Dios es que estemos contentos, que nuestra alegría sea completa; esto se logra con su gracia y ayuda, para ser felices hay que tener un corazón enamorado de Dios y Él nos dará la fuerza para querer a todos: familia, amigos y compañeros”.

La primera pregunta fue de Marjorie, quien cumplirá pronto 55 años de casada; le planteó cómo comprender y darnos cuenta de que tenemos mucho que aportar a nuestras familias. “Tú misma te has dado cuenta de que lo más grande que podemos hacer es dar a conocer a Cristo, tratarlo y llevarlo a todas partes en respuesta a todo lo que Él nos ha dado; principalmente en la propia familia”.

Luego, el prelado respondió a Jéssica, quien es de Perú y llegó a Costa Rica por motivos laborales. Preguntó cómo llevar la luz de la fe a mucha gente: “Aprovecha las situaciones de la jornada para conocer más gente, pide luces al Espíritu Santo”.

El prelado resaltó el valor de la fraternidad en las familias, entre amigos y con los colegas. Gabriela, madre de siete hijos, quiso saber cómo vivir la caridad con los seres queridos que difieren de las propias ideas: “Ser amigo, marido o madre requiere un esfuerzo espiritual. Para entender a quienes están a nuestro alrededor, primero debemos ver en ellos lo bueno, lo positivo, lo mejor de cada uno. Todos valemos muchísimo y ante esa realidad no caben distinciones: las diferencias deben llevarnos a querernos y valorarnos más”.

"lo más grande que podemos hacer es dar a conocer a Cristo, tratarlo y llevarlo a todas partes"

Claudia quiso saber cómo no desanimarse al tratar de acercar a Dios a los demás, cuando la gente piensa en que no tiene tiempo para el Señor.“No te desanimes. Piensa cuánto costó a san Josemaría comenzar la Obra. Al mismo tiempo, ten conciencia de que nuestro trabajo nunca es en vano. Cuando uno hace las cosas por Dios, todo es para su Gloria”.

El prelado resaltó el papel de las cooperadoras y los cooperadores, quienes apoyan la labor de la Obra para que salga adelante en sus diferentes iniciativas.

La última en preguntar fue Laura, casada, quien a pesar del poco tiempo que quedaba aprovechó para hacer dos preguntas al Padre: la primera sobre cómo contribuir a favor de la cultura de la vida, y la segunda cómo hablar a los jóvenes recién casados para que perseveren en su matrimonio.

“El aborto es un asesinato a un inocente –dijo el prelado respondiendo a la primera cuestión-; es una persona distinta. No nos dejemos llevar por la corriente, por desgracia, dominante”. Respecto a la segunda pregunta respondió, “cuando un matrimonio se rompe muy rápido es porque falta amor. El amor no es la ilusión inicial, que pasa; el amor es desear el bien de la persona. Debemos enseñar qué es el amor a los más jóvenes”.

27 de enero de 2019

El Padre llegó a San José (Costa Rica) a las 16:15 h. proveniente de Panamá. Al llegar al Centro Universitario Miravalles, residencia de la Obra donde se alojará durante sus días en San José, le esperaban varias familias para darle la bienvenida.

Una de las familias vive en Ciudad Neilly, cerca de la frontera con Panamá; otra en San Luis de Santo Domingo de Heredia y otra en Curridabat, suburbio de la ciudad capital. Pudieron conversar varios minutos y al final el prelado les impartió su bendición.

Posteriormente saludaron a monseñor Ocáriz varios universitarios y un grupo de fieles de la Obra que le esperaban en Guaitil, Academia de Alta Cocina, contigua a Miravalles.

En uno de esos encuentros, José Daniel comentó al prelado que su novia y varios de sus amigos habían leído con él “Camino” y cómo les había ayudado. El prelado habló sobre la necesidad de no tener miedo a Dios y de hablarle como a un amigo. “La Sagrada Escritura da numerosas veces el consejo de no temer a Dios, y de sabernos siempre acompañados por Él. San Josemaría decía que quien tiene miedo no sabe querer. No temamos si Él nos pide más de lo que queremos dar”.

25 de enero de 2019

El prelado acudió al Centro Universitario Entremares, centro del Opus Dei muy cercano al Campo Santa María La Antigua, epicentro de algunas de las principales reuniones de la Jornada Mundial de la Juventud.

En Entremares celebró la Santa Misa. En la breve homilía hizo alusión a la festividad de la Conversión de san Pablo. Animó a los presentes a pedir al apóstol de las gentes por la conversión de cada uno de los asistentes a los actos con el Santo Padre: “No solo por conversiones de gente que no tiene la fe sino también para que cada uno de nosotros dé pasos adelante hacia el Señor”.

Tenemos que desear “la conversión permanente”, señaló. “Como san Pablo, nos encontramos continuamente con el Señor, que nos dice: ‘¿A qué esperas? ¿Por qué te retrasas? ’ Pidamos al Señor que nos haga reaccionar”. Solicitó también oraciones por los cristianos perseguidos o que encuentran especiales dificultades.

‘¿A qué esperas? ¿Por qué te retrasas? ’

Mons. Ocáriz se trasladó luego al Centro de Convenciones Vasco Núñez de Balboa, donde tuvo su primera tertulia de catequesis en el marco de la JMJ. Al comienzo, se entretuvo unos minutos con un grupo de jóvenes que habían acudido desde Venezuela. A la primera catequesis asistieron más de 1.500 chicas procedentes de diversos países: desde Panamá hasta Filipinas. Las jóvenes le recibieron haciendo una “ola especial”, en alusión a los dos mares (Atlántico y Pacífico) en los que se encuentra Panamá.

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-265f986820e820249a1b2587482696cf.jpg

Nada más comenzar, el prelado pidió oraciones por el Papa Francisco. También habló sobre la alegría, diciendo que “nuestra finalidad es querer cada día más al Señor” y que estando cada una en su sitio es donde le espera la felicidad. Zugeilys, de Panamá, hizo la primera pregunta. Después continuaron María José (Colombia), Natalia (Brasil), Guadalupe (Uruguay), Sofía (El Salvador), Karin (Chile), Regina (México), Tita (Guatemala) y María Gabriela (Brasil).

“Es posible sufrir, es posible llorar, pero ¿estar tristes?, no", dijo el prelado. También habló sobre la vocación que Dios tiene para cada una y cada uno. “Hay que tener valentía para querer, no solo para ver. Cuando decimos sí al Señor, es por una gracia interior. No hay que temer porque la vocación, cualquier vocación, es un don que Él nos hace”.

Por eso, “hemos de poner de nuestra parte ese ‘sí quiero’. Luego, hay que dejarse aconsejar, hacer oración y acudir con toda la frecuencia que se pueda a la Eucaristía”. También habló ampliamente de la libertad: “Porque para comprometerse hay que hacerlo libremente. El compromiso es un modo de ejercer la libertad”, recordó.

Finalmente, mencionó la importancia de la amistad. “Cuando hay verdadera amistad, hay interés por la otra persona. Si es verdaderamente amiga –dijo a una de las participantes-, ella se interesará por tus cosas y tú por las suyas. Ése es un punto de partida y, poco a poco, la amistad se convierte en apostolado; y juntas os acercaréis al Señor”.

Tras recibir a algunas familias, el prelado celebró por la tarde otro encuentro de catequesis con universitarios. Unos 900 jóvenes, la mayoría de Centroamérica, llenaban la sala. Al entrar, se detuvo a saludar a Gerardo, un muchacho en silla de ruedas que recibe formación cristiana en un centro del Opus Dei. Gerardo le regaló al prelado una estampa de san Óscar Romero.

En esa catequesis, Mons. Ocáriz señaló que “san Josemaría nos ha recordado que podemos encontrar al Señor en los momentos de la vida ordinaria. La santidad está al alcance de todos: en el trabajo, en el deporte, en la familia… en todo”. Y añadió: “A veces no entendemos eventos que nos ocurren o que ocurren en el mundo. Para eso, ayuda tener fe”.

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-e4a4cdb7615d1ea183463cf0ab4496ec.jpg

Clemente, de Chile, tiene 22 años de edad y pidió al prelado una reflexión para los jóvenes que están considerando la vocación al celibato apostólico. . “Si una persona ve que es el camino que Dios le señala –por las circunstancias, por los signos y por los consejos de quienes les conocen-, que se lance a ello", le respondió. "No hace un favor a Dios con el celibato apostólico. Es Él quien nos está haciendo un don. Recuerda lo que Jesús dijo a la Samaritana: ‘Si conociérais el don de Dios, y quién es el que te lo da...’”.

Francisco, de México, contó que hace dos años estaba muy alejado de Dios y que hoy vive en un Centro de la Obra. “¿Cómo hacer para no abandonar la oración diaria?”, preguntó. El prelado confirmó que ser fieles a un rato de conversación diaria con Dios cuesta. “El catecismo habla de ‘combate’ al hablar de la oración. Requiere esfuerzo. Pero siempre, aunque haya salido mal, ha valido la pena hacerla. Hay muchos métodos para hacer oración. Uno es leer el Evangelio, meterse en las escenas, tratar en ellas al Señor”.

Un joven nicaragüense mencionó las dificultades que atraviesa su país. “No hay que perder la esperanza –respondió el prelado-. Rezad, porque rezando ya hacemos mucho. La Cruz es un misterio, no la entendemos. Es cuestión de fe”.

Otro le preguntó sobre qué hacer cuando se toma una decisión equivocada: “Nadie escoge el mal por el mal. Algo bueno vemos en el mal para escogerlo”. Lo importante es “ser muy sinceros con nosotros mismos para saber que lo que nos hace felices es el bien, el amor, el Amor más grande que es Dios”.

El prelado concluyó con una llamada al optimismo: “No hemos de desanimarnos; san Josemaría nos enseñó a comenzar y recomenzar. Recomenzar siempre acudiendo en primer lugar a donde está la fuerza: en la confesión y en la Eucaristía; en las buenas amistades; en el consejo…”.

 

Al concluir, los participantes le regalaron un sombrero típico de Guatemala, bandas de mano de la JMJ y una imagen de la Virgen.

24 de enero de 2019

Mons. Fernando Ocáriz aterrizó el jueves a las 6.45 de la tarde en el aeropuerto de Tocumen (Panamá). Algunos fieles del Opus Dei y voluntarios de la JMJ le acompañaron a la capilla, donde pocos días antes se había inaugurado una placa que recuerda el paso por aquel lugar de diversos santos, entre los cuales está san Josemaría. El prelado rezó ante una imagen de la patrona de Panamá, santa María la Antigua.

A continuación, fue al centro de convivencias Cerro Azul, situado en unas montañas cercanas a Tocumen.

Al llegar, saludó a las fieles de la Obra que le esperaban en el Centro de Capacitación Tagua, un centro que promueve proyectos educativos en beneficio de la mujer panameña.

En Cerro Azul, quienes le acompañaban le contaron anécdotas de la JMJ, del Papa, y le transmitieron el ambiente que había entre las personas jóvenes que se han dado cita en Panamá.

21 de enero de 2019

El arzobispo metropolitano de Panamá, José Domingo Ulloa, inauguró el pasado 21 de enero en el Aeropuerto Internacional de Tocumen (Panamá) una placa que recuerda los santos y beatos que llegaron al país a través de este aeropuerto.

Resumen del viaje pastoral que emprenderá el prelado tras la JMJ.Resumen del viaje pastoral que emprenderá el prelado tras la JMJ.

El texto dice: “En recuerdo del paso por este Aeropuerto Internacional de Tocumen - Panamá, de: San Juan Pablo II, Papa; San Óscar Arnulfo Romero, arzobispo; San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador; Santa Madre Teresa de Calcuta, Fundadora; Beata María Romero Meneses, religiosa; Beato Álvaro del Portillo, obispo y de otras insignes personas que hicieron de su vida un servicio a la Humanidad”.

“Así queda para la historia que grandes personajes han pasado por este aeropuerto”, señaló el arzobispo.

La placa continúa: "Siendo Arzobispo de Panamá S.E.R. Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, se devela esta placa en conmemoración de la visita de Su Santidad el Papa Francisco, del 23 al 27 de enero de 2019, y de la primera imagen peregrina de Nuestra Señora del Rosario de Fátima, en ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud"

San Josemaría pasó por Panamá camino a Guatemala en 1975. Viajaba desde Venezuela en un viaje de Catequesis.

 

Monseñor Ulloa lee la placa.Monseñor Ulloa lee la placa.

La visita de san Josemaría

En febrero de 1975, a pocos meses de su marcha al cielo, san Josemaría se dirigía de Venezuela a Guatemala y el avión en el que volaba aterrizó en Panamá, en el Aeropuerto Internacional de Tocumen. La labor de la Obra en Panamá no había iniciado (lo hizo en 1996). Con san Josemaría viajaba también el beato Álvaro del Portillo.

Mons. Echevarría —siendo ya Prelado del Opus Dei— viajó a Panamá en el año 2000 y en una reunión con fieles de la Obra recordó aquella breve estancia en tierras canaleras: «Uno mi oración –dijo Mons. Echevarría- a la que hizo aquí, hace 25 años, san Josemaría. Era un sacerdote que el corazón no le cabía en el cuerpo. No pudimos estar más que una hora en el aeropuerto porque era un lugar de tránsito, pero os aseguro que su oración se concentraba sobre esta tierra estupenda, sobre los que estaban entonces, los que nos habían precedido y por los que vendrán».https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-d258acf3f47b51412b455e5550142ba0.jpg

 

 

Vamos a contar mentiras

Alfonso Sánchez-Rey

Pintada contra la libertad religiosa.

photo_camera Pintada contra la libertad religiosa.

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas. Tralará. Es curioso, en un mundo donde se vende la libertad por todos sitios, estamos cada vez más esclavizados. Se nos entusiasma con una libertad libertaria con la que nos da la impresión de dominar la situación, de ser nosotros mismos, cuando en realidad nos tiene aprisionados en nuestras ocurrencias, en nuestro “me da la gana”. Y somos cómodos y somos caprichosos. ¿No se trata de eso? Secuestremos la libertad, Bienvenidos los sucedáneos, el pensamiento único, lo que se lleva, lo que está de moda, lo que marcan las redes sociales. Y todos tan contentos.

Luego la igualdad. Todos iguales, con una igualdad de perfil bajo en la que resultan molestos los que se apartan de la medianía y suben el nivel. La excelencia, con estos planteamientos, acaba siendo sospechosa: no hay que salirse del guión, porque, si no, parecería que vamos por libre y no acogemos los ideales del mundo en el que nos movemos: la democracia, el progreso, la ciencia que lo explica todo…

Con todo este tsunami que nos va arrastrando, uno se mira al espejo y se pregunta si el raro no será él. Si será cierto que somos culpables de agarrarnos a cosas que uno diría que le sirven: la lealtad, la naturalidad de trabajar con alegría y sin que obsesione, el llamar a los padres padres, a las madres madres, el creer en el matrimonio entre el hombre y la mujer, así, tal cual, el valorar la vida y defenderla... ¿Será que soy retrógrado, fascista, y no me he enterado? Líbranos Señor, de tan gran pecado.

 

Aunque no queramos admitirlo, todos esos modos de actuar desembocan en el gran invento de los últimos años: lo políticamente correcto. El estado o la sociedad, nos dice lo que hay que pensar para no desentonar, para ir a la última, para no quedarnos anclados en lo que no es progresista, en lo pasado, en lo que nos intentan vender como rancio. Y entramos por ahí porque, en el fondo, nos asusta ir contra corriente, sin darnos cuenta de que todo eso, en lo que se supone que todos están de acuerdo, son, al fin y al cabo, cadenas que nos aprisionan y nos convierten en tontos útiles.

Antes de hablar, quien más y quien menos se tienta la ropa y le da vueltas: ¿qué pensarán de mí? ¿tomarán represalias si no les gusta? ¿será esto molesto para alguien? ¿me cortará mi trayectoria? Entonces ¿decimos lo que pensamos? Decimos más bien lo que los demás quieren oír. ¿Mentiras? Algo peor, una autocensura impuesta que trivializa el pensamiento hasta borrarlo, que se olvida de la audacia, de la valentía de suscitar pensamiento libre, aun con el riesgo de equivocarse. ¿Los filósofos, los pensadores? ¿Quién los necesita? ¿Sirven para algo? Cómodos en la sociedad del rebaño. Nos ocurre como con la historia del traje nuevo del emperador: que acabamos diciendo que el emperador viste un traje preciosísimo, y resulta que va desnudo.

Llegados aquí surge la gran tentación: empieza uno a dudar si será conveniente o no poner algo así por escrito. Cualquiera sabe. Siempre será una ventaja saber que, como se lee poco, tampoco pasa nada. Pero no entremos por ahí que acabaremos haciéndoles el juego. Así que, ahora que estamos despacio, vamos a contar mentiras. Las que nos aprisionan. Tralará.

 

 

Solo el amor salva

Posted: 28 Jan 2019 10:40 AM PST

https://4.bp.blogspot.com/-lJ9LlzLA5is/XE86yxS7qkI/AAAAAAAAChM/L2Fbt-WZg3IoM4PTXdnkb6xx3W6qX6I1QCLcBGAs/s200/icaro1.jpgMATISSE.jpg

En el cuadro de Henri Matisse, Ícaro (143-1946), el punto rojo es testigo del corazón humano, hecho para volar.

En la perspectiva cristiana lo único que salva y libera de verdad es el amor: el amor que Dios es y nos tiene, y que nos llama a colaborar con él en nuestra propia salvación y en la de otros.

Durante la vigilia de la JMJ de Panamá, el sábado 26 de enero, el papa Francisco ha explicado lo mismo a partir del “árbol de la vida”.

El libro de la vida aparece por primera vez en el libro del Génesis, 2, 9; también en el libro de los Proverbios y en el Apocalipsis.

El árbol de la vida puede representar la historia y la vida de amor que Dios nos ofrece (plenamente en Jesús), para que nuestra historia se entremezcle con su vida, que desea echar raíces en la tierra de cada uno.

A partir de ahí, el papa lanzó una serie de preguntas y mostró algunas consecuencias, entretejiendo un diálogo tanto con los jóvenes como con los adultos.

Una invitación a la confianza

Con metáforas de las tecnologías actuales, Francisco ha explicado que lo que Jesús nos ofrece no es algo que simplemente viene de fuera de nosotros y “espera” nuestra acción:

“No es una salvación colgada ‘en la nube’ esperando ser descargada, ni una ‘aplicación’ nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un ‘tutorial' con el que aprender la última novedad”.

Más bien es una oferta, una invitación: “La salvación que Dios nos regala es una invitación a ser parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse; es el primero en decir ‘sí’ a nuestra vida, El siempre va primero, es el primero a decir sí nuestra historia, y quiere que también digamos ‘sí’ junto a Él. Él siempre nos primerea”.

Esta invitación a la confianza en Dios –capaz de renovar nuestro corazón y transformar el mundo– le sucedió a María:

“Sin lugar a dudas –señala el papa– la joven de Nazaret no salía en las ‘redes sociales’ de la época, Ella no era una ‘influencer’, pero sin quererlo ni buscarlo se volvió la mujer que más influenció en la historia”. Y ella, con pocas palabras, “se animó a decir ‘sí’ y a confiar en el amor, a confiar en las promesas de Dios, que es la única fuerza capaz de renovar, de hacer nuevas todas las cosas. (...) ¿Qué quiero yo que Dios renueve en mi corazón?”.

La respuesta de María: su compromiso

¿Cómo fue la respuesta de María? No fue –observa Francisco– como si hubiera dicho un ‘sí’ en plan pasivo o resignado: “bueno, vamos a probar a ver qué pasa”. “Fue el ‘sí’ de quién quiere comprometerse y arriesgar, de quien quiere apostarlo todo, sin más seguridad que la certeza de saber que era portadora de una promesa. (...) ¿Qué promesa tengo en el corazón para llevar adelante?”.

Así vemos, en efecto, que de la confianza se pasa al compromiso, a ser capaces de asumir el riesgo que lleva consigo todo amor, esfuerzo y sufrimiento incluidos. ¿No es cierto que en cristiano el amor se muestra plenamente en lo que Cristo ha hecho por nosotros?. En español decimos: “vale la pena”.

Sigue luego el papa evocando cómo María se fió de Dios y se comprometió, arriesgó, apostó por las promesas de Dios. Fue generosa y valiente, sin esperar a tenerlo todo asegurado. Como sucede con tantas personas –padres y madres de familia, amigos, profesionales y otras personas dispuestas a servir a otros–, María se animó a abrazar la vida con toda su fragilidad y pequeñez, tal como viene, imperfecta pero no por eso menos digna de amor. Como Jesús, que abrazó y perdonó a tantos necesitados del cuerpo y del alma.

Solo lo que se ama puede ser salvado

¿Por qué?, se pregunta el papa argentino. Y responde: “Porque solo lo que se ama puede ser salvado. Vos no podes salvar una persona, vos no podes salvar una situación si no la amás. Solo lo que se ama puede ser salvado”.

Y aquí viene una consecuencia importante para todos: “Por eso nosotros podemos ser salvados por Jesús, porque nos ama. Podemos hacerle las mil y una, pero nos ama, y nos salva, porque solo lo que se ama puede ser salvado. Solo lo que se abraza puede ser transformado”.

En el amor de Jesús tenemos el modelo y la vida misma de nuestro amor: “El amor del Señor es más grande que todas nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces, pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces, como Él quiere escribir esta historia de amor”.

Hay vidas sin raíces (sin trabajo, educación, comunidad y familia). Los jóvenes necesitan esas raíces. Sin ellas es difícil que puedan “soñar el futuro”. Es decir, “responder no solo para qué vivo, sino para quién vivo, para quién vale la pena gastar mi vida. y eso lo tenemos que facilitar nosotros los mayores dándoles trabajo, educación, comunidad, oportunidades”.

Ayudar a los jóvenes

Esta es otra consecuencia, esta vez para los adultos: “¿Qué haces vos para generar futuro en los jóvenes de hoy?, ¿sos capaz de luchar para que tengan educación, para que tengan trabajo, para que tengan familia, para que tengan comunidad?”.

Volviendo a los jóvenes, muchos de ellos “sienten que poco a poco dejaron de existir para otros –familia, sociedad, amigos–, se sienten muchas veces invisibles”. Sienten que “dejaron de existir para otros, para la familia, para la sociedad, para la comunidad, y entonces muchas veces se sienten invisibles”. No se cuenta con ellos, lo que les hace pensar que no tienen nada que aportar, y eso les hace vulnerables, fáciles presas para cualquier cosa –como las drogas– que les destruya.

Más preguntas para los adultos: “¿Qué hago yo con los jóvenes que veo?, ¿los critico o no me interesa?, ¿los ayudo o no me interesa? ¿Es verdad que para mi dejaron de existir hace tiempo?”

Vuelve el papa a los jóvenes y sus actitudes y sentimientos: “Lo sabemos bien, no basta estar todo el día conectado para sentirse reconocido y amado. Sentirse considerado e invitado a algo es más grande que estar ‘en la red’. Significa encontrar espacios en el que puedan con sus manos, con su corazón y con su cabeza sentirse parte de una comunidad más grande que los necesita y que también ustedes jóvenes necesitan”.

Y de nuevo a los adultos. Lo que hicieron muchos santos fue dedicar su vida a promover espiritual y materialmente a los jóvenes, porque los miraban “con los ojos de Dios”.

Así fueron custodios y vivificadores de las raíces que hacen vivir a los jóvenes. Comprendieron para sí mismos y para los demás que hemos sido creados “para algo más” que poseer un auto o contar con la última técnica del mercado.

Y así fueron capaces, como María, de gestar el mañana, de “creer en la fuerza transformadora del amor de Dios”, único que salva totalmente.

Solo el amor –insiste Francisco– nos vuelve más humanos, no las peleas, no el bullying, no el estudio solo; solo el amor nos vuelve más humanos, más plenos, todo el resto son buenos pero vacíos placebos”.

Por eso cada uno de nosotros está llamado, como María, a participar de ese “más”, que es la historia del amor de Dios en el mundo. Y así hacer nuestra, en toda la vida, la respuesta de María: “Hágase según tu palabra”.

 

 

 

El delito de blasfemia evoluciona sólo en occidente

Salvador Bernal

Asia Bibi

photo_camera Asia Bibi

Se anuncia para estos días la vista en el Tribunal Supremo de Pakistán de la revisión de la sentencia absolutoria de Asia Bibi, tras nueve años de cárcel, por una injusta acusación de blasfemia, castigada con pena de muerte. No es un recurso de revisión semejante al de los ordenamientos jurídicos de los países democráticos: existe el derecho a volver sobre una sentencia firme, si se descubren datos nuevos que podrían alterar la decisión de los jueces si los hubieran conocido en su momento. En Islamabad no hay novedades, sino sólo una decisión política, para dilatar la ejecución de lo decidido por los magistrados, con la esperanza de aplacar las graves alteraciones de orden público provocadas por masas musulmanes fanáticas, opuestas a la liberación de esa madre de familia cristiana.

Un solo error judicial que llevase a la ejecución de un inocente justificaría la abolición de la pena capital, más aún por un delito de blasfemia. Pero quiero referirme hoy a la evolución del derecho penal -no exenta de contradicciones-, no a la sanción máxima, cada vez menos comprensible, no por consecuencialismo, sino por el significado de la incomparable dignidad de toda persona humana.

No pocos recordarán los debates suscitados por el reconocimiento del genocidio armenio perpetrado por Turquía al comienzo del siglo XX. Al parlamento francés llegó incluso un proyecto de tipificar su negación como delito, de modo semejante a lo establecido respecto del Holocausto. No olvido, por ejemplo, la condena de Roger Garaudy, un conocido protagonista del diálogo marxismo-cristianismos en los años sesenta, por haber escrito con libertad sobre la cuestión. Muchos se sorprendieron de la defensa de su amigo l’abbé Pierre, figura mítica en la Francia de postguerra.

Por paradoja, muchos apologistas de esa postura están en contra de la pervivencia del delito de blasfemia. ¿Por qué debe prevalecer aquí la libertad de expresión y no en el caso de la Shoah? No toda equivocación ni todo error deben castigarse penalmente. En todo caso, las leyes pueden establecer un deber de rectificación, si se difunden hechos no veraces. Pero ¿por qué renunciar a que las opiniones sean libres?

El riesgo actual es calificar como odio toda oposición o crítica intelectual. Y de ahí la proliferación de los delitos de odio, imposible de tipificar, porque ¿cómo precisar jurídicamente los sentimientos humanos? De mis exiguos estudios de derecho penal, recuerdo la exigencia del animus iniuriandi como requisito del correspondiente reato de injuria. La jurisprudencia confirmaba la seria dificultad de probar esa animosidad. De ahí quizá que víctimas convertidas en verdugos hayan planteado –y conseguido‑ reformas jurídicas regresistas que permiten condenar por la sola palabra del querellante.

Es como si bastara la protesta de un musulmán o de un cristiano para que un tribunal condenase a un ciudadano que rechazara públicamente a Mahoma o a Jesús. Otra cosa son actos objetivos que muestran una ofensa real a la comunidad de los creyentes, con o sin propósito de limitar la libertad religiosa, derecho protegido en los ordenamientos modernos. Desde luego, el insulto no merece esa protección, porque –así, en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional Español- no forma parte del derecho a la información.

En los últimos años, se han eliminado con razón de los códigos penales viejos delitos relativos a manifestaciones religiosas –cito de memoria-: España, Dinamarca, Islandia, Irlanda… Pero faltan 72 países –al parecer trece europeos-, que condenan aún la blasfemia, según una tribuna colectiva publicada en Le Monde del 18 de enero. Los firmantes instan al presidente Macron a comprometerse a favor de abolir esas legislaciones, una exigencia clara del artículo 28 de la declaración universal de los derechos humanos de 1948. Citan expresamente el caso de Asia Bibi en Pakistán y la incomprensible sentencia del Tribunal europeo de Estrasburgo contra una ciudadana de Austria. También en este país se discute ásperamente sobre la negativa al asilo de un paquistaní converso al catolicismo, después de varios años en el país: su devolución podría significar la condena a muerte.

Los firmantes de la tribuna invitan a que Francia proponga a la asamblea general de la ONU la adopción de un protocolo que complete el pacto sobre derechos civiles, y prohíba la blasfemia, como consecuencia de lo establecido en la declaración universal.

Me parece lógico desde la perspectiva del derecho a la información, que apuesta por la libertad. Si se acepta que los derechos son de la persona –no de ideologías o sistemas de pensamiento-, resulta coherente afirmar que la verdad no tiene derechos; tampoco, claro, el error y, menos aún, el odio. Repetiré la feliz síntesis de Guillaume Goubert, director de La Croix: “nadie puede imponer su sacralidad a otros. Esto vale también para quienes reclaman un derecho absoluto -y, por tanto, sagrado- para la blasfemia”.

 

Miedo

Ángel Cabrero Ugarte

Cristianos huyen de Irak por miedo al ISIS.

photo_camera Cristianos huyen de Irak por miedo al ISIS.

Hay miedo en el ambiente. Unos de los problemas más habituales que se plantean entre muchas personas es que ahora “todo se sabe”. Y eso atemoriza. Si no se supiesen las cosas… bueno, tampoco es para tanto. Pero ahora se entera todo el mundo de las facetas más íntimas de la vida. Vaya lío. No hay escapatoria.

Stephan Zweig, ha escrito sobre todas las debilidades y sobre todas las virtudes de los hombres y de las mujeres. Entre tantas biografías y tantas novelas hay una que se titula “Miedo”. Así, simplemente. Novela corta que nos muestra la situación de una mujer en una familia acomodada de la Viena de antes de la Primera Guerra, que de pronto se le ocurre un capricho -algo que le rescate de su vida anodina- al encontrarse con un hombre joven que la sonríe. De ser una esposa normalita y madre poco ocupada de sus hijos, que tienen niñera, pasa a ser una mujer adúltera.

Pero pronto se da cuenta del gran riesgo de que su marido, importante abogado de Viena, se entere de lo que está pasando. Hay datos que le hacen temer. Todo el relato se desarrolla en esas circunstancias de duda, de ser consciente de que se ha metido en un lío, de pánico ante las consecuencias que la llevan en algún momento a tomar decisiones terribles. Pero todo lo que lleva consigo -que Zwieg describe de maravilla- es miedo a que todo se sepa, nunca arrepentimiento.

 

Quizá podamos detectar este planteamiento en nuestro mundo occidental, donde hay tantos medios que hacen peligrar la intimidad de las personas y, sobre todo, tantos periodistas dispuestos a sacar réditos de noticias escandalosas, o a provocar ellos mismos el escándalo, a veces incluso con denuncias falsas o muy poco fundadas. En ese ambiente de riesgo constante puede haber miedo paranoico y actitudes exasperantes y, al mismo tiempo, una falta total de arrepentimiento.

Es sin duda la carencia más llamativa de sentido cristiano, donde se denota esa pérdida de vida recta, cercana al trato con Dios. Se pierde la sensibilidad religiosa que impregnaba bastantes ámbitos de la vida en España durante décadas. El siguiente paso es perder la fe y luego, fácilmente se pasa al ataque, porque el que fue religioso no admite a los que lo siguen siendo, por lo que hay de comparaciones.

Da pena ver a tantas personas que no tienen conciencia de sus malas acciones, que han perdido las más mínimas normas de conducta moral, que viven en un plan bastante egoísta. Y quizá unas de las pruebas más patentes es el miedo a ser descubiertas. La ausencia de arrepentimiento, la ausencia de penitencia es uno de los aspectos más perniciosos que observamos en una sociedad vacía, sin fundamentos, pendientes solo de las urnas y de los periodistas.

En la novela de Zweig, autor que lee en los pensamientos de las personas con las que se cruza, hay una invitación al perdón. A aquella mujer se le ofrece una opción de cambio, pero ella solo sabe de posturas, y la posibilidad de perdón por parte de las personas cercanas, que ella acepta, no le lleva a buscar el perdón de Dios, que es el primero que se ofrece siempre. Como hoy ocurre con tantas personas descubiertas en su mal, pero sin ningún afán de enfrentarse con lo definitivo, que es su destino eterno.

 

¿Por qué la Iglesia opina en temas sociales?

¿Por qué la Iglesia opina en temas sociales?

Por Luis-Fernando Valdés

El cristianismo es algo más que meras devociones; es también un modo global de ver la vida y la sociedad. Por eso, la opinión del Papa sobre la situación actual del mundo tiene mucha importancia para analizar las crisis globales y buscar una respuesta válida.

La misión social de la Iglesia

Cada inicio de año, los Pontífices dan un esperado mensaje al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. En el discurso del 7 de enero de este año, Francisco explicó la razón por la cual Iglesia expresa su parecer en los asuntos que afectan a la comunidad mundial.

El Papa explicó que la misión espiritual que Jesucristo dirigió a San Pedro y sus sucesores es la que impulsa al Pontífice y a la Santa Sede «a preocuparse por toda la familia humana y sus necesidades, incluso en el ámbito material y social».

Aclaró que «la Santa Sede no busca interferir en la vida de los estados», sino que observa «las problemáticas que afectan a la humanidad», para «ponerse al servicio del bien de todo ser humano» y «trabajar por favorecer la edificación de sociedades pacíficas y reconciliadas».

La diplomacia en la misión del Papa

Francisco también explicó que hay puntos de contacto entre los objetivos de las relaciones diplomáticas de las naciones y de organismos como la ONU y la misión espiritual del Pontífice y la Santa Sede.

Fue Pablo VI quien esbozó estos puntos de contacto, durante su memorable discurso a la Asamblea de las Naciones Unidas, y son los siguientes: el primado de la justicia y el derecho, la defensa de los más débiles, establecer puentes entre los pueblos y construir la paz, junto con repensar nuestro destino común.

Ante esta propuesta, el embajador chileno ante la Santa Sede, Octavio Errázuriz, comentó que en su mensaje Francisco «ha tocado los puntos más importantes de lo que es el ideario de una política internacional». (Vatican News, 10 ene. 2019)

La defensa de los migrantes

En aquel célebre discurso, Pablo VI afirmó que, como Pontífice, hacía suya «la voz de los pobres, de los desheredados, de los desventurados, de quienes aspiran a la justicia, a la dignidad de vivir, a la libertad, al bienestar y al progreso».

Y en esta reciente reunión con el cuerpo diplomático, el Papa Francisco encauzó la defensa de los débiles hacia el cuidado de los migrantes. Explicó que la Santa Sede participó activamente en la elaboración de dos pactos mundiales sobre la migración, que «serán importantes puntos de referencia para el compromiso político».

Pero el Pontífice denunció también que algunos documentos mencionados en uno de esos Pactos, el relativo a la migración, «contienen terminologías y directrices que no corresponden a sus principios sobre la vida y los derechos de las personas».

Sobre este tema, el observador permanente del Vaticano ante la ONU, monseñor Bernardito Auza, comentó que «la Santa Sede ha contribuido sustancialmente al pacto mundial sobre migración».

Y añadió que «la ONU cuenta en gran medida con la voz del Papa en defensa de los refugiados» porque Francisco puede «influenciar a países que tienen una actitud dura hacia aquellos que deben ser ayudados y no rechazados». (Vatican News, 10 ene. 2019)

Epílogo

Las sociedades y los gobiernos necesitan la ayuda de la reflexión –y a veces de la denuncia– de organizaciones independientes. Por eso, la Iglesia desde su experiencia por el contacto con la gente y los pueblos, y desde su doctrina de fe apoyada en una profunda reflexión, es un gran interlocutor, para defender y dar voz a los más débiles, a las naciones pobres y al planeta amenazado por la crisis ecológica.

 

 

¿Quiero que haya justicia

Ana Teresa López de Llergo

Dadas las características alarmantes propias del entorno contemporáneo, es necesaria otra virtud para practicar la justicia. Esta es la fortaleza. La fortaleza consigue una solidez interior tan grande que forja personas “de una pieza”.

 

Justicia y Fortaleza

La justicia es una virtud, de ella se derivan otras virtudes, por eso, es una de cuatro virtudes cardinales. Las virtudes se encuentran en las personas que las cultivan. Entonces, cuando pedimos justicia tenemos que encontrar a personas justas que vivan la justicia, que den a cada quien lo que les corresponde.

Esto demanda un sentido de responsabilidad hacia la propia vida y hacia la de los demás. Pues es injusto pedir respeto cuando no respetamos, pedir honestidad cuando violamos los compromisos adquiridos, pedir la restitución de lo nuestro cuando nos quedamos con lo ajeno, pedir la veracidad cuando calumniamos.

Además de herir cuando somos injustos, damos mal ejemplo a quienes nos estiman, especialmente a los miembros de nuestra familia y estamos fomentando la injusticia de modo inmediato en nuestro ámbito, y poco a poco, estas conductas se propagan y llegan mucho más lejos. Si estamos viviendo en una sociedad deteriorada, tenemos que poner el remedio y empezar por mí y los míos.

La meta es que en una familia haya un padre justo, una madre justa, cada hijo justo, unos empleados justos, unos abuelos justos, unos tíos justos, unos primos justos,… Como mantenerse así es bastante difícil, por la cercanía de estas relaciones, hemos de tratar de ayudarnos cuando vemos que alguien se debilita. En familia es más fácil llegar a tiempo.

Dadas las características alarmantes propias del entorno contemporáneo, es necesaria otra virtud para practicar la justicia. Esta es la fortaleza. La fortaleza consigue una solidez interior tan grande que forja personas “de una pieza”: leales a sus principios, de manera que son capaces de acometer contra las injusticias, o resistir ante las tentaciones. Y con los miembros de la familia saben llegar a tiempo para evitar tropiezos.

Revisaremos ahora algunas de las dolorosas injusticias de las que tenemos noticias o de las que hemos sido testigos y, desgraciadamente, preferimos no hacer nada.

Ser testigos de un robo en un transporte público. La justicia consiste en impedir el robo o, si ya se consumó, cercar al ladrón para detenerlo. Pero para lograr esa actitud se requiere fortaleza. Primero para denunciar lo que estamos viendo aunque el ladrón se desquite. Si no nos dimos cuenta del robo, pero oímos al denunciante, apoyarle y no dejarlo solo, a costa del cambio de nuestros planes. Urge proteger a la víctima y frustrar al bandido, urge también mover a otros para impedir el mal.

Si alguien forma parte de un grupo delictivo y empieza a arrepentirse, tendrá que ser fuerte para estar dispuesto a soportar el desquite de sus compañeros. Además, también deberá estar dispuesto a denunciarlos y a poner medios para impedir sus desmanes. O si les recluyen en un reformatorio, afrontar los intentos de venganza cuando recobren la libertad.

Hay quienes frustran los pequeños o medianos negocios que se ponen en marcha con mucho esfuerzo y con el mínimo de medios. Es el caso de algunas tiendas en zonas populosas a cuyos dueños les asfixian con el injusto cobro de derecho de suelo. Muchos saben quiénes son los extorsionistas, pero fingen ignorancia por cobardía, no quieren complicarse la vida aunque crezca el mal.

Este triste panorama, nos ha de llevar a plantearnos medidas preventivas, como puede ser: no intimar con personas violentas y transgresoras de las normas, no dejar pasar pequeños desmanes que al crecer producirán graves actos delictivos, no dejarse llevar por reacciones exageradas que deterioran las relaciones, etcétera.

Pero también es necesaria la denuncia a las respectivas autoridades para lograr que tomen cartas en los asuntos. A esos niveles se requiere la fortaleza para cumplir el propio deber de velar por la justicia, de hacer que las leyes se vivan.

Sin llegar a circunstancias tan dramáticas, mucho más cercano a todos, es el cuidado de los recursos de la institución donde trabajamos. A veces, somos causa del robo hormiga cuando por descuido ocasionamos el deterioro de los recursos a nuestra disposición, o hacemos uso de ellos sin que nos corresponda. Tal vez, esto ya no nos llama la atención, porque todos incurren en estas conductas. Pero nunca es tarde para reconocer que están mal y poner remedio.

Otras veces somos testigos del maltrato de los equipos de los servicios públicos: autobuses, taxis, vagones del metro. Su deterioro ocasionará alzas en el mantenimiento que tendremos que pagar los usuarios. Esta falta de conciencia social es una auténtica injusticia. Pero ser testigos de esos actos y no denunciarlos es también una falta de fortaleza. Así que ninguno estamos exentos de culpa.

Además, aunque se llegue a conseguir un ambiente sano, siempre hay que vigilar, para extirpar a tiempo la incipiente mala hierba. En nuestro planeta la condición para la concordia es no descuidarse. Quitar los males cuando son pequeños, pues de otro modo nos desbordarán y costará más trabajo combatirlos. Este es nuestro caso. Más vale que aprendamos la lección.

Ante nuestra vida se presenta la disyuntiva entre el esfuerzo por defender la verdad y promover la moral o la comodidad de dejar hacer y dejar pasar los errores y las maldades.

La fortaleza nos lleva a luchar contra nuestra comodidad. Luchar por ayudar a otros a ser buenos ciudadanos, para ser conscientes de la responsabilidad de conservar en buen estado los recursos que utilizamos todos.

Y, el orden en el ejercicio de la virtud de la fortaleza empieza en la familia. Esta sociedad es la más entrañable, la más cercana y, sobre todo, es la que nos compete en primera instancia. Será un orgullo comprobar que los miembros de la familia viven día a día el discreto heroísmo de combatir el mal.

 

 

Lo mejor y lo peor de los humanos.

        Pensar es un ejercicio  que permite ver el exterior y el interior, al mismo tiempo. Lo que sucede nos afecta. Sirve para, con mente despierta, ser conscientes y , sin juzgar, dar una respuesta positiva o negativa.

       Esa respuesta puede contribuir a nuestra evolución como humanos, pero también, en la mayoría de los casos, a nuestra evolución como especie.

       Los hechos que todos han podido  apreciar y han sido simultáneos: el pozo del niño con la respuesta social y,  la luna de sangre.                                                                                            

      1) El pozo del niño y la respuesta social en Totalán  (Málaga) España.

       El niño Julen un niño de 2 años, presuntamente cayó el domingo 13 de enero, en una prospección realizada y sin tapar. Su padre le perdió de vista "un segundo" fatídico, mientras preparaba una paella.

        Un hecho sin precedentes. El pozo es hoy  un símbolo de dolor.  Cayó por una apertura en la tierra de unos 25 cms y a gran profundidad (+- 100 m).       

         La tristeza y angustia de su familia han sido un reto y una alerta para el pueblo y para la sociedad, que quiere colaborar para poder ayudar en el rescate. No son horas de preguntas o especulaciones sino tiempo de arrimar el hombro, infundir ánimo y pedir y esperar un milagro para encontrarle con vida.

       Desde ese día, el niño Julen, su familia, y el despliegue  de medios para el rescate ha tenido en vilo a toda España y al mundo entero.  El corazón de cada uno y el de todos estaba en un puño, en ese pozo, en un deseo de sacarlo con vida.  Y todo, de forma mediática, vivido casi en directo por televisión y  contra reloj.

       Puede decirse que el niño del pozo ha impactado y ha servido para sacar lo mejor de España y de la humanidad. La atención mundial se ha desplazado al Cerro de la Corona, la montaña donde cayó al pozo.

       La sociedad ha movilizado los recursos de que dispone, para poder llegar a Julen en las mejores circunstancias de seguridad posibles, para él y para los equipos de rescate.

          Como una familia, un pueblo o une ejército en acción, bomberos, mineros, guardia civil, ingenieros, protección civil, médicos, psicólogos, operadores de maquinaria pesada, camioneros, y voluntarios han estado pendientes y han trabajado las 24 horas sin descanso para  que los 300 profesionales, lleguen a Julen.

https://youtu.be/JJ2hdCsFYq8

          Hasta los niños han venido a apoyar, con sus carteles y sus voces  para darles ánimo. Y mientras, profesores de universidad explican lo que se hace y cómo; trabajadores de diversas empresas en diversas localidades del país, en tiempo record, fabricaban y hacían llegar a la montaña,  lo que se iba necesitando.  De norte a sur de España, y en otros lugares del mundo, la gente se ha volcado y ofrecido su ayuda. Las familias de los especialistas, desplazados, han vivido pendientes de lo que  allí sucede, de los avances y del peligro que pueden correr los miembros de su familia.

      Se trataba simplemente, de prestar todo el apoyo técnico y logístico al equipo excepcional -no sólo técnico sino también humano- que estaba allí..

       La perforadora llego el  viernes 18 y el 21 quedo finalizado el pozo paralelo. La montaña manda. El trabajo no es fácil. Casi sin descanso, los altruistas -todos-  acompañan el trabajo casi extenuante de los héroes.

         El tiempo corre. Se topan, una y otra vez, con los obstáculos que la naturaleza va poniendo en su camino con las rocas en el terreno, porque no existía un estudio previo del terreno.

          Lo mejor del dispositivo operativo y el ánimo de todos, solo piensa en Julen, en la vida del pequeño porque el tiempo es implacable. Un total de 37 empresas y 10 organizaciones públicas han colaborado. Son  ya muchos días en las entrañas de la tierra.

https://youtu.be/YZpnpmSp0G4       

      Cuando creen estar ya en la última fase del rescate, la parte más peligrosa, después de haber terminado la perforación del pozo paralelo y encamisado del mismo, los  8 especialistas de la Brigada de Salvamento Minero, desplazados desde Asturias,  y 10 guardiaciviles especializados, entraron en acción el día 24, para picar a mano, un túnel en dirección al pozo donde se supone está el niño.

 

          El trabajo, fuera del tubo por el que han descendido, se hace picando a mano, por turnos y reciclando su propio oxígeno. Llevan más de 24 horas trabajando hasta el momento. Han tenido que bajar y subir varias veces a 73 metros de profundidad, porque el grupo especializado de la guardia civil TEDAX ha tenido que realizar, en esa corta distancia 4 micro voladuras por la especial dureza de las rocas encontradas. El terreno vuelve a retrasar el acercamiento y marca los tiempos.

         Hay un hospital de campaña por si fuera necesario y ambulancias. La espera es interminable.    

     

        Por fin, a la 1, 25 de la noche del 25 al 26 han dado con el niño. Pero...fallecido. ¡Gracias a todos los valientes héroes que dejaron todo y lo dieron todo para encontrarle con vida!

          ¡Descanse en paz! Se ha podido escuchar  un grito en la montaña: "¡otra vez no!, ¡otra vez no!  (en alusión a Oliver, el hermano mayor de Julen, que falleció súbitamente en 2017 , con 3 años). Es comprensible que estén destrozados. Todo el apoyo para estos padres José Roselló y  Vicky, que acaban de perder, en tan poco tiempo, a su segundo hijo.

 

      NOTA:           

                 El accidente del pozo en que cayó el niño, ha sacado a la luz, la picaresca española: los "pozos de la luna", los que se hacen de noche, a la luz de la luna y sin permiso. " Se estima que en España hay un millón de grandes pozos ilegales, pero nadie contabiliza los fracasados, es decir los que, como el de Totalán, no se encontró agua pero se perdió una vida.

               La parte oscura en ese pozo, no es que estuviera sin tapar sino más abajo, en el tapón

que cubría al niño para que no viera la luna y acaso se lo  llevó hacia las estrellas.

2) La luna de sangre.

      Otro evento, importante, sucedió la noche del 20 al 21 de enero. La Luna, el satélite natural de nuestro planeta se "tiñó de rojo durante un eclipse total", dando paso a la llamada "superluna de sangre".  Es la combinación de tres eventos astronómicos simultáneos: un eclipse lunar total, una de sangre y una superluna.

Un espectáculo  impresionante,  

         Un espectáculo  impresionante, que para que suceda, es necesario que los tres cuerpos celestes, la Tierra, el Sol y la Luna deben estar exactamente alineados o muy cerca de estarlo, y nuestro satélite en el perigeo o su punto más cercano a la Tierra, a una distancia de 357. 344 kilómetros.

 

      No sé si la luna quiso asomarse

al pozo sin fondo de la sierra malagueña,

mientras latía asustado

el corazón de un niño...

      No era la luna blanca de los pozos,

ladrona del agua subterránea...

era la otra, más cercana,

casi humana.

 

En las horas de sombra,

sintió los pasos apresurados de los buscadores

y sus máquinas hambrientas...

Quería darles su luz,

pero sangraba,

era "la Luna roja",

la que refleja el fuego

de un tristísimo Sol,

y los ojos doloridos de la Tierra.

 

Todos estaban cerca,

los astros, el mar y el cielo,

y los seres humanos en un puño,

mientras se abría la montaña...

Tal vez en un descuido,

un rayo de luz

bajó hasta el fondo

del pozo y la desolación

y se llevó al chiquillo...

 

Dicen que era su hermano,

o su estrella, o su ángel...

porque cuando los héroes

llagaron a su pozo,

Julen, ya no estaba.

 

José Manuel Belmonte

 

 

Leche “Origen España”

“Los consumidores ya pueden exigir leche ‘Origen España’ y respaldar a los ganaderos españoles” era el titular de un artículo publicado el día 22 de enero.

El pasado 22 de enero entraba en vigor el real decreto por el que se obliga a la leche y productos lácteos producidos en España a indicar el origen de la materia prima. Se trata de una reivindicación constante de algunas organizaciones profesionales, entre ellas ASAJA, que consideran que este etiquetado es esencial para que el consumidor tenga garantías de comprar producto de proximidad, nacional y con todas las garantías de calidad.

Este cambio coincide en el tiempo con la publicación, el pasado 16 de enero, del último informe de la Comisión Europea sobre el observatorio del mercado de la leche, en el que de nuevo se comprueba que los ganaderos españoles siguen percibiendo precios muy inferiores a la media europea. Se consolida pues una tendencia, iniciada en otoño de 2016, a raíz de la liberalización de las cuotas, “injusta e incomprensible, teniendo en cuenta que España es un país deficitario en leche, y que tiene que importar una parte significativa de lo que consume, precisamente a países exportadores cuyos ganaderos están cobrando más que los españoles”, denuncian desde la citada Organización.

Así, por cada cien litros de leche, el ganadero español cobró en diciembre 32,33 euros, el belga 36,46 euros, el danés 36,97 euros, el alemán 37,16 euros, 36,35 el francés, 37,20 el italiano y 37,25 el holandés. La media de este grupo de países de referencia en la producción de leche fue de 36,24 euros por cada 100 litros, lo que representa el 12,1% más que lo que percibió el ganadero español. “Esos casi cuatro céntimos por litro que no se está pagando serían la vida para nuestros ganaderos, un margen suficiente para que las cuentas salgan, poder invertir e incluso contratar mano de obra, en definitiva, confiar en el futuro”, indica la organización agraria.

Por ello, queda claro que lo que no está funcionando en España “es la propia industria láctea, de las más ineficientes de Europa, que tapa sus carencias y su incapacidad para adaptarse al mercado apretando a los ganaderos. Las lácteas funcionan en la práctica como un cártel, pactando precios a la baja, una situación que las administraciones no han tenido la valentía de controlar”, subraya la OPA.

En este complejo panorama, el nuevo Real Decreto abre un camino para que las decisiones de compra del consumidor repercutan positivamente en nuestros ganaderos. “Es vital que los consumidores exijan leche de ORIGEN ESPAÑA, porque si este respaldo es masivo las industrias tendrán que ofrecer producto nacional, y pagarlo de forma digna, como en el resto de Europa, como es de justicia, puesto que la leche española es al menos homologable en calidad, por no decir mejor, al de resto de países”.

Finalmente se apela a la sensibilidad de los consumidores, y se les recuerda que con su compra pueden apoyar a las familias ganaderas y con ello contribuir a mantener la población y el territorio en el medio rural, que bien lo necesita.

Jesús Domingo

 

 

NUESTROS GLACIARES SE DERRITEN

Escribe: Alfredo Palacios Dongo

Durante la Conferencia sobre Cambio Climático COP-24 (Polonia, diciembre 2018) la Organización de Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura (Unesco) presentó su último informe “El impacto del retroceso de los glaciares sobre los recursos hídricos” (Atlas de Glaciares y Aguas Andinos) señalando que en los glaciares de los Andes Tropicales (que cruzan Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador y Bolivia) la situación es dramática porque si continúa incrementando la temperatura al ritmo actual podrían perder entre 78% y 97% de su volumen glaciar hacia finales del siglo, en esta zona la temperatura promedio anual creció 0.8°C durante el siglo XX y antes que termine el siglo XXI podría aumentar entre 2°C y 5°C lo cual generaría un grave problema de falta de agua ya que la reducción o desaparición de dichas masas glaciares afectan la capacidad de su almacenamiento.

Sobre la situación en Perú, Unesco, a través de fotografías aéreas ha determinado que desde 1970 los 722 glaciares de la Cordillera Blanca redujeron su superficie de 723.4 km2 a 600 km2. Según investigaciones científicas el hielo de nuestros glaciares tardaron 1,600 años en formarse y en los últimos 25 años se ha perdido gran masa glaciar debido al aumento de temperatura por el cambio climático que ha roto el equilibrio natural. En el Perú tenemos 2,700 glaciares andinos en 19 cordilleras (más del 70% del total mundial), hace 50 años cubrían unos 2,000 km2 habiéndose reducido actualmente a menos de 1,300 km2.  

Bajo este panorama según un informe del Centro de Investigación Tyndall Center de Inglaterra, somos el tercer país más vulnerable al cambio climático después de Bangladesh y Honduras. Con mucho retraso, hace 6 años, se estableció un proyecto regional Perú, Bolivia y Ecuador “Adaptación al Impacto del Retroceso Acelerado de los Glaciares en los Andes Tropicales” lo que no ha apaciguado esta problemática, el año pasado el Ministerio del Ambiente inició el desarrollo de un proyecto sobre gestión del riesgo y uso del agua de glaciares, pero lo que se requiere es una estrategia completa que fortalezca los ecosistemas de los andes, mejore el manejo de los recursos hídricos con una buena gestión así como el almacenamiento natural del agua de los glaciares, que prevenga de desbordes el agua represada en las lagunas, adecue la agricultura al cambio climático, y genere conciencia a las poblaciones sobre las políticas de mitigación a los impactos del calentamiento global.

Ver mi Blog:  http://www.planteamientosperu.com

 

 

El desierto espiritual

Julia Kristeva - lingüista, filósofa, escritora y psicoanalista, profesora emérita de Semiología en París-VII y Nueva York-,  "ciudadana europea de nacionalidad francesa, de origen búlgaro y americano por adopción", no cree en Dios, pero se muestra abierta a la trascendencia. Considera que la identidad europea resulta inseparable de una idea de libertad que no es sólo "subjetividad emprendedora, capacidad de iniciativa", sino "liberación del Ser de la palabra que cuestiona y se entrega al otro y se refleja en poesía, deseo, revuelta".

Europa está ahora en peligro, porque se intentó "reducir las identidades nacionales en nombre de un universalismo mal entendido", lo que llevó a muchos políticos a uniformar toda diferencia en una "nueva versión de la banalidad del mal" descrita por Hannah Arendt. Algo de eso se atisba, a mi juicio, en las descalificaciones rituales de las políticas mayoritarias en Hungría y Polonia, y casi en Austria.

Por otro lado –reitera Kristova-, Europa se ha apoyado en la sociedad secularizada y "ha negado lo que yo llamaría la ‘necesidad de creer’, que para mí es universal, pre-religiosa y pre-política". Lleva al nihilismo -drogadicción, anorexia, vandalismo- y al "idealismo fundamentalista del extremismo religioso".

El desierto espiritual –la ausencia de valores- puede dar lugar a crispaciones y odios destructivos. La tecnocracia más bien ampliará la crisis, como se observa hoy en tantos países próximos.

Suso do Madrid

 

 

La soledad, nueva enfermedad social

En esta sociedad nuestra, envejecida, la política no puede dar la espalda a los problemas sociales que van apareciendo. La soledad se ha convertido en una enfermedad social de primer rango, un problema de salud pública. Es una enfermedad que atenaza sobre todo a las personas mayores y que acrecienta su vulnerabilidad. En España un veinte por ciento de la población vive sola, unos cuantos millones de personas.

El Congreso de los Diputados instaba al Gobierno y a las Comunidades Autónomas a crear una Estrategia Nacional contra la soledad mediante una proposición no de ley del PP que ha gozado de amplio apoyo. Según los últimos estudios, la soledad crónica aumenta el riesgo de mortalidad y está asociada a problemas cardiovasculares, neurodegenarativos y de obesidad, entre otros.

Enric Barrull Casals

 

 

Lo que Europa necesita son grandes valores

Hemos iniciado un 2019 con elecciones europeas, en un contexto nada fácil para la UE, y no sólo por el Brexit. Hay demasiada miopía en los gobernantes y escasa visión de futuro y de conjunto. Prevalece el interés electoral más inmediato, sea en Sevilla, en Barcelona o en Berlín. En tiempo de crisis provocada por nacionalismos o por la mediocridad de los líderes, se plantean reformas de la Constitución –española o comunitaria-, como si fuera la responsable de los problemas. Pienso que los problemas no están en los campos de labranza, sino en las yuntas que las aran.

En esa línea se inscribe, a mi entender, el manifiesto lanzado en Francia por el díscolo Thomas Piketty, a la cabeza de un amplio colectivo de intelectuales, investigadores y políticos procedentes de dieciséis países, con inspiración en conjunto izquierdista. Típico de mesianismos transformadores de la condición humana ‑¿cómo olvidar la ilusión del “hombre nuevo” soviético?-, plantean un proyecto de tratado y de presupuestos, para refundar la Unión.

El manifiesto Piketty –por resumir- propone crear instituciones más democráticas, comenzando por el diseño de una asamblea europea soberana, y convertir a la UE en una verdadera potencia, con un presupuesto cuatro veces mayor que el actual. Representaría el 4% del PIB y se financiaría con los impuestos que gravan los beneficios de las empresas, las rentas altas, los grandes patrimonios y las emisiones de carbono. No sé si, ante el movimiento de los “chalecos amarillos”, revisarán algunos de estos planteamientos.

Pedro García

 

Discursos políticos “o cómo no decir nada”

                                Como en España siempre “nos tienen en elecciones” y los políticos y con el dinero público dominan todos los canales de “desinformativos”; hemos de tragar lo que nos echan, o como muchos hacen ya, cortan los canales y pasan a ver documentales, leer novelas u oír música, que hay de todo ello y mucho a elegir.

                                Aunque ya no quieras ni oírlos; cómo ves la televisión, tienes que tragarte parte de los mismos y ver igualmente algo de esas desastrosas (cuando no ya denigrantes) campañas, en las que parecen hablar a tontos o dementes, puesto que aparte de las basuras que lanzan y se lanzan, no dicen más que mentiras o chorradas; desconociendo quienes los asesoran y el porqué de ese gasto inútil de un dinero público, que necesita España para cosas mucho más necesarias.

Observen que todo es tirar tinta de calamar o acusaciones a los contrarios; mientras los “lanzadores” quieren aparecer como si no hubieran roto ni un solo plato, cuando la realidad es que han dejado la casa nacional... prácticamente sin vajilla alguna.

 

            Observen que ninguno de ellos, toca lo que debieran señalar primero, o sea; la reducción en grado muy alto de sus sueldos y salarios, la reducción de coches oficiales, banquetes, viajes, dietas y sobre todo, la reducción de un aparato oficial (que no funcionariado necesario) excesivo y ya desastroso por demás, puesto que en gran medida, la ruina que padecemos es por ese ya incalificable malgasto del dinero público y el que ha llegado a grados insoportables.

 

            No, de eso no hablan ni los unos ni los otros; por lo visto pretenden no sólo mantener a los ejércitos de enchufados que han metido a lo largo de estos más de cuarenta años, todos, absolutamente todos los que han tocado poder... y quizá pretendan en su irresponsabilidad, en meter algunas otras “legiones”, que esperan poder entrar en “los nichos” que ya hay o en otros a crear según la necesidad del nepotismo o amiguismo, amén de los partidarios “sin oficio ni beneficio”; y a los que hay que dar de comer y que coman aún mejor que el que está... “deslomado trabajando”.

                                En cuanto a los “idealismos” conviene saber lo que sigue: "Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil (J. Ortega y Gasset). YO LE AÑADO: El sistema de gobierno no es el malo, los malos son los que lo manejan con arreglo a sus perversos instintos, por tanto el nombre no dice nada en sí. En cuanto a quién me asigne militancia en alguno, le señalo como bastante bruto, puesto que el inteligente que lea mi producción, lo que puede decir es simplemente lo que es mi realidad; "YO SOY MI PARTIDO Y MI CIRCUNSTANCIA"; NO HE VENDIDO MI PENSAMIENTO A NADIE, NI A MÍ MISMO. Claro que para llegar a ese punto, hay que tener un caletre que pocos llegan a tener. Es claro que “el que pasa hambre o necesidades es capaz de apuntarse al partido de Pedro Botero” y ello es comprensible, por cuanto mi propia abuela decía… “hijo mío el hambre es carrera del infierno”.

                                EL ESPAÑOL Y LOS OTROS: Lo explica muy bien y “a latigazo limpio”, Arturo Pérez Reverte (XL SEMANAL 8-10-2017) en pocas palabras y diciendo: “Juntas a un fanático o un malvado con 1.000 tontos y matemáticamente, obtienes 1.001 hijos de la gran puta” y añade en otros latigazos lo que sigue: “Todos tuvimos bisabuelos que lucharon en guerras, invasiones, conquistas y reconquistas. Que mataron y murieron y murieron por un plato de comida,  nosotros mismos. Olvidar que somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos”.

                                Y por último lo que dejó para la historia un buen gobernante:

DECÁLOGO DE ABRAHAM LINCOLN

1.- Usted no puede crear prosperidad desalentando la Iniciativa Propia.

2.- Usted no puede fortalecer al débil, debilitando al fuerte.

3.- Usted no puede ayudar a los pequeños, aplastando a los grandes.

4.- Usted no puede ayudar al pobre, destruyendo al rico.

5.- Usted no puede elevar al asalariado, presionando a quien paga el salario.

6.- Usted no puede resolver sus problemas mientras gaste más de lo que gana.

7.- Usted no puede promover la fraternidad de la humanidad, admitiendo e incitando el odio de clases.

8.- Usted no puede garantizar una adecuada seguridad con dinero prestado.

9.- Usted no puede formar el carácter y el valor del hombre quitándole su independencia (libertad) e iniciativa.

10.- Usted no puede ayudar a los hombres realizando por ellos permanentemente lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos.

              A esto se pudiera agregar otra lección de Abraham Lincoln:

“Un político puede engañar a unos todo el tiempo, y puede engañar a todos por algún tiempo. Pero lo que no podrá lograr es engañar a todos todo el tiempo”.

(Pero en España si es posible engañar a muchos mucho tiempo)

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes