Las Noticias de hoy 22 Enero 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    martes, 22 de enero de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Video mensaje del Papa a los jóvenes indígenas: “Desde esas raíces crezcan, florezcan, fructifiquen”

Invitación del Papa a la Iglesia Luterana de Finlandia a la “oración común” y el “compromiso por una mayor justicia”

DIGNIDAD DE LA PERSONA: Francisco Fernandez Carbajal

“Estad alegres, siempre alegres”: San Josemaria

​“¿Un apagón? La JMJ es de Dios”

Rasgos de buena amistad

LA ALEGRÍA, NUESTRA DEUDA CON JESÚS: Alberto García-Mina Freire

Nuevo impulso del papa Francisco a la bioética global en los 25 años de la Academia Pontificia para la vida: Salvador Bernal

Comprar o no comprar a tu hijo un smartphone: 10 puntos que te harán pensarlo: LaFamilia.info

Los mayores, los "sándwich" y los menores: los hijos según su lugar en la familia: LaFamilia.info

Abuelos que vuelven a hacer de padres: Aceprensa

El Primer Mandamiento y los derechos de los  padres: Adolfo J. Castañeda

ONU aumenta presión en favor del aborto y la homosexualidad: Rebecca Oas

Las objeciones éticas: José Morales Martín

El nacionalismo religioso: Xus D Madrid

Destruye la unidad de los cristianos: Pedro García

TODO DENUNCIADO... ¿Y QUÉ?: LIBERTAD. ¿PARA QUÉ?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Lunes 21 de enero de 2019

El Evangelio, la Palabra del Señor es el vino nuevo que se nos da, pero para ser buenos cristianos hace falta además un comportamiento nuevo, un estilo nuevo que es propiamente el estilo cristiano, y que son las Bienaventuranzas. Ese es el significado de la palabras que cierran el Evangelio de hoy (Mc 2,18-22): "Vino nuevo en odres nuevos". Y para saber cuál es el estilo cristiano lo mejor es ver si nuestras actitudes tienen algún estilo no cristiano, como son el estilo acusatorio, el estilo mundano y el estilo egoísta.

El estilo acusatorio es el estilo de esos creyentes que siempre intentan acusar a los demás, viven acusando: “No, pero ese, aquel… No ese, no… ese no es justo, ese era un buen católico…”, y siempre descalifican a los demás. Un  estilo –diría yo– de “promotores injusticia”: siempre buscando cómo acusar a los otros. Y no se dan cuenta de que es el estilo del diablo: en la biblia al diablo se le llama el “gran acusador”, porque siempre está acusando a los demás. Es una moda entre nosotros, y lo era también en tiempos de Jesús, que en más de un episodio reprocha a los acusadores: “En vez de ver la paja en los ojos de los demás, mira la viga en los tuyos”; o también: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Así que vivir acusando a los demás y buscando defectos no es cristiano, no es odre nuevo.

El estilo mundano, del mundo, es el de esos católicos que pueden rezar el Credo, pero viven de vanidad y soberbia, apegados al dinero, creyéndose autosuficientes. El Señor te ofrece el vino nuevo pero tú no has cambiado los odres, ¡no has cambiado! ¡La mundanidad, la mundanidad que es lo que arruina a tanta gente, tanta gente! Gente buena pero que entra en ese espíritu de la vanidad, de la soberbia, de hacerse ver… No hay humildad, y la humildad es parte del estilo cristiano. Debemos aprenderla de Jesús, de la Virgen, de san José, que eran humildes.

Y también hay otro estilo que se ve en nuestras comunidades y que tampoco es cristiano, es el espíritu egoísta, el espíritu de la indiferencia. Me considero un buen católico, cumplo mis cosas, pero no me preocupo de los problemas ajenos; no me preocupo de las guerras, de las enfermedades, de la gente que sufre..., ni siquiera de mi prójimo. Es la hipocresía que Jesús reprochaba a los doctores de la ley.

Entonces, ¿cuál es el verdadero estilo cristiano? El estilo cristiano es el de las Bienaventuranzas: mansedumbre, humildad, paciencia ante el sufrimiento, amor por la justicia, capacidad de soportar las persecuciones, no juzgar a los demás… Ese es el espíritu cristiano, el estilo cristiano. Si quieres saber cómo es el estilo cristiano, para no caer en el estilo acusatorio, en el estilo mundano o en el estilo egoísta, lee las Bienaventuranzas. Y ese es nuestro estilo, las Bienaventuranzas son los odres nuevos, son el camino para llegar. Para ser un buen cristiano hay que tener la capacidad de rezar con el corazón el Credo, pero también de rezar con el corazón el Padrenuestro.

 

 

Video mensaje del Papa a los jóvenes indígenas: “Desde esas raíces crezcan, florezcan, fructifiquen”

Primer Encuentro Mundial de Jóvenes Indígenas

enero 21, 2019 16:41Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 21 enero 2019).- “Muchachos y muchachas, ¡háganse cargo de sus culturas! ¡Háganse cargo de sus raíces! Pero no se queden allí. Desde esas raíces crezcan, florezcan, fructifiquen”, anima el Pontífice a los jóvenes indígenas de todo el mundo.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/01/EMJ-489x275.jpgEl Papa Francisco envió un video-mensaje a los muchachos que participan en el Encuentro Mundial de la Juventud Indígena (EMJI) que se celebra desde el 17 de enero en Soloy, Comarca Ngäbe-Buglé, Diócesis de David, en Panamá, en el que participan más de mil jóvenes indígenas procedentes de diversas partes del mundo.

En su mensaje el Papa pide a los jóvenes redescubrir las raíces para proyectarse hacia el futuro. La reunión se da en los “Días en la Diócesis”, una semana misionera que tiene como objetivo dar a los jóvenes la oportunidad de participar en diversas actividades, algunas de tipo espiritual, aunque también obras de solidaridad con las comunidades locales, incluyendo eventos misioneros y culturales.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/01/43145696_2292848400729554_8830991581403152384_n-367x275.jpgPrimer encuentro de jóvenes indígenas

“Los felicito porque es la primera vez que se organiza una reunión previa al día de la JMJ específicamente para los jóvenes de los pueblos indígenas, de los pueblos originales, en
todo el mundo”, dice el Papa.

“Queridos jóvenes, los invito a asegurarse de que esta reunión, que reúne a cientos de jóvenes de diferentes pueblos originarios, sirva para reflexionar y celebrar su fe en Jesucristo, a partir de la riqueza milenaria de sus culturas originales”, agrega.

Comité Central del EMJI © EMJI 2019

“Tomar el control de las raíces”

El Santo Padre invita mediante este video-mensaje, a “tomar el control de las raíces, porque de las raíces viene la fuerza que les hará crecer, florecer y dar frutos… Que su acción, la
conciencia de pertenencia a sus pueblos, sea una reacción contra esta cultura de desperdicio, contra esta cultura de olvido de raíces, proyectada hacia un futuro cada vez más líquido, gaseoso y sin fundamento”.

Un poeta decía que “todo lo que el árbol tiene de florido, le viene de aquello que tiene de soterrado. Las raíces. Pero raíces llevadas hacia el futuro. Proyectadas al futuro. Este es el desafío de ustedes hoy”, les anima el Papa.

Jatuaida, Jamorogodre (¡Que Dios los bendiga!), con estas palabras en lengua indígena se despide el Papa en el video: “Será un gusto para mí, encontrarlos en Panamá” les manifestó el Papa. “Y mientras llega ese momento, les deseo los mejores éxitos en el Encuentro y les doy mi bendición”.

 

 

Invitación del Papa a la Iglesia Luterana de Finlandia a la “oración común” y el “compromiso por una mayor justicia”

Discurso del Papa Francisco

enero 22, 2019 02:32RedacciónPapa y Santa Sede

(ZENIT – 21 enero 2019).- El pasado 19 de enero de 2019, a las 10 horas, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a una delegación Ecuménica de la Iglesia Luterana de Finlandia con motivo del peregrinaje ecuménico anual a Roma, para celebrar la fiesta de San Enrique, el santo patrón del país.

Publicamos a continuación las palabras de saludo que el Papa ha dirigido a los presentes:

***

Palabras del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas,

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/01/1-4-413x275.jpgOs doy la bienvenida con alegría. Durante varias décadas, vuestra peregrinación ecuménica a Roma con motivo de la fiesta de San Henrik hace posible nuestro encuentro fraternal y contribuye a la promoción de la unidad de los cristianos.

El compromiso común con el ecumenismo es un requisito esencial de la fe que profesamos, un requisito que proviene de nuestra propia identidad como discípulos de Jesús. Y como discípulos, al seguir al mismo Señor, entendemos cada vez más que el ecumenismo, es un camino, un camino que, como han subrayado los diversos pontífices desde el Concilio Vaticano II, es irreversible. This is not an optional way… La unidad entre nosotros crece a lo largo de este camino: por lo tanto, vuestra peregrinación anual a Roma es un signo particularmente elocuente, que os agradezco. Nos invita a recorrer juntos el camino de la unidad que, en la gracia del Espíritu Santo, nos une a Cristo nuestro Señor como hijos amados del Padre y, por lo tanto, como hermanos y hermanas entre nosotros.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/01/2-4-413x275.jpgAgradezco al obispo luterano de Kuopio, además d sus amables palabras y sus preciosas oraciones, el haber llamado nuestra atención el hecho de que tenemos ante todo un servicio de caridad y un testimonio de fe común para ejercer. Se fundan en el bautismo, en nuestro ser cristianos: ¡este es el centro! En efecto, como se nos recordaba, las diversas clasificaciones sociológicas, que a menudo se atribuyen con superficialidad a los cristianos, son aspectos secundarios o inútiles. Cuando rezamos juntos, cuando juntos anunciamos el Evangelio y servimos a los pobres y a los necesitados, encontramos en nosotros mismos el camino y el camino avanza hacia la meta de la unidad visible.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/01/6-1-413x275.jpgTambién las cuestiones teológicas y eclesiológicas que todavía nos distancian pueden resolverse solo en el curso de este camino común -nunca se resolverán si nos quedamos quietos- sin forzar nuestra mano y sin prever cómo y cuándo esto ocurrirá. Pero podemos estar seguros de que, si somos dóciles, el Espíritu Santo nos guiará en formas que ni siquiera podemos imaginar hoy. Mientras tanto, estamos llamados a hacer todo lo posible para alentar el encuentro  y resolver en la caridad los malentendidos, las hostilidades y los prejuicios que han echado a perder nuestras relaciones durante siglos. La reciente Declaración de la Comisión de Diálogo Luterano-Católico sobre la Iglesia, la Eucaristía y el Ministerio, titulada Communion in Growth ha contribuido al camino hacia el consenso teológico. El diálogo debe continuar, llevando adelante lo iniciado.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/01/4-3-413x275.jpgNo estamos solos en este itinerario. Hay testigos comunes que, como San Henrik, nos preceden en nuestro camino. Por eso es verdad – gracias también por recordárnoslo- que la Tradición no es un dilema, sino un don. Tradición se refiere al verbo latino tradere, que significa consignar. La Tradición no es algo de lo que apropiarse para diferenciarnos, sino una entrega que nos ha sido encomendada para enriquecernos mutuamente. Siempre estamos llamados a regresar a la entrega original, de la que fluye el río de la Tradición: es el costado abierto de Cristo en la cruz. Allí nos dio todo de sí mismo, también nos dio su Espíritu (cf. Jn 19, 30.34). De allí viene nuestra vida como creyentes, allí está nuestra regeneración perenne. Allí encontramos la fuerza para llevar los pesos y las cruces los unos de los otros. Precedidos y sostenidos por aquellos que dieron sus vidas por amor al Señor y por nuestros hermanos y hermanas, estamos llamados a no cansarnos nunca a lo largo del camino.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2019/01/3-4-413x275.jpgCada año, los cristianos en el mundo se dan una cita especial para pedirle al Señor una mayor unidad. Es la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que este año se centra en el versículo bíblico “Actúa siempre con toda justicia” (cf. Dt 16: 18-20). Está en plural y nos recuerda que no se puede actuar en solitario por la justicia: la justicia para todos se pide y se busca juntos. En un mundo desgarrado por la guerra, el odio, el nacionalismo y la división, la oración común y el compromiso por una mayor justicia no se pueden aplazar. Son omisiones que no podemos permitirnos. Confío en que nuestro testimonio común de oración y fe dará frutos y que vuestra visita fortalezca la ya sólida colaboración entre luteranos, ortodoxos y católicos en Finlandia. Por esto y para cada uno de vosotros invoco la gracia abundante de Dios, pidiéndoos que sigáis rezando por mí. Gracias.

© Librería Editorial Vaticano

 

DIGNIDAD DE LA PERSONA

— La grandeza y dignidad de la persona humana.

— Dignidad de la persona en el trabajo. Principios de doctrina social de la Iglesia.

— Una sociedad justa.

I. Iba Jesús atravesando un sembrado, y los discípulos desgranaban algunas espigas para comerlas. Era un día de sábado; los fariseos se dirigieron al Maestro para que les llamara la atención, pues –según su propia casuística– no era lícito realizar aquel pequeño trabajo en sábado. Jesús salió en defensa de sus discípulos y del propio descanso sabático, y para esto acude a la Sagrada Escritura: ¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando se vio necesitado, y tuvo hambre él y los que estaban con él? ¿Cómo entró en la Casa de Dios en tiempos de Abiatar, Sumo Sacerdote, y comió los panes de la proposición, que no es lícito comer más que a los sacerdotes, y los dio también a los que estaban con él? Y les decía: El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Y a continuación les da todavía una razón más alta: el Hijo del Hombre es señor hasta del sábado1. Todo está ordenado en función de Cristo y de la persona; también el descanso del sábado.

Los panes de la proposición eran doce panes que se colocaban cada semana en la mesa del santuario, como homenaje de las doce tribus de Israel2; los que se retiraban del altar quedaban reservados para los sacerdotes que atendían el culto.

La conducta de David anticipó la doctrina que Cristo enseña en este pasaje. Ya en el Antiguo Testamento, Dios había establecido un orden en los preceptos de la Ley de modo que los de menor rango ceden ante los principales. Así se explica que un precepto ceremonial, como era este de los panes, cediese ante un precepto de ley natural3. El precepto del sábado tampoco estaba por encima de las necesidades elementales de subsistencia.

El Concilio Vaticano II se inspira en este pasaje para subrayar el valor de la persona por encima del desarrollo económico y social4. Después de Dios, el hombre es lo primero; si no fuera así sería un verdadero desorden, como vemos desgraciadamente que ocurre con frecuencia.

La Humanidad Santísima de Cristo arroja una luz que ilumina nuestro ser y nuestra vida, pues solo en Cristo conocemos verdaderamente el valor inconmensurable de un hombre. «Cuando os preguntéis por el misterio de vosotros mismos –decía Juan Pablo II a numerosos jóvenes–, mirad a Cristo, que es quien da sentido a la vida»5. Solo Él; ningún otro puede dar sentido a la existencia, y por eso no cabe definir al hombre a partir de las realidades inferiores creadas, y menos por su producción laboral, por el resultado material de su esfuerzo. La grandeza de la persona humana se deriva de la realidad espiritual del alma, de la filiación divina, de su destino eterno, recibido de Dios. Y esto la sitúa por encima de toda la naturaleza creada. La dignidad, y el respeto inmenso que merece, le es otorgada en el momento de su concepción, y fundamenta el derecho a la inviolabilidad de la vida y la veneración a la maternidad.

El título que, en último término, funda la dignidad humana está en ser la única realidad de la creación visible a la que Dios ha amado en sí misma, creándola a su imagen y semejanza y elevándola al orden de la gracia. Pero además, el hombre adquirió un valor nuevo después que el Hijo de Dios, mediante su Encarnación, asumiera nuestra naturaleza y diera su vida por todos los hombres: propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis. Et incarnatus est. Por eso, nos interesan todas las almas que nos rodean: no hay ninguna que quede fuera del Amor de Cristo, ninguna que alejemos de nuestro respeto y consideración. Miremos a nuestro alrededor, a las personas que diariamente vemos y saludamos, y veamos en la presencia del Señor si de hecho es así, si manifestamos a los demás ese aprecio y veneración.

II. La dignidad de la criatura humana –imagen de Dios– es el criterio adecuado para juzgar los verdaderos progresos de la sociedad, del trabajo, de la ciencia..., y no al revés6. Y la dignidad del hombre se expresa en todo su quehacer personal y social; de modo particular, en el campo del trabajo, donde se realiza y cumple a la vez el mandato de su Creador, que lo sacó de la nada y lo puso en una tierra sin pecado ut operaretur, para que trabajara7 y así le diera gloria. Por eso, la Iglesia defiende la dignidad de la persona que trabaja, y a la que se falta cuando se la estima solo en lo que produce, cuando se considera el trabajo como mera mercancía, valorando más «la obra que el obrero», «el objeto más que el sujeto que la realiza»8 –dice de modo expresivo Juan Pablo II–, cuando se le utiliza como elemento para la ganancia, estimándolo solo en lo que produce.

No se trata de una cuestión de formas externas, de trato, pues incluso con unos modos humanos cordiales puede atentarse contra la dignidad de los demás, si se les subordina a fines meramente utilitarios, como mecanismo, por ejemplo, para elevar la productividad o mantener la paz en la empresa: hemos de venerar en todo hombre la imagen de Dios.

Lejos estaríamos de una visión cristiana si en algo mantuviéramos una visión chata, pegada a la tierra: los indicadores más fieles de la justicia en las relaciones sociales no son el volumen de la riqueza creada ni su distribución..., es necesario examinar «si las estructuras, el funcionamiento, los ambientes de un sistema económico, son tales que comprometen la dignidad humana de cuantos en él despliegan su propia actividad...»9. Hemos de tener presente que el criterio supremo en el uso de los bienes materiales debe ser «el de facilitar y promover el perfeccionamiento espiritual de los seres humanos, tanto en el orden natural como en el sobrenatural»10, comenzando, como es lógico, por aquellos que los producen.

Por eso, la íntima conexión entre trabajo y propiedad pide, para su propia perfección, que quien lo realiza pueda considerar de alguna forma «que está trabajando en algo propio»11.

La dignidad del trabajo viene expresada en un salario justo, base de toda justicia social; incluso en el caso en el que se trate de un contrato libre, pues, aunque el salario estipulado fuera conforme a la letra de la ley, esto no legitima cualquier retribución que se acuerde. Y si quien contrata (el director de una academia, el constructor, el patrono, el ama de casa...) quisiera aprovecharse de una situación en la que haya excedente de mano de obra, por ejemplo, para pagar unos salarios contrarios a la dignidad de las personas, ofendería a esas personas y a su Creador, pues estas tienen un derecho natural irrenunciable a los medios suficientes para el propio mantenimiento y el de sus familias, que está por encima del derecho a la libre contratación12. Otra «consecuencia lógica es que todos tenemos el deber de hacer bien nuestro trabajo... No podemos rehuir nuestro deber, ni conformarnos con trabajar medianamente»13. La pereza y el trabajo mal hecho también atentan contra la justicia social.

III. Es preciso tener presente que la finalidad principal del desarrollo económico «no es un mero crecimiento de la producción, ni el lucro o el poder, sino el servicio del hombre integral, teniendo en cuenta sus necesidades de orden material y las exigencias de su vida intelectual, moral, espiritual y religiosa»14. Esto no niega un campo de legítima autonomía para la ciencia económica: la autonomía que es propia del orden temporal, que llevará a estudiar las causas de los problemas económicos, sugerir soluciones técnicas y políticas, etc. Pero estas soluciones se deben someter siempre a un criterio superior, de orden moral, pues no son absolutamente independientes y autónomas; y no se ha de confiar en acciones puramente técnicas cuando nos encontramos con problemas que tienen su origen en un desorden moral.

Es largo el camino hasta llegar a una sociedad justa en la que la dignidad de la persona, hija de Dios, sea plenamente reconocida y respetada. Pero ese cometido es nuestro, de los cristianos, junto a todos los hombres de buena voluntad. Porque «no se ama la justicia, si no se ama verla cumplida con relación a los demás. Como tampoco es lícito encerrarse en una religiosidad cómoda, olvidando las necesidades de los otros. El que desea ser justo a los ojos de Dios se esfuerza también en hacer que la justicia se realice de hecho entre los hombres»15. Debemos vivir, con todas sus consecuencias y en los campos más variados, el respeto a toda persona: defendiendo la vida ya concebida, porque allí hay un hijo de Dios con un derecho a vivir que Él le ha dado y que nadie le puede quitar; a los ancianos y más débiles, para quienes hemos de tener entrañas de misericordia, esa misericordia que el mundo parece perder. Como empleados u obreros, siendo buenos trabajadores y expertos profesionales, o como empresarios, conociendo muy bien la doctrina social de la Iglesia para llevarla a la práctica.

También hemos de reconocer esa dignidad de la persona en las relaciones normales de la vida: considerando a quienes tratamos –por encima de sus posibles defectos– como hijos de Dios, evitando hasta la más pequeña murmuración y todo aquello que pueda dañarles. «Acostúmbrate a encomendar a cada una de las personas que tratas a su Ángel Custodio, para que le ayude a ser buena y fiel, y alegre»16. Entonces será más fácil el trato, y las relaciones ganarán en cordialidad, en paz y respeto mutuo.

El Hijo del Hombre es señor hasta del sábado. Todo debemos ordenarlo en función de Cristo –Sumo Bien– y de la persona humana, por cuya salvación Él se inmoló en el Calvario. Ningún bien terreno es superior al hombre.

1 Mc 2, 23-28. — 2 Cfr. Lev 24, 5-9. — 3 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, in loc. — 4 Cfr. Conc. Vat. II, Const Gaudium et spes, 26. — 5 Juan Pablo II, Nueva York, En el Madison Square Garden, 3-X-1979. — 6 Cfr. ídem, Discurso 15-VI-1982, 7. — 7 Gen 2, 15. — 8 Juan Pablo II, Discurso 24-XI-1979. — 9 Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 15-V-1961, 83. — 10 Ibídem, 246. — 11 Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 15. — 12 Cfr. Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 24-III-1967, 59. — 13 Juan Pablo II, Discurso 7-XI-1982. — 14 Conc. Vat. II, loc. cit., 64. — 15 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 52. — 16 ídem, Forja, n. 1012.

 

 

“Estad alegres, siempre alegres”

El dolor entra en los planes de Dios. Es la realidad, aunque nos cueste entenderla. Nadie es feliz, en la tierra, hasta que se decide a no serlo. Así discurre el camino: dolor, ¡en cristiano!, Cruz; Voluntad de Dios, Amor; felicidad aquí y, después, eternamente. (Surco, 52)

«Servite Domino in laetitia!» –¡Serviré a Dios con alegría! Una alegría que será consecuencia de mi Fe, de mi Esperanza y de mi Amor..., que ha de durar siempre, porque, como nos asegura el Apóstol, «Dominus prope est!»... –el Señor me sigue de cerca. Caminaré con El, por tanto, bien seguro, ya que el Señor es mi Padre..., y con su ayuda cumpliré su amable Voluntad, aunque me cueste. (Surco, 53)
Un consejo, que os he repetido machaconamente: estad alegres, siempre alegres. –Que estén tristes los que no se consideren hijos de Dios. (Surco, 54)

 

“¿Un apagón? La JMJ es de Dios”

Jóvenes que participan en la labor de formación del Opus Dei en Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Ecuador y México cuentan cómo se preparan para la JMJ en el país centroamericano.

En primera persona21/01/2019

Opus Dei - ​“¿Un apagón? La JMJ es de Dios”

Mónica (México): “¿Un apagón? La JMJ es de Dios”

“Intenté asistir a las JMJ en Madrid y Brasil y, por distintas razones, no pude ir. Pero residiendo ahora en Panamá, ¡cómo no!”.

Mónica es mexicana y vive en Panamá desde hace ocho años. Trabaja en el departamento de Marketing de un banco en la capital panameña. Durante los días de la JMJ participa junto a otras jóvenes −cerca de 100− de Centroamérica en las actividades de la jornada mundial y también haciendo labor social.

La actividad que espero especialmente es la vigilia

“El hecho de que sea un evento de jóvenes de todas partes del mundo es muy atractivo. La actividad que espero especialmente es la vigilia y la misa final porque es como ya estaremos todos juntos al final de la jornada y escucharemos esas palabras de sabiduría del Papa. Y lo que nos va a decir para mandarnos a todas partes”.

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“Estoy en un estado de expectativa y susto porque llevamos todo el día en un apagón nacional [en Panamá] y hay muchas cosas que hemos estado organizando hace mucho tiempo. Pero estamos mentalizadas que la JMJ es de Dios y todo podemos ofrecerlo”.


Zugeilys (Panamá): “La JMJ es un espacio para discernir Su voluntad“

Zugeilys es ingeniera en telecomunicaciones. Oriunda de Veraguas (Panamá), su provincia es la única del istmo panameño que tiene costas tanto en el Pacífico como en el Atlántico. Zugeilys supo de la JMJ porque se lo contó un amigo, pero “no sabía nada sobre la JMJ”.

“Me llamó mucho la atención el lema: ‘Hágase en mí según tu palabra’, porque estoy en ese proceso de discernir y ver la Voluntad de Dios para mí. Creo que la mayor influencia de la jornada en mi vida es ver cómo otros jóvenes como yo están en la misma lucha, cómo tenemos las mismas incertidumbres y cómo, a la vez, entendemos que Él nos ama y que lo importante es discernir y, luego, perseverar. Esta jornada es espacio para eso, para discernir y ver Su voluntad”.

“Y de todas las actividades de la JMJ espero especialmente el momento de la Vigilia porque nunca he estado en algo tan aventurero… solamente estar allí por Amor. Enfrentarme a las incomodidades que haga falta por amor a Él”.


Daniel (Costa Rica): “Cansados, pero con todo el ánimo”

“Salimos este lunes 21 rumbo a Panamá. Ninguno de nosotros ha estado en una JMJ”. Son palabras de Daniel C, costarricense. “Viajamos en bus, somos unos 50. El viaje dura 16 horas, así que vamos a llegar cansados, pero con todo el ánimo del mundo. Nos han dicho que dormiremos en las aulas de un colegio, en esterillas. En la frontera habrá muchísima gente, pero esperaremos con gran alegría”.

Además de escuchar al Santo Padre, Daniel valora mucho poder “estar con gente de muchos países”. También podrán asistir a una catequesis con Mons. Fernando Ocáriz, “algo que nos tomó por sorpresa y es otra muy buena razón por la cual ir”.


Vilma (Honduras): “Vengo gracias a unas galletas”

En diciembre de 2018, Vilma culminó sus estudios de bachillerato y ya se está preparando para empezar su carrera universitaria de Negocios Internacionales. Es hondureña, vive en Panamá y se siente feliz de poder participar en la JMJ 2019 con su hermana y sus primos que llegaron desde el vecino país centroamericano.

Estamos alegres y vamos a rezar al Señor, a ver al Papa y a compartir momentos especiales

“Hace un año, mi hermana y yo empezamos a vender galletas, a 75 centavos cada una. Vendimos en el colegio, a nuestros compañeros, desde el mes de abril hasta noviembre del año pasado… Muchas veces nos quedamos trabajando hasta la medianoche. Así logramos ahorrar el dinero para participar en la JMJ con el Papa”.

“Ver al Papa en Panamá y estar con tantos jóvenes es lo mejor de todo… Lo único diferente entre nosotros es el acento y el idioma. El resto es igual: estamos alegres y vamos a rezar al Señor, a ver al Papa y a compartir momentos especiales. Poder hablar con otros jóvenes y saber cómo profesan su fe, especialmente en donde no es tan fácil, me emociona”.


Francisco (Nicaragua): “Un ‘sí’ generoso”

“Cuando escuchamos que la JMJ sería en Panamá, varios amigos nos pusimos de acuerdo, pues pensamos: ¡Qué cerca está de Nicaragua! Era una oportunidad que mis amigos y yo no podíamos desaprovechar de estar con jóvenes de todas partes del mundo, unidos por una misma fe: como una gigantesca comunión espiritual donde no importa la cultura, la raza, el idioma, sino un mismo fin, que es Cristo”.

Francisco es ingeniero industrial. Es nicaragüense, tiene 24 años y trabaja en una embotelladora de gaseosas.

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Francisco es de Rivas, una ciudad junto al lago Nicaragua, una enorme masa de agua de más de 8,000 kilómetros cuadrados. Le acompañan dos amigos: uno de su ciudad y otro que procede de Matagalpa, de las tierras frescas de Nicaragua.

“Nos conocimos siendo residentes en una residencia universitaria. Ahora estamos empezando nuestra carrera profesional. Durante la JMJ pediremos a Dios que nos ayude a conocer mejor nuestra vocación cristiana y dar un ‘sí’ generoso, como el de la Virgen”.


Gisela (Ecuador): “Papa Francisco, cuenta conmigo”

Gisela vive en la ciudad ecuatoriana de Guayaquil y viajó a Panamá en compañía de una amiga, su hermana, su hermano y una prima. Está emocionada de ver al Papa y participar con miles de jóvenes de todas partes del mundo en esta jornada 2019. Es su primera JMJ. “Después de Cracovia empecé a trabajar y, como se anunció que sería en Panamá, había cero excusas para no llegar”.

“Estoy esperando la vigilia. Es el momento más intenso porque es cuando hay más recogimiento espiritual. Pienso que esta JMJ me puede ayudar a fortalecer mi fe, para vivir como cristiana en mis circunstancias diarias: en el trabajo, con mi enamorado, con mis amigas”.

¿Y qué diría al Papa Francisco?: “Que cuente conmigo, no solo para rezar por él sino para defender la fe porque estamos viviendo momentos difíciles”.

 

Rasgos de buena amistad

Artículo de Salvador Bernal sobre cómo entendió y vivió la amistad el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. Publicado originalmente en Scripta Theologica (ene-abr 2002, Vol. 34).

Bibliografía y ensayos09/12/2018

Opus Dei - Rasgos de buena amistad

Descarga en formato PDF Rasgos de buena amistad


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Cuando escribí en 1976 Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei [Actualizado y publicado en formato digital recientemente], titulé tiempo de amigos el capítulo cuarto, a continuación del dedicado al momento fundacional de 1928. Quería relatar cómo la historia de los comienzos del Opus Dei se puede compendiar como historia de los amigos de su Fundador. A la vez, esas páginas apasionadas expresarían un rasgo de la personalidad de Josemaría Escrivá de Balaguer: su honda capacidad de amistad[1]. Reflejaban la técnica que había elegido al elaborar mi texto, como explicaba en la presentación: llegar a un perfil basado en hechos y datos históricos, sin orden cronológico; sucesos y escritos de épocas diversas se aproximaban y entremezclaban con libertad, para apuntar en rápidos trazos los rasgos del Fundador que, en cada capítulo, quería destacar.

Quería relatar cómo la historia de los comienzos del Opus Dei se puede compendiar como historia de los amigos de su Fundador

Recordaba entonces que, cuando llegó a Madrid, en 1927, la mayor parte de sus amigos quedaba en Aragón y en la Rioja. Algunas familias, conocidas de la suya, vivían en la capital de España. Después del 2 de octubre de 1928, esas relaciones de amistad –junto a las que surgían con ocasión de su trabajo sacerdotal, sus tareas de enseñanza en la Academia Cicuéndez y las clases particulares que se veía obligado a dar– fueron el campo en que fructificó la semilla de la llamada cristiana al Opus Dei. Día a día, infatigablemente, dedicando su mejor tiempo a la oración, acompañado por la plegaria y el sufrimiento de los enfermos de los hospitales, el Fundador llevó adelante su misión: con los amigos, con los amigos de los amigos. Don Josemaría Escrivá no dejaba de rogar a las personas que se confesaban con él que le facilitaran nombres de amigos que pudieran participar en su apostolado. Los miembros del Opus Dei de aquellos años, cuando evocaban la llamada de Dios, solían referirse siempre al amigo que les presentó al que había de ser para ellos auténtico Padre.

No está de más matizar, desde el primer momento, que no forzaba las cosas. En concreto, nunca transformó la amistad en mero instrumento de apostolado. Dios se sirvió de su capacidad de enlazar con la gente para que vinieran al Opus Dei sus primeros seguidores. Pero abundan también los nombres –incluso de personas a las que acompañaba con su dirección espiritual, según la terminología clásica– a los que no habló del Opus Dei, o se limitó a rogarles que rezaran por él y por su misión apostólica. Ante todo, fue amigo de sus amigos.

Amigos y bienhechores de San Josemaría

“Era muy alegre y comprensivo, y muy sencillo y sin recámaras, se hacía amigo de todos, y todos le querían. Yo no supe de nadie que tuviera enemistad con él personalmente”, pondera el dominico Silvestre Sancho, que le trató mucho durante los años cuarenta. No ignoraba, sin embargo, las graves contradicciones que sufrió precisamente por ese tiempo. Tal vez quería subrayar la verdad profunda de lo que Josemaría Escrivá había escrito en Camino, 838: “No tengas enemigos. ‑Ten solamente amigos: amigos... de la derecha ‑si te hicieron o quisieron hacerte bien‑ y... de la izquierda ‑si te han perjudicado o intentaron perjudicarte‑”. Esta idea, en su fundamento sobrenatural, aparece también en Forja 869: “Si de veras amases a Dios con todo tu corazón, el amor al prójimo ‑que a veces te resulta tan difícil‑ sería una consecuencia necesaria del Gran Amor. ‑Y no te sentirías enemigo de nadie, ni harías acepción de personas”.

No me detendré aquí en la realidad histórica de unas maledicencias y murmuraciones muy fuertes. Casi siempre, cuando tengo que escribir sobre el Fundador del Opus Dei, me viene a la mente el 17 de mayo de 1992, día de su beatificación por el Papa Juan Pablo II. Por mi oficio informativo, me tocó vivir esa jornada desde Madrid. Residía entonces en un edificio de la calle Diego de León. A las diez de la mañana de aquel domingo, seguí la ceremonia, a través de la televisión, a muy pocos metros del oratorio al que acudió Josemaría Escrivá una noche de 1942: “Señor, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?”.

Eran años de posguerra en España. La Iglesia había recuperado la libertad perdida. Para el Fundador del Opus Dei, no fueron tiempos de victoria, sino de cruz. En esa época de triunfalismo, debió de ser uno de los pocos eclesiásticos al que era lícito insultar. Se le puso como un trapo. Dios le bendijo con la contradicción de los buenos, como se puede deducir de dos puntos de Forja, el 803, escrito en tercera persona, como si de otro se tratara: “Hijo, óyeme bien: tú, feliz cuando te maltraten y te deshonren; cuando mucha gente se alborote y se ponga de moda escupir sobre ti, porque eres «omnium peripsema» -como basura para todos...”.

Se veía considerado como toda la porquería del mundo, como un pobre gusano, y no le resultaba fácil aceptar esa dura Voluntad de Dios, porque tenía un carácter enérgico,sensible a la libertad y a las injusticias, y era bien consciente del valor radical de la buena fama para los hombres. Cuando Mons. Escrivá de Balaguer evocaba con rapidez estos sucesos, en Buenos Aires, una tarde de 1974, añadía: “y me costaba, me costaba porque soy muy soberbio, y me caían unos lagrimones...”. Lo cierto es que se abandonó por completo en las manos de Dios, y renunció a defenderse.

En Forja 1052, quedó estampada la plegaria del Fundador del Opus Dei en aquellas horas de desconsuelo: “Jesús mío, ¿qué iba a darte, fuera de la honra, si no tenía otra cosa? Si hubiera tenido fortuna, te la habría entregado. Si hubiera tenido virtudes, con cada una edificaría, para servirte. Sólo tenía la honra, y te la di.¡Bendito seas! ¡Bien se ve que estaba segura en tus manos!”.

Muchas veces me han preguntado por la razón de esas incomprensiones. No he sabido contestar con claridad, porque no se explica que los dardos se lanzaran contra persona de tan gran corazón. Bien es verdad que su temperamento era vivo y enérgico, y tal vez Dios permitía la contradicción para ayudarle a domeñar el carácter, como podría deducirse indirectamente de Camino, 20: “Chocas con el carácter de aquel o del otro... Necesariamente ha de ser así: no eres una moneda de cinco duros que a todos gusta. / Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes ‑imperfecciones, defectos‑ de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección? / Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues, no te santificarías”.

Mi impresión es que dificultades de ese estilo surgieron sobre todo en ambientes eclesiásticos o clericales. Así se deduce de algunas escenas –tampoco excesivas– entre los seminaristas de San Francisco de Paula; de sus problemas con un pariente próximo, Arcediano de la Seo; de los primeros pasos como sacerdote en la diócesis de Zaragoza; de algunas reacciones desmesuradas que oyó en la curia de Madrid; de las críticas por su nombramiento oficial en el Patronato de Santa Isabel, o de las graves acusaciones de los años de posguerra en España (compatibles con el aprecio y prestigio entre obispos y superiores religiosos, que le llamaban para predicar a sacerdotes, seminaristas y comunidades de tantos lugares). Fenómenos análogos se darán andando los años en ambientes vaticanos específicos, insignificantes hoy al trasluz de las aprobaciones pontificias y la expansión universal del Opus Dei. Quizá resultaba indispensable ese contraste de una mentalidad laical –como la del Fundador– con los elementos estamentales propios de una época cultural hoy gozosamente superada.

En cualquier caso, para Josemaría Escrivá no fueron enemigos, sino bienhechores, por los que rezaba a diario: “Considera el bien que han hecho a tu alma los que, durante tu vida, te han fastidiado o han tratado de fastidiarte. / ‑Otros llaman enemigos a estas gentes. Tú, tratando de imitar a los santos, siquiera en esto, y siendo muy poca cosa para tener o haber tenido enemigos, llámales "bienhechores". Y resultará que, a fuerza de encomendarlos a Dios, les tendrás simpatía”[2].

El fundador del Opus Dei tuvo muchos amigos

El gran lema de su existencia fue “ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca”. A lo largo de los años, el Beato [San] Josemaría triunfó plenamente en su propósito de pasar inadvertido. Sólo después del 26 de junio de 1975 pude comprobar la amplitud y la calidad de gentes que le querían y admiraban en silencio, sin expresarlo externamente. En cambio, a partir de su fallecimiento, en todas partes se publicaron artículos, comentarios, recuerdos, que venían a exponer el afecto ante el amigo desaparecido y mostraban públicamente la gratitud que no se habían atrevido a manifestar antes, porque Mons. Escrivá de Balaguer no lo toleraba: las gracias –señalaba habitualmente– sólo a Dios deben darse. La realidad es que tuvo muchos amigos, y fue un gran amigo; y sigue siendo amigo de quienes recurren confiadamente a su intercesión.

En mis contactos con quienes le conocieron y trataron, aunque eran mujeres y hombres muy distintos, advertí idéntica reacción. No había más que facilidades: como si me agradecieran poder lanzar al fin a todos los vientos vivencias íntimas que no querían conservar sólo para ellos, pues podían ayudar a otras almas, en servicio de la Iglesia.

Aparte de esas vivencias inmediatas, se prestaron con gusto luego a poner por escrito su recuerdo personal sobre la vida y las virtudes de Mons. Escrivá de Balaguer, pensando en la causa de canonización. Años después, con su autorización expresa, se publicó un libro que reunía especialmente testimonios de personalidades del mundo eclesiástico (cardenales, obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos). A finales de 2001 fue traducido al italiano por Edizioni Ares con el expresivo título Un santo per amico[3].

Decir de alguien que tiene muchos amigos es elogio evidente. En la experiencia cristiana, no es menos claro que la gracia de Dios amplifica el corazón de las almas santas: su capacidad de querer no se agota en un círculo reducido de personas íntimas, de amigos del alma, sino que se agranda en planos sucesivos. De hecho, la propia amistad crece con el número de amigos, incompatible con ambientes empequeñecidos, según lo que se lee en Surco, 752: “La atracción de tu trato amable ha de ensancharse en cantidad y calidad. Si no, tu apostolado se extinguirá en cenáculos inertes y cerrados”. Hasta alcanzar la máxima sociabilidad solidaria de la amistad o caridad social, exigencia de la fraternidad humana y cristiana[4].

En una página de Apuntes..., resumí la diversidad, la universalidad de personas, que a raíz de su muerte publicaron artículos, comentarios y recuerdo del amigo desaparecido: “Junto a amigos de la infancia o condiscípulos, profesores y alumnos. Periodistas y escritores, como Aznar o Cortés Cavanillas. Catedráticos y universitarios, como Rodríguez Casado o García Hoz. Artistas, como Jenaro Lázaro, y obreros, como Gonzalo Larrocha, botones de la Residencia DYA en la calle de Ferraz, 50. Sacerdotes y religiosos, que, con los años, prestarían servicios destacados a la Iglesia: don Vicente Blanco, don Sebastián Cirac, don José María García Lahiguera, don Casimiro Morcillo, don Pedro Cantero, don José María Bueno Monreal, don Marcelino Olaechea, fray José López Ortiz...”. Si hubiera redactado hoy esa página, tal vez habría añadido a algunas otras figuras eximias de la Iglesia universal en el siglo XX, como los cardenales Baggio, Casariego, Dell’Acqua, Hengsbach, Höffner, König o Poletti.

El Beato [San] Josemaría subrayó en Surco, 193 que “quienes han encontrado a Cristo no pueden cerrarse en su ambiente: ¡triste cosa sería ese empequeñecimiento! Han de abrirse en abanico para llegar a todas las almas. Cada uno ha de crear ‑y de ensanchar‑ un círculo de amigos, sobre el que influya con su prestigio profesional, con su conducta, con su amistad, procurando que Cristo influya por medio de ese prestigio profesional, de esa conducta, de esa amistad”.

Desde esa perspectiva, la capacidad de amistad se agranda hasta extremos increíbles, porque “el corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras. / Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón”[5].

Se va entonces a las almas con espíritu abierto, sin discriminación alguna. La humilde magnanimidad del seguidor de Jesús abate barreras y divisiones, y transforma al cristiano en efectivo y permanente instrumento de unidad[6].

 

La iniciativa en la amistad

El cristiano procura siempre salir de sí mismo, para interesarse por los demás: qué son, qué hacen, cómo piensan. Está convencido de que, respecto de quienes le rodean, no puede conformarse con ningún tipo de pasividad o languidez[7], especialmente cuando observa que tantas personas sufren la soledad o la indiferencia. Al hombre de Dios no le cuesta tomar la iniciativa, dar el primer paso hacia la amistad. Como evoca Mons. Echevarría, el Beato [San] Josemaría Escrivá “no se dejó llevar por simpatías o antipatías en el trato. Atendió a personas que eran evitadas por sus amistades, por compañeros de trabajo, o por la propia familia. Tuvo una solicitud paciente con personas aisladas por su enfermedad, su carácter hosco o sus extravagancias”[8]. Cumplió el propósito firme de buena amistad que dejó estampado en Surco, 748: “que nunca deje de practicar la caridad, que jamás dé paso en mi alma a la indiferencia”.

Secundaba así en su existencia el ejemplo de la vida de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, que tantas veces consideró en su meditación personal, como se advierte al leer sus escritos: “Fijaos en que toda su vida está llena de naturalidad. Pasa seis lustros oculto, sin llamar la atención, como un trabajador más, y le conocen en su aldea como el hijo del carpintero. A lo largo de su vida pública, tampoco se advierte nada que desentone, por raro o por excéntrico. Se rodeaba de amigos, como cualquiera de sus conciudadanos, y en su porte no se diferenciaba de ellos. Tanto, que Judas, para señalarlo, necesita concertar un signo: aquel a quien yo besare, ése es (Mt XXVI, 48)”[9].

Muchas veces se emocionó el Beato [San] Josemaría ante el calor de la amistad del hogar de Betania, ante los sollozos de Jesús que llora por Lázaro, el amigo muerto[10]. Se conmovía ante la Humanidad de Cristo, “que no dejaba de agradecer los servicios que le prestaban. Le atraía la felicidad que se respiraba junto al Maestro, que no rechaza las pruebas de cariño de los que le rodean. Y de estas lecciones sacaba consecuencias: ‘el Señor no tenía un corazón seco, tenía un corazón de hondura infinita que sabía agradecer, que sabía amar’[11]. Y se hizo amplio eco en sus enseñanzas de esa gran pedagogía divina del Corazón de Cristo, que contrasta con tanta pequeñez humana: “Jesucristo, que ha venido a salvar a todas las gentes y desea asociar a los cristianos a su obra redentora, quiso enseñar a sus discípulos ‑a ti y a mí‑ una caridad grande, sincera, más noble y valiosa: debemos amarnos mutuamente como Cristo nos ama a cada uno de nosotros. Sólo de esta manera, imitando ‑dentro de la propia personal tosquedad‑ los modos divinos, lograremos abrir nuestro corazón a todos los hombres, querer de un modo más alto, enteramente nuevo”[12].

En definitiva, Jesús “es Amigo, el Amigo: vos autem dixi amicos (Ioh XV, 15), dice. Nos llama amigos y El fue quien dio el primer paso; nos amó primero. Sin embargo, no impone su cariño: lo ofrece. Lo muestra con el signo más claro de la amistad: nadie tiene amor más grande que el que entrega su vida por sus amigos (Ioh XV, 13)”[13].

En cierta medida, el Fundador del Opus Dei aprendió en el hogar de sus padres esa característica del alma cristiana que lleva a anticiparse en el afecto. Amigos de infancia han evocado, por ejemplo, la amistad de Josemaría con su padre, manifestada externamente en los grandes paseos que daban juntos en Barbastro. Esa relación de confianza se basaba en la iniciativa de don José Escrivá, que le invitaba a “que abriese el corazón y le contase sus preocupaciones, con objeto de ayudar al pequeño a vencer arrebatos impulsivos de su naciente carácter o a sacrificar gustos y caprichos. Don José le escuchaba sin apresuramientos y satisfacía las preguntas propias de la curiosidad infantil ante la vida. Al hijo le agradaba ver que el padre se mostrara disponible para ser consultado y que, si le hacía una pregunta, le tomase siempre en serio[14].

Rasgos de buena amistad

En mi recuerdo personal de Mons. Escrivá de Balaguer, y en tantos libros sobre su vida y sus enseñanzas, he encontrado esos rasgos de buena amistad que configuran una de las facetas más ricas de su personalidad humana y apostólica. Los he agrupado en unos epígrafes que no reflejan estricto orden de preferencia: no me resulta fácil –tampoco en este punto– distinguir si estamos ante una faceta de su carácter o ante el fruto de la gracia de Dios, que actúa de modo aparentemente natural.

Lo humano y lo divino se funden armónicamente en la vida del Fundador del Opus Dei, camino de santidad en medio del mundo. Llega un momento en el que el Beato [San] Josemaría afirma que no sabe distinguir entre oración y trabajo. Algo semejante se advierte en el trato con los demás: “En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor”[15]. Y ahí radica el apostolado más importante de los fieles del Opus Dei: el que cada uno “realiza con el testimonio de su vida y con su palabra, en el trato diario con sus amigos y compañeros de profesión. ¿Quién puede medir la eficacia sobrenatural de este apostolado callado y humilde? No se puede valorar la ayuda que supone el ejemplo de un amigo leal y sincero, o la influencia de una buena madre en el seno de la familia”[16].

Se configura así la grandeza espiritual de las circunstancias más corrientes, no exenta lógicamente de especiales gracias divinas, como afirma Mons. Javier Echevarría: “Nuestro Señor le concedió una muy singular capacidad de comunicación: mediante este don del Cielo, se hacía entender con facilidad por personas de diversas culturas, formación, razas, naciones. En este sentido, no faltan pruebas de que poseía el don de escrutar los corazones, porque se producía tan exacta adecuación de su consejo a las necesidades y condiciones de un alma concreta, que no podía pensarse en una mera coincidencia. Muchos ‑los interesados o sus amigos‑ así lo han atestiguado: encontraban el remedio y la comprensión más hondos ante su propia situación, o se sentían alentados frente a sus inquietudes, siempre arropados por el cariño sobrenatural y humano de Mons. Escrivá de Balaguer. Esto sucedía, incluso, sin haberle manifestado el interior del alma y, a veces, sin ni siquiera estar presente”[17].

Josemaría Escrivá de Balaguer, un amigo desinteresado

La amistad verdadera no se basa en el intercambio aunque, ciertamente, supone comunicar sentimientos, penas, alegrías, aficiones, favores, servicios. Por eso, los ricos tienen aparentemente muchos amigos[18], y del pobre hasta los amigos se apartan[19] Pero, en rigor, el amigo auténtico hace propias las preocupaciones, ilusiones o anhelos del otro. No piensa en sí mismo. Su personal desinterés se traduce por paradoja en interés objetivo por quien está a su lado, dispuesto a compartir todo con alegría, también el dolor, sin esperar nada a cambio: “Cuando se ama de verdad –expresaba con viveza Mons. Escrivá en 1954 ‑, se da con alegría, sin llevar la cuenta y sin buscar agradecimiento: ¡es suficiente, entonces, para el alma, la oportunidad de gastarse gustosamente! No se piensa si ya se ha hecho mucho, o si cuesta: en el trato con Dios no se repara en los obstáculos porque, como en el amor humano, no hay dificultades ni defectos que impidan la conversación con la persona amada”[20].

Desde su infancia, con el ejemplo recibido en el hogar de Barbastro, Josemaría fue un chico normal, abierto, simpático. Compartió las aficiones y esperanzas de los de su edad, sus juegos y diversiones. Hizo buenos amigos, que no le olvidaron, como tampoco él a ellos. Señala Mons. Javier Echevarría que, “al recordar aquellos tiempos de su infancia y de su primera adolescencia, en los que se grabó en su alma la necesidad de interesarse por los demás y de quererlos lealmente ‑como observaba en sus padres‑, le venía a la cabeza una consideración que le hizo frecuentemente doña María Dolores: Josemaría, vas a sufrir mucho en la vida, pues pones todo el corazón en lo que haces. Aseguro que aquel presagio materno se cumplió”[21].

Josemaría Escrivá supo querer. Estaba en todo, de modo particular respecto de quienes tenía más cerca. Pero no olvidaba a personas que llevaba sin ver mucho tiempo. Se acordaba de ellas porque las quería. Su excepcional memoria era fruto de su gran corazón, de su capacidad de interesarse de veras por los demás: en lo grande –la vida del alma‑ y en los detalles más pequeños de la vida ordinaria. El cariño nada sabe de entelequias ni abstracciones: en el Beato [San] Josemaría brotaba recio y tierno, pleno de intuición y rapidez.

Álvaro del Portillo –sin duda, el gran testigo en la tierra del Fundador del Opus Dei– contó muchas veces cómo le había impresionado el dolor del Padre ante la muerte de amigos queridos: “Era extraordinariamente sobrenatural, y por esto mismo, también muy humano: quería a sus amigos con todo el corazón”. Y relataba lo sucedido en Madrid, durante la guerra civil española. A partir del 18 de julio de 1936, tuvo que trasladarse de un escondite a otro, pues su vida corría peligro ante la persecución religiosa. Desde un determinado momento, don Josemaría y Álvaro compartirán refugio. Uno de esos días, el Fundador tuvo que deambular unas horas por la calle de la capital, y se enteró de la muerte de dos amigos. Álvaro no olvidó nunca la inmensa pena con que le refirió el asesinato de don Lino Vea‑Murguía, y nuevos detalles sobre el martirio de don Pedro Poveda, el Fundador de la Institución Teresiana[22].

El desinterés vacuna contra el egoísmo, la vanidad, la timidez cerrada en sí misma, la envidia, las comparaciones, la susceptibilidad[23]. Y ayuda a superar momentos de desánimo, ante la posible falta de correspondencia, pues, al fin y al cabo, hay amigos que lo son sólo de nombre[24]. No le faltaron en la vida desengaños, como recogería en una carta de 1971, que cita Vázquez de Prada, 79: “¿Por qué será que, a pesar de mis miserias, suelo yo ser siempre más amigo de mis amigos que esos amigos de mí? Seguramente es que me hace mucho bien, si lo acepto –fiat!–, ese despego”. La experiencia parece reflejarse también en Camino, 363: “Desilusionado. ‑Vienes alicaído. ¡Los hombres te acaban de dar una lección! ‑Creían que no los necesitabas, y rezumaban ofrecimientos. La posibilidad de que tuvieran que ayudarte económicamente ‑unas pesetillas miserables‑ convirtió la amistad en indiferencia. / ‑Confía sólo en Dios y en quienes, por El, están unidos a ti”.

Pero el desaliento pasajero no deja la huella del agravio, porque “la verdadera caridad, así como no lleva cuenta de los constantes y necesarios servicios que presta, tampoco anota, «omnia suffert» ‑soporta todo‑, los desplantes que padece”[25].

Un amigo cordial

Como he reiterado al comienzo, en Apuntes... pude reunir infinidad de detalles de su carácter, de su modo de ser y de comportarse, en anécdotas y recuerdos vivos y recientes, que hicieron posible mi aproximación a una tarea que se me antojaba francamente ardua: transmitir, a los que no tuvieron oportunidad de conocerle personalmente, el calor humano y espiritual –el gran corazón– de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Los testimonios coincidían en subrayar su alegría, su afecto, incluso cuando tenía que reprenderlos. Les había quedado grabada en el alma la lumbre de su mirada, la expresión cariñosa de sus ojos, la solicitud acogedora de su rostro, la facilidad de su sonrisa, la expresividad amable de sus gestos, sus brazos abiertos. No me resisto a reproducir el expresivo comentario de los monjes jerónimos del Parral (Segovia) en los primeros años cuarenta, cuando llegaba allí don Josemaría: “Ahí viene el sacerdote que siempre está de buen humor”.

No imaginaba yo, cuando conocí a Mons. Escrivá de Balaguer el 8 de septiembre de 1960 en el Colegio Mayor Aralar de Pamplona, que tuviese tal simpatía, tal capacidad de meterse en el bolsillo a los universitarios. Pero su facilidad connatural para hacerse entender, su rapidez en las respuestas, su gracia y simpatía humanas, nada tenían que ver con un hacerse el simpático. Todo me pareció recio, espontáneo, verdadero.

No sabía yo entonces que había sido siempre así. Álvaro del Portillo subrayaba la sencillez con que, vestido de sotana, trataba a sus compañeros universitarios de la Facultad de Derecho de Zaragoza en los años veinte: “De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual”[26]. Y, desde luego, sabía llevarles la contraria cuando era necesario, sin hacerse antipático[27].

Mons. Escrivá de Balaguer destacaba por su gran cordialidad, su acusado modo –amistoso y franco– de hablar de lo divino y lo humano. A su lado, era fácil sentirse comprendido, arropado, empujado al amor de Dios. Su corazón desbordaba cariño: hacia Dios, hacia los hombres, hacia el mundo. Y así deseaba que rebosase la vida de las gentes: “Es una pena no tener corazón. Son unos desdichados los que no han aprendido nunca a amar con ternura. Los cristianos estamos enamorados del Amor: el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte. ¡Nos quiere impregnados de su cariño!”[28],

De ahí derivaba quizá su facilidad para descubrir y acentuar lo positivo en los acontecimientos y en las personas[29], más allá de pesimismos, contrariedades o calumnias. Lejos de menguar la valía o la honra de nadie, ponía en todo el signo más del cariño, de la afirmación gozosa, de los brazos abiertos de Cristo en la Cruz.

Le gustaba repetir la razón empleada por Santo Tomás de Aquino: “En cualquier hombre existe algún aspecto por el que los otros pueden considerarlo como superior, conforme a las palabras del Apóstol "llevados por la humildad, teneos unos a otros por superiores" (Philip. II, 3). Según esto, todos los hombres deben honrarse mutuamente”[30]. Y Mons. Escrivá concluía: “La humildad es la virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona ‑por su honor, por su buena fe, por su intimidad‑, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifestaciones de la caridad y de la justicia”[31].

Su trato estaba lleno de finura, de politesse –término francés que acudía con frecuencia a sus labios–, de la atención propia de quienes se quieren sinceramente. Aplicaba esa experiencia humana al trato de las almas con Dios, para señalar la falta de delicadeza que supone no dar importancia a pequeños detalles, que obstaculizan la plenitud del amor. Se advertía la fuerza de quien lo ha experimentado antes en la relación con los demás: “si vamos por la calle y, en el trasiego del cruce con otros peatones, nos rozamos o nos damos un pequeño golpe, a aquello no le damos la más mínima importancia; pero si el que nos da un golpe es amigo nuestro, y lo hace con indiferencia, con desprecio, se despierta enseguida en nuestra alma un sentido de dolor. Esta realidad hay que aplicarla a nuestra relación con el Señor”[32].

Un amigo generoso

Podía haber titulado este epígrafe con otros adjetivos –sacrificado, servicial, magnánimo–, pero he preferido la sencillez de la generosidad que, en cierto modo, destaca el carácter personal de la amistad: “de tú a tú, de corazón a corazón”[33]. Desde luego, no excluye la plenitud evangélica que lleva a entregar la propia vida por el amigo: nadie tiene amor más grande que ése[34], encarnado por Quien nos ha llamado amigos[35]. Pero evoca mejor la situación ordinaria de quien piensa en lo que de veras necesita el amigo, cueste lo que cueste, renunciando a lo propio, con espíritu de sacrificio[36]. Como se lee en la Escritura, “el que por amor del amigo no repara en sufrir algún daño es hombre justo”[37].

Por ahí discurre, según el mensaje del Fundador del Opus Dei, el cauce de la mortificación que santifica la propia alma sin mortificar a los demás; al contrario, les hace más amable el camino de la santidad en medio del mundo: “Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias ‑los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo‑ así lo requieran”[38].

Josemaría Escrivá de Balaguer ha dejado páginas excepcionales sobre el sentido humano y divino del espíritu de servicio, no siempre comprendido en la cultura moderna construida sobre una hipertrofia de lo individual que oculta sin querer facetas esenciales de la condición y dignidad de la persona. En cualquier caso, la amistad –como la familia o el trabajo en equipo– avanza a base de prestar servicios con alegría, incluso sin que el interesado lo note[39].

Los amigos se ayudan mutua y desinteresadamente, con rectitud de intención, sin amistades particulares, con sentido de justicia que excluye tratos de favor o informaciones privilegiadas. Pero se hacen favores. Y así se comportaba el Beato [San] Josemaría. Por ejemplo, se conservan muchas cartas que reflejan las gestiones y encargos que hacía en Madrid, a finales de los años veinte y en los treinta, a compañeros de Zaragoza o a sacerdotes con los que había coincidido en la residencia de la calle de Larra: desde recoger una sotana o reservar habitación en la fonda, a comprar unas piedras de mechero. Procuraba hacer esos favores enseguida, sin esperas innecesarias[40]. Prestaba a todos, con una sonrisa en los labios –aun en momentos de dolor‑ un servicio sin regateos[41].

Un amigo delicado

La amistad arranca de una primera coincidencia, cultivada después con un trato más o menos asiduo, en que cada uno da lo mejor de sí mismo. En concreto, el amigo sabe sacar tiempo –un bien escaso en la vida intensa y llena de Josemaría Escrivá de Balaguer–, para estar con los demás. La amistad crece en trabajos y aficiones comunes, en fiestas y en el descanso, en los momentos difíciles. El Beato [San] Josemaría no podía acudir a todo, y suplía su ausencia con palabras encendidas que dejaban un cálido recuerdo escrito para siempre. Y sabía también perder el tiempo para alegrar la vida de sus amigos. Por ejemplo, Álvaro del Portillo le oyó contar que cuando era seminarista en Zaragoza, fue muy amigo del Vicepresidente del Seminario de San Carlos, don Antonio Moreno. El Fundador lo relataba con estas palabras: “Por amistad y especialmente por caridad ‑a mí no me gustaba nada‑, alguna vez, cuando bajaba a su habitación, accedía a jugar al dominó con él. Recuerdo que tenía que dejarme ganar porque, si no, no se quedaba contento y hasta se molestaba. Para mí, que estaba decidido a aprender de los sacerdotes que gastaban su vida por el Señor, aquellos eran unos ratos muy agradables, porque ese sacerdote demostraba mucho espíritu sacerdotal, mucha experiencia pastoral y era muy humano. Me contaba anécdotas muy gráficas, con gran sentido sobrenatural y pedagógico, que me hacían un bien enorme”[42].

Para describir su dedicación, basta evocar la intensidad que ponía en los años treinta al organizar y realizar las visitas a los hospitales de Madrid. Lo sintetizó bien José Manuel Doménech, entonces joven estudiante, respecto de Santa Isabel: destacaba “cómo empleaba su tiempo generosamente con nosotros –el grupo de estudiantes que atendíamos a los enfermos– y también con esos mismos enfermos”.

Antonio Rodilla, muchos años Vicario General de Valencia, Rector del Seminario Archidiocesano y Director del Colegio Mayor San Juan de Ribera en Burjasot, ha trazado por su parte el amplio cuadro de amabilidades y delicadezas que Josemaría Escrivá tuvo con él y con su familia: desde el consuelo en situaciones íntimas muy dolorosas, hasta la presencia física en el entierro de su madre.

No sé si alguien ha tenido la paciencia –a que me referí en Apuntes...– de calcular las muchas horas que empleó invitando a comer a los múltiples amigos con –la frase es de Camino, 974– “la vieja hospitalidad de los Patriarcas, con el calor fraterno de Betania”.

Sé, en cambio, que se ha realizado un esfuerzo ímprobo para reconstruir su correspondencia. Escribió millares de cartas, prolongación desde la lejanía de una amistad hondamente sentida. No dejó de escribir ni durante los años de la guerra de España, sorteando con imaginación creativa la censura postal. Muchas personas han dejado constancia de su gratitud cuando, aislados en los frentes, recibían las noticias del Fundador, que les alentaba a seguir en la brecha de otras peleas: su lucha interior, su trabajo intelectual, su afán apostólico, su preocupación por los demás, la reconstrucción de sus vidas, para continuar haciendo una cristiana siembra de paz cuando terminase el conflicto. Sueño con el día en que esté listo para la imprenta lo mejor de ese epistolario: ayudará a comprender más a fondo la personalidad de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Un amigo leal

No es adjetivo tópico, sino verdadero. Quizá redundante: ¿cómo entender un amigo que no sea fiel, leal? Monseñor Escrivá de Balaguer anheló la lealtad, también para la Iglesia, en tiempos no fáciles tras el Concilio Vaticano II. Hasta entonces, sabíamos que su virtud humana preferida era la sinceridad. Pero, en los últimos años, como un retornelo, enalteció la lealtad: ¿cómo ser fiel a Dios, si no se saborea la delicia de la lealtad humana, de la fidelidad a los demás? Y es que, “para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano ‑el único que merece la pena‑, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios”[43].

Sin duda, el amigo fiel es un tesoro, con lo que nada es comparable[44]. Confiamos en ese amigo para desahogar el corazón y buscar consejo en las encrucijadas de la vida. A veces, deseamos sólo hablar, contar lo que nos han hecho, explayarnos de tristezas y sinsabores[45]. Pero el verdadero amigo ofrece también la ayuda de su consejo[46], “con el ascendiente que da la intimidad”[47]: encauza inquietudes, abre horizontes, hace dulce la vida[48].

Esa profunda realidad se transforma, sin perder su condición humana, en cauce apostólico específico, según el espíritu del Opus Dei; tanto, que el Fundador lo incluyó expresamente en los Estatutos de la Prelatura (n. 117): los fieles del Opus Dei “suum personalem apostolatum exercent praesertim inter pares, ope praecipue amicitiae et mutuae fiduciae”; el texto añade poco después, con deliberada reiteración, tras citar el pasaje emblemático de Jn 15, 15: “peculiare igitur Praelaturae fidelium apostolatus medium est amicitia et assidua cum collaboratoribus consuetudo”. Desde siempre, fue paradigmático el pasaje de Camino, 973: “Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es apostolado de la confidencia”.

El Beato [San] Josemaría era un hombre de Dios que arrastraba hacia Él a sus amigos. Le gustaba mucho tratar con los viejos amigos y decirles cosas íntimas; y lo llevaba a la vida interior, convencido de que eso es lo que hace Cristo con los hombres: una razón más para conocer y tratar a la Humanidad Santísima del Señor.

Además, el amigo leal no falla cuando llegan trances apurados[49], el tiempo de la enfermedad, el dolor o el fracaso profesional. Se anticipa, sale al encuentro, como Cristo resucitado buscó a los discípulos de Emaús[50]. Todo, menos dejar solo al amigo en circunstancias adversas, aun a riesgo de sufrir consecuencias negativas[51]: además de rezar, hay que “hacer por él lo que querrías que hicieran por ti, en circunstancias semejantes. / Sin humillarle, hay que ayudarle de tal manera que le sea fácil lo que le resulta dificultoso”[52].

Especialmente mal se pasa en la vida cuando se desatan las calumnias. Josemaría Escrivá, que las sufrió en su propia carne desde muy joven, nunca dejó a ningún amigo en la estacada. Mons. Javier Echevarría pudo comprobarlo durante los veinticinco años que vivió a su lado en Roma: “Jamás se abstuvo de dar la mano a quienes había tratado, si se veían envueltos en situaciones desagradables, motivadas por insidias, calumnias o incomprensiones. Recuerdo el caso de varios eclesiásticos, caídos en desgracia y abandonados por sus compañeros y por los que les habían servido, que encontraron la compañía de Mons. Escrivá de Balaguer, quien no ocultó su relación con esas personas, también ante los que provocaban el vacío a su alrededor”[53].

Muchas personas, como Mons. Juan Hervás Benet, promotor de los Cursillos de Cristiandad, han dejado el testimonio del aliento del Beato Josemaría cuando insidias e incomprensiones se levantaban contra él y contra su iniciativa apostólica. Mons. Escrivá no se limitaba a ofrecer el consuelo de su palabra, que no habría sido poco. Además, se movía y llegaba a la raíz de problemas y soluciones: “Sólo Dios sabe –reconoce Mons. Hervás– en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia”[54].

Con mayor motivo, el amigo fiel traza punto y raya a cualquier maledicencia o cicatería: “No permitas nunca que crezca la hierba mala en el camino de la amistad: sé leal[55]. Y en otro lugar: “Evita siempre la queja, la crítica, las murmuraciones...: evita a rajatabla todo lo que pueda introducir discordia entre hermanos”[56]. De este modo, la lealtad hace indestructible la amistad.

Un amigo agradecido

He relatado en otro sitio que la última vez que estuve junto a Mons. Escrivá de Balaguer, el 26 de mayo de 1975, presencié de cerca su espíritu de agradecimiento. Sucedió en el aeropuerto de Barajas, al regreso desde Torreciudad, Barbastro y Zaragoza. Yo estaba en uno de los aparcamientos exteriores, y allí llegó en un coche de la compañía aérea. No me dio tiempo a abrirle la puerta, pues se adelantó con viveza. Antes de seguir su camino, buscó rápidamente al conductor de ese vehículo, para despedirse de él y darle las gracias por el servicio que acababa de prestarle. Pienso que esta gratitud, habitual en la vida del Fundador del Opus Dei, reflejaba lo que dejó escrito en Forja, 502: “Si se hace justicia a secas, es posible que la gente se quede herida”.

El agradecimiento constituyó el arranque de algunas amistades imperecederas de Josemaría Escrivá. Esta faceta destaca en la relación que mantuvo durante muchos años con buena parte de sus profesores de Logroño y Zaragoza. La apertura de corazón de Josemaría facilitaba la superación de posibles obstáculos derivados de la diferencia de edad o de horizontes vitales. La amistad se consolidaría lógicamente con los sacerdotes, especialmente después de la ordenación del propio Josemaría. Basta quizá mencionar aquí algunos nombres, como los de Calixto Terés y Garrido, que le consideraba el mejor alumno que había tenido en Ética y Derecho, y andando el tiempo, cuando iba a verle en Madrid, se anunciaba en portería como “don Calixto, el cura de Logroño”; don Ciriaco Garrido, canónigo penitenciario de la Colegiata, con el que se confesó muchas veces, y fue uno de los primeros que “dieron calor a mi incipiente vocación”, reconocería años después; don Juan Moneva, catedrático de Derecho Canónico en Zaragoza, al que dedicaría un extenso y sentido párrafo en su discurso en el paraninfo el 21 de octubre de 1960 al ser recibido como doctor honoris causa en el claustro de su alma mater cesaraugustana; don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho Romano, al que su alumno consideraba “amigo leal y noble y bueno”, que ciertamente fue, con los años, consejero y apoyo moral en ocasiones particularmente difíciles en los primeros años de su sacerdocio y del Opus Dei; en fin, don Miguel Sancho Izquierdo, catedrático de Derecho Natural, con quien compartiría relaciones de veneración y afecto, que se pondrían de manifiesto en 1960 al elegir a “don Miguel, mi maestro” como uno de los dos primeros doctores honoris causa de la incipiente Universidad de Navarra.

En Apuntes... se mencionan sintéticamente los primeros pasos para comenzar la labor del Opus Dei en Bilbao, cuando flotaban en el ambiente las secuelas de serios ataques personales contra el Fundador. Muchas puertas se cerraron. En cambio, la Viuda de Ibarra, Carito Mac Mahon, le abrió todas las puertas de su casa, con plena confianza. Mons. Escrivá de Balaguer no lo olvidó nunca: cualquier ocasión era buena para tener algún detalle especial con esa familia amiga. La Marquesa de Mac Mahon dejó constancia expresa de su honda gratitud: “siempre recordaba con agradecimiento excesivo lo poco que yo y los míos hicimos con él en aquellas épocas en que no era conocido, ni tampoco la Obra”.

Los ejemplos podrían multiplicarse. Su gratitud no era sólo cortesía: palabra que se dice y luego se olvida. La amistad del Fundador del Opus Dei rebosó siempre humanidad, detalles cordiales capaces de superar la lejanía o la ausencia prolongada, como la facilidad con que enviaba cariñosas felicitaciones con motivo de santos o aniversarios personales. Se adhería –con capacidad de aplauso‑ a los buenos acontecimientos, sin caer en vanidosas adulaciones. Y se mantenía en el tiempo, con abundantes detalles de afecto y de servicio, incluido el regalo de su oración y de su fe[57].

Un amigo indulgente

Donde hay amistad, se espera comprensión hacia defectos y debilidades. El amigo es comprensivo, no quisquilloso. Pasa por alto las pequeñeces, los roces inevitables en la convivencia humana. Suele decirse con razón que se quiere al amigo y el bien del amigo, no porque él sea ya bueno, o sea bueno en todo: el propio Jesús dio ejemplo, siendo amigo de publicanos y fariseos[58].

Con mayor motivo, no exige identidad de temperamentos, opiniones, ideologías: “La amistad verdadera supone también un esfuerzo cordial por comprender las convicciones de nuestros amigos, aunque no lleguemos a compartirlas, ni a aceptarlas”[59]. Más bien el amigo tiende a ponerse en el lugar del otro y pasa por alto los defectos: “Si no quieres más que las buenas cualidades que veas en los demás ‑si no sabes comprender, disculpar, perdonar‑, eres un egoísta”[60].

El amigo perdona con facilidad, pronto a la reconciliación, sabedor también de que el perdón es tal vez lo más divino que puede salir de un corazón humano. Ese gesto aproxima a la acción del Espíritu Santo que, con el sacramento de la penitencia, devuelve al pecador al círculo de la amistad con Dios[61].

En definitiva, “hay que convivir, hay que comprender, hay que disculpar, hay que ser fraternos; y, como aconsejaba San Juan de la Cruz, en todo momento hay que poner amor, donde no hay amor, para sacar amor (Cfr. S. Juan de la Cruz, Carta a María de la Encarnación, 6‑VII‑1591), también en esas circunstancias aparentemente intrascendentes que nos brindan el trabajo profesional y las relaciones familiares y sociales”[62].

Desde esta actitud radical, surge espontánea la confianza en los demás. De hecho, Josemaría Escrivá se fiaba más de la palabra del amigo, o de las personas del Opus Dei, que del “testimonio unánime de cien notarios”, como afirmaba con frase gráfica. Esa confianza lleva –si es que no ha brotado antes– a una amistosa intimidad, más allá del mero conocimiento, del compañerismo, de la relación de vecindad, del trato social.

Especial comprensión se requiere para la apertura a personas que se aíslan por razón de carácter o de enfermedad. Es preciso acompañarlas, porque necesitan seguramente el desaguadero de alguien que les escuche, para descargar sus preocupaciones. Mons. Escrivá de Balaguer dedicó muchas horas de su vida a atender a quienes sufrían ese tipo de inquietud. En sus charlas a sacerdotes, como evoca Mons. Javier Echevarría, les insistía en que tuvieran una gran paciencia con esas almas: “Si se presenta ese caso, pensad que tenéis delante un enfermo, atendedle y servidle, no le cerréis las puertas ni los brazos de vuestra caridad sacerdotal. Puede ser que os repitan una y otra vez las mismas cosas. Si no les atendieseis, se quedarían heridos, e incluso se apartarían de la práctica religiosa. Por eso, mientras escuchéis aquella misma conversación con el mismo tono, con los mismos temas, con las mismas manías, con problemas que no tienen solución porque son fruto de una imaginación enfermiza, no les despachéis con cajas destempladas; atendedles, y mientras dure esa larga conversación, procurad encomendar al interesado, procurad rezar oraciones, porque esas personas se conforman con que haya alguien que les escuche, sin darles ninguna respuesta”[63].

Como recuerda también el actual Prelado del Opus Dei [se refiere a Mons. Javier Echevarría], “animado por la justicia, reconcilió a muchas personas, que habían roto la amistad, o se mostraban mutua antipatía. Con sentido sobrenatural y paciencia humana, les hacía razonar separadamente. Si venían a quejarse del que consideraban adversario, les preguntaba: ‘¿le has escuchado?; ¿has tenido en cuenta su situación personal?; ¿has hablado con claridad, y sin ofenderle?’ Además, no dejaba de avisar con sencillez: ‘te advierto con completa sinceridad que también oiré a la otra parte, tanto para ayudarle ‑con el mismo afán que lo hago contigo‑, como para ponderar lo que me estás tú diciendo ahora’”[64].

Un amigo recio

No basta comprender. La amistad sincera lleva también a corregir[65]. Denota máxima muestra de rectitud de intención, de purificación de afectos, frente a la blandura de la bondadosidad[66]. Nada de palabras halagüeñas y fingidas[67]: los amigos merecen la ejercitación de la justicia y de la veracidad, aun a riesgo de enfriar aprecios humanos. Si no, la amistad puede acabar en cauce de perdición, como subrayan algunos pasajes de la Escritura[68]. Mons. Javier Echevarría ha resumido un suceso significativo: “En los primeros años de su sacerdocio, perdió a uno de sus más grandes amigos. Un compañero del Seminario abandonó su vocación y atentó matrimonio civil a pesar de las súplicas con que le rogó que no diera ese paso. Transcurrido el tiempo, para arreglar su situación canónica, le pidió que declarase que había llegado a la ordenación con falta de libertad, presionado por coacciones familiares. El Fundador del Opus Dei, con claridad y caridad, se negó rotundamente; y le explicó que no podía dar ese testimonio, puesto que conocía la libertad con que había accedido a las órdenes sagradas. La familia de aquel hombre le estuvo siempre muy agradecida, aunque el interesado le retiró la palabra. No quiso jamás la verdad a medias, por entender que ‑en muchas ocasiones‑ una verdad a medias puede ser una gran mentira”[69].

Sin llegar a extremos tan duros, parece claro que, desde la inicial simpatía mutua, los amigos superan aspectos sensibles más o menos frívolos o superficiales que limitarían quizá su relación a compadreo de amigotes, cómplices de miserias ajenas[70]. No digamos si se llega al límite de las amistades peligrosas, que podrían encadenar el alma: “Flaquea tu corazón y buscas un asidero en la tierra. ‑Bueno; pero cuida de que el apoyo que tomas para no caer no se convierta en peso muerto que te arrastre, en cadena que te esclavice”[71].

Una amistad humana y espiritualmente noble exige acrisolar y depurar los afectos, que no es desencarnar, prescindir del cariño real que brota de un corazón limpio: “Poniendo el amor de Dios en medio de la amistad, este afecto se depura, se engrandece, se espiritualiza; porque se queman las escorias, los puntos de vista egoístas, las consideraciones excesivamente carnales”[72].

Excluye, por tanto, lo que en la literatura espiritual clásica se conoce como amistad particular, tan ligada a la acepción de personas. Josemaría Escrivá lo explicaba con claridad grande: “Vamos a ver, ¿qué injuria se te hace a ti porque aquél o el otro tengan más confianza con determinadas personas, a quienes conocieron antes o por quienes sienten más afinidades de simpatía, de profesión, de carácter? / ‑Sin embargo, entre los tuyos, evita cuidadosamente aun la apariencia de una amistad particular”[73]. De modo semejante, animaba a sentir y vivir la fraternidad, “pero sin familiaridades”[74]. Y todo, sin respetos humanos que pueden celar comodidad o tibieza[75].

En fin, la reciedumbre de la amistad culmina en la corrección del amigo. Evocaré otro ejemplo, de Mons. Pedro Cantero, a quien conocí personalmente cuando era Arzobispo de Zaragoza. Siempre que le visité, como Director del Colegio Mayor Miraflores, me habló del Padre, de que le había visto hacía poco en Roma o de que habían intercambiado correspondencia, o estarían pronto juntos. Entre tantos recuerdos de su amistad, destacaba el fuerte suceso que refirió en su homilía al celebrar un funeral por el alma del Fundador del Opus Dei: una seria reprimenda, recibida el 14 de agosto de 1931, que “cambió la perspectiva de mi vida y ministerio pastoral”[76].

Amigos de Dios

Josemaría Escrivá zarandeó amablemente el alma de Pedro Cantero, demasiado enfrascado en su tesis doctoral cuando la Iglesia atravesaba en España momentos críticos. Y es que la amistad del cristiano se agranda desde la fe, hasta transformarse –sin desnaturalizarla‑ en cauce de apostolado.

El Fundador del Opus Dei plenificó la virtud humana de la amistad, procurando hacer de sus amigos personas amigas de Dios. No fue el suyo un trato postizo o instrumental, porque ponía en todo el signo más: la amistad humana crece con la gracia divina, y se multiplican los servicios prestados con alegría[77], sin hacerlo notar y sin que los demás adviertan ese esfuerzo ajeno[78].

Nunca dejó a sus viejos amigos, según el consejo de la Escritura[79]. En el fondo, más que acercarlos a su persona, quería hacerlos amigos de Dios, a través de la oración personal y también a través del trato íntimo con los que fueron amigos de Dios en la tierra, según lo que solía enseñar: “Si en ocasiones no os sentís con fuerza para seguir las huellas de Jesucristo, cambiad palabras de amistad con los que le conocieron de cerca mientras permaneció en esta tierra nuestra. Con María, en primer lugar, que lo trajo para nosotros. Con los Apóstoles. Varios gentiles se llegaron a Felipe, natural de Betsaida, en Galilea, y le hicieron esta súplica: deseamos ver a Jesús. Felipe fue y lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe juntos se lo dijeron a Jesús (Ioh XII, 20‑22). ¿No es cierto que esto nos anima? Aquellos extranjeros no se atreven a presentarse al Maestro, y buscan un buen intercesor”[80].

Ese clima de amistad íntima se manifiesta en la conexión entre la Eucaristía y Betania que hacía el Fundador del Opus Dei: “Es verdad que a nuestro Sagrario le llamo siempre Betania... ‑Hazte amigo de los amigos del Maestro: Lázaro, Marta, María. ‑Y después ya no me preguntarás por qué llamo Betania a nuestro Sagrario”[81]. El elemento místico acompaña, con naturalidad, a razones de amistad y trato humanos: “¿Has visto con qué cariño, con qué confianza trataban sus amigos a Cristo? Con toda naturalidad le echan en cara las hermanas de Lázaro su ausencia: ¡te hemos avisado! ¡Si Tú hubieras estado aquí!... / ‑Confíale despacio: enséñame a tratarte con aquel amor de amistad de Marta, de María y de Lázaro; como te trataban también los primeros Doce, aunque al principio te seguían quizá por motivos no muy sobrenaturales”[82].

Josemaría Escrivá encarecía también el trato amistoso con los ángeles, bien persuadido de que cada persona tiene un intercesor propio, que elimina cualquier sensación de soledad. “Todos necesitamos mucha compañía: compañía del Cielo y de la tierra. ¡Sed devotos de los Santos Ángeles! Es muy humana la amistad, pero también es muy divina; como la vida nuestra, que es divina y humana”[83].

Dios no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de sus criaturas. Muy al contrario, sale al encuentro de las almas, les habla como amigo[84], y sabe esperar a cada una con solicitud de Padre, de hermano, de Amigo[85]. Así habló Dios a Moisés, cara a cara, como un hombre suele hablar a su amigo, en clásica expresión de Ex 33, 11. El Fundador del Opus Dei alentaba vivamente a esa amistad con Dios en Camino, 88: “Buscas la compañía de amigos que con su conversación y su afecto, con su trato, te hacen más llevadero el destierro de este mundo..., aunque los amigos a veces traicionan. ‑No me parece mal. / Pero... ¿cómo no frecuentas cada día con mayor intensidad la compañía, la conversación con el Gran Amigo, que nunca traiciona?”[86].

Y de nuevo el apostolado: cuando se saborea la amistad con Cristo, se impone hacerla llegar a los demás, porque el bien es difusivo. En 1954, Mons. Escrivá advertía a sus hijos, según anota el actual Prelado del Opus Dei: “convenceos de esta realidad: en la Obra la santidad no es compatible con el aislamiento: un hombre del Opus Dei, que siente su vocación cristiana, necesita buscar amigos, necesita pegar esta locura divina del amor de Dios, a través de su trabajo, en sus conversaciones con sus colegas, con sus compañeros, con sus parientes”[87].

La vida profesional, las relaciones humanas son cauce privilegiado para mostrar la vida de Cristo y sus manifestaciones de amistad, de cariño, de comprensión y de paz: “Como Cristo pasó haciendo el bien (Act X, 38) por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz”[88].

Terminaré con una cita, ciertamente extensa, pero emblemática: “Nuestro apostolado ha de basarse en la comprensión. Insisto otra vez: la caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo he aprendido, en mi propia carne, lo que cuesta el no ser comprendido. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes se han empeñado en no entenderme. Otra razón, práctica y viva, para que yo desee comprender a todos. Pero no es un impulso circunstancial el que ha de obligarnos a tener ese corazón amplio, universal, católico. El espíritu de comprensión es muestra de la caridad cristiana del buen hijo de Dios: porque el Señor nos quiere por todos los caminos rectos de la tierra, para extender la semilla de la fraternidad ‑no de la cizaña‑, de la disculpa, del perdón, de la caridad, de la paz. No os sintáis nunca enemigos de nadie.

“El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos ‑con su trato‑ la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. Ha de sacrificarse gustosamente por todos, sin distinciones, sin dividir las almas en departamentos estancos, sin ponerles etiquetas como si fueran mercancías o insectos disecados. No puede el cristiano separarse de los demás, porque su vida sería miserable y egoísta: debe hacerse todo para todos, para salvarlos a todos (1 Cor IX, 22)”[89].


[1] Debo reconocer que he escrito este artículo por amistad. Cuando el director de Scripta Theologica me lo planteó, le sugerí otro tipo de autor. Francisco L. Mateo Seco me contestó que intentase contar cómo se podría descubrir la amplitud de la mente y el corazón del Fundador del Opus Dei a través de la variedad e intensidad de sus amistades, de sus relaciones humanas. Haz lo que puedas –venía a concluir‑ y envíame tu trabajo a finales de enero. Debo tantos favores al director de la revista, que no podía decirle que no. Ojalá sirva para que, dentro de las reflexiones en curso sobre la grandeza de la vida corriente, algún teólogo penetre con profundidad en el sentido de la amistad en la antropología cristiana a la luz de la vida y las enseñanzas del Beato [San] Josemaría Escrivá. Puede ser interesante también, si se tiene en cuenta el resultado de mi somera inmersión en el índice del Catecismo de la Iglesia Católica: menciona incidentalmente la amistad humana como un bien temporal que puede ser merecido (2010) –un gran bien en el que se expresa la castidad (2347)‑, pero en otra decena de lugares emplea el término sólo en el plano espiritual de la amistad con Dios, sinónimo de gracia, intimidad con el Señor, trato con Él, manifestación de su aprecio por la criatura humana desde el momento de su creación.

[2] Forja, 802.

[3] El libro original es Un hombre de Dios. Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei, Madrid, Ediciones Palabra, 1994, 447 páginas. Lo citaré como Testimonios...

Pienso innecesario indicar, por conocidas, las referencias bibliográficas de los libros de o sobre Josemaría Escrivá que menciono en este artículo. Señalaré sólo el título completo de los que cito abreviadamente en el cuerpo del trabajo:

Amigos...: Amigos de Dios.

Apuntes...: S. BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei.

Conversaciones...: Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer.

Entrevista...: A. DEL PORTILLO, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei.

Es Cristo...: Es Cristo que pasa.

Memoria...: J. ECHEVARRÍA, Memoria del Beato Josemaría Escrivá.

Recuerdo...: S. BERNAL, Recuerdo de Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei.

VÁZQUEZ DE PRADA...: A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, I, Ut videam!

[4] Cfr. CEC 1939.

[5] Viacrucis, 8, 5.

[6] Cfr. Amigos..., 233.

[7] Cfr. Forja, 880.

[8] Memoria..., 122.

[9] Amigos..., 121.

[10] Cfr. Jn 11, 35.

[11] Memoria, 106.

[12] Amigos..., 225.

[13] Es Cristo..., 93.

[14] VÁZQUEZ DE PRADA, 35. Andando los años, el Fundador del Opus Dei situó en el centro de su pedagogía familiar el consejo a los padres de que procurasen hacerse amigos de sus hijos: “Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que la misma educación requiere, con un sentimiento de amistad, que exige ponerse de alguna manera al mismo nivel de los hijos. Los chicos ‑aun los que parecen más díscolos y despegados‑ desean siempre ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal. Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre” (Conversaciones..., 100).

La misma idea, con otras palabras, en Es Cristo..., 27: “Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.

“Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad ‑o la verdad entera‑ que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad”.

[15] Forja, 565.

[16] Conversaciones..., 31.

[17] Memoria..., 355-356.

[18] cfr. Pr 14, 20.

[19] cfr. Pr 19, 7.

[20] Memoria..., 52.

[21] Memoria..., 89-90.

[22] Cfr. Entrevista..., 116.

[23] Cfr. Surco, 757.

[24] Cfr. Si 37, 1.

[25] Surco, 738.

[26] Entrevista..., 27-28.

[27] Cfr. Surco, 429.

[28] Amigos..., 183.

[29] Cfr. Forja, 455.

[30] S. Tomás de Aquino, S. Th., II‑II, q. 103, a. 2‑3.

[31] Es Cristo..., 72.

[32] Memoria..., 55-56.

[33] Cfr. Surco, 191.

[34] Cfr. Jn 15, 13

[35] Cfr. Jn 15, 15.

[36] Cfr. Surco, 191.

[37] Pr 12, 26.

[38] Amigos..., 138; cfr. Surco, 750.

[39] Cfr. Amigos..., 44; Camino 440; etc.

[40] Cfr. Pr 3, 28.

[41] Cfr. Forja, 699.

[42] Entrevista..., 175.

[43] Forja, 943.

[44] Cfr. Si 6, 14-15.

[45] Cfr. Amigos..., 245.

[46] Cfr. Pr 25, 9.

[47] Surco, 731.

[48] Cfr. Pr 27, 9.

[49] Cfr. Pr 17, 17.

[50] Cfr. Lc 24, 13ss.

[51] Cfr. Si 22, 31.

[52] Forja, 957.

[53] Memoria..., 123.

[54] Testimonios..., 202.

[55] Surco, 747.

[56] Surco, 918.

[57] Cfr. Forja, 36.

[58] Cfr. Mt 11, 19.

[59] Surco, 746.

[60] Forja, 954.

[61] Cfr. CEC 1468.

[62] Amigos..., 9.

[63] Memoria..., 122.

[64] Memoria..., 139-140.

[65] Cfr. Si 19, 13.

[66] Neologismo expresivo de Josemaría Escrivá de Balaguer, no incorporado a la edición de 2001 del Diccionario de la Real Academia Española.

[67] Cfr. Pr 29, 5.

[68] Cfr., p. ej., Jb 6, 27; 2M 6, 21.

[69] Memoria..., 136.

[70] Cfr. Surco, 761.

[71] Camino, 159; cfr. también Camino, 160.

[72] Surco, 828.

[73] Camino, 366.

[74] Camino, 948.

[75] Cfr. Surco, 204.

[76] Lo relató detenidamente en Testimonios..., 65-67.

[77] Cfr. Es Cristo..., 51, 182.

[78] Cfr. Surco, 737.

[79] Cfr. Si 9, 14.

[80] Amigos..., 252.

[81] Camino, 322.

[82] Forja, 495.

[83] Amigos..., 315; cfr. también Camino, 562.

[84] Cfr. CEC, 142.

[85] Cfr. Amigos..., 120.

[86] Cfr. también Camino, 422.

[87] Memoria..., 65-66.

[88] Es Cristo..., 166.

[89] Es Cristo..., 124.

 

LA ALEGRÍA, NUESTRA DEUDA CON JESÚS

Se ha acabado la Navidad. Para muchos el final del tiempo festivo supone echar el cierre a la alegría, poca o mucha, que encontraron en Navidad. Ya no hay extraordinarios, fiestas, regalos, encuentros… y aparece la normalidad de la vida con sus colores grises. Pero, para el cristiano debería ser justo lo contrario.

En Navidad hemos contemplado el misterio de amor de Dios por nosotros, manifestado en la Encarnación de su Hijo. Hemos recordado lo mucho que Dios nos ha amado, y nos ama. En la Audiencia del Papa con los empleados del Vaticano y sus familias (21.12.18), Francisco les habló de la alegría por excelencia y contagiosa de la Navidad. Dirigiéndose a los niños, fue recorriendo las figuras de los belenes que habrían puesto en sus casas. Les preguntaba: “¿quién es feliz en el Belén?” Se fijó en primer lugar en la Virgen y San José. “Están llenos de alegría: miran al Niño Jesús y son felices porque, después de mil preocupaciones, han aceptado este Regalo de Dios, con tanta fe y tanto amor. Están “rebosantes” de santidad y, por lo tanto, de alegría”. Después fue el turno de los pastores. Y, por último, mencionó esos personajes que están realizando su trabajo: “el zapatero, el aguador, el herrero, el panadero ..., y tantos otros. Y todos son felices. ¿Por qué? Porque están como “contagiados” por el gozo del evento en el que participan, es decir, el nacimiento de Jesús. Por lo tanto, su trabajo también está “santificado” por la presencia de Jesús, por su venida entre nosotros”.

Desde el nacimiento de Jesús en Belén, la historia de cada hombre y la del mundo que le toca vivir han quedado transformadas: Jesús vive y permanece con nosotros, su amor salvador subsiste y es el manantial principal y permanente de alegría. Basta con desear vivir con Jesús y como Jesús, querer ser santos de la puerta de al lado. Con esa aspiración concluyó la reunión del Papa antes mencionada: “Así que mi deseo es este: sed santos, para ser felices. ¡Pero no santos de estampita! No, no. Santos normales. Santos y santas de carne y hueso, con nuestro carácter, nuestras faltas, incluso nuestros pecados —pedimos perdón y seguimos adelante—, pero listos para dejarnos “contagiar” de la presencia de Jesús en medio de nosotros (…) Queridos hermanos y hermanas, no tengamos miedo de la santidad. Os lo aseguro, es el camino de la alegría”. Por eso la vida del cristiano debería rezumar alegría, es nuestra obligación y nuestro servicio para con Dios y con los demás… y para con uno mismo. Es nuestra deuda con Jesús.

La fuente de la alegría: el amor

La alegría, ¿cómo surge? La experiencia nos dice que estamos alegres cuando disfrutamos de un bien, por ejemplo, de una buena salud…; cuando vemos felices a alguien a quien amamos, nuestro cónyuge, los hijos o nuestros padres…; cuando compartimos nuestro tiempo con unos amigos; cuando acabamos un trabajo bien hecho; cuando aliviamos las penas de otro escuchándole, dándole un consejo; cuando atendemos con cariño a un enfermo… vemos que la alegría es “fruto de”, no se llega directamente a ella. Esto nos orienta en la buena dirección, si quiero estar alegre tendré que buscar su fuente, de la misma manera que si quiero una manzana necesito de un manzano. Si cultivamos un manzano seguro que podremos degustar una manzana. ¿Cuál es la fuente de la alegría? El amor. La alegría es el amor disfrutado. Si amamos estaremos alegres. Por eso Dios es infinitamente alegre, porque “Dios es amor” (1 Juan 4, 8). Es una comunidad perfecta de tres personas que se aman sin medida: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una es para las otras.

Es la enseñanza de santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica. La primera condición de la alegría es amar algo o alguien. Sin amor no hay alegría. Evidentemente hay muchas clases de alegría, según sea la naturaleza de lo que amemos. No podemos pedir peras al olmo. La alegría de una buena comida no es de la misma clase que la alegría de una buena fiesta de familia. Y la intensidad de la alegría dependerá de cómo sea ese amor; si uno no aprecia la buena comida o está distanciado de su familia, evidentemente la alegría surgida será diferente del que sí valora la gastronomía o del que está unido a los suyos.

También observamos que, a la primera condición dicha, se une una segunda: poseer lo que se ama. ¿Cuándo uno se alegra? Cuando se encuentra lo que se buscaba, cuando uno tiene lo que quería. No nos basta con querer a nuestra familia, es necesario hacer fiesta para que la alegría del reunirse se produzca. Al menos de alguna manera. Santo Tomás explica varias.

Una manera es a través de la certeza de que tarde o temprano alcanzaremos lo que se desea, lo que equivale a una posesión anticipada. La alegría de la reunión familiar se adelanta cuando se le ha puesto fecha y se prepara de diversas formas en el tiempo que falta.

Otro camino es a través de la persona amada. Estamos alegres porque la persona que amamos posee con seguridad lo que sea su bien. Siguiendo con el ejemplo de la alegría de la reunión familiar, es la alegría que siente el ausente: a pesar de no poder estar participa del júbilo del resto de la familia que se junta. Es la alegría que caracteriza el amor del afecto, desinteresado… que participa de la alegría del amado. Francisco nos enseña que “nuestro Señor aprecia de manera especial a quien se alegra con la felicidad del otro (en especial del cónyuge, ya que es una cita de su exhortación La Alegría del amor (n. 110)). Si no alimentamos nuestra capacidad de gozar con el bien del otro y, sobre todo, nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría, ya que como ha dicho Jesús «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hechos 20, 35)”.

También la tristeza procede del amor, pero del amor ausente o perdido. Evidentemente hay muchas clases de tristezas, algunas nos hacen bien, la mayoría no. Y deberemos buscar remedio en cualquiera de los casos.

La alegría del cristiano más genuina: la que nos trae Jesús

Para resolver la incógnita, después de lo dicho, deberemos preguntarnos por una clase de amor. ¿Qué amor experimenta un cristiano a diferencia del que no lo es? La respuesta nos la da Jesús, se desvela a lo largo de su vida empezando por su nacimiento. Jesús, Hijo de Dios e hijo de María, es el “Ungido” de Israel, que en hebreo se dice Mosiach o Mesías; en griego es Christos, de donde viene el nombre de Cristo. Jesucristo es el profeta de la felicidad, el consolador de nuestras desgracias, el que abre toda vida humana a la verdadera alegría, porque es nuestro Salvador y nuestra Esperanza. En la Última Cena Cristo promete a los Apóstoles hacerles partícipes de su alegría: "Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar" (Juan 16, 22).

Dios Padre ansiaba ese momento, “la plenitud de los tiempos” (Gálatas 4, 4), para mostrarnos con su Hijo amado lo que nos quiere. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él” (1 Juan 4, 9). Desea que conozcamos la verdad de su Amor, que tengamos fe en Él. Por fin podía liberarnos del pecado y de la esclavitud de Satanás, que originó el mal uso de la libertad de Adán y Eva. Y, en su Hijo nos hizo hijos suyos, nuestra mayor dignidad. “Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios” (Gálatas 4, 7). Este es el amor que, creído, conocido y disfrutado, engendra en el cristiano una alegría inmensa e inmerecida. Es la alegría que transparentan los villancicos. Es la alegría del hijo que se sabe amado sin medida por un Padre bueno y todopoderoso; un amor siempre presente, porque Dios es fiel a sus promesas. “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Isaías 49, 15).

“La alegría es consecuencia necesaria de la filiación divina, de sabernos queridos con predilección por nuestro Padre Dios, que nos acoge, nos ayuda y nos perdona. -Recuérdalo bien y siempre: aunque alguna vez parezca que todo se viene abajo, ¡no se viene abajo nada!, porque Dios no pierde batallas” (San Josemaría Forja n. 332). El Espíritu Santo suscita en el alma del cristiano está alegría sobrenatural, la más genuina, la que Jesús inauguró con su Encarnación en Nazaret; manifestó a los pastores de Belén, a través del canto de sus ángeles, y entusiasmó a los magos del Oriente, al descubrir de nuevo su estrella; la que nos ganó en la Cruz en Jerusalén; la que gozaron los Apóstoles al encontrarse con el Resucitado; la que viviremos plenamente con Él en el Cielo.

La alegría del cristiano, parte esencial de la santidad

¿Encontramos un denominador común en la vida de los santos? Nos puede servir la respuesta de Joaquín Navarro Valls (psiquiatra y periodista, conocido por ser el portavoz del Vaticano durante 22 años (de 1984 a 2006)). En una conferencia decía: “he tenido el don de haber conocido a tres santos: a san Josemaría, al Siervo de Dios Juan Pablo II y a la Beata Madre Teresa. Para mí ha sido inevitable preguntarme si estas personas tan distintas tienen algo en común. La conclusión a la que he llegado es que lo común era el buen humor, un buen humor extraordinario, contagioso, que hacía reír hasta en ocasiones en las que parecía obligado llorar”. El discurso aventuraba su causa: “ese buen humor no era producto de una psicología festiva, sino que se apoyaba en algo mucho más consistente, que permea el carácter humano, convirtiendo al hombre en sembrador de alegría. Quien cree que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza no tiene motivo nunca de perder el buen humor. Ésa es la seguridad que no puede faltar en un cristiano que realiza su misión en el mundo de hoy, convencido de que el final es un happy end.” (en la clausura del XII Congreso “Católicos y vida pública” Madrid (19.11.2010)).

“La verdadera santidad es alegría, porque <un santo triste es un triste santo>”, afirmaba Francisco citando a Santa Teresa de Jesús (mensaje al obispo de Ávila con motivo de la apertura del año jubilar teresiano 15.10.14). Un santo triste sería una contradicción, sería lo mismo que un santo sin amor de Dios. Un cristiano que no ame a Dios no es cristiano; de igual modo, un cristiano que no esté alegre y transmita alegría a su alrededor nos hace dudar de su amor a Dios, como poco no se ha enterado de lo que ese amor le da. Entre la santidad, la vida del cristiano, y la alegría hay una necesaria relación de esencia.

“Un consejo, que os he repetido machaconamente: estad alegres, siempre alegres. –Que estén tristes los que no se consideren hijos de Dios” (Surco n. 54) enseñaba san Josemaría en los años treinta del siglo pasado. La vida de los que han encontrado a Jesús y le aman reclama la alegría de los hijos de Dios. Una alegría que se nutre en el diálogo con Dios en la oración y vive de la Eucaristía. Una alegría compatible con nuestras miserias y nuestros errores, porque Dios hace renacer el amor con su perdón: siempre perdona al que se lo pide sinceramente. Una alegría que perdura en las dificultades, en las amarguras y dolores de la vida, si nos unimos a Jesús en la Cruz y le dejamos ser nuestro cirineo. Una alegría que crece al dar, al darse a los demás. Una alegría que hace más amable la vida de los que nos rodean.

De esta alegría nos habla constantemente el Papa Francisco: “de la alegría del Evangelio que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús (…) con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Son palabras de su primera exhortación “La Alegría del Evangelio” (24.11.2013), en la que se dirigía a todos los fieles cristianos “para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría”. No extraña que, en su última exhortación “Alegraos y regocijaros” sobre la santidad (19.03.2018), haya elegido “la alegría y el sentido del humor” (n. 122-128) como una de las cinco notas “que, a su juicio, no deben faltar para entender el estilo de vida al que el Señor nos llama”.

Dios nos quiere alegres

Es consecuencia de su amor por nosotros. Nos ha creado para el amor, por tanto, para la alegría. Acaso un buen padre en la tierra se quedaría cruzado de brazos si ve a su hijo triste. Pues, Dios, que es nuestro Padre y el mejor de los padres, ha dispuesto todo para que sus hijos sean felicísimos. Es lo que san Pablo afirmaba con rotundidad: “El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?” (Romanos 8, 32). Cuánto ayuda conocer la historia de la Salvación, recogida en la Biblia, y concretamente en los Evangelios. Cuánto bien nos trae “hacer un ejercicio de memoria: ¡cuántas cosas bellas ha hecho Dios por cada uno de nosotros! ¡Qué generoso es nuestro Padre Celestial! ¿Cuántas cosas hermosas ha hecho Dios por mí? Esta es la pregunta”, nos apuntaba el Papa (27.06.18). Ojalá nos convenzamos de que la alegría es una de nuestras mayores obligaciones cada día. Es nuestra deuda con Jesús, que nos ama hasta el extremo de abajarse y hacerse hombre, entregando hasta la última gota de sangre por nosotros. “A quien así nos ama ¿quién no le amará?” (Villancico Adeste fideles). Estar alegres es la prueba de que nos sabemos amados y que deseamos corresponder, en la medida de nuestras posibilidades.

No hay excusas para no estar alegre. No es que el cristiano sea un superhombre, no. Nuestra vida es como la de los demás, habitualmente tendremos mil razones para estar tristes; pero, por cristianos, siempre tendremos una para permanecer alegres: Dios nos ama con locura y está con nosotros, somos sus hijos siempre. Y esta causa existe por sí misma, independientemente de las circunstancias que atravesemos. Es el consejo que recibieron asombrados los primeros cristianos en medio de las persecuciones: “Alegraos siempre en el Señor: de nuevo os digo: alegraos” (Filipenses 4, 4); y san Pablo les da la razón para ello: “El Señor está próximo” (idem 4, 5). Lo recordaba el Papa: “Hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural, que se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Es una seguridad interior, una serenidad esperanzada que brinda una satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros mundanos” (Alegraos y regocijaos n. 125).

Somos las criaturas más afortunadas… siempre que correspondamos. A mayor amor a Dios, a mayor intimidad en la posesión, mayor alegría. Por el contrario, sin amar a Dios nos privamos de esa felicidad, que tantos desconocen. En “El sermón sobre el 1º Mandamiento”, el santo cura de Ars nos proponía un reto: “Id a buscar al hombre más feliz según el mundo; si no ama a Dios, veréis cómo en realidad no deja de ser un gran desgraciado. Y, por el contrario, si os encontráis con el hombre más infeliz a los ojos del mundo, veréis, cómo amando a Dios, resulta dichoso en todos los conceptos”. El amor de Dios es la mejor tierra para todos los amores buenos del hombre, causa de alegrías, porque los purifica del egoísmo que los corrompe. Es más, multiplica la capacidad de disfrutar de los gozos humanos nobles. En esta línea, discurre el amor a los demás: “el amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros: «Alegraos con los que están alegres» (Romanos 12, 15)” (Alegraos y regocijaos n. 128). El amor a Dios y a los demás dilata el corazón, abre sus puertas que nuestra miseria cierra, cura su miopía para captar lo hermoso encerrado en lo pequeño.

Necesitamos estar alegres

En primer lugar, porque el equilibrio físico y anímico depende de ello. Lo dice la Escritura: “Corazón alegre hace buen cuerpo, la tristeza seca los huesos” (Proverbios 17, 12); también los sabios: “El hombre no puede vivir largo tiempo sin alegría” (Aristóteles Ética a Nicómaco); y la medicina corrobora: la alegría es causa de una mejor respiración, eso ayuda a una mejor circulación sanguínea y una mejor alimentación de las células nerviosas. La depresión del ánimo envenena el organismo, mientras que la alegría aumenta nuestro sistema inmunológico. Incluso se ha comprobado que una sesión de carcajadas es un potente analgésico. “Que estés contento: la tristeza es un enemigo molesto, que, además, nos hace la vida imposible” (san Josemaría, carta 29.VIII.38, recogido en el libro Maestro de buen humor, José Luis Soria).

En segundo lugar, porque es indispensable para nuestra vida espiritual. Santo Tomás de Aquino lo advierte claramente: “Todo el que quiera progresar en la vida espiritual necesita tener alegría”. San Pablo une la alegría y la santidad cuando exhorta a los de Corinto: “alegraos, sed perfectos” (2 Corintios 13, 11). Se entiende, porque para obrar con perfección es necesario hacerlo en la alegría. En cambio, la tristeza tira para abajo de nosotros. Ya lo avisaba la Escritura: “Un alma entristecida está predispuesta para el mal. Como la polilla al vestido, y la carcoma a la madera, la tristeza daña el corazón del hombre” (Proverbios 25, 20). En concreto, lo inhabilita para vivir la caridad, fuente de santidad: “La tristeza mueve a la ira y al enojo; y así experimentamos que, cuando estamos tristes, fácilmente nos enfadamos y airamos por cualquier cosa; y más, hace al hombre impaciente en las cosas que trata, le hace sospechoso y malicioso, y algunas veces turba de tal modo la tristeza, que parece que quita el sentido y saca fuera de sí” (S. Gregorio, Moralia). Por eso, la tristeza, en especial la tristeza mala, escoria del pecado, es la aliada del enemigo. Al contrario, la alegría en Dios es nuestra gran fuerza, es uno de los más poderoso aliados para alcanzar la victoria sobre nuestras miserias, un admirable remedio para todos los males Así lo avisaba el profeta: “No os entristezcáis, porque la alegría de Yavhé es vuestra fortaleza” (Nehemías 8, 10).

Brindar alegría a los demás, un servicio inigualable

Cuenta la santa Madre Teresa de Calcuta que, en una ocasión, catorce profesores universitarios americanos visitaron su casa en Calcuta. Les llevó a la Casa del Moribundo (hasta ese momento, en ese lugar las hermanas de la Caridad habían recogido más de 36.000 personas de las calles, y la mitad había muerto en paz). Al regresar, empezaron a hablar del amor y de la misericordia. Uno de los profesores le invitó: <Madre, díganos algo que podamos recordar>. Ella le respondió: “Sonreíos los unos a los otros, dedicaos recíprocamente vuestro tiempo en familia. Sonreíos” (relato recogido en Orar con Teresa de Calcuta, José Pedro Manglano). Este consejo lo prodigaba: a las hermanas de la caridad, que muchas veces no tenían motivos para sonreír, les decía lo mismo: “si no sonríes, ¡haz una sonrisa!” (La Madre Teresa de Calcuta, Leo Maasburg). En varias ocasiones el Papa ha citado esta enseñanza de la Madre Teresa: “Posiblemente no nos encontraremos en situación de dar mucho, pero siempre podemos dar la alegría de un corazón que ama a Dios”. Podríamos resumir nuestros deberes respecto a los demás en brindar alegría, sembrar paz y alegría donde estemos. Con qué gozo la Madre Teresa contaba un suceso muy sencillo: “alguien preguntó a un hindú quien era, para él, un cristiano. El hindú contestó: <El cristiano es alguien que se da>”. Recordaba que el santo y seña de los primeros cristianos era la alegría. Y animaba a servir a Dios y a los demás con alegría.

San Tomás de Aquino señalaba la dificultad que supone aguantar un solo día a una persona triste y desagradable. Y a partir de ese hecho, concluía que todo hombre está obligado, por un cierto deber de justicia, a convivir amablemente, alegremente, con los demás. Hacer esto posible, decía san Josemaría, en muchas ocasiones es el mejor sacrificio, agradabilísimo a Dios. Y lo practicaba. En junio de 1971, san Josemaría recibió la visita de un médico argentino, miembro de la Obra. Ese día estaba muy cansado. Antes de pasar a la visita, el que le acompañaba le oyó decir en alta voz: “Señor, te ofrezco la mortificación de sonreír por este hijo que viene a verme”. Al encontrarle sonriente, una de las primeras cosas que esa persona le comentó fue: <No sabe hasta qué punto, durante todos estos años en que no le he visto, el recuerdo de su sonrisa y de su buen humor han sido para mí un consuelo espiritual> (relato del sacerdote Guy Leonardon, que le acompañaba, recogido en Maestro de buen humor, José Luis Soria).

Cultivar la simpatía, el optimismo, el agradecimiento, la confianza, la disculpa, la comprensión, la sonrisa, ser acogedores… desterrar la cara larga, los modales bruscos, el aire antipático, el afán desmedido de controlar, los cambios de humor, las impaciencias, los gritos, el cotilleo… cuando una persona brinda alegría, anima y ayuda, arrastra. Llenar de calidad nuestra presencia, así viviremos la caridad y los que estén con nosotros saldrán con el corazón contento.

Con nuestra alegría cambiaremos las personas y el mundo… se lo debemos a Jesús

Nuestra alegría es un cauce privilegiado para Dios: se revela al mundo, se hacer presente en la vida de otros, habla a los demás a través de la alegría de la vida cristiana. Se entiende que el Papa recuerde que: “los cristianos tienen el deber de anunciarlo (El Evangelio, la buena nueva) sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría” (La Alegría del Evangelio n. 14). Cuando esto no es así, se lo ponemos a Dios más difícil. Lo expresaba Nietzsche crudamente: “Más salvados tendrían que parecer (los cristianos) para creer yo en su Salvador”.

“Alguien ha dicho que el cristianismo se contagia por envidia. Las personas que se acercan a la Iglesia, al ver la alegría de los católicos, se tienen que sentir removidos, hasta poder decir: <quiero ser parte de esto>. Se trata de una clave muy importante de la comunicación de la fe. Los católicos experimentan a Dios, tocan a Dios, confían en Dios y de ahí surge la alegría. No son optimistas por las estadísticas, por sus virtudes personales, ni por la situación del mundo. La alegría nace de saber que forman parte de algo más grande que ellos”. Estas palabras de Juan Manuel Mora (recogidas en su artículo Siete lecciones del Papa Francisco para comunicar la fe) nos dan pistas para ser protagonistas de “la Iglesia en salida”, que el Papa nos pide a todos los cristianos. Es lógico que Francisco nos diga que: “un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral” (La Alegría del Evangelio n. 10).

Nuestra alegría es nuestra deuda con Jesús. Él cuenta con nosotros para que la belleza de su amor salvador llegue a muchos. Como explicaba el Papa emérito Benedicto, evangelizar “es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo. Es sumarse a la tarea de transformar este valle de lágrimas en el jardín de Dios” (homilía del inicio de su pontificado). Esta es nuestra razón de ser, “así es en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres… Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él”; y lo hacemos brindando alegría, el regalo que Jesús nos hace cuando le dejamos que nos ame, cuando amamos a los demás como Él nos ama.

Alberto García-Mina Freire

 

Nuevo impulso del papa Francisco a la bioética global en los 25 años de la Academia Pontificia para la vida

Salvador Bernal

El profesor Jérôme Lejeune, científico francés en proceso de beatificación.

photo_camera El profesor Jérôme Lejeune, científico francés en proceso de beatificación.

No sé si Jérôme Lejeune será beatificado o no, pero consta el aprecio que le tuvo san Juan Pablo II, quien acudió a rezar ante su tumba en uno de los viajes pastorales a Francia. De hecho, atendió la sugerencia de crear un organismo pontificio para profundizar científica y teológicamente sobre la vida. No sé, repito, si será proclamado santo, pero fue un modelo de coherencia cristiana entre fe y ciencia, frente al gran drama del siglo XX señalado por Pablo VI en la Evangelii nuntiandi: la ruptura entre Evangelio y cultura.

El profesor Lejeune fue el primer presidente de la Academia de la Vida. Años antes, en 1974, al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Navarra, su Gran Canciller resumía con trazos rápidos y expresivos su condición de "uno de sus primeros y más altos investigadores en Genética, esa aventura maravillosa del entendimiento humano, que indaga el origen inmediato de la vida, y la lleva a su plenitud mediante los recursos descubiertos en el oficio inventivo y paciente del laboratorio y de la clínica". Y añadía, con unas palabras en cierta medida proféticas para el investigador francés: "la Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública".

Han pasado veinticinco años y, en este tiempo, ha crecido en el planeta la esperanza de vida –salvo raras excepciones-, pero los hombres son más conscientes aún de posibles amenazas –viejas y nuevas- a la existencia humana en la tierra. De ahí el interés del pontífice por ampliar el trabajo científico de la Academia pontificia, a la luz de las necesidades de nuestro tiempo. Lo resume en la espléndida carta (Humana Communitas) que envió con motivo de este aniversario al Arzobispo Vincenzo Paglia, Presidente de la Academia. Como me decía un gran defensor de la vida en España, "voy a leerlo con más calma y sacarle punta a las sugerencias".

El papa confirma y amplía la misión de la Academia, a veces con tonos severos, de algún modo en contraste con su habitual temple positivo, optimista, alegre. Realmente, resulta en cierto modo penoso tener que recordar con fuerza el compromiso por la defensa y promoción de la vida en una época, como la actual, en la que el avance económico y técnico permitiría cuidar eficazmente la casa común y los derechos humanos. Pero Francisco lo hace, según me parece entender, justamente para ayudar a superar el posible "desánimo espiritual" que acecha a tantas almas. De ahí la llamada a una respuesta clara, consciente, solícita, "antes de que sea demasiado tarde".

En la cultura contemporánea laical se invoca periódicamente la fraternidad, como criterio potencialmente inspirador de soluciones prácticas a los interrogantes de nuestro tiempo. No es necesario citar la revolución de 1799, para reconocer con Francisco que "la fraternidad sigue siendo la promesa incumplida de la modernidad". Al menos, los cristianos hemos de comprometernos en su construcción real, justamente porque el hombre es camino de la Iglesia, como subrayó Juan Pablo II en Redemptor hominis, y no se puede despreciar olímpicamente el efectivo significado de las exigencias de la familia humana: así, familia, real, no tópico. Menos aún si se sospesa la esperanzada afirmación del pontífice en esta carta: "La fuerza de la fraternidad, que la adoración a Dios en espíritu y verdad genera entre los humanos, es la nueva frontera del cristianismo".

Muy oportuna parece también una lectura digamos civil de la fraternidad humana, desde la perspectiva de la "bioética global", que enlaza situaciones personales con l protección del medio ambiente, del conjunto del orden de la creación. Permitirá elaborar, como sugiere el papa a la Academia, "argumentos y lenguajes que puedan ser utilizados en un diálogo intercultural e interreligioso, así como interdisciplinario".

En definitiva, la carta Humana Communitas interpela no sólo a los académicos, sino, como suele decirse, a los hombres de buena voluntad. No es difícil encontrar el texto castellano: 

 

 

Comprar o no comprar a tu hijo un smartphone: 10 puntos que te harán pensarlo

Lifesitenews.com - 18.01.2019

 

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Foto: Freepik

Llega un momento es que los padres nos preguntamos si es adecuado darles a nuestros hijos un smartphone, pues no es sólo un aparato, es abrirles las puertas a un mundo de posibilidades, pero también a un mundo de peligros y amenazas.

Para eso, compartimos este artículo publicado en Life Site News y escrito por Jonathon van Maren, historiador y director de comunicación del Centro Canadiense para la Reforma Bioética, el cual nos da 10 ideas que nos harán pensar en esta decisión:

1. Muchos padres tienen la creencia equivocada de que en el momento en que den a sus hijos un smartphone, podrán controlar su comportamiento. En realidad, es casi imposible hacer que un aparato sea totalmente seguro, así se apliquen filtros y medidas. 

2. Como explica Nancy Jo Sales, periodista de Vanity Fair, en su libro American Girls: Social Media and the Secret Lives of Teenagers, el sexting y el envío de selfies de desnudos es ahora una práctica extendida en los colegios.

He entrevistado a un gran número de chicas sobre esta cuestión en los últimos años, y todas han dicho lo mismo: la presión para enviar fotos es implacable. Darle a un hijo un smartphone es facilitar la oportunidad de que sufra esta presión.

3. Un niño empieza a ver pornografía a los 11 años de edad, esta es la edad media (el pornoadicto más joven que he conocido era un homeschooler). Al proporcionar a los niños este aparato, por mucho control que se quiera ejercer o los cortafuegos que se pongan (es imposible bloquear totalmente el acceso), estamos dándoles una puerta de acceso a la mayor depravación sexual humana que existe online.

La mayoría de los jóvenes ven pornografía, chicos y chicas. La mayoría de ellos han visto cosas (violencia sexual brutal entre otras cosas) que generaciones anteriores no podrían ni haber imaginado. Darles esta oportunidad y esta tentación a una edad en la que aún no les hemos dado el derecho a votar, beber, fumar o conducir es irracional y, desde luego, mucho más peligroso.

4. La mayoría de los niños están expuestos a la violencia sexual a través de la pornografía que ven en los smartphones. Como he mencionado en mis columnas anteriores, los expertos están observando un aumento en el número de casos de niños que intentan hacer lo que ven en la pornografía, con decenas de miles de casos en el Reino Unido de abusos sexuales de niños a manos de otros niños que están siendo investigados. Los profesionales sanitarios de los Estados Unidos han dado la voz de alarma.

5. Nuestra sociedad aún no ha conseguido resolver cómo controlar estas tecnologías. De hecho, los expertos de Silicon Valley que crearon estos aparatos y estas pantallas advierten que son una "oscura influencia" sobre los niños; ellos no les dan smartphones a sus propios hijos, o les limitan de manera muy estricta la cantidad de tiempo que pueden utilizarlo. Si quienes desarrollan los smartphones dicen que son peligrosos para la gente joven, tal vez deberíamos escucharles con más atención.

6. Las compañías que producen pornografía intentan de manera muy activa que los niños miren porno. Algunos etiquetan la pornografía con frases inocentes que cualquier niño buscaría cuando navega por internet, como por ejemplo su personaje favorito "Dora la exploradora". Los niños no buscan la pornografía. Pero, ciertamente, la pornografía sí busca a los niños.

7. Las compañías productoras de pornografía han redigitalizado sus contenidos para hacerlos más accesible a través del smartphone. Saben que la gran mayoría de los jóvenes ya no ve pornografía en los portátiles o en la televisión. La mayoría la ve en sus smartphones, en sus habitaciones. Si los padres restringen el acceso al Wi-fi, hoy en día es fácil encontrar Wi-fi gratis en casi todas partes. Por lo tanto, aunque nosotros estemos convencidos de que nuestros niños/adolescentes podrán resistir a la implacable tentación sexual de acceder a la pornografía, las compañías que la producen están totalmente seguras de que pueden ganar esta lucha.

8. Los smartphones proporcionan a los niños, por primera vez en la historia, un ambiente en el que no existe ningún tipo de vigilancia de ningún adulto. La razón por la cual el ciberacoso es tan efectivo y tan peligroso es el hecho de que las redes sociales han creado un mundo alternativo, habitado por jóvenes y sus compañeros e inaccesible a los padres y tutores. En la generación anterior, el acoso acababa en el momento en que llegabas del colegio a casa. Hoy, puedes ser acosado en casa, en tu habitación. De hecho, la avalancha de suicidios, resultado del ciberacoso, ratifica esta historia.

9. Los niños no necesitan smartphones. Creen que sí, porque quieren tener acceso a las redes sociales e internet. ¿Quién no desearía tener acceso a algo que responde a cualquiera de tus preguntas? Pero considerando el tremendo poder que tiene esta herramienta, es muy inocente pensar que los niños y los jóvenes adolescentes son suficientemente maduros para manejarla cuando el impacto del smartphone en los adultos (y los índices de adicción tecnológica, que se han disparado) indican que tampoco nosotros hemos sido capaces de resolver cómo utilizar esta tecnología de manera responsable. Si necesitan un teléfono para llamar y mandar mensajes, es mejor comprarles un aparato sin acceso a internet.

10. A menudo los smartphones eliminan el interés del niño por otras actividades más sanas, como leer, jugar al aire libre y pasar tiempo con su familia. Estoy seguro de que no es una sorpresa para nadie que le haya regalado un smartphone a un niño, darse cuenta de que se convierte con gran rapidez en una parte importante de la vida del niño. Esto, está claro, era predecible: por algo piden con tanta insistencia tener uno.

 

 

Los mayores, los "sándwich" y los menores: los hijos según su lugar en la familia

Por LaFamilia.info

 

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Los mayores, los "sándwich" y los menores… Aunque hay excepciones, la estructura familiar y las funciones conforme a su lugar, establecen unas características en la personalidad de los hijos. Conocer el perfil de cada uno de ellos, ayuda a los padres a corregir posibles errores y a reforzar otras actitudes en los hijos.

Aunque los hijos se educan bajo un mismo techo, su ubicación dentro del esquema familiar puede determinar un modo de relación con los padres y hermanos que repercutirá en su carácter. Las siguientes son las características de cada hijo según su lugar en la familia.

Los hijos mayores: Modelos de responsabilidad

Representan el modelo de responsabilidad, incluso en algunas familias toman las veces de “cabezas de hogar”, aún cuando los padres están presentes. Suelen ser líderes, colaboradores, competentes, desarrollan su máximo potencial. Como posibles rasgos negativos, sobresale su deseo exagerado de ser los mejores, por eso son muy competitivos y exigentes con ellos mismos. Se desmotivan si no logran los resultados esperados.

Recomendaciones para los padres:

  • - No atribuirles deberes de padre que no les corresponden.
  • - Evitar presionarlos para que obtengan el primer lugar.
  • - Ayudarles a aceptar que perder no implica ser “menos”.
  • - Ayudarles a desarrollar el coraje de ser imperfecto.

Los del medio: Los hijos sándwich

Son los llamados hijos sándwich. “La llegada de un tercer hijo impacta la estructura familiar”, asegura la especialista Stacy De Broff -directora de la consultora Mom Central y autora de El libro de la mamá: 4287 tips de mamás a mamás- en un artículo de Lanacion.com.

Según la especialista, los padres suelen ser menos exigentes y demandantes con los hijos del medio “y, por eso, muchos de ellos desarrollan actitudes más relajadas frente a la vida en comparación con sus hermanos mayores”, dice De Broff.

“Al mismo tiempo, dejan de recibir esa atención y cuidado de la que gozaban antes de que naciera el tercer hijo, que lo desplaza del puesto de benjamín de la casa.” Por eso, el hijo sándwich suele esforzarse más para ser reconocido “y debe pelear duro para conseguir la atención de sus padres. Generalmente, busca con desesperación una manera de sobresalir”, apunta la experta.

El hijo intermedio puede sentirse excluido y sin privilegios, por eso siempre está en busca de un lugar dentro de la familia, y es posible que busque suplir esa carencia por fuera del círculo familiar, como son los amigos. Por esta razón, suelen ser los más sociables, recursivos y mediadores.

Recomendaciones para los padres:

  • - Darles tiempos y espacios exclusivos para ellos.
  • - Darles su lugar en la familia.
  • - Pedirles sus opiniones y aplaudir sus contribuciones.
  • - Estimular sus habilidades y destrezas.
  • - Darles más atención positiva.
  •  

Los menores: los consentidos de la casa

“Los más pequeños de la casa reciben ese sentimentalismo especial por ser los últimos y suelen ser mucho más mimados por sus progenitores, razón por la cual también suelen ser más cariñosos que el resto de los hijos”, dice la especialista Stacy De Broff. Igualmente los hermanos mayores desarrollan hacia los pequeños, ese sentimiento de cariño excesivo.

Por lo general, los progenitores son menos exigentes con los hijos menores, no les crean tantas expectativas, son más permisivos, su autoridad es laxa. En ciertas ocasiones los menores pueden llegar a ser manipuladores, demandan atención continua y esperan a que los demás asuman sus responsabilidades pues se sienten protegidos por sus padres y hermanos mayores.

Dejarles de exigir es un error. Se les debe inculcar igualmente la responsabilidad, esfuerzo, disciplina y liderazgo, como se hace con los otros hijos. Los especialistas sugieren a los progenitores, evitar excederse en cariño y libertinaje. En lugar de “alcahuetear”, los padres deben hacer con este hijo una “versión mejorada” basándose en los errores que tal vez se cometieron con los demás.

Recomendaciones para los padres:

  • No tratarlos como el “eterno bebé”.
  • No darles más privilegios que a los demás hijos.
  • Dejarlos resolver sus propios conflictos con los mayores.
  • No hacer nada que él o ella pueda hacer solo.
  • Se les debe hacer cumplir las normas del hogar y asumir las consecuencias del no cumplimiento.

Cada hijo es diferente, por consiguiente el trato también debe serlo. Los padres deben establecer un modelo educativo de forma equitativa para todos los hijos, pero conservando la individualidad.

 

Abuelos que vuelven a hacer de padres

Aceprensa - 10.01.2019

 

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Foto: Cathopic

Normalmente se espera que los abuelos reciban ayuda de sus hijos adultos si la necesitan. Pero en algunos países la tendencia se está invirtiendo. Son los abuelos los que prestan ayuda a los hijos adultos, y en no pocos casos hasta los sustituyen en sus responsabilidades paternas. En EE.UU. el 16% de los niños está a cargo de un abuelo, sin que sus padres vivan con ellos, según los últimos datos del censo publicados en The Guardian.

La tendencia ha experimentado un rápido aumento, ya que en el censo de 2000 la proporción de niños a cargo de abuelos era un 6%. Según las estadísticas más recientes, 2,9 millones de abuelos tienen a sus nietos viviendo con ellos, y son los responsables últimos de acompañarles al médico, supervisar sus deberes escolares, sus tareas domésticas y sus juegos.

En la actual generación, el 28% de los niños afroamericanos viven con un abuelo sin que esté presente ninguno de sus padres, mientras que entre los niños blancos el porcentaje asciende al 24%.

Con frecuencia estas familias sufren dificultades económicas, especialmente si solo cuentan con un abuelo. Mientras que el 17% de los niños que viven en un hogar a cargo de dos abuelos viven bajo el umbral de pobreza, esta situación afecta al 48% de los que están a cargo de una abuela sola. No es fácil llegar a fin de mes para una abuela sola, sobre todo si depende de una pensión. Por eso, abuelos que han ahorrado dinero para su jubilación, tienen que echar mano de su plan de pensiones o volver a trabajar para mantener a su nueva joven familia.

El aumento desde principios de los años 90 de las familias a cargo de abuelos se debe con frecuencia a la adicción de los padres a las drogas y a problemas de violencia doméstica. Las muertes por sobredosis de opiáceos o de cocaína, o la incapacidad para ocuparse de los hijos por la adicción, llevan a que los niños queden sin un adulto que se ocupe de ellos.

En estos casos, la mejor opción para los servicios sociales es poner a los niños a cargo de un familiar, generalmente los abuelos. La solución de los abuelos es mejor que la de una familia de acogida, según explica Donna Butss, de Generations United: “Los niños se sienten queridos, no pierden sus raíces, y es más probable que los hermanos permanezcan juntos. Hay más probabilidades de que los abuelos no abandonen a sus nietos y que superen los momentos difíciles de su educación”.

El hacerse cargo de los nietos no va acompañado necesariamente de una ayuda del Estado. En EE.UU. las ayudas son muy variables según los estados, y hay una llamativa escasez de apoyo material y moral a estos abuelos.

 

 

El Primer Mandamiento y los derechos de los  padres

Adolfo J. Castañeda, MA, STL

Director de Educación para el Mundo Hispano

Vida Humana Internacional

Hay una relación muy profunda entre el Primer Mandamiento de la Ley de Dios y la divina vocación de los padres de familia de ser los primeros y principales educadores de sus hijos. En la Sagrada Escritura leemos lo siguiente:

Escucha, Israel, Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado [1].

Es muy significativo que el autor sagrado haya colocado esta admonición a los padres inmediatamente después de la enunciación del Primer Mandamiento. También es significativo que no haya mencionado aquí a los sacerdotes ni a ningún otro de los líderes del Pueblo de Israel, ni siquiera a Moisés mismo. Ello no significa, por supuesto, que dichos líderes no eran importantes. Como todo el Pueblo de Dios, los sacerdotes y los padres de familia debían ser estudiantes obedientes de la Ley de Dios. Después de todo, ese era el sentido principal de este discurso de Moisés acerca de la Alianza entre Dios y Su Pueblo Israel.

Hoy, al igual que entonces, el Nuevo Israel, la Iglesia Católica, debe seguir este orden divino: los padres de familia son los primeros responsables de la transmisión de la fe y la moral a sus hijos. Este deber y derecho surge tanto del orden natural como del orden sobrenatural.

En relación con el orden natural, la Iglesia enseña que la procreación no es simplemente el traer hijos al mundo, sino también el educarlos:

La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse también a su educación moral y a su formación espiritual. El papel de los padres en la educación tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. El derecho y el deber de la educación son para los padres primordiales e inalienables [2].

En relación con el orden sobrenatural, la Iglesia enseña que los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos en virtud del Sacramento del Matrimonio:

Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos. Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de la fe, de los que ellos son para sus hijos los primeros heraldos. Desde su más tierna infancia, deben asociarlos a la vida de la Iglesia. La forma de vida en la familia puede alimentar las disposiciones afectivas que, durante toda la vida, serán auténticos cimientos y apoyos de una fe viva [3].

Los sacerdotes, por su parte, bajo la autoridad del obispo, son los primeros educadores del Pueblo de Dios en virtud del Sacramento del Orden [4]. Su papel, en cuanto a los padres de familia, es formarlos en la fe y la moral, para que ellos a su vez eduquen a sus hijos. Tenemos entonces la siguiente tríada docente: los sacerdotes educan a los padres y éstos a su vez educan a sus hijos. Si logramos que esta secuencia tenga éxito, resolveremos muchos de los problemas que hoy en día nos acosan, incluyendo el de la de la “cultura” de la muerte. Lograremos, con el favor de Dios, el establecimiento de una cultura de vida.

El papel de los demás maestros de la Iglesia, catequistas y maestros de religión,  respecto de los padres de familia, es subsidiario y no primario. Es decir, están ahí para ayudar (con humildad y respeto) y no para sustituir a los padres de familia. En relación con este punto, la Iglesia enseña que

La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe. Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios [5].

En relación con este punto, es importante recalcar que los padres deben confiar en que Dios ya les ha equipado para ser los primeros y principales educadores de sus hijos. Deben tener fe en que, tanto a nivel natural como a nivel sobrenatural, ellos ya tienen todos los dones necesarios para cumplir con esta noble vocación. Los padres son educadores de sus hijos precisamente por ser padres y también por estar unidos en santo matrimonio. Deben tomar conciencia y apreciar esta dignidad de ser padres y educadores. No deben tener ningún miedo, sino confianza en Dios y en sí mismos.

Claro está, como cualquier otro don, natural o sobrenatural, que Dios nos ha dado, este don de ser educadores de los hijos debe ser alimentado y desarrollado. Así como la fe es un don de Dios que necesita ser alimentado con la Palabra de Dios y los Sacramentos, este otro don debe ser alimentado también de la misma manera. Por ello es imperativo que los padres conozcan bien la doctrina fundamental de la Iglesia en todos sus aspectos. Así podrán formar a sus hijos y responder a sus preguntas de manera adecuada, en vez de imponer a base de regaños y sin dar las razones y los motivos de la moral y la fe cristianas [6]. No se trata de que sean teólogos, filósofos o “expertos” en todo tipo de materia, sino de que conozcan bien y vivan auténticamente la fe y la moral fundamentales contenidas en el catecismo para adultos de la Iglesia Católica.

Los padres no están solos. Cuentan con la ayuda de la Iglesia, que es Madre y Maestra de todos los fieles. Para ello pueden y deben acudir a su parroquia, donde deben buscar esa ayuda y esa formación. Para eso están los sacerdotes, los diáconos y otras personas que Dios ha dado la gracia de tener una buena formación fiel al Magisterio de la Iglesia Católica, el cual está compuesto por el Papa y los obispos que están en comunión con él [7]. Con relación a este punto, la Iglesia enseña que,

La parroquia es la comunidad eucarística y el corazón de la vida litúrgica de las familias cristianas; es un lugar privilegiado para la catequesis de los niños y de los padres [8].

Los padres no deben hacer caso a las falsas voces que dicen “los padres no saben nada”. Es cierto, hay muchos padres que tienen una formación católica muy débil. Pero no por ello vamos a tomar el camino fácil y derrotista de simplemente sustituir a los padres. Hemos establecido todo un sistema de catequesis y de escuelas católicas. Sin embargo, la experiencia muestra que muchos de nuestros jóvenes, cuando alcanzan la edad adulta o incluso antes, abandonan la Iglesia y gravitan hacia el secularismo. Su conocimiento de la fe y la vivencia de la misma son muy débiles, cuando no inexistentes.

Es posible que la causa de ello sea una formación deficiente en estas instituciones educativas. Pero también es posible que la causa principal sea que los padres de familia no hayan asumido su responsabilidad de ser los principales maestros de la fe de sus hijos. También es posible que maestros y catequistas no hayan facilitado o animado a los padres a asumir dicha vocación. Por difícil que sea, ese es el camino que Dios quiere que tomemos, por la sencilla razón de que, reiteramos, los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos. Dios mismo lo ha establecido así. Ciertamente la época de soltar a los hijos ante la puerta de la Iglesia o de la escuela católica, para luego desentenderse de su formación cristiana, tiene que llegar a su fin. Debemos pasar de una pastoral de la sustitución de los padres a otra de la potenciación de los padres. Todos debemos cooperar en ello. El futuro de nuestros hijos y el de la Iglesia lo exigen.

Notas:

[1]. Deuteronomio 6:4-7. El énfasis es nuestro.

[2]. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2221. El énfasis se encuentra en la cita original.

[3]. Ibíd., no. 2225. El énfasis se encuentra en la cita original.

[4]. Cf. Ibíd., no. 1585.

[5]. Ibíd., no. 2226. El énfasis es nuestro.

[6]. Cf. 1 Pedro 3:15.

[7]. Cf. Catecismo, no. 85.

[8]. Ibíd., no. 2226. El énfasis es nuestro.

 

 

ONU aumenta presión en favor del aborto y la homosexualidad

Los comités de derechos humanos de la ONU aumentan la presión en favor del aborto y la homosexualidad

Estadísticas de las presiones ejercidas por los Comités de la ONU en favor del aborto y de la ideología de género

Presiones ejercidas por los Comités de la ONU en favor del aborto y de la ideología de género

WASHINGTON, D.C. 4 de enero (C-Fam) Durante décadas, los organismos de expertos que supervisan el cumplimiento de los tratados de derechos humanos de las Naciones Unidas han sido cada vez más audaces en la promoción del aborto junto con la Orientación Sexual y la Identidad de Género (SOGI)

Si bien esto supera sus mandatos y queda fuera del texto acordado en los tratados que supervisan, sus actividades no han sido controladas, y esta tendencia ha continuado en el último año.

Cuando un estado miembro de la ONU ratifica un tratado multilateral de derechos humanos, acepta someterse a una revisión periódica por parte de un comité de expertos, que a su vez proporciona observaciones que instan al estado miembro a aumentar su adhesión al tratado.

A diferencia del tratado en sí, estas observaciones no son vinculantes, pero han sido citadas por tribunales superiores dentro de los países para justificar medidas como la liberalización de las leyes sobre el aborto.

Si bien ninguno de los seis tratados principales que abordan temas de derechos humanos, incluidos los de las mujeres, niños y personas con discapacidades, incluye referencias directas al aborto o a la Orientación Sexual y la Identidad de Género, cada uno de sus órganos de monitoreo ha presionado a los países el año pasado sobre estos temas.

El comité que supervisa el tratado de los derechos de las mujeres presionó a los países sobre el aborto en el 88% de los casos.

En una declaración conjunta con el comité que supervisa los derechos de las personas con discapacidad, afirmaron que el aborto es un requisito previo para los derechos de las mujeres y cuestionaron la afirmación de los grupos pro-vida de que los subsidios especiales para el aborto en el caso de una anomalía fetal constituyen una discriminación basada en discapacidad.

El noventa por ciento de las observaciones finales del Comité de Derechos Humanos en 2018 incluyó la presión sobre Orientación Sexual y la Identidad de Género .

En noviembre, este comité emitió un comentario general que indica que su comprensión del “derecho a la vida” incluye el derecho al aborto. El comentario también fue favorable a la eutanasia.

Si bien los grupos pro-vida, incluidos los expertos internacionales en derechos humanos y los miembros de estos mismos comités, han expresado su preocupación e incluso indignación por estos acontecimientos, los pasos concretos hacia la reforma de los órganos de tratados siguen siendo difíciles de alcanzar.

Sin embargo, los países siguen ratificando estos tratados

Los propios tratados de derechos humanos de las Naciones Unidas siguen manteniendo una considerable credibilidad, con altos índices de ratificación por parte de los estados miembros.

Todos menos un país, los Estados Unidos, han ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño, por ejemplo. Su organismo de monitoreo presionó a los estados parte en el tratado sobre aborto y la Orientación Sexual y la Identidad de Género a niveles sin precedentes en 2018, en 65% y 53% de los casos, respectivamente.

Su organismo de monitoreo presionó a los estados parte en el tratado sobre aborto y la Orientación Sexual y la Identidad de Género a niveles sin precedentes en 2018, en 65% y 53% de los casos, respectivamente.

Una presión colateral

Si bien los órganos de monitoreo de tratados involucran a expertos que hablan con los gobiernos de los estados miembros, otro mecanismo de las Naciones Unidas permite a los países controlarse directamente entre sí y alentar la promoción de los derechos humanos.

En el Examen Periódico Universal (EPU), cada país se somete a una revisión amplia cada pocos años y recibe recomendaciones de otros países.

Si bien la Orientación Sexual y la Identidad de Género y la presión del aborto están muy difundidas en el EPU, provienen de un grupo relativamente pequeño de países, agrupados predominantemente en Europa occidental y sus aliados.

A fines del año pasado, C-Fam informó que algunos países han empezado a utilizar el EPU para alentar a las demás naciones a proteger la vida en el útero y apoyar una comprensión tradicional de la familia.

Africa nos da un ejemplo

En enero, Kenia instó a Botswana a “afirmar que no existe el derecho humano internacional al aborto” y resistir la presión para liberalizar sus leyes de aborto.

También en 2018, Egipto hizo un llamado a varios países para que protejan a la familia como la “unidad natural y fundamental de la sociedad”, citando el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que celebró su 70 aniversario este año.

Por Rebecca Oas

 

 

Las objeciones éticas

El investigador chino He Jiankui, que afirma haber creado los primeros bebés modificados genéticamente, dice que no se trata de crear seres humanos a la carta sino de curar una enfermedad. Las objeciones éticas derivadas de cosificar a un ser humano y de seleccionar entre seres viables y no viables para lo que se pretende, serían muchas. Pero es que, además, no es cierto que esta sea la única manera de curar, y ni siquiera existen resultados fiables para afirmar que la curación sea posible a partir de esta técnica.

El presidente de la Sociedad Internacional para las Tecnologías Transgénicas, Lluís Montoliú, afirma que los riesgos de realizar esta práctica en humanos son muchos, y que en el caso de China, además, no se trata de una aplicación para tratar una enfermedad hereditaria, sino que se habría trabajado con embriones sanos, como presunto intento de mejora genética de la especie humana. No es de extrañar que Montoliú, en sintonía con la mayoría de la comunidad científica, haya sentido escalofríos al ver el tono mesiánico con el que el investigador chino comunicaba su hallazgo al mundo. Son los escalofríos que produce una ciencia que pretende avanzar al margen de la ética.

José Morales Martín

 

 

El nacionalismo religioso

Sib duda, tuvo mucho eco el discurso del presidente francés en el centenario del armisticio que puso fin a la primera guerra mundial. Lo pronunció ante cerca de ochenta jefes de Estado y de gobierno en un lugar tan emblemático como el Arco del Triunfo en París. Destaca su rotunda frase de que “el patriotismo es exactamente lo contrario del nacionalismo”, con el corolario que califica a esta ideología como “traición al patriotismo”: búsqueda del interés propio sin importar nada el de los demás. Se supone que Emmanuel Macron tenía en su mente no sólo el crecimiento de posiciones identitarias en Francia, sino el America first de Donald Trump, sentado a pocos metros, en la primera fila de la tribuna de los líderes mundiales.

La neta distinción entre la virtud del patriotismo, parte de la clásica pietas, y el nacionalismo en sentido estricto, es un capítulo esencial, bien conocido, de la doctrina social de la Iglesia católica. Constituye una exigencia de la universalidad de la enseñanza de Cristo, aunque no hayan faltado manifestaciones nacionalistas en tantos lugares y momentos de la historia, también reciente.

El nacionalismo es dañino para el orden mundial, aunque la humanidad parece no aprender la amarga lección. Quienes provocan la mayor parte de los conflictos regionales de las últimas décadas, olvidan las dramáticas consecuencias de las dos guerras mundiales del siglo XX.

Xus D Madrid

 

 

Destruye la unidad de los cristianos

Cuando la Unión Soviética se deshizo en 1991, los obispos ucranianos, que llevaban tres siglos dentro del patriarcado de Moscú, se definieron autónomos, pero el metropolitano de Kiev no fue reconocido por ninguna de las catorce iglesias ortodoxas del mundo, por influencia de Moscú. De hecho, siguieron existiendo parroquias en Ucrania dependientes de Moscú. Según cifras de fuentes ucranianas, el patriarcado de Moscú tiene más parroquias (12.000) en Ucrania que el de Kiev (5.000), pero menos seguidores (16%, contra un 40%). Todo cambió sustancialmente en 2014, con la intervención rusa en Ucrania oriental y la anexión unilateral de Crimea. Y el patriarca Bartolomé reconoció en 2018 la autocefalia de Kiev, que había apoyado también con ayudas materiales a los contendientes bélicos contra Rusia.

A lo largo de la historia se han producido abundantes tensiones entre el poder político y el eclesiástico, que no se cerraron ni mucho menos tras la guerra de las investiduras. Hay muchos matices desde la antigua hierocracia a los modernos regalismos. Basta pensar que Suecia dejó de ser un Estado confesional con el cambio de milenio, pero la reina de Inglaterra sigue siendo Cabeza de la iglesia anglicana. Y en España, a pesar de la clara afirmación del Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes, que superó la vieja teoría del poder indirecto, sólo con el rey Juan Carlos desapareció la figura de la presentación de obispos.

La piedra de toque debería ser el misterio del reinado universal de Jesucristo, que acabamos de contemplar en el último domingo del año litúrgico: reino de verdad y vida; santidad y gracia; justicia, amor y paz; reino no de dominación, sino de servicio y libertad donde, en expresión de san Josemaría Escrivá, “no existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a Dios. ¡Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres!”

Pedro García

 

 

TODO DENUNCIADO... ¿Y QUÉ?: LIBERTAD. ¿PARA QUÉ?

(I)                (Escrito en 2001)

 

            Múltiples veces y cuando el individuo “se encuentra a solas consigo mismo”, suele hacerse la pregunta arriba indicada (entre otras muchísimas más y que hoy no vienen al caso) y medita sobre la realidad del individuo ante la sociedad que le rodea.     Alguna vez puede sentir incluso “escalofríos” de impotencia total, otras la contrapartida o parte opuesta y decir simplemente como dijo aquel fraile del cuento... “¿Y a mí qué...? Yo para lo que voy a estar en el convento... me cago dentro?

            Ante “los opuestos” que se presentan ante “uno mismo” en esa soledad; suele ocurrir que al final, “uno escribe sólo para uno mismo”, puesto que en esas soledades, uno imagina (por ejemplo) al imponente Amazonas... y flotando sobre la inmensa corriente que se acumula en su delta, a una simple “brizna” de paja seca ó “palillo mondadientes”, los que incapaces de “maniobrar” en la inmensa y “ya tranquila corriente”, ve con toda tranquilidad el que esas briznas van a ser tragadas por el inmenso océano, que inevitablemente es el final del “muy largo recorrido”, desde que “un viento desconocido y fuerte”... las depositara en tan singular e inmensa corriente.

            Puedo asegurar (lo vivo con cierta frecuencia) que hay enorme tranquilidad en esos momentos de meditación; total y absoluta paz, incluso pueden aparecer el hastío y la indiferencia total, pues al menos... “la brizna, paja o palillo mondadientes”, piensan y dicen con toda tranquilidad... “al menos vamos flotando”... pero... ¿Cuántas otras briznas y palillos pesados, irán (o estarán) pudriéndose en los fangos inamovibles del fondo de ésta gran río? Surge entonces las triste sonrisa del infinitamente ignorante de todo, el cómo, el por qué, y retrotrayéndose aún más, “se introduce”, en un imaginario caparazón que afortunadamente nos cubre en esas soledades, sigue sonriendo y pensado, e incluso sintiendo una piedad inmensa, por todo cuanto... “late o se mueve”, en el inmenso entorno que significa, un insignificante planeta, de un pequeño sistema, en el que una estrella... “calienta y promueve, toda esa vida que con el pensamiento”... “el solitario”, ha visto en una imaginaria película que pasa a velocidad inmensa, ante una pantalla invisible, pero que existe dentro de su insignificante “yo”, el que incluso sintiéndose “algo” en el ya inabarcable Universo, se asoma al mismo y retrocede a su caparazón, buscando el abrigo necesario para encontrar una paz, que afortunadamente siempre encuentra, simplemente acordándose de la maravilla que es y significa... “una simple hoja de cualquier árbol o arbusto, que alguna vez arrancó del mismo, observó con detenimiento y meditó sobre esa aún más pequeña partícula y la que sin embargo es en si misma, una obra maravillosa y cuya realización no es explicable, por muchas explicaciones que nos den, los que se denominan... “eruditos en la materia”.

            Tras esos momentos y “en esos viajes inmensos”, en los que como meta final, sólo encuentras que, eres efecto y no Causa y que no sabes ni el por qué existes... suele venir una paz hermosa y que relaja en grado tal, que luego, pasado unas horas de descanso verdadero... surgen las nuevas fuerzas que te hacen, seguir escribiendo y contando cosas, aunque como ahora me ocurre (me suele ocurrir muchas veces) parece que “me las estoy escribiendo y contando a mi mismo”... no me importa en absoluto... ¿Para quién escribe el escritor sino para él mismo y en mayoría de veces?... Lo que también ocurre, es que “algo” impulsa a lanzarlas al exterior para que otros las examinen, por si de algo les pueden ser de utilidad, pues pretender arreglar algo... “en ese inmenso río”, es de un optimismo cuya calificación ni encuentro por más que la busco.

            Otro día puede que escriba, qué es lo que motivó este artículo, puesto que ello es claro, no lo escribo por que quiero (diez minutos antes de empezar a escribir, no sabía de lo que escribiría en ese momento, cosa que me ocurre con frecuencia) sino por cuanto “otro palillo de dientes, flotando en otro río”, me lo ha sugerido y ello (y es curioso) sin saberlo, siquiera; pero yo agradecido que soy... le transmito mis sinceras gracias, por su sinceridad de verdadero periodista-escritor ó escritor-periodista

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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