Las Noticias de hoy 16 Enero 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 16 de enero de 2019    

Indice:

ROME REPORTS

Carta del Papa al Presidente de la Pontificia Academia para la Vida

El aborto y la eutanasia son “males gravísimos que contradicen el Espíritu de vida”

Asia: El Papa invita a explorar “nuevos medios y métodos de testimoniar el Evangelio”

Patronos de la JMJ: Óscar Arnulfo Romero

ORACIÓN Y APOSTOLADO: Francisco Fernandez Carbajal

“El dolor de corregir”: San Josemaria

¿La santidad es para mí?

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici: Raúl Lanzetti

García Lorca y la Liturgia: Ernesto Juliá

Desplazados de guerra: Ángel Cabrero Ugarte

UNA MUJER PIONERA: Carlota Sedeño Martinez

Entrenando los músculos del cuerpo, de la mente y del alma: Sara Martín

 Motivación: Pilar Guembe y Carlos Goñi.

Alarmante reforma educativa: José Morales Martín

Yo mando: Xus D Madrid

Las limitaciones en el uso del móvil: Suso do Madrid

INDIVIDUO, GRUPO Y MASA: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Carta del Papa al Presidente de la Pontificia Academia para la Vida

Con ocasión del 25º aniversario de su institución

enero 15, 2019 12:21RedacciónPapa y Santa Sede

(ZENIT – 15 enero 2019).- Con ocasión del 25º aniversario de la institución de la Pontificia Academia para la Vida (11 febrero 1994 – 11 febrero 2019), el Papa Francisco ha escrito una carta titulada Humana communitas (La comunidad humana).

El documento ha sido presentado esta mañana, martes, 15 de enero de 2019, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

En el acto de presentación han participado Mons. Vincenzo Paglia, Presidente de la Academia Pontificia para la Vida; Mons. Renzo Pegoraro, Canciller de la misma Academia Pontificia; el Prof. Padre Paolo Benanti, T.O.R., Profesor de Teología Moral y Ética de las Tecnologías en la Pontificia Universidad Gregoriana y miembro de la Academia Pontificia para la Vida; y la Prof. Laura Palazzani, Profesora de Bio-jurídica y Filosofía del Derecho en la Universidad Libre Maria Santissima Assunta (LUMSA), académica de la Academia Pontificia para la Vida.

En el marco del XXV aniversario de la Academia, se celebrará una Asamblea General del 25 al 27 de febrero de 2019, en el Aula Nueva del Sínodo, en el Vaticano, sobre el tema ‘Robo-ética’. Personas, máquinas y salud.

***

Carta del Santo Padre

Humana communitas

[La comunidad humana]

La comunidad humana ha sido el sueño de Dios desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,3-14). El Hijo eterno engendrado por Dios tomó en ella carne y sangre, corazón y afectos. La gran familia de la humanidad se reconoce a sí misma en el misterio de la generación. De hecho, entre las criaturas humanas la iniciación familiar en la fraternidad puede ser considerada como un verdadero tesoro escondido, con vistas a la reorganización comunitaria de las políticas sociales y a los derechos humanos, tan necesarios hoy en día. Para que esto pueda darse, necesitamos ser cada vez más conscientes de nuestro común origen en la creación y el amor de Dios. La fe cristiana confiesa la generación del Hijo como el misterio inefable de la unidad eterna entre el “llamar a la existencia” y la “benevolencia”, que reside en lo más profundo del Dios Uno y Trino. El anuncio renovado de esta revelación, que ha sido descuidada, puede abrir un nuevo capítulo en la historia de la comunidad y de la cultura humana, que hoy implora un nuevo nacimiento en el Espíritu —gimiendo y sufriendo los dolores del parto (cf. Rm 8,22)—. En el Hijo unigénito se revela la ternura de Dios, así como su voluntad de redimir a toda la humanidad que se siente perdida, abandonada, descartada y condenada sin remisión. El misterio del Hijo eterno, que se hizo uno de nosotros, sella de una vez para siempre esta pasión de Dios. El misterio de su Cruz —«por nosotros y por nuestra salvación»— y de su Resurrección —como «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29)— dice hasta qué punto esta pasión de Dios está dirigida a la redención y realización de la criatura humana.

Hemos de restaurar la evidencia de esta pasión de Dios por la criatura humana y su mundo. Dios la hizo a su “imagen” —“varón y mujer”, los creó (cf. Gn 1,27)— como una criatura espiritual y sensible, consciente y libre. La relación entre el hombre y la mujer constituye el lugar por excelencia en el que toda la creación se convierte en interlocutora de Dios y testigo de su amor. Nuestro mundo es la morada terrena de nuestra iniciación a la vida, el lugar y el tiempo en los que ya podemos empezar a disfrutar de la morada celestial a la que estamos destinados (cf. 2 Co 5,1), donde viviremos en plenitud la comunión con Dios y con los demás. La familia humana es una comunidad de origen y de destino, cuyo cumplimiento está escondido, con Cristo, en Dios (cf. Col 3,1-4). En nuestro tiempo, la Iglesia está llamada a relanzar vigorosamente el humanismo de la vida que surge de esta pasión de Dios por la criatura humana. El compromiso para comprender, promover y defender la vida de todo ser humano toma su impulso de este amor incondicional de Dios. La belleza y el atractivo del Evangelio nos muestran que el amor al prójimo no se reduce a la aplicación de unos criterios de conveniencia económica y política o a «algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 39).

 

Una historia apasionada y fecunda

1.         Esta pasión ha animado la actividad de la Pontificia Academia para la Vida desde su fundación hace veinticinco años, por san Juan Pablo II, siguiendo la recomendación del siervo de Dios y gran científico Jérôme Lejeune. Este último, claramente convencido de la profundidad y rapidez de los cambios que se producen en el ámbito biomédico, consideró oportuno sostener un compromiso más estructurado y orgánico en este frente. De este modo, la Academia ha podido desarrollar iniciativas de estudio, formación e información para que «quede de manifiesto que la ciencia y la técnica, puestas al servicio de la persona humana y de sus derechos fundamentales, contribuyen al bien integral del hombre y a la realización del proyecto divino de salvación (cf. Gaudium et spes, 35)» (Juan Pablo II, Motu proprio Vitae mysterium, 11 febrero 1994, 3). Las actividades de la Academia recibieron un renovado impulso con el nuevo Estatuto (18 octubre 2016). El propósito era el de hacer que la reflexión sobre estas cuestiones tuviera cada vez más en cuenta el contexto contemporáneo, en el que el ritmo creciente de la innovación tecnológica y científica, y la globalización, multiplican por una parte las interacciones entre las diferentes culturas, religiones y conocimientos y, por otra, entre las múltiples dimensiones de la familia humana y de la casa común en la que habita. «Por lo tanto, es urgente intensificar el estudio y la comparación de los efectos de esta evolución de la sociedad en un sentido tecnológico para articular una síntesis antropológica que esté a la altura de este desafío de época. El área de vuestra experiencia calificada no puede limitarse, pues, a resolver problemas planteados por situaciones específicas de conflicto ético, social o legal. La inspiración de una conducta consistente con la dignidad humana atañe a la teoría y a la práctica de la ciencia y la técnica en su enfoque general de la vida, de su significado y su valor» (Discurso a la Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida, 5 octubre 2017).

 

Degradación de lo humano y paradoja del “progreso”

2.         La pasión por lo humano, por toda la humanidad encuentra en este momento de la historia serias dificultades. Las alegrías de las relaciones familiares y de la convivencia social se muestran profundamente desvaídas. La desconfianza recíproca entre los individuos y entre los pueblos se alimenta de una búsqueda desmesurada de los propios intereses y de una competencia exasperada, no exenta de violencia. La distancia entre la obsesión por el propio bienestar y la felicidad compartida de la humanidad se amplía hasta tal punto que da la impresión de que se está produciendo un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana. En la Encíclica Laudato si’ he resaltado el estado de emergencia en el que se encuentra nuestra relación con la tierra y los pueblos. Es una alarma causada por la falta de atención a la gran y decisiva cuestión de la unidad de la familia humana y su futuro. La erosión de esta sensibilidad, por parte de las potencias mundanas de la división y la guerra, está creciendo globalmente a una velocidad muy superior a la de la producción de bienes. Es una verdadera y propia cultura —es más, sería mejor decir anti-cultura— de indiferencia hacia la comunidad: hostil a los hombres y mujeres, y aliada con la prepotencia del dinero.

 

3.         Esta emergencia revela una paradoja: ¿Cómo es posible que, en el mismo momento de la historia del mundo en que los recursos económicos y tecnológicos disponibles nos permitirían cuidar suficientemente de la casa común y de la familia humana —honrando así a Dios que nos los ha confiado—, sean precisamente estos recursos económicos y tecnológicos los que provoquen nuestras divisiones más agresivas y nuestras peores pesadillas? Los pueblos sienten aguda y dolorosamente, aunque a menudo confusamente, la degradación espiritual —podríamos decir el nihilismo— que subordina la vida a un mundo y a una sociedad sometidos a esta paradoja. La tendencia a anestesiar este profundo malestar, a través de una búsqueda ciega del disfrute material, produce la melancolía de una vida que no encuentra un destino a la altura de su naturaleza espiritual. Debemos reconocerlo: los hombres y mujeres de nuestro tiempo están a menudo desmoralizados y desorientados, sin ver. Todos estamos un poco replegados sobre nosotros mismos. El sistema económico y la ideología del consumo seleccionan nuestras necesidades y manipulan nuestros sueños, sin tener en cuenta la belleza de la vida compartida y la habitabilidad de la casa común.

 

Una escucha responsable

4.         El pueblo cristiano, haciendo suyo el grito de sufrimiento de los pueblos, debe reaccionar ante los espíritus negativos que fomentan la división, la indiferencia y la hostilidad. Tiene que hacerlo no solo por sí mismo, sino por todos. Y tiene que hacerlo de inmediato, antes de que sea demasiado tarde. La familia eclesial de los discípulos —y de todos los que buscan en la Iglesia las razones de la esperanza (cf. 1 P 3,15)— ha sido plantada en la tierra como «sacramento […] de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1). La rehabilitación de la criatura de Dios en la feliz esperanza de su destino tiene que llegar a ser la pasión dominante de nuestro anuncio. Es urgente que los ancianos crean aún más en sus mejores “sueños” y que los jóvenes tengan “visiones” capaces de impulsarles a comprometerse con valentía en la historia (cf. Jl 3,1). Una nueva perspectiva ética universal, atenta a los temas de la creación y de la vida humana, es el objetivo que debemos perseguir a nivel cultural. No podemos continuar por el camino del error que se ha seguido en tantas décadas de deconstrucción del humanismo, identificado con toda ideología de voluntad de poder, que se sirve del firme apoyo del mercado y la tecnología, por ello hay que combatirla a favor del humanismo. La diversidad de la vida humana es un bien absoluto, digno de ser custodiado éticamente y muy valioso para la salvaguardia de toda la creación. El escándalo está en que el humanismo se contradiga a sí mismo, en lugar de inspirarse en el acto del amor de Dios. La Iglesia debe primero redescubrir la belleza de esta inspiración y empeñarse con renovado entusiasmo.

 

Una tarea difícil para la Iglesia

5.         Somos conscientes de que tenemos dificultades para reabrir este horizonte humanístico, incluso dentro de la Iglesia. Ante todo, preguntémonos sinceramente: ¿Tienen las comunidades eclesiales hoy en día una visión y dan un testimonio que esté a la altura de esta emergencia de la época presente? ¿Están seriamente enfocadas en la pasión y la alegría de transmitir el amor de Dios por la vida de sus hijos en la Tierra? ¿O se pierden todavía demasiado en sus problemas y en ajustes tímidos que no van más allá de la lógica de un compromiso mundano? Debemos preguntarnos seriamente si hemos hecho lo suficiente para dar nuestra contribución específica como cristianos a una visión de lo humano que es capaz de sostener la unidad de la familia de los pueblos en las condiciones políticas y culturales actuales. O si, por el contrario, hemos perdido de vista su centralidad, anteponiendo las ambiciones de nuestra hegemonía espiritual en el gobierno de la ciudad secular, encerrada en sí misma y en sus bienes, frente al cuidado de la comunidad local abierta a la hospitalidad evangélica hacia los pobres y desesperados.

 

Construir una fraternidad universal

6.         Es hora de relanzar una nueva visión de un humanismo fraterno y solidario de las personas y de los pueblos. Sabemos que la fe y el amor necesarios para esta alianza toman su impulso del misterio de la redención de la historia en Jesucristo, escondido en Dios desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,7-10; 3,9-11; Col 1,13-14). Y sabemos también que la conciencia y los afectos de la criatura humana no son de ninguna manera impermeables ni insensibles a la fe y a las obras de esta fraternidad universal, plantada por el Evangelio del Reino de Dios. Tenemos que volver a ponerla en primer plano. Porque una cosa es sentirse obligados a vivir juntos, y otra muy diferente es apreciar la riqueza y la belleza de las semillas de la vida en común que hay que buscar y cultivar juntos. Una cosa es resignarse a concebir la vida como una lucha contra antagonismos interminables, y otra cosa muy distinta es reconocer la familia humana como signo de la vitalidad de Dios Padre y promesa de un destino común para la redención de todo el amor que, ya desde ahora, la mantiene viva.

 

7.         Todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre, como proclamó solemnemente el santo Papa Juan Pablo II en su Encíclica inaugural (Redemptor hominis, 4 marzo 1979). Antes que él, san Pablo VI también recordó en su Encíclica programática, y según la enseñanza del Concilio, que la familiaridad de la Iglesia se extiende por círculos concéntricos a todos los hombres, incluso a quienes se consideran ajenos a la fe y a la adoración de Dios (cf. Ecclesiam suam, 6 agosto 1964). La Iglesia acoge y custodia los signos de bendición y misericordia destinados por Dios a todo ser humano que viene a este mundo.

 

Reconocer los signos de esperanza

8.         En esta misión nos son de consuelo los signos de la acción de Dios en el tiempo presente. Hay que reconocerlos, para que el horizonte no se vea ensombrecido por los aspectos negativos. Desde este punto de vista, san Juan Pablo II señaló los gestos de acogida y defensa de la vida humana, la difusión de una sensibilidad contraria a la guerra y a la pena de muerte, así como un interés creciente por la calidad de la vida y la ecología. Indicaba también la difusión de la bioética como uno de los signos de esperanza, es decir, como «la reflexión y el diálogo —entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas religiones— sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que afectan a la vida del hombre» (Carta enc. Evangelium vitae, 25 marzo 1995, 27). La comunidad científica de la Pontificia Academia para la Vida ha demostrado, en sus veinticinco años de historia, cómo precisamente desde esta perspectiva puede ofrecer su alta y calificada contribución. Prueba de ello es el compromiso con la promoción y protección de la vida humana en todo su desarrollo, la denuncia del aborto y de la supresión de los enfermos como males gravísimos que contradicen el Espíritu de vida y nos hunden en la anti-cultura de la muerte. Ciertamente hay que continuar en esta línea, prestando atención a otros desafíos que la coyuntura contemporánea presenta para la maduración de la fe, para una comprensión más profunda de la misma y para una comunicación más adecuada a los hombres de hoy.

 

El futuro de la Academia

9.         Debemos, ante todo, hacer nuestro el lenguaje y la historia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, incorporando el anuncio del Evangelio en la experiencia concreta, como el Concilio Vaticano II ya nos indicó con determinación. Para captar el sentido de la vida humana, la experiencia a la que se hace referencia es aquella que puede reconocerse en la dinámica de la generación. De esta manera, se evitará reducir la vida a un concepto puramente biológico o a una idea universal abstraída de las relaciones y de la historia. La pertenencia originaria a la carne precede y hace posible cualquier otro conocimiento y reflexión, evitando la pretensión del sujeto de ser origen de sí mismo. Solo podemos darnos cuenta de que estamos vivos cuando ya hemos recibido la vida, antes de cualquier intención y decisión nuestras. Vivir significa necesariamente ser hijos, acogidos y cuidados, aunque a veces de manera inadecuada.

«Parece, pues, razonable unir el cuidado que se ha recibido desde el comienzo de la vida y que le ha permitido desplegarse en todo el arco de su desarrollo, y el cuidado que se debe prestar responsablemente a los demás […]. Este precioso vínculo defiende una dignidad, humana y teologal, que no cesa de vivir, ni siquiera con la pérdida de la salud, del papel social y del control del propio cuerpo» (Carta del Cardenal Secretario de Estado con ocasión de la Conferencia sobre cuidados paliativos, 27 febrero 2018).

 

10.       Somos plenamente conscientes de que el umbral del respeto fundamental de la vida humana está siendo transgredido hoy en día de manera brutal, no solo por el comportamiento individual, sino también por los efectos de las opciones y de los acuerdos estructurales. La organización de las ganancias económicas y el ritmo de desarrollo de las tecnologías ofrecen posibilidades nuevas para condicionar la investigación biomédica, la orientación educativa, la selección de necesidades y la calidad humana de los vínculos. La posibilidad de orientar el desarrollo económico y el progreso científico hacia la alianza del hombre y de la mujer, para el cuidado de la humanidad que nos es común, y hacia la dignidad de la persona humana, se basa ciertamente en un amor por la creación que la fe nos ayuda a profundizar e iluminar. La perspectiva de la bioética global, con su amplia visión y su atención a las repercusiones del medio ambiente en la vida y la salud, constituye una notable oportunidad para profundizar la nueva alianza del Evangelio y de la creación.

 

11.       Ser miembros del único género humano exige un enfoque global y nos pide a todos que abordemos las cuestiones que surgen en el diálogo entre las diferentes culturas y sociedades, que están cada vez más estrechamente relacionadas en el mundo de hoy. Ojalá la Academia para la Vida sea un lugar lleno de valentía de esta interacción y este diálogo al servicio del bien de todos. No tengan miedo de elaborar argumentos y lenguajes que puedan ser utilizados en un diálogo intercultural e interreligioso, así como interdisciplinar. Participen en la reflexión sobre los derechos humanos, que son un punto central en la búsqueda de criterios universalmente compartidos. Está en juego la comprensión y la práctica de una justicia que muestre el rol irrenunciable de la responsabilidad en el tema de los derechos humanos y su estrecha correlación con los deberes, a partir de la solidaridad con quien está más herido y sufre. El Papa Benedicto XVI ha insistido mucho en la importancia de «urgir una nueva reflexión sobre los deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se convierten en algo arbitrario. Hoy se da una profunda contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos, de carácter arbitrario y superfluo, con la pretensión de que las estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la humanidad», entre los que el Papa emérito menciona «la carencia de comida, agua potable, instrucción básica o cuidados sanitarios elementales» (Carta enc. Caritas in veritate, 29 junio 2009, 43).

 

12.       Otro frente en el que hay que profundizar la reflexión es el de las nuevas tecnologías hoy definidas como “emergentes y convergentes”. Se trata de las tecnologías de la información y de la comunicación, las biotecnologías, las nanotecnologías y la robótica. Hoy es posible intervenir con mucha profundidad en la materia viva utilizando los resultados obtenidos por la física, la genética y la neurociencia, así como por la capacidad de cálculo de máquinas cada vez más potentes. También el cuerpo humano es susceptible de intervenciones tales que pueden modificar no solo sus funciones y prestaciones, sino también sus modos de relación, a nivel personal y social, exponiéndolo cada vez más a la lógica del mercado. Ante todo, es necesario comprender los cambios profundos que se anuncian en estas nuevas fronteras, con el fin de identificar cómo orientarlas hacia el servicio de la persona humana, respetando y promoviendo su dignidad intrínseca. Una tarea muy exigente, que requiere un discernimiento aún más atento de lo habitual, a causa de la complejidad e incertidumbre de los posibles desarrollos. Un discernimiento que podemos definir como «la labor sincera de la conciencia, en su empeño por conocer el bien posible, sobre el que decidir responsablemente el ejercicio correcto de la razón práctica» (Sínodo de los Obispos dedicado a los Jóvenes, Documento final, 27 octubre 2018, 109). Se trata de un proceso de investigación y evaluación que se lleva a cabo a través de la dinámica de la conciencia moral y que, para el creyente, tiene lugar dentro y a la luz de la relación con el Señor Jesús, asumiendo su intencionalidad y sus criterios de elección en la acción (cf. Flp 2,5).

 

13.       La medicina y la economía, la tecnología y la política que se elaboran en el centro de la ciudad moderna del hombre, deben quedar expuestas también y, sobre todo, al juicio que se pronuncia desde las periferias de la tierra. De hecho, los numerosos y extraordinarios recursos puestos a disposición de la criatura humana por la investigación científica y tecnológica corren el riesgo de oscurecer la alegría que procede del compartir fraterno y de la belleza de las iniciativas comunes, que les dan realmente su auténtico significado. Debemos reconocer que la fraternidad sigue siendo la promesa incumplida de la modernidad. El aliento universal de la fraternidad que crece en la confianza recíproca parece muy debilitada —dentro de la ciudadanía moderna, como entre pueblos y naciones—. La fuerza de la fraternidad, que la adoración a Dios en espíritu y verdad genera entre los humanos, es la nueva frontera del cristianismo. Cada detalle de la vida del cuerpo y del alma en los que centellea el amor y la redención de la nueva criatura que se está formando en nosotros, nos sorprende como el verdadero y propio milagro de una resurrección ya en acto (cf. Col 3,1-2). ¡Que el Señor nos conceda multiplicar estos milagros!

Que el testimonio de san Francisco de Asís, con su capacidad de reconocerse como hermano de todas las criaturas terrenas y celestiales, nos inspire en su perenne actualidad. Que el Señor les conceda estar preparados para esta nueva fase de la misión, con las lámparas llenas del aceite del Espíritu, para iluminar el camino y guiar sus pasos. Son hermosos los pies de aquellos que llevan el anuncio gozoso del amor de Dios por la vida de cada uno y de todos los habitantes de la tierra (cf. Is52,7; Rm 10,15).

Vaticano, 6 de enero de 2019

FRANCISCO

 

 

El aborto y la eutanasia son “males gravísimos que contradicen el Espíritu de vida”

Advierte el Papa en la Carta a la Academia para la Vida

enero 15, 2019 19:40Deborah Castellano LubovFamilia y vida, Papa y Santa Sede

(ZENIT – 15 enero 2019).- El aborto y de la supresión de los enfermos son “males gravísimos que contradicen el Espíritu de vida y nos hunden en la anti-cultura de la muerte”.

El Papa Francisco condenó estas realidades, diciendo esto en una carta a la Academia Pontificia para la Vida para conmemorar su 25 aniversario, como se fundó el 11 de febrero de 1994. La carta del Papa fue firmada el 6 de enero de 2019 y presentada hoy en la Oficina de Prensa de la Santa Sede por el presidente de la Academia, el arzobispo Vincenzo Paglia.

El documento ha sido presentado por Mons. Vincenzo Paglia, Presidente de la Academia Pontificia para la Vida; Mons. Renzo Pegoraro, Canciller de la misma Academia Pontificia; el Prof. Padre Paolo Benanti, T.O.R., Profesor de Teología Moral y Ética de las Tecnologías en la Pontificia Universidad Gregoriana y miembro de la Academia Pontificia para la Vida; y la Prof. Laura Palazzani, Profesora de Bio-jurídica y Filosofía del Derecho en la Universidad Libre Maria Santissima Assunta (LUMSA), académica de la Academia Pontificia para la Vida.

La Academia –informaron los presentadores– tendrá su próxima Asamblea General el próximo mes, del 25 al 27 de febrero de 2019, en el Aula Nueva del Sínodo, en el Vaticano, sobre el tema ‘Robo-ética’. Personas, máquinas y salud.

En la carta, el Papa hizo un llamamiento para “proteger y promover la vida humana”, en todas sus etapas, y condenó todos los intentos de desafiarla.

También reflexionó sobre la historia de la Pontificia Academia para la Vida, con su fundación por el Papa San Juan Pablo II, a instancias del doctor Jérôme Lejeune, su historia con sus cuatro presidentes que precedieron al Arzobispo Paglia, así como su futuro.

En esta misión, nos alientan las señales de que Dios está trabajando en nuestro tiempo. Estos signos deben ser reconocidos y no eclipsados por ciertos factores negativos.

En esta línea, “San Juan Pablo II señaló los numerosos esfuerzos por acoger y defender la vida humana, la creciente oposición a la guerra y la pena de muerte, y una mayor preocupación por la calidad de vida y la ecología”, escribe el Santo Padre en la carta.

El santo polaco –recuerda el Papa Francisco– indicó como un signo de esperanza el desarrollo de la bioética como “reflexión y diálogo” entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diferentes religiones, sobre problemas éticos, incluso los más fundamentales, que afectan a la vida del hombre”.

El Papa señala que la comunidad científica de la Academia Pontificia para la Vida ha demostrado, durante los últimos 25 años, su capacidad para entrar en este diálogo y ofrecer su propia contribución competente y respetada.

“Prueba de ello es el compromiso con la promoción y protección de la vida humana en todo su desarrollo, la denuncia del aborto y de la supresión de los enfermos como males gravísimos que contradicen el Espíritu de vida y nos hunden en la anti-cultura de la muerte”.

 

 

Asia: El Papa invita a explorar “nuevos medios y métodos de testimoniar el Evangelio”

A las Comisiones doctrinales de las Conferencias episcopales

enero 15, 2019 13:16Rosa Die AlcoleaIglesia oriental, Papa y Santa Sede

(ZENIT – 15 enero 2019).- Francisco ha expresado su deseo de “estar cerca” de los Presidentes de las Comisiones doctrinales de las Conferencias episcopales de Asia, reunidos con una delegación de la Congregación Pontificia para la Doctrina de la Fe en Bangkok, Tailandia, del 15 al 18 de enero de 2019.

El Papa recuerda en su carta que los obispos se congregan en Asia, un “continente vasto y múltiple” marcado por la diversidad religiosa, lingüística y cultural, con el propósito de “reafirmar nuestra responsabilidad común en la unidad y la integridad de la fe católica”, así como para explorar “nuevos medios y métodos de testimoniar el Evangelio” en medio de los desafíos de nuestro mundo contemporáneo.

En este marco, Francisco ha aludido a su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, en la que invita a toda la Iglesia a “seguir adelante”, ha señalado.

Así, el Santo Padre manifiesta su alegría al saber que la Congregación para la Doctrina de la Fe “se acerca a los pastores” de la Iglesia en Asia para fomentar “la cooperación efectiva y el intercambio fraternal”, teniendo en cuenta la importancia de las Conferencias Episcopales y especialmente de sus Comisiones Doctrinales.

El Pontífice asegura su oración para que esta reunión “ofrezca la oportunidad de abordar algunas cuestiones relacionadas con el Evangelio de Jesucristo” que son “específicas” y “relevantes” para Asia, y transmite “de buen grado” su bendición a todos los participantes.

 

 

Patronos de la JMJ: Óscar Arnulfo Romero

Canonizado el 14 de octubre de 2018

enero 15, 2019 21:39RedacciónJornada Mundial de la Juventud

Óscar Arnulfo Romero nació en Ciudad Barrios (El Salvador) el 15 de agosto de 1917. Sus padres, Santos y Guadalupe tuvieron una hija y seis hijos, el segundo de los cuales fue él. A los doce años ingresó en el Seminario Menor de San Miguel, gracias a la ayuda espiritual y económica del Obispo Monseñor Juan Antonio Dueñas. Posteriormente fue enviado a estudiar a Roma, donde recibió la ordenación sacerdotal el 4 de abril de 1942.

De regreso a El Salvador fue Canciller y Secretario de la Diócesis de San Miguel, Vicario General, Párroco de la Cátedra, Director de Asociaciones y Movimientos Apostólicos y Rector del Seminario. Colaboró como Secretario Ejecutivo con el SEDAC (Secretariado Episcopal de América Central). Fue Obispo Auxiliar de San Salvador y finalmente nombrado Arzobispo, el 22 de febrero de 1977.

Su trabajo pastoral se centró en la atención al clero y al pueblo, la celebración de la liturgia, la atención a los enfermos y a los pobres, de acuerdo a los lineamientos del Concilio, Medellín y Puebla. Anunció la Buena Noticia, denunció el pecado e iluminó desde el Evangelio la realidad del país sumido en una grave situación de violencia y división. Llamó al diálogo y a la paz, y acompañó a las víctimas, reclamando continuamente la conversión de quienes actuaban con violencia, injusticia, impunidad y corrupción, especialmente los ricos y poderosos, los guerrilleros y el ejército.

Su actitud profética le hizo vivir un auténtico calvario: intentos de manipulación, insultos y amenazas. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado de un disparo mientras celebraba la Eucaristía en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia. Fue beatificado el 23 de marzo de 2015.

ESPIRITUALIDAD

Como buen pastor dio la vida por sus ovejas, siempre preocupado por el pueblo Salvadoreño, especialmente los más pobres y las víctimas de la violencia. Atendió paternalmente a los sacerdotes y agentes de pastoral, afrontando con valor y sufrimiento los numerosos casos de persecución, cárcel y asesinatos de miembros del clero y catequistas.

Defendió incansablemente la paz, llamando a todos a la conversión, defendiendo la Doctrina Social de la Iglesia y denunciando todas las violaciones a los Derechos Humanos.

Sus homilías y declaraciones, iluminaron la conflictiva situación de El Salvador y orientaron, no sin dificultades, el cumplimiento de la misión liberadora de la Iglesia al servicio del Reino de Dios: «La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación» (11 de noviembre de 1977). “La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre.

En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. (23 de marzo de 1980).

Su muerte martirial coronó una vida de seguimiento de Cristo, opción decidi- da por el Reino de Dios y su justicia, escucha de la Palabra, fidelidad, valentía, sentido de Iglesia y servicio al pueblo.

MODELO PARA LA JUVENTUD

  • Seguimiento de Cristo
  • Opción por los pobres
  • Fidelidad y valentía
  • Compromiso por la justicia social
  • Llamado al diálogo, la paz y la conversión

PRIMER ARZOBISPO MÁRTIR DE AMÉRICA

Defensor de la dignidad humana.

Consagrado al servicio del Reino en la Iglesia

 

ORACIÓN Y APOSTOLADO

— El corazón del hombre está hecho para amar a Dios. Y el Señor desea y busca el encuentro personal con cada uno.

— No desaprovechar las ocasiones de apostolado. Mantener firme la esperanza apostólica.

— Oración y apostolado.

I. Cierto día, después de haber pasado la tarde anterior curando enfermos, predicando y atendiendo a las gentes que acudían a Él, Jesús se levantó de madrugada, cuando era todavía muy oscuro, salió de la casa de Simón y se fue a un lugar solitario, y allí oraba. Fueron a buscarle Simón y los que estaban con él; y cuando le encontraron, le dijeron: Todos te buscan. Lo relata San Marcos en el Evangelio de la Misa1.

Todos te buscan. También ahora las muchedumbres tienen «hambre» de Dios. Continúan siendo actuales aquellas palabras de San Agustín al comienzo de sus Confesiones: «Nos has creado, Señor, para ti y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descansa en ti»2. El corazón de la persona humana está hecho para buscar y amar a Dios. Y el Señor facilita ese encuentro, pues Él busca también a cada persona, a través de gracias sin cuento, de cuidados llenos de delicadeza y de amor. Cuando vemos a alguien a nuestro lado, o nos llega una noticia de alguna persona por medio de la prensa, de la radio o de la televisión, podemos pensar, sin temor a equivocarnos: a esta persona la llama Cristo, tiene para ella gracias eficaces. «Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro.

»Les llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna»3. En esto reside nuestra esperanza apostólica: a todos, de una manera u otra, anda buscando Cristo. Nuestra misión –por encargo de Dios– es facilitar estos encuentros de la gracia.

San Agustín, comentando este pasaje del Evangelio, escribe: «El género humano yace enfermo; no de enfermedad corporal, sino por sus pecados. Yace como un gran enfermo en todo el orbe de la tierra, de Oriente a Occidente. Para sanar a este moribundo descendió el médico omnipotente. Se humilló hasta tomar carne mortal, es decir, hasta acercarse al lecho del enfermo»4. Han pasado pocas semanas desde que hemos contemplado a Jesús en la gruta de Belén, pobre e indefenso, habiendo tomado nuestra naturaleza humana para estar muy cerca de los hombres y salvarnos. Hemos meditado después su vida oculta en Nazaret, trabajando como uno más, para enseñarnos a buscarle en la vida corriente, para hacerse asequible a todos y, mediante su Santa Humanidad, poder llegar a la Trinidad Beatísima. Nosotros, como Pedro, también vamos a su encuentro en la oración –en nuestro diálogo personal con Él–, y le decimos: Todo el mundo te busca, ayúdanos, Señor, a facilitar el encuentro contigo de nuestros parientes, de nuestros amigos, de los colegas y de toda alma que se cruce en nuestro camino. Tú, Señor, eres lo que necesitan; enséñanos a darte a conocer con el ejemplo de una vida alegre, a través del trabajo bien realizado, con una palabra que mueva los corazones.

II. Un pueblecito alemán, que quedó prácticamente destruido durante la Segunda Guerra Mundial, tenía en una iglesia un crucifijo, muy antiguo, del que las gentes del lugar eran muy devotas. Cuando iniciaron la reconstrucción de la iglesia, los campesinos encontraron esa magnífica talla, sin brazos, entre los escombros. No sabían muy bien qué hacer: unos eran partidarios de colocar el mismo crucifijo –era muy antiguo y de gran valor– restaurado, con unos brazos nuevos; a otros les parecía mejor encargar una réplica del antiguo. Por fin, después de muchas deliberaciones, decidieron colocar la talla que siempre había presidido el retablo, tal como había sido hallada, pero con la siguiente inscripción: Mis brazos sois vosotros... Así se puede contemplar hoy sobre el altar5. Somos los brazos de Dios en el mundo, pues Él ha querido tener necesidad de los hombres. El Señor nos envía para acercarse a este mundo enfermo que no sabe muchas veces encontrar al Médico que le podría sanar. Hablamos de Dios a las gentes con la esperanza cierta de que Cristo conoce a todos, y que solo en Él encuentran la salvación y palabras de vida eterna. Por eso, no debemos dejar pasar –por pereza, comodidad, cansancio, respetos humanos– ni una sola ocasión: acontecimientos normales de todos los días, el comentario sobre una noticia aparecida en el periódico, un pequeño servicio que prestamos o que nos prestan..., y también los sucesos extraordinarios: una enfermedad, la muerte de un familiar... «Quienes viajan por motivo de obras internacionales, de negocios o de descanso, no olviden que son en todas partes heraldos itinerantes de Cristo y que deben portarse como tales con sinceridad»6. El Papa Juan Pablo I, en su primer mensaje a los fieles, exhortaba a que se estudiaran todos los caminos, todas las posibilidades, y se procurasen todos los medios para anunciar, oportuna e inoportunamente7, la salvación a todas las gentes. «Si todos los hijos de la Iglesia –decía el Romano Pontífice– fueran misioneros incansables del Evangelio, brotaría una nueva floración de santidad y de renovación en este mundo sediento de amor y de verdad»8.

Mantengamos con firmeza la esperanza en el apostolado, aunque el ambiente se presente difícil. Los caminos de la gracia son, efectivamente, inescrutables. Pero Dios ha querido contar con nosotros para salvar a las almas. ¡Qué pena si, por omisión de los cristianos, muchos hombres quedan sin acercarse al Señor! Por eso debemos sentir la responsabilidad personal de que ningún amigo, compañero o vecino, con quienes tuvimos algún trato, pueda decir al Señor: hominem non habeo9: no encontré quien me hablara de Ti, nadie me enseñó el camino. En ocasiones, nuestro trato solo será el comienzo de ese camino que lleva a Cristo: un comentario oportuno, un libro para reafirmar la fe, un consejo certero, una palabra de aliento... y siempre el aprecio y el ejemplo de una vida recta.

«El cristianismo posee el gran don de enjugar y curar la única herida profunda de la naturaleza humana, y esto vale más para su éxito que toda una enciclopedia de conocimientos científicos y toda una biblioteca de controversias; por eso el cristianismo ha de durar mientras dure la naturaleza humana»10. Preguntémonos hoy: ¿a cuántas personas he ayudado a vivir cristianamente el tiempo de Navidad que acabamos de celebrar? Encomendemos a los amigos a quienes estamos ayudando para que se acerquen a la Confesión o a algún medio que facilite su formación y su conocimiento de la doctrina del Señor.

III. El Señor nos quiere como instrumentos suyos para hacer presente su obra redentora en medio de las tareas seculares, en la vida corriente. Pero, ¿cómo podríamos ser buenos instrumentos de Dios sin cuidar con esmero la vida de piedad, sin un trato verdaderamente personal con Cristo en la oración? ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?, ¿no caerán los dos en el precipicio?11. El apostolado es fruto del amor a Cristo. Él es la Luz con la que iluminamos, la Verdad que debemos enseñar, la Vida que comunicamos. Y esto solo será posible si somos hombres y mujeres unidos a Dios por la oración. Conmueve contemplar cómo el Señor, entre tanta actividad apostólica, se levanta muy de madrugada, cuando aún era oscuro, para dialogar con su Padre Dios y confiarle la nueva jornada que comienza, llena también de atención a las almas.

Nosotros debemos imitarle: es en la oración, en el trato con Jesús, donde aprendemos a comprender, a mantener la alegría, a atender y apreciar a las personas que el Señor pone en nuestra senda. Sin oración, el cristiano sería como una planta sin raíces: acaba seca, sin posibilidad de dar frutos, en poco tiempo. En nuestro día podemos y debemos dirigirnos al Señor muchas veces. Él no está lejos: está cerca, a nuestro lado, y nos oye siempre, pero particularmente en los ratos –como ahora– que dedicamos expresamente a hablar, sin anonimatos, de tú a tú, con Dios. En la medida en que nos abrimos a los requerimientos divinos, la jornada será divinamente eficaz y tendremos más facilidad para no interrumpir el diálogo con Jesús. En verdad, nuestra vida de apóstoles vale lo que valga nuestra oración12.

La oración siempre da sus frutos, es capaz de sostener toda una vida. De ella sacaremos la fortaleza para afrontar las dificultades con el garbo de los hijos de Dios. Y para la perseverancia –la constancia en el trato con nuestros amigos– que requiere todo apostolado. Por eso nuestra amistad con Cristo ha de ser día a día más honda y sincera. Para esto debemos empeñarnos seriamente en evitar todo pecado deliberado, guardar el corazón para Dios, procurar rechazar los pensamientos inútiles, que frecuentemente dan lugar a faltas y pecados, rectificar muchas veces la intención, dirigiendo al Señor nuestro ser y nuestras obras... Hemos de luchar contra el desaliento –si llegara alguna vez– que puede producirse al pensar que no mejoramos en la oración personal, pues entonces es fácil que el demonio insinúe la tentación de abandonarla. No debemos dejarla jamás, aunque estemos cansados y no podamos centrar del todo la atención, aunque no tengamos ningún afecto, aunque –sin desearlo– lleguen muchas distracciones. La oración es el soporte de nuestra vida y la condición de todo apostolado.

Acudimos, al terminar este rato de oración, a la intercesión poderosa de San José, maestro de la vida interior. A él, que durante tantos años vivió junto a Jesús, le pedimos que nos enseñe a amarle y a dirigirnos a Él con confianza todos los días de nuestra vida; también aquellos que parecen más apretados de trabajos y en los que nos sentimos con más dificultades para dedicarle ese rato de oración que acostumbramos. Nuestra Madre Santa María intercederá, junto al Santo Patriarca, por nosotros.

1 Mc 1, 29-39. — 2 San Agustín, Confesiones, 1, 1, 1. 3 San Josemaría Escrivá, Forja, Rialp, 1ª ed., Madrid 1987, n. 13. 4 San Agustín, Sermón 87, 13. 5 Cfr. F. Fernández-Carvajal, La tibieza, Palabra, 6ª ed., Madrid 1986, p. 149. 6 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 14. — 7 2 Tim 4, 2. — 8 Juan Pablo I, Alocución 27-VIII-1978. — 9 Jn 5, 7. — 10 Card. J. H. Newman, El sentido religioso, p. 417. — 11 Lc 6, 39. — 12 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, Rialp, 30ª ed., Madrid 1976, n. 108.

 

 

“El dolor de corregir”

Se esconde una gran comodidad –y a veces una gran falta de responsabilidad– en quienes, constituidos en autoridad, huyen del dolor de corregir, con la excusa de evitar el sufrimiento a otros. Se ahorran quizá disgustos en esta vida..., pero ponen en juego la felicidad eterna –suya y de los otros– por sus omisiones, que son verdaderos pecados. (Forja, 577)

El santo, para la vida de tantos, es "incómodo". Pero eso no significa que haya de ser insoportable.
–Su celo nunca debe ser amargo; su corrección nunca debe ser hiriente; su ejemplo nunca debe ser una bofetada moral, arrogante, en la cara del prójimo. (Forja, 578)
Por lo tanto, cuando en nuestra vida personal o en la de los otros advirtamos algo que no va, algo que necesita del auxilio espiritual y humano que podemos y debemos prestar los hijos de Dios, una manifestación clara de prudencia consistirá en poner el remedio oportuno, a fondo, con caridad y con fortaleza, con sinceridad. No caben las inhibiciones. Es equivocado pensar que con omisiones o con retrasos se resuelven los problemas.
La prudencia exige que, siempre que la situación lo requiera, se emplee la medicina, totalmente y sin paliativos, después de dejar al descubierto la llaga. Al notar los menores síntomas del mal, sed sencillos, veraces, tanto si habéis de curar como si habéis de recibir esa asistencia. En esos casos se ha de permitir, al que se encuentra en condiciones de sanar en nombre de Dios, que apriete desde lejos, y a continuación más cerca, y más cerca, hasta que salga todo el pus, de modo que el foco de infección acabe bien limpio. En primer lugar hemos de proceder así con nosotros mismos, y con quienes, por motivos de justicia o de caridad, tenemos obligación de ayudar: encomiendo especialmente a los padres, y a los que se dedican a tareas de formación y de enseñanza. (Amigos de Dios, 157)

 

¿La santidad es para mí?

Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro. Les llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna.

Textos para orar23/06/2014

Opus Dei - ¿La santidad es para mí?

Nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. San Pablo, en la Carta a los Efesios, 1,4

Todo por amor

¡Todo por Amor! Este es el camino de la santidad, de la felicidad.

Afronta con este punto de mira tus tareas intelectuales, las ocupaciones más altas del espíritu y las cosas más a ras de tierra, ésas que necesariamente hemos de cumplir todos, y vivirás alegre y con paz.

Forja , 725

La santidad personal no es una entelequia, sino una realidad precisa, divina y humana, que se manifiesta constantemente en hechos diarios de Amor.

Forja , 440

Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro.

Les llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna.

Forja , 13

Hoy he vuelto a rezar lleno de confianza, con esta petición: Señor, que no nos inquieten nuestras pasadas miserias ya perdonadas, ni tampoco la posibilidad de miserias futuras; que nos abandonemos en tus manos misericordiosas; que te hagamos presentes nuestros deseos de santidad y apostolado, que laten como rescoldos bajo las cenizas de una aparente frialdad...

—Señor, sé que nos escuchas. Díselo tú también.

Forja , 426

Con alegría de vivir

La santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos. El que quiere ser santo sabe desenvolverse de tal manera que, mientras hace una cosa que le mortifica, omite —si no es ofensa a Dios— otra que también le cuesta y da gracias al Señor por esta comodidad. Si los cristianos actuáramos de otro modo, correríamos el riesgo de volvernos tiesos, sin vida, como una muñeca de trapo.

La santidad no tiene la rigidez del cartón: sabe sonreír, ceder, esperar. Es vida: vida sobrenatural.

Forja, 156

Admira la bondad de nuestro Padre Dios: ¿no te llena de gozo la certeza de que tu hogar, tu familia, tu país, que amas con locura, son materia de santidad?

Forja, 689

Santificar el propio trabajo no es una quimera, sino misión de todo cristiano...: tuya y mía.

—Así lo descubrió aquel ajustador, que comentaba: “me vuelve loco de contento esa certeza de que yo, manejando el torno y cantando, cantando mucho —por dentro y por fuera—, puedo hacerme santo...: ¡qué bondad la de nuestro Dios!”

Surco, 517

¡Hay que moverse, hijos míos, hay que hacer! Con valor, con energía, y con alegría de vivir, porque el amor echa lejos de sí el temor (cfr. 1 Jn 4, 18), con audacia, sin timideces (...). Tenéis que huir tanto de la actitud del intrépido que todo lo ve fácil, porque cree que le sobran energías, como del encogimiento del tímido, que todo lo ve con dificultad insuperable, porque cree que no tiene fuerzas.

Pero no olvidéis que, si se quiere, todo sale: Deus non dénegat grátiam; Dios no niega su ayuda, al que hace lo que puede. Carta 6-V-1945, n. 44

Más consigue aquél que importuna más de cerca... Por eso, acércate a Dios: empéñate en ser santo.

Surco, 648

¿Y los defectos, las caídas, los pecados?

La santidad está en la lucha, en saber que tenemos defectos y en tratar heroicamente de evitarlos. La santidad —insisto— está en superar esos defectos..., pero nos moriremos con defectos: si no, ya te lo he dicho, seríamos unos soberbios.

Forja, 312

“Usted me dijo que se puede llegar a ser «otro» San Agustín, después de mi pasado. No lo dudo, y hoy más que ayer quiero tratar de comprobarlo”.

Pero has de cortar valientemente y de raíz, como el santo obispo de Hipona.

Surco, 838

La santidad consiste precisamente en esto: en luchar, por ser fieles, durante la vida; y en aceptar gozosamente la Voluntad de Dios, a la hora de la muerte.

Forja, 990

La santidad se alcanza con el auxilio del Espíritu Santo —que viene a inhabitar en nuestras almas—, mediante la gracia que se nos concede en los sacramentos, y con una lucha ascética constante.

Hijo mío, no nos hagamos ilusiones: tú y yo —no me cansaré de repetirlo— tendremos que pelear siempre, siempre, hasta el final de nuestra vida. Así amaremos la paz, y daremos la paz, y recibiremos el premio eterno.

Forja, 429

En tu vida hay dos piezas que no encajan: la cabeza y el sentimiento.

La inteligencia —iluminada por la fe— te muestra claramente no sólo el camino, sino la diferencia entre la manera heroica y la estúpida de recorrerlo. Sobre todo, te pone delante la grandeza y la hermosura divina de las empresas que la Trinidad deja en nuestras manos.

El sentimiento, en cambio, se apega a todo lo que desprecias, incluso mientras lo consideras despreciable. Parece como si mil menudencias estuvieran esperando cualquier oportunidad, y tan pronto como —por cansancio físico o por pérdida de visión sobrenatural— tu pobre voluntad se debilita, esas pequeñeces se agolpan y se agitan en tu imaginación, hasta formar una montaña que te agobia y te desalienta: las asperezas del trabajo; la resistencia a obedecer; la falta de medios; las luces de bengala de una vida regalada; pequeñas y grandes tentaciones repugnantes; ramalazos de sensiblería; la fatiga; el sabor amargo de la mediocridad espiritual... Y, a veces, también el miedo: miedo porque sabes que Dios te quiere santo y no lo eres.

Permíteme que te hable con crudeza. Te sobran “motivos” para volver la cara, y te faltan arrestos para corresponder a la gracia que El te concede, porque te ha llamado a ser otro Cristo, «ipse Christus!» —el mismo Cristo. Te has olvidado de la amonestación del Señor al Apóstol: “¡te basta mi gracia!”, que es una confirmación de que, si quieres, puedes.

Surco, 166

Tanto tendrás de santidad, cuanto tengas de mortificación por Amor.

Forja,1025

Santidad y trabajo

Las tareas profesionales —también el trabajo del hogar es una profesión de primer orden— son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera...

—Para un cristiano, estas perspectivas se alargan y se amplían aún más, porque el trabajo —asumido por Cristo como realidad redimida y redentora— se convierte en medio y en camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora.

Forja, 702

La santidad no consiste en grandes ocupaciones. —Consiste en pelear para que tu vida no se apague en el terreno sobrenatural; en que te dejes quemar hasta la última brizna, sirviendo a Dios en el último puesto..., o en el primero: donde el Señor te llame.

Forja, 61

Mira, hasta humanamente, conviene que no te lo den todo resuelto, sin trabas. Algo —¡mucho!— te toca poner a ti. Si no, ¿cómo vas a “hacerte” santo?

Surco, 113

Al predicar que hay que hacerse alfombra en donde los demás pisen blando, no pretendo decir una frase bonita: ¡ha de ser una realidad!

—Es difícil, como es difícil la santidad; pero es fácil, porque —insisto— la santidad es asequible a todos.

Forja,562

 

 

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

Estudio de Raúl Lanzetti, de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana" nº 9 (1989).

Trabajo27/05/2015

Opus Dei - La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

En la conclusión de la VII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos se daba casi por descontado que el enfoque de la unidad de vida, como testimonio esencial pedido al cristiano por el mundo contemporáneo, habría de encontrar un puesto de relevancia en la exhortación apostólica post-sinodal. En efecto, en la 5ª proposición, los Padres sinodales habían calificado esta exigencia como de «grandísima importancia»[1]; no sorprende, pues, que el Santo Padre, acogiendo tales indicaciones, haya querido hacer de ella uno de los ejes portadores del documento ya desde su apertura, allá donde en la falta de la unidad de vida se localiza una de las dificultades más importantes de superar, o sea una de las dos principales "tentaciones" del camino post-conciliar: «la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas»[2].

El fin del presente estudio es el de ofrecer una visión de la articulación teológica y pastoral de dicha enseñanza. En el desarrollo del trabajo quedarán patentes, además, los puntos de coincidencia con la doctrina que, ya desde 1928, enseñó al respecto el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer[3]. Estamos, en efecto, ante un rasgo esencial de la vida espiritual de los fieles de la Prelatura del Opus Dei, como se refleja en el Codex Iuris Particularis[4]. Es obvio que la Christifideles laici considera el horizonte de la Iglesia entera, en la actuación pluriforme de su misterio de comunión, y que por tanto no se pueda esperar una completa superposición entre la doctrina del documento postsinodal y la de Mons. Escrivá. Sin embargo, existe un núcleo de convicciones esenciales en las que se verifica una estrecha afinidad, la cual merece ser explicitada.

A. La unidad de vida como exigencia de la misión de los laicos

1. Los motivos de una elección

En la Christifideles laici, la unidad de vida no aparece —como por otra parte no sucede en ningún texto magisterial[5]- como un tema abstracto, ni como una meta ideal para proponer a algunos aventajados en la vida espiritual. Se trata, al contrario, de una auténtica exigencia de la misma vida cristiana y de la misión de los laicos en el mundo contemporáneo, ya que está en relación con los grandes desafíos propuestos a la Iglesia por la situación actual de la familia humana.

En efecto, la descripción trazada en el n. 34 delinea una realidad del todo grave. Por una parte, el «continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo»[6]. Desde este punto de vista el elemento característico nos lo da el hecho de que «la fe cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales—, tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir»[7]. Si en estos momentos fundamentales y radicales de la vida humana no está presente la luz de la fe, es explicable «el afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables decepciones, o a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos problemas»[8]. Es la situación del llamado primer mundo.

Por otro lado, existen regiones y países en los que «se conservan hasta hoy muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas»[9].

Todo esto hace necesaria una nueva evangelización, que pueda asegurar «el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad»[10].

Ahora bien, el empeño apostólico de los laicos en tales ámbitos se hace particularmente urgente y decisivo: «les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad»[11].

Para encontrar acentos similares en el Magisterio de la Iglesia, hace falta remontarse a otros momentos cruciales en la historia. Éstas que hemos descrito son, en efecto, circunstancias de crisis profunda, de cuya resolución positiva dependerá por mucho tiempo la vida de los hombres. En efecto, los interrogantes hoy abiertos hacen referencia al significado del nacer, del sufrir y del morir, o sea a las raíces mismas de cualquier cultura y civilización.

Se puede decir, entonces, que el horizonte apostólico de los laicos se ha radicalizado. Y es precisamente al proyectarse este salto de calidad en la misión de los laicos donde emerge la exigencia de la unidad de vida. En efecto, el testimonio de dicha «única respuesta plenamente válida» a los interrogantes actuales será posible, según Juan Pablo II, «si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad esa unidad de vida que en el evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud»[12].

En la lógica de lo que se ha puesto de relieve esto quiere decir que, antes aún que en los demás, el fiel laico deberá pensar en sí mismo, en el sentido de verificar hasta qué punto las dimensiones más profundas de su ser hombre encuentran en la fe su pleno significado; y de examinar hasta qué punto el propio comportamiento diario sale adelante con la luz y con la fuerza de tales convicciones.

Como confirmación de todo esto, el Santo Padre relaciona tales exigencias con el "grito apasionado" que se ha hecho casi emblemático de su pontificado: «¡No tengáis miedo! Abrid, es más, abrid de par en par las puertas a Cristo»[13]. Es como decir: ya que «los estados, los sistemas económicos y los políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo»[14], se confían a la responsabilidad, aunque no exclusiva, de los laicos, a ellos compete el abrir "los confines" de todas estas realidades a la potestad salvadora de Cristo. Esta percepción de los hechos nos trae a la cabeza el paradójico dato puesto de relieve por Juan XXIII en la Pacem in terris (11 de abril de 1963): «Es también un hecho evidente que, en las naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen hoy con un indudable progreso científico y poseen en abundancia los instrumentos precisos para llevar a cabo cualquier empresa; pero con frecuencia se observa en ellas un debilitamiento del estímulo y de la inspiración cristiana. Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho. Porque a la institución de esas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo aún, personas que profesan la fe cristiana y que, al menos en parte, ajustan realmente su vida a las normas evangélicas. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad»[15].

2. Cristología y síntesis vital en el Magisterio.

En esta línea es necesario dar relevancia a un dato decisivo para los desarrollos sucesivos. Se trata del núcleo cristológico de la unidad de vida. En efecto, la «única respuesta plenamente válida» a todos los interrogantes planteados por la existencia humana se encuentra en Jesucristo: «Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre», dice la constitución pastoral Gaudium et sepes (n. 22); y Juan Pablo II recuerda esta convicción de fe ya en la Encíclica Redemptor hominis (n. 8). La unidad de vida del fiel laico, así pues, deberá reflejar otra unidad que la precede y la hace posible: «El Hijo de Dios con su encarnación —citamos ahora la Gaudium et spes (n. 22)— se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». Toda la naturaleza humana ha sido entonces «ensalzada a una dignidad sublime»[16]. Haciendo una lista de los aspectos más significativos de tal unión, la misma constitución pastoral enseña que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre»[17]. Así pues, contemplando en Jesús la naturaleza humana, encontramos también el pleno y definitivo significado de nuestra existencia. Por tanto, el fiel laico está llamado a ser consciente de esta "sublime dignidad" y a reflejarla, en la medida de lo posible, en la propia vida. Por esto la Christifideles laici concluye que, frente a los desafíos del mundo contemporáneo, «la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se constituyan nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana»[18].

En síntesis, sólo identificándose con Jesús el fiel laico podrá estar a la altura de esta radicalidad de misión que el mundo contemporáneo reclama.

3. La Encarnación como fundamento de la unidad de vida, en Mons. Escrivá.

En la predicación de Mons. Josemaría Escrivá, la llamada del cristiano a iluminar el mundo entero aparece como un principio fundante. En tal sentido, es significativo que ya en el n. 1 de Camino (publicado en 1939), se diese relevancia a esta exigencia: «Que tu vida no sea una vida estéril —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón»[19]. La expresión «unidad de vida» se encuentra ya en sus primeros escritos. En efecto, ya en 1940 escribía: «Cumplir la voluntad de Dios en el trabajo, contemplar a Dios en el trabajo, trabajar por amor de Dios y al prójimo, convertir el trabajo en medio de apostolado, dar a lo humano valor divino: esta es la unidad de vida sencilla y fuerte, que hemos de tener y enseñar»[20]. Y he aquí un texto de 1945: «No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones»[21]. En 1954 escribía: «Es esa unidad de vida la que nos lleva a que, siendo dos las manos, se unan en la oración y en el trabajo...: la acción es contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida»[22].

Pero son numerosísimos los textos que, de un modo u otro, hacen referencia a la relación entre Encarnación y unidad de vida[23]. Tomaremos sólo dos de ellos, que nos parecen particularmente pertinentes para nuestro fin. El primero dice así: «En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el bautismo, es la corredención»[24].

El pasaje siguiente vuelve sobre el tema en un modo más amplio y particularizado: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. Porque en Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz»[25].

Son textos que se remontan a los años sesenta[26], pero su sintonía con los del Magisterio posterior resulta evidente. La conciencia subyacente es que toda la existencia del hombre se ilumina por el misterio de la Encarnación, en el sentido de que ninguna realidad humana ha quedado fuera de su alcance. Se deriva de aquí la necesidad de que el cristiano se deje iluminar por esta realidad y la exprese en la vida diaria.

B. La formación de los fieles laicos en la unidad de vida

1. La síntesis vital como fin de la formación.

La unidad de vida, exigencia fundamental de la misión de los laicos, tiene un lugar prioritario en su formación: «En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana»[27].

Después de esta afirmación de principio, la Christifideles laici explicita las consecuencias que se derivan de él: «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida "espiritual", con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida "secular", es decir, la vida de familia, de trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son 'ocasiones providenciales para un "continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad'(Apostolicam actuositatem, 4)»[28].

Con un énfasis similar y un lenguaje bastante parecido se expresa el Beato Josemaría Escrivá en la homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, casi un riepilogo del ministerio pastoral que había desarrollado desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales»[29].

2. Dimensión personal de la unidad de vida.

Entre los muchos aspectos que se podrían subrayar en los textos citados, destaca de un modo particular el carácter estrictamente personal de la unidad de vida, en el sentido de que tal realidad tiene como sujeto exclusivo a la persona. Y aquí se imponen dos reflexiones, que se implican mutuamente.

Por una parte, en negativo, se debe excluir la comunidad —ya sea eclesial o civil— como sujeto de la unidad de vida. La Iglesia y la comunidad política —en cuanto realidades colectivas— están en función de la persona. La constitución pastoral Gaudium et spes (n. 76) dice que «son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre». Así pues, la unidad de vida sería fatalmente malentendida si se le pusiese a la comunidad como sujeto: se iría hacia una teocracia o hacia la restauración del regalismo, de tal modo que se conceda a la estructura eclesiástica o a la civil el primado sobre el cuerpo social. La improponibilidad de tales hipótesis salta a la vista.

En positivo, sin embargo, se debe evidenciar el carácter de totalidad que asume la unidad de vida. En efecto, en la posición de la persona como sujeto de aquella son asumidos todos los aspectos de la existencia humana: de un modo emblemático, el ser miembro de la Iglesia y ciudadano de la sociedad humana, como diría la Christifideles laici; o el alma y el cuerpo, la carne y el espíritu, según la terminología empleada por Mons. Escrivá. Así pues, la unidad de vida se constituye en cada cristiano como un encuentro entre dos totalidades: la del entero existir humano —«todo sector de la actividad y de la existencia»[30]- y la del misterio de Cristo, como plenitud de la revelación y de la realización histórica del designio de Dios[31]. Y dicho encuentro es, precisamente, el arraigamiento del "sarmiento" —el fiel laico— en la "vid", que es Cristo: verdadero leit-motiv de toda la exhortación apostólica, junto al de la centralidad de la persona[32].

De dichas premisas Mons. Escrivá obtenía con ejemplar coherencia todas las consecuencias. En efecto, considerar a la persona como "lugar" de la unidad de vida comporta la exigencia de respetar la libertad personal, por lo que respecta tanto a las legítimas opciones temporales como sobre todo a la apertura total del cristiano en su enfrentarse a Cristo. Entre sus varias expresiones al respecto, es necesario subrayar la siguiente: «Si interesa mi testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana»[33].

3. Los diferentes aspectos de la formación de los fieles laicos.

Desde esta perspectiva, la formación en la unidad de vida tiene como finalidad el alcanzar la maduración personal de la síntesis vital y de la integralidad en la formación: «Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos»[34].

Del aspecto espiritual de la formación se hablará más adelante. Por lo que respecta a la formación doctrinal, la Christifideles laici indica la necesidad de una profundización. Más allá de aquel carácter de globalidad y plenitud que deben caracterizar a la catequesis como tal, los fieles laicos deberán recibir una formación doctrinal específica que les haga capaces de cristianizar la cultura, dando una «respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy»[35]. La conexión establecida entre la formación de los laicos y la necesidad de ofrecer una respuesta a los desafíos planteados a la Iglesia por la cultura contemporánea subraya que el fiel laico no está tan sólo llamado a vivir esta unidad, sino también a expresarla con palabras y con hechos, en el empeño por dar razón de la esperanza que está en él y en abrir a los demás el sendero de su encuentro personal con Cristo.

Sigue la llamada a la formación en la doctrina social de la Iglesia, que retoma la proposición 22 del Sínodo[36]. Es bastante indicativo que la Christifideles laici haya querido retomar el grande y sugestivo tema del crecimiento en los valores humanos, citando en la carta un texto conciliar: «Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(Los laicos) tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana» (Apostolicam actuositatem, 4)»[37].

También este aspecto aparece muy presente en la predicación y en los escritos del Beato Josemaría Escrivá, que situaba a Cristo, perfectus homo, como fundamento y modelo de la plenitud humana para el cristiano. Destaca en este sentido una homilía del 6 de septiembre de 1941, dedicada a las virtudes humanas. He aquí dos pasajes decisivos: «Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Jn 1, 14)»[38]. «Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo»[39],

Leamos, finalmente, el párrafo conclusivo del número 60 de la Christifideles laici, que nos pone ante el aspecto central y sintético de la formación en la unidad de vida, esto es, el espiritual, del que trataremos ahora: «Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida»[40].

C. La caridad, principio dinámico de la unidad de vida

1. El "puesto privilegiado" de la formación espiritual

La enseñanza de la Christifideles laici sobre la formación espiritual es concisa en la expresión, pero cargada de singular densidad en el contenido: «Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles, sobre todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su propia actividad de acuerdo con el querer divino» (Apostolicam actuositatem, 4)»[41].

La unidad de vida aparece aquí como noción y realidad global, que supera la dicotomía entre interioridad y actividad, entre vida espiritual y apostolado. El fundamento, como ya hemos visto, es el misterio de la Encarnación. En este cuadro, al hablar de la vida espiritual, la Christifideles laici no se pone como ante una alternativa en la que es necesario realizar una elección, sino que expresa un orden en el camino hacia la actuación de tal síntesis de vida. Este dato parece decisivo, porque hace comprender que el "puesto privilegiado" de la formación espiritual adquiere significado dentro de una visión genética de la unidad de vida; lo que quiere decir que dicha formación es, en cierto sentido, la base sobre la que se apoyan los otros aspectos de la formación y es, al mismo tiempo, la estructura que soporta la totalidad de la formación de los fieles laicos.

Con esta observación se quiere dar relieve también a la especificidad de la formación espiritual de los laicos, en el sentido de que ella debe mantenerse necesariamente abierta, desde dentro de sí misma, hacia los demás aspectos de la formación, y no cerrarse ni absolutizarse en los propios contenidos. Por ejemplo, si los valores humanos adquiriesen significado tan sólo en cuanto factores simplemente atrayentes en la relación con los demás, como simple anzuelo de apostolado, y al mismo tiempo toda la sustancia de la vida espiritual fuese colocada en el alma espiritual, entonces estaría claro que no nos encontramos ante una propuesta de unidad de vida, sino tan sólo ante una yuxtaposición accidental —instrumental— del hombre y del cristiano. Así pues, la formación espiritual indispensable para los fieles laicos no puede buscar cualquier fuente de inspiración, prescindiendo de la propia relación orgánica con los otros ambientes de la formación integral (doctrinal, social, valores humanos); sino que deberá tener en cuenta esta esencial exigencia de comunión con la totalidad del existir.

Es en este sentido en el que quiere expresarse la Christifideles laici, aun en su concisión, indicando los trazos fundamentales de una espiritualidad que dé vida a una síntesis capaz de superar toda posible fractura en la existencia diaria de los fieles laicos. La llave maestra es la unión con Cristo, como se expresa el decreto Apostolicam actuositatem, o la intimidad con Cristo, como dice la Christifideles laici. En qué pueda consistir tal unión se especifica por la indicación de que la actividad humana se desarrolla «según el querer divino»[42]. Para profundizar debidamente en este punto retomaremos un pasaje del número precedente de la Christifideles laici.

2. Unión con Cristo y unidad de vida en los fieles laicos.

«El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos»[43].

En la interpretación de este texto hace falta recordar sobre todo que la unidad de vida en el cristiano deriva de la unión con Cristo. En efecto, el enraizamiento en la Vid —que es Jesús— es lo que da "fruto" en cada ámbito de la vida de los fieles laicos. Ahora bien, en el cuadro de la formación espiritual va incluido el principio en torno al cual dicha unión con Cristo se puede desarrollar hasta alcanzar la unidad de vida. La respuesta de la Christifideles laici a dicha pregunta sería esta: sólo en la gradual y constante identificación con el amor de Jesús al Padre y a su diseño salvífico, el fiel laico llevará a cumplimiento la unidad de la propia existencia. En efecto, lo que se debe manifestar y realizar en la vida diaria no es el amor del cristiano en cuanto hombre, sino la «caridad de Jesucristo por la gloria del Padre y en servicio de los hermanos». Así pues, dicha síntesis vital no se da sobre la base, por decirlo así, de una "composición" entre las exigencias del propio yo y las de Jesús, sino más bien a fuerza de negarse a sí mismo para reencontrar en Cristo toda la propia existencia. Dicha afirmación merece ser profundizada en sus fundamentos.

A este respecto se recuerda, sobre todo, la plena participación del Hijo de Dios en la naturaleza y en la historia humana. En este sentido, es significativo el texto de la Gaudium et spes que retoma la Christifideles laici (n. 15) al plantear la índole secular de los fieles laicos: «El mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (...). Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a la leyes de su patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región»[44]. Así pues, el punto de partida está constituido por la unión de Dios con todo el hombre y toda su existencia. Nada de lo que es bueno en el hombre ha quedado como extraño a dicha unión, ya que «naciendo de María Virgen, Él se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, similar a nosotros en todo menos en el pecado»[45]. Todo el horizonte de la vida humana ha sido asumido por el Verbo de Dios.

Pero lo que es más característico de Jesús no es tanto esta asunción de la "materia", por llamarla así, de nuestra existencia, como el "espíritu" con que la asumió. El Verbo de Dios ha querido hacerse hombre para participar en nuestra historia y para redimirnos desde dentro de ella. Él quiso entrar en el corazón del drama de nuestro vivir sobre la tierra —de nuestra relación vital con Dios rota por el pecado— con el fin de establecer la paz, la comunión con Dios Padre, e instaurar la unión fraterna entre los hombres pecadores[46]. Y dicha obra redentora ha sido un acto de obediencia a la voluntad —al designio misericordioso— de Dios, sostenido por el mismo amor del Hijo hacia el Padre (cfr. Mt 26, 39.42; Mc 14, 36; Lc 22, 42: Hebr 5, 7s). Ciertamente, la redención alcanza su propio culmen en el misterio pascual; pero la Cruz y la Resurrección no son momentos aislados en la vida de Jesús. El amor obediente del Hijo al Padre ilumina ya la misma Encarnación y toda la vida de Cristo aparece marcada por este continuo ocuparse de las "cosas del Padre" (cfr. Lc 2, 49). El Hijo ha sido "mandado por el Padre", y dicha misión está en el mismo centro del ser teándrico de Jesús y de toda su obra salvífica[47],

Pues bien, la identificación con el amor obediente de Jesucristo deberá llevar al fiel laico a asumir toda su existencia en la perspectiva de la redención, ya que —como dice la misma Christifideles laici (59b)— «todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos». Así pues, la edificación de la unidad de vida es un proceso en el cual el fiel laico se aleja de sí mismo y se identifica con Cristo en su amor obediente al Padre, "recuperando" la propia existencia en el mundo en una perspectiva nueva. A este respecto, Mons. Escrivá ha escrito: «Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad»[48].

En síntesis, a través de los fieles laicos el amor redentor de Jesús actúa capilarmente en todos los espacios de la vida de los hombres: toda la creación, de este modo, es renovada.

3. Plenitud de la caridad y plenitud humana.

Todo esto habría que relacionarlo con el número 17 de la Chritifideles laici, titulado Santificarse en el mundo. En efecto, la búsqueda asidua de la identificación con el amor de Jesús no es otra cosa que la búsqueda de la santidad, de la plenitud de la caridad cristiana[49]. Desde este punto de vista se puede decir que la unidad de vida de los fieles laicos ha de ser buscada en el esfuerzo por vivir el cristianismo seriamente; de otro modo se quedará en una aspiración insatisfecha.

Por otra parte, si recordamos que la unidad de vita se pone como condición de la misión en el mundo contemporáneo, o sea como el camino que hace posible a los demás hombres recuperar el sentido y la dignidad de la existencia[50], entonces la búsqueda de la santidad no parecerá una especie de lujo refinado, sino una urgencia vital para el crecimiento de la Iglesia de nuestro tiempo.

Esta conciencia palpitaba con fuerza en la caridad pastoral de Mons. Escrivá y en su vigoroso anuncio de la doctrina sobre la santidad en medio del mundo: «Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente con las normas de la fe, pues no es la nuestra —ésa que hemos de pretender— una santidad de segunda categoría, que no existe. Y el principal requisito que se nos pide —bien conforme a nuestra naturaleza—, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección (Col 3, 14); caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37), sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad»[51].

Hace falta, pues, rechazar una tentación: la de imaginar esta plenitud cristiana, que lleva consigo la plenitud humana, como algo que necesariamente se impone con sonoridad a nivel de opinión pública. Sin excluir que en algún caso pueda suceder así, esto no sucederá en la inmensa mayoría de los fieles laicos, sin que esto signifique una disminución de la eficacia de su testimonio en la historia. Juan Pablo II escribe al respecto: «Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre—, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices —por la potencia de la gracia de Dios, ciertamente— del crecimiento del Reino de Dios en la historia»[52].

De este carácter paradójico de la santidad y de la unidad de vida fue heraldo tenaz el Beato Josemaría Escrivá. La percepción inicial, como siempre, es cristológica: la vida escondida de Jesús rebosa una fuerza ejemplar: «Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariæ (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)»[53].

De dicha simplicidad de una existencia plenamente santificada en el mundo Nuestra Señora es el modelo emblemático: «A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11, 27-28). Era el elogio de su Madre, de su fiat (Lc 1, 38), del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada.

»Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario»[54].

En este marco el trabajo humano asume el significado más profundo: eje de la existencia humana sobre la tierra, constituye también el núcleo de la vida espiritual, el "lugar" de la identificación con aquella vida de trabajo que llevó Jesús en el amor obediente a la voluntad del Padre, en espíritu de oración: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas»[55].

Así pues, el trabajo no es simplemente "actividad"; sería reductivo ponerlo en relación tan sólo con el sujeto que lo lleva a cabo, sin considerar que todo trabajo en el mundo forma parte además —para lo bueno y para lo malo— de un conjunto de relaciones más vasto, algunas veces de auténticas iniciativas colectivas de amplio alcance. Es esto siempre participación responsable en el esfuerzo de la humanidad. Y el cristiano está llamado a llevarlo a cabo orientándolo al reino de Dios y haciendo partícipes de esta misma tensión a todos los demás hombres, comenzando por los propios colegas. También a este respecto la sensibilidad de Mons. Escrivá se revela agudísima, al poner en evidencia el papel del trabajo en la corredención: «Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10). No estoy hablando de ideales imaginarios. Me atengo a una realidad muy concreta, de importancia capital, capaz de cambiar el ambiente más pagano y más hostil a las exigencias divinas, como sucedió en aquella primera época de la era de nuestra salvación»[56].

Este texto nos remite a las consideraciones iniciales. El mundo contemporáneo plantea desafíos radicales a la misión de la Iglesia. La reflexión sinodal ha identificado esta urgencia de síntesis vital con la misión de los fieles laicos, llamados a iluminar a todos los hombres con el amor de Cristo, que sostiene la existencia diaria del cristiano en medio del mundo.

Raúl Lanzetti

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] El texto completo, transcrito de la misma Ex. Ap. Christifideles laici (17a) decía así: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».

[2] Ex. Ap. Christifideles laici, 2i.

[3] Entre los muchos títulos de la bibliografía sobre el tema, se pueden citar esencialmente: ILLANES, J.L., Mundo y santidad, Madrid 1984, pp. 80-90, 222-225; CASCIARO, J.M., La santificación del cristiano en medio del mundo: AA.VV., "Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei", Pamplona 1985, pp. 161-168; CELAYA, I. DE, Unidad de vida y plenitud cristiana, ibid., pp. 321-340; Vocación cristiana y unidad de vida, in AA.VV., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo, Pamplona 1987, pp. 951-965; RODRÍGUEZ, P., Vocación Trabajo Contemplación, Pamplona 1986, pp. 118-122, 212-218; HERRANZ, J., L'unità di vita del laico: "Studi Cattolici" 312 (febbraio 1987), pp. 103-108; TORELLÓ, G.B., La santità dei laici: AA.VV., "Chi sono i laici. Una teologia della secolarità", Milano 1987, pp. 81-109.

[4] «Spiritus Operis Dei aspectus duplex, asceticus et apostolicus, ita sibi adaequate respondet, ac cum charactere saeculari Operis Dei intrinsice et harmonice fusus ac compenetratus est, ut solidam ac simplicem vitæ —asceticæ, apostolicæ, socialis et professionalis— unitatem necessario secum ferre ac inducere semper debeat» (Tit. III, cap.I., n. 79 §1: DE FUENMAYOR, A.—GÓMEZ-IGLESIAS, V.—ILLANES, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona 1989, p. 639. La cursiva es nuestra).

[5] La exigencia de la unidad de vida ha sido subrayada muchas veces por el Magisterio, que la ha desarrollado gradualmente y en diversos contextos. Los lugares fundamentales al respecto me parecen ser los siguientes: JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris (11-IV-1963): AAS 55 (1963) 297; CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes (7-XII-1965), n. 43: EV 1 (1985) n. 1454; PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi (8-XII-1975), n. 20: AAS 68 (1976) 19. Ha sido ésta también solicitada para los presbíteros (cfr. Presbyterorum Ordinis, 14) y los religiosos (cfr. Decr. Perfectæ caritatis, 18).

[6] Ex. Ap. Christifideles laici, 34a.

[7] Ibid. [8] Ibid. [9] Ex. Ap. Christifideles laici, 34b.

[10] Ibid. [11] Ex. Ap. Christifideles laici, 34d.

[12] Ibid. [13] JUAN PABLO II, Homilía al comienzo del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 de octubre de 1978): AAS 70 (1978) 947.

[14] Ibid. [15] AAS 55 (1963) 297. Versión castellana de El Magisterio pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992.

[16] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

[17] Ibid. [18] Ex. Ap. Christifideles laici, 34g.

[19] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 1.

[20] Cit. por RODRíGUEZ, P., o.c., p. 212.

[21] Ibid. [22] Ibid. p. 213. La cursiva es nuestra.

[23] Ver la bibliografía señalada en la nota 3.

[24] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 120.

[25] Ibid., n. 112.

[26] El primero de los últimos dos textos citados ha sido sacado de la homilía pronunciada el día de la Ascensión de 1966 (19 de mayo); el segundo pertenece a la homilía de la Pascua de 1967 (26 de marzo). Cfr. ibid., nn. 117 y 102 (a pie de página).

[27] Ex. Ap. Christifideles laici, 59a.

[28] Ibid., 59b.

[29] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114.

[30] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[31] Cfr. ibid. [32] Ver, de modo particular, la insistencia del n. 58 sobre este tema.

[33] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 99.

[34] Ex. Ap. Christifideles laici, 60a.

[35] Ibid., 60c.

[36] «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas (cfr. Congregación para la doctrina de la Fe, Instr. sobre la libertad cristiana y la liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de los tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer los principios morales también sobre el orden social, y deber de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (Ex. Ap. Christifideles laici, 60d).

[37] Ex. Ap. Christifideles laici, 60e

[38] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 74.

[39] Ibid., n. 75.

[40] Ex. Ap. Christifideles laici, 60f.

[41] Ibid., 60b.

[42] CONC. VATICANO II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4.

[43] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[44] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 32.

[45] Ibid., 22.

[46] Cfr. CONC. VATICANO II, Decr. Ad gentes, 3.

[47] Dicha verdad permea toda la predicación de Mons. Escrivá: «Este fuego, el deseo ardiente de cumplir el decreto salvífico del padre, informa toda la vida de Cristo, ya desde su nacimiento en Belén» (Es Cristo que pasa, ed. cit., n. 95). Sobre ella se apoya su propuesta de santidad en medio del mundo: «Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (ibid., 20).

[48] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 20.

[49] Es significativo en este sentido el fragmento inicial: «La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el Apóstol nos amonesta diciendo: "Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre" (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: "Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida" (Apostolicam actuositatem, 4)» (Ex. Ap. Christifideles laici, 17a).

[50] Cfr. Ex. Ap. Christifideles laici, 3ss.

[51] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 6.

[52] Ex. Ap. Christifideles laici, 17b.

[53] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 14.

[54] Ibid., n. 172.

[55] Ibid., nn. 47 y 48.

[56] JOSEMARÍA ESCRIVÁ

 

García Lorca y la Liturgia

Ernesto Juliá

Federico García Lorca

photo_camera Federico García Lorca

Mucho se habla del camino de la belleza para llegar a descubrir el palpitar de Dios en la Liturgia y en tantos momentos y situaciones de la naturaleza. “El firmamento habla de la gloria de Dios”. Es cierto, de otro lado, que hay mucha gente que mira a las estrellas y sus ojos no llegan a ver el aliento de Dios, y ni siquiera a vislumbrar la presencia del Creador.

Mucho se ha hablado también de la fe, y de la no fe, de García Lorca. Yo confieso, sencillamente, mi alegría al encontrarme con una carta del poeta escrita en Nueva York el 14 de julio de 1929. Me la ha enviado un lector, y no tengo motivos para dudar de la persona y, por tanto, tampoco para dudar de la autenticidad del escrito del poeta.

“He asistido también a oficios religiosos de diferentes religiones. Y he salido dando vivas al portentoso bellísimo, sin igual catolicismo español”.

“Esta mañana fui a ver una misa católica dicha por un inglés. Y ahora veo lo prodigioso que es cualquier cura andaluz diciéndola. Hay un instinto innato de la belleza en el pueblo español y una alta idea de la presencia de Dios en el templo”

“La solemnidad en lo religioso es cordialidad, porque es una prueba viva, prueba para los sentidos, de la inmediata presencia de Dios. Es como decir: Dios está con nosotros, démosle culto y adoración. Pero es una gran equivocación suprimir el ceremonial. Es la gran cosa de España. Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios!”

Quizá García Lorca hubiera pensado dos veces antes de escribir líneas semejantes si hubiera escrito la carta a fecha de hoy. La Liturgia no está revestida de esa solemnidad que tanto admira. Y se han descuidado no poco esas “formas exquisitas: la hidalguía con Dios”, que podía apreciar entonces en una iglesia perdida en el horizonte de un pueblo de la península, por muy pobre que fuera la construcción del tempo.

La iglesia, el templo, la liturgia ensalzada de esa manera por García Lorca abría el horizonte del hombre hacia Dios, llevaba a amar a un Dios de vivos, no de muertos, porque en ese trozo de tierra estaba presente la Luz de Dios, la Fe del pueblo, Dios mismo.

“Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una Misa en España. La lentitud, la grandeza, el adorno del altar, la cordialidad en la adoración del Sacramento, el culto a la Virgen, son en España de una absoluta personalidad y de una enorme poesía y belleza”

Quizá se dejó llevar un poco del corazón al intercalar –“único en el mundo”-; y a la vez, era bien consciente de la verdad de las demás palabras. La liturgia vivida con solemnidad abre el corazón del fiel creyente para arrepentirse de sus pecados, reconciliarse con un Dios tan “luminoso” que sabe que lo va a recibir con los brazos abiertos, con corazón amable de padre, de madre.

La Liturgia prepara el alma para vivir el amoroso abrazo de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Liturgia es la manifestación esplendorosa de la Verdad de Dios sobre los hombres. No la podemos rebajar a una reunión de pueblo que, a lo más, canta unas canciones, y después puede abandonar el templo como si no hubiera sucedido nada.

ernesto.julia@gmail.com

 

Desplazados de guerra

Ángel Cabrero Ugarte

Refugiados de la guerra de Siria.

photo_camera Refugiados de la guerra de Siria.

De nuevo los desplazados por la guerra, los perseguidos, los que tienen que abandonar su hogar. Recomiendo la lectura de “Un mapa de sal y de estrellas”, opera prima de Jennifer Zeynab y, por ello, especialmente meritoria. Advierte que es ficción, pero leyendo esos relatos percibimos que estamos ante las vidas de multitud de personas que han tenido que abandonar su ambiente, su vida, quizá todas sus cosas, para refugiarse donde buenamente puedan, sin nada.

El padre de Nour, -una niña siria que nos cuenta todas sus dificultades de desplazada- le contaba un cuento ocurrido casi mil años antes, en tierras muy similares a las que ellos, Nour y su familia, tienen cerca. En esta historia se alterna el cuento de Rawiya, también una niña, algo mayor que la relatora, con la historia actual, contemporánea, de nuestros días. La mezcla final es amable y muy bien traída. Quizá es ocasión de recordar que los mejores libros de literatura son aquellos que da pena que se acaben. Es el caso.

La problemática es la de siempre y la discusión está servida. Muchos se quejan de la problemática de los emigrantes. No podemos acoger a tanta gente, dicen con cara de enfado. La queja es comprensible, sobre todo cuando hay datos para afirmar que hay muchos deportados llegados a nuestras fronteras que han tenido más ayuda para sobrevivir que muchos españoles. Nos encontramos, pues, con un problema político y social de gran envergadura.

El Papa Francisco ha recordado la escasa colaboración de las naciones ricas para invertir en esos países pobres, y así facilitar trabajo y evitar que tantos tengan que irse. Lo que es indudable es que la mayoría de las personas que tienen que abandonar sus vidas es porque no les queda más remedio. No quieren dejar su ambiente, su hogar. Por eso, si se fortaleciera la economía de esos lugares de origen, se evitarían esas oleadas constantes de emigrantes.

Pero no hay que olvidar que en muchos casos nos encontramos con personas que tienen que huir no porque su país sea pobre, sino más bien porque casi no existe, lo están destruyendo las guerras. No se puede sobrevivir en medio de una guerra. Y huyen, como pueden, a donde pueden, y quedan, a veces, en el fondo del mar, o muertos de hambre en el intento. ¿Podemos impedirles que lleguen?

No hay que olvidar que, en muchos países pobres, donde las personas mueren de hambre, lo que hay es un tirano corrupto que no permite otra solución que no sea su propio capricho, y que ese tipo de gente no permitiría que las multinacionales ayudaran en su economía. No hay soluciones fáciles, y mientras en la ONU se discuten problemáticas inútiles, las personas mueren en el camino.

No se resuelve en dos días, pero está claro que lo que no podemos hacer es cruzarnos de brazos y cerrar las fronteras. Y es lo que se desprende nítidamente de esta novela, donde la autora advierte de que los personajes son todos ficticios. Hace bien en recordar que estamos ante una novela, porque la lectura de esta obra nos lleva con viveza a esos problemas graves que no podemos obviar.

 

UNA MUJER PIONERA

Vivimos unos momentos en que se habla mucho de la Constitución Española de 1978 y la mayoría está de acuerdo en que constituyó un hito en nuestra Historia, dio lugar a la consolidación de la democracia con la participación de todos.  Si nos centramos en Málaga y provincia, viene a mi cabeza de forma inmediata, la figura de Isabel Rodriguez Molina, la primera y única mujer que obtuvo un escaño en la Diputación Provincial de Málaga en esa primera corporación democrática: 1979-1983.

 Fue alcaldesa de Colmenar desde 1982 hasta 1991.  Su paso por la alcaldía dejó huella en la población. Por ejemplo, era una alcaldesa que hacía gestiones, personalmente, en favor de gente necesitada. Como trabajadora social, recuerdo como se afanaba para apoyar a familias con hijos discapacitados. Su espíritu de servicio destacaba en ella tanto en su faceta pública como en su vida privada. Con ella se podía contar siempre porque se volcaba con los demás. Cuantos kilómetros hizo de Colmenar a Málaga en aquella época, era una experta conductora.

Más de una vez me he subido en taxis que llevaban colgada la medalla de la Virgen de la Candelaria. Al preguntar al taxista si era de Colmenar me decía que sí y, al manifestar yo que conocía a su alcaldesa, reaccionaban diciendo: “Ah, sí, Isabelita”.  Se percibía que supo sembrar cariño y el pueblo lo reconocía. Y su familia y amistades también fuimos beneficiarias de su actitud siempre generosa. Desde mi ángulo personal, me encanta ver fotografías con ella y con mi madre, fue con ocasión de alguna celebración en Marbella, lugar al que nos condujo en su coche.

En Colmenar impulsó y apoyó la residencia de mayores a la que iba de vez en cuando para charlar con ellos.  Con gran ilusión, gestionó las obras necesarias para rehabilitar la ermita de la Candelaria y la consejería de Cultura de la Junta de Andalucía envió a un arquitecto al que veía siempre que iba a Colmenar. Recuerdo lo satisfecha que quedó de la rehabilitación realizada. Creo que nunca hacía las cosas por inercia sino con empeño, poniendo esfuerzo personal.

Estoy segura de que, ahora, le gustará leer lo que escribo sobre Colmenar, basándome en datos históricos.  A través de estudios arqueológicos, se conocieron, en aquella zona, restos del periodo neolítico. Y dando un gran salto en el tiempo, a finales del siglo XVlll, se consolidó la población de Colmenar y, en el siglo XlX, se consiguió el Ayuntamiento independiente de Málaga.  Colmenar se asienta en una zona próspera de la Axarquía, en pleno corazón de Los Montes. Al parecer, llegó a ser considerado como “Capital de Los Montes de Málaga” y cabeza de partido judicial. El censo realizado en 2017 nos dice el número de habitantes, actualmente:3.383.

Se tiene por cierta una historia protagonizada en 1700 por marineros canarios que se hallaron en gran peligro debido a una fuerte tormenta en las costas malagueñas y estos invocaron a la Virgen pidiendo que los salvara. Y, si así ocurría, prometieron edificar una ermita en los montes. Se salvaron y levantaron una ermita en la zona de Colmenar. Le pusieron “Virgen de la Candelaria” por ser la patrona de las Islas Canarias y estar ellos acostumbrados  a rezar a la Virgen con esa advocación. Hay una antigua canción que corre por Colmenar y parece confirmar esta historia de los marineros canarios: “Saliste de Las Canarias/con gran acompañamiento/ pasaste por tierras vascas/ hasta llegar al convento Virgen de la Candelaria.” Y es que la transformación en convento, en 1736, fue un momento importante en la existencia de esta ermita.

En 2009 se hizo un homenaje en Málaga a los exdiputados y diputados de aquel año, de la Diputación Provincial. Cerca de 100 se reencontraron al cumplirse 30 años del funcionamiento de las diputaciones democráticas. Entre ellos, solo estuvo una mujer ya que fue la primera y única diputada en 1979: Isabel Rodriguez Molina. A preguntas que le hicieron periodistas, ella dijo lo siguiente: “Nos llevábamos muy bien, nos unía a todos el afán por servir al pueblo en la parcela que nos había tocado a cada uno. Estábamos impregnados de responsabilidad porque nos llegó profundamente la democracia, la Constitución y que la Transición se hiciera en paz.”  Comentó que le costaba un gran esfuerzo tratar de comprender las peleas políticas actuales. Afirmó que entonces “no se perdía ese sentido del respeto y de lo que es verdadera democracia: defender tus ideas pero respetar, también, a los demás.”  A continuación dijo: “La política bien entendida es servicio.”

Isabel Rodriguez Molina tiene, además, sentido del humor y facilidad para contar cosas que hacen pasar un buen rato a quienes conversan con ella. Todas las personas que la conocen, más estrechamente, valoran su amistad y, entre ellas, me encuentro yo.

Carlota Sedeño Martinez

 

Entrenando los músculos del cuerpo, de la mente y del alma

Escrito por Sara Martín

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En esos momentos de agotamiento la vida nos pone en una encrucijada y no queda más remedio que tomar uno de los dos caminos que se nos presentan

Existe un verbo en inglés que me fascina (sí, soy una lingüista perdida en el mundo del Periodismo, qué se le va a hacer…) y sobre el que reflexiono mucho en los últimos tiempos. El verbo en cuestión es el verbo to endure, que significa resistir, sobrellevar, perdurar. Es algo que creo que la maternidad te enseña… si te dejas. Es decir, cierto que ser madre te aboca (o si queréis un verbo más gráfico, te lanza) de lleno a muchas renuncias, a lo que toda la vida se ha llamado “aguante”. Pero aprender a hacerlo de una manera más heroica y con el espíritu justo de sacrificio, aprender a sobrellevarlo y resistir de una manera ejemplar es otro cantar. O, para ser más exactos, es una elección.

Como decía, en los últimos tiempos he reflexionado mucho sobre este endure como elección personal. Lo he pensado mientras acunaba a mi hija pequeña a las dos de la madrugada y cuando me vomitaba encima a las cuatro mientras la mayor quería beber agua. Lo pienso cuando mi marido me avisa por whatsapp de que llegará más tarde a casa por culpa del tráfico o cuando de repente a las siete de la tarde caigo en la cuenta de que me había olvidado por completo de la cena y una está ya berreando.

También cuando en mi única media hora de descanso del día escucho el pitido incesante y molesto de la secadora llamándome, o cuando me doy cuenta de que necesito bajar una vez más al trastero a buscar unos pantalones para la pequeña porque se le han quedado pequeños los suyos. Cuando no queda pescado y tengo que ir in extremis a buscarlo al súper. Cuando me doy cuenta de que limpié ayer todo el suelo y hoy las niñas me lo han dejado más pegajoso aún. Probablemente no cuento nada que muchas de las que me leen no conozcan perfectamente.

En esos momentos de agotamiento (a veces extremo, a veces agotamiento y basta) la vida nos pone en una encrucijada y no queda más remedio que tomar uno de los dos caminos que se nos presentan. Con toda seguridad, sea cual sea el que escojas, la tarea se cumplirá. Por algo somos mujeres y madres, ¿no? Pero en uno de estos dos caminos lo harás refunfuñando, lamentándote, quizá con resultados mediocres teniendo en cuenta el esfuerzo y el amor relativos que has puesto.

En el otro camino lo harás pensando que, una vez más, tienes la oportunidad de hacerlo con el espíritu del verbo to endure, que es el espíritu de la resiliencia. Adaptándonos con positividad a las circunstancias adversas, buscando la mejora, buscando entrenar los músculos de la fortaleza, amando a tu familia dentro de tu cansancio, buscando dar lo mejor dentro del agotamiento comprensible que tenemos, Pero también aceptando nuestras limitaciones con sencillez, sabiendo que no podemos llegar a todo y que, simplemente, lo hacemos lo mejor que podemos. Con las primeras que tenemos que ser comprensivas es con nosotras mismas, al fin y al cabo. Quizá en ambos casos los resultados sean igualmente mediocres, pero la diferencia la hace el camino que nos ha llevado hasta allí: el de la protesta o el de la fortaleza.

Y de repente un día, quién sabe cuándo, te mirarás al espejo y descubrirás que al otro lado está la mujer en la que siempre quisiste convertirte: una mujer fuerte, resistente, que ha sabido perdurar a lo largo de los años, de las luchas, de los sufrimientos y cansancios, que ha entrenado los músculos del cuerpo, de la mente y del alma en las diferentes batallas cotidianas. Una mujer que ha aprendido a darse y a donarse, y que en ese proceso ha ganado sabiduría. Y entonces sonreirás y le dirás al pequeño boicoteador que, a pesar de todo, no está nada mal en lo que te estás convirtiendo.

Sara Martín

 

 Motivación

   A) Autoestima: ¡Tú puedes campeón!

 Los elogios y anti-elogios tienen un enorme peso en la autoestima de un niño. Más si vienen del papá o la mamá, quienes son para él un verdadero espejo. En ellos el pequeño se mira y se ve tal cual lo describen: malo, flojo, mañoso..., o bueno, valiente, generoso...

 La autoestima -o autovaloración- tiene un importante y decisivo papel dentro del desarrollo de cualquier niño.

 El concepto o imagen que él tenga de su propia valía es un sentimiento íntimo y exclusivo, como la inyección de confianza que necesita para afrontar los retos que constantemente se le plantean: vestirse solo, abordar a los otros niños en el jardín..., pero lo cierto es que se forma a partir de los elementos que le proporcionan las personas que lo rodean.

     ¿Quién dices que soy?

 Lo que el niño piense de sí depende en gran medida de lo que los demás -que son su espejo- piensen de él. O de lo que le digan que piensan de él. Si el reflejo que capta es negativo, tendrá una imagen negativa de sí mismo. Por el contrario, si los reflejos son positivos, su autoestima será alta.

 Durante los primeros años de vida, el niño va configurando su autoestima partiendo únicamente del reflejo que conforman quienes lo rodean, sin cuestionarse nada.

 Se trata además, de una tarea que no acaba, ya que la imagen de sí el niño la va modificando -para bien o para mal- continuamente, aprovechando cada circunstancia que le brinde el ambiente que le rodea.

 La etapa en que el niño comienza a formar su autoestima coincide con la del desarrollo básico de sus facultades. El nivel que sea capaz de alcanzar en el desarrollo de sus capacidades depende en gran medida de su autoestima. Sólo si se considera capaz, podrá salir victorioso en la lucha que día a día le propone su propio desarrollo: hoy, pronunciar bien esta palabra, mañana, escribir derecho sin plantillas, pasado, sacar solo los problemas de matemáticas...

 Sin embargo, aunque tenga un coeficiente superior al normal, si no tiene fe en sí, tomará posturas catastróficas, cobardes, que le conducirán al fracaso, no sólo en la niñez sino, probablemente, también a lo largo de su vida.

    Fuera las etiquetas

 El primer paso en su educación debe ser, por tanto, ayudarle a poner las bases para que tenga una imagen positiva de sí mismo. Antes de enseñarle a hacer algo, hay que convencerle de que es capaz de aprender y de hacer las cosas bien.

 Hay que evitar las etiquetas que se le cuelgan y pueden convertirse en su soga, porque luego será difícil retirarlas. Si desde que empieza a entender las cosas -mucho antes de lo que pensamos- se identifica con nuestros apelativos de niño-tontito, niño-torpe, etcétera, crecerá creyendo firmemente que es un pillo, tonto, torpe...

 Otro buen propósito para los padres sería que se propusieran, al retarlo, separar siempre la mala acción del cómo es realmente él. Una cosa es hacerle ver que se ha portado mal, que lo que ha hecho no está bien, y otra distinta, decirle que es un niño malo.

 Tan negativo es colgar etiquetas como no reconocer los méritos. El niño busca instintivamente conocerse a sí mismo, pero no cuenta con más espejo para encontrar su reflejo que el que nosotros le brindamos. Por lo tanto, si le reprendemos por lo que hizo mal, también tenemos que elogiarle por lo que hizo bien.

   La luz del espejo

 Al actuar como espejos, debemos poner especial cuidado en reflejar con más intensidad sus virtudes que sus defectos. Si le hablamos de lo bien que estuvo prestar su pelota a su hermano, en vez de repetirle lo egoísta que es y cuánto le cuesta prestar sus cosas, estaremos cambiando la luz del espejo, y ése será su mejor estímulo. Resulta mucho más efectivo alentar la virtud contraria que recriminar el vicio.

 El elogio -si es sincero y objetivo- es una de las armas más poderosas para fortalecer la autovaloración del niño. En sí mismo es un premio, pero su función primordial es la de subrayar con la felicitación la cosa bien hecha y que, por sí misma, ya causa goce en quién la realiza.

 Elogiar es reforzar el éxito alcanzado. Su efecto es ante todo de motivación, pues supone un empujón para la autoestima del niño, que se lanzará a mayores logros.

 De igual modo, al valorar las acciones del niño sería injusto -además de totalmente contraproducente- fijarnos solamente en lo malo en vez de felicitarle por la parte buena de lo que logró. Es el caso del padre que cuando su hijo le enseña el dibujo que hizo en clases, se fija más en lo torcido de las líneas que en lo luminoso de los colores utilizados.

 Esto no quiere decir que le mintamos, porque él necesita confiar en la verdad de nuestras palabras, aunque algunas veces le duelan.

 Palabras de ánimo

 Nuestros hijos agradecerán y responderán también mucho mejor con un gesto de aprobación y unas palabras de ánimo (con el grado justo de reproche), que con cuatro gritos y un castigo rápido e inapelable.

 Más efectivo que levantar la voz o -peor- la mano, es emplear los elogios y la motivación. Un "¡tú puedes, campeón!" puede lograr que el niño llegue mucho más lejos de lo que él y nosotros mismos hubiéramos nunca pensado. Esta valorización no debe faltar nunca en nuestros labios. Cuanto más "desastre" sea el niño, más necesitará oír esas palabras de ánimo y, sobre todo, comprobar que nosotros tenemos confianza en él.

 La seguridad es fundamental para alcanzar el éxito. Para que se valore a sí mismo y se considere capaz de hacer esto y aquello, es primordial que se sienta seguro, aceptado y querido por los que le rodean.

 Unos padres excesivamente exigentes pueden lograr que un niño con capacidades extraordinarias no consiga más que sacar los cursos raspando. Otro más normalito podrá obtener las mejores notas, porque sus padres lo han aceptado tal como es y han orientado sus expectativas hacia aspectos muy concretos de su desarrollo.

     Te quiero "porque sí"

 El niño necesita comprobar que lo quieren por ser él, no por sacar buenas notas o no romper ceniceros. No sería nunca aconsejable que pensara que debe cumplir las expectativas de sus padres para comprar su cariño o confianza.

 En cambio, no es malo que las conozca, si son razonables y posibles para él, porque le darán también la oportunidad de luchar y obtener unos éxitos que alegrarán a los papás. Si el pequeño se siente querido y aceptado, tendrá una actitud más positiva, será capaz de ponerse metas realistas y, de ese modo, automotivarse para alcanzar otras aún más altas.

 Los primeros años de vida son fundamentales para que el niño adquiera seguridad en sí mismo, para que aprenda a autovalorarse y verse como alguien capaz de mejorar en cada reto. Nuestra actitud y la valoración que hagamos sobre él y sus actos tienen un papel decisivo en este logro, ya que los padres somos precisamente el espejo único en el que ellos han de mirarse para formar su propia autoestima.

 Frases que promueven actitudes...

 Negativas

 - Eres un desordenado.., Desorden

- Siempre estás deseando fastidiar... Fastidiar más.

 - Debes aprender de tu primo... Rechazo al primo.

 - Así no llegarás a ningún sitio... Temor.

 - Estoy harta de ti... Desamor.

 - Aprende de tu hermano... Celos.

 - Siempre estás peleando... Me gusta pelear.

 - Aléjate, no quiero ni verte... Desamor.

 - No sabes estar quieto... Soy nervioso.

 - Me matas a disgustos... Temor, desamor.

 - Cada día te portas peor... Soy así, soy malo.

 - Eres un mentiroso... Lo mío es mentir.

 - No sé cuando vas a aprender... Tristeza, no puedo.

 - No me quieres nada... Desamor. Tristeza.

 - Así no tendrás amigos... Tristeza. Es verdad.

 Positivas

 - Estoy seguro de que eres capaz... Soy capaz.

 - Muy bien, yo sabía que podías... Soy capaz.

 - No dudo de tu buena intención... Soy bueno.

 - Juan tiene un alto concepto de ti... Tengo amigos.

 - Si necesitas algo, pídemelo... Tengo amigos.

 - Sé que la has hecho sin querer... No la repetiré.

 - Estoy muy orgulloso de ti... Satisfacción.

 - Sabes que te quiero mucho... Amor.

 - Yo sé que eres bueno... Soy bueno.

 - Te felicito por la que has hecho... Alegría, mejorar.

 - Qué sorpresa más buena me has dado... Alegría.

 - Cuando me necesites, yo te ayudaré... Amor.

 - Noto que cada día eres mejor... Ganas de serIo.

 - Creo en la que dices, sé que la harás... Confianza.

 - Sabes que quiero para ti la mejor... Amor.

 - Puedes llegar donde tú quieras... Puedo hacerlo.

 - Las próximas notas serán mejores... Estudiaré más.

     Para pensar y actuar

 - Interésese por sus pequeños logros, huya de la alabanza mecánica y pierda un par de segundos en elogiar ese primer dibujo, aunque usted esté discutiendo el "Total a pagar" de la cuenta de teléfono. - Respete su cansancio o enojo, y evite que se le escape un anti-elogio.

 - Intente mantener el respeto por el carácter de su hijo y plantéese periódicamente si las expectativas que ha depositado en él son justas, razonables y equilibradas.

 - Evite el exceso de protección sobre el niño e intente intervenir en sus aventuras o juegos sólo cuando haya algún peligro.

 - Propóngale metas que sea capaz de lograr y saquen siempre la parte positiva de su intervención, aunque la negativa fuera mucho más importante. Esto le hará sentirse importante, autovalorarse y respetarse a sí mismo.

 - No recurra nunca a las comparaciones para retarlo o hacerle ver cómo tiene que portarse. No es bueno para ninguno de los dos niños y siempre hay alguno que sale perdiendo.

 - Propóngase la meta de elogiar cada día, al menos, una cosa bien hecha a cada hijo, oportunamente y con naturalidad. Si está atento, no será difícil encontrar la ocasión.

 Con la autorización de: www.encuentra.com

   B) Motivación del aprendizaje

 La motivación no es un problema exclusivo de la enseñanza y del aprendizaje. Está presente en todas las manifestaciones de la vida humana, condicionando su intensidad y su eficacia.

 De diversas investigaciones se pueden sacar estas conclusiones:

 a) Cualquier motivación es siempre mejor que ninguna.

 b) La motivación positiva, por los incentivos de la persuasión, por ejemplo y por la alabanza, es más eficaz y provechosa que la negativa, hecha por amenazas, gritos, reprensiones y castigos. La superioridad de la motivación positiva sobre la negativa es evidente, tanto por el esfuerzo ahorrado como por la superior calidad de los resultados.

 c) La motivación negativa, aunque eficaz hasta cierto punto (pero inferior a la motivación positiva), es antipsicológica y contraeducativa, transformando a los alumnos en inseguros, tímidos, cobardes, hipócritas y violentos; aunque atienda con alguna eficacia a los objetivos inmediatos de la instrucción, es perjudicial a los intereses más fundamentales de la educación, comprometiendo la formación saludable y armoniosa de la personalidad de los alumnos.

 El aprendizaje como actividad personal, reflexiva y sistemática que busca un dominio mayor sobre la cultura y sobre los problemas vitales, exige de los alumnos:

 a) Atención y esfuerzo sobre áreas nuevas de observación, de estudio y de actividad.

 b) Autodisciplina, con el sacrificio de otros placeres y satisfacciones inmediatas, para realizar los estudios y cumplir las tareas exigidas.

 c) Perseverancia en los estudios y en los trabajos escolares hasta adquirir el dominio de la materia de estudio, de modo que sea de utilidad real para la vida.

 Para conseguir que los alumnos aprendan, no basta explicar bien la materia y exigirles que aprendan. Es necesario despertar su atención, crear en ellos un genuino interés por el estudio, estimular su deseo de conseguir los resultados previstos y cultivar el gusto por los trabajos escolares. Ese interés, ese deseo y ese gusto actuarán en el espíritu de los alumnos como justificación de todo esfuerzo y trabajo para aprender.

 Motivar es despertar el interés y la atención de los alumnos por los valores contenidos en la materia, excitando en ellos el interés de aprenderla, el gusto de estudiarla y la satisfacción de cumplir las tareas que exige.

 El mecanismo de la motivación se desarrolla en tres etapas:

 a) Aprehensión de un valor para sus vida y sus aspiraciones.

 b) Los alumnos se convencen de que pueden conseguir ese valor.

 c) Liberación del esfuerzo personal para conquistar el valor.

 Distinguimos estos tipos de motivación:

 1.- Negativa, con estos aspectos:

 a) Física: castigos físicos, azotes, privaciones de salida, merienda o recreo.

 b) Psicológica: palabras ásperas, persecuciones, guerra de nervios, desprecio, sarcasmo.

 c) Moral: coacción, amenazas, reprensiones, humillaciones públicas, reprobación.

 2.- Positiva de dos clases:

 a) Intrínseca: interés positivo por la materia en sí como campo de estudio y trabajo.

 b) Extrínseca: interés resultante, no tanto de la materia en sí, como de las ventajas por ella ofrecidas, o del profesor que la enseña, o del método que el profesor sigue, o del grupo de alumnos a que pertenece.

 Los principales factores de motivación son:

 a) La personalidad del profesor, su porte, su presencia física, su voz, su facilidad, naturalidad y elegancia de expresión, su dinamismo, su entusiasmo por la asignatura, su buen humor y cordialidad junto con su firmeza y seguridad. Importante también como factor de motivación es el interés que el profesor revela por las dificultades, problemas y progreso de sus alumnos, tanto en conjunto como individualmente. En fin, una personalidad dinámica, sugestiva y estimulante, con acentuadas características de liderazgo democrático.

 b) El material didáctico utilizado en las clases: mapas, cuadros murales, proyecciones cinematográficas, vídeos, programas de ordenador, etc. en fin, todo lo que haga al asunto más concreto, intuitivo e interesante.

 c) El método o las modalidades prácticas de trabajo empleados por el profesor: discusión dirigida, grupos de trabajo, competiciones, juegos, representaciones teatrales, organización y ejecución de proyectos, exposiciones de trabajos, excursiones para observar y recoger datos, experiencias de laboratorio, etc.

 Luis Alves Mattos. Compendio de didáctica general (adaptación) Con la autorización de Editorial Kapelusz.

   C) Técnicas de motivación

 El resultado de una determinada técnica dependerá de una serie de factores intrínsecos y extrínsecos al educando y de sus diferencias individuales. Tanto es así, que en una circunstancia una técnica puede surtir efecto y en otra no. Una técnica puede sensibilizar a un grupo de alumnos y otra no.

 Es necesario recordar que motivar una clase no es, simplemente, echar mano de la motivación inicial, ex preso preparada, sino que más bien, es un trabajo de acción continua al lado de la clase y junto a cada alumno; de ahí la importancia que tiene el conocimiento de las aptitudes y aspiraciones de cada uno, al fin de proporcionarle, en la medida de las posibilidades, trabajos que correspondan a sus posibilidades, necesidades y preferencias.

 Son innumerables las técnicas de motivación existentes. Y es bueno que así sea, pues el docente, en cualquier circunstancia, tendrá la oportunidad de echar mano de una u otra. Seguidamente vamos a pasar a considerar alguna de las técnicas de motivación.

 a) Técnica de correlación con la realidad: el docente procura establecer relación entre lo que está enseñando y la realidad circundante con las experiencias de vida del discente o con hechos de la actualidad. Esta técnica, según Nerici, se confunde también con la concretización de la enseñanza.

 La abstracción, la teoría y la definición representan siempre la culminación o término final del proceso intelectivo del aprendizaje, nunca su punto inicial o de partida. Consecuentemente, al iniciar el proceso de aprendizaje de los alumnos sobre una unidad didáctica, en lugar de partir de la abstracción de la teoría para llegar después a los hechos, sígase el camino inverso.

 Nuestra enseñanza, siempre que sea posible, debe articularse con lo hechos del ambiente o próximo en que viven los alumnos.

 El esquema fundamental de la correlación con la realidad es el siguiente:

 - Iniciar la lección enfocando objetivamente hechos reales o datos concretos del ambiente físico o social en que viven los alumnos y del cual tengan noticia.

 - Hacer que la teoría brote gradualmente de esos hechos o datos reales, mediante explicación y discusión dirigida.

 - Una vez formulada la teoría, aplicarla a los hechos, interpretándolos y explicándolos científicamente.

 b) Técnica del éxito inicial: Los pasos a seguir pueden ser:

 - Planear pequeñas tareas de fácil ejecución para los alumnos.

 - Preparar bien a los alumnos para ejecutarlas, facilitando las condiciones necesarias para el éxito. - Hacer repetir esas tareas elogiándolos por el éxito.

 c) Técnica del fracaso con rehabilitación: Esta técnica busca crear en la conciencia de los alumnos la necesidad de aprender determinados principios, reglas o normas con los que todavía no están familiarizados. Consiste la técnica en lo siguiente:

 - Presentar a los alumnos un problema o proponerles una tarea para la que no están aún capacitados. Al intentar resolver la tarea sentirán que les hace falta algo para su resolución. Por este fracaso inicial, se crea en los alumnos la conciencia de la necesidad de aprender algo más que les está faltando.

 - Exponer entonces el principio, regla o norma del que carecían, explicándolo con toda claridad.

 - Hacer volver a los alumnos a la tarea inicial para que lo resuelvan satisfactoriamente. Es la rehabilitación después del fracaso inicial.

 - Como norma didáctica diremos que no conviene abusar de esta técnica, evitando llevar a los alumnos a frecuentes frustraciones.

 d) Técnica de la competencia o rivalidad: La competencia puede ser orientada como:

 - Autosuperación gradual del propio individuo a través de tareas sucesivas de dificultad progresiva. - Emulación de individuos del mismo grupo o clases.

 - Rivalidad entre grupos equivalentes.

 La didáctica moderna recomienda más primera y la tercera, mientras que la didáctica tradicional daba preferencia a la segunda.

 La técnica consiste en:

 - Determinar el sistema del recuento de puntos, designando dos alumnos como “árbitros”.

 - Repartir equitativamente y alternadamente las oportunidades entre los individuos o grupos que compiten.

 - Hacer que el grupo vencido reconozca la victoria del vencedor y le aplaudan con auténtico espíritu deportivo.

 e) Técnica de la participación activa y directa de los alumnos: Habrá que inducir a los discentes a participar con sus sugerencias y su trabajo:

 - En el planeamiento o programación de las actividades tanto en la clase como fuera de ella.

 - En la ejecución de trabajos o tareas.

 - En la valoración y juicio de los resultados obtenidos.

 f) Técnica del trabajo socializado: Adopta distintas formas:

 - Organización de toda la clase en forma unitaria, en función del trabajo que se va a realizar.

 - División de la clase en grupos fijos con un jefe y un secretario responsables, por un trabajo y por un informe que deberán presentar a la clase.

 - Subdivisión en grupos libres y espontáneos, sin organización fija. Mattos afirma que se trata de la tendencia paidocéntrica liberal.

 Las normas para seguir en el empleo de esta técnica de incentivación podrían ser:

 . Organizar a los alumnos en grupos de trabajo con mando propio.

 . Distribuir los trabajos entre los grupos actuales.

 . Hacer que cada grupo presente o relate a la clase el resultado de sus trabajos.

 . Permitir el debate de las conclusiones a que cada grupo llegue.

 . Expresar un juicio sobre el valor y mérito de los trabajos realizados por los grupos incentivándolos para que realicen trabajos todavía mejores.

 g) Técnica de trabajo con objetivos reforzados: En primer lugar habrá que señalar unos objetivos, metas o resultados que la clase ha de alcanzar.

 - Insistir en la relación directa entre las normas que se deben seguir y los objetivos propuestos. - Iniciar las actividades de los alumnos y supervisar su trabajo de cerca.

 - Informar regularmente a los alumnos de los resultados que están obteniendo.

 - Emitir una apreciación objetiva de los resultados obtenidos poniendo de relieve “las marcas” que se vayan superando.

 h) Técnica de la entrevista o del estímulo personal en breves entrevistas informales:

 - Convencer a los alumnos de que no están aprovechando bien su capacidad, o del todo.

 - Mostrarles la posibilidad que tienen de mejorar su trabajo.

 - Sugerirles un método de estudio, con procedimientos específicos de trabajo que contribuirán a la mejora deseada.

 - Comprender a los alumnos en sus esfuerzos por mejorar el trabajo que efectúan.

 - Elogiar a los alumnos por los aciertos conseguidos y por el progreso realizado, inspirándoles confianza en su propia capacidad.

 y) Otras técnicas que podríamos anotar son:

 -Problemática de las edades: el docente debe procurar relacionar, siempre que sea posible, el asunto a ser tratado con los problemas propicios de cada fase de la vida: problemas de profesión, economía, religión, moral, libertad...

 - Acontecimientos actuales de la vida social.

 - Elogios y censuras que pueden funcionar como técnicas motivadoras si son usadas con prudencia.

 - Experimentación: una tendencia común a todos es el hacer algo, esta tendencia es manantial de valiosas motivaciones.

 Es evidente que las técnicas de motivación citadas, y otras no citadas, no constituyen recursos y resortes de eficacia mágica y resultados infalibles, capaces por sí mismas de producir automáticamente buenos resultados; la aplicación de las mismas supone que el profesor conoce y sabe emplear las normas psicológicas de las buenas y auténticas relaciones humanas.

 La motivación puede reforzarse con incentivos o estímulos externos de los cuales los más corrientes son las alabanzas y las represiones. La tabla siguiente indica los resultados de algunas investigaciones sobre los efectos que causan los mencionados incentivos:

 PROCEDIMIENTOS EFECTOS      Mejora  Indiferente   Empeora

 Reprensión pública.........40 % 13% 47%

 Reprensión en privado....83 % 10% 7%

 Conversación particular amistosa.96% 4% 0%

 Elogio público................91% 8% 1%

Sarcasmo ...................10% 13% 77%

 Sarcasmo en particular....18% 17% 65%

 Reconocimiento de que el alumno está progresando..................95% 4%    1%

 Reconocimiento de que está empeorando...................6% 27%   67%

Fomento de Centros de Enseñanza. Manual Técnico del Profesor. Editorial Socusa

   D) Motivación dialogada

    Muchas de las técnicas educativas que proponemos las sacamos de la vida misma. En cierta ocasión, un padre nos decía que no lograba comunicarse con su hijo. Él era vendedor de coches y le preguntamos qué hacía para conseguir tan elevadas ventas, pues realmente era un gran profesional.

    “En primer lugar –explicaba—, hay que crear un buen ambiente; después, hacerle ver al cliente que tiene que cambiar de coche (si no ve esta necesidad, no vamos a conseguir nada); el siguiente paso consiste en convencerle de que puede comprarse un coche y, por último, de que vamos a ayudarle con una buena financiación”. Tras escuchar esta técnica de marketing le sugerimos que la aplicara al caso de su hijo. “¿Cómo?”, dijo sorprendido. Aplicando este proceso que nosotros hemos llamado motivación dialogada:

    Primero: crear el ambiente para el diálogo. Debemos buscar el entorno adecuado para que nos escuche. No conseguimos nada hablando cuando está enfadado, o lo estamos nosotros, cuando tiene prisa o está preocupado por otras cosas. Se trata de propiciar el encuentro. De esta manera, facilitaremos que se implique. Los padres sabemos cuál es el momento adecuado, cuándo un hijo está más receptivo. No lo intentemos inmediatamente después de una pelea o de una discusión, de un suspenso o de un desengaño amoroso. Dejémoslo para cuando haya un poco de calma.

    Segundo: provocar la necesidad de cambio. Hacerle ver la conveniencia de mejorar su actitud o su comportamiento en una cuestión determinada, dándole razones. No ataquemos a varios frentes a la vez, sino uno a uno. Por lo general, cuando se prospera en un aspecto, se prospera en otros o se está mejor dispuesto a prosperar. Si, por ejemplo, observamos que trata de manera incorrecta a sus hermanos o a algún miembro de la familia, le debemos hacer ver que esa actitud le hace arisco o parecer lo que no es y, además, genera mal ambiente. Por su bien y por el del resto de la familia, necesita cambiar la forma de tratar a los demás.

    Tercero: convencerle de que es capaz de hacerlo. No es posible cambiar o mejorar si uno mismo no está convencido de que lo puede lograr. Como padres, debemos buscar la forma de hacerle ver que es capaz de conseguirlo. Muchas veces, un hijo no cambia porque no se ve capaz de hacerlo, porque cree que ese comportamiento es fruto de su manera de ser, que su error es invencible. Sin embargo, nosotros debemos hacerle ver que él o ella no es así: “Tú no te comportabas antes de esta manera”, “tú eres un chico o una chica amable, que quieres a tu familia, aunque no sepas demostrarlo”, “tu forma de ser no merece que actúes de esa forma”… “actúas así, pero no eres así”.

    Cuarto: ayudarle. Demostrarle en todo momento que cuenta con todo nuestro apoyo y darle pautas concretas: no decir tal cosa, hablar en otro tono, pedir de tal manera, saludar de tal forma, evitar tales temas,… Según los casos, podemos buscar ayudas concretas: colaboración de algún miembro de la familia, clases particulares si se trata de mejorar académicamente, información precisa sobre un tema, alguna lectura formativa (un buen libro, una novela o una biografía, le aportan a un adolescente un aprendizaje vicario que puede resultar muy valioso), incluso, si se ve necesario, la ayuda de un profesional: médico, psicólogo, entrenador…

    Si este procedimiento no surte efecto a la primera, deberemos esperar un tiempo y volver a intentarlo. La motivación dialogada debe ser una rutina en el proceso educativo de nuestros hijos, como lo es en el marketing.

    Pilar Guembe y Carlos Goñi.

 

Alarmante reforma educativa

Las modificaciones propuestas por el gobierno en su anteproyecto de ley de educación han activado ya las alarmas, especialmente entre las familias y en el sector de la educación concertada. El texto se presenta sin el mínimo consenso entre los sectores implicados, con una urgencia que no responde a criterios técnicos sino al oportunismo político. Un gobierno preocupado de verdad por el baile de leyes en materia de educación iniciaría un proceso de diálogo a fondo para llegar a un Pacto de Estado que trascienda los intereses de partido.

Entre las propuestas que causan perplejidad destaca la desconcertante reducción de la autonomía de los centros educativos a través de la modificación de las competencias y composición de los Consejos Escolares y la introducción del representante del ayuntamiento, una especie de comisario político.

José Morales Martín

 

 

Yo mando

Janell Burley Hofmann es una experta en educación y madre de familia numerosa. Tiene experiencia de su propio hogar, pero además ha estudiado el problema en contacto con otros muchos expertos. La clave de su actuación en la educación de los hijos se manifiesta nítida en el mismo título del libro que ha escrito sobre el tema: “Yo mando”. “iRules”.

En este caso se está refiriendo a los hijos menores de edad. ¿Cómo se empieza a dominar esta situación entre los pequeños? Parece que esto es fundamental porque, con una formación bien dirigida, se conseguirá, seguramente, que el niño crezca sabiendo a qué atenerse. La idea clave es tener la sartén por el mango, hay que dominar la situación. Por eso ella ha confeccionado un contrato que especifica claramente cómo se harán las cosas.

Y el primer punto del contrato es: el móvil es mío, yo lo he comprado y te lo dejo… con todas las consecuencias. Y, lógicamente, el segundo punto: yo siempre debo saber la contraseña. A partir de ahí se van concretando los siguientes puntos, lógicos, sugerentes: el móvil no se lleva al colegio, si estás con gente apágalo o siléncialo, etc.

A lo largo del libro va desarrollando los 18 puntos del contrato, con detalles, con anécdotas y sucedidos y la experiencia de otras madres y otros padres. A estos les dice: “Si no sabes cómo funciona el aparato que tu hijo está utilizando (…) reserva un tiempo para aprender”. No queda otra. Esto llevará a los padres a entrar, con toda naturalidad en las redes sociales donde está el hijo. A los hijos no les importa que entres, pero no les gustaría que te hicieras presente interviniendo. Hay que estar, pero con discreción.

El teléfono se entrega a los padres por la noche. Es un modo de proteger el descanso.

Xus D Madrid

 

 

Las limitaciones en el uso del móvil

La clave de su actuación en la educación de los hijos se manifiesta nítida en el mismo título del libro que ha escrito sobre el tema: “Yo mando”. “iRules”.

Esas limitaciones en el uso del móvil son, sin duda, un incordio para los padres, que tienen que preocuparse constantemente, pero es la única forma de tener paz en la familia. El adolescente puede no entenderlo, pero es parte del contrato.  Por lo tanto, cuidado con tener el despertador en el móvil, supondría estar atado a ese medio y sufrir las posibles interrupciones nocturnas. A pesar de todo, para muchas personas es una obsesión tener siempre el móvil encendido y cerca, “no sea que me pierda algo”.

Merece la pena leer las observaciones, fruto de su experiencia como madre y profesora, que va desarrollando en torno a los 18 puntos del contrato. Viene bien reflexionar sobre un aspecto tan crucial hoy en día en la educación de los hijos, y de los adultos…

Suso do Madrid

 

 

INDIVIDUO, GRUPO Y MASA

         Creo recordar que fue “Voltaire”, el que más o menos afirmó cuanto sigue: “Prefiero ser juzgado por un tirano antes que por una asamblea de irresponsables”.

            Matizó luego, que en tales juicios, estaba plenamente seguro que si lograba ser oído y escuchado con atención, por el tirano, creía firmemente poder argumentarle y con ello lograr una absolución o juicio justo, cosa que en una asamblea (cuanto más numerosa peor) lo dudaba totalmente, puesto que en ella y por no comprometerse individualmente nadie, los resultados serían catastróficos, puesto que “las voces anónimas” y con su perversidad (el cobarde no suele dar nunca la cara) llevaría el tal juicio a la parte más perniciosa para el juzgado; luego todos “se lavarían las manos”, diciendo individualmente (eso sí) que: “había sido la asamblea la que había dictaminado”.

            Mis propias deducciones (lo he escrito infinidad de veces) me han llevado a la conclusión de que el individuo es superior a la masa y ello, sencillamente, por cuanto ese individuo se cultiva como tal y luego, deja sentir su influencia (buena o mala) en el grupo y éste es el encargado de controlar, dominar o dirigir a la masa. Así ha sido siempre y por lógica, va a seguir siéndolo en el futuro.

De ahí la conveniencia (mejor dicho, la necesidad) de que sean formados individuos responsables y al máximo nivel de formación, puesto que de ello dependerá la subsiguiente formación de grupos y masas, las que siempre necesitarán “la tutela” de esos individuos que por sí mismos formarán la verdadera elite natural y que a todos beneficiaría. ¿Utópico? De momento puede que sí, pero ese será el futuro en verdadero progreso, sino ocurrirá lo que viene ocurriendo multirrepetido desde que se escribe la historia del hombre sobre ésta Tierra.

Y no es que hayan faltado individuos (ni mucho menos) pero lo que ocurre es que, desaparecido el tal (o fundador) el grupo que le sucede, a duras penas se va      manteniendo, hasta que llegan a él, los que yo denominé “enanos”1, los que cambiando el sentido de la idea primigenia, simplemente establecen “su negocio” y de él viven o vegetan hasta que desaparecen; o puede llegar una renovación y se vuelve a los orígenes, en espera de que llegue otro individuo que mejore lo que dejara instaurado el anterior; puesto que todo es mejorable en éste pobre mundo.

Por ello “malo” cuando aparece la consabida nota o declaración que afirma que: “El grupo, el partido, el colectivo, la agrupación, etc. Manifiesta y condena lo que sea y que muchas veces sólo es condenable por la cobardía que se atrinchera tras las indefinibles barreras o muros del tal grupo, que generalmente, sólo defenderá los intereses de la camarilla que lo domina y que rara vez serán más de cuatro gatos”.

Y ello es así de sencillo, por cuanto “el grupo” no tiene voz, porque no la posee, pero sí que con toda pomposidad se le atribuye a un ente abstracto, para que los verdaderamente responsables del comunicado o hecho consumado, permanezcan en el anonimato que es lo que interesa a los tales, generalmente pobres diablos.

Otra cosa es cuando el comunicado o la declaración, la respalda la firma de un determinado individuo perteneciente al grupo que sea; mi mayor respeto –entonces- a quien como cualquier otro; tiene perfecto derecho a manifestar lo que le parezca mejor y aguante la respuesta que merezca, o incluso, la actuación de leyes y jueces que las hagan cumplir, con.. “esa justicia equilibrada con la que todos soñamos y que en este concreto caso no le ejerce un tirano, sino por el contrario un juez legal y que está revestido de la autoridad institucional que corresponde”.

Viene “a cuento”, lo que antecede, por cuanto, si bien pocas veces, “alguien” se suele dirigir a los medios donde yo publico mis artículos y lo hacen en un sentido u otro, generalmente de forma verbal; escribir escriben muy pocos: apenas nadie.

Es claro que cuando lo hacen para “atacar”, lo hacen en nombre de un determinado “colectivo o grupo”, mandando incluso el escrito sin firmar ni membrete que lo identifique, por lo que ya el hecho se comenta por si sólo y es digno del mayor de los desprecios, puesto que al igual que yo doy la cara, es lógico que espere igual reciprocidad, tanto en la crítica como en el elogio; por descontado que no contesto escritos de índole anónima, e igualmente me reservo para los otros , el hacerlo o no; sencillamente por cuanto soy respetuoso con la opinión de los demás, si es que la saben manifestar con las mismas normas que yo practico desde hace ya muchod años, pues es absurdo por mi parte, el pretender tener razón en todo, ya que como ser humano que me considero, sujeto a errores como cualquier otro; pero no tengo tendencia alguna para defender intereses de grupo o colectivo de los ya referidos, puesto que suelo encaminar mis comentarios al interés general de la sociedad a que pertenezco y que empieza en la ciudad donde nací y vivo y puede terminar, en cualquier lugar del planeta Tierra, e incluso “más allá” y hasta donde mi imaginación me sepa llevar.

            Así es que ánimo y a escribir, puesto que en la diversidad de opiniones es donde se encuentra el enriquecimiento mutuo, siempre que ello se practique en paz y concordia, e incluso sabiendo pedir disculpas llegado el caso, puesto que lo que nunca debe llegar es... “la sangre al río”.

 

Febrero de 2000

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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