Las Noticias de hoy 31 Diciembre 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 31 de diciembre de 2018     

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: Asombro y angustia, dos elementos en los que centra su atención el Papa

Ángelus: “La familia es un tesoro, debemos protegerlo, defenderlo”

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2019

RECUPERAR EL TIEMPO PERDIDO: Francisco Fernandez Carbajal

“Un año que termina”: San Josemaria

Madre de Dios, Madre nuestra

JESÚS: +  Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres    

ORACIONES DE FIN DE AÑO: Javier López 

Oraciones a la Virgen María

Un año nuevo está por comenzar...: Ma Esther De Ariño

Sí se puede ser político y verdadero católico

Navidad y Eucaristía: Ramiro Pellitero

El laicismo y la ausencia de lo sublime: Robert Ritchie

LA MENTIRA MÁS DIVULGADA: Dr. Hugo SALINAS

Diez enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la buena política

LOS CRÍMENRES DE PERSONAS “BUENAS”: Ing. José Joaquín Camacho                                 

JOSELITO: EL GRITO DE REBELDÍA: René Mondragón

El balance sobre la Iglesia del papa Francisco ante la Curia romana: Juan García.

La clave es la fe: Xus D Madrid

El rostro de los niños que sufren: JD Mez Madrid

No es “nuevo”… es un año igual: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Ángelus: Asombro y angustia, dos elementos en los que centra su atención el Papa

Antes del Ángelus (texto completo)

diciembre 30, 2018 13:10Raquel AnilloAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 30 dic. 2018).- A las 12 del mediodía de hoy, en la fiesta de la Sagrada Familia, el Papa Francisco recita el Ángelus desde la ventana del estudio en el Palacio Apostólico ante 50.000 fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

Estas son las palabras del Papa al presentar la oración mariana:

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia y la liturgia nos invita a reflexionar sobre la experiencia de María, José y Jesús, unidos por un intenso amor y animados por una gran confianza en Dios. El pasaje del Evangelio de hoy (cf. Lc 2,41-52 ) narra el camino de la familia de Nazaret a Jerusalén, para la fiesta de la Pascua. Pero, en el viaje de regreso, los padres se dan cuenta de que su hijo de doce años no está en la caravana. Después de tres días de búsqueda y temor, lo encuentran en el templo, sentado entre los doctores, intentando debatir con ellos. Al ver al Hijo, María y José se “maravillaron” (v. 48) y la Madre expresó su temor diciendo: “Tu padre y yo, angustiados, te buscamos” (ibid.).

Asombro y angustia son los dos elementos sobre los que me gustaría llamar su atención.

En la familia de Nazaret, no ha faltado nunca el asombro, ni siquiera en un momento dramático como el de la pérdida de Jesús: es la capacidad de maravillarse ante la manifestación gradual del Hijo de Dios. Es el mismo asombro que también afecta a los doctores del templo admirado “por su inteligencia y sus respuestas” (v.47). Pero ¿ qué es el estupor, qué es el maravillarse? Asombrarse y maravillarse es lo contrario de dar todo por sentado, es lo contrario de interpretar la realidad que nos rodea y los acontecimientos de la historia solo según nuestros criterios. Una persona que hace esto  no sabe lo que es la admiración, lo que es el estupor. Sorprenderse es abrirse a los demás, comprender las razones de los demás: esta actitud es importante para curar las relaciones comprometidas entre las personas y también es indispensable para curar heridas abiertas dentro de la familia. Cuando hay problemas en las familias, damos por sentado que tenemos razón y cerramos la puerta a los demás, en cambio es necesario pensar qué tiene de bueno esta persona y maravillarse por eso. Si ustedes tienen problemas en la familia, piensen en las cosas buenas que tiene la persona de la familia con la cuál tienen problemas, y maravíllense de esto y esto ayudará a sanar las heridas familiares.

El segundo elemento que me gustaría tomar del Evangelio es la angustia que experimentaron María y José cuando no pudieron encontrar a Jesús. Esta angustia manifiesta la centralidad de Jesús en la Sagrada Familia. La Virgen y su esposo habían acogido a ese Hijo, lo custodiaban y lo veían crecer en edad, sabiduría y gracia en medio de ellos, pero sobre todo crecía dentro de sus corazones; Y, poco a poco, su afecto y comprensión por él aumentaron. Por eso la familia de Nazaret es santa: porque estaba centrada en Jesús, a él se dirigían todas las atenciones y preocupaciones de María y José. Esa angustia que sintieron en los tres días de la pérdida de Jesús, también debería ser nuestra angustia cuando estamos lejos de Él. Debemos sentir angustia cuando por más de tres días nos olvidamos de Jesús, sin orar, sin leer el Evangelio, sin sentir la necesidad de su presencia y su amistad consoladora. Y muchas veces pasan los días sin que yo recuerde a Jesús, es muy feo, es muy feo. Deberíamos sentir la angustia cuando suceden estas cosas. María y José lo buscaron y lo encontraron en el templo mientras enseñaba: nosotros también, es sobre todo en la casa de Dios que podemos encontrarnos con el divino Maestro y aceptar su mensaje de salvación. En la celebración eucarística hacemos experiencia viva de Cristo; Él nos habla, nos ofrece su Palabra que ilumina nuestro camino, nos da su Cuerpo en la Eucaristía, del cual obtenemos fuerzas para enfrentar las dificultades de cada día.

Hoy regresemos a casa con estas dos palabras, maravilla y angustia, así maravillarme cuando veo las cosas buenas de los demás y resolver así los problemas familiares yo siento angustia cuando estoy alejado de Jesús.

Recemos por todas las familias del mundo hoy, especialmente por aquellas en las que, por diversas razones, hay una falta de paz y armonía. Y los confiamos a la protección de la Sagrada Familia de Nazaret.

 

 

Ángelus: “La familia es un tesoro, debemos protegerlo, defenderlo”

Aplausos y oración del Papa a todas las familias del mundo

diciembre 30, 2018 16:06Anita BourdinAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 30 dic. 2019.- El Papa Francisco hizo aplaudir a todas las familias presentes en la Plaza de San Pedro en el Ángelus de este domingo, 30 de diciembre de 2018, y a todos los que siguieron al Ángelus viven desde sus casas, con motivo del Domingo de la Sagrada Familia.

“La familia es un tesoro, debemos protegerlo, defenderlo”, insistió el papa que había dedicado su catequesis, antes del Ángelus al evangelio de la Sagrada Familia, invitando a actitudes que sanen las relaciones familiares. 

El Papa luego saludó a varios grupos presentes en la plaza: “Os saludo a todos, romanos y peregrinos; Grupos parroquiales, asociaciones y jóvenes”.

E invitó a todos a aplaudir: “Hoy, envío un saludo especial a las familias presentes aquí. Aplaudamos a todas las familias que están aquí, así como a quienes participan en sus hogares por televisión y radio. La familia es un tesoro, siempre hay que protegerlo, defenderlo. Que la Sagrada Familia de Nazaret proteja e ilumine siempre su camino”.

El Papa luego publicó este tweet para las familias, en su cuenta @Pontifex_es: “Que Jesús, María y José bendigan y protejan a todas las familias del mundo, para que reinen el amor, la alegría y la paz”.

Saludó, haciendo un signocon la mano en la dirección, de dos grupos de monjas que agitaban banderas españolas y polacas.

“Saludo a los religiosos mercedarios que se han reunido con ministros de varias regiones de Italia, así como con los fieles de Legnaro y Gragnano. Saludo a los exploradores de Villabate. los muchachos de la Confirmación de la Unidad Pastoral de Codognè (diócesis de Vittorio Veneto) y los de algunas parroquias de la diócesis de Bérgamo: Curno, Palazzago, Gromlongo, Barzana, Almenno “, agregó el Papa.

Deseaba que todos terminaran el año con serenidad: “Les deseo a todos un buen domingo y un final pacífico para el año. Termina el año con serenidad. Les agradezco nuevamente por sus deseos y por sus oraciones. Y por favor continúa orando por mí. Buen almuerzo y adiós!”

 

 

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2019

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Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2019, 1 de enero: La buena política está al servicio de la paz

1. “Paz a esta casa”
Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (Lc 10,5-6).

Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana.[1] La “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.

Por tanto, este es también mi deseo al comienzo del nuevo año: “Paz a esta casa”.

2. El desafío de una buena política
La paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy; [2] es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia. Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

Dice Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). Como subrayaba el Papa san Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles ―local, regional, nacional y mundial― es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad».[3]

En efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo. La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.

3. Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz
El Papa Benedicto XVI recordaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. […] El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. […] La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana».[4] Es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana, practicando aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad.

A este respecto, merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:

Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.
Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.
Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.
Bienaventurado el político que realiza la unidad.
Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.
Bienaventurado el político que sabe escuchar.
Bienaventurado el político que no tiene miedo.[5]

Cada renovación de las funciones electivas, cada cita electoral, cada etapa de la vida pública es una oportunidad para volver a la fuente y a los puntos de referencia que inspiran la justicia y el derecho. Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales, que son igualmente deberes recíprocos, de modo que se cree entre las generaciones presentes y futuras un vínculo de confianza y gratitud.

4. Los vicios de la política
En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.

5. La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro
Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro. En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona. «¿Hay acaso algo más bello que una mano tendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate (cf. Gn 4,1ss) o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede hacerse un instrumento de diálogo».[6]

Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana.

6. No a la guerra ni a la estrategia del miedo
Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo. Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza. En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas.

Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de modo particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados. El testimonio de cuantos se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños es sumamente precioso para el futuro de la humanidad.

7. Un gran proyecto de paz
Celebramos en estos días los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial. Recordamos a este respecto la observación del Papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos».[7]

La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, y es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria:

– la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y ―como aconsejaba san Francisco de Sales― teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”;

– la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre…; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo;

– la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

La política de la paz ―que conoce bien y se hace cargo de las fragilidades humanas― puede recurrir siempre al espíritu del Magníficat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; […] acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,50-55).

Vaticano, 8 de diciembre de 2018

FRANCISCO

_______________________

[1] Cf. Lc 2,14: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
[2] Cf. Le Porche du mystère de la deuxième vertu, París 1986.
[3] Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 46.
[4] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 7.
[5] Cf. Discurso en la exposición-congreso “Civitas” de Padua: “30giorni” (2002), 5.
[6] Benedicto XVI, Discurso a las Autoridades de Benín (Cotonou, 19 noviembre 2011).
[7] Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 44.

 

 

RECUPERAR EL TIEMPO PERDIDO

— Un día de balance. Nuestro tiempo es breve. Es parte muy importante de la herencia recibida de Dios.

— Actos de contrición por nuestros errores y pecados cometidos en este año que termina. Acciones de gracias por los muchos beneficios recibidos.

— Propósitos para el año que comienza.

I. Hoy, es un buen momento para hacer balance del año que ha pasado y propósitos para el que comienza. Buena oportunidad para pedir perdón por lo que no hicimos, por el amor que faltó; buena ocasión para dar gracias por todos los beneficios del Señor.

La Iglesia nos recuerda que somos peregrinos. Ella misma está «presente en el mundo y, sin embargo, es peregrina»1. Se dirige hacia su Señor «peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios»2.

Nuestra vida es también un camino lleno de tribulaciones y de «consuelos de Dios». Tenemos una vida en el tiempo, en la cual nos encontramos ahora, y otra más allá del tiempo, en la eternidad, hacia la cual se dirige nuestra peregrinación. El tiempo de cada uno es una parte importante de la herencia recibida de Dios; es la distancia que nos separa de ese momento en el que nos presentaremos ante nuestro Señor con las manos llenas o vacías. Solo ahora, aquí, en esta vida, podemos merecer para la otra. En realidad, cada día nuestro es «un tiempo» que Dios nos regala para llenarlo de amor a Él, de caridad con quienes nos rodean, de trabajo bien hecho, de ejercitar las virtudes..., de obras agradables a los ojos de Dios. Ahora es el momento de hacer el «tesoro que no envejece». Este es, para cada uno, el tiempo propicio, este es el día de la salud3. Pasado este tiempo, ya no habrá otro.

El tiempo del que cada uno de nosotros dispone es corto, pero suficiente para decirle a Dios que le amamos y para dejar terminada la obra que el Señor nos haya encargado a cada uno. Por eso nos advierte San Pablo: andad con prudencia, no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo4, pues pronto viene la noche, cuando ya nadie puede trabajar5. «Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno»6.

San Pablo, considerando la brevedad de nuestro paso por la tierra y la insignificancia que tienen las cosas en sí mismas, dice: pasa la sombra de este mundo7. Esta vida, en comparación de la que nos espera, es como su sombra.

La brevedad del tiempo es una llamada continua a sacarle el máximo rendimiento de cara a Dios. Hoy, en nuestra oración, podríamos preguntarnos si Dios está contento con la forma en que hemos vivido el año que ha pasado. Si ha sido bien aprovechado o, por el contrario, ha sido un año de ocasiones perdidas en el trabajo, en el apostolado, en la vida de familia; si hemos abandonado con frecuencia la Cruz, porque nos hemos quejado con facilidad al encontrarnos con la contradicción y con lo inesperado.

Cada año que pasa es una llamada para santificar nuestra vida ordinaria y un aviso de que estamos un poco más cerca del momento definitivo con Dios.

No nos cansemos de hacer el bien, que a su tiempo cosecharemos, si no desfallecemos. Por consiguiente, mientras hay tiempo hagamos el bien a todos8.

II. Al hacer examen es fácil que encontremos, en este año que termina, omisiones en la caridad, escasa laboriosidad en el trabajo profesional, mediocridad espiritual aceptada, poca limosna, egoísmo, vanidad, faltas de mortificación en las comidas, gracias del Espíritu Santo no correspondidas, intemperancia, malhumor, mal carácter, distracciones más o menos voluntarias en nuestras prácticas de piedad... Son innumerables los motivos para terminar el año pidiendo perdón al Señor, haciendo actos de contrición y de desagravio. Miramos cada uno de los días del año y «cada día hemos de pedir perdón, porque cada día hemos ofendido»9. Ni un solo día se escapa a esta realidad: han sido muchas nuestras faltas y nuestros errores. Sin embargo, son incomparablemente mayores los motivos de agradecimiento, en lo humano y en lo sobrenatural. Son incontables las mociones del Espíritu Santo, las gracias recibidas en el sacramento de la Penitencia y en la Comunión eucarística, los cuidados de nuestro Ángel Custodio, los méritos alcanzados al ofrecer nuestro trabajo o nuestro dolor por los demás, las numerosas ayudas que de otros hemos recibido. No importa que de esta realidad solo percibamos ahora una parte muy pequeña. Demos gracias a Dios por todos los beneficios recibidos durante el año.

«Es menester sacar fuerzas de nuevo para servir y procurar no ser ingratos, porque con esa condición las da el Señor; que si no usamos bien del tesoro y del gran estado en que nos pone, nos lo tornará a tomar y nos quedaremos muy más pobres, y dará Su Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a los otros. Pues, ¿cómo aprovechará y gastará con largueza el que no entiende que está rico? Es imposible, conforme a nuestra naturaleza, a mi parecer, tener ánimo para cosas grandes quien no entiende está favorecido de Dios, porque somos tan miserables y tan inclinados a cosas de tierra, que mal podrá aborrecer todo lo de acá de hecho con gran desasimiento, quien no entiende tiene alguna prenda de lo de allá»10.

Terminar el año pidiendo perdón por tantas faltas de correspondencia a la gracia, por tantas veces como Jesús se puso a nuestro lado y no hicimos nada por verle y le dejamos pasar; a la vez, terminar el año agradeciendo al Señor la gran misericordia que ha tenido con nosotros y los innumerables beneficios, muchos de ellos desconocidos por nosotros mismos, que nos ha dado el Señor.

Y junto a la contrición y el agradecimiento, el propósito de amar a Dios y de luchar por adquirir las virtudes y desarraigar nuestros defectos, como si fuera el último año que el Señor nos concede.

III. En estos últimos días del año que termina y en los comienzos del que empieza nos desearemos unos a otros que tengamos un buen año. Al portero, a la farmacéutica, a los vecinos..., les diremos ¡Feliz año nuevo! o algo semejante. Un número parecido de personas nos desearán a nosotros lo mismo, y les daremos las gracias.

Pero, ¿qué es lo que entienden muchas gentes por «un año bueno», «un año lleno de felicidad», etcétera? «Es, a no dudarlo, que no sufráis en este año ninguna enfermedad, ninguna pena, ninguna contrariedad, ninguna preocupación, sino al contrario, que todo os sonría y os sea propicio, que ganéis bastante dinero y que el recaudador no os reclame demasiado, que los salarios se vean incrementados y el precio de los artículos disminuya, que la radio os comunique cada mañana buenas noticias. En pocas palabras, que no experimentéis ningún contratiempo»11.

Es bueno desear estos bienes humanos para nosotros y para los demás, si no nos separan de nuestro fin último. El año nuevo nos traerá, en proporciones desconocidas, alegrías y contrariedades. Un año bueno, para un cristiano, es aquel en el que unas y otras nos han servido para amar un poco más a Dios. Un año bueno, para un cristiano, no es aquel que viene cargado, en el supuesto de que fuera posible, de una felicidad natural al margen de Dios. Un año bueno es aquel en el que hemos servido mejor a Dios y a los demás, aunque en el plano humano haya sido un completo desastre. Puede ser, por ejemplo, un buen año aquel en el que apareció la grave enfermedad, tantos años latente y desconocida, si supimos santificarnos con ella y santificar a quienes estaban a nuestro alrededor.

Cualquier año puede ser «el mejor año» si aprovechamos las gracias que Dios nos tiene reservadas y que pueden convertir en bien la mayor de las desgracias. Para este año que comienza Dios nos ha preparado todas las ayudas que necesitamos para que sea «un buen año». No desperdiciemos ni un solo día. Y cuando llegue la caída, el error o el desánimo, recomenzar enseguida. En muchas ocasiones, a través del sacramento de la Penitencia.

¡Que tengamos todos «un buen año»! Que podamos presentarnos delante del Señor, una vez concluido, con las manos llenas de horas de trabajo ofrecidas a Dios, apostolado con nuestros amigos, incontables muestras de caridad con quienes nos rodean, muchos pequeños vencimientos, encuentros irrepetibles en la Comunión...

Hagamos el propósito de convertir las derrotas en victorias, acudiendo al Señor y recomenzando de nuevo.

Pidamos a la Virgen la gracia de vivir este año que comienza luchando como si fuera el último que el Señor nos concede.

1 Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum concilium, 2. — 2 ídem, Const. Lumen gentium, 8. — 3 2 Cor 6, 2. — 4 Ef 5, 15-16. — 5 Jn 9, 4. — 6 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 39. — 7 1 Cor 7, 31. — 8 Gal 6, 9-10. — 9 San Agustín, Sermón 256. — 10 Santa Teresa, Vida, 10, 3. — 11 G. Chevrot, El Evangelio al aire libre, p. 102.

 

 

“Un año que termina”

Cuando recuerdes tu vida pasada, pasada sin pena ni gloria, considera cuánto tiempo has perdido y cómo lo puedes recuperar: con penitencia y con mayor entrega. (Surco, 996)

Un año que termina –se ha dicho de mil modos, más o menos poéticos–, con la gracia y la misericordia de Dios, es un paso más que nos acerca al Cielo, nuestra definitiva Patria.
Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est! (1 Cor VII, 29.), ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.
Pensemos valientemente en nuestra vida. ¿Por qué no encontramos a veces esos minutos, para terminar amorosamente el trabajo que nos atañe y que es el medio de nuestra santificación? ¿Por qué descuidamos las obligaciones familiares? ¿Por qué se mete la precipitación en el momento de rezar, de asistir al Santo Sacrificio de la Misa? ¿Por qué nos faltan la serenidad y la calma, para cumplir los deberes del propio estado, y nos entretenemos sin ninguna prisa en ir detrás de los caprichos personales? Me podéis responder: son pequeñeces. Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantiene viva la llama y encendida la luz. (Amigos de Dios, 39-41)

 

Madre de Dios, Madre nuestra

Cuando la Virgen respondió que sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María.

Homilías en audio01/01/2018

Todas las fiestas de Nuestra Señora son grandes, porque constituyen ocasiones que la Iglesia nos brinda para demostrar con hechos nuestro amor a Santa María. Pero si tuviera que escoger una, entre esas festividades, prefiero la de hoy: la Maternidad divina de la Santísima Virgen.

Esta celebración nos lleva a considerar algunos de los misterios centrales de nuestra fe: a meditar en la Encarnación del Verbo, obra de las tres Personas de la Trinidad Santísima. María, Hija de Dios Padre, por la Encarnación del Señor en sus entrañas inmaculadas es Esposa de Dios Espíritu Santo y Madre de Dios Hijo.

Cuando la Virgen respondió que sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y la humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; Unigénito eterno del Padre y, a partir de aquel momento, como Hombre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre —sin confusión— la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios.

Fe del pueblo cristiano

Esa ha sido siempre la fe segura. Contra los que la negaron, el Concilio de Efeso proclamó que si alguno no confiesa que el Emmanuel es verdaderamente Dios, y que por eso la Santísima Virgen es Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado, sea anatema.

La historia nos ha conservado testimonios de la alegría de los cristianos ante estas decisiones claras, netas, que reafirmaban lo que todos creían: el pueblo entero de la ciudad de Efeso, desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, permaneció ansioso en espera de la resolución... Cuando se supo que el autor de las blasfemias había sido depuesto, todos a una voz comenzaron a glorificar a Dios y a aclamar al Sínodo, porque había caído el enemigo de la fe. Apenas salidos de la iglesia, fuimos acompañados con antorchas a nuestras casas. Era de noche: toda la ciudad estaba alegre e iluminada. Así escribe San Cirilo, y no puedo negar que, aun a distancia de dieciséis siglos, aquella reacción de piedad me impresiona hondamente.

Quiera Dios Nuestro Señor que esta misma fe arda en nuestros corazones, y que se alce de nuestros labios un canto de acción de gracias: porque la Trinidad Santísima, al haber elegido a María como Madre de Cristo, Hombre como nosotros, nos ha puesto a cada uno bajo su manto maternal. Es Madre de Dios y Madre nuestra.

La Maternidad divina de María es la raíz de todas las perfecciones y privilegios que la adornan. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios. La Santísima Virgen, por ser Madre de Dios, posee una dignidad en cierto modo infinita, del bien infinito que es Dios. No hay peligro de exagerar. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima.

Eramos pecadores y enemigos de Dios. La Redención no sólo nos libra del pecado y nos reconcilia con el Señor: nos convierte en hijos, nos entrega una Madre, la misma que engendró al Verbo, según la Humanidad. ¿Cabe más derroche, más exceso de amor? Dios ansiaba redimirnos, disponía de muchos modos para ejecutar su Voluntad Santísima, según su infinita sabiduría. Escogió uno, que disipa todas las posibles dudas sobre nuestra salvación y glorificación. Como el primer Adán no nació de hombre y de mujer, sino que fue plasmado en la tierra, así también el último Adán, que había de curar la herida del primero, tomó un cuerpo plasmado en el seno de Virgen, para ser, en cuanto a la carne, igual a la carne de los que pecaron.

Madre del Amor Hermoso

Ego quasi vitis fructificavi...: como vid eché hermosos sarmientos y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos. Así hemos leído en la Epístola. Que esa suavidad de olor que es la devoción a la Madre nuestra, abunde en nuestra alma y en el alma de todos los cristianos, y nos lleve a la confianza más completa en quien vela siempre por nosotros.

Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Lecciones que nos recuerda hoy Santa María. Lección de amor hermoso, de vida limpia, de un corazón sensible y apasionado, para que aprendamos a ser fieles al servicio de la Iglesia. No es un amor cualquiera éste: es el Amor. Aquí no se dan traiciones, ni cálculos, ni olvidos. Un amor hermoso, porque tiene como principio y como fin el Dios tres veces Santo, que es toda la Hermosura y toda la Bondad y toda la Grandeza.

Pero se habla también de temor. No me imagino más temor que el de apartarse del Amor. Porque Dios Nuestro Señor no nos quiere apocados, timoratos, o con una entrega anodina. Nos necesita audaces, valientes, delicados. El temor que nos recuerda el texto sagrado nos trae a la cabeza aquella otra queja de la Escritura: busqué al amado de mi alma; lo busqué y no lo hallé.

Esto puede ocurrir, si el hombre no ha comprendido hasta el fondo lo que significa amar a Dios. Sucede entonces que el corazón se deja arrastrar por cosas que no conducen al Señor. Y, como consecuencia, lo perdemos de vista. Otras veces quizá es el Señor el que se esconde: El sabe por qué. Nos anima entonces a buscarle con más ardor y, cuando lo descubrimos, exclamamos gozosos: le así y ya no lo soltaré.

El Evangelio de la Santa Misa nos ha recordado aquella escena conmovedora de Jesús, que se queda en Jerusalén enseñando en el templo. María y José anduvieron la jornada entera, preguntando a los parientes y conocidos. Pero, como no lo hallasen, volvieron a Jerusalén en su busca. La Madre de Dios, que buscó afanosamente a su hijo, perdido sin culpa de Ella, que experimentó la mayor alegría al encontrarle, nos ayudará a desandar lo andado, a rectificar lo que sea preciso cuando por nuestras ligerezas o pecados no acertemos a distinguir a Cristo. Alcanzaremos así la alegría de abrazarnos de nuevo a El, para decirle que no lo perderemos más.

Madre de la ciencia es María, porque con Ella se aprende la lección que más importa: que nada vale la pena, si no estamos junto al Señor; que de nada sirven todas las maravillas de la tierra, todas las ambiciones colmadas, si en nuestro pecho no arde la llama de amor vivo, la luz de la santa esperanza que es un anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria.

En mí se encuentra toda gracia de doctrina y de verdad, toda esperanza de vida y de virtud. ¡Con cuánta sabiduría la Iglesia ha puesto esas palabras en boca de nuestra Madre, para que los cristianos no las olvidemos! Ella es la seguridad, el Amor que nunca abandona, el refugio constantemente abierto, la mano que acaricia y consuela siempre.

Un antiguo Padre de la Iglesia escribe que hemos de procurar conservar en nuestra mente y en nuestra memoria un ordenado resumen de la vida de la Madre de Dios. Habréis ojeado en tantas ocasiones esos prontuarios, de medicina, de matemáticas o de otras materias. Allí se enumeran, para cuando se requieren con urgencia, los remedios inmediatos, las medidas que se deben adoptar con el fin de no descaminarse en esas ciencias.

Meditemos frecuentemente todo lo que hemos oído de Nuestra Madre, en una oración sosegada y tranquila. Y, como poso, se irá grabando en nuestra alma ese compendio, para acudir sin vacilar a Ella, especialmente cuando no tengamos otro asidero. ¿No es esto interés personal, por nuestra parte? Ciertamente lo es. Pero ¿acaso las madres ignoran que los hijos somos de ordinario un poco interesados, y que a menudo nos dirigimos a ellas como al último remedio? Están convencidas y no les importa: por eso son madres, y su amor desinteresado percibe —en nuestro aparente egoísmo— nuestro afecto filial y nuestra confianza segura.

No pretendo —ni para mí, ni para vosotros— que nuestra devoción a Santa María se limite a estas llamadas apremiantes. Pienso —sin embargo— que no debe humillarnos, si nos ocurre eso en algún momento. Las madres no contabilizan los detalles de cariño que sus hijos les demuestran; no pesan ni miden con criterios mezquinos. Una pequeña muestra de amor la saborean como miel, y se vuelcan concediendo mucho más de lo que reciben. Si así reaccionan las madres buenas de la tierra, imaginaos lo que podremos esperar de Nuestra Madre Santa María.

Madre de la Iglesia

Me gusta volver con la imaginación a aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de El. Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre —y, después de Ella, José— conoce como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al Salvador.

Que en cada uno de vosotros, escribía San Ambrosio, esté el alma de María, para alabar al Señor; que en cada uno esté el espíritu de María, para gozarse en Dios. Y este Padre de la iglesia añade unas consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un sentido espiritual claro para la vida del cristiano. Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros.

Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con El por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios.

Su mucho amor a Nuestra Señora y su falta de cultura teológica llevó, a un buen cristiano, a hacerme conocer cierta anécdota que voy a narraros, porque —con toda su ingenuidad— es lógica en persona de pocas letras.

Tómelo —me decía— como un desahogo: comprenda mi tristeza ante algunas cosas que suceden en estos tiempos. Durante la preparación y el desarrollo del actual Concilio, se ha propuesto incluir el tema de la Virgen. Así: el tema. ¿Hablan de ese modo los hijos? ¿Es ésa la fe que han profesado siempre los fieles? ¿Desde cuándo el amor a la Virgen es un tema, sobre el que se admita entablar una disputa a propósito de su conveniencia?

Si algo está reñido con el amor, es la cicatería. No me importa ser muy claro; si no lo fuera —continuaba— me parecería una ofensa a Nuestra Madre Santa. Se ha discutido si era o no oportuno llamar a María Madre de la Iglesia. Me molesta descender a más detalles. Pero la Madre de Dios y, por eso, Madre de todos los cristianos, ¿no será Madre de la Iglesia, que es la reunión de los que han sido bautizados y han renacido en Cristo, hijo de María?

No me explico —seguía— de dónde nace la mezquindad de escatimar ese título en alabanza de Nuestra Señora. ¡Qué diferente es la fe de la Iglesia! El tema de la Virgen. ¿Pretenden los hijos plantear el tema del amor a su madre? La quieren y basta. La querrán mucho, si son buenos hijos. Del tema —o del esquema— hablan los extraños, los que estudian el caso con la frialdad del enunciado de un problema. Hasta aquí el desahogo recto y piadoso, pero injusto, de aquella alma simple y devotísima.

Sigamos nosotros ahora considerando este misterio de la Maternidad divina de María, en una oración callada, afirmando desde el fondo del alma: Virgen, Madre de Dios: Aquel a quien los Cielos no pueden contener, se ha encerrado en tu seno para tomar la carne de hombre.

Mirad lo que nos hace recitar hoy la liturgia: bienaventuradas sean las entrañas de la Virgen María, que acogieron al Hijo del Padre eterno. Una exclamación vieja y nueva, humana y divina. Es decir al Señor, como se usa en algunos sitios para ensalzar a una persona: ¡bendita sea la madre que te trajo al mundo!

Maestra de fe, de esperanza y de caridad

María cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella Cabeza de la que es efectivamente madre según el cuerpo. Como Madre, enseña; y, también como Madre, sus lecciones no son ruidosas. Es preciso tener en el alma una base de finura, un toque de delicadeza, para comprender lo que nos manifiesta, más que con promesas, con obras.

Maestra de fe. ¡Bienaventurada tú, que has creído!, así la saluda Isabel, su prima, cuando Nuestra Señora sube a la montaña para visitarla. Había sido maravilloso aquel acto de fe de Santa María: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. En el Nacimiento de su Hijo contempla las grandezas de Dios en la tierra: hay un coro de ángeles, y tanto los pastores como los poderosos de la tierra vienen a adorar al Niño. Pero después la Sagrada Familia ha de huir a Egipto, para escapar de los intentos criminales de Herodes. Luego, el silencio: treinta largos años de vida sencilla, ordinaria, como la de un hogar más de un pequeño pueblo de Galilea.

El Santo Evangelio, brevemente, nos facilita el camino para entender el ejemplo de Nuestra Madre: María conservaba todas estas cosas dentro de sí, ponderándolas en su corazón. Procuremos nosotros imitarla, tratando con el Señor, en un diálogo enamorado, de todo lo que nos pasa, hasta de los acontecimientos más menudos. No olvidemos que hemos de pesarlos, valorarlos, verlos con ojos de fe, para descubrir la Voluntad de Dios.

Si nuestra fe es débil, acudamos a María. Cuenta San Juan que por el milagro de las bodas de Caná, que Cristo realizó a ruegos de su Madre, creyeron en El sus discípulos. Nuestra Madre intercede siempre ante su Hijo para que nos atienda y se nos muestre, de tal modo, que podamos confesar: Tú eres el Hijo de Dios.

Maestra de esperanza. María proclama que la llamarán bienaventurada todas las generaciones. Humanamente hablando, ¿en qué motivos se apoyaba esa esperanza? ¿Quién era Ella, para los hombres y mujeres de entonces? Las grandes heroínas del Viejo Testamento —Judit, Ester, Débora— consiguieron ya en la tierra una gloria humana, fueron aclamadas por el pueblo, ensalzadas. El trono de María, como el de su Hijo, es la Cruz. Y durante el resto de su existencia, hasta que subió en cuerpo y alma a los Cielos, es su callada presencia lo que nos impresiona. San Lucas, que la conocía bien, anota que está junto a los primeros discípulos, en oración. Así termina sus días terrenos, la que habría de ser alabada por las criaturas hasta la eternidad.

¡Cómo contrasta la esperanza de Nuestra Señora con nuestra impaciencia! Con frecuencia reclamamos a Dios que nos pague enseguida el poco bien que hemos efectuado. Apenas aflora la primera dificultad, nos quejamos. Somos, muchas veces, incapaces de sostener el esfuerzo, de mantener la esperanza. Porque nos falta fe: ¡bienaventurada tú, que has creído! Porque se cumplirán las cosas que se te han declarado de parte del Señor.

Maestra de caridad. Recordad aquella escena de la presentación de Jesús en el templo. El anciano Simeón aseguró a María, su Madre: mira, este niño está destinado para ruina y para resurrección de muchos en Israel y para ser el blanco de la contradicción; lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de muchos. La inmensa caridad de María por la humanidad hace que se cumpla, también en Ella, la afirmación de Cristo: nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos.

Con razón los Romanos Pontífices han llamado a María Corredentora: de tal modo, juntamente con su Hijo paciente y muriente, padeció y casi murió; y de tal modo, por la salvación de los hombres, abdicó de los derechos maternos sobre su Hijo, y le inmoló, en cuanto de Ella dependía, para aplacar la justicia de Dios, que puede con razón decirse que Ella redimió al género humano juntamente con Cristo. Así entendemos mejor aquel momento de la Pasión de Nuestro Señor, que nunca nos cansaremos de meditar: stabat autem iuxta crucem Iesu mater eius, estaba junto a la cruz de Jesús su Madre.

Habréis observado cómo algunas madres, movidas de un legítimo orgullo, se apresuran a ponerse al lado de sus hijos cuando éstos triunfan, cuando reciben un público reconocimiento. Otras, en cambio, incluso en esos momentos permanecen en segundo plano, amando en silencio. María era así, y Jesús lo sabía.

Ahora, en cambio, en el escándalo del Sacrificio de la Cruz, Santa María estaba presente, oyendo con tristeza a los que pasaban por allí, y blasfemaban meneando la cabeza y gritando: ¡Tú, que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo!; si eres el hijo de Dios, desciende de la Cruz. Nuestra Señora escuchaba las palabras de su Hijo, uniéndose a su dolor: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?. ¿Qué podía hacer Ella? Fundirse con el amor redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso —como una espada afilada— que traspasaba su Corazón puro.

De nuevo Jesús se siente confortado, con esa presencia discreta y amorosa de su Madre. No grita María, no corre de un lado a otro. Stabat: está en pie, junto al Hijo. Es entonces cuando Jesús la mira, dirigiendo después la vista a Juan. Y exclama: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre. En Juan, Cristo confía a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de creer en El.

Felix culpa, canta la Iglesia, feliz culpa, porque ha alcanzado tener tal y tan grande Redentor. Feliz culpa, podemos añadir también, que nos ha merecido recibir por Madre a Santa María. Ya estamos seguros, ya nada debe preocuparnos: porque Nuestra Señora, coronada Reina de cielos y tierra, es la omnipotencia suplicante delante de Dios. Jesús no puede negar nada a María, ni tampoco a nosotros, hijos de su misma Madre.

Madre nuestra

Los hijos, especialmente cuando son aún pequeños, tienden a preguntarse qué han de realizar por ellos sus padres, olvidando en cambio las obligaciones de piedad filial. Somos los hijos, de ordinario, muy interesados, aunque esa conducta —ya lo hemos hecho notar—, no parece importar mucho a las madres, porque tienen suficiente amor en sus corazones y quieren con el mejor cariño: el que se da sin esperar correspondencia.

Así ocurre también con Santa María. Pero hoy, en la fiesta de su Maternidad divina, hemos de esforzarnos en una observación más detenida. Han de dolernos, si las encontramos, nuestras faltas de delicadeza con esta Madre buena. Os pregunto —y me pregunto yo—, ¿cómo la honramos?

Volvemos de nuevo a la experiencia de cada día, al trato con nuestra madres en la tierra. Por encima de todo, ¿qué desean, de sus hijos, que son carne de su carne y sangre de su sangre? Su mayor ilusión es tenerlos cerca. Cuando los hijos crecen y no es posible que continúen a su lado, aguardan con impaciencia sus noticias, les emociona todo lo que les ocurre: desde una ligera enfermedad hasta los sucesos más importantes.

Mirad: para nuestra Madre Santa María jamás dejamos de ser pequeños, porque Ella nos abre el camino hacia el Reino de los Cielos, que será dado a los que se hacen niños. De Nuestra Señora no debemos apartarnos nunca. ¿Cómo la honraremos? Tratándola, hablándole, manifestándole nuestro cariño, ponderando en nuestro corazón las escenas de su vida en la tierra, contándole nuestras luchas, nuestros éxitos y nuestro fracasos.

Descubrimos así —como si las recitáramos por vez primera— el sentido de las oraciones marianas, que se han rezado siempre en la Iglesia. ¿Qué son el Ave Maria y el Angelus sino alabanzas encendidas a la Maternidad divina? Y en el Santo Rosario —esa maravillosa devoción, que nunca me cansaré de aconsejar a todos los cristianos— pasan por nuestra cabeza y por nuestro corazón los misterios de la conducta admirable de María, que son los mismos misterios fundamentales de la fe.

El año litúrgico aparece jalonado de fiestas en honor a Santa María. El fundamento de este culto es la Maternidad divina de Nuestra Señora, origen de la plenitud de dones de naturaleza y de gracia con que la Trinidad Beatísima la ha adornado. Demostraría escasa formación cristiana —y muy poco amor de hijo— quien temiese que el culto a la Santísima Virgen pudiera disminuir la adoración que se debe a Dios. Nuestra Madre, modelo de humildad, cantó: me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes aquel que es Todopoderoso, cuyo nombre es santo, y cuya misericordia se derrama de generación en generación para los que le temen.

En las fiestas de Nuestra Señora no escatimemos las muestras de cariño; levantemos con más frecuencia el corazón pidiéndole lo que necesitemos, agradeciéndole su solicitud maternal y constante, encomendándole las personas que estimamos. Pero, si pretendemos comportarnos como hijos, todos los días serán ocasión propicia de amor a María, como lo son todos los días para los que se quieren de verdad.

Quizá ahora alguno de vosotros puede pensar que la jornada ordinaria, el habitual ir y venir de nuestra vida, no se presta mucho a mantener el corazón en una criatura tan pura como Nuestra Señora. Yo os invitaría a reflexionar un poco. ¿Qué buscamos siempre, aun sin especial atención, en todo lo que hacemos? Cuando nos mueve el amor de Dios y trabajamos con rectitud de intención, buscamos lo bueno, lo limpio, lo que trae paz a la conciencia y felicidad al alma. ¿Que no nos faltan las equivocaciones? Sí; pero precisamente, reconocer esos errores, es descubrir con mayor claridad que nuestra meta es ésa: una felicidad no pasajera, sino honda, serena, humana y sobrenatural.

Una criatura existe que logró en esta tierra esa felicidad, porque es la obra maestra de Dios: Nuestra Madre Santísima, María. Ella vive y nos protege; está junto al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, en cuerpo y alma. Es la misma que nació en Palestina, que se entregó al Señor desde niña, que recibió el anuncio del Arcángel Gabriel, que dio a luz a Nuestro Salvador, que estuvo junto a El al pie de la Cruz.

En Ella adquieren realidad todos los ideales; pero no debemos concluir que su sublimidad y grandeza nos la presentan inaccesible y distante. Es la llena de gracia, la suma de todas las perfecciones: y es Madre. Con su poder delante de Dios, nos alcanzará lo que le pedimos; como Madre quiere concedérnoslo. Y también como Madre entiende y comprende nuestras flaquezas, alienta, excusa, facilita el camino, tiene siempre preparado el remedio, aun cuando parezca que ya nada es posible.

¡Cuánto crecerían en nosotros las virtudes sobrenaturales, si lográsemos tratar de verdad a María, que es Madre Nuestra! Que no nos importe repetirle durante el día —con el corazón, sin necesidad de palabras— pequeñas oraciones, jaculatorias. La devoción cristiana ha reunido muchos de esos elogios encendidos en las Letanías que acompañan al Santo Rosario. Pero cada uno es libre de aumentarlas, dirigiéndole nuevas alabanzas, diciéndole lo que —por un santo pudor que Ella entiende y aprueba— no nos atreveríamos a pronunciar en voz alta.

Te aconsejo —para terminar— que hagas, si no lo has hecho todavía, tu experiencia particular del amor materno de María. No basta saber que Ella es Madre, considerarla de este modo, hablar así de Ella. Es tu Madre y tú eres su hijo; te quiere como si fueras el hijo único suyo en este mundo. Trátala en consecuencia: cuéntale todo lo que te pasa, hónrala, quiérela. Nadie lo hará por ti, tan bien como tú, si tú no lo haces.

Te aseguro que, si emprendes este camino, encontrarás enseguida todo el amor de Cristo: y te verás metido en esa vida inefable de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Sacarás fuerzas para cumplir acabadamente la Voluntad de Dios, te llenarás de deseos de servir a todos los hombres. Serás el cristiano que a veces sueñas ser: lleno de obras de caridad y de justicia, alegre y fuerte, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo.

Ese, y no otro, es el temple de nuestra fe. Acudamos a Santa María, que Ella nos acompañará con un andar firme y constante.

 

 

JESÚS

(MARÍA, MADRE DE DIOS)

El nombre de Jesús, Yahweh salva, llena nuestra vida de un gozo  y de una alegría desbordante. Es el nombre sobre todo nombre ante el cual toda rodilla se dobla en el cielo y en la tierra, nos recuerda San Pablo. Su nombre es la alegría de quienes han conocido y se han encontrado en la Vida con Él. Él vive para siempre.

Aquellos que van corriendo desde su pobreza, como los pastores, los que pasan la vida en la intemperie, a veces en la noche cerrada, acaban encontrando a Jesús envuelto en pañales, en un pesebre con María y José. Caminar y no detenerse ni un instante  hasta encontrarlo. Sabiendo, como dice San Agustín, que no lo buscaríamos si antes ya no nos hubiera encontrado Él. Es necesario volver, una y otra vez, al camino que lleva a Belén, a pronunciar el nombre de Jesús en la noche, a saber que buscarlo es ya haberlo encontrado. No existe otro nombre que se nos haya ofrecido en Belén y que nos salve, es su nombre Jesús, Hijo de María Virgen.

Jesús es el nombre de la Paz. La Paz es su Persona, su Evangelio, su Vida. Hasta que no encontremos plenamente a Jesús no tendremos paz auténtica y verdadera ni por dentro ni por fuera. La Paz es Él. Es conocer su amor.  Y a Jesús siempre se le encuentra en brazos de su Madre. Así lo encontramos en Belén, acunado por María. Y también en la cruz. Allí está su Madre abrazando en él a todos los hijos muertos y destrozados por la vida. Sin María Jesús no habría nacido. Por eso, afirmamos que Jesús es solamente del Padre  y solamente de María que le ha llamado "hijo mío".

Tenemos que caminar en la sencillez y en la humildad de quien confía y se lanza por los caminos vividos desde Jesús. Sabiendo que Él va delante, a nuestro lado y detrás. Delante para indicarnos con su vida la dirección obligatoria para vivir con “los sentimientos del Corazón de Cristo” . Camina a nuestro lado para escuchar una por una nuestras quejas y desalientos. También va detrás para compartir nuestras flaquezas y pobrezas, para que no nos perdamos en la queja fácil de los cobardes, que no siguen porque dicen ser débiles y tener dificultades, como si Él, Jesús de Nazaret con su vida y su fuerza no nos indicase que cuando somos débiles entonces somos fuertes. Que se lo cuenten a San Pablo.

El nombre, para un judío, era clave y muy importante. Expresaba que es un don del Dios de la Vida para la familia. Jesús es el regalo del Padre, envuelto en la pobreza de Belén y de todo lo que le rodea. Hemos de intentar evitar el peligro que corremos de quedarnos en " el envoltorio" de la Navidad e intentar descubrir que ha nacido el tesoro que busca el corazón humano, el Redentor y su nombre es Jesú

+  Francisco Cerro Chaves.      Obispo de Coria-Cáceres    

 

 

ORACIONES DE FIN DE AÑO

Nochevieja

Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que recibí de TI.

Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mí y los que estén más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.

Pero también, Señor hoy quiero pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado. Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo.

También por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte. Por todos mis olvidos, descuidos y silencios nuevamente te pido perdón.

En los próximos días iniciaremos un nuevo año y detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo TÚ sabes si llegaré a vivirlos.

Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.

Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.

Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso.

Cólmame de bondad y de alegría para que, cuantos conviven conmigo o se acerquen a mí encuentren en mi vida un poquito de TI.

Danos un año feliz y enséñanos a repartir felicidad . Amén

 

Oración de fin de año de un creyente desconcertado

campanadas

Señor, antes de entrar en el bullicio y aturdimiento del fin de año, quiero esta tarde encontrarme contigo despacio y con calma.

Son pocas las veces que lo hago. Tú sabes que ya no acierto a rezar. He olvidado aquellas oraciones que me enseñaron de niño y no he aprendido a hablar contigo de otra manera más viva y concreta.

Señor, en realidad, ya no sé muy bien si creo en ti. Han pasado tantas cosas estos años. Ha cambiado tanto la vida y he envejecido tanto por dentro... Yo quisiera sentirte más vivo y más cercano. Me ayudaría a creer. Pero me resulta todo tan difícil...

Y, sin embargo, Señor, yo te necesito. A veces me siento muy mal dentro de mí. Van pasando los años y siento el desgaste de la vida. Por fuera todo parece funcionar bien: el trabajo, la familia, los hijos. Cualquiera me envidiaría. Pero yo no me siento bien.

Ya ha pasado un año más. Esta noche comenzaremos un año nuevo, pero yo sé que todo seguirá igual. Los mismos problemas, las mismas preocupaciones, los mismos trabajos. Y así, ¿hasta cuándo?

¡Cuánto desearía poder renovar mi vida desde dentro! Encontrar en mí una alegría nueva, una fuerza diferente para vivir cada día. Cambiar, ser mejor conmigo mismo y con todos. Pero la experiencia me dice que no puedo esperar grandes cambios. Estoy demasiado acostumbrado a un estilo de vida. Ni yo mismo creo demasiado en mi transformación.

Por otra parte, tú sabes cómo me dejo arrastrar por la agitación de cada día. Tal vez por eso no me encuentro casi nunca contigo. Tú estás dentro de mí y yo ando casi siempre fuera de mí mismo. Tú estás conmigo y yo ando perdido en mil cosas.

Si al menos te sintiera como mi mejor amigo... A veces pienso que eso lo cambiaría todo. Qué alegría si yo no te tuviera esa especie de temor que no sé dónde brota, pero que me distancia tanto de ti...

Señor, graba bien en mi corazón que tú hacia mí sólo puedes sentir amor y ternura. Recuérdame desde dentro que tú me aceptas tal como soy, con mi mediocridad y mi pecado, y que me quieres incluso aunque no cambie.

Señor, se me va pasando la vida, y a veces, pienso que mi gran pecado es no terminar de creer en ti y en tu amor. Por eso, esta noche yo no te pido cosas.

Sólo que despiertes mi fe, lo suficiente para creer que tú estás siempre cerca y me acompañas.

Que a lo largo de este año nuevo no me aleje mucho de ti. Que sepa encontrarte en mis sufrimientos y mis alegrías. Entonces tal vez cambiaré. Será un año nuevo.

Con estas oraciones, les deseo un muy feliz año nuevo.

Javier López 

 

 

 

Oraciones a la Virgen María

Oraciones a la Virgen María

Ave María

Dios te salve María, llena eres de gracia; el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Bendita sea tu pureza

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te ofrezco en este día
alma, vida y corazón.
¡Mírame con compasión!
¡No me dejes, Madre mía¡

 

Oración de San Bernardo

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes! Y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas, antes bien, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos atenderlas favorablemente.

 

La Salve

Dios te salve,
Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra;
Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva;
a Ti suspiramos,
gimiendo y llorando,
en este valle de lágrimas.
Ea, pues,
Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos,
y después de este destierro
muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clemente, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!
D- Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
T- Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

La Virgen María

Bajo tu amparo

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desoigas nuestras súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita.

 

Préstame, madre...

Préstame, Madre, tus ojos, para con ellos mirar, porque si por ellos miro, nunca volveré a pecar.
Préstame, Madre, tus labios, para con ellos rezar, porque si con ellos rezo, Jesús me podrá escuchar.
Préstame, Madre, tu lengua, para poder comulgar, pues es tu lengua patena de amor y de santidad.
Préstame, Madre, tus brazos, para poder trabajar, que así rendirá el trabajo una y mil veces más.
Préstame, Madre, tu manto, para cubrir mi maldad, pues cubierto con tu manto al Cielo he de llegar.
Préstame, Madre a tu Hijo, para poderlo yo amar, si Tú me das a Jesús, ¿qué más puedo yo desear?
Y esa será mi dicha por toda la eternidad.


Ejercicio de los siete dolores de la Madre de Dios

La Virgen Dolorosa1.- La aflicción que causó a su tierno corazón, la profecía del anciano Simeón. (Avemaría.)

2.-La angustia que padeció su sensibilísimo corazón, en la huida y permanencia en Egipto. (Avemaría.)

3.-Las congojas que experimentó su solícito corazón, en la pérdida de su Hijo Jesús. (Avemaría.)

4.-La consternación que sintió su maternal corazón, al encontrar a su Hijo Jesús llevando la cruz a cuestas. (Avemaría.)

5.-El martirio de su generoso corazón, asistiendo a su Hijo Jesús en la agonía. (Avemaría.)

6.-La herida que sufrió su piadoso corazón, en la lanzada que abrió el costado de su Hijo Jesús. (Avemaría)

7.-El desconsuelo y desamparo que padeció su amantísimo corazón, en la sepultura de su Hijo Jesús. (Avemaría.)

Ruega por nosotros, Virgen dolorosísima, para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

Siete gracias que la Santísima Virgen concede a las almas que le honran diariamente, meditando sus dolores, con el rezo de siete avenarías. (Santa Brígida).

1-Pondré paz en sus familias.
2.-Serán iluminadas en los divinos Misterios.
3.-Las consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.
4.-Les daré cuanto me pidan, con tal que no sea opuesto a la voluntad adorable de mi Divino Hijo y a la santificación de sus almas.
5.-Las defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y protegeré en todos los instantes de la vida.
6.-Las asistiré visiblemente: en el momento de su muerte y verán el rostro de su Madre.
7.-He conseguido de mi Divino Hijo que, cuantas propaguen esta devoción, sean trasladadas de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados y mi Hijo y Yo seremos su consolación eterna y alegría.

 

Oración

Madre mía: Desde que amanece el día, bendíceme;
en lo rudo del trabajo, ayúdame;
si vacilo en mis buenas decisiones, fortaléceme;
en las tentaciones y peligros, defiéndeme;
si desfallezco, sálvame y al cielo llévame.
Amén.

 

Magnificat

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.

Amén.

Salve regina

Salve Regina, Mater misericordiae,
Vita dulcedo et spes nostra salve.
Ad te clamamus exsules filii Hevae.
Ad te suspiramus gementes et flentes,
in hac lacrimarum valle.
Eja ergo advocata nostra,
illos tuos misericordes oculos ad nos converte.
Et Jesum benedictum fructum ventris tui
nobis post hoc exsilium ostende.
O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria.

 

Santo Rosario

Para saber cómo se reza el Santo Rosario o para rezarlo, accede a http://webcatolicodejavier.org/comorezarelRosario.html

Un año nuevo está por comenzar...

¿Qué pasó con aquellos deseos que brotaron en nuestro corazón al terminar de oír las doce campanadas y nos hicieron decir:

Por: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

https://imagenes.catholic.net/imagenes_db/071e70_vieja.jpg

Sonarán las campanas en el reloj...

Las 12. Las 12 de la noche.

Parece que los meses del año que termina, con sus días y sus horas se columpian en cada una de ellas... Doce meses, doce campanadas. El año se va. El año 2017 se acaba. Se esfuman los doce meses como en un conjuro de tiempo y eternidad. Los tuvimos en nuestras manos paro ya no volverán.

Fueron instantes nuestros, únicos e irrepetibles, vividos dentro de nuestro libre albedrío, hora tras hora y ahora se van, perdiéndose en la noche última del año. La noche vieja.

El poeta dice:

El indivisible tiempo
lo hemos dividido en años
y así decimos que pasa
cuando nosotros pasamos.

Así es, decimos que el tiempo se va cuando somos nosotros los que nos vamos. Decimos que el tiempo corre, que el tiempo vuela, pero los que corremos, los que volamos sobre el tiempo somos nosotros. El tiempo siempre está, el tiempo ni tiene tiempo, ni es joven ni viejo, nosotros si.

Las 12. Noche Vieja. Un año nuevo está por comenzar.

Las 12 horas del 31 de diciembre de 2017... ¿Qué hicimos con estos trescientos sesenta y cinco días? ¿Qué dijimos, qué pensamos una noche como esta pero del año pasado? ¡Cuántos planes, cuántas promesas, cuántos propósitos! ¿Somos los mismos de aquella noche de otras muchas noches o sentimos que fuimos limando las aristas de nuestro carácter, rellenando "baches" en los que caíamos una y otra vez, quitando obstáculos, que quizá amábamos pero que nos hacían tropezar en nuestro plan de ser mejores como seres humanos en nuestra plenitud y dignidad? ¿Qué pasó con aquellos deseos vehementes que brotaron en nuestro corazón al terminar de oír las doce campanadas y nos hicieron decir: "¡Ahora sí, este año nuevo sí!

Poco a poco se nos fueron aminorando las fuerzas, el entusiasmo, y llegó esa desgana o indiferencia por las cosas. La bruma de la rutina nos envolvió en sus días grises y nos heló el corazón y el coraje.

O no fue así... y sentimos que sí ha habido un cambio positivo. Que el sol del amor nos arropa y podemos repartir el calor que hay en nuestra alma a los demás. Que estamos en pie de lucha, que las 12 campanadas resuenan en nuestro corazón como el tañer de las campanas de la ermita invitándonos a orar.

Que cada campanada se un:
Perdón y gracias, Dios mío, me estás regalando otro año para crecer en la fe y en el amor a Ti y a los demás. El tiempo pasado está en Tus manos , el que comienza en las mías, pero quiero que Tu me acompañes a vivirlo!.

Y con el año que se va y el nuevo que comienza, en esta Noche Vieja, la más vieja del año, recordamos al poeta que nos dice:

Un año más, no mires con desvelo
la carrera veloz del tiempo alado
que un año más en la virtud pasado
un paso es más que te aproxima al cielo.

Y siguiendo con los versos terminaremos esta pequeña reflexión con uno que una noche como esta me inspiro:

Esta noche es "noche-vieja"
y yo hago un alto en mi camino,
sentada bajo la luna
abro mi alforja y la miro.
¿Qué es lo que tengo en ella?
Oro y plata:-Te lo cambio
por la sonrisa de un niño.

Quiero caminar descalza
por lo prados con rocío
quiero soltar mis amarras
y extender libre mis alas
y sentir mi poderío.

Poderío y libertad
olvidando el claro-oscuro
de ambiciones que esclavizan
tan pesadas como un yugo.

Esta noche es "noche vieja"
tengo el alma transparente,
cuando llegue el año nuevo
que me encuentre en la vereda
como quién vuelve a nacer,
sin sandalias ,sin alforja,
con la piel limpia de luna
las estrellas en mi pelo
y cantando el "aleluya".

Esta noche es noche vieja,
y yo tengo el alma nueva...
¡quién lo pudiera creer!

 

 

Sí se puede ser político y verdadero católico

Sí se puede ser político y verdadero católico

Algunos reconfortantes ejemplos

EL SANTO PATRONO DE LOS POLÍTICOS Y GOBERNANTES

Santo Tomás Moro (More) nació en Inglaterra en 1477, estudió la carrera de leyes en la Universidad de Oxford, se convirtió en miembro del Parlamento británico y fue Canciller de Inglaterra.

Cuando el monarca Enrique VIII pretendió que el Papa declarara nulo su matrimonio religioso con Catalina de Aragón a fin de casarse con su amante Ana Bolena, y no lo logró, se declaró a sí mismo cabeza de la Iglesia en Inglaterra. A diferencia de otros políticos, santo Tomás Moro no sólo no apoyó al rey, sino que hasta renunció a su cargo como protesta. El monarca declaró que los que no lo aceptaran como verdadera autoridad de la Iglesia debían ser acusados de alta traición.

A pesar de la amenaza, el santo continuó fiel a la verdad y a su conciencia, negándose al capricho del rey, por lo que fue encarcelado y decapitado en 1535.

Fue, además de un piadoso cristiano, un humanista intelectual, escritor de varios libros, siendo Utopía el más famoso de ellos. En él describe una nación que no existe, donde el dinero no tiene valor, donde la gente no trabaja pensando en sí misma sino en el bien común, y donde rige la más auténtica democracia.

Santo Tomás era un enemigo de la injusticia que cometen los ricos y los funcionarios del gobierno contra los pobres y los desprotegidos.

Además, se adelantó en siglos a la promoción de la mujer, comenzando por la educación de sus hijas, a las cuales dio una instrucción equivalente a la universitaria de su tiempo. Con frecuencia invitaba a gente pobre a comer a su mesa, y rara vez invitaba a los ricos.

EL REY QUE SE DISFRAZABA

San Esteban, rey de Hungría entre el año 1000 y el 1038, daba tal cantidad de limosnas a los necesitados que la gente exclamaba: «¡Ahora sí se van a acabar los pobres!». Él personalmente atendía con bondad a todos los que llegaban a hablarle o a pedirle favores, pero prefería siempre a los más pobres, diciendo: «Ellos representan mejor a Jesucristo, a quien yo quiero atender de manera especial». Para conocer mejor la terrible situación de los más necesitados, se disfrazaba de albañil y salía de noche por las calles a repartir ayudas.

Éste fue su plan gubernamental: «Una cosa sí me he propuesto: no negar jamás una ayuda o un favor si en mí existe la capacidad de hacerlo».

SAN OLAF, EL REY VIKINGO

San Olaf II de Noruega fue rey de 1015 a 1028. De origen vikingo, participaba en actividades de saqueo; pero poco antes de acceder al trono se convirtió al cristianismo y cambió su modo de actuar.

Introdujo leyes que prohibían la poligamia, la violación, el rapto de las mujeres y el abandono de los recién nacidos.

También estableció la ley de igualdad, según la cual la aristocracia tenía que obedecer la ley y ser castigada en la misma medida que los campesinos.

SAN WENCESLAO, EL PACÍFICO

San Wenceslao I de Bohemia (República Checa) reinó de 924 a 938. Siempre prefirió la paz, y si era necesario pagaba económicamente por ella. Eliminó la lucha sin cuartel contra los cristianos, modificó el sistema judicial prohibiendo la pena capital y la tortura, defendió a los oprimidos y ayudó generosamente a los pobres, y para sí eligió una vida de sacrificios, oración y mortificaciones. Su propio hermano menor, Boleslao, que era pagano, asesinó por envidia a Wenceslao cuando éste entraba a un templo a realizar su habitual oración de adoración.

LOS OBREROS LO LLAMABAN «EL EMPERADOR DEL PUEBLO»

El beato Carlos I de Austria llegó al trono en plena Primera Guerra Mundial, y lo primero que hizo fue tratar de sacar al Imperio Austrohúngaro de la guerra, principalmente a causa del sufrimiento de los campesinos. Estaba tan dispuesto a lograr la paz que se le acusó de que la «mendigaba». Declaró una amnistía para los presos políticos, promulgó diversas normas para favorecer a la clase obrera, y defendió un plan de federalización, iniciando así la disolución del imperio. Apodado «el Emperador del pueblo» por los propios obreros, la aristocracia se burlaba de él.

Su plan gubernamental estuvo basado en la enseñanza social de la Iglesia. Fue un enamorado de la Eucaristía. Enfermó y murió a causa de la pobreza.

Emperador y rey, beato Carlos I de Austria, IV de Hungría y III de Bohemia. Reinó de 1916 a 1919.

ABDICAR AL TRONO ANTES QUE APOYAR EL ABORTO

El rey Balduino de Bélgica, católico, asumió el trono en 1951. Pero cuando el Parlamento de su país aprobó el aborto en 1990, el rey se negó repetidamente a firmar semejante ley de muerte, algo que según la Constitución era su deber, siendo además indispensable para que entrara en vigor. Entonces dimitió y quien lo sucedió la firmó de inmediato dándole vigencia. Pero como era muy querido por todos, en seguida el Parlamento hizo una votación reeligiendo a Balduino como monarca. Así, en realidad dejó de reinar sólo por 36 horas. Falleció en 1993.

 

 

Navidad y Eucaristía

Navidad y Pascua, Epifanía y Eucaristía

En los iconos ortodoxos de la Navidad, expresiones de la religiosidad popular durante siglos, es común observar al Niño no simplemente echado sobre las pajas del pesebre, sino envuelto en una faja, como un difunto embalsamado, y también a menudo el pesebre tiene forma de féretro. ¿Qué quiere decir esto?

 

De Belén al Calvario      

La explicación puede encontrarse en la relación entre la Navidad y la Pascua del Señor, entre el Belén y el Calvario. La piedad cristiana hace notar que los brazos extendidos de Jesús en el Belén son los mismos que se extenderán sobre la Cruz. Algunos pintores, como Benedetto Bonfigli (s. XV) o Lorenzo Lotto (s. XVI) asocian la escena de la Navidad al crucifijo.

Benedicto XVI desarrolló, en su audiencia del 21 de diciembre de 2012, la relación entre la Navidad y la Misa; y, por tanto, su relación con la muerte y resurrección del Señor.

En primer lugar, se ha preguntado cómo podemos vivir los cristianos el acontecimiento de la Navidad, sucedido hace más de dos mil años. La Misa de la Noche de Navidad reza: “Hoy ha nacido para nosotros el Salvador”. Esto, responde el Papa, es real gracias precisamente a la liturgia, que hace posible superar los límites del espacio y del tiempo: “Dios, en aquel Niño nacido en Belén, se ha acercado al hombre: nosotros lo podemos encontrar todavía, en un ‘hoy’ que no tiene ocaso”. Dicho de otro modo, “Dios nos ofrece ‘hoy’, ahora, a mí, a cada uno de nosotros, la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine, la transforme con su Gracia, con su Presencia”. En síntesis, por medio de la liturgia “la Navidad es un evento eficaz para nosotros”.

Ciertamente, bastaría con recordar que la Misa es actualización del Misterio Pascual (la muerte y resurrección de Cristo), que asume, condensa y consuma todos los demás Misterios de la vida del Señor, también el de la Navidad.

Navidad y Pascua, continuaba señalando Benedicto XVI, son dos fiestas que celebran la redención de la humanidad. La Navidad celebra la entrada de Dios en la historia haciéndose hombre, para que el hombre pueda conocerle y unirse a Él. La Pascua celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, obtenida mediante la Cruz y la Resurrección. La Navidad cae al inicio del invierno, cuando la naturaleza está envuelta por el frío, anunciando la victoria del sol y del calor. La Pascua cae al inicio de la primavera, cuando el sol vence las nieblas.

 

Navidad y Pascua, Epifanía y Eucaristía     

De esta manera, como hacían los Padres de la Iglesia, el nacimiento de Cristo ha de ser entendido a la luz de la entera obra redentora que culmina en el Misterio Pascual: “Dios se hace hombre, nace niño como nosotros, toma nuestra carne para vencer a la muerte y al pecado”.

Así lo dice San Basilio: “Dios asume la carne justo para destruir la muerte en ella escondida. Como los antídotos de un veneno, una vez ingeridos anulan los efectos, y como la oscuridad de una casa se disuelve a la luz del sol, así la muerte que dominaba sobre la naturaleza humana fue destruida por la presencia de Dios. Y como el hielo, que permanece sólido en el agua mientras dura la noche y reina la oscuridad, se derrite de inmediato al calor del sol. Así la muerte, que había reinado hasta la venida de Cristo, apenas aparece la gracia del Dios Salvador y surge el sol de justicia, “fue devorada por la victoria” (1 Co. 15,54), sin poder coexistir con la Vida”

En Navidad, comienza, por tanto, la Epifanía, es decir, la manifestación del plan divino redentor: “En Navidad encontramos la ternura y el amor de Dios que se inclina sobre nuestros límites, sobre nuestras debilidades, sobre nuestros pecados y se abaja hasta nosotros” (cf Fil 2, 6-7). Es decir: “El culmen de la historia del amor entre Dios y el hombre pasa a través del pesebre de Belén y el sepulcro de Jerusalén”.

De ahí resulta que el misterio de la Navidad, que puede verse situada en el marco de la Epifanía (si bien esta fiesta se celebra dos semanas después y forma una unidad con el Bautismo del Señor y el milagro de lasBodas de Caná), ha de ser contemplado y vivido en torno a la Misa, la Eucaristía. En la Navidad Cristo se manifiesta en la humildad y abajamiento del Niño de Belén. En la Eucaristía, Cristo vivo sigue ahora manifestándose y entregándose por nosotros. La Eucaristía es el “centro de la Santa Navidad”, donde “se hace presente Jesús de modo real, verdadero Pan bajado del cielo, verdadero Cordero sacrificado por nuestra salvación”.

*     *     *

Durante el tiempo de Navidad celebramos también la Fiesta de la Sagrada Familia, la familia de Jesús en Belén y en Nazaret, que es como el germen de la Iglesia. Ella refleja en el mundo a Cristo, luz de las gentes, como familia de Dios.

En la fiesta de la Epifanía contemplamos la adoración de los Magos. Siguiendo esa estrella que aún resplandece, representan a todas las personas que reconocen la llegada de la verdadera y definitiva luz del mundo.

 

La Navidad, “fiesta del corazón”      

En la Homilía de la Nochebuena, ha señalado Benedicto XVI que la Navidad ya es Epifanía, pues Dios se manifestado y lo ha hecho como niño. Así “se contrapone a toda violencia y lleva un mensaje que es paz”. Y por eso, ahora que la violencia amenaza al mundo de modos diversos, el Papa nos invita a rezar:

“Tú, el Dios poderoso, has venido como niño y te has mostrado a nosotros como el que nos ama y mediante el cual el amor vencerá. Y nos has hecho comprender que, junto a ti, debemos ser constructores de paz. Amamos tu ser niño, tu no-violencia, pero sufrimos porque la violencia continúa en el mundo, y por eso también te rogamos: Demuestra tu poder, ¡oh Dios! En este nuestro tiempo, en este mundo nuestro, haz que las varas del opresor, las túnicas llenas de sangre y las botas estrepitosas de los soldados sean arrojadas al fuego, de manera que tu paz venza en este mundo nuestro. (…) En el niño en el establo de Belén, se puede, por decirlo así, tocar a Dios y acariciarlo. De este modo, el año litúrgico ha recibido un segundo centro [además de la Pascua] en una fiesta que es, ante todo, una fiesta del corazón” (Homilía en la Misa del 24-XII-2011).

La Navidad, tiempo de la humildad      

Asimismo, evocando la pequeñez de la puerta que actualmente da acceso a la Iglesia de la Natividad en Belén, observaba Benedicto XVI: “Si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón ‘ilustrada’. Debemos deponer nuestras falsas certezas, nuestra soberbia intelectual, que nos impide percibir la proximidad de Dios”.

Dios se manifesta, efectivamente, en su bondad y humildad, llamando a las puertas de nuestra alma, durante todo estos días, breves pero intensos. Abrirle esas puertas es condición para participar de su Luz y llenar el mundo de su Alegría.

Ramiro Pellitero

 

 

El laicismo y la ausencia de lo sublime

La sociedad laica es la consecuencia lógica de una sociedad predominantemente materialista.

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La febril e intensiva actividad de la vida moderna es a menudo una tentativa de ocultar los efectos de languidez de la acedia.

Al hablar de sociedad laica, no pretendemos afirmar que Dios es negado. Por el contrario, se permite e incluso se alienta la creencia personal en Dios, siempre y cuando se limite a la esfera personal.

Una sociedad laica en general es oficialmente depurada de todas las referencias a una realidad más allá de nuestro mundo naturalista y materialista.

Existe una indiferencia o confusión acerca de lo que constituye el sentido de la vida.

El secularismo, afirma Plinio Corrêa de Oliveira, es una curiosa forma de ateísmo que

“afirma que es imposible tener certeza de la existencia de Dios y, en consecuencia, que el hombre debe actuar en el ámbito temporal como si Dios no existiera. En otros términos, que debe actuar como una persona que ha destronado a Dios”.

“La secularización es la liberación del hombre de la tutela religiosa y metafísica, el desvío de su atención de otros mundos y hacia este”, se regocija Harvey Cox, uno de los muchos “teólogos” modernos que celebraron este destronamiento como una experiencia liberadora.

Esta sociedad secular “liberadora” inevitablemente deja un vacío profundo en el alma del hombre moderno, que causa una gran frustración y desolación, instaurando lo que muchos han llamado un desierto espiritual.

La tristeza, la desesperación y a veces la depresión son fruto de la acedia

Este rechazo no puede dejar de traer tristeza y hasta desesperación

Esta actitud recuerda el estado que Santo Tomás de Aquino llama acedia y que define como el cansancio de las cosas santas y espirituales, y la consiguiente tristeza de vivir.

Como ser espiritual, el hombre aquejado de acedia niega sus apetitos espirituales “no quiere ser lo que Dios quiere que sea”, señala Josef Pieper , “y esto significa que él no quiere ser lo que en realidad, y en última instancia, debe ser” .

Este rechazo no puede dejar de traer tristeza y hasta desesperación.

La versión moderna de la acedia incluye un cansancio y una reserva en relación a todas las cosas espirituales.

Es la conciencia alejándose de las cosas santas y espirituales, así como de un régimen cultural donde existan metas sublimes o ideales religiosos. Estos son vistos con desconfianza y simplemente no se les considera parte importante de nuestras vidas.

La febril e intensiva actividad de la vida moderna es a menudo una tentativa de ocultar los efectos de languidez de la acedia, el desánimo y la falta de alegría.

Robert Ritchie

 

 

LA MENTIRA MÁS DIVULGADA:

LOS EMPRESARIOS

TIENEN POR ROL CREAR PUESTOS DE TRABAJO

Dr. Hugo SALINAS

salinas_hugo@yahoo.com

¿Es cierto que el empresario tiene por rol crear puestos de trabajo? ¿Es cierto que, lo que debemos hacer es disminuir los impuestos que pesan sobre las empresas a fin de que los empresarios puedan crear puestos de trabajo? Tanto que, si los eliminamos, ¿sería mejor aún? ¿De seguro que tenemos que regalarles miles de millones de dólares para que puedan crear puestos de trabajo?

Comencemos por precisar que el “empresario” juega dos roles en la actividad socio-económica actual. El primero es el de producir o hacer producir bienes económicos. En esa medida, es parte del Proceso de Trabajo. Una actividad que tiende a resolver problemas de sociedad.

En cambio, el segundo rol del “empresario” proviene de la naturaleza del segundo elemento de la actividad socio-económica actual: la Repartición Individualista del resultado de la actividad económica. Mediante este tipo de repartición, quien maneja el acto económico se apropia la totalidad del resultado de la actividad económica.

Y es este tipo de repartición que da el tono a la actividad socio-económica actual y, por consiguiente, al comportamiento del “empresario”. Todo para él, y sólo para él. Un comportamiento egoísta que desnaturaliza el sentido de la actividad económica. Ella ya no tiene por objeto satisfacer las necesidades de la población, sino el de aumentar y centralizar las riquezas de quien maneja el acto económico. En claro, su rol no es el de crear puestos de trabajo. Si en algún momento debe crearlos, ello obedece simplemente a un medio de aumentar su riqueza personal.

Este comportamiento malsano se ve agravado porque la Repartición Individualista genera otro mecanismo, llamado Configuración Mundial, que se encarga de succionar, de una manera permanente y ascendente, la casi totalidad del valor agregado generado por todos los pueblos del mundo. Y en ello contribuye el proceso de mundialización de una economía capitalista.

Por ello, no es nada extraño que Oxfam Internacional haya declarado, luego de los estudios pertinentes, que solamente ocho personas tienen una riqueza acumulada igual a la mitad de los habitantes del planeta; es decir, a más de 3.6 mil millones de personas.

Y el colmo de la osadía y del desparpajo, es que los gobiernos, tanto de los países ricos como de los países pobres, se encargan de regalar dinero a los “empresarios” con el “compromiso” de crear puestos de trabajo.

Un regalo que tiene dos formas. La primera es a través de la exoneración de impuestos y otros actos contables, mediante los cuales el “empresario” deja de pagar su contribución monetaria establecida por Ley, al Presupuesto Público de la Nación. La otra forma es pura y simplemente el regalo en moneda contante y sonante, que el Gobierno entrega al “empresario” para que, según dicen, cree puestos de trabajo.

¿Y a qué se debe este comportamiento de los gobiernos en nuestros tiempos?

Podríamos decir que algunos hacen este regalo por ignorancia, pero la mayoría de ellos saben perfectamente lo que hacen. Ellos saben quién o quiénes han financiado su campaña electoral. A este circo nosotros hemos participado con nuestro voto en la creencia de estar eligiendo “nuestro” Presidente de la República cuando, en verdad, solamente hemos elegido a nuestro verdugo.

En las condiciones socio-económicas actuales, el Presidente de la República representa a las grandes corporaciones mundiales que financiaron su campaña electoral. Es el real sentido de nuestra Democracia Representativa. Los gobernantes y los congresistas representan a quienes manejan el acto económico, a nivel local, nacional y mundial.

¿Existe un medio de liberarnos de tal dominación, directa e indirecta, en el control de nuestras vidas? ¿Existe la posibilidad de que podamos gozar de la totalidad del fruto de nuestro esfuerzo desplegado en la actividad económica? ¿En algún día, todos los seres humanos podremos ser considerados como una parte de la sociedad? ¿Será posible que ya no exista más desempleo masivo en medio de tanta escasez de vivienda, de agua potable, vías de comunicación…? ¿Será posible que ya no exista pobreza extrema en medio de tanta abundancia?

Paris, 28 de diciembre del 2018

 

 

Diez enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la buena política

Diez enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la buena política

1 «Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país».

«Se llama ‘autoridad’ la cualidad en virtud de la cual personas o instituciones dan leyes y órdenes a los hombres y esperan la correspondiente obediencia» (n. 1897)

2 «Toda comunidad humana necesita una autoridad que la rija. Ésta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad.

«Su misión consiste en asegurar en cuanto sea posible el bien común de la sociedad.

«La autoridad exigida por el orden moral emana de Dios» (n. 1898-1899).

3«Si bien la autoridad responde a un orden fijado por Dios, la determinación del régimen y la designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos. La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible con tal que promuevan el bien legítimo de la comunidad que los adopta.

«Los regímenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden realizar el bien común de las naciones en las que se han impuesto» (n. 1901)

4 «La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No debe comportarse de manera despótica…

«La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna.

«En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues… sería más bien una forma de violencia» (n. 1902)

5 «La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos.

«Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia» (n. 1903)

6«Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite. Es éste el principio del ‘estado de derecho’ en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres» (n. 1904)

7 «Por bien común es preciso entender:

«El conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección» (n. 1906)

8 El bien común «supone, en primer lugar, el respeto a la persona en cuanto tal. En particular, el bien común reside en las condiciones de ejercicio de las libertades naturales que son indispensables para el desarrollo de la vocación humana: derecho a actuar, de acuerdo con la recta norma de su conciencia, a la protección de la vida privada y a la justa libertad, también en materia religiosa» (n. 1907)

9 «En segundo lugar, el bien común exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo. El desarrollo es el resumen de todos los deberes sociales. Ciertamente corresponde a la autoridad decidir, en nombre del bien común, entre los diversos intereses particulares; pero debe facilitar a cada uno lo que necesita para llevar una vida verdaderamente humana: alimento, vestido, salud, trabajo, educación y cultura, información adecuada, derecho de fundar una familia, etc.» (n. 1908).

10«El bien común implica, finalmente, la paz, es decir, la estabilidad y la seguridad de un orden justo. Supone, por tanto, que la autoridad asegura, por medios honestos, la seguridad de la sociedad y la de sus miembros.

«El bien común fundamenta el derecho a la legítima defensa individual y colectiva» (n. 1909).

 

 

LOS CRÍMENRES DE PERSONAS “BUENAS”


Ing. José Joaquín Camacho                                 

Siglo 21, sábado 29 diciembre 2018

    Recientemente declaraba el Papa que la Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquier persona del clero que haya cometidos abusos sexuales.
    En esta línea puede recordarse aquí al sociólogo Massimo Introvigne un artículo en que explica que el huracán mediático de varias semanas responde a lo que se conoce como un fenómeno de "pánico moral", perfectamente dirigido desde determinados centros de influencia. Según su explicación se trata de una "hiperconstrucción social" tendente a crear una figura predeterminada (un monstruo) con materiales fragmentarios y desperdigados en el tiempo. Existe ciertamente algo real, pero las dimensiones y el contexto histórico son sistemáticamente alterados o silenciados. No ponen esos números en relación a la totalidad brutal del problema; nadie dice, por ejemplo, que en los Estados Unidos eran cinco veces más los casos imputados a pastores protestantes; o que, en el mismo periodo en que en ese país fueron condenados 50 eclesiásticos católicos, fueron cinco mil los profesores de gimnasia y entrenadores deportivos que sufrieron esa condena. ¡Y nadie ha pedido cuentas a la Federación de baloncesto! Y señala otro dato: el ámbito más habitual de los abusos sexuales a menores es precisamente el de la familia (allí suceden dos tercios del total de los casos contabilizados)…y no suceden por culpa de la institución familiar, sino a pesar de ella.
Y se señala que es bueno analizar datos. En Alemania, por ejemplo, de los 210.000 casos de abusos a menores denunciados, 94 corresponden a eclesiásticos. Cierto que 94 casos son demasiados y constituyen un dolor para todos.
Pero cuando la gran prensa fabrica primeras páginas  a costa de 94 casos y calla sobre los otros 200.000, estamos ante una manipulación que debe denunciarse. Porque hablando claro, las cifras de esta catástrofe nos hablan de una enfermedad moral de nuestra época y reclaman dirigir la mirada, no a la Iglesia o al celibato de los sacerdotes católicos, sino a la revolución sexual, al relativismo y a la pérdida del significado de la vida que aflige a nuestra sociedad occidental.
Es un tema que podría seguirse comentando. Quizá baste ahora insistir en que siempre debe partirse de la responsabilidad personal. Cuando alguien se porta mal, él debe responder por sus actos, como en cualquier gremio. En el caso de la Iglesia, cuya doctrina moral es perfectamente conocida, si alguien comete un delito será a pesar de la Iglesia. De los primeros doce que escogió Jesús, uno fue traidor. Si la Iglesia se hubiera centrado en la traición de Judas, hubiera dejado de existir hace mucho tiempo. Por el contrario se centró en los otros once. Es comprensible que algunos no presten atención a esos buenos ‘once’,  pero es injusto: Son los eternos criticones, que van a morir rabiando…  

 

 

JOSELITO: EL GRITO DE REBELDÍA

Por René Mondragón

MIENTRAS

En tanto que en México, los temas de política, economía, obra pública, desarrollo de las personas y de la sociedad, se encuentran en medio de los vocingleros ideológicos que construyen una narrativa de odio, de mensajes de amenaza y de división entre mexicanos; de ideólogos y estrategas que no acaban de entender que la democracia es aprender a escuchar a los demás en vez de diseñar mecanismos legislativos para el exterminio, a costa de lo que sea… incluso de los pobres a quienes se comprometieron defender.

Hoy, en los momentos en que el país “se consagra” a rituales pseudo-indigenistas de los “pueblos primarios”-antes de los que perversos frailes franciscanos trajeran a “su Dios”- precisamente ahora, es cuando varios cientos de miles de jóvenes, ancianos, adultos, niñas y niños toman la calle para recordar el acto heroico y rebelde de un chico de 14 años que desafió al régimen y lo venció.

LA IMPORTANCIA DE JOSÉ SÁNCHEZ DEL RÍO

El escribano quiere estar muy lejos del arte de amarrar navajas, tan tradicional en el nuevo gobierno, pero no es posible dejar de lado el impacto religioso y sus derivaciones sociales y políticas en los presentes días, cuando la algarabía de un senador, fervoroso admirador de Maduro, Chávez, Morales y Ortega, empleó la figura de un “niño dios” –sí con minúscula- para hacer una burlesca botarga y disfrazarlo con la imagen del presidente López Obrador.

En este ambiente es, en donde las reliquias de José Sánchez del Río cobran un impacto formidable.

De la Oficina de Prensa de “Camino de la Fidelidad”, responsable de la repercusión ante los medios y las redes sociales, nos envían una verdadera avalancha de información sobre la trayectoria, motivos, fines y logística. Agradecemos a la periodista Leticia Laguna la gentileza y oportunidad de las entregas para el escribano.

Yucatán, Guadalajara, León, Veracruz, Morelia, Celaya, Sahuayo en el estado mexicano de Michoacán, espacio que vio crecer a Joselito, son algunas de las localidades que sus reliquias recibieron el aplauso, las porras, las oraciones y las peticiones de cientos de miles de mexicanos. Su destino: Panamá, para Jornada Mundial de la Juventud. Ningún lugar más apropiado para recibir a José Sánchez del Río.

 

CONTRASTES  NOTABLES

 

  1. La periodista Rocío Martínez de El Heraldo de León, destaca que don Alfonso Cortés Contreras lanzó un reto fundamental a los presentes: “…la vocación en la vida que eligió cada católico debe hacerlo feliz, y con ello desarrollar la misma con alegría y gozo, para con ello contribuir al beneficio de las personas” 
  2. Felicidad, alegría, gozo, fidelidad; y con estos atributos, aportar al bien común de los semejantes. Ningún escollo, ninguna posibilidad de que a alguien –con tres centímetros de  cerebro- se le ocurra decir que el mensaje del Arzobispo es de odio, de violencia.
  3. Un rasgo asombroso: Varios decenas de miles de jóvenes, ataviados con el mismo tipo de indumentaria –camisa blanca y pantalón de mezclilla en azul claro- que Joselito, salieron a recibirlo, lo acompañaron, rezaron junto al  joven mártir, cuidaron sus reliquias durante las noches heladas; participaron en Misa junto a José, hablaron de él y con él cada mañana y cada tarde, cada crepúsculo y cada anochecer en la ciudad a la que llegaban.
  4. No hubo presencia de granaderos ni de fuerzas élite de la policía federal, porque a nadie le pasó por la cabeza que estos jóvenes seguidores de Joselito, pudiesen invadir las tiendas OXXO, los Elektras o los exhibidores de teléfonos celulares para robar cosas en clara evidencia de su rebeldía y protesta.
  5. No hubo una sola pinta en cada recorrido emprendido. El único “¡Muera!” que las plazas públicas escucharon, fue justamente, el del grito del federal que insistía a José para que abjurara de su Fe, gritando ¡”Muera Cristo Rey!”. José no retrocedió ante las amenazas cumplidas. Lo hicieron caminar sobre sal después de desollarle las plantas de los pies. Pero José no blasfemó.
  6. La reportera de Camino de la Fidelidad nos envía una imagen de la entrada de las reliquias de Joselito a Guanajuato Capital. Detrás del recuerdo del mártir, hileras de 15 o 20 personas en fondo. En las calles, varios miles de personas en ambas aceras, lanzando vivas, flores, buscando que los Rosarios, las imágenes de José, las medallas y escapularios estuvieran –como refiere a una señora enferma- “lo más cerca que se pudiera” de Joselito. “Él curó a una niña desahuciada por tuberculosis…y él intercedió ante Dios para curarla. Ahora ya no tiene nada, está sanita; por eso lo nombraron santo”
  7. Lo asombroso es que en ninguna, de la generosa entrega de imágenes, aparece un solo encapuchado con “bombas molotov” en las manos o rompiendo los cristales de las tiendas. 

Sin duda, Joselito es hoy, para todos los católicos, hombres y mujeres de buen voluntad, un grito de rebeldía fuerte, intenso, cuando es el corazón el que siente ansias de eternidad.

El joven rebelde cristero, es a no dudarlo, un grito de rebeldía contra aquellos que quisieran acabar con la libertad de creer, de educar a los hijos en la fe que los padres profesan. Rebeldía contra aquellos adoradores de chamanes que, en su deísimo primigenio quieren superponer a Huichilobos sobre Jesús de Nazareth.

Joselito es rebelde porque privilegió su Fe, su Amor y su Esperanza, al grado de ofrendar su vida para acreditarlo.

Gracias José.

 

 

El balance sobre la Iglesia del papa Francisco ante la Curia romana

En el discurso del año anterior, el papa hizo una espléndida síntesis del proyecto de reforma de la Curia: un tema de máxima entidad, probablemente de poco interés para el conjunto de los fieles. En cambio, ahora, manifestó sus reflexiones sobre “la Curia ad extra, es decir, sobre la relación de la Curia con las naciones, con las Iglesias particulares, con las Iglesias orientales, con el diálogo ecuménico, con el Judaísmo, con el Islam y las demás religiones, es decir, con el mundo exterior”. Buena parte de esos criterios son aplicables por todos, más allá de cualquier trabajo eclesiástico. Compensa leer el texto íntegro del discurso.

Las palabras introductorias sobre la Curia serían aplicables a toda la Jerarquía de la Iglesia: “es una institución antigua, compleja, venerable, compuesta de hombres que provienen de muy distintas culturas, lenguas y construcciones mentales y que, de una manera estructural y desde siempre, está ligada a la función primacial del Obispo de Roma en la Iglesia, esto es, al oficio «sacro» querido por el mismo Cristo Señor en bien del cuerpo de la Iglesia en su conjunto”.

Esa universalidad –catolicidad- es una de las notas clásicas: un cristiano no puede ser localista ni pueblerino, ni encerrarse en sí mismo. Tiene la responsabilidad del anuncio a todo el mundo de la Buena Noticia: “el Dios Emmanuel, que nace entre los hombres, que se hace hombre para mostrar a todos los hombres su entrañable cercanía, su amor sin límites y su deseo divino de que todos los hombres se salven y lleguen a gozar de la bienaventuranza celestial (cf. 1 Tm 2,4); el Dios que hace salir su sol sobre buenos y malos (cf. Mt 5,45); el Dios que no ha venido para que le sirvan sino para servir (cf. Mt 20,28); el Dios que ha constituido a la Iglesia para que esté en el mundo, pero no del mundo, y para ser instrumento de salvación y de servicio”.

Juan García.

 

 

La clave es la fe

Con motivo de la Navidad, el Papa Francisco, en audiencia general el pasado año, por qué hay que ir a Misa los domingos. El Papa explicaba por qué hay que ir a Misa los domingos, reconociendo que muchos se preguntan el motivo. Además, estas Navidades, las de 2017,   presentan la circunstancia de que hay varias fiestas en lunes o sábado, y son solemnidades de precepto: el lunes 25 de diciembre (Navidad), el lunes 1 de enero (Maternidad de María) y el sábado 6 de enero (Epifanía).  Para un católico no debe ser una acumulación que determine posibles viajes o planes de descanso familiar, sino una alegría profunda.

La palabra que más escuchamos para justificar la no asistencia a la Misa dominical es que “no siento” nada, y puedo “sentir” la necesidad de ir otro día de la semana, “no sé por qué he de ir el domingo”.

Pronuncian la palabra mágica de nuestra cultura, que es “sentir”, una entronización de los sentimientos como criterio máximo de actuación. Apelar a los sentimientos es muy peligroso, porque son tornadizos, es una dimensión que está a caballo entre la razón y el corazón.

Argumentos de razón los hay, y también de corazón, pero sobre todo me parece que la clave es la fe, que lleva a aceptar los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, a pesar de que suponga ir contracorriente en una sociedad descristianizada y con la humildad de vivir los preceptos, aunque algunos cueste entenderlos o vivirlos.

Xus D Madrid

 

 

El rostro de los niños que sufren

En el tradicional mensaje Urbi et Orbi del 25 de diciembre del pasado año el Papa Francisco decía que mientras el mundo se ve azotado por vientos de guerra, y un modelo de desarrollo ya caduco sigue provocando degradación humana, social y ambiental, la Navidad invita a fijarnos en la señal del Niño y a que lo reconozcamos en los diferentes rostros de los niños que hoy en día no tienen sitio en la posada.

Vemos a Jesús en los niños de Oriente Medio, que sigue sufriendo por el aumento de las tensiones entre israelíes y palestinos; en los niños sirios marcados aún por la guerra que ha ensangrentado ese país en estos años; en los niños que sufren en países como Sudán del Sur, Somalia, Burundi, a República Democrática del Congo, República Centroafricana y Nigeria. Lo vemos en los niños cuyos padres no tienen trabajo y en los que se ven obligados a abandonar sus países, a viajar solos en condiciones inhumanas, siendo presa fácil para los traficantes de personas.

JD Mez Madrid

 

 

No es “nuevo”… es un año igual

 

                                No, no lo es, es un ciclo que se repite desde que existe el “Sistema Solar” y que cíclicamente o periódicamente, repite lo que “por lo que sea”, es una “rutina estelar”, que durará lo que dure el motor de toda ella, o sea el Sol.

                                Lo he vuelto a apreciar esta misma mañana en mi paseo matutino; al cruzarme con conocidos que me paran para hablar; me dicen que “hace frío”; yo les digo que no, que en esta meridional y montañosa tierra en que nací y vivo, ahora hace un clima hermosísimo, puesto que luce un brillante y limpio Sol, sobre un “inmenso telón de cielo azul bellísimo”, que obliga a bajar la vista hasta el suelo, puesto que “al Padre Sol no se le puede mirar de frente o cara a cara”. También el rostro me lo acaricia un aire purísimo y algo frío; el que al ser aspirado por mi nariz expande mi pecho y pulmones, que agradecen tan insustituible alimento, carente de polución, puesto que aún vivimos en una zona tan poco industrializada, que nuestros cielos están limpios como en muchos otros lugares quisieran; quizá ahora sólo enturbian esos ambientes, las no muy abundantes “orujeras” (extractoras del aceite de orujo, nada similar al de aceituna virgen) que con sus altas temperaturas y química necesaria, extraen esa grasa o subproducto del olivar, y es claro que esas reacciones envenenan en algo, la muy pura atmósfera de nuestras sierras y montañas, que la purifican sin gran esfuerzo, puesto que esas industrias sólo funcionan unos meses de cada año.

                                Ese vientecillo frío o muy fresco, a mí me anuncia la ya próxima primavera, que aquí empezará pronto, llenando de “manchas blancas”, que en los campos aparecerán con los almendros en flor; al propio tiempo florecerán los bellísimos lirios silvestres o salvajes; “que son pequeñas orquídeas” que espontáneamente, nacen en lugares determinados y de duros suelos, alfombrando esos pequeños espacios, de flores de una tonalidad que va del blanco como la nieve, al morado “nazareno” y todos ellos desprendiendo un tenue y preciosísimo aroma, que muy pocos han saboreado. Su floración no es larga, más bien muy breve y luego desaparecen bajo la tierra, escondiendo su muy valioso bulbo, que aguantará todas las inclemencias de los extremos que aquí se dan de altas temperaturas y sequías, para luego en el siguiente año, florecer de nuevo como cosa natural.

                                Le seguirán las flores amarillas y que en múltiples plantas salvajes proliferan por todos los campos, que “no hayan matado con los terribles herbicidas”; y así aquí y en cualquier lado, habrá flores cuasi todo el año; o sea lo normal, rutinario o habitual de una muy rica naturaleza, que hoy florece entre “el mar de olivos y la gran alfombra de coníferas que aquí tenemos, y en menor grado, encinas y alcornoques, amén de infinidad de otras especies de arbolado, arbustos y yerbas infinitas, y donde pasta el ganado, muy abundante también en mi tierra madre, que como ya escribí y fue publicado incluso en el primer cartel turístico, con el eslogan… ¡JAÉN NO ES SÓLO OLIVOS!; cosa que molestó a los “olivotenientes” (no terratenientes), que incluso lo consideraron ofensivo, pero es verdad, ya que “Jaén, la provincia de Jaén, es mucho más que los olivos que posee, aunque estos representen la plantación que dá la máxima cosecha mundial, del mal llamado aceite de oliva, puesto que la oliva es el árbol, por lo que debiera denominarse “ACEITE DE ACEITUNA”; y la provincia en sí es tan grande, que equivale “a la mitad de Bélgica u Holanda”; por tanto la clasificación que dí, creo fue acertada.

                                En cuanto a que del tiempo su medida no existe, se desprende de lo que escribiera ya hace muchos años en una de mis reflexiones y que dice así: “¿QUE ES EL TIEMPO... EXISTE EL TIEMPO?

                                El tiempo nosotros aquí en La Tierra, lo contamos o medimos, sobre la base de las vueltas que ésta da sobre sí misma y alrededor del Sol.

            Si éste preciso instante lo fijásemos aquí en La Tierra, pero al mismo tiempo lo situamos en el Sol, la Luna, Marte... o en la Estrella Polar ("cuyas esferas marcan igualmente su tiempo")... ¿qué sería el tiempo?... ¿de dónde partiría y como contaría?... ¿Existe entonces el tiempo y por tanto la edad?

            Si por otra parte "nada desaparece en el Universo", la materia simplemente se transforma y cambia ininterrumpidamente a múltiples formas y por tanto "siempre será la misma" y el tiempo se fija (o lo fijamos nosotros) sobre la base de esa materia aparentemente fija en el espacio y digo aparentemente fija, por cuanto todos los cuerpos están en continuo movimiento en el espacio.

            Por tanto si la materia (base del tiempo) no desaparece y siempre está presente... ¿no ocurrirá igual con el tiempo... que será constante y permanente pero con diferentes apariencias?

            Deducido todo ello, la eternidad aparece segura... la duda es si también nosotros seremos eternos... desde luego "la materia de que estamos compuestos, sí que lo será" y entonces... ¿por qué no el resto de lo que componga nuestro yo "invisible"? (20 Abril 1.996).

                                La vida y de la que escribiré otro día; “no es nueva ni vieja y también es como el tiempo”, sólo se vive el momento que se vive y por tanto cuando se pasa a otra vida (que no a la muerte) sólo perdemos ese momento de vida, que no vivimos en este plano, puesto que pasamos “al otro”… lo aseguraron los sabios, yo no, que me remito a copiarlo y difundirlo.

                                Y no busquen esa quimera que dicen FELICIDAD que aquí no existe, procuren un conformismo inteligente y considérense conformes con lo que consigan, no hay más por mucho que se esfuercen.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes