Las Noticias de hoy 15 Diciembre 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 15 de diciembre de 2018      

Indice:

ROME REPORTS

El Papa llama a “formar una red con la educación” para que las personas “se levanten” y se pongan “en camino”

Roma: Francisco invita a una comida de Navidad a las personas atendidas por Caritas

P. Raniero Cantalamessa: “El Dios vivo es la Trinidad viviente”

EL EXAMEN DE CONCIENCIA: Francisco Fernandez Carbajal

“Para obedecer hace falta humildad”: San Josemaria

La vida familiar, camino de santidad: Francisco Gil Hellín

¿Cómo se comenzó a celebrar la fiesta de Navidad?: primeroscristianos.

Resumen del libro ‘Regulación de la fertilidad humana. A la luz de la Carta Encíclica Humanae vitae’: Justo Aznar

DD HH, condición sine qua non para la paz: Nuria Chinchilla

Amistad : Daniel Tirapu

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO: +Francisco Cerro Chaves

ACONDICIONAR NUESTRO CORAZÓN PARA JESÚS, QUE NACE EN NAVIDAD: Alberto García-Mina Freire

El orgullo, mal silencioso que lastima nuestra alma: Silvia del Valle

La diferencia entre ir al psicólogo o ir al psiquiatra: Lucía Legorreta

EL CONCEPTOR,: Dr. Hugo SALINAS

Posible Papel político  del PP: Migiel A Espino Perigault

MÈXICO …¡ES TUYO!: Magui del Mar

PUBLICIDAD SUBLIMINAL.: Amparo Tos Boix, Valencia.

Resurrección: Xus D Madrid

Los nacidos fuera del matrimonio: Enric Barrull Casals

Cataluña como “sanguijuela”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Audiencia del Papa con los promotores del Concierto de Navidad © Vatican Media

El Papa llama a “formar una red con la educación” para que las personas “se levanten” y se pongan “en camino”

Discurso del Papa a los promotores del Concierto de Navidad

diciembre 14, 2018 14:52Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 14 dic. 2018).- Formar una red con la educación “significa hacer que las personas se levanten, que puedan volver a ponerse en camino con plena dignidad, con la fuerza y ​​el coraje de enfrentar la vida, valorizando sus talentos y su trabajo”, ha invitado el Papa.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/12/1-2-413x275.jpgSon las palabras que ha dirigido el Papa Francisco a los promotores, organizadores y artistas del concierto Navidad en el Vaticano, que tendrá lugar mañana, sábado 15 de diciembre, en el Aula Pablo VI, bajo los auspicios de la Congregación para la Educación Católica, y cuya recaudación se entregará la Fundación Pontificia Scholas Occurrentes y a la Fundación Don Bosco en el Mundo.

“Este año, en particular, la Navidad nos llama a reflexionar sobre la situación de muchos hombres, mujeres y niños de nuestro tiempo, -migrantes, prófugos y refugiados-, en marcha para escapar de las guerras, de las miserias causadas por las injusticias sociales y del cambio climático”, ha anunciado el Santo Padre.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/12/7-1-413x275.jpg“Para dejarlo todo, -hogar, parientes, patria- y enfrentar lo desconocido, ¡se debe haber padecido una situación muy grave!”, ha añadido el Pontífice. También Jesús venía “de otro lugar”, ha revelado Francisco. “Moraba en Dios el Padre, con el Espíritu Santo, en una comunión de sabiduría, luz y amor, que quiso traernos con su venida al mundo”.

En este sentido, el Santo Padre cree que hace falta una mayor coordinación y acciones más organizadas “capaces de abrazar a cada persona, grupo y comunidad, de acuerdo con el diseño de la fraternidad que nos une a todos”. Por eso, ha dicho, “es necesario formar una red”.

Dignidad, fuerza y coraje

En esta línea, el Papa ha llamado a formar una red con la educación. En primer lugar, para educar a los más pequeños entre los migrantes.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/12/2-2-413x275.jpgAsimismo, ha explicado que formar una red con la educación “significa hacer que las personas se levanten, que puedan volver a ponerse en camino con plena dignidad, con la fuerza y ​​el coraje de enfrentar la vida, valorizando sus talentos y su trabajo”.

Este llamamiento del Santo Padre es también una solución válida para “hacer que los jóvenes migrantes se incorporen en las sociedades nuevas encontrando solidaridad y generosidad y promoviéndolas a su vez”.

Publicamos a continuación las palabras que el Santo Padre ha dirigido a los presentes durante la audiencia:

***

Saludo del Papa Francisco

Queridos amigos,

Nos estamos preparando para la celebración de la Navidad. El evento del nacimiento de Jesús, hace dos mil años, tuvo lugar en un contexto cultural preciso. Hoy, la Navidad se celebra en todo el mundo y se manifiesta de acuerdo con las costumbres y tradiciones más diversas, generando representaciones múltiples, a las que también vosotros, los artistas, contribuís con vuestros talentos y vuestra pasión.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/12/4-1-413x275.jpgLa Navidad siempre es nueva, porque nos invita a renacer en la fe, a abrirnos a la esperanza, a reavivar la caridad. Este año, en particular, nos llama a reflexionar sobre la situación de muchos hombres, mujeres y niños de nuestro tiempo, -migrantes, prófugos y refugiados-, en marcha para escapar de las guerras, de las miserias causadas por las injusticias sociales y del cambio climático. Para dejarlo todo, -hogar, parientes, patria- y enfrentar lo desconocido, ¡se debe haber padecido una situación muy grave!

También Jesús venía “de otro lugar”. Moraba en Dios el Padre, con el Espíritu Santo, en una comunión de sabiduría, luz y amor, que quiso traernos con su venida al mundo. Vino a morar entre nosotros, en medio de nuestros límites y nuestros pecados, para darnos el amor de la Santísima Trinidad. Y como hombre nos mostró el “camino” del amor, es decir,  el servicio, hecho con humildad,  hasta dar la vida.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/12/9-413x275.jpgCuando la violenta ira de Herodes se abatió sobre el territorio de Belén, la Sagrada Familia de Nazaret experimentó la angustia de la persecución y, guiada por Dios, se refugió en Egipto. El pequeño Jesús nos recuerda que la mitad de los refugiados de hoy en el mundo son niños, víctimas inocentes de la injusticia humana.

La Iglesia responde a estos dramas con muchas iniciativas de solidaridad y asistencia, de hospitalidad y acogida. Siempre hay mucho por hacer, hay tanto sufrimiento que aliviar y problemas por resolver. Necesitamos una mayor coordinación, acciones más organizadas, capaces de abrazar a cada persona, grupo y comunidad, de acuerdo con el diseño de la fraternidad que nos une a todos. Por eso es necesario formar una red.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/12/5-2-413x275.jpgFormar una red con la educación, en primer lugar, para educar a los más pequeños entre los migrantes, es decir, aquellos que, en lugar de sentarse en las sillas de la escuela como tantos de sus coetáneos, pasan los días haciendo largas marchas a pie o en vehículos improvisados y peligrosos. También ellos necesitan formación para poder trabajar el día de mañana y participar como ciudadanos conscientes en el bien común. Y, al mismo tiempo, se trata de educarnos a todos en la acogida y la solidaridad, para evitar que los migrantes y los prófugos encuentren indiferencia o, peor aún, rechazo en su camino.

Formar una red con la educación significa hacer que las personas se levanten, que puedan volver a ponerse en camino con plena dignidad, con la fuerza y ​​el coraje de enfrentar la vida, valorizando sus talentos y su trabajo.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/12/11-355x533.jpg

Formar una red con la educación es una solución válida para abrir de par en par las puertas de los campos de refugiados, hacer que los jóvenes migrantes se incorporen en las sociedades nuevas encontrando solidaridad y generosidad y promoviéndolas a su vez.

Agradezco el proyecto de las Misiones Don Bosco en Uganda y el de Scholas Occurrentes en Irak, porque se han hecho eco de este llamamiento a “formar una red con la educación“, cooperando en la transmisión del mensaje de esperanza de la Navidad.

Desde siempre la misión de la Iglesia se ha manifestado a través de la creatividad y el genio de los artistas, porque ellos, con sus obras, consiguen llegar a  los aspectos más íntimos de la conciencia de los hombres y de las mujeres de todas las edades. Por eso, a vosotros los aquí presentes, van mis gracias y mi aliento para que prosigáis con vuestro trabajo, para encnder en cada corazón el calor y la ternura de la Navidad. ¡Gracias y buen concierto!

© Librería Editorial Vaticano

 

 

© Athletica Vaticana

Roma: Francisco invita a una comida de Navidad a las personas atendidas por Caritas

La ofrecerán el grupo de atletas ‘Fiamme Gialle’

diciembre 14, 2018 16:29Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 14 dic. 2018).- En nombre del Papa Francisco, la Limosnería Apostólica invita, el martes 18 de diciembre, a un grupo de personas pobres a la comida de Navidad ofrecida por los atletas del Grupo de Deportes Fiamme Gialle, en el Centro Deportivo de la Guardia de Finanza en Castelporziano.

Estas personas que se sentarán a comer reciben asistencia a través de las Caritas de la Diócesis de Roma, en Mensa y en el Centro de Recepción en Ostia, en la vía Lungomare Toscanelli.

Los mismos atletas cocinarán el almuerzo y servirán a los invitados. Compartirán con ellos un día de celebración, lleno de diversión que el deporte puede ofrecer en un ambiente familiar y también habrá algunos regalos simbólicos.

La iniciativa se lleva cabo gracias a Athletica Vaticana, la carrera representativa de la Santa Sede, que quiso relanzar el llamado del Papa Francisco a “vivir la Navidad en nombre de la solidaridad y la atención concreta a los necesitados”. Esto quiere ser un testimonio de caridad y fraternidad “a través del lenguaje del deporte que, por su naturaleza, proporciona la inclusión y el respeto por la dignidad de los últimos”.

 

 

El predicador capuchino, Raniero Cantalamessa

El predicador capuchino, Raniero Cantalamessa (Foto CTV- Osservatore Romano)

P. Raniero Cantalamessa: “El Dios vivo es la Trinidad viviente”

Segunda predicación de Adviento 2018

diciembre 14, 2018 14:08Raniero CantalamessaEspiritualidad y oración

(ZENIT – 14 dic. 2018).- Esta mañana, a las 9 horas, en la Capilla Redemptoris Mater, en presencia del Santo Padre Francisco, el Predicador de la Casa Pontificia, el Padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., pronunció el segunda reflexión de Adviento dedicado al  tema: “Mi alma tiene sed del Dios vivo” (Salmo 42, 2).

Una experiencia del Dios vivo

Cuando se trata del conocimiento del  Dios vivo, una experiencia vale más que muchos razonamientos y yo quisiera empezar esta segunda meditación precisamente con una experiencia. Hace tiempo recibí la carta de una persona a la que seguía espiritualmente, una mujer casada, fallecida hace algunos años. La autenticidad de sus experiencias está confirmada por el hecho de que se las ha llevado consigo a la tumba, sin hablar nunca a nadie, excepto a su padre espiritual. Pero todas las gracias pertenecen a la Iglesia y quiero, por eso, compartirla con vosotros, ahora que ella está junto a Dios. Ella me ha hecho recordar la experiencia de Moisés ante la zarza ardiente. Decía:

Una mañana, mientras esperaba en mi habitación a que vinieran a vestirme, miraba un gran tilo que extendía las ramas delante de la ventana. El sol naciente le envestía por delante. Quedé encantada de su belleza, cuando de golpe mi atención fue atraída por un resplandor extraño, de un blanco extraordinario. Cada hoja, cada rama se puso a vibrar como llamitas de mil velas. Estuve más maravillada que cuando vi caer la primera nieve de mi vida. Y mi sorpresa aumentó cuando —no sé si con los ojos del cuerpo o no—  en el centro de todo aquel brillo vi como una mirada y una sonrisa de una belleza y de una benevolencia indecibles. Tenía el corazón que latía enloquecido; sentí que esa potencia de amor me penetraba y tuve la sensación de ser amada hasta lo más íntimo de mi ser. Duró un minuto, un minuto y medio, no lo sé, para mí era la eternidad. Fui llevada de nuevo a la realidad por un escalofrío helado que me pasó por el cuerpo y con gran tristeza me di cuenta que la mirada y sonrisa se había desvanecido y que poco a poco el esplendor del árbol se apagaba. Las hojas retomaron su aspecto ordinario y el tilo, aunque investido por la luz radiante de un sol de verano, en comparación con su esplendor anterior, con mi gran decepción me apareció oscuro como bajo un cielo lluvioso.

No hablé a nadie de este hecho, pero poco tiempo después, escuché a la cocinera y a otra mujer que hablaban de Dios entre ellas. Pregunté: «¿Dios? ¿Quién es?», intuyendo algo misterioso. «¡Pobre pequeña —dijo la cocinera a la otra mujer—, la abuela es una pagana y no le enseña estas cosas! Dios – dijo dirigida hacia mí – es aquel que ha hecho el cielo y la tierra, los hombres y los animales. Es omnipotente y habita en el cielo». Quedé en silencio, pero dije dentro de mí: «¡Es a él a quien he visto!»

Y, sin embargo, estaba muy confusa. A mis ojos, la abuela era muy superior a estas mujeres de servicio, y con todo, la cocinera había dicho que era una pagana porque no conocía a Dios y yo había entendido que era un término despreciativo. ¿Quién tenía razón?

Una mañana esperaba a que vinieran a vestirme. Estaba impaciente y deploraba el hecho de que mis vestidos de niña se abotonaran por detrás. Al final no esperé más y dije: «Dios, si tú existes y eres verdaderamente todopoderoso, abotóname el vestido sobre la espalda para que pueda bajar al jardín». No había terminado de pronunciar estas palabras cuando mi vestido se encontró abotonado. Me quedé con la boca abierta, aterrorizada por el efecto de mis palabras. Las piernas me temblaban, me senté ante el espejo del armario para constatar si era verdad y para retomar el aliento. No sabía aún qué significaba la frase «tentar a Dios» , pero entendía que habría sido reducida a polvo si me hubiera opuesto a su voluntad.

Toda una vida de santidad vivida después confirma que todo esto no había sido el sueño o la imaginación de una niña.

Dios es amor y por eso es Trinidad

Ahora proseguimos nuestra reflexión sobre el Dios Viviente. A quién nos dirigimos, nosotros cristianos, cuandopronunciamos la palabra «Dios», sin otra especificación? ¿A quién se refiere ese «tú», cuando, con las palabras del salmo, decimos: «Oh Dios, tú eres mi Dios» (Sal 63,2)? ¿Quién responde a ello, por así decirlo, al otro lado del cable? Ese «tú» no es simplemente Dios Padre, la primera persona divina, como si hubiera existido o fuera pensable, un solo instante, sin las otras dos. Tampoco es la esencia divina indeterminada, como si existiera una esencia divina que sólo en un segundo momento se especifica en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El único Dios, aquel que en la Biblia dice: «¡Yo Soy!», es el Padre que engendra al Hijo y que, con él, espira el Espíritu, comunicándoles toda su divinidad. Es el Dios comunión de amor, en el que unidad trinidad proceden de la misma raíz y del mismo acto y forman una Tri-unidad, en la que ninguna de las dos cosas —unidad y pluralidad— precede a la otra, o existe sin la otra, ninguno de los dos niveles es superior al otro o más «profundo» que el otro.

Ese «tú» al que nos dirigimos en oración, según los casos y la gracia de cada uno, puede ser una de las tres divinas personas en particular: el Padre, el Hijo Jesucristo, o el Espíritu Santo, sin que se pierda el todo. Por la comunión trinitaria, en efecto, en cada persona divina están presentes las otras dos. La Trinidad es como uno de esos triángulos musicales que por cualquier lado que se toque vibra todo y da el mismo sonido.

El Dios vivo de los cristianos no es otra cosa, en conclusión, que la Trinidad viviente. La doctrina de la Trinidad está contenida, como en germen, en la revelación de Dios como amor. Decir: «Dios es amor» (1 Jn 4,8) es decir: Dios es Trinidad. Todo amor implica un amante, un amado y un amor que los une. Todo amor es amor de alguien o de algo; no se da un amor «vacío», sin objeto. Ahora bien, ¿quién ama a Dios, para ser definido amor? ¿El hombre? Pero entonces es amor solo desde hace algún centenar de millones de años. ¿Ama el universo? Pero entonces es amor solo desde hace algunos mil millones de años. Y antes, ¿a quién amaba Dios para ser el amor?

Los pensadores griegos y, en general, las filosofías religiosas de todos los tiempos, al concebir a Dios, sobre todo como «pensamiento», podían responder: Dios se pensaba a sí mismo; era «puro pensamiento», «pensamiento de pensamiento». Pero esto no es posible, desde el momento en que se dice que Dios es ante todo amor, porque el «puro amor de sí mismo» sería puro egoísmo, que no es la exaltación máxima del amor, sino su total negación. Y he aquí la respuesta de la revelación, expuesta por la Iglesia. Dios es amor desde siempre, ab aeterno, porque antes de que existiera un objeto fuera de sí para ser amado, tenía en sí mismo al Verbo, el Hijo que amaba con amor infinito, es decir, «en el Espíritu Santo».

Esto no explica «cómo» la unidad pueda ser simultáneamente Trinidad; esto es un misterio incognoscible por nosotros porque ocurre sólo en Dios. Sin embargo, nos ayuda a intuir «por qué», en Dios, la unidad debe ser también pluralidad: porque ¡«Dios es amor»! Un Dios que fuera puro conocimiento o pura ley, o puro poder, ciertamente no tendría ninguna necesidad de ser trino. Más aún, este hecho complicaría las cosas y de hecho ¡ningún «triunvirato» ha durado largamente en la historia! No así con un Dios que es ante todo amor, porque «no puede haber amor entre menos de dos». «Es necesario —escribió Henri de Lubac— que el mundo lo sepa: la revelación de Dios como amor desconcierta todo lo que él había concebido anteriormente sobre la divinidad»[1]. Los cristianos creemos «en un solo Dios», ¡no en un Dios solitario!

Contemplar la Trinidad para vencer la odiosa división del mundo[2]

Ningún tratado sobre la Trinidad es capaz de hacernos entrar en contacto vivo con ella como la contemplación del icono de la Trinidad de Rublev, del que vemos una reproducción en el mosaico que tenemos ante nosotros, en la cima de la pared de enfrente. Pintado en 1425 para la Iglesia de San Sergio, el icono fue declarado, por el «concilio de los cien capítulos» de 1551, modelo de todas las representaciones de la Trinidad.

Una cosa se debe notar inmediatamente sobre esta imagen. No quiere representar directamente la Trinidad, que, por definición, es invisible e inefable. Esto habría sido contrario a todos los cánones de la iconografía bizantina. Directamente, representa la escena de los tres ángeles aparecidos a Abraham en el encinar de Mambré (Gén 18,1-15); lo demuestra claramente el hecho de que en otras pinturas del mismo tema, antes y después de Rublev, en el icono aparecen también Abraham, Sara, el becerro y, en el trasfondo, la encina. Sin embargo, esta escena, a la luz de la tradición patrística, se lee como una prefiguración de la Trinidad. El icono es una de las formas que asume la lectura espiritual de la Biblia, es decir, la interpretación de un hecho del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo.

El dogma de la unidad y trinidad de Dios se expresa en el icono de Rublev por el hecho de que las figuras presentes son tres y muy distintas, pero muy semejantes entre sí. Están contenidas idealmente dentro de un círculo que destaca su unidad, mientras que el diverso movimiento, especialmente de la cabeza, proclama su distinción. Las tres visten, en el original, una túnica de color azul, signo de la naturaleza divina que tienen en común; pero encima, o debajo, de ella cada una tiene un color que la distingue de la otra. El Padre (identificado en género con el ángel de la izquierda hacia el cual las otras dos personas inclinan la cabeza), tiene una túnica de colores indefinibles, hecha casi de pura luz, signo de su invisibilidad e inaccesibilidad; el Hijo, en el centro, viste una túnica oscura, signo de la humanidad con la que se ha revestido; el Espíritu Santo, el ángel de la derecha, un manto verde, signo de la vida, por ser él quien «da la vida».

Una cosa impacta sobre todo al contemplar el icono de Rublev: la paz profunda y la unidad que emana del conjunto. Del icono se desprende un silencioso grito: «Sed una sola cosa, como nosotros somos una sola cosa». San Sergio de Radoneż, para cuyo monasterio fue pintado el icono, se había distinguido en la historia rusa por haber traído la unidad entre los jefes en discordia mutua y haber hecho así posible la liberación de Rusia de los tártaros. Su lema era: «Contemplando la Santísima Trinidad, vencer la odiosa discordia de este mundo». Rublev quiso recoger la herencia espiritual del gran santo que había hecho de la Trinidad la fuente inspiradora de su vida y de su labor.

De esta visión de la Trinidad recogemos, pues, sobre todo el llamamiento a la unidad. Todos queremos la unidad. Después de la palabra felicidad, no hay ninguna otra que responda a una necesidad tan apremiante del corazón humano como la palabra unidad. Nosotros somos «seres finitos, capaces de infinito» y esto quiere decir que somos criaturas limitadas que aspiramos a superar nuestro límite, para ser «todo de alguna manera», quodammodo omnia, como se dice en filosofía. No nos resignamos a ser sólo lo que somos. ¿Quién no recuerda, en los años juveniles, algún momento de ansiosa necesidad de unidad, cuando hubiera querido que todo el universo fuera encerrado en un punto y él estar, con todos los demás, en ese único punto, mientras el sentido de separación y de soledad en el mundo se hacía sentir con sufrimiento? Santo Tomás de Aquino explica todo esto diciendo: «Ya que la unidad (unum) es un principio del ser como la bondad (bonum), resulta de ello que cada uno desea naturalmente la unidad, como desea el bien. Por ello, como el amor o el deseo del bien causa sufrimiento, así actúa también el amor o el deseo de unidad»[3] .

Todos, pues, queremos la unidad, todos la deseamos desde lo profundo del corazón. ¿Por qué entonces es tan difícil hacer unidad, si todos la deseamos tan ardientemente? Es que nosotros queremos que se haga la unidad, pero… en torno a nuestro punto de vista. Nos parece tan obvio, tan razonable, que nos sorprendemos cómo los demás no se den cuenta e insistan en cambio en su punto de vista. Trazamos incluso delicadamente a los demás el camino para llegar donde estamos nosotros y alcanzarnos en nuestro centro. El inconveniente es que el otro está haciendo exactamente lo mismo conmigo. Por esta vía no se alcanzará nunca ninguna unidad. Se hace el camino inverso.

La Trinidad nos indica el verdadero camino hacia la unidad. Partiendo de las personas divinas, en lugar del concepto de naturaleza, los orientales han encontrado que tenían que asegurar de otro modo la unidad divina. Lo han hecho elaborando la doctrina de la perijóresis. Aplicada a la Trinidad, perijóresis (literalmente, mutua compenetración) expresa la unión de las tres personas en la única esencia[4]. Gracias a ella las tres Personas están unidas, sin confundirse; cada persona se «identifica» en la otra, se da a la otra y hace ser a la otra. El concepto se basa en las palabras de Cristo: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí».

Jesús amplió este principio a la relación que existe entre él y nosotros: «Yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20); «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad» (Jn 17,23). La vía hacia la verdadera unidad está en imitar entre nosotros, en la Iglesia, la perijóresis divina. San Pablo indica su fundamento cuando dice que «somos miembros los unos de los otros» (Rom 12,5). En Dios la perijóresis se basa en la unidad de la naturaleza, en nosotros sobre el hecho de que somos «un solo cuerpo y un solo Espíritu».

El Apóstol nos ayuda a comprender qué significa, en la práctica, vivir entre nosotros la perijóresis o mutua compenetración: «Si un miembro sufre, todos los miembros sufren juntos; y si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él» (1 Cor 12,26); «Llevad el peso los unos de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo» (Gál 6,2). Los «pesos» de los demás son las enfermedades, los límites, los disgustos, y también los defectos y los pecados. Vivir la perijóresis significa «identificarse» con el otro, ponerse, como suele decirse, en su pellejo, intentar comprender, antes que juzgar.

Las tres personas divinas están siempre comprometidas en glorificarse mutuamente. El Padre glorifica al Hijo; el Hijo glorifica al Padre (Jn 17,4); el Paráclito glorificará al Hijo (Jn 16,14). Cada persona se da a conocer haciendo conocer a la otra. El Hijo enseña a clamar ¡Abba!; el Espíritu Santo enseña a gritar: «¡Jesús es el Señor!» y «Ven, Señor» Maranatha. No enseñan a pronunciar el nombre propio, sino el de las otras personas. Hay un solo «lugar» en el universo donde la regla «ama a tu prójimo como a ti mismo» es puesta en práctica, en sentido absoluto, ¡y es en la Trinidad! Cada persona divina ama a la otra exactamente como a sí misma.

¡Qué distinta es la atmósfera que se respira cuando y en un cuerpo social nos esforzamos por vivir con estos ideales sublimes ante los ojos! Pensemos en una familia en la que el marido defiende y exalta a la propia esposa ante los hijos y ante los extraños, y lo mismo hace la mujer respecto al marido; pensamos en una comunidad en que uno se esfuerza por poner en práctica la recomendación de Santiago: «No murmuréis los unos de los otros, hermanos» (Sant 4,11), o la de san Pablo: «Amaos cordialmente con amor fraterno» (Rom 12,10). De este paso, uno podría incluso llegar a alegrarse del nombramiento de otra persona que se estima en un determinado puesto de honor (por ejemplo al cardenalato), como si hubiera sido nombrado él mismo.

Pero dejemos decir estas cosas a los santos, los únicos que tienen el derecho de hacerlo, porque las ponen en práctica. En una de sus admoniciones san Francisco de Asís dice: «Bienaventurado aquel siervo que no se enorgullece por el bien que el Señor dice y obra por medio de él, más que por el bien que dice y obra por medio de otro»[5]. San Agustín decía al pueblo:

«Si amas la unidad, todo lo que en ella es poseído por alguien, ¡lo posees tú también! Destierra la envidia y será tuyo lo que es mío, y si yo destierro la envidia, es mío lo que tú posees. La envidia separa, la caridad une… Solo la mano actúa en el cuerpo; pero ésta no actúa solo para sí, actúa también para el ojo. Si está a punto de recibir un golpe que no está dirigido a la mano, sino al rostro, ¿dice quizás la mano: “No me muevo, porque el golpe no está dirigido a mí”?»[6].

Quería decir: si tú te esfuerzas por poner el bien de la comunidad por encima de tu afirmación personal, todo carisma y todo honor presente en ella será tuyo, igual que en una familia unida el éxito de un miembro hace felices a todos los demás. Por eso, la caridad es «la mejor vía de todas» (1 Cor 12, 31): ella multiplica los carismas, hace del carisma de uno el carisma de todos. Son cosas, me doy cuenta, fáciles de decir, pero difíciles de poner en práctica; en cambio, es bonito saber que, con la gracia de Dios, son posibles y algunas almas, las han realizado y las realizan también para nosotros en la Iglesia.

Contemplar la Trinidad ayuda realmente a vencer «la odiosa discordia del mundo». El primer milagro que el Espíritu obró en Pentecostés fue hacer a los discípulos «concordes» (Hch 1,14), «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Él está siempre dispuesto a repetir este milagro, a transformar cada vez la dis-cordia en con-cordia. Se puede estar divididos en la mente, en lo que cada uno piensa acerca de cuestiones doctrinales o pastorales legítimamente debatidas en la Iglesia, pero nunca divididos en el corazón: In dubiis libertas, in omnibus vero caritas. Esto significa, propiamente, imitar la unidad de la Trinidad; ella es, en efecto, «unidad en la diversidad».

Entrar en la Trinidad

Hay algo todavía más dichoso que podemos hacer respecto a la Trinidad que contemplarla e imitarla, y es ¡entrar en ella! Nosotros no podemos abrazar el océano, pero podemos entrar en él; no podemos abrazar el misterio de la Trinidad con nuestra mente, pero ¡podemos entrar en él! Cristo nos ha dejado un medio concreto para hacerlo, la Eucaristía. En el icono de Rublev, los tres ángeles están dispuestos en círculo en torno a una mesa; sobre esa mesa hay una copa y dentro de la copa, se vislumbra un cordero. No se podía decir de forma más sencilla y eficaz que la Trinidad nos da cita cada día en la Eucaristía. El banquete de Abraham en el encinar de Mambré es figura de este banquete. La visita de los tres a Abraham se renueva para nosotros cada vez que nos acercamos a la Comunión.

También aquí, es decir, a propósito de la Eucaristía, es iluminadora la doctrina de la perijóresis trinitaria. Ella nos dice que donde hay una persona de la Trinidad, allí están también las otras dos, inseparablemente unidas. En el momento de la Comunión se realiza en sentido estricto la palabra de Cristo: «Yo en ellos y tú en mí». «Quien me ve a mí, ve al Padre», quien me recibe a mí recibe al Padre. No llegaremos nunca a valorar plenamente la gracia que se nos ofrece. ¡Comensales de la Trinidad!

San Cirilo de Alejandría formuló con el habitual rigor teológico, esta verdad que une indisolublemente Trinidad y Eucaristía. Dice: «Somos consumados en la unidad con Dios Padre por medio de Cristo. Recibiendo, en efecto, en nosotros corporal y espiritualmente, lo que el Hijo es por naturaleza, nos hacemos partícipes y consortes de toda la naturaleza suprema»[7].

La misma persona de la que he referido el testimonio al principio, me confió, en otra ocasión, una experiencia suya de la Trinidad. Me permito compartir también esta porque nos ayuda a entender que la Iglesia no es solamente lo que la gente ve o piensa de ella. Decía:

«La otra noche, el Espíritu me introdujo en el misterio del amor trinitario. El intercambio extasiante de dar y recibir se obró también a través de mí: de Cristo, a quien yo estaba unida, hacia el Padre y del Padre hacia el Hijo. Pero, ¿cómo expresar lo inefable? No veía nada, pero era mucho más que ver, y mis palabras son impotentes para traducir este intercambio en el júbilo, que se respondía, se lanzaba, recibía y daba. Y de ese intercambio fluía una vida intensa de Uno a Otro, como una leche tibia que fluye desde el seno de la madre a la boca del niño agarrado a este bienestar. Y era yo aquel niño, era toda la creación que participa en la vida, en el reino, en la gloria, habiendo sido regenerada por Cristo. ¡Oh, Trinidad santa y viviente! Quedé como fuera de mí, durante dos o tres días, y todavía hoy esta experiencia permanece fuertemente grabada en mí».

La Trinidad no es sólo un misterio y un artículo de nuestra fe, es una realidad viva y palpitante. Como decía al principio, el Dios vivo de la Biblia al que estamos buscando no es otro que la Trinidad viviente. Que el Espíritu nos introduzca también a nosotros en ella y nos haga gustar su dulce compañía.

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] H. de Lubac, Histoire et Esprit(Aubier, París 1950) cap.5.

[2] Reproduzco aquí en parte lo que escribí en mi libro Contemplando la Trinità(Àncora, Milán 2002) 7ss [trad. esp. Contemplando la Trinidad(Monte Carmelo, Burgos 62012).

[3] Santo Tomás, Suma Teológica, I-IIae , q.26, a.3.

[4]Cf. Ps. Cirilo de Alejandría, De Trinitate,23; PG 77 1164B; San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3,7.

[5] San Francisco, AmonestaciónXVII: FF 166.

[6] San Agustín, Tratados sobre Juan, 32,8.

[7] San Cirilo de Alejandría, Comentario a Juan, XI, 12: PG 74, 564.

 

 

EL EXAMEN DE CONCIENCIA

— Los frutos del examen de conciencia diario.

— El examen, un encuentro anticipado con el Señor.

— Cómo hacerlo. Contrición y propósitos.

I. Mira, llego enseguida –dice el Señor–, y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo1.

En la Ley estaba dispuesto que se cumpliera el mandamiento del diezmo: se debía entregar la décima parte de los cereales, del mosto y del aceite para el sostenimiento del Templo y para el servicio del culto. Los fariseos, rigoristas sin amor, hacían pagar el diezmo de la hierbabuena, el eneldo y el comino, plantas que por sus propiedades aromáticas se cultivaban a veces en los jardines de las casas.

San Mateo recoge unas palabras del Señor de gran dureza, dirigidas a la hipocresía de los fariseos y a su falta de unidad de vida: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la hierbabuena y del eneldo y del comino, y habéis abandonado las cosas más esenciales de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe. Estas debierais observar, sin omitir aquellas. ¡Guías ciegos!, que coláis un mosquito y os tragáis un camello2.

En sus vidas podemos ver, por una parte, una minuciosidad agobiante; por otra, una gran laxitud en las cosas verdaderamente importantes: abandonan las cosas más esenciales de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe. No supieron entender lo que realmente esperaba el Señor de ellos.

También nosotros, en estos días del Adviento, podemos mejorar el examen de conciencia, para no detenernos en cosas que en el fondo son accidentales, y dejar escapar lo verdaderamente importante. Si nos acostumbramos a un examen de conciencia diario –breve, pero profundo– no caeremos en la hipocresía y en la deformación de los fariseos. Veremos así con claridad los errores que alejan nuestro corazón de Dios y sabremos reaccionar a tiempo.

El examen es como un ojo capaz de ver los íntimos recovecos de nuestro corazón, sus desviaciones y apegamientos. «Por él veo, soy iluminado, evito los peligros, corrijo los defectos y enderezo los caminos. Por medio de él, y sirviéndome de antorcha, registro y veo claro todo mi interior, y de este modo no puedo permanecer en el mal, sino que me veo obligado a practicar la verdad, es decir, a adelantar en la piedad»3.

Si por pereza descuidáramos nuestro examen, es posible que los errores y las inclinaciones echen sus raíces en el alma y no sepamos ver la grandeza a la que hemos sido llamados, sino que, por el contrario, nos quedemos en el eneldo y en el comino, en pequeñeces que nada o poco importan al Señor.

En el examen descubriremos el origen oculto de nuestras faltas evidentes de caridad o de trabajo, la raíz íntima de la tristeza y del malhumor, o de la falta de piedad, que se repiten, quizá con alguna frecuencia, en nuestra vida; y sabremos ponerles remedio. «Examínate: despacio, con valentía. —¿No es cierto que tu mal humor y tu tristeza inmotivados –inmotivados, aparentemente– proceden de tu falta de decisión para romper los lazos sutiles, pero “concretos”, que te tendió –arteramente, con paliativos– tu concupiscencia?»4.

El examen de conciencia diario es una imprescindible ayuda para seguir al Señor con sinceridad de vida.

II. Toda nuestra actividad –familiar, profesional, social– es ocasión de encuentro con Dios. También, a lo largo de nuestro día, tienen lugar muchos encuentros especiales con el Señor: en la Comunión, en este rato de oración..., también en el examen.

El examen diario de conciencia es un repaso a fondo de lo que hemos escrito en la página de cada día irrepetible. Muchas palabras torcidas se pueden enderezar mediante la contrición. Una página de horror puede convertirse en algo bueno, incluso muy bueno, mediante el arrepentimiento y el propósito para comenzar la nueva página en blanco que nos presentará nuestro Ángel Custodio de parte de Dios; página única e irrepetible, como cada día de nuestra vida. «Y estas páginas blancas que empezamos a garabatear cada día –escribe un autor de nuestros tiempos– a mí me gusta encabezarlas con una sola palabra: Serviam!, ¡serviré!, que es un deseo y una esperanza (...).

»Después de este comienzo –deseo y esperanza–, quiero trazar palabras y frases, componer párrafos y llenar la hoja con una escritura clara y nítida. Lo cual no es más que el trabajo, la oración, el apostolado; es decir, toda la actividad de mi jornada.

»Procuro atender mucho a la puntuación, que es el ejercicio de la presencia de Dios. Esas pausas, que son como comas, o como puntos y comas, o como dos puntos, cuando son más largas, representan el silencio del alma y las jaculatorias con las cuales me esfuerzo en dar significado y sentido sobrenatural a todo lo que escribo.

»Me agradan mucho los puntos, y más todavía los puntos y aparte con los cuales me parece que cada vez vuelvo a empezar a escribir: son como esbozos de gestos mediante los cuales rectifico mi intención y digo al Señor que vuelvo a empezar –nunc coepi!–, que vuelvo a empezar con la voluntad recta de servicio y de dedicarle mi vida, momento por momento, minuto por minuto.

»Pongo también mucha atención en los acentos, que son las pequeñas mortificaciones por medio de las cuales mi vida y mi trabajo adquieren un significado verdaderamente cristiano.

»Una palabra no acentuada es una ocasión en la que no supe vivir cristianamente la mortificación que el Señor me enviaba, la que Él me había preparado con amor, la que Él deseaba que yo encontrara y que abrazase a gusto.

»Me esfuerzo porque no haya tachaduras, equivocaciones, o manchas de tinta, ni espacios en blanco, pero... ¡cuántos hay! Son las infidelidades, las imperfecciones, los pecados... y las omisiones.

»Me duele mucho ver que no hay casi ninguna página en donde no haya dejado huella mi torpeza y mi falta de habilidad.

»Pero me consuelo y me tranquilizo pronto, pensando que soy un niño pequeño que todavía no sabe escribir y que tiene necesidad de una falsilla para no torcerse y de un maestro que le lleve la mano para que no escriba tonterías –¡qué buen Maestro es Dios nuestro Señor!–, ¡qué inmensa paciencia tiene conmigo!»5.

III. La finalidad del examen de conciencia es conocernos mejor a nosotros mismos, para que podamos ser más dóciles a las continuas gracias que derrama en nosotros el Espíritu Santo y nos asemejemos cada vez más a Cristo.

Quizá una de las primeras preguntas que pueden darnos abundante luz es: ¿Dónde está mi corazón? ¿Qué es lo que ocupa más espacio en él? ¿Es Cristo? «En el instante mismo en que me pregunto eso tengo la contestación dentro de mí. Esta pregunta me hace dirigir un golpe de vista rápido sobre el centro más íntimo de mí mismo, y enseguida veo el punto saliente; presto el oído al sonido que da mi alma, e inmediatamente recojo la nota dominante. Es un procedimiento intuitivo, instantáneo. Es un golpe de vista, in ictu oculi. Unas veces veré que la disposición que me domina es el ansia del aplauso o el deseo de alabanzas, el temor de una censura; otras veces, es el desabrimiento, nacido de una contrariedad, de una conversación o de un proceder que me ha mortificado, o bien el resentimiento procedente de una reprensión agria y dura; otras veces es la amargura producida por la suspicacia o el malestar mantenido por una antipatía, o tal vez la cobardía inspirada por la sensualidad, o el desaliento causado por una dificultad o un fracaso; otras veces, es la rutina, fruto de la indolencia, o la disipación, fruto de la curiosidad y de la alegría vana, etcétera; o, por el contrario, el amor a Dios, la sed de sacrificio, el fervor encendido por un toque señalado de la gracia, la plena sumisión a la voluntad de Dios, el gozo de la humildad, etcétera. Buena o mala, lo que urge averiguar es cuál será la disposición principal y dominante, porque hay que ver el bien lo mismo que el mal, pues lo que se trata de conocer es el estado del corazón: es preciso que yo vaya directamente a examinar el gran resorte que hace mover todas las piezas del reloj»6.

Podemos preguntarnos, al hacer el examen de nuestra conciencia, si ese día hemos cumplido la voluntad de Dios, lo que Él esperaba de nosotros, o si hemos ido más bien a lo nuestro. Y descender a detalles concretos acerca de nuestro trato con Dios, del cumplimiento de nuestros deberes para con Él en el plan de vida, del trabajo, de nuestras relaciones con los demás. Examinaremos con qué empeño luchamos contra la tendencia a la comodidad o a crearnos necesidades; qué esfuerzo ponemos, por ejemplo, para llevar una vida sobria y templada –también en las relaciones sociales– en la comida y bebida, y en el uso de los bienes de la tierra. Hemos de ver si ese día lo hemos llenado de amor de Dios, o si por desgracia lo hemos dejado vacío para la eternidad –cosa que no va a suceder si nos dejamos ayudar por la gracia–, o en pecado. Es como un pequeño juicio adelantado que nos hacemos a nosotros mismos.

Veremos algunas cosas que merecen ser tenidas en cuenta para la próxima Confesión. Terminaremos siempre nuestro examen con un acto de contrición, porque si no hay dolor, es inútil el examen. Haremos un pequeño propósito, que podemos renovar al iniciarse el nuevo día, en el ofrecimiento de obras, en la oración personal, o en la Santa Misa. Y al acabar, daremos gracias al Señor por todas las cosas buenas con las que hemos cerrado la jornada.

1 Antífona de la comunión. Apoc 22, 12. — 2 Mt 23, 23-24. — 3 J. Tissot, La vida interior, p. 44. — 4 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 237. — 5 S. Canals, Ascética Meditada, pp. 130-137. — 6 J. Tissot, o. c., p. 534.

 

 

“Para obedecer hace falta humildad”

Cuando hayas de mandar, no humilles: procede con delicadeza; respeta la inteligencia y la voluntad del que obedece. (Forja, 727)

En muchas ocasiones, nos habla a través de otros hombres, y puede ocurrir que la vista de los defectos de esas personas, o el pensamiento de si están bien informados, de si han entendido todos los datos del problema, se nos presente como una invitación a no obedecer.
Todo esto puede tener una significación divina, porque Dios no nos impone una obediencia ciega, sino una obediencia inteligente, y hemos de sentir la responsabilidad de ayudar a los demás con las luces de nuestro entendimiento. Pero seamos sinceros con nosotros mismos: examinemos, en cada caso, si es el amor a la verdad lo que nos mueve, o el egoísmo y el apego al propio juicio. Cuando nuestras ideas nos separan de los demás, cuando nos llevan a romper la comunión, la unidad con nuestros hermanos, es señal clara de que no estamos obrando según el espíritu de Dios.
No lo olvidemos: para obedecer, repito, hace falta humildad. Miremos de nuevo el ejemplo de Cristo. Jesús obedece, y obedece a José y a María. Dios ha venido a la tierra para obedecer, y para obedecer a las criaturas. Son dos criaturas perfectísimas: Santa María, nuestra Madre, más que Ella sólo Dios; y aquel varón castísimo, José. Pero criaturas. Y Jesús, que es Dios, les obedecía. Hemos de amar a Dios, para así amar su voluntad y tener deseos de responder a las llamadas que nos dirige a través de las obligaciones de nuestra vida corriente: en los deberes de estado, en la profesión, en el trabajo, en la familia, en el trato social, en el propio sufrimiento y en el de los demás hombres, en la amistad, en el afán de realizar lo que es bueno y justo. (Es Cristo que pasa, 17)

 

La vida familiar, camino de santidad

Estudio de D. Francisco Gil Hellín, Secretario del Pontificio Consejo para la Familia, publicado en "Romana" nº 20 (1995).

Familia31/05/2015

Opus Dei - La vida familiar, camino de santidad

Al afrontar el tema de la santidad de los esposos, de la santidad en la vida de la familia, o de la santidad en la vida conyugal, se pone ante los ojos, necesariamente, el principio configurador de toda familia, que es el que debe ser santificado: el pacto de alianza conyugal entre los esposos.«La vocación universal a la santidad se dirige también a los cónyuges y a los padres cristianos: para ellos ha sido especificada por el sacramento celebrado y traducida en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar»[1].

En efecto, no se puede hablar de santidad cristiana en la vida de familia sin vivir según el Espíritu de Cristo la realidad que la constituye y las exigencias que lleva consigo. En otras palabras, no se puede construir la santidad de los miembros de la familia — en primer lugar, la de los esposos— sin vivir la verdad contenida en el ser familia y, por tanto, en el pacto o alianza en que se fundamenta.

Los tareas esenciales que configuran la vida familiar están ya presentes en el pacto conyugal. Los elementos primordiales de tal alianza son las coordenadas fundamentales de la vida familiar. La vocación cristiana exige vivir según el Espíritu de Cristo dicha realidad natural inherente a la Creación, configurada para los cristianos por el Misterio Pascual. «La inauguración de la plenitud de los tiempos (cfr. Gal 4, 4), el momento escogido por Dios para manifestar por entero su amor a los hombres, entregándonos a su propio Hijo (...) se cumple en medio de las circunstancias más normales y ordinarias: una mujer que da a luz, una familia, una casa. La omnipotencia divina, el esplendor de Dios, pasan a través de lo humano, se unen a lo humano»[2].

Se puede hablar, por tanto, de un materialismo cristiano[3] que vive, en el espíritu del don pascual, la realidad concreta de la comunión entre el hombre y la mujer, salida de las manos de Dios Creador. Oponiéndose a todo tipo de espiritualismo, la santidad cristiana de cuantos han sido llamados al matrimonio requiere, sobre todo, vivir la realidad de ser «dos en una carne» (Gen 2, 24). Esto ciertamente no en un sentido reductivo, sino conforme a toda la riqueza que implica esta expresión bíblica en el ámbito de la comunión interpersonal.

En esto consiste la tarea fundamental de esta vocación cristiana, de la cual el Beato Josemaría Escrivá fue pionero con su predicación[4] en los años treinta. Es un modo específico de vivir esa llamada universal a la santidad en medio del mundo, propia de los fieles laicos. Además de su incansable predicación, el Beato Josemaría contribuyó a que en la vida Iglesia se hiciera realidad esta llamada a santificarse en el matrimonio y en la familia por medio de tantos miles de parejas que intentan encarnarla en sus propias vidas, respondiendo así a la propia vocación de hijos de Dios en el Opus Dei. La mayoría de los miembros del Opus Dei —como declaraba su Fundador— «viven en el estado matrimonial y, para ellos, el amor humano y los deberes conyugales son parte de la vocación divina»[5].

Los deberes fundamentales de la vida conyugal

Los deberes primordiales y esenciales de la vida familiar están determinados, decíamos, por el ser mismo del matrimonio sobre el cual se asienta la familia. La familia no puede surgir sin referirse a la entrega conyugal del hombre y la mujer; tampoco ésta podría existir al margen de la intrínseca exigencia de trasmitir la vida, procrear y educar nuevas vidas.

Comunión de personas y servicio a la vida son los valores esenciales e interdependientes propios de la familia. Como puede verse, se trata de las mismas leyes estructurales del matrimonio. El pacto matrimonial no existiría sin la comunión conyugal, fruto de la recíproca entrega; pero tampoco sin la connatural orientación a trasmitir la vida y educar a los hijos.

Lo confirma la conexión existente entre la segunda y la tercera parte de la Exhortación pastoral Familiaris consortio. La parte específica y central del documento, a saber la tercera, comienza con el conocido imperativo: «¡Familia, sé lo que eres!»[6]; en ella son desarrollados los dos aspectos constitutivos esenciales de la misión de la familia: comunidad de personas (cap. I) y servicio a la vida (cap. II). Precedentemente, la segunda parte, fundamento de la tercera, relativa a los deberes familiares, está dedicada al designio de Dios sobre el matrimonio y la familia.

El mandamiento «¡Familia, sé lo que eres!» hunde sus raíces en el ser mismo del matrimonio, el cual se expresa en leyes que estructuran la familia. La riqueza contenida en la semilla del matrimonio se desarrolla con toda su fuerza y potencia en la vida familiar, confirmando día a día la validez y el designio de ese germen inicial.

El valor de la familia se funda originariamente sobre la cualidad de la recíproca entrega de los esposos. Es el bien fundamental de la célula básica de la sociedad. La sociedad se estructura según vínculos humanos que sitúan a las personas en relaciones de solidaridad, interdependencia y servicio. Entre esos lazos, el matrimonio posee una prioridad constitutiva. Mientras es posible prescindir, en mayor o menor medida, de otras relaciones sociales, esta es sustantiva y esencial, y condiciona la cualidad global de una sociedad. Como recuerda la Gaudium et spes, la unión del hombre y la mujer «constituye la primera forma de comunión de personas»[7].

El libro del Génesis expresa tal concepto de un modo admirable, al concluir la presentación al hombre de la mujer recién creada afirmando: «Por esto el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Gen 2, 24). A pesar de ser tan fuerte el nexo de los hijos con sus padres desde el punto de vista biológico —físico por lo demás respecto de la madre—, de hecho no es ésta la unión más poderosa que existe en la sociedad humana. Hay otra que, partiendo de seres diversos por el sexo y la sangre, crea una fusión natural tan fuerte que su desintegración es parangonable al desmembramiento de un cuerpo vivo[8]. La entrega conyugal une y funde a los esposos en un modo tal que llegan a ser «una sola carne».

«Cuando el hombre y la mujer, en el matrimonio, se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de "una sola carne", la lógica de la entrega sincera entra en sus vidas»[9]. La madurez y la riqueza humana de uno y otro de los componentes de la pareja se refleja necesariamente en el resultado de esta "una caro".

Todo esto determina que el ideal de la familia que se quiere constituir haya de influir desde la elección recíproca de los novios y en todo el proceso formativo del período preparatorio. En efecto, como dice Juan Pablo II en la Carta a las familias, «la unión conyugal —significado en la expresión bíblica en una sola carne— sólo puede ser comprendida y explicada plenamente recurriendo a los valores de la "persona" y de la "entrega"»[10]. En tal proceso de conocimiento y compenetración existen aspectos determinantes para la futura familia. Sobre algunos de ellos no podrá transigirse y será necesario reparar las lagunas de cada pretendiente. De otra forma, los problemas se postergan pero no se resuelven, y volverán a aparecer en seguida, con menores posibilidades de solucionarlos adecuadamente.

La donación mutua, por tanto, colocado en la base de la "una caro" de los esposos, debe inspirar la recíproca relación en toda la vida conyugal, y debe penetrar y configurar toda la vida familiar. Por ejemplo, las relaciones paterno-filiales y materno-filiales hunden sus raíces en la donación al cónyuge. La paternidad y la maternidad no sólo no lesionan la mutua entrega de los cónyuges sino que la enriquecen, constituyendo su optimación más coherente.

En efecto, la calidad de la donación recíproca potencia y hace idóneos para una paternidad y maternidad generosas y llenas de contenido. La procreación y la educación de los hijos madura y se cultiva en la genuina entrega esponsal. La tendencia a excluir a los hijos del horizonte de la donación de sí mismos o a limitarlo de manera injustificada e impropia manifiesta la inmadurez de dicha entrega y la intensidad del egoísmo que la paraliza. En esa misma medida priva a la entrega personal al esposo o a la esposa de la intrínseca referencia entre sí como al padre o a la madre de los propios hijos.

Ya que el donarse de los esposos es conyugal, la transmisión de la vida y cuanto comporta la formación de éstos repercute naturalmente en la vida matrimonial. La íntima relación de los cónyuges, el descubrimiento de la maternidad y de la paternidad, el crecimiento y la educación de los hijos, traducen en experiencia existencial el bien previamente contenido en el matrimonio. La comunión de personas iniciada con una referencia directa entre esposo y esposa, crece ahora y se dilata por la fuerza de una ley inscrita en su ser, transmitiendo y formando la "imagen de Dios" en los propios descendientes.

El servicio a la vida no es algo añadido a la familia, sino uno de sus elementos constitutivos, ya que el don de los esposos tiene como fin, por su misma estructura natural, el cuidado de la vida. Cuando esta fuerza orientativa se desordena y pervierte, el mismo egoísmo conyugal inficiona y, en ocasiones, desnaturaliza el la donación mutua de los esposos.

La mentalidad anticonceptiva, aunque no alcance la exclusión absoluta de los hijos, perjudica la cualidad de la entrega conyugal en muchas familias. Muchas desventuras conyugales, que terminan ante el juez intentando obtener la declaración de nulidad o desembocan en un divorcio civil, encuentran su origen en una entrega que excluía la transmisión de la vida, o por lo menos la difería sin motivos serios. Algunos quizá llegaban a pensar que fortalecían de este modo su total entrega conyugal. Pero la realidad es que ni la procreación previa al matrimonio favorece la calidad de la donación mutua, ni ésta crece ni mejora cerrándose al servicio de la vida. En ambos casos, se contradice la entrega conyugal.

Tal entrega posee algunas leyes intrínsecas; y crece y se desarrolla conforme a ellas. De otra forma, no obstante lo aparente a primera vista, languidece y puede llegar a morir a causa de los continuos actos que contradicen su dinamismo natural. «Toda la vida del matrimonio es entrega, pero esto se hace singularmente evidente cuando los esposos, ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel encuentro que hace de los dos "una sola carne" (Gen 2, 24)»[11].

El amor conyugal, alma de la vida familiar El amor conyugal anima y vivifica la vida de familia. Este dinamismo coherente, que hace vivir a los esposos en la alegría de la mutua donación, informa todos los lazos familiares con el alegre espíritu de la entrega. De ahí que el amor conyugal haga que las relaciones entre los padres y los hijos estén animadas por el espíritu de entrega mutua de los esposos, el cual se extiende y difunde a todos los miembros de la familia. La solidez o fragilidad de tal entrega, manifestada consciente o inconscientemente en la vida cotidiana, indica el grado de consistencia de una familia como grupo social.

El amor conyugal no es un dinamismo ciego, con manifestaciones autónomas, sino que vivifica la estructura esencial del matrimonio y, por tanto, de la familia. «Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia»[12]. La donación mutua de los esposos y su servicio a la vida no son leyes internas del matrimonio y la familia independientes del amor conyugal. Sin él no se habría llevado a cabo la entrega recíproca y ésta, sin tal impulso de amor, se quedaría en un compromiso pactado pero incapaz de cumplirse por falta de fuerza vital. La donación recíproca de los esposos ha nacido con un acto de amor, pero tal donación no se reduce a ese acto de amor constitutivo. Aún más, la entrega conyugal reclama ser sostenida y vivificada continuamente por el amor como linfa vital.

El amor conyugal, al suscitar como principio vital la entrega recíproca de los esposos, vivifica también todo el servicio a la vida propio del matrimonio y de la vida conyugal. «No hay amor humano neto, franco y alegre en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega»[13].

Si bien la mutua entrega se ordena por sí misma al servicio de la vida, es difícil que tal servicio sea abundante si el amor es débil y vacilante. Un hogar en que el servicio a la vida —con todo lo que comporta su transmisión, la educación de los hijos y la comunicación entre los miembros— es floreciente, revela que un amor fuerte y poderoso vivifica toda la estructura de la mutua entrega. La fuerza del amor conyugal vuelve operativo todo el ser del matrimonio, que es la misma comunión de los esposos al servicio de la vida. Por el contrario, sin el dinamismo del amor todo el organismo del matrimonio y la familia se anquilosa y paraliza.

La existencia del matrimonio no depende del amor, en el sentido de que su desaparición disuelva la consistencia del matrimonio. Es cierto que si falta el amor en el matrimonio se adormecen tanto la vida como su actividad. De la misma manera que la vida de la semilla la hace germinar y nos da a conocer la estructura de la planta, y luego como linfa vivificante la hace crecer y producir flores y frutos, así el amor conyugal hace germinar el matrimonio como institución con su propia estructura específica. Ahora bien, si este amor, como principio vital, continúa alimentando tal estructura, ésta se desarrolla en una comunión de vida entre los cónyuges y se extiende trasmitiendo la vida a los descendientes.

Es la vida del matrimonio y de la familia, y no su ser constitutivo, lo que está implicado directamente en la presencia o ausencia del amor conyugal, lo mismo que del amor paterno y materno por los hijos. Sin duda que la institución matrimonial sin amor conyugal es como un cadáver, el cual a pesar de poseer toda la estructura física de un ser humano, no por esto es un ser vivo. La estructura del matrimonio y de la familia tiene necesidad del amor como de su espíritu y de su vida; un espíritu que puede siempre resurgir, superando posibles crisis conyugales, aunque se hubiera adormecido o perdido aparentemente. Este amor es la respuesta permanente, actual y viva, a esa exigencia de entrega total que está en la base del matrimonio. El amor conyugal, a su vez, se expresa haciéndose evidente mediante la estructura, pero esta no puede ser modificada según la voluntad de los cónyuges. El amor conyugal puede de este modo crecer y desarrollarse hacia la plenitud de su perfección.

La vida íntima conyugal es una manifestación específica de la donación recíproca entre los esposos y el modo propio en que la "una caro" de los esposos demuestra su connatural ordenación a la transmisión de la vida. Como puede verse, las mismas leyes de la estructura del matrimonio y de la familia —entrega de los cónyuges y servicio a la vida— constituyen las coordenadas estructurales del acto conyugal. Son los aspectos que la Encíclica Humanæ vitæ afirma como significados esenciales e inseparables: unitivo y procreativo.

Sin embargo, estos aspectos esenciales que componen el ser del acto conyugal deben ser vivificados por el amor. Por lo cual, como recuerda la Constitución pastoral Gaudium et spes hablando de la moralidad conyugal, es necesario recurrir a criterios objetivos que mantienen en un contexto de verdadero amor el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana[14]. Con palabras del Fundador del Opus Dei, «las relaciones conyugales son dignas cuando son prueba de verdadero amor y, por tanto, están abiertas a la fecundidad, a los hijos»[15].

Son, por tanto, dos los criterios objetivos de la moralidad conyugal, los cuales, indicados por los Padres conciliares, han sido explícitamente concretados por Pablo VI en la respuesta a la cuestión de los anovulatorios. Estos criterios unitivo y procreativo de la vida conyugal, radicados en el mismo ser del matrimonio, ayudan a entender y diferenciar los aspectos de la vida matrimonial y familiar.

Tales criterios hacen incompatible la anticoncepción, cualquiera que sea su forma, con la santidad en la vida conyugal; asimismo excluyen radicalmente todo tipo de procreación artificial, sea heteróloga u homóloga. En efecto, mientras que cualquier forma de anticoncepción destruye la orientación natural de la entrega conyugal a la transmisión de la vida, la procreación artificial, también la homóloga, sustituye y, por tanto, elimina de este acto la misma donación conyugal. Ni en el caso de un acto anticonceptivo puede hablarse de verdadero acto conyugal, por estar éste privado voluntariamente de uno de sus aspectos esenciales; ni en el caso de la fecundación artificial la vida es fruto de la recíproca entrega de los esposos.

La santidad de la vida matrimonial conduce a los esposos a vivir el acto propio y específico de los cónyuges con el mismo amor que los llevó a la entrega matrimonial. En dicho acto, «el hombre y la mujer están llamados a ratificar de manera responsable la recíproca entrega que han hecho de sí mismos con la alianza matrimonial»[16]. Más aún, la comunión específica, mediante la cual llegan a ser "una sola carne» puede expresar y perfeccionar de manera singular aquel amor conyugal que ha dado origen al matrimonio[17]. Fomentar el ejercicio de la intimidad conyugal, privándola positivamente de la potencialidad procreativa, con el pretexto de no poner en peligro la fidelidad conyugal, es buscar la solución de posibles males con remedios paliativos que, además de no resolver los problemas, los acentúan y los agravan.

La santidad de la vida íntima conyugal asume la misma condición de los esposos y de su unión íntima en la carne, sabiendo respetar, en las leyes intrínsecas de la relación física, el misterio trascendente de las personas como colaboradoras del Dios de la vida. Santificar también la recíproca entrega física prueba y expresa, en este acto de amor, hasta qué grado la vida de relación de los esposos está impregnada de entrega y de apertura a los hijos.

Realidades humanas vividas según el Espíritu de Cristo

Estos cometidos connaturales al matrimonio y a la familia se convierten en obras de santidad para los esposos, los cuales han sido fortalecidos por el sacramento del matrimonio. «El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramente instituido por Jesucristo»[18].

El misterio de gracia de la unión de Cristo con la Iglesia, del cual participan ahora, añade una capacidad peculiar de testimoniar y plasmar a través de esos deberes, propios de todos los esposos, la presencia del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia en la historia de los hombres[19].

El sacramento del matrimonio, instituido por Cristo —decía el Beato Josemaría Escrivá— es «signo sagrado que santifica, acción de Jesús que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra»[20].

Esta transformación de la vida conyugal y familiar por Cristo es obra de su Espíritu, que actúa en primer lugar por la caridad. La vida de los esposos y padres cristianos y de los otros miembros de la familia, revela el misterio de amor de Dios entre los hombres, en la medida en que sus obras de relaciones familiares y sociales están impregnadas de las virtudes teologales: la fe, la esperanza, la caridad.

Todo aquello que expresa la relación de entrega recíproca de los esposos cristianos se encuentra bajo la acción de la gracia. Ahora bien, en la medida en que cada uno de ellos percibe esta realidad, asumiéndola de modo consciente con la docilidad que exige la acción del Espíritu Santo en sus almas, crecen y participan más abundantemente de la vida de Dios como esposos y padres. La unidad vital existente entre la relación con Dios y la entrega conyugal al esposo o a la esposa comienza a ser una realidad sólida. Esta misma entrega conyugal especifica la entrega propia a cada uno de los demás miembros de la familia.

El amor de Dios y el amor del cónyuge recorren un mismo camino que manifiesta, en un lenguaje humano comprensible a cualquier persona, los tesoros insondables del misterio de la Encarnación. Pero, a un tiempo, es el amor de Dios, fuerte como la muerte[21], el que purifica, configura y eleva todas las expresiones humanas del amor y de la entrega entre los esposos para que sean instrumentos que manifiesten la donación de Cristo a la Iglesia.

La espiritualidad conyugal no se constituye desde el exterior con la multiplicación de los actos de piedad, con la simple imitación de comportamientos ejemplares. La piedad y la imitación de las virtudes sin duda alimentan la santidad de los esposos cuando los conduce a vivir más plenamente el sentido sacramental de su unión. «Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar»[22].

La espiritualidad conyugal cristiana tiene su propio fundamento en el misterio de la entrega fecunda de Cristo a su Iglesia, de la cual los esposos cristianos participan mediante el sacramento del matrimonio. Esta participación constituye un principio dinámico, que, obrando por medio de las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, convierte el propio hogar en célula fundamental y vivificante del Reino de Dios en Cristo: la iglesia doméstica.

Cuando en la familia se vive en coherencia con este misterio participado, los hijos nacen como el fruto concreto de la entrega de los esposos: expresiones de la carne, fruto del espíritu. Lo mismo que la fidelidad, también el servicio a la vida, propio de la entrega conyugal, se vive no en la agitación y la inquietud de la carne, sino con la fuerza unificadora del espíritu.

El servicio a la vida, ya sea la procreación, el crecimiento y la alimentación, la educación y la formación, no puede sino reforzar el don mutuo de los esposos. Un equilibrio precario en el servicio a la vida, que no conlleve el crecimiento en la comunión de los esposos, manifiesta una entrega ya débil o enferma desde el momento del compromiso matrimonial o que se ha resquebrajado y debilitado a causa de una vida incoherente. No existe una entrega conyugal que no comporte una mayor exigencia de servicio a la vida, así como no se da un radical empeño de transmitir la vida y servirla que no lleve a concretar y mejorar la entrega de los esposos.

El trabajo, la convivencia, la relación cotidiana en las actividades, de trascendencia o más ordinarias, constituyen la trama del ejercicio de las virtudes que impregnan toda la vida doméstica. La constancia en sacar adelante las propias ocupaciones, la serenidad y afabilidad en el trato con los otros, la sinceridad para reconocer los propios errores, la capacidad de comprender y perdonar, la fortaleza para corregir los defectos personales, la paciencia consigo mismo y con los otros, el optimismo para ayudar a superarse... son virtudes que, apoyándose en la fe, la esperanza y la caridad, traducen en vida de hijos de Dios el cotidiano transcurrir de la vida familiar.

Así se expresa el Beato Josemaría: «La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar»[23].

Unión conyugal generosa y fecunda

La santidad matrimonial requiere, por tanto, vivir en el espíritu del Misterio Pascual —Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo— una manifestación específica de la vida de los esposos: la relación conyugal íntima. Ésta posee indudablemente una fuerte influencia y repercusión sobre la santidad de los demás componentes de la familia, en cuanto que aparece como la clave del arco de la coherencia de vida propia del estado esponsal.

Ciertamente toda la comunicación de palabras y obras entre los cónyuges puede expresar su recíproca entrega y la positiva acción al servicio de la vida: una sonrisa, la mirada, una amabilidad, una palabra, un gesto, un servicio... Ahora bien, la unión íntima de la carne como expresión de la comunión de sus personas es singular y específica.

Esta unión actualiza en el tiempo la verdad de la alianza conyugal estipulada con la donación recíproca de las personas del hombre y la mujer. Por consiguiente tal don requiere su cumplimiento en plenitud como unión única, exclusiva y para siempre. No admite que le falte ninguna de las propiedades naturales del pacto matrimonial. La sola sospecha de esto impediría que hubiera una verdadera comunicación íntima, despojándola de su condición específica de comunión de personas.

La santidad esponsal implica, por tanto, vivir la verdad de esta unión con la generosidad y la coherencia de la entrega que tal comunión actualiza. La expresión de la recíproca entrega conyugal, además de reclamar la coherencia, la promueve, en cuanto constituye una llamada a vivir las exigencias que actualiza. La sinceridad de la entrega cotidiana prepara y dispone a vivir esta expresión específica de verdadero don recíproco , y éste, a su vez, puede ayudar a expresarla en los variados y diversos aspectos de la vida.

Por tanto, la santidad cristiana de los esposos requiere vivir según el Espíritu la realidad plena de tal entrega. El misterio de la entrega de Cristo a la Iglesia —hasta la muerte, y muerte de cruz—, en el que los esposos cristianos participan en virtud del matrimonio, debe impregnar esta comunión de las personas con la ley de la entrega más que de la posesión. Esta unión es siempre fecunda y, generalmente, se expresa también con los frutos de la procreación. La generación humana exige la comunión de los progenitores en una sola carne como manifestación de la comunión existente entre sus personas. Por eso, los aspectos unitivo y procreativo son elementos inseparables de un mismo valor moral. Por este motivo, para vivir una procreación responsable, necesaria para la santidad de los esposos, es presupuesto indispensable la responsabilidad en la mencionada comunión.

Las facultades superiores del hombre no poseen un dominio directo, pleno y absoluto sobre la procreación, como tampoco sobre las demás funciones biológicas del hombre. De ellas dependen ciertamente los actos de la relación íntima, necesarios para la transmisión de la vida. Ahora bien, la conexión entre los actos conyugales y la transmisión de la vida tiene sus propias leyes, no sometidas al dominio de la voluntad. Por tanto, hablar de procreación responsable implica directa y propiamente la responsabilidad en la comunicación íntima conyugal. Sólo indirecta y mediatamente puede ser relativa a la facultad de transmitir la vida.

La responsabilidad se ejerce, o deja de ejercitarse, en los actos que dependen de la voluntad; de lo cual se deriva que los efectos consiguientes son responsables o irresponsables. No se puede proponer como responsable la voluntad de no procrear sin que esta misma voluntad determine una actitud coherente en las relaciones conyugales. En definitiva, no se puede ser irresponsable en las relaciones íntimas y pretender ser responsable en la transmisión de la vida.

Esto conlleva para la santidad conyugal que el Espíritu de Cristo penetre las relaciones íntimas de los esposos asumiendo consciente y responsablemente la propia índole de transmisores de la vida. No es suficiente por parte de los esposos el respeto de la vida que tales actos pueden eventualmente suscitar; la santidad matrimonial implica una disposición positiva respecto a la vida que tal unión voluntaria y consciente puede procrear.

Solamente cuando existen serios motivos que volverían irresponsable suscitar una nueva procreación, se justifica el recurso a relaciones naturalmente infecundas. Tal continencia periódica, en sí misma lícita, requerirá sin embargo que los esposos asuman de modo responsable la eventualidad de que la relación pueda ser fecunda. Esta natural incertidumbre relativa a los actos conyugales y su fecundidad, exigirá de los esposos, en algunas circunstancias, una abstención proporcionada con la gravedad de los motivos que desaconsejan la transmisión de la vida, y aun la absoluta abstinencia, cuando la posible procreación, que sigue siendo voluntaria in causa, pudiera comprometer un bien tan grande como la vida de la esposa.

Como se advierte con claridad, las exigencias de la vida conyugal no se pueden vivir sin un grado de amor y desprendimiento de sí mismo tales que trascienden toda fuerza humana y reclaman el auxilio divino. En efecto, no existe en el orden natural un acto de mayor amor y desprendimiento que el contenido e implicado en la donación matrimonial. Todo esto lleva al Santo Padre a preguntarse: «¿Acaso se puede imaginar el amor humano sin el Esposo y sin el amor con que Él amó primero hasta el extremo?». A tal pregunta, responde así: «Sólo si participan en este amor y en este "gran misterio", los esposos pueden amar "hasta el extremo", o se hacen partícipes de él, o bien no conocen verdaderamente lo que es el amor y la radicalidad de sus exigencias»[24].

Ejercicio de las virtudes cristianas

Para los esposos cristianos, el matrimonio y, concretamente, los aspectos de la entrega conyugal y de la transmisión de la vida, constituyen el ámbito específico de la propia santidad, es decir, el lugar propio del ejercicio de todas las virtudes, principalmente las teologales. «Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas, las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría...»[25]. La fe les ayudará a descubrir el misterio del que participan en detalles, exigencias, penas y alegrías de la vida ordinaria. «En efecto —subraya la Familiaris consortio—, sólo en la fe los esposos pueden descubrir y admirar con gozosa gratitud, a qué dignidad ha querido Dios elevar el matrimonio y la familia, constituyéndolos como signo y lugar de la alianza de amor entre Dios y los hombres, entre Jesucristo y su esposa la Iglesia»[26].

Esta misma fe hará percibir a los esposos en su vida, en los momentos y circunstancias de dolor y sufrimiento, el misterio de la entrega redentora de Cristo por los hombres: «Dentro y a través de los acontecimientos, los problemas, las dificultades, los hechos de la existencia de todos los días, Dios viene a ellos revelando y proponiendo las "exigencias" concretas de su participación en el amor de Cristo por la Iglesia»[27]. La misma fe cristiana proyectará luz abundante sobre la responsable entrega íntima como expresión concreta del amor de Cristo por cada uno de ellos a través del otro, también en el gozo sensible y espiritual que se deriva de dicha entrega. Será asimismo un faro resplandeciente para los esposos cristianos en la tarea de la procreación y educación de nuevas vidas, en cuanto partícipes del poder creador de Dios y de la acción redentora de Cristo en la Iglesia.

Cumplir con plenitud el proyecto de la donación personal implícito en el matrimonio, y de la entrega de los padres a los hijos a través de la procreación y la educación, es un cometido que supera las solas fuerzas naturales. La virtud de la esperanza confiere a los cristianos la seguridad de que Aquel que los ha llamado a la vocación de esposos y padres, no cesará de asistirlos con su gracia, para volver fecunda y eficaz su respuesta a las exigencias concretas de la propia vocación.

La fe, que ilumina el misterio de la cruz fecunda, del cual participan, les conduce asimismo a vivir, en la esperanza, la coherencia deseada y no siempre realizada en todas y cada una de las manifestaciones cotidianas. La certeza de que los últimos tiempos han comenzado, pero no están consumados aún, los hace anhelar y suplicar la gracia, y agradecer con frutos maduros, siempre deseosos de ser revestidos de la presencia del Esposo que confirme definitivamente en ellos la fidelidad a la Esposa.

Las virtudes teologales y, especialmente, la caridad, perfeccionan el ser humano en sus exigencias naturales. Así el hombre, que no puede «encontrarse plenamente a sí mismo sino en el sincero don de sí»[28], recibe en el amor participado de Cristo la fuerza primordial para la propia realización. «El amor hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente»[29]. La caridad participada, en el caso de los esposos cristianos, es ese amor esponsal, raíz última del Misterio Pascual: la unión de Cristo con la Iglesia. «Así, en cada familia auténticamente cristiana —nos recuerda el Beato Josemaría Escrivá— se reproduce de algún modo el misterio de la Iglesia, escogida por Dios y enviada como guía del mundo»[30].

La familia es incorporada a la Iglesia respetando, más aún, confirmando y elevando a acción de la Iglesia lo que constituía la misión propia de tal comunidad natural. «Si la familia cristiana es una comunidad cuyos vínculos han sido renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su participación a la misión de la Iglesia debe realizarse según una modalidad comunitaria: por tanto, juntamente los cónyuges como pareja, los hijos y los padres en cuanto familia, deben vivir el propio servicio a la Iglesia y al mundo»[31].

De ahí que la misión de la familia en la Iglesia no sea la suma de las misiones de los miembros que la componen. La Exhortación pastoral Familiaris consortio precisa que «la familia cristiana está llamada a tomar parte viva y responsable en la misión de la Iglesia de un modo propio y original, a saber, poniéndose ella misma al servicio de la Iglesia y de la sociedad en su ser y su acción, en cuanto íntima comunidad de vida y de amor»[32].

El matrimonio y la familia, gracias a su contenido fundamental del don de sí al cónyuge y a los hijos, son de suyo expresión primaria y prototípica de todo vínculo social[33]; cuando además es vivificada por el amor de Cristo, se convierte en iglesia doméstica, es decir, célula básica del Reino de Cristo entre los hombres: signo participado de la comunión y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia[34]. La familia «como "iglesia doméstica", es la esposa de Cristo. La Iglesia universal, y dentro de ella cada Iglesia particular, se manifiesta más inmediatamente como esposa de Cristo en la "iglesia doméstica" y en el amor que se vive en ella: amor conyugal, amor paterno y materno, amor de una comunidad de personas y de generaciones»[35].

Sacerdocio común: la ofrenda de la propia existencia

«Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pet 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre»[36].

Todo bautizado debe vivir el propio sacerdocio convirtiendo su existencia en un culto agradable a Dios Padre. «Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y la obligación de vivir cotidianamente la santificación recibida, así de ese mismo sacramento descienden la gracia y el deber moral de transformar toda su vida en un continuo sacrifico espiritual»[37].

Existe por tanto una característica específica del sacerdocio común de los esposos cristianos: el modo peculiar de hacer de su propia existencia una ofrenda espiritual. El sacramento del matrimonio ha transformado en unidad social aquella identificación con Cristo previamente adquirida por cada uno en el Bautismo. Por tanto, la ofrenda de la propia existencia tiene para ellos una dimensión social específica: la unidad conyugal. El sacerdocio común de los esposos adquiere una dimensión familiar. De ahora en adelante cada uno de ellos no podrá vivir la ofrenda de su existencia sino como esposo y esposa, y por tanto como padre o madre, al menos potencialmente.

En otros términos, los cónyuges cristianos no pueden vivir la ofrenda de las propias vidas más que en el ejercicio de la misión de esposos y padres, propia de su identidad dentro del Pueblo de Dios. Las virtudes humanas y cristianas les harán vivir la concreta voluntad de Dios en todas las actividades y deberes propios, y descubrir en ellos la respuesta de entrega como ofrenda grata a Dios por Jesucristo.

Toda la vida es, por consiguiente, ejercicio de este sacerdocio, y toda la vida estará llena por la entrega al cónyuge y a los hijos; éste es su modo peculiar y eficaz de construir la ciudad de los hombres y la ciudad de Dios. Cualquier otra actividad u ocupación, trabajo, descanso, vida de piedad y de relación social, se encuentra en estrecha unión con el cometido fundamental que Dios ha establecido como centro de sus vidas.

La Eucaristía adquiere para los esposos, en esta perspectiva de la ofrenda de la propia existencia, no sólo la función de raíz de la que nace el propio sacerdocio, sino además de consumación del misterio de la entrega fecunda de la cual participan. El misterio eucarístico potencia toda su entrega de esposos, y de ellos mismos a los hijos, con el dinamismo de totalidad de la entrega de Cristo al Padre. La Eucaristía, para quienes, gracias a su unión, son signo y representación de la entrega de Cristo a la Iglesia, mueve a una especial urgencia de realizar en el mundo —hoy y ahora— el amor de Dios a los hombres revelado en la muerte de Cristo. «En efecto, todas sus obras —afirma a propósito de los laicos la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II—, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo de cada día, el descanso espiritual y corporal, si se cumplen en el Espíritu, e incluso las molestias de la vida si son soportadas con paciencia, se convierten en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cfr. 1 Pet 2, 5), los cuales son piadosamente ofrecidos al Padre en la celebración de la Eucaristía juntamente con la oblación del Cuerpo del Señor»[38].

Revelar, con la peculiaridad de los esposos y padres cristianos, el misterio del amor es contribuir a su glorificación. Dar gloria a Dios, como fin propio del hombre en esta tierra, está estrechamente ligado a la santidad y perfección así como a la misma felicidad humana de las familias. «Pero que no olviden —recordaba a los esposos el Fundador del Opus Dei— que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad»[39].

En el caso de los esposos, la santidad, y por tanto la gloria de Dios, se construye secundando en la vida cotidiana, de modo consciente y voluntario, los deberes centrales que especifican la vocación como entrega conyugal al servicio de la vida.

Cualquier otra orientación dirigida a dar gloria a Dios que prescindiera de estas coordenadas básicas de la santidad conyugal, sería una desviación para los esposos. El modo propio y específico de la santidad de los esposos consiste en reproducir en la propia vida el misterio del cual participan en virtud del sacramento: un misterio de entrega fecunda. Este es el camino de su perfección cristiana y de la gloria de Dios reflejada en sus vidas. Testigos del amor de Cristo en la Cruz: entrega fecunda.

Con palabras de San Pablo, el Papa suplica por la santidad de los esposos y de las familias : «Doblo mis rodillas ante el Padre del cual toma nombre toda paternidad y maternidad "para que os conceda ... que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior" (Ef 3, 16)»[40].

Francisco Gil Hellín

Secretario del Consejo Pontificio para la Familia

[1] JUAN PABLO II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 56.

[2] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 22.

[3] «El auténtico sentido cristiano —que profesa la resurrección de toda carne— se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo» (IDEM, Conversaciones, n. 115).

[4] Cfr. Camino n. 27; Conversaciones nn. 45, 91, 93.

[5] Conversaciones, n. 91.

[6] JUAN PABLO II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 22-XI-1987, n. 17.

[7] CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 12.

[8] Cfr. P. ADNÈS, El matrimonio, Herder, Barcelona, 1972, 2ª ed., p.28.

[9] JUAN PABLO II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2-II-1994, n. 11.

[10] Ibid. n. 12.

[11] Ibid.

[12] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 24

[13] Ibid., n. 25.

[14] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 51.

[15] Es Cristo que pasa, n. 25.

[16] JUAN PABLO II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2-II-1994, n. 12.

[17] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 51.

[18] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Conversaciones, n. 91.

[19] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 48.

[20] Es Cristo que pasa, n. 23.

[21] Cfr. Cant 8, 6.

[22] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 23.

[23] Ibid. [24] JUAN PABLO II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2-II-1994, n. 19.

[25] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 23

[26] JUAN PABLO II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 51.

[27] Ibid.

[28] CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

[29] JUAN PABLO II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2-II-1994, n. 11.

[30] Es Cristo que pasa, n. 30.

[31] JUAN PABLO II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 21-XI-1981, n. 50

[32] Ibid.

[33] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 12.

[34] Cfr. Const. dogm. Lumen gentium, n. 11.

[35] JUAN PABLO II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2-II-1994, n. 19.

[36] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 96.

[37] JUAN PABLO II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 21-XI-1981, n. 56

[38] CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 34.

[39] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Conversaciones, n. 91.

[40] JUAN PABLO II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2-II-1994, n. 23.

 

 

¿Cómo se comenzó a celebrar la fiesta de Navidad?

La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida

Los cristianos de la primera generación, es decir, aquellos que escucharon directamente la predicación de los Apóstoles, conocían bien y meditaban con frecuencia la vida de Jesús. Especialmente los momentos decisivos: su pasión, muerte redentora y resurrección gloriosa. También recordaban sus milagros, sus parábolas y muchos detalles de su predicación. Era lo que habían oído contar a aquellos que habían seguido al Maestro durante su vida pública, quehabían sido testigos directos de todos aquellos acontecimientos.

Acerca de su infancia sólo conocían algunos detalles que tal vez narrara el propio Jesús o su Madre, aunque la mayor parte de ellos María los conservaba en su corazón.

Cuando se escriben los evangelios sólo se deja constancia en ellos de lo más significativo acerca del nacimiento de Jesús. Desde perspectivas diferentes, Mateoy Lucas recuerdan los mismos hechos esenciales: que Jesús nació en Belén de Judá, de la Virgen María, desposada con  José, pero sin que Ella hubiese conocido varón. Además, hacia el final de los relatos sobre la infancia de Jesús, ambos señalan que después fueron a vivir a Nazaret.

Mateo subraya que Jesús es el Mesías descendiente de David, el Salvador en el que se han cumplido las promesas de Dios al antiguo pueblo de Israel. Por eso, como la pertenencia de Jesús al linaje de David viene dada por ser hijo legal de José, Mateo narra los hechos fijándose especialmente en el cometido del Santo Patriarca.

Por su parte,  Lucas, centrándose en la Virgen —que representa también a la humanidad fiel a Dios—, enseña que el Niño que nace en Belén es el Salvador prometido, el Mesías y Señor, que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres.

En el siglo II el deseo de saber más sobre el nacimiento de Jesús y su infancia hizo que algunas personas piadosas, pero sin una información histórica precisa, inventaran relatos fantásticos y llenos de imaginación. Se conocen algunos a través de los evangelios apócrifos. Uno de los relatos más desarrollados sobre el nacimiento de Jesús contenido en los apócrifos es el que se presenta en el llamado Protoevangelio de Santiago o, según otros manuscritos, Natividad de María, escrito a mediados del siglo II.

En las primeras generaciones de cristianos la fiesta por excelencia era la Pascua, conmemoración de la Resurrección del Señor. Todos sabían bien en qué fechas había sido crucificado Jesús y cuándo había resucitado: en los días centrales de la celebración de la fiesta judía de la Pascua, en torno al día 15 de Nisán, es decir, el día de luna llena del primer mes de primavera.

Sin embargo, posiblemente no conocían con la misma certeza el momento de su nacimiento. No formaba parte de las costumbres de los primeros cristianos la celebración del cumpleaños, y no se había instituido una fiesta particular para conmemorar el cumpleaños de Jesús.

Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre el día del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221. La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico filocaliano del año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (“el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”). A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.

Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por día porque, a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el dies natalis Solis invicti, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año. Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como «sol de justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo» (Jn 1,4ss.). Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieranadaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución.

Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33). En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero.

La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí. Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán. El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz. Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).

La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida. En la segunda mitad del siglo IV se va extendiendo por todo el mundo cristiano: por el norte de Africa (año 360), por Constantinopla (año 380), por España (año 384) o por Antioquía (año 386). En el siglo V la Navidad es una fiesta casi universal.

Diálogos para comprender

 

 

 

Portada del nuevo libro sobre la regulación de la fertilidad humana

Portada del nuevo libro sobre la regulación de la fertilidad humana

Resumen del libro ‘Regulación de la fertilidad humana. A la luz de la Carta Encíclica Humanae vitae’

Coordinado por Justo Aznar y prologado por el Cardenal Cañizares

diciembre 14, 2018 16:06Justo AznarBioética y defensa de la familia

(ZENIT – 14 dic. 2018).- En el marco del 50º aniversario de la Encíclica Humanae vitae, escrita por el Papa beato Pablo VI –canonizado por el Papa Francisco el pasado 14 de octubre de 2018– se ha publicado el libro Regulación de la fertilidad humana. A la luz de la Carta Encíclica Humanae vitae, coordinado por Justo Aznar, Director del Instituto Ciencias de la Vida de la Universidad Católica de Valencia (UCV) y prologado por el Cardenal Antonio Cañizares, Arzobispo de Valencia.

En el libro, publicado por el Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia, se reflexiona sobre dicha Encíclica desde el punto de vista moral, biomédico y sociológico.

A continuación, ofrecemos un artículo resumen del libro, escrito por el coordinador, Justo Aznar, y por los autores: Juan Antonio Reig Pla, Obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, Alfonso Fernández Benito, Director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas Santa María de Toledo, Julio Tudela, Director del Master de Bioética de la UCV y Enrique Burguete, Profesor de Antropología filosófica y teológica de la UCV.

***

 

INTRODUCCIÓN [1]

El pasado 25 de julio se cumplieron 50 años de la publicación de la Humanae Vitae. Esta efeméride es la que nos ha animado a promover una relectura del documento, tanto desde un punto de vista histórico, como científico, sociológico, teológico o pastoral, para elaborar un informe sobre ello.

En 1955 se sintetizó el primer contraceptivo oral, el Enovid, y los ensayos clínicos para valorar su uso se llevaron a cabo en Puerto Rico en 1956, y en 1957 la FDA norteamericana autorizó su utilización. A nuestro juicio, la puesta a punto de la píldora contraceptiva constituyó una de las más importantes revoluciones sociales del pasado siglo XX. Si no la mayor. En efecto, algún autor ha señalado que las dos prácticas médicas más significativa de dicho siglo fueron el descubrimiento de la penicilina y la puesta a punto de la píldora contraceptiva.

Su definitivo uso en la década de los años 60 del pasado siglo, constituyó la base y fundamento de la revolución sexual de esos años, para muchos, bandera indiscutible de la máxima expresión de la libertad personal. El poder separar en el acto sexual el placer de la reproducción, modificó sustancialmente las prácticas sexuales, con la consecuencia innegable de que hoy día la sexualidad se plantea, en la mayoría de los casos, como una fuente de placer, quedando relegada la función unitiva de la pareja, que debe estar abierta a la procreación, a una práctica constreñida a reducidos grupos sociales, generalmente motivados por una visión trascendente de la vida.

Este planteamiento hizo que desde un principio el uso de la píldora contraceptiva suscitara una viva controversia social decantada en gran parte en contra de su utilización. Esta controversia propició que la Iglesia Católica tuviera que manifestarse con diligencia sobre la moralidad del uso de los métodos contraceptivos, mostrándose contraria a los mismos, pues ya en 1951 su santidad Pio XII manifestó “que la esterilización directa, como medio o como fin, para hacer imposible la procreación es una grave violación de la ley natural y por lo tanto es ilícita”. Pero ya con respecto a la píldora contraceptiva, tan pronto como en 1958, prácticamente un año después de su puesta a punto, Pío XII manifestaba que “provocar una esterilización directa es ilícita, cuando se impide la ovulación a fin de preservar el útero y el organismo de las consecuencias de un embarazo que no es capaz de soportar”. Afirmando también que, “es necesario rechazar la opinión de muchos médicos y moralistas que permiten su uso cuando una indicación médica hace indeseable una concepción muy próxima, o en otros casos semejantes que no es posible mencionar aquí”.

 

ASPECTOS HISTÓRICOS SOBRE EL ORIGEN DE LA HUMANAE VITAE

Como se ve, ya antes de la publicación de la Humanae Vitae, se había planteado una gran controversia sobre el uso de los métodos contraceptivos, y especialmente la píldora anticonceptiva, y sobre su valoración moral.

Esta realidad social animó al papa Juan XXIII a crear, el 27 de abril de 1963, una Comisión de seis miembros para reflexionar, y en su caso emitir, un documento, sobre Población, Familia y Control de la Natalidad, para iniciar estudios sobre los principios morales que deberían regular la fertilidad humana. Pero el Papa murió antes de que la Comisión pudiera celebrar su primera sesión.

Nada más iniciar su pontificado, Pablo VI, activó dicha Comisión, aumentándola a 72 miembros, e incluyendo en ella no solamente clérigos y teólogos, sino médicos, sociólogos, psicólogos y laicos.

El objeto fundamental de la Comisión fue elaborar un Informe para el Santo Padre que le sirviera como fundamento, siempre con carácter asesor, especialmente en lo que hacía referencia a los aspectos biomédicos que se daban alrededor de los métodos que se podían utilizar para la regulación de la fertilidad humana, para elaborar un juicio moral sobre su uso.

La Comisión se reunió cinco veces. En la primera convocatoria, posiblemente auspiciada por el Cardenal Suenens, que tuvo lugar el 12 y 13 de octubre de 1973, se establecieron las bases de trabajo de la misma. En las otras cuatro ocasiones la Comisión se reunió en Roma. La segunda del 13 al 15 de abril de 1964; la tercera del 13 al 14 de junio, también de 1964; la cuarta del 25 al 28 de marzo de 1965 y la quinta y última, del 18 de abril al 15 de junio de 1966.

En esta última sesión los expertos participantes se dividieron en dos grupos bien definidos, uno, que incluía la Mayoría de ellos, que opinaba que la doctrina tradicional del Magisterio de la Iglesia sobre la regulación de la fertilidad humana, podía ser reformable y cuyas conclusiones, con el título de “Schema Documenti di Risponsabili Paternitate”, se redactó el 26 de mayo de 1966 y fue valorada y aprobada, en Sesión Plenaria de la Comisión, que tuvo lugar del 4 al 9 de junio de 1967. El otro grupo, el de la Minoría, redactó otro informe bajo el título “Status Quaestionis: Doctrina Eclesiae eiusque Auctoritas”, que fue entregado al Secretario de la Comisión, el 23 de mayo de 1966. El contenido de este segundo informe era esencialmente teológico, no aludiendo prácticamente a los aspectos médicos de la píldora contraceptiva, y especialmente a su mecanismo de acción, no especificando si éste pudiera llevarse a cabo o no impidiendo la implantación del embrión en el útero materno, es decir, actuando por un efecto abortivo, lo que moralmente haría su uso inaceptable. Desde un punto de vista teológico se mostraron contrarios a modificar el Magisterio de la Iglesia, que especificaba que el uso de métodos artificiales para regular la fertilidad humana es moralmente ilícito y que intrínsecamente es un acto pecaminoso.

Los documentos finales de la comisión fueron fundamentalmente dos: la “Relatio Generalis”, destinada a la Comisión de Cardenal y Obispos y el “Final Report”, para el Santo Padre.

Tras la entrega a Pablo VI de este último documento, el Papa debería decidir si lo incluía o no en el texto de su Carta Encíclica, cosa que al parecer no ocurrió, pues Pablo VI, dando su apoyo total a lo manifestado en la encíclica Casta conubii, reafirmó el Magisterio tradicional de la Iglesia Católica con respecto a las normas morales que deben regir la regulación artificial de la fertilidad humana. No nos cabe ninguna duda que fue el Espíritu Santo el que movió al Santo Padre a tomar tal actitud, consciente de lo que podría suponer para la suerte espiritual de muchos millones de personas.

Esta controversia motivó que, en la alocución del miércoles siguiente a la publicación de la Encíclica, el mismo Pablo VI confiara a los fieles los sentimientos que lo habían guiado en el cumplimiento de su mandato apostólico, afirmando que: “El primer sentimiento ha sido el de una gravísima responsabilidad nuestra. Ese sentimiento nos ha introducido y sostenido en lo vivo del problema durante los cuatro años requeridos para el estudio y la elaboración de esta Encíclica. Os confesamos que este sentimiento nos ha hecho incluso sufrir no poco espiritualmente. Jamás habíamos sentido como en esta coyuntura el peso de nuestro cargo. Hemos estudiado, leído, discutido cuanto podíamos, y también hemos rezado mucho, invocando las luces del Espíritu Santo. Hemos puesto nuestra conciencia en la plena y libre disponibilidad a la voz de la verdad, tratando de interpretar la norma divina que vemos surgir de la intrínseca exigencia del auténtico amor humano, de las estructuras esenciales de la institución matrimonial, de la dignidad personal de los esposos, de su misión al servicio de la vida, así como de la santidad del matrimonio cristiano; hemos reflexionado sobre los elementos estables de la doctrina tradicional y vigente de la Iglesia, y especialmente sobre las enseñanzas del reciente Concilio; hemos ponderado las consecuencias de una y otra decisión, y no hemos tenido duda alguna sobre nuestro deber de pronunciar nuestra sentencia en los términos expresados por la presente Encíclica”.

Haciendo referencia a ello, el padre Zalba, miembro de la Comisión de Expertos que asesoró al Papa, comentó que esta controversia había dado lugar a un grave problema eclesialacerca del cual «su Santidad Pablo VI manifestó que se daba perfecta cuenta de la gravedad y la trascendencia del problema y de sus implicaciones», incluso afirmando, en la intimidad de una conversación privada, «que la Iglesia no tuvo que afrontar en los siglos un problema semejante».

La falta de asunción por parte de numerosos católicos de las normas morales definidas por la Humanae Vitae ha continuado a lo largo de estos cincuenta años, e incluso se mantiene en la actualidad, volviendo a replantearse muy recientemente, al hilo de las declaraciones de dos moralistas de prestigio, Maurizio Chiodi y Gerhard Höver, que han manifestado en sendas conferencias que podría ser conveniente, repensar la Encíclica Humanae Vitae, a la luz de la Exhortación Apostólica “Amoris laetitia”, del Papa Francisco.

En efecto, Chiodi, en una ponencia en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, bajo el título «Relectura de la Humanae Vitae(1968) a la luz de la “Amoris laetitia”(2010)», manifestó, el pasado 9 de enero de 2018, que es licito e incluso responsable recurrir a los contraceptivos artificiales, pues «hay circunstancias que precisamente por el bien de la responsabilidad requieren anticoncepción». «Cuando los métodos naturales son imposibles o inviables es necesario encontrar otras formas de responsabilidad». “En tales circunstancias «un método artificial para la regulación de los nacimientos podría ser reconocido como un acto de responsabilidad, que se lleva a cabo, no para rechazar el regalo de un niño, sino porque en esas circunstancias la responsabilidad llama a la pareja y a la familia a otras formas de bienvenida y hospitalidad». Al referirse explícitamente a la encíclicaHumanae Vitaemanifestó que «ésta se ha convertido en un tema simbólico, criticado o rechazado por aquellos que estaban decepcionados por sus conclusiones o considerado, por otros, como un verdadero pilar de la doctrina moral católica sobre la sexualidad».

Relacionando la Humanae Vitaecon el capítulo 8 de “Amoris laetitia”, Chiodi se pregunta sobre «la relevancia objetiva de las circunstancias atenuantes y la realidad de la conciencia» y también «la relación constitutiva entre la norma y el discernimiento”, por lo que el moralista milanés afirma que “las normas morales no se pueden reducir a la objetividad racional, sino que pertenecen a la vida humana, entendida como salvación y gracia. Las normas conservan lo bueno y estudian el camino del bien, pero son históricas».

Por otro lado, el teólogo moral Gerhard Höver (21), se manifiesta contrario al pensamiento de que todo es blanco o negro, en relación con la regulación moral de la fertilidad humana, pues si así fuera implicaría que “se cierra el camino de la gracia y del crecimiento”.

Ante estas controvertidas declaraciones, el expresidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Gerhard Müller, manifiesta una opinión contraria. Así, Müller, el pasado 7 de marzo, en una Conferencia en la Universidad Lateranense de Roma, auspiciada por el Instituto Pontificio Juan Pablo II, subrayó la infalibilidad de la Humanae Vitae, lo cual fue también ratificado en la misma sesión por el profesor Livio Melina, presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II(23), desde 2006 a 2016, al manifestar que, aunque la doctrina de la Iglesia contraria a la contracepción no ha sido nunca definida como Ex-cátedra, sin embargo, sus enseñanzas «pertenecen al Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia», y como tal es infalible.

 

ASPECTOS BIOMÉDICOS

En 1950 los doctores Gregory Pincus y John Rock comenzaron a desarrollar experiencias con compuestos hormonales con una finalidad contraceptiva. En el año 1956, en Puerto Rico, Pincus anunció el descubrimiento de la píldora. Sus investigaciones fueron financiadas por la asociación Planned Parenthood Federation of America. En sus comienzos, colaboró con el investigador Min Chueh Chang, además de con el mencionado John Rock.

En 1955 sintetizaron el “Enovid”, una combinación de estrógenos y progestágenos, a base de 150 microgramos de mestranol y 10 miligramos de noretinodrel. La administración del fármaco provocaba un bloqueo en el proceso ovulatorio. Los ensayos clínicos se iniciaron en Puerto Rico en 1956, y en Haití y Ciudad de Méjico al año siguiente. La aparición de importantes efectos secundarios en las mujeres que participaros en los ensayos clínicos no fue suficiente para frenar la difusión de la noticia de la obtención de un anticonceptivo hormonal “eficaz y seguro”.

En 1957 La “Food and Drug Administration”, agencia estadounidense reguladora del uso de productos farmacéuticos, autorizó el preparado, pero no como anticonceptivo, sino como tratamiento para regular la menstruación.

No fue hasta tres años después, el 23 de junio de 1960, cuando se autorizó su comercialización como fármaco anticonceptivo. Este hecho marcó un antes y un después en la cultura de la anticoncepción y, por tanto, en la concepción de la sexualidad humana, que ahora se desligaba de la procreación de una forma eficaz.

La evolución de los preparados hormonales de administración oral ha sido imparable. Los combinados de estrógenos y progestágenos han dado paso a la aparición de progestágenos de segunda y tercera generación, evolución no exenta de polémica. En 2015 un artículo publicado en BMJ, concluye que “en los estudios de casos y controles basados en población utilizando dos grandes bases de datos de atención primaria, los riesgos de tromboembolismo venoso asociados con anticonceptivos orales combinados fueron, con la excepción del norgestimato, más altos para las preparaciones de fármacos más nuevas que para las drogas de segunda generación.” Estos nuevos progestágenos incluyen desogestrel, gestodene, drospirenone) y cyproterone.

Posteriormente han ido apareciendo contraceptivos hormonales, como los implantes subcutáneos liberadores de hormonas de larga duración, que fueron estudiados hacia 1967 por Sheldon Segal y Horacio Croxatto. El primer contraceptivo autorizado con este sistema fue el Norplant, desarrollado en 1983 en Finlandia, a base del progestágeno levonorgestrel.

Otra forma de implante son los anillos vaginales, aparecidos en 2002. También los contraceptivos de emergencia ofrecen nuevas formas de administración, menos rigurosas, que pueden resultar más atractivas para muchas usuarias, pero que entrañan otros inconvenientes relacionados con su mecanismo de acción y eficacia.

Un aspecto concreto, que hace referencia a lo que, a nuestro juicio, afecta más directamente a la valoración moral del uso de los contraceptivos es si actúan por un mecanismo antiimplantatorio (abortivo) o no, pues ello incide directamente en la valoración moral de su uso, ya que no es lo mismo impedir un embarazo dificultando la concepción de un nuevo ser humano, que impedirlo eliminándolo una vez que ya ha iniciado su andadura vital.

De forma resumida, podemos afirmar que, en la gran mayoría de los casos, algunas píldoras contraceptivas actúan por un mecanismo anticonceptivo, aunque también, de una forma complementaria, pueden tener una acción antiimplantatoria, es decir abortiva. Otros métodos contraceptivos, como el DIU o la contracepción de emergencia, actúan preferentemente por un mecanismo antiimplantatorio, o sea, abortivo. Los preparados hormonales inyectables, son los que con mayor seguridad desarrollan su acción de modo casi exclusivo por un mecanismo anovulatorio, es decir, no abortivo. Posiblemente la presentación en la que estos fármacos muestran una acción anticonceptiva más significativa son los inyectables subdérmicos, como el Depo-Provera. Por ello, si por razones médicas, distintas a la finalidad contraceptiva, hubiera que utilizar uno de estos fármacos, posiblemente los inyectables subdérmicos serían los más aconsejables.

 

LA REGULACIÓN NATURAL DE LA FERTILIDAD

A diferencia de los métodos contraceptivos cuya finalidad es convertir en infecundo un acto sexual con el fin de evitar un embarazo, la regulación de la fertilidad por métodos naturales no altera el acto sexual en sí mismo, que mantiene sus posibilidades naturales de fecundación, sino que estudia los periodos fértiles e infértiles del ciclo menstrual de la mujer con el fin de elegir unos u otros en función de que se pretenda concebir o no en una relación sexual. Su práctica fiable requiere, en primer lugar, del conocimiento del cuerpo y la fisiología rítmica del ciclo menstrual; en segundo lugar, se hace necesario para su puesta en práctica un ejercicio en el autodominio y respeto mutuos en la pareja, que deben adquirir mediante el autocontrol, la capacidad de dirigir su actividad sexual en función de su decisión de hacerla fecunda o infecunda y el sentido que deben otorgar a esta actitud. La ausencia de interferencias físicas o químicas sobre los cuerpos de la mujer y el varón los libera de efectos secundarios indeseables y estimula las virtudes del autodominio y la donación mutua basada en el amor y el respeto.

Entre los métodos utilizados para tal fin cabe destacar los que se basan en la duración de los ciclos sexuales de la mujer como base para los cálculos, teniendo en cuenta que la ovulación se produce unos 14 días, de manera bastante constante, antes de la menstruación. Especialmente fueron dos los métodos utilizados, el Ogino-Knaus o del ritmo y de los Días Fijos, ambos ya desechados.

En 1964 se introdujo el denominado método Billings, basado en los cambios observados en el moco cervical durante el ciclo menstrual. Esos cambios podrían usarse para determinar el momento de la ovulación y, por lo tanto, el período fértil de la mujer.

El otro método utilizado es el de la temperatura basal, medida de forma sistemática al despertarse tras un periodo de sueño mínimo de 5 horas. Consiste en el registro de los valores de temperatura basal, para detectar la ligera elevación, de hasta 0,5 grados centrígados, que se produce en el ciclo menstrual de la mujer a partir del momento de la ovulación y se mantiene hasta la menstruación, volviendo a los valores previos a la ovulación tras ésta.

Por último, también es posible identificar el momento de la ovulación mediante la detección de la elevación súbita de la concentración de hormona luteinizante (LH) en la orina de la mujer uno o dos días antes del momento de la ovulación. Esta cuantificación puede realizarse cómodamente introduciendo una tira reactiva en su orina, detectándose un incremento en sus niveles mediante un cambio de color en la zona reactiva.

La combinación de dos o más métodos de regulación de la fertilidad puede incrementar sensiblemente la fiabilidad en la detección del momento de la ovulación, de modo que la pareja conozca con más precisión sus días fértiles e infértiles. Así la combinación de la estimación de la duración del ciclo más corto conocido y el método de la temperatura basal constituye el método del ciclo-térmico.

La combinación de los métodos Billings y temperatura se denomina método “muco-térmico”. Si, además, se añade a este método el control de la posición y apertura del cuello uterino, que experimenta variaciones durante el ciclo menstrual, además del método del ritmo, se tiene el denominado “método sintotérmico”.

El análisis de la concentración urinaria de determinadas hormonas, puede completar el método antes mencionado, de modo que a la determinación de la hormona luteinizante puede añadirse la de estrógenos, que, con un dispositivo que realiza un análisis estadístico de los resultados (Clearblue®), puede predecir la ovulación con mucha fiabilidad.

La combinación del método de la lactancia materna y la amenorrea (ausencia de ovulación y menstruación), se basa en el efecto anovulatorio de la hormona prolactina, cuyas concentraciones se elevan significativamente en la sangre de la madre lactante.

 

ASPECTOS DEMOGRÁFICOS Y SOCIALES

Ya desde la década de los años 60 y hasta nuestros días, algunas corrientes ideológicas habían logrado imponer sus ideas. Entre ellas, la inminencia de una «explosión demográfica» que pondría en peligro la supervivencia del planeta, con la consiguiente necesidad de impulsar programas antinatalistas para lograr un «desarrollo sostenible»; la reivindicación feminista, a propósito del derecho de las mujeres a decidir sobre su fecundidad, disociando el acto sexual de la función procreativa y finalmente la conveniencia de una procreación selectiva, en términos eugenésicos, para la mejora de la especie y el bienestar social.

Entre las fuentes empleadas destacan los propios informes del Fondo de Población de Naciones Unidas y los datos en materia sociodemográfica actualizados por el Banco Mundial; también se examinan los informes de Naciones Unidas sobre los objetivos del Milenio, por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático y por el Fondo de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Informes, todos ellos, que pretendiendo dar fundamento a las políticas antinatalistas, probablemente las invalidan.

De los datos analizados, se concluye que la Humanae Vitae no sólo situó el mensaje de la Iglesia Católica respecto de la transmisión de la vida humana en el discurso político internacional, sino que sentó las bases de una estrategia comunicativa de “aggiornamiento” que, sin menoscabo de la doctrina, emplea las herramientas del lenguaje científico y jurídico para hacer frente a la imposición de la tríada contracepción/esterilización/aborto/ como bandera de los derechos de las mujeres y del movimiento ecologista.

En efecto, desde la publicación de Humanae Vitae, la crítica a esta tríada ha ido adquiriendo peso en los documentos de la Santa Sede, como evidencian las encíclicas Evangelium Vitae de Juan Pablo II (1995) y Caritas In Veritate de Benedicto XVI (2009). También la Instrucción Donum Vitae (1987) y la Instrucción Dignitas Personae (2008), de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En todos ellos, junto al despliegue de razones teológicas, que instan al reconocimiento de la vida humana como un don recibido de Dios, se desgranan contundentes argumentos de orden bioético, médico y jurídico.

Además, la Humanae Vitae devolvió el discurso sobre la procreación a la lógica del don, apartándolo de la lógica del deseo, lógica, esta última, que en nuestros días se hace evidente con la maternidad subrogada y el empleo de las Técnicas de Reproducción Asistida.

En una línea similar, cabe destacar que la previsión de Pablo VI sobre la intención eugenésica que subyace en los argumentos antinatalistas, se vea hoy materializada con propuestas como el Principio de Beneficencia Procreativa, defendido por Julian Savulescu, y la selección de embriones producidos in vitro para su implantación.

Además, se muestra que la amenaza de superpoblación del planeta carece de fundamento. En realidad, no caminamos hacia la «explosión demográfica» vaticinada por los ideólogos neomalthusianos, sino hacia un invierno demográfico en el que la baja natalidad y el incremento de la esperanza de vida ponen en riesgo los sistemas públicos de salud y pensiones.

Igualmente, se muestra que la miseria que padece gran parte de la población mundial no obedece al tamaño de sus familias, sino a la inequidad en la distribución geopolítica de las riquezas, la corrupción y la inacción culpable de los países desarrollados; así como a los modos de vida, consumo y producción de una pequeña parte de la población mundial.

Tampoco el momento demográfico, que durante algunas décadas continuará siendo creciente como consecuencia del ciclo demográfico precedente, constituye la verdadera causa del deterioro medioambiental. Como evidencian los datos aportados por las Agencias Internacionales y la principales ONG’s, la huella ecológica de los pobladores de los países desarrollados es mucho mayor que la de los habitantes de las regiones más desfavorecidas del planeta. Tener hijos no es, en ningún caso, un ecocrimen.

En definitiva, las críticas contra la Humanae Vitae por cuestiones demográficas y sociales, esgrimidas desde el ámbito político, el feminismo y el ecologismo radical, se han mostrado inconsistentes.

 

ASPECTOS MORALES

Para interpretar adecuadamente la Encíclica Humanae Vitae, es preciso tener en cuenta la forma de plantear la cuestión moral del acto conyugal en la Iglesia católica hasta dicho momento. Durante veinte siglos se pretendió aplicar la teología dogmática sobre los fines del matrimonio -singularmente el fin procreador, sin olvidar el de la mutua ayuda-, a la teología moral. Sin embargo, ya el Concilio Vaticano II –contexto próximo de la Encíclica- comprobó las limitaciones de semejante planteamiento.  No obstante, ante las presiones neomalthusianas por el control demográfico, el Concilio confirmó que los hijos no constituyen ningún estorbo al amor conyugal. De ahí que confirmara, una vez más, que para la licitud moral del acto conyugal se requiere absoluto respeto a la apertura a la vida. Negar o disimular el carácter fecundo del amor conyugal sería desvirtuar la doctrina conciliar.

El Vaticano II constituyó el primer documento magisterial que abordó de forma global el principio de paternidad responsable, mediante la distinción de dos momentos diferentes: ética de la decisión y ética de la ejecución. Sin embargo, no pudo afrontar directamente que métodos eran lícitos o no para la regulación de la fertilidad humana, porque pesaba la reserva de una Comisión Pontificia que estaba estudiando un tipo nuevo de contracepción, la píldora contraceptiva. El Concilio, consciente de las limitaciones argumentativas sobre la moralidad del acto conyugal desde la doctrina de los fines, propuso un cambio decisivo. El cardenal Giovanni Colombo, en el Aula conciliar, afirmó que eran dos -no uno- los significados que se han de respetar para la licitud del acto conyugal. Durante dos mil años el Magisterio había exigido con todo acierto que, para la licitud de cada acto conyugal, se debía respetar el significado procreador; sin embargo esto no basta; para su licitud también se requiere que constituya un acto de donación plena de amor entre los esposos (GS 51 c).

Fue mérito de la Encíclica Humanae Vitae descubrir que no sólo son dos los significados del acto conyugal, el procreador y el unitivo, sino que son antropológica y moralmente inseparables. Cuando se dan los dos significados, los esposos no pueden promover uno a costa del otro, porque, sencillamente, no respetarían ninguno de los dos. Si se pretende fomentar el significado procreador a costa del unitivo, precisamente por esto, si se transmitiera la vida no se haría en condiciones mínimamente dignas. La conclusión es que sólo mediante un gesto, no basta el contexto, de amor conyugal es lícito transmitir la vida humana; criterio que ayudará proféticamente al discernimiento posterior de las técnicas reproductivas. Si, por el contrario, se pretendiera fomentar el significado unitivo en detrimento del procreador (por ejemplo, mediante la contracepción), por esto mismo, no fomentará el amor entre los esposos, por constituir una entrega a medias.

La Humanae Vitaeenseña una única norma moral, en su formulación positiva,cada acto ha de quedar abierto a la posible transmisión de la vida, y negativa, la contracepción conlleva, en virtud de su objeto, una voluntad no sólo no procreadora, sino antiprocreativa. La aceptación de la norma moral, enseñada por la Encíclica, no depende de los argumentos, sino del grado con el cual el Magisterio ha querido comprometerse. Esta norma moral es infalible en la práctica.

Larelectura de la Encíclica, por parte de Juan Pablo II, a través de sus Catequesis sobre el amor humano, hace hincapié en el Principio de inseparabilidad del doble significado, quizás el criterio más importante de los últimos 50 años en el campo de la moral sexual. Si hasta el momento había prevalecido la óptica de la transmisión del don de la vida en sus fuentes próximas, y desde ahí interpretar el significado unitivo, Juan Pablo II va a invertir la dirección en su reflexión, pues desde el significado unitivo va a considerar el significado procreador, a través del significado esponsal del cuerpo en el lenguaje de la entrega amorosa entre los esposos. La Humanae Vitae puso de manifiesto la importancia decisiva de la virtud de la castidad, antesala y custodia del amor matrimonial. Esta virtud cuesta, pero, lejos de perjudicar a la personalidad de los esposos, les hace maduros para el amor y su crecimiento (HV 21). Juan Pablo II afirmará que esta virtud comporta una doble tarea: autodominio que capacita a los esposos para la auto-donación de amor.

Una última conclusiónde esta relectura ha sido otro cambio de acento. Del sexo sin hijos, que pretendió la aparición de la contracepción en la revolución del 68, con la pretensión equivocada de querer fomentar el amor conyugal, hemos ido pasando poco a poco, a hijos sin sexualidad, mediante la creciente aparición de las técnicas de reproducción asistida. Basta enumerar los principales documentos magisteriales sobre el tema, Humana Vitae (1968); Donum Vitae(1987), Evangelium Vitae(1995), Dignitas Personae (2008), para comprobar que la preocupación principal de la Encíclica Humanae Vitaey de la Iglesia ha sido la vida humana, anticipada ya desde sus fuentes próximas. También en esto la encíclica fue profética, sin pretenderlo.

 

Valoración moral de los métodos contraceptivos

En cuanto a la licitud o no de utilizar la píldora u otros métodos contraceptivos para regular la fertilidad humana, la Encíclica propone una única norma moral en virtud de la definición de su objeto ético. Dicha norma tiene una doble formulación: una positiva, que indica que la Encíclica promueve la vida humana y otra negativa, que especifica en su punto 14 que “en conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del matrimonio, debemos una vez más declarar que hay que excluir absolutamente, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas”.

“Hay que excluir igualmente, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer; queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación”.

Continúa la Encíclica en el mismo punto 14 “tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda”.

 

Valoración moral de los métodos naturales

En cuanto a la licitud moral sobre el uso de los métodosnaturales de regulación de la fertilidad la Encíclica especifica en su punto 16 su licitud moral, siempre que exista una razón proporcionada para utilizarlos, siendo además un aspecto positivo de la misma incluir la abstinencia periódica como elemento integral de la virtud de la castidad, virtud que resulta absolutamente imprescindible para los casados. En ausencia pues, de tales razones proporcionadas, la utilización de los métodos naturales con la misma intención contraceptiva que los métodos artificiales, no variaría la calificación negativa de éstos.

 

CONVICCIONES SOBRE LA HUMANAE VITAE

Este informe se finaliza con una serie de convicciones, que se han producido a lo largo de los cincuenta años que han transcurrido desde la publicación de la Encíclica.

La primera convicción es la necesidad de “desprivatizar” la doctrina de la Encíclica Humanae Vitae y situarla en el contexto de la Doctrina Social de la Iglesia. Transcurridos los cincuenta años, podemos constatar “los frutos amargos que se han seguido por no admitir las enseñanzas de Pablo VI”, aunque también, desde un punto de vista positivo, hay que admitir que la asunción de la doctrina de la Humane Vitae, es, el futuro de la sociedad y del hombre y la garantía del bien común.

La segunda es “resaltar la grandeza del amor conyugal, orientando la libertad humana hacia los fines de una fecundidad responsable”.

La tercera es valorar “la primacía de la gracia y el acompañamiento de la comunidad cristiana”, para poder vivir las enseñanzas de la Humanae Vitae en las relaciones de pareja.

La cuarta convicción, es la necesidad de favorecer la virtud de la castidad dentro del matrimonio, integrando los dinamismos de la persona para vivir de acuerdo con el lenguaje del cuerpo, propuesto por San Juan Pablo II en su catequesis sobre el amor humano.

La quinta, hace referencia al hecho de que el cuerpo tiene un significado y un lenguaje que nos remite al Creador, por lo que, si no se acepta a Dios en la relación matrimonial, el lenguaje del cuerpo queda sin fundamento. Este es el drama de la secularización de la sexualidad humana, pues con la aceptación de la mentalidad contraceptiva se niega un nuevo elemento esencial del lenguaje que abre dicha relación a Dios.

La última convicción es su carácter profético, pues ya anunció Pablo VI acerca de las consecuencias que se podrían derivar de no aceptar el Magisterio de la Iglesia en un tema como éste, afirmando que “los hombres rectos podrán convencerse todavía de la constancia de la doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación artificial de la natalidad, lo que abriría un camino fácil y amplio a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las practicas contraceptivas acabase por perder el respeto a la mujer, llegando a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como compañera respetada y amada. Parece que esta premonición del Papa no ha dejado de cumplirse.

Terminamos afirmando “que la canonización de Pablo VI es el mejor espaldarazo para reconocer la obra de la gracia que nos llegaba hace 50 años y que nos invita a reconocer la grandeza del amor humano”, a la vez que como recordaba el papa Juan Pablo II, el 5 de junio de 1987, “cuanto enseña la Iglesia acerca de la anticoncepción no puede ser materia de libre disputa entre los teólogos. Enseñar lo contrario equivale a inducir a error en la conciencia moral de los esposos”.

 

Justo Aznar

Julio Tudela

Enrique Burguete                       

Alfonso Fernández                     

Juan Antonio Reig 

 

Observatorio de Bioética

Instituto de Ciencias de la Vida

Universidad Católica de Valencia

[1]Todas las referencias bibliográficas que podrían incluirse en este artículo se pueden consultar en el libro https://www.sekotia.com/catalogo/opinion-y-ensayo/1637-la-regulacion-de-la-fertilidad-humana-a-a-luz-de-la-carta-enciclica-de-la-humane-Vitae-9788416921652.html

 

 

DD HH, condición sine qua non para la paz

70 años después de la Declaración Universal, los derechos humanos atraviesan una gran crisis. Están atrapados entre el “progresismo” libertario occidental y el activismo de los 57 estados de la Organización de Cooperación Islámica que someten los derechos humanos a la sharia. Para salir de este callejón sin salida, habrá que reafirmar el arraigo de los derechos humanos en la naturaleza humana. No nos queda otra.

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Durán Lleida y Daniel Arasa

El pasado martes, conmemorando esta Declaración, asistí a la conferencia que pronunció Josep Antoni Durán Lleida, antiguo parlamentario europeo y miembro del parlamento español, con el título La familia y los derechos humanos. “Aún no hemos cumplido con el mandato constitucional de proteger la familia desde el punto de vista social, jurídico y económico. Se ha subestimado a la familia como célula básica de estructuración de la sociedad y auténtico motor y garantía del bienestar social. Que se lo pregunten, si no, a miles de personas que encontraron en sus padres o abuelos la supervivencia cuando la crisis económica les dejó sin trabajo. Se ha ignorado a la familia como escuela de transmisión de valores. ¿Recuerdan aquello de Tony Blair? “Un país es más fuerte cuanto más fuertes son sus familias”. Y se ha menospreciado a la familia como garantía de futuro. No se trata de prescribir cuántos hijos deben tenerse, sino de garantizar que quien quiera, pueda tenerlos (de media, 2,5 deseados, frente a 1,3 reales). En España, incluso lo poco que se ofrece de ayuda a la maternidad pagaba impuestos hasta la reciente sentencia del TS. A la hora de garantizar el derecho a no tener hijos, hemos ido más allá que nadie en la UE. Pero en lo que a la protección del derecho a tenerlos se refiere, estamos al final de la cola.”
¿Qué podemos hacer ante la aparición de nuevos derechos humanos, que no son humanos…? ¿Hace falta una nueva Declaración? ¿Hace falta una situación de terror como la que se vivía hace 70 años?

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Ricardo Calleja, prof. del IESE,  opina que “hoy sería imposible un consenso semejante. Ya entonces se logró el acuerdo gracias a que no se abrió el melón del fundamento de los derechos, y a los horrores de la guerra. Hoy el desacuerdo es más radical, especialmente por la definición de “derechos” y de “humano”: Los derechos son reconocidos en su pluralidad como la protección de esferas de libertad individual. Existe un derecho general de libertad que protege la expresión de cualquier estilo de vida. La pluralidad de derechos es solo enumeración reivindicativa de casos típicos, sin valor objetivo.  Conceptos supuestamente centrales e indiscutidos como “dignidad” y “humano” se convierten en lugar de desencuentro. “Lo que era mainstream hace unos años, ahora es puesto en duda e incluso es objeto de polémica: la diferencia esencial entre ser humano y animales (hace una semana hablábamos en este Blog de humanos-no-personas); la diferencia con la máquina; y el deber de conservar la especie frente a intentos de “mejorarla”.

En 1948 estábamos de acuerdo en la importancia de proteger esos derechos para asegurar la paz en el mundo y proteger la dignidad de las personas. Mientras que, ahora, se pone en duda el sentido de las palabras, y se presiona para cambiarlo, un ejemplo más de la toxicidad de las ideas que dominan el mundo en que vivimos. Frente a este nuevo concepto, en nuestra mano está reconocer los derechos arraigados en nuestra naturaleza humana, y hacer posible que los que nos rodean, al menos, puedan disfrutarlos.

 

 

Amistad        

Daniel Tirapu

El Papa Francisco con un grupo de discapacitados.

El Papa Francisco con un grupo de discapacitados.

Se está haciendo cada vez más difícil hablar de amistad. En un mundo hipersexualizado y un poco desviado si hablas de tengo un amigo o amiga pueden entender otra cosa.

De lo mejor que he tenido en esta vida es amigos, pocos, pero de verdad. Hay mucho conocido, mucho interesado, mucho hipócrita disfrazado, mucha palmadita en la espalda y cuchillo en el bajo vientre.

Uno de mis amigos se fue a Nigeria a trabajar, en condiciones muy duras. Se trasladó a España por un problema médico, no demasiado grave pero sí muy molesto, que allí no tenía solución. Su familia estaba en Irlanda. Recibí una llamada, "estoy aquí, me encuentro solo, ven a verme".

Estuve dos días con él, hablamos, nos reímos, recordamos, nos hicimos mejores en esos días. Ahora no sé dónde está, pero espero una llamada desde donde sea, en cualquier momento, y estaré siempre. 

 

 

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

¿ENTONCES QUÉ HACEMOS?

Juan Bautista que proclama a Jesús ya próximo entre los hombres y prepara el camino del Señor, acoge todas las preguntas que le hacen en ese momento. Preguntas que quizás algunos no esperen que les dé la respuesta.

Primero pregunta el pueblo pobre, humilde y sencillo. Los que no tienen casi nada que ganar ni perder. ENTONCES ¿QUÉ HACER?

Que vivamos el momento presente. Es lo que más nos preocupa en el día a día, la comida y el sustento para poder vivir dignamente.

También se preguntan los hombres y mujeres de su tiempo, buscadores incansables desde su realidad de pecadores, de pobres de solemnidad, despreciados por los demás y que se han ido a bautizar al Jordán.

Maestro, qué hacemos nosotros. Le llaman maestro, y sobre todo contesta Juan, como un auténtico maestro desde la humildad y sencillez de la vida. No seáis demasiado exigentes ni rigoristas. Sed buenos de corazón. Sembrad de esperanza los caminos de la tierra, el orden establecido, luchar por la justicia...

También están los militares, ellos también buscan el Rostro de Cristo. También preguntan y se preguntan ¿Qué hacemos nosotros?

Juan va al grano: No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga. Sed de corazón bueno y aceptad lo que tenéis, no se os meta en el corazón la tentación de tener más, de poseer más, de buscar el éxito. Contentaos con lo que ahora tenéis porque el Señor está cerca.

La expectación del pueblo es grande. El asombro se apodera de nosotros ante lo que viene en ese momento de la historia y que no saben lo que le deparará.

Todas nuestras preguntas tienen una búsqueda del corazón y un nombre: JESÚS. “Yo os bautizo con agua” pero este bautismo es una figura del Bautismo de Jesús en el Espíritu Santo que provoca en nosotros la verdadera conversión del corazón. Ser de Jesús, para ser entrega a los empobrecidos

Ante Él, ante Jesús, el Mesías “no soy digno de desatarle la sandalia” Se habla aquí del Bautismo en el Espíritu Santo con su fuego que nos recuerda aquel grito de Jesús; “He venido a traer fuego a la tierra y ojalá estuviera ya ardiendo.  El Espíritu Santo es el fuego del Amor de Dios en nosotros, que viene a que arda una humanidad que muere de frío y soledad.

+Francisco Cerro Chaves

 

ACONDICIONAR NUESTRO CORAZÓN PARA JESÚS, QUE NACE EN NAVIDAD

(con la ayuda de la catequesis del Papa sobre los mandamientos)

El domingo 2 de diciembre comenzó el Adviento. Es un tiempo de preparación de la Navidad. La Iglesia nos recuerda la misericordia que Dios tiene con nosotros, para que la acojamos en nuestra vida. Es tanto su amor por nosotros que se ha hecho hombre, encarnándose en el seno purísimo de la Virgen por acción del Espíritu Santo. Esta es la realidad que ilumina la vida del cristiano: que Dios, nuestro Salvador, viene. Esta es la alerta que escuchamos en la Liturgia: “¡Despierta! ¡Recuerda que Dios viene! ¡No vino ayer, no vendrá mañana, sino hoy, ahora!”. Dios no es un ser lejano, que está en el cielo, desinteresado de nosotros y de nuestra historia.

¿Para qué viene? Jesús, el Dios hecho hombre en Belén, viene para salvarnos. Esta es la buena noticia que lleno de alegría y esperanza a los hombres. “Hermanos: daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca” (Romanos 13, 11-14). Esta es la buena nueva, Evangelium, que nos trae Cristo; y fue el anuncio de los primeros cristianos a sus contemporáneos y fuente de su caridad que cambio su mundo… y el nuestro, si nos abrimos a la salvación de Dios.

¿Qué nos dice Jesús acerca de nuestra salvación? El Papa nos introduce en la respuesta con su último ciclo de catequesis de los miércoles. En 17 sesiones (del 13 de junio al 28 de noviembre) ha recorrido el itinerario de “las diez palabras” de Dios al pueblo de Israel, “dando la mano a Jesús. (…) Descubriremos, en cada una de las leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta del Padre que está en los cielos para que el Señor Jesús, que la ha atravesado, nos conduzca en la vida verdadera. Su vida. La vida de los hijos de Dios (Francisco 13.06.18).

Refrescar la memoria: “las palabras” de la Alianza de Yavé con las doce tribus de Israel

Nos situamos a mediados del siglo XIII a.C. Moisés ha liberado al pueblo de Israel de la esclavitud del Faraón de Egipto por el poder de Dios. Según nos relata el libro del Éxodo, habían transcurrido tres meses de su salida de Egipto, caminaban por el desierto del Sinaí y acamparon frente al monte Horeb.

En ese lugar, Dios habló a Moisés: quería configurar a Israel como su pueblo: “seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos”; en virtud de la Alianza que iba a establecer con él: “si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza” (Éxodo 19, 5). A los tres días tuvo lugar una gran Teofanía, en que Yavé se manifestó de forma majestuosa: “La montaña del Sinaí humeaba (…) su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia” (Éxodo 19, 18). Después, Dios llamó a Moisés a subir a la cima. Allí, el Señor le habló de la Alianza. Cuando bajó al campamento, Moisés comenzó su relato: “El Señor pronunció estas palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud…” (recogidas en Éxodo 20, 1-17, están al final de la charla). A continuación, sigue una larga serie de preceptos sobre diversos asuntos: sobre el culto, sobre el comportamiento social y religioso… Todo ese conjunto de normas se conoce como Código de la Alianza. Israel se compromete a vivirlo: “el pueblo contestó con voz unánime: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor»” (Éxodo 24, 3).

Conocemos la historia del becerro de oro: poco después de ratificar la Alianza, los Israelitas apostataron. Ocurrió mientras Moisés estaba fuera del campamento; había subido de nuevo a la cima del Horeb para recibir de Dios “las tablas de piedra con la instrucción y los mandatos que he escrito para que los enseñes” (Éxodo 24, 12). Permaneció fuera 40 días. Después de lo ocurrido, todo debía ser renovado y la Alianza, ser restablecida. El Señor entregó unas tablas de piedras nuevas (Éxodo 34, 1), ya que las primeras habían sido rotas por Moisés movido por la ira al descubrir la apostasía de su pueblo. Después de 40 días de ayuno en la cima del Horeb, Moisés “escribió en las tablas las palabras de la alianza, las Diez Palabras” (Éxodo 34, 28). En la tradición judía, los diez mandamientos se conocen como “las Diez Palabras”, que en la traducción griega de la Biblia (realizada en Alejandría en el siglo III a.C.) se dice “Decálogo” (deca-logoi: diez palabras).

En el Deuteronomio, último de los cinco libros de la Torah o Pentateuco, se recogen tres largos discursos de Moisés a las tribus de Israel acampadas en las estepas de Moab, frente a Jericó, a las puertas de la tierra prometida, antes de morir. En el segundo discurso, parte fundamental del libro, Moisés recuerda la Alianza que Dios hizo con su pueblo en Horeb, y proclama el Decálogo (Deuteronomio 5, 6-22), subrayando su importancia y exhortando a que sean fieles: “seguid siempre el camino que os mandó el Señor, vuestro Dios, para que viváis, os vaya bien y se prolonguen vuestros días en la tierra de la que vais a tomar posesión” (Deuteronomio 5, 33).

El Decálogo: ¿palabras o mandamientos?

En su 2ª catequesis de este ciclo (20.06.18), el Papa se centra en esta cuestión. Lo recordado en el punto anterior nos sirve para entender mejor esas enseñanzas. Francisco señala que “al inicio del capítulo 20 del libro del Éxodo leemos –y esto es importante–: «Pronunció Dios todas estas palabras» (Éxodo 20, 1) (…) El texto no dice: «Dios pronunció estos mandamientos» sino «estas palabras»”. Apunta que estas palabras tienen la formulación de ley, ya que objetivamente son mandamientos. Y se pregunta: “¿Por qué, por tanto, el Autor sagrado usa, precisamente aquí, el término «diez palabras»? ¿Por qué? ¿Y no dice «diez mandamientos»?”

La argumentación que el Papa expone a continuación es muy interesante. El mandamiento es una comunicación que no requiere el diálogo. La palabra, sin embargo, es el medio esencial de la relación como diálogo”. Recuerda que Dios creó a través de su Palabra, la segunda persona de la Santísima Trinidad: “Dijo Dios: exista la luz. Y la luz existió” (Génesis 1,3). Palabra que se encarnó para revelarnos el amor de Dios, para restaurar el camino a la felicidad y mostrárnoslo con sus enseñanzas y con su propia vida, para hacerlo posible con sus gracias: “Jesús es la Palabra del Padre, no es la condena del Padre. Jesús vino a salvar, con su palabra, no a condenarnos”. Dios dialoga con el hombre porque lo ama con locura. Cuando dos personas no se hablan, han dejado de amarse. Las palabras nutren el amor. El hombre es la única creatura de la tierra creada a imagen y semejanza de Dios; solo el hombre es capaz de acoger ese amor divino y libremente corresponderle. Solo él puede ser hijo de Dios. Francisco acentúa nuestra condición de hijos, no de súbditos. “El hombre está frente a esta encrucijada: ¿Dios me impone las cosas o cuida de mí? ¿Sus mandamientos son solo una ley o contienen una palabra para cuidarme? ¿Dios es patrón o padre? Dios es Padre: nunca olvidéis esto. Incluso en las peores situaciones, pensad que tenemos un Padre que nos ama a todos (…) El mundo no necesita legalismo sino cuidado. Necesita cristianos con el corazón de hijos: no olvidéis esto”.

El Decálogo: ¿afirmación o negación de nuestra libertad?

Al establecer la Alianza de salvación con el pueblo elegido, descendiente de Abraham, Dios le comunica cómo ser feliz con “las Diez Palabras”: qué ha de hacer para permanecer en alianza con Él y no caer en la esclavitud del pecado. En la representación tradicional de las tablas de la ley aparecen dos piezas de piedra. Se aprovechaba para dividir los mandamientos en dos grupos: en la primera, los que hacen referencia al amor debido a Dios; y en la segunda, los que se refieren al amor al prójimo. ¿Quién mejor que Dios para decirnos esto? Él es nuestro creador y nosotros, sus creaturas. ¿Quién conoce mejor el corazón del hombre que Él? Él es nuestro padre y nosotros, sus hijos. ¿Quién nos ama más que Él? Francisco desea resaltar que el Decálogo manifiesta el cuidado de un Padre por sus hijos, que les aconseja para que les vaya bien en el camino de la vida. “Los mandamientos son el camino hacia la libertad, porque son la palabra del Padre que nos hace libres en este camino.

Esta enseñanza divina no coarta nuestra conciencia ni limita nuestra libertad. No es una intromisión inaceptable, como algunos piensan. Recibir ayuda para conocer la verdad no es una ofensa. Es un don de Dios que hay que agradecer. Se apiada de nosotros, y pone al alcance de todos los principios que rigen la vida buena. Son principios cargados de fuerza liberadora, unos expresan el bien que se debe hacer y otros, el mal que se debe evitar. “Podríamos decir también que el rostro de Dios, el contenido de esta cultura de la vida, el contenido de nuestro gran "sí", se expresa en los diez Mandamientos, que no son un paquete de prohibiciones, de "no", sino que presentan en realidad una gran visión de vida. Son un "sí" a un Dios que da sentido al vivir (los tres primeros mandamientos); un "sí" a la familia (cuarto mandamiento); un "sí" a la vida (quinto mandamiento); un "sí" al amor responsable (sexto mandamiento); un "sí" a la solidaridad, a la responsabilidad social, a la justicia (séptimo mandamiento); un "sí" a la verdad (octavo mandamiento); un "sí" al respeto del otro y de lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos)” (Benedicto XVI, 6.01.2006). Son principios que están grabados en nuestro corazón, accesibles a nuestra razón, pero que se oscurecen con frecuencia por nuestra ignorancia, por las desviaciones en nuestra conducta. Su formulación es sencilla, para que pudiera ser aprendida de memoria por todo el pueblo. Pero no falta nada para llegar a ser plenamente hombres.

Tengamos muy en cuenta que todos los mandamientos tienen la tarea de indicar el límite de la vida, el límite más allá del cual el hombre se destruye y destruye a su prójimo, estropeando su relación con Dios. Si vas más allá, te destruyes, también destruyes la relación con Dios y la relación con los demás. Los mandamientos señalan esto” (Francisco 21.11.18). Dios nos recuerda el umbral mínimo para permanecer dueños de nuestra libertad; si lo traspasamos caemos en la esclavitud del pecado ¿Qué perderíamos? La posibilidad de empeñar nuestra libertad en el amor, a Dios y a los demás. Porque nadie puede asegurar que ama a Dios si no ama al prójimo. Solo el que ama es feliz. Hemos sido creados por amor y para amar. Somos imagen de Dios en cuanto que amamos. Cuando el amor es verdadero, el sacrificio que supone no duele; el amor hace que lo que es un deber se quiera como un bien propio. Por eso Dios se preocupa de nuestra libertad y nos revela lo que nos quita la libertad para amar, su gran don para llegar a ser feliz.

¿Por qué el Decálogo no está de moda?

En este momento, surge una pregunta obligada: entonces, ¿por qué el hombre desconfía de Dios y recela del Decálogo? ¿por qué lo ve como una limitación a su libertad y no como la vía para ser plenamente libres? El Papa nos recuerda lo sucedido al inicio de la Creación. Adán y Eva son engañados por el demonio; la serpiente les presentó las palabras de Dios: “puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir” (Génesis 2, 16-17), como una disposición sospechosa; dichas por Dios no para librarles de un mal inmenso, la muerte, sino para evitar que fueran tan poderosos como él: no, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal” (Génesis 3, 4-5). Nuestros primeros padres dudaron de Dios, dejaron de verle como padre y le miraron como un competidor, que les quitaba libertad para llegar a ser más grandes, plenamente hombres. Y desobedecieron. Fue el gran timo.

Por desgracia, desde entonces todos los hombres nacemos con este veneno de la serpiente inoculado en nuestra alma. Es el pecado original. Aunque nos libramos de él por la gracia del Bautismo, contraemos una debilidad de por vida: sigue siendo nuestro “talón de Aquiles” y fácilmente desconfiamos de Dios. Como nos recuerda el Papa, nos enfrentamos al dilema: “¿la primera norma que Dios dio al hombre es la imposición de un déspota que prohíbe y obliga o es la atención de un padre que está cuidando de sus pequeños y les protege de la autodestrucción?” De nuestra respuesta dependerá nuestra vida.

Si acogemos la salvación que nos gana Jesús en la Cruz y en su Resurrección, si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo que nos conforma con el Hijo de Dios, gozaremos de esa luz para ver a Dios como padre amoroso que nos cuida, y contaremos con esa fuerza para querer comportarnos como buenos hijos; en definitiva, ser como Jesús. En caso contrario, nos consideraremos siervos de Dios, nos moverá un espíritu de esclavos. Un espíritu de esclavos no puede hacer otra cosa que acoger la Ley de manera opresiva y puede producir dos resultados opuestos: o una vida hecha de deberes y de obligaciones o una reacción violenta de rechazo, nos avisa Francisco.

El Decálogo: iniciativa amorosa de Dios

El Decálogo, ¿imposición y carga, o regalo y remedio? ¿restricción de la libertad o sabiduría de la vida que potencia la libertad? ¿barreras que impiden pasar o señales que indican el camino de ser feliz? ¿De qué depende esa visión que cambia la vida? La clave está en el amor.

En su tercera catequesis (27.06.18), Francisco acomete este punto (también lo retomará en la última (28.11.18)). Arranca fijando nuestra atención en el amor de Dios. A leer su catequesis me vino a la memoria esa expresión de su cuño: Dios nos “primerea”. Eso hace siempre, eso es lo que hizo con los Israelitas: primero los libera de los egipcios, después establece su Alianza pidiéndoles que guarden sus mandamientos. Por eso, Dios abre el Decálogo con una declaración de su amor a su pueblo manifestado en la liberación de la esclavitud: Yo, Yavé, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre (Éxodo 20, 2). Los mandamientos propiamente dichos vienen en segundo lugar. Expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida por la Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor” (Catecismo de la Iglesia n. 2062). La Alianza y el diálogo del Decálogo se establece entre Dios: “Yo soy el Señor, tu Dios” y cada hombre, “no habrá para ti otros dioses”. “En todos los mandamientos de Dios hay un pronombre personal singular que designa el destinatario. Al mismo tiempo que a todo el pueblo, Dios da a conocer su voluntad a cada uno en particular” (Catecismo de la Iglesia n. 2063).

Dios nunca pide sin dar antes. Nunca. Primero salva, primero da, después pide. Así es nuestro Padre, Dios es bueno”, nos recuerda el Papa. Ahí está la clave: nuestra respuesta parte de reconocer ese amor de un Padre bueno, generoso y misericordioso. Francisco nos propone preguntarnos con frecuencia: “¿Cuántas cosas hermosas ha hecho Dios por mí? Esta es la pregunta (…) Y esta es la liberación de Dios. Dios hace muchas cosas hermosas y nos libera”. Y concluye que: los cristianos que solo siguen «deberes» denuncian que no tienen una experiencia personal de ese Dios que es «nuestro»”. Este es el hándicap que lastra la vida de muchos cristianos: su experiencia personal del amor de Dios es pobre. Francisco propone un remedio: hacer como el pueblo elegido: “Los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor, que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios. Oyó Dios sus gemidos y se acordó Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob” (Éxodo 2, 23-25). Nos anima a levantar nuestro corazón a Dios pidiendo su auxilio, rogándole que nos libere del egoísmo, del pecado, de las cadenas de la esclavitud: «Señor, sálvame, Señor, enséñame tu camino, oh Señor acaríciame, Señor, dame un poco de alegría». “Este es un grito que pide ayuda. Esta es una hermosa oración para el Señor. Dios espera ese grito porque puede y quiere romper nuestras cadenas; Dios no nos ha llamado a la vida para permanecer oprimidos, sino para ser libres y vivir en el agradecimiento, la obediencia a la alegría que nos ha dado tanto, infinitamente más de lo que podemos darle a Él”.

La plenitud que Jesús trae al Decálogo

En la predicación del Sermón de la Montaña, Jesús afirma a todo el pueblo allí reunido que: “no creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mateo 5, 17). En la Nueva Alianza de Dios con su pueblo realizada por Jesús, el Decálogo no es desechado por obsoleto o superado. Manifestación de esto es la respuesta al joven, recogida por Lucas, Marcos y Mateo. Este joven “se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»(Marcos 10, 17). Primero, Jesús le recuerda que “el único Bueno” es Dios, que es fuente de todo bien, a quien hay que amar sobre todas las cosas; después, le dice: “si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19, 18) y le enumera los que se refieren al amor al prójimo; que al final resume de una manera positiva: “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19, 19).

En otro pasaje, Jesús es examinado por un doctor de la Ley acerca de cuál es el mandamiento principal de la Ley (en la época de Jesús había 613 de preceptos). La respuesta de Jesús es un resumen del Decálogo en el doble precepto de la caridad: “«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas (Mateo 22, 37-40). Jesús recuerda que los mandamientos son una gran invitación a amar. En la Última Cena, Jesús engrandecerá el amor al prójimo dándole una nueva medida “como yo os he amado”: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros (Juan 13, 34-35).

Volviendo al Sermón de la Montaña, Jesús desarrolla cada uno de los mandamientos divinos que se refieren al prójimo, precisando su sentido y alcance, corrigiendo ciertas interpretaciones que se habían dado (recogidas en Mateo 5, 17-48). Se expresa en nombre propio, manifestando una audacia inusitada: “Pero Yo os digo” o “Yo os digo más”. Provocará admiración en las muchedumbres “porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas” (Mateo 7, 29). Estas enseñanzas de Jesús, que llevan a la plenitud la ley antigua, serán recogidas en la tradición de la Iglesia.

Un aspecto esencial de la enseñanza de Jesús es no quedarse en la letra de la ley, sino ir al fondo. Por una parte, Jesús dice explícitamente: porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre (Marcos 7, 21-23). Los mandamientos reclaman sondear el propio corazón para sanarlo con la gracia del Señor. Este es el reto: liberar el corazón de todas estas cosas malvadas y feas. Los preceptos de Dios pueden reducirse a ser solo la hermosa fachada de una vida que sigue siendo una existencia de esclavos y no de hijos. A menudo, detrás de la máscara farisaica de la sofocante corrección, se esconde algo feo y sin resolver”, nos avisa Francisco (21.11.18).

Por otra, Jesús orienta esta tarea de purificación del corazón al desglosar el contenido de los mandamientos. “Habéis oído que se dijo a los antiguos: <No matarás>, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego (Mateo 5, 21-22). Es más fácil apagar una cerilla que sofocar el incendio que hubiera provocado. Jesús nos dice que, si resistimos las tentaciones de ira contra el prójimo evitando los insultos y otros actos violentos, estamos expulsando el odio de nuestros corazones. Y si nuestro corazón no tiene odio, no podremos matar ni herir. San Juan recoge esta enseñanza del Maestro: “El que aborrece a su hermano es homicida” (1 Juan 3, 15).

Por último, Jesús lleva a plenitud los mandamientos porque rompe nuestros límites. “He aquí para lo que sirve buscar a Cristo en el Decálogo: para fecundar nuestro corazón para que esté cargado de amor y se abra a la obra de Dios. Cuando el hombre sigue el deseo de vivir según Cristo, entonces está abriendo la puerta a la salvación, la que no puede hacer otra cosa que llegar, porque Dios Padre es generoso y como dice el Catecismo, «tiene sed de que el hombre tenga sed de Él» (n. 2560)” (Francisco 28.11.18). Jesús nos ha ganado en la Cruz la libertad de vivir como hijos de Dios, no como “cristianos de medias tintas”, dice el Papa (13.06.18). Somos amados y “misericordiados”, expresión de su cuño que le gusta tanto. Estamos llamados a la santidad de vida; así acaba Jesús la explicación del Decálogo en el Sermón de la Montaña: “Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 5, 48). Vivir los mandamientos con la gracia del Espíritu Santo nos lanza a la aventura de emplear la libertad para amar sin límites, haciendo realidad el plan amoroso que nuestro Padre Dios tiene para cada uno. “El camino de eso que falta (Francisco hace referencia a las palabras de Jesús al joven rico) pasa por eso que está (“he cumplido los mandamientos desde mi niñez”). Jesús no ha venido para abolir la Ley o a los Profetas sino para dar cumplimiento. Debemos partir de la realidad para hacer el salto en «eso que falta». Debemos escrutar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario” (Francisco 13.06.18).

Una tarea para el Adviento

Acabo conectando lo expuesto con el Adviento. Animados por la liturgia de este tiempo, estaremos preparando “una cuna” en nuestro corazón para que nazca Jesús en Navidad. ¿Cómo hacerlo? Nos lo sugiere el Papa: “Yo me pregunto: ¿Cómo sucede este «trasplante» de corazón, del corazón viejo al corazón nuevo? A través del don de los deseos nuevos (cf. Romanos 8, 6); que son sembrados en nosotros por la gracia de Dios, de modo particular a través de los Diez Mandamientos cumplidos por Jesús, como Él enseña en el «discurso de la montaña» (cf. Mateo 5, 17-48)(28.11.18).

Facilitaremos la acción del Espíritu Santo si meditamos las catequesis del Papa sobre el Decálogo (en la web:vatican.va Audiencias, del 13.06-28.11.18). En la contemplación de la vida descrita por el Decálogo, es decir, una existencia grata, libre, auténtica, benediciente, adulta, custodia y amante de la vida, fiel, generosa y sincera, nosotros, casi sin darnos cuenta, nos encontramos frente a Cristo. El Decálogo es su «radiografía», lo describe como un negativo fotográfico que deja aparecer su rostro —como en la Sábana santa—. Y así el Espíritu Santo fecunda nuestro corazón poniendo en él los deseos que son un don suyo, los deseos del Espíritu” (Francisco 28.11.18). En la oración, Dios liberará nuestro corazón de la pereza para hacer el bien, lo hará vigilante y lo llenará de esperanza ante la venida del Dios que salva.

Facilitaremos la acción del Espíritu Santo si levantamos el corazón a Dios implorando su salvación y su bendición, la que nos trae el Niño que nacerá en Belén. “Hay muchas cosas que no están liberadas en nuestra alma. «Sálvame, ayúdame, libérame»” (Francisco 27.06.18). La meditación de cada mandamiento alertará nuestra conciencia, encenderá nuestra contrición y nos moverá a purificar nuestra vida. Acudamos al sacramento de la misericordia de Dios, a la Confesión, para que Dios nos libre de esos deseos malvados que nos entristecen y limitan tanto. Si hay deseos malos que contaminan al hombre (cf. Mateo 15, 18-20), el Espíritu depone en nuestro corazón sus santos deseos, que son el germen de la vida nueva (cf. 1 Juan 3, 9)” (Francisco 28.11.18). La vida que Jesús nos trae al nacer en Belén… y si le permitimos nacer en nuestro corazón.

“La vida nueva, de hecho, no es el esfuerzo titánico para ser coherentes con una norma, sino que la vida nueva es el Espíritu mismo de Dios que empieza a guiarnos hasta sus frutos, en una sinergia feliz entre nuestra alegría de ser amados y su alegría de amarnos (Francisco 28.11.18).

Nota. Las diez Palabras recogidas en el Éxodo 20, 2-17

Yo soy el Señor tu Dios que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre.

No habrá para ti otros dioses delante de mí.

No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos.

No tomarás en falso el nombre del Señor, tu Dios, porque el Señor no dejará sin castigo a quien toma su nombre en falso.

Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado.

Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No darás falso testimonio contra tu prójimo.

No codiciarás la casa de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo.

 

 

El orgullo, mal silencioso que lastima nuestra alma

Silvia del Valle

Debemos enseñar a nuestros hijos a dominar el orgullo y a ofrecerlo a Dios para que sus reacciones sean más naturales y menos cargadas de soberbia.

 

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El orgullo es el exceso de estimación hacia uno mismo y hacia los propios méritos por los cuales la persona se cree superior a los demás.

Es muy común sentir que nos han pisado el orgullo con alguna actitud o palabra.

Y nuestra reacción es casi siempre, de agresividad y de soberbia.

La gente que nos rodea se da cuenta de nuestras actitudes y eso puede traernos problemas.

Y con nuestros hijos pasa igual, así que debemos enseñarlos a dominar el orgullo y a ofrecerlo a Dios para que sus reacciones sean más naturales y menos cargadas de soberbia.

Por eso aquí te dejo mis 5 Tips para educar a nuestros para evitar el orgullo.

PRIMERO. Nuestro ejemplo es básico.
Nuestros hijos aprenden de nosotros cómo reaccionar a cada momento y por eso debemos tener claro que debemos actuar como queremos que ellos aprendan a actuar.

No es necesario decirles que les vamos a educar para que ellos aprendan, por eso debemos ser coherentes y actuar conforme a lo que predicamos.

SEGUNDO. Que ofrezcan todo a Dios.
Así, logramos que nuestra intención sea pura.

Al ofrecer las cosas a Dios hacemos que tanto el mérito como el fruto de ellas le pertenezca a Dios, así no podremos vanagloriarnos y el orgullo no tendrá cabida.

Y si enseñamos a nuestros hijos a hacerlo desde pequeñitos, los estamos educando para que lo vean como lo más normal y que sea su estilo de vida.

Primero tendremos que ayudarles a ofrecer, pero poco a poco debemos dejar que sean ellos quienes ofrezcan con la oración que salga de su corazón.

TERCERO. Por cada triunfo una obra de caridad.
Quiero decir que podemos sacarle el mayor provecho a lo que hacemos en nuestra vida cotidiana.

A veces, cuando tenemos algún logro, nos pasa que el orgullo se desata, pero con una obra de misericordia es suficiente para domarlo y regresarlo a su justo nivel.

CUARTO. Cuando se equivoquen hay que reconocer y ofrecer disculpas.
No hay nada que venza más el orgullo que reconocer nuestros errores y pedir perdón por ellos.

Es una actitud humilde que le da cabida a la gracia de Dios y sana el corazón, tanto de quien comete el error como de quien recibe la falta.

Y no hay mejor forma de enseñarlo a los hijos que con nuestros ejemplos.

Y QUINTO. Pureza de intención, ante todo.
La intención es importante para que un acto sea bueno, si no corremos el riesgo de hacer caridad y buenas obras por el simple hecho de querer reconocimiento o sentirnos bien con nosotros mismos.

Para que verdaderamente haya pureza de intención es necesario ofrecerla a Dios y buscar el mayor Bien posible para todos.

Que no tengamos temor a que nuestro orgullo sea disminuido para que brille la gracia de Dios y nuestro buen corazón.

  

La diferencia entre ir al psicólogo o ir al psiquiatra

Lucía Legorreta

Aunque coloquialmente se usan como términos intercambiables, la psiquiatría y la psicología no son lo mismo. Tenemos que comprender como funcionan ambas profesiones y de qué manera podemos aprovecharlas para vivir mejor.

 

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¿Cuál es la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra? Existe una enorme confusión en torno a los roles de cada uno y cómo se pueden aprovechar sus especialidades para vivir más plenamente.

Un ejemplo es el de una paciente que recuerda: “Tuve una temporada en que me sentía muy decaída. Decidí ir al psiquiatra para que me diera un medicamento, pues no me interesaba que me analizaran. Pero en mi primera consulta, el psiquiatra me evaluó y me dijo que no necesitaba de él y me pidió que visitara al psicólogo”.

Aunque coloquialmente se usan como términos intercambiables, la psiquiatría y la psicología no son lo mismo.

Tenemos que comprender cómo funcionan ambas profesiones y de qué manera podemos aprovecharlas para vivir mejor.

La diferencia básica, y más conocida entre uno y otro, está en su entrenamiento.

Esto no significa que uno sea mejor que otro, simplemente son diferentes, y es por eso que hoy quiero platicar contigo sobre ellos.

La psiquiatría es una especialidad de la medicina. Significa que, en primer lugar, el psiquiatra es un médico cuya preparación le califica para el diagnóstico, tratamiento y prevención de problemas emocionales y de salud mental.
En cuanto a diagnóstico podemos comentar:
* Frecuentemente, las personas llegan al psiquiatra a través de su médico general, o de un psicólogo que los ha referido, previa valoración.
* Trata condiciones relativamente leves y limitantes, como ansiedad y depresión, a las severas, como esquizofrenia y desorden bipolar, así como adicciones.
* Puede ordenar o realizar un amplio rango de pruebas médicas o psicológicas para proporcionar un panorama completo tanto del estado mental como del estado físico del paciente que trata.

Y en cuanto al tratamiento:
* Comprende la compleja relación entre salud emocional y otras enfermedades médicas.
* El psiquiatra es el profesional más calificado para distinguir entre las causas físicas y psicológicas del sufrimiento físico y/o mental.
* El médico puede recetar antidepresivos, ansiolíticos o antipsicóticos, según sea necesario; y combinarlos con otros tratamientos clínicos para ayudar a sus pacientes a llevar una vida más satisfactoria y plena. El psicólogo por ningún motivo puede recetarlos.
La psicología, por su parte, es el proceso de asistir a los clientes para mejorar su experiencia de vida mediante la corrección de conductas y patrones, y a través de la auto-actualización, para aprovechar sus talentos y fortalezas.

Los psicólogos aplican procedimientos científicamente válidos para la creación de hábitos más sanos y eficientes.
En qué consiste el diagnóstico:
* La psicoterapia es un tratamiento de colaboración basado en la relación entre el paciente y el psicólogo. Su base fundamental es el diálogo, por lo que proporciona un ambiente de apoyo que permitirá hablar abiertamente con alguien objetivo, neutral e imparcial.
* La psicoterapia cuenta con varios métodos como el cognitivo-conductual, el interpersonal y otros tipos de terapia conversacional que ayudan a resolver los problemas. Generalmente, combinan diferentes procedimientos durante el tiempo que dura el tratamiento.
* El psicólogo y el paciente trabajan juntos para identificar y cambiar los patrones de pensamiento y comportamiento que le impiden sentirse bien a este último.

Tratamiento:
* Dependiendo del problema y del enfoque, el tratamiento puede tomar desde unas cuantas sesiones en unos meses, hasta uno o dos años.
* Reunirse con un psicólogo puede dar una nueva perspectiva y ofrecer alivio al dolor. Muchos encuentran algún beneficio después de unas cuantas sesiones, especialmente si se trata de un problema único y definido.

* Algunos pacientes eligen continuar las sesiones, pues siguen percibiendo beneficios, aun cuando se ha resuelto el problema inicial que los llevó a la consulta.

En nuestros días, por lo general, está bien aceptado ir al psicólogo; sin embargo, visitar al psiquiatra acarrea un mayor estigma, pues solemos pensar en términos de enfermedad mental, y ello nos asusta.

Esto es un grave error, tanto uno como otro te pueden ser de gran ayuda dependiendo la situación en que te encuentres. Incluso hay casos en que ambos profesionales pueden trabajar juntos para el bien del paciente.

Ante todo, te recomiendo que ya sea un psicólogo o un psiquiatra al que acudas, debe ser un profesional ético, honesto y con una preparación firme.

 

 

EL CONCEPTOR,

SÍMBOLO DE LA NUEVA SOCIEDAD

Dr. Hugo SALINAS

salinas_hugo@yahoo.com

El conceptor, el científico en las ciencias y en las artes, en todas las ramas del saber humano, remplazará al obrero en la parte central y más importante de la actividad económica. Será el creador de riqueza por excelencia, dejando lejos, muy lejos al obrero y al campesino. Una nueva sociedad y un nuevo cuadro de vida se está construyendo aceleradamente. Su visualización requiere de un nuevo paradigma.

Aquí el nuevo paradigma que les propongo. La actividad socio-económica tiene dos elementos: el proceso de trabajo y la decisión socio-económica. Esta nueva forma de enfocar nuestros problemas de sociedad (desempleo, pobreza, marginación, y todo lo que sigue), nos permite visualizar con claridad el origen de tales flagelos, así como proponer, de una manera simple y precisa, su alternativa de solución.

Existen dos formas de manifestación de la “decisión socio-económica”: la repartición igualitaria y la repartición individualista del resultado neto de la actividad económica. Tema que lo hemos abordado en nuestros tres artículos precedentes.[i] En este artículo, abundaremos un poco más en cuanto al “proceso de trabajo” en su rol de creador de riquezas.

La evolución de los procesos de trabajo

En sus orígenes, el grupo social resuelve su necesidad alimenticia recolectando frutas, cazando venados o pescando en los ríos, lagos y mar. Los trabajadores realizan esta actividad económica con sus manos. De ahí su nombre: Proceso de Trabajo a Mano Desnuda.

Luego, con el correr del tiempo y de su experiencia, los trabajadores crean y utilizan una serie de herramientas de trabajo tanto en la recolección como en la caza y la pesca. Dentro de ellos tenemos a la lanza, el mazo, la flecha, la piedra tallada, etc. De esta forma se configura el Proceso de Trabajo con Herramientas, mucho más productivo que su precedente.

Los miles de años en contacto permanente con su Centro de Alimentación, como los bosques, le permite al ser humano comprender que lo que la Naturaleza provee, él mismo lo puede producir, a condición de crear la tierra cultivable. Es el nacimiento de los Dos Procesos Naturales de Producción, la agricultura y la ganadería en sus estados primarios.

Una vez más, los miles de años de ejercicio en la ganadería, por ejemplo, hacen que el ser humano visualice que a partir de la lana de la alpaca puede producir hilo de alpaca. Con ello da nacimiento a una nueva actividad económica antes inexistente. Ya no se trata de replicar lo que la Naturaleza provee, sino de producir bienes completamente nuevos, inexistentes, que dan confort al ser humano. Como resultado inmediato tenemos al poncho, chullo, ojotas, pantalones, camisas, etc. De esta forma, nace una de las formas de trabajo que sigue maravillando a los seres humanos: el Proceso Artificial de Producción, más conocido como la “economía industrial”.

En esta evolución de los procesos de trabajo se pasa de la economía de autoconsumo a la economía de mercado, en donde se compra y se vende. Y todas las transacciones se efectúan con precios expresados en unidades monetarias.

Con esta nueva manera de trabajar se pueden producir “n” bienes diferentes los unos de los otros. Y cada nuevo bien exige un centro de trabajo, la fábrica, que puede exigir un trabajador o miles de trabajadores. Y cada centro de trabajo puede ser replicado “m” veces. Entonces, ¿por qué existe desempleo? Y peor todavía, desempleo masivo.

Como se podrá apreciar, el desempleo no se origina en la dinámica interna del proceso de trabajo sino, como ya lo hemos visto en los artículos[ii] precedentes, es resultado de la repartición individualista de la riqueza creada.

Proceso de Trabajo de Concepción

Con la economía industrial, podríamos decir, que se ha resuelto el problema de confort material de los seres humanos y de su sociedad. Sin embargo, la humanidad no se detiene en la evolución de los procesos de trabajo.

Y es así como se está instalando una nueva forma de trabajar que es completamente diferente a todos los anteriores procesos de trabajo. El resultado del trabajo ya no es un bien material, es inmaterial. Y los medios y herramientas de trabajo son igualmente inmateriales, a excepción del soporte del bien que es material. Es decir, ya no se trata de “producción” sino de “elaboración” de bienes económicos.

Como ejemplo de dichos bienes tenemos a Facebook, YouTube, Word, Excel, etc. Son bienes únicos, no necesitan de una producción en serie. Ya no se consumen, se utilizan, por una persona o millones de personas al mismo tiempo, estén aquí o en la otra parte del mundo.

Los medios de comunicación se han transformado totalmente. Ahora, ellos dan sus servicios en tiempo real. Y casi todos los campos de la actividad económica han sido invadidos por esta nueva manera de trabajar; así como han aparecido otros. Incluso tienen su propia Bolsa de Valores, el Nasdaq, que se ha convertido en poquísimos años, un rival de la Bolsa de Valores de la economía industrial, el Dow Jones. Y el trabajador, símbolo de esta nueva sociedad, es el Conceptor.

Esta nueva forma de trabajar es la que, en términos de valor, es la que crea más riquezas. Es el proceso de trabajo que muy pronto se convertirá en el hegemónico en remplazo de la economía industrial. Ello no quiere decir, que los bienes materiales desaparecerán. Todo lo contrario. Aparecerán nuevos bienes económicos materiales, pero todos ellos condicionados por el nuevo proceso de trabajo. 

Algo más, y muy importante para nuestro futuro próximo. Cada bien de esta nueva forma de trabajar es el resultado de una creación, innovación o descubrimiento. De nada sirve apropiárselos, porque el trabajador-conceptor estará en la medida de crear, innovar o descubrir otro mejor en todo sentido. Y esta condición de la economía inmaterial será la base real para impedir la Repartición Individualista. Es decir, impedir que alguien se le apropie para su beneficio personal o grupal. Es el asiento real de la Repartición Igualitaria.

En guisa de conclusión

En fin, la nueva actividad socio-económica que se impondrá a corto plazo, es una en donde el proceso de trabajo tendrá la forma de la economía inmaterial y, la decisión socio-económica se impondrá en su forma de Repartición Igualitaria del resultado neto de la actividad económica.

Cuanto más rápido seamos capaces de visualizar la nueva economía, estaremos en mejor disposición para construir las nuevas instituciones que le corresponden.

La tarea que sigue es encontrar el medio más correcto para poner en práctica este modelo socio-económico que cambiará nuestro espíritu, nuestro comportamiento,  y nos dará confianza en nuestro futuro.

Es indudable que para ponerlo en práctica nos debemos encontrar en posición de poder realizar la emisión monetaria que facilita el financiamiento ilimitado. Y esta posición puede ser la del Presidente de la República, así como de un Gobernador de Región, de un Alcalde o de un líder de una comunidad que se comprometa a poner en acción el modelo.

Una de las primeras acciones a realizar es abrir mil centros de trabajo con mil centros de emisión monetaria, al mismo tiempo, a fin de eliminar lo más rápidamente posible el desempleo masivo de jóvenes y adultos. Y con mayor razón, porque son los trabajadores quienes crean la riqueza de un pueblo. Y la tarea inmediata es resolver los problemas básicos de las personas, como alimentación, alojamiento, etc. Esto pasa por un incremento sustancial y acelerado del salario. Este incremento debe comenzar por el salario mínimo de los trabajadores de las empresas-país.

Todos estos proyectos de inversión deberán ser ejecutados por empresas-país, elemento esencial no solamente para hacer crecer rápidamente la propiedad colectiva o comunitaria, sino porque es el zócalo esencial para rendir iguales a todos los habitantes del país, tanto en activos como en el financiamiento de sus proyectos. Es decir, dar nacimiento real a la Igualdad de Oportunidades que se merecen todas las personas, vengan de donde vengan.

Paris, 14 de diciembre del 2018

 

 

Posible Papel político  del PP

Migiel A Espino Perigault

espinomiguel21@gmail.com

Conversando con un  amigo, activo en el Partido Popular  (nombre  de los ex partidos Demócratas Cristianos)   me animé a decirle, autorizado por mi  larga  militancia en aquel partido (del que soy uno de los fundadores) , que la discusión acerca de a cuál debía ser la supuesta necesaria alianza electoral en las elecciones venideras, ignoraba el punto clave y  más valioso que puede ofrecer  el partido  como fuerza electoral:  Su clara y valiosa ideología democrática inspirada en  los valores éticos y morales  propios de la doctrina social  cristiana,  atadura y compromiso con la  verdad, que la hace libre y segura.

Las historias de estos partidos    son relatos  de fracasos, en casi todas partes. Las explicaciones que puedan dar los estudiosos, han de incluir el fracaso en la defensa y realización de los mencionados  valores éticos y morales en  la consecución del Bien Común, entendido en el lenguaje de la verdad.

Lenguaje en el cual   la vida, el ser humano, la familia natural y la libertad alcanzan su pleno significado.

La fuerza del PP no corresponde  al número de  votantes inscritos, sino a la que pueda  responder  a un mensaje firme, claro y valiente sobre los valores mencionados, único remedio contra la corrupción cultural que nos asfixia. Pero el PP no parece entenderlo y cava su  sepultura y la  del partido aliado.

11/12/18

 

 

MÈXICO …¡ES TUYO!

Autora: Magui del Mar

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

Poeta Mexicana.

 

Aquí estoy a tus pies, Virgen Morena

buscando en Ti, consuelo en mi quebranto…

soy México, tu pueblo, que en su pena,

otra vez viene a Ti, bañado en llanto…

yo sé que en tu regazo, Madre buena

-seguro de que me amas…tanto, tanto-

encontraré la paz que tanto anhelo

Y serás, como siempre, mi consuelo.

 

A México contempla, Madre mía

entre tantas penurias…y dolores;

padeciendo profunda carestía…

unas terribles luchas interiores

que sumergen tu pueblo en agonía…

mas al pensar en Ti, Virgen María.

el corazón de dicha se estremece

al sentir que tu amor…lo fortalece.

 

Míranos hoy aquí, bajo tu manto,

sabiendo que la Patria es toda tuya.

Tu amor de Madre enjuga nuestro llanto

y no hay nada en la tierra que destruya

de nuestras almas, tu cariño santo,

que crece entre tus brazos…y se arrulla

borrando todo rastro de amargura

en tus dulces palabras, de ternura.

 

Derechos Reservados.

 

 

 

PUBLICIDAD SUBLIMINAL.

Estos días vemos en las TV un vídeo recordando los 40 años de la Constitución. En él aparecen diversas actividades que comparan la España preconstitucional con la actual.

Una de ellas se produce en el aula de un colegio mixto, y los alumnos/as se extrañan de que “antes” los colegios fueran de niñas y niños, por separado.

Con estas imágenes el Gobierno actual incluye subliminalmente la enseñanza diferenciada entre las actividades inconstitucionales.

La Constitución de 1.978 no se pronuncia sobre la educación mixta y/o diferenciada. Pero sí consagra  el derecho de los padres a elegir para sus hijos el tipo de educación que les parece mejor.

Pero, además,  el Tribunal Constitucional, contra la demanda de diversos miembros del PSOE, ha sentenciado el 10 de abril de 2.018 que la enseñanza diferenciada es constitucional, así como el derecho de los padres a elegir la que consideren idónea.

Amparo Tos Boix, Valencia.

 

 

Resurrección

Ciertamente la razón natural y la imaginación no aciertan a explicarse cómo será esa resurrección de la carne que profesamos en el último artículo del Credo. Sin embargo, se nos han revelado algunos aspectos sobre los cuales hay certeza de fe. El Compendio del Catecismo enseña: “La expresión ‘resurrección de la carne’ significa que el estado definitivo del hombre no será solamente el alma espiritual separada del cuerpo, sino que también nuestros cuerpos mortales un día volverán a tener vida” (n.203). Y añade: “Así como Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos y vive para siempre, así también Él resucitará a todos en el último día, con un cuerpo incorruptible: los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Juan 5, 29)» (n.204).

Algunos piensan en la reencarnación, siguiendo una mentalidad panteísta, animista, holística o de alguna variedad oriental. Pero eso viene a ser un mal sucedáneo y más difícil de creer que el Purgatorio, que es el estado de purificación en el que ahora se encuentran las almas de quienes han muerto en la gracia de Dios, aunque tienen que purificarse y esperar, como si fueran criaturas prematuras que necesitan la incubadora, valga la comparación. Los Obispos españoles han rechazado hace tiempo semejantes ideas en el documento titulado “Esperamos la resurrección de la carne y la vida eterna”.

Además, la idea de la reencarnación contradice el ser personal de cada hombre o mujer en su unidad sustancial de alma y cuerpo como entiende la filosofía desde el mismo Aristóteles.

Xus D Madrid

 

 

Los nacidos fuera del matrimonio

La tendencia a tener hijos fuera del matrimonio, que ha ido ganando terreno en el mundo desarrollado desde hace medio siglo, parece estar experimentando un parón en EE.UU., donde el número de niños nacidos de padres no casados ha estado cayendo durante una década, en comparación con el de los que han visto la luz tras el "Si, quiero" de sus progenitores. La tendencia es contraria a la de otros países desarrollados, particularmente los europeos

Entretanto, de este lado del océano no hay cambios de tendencia: todavía son menos los nacidos fuera del matrimonio, pero van en ascenso. Un incremento lento, pero ininterrumpido: en 2016 ya constituían el 43% de los nacimientos, cuando en 2000 eran el 28% del total, según cifras de la oficina estadística de la UE, Eurostat. Francia es el caso que más destaca, con casi un 60% de nacimientos fuera del matrimonio.

Los investigadores constatan que los menores cuyos padres no se han casado tienen mayores posibilidades de experimentar transiciones en el hogar, a saber, cambios de pareja por parte de la madre.

A efectos concretos, ¿tiene esto alguna importancia? El sociólogo Andrew Chorlin señala que la inestabilidad en el hogar "puede incrementar los problemas emocionales y conductuales de los chicos. Dicho con claridad, algunos parecen tener dificultad a adaptarse a ver a sus padres y a sus parejas entrando y saliendo de sus casas".

Enric Barrull Casals

 

Cataluña como “sanguijuela”

 

            “La Generalidad de Cataluña presentó una demanda ante el Tribunal Supremo y consecuencia de ella, Jaén, Soria y Teruel pierden los beneficios del “Plan Reindus” (Diario “VivaJaén” del 06-11-2018). Ante tan miserable demanda y no menos miserable sentencia de “tan alto tribunal, que se supone está para nivelar intereses nacionales y no para favorecer la ampliación de abismos ya existentes”; me manifiesto y digo.

            Primero, que no me atrae en absoluto, vivir en “hormigueros humanos”, como ya lo son Barcelona y otros municipios catalanes, o no catalanes; y en los que no viviría, ni pagándome bien por ello; prefiero mi lugar de nacimiento por causas obvias y que ya expliqué en muchos artículos, señalando… “Los infiernos de las grandes ciudades”.

            Pero haciendo historia de “la sanguijuelidad catalana” (sálvese el que pueda) digo: Ocurrió sobre 1815 y ya derrotado Napoleón, en lo que intervino “toda España” (Cataluña incluida); los ingleses agradecidos (fueron los mayores beneficiarios de la derrota) ofrecieron al indeseable Fernando VII (canalla conocido como “el rey felón”); una gigantesca obra para que el sur de España (principalmente Andalucía) se desarrollase grandemente. Esta obra consistía en hacer navegable el río Guadalquivir hasta la ciudad de Córdoba en principio y luego a cotas superiores, puesto que hasta la confluencia de éste con el río Guadalimar y hasta las que hoy son ruinas de Cástulo, en el centro de la provincia de Jaén (Linares); ya lo fue antes de Cristo y así lo atestiguan los historiadores de aquellas épocas y lo recuerda en uno de sus libros D. José Manuel Cuenca Toribio, historiador de la Universidad de Córdoba (aún vivo; ver resumen biográfico en nota final)[i]

            Pues ejerciendo “esa sanguijuelidad catalana”, aquellos dirigentes catalanes, se impusieron y obligaron al canalla rey citado,  por cuanto alegaron que lo que los ingleses querían; era por ese medio, “introducir sus tejidos o paños en España y que ello, perjudicaría grandemente a sus industrias”; así aquel canalla rey, impuso un empobrecimiento a toda Andalucía (y de hecho a España) de un desarrollo inimaginable si aquella nueva vía de navegación hubiese llegado a Córdoba y luego hubiese seguido subiendo aguas arriba, hasta lo que fue puerto fluvial ya en el centro de la provincia de Jaén y datado en la Historia como ya indico.

            Debido a que en diferentes provincias de Andalucía se da bien el algodón, aquí surgió una industria potente y que se denominó “HITASA”; que fue otra gran obra de los gobiernos de Franco… “Hace casi 80 años, concretamente a las 6 de la tarde del viernes 13 de junio de 1941 (la coincidencia con la festividad de San Antonio no es casual), empezaron a funcionar las primeras máquinas en la fábrica de Hilaturas y Tejidos Andaluces, la mítica Hytasa, protagonista de una auténtica revolución industrial en plena posguerra que ha marcado a fuego la historia del barrio de El Cerro del Águila; y de la capital hispalense hasta nuestros días. El promotor de Hytasa fue el general Gonzalo Queipo de Llano, quien de hecho puso la primera piedra en 1938, se reparó inmediatamente en la urgencia de promover la siembra masiva de algodón y de poner en marcha telares y desmotadoras”… Aquel emporio desapareció y por cuanto intereses catalanes, pusieron todo su empeño en que así fuera, a ellos les interesaba la materia prima (algodón) pero no una competencia manufacturada”.

            Posteriormente y también en Sevilla, desapareció la industria de sanitarios ROCA; puesto que llegada la crisis  del 2008, “era de cajón que había que despedir primero a trabajadores y sucursales de las colonias fuera de Cataluña”… ¿Y cuántas cosas y casos más se pueden contar de nuestros “entrañables” compatriotas y ahora separatistas y sanguijuelistas catalanes?

DESPOBLACIÓN PROVINCIAL: Debo de señalar que gran parte de España ya está despoblada y que en mi provincia y en pocos años, ha descendido su población en treinta y tantos o cuarenta mil habitantes; y sigue la despoblación.

            ¿Para qué sirven los gobiernos y los políticos en España? (Más en Andaluc-ía) Que me lo expliquen y que me convenzan, de que sirven para gobernar; amén.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes

 


Nacido en una familia oriunda de Higuera de Calatrava (Jaén), licenciado en Geografía e Historia en octubre de 1961 por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, con la calificación de "Premio Extraordinario". En mayo de 1964 obtiene el doctorado en la misma facultad, con igual calificación. Profesor contratado de la Universidad de Sevilla en el curso 1962-63. Casado con la profesora Soledad Miranda García, son padres de tres hijos. Profesor adjunto de Historia Moderna de la Universidad de Navarra entre 1964 y 1967, profesor agregado de la Universidad de Barcelona entre 1967 y 1971, fue nombrado catedrático de Historia Universal Contemporánea y de España de la Universidad de Valencia en 1971. Vicedecano de la facultad de Filosofía y Letras de Valencia en 1972, fue Decano entre los cursos 1972 y 75. Catedrático de Historia de España y Universal Contemporánea en la Universidad de Córdoba desde 1975 hasta 2009 y Decano de la misma entre 1975 y 1987. Catedrático emérito de la misma Universidad desde 2009. Profesor emérito de la Universidad CEU San Pablo.