Las Noticias de hoy 22 Noviembre 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 22 de noviembre de 2018    

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general, 21 noviembre 2018 – Catequesis completa

El Papa llama a “suplicar la humildad y la verdad que nos pone frente a nuestra pobreza”

“Dejen que el Señor les hable” – Videomensaje del Papa para la JMJ de Panamá

LAS LÁGRIMAS DE JESÚS: Francisco Fernandez Carbajal

“En nombre de Dios: no desesperes”: San Josemaria

Nuevos Mediterráneos (IV): «No hable: óigale»: Lucas Buch

El ramillete de espinas: Javier López

Dios llora como un padre por sus hijos: SS Francisco

Solemnidad de Cristo Rey: Javier López

DECIR LA VERDAD: María de los Ángeles Albornoz

Yo mando: Ángel Cabrero Ugarte

Las caras de la Caravana: Emma Aguayo de Shugert

DECONSTRUIR, DESCALIFICAR Y EXCLUIR: René Mondragón

Un encuentro fortuito: Alfonso Aguiló

Doctrina y arte: nexo que los comunistas comprendieron: Plinio Corrêa de Oliveira

La gramática no es sexista: Rafael Serrano.

RELIGION EVALUABLE.: Amparo Tos Boix, Valencia.

La labor impagable: Pedro García

El Juramento Hipocrático: JD Mez Madrid

¿Qué hacen alcalde concejales y subalternos?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Audiencia general, 21 noviembre 2018 – Catequesis completa

Reflexión del último mandamiento: “No codiciarás bienes ajenos”

noviembre 21, 2018 12:22Rosa Die AlcoleaAudiencia General

(ZENIT – 21 nov. 2018).- La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 9:20 horas en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/Audiencia-general-completa-413x275.jpgEl Papa, continuando el ciclo de catequesis sobre los mandamientos ha hablado del mandamiento: “No codiciarás la mujer de tu prójimo […], ni los bienes de tu prójimo” a la luz del pasaje bíblico Éxodo, 17.

En este contexto, el Papa ha indicado que las palabras del último mandamiento “son el cumplimiento del viaje a través del Decálogo, que llegan al fondo de todo lo que encierra”.

El punto de llegada –el último mandamiento- de este viaje es el corazón, y si éste, si el corazón, no se libera, el resto sirve de poco. Este es el reto que anuncia el Papa: liberar el corazón de todas estas cosas malvadas y feas.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/Bebe-413x275.jpgPara entender esto, el Pontífice ha aclarado que todos los mandamientos tienen la tarea de “indicar el límite de la vida”, el límite más allá del cual el hombre se destruye y destruye a su prójimo, estropeando su relación con Dios. “Si vas más allá –ha añadido– te destruyes, también destruyes la relación con Dios y la relación con los demás”.

Santa humillación

Debemos dejarnos desenmascarar por estos mandatos sobre el deseo, porque “nos muestran nuestra pobreza, para llevarnos a una santa humillación”, ha subrayado el Papa Francisco. El hombre necesita esta “bendita humillación”, ha asegurado, esa por la que descubre que “no puede liberarse por sí mismo, esa por la que clama a Dios para que lo salve”.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/Jóvenes-413x275.jpgExhorta el Papa: Cada uno de nosotros puede preguntarse: Pero ¿qué deseos feos siento a menudo? ¿La envidia, la codicia, el chismorreo? Todas estas cosas vienen desde dentro. Cada uno puede preguntárselo y le sentará bien.

Jornada pro Orantibus

Tras resumir su discurso en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el mundo. A continuación, ha invitado a recordar a las comunidades religiosas de clausura con motivo de la Jornada pro Orantibus que se celebra hoy.

RD

La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nuestros encuentros sobre el Decálogo nos llevan hoy al último mandamiento. Lo escuchamos al principio. Estas no son solo las últimas palabras del texto, sino mucho más: son el cumplimiento del viaje a través del Decálogo, que llegan al fondo de todo lo que encierra. En efecto, a simple vista, no agregan un nuevo contenido: las palabras «no codiciarás la mujer de tu prójimo […], ni los bienes de tu prójimo » están al menos latentes en los mandamientos sobre el adulterio y el  robo. ¿Cuál es entonces la función de estas palabras? ¿Es un resumen? ¿Es algo más?

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/Papa-y-recien-casados-413x275.jpgTengamos muy en cuenta que todos los mandamientos tienen la tarea de indicar el límite de la vida, el límite más allá del cual el hombre se destruye y destruye a su prójimo, estropeando su relación con Dios. Si vas más allá, te destruyes, también destruyes la relación con Dios y la relación con los demás. Los mandamientos señalan esto. Con esta última palabra, se destaca el hecho de que todas las transgresiones surgen de una raíz interna común: los deseos malvados. Todos los pecados nacen de un deseo malvado. Todos. Allí empieza a moverse el corazón, y uno entra en esa onda, y acaba en una transgresión. Pero no en una transgresión formal, legal: en una transgresión que hiere a uno mismo y a los demás.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/Papa-peregrinos--413x275.jpgEn el Evangelio, el Señor Jesús dice explícitamente: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre”.”(Mc 7,21-23).

Entendemos así que todo el itinerario del Decálogo no tendría ninguna utilidad si no llegase a tocar este nivel, el corazón del hombre. ¿De dónde nacen todas estas cosas feas? El Decálogo se muestra lúcido y profundo en este aspecto: el punto de llegada –el último mandamiento- de este viaje es el corazón, y si éste, si el corazón, no se libera, el resto sirve de poco. Este es el reto: liberar el corazón de todas estas cosas malvadas y feas. Los preceptos de Dios pueden reducirse a ser solo la hermosa fachada de una vida que sigue siendo una existencia de esclavos y no de hijos. A menudo, detrás de la máscara farisaica de la sofocante corrección, se esconde algo feo y sin resolver.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/Sonrie-413x275.jpgEn cambio, debemos dejarnos desenmascarar por estos mandatos sobre el deseo, porque nos muestran nuestra pobreza, para llevarnos a una santa humillación. Cada uno de nosotros puede preguntarse: Pero ¿qué deseos feos siento a menudo? ¿La envidia, la codicia, el chismorreo? Todas estas cosas vienen desde dentro. Cada uno puede preguntárselo y le sentará bien. El hombre necesita esta bendita humillación, esa por la que descubre que no puede liberarse por sí mismo, esa por la que clama a Dios para que lo salve. San Pablo lo explica de una manera insuperable, refiriéndose al mandamiento de no desear (cf. Rom 7: 7-24).

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/enferma-2-413x275.jpgEs vano pensar en poder corregirse sin el don del Espíritu Santo. Es vano pensar en purificar nuestro corazón solo con  un esfuerzo titánico de nuestra voluntad: eso no es posible. Debemos abrirnos a la relación con Dios, en verdad y en libertad: solo de esta manera nuestras fatigas pueden dar frutos, porque es el Espíritu Santo el que nos lleva adelante.

La tarea de la Ley Bíblica no es la engañar al hombre con que  una obediencia literal lo lleve a una salvación amañada  y, además, inalcanzable. La tarea de la Ley es llevar al hombre a su verdad, es decir, a su pobreza, que se convierte en apertura auténtica, en apertura personal a la misericordia de Dios, que nos transforma y nos renueva. Dios es el único capaz de renovar nuestro corazón, a condición de que le abramos el corazón: es la única condición; Él lo hace todo; pero tenemos que abrirle el corazón.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/Matrimonio-413x275.jpgLas últimas palabras del Decálogo educan a todos a reconocerse como mendigos; nos ayudan a enfrentar el desorden de nuestro corazón, para dejar de vivir egoístamente y volvernos pobres de espíritu, auténticos ante la presencia del Padre, dejándonos redimir por el Hijo y enseñar por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el maestro que nos enseña. Somos mendigos, pidamos esta gracia.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3). Sí, benditos  aquellos que dejan de engañarse creyendo que pueden salvarse de su debilidad sin la misericordia de Dios, que es la sola que  puede sanar el corazón. Solo la misericordia del Señor sana el corazón.  Bienaventurados los que reconocen sus malos deseos y con un corazón arrepentido y humilde, no se presentan ante Dios y ante los hombres como justos, sino como pecadores. Es hermoso lo que Pedro le dijo al Señor: “Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”. Hermosa oración ésta: “Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”.

Estos son los que saben tener compasión, los que saben tener misericordia de los demás, porque la experimentan en ellos mismos.

© Librería Editorial Vaticano

 

El Papa llama a “suplicar la humildad y la verdad que nos pone frente a nuestra pobreza”

“No codiciarás los bienes de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo”

noviembre 21, 2018 11:54Rosa Die AlcoleaAudiencia General

(ZENIT – 21 nov. 2018).- “Bienaventurados los pobres de espíritu; aquellos que, no fiándose de sus propias fuerzas, se abandonan en Dios, que con su misericordia cura sus faltas y les da una vida nueva”.

Así ha concluido el Papa Francisco su reflexión en español, pronunciada en la audiencia general, que ha dedicado al último mandamiento: “No codiciarás los bienes de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo”q, este miércoles, 21 de noviembre de 2018, en la plaza de San Pedro.

Frente a este mandamiento de la ley de Dios, “nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que nuestra debilidad se supera solo con nuestras fuerzas, en virtud de una observancia externa”, ha advertido el Papa.

Por ello, el Pontífice ha hecho un llamamiento concreto a los todos los fieles: “Debemos suplicar, como mendigos, la humildad y la verdad que nos pone frente a nuestra pobreza, para poder aceptar que solo el Espíritu Santo puede corregirnos, dando a nuestros esfuerzos el fruto deseado”.

Esa “verdad”, ha señalado, es “apertura auténtica y personal” a la misericordia de Dios que nos transforma y renueva, ha asegurado Francisco.

“No codiciarás”

El Pontífice ha observado que a simple vista parece coincidir con los mandamientos: “No cometerás adulterio” o “no robarás”. Sin embargo –ha aclarado– hay una diferencia.

En este epílogo –ha indicado Francisco– el Señor “nos propone llegar al fondo del sentido del decálogo” y evitar que “pensemos que basta un cumplimiento nominal y farisaico” para conseguir la salvación.

La diferencia estriba en el verbo empleado: “no codiciarás”; con este verbo se subraya que, en el corazón del hombre –como dice Jesús en el evangelio–, “nace la impureza y los deseos malvados que rompen nuestra relación con Dios y con los hombres”, ha matizado el Santo Padre en su reflexión.

 

 

“Dejen que el Señor les hable” – Videomensaje del Papa para la JMJ de Panamá

La JMJ será del 22 al 29 de enero de 2109

noviembre 21, 2018 14:24Rosa Die AlcoleaJornada Mundial de la Juventud

(ZENIT – 21 nov. 2018).- “Queridos jóvenes, dice el Papa: Anímense a entrar cada uno en su interior y decirle a Dios: ¿Qué es lo que quieres de mí? Dejen que el Señor les hable; ya verán vuestra vida transformada y colmada de alegría”.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/Papa-video-545x275.pngAnte la inminente Jornada Mundial de la Juventud de Panamá (JMJ), que se celebrará del 22 al 27 de enero de 2019, el Papa habla a los jóvenes en un videomensaje, difundido este miércoles, 21 de noviembre de 2018 por la Santa Sede.

En el video, Francisco los anima “a que se preparen, siguiendo y participando en todas las iniciativas que se llevan a cabo. Les ayudarán a ir caminando hacia esta meta”.

Primer paso para ser feliz

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/11/JMJ-1-545x275.pngSiguiendo el lema de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud: “He aquí  la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), el Pontífice invita a los jóvenes a “descubrir lo que el Señor espera de nosotros y ser valientes para decir ‘sí’ “.

“Nuestra vida solo encuentra significado en el servicio a Dios y a los demás”, anuncia el Papa en el video. Así, asegura que dar una respuesta afirmativa a Dios “es el primer paso para ser feliz y hacer felices a muchas personas”.

Un ‘sí’ valiente y generoso

María fue una mujer feliz, porque fue generosa ante Dios y se abrió al plan que tenía para ella, relata. “Sus palabras son un “sí” valiente y generoso”, asegura. “El sí de quien ha comprendido el secreto de la vocación: salir de uno mismo y ponerse al servicio de los demás”.

“Las propuestas de Dios para nosotros, como la que le hizo a María, no son para apagar sueños, sino para encender deseos; para hacer que nuestra vida fructifique y haga brotar muchas sonrisas y alegre muchos corazones”.

 

 

LAS LÁGRIMAS DE JESÚS

— Jesús no queda indiferente ante la suerte de los hombres.

— Humanidad Santísima de Cristo.

— Tener los mismos sentimientos de Jesús.

I. Descendía Jesús por la vertiente occidental del monte de los Olivos dirigiéndose al Templo. Le acompañaba una multitud llena de fervor que gritaba alabanzas al Mesías. En un momento dado, Jesús se paró y contempló la ciudad de Jerusalén que se extendía a sus pies. Y al ver la ciudad lloró sobre ella1. Es un llanto inesperado que rompió la alegría de todos. En aquel instante, el Señor vio cómo quedaba destruida años más tarde la ciudad que tanto amaba, porque no conoció el tiempo de su visitación. El Mesías había estado por sus calles, había enseñado la Buena Nueva, sus habitantes habían visto milagros..., y siguieron igual. ¡Si conocieras en este día lo que puede traerte la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Vendrán días en que tus enemigos te rodearán y te asediarán y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán junto con tus hijos, porque no has conocido el tiempo en que Dios te ha visitado2.

A través de estas líneas se puede leer la angustia que oprimía el corazón del Señor. «Pero ¿por qué no entendía Jerusalén la gracia especialísima de conversión que se le ofrecía en aquel mismo día con el esplendor del triunfo de Jesús? ¿Por qué se obstinaba en cerrar los ojos a la luz? Ocasiones había tenido de reconocer a Jesús por su Mesías y su Redentor; esta que ahora se le da será la última. Si rechaza este postrer beneficio, todos los males descritos en la profecía caerán irremisiblemente sobre ella. Y rechazó, ¡oh dolor!, y todo se cumplió a la letra»3. El Señor se llena de aflicción, pues Él no queda indiferente ante la suerte de los hombres. Su pena es tan grande que sus ojos se cubrieron de lágrimas. Las palabras anteriores debieron de ser pronunciadas con un particular acento de dolor y de tristeza.

San Juan nos ha dejado constancia en otra ocasión de esas lágrimas de Jesús, que pueden ser tan consoladoras para nuestra alma. Llegó el Maestro a Betania, donde había muerto su amigo Lázaro. Allí se encontró con la hermana de Lázaro, María. Cuando Jesús la vio llorando se estremeció en su interior, se conmovió y dijo: ¿Dónde le habéis puesto? Le contestaron: Señor, ven y verás. En aquel momento Jesús da rienda suelta a su dolor por la muerte de aquel amigo, y comenzó a llorar. Los judíos presentes exclamaron: Mirad cómo le amaba4.

Jesús –perfecto Dios y hombre perfecto5– sabe querer a sus amigos, a sus íntimos y a todos los hombres, por los que dio la vida. Este amor que Jesús muestra en su aflicción es la expresión humana del amor que Dios tiene a los hombres, la manifestación sensible de la compasión con que nos mira. Y hoy, en este rato de oración, podemos contemplar la profundidad y la delicadeza de los sentimientos de Jesús, y comprender cómo Él no es indiferente a nuestra correspondencia a esa oferta de amistad y de salvación. No es indiferente a que vayamos cada día a visitarlo y permanezcamos junto a Él unos minutos delante del Sagrario; no es neutral ante el empeño diario por aumentar nuestra amistad con Él, ante el esfuerzo por vivir con esmero la caridad, por servirle en medio del mundo... ¡Tantas veces se hace el encontradizo con nosotros!

«El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente (...). El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (...) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe “apropiarse” y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no solo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor (Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia pascual), si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, no muera sino que tenga la vida eterna (cfr. Jn 3, 16)!»6. No dejemos de tratar cada día a Jesús que nos espera. En Él se encuentra el fin de nuestra vida.

II. La vida cristiana consiste en una amistad creciente con Cristo, en imitarle, en hacer nuestra su doctrina. Seguir a Jesús no consiste en detenerse en difíciles especulaciones teóricas, ni tampoco en la mera lucha contra el pecado, sino en amarle con obras y sentirnos amados por Él, «porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»7. Él vive ahora en medio de nosotros: le vemos con los ojos de la fe, le hablamos en la oración, nos escucha apenas hemos levantado la voz o el corazón hacia Él; no es indiferente a nuestras alegrías y pesares, pues «se unió, en cierto modo, con cada hombre por su encarnación. Con manos humanas trabajó, con mente humana pensó, con voluntad humana obró, con corazón de hombre amó. Nacido de María Virgen se hizo de verdad uno de nosotros, igual que nosotros en todo menos en el pecado. Cordero inocente, mereció para nosotros la vida derramando libremente su sangre y en Él el mismo Dios nos reconcilió consigo y entre nosotros mismos y nos arrancó de la esclavitud del diablo y del pecado. Así cada uno de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí (Gal 2, 20)»8, por cada uno, como si no hubiera más hombres sobre la tierra. Su Humanidad Santísima es el puente que nos conduce a Dios Padre.

Hoy consideramos esas lágrimas de Jesús por aquella ciudad que tanto amó, pero que no conoció lo más importante de su historia: la visita del Mesías y los dones que llevaba para cada uno de sus habitantes. Y hemos de meditar también las ocasiones en las que nosotros personalmente le hemos llenado de aflicción por nuestros pecados, por las faltas de correspondencia a la gracia, por no haber sabido responder a tantas muestras de amistad. Y también las ocasiones en que nos ha echado de menos, como aquel día en que esperaba la vuelta de nueve leprosos que una vez curados se marcharon por otro camino y no volvieron. ¡Cuántas veces, quizá, ha quedado Jesús esperándonos!

Si no amamos a Jesús no podremos seguirle. Y para amarle hemos de meditar con frecuencia el Evangelio, donde se nos muestra profundamente humano y ¡tan cercano a todo lo nuestro! Unas veces le veremos cansado del camino9, sentado junto al pozo de Jacob, después de una larga caminata en un día caluroso, con sed real, que le dará ocasión para convertir a una mujer de Samaria y a muchos vecinos del pueblo de Sicar. Le contemplaremos con hambre, como el día en que, en el camino de Betania a Jerusalén, se acercó a una higuera que solo tenía hojas10; o agotado después de una jornada de intensa predicación a las gentes que no cesaban de acudir a Él, y era tal su cansancio que en medio incluso de un mar alborotado se quedó dormido sobre un cabezal en la popa11.

A lo largo de su vida irá aliviando las dolencias de quienes encuentra en su camino: vio una turba numerosa y sintió compasión de ellos, y curó a sus enfermos12. Aunque vino a salvar nuestras almas, no se olvida de los cuerpos. Para quererle y seguirle hemos de contemplarle: su vida es una inagotable fuente de amor, que hace fácil la entrega y la generosidad en su seguimiento. Y «cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha –una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado– para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (cfr. Jn 4, 34)»13.

III. El llanto de Jesús sobre Jerusalén encierra un profundo misterio. Ha expulsado demonios, curado enfermos, resucitado muertos, convertido a publicanos y pecadores, pero ante esta ciudad tropieza con la dureza de sus habitantes. Algo podemos entrever de lo que ocurría en su Corazón cuando hoy nos encontramos con la resistencia de tantos que se cierran a la gracia, a la llamada divina. «A veces, cara a esas almas dormidas, entran unas ansias locas de gritarles, de sacudirlas, de hacerlas reaccionar, para que salgan de ese sopor terrible en que se hallan sumidas. ¡Es tan triste ver cómo andan, dando palos de ciego, sin acertar con el camino!

»—Cómo comprendo ese llanto de Jesús por Jerusalén, como fruto de su caridad perfecta...»14.

Los cristianos proseguimos la obra del Maestro y participamos de los sentimientos de su Corazón misericordioso. Por eso, mirándole a Él, hemos de aprender a querer a nuestros hermanos los hombres, tratando a cada uno como es, en sus peculiares circunstancias, comprendiendo sus deficiencias cuando las haya, siendo siempre cordiales y estando disponibles para ayudar, para servir. De Cristo hemos de aprender a ser muy humanos, disculpando, alentando a seguir adelante, procurando –cada día– hacer la vida más grata y amable a los que comparten el mismo hogar, el mismo trabajo, idénticas aficiones, sacrificando los propios gustos, por legítimos que sean, cuando entorpecen la convivencia, interesándonos sinceramente por su salud y por su enfermedad... Y sobre todo nos preocupará especialmente el estado del alma de las personas que cada día tratamos, a quienes procuramos ayudar en su caminar hacia Cristo: a quienes están cerca de ti para que se aproximen más; a los que están lejos, para que emprendan el camino de vuelta hacia la casa del Padre. «No hay señal, no existe marca alguna que distinga mejor al cristiano, que el cuidado que tiene por sus hermanos»15, afirmaba San Juan Crisóstomo.

Hoy le pedimos a Nuestra Madre Santa María que nos dé un corazón semejante al de su Hijo, que no permanezca nunca indiferente ante la suerte de los que nos tratan cada día.

1 Lc 19, 41. — 2 Lc 19, 41-44. — 3 L. Cl. Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, FAX, Madrid 1966, p. 713. — 4 Jn 11, 33-36. — 5 Símbolo Atanasiano. — 6 Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 10. — 7 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 102. — 8 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 22. — 9 Jn 4, 4. — 10 Cfr. Mc 11, 12-13. — 11 Mc 4, 38. — 12 Mt 14, 14. — 13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 201. 14 ídem, Surco, n. 210. — 15 San Juan Crisóstomo, Homilía 6, 3.

 

 

“En nombre de Dios: no desesperes”

Son santos los que luchan hasta el final de su vida: los que siempre se saben levantar después de cada tropiezo, de cada caída, para proseguir valientemente el camino con humildad, con amor, con esperanza. (Forja, 186)

Para que no te apartes por cobardía de esa confianza que Dios deposita en ti, evita la presunción de menospreciar ingenuamente las dificultades que aparecerán en tu camino de cristiano.
No hemos de extrañarnos. Arrastramos en nosotros mismos -consecuencia de la naturaleza caída- un principio de oposición, de resistencia a la gracia: son las heridas del pecado de origen, enconadas por nuestros pecados personales. Por tanto, hemos de emprender esas ascensiones, esas tareas divinas y humanas -las de cada día-, que siempre desembocan en el Amor de Dios, con humildad, con corazón contrito, fiados en la asistencia divina, y dedicando nuestros mejores esfuerzos como si todo dependiera de uno mismo.
Mientras peleamos -una pelea que durará hasta la muerte-, no excluyas la posibilidad de que se alcen, violentos, los enemigos de fuera y de dentro. Y por si fuera poco ese lastre, en ocasiones se agolparán en tu mente los errores cometidos, quizá abundantes. Te lo digo en nombre de Dios: no desesperes. Cuando eso suceda -que no debe forzosamente suceder; ni será lo habitual-, convierte esa ocasión en un motivo de unirte más con el Señor; porque El, que te ha escogido como hijo, no te abandonará. Permite la prueba, para que ames más y descubras con más claridad su continua protección, su Amor.
Insisto, ten ánimos, porque Cristo, que nos perdonó en la Cruz, sigue ofreciendo su perdón en el Sacramento de la Penitencia, y siempre tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo, el Justo. El mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados: y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo, para que alcancemos la Victoria. (Amigos de Dios, 214)

 

 

Nuevos Mediterráneos (IV): «No hable: óigale»

San Josemaría «descubre» al Espíritu Santo a través de un sencillo consejo, que también puede iluminar nuestra vida espiritual.

Vida espiritual13/11/2017

Opus Dei - Nuevos Mediterráneos (IV): «No hable: óigale»

Antes de volver junto al Padre, Jesús advirtió a sus apóstoles: «sabed que yo os envío al que mi Padre ha prometido. Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto» (Lc 24,49). Los apóstoles se quedaron en Jerusalén, a la espera del prometido de Dios. En realidad, la promesa, el don, era el mismo Dios, en su Espíritu Santo. Pocos días más tarde, en la fiesta de Pentecostés, lo recibirían, llenándose de la gracia de Dios. «Los discípulos, que ya eran testigos de la gloria del Resucitado, experimentaron en sí la fuerza del Espíritu Santo: sus inteligencias y sus corazones se abrieron a una luz nueva»[1]. Aquel mismo día comenzaron a predicar con audacia y, al escuchar las palabras de san Pedro, cuenta la Escritura que fueron bautizados «y se les unieron unas tres mil almas» (Hch 2,41).

"Siento el Amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..." (san Josemaría)

San Josemaría recordaba a menudo que el don del Espíritu Santo no es un recuerdo del pasado, sino un fenómeno siempre actual. «También nosotros, como aquellos primeros que se acercaron a San Pedro en el día de Pentecostés, hemos sido bautizados. En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado al Espíritu Santo»[2]. En el bautismo primero, y después en la confirmación, hemos recibido la plenitud del don de Dios, la vida de la Trinidad.

Descubrir al Paráclito

El Don de Dios, la Salvación que recibimos, no es una cosa, sino una Persona. Por eso, toda la vida cristiana nace de la relación personal con el Dios que viene a habitar en nuestros corazones. Es esta una verdad conocida: se encuentra en el fundamento de la vida de fe. Sin embargo, puede ser también algo que hayamos de descubrir.

«A lo largo del año 1932 asistimos a un fuerte desarrollo de la devoción al Espíritu Santo en san Josemaría», señala uno de los mejores conocedores de su obra[3]. Después de meses procurando tratar más al Paráclito, recibe una particular luz que le abre un nuevo panorama, como sabemos por una anotación de ese mismo día:

«Octava de todos los Santos –martes– 8-XI-32: Esta mañana, aún no hace una hora, mi P. Sánchez me ha descubierto ‘otro Mediterráneo’. Me ha dicho: ‘tenga amistad con el Espíritu Santo. No hable: óigale’. Y desde Leganitos, haciendo oración, una oración mansa y luminosa, consideré que la vida de infancia, al hacerme sentir que soy hijo de Dios, me dio amor al Padre; que, antes, fui por María a Jesús, a quien adoro como amigo, como hermano, como amante suyo que soy... Hasta ahora, sabía que el Espíritu Santo habitaba en mi alma, para santificarla..., pero no cogí esa verdad de su presencia. Han sido precisas las palabras del P. Sánchez: siento el Amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: Él me dará fuerzas, Él lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte –Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!...[4].

"Dios es el que te ‘primerea’. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero" (Papa Francisco)

En estas notas, san Josemaría recoge el itinerario espiritual por el que Dios le había ido llevando: el descubrimiento de la filiación divina, la mediación de María hacia Jesús, el tesoro de la amistad de Cristo… hasta tomar conciencia de la presencia del Amor de Dios dentro de él. Como escribió muchos años más tarde, llega un momento en que el corazón necesita «distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. (…) Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!»[5]

Que el Espíritu Santo habita en el alma del cristiano es algo que él ya sabía, pero no lo había captado todavía como algo vivido, experimentado en profundidad. Con ocasión de aquellas palabras de su director espiritual, se abre ante sus ojos un nuevo horizonte, algo que no solamente entiende, sino que sobre todo vive: «siento el Amor dentro de mí». Ante esa maravilla, se enciende en deseos de corresponder, poniéndose a disposición de ese Amor: «quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender...» Y frente al miedo de no ser capaz, de no estar a la altura, se yergue la seguridad de que es Dios quien lo hará, si él le deja.

Acoger el don de Dios

Lo primero que llama la atención en el Mediterráneo que se abre ante san Josemaría es el protagonismo de Dios. Unas semanas más tarde daría forma al que sería el n. 57 de Camino: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo –el Gran Desconocido– que es quien te ha de santificar»[6]. Nuestra santidad es obra de Dios, aunque muchas veces ese Dios que nos santifica se haya convertido en «el Gran Desconocido».

En un mundo como el nuestro, que pone el acento en el hacer humano y en el fruto de nuestro esfuerzo, no siempre tenemos presente que la Salvación que recibimos de Dios es fundamentalmente un don gratuito. En palabras de San Pablo: «por gracia habéis sido salvados mediante la fe» (Ef 2,8). Desde luego, el empeño que ponemos nosotros es importante, y no es lo mismo vivir de un modo o de otro. Sin embargo, todo nuestro obrar parte de la seguridad de que «el cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que, satisfecho no solo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura»[7]. Y eso es algo que a cada uno toca descubrir de modo personal. Como le gusta repetir al papa Francisco, se trata de reconocer que «Dios es el que te ‘primerea’. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero. Uno quiere encontrarlo, pero Él nos encuentra primero»[8].

"Uno sencillamente sabe: no soy yo quien hace esto. Solo no podría hacerlo. Él siempre está ahí" (Benedicto XVI)

De este descubrimiento nace «un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia»[9]. A la vuelta de los años, no han perdido actualidad las palabras con las que san Juan Pablo II preparaba a la Iglesia para el nuevo milenio. Concretamente, el Papa nos ponía en guardia frente a una tentación que puede insinuarse en la vida espiritual o en la misión apostólica: «pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar»[10]. Así, podríamos considerar que nuestra vida interior no es tan intensa como esperábamos porque no ponemos suficiente esfuerzo, o que nuestro apostolado no da el fruto previsto porque nos ha faltado exigencia. Eso puede ser parte del problema, pero no lo explica totalmente. Los cristianos sabemos que es Dios quien hace las cosas: «las obras apostólicas no crecen con las fuerzas humanas, sino al soplo del Espíritu Santo»[11]. He aquí otro modo de reconocer que nuestra vida no vale por lo que hacemos, ni pierde valor por lo poco que hacemos, o por nuestros fracasos… mientras nos volvamos hacia ese Dios que ha querido vivir en medio de nosotros. «Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida»[12]. El auténtico punto de partida para la vida cristiana, «para hacer las obras buenas» que nuestro Padre Dios nos confía (Ef 2,10) es, pues, un agradecido recibir –acoger el don de Dios– que nos lleva a vivir en el abandono esperanzado propio de los hijos de Dios[13].

«Frecuentar el trato amoroso y dócil del Espíritu Santo»

Acoger el don de Dios es recibir a una Persona, y por eso se entiende el consejo del P. Sánchez a san Josemaría: «tenga amistad con el Espíritu Santo. No hable: óigale». Con una persona se tiene amistad, y la amistad crece en el diálogo. Por eso, al descubrir la presencia personal de Dios en su corazón, san Josemaría hizo un propósito concreto: «frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo». Eso es lo que podemos poner de nuestra parte para oírle.

Se trata de un camino transitable para todos los cristianos: abrirse continuamente a la acción del Paráclito, escuchar sus inspiraciones, dejar que nos lleve «hacia toda la verdad» (Jn 16,13). Jesús había prometido a los Doce: «Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho» (Jn 14,26). El Espíritu Santo es quien nos permite vivir según los designios de Dios, pues Él es también quien nos «anunciará lo que va a venir» (Jn 16,13).

Los primeros cristianos comprendieron esta realidad, y sobre todo la vivieron. «Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de Él y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana»[14]. En efecto, «los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Y nos dejamos llevar por Él en cuanto procuramos entrenarnos un día y otro en la «difícil disciplina de la escucha»[15]. Tratar al Espíritu Santo es procurar escuchar su voz, «que te habla a través de los acontecimientos de la vida diaria, a través de las alegrías y los sufrimientos que la acompañan, a través de las personas que se encuentran a tu lado, a través de la voz de tu conciencia, sedienta de verdad, de felicidad, de bondad y de belleza»[16].

La guía del Espíritu Santo suele consistir en darnos, más que indicaciones concretas, luces, orientaciones

En ese sentido, es interesante un pasaje del último libro entrevista de Benedicto XVI. El periodista le pregunta si no hay momentos en que el Papa «puede sentirse terriblemente solo»: «Sí –responde Benedicto XVI–, pero gracias a que me siento tan vinculado con el Señor, nunca estoy del todo solo»; y enseguida añade: «Uno sencillamente sabe: no soy yo quien hace esto. Solo no podría hacerlo. Él siempre está ahí. No tengo más que escuchar y abrirme de par en par a Él»[17]. La perspectiva de compartir la propia vida con Dios, de vivir de la amistad con Él, resulta hoy tan atractiva como siempre. Pero, continúa el entrevistador, «¿cómo se logra esa escucha, ese abrirse de par en par a Dios?». El Papa emérito se ríe, y el periodista insiste: «¿cuál es el mejor modo?» Con sencillez, responde Benedicto XVI: «Pues suplicando al Señor –¡tienes que ayudarme ahora!– y recogiéndose interiormente, permaneciendo en silencio. Y luego se puede siempre llamar de nuevo a la puerta con la oración, y suele funcionar»[18].

Aprender a reconocer su voz

En nuestra propia vida de oración, quizá sin pretenderlo, a veces podemos esperar fenómenos algo extraordinarios que nos aseguren que estamos hablando con Dios, que Él nos escucha, que nos habla. La vida espiritual, en cambio, se realiza de un modo más cotidiano. Más que de recibir gracias especiales, se trata de «ser sensibles a lo que el Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos»[19].

«Los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Esta guía del Paráclito suele consistir en darnos –más que indicaciones concretas–, luces, orientaciones. De modos muy variados, y contando con los tiempos de cada uno, va iluminando los sucesos pequeños y grandes de nuestra vida. Así un detalle y otro van apareciendo de un modo nuevo, distinto, con una luz que muestra un sentido más claro a lo que antes resultaba borroso e incierto.

¿Cómo recibimos esa luz? De mil modos distintos: al leer la Escritura, los escritos de los santos, un libro de espiritualidad; o en situaciones inesperadas, como durante una conversación entre amigos, al leer una noticia... Hay infinidad de momentos en que el Espíritu Santo puede estar sugiriéndonos algo. Pero Él cuenta con nuestra inteligencia y con nuestra libertad para dar forma a sus sugerencias. Conviene aprender a orar a partir de esos destellos; meditarlos sin prisa, día tras día; detenerse en la oración y preguntar al Señor: “Con este asunto que me preocupa, con esto que me ha sucedido, ¿qué me quieres decir?, ¿qué me propones para mi vida?”

En esta escucha paciente es bueno tener en cuenta que la voz del Espíritu Santo puede aparecer en nuestro corazón mezclada con otras muy diversas: nuestro egoísmo, nuestras apetencias, las tentaciones del diablo… ¿Cómo ir reconociendo lo que viene de Él? En esto, como en tantas cosas, no existen pruebas irrefutables; pero hay signos que ayudan a discernir su presencia. En primer lugar, hay que tener en cuenta que Dios no se contradice: no nos pedirá nada contrario a las enseñanzas de Jesucristo, recogidas en la Escritura y enseñadas por la Iglesia. Tampoco nos sugerirá algo que se oponga a nuestra vocación. En segundo lugar, debemos prestar atención a lo que traen consigo esas inspiraciones. Por los frutos se conoce el árbol (cfr. Mt 7,16-20); y, como escribe san Pablo, «los frutos del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia» (Ga 5,22-23). La tradición espiritual de la Iglesia es constante en señalar que «el Espíritu de Dios produce inevitablemente paz en el alma; el demonio produce inevitablemente inquietud»[20]. A lo largo del día se nos ocurrirán infinidad de ideas felices; ideas de servicio, de cuidado, de atención, de perdón. Con frecuencia no habremos tenido sin más una buena idea, sino que el Espíritu Santo nos está moviendo el corazón. Secundar esas inspiraciones del Paráclito nos llenará del auténtico gaudium cum pace: una alegría llena de paz.

La docilidad al Paráclito es una actitud que conviene cultivar serenamente, con la ayuda de la dirección espiritual

La docilidad al Paráclito es, en fin, una actitud que conviene cultivar serenamente, con la ayuda de la dirección espiritual. No deja de ser significativo que este horizonte se abriera a san Josemaría precisamente en ese contexto. El consejo que recibió –«óigale»– revela también la conciencia que el Padre Sánchez tenía de su misión como director espiritual: facilitar que el Espíritu Santo tomase cada vez más la guía de esa alma, «facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender...». Esa es la tarea de quienes acompañan a otros en su vida espiritual: ayudarles a conocerse, para que puedan discernir mejor lo que el Paráclito puede estarles pidiendo. Así, poco a poco, cada uno va aprendiendo a ver a Dios en lo que le pasa y en lo que sucede en el mundo.

Anclados en el Amor de Dios, con el soplo del Espíritu Santo

Desde la Ascensión del Señor a los cielos y el envío del Espíritu Santo en Pentecostés, vivimos en el tiempo de la misión: Cristo mismo nos ha confiado la tarea de llevar la Salvación al mundo entero. El Santo Padre lo ha comentado en repetidas ocasiones, al hablar del «dinamismo de “salida” que Dios quiere provocar en los creyentes»[21], señalando al mismo tiempo que, con la tarea, nos ha dado la fuerza para cumplirla. En efecto, ese dinamismo «no es una estrategia, sino la fuerza misma del Espíritu Santo, caridad increada»[22].

En sus catequesis sobre la esperanza, el papa Francisco ha recordado la importancia de dejarnos guiar por el Espíritu Santo, con una imagen muy querida por los Padres de la Iglesia: «La carta a los Hebreos compara la esperanza con un ancla (cfr. 6,18-19); y a esta imagen podemos añadir la de la vela. Si el ancla es lo que da a la barca la seguridad y la tiene “anclada” entre las olas del mar, la vela es, en cambio, lo que la hace caminar y avanzar en las aguas. La esperanza es realmente como una vela que recoge el viento del Espíritu Santo y lo transforma en fuerza motriz que empuja la barca, según los casos, al mar o a la orilla»[23].

Vivir anclados en la hondura del Amor de Dios nos da seguridad; vivir pendientes del Espíritu Santo nos permite avanzar con la fuerza de Dios y en la dirección que Él nos sugiere: «volar, sin apoyarte en nada de aquí, pendiente de la voz y del soplo del Espíritu»[24]. Ambas cosas nacen de la unión con Dios. Por eso, «la Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración»[25]. Los últimos papas lo han recordado constantemente: si queremos cumplir la misión que Cristo nos confió con el mismo Espíritu que a Él le movía, no hay otro camino que la oración, el trato continuo y confiado con el Paráclito. De ahí la importancia de descubrir el Mediterráneo de la presencia viva de Dios en nuestro corazón. Y navegar mar adentro guiados por el Espíritu Santo, «luz, fuego, viento impetuoso (…) que alumbra la llama y la vuelve capaz de provocar incendios de amor»[26].

Lucas Buch


[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 127.

[2] Ibíd., n. 128.

[3] P. Rodríguez, comentario al n. 57 de la edición crítico-histórica de Camino, p. 269.

[4] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 864, en P. Rodríguez, Camino. Edición crítico-histórica, comentario al n. 57, p. 270. Se remite allí a un estudio de J.L. Illanes, “Trato con el Espíritu Santo y dinamismo de la experiencia espiritual. Consideraciones a partir de un texto del Beato Josemaría Escrivá”, en P. Rodríguez et al. El Espíritu Santo y la Iglesia: XIX Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999, 467-479 (disponible aquí).

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 306.

[6] Cfr. P. Rodríguez, Camino. Edición crítico-histórica, comentario al n. 57. El autor fecha la redacción de este punto el 22-XI-1932.

[7] San Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 4.

[8] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, Ediciones B, Barcelona 2013, 48.

[9] San Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 38.

[10] Ibíd.

[11] San Josemaría, Conversaciones, n. 40.

[12] Es Cristo que pasa, n. 134.

[13] Cfr. F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[14] Es Cristo que pasa, n. 127.

[15] San Juan Pablo II, Discurso, 5-VI-2004.

[16] Ibíd.

[17] Benedicto XVI, Últimas conversaciones, Mensajero, Bilbao 2016, 284.

[18] Ibíd.

[19] Es Cristo que pasa, n. 130.

[20] J. Philippe, En la escuela del Espíritu Santo, Rialp, Madrid 2005, 53. Sobre esta cuestión, en general, cfr. 45-64.

[21] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium (24-XI-2013), n. 20.

[22] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.

[23] Francisco, Audiencia General, 31-V-2017.

[24] San Josemaría, Forja, n. 994.

[25] Francisco, Evangelii gaudium, n. 262.

[26] Amigos de Dios, n. 244.

 

 

El ramillete de espinas

tallos de rosa

Era la víspera del Día de Acción de Gracias, pero Sandra se sentía muy infeliz cuando entró en una floristería. Su hijo habría nacido estos días si no lo hubiese perdido en un accidente de automóvil... Lamentaba mucho su pérdida.

No bastando eso, aún había posibilidad de que su marido fuera operado. Y para colmo de males, su hermana canceló la visita que le iba a hacer próximamente.

¿Acción de Gracias? ¿Agradecer qué? se preguntó.

Una amiga tuvo el coraje de decir que el sufrimiento era una dádiva de Dios, que hacía madurar y fortalecer...

Sus pensamientos fueron interrumpidos por la vendedora, diciendo:

- ¿Quiere un arreglo tradicional o le gustaría innovar con lo que yo llamo "Especial"? ¿Está buscando algo que realmente demuestre gratitud en el Día de Acción de Gracias?

Sandra explicó que nada tenía para agradecer y la otra replicó, enfática:

- ¡Pues tengo el arreglo perfecto para usted!.

En ese momento entró una cliente que vino a buscar su pedido:

Un arreglo de largos y espinosos tallos de rosa. Todo muy bien arreglado, pero no había ninguna flor.

Sandra se quedó pensando por qué alguien pagaría por tallos de rosa, sin flor.

- Este es el "Especial", lo llamo "Ramillete de Espinas de Acción de Gracias" - explicó la vendedora.

- ¿Pero qué la llevó a crear el ramillete de espinas? - preguntó Sandra.

- Aprendí a ser agradecida por las espinas... Siempre agradecí a Dios las cosas buenas en mi vida y nunca le pregunté por qué esas buenas cosas sucedían.

Pero cuando vinieron las adversidades, yo lloré y grité: ¿por qué? ¿por qué yo?

Con el tiempo aprendí que las épocas difíciles son importantes para nuestra fe y nuestro fortalecimiento. Delante de las dificultades nos aproximamos a Dios y valoramos la vida y sus buenos momentos.

Sandra recordó lo que su amiga le había dicho, y exclamó: - Perdí mi bebé y yo estoy enojada con Dios...

En ese momento entró un hombre en la floristería, que también venía a buscar un ramillete de tallos espinosos.

¿Esto es para su esposa? - preguntó Sandra, incrédula. ¿Pero por qué ella quiere un ramillete como ese?

Mi esposa y yo casi nos divorciamos, pero con la gracia de Dios, nosotros enfrentamos problema tras problema y salvamos nuestro matrimonio. El ramillete especial nos recuerda las épocas "espinosas". Etiquetamos cada tallo con uno de los problemas solucionados y damos gracias por lo que Él nos enseñó. ¡Yo le recomiendo el ramillete especial!

- No sé si puedo ser agradecida por las espinas en mi vida. Es todo tan reciente...

La vendedora respondió, cariñosamente:

- La experiencia me mostró que las espinas vuelven las rosas mas preciosas Apreciamos más el cuidado providencial de Dios durante los problemas que en cualquier otra época.

Varias lágrimas se deslizaron por la cara de Sandra.

- Me llevaré una docena de estos tallos largos y llenos de espinas, por favor. ¿Cuánto le debo?

Nada. Nada si me promete que permitirá a Dios que cure su corazón. El primer ramillete va siempre por mi cuenta.

La vendedora sonrió y le entregó una tarjeta a Sandra.

Colocaré esta tarjeta en su ramillete, pero tal vez usted quiera leerla primero.

-Y Sandra leyó: "Señor, yo nunca agradecí mis espinas. Agradecí mil veces las rosas, pero nunca las espinas. Enséñame el valor de mis espinas. Muéstrame que, a través de mis lágrimas, los colores de Tu arcoiris son mucho más brillantes."

 

 

Dios llora como un padre por sus hijos

Por: SS Francisco

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S.S. Francisco en la homilía del martes 4 de febrero de 2014: ´Dios tiene corazón de Padre que espera y no rechaza al hijo rebelde.

Dios también llora y su llanto es como el de un padre que ama a los hijos y no los rechaza nunca aunque sean rebeldes, siempre les espera. Así lo ha afirmado el Santo Padre esta mañana en la homilía de Santa Marta.

Las lecturas de día presenta la figura de dos padres: la del rey David, que llora la muerte del hijo rebelde Absalón, y Jairo, jefe de la sinagoga, que pide a Jesús que cure a su hija. El papa ha explicado el llanto de David frente a la noticia del asesinato de hijo, a pesar que su hijo combatía contra David para conquistar el reino. Francisco ha explicado que el ejército de David vence, pero a él no le interesaba la victoria, "¡esperaba al hijo! ¡Le interesaba solo el hijo! Era rey, era jefe del país, pero era padre." Y así, cuando llega la noticia del final de su hijo, fue sacudido por un temblor: subió al piso de arriba... y lloró".

Francisco lo ha explicado así: "Decía yéndose: ´hijo mío, Absalón. ¡Hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hubiera muerto yo en vez de tú! ¡Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío! Este es el corazón de un padre, que no rechaza nunca a su hijo. ´Es un ladrón. Es un enemigo. Pero es mi hijo´. Y no reniega la paternidad: llora... Dos veces David llora por un hijo: esta y la otra cuando iba a morir el hijo del adulterio. También aquella vez hizo ayuno, penitencia para salvar la vida del hijo. ¡Era padre!"

El otro padre al que el Papa ha hecho referencia en la homilía es el jefe de la Sinagoga. "Un persona importante pero delante de la enfermedad de la hija no tiene miedo de postrarse a los pies de Jesús: ¡Mi hija está muriendo, ven a imponerle las mano, para que sea salvada y viva!´ No tiene vergüenza", no piensa en lo que puedan decir los otros, porque es padre.

David y Jairo son dos padre: "¡Para ellos lo más importante es el hijo y la hija! No hay otra cosa. ¡Lo único importante! Nos hace pensar en lo primero que decimos a Dios en el Credo: ´Creo en Dios Padre...´ Nos hace pensar en la paternidad de Dios. Pero Dios es así. ¡Dios es así con nosotros! ´Pero, Padre, ¡Dios no llora!´ ¡Cómo que no! Recordemos a Jesús, cuando ha llorado en Jerusalén. ´¡Jerusalén, Jerusalén!´ ¡Cuántas veces he querido recoger a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas!´ ¡Dios llora! ¡Jesús ha llorado por nosotros! Y ese llanto de Jesús es precisamente la figura del llano del Padre, que nos quiere a todos con él".

Francisco ha subrayado que "en los momentos difíciles el Padre responde. Recordemos a Isaac, cuando va con Abrahán a hacer el sacrificio: Isaac no era tonto, se había dado cuenta que llevaban leña, el fuego, pero no la oveja para el sacrificio. ¡Tenía angustia en el corazón! ¿Y qué dice? ´¡padre!´ Y en seguida: ´¡Aquí esto hijo!´ El padre responde".

Así, Jesús, en el huerto de los Olivos dice: "con esa angustia en el corazón: ´¡Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz!´ Y los ángeles fueron a darle fuerza. ¡Así es nuestro Dios: es Padre! ¡Es una Padre así!".

Un padre como el que espera al hijo pródigo que se ha ido con "todo el dinero, con toda la herencia. Pero el padre lo esperaba" todo los días y "lo vio de lejos". "¡Ese es nuestro Dios!", ha recordado Francisco. Asimismo ha observado que "nuestra paternidad" es la de los padres de familia como la paternidad espiritual de obispos y sacerdotes "debe ser como esta. El Padre tiene como una unción que viene del hijo: ¡no puede entenderse a sí mismo sin el hijo! Y por esto necesita al hijo: lo espera, lo ama, lo busca, lo perdona, lo quiere cerca de sí, tan cerca como la gallina quiere a su pollitos".

Finalmente, Francisco ha pedido que "vayamos hoy a casa con estas dos imágenes: David que llora y el otro, jefe de la sinagoga, que se postra delante de Jesús, sin miedo de pasar vergüenza y hacer reír a los otros. Estaban en juego los hijos: el hijo y la hija. Y con estos dos imágenes decimos: ´Creo en Dios Padre..." Y pidamos al Espíritu Santo - porque solamente Él, el Espíritu Santo - que nos enseñe a decir ´¡Abba, Padre!´ ¡Es una gracia! ¡Poder decir a Dios ´Padre´! con el corazón es una gracia del Espíritu Santo. ¡Pidámosla a Él".

 

 

Solemnidad de Cristo Rey

Jesucristo, Rey del Universo

La celebración de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.

El Papa Pio XI, el 11 de diciembre de 1925, instituyó esta solemnidad que cierra el tiempo ordinario. Su objetivo es recordar la soberanía universal de Jesucristo. Lo confesamos supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas.

Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: "Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí" (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.

Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su Vía Crucis, el camino hacia el Reino de Dios. "Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.

Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Jesús nos revela su misión reconciliadora de anunciar la verdad ante el engaño del pecado. Esta fiesta celebra a Cristo como el Rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.  La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo, al dejarnos el Espíritu Santo que nos concede las gracias necesarias para lograr la Santidad y transformar el mundo en el amor. Ésa es la misión que le dejó Jesús a la Iglesia al establecer su Reino.

Se puede pensar que solo se llegará al Reino de Dios luego de pasar por la muerte pero la verdad es que el Reino ya está instalado en el mundo a través de la Iglesia que peregrina al Reino Celestial. Justamente con la obra de Jesucristo, las dos realidades de la Iglesia -peregrina y celestial- se enlazan de manera definitiva, y así se fortalece el peregrinaje con la oración de los peregrinos y la gracia que reciben por medio de los sacramentos. "Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios.

 

Oración a Cristo Rey.

¡Oh Cristo Jesús! Os reconozco por Rey universal. Todo lo que ha sido hecho, ha sido creado para Vos. Ejerced sobre mí todos vuestros derechos.

Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia.

¡Divino Corazón de Jesús! Os ofrezco mis pobres acciones para que todos los corazones reconozcan vuestra Sagrada Realeza, y que así el reinado de vuestra paz se establezca en el Universo entero. Amén.

 

Consagración de la humanidad para el día de Cristo Rey por el Papa Pío XI

¡Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano! Miradnos humildemente postrados; vuestros somos y vuestros queremos ser, y a fin de vivir más estrechamente unidos con vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás, os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo.

¡Oh Señor! Sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, que no perezcan de hambre y miseria.

Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos; devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino.

Conceded, ¡oh Señor!, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino ésta voz: ¡Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud! A Él se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

DECIR LA VERDAD

 

Lo dijo el Papa Francisco

Quedó flotando en el aire

Hablamos con la verdad

o  mentimos

Una utopía de nuestro tiempo

En conversaciones triviales

En el  periodismo escrito

En los noticieros de Tv

Hablan  o disfrazan la verdad

Como en una pesadilla   

Nos  persiguen, lo sientes así

O intentas  esquivarla

Meditando sobre su significado

Aparece   relatividad raro no

Resumo lo expresado

 en un dicho popular 

Las cosas son según el cristal

con que se las mira…

Y  la verdad la manifestamos

según  nuestra conveniencia.

 

María de los Ángeles Albornoz

Monteros-Tucumán-Argentina

 

 

 

Yo mando

Ángel Cabrero Ugarte

Niños jugando a videojuegos.

En muchas familias, hoy por hoy, la preocupación por el uso de la tecnología es una realidad, al menos allí donde hay suficiente responsabilidad por la educación de los hijos y por el aprovechamiento del tiempo entre pequeños y mayores. Parece evidente que esos medios tecnológicos crean una adición que puede ser perversa para las costumbres de unos y otros.

Cómo afrontar estos elementos nuevos en la educación y las costumbres familiares es algo complejo. Hay muchas teorías, a veces muy distintas, casi opuestas. Ante la consideración indiscutible de que esos medios son ya imprescindibles para la comunicación, para las relaciones interpersonales, organización de grupos, cuestiones laborales, etc., el peligro es dejar, sin más, que el tiempo pase. Si no se toman medidas concretas hay dos peligros evidentes, tratados ya por psicólogos y psiquiatras: la mala influencia en la educación de los jóvenes y el modo en que pueden influir en las relaciones familiares e incluso laborales.

Janell Burley Hofmann es una experta en educación y madre de familia numerosa. Tiene experiencia de su propio hogar, pero además ha estudiado el problema en contacto con otros muchos expertos. La clave de su actuación en la educación de los hijos se manifiesta nítida en el mismo título del libro que ha escrito sobre el tema: “Yo mando”. “iRules”.

En este caso se está refiriendo a los hijos menores de edad. ¿Cómo se empieza a dominar esta situación entre los pequeños? Parece que esto es fundamental porque, con una formación bien dirigida, se conseguirá, seguramente, que el niño crezca sabiendo a qué atenerse. La idea clave es tener la sartén por el mango, hay que dominar la situación. Por eso ella ha confeccionado un contrato que especifica claramente cómo se harán las cosas.

Y el primer punto del contrato es: el móvil es mío, yo lo he comprado y te lo dejo… con todas las consecuencias. Y, lógicamente, el segundo punto: yo siempre debo saber la contraseña. A partir de ahí se van concretando los siguientes puntos, lógicos, sugerentes: el móvil no se lleva al colegio, si estás con gente apágalo o siléncialo, etc.

A lo largo del libro va desarrollando los 18 puntos del contrato, con detalles, con anécdotas y sucedidos y la experiencia de otras madres y otros padres. A estos les dice: “Si no sabes cómo funciona el aparato que tu hijo está utilizando (…) reserva un tiempo para aprender”. No queda otra. Esto llevará a los padres a entrar, con toda naturalidad en las redes sociales donde está el hijo. A los hijos no les importa que entres, pero no les gustaría que te hicieras presente interviniendo. Hay que estar, pero con discreción.

El teléfono se entrega a los padres por la noche. Es un modo de proteger el descanso. Esas limitaciones en el uso del móvil son, sin duda, un incordio para los padres, que tienen que preocuparse constantemente, pero es la única forma de tener paz en la familia. El adolescente puede no entenderlo, pero es parte del contrato.  Por lo tanto, cuidado con tener el despertador en el móvil, supondría estar atado a ese medio y sufrir las posibles interrupciones nocturnas. A pesar de todo, para muchas personas es una obsesión tener siempre el móvil encendido y cerca, “no sea que me pierda algo”.

Merece la pena leer las observaciones, fruto de su experiencia como madre y profesora, que va desarrollando en torno a los 18 puntos del contrato. Viene bien reflexionar sobre un aspecto tan crucial hoy en día en la educación de los hijos, y de los adultos…

Janell Burley Hofmann, iRules, Rialp 2018

 

 

Las caras de la Caravana

Emma Aguayo de Shugert

La caravana migratoria ha dejado muchas sensaciones tanto en migrantes como en los mexicanos.


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Es una situación difícil, miles de migrantes, miles de caras y cada cara un mundo.

Algunas caras nos muestran pobreza, desesperación, otras, manipulación y juego político. Mientras unas sonrisas nos hablan de agradecimiento, una mueca nos grita desprecio.

Por el otro lado, los que los recibimos tenemos caras de coraje y miedo. Coraje contra nuestros propios gobernantes porque ofrecen lo que no tenemos. Y, de pronto, nos sentimos muy preocupados por los tarahumaras y todos los pobres de México, hace unos meses ni los pelábamos. ¡Qué bueno que la Caravana nos despertó! Espero que todos los que se quejan de ella estén organizándose para apoyar a esos grupos tan vulnerables. Espero que hayamos despertado para exigirle a nuestro gobierno lo que por derecho nos corresponde: salud y seguridad.

La caravana ha generado miedo a lo desconocido, a perder la seguridad a que algo malo suceda, a que se acaben los recursos. Ante el miedo solo existen dos caminos: paralizarte; que no es otra cosa más que gritar y no hacer nada o enfrentar el problema y darle solución. Si estás gritando en las redes sociales, solo estás generando más problemas. Haz un alto, ve el problema a la cara, date cuenta de que son personas. (No son “la caravana”, son Danilo, Kevin, Matías, Linda, Suyapa) tanto en ese grupo, como en el de los tarahumaras, o los homeless en Estados Unidos, o en tu comunidad, hay gente buena y mala, agradecida y desagradecida. Si uno juzgara antes de ayudar, sería muy poco lo que se necesitara.

Hay que tener cuidado con estos sentimientos, los corajes raciales se han convertido en la historia en odio, separación y muerte. Nunca han generado prosperidad. El miedo, por su parte, causa segregación y hacen más ancha la brecha de las diferencias.

El hombre es un ser que ha podido y puede reponerse ante situaciones inhóspitas, vivimos en la tundra y en el desierto, hemos sobrevivido grandes desastres y existen innumerables historias de éxito ante la adversidad. En todos estos momentos han participado todos tipos de caras: buenas, amables, convenencieras, seguidoras, mentirosas…, lo que ha hecho posible el éxito, ha sido el amor de unos cuantos, que han logrado sacar valentía de las piedras, creatividad para enfrentar los problemas y ha conseguido la colaboración en la diversidad.

Que esta gran caravana de migrantes despierte al mundo para que vea y apoye a los países centroamericanos, que despierte a los mexicanos y a los americanos para ayudar a sus hermanos y a los suyos, que las exigencias sean tan fuertes que los gobiernos tengan el compromiso de hacer algo, que te despierte a ti y a mí para actuar.
¿Qué haces en favor de los pobres? ¿Sales a darte una vuelta para ver el mundo real? No se trata de donar para el redondeo o de comprar dos o tres boletos de rifas. Se trata de involucrarte en la vida real.

Se trata de ser como Nelson Mandela, como Gandhi, como Martín Luther King, personas que han cambiado el mundo, como la madre Teresa de Calcuta como Jesús. No me imagino a ninguno de ellos diciendo: la situación es muy difícil, llévenselos, no puedo hacer nada…bueno, si me acuerdo de uno…Pilato….

¿Cómo quien quieres ser tú?

 

DECONSTRUIR, DESCALIFICAR Y EXCLUIR

Por René Mondragón

BUENA PIEZA

El periodista Jesús Pérez Gaona (https://www.lapoliticaonline.com.mx/nota/117747),

publicó una excelente entrevista a Isaac Montoya, el actual líder de las juventudes morenistas en México, de la que se desprenden varios elementos que, nuestras maravillosas lectoras y gentiles lectores, han hecho llegar a nuestra mesa de trabajo, para compartir diversas reflexiones sobre la visión del responsable de esta parte del voto duro del presidente electo.

AUTOCONCEPTO

La forma en que Montoya visualiza el concepto de su movimiento es ilustrativa: "Somos una enorme organización que trata de incluir a sectores representativos de la población mexicana para ayudar al nuevo gobierno en la construcción de un nuevo acuerdo social y lograr así la reconciliación del país". Por eso califica a Morena como de izquierda, nacionalista y revolucionario, con cualquier cosa que quiera significar este híbrido ideológico-metafórico, Porque, adicionalmente, lo define como "un modelo anti-neoliberal pero no anticapitalista".

El escribano reflexiona: ¿Eso es algo así como, pensar como Carlos Marx y querer vivir como Carlos Slim?

SER Y NO SER AL MISMO TIEMPO

Es evidente que el nuevo gobierno busque el acercamiento con sus iguales en otras partes del mundo, particularmente con Venezuela, de donde llegaron a la alcaldía de Azcapotzalco, un grupo de miembros del Partido Socialista Unido de aquel país. Se trataba de “intercambiar experiencias”, porque “de todas las militancias se aprende algo”, aunque lamentó la descalificación automática que se hace de lo que sucede en aquel país hermano. ¿Será que pronto invitarán  los republicanos?

Por ello –nos guste o no- el socialismo chavista llegó con un amplio ”respaldo popular”, “…del cual, podríamos aprender”. Pero, “…Tampoco significa que deseemos conducirnos desde Morena, o desde el nuevo gobierno, con el rumbo o ejemplo histórico de Venezuela” ¡Faltaba más!

LOS MALVADOS PANISTAS

Nuevamente, el fantasma chocarrero del “compló” vuelve a hacer su aparición: Es el PAN “…que quiere escandalizar y asustar, abre la puerta a la polarización y a la fractura. Ellos quieren propiciarla, por ello disfrazan la censura dando voz a ciertos sectores que polarizan. Todo lo que tenga que ver con Venezuela es negativo, nos dicen” Son los panistas los que quieren aislar a Venezuela.

Por supuesto, los centenares de miles de migrantes que salen de Venezuela, dejan ese paraíso del socialismo tropical, para buscar una vida mejor en otros lugares. Esos son los que escandalizan sobre la realidad de hoy en aquel país.

Si el socialismo bolivariano –que tanto anhela Fernández Noroña para México- fuese el Edén, la Suecia del continente, la Finlandia en éxitos educativos o parte de Japón, Taiwán, Hong Kong o Singapur en materia de avances tecnológicos, es muy seguro que las cuatro o cinco caravanas pedirían asilo en Venezuela. ¿O no?

Montoya califica estas condiciones como un “falso debate”. Habrá que preguntarle a las familias que buscan comida en las bolsas de basura; a las mujeres y los niños que mueren a diario por falta de medicamentos; a los padres y madres de familia que ven que los malandrines les roban. Habrá que preguntar a los liderazgos de oposición tratados como presos políticos desde hace años, sin garantías y viendo cómo se atropellan sus más elementales derechos humanos.

ENCUENTROS CERCANOS

La clave de la praxis política y la operación en las calles está definida: “…queremos aprender de experiencias históricas de organizaciones, partidos, movimientos, gobiernos, que tienen una visión social, popular y de izquierda, y que han sido exitosos en mayor o menor medida…” Eso justifica ya el cercamiento con Pablo Iglesias, propietario de PODEMOS en España.

Por lo mismo, se justifica la estrecha relación de hoy con Miguel Alemán Magnani, dueño de Interjet; los que marchan a favor de la vida, son reducidos a Fifís que humillan a los migrantes con expresiones de odio y xenofobia.

El músculo: más de 500 mil jóvenes afiliados a Morena, cantidad superior al total de 280 mil que tiene el PAN. Destaca Montoya que, su movimiento es “un partido de masas, donde caben todos los sectores del país”

La pregunta: ¿No se trata de deconstruir, descalificar y excluir a todo aquello que no concuerda con su visión?

 

 

Un encuentro fortuito

 

Alfonso Aguiló

 Aún faltan unas horas para que amanezca. Un hombre pasea por la orilla de la playa, contemplando el mar. Se llama Justino y es famoso en muchos círculos intelectuales de aquella Roma del siglo II. No tarda en descubrir a otra persona, en este lugar ahora desierto: es un anciano. El intelectual se pregunta qué puede hacer aquí a estas horas, pero no dice nada. Solo lo mira, sorprendido.

        El anciano percibe su desconcierto y se dirige a él. Le explica que espera a unos familiares que están navegando. La conversación prosigue. El intelectual opina sobre cualquier tema: cultura, política, religión. Le gusta hablar. El anciano sabe escuchar y he aquí que, cuando interviene, lo hace con mesura y sensatez. Tal vez, en otra ocasión, el intelectual hubiera ironizado o dado por terminado el diálogo. Sin embargo, la claridad de ideas del anciano le desarma. El intelectual no comparte algunas de esas ideas, pero reconoce que tienen mucho en común con las suyas. Al final, el anciano le desvela que es cristiano. Justino empieza a ver con simpatía la fe sencilla de aquel anciano. Pasan las horas. Se despiden. Nunca se volverán a ver.

        El intelectual no olvidará este encuentro. Meses después, comprenderá que solo aquellas palabras del anciano parecen dar razón de sus ansias de verdad. Eran ideas que estaban transformando su vida y que provenían de la fe cristiana. Un encuentro fortuito le había acercado a la fe, abriéndole un horizonte más amplio que el que le presentaban todas sus creencias anteriores. Al poco tiempo, Justino, el gran filósofo, recibirá el bautismo y se convertirá en uno de los más grandes apologistas de la fe.

        Los padres de Justino eran paganos y le habían dado una excelente educación, instruyéndole esmeradamente en filosofía, literatura e historia. Había frecuentado las escuelas estoica, aristotélica, pitagórica y platónica. Era un gran buscador de la verdad, y el encuentro con aquel anciano determinó su conversión y su dedicación al servicio de Dios. Tenía en aquel momento unos treinta años. Permaneció desde entonces laico y célibe, y en adelante, ataviado con las vestimentas características de los filósofos, recorrió numerosos países debatiendo con todos acerca de la fe cristiana, hasta su martirio en el año 165.

        Dios sale al encuentro de cada persona de una manera distinta. En el caso de Justino, fue mediante el ejemplo de los mártires y con esa conversación de madrugada con aquel anciano. Otras veces, se presenta a través de unos signos externos muy claros. Por ejemplo, a algunos personajes del Antiguo Testamento les reveló su voluntad mediante una visión o una teofanía. Moisés vio la zarza ardiendo. Un ángel purificó los labios de Isaías mientras se escuchaba la voz de Dios. Y Ezequiel contempló un torbellino de viento y una gran nube, y un fuego que se revolvía dentro, con un resplandor, y en medio del fuego, una figura en ámbar. Pero no todos podemos pedir algo así para conocer la voluntad de Dios.

        —No estaría mal, de todas formas.

        Tampoco te creas que sus efectos serían siempre fulminantes. Si no estamos bien dispuestos, aunque se nos apareciera un ángel, no estaría asegurada nuestra correspondencia. En el Evangelio se lee que a Zacarías, el padre de Juan Bautista, se le apareció un ángel y le dijo que sus peticiones habían sido escuchadas, pero Zacarías no se conformó con eso y pidió una prueba de que aquello se cumpliría: "¿Quién me podrá certificar a mí eso?". Y no debió de agradar mucho a Dios, porque el ángel le transmitió esa certificación en forma de castigo a su falta de fe: "Desde ahora quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por cuanto no has creído a mis palabras, que se cumplirán a su tiempo".

        Solo muy raramente Dios manifiesta sus llamadas personales con signos externos. No podemos esperar de los cielos un acta notarial, un llamamiento en toda regla por parte de la divinidad. Eso sería una ingenua tendencia a lo fantástico, cuando lo habitual es que Dios nos hable a través del silencio interior, cuando hay un clima de suficiente recogimiento y facilitamos el encuentro con Él en la oración.

        —Pero, al final, la pregunta clave, y difícil de contestar, es: ¿tengo vocación o no?

        Esa no es la pregunta más importante. La pregunta decisiva es: ¿cuál es la vocación que yo tengo? Dios tiene un plan para todos, para cada uno. La vocación no es algo que tienen algunos, sino todos. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad, es decir, al encuentro con Dios, a seguir a Jesucristo. Hay vocaciones que comprometen más, que son más exigentes. Y quizá las más exigentes son las que presentan un mayor atractivo para un alma joven, aunque también den un poco de miedo. No se trata de ver qué es lo mejor, o lo más difícil, sino lo que quiere Dios de mí. Para ti, lo mejor es lo que Dios quiera de ti. Y para mí, lo que quiera de mí.
Así lo explicaba Benedicto XVI, en la Basílica de Santa Ana de Altötting: "Bajo la mirada de santa Ana maduró la vocación de María, la más grande de la historia de la salvación. María recibió su vocación a través del anuncio del ángel. El ángel no entra de modo visible en nuestra habitación, pero el Señor tiene también un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Por tanto, a nosotros nos toca escuchar, percibir su llamada, ser valientes y fieles para seguirlo, de modo que, al final, nos considere siervos fieles que han aprovechado bien los dones que se nos han concedido."

        Hay que pedir luz a Dios, hacer oración, rogarle que nos haga ver con más claridad qué quiere de nosotros. Normalmente, no lo hará por medios excepcionales, como a San Pablo camino de Damasco, sino que nos deja una cierta penumbra, quizá para no forzar nuestra libertad, para dejarnos más iniciativa personal.

        —¿Y cómo se puede tener certeza de una vocación?

        De la vocación se puede tener la certeza propia del hombre, que no es absoluta y completa. Pero se puede llegar a tener una certeza muy grande, aunque esto normalmente no viene hasta un tiempo después de haber respondido que sí a lo que hemos pensado que es nuestro camino. Esa certeza llega cuando ha transcurrido un tiempo, y comprobamos que ese camino llena nuestra alma, y se alcanzan entonces grados muy altos de seguridad.

        Por eso, en todas las instituciones de la Iglesia hay unos períodos de prueba, en los que cada candidato confirma o descarta la vocación que, al solicitar la admisión, ha pensado que tenía. En ese sentido, cabría decir que la plena certeza de la vocación solo se tiene cuando se ha respondido, pues lo habitual es que ese convencimiento vaya creciendo a medida que se avanza con generosidad en el proceso vocacional. Sucede algo parecido en el camino hacia el matrimonio: la certeza de haber acertado no se alcanza hasta un tiempo después de iniciar el noviazgo, cuando ha pasado un tiempo desde que hemos respondido afirmativamente y se comprueba que hay una sintonía y un convencimiento grandes, y confirmamos así que Dios quiere ese camino para nosotros.

        —¿Y cómo percibir con claridad eso de que lo más grande que puede pasarle en la vida a una persona es entregarse por completo a Dios?

        Para comprenderlo así hay que enmarcar nuestra vida en un contexto amplio, en el que esté bien presente Dios. Debemos pensar en el sentido de la vida humana, en que nuestra vida está limitada en el tiempo, y en que ese tiempo pasa cada vez más deprisa. La vida es estupenda, pero es tan solo un preámbulo de la vida eterna. Por eso vale la pena seguir un camino que nos lleve más directamente a la meta. Seguir a Dios vale siempre la pena.

        Cuando vamos al encuentro de ese proyecto que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros, no hacemos un favor a Dios. Al contrario, cada vocación es una muestra de la misericordia de Dios con el hombre. Nos llama a construir en nosotros la mejor vida de las posibles, la vida a la que estamos llamados, para la que mejor estamos preparados, en la que seremos más felices.

        —Pero eso de entregarse por completo a Dios siempre da un poco de miedo.

        Puede ser miedo, o bien inseguridad, o incertidumbre. La misma fe siempre tiene algo de salto en el vacío, y por tanto, con la vocación sucede algo parecido.

        —¿Y no es perder un poco la libertad?

        Cualquier acto de entrega supone perder libertad, y el amor siempre supone entrega, y lo natural es entregarse a lo que uno ama, pues de lo contrario la vida queda vacía. La mejor libertad es la que se emplea para seguir la voluntad de Dios. Cuanto más grande sea el bien que se elige (y en este caso sería elegir a Dios), mayor y más noble será el empleo que hacemos de nuestra libertad.

        Dejarse guiar por Dios no es perder libertad, sino emplearla del mejor modo posible. Suele ser una decisión en la que intervienen muchos elementos, a través de los cuales, Dios nos habla, y hacen que un buen día pasemos de decir que no a decir que sí. Y no siempre con un proceso predominantemente racional. O, mejor dicho, son razones que Dios pone en nuestra cabeza pero también en nuestro corazón.

        —Entregarse a Dios supone siempre una renuncia, y eso hace que a muchos les cueste dar ese paso, porque todos queremos pasarlo bien y disfrutar de la vida.

        Pasarlo bien de verdad depende de estar cerca de Dios. La vocación supone una elección personal de Dios a cada uno de nosotros. No elegimos nosotros, sino que elige Dios. Y ese designio suyo determina el camino que cada uno debe recorrer para alcanzar el Cielo y para ser feliz en la tierra. Hacer la voluntad de Dios es la mejor garantía para pasarlo bien en la vida, tanto en la vida de la tierra como en la del Cielo.

        —¿Y a la hora de pensar si Dios nos llama en una institución o en otra, importa el hecho de que sea una institución más boyante o menos?

        Pienso que no. En cuestiones de hacer la voluntad de Dios, no importa el número, sino que seamos los que Dios quiera que seamos. Da igual que sea una institución a la que lleguen numerosas vocaciones y consideremos boyante o de moda, o bien una institución en momentos difíciles y que apenas tiene vocaciones.

        —¿Y el hecho de tener ilusión por casarse y formar una familia, es motivo para pensar que no estamos llamados al celibato?

        Tener ilusión por casarse y formar una familia es una ilusión propia de toda persona normal. Si la vocación fuera, sobre todo, cuestión de gusto, todo el mundo tendría vocación al matrimonio (y no sé si quizá -perdona la broma- muchos tendrían vocación a no trabajar, o a ser unos frescos). Me parece que la clave no está en lo que a uno más le apetece, pues hay muchas cosas que hacemos cada día que no nos apetecen demasiado pero que, sin embargo, sabemos que debemos hacer, y las hacemos, nos producen una satisfacción, nos hacen felices y nos hacen cumplir la voluntad de Dios.

        El hecho de que a alguien le diviertan mucho los niños, o sea especialmente sensible al calor humano de la familia, o sueñe con un amor humano dichoso, indica que es una persona normal con una buena educación afectiva. Todo corazón bien formado experimenta ese deseo natural. Basta recordar que a Jesucristo le gustaban los niños, y el calor de la vida familiar, pero vivió célibe.

        El celibato no es para quienes no se sientan atraídos por la vida matrimonial, ni para quienes se sienten especialmente fuertes a la hora de vivir la castidad. No es tampoco para corazones fríos o poco capaces de querer. Tener corazón grande no solo no es una dificultad, sino que es esencial para quien sirve a Dios en celibato. Solo el que sabe enamorarse de verdad es capaz de una entrega plena.

 

Doctrina y arte: nexo que los comunistas comprendieron

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Stalin visto por Picasso

Cuando murió Stalin, el pintor comunista Picasso le hizo un retrato que reproducimos aquí, “L’Humanité”, órgano rojo de París, publicó el trabajo. Sin embargo, Moscú lo condenó porque, según los cánones del arte comunista, un retrato debe ser tanto cuanto posible parecido con una fotografía, evitando interpretaciones personales.

Para ellos, esas interpretaciones expresan una mentalidad subjetivista e individualista incompatible con el colectivismo socialista.

De hecho, el rostro de Stalin visto por Picasso tiene mucho de subjetivo. La fotografía que se sacó en Teherán en 1943, al lado de Roosvelt, es más real: se diría que es un portero de hotel endomingado con su uniforme nuevo, ufano de tomar el aire por unos minutos a lado de un huésped distinguido, que consintió en conversar un poco con el.

Los comunistas comprenden que un vasto sistema de ideas filosóficas, sociales y económicas tiene que generar necesariamente un arte con un cuño propio, que será bueno o malo según sea verdadero o falso el sistema. Y que el colectivismo tiene que producir en arte una actitud peculiar.

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Roosvelt y Stalin en Teherán

En la sección “Ambientes, Costumbres, Civilizaciones” hemos procurado poner en evidencia el mismo principio con relación al Catolicismo. Nuestro arte no puede ser el del comunismo, ni el del neopaganismo occidental, por el simple hecho de que somos católicos. Y, sin embargo, esta sección encuentra, a la par de tantos aplausos, tantas resistencias opuestas por espíritus deformados por el liberalismo. Sírvales por lo menos de lección la coherencia de nuestros adversarios.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

La gramática no es sexista

 

       Un informe sobre “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”, obra del académico de la Lengua Ignacio del Bosque y suscrito por 26 colegas, critica algunas guías de “lenguaje inclusivo” aparecidas en los últimos años. El texto se publicó en El País el 4 de marzo, en vísperas del Día Internacional de la Mujer, y el mismo diario ha atizado una polémica en sus páginas pidiendo comentarios a unos y otros. Unas nociones de gramática comparada pueden ayudar a comprender que el género no es el sexo, y una expresión será o no sexista según lo que signifique, no por la extensión que se dé al masculino.

    La correspondencia entre los géneros gramaticales y los sexos de algunos seres vivos es a lo sumo parcial, y no existe en todas las lenguas.

    Los filipinos son un pueblo falto de iniciativa. En efecto, en su idioma, la voz verbal no marcada es pasiva. Por defecto, el tagalo –como otras lenguas austronesias– pone el foco en el objeto en vez del agente. Para entendernos: si el español fuera una lengua del mismo tipo, en “un búho cazó un ratón”, el ratón sería el depredador y el búho, la presa. Esta forma de expresar acciones en esos idiomas es muestra de la pasividad de sus hablantes.

    Salta a la vista que lo anterior es una estupidez. La pasividad gramatical no tiene que ver con la del carácter. Hay millones de filipinos emprendedores, y en cambio se puede hablar una lengua en que la voz activa sea la directa y la pasiva derivada, y ser un holgazán redomado.

    Pues bien, no menos absurdo es tachar de sexista el uso del masculino para mentar hombres y mujeres. Ocurre simplemente que en muchos idiomas, como el español, el masculino es el género no marcado, de suerte que tiene mayor extensión, a costa de ser menos preciso. Al revés, el femenino tiene mayor precisión y es excluyente. Por eso, “los alumnos” puede significar todo el estudiantado o solo los hombres, mientras que “las alumnas” no son más que las mujeres.

    Interpretar eso como sexismo es buscar tres pies al gato. Con la misma base, podríamos ver un indeseable prejuicio antimasculino en el ruso porque los equivalentes de “hombre” (muzhchina) y “tío” (diadia) terminan en -a y se declinan según el modelo femenino; o, si se prefiere, cabe denunciar machismo porque a esas mismas palabras, pese a su morfología femenina, se las obliga a concordar con adjetivos en versión masculina. Y ¡qué sexismo el de los alemanes –y las alemanas–!, que hacen neutras Fräulein (señorita) y Mädchen (chica), haciendo invisible la feminidad. En cambio, los hablantes de inglés, turco o euskera, lenguas sin géneros gramaticales, han de ser los paladines de la igualdad sexual. El caso de los holandeses es dudoso, pues por una parte casi han desterrado de su idioma el femenino, pero por otra, lo han hecho fundiéndolo con el masculino en un género común que se contrapone al neutro.

    Cuando hay conductas sexistas, como presionar a una empleada para que no tenga hijos, la batalla contra el género masculino es una pérdida de tiempo.

    Los 16 géneros del swahili Quédense tranquilos esos a quienes se les antojan los dedos huéspedes cuando no oyen “los alumnos y las alumnas”. El género de las palabras no guarda relación necesaria con el sexo de los seres significados. Como su denominación indica, el género es una clase o tipo. En virtud de esta categoría gramatical, los nombres y pronombres se dividen en clases que se distinguen, en algunos casos, por la morfología, y sobre todo, por concordar con unas u otras formas de artículos, adjetivos o incluso verbos. La correspondencia entre los géneros gramaticales y los sexos de algunos seres vivos es a lo sumo parcial, y no existe en todas las lenguas. El swahili tiene 16 géneros o clases nominales, y ninguno tiene que ver con el sexo: en dos (uno para singulares, otro para plurales) entran los nombres aplicados a personas, sin distinción de mujeres y hombres; otros dos son para árboles y fuerzas naturales; hay dos más para animales...

    La clasificación de nombres, o sea la distinción de géneros, tiene la ventaja de evitar ambigüedades con economía de palabras. Por ejemplo, el género del pronombre disipa toda duda en una frase con dos posibles objetos directos: “Hay allí un jardín con una fuente, pero no lo encontré”, o bien: “... no la encontré”.

    Ni jardines ni fuentes tienen sexo, pero en muchos idiomas los nombres tienen género, y se aplican a las realidades significadas con independencia que estas sean de un sexo, del otro o de ninguno. Decimos, pues, “él es una persona muy simpática” y “ella es el miembro más activo del grupo”. Hay también en español sustantivos comunes en cuanto al género, que concuerdan con artículos y adjetivos femeninos o masculinos, indistintamente (artista, detective, juez...); y adjetivos de una sola forma que concuerdan con nombres de cualquier género (sagaz, fuerte, fácil...). Pero si un nombre tiene variante de género y ha de designar a hombres y mujeres conjuntamente, lo más económico es usar una de las formas. La lengua cayuga, de la familia iroquesa, para referirse a varias personas de uno y otro sexo emplea la forma femenina del pronombre personal, godi (ellas), mientras que la masculina, hodi (ellos), no sirve más que para un grupo de hombres solos. ¿Hemos de acusar a los iroqueses de sexismo contra los varones?

    Bordeando el ridículo.   La corrección política en esta materia bordea el ridículo en su empeño de implantar el lenguaje no sexista. Es curioso que la paranoia comenzara con un idioma sin géneros, el inglés, a propósito de los pocos casos en que no se emplea una misma palabra para hombres y mujeres (he/she, man/woman...). Hay feministas que quieren suprimir women porque incluye el plural de man. No se han puesto de acuerdo en el término sustituto (womyn, wimmin, womban...), y los otros 375 millones de angloparlantes nativos siguen aferrados al de siempre.

    En el caso del español, el filósofo Jesús Mosterín propone el término humán (pl. humanes) para designar a mujeres y hombres sin referencia al sexo. Bien poco se adelanta con ese neologismo, pues en cuanto se le adjunta el artículo, reaparece el género. Mosterín, concretamente, dice “los humanes”, no sin lógica, pues “las humanes” serían solo mujeres. Los demás seguimos diciendo “los hombres”, “los seres humanos” o “las personas”.

    Por supuesto, como las palabras no son signos naturales, la norma última del lenguaje es el uso común. Es posible que la generalidad de los hablantes se acostumbre a decir “voy al cine con las amigas y los amigos” o “esto es bueno para nosotros y nosotras”. Aunque, si ha de cambiar el uso, yo preferiría que adoptáramos el femenino como género no marcado, y así bastara decir “nosotras” para referirse a nuestro grupo de amigas (incluidos, pues, los amigos). Pero si eminencias como las antedichas apenas han logrado seguidores, menos cabe esperar que se imponga mi opinión.

    En todo caso, el lenguaje sexista no lo es por la gramática, sino por el significado injurioso o despectivo contra las personas de un sexo. Y peor aún que el de las palabras es el sexismo de los hechos: presionar a una empleada para que no tenga hijos, la pornografía que reduce a la mujer a un objeto erótico, que un hombre deje a su pareja en la alternativa de abortar o ser abandonada. Cuando abundan conductas como esas, la batalla contra el género masculino es una pérdida de tiempo

Rafael Serrano.

 

 

RELIGION EVALUABLE.

El Gobierno ha montado una encuesta trampa (no la conoce casi nadie) para “demostrar” que el pueblo español apoya la no evaluación de la asignatura de religión.

Sea cual sea el resultado, lo que hay que tener presente a la hora de legislar este atentado a la libertad es el porcentaje de padres de alumnos de la escuela pública que solicitan para sus hijos la enseñanza de religión en la escuela, que estaba al comienzo de este curso entre un 65 y un 70 por ciento.

Amparo Tos Boix, Valencia.

 

 

La labor impagable

La Iglesia católica es la primera interesada en esclarecer y acabar con los abusos sexuales que hayan podido cometerse en su seno, pero nunca en su nombre, ni tan generales ni tan consentidos como aducen quienes no velan tanto por la justicia como por la difamación sistemática de una Institución que hace una labor impagable entre quienes más sufren y que encarna los valores que ha hecho posible la evolución de las sociedades de raíz cristiana hacia un modelo de convivencia en el que prima la libertad.

Pedro García

 

 

El Juramento Hipocrático

La realidad es que mientras algunos dirigentes siguen hablando frívolamente de muerte digna, la regulación de la eutanasia y el suicidio asistido que pretenden, están aliñadas con una agenda mediática. En España sigue sin haber una regulación nacional de los cuidados paliativos ni un acceso adecuado a ellos en la mayoría de los hospitales, cuando sobre esto sí existe una gran demanda. Además, la eutanasia es ajena por completo al ejercicio de la medicina, desde sus orígenes. El Juramento Hipocrático, del siglo V antes de Cristo, ya recoge que el médico no debe acceder a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugerir a nadie cosa semejante. Eliminar a un ser humano no es digno. Y es, además, totalmente ajeno al ejercicio de la medicina, que trata de curar siempre que se puede; aliviar cuando curar no es posible; y en todo caso siempre acompañar y consolar al enfermo.

JD Mez Madrid

 

 

¿Qué hacen alcalde concejales y subalternos?

 

                                Es lo que nos preguntamos en mi ciudad desde hace “la tira de años”; y como al parecer, ésta es “una enfermedad que afecta a infinidad de otras”; dónde en general, la mayoría o cantidad muy importante, “cada cual hace lo que le sale de los guevoncios”; y sólo se preocupan de sí mismos y del puesto que ocupan; siempre “comadrejeando”, para ascender a otro mejor y cobrar más, que es lo que les importa a la mayoría de políticos, que como los califiqué, “son de panza y bolsillo”; hay que resaltar todo ello, para ver si de verdad nos demuestran, que están a nuestro servicio, como prometen en elecciones; o muy al contrario es que nosotros los contribuyentes fuera de la política, somos los que “estamos condenados a estar al servicio de ellos”; por lo que la realidad sería que, ni por asomo somos ciudadanos, sino que por al contrario, somos servidores de ellos, súbditos y “camino de esclavos”.

                                Si bien “algunos” (no todos) vienen cuando necesitan nuestro voto y llegan hasta pedírnoslo “en la puerta” de nuestras viviendas; pasada la euforia de las nuevas elecciones, desaparecen y cada cual, se “apoltrona” en su muy cómodo sillón y se olvidan de las obligaciones que contrajeron con el cargo (“olvidan totalmente qué cargo viene de carga”) y la mayoría y como decimos aquí; “no hacen ni el huevo”; y como tampoco se preocupan de organizar a sus subalternos, pues estos y viendo lo que hacen “sus jefes”, les siguen fielmente en todo, hasta en “no dar golpe”; y dejan los intereses comunes, en manos “del viento”. Es claro que por ello, los intereses oficiales y que son públicos y nos pertenecen a todos, en mayoría, “dan asco”; salvo en el capítulo de recaudaciones de impuestos, donde se esmeran al máximo, puesto que lo principal es el que llegue dinero, para pagar a tanto parásito y nepote, como existen en “el chollo” que siguen siendo, gran parte de las actividades denominadas públicas, pero los que muchos consideran como propias y en ellas simplemente ejercen, “el viejísimo derecho de conquista”… y mientras el resto (o sea el común de la gente) a pagar y a no tener ni donde refugiarse; puesto que los políticos denominados de “la oposición”; en realidad de lo que se preocupan es de “derrocar” a los que manejan “estos negocios” y llegar a los mismos, para hacer lo mismo o peor, que lo hacen, los que con tanta fuerza critican.

                                Y digo esto último por cuanto “si malo es enero peor fue febrero”; que es lo que venimos padeciendo los españoles desde ni sabemos el tiempo, los que seguimos vivos… y si “preguntásemos a los muertos, seguro que dirían lo mismo”.

                                No necesito puntualizar ejemplos de los “inservicios” que padecemos; simplemente observen su entorno y “a los que se dicen servidores de los intereses del pueblo (titulares y subalternos) y verán el comportamiento, la desidia, cuando no incluso cosas peores; “y nadie vigila a nadie y por descontado que no se vigila asimismo como la responsabilidad obliga y más al que vive de los demás”.

                                ¿Qué nos espera? A la vista de lo que hemos vivido (yo ya he cumplido los ochenta años) nada mejor; han tomado el poder absoluto y lo van a seguir ejerciendo, hasta que hundan el país; no les importa nada lo que digamos, critiquemos o despreciemos con toda rotundidad; ya digo “lo que les preocupa es la panza y el bolsillo” y mientras cobren puntualmente cada fin de mes, pagas que ni merecen, el resto pues que le den por… “la retafumba”. Amén.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes