Las Noticias de hoy 12 Noviembre 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 12 de noviembre de 2018      

Indice:

ROME REPORTS

Día de los pobres: El Papa quiere aumentar la atención a las necesidades de los más pequeños

Ángelus: “Dios no mide la cantidad sino la calidad”

RESPONSABLES EN LA CARIDAD: Francisco Fernandez Carbajal

“Hambre y sed de Él y de su doctrina”: San Josemaria

Caminos de contemplación: Juan Francisco Pozo - Rodolfo Valdés

El cristiano ante la muerte: encuentra.com

Aspectos éticos de la asistencia al paciente moribundo: Elio Sgreccia

Un sacerdote arrepentido: Ernesto Juliá

Dos modos de vivir la fe: José Francisco González González, obispo de Campeche

El amor en el servicio: Maleni Grider

LA REFORMA MORAL QUE EL PERU NECESITA: Manuel Castañeda J.

Médicos franceses protestan por mensaje del Papa: Luis-Fernando Valdés

Contrapunto existencial: Irene Mercedes Aguirre

¿Cómo está regulada la eutanasia como delito en el código penal?: David Guillem-Tatay

EDUCACIÓN SEPARADA SEGÚN SEXO: SI O NO: Ing. José Joaquín Camacho

El gobierno británico se pregunta: Juan García.

Jamás ha aceptado una petición de gracia: Jesús Domingo Martínez

El disparate económico y el FMI : Enric Barrull Casals

SOBRE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA 1936/1939: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Día de los pobres: El Papa quiere aumentar la atención a las necesidades de los más pequeños

Palabras después de Ángelus (traducción completa)

noviembre 11, 2018 19:07Anne KurianAngelus y Regina Caeli

(ZENIT 11 nov. 2018).- Con motivo del Día Mundial de los Pobres, celebrado el 18 de noviembre de 2018, se instaló una base de salud durante una semana en la Plaza de San Pedro para ofrecer “atención a los que están en dificultades”, anunció el Papa Francisco.

Habló de esta iniciativa durante el Ángelus que presidió el 11 de noviembre, deseando “que este Día promueva una atención creciente a las necesidades de los más pequeños, los marginados y los hambrientos”.

El Papa Francisco instituyó el Día Mundial de los pobres al final del Jubileo de la misericordia, en su Carta Apostólica  Misericordia et misera  (§ 21), hecha pública el 21 de noviembre de 2016. El  primer Día Mundial  de los pobres se celebró el 19 de Noviembre 2017.

Aquí está nuestra traducción de las palabras del Papa pronunciadas después de la oración mariana.

Palabras del Papa Francisco después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Ayer en Barcelona tuvo lugar la beatificación del padre Teodoro Illera del Olmo y de 15 compañeros mártires.

Se trata de trece consagrados y tres fieles laico, explicó el Papa. Nueve religiosos y laicos pertenecían a la Congregación de San Pedro ad Vincula; tres monjas eran capuchinas de la Madre del Divino Pastor y una franciscana del Sagrado Corazón. Estos nuevos beatos fueron asesinados por su fe, en diferentes lugares y en diferentes momentos, durante la guerra y la persecución religiosa del último siglo en España. ¡Alabado sea el Señor por estos valientes testigos y un aplauso para ellos!.

Celebramos hoy el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, que mi predecesor Benedicto XVI describió como una “masacre inútil”. Hoy a la 13:30 hora italiana, las campanas sonarán en todo el mundo, incluidas las de la Basílica de San Pedro. La página histórica de la Primera Guerra Mundial es para todos una advertencia severa para rechazar la cultura de la guerra y buscar cualquier medio legítimo para poner fin a los conflictos que aún hoy sangran en muchas partes del mundo. Parece que nunca aprendemos. Mientras oramos por todas las víctimas de esta gran tragedia, decimos enérgicamente: invertir en la paz, ¡no en la guerra! Y, como signo emblemático, tomemos el de San Martín de Tours, cuya memoria se celebra hoy: Se cortó el abrigo por la mitad para compartirlo con un hombre pobre. Este gesto de solidaridad humana nos muestraa  todos el camino para construir la paz.

El próximo domingo celebramos el Día Mundial de los Pobres, con muchas iniciativas de evangelización, oración y compartir. Aquí también en la Plaza de San Pedro, se instaló una base de salud que brindará atención a quienes estén en dificultades durante una semana. Espero que este Día promueva una atención creciente a las necesidades de los más pequeños, de los marginados y de los hambrientos.

Les agradezco a todos los que vinieron de Roma, Italia y muchas partes del mundo. Saludo a los fieles de Mengíbar (España), a los de Barcelona, ​​al grupo del Inmaculado Corazón de María de Brasil y al de la Unión Mundial de Docentes Católicos. Saludo al Centro Turístico ACLI de Trento, a los fieles de San Benedetto Po y a los Confirmandos de Chiuppano. También saludo a los muchos polacos que veo aquí. ¡Hay tantos!

A todos les deseo un buen domingo. Por favor, no olvides orar por mí. Buen apetito y adiós!

 

 

Ángelus: “Dios no mide la cantidad sino la calidad”

Palabras del Papa antes de la oración mariana (traducción completa)

noviembre 11, 2018 18:06Raquel AnilloAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 11 nov. 2018).- Durante el Ángelus de este domingo, 11 de noviembre de 2018, el Papa Francisco afirmó que “Dios no mide la cantidad sino la calidad, examina el corazón, mira la pureza de las intenciones”.

Introduciendo la oración mariana desde una ventana del palacio apostólico que da a la plaza de San Pedro, a la que asistieron unas 20.000 personas, el Papa meditó sobre el Evangelio del día, episodio de la viuda que dio dos pequeñas monedas en el tesoro del templo.

“Cuando estamos tentados del deseo de aparecer y de contabilizar nuestros actos de altruismo, cuando estamos demasiado interesados ​​en l mirada de los demás y, permítanme la expresión, cuando nos hacemos los ” pavos”, piensen en esta mujer. dijo el Papa … nos ayudará a despojarnos de lo superfluo para ir a lo que realmente importa, y seguir siendo humildes”.

Y ha añadido: nuestro “don”a Dios en la oración y a los otros en la caridad siempre debe tener horror al ritualismo y al formalismo, así como a la lógica del cálculo, y debe ser una expresión de gratitud”.

Aquí está nuestra traducción de las palabras habladas por el Papa.

A K

Palabras del Papa antes del Ángelus.

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

El episodio evangélico del día (ver Mc 12,38-44) concluye la serie de enseñanzas impartidas por Jesús en el templo de Jerusalén y resalta dos figuras opuestas: el escriba y la viuda. ¿Por qué se oponen? El escriba representa a las personas importantes, ricas e influyentes; la otra, la viuda, representa a los pequeños, a los pobres, a los débiles. De hecho, el juicio resuelto de Jesús contra los escribas no concierne a toda la categoría de escribas, sino que se refiere a aquellos que alardean de su posición social, que se enorgullecen del título de “rabino”, es decir, maestro, a quienes les gusta ser venerados y ocupar los primeros lugares (ver versos 38-39). Lo peor es que su ostentación es sobretodo de naturaleza religiosa, porque rezan, dice Jesús “por apariencia” (v.40) y usan a Dios para que se aclamen a sí mismos como los defensores de su ley. Y esta actitud de superioridad y vanidad les lleva a despreciar a los que cuentan poco o se encuentran en una posición económica desventajosa .

Jesús desenmascara este mecanismo perverso: denuncia la opresión de los débiles basada en motivos religiosos, diciendo claramente que Dios está del lado de los más pequeños. Y para imprimir bien esta lección en la mente de los discípulos, él les ofrece un ejemplo viviente: una viuda pobre, cuya posición social era insignificante porque estaba privada de un marido que podía defender sus derechos, y así se convirtió en presa fácil para algún acreedor sin escrúpulos. Esta mujer, que pondrá dos piezas en el tesoro del templo, todo lo que le quedó, y hará su ofrenda buscando pasar desapercibida, casi avergonzada. Pero precisamente en esta humildad, ella realiza un acto de gran importancia religiosa y espiritual. Este gesto lleno de sacrificio no escapa a la mirada de Jesús atenta, que en él ve brillar el don total de si mismo al que quiere educar a sus discípulos.

La enseñanza que Jesús nos ofrece hoy nos ayuda a encontrar lo que es esencial en nuestras vidas y promueve una relación concreta y cotidiana con Dios. Las balanzas del Señor son diferentes a las nuestras. Pesa de manera diferente a las personas y sus acciones: Dios no mide la cantidad sino la calidad, examina el corazón, mira la pureza de las intenciones. Esto significa que nuestro “dar” a Dios en la oración y a los demás en la caridad debería evitar siempre el ritualismo del formalismo, así como a la lógica del cálculo, y debe ser una expresión de gratuidad, como lo hizo Jesús con nosotros: nos salvó gratuitamente, no nos hizo pagar la redención. Él nos salvó de forma gratuita. Y nosotros, debemos hacer las cosas como expresión de gratuidad. Por eso, Jesús señala a esta viuda pobre y generosa como modelo de vida cristiana para imitar. De ella, no sabemos el nombre, pero conocemos su corazón, la encontraremos en el Cielo y sin duda iremos a saludarla; Y eso es lo que cuenta ante Dios. Cuando nos sentimos tentados por el deseo de aparecer y contar nuestros actos de altruismo, cuando estamos demasiado interesados ​​en la mirada de los demás pensemos en esta mujer y, permítanme decir, cuando nos hagamos “pavos reales”, piensen en esta mujer. Nos hará bien; Nos ayudará a despojarnos de lo superfluo para ir a lo que realmente importa, y seguir siendo humildes.

Que la Virgen María, mujer pobre que se ha entregado totalmente a Dios, nos ayude a decidir dar al Señor y a los hermanos, no algo de nosotros, sino de nosotros mismos, en una ofrenda humilde y generosa.

 

 

RESPONSABLES EN LA CARIDAD

— Los niños y quienes por su sencillez y formación son como ellos. El escándalo.

— Hemos de influir siempre para bien en los demás. Dar buen ejemplo.

— Obligación de reparar y deber de desagraviar ante las ofensas a Dios.

I. Pocas expresiones tan fuertes del Señor se encuentran como las que leemos en el Evangelio de la Misa de hoy. Dice Jesús: Es imposible que no vengan escándalos; pero ay de aquel por quien vienen. Más le valdría ajustarle una piedra de molino y arrojarle al mar, que escandalizar a uno de esas pequeños. Y termina con esta advertencia: andaos con cuidado1. San Mateo2 sitúa la ocasión en que se pronunciaron estas palabras. Los Apóstoles habían estado hablando entre ellos sobre a quién le correspondería ser el primero en el Reino de los Cielos. Y Jesús, para que les quedara bien grabada la lección, tomó a un niño (quizá le rodeaban varios de ellos) y lo puso en medio de todos, y les hizo ver que si no imitaban a los niños en su sencillez y en su inocencia no podrían entrar en el Reino. Es entonces cuando, teniendo a un niño delante, debió quedar pensativo y serio; contemplaría en aquella figura frágil, pero de inmenso valor, a otros muchos que perderían su inocencia por los escándalos. Parece como si, de pronto, Jesús diera rienda suelta a algo que llevaba en su interior y que deseaba comunicar a sus discípulos. Así se explica mejor esa advertencia dirigida en primer lugar a los que le siguen más de cerca: andaos con cuidado.

Escandalizar es hacer caer, ser causa de tropiezo, de ruina espiritual para otro, con la palabra, con los hechos, con las omisiones3. Y los pequeños son para Jesús los niños, en cuya inocencia se refleja de una manera particular la imagen de Dios. Pero también son esa inmensa muchedumbre, sencilla, menos ilustrada y, por lo mismo, con más facilidad de tropezar en la piedra interpuesta en su camino. Pocos pecados tan grandes como este, pues «tiende a destruir la mayor obra de Dios, que es la Redención, con la pérdida de las almas: da muerte al alma del prójimo quitándole la vida de la gracia, que es más preciosa que la vida del cuerpo, y es causa de una multitud de pecados»4. «¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor (Himno Exsultet de la Vigilia Pascual), si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que el hombre no muera sino que tenga la vida eterna (cfr. Jn 3, 16)!»5. No podemos perder jamás de vista el valor inmenso que tiene cada criatura: un valor que se deduce del precio –la muerte de Cristo– pagado por ella. «Cada alma es un tesoro maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la Sangre de Cristo»6.

II. San Pablo, a ejemplo de su Maestro, pide a los cristianos que se guarden de todo posible escándalo para las conciencias débiles y poco formadas: Guardaos de que la libertad sea causa de tropiezo para los débiles7. Es mucho lo que influimos en los demás, y esta influencia ha de ser siempre para bien de quien nos ve o nos escucha, en cualquier situación en la que nos encontremos.

El Señor predicó su doctrina, incluso cuando algunos fariseos se escandalizaban8. Se trataba entonces, como también ocurre hoy con frecuencia, de un falso escándalo, consistente en buscar contradicciones o criterios puramente humanos para no aceptar la verdad: a veces encontramos quien se «escandaliza» porque un matrimonio ha sido generoso en el número de hijos, aceptando con alegría los que Dios les ha dado, y por vivir con finura las exigencias de la vocación cristiana... En no pocas ocasiones la conducta del cristiano que quiere vivir en su integridad la doctrina del Señor chocará con un ambiente pagano o frívolo y «escandalizará» a muchos. San Pedro, recordando unas palabras de Isaías, afirma de Él que es para muchos piedra de tropiezo y roca de escándalo9, como ya el anciano Simeón había profetizado a la Santísima Virgen10. No nos debe extrañar si con nuestra vida en alguna ocasión sucede algo parecido. Sin embargo, aquellas ocasiones de suyo indiferentes, pero que pueden producir extrañeza y aun verdadero escándalo en otras personas, por su falta de formación o su manera de pensar, debemos evitarlas por caridad. El Señor nos dio ejemplo cuando mandó a Pedro pagar el tributo del Templo, al que Él no estaba obligado, para no desconcertar a los recaudadores11, pues sabían que Jesús era un israelita ejemplar en todo. No nos faltarán ocasiones de imitar al Maestro. «No dudo de tu rectitud. —Sé que obras en la presencia de Dios. Pero, ¡hay un pero!: tus acciones las presencian o las pueden presenciar hombres que juzguen humanamente... Y es preciso darles buen ejemplo»12.

Especialmente grave es el escándalo que proviene de aquellas personas que gozan de algún género de autoridad o renombre: padres, educadores, gobernantes, escritores, artistas... y quienes tienen a su cargo la formación de otros. «Si la gente simple vive en la tibieza –comenta San Juan de Ávila–, mal hecho es; mas su mal tiene remedio, y no dañan sino a sí mesmos; mas si los enseñadores son tibios, entonces se cumple el ¡ay! del Señor para el mundo, por el grande mal que de esta tibieza les viene; y el ¡ay! que amenaza a los tibios enseñadores, que pegan su tibieza a otros y aun les apagan su fervor»13.

Las palabras del Señor nos recuerdan que hemos de estar atentos a las consecuencias de nuestras palabras. «¿Sabes el daño que puedes ocasionar al tirar lejos una piedra si tienes los ojos vendados?

»—Tampoco sabes el perjuicio que puedes producir, a veces grave, al lanzar frases de murmuración, que te parecen levísimas, porque tienes los ojos vendados por la desaprensión o por el acaloramiento»14. Y siempre hemos de tener cuidado de nuestras acciones para que, por inconsciencia o frivolidad, no hagamos nunca mal a nadie.

El que es ocasión de escándalo tiene obligación, por caridad, y a veces por justicia, de reparar el daño espiritual y aun material ocasionado. El escándalo público pide reparación pública. Y ante la imposibilidad de una reparación adecuada persiste la obligación, siempre posible, de compensar con oración y penitencia. La caridad, movida por la contrición, encuentra siempre el modo adecuado de reparar el daño.

Este pasaje del Evangelio nos puede servir para decir al Señor: ¡Perdón, Señor, si de alguna manera, aun sin darme cuenta, he sido ocasión de tropiezo para alguno! Son los pecados ocultos, de los que también podemos pedir perdón en la Confesión; y para que las palabras del Señor, andaos con cuidado, nos ayuden a estar vigilantes y a ser prudentes.

III. De nosotros deberían decir quienes nos han tratado lo que sus contemporáneos afirmaron del Señor: pasó haciendo el bien15... Nuestra vida ha de estar llena de obras de caridad y de misericordia, a veces tan pequeñas que no causarán mucho ruido: sonreír, alentar, prestar con alegría esos pequeños servicios que lleva consigo la convivencia, disculpar los errores del prójimo para los que casi siempre encontraremos una buena excusa... Es esta una señal ante el mundo, pues por la caridad nos conocerá como discípulos de Cristo16. Es también una referencia para nosotros mismos, pues si examinamos nuestra postura ante los demás, podremos averiguar con prontitud nuestro grado de unión con Dios.

Si lo propio del escándalo es romper y destruir, la caridad compone, une y cura, y ella misma facilita el camino que conduce hasta el Señor. El buen ejemplo será siempre una forma eficaz de contrarrestar el mal que, quizá sin darse cuenta, muchos van sembrando por la vida. Prepara a la vez el terreno para un apostolado fecundo. «No perdamos nunca de vista que el Señor ha prometido su eficacia a los rostros amables, a los modales afables y cordiales, a la palabra clara y persuasiva que dirige y forma sin herir: beati mites quoniam ipsi possidebunt terram, bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. No debemos olvidar nunca que somos hombres que tratamos con otros hombres, aun cuando queramos hacer bien a las almas. No somos ángeles. Y, por tanto, nuestro aspecto, nuestra sonrisa, nuestros modales, son elementos que condicionan la eficacia de nuestro apostolado»17.

Si el escándalo tiende a separar las almas de Dios, la caridad más fina nos empujará a llevarlas a Él, a procurar que muchos encuentren la puerta del Cielo. Santa Teresa decía que «más aprecia (Dios) un alma que por nuestra industria y oración la ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podamos hacer»18. No quedemos nunca indiferentes ante el mal. Ante esa enfermedad moral han de aumentar nuestros deseos de reparación y desagravio al Señor, y reafirmar nuestro afán de apostolado. Cuanto mayor sea el mal, mayores han de ser nuestras ansias de sembrar el bien. No dejemos tampoco de pedir al Señor por quienes son causa de que otros se alejen del bien, y por las almas que pueden resultar dañadas por esas palabras, por ese artículo, por aquel programa de la televisión... El Señor oirá nuestra oración y Santa María nos alcanzará especiales gracias, Cuando al final de la vida nos presentemos ante Él, esos actos de reparación y de desagravio constituirán una buena parte del tesoro que ganamos aquí en la tierra.

1 Lc 17, 1-3. — 2 Cfr. Mt 18, 1-6. — 3 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 43, a, 1. — 4 Catecismo de San Pío X, n. 418. — 5 Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 10. — 6 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 80. — 7 1 Cor 8, 9. — 8 Cfr. Mt 15, 12-14. — 9 Cfr. 1 Pdr 2, 8. — 10 Cfr. Lc 2, 34. — 11 Cfr. Mt 17, 21. — 12 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 275. 13 San Juan de Ávila, sermón 55, para la Infraoctava del Corpus. — 14 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 455. — 15 Hech 10, 38. — 16 Cfr. Jn 13, 35. — 17 S. Canals, Ascética meditada, p. 76. — 18 Santa Teresa, Fundaciones, 1, 7.

 

 

“Hambre y sed de Él y de su doctrina”

Sin vida interior, sin formación, no hay verdadero apostolado ni obras fecundas: la labor es precaria e incluso ficticia. –¡Qué responsabilidad, por tanto, la de los hijos de Dios!: hemos de tener hambre y sed de El y de su doctrina. (Forja, 892)

A veces, con su actuación, algunos cristianos no dan al precepto de la caridad el valor máximo que tiene. Cristo, rodeado por los suyos, en aquel maravilloso sermón final, decía a modo de testamento: «Mandatum novum do vobis, ut diligatis invicem» –un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros.
Y todavía insistió: «in hoc cognoscent omnes quia discipuli mei estis» –en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros.
–¡Ojalá nos decidamos a vivir como El quiere! (Forja, 889)

Si falta la piedad –ese lazo que nos ata a Dios fuertemente y, por El, a los demás, porque en los demás vemos a Cristo–, es inevitable la desunión, con la pérdida de todo espíritu cristiano. (Forja, 890)

Agradece de todo corazón al Señor las potencias admirables..., y terribles, de la inteligencia y de la voluntad con las que ha querido crearte. Admirables, porque te hacen semejante a El; terribles, porque hay hombres que las enfrentan contra su Creador.
A mí, como síntesis de nuestro agradecimiento de hijos de Dios, se me ocurre decirle, ahora y siempre, a este Padre nuestro: «serviam!» –¡te serviré! (Forja, 891)

 

 

Caminos de contemplación

Adentrarse por caminos de contemplación significa dejar obrar al Espíritu Santo para que Él refleje en nosotros la faz de Cristo en todas las situaciones de nuestra vida.

Vida espiritual29/04/2018

Opus Dei - Caminos de contemplación

Una de las actitudes que los Evangelios resaltan más de Jesús mientras cumple su misión es la frecuencia con la que acude a la oración. El ritmo de su ministerio está, en cierto sentido, marcado por los momentos en que se dirige al Padre. Jesús se recoge en oración antes de su Bautismo (cfr. Lc 3,21), la noche previa a la elección de los Doce (cfr. Lc 6,12), en el monte antes de la Transfiguración (cfr. Lc 9,28), en el Huerto de los Olivos mientras se prepara para enfrentar la Pasión (cfr. Lc 22,41-44). El Señor dedicaba mucho tiempo a la oración: al anochecer, o la noche entera, o muy de madrugada, o en medio de jornadas de intensa predicación; en realidad oraba constantemente, y recomendó repetidamente a los discípulos «la necesidad de orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1).

¿Por qué ese ejemplo y esa insistencia del Señor? ¿Por qué es necesaria la oración? En realidad, esta responde a los deseos más íntimos del hombre, que ha sido creado para entrar en diálogo con Dios y contemplarle. Pero la oración es, sobre todo, un don de Dios, un regalo que Él nos ofrece: «el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, el caminar del hombre es siempre una respuesta»[1].

Para imitar a Cristo y participar de su Vida, es imprescindible ser almas de oración. A través de la contemplación del Misterio de Dios, revelado en Jesucristo, nuestra vida se va transformando en la suya. Se hace realidad aquello que san Pablo comentaba a los corintios: «Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados en su misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor» (1 Cor 3,18). Al igual que san Pablo, todos los cristianos estamos llamados también a reflejar en el rostro la faz de Cristo: en esto consiste ser apóstoles, en ser mensajeros del amor de Dios, que se experimenta en primera persona durante los ratos de oración. Se entiende, por tanto, la actualidad de la invitación a «adentrarse más en la oración contemplativa en medio del mundo, y ayudar a los demás a ir por caminos de contemplación[2]»[3].

Acoger el don de Dios

El apóstol crece al ritmo de la oración, la renovación personal en el impulso evangelizador parte de la contemplación. El Papa recuerda que: «La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es con­templarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cau­tivarnos una y otra vez»[4]. Por eso, es fundamental desarrollar «un espíritu contemplativo, que nos permita redescu­brir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás»[5].

Ser mensajero del amor de Dios implica un encuentro previo con Él, que se extiende en los ratos de oración personal

Los Evangelios nos presentan a distintos personajes a los que, el encuentro con Cristo, cambia su vida y les convierte en portadores del mensaje salvador del Señor. Uno de ellos es la mujer samaritana que, como relata san Juan, va simplemente a buscar agua al pozo junto al que Jesús está sentado, descansando. Y es Él quien comienza el diálogo: «Dame de beber» (Jn 4,10). A primera vista, la samaritana no se muestra muy dispuesta a continuar la conversación: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Jn 4,9). Pero el Señor le hace ver que, en realidad, Él es ese agua que ella busca: «Si conocieras el don de Dios… (Jn 4,10), el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna…» (Jn 4,14). Después, una vez traspasado el corazón de la samaritana, le revela con claridad y sencillez que conoce su pasado (cfr. Jn 4,17-18), pero con tal amor que ella no se siente desanimada ni rechazada. Todo lo contrario: Jesús le hace participar de un universo nuevo, le hace entrar en un mundo que vive con esperanza, pues ha llegado el momento de la reconciliación, el momento en que se abren las puertas de la oración para todos los hombres: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. (...) Llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,21.23).

En el diálogo con Jesús, la samaritana descubre la verdad de Dios y la de su propia vida. Acoge el don de Dios y se convierte radicalmente. Por eso, la Iglesia ha visto en este pasaje evangélico una de las imágenes más sugerentes sobre la oración: «Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él»[6]. La oración es una manifestación de la iniciativa de Dios, que sale en búsqueda del hombre, y espera su respuesta para transformarlo en su amigo. En ocasiones, parece que es uno quien toma la iniciativa de dedicar a Dios un tiempo de oración, pero, en realidad, esto es ya una respuesta a su llamada. La oración se vive como un llamamiento recíproco: Dios me busca y me espera, y yo necesito de Dios y le busco.

Tiempo para Dios

El hombre tiene sed de Dios, aunque con frecuencia no lo sepa reconocer, e incluso rechace acudir a las fuentes de agua viva, que son los momentos dedicados a la oración. La historia de la samaritana, en este sentido, se repite en muchas almas: Jesús que pide un poco de atención, que intenta suscitar un diálogo dentro del corazón, en un momento que quizá parece inoportuno. ¡Da la impresión de que esos minutos diarios son demasiados, que no hay espacio en una agenda tan apretada! Pero, cuando uno se deja meter por el Señor en ese diálogo contemplativo, entonces se descubre que la oración no es algo que yo hago por Dios sino, sobre todo, un don que Dios me concede y que yo simplemente acojo.

Al abordar el Evangelio con amor, su belleza nos asombra y nos vuelve a cautivar una y otra vez (Papa Francisco)

Dedicar tiempo al Señor no es simplemente una tarea entre otras, una carga más en un horario muchas veces exigente. Es acoger un regalo infinitamente valioso, una perla preciosa o un tesoro escondido en la normalidad de la vida ordinaria, que necesitamos cuidar con delicadeza.

La elección del momento de la oración depende de una voluntad que quiere dejarse conquistar por el Amor: no se hace oración cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo para hacer la oración. Cuando uno supedita la oración a los huecos que aparezcan en su horario, posiblemente no conseguirá hacerla con regularidad. La elección del momento es reveladora de los secretos del corazón: manifiesta el lugar que ocupa el amor a Dios en la jerarquía de nuestros intereses diarios[7].

Orar es siempre posible: el tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado, que está con nosotros todos los días (cfr. Mt 28,20). La tentación más frecuente para apartarnos de la oración es una cierta falta de fe, que se manifiesta en unas preferencias de hecho: «Se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias»[8]. El Señor es lo primero. Por este motivo, es muy conveniente determinar el horario adecuado para la oración, quizá aconsejándose en la dirección espiritual, para adaptar ese plan a las circunstancias personales.

San Josemaría hizo muchos ratos de oración en el coche, durante los viajes que realizaba por motivos apostólicos; en el tranvía, o caminando por las calles de Madrid, cuando no tenía otra posibilidad. Quienes tienen que santificarse en medio de la vida ordinaria pueden encontrarse en situaciones parecidas: un padre o una madre de familia, algunas veces quizás no tendrán otra opción que orar al Señor mientras atienden a los hijos pequeños: será muy grato a Dios. En todo caso, recordar que el Señor nos espera, y tiene preparadas las gracias que necesitamos para ofrecérnoslas en la oración, puede ayudar en la elección del tiempo y lugar más propicios.

El combate de la oración

Considerar que la oración es un arte, implica reconocer que siempre se puede crecer en ella, dejando actuar cada vez más a la gracia de Dios en nuestras almas. En este sentido, la oración también es combate[9]. Es lucha, en primer lugar, contra nosotros mismos. Las distracciones invaden la mente cuando intentamos crear el silencio interior. Estas nos descubren aquello a lo que el corazón está apegado y pueden convertirse en una luz para pedirle ayuda a Dios[10].

La oración no es más que el encuentro de la sed de Dios con la sed del hombre

Nuestro tiempo está marcado por la multiplicación de las posibilidades tecnológicas que facilitan la comunicación en muchos sentidos, pero que también aumentan las ocasiones de distracción. Se puede decir que nos encontramos ante un nuevo reto para el crecimiento de la vida contemplativa: aprender a vivir el silencio interior rodeado de mucho ruido exterior. En tantos ámbitos se percibe la primacía de la gestión sobre la reflexión o el estudio; nos hemos habituado a trabajar en multi-tasking, prestando atención simultánea a muchas tareas, lo que fácilmente puede llevar a vivir en el inmediatismo de la acción-reacción. Sin embargo, ante este panorama, se han revalorizado algunas actitudes como la atención o la concentración, que se presentan como un modo de proteger la capacidad de detenerse y profundizar en lo que realmente vale la pena.

El silencio interior se presenta como una condición necesaria para la vida contemplativa. Nos libera del apegamiento a lo inmediato, a lo fácil, a lo que distrae pero no llena, de modo que nos podamos centrar en nuestro verdadero bien: Jesucristo, que nos sale al encuentro en la oración.

El recogimiento interior implica un movimiento que va de la dispersión en muchas actividades, hacia la interioridad. Ahí es más sencillo encontrar a Dios, y reconocer su presencia en lo que Él hace cotidianamente en nuestras vidas –detalles del día a día, luces recibidas, actitudes de otras personas–,y así poder manifestarle nuestra adoración, arrepentimiento, petición, etc. Por eso, el recogimiento interior es fundamental para un alma contemplativa en medio del mundo: «La verdadera oración, la que absorbe a todo el individuo, no la favorece tanto la soledad del desierto, como el recogimiento interior»[11].

A la búsqueda de luces nuevas

La oración, al ser también búsqueda del hombre, implica el deseo de no conformarse con un modo rutinario de dirigirse al Señor. Si todas las relaciones duraderas implican el afán continuo de renovar el amor, la relación con Dios que se fragua especialmente en los momentos dedicados exclusivamente a Él, también debería caracterizarse por este deseo.

«En tu vida, si te lo propones, todo puede ser objeto de ofrecimiento al Señor, ocasión de coloquio con tu Padre del Cielo, que siempre guarda y concede luces nuevas»[12]. Ciertamente, esas luces el Señor las concede contando con la búsqueda apasionada de sus hijos, con la disposición de escuchar con sencillez la palabra que nos dirige, dejando de lado la idea de que ya no hay nada nuevo por descubrir. En esto, es un ejemplo la actitud de la samaritana junto al pozo: aunque su vida de fe estaba enfriada, guardaba dentro de su corazón el deseo de la llegada del Mesías.

Esta aspiración se traducirá en volver a llevar los sucesos diarios al diálogo con el Señor, pero sin pretender conseguir una solución inmediata y a nuestra medida. Es más importante pensar qué quiere el Señor: tantas veces, lo único que espera es que nos pongamos con sencillez enfrente de Él, y que hagamos una memoria agradecida de todo aquello que el Espíritu Santo está obrando silenciosamente en nosotros. O, quizá, implicará también volver a tomar los Evangelios y contemplar con calma la escena y participar en ella «como un personaje más»[13], para dejarse interpelar por Cristo. Alimentar la oración es también partir en nuestro diálogo con el Señor de los textos que la Iglesia pone en nuestros labios en la liturgia que hemos celebrado ese día. Las fuentes de la oración son inagotables: si sabemos acudir a ellas con ilusión nueva, el Espíritu Santo hará el resto.

Cuando no se encuentran las palabras

Con todo, en algunas ocasiones, ocurrirá que, a pesar del esfuerzo, uno no consigue entablar un diálogo con Dios. Cómo consuela, entonces, recordar aquella indicación del Señor: «al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados» (Mt 6,7). Es el momento de volver a confiar en la acción del Espíritu Santo en el alma, que «acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26).

La oración es significativa: incide e ilumina nuestra vida, abriendo nuestro entorno a una perspectiva sobrenatural

Al hilo de las palabras de san Pablo a los Romanos, Benedicto XVI describía cuál es la actitud de abandono que impregna a la oración: «Queremos orar, pero Dios está lejos, no tenemos las palabras, el lenguaje, para hablar con Dios, ni siquiera el pensamiento. Solo podemos abrirnos, poner nuestro tiempo a disposición de Dios, esperar que él nos ayude a entrar en el verdadero diálogo. El Apóstol dice: precisamente esta falta de palabras, esta ausencia de palabras, incluso este deseo de entrar en contacto con Dios, es oración que el Espíritu Santo no sólo comprende, sino que lleva, interpreta ante Dios. Precisamente esta debilidad nuestra se transforma, a través del Espíritu Santo, en verdadera oración, en verdadero contacto con Dios»[14] .

No hay motivos, por tanto, para desanimarse si se siente la dificultad de mantener un diálogo con el Señor. Cuando el corazón parece que está a disgusto con las realidades espirituales, el tiempo de meditación se hace largo, el pensamiento divaga en otras cosas, o la voluntad se resiste y el corazón está seco, quizá nos sirvan las siguientes consideraciones:

«La oración –recuérdalo– no consiste en hacer discursos bonitos, frases grandilocuentes o que consuelen...

Oración es a veces una mirada a una imagen del Señor o de su Madre; otras, una petición, con palabras; otras, el ofrecimiento de las buenas obras, de los resultados de la fidelidad...

Como el soldado que está de guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración. O como se echa el perrillo, a los pies de su amo.

—No te importe decírselo: Señor, aquí me tienes como un perro fiel; o mejor, como un borriquillo, que no dará coces a quien le quiere»[15].

La fuente que cambia el mundo

La vida de oración nos abre las puertas al trato con Dios, relativiza los problemas a los que a veces damos una importancia desmesurada, nos recuerda que estamos siempre en manos de nuestro Padre del Cielo. Sin embargo, esta no nos aísla del mundo, ni es una escapatoria para los problemas diarios. La verdadera oración es significativa: incide en nuestra vida, la ilumina, y nos abre a nuestro entorno con una perspectiva sobrenatural: «Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios»[16].

En la oración, el Señor no quiere apagar únicamente nuestra sed, sino que esa experiencia nos lleve a compartir la alegría del trato con Él. Es lo que sucedió en el corazón de la samaritana: después del encuentro con Jesús, se apresura a darlo a conocer a la gente de su entorno: «Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho» (Jn 4,39). Señal de la oración auténtica es el deseo de compartir la experiencia de Cristo con los demás, porque «¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer?»[17].

Santa María es Maestra de oración. Ella, que supo guardar las cosas de su Hijo, meditándolas en su corazón (cfr. Lc 2,51), acompaña a los discípulos de Jesús en la oración (cfr. Hch 1,14), mostrándoles el camino para recibir con plenitud el don del Espíritu Santo, que los hará lanzarse a la aventura divina de la evangelización.

Juan Francisco Pozo - Rodolfo Valdés


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2567.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 67.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[4] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), n. 264.

[5] Ibidem.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2560. Cfr. San Agustín, De diversis quaestionibus octoginta tribus, 64, 4: CCL 44 A140 (PL 40, 56).

[7] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2710.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2732.

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2725 y ss.

[10] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2729.

[11] San Josemaría, Surco, 460.

[12] San Josemaría, Forja, 743.

[13] Amigos de Dios, n. 222.

[14] Benedicto XVI, Audiencia general, 16 de mayo de 2012.

[15] Forja, n. 73.

[16] San Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 33.

[17] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), n. 264.

 

 

El cristiano ante la muerte

LAMUERTEINT

Vivimos normalmente un determinado número de años, habiendo sufrido, como todo mundo, algunas enfermedades pasajeras. Pero un buen día, descubrimos con pena que tenemos cáncer y ese cuerpo tan fiel, tan duradero, tan útil, se nos empieza a desmoronar irremediablemente. Y después de muchos o pocos cuidados, en un plazo más o menos corto, morimos.

O bien puede suceder que estando perfectamente sanos, caemos fulminados por un paro cardíaco o perecemos víctimas de un accidente fatal.

Al final, de una manera u otra, TODOS MORIREMOS. Nadie absolutamente escapará de la muerte. Es la realidad más irrefutable del mundo. Desde que somos concebidos en el vientre de nuestra madre, somos por definición, mortales.

La muerte es el trance definitivo de la vida. Ante ella cobra todo su realismo la debilidad e impotencia del hombre. Es un momento sin trampa. Cuando alguien ha muerto, queda el despojo de un difunto: un cadáver.

Esta situación provoca en los familiares y la comunidad cristiana un clima muy complejo. El cuerpo del muerto genera preguntas, cuestiones insoportables. Nos enfrenta ante el sentido de la vida y de todo, causa un dolor agudo ante la separación y el aniquilamiento. Todo el que haya contemplado la dramática inmovilidad de un cadáver no necesita definiciones de diccionario para constatar que la muerte es algo terrible.

Ese ser querido, del que tantos recuerdos tenemos, que entrelazó su vida con la nuestra, es ahora un objeto, una cosa que hay que quitar de en medio, porque a la muerte sigue la descomposición. Hay que enterrarlo. Y después del funeral, al retirarnos de la tumba, vamos pensando con Becquer: ¡Qué solos y tristes se quedan los muertos!”.

¿QUE ES LA MUERTE?

La definición dada por un diccionario muy en boga es:”La cesación definitiva de la vida”. Y define la vida como “el resultado del juego de los órganos, que concurre al desarrollo y conservación del sujeto”.

Habrá que reconocer que estas u otras definiciones tanto de la vida como de la muerte, no expresan toda la belleza de la primera y todo el horror de la segunda.

La muerte es trágica. El hombre, que es un ser viviente, se topa con la muerte, que es la contradicción de todo lo que un ser humano anhela: proyectos, futuro, esperanzas, ilusiones, perspectivas y magníficas realidades.

ACTITUD INSTINTIVA ANTE LA MUERTE.

No es de extrañar, pues, el horror a la muerte. Y no tan solo al misterioso momento de la “cesación de la vida”, sino tal vez más, al proceso doloroso que nos lleve a la muerte.

Tenemos el maravilloso instinto de conservación que nos hace defender y luchar por la vida. Sabemos que la vida es un don formidable y la humanidad ama la vida, propaga la vida, defiende la vida, prolonga la vida y odia la muerte. En muchos casos luchamos por la vida aunque ésta sea un verdadero infierno.

Si hay personas que en el colmo de la desesperanza recurren al suicidio, lo normal es que no queremos morir y estamos dispuestos a pasar por todos los sufrimientos y a gastar toda nuestra fortuna para curar a un enfermo. Le peleamos a la muerte un ser querido a costa de lo que sea, de vez en cuando hasta en contra de la voluntad del interesado. ¡La vida es la vida!

Gracias a los progresos de la ciencia y la tecnología, podemos ahora recurrir a métodos sensacionales en la lucha contra la muerte.

Ejemplo formidable de ello es el trasplante de órganos, incluido el corazón. Por desgracia, en algunas ocasiones, esa lucha no es en realidad prolongación de la vida, sino de una dolorosa agonía sin sentido. Nos sentimos obligados a sacar del cuerpo del enfermo agonizante, hasta el último latido de un corazón que por sí solo se detendría, totalmente agotado.

Triste espectáculo el ver a nuestros ser querido lleno de tubos por todos lados y rodeado de sofisticados aparatos en una sala de terapia intensiva. No nos resignamos a dejarlo morir.

LA MUERTE DIGNA

Se plantea ahora la cuestión del derecho a una “muerte digna”. Debemos entender por esto el derecho que tiene la persona a decidir por sí misma el tratamiento a su enfermedad. Cuando el cuerpo ya ha cumplido su ciclo normal de vida, no hay obligación de recurrir “a métodos extraordinarios” para prolongar la vida, según lo define la Iglesia. El enfermo tiene derecho de pedir que lo dejen morir en paz.

Puede llegar el momento en que no sea justo mantener artificialmente viva a una persona, a costa de la misma persona. Los sufrimientos de una agonía prolongada por una idea equivocada de lo que es la vida o lo que es la muerte, no tienen sentido.

Pero una cosa es prescindir de aquellos métodos extraordinarios y otra es la de provocar la muerte positivamente, crimen que es llamado eutanasia. Tampoco podemos llamar “muerte digna” al suicidio. Ni estamos obligados a posponer dolorosamente el momento de la muerte, ni podemos provocarla.

¿SABEMOS ALGO DEL MAS ALLÁ?

Desde que el hombre es hombre, ha tenido la intuición de que la vida, de alguna manera, no termina con la muerte. Los más antiguos testimonios arqueológicos de la humanidad son precisamente las tumbas, en las cuales podemos descubrir la idea que las diferentes culturas tenían del más allá.

Del mismo modo, el hombre siempre ha intentado de mil maneras, entrar en contacto con los difuntos. Diversas clases de espiritismo, apariciones, fantasmas, ánimas en pena, han sido un vano y supersticioso intento de trasponer los dinteles de la muerte y saber algo del más allá.

¡Cuántas teorías ha inventado el hombre! ¡Cuántos experimentos ha hecho! Proliferan libros, novelas y revistas desde las más inocentes hasta las más terroríficas, pasando por la ciencia-ficción que aparentando solidez científica, no hace sino descubrir su falsedad.

La realidad es que nuestros esfuerzos por investigar lo que sucede después de la muerte son por demás frustrantes. Podemos decir que todo queda en especulaciones, algunas totalmente equivocadas o fraudulentas, que no explican nada ni consuelan a nadie. No sabemos prácticamente nada.

UNA LUZ EN LAS TINIEBLAS

Sin embargo nuestro Creador, profundo conocedor de nuestra naturaleza humana, no podía habernos dejado en completas tinieblas acerca de un asunto tan inquietante e importante como es la muerte y lo que sucede en el más allá.

En su inmenso amor por la humanidad, nos envió a Su Hijo Unigénito, su Segunda Persona Divina, como Luz del Mundo.

En Jesucristo Nuestro Señor todas las tinieblas quedan disipadas. Su infinita sabiduría nos ilumina hasta donde Él quiso que viéramos: “Yo soy la Luz del Mundo. Quien me sigue no andará en tinieblas”.

SOMOS INMORTALES

Toda la Sagrada Escritura nos enseña, pero especialmente el Nuevo Testamento nos descubre el sentido de la vida y de la muerte y nos hace atisbar lo que Dios tiene preparado para nosotros en la eternidad.

Lo primero que debería asombrarnos es que Dios, el eterno por antonomasia haya querido compartir nuestra naturaleza humana hasta el grado de sufrir El también la muerte.

Jesucristo no vino a suprimir la muerte sino a morir por nosotros. “Se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil.2:8). El misterio de la Cruz nos enseña hasta qué punto el pecado es enemigo de la humanidad ya que se ensañó hasta en la humanidad santísima del Verbo Encarnado.

En su vida pública, el Señor Jesús se refirió de muchas maneras al momento de la muerte y su tremenda importancia.

En aquella ocasión en que los Saduceos, que ni creían en la otra vida, le preguntaron maliciosamente de quién sería una mujer que había tenido siete maridos cuando ésta muriera, Jesús les contestó: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, Pero los que sean juzgados dignos de entrar al otro mundo y de resucitar de entre los muertos, ya no se casarán. Sepan además que no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles. Y son hijos de Dios, pues El los ha resucitado” (Lc,20:34-36)

Cuando murió su amigo Lázaro, ante la profesión de fe de Marta, el Señor dijo: “Yo soy la Resurrección. El que cree en Mí, aunque muera vivirá. El que vive por la fe en M í, no morirá para siempre” (Jn. l1:25)

Hay que tener en cuenta que cuando Jesucristo habla de la vida, en ocasiones se refiere explícitamente a la vida del cuerpo, que promete será restituida con la resurrección de la carne: “No se asombren de esto: llega la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán mi voz. Los que hicieron el bien, resucitarán para la vida; pero los que obraron el mal, resucitarán para la condenación” (Jn.5:29).

En otras ocasiones, en cambio, se está refiriendo a la Vida de la Gracia o sea a la participación de su propia Vida Divina que nos comunica por amor.

Ejemplo de esto es el sublime discurso del “Pan de Vida “que San Juan nos transcribe en su capítulo sexto: “yo soy el Pan vivo bajado del Cielo; el que coma de este Pan, vivirá para siempre” (Jn.6:51). Y más adelante, en el versículo 54 nos hace esta maravillosa promesa: “El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

MUERTE Y RESURRECCIÓN

Así, el cristiano sabe que la muerte no solamente no es el fin, sino que por el contrario es el principio de la verdadera vida, la vida eterna.

En cierta manera, desde que por los Sacramentos gozamos de la Vida Divina en esta tierra, estamos viviendo ya la vida eterna. Nuestro cuerpo tendrá que rendir su tributo a la madre tierra, de la cual salimos, por causa del pecado, pero la Vida Divina de la que ya gozamos, es por definición eterna como eterno es Dios.

Llevamos en nuestro cuerpo la sentencia de muerte debida al pecado, pero nuestra alma ya está en la eternidad y al final, hasta este cuerpo de pecado resucitará para la eternidad. San Pablo (Rom.8:11) lo expresa magníficamente:

“Mas ustedes no son de la carne, sino del Espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tuviera el Espíritu de Cristo, no sería de Cristo. En cambio, si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo vaya a la muerte a consecuencia del pecado, el espíritu vive por estar en Gracia de Dios. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en ustedes, el que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos mortales; lo hará por medio de su Espíritu, que ya habita en ustedes”.

El cristiano iluminado por la fe, ve pues la muerte con ojos muy distintos de los del mundo. Si sabemos lo que nos espera una vez transpuesto el umbral de la muerte, puede ésta llegar a hacerse deseable.

El mismo San Pablo, enamorado del Señor, se queja “del cuerpo de pecado” pidiendo ser liberado ya de él. “Para mí la vida es Cristo y la muerte ganancia” (Fip.1:21) “Cuando se manifieste el que es nuestra vida, Cristo, ustedes también estarán en gloria y vendrán a la luz con El” (Col.3,4).

EL CIELO

Por desgracia somos tan carnales, tan terrenales, que nos aferramos a esta vida. Después de todo, es lo único que conocemos, lo único que hemos experimentado.

A partir del uso de la razón, aprendemos a discernir entre las cosas buenas de la vida y las malas, entre lo bello y lo feo, entre lo placentero y lo desagradable. Y trabajamos arduamente para obtener de la vida lo mejor para nosotros. Todos los afanes del hombre están motivados para acomodarnos en la tierra lo mejor que podamos.

No podernos negar que la vida puede ofrecernos cosas preciosas. Gozar de la belleza del mundo prodigioso, abrir los sentidos al cosmos entero, la inteligencia a los secretos que la materia encierra, aprender a amar y ser amados, crear obras de arte, terminar bien un trabajo, ver el fruto de nuestros afanes, tener lo que llamamos “satisfactores” por que precisamente satisfacen nuestros gustos, conocer otras culturas, leer un buen libro, etc…

No es fácil relativizar todo ello o restarle importancia. Nuestros parientes y amigos, nuestras posesiones, nuestros proyectos, son todo lo que tenemos y por lo que hemos trabajado toda la vida. Nos hemos gastado en ello, invirtiendo todas nuestras fuerzas.

Y por ello, ni pensamos en la otra vida. Ni en el Cielo ni el Infierno. Ni el Cielo nos atrae, ni el Infierno nos asusta. Vivimos inmersos en el tiempo, como si fueramos inmortales. Hablar de Cielo o de Infierno hasta puede parecer ridículo. ¡Y sin embargo es, una cosa u otra, nuestro destino ineludible!

No es el objeto de este Folleto hablar del Infierno, que hemos tratado en el Folleto EVC No. 58 sino de abrir los corazones, pero no podemos dejar de recomendar el No.272 “El Cielo”, en que la EVC reproduce una magistral conferencia dictada por el Padre Monsabré.

Podemos decir que todos los goces o todas las penas de esta vida temporal, no tienen tanta importancia, no son para tanto. San Pablo, que fue arrebatado en éxtasis para tener un atisbo de los que nos espera, no puede describir con palabras humanas su experiencia: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Cor.2:9). Y en 11 Cor. 12:4, nos confía que arrebatado al paraíso, donde oyó palabras que no se pueden decir; son cosas que el hombre no sabría expresar”.

Ante lo efímero de los goces o sufrimientos de esta vida, el mismo Apóstol nos recomienda en la carta a los Colosenses :

3:1-4, “Busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo; piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra”

El CAMINO Y LA META

Esta manera de pensar puede ser comparada con un viaje: por encantador que sea el paisaje del camino eso no es lo importante, sino el llegar al lugar de destino. Sería una torpeza desear que el camino nunca terminara y olvidar que al fin de éste, nos esperan por ejemplo, unas vacaciones deliciosas a la orilla del mar.

Podría existir la posibilidad de que cambiáramos de opinión y decidiéramos detenernos en un lugar más hermoso que el mismo fin planeado anteriormente. Pero en la vida esto no puede suceder: vamos a la muerte indefectiblemente; no podemos detener el tiempo, no podemos “cambiar los planes”. Y si avanzamos fatalmente al fin del viaje, es de sabios fijar nuestra vista en lo que nos puede esperar.

Podría alguien decir que pensar “en las cosas de arriba” como nos aconseja el Apóstol, va en detrimento del progreso de la humanidad y del desarrollo de todas las posibilidades del ser humano. Por eso dijo Marx que la religión era el opio de los pueblos. Y no le faltaba razón al estudiar ciertas religiones, sobre todo orientales, en las que parece que todo el esfuerzo humano radica en fugarse de la realidad cotidiana.

El cristianismo no cae en esa posición. La historia lo demuestra ampliamente al comprobar cómo ha sido precisamente en los países cristianos en donde se han dado los más grandes pasos en el bienestar del ser humano.

El peligro no radica tanto en \\’fugarse” sino por el contrario en aferrarse en lo temporal, perdiendo de vista lo eterno. El auténtico seguidor de Jesucristo, al mismo tiempo que trabaja por hacer este mundo más habitable, no pierde de vista sin embargo, que esto no es sino el camino a la felicidad eterna y sin límites que Dios nos promete.

Vivimos con los pies bien asentados en la tierra, pero con el anhelo de obtener al fin de nuestros días, la corona de gloria eterna.

ENVEJECER ES MARAVILLOSO

El instinto de conservación y la falta de fe, nos hacen tener horror al envejecimiento irremediable. Hemos hecho de la juventud un mito. “Juventud, divino tesoro” dijo el poeta, y perder la juventud lo consideramos un drama.

Da pena ver a personas maduras y post-maduras, intentar defenderse de la calvicie, de las canas, de las arrugas… No logran, por supuesto, engañar a nadie y menos detener el tiempo.

Todas las operaciones de cirugía plástica que sufren, ni preservan la belleza juvenil, ni restan un sólo día a su avanzada edad. Todos esos intentos vanos por beber en la fuente de la eterna juventud, no hacen sino evidenciar que hemos perdido el sentido de la vida y de la muerte.

La edad no solamente nos hace poner en su justa medida las cosas temporales (cosa que los jóvenes no han aprendido todavía) sino que nos acercan más y más a Dios, nuestro último fin. Los ancianos llevan ventaja a los muchachos. Ya van llegando a su realización plena, van llegando a la meta.

El gran San Pablo nos escribe: “Por eso no nos desanimamos. Al contrario, mientras nuestro exterior se va destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. La prueba ligera y que pronto pasa, nos prepara para la eternidad una riqueza de gloria tan grande que no se puede comparar. Nosotros, pues, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo invisible, ya que las cosas visibles duran un momento y las invisibles son para siempre.” (II Cor.4:16-18)

Y no es que nos resignemos mansamente a lo inevitable. Es por el contrario la conciencia jubilosa de que estamos siendo llamados por Dios.

Las canas y arrugas son los signos de este gozoso llamado. Y las enfermedades y achaques nos dicen lo mismo: la meta está ya cerca. Pronto verás a Dios.

El gran San Ignacio de Antioquía, anciano y camino al martirio, avanza gozoso al encuentro con Dios y escribe a los romanos: “Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice:\\’ Ven al Padre. No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo”.

¡Qué maravilla llegar a comprender que la muerte es el inicio de la verdadera vida y que todo esto no ha sido sino un ensayo, un camino, una invitación!

LA LITURGIA DE LOS DIFUNTOS

La reforma litúrgica implementada a raíz del Concilio Vaticano II, ha puesto empeño en hacer resaltar los aspectos positivos del trance de la muerte. Lo primero que nos llama la atención es el abandono de los ornamentos color negro en las Misas de Difuntos, por ser el negro signo de duelo sin asomo de consuelo ni esperanza.

Sin ignorar el aspecto trágico de la muerte, lo que sería una falacia, el Ritual de Sacramentos en la introducción a las Exequias acentúa la esperanza del creyente. “A pesar de todo, la comunidad celebra la muerte con esperanza. El creyente, contra toda evidencia, muere confiado: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc.23:26)

En medio del enigma y la realidad tremenda de la muerte, se celebra la fe en el Dios que salva”.

“En el corazón de la muerte, la iglesia proclama su esperanza en la resurrección. Mientras toda imaginación fracasa, ante la muerte, la iglesia afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz. La muerte corporal será vencida.”

“En la celebración de la muerte, la iglesia festeja “el misterio pascual” con el que el difunto ha vivido identificado, afirmando así la esperanza de la vida recibida en el Bautismo, de la comunión plena con Dios y con los hombres honrados y justos y, en consecuencia, la posesión de la bienaventuranza”

En un equilibrio notable entre las realidades temporales como son el pecado y la muerte, en la Oración Colecta de la Misa de Difuntos, asegura la acción salvadora de Jesucristo: “Dios, Padre Todopoderoso, apoyados en nuestra fe, que proclama la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que concedas a nuestro hermano N. que así como ha participado ya de la muerte de Cristo, llegue también a participar de la alegría de su gloriosa resurrección”.

Al mismo tiempo que se ora por el difunto, pidiendo al Señor se digne perdonar sus culpas, hay un grito de esperanza en la misericordia infinita del Salvador.

En la oración sobre las Ofrendas, queda expresado perfectamente este sentimiento: “Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de reconciliación por nuestro hermano N. para que pueda encontrar como juez misericordioso a tu hijo Jesucristo, a quien por medio de la fe reconoció siempre como su Salvador”.

“La muerte, es por tanto, un momento santo: el del amor perfecto, el de la entrega total, en el cual, con Cristo y en Cristo, podemos plenamente realizar la inocencia bautismal y volver a encontrar, más allá de los siglos, la vida del Paraíso” (Romano Guardini)

La mejor y más completa respuesta al problema de la muerte la encontramos en los escritos de San Pablo. Recordemos la, magnífica frase: “Al fin de los tiempos, la muerte quedará destruida para siempre, absorbida en la victoria” (I Cor.15:26).

Con el realismo que caracteriza a la Iglesia Católica, toda la liturgia de Difuntos, ofrece a Dios sufragios por los muertos, sabiendo que todos, en mayor o menor grado, hemos ofendido a Dios, pero con la plena confianza en la infinita misericordia divina, que garantiza al final el goce de la bienaventuranza. Por ello el libro del Apocalipsis nos enseña: “Bienaventurados los que mueren en el Señor” (Ap.21:4).

Repetimos una y otra vez al orar por los nuestros: “Dale Señor el descanso eterno y brille para él la Luz Perpetua”. Descanso de las luchas y fatigas de esta vida; luz para siempre, sin sombras de muerte, sin tinieblas de angustias, dudas o ignorancias. La luz total de contemplar la gloria de Dios en todo su esplendor, en la consumación del amor perfecto y eterno.

“La Muerte es la compañera del amor, la que abre la puerta y nos permite llegar a Aquel que amamos”.

San Agustín

“La Vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para encontrarlo, la eternidad para poseerlo”.

FI. Novet

 

 

Aspectos éticos de la asistencia al paciente moribundo

Elio Sgreccia

Acompañar en las últimas fases a un paciente plantea interrogantes profundas al médico y al personal de enfermería, interrogantes que no pueden ser resueltas solamente con un método técnico.

1. CÓMO SE INSINÚA EN LA SOCIEDAD LA CULTURA DE LA MUERTE

En el ámbito de la actividad de asistencia sanitaria, el paciente moribundo ocupa un lugar muy importante que hunde sus raíces en la concepción de la vida y del hombre. Acompañar en las últimas fases a un paciente plantea interrogantes profundas al médico y al personal de enfermería, interrogantes que no pueden ser resueltas solamente con un método técnico; la verdadera naturaleza de tales cuestiones es antropología y ética. A la ética se le reconoce hoy un papel esencial en la organización de la salud[1]. Por otro lado, usualmente afirmamos que sabrá afrontar la muerte del paciente sólo aquel que haya resuelto el problema de la propia muerte. Lamentablemente, tal conciencia no está difundida y ésta es una de las razones por las cuales observamos en el mundo el florecimiento de lo que el Santo Padre llama “la cultura de la muerte”.

La pobreza de la conciencia antropológica está acompañada por la influencia de una ética procedimental que procura sustituir la comprensión profunda del hombre por un equilibrio de principios éticos que, sin embargo, carecen del fundamento necesario en la ontología de la persona. Como afirma Gayling en una famosa obra suya[2], se observa una perversión del concepto mismo de autonomía del paciente que no respeta su realidad de relación ni de la autonomía del médico; la relación médico/paciente se desnaturaliza y envilece en una dinámica cliente / técnico; el consentimiento informado, lejos de ser el lugar donde se constituye la alianza terapéutica, se transforma en un procedimiento de salvaguardia jurídica del médico; la economía sanitaria, en vez de ser una ciencia dirigida a encontrar los recursos necesarios para asistir al enfermo, se transforma en un índice cualitativo de la productividad del enfermo.

No sorprenderá, entonces, que el morir se convierta en el último absurdo evento de una vida de la cual no se supo aprehender el significado, absurdo por esto extremadamente más doloroso y fuente de desesperación.

Esta es la razón por la cual pensamos que la asistencia al paciente moribundo requiere un esfuerzo más que técnico, de naturaleza antropológica, capaz de restituir al hombre el verdadero sentido de su muerte y de iluminar su conciencia según la verdad. Querer condicionar el valor objetivo de la vida humana sobre la base de “índices de calidad”, confundiendo por tanto el valor de la vida con el valor de la calidad de la vida, domina la valoración de la vida humana en sus últimos momentos. De este modo se llega al fenómeno de la “eutanasia”. Drama moral que puede ser descrito esquemáticamente por tres etapas sucesivas que en este momento delineamos brevemente[3].

La primera etapa que conduce hacia la situación actual está dada por aquellas situaciones que ponen al médico frente a casos de excepcional gravedad. Éste, habiendo puesto en acción todos los recursos terapéuticos y asistenciales disponibles, ve sufrir de modo extremo a su paciente que va, sin duda alguna, hacia una muerte lenta pero irrevocable. Tal situación, real caso límite[4], convence al médico de eliminar a su paciente por pura compasión. Esta perturbación de la vocación médica, mitigada en la conciencia por la dramaticidad del caso, será el primer paso: de hecho el valor y la dignidad de la vida humana ya no serán bienes indispensables.

La segunda etapa consistirá en ensanchar la aplicación de la eutanasia hacia otros casos clínicos que, si bien no son tan dramáticos como el primero, son considerados por el médico, por quien los observa, o por el paciente mismo, como una “condición de vida no digna”. En este punto ya no se discute sobre la inviolabilidad de la vida humana (dando por descontado que no se trata de un principio moral absoluto), sino sobre la valoración de la dignidad de la vida en concreto. De este modo, la eutanasia se convierte en un argumento de habitual reflexión al interior del forum científico y jurídico donde, poco a poco, no se hablará ya de su carácter lícito / ilícito, sino más bien de su mayor o menos conveniencia en casos concretos, de las normas que deben regular su aplicación y de su aceptación social y política. Por otro lado, se pondrá cada vez más en evidencia la conveniencia de la eutanasia en términos de un cálculo costo/beneficio.

La tercera etapa será dar la eutanasia aún a quien no la pida[5]. Se trata de un retorno al peor modelo de paternalismo médico que, frente a una vida sufriente, decide dar la muerte como la solución que él mismo elegiría. El operador sanitario (el médico o enfermero/a) adquiere entonces un poder discrecional sobre la vida del paciente[6]. De este modo la eutanasia se transforma en un acto virtuoso, llegándose a negar que la vida tenga un valor intrínseco[7].

La causa profunda de este proceso cultural puede ser individualizada en la estrategia para conquistar el consenso público sobre la eutanasia[8], que culmina en una idea perversa de libertad, valor que llega a configurarse como poder sobre los otros y contra los otros[9]. Por este camino se llega a difundir en la opinión pública la idea de que o se está a favor de la eutanasia o se acepta ser cruel con el enfermo: se construye por tanto un falso dilema que podremos desenmascarar distinguiendo la defensa de la vida del ensañamiento terapéutico, la eutanasia de la aceptación de la muerte.

En realidad, “el corazón del drama”[10] está en el proceso de secularización que ha investido toda la sociedad, “el eclipse del sentido de Dios y del hombre, típica del contexto social y cultural dominado por el secularismo (…)”[11].

Definición de Eutanasia

Partamos de la consideración de la eutanasia para aclarar cuál debe ser el tipo de asistencia al paciente terminal.

Podemos definir eutanasia basándonos en distintos puntos de observación. El esfuerzo definitorio es un tema estrechamente ligado con la metodología clínica y la distinción semántica de los diversos términos es de capital importancia no sólo para impedir una comunicación ambigua, sino también para evitar malentendidos que a veces confunden el debate bioético.

Tomemos por definición aquella ofrecida por Marcozzi, sobre la cual se reencuentran también otros juristas y moralistas de reconocida competencia; por eutanasia se entiende “la supresión indolora o por piedad de quien sufre o se piensa que sufre o que pueda sufrir en el futuro de modo insoportable”[12].

Para evitar posibles confusiones nosotros usaremos el término eutanasia solamente en el sentido verdadero y propio, definido por el documento y por los teólogos moralistas, reservando el término “cura del dolor” o terminología médica más técnica para otros casos. Para completar el panorama de las definiciones es necesario agregar que hoy se habla de eutanasia no solamente en relación al enfermo grave y terminal, sino también en otras situaciones en el caso del neonato que padezca defectos graves (wrongful life) para el cual algunos sugieren el abandono mediante sustracción de alimentos con el fin de evitar el sufrimiento -así se dice- del sujeto y el peso a la sociedad. En situaciones como ésta se habla de “eutanasia neonatal”. Está apareciendo ahora otra acepción de eutanasia llamada “social”, la cual se plantea no ya como la elección de un simple individuo, sino de la sociedad.

Se argumenta que, como consecuencia del aumento de los gastos en salud, la economía de un país no estaría en condiciones de sostener el gasto financiero requerido para la asistencia de los enfermos con patologías muy prolongadas en cuanto al pronóstico y muy onerosas en cuanto a los costos. Los recursos económicos serían así conservados para los enfermos que una vez curados, puedan volver a la vida productiva y laboral. Esta es una de las amenazas de una economía que quisiera obedecer solamente al criterio del costo-beneficio.

El examen de la definición nos obliga a subrayar la doble forma con la cual puede ser llevada a cabo la eutanasia: a través de una acción o de una omisión. Se puede hablar por tanto de eutanasia activa u omisiva, según si se trata de una intervención para anticipar la muerte (una intención letal) o de la privación de una asistencia todavía válida y debida. Los periódicos y la prensa hablan de eutanasia pasiva, confundiéndola con la omisiva: no son lo mismo. A veces es necesario ser pasivo, es decir, no llevar a cabo intervenciones desproporcionadas, pero no es lícito omitir los cuidados debidos.

El falso dilema entre eutanasia y crueldad hacia el paciente

Esta aclaración definitoria puede liberar el campo del falso dilema que contrapone la aceptación de la eutanasia, dirigida a dar al paciente una muerte considerada “digna”, a una postura de cruel desapego hacia el mismo, casi un abandono en la fase terminal de la enfermedad. Para nosotros este dilema no existe porque, junto con rechazar la eutanasia, indicamos siempre la vía de la asistencia clínica, psicológica y pastoral del paciente, de modo tal que pueda afrontar del mejor modo posible sus últimas jornadas de existencia terrena.

2. RECHAZO DE LA EUTANASIA

Evaluación teológica de la eutanasia

Para delinear un itinerario ético de asistencia al enfermo terminal, es necesario antes que nada tomar una posición clara frente a la eutanasia verdadera y propiamente dicha.

En la Encíclica Evangelium Vitae, Su Santidad Juan Pablo II ha confirmado y sintetizado aquello que es la postura de la enseñanza magisterial respecto a la vida en general y a la eutanasia en particular. Este documento nos ofrece dos indicaciones importantes, que presentamos a continuación de forma esquemática:

La primera es la conexión, de naturaleza antropológica y teológica, que existe entre el aborto y la eutanasia, que hace de estos dos fenómenos el fundamento de aquella cultura de la muerte que amenaza con penetrar cada vez más las sociedades consideradas como avanzadas.

No se trata sólo de actos aislados que ofenden la dignidad humana de quien la sufre y de quien la cumple, sino que constituyen un verdadero y real atentado contra la humanidad y contra los derechos fundamentales del hombre[13].

El aborto y la eutanasia tienen su profunda causa en la ilusión del hombre de sustituir a Dios como Señor de la vida y de la muerte. “Se vuelve a proponer la tentación del Edén: transformarse en Dios -conociendo el bien y el mal (Gen, 3.5 EV. N. 66)-” que necesariamente llevará al dominio del más fuerte sobre el más débil en una lógica inmanente que, infringiendo el verdadero sentido de la filiación divina, vacía de significado la virtud de la solidaridad.

Tanto en el aborto como en la eutanasia la causa próxima de la decisión será el rechazo del sufrimiento más allá de la comprensión de éste como vía de identificación con Cristo. El sufrimiento humano es entendido, entonces, como una cosa sin sentido, actuando un reduccionismo antropológico y existencial que elige, evidentemente, el materialismo como referencia necesaria.

La segunda indicación es la valoración moral de la eutanasia como “una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto es moralmente inaceptable matar deliberadamente a una persona humana (EV. N. 65)”. Esto es afirmado de modo solemne en la Encíclica, subrayando que se trata de una enseñanza en continuidad con el Magisterio precedente de Pío XII[14], de Paulo VI[15], del Concilio Vaticano II[16], de la doctrina expuesta (…) en Declaraciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe[17] y de las enseñanzas de inminentes doctores de la Iglesia, como Santo Tomás de Aquino, que “siempre fue propuesto por la Iglesia como maestro del pensamiento y modelo del recto modo de hacer teología”[18], y San Agustín de Hipona[19]. Podemos afirmar que se trata sin duda de una doctrina enseñada como definitiva por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia. “Podría parecer que en la doctrina sobre la eutanasia haya un elemento puramente racional, dado que la Escritura no parece conocer el concepto. Sin embargo, emerge en este caso la mutua interrelación entre el orden de la Fe y el de la razón: la Escritura excluye, por cierto, con claridad, cualquier forma de autodisposición de la existencia humana como la supuesta en la praxis y en la teoría de la eutanasia”[20].

El Santo Padre recuerda que “tal doctrina está fundada en la ley natural”[21], de modo que “aún entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la Gracia, puede llegar a descubrir (…) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término”[22].

Valoración filosófica de la eutanasia

 

La misma enseñanza de la Iglesia nos pide justificar también filosóficamente el rechazo de la eutanasia.

Visto que el valor de la vida humana “puede ser conocido en sus rasgos fundamentales aun por la razón humana”[23] este conocimiento racional de la naturaleza humana y la comprensión de su dignidad reclama un retorno a un realismo que sepa ir más allá del realismo puramente ontológico de estampa aristotélica, más allá del realismo fenomenológico del zurück zum Gegenstand (regreso al objeto), para llegar a un realismo personalista del retorno, no tanto al objeto, sino al hombre en cuanto persona[24]. La vida humana tiene ese valor y dignidad en sí, por ser vida de una persona. La vida física es constitutiva de la persona que es espíritu encarnado, y es condición de su existencia en el mundo; es su valor fundamental. Por tanto, ella no puede ser valorada tomando como criterios valores menores y relativos, ni puede ser declarada a disposición de otros. Es indisponible. No se puede derivar su ser “digno”, por ejemplo, a partir de la edad cronológica, ya que ésta depende de la vida y no al contrario.

No podrá ser la salud la que dé dignidad a la vida humana porque la salud, que hace referencia al cuerpo, no posee la vida en sí, sino que participa de la vida. En otras palabras, la salud es el estado del cuerpo de una persona viva: en efecto en la muerte el cuerpo pierde su dignidad porque ésta era participada. Además la vida humana no podrá ser más o menos digna según la riqueza de la persona, ya que una relación de posesión es una relación accidental y no sustancial y, por tanto, no puede ser constitutiva de la persona misma. En definitiva, la dignidad de la vida humana no se funda en otros valores que puedan ser relativos a la persona, sino que será aquel valor fundamental de la persona misma.

Por otro lado, si la vida de una persona individual fuera declarada disponible y puesta al arbitrio, por ejemplo, de la sociedad o de otras personas, el estado mismo sería homicida y anárquico: en cada persona existe el bien de toda la humanidad. Esto no quiere decir absolutizar la vida física respecto de la espiritual de la persona, porque la vida del cuerpo no es toda la realidad de la persona y hay bienes que superan en valor a la vida corpórea. Por lo tanto la muerte del cuerpo puede y debe ser aceptada cuando la vida corpórea viene a menos o cuando lo exija un bien más alto (de la persona). En este sentido la Evangelium vitae ha puesto en evidencia con claridad el carácter ilícito de la eutanasia, pidiendo al mismo tiempo la aceptación de la muerte natural o también del martirio y del sacrificio por otros: “Ciertamente, la vida del cuerpo en su condición terrena no es un valor absoluto para el creyente, sino que se le puede pedir que la ofrezca por un bien superior; como dice Jesús, “quien quiera salvar su propia vida, la perderá, pero quien pierda su vida por causa mía y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,35)[25].

Por tanto, más allá de la razón “teológica”, el Magisterio Católico funda sus enseñanzas en el derecho natural, confiando en que estas enseñanzas recogerán el consenso de tantos hombres que, “por encima de las diferencias filosóficas o ideológicas, tienen una viva conciencia de los derechos fundamentales de cada persona humana (…) tratándose de derechos fundamentales de cada persona humana, es evidente que no se puede recurrir a argumentos sacados del pluralismo político o de la libertad religiosa para negarles valor universal”[26]. Nos encontramos ante un valor que, siendo fundamento de cada derecho, es absolutamente indisponible.

El concepto de dignidad traduce a nivel axiológico, la concepción cristiana que ve al hombre como única criatura que Dios ha querido por sí misma[27] y que está estrechamente ligada a la Gloria de Dios Creador siendo “su imagen y semejanza” (1 Cor 11,7). Cualquier discurso sobre bioética debe insistir ante todo en aquello que es racionalmente válido para cualquier hombre creyente o no creyente, pero no podemos callar esta visión, propia de gran parte de los hombres creyentes, y proponible a cualquier hombre. Por esto, la Constitución pastoral Gaudium et spes habla de la dignidad del hombre afirmando que: “según la opinión casi máxima de creyentes y no creyentes, todo lo que existe en la tierra debe ordenarse al hombre, como su centro y su culminación”[28]. 

La condena de la eutanasia vale también para el suicidio asistido. El hecho de que al paciente le sea reservado el último gesto de supresión de la vida luego que el médico haya dispuesto lo necesario para tal fin, constituye sólo técnicamente un desplazamiento de la función de agente material del acto ilícito hacia el paciente, transformándose el médico en un colaborador profesional de tal acto de muerte. Es claro que ni siquiera el sujeto paciente puede pedir la supresión de la propia vida ni realizar tal supresión, porque no es dueño de la propia vida. El suicidio, por tanto, no es un acto conforme a la verdadera naturaleza de la libertad, porque priva al sujeto de la raíz de la libertad que es la vida y constituye una ofensa a la responsabilidad.

 

Valoración deontológica de la eutanasia

Relacionada con la valoración filosófica existe también una valoración deontológica que, para ser breve, esquematizaremos a continuación: 1. El acto eutanásico no es de competencia médica, dado que el fin de la profesión sanitaria es la salvaguarda y la protección de la salud y de la vida. 2. Dar muerte a un enfermo no puede ser considerado un acto científico (en el ámbito de la ciencia médica), porque no puede ser valorado desde un punto de vista experimental. Configura por tanto, una ruptura metodológica con la ciencia médica misma. 3. Es imposible llevar a cabo la eutanasia obteniendo del enfermo un verdadero consentimiento informado. La razón de esto es evidente, pues nadie podrá informar al paciente sobre lo que será para él la muerte. Esta es la raíz que nos lleva a considerar la eutanasia como una grave lesión del principio de autonomía del enfermo, aún cuando éste esté consciente.

 

El rechazo del ensañamiento terapéutico y de la distanasia

El Magisterio católico, en armonía con la recta razón, rechaza con claridad el “ensañamiento terapéutico” que, en un intento por prolongar la vida a cualquier costo, llega al extremo opuesto, que es la distanasia. El ensañamiento terapéutico es definido de modo preciso. Este se configura en tres situaciones precisas definidas por los autores:

- Continuar la ventilación mecánica después de la muerte cerebral total;

- Realizar terapias ineficaces, que aumentan el dolor;

- Realizar terapias claramente desproporcionadas en relación a los costos humanos y la utilidad para el paciente.

Para definir estos conceptos es necesario recordar los criterios de “constatación de muerte”. Se sabe que el problema de la definición del “juicio de muerte” es objeto de varias “declaraciones” internacionales que fijan los parámetros dentro de los cuales el médico puede firmar el certificado de muerte. La declaración de Ginebra de 1968 define el “estado de muerte”, cuando se determinan los siguientes datos de modo acumulativo: cesación de cualquier signo de vida de relación, ausencia de respiración espontánea, atonía muscular y falta de reflejos, caída de la presión arterial a partir del momento en el cual no es sostenida farmacológicamente, nulidad del trazado electroencefalográfico (EEG).

Sabemos que estos criterios son siempre objeto de discusiones y profundización. Sin embargo, nos parece que éstos deben ser tomados como obligatorios. Hoy, gracias al progreso conjunto de las ciencias neurológicas y diagnósticas, se reconoce casi unánimemente que la muerte clínica del individuo puede ser lícitamente establecida luego de la verificación del estado de muerte cerebral total. En este ámbito, por tanto, es oportuno considerar ulteriormente algunos casos delicados, de pacientes en coma, en atención a los documentos de algunos episcopados, en particular el Secretariado del Episcopado francés.

En el caso del coma entendido como “reversible” es obligatorio usar todos los medios a disposición, porque la recuperación de la vida, posible o probable, vale cualquier tipo de sacrificio económico o asistencial. Esto parece tanto más necesario cuanto el paciente en coma no puede expresarse y dar su consentimiento; por tanto, sus parientes y el cuerpo médico tienen el deber de hacer todo lo posible con los medios de reanimación, aun extraordinarios, siempre y cuando estén accesibles.

Cuando el coma se presenta, al parecer de los expertos, como “irreversible”, queda la obligación de los cuidados ordinarios (entre los que se incluyen la hidratación y la nutrición parenteral). No se está obligado a practicar medios particularmente debilitantes y costosos para el paciente, condenándolo a la prolongación de una agonía vivida en condiciones privadas de cualquier posibilidad de recuperación de la conciencia y de la capacidad racional. Se tendría, en este caso, un indebido “ensañamiento terapéutico”. El juicio sobre la irreversibilidad del coma y sobre la condición de irrecuperabilidad de la conciencia no es fácil y se apoya en la consideración de personal sanitario competente y consciente.

En el caso en el cual todas las funciones cerebrales del paciente, incluidas aquellas del troncoencéfalo, estén completa e irreversiblemente dañadas -según los criterios neurológicos ya expuestos- sería un inútil ensañamiento y un engaño prolongar de modo artificial algunas funciones biológicas de una vida que ya no existe como un todo[29].

Es necesario reconocer que, no obstante estas indicaciones, existen casos no solamente de coma profundo e irreversible, sino también casos de coma prolongado en los que el enfermo permanece en ese estado aún cuando se apliquen solamente cuidados ordinarios. Existen casos en los cuales este estado comatoso irreversible, con una vida puramente biológica, ha durado por meses o años (estado vegetativo persistente). Tal fue, tal vez, la situación de Karen Ann Quinlan, la joven americana de quien se ocupó la prensa a lo largo de diez años. Análogo fue el conocido caso de la joven Nancy B. Cruzan que en estado vegetativo persistente, fue alimentada artificialmente durante aproximadamente ocho años. Pero luego de varias sentencias de tribunales se decidió cesar tal alimentación -ocurriendo su muerte unos diez días después- en la presunción, apoyada en testimonios, de que ésta fuese su voluntad[30].

En estos casos la familia debe ser sostenida en este compromiso excepcional y costoso.

 

Valoración crítica del Living Will, Do not resucitate order y criptoeutanasia

En el Nuevo Código de Deontología Médica Italiano, se indica que el médico deberá referirse a la voluntad precedentemente expresada por el paciente, naturalmente en los casos en que éste no esté consciente. Tal postura se incluye en el debate que desde hace varios años se está desarrollando en torno al llamado “testamento vital” o Living Will.

En los Estados Unidos de Norteamérica el “Natural Death Act” (ley sobre la muerte natural) emitido en el Estado de California y extendido en términos equivalentes en otros Estados de la Unión, data de 1976. La ley en concreto concede a cada adulto disponer de la no aplicación y de la interrupción de las “terapias de soporte vital” en el caso cercano al “extremo de las condiciones existenciales”.

Por extremo de las condiciones existenciales se entiende la fase terminal, en la cual el empleo de estas terapias pospondría la muerte, pero no podría recuperar la vida. Por cuidados de soporte vital se entiende cualquier medio o intervención médica que use aparatos mecánicos artificiales para sostener, reactivar o sustituir una función vital natural y que, si son aplicados, servirían solamente para posponer el momento de la muerte. El paciente debe haber recibido un diagnóstico infausto firmado por dos médicos.

Es necesario reconocer que, a primera vista, este procedimiento puede corresponder a cuanto fue dicho en la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la Eutanasia donde se afirma: “Es siempre lícito contentarse con los medios ordinarios que la medicina puede ofrecer. No se puede, por tanto, imponer a nadie la obligación de recurrir a un tipo de terapia que, aunque esté en uso, aún no está exenta de riesgos o es demasiado onerosa”, o también en el pasaje precedente que afirma: “Es lícito interrumpir la aplicación de tales medios (los medios puestos a disposición de la medicina más avanzada – n.d.A.), cuando los resultados defraudan las esperanzas puestas en ellos. Pero al tomar una decisión tal deberá tenerse en cuenta el justo deseo del enfermo y de sus familiares, así como el parecer de médicos verdaderamente competentes”.

También la “United States Catholic Health Association” distribuyó en 1974 un documento (Christian Affirmation of Life) que contiene esta afirmación: “considero que, si es posible, me sea consultado respecto a los procedimientos médicos que podrían ser usados para prolongar mi vida, cuando la muerte se avecine. Si yo no puedo tomar parte en las decisiones concernientes a mi futuro y no hay expectativa razonable de una recuperación de condiciones de invalidez física o mental, yo solicito que no se empleen medios extraordinarios para prolongar mi vida”. Otras iniciativas similares surgieron después, como la propuesta de “testamento vital” hecha por el Comité episcopal para la defensa de la vida de la Conferencia Episcopal Española[31].

Sin embargo, sobre el procedimiento del Living Will[32] quedan incertidumbres relevantes, principalmente sobre la validez jurídica y moral de una voluntad testamentaria expresada con anticipación, fuera de las condiciones concretas de la enfermedad, sobre un bien, que es la vida y que no es una cosa. Pero queda también la incertidumbre de fondo sobre la interpretación en el caso concreto de aquellos que son llamados medios de soporte vital y sobre la determinación de las condiciones de irreversibilidad: ¿son también entendidos como medios de soporte vital la ayuda a la respiración, la nutrición, la higiene personal, la hidratación? ¿Son éstos realmente los medios de los que habla la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe o los medios extraordinarios de los que habla la Christian Affirnation of Life? ¿Es lícito “excusar” al médico de tener una valoración propia aún en contra del paciente? ¿Cómo podría el médico, en estas condiciones, ser autónomo en la propia conciencia y en el papel de “prestador de mano de obra intelectual” cuando su inteligencia es la que debe valorar los medios idóneos para asistir al enfermo terminal? Alguno ha señalado que el living will parte del presupuesto que el médico quiere siempre, a toda costa, practicar terapias heroicas.

Criptoeutanasia y analgesia

Usualmente hablamos también de una forma escondida o encubierta de eutanasia, la criptoeutanasia, que consiste en acciones u omisiones que tienen un valor eutanásico, pero que son presentadas como procedimientos normales de asistencia.

Para no alargarnos excesivamente, nos referiremos en este ámbito al debate que actualmente se está desarrollando en torno a la terminal sedation. El uso de narcóticos en la fase pre-exitus de la enfermedad puede considerarse como una intervención farmacológica lícita y debida para disminuir la intensidad del sufrimiento, o como una sedación farmacológica desproporcionada que incluye también la interrupción de la alimentación y de la hidratación del paciente que morirá entonces, en estado de inconciencia, de hambre y de sed, o por efecto de una sobredosis. Naturalmente, la analgesia debe ser “proporcionada” a la atenuación y soportabilidad del dolor. Entre las analgesias idóneas se deberá elegir aquella que presente menores riesgos de abreviar la vida[33]. Para el uso de la analgesia que anula la conciencia de modo permanente, se requiere el consentimiento del paciente y la verificación de que el paciente haya podido realizar su última voluntad. Es siempre lícito rechazar la analgesia para dar conciencia y significado al propio sufrimiento.

 

Proporcionalidad de la terapia

A la luz de la visión ontológico-personalista, la intervención a favor del paciente deberá hacer referencia al principio de la proporcionalidad terapéutica, que puede ser así definido: es éticamente aceptable cualquier terapia que se comporte como un soporte positivo y que sea equilibrada en la relación riesgo/beneficio. El Magisterio católico considera lícito sobre esta materia:

- Ante la falta de otras posibilidades recurrir, con el consentimiento del paciente, o de quien haga las veces de éste, a tratamientos médicos avanzados, todavía en vía experimental aunque presenten riesgos concretos.

- Interrumpir los tratamientos antedichos, si éstos desilusionan las esperanzas, siempre con el consentimiento del paciente.

- Contentarse con los medios normales ofrecidos por la medicina.

- Decidir, ante la inminencia de la muerte, renunciar a tratamientos que alargarían en modo precario y penoso la vida, pero sin interrumpir nunca los cuidados ordinarios.

Esto puede ser desarrollado y clarificado haciendo referencia al principio de opcionalidad en el caso de las terapias riesgosas y el encuadramiento de lo que entendemos por cuidados ordinarios.

 

Opcionalidad y no obligatoriedad de las terapias riesgosas o extraordinarias

El médico no puede imponer al paciente tratamientos que podrían serle ventajosos sólo en un cierto porcentaje de los casos, pero que podrían también presentar un riesgo elevado de resultado negativo: al paciente o a quien lo representa debe dejarse la libertad de elegir si acceder o no a un programa terapéutico que presente tales características. Es este un espacio en el cual la decisión última corresponde al paciente o a quien lo representa: se trata de la decisión de afrontar o no planes terapéuticos de resultado incierto o extraordinario.

Cuidados ordinarios e indicaciones sobre alimentación e hidratación

Entre los cuidados ordinarios se encuentran la hidratación, la alimentación, la higiene corporal, la medicación y la limpieza de las heridas. Estos cuidados deben considerarse un derecho del paciente también para no aumentar el sufrimiento de la fase terminal de la enfermedad.

Cuidados paliativos

En el estado actual de la ciencia médica y de la enfermería, la asistencia al moribundo significa también la posibilidad de intervenir, si bien sin la esperanza de sanar, con la certeza de poder curar y de poder aliviar el sufrimiento que puedan causar las últimas fases de la vida, demasiado dolorosas. Nos referimos, como es sabido, a la terapia del dolor, a las intervenciones con miras a aliviar al paciente un síntoma (por ejemplo la radioterapia para reducir algunas complicaciones de la enfermedad neoplásica, la recanalización del esófago, cateterismo, etc.), al soporte psicológico y a tantas posibles intervenciones de carácter sanitario que puedan ser bien organizadas también sobre la base de estructuras para la asistencia domiciliaria del enfermo moribundo.

En síntesis, como recuerda la Carta de los Agentes de la Salud (Nº 117) “al enfermo terminal se le practica el tratamiento médico que contribuye a aliviarle el sufrimiento del morir”.

El concepto de cuidados paliativos no comprende solamente estas “medidas de soporte”, sino también aquellas intervenciones de quimio y radioterapia o quirúrgicas que tienen como objetivo no la curación, considerada imposible, sino el alivio del sufrimiento, tal como son hoy utilizadas especialmente en los hospicios y en los cuidados domiciliarios. La Evangelium vitae se refiere más veces a los cuidados paliativos, subrayando el “relieve particular” que están asumiendo para “hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, aseguran al paciente un acompañamiento humano adecuado” (n.65). En la misma Encíclica Juan Pablo II indica también el valor que tienen los cuidados paliativos para las familias, que “pueden encontrar gran ayuda en las estructuras sociales de asistencia y si es necesario, recurriendo a los cuidados paliativos (…)” (N1 88).

 

Verdad al paciente

A este punto es necesario enfrentar una cuestión importante y difícil: cuándo y cómo decir al paciente la verdad acerca de su estado de salud y de la expectativa de vida que, dentro de lo posible, se puede prever en su situación. También este aspecto es parte de las obligaciones morales de la asistencia al moribundo.

Naturalmente no es posible dar una respuesta estándar para todas las situaciones; será necesario reflexionar caso por caso tomando en consideración la situación concreta del enfermo, su situación relacional, su estado psicológico, etc. De cualquier manera, se pueden individualizar algunos principios éticos que pueden servirnos de guía:

Es necesario respetar la verdad sabiendo transmitirla al paciente de modo tal que tenga la posibilidad de prepararse para la muerte. Al respecto la experiencia nos enseña que la reacción del enfermo es habitualmente positiva tanto a nivel psicológico como espiritual.

La comunicación debe ser una verdadera “comunicación humana”, que no se limite a hacer conocer diagnósticos y pronósticos. Para que esto sea posible, es necesario antes que nada saber escuchar al paciente. El objetivo de la comunicación debe ser instaurar una relación de real compartir.

La verdad a transmitir debe ser gradual y medida según la capacidad del enfermo de conocerla. Para esto será importante tener en cuenta la fase psicológica del paciente para no agravar la fase depresiva, para ayudar a superar un eventual negativismo y para saber aprovechar al máximo el momento de contrición y secundar aquel de la aceptación.

En cualquier caso, existe la obligación de no esconder la gravedad de la situación en su sustancia, especialmente cuando el paciente tiene el deber de afrontar decisiones importantes como aquella de prepararse a una buena muerte. Para saber dosificar la comunicación al paciente es útil tener presente los varios estadios que enfrentan los pacientes de enfermedades graves como un cáncer, según la clasificación ofrecida por el trabajo sustancialmente válido de la estudiosa Kübler-Ross, reunido en su obra “La muerte y el morir”: shock, negación, depresión, negociación, aceptación.

 

Acompañamiento pastoral

El hombre sufriente, que se encamina hacia la muerte, tiene sin embargo necesidad de madurar aquella plenitud de conciencia que debe unir al fruto de la razón humana la sabiduría de la fe. Con palabras traídas de la última Encíclica de Juan Pablo II, Fides et ratio, podemos decir que “el verdadero punto central, que desafía toda filosofía, es la muerte de Jesucristo en la Cruz. En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre, a pura lógica humana está destinado al fracaso”[34]. Justamente por esto, la asistencia pastoral del enfermo grave no podrá nunca limitarse a los últimos momentos; al contrario, la enfermedad será para recorrer una continua búsqueda del sentido profundo de la propia vida que encuentra o puede encontrar, en el sufrimiento, una plenitud misteriosa y profundísima.

Siguiendo con las palabras extraídas de Fides et ratio “la relación entre Fe y filosofía encuentran en la predicación de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad”[35]. Además, a veces la enfermedad será la ocasión para tomar un camino de iniciación cristiana, o también de retorno a la casa del Padre: es frecuente observar enfermos que redescubren su fe justo durante los últimos meses de enfermedad y de dolor. “El deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de solidaridad y de apoyo en la prueba. Es petición de ayuda para seguir esperando, cuando todas las esperanzas humanas se desvanecen”[36].

Se hace evidente que la preparación de aquellos que se ocupan de los cuidados pastorales de los enfermos moribundos deberá ser profunda desde el punto de vista doctrinario, psicológico y pastoral, porque lo que contará será sobre todo la capacidad de acercarse al enfermo con la conciencia de que se trata de facilitar el encuentro entre la Gracia y aquel alma, que será, por tanto, para acompañar en primer lugar con la caridad fraterna y con la oración.

Naturalmente la asistencia no podrá limitarse al paciente como si la enfermedad fuese un evento aislado, separado de toda la real racionalidad que cada vida comporta. La enfermedad y la muerte de un hombre incluyen también el sufrimiento y el luto para muchos otros que tendrán necesidad de poder elaborar todo lo que están viviendo. Desde el punto de vista pastoral, estas personas deberían ser objeto de particulares cuidados pastorales puesto que, mas allá de tener que hacer frente a la necesidad contingente, estarán en mejores condiciones para afrontar en el mañana su propia muerte. Es común decir que, para saber afrontar la muerte de una persona querida, es necesario haber resuelto el problema de la propia muerte. Por lo tanto, entender bien la muerte de otros es, tal vez, la mejor preparación para saber afrontar en el mañana el fin de la propia existencia terrena. En un cierto sentido, la asistencia pastoral del enfermo tiene en la cabecera del hombre moribundo la tarea más urgente, pero en la asistencia de los parientes un rol formativo de indudable eficacia[37].

Este tipo de asistencia pastoral necesita, naturalmente, la presencia de sacerdotes que puedan administrar los sacramentos, pero al mismo tiempo necesita que los profesionales laicos se involucren en un modo fuerte, real y preparado. En efecto, el enfermo muy frecuentemente, y en esta sociedad secularizada cada vez más, abre su corazón al médico o al personal de enfermería aún acerca de sus necesidades espirituales: en este marco se podrá realizar una eficaz cooperación pastoral entre laicos y presbíteros, que logrará una asistencia espiritual más vasta y continua. Es así como se configura, luego del paciente y su familia, la tercera dimensión del cuidado pastoral de la salud, que es la formación espiritual de los Agentes de la Salud para que puedan, ellos mismos, reelaborar en sentido completo el fenómeno de la muerte y ser agentes activos de la asistencia pastoral del enfermo y de la familia.

Como se puede ver, el cuidado pastoral del enfermo moribundo abarca un horizonte muy vasto de servicio respecto a toda la sociedad, en todos sus niveles, yendo a desarrollar una preciosa acción, tanto en sentido asistencial como preventivo y formativo. Esta cercanía y esta ayuda para descubrir, a través del dolor, el sentido de toda una vida puede alejar el abandono y la desesperación del hombre frente a la muerte desconjurando esta capitulación, científica y humana, que es el pedido eutanásico.

 

Conclusión

En síntesis, la asistencia al paciente moribundo es un verdadero reto ético para la sociedad civil. En primer lugar, solicita un profundo compromiso científico-técnico que sepa ofrecer al enfermo las posibles respuestas a sus necesidades: el tratamiento del dolor, el apoyo psicológico, la asistencia domiciliaria y los cuidados paliativos son campos en los cuales se pide cada vez más un esfuerzo de investigación e inversión de recursos humanos y económicos. En segundo lugar, es necesario afrontar con claridad las falsas soluciones que se proponen bajo la forma de eutanasia, suicidio asistido y ensañamiento terapéutico. Estos ámbitos aclaran la necesidad ineludible de un replanteamiento del sufrimiento y de la muerte a un nivel francamente antropológico que sepa interpretar al hombre sin reduccionismos, sino en la globalidad que la realidad de la naturaleza personal del hombre requiere. En fin, el misterio de la muerte compartida en el recinto de la asistencia sanitaria podrá ser fuente, para todos, enfermos y sanos, de un redescubrimiento del valor trascendente de la propia vida, que sepa afrontar la muerte con realismo pero también con la esperanza que impulsa a decir, con alegría, que la muerte no es el fin sino el inicio de una vida nueva y eterna.


NOTAS

[1] OMS, Salud para todos en el siglo XXI, p. 4 de la traducción de Giovanna Martini (al italiano) aprobada por la OMS. El documento está en vías de aprobación.

[2] Gayling, The perversion of autonomy, New York Press, 1997.

[3] Cfr. Herranz, G. Dramma dell\\’Eutanasia, en Pontificia Accademia per la Vita, Evangelium Vitae, Encíclica y comentarios, LEV. 1995, pp.232-236.

[4] Recordamos que la terapia del dolor bien usada logra controlar la mayor parte de la sintomatología dolorosa. Las extremas situaciones de sufrimiento que antes acompañaban a los enfermos terminales, sobre todo de tipo oncológico, ya no se observan habitualmente.

[5] Cfr. Reporte Remmenlink, donde se observa que aproximadamente el 10 por ciento de las eutanasias en Holanda (1990-95) fueron involuntarias.

[6] Nos parece importante notar que tal postura no es una novedad sustancial porque no es otra cosa que la aplicación, en el paciente terminal, de la misma mentalidad que guía el aborto eugenésico en el caso de diagnóstico prenatal de enfermedad congénita.

[7] Este panorama es aquel que, ya en 1991, fue puesto en evidencia por los cardenales reunidos en un consistorio extraordinario en el mes de abril. Una de las conclusiones de la reunión, que había afrontado el grave tema de las ofensas y los atentados contra la vida en el mundo, fue el pedido del Santo Padre de afrontar en una Carta Encíclica el tema del respeto de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.

[8] Fleming esquematiza este proceso con los siguientes puntos: 1) la publicidad a alta escala de “casos difíciles” que necesitan una respuesta “compasiva”, y la autoacusación de algunos médicos; 2) el recurso a sondeos de opinión; 3) el uso de tales sondeos para afirmar que la opinión de los católicos es distinta de la del Magisterio Oficial; 4) la confusión de conceptos claves como eutanasia-ensañamiento terapéutico-rechazo de terapias extraordinarias; 5) la afirmación de que aquellos que se opongan al aborto y a la eutanasia en nombre de la sacralidad de la vida son incoherentes, porque no se oponen a la guerra y a la pena capital: Cfr. Fleming J.I. Católicos y estrategias proeutanasia y proaborto. Medicina e Morale 1996/1: 103-4.

[9] Cfr. Tettamanzi, D. Introduzione alla Encíclica Evangelium Vitae, Piemme, 1995, p. 20.

[10] Evangelium Vitae, n. 21.

[11] Idem, Ibidem.

[12] V. Marcozzi, Il cristiano di fronte all\\’eutanasia, “La Civiltá Cattolica”, 1975, IV, p. 322.

[13] Es ésta la paradoja de la cual el Santo Padre habla en la Evangelium Vitae, recordando que así “se produce un cambio de trágicas consecuencias en el largo proceso histórico, que después de descubrir la idea de los “derechos humanos” (…) incurre hoy en una sorprendente contradicción: justo en una época en la que se proclaman solemnemente los derechos inviolables de la persona y se afirma públicamente el valor de la vida, el derecho mismo a la vida queda prácticamente negado y conculcado, en particular en los momentos más emblemáticos de la existencia, como el nacimiento y la muerte” (EV. N. 18).

[14] Pío XII, Discurso a un grupo internacional de médicos: AAS 49 (1957), 129-147.

[15] Paulo VI, Mensaje a la televisión francesa: “Cada vida es sagrada”, 27 enero 1971); Enseñanzas IX (1971), 57-58; Discurso a el International College of Surgeons, 1 junio 1972; AAS 64 (1972), 432-436.

[16] Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et spes, 27; Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, 25.

[17] Congregación del Santo Oficio, Decretum de directa insontium occisione, 2 diciembre 1940; S. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre la Eutanasia lura et bona, 5 mayo 1980.

[18] Juan Pablo II, Fides et Ratio, n. 43.

[19] San Agustín de Hipona, De civitate Dei, 1.10; CCL 47,22; Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q.6, a.5.

[20] S. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinaria ilustrativa de la fórmula conclusiva de la Professio Fidei, 29 junio 1998, n. 11.

[21] Evangelium vitae, n. 65.

[22] Ibid, n. 2.

[23] Cafarra, C., La dignitá de la vita umana, en Pontificia Accademia per la Vita, Evangelium Vitae, Rncíclica y comentarios, LEV, 1995, p. 187.

[24] Este es el punto cardinal del pensamiento personalista de Karol Wojtyla que está bien expuesto, desde este punto de vista, por Massimo Serretti (cfr. Wojtyla K., Perché l\\’uomo?, Leonardo Milano, 1995, Introduzione).

[25] Evangelium Vitae, n. 47.

[26] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre la Eutanasia, n. 2.

[27] Cfr. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 12.

[28] Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral “Gaudium et spes”, n.12.

[29] Sgreccia, E., La persona e la vita, Dolentium Hominum 1988 (2): 38-41.

[30] Cfr. A. Puca, Il caso di Nancy Beth Cruzan, “Medicina e Morale”, 1992, 5, pp. 911-932.

[31] K. O\\’Rourke, The christian affirmation of life, “Hospital Progress”, 1974, 55, pp. 65-72. Sobre este argumento ver por ejemplo G. Perico, Testamento biologico e malati terminali, “Aggiornamenti sociali”, 43/11 (1992), pp. 677-692; Conf. Episc. Pennsylvania, Living Will an Proxy for Really Care Decisions, en “Medicina e Morale”, 42/5 (1993), pp. 989-999.

[32] Véase J.R. Wernow, The Living Will, “Ethics & Medicine” 10 (1994), 27-35.

[33] Respecto a esto es necesario referirse también a la Recomendación n. 779/1976 de la Asamblea del Consejo de Europa sobre los derechos del enfermo y del moribundo, que en la porción correspondiente al tema de la analgesia se expresa con una cierta ambigüedad.

[34] Juan Pablo II, Fides et ratio, 14.9.98, n.23.

[35] Idem.

[36] Evangelium Vitae, n. 67.

[37] No sorprende constatar que en algunos hospitales especializados en la asistencia de pacientes moribundos de los Estados Unidos, el 100 por ciento de las familias de los pacientes difuntos sean ayudados a reelaborar el luto en la inmediatez del hecho y, en el caso que sea necesario, también a distancia de tiempo.

 

 

Un sacerdote arrepentido

12/11/18

Ernesto Juliá

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Fue un día de noviembre de hace ya algunos años cuando enterramos a d. X. Un sacerdote próximo a cumplir sus noventa años,  que confesaba todos los días, y casi todo el día, en una iglesia de los suburbios de una ciudad grande, y ayudaba sirviendo a todos hasta en los oficios más humildes.

Ninguno de sus parroquianos conocía el “gran milagro silencioso” que había vivido d. X a los cuarenta y dos años de su vida. En este mes de noviembre, en el que la Iglesia nos anima a pensar un poco en la vida eterna –muerte, juicio, infierno, Gloria-, no me es posible ir a rezar ante su tumba; pero no dejo de recordar su historia, que me ayuda a rezar.

A los pocos años de ser ordenado sacerdote, lo abandonó todo; y para no dar escándalo a sus feligreses, se marchó a un país lejano a “rehacer su vida”, como él decía.

Su vida no fue nada ejemplar: dos uniones civiles fracasadas y, a Dios gracias, sin ningún hijo que atender. Tampoco faltó el alcohol. Con la conciencia adormecida fue tirando del vivir un año detrás de otro, sin grandes horizontes ni especiales sacrificios, trabajando de contable en unos grandes almacenes y viviendo una vida lamentable; haciendo no pocas veces manifestaciones de ateísmo.

Un día, mientras estaba sentado en su despacho resolviendo las últimas cuentas del mes, llegó a sus oídos una voz clamando auxilio: ¡Un sacerdote, un sacerdote!

En la entrada del edificio un corro de personas rodeaba a una mujer joven desmayada en el suelo. Una amiga, arrodillada trataba de reanimarla. Era médico y le faltó poco tiempo para darse cuenta de que se trataba de un infarto de corazón profundo que dejaba pocas posibilidades de vida.

Otra vez volvió a gritar pidiendo un sacerdote. Jorge llegó en ese momento y al ver a la mujer joven agonizando que en un instante abrió los ojos y le miró cara a cara, todo su pasado revivió como un terremoto de grado 9 en su alma. “Tu eres sacerdote in aeternum –para siempre- según el orden de Melquisedec”. Las palabras de su ordenación brotaron con fuerza en su cabeza y en su corazón.

La médico amiga de la agonizante, al verlo llegar y darse cuenta de la la expresión de su rostro, le preguntó sin más vacilaciones: ¿Es usted sacerdote?  X sintió un escalofrío en todo el cuerpo. ¿Cómo se le ocurría hacerle esa pregunta? Titubeó, y al fin respondió: Sí.

-¡Absuélvala enseguida, se está muriendo! Ha abortado hace unas semanas, estaba pasando por una depresión profunda, y quería pedir perdón al Señor por su pecado. ¡Absuélvala, por favor!”

Las palabras de la absolución sacramental llegaron enseguida a su boca. Con voz temblorosa dijo: “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Y sus ojos se humedecieron.

Tardó unos meses en dejar entrar el Espíritu Santo en su alma; pero al fin abrió las puertas de su corazón, después de una visita a un Santuario de la Virgen María. No había solicitado nunca la dispensa de sus obligaciones sacerdotales. ¿Le sería posible volver a ejercer el ministerio sacerdotal?

Su obispo de entonces ya había fallecido. Después de pensarlo un poco, decidió hablar con un obispo de una diócesis lejana a la suya de origen. Su madre también había muerto, y no tenía ningún hermano ni otros vínculos familiares. Comenzaba de nuevo.

Un sacerdote amigo y compañero de promoción en el seminario, estuvo a su lado en todo el proceso de reinserción. El diablo sabe tentar en esos momentos; pero fracasó. Uno ejercicios espirituales y la amable acogida del obispo, le llenaron de paz. X, arrepentido de todo corazón, volvió a ejercer su ministerio. La primera vez que se probó el traje de sacerdote, y se miró al espejo, lloró amargamente. Se acordó de san Pedr

ernesto.julia@gmail.com

 

Dos modos de vivir la fe

Nov 11, 2018

Dos modos de vivir la fe

Por José Francisco González González, obispo de Campeche

La presencia de Jesús en el templo de Salomón es motivo de conflicto con distintos personajes, que no comprenden la novedad del mensaje de Cristo. Ahora, el turno lo tienen los escribas. Estos eran los mejores expertos en cuestiones de la Biblia, de las Escrituras. Era una élite religiosa, de mucha importancia en la vida religiosa y social del pueblo.

Para hacer simetría, en la narración (Mc 12,38-44) también aparece una viuda. La fe de la viuda es una fe de gratuidad: Confianza en Dios, que se traduce en gesto de gratuidad abierta hacia los demás.

Ella no conoce de Biblia (como el escriba), no pide ver (como el ciego de nacimiento). Ella sólo quiere participar del Reino de Dios, aunque es una mujer abandonada, no tiene marido, pues ha muerto.

La gente seguía a Jesús. En sus palabras, encontraba una fuerza de coherencia, que no había visto ni experimentado en otros predicadores de la época. Jesús protesta contra las estructuras, incluso religiosas, que someten al pueblo; mas, no sólo es la protesta, puesto que también transpira una alta espiritualidad mística, pero con los pies en la tierra.

¡CUIDADO CON LA VANIDAD!

Por primera vez, Jesús previene a la gente respecto a los escribas. La pone en guardia contra la vanidad (religiosa), que lleva a la ansiedad por llamar la atención. Los escribas ostentan vistosas prendas; gustan ser reverenciados en las plazas públicas; están sedientos de admiración; y están dispuestos a alcanzar el culmen de la fama, por cualquier medio. Casi dan a entender aquella frase que se atribuye a Nicolás Maquiavelo: El fin justifica los medios.

Esta pueril búsqueda de honores exteriores no hace más que delatar una falta de auténtica autoridad. La vanidad nunca va sola. Casi siempre tiene su gemela: La codicia, el afán de dinero, ‘acuatada’ con la hipocresía.  Usan de la religión y de su ascendencia popular para esos fines. Han separado el culto a Dios de la justicia; y en vez de servir a los más desprotegidos, se aprovechan de la vulnerabilidad de los pobres para sus fines.

EJEMPLARIDAD DE LA VIUDA POBRE

Después de darle “una pasadita” a los escribas, Jesús cambia de escenario. Se sienta frente a la alcancía del templo. Había trece de ellas dispersas en esta área cultual. Cada una tenía un letrero para lo que se destinaba el dinero aportado por los fieles. Las monedas eran de tamaños diversos, según su valor. Entre más valiosas, más grandes.

Una pobre e insignificante viuda, deposita dos diminutas moneditas. No hacen casi ruido. No llama la atención de nadie. Era lo único que tenía. Ella dio “todo lo que tenía para vivir”. Ella se despoja de lo que tenía, pero por su fe en Dios, lo deposita en un lugar, donde no se administraba correctamente. En la administración del templo había corrupción. Ya Jesús había preanunciado que no quedaría “piedra sobre piedra”, de la admirable construcción del templo.

La moraleja, en la misma narración, es clara: La viuda no ha pedido nada, no quiere que se le alabe, no pretende llamar la atención. Ella sólo quiere tener una conciencia limpia delante de Dios.

No debemos dejar de recordar que en la escena descrita Jesús ha invitado a sus discípulos a ser espectadores. Ellos, por invitación de Jesús, contemplan algo que jamás hubiesen pensado percibir.  Este gesto de la viuda, que ellos no habrían visto, porque la ceguera no les dejaba ver. Empero esa escena será anticipatoria de la actitud del Maestro. Él se despojará de todos su bienes, de su misma vida, para entregarla sin reservas a la humanidad por petición del Padre. Lo hace voluntariamente (Jn 10,18), sin recriminaciones.

¡El Señor ama a los justos!

 

El amor en el servicio

Los primeros depositarios o receptores de ese amor servicial deben ser los integrantes de nuestra propia familia

Por: Maleni Grider

En una de las ocasiones que los discípulos vinieron a Jesús, le preguntaron quién podría ser el primero de entre todos ellos, y Él les respondió: “el de ustedes que quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes, y si alguno de ustedes quiere ser el primero entre ustedes, que se haga el esclavo de todos; hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por una muchedumbre”. (Mateo 20:26-28)

El servicio fue una de las mayores manifestaciones del amor de Cristo hacia nosotros. Desde que inició su ministerio en la tierra, tras ser bautizado por Juan el Bautista, nuestro Señor dedicó su tiempo a enseñar sobre el reino de los cielos, sanar a los enfermos, ayudar a los necesitados, preparar a sus discípulos, ¡resucitar a los muertos!, etcétera.

Debió ser abrumador, día tras día, permanecer en esa actitud de servicio, ver a las multitudes venir en pos de Él en busca de ayuda, y ofrecer siempre compasión y misericordia a aquellos que lo necesitaban. Sin embargo, es obvio que su servicio era una respuesta natural de su amor. Era éste lo que lo impulsaba a continuar haciendo bien a los demás, y a seguir obedeciendo la voluntad de su Padre.

El servicio de Jesús era parte de su naturaleza humilde. Y dicho servicio fue tan legítimo, tan constante y tan extremo, que pronto se convirtió en sacrificio. El Padre lo envió, pero Jesús decidió entregar su vida voluntariamente por todos nosotros, a pesar de que sabía que al final el precio sería la muerte. Su tiempo, su dedicación, su vida entera fueron dedicados a un propósito específico, a una misión única: la salvación de la humanidad, y no se detuvo sino hasta llegar al final, la cruz.

Lo que debe inspirarnos a servir es el amor. El amor a Dios y el amor a los demás. Dice el apóstol Pablo: “Cualquier trabajo que hagan, háganlo de buena gana, pensando que trabajan para el Señor y no para los hombres”. (Colosenses 3:23). Sin embargo, sabemos que también el amor a los demás nos inspira a servirlos cuando tienen alguna necesidad. No para obtener alabanza y mérito, sino por un amor puro, no sólo incondicional sino sacrificial.

Los primeros depositarios o receptores de ese amor servicial deben ser los integrantes de nuestra propia familia, pues ¿cómo podemos ir y amar a otros si no amamos antes a nuestra familia y hacemos nuestro hogar el lugar óptimo para el servicio?

En la respuesta de Jesús a sus discípulos Él utiliza la palabra siervo, pero también la palabra “esclavo”. Si lo pensamos de manera coloquial, ser esclavo de algo o de alguien no hace sentido, especialmente en este siglo, cuando se habla tanto del amor propio, la autoestima, los derechos civiles, la equidad, etcétera. Pero lo que Cristo quería decir es que, cuando una persona decide servir a los demás, sin límites, aprovechando cada oportunidad, o incluso buscando la oportunidad, su dedicación y entrega pueden ser comparables a las de un esclavo, con la diferencia de que el esclavo lo es en contra de su voluntad, pero quien elige ser “esclavo” de otros sirviéndolos lo hace por deseo propio, y lo hace gozoso, no con amargura.

Dios ama a los que se humillan y los exalta; Dios ama a los que sirven y les da un lugar especial; Dios ama a los que aman y los recompensa abundantemente.

 

 

LA REFORMA MORAL QUE EL PERU NECESITA

Publicado: 07 Noviembre 2018

 

el laberinto de las

Escribe: Manuel Castañeda Jiménez.- La lucha contra la corrupción, en que el Supremo Gobierno se encuentra empeñado, puede que no se encuentre exenta de errores o equívocos, como en el caso de algunos aspectos cuestionables de la regulación última sobre la corrupción en la esfera privada dispuesta mediante el Decreto Legislativo No. 1385.

Pero, más allá de lo discutible que pudieran ser algunas medidas, o de las objeciones que, desde el punto de vista legal, pudieran plantearse a expresiones o resoluciones de algunas autoridades, o los desconciertos por algunos comentarios, el énfasis que el Presidente de la República está poniendo en el tema, es, verdaderamente, destacable. Y parece estar teniendo efecto en la opinión pública, que ve reflejado, en las expresiones del mandatario al respecto, su profundo sentimiento de desagrado hacia esa lacra que nos ha amenazado con ahogar y nos ha expuesto ante el mundo como si fuésemos un país inmoral.

Porque hay que tener en cuenta, que para la población –y para la prensa–, el término “corrupto” no comprende solamente a aquella persona que comete los delitos tipificados como corrupción de funcionarios en el Código Penal; sino que comprende toda acción deleznable y perjudicial para otros, de parte de alguna autoridad o personaje. Y así, corrupto es el alcalde que posee burdeles, corrupto es el congresista que roba señal de cable, corrupto es el policía o el militar que realiza contrabando o tráfico de drogas, a pesar de que se trata de delitos diferentes a los de corrupción.

¿Y por qué esa sintonía que se está produciendo entre el mandatario y el pueblo? ¿Cuánta de la gente que ahora aplaude al presidente, no está dispuesta a coimear a un policía de tránsito para que no le imponga una merecida multa, o no lo ha hecho acaso? ¿Es que nuestro pueblo es tan hipócrita? No creo que sea así. Lo que hay en el fondo de todo esto es, desde mi punto de vista, un buen sentimiento que deriva en un inmenso fastidio por ver que algunos se aprovechan del Estado para grandes negociados, utilizándolo para su beneficio particular, mientras hay tantas cosas por hacer en el país y que podrían producir un muy alto grado de prosperidad, pero que se postergan o tergiversan por causa de esas malas acciones.

Y, lo que es mil veces peor, que cierta parte de los funcionarios públicos cree que el Estado está para servirse de él, o para que la población les sirva, cuando lo correcto es que el Estado es la empleada de la casa; el Estado es el servidor de todos, y no las personas las servidoras del Estado.

Constantemente nos encontramos con disposiciones, en los diferentes estamentos de gobierno, que apuntan a tratar a la población como si no importase respetarla. Se busca regular a veces hasta en el detalle, asfixiando la libertad, y se ha llegado, inclusive a producir una expropiación de todos los cadáveres sin que nadie lo haya siquiera notado –y, si alguien lo notó, no reclamó–: al finalizar el anterior gobierno, del presidente Humala, el Honorable Congreso de la República modificó, mediante Ley No. 30473, el artículo 10 del Código Civil, permitiendo que el jefe de un centro de salud, o hasta el jefe de necropsias donde se encuentre un cadáver, pueda disponer de los órganos del occiso, aun sin el consentimiento de sus parientes; una monstruosidad que, en la práctica, supone la expropiación –y sin indemnización– de todos los cadáveres, y un tratamiento de los restos humanos sin el menor respeto y consideración.

Una reciente comisión de reforma del Código Civil, ha planteado introducir en nuestro derecho, la figura creada por el gobierno fascista de Mussolini, y recogida en el Código Civil italiano, denominada “fraude a la ley”, que no es otra cosa que aplicar la ley de todas formas a una situación que adrede se forjó para que la ley no fuese aplicable. Eso significa que la ley se podrá aplicar a situaciones que no están previstas en ella, anulando absolutamente toda libertad de acción de los particulares, y tornándolos esclavos del Estado, quien podrá decidir, a través de sus órganos judiciales o administrativos, que una norma se aplique de todos modos, aun cuando no calce en la situación; y ello, bajo el aparente legítimo argumento, de querer evitar la “elusión” de una ley, cuando todo estudiante de derecho sabe perfectamente que la seguridad jurídica se basa, precisamente, en que la ley se aplique a los supuestos en ella señalados y no a otros, pues si no, dicha seguridad deja de existir; con ello, se produciría un trauma mil veces mayor en la sociedad que el trauma que está generando la congestión del tránsito que nadie parece querer solucionar, y en que, las medidas paliativas acaban resultando más perjudiciales y provocando mayor congestión. Igual sucedería de aprobarse tamaño despropósito; por tratar de evitar algo, se producirá un mal mucho mayor.

Muchos otros ejemplos podrían darse de cómo el Estado viene obrando de manera a asfixiar a los ciudadanos. Esa actitud viene siendo un importante componente de la disminución del PBI y de que no acabemos de arrancar hacia el objetivo de convertir al Perú en una nación del Primer Mundo. Actitud que tiene su origen, en el erróneo concepto de que los ciudadanos debemos servir al Estado y no al revés.

A ello, se suma y va de la mano, otro grave error: el de pensar que la corrupción se combate con leyes o con persecución policial o fiscal. La corrupción es una falta moral. Y si no se produce un vasto movimiento de reforma moral en todos los ámbitos y niveles del Estado y de la sociedad, realmente no se avanzará nada, y los logros que se obtengan seguirán siendo superficiales; y las palabras y énfasis que pongan el presidente o sus ministros en ello, pasarán a la historia como un conjunto más de buenas intenciones.

Pronto se llevará a cabo el CADE anual, que congrega importantes empresarios y autoridades. Uno de sus temas principales será el de la corrupción, según ha revelado el señor Gonzalo Aguirre. Bien pensado. Se requiere un esfuerzo común, en que las autoridades, los empresarios, los diferentes estamentos, las instituciones educativas, los representantes religiosos y las asociaciones civiles, se unan en un esfuerzo conjunto de combate a la corrupción. Hasta ahora, todo no ha quedado sino en la superficie; la Comisión Nacional Anticorrupción no ha servido absolutamente para nada. La Contraloría General de la República se pierde muchas veces en tecnicismos y hasta sanciona a funcionarios por quítame estas pajas. Me consta, sí, que la Oficina de Integridad Institucional del Ministerio del Interior, como durante cierto tiempo la Oficina de Asuntos Internos del INPE, funcionaron bien hasta donde pudieron y, especialmente en los últimos tiempos, se han venido haciendo notables esfuerzos en la Inspectoría General de la Policía Nacional del Perú. Pero falta mucho. Esos son casos aislados. La ONA que creó el presidente García, lamentablemente nunca funcionó correctamente, y el Plan Nacional de Integridad y Lucha contra la Corrupción 2018-2021 no pasa de un interesante documento de escritorio.

El esfuerzo debe ser, por tanto, general. Las buenas intenciones presidenciales requieren concretarse en un accionar de todos los sectores y de las mayorías nacionales. Y no solamente para que se respete un mero Código de Ética (que tantas veces se deja de respetar), que no es sino la epidermis de la moral, sino para que, real y efectivamente, se consoliden en la población sus reservas morales y se muestren las muy mayores ventajas de vivir en una sociedad en que el respeto de la moral y de la ley sea la norma y no la excepción.

Basta, para ello, considerar el reciente asesinato de un sicario y traficante de drogas mientras disfrutaba de unos baños turcos en un local de San Isidro, en Lima. ¿De qué le sirvió su arrogancia, sus ínfulas de poder y sus malas acciones?: acarreó su desgracia y la de su familia; manchó su apellido y provocó dolor, muriendo joven todavía, sin poderse llevar ni un real del dinero que acumuló ilícitamente, ni un botón de su mejor camisa. Importantes empresarios, al igual que cuando se descubrió la danza de los millones de la salita del SIN, se encuentran fugados, con el consecuente dolor de sus familiares y amigos. Y todo, por unas pesetas más. Para tener quizás un yate que, al igual que las barcas doradas de Tutankamón, no se llevarán a la otra vida. Lindo debe ser lograr tener un yate, pero no a costa de dañar a otros o de corromper a los funcionarios públicos. Quien mal anda, mal acaba, reza un conocido refrán.

 

 

Médicos franceses protestan por mensaje del Papa

Nov 10, 2018

Médicos franceses protestan por mensaje del Papa

Por Luis-Fernando Valdés

La Orden de Médicos de Francia se manifestó consternada por los «términos violentos» de Francisco, porque el Pontífice comparó el aborto con la contratación de un sicario. ¿Qué hay detrás de este conflicto de palabras?

 1 El contexto

El pasado 10 de octubre, en la tradicional audiencia general de los miércoles, el Papa dio una catequesis sobre el Quinto Mandamiento, «No matarás», al que describió como una «muralla» erigida como «defensa del valor fundamental en las relaciones humanas: el valor de la vida».

En su discurso, Francisco hizo un nuevo llamamiento a la defensa de la vida humana, en el que advirtió que el aborto no puede ser una solución «para resolver un problema». El Obispo de Roma cuestionó: «¿Cómo puede ser terapéutico, civilizado, o simplemente humano un acto que suprime la vida inocente e indefensa en su florecimiento? Yo les pregunto: ¿Es justo ‘quitar de en medio’ una vida humana para resolver un problema? ¿Es justo contratar a un sicario para resolver un problema?».

Y el Papa mismo respondió: «No se puede, no es justo ‘quitar de en medio’ a un ser humano, aunque sea pequeño, para resolver un problema. Es como contratar a un sicario para resolver un problema».

2 Una reacción desde Francia

Al día siguiente, 11 de octubre, el presidente del Consejo Nacional de la Orden de Médicos de Francia, el doctor Patrick Bouet, dirigió una carta al Nuncio apostólico en ese país, monseñor Luigi Ventura. (La Croix, 17 oct. 2018)

El colegiado escribió que el Papa «ha pronunciado unas palabras muy duras sobre el aborto, que han consternado a la comunidad médica francesa a la que tengo el honor y la responsabilidad de representar».

Con admirable respeto, el doctor Bouet continuó: «Si bien entiendo que su Santidad, en nombre de su fe, desea defender los principios importantes para la Iglesia que dirige», la Orden de Médicos, «no puede aceptar que se arroje así un anatema al conjunto del cuerpo médico, que termina siendo estigmatizado».

3 Una protesta basada en un sofisma

El citado texto de Bouet basa su protesta en que los médicos «tienen una vocación de escucha, ayuda y apoyo» para acompañar pacientes en los «momentos difíciles de la vida» y para «asegurarles un acceso a la interrupción voluntaria del embarazo en las mejores condiciones posibles».

El doctor Bouet hizo un sutil cambio de tema: dejó de lado el «matar a un inocente» del que habló el Papa y lo reemplazó por la «comprensión de los médicos» que ofrecen un aborto «en las mejores condiciones posibles».

En otras palabras, para la Orden de Médicos quien facilita un aborto no es un sicario (un asesino) que elimina la vida de un humano por nacer, sino una persona amable porque ayuda a que una mujer pueda interrumpir su embarazo en las mejores condiciones clínicas. ¿Y dónde quedó para el doctor Bouet el bebé que resulta muerto?

Epílogo

Este episodio es un paradigma de la discusión actual sobre el aborto. Es el encuentro de dos posturas: por una parte, la de quien defiende la vida del nascituro es un «dato objetivo», y, por otra, la de quien apela a los «datos subjetivos» (el sufrimiento de la mujer, la comprensión de su situación, etc.) para sostener que una mujer tiene derecho a abortar.

Hoy necesitamos más que nunca la fuerza moral que nos da ese «no matarás» para defender a los dos, la madre y su hijo: para respetar a la vida del inocente por nacer, y para dar otras opciones a la mujer y al hombre que sienten confusión ante la llegada de un nuevo ser para el que no están preparados.

 

Contrapunto existencial

 

Siempre  el  eterno contrapunto anida

entre los albedríos y los frenos,

mientras Natura, inserta en  nuestra  vida.

brinda  el follaje , el cielo, el sol, los truenos.

 

Siempre  la eterna coyuntura gira

entre los intereses y  ambiciones,

el rostro demudado por ira

y el ave que gorgea sus canciones.

 

Aunque parezcan mundos  diferentes,

nuestra existencia va, de noche al día,

tras los caminos  de verdad crecientes,

 

Vamos poniendo  toda la energía,

cuerpos y esfuerzos, corazones, mentes,

¡mas qué pequeños somos, todavía!

Irene Mercedes Aguirre

 

¿Cómo está regulada la eutanasia como delito en el código penal?

¿Cómo está regulada la eutanasia como delito en el código penal?

30 octubre

14:36 2018

El debate sobre la eutanasia está cobrando actualidad. Esa actualidad ha venido dada por su tramitación parlamentaria en la que se dan, fundamentalmente, dos posturas: aquella que propone convertirla en un derecho y aquella otra cuya pretensión es despenalizarla.

Tales finalidades son de todos conocidas. Pero, ¿somos conscientes de que es un delito, con la gravedad que esto conlleva? ¿Cómo está regulado, pues, en el Código Penal? ¿Existen figuras afines?

Esas preguntas de investigación son los motivos por los cuales el objeto del presente Informe lo vamos a acotar al aspecto jurídico penal: el análisis del artículo 143 del Código Penal.

De modo que el objetivo general que nos proponemos es conocer cómo está regulada la eutanasia como delito y distinguirla de figuras afines.

El método que emplearemos será el exegético, es decir, eminentemente jurídico-positivo.

  1. Artículo 143 del código penal

A tenor del artículo 143 del Código Penal:

  1. El que induzca al suicidio de otro será castigado con la pena de prisión de cuatro a ocho años.
  2. Se impondrá la pena de prisión de dos a cinco años al que coopere con actos necesarios al suicidio de una persona.
  3. Será castigado con la pena de prisión de seis a diez años si la cooperación llegara hasta el punto de ejecutar la muerte.
  4. El que causare o cooperare activamente con actos necesarios y directos a la muerte de otro, por la petición expresa, seria e inequívoca de éste, en el caso de que la víctima sufriera una enfermedad grave que conduciría necesariamente a su muerte, o que produjera graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar, será castigado con la pena inferior en uno o dos grados a las señaladas en los números 2 y 3 de este artículo.
  5. Análisis de los elementos esenciales del tipo penal.

Antes de entrar a examinar cada delito regulado en el artículo objeto del presente Informe, analizaremos, por su importancia, dos elementos del tipo penal que nos parecen esenciales: el bien jurídico protegido y la petición del sujeto pasivo.

2.1. Bien jurídico protegido

El artículo 143 se encuentra incardinado en el Título I (Del homicidio y sus formas), Libro II (Delitos y penas) del Código Penal, por lo que, como dice Tomás-Valiente (2000):

Puede afirmarse con claridad que el bien jurídico protegido por el Artículo 143 del Código Penal es, al igual que en los preceptos que le preceden, la vida humana independiente, con la particularidad de que la protección se concede en este caso en contra de la voluntad del titular. (p. 25)

Por su parte, Suárez-Mira (2006) redunda en la idea del bien jurídico protegido:

https://www.observatoriobioetica.org/wp-content/uploads/2018/05/47834157_s-min-1-300x262.jpgEn puridad, el régimen establecido supone una excepción al conocido “principio de accesoriedad de la participación”, puesto que, si la propia muerte llevada a cabo por uno mismo es impune, en coherencia con dicho principio también habrían de serlo los actos llevados a cabo por terceros que contribuyen a dicha muerte. Sin embargo, la decisión legislativa es otra, dada la importancia del bien jurídico comprometido. (p. 70)

Es cierto, sin embargo, que existen autores (como De la Gándara Vallejo y Del Rosal Blasco, citados en Tomás-Valiente 2000, p. 26) que afirman que el bien jurídico protegido en el artículo 143 es la vida de otros sujetos, debido a que si se despenalizara la eutanasia y las otras conductas del artículo, habría una pendiente resbaladiza inevitable; pero más bien esta sería la consecuencia que el legislador quiere evitar, es decir, la ratio del precepto, no el bien jurídico que pretende proteger.

Es, pues, el derecho a la vida (artículo 15 de la Constitución Española) el que impide que un tercero induzca, coopere, ejecute o contribuya a la muerte de una persona, aunque ésta lo pida.

La aportación de Suárez-Mira es importantísima, ya que ayuda a aclarar la pregunta que nace de la comparación entre el suicidio y la eutanasia: si el suicidio está permitido (en la medida en que no está penado), ¿por qué la eutanasia está prohibida? Sencillamente, por la importancia del bien jurídico protegido, que no es otro que la vida humana.

Ahondando más en esta idea, hay que aclarar que no es lo mismo el hecho de que el suicidio no esté penado a que éste sea un derecho, que no lo es (el farragoso tema de la disponibilidad sobre la propia vida). Es cierto que la protección de la vida por el Derecho no es absoluta (en la medida en que una persona tiene un margen de libertad en la que el Derecho no entra, que es la teoría del agere licere), pero eso no significa que matarse a uno mismo sea un derecho, que no lo es, ni está reconocido como tal por nuestro Tribunal Constitucional (Fundamento Jurídico 7 de la Sentencia número 120/90, de 27 de junio).

De ahí que Muñoz Conde (2007) afirme:

La vida es objeto de protección en el ámbito penal incluso frente a la voluntad de su titular, que no tiene derecho a disponer sobre ella libremente y que, en consecuencia, no está legitimado para autorizar a los demás a que lo maten. (p. 64)

En nuestra opinión, pues, tiene razón Suárez-Mira (2006) al decir tajantemente:

Ello tiene como consecuencia que no puede hablarse de un “derecho” a la propia muerte ni, correlativamente, del “deber” de ejecutar una muerte a petición. (p. 73)

2.2. Petición del sujeto pasivo 

La petición del sujeto pasivo es tenida en cuenta por el legislador, pero no como eximente (que no podría ocurrir, como acabamos de comprobar) sino como atenuante.

Por otro lado, la importancia de esa voluntad hace que tiene que ser el sujeto pasivo quien debe tener la última palabra. Es él quien toma la decisión, por lo que nada debe estar fuera de su dominio, al menos volitivo. Si no, nos encontraríamos ante otro delito distinto.

En este punto, no tiene sentido la clasificación que realiza Singer (1993, citado en Ansuátegui 1999, p. 33) al distinguir entre eutanasia voluntaria, involuntaria y no voluntaria: las dos últimas entrarían en el tipo penal del homicidio o del asesinato, según los casos. Como tampoco tendría sentido hablar de homicidio compasivo, por las mismas razones. E, incluso, incluir entre los supuestos eutanásicos las enfermedades psíquicas o incluir a menores de edad, ancianos, etc., ya que habría que llegar a la misma conclusión.

En efecto, como afirma Suárez-Mira (2006):

Esa muerte ha de ser querida por el propio titular del derecho a la vida a la que se pone fin y en condiciones de plena libertad de su voluntad, puesto que la contribución a la muerte de quien carece de la necesaria aptitud psíquica para tomar tan irreversible decisión (inimputable, menor, persona que expresa un consentimiento viciado) debe reputarse como un homicidio o incluso como un asesinato (hipótesis de autoría mediata en la que la víctima actuaría como instrumento de su propia muerte). (pp. 70-71)

  1. Análisis exegético del artículo 143 del código penal

3.1. Inducción al suicidio. Artículo 143.1 código penal

La importancia de la voluntad incide, precisamente, en el número 1 del Artículo 143 del Código Penal, puesto que no es igualmente reprochable ayudar a suicidarse a quien quiere morir que convencer a alguien para que se suicide, cuando no tenía antes esa idea.

Por eso, Tomás-Valiente (2000) dice:

Lo que en este apartado se incrimina es la conducta consistente en hacer nacer en otra persona el deseo de poner fin a su vida, propósito suicida que no habría existido de no ser por la intervención del sujeto activo. (p. 57)

En efecto, como ratifica Suárez-Mira (2006, p. 71), “la conducta típica consiste en persuadir anímicamente a otro, que no había tomado tal decisión, para que se suicide”.

La inducción generadora de la sanción prevista consistirá, pues, en un hacer positivo con contenido intelectual final y con relevante eficacia, de modo que haga surgir en el destinatario la voluntad de quitarse la vida, idea que en ningún caso tenía ab initio. Esta es la razón por la cual no quepa la omisión.

Llama la atención el hecho de que “se induzca al suicidio de otro” y no en cambio como ocurría con anterioridad que “se induzca a otro… para que se suicide”. Es lo que tradicionalmente se ha venido en llamar inducción a la inducción e, incluso, inducción en cadena. Como dice la STS 5306/93, de 30 de junio, “la inducción directa quiere decir que se ejerza sobre persona determinada, aunque se admite que sea por medio de persona intermedia –en cadena- y para un delito determinado”.

De su parte, la pena que se impone es superior al número 2 del artículo, siendo su razón de ser el carácter especial de este delito, pues parece más grave persuadir o convencer a una persona que no tenía ninguna intención de quitarse la vida, de que se suicide, que ayudar a quien ya ha tomado la firme resolución de morir, para que, por ejemplo, pueda hacerlo mediante métodos indoloros o no violentos.

Por lo demás, en cuanto a las formas imperfectas de comisión, cabe no sólo la consumación, sino también la tentativa.

Los ejemplos más claros aparecen en el ámbito de las sectas de carácter destructivo.

3.2. Cooperación al suicidio. Artículo 143.2 Código Penal

La mala redacción del precepto suscita grandes problemas, que van desde la dificultad de deslindar cuándo nos encontramos con este delito y cuándo nos encontramos con otros muy parecidos a él (cosa que ocurre en su forma omisiva); hasta, incluso, encontrarnos con una conducta cooperadora impune.

Por otra parte, conviene transcribir los artículos 27, 28 y 29, todos ellos del Código Penal.

Artículo 27: Son responsables criminalmente de los delitos los autores y los cómplices.

Artículo 28: Son autores quienes realizan el hecho por sí solos, conjuntamente o por medio de otro del que se sirven como instrumento.

También serán considerados autores:

  1. Los que inducen directamente a otro u otros a ejecutarlo.
  2. Los que cooperan a su ejecución con un acto sin el cual no se había efectuado.

Artículo 29: Son cómplices los que, no hallándose comprendidos en el artículo anterior, cooperan a la ejecución del hecho con actos anteriores o simultáneos.

El problema radica, pues, en la expresión “necesaria”: será necesaria la aportación de aquél que interviene en el proceso de ejecución del delitoEutanasia en Holanda. Aumentan los fallecidos en los últimos cinco años en un 67%, habiendo pasado a más de 7.000 en 2017. (no antes) suministrando una ayuda operativamente insustituible para el autor principal y que deja en manos del cooperador la posibilidad de abortar el plan trazado.

Sin embargo, hemos de precisar que ni doctrinal ni jurisprudencialmente hay ni claridad ni unanimidad en el tema, por lo que los límites entre cooperador necesario y mero cooperador siguen difusos.

De modo que, como dice Suárez-Mira (2006, p. 74), “la cooperación al suicidio de otro lo es únicamente con actos necesarios, pues sino lo fueren, la conducta sería impune”; de manera que, como pone de manifiesto Tomás-Valiente (2000, p. 70), “los actos constitutivos de mera complicidad quedan excluidos del ámbito de acción del precepto”.

Entendemos que esa es la razón por la que se habla de “suicidio asistido”, “suicidio meramente asistido”, o “suicidio médicamente asistido”. Y es por esta vía por la que se pretende su impunidad; cuando, como se ve, esta figura (o su terminología) no existe actualmente en nuestro Derecho.

Por otro lado, es punible tanto la consumación como la tentativa, y tanto la comisión como la omisión, aunque en este caso, como indica Suárez-Mira (2006):

Es preciso que el omitente se halle en posición de garante (artículo 11 CP), pues, en caso contrario, nos hallaríamos ante una simple omisión del deber de socorro del artículo 195 CP. Así, estaríamos ante la figura del artículo 143.2 CP en el caso de no impedir el acceso de un depresivo –sujeto a nuestro cuidado- a la pistola con la que pone fin a su existencia, pero nos hallaríamos ante la figura del artículo 195 CP sino evitamos, pudiendo hacerlo sin riesgo propio ni ajeno, que se arroje al vacío un transeúnte con quien nos topamos en un viaducto. De todas formas hay que señalar que en este punto la doctrina no es unánime, pues para algunos autores sólo caben las modalidades comitivas. (p. 72)

Como ejemplos pueden citarse proporcionar el veneno al suicida, o el arma con el que se va a disparar; no cerrar la espita del gas que va a utilizar para asfixiarse,…

3.3. Suicidio-ejecución u homicidio-suicidio. Artículo 143.3 Código Penal

Esta modalidad es la más próxima al homicidio común porque, de hecho, es el cooperador quien materialmente ejecuta la muerte del suicida. No obstante, se diferencia del homicidio en que la víctima consiente en una muerte que ha sido solicitada por él.

Así pues, la cooperación que ahora da entidad al hecho típico desborda el carácter de “necesaria” que se exigía en el número 2 del artículo, cobrando virtualidad a través de su carácter ejecutivo que se traduce en la realización de la muerte del sujeto que desea dejar de vivir. La voluntad suicida es elemento base en este delito, ya que el partícipe lo que hace es ejecutar la voluntad de otro.

Por otra parte, se considera necesaria la puntualización de que el acto ejecutivo se presta al sujeto impedido que desea dejar de vivir, pero que no está posibilitado de realizar su voluntad.

En todo caso, hay una gran polémica tanto en lo relativo a estas puntualizaciones (¿quién es realmente el autor de este delito?) como en relación con la modalidad omisiva: no obstante, Suárez-Mira (2006, p. 72) pone el ejemplo de no reemplazar, quien se halla en posición de garante, la agotada bombona de oxígeno del enfermo que depende de ella, a petición de éste. La tentativa, sin embargo, es evidentemente admisible y, por ende, punible.

3.4. Eutanasia. Artículo 143.4 Código Penal

De la lectura del artículo, se deduce claramente los elementos del tipo penal, los cuales son:

PRIMER ELEMENTO:

“El que causare o cooperare activamente con actos necesarios y directos a la muerte de otro, (…)”.

La conducta típica generadora del hecho objeto de sanción en este apartado se manifiesta a través de un comportamiento que puede adoptar la forma de “causar”, o la de “cooperar activamente” en la muerte de la persona.

Con el primer término se apunta la posibilidad de la intervención ejecutiva en la producción del desenlace fatal; mientras que con el segundo se describe una intervención que sin llegar al estadio de ejecución supone una operativa decisiva en el acto de favorecer la muerte del enfermo.

Tanto una como otra forma se manifiestan a través de un proceder activo, por lo que la precisión en este sentido y el silencio en cuanto a la posibilidad de comportamiento omisivo, debe implicar la impunidad de las modalidades de eutanasia pasiva.

Así pues, no tipifica comportamientos indirectos y omisivos y sí, en cambio, modalidades directas y activas. Viéndolo con más detenimiento:

  1. Eutanasia activa directa no consentida.

El hecho en cuestión merecerá la imputación penal en base a los artículos 138 o 139 del Código Penal, relativos al homicidio y al asesinato, respectivamente.

La estricta tutela del bien jurídico en juego, obliga a su protección frente a la conducta del tercero que, por propia iniciativa y sin tener presente el deseo o no del enfermo, decide acabar con una situación a la que bajo su punto de vista, considera que debe poner fin.

La presencia de móviles humanitarios, piadosos o altruistas en la ejecución del hecho podrá operar a los efectos de provocar una disminución de culpabilidad en la actuación del sujeto (artículo 21.3ª Código Penal).

  1. Eutanasia activa indirecta.

Se mantiene impune, dado que el artículo 143.4 del Código Penal fija la necesidad de que los actos realizados sean activos y directamente encaminados a producir la muerte.

En la hipótesis que ahora nos ocupa, nos encontramos con que la aplicación de medios terapéuticos que eliminan el sufrimiento a la vez que implican un acortamiento de la vida del paciente, no persigue como objetivo poner término a la existencia de aquél, sino que actuando en todo momento bajo el más estricto criterio de la lex artis, se pretende eliminar un sufrimiento inhumano que conlleva como efecto colateral un acortamiento de la agonía.

  1. Eutanasia pasiva.

Esta modalidad consiste en dejar de suministrar o de aplicar al enfermo los medios terapéuticos establecidos en el tratamiento de la dolencia ya en su fase terminal. Si media la voluntad del enfermo terminal, hay que estar por la atipicidad del hecho, pues este implica la realización activa del comportamiento. Si no media, hay discrepancias doctrinales, aunque no es lo mismo matar que dejar morir en paz.

SEGUNDO ELEMENTO.

“(…), por la petición expresa, seria e inequívoca de éste, (…).

El precepto exige la petición de la víctima, pues de no darse ésta nos hallaríamos ante un verdadero homicidio o asesinato.

Dada la relevancia de tal petición, el Ordenamiento Jurídico la rodea de una serie de cautelas para tratar de garantizar que la solicitud devenga indubitable.

Así, la demanda que se lleva a cabo ha de ser expresa (puede adoptar la forma oral, escrita, etcétera), en el sentido de clara y explícita, no debiendo quedar duda alguna acerca de la veracidad y firmeza de la petición, rechazándose aquel conocimiento de voluntad que se adquiere a través de sobreentendidos, presunciones o por interpretaciones más o menos circunstanciales.

También debe ser cierta, término que a nivel de nuestra Jurisprudencia no tiene antecedentes acerca de su valoración, pero que bajo el punto de vista de la mayoría, sino toda, la doctrina, abarca aquella manifestación formal y muy reflexionada.

Por último, ha de ser inequívoca, de modo que no admita dudas sobre su contenido, ni se preste a aclaraciones ulteriores de ninguna clase.

TERCER ELEMENTO:

“(…), en el caso de que la víctima sufriera una enfermedad grave que conduciría necesariamente a su muerte, o que produjera graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar, (…)”.

El tipo de injusto que estamos examinando tiene como base aplicativa la existencia de una situación vital de la víctima que consiste en el sufrimiento de una enfermedad grave que conduciría necesariamente a su muerte, o que le produjera graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar.

Calidad en cuidados paliativos. Escasez de especialistas cualificados dificulta la práctica idónea de este importante servico médico.Existen dudas en la doctrina acerca de la forma de valorar la gravedad de la enfermedad y de concretar quién deba hacerlo.

Tampoco queda claro si esa conducción necesaria hacia la muerte ha de ser más o menos dilatada en el tiempo, o si es admisible que los padecimientos intermitentes que pueda sufrir la persona sean considerados permanentes.

Como tampoco está resuelta la cuestión de la consideración que deban merecer los padecimientos de índole psíquica ni si la dificultad en soportarlos debe medirse con criterios generales o si debe ser el propio enfermo quien lo juzgue. En este sentido, hay una corriente doctrinal, encabezada por Tomás-Valiente, en la que sólo quedarían incluidos en este ámbito típico cuando derivasen de una enfermedad física, pero nunca si vinieran motivados por una dolencia psicológica o mental, ya que en este último caso, impediría el cumplimiento de los requisitos relativos a la voluntad de la víctima.

PENAS ATRIBUIDAS:

“(…), será castigado con la pena inferior en uno o dos grados a las señaladas en los números 2 y 3 de este artículo”.

Satisfechos los requisitos que acaban de ser examinados, el precepto ordena la reducción de las penas en uno o dos grados respecto de las asignadas en los apartados anteriores a las conductas correspondientes.

Esto requiere conocer las reglas generales para la aplicación de las penas, lo que, en el caso que nos ocupa, está regulado en el artículo 70 del Código Penal. Así, y siguiendo las ideas reflejadas en la redacción de dicho precepto, el proceso para llegar a la conclusión de las penas que, en su caso se impusieran, es el siguiente:

  • Se parte de la cifra mínima señalada para el delito de que se trate.
    • Cooperación necesaria: 2 años a 5 años. Con lo cual, 2 años.
    • Cooperación-ejecución: 6 años a 10 años. Ergo, 6 años.
  • Deduciendo de ésta la mitad de su cuantía, que sería el límite mínimo de la pena:
    • Cooperación necesaria: 1 año (un grado); 6 meses (dos grados).
    • Cooperación-ejecución: 3 años (un grado); 1 años y 6 meses (dos grados).
  • El límite máximo de la pena inferior en grado será el mínimo de la pena señalada por la ley para el delito de que se trate, reducido en un día o en un día multa según la naturaleza de la pena a imponer (que en este caso es de privación de libertad):
    • Cooperación necesaria: 1 año, 11 meses y 29 días.
    • Cooperación-ejecución: 5 años, 11 meses y 29 días.

Gráficamente, podría considerarse del siguiente modo:

TABLA 1

 

UN GRADO

DOS GRADOS

LÍMITE MÁXIMO

C. N.

1 año

6 meses

1 a., 11 m. y 29 d.

C.-E.

3 años

1 año y medio

5 a., 11 m. y 29 d.

Fuente: elaboración propia.

  1. Conclusiones

Las conclusiones son las siguientes:

  1. Nadie duda de la mala redacción del artículo 143.4 del Código Penal español, pero es la que tenemos actualmente.
  2. La primera consecuencia de ello es que al utilizar la conjunción disyuntiva “o” en lugar de la copulativa “y”, hace que la proximidad de la muerte no sea la única condición sine quae non de la eutanasia; lo cual crea, a su vez, confusiones respecto a tipos penales afines: cooperación, homicidio, asesinato, omisión del deber de socorro.
  3. Se condenan conductas positivas y directas. Hubiera sido preferible condenar tanto la eutanasia activa como la pasiva.
  4. El sujeto activo puede ser cualquier persona, incluso sin formación, no necesariamente un profesional sanitario (quien, además, está formado para curar, no para acabar directa ni voluntariamente con la vida de alguien), lo cual es un error importante: ¿cómo saber la cantidad de medicamento a administrar para evitar una muerte indolora? ¿Cómo saber el método para administrarlo con la finalidad de evitar la misma situación?
  5. La voluntad es nuclear: si no se cuenta con ella, estamos ante un homicidio o un asesinato, según los casos.
  6. La pena (muy atenuada) aplicada al delito de eutanasia, según la situación, puede llegar hasta dos años, con lo que el sujeto activo puede solicitar la suspensión de la ejecución de la pena.
  7. En cualquier caso, la eutanasia es un delito.
  8. En cuanto a la cooperación, ya hemos adelantado que el adverbio “necesaria” no ha sido una elección muy feliz.
  9. Paralelamente, el suicidio asistido no existe en nuestro Derecho, por lo que, de regularse, habría que crearlo como novedad.
  10. La disponibilidad de la propia vida no ha encontrado eco en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional.
  11. Por último, en nuestro Derecho apenas hay jurisprudencia relativa al delito de eutanasia.
  12.  

Bibliografía

Ansuátegui Roig, F. J. (coordinador). (1999). Problemas de la eutanasia. Editorial Dykinson: Madrid.

Código Penal. (1998). Editorial del Consejo Superior de Abogados de la Comunidad Valenciana: Valencia.

Constitución Española. (1978). Editorial Tecnos, S. A.: Madrid.

Jurisprudencia. Base de datos del Ilustre colegio de Abogados de Valencia. Recuperado de: www.icav.es

Muñoz conde, F. (2007). Derecho Penal. Parte Especial. Editorial Tirant lo Blanch: Valencia.

Tomás-Valiente Lanuza, C. (2000). La cooperación al suicidio y la eutanasia en el nuevo código penal (artículo 143). Editorial Tirant lo Blanch: Valencia.

Suárez-Mira Rodríguez, C., et al. (2006). Manual de Derecho Penal. Tomo II. Parte Especial. Editorial Civitas: Navarra.

 

https://www.observatoriobioetica.org/wp-content/uploads/2015/07/Foto-de-David-Guillem-Tatay.png

David Guillem-Tatay

Instituto de Ciencias de la Vida de la Universidad Católica de Valencia.

Observatorio de Bioética.

 

EDUCACIÓN SEPARADA SEGÚN SEXO: SI O NO
Ing. José Joaquín Camacho

    Un escrito que recientemente me hicieron llegar desde España, señala que diversas investigaciones realizadas desde el ámbito de la psicología y la neuropsicología permiten explicar muchas de las diferencias que los profesores constatan a diario en sus clases.    
    Dentro de las principales razones por las cuales la educación diferenciada es la mejor opción para los jóvenes están las siguientes:
1.    Atención personalizada: en la educación es importante tener en cuenta las diferencias individuales de cada alumno, considerando que una fuente relevante de diferenciación procede del hecho de ser varón o mujer.
2.    .Formación para cada ritmo evolutivo de ambos sexos: las diferencias entre ellos y ellas tienen una base neuropsicológica como han demostrado algunas investigaciones en las que se observan diferencias en la secuencia de desarrollo de las diversas regiones del cerebro.
3.    Procesos de aprendizaje propios: muchas investigaciones han encontrado diferencias significativas en los modos y procesos de aprendizaje de las alumnas y los alumnos:
4.    Desarrollo socio-afectivo. Algunas investigaciones también han encontrado diferencias en la forma en que chicos y chicas procesan las emociones:
5.    Programas de inteligencia emocional. La  forma de motivar a los chicos tiene características diferentes a la de las chicas: diferentes intereses en chicas y chicos en todas las edades: en los juegos, en el tipo de textos y materiales que eligen a la hora de leer, y en la forma en que interpretan diversos estímulos.

    Comprender y aceptar la existencia de estas diferencias entre sexos nos permitirá aceptar la existencia de diferentes formas de comprender y aprender en las alumnas y los alumnos, y aprovecharlas desde el punto de vista pedagógico.
    En los colegios que cuentan  con un sistema de educación diferenciada que facilita el aprendizaje de los alumnos en función a sus actitudes cognoscitivas, puede constatarse lo que se señala aquí.
    Tema interesante el de la educación separada según el sexo, que en muchos lugares se plantea como una opción valiosísima. No hace mucho se recordó este asunto cuando el Tribunal Federal de Alemania confirmó que las escuelas privadas, cuya existencia está garantizada por la Constitución, incluye el derecho a la educación diferenciada –separados ellas y ellos-. Y aclaraban que muchos expertos recomiendan hoy en día esa separación; y que las escuelas privadas en Alemania - donde el Estado asume el 78% de sus gastos- pueden elegir de acuerdo con sus principios pedagógicos. Se trata del apoyo de la administración pública en su financiación, según un modelo similar a España o a las “écoles sous contrat” en Francia.
    Los padres deben poder decidir lo que consideran mejor para sus hijos, sin que el gobierno de turno decida por ellos. Y la educación separada pública y privada –aquí la polémica se centra en jóvenes de 12 a 18 años- es algo que los padres deben poder elegir. Y la razón es que es deseable un ambiente formativo sereno, en el que pueda desarrollarse la peculiar vida afectiva de cada sexo particularmente en la adolescencia.

 

 

El gobierno británico se pregunta

En el número 72/18 de Aceprensa se leía “El gobierno británico se pregunta por qué tantos niños cambian de sexo”.  Como consecuencia “Una investigación oficial examinará la influencia de las redes sociales y los programas escolares”.

El número de menores que los médicos británicos remiten a especialistas para que se sometan a cambio de sexo ha registrado una fuerte subida en los últimos años. La ministra de Mujer e Igualdad, Penny Mordaunt, ha encargado una investigación.

El aumento de casos se ha dado en ambos sexos, pero en el femenino es desproporcionado. Los chicos que comienzan un tratamiento de transexualidad en Gran Bretaña han pasado de 57 en 2009-2010 a 713 en 2017-2018; las niñas, de 40 a 1.806 en el mismo periodo: o sea, se han multiplicado por 45 en 8 años.

Algunos menores inician el cambio de sexo a corta edad. El último año fueron unos 800 los preadolescentes, de 10 años o poco más, que recibieron fármacos para evitar el comienzo de la pubertad. Hubo incluso 45 que empezaron el proceso con 6 años o menos, aunque a estos no se les administran hormonas.

Entre los políticos, los médicos o los pedagogos hay quienes temen que se facilite el cambio de sexo a los niños con demasiada ligereza, sin entender realmente a qué responden tales deseos ni saber qué consecuencias tendrá. El departamento de Mordaunt ha justificado la investigación sobre el aumento de casos alegando que "Se sabe poco de a qué se debe y de los efectos a largo plazo".

El estudio oficial examinará si las redes sociales y la enseñanza sobre la transexualidad en las escuelas pueden estar influyendo en los niños para que se planteen cambiar de sexo. También considerará si es adecuado dar tratamiento hormonal a preadolescentes.

Sobre la primera cuestión, la especialista en educación, Joanna Williams, sostiene que las escuelas están "sembrando confusión" en las mentes infantiles. Con sus programas sobre aceptación de la transexualidad, "están incitando aun a los niños más pequeños a cuestionarse si realmente son chico o chica". De forma análoga se han expresado otras voces (ver Aceprensa, 21-07-2017).

Sobre la cautela con que conviene afrontar la transexualidad en menores desde el punto de vista médico, se puede ver "El camino de la ciencia, mejor que la lucha ideológica"

Juan García.

 

 

Jamás ha aceptado una petición de gracia

El otro gran tema de atención en la rueda de prensa del Papa, a bordo del avión que lo llevaba de regreso a Roma tras su visita a las repúblicas bálticas, fue el de los abusos sexuales protagonizados por eclesiásticos. El Papa ya lo había abordado en su encuentro con los jóvenes estonios, y dejó bien sentada su postura de condena radical a este crimen “monstruoso”, incluso en el supuesto de que lo hubiera cometido un solo sacerdote.

También reiteró que jamás ha aceptado una petición de gracia en relación con los abusos que han sido condenados, porque en esto no cabe negociación. Si en el pasado, de acuerdo con la costumbre de la época, se solían ocultar estos crímenes, que además son gravísimos pecados contra la Ley de Dios, hoy la Iglesia apuesta totalmente por la transparencia y pone todo su empeño en que no vuelvan a suceder. Así lo demuestran los datos del tan aireado Informe del Gran Jurado de Pensilvania, aunque casi nadie lo haya subrayado.

Jesús Domingo Martínez

 

 

El disparate económico y el FMI

El acuerdo presupuestario entre el Gobierno y Unidos Podemos ha sido recibido con frialdad cuando no con indisimulada contrariedad por los organismos internacionales y los mercados. El Fondo Monetario Internacional (FMI), que ya había avisado con el empeoramiento de las previsiones para nuestro país, se apresuró a demandar al Ejecutivo de Pedro Sánchez que sea “cuidadoso” con la aplicación de la insólita propuesta de subida del salario mínimo interprofesional (SMI) del 22,3%, hasta 900 euros brutos mensuales. Y lo acompañó de un recordatorio, más bien un reproche, sobre los riesgos de disparar el gasto en una economía lastrada por su elevada deuda (95% del PIB). En lenguaje diplomático, el FMI expresó su rechazo a los planes de Sánchez.

La Bolsa tampoco reaccionó en positivo al pacto de las izquierdas con una sesión bajista (más del uno por ciento) en la que perdió la cota de los 9.000 puntos. Con toda seguridad, el Gobierno despreciará cualquier discurso disconforme o crítico con su ejercicio de frivolidad presupuestaria y desatino económico convertido en un ataque directo y sin parangón a la prosperidad y bienestar de los españoles.

Enric Barrull Casals

 

 

 

SOBRE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA 1936/1939

LA GUERRA CIVIL EN JAÉN:Una provincia de las 50 que son

                               

                                Es el título de un libro que llega a mis manos por extrañas circunstancias (alguien y junto a otros libros lo ha dejado encima de un contenedor de basuras y un amigo que los recoge me habla de él y me lo regala). En general es un libro que se necesita mucho valor para leerlo, debido al enorme contenido que, de, “sangre, sudor, lágrimas y todo tipo de latrocinios contiene y cuyos verdugos y víctimas, son todos de la especie a que pertenezco y que muchas veces da asco pertenecer a ella”.

                                Lo ha escrito Luís Miguel Sánchez Tostado, al que hay que reconocerle su enorme trabajo, para investigar todo lo investigado (que él mismo reconoce no completo, puesto que hay mucho más) y el que (“cosa extraña en esta España siempre partidista o empecinada en algo aunque sea indefendible”); relata primero los latrocinios cometidos en la zona republicana y después en la época franquista; y de lo que yo he escrito durante más de cuarenta años; o sea, que tan canallas fueron los de una zona como los de la otra; lo que demuestra que si los que perdieron la guerra, la ganan… “las escabechinas hubiesen sido similares a las que hicieron los ganadores, puesto que al final… en ambos bandos, los que las cometieron fueron paridos por madres españolas”; cosa que aún con “los vómitos que puedan producir”, hay que reconocerlo como españoles, “que supongo de una u otra forma, todos los nacidos en este terrible suelo, nos consideramos”.

                                Tan es así, que más de ochenta años después de aquellos “vomitivos hechos”; aún hay rescoldos muy calientes y que si llegara otro “momento trágico”, no dudo ni por un momento, que habría “renacimiento de venganzas ocultas” y mejor no avanzar en los hechos que se producirían de nuevo; “recuerdo en este momento lo que dijo de España, “El Canciller de Hierro” (Otto von Bismark) en el S. XIX y que tantas veces he recordado en mis artículos, para enseñanza de los que no las saben.

                                Pero reconocido el valor del libro, lo que no se puede tolerar a un escritor y menos a quién dice ser “historiador”, es lo refleja en las primeras líneas del libro y que tampoco le recrimina el prologador del mismo; puesto que esas líneas dicen literalmente lo que sigue… “El conflicto bélico iniciado el 18 de Julio de 1936 con el levantamiento golpista del general Francisco Franco”… Y eso no puede ser un error, sino “querer cambiar la historia”, gravísimo pecado en un historiador, que ha de atenerse a los hechos, “aunque mucho de lo que hoy se escribe, es querer ganar una guerra perdida y echar las culpas a quién ya muerto, poco puede hacer para defenderse; pero muchos lo esgrimen como arma, simplemente para su panza y su bolsillo; y seguir viviendo de la política (el que de ella vivió y vive) que es de lo que se trata, puesto que, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo, cosa que en España se emplea desde siempre”.

            “La rebelión militar de Melilla fue el primer movimiento del golpe de Estado en España de julio de 1936, que significó el inicio de la Guerra Civil Española. Como ya había previsto el General Mola en su planes golpistas, en Melilla empezaría la rebelión militar contra la II República Española pero empezaría el día 18, no el 17 como ocurrió. Un registro policial en el centro de la conspiración provocó que los golpistas adelantaran el golpe, y aunque éste hecho no perturbó sus planes, a la larga este adelantamiento si afectaría a otras partes de la conspiración. Antes de terminar el día 17, los militares alzados se habían hecho con el control de toda la ciudad y sus alrededores, dando el pistoletazo de salida a la rebelión del Marruecos españolMola, «el Director» de la conspiración: El general Mola adoptó el nombre clave de «el Director» y con él al frente la conspiración «ganó en organización y empuje». Se apoyó fundamentalmente en los militares "africanistas" y en los miembros de la clandestina Unión Militar Española. (Wikipedia)”.

            Los hechos históricos de la sublevación o rebelión son los que anteceden y por tanto Franco “no estuvo allí”; el Gobierno republicano, lo tenía “apartado en Canarias, de dónde fuera rescatado por un avión inglés y pilotado por un aviador inglés, que lo trasladó al norte de África; queda pues muy claro que Franco no inició la sublevación… ¿Qué luego lo hicieron “generalísimo y todo lo que exigió”, eso fue mucho después y ya en Burgos, cuando había conquistado gran parte de aquella desgraciada España”; y ello llevaría contarlo mucho, muchísimo tiempo, pero todo ya está en Internet y en montañas de libros.

Lo que está también claro, es que Franco pasó a la historia aún antes de estos hechos, puesto que en su tiempo fue el general más joven de toda Europa; y por ese solo logro, está en la historia de Europa y del mundo; como igualmente están todos los que fueron gobernantes comunistas o no comunistas y que no necesito nombrar; puesto que en la historia igualmente están “Atila, Breno, Nerón, Calígula y otros “angelitos”.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes