Las Noticias de hoy 05 Noviembre 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 05 de noviembre de 2018      

Indice:

ROME REPORTS

“Ante el Señor no cuentan las apariencias, sino el corazón”

Ángelus: El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables

Terrorismo en Egipto: 20.000 personas rezan con el Papa por la comunidad copta

Conmemoración de los difuntos: Saber esperar, mirar el horizonte

SIN ESPERAR NADA EGOÍSTAMENTE: Francisco Fernandez Carbajal

“Hemos de amar la Santa Misa”: San Josemaria

Mensaje del Prelado (4 noviembre 2018)

Servidores de la caridad en la Iglesia

Agradar a Dios: Diego Zalbidea

Reflexión sobre la pobreza: Jorge Enrique Mújica

Quiero para los cristianos los mismos derechos que los musulmanes en Europa: Pedro María Reyes

¡DEJA DE HACER DE TIGRE!: Javier López

Los cinco beneficios de ver una buena película: Mary Velázquez Dorantes

Testimonio y coherencia: Daniel Tirapu

Libertad y Verdad: Jorge Hernández Mollar

El significado de la canonización conjunta de Pablo VI y Óscar Romero: Luis-Fernando Valdés

Detalles que a otros pasan inadvertidos: Alfonso Aguiló   

Hay que volver a encontrarse: Suso do Madrid

Para “rejuvenecer la Iglesia”: Enric Barrull Casals

Recobrar la confianza mutua: Jaume Catalán Díaz

LA ASQUEROSA POLITICA Y LOS INDESEABLES QUE DICEN RESPRESENTAR AL PUEBLO SOBERANO: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

“Ante el Señor no cuentan las apariencias, sino el corazón”

Misa por los cardenales y obispos fallecidos (Homilía completa)

noviembre 04, 2018 10:20Raquel AnilloPapa y Santa Sede

(ZENIT – 4 noviembre 2018).- “De cara del Señor, las apariencias no cuentan, es el corazón lo que cuenta”, dijo el Papa Francisco que citó al escritor francés Saint-Exupéry, “lo esencial es invisible a los ojos”, celebrando la misa , este 3 de noviembre de 2018, en la basílica de San Pedro. “El servicio es el boleto para presentar en la entrada de las bodas eternas”, dijo. Lo que queda de la vida en el umbral de la eternidad no es lo que hemos ganado, sino lo que hemos dado”.

En su homilía, durante la celebración por los cardenales y obispos que murieron el año pasado, el Papa señaló que “la vida es un llamado continuo a salir … siempre de paso, hasta el pasaje definitivo”. . “Lo que el mundo busca y propaga: los honores, el poder, las apariencias,la  gloria, pasa sin dejar nada”, agregó: “distanciarse de las apariencias mundanas es indispensable para prepararse para el cielo. . Debemos decir no a la “cultura del maquillaje” que enseña a cuidar las apariencias. Por el contrario, el corazón debe ser purificado y guardado, el interior del hombre, precioso a los ojos de Dios; No el exterior que desaparece”.

El amor “no puede ser improvisado”, aseguró también el Papa, “debe ser alimentado en el momento presente, día tras día”. Y advierte contra “la gran tentación” de “conformarse con una vida sin amor … Si no inviertes en amor, la vida se apaga”. Los llamados a la boda con Dios no pueden acomodarse a una vida sedentaria, siempre igual y horizontal, que va adelante sin ímpetu, buscando pequeñas satisfacciones y corriendo tras reconocimientos efímeros. Una vida aburrida y rutinaria, que se contenta con cumplir su deber sin darse a sí misma, no es digna del Esposo.

Al dirigirse a los sacerdotes, el Papa subrayó que “en el ministerio, detrás de todas las reuniones, las actividades que deben organizarse y los expedientes que deben tratarse, el hilo que une toda la trama no debe olvidarse: la espera del Esposo. El centro solo puede ser un corazón que ama al Señor … No nos centramos en las dinámicas terrenales, miramos más allá. Esta famosa expresión: “lo esencial es invisible a los ojos”, es cierta. Lo esencial en la vida es escuchar la voz del Esposo”.

AK

Homilía del Papa Francisco

Hemos escuchado en la parábola del Evangelio que las diez vírgenes «salieron al encuentro del esposo» (Mt 25,1). Para todos, la vida es una llamada continua a salir: del seno materno, de la casa donde nacimos, de la infancia a la juventud y de la juventud a la edad adulta, hasta que salgamos de este mundo. También para los ministros del Evangelio la vida es una salida continua: de la casa de nuestra familia hacia donde la Iglesia nos envía, de un servicio a otro; estamos siempre de paso, hasta el paso final.

El Evangelio nos recuerda el sentido de esta continua salida que es la vida: ir al encuentro del esposo. Vivimos por ese anuncio que en el Evangelio resuena en la noche, y que podremos acoger plenamente en el momento de la muerte: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!» (v. 6). El encuentro con Jesús, Esposo que «amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5,2526), da sentido y orientación a la vida. No hay otro. El final ilumina lo que precede. Y como la siembra se evalúa por la cosecha, así el camino de la vida se plantea a partir de la meta.

Entonces la vida, si es un camino en salida hacia el esposo, es el tiempo que se nos da para crecer en el amor. Vivir es una cotidiana preparación a las nupcias, un gran noviazgo. Preguntémonos: ¿Vivo como quien prepara el encuentro con el esposo? En el ministerio, ante todos los encuentros, las actividades que se organizan y las prácticas que se tramitan, no se debe olvidar el hilo conductor de toda la historia: la espera del esposo. El centro está en un corazón que ama al Señor. Solo así el cuerpo visible de nuestro ministerio estará sostenido por un alma invisible. Podemos comprender entonces lo que dice el apóstol Pablo en la segunda Lectura: «No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno» (2 Co 4,18). No nos quedemos en las dinámicas terrenas, miremos más allá. Es verdad lo que dice la célebre expresión: «Lo esencial es invisible a los ojos». Lo esencial de la vida es escuchar la voz del esposo. Esta nos invita a que vislumbremos cada día al Señor que viene y a que transformemos cada actividad en una preparación para las bodas con él.

Nos lo recuerda el elemento que en el Evangelio es esencial para las vírgenes que esperan las nupcias: no el vestido, ni tampoco las lámparas, sino el aceite, custodiado en pequeños vasos. Se evidencia una primera característica de este aceite: no es vistoso. Permanece escondido, no aparece, pero sin él no hay luz. ¿Qué nos sugiere esto? Que ante el Señor no cuentan las apariencias, sino el corazón (cf. 1 Sam 16,7). Lo que el mundo busca y ostenta —los honores, el poder, las apariencias, la gloria— pasa, sin dejar rastro. Tomar distancia de las apariencias mundanas es indispensable para prepararse para el cielo. Es necesario decir no a la “cultura del maquillaje”, que enseña a cuidar las formas externas. Sin embargo, debe purificarse y custodiarse el corazón, el interior del hombre, precioso a los ojos de Dios; no lo externo, que desaparece.

Después de esta primera característica —no ser vistoso sino esencial— hay un segundo aspecto del aceite: existe para ser consumido. Solo ilumina quemándose. Así es la vida: difunde luz solo si se consume, si se gasta en el servicio. El secreto de la vida es vivir para servir. El servicio es el billete que se debe presentar en la entrada de las bodas eternas. Lo que queda de la vida, ante el umbral de la eternidad, no es cuánto hemos ganado, sino cuánto hemos dado (cf. Mt 6,19-21; 1 Co 13,8). El sentido de la vida es dar respuesta a la propuesta de amor de Dios. Y la respuesta pasa a través del amor verdadero, del don de sí mismo, del servicio. Servir cuesta, porque significa gastarse, consumirse; pero, en nuestro ministerio, no sirve para vivir quien no vive para servir. Quien custodia demasiado la propia vida, la pierde.

Una tercera característica del aceite surge en el Evangelio de modo relevante: la preparación. El aceite se prepara con tiempo y se lleva consigo (cf. vv. 4.7). El amor es ciertamente espontáneo, pero no se improvisa. Precisamente en la falta de preparación está la imprudencia de las vírgenes que quedan fuera de las nupcias. Ahora es el tiempo de la preparación: en el momento presente, día tras día, el amor necesita ser alimentado. Pidamos la gracia para que se renueve cada día el primer amor con el Señor (cf. Ap 2,4), para no dejar que se apague. La gran tentación es conformarse con una vida sin amor, que es como un vaso vacío, como una lámpara apagada. Si no se invierte en amor, la vida se apaga. Los llamados a las bodas con Dios no pueden acomodarse a una vida sedentaria, siempre igual y horizontal, que va adelante sin ímpetu, buscando pequeñas satisfacciones y persiguiendo reconocimientos efímeros. Una vida desvaída, rutinaria, que se contenta con hacer su deber sin darse, no es digna del esposo.

Mientras rezamos por los cardenales y los obispos difuntos durante el año pasado, pidamos la intercesión de quien ha vivido sin querer aparentar, de quien ha servido de corazón, de quien se ha preparado día a día al encuentro con el Señor. Siguiendo el ejemplo de estos testigos, que gracias a Dios hay, y son muchos, no nos conformemos con una mirada furtiva a nuestro presente; deseemos más bien una mirada que vaya más allá, a las nupcias que nos esperan. Una vida atravesada por el deseo de Dios y entrenada en el amor estará preparada para entrar por siempre en la morada del Esposo.

 

Ángelus: El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables

Palabras del Papa antes del Ángelus

noviembre 04, 2018 17:48Raquel AnilloAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 4 nov. 2018).- El corazón del Evangelio de hoy está en el mandamiento del amor, el amor a Dios y al prójimo, dijo el Papa este domingo presidiendo la la oración del Ángelus al mediodía en la Plaza de San Pedro, en presencia de unas 20.000 personas, cubiertas con paraguas.

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En el corazón del Evangelio de este domingo (cf. Mc 12, 28b-34), está el mandamiento del amor: el amor de Dios y el amor al prójimo. Un escriba le pregunta a Jesús: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” (V. 28). Responde citando la profesión de fe con la que cada israelita abre y cierra su día y comienza con las palabras “¡Escucha, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor “(Dt 6: 4). De esta manera, Israel mantiene su fe en la realidad fundamental de toda su creencia: hay un solo Señor y ese Señor es “nuestro” en el sentido de que él está vinculado a nosotros con un pacto indisoluble, nos amó, nos ama y nos amará por siempre. De esta fuente proviene el doble mandamiento para nosotros: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. […] Amarás a tu prójimo como a ti mismo “(v. 30-31).

Al elegir estas dos palabras dirigidas por Dios a su pueblo y juntarlas, Jesús enseñó de una vez por todas que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, y más aún, se apoyan mutuamente.  Incluso si se colocan en secuencia, son las dos caras de una sola moneda: vividas juntas, ¡son la verdadera fuerza del creyente! Amar a Dios es vivir de él y para él, por lo que es y por lo que hace. Y nuestro Dios es donación sin reservas, es perdón sin límites, es una relación que promueve y crece. Amar a Dios significa invertir tus energías todos los días para ser sus colaboradores en servir a nuestro prójimo sin reservas, en buscar perdonar sin límites y en cultivar relaciones de comunión y fraternidad.

El evangelista Marcos no se molesta en especificar quién es el prójimo, porque el prójimo es la persona que encuentro en el viaje de mis días. No se trata de preseleccionar a mi prójimo, esto no es cristiano, sino de tener ojos para verlo y un corazón para querer su bien. Si nos ejercitamos para ver con la mirada de Jesús, siempre escucharemos y estaremos al lado de los necesitados. Las necesidades de los demás requieren ciertas respuestas efectivas, pero primero aún piden compartir. Con una imagen podemos decir que el hambriento necesita no solo un plato de alimento, sino de una sonrisa, para ser escuchado e incluso una oración, tal vez juntos.

El Evangelio de hoy nos invita a todos a ser proyectados no solo hacia las urgencias de los hermanos más pobres, sino, sobre todo, a estar atentos a su necesidad de acercamiento fraterno, al sentido de la vida y la ternura. Esto desafía a nuestras comunidades cristianas: se trata de evitar el riesgo de ser comunidades que viven de muchas iniciativas pero con pocas relaciones, yo diría: “estaciones de servicio” pero de poca compañía, en el sentido pleno y cristiano de este término. Dios, que es amor, nos creó por amor y para que podamos amar a los demás al permanecer unidos a Él. Sería una ilusión afirmar que amamos a nuestro prójimo sin amar a Dios; y sería igualmente ilusorio pretender amar a Dios sin amar a nuestro prójimo. Las dos dimensiones del amor, para Dios y para el prójimo, en su unidad caracterizan al discípulo de Cristo.

Que la Virgen María nos ayude a testimoniar esta enseñanza luminosa en nuestra vida cotidiana.

 

 

Terrorismo en Egipto: 20.000 personas rezan con el Papa por la comunidad copta

Condena también por Al-Azhar

noviembre 04, 2018 17:12Anita BourdinAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 4 noviembre 2018).- Veinte mil personas oraron con el Papa Francisco por la comunidad copta de Egipto golpeada por un ataque terrorista contra cristianos coptos ortodoxos el viernes 2 de noviembre de 2018, en el Alto Egipto.

Después del Ángelus del domingo 4 de noviembre, en la Plaza de San Pedro y bajo la lluvia, el Papa Francisco condenó el ataque e invitó a la multitud a unirse de inmediato a su oración: “Expreso mi dolor por el ataque terrorista que golpeó a la Iglesia ortodoxa copta hace dos días en Egipto. Rezo por las víctimas, los peregrinos asesinados solo porque eran cristianos, y pido a la Santísima Virgen María que consuele a las familias y a toda la comunidad. Oremos juntos Virgen María: Ave María … ”

Segundo ataque a los peregrinos coptos ortodoxos

Siete personas murieron y 14 resultaron heridas en un ataque contra un autobús que iba a un monasterio copto en el Alto Egipto, anunció el viernes el arzobispo de Minya.

Los coptos ortodoxos viajaban en tres autobuses separados en Minya, a 200 km al sur de El Cairo. Los yihadistas bloquearon los medios y obligaron a los peregrinos a descender, luego abrieron fuego. El ataque fue inmediatamente reclamado por el IS.

Las víctimas de este ataque del viernes 2 de noviembre son:

– Nady Youssef Shehata, 54
– Rida Youssef Shehata, 51
– Kamal Youssef Shehata, 20
– Poussy Melad Youssef Shehata, 41
– Asaad Farouk Labeeb, 36
– Bishoy Rida Youssef Shehata, 15
– Marya Kamal Youssef Shehata, 12 años

La mayoría de las víctimas parecen haber recibido un disparo en la cabeza. El número de víctimas podría empeorar debido a la grave condición en que se encuentran algunos de los 14 heridos.

El ataque tuvo lugar en el camino hacia el monasterio de San Samuel “en el mismo lugar que el año pasado”. El sangriento ataque de mayo de 2017 tuvo 29 víctimas en la misma ruta.

Convicción de Al-Azhar

La Universidad de Al-Azhar de El Cairo, la más alta institución del Islam sunita, condenó el ataque a los coptos en una nota que dice, según Vatican News en italiano: “Los perpetradores de este ataque terrorista son criminales. sin los valores fundamentales de la humanidad, las enseñanzas de las religiones que exigen la coexistencia y la paz, la renuncia a la violencia y el odio y la condena del asesinato de personas inocentes”.

El nuncio apostólico en Egipto, Mons Bruno Musarò, denunció este episodio de violencia, según precisa la misma fuente: “En este momento, dijo el nuncio, no podemos dejar de estar cerca de las familias de las víctimas y de los heridos y orar por ellas. Al mismo tiempo, como el Papa Francisco nos pide, debemos alimentar la esperanza”.

El padre Hani Kiroulos, portavoz de la Iglesia católica copta en Egipto, expresó su cercanía a la comunidad ortodoxa copta.

Reacción del CMI

Desde Uppsala, Suecia, donde se lleva a cabo su Comité Ejecutivo, el Consejo Mundial de Iglesias (CMI) también condenó los asesinatos, agrega la misma fuente: “Condenamos este acto y estamos cerca por la solidaridad y la oración por las víctimas y sus familias. Este ataque es otro ejemplo vil del crecimiento de los delitos de odio contra personas basadas en la afiliación religiosa. Hacemos un llamado a acciones políticas y sociales, junto con la reflexión teológica, en todas las áreas donde estos crímenes se cometen para abordar el odio y la intolerancia y promover el respeto por la diversidad, la dignidad humana y los derechos humanos, por la libertad de religión y de culto para todos”.

 

Conmemoración de los difuntos: Saber esperar, mirar el horizonte

Homilía del Papa en el Cementerio Laurentino

noviembre 03, 2018 10:50Raquel AnilloPapa y Santa Sede

(ZENIT – 2 noviembre 2018).- El Papa Francisco nos anima a “saber esperar, mirar el horizonte, no permanecer cerrado ante un muro” este 2 de noviembre en la Conmemoración litúrgica de los fieles difuntos.

Celebrando la misa en la capilla del cementerio del Laurentino, al sur de Roma, el Papa ha subrayado en su homilía “las tres dimensiones de la vida”: pasado, presente y futuro.

Homilía del Papa

La liturgia de hoy es real, es concreta. Nos encuadra en las tres dimensiones de la vida, en dimensiones que incluso los niños comprenden: el pasado, el futuro y el presente.

Hoy es un día del memoria del pasado, un día para recordar a quienes caminaron antes que nosotros, quienes también nos acompañaron, nos dieron la vida. Recordar, hacer memoria. La memoria es lo que hace que un pueblo sea fuerte, porque se siente enraizado en un camino, enraizado en una historia, enraizado en un pueblo. La memoria nos hace entender que no estamos solos, que somos un pueblo: un pueblo que tiene historia, que tiene pasado, que tiene vida. Memoria de tantos que han compartido un camino con nosotros, y están aquí [indica las tumbas alrededor]. No es fácil hacer memoria. Nosotros, muchas veces, luchamos para regresar con el pensamiento de lo que sucedió en mi vida, en mi familia, en mi pueblo … Pero hoy es un día de memoria, la memoria que nos lleva a las raíces: a las raíces de la vida, a las raíces de mi pueblo.

Y hoy también es un día de esperanza: la segunda lectura nos hizo ver qué es la esperanza lo que nos espera. Una tierra nueva, una nueva ciudad santa de Jerusalén. Hermosa es la imagen que utiliza para describir aquello que nos espera: “Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios engalanada como una novia ataviada para su esposo” (cf. Ap 21: 2). Nos espera la belleza … Memoria y esperanza, esperanza de encontrarnos, esperanza de llegar donde está el Amor que nos creó, donde está el Amor esperándonos: el amor del Padre.

Y entre la memoria y la esperanza está la tercera dimensión, la del camino que debemos recorrer, que es ¿Cómo hacer el camino sin cometer errores? ¿Cuáles son las luces que me ayudarán a no cometer un error? ¿Cuál es el “navegador” que Dios mismo nos ha dado, para no equivocarnos de camino? Son las bienaventuranzas que Jesús nos enseñó en el evangelio. Estas Bienaventuranzas (mansedumbre, pobreza de espíritu, justicia, misericordia, pureza de corazón) son las luces que nos acompañan para no equivocarnos de camino: este es nuestro presente.

En este cementerio están las tres dimensiones de la vida: la memoria, la tenemos aquí presente [indica las tumbas]; la Esperanza, que la celebraremos ahora en la fe; y las luces para guiarnos en el camino, para no equivocarnos de camino, esas luces las hemos escuchado en el Evangelio: son las Bienaventuranzas.

Hoy le pedimos al Señor que nos brinde la gracia de no perder nunca la memoria, nunca esconder nuestra memoria, la memoria de personas, la memoria familiar, la memoria de pueblo; y que nos dé la gracia de la esperanza: de saber esperar, de mirar el horizonte, no permanecer cerrado frente a una pared. Siempre mira el horizonte y la esperanza. Y que nos de la gracia de entender cuáles son las luces que nos acompañarán en el camino para no equivocarnos, y así poder llegar a donde nos están esperando con tanto amor.

 

SIN ESPERAR NADA EGOÍSTAMENTE

— Dar y darnos aunque no veamos fruto ni correspondencia.

— El premio a la generosidad.

— Dar con alegría. Poner al servicio de los demás los talentos recibidos.

I. Jesús había sido invitado a comer por uno de los fariseos importantes del lugar1 y, una vez más, utiliza la imagen del banquete para transmitirnos una enseñanza importante sobre aquello que hemos de hacer por los demás y el modo de llevarlo a cabo. Dirigiéndose al que le había invitado, dijo el Señor: Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos, no sea que también ellos te devuelvan la invitación y te sirva de recompensa. Por el contrario, indica Jesús enseguida a quiénes se ha de invitar: a los pobres, a los tullidos y cojos, a los ciegos... Y da la razón de esta elección: serás bienaventurado, porque no tienen para corresponderte; se te recompensará en la resurrección de los justos2.

Los amigos, los parientes, los vecinos ricos se verán obligados por nuestra invitación a corresponder con otra, al menos de la misma categoría o mejor aún. Lo invertido en la cena ha dado ya su fruto inmediato. Esto puede ser una obra humana recta, incluso muy buena si hay rectitud de intención y los fines son nobles (amistad, apostolado, aunar lazos familiares...), pero, en sí misma, poco se diferencia de lo que pueden hacer los paganos. Es manera humana de obrar: Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo...3, dirá el Señor en otra ocasión. La caridad del cristiano va más lejos, pues incluye y sobrepasa a la vez el plano de lo natural, de lo meramente humano: da por amor al Señor, y sin esperar nada a cambio. Los pobres, los mutilados... nada pueden devolver pues nada tienen. Entonces es fácil ver a Cristo en los demás. La imagen del banquete no se reduce exclusivamente a los bienes materiales; es imagen de todo lo que el hombre puede ofrecer a otros: aprecio, alegría, optimismo, compañía, atención...

Se cuenta en la vida de San Martín que estando el Santo en sueños le pareció ver a Cristo vestido con la mitad de la capa de oficial romano que poco tiempo antes había dado a un pobre. Miró atentamente al Señor y reconoció su ropa. Al mismo tiempo oyó que Jesús, con voz que nunca olvidaría, decía a los ángeles que le acompañaban: «Martín, que solo es catecúmeno, me ha cubierto con este vestido». Y enseguida, el Santo recordó otras palabras de Jesús: Cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis4. Esta visión llenó de aliento y de paz a Martín, y recibió enseguida el Bautismo5.

No debemos hacer el bien esperando en esta vida una recompensa, ni un fruto inmediato. Aquí debemos ser generosos (en el apostolado, en la limosna, en obras de misericordia...) sin esperar recibir nada por ello. La caridad no busca nada, la caridad no es ambiciosa6. Dar, sembrar, darnos aunque no veamos fruto, ni correspondencia, ni agradecimiento, ni beneficio personal aparente alguno. El Señor nos enseña en esta parábola a dar liberalmente, sin calcular retribución alguna. Ya la tendremos con abundancia.

II. Nada se pierde de lo que llevamos a cabo en beneficio de los demás. El dar ensancha el corazón y lo hace joven, y aumenta su capacidad de amar. El egoísmo empequeñece, limita el propio horizonte y lo hace pobre y corto. Por el contrario, cuanto más damos, más se enriquece el alma. A veces no veremos los frutos, ni cosecharemos agradecimiento humano alguno; nos bastará saber que el mismo Cristo es el objeto de nuestra generosidad. Nada se pierde. «Vosotros –comenta San Agustín– no veis ahora la importancia del bien que hacéis; tampoco el labriego, al sembrar, tiene delante las mieses; pero confía en la tierra. ¿Por qué no confías tú en Dios? Llegará un día que será el de nuestra cosecha. Imagínate que nos hallamos ahora en las faenas de labranza; mas labramos para recoger después según aquello de la Escritura: Iban andando y lloraban, arrojando sus simientes; cuando vuelvan, volverán con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal 125)»7. La caridad no se desanima si no ve resultados inmediatos; sabe esperar, es paciente.

La generosidad abre cauce a la necesidad vital del hombre de dar. El corazón que no sabe aportar un bien a los que le rodean, a la sociedad misma, se incapacita, envejece y muere. Cuando damos se alegra el corazón, y estamos en condiciones de comprender mejor al Señor, que dio su vida en rescate por todos8. Cuando San Pablo agradece a los filipenses la ayuda que le han prestado, les enseña que está contento no tanto por el beneficio que él ha recibido sino, sobre todo, por el fruto que las limosnas les reportará a ellos mismos: para que aumenten los intereses en vuestra cuenta9, les dice. Por eso San León Magno recomienda «que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá»10.

San Pablo también alentaba a los primeros cristianos a vivir la generosidad con gozo, pues Dios ama al que da con alegría11. A nadie –mucho menos al Señor– pueden serle gratos un servicio o una limosna hechos de mala gana o con tristeza: «Si das el pan triste –comenta San Agustín– el pan y el premio perdiste»12. En cambio, el Señor se entusiasma ante la entrega de quien da y se da por amor, con espontaneidad, sin cálculos...

III. Es mucho lo que podemos dar a otros y cooperar en obras de asistencia a los necesitados de lo más imprescindible, de formación, de cultura... Podemos dar bienes económicos –aunque sean pocos si es poco de lo que disponemos–, tiempo, compañía, cordialidad... Se trata de poner al servicio de los demás los talentos que hemos recibido del Señor. «He aquí una tarea urgente: remover la conciencia de creyentes y no creyentes –hacer una leva de hombres de buena voluntad–, con el fin de que cooperen y faciliten los instrumentos materiales necesarios para trabajar con las almas»13.

El Evangelio de la Misa nos enseña que la mejor recompensa de la generosidad en la tierra es haber dado. Ahí termina todo. Nada debemos recordar luego a los demás; nada debe ser exigido. De ordinario, es mejor que los padres no recuerden a los hijos lo mucho que hicieron por ellos; ni la mujer al marido las mil ayudas que en momentos difíciles supo prestarle, los desvelos, la paciencia...; ni el marido a la mujer su trabajo intenso para sacar la casa adelante... Queda todo mejor en la presencia de Dios y anotado en la historia personal de cada uno. Es preferible, y más grato al Señor, no pasar factura por aquello que hicimos con alegría, sin ánimo alguno de ser recompensados, con generosidad plena. Incluso, aceptar que las buenas acciones que pretendemos llevar a cabo sean alguna vez mal interpretadas. «Vi rubor en el rostro de aquel hombre sencillo, y casi lágrimas en sus ojos: prestaba generosamente su colaboración en buenas obras, con el dinero honrado que él mismo ganaba, y supo que “los buenos” motejaban de bastardas sus acciones.

»Con ingenuidad de neófito en estas peleas de Dios, musitaba: “¡ven que me sacrifico... y aún me sacrifican!”

»—Le hablé despacio: besó mi Crucifijo, y su natural indignación se trocó en paz y gozo»14.

Nos dice el Señor que debemos comprender a los demás, aunque ellos no nos comprendan (quizá no puedan en ese momento, como los menesterosos invitados al banquete, que no podían responder con otra invitación). Y querer a las gentes, aunque nos ignoren, y prestar muchos pequeños servicios, aunque en circunstancias similares nos los nieguen. Y hacer la vida amable a quienes nos rodean, aunque alguna vez nos parezca que no somos correspondidos... Y todo con corazón grande, sin llevar una contabilidad de cada favor prestado. Cuando se oyen los lamentos y quejas de algunos que pasaron por la vida –dicen– dando y entregándose sin recibir luego las mismas atenciones, se puede sospechar que algo esencial faltó en esa entrega, quizá la rectitud de intención. Porque el dar no puede causar quebranto ni fatiga, sino íntimo gozo y notar que el corazón se hace más grande y que Dios está contento con lo que hemos hecho. «Cuanto más generoso seas, por Dios, serás más feliz»15.

Nuestra Madre Santa María, que con su fiat entregó su ser y su vida al Señor y a nosotros sus hijos, nos ayudará a no reservarnos nada, y a ser generosos en las mil pequeñas oportunidades que se nos presentan cada día.

1 Cfr. Lc 14, 1. — 2 Lc 14, 12-14. — 3 Lc 6, 32. — 4 Mt 25, 40. — 5 Cfr. P. Croiset, Año cristiano, Madrid 1846, vol IV, pp. 82-83. — 6 1 Cor 13, 5. — 7 San Agustín, Sermón 102, 5. — 8 Cfr. Mt 20, 28. — 9 Flp 4, 17. — 10 San León Magno, Sermón 10 sobre la Cuaresma. — 11 2 Cor 9, 7. — 12 San Agustín, Comentarios a los Salmos, 42, 8. — 13 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 24. — 14 Ibídem, n. 28. — 15 Ibídem, n. 18.

 

 

“Hemos de amar la Santa Misa”

Lucha para conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto –prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente–, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar... (Forja, 69)

5 de noviembre

No comprendo cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística. Unas veces, con prácticas multitudinarias, profesando públicamente su fe; otras, con gestos silenciosos y callados, en la sacra paz del templo o en la intimidad del corazón.

Ante todo, hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como El trabajaba y amar como El amaba? Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario. (Es Cristo que pasa, nn. 153-154)

 

Mensaje del Prelado (4 noviembre 2018)

En este mensaje, el prelado del Opus Dei recuerda con la Escritura que “nuestra esperanza está en el Cielo”, una verdad que es posible considerar especialmente en el mes de noviembre.

Cartas pastorales y mensajes04/11/2018

Opus Dei - Mensaje del Prelado (4 noviembre 2018)

Hemos comenzado el mes de noviembre celebrando la Solemnidad de Todos los Santos y, al día siguiente, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Estas fechas nos recuerdan que nuestra esperanza está en el Cielo (cfr. Col 1,5); una esperanza que ilumina nuestros pasos sobre la tierra. Nos dice que el mundo en que vivimos un día se transformará en «unos cielos nuevos y una tierra nueva» (2 Pe 3,13). Nos dice también que nuestras actividades diarias tienen un sentido que va más allá de lo que vemos inmediatamente: como afirmaba san Josemaría, adquieren vibración de eternidad si las hacemos por amor a Dios y a los demás.

Otra realidad que nos llena de consuelo es la Comunión de los Santos. ¡Cuánto nos anima saber que nunca estamos solos, que en Cristo somos un solo Cuerpo! Edificamos la Iglesia, y concretamente la Obra, ahí donde estamos: todos juntos a la vez y en todas partes. ¡Nos sostenemos mutuamente! En este sentido, os pido especialmente oraciones por los 34 nuevos diáconos de la Prelatura que se ordenaron ayer en Roma.

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Roma, 4 de noviembre de 2018

 

Servidores de la caridad en la Iglesia

34 fieles del Opus Dei han recibido esta mañana la ordenación diaconal en la basílica de san Eugenio (Roma). El obispo ordenante ha sido Mons. Celso Morga, arzobispo de Mérida-Badajoz (España).

Últimas noticias03/11/2018

Opus Dei - Servidores de la caridad en la Iglesia

34 fieles del Opus Dei han recibido el diaconado.

El prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, participó en la ceremonia desde el presbiterio. A la ordenación asistieron también familiares y numerosos amigos de los nuevos diáconos.

En la homilía, Mons. Celso Morga, dirigiéndose a los candidatos, dijo que “la ordenación diaconal de hoy, y la futura ordenación sacerdotal, os hará pastores, y también pescadores y sembradores; ¡pescadores!, ¡Sembradores!: no podemos únicamente custodiar las ovejas del rebaño, sino también ir en busca de las ovejas perdidas. Tenemos también que lanzar las redes, una y mil veces si es necesario, para obtener una buena pesca”.

“Tenemos que lanzar las redes, una y mil veces si es necesario, para obtener una buena pesca”

“Dios –prosiguió– ha enviado a su Hijo al Mundo por amor, y quiere entrar en la vida de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, de nuestra cultura y nuestra sociedad. El Señor nos envía a sembrar en esta tierra, a pescar en este mar: en esta sociedad que no quiere ser molestada y tiene un gran poder para adormecer a quienes querrían despertarla”.

El obispo recordó a los 34 diáconos que la ordenación les otorga un carácter sacramental perenne como “servidores”. “Podemos decir que de esta manera se refuerza, con el carácter sacramental, lo que ya vivís o deseáis vivir con la vocación al Opus Dei: el servicio. San Josemaría era muy directo cuando afirmaba que ‘al Opus Dei se viene a servir’, y a servir con delicadeza humilde y sencilla, sin dar a los demás la ocasión para agradecer el servicio”.

“El sacramento –continuó dirigiéndose a cada uno de los candidatos– impondrá en ti el sello, el carácter, que nadie podrá quitar y que te configurará con Cristo, que se ha hecho diácono, es decir, servidor de todos”.

“El anuncio de la Palabra de Dios es la primera obra de caridad que debemos prestar a nuestros hermanos”

Ese servicio, concretó, se hará patente principalmente en la liturgia y en la caridad. “En el ejercicio de tu ministerio, pese a tu fragilidad y pecados, serás instrumento inmediato a través del cual Cristo administrará su gracia santificante. Entre los servicios diaconales, destaca la proclamación de la Palabra de Dios y la predicación: el anuncio de la Palabra de Dios que, como decía san Juan Pablo II, es la primera obra de caridad que debemos prestar a nuestros hermanos”.

Deseó, asimismo, que el ejemplo que den los nuevos diáconos al vivir la caridad cristiana ayude a todo el Pueblo de Dios a adquirir una “conciencia diaconal” en todos, para que cada uno desee servir siguiendo las huellas de Cristo.

Los nuevos diáconos

Los 34 candidatos proceden de Brasil, Colombia, España, México, Nueva Zelanda, Venezuela, Chile, Estados Unidos, Kenia, Francia, Paraguay, El Salvador, Uganda, Filipinas, Perú e Italia. Estos son sus nombres:

  • Sérgio Sardinha de Azevedo (Brasil)
  • Luis Miguel Bravo Álvarez (Colombia)
  • José María Cerveró García (España)
  • Miguel Ángel de Fuentes Guillén (España)
  • Ernesto de la Peña González (México)
  • José Luis de Prada Llusá (España)
  • Javier María Erburu Calvo (España)
  • Samuel Thomas Harold Fancourt (Nueva Zelanda)
  • Gerardo Andrés Febres-Cordero Carrillo (Venezuela)
  • José Nicolás Garcés Lira (Chile)
  • Óscar Garza Aincioa (España)
  • Pedro González-Aller Gross (España)
  • John Paul Graells Antón (Estados Unidos)
  • Diego Guerrero Gil (España)
  • Jorge Iriarte Franco (España)
  • Paul Muleli Kioko (Kenia)
  • Yann Le Bras (Francia)
  • Cristhian Alcides Lezcano Vicencini (Paraguay)
  • Álvaro Linares Rodríguez (España)
  • Miguel Llamas Díez (España)
  • Eduardo Andrés Marín Perna (El Salvador)
  • Javier Martínez González (España)
  • Luis María Martínez Otero (España)
  • Bernardo José Montes Arraztoa (Chile)
  • Bernard Kagunda Nderito (Kenia)
  • Deogratias Gumisiriza Nyamutale (Uganda)
  • Nathaniel Peña Baluda (Filipinas)
  • Rafael Quinto Pojol (Filipinas)
  • César Augusto Risco Benites (Perú)
  • Rafael de Freitas Sartori (Brasil)
  • David Saumell Ocáriz (España)
  • Cayetano Taberner Navarro (España)
  • Claudio Tagliapietra (Italia)
  • Fernando María Valdés López (España)

 

 

Agradar a Dios

La llamada del Señor a «ser perfectos como el Padre celestial» (Mt 5,48) consiste en vivir como hijos de Dios, conscientes del valor que tenemos a sus ojos, anclados en la esperanza y en la alegría que nace de sentirnos hijos de tan buen Padre.

Vida espiritual22/08/2018

Opus Dei - Agradar a Dios

En plena guerra civil española, tras varios meses escondido en diversos lugares, san Josemaría decidió abandonar la capital del país. Era preciso llegar a un sitio donde su vida no corriera peligro, y recomenzar de nuevo su misión apostólica. Con un grupo de sus hijos espirituales, atravesó los Pirineos en un viaje lleno de peligro y consiguió llegar a Andorra. Tras pasar por Lourdes, se dirigió a Pamplona, donde el obispo le acogió y le ofreció alojamiento. Allí, al poco de llegar, en las Navidades de 1937, hizo un curso de retiro en soledad. En un momento de oración, escribía: «Meditación: mucha frialdad: al principio, sólo brilló el deseo pueril de que "mi Padre-Dios se ponga contento, cuando me tenga que juzgar". —Después, una fuerte sacudida: "¡Jesús, dime algo!", muchas veces recitada, lleno de pena ante el hielo interior. —Y una invocación a mi Madre del cielo —"¡Mamá!"—, y a los Custodios, y a mis hijos que están gozando de Dios... y, entonces, lágrimas abundantes y clamores... y oración. Propósitos: "ser fiel al horario, en la vida ordinaria”»[1].

No es lo mismo santidad que perfeccionismo, aunque en ocasiones podemos confundirlos

Son unas notas íntimas en las que explica cómo se siente su alma, cómo son sus afectos, su estado de ánimo, y lo hace con gran intensidad: hielo, lágrimas, deseos… Busca amparo en sus Amores: el Padre, Jesús, María. Y sorprendentemente, en medio de la gran tribulación externa que se vivía en ese momento, saca un propósito que podría parecer nimio: cuidar el horario en la vida ordinaria. Sin duda, esta es una de las grandezas de san Josemaría: conjugar una relación afectiva con Dios, íntima y apasionada, con la fidelidad en la lucha diaria en cosas ordinarias, en apariencia, insignificantes.

Un riesgo para quienes desean agradar a Dios

Agradar a alguien es lo contrario de entristecerlo, decepcionarlo. Como queremos amar a Dios y agradarle, es lógico que tengamos miedo a defraudarlo. Sin embargo, en ocasiones, el miedo puede traer a nuestra mente y a nuestro corazón justo lo que tratamos de evitar. Por otra parte, el miedo es un sentimiento negativo, que no puede ser fundamento de una vida plena. Tal vez por eso «en las Sagradas Escrituras encontramos 365 veces la expresión “no temas”, con todas sus variaciones. Como si quisiera decir que todos los días del año el Señor nos quiere libres del temor»[2].

Hay una forma de temor contra la que el Padre nos ponía en guardia al comienzo de su primera Carta. Nos animaba a «exponer el ideal de la vida cristiana sin confundirlo con el perfeccionismo, enseñando a convivir con la debilidad propia y la de los demás; asumir, con todas sus consecuencias, una actitud cotidiana de abandono esperanzado, basada en la filiación divina»[3]. Una persona santa teme ofender a Dios. Teme igualmente no corresponder a su Amor. El perfeccionista, en cambio, teme no estar haciendo las cosas suficientemente bien y, por eso, teme que Dios esté enfadado. No es lo mismo santidad que perfeccionismo, aunque en ocasiones podemos confundirlos.

Cuántas veces nos llenamos de enfado al contemplar que nos hemos dejado llevar, una vez más, por nuestras pasiones, que hemos vuelto a pecar, que somos débiles para cumplir los propósitos más sencillos. Nos enfadamos, y llegamos a pensar que Dios está decepcionado: perdemos la esperanza de que pueda seguir amándonos, de que realmente podamos vivir una vida cristiana. Nos invade la tristeza. En esas ocasiones, conviene recordar que esta es aliada del enemigo: no nos acerca a Dios, sino que nos aleja de Él. Confundimos nuestro enfado y nuestra rabieta con una supuesta decepción de Dios. Pero el origen de todo eso no es el Amor que le tenemos, sino nuestro yo herido, nuestra fragilidad no aceptada.

Al leer de labios de Cristo en el Evangelio: «Sed perfectos», deseamos seguir ese consejo, hacerlo vida nuestra, pero corremos el riesgo de entenderlo como: «Hacedlo todo perfectamente». Podemos llegar a pensar que, si no lo hacemos todo con perfección, no agradamos a Dios, no somos auténticos discípulos. Con todo, Jesús aclara en seguida el sentido de sus palabras: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Se trata de la perfección que Dios nos abre al hacernos partícipes de su naturaleza divina. Se trata de la perfección del Amor eterno, del Amor más grande, del «Amor que mueve al Sol y las demás estrellas»[4], el mismo Amor que nos ha creado libres y nos ha salvado «siendo todavía pecadores» (Rm 5,8). Para nosotros, esa perfección consiste en vivir como hijos de Dios, conscientes del valor que tenemos a sus ojos, sin perder nunca la esperanza ni la alegría que nace de sentirnos hijos de tan buen Padre.

Agradar a Dios no está en nuestras manos, pero sí en las de Él

Ante el peligro del perfeccionismo podemos considerar que agradar a Dios no está en nuestras manos, pero sí en las de Él. « En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó» (1 Jn 4,10). Por eso, debemos renunciar a señalar a Dios cómo tiene que reaccionar ante nuestra vida. Somos criaturas, y por eso hemos de aprender a respetar su libertad, sin imponerle por qué o por qué no se supone que debe amarnos. De hecho, nos ha demostrado su Amor y, por eso, lo primero que espera de nosotros es que le dejemos amarnos, a su modo.

 

Dios nos ama libremente

¿Por qué nos cuesta tanto comprender la lógica de Dios? ¿No tenemos muestras suficientes de hasta dónde está dispuesto a llegar Dios Padre para conseguir hacernos felices? ¿No es verdad que Jesús se ciñe la toalla ante los apóstoles y les limpia los pies?

En palabras de san Pablo, Dios no ha perdonado a su propio Hijo para hacernos posible la felicidad para siempre (cfr. Rm 8,32). Ha querido amarnos con el Amor más grande, hasta el extremo. Sin embargo, a veces, nosotros continuamos pensando que Dios nos amará en la medida en que «estemos a la altura», o seamos capaces de «dar la talla». No deja de ser paradójico. ¿Necesita un niño pequeño hacerse «merecedor» del amor de sus padres? Quizá a quien estamos buscando con tanta preocupación por «merecer» es a nosotros mismos. Nos puede la inseguridad, la necesidad de buscar puntos de referencia estables, fijos, y pretendemos encontrarlos en nuestras obras, en nuestras ideas, en nuestra percepción de la realidad.

En cambio, nos basta mirar a Dios, Padre nuestro, y descansar en su Amor. En el Bautismo de Jesús y en su Transfiguración, la voz de Dios Padre refiere que se complace en su Hijo. Nosotros también hemos sido bautizados y, por su Pasión, participamos de su vida íntima, de sus méritos, de su gracia. Eso hace que Dios Padre pueda mirarnos complacido, encantado. La Eucaristía nos transmite, entre otras cosas, un mensaje muy claro sobre lo que Dios siente por nosotros: tiene hambre de estar junto a cada uno, ilusión por esperarnos el tiempo que sea preciso, deseos de intimidad y amor correspondido.

La lucha de un alma enamorada

Descubrir el Amor que Dios nos tiene es el motivo más grande que podemos hallar para amar. De igual modo, «la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más»[5]. No son ideas abstractas. Lo vemos en ejemplos tan humanos como el endemoniado de Gerasa, quien, tras ser liberado por Jesús y ver cómo sus connacionales rechazaban al Maestro, «le suplicaba quedarse con él» (Mc 5,18). Lo vemos también en Bartimeo quien, tras ser curado de su ceguera, «le seguía por el camino» (Mc 10,52). Lo vemos finalmente en Pedro, quien solo tras haber descubierto la hondura del Amor de Jesús, que le perdona y confía en él después de su traición, puede seguir su llamada: «Sígueme» (Jn 21,19). El descubrimiento del Amor de Dios es el motor más potente para nuestra vida cristiana. De ahí nace nuestra lucha.

Podemos pensar que Dios nos amará en la medida en que «estemos a la altura»

San Josemaría nos animaba a considerarlo desde la perspectiva de nuestra filiación divina: «Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre–Dios?»[6] La presencia de Dios no llena de temor a sus hijos. Ni siquiera cuando caen. Sencillamente, porque Él mismo ha querido decirnos del modo más claro posible que, también cuando caemos, nos está esperando. Como el padre de la parábola, está deseoso de venir a nuestro encuentro en cuanto le dejemos, y echarse a nuestro cuello y llenarnos de besos (cfr. Lc 15,20).

Ante el posible temor a contristar a Dios, podemos preguntarnos: ¿este temor me une a Dios, me hace pensar más en Él?, ¿o me centra en mí: en mis expectativas, en mi lucha, en mis logros? ¿Me lleva a pedir perdón a Dios en la Confesión, y llenarme de gozo al saber que me perdona?, ¿o me conduce a la desesperanza? ¿Me sirve para recomenzar con alegría?, ¿o me encierra en mi tristeza, en mis sentimientos de impotencia, en la frustración que nace de una lucha basada en mis fuerzas… y en los resultados que consigo?

La sonrisa de María

Un suceso de la vida de San Josemaría puede servirnos para comprender esto mejor. Se trata de una de las anotaciones sobre su vida interior que escribía para hacer más sencilla la tarea de su director espiritual. Aunque sea un poco larga, vale la pena citarla por entero:

«Esta mañana —como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme— desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. Efectivamente, eran las seis menos cuarto. Anoche, como de costumbre también, pedí al Señor que me diera fuerzas para vencer la pereza, al despertar, porque —lo confieso, para vergüenza mía— me cuesta enormemente una cosa tan pequeña y son bastantes los días, en que, a pesar de esa llamada sobrenatural, me quedo un rato más en la cama. Hoy recé, al ver la hora, luché… y me quedé acostado. Por fin, a las seis y cuarto de mi despertador (que está roto desde hace tiempo) me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra, reconociendo mi falta —serviam!—, me vestí y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos»[7].

Se había propuesto algo que quizá también supone una lucha para nosotros algunas veces: levantarse puntual. Y no lo había conseguido. Era algo que le humillaba. Sin embargo, no confunde su rabieta y su humillación con la magnanimidad del corazón de Dios. Y vio a la Virgen que le sonreía, después de ese fracaso. ¿No es verdad que tendemos a pensar que Dios está contento con nosotros cuando —y, a veces, solamente cuando— hacemos las cosas bien? ¿Por qué confundimos nuestra satisfacción personal con la sonrisa de Dios, con su ternura y su cariño? ¿No se conmueve igualmente cuando nos levantamos otra vez después de una nueva caída?

Buscar con la mirada los ojos de María nos volverá a contagiar de su alegría

Muchas veces habremos dicho a la Virgen que hable bien de nosotros al Señor –ut loquaris pro nobis bona–. Alguna vez, incluso nos habremos imaginado esas conversaciones entre ella y su Hijo. En nuestra oración, bien podemos introducirnos en esa intimidad y tratar de contemplar el amor de María y de Jesús por cada uno de nosotros.

«Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre. Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada»[8]. Benedicto XVI lo recordó en Lourdes, hablando de la pequeña Bernadette. En su primera aparición, antes de presentarse como la Inmaculada, la Virgen solamente la sonrió. «María le dio a conocer primero su sonrisa, como si fuera la puerta de entrada más adecuada para la revelación de su misterio»[9].

Nosotros queremos ver y vivir también en esa sonrisa. Nuestros errores —por grandes que puedan llegar a ser— no son capaces de borrarla. Si nos levantamos de nuevo, podemos buscar con la mirada sus ojos y nos volveremos a contagiar de su alegría.

Diego Zalbidea


[1] Camino. Edición crítico-histórica, nota al n. 746.

[2] Papa Francisco, Mensaje del Santo Padre Francisco para La XXXIII Jornada Mundial de la Juventud, 25-III-2018.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[4] Dante A., Divina Comedia, Paraíso, Canto 33.

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 264.

[6] San Josemaría, Camino, n. 265.

[7] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 701; en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, nt. 139, p. 469.

[8] Benedicto XVI, Homilía, 15-IX-2008.

[9] Ídem

 

 


Reflexión sobre la pobreza

No hay pobreza más grande que la de aquel a quien le falta Dios.

Por: Jorge Enrique Mújica, LC | Fuente: GAMA - Virtudes y valores

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¿Es la pobreza una virtud? Si así es, ¡cuántos miles de seres humanos vagan por el mundo viviéndola sin saberse virtuosos! No, no es esa pobreza la que hace, sin más, a las personas virtuosas. Y esta afirmación ¿no es ir contra de aquellas palabras del Maestro: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de los Cielos” (Lc 6, 20)?


Escribir sobre la pobreza puede parecer como una falta de respeto a los pobres y pecar de doblez. Con qué facilidad nos quejamos de ella –pues hasta llegamos a pensar que la vivimos radicalmente– cuando para millones de hombres, mujer y niños nuestra “pobreza heroica” es el hecho normal de todos los días y de toda su vida. ¡Cuántas veces eso que nosotros tenemos por menos sería para ellos el mayor lujo! ¡Cuántas veces una jornada de pan y agua podría significar para nosotros la máxima austeridad mientras que para millones sería una especia de sueño con el que tendrían asegurada la existencia!

Sólo puede entender la virtud de la pobreza quien la ha abrazado voluntariamente y ha hecho suyas todas las radicales consecuencias que de ella se desprenden. Consecuencias que van más allá del mero desprendimiento material. Consecuencias que abarcan gustos, aficiones, deseos, lícitos quereres…

Jesús no canonizó la pobreza a secas. San Mateo especifica mejor la bienaventuranza evangélica de Jesús cuando dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3). La pobreza de que se habla nunca es un simple fenómeno material. La pobreza puramente material no salva, aun cuando sea cierto que los más perjudicados de este mundo pueden contar de un modo especial con la bondad de Dios. Pero la pobreza tampoco es una actitud espiritual.

Nos encontramos así con dos matices de pobreza: la material y la espiritual. Dentro de cada una de éstas hay dos tipos de pobrezas más, una mala y una buena.

La pobreza material negativa deshumaniza y debe ser combatida. Es la pobreza ante la que muchos preferimos no voltear, ante la que se calla, ante la que se enmudece cuando se mira de frente. ¡Cuántos se han hecho santos de Dios al entrar en contacto con ella! Sabemos que existe, conocemos en dónde, su rostro nos es del todo familiar… Pero hasta que uno no se pone en la realidad más absoluta del otro la pobreza se sigue mirando con indiferencia.

La pobreza material positiva libera y eleva; es el ideal evangélico que debemos cultivar. Es el querer vivir desprendido para que nada me ate y sea efectivamente libre. Y aquí entra el desapego de cosas, personas y pensamientos. No es minusvalorar ni una especie de frigidez del corazón, no. Es un ensanchamiento del mismo donde todos tienen recta cabida a partir de la jerarquía encabezada por Dios y del cual proviene el orden.

La pobreza espiritual negativa es ausencia de los bienes del espíritu y de los valores humanos: es la pobreza de los ricos. Nada más grotesco, nada más burdo que una pobreza de este tipo. La sensibilidad no existe, los valores y las virtudes se han extinguido; no hay amor, ni esperanza, ni fe; no hay un horizonte, la vida no importa, la existencia es oscura, el hombre -¿quién es?-, no han sido amados ni saben amar: Dios no existe.

La pobreza espiritual positiva está hecha de humildad y fe en Dios que son los frutos más bellos nacidos del árbol frondoso de la pobreza bíblica: es la riqueza de los pobres. Es la pobreza de los hombres que se saben pobres también en su interior, personan que aman, que aceptan con sencillez lo que Dios les da, y precisamente por eso viven en íntima conformidad con la esencia y la palabra de Dios.

***

No hay pobreza más grande que la de aquel a quien le falta Dios. Al hombre que a Él tiene podrá derrumbársele el mundo pero permanecerá impasible porque sabe a Quién tiene a su lado, Quién es su compañía.

 

 

 

Quiero para los cristianos los mismos derechos que los musulmanes en Europa

05/11/18

 

Pedro María Reyes

photo_camera Musulmanes rezando.

Recientemente el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha emitido una polémica sentencia que se refiere a la libertad de expresión. El caso surgió cuando una mujer en una clase mencionó el matrimonio de Mahoma con Aisha, una niña de 6 años, que fue consumado cuando ella tenía 9. En el marco de un seminario sobre información básica sobre el Islam, se le ocurrió afirmar que al profeta del Islam “le gustaba hacerlo con niñas”, e hizo una pregunta retórica: “¿un hombre de 56 años y una niña de 9? ¿Cómo llamamos a esto, si no es pedofilia?”

La polémica afirmación se difundió fuera de las clases, lo cual generó indignación entre los musulmanes e iniciaron juicios contra ella. Hasta ahora no hay nada en la narración de los hechos que nos pueda llamar la atención: pero a partir de ahora, prepárese el lector para llevarse varias sorpresas.

La primera de ellas, que los tribunales austriacos que examinaron el caso dieron la razón a los demandantes en todas las instancias. Y la segunda de ellas, la argumentación que dieron: según el Tribunal Supremo austriaco, es cierto que existe el derecho a criticar una religión, pero sus apreciaciones sobre hechos deben tener en cuenta el contexto histórico, por lo que no debían considerarse objetivas. Además, su lenguaje debía “entenderse como destinado a demostrar que Mahoma no merece el culto” y en vez de eso estaba diseñado para menospreciar el Islam. Vaya, al parecer si decimos que el matrimonio de Mahoma y Aisha es indigno, denigramos no al maduro novio, sino a todo el Islam.

Pero no acaban aquí las sorpresas. El caso llegó al Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), que consideró acertadas las anteriores razones, y añadió otros motivos: según este organismo, las sentencias de los tribunales austriacos mantienen el equilibrio entre el derecho a la libertad de expresión y el de protección de los sentimientos religiosos. Aún más, es necesario preservar la paz religiosa en Austria. Que tomen nota los lectores, si desean que sus pretensiones sean tenidas en cuenta por los tribunales, háganse fama de revoltoso, que así tendrán más garantías de que le den la razón los tribunales para así preservar la paz.

Propongo ahora al lector un ejercicio de imaginación. Supongamos que hay un escarnio contra la Iglesia, o Jesucristo, o la Virgen María. ¿A quién daría la razón los tribunales?

 

Lamentablemente, lo que he propuesto no es un ejercicio, sino que es realidad. Cualquiera conoce muchos ejemplos de artistas, literatos, cineastas, políticos, o de cualquier profesión que busque notoriedad, que afrenta lo más sagrado para un cristiano, sin que tenga la más mínima consecuencia. Al contrario, obtiene publicidad gratuita, que además es presentada como un acto de valentía o de rebeldía contra oscuros poderes. Y ay del obispo que proteste: que busque palabras justas porque puede ser él el sancionado.

Por eso, mi deseo es que los tribunales europeos defiendan nuestros sentimientos simplemente igual que los de los musulmanes. No pido más. Que conste que no pido que blinden la religión católica: en un Estado respetuoso de la libertad de expresión, debe ser posible debatir sobre la veracidad de las religiones y los argumentos de los creyentes. Pero a la vez, debería respetarse los sentimientos de los creyentes, de todos, sin distinción de credos.

 

 

¡DEJA DE HACER DE TIGRE!

Deja de hacer de tigre

Qué gran decepción tenía la joven de esta historia. Su amargura absoluta era por la forma tan inhumana en que se comportaban todas las personas: al parecer, ya a nadie le importaba nadie.

Un día, dando un paseo por el monte, vio sorprendida que una pequeña liebre le llevaba comida a un enorme tigre malherido que no podía valerse por sí mismo.

Le impresionó tanto al ver este hecho, que regresó al siguiente día para ver si el comportamiento de la liebre era casual o habitual. Con enorme sorpresa, pudo comprobar que la escena se repetía: la liebre dejaba un buen trozo de carne cerca del tigre.

Pasaron los días y la escena se repitió de un modo idéntico, hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar la comida por su propia cuenta.

Admirada por la solidaridad y cooperación entre los animales, se dijo: - "No todo está perdido. Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo haremos las personas."

Así que la joven decidió rehacer la experiencia... se tiró al suelo, simulando que estaba herida, y se puso a esperar que pasara alguien y la ayudara. Pasaron las horas, llegó la noche y nadie se acercó en su ayuda. Siguió así durante todo el día siguiente... y el siguiente... ya se iba a levantar, mucho más decepcionada que cuando comenzamos a leer esta historia, con la convicción de que la humanidad no tenía el menor remedio. Sintió dentro de sí todo el desespero del hambriento, la soledad del enfermo, la tristeza del abandono, su corazón estaba devastado, si casi no sentía deseo de levantarse, entonces allí, en ese instante, le oyó... ¡Con qué claridad, qué hermoso! ...era una voz, muy dentro de ella, que decía:

- "Si quieres encontrar a tus semejantes, si quieres sentir que todo ha valido la pena, si quieres seguir creyendo en la humanidad... deja de hacer de tigre y simplemente sé la liebre."

 

 

Los cinco beneficios de ver una buena película

Nov 3, 2018

Los cinco beneficios de ver una buena película

Por Mary Velázquez Dorantes

El cine es uno de los medios de comunicación con mayor alcance, no sólo de entretenimiento sino también de terapia familiar, personal y afectiva. Los psicólogos lo llaman la filmoterapia, como una razón para ser felices, tener paz, buscar espacios de encuentros, sentir empatía y, sobre todo, combatir la soledad existencial

Entre cientos de historias, títulos y personajes la filmoterapia propone un espacio para que nuestra mente conserve la calma, recupere el sentido del humor, nos recuperemos del dolor y enriquezcamos nuestras vidas. En esta edición de El Observador de la Actualidad te presentamos cinco beneficios de ver una buena película:

RÍE CON ENERGÍA

Elige una historia que tenga la facultad de hacerte reír, donde los personajes sean tan originales o cotidianos como tú mismo. Busca una historia que despierte tu buen humor y provoque una risa contagiosa y medicinal.

El cine es capaz de despertar un sentido de alegría y diversión a través de hechos graciosos. Una buena película de comedia puede colaborar a aliviar el estrés, a sentir alivio frente los problemas, desactiva las respuestas agresivas, y, sobre todo, se propaga para tener buenas relaciones con los demás.

Al momento de elegir una película de humor encontrarás la complicidad con tus amigos, familia, pareja. Es el mejor aliado de la felicidad y es parte fundamental del humor social. Reír a través del cine cambia la perspectiva de las situaciones, aleja la tensión mental, te ayuda a deshacerte de los malos pensamientos y genera lazos de amistad. Puede ser en el cine o en casa donde selecciones una película, disfrutes la historia y relajes la tensión; la risa que te provoque ayudará a liberar la aprensión y el pánico.

MOTIVATE

El crecimiento personal es una tarea constante. El cine puede ser una gran herramienta para seguir desarrollando habilidades personales, motivarte e inspirarte a ser mejor persona. La vida personal se puede ver motivada por una historia basada en hechos reales, con personajes que vivieron situaciones semejantes.

La fragilidad humana puede ser rescatada por la fragilidad de otras historias que dejaron legado en el camino de la vida. El cine es motivación cuando los mensajes construyen personas valientes, de coraje por la vida.

La información que se encuentra en las cintas de inspiración pueden colaborar a resolver problemas, a tomar las situaciones con prudencia, a tener perspectiva de las cosas o ser introspectivo frente a la realidad. Una buena película puede motivar al espectador a realizar una tarea diferente, a enfrentar sus miedos, a combatir el desánimo, a generar nuevas amistades, a ver la vida como una aventura.

SÉ POSITIVO

El impacto de las películas positivas ayuda a los seres humanos  a tener mejores niveles de inteligencia emocional e intelectual. Las películas cuyo mensajes son positivos para la vida aumentan los deseos de vivir y las buenas intenciones con los demás, apuntan los expertos en psiquiatría. Al elegir películas cuyo contenido es de propuesta frente a las crisis de la vida cotidiana se puede reflexionar, opinar, y debatir con libertad.  Ante un momento de pena o angustia una película positiva aporta experiencias de aprendizaje y reflexión, además de desencadenar la activación de valores que internamente estaban en pausa.

Los psiquiatras afirman que las patologías mentales se pueden combatir con películas que tengan mensajes de esperanza, ánimo, libertad, axiología, dado que exponen una realidad sana, lejos de la enfermedad con la que una persona puede convivir.

EMOCIÓNATE

El factor emocional tiene un alto sentido de relación con las historias del cine. Se trata de valorar cuántas emociones puede experimentar una persona, además de generar salud y bienestar emocional.

La vida humana y sus conflictos se expone en diversas historias que llegan a través del cine, lo que permite abrir una ventana donde se pueden expresar, reconocer, identificar y transformar emociones como el gozo, la tristeza, la risa, el amor. La persona que ve películas donde las emociones se exploran  genera mejores momentos para la existencia, evita la superficialidad y encuentra espacios de conversación con quienes les rodean. La trivialización se deja a un lado, logrando que se produzca mayor percepción sobre los entornos, haciendo lecturas emocionales que se reproducen en la vida diaria.

CONTRASTA

La realidad del cine ayuda a valorar los diferentes escenarios que viven las personas. Permite contrastar realidades semejantes a la vez que son impares. El cine es una fábrica de historias que ayudan a dar ejemplos de bondad. Se trata de un juego simbólico con lo que se conoce y desconoce; fomenta la posibilidad de hacernos felices con sencillo pasos. Los miedos, los sueños o los deseos abren la magia de las buenas historias. Puede ser un refugio para comprender los momentos humanos y volver a reescribir las biografías personales.

 

 

Testimonio y coherencia

 

02/11/18

Daniel Tirapu

Cristianos en oración en Siria

Estamos en una época donde sobran las palabras, los libros, los charlatanes y queremos testimonios, vidas coherentes, compromiso de verdad, no de boquilla.

Si eres cristiano, cuánto te cuesta serlo en tu bolsillo, en tu tiempo, en tu cabeza, en tu corazón...un euro y media hora a la semana, parece poco serio. He puesto ese ejemplo, pero lo puedes trasladar a otros campos de la vida.

Cuanta gente hay que por mejorar simplemente o defender ideas más o menos peregrinas, dedica tiempo, esfuerzo, dinero a su causa. Los hijos de las tinieblas, son elogiados por Jesús, frente a los hijos de la luz tan vagos, tan quejosos, tan protestones pero que no mueven un dedo para cambiar las cosas.

Alguien me dijo una cosa muy cierta: "El buen ejemplo se admira, el malo se imita". Fulanito es un gran trabajador qué admiración; fulanito ha hecho esto malo pues yo también lo hago.

 Animo para mí, que escribo, y para todos. 

 

 

Libertad y Verdad

La libertad en todos sus aspectos, debe estar basada en la verdad.

"La libertad, en todos sus aspectos, debe de estar basada en la verdad.  Deseo repetir aquí las palabras de Jesús: "Y la verdad os hará libres” (Jn 8:32).  Es, pues, mi deseo que vuestro sentido de la libertad pueda siempre ir de la mano con un profundo sentido de verdad y honestidad acerca de vosotros mismos y de las realidades de vuestra sociedad". 

Sabias palabras de Juan Pablo II, un santo contemporáneo y que dan la oportunidad de reflexionar sobre dos conceptos que él supo conjugar con su habitual maestría y clarividencia: la íntima relación entre libertad y verdad.

En nuestra sociedad actual se está produciendo un alarmante fenómeno que, de no corregirse, puede conducirnos a un peligroso vacío de principios y valores sobre los que se ha construido toda una civilización asentada en el respeto a la libertad de la persona en la búsqueda de su propia verdad, se encuentre ésta o no en su entorno religioso, social o político.

Y es precisamente el sentido de la verdad y honestidad el que hoy parece encontrarse en serio riesgo de extinción cuando el mentir se ha convertido ya en un habitual estilo de conducta, que incluso se ha oficializado con las llamadas “noticias falsas (“fake news) que, por cierto, preocupan a un 70% de los españoles encuestados, según un estudio internacional llevado a cabo por el Reuters Institute en un reciente informe anual sobre la información digital.

Pero siendo esto grave, lo es aún más cuando el mentir se ha instalado vergonzantemente en el discurso de hombres y mujeres dedicados a la vida pública y que sin pudor alguno, se desdicen o retractan de sus compromisos o pronunciamientos para justificar decisiones que lejos de buscar el bien común, solo pretenden la consecución de fines o intereses personales, deformando así la realidad de la sociedad a la que dicen servir.

El caso reciente de la Vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, que ha tenido que ser corregida por la propia Santa Sede como consecuencia de las inusuales declaraciones que realizó después de su encuentro con el Secretario de Estado Vaticano monseñor Pietro Parolini y que resultaron ser falsas, es un ejemplo muy ilustrativo del nivel de desprecio a la verdad que se ha instalado en la clase política y de la grave irresponsabilidad que supone recibir un varapalo internacional de ese calibre.

 Distorsionar la verdad o mentir por sistema conduce inexorablemente al descrédito de la persona, pone en peligro la confianza que pueden merecer sus palabras o acciones y contribuye al deterioro de las instituciones que se ven afectadas por ese proceder.

Desde los casos de pedofilia en la Iglesia, ocultando la verdad de los hechos por algunos miembros de su jerarquía o el sorprendente debate sobre la certeza y veracidad de los másteres y currículums de los actuales dirigentes políticos hasta el propio giro copernicano de aquellos que se desdicen de sus propias palabras y compromisos cuando asumen responsabilidades de gobierno, representa todo un abanico de ejemplos sobre los perniciosos efectos que la mentira y el desprecio a la verdad tienen sobre una comunidad.

Decía el poeta y pensador estadounidense Emerson que “toda violación de la verdad no es solamente una especie de suicidio del embustero, sino una puñalada en la salud de la sociedad humana”. Los efectos de la mentira no pueden estar mejor descritos, el que miente se suicida o fracasa y además inocula un virus en los ciudadanos que los convierte en descreídos, apáticos y reticentes a participar en la cosa pública.

La consecuencia más grave de todo ello es apelar a la “apariencia de la verdad” o posverdad para terminar manipulando las mentes y las conductas de las personas, lo que atenta gravemente contra su dignidad y libertad para poder expresarse, pensar o elegir entre uno u otro estilo de vida o modelo de sociedad.

El hombre anhela la libertad para poder elegir su destino en la sociedad en la que se desarrolla como persona y se empeña en buscar la verdad para comunicarse y descubrir sus metas u objetivos. Negarle o impedirle el conocimiento de la verdad le conduce inexorablemente a una pérdida de su libertad para poder realizarse y contribuir al desarrollo pacífico y ordenado de la sociedad en la que convive y esto es precisamente lo que hoy nos inquieta y preocupa a la mayoría de españoles.

Jorge hernan <johermol@hotmail.com>

Jorge Hernández Mollar

 

 

El significado de la canonización conjunta de Pablo VI y Óscar Romero

Nov 4, 2018

El significado de la canonización conjunta de Pablo VI y Óscar Romero

Por Luis-Fernando Valdés

Canonizados en la misma ceremonia, Pablo VI y monseñor Romero se convierten en una señal que el Papa Francisco envía a la Iglesia y al mundo. ¿Cuál es este mensaje?

Pablo VI. Giovanni Battista Montini (1897-1978) fue el Papa Pablo VI (1963-1978), el Pontífice que llevó a término el Concilio Vaticano II a la muerte de Juan XXIII, lo cual fue una misión complicada en la que logró mantener la unidad y dar certeza a los 2,500 obispos participantes.

Fue el primer «Papa Peregrino», antes que Juan Pablo II. Hizo 9 viajes, en los que visitó 19 países de los cinco continentes. El periodista Roberto Paglialonga sugiere que «de alguna manera así presentaba una Iglesia ‘en salida’, como después la ha definido muchas veces el Papa Francisco». (Rome Reports, 11 oct. 2018)

Uno de los documentos más importantes de su pontificado fue la exhortación Evangelii Nuntiandi (1975), en la que Pablo VI habla del anuncio del mensaje de Cristo al mundo moderno, que además va unido con el servicio a los pobres, la justicia social, el progreso y la promoción humana.

Monseñor Óscar Romero. Nacido en Barrios, El Salvador, en 1917, murió asesinado por odio a la fe, a los 62 años, en 1980. Fue nombrado arzobispo de San Salvador en 1977. Le tocó guiar a la Iglesia católica salvadoreña en un momento social difícil, pues el gobierno emprendió una dura represión contra la guerrilla de izquierda, en la que murieron asesinados sindicalistas, políticos e incluso sacerdotes y monjas.

Monseñor Romero denunciaba la violencia tanto de la guerrilla como del gobierno, y les pedía que dejaran las armas. Fue asesinado por orden del gobierno mientras celebraba la Santa Misa en la capilla de un hospital. Juan Pablo II visitó dos veces su tumba y Benedicto XVI lo consideraba un santo.

«Romero», como le decían con afecto sus fieles, es conocido como el «Obispo de los Pobres». El postulador de su causa, monseñor Vincenzo Paglia, cuenta que el arzobispo de San Salvador «estaba con los más pobres. Y estar con los más pobres en aquel tiempo era la manera más eficaz de estar de parte del propio país». (Rome Reports, 10 oct. 2018)

Unidos en vida.  Monseñor Romero no quiso vivir en el palacio arzobispal, sino en una pequeña habitación de una casa (como haría después el Papa Francisco, que no quiso vivir en el Palacio Apostólico).

En ese espacio de dos metros cuadrados tenía como decoración un retrato de Pablo VI sobre la mesa de trabajo, y una colección de 9 fotos, puestas en un mismo cuadro, de él con «su» Papa. (Vatican Insider, 12 oct. 2018).

Este Papa fue una fuente de inspiración para el arzobispo. El padre Rafael Urrutia atestigua que, desde joven, «Romero se había aficionado mucho a las enseñanzas de Pablo VI». Ambos se reunieron el 21 de junio de 1978.

En su diario, monseñor Romero cuenta que el Papa fue con él «cordial, generoso; la emoción de aquel momento no me permite recordar palabra por palabra». Pablo VI le dijo que sabía lo difícil que era su trabajo, «que puede no ser comprendido, necesita tener mucha paciencia y mucha fortaleza» (Ibidem).

Epílogo. El gran heredero de ambos santos es el mismo que los acaba de canonizar: el Papa Francisco. Inspirado en parte por Pablo VI, Francisco ha promovido una Iglesia «en salida», una Iglesia cercana a la gente, especialmente a los más necesitados. Y monseñor Romero ha sido un modelo de obispo de las «periferias», cercanísimo a los pobres y a los marginados, tal como el Pontífice pide que sean los pastores de la Iglesia de hoy.

 

 

Detalles que a otros pasan inadvertidos

 

Alfonso Aguiló    

 Transcurren las vacaciones navideñas del año 1917 en Logroño, una pequeña ciudad española. Desde hace unos días nieva sin interrupción y el nuevo año entra con temperaturas glaciales. El termómetro desciende hasta dieciséis grados bajo cero.

        Una de esas mañanas, un chico de quince años sale a la calle. Se llama Josemaría Escrivá. Contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido blanco y transparente. Cuando pasa por delante del colegio de los Maristas, se encuentra con algo que llama poderosamente su atención y que variará el curso de su existencia: las huellas en la nieve de unos pies descalzos. Se para a examinarlas con curiosidad y observa que aquel rastro corresponde a la pisada desnuda de un fraile carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel.

        Se encuentra enseguida sumergido en una profunda remoción interior. En su alma irrumpe con fuerza una idea. Hay en el mundo personas, como aquel hombre, que hacen grandes sacrificios por Dios y por los demás. ¿Y yo? ¿No voy a ser capaz de ofrecerle nada?

        Es probable que bastantes personas hayan pasado por aquel mismo lugar esa mañana. Unos no habrán reparado en aquellas pisadas, entremezcladas quizá con los rastros de otras personas, carros o bicicletas, marcados también sobre la nieve. Otros las habrán visto, y quizá han pensado que es admirable que haya personas tan extraordinarias, pero en su interior no ha surgido ningún pensamiento que les interpele en su propia vida. En cambio, a ese adolescente le hacen ver que Dios le pide que se complique la vida, que se comprometa en una gran tarea en servicio de los demás. Inesperadamente, se siente interpelado por Dios de un modo nuevo, total, nunca antes imaginado. Comprende que Dios le llama, aunque aún no sabe bien cómo.

        Durante dos o tres meses, acude a visitar al padre José Miguel. Le cuenta lo que ha sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo. Josemaría medita esta proposición y la descarta. Sabe, con una convicción que personalmente le sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida.

        Pasa un tiempo en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras germina la semilla que el Cielo ha depositado en su corazón. Al mismo tiempo, se emplea a fondo en sus estudios de bachillerato. Por entonces, invade su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo. Y de la mano de esa llamada, cada vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino. "Yo no pensaba hacerme sacerdote, pero vino Jesús a mi alma, como viene el amor, en el momento más inesperado."

        Tiene todavía algunas dudas. Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta. Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la voluntad de Dios, que aún no conoce, y que, sin embargo, ilumina ya su vida. En octubre de 1918 ingresa en el Seminario de Logroño, y en 1925 se ordena sacerdote. Hasta el 2 de octubre de 1928 no tuvo claro qué quería Dios de él. Fue entonces cuando vio que, sin querer él ser fundador de nada, Dios le pedía que fundara el Opus Dei. Cuando murió, en 1975, la institución que había iniciado estaba ya extendida por todo el mundo, con más de sesenta mil miembros de todas las nacionalidades. Hoy, San Josemaría Escrivá es una referencia espiritual para millones de personas, pero todo empezó así, con unas sencillas pisadas en la nieve.

        Toda la realidad que nos rodea es una interpelación constante hacia la reflexión y el compromiso. El mundo a nuestro alrededor está lleno de preguntas que esperan una respuesta personal. Son como susurros que solo se oyen cuando hay un cierto grado de madurez personal y de rectitud de vida. El que vive acaparado y seducido por sus propios intereses no suele percibir esas preguntas ni esas llamadas. Y si no se perciben las preguntas, es difícil encontrar respuestas que den un sentido claro a la vida.

        —¿Piensas entonces que la clave está en que todos tengamos más actitud de escucha y más sensibilidad hacia lo que Dios quiere decirnos?

        Es imprescindible esa actitud de escucha, un cierto silencio interior que permita oír bien. Pero, sobre todo, hacen falta respuestas personales generosas. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta clarificadora. En ese sentido, son importantes las preguntas, pero, después, lo fundamental es la respuesta al querer de Dios.

        —Pero, para dar una respuesta personal generosa, hace falta saber cuál ha de ser nuestra respuesta, y eso no siempre es sencillo.

        Si uno no se hace esas preguntas, nunca encontrará las respuestas. Por eso es preciso afinar el oído y atreverse a preguntarse para qué estamos en este mundo, qué es lo que puede dar verdadero valor a nuestra vida, qué puede llenar realmente nuestro corazón y otorgarnos una felicidad duradera. Son preguntas que, si se responden con acierto y luego se persevera en el compromiso que suponen, son la condición para llegar a ser uno mismo, para vivir la propia vida y para vivirla con verdadera libertad.

        La generosidad de las personas se puede comprobar observando la relación entre el modo en que se le pide algo y cómo responden a esa petición. Cuando aquel chico de quince años ve esas huellas en la nieve, que vieron tantos otros en aquellos días, se siente llamado por Dios a una mayor entrega. Ante una pequeña insinuación de Dios, hay una respuesta generosa.

        —¿Y no te parece que, para descubrir qué quiere Dios de nosotros, hemos de esforzarnos, primero, por salir un poco de nuestro individualismo?

        El individualismo y el egoísmo son, efectivamente, impedimentos importantes. Porque percibir el querer de Dios suele ir unido a percibir el querer de los demás. "El amor al prójimo -señala Benedicto XVI- es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios."

        Hace un tiempo leí que una de las decisiones más importantes en la vida de una persona, y que más condicionan el resultado global de su existencia, es una determinación que todos acabamos tomando, casi sin darnos demasiada cuenta, y es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás.

        Muchas personas, ya en el ocaso de sus días, hacen balance y se preguntan a qué se debe el resultado tan decepcionante de su vida. Y, en medio de todas esas ruinas y naufragios de sus proyectos, se preguntan con asombro la razón de ese caos y esa devastación que observan a su alrededor. Pero no siempre se dan cuenta de que se debe, sencillamente, a que han querido amar para ellos, a que han confundido amor y egoísmo.

        Todo nuestro entorno lanza llamadas continuas a despertar nuestra sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Hay personas que se acostumbran a hacer oídos sordos a esas llamadas. Otras, en cambio, les dan entrada y reflexionan sobre ellas. Son personas que tienen ojos para descubrir los sufrimientos y las necesidades de los demás. Piensan poco en su propia satisfacción y, curiosamente, son quienes luego alcanzan mayores cotas de satisfacción y de felicidad. Saben estar atentos y procuran colmar, con la riqueza de su corazón, las carencias de quienes les rodean. Y quizá parece que en ellos esa actitud es innata, pero se debe más a la educación recibida y, sobre todo, al esfuerzo y la entrega personal a lo largo de la vida.

        El 28 de octubre de 1816, Marcelino Champagnat, un sacerdote de veintisiete años recién ordenado, acude con urgencia a la aldea de Les Palais y asiste en su lecho de muerte a un chico llamado Juan Bautista Montagne. El moribundo tiene dieciséis años pero no ha oído nunca ni siquiera hablar de Dios. El joven sacerdote queda muy impresionado, pues comprende entonces que en ese mismo estado deben estar miles y miles de jóvenes, por falta de maestros que les enseñen el camino de la fe. Decide poner en marcha de inmediato una fundación dirigida a instruir cristianamente a la juventud, la congregación de los Hermanos Maristas. En 1818 funda la primera escuela en su pueblo natal, Marlhes. Y al año siguiente, en su parroquia, La Valla-en-Gier. A su muerte, veintidós años después, en 1840, hay ya casi cincuenta escuelas por toda Francia.

        Hoy, los Hermanos Maristas son más de cuatro mil religiosos y están presentes en más de cien países, gracias a que San Marcelino Champagnat estuvo atento a la voz de Dios. Primero, cuando, a los catorce años, recibe en Marlhes la visita de un sacerdote que le propone entrar en el seminario. Después, cuando persevera en sus estudios, pese a que el primer año fracasa como estudiante y el director del seminario le recomienda quedarse en casa porque no es apto para los estudios eclesiásticos. O más adelante, cuando no se conforma con sus obligaciones como joven sacerdote y se lanza a una nueva fundación, a pesar de su escasa salud y de la convulsa situación del país en aquella época. Con la ayuda de Dios, logró superar numerosas contrariedades, sobre todo en los comienzos de su obra, pues hasta sus colegas sacerdotes lo tildaban de orgulloso, de obrar por la vanidad de presentarse como fundador, y lo consideraron loco y falto de toda prudencia. Sin embargo, no se desanimó por las incomprensiones o las calumnias, fue un gran pionero en muchas cuestiones educativas, un gran evangelizador y un gran santo.

        El 2 de septiembre de 1827, una humilde mujer de origen francés que viaja desde Milán a Lyon con su esposo y sus tres hijos llama a las puertas de una parroquia de Turín. Está en el sexto mes de embarazo y gravemente enferma. Le abre la puerta un sacerdote de cuarenta y un años llamado José Benito Cottolengo. Al verla en ese estado, la conduce en su carruaje hasta el cercano hospital de tuberculosos, pero no es atendida por tratarse de una extranjera que no reúne los requisitos legales para ser internada. Hace nuevos intentos en otras instituciones sanitarias pero todo es en vano: la pobre mujer fallece tras una larga y dolorosa agonía. Al ver los rostros desolados del marido y de los tres niños, comprende que debe hacer algo para que la gente desamparada tenga un sitio al que acudir. Cuatro meses después, ya ha puesto en marcha un pequeño hospital en una casa alquilada. Al cabo de pocos años, disponía ya de varios edificios destinados de modo específico a enfermos mentales, huérfanos, inválidos, desamparados y sordomudos. Fundó una congregación dedicada exclusivamente a prestar asistencia a todos esos pacientes, que estaban en situación de extrema pobreza.

        Hoy, en muchos lugares del mundo, a las instituciones que acogen a la gente más desamparada se les designa con el nombre de "cottolengos", prueba evidente de la gran influencia de aquel sacerdote de Turín que supo captar la voz de Dios en la triste muerte de aquella mujer inmigrante. Esas situaciones no eran infrecuentes en aquella época, pero él tuvo ojos para descubrir en todo ello un designio de Dios para su vida. Quizá a otros les hacía simplemente maldecir la situación, o incluso renegar de Dios, pero a San José Benito Cottolengo le hizo entregar su vida a promover fecundas y extensas iniciativas en favor de todo tipo de necesitados.

        El 6 de febrero de 1844, una chica joven de la alta sociedad madrileña visita con una amiga suya el hospital San Juan de Dios, donde están las mujeres de mala vida que caen enfermas. Se llama Micaela Desmaisières López de Dicastillo y Olmeda, Vizcondesa de Jorbalán. Es una mujer sensible, que alterna la vida de la aristocracia con las obras de caridad. Pero, aquel día, Micaela se topa de pronto con el drama de estas chicas jóvenes en la persona de una de ellas: una muchacha modosa y tímida, hija de un rico banquero navarro, que se había visto abocada a la prostitución tras ser engañada y seducida por unos desalmados. Nunca se había imaginado que los hombres dieran un trato tan injusto y cruel a esas pobres criaturas, después de haberlas corrompido.

        Aquel espectáculo es para ella como una revelación del Cielo. Micaela se referirá siempre a aquella mujer como "la chica del chal" y su historia le conmueve de tal forma que la marca de por vida. Cuando se entera, además, de la espantosa vida que les espera cuando salen de allí, piensa que es necesario hacer algo para ayudarlas. Enseguida pone en marcha un pequeño colegio para las muchachas en peligro, y para las que ya han sido víctimas, para intentar redimirlas. A partir de ahí, se produce a su alrededor una verdadera tormenta de incomprensiones, aun entre sus mejores amistades. ¿A quién se le iba a ocurrir que una mujer de la más alta clase social, emparentada con las familias más ricas y famosas de la capital, se dedique a cuidar mujeres de mala vida? Las calumnias van en aumento, pero a ella no parecen importarle demasiado. En 1850, deja los fastos de la corte de Isabel II para vivir con sus chicas en el colegio. Tras grandes dificultades, el colegio crece y ya tiene con ella algunas colaboradoras. Ve la necesidad de formar una comunidad que dé estabilidad a la obra, y en 1856 funda la Congregación de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, dedicadas a adorar a Cristo Jesús en la Eucaristía y a trabajar por preservar a las muchachas en peligro y a redimir a las que ya cayeron.

        La comunidad se extiende rápidamente y hoy cuenta con casi dos mil religiosas en más de ciento sesenta casas y colegios por todo el mundo. Ella decía a sus religiosas: "Es difícil encontrar otra fundadora que haya sido más acusada, más calumniada y más regañada que yo. Mis acciones las juzgan de la peor manera posible. Pero poco me interesa lo que las gentes están diciendo de mí, porque mi juez es Dios." Y Dios la glorificó haciendo numerosos milagros por su intercesión. Hoy, las religiosas de Santa María Micaela siguen prestando un servicio impagable a decenas de miles de mujeres que sufren el riesgo de las muchas formas de explotación y esclavitud que siempre tiene la sociedad de cualquier época.

 

 

Hay que volver a encontrarse

Hoy, después de 40 años de convivencia, la cordialidad entre la acción política y la fe religiosa parece haber dado paso a la crispación en algunos sectores. Se han roto puentes, se ha deteriorado la confianza y se ha levantado un muro de olvido. La llegada de la democracia y su consolidación gozaron de un apoyo decidido de la Iglesia en España, en plena comunión con el Papa y el Concilio Vaticano II. Lo recordaba el Cardenal Fernando Sebastián. Hay que volver a encontrarse, a sentarnos con sinceridad y sin espíritu polémico para recobrar la confianza mutua.

El Congreso Iglesia y Sociedad democrática, que ha tenido lugar en la Fundación Pablo VI, se ha propuesto, precisamente, arrojar luz sobre ese espíritu de diálogo que merece ser recuperado entre un Estado garante de la libertad religiosa y una Iglesia libre de ataduras y al servicio de la sociedad en la que vive.

Suso do Madrid

 

 

Para “rejuvenecer la Iglesia”

Más de 100.000 jóvenes han respondido al cuestionario que constituye la base de trabajo del Sínodo que se reúne en Roma hasta el próximo sábado. Se trata de un proceso de consultas a nivel mundial con pocos precedentes, dentro de la serie de reformas que, en la línea del Vaticano II, impulsa el Papa. No es solo escuchar las preocupaciones y demandas que los jóvenes católicos hacen a la Iglesia. Está en marcha una transformación en profundidad de las propias estructuras eclesiales. “Rejuvenecer la Iglesia”, como pedía el Concilio, consiste también en dar protagonismo a los propios jóvenes, sin olvidar salir al encuentro de aquellos que se marcharon o nunca estuvieron.

Enric Barrull Casals

 

 

Recobrar la confianza mutua

La Transición a la democracia en España, han pasado 40 años, pareció cerrar la vieja cuestión religiosa. Los últimos años del franquismo fueron el escenario, gracias, seguramente a la obertura que comportó el Vaticano II y a los esfuerzos de numerosos católicos españoles, algunos lo vivimos directamente, que lucharon por la instauración pacífica de la democracia, de un diálogo fructífero con la izquierda que militaba en la oposición y que arrastraba una mentalidad anticlerical. El diálogo que se tejió en los años previos a 1975 hizo posible los consensos constitucionales, la superación del modelo de confesionalidad y el establecimiento de nuevos modos de relación Iglesia, Estado y Sociedad.

Hay que volver a encontrarse, a sentarnos con sinceridad y sin espíritu polémico para recobrar la confianza mutua.

Jaume Catalán Díaz

 

 

LA ASQUEROSA POLITICA Y LOS INDESEABLES QUE DICEN RESPRESENTAR AL PUEBLO SOBERANO

 

                                Viendo y oyendo los “horrendos desinformativos”, que nos hacen tragar todos o casi todos los que se autotitulan “informadores, tertulianos, comentaristas y demás yerbas”… Y viendo como nos arruinan y arruinan a España, un ejército enorme, de inútiles a los que… “Nos han obligado a mantener, mediante leyes del embudo” y de las que no podemos librarnos; cada vez tengo menos ganas de escribir, puesto que a lo largo de los últimos más de cuarenta años, “considero que lo que tenía que escribir lo he escrito con creces”; por tanto me dedicaré a revisar mis grandes archivos y sacaré de ellos lo que considero aún de actualidad o utilidad; y lo seguiré publicando, con el absoluto entendimiento de que no servirá para nada; y que “las sanguijuelas que nos han ido chupando, lo seguirán haciendo y cada vez más, puesto que como las malas yerbas, no son extinguibles y brotan como las mismas, constantemente”; pero aun así, por si sirve para algo la opinión de alguien que ya no cree en política alguna.

                                También y como hoy hago; difundiré “cosas y sentencias de otros inquietos y rebeldes como yo”, las que pueden difundir, si así lo estiman y si no, pues allá cada cual con sus sentires o sentimientos conformistas o rebeldes.

                                Escuchen con suma atención el vídeo que hoy les envío, con mis cordiales saludos de “súbdito bien engañado”.

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CRUDA REALIDAD DICHA POR UN MÉDICO DE AMBULATORIO:

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes