Las Noticias de hoy 29 Octubre 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 29 de octubre de 2018     

Indice:

ROME REPORTS

Misa de clausura del Sínodo: “Escuchar, hacerse prójimo y testimoniar”

Carta a los jóvenes de los padres sinodales: “Sois el presente, sed el futuro más luminoso”

Ángelus: “El Sínodo de los jóvenes fue una buena cosecha y promete un buen vino”

Padre sinodal de Perú: “A las personas no se les debe bajar las exigencias de la fe cristiana”

MIRAR AL CIELO: Francisco Fernandez Carbajal

“Hay mil maneras de orar”: San Josemaria

Algo grande y que sea amor (II): Lo que podría ser tu vida: Nicolás Álvarez de las Asturias

Pasión por la verdad

“La eutanasia del Gobierno es útil para pocos y peligro para muchos”, dice delegado del Vaticano en la Asociación Médica Mundial

 Sr. Macron: "sus palabras dejan en evidencia su ignorancia y, tal vez, su capacidad política": Leonor Tamayo

90 AÑOS DE INTENSA HISTORIA: Carlota Sedeño Martinez

Padres, hijos: Daniel Tirapu

Francisco rechaza conspirar para erradicar conspiraciones: Felipe de J. Monroy

SABER COMPRENDR Y PROGRESO: Ing. José Joaquín Camacho     

¿Por qué no avanzamos en competitividad?: ALFREDO PALACIOS DONGO

Afrontar el futuro con esperanza: Jesús Martínez Madrid

“El día internacional”: José Morales Martín

La ONU en su encrucijada: Suso do Madrid

España: Dos últimos presidentes “dos plagas”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Misa de clausura del Sínodo: “Escuchar, hacerse prójimo y testimoniar”

Homilía del Papa en la Basílica Vaticana

octubre 28, 2018 11:02Rosa Die AlcoleaEl Sínodo de los Obispos, Papa y Santa Sede

(ZENIT – 28 oct. 2018).- El Santo Padre Francisco ha expuesto 3 pasos fundamentales para el camino de la fe: “escuchar, hacerse prójimo y testimoniar”, en la homilía de la Misa de clausura del Sínodo de los Obispos, sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional.

Así, el Santo Padre ha comentado el pasaje de San Marcos sobre el ministerio itinerante de Jesús, quien poco después entrará en Jerusalén para morir y resucitar, siendo Bartimeo el último que sigue a Jesús en el camino. “Nosotros también hemos caminado juntos, hemos ‘hecho sínodo’ “, ha señalado el Papa.

Escuchar

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Jovenes-492x275.pngEl primer paso para facilitar el camino de la fe es escuchar, ha indicado Francisco:¡Qué importante es para nosotros escuchar la vida! Los hijos del Padre celestial escuchan a sus hermanos: no las murmuraciones inútiles, sino las necesidades del prójimo. Escuchar con amor, con paciencia, como hace Dios con nosotros”.

En este contexto, el Papa ha dicho a los jóvenes, “en nombre de todos nosotros, adultos: disculpadnos si a menudo no os hemos escuchado; si, en lugar de abrir vuestro corazón, os hemos llenado los oídos”.

Hacerse prójimo

El hacerse prójimo es el segundo aspecto que propone el Pontífice para acompañar en el camino de la fe. “Miramos a Jesús –ha predicado– que no delega en alguien de la «multitud» que lo seguía, sino que se encuentra con Bartimeo en persona. Le dice: «¿Qué quieres que haga por ti?»”.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Cardenales-492x275.png“Estamos llamados a realizar la obra de Dios al modo de Dios, en la proximidad: unidos a él, en comunión entre nosotros, cercanos a nuestros hermanos”, ha exhortado el Santo Padre. “Proximidad: aquí está el secreto para transmitir el corazón de la fe, no un aspecto secundario”.

Hacerse prójimos es “llevar la novedad de Dios a la vida del hermano, es el antídoto contra la tentación de las recetas preparadas”. Así, “cuando por amor a él también nosotros nos hacemos prójimos, nos convertimos en portadores de nueva vida“, sin ser “maestros de todos ni expertos de lo sagrado”, sino en “testigos del amor que salva”.

Testimoniar

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Misa-493x275.png“No es cristiano esperar que los hermanos que están en busca llamen a nuestras puertas”, advierte Francisco; “tendremos que ir donde están ellos, no llevándonos a nosotros mismos, sino a Jesús”.

El Santo Padre hace un llamamiento: Él nos envía a decirles a todos: “Dios te pide que te dejes amar por él”. “Él nos envía, como a aquellos discípulos, para animar y levantar en su nombre”.

RD

Aquí pueden leer la homilía completa del Papa Francisco:

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Homilía del Papa Francisco

El episodio que hemos escuchado es el último que narra el evangelista Marcos sobre el ministerio itinerante de Jesús, quien poco después entrará en Jerusalén para morir y resucitar. Bartimeo es, por lo tanto, el último que sigue a Jesús en el camino: de ser un mendigo al borde de la vía en Jericó, se convierte en un discípulo que va con los demás a Jerusalén. Nosotros también hemos caminado juntos, hemos “hecho sínodo” y ahora este evangelio sella tres pasos fundamentales para el camino de la fe.

En primer lugar, nos fijamos en Bartimeo: su nombre significa “hijo de Timeo”. Y el texto lo especifica: «El hijo de Timeo, Bartimeo» (Mc 10,46). Pero, mientras el Evangelio lo reafirma, surge una paradoja: el padre está ausente. Bartimeo yace solo junto al camino, lejos de casa y sin un padre: no es alguien amado sino abandonado. Es ciego y no tiene quien lo escuche. Cuando quería hablar, le hacen callar. Jesús escucha su grito. Y cuando lo encuentra le deja hablar. No era difícil adivinar lo que Bartimeo le habría pedido: es evidente que un ciego lo que quiere es tener o recuperar su vista. Pero Jesús no es expeditivo, da tiempo a la escucha. Este es el primer paso para facilitar el camino de la fe: escuchar. Es el apostolado del oído: escuchar, antes de hablar.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Papa-2-490x275.pngPor el contrario, muchos de los que estaban con Jesús imprecaban a Bartimeo para que se callara (cf. v. 48). Para estos discípulos, el necesitado era una molestia en el camino, un imprevisto en el programa. Preferían sus tiempos a los del Maestro, sus palabras en lugar de escuchar a los demás: seguían a Jesús, pero lo que tenían en mente eran sus propios planes. Es un peligro del que tenemos que prevenirnos siempre. Para Jesús, en cambio, el grito del que pide ayuda no es algo molesto que dificulta el camino, sino una pregunta vital. ¡Qué importante es para nosotros escuchar la vida! Los hijos del Padre celestial escuchan a sus hermanos: no las murmuraciones inútiles, sino las necesidades del prójimo. Escuchar con amor, con paciencia, como hace Dios con nosotros, con nuestras oraciones a menudo repetitivas. Dios nunca se cansa, siempre se alegra cuando lo buscamos. Pidamos también nosotros la gracia de un corazón dócil para escuchar. Me gustaría decirles a los jóvenes, en nombre de todos nosotros, adultos: disculpadnos si a menudo no os hemos escuchado; si, en lugar de abrir vuestro corazón, os hemos llenado los oídos. Como Iglesia de Jesús deseamos escucharos con amor, seguros de dos cosas: que vuestra vida es preciosa ante Dios, porque Dios es joven y ama a los jóvenes; y que vuestra vida también es preciosa para nosotros, más aún, es necesaria para seguir adelante.

Después de la escucha, un segundo paso para acompañar el camino de fe: hacerse prójimos. Miramos a Jesús, que no delega en alguien de la «multitud» que lo seguía, sino que se encuentra con Bartimeo en persona. Le dice: «¿Qué quieres que haga por ti?» (v. 51). Qué quieres: Jesús se identifica con Bartimeo, no prescinde de sus expectativas; que yo haga: hacer, no solo hablar; por ti: no de acuerdo con ideas preestablecidas para cualquiera, sino para ti, en tu situación. Así lo hace Dios, implicándose en primera persona con un amor de predilección por cada uno. Ya en su modo de actuar transmite su mensaje: así la fe brota en la vida.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Obispos-497x275.pngLa fe pasa por la vida. Cuando la fe se concentra exclusivamente en las formulaciones doctrinales, se corre el riesgo de hablar solo a la cabeza, sin tocar el corazón. Y cuando se concentra solo en el hacer, corre el riesgo de convertirse en moralismo y de reducirse a lo social. La fe, en cambio, es vida: es vivir el amor de Dios que ha cambiado nuestra existencia. No podemos ser doctrinalistas o activistas; estamos llamados a realizar la obra de Dios al modo de Dios, en la proximidad: unidos a él, en comunión entre nosotros, cercanos a nuestros hermanos. Proximidad: aquí está el secreto para transmitir el corazón de la fe, no un aspecto secundario.

Hacerse prójimos es llevar la novedad de Dios a la vida del hermano, es el antídoto contra la tentación de las recetas preparadas. Preguntémonos si somos cristianos capaces de ser prójimos, de salir de nuestros círculos para abrazar a los que “no son de los nuestros” y que Dios busca ardientemente. Siempre existe esa tentación que se repite tantas veces en las Escrituras: lavarse las manos. Es lo que hace la multitud en el Evangelio de hoy, es lo que hizo Caín con Abel, es lo que hará Pilato con Jesús: lavarse las manos. Nosotros, en cambio, queremos imitar a Jesús, e igual que él ensuciarnos las manos. Él, el camino (cf. Jn 14,6), por Bartimeo se ha detenido en el camino. Él, la luz del mundo (cf. Jn 9,5), se ha inclinado sobre un ciego. Reconozcamos que el Señor se ha ensuciado las manos por cada uno de nosotros, y miremos la cruz y recomencemos desde allí, del recordarnos que Dios se hizo mi prójimo en el pecado y la muerte. Se hizo mi prójimo: todo viene de allí. Y cuando por amor a él también nosotros nos hacemos prójimos, nos convertimos en portadores de nueva vida: no en maestros de todos, no en expertos de lo sagrado, sino en testigos del amor que salva.

Testimoniar es el tercer paso. Fijémonos en los discípulos que llaman a Bartimeo: no van a él, que mendigaba, con una moneda tranquilizadora o a dispensar consejos; van en el nombre de Jesús. De hecho, le dirigen solo tres palabras, todas de Jesús: «Ánimo, levántate, que te llama» (v. 49). En el resto del Evangelio, solo Jesús dice ánimo, porque solo él resucita el corazón. Solo Jesús dice en el Evangelio levántate, para sanar el espíritu y el cuerpo. Solo Jesús llama, cambiando la vida del que lo sigue, levantando al que está por el suelo, llevando la luz de Dios en la oscuridad de la vida. Muchos hijos, muchos jóvenes, como Bartimeo, buscan una luz en la vida. Buscan un amor verdadero. Y al igual que Bartimeo que, a pesar de la multitud, invoca solo a Jesús, también ellos invocan la vida, pero a menudo solo encuentran promesas falsas y unos pocos que se interesan de verdad por ellos.

No es cristiano esperar que los hermanos que están en busca llamen a nuestras puertas; tendremos que ir donde están ellos, no llevándonos a nosotros mismos, sino a Jesús. Él nos envía, como a aquellos discípulos, para animar y levantar en su nombre. Él nos envía a decirles a todos: “Dios te pide que te dejes amar por él”. Cuántas veces, en lugar de este mensaje liberador de salvación, nos hemos llevado a nosotros mismos, nuestras “recetas”, nuestras “etiquetas” en la Iglesia. Cuántas veces, en vez de hacer nuestras las palabras del Señor, hemos hecho pasar nuestras ideas por palabra suya. Cuántas veces la gente siente más el peso de nuestras instituciones que la presencia amiga de Jesús. Entonces pasamos por una ONG, por una organización paraestatal, no por la comunidad de los salvados que viven la alegría del Señor.

Escuchar, hacerse prójimos, testimoniar. El camino de fe termina en el Evangelio de una manera hermosa y sorprendente, con Jesús que dice: «Anda, tu fe te ha salvado» (v. 52). Y, sin embargo, Bartimeo no hizo profesiones de fe, no hizo ninguna obra; solo pidió compasión. Sentirse necesitados de salvación es el comienzo de la fe. Es el camino más directo para encontrar a Jesús. La fe que salvó a Bartimeo no estaba en la claridad de sus ideas sobre Dios, sino en buscarlo, en querer encontrarlo. La fe es una cuestión de encuentro, no de teoría. En el encuentro Jesús pasa, en el encuentro palpita el corazón de la Iglesia. Entonces, lo que será eficaz es nuestro testimonio de vida, no nuestros sermones.

Y a todos vosotros que habéis participado en este “caminar juntos”, os agradezco vuestro testimonio. Hemos trabajado en comunión y con franqueza, con el deseo de servir a Dios y a su pueblo. Que el Señor bendiga nuestros pasos, para que podamos escuchar a los jóvenes, hacernos prójimos suyos y testimoniarles la alegría de nuestra vida: Jesús.

 

 

Carta a los jóvenes de los padres sinodales: “Sois el presente, sed el futuro más luminoso”

Al clausurar el Sínodo de los Obispos

octubre 28, 2018 14:30Rosa Die AlcoleaEl Sínodo de los Obispos

(ZENIT – 28 oct. 2018).- “La Iglesia y el mundo tienen necesidad urgente de vuestro entusiasmo” ha dicho a los jóvenes el Cardenal Baldisseri, quien ha leído la carta a los jóvenes al término de la Misa de clausura del Sínodo, celebrada esta mañana, 28 de octubre de 2018, en la Basílica de San Pedro.

El Santo Padre ha abrazado y ha agradecido la participación a varios jóvenes que han subido el altar, en representación de los 34 jóvenes que han trabajado en esta XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, presentes en la Eucaristía.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Carta-4-413x275.jpgEn la carta, los padres sinodales y participantes en el Sínodo, dicen a los jóvenes: “Queremos ayudaros en vuestras alegrías para que vuestras esperanzas se transformen en ideales” y alientan: “La Iglesia es vuestra madre, no os abandona y está dispuesta a acompañaros por caminos nuevos, por las alturas donde el viento del Espíritu sopla con más fuerza”.

El Cardenal Lorenzo Baldisseri es el Secretario General de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, celebrado del 3 al 28 de octubre en el Vaticano.

Este XXX Domingo del Tiempo Ordinario se ha clausurado el tercer Sínodo convocado por el Papa https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Carta-2-413x275.jpgFrancisco, y fruto de ellos, se ha elaborado un documento final para seguir trabajando y rezando por los jóvenes, explicó el Santo Padre.

Sin embargo, el Santo Padre avirtió de que “el resultado del Sínodo no es un documento”. Francisco aseguró que “ahora el Espíritu nos entrega a nosotros el documento para que trabaje en nuestros corazones, somos nosotros los destinatarios del documento”.

La carta ha sido escrita por 8 participantes en el Sínodo: 4 padres sinodales (procedentes de distintos continentes), 2 jóvenes auditoras, un invitado especial y un experto.

 

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Carta de los padres sinodales a los jóvenes

Nos dirigimos a vosotros, jóvenes del mundo, nosotros como padres sinodales, con una palabra de esperanza, de confianza, de consuelo. En estos días hemos estado reunidos para escuchar la voz de Jesús, “el Cristo eternamente joven” y reconocer en Él vuestras muchas voces, vuestros gritos de alegría, los lamentos, los silencios.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Papa-carta-413x275.jpgConocemos vuestras búsquedas interiores, vuestras alegrías y esperanzas, los dolores y las angustias que os inquietan. Deseamos que ahora podáis escuchar una palabra nuestra: queremos ayudaros en vuestras alegrías para que vuestras esperanzas se transformen en ideales. Estamos seguro que estáis dispuestos a entregaros con vuestras ganas de vivir para que vuestros sueños se hagan realidad en vuestra existencia y en la historia humana.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Carta-3-355x533.jpgQue nuestras debilidades no os desanimen, que la fragilidad y los pecados no sean la causa de perder vuestra confianza. La Iglesia es vuestra madre, no os abandona y está dispuesta a acompañaros por caminos nuevos, por las alturas donde el viento del Espíritu sopla con más fuerza, haciendo desaparecer las nieblas de la indiferencia, de la superficialidad, del desánimo.

Cuando el mundo, que Dios ha amado tanto hasta darle a su Hijo Jesús, se fija en las cosas, en el éxito inmediato, en el placer y aplasta a los más débiles, vosotros debéis ayudarle a levantar la mirada hacia el amor, la belleza, la verdad, la justicia.

Durante un mes hemos caminado juntamente con algunos de vosotros y con muchos otros unidos por la oración y el afecto. Deseamos continuar ahora el camino en cada lugar de la tierra donde el Señor Jesús nos envía como discípulos misioneros.

La Iglesia y el mundo tienen necesidad urgente de vuestro entusiasmo. Haceos compañeros de camino de los más débiles, de los pobres, de los heridos por la vida.

Sois el presente, sed el futuro más luminoso.

 

 

Ángelus: “El Sínodo de los jóvenes fue una buena cosecha y promete un buen vino”

Palabras del Papa antes del Ángelus

octubre 28, 2018 15:40Rosa Die AlcoleaAngelus y Regina Caeli

(ZENIT – 28 oct. 2018).- “El Sínodo de los jóvenes fue una buena cosecha y promete un buen vino”, ha anunciado el Papa antes del rezo del Ángelus. “Los frutos de este trabajo ya están fermentando, al igual que el jugo de la uva, en las barricas después de la vendimia”.

El Pontífice ha apuntado que el primer fruto de esta Asamblea Sinodal “debería ser precisamente el ejemplo de un método que he intentado seguir desde la fase preparatoria” y ha añadido que más importante que el documento “es la difusión de una forma de ser y de trabajar juntos, jóvenes y ancianos, en la escucha y en el discernimiento, para llegar a opciones pastorales que respondan a la realidad”.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/10/Gente-493x275.pngDespués de la Misa de clausura del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, el Papa rezó la oración mariana del Ángelus ante 25.000 fieles, en la plaza de San Pedro.

Así, el Obispo de Roma ha contado a los fieles cómo ha sido el trabajo del Sínodo: Sobre como caminar a través de muchos desafíos, como el mundo digital, el fenómeno de la migración, el sentido del cuerpo y de la sexualidad, el drama de la guerra y la violencia.

“La escucha requiere tiempo, atención, apertura de la mente y del corazón”, ha asegurado el Santo Padre, y ha expresado, agradecido que el Sínodo “ha sido un tiempo de consuelo y de esperanza, precisamente a través del trabajo exigente y también agotador, fue ante todo un momento de escucha”.

RD

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Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

¡Buenos días! No parece tan bueno, ¿no? Esta mañana, en la Basílica de San Pedro, hemos celebrado la Misa de clausura de la Asamblea del Sínodo de los Obispos, dedicada a los jóvenes. La Primera Lectura del profeta Jeremías fue particularmente adecuada para este momento porque es una palabra de esperanza que Dios da a su pueblo, una palabra de consuelo basada en el hecho de que Dios es padre de su pueblo. Lo ama y lo cuida como a un hijo, abre un horizonte de futuro, un camino viable y transitable, por el cual pueden caminar los ciegos, los cojos, la embarazada y la mujer que da a luz. Es decir, las personas en dificultad.

Porque la esperanza de Dios no es un espejismo, como en ciertos anuncios publicitarios en los que todo el mundo es sano y bello, sino una promesa a personas reales, con buenas y malas partes, potenciales y fragilidades. La promesa de Dios es para gente como nosotros.

Esta Palabra de Dios expresa bien la experiencia que hemos vivido durante la experiencia del Sínodo. Ha sido un tiempo de consuelo y de esperanza, precisamente a través del trabajo exigente y también agotador, fue ante todo un momento de escucha. La escucha requiere tiempo, atención, apertura de la mente y del corazón, pero este compromiso se convertía cada día en consuelo, sobre todo porque teníamos en medio de nosotros la presencia viva y estimulante de los jóvenes con sus historias y contribuciones.

A través de los testimonios de los padres sinodales, la realidad multiforme de las nuevas generaciones ha entrado en el Sínodo, por así decirlo, desde todos los puntos de vista, desde todos los continentes, y desde muchas situaciones humanas y sociales diferentes.

Con esta actitud de escucha hemos tratado de leer la realidad, de captar los signos de nuestro tiempo. Un discernimiento comunitario, hecho a la luz de la Palabra de Dios y del Espíritu Santo. Este es uno de los dones más hermosos que el Señor hace a la Iglesia Católica, es decir, reunir voces y rostros de las realidades más variadas y así poder intentar una interpretación que tenga en cuenta la riqueza y complejidad de los fenómenos siempre a la luz del Evangelio.

Así, estos días, hemos discutido sobre como caminar a través de muchos desafíos, como el mundo digital, el fenómeno de la migración, el sentido del cuerpo y de la sexualidad, el drama de la guerra y la violencia. Los frutos de este trabajo ya están fermentando, al igual que el jugo de la uva, en las barricas después de la vendimia. El Sínodo de los jóvenes fue una buena cosecha y promete un buen vino, pero quisiera decir que el primer fruto de esta Asamblea Sinodal debería ser precisamente el ejemplo de un método que he intentado seguir desde la fase preparatoria. Un estilo sinodal que no tiene como objetivo principal la redacción de un documento que también es valioso y útil.

Más importante que el documento, sin embargo, es la difusión de una forma de ser y de trabajar juntos, jóvenes y ancianos, en la escucha y en el discernimiento, para llegar a opciones pastorales que respondan a la realidad. Por ello, invocamos la intercesión de la Virgen María, a ella que es la Madre de la Iglesia, confiamos la acción de gracias a Dios por el don de esta Asamblea Sinodal, para que Ella nos ayude a llevar adelante todo esto que hemos experimentado, sin miedo, en la vida ordinaria de las comunidades. Que el Espíritu Santo, con su sabia imaginación haga crecer los frutos de nuestro trabajo, para que podamos seguir caminando juntos con los jóvenes de todo el mundo.

 

 

Padre sinodal de Perú: “A las personas no se les debe bajar las exigencias de la fe cristiana”

Entrevista a Mons. Ricardo García, obispo de Yauyos

octubre 28, 2018 16:47José Antonio Varela VidalEl Sínodo de los Obispos, Entrevistas

(ZENIT – 28 oct. 2018).- Terminado el Sínodo de los Obispos sobre la juventud, no solo queda un documento final, una carta a los jóvenes del mundo y vivos recuerdos… Lo más valioso es que quedará como modelo unas semanas de diálogo, de interpelación mutua entre fieles y pastores y sobre todo, la convicción de que en la Iglesia hay aún muchísimo por hacer.

Zenit ofrece a sus lectores una entrevista con el padre sinodal, monseñor Ricardo García García, obispo prelado de Yauyos (Perú). Él llevó a la asamblea su vasta experiencia como presidente de la comisión de pastoral juvenil en su país, y los desafíos en este sector para el país inca.

ZENIT: ¿Qué le pareció este Sínodo, donde los jóvenes han participado de lo que se ha llamado la ‘sinodalidad’ de la Iglesia? 

Mons. Ricardo García: Ha sido interesante escuchar a los jóvenes que han participado, no solamente ahora en la asamblea, sino cuando se hicieron las preguntas en su momento. Ahora uno se pregunta ¿a qué jóvenes queremos llegar? Yo creo que este Sínodo tiene que plantear una apertura hacia la gran mayoría de muchachos, que lamentablemente no están cerca de la Iglesia. Hay que plantearse temas para recuperar esa fuerza de la juventud, porque la verdad de Dios es la verdad de todo el mundo.

ZENIT: Se habló mucho de la ‘sinodalidad’…

Mons. Ricardo García: La ‘sinodalidad’ me parece importante, porque ha permitido estar, escuchar, no solo desde estos días sino desde atrás. Escuchar, para luego quien tiene que tomar las decisiones, las tome. Recordemos que nuestra Iglesia es jerárquica, y que los sucesores de los apóstoles han estado presentes en este sínodo, asimismo ha habido oyentes que han tenido también la palabra, pero es evidente que la decisión la toman los sucesores de los apóstoles.

ZENIT: De los temas que se han tratado, ¿cuál le llamó más la atención?

Mons. Ricardo García: Yo creo que fue el cómo llegar a la juventud, el llegar a los jóvenes para recuperarlos, digamos así. Ha sido constante el tema del acompañamiento a los jóvenes de distintas maneras, sean los sacerdotes, religiosas y también se habló de laicos que estén bien formados. Porque un joven que tiene un poco más de formación que sus amigos cercanos, influye en sus vidas. Otro tema que me atañe particularmente desde América Latina, es la importancia de las escuelas y las universidades, porque así como en nuestro continente, y en África y en Europa, hay muchas escuelas de orientación católica. Por ello, hay un llamado a recuperar ese canal de acompañamiento a los jóvenes, pues los colegios religiosos no siempre han dejado una huella, con todo el fruto que podría ser. 

ZENIT: Muchos dirigentes, sean políticos como empresariales, salen de los colegios de la Iglesia… ¿Cómo se debería enfocar hoy esa formación del futuro ciudadano?

Mons. Ricardo García: Habría que ahondar primero a través de la doctrina, con un conocimiento más serio, más estructurado sobre la doctrina de la Iglesia católica, y que responda a los temas morales, familiares, asuntos de la vida cotidiana y también aquellos éticos que tengan que ver con la vida social. Un asunto que ha salido en el sínodo, es la importancia de que los muchachos no se queden en un cuarto cerrado que es la Iglesia, o en la parroquia y los movimientos. No, hay que salir, hay que estar en el mundo y ahí ser sal, ser fermento que mueve y que va canalizando, va orientando a la sociedad. Por ello no solamente se debe llenar la cabeza, también hay que llenar el corazón, dar una imagen de cercanía a Jesucristo. Hay que transmitir con entusiasmo lo que hizo nuestro Señor Jesucristo, para enamorarse de Él y estar dispuesto a comprometer su vida. Si uno se entusiasma con eso, también es mucho mayor la posibilidad de que surjan vocaciones, porque encuentras sentido a la existencia.

ZENIT: De hecho durante las últimas décadas en América Latina, se ha trabajado mucho con la juventud, Usted mismo ha sido presidente de la comisión de pastoral juvenil en el Perú. ¿Cuál fue el aporte de Latinoamérica para un trabajo práctico con los jóvenes?

Mons. Ricardo García: Yo creo que en América Latina en general, hay como una mayor organización de trabajo con la juventud en ciertas instancias, sea a nivel episcopal, diócesis, movimientos, grupos juveniles. Veo que hay una praxis en el ponerse de acuerdo. Creo que otro aporte es que nuestros jóvenes todavía tienen una reserva importante, que es toda la piedad popular que hay en nuestra tierra. En el Perú, el Papa nos dio un piropo muy hermoso, de que éramos una tierra ‘ensantada’. Hay una piedad en la gente, y si digo Perú también digo Ecuador, Bolivia, México, Colombia, en fin, América Latina tiene esta riqueza que con naturalidad uno puede aún expresar su fe sin complejos, sin asustarse ante el qué dirán.

ZENIT: Aunque con una formación que la complemente ¿no?

Mons. Ricardo García: La piedad popular es una opción muy válida, pero creo que hay que enriquecerla con mayor formación doctrinal y con un compromiso continuo. Que no sea válido solo la fiesta del santo, con mucho entusiasmo, mucha piedad en ese día, pero al día siguiente me olvido.

ZENIT: También se habló en los medios sobre la posibilidad de que la Iglesia pudiera aceptar la homosexualidad. ¿Esto ha sido así? ¿Acaso se puede cambiar algo en este punto?

Mons. Ricardo García: Ha sido un tema que se ha tocado en la asamblea, y el consenso casi general ha sido recordar la educación y las enseñanzas habituales de la Iglesia. La moral no cambia. Lo que sí hace falta es explicar bien las cosas, el ¿por qué? de los asuntos. No basta quedarse en señalar el sexto mandamiento o decir que el noveno dice esto, y se acabó. Ha sido un pedido de la asamblea, para que se mencione expresamente el porqué de las exigencias morales que tiene la fe cristiana. Sobre el tema de la homosexualidad, se ha dicho que hay que acompañar a las personas que tienen esa situación; acompañarlas, no rechazarlas. No es que se esté aceptando una situación moralmente incorrecta. A las personas hay que darles una luz, pues no se trata de bajarles las exigencias de la fe cristiana, sino hacerles ver el porqué de las cosas, y darles fuerza para que salgan adelante.

ZENIT: También vemos que se habló de los abusos, y uno de los temas del sínodo era el discernimiento vocacional ¿Cómo mejorar el discernimiento vocacional y la selección de los candidatos al sacerdocio para evitar problemas?

Mons. Ricardo García: En el tema de los abusos, es evidente que el sentir no es igual en todas las partes del mundo. Yo creo que si se pone un termómetro y se va a Estados Unidos, se va a otros sitios de Europa o a Chile, la temperatura es más alta. Pero si nos vamos a otros lugares del mundo, no es un tema que se convierta en “el tema”, ni mucho menos. Tampoco generalicemos un asunto que puede ser propio de cada país. Pero junto con eso, diríamos que el discernimiento vocacional no solamente es para ser sacerdote o ser religioso o religiosa, sino que la vocación es más amplia, parte de algo común para todos que es el bautismo. Se habla bastante de las vocaciones laicales, algunos con consagración otros sin consagración, pero hay una vocación laical.

ZENIT: ¿Y cómo seleccionar mejor a los candidatos al sacerdocio?

Mons. Ricardo García: Para la selección de los candidatos al sacerdocio, no basta que sea un chico piadoso y punto. Tiene que tener unas condiciones y virtudes humanas que permitan construir lo sobrenatural sobre lo humano. Así se puede construir las virtudes para el trabajo, el orden, la sinceridad, la lealtad, la audacia, la castidad, que es una virtud importante. El desprendimiento también de los bienes, en el sentido de que para muchos jóvenes su ideal es ser un profesional. Me parece muy bien, pero a veces se centra en eso el éxito, pero muchos no se han planteado la posibilidad de entregar su vida a otros asuntos, diríamos así, más trascendentes, y si Dios llama, hay que ir entonces por allí. A algunos Dios les pide más, y uno tiene que estar dispuesto a lo que Dios pida. Pero para llegar a esa situación hay que tener un poco de vida espiritual, un trato con Dios, la gracia de Dios, la acción del Espíritu Santo sobre nosotros.

ZENIT: De los temas tratados se ha hablado de algunos descuidos, casi un mea culpa en  el trabajo con los jóvenes… ¿Qué se podría corregir a corto plazo? 

Mons. Ricardo García: Un tema que ha salido es la falta de disponibilidad de los sacerdotes para atender a los jóvenes, pues a veces tienen muchas cosas, mucho trabajo. No creo que se pueda resolver a corto plazo, pero por lo menos sí es una llamada a la actitud de intentar algo en ese tema. Luego también hubo una llamada a los obispos a que apostemos por la juventud, aunque no solamente pensando en una forma teórica, sino destinando medios,  incluso de tipo económicos. Hay que apoyar los encuentros, las actividades, las publicaciones, aunque esto suponga gasto. Luego debemos contar más con los jóvenes en ciertas tareas, decisiones, organización…

ZENIT: Y la necesidad de la formación…

Mons. Ricardo García: Hay que formar a los jóvenes para que actúen con libertad, esto es, formarse bien en la mente y el corazón para que ellos tomen sus decisiones a nivel político, laboral o lo que sea, pero con conocimiento de causa. Creo que es muy importante también lo que dije antes, los jóvenes están más allá, están en la universidad, en el café, en el deporte y tantos otros lugares. Y esos también son un sitio para el encuentro con Dios, esto es lo que hay que rescatar.

ZENIT: En el Perú ahora mismo hay una problemática fuerte sobre la corrupción que ha llegado a muchos sectores, incluso el Papa lo advirtió al hablar sobre los presidentes con denuncias o presos… ¿Qué se puede hacer para evitar que esto se institucionalice y llegue a ser como una mafia organizada?

Mons. Ricardo García: Creo que los obispos del Perú tienen que hacer un llamado a la responsabilidad, pero con la prudencia de no ponerse en uno u otro partido, o un color u otro color, porque aquí lamentablemente todos tienen rabo de paja, y me refiero a casi todos los políticos. Entonces hay que andar con mucha precaución, porque lo que es una realidad es que hay un enfrentamiento, una venganza de uno a otro, una situación muy desagradable que está desuniendo al país. A corto plazo, hay que llamar a una pacificación, tender puentes, intentar que haya un poco de concordancia en las cosas. Luego a mediano y largo plazo, llamar a la juventud a que se comprometa con las acciones políticas, que son parte del laicado, pues hay una ausencia de políticos que inspiren confianza y transparencia de vida. Una fe que no se manifiesta en lo social, es una fe que está limitada. Debemos animar a los jóvenes para que se involucren en la vida política, bien preparados y muy calificados.

 

 

MIRAR AL CIELO

— La mujer encorvada y la misericordia de Jesús.

— Lo que nos impide mirar al Cielo.

— Solo en Dios comprendemos la verdadera realidad de la propia vida y de todo lo creado.

I. En el Evangelio de la Misa1, San Lucas nos relata cómo Jesús entró a enseñar un sábado en la sinagoga, según era su costumbre. Y había allí una mujer poseída por un espíritu, enferma desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Y Jesús, sin que nadie se lo pidiera, movido por su compasión, la llamó y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios.

El jefe de la sinagoga se indignó porque Jesús curaba en sábado. Con su alma pequeña no comprende la grandeza de la misericordia divina que libera a esta mujer postrada desde hacía tanto tiempo. Celoso en apariencia de la observancia del sábado prescrita en la Ley2, el fariseo no sabe ver la alegría de Dios al contemplar a esta hija suya sana de alma y de cuerpo. Su corazón, frío y embotado –falto de piedad–, no sabe penetrar en la verdadera realidad de los hechos: no ve al Mesías, presente en aquel lugar, que se manifiesta como anunciaban las Escrituras. Y no atreviéndose a murmurar directamente de Jesús, lo hace de quienes se acercan a Él: Seis días hay en los que es necesario trabajar; venid, pues, en ellos a ser curados y no en día de sábado. Y el Señor, como en otras ocasiones, no calla: les llama hipócritas, falsos, y contesta –recogiendo la alusión al trabajo– señalando que, así como ellos se daban buena prisa en soltar del pesebre a su asno o a su buey para llevarlos a beber aunque fuera sábado, a esta, que es hija de Abrahán, a la que Satanás ató hace ya dieciocho años, ¿no era conveniente soltarla de esta atadura aun en día de sábado? Aquella mujer, en su encuentro con Cristo recupera su dignidad; es tratada como hija de Abrahán y su valor está muy por encima del buey o del asno. Sus adversarios quedaron avergonzados, y toda la gente sencilla se alegraba por todas las maravillas que hacía.

La mujer quedó libre del mal espíritu que la tenía encadenada y de la enfermedad del cuerpo. Ya podía mirar a Cristo, y al Cielo, y a las gentes, y al mundo. Nosotros hemos de meditar muchas veces estos pasajes en los que la compasiva misericordia del Señor, de la que tan necesitados andamos, se pone singularmente de relieve. «Esa delicadeza y cariño la manifiesta Jesús no solo con un grupo pequeño de discípulos, sino con todos. Con las santas mujeres, con representantes del Sanedrín como Nicodemo y con publicanos como Zaqueo, con enfermos y con sanos, con doctores de la ley y con paganos, con personas individuales y con muchedumbres enteras.

»Nos narran los Evangelios que Jesús no tenía dónde reclinar su cabeza, pero nos cuentan también que tenía amigos queridos y de confianza, deseosos de acogerlo en su casa. Y nos hablan de su compasión por los enfermos, de su dolor por los que ignoran y yerran, de su enfado ante la hipocresía»3.

La consideración de estas escenas del Evangelio nos debe llevar a confiar más en Jesús, especialmente cuando nos veamos más necesitados del alma o del cuerpo, cuando experimentemos con fuerza la tendencia a mirar solo lo material, lo de abajo, y a imitarle en nuestro trato con las gentes: no pasemos nunca con indiferencia ante el dolor o la desgracia. Hagamos igual que el Maestro, que se compadece y pone remedio.

II. «Así encontró el Señor a esta mujer que había estado encorvada durante dieciocho años: no se podía erguir (Lc 13, 11). Como ella –comenta San Agustín– son los que tienen su corazón en la tierra»4; después de un tiempo han perdido la capacidad de mirar al Cielo, de contemplar a Dios y de ver en Él la maravilla de todo lo creado. «El que está encorvado, siempre mira a la tierra, y quien busca lo de abajo, no se acuerda de a qué precio fue redimido»5. Se olvida de que todas las cosas creadas han de llevarle al Cielo y contempla solo un universo empobrecido.

El demonio mantuvo dieciocho años sin poder mirar al Cielo a la mujer curada por Jesús. Otros, por desgracia, pasan la vida entera mirando a la tierra, atados por la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida6. La concupiscencia de la carne impide ver a Dios, pues solo lo verán los limpios de corazón7; esta mala tendencia «no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios (...).

»El otro enemigo (...) es la concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero también los ojos que, por eso mismo, no saben descubrir las realidades sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión de la Sagrada Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes materiales, y además a esa deformación que lleva a observar lo que nos rodea –los demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo– solo con visión humana.

»Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios (...). La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, de la superbia vitae. No se trata solo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque este es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos»8. Ninguno de estos enemigos podrá con nosotros si tenemos la sinceridad necesaria para descubrir sus primeras manifestaciones, por pequeñas que sean, y suplicamos al Señor que nos ayude a levantar de nuevo nuestra mirada hacia Él.

III. La fe en Cristo se ha de manifestar en los pequeños incidentes de un día corriente, y ha de llevarnos a «organizar la vida cotidiana sobre la tierra sabiendo mirar al Cielo, esto es, a Dios, fin supremo y último de nuestras tensiones y nuestros deseos»9.

Cuando, mediante la fe, tenemos la capacidad de mirar a Dios, comprendemos la verdad de la existencia: el sentido de los acontecimientos, que tienen una nueva dimensión; la razón de la cruz, del dolor y del sufrimiento; el valor sobrenatural que podemos imprimir a nuestro trabajo diario y a cualquier circunstancia que, en Dios y por Dios, recibe una eficacia sobrenatural.

El cristiano no está cerrado en absoluto a las realidades terrenas; por el contrario, «puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe, y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios»10, pero solo «usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo, como quien nada tiene y es dueño de todo: Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 22)»11. San Pablo recomendaba a los primeros cristianos de Filipos: Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima12.

El cristiano adquiere una particular grandeza de alma cuando tiene el hábito de referir a Dios las realidades humanas y los sucesos, grandes o pequeños, de su vida corriente. Cuando los aprovecha para dar gracias, para solicitar ayuda y ofrecer la tarea que lleva entre manos, para pedir perdón por sus errores... Cuando, en definitiva, no olvida que es hijo de Dios todas las horas del día y en todas las circunstancias, y no se deja envolver de tal manera por los acontecimientos, por el trabajo, por los problemas que surgen... que olvide la gran realidad que da razón a todo: el sentido sobrenatural de su vida. «¡Galopar, galopar!... ¡Hacer, hacer!... Fiebre, locura de moverse... Maravillosos edificios materiales...

»Espiritualmente: tablas de cajón, percalinas, cartones repintados... ¡galopar!, ¡hacer! —Y mucha gente corriendo: ir y venir.

»Es que trabajan con vistas al momento de ahora: “están” siempre “en presente”. —Tú... has de ver las cosas con ojos de eternidad, “teniendo en presente” el final y el pasado...

»Quietud. —Paz. —Vida intensa dentro de ti. Sin galopar, sin la locura de cambiar de sitio, desde el lugar que en la vida te corresponde, como una poderosa máquina de electricidad espiritual, ¡a cuántos darás luz y energía!..., sin perder tu vigor y tu luz»13.

Acudamos a la misericordia del Señor para que nos conceda ese don, vivir de fe, para poder andar por la tierra con los ojos puestos en el Cielo, con la mirada fija en Él, en Jesús,

1 Lc 13, 10-17. — 2 Cfr. Ex 20, 8. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 108. — 4 San Agustín, Comentario al Salmo 37, 10. — 5 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 31, 8. — 6 Cfr. 1 Jn 2, 16. — 7 Cfr. Mt 5, 8. — 8 San Josemaría Escrivá, o. c., 56. — 9 Juan Pablo II, Ángelus 8-XI-1979. 10 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 37. — 11 Ibídem.12 Flp 4, 8. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 837.

 

 

“Hay mil maneras de orar”

¿Católico, sin oración?... Es como un soldado sin armas (Surco, 453).

Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones.
(…) Hay mil maneras de orar, os digo de nuevo. Los hijos de Dios no necesitan un método, cuadriculado y artificial, para dirigirse a su Padre. El amor es inventivo, industrioso; si amamos, sabremos descubrir caminos personales, íntimos, que nos lleven a este diálogo continuo con el Señor. (…)
Si flaqueamos, acudiremos al amor de Santa María, Maestra de oración; y a San José, Padre y Señor Nuestro, a quien veneramos tanto, que es quien más íntimamente ha tratado en este mundo a la Madre de Dios y -después de Santa María- a su Hijo Divino. Y ellos presentarán nuestra debilidad a Jesús, para que El la convierta en fortaleza. (Amigos de Dios, nn. 253. 255)

 

Algo grande y que sea amor (II): Lo que podría ser tu vida

El sueño de todo cristiano es que su nombre esté escrito en el Corazón de Dios. En el segundo texto de la serie sobre la vocación -“Algo grande y que sea amor”- se contempla esta realidad.

Vocación25/10/2018

Opus Dei - Algo grande y que sea amor (II): Lo que podría ser tu vida

Mesopotamia vio nacer y desaparecer algunas de las civilizaciones más antiguas del mundo: sumerios, acadios, babilonios, caldeos… Aunque en el colegio tal vez estudiamos algunas de ellas, nos parecen culturas distantes y poco relacionadas con nosotros. Sin embargo, de esa zona surgió un personaje que forma parte de nuestra familia. Se llamaba Abrán, hasta que Dios le cambió el nombre por Abrahán. La Biblia lo sitúa unos 1850 años antes de la venida de Jesucristo a la tierra. Cuatro mil años después seguimos acordándonos de él, cuando en la Santa Misa le invocamos como «nuestro padre en la fe»[1]: él dio origen a nuestra familia.

«Te he llamado por tu nombre»

Abrahán es una de las primeras personas que han pasado a la historia por haber respondido a una llamada de Dios. En su caso, era una petición muy singular: «Vete de tu tierra y de tu patria y de casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Gn 12,1). Tras él vinieron, entre otros, Moisés, Samuel, Elías y los demás profetas... Todos escucharon la voz de Dios, que les invitaba de un modo u otro a «salir de su tierra» y a comenzar una nueva vida en su compañía. Como a Abrahán, Dios les prometía que haría grandes cosas en sus vidas: «de ti haré un gran pueblo, te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, que servirá de bendición» (Gn 12,2). Además, a cada uno de ellos lo llamó por su nombre; y por eso, junto al recuerdo de las acciones de Dios, el Antiguo Testamento conserva los nombres de quienes colaboraron con Él. La carta a los Hebreos los elogia con entusiasmo (cf. Hb 11,1-40).

Existe una multitud inmensa de santos desconocidos, que son verdaderos «protagonistas de la historia»

Cuando Dios envió a su Hijo al mundo, los llamados ya no solo escucharon la voz de Dios; pudieron ver también un rostro humano: Jesús de Nazaret. También a ellos Dios les llamó a comenzar una nueva vida, a dejar un rastro imborrable en la historia. Conocemos sus nombres —María Magdalena, Pedro, Juan, Andrés…— y les recordamos también con agradecimiento.

¿Y después? Podría parecer que, con la Ascensión de Jesús al cielo, Dios se hubiera retirado de la historia. En realidad, su acción no solo continúa sino que ha aumentado. Si en su paso por la tierra escogió solo a unos pocos, durante los últimos dos mil años Dios ha «cambiado los planes» de millones de hombres y mujeres, abriéndoles horizontes que ellos mismos no habrían podido ni imaginar. Conocemos los nombres de muchos de ellos, que forman parte del santoral de la Iglesia. Y existe una multitud inmensa de hombres y mujeres «de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas» (Ap 7,9), santos desconocidos, que son verdaderos «protagonistas de la historia»[2].

Hoy, en este instante, Dios sigue buscando y llamando a la puerta de cada uno. A San Josemaría le gustaba considerar estas palabras de Isaías: «te he redimido y te he llamado por tu nombre: ¡tú eres mío!» (Is 43,1). Al meditarlas, decía que le traían al corazón «sabores de panal y de miel»[3], porque le permitían percibir hasta qué punto era amado por Dios de un modo personalísimo, único.

También a nosotros estas palabras pueden traernos sabores de panal y de miel, porque revelan que nuestra vida es importante para Dios: que cuenta con todos, que invita a cada uno. El sueño de todo cristiano es que su nombre esté escrito en el Corazón de Dios. Y es un sueño que está al alcance de todos.

«Cuenta las estrellas, si puedes contarlas»

Nos puede parecer excesivo ver nuestra vida así, en continuidad con la de los grandes santos. Tenemos experiencia de nuestra debilidad. También la tuvieron Moisés, Jeremías, Elías, a quienes no faltaron sus momentos malos[4]. El propio Isaías, por ejemplo, se decía en una ocasión: «en balde me he fatigado, inútilmente y en vano he gastado mi fuerza…» (Is 49,4). Es verdad que a veces la vida se presenta así, como algo sin mucho sentido o interés, por la facilidad con que se truncan nuestros proyectos. La pregunta «para qué quiero vivir» parece naufragar ante la experiencia del fracaso, del sufrimiento y de la muerte.

Dios conoce perfectamente toda esa inestabilidad, y la confusión en la que nos puede dejar. Y, sin embargo, viene a buscarnos. Por eso, el profeta no se queda en un grito de queja, y reconoce la voz del Señor: «Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra» (Is 49,6). Somos débiles, pero esa no es toda la verdad sobre nuestra vida. Escribe el Papa: «Reconozcamos nuestra fragilidad, pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban»[5].

La llamada divina es una gran misericordia de Dios; señal de que me quiere, de que le importo: «Dios cuenta contigo por lo que eres, no por lo que tienes: ante él, nada vale la ropa que llevas o el teléfono móvil que utilizas; no le importa si vas a la moda, le importas tú, tal como eres. A sus ojos, vales, y lo que vales no tiene precio»[6]. Al llamarnos, Dios nos libera, porque nos permite escapar de una vida banal, dedicada a satisfacciones pequeñas que no son capaces de llenar nuestra sed de amor. «Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia»[7]. Dios saca nuestra libertad de su pequeñez, la abre a la amplitud de la historia de su Amor con los hombres, en la que todos —cada una y cada uno— somos protagonistas.

No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida

«La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía»[8]. Para quien ha recibido y acogido la llamada de Dios, ya no hay acciones banales o pequeñas. Todas ellas quedan iluminadas por la promesa: «de ti haré un gran pueblo» (Gn 12,2): con tu vida haré cosas grandes; dejarás rastro, serás feliz repartiendo felicidad. Por eso, «cuando Él pide algo, en realidad está ofreciendo un don. No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida, llenándola de sentido»[9].

Por otra parte, la luz de la vocación nos permite comprender que la importancia de nuestra vida no se mide por la grandeza humana de los planes que realizamos. Solo unos pocos pueden incluir sus nombres entre los grandes de la historia universal. En cambio, la grandeza divina se mide ahora por su relación con el único plan verdaderamente grande: la Redención. «Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado»[10].

«La Redención se está haciendo —¡ahora!»[11] ¿Cómo colaborar? De mil modos distintos, sabiendo que Dios mismo nos va a ir dando luces para que descubramos el modo concreto de colaborar con Él. «Dios quiere que la libertad de la persona intervenga no solo en la respuesta, sino también en la configuración de la vocación misma»[12]. Y la respuesta, sin dejar de ser libre, está movida por la gracia actual del Dios que llama. Si nos ponemos a caminar, a partir del lugar en el que nos encontramos, Dios nos ayudará a ver lo que Él ha soñado para nuestra vida: un sueño que «se va haciendo» a medida que avanza, porque depende también de nuestra iniciativa y de nuestra creatividad. San Josemaría decía que, si soñábamos, nos quedaríamos cortos, porque quien sueña de verdad sueña con Dios. Así, a lo grande, hacía soñar Dios a Abrahán: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas» (Gn 15,5).

Siempre es cosa de dos

Dios entra en la vida de Abrahán para quedarse con él, para unirse en cierto modo a su destino: «Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan; en ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra» (Gn 12,3). Su historia es la de un «protagonismo compartido». Es la historia de Abrahán y de Dios, de Dios y de Abrahán. Hasta tal punto que, a partir de entonces, Dios se presentará a Sí mismo ante los demás hombres como «el Dios de Abrahán»[13].

La llamada consiste en vivir con Él. Más que de hacer cosas especiales, se trata de hacerlo todo con Dios

La llamada consiste, pues, en primer lugar, en vivir con Él. Más que de hacer cosas especiales, se trata de hacerlo todo con Dios, «¡todo por Amor!»[14]. Lo mismo les sucedió a los primeros: Jesús los eligió, antes que nada, «para que estuvieran con Él»; solo después, el evangelista añade: «y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14). Por eso, también nosotros, cuando percibimos la voz de Dios, no debemos pensar en una especie de «misión imposible», dificilísima, que Él nos impone desde la lejanía del Cielo. Si es una auténtica llamada de Dios, será una invitación a meternos en su vida, en su proyecto: una llamada a permanecer en su Amor (cfr. Jn 15,8). Y así, desde el Corazón de Dios, desde una auténtica amistad con Jesús, podremos llevar su Amor al mundo entero. Él quiere contar con nosotros… estando con nosotros. O viceversa: Él quiere estar con nosotros, contando con nosotros.

Se entiende así que quienes han experimentado la llamada de Dios, y la han seguido, animen a quienes empiezan a escucharla. Porque, en un primer momento, es frecuente que experimenten miedo. Es el temor lógico que produce lo inesperado, lo desconocido, lo que agranda horizontes, la realidad de Dios, que nos supera por todas partes. Pero este miedo está llamado a ser transitorio. Se trata de una reacción humana de lo más común, que no debe sorprendernos. Sería un error dejarnos paralizar por el miedo: más bien, es necesario enfrentarse con él, atreverse a analizarlo con calma. Las grandes decisiones de la vida, los proyectos que han dejado rastro, casi siempre han sido precedidos de un estadio de miedo, superado después con una reflexión serena; y sí, también, con un golpe de audacia.

San Juan Pablo II comenzó su pontificado con una invitación que aún hoy resuena: «Abrid de par en par las puertas a Cristo (…) ¡No tengáis miedo!»[15]. Benedicto XVI la retomó nada más ser elegido: comentaba cómo, con estas palabras, «el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes». Y se preguntaba: «¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo —si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él—, miedo de que Él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?»[16].

Seguía Benedicto XVI: «Y todavía el Papa quería decir: ¡No! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada —absolutamente nada— de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera»[17]. Y, uniéndose a aquella recomendación de San Juan Pablo II, concluía: «Quisiera (…), a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[18]. El Papa Francisco nos lo ha recordado también a menudo: «Él te pide que dejes lo que paraliza el corazón, que te vacíes de bienes para dejarle espacio a él»[19]. Así haremos la experiencia de todos los santos: Dios no quita nada, sino que llena nuestro corazón de una paz y una alegría que el mundo no puede dar.

Por este camino, el miedo cede enseguida el paso a una profunda gratitud: «Doy gracias a aquel que me ha llenado de fortaleza, a Jesucristo nuestro Señor, porque me ha considerado digno de su confianza (…) a mí, que antes era blasfemo, perseguidor e insolente. Pero alcancé misericordia» (1 Tm 1,12-13). Que todos tengamos una vocación muestra que la misericordia de Dios no se detiene ante nuestras debilidades y pecados. Él se pone ante nosotros Miserando atque eligendo, como reza el lema episcopal del Papa Francisco. Porque, para Dios, escogernos y tener misericordia —pasar por alto nuestra pequeñez— es una sola cosa.

Como Abrahán, como san Pablo, como todos los amigos de Jesús, también nosotros nos sabemos no solo llamados y acompañados por Dios, sino también seguros de su ayuda: convencidos de que «quien comenzó en [nosotros] la obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús» (Flp 1,6). Sabemos que nuestras dificultades, aunque a veces sean serias, no tienen la última palabra. San Josemaría lo repetía a los primeros fieles del Opus Dei: «cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos… y les comunica las gracias convenientes»[20].

Solo la confianza nos permite vivir sin estar esclavizados por el cálculo de las propias fuerzas

La llamada de Dios es, pues, una invitación a la confianza. Solo la confianza nos permite vivir sin estar esclavizados por el cálculo de las propias fuerzas, de los propios talentos, abriéndonos a la maravilla de vivir también de las fuerzas de Otro, de los talentos de Otro. Como en las escaladas a las grandes cumbres, es necesario fiarse de quien nos precede, con quien compartimos incluso una misma cuerda. El que va por delante nos indica dónde pisar y nos ayuda en aquellos momentos en que, si estuviéramos solos, nos dejaríamos dominar por el pánico o el vértigo. Caminamos, pues, como en la escalada, pero con la diferencia de que ahora nuestra confianza no está puesta en alguien como nosotros, ni siquiera en el mejor de los amigos; ahora nuestra confianza está puesta en el mismo Dios, que siempre «permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2, 13).

Haréis vosotros los caminos

«Abrán se marchó tal y como le había mandado el Señor» (Gn 12,4). Así comenzó la etapa de su vida que marcaría su existencia para siempre. La suya fue, desde entonces, una vida guiada por sucesivas llamadas de Dios: a ir de un sitio a otro, a alejarse de hombres malvados, a creer en la posibilidad de tener un hijo, a tenerlo verdaderamente, y… a estar dispuesto a sacrificarlo. Abrahán no dejó de necesitar su libertad en ningún momento para seguir diciendo que sí al Señor. Así, la vida de quienes siguen a Dios se caracteriza no solo por la cercanía y la comunión con Dios, sino también por una real, plena y continuada libertad.

Responder afirmativamente a la llamada de Dios no solo da a nuestra libertad un nuevo horizonte, un sentido pleno —«algo grande y que fuera amor»[21], decía san Josemaría—, sino que nos exige ponerla en juego continuamente. La entrega a Dios no es como subirse a una especie de «cinta transportadora», orientada y dirigida por otros, que nos fuera a llevar —sin quererlo nosotros— hasta el final de nuestros días; o como una vía ferroviaria, perfectamente trazada, que se puede consultar por adelantado y que no reserva ninguna sorpresa al viajero.

En efecto, a lo largo de nuestra vida nos encontraremos con que la fidelidad a la primera llamada exige de nosotros nuevas decisiones, a veces costosas. Y entenderemos que la llamada de Dios nos empuja a crecer cada día más en nuestra propia libertad. Porque, para volar alto —como es propio de cualquier camino de amor—, hace falta tener las alas limpias de barro y una gran capacidad de disponer de la propia vida, tantas veces esclavizada por pequeñeces. En pocas palabras, a la grandeza de la llamada de Dios debe corresponder una libertad igualmente grande, dilatada por la correspondencia a la Gracia y por el crecimiento de las virtudes, que nos hacen ser más verdaderamente nosotros mismos.

En los primeros años de la Obra, a los jóvenes que se acercaban a él, san Josemaría solía repetirles que todo estaba todo por hacer, incluso el camino que debían recorrer. Y que ese camino, que el Señor les indicaba y que debía atravesar el mundo entero, lo iban a realizar ellos. «No hay caminos hechos para vosotros... Los haréis —les decía—, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas»[22]. Expresaba así el carácter abierto que tiene toda vocación, y que es preciso descubrir y fomentar.

Ahora, como entonces, responder a la llamada de Dios supone, en cierto modo, abrirse camino al golpe de las propias pisadas. Dios no nos da a conocer nunca un plan perfectamente escrito. No lo hizo con Abrahán, ni con Moisés. No lo hizo con los apóstoles. Al subir a los cielos les dijo solamente: « Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). ¿Cómo? ¿Por dónde? ¿Con qué medios? Todo eso se iría precisando poco a poco. Como en nuestro caso: el camino se irá concretando a lo largo de la vida, y se construirá gracias a esa alianza maravillosa entre la Gracia de Dios y nuestra propia libertad. Durante toda la vida, la vocación es «la historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor»[23]. Nuestra historia será un entretejerse de nuestro oído atento a las inspiraciones divinas y nuestra creatividad para llevarlas a cabo del mejor modo en que podamos.

La Virgen María, ejemplo para todos nosotros por su «Sí» en Nazaret, lo es también por su permanente escucha y obediencia a la Voluntad de Dios a lo largo de toda su vida, que también estuvo marcada por el claroscuro de la fe. «María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lc 1,19). Junto a su Hijo, nuestra Madre fue descubriendo a cada paso lo que Dios quería de Ella. Por eso la llamamos también Perfecta Discípula de Cristo. A Ella nos encomendamos, para que sea la Estrella que guíe siempre nuestros pasos.

Nicolás Álvarez de las Asturias


[1] Misal Romano, Plegaria Eucarística I.

[2] Francisco, Vigilia de oración con los jóvenes, Cracovia, 30-VII-2017.

[3] Amigos de Dios, n. 312.

[4] Cfr. Por ejemplo Nm 11,14s: «Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, hazme morir, por favor, si he hallado gracia a tus ojos; así no veré más mi desventura»; Jr 20,18: «¿Por qué hube de salir del vientre para pasar trabajos y fatigas y acabar mis días deshonrado?»; 1 R 19,4: «¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!»

[5] Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exsultate (19-III-2018), n. 131.

[6] Francisco, Homilía en la Jornada Mundial de la Juventud, Cracovia, 31-VII-2017.

[7] Amigos de Dios, n. 38

[8] Es Cristo que pasa, n. 45

[9] F. Ocáriz, «Luz para ver, fuerza para querer», ABC, 18-IX-2018.

[10] Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), Vida escondida y epifanía, en Obras Completas V, Burgos 2007, 637.

[11] Via Crucis, 5ª estación, n. 2

[12] F. Ocáriz, «La vocación al Opus Dei como vocación en la Iglesia», en El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, 1993, p. 152.

[13] Cfr. Ex 3,6; Mt 22,32.

[14] San Josemaría, Apuntes íntimos IV, n. 296, 22-IX-1931 (citado en Camino, edición crítico-histórica, comentario al n. 813).

[15] San Juan Pablo II, Homilía en el comienzo de su pontificado, 22-X-1978.

[16] Benedicto XVI, Homilía en el comienzo de su pontificado, 24-V-2005.

[17] Ibidem.

[18] Ibidem.

[19] Francisco, Homilía de canonización, 14-X-2018. Cfr. también Gaudete et Exsultate, n. 32.

[20] Instrucción, 19-III-1934, n. 48.

[21] A. Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. I, p. 97.

[22] Camino, n. 928

[23] San Juan Pablo II, Ex. Ap. Pastores dabo vobis (25-III-1992), n. 36.

 

 

 

Pasión por la verdad

El mundo necesita “testigos apasionados y coherentes de la verdad”. En una época en la que el relativismo ha convencido a muchos de que es imposible conocer la verdad, la pasión por buscarla y transmitirla se ha convertido en una gustosa tarea para los cristianos.

Virtudes26/02/2016

Opus Dei - Pasión por la verdad

«Amó de manera desinteresada la verdad. La buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al máximo su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y apreciado en él la pasión por la verdad; su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de la verdad universal, objetiva y trascendente, alcanzó cotas que la inteligencia humana jamás podría haber pensado» [1].

Estas palabras de Juan Pablo II se refieren a Santo Tomás de Aquino, y constituyen un elogio significativo de un gran santo, a la vez que muestran cuánto la Iglesia valora el don de la inteligencia.

Según Juan Pablo II, tomando una expresión de Pablo VI, «con razón se puede llamar al Aquinate “el apóstol de la verdad”. Precisamente porque la buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de la verdad. Su filosofía es verdaderamente la filosofía del ser y no del simple parecer» [2].

Alabar la finura filosófica y teológica de un santo supone también encomiar una determinada actitud ante la verdad: el amor, la pasión, su búsqueda, apertura y reconocimiento.

Parte de la misión de la Iglesia consiste en encender y expandir en el ánimo de los cristianos y de todos los hombres el impulso y la tensión hacia la verdad. Ésta ha sido una mira constante del magisterio de Juan Pablo II –ejemplos claros son las encíclicas Fides et ratio o Veritatis splendor– y es también la actitud de Benedicto XVI cuando, ya desde los primeros días de su pontificado, anima a todos los hombres a que no se dejen vencer por la mentalidad relativista, que no es otra cosa que un modo de renunciar a la indagación sobre las verdades que dan sentido a la vida, con la consiguiente restricción del horizonte vital.

El relativismo, al que se ha referido hace algunos años el ahora Papa Benedicto XVI como «el problema central de la fe cristiana» [3] es una postura ante la vida, que fácilmente toma cuerpo de oficio en la cultura, impregnando las relaciones sociales entre los hombres. No es tanto un sistema filosófico o un organismo doctrinal, sino un estilo de pensar en el que se evita hablar en términos de verdadero o falso, pues no se reconoce una instancia de validez objetiva acerca de juicios que se refieran a realidades que trasciendan lo que cada uno puede ver y tocar: Dios, el alma, incluso la más íntima meta del amor.

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Esta actitud, además, comporta un modo de hacer que manifiesta una perplejidad de fondo ante la realidad: como no puedo conocer nada de forma definitiva, tampoco puedo tomar decisiones que entrañen una entrega indiscutible y para siempre. Todo puede cambiar, todo es provisional.

En el fondo, según esta postura, es tan imperfecto y tan relativo lo que podemos conocer y afirmar sobre las realidades divinas y las que se refieren al sentido de la vida y del mundo, que nuestras palabras no tienen ningún contenido de verdad.

En esta perspectiva, cualquier intento de escapar al método de cálculo y control de las ciencias experimentales, única fuente autorizada de saber, resulta ilusorio, o es simplemente declarado como una vuelta al conocimiento precientífico, o una reinstauración de antiguas mitologías.

Verdad y libertad

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El relativismo trata, pues, de imponer una postura existencial: si no puedo llegar a ninguna conclusión cierta, al menos tratemos de establecer un camino –un método– que me permita alcanzar la mayor cantidad de felicidad posible en este pobre mundo nuestro; una felicidad que, por la misma dinámica de los hechos –contingentes y finitos–, será fragmentaria y limitada.

Lógicamente, en este contexto, lo más importante es evadir el problema de la verdad: cualquier opinión tiene carta de ciudadanía en nuestra cultura con tal de que no se presente con pretensiones de universalidad, como una explicación –tendencialmente– completa sobre Dios y el mundo.

Así, las verdades religiosas quedan a merced de la preferencia del momento o del gusto, reducidas a cuestiones opinables –para algunos quizá privilegiadas, dentro del supermercado de creencias y presunciones que se cocinan y despachan en el piélago de lo sobrenatural– y carentes de racionalidad, precisamente porque no se pueden validar según los criterios de la ciencia experimental.

De este modo, el relativismo se convierte en la justificación vital, no teórica, para conducir una existencia vivible en un mundo privado de espesor. ¿Qué mejor garantía para que todos los hombres puedan mantener una convivencia pacífica, que un mundo sin verdad?

En muchas de nuestras sociedades, una idea débil de razón se ha alzado como presupuesto necesario de la democracia y de la cohabitación: en una sociedad multicultural, multiétnica y multireligiosa defender la existencia de verdades conduce al conflicto y a la violencia, pues quienes estén convencidos de tales verdades son sospechosos de querer imponer –de modo fundamentalista, dicen– algo que no pasa de mera opinión.

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Pero, curiosamente, sucede al contrario. La falta de sensibilidad hacia la verdad, hacia la búsqueda de respuestas sobre la realidad de las cosas y el sentido de la propia vida, lleva consigo la deformación, cuando no la corrupción, de la idea y de la experiencia de la libertad.

No puede extrañar que la consolidación social y legal de los modos de vida congruentes con el relativismo se fundamente siempre en un presunto “derecho de conquista” por parte de la libertad.

Ciertamente, la libertad política ha sido una de las grandes conquistas de la edad moderna. Y, sin embargo, la libertad en el hombre no es un absoluto; todo lo contrario: se halla ligada, en primer lugar, a la naturaleza humana.

Si se la desconecta de la razón y de la totalidad del hombre, de modo que sea concebida como un “poder desear todo” y “poder poner en práctica todo lo que se desea”, al final resulta que «el propio deseo es la única norma de nuestras acciones» [4].

Todos percibimos que no nos movemos simplemente por las ganas. La misma realidad ya es orientadora y nos sugiere motivos de actuación. Nadie compra un bote de mermelada sólo por el diseño del tarro; una buena ama de casa antes pregunta, se informa, lee las características que anuncia... y después elige. Y en esa elección –el ejemplo es banal, pero indicativo– se dan razones: el porcentaje de fruta, su calidad, la procedencia, si se trata de agricultura “biológica”, si se añade azúcar o no, etc. La libertad no es una potencia irrestricta, tiene sus límites: está ligada al bien integral del hombre, es decir, a su verdad.

Parece más bien que, debajo de la acusación de fundamentalismo que se hace a muchos cristianos que quieren ser coherentes con su fe, se disimula el auténtico fundamentalismo: el de la debilidad de las convicciones; mucho más peligroso por ocultarse bajo la máscara de la tolerancia.

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En todo caso, argumentando en positivo, habría que aclarar que esa acusación mezcla dos planos: el de las convicciones personales acerca de la verdad, y el de su realización en el campo político.

Estar persuadido de la verdad no implica necesariamente tratar de imponerla a los demás. Por tanto, ante la inculpación de despotismo –más o menos implícita– dirigida a todo el que defiende el valor de la verdad como un bien al que la persona no puede renunciar, hay que decir que éste no es producido por el reconocimiento de verdades universales y absolutas, sino por la falta de respeto a la libertad.

La estima de las ideas contrarias, y sobre todo de las personas que las pronuncian, no nace de la debilidad de las propias creencias, ni de estar dispuesto a poner en duda cualquier convicción; ocurre más bien lo contrario: para que exista una auténtica actitud de respeto hacia todos, son necesarias algunas verdades universalmente aceptadas, “no negociables”, empezando por el reconocimiento de la dignidad de cada ser humano, presupuesto para respetar su libertad.

Cuanto más fuertemente convencidos estamos de esa verdad –que a los cristianos nos parece tan obvia, al comprender que todos los hombres son hijos del mismo Padre–, más posible será que se garantice el respeto a todos, incluidos quienes no comparten ese principio.

De hecho, si no se admite la universalidad de los derechos humanos ni la validez objetiva que los sustenta –la dignidad de cada persona–, tampoco serán exigibles para todos los ciudadanos, ni se podrá limitar por tanto la arbitrariedad en el ejercicio del poder, con lo que la propia democracia quedará indefensa ante sus propios abusos.

El problema del relativismo se encuentra en la entraña del mismo hombre, que, por más que aspire gozar de una autonomía sin vínculos ni límites, deseará siempre conocer el sentido de su vida, anhelo que se da en estrecha correspondencia con la pregunta sobre Dios y la salvación.

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El Señor proclamó que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios [5]; el deseo natural de saber y el hambre de la palabra divina son inextinguibles, y nadie podrá hacerlos desaparecer de la vida humana: así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado [6].

Hacer amable la verdad

La verdad es amable de por sí y, sin embargo, a veces la podemos defender de manera un tanto antipática. Es cierto que algunas verdades incomodan a quienes las escuchan, y que una vida coherente no es un camino fácil para nadie; pero esto no quita que la verdad tenga de por sí una fuerza de atracción que hemos de procurar no esconder.

Para mostrar el esplendor de la verdad conviene, en primer lugar, hacer el esfuerzo de buscarla, conocerla y contemplarla, también con el estudio y con la formación. Si se ama realmente la verdad es más fácil expresarla con don de lenguas, y hacerla visible con la vida.

Parte del servicio a la verdad consiste en hacerse cargo de las distintas situaciones, con el fin de encontrar los cauces apropiados para transmitir su atractivo e invitar a los demás a buscarla.

Es más fácil, a veces, emplear un tono negativo que tratar de conocer a los interlocutores para buscar el mejor modo de explicar las cosas; pero, ciertamente, es mucho menos eficaz.

Mostrar la amabilidad de la verdad es una tarea muy apropiada para los cristianos, porque sabemos que amor y verdad se identifican. La encíclica del Santo Padre es ya una respuesta al reto que él mismo planteó en los días previos a su elección, y en otros escritos anteriores, en los que –como dijimos– ha caracterizado el relativismo como “el problema central para la fe”.

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Si el relativismo es una actitud que rehúye el encuentro con la verdad por miedo a perder la libertad y la felicidad, ¿no será la caridad la que pueda reconciliar verdad, libertad y felicidad? «La verdad y el amor son idénticos. Esta proposición –comprendida en toda su profundidad– es la suprema garantía de la tolerancia; de una relación con la verdad cuya única arma es ella misma y que, por serlo, es el amor» [7].

El Santo Padre, en los puntos iniciales de su primera encíclica, plantea un interrogante que describe la actitud un tanto defensiva de muchas personas ante la verdad, en este caso ante algunas verdades morales afirmadas por la Iglesia: «la Iglesia –se preguntan–, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en noso­tros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?» [8].

Hacer amable la verdad consiste precisamente en mostrar que se encuentra mayor felicidad viviendo en la verdad que tratando de esquivarla. Cuando te lances al apostolado, convéncete de que se trata siempre de hacer feliz, muy feliz, a la gente: la Verdad es inseparable de la auténtica alegría [9].

Hacer amable la verdad es una buena definición del apostolado, en el que se unen amor y verdad. Una verdad cruda y sin caridad se hará antipática e incluso inalcanzable, porque las verdades decisivas para la existencia «no se logran sólo por vía racional, sino también mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma» [10].

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Los cristianos servimos a la verdad sobre todo cuando la acompañamos y la envolvemos con la caridad de Cristo, con la santidad de vida, que supone, entre otras cosas, saber acoger a todos.

San Josemaría amaba la verdad y la libertad; por eso enseñaba que la verdad no se impone, sino que se ofrece: ¿Te sientes depositario del bien y de la verdad absoluta y, por tanto, investido de un título personal o de un derecho a desarraigar el mal a toda costa? –Por ese camino no arreglarás nada: ¡sólo por Amor y con amor!, recordando que el Amor te ha perdonado y te perdona tanto [11].

El ambiente en el que se aprende a amar la verdad no es un ambiente de enfrentamiento; de vencedores y vencidos. La amistad, la alegría, el cariño y la actitud de servicio convencen, mueven, iluminan, preparan el espíritu para romper los muros del relativismo que cierran la inteligencia a la consideración de la verdad. «La mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor» [12]. El ambiente que devuelve la confianza en encontrar la verdad, y que prepara para recibirla y amarla, es el de la coherencia de vida.

También entre personas que no han conocido a Cristo, no han faltado testigos apasionados y coherentes de la verdad. Pensemos en los testimonios que han llegado de Sócrates, uno de los grandes buscadores de la verdad, que Juan Pablo II cita en la encíclica Fides et ratio: sus palabras, pero sobre todo su actitud de coherencia hasta la muerte, han marcado el pensamiento filosófico desde hace más de dos mil años [13].

Con mucha más razón pueden los cristianos testimoniar la Verdad no sólo con la inteligencia, cultivada con la lectura, el estudio y la reflexión; sino también a través de las virtudes que reflejan a Cristo, verdad hecha vida.

El ambiente de la sociedad (...) necesita una nueva forma de vivir y de propagar la verdad eterna del Evangelio: en la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad –«quasi lucernæ lucentes in caliginoso loco» [14].

Cristo nos ha enseñado la Verdad sobre Dios muriendo en la Cruz. Los santos han hecho creíble que Dios es amor, entregando la vida por amor a Dios y a los demás. La Iglesia no cesa de empeñarse en esta tarea de iluminar al mundo y sacarlo de las tinieblas de una vida sin verdad y sin sentido.


[1] Juan Pablo II, Litt. enc. Fides et ratio, n. 44.

[2] Ibid. Cfr. Pablo VI, Litt. apost. Lumen Ecclesiae, 20-XI-1974, 8.

[3] J. Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia, 2ª edición en castellano, p.105.

[4] Ibid., p. 201.

[5] Mt 4, 4.

[6] Is 55, 11.

[7] J. Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia, p. 199.

[8] Benedicto XVI, Litt. enc. Deus caritas est, n. 3.

[9] Surco, n. 185.

[10] Juan Pablo II, Litt. enc. Fides et ratio, n. 33.

[11] Surco, n. 824.

[12] Benedicto XVI, Litt. enc. Deus caritas est, n. 31.

[13] Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Fides et ratio, n. 26.

[14] Surco, n. 318.

 

“La eutanasia del Gobierno es útil para pocos y peligro para muchos”, dice delegado del Vaticano en la Asociación Médica Mundial

Pablo Requena, médico y teólogo, considera que el proyecto de ley de la izquierda supondrá una gran presión para los que quieren vivir

photo_cameraEutanasia

Fecha

29/10/18access_time 1:04

El pasado 25 de octubre el Congreso de los Diputados aprobó la proposición de ley sobre la eutanasia presentada por el gobierno socialista que contó con el apoyo de Podemos, Ciudadanos, ERC, PNV y Gripo Mixto.   

Según la propuesta socialista, “sólo será aplicable la eutanasia en casos de enfermedad grave e incurable o de discapacidad grave crónica causantes de un sufrimiento físico o psíquico intolerables”. El texto incluye la objeción de conciencia de los profesionales de la salud.

Así, la despenalización para ayudar a morir a enfermos terminales, que será parecida a las legislaciones que existen en Holanda y Bélgica, será incorporada al Sistema Nacional de Salud y financiada con fondos públicos.

Un cinco por ciento de las muertes

En los Países Bajos, la eutanasia se ha convertido en una forma de morir: el 5% de las muertes se producen ya por esta vía cuando en su día, se aprobó para ser aplicada en casos excepcionales.  

Para el teólogo y médico Pablo Requena, consultor de la Pontificia Academia de la Vida “la ley propuesta por el Gobierno socialista no es propia de la ideología de izquierdas, porque afectará a los más débiles que no quieren morir. Supondrá una carga y una gran presión contra los enfermos crónicos que serán tildados de egoístas si desean vivir hasta que la muerte les llegue de manera natural”.

En un congreso celebrado en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz al que acudió Religión Confidencial, Requena, delegado del Vaticano en la Asociación Médica Mundial, ha manifestado: “Aprobar una ley de estas características va a tentar contra la libertad de los que no la quieren”.

Un peligro social

El teólogo afirmó que los pacientes que recibe cuidados paliativos de calidad, no sufren y no quieren morir y puso como ejemplo que la gran mayoría de las personas con discapacidad severa no piden la eutanasia.

Como consultor del Vaticano en la Asociación Médica Mundial apuntó que la mayoría de los países en Europa han rechazado los proyectos de ley relativos al suicidio asistido porque son conscientes de que la eutanasia “es útil para unos pocos y peligro para muchos. Con la eutanasia, un paciente grave deberá argumentar por qué quiere seguir viviendo. Se podrá convertir en un peso para su familia”.

Ahorrar dinero al Estado

Requena recordó que la Asociación Médica Mundial considera la eutanasia, es decir, el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares, como “contraria a la ética. Ello no impide al médico respetar el deseo del paciente de dejar que el proceso natural de la muerte siga su curso en la fase terminal de su enfermedad”.

Respecto a la reflexión economicista, si bien es verdad que la mayoría de los médicos no practican la eutanasia para ahorrar un dinero al Estado, lo cierto es que, por ejemplo, en Canadá el gobierno se ahorra entre 34 a 138 millones de dólares.

“Los médicos españoles apuestan por potenciar los cuidados paliativos, y no la eutanasia”, reveló Pablo Requena. 

 

 

 Sr. Macron: "sus palabras dejan en evidencia su ignorancia y, tal vez, su capacidad política"

 

Estimado sr. Macron, 

Con todo respeto, mucho me temo que ha patinado hasta el infinito y vuelta. En estos casos, lo mejor es aceptarlo, pedir disculpas y, ya para bordarlo, recibir en el Eliseo a varias de estas mujeres a las que ha ofendido de manera gratuita -y supongo que por pura ignorancia o simpleza-, escucharlas…. y aprender.

Y no es sólo que con su famosa frasecita acusa a las madres de familia muy numerosa de incultas y sin formación, sino que demuestra su propia ignorancia social y familiar. Algo que me parece bastante preocupante en alguien que gobierna un país.

La verdad es que no termino si quiera de comprender su razonamiento. No entiendo la supuesta no-relación entre los estudios y las familias numerosas. No entiendo por qué el hecho de tener estudios le parece incompatible con tener 7, 8 o 9 hijos (o 10 como es mi caso), no entiendo por qué tener una familia tan numerosa es signo evidente de escasa cultura.

¿Es acaso porque considera que los hijos son un problema para el desarrollo de la mujer?

Pues mire, Sr. Macron, la realidad es que la maternidad es un trampolín para el desarrollo humano de cualquier mujer. La capacidad de gestión del tiempo, de las personas y las crisis, el autocontrol, la gestión de los recursos son cualidades que se aprenden casi de manera natural. Y también las capacidades personales se multiplican: la capacidad de escucha, la empatía, la serenidad, la fortaleza... Y en el caso de una madre de familia muy numerosa, todo ello se multiplica en relación directa con el número de hijos. Una mujer cuando tiene hijos, proyecta su capacidad hasta límites antes desconocidos para ella. Y, si además tiene muchos hijos, más a mi favor.

Por eso se ha montado este revuelo, Sr. Macron, porque no sólo ofenden sus palabras sino que además dejan en evidencia su ignorancia y, tal vez, su capacidad política.

Estudié mi carrera universitaria, hice dos cursos de doctorado y comencé la tesis doctoral. Lo dejé todo para dedicarme a mi familia. Y es precisamente en casa, con mi marido y mis 10 hijos donde me he desarrollado como una gran profesional en mi campo: formadora y educadora infantil y juvenil, gestora y consultora familiar, escritora y ciudadana activa en la sociedad y la política nacional e internacional. Sin ellos no lo hubiese logrado. Ellos, son mi verdadero doctorado.

No me cuente que, o no tengo estudios o no tengo capacidad intelectual….y entienda que es la suya la que ha quedado en entredicho.

Yo trataría de ponerle remedio, qué quiere que le diga.

Atentamente, 

Leonor Tamayo

 

 

90 AÑOS DE INTENSA HISTORIA

 

Se celebra, en octubre, el 90 aniversario de la fundación del Opus Dei que fue erigido como prelatura personal el 28 de noviembre de 1982 por San Juan Pablo II.   Con tal decisión pontificia fue aplicada por primera vez, en la Iglesia Católica, esta nueva figura canónica, prevista por el Concilio Vaticano II para facilitar la adecuación del orden jurídico eclesiástico a las peculiares necesidades de nuestro tiempo.  El Opus Dei fue fundado por San Josemaría el 2 de octubre de 1928 con el fin de difundir, en todos los ambientes de la sociedad, una profunda toma de conciencia de la llamada universal a la santidad y al apostolado en la vida ordinaria y, más específicamente aún, en el ejercicio del propio trabajo profesional.

San Josemaría se esforzó desde el principio en difundir, también, entre todas las gentes, el espíritu de servicio que incluye un mensaje de tolerancia, de respeto mutuo y de auténtica fraternidad, fundamentada en la filiación divina. Hablaba mucho de servir con alegría. Cito unas palabras suyas: “Un cristiano puede ser barrendero y ser muy santo delante de Dios y tener una eficacia extraordinaria. Otro puede tener una cátedra, o ser ministro, o presidente de una República y, si es tan santo como el barrendero, tendrá el mismo mérito, ni más ni menos; si es menos perfecto, desde luego valdrá menos. En el servicio de Dios no hay oficios de poca categoría. Todos son de mucha categoría si se realizan por amor.” Insistía en que Dios ama al que da con alegría. Solía comentar : “¿Os imagináis vosotros que alguien os sirviera entre penas y llantos?.”

El Opus Dei cuenta con cooperadores – pueden serlo, también, personas no católicas e incluso no cristianas – que sin incorporarse a la prelatura, colaboran en sus labores apostólicas con su oración, su trabajo y su aportación económica. Desde los comienzos, San Josemaría habló con fuerza de la importancia de la libertad personal.  Por eso se da una gran diversidad en las cuestiones temporales (profesionales, económicas, políticas, etc.) entre los miembros del Opus Dei, existe un amplio pluralismo, es algo connatural a su espíritu.  En un congreso teológico de estudio sobre las enseñanzas de San Josemaría (entonces, Beato), celebrado en octubre de 1993 en Roma,  Juan Pablo II, hablando sobre la renovación de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, dijo que el fundador del Opus Dei había aportado “uno de los impulsos carismáticos más significativos, en cuanto a que puso de relieve que el Evangelio ha de influir decididamente sobre la vida de los hombres y sobre la cultura de las naciones.”

Los párrafos anteriores son una brevísima síntesis de lo sucedido a través de 90 años; existen estupendos libros escritos por diferentes autores, españoles y extranjeros. Mi opinión personal es que el más completo es el de Andrés Vázquez de Prada: “El Fundador del Opus Dei “, son tres tomos en los que se relata todo minuciosamente.  Es muy interesante “El hombre de Villa Tévere”, de Pilar Urbano, escrito con el estilo peculiar de esta escritora y periodista.

Contaré una anécdota personal vivida en Roma, hace años. Hablaba con una venezolana, en un lugar público, lleno de gente, y comentábamos lo interesante y atractivo que era un libro del escritor español Jose Luis Olaizola titulado “Viaje al fondo de la esperanza”. Se trata de variadas entrevistas realizadas por él, en diversos países de Iberoamérica, a personas de condición social muy modesta, pertenecientes al Opus Dei.  De repente, volvió la cabeza otra mujer a nuestro lado y, con acento mejicano, dijo: “Sí que hay gente rica en el Opus Dei pero, también, pertenecemos mucha gente pobre, que se diga claramente, lo que pasa es que nos adecentamos, cuidamos el modo de presentarnos ante los demás.”  Dijo alguna cosa más pero me quedé con esta frase, fue un testimonio espontáneo e insistente para que se conociera la gran diversidad de gente que es del Opus Dei.

Y, ahora, contaré algo vivido por mí,  hace pocos días, en Líbano. He tenido ocasión de convivir con mujeres del Opus Dei, de raza y lengua árabes. Hemos compartido muchas cosas durante 15 días. Jamás podré olvidar sus voces, al cantar en misa, en su lengua. Para una persona de procedencia europea esto puede ser impactante pero no podemos olvidar o ignorar que sus antepasados fueron cristianos antes que nosotros y que llevaron adelante su fe con esforzado sacrificio durante siglos.

 Carlota Sedeño Martinez

 

Padres, hijos

Fecha

26/10/18

Daniel Tirapu

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Las relaciones entre padres e hijos es un tema apasionante y eterno. Desde la época en que se les hablaba de usted y no había tanta confianza, hasta la reciente de padres con gorrita y de buen rollito.

¿Quién te enseña a ser padre o madre?, y a ser ¿hijo o hija?  Natura docet, la naturaleza enseña decía el adagio clásico,  pero hoy en día es cada vez más necesario aprender a educar, porque el entorno va claramente en contra.

Un niño, que ha dejado de serlo, me decía "me han dado de todo en lo material, pero yo lo que más necesitaba era cariño, tiempo". Tengo la impresión de que los padres son mucho mejores ahora y que los hijos son de otro modo, más mimados, flojitos, no quieren crecer y no se van de su casa ni locos.

Dicen que el negocio del futuro , que es ya, son las residencias de ancianos, no queremos cuidar a nuestros mayores o somos pocos hijos para cuidarles. Mis alumnos me preguntan, para qué la familia...pues porque es, debería ser el único sitio donde te quieren por lo que eres, no por lo que tienes. Y la familia estable es el mejor lugar para nacer, crecer y morir.

Dios es Padre…y Madre. Y entre muchos materiales, éste de una buena amiga  .

 

 

Francisco rechaza conspirar para erradicar conspiraciones

Oct 27, 2018

Francisco rechaza conspirar para erradicar conspiraciones

 

Ante las acusaciones, el Papa Francisco ha optado por una actitud que igual define y comunica: no usar las mismas armas que el enemigo

Por Felipe de J. Monroy @monroyfelipe

Hay que partir de un hecho: El Papa Francisco arrancó su quinto año de pontificado con quizá una de las más complejas crisis de orden, confianza y credibilidad en los corrillos de la jerarquía eclesiástica. En medio de la aún delicada tarea de atender las causas y efectos de los abusos sexuales cometidos por clérigos alrededor del mundo (y la reforma de actitudes de los pastores), desde el seno de las cortes vaticanas y sus aliados, le asestaron un dardo envenenado que básicamente buscaba desacreditarlo en su figura de líder y autoridad moral sobre la ruta de la Iglesia católica en el siglo XXI.

La insidia de sus detractores ha sido tan rabiosa que incluso periodistas especializados intentaron evidenciar las mentiras de las acusaciones apelando a la memoria, a los datos y a la veracidad de los argumentos; y, sin embargo, por mucho que se recomendaba al Pontífice devolver la acusación, responder contra el ataque, Francisco optó por otro tipo de respuesta.

Para comprender por qué, hay que acercarse a algunas ideas que Bergoglio ha expresado en sus mensajes, homilías y discursos. La primera, de una homilía en Casa Santa Marta en 2017:

«En el camino del cristiano, la verdad no se negocia, pero hay que ser justos en la misericordia». En aquella reflexión el pontífice afirma que la justicia y la misericordia son una misma cosa: «En Dios, justicia es misericordia y misericordia es justicia».

Por ello Francisco optó por no dar su respuesta fulminante (justa pero inmisericorde) contra sus acusadores porque «la verdad es silenciosa y no hace ruido».

El 3 de septiembre, una semana después de la acusación del exnuncio Carlo María Viganó, el Papa también reflexionó sobre ello durante una celebración nuevamente en Santa Marta:

«Con las personas que no tienen buena voluntad, que buscan sólo el escándalo, que buscan sólo la división, que buscan sólo la destrucción, también en las familias (lo que hay que hacer es): silencio y oración».

Y remató: «Que el Señor dé la gracia de discernir cuándo se debe hablar y cuándo callar».

Y es que, en su viaje a Filipinas de 2015, el pontífice argentino había dejado en claro que el mal, el enemigo, es quien está detrás de las personas que buscan escándalo, división y destrucción: «El diablo es el padre de la mentira. A menudo esconde sus engaños bajo la apariencia de la sofisticación».

Es decir, en Francisco hay una negativa para no utilizar los mismos medios que el enemigo; porque hacerlo implica modificar el propio fin, hacernos renunciar a la misión intrínseca de nuestra oposición. El Papa quizá tenga en mente el precepto del enorme Marco Aurelio:

«Haré mejor en aprender a callarme, provisionalmente, y a ser». Ser congruente con lo que ha predicado es un valor importante a considerar para Francisco; al estilo de Etty Hillesum, parece decir con su actitud:

«No creo que podamos corregir nada en el mundo exterior que no hayamos corregido ya en nosotros mismos. Tenemos que cambiar tantas cosas en nosotros mismos que no deberíamos ni siquiera preocuparnos de odiar a quienes llamamos nuestros enemigos»

El filósofo Tzvetan Todorov plantea sobre esto: «¿Debemos combatir al enemigo con sus propios medios? ¿No nos arriesgaríamos —aun triunfando sobre él— a ofrécele esa sombría victoria subterránea: la de habernos convertido en sus semejantes? ¿Es justa la lucha de esos hombres que conspiran para que no hubiera ya conspiraciones, que roban para que ya no hubiera robo sobre la tierra, que asesinan para que no se asesinara a los hombres?».

Francisco oferta su respuesta desde un terreno de la política moral cristiana y eso sorprende a todos quienes confunden la inacción discursiva con la aceptación. Y en este último caso, el Papa está muy lejos de aceptar que muchas cosas en la Iglesia permanezcan igual: ni el clericalismo, ni la actitud principesca de los pastores, ni el encubrimiento de los crímenes.

Bergoglio ratifica la tolerancia cero, pero antepone la voz de la institución a la propia, porque ésta última conlleva toda la debilidad humana.

En el comunicado con el que el pontífice ordenó el 6 de octubre pasado el estudio exhaustivo de los archivos del Vaticano sobre el escándalo sexual del excardenal Theodore McCarrick, el caso que desató la intentona de Viganó para que el Papa renunciara y que intentó dinamitar la credibilidad de Bergoglio, es terminante:

«Abuso y encubrimiento no pueden ser tolerados más […] un trato distinto de parte de los obispos que han cometido abusos o los han encubierto, de hecho representa una forma de clericalismo que no puede ser más aceptada».

Es decir, Francisco no evita dar una respuesta; comprende quién debe responder y aparta las fallas humanas de la búsqueda del bien ulterior.

Aún faltan capítulos a este penoso evento pero el Papa Francisco rechaza  la tentación de entrar en el debate por la verdad sólo con las herramientas del poder y la razón; diríamos que confía —como Tolstoi— en la parte del Misterio con el que «Dios ve la verdad, pero no la suelta de golpe».

 

 

SABER COMPRENDR Y PROGRESO
 

Siglo 21, sábado, 27 octubre 2018

    Recientemente una empresa pedía se respetara la presunción de inocencia de empleados suyos que había sido condenados por la opinión pública sin el debido proceso, porque, señalaban,  nadie es culpable hasta que haya sido condenado judicialmente.
    Y es que es  frecuente el prejuzgar, es decir oír hechos y condenar a personas sin tener elementos de juicio; y esto nos puede suceder a nivel familiar, social, mundial.
    Hace un tiempo lo decía Juan Pablo II en una histórica reunión en la ONU. Es lo que él llamaba –en otro contexto- la necesidad de mantener una cultura del diálogo y… saber perdonar; también cuando se tiene la razón. Tema complejo. Pero que impactó.     
Es un planteamiento que puede sernos válido aquí, para nuestra actual problemática. Es considerar que no hay paz sin justicia, pero que no hay justicia sin perdón. Que siendo válido el derecho a defenderse, siempre debe uno atenerse a reglas morales y jurídicas y que el restablecimiento de la paz exige también el perdón;  se opone a la venganza y al rencor.
 Y es necesario desechar el pesimismo, la desesperanza, que es quizá lo peor que nos puede suceder porque nos deja sin fuerzas, sin voluntad de construir nuestra sociedad. Podemos recordar aquí la famosa frase de Churchil, el vencedor en la segunda guerra mundial: el optimista tiene siempre un proyecto; el pesimista, una excusa.
    Esa actitud de  perdón es necesario en todo ámbito social: las familias, los grupos, los Estados; y la misma comunidad internacional necesitan abrirse al perdón para superar la estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelación. De hecho la capacidad de perdón es básica para una sociedad futura más justa y solidaria.
    Por el contrario la falta de perdón, especialmente cuando favorece la prosecución de conflictos, tiene enormes costos para el desarrollo de los pueblos. La paz es la condición para el desarrollo, pero una verdadera paz es posible solamente por el perdón.
    La experiencia muestra que la propuesta del perdón no se comprende de inmediato ni se acepta fácilmente. En efecto, el perdón comporta siempre a corto plazo una aparente pérdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho real. La violencia es exactamente lo opuesto: opta por un beneficio sin demora, pero, a largo plazo, produce perjuicios reales y permanentes. Lejos de ser pérdida para la persona, el perdón la lleva hacia una humanidad más plena y más rica.
Y no olvidemos que los problemas de la sociedad tienen que ver con la pérdida de los valores de siempre, ésos que forjan y defienden las familias; y es lo que está repercutiendo en pérdida de la sensibilidad social. Esto es mundial; no estamos peor ni somos peores...
    No dejemos que se transmita ese virus del negativismo, que mata la esperanza sin la cual no se hace nada. En el fondo debemos estar convencidos de que el bien puede vencer al mal. Pero hay que comenzar por ver lo mucho bueno que tenemos; también aquí… en  Guatemala.  

 

 

¿Por qué no avanzamos en competitividad?

Escribe: ALFREDO PALACIOS DONGO

Ver mi blog  www.planteamientosperu.com

El pasado día 16 el World Economic Forum (WEF) publicó en Ginebra-Suiza el Informe de Competitividad Global 2018 el cual mide la competitividad de 140 economías (90% del PBI mundial) a través de 98 indicadores y 12 pilares consideradores impulsores de la productividad, en dicho informe hemos retrocedido dos ubicaciones respecto a 2017 ocupando el puesto 63° a nivel mundial y 6º en Latinoamérica, detrás de Chile, México, Uruguay, Costa Rica y Colombia.

Pero aparte del puesto que hace muchos años no mejoramos, es muy preocupante los últimos lugares que ocupamos a nivel mundial en indicadores claves que afectan nuestra competitividad (inseguridad, instituciones, infraestructura, educación, trabajo e innovación), entre ellos: fiabilidad de servicios de la Policía (puesto 136º de 140 países), crimen organizado (129º), regulación gubernamental (128º), políticas laborales activas (126°), alcance de formación del personal (124º), protección de propiedad intelectual (121º), independencia judicial (115º), orientación futura del gobierno (109º); calidad de carreteras (108º); pensamiento crítico de la enseñanza (108°), inversión en I+D (106°).

No avanzamos en competitividad porque nuestros gobernantes, políticos y empresarios no avizoran la indispensabilidad que ésta representa para incrementar el nivel de productividad de recursos humanos y físicos (capacidad de competencia en mercados de bienes y servicios) lo cual es fundamental para lograr un crecimiento económico sostenido y reducir la pobreza e informalidad. Hace 16 años tenemos un Consejo Nacional de Competitividad (actualmente paralizado), desde 2005 un Plan Nacional, y desde 2012 dos Agendas 2012-2013 (60 metas) y 2014-2018-Rumbo al Bicentenario (65 metas), pero poco o nada se ha logrado, no se ha cumplido el objetivo de aumentar el empleo formal y bienestar ni las metas de incrementar la productividad de los trabajadores, disminuir la informalidad laboral ni reducir los costos logísticos de los valores de los productos.

Ahora el MEF informa que se establecerán tres nuevos planes de competitividad (infraestructura, capital humano y productividad), el primero estaría listo hacia julio 2019 y los dos restantes sin fecha, sin embargo ya tenemos suficiente documentación, planes, agendas y diagnósticos, requiriéndose, por el contrario, urgentes e inmediatas reformas estructurales y acciones para fortalecer nuestras instituciones, invertir en formación de capital humano y en ciencia, tecnología e innovación, mejorar la calidad educativa, generar trabajo formal y priorizar proyectos de infraestructura y logística. Mientras no avancemos en competitividad dificilmente lograremos crecer sostenidamente ni generar empleo digno, impidiendo mejorar nuestra calidad de vida y la prosperidad del país.

 

 

Afrontar el futuro con esperanza

Como conclusión del tramo final del viaje apostólico que el Papa Francisco hizo a las repúblicas bálticas, debemos sacar las lecciones adecuadas de la historia y afrontar el futuro con esperanza, sabiendo que presenta enormes oportunidades pero también importantes riesgos. Uno de ellos es el de poner la confianza en el progreso tecnológico como único parámetro del desarrollo. Hacerlo puede suponer que perdamos la capacidad de crear vínculos interpersonales, ese tejido vital tan importante para sentirnos parte los unos de los otros y partícipes de un proyecto común en el más amplio sentido de la palabra.

Jesús Martínez Madrid

 

 

“El día internacional”

Cualquier jornada de nuestra vida no está solo jalonada de lo que pueda deparar el destino, sino del recuerdo a lo que el día internacional de turno sugiera rememorar. Como con el santoral, estas citas deben tenerse en cuenta para no quedar fuera de juego cada mañana. Y, como sucede en él, suelen coincidir varias festividades al mismo tiempo. Al igual que el almanaque acumula santos, también lo hacen estos días mundiales.

Muchas de estas fechas conmemoran episodios históricos, otras aluden a enfermedades o animales amenazados, e incluso algunas evocan figuras patricias desparecidas. Naciones Unidas y sus organismos, con la UNESCO a la cabeza, han sido y son auténticos artífices de estas celebraciones, un calendario laico que debe seguirse ahora como las fiestas de guardar.

Cuando la información cotidiana es anodina, los días internacionales brillan como el sol, porque aseguran páginas en los periódicos y minutos audiovisuales, que luego en el bar se comentan durante la partida del dominó. Todo lo contrario que se produce en épocas de efervescencia, en que pasan habitualmente desapercibidos.

Al margen del respeto, incluso institucional, que merecen determinados días mundiales, y de las recompensas, no siempre inmateriales, que procuran cada año a sus promotores, quizá debiera reflexionarse sobre la patente inflación de estas festividades laicas, y en especial de aquellas que constituyen auténticas gansadas, con todos mis respetos para esta garbosa especie anátida.

La proliferación de estos días chorra, además, perjudica a los que pudieran considerarse estimables, al coincidir con ellos y desdibujar su importancia, muchas veces focalizada en cuestaciones para financiar proyectos, como se hace por ejemplo con los problemas de salud.

José Morales Martín

 

 

La ONU en su encrucijada

Durante la última semana de septiembre se desarroló en Nueva York la asamblea general de las Naciones Unidas, a la que este año asistieron más jefes de Estado y de Gobierno que nunca, aunque se hayan producido ausencias tan llamativas como las de los presidentes ruso y chino. Dada la magnitud de esta cumbre, cabría esperar grandes consensos sobre la solución de los conflictos que mantienen en vilo a la comunidad internacional. De Siria a Yemen, pasando por los choques comerciales de Estados Unidos con sus principales rivales, la dramática degradación del clima o las crisis migratorias, no obstante nada parece que vaya a concitar acuerdos sólidos que alivien las tensiones actuales.

Sin embargo no puede negarse la vigencia del gran acuerdo que alumbró, que dio lugar, a la Organización de las Naciones Unidas al término de la II Guerra Mundial, a la vista del auge de los nacionalismos y populismos en Europa.


Suso do Madrid

 

 

 

España: Dos últimos presidentes “dos plagas”

 

                                Y por cuanto se dice en lo que van a leer, el tercero y actual, “que lo es por argucias políticas y no por elección del pueblo como debiera ser siempre”, será aún peor; puesto que “el semi cadáver” que ya es España, este advenedizo (que lo único que le interesaba es sentar su culo en la poltrona presidencial, para vivir como un príncipe a costa de los españoles y mientras viva) le va a dar “un nuevo derruimiento social y económico”, que pudiera ser ya “la puntilla que al toro de lidia, aplican en la última suerte de la corrida de toros” y dónde ya el animal, entrega sus últimos hálitos de vida animal: Veamos lo que dice sobre el tema un erudito que no pertenece a la sucísima política que ha arruinado a la España que dejara Franco.

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            https://blogs.elconfidencial.com/economia/el-disparate-economico/2018-07-30/expolio-historico-de-sanchez-a-trabajadores-y-clase-media_1599052/

“Zapatero y Rajoy son esas dos plagas bíblicas que han asolado esta gran nación, con el mayor desplome de renta y riqueza de las familias en 68 años y la destrucción del 18% de la clase media, y donde Rajoy añadiría un endeudamiento en 625.000 millones de euros, la mayor cifra en términos de PIB de la historia de España en tiempo de paz, el no cumplir ni un solo año los objetivos de déficit, el degradar el trabajo a nivel tercermundista, el haber financiado a los separatistas (de Cataluña) el golpe de Estado y permitido la vulneración impune de la ley y los derechos humanos, el haber aumentado la brecha social al máximo de Europa, y el haber rendido España a los chantajes de los separatistas del PNV, soltando asesinos y entregando escandalosas cantidades de dinero, que además le traicionarían.

La clase media suele definirse como el conjunto de familias cuya renta se sitúa entre el 75% y el 200% de la mediana, la cual así calculada alcanzaría su máximo de todos los tiempos en 1975 con el 56% de las familias frente al 34% en 1950, y el 44% hoy. Pero hay algo más, la clase media actual ya no es aquella clase social activa y pujante de los años sesenta, que nos llevaría al mayor periodo de crecimiento de nuestra historia, a ser la octava potencia económica del mundo (hoy la decimosexta), a ser un país fuertemente industrializado con el 36% del PIB, a otro de enchufados públicos, especuladores y 'camareros', con la industria en un 15%, una clase completamente inerte que ha aceptado resignadamente su expolio y su ruina. “Los españoles aguantan lo que les echen”, decía hace unos días un conocido político socialista, y desgraciadamente tiene razón.

A pesar de la cada vez más dramática situación del déficit público, el desconocimiento sobre el funcionamiento de los mercados de Sánchez es tan pavoroso que el tema le importa una higa, y lo que ocurra cuando el BCE, principal comprador de deuda a interés cero, deje de hacerlo en seis meses, ni se lo plantea. Claro que como Sánchez no hace planes más que a 15 días, lo que ocurra en seis meses no le supone inquietud alguna, excepto agotar la legislatura como sea, porque está tan enloquecido con el Air Pedro Force One y las prebendas de Moncloa, que para mantenerlas está dispuesto a entregar España a trozos a los sediciosos saltándose la legalidad y la Constitución —donde la posibilidad de hablar de un referéndum sería un caso claro de alta traición—, aparte una espiral incontrolada de gasto electoralista y para satisfacer la extorsión insaciable de los separatistas.

Pero, además, el 'efecto llamada' de Sánchez, ofreciendo primero sanidad gratis a 820.000 sin papeles —que nos costará 2.000 millones al año y multiplicará el 'turismo sanitario'—, algo inexistente en el mundo; aceptando de Merkel convertir España en el gran campo de refugiados de Europa, y la gravísima afrenta a Mohamed VI para salir corriendo para hacerse una foto con Macron y Merkel, más la idea de Marlaska proponiendo desguarnecer las fronteras, han provocado una avalancha migratoria que ya son incapaces de controlar, y por si esto fuera poco lanzan la mayor oferta de empleo público en 10 años, en un país con cientos de miles de enchufados públicos de sindicatos y casta política, que no dan un palo al agua. Un tsunami de gasto e impuestos. De momento, los anunciados supondrán un expolio de 32.000 millones de euros, el mayor de nuestra historia”.

            Como pueden comprender por cuanto antecede, el porvenir es más negro, “que las plumas de un cuervo”; el presente se sigue manteniendo a costa de adquirir cada vez más deuda pública, puesto que estos inútiles de reducir parásitos e instaurar un verdadero sistema económico que nos retroceda a tiempos pasados (“tan criticados por estos inútiles que quieren tapar todo, tapando o desenterrando los huesos de Franco y no reconociendo la gran obra social y económica que hiciera el dictador”).

            En fin; como les dejo la dirección arriba; entren y lean puesto que el contenido es mucho más largo y tenebroso; en cuanto al canalla que dijera eso de que… “Los españoles aguantan lo que les echen”, le dedicaré un artículo aparte puesto que es asunto tan serio, que lo merece por la crudeza de esa realidad.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes