Las Noticias de hoy 24 Octubre 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 24 de octubre de 2018     

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Sínodo 2018: ‘La sabiduría del tiempo’, un diálogo entre jóvenes y mayores

Sínodo 2018: Los padres sinodales ya tienen el borrador del documento final

MUCHO LE PEDIRÁN: Francisco Fernandez Carbajal

“¡Señor, que no sé hacer oración!”: San Josemaria

Los libros de Dios: Juan Carlos Ossandón

¿Un Dios que deja hacer? El mal y el dolor: Antonio Ducay

Caminar en la luz: la prudencia y el discernimiento: Ramiro Pellitero

El niño protestante y la Virgen María

PALABRAS DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI AL FINAL DEL REZO DEL ROSARIO

María y su autoridad en las bodas de Caná: Sheila Morataya

La comisión anti pederastia incluirá psicólogos, médicos, maestros….

El Derecho moderno y la realeza de Nuestro Señor Jesucristo: Plinio Corrêa de Oliveira

50º Aniversario de Romano Guardini: Ramiro Pellitero

El párroco de los ‘jóvenes anuncio’ que evangelizan de madrugada: “No hemos tenido altercados”

Última hora: ¡Franco ha resucitado!: Nemesio Rodríguez Lois

Monseñor Romero en los altares: Josefa Romo

El Centro de Pensamiento Pablo VI: Jesús Martínez Madrid

No podemos ser ingenuos.: Jesús Domingo Martínez

Mi ayuntamiento y “Los canarios del emperador”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Martes 23 de octubre de 2018

Dos palabras destacan en la liturgia de hoy: “ciudadanía” y “heredad”. De ciudadanía nos habla la Primera Lectura de la Carta de San Pablo a los Efesios (2,12-22). Es un regalo que Dios nos hace el de habernos hecho ciudadanos, y consiste en habernos dado una identidad, un carnet de identidad. Dios en Jesús ha abolido la Ley para reconciliarnos, eliminando la enemistad, y “así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu”, o sea nos ha hecho uno. Así pues, “conciudadanos de los santos” en Jesús. Y nuestra identidad es precisamente ese ser curados por el Señor, ser construidos en comunidad y tener el Espíritu Santo dentro.  

Dios, pues, nos hace caminar hacia la heredad, con esa seguridad, la de ser conciudadanos y que Dios está con nosotros. Y la heredad es lo que buscamos en nuestro camino, lo que recibiremos al final. Pero hay que buscarlo cada día, y lo que nos lleva adelante en el camino de nuestra identidad hacia la heredad es precisamente la esperanza, la virtud quizá más pequeña, quizá la más difícil de entender. Fe, esperanza y caridad son un don. La fe es fácil de comprender, igual que la caridad. Pero la esperanza, ¿qué es? Sí, es esperar el Cielo, encontrar a los santos, una felicidad eterna. Pero, ¿qué es el cielo, para ti? Vivir en esperanza es caminar, sí, hacia un premio, a la felicidad que no tenemos aquí pero la tendremos allá… es una virtud difícil de entender. Es una virtud humilde, muy humilde. Es una virtud que nunca defrauda: si esperas, jamás serás desilusionado. Nunca, jamás. Es también una virtud concreta. Pero, ¿cómo puede ser concreta, si no conozco el cielo o lo que me espera? La esperanza, la heredad nuestra que es la esperanza de algo, no es una idea, no es estar en un sitio hermoso… no. Es un encuentro. Jesús siempre subraya esta parte de la esperanza, ese estar a la espera, encontrar.

En el Evangelio de hoy (Lc 12,35-38) se habla del encuentro del dueño cuando vuelve de las bodas. Así que siempre es un encuentro con el Señor, algo concreto. A mi se me viene a la cabeza, cuando pienso en la esperanza, una imagen: la mujer embarazada, la mujer que espera un niño. Va al médico, le enseña la ecografía –“ah, sí, el bebé… bien”. ¡Está alegre! Y todos los días se toca la panza para acariciar al niño, vive esperando a ese hijo. Esta imagen nos puede hacer entender qué es la esperanza: vivir para ese encuentro. Esa mujer imagina cómo serán los ojos del hijo, cómo será la sonrisa, cómo será, rubio o moreno…, imagina el encuentro con el hijo. Imagina el encuentro con su hijo. Esta imagen de la mujer encinta puede ayudar a comprender qué es la esperanza y hacerse algunas preguntas: ¿Yo espero así, concretamente, o espero un poco difuso, un poco gnósticamente? La esperanza es concreta, es de todos los días, porque es un encuentro. Y cada vez que encontramos a Jesús en la Eucaristía, en la oración, en el Evangelio, en los pobres, en la vida comunitaria, estamos dando un paso más hacia ese encuentro definitivo. La sabiduría de saber gozar de los pequeños encuentros de la vida con Jesús, preparando aquel encuentro definitivo.

La palabra identidad es en referencia al habernos hecho una comunidad, y la heredad es la fuerza con que el Espíritu Santo nos lleva adelante con la esperanza. ¿Qué cristiano soy yo: me espero en heredad un cielo en abstracto o un encuentro?

 

 

Sínodo 2018: ‘La sabiduría del tiempo’, un diálogo entre jóvenes y mayores

Libro que recoge 250 entrevistas a personas mayores

octubre 23, 2018 21:37Rosa Die AlcoleaEl Sínodo de los Obispos, Papa y Santa Sede

(ZENIT – 23 oct. 2018).- “Si los ancianos no sueñan, los jóvenes no pueden ver el futuro. Los ancianos sueñan y los jóvenes tienen visiones. Pero si el anciano no sueña, el joven no puede ver el futuro. Necesitamos abuelos soñadores y memoriosos”, es el mensaje del Papa Francisco que da vida al proyecto La sabiduría del tiempo

Se trata de un libro que recoge 250 entrevistas a personas mayores, realizadas a ancianos de 30 países diferentes, y el Papa las comenta compartiendo incluso momentos de su propia biografía personal.

Este martes, 23 de octubre de 2018, a las 16 horas, se ha presentado el proyecto La sabiduría del tiempo con la presencia del Santo Padre, en el Instituto Patrístico Augustinianum de Roma, institución universitaria que pertenece a la Orden de San Agustín, y está afiliada a la Pontificia Universidad Lateranense.

Es una iniciativa del padre jesuita Antonio Spadaro, director de la revista La Civiltà Cattolica, quien ha intervenido en el acto de presentación del libro, enmarcada en el Sínodo de los obispos, que tiene lugar del 3 al 28 de octubre en Roma, sobre los jóvenes, la fe y discernimiento vocacional. 

JMJ Panamá 2019

Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, arzobispo de Panamá y presidente del Comité Organizador de la Jornada Mundial de la Juventud 2019, ha ofrecido unas palabras al Santo Padre y a todos los presentes.

El prelado panameño ha dado su propio testimonio de esta experiencia: En Panamá “hemos iniciado estos espacios de diálogo, en el contexto de la preparación para la Jornada Mundial de la Juventud. Llamamiento lanzado por el Papa a los jóvenes al concluir la JMJ en Cracovia para que se dirijan hacia la JMJ de Panamá de la mano de los ancianos, de sus abuelos”.

Tras las palabras del arzobispo de Panamá, el padre Antonio Spadaro ha narrado cómo surgió la iniciativa: Este bonito proyecto intergeneracional ha sido posible gracias a la colaboración de dos asociaciones: El Servicio Jesuita de Refugiados Unbound, que se ocupa de más de 300.000 ancianos y niños en 18 países.

En un año y medio –ha señalado el P. Spadaro– gracias a Unbound, asociación sin ánimo de lucro, se han recogido más de 250 historias en un año y medio. El jesuita le presentó esta recopilación de historias al Papa Francisco.

El Papa ha participado triplemente en este proyecto, ha señalado Antonio Spadaro: Ha escrito el prefacio del libro, ha dado su aportación su aportación como persona mayor, “explicando que ha tenido que aprender a ser anciano” –señala el P. Spadaro—y ha ha contribuido escribiendo algunos relatos.

El Papa recuerda a su abuela

Al plantearle el proyecto al Papa Francisco –ha compartido Spadaro–, mientras  responde “es como si enfocara sus ojos en la historia de las personas. Él fija la foto, y la mirada se posa en las caras, en las manos, que son como una contraseña que puede revelar el corazón y los años”.

“Él tiene un vívido recuerdo de sus abuelos, en particular la abuela Rosa”: ‘Ella ha sido despojada tantas veces por los afectos, pero siempre miró hacia arriba, diciendo algunas cosas de simple sabiduría, no aconsejaba mucho, pero pensaba mucho y rezaba tanto…’, me dijo. Esta mirada hacia arriba es la que busca Francisco en los ancianos”, ha relatado el promotor de La sabiduría del tiempo.

Martin Scorsese

Así, como reflejo del propio libro, la presentación de La sabiduría del tiempo ha sido un diálogo intergeneracional, en el que han participado jóvenes y personas mayores, y han planteado al Santo Padre algunas preguntas.

El director de cine Martin Scorsese, ha estado presente en el acto de presentación y ha formulado una pregunta al Papa Francisco: “Santo Padre, hoy en día, comúnmente se cree que las personas son incapaces de cambiar, que la bondad no es más que una postura, y que la humillación, la destrucción y el terror son simplemente ‘el camino del mundo’. Uno escucha, lee y ve esto en todas partes. Es un punto de vista aceptado. ¿Cómo vive un ser humano una vida buena y justa en una sociedad motivada por la codicia y la vanidad y controlada por el ejercicio del poder violento, en otras palabras, en presencia del mal?”.

6 preguntas

Un grupo de 3 chicas jóvenes (naturales de Italia, Colombia y Estados Unidos) y 4 personas mayores (una profesora de Florencia, un matrimonio de abuelos de Malta y el cineasta americano Martin Scorsese) han planteado al Papa seis cuestiones sobre la transmisión de la fe, la convivencia y el respeto a los demás en el contexto de la cultura del descarte o la presencial del mal en nuestra sociedad contemporánea.

 

Sínodo 2018: Los padres sinodales ya tienen el borrador del documento final

Briefing informativo, 23 de octubre de 2018

octubre 23, 2018 15:54Rosa Die AlcoleaEl Sínodo de los Obispos

(ZENIT – 23 oct. 2018).- Los padres sinodales y participantes en el Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el dicernimiento vocacional (del 3 al 28 de octubre), han recibido hoy, martes, 23 de octubre de 2018, el borrador del documento final de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo.

Lo ha revelado el Cardenal Luis Antonio G. Tagle, miembro del Consejo Ordinario del Sínodo y arzobispo de  Manila (Filipinas), en el briefing informativo sobre las sesiones de trabajos en la Asamblea que han tenido lugar en la mañana del martes, 23 de octubre de 2018.

La rueda de prensa se ha celebrado a las 13:30 horas en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el 23 de octubre de 2018. Además del Cardenal Tagle, han intervenido el cardenal  Charles Maung Bo, arzobispo de Yangon (Myanmar), el P. Antonio Spadaro, director de la revista “La Civiltà Cattolica” (Italia), Joseph Sapati Moeono-Kolio, auditor, miembro de Caritas Internationalis  de Oceanía (Samoa), y Mons. Bienvenu Manamika Bafouakouahou, Obispo de Dolisie (República del Congo).

Documento final integral, no “eurocéntrico”

A la pregunta de si se está enfocando el documento final del Sínodo desde una perspectiva eurocéntrica y occidental, todos los que participantes del Sínodo que han intervenido hoy en el briefing han coincidido en que no, y han apuntado que a pesar de tratar algunos temas que no preocupan tanto en otros países (como en África o en Asia), en general se están abordando temas universales.

En concreto, el Obispo de Dolisie (República del Congo), Mons. Bienvenu Manamika Bafouakouahou, se ha referidoal tema de la homosexualidad como un tema que “no es candente en África”, y ha explicado que esto podría verse como “eurocéntrico”, pero ha aclarado que la mayoría de temas que se tratan son universales.

El auditor en el Sínodo Joseph Sapati Moeono-Kolio, miembro de Caritas Internationalis de Oceanía (Samoa), trabaja en el mismo grupo de la asamblea sinodal que el Cardenal Tagle (uno de los Círculos Menores en inglés).

El joven de Oceanía ha expresado que la experiencia “ha sido una gracia tener la oportunidad de escuchar a tantas personas de tantos países como Zafa, de Irak, como Daniel, de Pakistán… El proceso sinodal nos ha permitido comprender la integridad, integralmente, los temas que están afrontando los jóvenes del mundo”.

Y ha especificado: “Yo no sé si habrá un punto específico en el documento final, pero puedo decir que durante el proceso que ha llevado la redacción del documento final, todos han hecho lo posible para que esto no sea un Sínodo eurocéntrico”.

Después del Sínodo 

Asimismo, los padres sinodales presentes en el briefing, y el joven auditor, han ofrecido sus impresiones sobre este Sínodo.

El Card. Charles Maung Bo, arzobispo de Yangon (Myanmar), quien ha participado 6 veces en el Sínodo de la Iglesia (incluyendo esta), ha expresado que “la Iglesia está evolucionando de la forma adecuada” y ha manifestado su esperanza a prestar atención a los jóvenes, “siguiendo el ejemplo de Francisco”, también después del Sínodo.

Iglesias locales

Del mismo modo, el Card. Tagle ha hablado del Sínodo “como forma de aprendizaje”, y ha indicado que es una manera de comprender la “complejidad de las situaciones y diversidad de las mismas”.

“Hay que tener los pies en la realidad”, ha dicho. “Hay veces que no entendemos otras realidades. Está bien ponerse los zapatos de otras personas”.

También ha señalado que es importante plantear cómo se trasladará todo lo tratado en las Iglesias locales, después del Sínodo: “Esperamos que acojan el mensaje del Sínodo”, ha aclarado. “El mensaje de los que acompañarán a los jóvenes es importantísimo”. También el rol de los padres y los abuelos es importante, ha añadido el Arzobispo de Manila. “También los políticos, los líderes… ¿cómo preparamos a estas personas para acompañar a los jóvenes?”, ha planteado.

 

 

MUCHO LE PEDIRÁN

— Responsabilidad por las gracias recibidas.

— Responsabilidad en el trabajo. Prestigio profesional.

— Responsabilidad en el apostolado.

I. Después de haber hablado Jesús sobre la necesidad de estar vigilantes, Pedro le preguntó si se refería a ellos, a los más íntimos, o a todos1. Y el Señor volvió a insistir en lo imprevisible del momento en que Dios nos llamará para rendir cuentas de la herencia que dejó en nuestras manos: puede venir en la segunda vigilia o en la tercera..., a cualquier hora. Por otro lado, respondiendo a Pedro, señala que su enseñanza se dirige a todos, pero Dios pedirá cuentas a cada uno según sus circunstancias personales y las gracias que recibió. Todos tenemos que cumplir una misión aquí en la tierra, y de ella hemos de responder al final de la vida. Seremos juzgados según los frutos, abundantes o escasos, que hayamos dado. San Pablo lo recordará más tarde a los cristianos de los primeros tiempos: Es forzoso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas obras que haya hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo2.

El Señor termina sus palabras con esta consideración: A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán. ¿Cuánto nos ha encomendado a nosotros? ¿Cuántas gracias, destinadas a otros, ha querido que pasen por nuestras manos? ¿Cuántos dependen de mi correspondencia personal a las gracias que recibo?... Este pasaje del Evangelio, que leemos en la Misa, es una fuerte llamada a la responsabilidad, pues a todos se nos ha dado mucho. «Cada hombre y cada mujer –señala un literato– es como un soldado que Dios coloca para custodiar una parte de la fortaleza del Universo. Unos están en las murallas y otros en el interior del castillo, pero todos han de ser fieles a su puesto de centinela y no abandonarlo nunca, o de lo contrario el castillo quedaría expuesto a los asaltos del infierno».

El hombre, la mujer responsable no se deja anular por un falso sentimiento de poquedad. Sabe que Dios es Dios, y él, en cambio, un montón de flaquezas, pero esto no lo retrae de su misión en la tierra, que, con la ayuda de la gracia, se convierte en una bendición de Dios: la fecundidad de la familia, que se prolonga más allá de lo que los padres pueden divisar con su mirada; la paternidad y la maternidad espiritual, que se cumple de una manera del todo particular en aquellos que recibieron de Dios una llamada a una entrega total, indiviso corde, y que tiene una inmensa trascendencia para toda la Iglesia y para la humanidad..., y todos, en la plena realización de su propia vocación en medio de sus quehaceres diarios. «Eres, entre los tuyos –alma de apóstol–, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y este otro... y otro, y otro... Cada vaz más ancho.

»¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?»3.

II. La responsabilidad –poder dar una respuesta a Dios– es signo de la dignidad humana: solo la persona libre puede ser responsable, eligiendo en cada momento, entre múltiples posibilidades, la que es más conforme con el querer divino y, por tanto, con su propia perfección4.

La responsabilidad en una persona que vive en medio del mundo ha de referirse, en buena parte, a su trabajo profesional, con el que da gloria a Dios, sirve a la sociedad, consigue los medios necesarios para el sostenimiento de la propia familia y realiza su apostolado personal. Contaba Juan Pablo I en una catequesis, durante su corto pontificado, lo que le sucedió a un hombre de prestigio, profesor de la Universidad de Bolonia. Una tarde le llamó el ministro de Educación y, después de hablar con él, le invitó a quedarse un día más en Roma. El profesor le contestó: «No puedo, tengo mañana clase en la Universidad, y los alumnos me esperan». El ministro le contestó: «Le dispenso yo». Y el profesor: «Usted puede dispensarme, pero yo no me dispenso»5. Era sin duda un hombre responsable, que no se limitaba a cumplir y a dar el menor número posible de clases. Era de aquellos, comentaba el Pontífice, que podían decir: «Para enseñar el latín a John, no basta conocer el latín, sino que es necesario conocer y amar a John». Y también: «tanto vale la lección cuanto la preparación». Probablemente era un hombre que amaba mucho su trabajo, ¡Cuántas veces tendremos que decir también nosotros «yo no me dispenso»..., aunque nos dispensen las circunstancias!

El sentido de responsabilidad llevará al cristiano a labrarse un prestigio profesional sólido si está aún estudiando o formándose en su oficio, a conservarlo si se encuentra en el pleno ejercicio de la profesión, y a cumplir y a excederse en esas tareas. Esto vale igualmente para la madre de familia, para el catedrático, para el oficinista o para el dependiente. «Cuando tu voluntad flaquee ante el trabajo habitual, recuerda una vez más aquella consideración: “el estudio, el trabajo, es parte esencial de mi camino. El descrédito profesional –consecuencia de la pereza– anularía o haría imposible mi labor de cristiano. Necesito –así lo quiere Dios– el ascendiente del prestigio profesional, para atraer y ayudar a los demás”.

»—No lo dudes: si abandonas tu tarea, ¡te apartas –y apartas a otros– de los planes divinos!»6.

III. A todo el que se le ha dado mucho... Pensemos en las incontables gracias que hemos recibido a lo largo de la vida, larga o corta, aquellas que conocimos palpablemente, y esa infinidad de dones que nos son desconocidos. Todos aquellos bienes que habíamos de repartir a manos llenas: alegría, cordialidad, ayudas pequeñas pero constantes... Meditemos hoy si nuestra vida es una verdadera respuesta a lo que Dios espera de nosotros.

En la parábola que leemos en este pasaje del Evangelio, el Señor habla de un siervo irresponsable que tenía como justificación de su mala administración una idea falsa: Mi amo tarda en venir. El Señor ha llegado ya y está todos los días entre nosotros. Es a Él a quien en cada jornada dirigimos nuestra mirada para comportarnos como el hijo delante de su Padre, como el amigo delante del Amigo. Y cuando, dentro de un tiempo no muy largo, al fin de la vida, le demos cuenta de la administración que hicimos de sus bienes, se llenará nuestro corazón de alegría al ver esa fila interminable de personas que, con la gracia y nuestro empeño, se acercaron a Él. Comprenderemos que nuestras acciones fueron como «la piedra caída en el lago», con una resonancia inmensa a nuestro alrededor; y esto gracias a la fidelidad diaria a nuestros deberes, quizá no muy brillantes externamente, a la oración y al sencillo pero firme y constante apostolado con los amigos, con los parientes, con aquellos que pasaron cerca de nuestra vida.

De hecho, el mismo Jesús anunció a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: el que cree en Mí, también él hará las obras que Yo hago, y las hará mayores que estas porque Yo voy al Padre7. San Agustín comenta así estas palabras del Señor: «No será mayor que yo el que en mí cree; sino que yo haré entonces cosas mayores que las que ahora hago; realizaré más por medio del que crea en mí, que lo que ahora realizo por mí mismo»8. ¡Tantas maravillas lleva a cabo a través de nuestra pequeñez cuando le dejamos! Las obras mayores «consisten esencialmente en dar a los hombres la vida divina, la fuerza del Espíritu y, por lo tanto, en su adopción como hijos de Dios (...). De hecho, Jesús dice: porque Yo voy al Padre. La marcha de Jesús no interrumpe su actividad de salvación del mundo, sino que asegura su crecimiento y expansión; no significa la separación de los suyos, sino su presencia en ellos, real aunque invisible. La unidad con Él, resucitado, es lo que les hace capaces de hacer obras mayores, de reunir a los hombres con el Padre y entre ellos (...). De nosotros depende que Jesús vuelva a pasar por la tierra para cumplir su obra: Él obra a través de nosotros, si le dejamos hacer a Él.

»También para venir por vez primera a la tierra, Dios pidió consentimiento a María, una de nosotros. María creyó: dio su adhesión total a los planes del Padre. Y ¿qué obra dio como fruto su fe? Por su “sí” el Verbo se hizo carne (Jn 1, 14) en Ella y se hizo posible la salvación de la humanidad»9. A Nuestra Señora también le pedimos nosotros que nos ayude a cumplir todo aquello que su Hijo nos ha encomendado: un apostolado eficaz en el ambiente en el que nos encontramos.

1 Lc 12, 39-48. — 2 2 Cor 5, 10. — 3 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 831. — 4 Santo Tomás, Comentario a la Epístola a los Romanos, II, 3. — 5 Cfr. Juan Pablo II, Ángelus 17-IX-1978. — 6 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 781. — 7 Jn 14, 12. — 8 San Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 72, 1. — 9 Ch. Lubich, Palabra que se hace vida, pp. 82-83.

 

 

“¡Señor, que no sé hacer oración!”

Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” –¿De qué? De El, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”. (Camino, 91)

¿Cómo hacer oración? Me atrevo a asegurar, sin temor a equivocarme, que hay muchas, infinitas maneras de orar, podría decir. Pero yo quisiera para todos nosotros la auténtica oración de los hijos de Dios, no la palabrería de los hipócritas, que han de escuchar de Jesús: no todo el que repite: ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el reino de los cielos. Los que se mueven por la hipocresía, pueden quizá lograr el ruido de la oración -escribía San Agustín-, pero no su voz, porque allí falta la vida, y está ausente el afán de cumplir la Voluntad del Padre. Que nuestro clamar ¡Señor! vaya unido al deseo eficaz de convertir en realidad esas mociones interiores, que el Espíritu Santo despierta en nuestra alma (...).
No me he cansado nunca y, con la gracia de Dios, nunca me cansaré de hablar de oración. Hacia 1930, cuando se acercaban a mí, sacerdote joven, personas de todas las condiciones -universitarios, obreros, sanos y enfermos, ricos y pobres, sacerdotes y seglares-, que intentaban acompañar más de cerca al Señor, les aconsejaba siempre: rezad. Y si alguno me contestaba: no sé ni siquiera cómo empezar, le recomendaba que se pusiera en la presencia del Señor y le manifestase su inquietud, su ahogo, con esa misma queja: Señor, ¡que no sé! Y, tantas veces, en aquellas humildes confidencias se concretaba la intimidad con Cristo, un trato asiduo con El. (Amigos de Dios, nn. 243-244)

 

 

Los libros de Dios

En la Sagrada Escritura escuchamos la Palabra de Dios. Para ayudarnos a comprenderla, conviene conocer la tradición de la Iglesia y acudir al Espíritu Santo.

La luz de la fe23/10/2018

Opus Dei - Los libros de Dios

En cualquier comunidad humana, es normal que se relaten historias sobre los propios orígenes. Una reunión familiar, una fiesta o aniversario, suele ser la ocasión para recordar algún acontecimiento importante o significativo: una anécdota de los abuelos, los méritos de algún antepasado ilustre, la fundación de la ciudad o la independencia de la nación. Estas narraciones no son un simple pasatiempo o un ejercicio puramente nostálgico de la memoria, sino que contribuyen a formar la identidad de la familia o grupo; de este modo, sus miembros más jóvenes descubren de dónde vienen y comprenden mejor quiénes son. Así se veía el pueblo de Israel, y así transmitió las obras del Señor de generación en generación: «Cuanto oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a sus hijos; sino que contaremos a la generación venidera las alabanzas del Señor, su poder, y las maravillas que ha obrado»[1]. También la Iglesia —nuevo Pueblo de Dios— es una familia que recuerda y actualiza constantemente los hechos que le dieron origen: la historia del antiguo Israel y sobre todo la muerte y resurrección de Jesús.

La Iglesia es una familia que recuerda y actualiza constantemente los hechos que le dieron origen

En ocasiones, estos relatos familiares o populares se ponen por escrito y, tras recibir una elaboración literaria más o menos compleja según los casos, pueden llegar a ser considerados obras de referencia para la comunidad en la que nacieron. Algunos pueblos antiguos atribuían a sus propias escrituras un origen divino: para ellos, tales libros habían sido escritos directamente por los dioses en el cielo. Pero cuando la Iglesia afirma que «Dios es el autor de la Sagrada Escritura»[2], ¿quiere decir con esto que también cree que sus libros cayeron del cielo?, ¿cómo entiende la fe católica el origen de las Escrituras?, ¿qué relación tienen con la Iglesia?

¿Qué quiere decir que Dios sea el autor de la Biblia y que nos hable a través de ella?

La fe nos anuncia a un Dios que ha creado el cielo y la tierra, y que respeta la autonomía de su propia obra. No busca avasallar la inteligencia ni la libertad de las criaturas racionales. Tampoco impone su salvación al hombre, sino que la propone para que, si quiere, la acoja con todo su corazón. De modo análogo, al darse a conocer a los seres humanos, ha querido servirse de un lenguaje que les resulte comprensible, pues la lengua con la que se comunican eternamente entre sí el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo —el “idioma divino”— nos resulta inaccesible. Por eso, la Iglesia explica que Dios da a conocer su amor a los hombres, y lleva a cabo su plan de salvación, actuando y hablando «por medio de hombres y a la manera humana»[3].

A la luz del misterio de Jesucristo, «plenitud de toda la revelación»[4], es más fácil entender esta lógica divina. Él es verdadero Dios y verdadero hombre. Su Humanidad es camino para conocer el misterio de Dios. Esto no impide que, por su dimensión humana, haya querido compartir nuestras limitaciones, salvo el pecado. No solo tuvo hambre y sed o se cansó, sino que también habrá experimentado el esfuerzo que implicaba aprender a leer, conocer el oficio que san José le enseñaba, etc. Era Dios, pero no renunció a las limitaciones propias de lo humano.

Jesucristo ha querido hablarnos con palabras humanas, comunicarnos su mensaje de salvación con los modos de expresarse de una época concreta. Análogamente, cuando la Iglesia habla de “inspiración divina” de la Escritura, si bien afirma que el Espíritu Santo es el autor principal de los libros sagrados, esto no implica que estén exentos de los límites propios de cualquier obra humana. En la Sagrada Escritura, «la palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres»[5].

La dimensión humana de la Biblia nos hace accesible la Palabra de Dios. Pero también implica que al leerla nos encontramos con algunos límites. Sin embargo, no siempre se percibe todo el alcance ni se aceptan todas las consecuencias de lo anterior. Concretamente, algunos tienen una noción demasiado simple de la Biblia, de manera que no dejan espacio para ningún tipo de imperfección. Como explicaba san Juan Pablo II, tales personas «tienden a creer que, siendo Dios el ser absoluto, cada una de sus palabras tiene un valor absoluto, independiente de todos los condicionamientos del lenguaje humano»[6]. Parece que eso es más respetuoso con la grandeza de Dios, pero, en realidad, equivale a engañarse y a rechazar «los misterios de la inspiración escriturística y de la encarnación, ateniéndose a una noción falsa del ser absoluto. El Dios de la Biblia no es un ser absoluto que, aplastando todo lo que toca, anula todas las diferencias y todos los matices»[7]. Precisamente en este amoldarse a lo pequeño se manifiesta la misericordia de Dios: ese amor que le lleva a acomodarse a nuestros modos de expresarnos, a manifestarse de una manera amable, para que su grandeza no nos impida acercarnos a Él. Lo vemos en la obra de la Redención, y lo vemos también en el modo en que se da a conocer. «Cuando se expresa en lenguaje humano, no da a cada expresión un valor uniforme, sino que emplea todos los matices posibles con una gran flexibilidad, aceptando también sus limitaciones»[8].

La vida santa de los que siguen a Cristo va manifestando los distintos aspectos del Evangelio

Para evitar una visión demasiado simple de la Biblia, es útil recordar que los libros que la forman fueron escritos no solo en épocas diversas, sino en tres lenguas distintas: hebreo, arameo y griego. Los textos han sido escritos por seres humanos, a través de los cuales Dios ha actuado sin que por esto ellos dejen de ser verdaderos autores de sus libros[9]. Así, por ejemplo, cuando san Pablo manifiesta a unos cristianos su indignación con palabras fuertes, diciendo: «¡Oh gálatas insensatos!» (Gál 3,1; cfr. 3,3), es él quien está enojado, ¡no el Espíritu Santo! Ciertamente, san Pablo amonesta movido por el Espíritu Santo, pero usa un modo de expresarse de acuerdo con su carácter y los giros lingüísticos de su ambiente.

La Tradición, ¿añadidos de la Iglesia a la Biblia?

Otra consecuencia del carácter divino y humano de la Sagrada Escritura es su relación con la Iglesia. La Biblia no ha caído directamente desde el cielo, sino que es la Iglesia la que nos la presenta, asegurándonos que Dios nos habla hoy a través de la Sagrada Escritura. Volviendo a lo dicho al inicio, el pueblo de Israel y la Iglesia son la familia o comunidad en la que nacieron, tomaron forma y se transmitieron las narraciones, profecías, oraciones, exhortaciones, proverbios y demás textos que encontramos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

En sentido propio, la fuente, el punto de partida u origen de la Revelación, es uno solo: Dios, que se manifestó de manera plena en su Hijo hecho hombre, Jesucristo. Él es la Revelación de Dios. La vida y enseñanzas de Jesús, y especialmente su pasión, muerte y resurrección —ocurridas “según las Escrituras” (cfr. 1 Cor 15,3-4)— constituyen el anuncio que Él mismo manda a los apóstoles predicar por todo el mundo. Esta buena noticia, el Evangelio, que se transmite de manera viva en la Iglesia, es el contenido fundamental de la Tradición apostólica, que se pone por escrito (dando lugar al Nuevo Testamento) y que se transmite también en la vida de la Iglesia: el modo en que enseña la fe, la forma que toma su oración en la liturgia, el estilo de vida que propone cuando habla de moral.

La Tradición es la vida misma de la Iglesia en cuanto que transmite el Evangelio. Por eso, no es correcto entenderla como si fuera solo una parte de la Revelación, que estaría formada por aquellas verdades que no aparecen claramente en la Biblia. Tampoco se reduce a las fórmulas y a las prácticas que se han ido añadiendo con el tiempo, ni a las enseñanzas de los Padres o de los concilios. Esta confusión se encontraba en algunos autores que hablaban de la Biblia y de la Tradición como si ambas fueran las “dos fuentes” de la Revelación divina. Algunas verdades de fe se conocerían gracias a la Escritura y otras gracias a la Tradición: por ejemplo, el primado de Pedro se encuentra en los evangelios (cfr. Mt 16,17-19; Lc 22,31-32; Jn 21,1-19), mientras que la Asunción de la Virgen no aparece explícitamente en el Nuevo Testamento. Parecía un esquema sencillo que resolvía muchos problemas. Sin embargo, pensar que disponemos de dos fuentes de la revelación, como si Dios nos hablara o por una o por otra, no corresponde a la realidad. La Biblia nos llega dentro de la Tradición de la Iglesia, formando parte de ella, y no de forma separada.

Por el hecho de vivir y difundir su fe, todos los católicos son sujetos activos de la Tradición, tal como todos los miembros de una familia participan de alguna manera en la comunicación de su identidad. La vida santa de los que siguen a Cristo va manifestando los distintos aspectos del Evangelio; como dice el Papa Francisco: «Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio»[10]. Nada ni nadie queda fuera: «La Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree»[11].

¿Por qué leer desde la Tradición?

La Tradición de la Iglesia es viva. Esto contrasta con la concepción que a veces se tiene de la “tradición” o “tradiciones”, como cosas del pasado: las tradiciones ancestrales de un pueblo, las fiestas tradicionales o incluso los trajes tradicionales. Sin embargo, en la Iglesia, la Tradición viene del pasado, pero no se queda en el pasado. Para explicarlo, Benedicto XVI usa una comparación iluminadora: «La Tradición no es transmisión de cosas o de palabras, una colección de cosas muertas. La Tradición es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes»[12].

Dentro de este río vivo, que nace de Cristo y que nos trae al mismo Cristo, la Iglesia recibe y transmite una colección de libros que le son dados como testimonio inspirado de la Revelación divina, es decir, un conjunto de Escrituras que le comunican lo que Dios mismo quiso que quedara consignado por escrito para nuestra salvación. «Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo»[13].

La Tradición, que es como el hogar donde nace la Sagrada Escritura, se convierte también en el camino para comprenderla mejor

La Tradición, que es como el hogar donde nace la Sagrada Escritura, se convierte también en el camino para comprenderla mejor. Sucede algo similar al ejercicio que hacemos para apreciar toda la riqueza de una obra literaria: no nos basta con hacer una lectura aislada de ella, sino que nos fijamos en el contexto en que fue escrita, el horizonte intelectual de su autor, la comunidad en la que tuvo origen. Así, cuando la Iglesia propone que la Tradición viva es un criterio de interpretación bíblica[14] o sostiene que el «lugar originario de la hermenéutica de la Biblia»[15] es la Iglesia, lo que propone es que una lectura realizada en comunión con todos los que han creído en Cristo nos abre a las riquezas de la Sagrada Escritura. Es evidente que cualquier persona puede leer y en cierta medida entender la Biblia, aunque no haya recibido el don de la fe. La diferencia está en que, cuando un bautizado lee los libros bíblicos, no lo hace buscando solamente descifrar el contenido de unos textos antiguos, sino que se propone descubrir el mensaje que Dios ha querido dejar en ellos y que ahora le quiere comunicar.

Desde este perspectiva, también se entiende mejor por qué para comprender la Biblia se recomienda tanto acudir al Espíritu Santo. Antes de su muerte, Jesús anunció a sus discípulos que el Espíritu Santo les enseñaría y recordaría todo lo que les había dicho (cfr. Jn 14,26) y que este los llevaría hacia la verdad entera (cfr. Jn 16,13). La lectura de la Sagrada Escritura es un momento privilegiado en el que se hace realidad esta promesa: el Espíritu Santo, autor de los libros sagrados, nos hace entender mejor la vida y enseñanzas de Cristo recogida en los evangelios, anunciada por los profetas y explicadas en la predicación apostólica. El Espíritu Santo es el vínculo de amor entre los creyentes, y nos introduce a la comunión con la Iglesia de todos los tiempos. El Espíritu Santo es «por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo»[16].

Juan Carlos Ossandón

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Bibliografía

– Concilio Vaticano II, Const. Dei Verbum (18-XI-1965).

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 50-141.

– San Juan Pablo II, Discurso De tout coeur, 23-IV-1993.

– Benedicto XVI, Audiencia general, 26-IV-2006; Ex. Ap. Verbum Domini (30-IX-2010), especialmente la primera parte.

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– G. Aranda Pérez, «Inspiración de la Sagrada Escritura» en C. Izquierdo (ed.), Diccionario de teología, Eunsa, Pamplona 32014, 511-517.

– V. Balaguer, «La Constitución dogmática Dei Verbum», Annuarium Historiae Conciliorum 43 (2011) 271-310.

– J. Dupont, «Écriture et Tradition», Nouvelle revue théologique 85 (1963) 337-356.

– C. Izquierdo, «Tradición» en C. Izquierdo (ed.), Diccionario de teología, Eunsa, Pamplona 32014.

– J. Ratzinger, Mi vida. Recuerdos (1927-1977), Encuentro, Madrid 1997, capítulo «El comienzo del Concilio y el traslado a Münster».


[1]Sal 78,3-4. Cfr. Francisco, Ex. ap. Amoris Laetitia (19-III-2016), n. 16.

[2]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 105.

[3]Concilio Vaticano II, Const. Dei Verbum, n. 12.

[4]Ibid., n. 4.

[5]Dei Verbum, n. 13. Antes de la Dei Verbum, esta analogía había sido propuesta por Pío XII en la encíclica Divino Afflante Spiritu (30-IX-1943), n. 24 (EB 559; EB=Enchiridion Biblicum). Más tarde la han hecho suya san Juan Pablo II —Discurso De tout coeur, 23-IV-1993, nn. 6-7 (EB 559; EB=Enchiridion Biblicum)—, el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 101) y Benedicto XVI —Ex. Ap. Verbum Domini (30-IX-2010), n. 18—.

[6] San Juan Pablo II, Discurso De tout coeur, 23-IV-1993, n. 8 (EB 1247).

[7]Ibídem.

[8]Ibídem.

[9]Cfr. Dei Verbum, n. 11.

[10] Francisco, Exp. ap. Gaudete et exsultate (19-III-2018), n. 19.

[11]Dei Verbum, n. 8.

[12]Benedicto XVI, Audiencia general, 26-IV-2006.

[13]Dei Verbum, n. 8.

[14]Cfr. Dei Verbum, n. 12.

[15]Cfr. Verbum Domini, nn. 29-30.

[16]Dei Verbum, n. 8.

 

¿Un Dios que deja hacer? El mal y el dolor

¿Por qué existe el mal? ¿Qué sentido tiene el dolor? ¿Por qué Dios permite el mal? Estas son las preguntas que toda persona se hace en algún momento de la vida. Hacen referencia a uno de los grandes misterios del hombre.

La luz de la fe23/10/2018

Opus Dei - ¿Un Dios que deja hacer? El mal y el dolor

La existencia del mal en el mundo, especialmente en sus formas más agudas y difíciles de entender, es una de las causas más frecuentes del abandono de la fe. Ante sucesos que parecen claramente injustos y sin sentido y frente a los que nos sentimos impotentes, surge de modo natural la pregunta de cómo puede Dios permitirlo. ¿Por qué el Señor, que es bueno, que es omnipotente, deja que ocurran males semejantes? ¿Por qué personas sencillas, que acarrean ya mucho peso en la vida, deben cargar con el drama de una tragedia imprevista, como un desastre natural?¿Por qué Dios no interviene? Son preguntas que no dirigimos al mundo, ni tampoco a nuestros semejantes, sino a Dios, porque confesamos que Él es el Creador y el Señor del mundo[1].

Estas cuestiones, en cierta manera, desbordan los confines de la Revelación y penetran en el misterio de Dios mismo; al fin y al cabo, nada hay en la creación que escape a la sabiduría y a la voluntad de Dios. Del mismo modo que no podemos abarcar la infinita bondad de Dios, tampoco podemos sondear completamente sus proyectos. Por eso, muchas veces, la mejor actitud ante el mal y el dolor es la del abandono confiado en Dios, que siempre “sabe más” y “puede más”.

Pero es también natural que tratemos de iluminar el oscuro misterio del mal, de modo que la fe no se apague por la experiencia de la vida, sino que, precisamente en esos momentos, siga siendo luz clara en nuestro camino, «lámpara para mis pasos» (Sal 119,105).

El mal procede de la libertad creada

Dios no ha creado un mundo cerrado, al que sólo tenga acceso Él, ni tampoco ha hecho el mundo perfecto. Lo ha hecho abierto a muchas posibilidades y perfectible, y ha creado a los hombres y a las mujeres para que lo habiten y lo completen con su ingenio. Nos ha hecho inteligentes y libres y nos ha dado espacio para desarrollar esos talentos. En ese sentido Dios, al llamarnos a la existencia, nos pone a prueba: nos encarga la tarea de hacer el bien según nuestras posibilidades. Y eso es, con frecuencia, una tarea fatigosa. «Negociad hasta que vuelva» (Lc 19,13): como en la conocida parábola de Jesús, los talentos no se pueden enterrar o esconder: la vida de cada uno está llamado a hacer fructificar su vida, a desarrollar lo que recibimos. Pero a menudo no lo hacemos, o incluso hacemos todo lo contrario, nos proponemos voluntariamente cosas malas y las llevamos a cabo: somos, muchas veces, culpables.

El verdadero mal, el que más hemos de temer: el pecado. De él provienen los otros males de un modo o de otro

La humanidad lo fue desde el principio, desde aquel acto que fue cabeza de los demás males. Todo lo que hay de mal en el mundo gira entorno a esto: al mal uso de la libertad, a la capacidad que tenemos de destruir las obras de Dios: en nosotros mismos, en los demás, en la naturaleza. Cuando lo hacemos nos privamos de Dios, se oscurece nuestro corazón, e incluso podemos hacer que nuestra vida o la de otros se conviertan en un infierno. Este es el verdadero mal, el que más hemos de temer: el pecado. De él provienen los otros males de un modo o de otro.

El sufrimiento como prueba o purificación

Pero entonces ¿el mal es siempre el fruto directo de la culpa? Primero hay que aclarar qué es el mal. En sí mismo no es más que la otra cara del bien, la cara que la realidad muestra cuando el bien falta, cuando lo que debería ser no es y lo que tendría que estar presente no lo está. El mal es privación, no tiene entidad positiva, es negatividad, y necesita agarrarse al bien para existir[2]. Sufrimos cuando experimentamos esa ausencia de lo bueno. Desde luego, la culpa, nuestra o de los demás, produce siempre un daño; sin embargo, no siempre que sufrimos un daño lo sufrimos por haber sido culpables.

En la Sagrada Escritura el libro de Job trata con profundidad este problema. Los amigos de Job quieren persuadirle que las desgracias que el Señor le ha enviado son consecuencia de sus pecados, de su injusticia. Aunque no pocas veces sea así, porque los delitos merecen un castigo –algo lógico según el orden humano y también según el divino–, el caso de Job nos muestra que también los justos y los inocentes sufren. Refiriéndose a este libro sagrado san Juan Pablo II escribió: «Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y que tenga carácter de castigo»[3]. De hecho, para Job su sufrimiento supuso una prueba para su fe, de la que salió fortificado. En ocasiones Dios nos prueba, pero siempre nos da su gracia para vencer y busca el modo de que podamos crecer en el amor, que es el sentido último del bien.

Otras veces el sufrimiento tiene un sentido de purificación. Así sucedió con Israel en el tiempo de Moisés, cuando el pueblo era voluble y caprichoso. Dios lo purificó con un largo viaje a través del desierto, y así lo fue formando hasta que fue capaz de entrar en la tierra prometida y reconocer la fidelidad de Dios a su palabra. Con frecuencia, el sufrimiento adquiere –en la Providencia divina– un valor semejante, purificador. Existen personas que, enfrascadas en el ajetreo de la vida, no se plantean las preguntas decisivas hasta que una enfermedad, o un revés económico o familiar, les lleva a interrogarse más a fondo. Y es frecuente que se opere un cambio, una conversión, o una mejora, o una apertura a la necesidad del prójimo. Entonces el sufrimiento es también pedagogía de Dios, que quiere que el hombre no se pierda, que no se disipe en las delicias del camino o entre los afanes mundanos. Por tanto, aunque hay una medida de mal en la vida de cada uno con la que cuenta la Providencia divina, ese mal se revela en último término servicio al bien del hombre.

El sufrimiento en la naturaleza

En esta luz adquiere también un cierto sentido el sufrimiento natural, ese que está presente y como inscrito en nuestro entorno creado: la fatiga del crecimiento para saber más y progresar, la caducidad de los seres, que envejecen y mueren, la falta de armonización en los fenómenos naturales (que se imponen como destruyendo el orden de la creación). Sufrimientos que no podemos evitar, que no dominamos ni controlamos, que están ahí, inscritos en la naturaleza.

Cuando contemplamos una naturaleza desatada hemos de pensar que el Señor nos presenta allí la figura de un mundo en el que no puede reinar

En ocasiones se trata de males necesarios para que puedan subsistir otros bienes. Santo Tomás pone el ejemplo del león que no podría conservar su vida si no diera caza al asno o a algún otro animal[4]. Pero, con frecuencia, se nos ocultan los bienes que puedan tener relación con los sucesos trágicos de la naturaleza. No es fácil entender por qué Dios los permita, ni por qué ha creado un universo donde está implicada la destrucción y que, a veces, no parece estar regido por la Bondad y el Amor. Una posible luz viene del hecho de considerar que, en general, la destrucción originada por los fenómenos naturales, tiene que ver, según el designio creador, con nuestra libertad y con la capacidad que tenemos de rechazar a Dios.

El hábitat en que vivimos y que tantas veces nos maravilla con su belleza –el mundo físico– puede también convertirse en un lugar horrible, de modo semejante a como nuestro corazón, hecho para amar a Dios y tener el Cielo dentro, puede también llegar a ser un lugar triste y oscuro: si se abandona, si se deja llevar por las semillas que planta el diablo. De modo que, cuando contemplamos una naturaleza desatada que causa destrucción sin miramientos ni atisbos de justicia, hemos de pensar que el Señor nos presenta allí la figura de un mundo en el que no puede reinar y de un corazón que rechaza el amor y la justicia. La profunda relación entre la Creación y el hombre, que fue puesto como cabeza para que la custodiase (cfr. Gén 2,15), se muestra también en ese desorden.

Los hombres y también «la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rm 8,22), porque participa del proyecto creador y redentor de Dios. Ella también «tiene la esperanza de ser liberada de la corrupción» y «participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

El sufrimiento redentor

Pero sin duda lo que ilumina de modo más importante el sentido del mal es la Cruz de Jesús. Y junto a la Cruz, la Resurrección. Su Cruz nos indica que el sufrimiento puede ser el signo y la prueba del amor. Más aún que puede ser la vía de la destrucción de pecado. Porque en la Cruz de Jesús el amor de Dios lavó los pecados del mundo. El pecado no resiste, no puede resistir, al amor que se abaja y se humilla por el bien del pecador. Como expresa un famoso personaje creado por Dostoievski, «la humildad del amor es una terrible fuerza, la más fuerte de todas, a la cual no hay nada que se asemeje»[5].

En la Cruz, el sufrimiento de Jesús es redentor porque su amor al Padre y a los hombres no retrocede ante el rechazo y la injusticia humanas. Él dio su vida por los pecadores, los sirvió con su entrega total, y así su Cruz se convirtió en fuente de vida para ellos.

También nuestros sufrimientos pueden ser redentores, cuando son fruto del amor o se transforman por el amor. Entonces participan de la Cruz de Cristo. Como enseñaba san Josemaría, el sufrimiento es fuente de vida: de vida interior y de gracia para uno mismo y para los demás[6]. En realidad, no es el sufrimiento en cuanto tal lo que redime, sino la caridad presente en él.

Ya en lo humano el amor tiene capacidad de modelar la vida: la madre que no escatima esfuerzos por la felicidad de sus hijos, el hermano que se sacrifica por el hermano necesitado, el soldado que se juega la vida por su pelotón. Son ejemplos que perviven en la memoria y honran a sus protagonistas. Cuando ese amor está motivado y fundado en la fe, entonces, además de ser algo hermoso, es también divino: participa de la Cruz y es canal de la gracia que proviene de Cristo. Allí el mal se transforma en bien, mediante la acción del Espíritu Santo, don que procede de la Cruz de Jesús.

La última carta

Pero a todo lo que se ha dicho hasta ahora para intentar explicar el sentido del mal se podría añadir una consideración conclusiva. Y es que, aunque el mal está presente en la vida del hombre sobre la tierra, Dios tiene siempre en su mano una última carta, es siempre el último jugador por lo que se refiere a la vida de cada uno. Dios nos quiere, nos aprecia, y por eso se reserva la última carta, que es la esperanza del mundo: su amor creador omnipotente. El amor que se manifiesta también en la resurrección de Jesucristo.

Pues por grandes e incomprensibles que lleguen a ser los dramas de la vida, mucho mayor es el poder creador y re-creador de Dios. La vida es tiempo de prueba y, cuando se acaba, empieza lo definitivo. Este mundo es pasajero. Sucede con él como con el ensayo de un concierto: quizá alguien se olvidó el instrumento y otro no se aprendió bien la partitura y un tercero está desafinando. Para eso están los ensayos. Es el tiempo de ajustar, de armonizar instrumentos, de adaptarse al director de la orquesta. Luego, al fin, llega el gran día, cuando todo está ya listo, y el concierto tiene lugar en una sala fastuosa, en medio del alborozo y de la emoción general.

La vida de Cristo no muestra sólo el amor de Dios sino también su poder, el poder de devolver con creces todo aquello que no correspondió a la justicia, todo aquello en lo que pareció que Dios no estaba presente, allí donde le dejó hacer al mal y al dolor más allá de lo que llegamos entonces a comprender. Jesús experimentó también su momento de abandono (cfr. Mc 15,34), lo sufrió con amor, y a la Cruz le siguió una eterna gloria. El último libro de la Escritura, el Apocalipsis, nos habla de un Dios que «enjugará toda lágrima» (Ap 21,4) porque Él hace nuevas todas las cosas (cfr. Ap 21,5) y será fuente de una felicidad sobreabundante.

¿Cómo ayudar a los que sufren?

En muchas ocasiones, ante el dolor ajeno nos sentimos impotentes y solamente podemos hacer lo mismo que el buen samaritano (cfr. Lc 10,25-37): ofrecer cariño, escuchar, acompañar, estar al lado; es decir, no pasar de largo. Algunas obras de arte retratan al buen samaritano y al hombre asaltado con el mismo rostro. Y puede interpretarse como que Cristo cura y, a la vez, es curado. Cada uno de nosotros somos, o podemos ser, el buen samaritano que cura las heridas de otro, y en ese momento somos Cristo. Pero a veces también necesitamos que nos curen porque algo nos ha herido –una mala cara, una mala contestación, un amigo que nos ha dejado– y somos curados por un buen samaritano, que puede ser el mismo Cristo cuando acudimos a Él en la oración, o una persona cercana que se convierte en Cristo cuando nos escucha. Y nosotros somos Cristo para los demás, porque cada uno de nosotros somos imagen y semejanza de Dios.

El sufrimiento permanece siempre como un misterio, pero un misterio que por la acción salvadora de Nuestro Señor nos puede abrir hacia los demás: «En todas partes hay chicos abandonados o porque los abandonaron cuando nacieron o porque la vida los abandonó, la familia, los padres y no sienten el afecto de la familia. ¿Cómo salir de esa experiencia negativa de abandono, de lejanía de amor? Hay un sólo remedio para salir de esas experiencias: hacer aquello que yo no recibí. Si tu no recibiste comprensión, sé comprensivo con los demás. Si no recibiste amor, ama a los demás. Si sentiste el dolor de la soledad, acércate a aquellos que están solos. La carne se cura con la carne y Dios se hizo carne para curarnos a nosotros. Hagamos lo mismo nosotros con los demás»[7].

Muchas personas han sentido la caricia de Dios justamente en los momentos más difíciles: los leprosos acariciados por santa Teresa de Calcuta, los tuberculosos a los que confortaba material y espiritualmente san Josemaría o los moribundos tratados con respeto y amor por san Camilo de Lelis. Esto también nos dice algo sobre el misterio del dolor en la existencia humana: son momentos en que la dimensión espiritual de la persona puede desplegarse con fuerza si se deja abrazar por la gracia del Señor, dignificando hasta las situaciones más extremas.

Antonio Ducay


[1] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 9.

[2] Cfr. J. Ratzinger, Dios y el mundo, Creer y vivir en nuestra época, Barcelona 2005, p. 120.

[3] Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 11.

[4] Cfr. Suma de Teología, q.47, a.2 ad 1.

[5]Los hermanos Karamazov, Colihue, Buenos Aires 2006, p. 447.

[6] Cfr. S. Josemaría, Via Crucis, Estación XII.

[7] Papa Francisco, Discurso en el estadio Kerasani de Nairobi, 27-XI-2015.

 

 

Caminar en la luz: la prudencia y el discernimiento

En el cristiano la prudencia supone la unión con Cristo y su Voluntad

Por: Ramiro Pellitero

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Dice Robert Spaemann que para obrar bien es preciso hacer justicia a la realidad. Esto requiere de la prudencia, la más importante de las virtudes morales. En la vida personal cotidiana, en la vida eclesial (lo hemos visto en el Sínodo de la familia) o en la vida social (por ejemplo en la perspectiva de unas elecciones) es necesaria la prudencia, que no es mera cautela o moderación, sino “sensatez o buen juicio”. Consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo en una determinada situación, para saber cómo hay que actuar y decidirse a ello.

Veamos la estructura y las dimensiones de la prudencia, las formas de la imprudencia y cómo es la prudencia en clave cristiana.

Estructura y dimensiones de la prudencia

En la tradición clásica se antepone la prudencia a otras virtudes importante: la justicia, la fortaleza y la templanza. Esto indica que solo puede ser bueno el que es prudente, es decir, el que es justo antes que nada con la realidad. Y por eso los diez mandamientos son formas de ejercicio de la prudencia.

La prudencia es la causa y la raíz, la madre, la medida y el ejemplo, la guía y la razón precisa de todas las demás virtudes. La prudencia es la medida ética del obrar porque determina lo que es conforme a la realidad. (cf. J. Pieper, Virtudes fundamentales, Madrid 2010, p. 34). La prudencia es la virtud que guía a la conciencia moral.

Esta atención a la realidad, propia de la prudencia, tiene dos dimensiones: la memoria o conciencia de los primeros principios (sindéresis) –el más importante es hacer el bien y evitar el mal– y la atención a la realidad en la que se actúa.

Combinando esos elementos, la prudencia actúa por tres pasos sucesivos; la deliberación (momento cognoscitivo); el juicio, dictamen o discernimiento acerca de la situación (lo que lleva a tomar “conciencia de la situación”); y el “imperio” o decisión de actuar (momento operativo).

En resumen, la prudencia es la “regla recta de la acción” (Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles), “la virtud que pasa del conocimiento de la realidad a la práctica del bien” (Pieper) y la “auriga virtutum” (conductora de las virtudes) que guía a las otras virtudes indicándoles regla y medida (Catecismo del a Iglesia Católica).

Por eso se la ha comparado a la inteligente proa de la esencia humana (Claudel), al cierre del anillo de la vida activa que conduce a la propia perfección, o al fulgor de la vida moral (Pieper). En la perspectiva cristiana San Juan habla de “caminar en la luz”, equivalente a practicar la verdad haciendo justicia a la realidad, como consecuencia de la comunión con Dios.

Formas de la imprudencia


Para ser prudente se requiere por tanto, primero la “memoria del ser”, o la “metafísica de la persona moral”, es decir, tener en cuenta quién es uno y por qué desea una cosa u otra.

Solamente por esto el egoísta, el que mira por sus intereses y no por los demás ya es imprudente. También el que no es dócil, porque no se deja decir algo, es imprudente, pues se opone al conocimiento de la realidad. También se puede ser imprudente por impremeditación (falta de suficiente reflexión) o inconstancia. En cambio el que tiene la virtud de la solercia (capacidad de circunspección o de sopesar la realidad de que se trate) es el que puede vencer las tentaciones de injusticia, cobardía o intemperancia.

En segundo lugar, se puede ser imprudente por fallo del momento operativo (la decisión). Así puede suceder por inseguridad, que puede ser culpable si es resultado de un centrarse en sí mismo sin mirar a Dios ni a los demás. Esta mirada a Dios y a los que nos rodean es lo que enriquece la esperanza y la experiencia, y permite darnos el mínimo de certeza (no puede existir una certeza total sobre el futuro) para decidirnos a actuar.

También se puede fallar en la decisión por simple omisión o negligencia, y ésta a su vez por pereza o cobardía; y en general por falta de madurez en el “imperio”. Este no ser capaces de tomar una decisión dice Santo Tomás que con frecuencia está unido a la lujuria.

Asimismo se puede ser imprudente por la “prudencia de la carne” (cf. Rm, 8,7). Es decir, la visión materialista de la vida. Esto puede llevar a la astucia: actuar o no por mera táctica o intriga, actitud opuesta a la verdad, a la caridad, a la rectitud del espíritu y a la magnanimidad, y proclive a la mezquindad (falta de nobleza o tacañería) y a la pusilanimidad (ánimo pequeño o falta de valor para emprender lo grande o tolerar las contrariedades).

En el fondo de todo esto, dice Tomás de Aquino, suele estar la avaricia, el aferrarse al instinto de conservación (de ahí la acepción popular de “prudencia” como un abstenerse de actuar por miedo al riesgo).

La razón de que todas estas actitudes se opongan a la prudencia es porque ésta se ocupa no solo de los fines sino también de los medios en el actuar. “La prudencia dispone la razón práctica para discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir los medios justos para realizarlo” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1835).

La prudencia en clave cristiana


En el cristiano la prudencia supone en primer lugar las tres virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad. De esta manera la “memoria del ser” que es la base del obrar moral (sindéresis) se perfecciona con la anámnesis (memoria de Dios y de su obrar misericordioso), y se favorece la correspondencia del cristiano.

Las tres virtudes teologales son en el cristiano la manifestación de su unión con Cristo en pensamiento, afectos y obras. Y su conciencia le lleva a percibir que la propia acción ha de ir en la línea de un vivir y de un obrar “por Cristo, con Él y en Él”, para la gloria de Dios Padre en el amor del Espíritu Santo.

En segundo lugar la prudencia cristiana (en parte infusa y en parte adquirida) lleva a integrar todas las acciones en orden al fin último: la unión con ese Ser que nos ha creado por amor, y respecto del cual toda nuestra existencia es una vocación que pide una respuesta de amor. Este buscar el fin último no consiste en unirse a Dios en general o en abstracto, sino en hacerlo a través de Cristo, y, por tanto, de la Iglesia y de su misión evangelizadora.

Dicho brevemente: la prudencia de un cristiano se resuelve en su búsqueda de la santidad con todas las consecuencias. Es decir, el buscar el amor de Dios y los demás en todos los momentos y acciones de la existencia, aquí y ahora, por los caminos y con los medios de la realidad concreta que se tiene delante.

Una consecuencia de esto es que la teología cristiana tiene una esencial dimensión práctica u operativa. La contemplación de Dios conduce a amarle con obras, también en todos aquellos que Él ama y en toda la realidad que nos rodea, puesto que ha salido de Dios y a Él se encamina.

El discernimiento

 

Como hemos visto, el modo de vivir la prudencia necesita siempre del discernimiento o juicio sobre la situación, como momento central y más representativo de la prudencia. Esto presupone una deliberación que mire a la realidad y va seguido de la decisión para actuar poniendo determinados medios.

Este discernimiento no es sólo necesario en los actos individuales de la persona o quien la aconseje. También lo necesitan los responsables de una comunidad social o de una comunidad cristiana. Por ejemplo, el parlamento de una nación, una familia, una escuela, una parroquia, etc. Y así hablamos no solamente de discernimiento personal o espiritual, sino también de discernimiento social o comunitario, y de discernimiento eclesial.

 

 

El niño protestante y la Virgen María

https://www.accionfamilia.org/images/2018/nino_virgen.jpgUn niño protestante de seis años escuchaba a menudo a sus compañeros católicos rezar el Ave María. Le gustó tanto que lo memorizó y lo rezó todos los días. “Mira, mamá, qué hermosa oración”, le dijo a su madre un día.

“No lo vuelvas a decir”, respondió la madre. “Es una oración supersticiosa de los católicos que adoran a los ídolos y piensan que María es una diosa. Ella es una mujer como cualquier otra. Vamos. Toma esta Biblia y léala. Contiene todo lo que tenemos que saber”. Desde ese día el niño dejó de rezar su Ave María todos los días y pasaba más tiempo leyendo la Biblia.

Un día, mientras leía el Evangelio, vio el pasaje de la Anunciación del Ángel a la Virgen. Lleno de alegría, el niño corrió hacia su madre y le dijo:

“Mamá, encontré el Ave María en la Biblia: ‘Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo: bendita eres entre las mujeres’. ¿Por qué la llamas? ¿Una oración supersticiosa?

Ella no respondió. En otra ocasión, encontró la escena del saludo de Elizabeth a la Virgen María y al hermoso cántico del Magnificat, en el que María anunció: “de ahora en adelante todas las generaciones me llamarán bienaventurada”. No le dijo nada a su madre y comenzó a rezar el Ave María todos los días, como solía hacer. Sintió placer al decir esas hermosas palabras a la Madre de Jesús, nuestro Salvador.

Cuando cumplió catorce años, un día escuchó discutir a su familia sobre Nuestra Señora. Todos decían que María era una mujer corriente. El niño, después de escuchar su razonamiento erróneo, no pudo soportarlo más y, lleno de indignación, los interrumpió diciendo:

“María no es como cualquier otro hijo de Adán, manchado de pecado. ¡No! El Ángel la llamó ‘llena de gracia y bendita entre mujeres’. María es la Madre de Jesús y, en consecuencia, la Madre de Dios. No hay mayor dignidad a la que pueda aspirar una criatura. El Evangelio dice que todas las generaciones la llamarán bienaventurada, mientras ustedes tratan de despreciarla. Vuestro espíritu no es el espíritu del Evangelio o de la Biblia que afirmáis que es el fundamento de la religión cristiana”.

La impresión causada por las palabras del muchacho sobre su madre fue tan profunda que a menudo lloraba desconsolada: “¡Oh, Dios, temo que este hijo mío algún día se unirá a la religión católica, la religión de los Papas!” Y, de hecho, poco tiempo después, el hijo estaba convencido de que la religión católica era la única auténtica, la abrazó y se convirtió en uno de sus apóstoles más ardientes.

Unos años después de su conversión, el protagonista de nuestra historia encontró a su hermana ya casada. Quería saludarla y abrazarla, pero ella lo rechazó y dijo indignada:

“No tienes idea de cuánto amo a mis hijos. Si uno de ellos quisiera convertirse en católico, primero enterraría una daga en su corazón que lo permitiría. Abrazar la religión de los papas”.

Su ira y su temperamento eran tan furibundos como los de San Pablo antes de su conversión. Sin embargo, pronto cambiaría de opinión, como le sucedió a San Pablo en su camino a Damasco.

Sucedió que uno de sus hijos cayó gravemente enfermo. Los doctores no dieron esperanzas para su recuperación. Tan pronto como su hermano se enteró, la buscó en el hospital y le habló con cariño, diciendo:

“Querida hermana, naturalmente quieres que tu hijo se cure. Muy bien, entonces haz lo que te voy a pedir. Recemos juntos el Ave María, y prométele a Dios que si tu hijo se recupera, estudiarás la doctrina católica. Y, en caso de que llegues a la conclusión de que el catolicismo es la única religión verdadera, la abrazarás sin importar los sacrificios que eso implica”.

Su hermana inicialmente se mostró renuente, pero ella quería que su hijo se recuperara, así es que aceptó la propuesta de su hermano y rezó con él un Ave María. Al día siguiente, su hijo estaba completamente curado. La madre cumplió su promesa y comenzó a estudiar la doctrina católica. Después de una intensa preparación, recibió el bautismo en la Iglesia católica junto con toda su familia. Cuánto le agradeció a su hermano que hubiera sido un apóstol con ella.

Esta historia fue contada por el padre Francis Tuckwell en una de sus homilías.

Hermanos ‒concluyó‒ el niño protestante que se hizo católico y convirtió a su hermana al catolicismo, dedicó toda su vida al servicio de Dios. Es el sacerdote que le habla a ustedes ahora. ¡Cuánto le debo a la Santísima Virgen, Nuestra Señora! También ustedes, mis queridos hermanos, dedíquense por completo a servir a Nuestra Señora y no dejen pasar ni un solo día sin decir la hermosa oración del Ave María y su Rosario.

Pídanle que ilumine las mentes de los protestantes que están separados de la verdadera Iglesia de Cristo fundada en la Roca (Pedro) y contra la cual “las puertas del infierno nunca prevalecerán”.

Fuente : catholicityblog.com

 

PALABRAS DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI AL FINAL DEL REZO DEL ROSARIO
EN LA BASÍLICA DE SANTA MARÍA LA MAYOR

Sábado 3 de mayo de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Al final de este momento de oración mariana, os dirijo a todos mi cordial saludo y os agradezco vuestra participación. En particular, saludo al cardenal Bernard Francis Law, arcipreste de esta estupenda basílica de Santa María la Mayor. En Roma este es el templo mariano por excelencia, en el que los habitantes de la ciudad veneran con gran afecto el icono de María Salus populi romani. He aceptado de buen grado la invitación que me han hecho a dirigir el santo rosario el primer sábado del mes de mayo, según la hermosa tradición que he vivido desde mi infancia. En efecto, en la experiencia de mi generación, las tardes de mayo evocan dulces recuerdos relacionados con las citas vespertinas para rendir homenaje a la Virgen. ¿Cómo olvidar la oración del rosario en la parroquia, en los patios de las casas o en las calles de las aldeas?

Hoy, juntos, confirmamos que el santo rosario no es una práctica piadosa del pasado, como oración de otros tiempos en los que se podría pensar con nostalgia. Al contrario, el rosario está experimentando una nueva primavera. No cabe duda de que este es uno de los signos más elocuentes del amor que las generaciones jóvenes sienten por Jesús y por su Madre, María. En el mundo actual, tan dispersivo, esta oración ayuda a poner a Cristo en el centro, como hacía la Virgen, que meditaba en su corazón todo lo que se decía de su Hijo, y también lo que él hacía y decía.

Cuando se reza el rosario, se reviven los momentos importantes y significativos de la historia de la salvación; se recorren las diversas etapas de la misión de Cristo. Con María, el corazón se orienta hacia el misterio de Jesús. Se pone a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, mediante la contemplación y la meditación de sus santos misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria.

Que María nos ayude a acoger en nosotros la gracia que procede de estos misterios para que, a través de nosotros, pueda difundirse en la sociedad, a partir de las relaciones diarias, y purificarla de las numerosas fuerzas negativas, abriéndola a la novedad de Dios. En efecto, cuando se reza el rosario de modo auténtico, no mecánico y superficial sino profundo, trae paz y reconciliación. Encierra  en sí la fuerza sanadora del Nombre  santísimo de Jesús, invocado con fe y con amor en el centro de cada avemaría.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios, que nos ha concedido vivir esta tarde una hora de gracia tan hermosa, y en las próximas tardes de este mes mariano, aunque estemos distantes, cada uno en su propia familia y comunidad, sintámonos igualmente cercanos y unidos en la oración. Especialmente durante estos días que nos preparan para la solemnidad de Pentecostés, permanezcamos unidos a María, invocando para la Iglesia una renovada efusión del Espíritu Santo. Que, como en  los orígenes, María santísima ayude a  los  fieles de cada comunidad cristiana a formar un solo corazón y una sola alma.

Os encomiendo las intenciones más urgentes de mi ministerio, las necesidades de la Iglesia, los grandes problemas de la humanidad:  la paz en el mundo, la unidad de los cristianos, el diálogo entre todas las culturas. Y, pensando en Roma y en Italia, os invito a rezar por los objetivos pastorales de la diócesis y por el desarrollo solidario de este amado país.

Al nuevo alcalde de Roma, honorable Gianni Alemanno, a quien veo aquí presente, le expreso mi deseo de un servicio fructífero para el bien de toda la comunidad ciudadana. A todos vosotros, aquí reunidos, y a cuantos están unidos a nosotros mediante la radio y la televisión, en particular a los enfermos y a los que sufren, imparto de corazón la bendición apostólica.

 

 


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María y su autoridad en las bodas de Caná

Sheila Morataya

MariainterAcabo de imaginarme a la Santísima Virgen preparándose para su boda con San José. La Virgen era una joven pobre y San José era un hombre de su misma condición. Los dos eran personas muy humildes, ese tipo de personas que no estamos acostumbrados a ver en la televisión ni en las revistas de actualidad y moda. Recordando mi viaje a Israel, hace unos 6 años, puedo traer a mi memoria las calles empolvadas de la ciudad de Nazareth y el interior de la casa en la que el anuncio del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo ocurrió. Quede impactada por la sencillez, la humildad, la pequeñez de aquellas paredes.

En medio de la pobreza, de padres que no pudieron acceder al estudio, al saber terrenal pero que fueron educados con la belleza de las verdades eternas, fue anunciado el nacimiento de Dios en la tierra: Jesús. María estaba comprometida con José, ¡qué angustia la suya!, puedo imaginarle “¿cómo le voy a explicar esto a José?” Para los que somos católicos y romanos, el resto de la historia ya la conocemos por lo que no es mi intención explicar lo que pasó sino concentrarme en el misterio de la unión de los dos en el matrimonio.

Me imagino un amor limpio. Una amistad profunda. Un respeto ilimitado y un compromiso eterno. Imagino a María muy consciente de su ser femenino “Dios te salve (María) llena de gracia, el señor es contigo. (….) Bendita tú entre las mujeres” (Lc, 1: 28.42) El Ángel por medio de Dios le llama bendita, para mi bendita se traduce en docilidad, ternura, calma, claridad de lo que se es, de tener consciencia de su rol, de su ser de mujer, esposa, madre, ama de casa. Ser mujer es la combinación de exquisita delicadeza en el gesto y la reciedumbre en el hacer.

A mi me gusta ser mujer y más me gusta ser mujer totalmente católica que tiene una relación con Ella y que, como San Juan Pablo II, le pedía “¡María conduce tu mi vida!”. Al contemplar a la Virgen Santísima en el rezo de los misterios de su vida, se va profundizando en sus virtudes humanas, en la grandiosidad de su personalidad, sobre todo en esa humildad tan elegante, tan arrolladora, tan impresionante. Ella era una reina y lo sabía, pues era escogida por Dios para tener a su hijo, la reina de reinas. Una muestra de su humildad y sencillez es que nunca salió de su casa a contarle a todo el pueblo que iba a ser madre del rey del mundo y del universo. Seguramente si esto hubiera pasado hoy no se tomaría fotos para colgar en Instagram, tuitear o cambiar su estado en Facebook. Al escribir estas líneas me doy cuenta que aún me debo algunos encuentros con María.

También recuerdo mi visita a Galilea y no puedo evitar pensar en que el primer milagro que realizo Jesús fue gracias al genio femenino de su madre. La Madre de Jesús dijo en las Bodas de Caná: “No tienen vino (Jn2: 3) ¿acaso no sólo nosotras las mujeres nos damos cuenta cuando algo falta en una casa? ¿Acaso no es muy de mujeres estar atenta a los detalles y a la angustia de los otros? ¿Puedes observar en esta corta advertencia cómo María provoca a Jesús frente a todas las personas para que haga su primer milagro? Y pero por supuesto que Jesús reacciona como todo hombre: “Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn. 2,4). La verdad es que la respuesta de Jesús no es amable, más bien es bastante dura, una respuesta para activar el caballo apolítico de la defensa (Gottman para el matrimonio) e iniciar ahí mismo una discusión. Pero, ¿qué hace María? Simplemente calla, no discute e inmediatamente expresa con delicadeza y seguridad: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5) con la firme claridad de su papel. ero por supuesto que nuestro Jesús se tiene que haber quedado completamente desarmado, sin más remedio que hacer un milagro, el primero de su vida pública y así María manifiesta que es conocer y dominar a un hombre.

Me emociono al escribir estas líneas porque en mi vida, me doy cuenta de que cuando grito, me violento o reclamo lo que de justicia me corresponde, pierdo y que cuando callo sabiendo que por justicia me corresponde aquello que he pedido, ¡gano! Guardar silencio nos hace ganar batallas frente a los hombres, porque no hay nada más que le guste a un hombre que un ambiente de paz y serenidad y ese ambiente de paz y serenidad solo lo puede brindar una mujer. María estaba muy bien armonizada en su cabeza y en su corazón, era una mujer dependiente de Dios, quería hacer la voluntad del Padre, le gustaba ser mujer, esclava del Señor. Había sido su propia decisión. Es que es así, cada mujer como única e irrepetible, va decidiendo de qué forma quiere ser mujer, feminista, atea, con valores, frívola o santa. Pues yo me quedo con el ejemplo de María, imagínate ascendida a los cielos en cuerpo y alma ¡Qué categoría!

Sheila Morataya

 

 

La comisión anti pederastia incluirá psicólogos, médicos, maestros….

La Iglesia española diseñará un completo programa de protección de menores y su punto de partida es el protocolo de Astorga

El protocolo de Astorga pretenden proteger a los menores refugiados. Foto: Salesianos

Fecha

23/10/18access_time 1:04

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La noticia publicada por Religión Confidencial dando a conocer los nombres de los integrantes de la comisión anti pederastia, ha traído cola. Para sectores próximos a la Conferencia Episcopal, la creación de esta comisión es una buena noticia para la sociedad, pues con esta delegación la Iglesia católica se pone las pilas para proteger a los menores de abusos sexuales.

Sin embargo, desde otros ámbitos se ha criticado que esta comisión sea demasiado técnica y solo esté compuesta por juristas, por cierto, prestigiosos profesionales en su campo.

Esta comisión ha iniciado su andadura, pero no se agota con el nombramiento únicamente de juristas y canonistas. Según ha podido saber Religión Confidencial, la Conferencia Episcopal pretende presentar un plan ambicioso, de vanguardia, con el fin de atender íntegramente a las víctimas de abusos sexuales, proteger a los menores,  además de prevenir y detectar posibles casos.

Para diseñar este extenso programa, contará con la ayuda de otros profesionales como pueden ser psicólogos, médicos, maestros, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, etc.

Protocolo de Astorga

La comisión cuenta con un documento base para diseñar este programa: “El protocolo de prevención y actuación frente abusos sexuales a menores”, presentado por el obispo de Astorga (por cierto, protocolo que no aparece en la web de dicha diócesis pero que sí publica la archidiócesis de Burgos)

 

Fuentes próximas a esta comisión señalan a RC que el protocolo diseñado por el obispo Juan Antonio Menéndez es “muy bueno, puntero en España, en el que se ponen a las víctimas en el centro de la protección y de la atención. El objetivo es presentar una programa totalmente renovado, tal y como está pidiendo el Papa Francisco”.

Este documento ya se ha repartido entre sacerdotes, catequistas, personas que colaboran en las parroquias y profesores, y recoge la prevención, detección, denuncia y actuación ante este tipo de delitos.  

Críticas al obispo Menéndez

Respecto al nombramiento del obispo Menéndez como presidente de esta comisión anti pederastia, algunas víctimas han puesto el grito en el cielo pues consideran que el prelado de Astorga encubrió al sacerdote de su diócesis José Manuel Ramos.  

Sin embargo, Juan Antonio Menéndez ha demostrado públicamente que no encubrió a este sacerdote, sino que, por el contrario, le ha aplicado penas duras (la reclusión en un monasterio). El obispo tenía las manos atadas porque el caso había prescrito, y lo único que podía hacer era apartarle de ejercer públicamente el sacerdocio.

Por otra parte, según ha podido saber RC, algunas víctimas de abusos sexuales que se acercan a la Iglesia no quieren acompañamiento ni piden sanación, sino que buscan reparación económica.

Son muchas personas próximas al obispo de Astorga que coinciden en afirmar que a Juan Antonio Menéndez se le ve con mucho dolor debido a los casos de abusos, y es el primero que se ha puesto a trabajar contra esta lacra.

Al obispo de Astorga, como presidente de la comisión de Migraciones de la Conferencia Episcopal le preocupa la protección de tantos niños que vienen a España y que están expuestos a toda forma de abusos y prostitución.

 

 

El arte de saber escuchar

Oct 22, 2018

El arte de saber escuchar

El mundo cada vez se vuelve más ruidoso, las relaciones personales son a distancia y tecnológicas; es un nuevo escenario para muchos, las generaciones son diversas, cada una con características propias que resignifican las formas en cómo se relacionan unos con otros. Sin embargo, hacer una pausa para escuchar al vecino, al amigo, al hermano, pareciera que es un arte nuevo, ese que tenemos que descubrir.

Por Mary Velázquez Dorantes

La tarea de estos nuevos tiempos está relacionada con intentar entender al otro, compartir con el otro y escuchar al otro; es un golpe de tajo al individualismo, al egoísmo y al egocentrismo. Buscar la complicidad con quienes me rodean a modo de saber qué sucede en los entornos y ser misericordiosos activos. Escuchar es la nueva forma de estar presentes en la vida de los demás; escuchar es la nueva versión de los afectos, pero, sobre todo, escuchar es la tarea de encontrarse con los demás. La humildad de este nuevo ser humano se tiene que ver reflejada en el arte de la escucha. Es por ello que te presentamos tres formas de hacerlo:

EL SILENCIO

No existe nada más propicio para un individuo que el silencio. Si lo que existe alrededor es ruido, entonces se requiere silencio para prestar atención sobre los otros. La idea de estar en silencio nace de la necesidad de mejorar la atención, sin perturbaciones o distorsiones. Se trata de la gran ventana para observar el interior y el exterior de las personas. A simple vista pareciera muy fácil mantener silencio; no obstante, es una tarea complicada que se complica a la par de la tecnología, el bullicio social y la falta de la indumentaria para encontrar quietud y calma.

Los científicos apuntan que el ruido desconecta nuestras emociones, mientras que el silencio permite conectar con lo que sienten los demás, aporta energía y ayuda a reducir los niveles de estrés.

Cuando se guarda silencio las personas regulan su interacción con los demás, mientras que el cuerpo humano responde de forma activa nivelando los estados de salud. Incluir 30 minutos de silencio en la vida puede cambiar las formas de relacionarse con quienes te rodean.

Para escuchar a los demás son necesarias las pausas, dejar de hablar y, sobre todo, apagar los aparatos tecnológicos. El silencio ayuda a ser solidarios, amorosos, humildes. Se trata de un espacio íntimo, reflexivo, sin prejuicios y cuestionamientos, renunciar al quiero o deseo personal e intercambiarlo por el me quieres y deseas del otro.

CONECTA CON EL CORAZÓN

Hacer una pausa para encontrarte con los otros significa escucharlos con el corazón. El diálogo entre quien escucha y quien habla rea-firma la confianza mutua, se gene- ra el respecto y la atención por las diferentes necesidades que rodean al hombre. La parte emocional de escuchar está fuertemente vinculada a limitar los errores, evitar los malos entendidos y comprometerse a un cambio.

Escuchar es el bien intangible de los afectos, las ideas o los pensamientos de quien escucha. Y los demás se li- beran de ansiedad y, sobre todo, de la prisa, un efecto colateral del mundo actual. La empatía con los otros se genera cuando prestamos atención a sus emociones. Es la condición crucial para generar la capacidad del amor sincero, sin arrebatos; escuchar significa entender y depurar las emociones negativas.

Cuando se escucha con el corazón la imaginación se activa y el sentido de la expresión se desarrolla potencialmente. La función de la escucha activa las intenciones positivas. El diálogo y la conversación parten de un tiempo presente, real, que les in-      dica a los otros que son importantes en la vida. Cuando las personas prestan atención y escuchan a los otros se reduce la sensación de muerte e incluso el suicidio.

ROMPER LA BARRERA DEL MIEDO

No existe mayor conflicto con el mundo que el miedo, miedo de pres-tar atención cuidadosa a lo que les sucede a los otros. Por lo tanto, es necesario romper la barrera del miedo cuando abres tus oídos a quienes te rodean. Es común que al inicio se desee interrumpir o aconsejar, el miedo hace creer que estamos escuchando; sin embargo, es necesario controlar estos impulsos.

Mirar con atención a quien habla, observar los detalles, no querer competir con las anécdotas, son los pri-meros pasos para erradicar el miedo, dado que muchas veces las personas creen saber escuchar al otro cuando también se está hablando.

El 75% de las conversaciones se reducen a las quejas de la vida, y son el principal origen de los trastornos psicológicos del mundo contemporáneo. Para ello es necesario situar la escucha a un nivel equilibrado, un intercambio que genere estabilidad y no tensión.

La cultura de escuchar activamente significa reducir las competencias, las comparaciones, la indiferencia. Se trata de mantener relaciones positivas y constructivas. Actualmente las personas viven inmersas en sus pensamientos, acuden a terapias por el simple hecho de necesitar quien los escuche, por el miedo de ser juzgados
y señalados.

La tarea para ser un buen escucha es elevar la capacidad de atención y comprensión sobre el otro. Sentarse al lado del otro, estar atentos, intuir el silencio y superar el miedo que significa ser para el otro por un instante.

 

 

El Derecho moderno y la realeza de Nuestro Señor Jesucristo

 

https://www.accionfamilia.org/images/2018/cristo_juez.jpg

Cristo Juez – Fra Angélico – Catedral de Orvieto

¡No queremos que El reine sobre nosotros!“ “¡No tenemos otro rey sino César!” Son los términos por los cuales los judíos repudiaron la Realeza de Nuestro Divino Salvador.

Y estos son los términos en los cuales todavía hoy se desarrolla la lucha. “El enemigo es el paganismo de la vida moderna, las armas son la propaganda y el esclarecimiento de los documentos pontificios. El tiempo de la batalla es el momento actual. El campo de batalla es la oposición entre la razón y la sensualidad, entre los caprichos idolátricos de la fantasía y la verdadera revelación de Dios, entre Nerón y Pedro, entre Cristo y Pilatos. La lucha no es nueva; es nuevo solamente el tiempo en que ella se desarrolla“ (Cardenal Pacelli en su discurso al Congreso de los Periodistas Católicos).

* * *

Pero no son solamente enemigos de la realeza de Nuestro Señor Jesucristo los que se confiesan frontalmente contrarios a su plano de Redención. Hacen coro veladamente con esas voces impías y renegadas, aquellos propios católicos que deforman las palabras del Divino Maestro delante de Pilatos, cuando declaró que su Reino no es de este mundo (Jo. 18, 36), dándoles un sentido restrictivo, como si esa realeza fuese una realeza exclusivamente espiritual, realeza sobre las almas, y no una realeza social sobre los pueblos, sobre las naciones, sobre los gobiernos.

Cuando Nuestro Señor dice que su Reino no es de este mundo, aclara el Cardenal Pie, quiere decir que no proviene de este mundo, porque viene del Cielo, porque no puede ser arrebatado por ningún poder humano.

No es un reino como los de la tierra, limitado, sujeto a las vicisitudes de las cosas de este mundo. En otras palabras, la expresión “de este mundo“ se refiere al origen de la Realeza Divina y no significa de ninguna manera que Jesucristo niegue a su Soberanía un carácter de reino social. De otro modo, si no pasase de la órbita estrictamente espiritual o de la vida interna de las almas, habría flagrante contradicción entre esa declaración de Nuestro Señor y otras, por ejemplo aquella en que El dice claramente que “todo poder me fue dado en el Cielo y en la Tierra“.

Y como dice Soloviev, “si la palabra a propósito de la moneda había quitado a César su divinidad, esta nueva palabra le quita su autocracia. Si él desea reinar sobre la tierra, no lo puede hacer por su propio arbitrio: debe hacerlo como delegado de Aquel a quien todo poder fue dado en la Tierra“.

* * *

Ahora bien, una de las principales características del espíritu revolucionario es justamente la pretensión de realizar la separación entre la vida religiosa y la vida civil de los pueblos.

https://www.accionfamilia.org/images/2018/Leon_XIII.jpgNo es la voluntad expresa de Dios la que prevalece en las leyes, como un dictamen de la recta razón, promulgado por el poder legítimo en favor del bien común, sino la expresión de la mayoría o de la voluntad general soberana. Así, la causa eficiente del bien común no se encuentra fuera y por encima del hombre, sino en la libre voluntad de los individuos. El poder público pasa a tener su primer origen en la multitud y, dice León XIII, “como en cada individuo la propia razón es la única guía y norma de las acciones privadas, debe serlo también la de todos hacia todos, en lo relativo a la cosas públicas. De ahí que el poder sea proporcional al número, y la mayoría del pueblo sea la autora de todo derecho y obligación“ (Encíclica “Libertas”).

De este modo se repudia en la sociedad moderna la intervención de cualquier vínculo “entre el hombre o la sociedad civil y Dios, Creador y, por lo tanto, Legislador Supremo y Universal“. (Doc. cit.).

Antes del siglo XVIII, antes de que la Revolución Francesa hubiese implantado tiránicamente en el mundo el artificialismo del “derecho nuevo” revolucionario, todos los países tenían instituciones políticas y sociales basadas en la fuerza de las costumbres cristianas, instituciones que no habían sido elaboradas por asambleas elegidas por la burla de la soberanía del pueblo.

Como dice Joseph de Maistre, “la constitución civil de los pueblos no es jamás el resultado de una deliberación“. No debe ser un simple acto de voluntad que nos dicta, sino sobre todo un precepto de la recta razón que no se puede desconocer, y mucho menos ir contra el mandamiento divino. Las leyes humanas han de emanar de la ley eterna. Si se deja al arbitrio de las eventuales mayorías o de la multitud más numerosa la ley que establece lo que se ha de hacer u omitir, según León XIII, se prepara así la rampa que conduce a los pueblos a la tiranía.

Por lo tanto, transfiriendo el derecho de su fuente natural, que es la voluntad de Dios expresada por la ley natural y por la Revelación, de las cuales la Iglesia es guardiana e intérprete infalible, a los sectarios que por golpes políticos se enseñorearon de los cuerpos legislativos a través de la alquimia del sufragio universal, el liberalismo preparó al mundo moderno para las cadenas que lo atan al Leviatán totalitario.

* * *

https://www.accionfamilia.org/images/2018/napoleon-bonaparte.jpgNo debe extrañar, por lo tanto, que Napoleón se declarase más orgulloso por el Código que trae su nombre, que por todas sus victorias como soldado. Consolidó la Revolución, no tanto en los campos de batalla, cuanto al codificar el caudal de leyes emanadas de las asambleas revolucionarias. Cambacérés y sus comparsas pusieron un simulacro de orden en aquel caos de legislación racionalista, que sólo se preocupa con las apariencias del orden natural, ignorando completamente el orden sobrenatural. Ese naturalismo ya sería suficiente para establecer la escisión de la legislación revolucionaria con la ley eterna. Sin embargo, no son pocos los artículos del Código Napoleónico que se encuentran en frontal oposición a Jesucristo y a su Iglesia.

El cesarismo se manifiesta por el establecimiento del “casamiento civil”, por la autorización del divorcio, por los atentados contra el patrimonio familiar, en las disposiciones sobre sucesiones y el derecho de legar; por el no reconocimiento de la existencia de las Ordenes Religiosas; por el rechazo del derecho que tiene la Iglesia de adquirir y de poseer libremente bienes. Mantiene la supresión revolucionaria de las corporaciones o de la libertad de asociación; afirma el falso principio de la igualdad civil y política de todos los ciudadanos, y basándose en ese falso principio, propina un golpe de muerte a la institución de la familia, al prescribir la división igualitaria de las herencias. Y así, a través de este código Revolucionario, modelo de legislación que sería adoptada por todos los Estados modernos, Cristo Rey es expulsado de los gobiernos y de las leyes que rigen a los pueblos.

Así se puede decir, con Blanc de Saint-Bonnet, que “el Imperio fue la coronación del liberalismo o, en otras palabras, la instalación del cesarismo: la más perfecta sustitución de Dios por el hombre, de la Iglesia por el Estado que jamás se realizó, fuera del Imperio Romano o, si se prefiere, del imperio otomano“.

* * *

Con esto se abre la puerta al socialismo y al comunismo. Porque el liberalismo conduce fatalmente al comunismo, no por vía de reacción, como declaman ciertos sociólogos improvisados, sino por su propia esencia, por sus propias características. El liberalismo generó el ateísmo, por su desprecio por la fe, y por la libertad desenfrenada concedida al error religioso y social. Enseguida, solapó la propiedad privada en su propia base por el modo de tratar los derechos de la nobleza, de expropiar los bienes de la Iglesia, de disponer arbitrariamente del patrimonio familiar, de consentir en los abusos de la vida económica y en la explotación del hombre por el hombre.

Finalmente, el liberalismo instaló en los Estados la fuerza brutal de las masas, entregando el poder amarrado de manos y pies al sufragio universal. “Ahora, el comunismo toma como base el ateísmo, como fin la usurpación del capital, y como medio la fuerza empleada por las masas“. (Blanc de Saint-Bonnet, in “La legimité”).

El punto general de convergencia de toda la obra revolucionaria es, por lo tanto, la radical negación del reino social del Divino Salvador. “¡No queremos que El rey de sobre nosotros!“. “¡No tenemos otros rey sino el César!“. De este modo, “el error dominante, el crimen capital de este siglo es la pretensión de sustraer la sociedad al gobierno y a la ley de Dios… el principio colocado en la base de todo el moderno edificio social, es el ateísmo de la ley y de las instituciones. Se disfrace éste bajo los nombres de abstención, de neutralidad, de incompetencia o aún de igual protección; que se vaya hasta contradecirlo por algunas disposiciones legislativas de detalle o por actos accidentales y secundarios: el principio de la emancipación de la sociedad humana en relación al orden religioso permanece en el fondo de las cosas; es la esencia de aquello a lo que se da el nombre de tiempos nuevos“. (Cardenal Pie, t. 7).

El católico para no desertar de su fe, como miembro de la Iglesia militante debe, por lo tanto, luchar por la restauración del Reino de Cristo, como única vía para la restauración de la verdadera civilización, que es la Civilización cristiana, la ciudad católica. Y si Jesucristo es Rey de toda la Creación, tenemos en su Santísima Madre la Reina de Cielos y Tierra.

San Luis María Gringnion de Montfort dice que si Jesucristo vino al mundo fue por medio de la Santísima Virgen y que también por Ella debe reinar en el mundo. Esa devoción a la humilde Virgen María, tan despreciada por los orgullosos, hinchados por la vana ciencia del mundo, esa devoción se encuentra ligada de modo tal a toda la doctrina católica, que se puede decir que ella es el último eslabón de una cadena de verdades cuyo primer eslabón es el dogma de un Dios Creador, y es ese último eslabón que necesita la sociedad humana, amenazada de caer en el abismo del naturalismo y del comunismo. Las cuestiones más graves, las más vastas consecuencias del orden humano y social dependen de esos artículos de fe. Y de ésos puntos del dogma, relegados hoy al interior de los santuarios.

En este mes del Rosario y de la Fiesta de Cristo Rey, hagamos subir hasta el trono de la Madre de Dios nuestras ardientes súplicas para que la humanidad sufridora pueda ver pronto la restauración del reinado de Su Divino Hijo.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

 

50º Aniversario de Romano Guardini

Se han cumplido 50 años de la muerte de Romano Guardini

Insigne sacerdote y predicador, profesor universitario, filósofo, teólogo y educador. Nació en 1895 en Verona y murió el 1 de octubre de 1968 en Múnich. El 16 de Diciembre de 2017 comenzó su proceso de beatificación.

Guardini escribió libros memorables como “La esencia del cristianismo” o “El espíritu de la liturgia”.

El sueño de Guardini 

En 1964 -cuatro años antes de su muerte- tuvo un sueño, que relata de esta manera:

«En el sueño se decía que cuando el hombre nace, se le entrega una palabra,
y era importante lo que esto significaba: no era sólo un talento, sino una
palabra. Esta es pronunciada en el interior de la esencia del hombre y es
como la palabra clave para todo lo que posteriormente sucede […]. Todo lo
que acontece en el decurso de los años es consecuencia de esta palabra, es
su explicación y realización»

(R. Guardini, Apuntes para una autobiografía, ed. Encuentro, Madrid 1992, pp. 12-13, original alemán de 1985, publicado de modo póstumo. Guardini comenzó a escribir esta autobiografía en los años cuarenta, a punto de cumplir 60 años)

Su conversión (espiritual e intelectual) 

Durante su etapa de estudiante de Economía Política tuvo una crisis de fe, de la que salió en 1905, y así lo cuenta:

«Ya no soy capaz de recordar qué reflexiones contribuyeron a esto [el acercamiento
a la fe cristiana], pero entonces se me reveló un conocimiento que 
justificó y dio forma a mi completo desarrollo interior, y que desde entonces
fue para mí como la verdadera llave de acceso a la fe. Recuerdo como si fuera
ayer el momento en que este conocimiento se convirtió en decisión. Fue en
la pequeña buhardilla de la casa de mis padres, en la Gossenheimerstrasse.
Karl Neundörfer y yo habíamos discutido sobre la cuestión que nos
preocupaba y mis últimas palabras habían sido: “Hay que llegar a la frase:
Quien quiera conservar su alma, la perderá; quien la dé, la salvará”. […]
Poco a poco me había ido quedando claro que existe una ley según la cual
el hombre, cuando “conserva su alma”, es decir, cuando permanece en sí
mismo y acepta como válido únicamente lo que le parece evidente a primera
vista, pierde lo esencial. Si por el contrario quiere alcanzar la verdad y en ella
su auténtico yo, debe darse […]. Yo me senté en mi mesa y seguí dando
vueltas a la frase: “Dar mi alma, pero ¿a quién? ¿Quién puede pedírmela?
¿Pedírmela de tal modo que ya no sea yo quien puede disponer de ella?” No
‘Dios’ simplemente, ya que cuando el hombre pretende arreglárselas solo
con Dios, dice ‘Dios’ y está pensando en sí mismo. Por eso tiene que existir
una instancia objetiva que pueda sacar mi respuesta de los recovecos de mi
autoafirmación. Pero sólo existe una instancia así: la Iglesia católica con su
autoridad y precisión. La cuestión de conservar o entregar el alma se decide, 
en último término, no ante Dios sino ante la Iglesia. Entonces sentí como
si todo – realmente ‘todo’ mi ser – estuviese en mis manos, como en una
balanza en equilibrio: “Puedo hacerla inclinarse hacia la derecha o hacia la
izquierda. Puedo dar mi alma o conservarla”… Y la hice inclinarse hacia la
derecha. El momento fue completamente silencioso; no consistió ni en una
sacudida ni en una iluminación, ni en ningún tipo de experiencia extraordinaria.
Fue simplemente que llegué a una convicción: “Es así”, y después el
movimiento imperceptiblemente dócil: “Así debe ser”»

(Ibid., pp. 798-100).

Oración por la beatificación de Romano Guardini

Señor Jesucristo,
Has llamado a tu siervo Romano Guardini a ser insigne profesor y educador
de las jóvenes generaciones, ganándolas así para la Iglesia.
Le has dotado de una mente clara y de un lenguaje brillante para esclarecer
tu Verdad a muchos.
Le has mantenido en el camino recto en medio de tiempos muy difíciles,
llegando a ser modelo para innumerables personas, también para la resistencia
cristiana en un Estado totalitario.
Le has reforzado en su lucha contra la depresión y otros sufrimientos.
Le has concedido el don de la fidelidad a los amigos.
Le has acompañado con tu bendición en su tarea de sacerdote y predicador,
también con los no creyentes.
Te pedimos que nos concedas el poder venerarle,
para que los hombres de hoy reconozcan la santidad de tu Iglesia,
para que los jóvenes también se puedan entusiasmar contigo,
para que los que sufren en el alma y en el cuerpo se puedan confortar con
su ejemplo,
para que se reconozca nuevamente la santidad de Dios.
Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre. Amén.

Ramiro Pellitero

 

 

El párroco de los ‘jóvenes anuncio’ que evangelizan de madrugada: “No hemos tenido altercados”

Este viernes se organiza una nueva cita en la Iglesia de San Idelfonso de Madrid: formación, oración y cristianización por la calle

Anuncio de la próxima convocatoria.

Fecha

24/10/18access_time 1:04

 

Lo que comenzó siendo una iniciativa evangelizadora tras la JMJ de Madrid, se ha convertido en una cita permanente que tiene lugar el último viernes de cada mes. Se trata de grupos de evangelización formado por estudiantes, que se denominan “jóvenes anuncio” y que fueron impulsados por el ahora obispo auxiliar de Madrid, Jesús Vidal, en la parroquia de San Idelfonso de Madrid (Plaza de San Idelfonso).

El cardenal Osoro está muy ilusionado con estos grupos de jóvenes y ya ha mostrado su intención de acudir a alguna de estas reuniones. Le hemos invitado”, cuenta a Religión Confidencial Pedro Luis, el párroco de San Idelfonso.

Casi 30 jóvenes

Por cada encuentro se reúnen unos 30 jóvenes de distintas parroquias de Madrid. “Primero se imparte una charla formativa y hacia las diez de la noche, los jóvenes rezan delante del Santísimo expuesto. Una hora después, es cuando salen, por parejas, a evangelizar y terminan hacia la una de la madrugada”, expone el párroco. 

D. Pedro explica cómo evangelizan los jóvenes: "Se acercan con mucho respeto a las personas que se encuentran por la calle, la mayoría de ellos chicos de su edad. Cada uno manifiesta su fe según su inspiración. Es una experiencia muy positiva”, señala.

A pesar de realizar esta actividad en uno de los barrios más coloridos de Madrid, impregnado de la cultura gay, lo cierto es que durante todo este tiempo no se han producido altercados, según confirma el párroco. “Alguna vez, un par de personas que iban con unas cuantas copas de más han soltado algún improperio, pero poco más”.

Muchas personas “tocadas”

D. Pedro ha visto como muchas personas salen “tocadas” e impresionadas por el mensaje que le transmiten estos jóvenes anuncio.  “Muchos escuchan, otros entran a la Iglesia, algunos lloran. Sería estupendo seguir y acompañar a estas personas, pero muchas veces no llegamos”, afirma el párroco.

Uno de los jóvenes que acude a estos encuentros relata a RC su experiencia: “Me he encontrado con personas que han entrado a la parroquia y nunca habían pisado una iglesia. Algunos experimentan una verdadera conversión”.

 

 

Última hora: ¡Franco ha resucitado!

Nemesio Rodríguez Lois

Oct 23, 2018

Siguen las presiones de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez para exhumar los restos de Francisco Franco, sin embargo, las cosas no les están resultando como quisieran.


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¡Qué lástima que haya muerto Fernando Vizcaíno Casas!

Un prolífico autor que a todas sus obras supo imprimirles un irónico sentido del humor mediante el cual realizó una atinada crítica del momento histórico que le tocó vivir.

Una de sus exitosas novelas es De camisa vieja a chaqueta nueva en la cual ridiculiza a los políticos oportunistas.

Otra es La boda del señor cura en la cual –con aguda ironía– trata acerca de la evolución ideológica que se dio dentro de algunos sectores del clero.

Pues bien, ni duda cabe que si Vizcaíno Casas viviese tendría mucha tela de donde cortar.

De manera especial si nos referimos a la controversia suscitada con motivo de la decisión tomada por el gobierno socialista en el sentido de exhumar del Valle de los Caídos los restos de Francisco Franco.

Esto ya lo había intentado, allá por 2011, apoyándose en la Ley de Memoria Histórica el entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Afortunadamente no pudo hacerlo porque se le acabaron el tiempo y el dinero.

Una vez que –mediante un voto de censura– podemitas, socialista y separatistas corrieron de La Moncloa a Mariano Rajoy, una de las primeras cosas que hizo el nuevo gobierno fue volver a la carga: A toda costa había que exhumar los restos de Franco.

Es entonces cuando se encuentran con la valiente actitud de fray Santiago Cantera, O.S.B. prior de la abadía benedictina del Valle de los Caídos. Este joven y brillante intelectual, autor de numerosos libros no solamente es valioso sino también valeroso. Y, fiel a sus convicciones patrióticas y religiosas, impidió que la tumba fuese profanada.

Los rojos pretendían exhumar los restos de Franco precisamente el 18 de julio, fecha del Alzamiento Nacional, pero, ante la decidida actitud del prior benedictino tuvieron que retirarse humillados y con el rabo entre las piernas.

Sin embargo, presionados por un Pablo Iglesias que amenaza con retirarle su apoyo a Pedro Sánchez si no le obedece, los socialistas volvieron a la carga.

Ante la posibilidad de que los restos del Caudillo salgan del Valle de los Caídos, no dejan de producirse algunos episodios anecdóticos y pintorescos.

Como el de Germán Florindo, alcalde de un pequeño pueblo salmantino llamado Águeda, que debe su existencia a que fue fundado por Franco en 1954.

Germán Florindo pide que los restos sean enterrados en Águeda; todo ello con el fin de que su pueblo aparezca en los mapas y, de ese modo, fomentar el turismo.

Dentro de todo este “maremágnum” es cuando aparece un nuevo elemento: considerando que los restos de un difunto son propiedad de sus familiares, es ahora cuando entran en escena los nietos del Caudillo.

Y al entrar en escena hacen saber cómo, en la cripta de la Catedral de la Almudena, tienen una cripta en la cual ya descansan sus padres y en donde existen otros dos nichos vacíos.

Es aquí donde, si Vizcaíno Casas levantase la cabeza podría presentar todo este episodio con gran sentido del humor.

Y es que la Catedral de la Almudena está situada frente al Palacio real, en cuyo balcón principal, Franco era aclamado por las multitudes y en donde –muchos años después de su muerte– se reunían miles de sus partidarios para rendir homenaje a su memoria.

Pues bien, si los restos de Franco saliesen del Valle para ser depositados en la Almudena, sus partidarios (que son muchos más de lo que algunos piensan) la tendrían mucho más fácil ya que, en vez de recorrer 58 kilómetros hasta Cuelgamuros, les sería más cómodo caminar unos cuantos pasos para honrar a quien fuera valiente militar y prudente estadista.

Ya desde ahora (y quien esto escribe lo vio hace pocos días) en la cripta familiar que los Franco tienen en la Almudena aparecen a diario flores frescas con los colores de la bandera española.

Ante el desenlace de lo que parece ser un esperpento de los que escribía Valle Inclán, Pablo Iglesias (alias “El Coletas”) pierde los estribos y le ordena a Pedro Sánchez que mande a una de sus ministras al Vaticano para ver si lograr presionar al papa Francisco.

Lamentablemente para “El Coletas” no parece que en Roma vayan a hacerle mucho caso.

Quizás esa sea la explicación por la cual un cercano colaborador del expresidente Zapatero comentó con amargura que, si querían evitarse mayores problemas, era preferible que dejasen quedar a Franco donde actualmente se encuentra.

Con todo esto, lo que se ha logrado es que Franco se haya puesto de moda, y que se hable de él con una intensidad como nunca antes se había hecho.

Bien podríamos decir que, gracias al odio de sus enemigos, el Caudillo ha resucitado puesto que son muchos los jóvenes que ahora se interesan por conocer la vida, hazañas, obra y trayectoria de quien fuera uno de los mejores gobernantes que ha tenido España.

Tres años después de la muerte de Franco, en 1978, Vizcaíno Casas publicó una novela titulada Al tercer año resucitó. Novela que tuvo tanto éxito que fue llevada al cine.

Pues bien, ante todo lo expuesto, si dicho autor viviera tendría material más que suficiente para complementar aquella novela dando vida a una nueva obra en la cual, con su inimitable sentido del humor, criticase cuanto está ocurriendo.

 

 

Monseñor Romero en los altares

El Papa Francisco ha canonizado a Monseñor Romero ( 14-X), Obispo de El Salvador, “mártir por el Evangelio y la justicia social”. Se hizo mundialmente popular por la película que lleva su nombre,“Romero”, de  John Dugas. Aunque en ella también hay fantasía ( el guión no se le presentó al Obispado), esencialmente muestra lo que sucedía: la guerrilla paramilitar descargaba contra inocentes campesinos y contra los sacerdotes que los defendían. Monseñor Romero tenía corazón sensible y brazos fuertes: al mismo tiempo que  abrazaba a Dios con uno, con el otro abrazaba al hombre, en especial a los necesitados de protección. Como Obispo, supo estar en su sitio, con rechazo absoluto de la lucha armada; pero utilizando su palabra a favor de la paz y del respeto a la vida, con inusitado heroísmo. Como asevera Rafael Domingo, «para Oscar Romero, levantar la voz no era una decisión política, sino una decisión moral y profundamente evangélica. Abogó por una defensa no violenta de la justicia, inspirada en el amor, el perdón y la participación social». Con su autoridad de Pastor de la Iglesia, exclamó a la Guardia Nacional en su Homilía del 23 de marzo de 1980, la víspera de su sacrificio:  “(…) Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR (…) En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!”

Josefa Romo

 

 

El Centro de Pensamiento Pablo VI

Ante la canonización del Papa, el Pontificado de Pablo VI puede y debe ser recordado como el Pontificado del Diálogo. El papa siempre estuvo convencido, pese a los aguijones que le clavaron durante su vida, que la cordialidad, la claridad, la mansedumbre, la confianza y la prudencia eran las características de un coloquio que en la vida política y social, eclesial y cultural debía hacer posible la convivencia entre los diferentes.

La creación del Centro de Pensamiento Pablo VI, que ha presentado la Fundación que lleva su nombre, quiere recuperar para la Iglesia y la Sociedad española las grandes intuiciones, enseñanzas y reformas del Papa Montini. La cordialidad, en España, ha dado paso a la crispación, y es hora de contribuir activamente a repararlo.

Jesús Martínez Madrid

 

 

No podemos ser ingenuos.

No podemos ser ingenuos. La comunidad católica en China ha vivido un dolorosísimo camino en el último medio siglo, en el que ha sufrido persecuciones, expulsión de obispos y misioneros extranjeros, encarcelaciones, cierre de iglesias y aislamiento de fieles. En este sentido, el acuerdo entre el Vaticano y China no es el final de un proceso. Necesita ir madurando y hacerse realidad en la vida diaria del pueblo católico chino, y eso depende de la buena voluntad de las dos partes. La de la Santa Sede está probada. Ha buscado siempre un acuerdo de carácter pastoral, no político.

Esperemos que también persista esa buena voluntad por parte de las autoridades chinas y que esta grieta que se abre en el muro del gigante asiático redunde en beneficio de la libertad religiosa de todos.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Mi ayuntamiento y “Los canarios del emperador”

 

                                Cuando fui viendo lo que en realidad era la nueva era política que nos “impusimos” (nos hicieron aceptarla mediante referéndum) muerto ya el dictador Franco y “su Movimiento”; supe deducir “la nueva y gran plaga”, que nos echamos encima; puesto que en realidad ha sido una invasión inmensa, de funcionarios que no funcionan, de enchufados de todo tipo y de parásitos múltiples; puesto que los que manteníamos en la dictadura, impuestos por el que ganó aquella terrible guerra civil, se multiplicaron por seis veces o más y así seguimos.

                                Nunca España tuvo tantos organismos inútiles y tantos rincones o covachuelas, para meter en ellas en definitiva, a las masas de nuevos políticos, los que en tromba acudieron a la política, no a servir y ayudar al pueblo, sino por el contrario a servirse del mismo (sálvese el que pueda) y vivir cuanto más opíparamente mejor y a costa de los múltiples impuestos que nos cargaron y siguen cargando.

                                Así se ha establecido lo que ya se califica como “una casta política”, que se mantiene y cuida mutuamente, de tal forma que ya hay muchos que nunca han trabajado en nada, salvo en política, y de ella viven y vivieron durante lo que ya son más de cuarenta años.

                                Así y aún no entrados en la década de los ochenta, me vino la inspiración y escribí un relato que titulé “Los canarios del emperador”; relato que figura en mi libro de ensayo, titulado “España aquí y ahora” (1ª edic. en 1984 y 2ª en 1985 y ya ambas agotadas hace muchos años, si bien aún se pueden encontrar ejemplares en librerías de viejo, en Internet, o en bibliotecas públicas). El relato que cito, que ocupa una mínima parte de ese libro; que fuera muy bien valorado por personalidades de su tiempo; es en realidad una alegoría de cómo se destruye una nación o país que era próspera en grado destacable.

                                ¿Y cómo fue destruida? Sencillo, por la invasión de departamentos oficiales y de empleados públicos, que en forma de una plaga parásita, agotó todos los recursos que producía aquel territorio y se sumió en gastos inútiles, tales como el que mi relato o cuento, desarrolla; puesto que en el departamento donde habitaba el emperador, había unos cuantos canarios, cuyo canto gustaba mucho al soberano y para ellos fueron creados, los siguientes ministerios o “mandarines”.

                                Ministerio para el cuido y vigilancia de los canarios del emperador; Ministerio para las jaulas de los canarios del emperador; Ministerio para el alpiste de los canarios del emperador; Ministerio para los recipientes donde comen y beben los canarios del emperador; Ministerio del agua que beben los canarios del emperador. Y así podría seguir; dejando al lector que imagine y se ría, puesto que es de risa todo ello; ya que en la nomenclatura de “aquel país oriental”; el ministro o mandarín, tenía dos sub mandarines, estos dos secretarios, estos dos subsecretarios, y así cada departamento fue conformando la pirámide imaginable, de parásitos todos adscritos al dinero de los contribuyentes al tesoro nacional, que al final acabaron en la ruina. Sólo que en el punto límite, alguien insignificante, hace ver a aquel idiota emperador, lo que está ocurriendo en el reino y este reacciona, al estilo “oriental” y puede restablecer un orden llevadero que reconduce aquel desastre y lo va devolviendo a la normalidad perdida.

                                Y me he referido hoy a ese cuento por cuanto en mi ayuntamiento (Y según se desprende por lo publicado en el diario “VivaJaén” del 10-07-2018) hay un exceso de “mandarines tipo del cuento citado” y que en total suman una plantilla excesiva de empleados oficiales, de los que en realidad no sabemos quienes trabajan y quién no, puesto que ya he escrito que mi ciudad (Jaén) está en la más negra ruina o quiebra; la que indudablemente ha llegado a ese postrel estado, debido a una política muy similar a la que se indica en mi cuento.

                                Como en realidad están muchas de las economías políticas nacionales, regionales, provinciales y municipales de España y puede que de medio mundo más y parte del resto del planeta; donde los inútiles políticos se han adueñado de todo y no hay forma de reformarlos, regenerarlos, o simplemente echarlos por nocivos y por tanto peligrosos como destructores de todo. Denunciando en los juzgados, todos los hechos que sean punibles y que paguen lo que corresponda.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes