Las Noticias de hoy 06 Septiembre 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 06 de septiembre de 2018      

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general, 5 septiembre 2018 – Catequesis completa

Audiencia general: Distinguir entre el verdadero descanso y la evasión

El Papa invita a los motociclistas a ser “campeones de vida”

Credibilidad a prueba: + Felipe Arizmendi Esquivel Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

EL PODER DE LA OBEDIENCIA: Francisco Fernández-Carvajal

“El Espíritu Santo nos configura con Cristo”: San Josemaria

Los jóvenes de África

Nuevos Mediterráneos (I): «Aquella primera oración de hijo de Dios»: Lucas Buch

Agradar a Dios: Diego Zalbidea

Llevar a todos la alegría del Evangelio, que es el Evangelio de la Alegría: Pablo Cabellos Llorente

Austeridad y templanza: Alfonso Aguiló

Y SAN LÁZARO “ANDÓ”: René Mondragón

No se guarda una lámpara debajo de un cajón: Javier López

La juventud y las elecciones: MIGUEL A ESPINO PERIGAULT

Mitos y realidades sobre el alcohol: Lucía Legorreta

Universidad Católica de Valencia: Justo Aznar

Cuando las normas o costumbres: Enric Barrull Casals

Hasta sus 'encarnaciones´: Jaume Catalán Díaz

Ni urgente, ni viable y, posiblemente, deseable: Pedro García

V I A J E   A   M A R R U E C O S: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

 

ROME REPORTS

 

 

 

Audiencia general, 5 septiembre 2018 – Catequesis completa

Reflexión sobre el tercer mandamiento

septiembre 05, 2018 13:36RedacciónAudiencia General

(ZENIT – 5 sept. 2018).- La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 9:20 horas en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.

El Santo Padre, continuando el ciclo de catequesis sobre los Mandamiento ha centrado esta vez su atención sobre el tema: “El día del descanso” (pasaje bíblico: Libro del Éxodo 20,8-11).

Tras resumir su discurso en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el mundo.

La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El viaje a través del Decálogo nos lleva hoy al mandamiento del día de descanso. Suena como un mandamiento fácil de cumplir, pero es una impresión equivocada. Descansar realmente no es fácil, porque hay un descanso falso y un descanso verdadero. ¿Cómo podemos  reconocerlos?

La sociedad actual está sedienta  de entretenimiento y vacaciones. La industria de la distracción es muy floreciente y la publicidad dibuja el mundo ideal como un gran parque de atracciones donde todos se divierten.  Hoy el centro de gravedad del concepto de vida no es la actividad y el compromiso, la evasión. Ganar dinero por divertirse, satisfacerse. La imagen modelo es la de una persona con éxito  que puede permitirse espacios de placer amplios y diferentes. Pero esta mentalidad resbala hacia la insatisfacción de una existencia anestesiada por la diversión que no es descanso, sino alienación y escape de la realidad. El hombre nunca ha descansado tanto como hoy y ¡sin embargo, el hombre nunca ha experimentado tanto vacío como hoy! Las posibilidades de divertirse, de salir, los cruceros, los viajes, tantas cosas no te dan la plenitud del corazón. Todavía más: no te hacen descansar.

Las palabras del Decálogo buscan y encuentran el corazón del problema, arrojando una luz diferente sobre lo que es el descanso.  El mandamiento tiene un elemento peculiar: proporciona una motivación. El descanso en el nombre del Señor tiene un motivo preciso: “Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó. Por eso el Señor bendijo el día del sábado y lo hizo sagrado” (Éxodo 20:11).

Esto nos lleva al final de la creación cuando Dios dice: “Vio Dios cuanto había hecho y todo era bueno” (Gen 1:31). Y entonces comienza el día del descanso, que es la alegría de Dios por lo que ha creado. Es el día de la contemplación y la bendición.

¿Qué es el descanso según este mandamiento? Es el momento de la contemplación, es el momento de la alabanza, no de la evasión. Es el tiempo de mirar la realidad y decir: ¡qué bella es la vida! Al descanso como un escape de la realidad, el Decálogo contrapone el descanso como una bendición de la realidad. Para nosotros los cristianos, el centro del día del Señor, el domingo, es la Eucaristía, que significa “acción de gracias”. Es el día para decirle a Dios: Gracias Señor por la vida, por tu misericordia, por todos tus dones. El domingo no es el día para borrar los otros días sino para recordarlos, bendecirlos y hacer las paces con la vida, ¡Cuánta gente hay que tiene tantas posibilidades de divertirse, y no vive en paz con la vida! El domingo es el día para hacer las paces con la vida, diciendo: la vida es preciosa; no es fácil, a veces es dolorosa, pero es preciosa.

Ser introducido en el descanso auténtico es una obra de Dios en nosotros, pero requiere que nos alejemos de la maldición y de su encanto (ver Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 83). Efectivamente,  es muy fácil doblegar el corazón a la infelicidad, enfatizar las razones del descontento. La bendición y la alegría implican una apertura al bien que es un movimiento adulto del corazón. El bien es amable y nunca se impone. Debe elegirse.

La paz se elige, no se puede imponer y no se encuentra por casualidad. Alejándose de los amargos pliegues de su corazón, el hombre necesita hacer las paces con aquello de lo que huye. Es necesario reconciliarse con la propia historia, con hechos que uno no acepta, con las partes difíciles de la propia existencia. Os pregunto ¿cada uno de vosotros se ha reconciliado con su propia historia? Una pregunta para pensar: Yo, ¿me he reconciliado con mi historia? La verdadera paz, de hecho, no es cambiar la propia historia sino aceptarla y valorizarla, así como ha sido,

¡Cuántas veces nos hemos encontrado con cristianos enfermos que nos han consolado con una serenidad que no se encuentra en los vividores ni en los hedonistas! Y hemos visto personas humildes y pobres regocijarse con pequeñas gracias con una felicidad que sabía a eternidad.

El Señor dice en el Deuteronomio: “Te pongo delante vida o  muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas tú y tu descendencia” “(30:19). Esta elección es el “fiat” de la Virgen María, es una apertura al Espíritu Santo que nos sitúa tras las huellas de Cristo. Aquel  que se entrega al Padre en el momento más dramático y emprende así el camino que conduce a la Resurrección.

¿Cuándo se vuelve hermosa la vida? Cuando se comienza a pensar bien de ella, cualquiera que sea nuestra historia. Cuando se abre camino el don de una duda: el de que todo sea gracia, [1] y ese santo pensamiento desmorona el muro interior de la insatisfacción, inaugurando el auténtico descanso. La vida se vuelve hermosa cuando el corazón se abre a la Providencia y se descubre que es verdad lo que dice el salmo “En Dios solo el descanso de  mi alma” (62: 2). Es bella esta frase del salmo: En Dios solo el descanso de  mi alma”.

________________________

[1] Cómo nos recuerda Santa Teresita del Niño Jesús, tomada de G. Bernanos, Diario de un cura rural.

 

Audiencia general: Distinguir entre el verdadero descanso y la evasión

Resumen de la catequesis en español

septiembre 05, 2018 12:39Rosa Die AlcoleaAudiencia General

(ZENIT – 5 sept. 2018).- “Se debe distinguir entre el verdadero descanso y la evasión, tan común en nuestros días”, ha advertido el Papa Francisco. “Hoy se intenta evadir la realidad buscando una diversión que oculte nuestro descontento”.

El Santo Padre ha celebrado esta mañana, 5 de septiembre de 2018, la audiencia general, en la plaza de San Pedro, ante miles de fieles y visitantes llegados de diferentes partes del mundo.

Hoy, el Pontífice ha reflexionado sobre el tercer mandamiento: «Fíjate en el sábado para santificarlo», continuando con el ciclo de catequesis sobre los mandamientos que ha impartido en las audiencias generales de los miércoles.

Sentido del auténtico reposo

El sentido del auténtico reposo –ha explicado el Papa– lo encontramos en las palabras del Éxodo: «Dios hizo el mundo en seis días, y el séptimo descansó». Ese descanso es la alegría de Dios por su creación, que era muy buena.

Para los cristianos, el día del Señor es el domingo –ha recordado– y en la eucaristía, que significa “dar gracias”, se encuentra el culmen de esa jornada de contemplación y bendición, en la que “acogemos la realidad” y “alabamos al Señor por el don de la vida”, dándole gracias por su misericordia y por todos los bienes que nos concede, ha señalado el Santo Padre.

Reconciliación y paz

El Papa ha indicado en la catequesis de hoy que el reposo es también un momento propicio para la reconciliación, para confrontarnos con las dificultades sin escapar de ellas, para encontrar la paz y la serenidad de quien sabe valorizar lo bueno que tiene, incluso en el lecho del dolor o en la pobreza.

Al final de su resumen de la catequesis en español, el Papa ha saludado a los peregrinos de esta lengua, como de costumbre, y en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina.

Francisco les ha exhortado a “abrir el corazón a la Providencia divina y a descubrir la profunda verdad del Salmo: «Solo en Dios descansa mi alma»; y que, junto con la Virgen María, acojamos al Espíritu Santo para seguir las huellas de Cristo en el camino de la vida”.

 

 

El Papa invita a los motociclistas a ser “campeones de vida”

Gran Premio Octo de San Marino y de la Riviera de Rímini

septiembre 05, 2018 18:00RedacciónDeporte y tiempo libre, Papa y Santa Sede

(ZENIT – 5 sept. 2018).- Francisco ha animado a los participantes en el Gran Premio Octo de San Marino y de la Riviera de Rímini a reflexionar sobre dos bellas palabras: “Pasión” y “campeón de vida”.

“Contagiad con la pasión: este mundo necesita pasiones, pasión” –ha indicado el Santo Padre–. “Vivir con pasión, y no como quien lleva la vida como un peso. La pasión es seguir adelante”.

A las 9 horas de esta mañana, en la salita adyacente al Aula Pablo VI, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a una delegación de motociclistas que participarán en el próximo Gran Premio Octo de San Marino y de la Riviera de Rímini.

En cuanto a la segunda palabra, “campeón de vida”, el Obispo de Roma les ha dicho: “Sí, uno puede convertirse en campeón con un éxito deportivo, campeón del equipo, lo que sea… Pero ‘campeón de vida’ es el que vive con pasión, el que vive con plenitud es capaz de vivir así”.

Entre otros motoristas, el campeón mundial español de Moto GP, Marc Márquez ha saludado al Santo Padre y le ha mostrado su casco. El joven conductor ha publicado una foto con el Pontífice argentino en su perfil de redes sociales, expresando su entusiasmo por el encuentro: “¡Experiencia única, conocer al Papa Francisco y visitar el Vaticano!”, ha escrito Márquez.

Igualmente, el piloto español Dani Pedrosa ha participado en la audiencia con el Papa, a quien ha saludado personalmente, publicándolo en redes sociales. El catalán, de 32 años, cuenta con tres títulos en el Campeonato del Mundo de Motociclismo en distintas categorías (2003 en 125 cc, 2004 y 2005 en 250cc).

Publicamos a continuación el texto de las palabras que el Papa ha dirigido a los presentes durante el encuentro, difundido por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras del Santo Padre

Queridos amigos,

Me complace recibiros, en representación de los motociclistas que participarán en el próximo Gran Premio Octo di San Marino y de la Riviera di Rímini. Os saludo a todos con afecto: dirigentes, pilotos y técnicos, y os doy las gracias por  esta visita. Saludo especialmente al presidente del CONI, Giovanni Malagò, y le agradezco sus palabras.

Vuestra presencia me da la oportunidad de subrayar la importancia del deporte también en la sociedad actual. La Iglesia considera que la actividad deportiva, practicada en el pleno respeto de las reglas, es una herramienta educativa válida, especialmente para las generaciones más jóvenes: todavía más, insustituible. El fenómeno deportivo, de hecho, estimula una sana superación de uno mismo y del egoísmo, entrena al espíritu de sacrificio y, si se practica bien, despierta la lealtad en las relaciones interpersonales, la amistad y el respeto por las reglas.

Es importante que los que se ocupan de deportes, en varios niveles, promuevan los valores humanos y cristianos que subyacen a una sociedad más justa y solidaria. Esto es posible porque el evento deportivo se expresa con un lenguaje universal que trasciende fronteras, idiomas, razas, religiones e ideologías. Esto se nota, sobre todo, cuando el deporte es amateur, que viene del corazón. Por lo tanto, posee la capacidad intrínseca de unir a las personas, fomentando el diálogo y la acogida.

Os animo a difundir los valores del deporte: contribuiréis así a construir una sociedad más justa y solidaria. Y me gustaría comentar dos palabras que ha pronunciado el presidente. Una es “pasión”: cuando leo noticias de suicidios de jóvenes –y son tantas– ¿pero qué ha pasado allí? Por lo menos puedo decir que en esa vida faltaba “pasión”, alguien no ha sabido sembrar las pasiones para vivir. Y luego las dificultades no se han afrontado con esta pasión. Contagiad con la pasión: este mundo necesita pasiones, pasión. Vivir con pasión, y no como quien lleva la vida como un peso. La pasión es seguir adelante. Y la segunda palabra es: “campeón de vida”. Sí, uno puede convertirse en campeón con un éxito deportivo, campeón del equipo, lo que sea… Pero “campeón de vida” es el que vive con pasión, el que vive con plenitud es capaz de vivir así. “Pasión” y “campeón de vida”: dos bellas palabras.

Con estos deseos, mientras os aseguro así como a vuestras familias un recuerdo en la oración, invoco de buen grado invoco sobre vosotros la bendición del Señor.

 

 

Credibilidad a prueba

“Oremos al Espíritu Santo, para que conceda al Papa discernimiento y fortaleza”

septiembre 05, 2018 15:20

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

VER

Lo que faltaba: “¡Fuego amigo!”. Un arzobispo italiano, ya jubilado, ex-Nuncio en los Estados Unidos, violando gravemente su obligación, por respeto a las personas, de mantener informaciones en secreto, sugiere que el Papa Francisco debería renunciar, por haber tolerado las graves fallas de un ex-cardenal norteamericano. Esto va a ser usado por descreídos y por desconfiados hacia el Papa, para ahondar motivos de perderle credibilidad a él y a la Iglesia.

No tengo bases para afirmar que el denunciante miente; pero estoy plenamente seguro de que el Papa Francisco no exculpó al acusado, sino que quiso tener más seguridad, más datos perentorios, más testimonios contra el delincuente. Cuando los tuvo, lo suspendió de toda actividad ministerial y le quitó el cardenalato. Es de justicia proceder de esta manera.

Recuerdo un caso que debí atender. Me llegaban rumores de que un sacerdote estaba faltando gravemente al celibato, conviviendo con una mujer, pero no tenía pruebas seguras. No era un caso de pederastia. Le llamé en dos o tres ocasiones, para hacerle ver las denuncias que había en su contra. Siempre negaba lo que le achacaban. Yo no podía proceder en su contra, mientras no tuviera pruebas fehacientes, pues podría cometerle una injusticia, ya que se podría tratar de calumnia. Llegó el día en que tuve pruebas, irrefutables y comprobables, y le suspendí de inmediato. Aún así, me amenazó con hacerme un juicio eclesiástico, alegando razones improcedentes. Yo quería destruir las pruebas, que eran vergonzosas; pero las conservamos por lo que se pudiera necesitar. Algunos me criticaron por esta decisión, pues no conocían las pruebas, y por respeto a él yo no debía mostrarlas a todo público. Es muy complicado proceder con justicia y con verdad, cuando está en juego una persona, cuyos derechos hay que cuidar y respetar.

En los motivos que tuvo el ex–Nuncio para hacer esta denuncia, se puede percibir la oposición que ha encontrado el Papa Francisco en algunos ambientes clericales, incluso de altos rangos, que no aceptan la reforma integral que él está proponiendo. No quieren dejar la vida principesca que han llevado; no aceptan la vida sencilla y austera del Papa; no toleran que hable tanto de la opción por los pobres y que la viva, ni que defienda tanto a los migrantes y a las mujeres. Le achacan errores doctrinales e imprudencias pastorales, porque su estilo les choca, les parece populista y casi comunista. Hay ambientes, sobre todo en Europa y Estados Unidos, que no toleran el nuevo modo de ser Iglesia que alienta, más cercana al pueblo, más comprometida y misericordiosa con los pobres, más preocupada por la ecología y por el ecumenismo; todo ello en base a una fidelidad profunda al Evangelio de Jesucristo. Ya quisieran que se terminara este papado y que llegara otro más acorde a lo que el Papa Francisco ha calificado como “un cierto estilo católico propio del pasado” (EG 94).

PENSAR

Las denuncias reiteradas que el Papa Francisco acaba de hacer en Dublín, Irlanda, con ocasión del Encuentro Mundial de la Familia, nos demuestran que está dispuesto a proceder con “tolerancia cero” ante los abusos clericales. Entre otras cosas, dijo: “No puedo dejar de reconocer el grave escándalo causado en Irlanda por los abusos a menores por parte de miembros de la Iglesia encargados de protegerlos y educarlos. El fracaso de las autoridades eclesiásticas —obispos, superiores religiosos, sacerdotes y otros— al afrontar adecuadamente estos crímenes repugnantes ha suscitado justamente indignación y permanece como causa de sufrimiento y vergüenza para la comunidad católica. Yo mismo comparto estos sentimientos. Mi predecesor, el Papa Benedicto, no escatimó palabras para reconocer la gravedad de la situación y solicitar que fueran tomadas medidas «verdaderamente evangélicas, justas y eficaces» en respuesta a esta traición de confianza. Su intervención franca y decidida sirve todavía hoy de incentivo a los esfuerzos de las autoridades eclesiales para remediar los errores pasados y adoptar normas severas, para asegurarse de que no vuelvan a suceder. Más recientemente en una Carta al Pueblo de Dios he renovado el compromiso, más aún, un mayor compromiso para eliminar este flagelo en la Iglesia” (25-VIII-2018).

Este es su compromiso y estoy seguro de que ha procurado ser fiel y coherente. Lo ha remarcado en la audiencia general de la semana pasada: “Mi visita a Irlanda tenía que hacerse cargo del dolor y la amargura por los sufrimientos causados en el país por los varios tipos de abuso, también por parte de miembros de la Iglesia, y por el hecho de que las autoridades eclesiásticas del pasado no hayan sabido afrontar de manera adecuada estos crímenes. El encuentro con los sobrevivientes ha dejado un signo profundo, y en varias ocasiones he pedido perdón al Señor por estos pecados, por el escándalo y el sentido de traición causados. He pedido a la Virgen que interceda por la curación de las víctimas y nos dé la fuerza de proseguir con firmeza la verdad y la justicia” (29-VIII-2018).

ACTUAR

Oremos al Espíritu Santo, para que conceda al Papa discernimiento y fortaleza para afrontar el momento que estamos viviendo. No nos dejemos apabullar por comentarios que insistan en debilitar la credibilidad hacia la Iglesia y el Papa. Mantengamos nuestra confianza en que Dios lo puso precisamente para enderezar muchas cosas que deben vivirse con más fidelidad al Evangelio. ¡Cuenta con nuestro apoyo y nuestra confianza!

 

 

EL PODER DE LA OBEDIENCIA

— La obediencia da fuerzas y frutos.

— Necesidad de esta virtud para quien quiere seguir de cerca a Cristo.

— No poner límites al querer de Dios.

I. Estaba Jesús junto al lago de Genesaret con una gran muchedumbre que deseaba oír la Palabra de Dios. Pedro y sus compañeros de trabajo lavaban las redes después de bregar una noche sin pescar nada. Y Jesús, que quiere meterse hondamente en el alma de Simón, le pidió la barca y le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba desde la barca a la multitud1. Quizá Pedro siguió con la tarea de dejar a punto el aparejo de la pesca mientras escuchaba al Maestro, a quien ya conocía desde que le llevó hasta Él su hermano Andrés2; no sospecha los planes tan grandiosos del Señor.

Cuando terminó de hablar, Jesús dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Quizá han terminado de limpiar las redes de las algas y del fango del lago. Todo invita a la excusa: el cansancio, que es mayor cuando no se ha pescado nada, las redes lavadas y preparadas para la noche siguiente, la inoportunidad de la hora para la pesca... Pero la mirada de Jesús, el modo imperativo y a la vez amable de dar la orden, el supremo atractivo que Cristo ejerce sobre las almas nobles... llevaron a Pedro a embarcarse de nuevo. El único motivo de echarse al agua con las barcas es Jesús: Maestro -le dice Pedro-, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero, no obstante, sobre tu palabra echaré las redes. In verbo autem tuo..., sobre tu palabra. Esta es la gran razón.

En muchos momentos, cuando hace su aparición esa fatiga peculiar que origina el no ver frutos en la vida interior personal o en el apostolado, cuando nos parece que todo ha sido un fracaso y encontramos motivos humanos para abandonar la tarea, debemos oír la voz de Jesús que nos dice: Duc in altum, guía mar adentro, recomienza de nuevo, vuelve a empezar... en mi Nombre.

«El secreto de todos los avances y de todas las victorias está en saber “volver a empezar”, en sacar la lección de un fracaso y después intentar una vez más»3. A través de esos aparentes fracasos, quizá quiera decirnos el Señor que debemos actuar por motivos más sobrenaturales, por obediencia, por Él y solo por Él. «¡Oh poder de la obediencia! -El lago de Genesaret negaba sus peces a las redes de Pedro. Toda una noche en vano.

»—Ahora, obediente, volvió la red al agua y pescaron “piscium multitudinem copiosam” -una gran cantidad de peces.

»—Créeme: el milagro se repite cada día»4.

Si alguna vez nos encontramos cansados y sin fuerzas para recomenzar, miraremos al Señor que nos acompaña en esta barca nuestra. Entonces Jesús nos invita a poner en práctica, con docilidad interior, con empeño, esos consejos que hemos recibido en la Confesión, en la dirección espiritual, y encontraremos las fuerzas. «Muchas veces –dice Santa Teresa– me parecía no poder sufrir el trabajo conforme a mi bajo natural; me dijo el Señor: Hija, la obediencia da fuerzas»5.

II. Pedro se adentró en el lago con Jesús en su barca y pronto se dio cuenta de que las redes se llenaban de peces; tantos, que parecía que se iban a romper. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran y les ayudasen. Vinieron y llenaron las dos barcas de modo que casi se hundían. Hubo pescado para todos; Dios premia siempre la obediencia con frutos incontables.

Este pasaje del Evangelio está lleno de enseñanzas: por la noche, en ausencia de Cristo, la labor había sido estéril. Lo mismo ocurre en la vida de los cristianos cuando pretenden sacar adelante tareas apostólicas sin contar con el Señor, en la oscuridad más grande, dejándose llevar exclusivamente de la propia experiencia o de esfuerzos demasiado humanos. «Te empeñas en andar solo, haciendo tu propia voluntad, guiado exclusivamente por tu propio juicio... y, ¡ya lo ves!, el fruto se llama “infecundidad”.

»Hijo, si no rindes tu juicio, si eres soberbio, si te dedicas a “tu” apostolado, trabajarás toda la noche –¡toda tu vida será una noche!–, y al final amanecerás con las redes vacías»6.

Pedro mostró su humildad al obedecer a quien, por no ser hombre de mar, bien se podría pensar que poco o nada sabía de aquel trabajo en el que, día tras día, él, Simón, había conseguido tanta experiencia y un gran saber. Sin embargo, se fía del Señor, tiene más confianza en la palabra de Jesús que en sus años de brega. Esto nos indica también que el Señor ya lo había ganado para Sí, que ya poco faltaba para que lo dejara todo por Él.

Esta obediencia, esta confianza en las palabras de Jesús fue la última preparación de Pedro para recibir su llamamiento definitivo. Parece como si el Señor hubiera dispuesto su llamada después de un acto de obediencia y de confianza plena.

La necesidad de la obediencia para quien quiere ser discípulo de Cristo –por encima de toda razón de conveniencia, de eficacia– está en que forma parte del misterio de la Redención, pues Cristo mismo «reveló su misterio y realizó la redención con su obediencia»7. Por eso, el que quiera seguir los pasos del Maestro no puede limitar su obediencia; Él nos enseñó a obedecer en lo fácil y en lo heroico, «pues obedeció en cosas gravísimas y dificilísimas: hasta la muerte de Cruz»8.

La obediencia nos lleva a querer identificar en todo nuestra voluntad con la voluntad de Dios, que se manifiesta a través de los padres, de los superiores, de los deberes que llevan consigo los quehaceres familiares, sociales y profesionales. La voluntad de Dios en lo que hace referencia al alma se revela de modo muy particular en los consejos de la dirección espiritual.

El Señor espera de nosotros, por tanto, una conducta enteriza que incluye –en toda circunstancia– una obediencia delicada y alegre: sujeción, por Dios, a la autoridad legítima en los diversos órdenes de la vida humana, primordialmente al Romano Pontífice y al Magisterio de la Iglesia.

Si permanecemos con Cristo, Él llena siempre nuestras redes. Junto a Él, incluso lo que parecía estéril y sin sentido se vuelve eficaz y fructuoso. «La obediencia hace meritorios nuestros actos y sufrimientos, de tal modo que, de inútiles que estos últimos pudieran parecer, pueden llegar a ser muy fecundos. Una de las maravillas realizadas por nuestro Señor es haber hecho que fuera provechosa la cosa más inútil, como es el dolor. Él lo ha glorificado mediante la obediencia y el amor»9.

III. Pedro quedó asombrado ante la captura que habían realizado. El Señor se manifestó en este milagro de modo muy particular a él. Pedro miró a Jesús, y entonces se arrojó a sus pies, diciendo: Apártate de mí, que soy un hombre pecador. Comprendió su pequeñez ante la suprema dignidad de Cristo. Entonces Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora serán hombres los que has de pescar. Pedro y quienes le habían acompañado en la pesca, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.

Jesús comenzó pidiéndole prestada una barca y se quedó con su vida. Y Pedro dejaría tras de sí una huella imborrable en tantas almas que Cristo mismo puso a su alcance. Comenzó a obedecer en lo pequeño y el Señor le manifestó los grandiosos planes que para él, pobre pescador de Galilea, tenía desde la eternidad. Nunca pudo sospechar la trascendencia y el valor de su vida. Miles y miles de personas encendieron su fe en la de aquellos que siguieron aquel día a Jesús, y muy particularmente en la de Pedro, que sería la roca, el cimiento inconmovible de la Iglesia.

Tampoco nosotros podemos sospechar las consecuencias de nuestro seguimiento fiel a Cristo. Cada vez nos pide más correspondencia, más docilidad y más obediencia a lo que, de modo diferente, nos va manifestando. Si somos fieles, un día nos hará contemplar el Señor la trascendencia de nuestro seguirle con obras. «Eres, entre los tuyos –alma de apóstol–, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y este, otro... y otro... y otro... Cada vez más ancho.

»¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?»10.

No pongamos límites al Señor, como no los puso Pedro. «Si eres de los de mar adentro, clava con firmeza tu timón. Si te das a Dios, date como los santos se dieron. Que no haya nada ni nadie que merezca tu atención para frenar tu marcha; eres de Dios. Si te das, date para la eternidad. Ni el oleaje ni la resaca conmoverán tus cimientos. Dios se apoya en ti; arrima tú también el hombro, y navega contra corriente (...). Duc in altum. Lánzate a las aguas con la audacia de los enamorados de Dios»11.

Nuestra Madre Santa María, Stella maris, Estrella del mar, nos enseñará a ser generosos con el Señor cuando nos pida prestada una barca y cuando quiera que le demos la vida entera. Ninguna condición hemos puesto para seguirle.

1 Lc 5, 1-11. — 2 Cfr. Jn 1, 41. — 3 G. Chevrot, Simón Pedro, p. 34. — 4 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 629. — 5 Santa Teresa, Fundaciones, pról. 2. — 6 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 574. — 7 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 3. — 8 Santo Tomás, Comentario a la Epístola a los Hebreos 5, 8, lec. 2. — 9 R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. II, p. 683. — 10 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 831. — 11 J. Urteaga, El valor divino de lo humano, pp. 174-175.

 

 

“El Espíritu Santo nos configura con Cristo”

La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto (Camino, 529).

La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación. Cuando participamos de la Eucaristía, escribe San Cirilo de Jerusalén, experimentamos la espiritualización deificante del Espíritu Santo, que no sólo nos configura con Cristo, como sucede en el Bautismo, sino que nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús.
La efusión del Espíritu Santo, al cristificarnos, nos lleva a que nos reconozcamos hijos de Dios. El Paráclito, que es caridad, nos enseña a fundir con esa virtud toda nuestra vida; y consummati in unum, hechos una sola cosa con Cristo, podemos ser entre los hombres lo que San Agustín afirma de la Eucaristía: signo de unidad, vínculo del Amor. (Es Cristo que pasa, 87)

 

Los jóvenes de África

El Santo Padre pide garantizar educación y trabajo para los jóvenes africanos. Lo hizo a través de la edición de septiembre de 'El Vídeo del Papa'. También llamó a reflexionar sobre el futuro del continente y su verdadera riqueza.

De la Iglesia y del Papa 05/09/2018

 

“Recemos para que los jóvenes del continente africano tengan acceso a la educación y al trabajo en sus propios países”, sostuvo el Papa. “Ellos deben poder elegir entre dejarse vencer por la dificultad o transformar la dificultad en una oportunidad”, agregó.

Según estadísticas de la Organización Internacional del Trabajo del año 2017, el 12,9% de los jóvenes africanos que tienen entre 15 y 24 años en África Subsahariana están desempleados. Mientras que la cifra asciende a 28,8% para la misma población en los países del norte de África. Por su parte, la UNESCO estima que en 2017 casi el 60% de los jóvenes africanos de entre 15 y 17 años no asiste a la escuela.

https://odnmedia.s3.amazonaws.com/image/opus-dei-0e69d51f8aa278e86e437a28f997584b.jpg


“Si un joven no tiene posibilidades de educación, ¿qué podrá hacer en el futuro?”, se preguntó el Papa.

En línea con su preocupación por los temas de la juventud, el Santo Padre ha convocado para el próximo mes a un Sínodo de los Obispos bajo el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Se desarrollará en Roma, desde el 3 al 28 de octubre.

Intenciones mensuales anteriores. Las intenciones son confiadas mensualmente a la Red Mundial de Oración del Papa con el objetivo de difundir y concienciar sobre la imperiosa necesidad de orar y actuar por ellas.

Proyecto 'African Women Leadership', una iniciativa con la que pretende “desvelar el liderazgo” de las mujeres africanas.

Eastlands College of Technology, un centro de Formación Profesional junto al mayor ‘slum’ de África.

Kenia: comenzando una facultad de Derecho

ISSI: 400 enfermeras para el Congo

Más historias sobre África.

 

Nuevos Mediterráneos (I): «Aquella primera oración de hijo de Dios»

El sentido de la filiación divina lo cambia todo, como cambió la vida de san Josemaría cuando descubrió inesperadamente ese Mediterráneo.

Vida espiritual 30/07/2017

Opus Dei - Nuevos Mediterráneos (I): «Aquella primera oración de hijo de Dios»

«Son momentos, hijas e hijos míos, para adentrarnos más y más por «caminos de contemplación» en medio del mundo»[1]. Con estas palabras señala el prelado del Opus Dei una de las prioridades del momento actual. El apostolado de los cristianos es, hoy como siempre, «una superabundancia de nuestra vida interior»[2]. Por una parte, porque consiste en comunicar precisamente esa Vida; por otra, porque para proponer la fe al mundo es necesario comprenderla y vivirla en profundidad. Se trata, en definitiva, como nos indicó san Josemaría, de «ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres»[3].

No basta ser hijos de Dios, sino que hemos de sabernos hijos de Dios, de modo tal que nuestra vida adquiera ese sentido

Este camino hacia adentro tiene una peculiaridad. No transita de un lugar conocido a otro desconocido: consiste más bien en ahondar en lo que ya se conoce, en lo que parece obvio, de tan oído. Se descubre entonces algo que, en realidad, se sabía, pero que ahora se percibe con una fuerza y una profundidad nueva. San Josemaría se refiere a esa experiencia hablando de distintos «Mediterráneos» que se fueron abriendo ante sus ojos de manera inesperada. Así lo expone, por ejemplo, en Forja:

«En la vida interior, como en el amor humano, es preciso ser perseverante. Sí, has de meditar muchas veces los mismos argumentos, insistiendo hasta descubrir un nuevo Mediterráneo.

»–¿Y cómo no habré visto antes esto así de claro?, te preguntarás sorprendido. –Sencillamente, porque a veces somos como las piedras, que dejan resbalar el agua, sin absorber ni una gota.

»–Por eso, es necesario volver a discurrir sobre lo mismo, ¡que no es lo mismo!, para empaparnos de las bendiciones de Dios»[4].

«Discurrir sobre lo mismo» para intentar abrirnos a toda su riqueza y descubrir así «¡que no es lo mismo!» Ese es el camino de contemplación al que estamos llamados. Se trata de surcar un mar que, a primera vista, no tiene nada de nuevo, porque ya forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Los romanos llamaban al Mediterráneo Mare nostrum: se trataba del mar conocido, del mar con el que convivían. San Josemaría habla de descubrir Mediterráneos porque, en cuanto nos adentramos en los mares que creemos conocer bien, se abren ante nuestros ojos horizontes amplios, insospechados. Podemos decir entonces al Señor, con palabras de santa Catalina de Siena: «eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco»[5].

Estos descubrimientos responden a luces que Dios da cuando y como quiere. Con todo, nuestra consideración pausada nos pone en disposición de recibir esas luces del Señor. «Y como aquél que primero estaba en las tinieblas y después ve de pronto el sol que le ilumina la cara, y distingue claramente lo que hasta entonces no veía, del mismo modo el que recibe el Espíritu Santo queda con el alma iluminada»[6]. En los siguientes editoriales repasaremos algunos de estos Mediterráneos que san Josemaría descubrió en su vida interior, para ahondar con él «en la hondura del Amor de Dios».

Abba Pater!

Una de las convicciones más arraigadas en los primeros cristianos era que podían dirigirse a Dios como hijos amados. Jesús mismo les había enseñado: «Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en el cielo…» (Mt 6,9). Él se había presentado ante los judíos como el Hijo amado del Padre, y había enseñado a sus discípulos a comportarse de igual modo. Los apóstoles le habían oído dirigirse a Dios con el término que usaban los niños hebreos para dirigirse a sus padres. Y, al recibir el Espíritu Santo, ellos mismos habían comenzado a usar esa fórmula. Se trataba de algo radicalmente nuevo, respecto a la piedad de Israel, pero San Pablo lo referiría como algo común y conocido por todos: «recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abbá, Padre!”. Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rm 8,15-16). Era una convicción que les llenaba de confianza y les daba una audacia insospechada: «si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo» (Rm 8,17). Jesús no es solo el Unigénito del Padre, sino también el Primogénito de muchos hermanos (cfr. Rm 8,29; Col 1,15). La Vida nueva, traída por Cristo, se presentaba ante los ojos de aquellos primeros creyentes como una vida de hijos amados de Dios. No era esta una verdad teórica o abstracta, sino algo real que les llenaba de una desbordante alegría. Buena muestra de ello es el grito que se le escapa al apóstol san Juan en su primera carta: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).

La paternidad de Dios, su amor singularísimo y tierno por cada uno, es algo que los cristianos aprendemos desde pequeños. Y, sin embargo, estamos llamados a descubrirlo de un modo personal y vivo, que llegue a transformar nuestra relación con Dios. Al hacerlo, se abre ante nuestros ojos un Mediterráneo de paz y confianza, un horizonte inmenso en el que podremos ahondar a lo largo de toda la vida. Para san Josemaría, fue un hallazgo inesperado, la repentina apertura de un panorama que se encontraba en realidad como escondido en algo que conocía bien. Era el otoño de 1931; lo recordaba muchos años después: «Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía –una hora, hora y media, no lo sé–; Abba, Pater!, tenía que gritar»[7].

San Josemaría habla de descubrir «Mediterráneos» porque, en cuanto nos adentramos en los mares que creemos conocer bien, se abren ante nuestros ojos horizontes amplios, insospechados

En los meses siguientes, san Josemaría volvió repetidamente sobre este punto. En el retiro que hizo un año más tarde, por ejemplo, apuntaba: «Día primero. Dios es mi Padre. –Y no salgo de esta consideración»[8]. ¡El día entero considerando la Paternidad de Dios! Aunque de entrada una contemplación tan dilatada en el tiempo pueda sorprendernos, de hecho señala la profundidad con la que caló en él la experiencia de la filiación divina. También nuestra primera actitud, en la oración y, en general, al dirigirnos a Dios, debe cifrarse en un confiado abandono y agradecimiento. Pero, para que nuestro trato con Dios adquiera esta forma, conviene descubrir personalmente, una vez más, que Él ha querido ser Padre nuestro.

¿Quién es Dios para mí?

Como san Josemaría, tal vez aprendimos siendo muy pequeños que Dios es Padre, pero quizá nos queda un buen trecho de camino para vivir nuestra condición de hijos en toda su radicalidad. ¿Cómo podemos facilitar ese descubrimiento?

En primer lugar, para descubrir la paternidad de Dios, es necesario muchas veces restaurar su auténtica imagen. ¿Quién es Él para mí? De modo consciente o inconsciente, hay quien piensa en Dios como Alguien que impone leyes y anuncia castigos para quienes no las cumplan; Alguien que espera que se acate su voluntad y se enfurece ante la desobediencia; en una palabra, un Amo del que nosotros no seríamos más que involuntarios súbditos. En otros casos –sucede también a algunos cristianos–, Dios es percibido fundamentalmente como el motivo por el que hay que portarse bien. Se piensa en Él como la razón por la que cada uno se mueve hacia donde realmente no quiere, pero debe ir. Sin embargo, Dios «no es un Dominador tiránico, ni un Juez rígido e implacable: es nuestro Padre. Nos habla de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestra falta de generosidad: pero es para librarnos de ellos, para prometernos su Amistad y su Amor»[9].

La dificultad para percibir que «Dios es Amor» (1 Jn 4,8) se debe a veces también a la crisis que atraviesa la paternidad en diversos países. Tal vez lo hemos comprobado al hablar con amigos o compañeros: su padre no les genera buenos recuerdos, y un Dios que es Padre no les parece particularmente atractivo. Al proponerles la fe, es bueno ayudarles a ver cómo su dolor por esa carencia muestra hasta qué punto llevan la paternidad inscrita en el corazón: una paternidad que les precede y que les llama. Por otra parte, un amigo, un sacerdote, pueden ayudarles con su cercanía a descubrir el amor del «Padre de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra» (Ef 3,14), y a experimentar esa ternura también en la «vocación de custodiar»[10] que palpita dentro de cada uno, y que se abre camino en el padre o la madre que ellos mismos ya son, o que quisieran ser un día. Así pueden ir descubriendo en el fondo de su alma el auténtico rostro de Dios y la manera en que sus hijos estamos llamados a vivir, sabiéndonos mirados por Él con infinito cariño. En efecto, un padre no quiere a su hijo por lo que hace, por sus resultados, sino sencillamente porque es su hijo. Al mismo tiempo, le lanza al mundo y procura sacar lo mejor de él, pero siempre partiendo de lo mucho que vale a sus ojos.

Un padre no quiere a su hijo por lo que hace, por sus resultados, sino sencillamente porque es su hijo

Puede servirnos considerarlo, en particular, en los momentos de fracaso, o cuando la distancia entre nuestra vida y los modelos que nos presenta el mundo en que vivimos nos lleven a tener una baja consideración de nosotros mismos. Quizá deberíamos recordar más a menudo que «esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre (…). No aceptarse, vivir descontentos y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea»[11].

Darnos cuenta de que Dios es Padre va de la mano con dejarnos mirar por Él como hijos muy amados. De este modo, comprendemos que nuestra valía no depende de lo que tengamos –nuestros talentos– o de lo que hagamos –nuestros éxitos–, sino del Amor que nos ha creado, que ha soñado con nosotros y nos ha afirmado «antes de la fundación del mundo» (Ef 1,4). Ante la fría idea de Dios que se hace a veces el mundo contemporáneo, Benedicto XVI quiso recordar desde el inicio de su pontificado que «no somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[12]. ¿De verdad incide esta idea en nuestra vida diaria?

La confiada esperanza de los hijos de Dios

San Josemaría recordaba con frecuencia a los fieles del Opus Dei que «el fundamento de nuestra vida espiritual es el sentido de nuestra filiación divina»[13]. Lo comparaba al «hilo que une las perlas de un gran collar maravilloso. La filiación divina es el hilo, y ahí se van engarzando todas las virtudes, porque son virtudes de hijo de Dios»[14]. Por eso es crucial pedir a Dios que nos abra este Mediterráneo, que sostiene y da forma a toda nuestra vida espiritual.

El hilo de la filiación divina se traduce en «una actitud cotidiana de abandono esperanzado»[15], una actitud que es propia de los hijos, especialmente cuando son pequeños. Por eso en la vida y en los escritos de san Josemaría, la filiación divina iba a menudo unida a la infancia espiritual. Ciertamente, ¿qué le importan las sucesivas caídas al niño que está aprendiendo a ir en bicicleta? No valen nada, mientras vea a su padre cerca, animándole a volver a intentarlo. En eso consiste su abandono esperanzado: «Papá dice que puedo… ¡vamos!».

Sabernos hijos de Dios es también la seguridad sobre la que apoyarnos para llevar a cabo la misión que el Señor nos ha confiado. Nos sentiremos como aquel hijo a quien su padre dice: «Hijo mío, vete hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,28). Tal vez nos asaltará primero la inseguridad, o mil ocurrencias de diverso tipo. Pero enseguida consideraremos que es nuestro Padre quien nos lo pide, demostrándonos una confianza inmensa. Como Cristo, aprenderemos a abandonarnos en las manos del Padre y a decirle desde el fondo de nuestra alma: «Que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36). San Josemaría nos enseñó con su vida a comportarnos de este modo, a imagen de Cristo: «A lo largo de los años, he procurado apoyarme sin desmayos en esta gozosa realidad. Mi oración, ante cualquier circunstancia, ha sido la misma, con tonos diferentes. Le he dicho: Señor, Tú me has puesto aquí; Tú me has confiado eso o aquello, y yo confío en Ti. Sé que eres mi Padre, y he visto siempre que los pequeños están absolutamente seguros de sus padres»[16].

Desde luego, no podemos negar que habrá dificultades. Pero las encararemos desde la conciencia de que, pase lo que pase, ese Padre todopoderoso nos acompaña, está a nuestro lado y vela por nosotros. Él hará lo que nos proponemos, porque a fin de cuentas es obra suya; lo hará quizá de un modo distinto, pero más fecundo. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[17].

Cultivar el «sentido de la filiación divina»

San Josemaría, es preciso conviene notarlo, no señalaba como fundamento del espíritu del Opus Dei la filiación divina, sino el sentido de la filiación divina. No basta ser hijos de Dios, sino que hemos de sabernos hijos de Dios, de modo tal que nuestra vida adquiera ese sentido. Tener esa seguridad en el corazón es el fundamento más sólido; la verdad de nuestra filiación divina se convierte entonces en algo operativo, con repercusiones concretas en nuestra vida.

Para cultivar tal sentido, es bueno ahondar en esa realidad con la cabeza y con el corazón. Con la cabeza, primero, meditando en la oración los pasajes de la Escritura que hablan de la paternidad de Dios, de nuestra filiación, de la vida de los hijos de Dios. Esta meditación puede recibir luz de los muchos textos de san Josemaría sobre nuestra condición de hijos de Dios[18], o de las reflexiones de otros santos y escritores cristianos[19].

No hay derrota para quien desea acoger cada día el Amor de Dios. Incluso el pecado puede convertirse en ocasión de recordar nuestra identidad de hijos

Con el corazón podemos ahondar en nuestra condición de hijos de Dios acudiendo al Padre confiadamente, abandonándonos en su Amor, actualizando con o sin palabras nuestra actitud filial, y procurando tener siempre presente el Amor que Él nos tiene. Un modo de hacerlo es acudir a Él con breves invocaciones o jaculatorias. San Josemaría sugería: «Llámale Padre muchas veces al día, y dile –a solas, en tu corazón– que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo»[20]. También podemos acudir a alguna breve oración que nos ayude a afrontar la jornada desde la seguridad de sentirnos hijos de Dios, o a terminarla, con agradecimiento, contrición y esperanza. El papa Francisco proponía esta a los jóvenes: «“Señor, te doy gracias porque me amas; estoy seguro de que me amas; haz que me enamore de mi vida”. No de mis defectos, que hay que corregir, sino de la vida, que es un gran regalo: es el tiempo para amar y ser amado»[21].

Volver a la casa del Padre

Se ha descrito la familia como «el lugar al que se vuelve», donde hallamos reparo y descanso. Lo es de modo particular en cuanto «santuario del amor y de la vida»[22], como le gustaba decir a san Juan Pablo II. Allí reencontramos el Amor que da sentido y valía a nuestra vida, porque está en su mismo origen.

De igual modo, sentirnos hijos de Dios nos permite volver a Él confiadamente cuando estamos cansados, cuando nos han tratado mal o nos sentimos heridos… o también cuando le hemos ofendido. Volver al Padre es otro modo de vivir en esa actitud de «abandono esperanzado». Conviene meditar a menudo la parábola del padre que tenía dos hijos, recogida por san Lucas (Cfr. Lc 15,11-32): «Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos»[23].

Aquel hijo quizá apenas pensó en el dolor que había causado a su Padre: sobre todo añoraba el buen trato que recibía en la casa paterna (cfr. Lc 15,17-19). Se dirige hacia allá con la idea de no ser más que un siervo entre otros. Sin embargo, su padre le recibe –¡sale a buscarle, se le echa al cuello y le llena de besos!– recordándole su identidad más profunda: es su hijo. Enseguida dispone que le devuelvan los vestidos, las sandalias, el anillo… las señales de esa filiación que ni siquiera su mal comportamiento podía borrar. «A fin de cuentas se trataba del propio hijo y tal relación no podía ser alienada, ni destruida por ningún comportamiento»[24].

Aunque a veces podamos ver a Dios como un Amo del que somos siervos, o como un frío Juez, Él se mantiene fiel a su Amor de Padre. La posibilidad de acercarnos a Él después de haber caído es siempre una ocasión magnífica para descubrirlo. Al mismo tiempo, eso nos revela nuestra propia identidad. No se trata solamente de que Él haya decidido amarnos, porque sí, sino de que verdaderamente somos –por gracia– hijos de Dios. Somos hijos de Dios y nada, ni nadie, podrá robarnos jamás esa dignidad. Ni siquiera nosotros mismos. Por eso, ante la realidad de nuestra debilidad y del pecado –consciente y voluntario– no dejemos que nos invada la desesperanza. Como señalaba san Josemaría, «esta conclusión no es la última palabra. La última palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina»[25].

Ocupados en amar

El sentido de la filiación divina lo cambia todo, como cambió la vida de san Josemaría cuando descubrió inesperadamente ese Mediterráneo. ¡Qué distinta es la vida interior cuando, en lugar de basarla en nuestros avances o en nuestros propósitos de mejora, la centramos en el Amor que nos precede y nos espera! Si uno da prioridad a lo que él mismo hace, su vida espiritual gira casi exclusivamente en torno a la mejora personal. A la larga, este modo de vivir no solo corre el riesgo de dejarse el amor de Dios olvidado en una esquina del alma, sino también de caer en el desánimo, porque se trata de una lucha en la que uno está solo ante el fracaso.

Cuando, en cambio, nos centramos en lo que Dios hace, en dejarnos amar cada día por Él, acogiendo diariamente su Salvación, la lucha adquiere otro temple. Si salimos vencedores, se abrirán paso con gran naturalidad el agradecimiento y la alabanza; si caemos derrotados, nuestro trato con Dios consistirá en volver confiadamente al Padre, pidiendo perdón y dejándonos abrazar por Él. Se entiende así que «la filiación divina no es una virtud particular, que tenga sus propios actos, sino la condición permanente del sujeto de las virtudes. Por eso no se obra como hijo de Dios con unas acciones determinadas: toda nuestra actividad, el ejercicio de nuestras virtudes, puede y debe ser ejercicio de la filiación divina»[26].

No hay derrota para quien desea acoger cada día el Amor de Dios. Incluso el pecado puede convertirse en ocasión de recordar nuestra identidad de hijos y de volver al Padre, que insiste en salir a nuestro encuentro clamando: «¡Hijo, hijo mío!». De esa misma conciencia nacerá –como nacía en san Josemaría– la fuerza que necesitamos para volver a caminar en pos del Señor: «Sé que vosotros y yo, decididamente, con el resplandor y la ayuda de la gracia, veremos qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que arrancar, y las arrancaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos»[27]. Pero lo haremos sin agobio, y sin desánimo, procurando no confundir el ideal de la vida cristiana con el perfeccionismo[28]. Viviremos, así, pendientes del Amor que Dios nos tiene, ocupados en amar. Seremos como hijos pequeños que han descubierto un poco el amor de su Padre, y quieren agradecérselo de mil modos y corresponder con todo el amor –poco o mucho– que son capaces de expresar.

Lucas Buch


[1] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 30.

[2] Ibidem. Cfr. San Josemaría, Camino, n. 961; Amigos de Dios, n. 239.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 97.

[4] San Josemaría, Forja, n. 540.

[5] Santa Catalina de Siena, Diálogo, c. 167.

[6] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 16, 16.

[7] San Josemaría, Meditación del 24-XII-1969 (en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, Rialp, Madrid 1997, p. 390).

[8] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1637 (en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, p. 465).

[9] Es Cristo que pasa, n. 64.

[10] Francisco, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 19-III-2013.

[11] Francisco, Homilía, 31-VII-2016.

[12] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 24-IV-2005.

[13] San Josemaría, Carta 25-I-1961, n. 54 (en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol. 2, Rialp, Madrid 2013, p. 20, nota 3).

[14] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 6-VII-1974, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol. 2, p. 108.

[15] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[16] Amigos de Dios, n. 143.

[17] San Josemaría, Surco, n. 860.

[18] Cfr. p.ej. F. Ocáriz, “Filiación divina” en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo, Burgos 2013, pp. 519-526.

[19] El año jubilar de la Misericordia ha permitido redescubrir a algunos de ellos. Cfr. Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Misericordiosos como el Padre. Subsidios para el Jubileo de la Misericordia 2015-2016.

[20] Amigos de Dios, n. 150.

[21] Francisco, Homilía, 31-VII-2016.

[22] San Juan Pablo II, Homilía, 4-V-2003.

[23] Es Cristo que pasa, n. 64.

[24] San Juan Pablo II, Enc. Dives in Misericordia (30-XI-1980), n. 5.

[25] Es Cristo que pasa, n. 66.

[26] F. Ocáriz – I. de Celaya, Vivir como hijos de Dios, Eunsa, Pamplona 1993, p. 54.

[27] Es Cristo que pasa, n. 66.

[28] Cfr. F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

 

 

Agradar a Dios

La llamada del Señor a «ser perfectos como el Padre celestial» (Mt 5,48) consiste en vivir como hijos de Dios, conscientes del valor que tenemos a sus ojos, anclados en la esperanza y en la alegría que nace de sentirnos hijos de tan buen Padre

En plena guerra civil española, tras varios meses escondido en diversos lugares, san Josemaría decidió abandonar la capital del país. Era preciso llegar a un sitio donde su vida no corriera peligro, y recomenzar de nuevo su misión apostólica. Con un grupo de sus hijos espirituales, atravesó los Pirineos en un viaje lleno de peligro y consiguió llegar a Andorra. Tras pasar por Lourdes, se dirigió a Pamplona, donde el obispo le acogió y le ofreció alojamiento. Allí, al poco de llegar, en las Navidades de 1937, hizo un curso de retiro en soledad. En un momento de oración, escribía: «Meditación: mucha frialdad: al principio, sólo brilló el deseo pueril de que "mi Padre-Dios se ponga contento, cuando me tenga que juzgar". −Después, una fuerte sacudida: "¡Jesús, dime algo!", muchas veces recitada, lleno de pena ante el hielo interior. −Y una invocación a mi Madre del cielo −"¡Mamá!"−, y a los Custodios, y a mis hijos que están gozando de Dios... y, entonces, lágrimas abundantes y clamores... y oración. Propósitos: "ser fiel al horario, en la vida ordinaria”»[1].

No es lo mismo santidad que perfeccionismo,
aunque en ocasiones podemos confundirlos

Son unas notas íntimas en las que explica cómo se siente su alma, cómo son sus afectos, su estado de ánimo, y lo hace con gran intensidad: hielo, lágrimas, deseos… Busca amparo en sus Amores: el Padre, Jesús, María. Y sorprendentemente, en medio de la gran tribulación externa que se vivía en ese momento, saca un propósito que podría parecer nimio: cuidar el horario en la vida ordinaria. Sin duda, esta es una de las grandezas de san Josemaría: conjugar una relación afectiva con Dios, íntima y apasionada, con la fidelidad en la lucha diaria en cosas ordinarias, en apariencia, insignificantes.

Un riesgo para quienes desean agradar a Dios

Agradar a alguien es lo contrario de entristecerlo, decepcionarlo. Como queremos amar a Dios y agradarle, es lógico que tengamos miedo a defraudarlo. Sin embargo, en ocasiones, el miedo puede traer a nuestra mente y a nuestro corazón justo lo que tratamos de evitar. Por otra parte, el miedo es un sentimiento negativo, que no puede ser fundamento de una vida plena. Tal vez por eso «en las Sagradas Escrituras encontramos 365 veces la expresión “no temas”, con todas sus variaciones. Como si quisiera decir que todos los días del año el Señor nos quiere libres del temor»[2].

Hay una forma de temor contra la que el Padre nos ponía en guardia al comienzo de su primera Carta. Nos animaba a «exponer el ideal de la vida cristiana sin confundirlo con el perfeccionismo, enseñando a convivir con la debilidad propia y la de los demás; asumir, con todas sus consecuencias, una actitud cotidiana de abandono esperanzado, basada en la filiación divina»[3]. Una persona santa teme ofender a Dios. Teme igualmente no corresponder a su Amor. El perfeccionista, en cambio, teme no estar haciendo las cosas suficientemente bien y, por eso, teme que Dios esté enfadado. No es lo mismo santidad que perfeccionismo, aunque en ocasiones podemos confundirlos.

Cuántas veces nos llenamos de enfado al contemplar que nos hemos dejado llevar, una vez más, por nuestras pasiones, que hemos vuelto a pecar, que somos débiles para cumplir los propósitos más sencillos. Nos enfadamos, y llegamos a pensar que Dios está decepcionado: perdemos la esperanza de que pueda seguir amándonos, de que realmente podamos vivir una vida cristiana. Nos invade la tristeza. En esas ocasiones, conviene recordar que esta es aliada del enemigo: no nos acerca a Dios, sino que nos aleja de Él. Confundimos nuestro enfado y nuestra rabieta con una supuesta decepción de Dios. Pero el origen de todo eso no es el Amor que le tenemos, sino nuestro yo herido, nuestra fragilidad no aceptada.

Al leer de labios de Cristo en el Evangelio: «Sed perfectos», deseamos seguir ese consejo, hacerlo vida nuestra, pero corremos el riesgo de entenderlo como: «Hacedlo todo perfectamente». Podemos llegar a pensar que, si no lo hacemos todo con perfección, no agradamos a Dios, no somos auténticos discípulos. Con todo, Jesús aclara en seguida el sentido de sus palabras: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Se trata de la perfección que Dios nos abre al hacernos partícipes de su naturaleza divina. Se trata de la perfección del Amor eterno, del Amor más grande, del «Amor que mueve al Sol y las demás estrellas»[4], el mismo Amor que nos ha creado libres y nos ha salvado «siendo todavía pecadores» (Rm 5,8). Para nosotros, esa perfección consiste en vivir como hijos de Dios, conscientes del valor que tenemos a sus ojos, sin perder nunca la esperanza ni la alegría que nace de sentirnos hijos de tan buen Padre.

Agradar a Dios no está en nuestras
manos, pero sí en las de Él

Ante el peligro del perfeccionismo podemos considerar que agradar a Dios no está en nuestras manos, pero sí en las de Él. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó» (1 Jn 4,10). Por eso, debemos renunciar a señalar a Dios cómo tiene que reaccionar ante nuestra vida. Somos criaturas, y por eso hemos de aprender a respetar su libertad, sin imponerle por qué o por qué no se supone que debe amarnos. De hecho, nos ha demostrado su Amor y, por eso, lo primero que espera de nosotros es que le dejemos amarnos, a su modo.

Dios nos ama libremente

¿Por qué nos cuesta tanto comprender la lógica de Dios? ¿No tenemos muestras suficientes de hasta dónde está dispuesto a llegar Dios Padre para conseguir hacernos felices? ¿No es verdad que Jesús se ciñe la toalla ante los apóstoles y les limpia los pies?

En palabras de san Pablo, Dios no ha perdonado a su propio Hijo para hacernos posible la felicidad para siempre (cfr. Rm 8,32). Ha querido amarnos con el Amor más grande, hasta el extremo. Sin embargo, a veces, nosotros continuamos pensando que Dios nos amará en la medida en que «estemos a la altura», o seamos capaces de «dar la talla». No deja de ser paradójico. ¿Necesita un niño pequeño hacerse «merecedor» del amor de sus padres? Quizá a quien estamos buscando con tanta preocupación por «merecer» es a nosotros mismos. Nos puede la inseguridad, la necesidad de buscar puntos de referencia estables, fijos, y pretendemos encontrarlos en nuestras obras, en nuestras ideas, en nuestra percepción de la realidad.

En cambio, nos basta mirar a Dios, Padre nuestro, y descansar en su Amor. En el Bautismo de Jesús y en su Transfiguración, la voz de Dios Padre refiere que se complace en su Hijo. Nosotros también hemos sido bautizados y, por su Pasión, participamos de su vida íntima, de sus méritos, de su gracia. Eso hace que Dios Padre pueda mirarnos complacido, encantado. La Eucaristía nos transmite, entre otras cosas, un mensaje muy claro sobre lo que Dios siente por nosotros: tiene hambre de estar junto a cada uno, ilusión por esperarnos el tiempo que sea preciso, deseos de intimidad y amor correspondido.

La lucha de un alma enamorada

Descubrir el Amor que Dios es el motivo más grande que podemos hallar para amar. De igual modo, «la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más»[5]. No son ideas abstractas. Lo vemos en ejemplos tan humanos como el endemoniado de Gerasa, quien, tras ser liberado por Jesús y ver cómo sus connacionales rechazaban al Maestro, «le suplicaba quedarse con él» (Mc 5,18). Lo vemos también en Bartimeo quien, tras ser curado de su ceguera, «le seguía por el camino» (Mc 10,52). Lo vemos finalmente en Pedro, quien solo tras haber descubierto la hondura del Amor de Jesús, que le perdona y confía en él después de su traición, puede seguir su llamada: «Sígueme» (Jn 21,19). El descubrimiento del Amor de Dios es el motor más potente para nuestra vida cristiana. De ahí nace nuestra lucha.

Podemos pensar que Dios nos amará en la
medida en que «estemos a la altura»

San Josemaría nos animaba a considerarlo desde la perspectiva de nuestra filiación divina: «Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre–Dios?»[6] La presencia de Dios no llena de temor a sus hijos. Ni siquiera cuando caen. Sencillamente, porque Él mismo ha querido decirnos del modo más claro posible que, también cuando caemos, nos está esperando. Como el padre de la parábola, está deseoso de venir a nuestro encuentro en cuanto le dejemos, y echarse a nuestro cuello y llenarnos de besos (cfr. Lc 15,20).

Ante el posible temor a contristar a Dios, podemos preguntarnos: ¿este temor me une a Dios, me hace pensar más en Él?, ¿o me centra en mí: en mis expectativas, en mi lucha, en mis logros? ¿Me lleva a pedir perdón a Dios en la Confesión, y llenarme de gozo al saber que me perdona?, ¿o me conduce a la desesperanza? ¿Me sirve para recomenzar con alegría?, ¿o me encierra en mi tristeza, en mis sentimientos de impotencia, en la frustración que nace de una lucha basada en mis fuerzas… y en los resultados que consigo?

La sonrisa de María

Un suceso de la vida de San Josemaría puede servirnos para comprender esto mejor. Se trata de una de las anotaciones sobre su vida interior que escribía para hacer más sencilla la tarea de su director espiritual. Aunque sea un poco larga, vale la pena citarla por entero:

«Esta mañana −como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme− desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. Efectivamente, eran las seis menos cuarto. Anoche, como de costumbre también, pedí al Señor que me diera fuerzas para vencer la pereza, al despertar, porque −lo confieso, para vergüenza mía− me cuesta enormemente una cosa tan pequeña y son bastantes los días, en que, a pesar de esa llamada sobrenatural, me quedo un rato más en la cama. Hoy recé, al ver la hora, luché… y me quedé acostado. Por fin, a las seis y cuarto de mi despertador (que está roto desde hace tiempo) me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra, reconociendo mi falta −serviam!−, me vestí y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos»[7].

Se había propuesto algo que quizá también supone una lucha para nosotros algunas veces: levantarse puntual. Y no lo había conseguido. Era algo que le humillaba. Sin embargo, no confunde su rabieta y su humillación con la magnanimidad del corazón de Dios. Y vio a la Virgen que le sonreía, después de ese fracaso. ¿No es verdad que tendemos a pensar que Dios está contento con nosotros cuando −y, a veces, solamente cuando− hacemos las cosas bien? ¿Por qué confundimos nuestra satisfacción personal con la sonrisa de Dios, con su ternura y su cariño? ¿No se conmueve igualmente cuando nos levantamos otra vez después de una nueva caída?

Buscar con la mirada los ojos de María
nos volverá a contagiar de su alegría

Muchas veces habremos dicho a la Virgen que hable bien de nosotros al Señor −ut loquaris pro nobis bona−. Alguna vez, incluso nos hemos habremos imaginado esas conversaciones entre ella y su Hijo. En nuestra oración, bien podemos introducirnos en esa intimidad y tratar de contemplar el amor de María y de Jesús por cada uno de nosotros.

«Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre. Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada»[8]. Benedicto XVI lo recordó en Lourdes, hablando de la pequeña Bernadette. En su primera aparición, antes de presentarse como la Inmaculada, la Virgen solamente la sonrió. «María le dio a conocer primero su sonrisa, como si fuera la puerta de entrada más adecuada para la revelación de su misterio»[9].

Nosotros queremos ver y vivir también en esa sonrisa. Nuestros errores −por grandes que puedan llegar a ser− no son capaces de borrarla. Si nos levantamos de nuevo, podemos buscar con la mirada sus ojos y nos volveremos a contagiar de su alegría.

Diego Zalbidea

[1] Camino. Edición crítico-histórica, nota al n. 746.

[2] Papa Francisco, Mensaje del Santo Padre Francisco para La XXXIII Jornada Mundial de la Juventud, 25-III-2018.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[4] Dante A., Divina Comedia, Paraíso, Canto 33.

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 264.

[6] San Josemaría, Camino, n. 265.

[7] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 701; en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, nt. 139, p. 469.

[8] Benedicto XVI, Homilía, 15-IX-2008.

[9] Ídem.

 

 

Llevar a todos la alegría del Evangelio, que es el Evangelio de la Alegría

Escrito por Pablo Cabellos Llorente

Publicado: 03 Septiembre 2018

La Alegría del Evangelio está en buscar, encontrar y amar a Cristo: Apasionante aventura

La ciudad de la Alegría es posiblemente el libro más reconocido de Dominique Lapierre, donde se narran las vivencias de varios personajes en un slum  de Calcuta. Fue adaptada al cine con el mismo título. El libro es un canto a la esperanza y al amor dentro del sufrimiento y la miseria viviente de los barrios pobres de la India. Se suceden las desgracias causadas por las inclemencias meteorológicas, los factores políticos, la mafia, las enfermedades, o las tradiciones... pero el amor y la ayuda que se prestan en situaciones límite hacen cambiar el talante del cura y, sobre todo, del médico estadounidense, quien se transforma en una persona diferente. En ese barrio de chabolas de Calcuta desarrolla su muy abnegado trabajo la Madre Teresa, que optó por atender a los pobres de los pobres, los abandonados en las periferias más hediondas. En el lodazal surge un canto de alegría y esperanza.

Amar origina tres sentimientos: conmoción, alegría y amor. La alegría nos hace sentirnos felices. Quizá enamorarse es la forma más plena de ser feliz, porque tal felicidad procede de descubrir que el sentido de nuestra existencia es la afirmación del otro y la unión con él, lo que vale tanto para el enamoramiento de Dios como de otra criatura, haciéndonos ver el mundo con un nuevo sentido: la alegría multiplica la ilusión, las ganas de vivir y de acometer las tareas consiguientes. La alegría y la conmoción anuncian ya el amor mismo, surgido del encuentro amoroso. El amor −escribió Tomás de Aquinoproduce en el hombre perfecta alegría. En efecto −continua− sólo disfruta de veras el que vive en caridad.

Sea en el slum de Calcuta, en las periferias a las que alude frecuentemente el Papa Francisco, o en medio del grueso rumor ciudadano, de modos regularmente muy diversos, acontece algo común a cualesquiera de ellos: tratamos de llevar la alegría del Evangelio, que es el Evangelio de la Alegría. Sucede siempre así, a condición de no adulterarlo rebuscando un camino en apariencia más suave, una senda de rosas que huye de las de espinas ignorando más o menos conscientemente que nuestra alegría tiene sus raíces en forma de cruz. No hay vida cristiana sin enraizarse en la Cruz. Solamente ahí podemos encontrar el Evangelio de la Alegría.

Escribe Casiano aludiendo a la afirmación paulina de que el reino de Dios no consistía en la alegría de una manera general y absoluta, sino que precisa y especifica para indicar que se trata de una alegría o gozo en el Espíritu Santo. Él sabía de sobra que existe otra alegría reprensible de la cual está escrito: el mundo se alegrará, ¡ay de vosotros, los que ahora reís, porque lloraréis! (Lucas y Juan). La búsqueda alocada de un goce separado de Dios es un camino hacia ninguna parte, finaliza en el vacío antes o después. Teresa de Ávila afirma que hay un cielo que sí lo puede anticipar en la tierra quien se contenta con solo contentar a Dios y no hace caso del contento suyo: en queriendo algo más lo perderá todo. Y con su recio humor castellano añade: y alma descontenta es como quien tiene gran hastío, que por bueno que sepa el manjar le da en rostro, y lo que los sanos comen con gran gusto le hace asco en el estómago.

El Evangelio de la Alegría es contemplado en la Exhortación Evangelii Gaudium. Francisco retiene que la tristeza brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Para evocar de modo muy positivo que el Evangelio donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo invita insistentemente a la alegría, recorre un gozoso paseo por el Nuevo Testamento que muestra como una vereda para el júbilo. Con su humor tan personal aún añade inmediatamente que hay cristianos cuya opción pare ser la de una Cuaresma sin Pascua, a la vez que comprende a las personas que se mueven en circunstancias muy duras, pero en las que siempre hay un brote de luz que hace esperar: el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura.

En una homilía de San Josemaría titulada Alegría de Servir a Dios, al final exclama: hijos de mi alma, ¡a luchar!, ¡a estar contentos! Servite Domino in laetitia, os vuelvo a encarecer, a pegar esta locura, a rezar por todo el mundo, a seguir con esta siembra de paz y de alegría, de amor mutuo, porque no queremos mal a nadie. Sabéis que es parte del espíritu del Opus Dei la prontitud para perdonar. Y os he recordado que, perdonando, también demostramos que tenemos un espíritu de Dios, porque la clemencia es una manifestación de la divinidad. Participando de la gracia del Señor, perdonamos a todos y les amamos. Predicaba en otra ocasión: entre todos enjugaremos muchas lágrimas, daremos mucha cultura; daremos mucha paz, evitaremos muchos choques y muchas luchas; y haremos que las gentes se miren a los ojos con nobleza de cristianos, sin odios. En fin, la Alegría del Evangelio está en buscar, encontrar y amar a Cristo: Apasionante aventura.

Pablo Cabellos Llorente, en lasprovincias.es.

 

Austeridad y templanza

 

        Midas era un rey que tenía más oro que nadie en el mundo, pero nunca le parecía suficiente. Siempre ansiaba tener más. Pasaba las horas contemplando sus tesoros, y los recontaba una y otra vez. Un día se le apareció un personaje desconocido, de reluciente atuendo blanco. Midas se sobresaltó, pero enseguida comenzaron a hablar, y el rey le confió que nunca estaba satisfecho con lo que tenía y que pensaba constantemente en cómo obtener más aún. "Ojalá todo lo que tocara se transformase en oro", concluyó. "¿De veras quieres eso, rey Midas?" "Por supuesto." "Entonces, se cumplirá tu deseo", dijo el geniecillo antes de desaparecer.

    El don le fue concedido, pero las cosas no salieron como el viejo monarca había soñado. Todo lo que tocaba se convertía en oro, incluso la comida y bebida que intentaba llevarse a la boca. Asustado, tomó en brazos a su hija pequeña, y al momento se transformó en una estatua dorada. Sus criados huían de él para no correr la misma suerte.

    Viéndose así, convertido en el hombre más rico del mundo y, al tiempo, en el más desgraciado y pobre de todos, consumido por el hambre y la sed, condenado a morir amargamente, comprendió su necedad y rompió a llorar. "¿Eres feliz, rey Midas?", se oyó una voz. Al volverse, vio de nuevo al geniecillo y Midas repuso: "¡Soy el hombre más desgraciado del mundo!". "Pero si tienes lo que más querías", replicó el genio. "Sí, pero he perdido lo que en realidad tenía más valor." El genio se apiadó del pobre monarca y le mandó sumergirse en las aguas de un río, para purificarse de su maleficio. Así lo hizo y todo volvió a la normalidad. A partir de entonces, nunca más se dejó seducir por la codicia y el afán de riquezas.

    La vieja historia del rey Midas se ha interpretado siempre como una aleccionadora invitación a la templanza. Sólo el que vive con una cierta austeridad, sin esclavizarse por los deseos de poseer y atesorar, es capaz de disfrutar realmente de las cosas y alcanzar una felicidad duradera.

    La familia es quizá el mejor ámbito para cultivar la sobriedad y la templanza. Educar en esos valores impulsa al hombre por encima de las apetencias materiales, le hace más lúcido, más apto para entender otras realidades. En cambio, la destemplanza ata al hombre a su propia debilidad. Por eso, quienes educan a sus hijos en un torpe afán de satisfacerles todos sus deseos, les hacen un daño grande. Es una condescendencia que puede nacer del cariño, pero que también –y quizá más frecuentemente– nace del egoísmo, del deseo de ahorrarse el esfuerzo que supone educar bien. Como la dinámica del consumismo es de por sí insaciable, caer en ese error lleva a las personas a estilos de vida caprichosos y antojadizos, y les introduce en una espiral de búsqueda constante de comodidad. Se les evitan los sufrimientos normales de la vida, y se encuentran luego débiles y mal acostumbrados, con una de las hipotecas vitales más dolorosas que se pueden sufrir, pues siempre harán poco, y ese poco les costará mucho. Por eso me atrevería a decir que una educación excesivamente indulgente, que facilita la pereza y la destemplanza –suelen ir unidas–, es una de las formas más tristes de arruinar la vida de una persona.

    Por eso siempre veo con tristeza los signos de ostentación y de exceso de comodidad. Sufro viendo cómo pierden esa libertad que desaparece en el momento en que comienza el exceso de bienes. El afán por el lujo lleva consigo un despojamiento, una apuesta equivocada por lo material que deja a las personas sin defensas ante los desafíos de la vida. Por eso la tragedia del rey Midas es plenamente actual en la existencia de muchos. Cuando se centra la atención en lo material, se trata con menos consideración a las personas y se cae en una rueda de añoranzas y desasosiegos que incitan al consumo y perturban el equilibrio del espíritu. Cuanto más tienen, más desean, y en vez de llenarse, se abre en ellos un vacío. Midas supo admitir su error y salió de él. En esto sí podemos imitarle.

    Por Alfonso Aguiló

 

 

 

Y SAN LÁZARO “ANDÓ”

Por René Mondragón

SON MUCHOS

Los medios, editoriales, corresponsales, influencers y comentócratas de todas partes coinciden: Lo que acabamos de ver, en el arranque de los trabajos de la actual Legislatura dominada por MORENA, es –francamente- deplorable, preocupante y anodina, aun cuando ya se veía venir la coreografía y la parafernalia del partido del presidente electo, anexos y conexos y similares que lo acompañan.

Sin embargo, el editorial de La Jornada (03-09-2018) describe el ambiente mágico-folclórico-lúdico y musical que se vive ahí, en la llamada “tribuna más  alta del país”.

El escenario resultaba formidable para los “El Palenque” de Enrique Santos, para Laura Bozo, para “Quién tiene la razón” que conduce la mexicana Carmen Jara; o para “Miembros al Aire” de Mauricio Castillo y Arath De la Torre, talk shows  para el divertimento del respetable, de acuerdo con la divisa del poeta Juvenal, sobre el pan y el circo.

PRELUDIOS

Solo hubo dos voces con sensatez: Porfirio Muño Ledo y Juan Carlos Romero Hicks; éste último que evidenció talento, visión política y claridad en la tarea de la actual Legislatura. Y el veterotestamentario Muñoz Ledo, que demostró a los mexicanos la vivencia de una máxima popular que reza: “De la que la perra es brava, hasta los de casa muerde”

LA VITRINA

San Lázaro se convirtió en una cajita de cristal que exhibió  a las y los señores legisladores –nadie afuera- la terrible desgracia, pobreza y sentido rupestre de no pocos políticos  mexicanos.

Era de esperarse la aparición e interpretaciones del público filarmónico Sanlazarino, en la interpretación de los tres movimientos de la silbatina y abucheos en adagio molto vivace dirigidos al sexenio del presidente que se disculpa, pero no se disculpa, como refiere mi estimado Ricardo Raphael.

La pate crítica para este escribano, radica en –como señala La Jornada- la insustancialidad de las propuestas, en los discursos llenos rococó y melaza, además de las bravatas que carecen de oportunidad, tiempo y espacio, porque desentonan, como los emitidos por el ex hombre fuerte de Peña Nieto, Osorio Chong.

Ciertamente –véanse las repeticiones en el Canal del Congreso- los niveles de estulticia tanto del PRD, los hijos del Niño Verde, el Club de Admiradores de Dante Delgado y los extravíos de Álvarez Icaza.

Pero, si de dar pánico se trata, el papelazo internacional que dimos los mexicanos en la voz y presencia de Claudia Ruíz Massieu, merecía ser guión de alguna película de “Los Indestructibles” de Sylvester Stallone.

Mientras doña Claudia se regodeaba en un mar de arrogancia, la oclocracia morenista dejaba en su gritería, paredes repletas de mentadas de madre, abucheos y silbidos de cinco estrellas.

Charles Baudelaire sostenía que: “El Odio es un borracho al fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida”. La frase es oportuna, porque hay muchos, todavía, que no acaban de salir de la resaca del primero de julio. Se saben ganadores de todo a todo, se perciben como el guerrero divinizado por César, por eso siguen en la embriaguez de los vocingleros oficiales y oficiosos.

De ahí su comportamiento, mixtura de soberbia, vanidad política y arrogancia extrema, al asumir roles que debieron concluir con las campañas. El problema, en expresión de David McCleeland –investigador posterior de las tesis de Abraham Maslow- es que con esos atributos, revelan exclusivamente, su terrible sentido de inferioridad, torpeza en la visión,  y baja autoestima política.

Cierto, no se vio cultura parlamentaria ni espíritu democrático en las curules de los ganadores y sus corifeos. Se les olvidó que dos monólogos jamás harán un diálogo. ¡Qué pena!, aseguran mis adorables lectoras y gentiles lectores. Mi respuesta fue: Es que Lázaro, efectivamente andó.

 

 

No se guarda una lámpara debajo de un cajón

Jesus es la luz del mundo

La evangelización es un acto de AMOR. Los mandamientos que nuestro Señor Jesús nos dejó fueron "amarás a Dios sobre todas las cosas" y "amarás a tu prójimo como a ti mismo".

El amor al prójimo consiste en entregarle todo el bien posible, desearle lo mejor. Cuando tú puedes crear un espíritu tan precioso como este, observas que la evangelización se convierte en un compromiso de amor al prójimo, pues ¿qué mayor bien puedes otorgar que la dicha de conocer la palabra de Dios, la dicha de vivirla, experimentarla y dar un sentido profundo a nuestras vidas?

La evangelización, tarea primordial, misión y vocación propia de la Iglesia, nace precisamente de la fe en la Palabra, que es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

Es fundamental iniciar con este supuesto perfectamente comprendido. No evangeliza el que no ama, el que es capaz de mantenerse indiferente ante tanto vacío y necesidad de Dios entre nuestros hermanos. Si entiendes esto, el siguiente paso sería vencer las dificultades que ello implica. Los cristianos del siglo XXI tenemos una fuente inagotable de inspiración en las comunidades eclesiales de los primeros siglos, quienes habían convivido con Jesús o escuchado directamente el testimonio de los Apóstoles, sintieron sus vidas como transformadas e inundadas de una nueva luz. Pero debieron vivir su fe en un mundo indiferente e incluso hostil.

Hacer penetrar la verdad del Evangelio, trastocar muchas convicciones y costumbres que denigraban la dignidad humana, supuso grandes sacrificios, firme constancia y una gran creatividad. Solo con la fe inquebrantable en Cristo, alimentada constantemente por la oración, la escucha de la Palabra y la participación asidua en la Eucaristía, las primeras generaciones cristianas pudieron superar aquellas dificultades y consiguieron fecundar la historia humana con la novedad del Evangelio, derramando, tantas veces, la propia sangre.

No digo que la evangelización sea una labor titánica. De acuerdo, sí lo es, pero la evangelización más importante es aquella que precisamente tenemos a nuestro alcance: en nuestros hogares, nuestros colegios, nuestros grupos de amigos. El Señor va mostrando poco a poco los pasos a seguir, iniciar con Él un peregrinar por los lugares a donde quiso que llevara su imagen que Él mismo inspira para dibujarla y luego mostrarla.

Así empiezas a darte cuenta de los problemas que se viven en cada hogar, en cada familia, en cada personalidad.

Las experiencias cotidianas que Jesús va mostrando nos envían a diferentes actividades como el llevar palabras de consuelo a los angustiados, atender a enfermos, orar por los moribundos, escuchar ancianos, hablarles del amor de Jesús a familias alejadas de la oración, invitar a familiares y vecinas para asistir al taller de oración y vida, invitar a los amigos a suscribirse a portales católicos de Internet interesantes, como 'Web católico de Javier'. También se pueden realizar otras actividades como llevar ropa y alimentos a la iglesia para los necesitados, o personalmente a los niños de la calle. Y lo más importante e indispensable: asistir a la COMUNIÓN con Dios en la Eucaristía, porque Él nos fortalece espiritualmente en esa unión y nos guía a través del Espíritu Santo.

Tal vez piensas, ¿pero dónde está la palabra de Dios en esto? Te diré donde: en nuestros actos. La palabra viva, la palabra en acción evangeliza mejor que la palabra escrita. Sólo transmites un mensaje si puedes comprobar que es real. Ahora bien, es muy cierto que existirán muchas piedras en el camino. En Marcos 16,20 dice "Y los discípulos salieron a predicar por todas partes CON LA AYUDA DEL SEÑOR, el cual CONFIRMABA su mensaje CON LAS Señales que lo acompañaban."

En esta parte de la Palabra, se nota claramente que la Predicación acompañada por hechos se convierte en un signo. Los milagros, curaciones, etc. son los signos en los que el Señor muestra no solo su amor por nosotros, sino también es la forma en la cual el Señor CONFIRMA la autenticidad del mensaje, es la ayuda que el Señor da a quien predica el Evangelio y da testimonio de la Resurrección del Señor. Las promesas son actuales, son para hoy. Y son para ti. Levanta tú que duermes y pide a Dios GRAN PODER para evangelizar. Pide GRAN PODER para dar testimonio de que Jesús resucitó y que vive en ti, en tu corazón. Que tiemble la Tierra al escuchar tu oración como tembló con la de los discípulos.

El mundo necesita testigos que prediquen y testifiquen con GRAN PODER. En esta época nos preguntamos ¿Dónde está el Dios de Elías? que realizaba enormes prodigios, con su debida diferencia también nos preguntamos ¿dónde? y la pregunta correcta no es esa, sino ¿Dónde hay más Elías?. Repito, las promesas son actuales, son para hoy y son para ti. Levántate tú que duermes y sigue al Señor y pide su Poder para Evangelizar.

Este milenio ha conocido el encuentro entre dos mundos, marcando un rumbo inédito en la historia de la humanidad. Es el milenio del encuentro con Cristo, de las apariciones de Santa María de Guadalupe en el Tepeyac, de Nuestra Señora en Luján, la primera evangelización y consiguiente implantación de la Iglesia en América. Esta fe, vivida cotidianamente por numerosos creyentes, será la que anime e inspire las pautas necesarias para superar las deficiencias en el progreso social de las comunidades, especialmente de las campesinas e indígenas; para sobreponerse a la corrupción que empaña tantas instituciones y ciudadanos; para desterrar el narcotráfico, basado en la carencia de valores, en el ansia de dinero fácil y en la inexperiencia juvenil; para poner fin a la violencia que enfrenta de manera sangrienta a hermanos y clases sociales.

Sólo la fe en Cristo da origen a una cultura opuesta al egoísmo y a la muerte.

¿Es verdad que el mundo en el que vivimos es al mismo tiempo grande y frágil, excelso pero a veces desorientado? ¿Se trata de un mundo avanzado en unos aspectos pero retrógrado en tantos otros? Y sin embargo, este mundo -nuestro mundo- tiene necesidad de Cristo, Señor de la historia, que ilumina el misterio del hombre y con su Evangelio lo guía en la búsqueda de soluciones a los principales problemas de nuestro tiempo.

Porque algunos poderosos volvieron sus espaldas a Cristo, este siglo asiste impotente a la muerte por hambre de millones de seres humanos, aunque paradójicamente aumenta la producción agrícola e industrial; renuncia a promover los valores morales, corroídos progresivamente por fenómenos como la droga, la corrupción, el consumismo desenfrenado o el difundido hedonismo; contempla inerme el creciente abismo entre países pobres y endeudados y otros fuertes y opulentos; sigue ignorando la perversión intrínseca y las terribles consecuencias de la "cultura de la muerte"; promueve la ecología, pero ignora que las raíces profundas de todo atentado a la naturaleza son el desorden moral y el desprecio del hombre por el hombre.

La evangelización, tarea primordial, misión y vocación propia de la Iglesia, nace precisamente de la fe en la Palabra, que es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.¿Cuántos hoy se encuentran unidos a Cristo?,¡siéntanse responsables de difundir esta luz que han recibido! Los discípulos de Cristo deseamos que prevalezca la unidad y no las divisiones; la fraternidad y no los antagonismos; la paz y no las guerras. Esto es también un objetivo esencial de la nueva evangelización.

Como hijos de la Iglesia, debemos trabajar para que la sociedad global que se acerca no sea espiritualmente indigente ni herede los errores del pasado. Para ello es necesario decir sí a Dios y comprometerse con Él en la construcción de una nueva sociedad donde la familia sea un ámbito de generosidad y amor; la razón dialogue serenamente con la fe; la libertad favorezca una convivencia caracterizada por la solidaridad y la participación. En efecto, quien tiene al Evangelio como guía y norma de vida no puede permanecer en una actitud pasiva, sino que ha de compartir y difundir la luz de Cristo, incluso con el propio sacrificio. La nueva evangelización será semilla de esperanza para el nuevo milenio si nosotros, católicos de hoy, nos esforzamos en transmitir herencia de valores humanos y cristianos que han dado sentido a nuestra vida.

Hombres y mujeres que con el paso de los años han acumulado preciosas enseñanzas de la vida tienen la misión de procurar que todos los necesitados del divino mensaje, de la buena nueva de Dios, reciban una sólida formación cristiana durante su preparación intelectual y cultural, para evitar que el pujante progreso les cierre a lo trascendente. En fin, preséntense siempre como infatigables promotores de diálogo y concordia frente al predominio de la fuerza sobre el derecho y a la indiferencia ante los dramas del hambre y la enfermedad que acucian a grandes masas de la población.

Los jóvenes y muchachos que miramos hacia el mañana con el corazón lleno de esperanza, estamos llamados a ser los artífices de la historia y de la evangelización ya en el presente y luego en el futuro. Una prueba de que no hemos recibido en vano tan rico legado cristiano y humano será la decidida aspiración a la santidad, tanto en la vida de familia que muchos formarán dentro de unos años, como entregándose a Dios en el sacerdocio o la vida consagrada si somos llamados a ello.

El Concilio Vaticano II nos ha recordado que todos los bautizados, y no sólo algunos privilegiados, están llamados a encarnar en su existencia la vida de Cristo, a tener sus mismos sentimientos y a confiar plenamente en la voluntad del Padre, entregándose sin reservas a su plan salvífico, iluminados por el Espíritu Santo, llenos de generosidad y de amor incansable por los hermanos, especialmente los más desfavorecidos.

El ideal que Jesucristo propone y enseña con su vida es ciertamente muy alto, pero es el único que puede dar sentido pleno a la vida. Por eso, desconfiemos de los falsos profetas que proponen otras metas, más confortables tal vez, pero siempre engañosas.¡No se conformen con menos! Nosotros los jóvenes, hemos de procurar que el mundo que un día se nos confiará esté orientado hacia Dios, y que las instituciones políticas o científicas, financieras o culturales se pongan al servicio auténtico del hombre, sin distinción de razas ni clases sociales.

La sociedad del mañana ha de saber gracias a nosotros, por la alegría que emana de nuestra fe cristiana vivida en plenitud, que el corazón humano encuentra la paz y la plena felicidad sólo en Dios.

Como buenos cristianos, hemos de ser también ciudadanos ejemplares, capaces de trabajar junto con los hombres de buena voluntad para transformar pueblos y regiones, con la fuerza de la verdad de Jesús y de una esperanza que no decae ante las dificultades. Traten de poner en práctica el consejo de San Pablo: "No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien" (Rm 12, 21).

"Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). En nombre del Señor, vayamos decididamente a evangelizar el propio ambiente para que sea más humano, fraterno y solidario; más respetuoso de la naturaleza que se nos ha encomendado. Contagiemos la fe y los ideales de vida a todas las gentes del Continente, no confrontando inútilmente, sino con el testimonio de la propia vida.

Revelemos que Cristo tiene palabras de vida eterna, capaces de salvar a los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Revelemos a nuestros hermanos el rostro divino y humano de Jesucristo, Alfa y Omega, Principio y Fin, el Primero y el Último de toda la creación y de toda la historia, también de la que estamos escribiendo con nuestras vidas.

 

 

La juventud y las elecciones

 

ENMAYUSCULA, (MIGUEL A ESPINO PERIGAULT).-

Se supone que miles de jóvenes votarán por primera vez en las próximas elecciones nacionales. Desconozco si existen estudios sobre el tema. Pero, de los discursos políticos conocidos podría ser que ninguno resulte especialmente atractivo para ellos. Y el llamamiento a no reelegir a nadie hace necesarias inteligentes explicaciones de valor ético y moral.

Los jóvenes inscritos en partidos políticos asumen un compromiso que debe fortalecer su fe en la política como el deber patriótico que es para luchar por el bien común (BC). Éste es la finalidad específica del estado. En “Pacem in Terris”, Juan XXIII lo resume de la siguiente manera: “El Bien Común abarca el conjunto de las condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las sociedades pueden lograr con mayor plenitud y facilidad, la mayor perfección” Plenitud y perfección humanas entendidas en sentido cristiano, que es la identidad auténtica conferida al BC por los valores tradicionales de nuestra milenaria cultura. Las izquierdas y las derechas extremas, guiadas por las políticas inspiradas en la ideología de género solamente promueven un falso bien común, excluyente, sectario y antinatural.

Hagamos, los políticos, en gobierno y oposición, así como los ciudadanos todos, mediante el voto, el firme compromiso de alcanzar el Bien Común, en donde los jóvenes encuentren las adecuadas políticas y programas sociales y, sobre todo, educativos, que les permitan alcanzar, con el apoyo insustituible de sus padres, en familia, los ideales de perfección y plenitud soñaos y conservados, siempre, en un rincón poético de sus almas juveniles soñadoras.

Evitemos que nuestros jóvenes terminen llorando la pérdida del el “divino tesoro” de una juventud , como ha lloró el poeta Rubén Darío en sus célebres conocidos versos , “Canción de otoño en primavera” y como la debieron llorar los 40 mil jóvenes europeos que, desorientados y decepcionados por la corrupción generalizada y las antinaturales políticas “progresistas” de género, vigentes en sus países, otrora cristianos, han respondido a las engañosa promesas de luchar por un ideal heroico, en las filas islámicas de la organización terrorista ISIS. Una realidad que los líderes políticos progresistas no entienden, porque es el resultado de sus propias aberraciones ideológicas.

Nosotros debemos evitarlo. Nuestros políticos deben evitarlo. Rescatemos y defendamos los valores de nuestra cultura tradicional. No basta con ofrecer justicia y hacerla selectiva y con hedor de venganza y etiquetas de odio.

Sigamos, más bien, los otros versos del mismo Rubén Darío, al animar a los jóvenes a tener alma de poeta, cuando les preguntó, en su poema “A Juan Ramón Jiménez” si estaban preparados para la pelea por sus sueños y si en sus almas juveniles “¿ (Les) enternece el azul de una noche tranquila?/ ¿Escuchas pensativo el sonar de la esquila / cuando el Angelus dice el alma de la tarde? /¿Tu corazón las voces ocultas interpreta?/

Sigue, entonces, tu rumbo de amor. Eres poeta.”

Es una oportunidad cual nuevo divino tesoro de la juventud que siempre ha de estar en ellos. Salvemos a nuestros jóvenes, enseñémosles a vivr la verdad, que es el verdadero Bien Común

espinomiguel21@gnail.com

 

 

Mitos y realidades sobre el alcohol

Lucía Legorreta

Sep 05, 2018

Si tú no te cuidas, nadie más lo hará por ti: valora tu salud, tu cuerpo y tu vida. ¡Vale la pena!


Mitos y realidades del alcohol<br />


Existen gran cantidad de mitos y realidades en torno al alcohol, sobre todo entre los jóvenes. Me pareció muy interesante un artículo publicado por la revista MIRA, en el cual se mencionan varios de ellos, los cuales me gustaría compartir contigo el día de hoy:

“Las bebidas suaves como el vino y la cerveza emborrachan menos”.
Los efectos del alcohol son los mismos con todas las bebidas; el impacto en el cuerpo del individuo depende de la graduación alcohólica de cada bebida y de la cantidad que se ingiera.
Además de muchos otros factores: el contexto donde se consume, las expectativas, el estado de ánimo, el peso corporal, y la presencia de otras drogas o de enfermedades pre-existentes.

“Si comes cuando bebes te emborrachas menos”.
Realidad: lo que sucede es que el que come mientras bebe tarda más tiempo en sentir los efectos, pero toda la cantidad de alcohol que se ingiere va a dar al torrente sanguíneo, independientemente del alimento que va al estómago.

“La mezcla de diferentes bebidas hace que uno se embriague más rápido”.
Lo que importa es la cantidad y velocidad con la que se ingiere.

“Hay gente que sabe beber y no se emborracha, aún después de varias copas”.
Si fuera así, significaría que se ha desarrollado tolerancia, lo cual es más grave porque la persona deja de percibir los efectos perjudiciales del alcohol. Es una de las características principales para definir que ya es una adicción.

“Si no se toma en exceso, se puede conducir sin riesgos”.
Aun en pequeñas cantidades, el consumo del alcohol afecta la capacidad de respuesta, los reflejos y la percepción del tiempo-espacio, lo cual aumenta la posibilidad de accidentes. Por lo tanto, si se bebió no se recomienda conducir.

“Un café cargado o un baño ayudan a ponerse sobrio”.
Ni el café ni un baño aceleran la eliminación del alcohol. Se elimina de la sangre a razón de un vaso de vino por hora, en un hombre de ochenta kilos.
Las mujeres al tener menor complexión física, agua y grasa corporal, tardan más para procesar cada trago o vaso de alcohol.

“Todo alcohol ingerido se elimina a través de la orina y el sudor”.
Sólo el 10% se elimina de esta manera. El resto se metaboliza por el hígado y se convierte en azúcar.

“El alcohol no engorda”.
El alcohol sí puede engordar a los que beben regularmente. Proporciona más calorías que los azúcares y las féculas, aunque menos que las grasas. Las bebidas alcohólicas pueden contribuir al sobrepeso.

“El alcohol daña igual a los hombres y a las mujeres”.
La mujer, en general, pesa menos que el hombre, y el tamaño proporcional de sus órganos es más pequeño.
Por lo tanto, el alcohol puede deteriorar más rápidamente sus funciones y llegar a la dependencia antes que el hombre.

“El alcohol te da energía”
Todo lo contrario, ya que es un depresor. Reduce la capacidad para pensar, hablar, moverse. Todo se dificulta.

“El alcohol facilita las relaciones sexuales”.
Las personas pueden sentirse desinhibidas con algo de alcohol, pero por ser un depresor del sistema nervioso central, su consumo puede inhibir la respuesta sexual.
Además, aumenta el riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual como VIH, embarazos no planificados y prácticas sexuales no saludables.

“Masticar chicle engaña al alcoholímetro”.
Al producir saliva se modifica el proceso que permite que el alcohol pase a los pulmones, pero en una cantidad tan mínima que no altera en nada la medición del alcoholímetro.

Recuerda: el alcoholismo es una enfermedad que ha llevado a muchos mexicanos, hombres y mujeres a la muerte. No te confíes en lo que escuchas y mejor infórmate de los daños y consecuencias que puede tener en tu vida.

Si tú no te cuidas, nadie más lo hará por ti: valora tu salud, tu cuerpo y tu vida. ¡Vale la pena!

 

 

Universidad Católica de Valencia

Estimados amigos:
Como seguramente bien conocéis, el pasado 25 de julio se celebró el 50 aniversario de la publicación de la Encíclica Humane Vitae, carta magna sobre el amor humano y la regulación de la fertilidad matrimonial. Con este motivo desde el Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia (UCV) se ha publicado un libro, prologado por el Cardenal Cañizares, Arzobispo de Valencia, y coordinado por mí mismo.

En él se reflexiona sobre dicha Encíclica desde el punto de vista moral, biomédico y sociológico.
Me complace haceros llegar esta información por si deseáis adquirir dicho libro y por si os parece adecuado difundirlo entre los miembros de vuestra Asociación.
Agradeceros por adelantado vuestra colaboración.

Recibid un afectuoso saludo.

 

Justo Aznar

Director del Observatorio de Bioética

Universidad Católica de Valencia

https://buff.ly/2KQDQAN

https://buff.ly/2LVuFdY

 

 

 

Cuando las normas o costumbres

Cuando las normas o costumbres fijan las condiciones del ejercicio de una potestad o determinan el detalle de su día después, no lo hacen por capricho, sino porque valoran su alta significación, personalizada en quienes las ocupan temporalmente. De ahí que se dispongan de necesarios recursos económicos y humanos para conservar esas dignidades más allá de su final, como sucede con el papa dimisionario, con el rey emérito o con aquellos que han sido presidentes del gobierno en cualquier nación del mundo, a quienes se conserva el propio tratamiento protocolario hasta su muerte. La cuestión de la seguridad, por ejemplo, constituye un tema de la mayor relevancia en estos casos, como se comprobó con el trágico asesinato de Olof Palme tras salir de aquel cine en Estocolmo, desprovisto de guardaespaldas por su propia decisión y porque “quería hacer una vida normal”. Pretender retornar a la vida anónima anterior y a sus rutinas como si no se hubiera asumido un rol destacado en el poder causa sincera extrañeza, como inmaduro resulta también obstinarse en llevar a cabo comportamientos comunes u ordinarios durante el desempeño de un alto cargo cuando resultan incompatibles con su propia naturaleza.

Enric Barrull Casals

 

 

Hasta sus 'encarnaciones´

Naturalmente, la monarquía o la república como formas del Estado con un presidente o un rey a la cabeza, tienen sus ventajas y sus inconvenientes, sus cosas buenas y sus cosas malas, y hasta sus 'encarnaciones´ más o menos censurables.

Pero lo que sí extraña es que solamente sean los partidarios de una de las opciones los que se agrupen, los que se pongan en pie de batalla y quienes, incluso violando leyes en vigor, defiendan y pregonen esa opción concreta. Mientras, los de la otra opción callan, miran para otro lado, restan importancia a hechos que jurídica, social y políticamente la tienen y se limiten a verlas venir.

Un día será un político que afirma paladinamente que la monarquía es la causante de la desunión de España; en otro el separatista de turno, en el delirio de su bobería, romperá relaciones con la Casa Real; el siguiente un gobernante en ejercicio no moverá un dedo para defender la forma en la Jefatura del Estado que, hoy por hoy, es la legalmente establecida.

No es la primera vez en la historia de España que algo parecido ocurre. Es cuestión de tiempo. Pero no deja de ser extraño que el ascua se arrime a la sardina siempre por el mismo lado, mientras el dueño de la sardina no la cambia de posición por si se quema.

Jaume Catalán Díaz

 

 

Ni urgente, ni viable y, posiblemente, deseable

No es que en muchos sectores -políticos, sociales o mediáticos- se estén respetando los hipotéticos cien días de gracia al gobierno Sánchez, es que los primeros que no respetan esos cien días son los propios integrantes del ejecutivo.

Es un Gobierno parlanchín que nació con demasiadas prisas y esas prisas, en su afán por hablar y por estar en los medios para decir lo que van a hacer, llevan a los ministros y a las ministras a hablar y a decir de más. Tampoco es que lo que dicen, de momento, sea poco más que humo, pero su velocidad está desembocando en demasiadas salidas de pata de banco.

Una de esas salidas –a destiempo y sin razón de ser- ha sido la de Meritxell Batet la ministra de la cosa –más o menos- de las autonomías que, aunque se ha apresurado a ‘matizar’, opina que la reforma de la Constitución es ‘urgente, viable y deseable’.

Pues señora ministra, va a ser que no. Ni es urgente, ni es viable, aunque posiblemente pueda ser deseable.

Pedro García

 

 

V I A J E   A   M A R R U E C O S

(ABRIL 1993)

(VIII)

 

            La plaza y a esta hora donde el Sol ya está próximo a su cenit y por tanto ya hace un calor bastante notable..."huele que apesta" ("aquí parece ser que no han limpiado el pavimento desde la última vez que lloviera torrencialmente, si es que ese hecho se da aquí")... no describo nada, pues nada hay que decir, salvo lo ya descrito de nuestra visita de anoche, por tanto no merece la pena gastar espacio en reiterar "esa media hora" ocupada allí para...  "ver y oler de nuevo esa especie de submundo humano, mezclado con algún tipo de animales de carga y otros de triste diversión para visitantes turistas", tiempo que tengo que soportar, ya que el ir en grupo es ir como "una serpiente y sus anillos cuando sobre estos camina".

             Por fin salimos de ella y entramos en el "laberinto del zoco" y donde me parece a mi, algo así..."como si hubiésemos retrocedido a la época en que fuera construida La Kutubía", por tanto difícil de describir o narrar lo que yo veo, hay que ir y estar allí y que cada cual vea y entienda por si mismo y por aquello que dije antes... "del sujeto y lo subjetivo"... Pero para ir o venir aquí, pienso que lo mejor es llegar vestido de beréber, con barba de un par de semanas y vestido con el atuendo propio de estas gentes (chilaba, gorro y babuchas) y acompañado por "un guía de confianza", para que te dejen ver en paz lo mucho que aquí se puede "ver" de la humanidad, sus miserias y sus grandezas en el tiempo y en el espacio... ya que si no es así... "la legión de pedigüeños y vendedores ambulantes", no te dejarán ni un instante en paz; por contra los vendedores de los establecimientos por los que pasas (comerciantes establecidos en el zoco) simplemente muestran lo que tienen u ofrecen y esperan el posible comprador, cosa esta muy de agradecer "en este caso" y por el atosigamiento ya descrito y que llega a ser insoportable, máxime desconociendo su idioma, por lo que no les puedes detener con frases categóricas.

            Llegamos a la herboristería... "farmacia de medicina natural, tienda de hiervas, minerales, ungüentos y yo que se...".

            Allí... "nos esperan" (los guías tienen concertado ello -seguro que les darán comisión) y allí, tenemos preparados unos banquillos y una vez debidamente sentados, nos diserta el principal personaje que nos ha recibido en "este santuario de la medicina natural" y el que parece ser el dueño del "negocio"; y que resulta ser "un lince" (un habilísimo vendedor).

             Dicho individuo se sitúa en una especie de estrado, vestido con limpísima bata blanca y tras saludarnos y pronunciar algunas palabras jocosas para entrar en "situación", empieza a hablarnos en nuestro propio idioma y con gran rapidez. Nos da una disertación muy argumentada de las bondades del aceite de "Yoyoba"((jojoba)...  al del "ámbar de la ballena" y desde las del "te moruno", hasta los del almizcle, procedente de "no se que tipo de cabras de China, a punto de extinguirse"; y desde "no se que tipo de raíces, que hervidas y tomada el agua resultante... harán que se recupere la memoria y que el miembro viril... funcione"; hasta las excelencias de unos aliños (especias) las que formadas con una mezcla de más de treinta componentes, son una delicia para la degustación de carnes y pescados, en especial la de "los pinchos morunos".

             Mientras habla, va mostrando cada producto, en una serie de no se cuantas docenas de ellos y que nos deja "literalmente, con la boca abierta", ya que incluso en momentos, sale de "su tribuna" y nos da a oler los productos, incluso muestra "y prueba" en la piel de las manos de las señoras, un lápiz de una substancia parecida a la del lápiz de labios, pero de un color verdoso claro y la que al contacto con la piel, se torna en un color "más o menos rojo"... "de cuya intensidad (dice) depende el calor o fogosidad que posee la hembra receptora" (afirma que en su país, es de uso obligado, "cuando el novio va a aceptar la que será su esposa…?").

            Terminado el discurso, ordena con energía a varios de sus "ayudantes" (jovenzuelos en mayoría) a los que se ve tiene y mantiene "electrizados"; que nos entreguen una bolsa de plástico a cada uno de los visitantes y... "empieza la oferta y a gran velocidad"... Desde principio a fin, nos va mostrando los productos y recordando sus bondades, e indicándonos el precio, el que la verdad, no resulta caro, si a través de ello, se obtienen o se llega a... "tanta felicidad y maravilla".

            Compramos... "al final compramos todos" ... ¡Vaya si compramos!... unos más, otros menos, pero por poco que compre cada cual, calculo que un promedio de "dos mil pesetas por cabeza", se han quedado en aquella "botica", la que regida por aquel hombre bastante "súper dotado", debe ser uno de los mejores negocios de aquel zoco... Indudablemente aquel hombre es un genio de la venta... seguro que si lo descubre una multinacional... intenta sacarlo de su peculiar botica y lo capta para mayores operaciones mercantiles y adaptadas al moderno marketing de la sociedad de consumo... Por mi parte y solo por verlo actuar, han merecido la pena, las 3.400 pesetas que he invertido en comprar "esas cosas" que ya veremos... "Ya que puede hasta ser cierta... la cuarta parte de lo que nos ha dicho con seguridad plena este hombre"... ¡¡Que tío!!.

            Mientras regresamos en dirección al autocar, vengo acordándome de "todo cuanto se ha desarrollado en menos de una hora", en aquella tienda de "remedios para todo"; y también me acuerdo de mi época de "una veintena de años", empleados en la venta al comercio de diferentes artículos y sonrío de nuevo, pues imagino al tal individuo como viajante de comercio... "sería terrible y vendería cualquier cosa, en cualquier tipo de mercado que existiese para la misma", puesto que igual adaptaría su genio y empuje para vender ferretería, que piezas para maquinaria naval, ya que es, lo que los "americanos" denominan como..."vendedor estrella".

            Por fin llegamos al hotel (hace calor) y llego "aún mareado de casa de este lince del zoco" (¿habrá ejercido algún tipo de hipnotismo?). Con verdaderos deseos entro en mi habitación a asearme y refrescarme en la benéfica ducha fría, efectuado ello regresamos a las instalaciones centrales del complejo y donde se encuentra el comedor, vamos a comer.- Comemos bien del bufé que hay presentado para que nos sirvamos del mismo; unos comemos en el interior y otros lo hacen en la terraza contigua y cerca de las piscinas (hay otros varios grupos de turistas) pues como el día "es de verano", han preparado mesas en el exterior, cosa que muchos agradecen (yo prefiero el interior, es mucho más confortable).- Una vez ultimada esa buena y sana comida (hay que decirlo, pues hubo variedad, calidad y cantidad, más que suficientes) digo a mi esposa y otros compañeros que... "yo no vuelvo esta tarde a la ciudad" (quieren volver de compras a Marrakech) Yo lo que tenía que comprar aquí ya lo compré... "Esta mañana y en el "estanque" compré a uno de los "ambulantes", un "ajunjar" (puñal curvo o "gumía") marroquí, el que "toscamente" terminado, pero... me pareció un buen recuerdo de este lugar, pese a que la hoja no tiene filo y más que un arma real, es "un simple simulacro"; también (y por quitármelo de encima) le compré a otro ambulante, en los alrededores de "la plaza de los muertos"...  menos que seis correas o cinturones de piel, para hombre, cuyas compras fueron a precios ridículos e incomprensibles por lo económicos... "mil pesetas cada una de estas dos compras...?", por ello y por otros motivos, me quedaré en el hotel toda la tarde... sólo  y "feliz"; tengo que escribir mucho, pues "desde que amaneció ayer", no he escrito ni una sola línea "en condiciones"... y yo necesito escribirlas "en caliente" y antes de que se me borren o "enfríen"... "las imágenes que yo he visto" y he visto muchas; por tanto imposible recoger un resumen de todas, algo -o mucho- se me perderá y bien sabe Dios que lo siento y... "sentiré". En el autocar tomo alguna que otra "fugaz" nota, pero ello es como simples "flas fotográficos" y con las incomodidades propias de tomarlas en un vehículo en marcha, por ello esos "flash" y mi memoria, tienen que efectuar una ampliación cuanto antes y ello... "en la seguridad de que cada cuartilla que yo rellene aquí, luego en mi refugio casero, pueden resultar varios folios de apretada escritura"... lo digo por cuanto siempre me ha ocurrido, cuando de verdad... "me interesa desarrollar un tema, sea el que sea"...?. (y que yo entienda, claro está)

            Antes de partir "los compradores", les dan tiempo de descanso y visto ello, paso junto a otros varios al bonito y bien acondicionado bar que existe en la planta principal, me siento junto a mi esposa (es claro) y la que me dice que ella si que va a ir de compras ("que Dios la ampare y proteja" - luego comprobaré ya en casa, que al pagar con tarjeta "visa", le ha costado un diez por ciento más que si hubiese pagado en moneda, pero.. ¡Oh las mujeres! - aparte que... ¿a mí que me importa lo que ella haga con su dinero?)...Tomamos café, nos invita Carlos, el que ocupa el asiento de un piano de cola que allí existe y nos obsequia con unas interpretaciones en fragmentos de diferentes composiciones musicales, se lo agradecemos (mientras, yo me fumo sosegadamente "un canario") más aún cuando "nos toca" unos compases de "La marcha del Abuelo" (marcha fúnebre del Maestro Cebrián) y que para nosotros los nativos de la ciudad de Jaén, resulta una composición entrañable y muy sentida, la que se prodiga en todos los días de la Semana Santa, por ello en la lejanía geográfica y al estar en Semana Santa (esta que estamos, lo es en España)..."nos emociona y nos llena de rememoranzas entrañables de nuestra tierra, usos y costumbres, de los que -querámoslo o no- estamos empapados".

            Por fin se van todos los del grupo ("sólo yo no voy")... Gracias a Dios me han dejado solo... Y me pongo a escribir... termino cuando ya, "El Sol se ha marchado por la ruta de su destino"; empecé a escribir en el bar y ahora me encuentro fuera en la terraza (cambié de sitio) que existe junto al bar y con vistas a todo el conjunto de jardines, piscinas, etc. ya descritos... "ya me cuesta trabajo ver lo que escribo" y aunque "algún alma caritativa" ha encendido las luces, pero estoy muy cansado, aparte que se ha movido un "vientecillo", que si bien es agradable, me mueve "los papeles" y por ello termino... pero tengo ganas de seguir, ya lo haré... cuando pueda (aún no han vuelto "los que se fueron de compras hace cuatro horas, "ya"... "de lo que me he librado").

            Al poco rato llegan todos "con prisas" y mi mujer... "viene regañándome", por cuanto yo (preocupado por la tardanza y la hora que es) he salido a la entrada principal a esperarlos y por lo visto...  "nos hemos cruzado en el camino", lo que no es difícil en este gran complejo, en fin..."que le vamos a hacer".

            La mayoría de los componentes del grupo se han "caracterizado" y visten al estilo marroquí, han comprado esta tarde los atuendos ("yo es claro que no") y así aparecen a la hora de salir de nuevo hacia el exterior, ya que tenemos concertado otro atractivo turístico "extra"; se trata de lo que aquí denominan... "Fantasía Chez Alí", se trata de una cena "beréber", en la que se incluye un espectáculo que se nos promete "interesantísimo". A las nueve de la noche, llegamos al lugar donde se celebrarán estos actos y el que se trata, de un amplísimo espacio en las afueras de la ciudad y el que ha sido acondicionado para el "turismo de masas" ("en el cielo luce la luna en un espléndido plenilunio y la que va a enriquecer mucho este espectáculo que será de luces y sombras").

            En el centro de este terreno, hay un extenso campo de tierra movida, es de forma rectangular y de gran extensión y el que va a permitir el galope de caballos, incluso en numeroso grupo de ellos. Alrededor del mismo un anfiteatro de varias gradas de altura (muy bajo) y el que tiene forma de "U" y "abraza" el campo en su parte alta, ya que el mismo forma una suave pendiente, declive o "rampa" y en cuyo fondo, existen dos construcciones que asemejan otras tantas "fortalezas, o castillos musulmanes típicos de estas tierras beréberes" (supongo). En ambos laterales del campo y en su "cabecera", hay abundantes instalaciones que quieren asemejar o semejan e imitan, a las "lujosas jaimas de los jeques del desierto", las que alfombradas incluso, están preparadas para que en ellas sea servida la citada cena... y las que han sido preparadas con útiles y bebidas occidentales (cubiertos, vasos, vino, etc.).

 

Antonio García Fuentes

www.jaen-ciudad.es (aquí muchos más temas)

 

Jaén: 21 de Agosto del 2018