Las Noticias de hoy 17 Agosto 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    viernes, 17 de agosto de 2018       

Indice:

ROME REPORTS

Las familias del mundo en preparación a su encuentro mundial

MATRIMONIO Y VIRGINIDAD: Francisco Fernández-Carvajal

“No dialogues con la tentación”: San Josemaria

«Dale gracias por todo, porque todo es bueno»: Carlos Ayxelà

¿Cómo hacer que el amor llene la vida familiar?

La pena de muerte y la dignidad de la persona: Ramiro Pellitero

Una mamá para todos

SAN EZEQUIEL MORENO patrono de los enfermos de cáncer: Javier López

De cada cien se salvan cinco.: Leo J. Mart.

Donde la familia fue abolida: Anna Bono

Un buen uso de la tecnología: Silvia del Valle

Comodidad física – Bienestar moral: Plinio Corrêa de Oliveira

Atreverse a educar a fondo: Antonio OROZCO

Santidad, la vía para ser felices: Fernando Ocáriz

De nuevo la eutanasia: Pedro García

Les habló del amor: Juan García.

La verdad que expresa la cuestión en sí.: Jesús Domingo Martínez

V I A J E   A   M A R R U E C O S: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

 

ROME REPORTS

 

 

 

Las familias del mundo en preparación a su encuentro mundial

 

Siguiendo con las catequesis que ha preparado el Pontificio Consejo Laicos, Familia y Vida, en preparación al encuentro mundial de las Familias, la tercera: el gran sueño de Dios “¿no sabías que yo debía estar en casa de mi padre?” (LC 2,49)

Ciudad del Vaticano

Que a nosotros, que ya creemos, en cualquier situación que se nos presente, el Esposo sea bello.  Hermoso por ser Dios, la Palabra con Dios; hermoso en el seno de la Virgen, donde no perdió su divinidad, y tomó la humanidad;  hermoso como la Palabra recién nacida;  porque aun siendo un infante sin palabras,  al mamar, al ser llevado en brazos,  los cielos hablaron,  los ángeles cantaron alabanzas, una estrella guió a los Magos,  fue adorado en el pesebre y manjar de los mansos.  Es, pues, hermoso en el cielo, hermoso en la tierra,  hermoso en el seno materno, hermoso en brazos de sus padres;  hermoso en sus milagros, hermoso en los azotes;  hermoso al invitar a la vida, hermoso no preocupándose de la muerte;  hermoso entregando su vida, hermoso al recuperarla;  hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro, hermoso en el cielo.

Escuchad este cántico para entenderlo,  y que la debilidad de la carne no aparte vuestros ojos  del esplendor de su hermosura.  La suprema y auténtica hermosura es la justicia;  a nadie verás ser hermoso si lo encuentras malvado;  si es totalmente justo, lo es también bello.  (S. Agustín, Comentarios a los Salmos, 44, 3) “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,49): estas son las únicas palabras que los Evangelios nos transmiten de Jesús a los doce años. Ninguna otra exclamación o afirmación o palabra de Él a esa edad. Ciertamente, nos encontramos ante una expresión bastante compleja que a primera vista nos haría percibir casi una falta de respeto de Jesús hacia José y María, como si estuviese sorprendido e indignado porque los Suyos deberían haber conocido la razón de su permanencia en el templo de Dios sin necesidad de avisarlos.

En realidad, detrás de estas palabras algo enigmáticas, se oculta el misterio de Su Filiación y el misterio de la filiación de todo hombre, porque cada hijo del hombre, antes incluso de ser tejido en las entrañas maternas, incluso antes de ser deseado por sus padres (y cuántas veces también indeseado porque llega cuando no había sido programado), siempre ha sido anhelado por el corazón de Dios. Así el Papa Francisco afirma con determinación: «Cada niño que se forma dentro de su madre es un proyecto eterno del Padre Dios y de su amor eterno: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jr 1,5). Cada niño está en el corazón de Dios desde siempre, y en el momento en que es concebido se cumple el sueño eterno del Creador. Pensemos cuánto vale ese embrión desde el instante en que es concebido. Hay que mirarlo con esos ojos de amor del Padre, que mira más allá de toda apariencia» (Al 168).

No sólo Jesús, como Hijo de Dios, está llamado a ocuparse de las cosas de su Padre, sino que cada hijo, ya que nunca es propiedad de sus padres, pertenece al Padre Celestial. El Padre, desde siempre, tiene para cada uno de sus hijos un sueño tan grande y sorprendente que supera con creces la imaginación y las expectativas de los padres terrenales. La pregunta fundamental, por lo tanto, es la siguiente: ¿Cuál es el sueño de Dios para todo hombre? ¿Qué es lo que sueña para que realmente cada uno de sus hijos pueda hacer que su vida sea grande y extraordinaria? Con asombrosa prontitud y profundidad, San Juan Pablo II responde a esta pregunta: «El hombre no puede vivir sin amor.

Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente» (Redemptor hominis 10). Se habla justamente de la revelación del amor, del encuentro con el amor, de la experiencia y también de la participación en el amor, para significar que más que un movimiento interior del alma o un acto de entrega personal, el amor revelado, encontrado, experimentado y compartido es una Persona concreta, es una Persona Viva, es Cristo mismo que «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et spes 22).

Dios no tiene ningún sueño de amor abstracto o idílico para cada uno de nosotros. En el Hijo, en Aquel que, ante el asombro de José y María, responde que Él ha de ocuparse de las cosas de su Padre, se nos revela el camino verdadero y concreto del amor. Y el amor tiene su propio lenguaje específico, su expresión original, su propia manera de hacerse carne. ¿Cuál? ¡El nupcial! Por eso el Papa Benedicto XVI afirma que sólo «el matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano» (Deus caritas est 11).

De hecho, existe un «vasto campo semántico de la palabra “amor”: se habla de amor a la patria, de amor por la profesión o el trabajo, de amor entre amigos, entre padres e hijos, entre hermanos y familiares, del amor al prójimo y del amor a Dios. Sin embargo, en toda esta multiplicidad de significados destaca, como arquetipo por excelencia, el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad que parece irresistible, en comparación del cual palidecen, a primera vista, todos los demás tipos de amor» (Deus caritas est 2). Es el amor nupcial entre el hombre y la mujer el que revela la excelencia del amor de Dios realizado en Cristo.

Es un lenguaje que esconde un verdadero Gran Misterio. Pensar que Dios ha asumido tal amor para revelar su corazón a la humanidad es afirmar solo una parte de la verdad del misterio. Ciertamente, leyendo toda la Escritura, especialmente los libros proféticos, vemos cuán a menudo Dios usa el lenguaje nupcial para expresar y revelar Su singular relación con el pueblo escogido de Israel. Sin embargo, antes de esto, no sólo cronológicamente, sino también y sobre todo teológicamente, en el misterio divino se oculta una verdad mucho más grande: Dios no asume el amor nupcial para revelarSe, sino que el amor nupcial ha sido desde siempre la revelación por excelencia del rostro de Dios. «La pareja que ama y genera la vida es la verdadera «escultura» viviente —no aquella de piedra u oro que el Decálogo prohíbe—, capaz de manifestar al Dios creador y salvador. […] Bajo esta luz, la relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el misterio de Dios, fundamental en la visión cristiana de la Trinidad que contempla en Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu de amor.

El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente. […] Este aspecto trinitario de la pareja tiene una nueva representación en la teología paulina» (Al 11). Cuando el Apóstol en la Epístola a los Efesios escribe: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.» (Ef 5,31-32), afirma que en la creación de Adán y Eva, al ser creados para formar una sola carne, Dios siempre ha pensado en el Gran Misterio refiriéndose a Cristo y a la Iglesia. Desde la fundación del mundo, antes incluso de modelar a Adán y sacar una costilla de su costado y revestirla de carne para crear a Eva, Dios miraba Su gran sueño, el Gran Misterio de Cristo y la Iglesia, revelado hoy a nosotros en el Hijo.

Por esta razón, el Papa Francisco afirma con convicción que «querer formar una familia es animarse a ser parte del sueño de Dios, es animarse a soñar con él, es animarse a construir con él, es animarse a jugarse con él esta historia de construir un mundo donde nadie se sienta solo» (Al 321). Este Gran Misterio no es un ideal o una verdad, sino un acontecimiento real con una forma concreta, la cruz, que nadie se hubiera esperado jamás y que, de una manera siempre nueva y creativa, está siendo constantemente reinterpretada en nuestra historia. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? «Los esposos son por tanto el recuerdo permanente para la Iglesia de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace partícipes» (Familiaris Consortio 13, retomada en Al 72).

Todas estas razones hacen vacilar ese difundido conocimiento del Sacramento del matrimonio, más bien superficial y distorsionado: no puede ser entendido y vivido como «una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso. El sacramento es un don para la santificación y la salvación de los esposos, porque “su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia” (Al 72). Puesto que estamos hablando del Gran Misterio del cual las palabras humanas nunca podrían expresar plenamente la profundidad, amplitud, altura y grandeza, el Papa Francisco escribe en un lenguaje más cercano que «el sacramento no es una «cosa» o una «fuerza», porque en realidad Cristo mismo «mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos (cf. Gaudium et spes, 48). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros».

El matrimonio cristiano es un signo que no sólo indica cuánto amó Cristo a su Iglesia en la Alianza sellada en la cruz, sino que hace presente ese amor en la comunión de los esposos» (Al 73). El mismo e idéntico amor de Cristo entregado en la cruz por la Iglesia es el mismo amor de los esposos y viceversa. De esta manera, se realiza una extraordinaria ecuación que nos hace temblar tan solo de pensarlo. Los esposos, en virtud de la gracia del Sacramento del matrimonio, se aman divinamente, se aman desde Dios. ¿Dónde ha alcanzado Dios el culmen de su amor? «Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 13,18). Los esposos realizan y muestran al mundo entero la locura de tal amor divino.

Como afirma el Papa Francisco, «toda la vida en común de los esposos, toda la red de relaciones que tejerán entre sí, con sus hijos y con el mundo, estará impregnada y fortalecida por la gracia del sacramento que brota del misterio de la Encarnación y de la Pascua, donde Dios expresó todo su amor por la humanidad y se unió íntimamente a ella. Nunca estarán solos con sus propias fuerzas para enfrentar los desafíos que se presenten. Ellos están llamados a responder al don de Dios con su empeño, su creatividad, su resistencia y su lucha cotidiana, pero siempre podrán invocar al Espíritu Santo que ha consagrado su unión, para que la gracia recibida se manifieste nuevamente en cada nueva situación» (Al 74).

Ciertamente, su amor es un «signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia» (Al 72), y «la analogía entre la pareja marido-mujer y Cristo-Iglesia es una analogía imperfecta» (Al 73), porque el matrimonio, incluso el más exitoso, el más logrado y el más santo, no puede y no debe ser nunca el cumplimiento de una persona. La causa de tantos sufrimientos familiares es justamente esta: la creencia generalizada y común de que el propio matrimonio es el logro del objetivo final tan anhelado. No es el amor nupcial con el propio cónyuge lo que nos hace realizar la felicidad humana, ya que no existe un cónyuge que no tenga límites, debilidades o fragilidades y, por lo tanto, no puede responder a las grandes expectativas de amor que una persona puede tener.

El matrimonio nunca es el fin, pero «en las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero» (Al 73). Por lo tanto, los esposos no están destinados al matrimonio terrenal, sino al matrimonio eterno: las bodas de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa. Al perder esta orientación fundamental, la misma alianza matrimonial pierde su sentido y su solidez. Es lo eterno lo que da verdadero gusto y sabor a lo humano, pero sin esta referencia todo se vuelve insípido y pierde su rumbo, provocando crisis conyugales y familiares generalizadas de las que no se salva nadie. El matrimonio es sólo el aperitivo de la felicidad, pero no la felicidad en sí misma. ¿Deseas la felicidad? No te esfuerces en construir una morada eterna en el matrimonio para encontrarla.

El matrimonio es la verdadera puerta de entrada al sendero que conduce a la alegría plena, pero detenerse en la puerta equivale a arriesgarse a no participar nunca en el banquete de las bodas eternas. Por lo tanto, se necesita urgentemente una verdadera proclamación del Evangelio de Jesucristo a las familias, mostrando cómo «en la encarnación, él asume el amor humano, lo purifica, lo lleva a plenitud, y dona a los esposos, con su Espíritu, la capacidad de vivirlo, impregnando toda su vida de fe, esperanza y caridad. De este modo, los esposos son consagrados y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen una iglesia doméstica» (Al 67). Aquí no se trata de cuidar la dimensión religiosa o espiritual de las familias, sino de hacerles experimentar la extraordinaria obra redentora que Cristo realiza en nuestra humanidad: sin Él el amor humano nunca sería él mismo y perdería su belleza original. La comunidad eclesial, por lo tanto, debe necesariamente emplear todas sus energías en las familias, porque si es verdad que «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia» (Al 31), del mismo modo «la Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino» (Al 67). El Gran Misterio de Cristo y de la Iglesia está en juego en la familia. En otras palabras, salvando a la familia no sólo la Iglesia llega a ser ella misma, sino que Dios muestra Su Rostro al mundo en la carne humana de las relaciones familiares, cumpliendo así su gran sueño para la humanidad.

 

En Familia

Reflexionemos 1. El Gran Sueño que Dios tiene para el hombre ¿tiene alguna relación con el sueño que el hombre tiene para sí mismo?

2. El matrimonio no es la felicidad, sino sólo el aperitivo de la felicidad. ¿Qué consecuencias prácticas tiene esta afirmación en la vida conyugal y familiar?

Vivamos 1. «Toda la vida en común de los esposos, toda la red de relaciones que tejerán entre sí, con sus hijos y con el mundo, estará impregnada y fortalecida por la gracia del sacramento que brota del misterio de la Encarnación y de la Pascua, donde Dios expresó todo su amor por la humanidad y se unió íntimamente a ella. Nunca estarán solos con sus propias fuerzas para enfrentar los desafíos que se presenten. Ellos están llamados a responder al don de Dios con su empeño, su creatividad, su resistencia y su lucha cotidiana, pero siempre podrán invocar al Espíritu Santo que ha consagrado su unión, para que la gracia recibida se manifieste nuevamente en cada nueva situación» (Al 74). ¿Cómo actúa el Espíritu Santo en vuestra vida conyugal y familiar?  2. Amar de Dios. Amarse a lo divino. Amarse a sí mismo como Cristo amó a la Iglesia dando Su vida en la Cruz. ¿Cómo se puede realizar todo esto?.

En Iglesia

Reflexionemos 1. ¿Por qué a la proclamación del Evangelio del matrimonio y de la familia le cuesta hacerse camino en la pastoral de la Iglesia? 2.  En la familia está en juego el Gran Misterio de Cristo y de la Iglesia. ¿Qué significa esto?

Vivamos 1. «La Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino» (Al 67). ¿Cómo es posible realizar todo esto? 2. Si verdaderamente «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia» (Al 31), ¿cómo tendría que moverse la pastoral de la Iglesia?

Clica para tener más información

 

 

MATRIMONIO Y VIRGINIDAD

— El matrimonio, camino vocacional, Dignidad, unidad, indisolubilidad.

— La fecundidad de la virginidad y del celibato apostólico.

— La santa pureza, defensora del amor humano y del divino.

I. El Evangelio de la Misa1 nos presenta a unos fariseos que se acercaron a Jesús para hacerle una pregunta con ánimo de tentarle: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo? Era una cuestión que dividía a las diferentes escuelas de interpretación de la Escritura. El divorcio era comúnmente admitido; la cuestión que plantean aquí a Jesús se refiere a la casuística sobre los motivos. Pero el Señor se sirve de esta pregunta banal para entrar en el problema de fondo: la indisolubilidad. Cristo, Señor absoluto de toda legislación, restaura el matrimonio a su esencia y dignidad originales, tal como fue concebido por Dios: ¿No habéis leído -les contesta Jesús- que al principio el Creador los hizo varón y hembra, y que dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre (...).

El Señor proclamó para siempre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio por encima de cualquier consideración humana. Existen muchas razones en favor de la indisolubilidad del vínculo matrimonial: la misma naturaleza del amor conyugal, el bien de los hijos, el bien de la sociedad... Pero la raíz honda de la indisolubilidad matrimonial está en la misma voluntad del Creador, que así lo hizo: uno e indisoluble. Es tan fuerte este vínculo que se contrae, que solo la muerte puede romperlo. Con esta imagen gráfica lo explica San Francisco de Sales: «Cuando se pegan dos trozos de madera de abeto formando ensambladura, si la cola es fina, la unión llega a ser tan sólida, que las piezas se romperán por otra parte, pero nunca por el sitio de la juntura»2; así el matrimonio.

Para sacar adelante esa empresa es necesaria la vocación matrimonial, que es un don de Dios3, de tal forma que la vida familiar y los deberes conyugales, la educación de los hijos, el empeño por sacar adelante y mejorar económicamente a la familia, son situaciones que los esposos deben sobrenaturalizar4, viviendo a través de ellas una vida de entrega a Dios; han de tener la persuasión de que Dios provee su asistencia para que puedan cumplir adecuadamente los deberes del estado matrimonial, en el que se han de santificar.

Por la fe y la enseñanza de la Iglesia, los cristianos tenemos un conocimiento más hondo y perfecto de lo que es el matrimonio, de la importancia que tiene la familia para cada hombre, para la Iglesia y para la sociedad. De aquí nuestra responsabilidad en estos momentos en los que los ataques a esta institución humana y divina no cesan en ningún frente: a través de revistas, de escándalos llamativos a los que se da una especial publicidad, de seriales de televisión que alcanzan a un gran público que poco a poco va deformando su conciencia... Al dar la doctrina verdadera –la de la ley natural, iluminada por la fe– estamos haciendo un gran bien a toda la sociedad.

Pensemos hoy en nuestra oración si defendemos la familia –especialmente a los miembros más débiles, a los que pueden sufrir más daño– de esas agresiones externas, y si nos esmeramos en vivir delicadamente esas virtudes que son ayuda para todos: el respeto mutuo, el espíritu de servicio, la amabilidad, la comprensión, el optimismo, la alegría que supera los estados de ánimo, las atenciones para con todos pero especialmente para el más necesitado...

II. La doctrina del Señor acerca de la indisolubilidad y dignidad del matrimonio resultó tan chocante a los oídos de todos que hasta sus mismos discípulos le dijeron: Si tal es la condición del hombre respecto a su mujer, no trae cuenta casarse. Y Jesús proclamó a continuación el valor del celibato y de la virginidad por amor al Reino de los Cielos, la entrega plena a Dios, indiviso corde5, sin la mediación del amor conyugal, que es uno de los dones más preciados de la Iglesia.

Quienes han recibido la llamada a servir a Dios en el matrimonio, se santifican precisamente en el cumplimiento abnegado y fiel de los deberes conyugales, que para ellos se hace camino cierto de unión con Dios. Los que han recibido la vocación al celibato apostólico encuentran en la entrega total a Dios, y a los demás por Dios, la gracia para vivir felices y alcanzar la santidad en medio de sus quehaceres temporales, si allí los buscó y los dejó el Señor: ciudadanos corrientes, con una vocación profesional definida, entregados a Dios y al apostolado, sin límites y sin condicionamientos. Es una llamada en la que Dios muestra una particular predilección y para la que da unas ayudas muy determinadas. La Iglesia crece así en santidad con la fidelidad de los cristianos, respondiendo a la llamada peculiar que el Señor hizo a cada uno. Entre estas «sobresale el don precioso de la gracia divina, que el Padre concede a algunos (Mt 19, 11; 1 Cor 7, 7) para que con mayor facilidad se puedan entregar solo a Dios en la virginidad o en el celibato»6. Esta plena entrega a Dios «siempre ha tenido un lugar de honor en la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como manantial peculiar de espiritual fecundidad en el mundo»7.

La virginidad y el matrimonio son necesarios para el crecimiento de la Iglesia, y ambos suponen una vocación específica de parte del Señor. La virginidad y el celibato no solo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad «son dos modos de expresar y de vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo»8. Y si no se estima la virginidad, no se comprende con toda hondura la dignidad matrimonial; también «cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor dado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los Cielos»9. «Quien condena el matrimonio –decía ya San Juan Crisóstomo–, priva también a la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa»10.

El amor vivido en la virginidad o en un celibato apostólico es el gozo de los hijos de Dios, porque les posibilita de un modo nuevo ver al Señor en este mundo, contemplar Su rostro a través de las criaturas. Es para los cristianos y para los no creyentes un signo luminoso de la pureza de la Iglesia. Lleva consigo una particular juventud interior y una eficacia gozosa en el apostolado. «Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la familia según el designio de Dios.

»Los esposos cristianos tienen, pues, el derecho de esperar de las personas vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a su vocación hasta la muerte. Así como para los esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige sacrificio, mortificación y renuncia de sí, así también puede ocurrir a las personas vírgenes. La fidelidad de estas incluso ante eventuales pruebas, debe edificar la fidelidad de aquellos»11.

Dios, dice San Ambrosio, «amó tanto a esta virtud, que no quiso venir al mundo sino acompañado de ella, naciendo de Madre virgen»12. Pidamos con frecuencia a Santa María que haya siempre en el mundo personas que respondan a esta llamada concreta del Señor; que sepan ser generosas para entregar al Señor un amor que no comparten con nadie, y que les posibilita el darse sin medida a los demás.

III. Para llevar a cabo la propia vocación es necesario vivir la santa pureza, de acuerdo con las exigencias del propio estado. Dios da las gracias necesarias a quienes han sido llamados en el matrimonio y a quienes les ha pedido el corazón entero, para que sean fieles y vivan esta virtud, que no es la principal, pero sí es indispensable para entrar en la intimidad de Dios. Puede ocurrir que, en algunos ambientes, esta virtud no esté de moda, y que vivirla con todas sus consecuencias sea, a los ojos de muchos, algo incomprensible o utópico. También los primeros cristianos hubieron de hacer frente a un ambiente hostil y agresivo en este y en otros campos.

Después, los pastores de la Iglesia se vieron obligados a pronunciar palabras como estas de San Juan Crisóstomo, que parecen dirigidas a muchos cristianos de nuestros días: «¿Qué quieres que hagamos? ¿Subirnos al monte y hacernos monjes? Y eso que decís es lo que me hace llorar: que penséis que la modestia y la castidad son propias de los monjes. No. Cristo puso leyes comunes para todos. Y así, cuando dijo: el que mira a una mujer para desearla (Mt 5, 28), no hablaba con el monje, sino con el hombre de la calle (...). Yo no te prohíbo casarte, ni me opongo a que te diviertas. Solo quiero que se haga con templanza, no con impudor, no con culpas y pecados sin cuento. No pongo por ley que os vayáis a los montes y desiertos, sino que seáis buenos, modestos y castos aun viviendo en medio de las ciudades»13.

¡Qué bien tan grande podemos realizar en el mundo viviendo delicadamente esta santa virtud! Llevaremos a todos los lugares que habitualmente frecuentamos nuestro propio ambiente, con el bonus odor Christi14, el buen aroma de Cristo, que es propio del alma recia que vive la castidad.

A esta virtud acompañan otras, que apenas llaman la atención pero que marcan un modo de comportamiento siempre atractivo. Así son, por ejemplo, los detalles de modestia y de pudor en el vestir, en el aseo, en el deporte; la negativa, clara y sin paliativos, a participar en conversaciones que desdicen de un cristiano y de cualquier persona de bien, el rechazo de espectáculos inmorales, un planteamiento de las vacaciones que evita la ociosidad y el deterioro moral...; y, sobre todo, el ejemplo alegre de la propia vida, el optimismo ante los acontecimientos, el deseo de vivir...

Esta virtud, tan importante en todo apostolado en medio del mundo, es guardiana del Amor, del que a la vez se nutre y en el que encuentra su sentido; protege y defiende tanto el amor divino como el humano. Y si el amor se apaga sería muy difícil, quizá imposible, vivirla, al menos en su verdadera plenitud y juventud.

1 Mt 19, 3-12. — 2 San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, 3, 38. — 3 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 11. — 4 Cfr. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 23. — 5 1 Cor 7, 33. — 6 Conc. Vat. II, loc. cit., 42. — 7 Ibídem. — 8 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, 16. — 9 Ibídem. — 10 San Juan Crisóstomo, Tratado sobre la virginidad, 10. — 11 Juan Pablo II, loc. cit. — 12 San Ambrosio, Tratado sobre las vírgenes. 1. — 13 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 7, 7. — 14 2 Cor 2, 15.

 

 

“No dialogues con la tentación”

Chapoteas en las tentaciones, te pones en peligro, juegas con la vista y con la imaginación, charlas de... estupideces. –Y luego te asustas de que te asalten dudas, escrúpulos, confusiones, tristeza y desaliento. –Has de concederme que eres poco consecuente. (Surco, 132)

Hemos de fomentar en nuestras almas un verdadero horror al pecado. ¡Señor –repítelo con corazón contrito–, que no te ofenda más!
Pero no te asustes al notar el lastre del pobre cuerpo y de las humanas pasiones: sería tonto e ingenuamente pueril que te enterases ahora de que "eso" existe. Tu miseria no es obstáculo, sino acicate para que te unas más a Dios, para que le busques con constancia, porque El nos purifica. (Surco, 134)
No dialogues con la tentación. Déjame que te lo repita: ten la valentía de huir; y la reciedumbre de no manosear tu debilidad, pensando hasta dónde podrías llegar. ¡Corta, sin concesiones! (Surco, 137)
No tienes excusa ninguna. La culpa es sólo tuya. Si sabes –te conoces lo suficiente– que, por ese sendero –con esas lecturas, con esa compañía,...–, puedes acabar en el precipicio, ¿por qué te obstinas en pensar que quizá es un atajo que facilita tu formación o que madura tu personalidad?
Cambia radicalmente tu plan, aunque te suponga más esfuerzo, menos diversiones al alcance de la mano. Ya es hora de que te comportes como una persona responsable. (Surco, 138)

 

 

«Dale gracias por todo, porque todo es bueno»

Agradecer, ante lo bueno y ante lo malo, es saberse siempre querido por Dios: gracias por estar aquí a mi lado; gracias porque esto te importa.

Vida espiritual 02/04/2018

Opus Dei - «Dale gracias por todo, porque todo es bueno»

Acertar con la propia vida: dar con lo esencial, apreciar lo que vale, ver venir lo malo, dejar pasar lo irrelevante. «Si la riqueza es un bien deseable en la vida, ¿hay mayor riqueza que la sabiduría, que lo realiza todo?» (Sb 8,5). La sabiduría no tiene precio: todos la querrían para sí. Es un saber que no tiene que ver con las letras, sino con el sabor, con la capacidad de percibir cómo sabe el bien. Lo expresa de modo certero el término sapientia, traducción del griego sophia en los libros sapienciales. En su significado originario, sapientia denota buen gusto, buen olfato. El sabio tiene un paladar para saborear lo bueno. Da nobis recta sapere, le pedimos a Dios, con una antigua oración[1]: haz que saboreemos lo bueno.

«Cuando pasen treinta años, echaréis la mirada atrás y os pasmaréis. Y no tendréis más que acabar la vida agradeciendo, agradeciendo…» (San Josemaría)

La Escritura presenta esta sabiduría como un conocimiento natural, que brota con facilidad: «la ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran. Se adelanta en manifestarse a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta» (Sb 6,12-14).Sin embargo, para adquirir esta connaturalidad es necesario buscarla, desearla, madrugar por ella. Con paciencia, con la insistencia del salmo: «Oh, Dios, Tú eres mi Dios, al alba te busco, / mi alma tiene sed de Ti; / por Ti mi carne desfallece, / en tierra desierta y seca, sin agua» (Sal 63,2). Y esta búsqueda es la tarea de una vida. Por eso, la sabiduría va llegando también con los años. La sabiduría, lo ha dicho el Papa tantas veces, haciéndose eco del Sirácide (cfr. Si 8,9), es lo más propio de los ancianos: ellos son «la reserva de sabiduría de nuestro pueblo»[2]. Es cierto que la edad también puede traer consigo inconvenientes como el arraigo de algunos defectos del carácter, cierta resistencia a aceptar las propias limitaciones, o dificultades para comprender a los jóvenes. Pero, por encima de todo eso, suele brillar la capacidad de apreciar, de saborear, lo verdaderamente importante. Y eso es, a fin de cuentas, la verdadera sabiduría.

A este saber se refería san Josemaría en una ocasión, hablando a un grupo de fieles de la Obra: «Cuando pasen treinta años, echaréis la mirada atrás y os pasmaréis. Y no tendréis más que acabar la vida agradeciendo, agradeciendo…»[3] A la vuelta de los años quedan, sobre todo, motivos de agradecimiento. Se desdibujan los contornos afilados de problemas y dificultades que quizá en su momento nos agitaron fuertemente, y se pasa a verlos con otros ojos, incluso con cierto humor. Se adquiere la perspectiva para ver cómo Dios le ha ido llevando a uno, cómo ha ido dando la vuelta a sus errores, cómo se ha servido de sus esfuerzos… Quienes convivían con el beato Álvaro recuerdan la frecuencia y la sencillez con que decía: «gracias a Dios». Esa convicción de que uno no tiene más que agradecer recoge, pues, un elemento esencial de la verdadera sabiduría. La que Dios va haciendo crecer en el alma de quienes le buscan, y que pueden decir, incluso antes de llegar a la vejez: «Tengo más discernimiento que los ancianos, porque guardo tus mandatos» (Sal 119,100).

 

Todo es bueno

Desde las estrecheces y angustias de su escondrijo en la Legación de Honduras, san Josemaría escribía en 1937 a los fieles de la Obra que estaban desperdigados por Madrid: «Mucho ánimo, ¿eh? Procurad que todos estén contentos: todo es para bien: todo es bueno»[4]. La misma tónica tiene otra carta, escrita al cabo de un mes, a los que estaban en Valencia: «Que os animéis. Que os alegréis, si, naturalmente, os habéis entristecido. Todo es para bien»[5].

«Las misericordias de Dios nos acompañan día a día. Basta tener el corazón vigilante para poderlas percibir» (Benedicto XVI)

Todo es bueno, todo es para bien. En estas palabras se transparentan dos textos de la Escritura. De un lado, el crescendo de alegría de Dios durante la creación, que desemboca en la conclusión de que «todo lo que había hecho (…) era muy bueno» (Gn 1,31). Del otro, aquella máxima de san Pablo ―«todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28)― que san Josemaría condensaba en una exclamación: «omnia in bonum!» Años antes, en la Navidad de 1931, esas dos fibras de la Escritura se entretejían en una anotación que daría lugar más tarde a un punto de Camino. Todo es bueno, todo es para bien. El reconocimiento por las cosas buenas y la esperanza de que Dios sabrá sacar un bien de lo que parece malo:

Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. ―Porque te da esto y lo otro. ―Porque te han despreciado. ―Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.

Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. ―Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. ―Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso...

Dale gracias por todo, porque todo es bueno[6].

Como se puede observar a simple vista, la secuencia de los motivos de agradecimiento no sigue un orden particular: si todo es bueno, lo es la primera cosa que se nos presenta, y la siguiente, y la otra… todas son motivos de agradecimiento. «Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta». Mira adonde quieras, parece decirnos san Josemaría: no encontrarás más que motivos de agradecimiento. Se refleja en estas líneas, en fin, una admiración que se desborda ante la bondad de Dios; un asombro que recuerda el cántico de las criaturas de san Francisco, en el que también todo es motivo de agradecimiento: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas (...). Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento y por el aire, y la nube y el cielo sereno, y todo tiempo, por todos ellos a tus criaturas das sustento (...). Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor»[7].

«Porque te da esto y lo otro». Cuántas cosas nos da Dios, y qué fácilmente nos acostumbramos a ellas. La salud, a la que se ha llamado «el silencio de los órganos», es quizá un ejemplo paradigmático: suele suceder que la damos por descontado hasta que el cuerpo empieza a hacerse notar; y quizá solo entonces valoramos, por su ausencia, lo que teníamos. El agradecimiento consiste aquí, en parte, en adelantarse; en afinar el oído para percibir el silencio, la discreción con la que Dios nos da tantas cosas. «Las misericordias de Dios nos acompañan día a día. Basta tener el corazón vigilante para poderlas percibir. Somos muy propensos a notar solo la fatiga diaria (…). Pero si abrimos nuestro corazón, entonces, aunque estemos sumergidos en ella, podemos constatar continuamente qué bueno es Dios con nosotros; cómo piensa en nosotros precisamente en las pequeñas cosas, ayudándonos así a alcanzar las grandes»[8].

Agradecer a Dios es disfrutar con Él de las cosas buenas que nos da, porque en compañía de las personas queridas siempre se disfruta más

Sería empequeñecer este agradecimiento pensar que se trata simplemente de la respuesta a una deuda de gratitud. Es mucho más: precisamente porque consiste en saborear lo bueno, agradecer a Dios es disfrutar con Él de las cosas buenas que nos da, porque en compañía de las personas queridas siempre se disfruta más. Hasta lo más prosaico puede ser entonces motivo para pasarlo bien; para no tomarse demasiado en serio; para descubrir la alegría de vivir «en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: «Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien (…) No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás de estas palabras!»[9]

 

Todo es para bien

Acordarse de agradecer las cosas buenas que Dios nos da es ya en sí mismo un reto. ¿Qué decir de las cosas menos agradables? «Porque te han despreciado»: porque te han tratado con frialdad, con indiferencia; porque te han humillado; porque no han valorado tus esfuerzos... «Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes». Es cuando menos sorprendente la tranquilidad con la que tener y no tener aparecen aquí bajo el mismo signo. ¿Realmente es posible agradecer a Dios la falta de salud, trabajo, tranquilidad? Dar gracias porque te falta tiempo ―cuántas veces eso nos hace sufrir―; porque te faltan los ánimos, las fuerzas, las ideas; porque esto o aquello te ha salido mal… Pues sí: también entonces, nos dice san Josemaría, dale gracias a Dios.

Esta actitud nos devuelve a las contradicciones que san Josemaría atravesaba cuando escribía esas cartas desde la legación de Honduras, y al contexto de sufrimiento del que surgió la anotación que está en el origen de este punto de Camino[10]. La invitación a agradecer lo malo, que aparece de un modo más explícito páginas adelante, tiene su origen en una anotación de cinco días antes: «Paradojas de un alma pequeña. ―Cuando Jesús te envíe sucesos que el mundo llama buenos, llora en tu corazón, considerando la bondad de Él y la malicia tuya: cuando Jesús te envíe sucesos que la gente califica de malos, alégrate en tu corazón, porque Él te da siempre lo que conviene y entonces es la hermosa hora de querer la Cruz»[11].

A pesar de su cercanía en el tiempo, esta consideración se sitúa en el marco de otro capítulo de Camino, uno de los dos que versan sobre la infancia espiritual. Sale así a la luz una clave desde la que se puede comprender el clima espiritual de esa disposición a dar gracias a Dios «por todo, porque todo es bueno». Si el agradecimiento es un signo de la sabiduría que acompaña a la edad y a la cercanía con Dios, solo surge donde hay una actitud de «abandono esperanzado»[12] en las manos de Dios; una actitud que san Josemaría descubrió por la vía de la infancia espiritual: «¿Has presenciado el agradecimiento de los niños? —Imítalos diciendo, como ellos, a Jesús, ante lo favorable y ante lo adverso: «¡Qué bueno eres! ¡Qué bueno!...»[13]

Agradecer lo malo no es, desde luego, algo que surja espontáneamente. De hecho, al principio puede parecer incluso algo teatral o incluso ingenuo: como si negáramos la realidad, como si buscáramos consolación en… un cuento para niños. Sin embargo, agradecer en esas situaciones no es dejar de ver, sino ver más allá. Nos resistimos a agradecer porque percibimos la pérdida, la contrariedad, el desgarro. Nuestra mirada está todavía muy pegada a la tierra, como sucede al niño a quien le parece que se hunde el mundo porque se le ha roto un juguete, porque se ha tropezado, o porque querría seguir jugando. En el momento es un pequeño drama, pero al rato seguramente se le pasa. «En la vida interior, nos conviene a todos ser (…) como esos pequeñines, que parecen de goma, que disfrutan hasta con sus trastazos porque enseguida se ponen de pie y continúan sus correteos; y porque tampoco les falta ―cuando resulta preciso― el consuelo de sus padres»[14].

Agradecer lo malo no es dejar de ver, sino ver más allá

El agradecimiento del que nos habla san Josemaría no es una especie de manto que cubre lo desagradable, como por arte de magia, sino un gesto por el que levantamos la mirada a nuestro Padre Dios, que nos sonríe. Se abre paso así a la confianza, un abandono que pone en un segundo plano la contrariedad, aunque nos siga pesando. Agradecer cuando algo nos duele significa aceptar: «La mejor manera de expresar gratitud a Dios y a las personas es aceptarlo todo con alegría»[15]. Seguramente lo primero que sale no es un grito de alegría; quizá todo lo contrario. Aun así, aunque el alma se rebele, agradecer: «Señor, no es posible… no puede ser… pero gracias»; aceptar: «yo querría tener más tiempo, más fuerzas… yo querría que esta persona me tratara mejor… yo querría no tener esta dificultad, este defecto. Pero Tú sabes más». Pediremos a Dios que arregle las cosas como nos parece que deberían ser, pero desde la serenidad de que Él sabe lo que hace, y de que saca bienes de donde quizá solo vemos males.

Agradecer lo malo, siempre con palabras de la misma temporada del «gracias por todo», supone «creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños»[16]. Más allá de la forma particular que tome ese abandono en la vida interior de cada uno, esta actitud delinea la convicción de que ante Dios somos muy pequeños, y que así son nuestras cosas. Y, a pesar de eso, a Dios le importan, y más que a nadie en el mundo. De ahí surge en realidad el agradecimiento de saberse querido: gracias por estar aquí a mi lado; gracias porque esto te importa. En medio de la aparente lejanía de Dios, percibimos entonces su cercanía: le contemplamos en medio de la vida ordinaria, porque los problemas forman parte de la vida ordinaria. Bajo las cuerdas de la adversidad, surge así el motivo más profundo por el que agradecemos lo bueno y lo malo: gracias, porque encuentro el Amor por todas partes. El verdadero motivo de acción de gracias, la raíz misma de la acción de gracias, es que Dios me quiere, y que todo en mi vida son ocasiones de amar y de saberme amado.

En el sufrimiento por lo que nos falta, por la frialdad, las carencias, las consecuencias de nuestros errores… se esconden, pues, oportunidades para recordar, para despertarnos al Amor de Dios. Caemos en la cuenta de que, aunque nos cueste renunciar a algo, aunque nos cueste aceptar el dolor o la limitación, ¿qué es lo que nos quita eso, después de todo, si tenemos el Amor de Dios? «¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada?» (Rm 8,35).

«La mejor manera de expresar gratitud a Dios y a las personas es aceptarlo todo con alegría» (Santa Teresa de Calcuta)

Resulta posible, así, dar «gracias por todo, porque todo es bueno». La locura cristiana de agradecerlo todo tiene su origen en la filiación divina. Quien se ha dado cuenta de que tiene un Padre que le quiere no necesita, en realidad, nada más. A un Padre bueno, sobre todo, se le agradece. Así es el amor de Jesús por su Padre: Jesús es todo Él agradecimiento, porque lo ha recibido todo de su Padre. Y ser cristiano es entrar en ese amor, en ese agradecimiento: Te doy gracias, Padre, porque siempre me escuchas (cfr. Jn 11,41-42).

 

No te olvides de agradecer

«Bendice, alma mía, al Señor, no olvides ninguno de sus beneficios» (Sal 103,2). En la Escritura, Dios nos invita con frecuencia a recordar, porque sabe que vivimos habitualmente en el olvido, como los niños que andan con sus juegos y no se acuerdan de su padre. Dios lo sabe, y lo comprende. Pero nos atrae suavemente a sus brazos, y nos susurra de mil modos: recuerda. Agradecer es también, pues, una cuestión de memoria. Por eso el Papa habla con frecuencia de «memoria agradecida»[17].

La disposición a agradecer lo que nos contraría, asombrosa como pueda ser, facilita de hecho acordarse de dar gracias a Dios ante las cosas agradables. Por lo demás, la vida de cada día nos brinda muchas ocasiones para hacer memoria: detenerse un instante a bendecir la mesa, a agradecer que Dios nos da algo que llevarnos a la boca; dedicar un tiempo de la acción de gracias de la Misa o de nuestra oración personal a darle gracias por las cosas ordinarias de la vida, para descubrir lo que tienen de extraordinario: un trabajo, un techo, personas que nos quieren; agradecer las alegrías de los demás; ver un don de Dios, y otro, y otro, en las personas que nos prestan un servicio... También hay momentos en que la vida nos sale al encuentro con una chispa de belleza: la luz de un atardecer, una atención inesperada hacia nosotros, una sorpresa agradable… Son ocasiones para ver, entre las fibras a veces un poco grises de la vida diaria, el color del Amor de Dios.

Desde muy antiguo, las culturas del mundo han visto en el avance del día hacia la noche una imagen de la vida. La vida es como un día, y un día es como la vida. Por eso, si el agradecimiento es propio de la sabiduría de quien ha vivido mucho, qué bueno es acabar el día agradeciendo. Al detenerse en la presencia de Dios a sopesar la jornada, Dios agradecerá que le agradezcamos tantas cosas, «etiam ignotis»[18]: también las que desconocemos; e incluso que le pidamos perdón, con confianza de hijos, por no haber agradecido suficiente.

Carlos Ayxelà


[1] Oración «Veni Sancte Spiritus», recogida en Misal Romano, Misa votiva del Espíritu Santo (A), oración colecta.

[2] Francisco, Audiencia, 4-III-2015.

[3] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 21-I-1955, citado en Crónica, VII-55, p. 28 (AGP, biblioteca, P01).

[4] San Josemaría, Carta, 17-V-1937, citada en Camino, ed. crítico-histórica, comentario al n. 268.

[5] San Josemaría, Carta, 15-VI-1937; citada en Ibid.

[6] San Josemaría, Camino, n. 268. La anotación original corresponde al 28 de diciembre de 1931.

[7] San Francisco de Asís, Cántico de las criaturas, en Fonti Francescane, n. 263.

[8] Benedicto XVI, Homilía, 15-IV-2007.

[9] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24-XI-2013, n. 4.

[10] Cf. Camino, edición crítico-histórica, comentario a los nn. 267 y 268.

[11] Camino, n. 873. La anotación original es del 23 de diciembre de 1931.

[12] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[13] Camino, n. 894. El texto parte también de una anotación del 23 de diciembre de 1931.

[14] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 146.

[15] Santa Teresa de Calcuta, El amor más grande, Urano, Barcelona 1997, p. 51.

[16] Santo Rosario, Al lector. Este texto pertenece al manuscrito original que san Josemaría redactó «de un tirón» durante la novena a la Inmaculada de 1931; cfr. edición crítico-histórica, facsímiles y fotografías, n. 4.

[17] Cfr. p. ej. Francisco, Evangelii gaudium, n. 13; Homilía, 18-VI-2017; Homilía, 12-XII-2017.

[18] San Josemaría, “En las manos de Dios” (2-X-1971), En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, 2017, p. 307.

 

 

¿Cómo hacer que el amor llene la vida familiar?

Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.

¿Quieres un secreto para ser feliz?: darse y servir a los demás, sin esperar que te lo agradezcan

La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.

Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría... ¿Quieres un secreto para ser feliz?: darse y servir a los demás, sin esperar que te lo agradezcan.

2. ¿Cómo ser buen padre y buena madre?

Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean —lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones— que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta

Para mí, no existe ejemplo más claro de la unión práctica de la justicia con la caridad, que el comportamiento de las madres. Aman con idéntico cariño a todos sus hijos, y precisamente ese amor les impulsa a tratarlos de modo distinto —con una justicia desigual—, ya que cada uno es diverso de los otros.

Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.

 

 

La pena de muerte y la dignidad de la persona

Posted: 14 Aug 2018 05:35 PM PDT

https://3.bp.blogspot.com/-hjiaEpylyjI/W2cRtmKm1JI/AAAAAAAACRI/J_dP8W8FgMQZrUs-r7B-YoAVC6JXf9X9ACLcBGAs/s200/Pena%2Bde%2Bmuerte-cartel.jpg

 

Cartel de la película "Pena de muerte" (Dead Man Walking, T. Robbins, 1995)

 

"Durante años, los críticos han pedido más películas que se ocupen del lado espiritual de la vida. 
Dudo si Dead Man Walking era lo que estaban pensando,
pero así es exactamente como se ve y se siente esta película".
(Roger Ebert, 12-I-1996)

«La Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que “la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona”». Esta afirmación puede leerse en la nueva redacción del Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2267), hecha pública en estos días.

Dentro de un texto más amplio, esta nueva redacción viene acompañada también en estos días por una Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe y por un artículo de Mons. Rino Fisichella en el Osservatore Romano.

Se trata de un fruto del desarrollo doctrinal que ha tenido lugar en las últimas décadas referente a la conciencia de la dignidad fundamental de la persona humana, por ser creada a imagen de Dios; y en consecuencia, una profundización sobre el respeto que se debe a toda vida humana.

Las últimas etapas de un camino

Concretamente, san Juan Pablo II sostuvo en 1999 que, en esta renovada perspectiva, la pena de muerte equivale a negar la dignidad humana y priva de la posibilidad de redención o enmienda; por eso es una pena «cruel e innecesaria». En esta línea se pronuncia ahora el Magisterio.

Durante mucho tiempo la pena de muerte se admitió sobre la base de la tutela o de la legítima defensa de la sociedad. En su primera edición de 1992, el Catecismo de la Iglesia Católica contemplaba la pena de muerte en el marco de las «penas proporcionadas» a la extrema gravedad de ciertos delitos. A la vez, limitaba el recurso a la pena de muerte a los casos en que no basten los medios incruentos para defender las vidas humanas contra el agresor, «porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana».

En su edición típica u oficial de 1997, el Catecismo avanzaba en este argumento poniendo la condición de que fuera «el único camino posible». Añadía que hoy día el Estado tiene más posibilidades para perseguir eficazmente el crimen, sin necesidad de privar al criminal de la posibilidad de redimirse; por lo que los casos en que sea necesario aplicar la pena de muerte, si se dan, esto ocurre rara vez.

Ahora asistimos a un paso más en el desarrollo doctrinal sobre esta cuestión, hasta declarar que hoy la Iglesia considera que la pena de muerte es contraria a la dignidad humana y, por tanto, inadmisible.

Contraria a la dignidad humana

La Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe señala los tres importantes argumentos en los que se apoya la nueva redacción del Catecismo en ese punto: 1) la dignidad humana fundamental, precisamente por vincularse a la imagen de Dios que el hombre posee en su ser, «no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves»; 2) las sanciones penales «deben estar orientadas ante todo a la rehabilitación y reinserción social del criminal»; 3) «se han llevado a cabo sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos».

Concluye ahora el Catecismo: respecto a la pena de muerte: «la Iglesia (…) se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo».

Dignidad fundamental y dignidad moral

Caben algunas reflexiones sobre tres aspectos.

1. En primer lugar, es de notar que se trata de la dignidad fundamental del hombre, que no depende de la opinión ni de la decisión de algunos o de muchos, y que nunca se pierde, aun en el caso de un gran criminal. De ahí que toda persona tiene valor en sí misma (no puede ser tratada como un simple medio u “objeto”) y merece respeto por sí misma (no porque lo diga una ley), desde el primer instante de su concepción hasta su muerte natural.

¿En qué se fundamenta ese «valor absoluto» de la persona? Desde antiguo se distingue a la persona por su espíritu, por su «alma espiritual», entre los demás seres del universo. También por su especial relación con la divinidad. La Biblia confirma que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y el cristianismo concreta que toda persona está llamada a recibir una participación de la filiación divina en Cristo. Quienes no reconocen la existencia de un Ser Supremo tienen más dificultades en fundamentar la dignidad humana. Y la experiencia histórica muestra que no es buena experiencia dejar que algunos o muchos decidan si alguien tiene o no dignidad humana.

Otra cosa es la dignidad moral, que alguien puede perder, o en la que puede disminuir, si hace algo indigno de una persona. En el plano de la dignidad fundamental, no hay personas indignas. En el plano moral, hay personas que se hacen indignas al pisotear la dignidad de los demás. La dignidad moral crece cada vez que una persona actúa bien: dando lo mejor de sí misma, amando, convirtiendo su vida en un don para los demás.

Inadmisible hoy a la luz del Evangelio

2. En segundo lugar, a algunos les puede parecer excesivo el adjetivo inadmisible, que emplea el Papa Francisco y que recoge la nueva redacción del Catecismo. La referencia está tomada de su discurso con motivo del XXV aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica. El contexto de ese discurso se podría explicar así: hoy hemos llegado a una renovada reflexión a la luz del Evangelio, no solo a la luz de la ética natural en la que se basa el argumento de la legítima defensa. El Evangelio ayuda a comprender mejor el orden de la Creación que el Hijo de Dios ha asumido, purificado y llevado a plenitud, contemplando las actitudes de Jesús ante las personas: su misericordia y su paciencia con los pecadores, a quienes siempre les da la posibilidad de la conversión. Y así, tras este proceso de discernimiento también doctrinal, hoy la Iglesia enseña que la pena de muerte es inadmisible porque ha llegado a la conclusión de que es contraria a la dignidad fundamental de cada persona, que nunca se pierde aunque se cometa un gran crimen.

La carta de la Congregación de la fe observa que sigue en pie el deber de la autoridad pública de defender la vida de los ciudadanos (cf. los puntos anteriores del Catecismo nn. 2265 y 2266), teniendo además en cuenta las actuales circunstancias (la nueva comprensión de las sanciones penales y la mejora en la eficacia de la defensa), como señala la actualizada redacción del n. 2267.

Al mismo tiempo, la nueva redacción se presenta como un «impulso para un compromiso firme» que conduzca a poner los medios, incluido el diálogo con las autoridades políticas, para que se reconozca «la dignidad de cada vida humana» y se acabe eliminando la institución jurídica de la pena de muerte allá donde todavía esté en vigor.

Un desarrollo orgánico en la continuidad doctrinal

3. Por último, cabe apuntar, como lo hace Mons. Rino Fisichella –presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización– en su artículo publicado en el Osservatore Romano (2-VIII-2018), que estamos ante «un paso decisivo en la promoción de la dignidad de cada persona». Se trata, a su juicio, de un verdadero progreso –desarrollo armónico en la continuidad– en la comprensión de la doctrina sobre el tema, «que ha madurado hasta hacer comprender la insostenibilidad de la pena de muerte en nuestros días».

Evocando el discurso de apertura de san Juan XXIII en el Concilio Vaticano II, el arzobispo Fisichella escribe que el depósito de la fe debe expresarse de modo que pueda comprenderse en los distintos tiempos y lugares. Y la Iglesia debe anunciar la fe de modo que lleve a todos los creyentes a la responsabilidad por la transformación del mundo en la dirección del auténtico bien.

Así es, en efecto. Al señalar el papel del Catecismo de la Iglesia Católica, la bula que lo promulga en 1992 apuntaba que «debe tener en cuenta las aclaraciones de la doctrina que en el curso de los tiempos el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia». Y añadía: «Es necesario además que ayude a iluminar con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en el pasado aún no habían surgido» (Const. ap. Fidei depositum, 3).

En la misma línea se manifestaba el Papa Francisco en el discurso citado por el punto del Catecismo cuya nueva redacción nos ocupa: «No es suficiente, pues, encontrar un lenguaje nuevo para decir la fe de siempre; es necesario y urgente que, ante los nuevos desafíos y perspectivas que se abren para la humanidad, la Iglesia pueda expresar las novedades del Evangelio de Cristo que, aunque estén en la Palabra de Dios, aún no han salido a la luz» (Francisco, Discurso en el XXV Aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica, 11-X-2017: L’Osservatore Romano,13-X-2017).

No es, en suma, cuestión de meras palabras, sino de fidelidad –la auténtica fidelidad es una fidelidad dinámica– al mensaje del Evangelio. Una fidelidad que sobre la base de la razón y por tanto de la ética, desea transmitir y anunciar la doctrina cristiana a partir de la contemplación de la Persona, de la vida y de las enseñanzas de Jesucristo.

 

 

Una mamá para todos

caleidoscopio

Mi más bella invención, dijo Dios, es mi Madre. Me hacía falta una mamá y yo la he hecho, la he hecho mi Madre antes de que ella me hiciera a mí. Ahora, yo soy verdaderamente un hombre como todos los hombres, no tengo nada que envidiarles, pues tengo una mamá, una mamá verdadera, esa que me faltaba.

Mi madre se llama María, dijo Dios, Su alma es absolutamente pura y llena de gracias, Su cuerpo es virgen y está habitado de una luz que estando en la tierra nunca me cansé de mirarla, de escucharla, de admirarla. Ella es bella, mi Madre, tanto, que estando lejos de los esplendores del Cielo, a su lado nunca me sentí desarraigado.

Y no obstante, yo sé lo que es, dijo Dios, ser transportado por los ángeles, no se compara con los brazos de mi Madre. Creédmelo. Después, cuando subí al Cielo, ella me faltaba, y yo le faltaba a ella. Entonces, ella vino directamente en cuerpo y alma a reunirse conmigo. Yo no pude hacerlo de otra forma. Así tenía que ser.

Las manos que habían tocado a Dios no podían paralizarse. Los ojos que habían contemplado a Dios no podían permanecer cerrados. Los labios que habían besado a Dios no podían ser cerrados. Ese cuerpo puro que había dado cuerpo a Dios no podía pudrirse en la tierra… Yo no pude. No era posible. Hacerlo me hubiese costado demasiado.

Y aunque yo sea Dios, yo soy su Hijo. Además, dijo Dios, es por mis hermanos los hombres que yo he hecho esto; para que tengan una Mamá en el Cielo. Una verdadera madre, la Mía, como una de las suyas, con cuerpo y alma. ¡Para que se sirvan de ella cada vez más! Dijo Dios.

En el Cielo tienen ahora una mamá que les sigue con los ojos, con sus dos ojos carnales. En el Cielo tienen una mamá que los ama de todo corazón, con su corazón carnal. Y esa mamá, es la Mía, que me mira con los mismos ojos, que me ama con el mismo corazón. Si los hombres fueran listos, se aprovecharían, no dudarían que yo a Ella no puedo negarle nada…. Cómo queréis que sea de otra forma, si es mi Mamá.

Autor del texto: Michel Quoist. “Patapon", revista católica mensual para niños. Ediciones Tequi, Francia.

 

 

SAN EZEQUIEL MORENO patrono de los enfermos de cáncer

 

(1848 - 1906). Su fiesta se celebra el 19 de agosto

San Ezequiel Moreno

Biografía de San Ezequiel Moreno

Recientemente se ha celebrado los 100 años de la muerte de san Ezequiel Moreno Díaz, un «obispo molesto», como lo ha titulado don José María Iraburu, un santo polémico por la claridad y contundencia de sus pastorales.
A orillas del Ebro, en Alfaro, pequeña ciudad agrícola de la Rioja (España), el modesto sastre Félix Moreno y su mujer, Josefa Díaz, tuvieron seis hijos, cuatro mujeres y dos varones. Ezequiel, el segundo varón y cuarto de los hermanos, nació el 9 de abril de 1848. Era un niño inteligente, sumamente responsable, sereno y constante. Asistió a la escuela con regularidad. Le encantaba jugar con sus compañeros al tejo y a la pelota. Pero en las fiestas del pueblo se privaba de las vaquillas para acompañar a un niño enfermo, despuntaba ya su inmensa caridad. Aficionado al canto, tenía una excelente voz y se acompañaba bien con la guitarra.
Cuentan que siendo Ezequiel muy pequeño le preguntaron en el convento qué iba a ser de mayor. «¡Fraile!», contestó. « ¡Tú, fraile! ¡Tan calandrijo!». Pero él, sin inmutarse solucionó el problema. “Me pondré un sombrero de copa para ser más alto”. El 21 de septiembre de 1864, a sus 16 años, ingresa en el noviciado para aprender a ser agustino recoleto, como lo era su hermano Eustaquio, buen violinista, por cierto. Acababa de morir su padre y la familia había quedado en situación económica muy precaria; pero la madre lo ofrendó generosamente. Un año después, Ezequiel profesa y hace voto de ir como misionero a Filipinas.
En 1869, sin terminar los estudios, parte para aquellas tierras, donde es ordenado sacerdote. Es un joven de 23 años lleno de energía espiritual y de ilusión. Su amor al Señor, y la convicción de ser apóstol, va a constituir de manera absorbente el único motivo de su actividad. Tras unos meses de ministerio junto a su hermano, es enviado a la expedición que trata de colonizar la siempre difícil isla de Paragua. El celo de fray Ezequiel se desborda en esta su primera misión, de la que es responsable. Predica, instruye, construye la capilla... Su labor con los expedicionarios es heróica. El esfuerzo y las pésimas condiciones le producen la malaria y ha de volver a Manila.
Su disponibilidad y su celo apostólico se manifiestan de mil maneras: como párroco y catequista, después predicador en Manila, y más tarde administrador de una hacienda, pero siempre cercano a las gentes sencillas. Los filipinos lo llaman «el santulón», el hombre santo.

Formador de misioneros

En 1885 es nombrado prior del noviciado de Monteagudo (Navarra). Son tres años de profundo influjo espiritual en los jóvenes. Cuidó mucho de la vida litúrgica, del rezo coral de las Horas, de la vida comunitaria aspecto esencial de la religiosidad agustiniana . Las epidemias del cólera y de viruelas extreman su atención y delicadeza con los enfermos. Predica en los alrededores, participa en novenas... Su gran amor a los pobres se califica de <casi exagerado». Hasta quinientas raciones logra dar dos veces al día a los pobres, gracias en buena parte a las privaciones de sus frailes.

En un mundo nuevo
En agosto de 1888 una nueva llamada: se necesitan voluntarios para Colombia. «Hace tiempo que me parece que el Señor me llama para esta misión». Con siete compañeros, en los primeros días de 1889, llegaba el padre Ezequiel a Bogotá. Le esperaba una labor ardua. Vive en la capital de la república cinco años de intensísima actividad, que brota del manantial fecundo de su vida espiritual, sin otras miras que los intereses de Cristo (Fl 2,21). Predica, confiesa, atiende a enfermos incansablemente. Austero e intachable, adquiere fama de predicador lleno de piedad y de unción.

Casanare: «Una sola alma vale más que la vida de¡ hombre»

Casanare es una tierra casi inexplorada de 45.000 km2 de extensión, con caudalosos ríos, donde tanto trabajaron y tan grata y gloriosa memoria dejaron los agustinos recoletos. El padre Ezequiel piensa en aquellas gentes. En cuanto le es posible recorre las inabarcables planicies acompañado de tres religiosos. Explora, visita enfermos, administra sacramentos, regula matrimonios. Conservamos ocho cartas como testimonio de su labor misionera y que ya entonces conmovieron la conciencia de Colombia y contagiaron su preocupación por tantos infieles.
Roma, de acuerdo con el gobierno, erige el vicariato apostólico y le nombra su pastor. Es una nueva etapa en la vida de nuestro santo. Allí según su propósito permanecería hasta la muerte. «¡Quién me diera poder decir al exhalar mi último suspiro en una mala choza, o en arenosa playa, o al pie de un árbol: ya no quedan infieles en Casanare. No llegaron a dos años los transcurridos en Casanare, pero, con su estilo personal de total entrega, dejó una huella imperecedera. Una pobre choza le sirve de palacio episcopal. Cuando no lo impide la guerra, recorre misión, desafiando la lluvia torrencial y cualquier inclemencia. Como él dirá, <<hago de obispo, de misionero y de sacristán>>. Porque, «una sola alma vale más que la vida de¡ hombre».

Pasto: Una década de plenitud
En febrero de 1896 llegó a Casanare comunicación oficial de que monseñor Ezequiel Moreno había sido nombrado obispo de Pasto. De 1896 a 1906, en diez intensísimos años servirá a sus fieles con todos los medios a su alcance. El nuevo obispo vivió, como era su costumbre, en máxima sencillez. Comida frugal y, en su alcoba, un jergón de paja. Se preocupa de los colegios, lucha para que se imparta una formación católica, alienta la llegada de misioneros, promueve el culto y las devociones, fomenta la construcción de iglesias y santuarios, escribe y propaga cartas pastorales y desvela los ardides de la propaganda antirreligiosa. Se convierte en el abanderado y símbolo de la defensa de los valores cristianos en Colombia.

Una luz en lo alto

Sus cartas pastorales resonaron con fuerza en todo el país. Los liberales se burlan de su doctrina, la ridiculizan. Todo eso conmueve el alma ardorosa de¡ padre Ezequiel. Él los desenmascara. En pago lo convertirán en blanco de diatribas y persecuciones. «Ahora toda la saña de esos periódicos es contra mí>>. Me han puesto y me ponen de vuelta y media. Números enteros no contienen otra cosa que insultos contra mí. ¡Bendito sea Dios!». Pero el obispo no claudicará ante la difamación o el insulto.
Por el contrario, los fieles de la diócesis y otros muchos cristianos, sacerdotes y obispos, le prestaron adhesiones entusiastas. Lo doloroso fue sufrir la incomprensión y, en ocasiones, la persecución de algún obispo o las advertencias provenientes de Roma (en concreto, de Mons. Ragonesi). Para quien la sumisión a la voz de la Iglesia era un postulado básico de vida espiritual, esto constituyó una tortura íntima. La más lacerante.

Enfermedad y muerte

Quien se asome al interior de la vida de San Ezequiel descubrirá de inmediato un paisaje poblado de esencias humanas y divinas. Su intensa actividad provenía de manantial fecundo, fluía de una vida de oración continua. Su identificación con Cristo, su Señor, había llegado a lo más radical, pudiendo exclamar, arrebatado, que no podía gloriarse sino de la cruz de Cristo. <<Yo quiero sufrir en Tu compañía, con Tu divina gracia>>. Yo me compadezco de tus agonías, y te las agradezco con toda mi alma y te amo, Jesús mío, te amo con todo mi corazón... Yo, Amado de mi alma, para imitarte, abrazo con el más tierno afecto los dolores, las enfermedades, la pobreza y las humillaciones, y las considero como hermosas partecitas de tu Cruz».
A mediados de 1905 se siente cansado, con una llaga sangrante en el paladar que no se cierra, aunque intenta llevar una vida normal de trabajo. En octubre el diagnóstico es claro: es cáncer y hay que operar. Me he puesto en manos de Dios. Él hará su santa voluntad. Hay que descansar en lo que Èl quiera hacer. ¡Qué consolador es todo esto!», exclama. Se le pide venir a España. En Madrid es operado urgentemente. Es una operación muy dolorosa, que soporta con paz absoluta. De vez en cuando exclama: <<Bendito sea Dios. Dios mío, dame resignación para sufrir por Ti>>. En la clínica decían: «Es un santo».
El 29 de marzo, es operado de nuevo. Todo resultó inútil. Ahora su decisión es clara: <<Me voy a morir a los pies de mi Madre la Virgen de¡ Camino». En Monteagudo elige una celda austera, con una pequeña tribuna que le permite ver el sagrario y el camarín de la Virgen. Los dolores son atroces, pero no se le observa un acto de impaciencia ni pierde su dulzura habitual. Y a las ocho y media del 19 de agosto, a los 58 años, descansa en el Señor.

Cuerpo incorrupto de San Ezequiel MorenoSU CUERPO PERMANECE INCORRUPTO en el Convento de Nuestra Señora del Camino, en Monteagudo, provincia de Navarra (España). Su fama de santidad ha pervivido incesante entre los hermanos de religión y en quienes le conocieron personalmente u oyeron hablar de él. En 1975 es beatificado por Pablo VI. Y el Papa Juan Pablo II lo canonizó en Santo Domingo, el 11 de octubre de 1992, en el V Centenario de la evangelización de América. El santo de la evangelización. El incansable misionero. Un hombre de Dios.
Es patrono de los enfermos de cáncer y su fiesta se celebra el 19 de agosto.

 

ORACIÓN A SAN EZEQUIEL MORENO

Te damos gracias, Padre y señor nuestro, porque has querido darnos en san Ezequiel Moreno un acabado modelo de fidelidad al evangelio, un perfecto y ardiente operario de tu viña y un Pastor según el Corazón de tu Hijo. Te pedimos por su intercesión, nos concedas vivir con alegría nuestro testimonio cristiano e imitar sobre todo, su ardiente amor a Ti y su plena disponibilidad al servicio de la Iglesia y de los hombres.

Amén.

 

NOVENA A SAN EZEQUIEL MORENO

ORACIÓN PREPARATORIA (para todos los días)

Padre, perdona todas mis culpas; dame fuerza de voluntad para enmendarme y perseverar en tu amistad. Por la intercesión de san Ezequiel, haz que te sirva mejor en el cumplimiento fiel de mis obligaciones; concédeme también la gracia especial de... Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Invocación final. San Ezequiel, ruega por nosotros.

DÍA PRIMERO
"Dios nos llama a la perfección a todas horas y desde niños"
San Ezequiel nació y creció en un hogar sencillo, pero cristiano. Allí desarrolló un carácter cuajado de virtudes cristianas que lo llevó a la perfección.

Señor, siembra en tu iglesia hogares como el suyo; ayúdanos a formar cristianamente a nuestros jóvenes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DÍA SEGUNDO
"Hagámonos con nuestras virtudes instrumentos aptos de Dios"
San Ezequiel respondió con generosidad a la vocación recibida. Supo ser, siempre y en todo lugar, instrumento obediente en las manos de Dios.

Señor, concédenos cumplir fielmente, a imitación suya, los deberes del estado a que Tú nos has llamado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DÍA TERCERO
"Dios me dio un don inapreciable al llamarme a la vida religiosa"
Aun siendo obispo, san Ezequiel vivió siempre como fraile. Fue pobre, casto y obediente, entregado sin reservas al servicio de la Iglesia.

Señor, que nuestros religiosos sean siempre abundantes y estén, como san Ezequiel, dedicados a tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DÍA CUARTO
"Hay que estar desprendido de todo para llevar vida de misionero"
San Ezequiel tenía de los misioneros una idea elevadísima; a gusto se habría cambiado por ellos.

Señor, asiste a nuestros misioneros. Multiplícalos. Que sean como san Ezequiel. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DÍA QUINTO
"Sólo en la voluntad divina se puede encontrar el verdadero gozo"
La perfección consiste en cumplir siempre la voluntad de Dios. Fray Ezequiel llegó a ser santo porque en todo momento intentó seguirla.

Señor, haznos aceptar tus planes sin condiciones. Que, igual que san Ezequiel, seamos así felices. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DÍA SEXTO
"Buscad gente que pida mucho al Señor y le fuerce con sus oraciones"
Todos los días, san Ezequiel pasaba varias horas ante el sagrario; de allí brotaba su ardiente caridad, su celo incansable, su fortaleza y austeridad.

Señor, enséñanos a rezar como él lo hacía. Danos una oración perseverante que fecunde la vida de la Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DÍA SÉPTIMO
"Amar a María es amar la cosa más bella que todo lo que no es Dios"
San Ezequiel profesó a la Virgen un entrañable amor, como lo demuestran sus escritos y los recuerdos que nos dejó.

Señor, como hiciste con san Ezequiel, aumenta nuestra devoción a la Madre de tu Hijo y Madre nuestra. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DÍA OCTAVO
"La renta del prelado era el pan, el vestido, y el contento de los pobres"
San Ezequiel consagró toda su vida a servir a los demás. Su caridad con los pobres, enfermos y necesitados, no tuvo límites.

Señor, que su ejemplo nos estimule a prodigarnos en favor de los necesitados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DÍA NOVENO
"Si no hubiera sufrimientos, pocos se acordarían de que hay Dios"
Unido a Cristo, san Ezequiel sufrió con dulzura admirable el cáncer de nariz que lo llevó a la tumba.

Que aprendamos a imitar su ejemplo, Señor. Que el sufrimiento nos purifique y nos acerque a Ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

 

De cada cien se salvan cinco.

Leo J. Mart.

Dice el sacerdote Carlos Cancelado, predicador famoso de YouTuve, que Jesús le hizo ver a una persona que de cada cien personas que mueren solamente se salvan cinco, entre estos cinco, dos son niños y tres son adultos. De estos adultos, uno va al cielo y los otros dos van al purgatorio.

¿Te imaginas la cantidad de almas que caen cada día a la eterna condenación de los infiernos?

Este informe del padre Cancelado comprueba una vez más las palabras de Jesús: <Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.14Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.> Mateo 7,13.14

¿Sabes tú cómo es de estrecha la puerta de la salvación? Como el hueco de una guja y es difícil entrar por ella llevando al hombro la mochila de tus apegos. Y por supuesto que por la puerta estrecha tampoco puedes entrar con tu perrito o tu gatito.

La Virgen en las apariciones de Fátima les mostró a los tres pastorcitos el infierno. Lo que más recordaba sor Lucía, según lo narra ella, fue ver un mar de fuego y en medio de la noche ver caer con grandes alaridos, como relámpagos encendidos, las almas al infierno.

Llama la atención que en muchas misas de difuntos diga el sacerdote: < recemos por el alma de nuestro hermano fulanito, que ahora está en el cielo> Según esto canonizan de una vez a cada muerto para tranquilizar a su familia.  Según esto basta morir para llegar derecho al cielo. Pero no, el asunto de la salvación eterna es más complicado de la cuenta.

Dios es misericordioso y la misericordia la utiliza para llamar al arrepentimiento al pecador hasta el último momento; pero después de la muerte viene el tremendo juicio. La Iglesia reza a los ángeles  custodios que nos defiendan en la pelea para que no perezcamos en el tremendo juicio:  <Sancti Angeles Custodies nostri defendite nos in proelio ut non pereamos in tremendo judicio.>

Dice el Apocalipsis 20, 15 < Y el que no se encontraba inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego.> Con razón el Rey David le rogaba a Dios con fuerza: <Señor, no me vayas a borrar de la lista de tus elegidos> La salvación eterna de tu alma depende de ti. Dice san Agustín en el Sermón 169: <Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti>

Una última consideración, cuando Jesús nos contó que en la casa de su Padre hay muchas moradas, muchas, son muchas, es de suponer que nuestro Padre Dios no dará por terminado el mundo hasta que sea ocupada la última mansión para vivir los que se salvan, si a esto agregamos las moradas disponibles que dejaron los ángeles caídos, podríamos concluir que con la poca  gente que va al cielo, faltan muchas vueltas de la tierra alrededor del sol para que todo tenga fin.

leojmart@gmail.com

 

 

Donde la familia fue abolida

https://www.accionfamilia.org/images/2018/basura-venezuela.jpg

El comunismo, enemigo declarado de la familia, produce análogos efectos donde se instala. En la foto vemos venezolanos comiendo de  la basura

La familia está siendo atacada de modo sistemático. Todos los días oímos hablar de nuevas iniciativas para debilitar, para desacreditar y obstaculizar a los que la defienden.

https://www.accionfamilia.org/images/camboya1.jpg

En menos de cinco años, entre un cuarto y un tercio de los habitantes de ese país sin familia murió

Hay muchas formas de atacar a la familia: quitándole funciones y confiándolas a otras instituciones; disolverla, afirmando que todas las formas de cohabitación y unión son “familia”; desvinculando la procreación de la relación entre un hombre y una mujer; haciéndole difícil su existencia, no apoyándola e imponiéndole cargas; difamarla, presentándola como un lugar de opresión, de discriminación y de violencia, en la que se viola la libertad de la persona. En este momento en el mundo occidental se están usando todas estas formas.

Quien es hostil a la familia está convencido de que sin esta institución la vida humana y la sociedad serían mejores. De hecho, no hay manera de saberlo, al menos sin recurrir a ejemplos de sociedades sin familia. A diferencia de otras instituciones, que se crearon a medida de que la sociedad se hizo más compleja, la familia nació con el hombre, siempre ha existido.

Pero en realidad ha existido un ejemplo histórico que debería hacer reflexionar a aquellos que ven en la familia un obstáculo para la plena realización de la persona humana y de los valores de libertad y justicia.

https://www.accionfamilia.org/images/Khmer-Rougea.jpg

El rechazo de la familia y, como es lógico, de la propiedad privada, en nombre de un hombre libre, de una sociedad justa e igualitaria, se transformó en un enorme y aterrador ataque a la individualidad, a la persona, a la vida.

Sucedió una vez que un país pequeño, con menos de seis millones de almas, se encontró de la noche a la mañana, literalmente en pocas horas, privado de la familia: esposos y esposas, hermanos y hermanas, padres e hijos, separados, obligados a vivir en varios asentamientos, a menudo lejos el uno del otro, con la prohibición de comunicarse de cualquier manera y con un castigo severo a la menor trasgresión.

Usted podría ser sentenciado a muerte por haber logrado contactar a su familia en secreto, de noche, sorteando los controles, para estar con ella unos minutos; para llevarle la comida que siempre escaseaba. La única excepción era para los niños de muy corta edad, que aún no se desmamaron, o cuando resultaba conveniente por alguna razón que fueran sus madres para cuidarlos, por ejemplo, si se enfermaban. La condición, sin embargo, era que las tareas necesarias no se convirtieran en ocasión para emociones, expresiones de afecto y de ternura.

Durante las reuniones ‒una especie de grupos de concienciación‒ organizados para acelerar la formación del nuevo hombre que se quería dar a luz, en el cual serían sustituidos los valores equivocados y contaminados. Una madre culpable de haber transgredido las normas, si era descubierta y denunciada, debía admitir la propia culpa (“Es verdad, abracé por un momento a mi bebé que estaba llorando, lo mecí, lo besé, le canté una canción de cuna…”), declarar su pesar y prometer no cometer nuevamente estos errores.

https://www.accionfamilia.org/images/A-Cambodian-boy.jpg

En esa sociedad sin familia, todo fue hecho para aniquilar la conciencia, reducir a los hombres a un estado de inercia intelectual y moral, eliminar los sentimientos y emociones ‒el amor, la compasión, la alegría, la esperanza, la confianza‒ reprimir toda expresión de individualidad. Incluso se prohibió el uso del pronombre personal “yo”: prohibido decir “yo quiero”, “yo voy”, “yo pienso”… en otras palabras, concebirse como un individuo. No fue necesario prohibir el pronombre posesivo “mío”: nadie tenía nada.

En menos de cinco años, entre un cuarto y un tercio de los habitantes de ese país sin familia murió: de privaciones, de fatiga, de hambre, de enfermedad, por las torturas y abusos, a menudo causados por niños y adolescentes convertidos en verdugos despiadados. Muchos fueron ejecutados. Muchos murieron de angustia y desesperación.

El número de muertos fue de entre 1,7 y 2,5 millones, tal vez más aún: un genocidio. El rechazo de la familia y, como es lógico, de la propiedad privada, en nombre de un hombre libre, de una sociedad justa e igualitaria, se transformó en un enorme y aterrador ataque a la individualidad, a la persona, a la vida.

El país sin familia ‒es superfluo decirlo‒ es la Camboya del Khmer Rouge, de Pol Pot, que gobernaron entre 1975 y 1979, imponiendo un régimen totalitario comunista, la República Democrática de Kampuchea.

Anna Bono

 

Un buen uso de la tecnología

Ago 16, 2018

Un buen uso de la tecnología

 

Por Silvia del Valle

En nuestros días la tecnología es algo que avanza día con día y que a nosotros como papás, nos ha tocado vivir cosas que como hijos nunca fueron de esa forma, así que se vuelve muy difícil entender lo que nuestros hijos viven.

Y esto es más grave con los abuelos ya que hay una laguna tecnológica mayor.

Por eso hoy quiero compartir con ustedes 5Tips para usar adecuadamente la tecnología.

PRIMERO. Debemos conocer lo que nuestros hijos están usando.
A veces por la falta de tiempo y porque no entendemos nada, dejamos de lado el conocer esto de la tecnología.

Y me refiero a las tabletas, teléfonos celulares y computadoras que les sirven para estudiar o trabajar y también a los juegos de video que cada día son más y con más aditamentos.

Estoy segura que la mayoría no sabemos que las consolas de video ahora tienen la opción de conectarse a internet y por lo mismo se pueden ver toda clase de páginas porque pueden navegar libremente.

Por eso es muy bueno que nos demos el tiempo de leer los instructivos y de informarnos antes de comprarles algo.

Y también busquemos aprender a manejar las computadoras y navegar en el internet y en las redes sociales.

SEGUNDO. Pongamos reglas claras.
Para el uso de la tecnología es indispensable hacer un reglamento donde pongamos las reglas claras para no tener después problemas.

En el reglamento debemos poner el tiempo de uso diario, los lugares donde se puede usar, las páginas que no están permitidas, etc.

Por ejemplo, en mi familia pusimos como límite dos horas de internet, pensando en que a veces tienen que hacer trabajos y que puedan tener un poco de tiempo para juego.

En cuanto a los lugares, establecimos que las tabletas o celulares, o en general cualquier aparato que se pueda conectar a internet se deben usar en el comedor y sobre todo NUNCA en la recamara ya que esto ayuda a que nuestros hijos se aíslen.

También está establecido que las páginas con violencia no se pueden usar y así dejamos bien claro y por escrito, a la vista de todos los límites.

TERCERO. Cuidado con las adicciones.
En la actualidad no nada más el alcohol o el cigarro causan adicción, también la tecnología así que debemos estar muy pendientes de evitarlo con nuestros hijos.

Una buena forma de darnos cuenta si ya tienen el vicio es que les pidamos que nos den el aparato que están usando y si su respuesta es rápida y sin quejas, estamos bien; pero si hay quejas y se hacen del rogar es muy probable que ya estén enviciados. También darnos cuenta por sus cambios de actitud y su irritabilidad.

A mi ya me pasó con mis hijos, así que lo solucionamos retirando de ellos el aparato que causó la adicción por un tiempo y platicamos con ellos de porque estamos tomando esa decisión y después de una semana o dos de hacer méritos y de demostrar que se pueden controlar en sus reacciones y actitudes, dependiendo del caso, se los regresamos gradualmente.

Y si vemos que vuelven a caer en el vicio de uso desmedido, pues entonces se los quitamos por completo.

CUARTO. Que lo que tengan sea por una necesidad real y no por moda.
Si caemos en la trampa de la moda, caemos en una espiral sin fin ya que los aparatos más modernos cambian casi cada mes y a nuestros hijos o nietos les gustaría tener lo último que va saliendo así que debemos tener una fortuna grande para poder llevar ese ritmo de vida.

Es bueno hacerles ver a nuestros hijos que las cosas las tienen porque las necesitan o porque es lo que les podemos dar y ellos deben entender que deben estar agradecidos por eso y que deben cuidar las cosas ya que nos ha costado trabajo dárselas.

Con mis hijos hemos tratado de hacerles conciencia de que no porque el amiguito tenga un aparato más moderno ellos lo deben tener, así nos evitamos berrinches y pataletas, y que si quieren tener un, entonces que se pongan a ahorrar.

Nada menos ahora mis hijos acaban de juntar para comprarse una consola de videojuegos y les comento que duraron ahorrando dos años y medio. Así ya se dieron cuenta que las cosas que valen la pena cuestan trabajo y las podrán valorar más.

Y QUINTO. Que las cosas sean de acuerdo a la edad de los niños.
Es muy común que nuestros hijos quieran tener todo lo que los demás tienen y me refiero no sólo a los aparatos sino también a cuentas en redes sociales.

Les comento que esto es muy peligroso ya que los exponemos a cosas que no siempre son para niños y también los ponemos en un plano donde las personas que quieren dañar a los niños los pueden alcanzar.

Muchas veces los perfiles de las personas de las redes sociales pueden ser reales o pueden ser una pantalla para confundir y como puedes estar tratando con una jovencita de 15 o 16 años, en realidad puedes estar tratando con un señor de 40 o 50 años.

En esto de las redes sociales debemos estar muy atentos.

Yo no digo que sean malas, gracias a ellas he reencontrado a muchos amigos que yo creía perdidos, pero si digo que es muy bueno que estemos pendientes y que revisemos en que andan metidos nuestros hijos, siempre de acuerdo a su edad.

No tengamos miedo a poner reglas claras porque les podemos salvar la vida a nuestros hijos.

 

 

 

Comodidad física – Bienestar moral

Comparar es uno de los mejores medios de analizar. Si queremos pues analizar nuestra época, es legítimo que la comparemos. ¿Y con qué? Con el futuro, todavía incógnito, es imposible, pues objetos desconocidos no pueden servir de término de comparación.

https://www.accionfamilia.org/images/2018/acc_1954_046_2.jpg

Confrontemos pues los dos grupos de habitaciones populares, uno de una aldea tradicional…

Luego la comparación sólo puede ser con el pasado. Una de las más notables utilidades de la Historia consiste precisamente en esto; nos presenta una fiel imagen del pasado, a fin de que mejor conozcamos el presente. Y hacer tal comparación no es ser nostálgico. Es ser claro, práctico, directo en el noble ejercicio de espíritu que es el análisis.

Confrontemos pues los dos grupos de habitaciones populares, uno de una aldea tradicional de Inglaterra, Warwick, y otro en un barrio moderno de la ciudad de Puerto Nuevo, Carolina del Sur.

Las habitaciones populares actuales, parecidas con las que existen en tantas y tantas ciudades modernas, en el mundo entero, constituyen un grupo de 3.500 residencias de concreto, con cinco cuartos cada una. ¡Qué tesoros de técnica y de ciencia en todo esto! El concreto es un material de construcción resultante de una larga evolución práctica y científica. En cada una de estas viviendas, la ciencia tornó posibles las ventajas del agua corriente, de la luz eléctrica, del gas, el pasatiempo de la radio y de la televisión, el confort del teléfono. Desde este punto de vista, ¡qué inmensa transformación en contraste con las casas antiguas de Warwick: las deficiencias higiénicas, las dificultades de vida y, bajo algunos puntos de vista, la falta de confort físico que en ellas sentiría por cierto cualquier habitante de una ciudad contemporánea!

Entretanto, por otro lado, ¡qué falta de confort psíquico en estas casas modernas, con su estandarización inhumana, la monotonía y la severidad de sus masas rectangulares y sombrías, que les dan un aspecto intimidatorio; qué falta de abrigo detrás de las paredes de estas casas, abiertas a todas las miradas, a todos los ruidos, quizá a todos los vientos!

https://www.accionfamilia.org/images/2018/ACC_1954_046_11.jpg

…y otro en un barrio moderno de la ciudad de Puerto Nuevo, Carolina del Sur.

Compárese a esta frialdad de líneas y de sustancia – nada más “frío” que el cemento – el recogimiento, lo acogedor, la armonía de las casas de Warwick, cada una de las cuales parece considerar al transeúnte con una plácida sonrisa impregnada de bondad familiar, y contener en sí el calor de una vida doméstica animada y rica en valores morales. Casas simples, sin pretensiones y agradables de verse, imagen de la propia existencia cotidiana de sus habitantes. Casas que obedecen a un mismo estilo, pero teniendo cada una su nota de originalidad, discreta y vivaz.

Aproximados los términos de la comparación, la conclusión es lógica. En cuanto al confort del cuerpo, podemos estar mejor servidos con las residencias de tipo moderno – por lo menos cuando tienen cinco buenos cuartos como éstas. Pero del punto de vista del confort del alma, ¡cuánto perdemos!

¿Sería posible armonizar en un estilo nuevo ambos conforts, del alma y del cuerpo? El estilo es mucho menos producto de un hombre, o de un equipo de hombres, que de una sociedad, una época, una civilización.

No creemos que este estilo aparezca sin que previamente el mundo de hoy se haya recristianizado. Y es para preparar este mundo nuevo fundamentalmente católico, que miramos con amor estos recuerdos del pasado cristiano de nuestra civilización.

Ambientes – Costumbres – Civilizaciones

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Atreverse a educar a fondo

   Educar a fondo a los hijos, para la verdadera felicidad; programar, en cierta manera, un plan de formación y seguirlo con flexibilidad y constancia, para transmitir los valores auténticos, no es una tarea hercúlea que exija “mucho tiempo”. Más bien consiste en una constante del vivir.


   ¿HASTA QUE PUNTO INFLUYE LA DEDICACIÓN DE LOS PADRES EN LA FORMACIÓN DE SUS HIJOS?
   Wolfrang Amadeus Mozart a los siete años escribía sonatas y a los doce, óperas. Parece increíble, pero alguien lo hizo posible: su padre Leopoldo Mozart, un gran músico que sacrificó sus muchas posibilidades de éxito para dedicarse por entero a la educación del pequeño genio.

   Robert Browning, cuando contaba apenas cinco años, cierto día vio a su padre leyendo un libro. “¿Qué lees, papá?”. El padre levanta su mirada llena de luz y contesta: “El sitio de Troya”. “¿Qué es Troya?”, pregunta el niño. La respuesta no fue: “Troya es una ciudad de la Antigua Grecia. Ahora vete a jugar”, sino que allí mismo, en el cuarto de estar, el padre de Robert hizo con asientos y mesas una especie de ciudad. Una silla de brazos hizo de trono y en él puso al pequeño Robert. “Aquí tienes a Troya, y tú eres el rey Príamo. Ahí está Helena de Troya, bella y zalamera (señaló a la gata bajo el escabel). Allá afuera, en el patio, ¿ves unos perros grandes que tratan siempre de entrar en la casa? Son los aguerridos reyes Agamenón y Menelao que están poniendo sitio a Troya para apoderarse de Helena…”

   A los siete años, Robert leía ya la Ilíada, penetrando gracias al ingenio de su padre, con toda naturalidad, en el mundo de la gran poesía. Años más tarde sería el más importante poeta inglés de la época victoriana.

   Quizá nosotros no tengamos el talento musical de Leopoldo Mozart ni el ingenio de Mr. Browning. No es indispensable, porque lo importante es que hagamos de nuestros hijos hombres y mujeres felices. Y para esto basta enseñar a ser hombres y mujeres cabales. Y esto nos es asequible, luchando por serlo nosotros.

   Es significativo que el escritor existencialista Jean Paul Sartre -que a tantos ha llevado con sus escritos a la náusea del mundo y de sí mismos-, confesara que él no llegó al ateísmo por un conflicto de dogmas, sino por la indiferencia religiosa de su familia.

   Afortunadamente, cabe recordar, también tantos casos como el bien conocido de la madre de San Agustín. Con su ejemplo, larga oración y penitencia hizo de un hijo a la deriva uno de los más grandes santos doctores de la Iglesia.

   LA EDUCACIÓN Y EL PLUMERO

   Desde luego la educación de los hijos requiere tiempo. Pero no mucho, sino todo (es una ventaja). Porque en todo momento, queramos o no, estamos enseñando cosas muy importantes a nuestros hijos, con nuestras actitudes y nuestro comportamiento ante las cosas más pequeñas de la vida cotidiana: tanto si los castigamos como si los mimamos o los divertimos; tanto si los miráramos con indiferencia como si lo hacemos con preocupación, siempre estamos enseñando, formando o… deformando. Cabe decir: en todo momento se nos ve el plumero, es decir, la escala de valores que llevamos dentro, en la cabeza y en el corazón.

   Los hijos lo perciben todo: la mirada esquiva, la sonrisa irónica al otro lado de la habitación; no digamos ya un juicio inequívoco: “la vecina del quinto es insoportable”, “qué desgracia, no nos ha tocado la lotería”, etcétera.

   Si el padre al llegar a casa nunca dice a su hijo más que “hola”, para sumergirse acto continuo en “lo suyo”, está enseñando al niño de un modo tan efectivo como si se preocupara intensamente de él y le consagrara varias horas al día. Lo malo es que en ese caso, la enseñanza es negativa y deformante. Se le ve al padre la pobre idea que padece de paternidad, de filiación, de familia y de todo lo humano y lo divino. No hay que olvidar que es toda la persona del padre que educa a toda la persona del hijo.

   ¿QUE VA A SER DE NUESTROS HIJOS?

   ¿Qué va a ser de nuestros hijos? Es cosa clara que la educación de los hijos entraña una aventura en el más estricto sentido de la palabra. Se emprende con la ilusión de alcanzar una alta meta: la felicidad de los hijos. Pero no cabe esperar una garantía de éxito infalible, y menos un triunfo inmediato. Pero esta incertidumbre es providencial, porque impide que los padres se duerman, se aburguesen y se compliquen la vida con preocupaciones demasiado egoístas. Los padres se encuentran siempre instados a poner toda la carne en el asador, desde el primer momento al último del día.

   EL NIÑO, ESE ANIMAL RACIONAL

   A pesar de lo incierto del resultado, es bueno y alentador pensar que “el niño y el adolescente son animales racionales (creados a imagen y semejanza de Dios) y no hacen ni dicen nada irracionalmente (…). Desde siempre han empezado a pensar. Debemos tener muy presente esta idea. Si fallamos, seremos nosotros, no ellos. Existen caracteres más y menos dóciles, es cierto, pero las personas con más o menos docilidad -es otra cosa- son fruto directo de la educación que han recibido. Si unos hijos resultan más fáciles de educar que otros, no depende tanto de los caracteres, sino de la educación que han recibido, desde el momento de nacer (…) (EUSEBIO FERRER, Exigir para educar, Ed. Palabra, Col. Hacer familia 4, págs. 190-191).

   ¿QUE HACER CON LOS INTERMINABLES POR QUÉS?

   Los niños, afortunadamente, hacen miles de preguntas (cada una de ellas es una oportunidad estimulante para la enseñanza). Cuando un niño mirando por la ventanilla del tren pregunta: “¿Por qué los alambres suben y bajan?”, si se le contesta: “No me molestes”, o “Eslavelocidadeltren”, el niño llega a la conclusión de que las personas mayores no tienen respuestas razonables o que tienen un genio endiablado. De este modo, es natural, se desilusionan un poco del mundo y disminuye su interés por conocerlo. Cuando los niños le pregunten -dice Gilbert Highet- “¿de dónde viene la lluvia?”, dígaselo, y si no lo sabe dígales eso también, que no lo sabe, y prométales averiguarlo.

   Si hacen preguntas en un momento inoportuno, como cuando tratamos de hacerles dormir, se les debe decir: “Pregúntame eso mañana, a la hora del desayuno, ¿quieres?”. Nunca es bueno dejar sin alguna respuesta verdadera la pregunta de un niño.

   VENTAJAS DE LA MENTE INFANTIL

   El niño es un gran ignorante, pero tiene la ventaja de carecer de nuestros prejuicios (escépticos, relativistas o subjetivistas). El niño es una persona, un ser racional que razona; y razona siempre, aun cuando no lo parezca. Sus antenas están siempre desplegadas, y su razón hace lo que debiera hacer toda razón: buscar razones, los porqués profundos de las cosas. El niño sabe que todo tiene una explicación, aunque no sepa cuál sea la explicación de tantas cosas concretas. Sus porqués son continuos y exasperantes… para quienes han renunciado a razonar y se conforman con verdades a medias, medias verdades, conjeturas, o incluso con opiniones tan volubles como erradas.

   Si no se le facilita pronto al niño la respuesta que está al final (o al principio, según se mire) de todas las preguntas posibles -es decir, Dios-, su razón sufrirá sin duda una dolorosa insatisfacción, porque ¿cómo admitir sin artificiosos ejercicios mentales, que pueda existir algo sin causa proporcionada, sin razón de ser, sin sentido?; en otros términos, ¿cómo puede una razón sana admitir el absurdo?. El absurdo es precisamente una voluntaria renuncia a proseguir la búsqueda de la verdad acerca de alguna cuestión, es decir, su porqué radical; equivale a la parálisis responsable de la razón, quizá porque no interese la verdad, o porque no compense a la pereza mental el esfuerzo de continuar la indagación.

   EL ABSURDO HACE DAÑO

   Por eso admitir el absurdo hace daño a la razón, a la persona entera, porque es una gran mentira. Lo cierto es que todo tiene su porqué, al menos -y nada menos- en la sapientísima y amorosísima Voluntad de Dios.

   No se trata, por supuesto, de poner a Dios como respuesta inmediata de todo cuanto sucede. Si, por ejemplo, algún conocido ha muerto, no debemos explicarlo siempre enseguida con un “porque Dios lo ha querido”, porque si ha sido víctima de un atentado terrorista, es evidente que no lo ha querido Dios. Lo que sí es cierto es que el Amor de Dios a la persona, se encuentra de algún modo siempre en la explicación profunda de cuanto ha sucedido y sucede. Esto es lo que hay que aprender a explicar, no sin antes -claro es- habérnoslo explicado a nosotros mismos. Una buena educación de la mente y de la afectividad requiere hablar de Dios. “Dios debe ser un miembro más de la familia, no un fetiche al que se acude cuando hay algún peligro y que se olvida cuando éste pasó. Eso sería inventar algo más parecido al genio de la lámpara de Aladino que aceptar la realidad del Dios verdadero” (Ibid., p 208).

   ¿ES POSIBLE LA NEUTRALIDAD EN MATERIA RELIGIOSA?

   La experiencia enseña que un niño sin religión equivale a un niño-problema, ocupado de sí mismo, de sus cosas, de su egoísmo. La felicidad estriba en la generosidad, y se proyecta al futuro que salta hasta la vida eterna. Por eso, los padres que quieren la felicidad de sus hijos han de enseñarles cuanto antes la raíz de la felicidad temporal y de la plenitud de la felicidad eterna: el Amor infinito de Dios.

   Las dimensiones, el relieve, la relevancia de las cosas cambia mucho si se miran a la luz de Dios o a la luz del materialismo. Por eso, en la cuestión sobre si es necesario enseñar la religión a los niños, o silenciársela, no cabe neutralidad. El silencio es una opción concretísima, de enormes, disolventes y desasosegantes consecuencias.

   SI DIOS NO EXISTIESE

   Hace unos pocos años había en cierto país europeo un hombre de Gobierno que declaró públicamente -y de ello se hizo eco la prensa- que le había entusiasmado una pintada que vio en un muro, que decía: “Si Dios existe, ése es su problema”; y rizando el rizo apostilló: “existirá o no, pero a mí que no me maree”.

   Dejando a un lado la insolente y preocupante trivialización del asunto a cargo de hombre investido de tan alta responsabilidad, cabe preguntarse si de veras es o no indiferente para la vida de cada persona en particular, y de la sociedad en general, la existencia de Dios.

   Dostoiewski, el gran escritor ruso, dice por medio de uno de sus personajes: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Es claro, porque Dios es el único ser verdaderamente superior que puede exigir al hombre. Obviamente, en el todo permitido se incluiría -¿por qué no?- el terrorismo, el infanticidio (aborto procurado) y el geronticidio (matar ancianos, aunque con la mayor dulzura posible). “En efecto -tuvo que reconocer el ateo Jean Paul Sartre -, todo está permitido si Dios no existe, y por consiguiente el hombre se encuentra abandonado porque no encuentra en él ni fuera de él, dónde aferrarse”.

   Es claro que si Dios no existe, no hay Absoluto: ni principios absolutos, ni derechos absolutos; todo es relativo, y el bien y el mal moral no pasan de ser palabras huecas. ¿No plantea esto ningún problema a todo ser humano inteligente? ¿Da igual que haya o no haya Dios?¿Se vive igual cuando se sabe que Dios existe que cuando se niega? ¿No es evidente la gran sima que se abre entre el supuesto mundo encapsulado en sí mismo, sin autor, rodando a su aire, hacia su suerte fatal y el mundo realmente creado y cuidado por Dios?

   SIN DIOS, LA SELVA

   “Haz el mal, verás como te sientes libre”, dice uno de los héroes de Sartre, en Le Diable et le bon Dieu. Sin Dios no hay posibilidad de fundar sólidamente valores éticos para el hombre o la sociedad. Sólo cabe la ley del más fuerte. “Puesto que yo he eliminado a Dios Padre -sigue Sartre-, alguien ha de haber que fije los valores. Pero al ser nosotros quienes fijamos los valores, esto quiere decir llanamente que la vida no tiene sentido a priori”. En rigor, para el ateísmo “no tiene sentido que hayamos nacido, ni tiene sentido que hayamos de morir. Que uno se embriague o que llegue a acaudillar pueblos, viene a ser lo mismo; el hombre es una pasión inútil”; y el niño “un ser vomitado al mundo”, “la libertad es una condena” y “el infierno son los otros”.

   El Premio Nobel, agnóstico, Albert Camus reconoció que “si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si en ninguna parte se puede descubrir valor alguno, entonces todo está permitido y nada tiene importancia. Entonces no hay nada bueno ni malo, y Hitler no tenía razón ni sinrazón. Lo mismo da arrastrar al horno crematorio a millones de inocentes que consagrarse al cuidado de enfermos. A los muertos se les puede hacer honores o se les puede tratar como basura. Todo tiene entonces el mismo valor…” En este caso, ya no se divide el mundo en justos e injustos, sino en señores y esclavos. El que domina tiene razón”. Es la ley de la selva. Y el héroe así concebido es Sísifo, el hombre que se mofa de los dioses, menosprecia su propio destino, mira estúpidamente cómo una y otra vez se le cae el peñasco que había empujado hasta una cima, y torna a subirlo, sin saber por qué, sin lograr nunca una finalidad, un sentido.

   LA LUZ GOZOSA DE LA FE

   En cambio, quien tiene fe en Dios Padre Todopoderoso, por mal que se le den las cosas siempre tendrá la posibilidad de venirse arriba, de enriquecer su corazón incluso con el amor a sus enemigos -porque verá que también son hijos de Dios-, y de vivir una alegría íntima que nada ni nadie, pase lo que pase, pueden arrebatar.

   CUIDADO CON EL CUELLO DE LA BOTELLA

   Tampoco se trata de atosigar al niño con lecciones profundas incesantes. La mente del niño se ha comparado al cuello de una botella: si se intenta meterle gran cantidad de licor en poco tiempo, se derrama y desperdicia; en cambio, gota a gota, despacio, pero con constancia, pronto se llena y va asimilando sabiduría.

   LA CONTRAEDUCACIÓN Y LAS COSAS PEQUEÑAS

   El mal se suele difundir ordinariamente por medio de cosas pequeñas. Lo virus, las bacterias nocivas se instalan en los buenos alimentos. No dar importancia a pequeños detalles de higiene puede acarrear graves enfermedades. La “contraeducación” promovida por ciertos -abundantes- medios de comunicación social muchas veces es subliminal, a base de indirectas, insinuaciones, pequeñas ironías aparentemente inofensivas, pero que dividen, destruyen un afecto hacia los padres, la fe en Dios, la fidelidad a un amor importante.

   La solución de los grandes males -el peor de nuestra época es la indiferencia religiosa- se encuentra muchas veces en el cuidado de cosas pequeñas, aparentemente insignificantes, en la vida de familia. El breve comentario o la sonrisa laudatoria que despierta el amor a lo bueno y noble y lo discierne de lo zafio y vil. La ayuda para rezar las oraciones diarias. La bendición de la mesa. El empeño por conseguir, a pesar de algún sacrificio, rezar el Rosario en familia (explicando por qué). Ir juntos -y elegantes- a Misa, ocasión de comentar alguna de las grandes maravillas que encierra tan gran misterio. Dar gracias después de la Comunión, etcétera.

   Vale la pena meditar esta poesía de Juan Bárbara: “Dichoso el niño/ que al oír que Dios baja a la mesa,/ sorprende en su padre la pupila grave/ pendiente del misterio,/ no perdida en desconches y vidrieras;/ y percibe,/entre los femeninos gestos de su madre,/ esa seguridad de hablar con alguien./ Qué rica herencia,/ si no sufre el desmentido de la vida,/ salir a contemplar desde el origen/ la variable irisación del mundo”

   Estar educando de continuo no es una forma angustiosa de vivir, sino un estímulo de superación constante, un deporte superior, en el que tampoco importa demasiado que haya altibajos de forma, sino la voluntad inquebrantable de mejorar la calidad de vida espiritual propia, con vistas a enriquecer la de toda la familia. Y, como en la vida de un buen deportista, como en la vida de un buen cristiano, habrá derrotas y momentos en que parecerá que todo se ha perdido, pero enseguida se redescubrirán en el último Porqué sobradas razones para proseguir con esperanza hasta el fin de la prueba. Así, en todo caso seremos vencedores.

Antonio OROZCO

 

 

Santidad, la vía para ser felices

Escrito por Fernando Ocáriz

Publicado: 05 Julio 2018

https://www.almudi.org/images/Ocariz37NNN.jpg

Los 90 años desde la fundación de San Josemaría Escrivá en palabras de su tercer sucesor al frente de la Obra: «Un camino que llama a todos»

Ofrecemos la entrevista realizada por Francesco Ognibene al Prelado del Opus Dei, publicada el pasado 27 de junio en avvenire.it.

Monseñor Fernando Ocáriz nació en París el 27 de octubre de 1944, último de 8 hijos, en una familia española expatriada en Francia para huir de la Guerra civil que, entre 1936 y 1939, asoló el País. Graduado en Física por Barcelona (1966), obtuvo la licenciatura en Teología en la Pontificia Universidad Lateranense en 1969 y el doctorado en la Universidad de Navarra en 1971, año de su ordenación sacerdotal.

Ha dedicado gran parte de su ministerio a la atención pastoral de jóvenes y universitarios. Es consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la Congregación para el Clero y del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización. Tras la muerte de monseñor Javier Echevarría el 12 de diciembre de 2016, fue elegido el 23 de enero de 2017 por el Congreso general nuevo prelado del Opus Dei, tercer sucesor de Escrivá después del beato Álvaro del Portillo y del propio Echevarría.

La Prelatura del Opus Dei cuenta hoy con unas 92.900 personas en todo el mundo, el 70% casados, y con mayoría de mujeres (57%). Los sacerdotes son 2.095, a los que se añaden los 1.900 pertenecientes a la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz incardinados en diversas diócesis del mundo. En Italia los fieles de la Prelatura son unos 4.500. La mayor parte de los miembros del Opus Dei reside en Europa (52 mil) y en América (31 mil).

El Opus Dei realiza sus actividades apostólicas en 70 Países, donde sus miembros animan, junto a sus amigos, colegios, iniciativas sociales, centros para familias, obras caritativas. Se han difundido por todo el mundo en millones de copias los clásicos de espiritualidad de san Josemaría: desde «Camino» a «Surco» y «Forja» hasta las colecciones de homilías («Amigos de Dios», «Es Cristo que pasa») además de la más célebre, «Amar al mundo apasionadamente».

Noventa años son el tiempo de una vida larga y llena de acontecimientos. Pero si el metro es el tiempo de la Iglesia, entonces estamos hablando de plena juventud. El Opus Dei alcanza este año la meta de sus primeros noventa años, fundado en Madrid el 2 de octubre de 1928 por san Josemaría Escrivá, entonces sacerdote de 26 años con muchas esperanzas en el corazón y la predisposición de acoger una voluntad de Dios que presagiaba sin conocerla. Pedía verla. Y aquella mañana «vio» −como él mismo contó después− laicos de toda edad y condición social santificarse en la normalidad de su vida. Hoy parece obvio −aunque no lo es si el Papa debe escribir una Exhortación apostólica como la ‘Gaudete et exsultate’ para recordarlo−, pero entonces era una auténtica revolución. Tercer sucesor de aquel “cura revolucionario”, declarado santo en 2002, monseñor Fernando Ocáriz está al frente de la Prelatura personal desde el 23 de enero de 2017. Y mientras el calendario litúrgico recuerda a Escrivá −ayer, día de su muerte en 1975 en Roma−, reflexiona sobre esta ya “jovencísima” institución al servicio de la Iglesia. 

¿Aquella “visión” de hace noventa años puede decirse hoy realizada?

La inspiración sobre la santificación de la vida ordinaria y sobre el papel de los laicos está hoy cada vez más en el corazón de la Iglesia, aunque no sea una “exclusiva” de nadie. La Obra se realiza en la respuesta generosa de cada persona en cada momento de la historia. Desde 1928 se ha difundido en todos los continentes, ha aumentado la variedad de fieles en edad, condición social, nacionalidad. Pero luego, hace falta que, concretamente, aquella visión se realice en la vida de cada uno, y se haga presente en las cambiantes circunstancias de cada época.

¿Qué significa hoy para un laico buscar la santidad en la sociedad digital, surcada por profundos cambios de mentalidad y costumbres?

Entre otras cosas, significa sembrar el mundo digital de amistad, superando así el riesgo de la despersonalización: cada persona es importante, porque Jesucristo murió y resucitó por cada uno de nosotros. Las relaciones auténticas empiezan cuando se ve a personas concretas en el centro de toda interacción, aunque a menudo, en las conversaciones digitales, no las tengamos delante. Luego, compartir contenidos de valor, sin sustituir la cultura por una mera información. Y para eso hay que estudiar, reflexionar, rezar, escuchar. Los cristianos deberíamos infundir, entre otras cosas, serenidad en el veloz flujo de lo digital. Finalmente, vivir coherentemente, con unidad de vida, sin dobleces: no se puede pretender ser ciudadano modelo y buen cristiano offline y luego actuar online sin frenos inhibidores, sin caridad ni prudencia en los modos.

Usted asumió la guía del Opus Dei hace más de un año, un tiempo que ha pasado viajando mucho. ¿En qué dirección está orientando la Prelatura?

Quisiera vivir la paternidad espiritual y la cercanía a las personas, sobre todo a las del Opus Dei, porque son las que la Iglesia me ha confiado de modo particular. Llevarles el cariño y el empuje evangelizador que nos trasmitieron san Josemaría y sus sucesores. La prioridad es ayudar a cada laico y sacerdote de la Prelatura a recomenzar siempre desde la contemplación de Jesucristo. Animarles a servir a la Iglesia en las circunstancias ordinarias de su vida: en el trabajo, en la familia, en las relaciones sociales, para que, como testigos de la alegría del Evangelio, ayuden a descubrir el amor de Cristo en esos ambientes. El último Congreso general del Opus Dei ha identificado como direcciones prioritarias, entre otras, la labor de evangelización en el campo de la familia, de los jóvenes y de los más necesitados, tanto en el cuerpo como en el espíritu. En el Opus Dei queremos continuar promoviendo iniciativas que ayuden a aliviar las necesidades concretas de este mundo nuestro herido y, a través de ellas, trasmitir el consuelo de Dios.

¿Y en el mundo?

En Países de minoría cristiana, como Indonesia o Sri Lanka, es importante mantener la confianza en el Señor y tener mucha fe: el compromiso cristiano de los fieles del Opus Dei es una pequeña semilla, cuyos frutos crecen poco a poco, con la gracia de Dios. En otros Países donde la tradición cristiana es más viva quizá el reto principal es vivir con alegría y autenticidad el Evangelio, en un mundo que suele estar gobernado por criterios principalmente económicos y materiales.

¿El magisterio y el ejemplo del Papa Francisco qué están enseñando al Opus Dei?

El Papa enseña a todos lo mismo: vivir el Evangelio, intentar salir hacia esas periferias humanas que a veces pueden asustar, pero donde el Señor nos pide estar presentes. Su ejemplo está llevando a tantos católicos, y entre ellos a muchos fieles del Opus Dei, a realizar por ejemplo iniciativas de acogida a los inmigrantes y refugiados, o muchas otras actividades de apostolado en sectores difíciles, para acercar el Evangelio a los no creyentes.

¿Qué “periferias” esperan a los miembros de la Prelatura?

Hace un tiempo, el Papa Francisco me pidió que nos dedicáramos a las periferias de las clases medias. En nuestra sociedad de bienestar a veces tendemos a reducir el concepto de periferia a algunas zonas pobres de África, Asia o América, o a las grandes barriadas populares fuera de los centros de nuestras ciudades. Ciertamente es necesario ocuparse de aliviar las penurias y necesidades en esos lugares; doy gracias a Dios por la generosidad de muchas personas del Opus Dei y de sus amigos que, como tantos otros católicos, llevan adelante iniciativas de tipo educativo o asistencial en esas periferias, como el «Eastlands College of Technology», escuela de formación profesional recién inaugurada en uno de los barrios más pobres de Nairobi. En el Centro Elis de Roma ha terminado el primer año de la escuela vespertina, con 80 chicos del barrio Tiburtino y de familias de barriadas más difíciles, muchos de los cuales llevan a sus espaldas un fuerte trastorno familiar y social, o son menores no acompañados llegados a Italia con los flujos migratorios del Mediterráneo. Pero pienso que con aquella petición, el Papa quería recordar que la periferia está también en el amigo o colega de trabajo que está todos los días junto a nosotros, en cualquier ciudad italiana, pero está alejado de Dios, o está pasando una crisis familiar, o no halla respuesta a la pregunta sobre “cuál es el sentido de esta vida”.

La recientísima ‘Gaudete et exsultate’ sobre la «llamada a la santidad en el mundo contemporáneo» en muchos puntos recuerda de cerca las enseñanzas de Escrivá. ¿Qué sintió al leerla?

La llamada universal a la santidad es la esencia de la enseñanza del fundador del Opus Dei. Insistía siempre «que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor −decía, desde el principio−, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio» (Es Cristo que pasa, 122). Dios llama a la santidad al profesor del colegio, al artista, al empresario, al que hace pizza, al campesino, a quien se ocupa de las labores domésticas, al periodista, al deportista, a quien sufre el drama del paro... Ya en vida, el fundador tuvo la gran alegría de ver cómo el Concilio Vaticano II confirmaba y proclamaba esta realidad: que la santidad es para todos. Por eso, podrá entender que cuando leí Gaudete et exsultate en seguida pensé en la alegría que habría sentido san Josemaría, viendo esta nueva expresión del mensaje de la llamada universal a la santidad en palabras del Papa Francisco.

¿Qué le ha llamado más la atención?

El Papa nos presenta las bienaventuranzas como el carné de identidad de quien busca la santidad en la vida ordinaria. Es un camino que a veces requiere ir contracorriente pero que al final, precisamente, es bienaventuranza, o sea felicidad. Es muy importante hacer ver, con el ejemplo, que vivir como cristianos es también humanamente algo que ya tiene su recompensa en esta tierra, a pesar de las dificultades que todos debemos pasar. El camino de las bienaventuranzas es también una vía de felicidad para nosotros y para los demás. He encontrado muy bonita la insistencia del Papa, a lo largo de toda la exhortación, en fundar la santidad a partir de pequeños gestos, algo también muy característico de san Josemaría, que en su libro Camino escribió: «¿No has visto en qué "pequeñeces" está el amor humano? −Pues también en "pequeñeces" está el Amor divino» (n. 824).

Los 90 años del Opus Dei coinciden con el año que la Iglesia está dedicando a los jóvenes con vistas al Sínodo de octubre. ¿Cuál es la propuesta de vida que el Opus Dei presenta hoy a un joven?

Recuerdo la respuesta que dio san Josemaría a un joven: «Vuestros deberes de cristianos se pueden reducir a ser leales. No es leal el que no tiene consigo mismo, contra sí mismo, una lucha. Esté donde esté (…). Los estudiantes a estudiar. Los que trabajan a trabajar. Y a trabajar sin quitar el hombro, con empeño (…). Te miro y hacen falta gentes como tú en el mundo. Que en tu ambiente, en tu trabajo, en tu familia, en el lugar donde haces tu vida, en el sitio donde te diviertes, seas recio, agradable y cristiano» (ver vídeo). Se trata de proponer a los jóvenes el ideal de la santidad −seguir a Jesús− en la vida ordinaria, hecha de estudio, de amistades, de trabajo, de servicio, haciéndoles conscientes de que el mundo, y con él la Iglesia, estará pronto en sus manos. Por eso deben recibir formación humana y cristiana y, al mismo tiempo, sentirse mirados con esperanza y confianza. El punto central es ayudarles a conocer a Cristo, a tratar a Cristo, a amar a Cristo, en sus circunstancias ordinarias.

Otro ámbito neurálgico de la sociedad y de la Iglesia es la familia. ¿Qué pide a los miembros y amigos del Opus Dei en este campo?

Que den un testimonio positivo, principalmente con su perseverancia en el amor. Ser fieles a Dios o a una persona es algo que hay que renovar todos los días. A veces lo haremos fácilmente, otras con esfuerzo. Hay que desear y buscar el bien de los demás. En la familia, ese “bien” exige aceptar al otro como es, saber renunciar a las propias opiniones, notar las señales de cansancio, encontrar tiempo y temas para hablar, dejarse de quejas, etc. Estos hechos, sencillos pero que en ciertos periodos pueden ser heroicos, mostrarán que nos importan las personas, a las que nunca queremos considerar como objetos caducados o defectuosos que se puedan “sustituir” cuando ya no nos sirven. Una familia que no se rinde ante las dificultades, y donde tanto los padres como los hijos buscan el consejo de Dios para conocer y querer el bien de los demás, es un gran apoyo para la Iglesia y para la sociedad.

¿Qué espera el prelado de la Obra en Italia?

Que, fieles al carisma de san Josemaría, todos en el Opus Dei nos dejemos guiar por el Espíritu Santo para un renovado impulso evangelizador. No solo vale para Italia, sino para todas las naciones. Se trata de llevar el calor de Jesucristo a muchos amigos, familiares, colegas, vecinos, conocidos. Lo esencial de ese impulso evangelizador en Italia no consiste en poner en marcha nuevas actividades o instituciones como las ya existentes, que son per sé algo muy bueno y positivo, sino de favorecer la amistad personal, la apertura a todos y el espíritu de servicio, actitudes profundamente evangélicas que son fundamentales para el apostolado cristiano y que son compatibles con los defectos y debilidades que todos tenemos.

Traducción de Luis Montoya.

 

 

De nuevo la eutanasia

Avanza ya la ley de la eutanasia impulsada por el Partido Socialista y gestionada por el Gobierno de Pedro Sánchez. Un proyecto lleno de ambigüedades. Habla de la libertad del enfermo o mayor, de la libertad de los médicos, sin aclarar el contenido de tal libertad o del papel de las clínicas. No habla del ahorro que esperan en las cuentas de la Seguridad Social cuando deje de gastar en pacientes durante varios años. Y abre la puerta a que los familiares de los ancianos vean una salida, por la puerta de atrás, a sus gastos y cansancios. Ciertamente, todo estos es muy poco constructivo al tiempo que se desvaloriza la condición humana.

Pedro García

 

 

Les habló del amor

En una reunión hace cuatro años, con jóvenes en Turín, el papa Francisco les habló del amor con estas palabras:         

“¿En qué consiste la grandeza del amor de Jesús? ¿Cómo podemos experimentar su amor?». Y ahora, sé que sois buenos y me permitiréis hablar con sinceridad. No quiero ser moralista, pero quiero decir una palabra que no gusta, una palabra impopular. También el Papa debe arriesgar algunas veces en las cosas para decir la verdad. El amor está en las obras, en la comunicación, pero el amor es muy respetuoso de las personas, no usa a las personas, es decir, el amor es casto. Y a vosotros, jóvenes en este mundo, en este mundo hedonista, en este mundo donde solamente se publicita el placer, pasarlo bien, darse la buena vida, os digo: sed castos, sed castos”.

“Todos nosotros en la vida hemos pasado momentos en los que esta virtud era muy difícil, pero es precisamente el camino de un amor genuino, de un amor que sabe dar la vida, que no busca usar al otro para su propio placer (…). No es fácil. Todos sabemos las dificultades para superar esta concepción «facilista» y hedonista del amor. Perdonadme si digo una cosa que no os esperabais, pero os pido: haced el esfuerzo de vivir castamente el amor” (21 de junio 2015).

Juan García.

 

 

La verdad que expresa la cuestión en sí.

El valor de lo que dicen los obispos no depende solo de quien lo diga y de la naturaleza del organismo que se pronuncia. El valor primero radica en la verdad que expresa la cuestión en sí.

Es decir, la enseñanza –antes se diría, el magisterio- de la Iglesia sobre la eutanasia está clara. Aunque haya por ahí algún teólogo de los nuevos ámbitos áulicos, que son los medios, que parece no lo tiene tan claro.

Por tanto, lo dicho antes sirve para lo que hay que decir ahora, máxime en este momento en el que no se quieren conflictos externos en las cuestiones que no hace mucho se consideraban principios no negociables. Remito a la intervención de Benedicto XVI en unas jornadas de estudio sobre Europa organizadas por el partido popular europeo, de 30 de marzo de 2006.

Allí decía que “por lo que atañe a la Iglesia católica, lo que pretende principalmente con sus intervenciones en el ámbito público es la defensa y promoción de la dignidad de la persona; por eso, presta conscientemente una atención particular a principios que no son negociables. Entre estos, hoy pueden destacarse los siguientes: protección de la vida en todas sus etapas, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural (…)”.

Jesús Domingo Martínez

 

 

 

V I A J E   A   M A R R U E C O S

(ABRIL 1993)

(I)

PRÓLOGO

 

            Entre los viajes que tenía previsto realizar, se encontraba el del "reino de Marruecos" y ello debido a diferentes motivos, aparte de la curiosidad propia de quien tiene "ansias de saber", ya que este país, está ligado a nosotros los españoles (más aún a nosotros los andaluces) por hechos históricos y a lo largo de muchos siglos, ya que "hombres de aquí fueron a hacer ese país y hombres de allí vinieron también a hacer lo que hoy es España" y sin embargo... Cada uno de los países se fue conformando de tal forma, que han llegado a ser algo así como..."diametralmente opuestos" y la separación geográfica, tan insignificante como lo son los "quince kilómetros" que separan ambas orillas continentales, en realidad se ha convertido en "una barrera" enormemente distante en lo que podríamos denominar..."el tiempo y el espacio", por causas de derivaciones en la civilización y más aún en la religión que ambas naciones siguieron por los avatares de la Historia.

            Sin embargo y debido a la proximidad... "España y Marruecos, están condenados a entenderse", ya que en ese entendimiento mutuo, ambos países -y pueblos- pueden -y deben- beneficiarse en todos los sentidos nobles y positivos que representa el verdadero progreso humano y ello, debido a la situación estratégica tan privilegiada que ambos disfrutan, pues ambos tienen "la llave" del estrecho de Gibraltar y entre ambos -algún día- será tendido "el puente de comunicación" entre dos continentes que se necesitan (Europa y África)... con lo que ello puede representar para un futuro positivo y para "ambas orillas".

            Al nombrar España y Marruecos, no me he olvidado de Ceuta, Melilla, ni tampoco de "alguna isla o peñón", donde España ejerce su soberanía... Melilla, por conquista española desde hace siglos y Ceuta, por "la herencia" que recibiera Felipe II, de la época en que fue rey también de Portugal... Pero es lógico, que esas tierras vuelvan alguna vez "al tronco geográfico" al que pertenecen, al igual que en "este lado"... Gibraltar tendrá que volver alguna vez "al tronco desde donde fuera arrebatado"; esta es una lógica que antes o después tendrá que ser asumida, siquiera sea, por "los costos enormes que representan estos enclaves para los países que los mantienen" y que si en su tiempo pudieran ser interesantes por motivos militares... "esperemos que alguna vez, ello sea superado y por innecesarios, tengan que ser devueltos, reestructurados, o... abandonados".

            Curiosamente yo tuve que realizar el obligado servicio militar en la plaza de Melilla (1960-1961) y allí, incluso a los soldados, nos pagaban un "ciento treinta por ciento" más que a los de la península, lo que aplicado al resto de funcionarios, sean estos del ejército o de la vida civil, representaba (sigue representando) una sangría enorme... "para y por no sabemos qué".

            Pero volvamos a las "distancias enormes que nos separan".

            Estas se inician cuando cae o desaparece el Imperio Romano, ya que hasta entonces, tanto la península Ibérica, como gran parte de Marruecos y todo el Norte de África, eran provincias romanas, regidas por iguales leyes y comunicadas por igual idioma, incluso unidas por "similares dioses o religiones"... Pero al surgir Mahoma y su libro sagrado (El Corán) surge con él, lo que va a transformar gran parte del mundo, ya que se expande a gran velocidad, "la nueva religión denominada Islam", la que aparte de serlo (una idea religiosa) es también una forma de vida, puesto que esta religión todo lo marca, controla y dirige... y con ello, van a surgir las fronteras infranqueables, debidas a las terribles luchas o guerras religiosas "más o menos santas", por imponer simplemente (es terrible decirlo)... "un Dios inmensamente bueno, justo y misericordioso"... "por otro que en esencia es exactamente lo mismo"... "Puesto que no olvidemos que todas las buenas religiones, están basadas en sólo dos frases... amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo"... de ahí, que en el Islam, se reconozca incluso la religión judeo-cristiana, hasta precisamente Jesús de Nazaret, cuya doctrina está basada precisamente en esos "dos pilares antes mentados".

            Y es debido a todo ello, como se llega a esa separación, que se inicia cuando va decayendo  "el culto latín romano" (basado en el más culto griego) el que va siendo sustituido por "la babel" de lenguas que lo van suplantando, entre las que afortunadamente van a destacar las dos lenguas principales de España y Marruecos... él español (que no castellano) y el árabe, ya que conviene decir, que el Islam se extiende paralelamente al idioma de Mahoma y; todo "buen musulmán" debe saber su lengua y la del Profeta Mahoma... "he ahí el quid de la cuestión y lo que afirma y confirma, religión y forma de vida, costumbres etc. en quienes practican la religión islámica".

            Para que reflejar "más cosas", de lo que cualquiera medianamente "leído en Historia", sabe más que suficiente sobre los tan cacareados y nefastos (por sus consecuencias)...  "moros y cristianos", por ello con este preámbulo o introducción al tema, pienso que es más que suficiente; no obstante añado algo más por cuanto "ha ocurrido en los años posteriores a mi viaje" (1993-2018) y que debemos saber "y meditar".

            Hoy, cuando este relato entra en imprenta (1.999), los datos últimos que poseo sobre éste país son los siguientes: "Marruecos tenía apenas diez millones de habitantes al recuperar su independencia, en 1.956, tendrá cuarenta millones en el 2,010.- La renta per cápita es hoy once veces inferior a la española, el paro y la emigración crecen y España está a quince kilómetros". (Darío Valcárcel, en "ABC" del 15-12-1998).- Visto y analizado todo ello, la proliferación de africanos en nuestro entorno y una gran invasión futura "si no se controlan las migraciones", es lo que se puede esperar "ya mismo", pues aquí los nacimientos de nuevos españoles cada vez escasean más y en Marruecos y resto de África, es todo lo contrario... "nacen en proporciones enormes"... ¿qué pueden hacer todas esas masas si los dejan?... "pues emigrar y si pueden, luego traerse a toda la familia" (“que es lo que ocurrió y sigue ocurriendo y es por lo que en España el mayor número de invasores ha sido el procedente de Marruecos”);  por todo ello al Gobierno de Marruecos y el Rey Hassan II (hoy reina uno de sus hijos), le viene ello "de perlas", puesto que se quita problemas enormes de encima y además y como ocurriera en "los años sesenta con Franco" aquí en España... "las masas de pobres emigrantes envían a su país de origen, ingentes cantidades de dinero internacional, que son como un inmenso maná para las arcas nacionales marroquíes", las que pese a ello (llevan ya muchos años) no saben estructurar a ese inmenso país (doble de extenso que España) y en el que debieran poderse ya... "buscar la vida sus propios y nativos habitantes sin tener que seguir emigrando en masa".

                Empecemos pues el relato, “volviendo un poco la vista atrás”.

 

Antonio García Fuentes

www.jaen-ciudad.es (aquí muchos más temas)

Jaén: 13 de Agosto del 2018