Las Noticias de hoy 09 Agosto 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 09 de agosto de 2018       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general, 8 de agosto de 2018 – Texto completo

Audiencia general: “La idolatría nace de nuestra incapacidad de fiarnos de Dios”

TÚ ERES EL CRISTO: Francisco Fernández-Carvajal

“Aquí me tienes, para lo que quieras”: San Josemaria

La legítima autonomía de las cosas temporales: Elisabeth Reinhardt

Protagonistas de la Iglesia y del mundo

Pequeñeces: Javier López

Titulo. Jornada de la Familia en Torreciudad: Real Oratorio Caballero de Gracia

¿Qué hago con mis hijos millennials? : Silvia del Valle

Mons. Felipe Arizmendi: “Justicia para los animales”: + Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

La estatización de la medicina: Plinio Corrêa de Oliveira

Dos concepciones de la Sociedad: Familia de familias o campo de concentración: Acción Familia

La Asociación de Mujeres Juezas, una asociación política: ForumLibertas

Nicaragua expulsa a diez sacerdotes, uno de ellos español

Una cultura del caudillismo: José Morales Martín

Más parece una compensación: Jesús Martínez Madrid

El Gobierno de May: Xus D Madrid

VIAJE A ALEMANIA: JULIO 1977 (5): Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Audiencia general, 8 de agosto de 2018 – Texto completo

Catequesis sobre el primer Mandamiento

agosto 08, 2018 20:15Rosa Die AlcoleaAudiencia General

(ZENIT – 8 agosto 2018).- “La referencia a Dios nos hace fuertes en la debilidad, en la incertidumbre y también en la precariedad”, ha anunciado el Papa Francisco, en la audiencia general celebrada esta mañana, 8 de agosto de 2018, en el Aula Pablo VI, del Palacio Apostólico Vaticano.

Así, el Santo Padre ha continuado en la audiencia general con la reflexión sobre el primer mandamiento del Decálogo, profundizando en la idolatría con la escena bíblica del becerro de oro, que representa el ídolo por excelencia.

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“Cuando se acoge el Dios de Jesucristo –ha expuesto el Pontífice– un hombre rico que se hizo pobre para nosotros, uno descubre que reconocer la propia debilidad no es la desgracia de la vida humana, sino que es la condición para abrirse a uno que es verdaderamente fuerte”.

“Entonces, por la puerta de la debilidad entra la salvación de Dios; y en virtud de su propia insuficiencia, el hombre se abre a la paternidad de Dios”, ha matizado.

A continuación, ofrecemos la traducción de la catequesis del Papa Francisco, pronunciada este miércoles, 8 de agosto de 2018, en la audiencia general.

***

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos hoy a reflexionar sobre el Decálogo, profundizando en el tema de la idolatría, ya hablamos de esto la semana pasada. Ahora volvemos al tema porque es muy importante conocerlo. Y tomamos de referencia el ídolo por excelencia, el becerro de oro, del cual se habla en el Libro del Éxodo (32, 1-8) – acabamos de escuchar un pasaje. En este episodio hay un contexto preciso: el desierto, donde el pueblo espera a Moisés, que subió a la montaña para recibir las instrucciones de Dios.

¿Cuál es el desierto? Es un lugar donde reinan la precariedad y la inseguridad – en el desierto no hay nada – donde no hay agua, no hay comida y no hay refugio. El desierto es Il deserto es una imagen de la vida humana, cuya condición es incierta y no tiene garantías inviolables. Esta inseguridad genera en el hombre ansiedades primarias, que Jesús menciona en el Evangelio: “¿Qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber? ¿Qué nos pondremos?”  (Mt 6,31). Son ansiedades primarias. Y el desierto causa estas ansiedades.

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Y en ese desierto sucede algo que desencadena la idolatría. “Moisés tardó en descender de la montaña” (Es 32,1). Se quedó allí 40 días y la gente se impacientó. El punto de referencia, que era Moisés, falta: el líder, el jefe, el guía tranquilizador, y esto se vuelve insostenible. Entonces las personas piden un dios visible – esta es la trampa en la que cae la gente – para poderse identificar y orientar.

Y le dicen a Aron: “Danos un dios que vaya por delante de nosotros!”, “Danos un jefe, danos un líder”. La naturaleza humana, escapar de la precariedad – la precariedad en el desierto – busca una religión “hazlo tú mismo”: si Dios no aparece, nos hacemos un dios a medida. “Ante el ídolo, no hay riesgo de que seamos llamados a abandonar nuestra seguridad, porque ‘los ídolos tienen boca, pero no pueden hablar’ (Sal 115,5)”. Entendemos entonces que el ídolo es un pretexto para ubicarse en el centro de la realidad, en la adoración del trabajo de sus propias manos” (Enc. Lumen fidei, 13).

Aaron no puede oponerse a las peticiones de las personas y crea un becerro de oro. El becerro tenía un doble significado en el antiguo Oriente Próximo: por un lado representaba la fertilidad y la abundancia, y por el otro representaba energía y fuerza. Pero, sobre todo, es dorado, por lo que es un símbolo de https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/08/Papa-5-413x275.jpg

riqueza, éxito, poder y dinero. Estos son los grandes ídolos: éxito, poder y dinero. ¡Estas son las tentaciones de todos los tiempos! Esto es lo que es el becerro de oro: el símbolo de todos los deseos que dan la ilusión de libertad y en su lugar esclavizan. Es atractivo y tú caes. Ese encanto de la serpiente, que mira el pájaro y el pájaro se queda quieto sin poder moverse y la serpiente lo coge. Aaron no sabía como oponerse.

Pero todo se debe a la incapacidad de confiar sobre todo en Dios, de poner nuestra seguridad en Él, para permitirle dar una verdadera profundidad a los deseos de nuestros corazones. Esto nos permite soportar también la debilidad, la incertidumbre y la inseguridad. La referencia a Dios nos hace fuertes en la debilidad, en la incertidumbre y también en la precariedad. Sin la primacía de Dios, uno fácilmente cae en la idolatría y se contenta con garantías mínimas. Pero esta es una tentación que siempre leemos en la Biblia. Y piensen bien esto: liberar el pueblo de Egipto a Dios no costó tanto trabajo; lo hizo con signos de poder, de amor. Pero la gran obra de Dios fue quitar a Egipto del corazón de la gente, es decir, quitar la idolatría del corazón del pueblo. Y, sin embargo, Dios continúa trabajando para eliminarlo de nuestros corazones. Esta es la gran obra de Dios: eliminar “ese Egipto” que llevamos dentro, que es el atractivo de la idolatría.

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Cuando se acoge el Dios de Jesucristo, un hombre rico que se hizo pobre para nosotros (cfr 2 Cor 8,9), entonces uno descubre que reconocer la propia debilidad no es la desgracia de la vida humana, sino que es la condición para abrirse a uno que es verdaderamente fuerte. Entonces, por la puerta de la debilidad entra la salvación de Dios (cfr 2 Cor 12,10); y en virtud de su propia insuficiencia, el hombre se abre a la paternidad de Dios. La libertad del hombre surge de dejar que el verdadero Dios sea el único Señor. Y esto nos permite aceptar la propia fragilidad y rechazar los ídolos de nuestro corazón.

Nosotros, los cristianos, volvamos nuestra mirada a Cristo crucificado (cfr Gv 19,37), que es débil, despreciado y despojado de toda posesión. Pero en Él se revela el rostro del Dios verdadero, la gloria del amor y no del engaño brillante. Isaías dice: “Hemos sido sanados por sus heridas” (53,5). Fuimos curados precisamente por la debilidad de un hombre que era Dios, por sus heridas. Y desde nuestras debilidades podemos abrirnos a la salvación de Dios. Nuestra recuperación proviene de Aquel que se hizo pobre, que aceptó el fracaso, quien ha llevado nuestra precariedad hasta el final para llenarla de amor y fortaleza. Él viene a revelarnos la paternidad de Dios; en Cristo nuestra fragilidad ya no es una maldición, sino un lugar de encuentro con el Padre y la fuente de una nueva fuerza desde arriba.

 

Audiencia general: “La idolatría nace de nuestra incapacidad de fiarnos de Dios”

Palabras del Papa en español

agosto 08, 2018 10:53Rosa Die AlcoleaAudiencia General

(ZENIT – 8 agosto 2018).- “La idolatría nace de nuestra incapacidad de fiarnos de Dios, –ha anunciado Francisco en la audiencia general– de reconocerlo como el Señor de nuestra vida, él único que nos puede dar la verdadera libertad”.

El Papa ha continuado esta mañana, 8 de agosto de 2018, con la reflexión sobre el primer mandamiento del Decálogo, profundizando en la idolatría con la escena bíblica del becerro de oro, que representa el ídolo por excelencia.

“Los ídolos nos prometen libertad pero, en cambio, nos hacen sus esclavos”: ha expresado el Pontífice en la segunda catequesis del mes de agosto. “Jesucristo se hizo pobre por nosotros, abriendo la puerta de nuestra salvación, que pasa por aceptar nuestra fragilidad y rechazar los ídolos de nuestro corazón”, ha enseñado el Santo Padre.

Becerro de oro

Así, el Papa Francisco ha narrado cómo surgió la idea de construir el becerro de oro: El Pueblo de Israel estaba en el desierto, donde experimentaba una angustia vital, no tenía agua, ni alimento y esperaba a Moisés que había subido al monte para encontrar al Señor. El pueblo quería certezas y se construyó un ídolo hecho a su medida y mudo, que no le exigiera salir de sus propias seguridades.

Veían en la imagen del becerro un signo de fecundidad y de abundancia y a la vez de energía y fuerza, “que se adaptaba perfectamente a sus necesidades”. Además, lo fabricaron de oro, como “símbolo de riqueza, éxito y poder, que son las tentaciones de siempre”, ha señalado el Obispo de Roma.

El Santo Padre, como tiene por costumbre, ha saludado en la audiencia general, a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina.

 

 

 

TÚ ERES EL CRISTO

Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo: confesar así la divinidad de Jesucristo.

— Cristo, perfecto Dios, perfecto Hombre.

— Cristo: Camino, Verdad y Vida.

I. Se encuentra Jesús en Cesarea de Filipo, al Norte, en los confines del territorio judío, entre una población pagana en su mayoría. Allí preguntó a sus discípulos con toda confianza: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?1. Los Apóstoles se hacen eco de las opiniones que existían en torno a Jesús; le contestaron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas... Muchos de los que le oyen tienen un concepto alto de Jesús, pero no saben quién es en realidad. El Maestro se volvió a ellos y ahora, con tono amable, les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Parece exigir a los suyos, a quienes le siguen muy de cerca, una confesión de fe clara y sin paliativos; ellos no deben limitarse a seguir una opinión pública superficial y cambiante: deben conocer y proclamar a Aquel por quien lo han dejado todo para vivir una vida nueva.

Pedro contestó categóricamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Es una afirmación clara de su divinidad, como lo confirman las palabras siguientes de Jesús: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Pedro debió de sentirse profundamente conmovido por las palabras del Maestro.

También hay ahora opiniones discordantes y erróneas en torno a Jesús, existe una gran ignorancia sobre su Persona y su misión. A pesar de veinte siglos de predicación y de apostolado de la Santa Iglesia, muchas mentes no han descubierto la verdadera identidad de Jesús, que vive en medio de nosotros y nos pregunta: Vosotros, ¿quién decís que soy yo? Nosotros, ayudados por la gracia de Dios, que nunca falta, hemos de proclamar con firmeza, con la firmeza sobrenatural de la fe: Tú eres, Señor, mi Dios y mi Rey, perfecto Dios y Hombre perfecto, «centro del cosmos y de la historia»2, centro de mi vida y razón de ser de todas mis obras.

En los duros momentos de la Pasión, cuando está a punto de culminar su misión en la tierra, el Sumo Sacerdote preguntará a Jesús: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Y Jesús declarará: Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre, y venir sobre las nubes del cielo3. En esta respuesta, no solo da testimonio de ser el Mesías esperado, sino que aclara la trascendencia divina de su mesianismo, al aplicarse a Sí mismo la profecía del Hijo del Hombre del Profeta Daniel4. El Señor utiliza para aquellos oyentes las palabras más fuertes de todas las expresiones bíblicas para declarar la divinidad de su Persona. Entonces le condenaron por blasfemo.

Solo la claridad de la fe sobrenatural nos hace conocer que Jesucristo es infinitamente superior a toda criatura: es el «Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre...»5. Salió del Padre6, pero sigue estando en plena comunión con Él, pues tiene idéntica naturaleza divina. Junto con el Padre, será Quien envíe al Espíritu Santo7, el cual tomará de lo que Él guarda, pues tiene y posee como propio cuanto es del Padre8.

Se presenta como supremo Legislador: Antes fue dicho a los antiguos... Pero Yo ahora os digo9. En la Antigua Ley se decía: Así habla Yahvé, pero Jesús no transmite ni promulga en nombre de nadie: Yo os digo... En su propio nombre imparte una enseñanza divina y señala unos preceptos que afectan a lo más esencial del hombre. Ejerce el poder de perdonar los pecados, cualquier pecado10, poder que, como todo judío sabe, es propio y exclusivo de Dios. Y no solo absuelve personalmente, sino que da el poder de las llaves, el poder de regir y de perdonar, a Pedro y a los Doce Apóstoles, y a sus sucesores11. Promete sentarse al fin del mundo como único juez de vivos y muertos12. Nadie se arrogó nunca tales atribuciones.

Jesús exigió –exige– a sus discípulos una fe inquebrantable en su Persona, hasta tomar la cruz sobre sus espaldas: el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí13; lo que pide para su Padre celestial lo exige también para sí mismo: una fe sin fisuras, un amor sin medida14.

Nosotros, que queremos seguirle muy de cerca, cuando estamos delante del Sagrario le decimos también, como Pedro: Señor, Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Verdaderamente, «el que halla a Jesús, halla un tesoro bueno, y de verdad bueno sobre todo bien. Y el que pierde a Jesús pierde muy mucho y más que todo el mundo. Paupérrimo el que vive sin Jesús y riquísimo el que está con Jesús»15. No le dejemos jamás nosotros; afiancemos nuestro amor con muchos actos de fe, con la valentía de dar a conocer en cualquier ambiente nuestra fe y nuestro amor a Cristo vivo.

II. Al cabo de tanto tiempo, Jesús sigue siendo para muchos, que aún no tienen el don sobrenatural de la fe o viven apoltronados en la tibieza, una figura desdibujada, inconcreta. Como respondieron los Apóstoles a Jesús aquel día en Cesarea de Filipo, también nosotros podíamos decirle: unos dicen que fuiste un hombre de grandes ideales, otros... Verdaderamente, siguen siendo actuales las palabras del Bautista: En medio de vosotros está uno a quien no conocéis16.

Solo el don divino de la fe nos hace proclamar a una con el Magisterio de la Iglesia: «Creemos en Nuestro Señor Jesucristo, que es el Hijo de Dios. Él es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre...»17. Creemos que en Jesucristo existen dos naturalezas: una divina y otra humana, distintas e inseparables, y una única Persona, la Segunda de la Trinidad Beatísima, que es increada y eterna, que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de María. Nace en la mayor indigencia, aclamado por ángeles del Cielo; padece hambre y sed; se cansa y tiene que recostarse en ocasiones sobre una piedra o sobre el brocal de un pozo; se queda dormido mientras navega con aquellos pescadores, ¡tan rendido se encuentra!; llora junto al sepulcro de su amigo Lázaro; tiene miedo y pavor a la muerte antes de padecer los ultrajes de la crucifixión.

Jesús es también Hombre perfecto. Y esta Humanidad Santísima de Jesús, igual a la nuestra en todo menos en el pecado, se nos ha hecho camino hacia el Padre. Él vive hoy –¿por qué buscáis al que vive entre los muertos?18– y sigue siendo el mismo. «Iesus Christus heri, et hodie, ipse et in saecula (Hebr 13, 8). ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. Somos los hombres los que a veces no alcanzamos a descubrir su rostro, perennemente actual, porque miramos con ojos cansados o turbios»19; con una mirada poco penetrante porque nos falta amor.

III. La vida cristiana consiste en amar a Cristo, en imitarle, en servirle... Y el corazón tiene un lugar importante en este seguimiento. De tal manera es así que cuando por tibieza o por una oculta soberbia se descuida la piedad, el trato de amistad con Jesús, es imposible ir adelante. Seguir a Cristo de cerca es ser sus amigos. Y esa unión amistosa conduce a poner en práctica hasta el menor de sus preceptos; es un amor con obras. San Agustín, después de tantos intentos vanos por seguir al Señor, nos cuenta su experiencia: «andaba buscando la fuerza idónea para gozar de Vos y no la hallaba, hasta que hube abrazado al Mediador entre Dios y los hombres: el Hombre Cristo Jesús, que es sobre todas las cosas bendito por los siglos, que nos llama y nos dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6)»20. ¡Amar al Hombre Cristo Jesús!

Jesucristo es el único Camino. Nadie puede ir al Padre sino por Él21. Solo por Él, con Él y en Él podremos alcanzar nuestro destino sobrenatural. La Iglesia nos lo recuerda todos los días en la Santa Misa: Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria... Únicamente a través de Cristo, su Hijo muy amado, acepta el Padre nuestro amor y nuestro homenaje.

Cristo es también la Verdad. La verdad absoluta y total, Sabiduría increada, que se nos revela en su Humanidad Santísima. Sin Cristo, nuestra vida es una gran mentira.

Narra el Antiguo Testamento que Moisés, por mandato de Dios, levantó su mano y golpeó por dos veces la roca, y brotó agua tan abundante que bebió todo aquel pueblo sediento22. Aquel agua era figura de la Vida que sale a torrentes de Cristo y que saltará hasta la vida eterna23. Y es nuestra Vida: porque nos mereció la gracia, vida sobrenatural del alma; porque esa vida brota de Él, de modo especial en los sacramentos; y porque nos la comunica a nosotros. Toda la gracia que poseemos, la de toda la humanidad caída y reparada, es gracia de Dios a través de Cristo. Esta gracia se nos comunica a nosotros de muchas maneras; pero el manantial es único: el mismo Cristo, su Humanidad Santísima unida a la Persona del Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Cuando el Señor nos pregunte en la intimidad de nuestro corazón: «y tú, ¿quién dices que soy Yo?», que sepamos responderle con la fe de Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Camino, la Verdad y la Vida... Aquel sin el cual mi vida está completamente perdida.

1 Mt 16, 13-23. — 2 Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 1. — 3 Mc 14, 61-62. — 4 Cfr. Dan 7, 13-14. — 5 Misal Romano, Credo niceno-constantinopolitano. — 6 Cfr. Jn 8, 42. — 7 Cfr. Jn 15, 26. — 8 Cfr. Jn 16, 11-15. — 9 Mt 5, 21-48. — 10 Cfr. Mt 11, 28. — 11 Cfr. Mt 18, 18. — 12 Cfr. Mc 15, 62. — 13 Mt 18, 32. — 14 Cfr. K. Adams, Jesucristo, p. 171. — 15 T. Kempis, Imitación de Cristo, II, 8, 2. — 16 Jn 1, 26. — 17 Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 30-VI-1968. — 18 Cfr. Lc 24, 5. — 19 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 127. — 20 San Agustín, Confesiones, 7, 18. — 21 Cfr. Jn 14, 6. — 22 Cfr. Primera lectura. Año I. Num 20, 1-13. — 23 Cfr. Jn 4, 14; 7, 38.

 

“Aquí me tienes, para lo que quieras”

¿Cómo haré yo para que mi amor al Señor continúe, para que aumente?, me preguntas encendido. –Hijo, ir dejando el hombre viejo, también con la entrega gustosa de aquellas cosas, buenas en sí mismas, pero que impiden el desprendimiento de tu yo...; decir al Señor, con obras y continuamente: "aquí me tienes, para lo que quieras". (Forja, 117)

Vuelvo a levantar mi corazón en acción de gracias a mi Dios, a mi Señor, porque nada le impedía habernos creado impecables, con un impulso irresistible hacia el bien, pero juzgó que serían mejores sus servidores si libremente le servían. ¡Qué grande es el amor, la misericordia de nuestro Padre! Frente a estas realidades de sus locuras divinas por los hijos, querría tener mil bocas, mil corazones, más, que me permitieran vivir en una continua alabanza a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Pensad que el Todopoderoso, el que con su Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados, prefiere hijos libres. (…)
Responder que no a Dios, rechazar ese principio de felicidad nueva y definitiva, ha quedado en manos de la criatura. Pero si obra así, deja de ser hijo para convertirse en esclavo. (...)
Permitidme que insista en esto; es muy claro y lo podemos comprobar con frecuencia a nuestro alrededor o en nuestro propio yo: ningún hombre escapa a algún tipo de servidumbre. Unos se postran delante del dinero; otros adoran el poder; otros, la relativa tranquilidad del escepticismo; otros descubren en la sensualidad su becerro de oro. Y lo mismo ocurre con las cosas nobles. Nos afanamos en un trabajo, en una empresa de proporciones más o menos grandes, en el cumplimiento de una labor científica, artística, literaria, espiritual. Si se pone empeño, si existe verdadera pasión, el que se entrega vive esclavo, se dedica gozosamente al servicio de la finalidad de su tarea. (Amigos de Dios, 33-34)

 

 

La legítima autonomía de las cosas temporales

Estudio publicado en Romana Nº 15 por Elisabeth Reinhardt, Profesora Agregada de Historia de la Teología Medieval y Moderna, del Departamento de Teología Histórica (Universidad de Navarra).

Otros 24/05/2016

La legítima autonomía de las cosas temporales (PDF)

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El texto de la "Gaudium et spes"

Dentro del capítulo sobre la actividad humana en el mundo en la Constitución Pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, encontramos un apartado (n. 36) que se titula "La justa autonomía de la realidad terrena". Es interesante esta formulación, porque late en ella una pregunta y una inquietud: ¿cómo debe ser la relación de las cosas terrenas con la realidad sobrenatural? ¿Existe tal vez una autonomía que no sea justa?

Efectivamente, este punto del documento comienza señalando el temor de nuestros contemporáneos de que «por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia». Es un problema real, que tiene sus raíces históricas en el supuesto antagonismo entre razón y fe, ciencia y religión, Iglesia y sociedad civil, condición de ciudadano y de cristiano... Quienes participan de este temor ven, sin duda, la actividad humana totalmente aislada —cerrada en sí—, y la religión —con la correspondiente actividad sagrada— separada de la anterior, como dos fuerzas en pugna mutua que procuran no dejar ganar terreno la una a la otra. Al introducir este tema, el Concilio toca —sin decirlo así— la llaga del laicismo, abierta y muy extendida en la sociedad actual, como dirá en otro lugar del mismo documento: «El divorcio entre la fe y la vida diaria debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época»[1].

En el momento de plantear el tema, el Concilio comienza hablando en términos afirmativos: la autonomía de las cosas temporales es una exigencia justa, legítima, siempre que entendamos por este término «que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco»[2]. Por las palabras que siguen, se entiende que la legitimidad de esta autonomía no se basa en factores sociológicos, ni en un reclamo por parte del mundo contemporáneo, sino que tiene un fundamento ontológico: se funda en la realidad misma de la creación, y el Concilio no duda en afirmar que es «voluntad del Creador».

Es evidente, pues, que para comprender rectamente esta autonomía, es preciso acudir a la verdad de la creación, con todo lo que implica. El texto conciliar remite efectivamente al dogma de la creación, tal como fue declarado por el Concilio Vaticano I[3]. Después argumenta en términos metafísicos: «por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología de cada ciencia o arte»[4]. El texto latino es aún más preciso y merece la pena reflexionar sobre cada uno de los términos:

firmitas, que designa el ser, participado analógicamente, que es propio de cada cosa y le da consistencia, pero dependiente de la acción creadora y conservadora de Dios; contingencia, por tanto, y al mismo tiempo solidez. Se puede ver implicada aquí también la unidad del ente constituido, que radica en su ser.

veritas, que indica en este texto verdad "ontológica", como expresión efectiva del proyecto divino en lo que Dios conoce y quiere que exista.

bonitas, otro de los trascendentales que expresa la bondad de todo lo creado, verdad revelada[5] y declarada por el Magisterio[6].

—La propia consistencia ontológica de cada criatura tiene una dimensión dinámica: la causalidad propia, dentro del orden de todo lo creado («propriis legibus ac ordine») que se fundamenta en el ser y en la naturaleza de las criaturas.

El hombre, en su actividad sobre las demás cosas creadas, debe reconocer y respetar el orden establecido por Dios, en los cuatro aspectos señalados antes:

—conforme al ser de las cosas, en cuanto dotadas de su propia firmitas, sabiendo que él no tiene dominio sobre el ser, ya que no lo ha constituido, como tampoco es causa del ser que él mismo tiene.

—conforme a la verdad de las cosas, respetando sus naturalezas, que no ha puesto él, como tampoco es autor de la naturaleza humana. Esto es un reto a la honradez intelectual en el trabajo científico: investigar según la verdad, con el método adecuado a "lo que" las cosas son, hacer según la verdad —si nos referimos a la actividad transformadora del hombre en el mundo— y obrar según la verdad en la propia vida.

—conforme a la bondad de las cosas, que tiene su raíz en la creación, que el hombre no debe pervertir haciendo mal uso de ellas y de sí mismo.

—de acuerdo con el orden de fines establecido por Dios que dirige todo lo creado hacia el fin último.

Estos dos últimos aspectos son un reto a la honradez ética del hombre en el uso de las cosas creadas y en su propia conducta, es decir conforme al orden y la ley inscrita por Dios en todo lo creado: «ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que Dios ordena, dirige y gobierna el mundo universo y los caminos de la comunidad humana según el designio de su sabiduría y de su amor», como dice el Concilio en otro documento[7].

Si el hombre procede así al desarrollar su actividad en el mundo, no encontrará cortapisas por parte de la fe, porque se mueve dentro de un campo de unidad: no puede haber oposición entre el trabajo del hombre sobre las cosas temporales (que el Concilio llama res profanæ) y las realidades de la fe (res fidei), porque ambos órdenes de realidades tienen su origen en un mismo y único Dios[8].

¿Qué sucede con el no-creyente? Es frecuente la objeción por parte de los partidarios de la solución de continuidad entre las realidades terrenas y la fe: les parece que quien se declara no-creyente no tiene que respetar los límites de origen "sagrado". Una vez aclarada la no-oposición entre las realidades terrenas y las de la fe, el Concilio sale al paso de esta objeción remitiendo al orden natural: «Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aún sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser»[9].

La expresión «con perseverancia y humildad» parece hacer referencia a lo constitutivo de las cosas: su ser, verdad, bondad y orden (en definitiva, la ley eterna que el hombre de conciencia recta percibe con certeza como ley natural): humildad, como actitud de aceptación de la realidad como viene "dada" y esfuerzo constante —perseverancia— hasta encontrar respuesta ante lo "escondido" de las cosas.

La actividad humana que tenga estas características cuenta con el auxilio de Dios y de algún modo "toca" su poder y sabiduría, incluso sin que haya un conocimiento explícito del Creador por parte de quien realiza esta tarea. Y esto por razones de orden metafísico, insoslayables, como afirma el texto: se encuentra guiado por Dios en su trabajo y, por tanto, va encaminado hacia la verdad, porque Dios fundamenta la verdad de las cosas y las ordena al fin último. El texto latino lo expresa con mayor claridad: facit ut sint id quod sunt.

Con toda sinceridad manifiesta el Concilio que algunas veces se han dado actitudes deplorables entre los propios cristianos por no entender bien y no respetar la autonomía recta en el trabajo científico, «Actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.» La referencia en nota a pie de página del texto conciliar es precisamente el caso Galileo Galilei[10], que a veces se invoca como precedente para rechazar orientaciones éticas del Magisterio en materia científica que concierne la fe o la moral. El Concilio, por encima de polémicas y discusiones, deja claros los principios y advierte a todos —también a los propios cristianos— el peligro de no actuar conforme a ellos.

Pero el término "autonomía de lo temporal" se entiende a veces en otro sentido, y entonces no merece carta de ciudadanía en la actividad investigadora y transformadora del hombre: «si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida»[11].

La ruptura —entre el mundo y Dios— de que aquí se habla nace evidentemente del interior del hombre y puede obedecer a distintas actitudes erróneas:

—la del ateísmo, que niega claramente la existencia de Dios;

—la del agnosticismo, que no ve acceso cognoscitivo a Dios y prescinde de Él;

—la del ateísmo práctico que, absorbido por las cosas temporales, no se interesa por el "problema de Dios";

—y una actitud secularista, laicista, muy difundida, que sin negar a Dios ni prescindir de El, lo sitúa en un coto cerrado, de modo que todo lo religioso es considerado como heterogéneo, que no debe entrar para nada en el quehacer temporal. Aquí no se trata siempre de una independencia total y absoluta de Dios como si no fuese el Creador del universo, sino de una independencia práctica, a nivel de la actividad humana.

De estas posturas nace la supuesta oposición entre fe y ciencia, religión y sociedad, ley de Dios y ley civil..., y lo más nefasto para el propio hombre y su actividad en el mundo: pierde la luz que necesitaría para penetrar en los "secretos" de la realidad —ya que «por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida»—, no alcanza la comprensión del universo porque no escucha «la voz de Dios en el lenguaje de la creación», malinterpreta y en consecuencia "usa mal" las cosas creadas. Y es entonces cuando pierde el dominio sobre aquellas cosas que por su naturaleza son inferiores a él y también el señorío de sí mismo, y experimenta —aunque pueda no admitirlo— que la creación se vuelve contra él.

El desarrollo histórico y cultural es querido por Dios, pero sólo es recto si cumple una condición: que el hombre reconozca a Dios como Creador y Señor y dirija toda su actividad a la gloria de Dios, fin del universo[12].

Si en el n.36 el Concilio se expresa en términos amplios —hablando de todos los que creen en Dios y quienes le buscan sin saberlo aún—, después analiza —a la luz de la Revelación— la deformación de la actividad humana: la causa es el pecado. Así, el progreso por una parte beneficia al hombre y, por otra, constituye para él una gran tentación, «pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir el propio género humano»[13]. El texto hace referencia, indirectamente, a la ruptura que implica el pecado: al transgredir el hombre el orden establecido por Dios, no sólo se separa de El sino que pierde su propia unidad interna y produce además una ruptura con respecto a las criaturas inferiores al él, que dificulta el dominio sobre ellas. A esta dificultad se añade "el poder de las tinieblas", resultado del pecado de las criaturas puramente espirituales.

Todo esto supone una lucha constante para el hombre y le afecta en su actividad. Como camino para superar esta situación, el Concilio señala la norma cristiana, que consiste en «purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y del egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios»[14].

Más adelante, la misma Constitución Pastoral expone cuál es la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo, y de cada cristiano que forma parte de ella, para lograr que la actividad humana se desarrolle conforme a los designios de Dios. Es una llamada a la coherencia: «El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico»[15]. Y señala un doble error, que lleva al «divorcio entre la fe y la vida diaria»: descuidar lo temporal bajo el pretexto de encaminarse a la vida eterna; o, centrarse en lo temporal como algo ajeno a los valores religiosos, y reducir la vida religiosa a actos de culto y el cumplimiento de determinadas obligaciones morales.

Se trata, pues, de evitar la escisión y de volver a unir lo separado, a la luz de misterio de Verbo Encarnado: «Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios»[16]. La búsqueda de la unidad en la vida personal viene a ser la clave para lograr que la propia actividad y la de los demás se dirija al fin último. El texto latino, en las palabras citadas, recalca la unidad de esta síntesis vital: in unam synthesim vitalem.

Esta tarea compete propia aunque no exclusivamente a los laicos, «testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana»[17], ejerciendo y respetando la libertad en cuestiones opinables, sin invocar la autoridad de la Iglesia para sus opciones personales. En su actividad en el mundo deben respetar la recta autonomía de lo temporal: «Cuando actúan, individual o colectivamente, como ciudadanos del mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos»[18]. ¿De dónde nace esta rectitud y esfuerzo de coherencia cristiana? El Concilio responde: «A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena»[19].

La doctrina de Juan Pablo II

El tema de la autonomía de las cosas temporales aparece una y otra vez en la doctrina de Juan Pablo II, tanto en las encíclicas como en su predicación y catequesis con motivo de las audiencias generales. En alguna ocasión ha comentado ampliamente el punto 36 de la Gaudium et spes. En su catequesis sobre la creación, por ejemplo, dedica una audiencia entera a este tema que ve íntimamente vinculado con la verdad de la creación[20]. Aquí interesan particularmente aquellos aspectos que proyectan una nueva luz sobre el texto conciliar, fruto sin duda de la reflexión profunda de Juan Pablo II sobre el contenido de los diversos documentos.

Señala una doble dimensión de la creación, dentro del planteamiento de la finalidad:

—una dimensión "trascendental" en las criaturas, que es como una manifestación externa y absolutamente libre de la gloria interna de Dios, en la que consiste también el fin de todo lo creado: «En el misterio de la gloria todas las criaturas adquieren su significado trascendental: "superándose" a sí mismas para abrirse a Aquel, en quien tienen su comienzo... y su meta»[21].

—y una dimensión "inmanente", que es el perfeccionamiento de las criaturas e implica la ciencia, la técnica, la cultura, la historia...[22].

Dentro de esta dimensión inmanente, inseparable de la otra, se sitúa el problema de la autonomía de las cosas terrenas.

Juan Pablo II concede especial importancia al hecho de que el Concilio entronque este tema en la verdad de la creación, que no sólo es una verdad de fe, revelada en el Antiguo y Nuevo Testamento, sino que es también una verdad que une a todos los que creen en Dios, es decir, a todos los que —como dice la Gaudium et spes en el n.36— «escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación.» Esta verdad, aunque plenamente manifestada en la Revelación, es accesible de por sí a la razón humana. Los términos en que se expresa el texto conciliar, comenta Juan Pablo II, indican —al menos de modo indirecto— «que el mundo de las criaturas tiene necesidad de la Razón última y de la Causa primera. En virtud de su misma naturaleza los seres contingentes tienen necesidad, para existir, de un apoyo en el Absoluto (en el Ser necesario), que es Existencia por sí (Esse subsistens). El mundo contingente y fugaz "desaparece sin el Creador"»[23].

En su catequesis sobre la providencia divina aborda este tema desde otra perspectiva y destaca especialmente el papel del hombre dentro del orden creado. Hay que partir de la base de que «todo lo que ha sido creado, pertenece a Dios, su Creador, y, en consecuencia, depende de El. En cierto sentido, cada uno de los seres es más "de Dios" que "de sí mismo". Es primero de "Dios" y, luego, "de sí". Lo es de un modo radical y total que supera infinitamente todas las analogías de la relación entre autoridad y súbditos de la tierra»[24].

Juan Pablo II tiene muy presente la pregunta por la autonomía de la creación y el papel del hombre, pero «según la fe católica es propio de la Sabiduría trascendente del Creador hacer que Dios esté presente en el mundo como Providencia, y simultáneamente que el mundo posea esa "autonomía", de la que habla el Concilio Vaticano II»[25].

Comentando Sab 8, 1 —sobre la acción de Dios que rige el universo suaviter et fortiter, excluye toda posible oposición entre autonomía de lo creado y providencia divina: «La providencia divina se manifiesta precisamente en dicha "autonomía de las cosas creadas", en la que se revela tanto la fuerza como la "dulzura" propias de Dios. En ella se confirma que la Providencia del Creador como Sabiduría trascendente y para nosotros siempre misteriosa, abarca todo ("se extiende del uno al otro confín"), se realiza en todo con su potencia creadora y su firmeza ordenadora (fortiter), aun dejando intacta la función de las criaturas como causas segundas, inmanentes, en el dinamismo de la formación y del desarrollo del mundo, como puede verse indicado en ese suaviter del libro de la Sabiduría»[26].

Dentro de este orden, el hombre tiene una posición y tarea especiales, conforme a la naturaleza que Dios le ha dado: «En lo que se refiere a la inmanente formación del mundo, el hombre posee, pues, desde el principio y constitutivamente, en cuanto ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, un lugar totalmente especial. Según el libro del Génesis, fue creado para "dominar", para "someter la tierra". Participando, como sujeto racional y libre, pero siempre como criatura, en el dominio del Creador sobre el mundo, el hombre se convierte de cierta manera en "providencia" para sí mismo, según la hermosa expresión de Santo Tomás (S.Th. I, q. 22, a. 2 ad 4). Pero por la misma razón gravita sobre él desde el principio una peculiar responsabilidad tanto ante Dios como ante las criaturas y, en particular, ante los otros hombres»[27].

Dios en su acción providente, señala Juan Pablo II, no sólo tiene en cuenta la autonomía que El mismo ha otorgado a las criaturas, sino que respeta la libertad del hombre en su caminar terreno. «En el hombre y con el hombre, la acción de la Providencia alcanza una dimensión "histórica", en el sentido de que sigue el ritmo y se adapta a las leyes del desarrollo de la naturaleza humana, permaneciendo inmutada e inmutable en la soberana trascendencia de su ser que no experimenta mutaciones. La Providencia es una presencia eterna en la historia del hombre: de cada uno y de las comunidades. La historia de las naciones y de todo el género humano se desarrolla bajo el "ojo" de Dios y bajo su omnipotente acción»[28].

El hombre no sólo debe usar rectamente las cosas creadas que le han sido entregadas, sino que es «para sí mismo un don de Dios» y por tanto debe respetar la estructura natural y moral que Dios le ha dado[29]. Es más, en el hombre toda la creación visible debe acercarse a Dios y encaminarse a su plenitud definitiva. «El verdadero desarrollo —esto es, el progreso— que el hombre está llamado a realizar en el mundo, no debe tener sólo un carácter "técnico", sino, sobre todo, "ético", para llevar a plenitud en el mundo creado el reino de Dios»[30].

En este contexto adquiere especial interés la cuestión ecológica a la que Juan Pablo II atribuye gran importancia y que ve como un problema ético[31]. El desequilibrio ecológico nace de un uso arbitrario de las criaturas, se viola el orden que naturalmente tienen las cosas creadas y se ignora la "finalidad inmanente" en la obra de la creación. Este modo de actuar proviene de una falsa interpretación de la autonomía de las cosas terrenas y llegan a constituir una amenaza para él mismo[32]. «El hombre, que descubre su capacidad de transformar y, en cierto sentido, de "crear" el mundo con el propio trabajo, olvida que éste se desarrolla siempre sobre la base de la primera y originaria donación de las cosas por parte de Dios. Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe traicionar»[33].

El uso ilegítimo de esta autonomía alcanza también a la vida en todos sus grados y adquiere especial gravedad cuando se trata de la vida humana en todas sus fases, concretamente en las fases en que se encuentra más desprotegida[34]. «Pero es fácil ceder al deslumbramiento de una pretendida autosuficiencia en el progresivo "dominio" de las fuerzas de la naturaleza, hasta olvidarse de Dios o ponerse en su lugar. Hoy esta pretensión llega a algunos ambientes en forma de manipulación biológica, genética, psicológica... que si no está regida por los criterios de la ley moral (y consiguientemente orientada al reino de Dios) puede convertirse en el predominio del hombre sobre el hombre, con consecuencias trágicamente funestas»[35].

La "autonomía" que prescinde de Dios —no duda en afirmar Juan Pablo II— no sólo es ilegítima sino también inútil[36].

En su conocimiento amplio y profundo del mundo actual, Juan Pablo II valora todo lo positivo, pero no deja de señalar con claridad lo que no concuerda con los designios de Dios, y orienta hacia soluciones definitivas. «El hombre, hoy más que en cualquier otro tiempo, es particularmente sensible a la grandeza y la autonomía de su tarea de investigador y dominador de las fuerzas de la naturaleza. Sin embargo hay que notar que existe un grave obstáculo en el desarrollo y en el progreso del mundo. Este está constituido por el pecado y por la cerrazón que supone, es decir, por el mal moral»[37]. Superar el mal es a la vez querer el progreso moral del hombre, y dar una respuesta a las exigencias esenciales de un mundo "más humano". En esto, dice Juan Pablo II, el reino de Dios encuentra su «materia y los signos de su presencia eficaz»[38].

La solución es preciso situarla en el plan de salvación que se está realizando: «si el crecimiento del reino de Dios no se identifica con la evolución del mundo, sin embargo es verdad que el reino de Dios está en el mundo y antes que nada en el hombre, que vive y trabaja en el mundo. El cristiano sabe que con su compromiso a favor del progreso de la historia y con la ayuda de la gracia de Dios coopera al crecimiento del reino, hasta el cumplimiento histórico y escatológico del designio de la divina Providencia»[39].

Ante la situación actual del mundo —indiferencia religiosa, ateísmo en sus diversas formas y, particularmente, el secularismo, junto a la descristianización de pueblos de antigua tradición cristiana— Juan Pablo II ve necesario realizar una nueva evangelización, revalorizar la dignidad de la persona humana, promover la paz[40]. En este contexto recuerda la vocación de los fieles laicos a la santidad por el bautismo y que esta búsqueda de la santidad o «vida según el Espíritu» debe expresarse particularmente «en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas»[41].

Esto supone una exigencia y formación concretas, que previene y sana, si fuera el caso, el secularismo: «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida "espiritual", con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida "secular", es decir, la vida de familia, el trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura»[42]. Ante esta «fractura entre fe y vida, entre Evangelio y cultura», Juan Pablo II recuerda precisamente la llamada a la «unidad de vida» que hizo el Concilio Vaticano II en el texto que se ha citado antes[43].

Santificación del mundo y unidad de vida en el Beato Josemaría

Desde el 2 de octubre de 1928 se ha hecho sentir, cada vez con más fuerza, el mensaje de que todos los hombres están llamados por Dios a la santidad en medio de las realidades terrenas. En esa fecha, un sacerdote joven —Josemaría Escrivá de Balaguer— lo percibió con absoluta claridad, como una potente luz de Dios. Desde ese mismo instante, sabiéndose instrumento al servicio de la Redención, se dedicó con todas sus fuerzas a poner en práctica ese querer de Dios. Así quedó fundado el Opus Dei que aún no tenía nombre y no era más que una semilla en una tierra bien preparada. Gracias a su respuesta fidelísima y generosa a Dios, en medio de múltiples y graves dificultades, este mensaje se ha ido abriendo camino dentro de la Iglesia y fuera de ella, en prácticamente todas las partes del mundo. El Fundador del Opus Dei falleció en Roma el 26 de junio de 1975, con una fama de santidad evidente, y fue beatificado por Juan Pablo II en Roma, el 17 de mayo 1992. Como dice el Decreto que declaró la heroicidad de sus virtudes, «Gracias a una vivísima percepción del misterio del Verbo Encarnado, comprendió Mons. Escrivá de Balaguer que, en el corazón del hombre renacido en Cristo, el entero tejido de las realidades humanas se compenetra con la economía de la vida sobrenatural, convirtiéndose así en lugar y medio de santificación»[44].

Al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer no se le planteaba como problema la legítima autonomía de las cosas temporales, debido a su profunda comprensión de la verdad de la creación y del misterio de Cristo, aunque no dejaba de advertir —ya en 1951— las dificultades que surgen en torno a este tema: «Con periódica monotonía, algunos tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre la fe y la ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se entienden los términos reales del problema»[45].

El problema deja de serlo, la ruptura desaparece, si se entiende bien el alcance del orden natural y del sobrenatural, si se sitúan bien los términos del problema: «Si el mundo ha salido de las manos de Dios, si El ha creado al hombre a su imagen y semejanza y le ha dado una chispa de su luz, el trabajo de la inteligencia debe —aunque sea con un duro trabajo— desentrañar el sentido divino que ya naturalmente tienen las cosas; y con la luz de la fe, percibimos también su sentido sobrenatural, el que resulta de nuestra elevación al orden de la gracia. No podemos admitir el miedo a la ciencia, porque cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad. Y Cristo dijo: Ego sum veritas. Yo soy la verdad»[46].

En una homilía, en 1960, hablaba de dos posturas contrarias que conducen a la escisión entre fe y vida —como diría después la Constitución Gaudium et spes en el n.43 que se ha citado—: «Se dan, a veces, algunas actitudes, que son producto de no saber penetrar en ese misterio de Jesús. Por ejemplo, la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias.» Y la postura contraria, de los que «tienden a imaginar que, para poder ser humanos, hay que poner en sordina algunos aspectos centrales del dogma cristiano, y actúan como si la vida de oración, el trato continuo con Dios, constituyera una huida ante las propias responsabilidades y un abandono del mundo»[47].

Con la «tercera dimensión» que otorga la vida sobrenatural[48], todas las realidades creadas cobran relieve y acercan a Dios. El Beato Josemaría Escrivá de Balaguer afirma así que no hay «realidades exclusivamente profanas», con lo que excluye de entrada cualquier ruptura entre fe y vida corriente: «Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte»[49].

Desde esta perspectiva, la santificación del trabajo no es algo "superpuesto" en la vida cristiana, sino que es consecuencia de saberse hijo de Dios y, como tal, imitador de Cristo: «Y éste es el secreto de la santidad que vengo predicando desde hace tantos años —decía el Fundador del Opus Dei en 1960—: Dios nos ha llamado a todos para que le imitemos; y a vosotros y a mí para que, viviendo en medio del mundo —¡siendo personas de la calle!—, sepamos colocar a Cristo Señor Nuestro en la cumbre de todas las actividades humanas honestas»[50].

Y en palabras de una homilía de 1956: «Quiero hablar siempre de vida diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo seremos?»[51] En la homilía pronunciada el 8-X-67 en el Campus de la Universidad de Navarra —que es un canto a la santificación de las realidades terrenas desde dentro del mundo—, se expresaba en palabras similares e igualmente incisivas: «No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo»[52].

No se cansaba de inculcar la «unidad de vida», como una síntesis viva entre trabajo, oración apostolado, la una synthesis vitalis que la Constitución Gaudium et spes recomendaría como remedio al «divorcio entre fe y vida». Decía en 1951 el Fundador del Opus Dei: «Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte»[53]. El apostolado no puede ser un "añadido" sino que brota de la santificación del trabajo: «Hemos de evitar el error de considerar que el apostolado se reduce al testimonio de unas prácticas piadosas. Tu y yo somos cristianos, pero a la vez, y sin solución de continuidad, ciudadanos y trabajadores, con unas obligaciones claras que hemos de cumplir de un modo ejemplar, si de veras queremos santificarnos»[54].

Para lograr esta unidad de vida, es necesario mantener la fe viva y vibrante por la caridad: «Cuando la fe flojea, el hombre tiende a figurarse a Dios como si estuviera lejano, sin que apenas se preocupe de sus hijos. Piensa en la religión como en algo yuxtapuesto, para cuando no queda otro remedio; espera, no se explica con qué fundamento, manifestaciones aparatosas, sucesos insólitos. Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada»[55].

En este modo de concebir la vida cristiana, se da ya por supuesta la autonomía legítima de las cosas temporales y no sólo se respeta, sino que el amor al mundo en cuanto obra de Dios lleva a amar también esa autonomía. Lo reflejan las orientaciones claras y sintéticas que solía dar el Fundador del Opus Dei: «Tu vocación de cristiano te pide estar en Dios y, a la vez, ocuparte de las cosas de la tierra, empleándolas objetivamente tal como son: para devolverlas a El»[56].

Siempre ha distinguido entre "del mundo" y "mundano", y el amor a Dios y al mundo están siempre unidos, como expresa este punto de Surco: «Los hombres mundanos se afanan para que las almas pierdan cuanto antes a Dios; y luego, para que pierdan el mundo... No aman este mundo nuestro, ¡lo explotan, pisoteando a los demás! —¡Que no seas tú también víctima de ese doble timo!»[57]. En estas palabras es fácil la comparación con lo que dice la Constitución Pastoral Gaudium et spes en el n.36 al hablar de la autonomía ilegítima, que no sólo aleja de Dios sino que hace que las criaturas mismas queden "oscurecidas" para el hombre.

En realidad, todo el capítulo "Ciudadanía" de Surco es una orientación clara de cómo debe actuar el ciudadano de "las dos ciudades" sin que se produzca una ruptura, ni interna del hombre en su actuación sobre el mundo, ni externa, en el resultado de la actuación misma, ya que «No se puede separar la religión de la vida, ni en el pensamiento, ni en la realidad cotidiana»[58]. La tarea del cristiano es «contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social»[59].

Si falta ese afán de santificar el mundo, es fácil que se produzca el fenómeno del laicismo, porque muchas realidades terrenas, abandonadas a sí mismas o en manos de no-creyentes se convierten en obstáculos a la vida sobrenatural y «forman como un coto cerrado y hostil a la Iglesia». Por eso, sigue diciendo el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer: «Tú, por cristiano —investigador, literato, científico, político, trabajador...—, tienes el deber de santificar esas realidades. Recuerda que el universo entero — escribe el Apóstol— está gimiendo como en dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios»[60].

En esta tarea del cristiano están siempre unidas —no mezcladas— lo que llama el Fundador del Opus Dei «alma verdaderamente sacerdotal» y «mentalidad plenamente laical». Quedan intacta la legítima autonomía de las cosas temporales y, a la vez, en y a través de la actividad misma del cristiano esas realidades temporales son "santificadas". Si con la buena intención de santificar el mundo no se respeta esa autonomía de lo temporal, se da pie al clericalismo, que detestaba el Fundador del Opus Dei y contra el que prevenía de múltiples maneras: «No quieras hacer del mundo un convento, porque sería un desorden... Pero tampoco de la Iglesia una bandería terrena, porque equivaldría a una traición»[61]. No le gustaba hablar de «obreros católicos, de ingenieros católicos, de médicos católicos, etc., como si se tratase de una especie dentro de un género, como si los católicos formaran un grupito separado de los demás, creando así la sensación de que hay un foso entre los cristianos y el resto de la humanidad»[62]. Prefería hablar de «católicos que son obreros», «católicos que son ingenieros, o médicos», etc.

Otra característica de la «mentalidad laical» y del respeto a la autonomía de lo temporal es el amor a la libertad en todo el amplísimo terreno de lo opinable. «Qué triste cosa es tener una mentalidad cesarista, y no comprender la libertad de los demás ciudadanos, en las cosas que Dios ha dejado al juicio de los hombres»[63]. O, como decía en 1960, en términos más gráficos aún: «Sería empequeñecer la fe, reducirla a una ideología terrena, enarbolando un estandarte político-religioso para condenar, no se sabe en nombre de qué investidura divina, a los que no piensan del mismo modo en problemas que son, por su propia naturaleza, susceptibles de recibir numerosas y diversas soluciones»[64]. En la homilía pronunciada en el Campus de la Universidad de Navarra, ante varios miles de personas, exhortó a difundir por todas partes una verdadera «mentalidad laical» y expresó en síntesis las conclusiones prácticas que lleva consigo:

«a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;

a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen —en materias opinables— soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;

y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas»[65].

Su profunda compenetración personal del misterio del Verbo Encarnado —no sólo en el terreno doctrinal, sino también por la contemplación constante en medio de la vida ordinaria— le llevó, como por analogía, a entender el mundo en su verdadera perspectiva: de modo semejante a como en Cristo la naturaleza divina y la humana —distintas, sin mezcla ni confusión[66]- están unidas en la Persona del Verbo, en el mundo creado se distingue realmente lo natural de lo sobrenatural; no se debe confundir ni mezclar, pero lo natural —incluida toda la actividad humana recta— está ordenada hacia la Redención en Cristo, para «poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas». En esta perspectiva cristológica no hay para el Fundador del Opus Dei realidades estrictamente profanas —cfr. cita 49—. Tampoco hay entonces conflicto de "autonomías" ni escisión de campos.

Pero, en definitiva, donde tiene que cultivarse esta actitud auténticamente cristiana —que es necesario promover, como decía la Constitución Pastoral Gaudium et spes en el n.43—, es en el interior de cada uno. Lo expresaba el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer en la homilía ya citada, el 8 de octubre 1967, con una imagen que le sugería el mismo ambiente donde la pronunció —al aire libre—: «En la línea de horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...»[67].

Al estudiar las enseñanzas del Fundador del Opus Dei sobre la autonomía de las cosas temporales y al considerar las soluciones prácticas nacidas bajo su impulso, se pone de manifiesto una clara afinidad con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, ya años antes de que se celebrase. Nos encontramos efectivamente con una «profética coincidencia con el Concilio Vaticano II», como lo expresa el decreto sobre las virtudes heroicas[68].

Elisabeth Reinhardt, Doctora en Teología


 

[1] CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 43.

[2] Ibid., n. 36.

[3] CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Dei Filius, c. 1, Dz 1783-1784 (3002-3003).

[4] Gaudium et spes, n. 36.

[5] Cfr. Gn 1, 31.

[6] Cfr. CONCILIO IV DE LETRÁN, Dz 428 (800).

[7] CONCILIO VATICANO II, Decl. Dignitatis humanæ, n. 3.

[8] Gaudium et spes, n. 36.— El texto conciliar hace referencia al Concilio Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, c. 3, Dz 1785-1786 (3004-3005).

[9] Gaudium et spes, n. 36.

[10] Ibid., nota 7.

[11] Gaudium et spes, n. 36.

[12] Cfr. Gaudium et spes, n. 34.

[13] Gaudium et spes, n. 37.

[14] Ibid.

[15] Gaudium et spes, n. 43.

[16] Ibid.

[17] Ibid.

[18] Ibid.

[19] Ibid.

[20] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 2-IV-1986.

[21] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 12-II-1986.

[22] Cfr. JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 2-IV-1986.

[23] Cfr. Ibid.

[24] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 14-V-1986.

[25] Ibid.

[26] Ibid.

[27] Ibid.. Cfr. Alocución en la audiencia general, 21-V-1986.

[28] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 21-V-1986.

[29] Cfr. JUAN PABLO II, Litt. enc. Centesimus annus, 1-V-1991, n. 38.

[30] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 21-V-1986.

[31] Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8-XII-1989.

[32] Cfr. JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 2-IV-1986.

[33] JUAN PABLO II, Litt. enc. Centesimus annus, n. 37.

[34] Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8-XII-1989.

[35] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 18-IV-1986.

[36] Cfr. JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 2-IV-1986.

[37] JUAN PABLO II, Alocución en la audiencia general, 25-VI-1986.

[38] Cfr. Ibid.

[39] Ibid.

[40] Cfr. JUAN PABLO II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, nn. 4-7.

[41] Ibid., n. 17.

[42] Ibid., n. 59.

[43] Cfr. Gaudium et spes, n. 43.

[44] CONGREGACIÓN PARA LAS CAUSAS DE LOS SANTOS, Decreto sobre la heroicidad de las virtudes del siervo de Dios Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, 9-IV-1990.

[45] Es Cristo que pasa, n. 10.

[46] Ibid.

[47] Ibid., n. 98; cfr. Amigos de Dios, n. 58.

[48] Cfr. Camino, n. 279.

[49] Es Cristo que pasa, n. 112; cfr. n. 120.

[50] Amigos de Dios, n. 58.

[51] Es Cristo que pasa, n. 36.

[52] Conversaciones, n. 114.

[53] Es Cristo que pasa, n. 10.

[54] Amigos de Dios, n. 61.

[55] Ibid., n. 313.

[56] Surco, n. 295; cfr. Forja, n. 678.

[57] Surco, n. 304.

[58] Ibid., n. 308.

[59] Ibid., n. 302.

[60] Ibid., n. 311.

[61] Ibid., n. 312.

[62] Es Cristo que pasa, n. 53; cfr. n. 184.

[63] Surco, n. 313.

[64] Es Cristo que pasa, n. 99.

[65] Conversaciones, n. 117.

[66] Cfr. CONCILIO DE CALCEDONIA, Dz 148 (301-302).

[67] Conversaciones, n. 116.

[68] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LAS CAUSAS DE LOS SANTOS, Decreto sobre la heroicidad de las virtudes del siervo de Dios Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, 9-IV-1990.

 

 

Protagonistas de la Iglesia y del mundo

Los laicos, son parte del Santo Pueblo fiel de Dios y por lo tanto, los protagonistas de la Iglesia y del mundo, a los que los pastores están llamados a servir y no a servirse de ellos, recuerda el Papa Francisco en una Carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, sobre la importancia del compromiso de los laicos en la vida pública.

De la Iglesia y del Papa 27/04/2016

 

Opus Dei - Protagonistas de la Iglesia y del mundo

Carta del Santo Padre Francisco al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina

A Su Eminencia Cardenal

Marc Armand Ouellet, P.S.S.

Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina

Eminencia:

Al finalizar el encuentro de la Comisión para América Latina y el Caribe tuve la oportunidad de encontrarme con todos los participantes de la asamblea donde se intercambiaron ideas e impresiones sobre la participación pública del laicado en la vida de nuestros pueblos.

Quisiera recoger lo compartido en esa instancia y continuar por este medio la reflexión vivida en esos días para que el espíritu de discernimiento y reflexión “no caiga en saco roto”; nos ayude y siga estimulando a servir mejor al Santo Pueblo fiel de Dios.

Precisamente es desde esta imagen, desde donde me gustaría partir para nuestra reflexión sobre la actividad pública de los laicos en nuestro contexto latinoamericano. Evocar al Santo Pueblo fiel de Dios, es evocar el horizonte al que estamos invitados a mirar y desde donde reflexionar. El Santo Pueblo fiel de Dios es al que como pastores estamos continuamente invitados a mirar, proteger, acompañar, sostener y servir. Un padre no se entiende a sí mismo sin sus hijos. Puede ser un muy buen trabajador, profesional, esposo, amigo pero lo que lo hace padre tiene rostro: son sus hijos. Lo mismo sucede con nosotros, somos pastores. Un pastor no se concibe sin un rebaño al que está llamado a servir. El pastor, es pastor de un pueblo, y al pueblo se lo sirve desde dentro. Muchas veces se va adelante marcando el camino, otras detrás para que ninguno quede rezagado, y no pocas veces se está en el medio para sentir bien el palpitar de la gente.

Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios

Mirar al Santo Pueblo fiel de Dios y sentirnos parte integrante del mismo nos posiciona en la vida y, por lo tanto, en los temas que tratamos de una manera diferente. Esto nos ayuda a no caer en reflexiones que pueden, en sí mismas, ser muy buenas pero que terminan funcionalizando la vida de nuestra gente, o teorizando tanto que la especulación termina matando la acción. Mirar continuamente al Pueblo de Dios nos salva de ciertos nominalismos declaracionistas (eslogans) que son bellas frases pero no logran sostener la vida de nuestras comunidades. Por ejemplo, recuerdo ahora la famosa expresión: “es la hora de los laicos” pero pareciera que el reloj se ha parado.

Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo,(los fieles) quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo (LG 10). Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizados laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones tanto en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado. Somos, como bien lo señala el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, cuya identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo (LG 9). El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción.

El clericalismo lleva a la funcionalización del laicado; tratándolo como “mandaderos”

A su vez, debo sumar otro elemento que considero fruto de una mala vivencia de la eclesiología planteada por el Vaticano II. No podemos reflexionar el tema del laicado ignorando una de las deformaciones más fuertes que América Latina tiene que enfrentar —y a las que les pido una especial atención— el clericalismo. Esta actitud no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente. El clericalismo lleva a la funcionalización del laicado; tratándolo como “mandaderos”, coarta las distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías necesarias para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político. El clericalismo lejos de impulsar los distintos aportes, propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14) Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados.

Hay un fenómeno muy interesante que se ha producido en nuestra América Latina y me animo a decir: creo que uno de los pocos espacios donde el Pueblo de Dios fue soberano de la influencia del clericalismo: me refiero a la pastoral popular. Ha sido de los pocos espacios donde el pueblo (incluyendo a sus pastores) y el Espíritu Santo se han podido encontrar sin el clericalismo que busca controlar y frenar la unción de Dios sobre los suyos. Sabemos que la pastoral popular como bien lo ha escrito Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, tiene ciertamente sus límites. Está expuesta frecuentemente a muchas deformaciones de la religión, pero prosigue, cuando está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de evangelización, contiene muchos valores. Refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción. Teniendo en cuenta esos aspectos, la llamamos gustosamente “piedad popular”, es decir, religión del pueblo, más bien que religiosidad ... Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser cada vez más, para nuestras masas populares, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo. (EN 48). El Papa Pablo VI usa una expresión que considero clave, la fe de nuestro pueblo, sus orientaciones, búsquedas, deseo, anhelos, cuando se logran escuchar y orientar nos terminan manifestando una genuina presencia del Espíritu. Confiemos en nuestro Pueblo, en su memoria y en su “olfato”, confiemos que el Espíritu Santo actúa en y con ellos, y que este Espíritu no es solo “propiedad” de la jerarquía eclesial.

¿Qué significa para nosotros pastores que los laicos estén trabajando en la vida pública? Significa buscar la manera de poder alentar, acompañar y estimular todo los intentos, esfuerzos que ya hoy se hacen por mantener viva la esperanza y la fe en un mundo lleno de contradicciones especialmente para los más pobres, especialmente con los más pobres

He tomado este ejemplo de la pastoral popular como clave hermenéutica que nos puede ayudar a comprender mejor la acción que se genera cuando el Santo Pueblo fiel de Dios reza y actúa. Una acción que no queda ligada a la esfera íntima de la persona sino por el contrario se transforma en cultura; una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida (EG 68).

Entonces desde aquí podemos preguntarnos, ¿qué significa que los laicos estén trabajando en la vida pública?

Hoy en día muchas de nuestras ciudades se han convertidos en verdaderos lugares de supervivencia. Lugares donde la cultura del descarte parece haberse instalado y deja poco espacio para una aparente esperanza. Ahí encontramos a nuestros hermanos, inmersos en esas luchas, con sus familias, intentando no solo sobrevivir, sino que en medio de las contradicciones e injusticias, buscan al Señor y quieren testimoniarlo. ¿Qué significa para nosotros pastores que los laicos estén trabajando en la vida pública? Significa buscar la manera de poder alentar, acompañar y estimular todo los intentos, esfuerzos que ya hoy se hacen por mantener viva la esperanza y la fe en un mundo lleno de contradicciones especialmente para los más pobres, especialmente con los más pobres. Significa como pastores comprometernos en medio de nuestro pueblo y, con nuestro pueblo sostener la fe y su esperanza. Abriendo puertas, trabajando con ellos, soñando con ellos, reflexionando y especialmente rezando con ellos.Necesitamos reconocer la ciudad —y por lo tanto todos los espacios donde se desarrolla la vida de nuestra gente— desde una mirada contemplativa, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas... Él vive entre los ciudadanos promoviendo la caridad, la fraternidad, el deseo del bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero (EG 71). No es nunca el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer o decir, ellos lo saben tanto o mejor que nosotros. No es el pastor el que tiene que determinar lo que tienen que decir en los distintos ámbitos los fieles. Como pastores, unidos a nuestro pueblo, nos hace bien preguntamos cómo estamos estimulando y promoviendo la caridad y la fraternidad, el deseo del bien, de la verdad y la justicia. Cómo hacemos para que la corrupción no anide en nuestros corazones.

No es nunca el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer o decir, ellos lo saben tanto o mejor que nosotros. No es el pastor el que tiene que determinar lo que tienen que decir en los distintos ámbitos los fieles

Muchas veces hemos caído en la tentación de pensar que el laico comprometido es aquel que trabaja en las obras de la Iglesia y/o en las cosas de la parroquia o de la diócesis y poco hemos reflexionado como acompañar a un bautizado en su vida pública y cotidiana; cómo él, en su quehacer cotidiano, con las responsabilidades que tiene se compromete como cristiano en la vida pública. Sin darnos cuenta, hemos generado una elite laical creyendo que son laicos comprometidos solo aquellos que trabajan en cosas “de los curas” y hemos olvidado, descuidado al creyente que muchas veces quema su esperanza en la lucha cotidiana por vivir la fe. Estas son las situaciones que el clericalismo no puede ver, ya que está muy preocupado por dominar espacios más que por generar procesos. Por eso, debemos reconocer que el laico por su propia realidad, por su propia identidad, por estar inmerso en el corazón de la vida social, pública y política, por estar en medio de nuevas formas culturales que se gestan continuamente tiene exigencias de nuevas formas de organización y de celebración de la fe. ¡Los ritmos actuales son tan distintos (no digo mejor o peor) a los que se vivían 30 años atrás! Esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas —especialmente— para los habitantes urbanos. (EG 73) Es obvio, y hasta imposible, pensar que nosotros como pastores tendríamos que tener el monopolio de las soluciones para los múltiples desafíos que la vida contemporánea nos presenta. Al contrario, tenemos que estar al lado de nuestra gente, acompañándolos en sus búsquedas y estimulando esta imaginación capaz de responder a la problemática actual.

Y esto discerniendo con nuestra gente y nunca por nuestra gente o sin nuestra gente. Como diría San Ignacio, “según los lugares, tiempos y personas”. Es decir, no uniformizando. No se pueden dar directivas generales para una organización del pueblo de Dios al interno de su vida pública. La inculturación es un proceso que los pastores estamos llamados a estimular alentado a la gente a vivir su fe en donde está y con quién está. La inculturación es aprender a descubrir cómo una determinada porción del pueblo de hoy, en el aquí y ahora de la historia, vive, celebra y anuncia su fe. Con la idiosincrasia particular y de acuerdo a los problemas que tiene que enfrentar, así como todos los motivos que tiene para celebrar. La inculturación es un trabajo de artesanos y no una fábrica de producción en serie de procesos que se dedicarían a “fabricar mundos o espacios cristianos”.

Debemos reconocer que el laico por su propia realidad, por su propia identidad, por estar inmerso en el corazón de la vida social, pública y política, por estar en medio de nuevas formas culturales que se gestan continuamente tiene exigencias de nuevas formas de organización y de celebración de la fe

Dos memorias se nos pide cuidar en nuestro pueblo. La memoria de Jesucristo y la memoria de nuestros antepasados. La fe, la hemos recibido, ha sido un regalo que nos ha llegado en muchos casos de las manos de nuestras madres, de nuestras abuelas. Ellas han sido, la memoria viva de Jesucristo en el seno de nuestros hogares. Fue en el silencio de la vida familiar, donde la mayoría de nosotros aprendió a rezar, a amar, a vivir la fe. Fue al interno de una vida familiar, que después tomó forma de parroquia, colegio, comunidades que la fe fue llegando a nuestra vida y haciéndose carne. Ha sido también esa fe sencilla la que muchas veces nos ha acompañado en los distintos avatares del camino. Perder la memoria es desarraigarnos de donde venimos y por lo tanto, nos sabremos tampoco a donde vamos. Esto es clave, cuando desarraigamos a un laico de su fe, de la de sus orígenes; cuando lo desarraigamos del Santo Pueblo fiel de Dios, lo desarraigamos de su identidad bautismal y así le privamos la gracia del Espíritu Santo. Lo mismo nos pasa a nosotros, cuando nos desarraigamos como pastores de nuestro pueblo, nos perdemos.

Nuestro rol, nuestra alegría, la alegría del pastor está precisamente en ayudar y estimular, al igual que hicieron muchos antes que nosotros, sean las madres, las abuelas, los padres los verdaderos protagonistas de la historia. No por una concesión nuestra de buena voluntad, sino por propio derecho y estatuto. Los laicos son parte del Santo Pueblo fiel de Dios y por lo tanto, los protagonistas de la Iglesia y del mundo; a los que nosotros estamos llamados a servir y no de los cuales tenemos que servirnos.

Es obvio, y hasta imposible, pensar que nosotros como pastores tendríamos que tener el monopolio de las soluciones para los múltiples desafíos que la vida contemporánea nos presenta

En mi reciente viaje a la tierra de México tuve la oportunidad de estar a solas con la Madre, dejándome mirar por ella. En ese espacio de oración pude presentarle también mi corazón de hijo. En ese momento estuvieron también ustedes con sus comunidades. En ese momento de oración, le pedí a María que no dejara de sostener, como lo hizo con la primera comunidad, la fe de nuestro pueblo. Que la Virgen Santa interceda por ustedes, los cuide y acompañe siempre,

Vaticano, 19 de marzo de 2016

Francisco

 

Pequeñeces

http://webcatolicodejavier.org/miniportatil.jpgPequeñas piedras pueden construir grandes montañas..

Pequeños pasos pueden cubrir muchas millas...

Pequeños gestos de amor y ternura pueden hacer al mundo feliz...

Un pequeño abrazo puede secar muchas lágrimas..

Una pequeña palabra, amor, puede colmarnos de felicidad...

Una pequeña oración, puede obtener un milagro de Dios

Una pequeña sonrisa, puede transformar el mundo...

Son esas pequeñas cosas las que construyen nuestro mundo...

Cuando pienso en ellas, cálidas imágenes vienen a mi mente.

Pienso en los momentos que compartimos en la red...

intercambiando mensajes que nos alegran el espíritu...

No importa quien los escribió...

Lo más importante es que esos textos llegan...

Gracias por compartir esta hermosa amistad...

Hay gestos, palabras y pasos que aparentemente pueden ser considerados pequeños, pero que en realidad pueden tener una gran trascendencia.

Gracias por esas pequeñas cosas...

 

 

Titulo. Jornada de la Familia en Torreciudad

Adjunto información aqui de la  Jornada de la Familia en Torreciudad, el 1 de septiembre. Es un plan de viaje que ofrece el Corte Inglés, en AVE hasta Zaragoza la tarde anterior, y al día siguiente en Autobús hasta Torreciudad.
(el AVE de la mañana del 31.VIII ya está lleno). Un cordial saludo, Juan M.

 

¿Qué hago con mis hijos millennials? 

Silvia del Valle

No debemos etiquetar a nuestros hijos y mucho menos encasillarlos en ciertos parámetros ya que cada uno es único e irrepetible.


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Los millennials son una generación de chicos que la sociedad se ha encargado de darle características muy particulares y les ha tocado comenzar una nueva era tecnológica por eso se han vuelto un caso especial, además de que crecieron en una época económica más o menos estable por lo que les tocó recibir todo lo que necesitaban sin mucho esfuerzo.

Por ser idealistas y creativos intentan ser más emprendedores aunque su falta de tenacidad hace que en muchos casos no tengan éxito.

Otra característica es que no pueden comprometerse al cien por ciento por lo que les cuesta trabajo sostener un trabajo estable, iniciar una familia o profundizar en los estudios.

Creen que todo lo merecen y por esto parecen presumidos pero en realidad no son así.

Pero esto no quiere decir que no tengan remedio. Gracias a Dios hay muchos casos de éxito que ya han formado una familia y que están bien comprometidos con ella, teniendo un trabajo estable y logrando sus objetivos.

Nosotros como papás debemos comprender estas situaciones y apoyarles en la medida de nuestras posibilidades, guiando y acompañándolos lo más posible, por eso aquí te dejo mis 5 tips para tratar con tus hijos millennials.

Primero. Lo que más necesitan es cariño y comprensión. 
Comprender no es sinónimo de solapar, por eso es bueno tener claras las características de esta generación, sobre todo sus fortalezas y debilidades, para tratar de hacer empatía con ellos; a pesar de que sean tan distintos a nosotros.

Todo padre debe expresarle a sus hijos su cariño en cualquier circunstancia sin que esto implique que aceptemos todo lo que hacen.

Por amor debemos corregirlos y por amor debemos educarlos. No importa la edad que tengan, sobre todo si aún viven en nuestra casa. Es necesario que acaten las reglas y modales de la familia.

Segundo. La tecnología forma parte de su vida cotidiana. 
Esto es básico comprenderlo porque en muchas ocasiones quisiéramos verlos separados de la tecnología y esto no puede ser.

Por las condiciones actuales la tecnología se ha vuelto una herramienta de trabajo por lo que deben tener acceso constante a ella.

Esta misma tecnología puede ser la forma principal de evasión ya que son propensos a volverse adictos a los videojuegos y redes sociales.

Como papás debemos procurar que la tecnología sea un instrumento para su desarrollo y no un elemento de vicio.

Pero a su edad, la decisión es de cada uno de ellos.

Tercero. Pueden hacer varias cosas a la vez. 
Esta característica, si la saben aprovechar, puede ser el elemento de éxito en su vida.

Esto les da una visión diferente de las cosas y pueden llegar a soluciones grandes a problemas reales y también pueden optimizar procesos que ya existen por tener una gran creatividad.

Por eso puede ser excelentes emprendedores ya que tienen en la mira todos los aspectos que implica un negocio.

Cuarto. Podemos apoyar sus iniciativas siempre que estén bien fundamentadas y que sean realistas. 
Como la mayoría de los jóvenes que están en edad de emprender son un poco idealistas, es necesario ayudarles a poner los pies en la tierra y ubicar si sus planes están dentro de lo posible o si hay que hacer alguna adecuación.

Nosotros podemos apoyarles de muchas formas para que lleven a cabo sus planes. Puede ser económicamente o con algunas ideas o con un buen asesoramiento general para el proyecto.

Debemos ofrecer nuestra ayuda pero bien acotada y definida y dejar muy claro que el negocio es responsabilidad de ellos, de otra forma podrían buscar que nosotros hiciéramos todo y ellos sólo gozar de los beneficios.

Siempre estamos en posibilidad de decir hasta aquí apoyamos, ahora te toca a ti. Cuesta trabajo, pero es necesario para que se hagan responsables.

Y quinto. Ayúdalos a tener una vida espiritual.
La parte espiritual es algo que nuestros hijos millennials ya no toma en cuenta ya que están inmersos en la tecnología y otras muchas cosas que el mundo les presenta, a pesar de que en casa si se tenga una vida espiritual.

Nunca es tarde para comenzar y podemos hacerlo invitándolos a que asistan con nosotros a los eventos y devociones que alimenten la espiritualidad.

Seguramente al principio nos dirán que no, pero poco a poco lograremos que les vaya interesando.

En caso de que no haya interés alguno, nos queda el principal recurso que es la oración.

Cuando una madre ora de rodillas por un hijo, este responde de pie y se encamina hacia donde Dios le pide.

Cuando las cosas se nos salen de las manos es el momento de voltear los ojos al cielo y pedir ayuda.

La oración de una madre y de un padre es muy fuerte, por eso debemos orar siempre por nuestros hijos y ofrecer todos nuestros esfuerzos para que nuestros hijos vayan siempre por el camino de la voluntad de Dios.

Debemos tener claro que esto de las generaciones son sólo características que la sociedad va marcando pero que no pueden determinar a nuestros hijos.

Lo que verdaderamente los determina son los valores y las virtudes que les hemos inculcado y la educación que les hemos dado.

Por eso no debemos etiquetar a nuestros hijos y mucho menos encasillarlos en ciertos parámetros ya que cada uno es único e irrepetible.

 

 

Mons. Felipe Arizmendi: “Justicia para los animales”

“Defendamos la vida de los no nacidos”

agosto 08, 2018 11:44Felipe Arizmendi EsquivelCultura y sociedad

+ Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

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En un vuelo reciente al interior del país, vi a una niña como de nueve años que ingresaba al avión portando una playera con la figura de unos animales, con esta leyenda: Justicia para los animales.¡Tiene razón! Son criaturas de Dios y hemos de cuidarlas, evitando su extinción o su maltrato. Sin embargo, cuántas personas que defienden a los animales, están a favor del aborto, que es el asesinato de un ser humano, indefenso e inocente.

Estando en la diócesis que presidí recién, un apreciado profesor y su esposa me invitaban a sumarme a su campaña contra las corridas de toros, por el sufrimiento que se les causa. Nunca me han gustado esos espectáculos, tanto por los riesgos que corren los toreros, como por los malos tratos a esos animales.

Un partido político en nuestra patria ha luchado por evitar que los circos usen animales, con la buena intención de evitar los daños que se les provocan; sin embargo, propone la pena de muerte para secuestradores y violadores. ¡Cuánta incongruencia! Les importa más la vida de los animales, que la de las personas. Nuestra Iglesia ha actualizado el Catecismo, condenando como inmoral e inaceptable la pena de muerte.

PENSAR

El Papa Francisco, en su Encíclica Laudato si, hace referencia al No. 2418 del Catecismo de la Iglesia Católica, que dice: “Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos”.

Y en otro lugar del mismo documento, afirma: “No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos. Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada” (Laudato si, 91).

En su Exhortación Evangelii gaudium es muy explícito: “Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre” (No. 213).

“Precisamente porque es una cuestión que hace a la coherencia interna de nuestro mensaje sobre el valor de la persona humana, no debe esperarse que la Iglesia cambie su postura sobre esta cuestión. Quiero ser completamente honesto al respecto. Éste no es un asunto sujeto a supuestas reformas o «modernizaciones». No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana. Pero también es verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?” (No. 214).

ACTUAR

Apreciemos mucho a los animales y luchemos por su digna pervivencia; pero, con mayor razón, defendamos la vida de los no nacidos y acompañemos a las mujeres que ven el aborto como solución a sus problemas, para ayudarles a enfrentar su angustia, sin destruir otra vida.

 

La estatización de la medicina

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Después de la función del sacerdote, la del médico es la más delicada

Vienen de lejos los intentos socialistas de estatizar la medicina, no sólo en nuestro País sino en todo el mundo. El artículo que publicamos a continuación levanta un punto muy interesante: La relación entre el médico y el enfermo es tan íntima que nadie deseará ver el servicio médico bajo completo dominio del Estado, generalmente burocrático y totalizante, radicalmente incapaz de atender a esta necesidad del paciente.

 

En un reciente discurso pronunciado en una reunión de médicos católicos, el Arzobispo (Bernard William) Griffin, de Westminster, condenó el proyecto de creación por el gobierno de Inglaterra de un Servicio de Salud Nacional, con atribuciones de índole totalitaria.

Entre otras cosas, dijo S. Excia:

La relación entre el médico y el enfermo es tan íntima que nadie deseará ver el servicio médico bajo completo dominio del Estado. El ministro de Salud, respondiendo a mi declaración, dijo que el público tendría el control supremo a través del Parlamento. Teóricamente, esto puede ser cierto, pero prácticamente sabéis, y yo sé, cuán poca es la autoridad del público en estos asuntos, cuando los mismos son resueltos por el Estado”.

El Arzobispo Griffin tocó el punto importante. Después de la función del sacerdote, la del médico es la más delicada, la que exige mayor agudeza espiritual, el mayor sentido humano, que no entra en calibres y patrones, sino que se adapta virtualmente a cada caso concreto en particular para no perder nada realidad íntima, en un esfuerzo de simpatía que sólo puede ser inspirado por el amor. Antes de curar a los hombres hay que amarlos, y quien no tenga esa ciencia podrá ser, como máximo, un boticario.

La burocracia es guiada por la idea y los moldes de la eficiencia (aún cuando no sea realmente eficiente, lo que ocurre la mayor parte de las veces). Y la eficiencia no tiene nada que ver con lo que es íntimamente humano, porque no pasa de una categoría mecánica.

Para la medicina burocrática, el enfermo no será nada más que un caso anónimo, sin ninguna relevancia particular, sin personalidad. Toda la tragedia de la enfermedad, la carne sufriente que se estremece y desfallece, el espíritu que se abate y siente su sujeción, la humillación del hombre en la precariedad de su vida, sus angustias, sus cuidados, sus temores, sus pavores , sus necesidades, sus sacrificios, sus agonías, todo esto en el sepulcro encalado de los procesos administrativos, con sus innumerables tramites bien ordenados, con sus informaciones, sus despachos, sus requisiciones, sus protocolos, sus términos, sus sellos y registros: todo se transforma en una geometría plana, fría, impasible e impersonal. Para la burocracia, el enfermo aparece sólo como objeto de un servicio. Hay que reconocer que este es el aspecto menos favorable. Por otra parte, la burocracia está organizada de manera general para hacer menos favorables las condiciones de trabajo.

Se dirá que la medicina pública puede ser ejercida de otro modo. No es posible. El Estado moderno es esencialmente burocrático, mecánico y protuberante. Y, para no ser así, sería necesario dejar de ser lo que es. Por otra parte, los motivos por los que se pide la intervención estatal en el campo de la medicina no son para hacer esperar que suceda otra cosa.

Uno de ellos es la crisis económica de los médicos. No hay duda de que ganarse la vida es muy importante, pero está lejos de ser lo más importante. De lo contrario, la enfermedad no pasaría de fuente de ingresos, lo que es indigno.

El otro motivo es más elevado, pues se basa en el interés del desarrollo de la medicina. Pero tampoco es suficiente, pues pasa a ver en el paciente apenas el caso clínico, sólo la oportunidad técnica, como también puede hacer el veterinario con los animales.

Todo esto es sumisión a valores más bajos, es coartación, es funcionalismo, es servidumbre. Sólo quien ve, ante todo, el interés humano es verdaderamente médico por vocación, y alcanza toda la dignidad de su profesión, alzándose por encima de las contingencias materiales de su ejercicio. Y esto, el Estado moderno, burocrático y totalizante, es radicalmente incapaz de hacer.

Desgraciadamente, va disminuyendo el número de aquellas grandes figuras de médicos, que ejercían su profesión de modo casi sacerdotal, cuya única presencia inspiraba confianza y confort, y a los que no les gustaba cobrar cuentas, pues esto les daba una penosa impresión de simonía.

Los criterios utilitarios, que están transformando a los hombres en engranajes de un monstruoso mecanismo, están liquidando con todo lo que hay de elevación humana y de elevación espiritual. Los técnicos están haciendo el mundo inhabitable, después de haberse degradado a sí mismos a la categoría de simples instrumentos.

Por eso van desapareciendo los grandes médicos, y acabarán del todo, si el Estado los transforma en funcionarios públicos, es decir, en máquinas-herramientas. Porque el gran médico, antes de ser grande en la medicina, ha de ser grande como hombre.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Dos concepciones de la Sociedad: Familia de familias o campo de concentración

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Una joven campesina de Castilla considera, solícita y enternecida, el hijo que tiene en los brazos. Se nota en ella una cierta rusticidad, propia de los campesinos. Pero una rusticidad en la cual es por así decir imperceptible la tal o cual aspereza que el concepto de “rústico” contiene. Por el contrario, la vida del campo concentró en esa joven sus mejores efectos. Su semblante, su porte, expresan una vigorosa plenitud de salud de cuerpo y de alma. Pero una plenitud a la cual siglos enteros de tradición cristiana imprimieron su cuño propio. En esa campesina, que tal vez apenas sepa leer, hay una intensidad de vida de espíritu, una lógica, una templanza, una armoniosa sujeción de la materia al espíritu, y al mismo tiempo un frescor y una delicadeza que sólo pueden resultar de mucha fe y mucha pureza. Los trazos fisonómicos muy nítidos, son enérgicos. Las cejas fuertes, y de trazado muy definido, sirven de moldura a una mirada penetrante y precisa. Pero hay en el rostro una serenidad, una inocencia, que el tocado blanquísimo parece acentuar con una nota de lozanía especial.

Trátase de una simple hija del pueblo. Pero de un gran pueblo, profundamente católico. Hay en él tesoros de todo orden, étnicos, – históricos, morales, sociales, religiosos, que hacen de esta humilde y altiva hija de Castilla un modelo digno de despertar el talento de un gran pintor. Todos estos tesoros están vueltos hacia la maternidad. Salta a los ojos el cariño delicadísimo con que contempla a su hijo, la conciencia que tiene de su función protectora, la dedicación con que ella está por así decir movilizada en todas sus aptitudes, en toda su capacidad de afecto (afecto profundo, serio, sin molicie, dígase de paso) en pro del hijo que Dios le dio.

Feliz criatura en cuyo favor la Providencia dispuso maravillas de la naturaleza y de la gracia, en el desvelo de una madre pura y llena de fe.

* * *

«Somos hijos de Lenín, no queremos padre, ni madre…».

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Haciendo vibrar los aires con esta miserable canción, desfilan por las calles de una ciudad comunista estos pequeños esclavos del Anticristo, que traen, en el pecho las insignias de su siniestro señor: la estrella de cinco puntas, con la hoz y el martillo. Son niños que parecen formados, no para una vida civil común, sino para la agresión, el insulto, y la brutalidad. En ellos se nota que la capacidad de odiar fue despertada, excitada, y fijada en un grado de tensión habitual muy alto, para constituir en ellos una segunda naturaleza. Los ojos miran el objetivo del fotógrafo, o cualquier otro punto en el espacio, penetrantes de desconfianza, cargados de odio. El andar deja aparecer una intención malévola, que parece dar a los pasos una cadencia feroz. Los transeúntes que contemplan el cortejo, parecen animados de sentimientos análogos. ¡Se dirían hijos del odio cantando en la ciudad del odio el himno del odio!

Es bien natural que, para conseguir formar así hijos de la ira, se les haya robado el amor paterno y materno, se les haya inspirado un odio monstruoso contra la vida de familia.

Piedad e impiedad, virtud y amoralidad, delicadeza temperante y fuerte, brutalidad desatada y luciferina, en suma civilización católica y comunismo, es la alternativa trágica delante de la cual el hombre del siglo XX se encuentra.

 

 

La Asociación de Mujeres Juezas, una asociación política

juezas

31 julio, 2018ForumLibertas.comPolítica

La Asociación de Mujeres Juezas está presidida por Gloria Poyatos, magistrada de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Canarias, y forman parte de su junta directiva Mar Serna, Zita Hernández, Lucía Avilés y Gloria Rodríguez. No deja de sorprender que exista un ámbito asociativo que persiga segregar a las mujeres de los hombres, y que además estas mismas personas critiquen la educación diferenciada por “segregacionista”, cuando son ellas mismas quienes la practican. ¿Es posible entender una sociedad donde hubiera asociaciones de mujeres en todos los ámbitos profesionales, como contrarréplica a las asociaciones ya existentes, que agrupan tanto hombres como mujeres? Derivaría en un asociacionismo absurdo donde lo que prima no es la profesión, sino el sexo. Pero es que esto es exactamente lo que promueve el feminismo de género, romper los espacios comunes de la sociedad formados por personas para dividirlas en hombres y mujeres, como categorías que se deben confrontar.

Y este es precisamente el fin de esta asociación de juezas, en realidad, un grupo de presión de escasas asociadas, digamos que dos taxis de gente, y mucha búsqueda de la notoriedad mediática, con dos fines: marcar a sus compañeros jueces cuando su sentencia no les gusta e imponer una ideología política en la aplicación del derecho: “la obligación de integrar la perspectiva de género y con ella interpretar la normas”.

Si la primera práctica es desastrosa para el poder judicial, porque lo peor que le puede pasar es que cada grupo y grupito cuestione las sentencias que no les gustan de otros jueces, porque esto equivaldría a su descredito como profesión, la segunda convierte a esta Asociación de Juezas en una organización que promueve una ideología política, la de la perspectiva de género. Esto no puede ser aceptado y el órgano de gobierno de los jueces ha de tomar medidas antes de que la propia sociedad civil reaccione ante este abuso. ¿Sería inimaginable que unos jueces sostuvieran que la justicia ha de abordarse desde la perspectiva kantiana, utilitarista, marxista, comunitarista, y cuantas otras perspectivas ideológicas de interpretar la realidad se quiera? ¿Sería concebible reivindicar una justicia liberal, social demócrata, demócrata cristiana, conservadora? Es evidente que no, pues por la misma lógica no puede permitirse una asociación compuesta exclusivamente por juezas cuyo fin principal es transformar la justicia en un anexo de la ideología de género. Y si en la asociación se encuentran personas que no reúnan aquella condición, entonces la exigencia es la de su cambió de nombre, dado que con él se irrogan una representatividad de la que carecen; en este supuesto simple y llanamente estarían engañando.

Las únicas perspectivas admisibles son las que emanan de la Constitución, los respectivos códigos de leyes y la jurisprudencia. Todo lo que no sea esto, es manipulación y control ideológico y político.

 

Nicaragua expulsa a diez sacerdotes, uno de ellos español

El misionero ha sido enviado a Costa Rica en la madrugada del miércoles por orden del Gobierno de Ortega

photo_cameraObispos de Nicaragua.

Fecha

09/08/18access_time 1:02

La madrugada del miércoles, hora española, el Gobierno nicaragüense de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, ha ordenado la expulsión de diez sacerdotes del territorio nacional por su desafección al Ejecutivo, según ha podido saber Religión Confidencial.

Este confidencial ha podido confirmar que entre ellos se encuentra un presbítero español, oriundo de Cataluña, que llevaba varios años ejerciendo de misionero en el país hispanoamericano. Actualmente se encuentra en Costa Rica, adonde ha sido enviado a la espera de decidir sobre su próximo destino. Los otros nueve sacerdotes son de origen nicaragüense, ha podido confirmar RC.

Represalia

Las fuentes nicaragüenses consultadas por RC apuntan a una posible represalia de Ortega por la visita del canciller Denis Moncada, negociador de las relaciones entre el Gobierno y la Conferencia Episcopal, al Vaticano.

Sus expectativas no se cumplieron, ya que el ni el Papa Francisco ni el Secretario de Estado de la Santa Sede, monseñor Pietro Parolin, se reunieron con él, como había solicitado el propio Ortega al Pontífice. En su lugar, la reunión se celebró entre Moncada y un miembro intermedio de la curia.

La conversación fue infructuosa, según el propio Moncada, ya que el delegado del Papa le transmitió el apoyo de Francisco a los obispos nicaragüenses, a quienes el canciller tachó de golpistas y exigió la retirada de al menos tres de ellos del diálogo Iglesia-Estado.

Crisis en Nicaragua

Desde el 18 de abril, Nicaragua está sumida en una crisis que no hace sino empeorar, a la vista de la creciente cifra de muertos en las protestas contra el Gobierno de Ortega. Crisis en la que la Conferencia Episcopal es una de las protagonistas principales.

Hace cuatro meses que la oposición comenzó a convocar manifestaciones contra el Ejecutivo por un decreto que ordena una subida de impuestos para sacar de la quiebra a la Seguridad Social. Fue la piedra de toque de la paciencia de la población nicaragüense: desde entonces, las protestas callejeras pidiendo la dimisión del sandinista han sido diarias y la represión del Gobierno, violenta hasta la brutalidad.

 

A los dos días, ya habían muerto cuatro personas, entre ellos, un menor de 15 años, a manos del Frente Sandinista de Liberación (FSNL) de grupos de moteros (al modo venezolano) que atacaban a los civiles e incluso de francotiradores que disparaban a los manifestantes que trataban de refugiarse en la catedral de Managua.

Es entonces cuando la Iglesia de Nicaragua inicia las labores de mediación, mientras que Ortega decidía desplegar el Ejército por todo el país, dada la expansión de las protestas por todo el territorio. Dio marcha atrás a la reforma fiscal, sin conseguir apaciguar los ánimos.

Un mes después del inicio de las revueltas, Ortega anunció el inicio de un Diálogo nacional, del que sería canciller el adepto al Gobierno Denis Moncada. Se sucedieron treguas no respetadas por las milicias sandinistas, huelgas de la patronal y matanzas como la de las ciudades de Masaya y Monimbó que llevaron a la interrupción del Diálogo.

La Conferencia Episcopal ha pedido a Ortega el cese de la violencia y el compromiso de adelantar las elecciones a 2019. El presidente lleva once años en el cargo, cuando alcanzó el poder por segunda vez. Ya estuvo al frente del país entre 1979 y 1990.

Lejos de paliarse, la violencia estatal se ha recrudecido y en julio el número de muertos alcanzó la ingente cifra de 300 fallecidos. El cardenal arzobispo de Managua, Leopoldo Brenes, fue atacado por leales a Ortega junto con el representante del Vaticano Stanislaw Waldemar Sommetarg.

Desde entonces, el propio Ortega viene criticando duramente a los obispos nicaragüenses, a los que acusa de “golpistas”, y exige que abandonen el Diálogo. La reunión de Moncada en el Vaticano con el Papa pretendía legitimar al Gobierno y expulsar a los obispos más críticos de las negociaciones.

 

 

Una cultura del caudillismo

En un país marcado por una cultura del caudillismo, la corrupción y la violencia, aceptar el reto de encabezar cualquier tipo de diálogo era una opción de riesgo. Los obispos nicaragüenses lo sabían. Por eso, desgraciadamente, lo sucedido no ha sido una sorpresa. Sin embargo, la Iglesia de ese país ha asumido una tarea activa de mediación, siempre al lado del pueblo que sufre. Los acontecimientos no hacen presagiar nada bueno pero, en medio de las dificultades, todo lleva a pensar que la Iglesia estará en primera línea, trabajando incansablemente por la paz y la reconciliación.

José Morales Martín

 

 

Más parece una compensación

No ha habido un proceso de paz. Los demócratas, los que han llorado y lloran en la soledad a sus seres queridos asesinados, los que han sido durante años silenciados por la infamia, los extorsionados, los que vivieron con miedo, los concejales que dieron su vida por la libertad, los guardias civiles y los policías, los que confiaron en el Estado de Derecho han vencido a los violentos. Esta es la victoria de los demócratas, de los que tuvieron el coraje de la paciencia, un coraje que se mantuvo cuando parecía que se había perdido toda esperanza. ETA ha sido vencida pero la lucha por la verdad continua. Sigue siendo necesario trabajar por una reconstrucción de la vida social en el País Vasco y esa reconstrucción no será posible sin un relato verdadero, sin una justicia última que requiere de la petición de perdón. Las políticas de acercamiento de presos, parece más una compensación o pagar una deuda contraida que una solución y, por supuesto que un pago, a los que tanto han sufrido.

Jesús Martínez Madrid

 

 

El Gobierno de May

La propuesta de un Brexit suave, hecha por el Gobierno de Theresa May dos años después del referéndum en el que se apostó por la salida del Reino Unido de la Unión Europea, ha desatado una crisis en el Ejecutivo británico. Los duros quieren hacer tambalear a May, ese es el motivo de que hayan dimitido el ministro del Brexit, David Davis, y el de Exteriores, Boris Johnson. No se descarta incluso que la facción más antieuropea de los conservadores lance una moción de censura contra la primera ministra.

Xus D Madrid

 

 

VIAJE A ALEMANIA: JULIO 1977 (5)

 

Hay que señalar que el gran casino de Wiesbaden, está rodeado de unos inmensos y bien cuidados jardines que lo rodean y que ello en sí mismo, es algo maravilloso de ver y disfrutar; nosotros lo hemos visto, cuasi “a vista de pájaro” puesto que el tiempo apremia.

            Salimos de Wiesbaden y seguimos el curso de esta orilla del río, lo hacemos por carreteras secundarias, pues nos encaminamos a un lugar, “cuasi sagrado” para los alemanes, puesto que vamos a visitar la colina dónde fuera instalado el grandioso monumento dedicado a  “Germania”, el que dista unos 25 o 30 Km. y está situado en una colina que domina el curso del río, estando muy cercano al castillo o ruinas del mismo, denominado “Burg Ehrenfels”[1]; igualmente este lugar está densamente y muy bien cultivado y estas pendientes laderas, que el sol acaricia de forma conveniente... están llenas de vid, de las que se obtienen vinos de los que luego hablaré, pues tendremos ocasión de degustarlo en una de sus bodegas.

           Llegamos por fin a la citada colina e instalaciones complementarias, que son grandes y bien dotadas, puesto que reitero... estamos en un muy destacado lugar de “la gran Alemania”. Se trata de un gigantesco monumento de 35,5 m. de altura, el que se divide en dos partes principales, una el zócalo u obra realizada en piedra que tiene 25 m. de altura y que conforma la base (bien revestida y adornada con múltiples estatuas alegóricas y relieves con enormes placas de bronce con inscripciones y alegorías) y sobre todo ello, se yergue una estatua en bronce, de mujer o diosa, que quiere representar a “Germania”[2] la que mide 10.50 m. de altura y se eleva, a 226 m. sobre el nivel del río Rhin, estando situado en una colinas denominadas “Niederwald” y es (entiendo yo) cómo una antorcha enorme para que no se pierda la memoria, de los orígenes y destino de todos los pueblos germánicos, o alemanes. Fue inaugurado (según dice la guía) en 1877 y por el Káiser Guillermo I; en algún folleto turístico figura la fecha de inauguración, en 1883 y se erigió en recuerdo de la guerra de 1870/71, en la que se consolida la moderna unificación de Alemania, con la derrota de Francia, erigiéndose el Káiser citado como emperador invicto de todo ello, pues ha dedicado su vida entera a tal meta.

            Deambulamos por estas instalaciones un tiempo concedido para un descanso y la toma de una fresca cerveza, que a media mañana cae bien, pues reitero, hace calor en Alemania y en estas fechas.  ¡Por fin veo niños y en cantidad notable! Y ello tiene su explicación puesto que son grupos de escolares, que traídos por sus maestros y en viajes organizados, vienen a visitar el monumento. Seguro que para insuflarles el espíritu patrio, cosa encomiable por demás y de paso, darles lecciones de historia contemporánea de su Alemania. Su comportamiento es disciplinado y “da gloria verlos” en perfecta organización y armonía, maestros discípulos... cosa a destacar y que difiere del comportamiento del escolar español. Por otra parte, hago notar que estamos en la primera quincena de Julio y que los escolares, están aquí con sus maestros y en trabajos o faenas escolares, lo que nos dice bien a las claras que aquí el curso escolar debe cubrir gran parte o todo el mes de julio, por lo que estos niños no tienen tantas vacaciones cómo los de España... “o las tienen distribuidas de forma diferente”.

Ya de vuelta en el autocar, la guía nos habla de las viñas o vides que estamos viendo y con gran énfasis, nos va diciendo que. “Los viñedos plantados en las laderas del Rhin, fueron mandados traer y plantar por Carlomagno y que aún hoy, mantienen su pureza y esmerado cuido, como productores de los famosos vinos que toman el nombre de este río y los que se elaboran con gran meticulosidad y pureza, sin aditivos de ninguna clase”[3]; nos llega a decir que observemos que las vides están plantadas en unas determinadas laderas y dónde el sol es generoso en sus radiaciones y de ahí la bondad de la uva obtenida.

            Continuamos nuestro recorrido y en breve nos detienen a las puertas de una bodega, situada en una de tantas localidades de las que por aquí proliferan. La bodega es muy pequeñita si la comparamos con las que en España se denominan “bodega”, pero eso sí, ésta es primorosa por la instalación y cuido metódico en todo[4] y somos atendidos con toda cortesía, puesto que nos dan a probar los vinos, lo que si bien es gratuito, pero luego nos pasan por “la tienda” de venta de los mismos, dónde nos ofrecen cajas de cartón con tres unidades y muy bien preparadas, para que lleguen (se nos asegura para animarnos a comprar) bien, al destino que sea, por lejano que esté. Es claro que todo está organizado para esta venta en la que entramos la mayoría de visitantes y el bodeguero vende unas docenas de botellas de sus vinos, los que degustaremos luego en nuestras casas y sin reparar mucho en el precio pagado o la calidad de los mismos... “es un recuerdo más y es por otra parte muy gratificante”.

            Ya y sin otras visitas a destacar, iremos haciendo el recorrido de regreso a nuestro hotel, dónde llegaremos con hora de celebrar la comida del medio día, “a horario español y en atención a que somos turistas” y luego se nos dará la tarde libre, pues a la noche y en la cena en el mismo hotel, habrá un conjunto orquestal mínimo, pero suficiente, para que a los acordes de sus interpretaciones, la cena nos sea mucho más grata e incluso podamos bailar el que quiera... esto suele ser normal en cierto tipo de cenas alemanas, pues son muy aficionados al baile y por descontado a la música. Nuestro descanso de tarde y gozo de la noche, será cordial y muy reconfortante, lo que nos preparará para el siguiente día, en que haremos un viaje más largo y éste por tierra y agua, puesto que vamos a realizar un pequeño crucero fluvial.

 

            Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (Aquí más temas)

Jaén: 08 de Agosto del 2018

 


[1] Castillo que domina el curso del río Rhin y que sirviera para guardar el tesoro de la Catedral de Maguncia, en épocas de guerras del siglo XIV y dónde igualmente los arzobispos de Maguncia (príncipes o señores de todos estos contornos: Maguncia está frente a Wiesbaden, en la orilla opuesta) recaudaban los derechos aduaneros y de paso por el río. O sea lo de siempre... “el negocio es el negocio y la religión un complemento del mismo”.

[2] Germania era el nombre latino de una indeterminada región de la Europa central que, habitada por los germanos, se extendía del Vístula al Rhin y del Danubio a los mares del Norte y Báltico. También existió posteriormente un reino con esta denominación, al desmembrarse el Imperio Carolingio en el año 843, el que fue absorbido e integrado en el Sacro Imperio Romano Germánico, dejándose entonces de emplear dicho término, pero los alemanes en general, son abundantes en el deseo (que no fue sólo de Hitler y los Káiseres anteriores) de que alguna vez, vuelva, se construya o reconstruya, ese imperio alemán que nunca ha existido en la proporción que muchos desearían, pues en realidad muchos de estos visionarios, lo que desearon siempre, fue emular al gran Imperio Romano... pero éste, cómo ocurre con las grandes cosas del mundo, son irrepetibles.

[3] En Austria existen cerca de Viena otros “pagos” de un afamado vino local y el que bastante dulce, es muy agradable de tomar, pero allí, se nos dijo que se les añade azúcar, para elevar el grado alcohólico; deduzco que aquí deben hacer algo parecido, pues estas zonas tan al norte, son frías y las uvas aquí no deben tener las propiedades de las de mucho más al sur, pues es el sol el que dora la uva y le da sus propiedades en azúcares y por tanto en alcoholes.

[4]  Tan es así, en lo del cuido y ahorro, que cuando nos van dando a catar, los vinos (dos o tres catas), se nos dice que el sobrante de la copa, lo echemos en un recipiente central que en la mesa existe... “supongo que será para luego hacer vinagre con él... o vete tú a saber si luego vuelve a otras cubas”.