Las Noticias de hoy 07 Julio 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 07 de julio de 2018      

Indice:

ROME REPORTS

Migración: La única respuesta sensata es la de la “solidaridad” y la “misericordia”

El Papa a los migrantes: “Conozco bien las tragedias de las que se están escapando”

EL VINO NUEVO: Francisco Fernández-Carvajal

“Estás obligado a dar ejemplo”: San Josemaria

«Alexia nos ayuda a descubrir el rostro siempre joven de Cristo»

La vida sin Dios: José Brage

Domingo de la semana 14 de tiempo ordinario; ciclo B

Amor y lujuria: Javier Vidal-Quadras

Las manifestaciones dualistas y el ser humano: Blanca Mijares

Educa en la fe a tus hijos antes de que el mundo los «deseduque»: Silvia del Valle

PADRE Y MADRE ESTABLES Y ESTABILIDAD SOCIAL: Ing. Jose Joaquín Camacho                  

RUMBO AL CIERRE: René Mondragón

La democracia, responsabilidad de todos los mexicanos: Unión Nacional de Padres de Familia

La llave para el Cielo. “Alegraos y regocijaos”: José Martínez Colín.

Señor, ¡Auméntame la Fe!: Ernesto Juliá

Informe: Los costes ocultos de los tratamientos de infertilidad: Justo Aznar

LA PALABRA DE DIOS: Leo J. Mart.

En estas vacaciones la creatividad puede ser tu aliada: Silvia del Valle

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Migración: La única respuesta sensata es la de la “solidaridad” y la “misericordia”

Homilía del Papa Francisco

julio 06, 2018 17:15RedacciónPapa y Santa Sede

(ZENIT – 6 julio 2018).- “Frente a los desafíos migratorios de hoy, la única respuesta sensata es la de la solidaridad y la misericordia; una respuesta que no hace demasiados cálculos, pero exige una división equitativa de las responsabilidades, un análisis honesto y sincero de las alternativas y una gestión sensata” ha puntualizado Francisco en la homilía de la Eucaristía.

Esta mañana, a las 11 horas en el Altar de la Cátedra de la basílica de San Pedro, el Santo Padre Francisco ha celebrado la Misa por los migrantes en el quinto aniversario de su visita a Lampedusa (Italia). Han participado alrededor de 200 personas, entre las cuales refugiados y personal que los atiende.

Sigue la homilía pronunciada por el Papa durante la celebración eucarística:

***

Homilía del Papa Francisco

«Escuchad esto, los que pisoteáis al pobre y elimináis a los humildes […]. Vienen días en que enviaré hambre al país: […] hambre de escuchar las palabras del Señor» (Am 8,4.11).

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/07/SFO0672-437x275.jpgLa advertencia del profeta Amós resulta aún hoy de candente actualidad. Cuántos pobres hoy son pisoteados. Cuántos pequeños son exterminados. Todos son víctimas de esa cultura del descarte que ha sido denunciada tantas veces. Y entre ellos, no puedo dejar de mencionar a los emigrantes y refugiados, que continúan llamando a las puertas de las naciones que gozan de mayor bienestar.

Hace cinco años, durante mi visita a Lampedusa, recordando a las víctimas de los naufragios, me hice eco de ese perenne llamamiento a la responsabilidad humana: «“¿Dónde está tu hermano?, la voz de su sangre grita hasta mí”», dice Dios. Ésta no es una pregunta dirigida a otros, es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros» (Homilía, Visita a Lampedusa, 8 julio 2013). Lamentablemente, las respuestas a este llamamiento ―aun siendo generosas― no han sido suficientes, y hoy nos encontramos llorando a millares de muertos.

El Evangelio que hoy ha sido proclamado incluye la invitación de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». El Señor promete alivio y liberación a todos los oprimidos del mundo, pero tiene necesidad de nosotros para que su promesa sea eficaz. Necesita nuestros ojos para ver las necesidades de los hermanos y las hermanas. Necesita nuestras manos para prestar ayuda. Necesita nuestra voz para denunciar las injusticias cometidas en el silencio ―a veces cómplice― de muchos. En efecto, tendría que hablar de muchos silencios: el silencio del sentido común, el silencio del «siempre se ha hecho así», el silencio del «nosotros» contrapuesto al «vosotros». El Señor necesita sobre todo nuestro corazón para manifestar el amor misericordioso de Dios hacia los últimos, los rechazados, los abandonados, los marginados.

En el Evangelio de hoy, Mateo narra el día más importante de su vida, en el que fue llamado por el Señor. El evangelista recuerda claramente el reproche de Jesús a los fariseos, que se dan con facilidad a retorcidas murmuraciones: «Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”» (9,13). Es una acusación directa contra la hipocresía estéril de quien no quiere «ensuciarse las manos», como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano. Se trata de una tentación muy frecuente también en nuestros días, que se traduce en una cerrazón respecto a quienes tienen derecho, como nosotros, a la seguridad y a una condición de vida digna, y que construye muros ―reales o imaginarios― en vez de puentes.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/07/20180706113854_0098-355x533.jpgFrente a los desafíos migratorios de hoy, la única respuesta sensata es la de la solidaridad y la misericordia; una respuesta que no hace demasiados cálculos, pero exige una división equitativa de las responsabilidades, un análisis honesto y sincero de las alternativas y una gestión sensata. Una política justa es la que se pone al servicio de la persona, de todas las personas afectadas; que prevé soluciones adecuadas para garantizar la seguridad, el respeto de los derechos y de la dignidad de todos; que sabe mirar al bien del propio país teniendo en cuenta el de los demás países, en un mundo cada vez más interconectado. Es este mundo al que miran los jóvenes.

El salmista nos ha indicado cuál es la actitud apropiada que en conciencia se ha de asumir delante de Dios: «Escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos» (v. 30). Un compromiso de fidelidad y de recto juicio que deseamos llevar adelante junto a los gobernantes de la tierra y a las personas de buena voluntad. Por eso seguimos con atención el trabajo de la comunidad internacional para responder a los desafíos que plantean las migraciones contemporáneas, armonizando con sabiduría la solidaridad y  la subsidiaridad e identificando responsabilidades y recursos.

Deseo concluir con algunas palabras en español, dirigidas particularmente a los fieles que han venido de España.

Quise celebrar el quinto aniversario de mi visita a Lampedusa con ustedes, quienes representan a los socorristas y a los rescatados en el Mar Mediterráneo. A los primeros quiero expresar mi agradecimiento por encarnar hoy la parábola del Buen Samaritano, quien se detuvo a salvar la vida del pobre hombre golpeado por los bandidos, sin preguntarle cuál era su procedencia, sus razones de viaje o sus documentos…: simplemente decidió hacerse cargo y salvar su vida. A los rescatados quiero reiterar mi solidaridad y aliento, ya que conozco bien las tragedias de las que se están escapando. Les pido que sigan siendo testigos de la esperanza en un mundo cada día más preocupado de su presente, con muy poca visión de futuro y reacio a compartir, y que con su respeto por la cultura y las leyes del país que los acoge, elaboren conjuntamente el camino de la integración.

Pido al Espíritu Santo que ilumine nuestra mente y encienda nuestro corazón para superar todos los miedos y las inquietudes y nos transforme en instrumentos dóciles del amor misericordioso del Padre, dispuestos a dar la propia vida por los hermanos y las hermanas, como lo hizo Nuestro Señor Jesucristo por cada uno de nosotros.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

El Papa a los migrantes: “Conozco bien las tragedias de las que se están escapando”

Agradece a los socorristas “salvar la vida del pobre”

julio 06, 2018 12:01Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 6 julio de 2018).- El Papa Francisco ha celebrado esta mañana, a las 11 horas, la Santa Misa, con migrantes y voluntarios, en la Basílica de San Pedro, para recordar a las víctimas de los naufragios, coincidiendo con el 5º aniversario de su visita a la isla italiana de Lampedusa.

El Santo Padre ha saludado especialmente a los fieles españoles presentes en la celebración eucarística, y en concreto, ha agradecido a los socorristas “por encarnar hoy la parábola del Buen Samaritano, quien se detuvo a salvar la vida del pobre hombre golpeado por los bandidos, sin preguntarle cuál era, su procedencia, sus razones de viaje o sus documentos…: simplemente decidió de hacerse cargo y de salvar su vida”.

“Reiterar mi solidaridad y aliento”

Asimismo, Francisco se ha dirigido en español a los rescatados: “Quiero reiterar mi solidaridad y aliento, ya que conozco bien las tragedias de las que se están escapando”.

https://es.zenit.org/wp-content/uploads/2018/07/4-491x275.png“Les pido –ha expresado– que sigan siendo testigos de la esperanza en un mundo cada día más preocupado de su presente, con muy poca visión de futuro y reacio a compartir, y que con su respeto por la cultura y las leyes del país que los acoge, elaboren conjuntamente el camino de la integración”.

Después de la homilía, una religiosa ha interpretado música con un violín que ha acompañado la oración personal y ha precedido la oración de los fieles en la Eucaristía.

Un grupo de fieles han presentado al Señor las oraciones de los fieles: un inmigrante, y tres mujeres europeas, entre ellas una española.

366 muertos

El 3 de octubre de 2013 sucedió la tragedia: Una barcaza que había partido del norte de África en dirección a las costas europeas, se hundió con al menos 518 inmigrantes procedentes de Somalia y Eritrea, y dejó 366 muertos, 155 supervivientes y un número indeterminado de desaparecidos, señala el diario ABC.

Francisco declaró que sentía “de dolor y vergüenza” por este hecho: “Al hablar de paz, hablando de la inhumana crisis económica mundial, que es un síntoma grave de la falta de respeto hacia el hombre, non puedo dejar de recordar con gran dolor las numerosas víctimas del enésimo trágico naufragio hoy en el mar de Lampedusa. ¡Me viene en mente la palabra vergüenza! ¡Es una vergüenza!”.

 

 

EL VINO NUEVO

— Disponer el alma para recibir el don divino de la gracia; los odres nuevos.

— La contrición restaura y prepara para recibir nuevas gracias.

— La Confesión sacramental, medio para crecer en la vida interior.

I. Jesús enseñaba, y quienes le escuchaban le entendían bien. Todos los que oyeron por vez primera las palabras que recoge el Evangelio de la Misa sabían de remiendos en los vestidos, y todos también, acostumbrados a las faenas del campo, conocían lo que pasa cuando se echa el vino nuevo, sacado de la uva recién vendimiada, en los odres viejos. Con estas imágenes sencillas y bien conocidas enseñaba el Señor las verdades más profundas acerca del Reino que Él vino a traer a las almas: Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en los odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan1.

Jesús declara la necesidad de acoger su doctrina con un espíritu nuevo, joven, con deseos de renovación; pues de la misma manera que la fuerza de la fermentación del vino nuevo hace estallar los recipientes ya envejecidos, así también el mensaje que Cristo trae a la tierra tenía que romper todo conformismo, rutina y anquilosamiento. Los Apóstoles recordarían aquellos días junto a Jesús como el principio de su verdadera vida. No recibieron su predicación como una interpretación más de la Ley, sino como una vida nueva que surgía en ellos con ímpetu extraordinario y requería disposiciones nuevas.

Siempre que los hombres se han encontrado con Jesús a lo largo de estos veinte siglos, algo ha surgido en ellos, rompiendo actitudes viejas y gastadas. Ya el Profeta Ezequiel había anunciado2 que Dios otorgaría a los suyos otro corazón y les daría un espíritu nuevo. San Beda, al comentar este pasaje del Evangelio, explica3 cómo los Apóstoles serán transformados en Pentecostés y repletos a la vez del fervor del Espíritu Santo. Esto ocurrirá después en la Iglesia con cada uno de sus miembros, una vez recibido el Bautismo y la Confirmación. Estos nuevos odres, el alma limpia y purificada, deben estar siempre llenos; «pues vacíos, los carcome la polilla y la herrumbre; la gracia los conserva llenos»4.

El vino nuevo de la gracia necesita unas disposiciones en el alma constantemente renovadas: empeño por comenzar una y otra vez en el camino de la santidad, que es señal de juventud interior, de esa juventud que tienen los santos, las personas enamoradas de Dios. Disponemos el alma para recibir el don divino de la gracia cuando correspondemos a las mociones e insinuaciones del Espíritu Santo, pues nos preparan para recibir otras nuevas y, si no hemos sido del todo fieles, cuando acudimos al Señor pidiéndole que sane nuestra alma. «Quita, Señor Jesús –le pedimos con San Ambrosio–, la podredumbre de mis pecados. Mientras me tienes atado con los lazos del amor, sana lo que está enfermo (...). Yo he encontrado un médico, que vive en el Cielo y derrama su medicina sobre la tierra. Solo Él puede curar mis heridas, pues no tiene ninguna; solo Él puede quitar al corazón su dolor, al alma su palidez, pues Él conoce los secretos más recónditos»5.

Solo tu amor, Señor, puede preparar mi alma para recibir más amor.

II. El Espíritu Santo trae constantemente al alma un vino nuevo, la gracia santificante, que debe crecer más y más. Este «vino nuevo no envejece, pero los odres pueden envejecer. Una vez rotos se echan a la basura y el vino se pierde»6. Por eso es necesario restaurar continuamente el alma, rejuvenecerla, pues son muchas las faltas de amor, los pecados veniales quizá, que la indisponen para recibir más gracias y la envejecen. En esta vida sentiremos siempre las heridas del pecado: defectos del carácter que no se acaban de superar, llamadas de la gracia que no sabemos atender con generosidad, impaciencias, rutina en la vida de piedad, faltas de comprensión...

Es la contrición la que nos dispone para nuevas gracias, acrecienta la esperanza, evita la rutina, hace que el cristiano se olvide de sí mismo y se acerque de nuevo a Dios en un acto de amor más profundo. La contrición lleva consigo la aversión al pecado y la conversión a Cristo. Ese dolor de corazón no se identifica con el estado en que puede encontrarse el alma por los efectos desagradables de la falta (la ruptura de la paz familiar, la pérdida de una amistad...); ni siquiera consiste en el deseo de no haber hecho lo que se ha hecho...: es la decidida condena de una acción, la conversión hacia lo bueno, hacia la santidad de Dios manifestada en Cristo, es «la irrupción de una vida nueva en el alma»7, llena de amor al encontrarse otra vez con el Señor. Por eso no sabe arrepentirse, no se siente movido a la contrición, quien no relaciona sus pecados, los grandes y las pequeñas faltas, con el Señor.

Delante de Jesús, todas las acciones adquieren su verdadera dimensión; si nos quedáramos solos ante nuestras faltas, sin esa referencia a la Persona ofendida, probablemente justificaríamos y restaríamos importancia a las faltas y pecados, o bien nos llenaríamos de desaliento y de desesperanza ante tanto error y omisión. El Señor nos enseña a conocer la verdad de nuestra vida y, a pesar de tantos defectos y miserias, nos llena de paz y de deseo de ser mejores, de recomenzar de nuevo.

El alma humilde siente la necesidad de pedir a Dios perdón muchas veces al día. Cada vez que se aparta de lo que el Señor esperaba de ella ve la necesidad de volver como el hijo pródigo, con dolor verdadero: padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros8. Y el Señor, «que está cerca de los que tienen el corazón contrito»9, escuchará nuestra oración. Con esta contrición el alma se prepara continuamente para recibir el vino nuevo de la gracia.

III. El Señor, sabiendo que éramos frágiles, nos dejó el sacramento de la Penitencia, donde el alma no solo sale restablecida, sino que, si había perdido la gracia, surge con una vida nueva. A este sacramento debemos acudir con sinceridad plena, humilde, contrita, con deseos de reparar. Una Confesión bien hecha supone un examen profundo (profundo no quiere decir necesariamente largo, sobre todo si nos confesamos con frecuencia): si es posible, ante el Sagrario, y siempre en la presencia de Dios. En el examen de conciencia, el cristiano ve lo que Dios esperaba de su vida y lo que en realidad ha sido; la bondad o malicia de sus acciones, las omisiones, las ocasiones perdidas..., la intensidad de la falta cometida, el tiempo que se permaneció en ella antes de pedir perdón10.

El cristiano que desea tener una conciencia delicada, y para ello se confiesa con frecuencia, «no se contentará con una confesión simplemente válida, sino que aspirará a una confesión buena que ayude al alma eficazmente en su aspiración hacia Dios. Para que la confesión frecuente logre este fin, es menester tomar con toda seriedad este principio: sin arrepentimiento no hay perdón de los pecados. De aquí nace esta norma fundamental para el que se confiesa con frecuencia: no confesar ningún pecado venial del que uno no se haya arrepentido seria y sinceramente.

»Hay un arrepentimiento general. Es el dolor y la detestación de los pecados cometidos en toda la vida pasada. Ese arrepentimiento general es para la confesión frecuente de una importancia excepcional»11, pues ayuda a restañar las heridas que dejaron las flaquezas, purifica el alma y la hace crecer en el amor al Señor.

La sinceridad nos llevará siempre que sea necesario a descender a esos pequeños detalles que dan a conocer mejor nuestra flaqueza: ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué motivo?, ¿cuánto tiempo?; evitando tanto el detalle insustancial y prolijo como la generalización, diciendo con sencillez y delicadeza lo que ha ocurrido, el verdadero estado del alma, huyendo de las divagaciones, como «no fui humilde», «tuve pereza», «he faltado a la caridad»..., cosas, por otra parte, aplicables casi siempre al común de los mortales. Al practicar la Confesión frecuente hemos de cuidar siempre que sea un acto personal en el que nosotros pedimos perdón al Señor de flaquezas muy concretas y reales, no de generalidades difusas.

Este sacramento de la misericordia es refugio seguro; allí se curan las heridas, se rejuvenece lo que ya estaba gastado y envejecido, y todos los extravíos, grandes y pequeños, se remedian. Porque la Confesión no solo es un juicio en el que las deudas son perdonadas, sino también medicina del alma.

La Confesión impersonal esconde con frecuencia un punto de soberbia y de amor propio que trata de enmascarar o justificar lo que humilla y deja, humanamente, en mal lugar. Quizá pueda ayudarnos, para hacer más personal este acto de la penitencia, cuidar hasta el modo de confesarnos: «yo me acuso de ...», pues no es este sacramento un relato de cosas sucedidas, sino autoacusación humilde y sencilla de nuestros errores y flaquezas ante Dios mismo, que nos perdonará a través del sacerdote y nos inundará con su gracia.

«¡Dios sea bendito!, te decías después de acabar tu Confesión sacramental. Y pensabas: es como si volviera a nacer.

»Luego, proseguiste con serenidad: “Domine, quid me vis facere?” —Señor, ¿qué quieres que haga?

»—Y tú mismo te diste la respuesta: con tu gracia, por encima de todo y de todos, cumpliré tu Santísima Voluntad: “serviam!” —¡te serviré sin condiciones!»12. Te serviré, Señor, como siempre has querido que lo haga: con sencillez, en medio de mi vida corriente, en lo ordinario de todos los días.

1 Mt 9, 16-17. — 2 Ez 36, 26. — 3 San Beda, Comentario al Evangelio de San Marcos, 2, 21-22. — 4 San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, 5, 26. — 5 Ibídem, 5, 27. — 6 G. Chevrot, El Evangelio al aire libre, Herder, Barcelona 1961, p. 111. — 7 Cfr. M. Schmaus, Teología dogmática, Rialp, 2ª ed., Madrid 1963, vol. VI, p. 562. — 8 Lc 15, 18-19. — 9 San Agustín Comentario al Evangelio de San Juan, 15, 25. — 10 Cfr. San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, II, 19. — 11 B. Baur, La confesión frecuente, Herder, Barcelona 1957, pp. 37-38. — 12 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 238.

 

 

“Estás obligado a dar ejemplo”

Necesitas vida interior y formación doctrinal. ¡Exígete! –Tú –caballero cristiano, mujer cristiana– has de ser sal de la tierra y luz del mundo, porque estás obligado a dar ejemplo con una santa desvergüenza. –Te ha de urgir la caridad de Cristo y, al sentirte y saberte otro Cristo desde el momento en que le has dicho que le sigues, no te separarás de tus iguales –tus parientes, tus amigos, tus colegas–, lo mismo que no se separa la sal del alimento que condimenta. Tu vida interior y tu formación compren...

...den la piedad y el criterio que ha de tener un hijo de Dios, para sazonarlo todo con su presencia activa. Pide al Señor que siempre seas ese buen condimento en la vida de los demás. (Forja, 450)
Mirad que el Señor suspira por conducirnos a pasos maravillosos, divinos y humanos, que se traducen en una abnegación feliz, de alegría con dolor, de olvido de sí mismo. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo. Un consejo que hemos escuchado todos. Hemos de decidirnos a seguirlo de verdad: que el Señor pueda servirse de nosotros para que, metidos en todas las encrucijadas del mundo -estando nosotros metidos en Dios-, seamos sal, levadura, luz. Tú, en Dios, para iluminar, para dar sabor, para acrecentar, para fermentar.
Pero no me olvides que no creamos nosotros esa luz: únicamente la reflejamos. No somos nosotros los que salvamos las almas, empujándolas a obrar el bien: somos tan sólo un instrumento, más o menos digno, para los designios salvadores de Dios. Si alguna vez pensásemos que el bien que hacemos es obra nuestra, volvería la soberbia, aún más retorcida; la sal perdería el sabor, la levadura se pudriría, la luz se convertiría en tinieblas. (Amigos de Dios, 250)

 

«Alexia nos ayuda a descubrir el rostro siempre joven de Cristo»

​El jueves 5 de julio de 2018, el Papa Francisco autorizó la promulgación del decreto de las virtudes heroicas de tres jóvenes: el anglo-italiano Carlo Acutis, el italiano Pietro di Vitale y la española Alexia González-Barros, una joven madrileña que falleció en 1985, a los 14 años de edad, tras una dolorosa enfermedad que la había dejado paralítica un año antes.

De la Iglesia y del Papa 06/07/2018

Opus Dei - «Alexia nos ayuda a descubrir el rostro siempre joven de Cristo»Alexia González-Barros.

La asociación que promueve la causa de canonización de Alexia, en el ámbito de la archidiócesis de Madrid, manifiesta en un comunicado su alegría y su convicción de que “muchas personas en todo el mundo se unirán a nuestra acción de gracias a Dios Nuestro Señor”.

Alexia era la menor de siete hermanos. Sus padres, Francisco y Moncha, vivían la fe cristiana con naturalidad. Desde los 4 años fue alumna del colegio Jesús Maestro, de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, donde se la recuerda mucho y en cuya capilla solía rezar a diario. Al cumplir 8 años, hizo su primera Comunión en la iglesia de Santa María de la Paz, en Roma, y durante ese viaje familiar consiguió saludar a san Juan Pablo II y al beato Álvaro del Portillo. Durante el bachillerato, comenzó a acudir también a un centro juvenil del Opus Dei, donde participaba con sus amigas en las catequesis y en otras actividades de carácter cultural y espiritual.

Alexia era la menor de siete hermanos. Sus padres, Francisco y Moncha, vivían la fe cristiana con naturalidad.Alexia era la menor de siete hermanos. Sus padres, Francisco y Moncha, vivían la fe cristiana con naturalidad.

Su enfermedad -un sarcoma de Ewing- se diagnosticó a los 13 años. Las operaciones y los procesos de recuperación iban acompañados de grandes dolores. Ella edificaba a todos con su paz y su capacidad de mantener y transmitir alegría en medio de la enfermedad. Su hermano Francisco, cuando en 2011 se presentaba el documental “Alexia” de Pedro Delgado, explicaba: “Alexia vivía una relación clara, evidente y cercana con Jesús. La fuerza del caso de Alexia se reduce a esto: ella creyó”.

Al estudiar su figura para ese documental, Delgado la descubrió “como una persona extrovertida y muy curiosa. Acudía con regularidad a los conciertos del Teatro Real, pero también le interesaba el flamenco, disfrutaba con Eurovisión…”. Su humor y fortaleza frente a la enfermedad han inspirado a muchos otros enfermos.

Ofrecía sus dolores y sufrimiento por la Iglesia y por sus familiares y amigos. Hasta los últimos momentos repetía con frecuencia aquella jaculatoria que solía usar cuando se encontraba ante el Sagrario, para saludar al Señor: “Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras”.

La web del próximo sínodo presenta a Alexia como uno de los “jóvenes testigos”, resaltando que “su joven vida ha dejado un ejemplo de fe y un rastro de paz que mueven a descubrir (...) el rostro, siempre joven de Cristo”. También subraya su sencilla y profunda piedad, “fruto de la filiación divina vivida en las pequeñas cosas. Alexia había aprendido a fiarse de su padre Dios y eso le hacía vivir la alegría aun en medio de los mayores dolores y dificultades. Sabía que su dolor tenía sentido, que tenía un tesoro entre las manos, y lo ofrecía diariamente por la Iglesia, el Papa y todas las personas que llevaba en su corazón”.

Desde 2004 el cuerpo de Alexia González-Barros descansa en la madrileña iglesia de San Martín de ToursDesde 2004 el cuerpo de Alexia González-Barros descansa en la madrileña iglesia de San Martín de Tours

Desde 2004 su cuerpo descansa en la madrileña iglesia de San Martín de Tours. El sepulcro de Alexia se encuentra en el primer tramo de la nave lateral izquierda, bajo un óleo que representa a la Virgen adolescente, leyendo en compañía de sus padres, san Joaquín y santa Ana. Desde entonces acuden hasta allí numerosos amigos y devotos, para pedir su intercesión ante el Señor.


Decreto de las virtudes heroicas de los tres jóvenes: el anglo-italiano Carlo Acutis, el italiano Pietro di Vitale y la española Alexia González-Barros

 

La vida sin Dios

Dios es un Padre amoroso que creó al hombre para alcanzar la felicidad. Pero el hombre desobedeció y se prefirió a sí mismo antes que al Amor de Dios.

La luz de la fe 31/05/2018

Opus Dei - La vida sin Dios

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica comienza con esta pregunta: «¿Cuál es el designio de Dios para el hombre?» Y responde: «Dios, infinitamente bienaventurado y perfecto en sí mismo, en un designio de pura bondad, ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida Bienaventurada»[1]. Es decir, Dios ha creado al hombre para que sea feliz, y el camino para lograrlo es estar con Él (cfr. Mc 3,13), participar de su vida bienaventurada. A esa dicha se dirigen todas las enseñanzas de Jesús: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,11). Dios Padre, como todos los padres del mundo, lo que quiere de sus hijos es que sean felices.

El designio de Amor pleno Dios está inscrito en lo más íntimo de nuestro ser: el hombre busca, desea y persigue la felicidad en todo su obrar

Este designio de Dios, anhelo de amor pleno, está inscrito en lo más íntimo de nuestro ser: el hombre busca, desea y persigue la felicidad en todo su obrar y, especialmente, en todos sus deseos y amores. Hace ya veintitrés siglos que Aristóteles se dio cuenta de esto, y escribió, en el primer capítulo de su Ética a Nicómaco, que todos los hombres estamos de acuerdo en que la felicidad es el bien supremo, en vistas al cual elegimos todos los demás bienes (salud, éxito, honor, dinero, placeres, etc.)[2].

La realidad

En teoría, cualquiera sabe esto, y podría decir: «yo, lo que quiero, es ser feliz». Y sin embargo algo falla, porque con frecuencia el hombre no consigue alcanzar la felicidad. Quizás hemos tenido la experiencia de mirar las caras de la gente a nuestro alrededor durante un viaje en metro o autobús y hemos podido descubrir rostros marcados por la tristeza, la angustia y el dolor. «Los hombres mueren y no son felices», sentenciaba con cierto pesimismo un escritor ateo del siglo XX. Y puede que nos hayamos preguntado interiormente: «Señor, ¿qué pasa?».

El plan de la Creación incluía nuestra felicidad, pero algo falló. No siempre conseguimos ser felices y, a menudo, quizás por eso mismo, tampoco logramos hacer felices a los demás. Es más, no raramente causamos sufrimientos unos a otros, actuando de una manera cruel y perversa. Con frecuencia, hemos de decir: «Señor, ¡ten piedad de tu pueblo! Señor, ¡perdón por tanta crueldad!»[3], como rezaba el papa Francisco durante la visita a Auschwitz-Birkenau en la Jornada Mundial de la Juventud de 2016. Más tarde, esa misma noche, al dirigirse a la multitud desde la ventana del arzobispado, añadió: «He estado en Auschwitz, en Birkeanu. ¡Cuánto dolor, cuánta crueldad! Pero, ¿es posible que nosotros los hombres, creados a semejanza de Dios, seamos capaces de hacer estas cosas?».

¿Qué pasa? ¿Por qué tanta gente no es feliz? ¿Por qué realidades que prometen tanta felicidad –la amistad, los lazos familiares, las relaciones sociales, las cosas creadas- son a veces fuente de tanta insatisfacción, amargura y tristeza? ¿Cómo es posible que los hombres seamos capaces de producir tanto daño? Las respuestas a estas punzantes y dolorosas preguntas se concentran en una palabra: el pecado.

Enemigo de la felicidad

Etimológicamente, la palabra «pecado» viene del latín peccatum, que significa: «delito, falta o acción culpable». En griego, la lengua del Nuevo Testamento, «pecado» se dice hamartia, que significa: «fallo de la meta, no dar en el blanco», y se aplicaba especialmente al guerrero que fallara el blanco con su lanza. Por último, en hebreo la palabra común para «pecado» es jattáʼth, que también significa errar en el sentido de no alcanzar una meta, camino, objetivo o blanco exacto.

El plan de la Creación incluía nuestra felicidad, pero 'algo' falló

Así pues, un primer sentido del pecado es errar el blanco. Lanzamos una flecha dirigida a la felicidad, pero fallamos el tiro. En este sentido el pecado es un error, una trágica equivocación y, a la vez, un engaño: buscamos la felicidad donde no está (como la fama o el poder), tropezamos en nuestro camino hacia ella (por ejemplo, acumulando bienes superfluos que ciegan nuestro corazón a las necesidades de los demás) o, peor aún, confundimos nuestro anhelo de felicidad con otro amor (como el caso de un amor infiel). Pero siempre, detrás del pecado está la búsqueda de un bien –real o aparente- que pensamos que nos hará felices. No comprenderemos el pecado mientras no sepamos detectar el anhelo de felicidad insatisfecho que lo genera. Como advirtió Nuestro Señor: «Del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez» (Mc 7,21-22). A veces, un deseo vehemente de algo que es pecado procede de una carencia en el deseo fundamental de amor, que provoca angustia y tristeza, y que se piensa –erróneamente- resolver de ese modo. Por ejemplo, quien se siente poco querido y carece de vínculos afectivos firmes, ya sea con Dios, la propia familia o los amigos, fácilmente reaccionará con desconfianza y agresividad, incluso con injusticia, ante las pretensiones ajenas, para protegerse y asegurarse; o buscará un sucedáneo de ese amor en las relaciones de usar y tirar, el placer o las cosas materiales.

Solo el amor de Dios sacia[4]. Benedicto XVI lo expresó así: «La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra sólo en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito o en nuestras relaciones personales sino en Dios. Sólo Él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón»[5]. En cambio, cuando nos olvidamos de Él, es fácil que aparezcan la frustración, la tristeza y la desesperación, consecuencias de un corazón insatisfecho. Por eso, resulta lleno de sentido el consejo de san Josemaría: «No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado»[6].

Ofensa a Dios, Padre amoroso

El Compendio del Catecismo define el pecado como «una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor»[7]. Mucha gente sin embargo se plantea: «¿De verdad que a Dios le importa o le afecta lo que yo hago, incluso lo que yo pienso? ¿Cómo puedo yo hacer daño a Dios? ¿Acaso puede Dios sufrir, padecer? ¿Cómo puedo yo ofender a Dios, que es absolutamente trascendente?».

En griego, la palabra «pecado» se dice hamartia, que significa: «fallo de la meta, no dar en el blanco»

Si por ofensa entendemos causar un daño, evidentemente a Dios no le puede ofender nada de lo que hagamos. Nada de lo que yo haga daña a Dios. Pero Dios es Amor, es un Padre lleno de amor por sus hijos, y puede compadecerse de nosotros. Más aún, Dios se ha hecho uno de los nuestros, para tomar sobre sí nuestros pecados y redimirnos. Lo explicaba Benedicto XVI en su segunda encíclica: «Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis. Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios»[8]. San Pablo empleará una frase fuerte para referirse al misterio de Cristo: «al que no conocía el pecado, [Dios] lo hizo pecado en favor nuestro» (2 Cor 5,21).

En cierto modo, Dios sufre con nuestro pecado porque nos hace daño a nosotros. Él no es un ser caprichoso que convierte en pecado acciones de suyo indiferentes, y las prohíbe para que le demostremos nuestra obediencia evitándolas, sino un Padre amoroso que nos indica aquello que nos puede hacer daño e impedir la felicidad a la que estamos llamados. Sus mandamientos se podrían comparar a un manual de instrucciones del hombre –conviene tener en cuenta que el contenido de este manual ha sido inscrito de algún modo en la naturaleza creada del hombre, y se dirige espontáneamente a su conciencia, sin necesidad de abrir las páginas del manual– para alcanzar la felicidad propia y no estorbar la ajena.

El pecado lesiona el amor que Dios nos tiene, ese amor que quiere hacernos felices. De algún modo, cuando pecamos, es como si Dios se lamentara entre lágrimas: «¿Pero qué haces, hijo mío? ¿No te das cuenta de que eso te hace daño, a ti y a mis otros hijos? ¡No lo hagas! ¡No te engañes! ¡Mira que ahí no encuentras lo que añoras, la felicidad, sino todo lo contrario! ¡Hazme caso!». Es en este sentido que se dice que el pecado es «una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor»[9]. Ofendemos su amor, lo ponemos en entredicho con nuestras obras pecaminosas.

Conviene añadir que Dios nunca se enfada con nosotros. Nunca toma represalias, ni siquiera cuando pecamos. En esos momentos, es como si estuviera sufriendo con nosotros y por nosotros en Cristo. Decía Clemente de Alejandría que, «en su gran amor por la humanidad, Dios va tras el hombre como la madre vuela sobre el pajarillo cuando éste cae del nido; y si la serpiente lo está devorando la madre revolotea alrededor gimiendo por sus polluelos (cfr. Deut 32,11). Así Dios busca paternalmente a la criatura, la cura de su caída, persigue a la bestia salvaje y recoge al hijo, animándole a volver, a volar hacia el nido»[10]. ¡Así es Dios!

No comprenderemos el pecado mientras no sepamos detectar el anhelo de felicidad insatisfecho que lo genera

Dios está como el padre de la parábola del hijo pródigo, oteando el horizonte por si ve regresar al hijo pecador (cfr. Lc 15,11-19). El pecado nos aleja de Dios. Pero eso no es verdad por parte de Dios, sino por parte nuestra. Son abundantes los pasajes del Evangelio en los que Jesucristo busca el trato con los pecadores, y los defiende ante los ataques de los escribas y fariseos. Dios no se aleja de nosotros, no deja de amarnos. La distancia se crea en nuestro corazón, de la piel hacia dentro. Pero Dios sigue pegado a nosotros. Somos nosotros los que nos cerramos a su amor. Y basta un paso por nuestra parte para que su misericordia entre en nuestras almas. «Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc 15,20). El pecado es el enemigo número uno de la felicidad, pero tiene poco poder ante la misericordia de Dios: «Todos somos pecadores. Pero él nos ama, nos ama»[11]. Esa es nuestra esperanza.

Atentado a la solidaridad humana

Después de hablar de la ofensa a Dios, el Compendio añade que el pecado, todo pecado, «hiere la naturaleza del hombre y atenta a la solidaridad humana»[12]. En realidad, ambos elementos están unidos, pues el hombre es social por naturaleza. Pero fijémonos en la segunda parte: atenta a la solidaridad humana. Ante esta afirmación algunos se cuestionan: «¿Por qué es malo el pecado personal si no incumbe a otras personas, si no hago daño a nadie?». En realidad, ya hemos visto que, con el pecado, siempre hago daño a alguien: a mí mismo. Y, precisamente por eso, ofendo a Dios. Pero ahora se trata de ver que todo pecado, aun el más oculto, hiere a la unidad de los seres humanos.

El Génesis describe cómo el primer pecado rompe el hilo de la amistad que unía a la familia humana. Tras la caída, se nos muestra al hombre y a la mujer como si se apuntaran mutuamente con su dedo acusador: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí» (Gen 3,12), dice Adán. Su relación, antes marcada por el asombro amoroso, pasa a estar bajo el signo del deseo y el dominio: «Tendrás ansia de tu marido, y él te dominará» (Gen 3,12), dice Dios a Eva[13].

No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado (San Josemaría)

San Juan Pablo II lo explicaba así: «Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado»[14]. En efecto, quien se deja llevar por pecados internos de rencor o crítica ya está tratando injustamente a los demás, y es imposible que no se manifieste externamente en la omisión del amor debido al prójimo, o incluso en faltas externas de caridad con él; quien comete pecados de impureza, aunque sean interiores, corrompe su capacidad de mirar y, por tanto, de amar, y ya está tratando a los demás, al menos a algunos, como objetos, y no como personas; quien solo piensa egoístamente en su beneficio, difícilmente podrá dejar de cometer injusticias y maltratar el medioambiente que comparte con los demás. En definitiva, el pecado introduce una división interna en el hombre, una pérdida de libertad tal, que «no es raro que haga lo que no quiere y deje de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad»[15].

El pecado siembra la división en el corazón de los hombres y se interpone en su caminar conjunto hacia la felicidad. Ante su crudeza, se podría insinuar la tentación del pesimismo y la tristeza, sobre todo si dejáramos de mirar a Cristo. Contemplar el paso de Jesús cargando con la Cruz, doloroso pero sereno, frágil pero majestuoso, nos llena de esperanza y de optimismo, porque por muy grandes que sean nuestras miserias y pecados, ahí está Él, que con «su caída nos levanta, [con] su muerte nos resucita. A nuestra reincidencia en el mal, responde Jesús con su insistencia en redimirnos, con abundancia de perdón. Y, para que nadie desespere, vuelve a alzarse fatigosamente abrazado a la Cruz»[16].

José Brage


[1] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n.1.

[2] Cfr. Aristóteles, Ética a Nicómaco, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid 2002, nn. 1095-1097.

[3] Francisco, Visita a Auschwitz, 29-VIII-2016.

[4] Cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 361.

[5] Benedicto XVI, Discurso a los alumnos del Colegio Universitario Santa María de Twickenham, Londres, 17-IX-2010.

[6] San Josemaría, Camino, n. 386.

[7] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392.

[8] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi (30-XI-2007), n. 39.

[9] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392.

[10] Clemente de Alejandría, Protréptico, 10.

[11] Francisco, Palabras desde la ventana del Arzobispado de Cracovia durante la Jornada Mundial de la Juventud, 29-VIII-2016.

[12] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392.

[13] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 400.

[14] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia (2.XII.1984), n. 15.

[15] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7.XII.1965), n. 9.

[16] San Josemaría, Via Crucis, VIIª estación.

 

 

Domingo de la semana 14 de tiempo ordinario; ciclo B

Te basta mi gracia

«Partió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Llegado el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y muchos de los oyentes, admirados, decían: ¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús: No hay profeta menospreciado sino en su propia patria, entre sus parientes y en su casa. Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por causa de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de los contornos enseñando.» (Marcos 6, 1-6)

I. En la Segunda lectura de la Misa nos muestra San Pablo su profunda humildad. Después de hablar a los de Corinto de sus trabajos por Cristo y de las visiones y revelaciones del Señor, les declara también su debilidad: para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, y no me engría.

No sabemos con seguridad a qué se refiere San Pablo cuando habla de este aguijón de la carne. Algunos Padres (San Agustín) piensan que se trata de una enfermedad física particularmente dolorosa; otros (San Juan Crisóstomo) creen que se refiere a las tribulaciones que le causan las continuas persecuciones de que es objeto; y algunos (San Gregorio Magno) opinan que se refiere a tentaciones especialmente difíciles de rechazar. De todas formas, es algo que humilla al Apóstol, que entorpece en cierto modo su tarea de Evangelizador.

San Pablo había pedido al Señor por tres veces que apartara de él ese obstáculo. Y recibió esta sublime respuesta: Te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la flaqueza. Para superar esa dificultad le basta la ayuda de Dios, y sirve además para poner de manifiesto el poder divino que le permite superarla. Al contar con la ayuda de Dios es más fuerte, y esto le hace exclamar: por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte. En nuestra debilidad experimentamos constantemente la necesidad de acudir a Dios y a la fortaleza que de Él nos viene. ¡Cuántas veces nos ha dicho el Señor en la intimidad de nuestro corazón: Te basta mi gracia, tienes mi ayuda para vencer en las pruebas y dificultades! Alguna vez quizá experimentemos de modo especialmente vivo la soledad, la flaqueza o la tribulación: «Busca entonces el apoyo del que ha muerto y resucitado. Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia».

Las mismas debilidades y flaquezas se pueden convertir en un bien mayor. Santo Tomás de Aquino, al comentar este pasaje, explica que Dios puede permitir en ocasiones ciertos males de orden físico o moral para obtener bienes más grandes y más necesarios. Nunca nos dejará el Señor en medio de las pruebas. Nuestra misma debilidad nos ayuda a confiar más, a buscar con más presteza el refugio divino, a pedir más fuerzas, a ser más humildes: «¡Señor!, no te fíes de mí. Yo sí que me fío de Ti. Y al barruntar en nuestra alma el amor, la compasión, la ternura con que Cristo Jesús nos mira, porque Él no nos abandona, comprenderemos en toda su hondura las palabras del Apóstol: virtus in infirmitate perficitur (2 Cor 12, 9); con fe en el Señor, a pesar de nuestras miserias -mejor, con nuestras miserias-, seremos fieles a nuestro Padre Dios; brillará el poder divino, sosteniéndonos en medio de nuestra flaqueza».

II. Me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee... Parece como si San Pablo sintiera aquí de una manera muy viva sus limitaciones, junto a las ocasiones en las que ha contemplado la grandeza de Dios y de su misión de Apóstol. También nosotros algunas veces hemos entrevisto en la vida «metas generosas, metas de sinceridad, metas de perseverancia..., y, sin embargo, tenemos como metida en el alma, como en lo más hondo de lo que somos, una especie de raíz de debilidad, de falta de fuerza, de oscura impotencia..., y esto algunas veces nos tiene tristes y decimos: no puedo». Vemos lo que el Señor espera de nosotros en esa situación o en aquellas circunstancias, pero quizá nos encontramos débiles y cansados ante las pruebas y dificultades que debemos superar: «La inteligencia -iluminada por la fe- te muestra claramente no sólo el camino, sino la diferencia entre la manera heroica y la estúpida de recorrerlo. Sobre todo, te pone delante la grandeza y la hermosura divina de las empresas que la Trinidad deja en nuestras manos.

»El sentimiento, en cambio, se apega a todo lo que desprecias, incluso mientras lo consideras despreciable. Parece como si mil menudencias estuvieran esperando cualquier oportunidad, y tan pronto como -por cansancio físico o por pérdida de visión sobrenatural- tu pobre voluntad se debilita, esas pequeñeces se agolpan y se agitan en tu imaginación, hasta formar una montaña que te agobia y te desalienta: las asperezas del trabajo; la resistencia a obedecer; la falta de medios; las luces de bengala de una vida regalada; pequeñas y grandes tentaciones repugnantes; ramalazos de sensiblería; la fatiga; el sabor amargo de la mediocridad espiritual... Y, a veces, también el miedo: miedo porque sabes que Dios te quiere santo y no lo eres.

»Permíteme que te hable con crudeza. Te sobran "motivos" para volver la cara, y te faltan arrestos para corresponder a la gracia que Él te concede, porque te ha llamado a ser otro Cristo, "ipse Christus!" -el mismo Cristo. Te has olvidado de la amonestación del Señor al Apóstol: "¡te basta mi gracia!", que es una confirmación de que, si quieres, puedes».

Te basta mi gracia. Son palabras que hoy el Señor dirige a cada uno de nosotros para que nos llenemos de fortaleza y de esperanza ante las pruebas que tengamos delante. Nuestra misma debilidad nos servirá para gozarnos en el poder de Cristo, nos enseñará a amar y sentir la necesidad de estar siempre muy cerca de Jesús. Las mismas derrotas, los proyectos incumplidos nos llevarán a exclamar: Cuando soy débil, entonces soy fuerte, porque Cristo está conmigo.

Cuando la tentación o los contratiempos o el cansancio se hagan mayores, el demonio tratará de insinuarnos la desconfianza, el desánimo, el descamino. Por eso, hoy debemos aprender la lección que nos da San Pablo: Cristo está entonces especialmente presente con su ayuda; basta que acudamos a Él. Y también podremos decir con el Apóstol: Con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en la persecuciones y angustias, por Cristo.

III. Sería temerario desear la tentación o provocarla, pero sería un error el temerla, como si el Señor no nos fuera a proporcionar su asistencia para vencerla. Podemos aplicarnos confiadamente las palabras del Salmo: Te enviará a su ángeles para que te guarden en todos tus caminos, // y ellos te llevarán en sus manos para que no tropieces en las piedras. // Pisarás sobre áspides y víboras, y hollarás al león y al dragón. // Porque me amó, Yo le salvaré; Yo le defenderé porque confesó mi nombre. // Me invocará y Yo le oiré, estaré con él en la tribulación, le sacaré y le honraré. // Le saciaré de días y le daré a ver mi salvación.

Pero, a la vez, el Señor nos pide prevenir la tentación y poner todos los medios a nuestro alcance para vencerla: la oración y mortificaciones voluntarias; huir de las ocasiones de pecado, pues el que ama el peligro perecerá en él; llevar una vida laboriosa de trabajo continuo, cumpliendo ejemplarmente los deberes profesionales y cambiando de actividad en el descanso; fomentar un gran horror a todo pecado, por pequeño que parezca; y, sobre todo, esforzándonos por aumentar en nosotros el amor a Cristo y a Santa María.

Combatimos con eficacia abriendo el alma en la dirección espiritual cuando comienza a insinuarse la tentación de la infidelidad, «pues manifestarla es ya casi vencerla. El que revela sus propias tentaciones al director espiritual puede estar seguro de que Dios otorga a éste la gracia necesaria para dirigirle bien (...).

»No creamos nunca que la tentación se combate poniéndonos a discutir con ella, ni siquiera afrontándola directamente (...). Apenas se presente, apartemos de ella la mirada para dirigirla al Señor que vive dentro de nosotros y combate a nuestro lado, que ha vencido el pecado; abracémonos a Él en un acto de humilde sumisión a su voluntad, de aceptación de esa cruz de la tentación (...), de confianza en Él y de fe en su proximidad, de súplica para que nos transmita su fuerza. De este modo la tentación nos conducirá a la oración, a la unión con Dios y con Cristo: no será una pérdida, sino una ganancia. Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman (Rom 8, 28)».

De las pruebas, tribulaciones y tentaciones podemos sacar mucho provecho, pues en ellas demostraremos al Señor que le necesitamos y que le amamos. Nos encenderán en el amor y aumentarán las virtudes, pues no sólo vuela el ave por el impulso de sus alas, sino también por la resistencia del aire: de alguna manera, necesitamos obstáculos y contrariedades para que crezca nuestro amor. Cuanto mayor sea la resistencia del ambiente o de las propias flaquezas para ir adelante en el camino, más ayudas y gracias nos dará Dios. Y Nuestra Madre del Cielo estará siempre muy cerca en esos momentos de mayor necesidad: no dejemos de acudir a su protección maternal.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

 

 

Amor y lujuria

Amorylujuria.encuentra.com.int
La contemplación y entrega de los valores sexuales se transforman en una invitación a la dación mutua: no es una utilización, un préstamo; sino un regalo, una donación.

En algunos posts anteriores he insistido en la importancia de entregar el espíritu junto con el cuerpo porque, siendo la persona humana una e indivisible, no es posible la entrega cabal del primero sin la del segundo. Al estar el cuerpo y el espíritu inescindiblemente unidos, allá donde uno va el otro le acompaña.

Por esta razón, la persona toda sufre cuando se trata al cuerpo como un mero objeto de placer, pues el espíritu no es ajeno ni queda al margen de esa infrautilización, de esa cosificación y le acaba afectando todo lo que sucede al cuerpo.

Entonces, podríamos preguntarnos, ¿cómo sabemos que no estamos infrautilizando nuestro cuerpo o el de otra persona? ¿Cuál es el indicador que permite distinguir un uso adecuado del cuerpo en la relación sexual? Porque, exteriormente, el acto sexual es el mismo entre dos que se acaban de conocer, dos que dicen buscar quererse y dos que se quieren de verdad. ¿Cuándo y en qué circunstancias el acto sexual, placentero por naturaleza, es o deja de ser lujurioso?

Una de las diferencias entre el ser humano y las cosas es que estas pueden ser un medio para alcanzar un fin, mientras que aquel tiene una dignidad que impide (moralmente hablando) su utilización solo como medio, como instrumento para un fin. No puedo (debo) burlarme de una persona por el placer de ver reír a mis amigos. Ni usurpar el trabajo de un compañero para subir un peldaño en mi empresa. Las personas no son instrumentos a mi servicio.

Por la misma razón, no puedo (debo) utilizar un cuerpo humano como mero objeto de placer, como si de un manjar o de un objeto de consumo se tratase. Primero, naturalmente, he de respetar su voluntad. Pero no basta con eso: hay más. Ninguna voluntad humana puede (debe) decidir acerca de su propia dignidad. Una voluntad que, por ejemplo, decidiera esclavizarse y venderse como objeto, estaría tratándose indignamente, estaría equivocada.

Del mismo modo, una voluntad que decidiera tratarse a sí misma −es decir, a su cuerpo inescindiblemente unido− como mero objeto de placer, se estaría tratando indebidamente porque la persona merece ser amada por sí misma y no solo por el mero placer o satisfacción (incluso afectivo) que genera. Y si dos decidieran usar recíprocamente sus cuerpos de esta forma, los dos estarían tratándose, a sí mismos y al otro, inadecuadamente. El reproche moral, podríamos decir, se duplicaría, porque aquí son dos, y no uno solo, los que se tratan indignamente.

Entonces, ¿cuándo se tiene la certeza moral de que no se utiliza el cuerpo, sino que se ama a la persona? Cuando hay una decisión de amar para siempre. En ese momento, deja de ser mi interés, mi satisfacción personal la que reclama la entrega del cuerpo en lo más íntimo. La otra persona puede tener la certeza de que no es mi intención utilizar su cuerpo como mero objeto de placer sexual ni contemplarla a ella como medio para mi satisfacción personal, por la sencilla razón de que se lo he dicho: he prometido amor para siempre a su persona. Le he demostrado con mi promesa que su persona y no mi satisfacción es lo que me mueve a amarle, y, precisamente por eso, puedo amarle para siempre con independencia de mi propio interés. Me pongo a su servicio y le ofrendo todo lo que soy.

En ese momento, la contemplación y entrega de los valores sexuales se transforman en una invitación a la dación mutua: no es una utilización, un préstamo; sino un regalo, una donación.

En el matrimonio, el pudor sexual no es necesario porque tenemos la seguridad de que nuestro marido, nuestra mujer, que nos ha prometido amor para siempre, no nos ve como un mero objeto de placer. En el matrimonio, el pudor corporal se sublima, se transforma en delicadeza. Y, a partir de este momento, esta delicadeza se convierte en el nuevo indicador que determina la bondad de nuestros actos sexuales.

El resquicio por el que la lujuria se introduce en el matrimonio no es ya la búsqueda del placer sexual, que es lo propio y lo que enriquece y humaniza las relaciones sexuales en un contexto de amor verdadero, sino la falta de respeto y delicadeza. Cuando un marido o una mujer abordan la relación sexual en el matrimonio sin tener en cuenta la circunstancia, el deseo y el estado de ánimo de su cónyuge, buscando solo su propia satisfacción sexual, cuando no buscan la unión sino la utilización, entonces le está degradando a mero objeto de placer. Y en eso consiste la lujuria en el matrimonio: no en experimentar el placer unitivo que fortalece la relación, sino en buscarlo de manera egoísta por sí mismo y con olvido, menosprecio o desprecio del otro.

Escrito por Javier Vidal-Quadras

 

Las manifestaciones dualistas y el ser humano

Blanca Mijares
 

manifestaciuonesdualista.encuentra.com.intEl ser humano es una realidad compleja, que se manifiesta en diversas dualidades como son el cuerpo y el alma, la voluntad y la inteligencia, la interioridad y la exterioridad, el sujeto y el objeto, el individuo y la sociedad. Sin embargo, la vida del hombre es una tarea personal a realizar, que tiene su origen tanto en la generación de los padres, tanto en la acción creadora de su alma individual por parte de Dios, convirtiéndose en co-causas de un único principio de la persona.

Las diversas ciencias al tratar sobre los seres humanos solo abarcan un aspecto de su compleja realidad que le rebasa, cada una es verdadera, pero insuficiente para explicar lo que es la persona humana a la que no se le puede reducir solo a alguno de esos aspectos, ya sea físico, emocional o espiritual.

Un ejemplo de una visión dualista del hombre es el maniqueísmo. Surgido en Oriente fuera del ámbito bíblico y originado por el dualismo mazdeísta, individuaba la fuente del mal en la materia, en el cuerpo, y proclamaba la condena de todo lo que en el hombre la corporeidad se manifiesta sobre todo a través del sexo, y extendía la condena al matrimonio y a la convivencia conyugal, además, de las esferas del ser y del actuar en las que se expresa la corporeidad.

Actualmente se tiende a tener visiones reduccionistas de la persona humana. Hay quien realza su naturaleza corporal, relegando sus facultades superiores (Inteligencia y Voluntad) a segundo término. Se da una mentalidad materialista o conductista según la cual todos los estados humanos pueden ser provocados, controlados o corregidos a través de intervenciones corporales. Como consecuencia vivimos una cultura donde se busca la comodidad, el sentimentalismo, la espontaneidad, y se evita el malestar, el compromiso, el dolor, etc. Y se da un culto al cuerpo.

Otros opinan que nos reducimos a un determinismo genético. Es cierto que la genética determina una serie de predisposiciones o factores innatos, pero no por eso estamos determinados por la genética, ya que la personalidad es producto de lo dado, de lo aprendido, de lo ganado, de lo vivido. Es decir, somos producto de una vida biográfica que posee una intimidad diferente a la de todos los demás, aunque compartamos una vida biológica semejante.

Así tenemos los que quieren reducir los estados mentales a procesos fisiológicos, aunque están íntimamente relacionados y se afectan mutuamente, el ser humano es más que químicos, también tiene problemas emocionales, que se sitúan por encima de lo puramente fisiológico.

También se da el opuesto donde se considera al cuerpo malo y algo que hay que soportar y se da primacía a lo espiritual, independiente del cuerpo, que es algo añadido. Deja la afectividad como pasión irracional, y las relaciones y experiencias personales como subjetivas y emotivas. Su consecuencia es una primacía de los sentimientos donde el amor verdadero y la entrega generosa son subjetivos. Se afirma que hay que tener la voluntad espiritual para dominar y aplastar las fuerzas inferiores de la sensibilidad, dejando al hombre sin sentimientos; que son un gran bien para la persona humana.

Sin embargo, para los cristianos, el ser humano se distingue del resto de los seres de la creación por ser un ser personal encarnado, que posee una dignidad particular por ser el único amado por Dios por sí mismo y por estar destinado a la apertura a un diálogo con su Creador y con sus iguales, a través de un don de sí. Esto es que independientemente de la naturaleza heredada por nuestros padres (cuerpo), también gozamos de un ser espiritual que Dios nos comparte voluntariamente para que seamos el cúlmen de la creación e imagen suya (alma). Estas dos realidades constituyen una unidad indivisible, donde la espiritualidad da al cuerpo su dignidad, sentido y unidad.

La doctrina cristiana es la única que explica al ser humano como una unidad funcional de cuerpo y alma. Donde el cuerpo se adecua a la condición de persona humana a través de la evolución, y que llegado el momento Dios crea a la pareja primigenia Adán y Eva, como personas humanas, desde su concepción. Creados con una conciencia e intimidad propias, que les permite distinguirse de los demás seres, auto poseerse y tener la posibilidad libre de auto donarse por amor. En la naturaleza (genética) Dios ha inscrito su voluntad sobre lo que ha de ser el hombre.

 

 

Educa en la fe a tus hijos antes de que el mundo los «deseduque»

Educa en la fe a tus hijos antes de que el mundo los «deseduque»

 

Por Silvia del Valle

La educación en la fe es un tema que para muchos ya está pasado de moda o es de poca importancia, sin darse cuenta de que de esto depende la salud espiritual de nuestros hijos y la tranquilidad que puedan tener a lo largo de su vida, ya que les permitirá tomar las cosas que se les presenten confiando en la providencia y misericordia divinas; o las pueden tomar con angustia y estrés, como lo hace la mayoría. Por eso aquí les dejo mis 5Tips para educar en la fe.

PRIMERO: Siempre es mejor desde pequeños

La mejor educación es la que se recibe desde que los niños tienen conciencia, ya que la van viviendo cotidianamente y esto hace que los conocimientos se queden impregnados. También en las cosas de la fe.

Desde pequeñitos acostumbremos a llevarlos a la Iglesia y a enseñarles cómo se deben comportar ahí. Es bueno también buscar algún templo en donde haya Misa para niños ya que las personas que asisten ya saben que encontrarán ruidos, llantos y juegos de los niños, y puede ser más fácil para nosotros.

También desde pequeños enseñemos a nuestros hijos a persignarse y algunas de las oraciones básicas como el Padrenuestro o el Avemaría. Para esto existen ahora publicaciones con dibujos grandes y representativos para que nuestros hijos asocien esas imágenes con lo que les
vamos diciendo.

SEGUNDO: Edúcalos con el ejemplo

Es importante que nuestros hijos aprendan de nuestras acciones más que de nuestras palabras. Ellos nos observan todo el tiempo; ven cómo reaccionamos ante los problemas, y se dan cuenta cuándo ponemos a Dios al frente de nuestra vida y nuestro tiempo.

TERCERO: También en la adolescencia

Hay muchas personas que dicen que cuando los hijos tienen entre los 14 y 18 años es necesario dejarlos libres para que ellos escojan en qué quieren creer. No se dan  cuenta de que es precisamente a esta edad cuando nuestros hijos adolecen de la falta de una conciencia clara y que es aquí cuando debemos redoblar las enseñanzas y vivencias de una fe encaminada a hacer la voluntad de Dios. Así podrán decidir después, con una conciencia bien formada, qué estilo de vida quieren tener.

Si la influencia de los amigos es tan fuerte, busca que tengan amistades afines a su forma de vivir y de pensar.

CUARTO: Enséñalos a que den testimonio de su fe

Que nuestros hijos sean valientes y no les de pena demostrar que son católicos. Y para esto es importante que vean que a nosotros tampoco nos da pena tener esas manifestaciones públicas de la vivencia de la fe.

Es hermoso ver que los niños y jóvenes asisten a Misa, rezan el rosario, asisten a grupos católicos de formación y convivencia. Pero también es hermoso ver que nuestros hijos pueden defender lo que piensan frente a algún profesor o algún compañero de la escuela que les diga que lo malo es bueno.

Y QUINTO: Si no te hacen caso, reza por ellos

En toda familia, nunca falta un hijo que pase por una etapa rebelde o de falta de fe, y nosotros, como papás, debemos estar al pendiente de ellos.

Resolvamos las dudas que tengan, y aconsejemos cuando  tengan problemas. Pero cuando las cosas se salen de nuestras manos es  ahí donde debe entra la oración, pues sólo Dios puede hacer que nuestros hijos vuelvan a la fe.

 

 

PADRE Y MADRE ESTABLES Y ESTABILIDAD SOCIAL


Ing. Jose Joaquín Camacho                  

 Siglo 21, sábado 30 junio 2018

    El tópico de que “madre hay una sola, padre es cualquiera” parece aceptable en el discurso de algunos medios de comunicación norteamericanos, aunque las evidencias indican que el debilitamiento de la figura del padre o de la madre, columnas de la familia puede afectar a la estabilidad de los hijos y de la sociedad. Por ello, Bradford Wilcox, director de la Universidad de Virginia, pone claro este punto en un artículo en Mercatornet (junio 18).
    Es que el divorcio cuesta y no únicamente a los que se separan: cuesta a todos de alguna manera -como por derivación- que exhibe números muy concretos. Los trae el estudio “Efectos del matrimonio en la movilidad social”, del investigador británico Harry Benson que se ha centrado en las malas consecuencias del divorcio para los ciudadanos de su país.
    A veces, los que se divorcian quieren una segunda oportunidad y no entienden que algunos no reconozcan su nuevo matrimonio. En el libro “Dije sí. Dije quiero” (Ediciones Rialp 2017), Alain Bandelier explica que el pasado no se puede borrar: es ilusorio creer que el divorcio permite recomenzar partiendo de cero.    
    Porque la vida muestra que el divorcio es un mal para la sociedad; aunque a veces podrá tolerarse pero nunca facilitarlo. Es evidente que cultiva lo contrario a la solidaridad: hay rechazo a un compromiso adquirido y prevalecen los deseos –quizá egoístas- de los padres sobre las necesidades de los hijos. Como alguien puntualizaba, es un hecho que afecta a cada miembro de la familia, con frecuencia causa empobrecimiento económico, además del afectivo y humano, sobre todo en los más necesitados: los hijos. Por esta razón las leyes deben dirigirse a que sea un recurso extremo.
    Es un tema detectado desde hace tiempo por expertos europeos del Consejo para la Familia. Señalan que ante el aumento del número de divorcios la peor respuesta sería rendirse, porque constata que el divorcio no es sólo una cuestión legal, sino ante todo una fuente de sufrimiento para la pareja, los hijos, y sus seres queridos. No hay que ocultar que la precariedad del vínculo conyugal es un problema en el mundo contemporáneo y hace frágil a la sociedad, porque debilita a las familias, base de la sociedad. «El divorcio --afirma-- no es una 'crisis' que pasa, sino que incide en el ser humano; es un problema de relación destruida, que marca a cada miembro de la familia ». En EE. UU. se empezó a decir: “sí tu matrimonio no funciona, rómpelo y rehaz tu vida”. Después, psicólogos rectifican: “Si tu matrimonio no marcha, arréglalo”.
    Un estudio ya clásico (Ten Principies Princeton, USA), señala cómo la legislación actual ofrece menos protección a los contratos matrimoniales que a los contratos mercantiles; un error que necesita una reforma urgente para reforzar el matrimonio. Y hacen propuestas prácticas, como aumentar los períodos de espera para un divorcio unilateral; que las parejas tengan consejo para resolver sus diferencias, etc., etc.
    La actual mentalidad divorcista fuerza a promover una legislación a favor de la protección del matrimonio. Puede y debe hacerse.
     

 

 

RUMBO AL CIERRE

Por René Mondragón

AGANDALLE

No solo es el tema de ganar espacios en los medios, o de una estrategia genial para marcar la agenda del día, tal y como lo ha hecho desde hace 18 años. Lo enfadoso que, para muchos observadores pasó desapercibido, fue esa nefasta costumbre de agandallarse los espacios.

Teóricamente, las casillas deben abrirse a la votación a las ocho de la mañana. Los noticieros –Denisse Maerker y Loret de Mola- consignaron que el macuspano arribó a la casilla a las 7:20 de la mañana. No hubo necesidad de hacer fila –como la que hizo Anaya en su casilla queretana, y Mikel Arreola que esperó un poco más de 30 minutos- éste tío llegó, sus guaruras le abrieron los huecos necesarios, los funcionarios de casilla tuvieron que parir chayotes para que todo pareciera que estaba listo, y darle el paso al mesías que entró a la casilla como emperador egipcio en el Mar Rojo. Esto es, la ley electoral se tuerce de nuevo ante el paso del tabasqueño.

Seguro que los demás ciudadanos tuvieron que esperarse a que se cumplieran los tiempos legales. Ellos son ciudadanos de segunda, no importa si tienen que esperarse más tiempo que el emperador en grado de tentativa, a quien, por cierto, fue necesario que le ayudaran dos personas con las cortinillas de la mampara, porque al hombre –igual que en los debates- se le hizo bolas el proceso intelectual, telekinésico y psicomotor que ese movimiento implicaba.

HUELE A “YA ME VOY”

El regio Rodríguez Calderón ya anticipó su lugar en el ranking de la elección presidencial. Mañana, dijo regresará a su oficina en Monterrey para “seguir gobernando”.  No le queda de otra, tuvo que declarar que respetaría “los resultados”.  Algo parecido comentan los analistas del documento suscrito por algunos gobernadores panistas que aseguraron “jalar parejo” con quien gane la elección. Javier Corral, el gobernador chihuahuense aseguró que “eso… despide un tufo a rendimiento anticipado”.

Una sorpresa interesante: Juana Cuevas y José Antonio Meade asistieron a Misa. Ella le dio la Comunión a su esposo.

Los comentarios globales de los reporteros son halagüeños. Todo indica una votación abundante. Las boletas de las casillas especiales no fueron suficientes. La pregunta obligada: ¿De verdad, toda esa gente está en tránsito por la República?

Son las 17:38 en el momento en que este escribano teclea. Hay gente en la calle y aún hay filas en las casillas. El dios Tláloc mantiene nublados con chubascos aislados, pero no se prevé un aguacero en el horizonte.

NO FALTA

Obvio. Alguien elevó sus plegarias al Etéreo, montó en santa cólera, desgarró sus vestiduras y se echó ceniza en la cabeza… Y todo porque se equivocó de fila. Estuvo algún tiempo en una larguísima fila, y al llegar, en una mesa directiva del lugar, la supuesta presidente del órgano electoral le preguntó: “¿Cuánto va a querer de tortillas”?

La queja que, se llevará ante el Tribunal Electoral, será para que se legisle ante la más alta tribuna del país, a fin de que nadie permita colocar una casilla al lado de una tortillería. Seguimos informando.

FALTAN 3 MINUTOS

Faltan solo algunos minutos para que el cierre de las casillas empiece a organizarse. Y en tanto esto sucede, el público filarmónico mexicano lanzó el primer concierto para mentadas de madre con silbatina y orquesta, porque, extrañamente, Fidel Herrera Beltrán –notoriamente enfermo y en silla de ruedas- y René Cisneros, presidente nacional del PRI, se quisieron pasar de listos, y pasar a votar sin hacer fila.

Otro obvio. La gente no les permitió el acceso. El escribano supone que se ha de sentir horrible tener que hacer fila como cualquier ciudadano. ¿O no? Porque ese asunto del agandalle está en el ADN de priístas y morenitos.

PRIMEROS NÚMEROS

De acuerdo con Forbes (https://www.forbes.com.mx) Morena ganó las gubernaturas de Tabasco, Chiapas, Morelos y Veracruz, así como la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, de acuerdo con las encuestas de salida de Consulta Mitofsky para Televisa.

En la capital del país se llevaría el triunfo Claudia Sheinbaum, Cuitláhuac García en Veracruz, Cuauhtémoc Blanco en Morelos, Rutilio Escandón en Chiapas y Adán Augusto López en Tabasco. Buen golpe para la causa del tabasqueño.

Guanajuato, Puebla y Yucatán, serán gobernados por candidatos del PAN y del Frente. En el caso de Diego Sinhué Rodríguez, candidato panista a gobernador por Guanajuato, es factible que llegue al 48 por ciento del electorado, con lo que, podría cumplirse la promesa del millón 400 mil votos que la entidad le ofreció a Ricardo Anaya.

Cerca de las 11 de la noche, Lorenzo Córdova dará a conocer una muestra sobre más de 7,700 casillas que serán un buen indicador de lo que podrá suceder en este país para los siguientes años.

¿Será factible que, por lo abultado de la votación –más del 65 o 70 por ciento de participación, de acuerdo con las estimaciones de Luis Carlos Ugalde- se pueda saber a las ocho de la noche, quien será el siguiente presidente de México?

 

 

La democracia, responsabilidad de todos los mexicanos

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Hace unos meses, comentamos que la participación de los jóvenes en los comicios del pasado 1 de julio era de suma importancia para definir el rumbo del país.                   

Hoy, debemos recordar que alrededor de 12.6 millones de jóvenes entre 18 y 23 años votarían por primera vez, lo que representaba el 14.2 por ciento de la Lista Nominal. De acuerdo con los resultados, muchos jóvenes no ejercieron su voto en estas elecciones, las causas se desconocen, pero a pesar de ello se consiguieron votaciones con porcentajes inesperados.

El día llegó y los resultados favorecieron a una corriente de izquierda y a una gran cantidad de simpatizantes que se identificaba con la agenda y propuestas de los postulantes a ocupar los diversos puestos de elección 2018.

De acuerdo con varios reportes, ésta fue una de las elecciones con mayor participación ciudadana en la historia de México. Fueron elecciones pacíficas, datos del Instituto Nacional Electoral (INE) reportaron que al cierre de la Jornada Electoral del pasado 1 de julio de 2018, del total de 156 mil 807 casillas aprobadas, solo se suspendió la votación de forma definitiva en 14, en 6 por riesgo de violencia y en 7 por robo o destrucción de documentación.

 

 

La llave para el Cielo. “Alegraos y regocijaos”

Escrito por José Martínez Colín.

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El Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz. Nos recuerda que cada persona necesitada tiene nuestra dignidad y es amada por el Padre.

1) Para saber

En las computadoras, cuando eliminamos una foto o un escrito, se envía a lo que suele llamarse «papelera de reciclaje». Sin embargo, si quisiéramos recuperarlo bastaría sacarlo de ahí. Se podría pensar que al ser perdonados por Dios el pecado continúa por ahí guardado. Pero no es así. El corazón de Dios no tiene «papelera de reciclaje»”. Dios no guarda en un “archivo” los pecados perdonados: su misericordia es tan grande que los perdona y desaparecen.

Por ello, al tratar sobre el camino para llegar a la santidad, a la felicidad, el Papa Francisco después de considerar las bienaventuranzas, resalta la misericordia. Y para vivirla en concreto, nos recuerda el “protocolo” dicho por Jesús: Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, alojar al forastero, vestir al desnudo, visitar el enfermo y encarcelado (Cfr. Mt 25,35-36). Así, la santidad no consiste en tener experiencias raras o extraordinarias. Dios puede concederlas, pero para todos, la santidad consiste primordialmente en amar a Dios y al prójimo.

2) Para pensar

Se dice que un guerrero que había tenido una vida bastante turbia, pero ya estaba muy arrepentido. Y aunque había pedido perdón a sus prójimos y Dios en la confesión, aún le pesaba el mal hecho. Visitó a un monje sabio en el desierto. El monje ermitaño le preguntó: “Dime, si tu túnica se rasga, ¿la tirarías?” El hombre le respondió: “No, la cosería y volvería a ponérmela”. El monje sólo dijo: “Por tanto, si tú cuidas tu vestido de paño, ¿crees que Dios no tenga misericordia de ti que eres su imagen y su hijo?”

Al obrar misericordiosamente, nos asemejamos a Dios mismo. Por ello se dice que la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia y lleva a buscar un cambio social que resuelva las injusticias. La misericordia es la llave del cielo. Pensemos si ya tenemos esa llave para entrar.

3) Para vivir

Cuando hay una obsesión por pasarla bien, se termina por vivir concentrado en uno mismo y así es difícil ocuparse en dar una mano a los necesitados. También si se pierde tiempo en el consumo de información superficial o en distracciones desordenadas, aleja del sufrimiento de los hermanos, de los inmigrantes o de las injusticias. Y sucede que mientras unos festejan y gastan imprudentemente, al mismo tiempo otros miran desde afuera con hambre.

El Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz. Nos recuerda que cada persona necesitada tiene nuestra dignidad y es amada por el Padre.

En los actos de misericordia, hemos de reconocer a Jesús en los pobres y sufrientes, pues Él se ha identificado con ellos: “lo que hicisteis con uno de estos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Si nos separamos del Señor, ya no sería cristianismo sino un tipo de ONG. 

Santa Teresa de Calcuta afirmaba que aunque tenía muchas debilidades y miserias, Dios quería mostrar su inmenso amor a través de ella y de todos los que se lo permitamos, pero que si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás.

El Papa Francisco nos recomienda en su Exhortación a releer las bienaventuranzas y hacerlas carne: “Nos harán bien, nos harán genuinamente felices”.

 

 

Señor, ¡Auméntame la Fe!

Ernesto Juliá

No resisto la tentación de dar a conocer esta oración que he recibido hace unos días. La escribe un hombre de fe, padre de cinco hijos, cuidador amoroso de su mujer con Alzheimer, y profesional de merecido prestigio en su ciudad. Después de una larga conversación sobre situaciones actuales de la Iglesia y de la sociedad que vivimos, me envió unas letras acompañando esta oración:

“¡Señor, auméntame la Fe!

Cuando recibo noticias como las que me dio mi hijo de 16 años esta noche. El sacerdote de la parroquia donde se está preparando para recibir el sacramento de la Confirmación, le había dicho al catequista que no les hablara ni de la Trinidad, ni de la Divinidad de Cristo, ni de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, ni de la vida eterna; que se limitara a insistir una y otra vez en que “Jesús era su amigo” y que fueran “solidarios”; así los jóvenes frecuentarían la iglesia.

¡Señor, auméntame la Fe

Me he conmovido, Señor, al participar en el bautizo de una criatura de síndrome Down. El padre abandonó la familia apenas vio a su hijo ya salido del vientre materno. Su madre, serena y tranquila estaba acompañada de la hermana del bautizando. Una niña de cinco años que todavía no había comenzado a hablar, se soltó la lengua en el momento del nacimiento de la criatura. La madre daba gracias a Dios porque había conseguido un muy buen trabajo en el mismo día del parto. Y hasta el mismo sacerdote se emocionó al dejar descender el agua sobre la cabeza de la criatura.

¡Señor, auméntame la Fe!

Y acompáñame siempre como me acompañaste ayer al leer la noticia de que un arzobispo quería bendecir la unión entre homosexuales; y acogerlos como una verdadera familia. Me acordé de Ti en el milagro de las bodas de Caná.  ¡Cambia, Jesús, el agua de esta sociedad desorientada por el vino de tu Luz redentora, y da le Fe a tus sacerdotes!

¡Señor, auméntame la Fe y la Esperanza!

Un compañero de universidad, hoy sacerdote, me invitó a una ceremonia única: el bautizo de catorce criaturas salvadas del aborto por grupos de voluntarios pro-vida. Los llantos de los catorce sonaron a mis oídos como en canto de los ángeles ante Ti, Señor. Las madres lloraban; y una mujer joven de apenas 25 años sentada a mi lado, lloraba desconsolada: ella no había bautizado a su hijo, abortado unos meses atrás.

¡Señor, auméntame la fe!

Y no permitas que la desesperanza llene las miserias de mi corazón cuando lleguen ante mis ojos noticias de las miserias en el seno de instituciones de tu Santa Iglesia. Y te pido perdón por una ex-política que está haciendo la tesis en una universidad pontificia romana y afirma que el “el bautismo de los niños viola los derechos humanos”; y en la Universidad llevan adelante una tesis semejante con una abanderada del aborto, del gaymonio y de la ordenación de mujeres.

¡Señor, auméntame la Fe, la Esperanza!

Y dame la fuerza de tu Espíritu para ser, a la vez, “ecuménico y proselitista”. Ecuménico porque rezo para que todos los que creemos en Ti nos unamos en la Iglesia que Tú fundaste. Proselitista porque quiero animar a los no bautizados en encuentre en mi camino, para que te busquen, te conozcan y, tratándote, descubran tu Amor, y sean bautizados.

¡Señor, auméntame la Fe, la Esperanza, la Caridad!

Ayúdame, Señor, a acompañar a Claudia en su enfermedad. Ya no me conoce, y tampoco a ninguno de nuestros hijos. Yo sí sé quién es ella, y la acompañaré contigo hasta el final. Que no huya, Señor, y que el llevar esta cruz de cada día, ¡tantas veces muy pesada!, abra mi corazón y el alma de mis hijos a la Luz de tu Resurrección, siguiendo el caminar de Tu Madre Santísima”.

¡Señor, auméntame la Fe, la Esperanza, la Caridad!”

ernesto.julia@gmail.com

 

Informe: Los costes ocultos de los tratamientos de infertilidad

Observatorio de Bioética – Universidad Católica de Valencia

julio 06, 2018 11:09Justo AznarBioética y defensa de la familia

(ZENIT – 6 julio 2018).- En un reciente artículo(1) publicado en el British Medical Journal se analizan algunas causas que, al parecer, pueden incrementar los costes originariamente atribuidos a la fecundación in vitro.

Anualmente se estima que el sistema sanitario público de Inglaterra dedica a las prácticas de fertilización in vitro 78 millones de euros. Una primera cosa que sorprende es que los servicios públicos ingleses solamente permiten a las mujeres que acuden a la fertilización in vitro utilizar tres ciclos de fertilización, cuando la mayoría de las clínicas europeas privadas ofertan seis.

En 2016, el 59% de los ciclos de fertilización que se dieron en el Reino Unido se financiaron privadamente. El coste medio de cada ciclo es de 3.348 libras, aunque dichos costes varían ampliamente de una clínica a otra. Pero a ello hay que añadir otros costes por los fármacos utilizados, la sedación, los análisis de sangre y los costes administrativos, lo que puede aumentar la factura entre 655 y 2335 libras por ciclo. Pero, además, se pueden añadir otras 3.500 libras por diversos servicios médicos adicionales. Para calcular el coste total, hay que multiplicar lo que cuesta cada ciclo por el número de ciclos de fertilización a los que la mujer pueda acceder, que por media son seis.

¿Qué otros costes económicos se pueden añadir a la fecundación in vitro?

Uno de los principales, son los riesgos económicos derivados de los embarazos múltiples que se suelen dar secundariamente a la fecundación in vitro, como manifiesta la presidenta del Real Colegio de Obstetras y Ginecólogos del Reino Unido, Lesley Regant.

El número de embarazos múltiples es cuatro veces mayor en las fecundaciones in vitro que en la vía natural y los mismos pueden asociarse con aumento de diabetes gestacional, hemorragias post-parto, bajo peso al nacimiento, nacimientos prematuros, y depresión post-natal(2). También parece confirmado que los niños nacidos por fecundación in vitro presentan un mayor índice de defectos neonatales, 1,32 veces más que los nacidos por vía natural(3). Incluso un 30% de las mujeres que acuden a la fertilización in vitro pueden padecer un síndrome de hiperestimulación ovárica(4)  y es indudable que tratar todos los cuadros clínicos anteriormente citados implica un objetivo incremento de recursos económicos.

Otros campos menos explorados, pero del que cada vez se tienen más evidencias, son los trastornos mentales que pueden acompañar a la fecundación in vitro, que normalmente también requieren dedicación económica. Así, incluso a los 10 años de la fecundación in vitro, se pueden detectar en las mujeres elevados niveles de depresión y ansiedad. También un estudio llevado a cabo en 2011 en Dinamarca(5) ha puesto de manifiesto que las mujeres que no consiguen tener el tan deseado hijo tienen el doble de riesgo de suicidio que las mujeres que sí lo han conseguido.

Por otro lado, otra razón por la que se pueden incrementar los costes de la fecundación in vitro es por la propaganda engañosa que a veces acompaña a estas prácticas, en las que se exageran las perspectivas de poder alcanzar el hijo y también porque el 30% de las clínicas europeas de procreación asistida informan a sus clientes tener mayor expectativa de conseguir el hijo que las que en realidad tienen(6).

Asimismo, el uso de la fecundación in vitro, que hasta el año 2000 prácticamente solo se usaba para enfermedades de las trompas de Falopio, se ha extendido a un 60% de los casos de infertilidad de causa desconocida o la subfertilidad masculina(7), lo que sin duda está contribuyendo a un incremento de los gastos, no estrictamente debidos a la técnica de fecundación in vitro.

Es decir, parece que los costes ocultos de la fecundación in vitro son bastante mayores de lo que en principio parecen atribuibles a este tipo de técnicas.

Justo Aznar

Observatorio de Bioética

Universidad Católica de Valencia

 

LA PALABRA DE DIOS

Leo J. Mart.

La palabra de Dios llega al alma como serenata en noche iluminada por la luna, la noche en que la luna se hace sol. 

La palabra de Dios llega al alma seca como una suave lluvia de verano y nos baña de rocío.

La palabra de Dios es licor que entra en el pecho, alegra el corazón, refresca la cabeza y hace ágil la legua.

La palabra de Dios es fiesta y alegría.

La palabra de Dios es aliento en el camino y suave asiento en el descanso. 

La palabra de Dios es la vía segura que lleva a la meta feliz de eternidad.

La palabra de Dios es combustible para impulsar hasta el cielo los motores del espíritu.

La palabra de Dios es luz radiante.

La palabra de Dios es el único sonido que se acopla a los oídos.

La palabra de Dios es voz que saca del sepulcro y sana enfermos.

La palabra de Dios es constelación que marca el norte y estrella que también lleva al oriente.

La palabra de Dios nos brinda el pan con mantequilla y da ganas de comer.

La palabra de Dios quita el miedo, da valor al cobarde y al guerrero lo enfrenta con más ardor a la batalla.

La palabra de Dios cambia el rostro triste por uno lleno de alegría y paz.

La palabra de Dios torna bueno al malvado y veraz al mentiroso.

La palabra de Dios hace joven al viejo y al joven impulsivo lo hace manso y prudente.

La palabra de Dios hace sabio al ignorante y hace hablar al mudo.

La palabra de Dios es aroma celestial para el olfato y coro de ángeles que cantan al oído.

La palabra de Dios es vieja y por lo tanto añeja. La palabra de Dios es nueva y por ello cada vez nos produce más asombro.

La palabra de Dios es un diamante que produce diversidad de brillos y colores.

La palabra de Dios se alarga en el alma como la sombra cuando el sol declina y nos deja su nostalgia y el deseo de alcanzar un nuevo día, un deseo de alcanzar la eternidad…

Algún día el sol no tendrá luz, entonces la palabra de Dios nos seguirá alumbrando.

Algún día los ríos no llegarán al mar porque los océanos ya se habrán agotado, pero la palabra de Dios seguirá brotando como fuentes de agua pura.

leojmart@gmail.com

 

En estas vacaciones la creatividad puede ser tu aliada

Silvia del Valle

Ojalá que nos demos la oportunidad de pasar un tiempo de vacaciones muy divertido y lleno de creatividad.


Convivencia en familia<br />


Estamos comenzando con las vacaciones y al principio puede ser muy relajado y gratificante, pero conforme pasan los días se puede ir tornando en una situación complicada, aburrida y que se nos puede salir de las manos muy fácilmente.

Pero no te preocupes. Está la creatividad para ayudarte.

Por eso hoy te dejo mis 5 tips para fomentar la creatividad en nuestros hijos y así pasar unas vacaciones diferentes y muy divertidas.

Primero. Fíjate que cosas le interesan a tu hijo. 
Es importante conocer a nuestros hijos para ayudarles a enfocar sus esfuerzos para realizar los proyectos que les gustan.

Como estamos de vacaciones, puede ser el tiempo adecuado para realizar aquellas cosas que en tiempo escolar no se pueden hacer, por ejemplo, armar un rompecabezas de muchas piezas, armar un robot, pintar algún cuadro para decorar su cuarto, etc.

Si nosotros sabemos qué cosas les hayan podemos también sugerirles algunas actividades que serán de interés para ellos.

De tal forma que no tengan oportunidad de aburrirse y por el contrario, tengan su tiempo Bien ocupado.

Segundo. Busca material de reciclaje para que lo puedan usar tus pequeños. 
Es importante este punto para que no nos salga tan caro esto de los proyectos y sobre todo, que tengan mucho material para dejar volar la imaginación.

Cuando tenemos en casa cartón, colores, tijeras y pegamento, es muy probable que pronto tengamos carritos, aviones, camiones, etc. hechos por ellos y que les permitirán pasar momentos de sana diversión, fomentando el desarrollo de nuestros hijos y para nosotros será de bajo costo.

También podemos aprovechar el material que les quedó del ciclo escolar, así no será necesario invertir mucho para que ellos puedan realizar sus proyectos de vacaciones.

Tercero. Asigna un lugar de trabajo para que todo esté ordenado. 
El estar de vacaciones no significa que puedan estar de flojos y que la casa esté siempre de cabeza.

Podemos asignar un lugar para las manualidades, no tiene que ser una habitación completa, puede ser un rincón en su cuarto o en el comedor.

Así sabrán dónde pueden encontrar el material, dónde pueden trabajar y por último que lo deben dejar todo recogido y evitar llevar materiales por todos lados.

Puede ser una cajonera, una caja de plástico o de madera o cualquier lugar para contener el material.

Te recomiendo tener un mantel de plástico para proteger las superficies ya que el resisto y las pinturas pueden dañar los muebles.

Cuarto. Asigna un tiempo para que trabajen en diferentes proyectos. 
Aún que estamos de vacaciones es muy bueno tener un horario. Este puede ser más flexible pero si debe existir.

En el horario debemos considerar tiempos de lectura, tiempos de de deporte, tiempos de convivencia y por supuesto tiempos para la creatividad y las manualidades.

Podemos ponerlos en la pared, en una cartulina grande para que nuestros hijos lo vean y así puedan tener idea de lo que van a hacer.

En verdad que sólo es cuestión de organizarnos y armarnos un poquito de paciencia.

Y quinto. Escoge un tema y luego deja que hagan todos los proyectos que se les ocurran para ese tema. 
A mí me ha funcionado muy bien el poner un tema por semana, de tal forma que mis hijos podían hacer diferentes proyectos sobre ese tema.

Y no tiene que ser temas científicos o escolares, puede ser ser temas sobre el arte, la música, los deportes o cualquiera que se les ocurra a nuestros pequeños!!!!

Ojalá que nos demos la oportunidad de pasar un tiempo de vacaciones muy divertido y lleno de creatividad.

Y si podemos estar incluidos nosotros, sería mucho mejor porque además sería un tiempo de convivencia familiar.