Las Noticias de hoy 02 Septiembre 2016

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    viernes, 02 de septiembre de 2016       

Indice:

Newsletter Diario

Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación: Mensaje del Papa

¿Rezar por la creación o rezar con la creación?, homilía del padre Raniero Cantalamessa

Detalle de la agenda del Papa en Asís por la Jornada mundial de la oración por la Paz

Sábado de la semana 22 de tiempo ordinario; año par: Llucià Pou Sabaté
“El Dios de nuestra fe no es un ser lejano”: San Josemaria

Transmisión en directo de la ordenación de sacerdotes en Torreciudad

TEMA 6. La Creación: Santiago Sanz

Ateísmo y Ciencia de Hoy: P.Jorge Loring. SJ

Los fundamentos de la familia a la luz de Cristo: San Juan Pablo ll

ESCUELA PARA PADRES: La importancia de la familia en la sociedad, sus virtudes y valores humanos: Francisco Gras

¿Tapar la boca a la Iglesia?: Ernesto Juliá

La Madre Teresa: un testimonio: Ángel Cabrero

¿Cómo es el embrión humano a las 12 semanas de vida?: Rosario Laris.

¿Culpables? Los electores: Domingo Martínez Madrid

Hoy recomiendo las confesiones: Jesús Domingo Martínez

¿El tiempo de lo social?: Enric Barrull Casals

Se está imponiendo: Jesús D Mez Madrid

La mala leche española: Antonio García Fuentes

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

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Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación: Mensaje del Papa

El Papa Francisco en la Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación, de 2015 – ANSA

01/09/2016 11:48

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«Usemos misericordia con nuestra casa común»

Así titula el Papa Francisco su Mensaje para la II Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, instituida por él en 2015, para aunar las oraciones de la Iglesia católica con las de los hermanos y hermanas ortodoxos y las de otras Comunidades cristianas. El Santo Padre señala que: «los Cristianos y los no cristianos, las personas de fe y de buena voluntad, hemos de estar unidos en demostrar misericordia con nuestra casa común ―la tierra― y valorizar plenamente el mundo en el cual vivimos como lugar del compartir y de comunión».

«La tierra grita…» «…porque hemos pecado». «Examen de conciencia y arrepentimiento».  «Cambiar de ruta». «Una nueva obra de misericordia». «En conclusión, oremos»

Son los cinco puntos del denso mensaje pontificio, fechado el 1º de septiembre de 2016, día de esta celebración

En el primero, «La tierra grita…», el Papa escribe:

«Con este Mensaje, renuevo el diálogo con «toda persona que vive en este planeta» respecto a los sufrimientos que afligen a los pobres y la devastación del medio ambiente. Dios nos hizo el don de un jardín exuberante, pero lo estamos convirtiendo en una superficie contaminada de «escombros, desiertos y suciedad» (Laudato si’, 161)». Y reitera que «no podemos rendirnos o ser indiferentes a la pérdida de la biodiversidad y a la destrucción de los ecosistemas, a menudo provocados por nuestros comportamientos irresponsables y egoístas».

Ante el calentamiento de nuestro el planeta «en parte a causa de la actividad humana: el 2015 ha sido el año más caluroso jamás registrado y probablemente el 2016 lo será aún más». Y las consecuencias como «sequía, inundaciones, incendios y fenómenos meteorológicos extremos cada vez más graves», el Papa hace hincapié en que «los cambios climáticos contribuyen también a la dolorosa crisis de los emigrantes forzosos. Los pobres del mundo, que son los menos responsables de los cambios climáticos, son los más vulnerables y sufren ya los efectos».

E invita a escuchar «tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (ibíd., 49), y a tratar de «comprender atentamente cómo poder asegurar una respuesta adecuada y oportuna».

En el segundo punto «…porque hemos pecado», el Sucesor de Pedro recuerda que «con valentía, el querido Patriarca Bartolomé, repetidamente y proféticamente, ha puesto de manifiesto nuestros pecados contra la creación».

«Que el Jubileo de la Misericordia pueda llamar de nuevo a los fieles cristianos «a una profunda conversión interior» (Laudato si’, 217), sostenida particularmente por el sacramento de la Penitencia», desea el Papa Francisco, con el anhelo de que «en este Año Jubilar, aprendamos a buscar la misericordia de Dios por los pecados cometidos contra la creación, que hasta ahora no hemos sabido reconocer ni confesar; y comprometámonos a realizar pasos concretos en el camino de la conversión ecológica, que pide una clara toma de conciencia de nuestra responsabilidad con nosotros mismos, con el prójimo, con la creación y con el creador (cf. ibíd., 10; 229)».

Examen de conciencia y arrepentimiento. Es el tercer punto del Mensaje del Papa Francisco

«En el  2000, también un Año jubilar, mi predecesor «San Juan Pablo II invitó a los católicos a arrepentirse por la intolerancia religiosa pasada y presente, así como por las injusticias cometidas contra los hebreos, las mujeres, los pueblos indígenas, los inmigrantes, los pobres y los no nacidos», recuerda el Papa Bergoglio, que añade su invitación, para el «Jubileo Extraordinario de la Misericordia». Y escribe: «invito a cada uno a hacer lo mismo. Como personas acostumbradas a estilos de vida inducidos por una malentendida cultura del bienestar o por un «deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita» (ibíd., 123), y como partícipes de un sistema que «ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza», arrepintámonos del mal que estamos haciendo a nuestra casa común».

En el cuarto punto de su Mensaje: «Cambiar de ruta», el Papa destaca la importancia del firme propósito de cambio de vida

Exhorta a comportamientos concretos más respetuosos con la creación, como, por ejemplo, hacer un «uso prudente del plástico y del papel, no desperdiciar el agua, la comida y la energía eléctrica, diferenciar los residuos, tratar con cuidado a los otros seres vivos, utilizar el transporte público y compartir el mismo vehículo entre varias personas, entre otras cosas (cf. Laudado si’, 211)».

Recuerda la responsabilidad de la economía y la política, la sociedad y la cultura, que «no pueden estar dominadas por una mentalidad del corto plazo y de la búsqueda de un inmediato provecho financiero o electoral. Por el contrario, éstas deben ser urgentemente reorientadas hacia el bien común, que incluye la sostenibilidad y el cuidado de la creación».

Y señala que «un caso concreto es el de la «deuda ecológica» entre el norte y el sur del mundo (cf. ibíd., 51-52). Su restitución haría necesario que se tomase cuidado de la naturaleza de los países más pobres, proporcionándoles recursos financiaros y asistencia técnica que les ayuden a gestionar las consecuencias de los cambios climáticos y a promover el desarrollo sostenible».

Con satisfacción ante la aprobación de los Objetivos del Desarrollo Sostenible y del Acuerdo de París sobre los cambios climáticos, el Papa señala que  «ahora los Gobiernos tienen el deber de respetar los compromisos que han asumido, mientras las empresas deben hacer responsablemente su parte, y corresponde a los ciudadanos exigir que esto se realice, es más, que se mire a objetivos cada vez más ambiciosos».

«Una nueva obra de misericordia», es el quinto punto del Mensaje del Papa

«Me permito proponer un complemento a las dos listas tradicionales de siete obras de misericordia, añadiendo a cada una el cuidado de la casa común» – escribe Francisco y añade:

«Como obra de misericordia espiritual, el cuidado de la casa común precisa «la contemplación agradecida del mundo» (Laudato si’, 214) que «nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir» (ibíd., 85). Como obra de misericordia corporal, el cuidado de la casa común, necesita «simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo […] y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor» (ibíd., 230-231)».

En conclusión, oremos. Es el sexto y último punto del Mensaje del Papa Francisco

«A pesar de nuestros pecados y los tremendos desafíos que tenemos delante, no perdamos la esperanza: «El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado […] porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos» (ibíd., 13;245). El 1 de septiembre en particular, y después durante el resto del año, recemos:

«Oh Dios de los pobres, ayúdanos a rescatar a los abandonados y a los olvidados de esta tierra que son tan valiosos a tus ojos. […] Dios de amor, muéstranos nuestro lugar en este mundo  como instrumentos de tu cariño  por todos los seres de esta tierra (ibíd., 246). Dios de Misericordia, concédenos recibir tu perdón y transmitir tu misericordia en toda nuestra casa común.

Alabado seas.

Amén».

(CdM – RV) 

Texto completo del Mensaje del Papa:

Usemos misericordia con nuestra casa común

En unión con los hermanos y hermanas ortodoxos, y con la adhesión de otras Iglesias y Comunidades cristianas, la Iglesia católica celebra hoy la anual «Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación». La jornada pretende ofrecer «a cada creyente y a las comunidades una valiosa oportunidad de renovar la adhesión personal a la propia vocación de custodios de la creación, elevando a Dios una acción de gracias por la maravillosa obra que él ha confiado a nuestro cuidado, invocando su ayuda para la protección de la creación y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos».[1]

Es muy alentador que la preocupación por el futuro de nuestro planeta sea compartida por las Iglesias y las Comunidades cristianas junto a otras religiones. En efecto, en los últimos años, muchas iniciativas han sido emprendidas por las autoridades religiosas y otras organizaciones para sensibilizar en mayor medida a la opinión pública sobre los peligros del uso irresponsable del planeta. Quisiera aquí mencionar al Patriarca Bartolomé y a su predecesor Demetrio, que durante muchos años se han pronunciado constantemente contra el pecado de causar daños a la creación, poniendo la atención sobre la crisis moral y espiritual que está en la base de los problemas ambientales y de la degradación. Respondiendo a la creciente atención por la integridad de la creación, la Tercera Asamblea Ecuménica Europea (Sibiu 2007) proponía celebrar un «Tiempo para la creación», con una duración de cinco semanas entre el 1 de septiembre (memoria ortodoxa de la divina creación) y el 4 de octubre (memoria de Francisco de Asís en la Iglesia católica y en algunas otras tradiciones occidentales). Desde aquel momento dicha iniciativa, con el apoyo del Consejo Mundial de las Iglesias, ha inspirado muchas actividades ecuménicas en diversos lugares.

Debe ser también un motivo de alegría que, en todo el mundo, iniciativas parecidas que promueven la justicia ambiental, la solicitud hacia los pobres y el compromiso responsable con la sociedad, están fomentando el encuentro entre personas, sobre todo jóvenes, de diversos contextos religiosos. Los Cristianos y los no cristianos, las personas de fe y de buena voluntad, hemos de estar unidos en el demostrar misericordia con nuestra casa común ―la tierra― y valorizar plenamente el mundo en el cual vivimos como lugar del compartir y de comunión.

1. La tierra grita…

Con este Mensaje, renuevo el diálogo con «toda persona que vive en este planeta» respecto a los sufrimientos que afligen a los pobres y la devastación del medio ambiente. Dios nos hizo el don de un jardín exuberante, pero lo estamos convirtiendo en una superficie contaminada de «escombros, desiertos y suciedad» (Laudato si’, 161). No podemos rendirnos o ser indiferentes a la pérdida de la biodiversidad y a la destrucción de los ecosistemas, a menudo provocados por nuestros comportamientos irresponsables y egoístas. «Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho» (ibíd., 33).

El planeta continúa a calentarse, en parte a causa de la actividad humana: el 2015 ha sido el año más caluroso jamás registrado y probablemente el 2016 lo será aún más. Esto provoca sequía, inundaciones, incendios y fenómenos meteorológicos extremos cada vez más graves. Los cambios climáticos contribuyen también a la dolorosa crisis de los emigrantes forzosos. Los pobres del mundo, que son los menos responsables de los cambios climáticos, son los más vulnerables y sufren ya los efectos.

Como subraya la ecología integral, los seres humanos están profundamente unidos unos a otros y a la creación en su totalidad. Cuando maltratamos la naturaleza, maltratamos también a los seres humanos. Al mismo tiempo, cada criatura tiene su propio valor intrínseco que debe ser respetado. Escuchemos «tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (ibíd., 49), y busquemos comprender atentamente cómo poder asegurar una respuesta adecuada y oportuna.

2. …porque hemos pecado

Dios nos ha dado la tierra para cultivarla y guardarla (cf. Gn. 2,15) con respeto y equilibrio. Cultivarla «demasiado» ‒esto es abusando de ella de modo miope y egoísta‒, y guardarla poco es pecado.

Con valentía, el querido Patriarca Bartolomé, repetidamente y proféticamente, ha puesto de manifiesto nuestros pecados contra la creación: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todo esto es pecado». Porque «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios»[2].

Ante lo que está sucediendo en nuestra casa, que el Jubileo de la Misericordia pueda llamar de nuevo a los fieles cristianos «a una profunda conversión interior» (Laudato si’, 217), sostenida particularmente por el sacramento de la Penitencia. En este Año Jubilar, aprendamos a buscar la misericordia de Dios por los pecados cometidos contra la creación, que hasta ahora no hemos sabido reconocer ni confesar; y comprometámonos a realizar pasos concretos en el camino de la conversión ecológica, que pide una clara toma de conciencia de nuestra responsabilidad con nosotros mismos, con el prójimo, con la creación y con el creador (cf. ibíd., 10; 229).

3. Examen de conciencia y arrepentimiento

El primer paso en este camino es siempre un examen de conciencia, que «implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos […] También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal. Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres» (ibíd., 220).

A este Padre lleno de misericordia y de bondad, que espera el regreso de cada uno de sus hijos, podemos dirigirnos reconociendo nuestros pecados contra la creación, los pobres y las futuras generaciones. «En la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución –pequeña o grande– a la desfiguración y destrucción de la creación».[3] Este es el primer paso en el camino de la conversión.

En el 2000, también un Año Jubilar, mi predecesor san Juan Pablo II invitó a los católicos a arrepentirse por la intolerancia religiosa pasada y presente, así como por las injusticias cometidas contra los hebreos, las mujeres, los pueblos indígenas, los inmigrantes, los pobres y los no nacidos. En este Jubileo Extraordinario de la Misericordia, invito a cada uno a hacer lo mismo. Como personas acostumbradas a estilos de vida inducidos por una malentendida cultura del bienestar o por un «deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita» (ibíd., 123), y como partícipes de un sistema que «ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza»,[4] arrepintámonos del mal que estamos haciendo a nuestra casa común.

Después de un serio examen de conciencia y llenos de arrepentimiento, podemos confesar nuestros pecados contra el Creador, contra la creación, contra nuestros hermanos y hermanas. «El Catecismo de la Iglesia Católica nos hace ver el confesionario como un lugar en el que la verdad nos hace libres para un encuentro».[5] Sabemos que «Dios es más grande que nuestro pecado»,[6] de todos los pecados, incluidos aquellos contra la creación. Allí confesamos porque estamos arrepentidos y queremos cambiar. Y la gracia misericordiosa de Dios que recibimos en el sacramento nos ayudará a hacerlo.

4. Cambiar de ruta

El examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión al Padre rico de misericordia, nos conducen a un firme propósito de cambio de vida. Y esto debe traducirse en actitudes y comportamientos concretos más respetuosos con la creación, como, por ejemplo, hacer un uso prudente del plástico y del papel, no desperdiciar el agua, la comida y la energía eléctrica, diferenciar los residuos, tratar con cuidado a los otros seres vivos, utilizar el transporte público y compartir el mismo vehículo entre varias personas, entre otras cosas (cf. Laudado si’, 211). No debemos pensar que estos esfuerzos sean demasiado pequeños para mejorar el mundo. Estas acciones «provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente» (ibíd., 212) y refuerzan «un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo» (ibíd., 222).

Igualmente, el propósito de cambiar de vida debe atravesar el modo en el que contribuimos a construir la cultura y la sociedad de la cual formamos parte: «El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica capacidad de convivencia y de comunión» (ibíd., 228). La economía y la política, la sociedad y la cultura, no pueden estar dominadas por una mentalidad del corto plazo y de la búsqueda de un inmediato provecho financiero o electoral. Por el contrario, estas deben ser urgentemente reorientadas hacia el bien común, que incluye la sostenibilidad y el cuidado de la creación.

Un caso concreto es el de la «deuda ecológica» entre el norte y el sur del mundo (cf. ibíd., 51-52). Su restitución haría necesario que se tomase cuidado de la naturaleza de los países más pobres, proporcionándoles recursos financiaros y asistencia técnica que les ayuden a gestionar las consecuencias de los cambios climáticos y a promover el desarrollo sostenible.

La protección de la casa común necesita un creciente consenso político. En este sentido, es motivo de satisfacción que en septiembre de 2015 los países del mundo hayan adoptado los Objetivos del Desarrollo Sostenible, y que, en diciembre de 2015, hayan aprobado el Acuerdo de París sobre los cambios climáticos, que marca el costoso, pero fundamental objetivo de frenar el aumento de la temperatura global. Ahora los Gobiernos tienen el deber de respetar los compromisos que han asumido, mientras las empresas deben hacer responsablemente su parte, y corresponde a los ciudadanos exigir que esto se realice, es más, que se mire a objetivos cada vez más ambiciosos.

Cambiar de ruta significa, por lo tanto, «respetar escrupulosamente el mandamiento originario de preservar la creación de todo mal, ya sea por nuestro bien o por el bien de los demás seres humanos».[7] Una pregunta puede ayudarnos a no perder de vista el objetivo: «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (Laudato si’, 160).

5. Una nueva obra de misericordia

«Nada une más con Dios que un acto de misericordia, bien sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, o bien de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre».[8]

Parafraseando a Santiago, «la misericordia sin las obras está muerta en sí misma. […] A causa de los cambios de nuestro mundo globalizado, algunas pobrezas materiales y espirituales se han multiplicado: por lo tanto, dejemos espacio a la fantasía de la caridad para encontrar nuevas modalidades de acción. De este modo la vía de la misericordia se hará cada vez más concreta».[9]

La vida cristiana incluye la práctica de las tradicionales obras de misericordia corporales y espirituales.[10] «Solemos pensar en las obras de misericordia de una en una, y en cuanto ligadas a una obra: hospitales para los enfermos, comedores para los que tienen hambre, hospederías para los que están en situación de calle, escuelas para los que tienen que educarse, el confesionario y la dirección espiritual para el que necesita consejo y perdón… Pero, si las miramos en conjunto, el mensaje es que el objeto de la misericordia es la vida humana misma y en su totalidad».[11]

Obviamente «la misma vida humana en su totalidad» incluye el cuidado de la casa común. Por lo tanto, me permito proponer un complemento a las dos listas tradicionales de siete obras de misericordia, añadiendo a cada una el cuidado de la casa común.

Como obra de misericordia espiritual, el cuidado de la casa común precisa de «la contemplación agradecida del mundo» (Laudato si’, 214) que «nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir» (ibíd., 85). Como obra de misericordia corporal, el cuidado de la casa común, necesita «simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo […] y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor» (ibíd., 230-231).

6. En conclusión, oremos

A pesar de nuestros pecados y los tremendos desafíos que tenemos delante, no perdamos la esperanza: «El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado […] porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos» (ibíd., 13;245). El 1 de septiembre en particular, y después durante el resto del año, recemos:

«Oh Dios de los pobres,

ayúdanos a rescatar a los abandonados

y a los olvidados de esta tierra

que son tan valiosos a tus ojos. […]

Dios de amor,

muéstranos nuestro lugar en este mundo

como instrumentos de tu cariño

por todos los seres de esta tierra (ibíd., 246).

Dios de Misericordia, concédenos recibir tu perdón

y de transmitir tu misericordia en toda nuestra casa común.

Alabado seas.

Amen.

 

[1] Carta para la Institución de la «Jornada mundial de oración para el cuidado de la creación» (6 agosto 2015).

[2] Discurso en Santa Bárbara, California (8 noviembre 1997).

[3] Bartolomé I, Mensaje para el día de oración por la protección de la creación (1 septiembre 2012).

[4] Discurso, II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, (9 julio 2015).

[5] Tercera meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de san Pablo extramuros (2 junio 2016).

[6] Audiencia General (30 marzo 2016).

[7] Bartolomé I, Mensaje para la Jornada de oración para el cuidado de la creación (1 septiembre 1997).

[8] Primera Meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de san Juan de Letrán (2 junio 2016).

[9] Audiencia General (30 junio 2016).

[10] Las corporales son: dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; vestir al desnudo; dar posada al peregrino; visitar al enfermo; visitar a los encarcelados; enterrar a los muertos. Las espirituales son: dar consejo al que lo necesita; enseñar al que no sabe; corregir al que se equivoca; consolar al triste; perdonar al que nos ofende; soportar con paciencia los defectos del prójimo; rogar a Dios por los vivos y por los muertos.

[11] Tercera Meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de San Pablo extramuros (2 junio 2016).

 

¿Rezar por la creación o rezar con la creación?, homilía del padre Raniero Cantalamessa

El padre Raniero Cantalamessa, OFM, Predicador de la Casa Pontificia – ANSA

01/09/2016 15:09

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 ¿Rezar por la creación o rezar con la creación? Fue la pregunta entorno a la cual el padre Raniero Cantalamessa, OFM, Predicador de la Casa Pontificia, desarrolló su homilía en la celebración de las vísperas en la Basílica de san Pedro, presidida por el Papa Francisco, con ocasión de la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. 

Texto completo de la homilía del padre Raniero Cantalamessa OFM

“Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho”.

Estas palabras, que acabamos de escuchar, fueron pronunciadas por San Pedro Crisólogo, obispo de Rávena, en el siglo V después de Cristo, hace más de 1.500 años. Desde entonces, ha cambiado la razón por la cual el hombre se desprecia a sí mismo, pero no cambia el hecho. En tiempos de Crisólogo la razón era que el hombre es "de la tierra", es decir, que es polvo y al polvo volverá (Génesis 3:19). Hoy en día la razón del desprecio es que el hombre es menos que nada en la inmensidad sin límites del universo.

Ya es una carrera entre los científicos no creyentes entre quien sigue adelante en el afirmar la marginalidad total e insignificancia del hombre en el universo. "La antigua alianza está rota – ha escrito uno de ellos -; el hombre finalmente sabe que está solo en la inmensidad del universo del que surgió por casualidad. Su deber, como su destino, no está escrito en ningún lugar ". "Siempre he pensado – dice otro – de ser insignificante. Conociendo las dimensiones del Universo, no dejo de darme cuenta de cuánto lo sea realmente… Somos sólo un poco de fango en un planeta que pertenece al sol".

Pero no quiero detenerme en esta visión pesimista, ni en el impacto que tiene en el modo de comprender el ecologismo y sus prioridades. Dionisio el Areopagita, en el sexto siglo después de Cristo, enunciaba esta gran verdad: "No se deben confutar las opiniones de los demás, ni se debe escribir en contra de una opinión o de una religión que no parece buena. Se debe escribir solo a favor de la verdad y no contra los demás". No se puede hacer absoluto este principio, porque a veces puede ser necesario confutar doctrinas falsas y peligrosas; pero lo cierto es que la exposición positiva de la verdad es más eficaz que la confutación del error contrario.

El discurso de Crisólogo continúa exponiendo el motivo por el que el hombre no debe despreciarse a sí mismo:

“¿Por ventura todo este mundo que ves con tus ojos no ha sido hecho precisamente para que sea tu morada? Para ti ha sido creada esta luz que aparta las tinieblas que te rodean; para ti ha sido establecida la ordenada sucesión de días y noches; para ti el cielo ha sido iluminado con este variado fulgor del sol, de la luna, de las estrellas; para ti la tierra ha sido adornada con flores, árboles y frutos; para ti ha sido creada la admirable multitud de seres vivos' que pueblan el aire, la tierra y el agua, para que una triste soledad no ensombreciera el gozo del mundo que empezaba”.

El autor no hace más que reafirmar la idea bíblica de la soberanía del hombre sobre el cosmos que el Salmo 8 cantaba con una inspiración lírica no inferior, que la del obispo de Rávena. San Pablo completa esta visión, señalando el lugar que ocupa en ella,  la persona de Cristo: "el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios".(1 Cor 3,22s). Nos encontramos ante un "ecologismo humano" o "humanista": un ecologismo, es decir, que no es un fin en sí mismo, sino en función del hombre, no sólo, naturalmente, del hombre de hoy, sino también del aquel del futuro.

El pensamiento cristiano nunca ha dejado de preguntarse el porqué de esta trascendencia del hombre respecto al resto de la creación y siempre ha encontrado en la afirmación bíblica que el hombre fue creado "a imagen y semejanza de Dios" (Génesis 1: 26). También el Crisólogo, hemos escuchado, se basa en que: "El Creador… ha impreso en ti su imagen, para que la imagen visible mostrara al mundo el creador invisible, y te ha puesto en la tierra para hacerlo en su nombre”.

Aquello sobre lo que la teología, también gracias al renovado diálogo con el pensamiento ortodoxo, ha alcanzado hoy una explicación verdaderamente satisfactoria, es saber en qué consiste ser “a imagen de Dios”. Todo se basa en la revelación de la Trinidad obrada por Cristo. El hombre es creado a imagen de Dios, en el sentido de que participa en la esencia íntima de Dios que es la relación de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. "Relaciones subsistentes", define Santo Tomás de Aquino a las personas divinas. Ellas no tienen una relación entre sí, sino que son esa relación.

Sólo el hombre – como una persona capaz de relaciones libres y conscientes – participa en esta dimensión personal y relacional de Dios. Siendo la Trinidad una comunión de amor,  creó al hombre como un "ser en relación.". Es en este sentido que el hombre es "a imagen de Dios".

Es evidente que existe un foso ontológico entre Dios y la criatura humana; sin embargo, por la gracia (¡nunca hay que olvidar esta aclaración!), este foso se colma, por lo que es menos profunda que la que existe entre el hombre y el resto de la creación. Afirmación osadísima, pero basada en la Escritura que define al hombre redimido por Cristo "partícipe de la naturaleza divina" (2 Pedro 1.4).

Sólo la venida de Cristo, sin embargo, ha revelado el sentido pleno del ser a imagen de Dios. Él es, por excelencia, "la imagen de Dios invisible" (Col 1,15).; nosotros -decían los Padres de la Iglesia – somos "imagen de la imagen de Dios", en cuanto "predestinados a ser conforme a la imagen de su Hijo" (Rm 8, 29), creados "por medio de él y para él "(Col 1, 16), que es el Nuevo Adán.

*  *   *

Nace de inmediato, en este punto, una objeción, y no sólo de parte de los no creyentes. ¿Todo esto no es triunfalismo racial? ¿No lleva a un  dominio  indiscriminado del hombre sobre el resto de la creación, con consecuencias fácilmente imaginables, y por desgracia, ya en acto? La respuesta es: no, si el hombre se comporta realmente como imagen de Dios. Si la persona humana es la imagen de Dios, en cuanto es "un ser en comunión", significa que menos se es egoístas, encerrados en sí mismos y olvidados de los otros, más se es una persona verdaderamente humana.

La soberanía del hombre sobre el cosmos, por lo tanto, no es el triunfalismo de las especies, sino la asunción de responsabilidad hacia los débiles, los pobres, los indefensos. El único título que éstos tienen para ser respetados, en ausencia de otros privilegios y recursos, es aquel de ser persona humana. El Dios de la Biblia – y también de otras religiones – es un Dios "que escucha el grito de los pobres", que "tiene compasión del débil y del pobres", que "defiende la causa de los míseros", que "hace justicia a los oprimidos", que "nada desprecia de lo que ha creado."

La encarnación del Verbo ha aportado una razón más para cuidar de los débiles y de los pobres, a cualquier raza o religión pertenezcan. Ella no dice, de hecho, sólo que "Dios se hizo hombre", sino también "que el hombre se ha hecho Dios": es decir, cuál tipo de hombre ha elegido ser: no rico y poderoso, sino pobre, débil e indefenso. ¡Hombre y basta! El modo de la encarnación no es menos importante del hecho.

Este ha sido el paso adelante que Francisco de Asís, con su experiencia de vida, ha permitido hacer a la teología. Antes de él, se había insistido casi exclusivamente en los aspectos ontológicos de la encarnación: naturaleza, persona, unión hipostática, comunicación de los idiomas… Esto era necesario para contrastar la herejía, pero, una vez asegurado el dogma, no se podía permanecer detenidos en él, sin aridecer el misterio cristiano y hacerle perder gran parte de su fuerza para contrarrestar el pecado y la injusticia del mundo.

Lo que conmueve hasta las lágrimas al Pobrecillo en Navidad no es la unión de las naturalezas o la unión hipostática, sino la humildad y la pobreza del Hijo de Dios, que "siendo rico, se hizo pobre por nosotros "(2 Cor 8,9). En Él, el amor por la pobreza y el amor por la creación iban juntos, y tenían una raíz común en su renuncia radical a querer poseer. Francisco pertenece a esa categoría de personas de las que San Pablo dice que "nada tienen y todo lo poseen" (2 Co. 6:10).

El Santo Padre recoge este mensaje cuando hace de "la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta" uno de los "ejes " de su encíclica sobre el medio ambiente. ¿Qué cosa es, de hecho, lo que produce al mismo tiempo, los peores daños al medio ambiente y la miseria de inmensas masas humanas, si no el deseo insaciable de algunos de aumentar drásticamente sus posesiones y sus provechos? A la tierra, se debe aplicar eso que decían los antiguos de la vida: “mancipio nulli datur, omnibus usu”; a nadie se le ha dado en propiedad, a todos en uso.

*   *   *

A veces esta verdad, que no somos los dueños de la tierra, se nos recuerda al improviso por eventos como el devastador terremoto de la semana pasada. Entonces se nos vuelve a presentar la pregunta de siempre "¿Dónde estaba Dios?" No cometamos el error de pensar que tenemos una respuesta preparada a esta pregunta. Lloremos con los que lloran, como lo hizo Jesús ante el dolor de la viuda de Naim o de las hermanas de Lázaro.

Pero hay algo que la fe nos permite decir. Dios no diseñó la creación como si fuera un coche o un ordenador, donde todo está programado desde el inicio, en cada detalle, listo para realizar periódicamente las actualizaciones. Por analogía con el hombre, podemos hablar de una especie de "libertad" que Dios ha dado a la materia de evolucionar de acuerdo a sus propias leyes. En este sentido (¡pero sólo en este!) incluso podemos compartir el punto de vista de los científicos no creyentes que hablan de "casualidad y necesidad". En la evolución todo es "por casualidad", pero el caso en sí está previsto por el Creador y no es "casualidad".

Esto implica enormes riesgos para los seres humanos, pero también un suplemento de dignidad y de grandeza. Los habitantes de los Países Bajos debieron luchar durante siglos para evitar ser inundados por el mar del Norte y en esta lucha acuñaron un famoso dicho: "Luctor emerger", luchando, emerjo.

Habrá un día "un cielo nuevo y una tierra nueva" (2 Pe 3, 13), libre de sufrimiento, pero esto probablemente sucederá sólo al final de los tiempos, cuando la humanidad misma será perfectamente y eternamente liberada del pecado y de la muerte (cf. Rom 8, 19:23). Una cosa, sin embargo, Jesús nos asegura a partir de ahora y es que la criatura humana no está nunca completamente a merced de los elementos humanos. "¿No se venden acaso cinco pájaros por dos monedas? Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros". (Lucas 12: 6-7).

A la pregunta: "Dónde estaba Dios en la noche del 23 de agosto, el creyente, por lo tanto, no dude en responder con toda humildad: "Él estaba allí sufriendo con sus criaturas y recibiendo en su paz a las víctimas que tocaban a la puerta de su paraíso".

* * *

La lectura del libro de la Sabiduría que hemos oído antes de aquella patrística de Crisólogo, nos habla del primer y fundamental deber que se le da al hombre por su posición privilegiada en el seno de la creación. Decía:

“Sí, vanos por naturaleza son todos los hombres que han ignorado a Dios, los que, a partir de las cosas visibles, no fueron capaces de conocer a «Aquel que es»., al considerar sus obras, no reconocieron al Artífice”.

San Pablo en su Carta a los Romanos retoma este famoso argumento, pero con una variación que nos compete a todos y de cerca. El pecado ante la creación,  – escribe – , no radica en el hecho del no remontarse de ella al Creador, si no en el de no glorificar y agradecer a Dios: "en efecto, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como corresponde" (Rm 1, 21). Esto no sólo es un pecado de la inteligencia, sino también de la voluntad, y no sólo es un pecado de ateos o idólatras, sino también de aquellos que conocen a Dios. Tanto es así que, inmediatamente después, el apóstol incluye entre "los inexcusables" a los que conocen la revelación y, armados con este conocimiento, se sienten seguros y juzgan el resto del mundo, sin darse cuenta de que, si buscan su propia gloria en lugar de la gloria de Dios, cometen el mismo pecado de los no creyentes (cf. Rom. 2:1 ss).

Hay muchos deberes que el hombre tiene hacia la creación, algunos más urgentes que otros: el agua, el aire, el clima, la energía, la defensa de las especies en peligro… De ellos se hablan en todos los ambientes y encuentros que se ocupan de ecología. Hay, sin embargo, un deber hacia la creación del cual no se puede hablar si no es en un encuentro entre los creyentes y por eso es correctísimo que haya sido puesto en el centro de este momento de oración. Ese deber es la doxología, la glorificación de Dios a causa de la creación. Una ecología sin doxología hace opaco el universo, como un enorme globo de cristal desprovisto de la luz que debería iluminarlo desde dentro.

La tarea principal de las criaturas hacia la creación es prestar su voz a la misma. "Los cielos y la tierra – dice un salmo – están llenos de tu gloria" (Sal 148: 13; Isaías 6: 3). Son, por así decirlos, grávidos. Pero no pueden por sí mismos "vaciarse". Como la mujer embarazada, también ellos necesitan las manos de una partera para dar a luz a aquello de lo que están grávidos. Y estas "parteras" de la gloria de Dios, tenemos que ser nosotros, criaturas hechas a imagen de Dios. El Apóstol alude también a esto cuando habla de la creación que "hasta el presente, gime y sufre dolores de parto" (Rm 8, 19:22).

¡Cuánto ha tenido que esperar el universo, qué gran carrera tuvo que tomar, para llegar a este punto! Miles de millones de años, durante los cuales la materia a través de su opacidad, avanzaba hacia la luz de la conciencia, como la linfa que del subsuelo sube con esfuerzo hacia la cima del árbol para expandirse en hojas, flores y frutos. Esta conciencia se alcanzó finalmente cuando apareció en el universo lo que Teilhard de Chardin llama "el fenómeno humano". Pero ahora que el universo ha alcanzado su objetivo, exige que el hombre cumpla su deber, que asuma, por así decirlo, la dirección del coro y entone en nombre de toda la creación: "¡Gloria a Dios en lo alto del cielo!".

Uno que tomó a la letra esta tarea fue el Beato Enrique Susón, a veces llamado "el San Francisco de Suabia". Él nos ha dejado este conmovedor testimonio:

“Cuando, en el canto de la misa, llego a las palabras Sursum corda, en alto los corazones, imagino que tengo ante de mí todos los seres creados por Dios en el cielo y en la tierra: el agua, el aire, el fuego, la luz y cada elemento, cada uno con su propio nombre, así como las aves, los peces del mar y las flores de los bosques, todas las hierbas y plantas del campo, las innumerables arenas del mar, los polvillos que se ven en los haces de luz solar, las gotas de lluvia que caídas o a punto de caer, las gotas de rocío que adornan el césped. Entonces, imagino que estoy en el medio de estas criaturas como un maestro de canto en el medio de un gigantesco coro”.

Nosotros los creyentes debemos ser la voz no sólo de las criaturas inanimadas, sino también de nuestros hermanos que no han tenido la gracia de la fe. No olvidemos, en particular, glorificar a Dios por los increíbles logros de la tecnología. Son obra del hombre, es cierto, pero el hombre, ¿de quién es obra? ¿Quién lo hizo? Me he hecho una pregunta, y la repito aquí en voz alta: ¿glorificamos realmente a Dios por sus criaturas, o sólo decimos que lo hacemos? ¿La nuestra es sólo teoría, o también práctica? Si no sabemos hacerlo con nuestras palabras, hagámoslo con los salmos. En ellos, hasta los ríos están invitados a aplaudir al Creador (Sal 98,8).

La glorificación no sirve, naturalmente, a Dios, sino a nosotros. Con ella se "revela la verdad" (Rm 1, 18); se redime la creación de la caducidad y la vanidad, es decir, del sin sentido, en la que la arrastró el pecado de los hombres y la arrastra hoy la incredulidad del mundo (Romanos 8: 20-21). "Aunque no necesitas nuestra alabanza, – dice un prefacio de la misa dirigiéndose a Dios,- tú inspiras en nosotros que te demos gracias, para que las bendiciones que te ofrecemos nos ayuden en el camino de la salvación".

Si Francisco de Asís tiene algo que decir hoy sobre el ecologismo, es sólo esto. Él no reza "por" la creación, para su cuidado (en su tiempo aún no era necesario), reza "con" la creación, o "a causa de la creación", o "con motivo de la creación". Son todos los matices presentes en la preposición "por" que usó: "Alabado seas mi Señor, por el hermano sol, por la luna, por nuestra hermana la madre tierra". Su cántico es toda una doxología y un himno de acción de gracias. Pero precisamente de aquí derivaba su extraordinario respeto hacia cada criatura por lo cual quería que incluso a las hierbas silvestres se les diera un espacio para crecer.

También este mensaje suyo fue recogido por el Santo Padre en su encíclica sobre el medio ambiente. Ella inicia con la doxología – "Alabado seas '" – y termina significativamente con dos oraciones distintas: una "por" la creación, y la otra "con" la creación. De esta última extraemos algunas invocaciones que necesitamos para concluir en oración nuestra reflexión:

Señor Uno y Trino, comunidad preciosa de amor infinito, enséñanos a contemplarte en la belleza del universo, donde todo nos habla de ti. Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud por cada ser que has creado. Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos con todo lo que existe. Dios de amor, muéstranos nuestro lugar en este mundo como instrumentos de tu cariño por todos los seres de esta tierra. Amén.

 

 

Detalle de la agenda del Papa en Asís por la Jornada mundial de la oración por la Paz

¿Qué hara el Papa en Asís el 20 de septiembre? – RV

01/09/2016 16:58

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 El próximo 20 de septiembre el Santo Padre Francisco visitará la ciudad italiana de Asís por la Jornada mundial de la oración por la Paz cuyo lema es “Sed de Paz. Religiones y culturas en diálogo”.

Francisco llegará después de las 11 de la mañana al campo deportivo de “Migaghelli” en Santa María de los Ángeles donde será recibido por Mons. Domenico Sorrentino, arzobispo y obispo de Asís, Nocera Umbra – Gualdo Tadino, junto por las autoridades políticas.

En el convento de Asís el Santo Padre estará acompañado por el Padre Mauro Gambetti, Custodio del Sacro Convento, Su Santidad Bartolomé I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, un representante musulmán, Su Gracia Justin Welby, Arzobispo de Canterbury, Su Santidad Efrem II, Patriarca Sirio-Ortodoxo di Antioquía, un representante del judaísmo y el jefe supremo de los Tendai (Japón). Todos juntos se dirigirán al Patio de Sixto IV donde les esperarán los representantes de la Iglesias y religiones mundiales, además de los obispos de Umbría.

El Santo Padre saludará uno a uno a todos los representantes y a continuación almorzará en el Sagrado Convento con algunas víctimas de las guerras que participan es esta jornada.

El Presidente de la Comunidad San Egidio, Marco Impagliazzo, recordará el XXV aniversario del Patriarcado de su Santidad Bartolomé I. A continuación el Santo Padre se encontrará con él – con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla- también con el representante musulmán, con la autoridad judía, con Su Gracia el arzobispo Justin Welby y Su Santidad el Patriarca Efrem II.

A las 16 horas será el momento de oración por la Paz en diversos lugares. En la Basílica Interior de San Francisco tendrá lugar la oración ecuménica de los cristianos.

Terminada la oración, todos los participantes saldrán de la Basílica Interior, se encuentran con los representantes de las otras religiones que han rezado en otros lugares y toman lugar en la Plaza.

A las 17.15 horas en la Plaza de San Francisco se llevará a cabo la ceremonia conclusiva donde los participantes leerán diversos mensajes. Papa Francisco dará su discurso y después un grupo de niños de diferentes naciones leerán un llamamiento de Paz. Les seguirá un momento de silencio por las víctimas de las diferentes guerras y después la firma del apelo por la Paz y se encenderán los dos candelabros.  Finalmente se intercambiarán la paz.

Finalmente el Santo Padre se transferirá en helicóptero hasta Santa María de los Ángeles y se espera que aterrice después de las siete y media en el helipuerto de la Ciudad del Vaticano.

 

Sábado de la semana 22 de tiempo ordinario; año par

Jesús no nos quiere aprisionados en intrincadas normativas farisaicas, sino que vayamos a los sustancial, la libertad del amor

“Un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano. Unos fariseos les preguntaron: -«¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?» Jesús les replicó: -«¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, tomó los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y les dio a sus compañeros.» Y añadió: -«El Hijo del hombre es señor del sábado» (Lucas 6,1-5).

1. Hoy, Jesús, nos hablas sobre el sábado. Apreciabas el sábado y, como buen judío, lo habías incorporado a tu espiritualidad: por ejemplo, ibas cada semana a la sinagoga, a rezar y a escuchar la Palabra de Dios con los demás. Y cumplirías seguramente las otras normas relativas a este día.

-“Un sábado atravesaba Jesús por unos campos de trigo”. Jesús en plena naturaleza estival, al iniciarse la recolección.

-“Sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano”. Gesto tan natural, tan anodino, tan sencillo, tan maquinal. ¡Es agradable mascar un grano de trigo tan harinoso! Pero la alegría no es compartida por todos, sobre todo cuando hay envidiejas, o complicación interior… Decía S. Cirilo de Alejandría: “¡Oh fariseo!, ves al que hace cosas prodigiosas y cura a los enfermos en virtud de un poder superior y tú proyectas su muerte por envidia”.

-“Unos fariseos les dijeron: "¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado?"” Aquí vemos la mente estrecha de algunos que interpretaba, a su manera minuciosa, las prescripciones rituales. La Ley de Moisés no habla de esas menudencias, pero las tradiciones, la Mischná, había añadido toda clase de detalles a la Ley, como las cosas prohibidas en sábado. Jesús, nos has liberado también de todo esto. El hombre tiene una fastidiosa tendencia a dar una importancia desmesurada a los "medios", olvidando a veces el fin. Debo atenerme a lo esencial. En mi Fe, en las costumbres religiosas, en los ritos, he de ver primero su finalidad, su objetivo profundo… y pensar que los modos de expresión pueden cambiar.

No te gusta, Jesús, la interpretación exagerada: ¿cómo puede ser contrario a la voluntad de Dios quitar así el hambre?

-“Jesús contestó” (pues la libertad que tienes, Jesús, es espontánea y actitud reflexiva a la vez): -“¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, tomó los panes dedicados -que sólo a los sacerdotes les está permitido comer-, comió él y les dio a sus hombres”. Es una respuesta propia del hijo de David, que invoca las auténticas tradiciones (1 Sam 21). Es decir les razona con al Palabra, que ellos interpretan mal. Dios no quiere fastidiarnos. Lo que Dios quiere es que el hombre "viva". Las mismas normas de ley natural tienen una gradación: la conservación de la persona, de la vida, de la familia… ¿Cómo ha podido el cristianismo parecer a veces deshumanizante, menospreciador del cuerpo y de las realidades humanas? Mi cuerpo, ¿es importante para mí? ¿Qué haría sin él? Incluso la oración, la actividad más espiritual, es imposible sin ese buen compañero. Y "el Verbo se hizo carne", se hizo cuerpo.

-“Y Jesús añadió: "EI Hijo del hombre es señor del Sábado." ¡Dios bien sabía que el sábado era una institución sagrada! Ahora bien, Jesús afirma tener derecho a rechazar los detalles rituales concernientes al sábado para volver a encontrar la intención primitiva del legislador (Noel Quesson).

Jesús, hablas realmente con autoridad y poder. Te atreves a reinterpretar una de las instituciones más sagradas de su pueblo. Sobre todo les debió saber muy mal a los fariseos la última afirmación: "el Hijo del Hombre es señor del sábado". Si ese día era la representación de Dios, entonces te hacías Dios, y era algo blasfemo para ellos.

Pero en otros momentos dijiste también “no es el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre”. Ahí entiendo que nos decías que las normas son para las personas, para su  bien, y no al revés. Que los mandamientos de amar a Dios y a los demás (y por tanto no caer en la idolatría o en el homicidio u otros crímenes) son básicos, pero que las demás obligaciones miran el bien de la persona, de la familia, de la comunidad. Por tanto, que su cumplimiento es válido cuando ayuda al fin de esas normas (el sábado es para el hombre), y no ha de ser el hombre para el sábado en el sentido de que pierda la salud o la familia por un cumplimiento de ellas.

Es una difícil sabiduría distinguir entre lo que es importante y lo que no. Guardar el sábado como día de culto a Dios, día de descanso en su honor, día de la naturaleza, día de paz y vida de familia, día de liberación interior, sí era importante. No valía la pena discutir y perder la paz por eso. Es un ejemplo de lo que ayer nos decía Jesús respecto al paño nuevo y a los odres nuevos. Cuántas ocasiones tenemos, en nuestra vida de comunidad, de aplicar este principio. Cuántas veces perdemos la serenidad y el humor por tonterías de estas, aferrándonos a nimiedades sin importancia. Lo que está pensado para bien de las personas y para que esponjen sus ánimos -como la celebración del domingo cristiano- lo podemos llegar a convertir, por nuestra casuística e intransigencia, en unas normas que quitan la alegría del espíritu. El domingo es un día que tiene que ser todo él, sus veinticuatro horas, un día de alegría por la victoria de Cristo y por nuestra propia liberación. Con la Eucaristía comunitaria en medio, pero con el espíritu liberado y gozoso: un espíritu pascual. El legalismo exagerado también puede matar el espíritu cristiano. Por encima de todo debe quedar la misericordia, el amor (J. Aldazábal).

Jesús, tú eres el Esposo y ha llegado el tiempo de la boda. Al atardecer del día sexto, Dios había descansado para consagrar la creación, y los hombres habían consagrado el sábado para alabar a Dios por sus maravillas. Un día para santificar el tiempo… Ahora, Jesús, ya estás tú aquí, y toda la vida del hombre es "santa": es tiempo del hombre y tiempo de Dios. En adelante, nada de cuanto es humano es ajeno a Dios. Ahora vivimos el “domingo”, día del Señor (o como se dice en otros idiomas, día del Sol que eres tú, Señor, con tu Resurrección).

Nadie puede estar al 100% en esa interpretación de la voluntad de Dios. Recordemos lo que Pablo nos decía ayer: "¡No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor!" Cabe, indudablemente, (no tenemos la clarividencia de Jesús) el riesgo de equivocarnos. Pero os confieso que, personalmente, prefiero equivocarme desde el amor y la misericordia que desde la observancia o la rigidez. No se trata de relativizar, como si todo diera lo mismo. Se trata de cultivar la conciencia de la propia fragilidad, de la propia e incesante necesidad de perdón, de la certeza de sólo Dios puede ver hasta el fondo nuestras intenciones y… las de los demás. Clamemos a El: su Amor nos sostendrá (Olga Elisa Molina).

Como rezaba Charles Peguy: Tenemos que salvarnos todos juntos. Todos hemos de llegar juntos a la casa del Padre. ¿Qué nos diría el Padre si nos viera llegar a unos sin los otros?

2. –“Hermanos, pienso que, a nosotros los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar entre los hombres, como condenados a muerte, expuestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres”.

Pablo encarecerá todavía al final del pasaje: «hemos venido a ser basura del mundo, desecho de los hombres.» En la ciudad de Corinto, Pablo estaba lejos de ser un notable, una autoridad. Se compara a esos vagabundos lastimosos que las ciudades de la época mantenían para servir de víctima expiatoria en las calamidades públicas… o también a esos condenados destinados a las fieras en las anfiteatros ¡bajo la mirada de los «espectadores»! Jesucristo crucificado, es a ti a quién quiero contemplar, una vez más.

-“Nosotros somos necios, por seguir a Cristo”… para lanzarse a una empresa tan insensata: anunciar a los hombres el escándalo de la cruz. Y vosotros sois sabios, en Cristo…

-“Nosotros "locos"… vosotros sabios. Nosotros "débiles"… vosotros fuertes. Nosotros "despreciados"… vosotros alabados”. Es el eco de las bienaventuranzas. Si uno quiere ser cristiano, no ha de olvidarlas. La satisfacción de sí mismo, la suficiencia farisaica, incluso la espiritual, son contrarias al evangelio.

-“Hasta el presente, pasamos hambre, sed, desnudez, somos azotados, vagabundos, fatigados trabajando con nuestras propias manos”. Dirá Benedicto XVI que es la impaciencia de los hombres lo que pierda al mundo, y la paciencia de Dios en la Cruz lo que lo gana…

-“Injuriados… bendecimos. Perseguidos… soportamos. Calumniados… consolamos”. La paradoja de las bienaventuranzas… Gente "pobre", que es "dichosa"… gente "que ha recibido daño de otros" y que pasan su tiempo "haciendo felices a los demás". Es no solo doctrina, sino lo que define tu rostro auténtico, Jesús. Y es una de las enseñanzas más importantes de la Epístola a los Corintios. No es discípulo de Cristo el que no reproduce alguno de sus rasgos.

-“No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino para instruiros como hijos muy queridos… En Cristo, no tenéis muchos padres… Por haberos anunciado el Evangelio soy yo quien os ha engendrado”…

La lista de bienaventuranzas que nos enseñó Jesús se parece a esta enumeración de actitudes de un apóstol, según Pablo: los que encuentran la verdadera felicidad interior son los humildes, los perseguidos, los que lloran, los que buscan la paz… Algo tendría que cambiar en nuestra actuación para parecernos más a Pablo y sobre todo a Jesús, que sufrió los mismos contratiempos que Pablo y dio incluso su vida por los demás.

3. De nuevo el salmo nos orienta hacia el juicio de Dios y nos invita a poner en él la confianza, no en nuestros méritos ni en el prestigio que podamos tener: "del Señor es la tierra y cuanto la llena… ¿quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, ése recibirá la bendición del Señor".

Llucià Pou Sabaté

 

El Dios de nuestra fe no es un ser lejano”

Considera lo más hermoso y grande de la tierra…, lo que place al entendimiento y a las otras potencias…, y lo que es recreo de la carne y de los sentidos… Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. -Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas…, nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! -¡tuyo!- tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el…
… taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa… y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía. (Camino, 432)

Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido: es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre.

Este es el sagrado convite, en el que se recibe al mismo Cristo; se renueva la memoria de la Pasión y, con El, el alma trata íntimamente a su Dios y posee una prenda de la gloria futura. La liturgia de la Iglesia ha resumido, en breves estrofas, los capítulos culminantes de la historia de ardiente caridad, que el Señor nos dispensa.

El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia El, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones. (Es Cristo que pasa, 84)

 

Transmisión en directo de la ordenación de sacerdotes en Torreciudad

El domingo 4 el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, conferirá la ordenación sacerdotal a seis diáconos de la Prelatura en el Santuario de Torreciudad (Huesca). La transmisión comenzará a las 9,45 horas (UTC/GMT +2 horas).

Últimas noticias 30 de Agosto de 2016

 Interior del Santuario de Torreciudad.

El domingo 4 de septiembre a las 10 h. (UTC/GMT +2 horas), el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, conferirá la ordenación sacerdotal a los diáconos Alejandro Jesús Arenas (Perú), Eduardo Ares (España), Miguel Ángel Correas (España), Pablo López (España), Carlos Rodríguez (España) e Irineo Pallares (México).

La ceremonia podrá seguirse en directo desde www.opusdei.org/live, la página web de Torreciudad, la página web de Beta Films o directamente en el canal de Youtube de la Oficina de información del Opus Dei.

 

 

TEMA 6. La Creación

La doctrina de la Creación constituye la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y nuestro fin.

Resúmenes de fe cristiana 26 de Diciembre de 2012

 La Revelación presenta la acción creadora de Dios como fruto de su omnipotencia, de su sabiduría y de su amor.

Introducción

La importancia de la verdad de la creación estriba en que es «el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios; […] el comienzo de la historia de la salvación, que culmina en Cristo» ( Compendio , 51). Tanto la Biblia ( Gn 1,1) como el Credo inician con la confesión de fe en el Dios Creador.

A diferencia de los otros grandes misterios de nuestra fe (la Trinidad y la Encarnación), la creación es «la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y nuestro fin» ( Compendio , 51), que el espíritu humano ya se plantea y, en parte, puede también responder, como muestra la reflexión filosófica; y los relatos de los orígenes pertenecientes a la cultura religiosa de tantos pueblos (cfr. Catecismo , 285), no obstante, la especificidad de la noción de creación sólo se captó de hecho con la revelación judeocristiana.

La creación es, pues, un misterio de fe y, a la vez, una verdad accesible a la razón natural (cfr. Catecismo , 286). Esta peculiar posición entre fe y razón, hace de la creación un buen punto de partida en la tarea de evangelización y de diálogo que los cristianos están siempre –particularmente en nuestros días [1] – llamados a realizar, como ya hiciera San Pablo en el Areópago de Atenas ( Hch 17,16-34).

Se suele distinguir entre el acto creador de Dios (la creación active sumpta ), y la realidad creada, que es efecto de tal acción divina (la creación passive sumpta ) [2] . Siguiendo este esquema se exponen a continuación los principales aspectos dogmáticos de la creación.

1. El acto creador 1.1. «La creación es obra común de la Santísima Trinidad» ( Catecismo , 292)

La Revelación presenta la acción creadora de Dios como fruto de su omnipotencia, de su sabiduría y de su amor. Se suele atribuir especialmente la creación al Padre (cfr. Compendio , 52), así como la redención al Hijo y la santificación al Espíritu Santo. Al mismo tiempo, las obras ad extra de la Trinidad (la primera de ellas, la creación) son comunes a todas las Personas, y por eso cabe preguntarse por el papel específico de cada Persona en la creación, pues «cada persona divina realiza la obra común según su propiedad personal» ( Catecismo , 258). Este es el sentido de la igualmente tradicional apropiación de los atributos esenciales (omnipotencia, sabiduría, amor) respectivamente al obrar creador del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En el Símbolo nicenoconstantinopolitano confesamos nuestra fe «en un solo Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra»; «en un solo Señor Jesucristo […] por quien todo fue hecho»; y en el Espíritu Santo «Señor y dador de vida» (DH 150). La fe cristiana habla, por tanto, no solamente de una creación ex nihilo , de la nada, que indica la omnipotencia de Dios Padre; sino también de una creación hecha con inteligencia, con la sabiduría de Dios –el Logos por medio del cual todo fue hecho ( Jn 1,3)–; y de una creación ex amore (GS 19), fruto de la libertad y del amor que es Dios mismo, el Espíritu que procede del Padre y del Hijo. En consecuencia, las procesiones eternas de las Personas están en la base de su obrar creador [3] .

Así como no hay contradicción entre la unicidad de Dios y su ser tres personas, de modo análogo no se contrapone la unicidad del principio creador con la diversidad de los modos de obrar de cada una de las Personas.

«Creador del cielo y de la tierra»

«“En el principio, Dios creó el cielo y la tierra”: tres cosas se afirman en estas primeras palabras de la Escritura: el Dios eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de él. Él solo es creador (el verbo “crear” –en hebreo bara – tiene siempre por sujeto a Dios). La totalidad de lo que existe (expresada por la fórmula “el cielo y la tierra”) depende de aquel que le da el ser» ( Catecismo , 290).

Sólo Dios puede crear en sentido propio [4] , lo cual implica originar las cosas de la nada ( ex nihilo ) y no a partir de algo preexistente; para ello se requiere una potencia activa infinita, que sólo a Dios corresponde (cfr. Catecismo , 296-298). Es congruente, por tanto, apropiar la omnipotencia creadora al Padre, ya que él es en la Trinidad –según una clásica expresión– fons et origo , es decir, la Persona de quien proceden las otras dos, principio sin principio.

La fe cristiana afirma que la distinción fundamental en la realidad es la que se da entre Dios y sus criaturas. Esto supuso una novedad en los primeros siglos, en los que la polaridad entre materia y espíritu daba pie a visiones inconciliables entre sí (materialismo y espiritualismo, dualismo y monismo). El cristianismo rompió estos moldes, sobre todo con su afirmación de que también la materia (al igual que el espíritu) es creación del único Dios trascendente. Más adelante, Santo Tomás desarrolló una metafísica de la creación que describe a Dios como el mismo Ser subsistente ( Ipsum Esse Subsistens ). Como causa primera, es absolutamente trascendente al mundo; y, a la vez, en virtud de la participación de su ser en las criaturas, está presente íntimamente en ellas, las cuales dependen en todo de quien es la fuente del ser. Dios es superior summo meo y al mismo tiempo, intimior intimo meo (San Agustín, Confesiones, 3,6,11; cfr. Catecismo , 300).

«Por quien todo fue hecho»

La literatura sapiencial del AT presenta el mundo como fruto de la sabiduría de Dios (cfr. Sb 9,9). «Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar» ( Catecismo , 295), sino que tiene una inteligibilidad que la razón humana, participando en la luz del Entendimiento divino, puede captar, no sin esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cfr. Jb 42,3; cfr. Catecismo , 299). Este desarrollo llega a su expresión plena en el NT: al identificar al Hijo, Jesucristo, con el Logos (cfr. Jn 1,1ss), afirma que la sabiduría de Dios es una Persona, el Verbo encarnado, por quien todo fue hecho ( Jn 1,3). San Pablo formula esta relación de lo creado con Cristo, aclarando que todas las cosas han sido creadas en él, por medio de él y en vista de él ( Col 1,16-17).

Hay, pues, una razón creadora en el origen del cosmos (cfr. Catecismo , 284) [5] . El cristianismo tiene desde el comienzo una confianza grande en la capacidad de la razón humana de conocer; y una enorme seguridad en que jamás la razón (científica, filosófica, etc.) podrá llegar a conclusiones contrarias a la fe, pues ambas provienen de un mismo origen.

No es infrecuente encontrarse con algunos que plantean falsas disyuntivas, como por ejemplo, entre creación y evolución. En realidad, una adecuada epistemología no sólo distingue los ámbitos propios de las ciencias naturales y de la fe, sino que además reconoce en la filosofía un necesario elemento de mediación, pues las ciencias, con su método y objeto propios, no cubren todo el ámbito de la razón humana; y la fe, que se refiere al mismo mundo del que hablan las ciencias, necesita para formularse y entrar en diálogo con la racionalidad humana de categorías filosóficas [6] .

Es lógico, pues, que la Iglesia desde el inicio buscara el diálogo con la razón: una razón consciente de su carácter creado, pues no se ha dado a sí misma la existencia, ni dispone completamente de su futuro; una razón abierta a lo que la trasciende, en definitiva, a la Razón originaria. Paradójicamente, una razón cerrada sobre sí, que cree poder hallar dentro de sí la respuesta a sus interrogantes más profundos, acaba por afirmar el sinsentido de la existencia, y por no reconocer la inteligibilidad de lo real (nihilismo, irracionalismo, etc.).

«Señor y dador de vida»

«Creemos que [el mundo] procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad: “Porque tú has creado todas las cosas; por tu voluntad lo que no existía fue creado” ( Ap 4,11). […] “Bueno es el Señor para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras” ( Sal 145,9)» ( Catecismo , 295). En consecuencia, «salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad (“Y vio Dios que era bueno […] muy bueno”: Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don» ( Catecismo , 299).

Este carácter de bondad y de don libre permite descubrir en la creación la actuación del Espíritu –que «aleteaba sobre las aguas» ( Gn 1,2)–, la Persona Don en la Trinidad, Amor subsistente entre el Padre y el Hijo. La Iglesia confiesa su fe en la obra creadora del Espíritu Santo, dador de vida y fuente de todo bien [7] .

La afirmación cristiana de la libertad divina creadora permite superar las estrecheces de otras visiones que, poniendo una necesidad en Dios, acaban por sostener un fatalismo o determinismo. No hay nada, ni “dentro” ni “fuera” de Dios, que le obligue a crear. ¿Cuál es entonces el fin que le mueve? ¿Qué se ha propuesto al crearnos?

1.2. «El mundo ha sido creado para la gloria de Dios» (Concilio Vaticano I)

Dios ha creado todo «no para aumentar su gloria sino para manifestarla y comunicarla» (San Buenaventura, Sent. , 2,1,2,2,1). El Concilio Vaticano I (1870) enseña que «en su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su libérrimo designio, en el comienzo del tiempo, creó de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal» (DS 3002; cfr. Catecismo , 293).

«La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros “hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” ( Ef 1,5-6): “Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo, Adversus haereses , 4,20,7)» ( Catecismo , 294).

Lejos de una dialéctica de principios contrapuestos (como ocurre en el dualismo de corte maniqueo, y también en el idealismo monista hegeliano), afirmar la gloria de Dios como fin de la creación no comporta una negación del hombre, sino un presupuesto indispensable para su realización. El optimismo cristiano hunde sus raíces en la exaltación conjunta de Dios y del hombre: «el hombre es grande sólo si Dios es grande» [8] . Se trata de un optimismo y una lógica que afirman la absoluta prioridad del bien, pero que no por ello son ciegos ante la presencia del mal en el mundo y en la historia.

1.3. Conservación y providencia. El mal

La creación no se reduce a los comienzos; una vez «realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término» ( Catecismo , 301). La Sagrada Escritura compara esta actuación de Dios en la historia con la acción creadora (cfr. Is 44,24; 45,8; 51,13). La literatura sapiencial explicita la acción de Dios que mantiene en la existencia a sus criaturas. «Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado?» ( Sb 11,25). San Pablo va más lejos y atribuye esta acción conservadora a Cristo: «él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia» ( Col 1,17).

El Dios cristiano no es un relojero o arquitecto que, tras haber realizado su obra, se desentiende de ella. Estas imágenes son propias de una concepción deísta, según la cual Dios no se inmiscuye en los asuntos de este mundo. Pero esto supone una distorsión del auténtico Dios creador, pues separan drásticamente la creación de la conservación y gobierno divino del mundo [9] .

La noción de conservación “hace de puente” entre la acción creadora y el gobierno divino del mundo (providencia). Dios no sólo crea el mundo y lo mantiene en la existencia, sino que además «conduce a sus criaturas a la perfección última, a la que Él mismo las ha llamado» ( Compendio , 55). La Sagrada Escritura presenta la soberanía absoluta de Dios, y testimonia constantemente su cuidado paterno, tanto en las cosas más pequeñas como en los grandes acontecimientos de la historia (cfr. Catecismo , 303). En este contexto, Jesús se revela como la providencia “encarnada” de Dios, que atiende como Buen Pastor las necesidades materiales y espirituales de los hombres ( Jn 10,11.14-15; Mt 14,13-14, etc.) y nos enseña a abandonarnos a su cuidado ( Mt 6,31-33).

Si Dios crea, sostiene y dirige todo con bondad, ¿de dónde proviene el mal? «A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta […]. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal» ( Catecismo , 309).

La creación no está acabada desde el principio, sino que Dios la hizo in statu viae , es decir, hacia una meta última todavía por alcanzar. Para la realización de sus designios, Dios se sirve del concurso de sus criaturas, y concede a los hombres una participación en su providencia, respetando su libertad aun cuando obran mal (cfr. Catecismo , 302, 307, 311). Lo realmente sorprendente es que Dios «en su providencia todopoderosa puede sacar un bien de las consecuencias de un mal» ( Catecismo , 312). Es una misteriosa pero grandísima verdad que «todo coopera al bien de los que aman a Dios» ( Rm 8,28) [10] .

La experiencia del mal parece manifestar una tensión entre la omnipotencia y la bondad divinas en su actuación en la historia. Aquélla recibe respuesta, ciertamente misteriosa, en el evento de la Cruz de Cristo, que revela el “modo de ser” de Dios, y es por tanto fuente de sabiduría para el hombre ( sapientia crucis ).

1.4.  Creación y salvación

La creación es «el primer paso hacia la Alianza del Dios único con su pueblo» ( Compendio , 51). En la Biblia la creación está abierta a la actuación salvífica de Dios en la historia, que tiene su plenitud en el misterio pascual de Cristo, y que alcanzará su perfección final al final de los tiempos. La creación está hecha con miras al sábado, el séptimo día en que el Señor descansó, día en que culmina la primera creación y que se abre al octavo día en que comienza una obra todavía más maravillosa: la Redención, la nueva creación en Cristo (2 Co 5,7; cfr. Catecismo , 345-349).

Se muestra así la continuidad y unidad del designio divino de creación y redención. Entre ambas no hay ningún hiato, pues el pecado de los hombres no ha corrompido totalmente la obra divina, sino un vínculo. La relación entre ambas –creación y salvación- puede expresarse diciendo que, por una parte, la creación es el primer acontecimiento salvífico; y por otra que, la salvación redentora tiene las características de una nueva creación. Esta relación ilumina importantes aspectos de la fe cristiana, como la ordenación de la naturaleza a la gracia o la existencia de un único fin sobrenatural del hombre.

2. La realidad creada

El efecto de la acción creadora de Dios es la totalidad del mundo creado, “cielos y tierra” ( Gn 1,1). Dios es «Creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles, espirituales y corporales; que por su omnipotente virtud a la vez desde el principio del tiempo creó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana, y después la humana, como común, compuesta de espíritu y de cuerpo» [11] .

El cristianismo supera tanto el monismo (que afirma que la materia y el espíritu se confunden, que la realidad de Dios y del mundo se identifican), como el dualismo (según el cual materia y espíritu son principios originarios opuestos).

La acción creadora pertenece a la eternidad de Dios, pero el efecto de tal acción está marcado por la temporalidad. La Revelación afirma que el mundo ha sido creado como mundo con un inicio temporal [12] , es decir, que el mundo ha sido creado junto con el tiempo, lo cual se muestra muy congruente con la unidad del designio divino de revelarse en la historia de la salvación.

2.1. El mundo espiritual: los ángeles

«La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición» ( Catecismo , 328). Ambos los muestran en su doble función de alabar a Dios y ser mensajeros de su designio salvador. El NT presenta a los ángeles en relación con Cristo: creados por medio de él y en vista de él ( Col 1,16), rodean la vida de Jesús desde su nacimiento hasta la Ascensión, siendo los anunciadores de su segunda venida gloriosa (cfr. Catecismo , 333).

Asimismo, también están presentes desde el inicio de la vida de la Iglesia, la cual se beneficia de su ayuda poderosa, y en su liturgia se une a ellos en la adoración a Dios. La vida de cada hombre está acompañada desde su nacimiento por un ángel que lo protege y conduce a la Vida (cfr. Catecismo , 334-336).

La teología (especialmente Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico ) y el magisterio de la Iglesia han profundizado en la naturaleza de estos seres puramente espirituales, dotados de inteligencia y voluntad, afirmando que son criaturas personales e inmortales, que superan en perfección a todas las criaturas visibles (cfr. Catecismo , 330).

Los ángeles fueron creados en un estado de prueba. Algunos se rebelaron irrevocablemente contra Dios. Caídos en el pecado, Satán y los otros demonios –que habían sido creados buenos, pero por sí mismos se hicieron malos– instigaron a nuestros primeros padres para que pecaran (cfr. Catecismo , 391-395).

2.2. El mundo material

Dios «ha creado el mundo visible en toda su riqueza, su diversidad y su orden. La Escritura presenta la obra del Creador simbólicamente como una secuencia de seis días “de trabajo divino” que terminan en el reposo del día séptimo ( Gn 1,1-2,4)» ( Catecismo , 337). «La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cfr. DS 286; 455-463; 800; 1333; 3002)» ( Catecismo , 299).

«Por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden» (GS 36,2). La verdad y bondad de lo creado proceden del único Dios Creador que es a la vez Trino. Así, el mundo creado es un cierto reflejo de la actuación de las Personas divinas: «en todas las criaturas se encuentra una representación de la Trinidad a modo de vestigio» [13] .

El cosmos tiene una belleza y una dignidad en cuanto que es obra de Dios. Hay una solidaridad y una jerarquía entre los seres, lo cual ha de llevar a una actitud contemplativa de respeto hacia lo creado y las leyes naturales que lo rigen (cfr. Catecismo , 339, 340, 342, 354). Ciertamente el cosmos ha sido creado para el hombre, que ha recibido de Dios el mandato de dominar la tierra (cfr. Gn 1,28). Tal mandato no es una invitación a la explotación despótica de la naturaleza, sino a participar en el poder creador de Dios: mediante su trabajo el hombre colabora en el perfeccionamiento de la creación.

El cristiano comparte las justas exigencias que la sensibilidad ecológica ha puesto de manifiesto en las últimas décadas, sin caer en una vaga divinización del mundo, y afirmando la superioridad del hombre sobre el resto de los seres como «cumbre de la obra de la creación» ( Catecismo , 343).

2.3. El hombre

Las personas humanas gozan de una peculiar posición en la obra creadora de Dios, al participar a la vez de la realidad material y espiritual. Sólo de él nos dice la Escritura que Dios lo creó «a su imagen y semejanza» ( Gn 1,26). Ha sido puesto por Dios a la cabeza de la realidad visible, y goza de una dignidad especial, pues «de todas las criaturas visibles, sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador; es la única criatura en la tierra que Dios ama por sí misma; sólo el hombre está llamado a participar por el conocimiento y el amor en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad» ( Catecismo , 356; cfr. ibidem , 1701-1703).

Hombre y mujer, en su diversidad y complementariedad, queridas por Dios, gozan de la misma dignidad de personas (cfr. Catecismo , 357, 369, 372). En ambos, se da una unión sustancial de cuerpo y alma, siendo ésta la forma del cuerpo. Al ser espiritual, el alma humana es creada inmediatamente por Dios (no es “producida” por los padres, ni tampoco es preexistente), y es inmortal (cfr. Catecismo , 366). Ambos puntos (espiritualidad e inmortalidad) pueden ser mostrados filosóficamente. Por tanto, es un reduccionismo afirmar que el hombre procede exclusivamente de la evolución biológica (evolucionismo absoluto). En la realidad hay saltos ontológicos que no puede explicarse sólo con la evolución. La conciencia moral y la libertad del hombre, por ejemplo, manifiestan su superioridad sobre el mundo material, y son muestra de su especial dignidad.

La verdad de la creación ayuda a superar tanto la negación de la libertad (determinismo) como el extremo contrario de una exaltación indebida de la misma: la libertad humana es creada, no absoluta, y existe en mutua dependencia con la verdad y el bien. El sueño de una libertad como puro poder y arbitrariedad responde a una imagen deformada no sólo del hombre sino también de Dios.

Mediante su actividad y su trabajo, el hombre participa del poder creador de Dios [14] . Además, su inteligencia y voluntad son una participación, una chispa, de la sabiduría y amor divinos. Mientras el resto del mundo visible es mero vestigio de la Trinidad, el ser humano constituye una auténtica imago Trinitatis .

3. Algunas consecuencias prácticas de la verdad sobre la creación

La radicalidad de la acción creadora y salvadora divina exige del hombre una respuesta que tenga ese mismo carácter de totalidad: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” ( Dt 6,5; cfr. Mt 22,37; Mc 12,30; Lc 10,27). En esta correspondencia se encuentra la verdadera felicidad, lo único que plenifica su libertad.

A la vez, la universalidad de la acción divina tiene un sentido tanto intensivo como extensivo: Dios crea y salva a todo el hombre y a todos los hombres. Corresponder a la llamada de Dios a amarle con todo nuestro ser está intrínsecamente unido a llevar su amor a todo el mundo [15] .

El conocimiento y admiración del poder, sabiduría y amor divinos conduce al hombre a una actitud de reverencia, adoración y humildad, a vivir en la presencia de Dios sabiéndose hijo suyo. Al mismo tiempo, la fe en la providencia lleva al cristiano a una actitud de confianza filial en Dios en todas las circunstancias: con agradecimiento ante los bienes recibidos, y con sencillo abandono ante lo que pueda parecer malo, pues Dios saca de los males mayores bienes.

Consciente de que todo ha sido creado para la gloria de Dios, el cristiano procura conducirse en todas sus acciones buscando el fin verdadero que llena su vida de felicidad: la gloria de Dios, no la propia vanagloria. Se esfuerza por rectificar la intención en sus acciones, de modo que pueda decirse que el único fin de su vida es éste: Deo omnis gloria ! [16]

Dios ha querido poner al hombre al frente de su creación otorgándole el dominio sobre el mundo, de manera que la perfeccione con su trabajo. La actividad humana, puede ser por tanto considerada como una participación en la obra divina creadora.

La grandeza y belleza de las criaturas suscita en las personas admiración y despierta en ellas la pregunta por el origen y destino del mundo y del hombre, haciéndoles entrever la realidad de su Creador. El cristiano, en su diálogo con los no creyentes, puede suscitar estas preguntas para que las inteligencias y los corazones se abran a la luz del Creador. Asimismo, en su diálogo con los creyentes de las diversas religiones, el cristiano encuentra en la verdad de la creación un excelente punto de partida, pues se trata de una verdad en parte compartida, y que constituye la base para la afirmación de algunos valores morales fundamentales de la persona.

Santiago Sanz Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica , 279-374.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica , 51-72.

DH, nn. 125, 150, 800, 806, 1333, 3000-3007, 3021-3026, 4319, 4336, 4341.

Concilio Vaticano II, Gaudium et spes , 10-18, 19-21, 36-39.

Juan Pablo II, Creo en Dios Padre. Catequesis sobre el Credo (I) , Palabra, Madrid 1996, 181-218.

Lecturas recomendadas

San Agustín, Confesiones , libro XII.

Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae , I, qq. 44-46.

San Josemaría, Homilía Amar al mundo apasionadamente , en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 113-123.

Joseph Ratzinger, Creación y pecado , Eunsa, Pamplona 1992.

Juan Pablo II, Memoria e identidad , La esfera de los libros, Madrid 2005.

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[1] Entre otras muchas intervenciones, cfr. Benedicto XVI, Discurso a los miembros de la Curia romana, 22-XII-2005; Fe, razón y universidad (Discurso en Regensburg), 12-IX-2006; Ángelus , 28-I-2007.

[2] Cfr. Santo Tomás, De Potentia , q. 3, a. 3, co.; el Catecismo sigue este mismo esquema.

[3] Cfr. Santo Tomás, Super Sent. , lib. 1, d. 14, q. 1, a. 1, co.: «son la causa y la razón de la procesión de las criaturas».

[4] Por eso se dice que Dios no necesita instrumentos para crear, ya que ningún instrumento posee la potencia infinita necesaria para crear. De ahí también que, cuando se habla por ejemplo del hombre como creador o incluso como capaz de participar en el poder creador de Dios, el empleo del adjetivo “creador” no es analógico sino metafórico.

[5] Este punto aparece con frecuencia en las enseñanzas de Benedicto XVI, por ejemplo, Homilía en Regensburg, 12-IX-2006; Discurso en Verona, 19-X-2006; Encuentro con el clero de la diócesis de Roma, 22-II-2007; etc.

[6] Tanto el racionalismo cientificista como el fideísmo acientífico necesitan una corrección desde la filosofía. Además, se ha de evitar asimismo la falsa apologética de quien ve forzadas concordancias, buscando en los datos que aporta la ciencia una verificación empírica o una demostración de las verdades de fe, cuando, en realidad, como hemos dicho, se trata de datos que pertenecen a métodos y disciplinas distintas.

[7] Cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Dominum et vivificantem , 18-V-1986, 10.

[8] Benedicto XVI, Homilía , 15-VIII-2005.

[9] El deísmo implica un error en la noción metafísica de creación, pues ésta, en cuanto donación de ser, lleva consigo una dependencia ontológica por parte de la criatura, que no es separable de su continuación en el tiempo. Ambas constituyen un mismo acto, aun cuando podamos distinguirlas conceptualmente: «la conservación de las cosas por Dios no se da por alguna acción nueva, sino por la continuación de la acción que da el ser, que es ciertamente una acción sin movimiento y sin tiempo» (Santo Tomás, Summa Theologiae, I, q. 104, a. 1, ad 3).

[10] En continuidad con la experiencia de tantos santos de la historia de la Iglesia, esta expresión paulina se encontraba frecuentemente en los labios de San Josemaría, que vivía y animaba así a vivir en una gozosa aceptación de la voluntad divina (cfr. San Josemaría, Surco , 127; Via Crucis , IX, 4; Amigos de Dios , 119). Por otra parte, el último libro de Juan Pablo II, Memoria e identidad , constituye una profunda reflexión sobre la actuación de la providencia divina en la historia de los hombres, según aquella otra aserción de San Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» ( Rm 12, 21).

[11] Concilio Lateranense IV (1215), DH 800.

[12] Así lo enseña el Concilio Lateranense IV y, refiriéndose a él, el Concilio Vaticano I (cfr. respectivamente DH 800 y 3002). Se trata de una verdad revelada, que la razón no puede demostrar, como enseñó Santo Tomás en la famosa disputa medieval sobre la eternidad del mundo: cfr. Contra Gentiles , lib. 2, cap. 31-38; y su opúsculo filosófico De aeternitate mundi .

[13] Santo Tomás, Summa Theologiae , I, q. 45, a. 7, co.; cfr. Catecismo , 237.

[14] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios , 57.

[15] Que el apostolado es la superabundancia de la vida interior (cfr. San Josemaría, Camino , 961), se manifiesta como el correlato de la dinámica ad intra – ad extra del obrar divino, es decir, de la intensidad del ser, de la sabiduría y del amor trinitario que se desborda hacia sus criaturas.

[16] Cfr. San Josemaría, Camino , 780; Surco , 647; Forja , 611, 639, 1051.

 

Ateísmo y Ciencia de Hoy

A Dios no se le ve con los ojos de la cara; pero lo reconocemos con nuestra inteligencia.

P.Jorge Loring

Voy a dedicar la conferencia de hoy a hablar sobre el ateísmo. He de decir, primero, que a Dios se le puede conocer por distintos caminos. Hay gente que ha llegado al conocimiento de Dios por una experiencia personal. Porque lo siente. Porque lo vive. Por una vivencia íntima. Lo ha tenido tan cerca, tan dentro de sí, que no puede dudar de su existencia. Como el que ha tenido un dolor de muelas. No necesita que le expliquen lo que es.

Es el caso de San Pablo o el de André Frossard, como dice en su libro «Dios existe, yo me lo encontré». Entró ateo en una iglesia y salió católico. Pero no es éste el modo único, ni el más frecuente, de conocer a Dios. Hoy vamos a intentar decir unas cuantas cosas que nos ayuden de conocer a Dios por medio del entendimiento. No se trata de reducir la fe a la razón. La fe transciende la razón, pero es razonable. Si no lo fuera, los creyentes seríamos unos estúpidos.

Por otra parte, ya nos lo dijo San Juan: «A Dios no lo ha visto nadie. Dios es espíritu». Con los ojos de la cara a Dios no se le ve. Eso no es nuevo. Eso lo sabemos de siempre. A Dios no lo ha visto nadie. A Jesucristo sí, porque Jesucristo es Dios hecho Hombre, con cuerpo de hombre; pero a Dios-Creador no lo ha visto nadie. Porque Dios es espíritu, y el espíritu no se ve con los ojos de la cara. Pero esto no significa que Dios no exista. Hay muchas cosas que existen y no se ven con los ojos de la cara. Los ojos no ven lo muy pequeño, y por eso necesitamos un microscopio; ni lo muy lejano, y por eso nos servimos de unos prismáticos.

Y desde luego los ojos de la cara no sirven para conocer el amor. ¿Me vais a negar que existe el amor? Sois padres de familia. Tenéis amor a vuestras esposas. A vuestros hijos. Los solteros tenéis novia: tenéis amor a vuestras novias. ¿Quién ha visto el amor? ¿De qué color es el amor? ¿Es azul? ¿Es rojo? ¿Es verde? ¿Qué forma tiene el amor? ¿Es triangular? ¿Es cuadrado? ¿Es rectangular? ¡Nadie ha visto el amor! Vemos personas que se aman, pero el amor no se ve.

¡Y el amor existe! Pero el amor es algo espiritual. Por eso no se ve con los ojos de la cara. Por eso el amor tampoco tiene peso. ¿Cuántos gramos o kilos pesa tu amor? El amor no se pesa con una balanza, el amor no se mide con un metro, porque la balanza y el metro sirven para pesar y medir cosas materiales. Pero el amor no se mide con metro ni con balanza. ¡Y hay amor! ¡Y hay grados de amor! Hay quien ama mucho y hay quien ama poco. Pero el amor es una cosa espiritual. Y lo espiritual no se ve con los ojos de la cara, ni se mide con instrumentos materiales ¡Pero existe el amor!.

Ni el telescopio sirve para ver a Dios, ni el microscopio para ver a Cristo en la Eucaristía. Tampoco el ojo capta una sinfonía de Beethoven, ni el oído admira un cuadro de Velázquez. Para cada conocimiento es necesario el órgano adecuado. Los sentidos son una fuente de conocimientos, pero no es la única ni la mejor. Cuando Descartes dice «pienso, luego existo» hace un razonamiento totalmente válido, aunque sea al margen de los sentidos.

Los sentidos ayudan a la inteligencia que opera con los datos que éstos le proporcionan. Los mismos sentidos se complementan mutuamente para la percepción de la realidad. Pero solos no bastan. Hay cosas que nuestros ojos no ven; pero existen. Así es Dios. Dios es algo espiritual, a quien no vemos; pero lo vamos a conocer con el entendimiento. Y lo que conocemos con el entendimiento vale más que lo que conocemos con los ojos de la cara. Os lo demuestro. Los ojos muchas veces nos engañan. Muchas veces ves una cosa con los ojos, y parece lo que no es. Y no hablo del que ve fantasmas, y después no hay tales. No, no. Algo mucho más corriente.

Tú miras la Luna llena, y tú, ¿qué ves en el horizonte? Un gran disco rojo, precioso. Los ojos, ¿qué te dan?: Un disco. Lo que te dan los ojos es que la Luna es como un plato. Sin embargo, la Luna es una esfera. La Luna es esférica como una pelota. Pero los ojos lo que te dan es un disco, un plato. Tú, por el estudio, sabes que la Luna es esférica como una pelota. ¡Los ojos te engañan!

La Luna llena en el horizonte parece más grande que en el cenit. ¿Es que se ha desinflado? No, si es una bola de piedra. Es un fenómeno óptico. ¡Los ojos engañan! Si en invierno me asomo de noche a contemplar el cielo estrellado, detrás del gigante Orión veo la preciosidad de Sirio, una de las estrellas más inestables que conocemos. Pues, a lo mejor, lo que estamos viendo ya no existe. Sirio ha podido haber explotado, como le pasa a algunas estrellas, y todavía no nos hemos enterado, pues la explosión tardará ocho años en llegarnos. Está a ocho años de luz. La estamos viendo y es posible que ya no exista. ¡Los ojos nos engañan!

En 1987 nos llegó la noticia de la explosión de una estrella que se destruyó hace 170.000 años, y que habíamos observado sin sospechar que ya no existía. Muchas veces lo que ves con los ojos es mentira. Y tienes que ver con el entendimiento para tener una noción clara de la verdad. Porque los ojos te pueden engañar. Por eso digo que cuando conoces una cosa con el entendimiento tiene mucha más fuerza que cuando la conoces sólo con los ojos de la cara.

Nosotros vamos a conocer a Dios por el entendimiento, porque como conozcas una cosa con el entendimiento, bien aplicado, puedes estar seguro de que no te equivocas. Os pongo un ejemplo. Si alguien me demostrara matemáticamente que el hijo es más viejo que su madre, aunque yo no supiera encontrar el punto donde está el fallo de la demostración, no por eso me dejaría convencer, pues mi entendimiento me advierte claramente que se trata de un engaño. Porque yo sé que es imposible que el hijo sea mayor que su madre.

Si yo os digo: «No he contado las estrellas del cielo, no sé cuántas son; pero me atrevo a afirmar que el número de las estrellas del cielo es: o par o impar». Claro, si no es par, es impar. Porque con vuestro entendimiento sabéis que el número que sea, el que sea, lo mismo da uno que otro; el que sea, es par o impar. Y no hay más. Vuestro entendimiento comprende que esto es verdad. No tiene vuelta de hoja.

Si yo te digo: «el todo es mayor que su parte», me das la razón. Con el entendimiento caes en la cuenta de que el todo es siempre mayor que su parte. El conjunto de todos vosotros es siempre mayor que parte de vosotros. Leer un libro entero siempre es más que leer sólo parte del libro. Claro que sí. Estos conocimientos que adquieres con el entendimiento bien aplicado tienen mucha más fuerza, más firmeza, más seguridad, que las cosas que vemos con los ojos. Lo comprendes con tanta claridad y con tanta seguridad que tienes la certeza de que nunca, nadie, puede convencerte de lo contrario. Por tanto aunque a Dios no se le ve con los ojos de la cara, no importa. Lo conocemos con el entendimiento, que tiene más fuerza todavía.

Pues vamos a conocer a Dios por el entendimiento. Dice San Pablo en el capítulo primero de la carta a los Romanos que «es inexcusable que no conozcamos a Dios al ver las maravillas de la Naturaleza». Y en el Libro de la Sabiduría se dice más. Al principio del capítulo trece, dice: «el que después de contemplar la Naturaleza no cree en Dios, es un necio». ¡Un necio! Palabra de Dios. Lo dice la Santa Biblia.

¿Por qué? Porque si tenemos entendimiento, al conocer la Naturaleza, tenemos que caer en la cuenta de que hay un Dios. ¿Por qué? Porque la Naturaleza me enseña que tiene que haber alguien que haya hecho la Naturaleza. La Naturaleza es tan maravillosa, la Naturaleza tiene unas leyes tan complicadas, la Naturaleza hace unas cosas tan fenomenales que no tenemos más remedio que pensar en el talento del que ha hecho la Naturaleza.

Leí un artículo de un catedrático de Madrid, el Dr. Menéndez, que decía: «Quien estudiando la Naturaleza desconoce a Dios, Autor de la Naturaleza, es lo mismo que el que examina y observa una máquina automática e ignora el ingeniero que la ha proyectado. Estando yo en la Bazán, me enseñaron un torno automático de seis cuchillas, que hacían al mismo tiempo cada una, una cosa distinta. Y el obrero no hacía más que mirar. Y la misma máquina hacía el trabajo fenomenalmente. La máquina sola. Y ahora digo yo, ¿habrá un necio que diga: qué talento tiene esta máquina! iQué fenomenal! ¡Fíjate! ¡Qué máquina tan inteligente! ».

¡No hombre, no! La máquina no tiene inteligencia. La máquina es de hierro. Y el hierro no tiene inteligencia. La inteligencia la tiene el ingeniero que ha proyectado la máquina. Y el obrero que la ha preparado. Después la máquina funciona. Funciona maravillosamente. Hace piezas muy difíciles. Pero la máquina no piensa. La máquina hace sólo lo que el ingeniero que la ha proyectado ha dispuesto que haga. Pero el talento no es de la máquina. Que la máquina es de hierro. El talento es del ingeniero. Cuando contemplo el Moisés de Miguel Ángel pienso en el talento del artista que ha sacado esa escultura de un bloque de piedra.

Pues lo mismo: examinas la Naturaleza, y ves que hace cosas fenomenales: los panales de las abejas o las flores de un rosal. Pero la Naturaleza no tiene talento. Es materia. Y el talento es de orden espiritual. El talento lo tiene el que ha hecho la Naturaleza. Cuando tú estudias la Naturaleza y ves, por ejemplo, las leyes matemáticas que rigen el cosmos, te quedas admirado. Esto es impresionante. Por eso decía James Jeans, astrónomo norteamericano contemporáneo: «El cosmos es obra de un gran matemático».

Por eso dice la Biblia: «Los cielos cantan la gloria de Dios». Porque cuando estudias el cosmos y caes en la cuenta de la técnica matemática que rige el movimiento de las estrellas, no tienes más remedio que reconocer la inteligencia del Autor del cosmos.

El movimiento de las estrellas está formulado matemáticamente por Newton y Kepler. Newton y Kepler son astrónomos que observan el movimiento de las estrellas y formulan matemáticamente el movimiento de las estrellas. Pero Newton y Kepler no hacen esas leyes. Esas leyes regían el movimiento de las estrellas muchísimos años antes de que nacieran Newton y Kepler . El hombre no hace las leyes de la Naturaleza, las encuentra en ella. Y entonces tenemos que pensar en ese matemático que ha puesto las leyes matemáticas en la Naturaleza. Ése es Dios.

Lo mismo podríamos decir de las leyes químicas. Leí un libro de un soviético, Oparin, en el que explica químicamente cómo pudo ser el origen de la vida. No hay dificultad desde el punto de vista católico. Pudo ser así. No digamos que fue así. Pudo ser. Es una hipótesis. Él opina que una combinación de metano, amoníaco y vapor de agua, con unas descargas eléctricas formaron los primeros aminoácidos, los primeros ácidos nucleicos que son la base de la vida. Bueno, pudo ser así. Este libro se llama: «El origen de la vida». Está lleno de fórmulas químicas y de leyes químicas. Muy bien, señor biólogo, usted me explica cómo ha comenzado la vida en el mundo.

Bien. Pero, y esas leyes químicas, ¿no suponen una inteligencia? Pues a ese Ser inteligente que ha hecho las leyes químicas, que han dado origen a los ácidos nucleicos, aminoácidos, a las proteínas, y a la evolución de la vida, a esa inteligencia que ha puesto esas leyes fenomenales en la Naturaleza, a éste le llamo Dios.

Lo mismo la función clorofílica de las plantas. La hoja verde es una fábrica de oxígeno, un laboratorio de química. Transforma el anhídrido carbónico que echamos al respirar en oxígeno con la luz del Sol. Gracias a la función clorofílica de las plantas no se agota el oxígeno de la atmósfera que gastamos al respirar. Pues la función clorofílica de las plantas se realiza según unas leyes. Precisamente un grupo de científicos de la Universidad de Sevilla ha logrado repetir en el laboratorio lo que hacen las plantas, al descubrir las leyes que emplean. Por el estudio de las leyes químicas que hay en la Naturaleza, yo descubro a Dios. Veo a Dios detrás de esas leyes.

Lo mismo las leyes biológicas: por ejemplo, la maravilla de la gestación de una criatura. ¿Me queréis decir si no es maravilloso que de la unión de un espermatozoide microscópico masculino y de un óvulo microscópico femenino, a los nueve meses nazca un niño que se parece a su madre o que tiene el genio de su padre? Que tiene su mismo modo de ser. ¿Me queréis explicar esto?

Padres de familia que habéis engendrado hijos, y no sabéis cómo se desarrolla el hijo en el seno de su madre. Decía la madre de los Macabeos, cuando iban a martirizar a sus hijos: «Hijos míos, sed fieles a Dios, que a Él le debéis la vida. Que yo os he formado en mis entrañas, y no sé cómo os he formado; y no sé cómo os he hecho; ha sido Dios quien os ha formado en mis entrañas».

El médico, el ginecólogo, estudia el desarrollo de un feto y sabe cuándo el embarazo va bien y cuándo va mal. Hay unas leyes que rigen eso. Pero los hijos nacían así muchísimos años antes de que los médicos supieran cómo se desarrollaba el embarazo. Ha habido alguien que ha hecho unas leyes que rigen el desarrollo de una vida en el seno de su madre.

¿Habéis pensado alguna vez en la maravilla de un huevo de gallina.? Calentándolo veintiún días a cuarenta y dos grados centígrados sale un pollito saltando y piando. En la yema y la clara que tienes en el plato antes de hacerte una tortilla, ¿dónde está el pico, y los ojitos, y las patitas, y las alitas? Todo eso sale calentándolo. ¡Qué maravilla! Naturalmente que hay unas leyes que rigen la formación del pollito. Es decir: en la Naturaleza hay unas leyes matemáticas, químicas, biológicas, etc. Estas leyes de la Naturaleza me hablan de una inteligencia: la inteligencia de Dios.

La ley, el orden, la organización, la técnica, es fruto de una inteligencia. Si un día naufragas en alta mar, y agarrado a un madero llegas a una isla desierta, y allí te encuentras una cabaña, aunque tú no veas a nadie, a ningún hombre, ninguna huella de hombre (ni un zapato, ni un trapo, ni una lata de sardinas vacía), si te encuentras una cabaña, sabes que es obra de un hombre.

Si tú en esa isla te encuentras unas estacas clavadas en el suelo, unos palos en forma de techo y una puerta giratoria, aunque no veas a ningún hombre, tú sabes que esa cabaña es obra de la inteligencia de un hombre. Tú sabes que esa cabaña no se ha formado al amontonarse los palos caídos de un árbol. Porque los palos caídos de un árbol no forman una cabaña, sino un montón de leña. No ves al hombre; pero lo reconoces al ver
la obra del hombre.

A Dios no se le ve con los ojos de la cara; pero lo reconocemos con nuestra inteligencia. Porque al ver las maravillas de la Naturaleza, caemos en la cuenta de la inteligencia de ése que ha hecho el Universo, de ése que ha hecho la Naturaleza; a ése que ha puesto esas leyes en la Naturaleza; y a ése le llamamos Dios.

Si esto es así, ¿cómo es posible que haya hombres de ciencia ateos? Mirad: este año he estado hablando por Televisión durante tres meses. Empecé a primeros de enero de este año, y estuve hablando hasta Semana Santa. Hablaba todas las semanas, los domingos por la noche, después de la película. Diez minutitos, por la Segunda Cadena. Cada día tocaba un tema. En tres meses pude hablar de muchas cosas. Uno de los días hablé del ateísmo científico. Yo me había preparado unas cuartillas para sujetarme a un texto.

Sobre todo para cronometrar el tiempo, para no divagar, sino concretarme a unas ideas bien expuestas. Lo emitían los domingos, pero yo grababa los jueves. Pues llegó un jueves por la mañana a Madrid en el expreso. El día que yo iba a hablar sobre el ateísmo científico. cuando llegó a Madrid (se me ocurrió en el tren), tomo un taxi y me voy al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, a hablar con el Antonio Romañá, un padre jesuita, antiguo amigo mío, al que yo he oído muchas conferencias. Es un hombre de una gran altura intelectual, un hombre científico de fama internacional. Ha sido más de treinta años Director del Observatorio de Astrofísica del Ebro, pertenece a las principales Sociedades Internacionales de Astronomía del mundo, y es miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; allí tiene un despacho donde él trabaja.

Me fui a verle al Consejo, y a leerle mis cuartillas. Le dije:

-Mire, Padre, esta tarde voy a grabar en Prado del Rey un espacio de Televisión sobre el ateísmo científico, y quisiera leerle el texto para que usted me asesore. A ver qué le parece.

Le leí las cuartillas, y tuve la satisfacción de que a él le gustó todo lo que yo había escrito; pero me dijo cosas que yo no sabía y que nunca me hubiera atrevido a decir por Televisión. Pero claro, si me lo dice él, un hombre científico de fama internacional, de una fenomenal categoría intelectual, entonces yo, citando al P. Romañá, dije esto por Televisión:

«Hay hombres de ciencia ateos, pero su ateísmo hay que buscarlo por otros caminos, no por razones científicas; porque no hay ningún argumento científico que demuestre que no hay Dios. En cambio, hay muchas razones científicas que apoyan la fe del creyente».

Esto lo he dicho por Televisión, apoyado en la autoridad del P.Romañá: «Hay hombres de ciencia ateos, pero su ateísmo hay que buscarlo por otros caminos, no por razones científicas; porque no hay ningún argumento científico que demuestre que no hay Dios; en cambio hay muchas razones científicas que apoyan la fe del creyente». Textualmente. Como me lo dijo el P. Romañá.

No hay argumentos que demuestren que no hay Dios. No los hay. Entonces, ¿cómo hay hombres ateos? Vamos a analizar un poco por qué hay hombres ateos. Hombres que no creen. ¿Cuáles son los caminos que llevan al ateísmo? Voy a seguir un poco el esquema de un libro de otro padre jesuita, el P.Pedraz, que lleva muchos años en Puerto Rico. Escribe muy bien. Sobre todo con una lógica convincente. Tiene un libro tremendamente persuasivo. Ya el título tiene garra. Lo titula: «¿De veras que el cristianismo no convence?»

Expone cómo el cristianismo es plenamente convincente. En este libro analiza el P.Pedraz las distintas clases de ateos.

Primero: hay hombres que son ateos por ignorantes. Porque no saben religión. ¡Ah, pero si éste es una eminencia en Matemáticas! ¡Pero si éste es una eminencia en Química! ¡De acuerdo! Es una eminencia en ese ramo de la Ciencia; pero de Religión sabe muy poco. Sabrá mucha Química, mucha Biología, y mucha Medicina, pero si no sabe Religión, ¿cómo le va a convencer lo que ignora? Si no estudia Religión, no sabe Religión. Y entonces, ¿por qué no es católico? ¿Por qué vive de espaldas a la Religión? ¡Porque no sabe Religión! Sabe mucha Medicina, pero si no sabe Religión, no le puede convencer lo que no conoce. Claro. Muchos hombres de ciencia son ateos porque son ignorantes en el terreno religioso. No saben Religión.

Segundo: otros, lo que tienen es una formación religiosa infantil. Saben de Religión lo que estudiaron cuando niños, y no han vuelto a estudiar Religión. Y ahora que se han hecho mayores y han aumentado su cultura general, conservan de Religión sólo lo que aprendieron de niños, ¿cómo van a resolver sus problemas de adulto con soluciones de niño? La Religión que saben no les sirve. Y entonces resulta que la Religión no les convence, porque la única Religión que saben es la que aprendieron en la escuela cuando eran niños.

Si no han estudiado más, si no saben más, entonces se han quedado con formación religiosa infantil. Un adulto necesita otros enfoques, otra argumentación. Es como el traje de Primera Comunión. Se te ha quedado pequeño. Cuando hiciste la Primera Comunión estabas muy mono con tu traje de marinerito. ¡Pero no te lo puedes poner ahora! ¡Porque lo revientas! ¡Porque no te va!

Pues lo mismo. La formación religiosa que recibiste de niño, para niño te iba muy bien. Pero ahora de hombre tienes que saber religión a lo hombre. No a lo niño. Por eso el que se ha quedado con una formación religiosa infantil se llena de problemas, de dudas y de dificultades. Si tú estudias Religión a lo hombre, verás cómo te convences. Porque te puedes convencer. Pero hace falta que estudies Religión a lo hombre. La Religión infantil, a tu edad, no te va. Mirad: para esto he escrito yo este libro que se llama «PARA SALVARTE», compendio de Religión Católica, que es una especie de catecismo de adultos. Yo he escrito este libro, para que los hombres sepan por qué son católicos, para que se convenzan de la Religión Católica.

Otros te dicen:
-Es que yo, no acepto dogmas, y la Iglesia es dogmática.
Es verdad. La Iglesia te impone dogmas. Tienes que aceptar sus verdades. Pero tú no eres libre para pensar lo que quieras. Tú tienes obligación de pensar la verdad. Y si piensas la mentira, estás equivocado. Nadie es libre para pensar lo que quiera, y en todas partes hay verdades dogmáticas.

Hay verdades indiscutibles, hay verdades obligatorias. Todos los médicos del mundo tienen obligación de decir que el órgano de la visión es el ojo. Ningún médico es libre para decir que el órgano de la visión es la nariz. Todos tienen que decir que vemos con los ojos. Es indiscutible que vemos con los ojos. Todos los químicos del mundo, tienen que decir que la fórmula del agua es H2O. Ningún químico del mundo es libre para decir que la fórmula del agua es ClNa. Ésta es la fórmula de la sal común, no del agua .Y todos los químicos del mundo están obligados a decir: agua, H2O. Y no son libres para decir lo contrario.

Todos los matemáticos del mundo están obligados a decir que pi es 3,14 16. Y ningún matemático del mundo es libre para decir que pi es 8,24 52. No, hombre, no. Porque si pi es la relación de la circunferencia al diámetro, que es una constante, en el sistema decimal es 3,14 15 92; lo que sea. Y todos los matemáticos aceptan pi: 3,14 16. Y ninguno es libre para decir lo contrario. En Matemáticas, en Física, en Química, en Medicina y en Religión. En todos los campos del saber hay verdades indiscutibles.

-Pero es que la moral católica es represiva. No me deja hacer lo que me apetece.

La moral católica no es represiva, sino que ayuda al hombre a que se realice como hombre Y no se deje llevar del instinto animal. La moral católica no quita la libertad al hombre, sino que le ayuda a que la use bien. Es como las vías del tren. Le obligan a ir por un camino. Pero no le impiden avanzar. Le ayudan a llegar. Le impiden que se despeñe. Le ayudan al bien, le defienden del mal. Lo mismo la moral católica. Quita libertad para lo malo, no para lo bueno. Señala el camino para que el hombre se realice y cumpla su misión en la vida. Le impide que viva como un animal, como una fiera. Le ayuda a ser persona humana y a convivir con sus semejantes.

Dios quiere el bien del hombre. Si todos los hombres cumplieran los mandamientos, la vida sería un pedazo de cielo. Nadie haría daño a nadie, y todos nos portaríamos con los demás como nos gustaría que los demás se porten con nosotros. Cuando Cristo dice que el Reino de los Cielos es una perla preciosa que merece dejarlo todo por conseguirla, no nos engaña.

Otros no creen porque tienen dificultades. Tienen dudas. Tienen oscuridades. Tienen problemas. Tienen incógnitas. Bien. Todos podemos tener dudas Y dificultades. Consiste en estudiarlas. En aclararlas. Pregunta a un sacerdote que te las aclare. Pero el que uno tenga dificultades, no significa que la Religión no sea verdad. Significa que nuestro entendimiento es limitado. Lo mismo que podemos tener dudas en Electrónica, Medicina o Astronomía. Un físico tiene oscuridades sobre algunos puntos de la Física, como los agujeros negros del cosmos: pero no por eso reniega de la Física.

Un médico tiene problemas insolubles en Medicina, como el cáncer; pero no por eso reniega de la Medicina. Un hombre puede tener dudas de fe y ser creyente. Lo que es una tontería es que un señor, porque tiene dudas de fe, porque tiene oscuridades, viva de espaldas a Dios. ¡Eso es una barbaridad! Porque la Religión es verdad aunque tú tengas dudas. Tú puedes conocer la realidad de un hecho, aunque tengas oscuridades sobre su fenomenología. Tú sabes que la televisión es un hecho, pero puedes no entender cómo unos palos en el techo de tu casa recogen las transmisiones que se hacen desde Madrid.

Dice el P.Pedraz, en ese libro que os decía, muy convincente: «El ateo podrá tener sus dudas, problemas, oscuridades, incógnitas, pero nunca un ateo puede estar tan seguro de que no hay Dios, como nosotros podemos estar seguros de que lo hay». Así es. El ateo será ateo porque tiene dudas, problemas, oscuridades; pero convencido de que no hay Dios, no puede estarlo. No tiene argumentos. En cambio, nosotros podemos estar convencidos de que hay Dios. Después lo veremos.

Hay otro tipo de hombres que no aceptan la Religión porque tiene misterios. En la Religión hay cosas que superan la razón. Las aceptamos porque las dice Dios, pero no las entendemos. Por ejemplo la Eucaristía. ¿Quién entiende la Eucaristía? Nosotros sabemos que Cristo está en la Eucaristía porque Él nos lo ha dicho. No porque lo entendamos. O porque se vea a Cristo mirando en el microscopio una hostia consagrada. A Cristo no se le ve en la Eucaristía. Pero sabemos que Cristo tomó un pedazo de pan y dijo: «Esto es mi cuerpo». Y como yo sé que Cristo es Dios y lo puede hacer, yo me fío de Él. Pero yo no lo entiendo. ¿Cómo voy a entender que en esa Sagrada Forma esté metido Dios? Lo creo, pero no lo entiendo: es un misterio.

Y ése que no cree en la Biblia, después se traga cosas mucho más gordas, porque hay montones de cosas en la vida que no entiende, y se las traga. Y no las entiende. A ver ese hombre, si no sabe electrónica, cómo se explica que le da a un botón de la «tele», y sale un señor leyendo noticias en Madrid, o un partido de fútbol en Valencia. ¿Eh? ¡A ver cómo se lo explica!

¿Cómo vienen por el aire esas imágenes? Con unos palos en el techo de tu casa y un cable a tu aparato, Y estás viendo un partido. A ver, ¡explícamelo! ¿Lo entiendes? Y sin embargo, aceptas el hecho de la televisión. Y no sabes cómo la radio capta ondas que están aquí mismo. Aquí hay ondas. Ondas hertzianas. El oído no las capta, pero coges un aparato, un transistor y capta las ondas. Tú no sabes cómo, y lo aceptas. Porque estás viendo que un aparato pequeño capta ondas de radio que el oído no capta.

Y si tú sabes electrónica, pues no sabes medicina. Y a ti te duele aquí y vas al médico, y te dice: ataque de apéndice. Y vas al quirófano y te rajan, Y tú, ¿qué sabes si es ataque de apéndice o es cólico nefrítico? Te fías del médico que sabe si es apéndice o es cólico nefrítico. Pero tú no lo sabes. Y a ti te duele. Y tú, que eres al que le duele, no sabes si es apéndice o cólico nefrítico. Y te fías del médico. iTe tienes que fiar! Y el médico se fía del piloto. Va en un avión. Y el médico sabe Medicina, pero se asoma a la cabina del avión, y empieza a ver relojes: un vacuómetro, un tacómetro, un manómetro, un altímetro, etc. El piloto que los entiende, vigila la compresión del motor, las revoluciones por minuto, la altura, la presión del aceite, etc. Pero tú con tantos relojes te haces un lío.

Y el médico se fía del piloto. Y el piloto se fía del médico, y el médico y el piloto se fían de la cocinera, porque no todos sabemos distinguir las setas venenosas de las comestibles. Si vas a tener que analizar cada alimento que te ponen para saber que no está envenenado, no puedes comer. Te fías de la cocinera. Nos tenemos que fiar unos de otros. Y resulta que este hombre que se fía del médico, del piloto y de la cocinera, y se fía de tanta gente, después no se fía de Dios. iHombre! Ya te podías fiar de Dios, ¿no? Te tienes que fiar de los demás, porque si no te fías del prójimo, no puedes dar un paso en la vida. ¿Y te fías de todo el mundo menos de Dios? ¡Pues vaya una lógica!

Pero es más. Es que el hombre que no cree en Dios, se tiene que tragar cosas mucho más gordas que los que creemos en Dios. Los que creemos en Dios tenemos explicación para muchas cosas que sin Dios no tienen explicación: los que no creen en Dios no pueden explicármelas. Por eso recurren a la salida cómoda del «no sé» propia del agnosticismo.

Como no quieren creer en Dios rechazan la razón que hay para creer y prefieren quedarse en la cómoda ignorancia del «no sé». Pero esta postura del agnóstico supone muchas más «tragaderas». Y esto nos lo va a decir nada menos que un soviético. Supongo, si es que habéis leído un poco el periódico, habréis seguido el caso de este premio Nobel soviético que se llama Alejandro Solzchenitsyn. Pues este soviético, Premio Nobel 1970, es creyente. Muchos se creen que en Rusia todos son comunistas. No hombre, no. En Rusia mandan los comunistas, pero no todo el mundo es comunista. En Rusia hay mucha gente que cree en Dios. Los comunistas son ateos; pero hay montones de personas que creen en Dios, Y uno de ellos es éste: Alejandro Solzchenitsyn, que ha escrito una oración muy bonita. Dice esto: «Señor, qué fácil me es creer en Ti, porque si prescindo de Ti, el mundo está lleno de incógnitas».

El católico tiene misterios: la Eucaristía, la Trinidad, la Redención, la Virginidad de María…, etc. Pero el no católico tiene muchos más misterios. Porque si quitamos a Dios, la vida tiene muchas cosas que no se explican. Con Dios se explican muchas cosas que sin Dios, no hay quien las explique. Después aclararé esto.

Por eso dice Solzchenitsyn: «Señor, qué fácil me es creer en Ti; porque si prescindo de Ti, la vida está llena de obscuridades, llena de incógnitas, llena de cosas inexplicables». Otro premio Nobel de Medicina, Alexis Carrel, tiene esta frase: «No soy tan crédulo, como para ser incrédulo». Porque el incrédulo, el que no cree en Dios, se tiene que tragar muchas más cosas que el creyente, que el que cree en Dios. Porque los creyentes aceptamos algún misterio porque nos lo dice Dios y nos fiamos de Él, pero el no creyente tiene que aceptar montones de cosas que sin Dios no tienen explicación. Por lo tanto, decimos, nosotros somos creyentes; porque realmente es muy razonable creer en Dios.

Otro tipo de ateo es el que se aparta de Dios por razones afectivas. A algunos no les conviene creer en Dios. Porque la Religión exige mucho. Les estorba la Religión. Porque viven mucho más cómodos sin creer en Dios. ¡Claro! Si crees en Dios, te obliga una moral, te obliga una honradez, te obliga una rectitud. Por no querer adaptar tu vida a la fe, tiras la fe por la borda, Dices:

-Yo no creo en Dios, y así vivo a mis anchas: hago lo que me da la gana, lo que me apetece, lo que me conviene. Como no creo en Dios, yo tranquilo.

No señor. Ni hablar. El que tú digas que porque no crees en Dios a vivir tranquilo, eso no resuelve nada. Porque si hay Dios, el que tú lo niegues no lo destruye, Dios sigue lo mismo. Y si tú dices que no crees en Dios, ya te enterarás muchacho, porque te vas a morir. Y en cuanto te mueras, te enteras.

Por lo tanto, es una idiotez decir: «Yo, como no creo en Dios, a vivir ». No muchacho. No, que eso no resuelve nada. Dice la Biblia en el capítulo segundo del Libro de la Sabiduría: «Los que quieren gozar en este mundo como si no hubiera otra vida, se equivocan; pues Dios ha hecho al hombre para la inmortalidad». Dios sigue igual. Lo aceptes o no lo aceptes. Dios no desaparece porque un señor diga: «Yo, como no creo en Dios, yo tranquilo». No hijo. Dios no desaparece.

¿Os cuento un cuento? Va de cuento:
Iban un día de paseo dos peces por el mar. Y un pez le dice al otro:
-Oye, ¿ves esa lombriz? Pues fíjate, está colgada de un hilo. Pues en la punta del hilo hay una caña, Y esta caña está en manos de un hombre, Y ese hombre está esperando que uno de nosotros se tire por la lombriz, para engancharle, y a la sartén. Y el otro que se las daba de muy enterado, que no creía nada de eso le dice:

-Bueno, pues no estás tú antiguo. ¿Y tú crees en el cuento de la sartén? ¡Pero si eso es un cuento de viejas! ¡Si eso lo contaba mi abuela! Yo, un pez moderno, en el siglo de la técnica, ¿me voy a creer cuentos de viejas? ¿Quién ha vuelto de la sartén para contarlo? Hombre, no seas antiguo. ¡Vas a creer en cuentos de viejas! ¿No quieres la lombriz? ¡Tú te la pierdes! ¡Mía es!

Y este pez «listillo», que no creía cuentos de viejas, que se reía de todo eso, se tiró por la lombriz, Y lo engancharon y, ¡a la sartén! ¡Claro!

Porque el cuento de la sartén no es mentira porque él diga que es mentira. Existe la sartén. Y los hombres que comemos pescado frito. Aunque el otro que se las daba de enterado decía: «Si eso lo contaba mi abuela; eso es un cuento antiguo; como el cuento del infierno». Es que las verdades son muy antiguas. Hace mucho tiempo que dos y dos son cuatro, y no por eso dejan de ser cuatro. Lo que es verdad, lo fue ayer, lo es hoy y lo será mañana.

Y el infierno que fue verdad para los abuelos, será verdad también para los nietos. Porque la verdad es la misma.

Las verdades dogmáticas no pasan con el tiempo. Son verdad siempre. Y el que no crea se va a enterar. Porque se va a morir. Y en cuanto se muera se entera. Cuestión de cien años. Cien años pasan pronto, Dentro de cien años nos hemos enterrado todos. Aquí no quedará nadie de nosotros. Ni uno. Los que creemos, nos encontraremos con lo que creemos. Y los que no crean se encontrarán que se equivocaron. Pero todos nos vamos a enterar. Porque la muerte nos lo aclarará todo. Por eso es una tontería decir: «Yo, como no creo, a vivir». No chico, estudia y cree. Porque como no creas te vas a llevar un chasco.

Hay otro tipo de hombres que no creen porque han tenido la desgracia de recibir el impacto del mal ejemplo de un mal católico. Esto ocurre. Dicen: «si ése es católico, y hace esto y hace lo otro; pues yo no quiero ser como ése». O de un mal sacerdote. Quiera Dios que nunca en la vida tengáis la desgracia de tropezar con un mal sacerdote, porque los hay. Si entre los doce Apóstoles hubo un Judas, entre los cuatrocientos mil que somos hoy…

Los hay. Haciendo un daño horrible. Quiera Dios que nunca tropecéis con uno, porque os quitan la fe. Y la fe es lo que más vale en el mundo. Más que los millones. Y un mal sacerdote acaba con tu fe. Ojalá que todos los sacerdotes fuéramos «otros Cristos». Que tenemos obligación de serlo. Dentro de la fragilidad humana; pero tenemos obligación de esforzarnos por parecernos a Cristo. Y el que en lugar de ser otro Cristo en la Tierra, lo que hace es machacar la fe del pueblo con su mal ejemplo y con las cosas que dice, eso es de una enorme responsabilidad. Por eso digo, que cuando un hombre ha tenido la desgracia de recibir el impacto de un mal sacerdote, instintivamente se pone de espaldas a todo lo que ese sacerdote significa.

Pero eso tampoco soluciona nada. Porque si ése es un mal sacerdote, se irá al infierno como todo mal cristiano. Pero el que ese sacerdote se vaya al infierno, tampoco te justifica a ti. Porque si tú eres un mal católico, también te irás al infierno. Iréis los dos juntos. Señores, yo estoy convencido de que hay sacerdotes en el infierno. Porque el que pisotea su sacerdocio, y se ríe de su sacerdocio, y desprestigia su sacerdocio, y en lugar de sembrar el bien en las almas y llevarlas a Dios, como es su obligación, lo que hace es sembrar el escándalo, la confusión y quitar la fe de las almas, dará cuenta a Dios. ¡Menuda responsabilidad!

No hay duda de que tiene que haber sacerdotes en el infierno. Pero el hecho de que haya malos sacerdotes, no es razón para alejarse de la Iglesia. Si tú te tropiezas con un mal médico, te buscas otro médico que sea bueno; pero no te apartas de la Medicina. Si llevas tu coche a un taller y te lo arreglan mal, te buscas otro taller, pero no te quedas con el coche estropeado. Pues lo mismo debes hacer con los sacerdotes: si das con uno que no te gusta, te buscas otro mejor, que los hay.

Supuesto esto, resumo ya todo lo dicho.
Hay hombres de ciencia que son ateos; pero su ateísmo hay que buscarlo por otros caminos, no por razones científicas: no hay ningún argumento científico que demuestre que no hay Dios. En cambio, hay muchas razones científicas que apoyan la fe del creyente. Mira, si hubiera razones científicas que impidieran creer en Dios, no habría hombres de ciencia creyentes Cuando nos encontramos grandes hombres de ciencia que son creyentes es porque la ciencia no es obstáculo para creer. Voy a poneros ejemplos. Y no voy a referirme a sabios del siglo pasado como Volta o Ampère (que dieron sus nombres a las medidas eléctricas voltio y amperio), que eran creyentes. Me voy a referir a sabios de nuestros días que son creyentes.

Von Braun, el cerebro de los vuelos espaciales americanos, estuvo en España hace unos meses. Por marzo estuvo Von Braun en España. Pues Von Braun, este cerebro que es de los hombres más inteligentes del mundo, es creyente. Y reza todos los días. Yo he leído un artículo suyo en el ABC de Madrid donde él lo dice.

Otro gran talento, Heisenberg. Premio Nobel de Física. Uno de los talentos más grandes que hay hoy en el mundo. Ha descubierto la fórmula unitaria de los tres campos energéticos: gravitatorio, electromagnético y nuclear. Es una fórmula que Einstein estuvo buscando toda su vida y no dio con ella. Pues Heisenberg la ha descubierto. Y tuvo una conferencia en Leipzig, que, según dijo la prensa, sólo media docena de hombres en el mundo fue capaz de entenderlo. Pues este hombre, de los que saben más Física en el mundo hoy, a quien sólo es capaz de entenderle media docena de hombres en el mundo, este hombre, el año 1969 estuvo en Madrid. Tuvo una rueda de prensa. Yo lo he tomado de la Agencia Cifra. Dijo que él cree en Dios. Que él sabe que Dios es el Autor del cosmos.

Otros, que también he puesto en mi libro «PARA SALVARTE»: Max Planck, premio Nobel de Física, autor de la teoría cuántica, un genio. También él cree en Dios. Paul Dirac, premio Nobel de Física, Profesor de Cambridge, en un discurso en un Congreso Internacional de Premios Nobel -él Premio Nobel a hombres Premio Nobel- en Lindau (Alemania) les dice cómo él cree en Dios, Autor del Universo. Premios Nobel contemporáneos. Grandes talentos de hoy que creen en Dios.

Mirad, el mismo P.Romañá, del que antes os hablé, me dio esta otra frase que también he repetido por Televisión: «Hoy en Astrofísica nadie excluye la idea de creación». Los grandes astrofísicos contemporáneos aceptan a Dios Creador. La frase es del P. Romañá. Los hombres de ciencia que estudian el comienzo del cosmos comprenden que hace falta un Creador. Si no, no tiene explicación el comienzo del cosmos.

Pues demos gracias a Dios, que sin merecerlo, hemos nacido en un país católico, y en una familia católica, y hemos recibido una educación en la fe. Nosotros desde pequeños hemos creído en estas verdades, en las que creen los grandes talentos que hoy tiene la Humanidad. Quizás ellos llegaran a esta conclusión después de muchas horas de estudio y reflexión. Nosotros nos lo hemos encontrado. Demos gracias a Dios. No somos ateos. Somos creyentes.

   P. Jorge Loring

 

Los fundamentos de la familia a la luz de Cristo

 

Cristo propone al matrimonio y a la familia cristiana: la misión que El ha propuesto siempre y propone también en nuestra época, en el mundo contemporáneo.

Por: Juan Pablo II | Fuente: Catequesis sobre el amor humano en el plan divino

(5-IX-79/9-IX-79)

“El Creador al principio los hizo hombre y mujer” (Mt 19,4; Mc 10,6)

1. Desde hace algún tiempo están en curso los preparativos para la próxima Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en Roma en el otoño del próximo año. El tema del Sínodo: “De muneribus familiæ christianæ (Misión de la familia cristiana”), concentra nuestra atención sobre esta comunidad de vida humana y cristiana, que desde el principio es fundamental. Precisamente de esta expresión, “desde el principio” se sirve el Señor Jesús en el coloquio sobre el matrimonio, referido en el Evangelio de San Mateo y en el de San Marcos. Queremos preguntarnos qué significa esta palabra “principio”. Queremos además aclarar por qué Cristo se remite al “principio” precisamente en esta circunstancia y, por tanto, nos proponemos un análisis más preciso del correspondiente texto de la Sagrada Escritura.
2. Jesucristo se refirió dos veces al “principio”, durante la conversación con los fariseos, que le presentaban la cuestión sobre la indisolubilidad del matrimonio. La conversación se desarrolló del modo siguiente:
“Se le acercaron unos fariseos con propósito de tentarle, y le preguntaron: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa? El respondió: ¿No habéis leido que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. Ellos le replicaron: Entonces ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjole El: Por la dureza de vuestro corazón Os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así” (Mt 19, 3 ss; cf. Mc 10, 2 ss).
Cristo no acepta la discusión al nivel en que sus interlocutores tratan de introducirla, en cierto sentido no aprueba la dimensión que ellos han intentado dar al problema. Evita enzarzarse en las controversias jurídico casuísticas; y, en cambio, se remite dos veces “al principio”. Procediendo así, hace clara referencia a las palabras correspondientes del libro del Génesis, que también sus interlocutores sabían de memoria. De esas palabras de la revelación más antigua, Cristo saca la conclusión y se cierra la conversación.
3. “Principio” significa, pues, aquello de que habla el libro del Génesis. Por lo tanto, Cristo cita al Génesis 1, 27, en forma resumida: “Al principio el Creador los hizo varón y hembra”, mientras que el pasaje original completo dice así textualmente: “Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó y los creó varón y hembra”. A continuación el Maestro se remite al Génesis 2, 24: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne”. Citando estas palabras casi “in extenso”, por completo, Cristo les da un significado normativo todavía más explícito (dado que podría ser hipotético que en el libro del Génesis sonaran como afirmaciones de hecho: “dejará… se unirá… vendrán a ser una sola carne”). El significado normativo es admisible en cuanto que Cristo no se limita sólo a la cita misma, sino que añade: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre”. Ese “no lo separe” es determinante. A la luz de esta palabra de Cristo, el Génesis 2, 24 enuncia el principio de la unidad e indisolubilidad del matrimonio como el contenido mismo de la Palabra de Dios, expresada en la revelación más antigua.
4. Al llegar a este punto se podría sostener que el problema está concluido, que las palabras de Jesús confirman la ley eterna formulada e instituida por Dios desde el “principio”, como la creación del hombre. Incluso podría parecer que el Maestro, al confirmar esta ley primordial del Creador, no hace más que establecer exclusivamente su propio sentido normativo, remitiéndose a la autoridad misma del primer Legislador. Sin embargo, esa expresión significativa: “desde el principio”, repetida dos veces, induce claramente a los interlocutores a reflexionar sobre el modo en que Dios ha plasmado al hombre en el misterio de la creación, como “varón y hembra”, para entender correctamente el sentido normativo de las palabras del Génesis. Y esto es tan válido para los interlocutores de hoy, como lo fue para los de entonces. Por lo tanto, en el estudio presente, considerando todo esto, debemos meternos precisamente en la actitud de los interlocutores actuales de Cristo.
5. Durante las sucesivas reflexiones de los miércoles, en las audiencias generales, como interlocutores actuales de Cristo, intentaremos detenernos más largamente sobre las palabras de San Mateo (19, 3 y ss). Para responder a la indicación que Cristo ha encerrado en ellas, trataremos de penetrar en ese “principio” al que se refirió de modo tan significativo; y así seguiremos de lejos el gran trabajo que sobre este tema precisamente emprenden ahora los participantes en el próximo Sínodo de los Obispos. Junto con ellos toman parte numerosos grupos de Pastores y de laicos que se sienten particularmente responsables de la misión que Cristo propone al matrimonio y a la familia cristiana: la misión que El ha propuesto siempre y propone también en nuestra época, en el mundo contemporáneo.
El ciclo de reflexiones que comenzamos hoy, con intención de continuarlo durante los sucesivos encuentros de los miércoles, tiene como finalidad, entre otras cosas, acompañar, de lejos por así decirlo, los trabajos preparativos al Sínodo, pero no tocando directamente su tema, sino dirigiendo la atención a las raíces profundas de las que brota este tema.

 

 

ESCUELA PARA PADRES: La importancia de la familia en la sociedad, sus virtudes y valores humanos

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La familia siempre ha sido y es, el principal pilar de la sociedad. Es el lugar donde los miembros nacen, aprenden, se educan y desarrollan. Debe ser refugio, orgullo y alegría de todos sus miembros. Cuando la familia tiene problemas, alegrías o tristezas internas, repercuten en todos los familiares, sufriéndolos o disfrutándolos, debido a su total interrelación. Todas las legislaciones del mundo, tienen que tener leyes, que protejan el concepto de la familiar y facilitar lo más posible su unión y continuidad. La familia se convierte en un castillo, que además de servir de refugio de sus componentes, estos tienen que defenderla a ultranza, de todos los ataques que le hagan. No pueden permitir que lo dañino pase sus puertas. Todos tienen que formar un solo cuerpo, para defender su propia vida presente y futura.

 

La familia está fundada en el matrimonio, que es exclusivamente la unión estable, por amor del hombre y de la mujer, para complementarse mutuamente y para transmitir la vida y la educación a los hijos. Es mucho más que una unidad legal, social o económica. Es una comunidad de amor y solidaridad, para trasmitir e instalar en las mentes las virtudes y valores humanos, culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, así como los principios de convivencia, tanto internos como externos, que tan esenciales son para el desarrollo y el bienestar de sus miembros y de la sociedad. La educación y conocimientos que se adquieren en la familia, perduran para siempre.

 

En las clásicas y tradicionales familias de algunos países, existía y todavía existe, la norma imborrable aunque no escrita, que todos los miembros de una familia, tienen asegurada su permanencia en el hogar de la misma, hasta el ultimo día de su vida. Nadie mandaba a los ancianos o discapacitados al asilo. La garantía de cuidados familiares, era sin límites de edad, ni de circunstancias. Por eso en algunas familias convivían dos, tres o hasta cuatro generaciones, lo que permitía transmitir las enseñanzas religiosas y sociales, así como educar mejor a todas las generaciones, además de cuidarse unos a otros. Ahora es normal, que cuando los hijos cumplen 18 años les fuercen, recomienden o persuadan, para que abandonen el hogar familiar y se vayan a vivir su vida a otro sitio. Eso origina que el despego a la familia, se queda incrustado en sus mentes y cuando los padres llegan, a una edad en la cual no pueden mantenerse solos, los mandan a un asilo para que allí otros les cuiden, no sus familiares que previamente, han sido cuidados por ellos.

 

Que confortable es disfrutar de la familia. Tener una buena familia, es un privilegio que no tiene precio. Sentirla como refugio en las angustias, peligros o incertidumbres y percibirla como receptora, para compartir las alegrías y logros alcanzados. Es también una gran satisfacción, poder presentar con orgullo a terceras personas a sus componentes, máxime si están unidos entre si. Que triste es, que debido a su mal comportamiento y ejemplo y en la sociedad, sentir vergüenza de presentar la familia a otras personas.

 

Qué orgullo familiar sienten los padres:

 

Cuando perciben muestras de unión familiar, por ejemplo, cuando son invitados a las celebraciones civiles o religiosas del resto de la familia o simplemente a visitarles en sus respectivas casas.

Cuando voluntariamente se reúne los Domingos todos los hijos con sus respectivas esposas o esposos y sus hijos, alrededor de la mesa de la casa de los padres, para almorzar, merendar o cenar y estar de tertulia, compartiendo las alegrías y las penas.

Cuando reciben invitaciones, incluyendo los gastos de viaje, para ir a visitar a los hijos que viven fuera.

Cuando los hijos les ofrecen ayuda monetaria, emocional o de acompañamiento, aunque no la necesiten.

Cuando se reúnen para celebrar el éxito escolar, profesional o social de uno de los familiares.

Cuando comprueban el buen comportamiento de todos y cada uno de los miembros.

Cuando nace o se incorpora un nuevo miembro familiar.

 

Los padres deben saber, que detrás de cada niño o joven mal educado, suele haber una familia disfuncional, bien sea por la composición de ella o porque no cumple las obligaciones ineludibles de unidad, formación y entrega a los compromisos adquiridos al formarla. No se puede echar la culpa a los niños, ni a los jóvenes, por algunos de sus malos comportamientos, hay que buscar su origen, para corregirlo. Normalmente es que ha habido mal funcionamiento, de sus familias en conjunto o que han recibido mal ejemplo, de algunos familiares.

 

La familia es una unidad de destino religioso, social y político. Tiene que defenderse de los ataques de sus innumerables enemigos, algunas veces incluso de los que tiene dentro, debido al mal ejemplo que se dan unos a otros. Otras veces sus enemigos están fuera, intentando que la familia no tenga la unidad necesaria para sobrevivir. Estos enemigos lo hacen a través del mal ejemplo, de las amistades familiares, de los medios de comunicación y de los sistemas modernos electrónicos. Todos tenemos la obligación de intentar que la familia, sea una realidad de unión y perfecta convivencia, empezando por la propia y haciendo lo posible, para que la ajena también lo sea.

 

La familia en su unidad, es la única institución que ofrece a los niños, todo el amor centrado en éllos. Las demás instituciones que cuidan a los niños, escuelas, guarderías, etc. no tienen la misma intensidad de ofrecimiento de amor. Las instituciones son únicamente responsables, de instruir en conocimientos y cuidar físicamente, durante las horas de permanencia en ellas.

 

La familia educa dando ejemplo y exigiendo a todos sus miembros: orden en las cosas, obediencia, colaboración y ayuda en la casa, responsabilidad en los encargos, horarios de estudios, etc. y sobre todo, reconociendo los esfuerzos que hacen todos los componentes por ser mejores.

 

Los padres tienen que inculcar a sus hijos, la grandeza de la familia presente y la de los ancestros. Algunos padres no le dan importancia a la transmisión de los apellidos, títulos, escudos y señas de identidad que todos llevamos. Esto suele estar ligado, al desarraigo de las sociedades e incluso al materialismo o consumismo, que impide que las persones sientan un sano orgullo de quienes son y de donde provienen. Que bonito, constructivo y ejemplar es ver a los padres enseñando a realizar el árbol genealógico de la familia de la madre y la del padre, empleando todos los medios a su alcance, hasta llegar lo más lejos posible en la antigüedad. Este ejercicio de búsqueda en los orígenes, es una herramienta más para amar, comprender y unir mejor a la familia. La familia es también vínculo y dedicación permanente de generaciones pasadas, presentes y futuras y la base que sostiene unida a la sociedad.

 

Prosperar en medio de las crisis económicas o de salud, es el privilegio de las familias que están unidas como piñas y con objetivos comunes, bien definidos por los padres y aceptados por todos.

 

Donde todos los familiares, hombro con hombro, han empujado en la misma dirección, hacia solventar los problemas, ellos tendrán muchas probabilidad de éxito.

 

Donde no importaban los sacrificios individuales, por conseguir los objetivos comunes.

 

Donde cada uno pone lo mejor de si, en beneficio de los demás.

 

Donde todos forman un escudo humano, ante los problemas que llegan del exterior.

 

Donde se unen todos los miembros de la familia, para defender o proteger a cada uno de los componentes, cuando son agredidos desde el exterior, y así poder superar las dificultades personales o para que salgan de algún peligro o mala situación.

 

Donde todos los miembros de la familia, se sacrifican en beneficio de uno solo, porque es el mejor dotado inteligente o físicamente, para que consiga llegar a una meta y después pueda desarrollar sus mejores cualidades y cuando triunfe, les pueda ayudar a los demás (emigración, becas, estudiar en lugar de trabajar, negocios, etc.).

 

Que bonitas y ejemplares aquellas viejas costumbres, de que los hijos mientras estén bajo el mismo techo familiar, pero trabajan fuera de la familia, entreguen todo o parte de sus ingresos, unidos por el bien común, para el fondo familiar, sin importar cuánto ganan o gastan los otros componentes de la familia. Los hijos ya saben que los padres, se encargarán de hacer justicia y entregar a cada hijo, lo que consideren que puedan necesitar. Esa costumbres desgraciadamente está arrinconada y sustituida, por la de mandar a los hijos, a que trabajen fuera de la casa en cuanto cumplen la edad legal de poder  hacerlo, incluso cuando no tienen necesidad de esos ingresos familiares y los hijos destinan el dinero obtenido en comprarse cosas, muchas veces inútiles. Mientras los padres tienen que seguir manteniendo la casa familiar, además de hacerlo a cada uno de los hijos, aunque trabajen fuera. Otra mala costumbre de los padres, que no tienen necesidad urgente de ingresos, es que autoricen a los hijos a que durante las vacaciones escolares, vayan a trabajar a otros sitios, incluso muy mal pagados, en lugar de seguir estudiando, descansando y divirtiéndose durante las vacaciones, con el pretexto de que así aprenden a conocer lo que es trabajar y a administrar su dinero. Eso es robarles el precioso tiempo de su juventud, que tendrían que emplear en cosas de mayor formación académica y social, no en conseguir dinero para comprarse los caprichos, más insospechados e inútiles.

 

Además de la familia tradicional reconocida, como la formada por el padre y la madre, unidos en matrimonio con sus hijos, existen otros tipos, que también les llaman familias, como los que forman parejas en unión libre, las de homosexuales y lesbianas y las monoparentales, donde el padre o la madre, cuidan los hijos propios o ajenos, de otras uniones anteriores.

 

El problema más grande que tiene la familia, es su descomposición, principalmente motivada por el divorcio de los padres. En ese caso la familia, queda contaminada de esa desgracia para siempre e incluso, perneada para las sucesivas generaciones. Las cuales ven como el concepto de unidad y continuidad, que habían aprendido, se ve roto por una decisión de los padres, en perjuicio de los demás componentes de la familia. La mayoría de los problemas que tiene la sociedad, tienen su origen en esa descomposición de la familia. No se puede tener una sociedad fuerte y bien formada, con el porcentaje tan grande de familias divorciadas una o varias veces y otros tipos también llamados familias. Los hijos y siguientes generaciones, que se han educado en esas graves situaciones, tienen muchas probabilidades de continuar con las mismas actitudes de descomposición familiar, pues lo que han visto y sufrido, llega un momento que lo ven normal, ya que la misma familia disfuncional, se encarga de transmitirlo de generación en generación. Es muy difícil que una persona que se ha criado así, tenga la fortaleza de rechazar esas situaciones y haga el esfuerzo por no repetir las mismas andanzas. Máxime cuando está rodeado de personas, que consideran normal a esas familias contaminadoras socialmente de su situación, pues esas familias se encargan continuamente y con muchos subterfugios, de pregonar a sus hijos, descendientes, familiares y amigos que su situación familiar irregular, es normal en los tiempos actuales.

Los padres tienen que enseñar a sus hijos con su ejemplo y con sus palabras, la belleza de una familia bien unida, las ventajas de mantenerse unidos y los inconvenientes, en el caso que esa familia se destruya, y a sentir un sano y enorme orgullo por ser miembros de la familia y de los ancestros a la que pertenecen.

Si tiene algún comentario, por favor escriba a francisco@micumbre.com

 

¿Tapar la boca a la Iglesia?

Ernesto Juliá

Leemos, de vez en cuando, noticias sobre un pleito que un grupo de personas inicia contra un arzobispo, contra un cura, contra un colegio. También leemos las maniobras de un ayuntamiento que promueve un proceso “legislativo-administrativo” para quitar la cruz erguida delante de una iglesia. Y ya son abundantes también, por desgracia, las noticias que informan de hechos más llamativos: una persona suspendida en su trabajo por llevar una cruz colgada al cuello; una familia que se ve privada de la custodia de sus hijos, porque el maestro ha informado a las autoridades que los niños “están influenciados por la fe de los padres”, etc, etc.

Últimamente nos encontramos con la noticia de la manipulación sexual que “leyes a lo cifuentes”, por llamarles de alguna manera, pretenden imponer, y que se encuentran con el rechazo patente no solo de algún que otro obispo, sino de cualquier madre y padre sensatos. Obispos y madres y padres son citados para comparecer ante el juez: ¿Cómo se les ocurre oponerse a semejantes “leyes” tan “ilustradas”?

¿Qué pretenden los iniciadores de tantos “pleitos”, de tantas soflamas? , ¿Taparle la boca a la Iglesia para que no hable, con toda claridad y libertad sobre la defensa de la vida del concebido, por tanto ya nacido, que no ha salido todavía del seno materno; que reafirman la realidad natural de que familia es familia, basada en matrimonio hombre y mujer; que defienda la libertad de las familias contra las injerencias del estado en la educación de sus hijos, etc. etc.?

¿Por qué les crea tanto problema el hecho de que la Iglesia hable, de que el Papa señale claramente los peligros contra la vida y contra el matrimonio, y que los obispos defiendan la libertad de los padres para escoger la educación de sus hijos, y protesten contra la imposición “gubernamental” de imponer una “ideología de género”?.

Si conocieran un poco de la historia de la Iglesia, llegarían a descubrir que la Iglesia no ha dejado de hablar. Un veces será las bocas de los obispos quienes hablen;, porque que están más cerca de los acontecimientos, como es el reciente caso de la “ley a lo cifuentes”;   otra será la del mismo Papa, como ha ocurrido en su reciente conversación con los obispos polacos, que terminó con estas palabras: “Quisiera concluir con este aspecto, porque detrás están las ideologías. En Europa, América, América Latina, África, en algunos países de Asia, hay verdaderas colonizaciones ideológicas. Y una de estas –lo digo claramente con nombre y apellido– ¡es la ideología de género!”

“Hoy a los niños –¡a los niños!–, en la escuela se les enseña esto: que el sexo cada uno lo puede elegir. ¿Y por qué enseñan esto? Porque los libros son de las personas e instituciones que te dan el dinero. Son las colonizaciones ideológicas, sostenidas también por países muy influyentes. Esto es terrible. Conversando con Benedicto XVI, que está bien y tiene un pensamiento claro, me decía: ‘Santidad, esta es la época del pecado contra Dios creador’. ¡Es inteligente! Dios ha creado al hombre y la mujer, Dios ha creado el mundo así, así, así…y nosotros hacemos lo contrario”.

El diablo lleva toda su existencia intentando “tapar la boca de la Iglesia”. No lo ha conseguido, ni lo conseguirá jamás.

Y con el Papa, y los obispos, hablaran los mártires, loa confesores de la Fe. Hablarán las Teresas de Cálcuta y las Teresas de Ávila; hablaran los san Benitos, los san Ignacios, los san Josemarías. Hablaran los santos curas de Ars, las santas madres de familia que no abortan, acogen a los hijos Down y los bautizan con toda solemnidad. Y seguirán hablando de Dios Creador, de Dios misericordioso, de Dios que perdona los pecados a quienes se arrepienten de haber pecado contra Dios y contra ellos mismos.

Ya el hecho de que se intente “tapar la boca a la Iglesia”, es en definitiva un reconocimiento –confesado o no confesado- de que en su voz palpita la Voz de Dios.

ernesto.julia@gmail.com

 

 

La Madre Teresa: un testimonio

Ángel Cabrero

La proximidad de la canonización de la Madre Teresa de Calcuta puede servir para releer uno de sus libros más impactantes, “La Madre Teresa de Calcuta. Un retrato personal”, que escribió Leo Maasburg, sacerdote que acompañó a la Madre en muchos de sus viajes. Un libro que hace reír y que puede emocionar hasta las lágrimas, asequible a cualquier lector, pues se compone, en gran parte, de anécdotas de su ajetreada vida, a veces estremecedoras, a veces sumamente divertidas.

Las descripciones que hace el autor sobre las diversas actividades y trabajos que realizan la Madre Teresa y las Hermanas de la Caridad producen, a veces estremecimiento, a veces repulsión. Una cosa es oír hablar de la dedicación a los más pobres entre los pobres -como se refería ella hablando de sus actividades- y otra es leer los relatos detallados de su dedicación a los moribundos, a las personas que viven en la más absoluta miseria -también desde el punto de vista de la suciedad y el abandono- o de la ayuda prestada ante grandes catástrofes, con un trabajo extenuante. La diferencia en este libro es que quien escribe es también protagonista.

Al mismo tiempo hay datos suficientes entre las declaraciones de la Madre, o de enseñanzas personales más íntimas, como para descubrir sin ninguna duda dónde está el secreto. Cuenta el autor de este libro que “las hermanas dedicaban, por lo menos, una hora diaria a la adoración del Santísimo Sacramento expuesto en la capilla. En 1972, cuando una catastrófica inundación asoló Bangladesh, la Madre Teresa envió inmediatamente a sus hermanas allí para ayudar. Las necesidades eran enormes y la situación requería de las hermanas esfuerzos sobrehumanos. Así pues, les pidieron que hicieran una excepción y que no interrumpieran su trabajo para las sesiones de oración. La Madre Teresa se opuso: “No, las hermanas volverán a casa para la adoración y la Santa Misa”. Muchos de los miembros de los equipos de socorro que habían acudido a aquellas inundaciones no lo entendieron. Pero la Madre Teresa tenía muy claro que el vigor de las hermanas desaparece si no reciben diariamente el alimento que les llega a través de la Misa y de la adoración de la Sagrada Eucaristía” (p 104).

En estos aspectos se manifiesta la santidad de una persona, sabe que no está haciendo una proeza humana, está simplemente haciendo la voluntad de Dios. Al autor le decía en otra ocasión: “Padre, sin Dios somos demasiado pobres para ayudar a los pobres, pero, cuando rezamos, Dios deposita su amor en nosotros. Mire las hermanas son pobres, pero rezan. El fruto de la oración es el amor. El fruto del amor es el servicio” (p 102). Llenas de amor, como para repartir, porque están llenas de Dios. Sin duda, muchos esto no lo pueden entender.

Por eso se entiende muy bien que lo que desea la beata Teresa -próximamente santa- es llevar a las almas hacia Dios, pero por un camino muy claro, que es el amor. “Cuentan que un ministro de la dictadura comunista de Mengistu en Etiopía le preguntó a la Madre Teresa si también allí iba a intentar predicar y convertir gente, lo cual estaba terminantemente prohibido. Con gran prudencia, no abordó la pregunta directamente, sino que se limitó a decir: “Nuestras obras de caridad muestran a los pobres y a los que sufren el amor que Dios les tiene” (p 185).

Y al mismo tiempo no deja de advertir de que la pobreza más grave es la que sufre Occidente, tan alejado de Dios. Hay muchos pobres de espíritu, advierte la Madre Teresa, a quien hay que ayudar a encontrarse con Dios. Se empeña en los temas graves que aquejan a la sociedad materialista y advierte de la gravedad del aborto y del desorden tan grande que suponen la mentalidad anticonceptiva. Merece la pena volver sobre este y otros libros escritos sobre la que pronto subirá a los altares como santa, porque se manifiesta el amor de Dios y un afán de entrega que son un ejemplo maravilloso para quien lo lea.

Leo Maasburg, La Madre Teresa de Calcuta. Un retrato personal, Palabra 2012

 

 

¿Cómo es el embrión humano a las 12 semanas de vida?

Escrito por Rosario Laris.

“Lalo” es como llamaremos a un chico de 16 años que nos escribió. Quiere saber cómo es un embrión a las 12 semanas de vida.

El embarazo inicia desde el momento de la fecundación; esta primer célula es una persona única e irrepetible que posee todo su material genético y que es autónoma, pues ella sola modula su crecimiento y desarrollo.

A las 22 horas de fecundado el cigoto, ya tiene dos células totipotenciales, las cuales tienen toda la capacidad de formar al embrión completo.

Durante estos tres primeros meses se lleva a cabo la formación del embrión humano. A las tres semanas se inicia la formación del sistema nervioso. A las cuatro semanas se forman los pulmones y la columna vertebral, y para la sexta semana se constituye la cabeza y empieza la formación de brazos, piernas y ojos.

A los tres meses, o doce semanas de vida, el embrión –también llamado feto– se encuentra perfectamente formado, mide 7 centímetros y pesa tan sólo 20 gramos; es decir, es del tamaño de un limón; su corazón late y lleva sangre a todo su cuerpo, su sistema digestivo funciona, así como su sistema urinario; tiene brazos, piernas y diez dedos en sus manos y pies.

Recuerda: estar bien informado y tomar buenas decisiones te cambia la vida.

 

¿Culpables? Los electores

A medida que se acerca el momento de la sesión de investidura se acentúan los análisis sobre quien tendrá la culpa del previsible fracaso del candidato a la presidencia del Gobierno. Resulta obvio que, de no producirse un cambio radical en la postura que mantiene Pedro Sánchez, la culpa del bloqueo recaerá sobre el Partido Socialista con el agravante de que ni siquiera ha ofrecido una alternativa o unas condiciones previas para facilitar la formación de un gobierno y evitar así la repetición de las elecciones. Siendo esto verdad, no puede perderse de vista que, en realidad, el último responsable de que no haya gobierno en España será el cuerpo electoral que ha votado en dos ocasiones una confusa variedad de opciones.

Los partidos en liza se consuelan diciendo que los votantes han querido precisamente esa diversidad para obligarlos a pactar y, por tanto, a cambiar sustancialmente sus programas electorales. Lo que ocurre es que, en el caso concreto del PSOE, su programa ha sido pensado, esencialmente, en los intereses ideológicos del partido, de manera que lo hace incompatible con cualquier tipo de acuerdo con lo que llama despectivamente “la derecha”.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Hoy recomiendo las confesiones

Hoy, festividad de San Agustín, recomiendo vivamente la lectura de este clásico, más concretamente su obra menos teológica “las confesiones”. Primero te darás cuenta de que no han cambiado tanto los tiempos: sexo, ansia de felicidad, uniones de hecho, doctrinas de todo tipo, hedonistas, escépticos, materialistas.

Agustín pasó, en un relato apasionante, por todo eso, hasta que se convirtió, encontró a Dios, que era en el fondo lo que andaba buscando. ‘Mi corazón no descansa, hasta que repose en Ti’. Es delicioso leer su capítulo, sobre el robo de unas manzanas cuando era niño. No tenía hambre, no le apetecía comerlas, pero saltarse lo prohibido, robarlas sin ningún placer, por el hecho de robar, ponía de manifiesto la tendencia al mal que tenemos.

Al tiempo, buenos y malos, actúan buscando la felicidad. El malvado busca su felicidad en su maldad, en su oro, en su vicio, en su orgullo, en las cosas, y ahí no está la felicidad. Juan Pablo II en el jubileo de los actores y el mundo del espectáculo, conoció y saludó a Gerard  Depardieu y le recomendó que leyera las confesiones de S. Agustín. Depardieu se apasionó tanto, que ofrece como reflexión, recitar al público pasajes escogidos de esa obra. Nada hay más apasionante que leer la vida de los conversos, porque buscan lo mismo que tú y que yo.

Y una vez convertido, tenemos que convertirnos de continuo, con la ayuda de Dios.

Jesús Domingo Martínez

 

 

¿El tiempo de lo social?

Rémi Brague, al analizar el problema que la modernidad tardía plantea a las culturas europeas, recupera el modelo clásico de los trascendentales y plantea una hipótesis histórica. Caracteriza a cada uno de los últimos siglos con un problema dominante que afecta a uno de los trascendentales. El siglo XIX sería el siglo de la preocupación por el bien y de los ataques contra el bien. El siglo XX sería el de la verdad ¿Y el del XXI el del ser? La cuestión que dominó el XIX, en Europa, es la social; en el XX la presencia del mentiroso, de la mentira. Un siglo dominado por los regímenes ideológicos del leninismo y del nazismo, que han operado gracias a las formas de verdad dominante en los tiempos modernos, la verdad científica.

Y añade nuestro autor: “La mentira toma la forma de una figura nueva. La mentira clásica, la del hipócrita o la del político, aquella de la cual La Rochefoucauld o Maquiavelo habían hecho su teoría, enmascarar la verdad, por el contrario, la mentira ideológica pretende desvelarla. (…) Como dijo Alexander Solzhenitsin, el peor sufrimiento que causa el régimen ideológico, peor aún que la miseria o la opresión, siendo muy reales las dos, es el obligar a quienes le están sometidos a tener que mentir; por tanto la primera condición para liberarse de la opresión ideológica es negarse a ser cómplice de su mentira”.

Enric Barrull Casals

 

 

Se está imponiendo

En los últimos tiempos estamos apreciando, por no decir sufriendo, que la ideología de género se abre paso en la sociedad occidental. Pero lo hace a paso de ganso, que es el paso marcial que caracterizó a los ejércitos de estados totalitarios del siglo pasado. Vemos como la ideología de género más que en la concordia y en la cultura se está construyendo sobre el odio y la mentira, en una ideología también con lenguaje propio, en que palabras como: verdad, derechos, valores, naturaleza, persona, hombre, mujer, sexo, matrimonio, familia, igualdad, identidad, discriminación, etc. son entendidas, según lo que llaman la “perspectiva de género”.

Hace algunas semanas, una distinguida dama que se presenta como “(Ph.D) Especialista en Género y Derecho Penal” dio a conocer un breve escrito en el cual nos pinta y se pinta ella misma, en lenguaje popular, pero de género, lo que nos espera si se impone en nuestras leyes actuales y por venir, la interpretación de género en nuestra sociedad política. Lo que nos espera si acaban imponiendo su ideología en la educación. También, y especialmente, arremeten contra la Jerarquía de la Iglesia que, según ellos, ignora el significado de palabras como género, sexo, hombre mujer, matrimonio y demás favoritas de su lenguaje, por supuesto descalifica a los curas como hipócritas e ignorantes de la sexualidad humana, conceptos por ellos mal interpretados y con los que están poniendo el mundo al revés.

Jesús D Mez Madrid

 

 

La mala leche española

                                En España no hay pueblos, etnias, razas, sangres más o menos puras y demás zarandajas de que presumen los separatistas (que lo son por egoísmos más que por defender “a sus pretendidos pueblos”); en España hay sólo un tipo de “homogeneidad”, que es la mala leche que se desprende a riadas en cualquier rincón de “Celtiberia”, que como pueblo mestizo ya en demasía, ha concentrado “esa mala leche” que ahora han demostrado como prueba máxima y ya por enésima vez, los que dicen ser nuestros representantes políticos, que no lo son (“sálvese el que pueda”) puesto que solo defienden sus intereses de panza y bolsillo y para defender ello, no tienen reparos en que se destruya todo un país que tristemente es el primero que se formó en toda “la civilizada Europa” y gracias a los tan criticados (por los idiotas de siempre) Reyes Católicos a los que toda España debiera rendirles pleitesía junto a su agradecimiento. Lo del miércoles en el Parlamento fue así:

“Rajoy, ceteris paribus: Según lo previsto, Mariano Rajoy perdió la primera votación en su debate de investidura. Lo describen El País y Actuall. Por primera vez en el régimen constitucional de 1978, el Parlamento rechaza al candidato del partido más votado. Es el segundo candidato fallido que el Rey propone en menos de un año. Habrá en diciembre unas terceras elecciones, si Rajoy vuelve a recibir el “no” de la Cámara en la segunda votación, convocada para este viernes, y ni PSOE ni PNV se mueven a la abstención, de aquí a un mes. “Ceteris paribus”, se dice de las condiciones que no cambian en las variantes de un problema matemático. Ceteris paribus, que quiere decir, “dadas ciertas condiciones iguales…” Pues bien, ceteris paribus, habrá nuevas elecciones en diciembre, y el PP volverá a ser el partido más votado. A no ser que se modifique alguna de las variables. Puede ser, por ejemplo, el resultado de las elecciones vascas del 25 de septiembre. Hay otra variante: que Mariano Rajoy renuncie a ser candidato y el PP proponga a otro-otra. Sin embargo, la hechura humana de esta generación de líderes, en general, no es lo que se dice un emblema de la generosidad. Rajoy, ceteris paribus, es capaz de hundir la Monarquía parlamentaria antes que renunciar. Para él, seguir en el machito es casi una cuestión de honra. Si hay una condición fija con las que contar en el análisis político, es la indolencia de los que mandan. https://mail.google.com/mail/ca/u/0/#inbox/156e4d516c0913a7

Y lo he copiado dejándoles la dirección por si quieren ver el resto; ya que considero es un muy buen resumen del bochornoso hecho y repetido una vez más.

Puesto que vamos a ver “el meollo” de la situación actual de España: Hay un grupo mayoritario que en democracia limpia, debiera gobernar sin más complicaciones que las que ello conlleva; o sea que esa mayoría no es absoluta y por tanto está sometida al control del resto, puesto que ese conjunto son la verdadera mayoría de votos parlamentarios. Pues bien, empezando a gobernar el PP, lo que plantee si es bueno para España, debe ser aprobado y punto y si no lo es, se rechaza, se discute, se llegan a acuerdos y se aprueba, o si es lesivo para los españoles, se anula y punto.

Pero… ¿es que “los padrastros” de la Patria no saben lo que es bueno o es malo para España en conjunto…? ¡Pues claro que lo saben o deben saberlo pero ellos no fueron a solucionar problemas a España, fueron a solucionar los suyos y a hacer fortuna en la política y en el dinero público no a otra cosa!

Si nos llevan a votar por tercera vez y visto el panorama y los discursos de los que han hablado, a mí el único que aún me merece algún respeto es Alberto Rivera, dirigente (que no líder, pues líder es otra cosa) de “Ciudadanos” y a él debiéramos darle el voto, para ver si es capaz de cumplir todo lo que ha dicho y publicado, pienso sinceramente que es “la última carta que nos queda”; el resto se les ha visto ya “el culo y todo lo demás”; por tanto elegirlos es seguir en esta situación que ya no es asumible por ningún elector medianamente inteligente.

Y es así, puesto que si en las nuevas elecciones se repite por tercera vez, lo que ya han dicho las urnas en las dos anteriores… ¿qué es lo que podemos esperar… que se jueguen el poder a los chinos o a las siete y media?

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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