Las Noticias de hoy 19 Junio 2018

Ideas  Claras

DE INTERES PARA HOY    martes, 19 de junio de 2018      

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Acquarius: El Papa agradece la acogida en Valencia de los 629 migrantes

Migración Internacional: Conclusiones del II Coloquio Santa Sede – México

SANTIDAD EN EL MUNDO: Francisco Fernández Carvajal

“Querer a todos, comprender, disculpar”: San Josemaria

Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (I): Julio Diéguez

Tema 18. El bautismo y la confirmación: Philip Goyret

¿Quieres decidirte a mejorar tu vida?: Sheila Morataya-Fleishman

Ante la crisis de los refugiados, la Francia laica se dirige a las iglesias: Salvador Bernal

¿Hablamos de Castidad?: Ernesto Juliá

VIOLENCIA Y UN SU ANTÍDOTO: Ing. José Joaquín Camacho                                                             

A vueltas con el aborto.: José Luis Velayos - Catedrático Emérito – Medicina

Las piedrecitas azules: Javier López

Contemplando la luna y anhelando al amante lejano: CHANG CHIU-LING, China

Italia como aviso: Valentín Abelenda Carrillo

Desde el Vaticano: Juan García.

El Corazón de Jesús. Orígenes de la devoción.: Josefa Romo. Valladolid

Mis relaciones y recuerdos con Cataluña: Antonio García Fuentes

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

ROME REPORTS

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta


Lunes, 18 de junio de 2018

El primer libro de los Reyes (21,1-16) nos cuenta hoy la historia de Nabot. El rey Ajab desea la viña de Nabot y le ofrece dinero. Pero ese terreno forma parte de la herencia de sus padres y el hombre lo rechaza. Entonces Ajab, que era caprichoso, hace como los niños cuando no consiguen lo que quieren: llora. Luego, por consejo de su cruel mujer, Jezabel, lo acusa falsamente, hace que lo maten y le arrebata la viña. Nabot es un mártir de la fidelidad a la herencia que había recibido de sus padres: una heredad que iba más allá de la viña, una heredad del corazón.

La historia de Nabot es paradigmática de la historia de Jesús, de San Esteban y de todos los mártires que fueron condenados mediante calumnias. Y es también paradigmática del modo de proceder de tanta gente, de tantos jefes de Estado o de gobierno. Se empieza con una mentira y, después de haber destruido a una persona o una situación con esa calumnia, se juzga y se condena. También hoy, en muchos países, se usa este método: destruir la libre comunicación. Por ejemplo, pensemos: hay una ley de medios de comunicación; se elimina esa ley, y se da todo el aparato de la comunicación a una empresa, a una sociedad que calumnia, dice falsedades, debilita la vida democrática. Luego vienen los jueces a juzgar a esas instituciones debilitadas, a esas personas destruidas, y las condenan. Así avanza la dictadura. Las dictaduras, todas, empezaron así: adulterando la comunicación, para dejarla en manos de una persona sin escrúpulos, de un gobierno sin escrúpulos.

Y en la vida ordinaria pasa lo mismo: si se quiere destruir a una persona, empiezo con la comunicación: criticar, calumniar, decir escándalos. Porque contar escándalos tiene una seducción enorme, una gran seducción. ¡Los escándalos seducen! Las buenas noticias no son seductoras: “¡Qué cosa más buena ha hecho!”. Y pasa… Pero un escándalo: “¿Has visto? ¿Has visto eso? ¿Has visto lo que ha hecho aquel? ¡Qué cosas! ¡No, no se puede seguir así!”. Y la noticia aumenta, y aquella persona o institución, aquel país acaba en la ruina. Al final, no se juzga a las personas. Se juzgan las ruinas de las personas o instituciones, porque no pueden defenderse.

La seducción del escándalo en la comunicación lleva directamente al rincón, a la esquina, es decir, te destruye, como le pasó a Nabot que solo quería ser fiel a la heredad de sus antepasados, no venderla. En este sentido, también es ejemplar la historia de San Esteban que da un largo discurso para defenderse, pero los que lo acusaban, prefieren lapidarlo antes que escuchar la verdad. Es el drama de la codicia humana. Tantas personas son destruidas por una comunicación perversa. Muchas personas, muchos países destruidos por dictaduras perversas y calumniosas. Pensemos por ejemplo en las dictaduras del siglo pasado. Pensemos en la persecución a los judíos, por ejemplo. Una comunicación calumniosa contra los judíos; y acababan en Auschwitz porque no merecían vivir. Oh… es un horror, pero un horror que sucede hoy: en las pequeñas sociedades, en las personas y en tantos países. El primer paso es apropiarse de la comunicación, y después la destrucción, el juicio, y la muerte.

El Apóstol Santiago habla precisamente de la capacidad destructiva de la comunicación perversa. Os animo a releer la historia de Nabot en el capítulo 21 del primer libro de los Reyes y a pensar en tantas personas destruidas, en tantos países destruidos, en tantas dictaduras de ‘guante blanco’ que han destruido países.

 

Acquarius: El Papa agradece la acogida en Valencia de los 629 migrantes

Mons. Cañizares alaba el ejemplo de solidaridad

junio 18, 2018 18:59Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede, Uncategorized

(ZENIT – 18 junio 2018).- Al recibir la noticia de que los 629 refugiados del barco ‘Acquarius’ iban a ser acogidos en España, el Pontífice agradeció a los valencianos, por la prontitud y generosidad con que han reaccionado, “el ejemplo que están dando de caridad con estas pobres gentes”.

El Santo Padre recibió el pasado jueves, 14 de junio de 2018, en audiencia al Cardenal Cañizares, quien expuso el operativo de la Iglesia en Valencia y la colaboración con los gobiernos nacional, autonómico y local y todas las entidades implicadas “que están dando ejemplo de solidaridad”.

El purpurado, informó al Papa de que la diócesis de Valencia se puso en pie de marcha y servicio –indica ‘Vatican News’– y se ofreció de inmediato, se abrió sin retrasarse ni un ápice a socorrer esta necesidad perentoria, puso a disposición cuanto fuera necesario y la Iglesia diocesana tuviese para acoger, ayudar, auxiliar, y atender a los que llegan.

Del mismo modo, Mons. Antonio Cañizares, Cardenal Arzobispo de Valencia, aseguró ayer, domingo 17 de junio de 2018, que “lo sucedido con el Aquarius ha de ser el principio del fin para que luchemos contra la esclavitud que viene provocada por la falta de soluciones a la pobreza, que obliga a miles de seres humanos en situación de vulnerabilidad a huir de sus países de origen y entrar en manos de las mafias, que sólo provocan esclavitud y graves consecuencias en quienes padecen estas situaciones”, señala la Archidiócesis de Valencia.

Ayuda sin límites

El cardenal Cañizares ha manifestado que “debemos buscar soluciones entre los gobiernos de los países de origen y toda la política mundial para evitar estas gravísimas situaciones de injusticia, en las que en definitiva las víctimas son las personas obligadas a abandonar estos países por falta de oportunidades, y acaban en una situación de esclavitud, en manos de corruptos y mafias”.

El Arzobispo de Valencia ha vuelto a incidir en que “desde que conocí la situación en que se encontraban las personas a bordo del Aquarius, estamos preparados para dar todo el acogimiento, toda la ayuda sin límites”.

Soluciones reales

Asimismo, el cardenal Cañizares ha indicado que “conocemos por experiencia el dolor de estas víctimas y por ello sabemos necesarias las soluciones políticas de alto nivel, de todos los gobiernos de Europa en alianza con la política mundial”.

En este contexto, ha señalado que “este aldabonazo a las conciencias que ha supuesto el Aquarius, ha de ser un ejemplo para que se pongan soluciones reales”.

 

 

Migración Internacional: Conclusiones del II Coloquio Santa Sede – México

Celebrado el 14 de junio de 2018

junio 18, 2018 19:54RedacciónDerechos humanos y justicia

(ZENIT – 18 junio 2018).- Por su parte, la Iglesia católica en México ha decidido comprometerse en favor de los migrantes poniendo en práctica los 4 verbos lanzados por el Papa Francisco en la Jornada Mundial del Migrante 2018 – acoger, proteger, promover e integrar –  promoviendo la cultura de encuentro.

Esta es una de las principales conclusiones extraídas al término del II Coloquio Santa Sede – México sobre la Migración Internacional, celebrado el pasado 14 de junio de 2018 en la Casina Pío IV del Vaticano.

La Santa Sede ha publicado hoy las conclusiones de este encuentro, promovido por la Sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado y la Embajada de México ante la Santa Sede, con la colaboración de la Pontificia Academia de las Ciencias y de la Sección migrantes y refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

El Papa Francisco envió un mensaje a los participantes en el Coloquio, recordando que en la migración no están en juego solo ‘números’, sino ‘personas’, con su historia, su cultura, sus sentimientos, sus anhelos… “Estas personas, que son hermanos y hermanas nuestros, necesitan una ‘protección continua’, independientemente del status migratorio que tengan”.

A continuación, siguen las conclusiones:

***

Conclusiones

El “Coloquio sobre Migración Internacional Santa Sede – México” que hemos celebrado el día de hoy es una continuación del llevado a cabo en la Cancillería mexicana en julio del 2014 sobre Migración internacional y Desarrollo, al término del cual se acordó celebrar una nueva edición en el Vaticano.

La presente edición 2018 del Coloquio abordó tres temas principales: (1) avances e implicaciones del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular; (2) migración y desarrollo desde la perspectiva del Pacto Mundial; y (3) migración y medios de comunicación a la luz del Pacto Mundial.

Al finalizar el Coloquio, podemos subrayar juntos las siguientes conclusiones:

·          En el Mensaje dirigido a los participantes, el Santo Padre Francisco nos animó en la tarea y en el esfuerzo para que la responsabilidad de la gestión global y compartida de la migración internacional encuentre su punto de fuerza en los valores de la justicia, la solidaridad y la compasión. El Santo Padre ha resaltado que la actitud fundamental es la de «salir al encuentro del otro, para acogerlo, conocerlo y reconocerlo».

·          El Gobierno de México reafirma su compromiso para que el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular sea un instrumento para transformar visiones cortas de miras e introspectivas en perspectivas amplias y humanas.

·          Por su parte, la Iglesia católica en México ha decidido comprometerse en favor de los migrantes poniendo en práctica los 4 verbos lanzados por el Papa Francisco en la Jornada Mundial del Migrante 2018 – acoger, proteger, promover e integrar –  promoviendo la cultura de encuentro.

·          Coincidimos en la importancia de entender la complejidad de los movimientos migratorios contemporáneos, que obedecen a múltiples causas, y que muchas veces se determinan por situaciones de conflicto, desastres naturales, pobreza y la búsqueda de mejores condiciones de vida y oportunidades. Los niños son los que más están sufriendo las consecuencias de las migraciones forzadas. A los desafíos producidos por estos flujos hay que responder efectivamente equilibrando los principios de solidaridad, subsidiariedad y corresponsabilidad.

·          Concordamos sobre la necesidad de reiterar la centralidad de la persona humana en cada ejercicio político, inclusive el dirigido a reglamentar los flujos migratorios, reafirmando la inviolabilidad de los derechos humanos y de la dignidad de cada ser humano que se desplaza.

·          Coincidimos en la oportunidad de comprometerse para una gobernanza global de los flujos migratorios, fundada sobre la corresponsabilidad de todos los actores institucionales y privados, a fin de asegurar una migración segura, ordenada y regular a beneficio de todas las personas involucradas, y que ayude a generar las condiciones para que la migración sea una decisión voluntaria y no una necesidad.

·          Por eso, queremos seguir contribuyendo activamente en el proceso que llevará a las Naciones Unidas a adoptar un Pacto Mundial para una Migración Segura, Regular y Ordenada en el transcurso de este año. Asimismo, considerando la complejidad de los flujos migratorios contemporáneos, consideramos importante insistir sobre la oportunidad de armonizar este Pacto con el Pacto Mundial sobre Refugiados.

·          Nos comprometemos a promover la creación de las condiciones necesarias para que todos los migrantes puedan enriquecer las sociedades receptoras con sus talentos y capacidades y al mismo tiempo contribuir al desarrollo sostenible a nivel local, nacional, regional y global.

·          Pedimos a todos los medios de comunicación que contribuyan, según sus posibilidades, a difundir informaciones ciertas y certificadas sobre los flujos migratorios y a disipar aquellas que generen percepciones únicamente negativas de los migrantes.

Ciudad del Vaticano, 14 de junio de 2018

© Librería Editorial Vaticano

 

 

SANTIDAD EN EL MUNDO

— Llamada universal a la santidad.

— Ser santos allí donde nos encontramos. La mística ojalatera.

— Todas las circunstancias son buenas para crecer en santidad y realizar un apostolado fecundo.

I. Toda la Sagrada Escritura es una llamada a la santidad, a la plenitud de la caridad, pero hoy nos dice Jesús explícitamente en el Evangelio de la Misa: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto1. Y no se dirige Cristo a los Apóstoles, o a unos pocos, sino a todos. San Mateo nos hace notar que, al terminar estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de sus enseñanzas2. No pide Jesús la santidad a un grupo reducido de discípulos que le acompañan a todas partes, sino a todo el que se le acerca, a las multitudes, entre las que había madres de familia, jornaleros y artesanos que se detendrían a oírle a la vuelta del trabajo, niños, publicanos, mendigo enfermos... El Señor llama en su seguimiento sin distinción de estado, raza o condición.

A nosotros, a cada uno en particular, a los vecinos, a los compañeros de trabajo o de Facultad, a estas personas que caminan por la calle..., Cristo nos dice: Sed perfectos..., y nos da las gracias convenientes. No es un consejo del Maestro, sino un exigente mandato. «En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que quienes son apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes, 4, 3)»3. «Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»4. No existe en la doctrina de Cristo una llamada a la mediocridad, sino al heroísmo, al amor, al sacrificio alegre.

El amor se pone al alcance del niño, del enfermo que lleva meses en la cama del hospital, del empresario, del médico que apenas tiene un minuto libre..., porque la santidad es cuestión de amor, de empeño por llegar, con la ayuda de la gracia, hasta el Maestro. Se trata de dar un nuevo sentido a la vida, con las alegrías, trabajos y sinsabores que lleva consigo. La santidad implica exigencia, combatir el conformismo, la tibieza, el aburguesamiento, y nos pide ser heroicos, no en sucesos extraordinarios, que pocos o ninguno vamos a encontrar, sino en la continua fidelidad a los deberes de todos los días.

La liturgia acude hoy a las palabras de San Cipriano, que exhortaba así a los cristianos del siglo iii: «hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que Él se complazca en nosotros (...). Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios (...). Y como Él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto pedimos cada día»5. Hoy lo imploramos nosotros a Dios: Señor, danos un vivo deseo de santidad, de ser ejemplares en nuestros quehaceres, de amarte más cada día. Ayúdanos a difundir tu doctrina por todas partes...

II. No se contenta el Señor con una vida interior tibia y con una entrega a medias. A todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto6. Por esto purifica el Maestro a los suyos, permitiendo pruebas y contradicciones. «Si el orfebre martillea repetidamente el oro, es para quitar de él la escoria; si el metal es frotado una y otra vez con la lima es para aumentar su brillo. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación»7. Todo dolor –físico o moral– que Dios permite, sirve para purificar el alma y para que demos mayor fruto. Así hemos de verlo siempre, como una gracia del Cielo.

Todas las épocas son buenas para meternos en caminos hondos de santidad, todas las circunstancias son oportunas para amar más a Dios, porque la vida interior se alimenta, con la ayuda constante del Espíritu Santo, de las incidencias que ocurren a nuestro alrededor, de modo parecido a como hacen las plantas. Ellas no escogen el lugar ni el medio, sino que el sembrador deja caer las semillas en un terreno, y allí se desarrollan, convirtiendo en sustancia propia, con la ayuda del agua que les llega del cielo, los elementos útiles que encuentran en la tierra. Así salen adelante y se fortalecen.

Con mucho más motivo saldremos nosotros fortalecidos, pues nuestro Padre Dios es quien ha escogido el terreno y nos da las gracias para que demos fruto. La tierra donde el Señor nos ha puesto es la familia concreta de la que somos parte, y no otra, con los caracteres, virtudes, defectos y formas de ser de las personas que la integran. La tierra es el trabajo, que debemos amar para que nos santifique, los compañeros de la misma empresa o de la misma clase, los vecinos... La tierra, donde hemos de dar frutos de santidad, es el país, la región, el sistema social o político imperante, nuestra propia manera de ser... y no otra. Es ahí, en ese ambiente, en medio del mundo, donde el Señor nos dice que podemos y debemos vivir todas las virtudes cristianas, sin recortarlas, con todas sus exigencias. Dios llama a la santidad en toda circunstancia: en la guerra y en la paz, en la enfermedad y en la salud, cuando nos parece haber triunfado y cuando se presenta el fracaso inesperado, cuando tenemos tiempo en abundancia y cuando casi no llegamos a realizar lo imprescindible. El Señor nos quiere santos en todos los momentos. Quienes no cuentan con la gracia y ven las cosas con una visión puramente humana, están diciendo constantemente: este de ahora no es tiempo de santidad.

No pensemos nosotros que en otro lugar y en otra situación seguiríamos más de cerca al Señor y realizaríamos un apostolado más fecundo. Dejemos a un lado la mística ojalatera. Los frutos de santidad que espera el Señor son los que produce la tierra donde estamos, aquí y ahora: cansancio, enfermedad, familia, trabajo, compañeros de trabajo o de estudio... «Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de esto que suelo llamar mística ojalatera -¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!...-, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor (...)»8. Ese es el ambiente en el que debe crecer y desarrollarse nuestro amor a Dios, utilizando precisamente esas oportunidades. No las dejemos pasar; ahí nos espera Jesús.

III. Contemplada la vida al modo humano, podría parecer que existen momentos y situaciones menos propicios para crecer en santidad o para realizar un apostolado fecundo: viajes, exámenes, exceso de trabajo, cansancio, falta de ánimos...; o bien: ambientes duros, cometidos profesionales delicados en un ambiente paganizado, campañas difamatorias... Sin embargo, esos son momentos de toda vida corriente: pequeños triunfos y pequeños trabajos, salud y enfermedad, alegrías y tristezas, y preocupaciones; momentos de desahogo económico y otros quizá de penuria... El Señor espera que sepamos convertir esas oportunidades en motivos de santidad y de apostolado.

En esos momentos pondremos más atención y empeño en la oración personal diaria (siempre sacaremos tiempo; el amor es ingenioso), en el trato con Jesús sacramentado, con la Virgen..., pues son incidencias en las que necesitamos más ayuda, y la obtenemos en la oración y en los sacramentos. Entonces, las virtudes se hacen fuertes, y toda la vida interior madura.

En el apostolado tampoco debemos esperar circunstancias especiales. Todos los días, cualquier momento es bueno. Si los primeros cristianos hubieran esperado una coyuntura más propicia, pocos conversos habrían llevado a la fe. Esta tarea siempre requerirá audacia y espíritu de sacrificio.

El labrador, para recibir los frutos, es menester que primero trabaje9. Es necesario el esfuerzo, poner en juego las virtudes humanas. De modo particular, el apostolado requiere constancia: Vosotros, hermanos -dice el Apóstol Santiago-, tened paciencia, hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador, con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia, hasta que recibe las lluvias temprana y tardía. Esperad, pues, también vosotros con paciencia y esforzad vuestros corazones10. Y con la constancia, la generosidad para sembrar mucho, a voleo, aunque no veamos los frutos.

Pidamos a la Santísima Virgen un efectivo afán de santidad en las circunstancias en las que ahora nos encontramos. No esperemos un tiempo más oportuno; este es el momento propicio para amar a Dios con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser...

1 Mt 5, 48. — 2 Cfr Mt 7, 28. — 3 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 39. — 4 Ibídem, 40. — 5 Liturgia de las Horas, Martes de la 11ª semana. Segunda Lectura. — 6 Jn 15, 2. — 7 San Pedro Damián, Cartas 8, 6. — 8 Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 116. — 9 2 Tim 2, 6. — 10 Sant 5, 7-8.

 

 

“Querer a todos, comprender, disculpar”

El amor a las almas, por Dios, nos hace querer a todos, comprender, disculpar, perdonar... Debemos tener un amor que cubra la multitud de las deficiencias de las miserias humanas. Debemos tener una caridad maravillosa, “veritatem facientes in caritate”, defendiendo la verdad, sin herir. (Forja, 559)

Vosotros, como yo, os encontraréis a diario cargados con muchos errores, si os examináis con valentía en la presencia de Dios. Cuando se lucha por quitarlos, con la ayuda divina, carecen de decisiva importancia y se superan, aunque parezca que nunca se consigue desarraigarlos del todo. Además, por encima de esas debilidades, tú contribuirás a remediar las grandes deficiencias de otros, siempre que te empeñes en corresponder a la gracia de Dios. Al reconocerte tan flaco como ellos -capaz de todos los errores y de todos los horrores-, serás más comprensivo, más delicado y, al mismo tiempo, más exigente para que todos nos decidamos a amar a Dios con el corazón entero.
Los cristianos, los hijos de Dios, hemos de asistir a los demás llevando a la práctica con honradez lo que aquellos hipócritas musitaban aviesamente al Maestro: no miras a la calidad de las personas. Es decir, rechazaremos por completo la acepción de personas -¡nos interesan todas las almas!-, aunque, lógicamente, hayamos de comenzar por ocuparnos de las que por una circunstancia o por otra -también por motivos sólo humanos, en apariencia- Dios ha colocado a nuestro lado. (Amigos de Dios, 162)

 

 

Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (I)

Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un saber. Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ser. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo y dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él.

Formación de la personalidad 16/06/2018

Jesucristo es, sin duda, el amor de nuestra vida: no el mayor entre otros, sino aquel que da sentido a todos los demás amores y a los intereses, ilusiones, ambiciones, trabajos, iniciativas que llenan nuestros días y nuestro corazón. De aquí, que sea fundamental mantener en nuestra vida espiritual «la centralidad de la persona de Jesucristo»[1]: Él es el camino para entrar en comunión con el Padre en el Espíritu Santo. En Él, se devela el misterio de quién es el hombre[2], a qué está llamado. Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio, ahondar también en el propio misterio personal. Por eso, dejar que Jesús sea el centro de nuestra vida lleva, entre otras cosas, a «redescubrir con luces nuevas el valor antropológico y cristiano de los diferentes medios ascéticos; llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad, corazón, relaciones con los demás (…)»[3].

Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio, ahondar también en el propio misterio personal

Esa persona a la que hay que llegar somos nosotros mismos, son todos aquellos a los que alcanzamos con nuestra amistad, con nuestro apostolado. La formación que recibimos e impartimos, ha de llegar a la inteligencia, a la voluntad y a los afectos, sin que ninguno de estos elementos quede descuidado o simplemente sometido a los otros. Aquí nos centraremos sobre todo en la formación de la afectividad, dando por supuesta la enorme relevancia de que se apoye en una buena formación intelectual. Considerar la importancia de la formación integral nos permitirá redescubrir la gran verdad que encierra la identificación que san Josemaría establecía entre fidelidad y felicidad[4].

Formarse para entrar en sintonía con Cristo

Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un saber. Así, tendría buena formación quien a lo largo de su vida ha recibido buenos contenidos doctrinales, ascéticos, profesionales, etc. Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ser. Un buen profesional conoce la ciencia y la técnica que requiere su profesión, pero tiene algo más: ha desarrollado hábitos –modos de ser– que le disponen a aplicar bien esa ciencia y esa técnica que posee: hábitos de atención a los demás, de concentración en el trabajo, de puntualidad, de digerir éxitos y fracasos, de perseverancia, etc.

El voluntarismo es una visión errada de la virtud, que la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad

Del mismo modo, ser un buen cristiano no es simplemente conocer –al nivel adecuado a la propia situación en la Iglesia y en la sociedad– la doctrina sobre los sacramentos, o sobre la oración, o sobre las normas morales generales y profesionales. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo para conocer su anchura, su profundidad (cfr. Ef 3,18), dejar que su Vida entre en la nuestra, y poder repetir con san Pablo que «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20). Es decir, ser «alter Christus, ipse Christus»[5], dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él. Ese dejar actuar a la gracia, no es meramente pasivo, no consiste sólo en evitar poner obstáculos, ya que el Espíritu Santo no nos transforma en Cristo sin nuestra cooperación libre, voluntaria. Pero tampoco esto basta: entregarnos al Señor, darle nuestra vida, no es solamente darle nuestras decisiones, nuestros actos; es también darle nuestro corazón, nuestros afectos, incluso nuestra espontaneidad. Para esto es imprescindible una buena formación intelectual y doctrinal que configure la cabeza, que incida en nuestras decisiones, pero es también necesario que esa doctrina cale y llegue al corazón de la persona. Y esto requiere lucha… y requiere tiempo. Dicho de otro modo, es necesario adquirir virtudes, y precisamente en eso consiste la formación.

No es raro encontrarse con personas que temen que la insistencia en las virtudes acabe conduciendo al voluntarismo. Nada más lejos de la realidad. Quizá, en la raíz de esta confusión, se encuentre una visión errada de la virtud, que la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad, que hace a quien la posee capaz de cumplir la norma moral, incluso cuando esta se opone a la propia inclinación. Se trata de una idea bastante difundida y, efectivamente, de origen voluntarista. En definitiva, la virtud consistiría en la capacidad de ir contra la corriente de las propias inclinaciones cuando la norma moral así lo requiere. Naturalmente, hay algo de verdad en esto, pero se trata de algo incompleto que transforma las virtudes en cualidades frías, que llevarían a la negación práctica de las propias inclinaciones, intereses y afectos y que, sin querer, acaban convirtiendo la indiferencia en un ideal: como si la vida interior y la entrega consistieran en llegar a no sentirse atraído por nada que pudiera obstaculizar las propias decisiones futuras.

Plantear la formación de este modo, impediría llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad y afectos no estarían creciendo juntos, llevándose de la mano, ayudándose mutuamente, sino que alguna de esas facultades estaría aplastando a alguna de las otras. El desarrollo de la vida interior, en cambio, requiere esa integración y, desde luego, no lleva a empequeñecerse, a perder intereses y afectos; no tiene como objetivo que no nos afecten las cosas, que no nos importe lo importante, no nos duela lo doloroso, no nos preocupe lo preocupante o no nos atraiga lo atractivo. Al contrario, conduce a expandir el corazón, que se llena de un amor grande, desde el que mira a todos esos sentimientos y consigue, por eso, verlos en un contexto más amplio que da recursos para afrontar aquellos que plantean una dificultad, y ayuda a captar el sentido positivo y trascendente de los que resultan agradables.

El Evangelio nos muestra el interés sincero del Señor por el descanso de los suyos: «venid vosotros solos a un lugar apartado y descansad un poco» (Mc 6,31), o también la reacción de su corazón ante el sufrimiento de sus amigos, como Marta y María (cfr. Jn 11,1-44). No podemos imaginar que en esos momentos Jesucristo estuviera actuando, como si, en el fondo, por su unión con su Padre, lo que sucedía a su alrededor le resultara indiferente. San Josemaría hablaba de amar al mundo y de hacerlo apasionadamente[6], impulsaba a poner el corazón en Dios y, por Él, en los demás, en el trabajo que nos ocupa, en la labor apostólica, porque «el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte»[7]. La disponibilidad, por ejemplo, no es la disposición de aquél a quien le es indiferente una cosa que otra, porque ha conseguido perder todo interés, quizá para evitar sufrir cuando se le pida algo que le contraría; sino la disposición grandiosa de quien sabe prescindir en un momento de algo bueno y atractivo para concentrarse en otra cosa en la que Dios le espera, porque vivir para Dios es lo que profundamente desea. Se trata de alguien, en definitiva, con corazón grande, con intereses, con ambiciones buenas que sabe superar cuando conviene, no porque las niegue o porque intente que no le afecten, sino porque su interés en amar y servir a Dios es mucho más grande aún. Y no sólo es más grande, sino que es –se ha ido convirtiendo en– lo que da sentido y contiene en sí todos los otros intereses.

Gozar con la práctica de las virtudes

El desarrollo de la vida interior no tiene como objetivo que no nos afecten las cosas

La formación de las virtudes requiere lucha, vencer la propia inclinación cuando se opone a los actos buenos. Esta es la parte de verdad que contiene el concepto reductivo –voluntarista– de virtud, al que nos referíamos antes. Pero la virtud no consiste en esa capacidad de oponerse a la inclinación, sino más bien en la formación de la inclinación. El objetivo no es, pues, ser capaces de dejar habitualmente a un lado la afectividad para poder guiarse por una regla externa, sino más bien formar la afectividad de modo que seamos capaces de gozar en el bien realizado. La virtud consiste precisamente en ese gozo en el bien, en la formación –digámoslo así– del buen gusto: «[Dichoso el hombre] que se complace en la Ley del Señor, y noche y día medita su Ley» (Sal 1,2) En definitiva, la virtud es la formación de la afectividad y no el hábito de oponerse sistemáticamente a ella.

Mientras la virtud no está formada, la afectividad puede plantear una resistencia al acto bueno, que habrá que vencer. Pero el objetivo no es simplemente conseguir vencerla, sino más bien desarrollar el gusto por ese comportamiento. Cuando se posee la virtud, el acto bueno puede seguir costando, pero se hace con alegría. Pongamos algún ejemplo. Levantarnos puntualmente por la mañana –el minuto heroico[8]– probablemente nos cueste siempre: quizá no llegará el día en que al sonar el despertador no nos apetezca permanecer un rato más en la cama. Pero si nos esforzamos habitualmente en vencer la pereza por amor a Dios, llega el momento en que hacerlo nos alegra, mientras que ceder a la comodidad nos desagrada, nos deja un mal sabor de boca. Paralelamente, a una persona justa, llevarse un producto del supermercado sin pagar, no sólo le resultaría prohibido, sino también feo, desagradable, discordante con sus disposiciones, con su corazón. Esta configuración de la afectividad que genera esa alegría ante el bien y ese disgusto ante el mal, no es una consecuencia colateral de la virtud, sino que es un componente esencial de ella. Por eso la virtud nos hace capaces de disfrutar del bien.

No es esta una idea meramente teórica. Al contrario, tiene una gran incidencia práctica saber que cuando luchamos no estamos acostumbrándonos a fastidiarnos, sino aprendiendo a disfrutar del bien, aunque de momento eso exija ir contra corriente.

La formación de las virtudes hace que las facultades y los afectos aprendan a centrarse en lo que verdaderamente puede satisfacer las aspiraciones más profundas, y otorguen lugares secundarios –siempre subordinados a los principales– a lo que simplemente está en el orden de los medios. En última instancia, formarse en las virtudes es aprender a ser feliz, a gozar de y con lo grandioso, es, en definitiva, prepararse para el Cielo.

Una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Del mismo modo, actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad

Si formarse es crecer en virtudes y las virtudes consisten en un cierto orden en los afectos, se puede concluir que toda formación es formación de la afectividad. Quizá, al leer esto, alguien podría objetar que, en el esfuerzo por adquirir virtudes, su intento era más operativo que afectivo, e incluso añadir que llamamos virtudes a unos hábitos operativos. Es verdad. Pero si las virtudes nos ayudan a hacer el bien es porque nos ayudan a sentir correctamente. El ser humano siempre se mueve hacia el bien. El problema moral es, en última instancia, por qué lo que no es bueno, se nos aparece –se presenta a nuestros ojos– como bueno en una situación concreta. Que esto suceda se debe a que el desorden de las tendencias lleva a exagerar el valor del bien al que se dirige alguna de ellas, de modo que se considera más deseable en esa situación que otro bien con el que ha entrado en conflicto, que, sin embargo, posee mayor valor objetivo porque responde al bien global de la persona. Por ejemplo: en una cierta situación podemos encontrarnos ante la tesitura de decir o no la verdad. La tendencia natural que tenemos a la verdad, nos la presentará como un bien. Pero también tenemos una tendencia natural al aprecio de los demás que, en ese caso concreto, si nos parece que la verdad nos haría quedar mal, nos presentará la mentira como conveniente. Esas dos tendencias entran en conflicto. ¿Cuál de ellas prevalecerá? Dependerá de cuál de los dos bienes es más importante para nosotros y en esta valoración la afectividad juega un papel decisivo. Si está bien ordenada, ayudará a la razón a percibir que la verdad es muy valiosa y que el aprecio de los demás no es deseable si exige renunciar a ella. Ese amor a la verdad por encima de otros bienes que también nos atraen, es precisamente lo que denominamos sinceridad. Pero si el afán por quedar bien es más fuerte que la atracción de la verdad, es fácil que la razón se engañe, y aun sabiendo que eso no es bueno, juzgue conveniente mentir. Aunque sepamos perfectamente que no se debe mentir, consideramos que en este caso nos conviene hacerlo.

La afectividad ordenada ayuda a hacer el bien porque ayuda antes a percibirlo. Interesa mucho formarla. ¿Cómo conseguirlo? Trataremos de exponer algunas ideas en el próximo editorial. Ahora nos limitaremos a señalar algo que conviene saber antes de afrontar ese tema.

La voluntad y los sentimientos

Acabamos de afirmar que una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Lo mismo se puede decir en el sentido contrario: actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad.

Sabemos por experiencia –y conviene no olvidarlo si no queremos caer fácilmente en frustraciones y desánimos– que no podemos controlar directamente nuestros sentimientos: si nos envuelve el desánimo, no podemos resolver el problema decidiendo sin más sentirnos alegres. Lo mismo sucede si queremos en un cierto momento sentirnos más audaces, o menos tímidos, o si deseamos no tener miedo o vergüenza, o no sentir la atracción sensible de algo que juzgamos desordenado. Otras veces, quizá desearíamos tratar con soltura a una persona ante la que sentimos un cierto rechazo involuntario por razones que reconocemos nimias, pero no conseguimos superar y nos damos cuenta de que proponerse sin más tratarla con sencillez no resuelve la dificultad. En definitiva, no basta una decisión voluntaria para que los sentimientos se ajusten a nuestros deseos. Sin embargo, que la voluntad no controle directamente los sentimientos no significa que no tenga ningún influjo sobre ellos.

En ética, el control que la voluntad puede ejercer sobre los sentimientos se califica de político, porque es semejante al que un gobernante tiene sobre las decisiones de sus súbditos: no puede controlarlas directamente, ya que ellos son libres; pero puede tomar ciertas medidas –por ejemplo, disminuir los impuestos– esperando que produzcan ciertos resultados –por ejemplo, un aumento del consumo o de la inversión– a través de la voluntad libre de los ciudadanos. También nosotros podemos realizar ciertos actos que esperamos que susciten unos sentimientos concretos: podemos detenernos a considerar el bien que hará una labor apostólica para la que buscamos ayuda, como medio para sentirnos más audaces al solicitar un donativo para su puesta en marcha. Podemos considerar nuestra filiación divina esperando también que nos afecte menos a nivel sensible un revés profesional. También sabemos que ingerir una cierta dosis de alcohol puede provocar un estado transitorio de euforia; y que si voluntariamente damos vueltas en nuestra cabeza a un mal trato recibido, provocaremos reacciones de ira. Estos serían algunos ejemplos del influjo, siempre indirecto, que la voluntad puede ejercer a corto plazo sobre los sentimientos.

Mucho más importante, sin embargo, es el influjo que la voluntad ejerce a largo plazo sobre la afectividad, porque es precisamente ese influjo lo que le permite darle forma, formarla. Al reflexionar sobre ese proceso se percibe claramente que la persona es una y que la formación sólo logra su objetivo si alcanza a la inteligencia, a la voluntad, a los afectos. En esto nos detendremos en el próximo editorial.

Julio Diéguez


[1] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[2] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7.XII.1965), n. 22.

[3]F. Ocáriz, Carta pastoral, 14.II.2017, n. 8.

[4] San Josemaría, Surco, 84: «Tu felicidad en la tierra se identifica con tu fidelidad a la fe, a la pureza y al camino que el Señor te ha marcado». Cfr. también, por ejemplo, San Josemaría, Instrucción, mayo-1935/14-IX-1950, 60; Instrucción, 8-XII-1941, 61; San Josemaría Amigos de Dios, 189.

[5]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 96.

[6] Baste mencionar, como ejemplo, el título de la homilía Amar al mundo apasionadamente, en Conversaciones, nn. 113-123.

[7] Amigos de Dios, n, 183.

[8]San Josemaría, Camino, n. 206.

 

Tema 18. El bautismo y la confirmación

El bautismo otorga al cristiano la justificación. Con la confirmación se completa el patrimonio bautismal con los dones sobrenaturales de la madurez cristiana.

Resúmenes de fe cristiana 14/12/2016

 Jesús es bautizado en las aguas del Jordán al inicio de su ministerio público, no por necesidad, sino por solidaridad redentora.

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A. Bautismo

1. Fundamentos bíblicos e institución

De entre las numerosas prefiguraciones veterotestamentarias del bautismo, se destacan el diluvio universal, la travesía del mar Rojo, y la circuncisión, por encontrarse explícitamente mencionadas en el Nuevo Testamento aludiendo a este sacramento (cfr. 1 P 3,20-21; 1 Co 10,1; Col 2,11-12). Con el Bautista el rito del agua, aun sin eficacia salvadora, se une a la preparación doctrinal, a la conversión y al deseo de la gracia, pilares del futuro catecumenado.

Jesús es bautizado en las aguas del Jordán al inicio de su ministerio público (cfr. Mt 3,13-17), no por necesidad, sino por solidaridad redentora. En esa ocasión, queda definitivamente indicada el agua como elemento material del signo sacramental. Se abren además los cielos, desciende el Espíritu en forma de paloma y la voz de Dios Padre confirma la filiación divina de Cristo: acontecimientos que revelan en la Cabeza de la futura Iglesia lo que se realizará luego sacramentalmente en sus miembros.

Más adelante tiene lugar el encuentro con Nicodemo, durante el cual Jesús afirma el vínculo pneumatológico que existe entre el agua bautismal y la salvación, de donde sigue su necesidad: «el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

El misterio pascual confiere al bautismo su valor salvífico; Jesús, en efecto, «había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un "Bautismo" con que debía ser bautizado (Mc 10,38; cfr. Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (cfr. Jn 19,34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva» (Catecismo, 1225).

Antes de subir a los cielos, el Señor dice a los apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20). Este mandato es fielmente seguido a partir de Pentecostés y señala el objetivo primario de la evangelización, que sigue siendo actual.

Comentando estos textos, dice Santo Tomás de Aquino que la institución del bautismo fue múltiple: respecto a la materia, en el bautismo de Cristo; su necesidad fue afirmada en Jn 3,5; su uso comenzó cuando Jesús envió a sus discípulos a predicar y bautizar; su eficacia proviene de la pasión; su difusión fue impuesta en Mt 28, 19 [1].

2. La justificación y los efectos del bautismo

Leemos en Rm 6,3-4: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva». El bautismo, que reproduce en el fiel el paso de Jesucristo por la tierra y su acción salvadora, otorga al cristiano la justificación. Esto mismo apunta Col 2,12: «Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que resucitó de entre los muertos». Se añade ahora la incidencia de la fe, con la cual, junto al rito del agua, nos «revestimos de Cristo», como confirma Ga 3,26-27: «Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo».

Esta realidad de justificación por el bautismo se traduce en efectos concretos en el alma del cristiano, que la teología presenta como efectos sanantes y elevantes. Los primeros se refieren al perdón de los pecados, como pone en relieve la predicación petrina: «Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2,38). Esto incluye el pecado original y, en los adultos, todos los pecados personales. Se remite también la totalidad de la pena temporal y eterna. Permanecen sin embargo en el bautizado «ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia , o "fomes peccati"» (Catecismo, 1264).

El aspecto elevante consiste en la efusión del Espíritu Santo; en efecto, «en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados» (1 Co 12,13). Porque se trata del mismo «Espíritu de Cristo» (Rm 8,9), recibimos «un espíritu de hijos adoptivos» (Rm 8,15), como hijos en el Hijo. Dios confiere al bautizado la gracia santificante, las virtudes teologales y morales y los dones del Espíritu Santo.

Junto a esta realidad de gracia «el bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al bautismo dar frutos de salvación» (Catecismo, 1272).

Como fuimos bautizados en un solo Espíritu «para no formar más que un cuerpo» (1 Co 12,13), la incorporación a Cristo es contemporáneamente incorporación a la Iglesia, y en ella quedamos vinculados con todos los cristianos, también con aquellos que no están en comunión plena con la Iglesia Católica.

Recordemos, finalmente, que los bautizados son «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9): participan, pues, del sacerdocio común de los fieles, quedando «”obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia” (LG 11) y a participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios» (Catecismo, 1270).

3. Necesidad

La catequesis neotestamentaria afirma categóricamente de Cristo que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos». Y puesto que ser «bautizados en Cristo» equivale a ser «revestido de Cristo» (Gal 3,27), deben entenderse en toda su fuerza aquellas palabras de Jesús según las cuales «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16,16). De aquí deriva la fe da la Iglesia sobre la necesidad del bautismo para la salvación.

Corresponde entender esto último según la cuidadosa formulación del magisterio: «El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cfr. Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer "renacer del agua y del espíritu" a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos» (Catecismo, 1257).

Existen, en efecto, situaciones especiales en las cuales los frutos principales del bautismo pueden adquirirse sin la mediación sacramental. Mas justamente porque no hay signo sacramental, no existe certeza de la gracia conferida. Lo que la tradición eclesial ha llamado bautismo de sangre y bautismo de deseo no son «actos recibidos», sino un conjunto de circunstancias que concurren en un sujeto, determinando las condiciones para que pueda hablarse de salvación. Se entiende así «la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo» (Catecismo, 1258). En modo análogo, la Iglesia afirma que «todo hombre que, ignorando el evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad» (Catecismo, 1260).

Las situaciones de bautismo de sangre y de deseo no incluyen la de los niños muertos sin bautismo. A ellos «la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos»; pero es justamente la fe en la misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cfr. 1 Tm 2,4), lo que nos permite confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo (cfr. Catecismo, 1261).

4. Celebración litúrgica

Los «ritos de acogida» intentan discernir debidamente la voluntad de los candidatos, o de sus padres, de recibir el sacramento y de asumir sus consecuencias. Siguen las lecturas bíblicas, que ilustran el misterio bautismal, y son comentadas en la homilía. Se invoca luego la intercesión de los santos, en cuya comunión el candidato será integrado; con la oración de exorcismo y la unción con el óleo de catecúmenos se significa la protección divina contra las insidias del maligno. A continuación se bendice el agua con fórmulas de alto contenido catequético, que dan forma litúrgica al nexo agua-Espíritu. La fe y la conversión se hacen presentes mediante la profesión trinitaria y la renuncia a Satanás y al pecado.

Se entra ahora en la fase sacramental del rito, «mediante el baño del agua en virtud de la palabra» (Ef 5,26). La ablución, sea por infusión que por emersión, se debe realizar en modo tal que el agua corra por la cabeza, significando así el verdadero lavado del alma. La materia válida del Sacramento es el agua tenida como tal según el común juicio de los hombres. Mientras el ministro derrama tres veces el agua sobre la cabeza del candidato, o la sumerge, pronuncia las palabras: «NN, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Los ritos posbautismales (o explicativos) ilustran el misterio realizado. Se unge la cabeza del candidato (si no sigue inmediatamente la confirmación), para significar su participación en el sacerdocio común y evocar la futura crismación. Se entrega una vestidura blanca como exhortación a conservar la inocencia bautismal y como símbolo de la nueva vida conferida. La candela encendida en el cirio pascual simboliza la luz de Cristo, entregada para vivir como hijos de la luz. El rito del effeta, realizado en las orejas y en la boca del candidato, quiere significar la actitud de escucha y de proclamación de la palabra de Dios. Finalmente, la recitación del Padrenuestro ante el altar –en los adultos, dentro de la liturgia eucarística– pone de manifiesto la nueva condición de hijo de Dios.

5. Ministro y sujeto

Ministro ordinario es el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono. En caso de necesidad, puede bautizar cualquier hombre o mujer, incluso no cristiano, con tal de que tenga la intención de realizar lo que la Iglesia cree cuando así actúa.

El bautismo está destinado a todos los hombres y mujeres que aun no lo hayan recibido. Las cualidades necesarias del candidato dependen de su condición de niño o adulto. Los primeros, que no han llegado aun al uso de razón, han de recibir el sacramento durante los primeros días de vida, apenas lo permita su salud y la de la madre: proceder de otro modo es, con expresión fuerte de San Josemaría, «un grave atentado contra la justicia y contra la caridad» [2]. En efecto, como puerta a la vida de la gracia , el bautismo es un evento absolutamente gratuito, para cuya validez basta que no sea rechazado; por otra parte, la fe del candidato, que es necesariamente fe eclesial, se hace presente en la fe de la Iglesia. Existen, sin embargo, determinados límites a la praxis del bautismo de los niños: es ilícita si falta el consenso de los padres, o no existe garantía suficiente de la futura educación en la fe católica. En vista de esto último se designan los padrinos, elegidos entre personas de vida ejemplar.

Los candidatos adultos se preparan a través del catecumenado, estructurado según las diversas praxis locales, con vista a recibir en la misma ceremonia también la confirmación y la primera Comunión. Durante este período se busca excitar el deseo de la gracia, lo que incluye la intención de recibir el sacramento, que es condición de validez. Ello va unido a la instrucción doctrinal, que progresivamente impartida busca suscitar en el candidato la virtud sobrenatural de la fe, y a la verdadera conversión del corazón, lo que puede pedir cambios radicales en la vida del candidato.

*****

B. Confirmación

1. Fundamentos bíblicos e históricos

Las profecías sobre el Mesías habían anunciado que «reposará sobre él el espíritu de Yahvéh» (Is 11,2), y esto estaría unido a su elección como enviado: «He aquí a mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones» (Is 42,1). El texto profético es aún más explícito cuando es puesto en labios del Mesías: «El espíritu del Señor Yahvéh está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahvéh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado» ( Is 61,1).

Algo similar se anuncia también para el entero pueblo de Dios; a sus miembros Dios dice: «infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos» (Ez 36,27); y en Jl 3,2 se acentúa la universalidad de esta difusión: «hasta en los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días».

En el misterio de la Encarnación se realiza la profecía mesiánica (cfr. Lc 1,35), confirmada, completada y públicamente manifestada en la unción del Jordán (cfr. Lc 3,21-22), cuando desciende sobre Cristo el Espíritu en forma de paloma y la voz del Padre actualiza la profecía de elección. El mismo Señor se presenta al comienzo de su ministerio como el ungido de Yahvéh en quien se cumplen las profecías (cfr. Lc 4,18-19), y se deja guiar por el Espíritu (cfr. Lc 4,1; 4,14; 10,21) hasta el mismo momento de su muerte (cfr. Hb 9,14).

Antes de ofrecer su vida por nosotros, Jesús promete el envío del Espíritu (cfr. Jn 14,16; 15,26; 16,13), como efectivamente sucede en Pentecostés (cfr. Hch 2,1-4), en referencia explícita a la profecía de Joel (cfr. Hch 2,17-18), dando así inicio a la misión universal de la Iglesia.

El mismo Espíritu derramado en Jerusalén sobre los apóstoles es por ellos comunicado a los bautizados mediante la imposición de las manos y la oración (cfr. Hch 8,14-17; 19,6); esta praxis llega a ser tan conocida en la Iglesia primitiva, que es atestiguada en la Carta a los Hebreos como parte de la «enseñanza elemental» y de «los temas fundamentales» (Hb 6,1-2). Este cuadro bíblico se completa con la tradición paulina y joánica que vincula los conceptos de «unción» y «sello» con el Espíritu infundido sobre los cristianos (cfr. 2 Co 1,21-22; Ef 1,13; 1 Jn 2,20.27). Esto último encontró expresión litúrgica ya en los más antiguos documentos, con la unción del candidato con óleo perfumado.

Estos mismos documentos atestiguan la unidad ritual primitiva de los tres sacramentos de iniciación, conferidos durante la celebración pascual presidida por el obispo en la catedral. Cuando el cristianismo se difunde fuera de las ciudades y el bautismo de los niños pasa a ser masivo, ya no es posible seguir la praxis primitiva. Mientras en occidente se reserva la confirmación al obispo, separándola del bautismo, en oriente se conserva la unidad de los sacramentos di iniciación, conferidos contemporáneamente al recién nacido por el presbítero. A ello se une en oriente una importancia creciente de la unción con el myron, que se extiende a diversas partes del cuerpo; en occidente la imposición de las manos pasa a ser una imposición general sobre todos los confirmandos, mientras que cada uno recibe la unción en la frente.

2. Significación litúrgica y efectos sacramentales

El crisma, compuesto de aceite de oliva y bálsamo, es consagrado por el obispo o patriarca, y sólo por él, durante la misa crismal. La unción del confirmando con el santo crisma es signo de su consagración. «Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda "el buen olor de Cristo" (cfr. 2 Co 2,15). Por medio de esta unción, el confirmando recibe "la marca", el sello del Espíritu Santo» (Catecismo, 1294-1295).

Esta unción es litúrgicamente precedida, cuando se realiza separadamente del bautismo, con la renovación de las promesas del bautismo y la profesión de fe de los confirmandos. «Así aparece claramente que la Confirmación constituye una prolongación del Bautismo» (Catecismo, 1298). Sigue a continuación, en la liturgia romana, la extensio manuum para todos los confirmandos del obispo, mientras pronuncia una oración de alto contenido epiclético (es decir, de invocación y súplica). Se llega así al rito específicamente sacramental, que se realiza «por la unción del santo crisma en la frente, hecha imponiendo la mano, y con estas palabras: "Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo"». En las Iglesias orientales, la unción se hace sobre las partes más significativas del cuerpo, acompañando cada una por la fórmula: «Sello del don que es el Espíritu Santo» (Catecismo, 1300). El rito se concluye con el beso de paz, como manifestación de comunión eclesial con el obispo (cfr. Catecismo, 1301).

Así pues, la confirmación posee una unidad intrínseca con el bautismo, aunque no se exprese necesariamente en el mismo rito. Con ella el patrimonio bautismal del candidato se completa con los dones sobrenaturales característicos de la madurez cristiana. La Confirmación se confiere una única vez, pues «imprime en el alma una marca espiritual indeleble , el "carácter", que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo» ( Catecismo, 1304). Por ella, los cristianos reciben con particular abundancia los dones del Espíritu Santo, quedan más estrechamente vínculados a la Iglesia, «y de esta forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con su palabra y sus obras» [3].

3. Ministro y sujeto

En cuanto sucesores de los apóstoles, solo los obispos son «los ministros originarios de la confirmación» [4]. En el rito latino, el ministro ordinario es esclusivamente el obispo; un presbítero puede confirmar válidamente sólo en los casos previstos por la legislación general (bautismo de adultos, acogida en la comunión católica, equiparación episcopal, peligro de muerte), o cuando recibe la facultad específica, o cuando es asociado momentáneamente a estos efectos por el obispo. En las Iglesias orientales es ministro ordinario también el presbítero, el cual debe usar siempre el crisma consagrado por el patriarca u obispo.

Como sacramento de iniciación, la confirmación está destinada a todos los cristianos, no solo a algunos escogidos. En el rito latino es conferida una vez que el candidato ha llegado al uso de razón: la edad concreta depende de las praxis locales, las cuales deben respetar su carácter de iniciación. Se requiere la previa instrucción, una verdadera intención y el estado de gracia.

Philip Goyret

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1212-1321.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 251-270.


[1] Cfr. Santo Tomás, In IV Sent., d.3, q.1, a.5, sol.2.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 78.

[3] Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 11.

[4] Ibidem, 26.

 

© Fundación Studium, 2016 y © Oficina de Información del Opus Dei, 2016.

 

¿Quieres decidirte a mejorar tu vida?

Sheila Morataya-Fleishman
18 junio 2018

La mujer se encuentra hoy en medio de un terrible vacío que cada día niega más su naturaleza femenina, y que no le brinda la plenitud que necesita. Sheila Morataya te explica cómo empezar una vida mejor.

“Cada mujer debe navegar contra viento y marea hacia la plenitud de su cualidad específica.” – Antonio Orozco

Hay momentos en la vida en que sin duda alguna tendrás que tomar decisiones importantes. El psiquiatra Enrique Rojas en su libro “Una Teoría de la felicidad” habla de los dos cánceres sociales que consumen nuestra sociedad siendo ellos: el consumo de las drogas en los jóvenes y las rupturas conyugales en los adultos. ¿Porqué tantas mujeres hoy en día mencionamos la palabra divorcio tan a la ligera? ¿Cuáles son los estragos psicológicos-emocionales y espirituales que como mujer sufres cuando tomas la decisión de decir no al reto de la aventura matrimonial? Para mencionar solo algunos de ellos: la pérdida de orientación en la vida, depresión, y amargura. ¿Qué hacer entonces para evitar esto y nunca cansarte en la decisión de renovar tu matrimonio cada día y sobre todo para decidir seguir amando?

La maduración de los sentimientos

“La inmadurez es moneda corriente en la sociedad contemporánea”
Aquilino Polaino-Lorente

Actualmente las estadísticas que arrojan los resultados en desarrollo humano en las diferentes etapas de la vida nos dicen que los jóvenes de hoy maduran mucho más tarde que los jóvenes de hace 25 años, y la diferencia es aún mayor respecto de los jóvenes de hace 45 años. Las etapas de desarrollo de Erick Erikson hoy son estudiadas, pero no tomadas como parámetro absoluto para medir el desarrollo y maduración interna de una persona. ¿Cuál es la razón? Según David Goleman autor de “El punto ciego”, los valores transcendentales que nos hacen persona han sido dejados a una lado y el hombre y la mujer actual se han decidido a ir en búsqueda de valores que no son permanentes y lo llevan a su plenitud, anti-valores como lo son el tener prestigio profesional, fama y fortuna están en la cima de las prioridades de esta generación. Según este autor, las generaciones más jóvenes al estar concentradas en lo anterior, no han tenido tiempo de sembrar la moral y estar para sus hijos enseñándoles el verdadero arte de la vida y sentido de la misma. Por estas razones hoy día es urgente la renovación mental-espiritual humana para poder ayudar a la maduración de los sentimientos. Nadie como tú que eres mujer para lograr esto.

Sin lugar a dudas una de las causas que provoca la ruptura conyugal es la inmadurez manifiesta que reclama y exige recibir y la pérdida en el horizonte de que tu y yo estamos llamadas a comunicarnos con Dios para entendernos, y poder ver que nuestra naturaleza humana puede ser fácilmente infectada por el egoísmo, la envidia y el rencor si no hay algo más grande que nuestro propio pensamiento que nos nutra, enseñe e ilumine. En los Estados Unidos la carrera de Psicología esta siendo escogida por un 60% por ciento de la población femenina en gran parte porque la mujer quiere entenderse a sí misma, reubicarse, reencontrarse, reconvertir su vida y sobre todo quiere ser simplemente mujer. Pero la respuesta amiga nunca estará en la psicología, la respuesta siempre estará sin lugar a dudas en atreverte a decirle sí al valor de lo religioso para resurgir a una nueva vida y poder así madurar los sentimientos.

Despertar de Nuevo lo femenino

“Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor -¡María de Magdala y María de Cleofás y Salomé! / Con un grupo de mujeres valientes, como esas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!” – Josemaría Escrivá, Camino, 18

Genéticamente tú como mujer estás dotada de una manera singular para ser mejor nutridora y para tener una capacidad mayor para perdonar y resistir con más fortaleza cualquier situación grave en tu vida. La hormona prolactina es la responsable de esto.

Lamentablemente feministas como Gloria Steiner y Marion Woodman no lo mencionan a la hora de argumentar por los derechos de la mujer pero grandes mentes contemporáneas como Edith Stein, Alice Von Hildebrand, Jutta Burgaff y Elena Ospina que parten a partir de la raíz misma divina, dejan muy claro esto al explicarnos la importancia de la toma de posición de ti como mujer que sale en defensa del ancla mayor que sostiene a la sociedad, la fundación de una familia.

Es un hecho comprobado que valores transpersonales como capacidad de conexión, receptividad, amor, reverencia y piedad no sólo están en el ámbito emocional psicológico, sino todavía más a escala genética. Consciente de la realidad anterior a la hora de amar, de comunicarte, de pelear por sostener un amor no tendrás entonces amiga que pasar por ese tumulto de confusiones que atormentan tu mente cuando te decides a luchar por salvar una relación o tu matrimonio, pues estarás conocedora que si perdonas, concilias y nutres es porque nadie te ha tenido convencer de ello, sino más bien porque te has preocupado de conocer tu naturaleza y sabes que esa capacidad es innata en ti.

Las decisiones más importantes

“Aprende a vivir con el alma aferrada al cielo, pues eres una mujer más que viaja hacia la vida eterna. No lo pierdas de vista”.

El momento actual te exige a ti y a mí apostar por un tipo de mujer nueva. Entre las decisiones que puedes tomar están:

– Tomarte la vida con Dios en serio que lejos de minar tu personalidad la elevará y embellecerá.

– Aspirar a influir en tu círculo social y profesional de una manera auténtica, siendo tú misma, consciente de que muchas veces serás criticada y rechazada por tener la fortaleza de no seguir los dictados de la moda.

– Vivir tu papel de esposa y madre de manera intense. Esto es exigirte a ti misma cada día conocer mejor a tu pareja y saber lo que le agrada y desagrada así como estar atenta a las necesidades emocionales de tus hijos en las diferentes etapas por las que atraviesan antes de llegar a la adolescencia. No quieras conocerles cuando lleguen a ella, será muy tarde.

– Atreverte a ser amiga de verdad no dejando que en tu corazón lleguen a residir sustancias tóxicas como son la rivalidad, envidia, egoísmo, recelo, desconfianza y rencor. Combate y limpia diariamente tu corazón de cada una de ellas pues son las que te impiden a que salgas al encuentro de los demás.

Amiga mía, es tiempo de hacer un alto y preguntarte: ¿Y tú quién eres mujer? ¿Qué quieres que se recuerde de ti? Los valores que con esfuerzo defendiste y la generosidad con que expandiste el amor.

¿Cuántos años tienes? Nunca serán tan pocos, ni tan muchos para que empieces a trabajar con ahínco a aquello a lo que la vida te llama.

¿Eres una joven? Suspiro con hondura al imaginarme todo el campo que tienes por delante.

¿Eres soltera? Prepárate, no quieras correr desbocadamente. Date un tiempo para conocerte a ti misma y preparar un jardín de virtudes para el amado que arrebataré tu corazón.

¿Estas casada? Es muy intense la tarea ¿verdad? El matrimonio bendito, escuela del arte de ser mujer… ¿Eres feliz? Esa soledad que sientes debe servir para crecer por dentro. El sinsabor de las ilusiones que ya no existen te debe dar la fuerza para sazonar lo que quieras que surja… ¿Cuál es el sentido de tu matrimonio?

¿Quién eres mujer? ¿Qué haces en este momento de tu vida? ¿Porqué tanta agonía?

Hay que llorar, y al llorar ofrecer esas lágrimas por la sanción de la humanidad. Así tus lágrimas y las mías tendrán sentido.

Hay que sufrir, y al sufrir contemplar el rostro de los niños que gimen por conocer lo que es el verdadero amor. Así tu sufrimiento estará orientado a otros y será fructífero. Sí, cuantos frutos dará.

¿Quién eres mujer? Yo te lo diré, no, sólo te lo recordaré.

Fuiste la Eva por la que se volvió loco un hombre, pero también eres la María que vistió de luz la raza humana al decir sí a la vida.

Eres la víbora por la que tantos niños mueren, pero también eres la religiosa que se consagra.

Eres la que puede desintegrar una familia, robar un amor; pero también eres la que con más fuerza que nadie lleva la unidad a los corazones.

Mujer, ¿Dónde estaría Dios cuando te creo? ¿Cómo te abra amado para depositar en tu vientre el deber de ser la custodia de la raza humana? ¿Lo has pensado detenidamente?

Con la ternura de su Santo Espíritu te acaricio y te hizo bella

Contigo su inteligencia quiso compartir y te dio la potestad de ser creadora…

 

 

Ante la crisis de los refugiados, la Francia laica se dirige a las iglesias

Salvador Bernal

Son evidentes los bandazos de la política europea sobre refugiados y asilo. Aunque en sí la emigración es competencia de los Estados, no ocurre lo mismo con los principios generales sobre el derecho de asilo. Sin embargo, el tema se aborda consejo tras consejo sin lograr avances. Y el affaire del Aquarius ha venido a poner sobre el tapete dramáticamente la debilidad del sistema ante una de las grandes tragedias del viejo continente.

En este contexto, y más aún en la Francia republicana y laica, lo último que uno se esperaba era un manifiesto, firmado sobre todo por personalidades de la izquierda, que pide ayuda a las confesiones religiosas. El propio título con que Le Monde presenta el documento refleja resonancias del origen eclesiástico del derecho de asilo...: “¡por un asilo santuarizado en los santuarios!”  Entre los primeros firmantes, aparte del superclásico Edgar Morin, Jacques Attali, Alain Touraine, Olivier Mongin, Yves Cochet, Daniel Pennac, Corine Pelluchon.

A lo largo de los años, se han sucedido, también en Francia, leyes cada vez más represivas –la última, del pasado 22 de abril-, en el límite de la constitucionalidad, como sucede con algunas propuestas recientes elaboradas en Bruselas. La reforma del derecho de asilo promovida por Europa se considera anticonstitucional por el Consejo de Estado francés. En el fondo, ese derecho humano forma parte de la "identidad constitucional de Francia": no se puede devolver a un solicitante de asilo a un tercer país considerado "seguro" sin antes estudiar su expediente sobre el fondo. Actualmente, Europa cuenta con el consenso de Turquía –no precisamente gratuito- para derivar inmigrantes. Pero esa solución se opone al párrafo cuarto del preámbulo de la Constitución de 1946, al que se remite la vigente de 1958: “todo hombre perseguido por su acción a favor de la libertad tiene derecho de asilo en los territorios de la República”. Aun en el caso de que prospere en Bruselas, esa solución exigirá una reforma constitucional en Francia.

Pero la tierra emblemática del derecho de asilo asiste impávida a evacuaciones de campamentos de exiliados. Ciertamente presiona la extrema derecha de Le Pen, como en otras naciones, pero la política restrictiva ha sido protagonizada sucesivamente por Nicolas Sarkozy, François Hollande y Emmanuel Macron quien, por cierto, está más de acuerdo con el Ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, de lo que pudo parecer en los primeros momentos de tensión.

El manifiesto evoca la durísima ruta de los exiliados, que ofrece un cúmulo excepcional de tragedias contemporáneas, donde se despliegan las gamas modernas del sufrimiento humano: proceden de situaciones de guerra letales como Siria, Sudán o Yemen, o de sistemas autoritarios represivos como Eritrea, que proyectan una precariedad absoluta sobre las capas más pobres del Tercer Mundo, que no dudan en arriesgar la vida hacia un camino de libertad... que acaba en los campos de retención.

Los firmantes del documento confían en que los demócratas de los países europeos lucharán por una política común de hospitalidad digna. Pero entretanto se permiten hacer una llamada angustiosa “a los representantes de las instituciones que precedieron históricamente al estado nación, mucho antes del siglo XIX, para recordar su constante predicación, subrayada sin cesar, en concreto, por el actual Papa católico: abrir generosamente lugares de hospitalidad a las personas en exilio”.

En la práctica, hacen “un llamamiento a los ministros de todas las religiones en Francia y Europa para que abran las puertas de sus iglesias, templos, mezquitas y sinagogas, lugares de culto seculares y regulares, parques, escuelas y bibliotecas, sitios de su propiedad, para acoger a los exiliados desde su llegada, en línea con las asociaciones y voluntarios que están trabajando ya, y han permitido proteger a los menores no acompañados, haciéndose cargo de ellos sin el menor retraso”.

Aunque hoy en el Mediterráneo algunas ONG están bajo sospecha, la realidad es que, sin SOS-France, la Caritas del país vecino, y tantas otras organizaciones, los problemas serían mucho más inhumanos. Y no son pocos los obispos o párrocos que vienen poniendo en práctica medidas de acogida. Hace años, con motivo de guerras y persecuciones en Oriente nació un “ecumenismo de sangre”. De modo análogo, tal vez la intensidad del actual problema humanitario ayude a fortalecer una laicidad de concordia, alejada de arcaicos tics laicistas.

 

 

¿Hablamos de Castidad?

Ernesto Juliá

En el documento que recoge las propuestas de la reunión con jóvenes en preparación del Sínodo sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, y en el epígrafe “La búsqueda del sentido de la existencia”, se puede leer ente otros el siguiente párrafo:

“Suele haber bastante desacuerdo entre los jóvenes, tanto dentro como fuera de la Iglesia, sobre algunas de sus enseñanzas que hoy en día son especialmente polémicas. Ejemplos de éstas son la contracepción, el aborto, la homosexualidad, el concubinato, el matrimonio y cómo el sacerdocio es percibido en diferentes realidades en la Iglesia. Es importante hacer notar que, independientemente del nivel de compresión que se tenga sobre la enseñanza de la Iglesia, sigue habiendo desacuerdo y discusión entre los jóvenes acerca de éstos temas polémicos. Como resultado, muchos jóvenes quisieran que la Iglesia cambie su enseñanza o, al menos, desearían tener acceso a una mejor explicación y formación en estas cuestiones”.

La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha mantenido siempre una clara enseñanza sobre todas esas cuestiones, sin necesidad de preguntar a nadie, porque sabe que ha de transmitir las enseñanzas de Cristo. Y tiene clara constancia del bien que ha hecho, a los hombres y a la sociedad, su firmeza en vivificar cada generación con la misma doctrina sobre esos puntos. Doctrina siempre viva y joven porque es eterna y nunca envejece, que lleva la paz a los corazones de los creyentes y de tantos otros hombres y mujeres que la viven. También porque les devuelve el sentido de pecado –si se hubiera perdido-, y nada hay más rejuvenecedor que el arrepentimiento.

Siempre habrá jóvenes, y mayores, y ancianos, que quieran cambiar las enseñanzas de la Iglesia sobre la Castidad.  Pero la Iglesia sabe muy bien que tiene que transmitir la verdad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, aunque a alguno no le guste, porque no puede traicionar a su Fundador.

En una reunión hace cuatro años, con jóvenes en Turín, el papa Francisco les habló del amor con estas palabras:           

“¿En qué consiste la grandeza del amor de Jesús? ¿Cómo podemos experimentar su amor?». Y ahora, sé que sois buenos y me permitiréis hablar con sinceridad. No quiero ser moralista, pero quiero decir una palabra que no gusta, una palabra impopular. También el Papa debe arriesgar algunas veces en las cosas para decir la verdad. El amor está en las obras, en la comunicación, pero el amor es muy respetuoso de las personas, no usa a las personas, es decir, el amor es casto. Y a vosotros, jóvenes en este mundo, en este mundo hedonista, en este mundo donde solamente se publicita el placer, pasarlo bien, darse la buena vida, os digo: sed castos, sed castos”.

“Todos nosotros en la vida hemos pasado momentos en los que esta virtud era muy difícil, pero es precisamente el camino de un amor genuino, de un amor que sabe dar la vida, que no busca usar al otro para su propio placer (…). No es fácil. Todos sabemos las dificultades para superar esta concepción «facilista» y hedonista del amor. Perdonadme si digo una cosa que no os esperabais, pero os pido: haced el esfuerzo de vivir castamente el amor” (21 de junio 2015).

¿Saben hoy tantos jóvenes qué es ser casto? ¿Saben qué es vivir castamente el amor siendo novios? ¿Se acuerdan los novios de estas palabras del Catecismo de la Iglesia Católica?:

“Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad” (n. 2350).

¿Está en el oído y en el corazón de tantos jóvenes, la palabra virginidad: o sea, llegar virgen al matrimonio, él y ella? Y nos podemos también preguntar: ¿recuerdan los casados estas otras palabras del mismo Catecismo:

“La sexualidad [...] mediante la cual el hombre y la mujer se dan el uno al otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte” (n. 2361).

“Los actos [...] con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud. La sexualidad es fuente de alegría y de agrado” (n. 2362).

Ratzinger señaló también, en el discurso que he comentado en artículos anteriores, que la aceptación de la práctica de la contracepción y de la homosexualidad son causa de la banalización de la Fe que contemplamos hoy. Vale la pena recordarlo con claridad a los jóvenes; lo haré en uno de los próximos escritos.

ernesto.julia@gmail.com

 

VIOLENCIA Y UN SU ANTÍDOTO
Ing. José Joaquín Camacho                                                             

Siglo 21, 16 junio 1018
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    La violencia es algo que nos inunda, y todos vemos la urgencia de detenerla. El problema es diagnosticar sus causas… y proponer soluciones, no sólo quejarse. Intentemos afrontar el tema en este breve espacio; aproximarnos algo al tema.
    “Sorprende, en primer lugar, el crecimiento de la violencia tanto en amplitud, a lo largo y ancho del país, como en intensidad, pues los actos violentos son cada vez más crueles, inhumanos y despiadados. El deterioro moral es universal: crecen las estadísticas; e intensivo: se apodera cada vez más de nuestro corazón…” Pero no habla de Guatemala; es frase dedicada a México por una de sus autoridades. Esta es quizá la primera aproximación: estamos ante un mal generalizado, mundial; no somos los malos de la película.
    Ciertamente necesitamos con apremio una agenda de seguridad, es urgentísimo. La inseguridad ciudadana es una verdadera amenaza. Pero habitualmente existe más seguridad en casa que fuera. Es el dicho popular, que en casa es dónde se está más seguro… que sigue vigente.
           Pero en el área de la vida pública poco se han referido a la familia como antídoto contra la violencia; por supuesto que es mucho más, pero es preciso tener conciencia y divulgar la enorme importancia que reviste la familia en este aspecto fundamental para la sociedad.
    Sin dudarlo hacen falta políticas públicas con un claro enfoque que favorezca a la familia.  Las razones abundan: las familias dan testimonio de los valores superiores que dan forma a la vida de la sociedad,  dan testimonio de la belleza de la creación, de la naturaleza, del desarrollo humano…
    Por ello la legislación tiene que contribuir para que cada familia –que lo sea verdaderamente- sea capaz de abrir los brazos para dar y recibir amor, solidaridad, respeto, generosa entrega de todos para edificar el bien común.  No hacerlo, arrastra consigo el caldo de cultivo necesario para que los individuos asuman una cultura de muerte, de destrucción, de violencia y guerra, como lo señaló Francisco recientemente.
    Las políticas públicas, para ser eficaces, deben aportar el necesario andamiaje -jurídico, social y económico- para que la familia construya la propia felicidad y, mediante ello, facilitar que todos sus miembros alcancen sus sueños. Las políticas públicas y las acciones de gobierno deben, para ser eficaces, caminar al lado de la humanidad, al lado de las familias.
    En el seno de las familias adquieren carta de ciudadanía la verdad, el amor y la belleza. Es evidente que, cuando la autoridad favorece estas políticas, la sociedad es campo fértil para la convivencia en paz y las relaciones vecinales respetuosas y llenas de armonía.
    Y un punto incidental a tener en cuenta: una sociedad que no sabe cuidar a las familias, es, sin duda, una sociedad que deshace su futuro, porque en la familia se encuentra –entre otras muchas cosas- el mejor antídoto contra la violencia.

 

A vueltas con el aborto.

Sigue incrementándose la lista de países que despenalizan el aborto (si se despenaliza  es que se considera delito). Parece como si actualmente el vientre materno se hubiese convertido (de forma antinatural) en un corredor de la muerte.

Las campañas “pro-muerte” suelen resurgir después de los desahogos del público “pro-vida”, quizá aprovechando su desgaste. Sin embargo, aun con cansancio, hay que seguir defendiendo el respeto a la vida. Y el error no se combate con la violencia, sino con la firmeza de la verdad:

Algunas mujeres declaran que pueden hacer lo que quieran con sus cuerpos. Pero el cuerpo embrionario/fetal es distinto que el materno, no es una parte del mismo. No es un órgano, sino una persona. Depende de la madre hasta el acontecimiento del parto (después, sigue una dependencia nutricional, afectiva, etc., que se va aminorando con el tiempo).

Realmente, la mujer no es dueña de su cuerpo, sino administradora del mismo, al que debe respeto.

El dinamismo biológico de todo ser vivo (la vida) comienza con la unión del espermatozoide y el óvulo.

Se depositan en la vagina humana entre trescientos y quinientos millones de espermatozoides, que han de salvar barreras mecánicas y químicas, vaginales y uterinas, antes de alcanzar las trompas de Falopio: los suficientemente dotados, pocos,  las alcanzarán, lográndolo  entre media y tres cuartos de hora después del coito. Sólo un espermatozoide penetrará el óvulo.

La nueva célula (cigoto) es distinta del óvulo y del espermatozoide, con una carga genética que es la suma de lo aportado por el padre y la madre, y con un impulso vital que puede durar años.

Este ser presenta una unidad temporal, biográfica, patente: aunque al cabo del tiempo haya renovado totalmente sus materiales y haya cambiado su aspecto, es el mismo. El momento del parto no es más que un suceso biográfico más.

Es una vida autónoma porque toma del medio en que se encuentra todo lo que necesita, independientemente de que la madre esté desnutrida o enferma. Autonomía no esencialmente diferente de la del adulto, que también depende del medio: del aire, del alimento, de las relaciones sociales, etc.

Y es de la especie humana, por su organización, distinta estructuralmente de las restantes especies animales. Su carga genética es la responsable de las diferencias con respecto a otros individuos de su especie, no sólo en cuanto al sexo y aspectos externos  - color de los ojos, modo de andar, tonalidad de la voz, etc. -  , sino también en cuanto a sus órganos internos; y están ya marcadas determinadas disposiciones para enfermar, que probablemente no se pondrán de manifiesto hasta transcurridos muchos años. La individuación se da desde la fecundación. Y es varón o hembra desde entonces.

El hombre no posee otra modalidad de existencia que la de ser persona,  y el cigoto (y el embrión/feto) es persona porque tiene una organización, estructuración y genoma humanos.

Algunos afirman que la condición humana se va adquiriendo progresivamente: al principio sería una masa amorfa, y al final tendría una forma humana. Pero no hay ningún límite claro entre los sucesivos procesos biológicos del desarrollo. Y la carga genética no es el principio informador vital, y la forma, la morfología, no determinan al ser humano; más bien, la morfología viene determinada por la carga genética.

También se dice que un individuo no es persona hasta que no es aceptado por los demás, argumento sin base científica.

Según Zubiri, el hombre es siempre el mismo, aunque nunca sea lo mismo: "El oligofrénico es persona; el concebido antes de nacer es persona. Son tan personas como cualquiera de nosotros"

Digno es lo que debe ser tratado con respeto y veneración, dignidad que tiene el hombre en toda su realidad biográfica: no hay ningún salto de calidad entre unas etapas y otras del desarrollo; se trata de un continuum en los procesos vitales. Desde el primer momento ese ser es digno de respeto. Como ninguna persona puede ser objeto de posesión, el embrión/feto, que es una persona, no es propiedad de nadie. Su manipulación, su muerte provocada, atenta contra su dignidad. Y el respeto a la mujer embarazada va unido al respeto a la vida que alberga.

El ser humano puede enfermar, antes o después del nacimiento. La Medicina Embriofetal es la especialidad médica que se encarga de los asuntos patológicos del ser humano antes de nacer. Es una realidad la intervención quirúrgica intra-útero de fetos humanos. El embrión/feto tiene derecho a ser tratado médicamente, como cualquier persona, respetando su vida e integridad física, y no exponiéndole a riesgos desproporcionados.

 “La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo.” (Papa Francisco,  Exhortación Apostólica Gaudete et exultate)

 

 

Las piedrecitas azules

 Había dos piedrecitas que vivían en medio de otras en el lecho de un torrente. Se distinguían entre todas porque eran de un intenso color azul. Cuando les llegaba el sol, brillaban como dos pedacitos de cielo caídos al agua. Ellas conversaban en lo que serían cuando alguien las descubriera: "Acabaremos en la corona de una reina" se decían.

Un día, por fin fueron recogidas por una mano humana. Varios días estuvieron sofocándose en diversas cajas, hasta que alguien las tomó y oprimió contra una pared, igual que otras, introduciéndolas en un lecho de cemento húmedo.

Lloraron, suplicaron, insultaron, amenazaron, pero dos golpes de martillo las hundieron todavía más en aquel cemento.

A partir de entonces solo pensaban en huir. Trabaron amistad con un hilo de agua que de cuando en cuando corría por encima de ellas y le decían: - Fíltrate por debajo de nosotras y arráncanos de esta maldita pared". Así lo hizo el hilo de agua y al cabo de unos meses las piedrecitas ya bailaban un poco en su lecho.

Finalmente en una noche húmeda las dos piedrecitas cayeron al suelo y yaciendo por tierra echaron una mirada a lo que había sido su prisión. La luz de la luna iluminaba un espléndido mosaico. Miles de piedrecitas de oro y de colores formaban la figura de Cristo. Pero en el rostro del Señor había algo raro, estaba ciego. Sus ojos carecían del iris. Las dos piedrecitas comprendieron. Eran ellas los ojos de Cristo. Por la mañana un sacristán distraído tropezó con algo extraño en el suelo. En la penumbra pasó la escoba y las echó al cubo de basura.

Cristo tiene un plan maravilloso para cada uno de nosotros, y a veces no lo entendemos y por hacer nuestra propia voluntad malogramos lo que él había trazado. Tú eres los ojos de Cristo. Él te necesita para mirar con amor a cada persona que se acerca a tu vida.

Tú también eres parte del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

 

 

Foto de Germain Droogenbroodt

Contemplando la luna y anhelando al amante lejano

 

La luna, llena ahora sobre el mar,
ilumina todo el cielo,

ofreciendo a corazones separados
la profundidad de la noche.
Apago la vela

para disfrutar del claro resplandor,

y me abrigo

al sentir la escarcha acumularse.
Pero ya que no puedo darte
un puñado de luz de luna,
me volveré a dormir

esperando encontrarte en algún sueño.


CHANG CHIU-LING, China

 

 

Italia como aviso

En realidad lo único que une a las dos formaciones italianas que han formado gobierno es su antieuropeismo. El pacto ha sido posible porque en Italia, más de la mitad de los votos fue a estas dos formaciones que, de un modo u otro, prometían la salida del euro. Ahora hablan de revisar los pactos fundamentales de la Unión. Rompen con la mejor tradición italiana, debilitan el eje de los socios del sur y desestabilizan la única opción que, con todas sus limitaciones, ofrece una respuesta al reto del nacionalismo y de la globalización.

Lo ocurrido en Italia es un buen aviso para navegantes, aunque algunos de los nuevos ministros de nuestro país dan cierta confianza. La cultura democrática de un país no es un paisaje que crezca de manera salvaje. Después de la implosión de la democracia cristiana y de los partidos de izquierda, nacidos tras la II Guerra Mundial, las nuevas formaciones políticas no han estado a la altura de las circunstancias. El desprestigio de las instituciones, la falsa sensación de alarma provocada por los movimientos migratorios y el resentimiento regionalista han amasado este, a mi entender, desastre.

Valentín Abelenda Carrillo

 

 

 

Desde el Vaticano

Junto al organismo encargado de la Justicia Social, firma el documento la Congregación para la Doctrina de la Fe. De esta manera el Vaticano insiste en que la política debe primar sobre la economía, sin dejar de apostar por la autorregulación, con propuestas como comités éticos en los bancos. Todo ello, sin dejar de recordar al ciudadano de a pie que, con sus decisiones cotidianas, como consumidor, va moldeando el sistema económico.

"Nunca la Santa Sede se había pronunciado con tanto detalle sobre cuestiones económicas como con el nuevo documento presentado el pasado mes en El Vaticano"

Juan García.

 

 

El Corazón de Jesús. Orígenes de la devoción.

El mes de junio, la Iglesia lo dedica al Corazón de Jesús. En España, la imagen del Sagrado Corazón preside muchos hogares y está presente en casi todas las iglesias. El movimiento de la devoción al Corazón de Cristo lo inició el Papa Inocencio XIII, a raíz de las apariciones a  la religiosa francesa Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), que había contemplado  el Divino Corazón “ en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior”. En 1689, Jesús encargó, a Santa Margarita, que pidiera, a Luis XIV, la consagración de Francia a su Corazón, y, aunque ella fue, personalmente, a la Corte, el rey hizo caso omiso (algunos historiadores observan que, justo a los cien años, se inició la sangrienta revolución francesa). En España, el Corazón de Jesús se  manifestó al Beato Bernardo de Hoyos ( 1711-1735), jesuita vallisoletano. Éste mandó una carta a Felipe V con el propósito de extender más fácilmente la devoción al Corazón de Cristo, quien le había hecho esta promesa: “Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”. Seguidamente, el rey escribió al Papa Benedicto XIII, propiciando, así, la extensión de esta devoción por todos sus reinos y dominios. En mayo de 1919, en el Cerro de los Ángeles (Getafe), el rey Alfonso XIII consagró España al Sagrado Corazón. En su Encíclica “Haurietis Aguas” (1956), Pío XII  resalta la importancia del culto al Corazón de Cristo, que califica “de incomparable excelencia  y de inexhausta fecundidad en toda clase de gracias celestiales”. En 2011,  aprovechando la JMJ en Madrid, el Papa Benedicto XVI hizo la consagración de los jóvenes al Corazón de Jesús. La devoción  al Sagrado Corazón es particularmente fuerte  en Valladolid, a donde llegan peregrinos para adorar a este Corazón divino en la Basílica de la Gran Promesa (Santuario nacional), en donde se manifestó al Beato Bernardo de Hoyos. Impactantes estas palabras del Corazón de Jesús a  Santa Margarita María: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres  y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor (…)”.

Josefa Romo. Valladolid

 

 

Mis relaciones y recuerdos con Cataluña

 

                                Pasaron muchos años ya, eran épocas de “la gran miseria” que fue la pos guerra civil española, “reinaba Franco en todo su esplendor”; no hacía mucho tiempo en que aún nos alimentábamos en España, mediante aquellas cartillas de racionamiento, que nos racionaron hasta el pan de cada día; y aquella mañana del año 1955, entraba en aquella modesta “droguería familiar”, un viajante de “pinturas y colorantes”; se llamaba Nicolás Pérez-Ojel Jaramillo, era ya mayor y entraba en la vejez más curtido que la mojama; era seco y alto como un palo. Hombre nacido en Granada, pero “con más mili que un soldado romano”, tenía sobre su ser, “más pasadas que el violín de Mozart” y era por tanto uno de aquellos miles y miles de “buscadores de vida”, que fuera de la política franquista, se buscaban la vida en aquellos oficios de vendedores de múltiples mercancías y servicios, que pulularon por toda España. Aquel hombre “entraría en mi vida” de forma en que influiría en mí muy positivamente, por cuanto aprendí a su lado viajando junto a él; murió “con las botas puestas”, o sea en carretera y en accidente automovilista; dejó ésta en “los Montes de Málaga”, siendo aquella una muerte “heroica” para los que “de la carretera vivimos e hicimos fortuna incluso para llegar a la vejez sin problemas económicos”; que fuimos muchos en aquella España, la que pese al partido único que dominaba todo, “fuera del mismo había infinitos caminos para progresar en la vida, cosa que hoy no existen”; y esto es largo de contar, por lo que no me extiendo en lo que necesitaría varios libros para contarlo.

                                Aquella droguería hacía tres años que la abrieron al público, el que fuera mi padrastro y el que con la ayuda de mi madre y yo, ya joven bien fornido y “mozo para todo”, empezó su “dura odisea” hasta llegar a destacar entre todas las que había en la ciudad mucho después. En ella aquel “viajante”, hizo su labor de venta y vendió un buen pedido a “aquellos drogueros”; pero como testigo e interesado en aquello, yo intuí, que, “algo traía aquel hombre destinado a mí y un impulso salido del yo interior me excitó”, para emprender lo que sería mi nuevo y definitivo futuro, el de representante de comercio, cosa que me atraía ya hacía tiempo. Por ello y tras la labor de venta efectuada por aquel hombre, y enterados que la fábrica catalana que aquel hombre representaba, el que la misma no tenía representante en Jaén y provincia, pedí a mi padrastro que solicitara el puesto para mí y satisfactoriamente, aquel hombre “vio ; ello interesante y aceptó”; poco tiempo antes ya había obtenido de forma similar, la representación de una fábrica de crema para zapatos y ceras para el piso, radicada en Madrid y cuya marca  era y sigue siendo “Alex”; a la que recuerdo que en seis meses de ardua labor, sólo le obtuve 242 pesetas; “o sea los duros principios de cualquier camino”. Luego hay una larga historia de treinta años de trabajos y aventuras felizmente llenos de éxitos económicos y sociales, todos, “ganados a pulso y sin tener que estar ante un juez nunca”.

                                En tan largo período entra “el tiempo que me robó el Ejército de España”, al tenerme “movilizado en Melilla”, desde marzo de 1960 hasta agosto de 1961 y del que algo conté en mi novela “1939-1963 25 años de lucha en España”.

                                Es en Melilla donde conozco al primer catalán con el que compartí  amistad: fue el leridano Alberto Vidal Font, el que por casualidad entró a formar parte del pelotón de entrenamiento que compartimos en aquel “desierto almeriense de Viator” donde nos conocimos. Catalán con el que me honro aún hoy de seguir compartiendo amistad pese a la distancia en años y kilómetros que nos separan. En aquellos largos seis lustros de “oficio”, he conocido a otros muchos catalanes, empresarios o trabajadores y en general guardo de todas estas relaciones, gratos recuerdos de convivencia humana y profesional, en general fueron todos “gente buena”.

                                Hubo incluso un empresario, D. Ricardo Palau Más, el que en mi primera visita a Barcelona, espontáneamente me ofreció ayuda financiera para comprarme mi primer automóvil, visto ello en relación a como defendía sus intereses en la zona confiada a mí; cosa que no acepté por cuanto no lo necesitaba. Y así podía seguir contando cosas buenas de mis relaciones y estancias en Cataluña. En una de dichas estancias y llevándome un industrial catalán a la obligada visita de “La Sagrada Familia”, maravillado con aquella obra, entonces muy atrasada (era 1961) de la que en mi poder tenía una postal en colores ya (1930) y de los pocos “recuerdos” de mi padre, y encontrándome en la habitación anexa a la obra y donde existía “un buzón con la petición de donaciones para la obra” (los catalanes nunca pierden el tiempo sobre “la pela”) eché mano a mi cartera, pues maravillado con la obra y su autor, deposité un billete de cien pesetas en aquella ranura; por lo que siento hoy la satisfacción de que “un par de jornales de albañilería peonal”, los costeó quién hoy escribe de aquella hoy maravilla y que recibe millones de visitantes; muchísimos de los cuales igualmente donamos dinero para ella, por lo que sencillamente, la obra ha sido costeada por infinidad de admiradores de la misma, así es que la obra no es catalana solamente.

                                Por todas estas “cosas” y que con la imaginación traslado al resto de España, no entiendo ni entenderé nunca, “ese veneno separatista que como ocurre en la cobra real,  está siempre en el seno de los miserables, para escupirlo y matar los buenos sentimientos que deben imperar entre seres humanos llamados a entenderse”; vaya pues desde aquí mi mayor desprecio, para esos bichos independentistas, que para mí no son sino parásitos que lo que quieren es de nuevo, hacer feudal a Cataluña y apropiársela para su disfrute como eso mismo, o sea como los antiguos señores feudales con derecho incluso a la pernada y de que nos habla la historia.

                                Y es más; y lo reitero por cuanto hace mucho lo tengo escrito: “Si alguna vez hay paz en esta mierda de mundo, será cuando en el mismo, exista, sólo un idioma, una bandera, un ejército, un gobierno y la buena voluntad de convivencia de todos en paz y justicia, hoy tan ausente de aquí como nos dice la realidad que vivimos.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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