Las Noticias de hoy 16 Mayo 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 16 de mayo de 2018      

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Círculo de S. Pedro: Un apostolado que corresponde “a la llamada a la santidad”

‘Cor Orans’, Instrucción sobre la vida contemplativa – Texto completo

EL DON DE FORTALEZA: Francisco Fernández-Carvajal

“Acude con confianza a la Virgen”: San Josemaria

Guadalupe Ortiz de Landázuri, patrona y principal impulsora de un colegio en Michoacán

«Aquella primera oración de hijo de Dios»: Lucas Buch

La espiritualidad violenta del islam: Pilar Gonzalez Casado

La síntesis de Benedicto XVI sobre religión y política: Salvador Bernal

La pornografía degenera y destruye a la persona: Monseñor Francisco Pérez 

Qué hacer cuando los hijos van mal en el colegio: LaFamilia.info 

La eutanasia forma parte del problema, no de la solución: ForumLibertas

Algo muy importante que descubrir.: José Manuel Belmonte

Algunos modales básicos: Pedro García

¿Abaratando la santidad: Juan García.

Por puro odio no se debe humillar: JD Mez Madrid

Un futuro sin futuro y allí nos quieren llevar: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

ROME REPORTS

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta


Martes, 15 de mayo de 2018

El texto de la Primera Lectura de hoy (Hch 20,17-27) recoge el momento en que Pablo se despide de los ancianos de la Iglesia para ir a Jerusalén “forzado por el Espíritu”, dice. El Apóstol manifiesta su obediencia al Espíritu Santo y el amor a su grey. Pidamos que todos los obispos sean así. Porque es un pasaje fuerte, es un texto que llega al corazón; y también una escena que nos hace ver el camino de cada obispo a la hora de despedirse.

En el texto se cuenta que Pablo convoca en Éfeso a los ancianos de la Iglesia, a los presbíteros. Hace una reunión del Consejo presbiteral para despedirse de ellos, y lo primero que hace es una especie de examen de conciencia, dice lo que ha hecho por la comunidad y lo somete a su juicio. Aunque pueda parecer un poco orgulloso, en cambio, Pablo es objetivo. Solo se gloría de dos cosas: de sus propios pecados y de la cruz de Jesucristo que le salvó.

Luego explica que ahora, “forzado por el Espíritu”, debe ir a Jerusalén. Es la experiencia del obispo, del obispo que sabe discernir el Espíritu, que sabe discernir cuándo es el Espíritu de Dios el que habla y sabe defenderse cuando habla el espíritu del mundo.

Pablo sabe, de algún modo, que está yendo a la tribulación, a la cruz, y eso nos hace pensar en la entrada de Jesús en Jerusalén: Él entra para padecer, y Pablo también va a la pasión. El Apóstol se ofrece al Señor, obediente, “forzado por el Espíritu”. El obispo que va siempre adelante, pero según el Espíritu Santo. Eso es Pablo.

Finalmente, el Apóstol se despide, entre el dolor de los presentes, y da unos consejos, su testamento, que no es un testamento mundano, un legado de cosas. No aconseja: “Este bien que dejo dádselo a este, esto a aquel, lo otro…”: eso sería un testamento mundano. Su gran amor es Jesucristo. El segundo amor, la grey. Vigilad sobre vosotros mismos y sobre toda la grey. Haced vela sobre le grey; sois obispos para la grey, para proteger le grey, no para trepar en una carrera eclesiástica, ¡no!

Pablo encomienda a Dios a los presbíteros, seguro de que Él los protegerá y los ayudará. Luego, vuelve a su experiencia diciendo que no había deseado para sí ni plata ni oro ni el vestido de nadie. El testamento de Pablo es un testimonio. Es también un anuncio. Es también un reto: Yo he hecho este camino. Continuad vosotros. Cuán lejos está este testamento de los testamentos mundanos: Esto lo dejo a ese, aquello al otro…, muchos bienes. Pablo no tenía nada, solo la gracia de Dios, el valor apostólico, la revelación de Jesucristo y la salvación que el Señor le había dado.

Cuando yo leo esto, pienso en mí, porque soy obispo y debo despedirme. Pido al Señor la gracia de poderme despedir así. Y en el examen de conciencia no saldré vencedor como Pablo. Pero, el Señor es bueno, es misericordioso. Pienso en los obispos, en todos los obispos. Que el Señor nos dé la gracia a todos de podernos despedir así, con ese espíritu, con esa fuerza, con ese amor a Jesucristo, con esa confianza en el Espíritu Santo.

 

Círculo de S. Pedro: Un apostolado que corresponde “a la llamada a la santidad”

Discurso del Papa Francisco (Texto completo)

mayo 15, 2018 19:32Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 15 mayo 2018).- El Papa Francisco recibió en audiencia a los miembros del Círculo de San Pedro el pasado sábado, 12 de mayo de 2018, a las 11:50 horas, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico.

El Círculo de San Pedro, fundado en Roma en 1869 fue fruto del entusiasmo de los jóvenes de la alta burguesía y de las familias nobles romanas, que querían demostrar al mundo la fidelidad al Pontífice y defenderlo de los ataques anticlericales en aquel difícil momento de la historia del Papado.

Su actividad, organizada en varias Comisiones, se dirige a todos los sectores de la pobreza humana, intentando responder al reclamo de los necesitados, describen en su página web.

Actualmente esta Comisión distribuye unas 50.000 comidas al año en los tres comedores situados en varias zonas de la Ciudad. Con ocasión del Gran Jubileo del 2000, el Santo Padre quiso honrar al Círculo confiándole el encargo de distribuir, cerca de las cuatro Basílicas Patriarcales romanas, 500 comidas gratuitas cada día a los peregrinos pobres que llegaban a Roma para el Año Santo.

La Comisión “Asilos Nocturnos”, con 50 camas, concede a quien no lo tiene una cama y un asilo digno durante la noche.

A continuación ofrecemos el discurso que el Papa les dirigió durante el encuentro:

Discurso del Papa Francisco

¡Queridos socios del Círculo San Pedro!

Os saludo cordialmente y agradezco a vuestro presidente general, el duque Leopoldo Torlonia, sus palabras. Dirijo a cada uno mi agradecimiento por el servicio cotidiano a las personas más desfavorecidas de la ciudad. El Círculo de San Pedro desde muchos años es una hermosa realidad de asistencia y de ayuda para los pobres: un sarmiento de la rica y fecunda “vid” de la caridad, expresión de la “viña” eclesiástica de Roma. Vosotros os esforzáis por ser el rostro de una Iglesia que se extiende hacia los confines, que nunca se detiene, sino que camina para ir hacia los hermanos y hermanas que tienen hambre y sed de escucha, de intercambio, de proximidad, de solidaridad. ¡Os exhorto a seguir este camino!

En vuestra actividad, no os avergoncéis de la carne herida del hermano;  al contrario, en cada persona necesitada y que sufre descubrid el rostro de Cristo. Sed misioneros valientes de la caridad cristiana y no os canséis de atestiguar la misericordia y la bondad de Dios, volviéndoos instrumentos de consuelo para muchas personas frágiles y desesperadas.

Tenéis frente a vosotros el ejemplo de muchos santos de la caridad, ya beatificados o canonizados, pero dejaos animar también “por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo que participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad” (Exhort.ap. Gaudete et exsultate, 8). Vuestro apostolado constituye una ocasión y un instrumento para corresponder a la llamada a la santidad que el Señor hace a cada uno de nosotros. A través de las obras de caridad, permitís  que la gracia recibida en el Bautismo fructifique  en un camino de santidad, que es el fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestra vida.

Os doy también las gracias por el Óbolo de San Pedro, que recogéis en todas las iglesias como signo de vuestra participación a la solicitud del Obispo de Roma por las pobrezas de esta ciudad. Que vuestra apreciada actividad caritativa esté siempre sostenida por la oración y por la referencia constante a la Palabra de Dios, luz que ilumina nuestro camino. Os encomiendo al igual que a vuestros familiares y vuestra misión a la protección de la Virgen Santa, la Salus Populi Romani, y a la intercesión de San Pedro y de San Pablo. Os pido que sigáis sosteniendo mi ministerio también con la oración y os bendigo de todo corazón.

Gracias.

© Librería Editorial Vaticano

 

‘Cor Orans’, Instrucción sobre la vida contemplativa – Texto completo

Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica

mayo 15, 2018 21:41RedaccionÓrdenes religiosas

Corazón orante, guardián de gratuidad, riqueza de fecundidad apostólica y de una misteriosa y multiforme santidad, es la vida contemplativa femenina en la Iglesia. Ésta continúa enriqueciendo a la Iglesia de Cristo con frutos de gracia y misericordia[1].

Con la mirada orientada hacia esta forma especial de seguimiento de Cristo, el Papa Pío XII, el 21 de noviembre de 1950, publicaba la Constitución Apostólica Sponsa Christi Ecclesia[2] dirigida a la vida monástica femenina. En dicho documento, el Romano Pontífice reconocía los monasterios de monjas como auténticos monasterios autónomos[3] y apoyaba el nacimiento de las Federaciones[4] como estructuras de comunión que ayudasen a superar el aislamiento de los monasterios. Todo ello con el fin de favorecer la conservación del carisma común y la colaboración en la ayuda recíproca manifestada de diversas formas, dando indicaciones para la accommodata renovatio[5] de aquello que se llamaba Instituto de las monjas, sobre todo acerca del tema de la clausura[6]. De hecho, el Papa Pío XII anticipaba para los monasterios de vida contemplativa lo que el Concilio Vaticano II pediría algunos años más tarde a todos los Institutos religiosos[7].

Como recordaba el PapaPío XII al inicio de la Constitución Apostólica —que casi como introducción histórica, señala en sus partes esenciales las varias fases de la vida consagrada femenina en la Iglesia[8]—, la intención y el proyecto de los f undadores, autorizados por la competente autoridad de la Iglesia, a través de los siglos, ha embellecido a la Iglesia, Esposa de Cristo, con una multitud de carismas, modelando varias formas de vida contemplativa en diversas tradiciones monásticas y diferentes familias carismáticas[9].

La especificidad del documento, que trataba sobre la disciplina/normativa común del Instituto de las monjas, del monasterio autónomo y de la Federación entre monasterios autónomos, ha dado larga vida a la Constitución Apostólica Sponsa Christi Ecclesia, que ha estado en vigor incluso después de la celebración del Concilio Vaticano II y la promulgación del Código de Derecho Canónico, hasta el presente.

En efecto, el Papa Francisco, al promulgar el 29 de junio de 2016 la Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere, para ayudar a las contemplativas a alcanzar el fin propio de su vocación específica, ha invitado a reflexionar y a discernir sobre los contenidos precisos[10] relacionados con la vida consagrada en general y con la tradición monástica en particular, pero no ha querido abrogar la Sponsa Christi Ecclesia que sólo ha sido derogada en algunos puntos[11]. Por ello, los dos documentos pontificios se han de considerar como normativa en vigor para los monasterios contemplativos y deben ser leídos con una visión unitaria.

El Papa Francisco, en la línea de cuanto ha enseñado el Papa Pío XII y recordado el Concilio Ecuménico Vaticano II, quiso presentar en la Vultum Dei quaerere el intenso y fecundo camino que la Iglesia misma ha recorrido en las últimas décadas, a la luz de las enseñanzas del Concilio y considerando las cambiantes condiciones socio-culturales[12].

Por lo tanto, desde el momento que los Institutos totalmente entregados a la contemplación tienen siempre un sitio eminente en el cuerpo místico de Cristo “aun cuando sea urgente la necesidad de un apostolado de acción, los miembros de estos Institutos no pueden ser llamados para que presten colaboración en los distintos ministerios pastorales”[13].

Por mandato del Santo Padre[14], la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica ha redactado la presente Instrucción aplicativa de la Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere, entregada “a la Iglesia, con particular atención a los monasterios de rito latino”[15], Instrucción que quiere aclarar las disposiciones de la ley, desarrollando y determinando los procedimientos para ejecutarla[16].

NORMAS GENERALES

1. Con el nombre de monjas, según lo establece el derecho, se consideran, además de las religiosas de votos solemnes, también a las que en los monasterios profesan votos simples, tanto perpetuos como temporales. La Iglesia, entre las mujeres consagradas a Dios mediante la profesión de los consejos evangélicos, consigna sólo a las monjas el compromiso de la oración pública, que en su nombre eleva a Dios, como comunidad orante en el Oficio divino que se ha de celebrar en coro.

2. Al legítimo nombre de monjas no se opone 1) la profesión simple emitida legítimamente en los monasterios; 2) la realización de obras de apostolado inherentes a la vida contemplativa por institución aprobada y confirmada por la Santa Sede para algunas Órdenes, como por legítima prescripción o concesión de la Santa Sede a favor de algunos monasterios.

3. Todos los monasterios en los cuales se emiten sólo votos simples pueden solicitar a la Santa Sede la restauración de los votos solemnes.

4. La forma particular de vida religiosa que las monjas tienen que vivir fielmente, según el carisma del propio Instituto y a la cual son destinadas por la Iglesia, es la vida contemplativa canónica. Con el nombre de vida contemplativa canónica no se hace referencia a la vida interior y teológica a la que se invita a todos los fieles en virtud del bautismo, sino a la profesión externa de la disciplina religiosa que, tanto a través de ejercicios de piedad, oración y mortificación, así como por las ocupaciones que las monjas han de atender, está tan orientada a la contemplación interior que toda la vida y toda la acción puedan fácilmente y eficazmente verse impregnadas por el deseo de la misma.

5. Por Santa Sede en la presente Instrucción se entiende la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica.

6. Con el nombre de monasterio sui iuris se entiende a la casa religiosa de la comunidad monástica femenina que, reuniendo los requisitos para una real autonomía de vida, ha sido legítimamente erigida por la Santa Sede y goza de autonomía jurídica, según lo establecido por el derecho.

7. Con el nombre de Federación de monasterios se designa a una estructura de comunión de varios monasterios autónomos del mismo Instituto, erigida por la Santa Sede que aprueba sus Estatutos, para que al compartir el mismo carisma los monasterios federados superen el aislamiento y promuevan la observancia regular y la vida contemplativa.

8. Con el nombre de Asociación de monasterios se designa a una estructura de comunión de varios monasterios autónomos del mismo Instituto erigida por la Santa Sede para que, compartiendo el mismo carisma, los monasterios asociados colaboren entre ellos según los Estatutos aprobados por la Santa Sede.

9. Con el nombre de Conferencia de monasterios se entiende una estructura de comunión entre monasterios autónomos, pertenecientes a Institutos distintos y presentes en una misma región, erigida por la Santa Sede que aprueba sus Estatutos, con el fin de promover la vida contemplativa y favorecer la colaboración entre los monasterios en contextos geográficos o lingüísticos particulares.

10. Con el nombre de Confederación se entiende una estructura de conexión entre Federaciones de monasterios, erigida por la Santa Sede, que aprueba sus Estatutos, para el estudio de temas relacionados con la vida contemplativa según el mismo carisma, para dar una orientación unitaria y una cierta coordinación a la actividad de cada Federación[17].

11. Con el nombre de Comisión Internacional se entiende un órgano centralizado de servicio y de estudio en beneficio de las monjas de un mismo Instituto, erigido o reconocido por la Santa Sede que aprueba sus Estatutos, para el estudio de temas relacionados con la vida contemplativa según el mismo carisma[18].

12. Con el nombre de Congregación monástica se entiende una estructura de gobierno, erigida por la Santa Sede, de varios monasterios autónomos del mismo Instituto, bajo la autoridad de una Presidenta, que es Superiora mayor en virtud del derecho[19], y de un capítulo general, que en la Congregación monástica es la suprema autoridad, según lo establecido por las Constituciones aprobadas por la Santa Sede.

13. Lo establecido por la presente Instrucción para la Federación de monasterios es igualmente válido también para la Asociación de monasterios y para la Conferencia de monasterios, teniendo en cuenta su especial naturaleza y los Estatutos propios, aprobados por la Santa Sede.

14. Cuanto establece la presente Instrucción para la Federación de monasterios se aplica congrua congruis referendo a la Congregación monástica femenina, salvo que el derecho universal y propio no dispongan de otra manera o no resulte otra cosa del contexto o de la naturaleza de las cosas.

CAPÍTULO PRIMERO
EL MONASTERIO AUTÓNOMO

15. El monasterio sui iuris es una casa religiosa que goza de autonomía jurídica: su superiora es una Superiora mayor[20], su comunidad está establemente constituida por el número y la calidad de los miembros, según lo establecido por el derecho es sede del noviciado y de formación, goza de personalidad jurídica pública y sus bienes son bienes eclesiásticos.

16. La Iglesia reconoce a cada monasterio sui iuris una justa autonomía jurídica, de vida y de gobierno, mediante la cual la comunidad monástica puede gozar de una disciplina propia y ser capaz de conservar su índole y tutelar su identidad[21].

17. La autonomía del monasterio favorece la estabilidad de vida y la unidad interna de la comunidad, garantizando las condiciones necesarias para la vida de las monjas, según el espíritu y el carácter propio del Instituto al que pertenece[22].

18. La autonomía jurídica de un monasterio de monjas, para poder obtenerla, debe comportar una real autonomía de vida, es decir la capacidad de gestionar la vida del monasterio en todas sus dimensiones (vocacional, formativa, de gobierno, relacional, litúrgica, económica…). En ese caso un monasterio autónomo es vivo y vital[23].

19. Un monasterio de clausura, como toda casa religiosa, se erige teniendo en cuenta la utilidad de la Iglesia y del Instituto[24].

I. La fundación

20 La fundación de un monasterio de monjas, teniendo presente lo establecido en el n. 39 de la presente Instrucción, puede realizarse por parte de un monasterio en particular o a través de la Federación, según lo establezca la Asamblea Federal.

21. La fundación por parte de un monasterio en particular debe ser expresión de la madurez de la comunidad de un monasterio autónomo vivo y vital, que da vida a una nueva comunidad capaz de ser, a su vez, testigo de la primacía de Dios, según el espíritu y la índole del Instituto al que pertenece.

22. La fundación por iniciativa de la Federación debe ser expresión de la comunión entre los monasterios y expresar la voluntad de difundir la vida contemplativa, sobre todo en las Iglesias particulares donde la misma no está presente.

23. En el discernimiento sobre la fundación de un nuevo monasterio por parte de otro monasterio intervienen, con el fin de ayudar a la superiora del monasterio fundador, la Presidenta federal y el Asistente religioso. El discernimiento sobre la fundación de un nuevo monasterio por parte de la Federación se realiza en el ámbito de la Asamblea Federal.

24. La posibilidad de fundar un monasterio de clausura debe ser prudentemente considerada, sobre todo si la fundación se realiza por iniciativa de un solo monasterio, para que no se debilite demasiado la comunidad fundadora, examinando atentamente la elección del lugar, porque tal elección implica una forma de preparación, distinta y particular, de la fundación y de los miembros de la futura comunidad.

25. Al elegir el país en el cual se quiere hacer la fundación se debe considerar si la vida monástica ya está presente, se debe recoger todo tipo de información necesaria y útil, sobre todo respecto a la presencia y vitalidad de la Iglesia Católica, sobre las vocaciones a la vida consagrada, el sentido religioso en la población y la posibilidad de futuras vocaciones para la nueva fundación.

26. Al elegir el lugar de la fundación se deben asegurar las condiciones necesarias para garantizar a las monjas la posibilidad de un digno mantenimiento, poder llevar regularmente la vida contemplativa en el monasterio[25] y favorecer las relaciones entre los monasterios.

27. Al elegir el lugar de la fundación se debe prestar especial atención a las exigencias de la vida sacramental y espiritual del nuevo monasterio, porque la escasez de clero en algunas Iglesias particulares no siempre permite elegir un presbítero que cuente con competencia y sensibilidad espiritual para acompañar a la comunidad de un monasterio de monjas.

28. Al elegir el lugar de la fundación se debe considerar y cuidar de manera especial la cuestión de la separación del mundo, teniendo en cuenta el testimonio público que las monjas han de dar a Cristo y a la Iglesia en la vida contemplativa, según la naturaleza y la finalidad del Instituto al que pertenecen[26], en la disciplina de la clausura, prevista por el derecho[27].

29. El monasterio de monjas se funda a partir de una decisión capitular de la comunidad de un monasterio autónomo o de una decisión de la Asamblea Federal y el envío de al menos cinco monjas, tres de las cuales, por lo menos, de votos solemnes, previo consentimiento escrito del obispo diocesano[28] y la autorización de la Santa Sede.

30. La fundación no goza de autonomía alguna, sino que, hasta el momento de la erección canónica como monasterio sui iuris, depende en todo del monasterio fundador o de la Federación.

31. La superiora local de la fundación es una monja de votos solemnes, idónea para ejercer el servicio de la autoridad, nombrada por la Superiora mayor del monasterio fundador o por la Presidenta federal, conforme a la norma del derecho propio.

32. Las monjas de la fundación, que libremente deben adherir por escrito a tal proyecto, mantienen los derechos capitulares en el propio monasterio pero quedan suspendidos en su ejercicio hasta el momento de la erección del nuevo monasterio.

33. La Superiora mayor del monasterio fundador o la Presidenta federal puede solicitar a la Santa Sede que la fundación sea erigida como sede de noviciado en presencia de una comunidad de al menos cinco profesas de votos solemnes, asegurando la presencia de una monja de votos solemnes, legítimamente nombrada por la Superiora mayor del monasterio fundador o por la Presidenta federal, que desempeñe la tarea de maestra de novicias.

34. Si la fundación tiene lugar por iniciativa de un solo monasterio, hasta el momento de la erección como monasterio autónomo, las candidatas son admitidas al noviciado, las novicias a la profesión temporal y las profesas temporales a la profesión solemne por la Superiora mayor del monasterio fundador, según la norma del derecho universal y propio.

35. Si la fundación tiene lugar por iniciativa de la Federación, hasta el momento de la erección como monasterio autónomo, las candidatas son admitidas al noviciado, las novicias a la profesión temporal y las profesas temporales a la profesión solemne por la Presidenta federal, con el consentimiento del Consejo Federal, previa consulta a la superiora local y a la comunidad de la fundación, según la norma del derecho universal y de los Estatutos de la Federación.

36. La comunidad de la fundación no tiene capítulo conventual, sino un capítulo local; y hasta el momento de la erección como monasterio autónomo, la profesión será emitida por el monasterio fundador —o por otro monasterio de referencia establecido por la Presidenta federal en el momento de la fundación por parte de la Federación— pero con vistas a la futura erección de un nuevo monasterio autónomo.

37. La fundación, si se erige el noviciado en su sede, se convierte en sede de formación también para las profesas temporales, por lo tanto se debe asegurar la presencia de una monja de votos solemnes, legítimamente nombrada por la Superiora mayor del monasterio fundador o por la Presidenta federal, que desempeñe la misión de formadora.

38. Se establece que el tiempo razonable entre la fundación y la erección de un monasterio de clausura sea de quince años como máximo. Trascurrido ese período de tiempo la Santa Sede, tras oír a la superiora del monasterio fundador, la Presidenta federal, el Asistente religioso y el Ordinario competente, debe evaluar si existe una esperanza fundada de continuar la fundación para llegar a la erección canónica del monasterio o decretar la cancelación del mismo, según la norma del derecho.

II. La erección canónica

39. Un monasterio de monjas se erige como monasterio sui iuris por petición de la comunidad del monasterio fundador o por decisión del Consejo Federal con la licencia de la Santa Sede[29] juntamente con los requisitos que siguen:

a) una comunidad que haya dado buen testimonio de vida fraterna en común con “la necesaria vitalidad a la hora de vivir y transmitir el carisma”[30], formada por al menos ocho monjas de votos solemnes, “siempre que la mayoría no sea de avanzada edad”[31];

b) además del número se requieren capacidades especiales en algunas monjas de la comunidad, que deben ser capaces de asumir: como superiora, el servicio de la autoridad; como formadora, la formación inicial de las candidatas; como ecónoma, la administración de los bienes del monasterio;

c) locales adecuados según el estilo de vida de la comunidad, para garantizar a las monjas la posibilidad de llevar regularmente la vida contemplativa según el carácter y el espíritu propio del Instituto al que pertenecen;

d) condiciones económicas que garanticen a la comunidad la capacidad de proveer por sí misma a las necesidades de la vida cotidiana.

Estos criterios han de considerarse en su globalidad y en una visión de conjunto[32].

40. Corresponde a la Santa Sede el juicio último de valoración sobre la presencia de dichos requisitos, después de haber considerado atentamente la petición transmitida por la Superiora mayor del monasterio fundador o por la Presidenta federal, y haber recogido, por su parte, otras informaciones.

41. No se debe proceder a la erección de un monasterio de monjas si se prevé prudentemente que no se podrá atender de manera adecuada a las necesidades de la comunidad[33] y no se tiene certeza de la estabilidad del monasterio.

42. Teniendo presente el apostolado particular de las comunidades contemplativas con el testimonio de su vida consagrada, que las monjas están llamadas a dar a Cristo y a la Iglesia, y el lugar eminente que ocupan en el Cuerpo místico de Cristo, las monjas no pueden ser llamadas a prestar ayuda en los diversos ministerios pastorales ni deben aceptarlos.

43. La autonomía de vida, condición constante para mantener la autonomía jurídica, debe ser constantemente verificada por la Presidenta federal[34], la cual, cuando en un monasterio a su juicio falta la autonomía de vida, debe informar a la Santa Sede con vistas al nombramiento de la Comisión ad hoc [35].

44. El monasterio autónomo está guiado por una Superiora mayor, designada según la norma del derecho propio.

45. Cuando en un monasterio autónomo las profesas de votos solemnes llegar a ser cinco, la comunidad de dicho monasterio pierde el derecho de elegir a su propia superiora. En ese caso la Presidenta federal tiene que informar a la Santa Sede con vistas al nombramiento de la Comisión ad hoc[36]; y quien tiene el derecho de presidir el capítulo electivo, previa autorización de la Santa Sede, procederá a nombrar una superiora administradora, después de oír a cada uno de los miembros de la comunidad.

46. El monasterio autónomo tiene la capacidad de adquirir, poseer, administrar y enajenar bienes temporales, según la norma del derecho universal y propio[37].

47. Los bienes del monasterio autónomo son administrados por una monja de votos solemnes, con el encargo de ecónoma, constituida según la norma del derecho propio y distinta de la Superiora mayor del monasterio[38].

48. La comunidad del monasterio considera los bienes que posee como dones recibidos de Dios, por medio de los bienhechores y del trabajo de la comunidad, como medios necesarios y útiles para alcanzar los fines propios del Instituto al que pertenece, respetando siempre las exigencias de la profesión del Consejo evangélico de pobreza mediante voto público.

49. Son actos de administración extraordinaria aquellos que superan las exigencias habituales para el mantenimiento y el trabajo de la comunidad y para el mantenimiento ordinario de los edificios del monasterio.

50. En el ámbito de la administración ordinaria, hacen compras y realizan actos de administración válidamente la Superiora mayor y la ecónoma del monasterio, en los límites de su cargo.

51. Para los gastos y los actos de administración extraordinaria es necesaria la autorización del Consejo del monasterio y del capítulo conventual según el valor de la suma, que se ha de determinar en el derecho propio.

52. Derogado el can. 638, §4 CIC, para la validez de una enajenación y de cualquier otro negocio a partir del cual la situación patrimonial del monasterio podría sufrir un daño, se pide, según el valor de la venta y del negocio, la autorización escrita de la Superiora mayor con el consentimiento del Consejo o del capítulo conventual y el parecer de la Presidenta federal[39].

53. Si se trata de un negocio o venta cuyo valor supera la suma fijada por la Santa Sede para cada región, o bien de donaciones ofrecidas por voto a la Iglesia o de cosas preciosas por su valor histórico y artístico, se requiere, además, la licencia de la Santa Sede.

III. La afiliación

54. La afiliación es una forma especial de ayuda que la Santa Sede establece en situaciones particulares a favor de la comunidad de un monasterio sui iuris que presenta una autonomía sólo aparente, pero en realidad muy precaria o, de hecho, inexistente.

55. La afiliación se configura como una ayuda de carácter jurídico que debe evaluar si la incapacidad para gestionar la vida del monasterio autónomo en todas sus dimensiones es sólo temporal o irreversible, ayudando a la comunidad del monasterio afiliado a superar las dificultades o a disponer lo que sea necesario para suprimir dicho monasterio.

56. A la Santa Sede, en estos casos, le corresponde estudiar la posibilidad de constituir una comisión ad hoc formada por el Ordinario, la Presidenta de la Federación, el Asistente Federal y la Superiora mayor del monasterio[40].

57. Con la afiliación, la Santa Sede suspende el status de monasterio autónomo, haciéndolo donec aliter provideatur casa dependiente de otro monasterio autónomo del mismo Instituto o de la Federación, según lo establecido en la presente Instrucción y en otras posibles disposiciones a este respecto dadas por la misma Santa Sede.

58. La Superiora mayor del monasterio autónomo afiliante o la Presidenta federal se convierte en la Superiora mayor del monasterio afiliado.

59. La superiora local del monasterio afiliado es una monja de votos solemnes, nombrada ad nutum por la Superiora mayor del monasterio autónomo o bien por la Presidenta federal[41], con el consentimiento del respectivo Consejo, después de oír el parecer de las monjas de la comunidad del monasterio afiliado. Dicha superiora local se convierte en representante legal del monasterio afiliado.

60. El monasterio afiliado puede acoger candidatas pero el noviciado y la formación inicial se deben realizar en el monasterio afiliante o en otro monasterio establecido por la Federación.

61. Las candidatas del monasterio afiliado son admitidas al noviciado, las novicias a la profesión temporal y las profesas temporales a la profesión solemne por la Superiora mayor del monasterio afiliante, tras oír a la comunidad del monasterio afiliado y obtener el voto favorable del capítulo conventual del monasterio afiliante, o bien por la Presidenta federal con el consentimiento de su Consejo.

62. La profesión se emitirá para el monasterio afiliado.

63. Durante el tiempo de la afiliación, la economía de los dos monasterios se administra por separado.

64. En el monasterio afiliado se suspende la celebración de los capítulos conventuales pero permanece la posibilidad de convocar capítulos locales.

IV. El traslado

65. Por traslado se entiende el desplazamiento de una comunidad monástica de su propia sede a otra por una causa justa, sin modificar el status jurídico del monasterio, la composición de la comunidad y las responsables de los diversos cargos.

66. Para realizar el traslado es necesario:

— obtener la decisión del capítulo conventual del monasterio tomada por mayoría de los dos tercios de los votos;

— avisar con tiempo suficiente al obispo en cuya diócesis está establecido el monasterio que se deja;

— obtener el previo consentimiento escrito del obispo de la diócesis donde se traslada la comunidad de monjas;

— presentar la petición de traslado a la Santa Sede, comprometiéndose a trasladar los bienes de propiedad de la comunidad del monasterio observando las normas canónicas y civiles correspondientes.

V. La supresión

67. La afiliación puede ser ocasión de recuperación y de resurgimiento cuando la autonomía de vida está parcialmente debilitada. Si la situación de incapacidad se presenta irreversible, la solución, dolorosa pero necesaria, es la supresión del monasterio.

68. Un monasterio de monjas que no logra expresar, según la índole contemplativa y las finalidades del Instituto, el especial testimonio público a Cristo y a la Iglesia Su Esposa, se debe suprimir, teniendo presente la utilidad de la Iglesia y del Instituto al cual pertenece el monasterio.

69. A la Santa Sede en estos casos corresponde considerar la posibilidad de constituir una comisión ad hoc formada por el Ordinario, la Presidenta de la Federación, el Asistente Federal y la Superiora mayor del monasterio[42].

70. Entre los criterios que pueden contribuir a determinar un juicio respecto a la supresión de un monasterio, después de haber analizado todas las circunstancias, deben considerarse, en su conjunto, los siguientes: el número de monjas, la edad avanzada de la mayor parte de los miembros, la capacidad real de gobierno y de formación, la falta de candidatas desde hace varios años, la ausencia de la vitalidad necesaria al vivir y transmitir el carisma en una fidelidad dinámica[43].

71. Un monasterio de monjas es suprimido únicamente por la Santa Sede con el PARECER del obispo diocesano[44] y, si se considera oportuno, oído el parecer de la Presidenta federal, del Asistente religioso y del Ordinario religioso, si el monasterio está asociado según la norma del can. 614 CIC.

72. Los bienes del monasterio suprimido, respetando la voluntad de los fundadores y de los donantes, se trasladan con las monjas que aún quedan y se distribuyen, de forma proporcional, en los monasterios que las acogen, salvo otra indicación de la Santa Sede[45] que puede disponer, en cada caso, la parte de los bienes destinados a la caridad, a la Iglesia particular donde está el monasterio, a la Federación y al “Fondo para las monjas”.

73. En caso de supresión de un monasterio totalmente extinguido, cuando ya no quedan monjas, salvo otra disposición de la Santa Sede[46], la asignación de los bienes del monasterio suprimido, respetando las normas canónicas y civiles, va a la persona jurídica superior respectiva, es decir a la Federación de monasterios o a otra estructura de comunión entre los monasterios similar a la misma o bien a la Congregación monástica femenina.

VI. Vigilancia eclesial sobre el monasterio

74. En cada estructura de comunión o de gobierno en las que pueden configurarse los monasterios femeninos se les garantiza la necesaria y justa vigilancia, ejercida principalmente – pero no exclusivamente — mediante la visita regular de una autoridad externa a los monasterios mismos.

75. De acuerdo con la norma del derecho universal y propio, el servicio de la vigilancia corresponde:

1. a la Presidenta de la Congregación monástica femenina en relación a las comunidades de los monasterios congregados;

2. al superior mayor del Instituto masculino al que se han asociado, que es denominado Ordinario religioso, en relación a la comunidad del monasterio femenino asociado jurídicamente, según la norma del derecho[47];

3. al obispo diocesano con respecto a las comunidades de los monasterios presentes en su Iglesia particular y confiados a su peculiar vigilancia de acuerdo con la norma del derecho[48].

76. Cada monasterio femenino está confiado a la vigilancia de una sola autoridad, ya que no está presente en el Código de Derecho Canónico el régimen de la “doble dependencia“, simultánea y cumulativa, es decir del obispo y del superior regular, presente en varios cánones del Código de Derecho Canónico de 1917.

77. Con respecto a los monasterios de monjas unidos en Congregación monástica, el ámbito y las modalidades concretas para desempeñar el servicio de vigilancia se han de deducir de las Constituciones de la Congregación monástica femenina, aprobadas por la Santa Sede.

78. En cuanto a los monasterios de monjas asociadas jurídicamente, el ámbito y las modalidades para desempeñar el servicio de vigilancia por parte del Ordinario religioso están establecidos en las propias Constituciones, aprobadas por la Santa Sede, donde se deben definir los derechos y deberes del superior del Instituto al que se han asociado y del monasterio femenino asociado, según la propia espiritualidad y las propias tradiciones.

79. Se debe favorecer, siempre que sea posible, la asociación jurídica de los monasterios de monjas con la Orden masculina correspondiente[49] con el fin de tutelar la identidad de la familia carismática.

80. Los monasterios congregados y los monasterios asociados jurídicamente siguen, sin embargo, vinculados al obispo diocesano según lo establecido por el derecho universal y citado en el n. 83 de la presente Instrucción.

81. En lo que respecta a los monasterios femeninos confiados a la peculiar vigilancia del obispo diocesano, la misma se expresa en relación a la comunidad del monasterio principalmente en los casos establecidos por el derecho universal, dado que el obispo diocesano:

a) preside el capítulo conventual que elige a la Superiora mayor[50];

b) realiza la visita regular al monasterio, también en lo que respecta a la disciplina interna[51], teniendo en cuenta las disposiciones de la presente Instrucción;

c) revisa, en calidad de Ordinario del lugar, la rendición de cuentas anual de la administración económica del monasterio[52];

d) derogado el can. 638, §4 CIC, da, en calidad de Ordinario del lugar, el consentimiento escrito para particulares actos de administración, si lo establece el derecho propio[53];

e) confirma el indulto de salida definitiva del monasterio, concedido a una profesa de votos temporales por la Superiora mayor con el consentimiento de su Consejo[54];

f) emana el decreto de dimisión de una monja, incluso si es de votos temporales[55].

82. Estos casos, expresados para indicar el ámbito y la modalidad de la peculiar vigilancia del obispo diocesano, constituyen la base del ámbito y de la vigilancia sobre el monasterio femenino asociado jurídicamente por parte del Ordinario religioso del Instituto al que se han asociado, y deben estar presentes en las Constituciones del monasterio asociado.

VII. Relaciones entre monasterio y Obispo diocesano

83. Todos los monasterios femeninos, sin perjuicio de la autonomía interna[56] y la eventual dispensa externa[57], están sujetos al obispo diocesano, que ejerce la solicitud pastoral en los siguientes casos:

a) la comunidad del monasterio femenino está sujeta a la potestad del obispo[58], al cual debe verdadero respeto en lo que se refiere al ejercicio público del culto divino, la cura de las almas[59] y las formas de apostolado correspondientes a la propia condición[60];

b) el obispo diocesano[61], con ocasión de la visita pastoral o de otras visitas paternas, y también en caso de necesidad, puede disponer él mismo soluciones oportunas[62] al constatar que existen abusos y después de que las advertencias presentadas a la Superiora mayor no hayan tenido efecto alguno;

c) el obispo diocesano interviene en la erección del monasterio dando el consentimiento escrito antes de que se solicite la aprobación de la Sede Apostólica[63];

d) el obispo diocesano interviene, en calidad de Ordinario del lugar, en el nombramiento del capellán[64] y, también en calidad de Ordinario del lugar, en la aprobación de los confesores ordinarios[65]. Todo ello tiene que darse “considerando la especificidad del carisma propio y las exigencias de la vida fraterna en comunidad”[66];

e) el obispo diocesano interviene en la supresión del monasterio expresando su propio parecer[67];

f) al obispo diocesano, en calidad de Ordinario del lugar, y a sus superiores hace referencia la monja exclaustrada, permaneciendo bajo su dependencia y cuidado[68];

g) el obispo diocesano tiene la facultad, por causa justificada, de entrar en la clausura y permitir, con el consentimiento de la Superiora mayor, a otras personas entrar en la misma[69].

84. Para los monasterios congregados y para los monasterios asociados los puntos de solicitud pastoral antes indicados constituyen las únicas formas posibles de intervención del obispo diocesano, desde el momento que deben ser salvaguardados los derechos/deberes de la Presidenta de la Congregación para los monasterios congregados y los derechos/deberes del Ordinario religioso del Instituto que los asocia respecto al monasterio asociado.

85. Para los monasterios confiados a la peculiar vigilancia del obispo diocesano, los puntos de solicitud pastoral antes indicados han de añadirse a los que el Código de Derecho Canónico presenta como expresiones de la peculiar vigilancia, citados en el n. 81 de la presente Instrucción.

 

CAPÍTULO SEGUNDO
LA FEDERACIÓN DE MONASTERIOS

I. Naturaleza y fin

86. La Federación es una estructura de comunión entre monasterios del mismo Instituto erigida por la Santa Sede para que los monasterios que comparten el mismo carisma no permanezcan aislados sino que lo custodien con fidelidad y, prestándose mutua ayuda fraterna, vivan el valor irrenunciable de la comunión[70].

87. La Federación está constituida por varios monasterios autónomos que tienen afinidad de espíritu y de tradiciones y, si bien no están configurados necesariamente según un criterio geográfico, siempre que sea posible, no deben estar geográficamente demasiado distantes[71].

88. La Santa Sede tiene la competencia exclusiva de erigir, suspender, unir y suprimir las Federaciones[72] de los monasterios de monjas.

89. Asimismo la Santa Sede tiene la competencia exclusiva de asignar un monasterio autónomo a una Federación o permitir el paso de un monasterio de una Federación a otra del mismo Instituto.

90. La Federación de monasterios de monjas, por la fuente de la que deriva y por la autoridad de la cual directamente depende y la rige, es de derecho pontificio, de acuerdo con la norma del derecho canónico.

91. Los Estatutos de la Federación tienen que estar en consonancia no sólo con lo establecido por la presente Instrucción, sino también con el carácter, las leyes, el espíritu y las tradiciones del Instituto al que pertenecen.

92. La Federación, conforme con esta Instrucción y los propios Estatutos, en la especificidad del propio carisma, promueve la vida contemplativa en los monasterios, garantiza su ayuda en la formación inicial y permanente, como también el intercambio de monjas y de bienes materiales[73].

93. De acuerdo con lo dispuesto en la Constitución apostólica Vultum Dei quaerere, todos los monasterios, en principio, deben formar parte de una Federación[74]. Un monasterio, por razones especiales, objetivas y justificadas, con el voto del capítulo conventual puede solicitar a la Santa Sede ser dispensado de tal obligación. La concesión de esa dispensa está reservada a la Santa Sede. Un monasterio, por causas objetivas y justificadas, con el voto del capítulo conventual puede pedir a la Santa Sede no pertenecer a una Federación. A la Santa Sede le compete realizar un adecuado discernimiento antes de conceder la salida de una Federación.

94. Obtenida la erección canónica, la Federación solicita el reconocimiento jurídico también en ámbito civil y establece la sede legal en uno de los monasterios que pertenecen a la misma.

95. Diversas Federaciones de un mismo Instituto, con la aprobación de la Santa Sede, pueden constituir entre ellas una Confederación[75] para dar dirección unitaria y una cierta coordinación a la actividad de cada una de las Federaciones.

96. La Santa Sede puede instituir o aprobar para cada Instituto una Comisión Internacional con el fin de favorecer el estudio de temas relacionados con la vida contemplativa según el propio carisma[76].

97. La Federación, legítimamente erigida, es una persona jurídica pública en la Iglesia, y, por lo tanto, puede adquirir, poseer, administrar y enajenar bienes temporales, muebles e inmuebles, que son bienes eclesiásticos, de acuerdo con la norma del derecho universal y propio.

98. Para mantener viva y reforzar la unión de los monasterios, aplicando una de las finalidades de la Federación, se facilita entre los monasterios una cierta comunicación de bienes, coordinada por la Presidenta federal.

99. La comunicación de bienes en una Federación se aplica mediante aportaciones, donaciones y préstamos que los monasterios ofrecen para otros monasterios que se encuentran en dificultad económica y para las exigencias comunes de la Federación.

100. La Federación considera los bienes de los que dispone como medios necesarios y útiles para conseguir los propios fines.

101. Cada Federación constituye un fondo económico (caja federal) para poder realizar las finalidades federativas. Ese fondo sirve para cubrir los gastos ordinarios de la Federación misma y los relativos a la formación de las monjas a nivel federal, para auxiliar las necesidades de subsistencia y de salud de las monjas, para mantener los edificios y para sostener las nuevas fundaciones.

102. El fondo económico se financia con las libres aportaciones de los monasterios, las donaciones de los bienhechores y los ingresos provenientes de las ventas de los bienes de los monasterios suprimidos, según lo establecido por la presente Instrucción[77].

103. La economía de la Federación está gestionada por el Consejo federal, presidido por la Presidenta federal, que cuenta con la colaboración de la Ecónoma federal.

104. En el ámbito de la administración ordinaria, hacen adquisiciones y realizan actos de administración válidamente la Presidenta federal y la ecónoma de la Federación en los límites de su cargo.

105. Para los gastos y los actos de administración extraordinaria es necesaria la autorización del Consejo federal y de la Asamblea federal, según el valor del importe, establecido en el derecho propio. Cada Federación, en la Asamblea electiva, fija la suma a partir de la cual es necesario tener la autorización del Consejo federal y de la Asamblea federal.

106. Si se trata de un negocio o de una venta cuyo valor supera la suma fijada por la Santa Sede para las regiones o bien de donaciones con motivo de un voto hecho a la Iglesia, o de cosas preciosas por su valor histórico y artístico, se requiere además la licencia de la Santa Sede.

107. Para la validez de la venta y de cualquier otro negocio por el cual la situación patrimonial de la Federación podría sufrir un daño, se requiere la licencia escrita de la Presidenta federal con el consentimiento del Consejo o de la Asamblea federal, según el valor de la operación, establecida en el derecho propio.

108. Derogado el can. 638, §4 CIC, para la validez de la venta de los bienes de los monasterios suprimidos, la Presidenta de la Federación y el Consejo federal, independientemente del valor del bien que se ha de vender, necesitan siempre y únicamente la licencia escrita de la Santa Sede[78].

109. Salvo otra disposición de la Santa Sede[79], la Presidenta de la Federación dispone de los ingresos por la venta de los bienes de los monasterios totalmente extinguidos pertenecientes a la Federación, según lo establecido por esta Instrucción.

II. La Presidenta federal

110. La Presidenta de la Federación, elegida por la Asamblea federal según lo contemplan los Estatutos de la Federación por un período de seis años, no es una Superiora mayor y, en el ejercicio del propio servicio, actúa según lo que le atribuye la presente Instrucción[80] en conformidad con el derecho universal y propio.

111. Derogado el can. 628, §2, 1° CIC, la Presidenta de la Federación, en el tiempo establecido, acompaña al Visitador regular en la visita canónica a los monasterios federados como co-visitadora[81].

112 La Presidenta de la Federación, cuando se trate de la visita canónica a la comunidad del propio monasterio, delegará a una Consejera federal como co-visitadora del Visitador regular.

113. La Presidenta de la Federación, cada vez que la necesidad lo requiera, puede visitar las comunidades de los monasterios federados acompañada por una co-visitadora, elegida por turno entre las Consejeras, y por la Ecónoma de la Federación.

114. Todas las demás visitas — maternas o fraternas — se acordarán con la Superiora del monasterio.

115. La Presidenta de la Federación, al término de la visita canónica, indica por escrito a la Superiora mayor del monasterio las soluciones más adecuadas para los casos y las situaciones que hayan surgido durante la visita e informa de todo a la Santa Sede.

116. La Presidenta de la Federación, durante la visita canónica, verifica cómo se viven los temas contenidos en los puntos enumerados en el n. 12 y desarrollados en los nn. 13-35 de la Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere[82], y si se observan las relativas normas de aplicación, acordadas en las Asambleas federales.

117. La Presidenta de la Federación vigila particularmente sobre la formación inicial y permanente en los monasterios, sobre la coherencia con el carisma del Instituto, de forma que cada comunidad sea como un faro que ilumina el camino de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo[83]. Al final de la visita informará a la Santa Sede sobre las reales posibilidades que tiene el monasterio de asegurar o no la formación inicial.

118. La formación de las formadoras y de sus colaboradoras se confía en parte a los monasterios y en parte a la Federación, por lo tanto la Presidenta de la Federación está llamada a potenciar la formación a nivel federal[84] y a exigir la participación de quienes ejercen el servicio de la formación; si esto no fuese así remite la cuestión a la Santa Sede.

119. La Presidenta de la Federación pone en práctica la formación prevista por la Asamblea federal para quienes son llamadas a ejercer el servicio de la autoridad[85] y exige participar en ello; si esto no fuese así remite la cuestión a la Santa Sede.

120. La Presidenta de la Federación, tras consultar al Consejo Federal, elige los sitios más adecuados para realizar los cursos específicos de formación de las formadoras y sus colaboradoras, así como para quienes son llamadas a ejercer el servicio de la autoridad, estableciendo la duración de dichos cursos para que no perjudiquen las exigencias de la vida contemplativa[86] y comunitaria.

121. Cuando un monasterio autónomo ya no posee una real autonomía de vida[87] corresponde a la Presidenta de la Federación referir la situación a la Santa Sede.

122. Cuando la Superiora mayor de un monasterio niega a una monja la autorización para pasar a otro monasterio del mismo Instituto, la Presidenta de la Federación, tras realizar el debido discernimiento con su Consejo sobre la cuestión, informará de ello a la Santa Sede, que decide lo que hay que hacer.

III. El Consejo federal

123. El Consejo federal está formado por cuatro consejeras elegidas por la Asamblea federal entre todas las monjas profesas solemnes de los monasterios de la Federación y permanece en el cargo por seis años.

124. El Consejo federal sólo tiene competencia sobre aquello que le atribuye la presente Instrucción[88] y esté eventualmente establecido en los Estatutos, pero la Presidenta de la Federación puede consultarle cada vez que lo considere oportuno.

125. El Consejo federal es consultado por la Presidenta de la Federación después de cada visita canónica antes de enviar por escrito a la Superiora mayor del monasterio las soluciones más adecuadas a los casos y a las situaciones que hayan surgido durante la visita misma.

126. El Consejo federal expresa su parecer sobre la elección de los tiempos y los lugares más adecuados donde realizar los cursos específicos de formación de las formadoras y de sus colaboradores, así como de quienes son llamadas a ejercer el servicio de la autoridad.

127. El Consejo federal colabora con la Presidenta de la Federación en la redacción del Informe que se ha de enviar a la Santa Sede al final del sexenio sobre el estado de la Federación y de los monasterios.

128. El Consejo federal es consultado por la Presidenta de la Federación antes de enviar a la Santa Sede la petición de afiliación o de supresión de un monasterio.

129. El Consejo federal da su consentimiento en la elección de la Formadora federal que desempeña y coordina la formación inicial común[89]. Igualmente, por causas graves, expresa su conformidad para la remoción de la Formadora federal.

130. Derogando el can. 686, §2 CIC, el Consejo federal da su consentimiento para la petición del indulto de exclaustración de una monja de votos solemnes, después del año concedido por la Superiora mayor del monasterio, hasta el cumplimiento de los tres años[90].

131. El Consejo federal da su consentimiento para la petición de prórroga de indulto de exclaustración de una monja de votos solemnes que se ha de solicitar a la Santa Sede[91]. La Presidenta federal, antes de presentar el asunto al Consejo Federal, debe poseer la valoración escrita de la Superiora mayor de la monja profesa de votos solemnes que pide la prórroga del indulto, expresado colegialmente con el Consejo del monasterio, previo consentimiento del Ordinario del lugar donde habitará la monja, y contando con el parecer del Obispo diocesano o del Ordinario religioso competente.

132. El Consejo federal asume las funciones del Consejo del monasterio autónomo cuando este último, mediante la afiliación, es confiado a la Presidenta de la Federación en el proceso de acompañamiento para la revitalización o para la supresión del monasterio[92].

IV. La Asamblea federal

133. La comunión que existe entre los monasterios se hace visible en la Asamblea federal, signo de unidad en la caridad, que tiene principalmente la tarea de tutelar entre los monasterios federados el patrimonio carismático del Instituto y promover una adecuada renovación que esté en armonía con el mismo, excepto que ninguna Federación de monasterios de monjas o Confederación de Federaciones represente a todo el Instituto.

134. Participan de derecho en la Asamblea federal, la Presidenta federal, las Consejeras federales, la Ecónoma federal, la Superiora mayor y una Delegada de cada monasterio autónomo federado, elegida por el capítulo conventual; la Secretaria federal desempeña únicamente la función de secretaria de actas.

135. La Asamblea federal ordinaria es convocada cada seis años y en la misma se renuevan los cargos federales.

136. La Asamblea federal intermedia es convocada cada tres años para verificar las tareas realizadas y para adoptar eventuales soluciones o cambios en las mismas.

137. Si la necesidad lo exige o la conveniencia lo sugiere, la Presidenta federal, con el consentimiento del Consejo federal, puede convocar la Asamblea federal extraordinaria.

138. La Asamblea federal, tanto ordinaria como intermedia, es convocada por la Presidenta al menos seis meses antes del término del sexenio o de la finalización del trienio.

139. La Asamblea federal extraordinaria es convocada por la Presidenta dos meses antes de su celebración.

140. Cuando la Presidenta federal cesa en su cargo, por muerte o por los otros modos previstos por el derecho[93], la primera Consejera convoca, en el plazo de un mes desde la vacante del cargo, la Asamblea federal extraordinaria, que se ha de celebrar en un plazo de dos meses desde la convocatoria. En este caso se procede nuevamente a la elección de las Consejeras federales y de la Ecónoma federal.

141. La Asamblea federal:

a. recibe del Informe de la Presidenta federal sobre el estado de la Federación y de cada uno de los monasterios;

b. elige a la Presidenta federal y al Consejo federal;

c. elige a la Ecónoma federal;

d. trata los asuntos de mayor importancia;

e. toma decisiones y establece normas que todas las monjas deben observar, después de la aprobación definitiva de la Santa Sede;

f. elabora para un sexenio los itinerarios formativos comunes que cada comunidad se compromete a realizar;

g. promueve la realización de nuevas fundaciones y las modalidades para ponerlas en marcha, tanto por iniciativa de un monasterio como de la Federación;

h. establece un monasterio como sede de formación inicial común para los monasterios de la Federación[94];

i. define un proyecto formativo para quienes son llamadas a ejercer el servicio de la autoridad[95] y para las formadoras[96].

V. Oficios federales

142. La administración de la Federación se encomienda a la Ecónoma federal, elegida por la Asamblea federal por seis años.

143. La Ecónoma federal tiene la responsabilidad de llevar a cabo cuanto haya establecido el Consejo Federal y colabora con la Presidenta de la Federación, en el contexto de la Visita regular, en la supervisión del funcionamiento económico de cada monasterio señalando del mismo los aspectos positivos y las deficiencias, datos que deben estar presentes en del Informe final de la visita.

144. La Secretaria federal es elegida por la Presidenta de la Federación y dura seis años en el cargo, ese servicio puede ser desempeñado por una de las Consejeras federales.

145. La Secretaria federal, siempre que sea posible, reside en el monasterio elegido como sede legal de la Federación y allí custodia los documentos y mantiene actualizado el archivo de la Federación.

146. Por indicación de la Presidenta de la Federación, la Secretaria federal establece el orden del día y convoca el Consejo federal, durante el cual desempeña la función de secretaria de actas.

147. La Secretaria federal, por indicación de la Presidenta de la Federación, prepara la Asamblea federal.

148. La Formadora federal[97] es nombrada ad nutum por la Presidenta de la Federación con el consentimiento del Consejo federal. La Formadora federal puede ser apartada de su cargo, por causas graves, por la Presidenta de la Federación con la aprobación de dicho Consejo.

VI. El Asistente religioso

149. El Asistente de la Federación representa a la Santa Sede ante la Federación, pero no ante los monasterios que la componen, y desempeña su función siguiendo fielmente las disposiciones relativas a su cargo y cumpliendo el mandato recibido en el marco de la propia competencia.

150. El Asistente de la Federación, debido a que participa en cierta medida en la jurisdicción de la Santa Sede, es un presbítero, nombrado por la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica para una o más Federaciones.

151. El Asistente de la Federación no es un superior mayor y desempeña su misión con espíritu de colaboración y de servicio respecto a la Federación, favoreciendo la conservación del genuino espíritu del Instituto y ayudando con su Consejo a la Presidenta en la conducción de la Federación, particularmente en la formación a nivel federal y en la solución de los problemas económicos de mayor importancia.

152. El nombramiento del Asistente de la Federación está reservado a la Santa Sede, pero la Federación tiene la facultad de presentación.

153. El nombramiento del Asistente es ad nutum Sanctae Sedis.

154. La Presidenta de la Federación, en el tiempo establecido, debe presentar a la Santa Sede los nombres de tres posibles candidatos para la función de Asistente de la Federación, adjuntando los resultados de las consultaciones previas de las comunidades de los diversos monasterios de la Federación, el curriculum vitae de cada uno de los candidatos, la opinión propia y la del Consejo de la Federación, el nulla-osta de los Ordinarios de los candidatos. La Santa Sede se reserva, de la forma considerada más adecuada y conveniente, el hecho de completar las informaciones relativas a los candidatos para la función de Asistente.

155. El Asistente de la Federación debe transmitir cada año un breve Informe sobre su gestión, sobre el funcionamiento de la Federación, señalando posibles situaciones particulares. Al término de su mandato el Asistente envía a la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica un Informe con mayores detalles sobre el estado de la Federación.

 

CAPÍTULO TERCERO
LA SEPARACIÓN DEL MUNDO

I. Noción y relevancia para la vida contemplativa

156. Partiendo del enunciado del Código[98], se recuerda que la separación del mundo caracteriza la naturaleza y las finalidades de los Institutos de vida consagrada religiosos y corresponde al principio paulino de no conformarse a la mentalidad de este mundo[99], huyendo de toda forma de mundanidad.

Para la vida religiosa, la clausura constituye una obligación común a todos los Institutos[100] y expresa el aspecto material de la separación del mundo – de la cual, sin embargo, no agota su alcance — contribuyendo a crear en cada casa religiosa un clima y un ambiente que favorezcan el recogimiento, necesarios para la vida propia de todo Instituto religioso, pero especialmente para aquellos entregados a la contemplación.

157. En la vida contemplativa de las monjas merece una particular atención el aspecto de la separación del mundo por la elevada estima que la comunidad cristiana alberga hacia este estilo de vida, signo de la unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con su Señor, sumamente amado.

158. La vida de las monjas contemplativas, dedicadas de manera especial a la oración, con el fin de tener constantemente el corazón orientado hacia el Señor, en la ascesis y en el ferviente progreso de la vida espiritual, no es más que una tensión constante hacia la Jerusalén celestial, una anticipación de la Iglesia escatológica, fija en la posesión y en la contemplación del rostro de Dios.

159. La comunidad del monasterio de monjas, situada como ciudad en la cima del monte y lámpara sobre el candelero[101], incluso en la sencillez de su vida, representa visiblemente la meta hacia la cual camina toda la comunidad eclesial que, fervorosa en la acción y entregada a la contemplación, avanza por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo.

160. El aspecto material de la separación del mundo encuentra una manifestación particular en la clausura, que es el lugar de la intimidad de la Iglesia esposa, porque, a la luz de la especial vocación y misión eclesial, la clausura de las contemplativas responde a la exigencia, considerada prioritaria, de estar con el Señor.

161. Con el nombre de clausura se entiende el espacio monástico separado de lo exterior y reservado a las monjas, en la cual sólo en caso de necesidad puede ser admitida la presencia de extraños. Debe ser un espacio de silencio y de recogimiento donde se pueda desarrollar la búsqueda permanente del rostro de Dios, según el carisma del Instituto.

162. La clausura evoca aquella celda del corazón donde cada uno es llamado a vivir la unión con el Señor. Acogida como don y elegida como respuesta libre de amor, es el lugar de la comunión espiritual con Dios y el prójimo, donde la limitación de los espacios y de los contactos es un beneficio para la interiorización de los valores evangélicos[102].

163. La clausura no es sólo un medio ascético de inmenso valor, sino que es un modo de vivir la Pascua de Cristo, como anuncio gozoso y anticipación profética de la posibilidad ofrecida a cada persona y a toda la humanidad de vivir únicamente para Dios, en Jesucristo[103].

164. En los monasterios de monjas, la clausura debe entenderse en sentido positivo como un espacio para el uso y la intimidad de las monjas que viven la vida contemplativa, un espacio de vida doméstica, familiar, dentro del cual la comunidad vive la vida fraterna en su dimensión más íntima.

165. En los monasterios de monjas, la clausura, en sentido privativo, se ha de considerar como un espacio que hay que proteger, para evitar el acceso de extraños.

166. La modalidad de separación de la parte exterior al espacio exclusivamente reservado a las monjas debe ser material y eficaz, no sólo simbólica o espiritual. Compete al Capítulo conventual del monasterio determinar la modalidad de separación del exterior.

167. Cada monasterio debe mantener con gran solicitud su fisonomía principal o fundamentalmente contemplativa, comprometiéndose de forma particular en crear y vivir un ámbito de silencio exterior e interior en la oración[104], en la ascesis y en el ferviente progreso espiritual, en la cuidada celebración de la liturgia, en la vida fraterna en común, en la observancia de la regla y en la disciplina de la separación del mundo.

II. Los medios de comunicación

168. La normativa sobre los medios de comunicación social, en la gran variedad que se nos presenta actualmente, tiene por objeto la salvaguardia del recogimiento y del silencio: se puede, en efecto, vaciar el silencio contemplativo cuando se llena la clausura de ruidos, de noticias y de palabras. El recogimiento y el silencio es de gran importancia para la vida contemplativa por ser “espacio necesario de escucha y de ruminatio de la Palabra y requisito para una mirada de fe que capte la presencia de Dios en la historia personal, en la de los hermanos […] y en los avatares del mundo[105].

169. Estos medios, por lo tanto, se deben usar con sobriedad y criterio, no sólo respecto a los contenidos sino también a la cantidad de informaciones y al tipo de comunicación, “para que estén al servicio de la formación para la vida contemplativa y de las necesarias comunicaciones, y no sean ocasión para la distracción y la evasión de la vida fraterna en comunidad, ni sean nocivos para vuestra vocación o se conviertan en obstáculo para vuestra vida enteramente dedicada a la contemplación[106].

170. El uso de los medios de comunicación, por razones de información, de formación o de trabajo, se puede permitir en el monasterio, con prudente discernimiento, para utilidad común, según las disposiciones del Capítulo conventual contenidas en el proyecto comunitario de vida.

171. Las monjas procuran tener la debida información sobre la Iglesia y el mundo, no con multitud de noticias, sino sabiendo escoger las que son esenciales a la luz de Dios, para llevarlas a la oración, en sintonía con el corazón de Cristo.

III. La clausura

172. Cada uno de los monasterios de monjas o Congregación monástica femenina, conforme al can. 667, §3 CIC y a la presente Instrucción, sigue la clausura papal o la define en las Constituciones o en otro código del derecho propio, respetando la propia índole[107].

173. El Obispo diocesano o el Ordinario religioso vigilan acerca de la observancia de la clausura en los monasterios confiados a su atención, ayudando a la Superiora, a quien corresponde la custodia inmediata.

174. Derogada la disposición del can. 667, §4 CIC, el Obispo diocesano, así como el Ordinario religioso, no interviene en la concesión de la dispensa de la clausura[108].

175. Derogada la disposición del can. 667, §4 CIC, la dispensa de la clausura corresponde únicamente a la Superiora mayor, la cual, en el caso que tal dispensa supere los quince días, puede concederla sólo después de haber obtenido el consentimiento de su Consejo[109].

176. Abrogada la limitación presente en la Instrucción Verbi Sponsa[110], por una razón justificada la Superiora mayor, de acuerdo con la norma del can. 665, § 1 CIC, con el consentimiento de su Consejo, puede autorizar la ausencia del monasterio de la monja profesa de votos solemnes por no más de un año, tras consultar al Obispo diocesano o al Ordinario religioso competente.

177. Derogado el can. 686, §2 CIC, la Superiora mayor, con el consentimiento de su Consejo, puede conceder el indulto de exclaustración a una monja profesa de votos solemnes, por no más de un año, previo consentimiento del Ordinario del lugar donde permanecerá la monja, y tras contar con el parecer del Obispo diocesano o del Ordinario religioso competente[111].

178. Derogado el can. 686, §2 CIC, una prórroga del indulto de exclaustración puede ser concedida por la Presidenta federal, con el consentimiento de su Consejo, a la monja profesa de votos solemnes de un monasterio de la Federación por un tiempo no superior a dos años[112].

179. Para tal concesión la Presidenta federal, antes de presentar la cuestión al Consejo Federal, debe obtener el parecer por escrito de la Superiora mayor de la monja profesa de votos solemnes que solicita la prórroga del indulto, expresado colegialmente junto con el Consejo del monasterio, previo consentimiento del Ordinario del lugar donde se establecerá la monja, y el parecer del Obispo diocesano o del Ordinario religioso competente.

180. Toda ulterior prórroga del indulto de exclaustración queda reservada únicamente a la Santa Sede[113].

181. Durante la visita canónica, los Visitadores deben verificar la observancia de todos los elementos propios de la vida contemplativa según lo descrito en la Constitución Vultum Dei quaerere[114] con especial referencia al aspecto de la separación del mundo.

182. La Iglesia, por el inmenso aprecio que tiene por su vocación, alienta a las monjas a vivir fielmente y con sentido de responsabilidad el espíritu y la disciplina de la clausura para promover en la comunidad una provechosa y completa orientación hacia la contemplación de Dios Uno y Trino.

IV. La clausura papal

183. La clausura papal, instaurada en el año 1298 por Bonifacio VIII, se define “según las normas dadas por la Sede Apostólica[115] y excluye tareas externas de apostolado.

184. Si Pío XII la había distinguido en clausura papal mayor y menor[116] el Código de Derecho Canónico reconoce un solo tipo de clausura papal, que se observa en los monasterios de monjas totalmente entregadas a la vida contemplativa[117].

185. La clausura papal, para las monjas, significa un reconocimiento de la especificidad de la vida totalmente contemplativa que, al desarrollar de forma especial la espiritualidad del amor esponsal con Cristo, se convierte en signo y realización de la unión exclusiva de la Iglesia Esposa con su Señor.

186. Una real separación del mundo, caracterizada principalmente por el silencio y la soledad[118], expresan y protegen la integridad y la identidad de la vida totalmente contemplativa, para que sea fiel a su carisma específico y a las sanas tradiciones del Instituto.

187. La vida integralmente contemplativa, para ser considerada de clausura papal debe estar totalmente ordenada a conseguir la unión con Dios en la contemplación.

188. Un Instituto es considerado de vida integralmente contemplativa si:

a) sus miembros orientan toda su actividad, interior y exterior, a la intensa y constante búsqueda de la unión con Dios en el monasterio y a la contemplación de su rostro;

b) excluye compromisos externos y directos de apostolado y, ordinariamente, la participación física en acontecimientos y ministerios de la comunidad eclesial. Dicha participación, previo consentimiento del Capítulo conventual, debe ser permitida sólo en ocasiones particulares por el obispo diocesano o por el Ordinario religioso del monasterio;

c) pone en práctica la separación del mundo, según modalidades concretas establecidas por el Capítulo conventual, de modo radical, concreto y eficaz y no simplemente simbólico, según las normas del derecho universal y propio, en consonancia con el carisma del Instituto.

V. Normativa sobre la clausura papal

189. Dada la variedad de Institutos entregados a una vida integralmente contemplativa y de sus tradiciones, además de lo establecido en la presente Instrucción, algunas modalidades de separación del mundo se dejan a las Constituciones o a otros códigos del derecho propio del Instituto que, en consonancia con su carisma, pueden establecer incluso normas más severas sobre la clausura, que tienen que ser aprobadas por la Sede Apostólica.

190. La ley de la clausura papal se extiende al edificio y a todos los espacios, internos y externos, del monasterio reservados exclusivamente a las monjas, donde sólo en caso de necesidad puede ser admitida la presencia de extraños. Debe ser un espacio de silencio y de recogimiento, sin obras externas, donde pueda desarrollarse con mayor facilidad la búsqueda permanente del rostro de Dios, según el carisma del Instituto.

191. La participación de los fieles en las celebraciones litúrgicas en la iglesia o en el oratorio del monasterio, o bien en la lectio divina, no consiente la salida de las monjas de la clausura papal ni la entrada de los fieles en el coro de las monjas, salvo en casos particulares según el parecer del Capítulo conventual.

192. En virtud de la ley de la clausura papal, las monjas, las novicias y las postulantes han de vivir dentro de la clausura del monasterio, y no les es lícito salir de ella, salvo en los casos previstos por el derecho; ni está permitido a nadie entrar en el ámbito de la clausura del monasterio, excepto en los casos previstos.

193. En los monasterios de vida completamente contemplativa, las normas sobre la separación del mundo de las Hermanas externas, si están contempladas por las Constituciones o por otros códigos del derecho propio del Instituto, han de ser definidas por el derecho particular.

194. La concesión de permisos para entrar y salir de la clausura papal requiere siempre una causa justa, es decir, determinada por una verdadera necesidad de alguna de las monjas o del monasterio: se trata de una exigencia de tutela de las condiciones requeridas para la vida integralmente contemplativa y, por parte de las monjas, de coherencia con su opción vocacional.

195. Donde sea habitual anotar en un libro las entradas y las salidas puede conservarse, según determine el Capítulo conventual, incluso como una contribución para el conocimiento de la vida y de la historia del monasterio.

196. Corresponde a la Superiora mayor del monasterio la custodia directa de la clausura, garantizar las condiciones concretas de la separación del mundo y promover, dentro del monasterio, el amor al silencio, al recogimiento y a la oración.

197. Corresponde a la Superiora mayor expresar su juicio sobre la conveniencia de las entradas y salidas de la clausura papal, valorando con prudente discreción la necesidad, a la luz de la vocación integralmente contemplativa, según lo establecido por las Constituciones o por otro texto del derecho propio y dispuesto por la presente Instrucción.

198. Corresponde a la Superiora mayor del monasterio con clausura papal nombrar a una monja profesa de votos solemnes para el servicio de la portería y, si el derecho propio no contempla la presencia de Hermanas externas, permitir a una Hermana que realice los servicios propios de las Hermanas externas por un período limitado de tiempo.

199. Toda la comunidad tiene la obligación moral de tutelar, promover y observar la clausura papal, de manera que no prevalezcan motivaciones secundarias o subjetivas sobre el fin que se propone este tipo de separación.

200. La salida de la clausura papal, salvo indultos particulares de la Santa Sede o en caso de peligro, es autorizada por la Superiora mayor en los casos ordinario, referidos a la salud de las monjas, la asistencia a las monjas enfermas, la participación en cursos o reuniones de formación inicial y permanente organizados por la Federación o por otro monasterio, el ejercicio de los derechos civiles y aquellas necesidades del monasterio que no pueden ser atendidas de otro modo.

201. Para enviar novicias o profesas de votos temporales, cuando fuese necesario, a realizar parte de la formación en otro monasterio del Instituto, así como para hacer traslados temporales o definitivos a otros monasterios del mismo Instituto, la Superiora mayor expresa su consentimiento, con la intervención del Consejo o del Capítulo conventual según la norma de las Constituciones o de otro código del derecho propio.

202. La entrada en la clausura papal está permitida, salvo indultos particulares de la Santa Sede, a los Cardenales, los cuales pueden llevar consigo algún acompañante, a los Nuncios y a los Delegados Apostólicos en los lugares sujetos a su jurisdicción, a los Visitadores durante la Visita canónica, al Obispo diocesano[119], al Ordinario religioso competente y a otras personas autorizadas por la Superiora mayor por causa justa.

203. Además, se permite la entrada en la clausura papal previo permiso de la Superiora:

— al presbítero para administrar los Sacramentos a las enfermas, para asistir a las que padecen largas o graves enfermedades, para celebrar alguna vez para ellas la Santa Misa, para las procesiones litúrgicas y los funerales;

— a quienes por su trabajo o competencias son necesarios para atender la salud de las monjas, para la formación y para proveer a las necesidades del monasterio;

— a las aspirantes y a las monjas de paso, también de otros Institutos de vida contemplativa.

VI. La clausura definida en las Constituciones

204. Los monasterios que asocian a la vida contemplativa alguna actividad en favor del pueblo de Dios o practican formas más amplias de hospitalidad de acuerdo con la tradición del propio Instituto, definen su clausura en las Constituciones o en otro código del derecho propio.

A. Clausura constitucional

205. La clausura constitucional, que ha sustituido en el Código de Derecho Canónico a la clausura papal menor de Pío XII, es un tipo de clausura dirigido a monjas que profesan la vida contemplativa asociando “legítimamente a su cargo alguna obra de apostolado o de caridad cristiana[120].

206. Con el nombre de clausura constitucional se considera el espacio monástico separado del exterior que, como mínimo, debe comprender la parte del monasterio, de la huerta y del jardín, reservados exclusivamente a las monjas, en la cual sólo en caso de necesidad puede ser admitida la presencia de extraños. Debe ser un espacio de silencio y de recogimiento, donde pueda realizarse la búsqueda permanente del rostro de Dios, según el carisma del Instituto, considerando las obras de apostolado o de caridad realizadas por las monjas.

207. Este tipo de clausura, “adaptada a su carácter propio y determinada en las Constituciones“[121], es autorizada por la Sede Apostólica, que aprueba las Constituciones u otro código del derecho propio del Instituto.

B. Clausura monástica

208 A las expresiones clausura papal y clausura constitucional, presentes en el Código de Derecho Canónico, San Juan Pablo II en la exhortación apostólica postsinodal Vita Consecrata[122] había añadido una tercera: la clausura monástica.

209. Antes de Vita Consecrata esa expresión se usaba para definir la clausura de los monjes[123], más rigurosa que la clausura común a todos los religiosos[124], pero menos rígida que la clausura papal y comparable, bajo ciertos aspectos, con la clausura constitucional de las monjas.

210. Para los monasterios de monjas contemplativas, la clausura monástica, aun conservando el carácter de una disciplina más estricta respecto a la clausura común, permite asociar a la función primaria del culto divino formas más amplias de acogida y de hospitalidad[125].

211. La clausura monástica, por el hecho de estar presente en las Constituciones o en otro código del derecho propio, es una expresión peculiar de la clausura constitucional.

VII. Normativa sobre la clausura constitucional

212. Compete a la Superiora mayor del monasterio, con el consentimiento de su Consejo, determinar claramente por escrito el ámbito de la clausura constitucional, delimitarlo y modificarlo por una causa justa.

213. En virtud de la ley de la clausura constitucional, las monjas, las novicias y las postulantes han de vivir dentro de la clausura del monasterio, y no les es lícito salir de ella, salvo en los casos contemplados por el derecho, ni está permitido a nadie entrar en el ámbito de la clausura del monasterio fuera de los casos previstos y sin el permiso de la superiora.

214. La participación de los fieles en las celebraciones litúrgicas en la iglesia o en el oratorio del monasterio, o bien en la lectio divina en otro lugar adecuado del monasterio, permite la salida de las monjas de la clausura constitucional permaneciendo en el ámbito del mismo monasterio, mientras que permanece prohibida la entrada de los fieles en la parte de la casa sujeta a dicho tipo de clausura.

215. Cada una de las monjas es corresponsable de ello y debe contribuir, con gran estima por el silencio y la soledad, para que el régimen exterior de la clausura constitucional conserve ese valor interior fundamental, a través del cual la clausura es fuente de vida espiritual y testimonio de la presencia de Dios.

216. Pueden entrar en el ámbito de la clausura constitucional, con el consentimiento de la Superiora mayor del monasterio:

a) las personas necesarias para el servicio de la comunidad desde un punto de vista espiritual, formativo y material;

b) las monjas de otras comunidades, que estén de paso o sean huéspedes en el monasterio;

c) las jóvenes en búsqueda vocacional.

217. La Superiora mayor del monasterio puede permitir las salidas de la clausura constitucional por causa justa, teniendo en cuenta las indicaciones dadas por la presente Instrucción.

218. La Superiora mayor del monasterio con clausura constitucional nombra monjas para el servicio de la portería y de la hospedería, y autoriza a algunas monjas para trabajar en las obras o en los talleres del monasterio ubicados fuera del ámbito de la clausura, determinando el tiempo de su permanencia fuera de la misma.

CAPÍTULO CUARTO
LA FORMACIÓN

219. La monja pasa a ser, con pleno derecho, miembro de la comunidad del monasterio sui iuris y partícipe de sus bienes espirituales y temporales con la profesión de los votos solemnes, respuesta libre y definitiva a la llamada del Espíritu Santo.

220. Las candidatas se preparan para la profesión solemne pasando por las distintas etapas de la vida monástica; durante las mismas reciben una formación adecuada, y, aunque de distintos modos, forman parte de la comunidad del monasterio.

I. Principios generales

221. La formación para la vida monástica contemplativa se basa en el encuentro personal con el Señor. Inicia con la llamada de Dios y la decisión de cada una de seguir, según el propio carisma, las huellas de Cristo, como discípula suya, bajo la acción del Espíritu Santo.

222. Incluso siendo importante adquirir conocimientos, la formación en la vida consagrada, y especialmente en la vida monástica contemplativa, consiste sobre todo en la identificación con Cristo. Se trata, en efecto, de “un itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre”[126], hasta llegar a decir con san Pablo: “Para mí la vida es Cristo”[127].

223. Tanto las candidatas como las monjas tienen que tener presente que en el proceso formativo no se trata tanto de adquirir nociones, sino de “conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento”[128]. Todo esto hace que el proceso formativo dure toda la vida y cada monja se considere siempre en formación.

224. La formación, en cuanto proceso continuo de crecimiento y de conversión que abarca a toda la persona, debe favorecer el desarrollo de la dimensión humana, cristiana y monástica de las candidatas y de las monjas, viviendo radicalmente el Evangelio, de modo tal que la propia vida llegue a ser una profecía.

225. La formación en la vida monástica contemplativa debe ser integral, es decir, debe tener en cuenta a la persona en su totalidad para que desarrolle armónicamente las propias cualidades psíquicas, morales, afectivas e intelectuales, y se integre activamente en la vida comunitaria. Ninguna de estas dimensiones de la persona debe ser excluida del ámbito de la formación tanto inicial como permanente o continua.

226. La formación monástica contemplativa debe ser orgánica, gradual y coherente en sus diversas etapas, dado que está llamada a promover el desarrollo de la persona de forma armónica y progresiva, respetando plenamente la singularidad de cada una.

227. Bajo la acción del Espíritu Santo, tanto las candidatas como las monjas son las protagonistas principales de la propia formación y las responsables de asumir e interiorizar todos los valores de la vida monástica.

228. Por tal motivo, el proceso formativo debe prestar atención al carácter único de cada hermana y al misterio que lleva en sí, como también a sus dones particulares, para favorecer su crecimiento mediante el conocimiento de sí y la búsqueda de la voluntad de Dios.

229. En la formación inicial tiene particular importancia la figura de la formadora. En efecto, si bien “Dios Padre es el formador por excelencia”, sin embargo “en esta obra Él se sirve de las mediaciones humanas”, entre las cuales se encuentran las formadoras, que en su misión principal “mostrarán la belleza del seguimiento del Señor y el valor del carisma en que éste se concretiza[129].

230. Es responsabilidad de cada monasterio y de la Federación poner especial atención en la elección de las formadoras y promover su formación[130].

II. La formación permanente

231. Por formación permanente o continua se entiende un itinerario que dura toda la vida[131], tanto personal como comunitario, y “que debe llevar a la configuración con el Señor Jesús y a la asimilación de sus sentimientos en su total oblación al Padre[132]. Es, por lo tanto, un proceso de continua conversión del corazón, “exigencia intrínseca de la consagración religiosa[133], y exigencia de fidelidad creativa a la propia vocación. La formación permanente o continua es el humus de la formación inicial[134].

232. La formación permanente o continua, en cuanto tal, debe ser considerada prioritaria tanto en el proyecto de vida comunitario como en el proyecto de vida de cada una de las monjas.

233. La finalidad de la formación permanente es nutrir y custodiar la fidelidad, tanto de cada una de las monjas como de la comunidad, y llevar a término lo que ya se ha comenzado en la formación inicial, para que la persona consagrada pueda expresar plenamente su propio don en la Iglesia, según un carisma específico.

234. Lo que caracteriza esta etapa respecto a las demás es la ausencia de metas ulteriores a breve término, y esto puede causar un impacto a nivel psicológico: ya no hay nada más para lo cual prepararse, sino solamente una cotidianidad que se ha de vivir en la entrega plena de sí al Señor y a la Iglesia.

235. La formación permanente tiene lugar en el contexto de la vida cotidiana: en la oración y en el trabajo, en el mundo de las relaciones, especialmente en la vida fraterna en comunidad, y en la relación con el mundo exterior, según la vocación contemplativa.

236. La formación permanente cultiva la capacidad espiritual, doctrinal y profesional, la actualización y la maduración de la contemplativa, de tal modo que pueda realizar de forma cada vez más adecuada su servicio al monasterio, a la Iglesia y al mundo, según la propia forma de vida y las indicaciones de la Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere.

237. Cada monja se verá animada a asumir la responsabilidad del propio crecimiento humano, cristiano y carismático a través del proyecto de vida personal, del diálogo con las hermanas de la comunidad monástica, y en particular con la Superiora mayor, así como a través de la dirección espiritual y los estudios específicos contemplados en las Orientaciones para la vida monástica contemplativa.

238. Cada comunidad, junto con el proyecto comunitario, está llamada a elaborar un programa de formación permanente sistemático y preciso, que abarque toda la existencia de la persona[135]. Dicho programa se estructurará teniendo en cuenta las diversas fases de la vida[136] y los distintos servicios realizados por las monjas, particularmente de las superioras y de las formadoras[137].

239. La Superiora mayor promueve la formación permanente de la comunidad mediante el Capítulo conventual, los días de retiro, ejercicios espirituales anuales, encuentros para compartir la Palabra de Dios, revisiones de vida periódicas, recreaciones en común, jornadas de estudio, diálogo personal con las hermanas y encuentros fraternos.

240. Es responsabilidad de la Superiora mayor y de cada miembro de la comunidad asegurar que la vida fraterna sea formativa y ayude a cada hermana en su camino hacia la total configuración con Cristo, fin último de todo el proceso formativo[138], y a manifestar en cada momento de su vida “la total y gozosa pertenencia a Cristo”[139].

241. Quedando establecido que la sede ordinaria de la formación permanente es el propio monasterio y que la vida fraterna debe favorecer el camino formativo de las hermanas[140], para asegurar una formación permanente o continua más adecuada se aconseja vivamente la colaboración entre las distintas comunidades monásticas, usando los medios de comunicación apropiados[141].

III. Instrumentos de formación permanente

242. Con toda seguridad, el primer instrumento de formación permanente para todos los consagrados, aún más para las contemplativas, es el cuidado de la vida de oración: liturgias cuidadas y dignas, según las posibilidades de la comunidad; fidelidad a los momentos de oración personal, para garantizar ese espacio donde sea posible entablar una relación íntima con el Señor; atención a la relación con la Palabra, a través de la lectio personal y la collatio comunitaria, cuando sea posible[142].

243. Cuidado y atención del sacramento de la reconciliación y de la dirección espiritual, estando atentas en la elección de confesores preparados para sostener y acompañar el camino de una comunidad de vida contemplativa con discreción, sabiduría y prudencia[143].

244. La formación intelectual se ha de garantizar a través de un proyecto establecido por la comunidad que considere, en lo posible, el nivel cultural de todas, para que todas puedan recoger algo útil para el propio camino.

245. Útiles e importantes son también los cursos de formación comunes entre varios monasterios de la misma familia carismática[144], es decir cursos federales o inter-federales, sin olvidar que “la formación, y en especial la permanente…, tiene su humus en la comunidad y en la vida cotidiana”[145].

246. Un clima de relaciones fraternas auténticas, centradas en verdadera caridad y bondad, es fundamental para permitir a cada miembro de la comunidad un espacio propio de vida y de expresión.

247. Es tarea de cada una encontrar un justo equilibrio en la entrega de sí a través del trabajo, para que el mismo se viva como un servicio sereno y gozoso a Dios y a la comunidad. Y es tarea también de la comunidad estar atenta para que ninguna tenga que cargar con trabajos particularmente pesados que absorban las energías de la mente y del cuerpo, en detrimento de la vida espiritual. El trabajo en cuanto tal puede ser un modo de poner a disposición los propios talentos y, así, colaborar en la expresión de la belleza de la persona; llega a ser peligroso cuando se absolutiza y atrapa la atención en detrimento del espíritu[146].

248. No se han de descuidar los medios ascéticos que pertenecen a la tradición de cada espiritualidad, como un modo de controlar los instintos de la propia naturaleza y orientarlos hacia el servicio del reino según el propio carisma[147].

249. También la debida información acerca de todo lo que sucede en el mundo es un medio importante para revitalizar la conciencia y la responsabilidad de la propia misión apostólica, que se ha de cuidar a través de los medios de comunicación, con especial atención de usarlos con prudencia y discreción para que no llegue a ser perjudicial para la vida contemplativa[148].

IV. La formación inicial

250. La formación inicial es el tiempo privilegiado en el cual las hermanas candidatas a la vida monástica contemplativa, con un acompañamiento especial de la formadora y de la comunidad, son introducidas en el seguimiento de Cristo, según un determinado carisma, asumiendo e integrando progresivamente sus dones personales con los valores auténticos y característicos de la propia vocación.

251. La formación inicial está estructurada en tres etapas consecutivas: el postulantado, el noviciado y el tiempo de la profesión temporal o juniorado, precedidas por el aspirantado, donde las candidatas crecen y maduran hasta llegar a asumir definitivamente la vida monástica en un determinado Instituto.

252. En la formación inicial es de gran importancia que entre las distintas etapas exista armonía y gradualidad de los contenidos. Es igualmente importante que entre la formación inicial y la formación permanente o continua haya continuidad y coherencia, a fin de que se cree en el sujeto “la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los días de su vida”[149].

253. Teniendo presente que la persona se construye muy lentamente y que la formación tendrá que estar atenta en arraigar en el corazón “los sentimientos de Cristo hacia el Padre[150] y los valores humanos, cristianos y carismáticos propios, “a la formación inicial se debe reservar un amplio espacio de tiempo[151], “no inferior a nueve años, ni superior a los doce[152].

254. Durante este tiempo se ha de poner en práctica “un discernimiento sereno, libre de las tentaciones del número o de la eficacia[153]. Además, en cada monasterio se debe prestar especial atención al discernimiento espiritual y vocacional, asegurando a las candidatas un acompañamiento personalizado promoviendo itinerarios formativos aptos para ellas[154], prestando particular atención para que la formación sea verdaderamente integral – humana, cristiana y carismática – y toque todas las dimensiones de la persona.

255. La constitución de comunidades monásticas internacionales y multiculturales manifiesta la universalidad de un carisma, pero la acogida de vocaciones provenientes de otros Países debe ser objeto de un adecuado discernimiento.

256. Uno de los criterios de acogida lo da la posibilidad de difundir en el futuro la vida monástica en Iglesias particulares donde no está presente esta forma de seguimiento de Cristo.

257. Se debe evitar terminantemente el reclutamiento de candidatas de otros Países con el único fin de salvaguardar la supervivencia del monasterio[155].

258. Cada monasterio sui iuris, desde el momento de su erección es la sede del noviciado y de formación, inicial y permanente o continua[156].

259. En el caso de que, con ocasión de la visita canónica, resulte que un monasterio sui iuris no pueda garantizar una formación de calidad, la formación inicial se debe realizar en otro monasterio de la Federación o en la sede de formación inicial común de varios monasterios[157].

260. El monasterio fundado, pero aún no erigido canónicamente, y el monasterio afiliado son sólo sede de formación permanente o continua.

261. El monasterio fundado, pero aún no erigido canónicamente, puede ser sede de noviciado y sede de formación inicial, si se dan las condiciones establecidas en la presente Instrucción respecto a la formación.

A. Aspirantado

262. El aspirantado, considerado un primer conocimiento del monasterio por parte de la candidata y de la candidata por parte de la comunidad del monasterio, comporta una serie de contactos y tiempos de experiencia en comunidad, incluso prolongados. Este conocimiento será útil también para superar en esta fase posibles lagunas en el camino de formación humana y religiosa.

263. Compete a la Superiora mayor con su Consejo, teniendo en cuenta cada una de las candidatas, establecer los tiempos y las modalidades que la aspirante transcurrirá en comunidad y fuera del monasterio.

264. El Señor Jesús ha enseñado que quien emprende una acción importante debe primero ponderar bien si tiene “lo necesario para acabarla”[158]. Por ello, quien piensa iniciar el camino de la vida contemplativa ha de transcurrir un cierto tiempo reflexionando sobre sus capacidades reales y hacer un primer examen personal de la autenticidad de la llamada a la vida monástica contemplativa.

265. Tener “lo necesario” significa poseer las cualidades naturales y psicológicas, una normal apertura a los demás, equilibrio psíquico, espíritu de fe y voluntad firme, que hacen posible la vida en comunidad en la clausura, en continencia, obediencia y pobreza.

266. Sin estas cualidades iniciales no se puede pensar, ni por parte de la aspirante ni por parte de la comunidad que acoge, que exista la vocación a la vida monástica y contemplativa. Por lo tanto, durante toda la formación inicial, pero de manera especial durante el aspirantado, se debe prestar una atención particular a la dimensión humana.

267. Durante este tiempo, la aspirante es confiada por la Superiora mayor a una Hermana profesa solemne para que pueda ser acompañada y orientada en la opción vocacional.

268. El aspirantado, con una duración mínima de doce meses, se puede prolongar según las necesidades y el criterio de la Superiora mayor, con el parecer de su Consejo, pero no más de dos años.

B. Postulantado

269. El postulantado es una etapa necesaria para una adecuada preparación para el noviciado[159], durante la cual la candidata confirma su determinación de convertirse a través de un progresivo paso de la vida secular a la vida monástica contemplativa.

270. Durante este tiempo, la postulante deber ser introducida gradualmente en el proceso de asimilación de los elementos fundamentales de la vida monástica contemplativa.

271. El postulantado comporta una experiencia más directa y concreta de la vida en comunidad según un carisma específico.

272. Antes de admitir a una aspirante en el postulantado se debe examinar su estado de salud, si tiene una madurez adecuada a su edad, si tiene carácter apropiado, si es sociable, sólida en la doctrina y en la práctica cristiana, si aspira a la vida monástica con sincera intención, buscando en todo momento el rostro de Dios.

273. La postulante debe ser confiada a la maestra de novicias o a una monja profesa solemne, con quien la postulante pueda abrirse con toda confianza, que le ayude a mirar dentro de sí y que sepa discernir si hay una verdadera llamada a la vida monástica contemplativa.

274. La postulante, con la ayuda de la formadora, se dedica especialmente a su formación humana y espiritual, así como a profundizar su compromiso bautismal.

275. El postulantado tiene una duración mínima de doce meses y puede ser prolongado según las necesidades por la Superiora mayor, tras oír el parecer de su Consejo, pero no debe superar los dos años.

276. Durante este período las postulantes viven en el monasterio y siguen la vida de comunidad según las indicaciones de la maestra y, además de recibir ayuda para conocer sus capacidades en relación a la vida monástica, en el monasterio pueden profundizar temas de estudio o aprender un oficio, según las exigencias de la comunidad y conforme a lo dispuesto por la Superiora mayor con su Consejo.

C. Noviciado

277. El noviciado es el tiempo en el cual la novicia inicia la vida en un determinado Instituto, continúa el discernimiento vocacional y la profundización de su decisión de seguir a Jesucristo en la Iglesia y en el mundo de hoy, según un determinado carisma.

278. El noviciado es el tiempo de prueba, y tiene como objetivo conducir a la candidata a tomar conciencia más plena de la vocación según un carisma específico, verificando la real y concreta capacidad de vivirlo con alegría y generosidad, particularmente en lo referido a la vida fraterna en comunidad.

279. El noviciado en los monasterios de monjas tiene una duración de dos años, de los cuales el segundo es el año canónico; con respecto a las ausencias se sigue lo establecido por el can. 648 CIC.

280. Durante el noviciado la novicia debe, ante todo, profundizar su amistad con Cristo, porque sin esta amistad nunca será capaz de asumir y mantener las promesas de entrega a Él y desear crecer en el conocimiento del carisma que está llamada a vivir, planteándose si quiere compartir su existencia en una vida fraterna en común con las hermanas que forman la comunidad del monasterio.

281. La novicia obtiene esto con la práctica de la lectio divina prolongada, guiada por una hermana experta que sepa abrir su espíritu a la inteligencia de las Escrituras, guiada por los escritos de los Padres de la Iglesia y por los escritos y ejemplos de vida de los propios fundadores. El contacto íntimo con Cristo debe necesariamente conducir a una vida sacramental sólida y a la oración personal, en la cual la novicia debe ser guiada y para la cual se le debe conceder un tiempo adecuado.

282. La oración personal encuentra su expresión en la oración litúrgica comunitaria, a la cual la novicia debe dedicar todas sus mejores energías. En este clima de amor a Cristo y de oración, la novicia se abre a las hermanas, las ama cordialmente y vive en fraternidad con ellas.

283. La novicia es guiada por la maestra para cultivar una auténtica devoción a la Virgen Madre de Dios, modelo y amparo de toda vida consagrada[160], y adoptarla como ejemplo de mujer consagrada.

284. El edificio espiritual no se puede construir sin cimientos humanos, por ello las novicias deben perfeccionar las cualidades naturales y la educación civil, y desarrollar su personalidad, sintiéndose verdaderamente responsables de su crecimiento humano, cristiano y carismático.

D. Juniorado

285. En esta etapa la inserción en la vida de la comunidad es plena, por lo tanto el objetivo es comprobar la capacidad de la profesa temporal de encontrar un equilibrio entre las diversas dimensiones de la vida monástica contemplativa (oración, trabajo, relaciones fraternas, estudio…), logrando realizar una síntesis personal del carisma, encarnándolo en las diversas situaciones de la vida cotidiana.

286. Sin perjuicio de lo establecido en el derecho universal sobre la profesión válida y lícita de los votos temporales, el juniorado comprende el tiempo de formación inicial que va desde la primera profesión de los votos temporales a la profesión solemne, en la cual la profesa continúa la formación espiritual, doctrinal y práctica, según el carisma y el derecho propio del Instituto.

287. La profesión temporal se emite por tres años y se renueva anualmente hasta la conclusión de los cinco años, completando un mínimo de nueve años de formación inicial.

288. Si se considera oportuno, el tiempo de la profesión temporal lo puede prolongar la Superiora mayor, según el derecho propio, conforme con el can. 657, §2 CIC, pero procurando que no se superen los doce años de formación inicial.

289. En cada comunidad monástica el itinerario de formación inicial y permanente o continua, así como la formación de las superioras de los monasterios[161], de las formadoras[162] y de las ecónomas, se programará según el carisma y el derecho propio del Instituto teniendo presente las Orientaciones publicados por la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica con motivo y como complemento de la presente Instrucción.

DISPOSICIONES FINALES

· La presente Instrucción no se refiere sólo a cosas futuras[163] sino que se aplica en el presente a todos los monasterios de monjas de rito latino desde el momento de su publicación.

· Las disposiciones de la Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere para todos los monasterios sobre la obligación de entrar en una Federación de monasterios se aplica también a otra estructura de comunión como la Asociación de monasterios o la Conferencia de monasterios.

· Tal obligación es válida también para los monasterios asociados a un Instituto masculino o reunidos en Congregación monástica autónoma.

· Los distintos monasterios tienen que cumplir lo dispuesto en el plazo de un año desde la publicación de la presente Instrucción, a no ser que hayan sido legítimamente dispensados.

· Cumplido el tiempo, este Dicasterio se encargará de asignar los monasterios a Federaciones o a otras estructuras de comunión ya existentes.

· Las decisiones que, después de una adecuada consulta y de tratarse previamente en el Congreso del Dicasterio, tomará esta Congregación para los Institutos de vida consagradas y las Sociedades de vida apostólica respecto a un monasterio de monjas relacionado a la convocatoria de una visita apostólica, al nombramiento de un comisario apostólico, a la suspensión de la autonomía y a la supresión de un monasterio, serán presentadas mensualmente al Romano Pontífice para la aprobación de forma específica.

CONCLUSIÓN

Con la presente Instrucción este Dicasterio quiere confirmar el inmenso aprecio de la Iglesia por la vida monástica contemplativa y su solicitud por salvaguardar la autenticidad de esa peculiar forma de sequela Christi.

El día 25 de marzo de 2018 el Santo Padre ha aprobado el presente documento de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica y ha autorizado su publicación.

Ese mismo día el Santo Padre, respecto a la presente Instrucción, ha aprobado de forma específica:

· los nn. 52, 81 d) y 108, derogando el can. 638, §4 CIC;

· el n. 83 g) derogando el can 667, §4 CIC;

· el n. 111 derogando el can. 628, §2, 1° CIC;

· el n. 130 derogando el can. 686, §2 CIC;

· los nn. 174 y 175 derogando el can. 667, §4 CIC;

· el n. 176, que abroga la restricción presente en Verbi Sponsa n. 17, §2;

· los nn. 177 y 178 derogando el can. 686, §2 CIC;

· las Disposiciones finales.

Vaticano, 1 de abril de 2018

Solemnidad de la Resurrección del Señor

João Braz, Card. de Aviz
Prefecto

+ José Rodríguez Carballo, O.F.M.
Arzobispo Secretario

________________________

[1] Cfr.; Franciscus PP., Constitutio apostolica Vultum Dei quaerere (= VDq). De vita contemplativa monialium, en AAS CVIII (2016), p. 838, n. 5; Perfectae caritatis (= Pc) 7; can. 674 CIC VDq, 5.

[2] Cfr. PIUS PP. XII, Constitutio apostolica Sponsa Christi Ecclesia (= SCE). De sacro monialium instituto promovendo, en AAS XXXXIII (1951), pp. 5-23.

[3] Cfr. Statuta generalia monialium (= SGM), art. VI, en AAS XXXXIII (1951), p. 17.

[4] Cfr. SCE, p. 12; SGM, art. VII, en AAS XXXXIII (1951), pp. 18-19.

[5] Cfr. SCE, pp. 10-11.

[6] Cfr. SCE, pp. 12-13; SGM, art. IV, en AAS XXXXIII (1951), p. 16-17.

[7] Cfr. Pc 2.

[8] Cfr. SCE, pp. 6-11.

[9] Cfr. SCE, pp. 8-9.

[10] Cfr. VDq, 13-35.

[11] VDq, art. 1, §2.

[12] Cfr. VDq, 8.

[13] Can. 674 CIC.

[14] VDq, art. 14, §1.

[15] VDq, 8.

[16] Cf. can. 34, §1 CIC.

[17] VDq, art. 9, §4.

[18] VDq, art. 9, §4.

[19] Cfr. can. 620 CIC.

[20] Cfr. cann. 613, §2 y 620 CIC.

[21] Cfr. can. 586,§1 CIC.

[22] Cfr. VDq, 28.

[23] Cfr. Ibídem.

[24] Cfr. can. 610 CIC.

[25] Cfr. can. 610 CIC.

[26] Cfr. can. 607, §3 CIC.

[27] Cfr. can. 667, §§2-3 CIC; cfr. VDq, 31.

[28] Cfr. can. 609, §1 CIC.

[29] Cfr. can. 609, §2 CIC.

[30] VDq, art. 8, §1.

[31] Ibídem.

[32] VDq, art. 8, §1.

[33] Cfr. can. 610, §2 CIC.

[34] Cfr. VDq, art. 8, §1

[35] Cfr. VDq, art. 8, §2.

[36] Cfr. VDq, art. 8, §2.

[37] Cfr. can. 634, §1 CIC.

[38] Cfr. can. 636 CIC.

[39] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[40] VDq, art. 8, §2.

[41] Cfr. VDq, art. 8, §3.

[42] VDq, art. 8, §2.

[43] Cfr. VDq, art. 8, §1; Juan Pablo II, Vita Consecrata. Exhortación apostólica postsinodal sobre la vida consagrada (= Vc) Roma, 25 marzo 1996, 36-37.

[44] Cfr. can. 616, §1 e §4 CIC.

[45] Cfr. can. 616, §2 CIC.

[46] Cfr. can. 616, §2 CIC.

[47] Cfr. can. 614 CIC.

[48] Cfr. can. 615 CIC.

[49] Cfr. VDq, art. 9, §4.

[50] Cfr. can. 625, §2 CIC.

[51] Cfr. can. 628, §2 n. 1 CIC.

[52] Cfr. can. 637 CIC.

[53] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[54] Cfr. can. 688, §2 CIC.

[55] Cfr. can. 699, §2 CIC.

[56] Cfr. can. 586 CIC.

[57] Cfr. can. 591 CIC.

[58] Cfr. can. 678, §1 CIC.

[59] Cfr. can. 392; can. 680 CIC.

[60] Cfr. can. 394; can, 673; can. 674; can. 612 CIC.

[61] Cfr. can. 683, §2 CIC.

[62] Cfr. can. 1320 CIC.

[63] Cfr. can. 609 CIC.

[64] Cfr. can. 567 CIC.

[65] Cfr. can. 630, §3 CIC.

[66] VDq art. 6, §2 CIC.

[67] Cfr. can. 616, §1 CIC.

[68] Cfr. can. 687 CIC.

[69] Derogación parcial del can. 667, §4 CIC aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[70] Cfr. VDq, 28-30.

[71] Cfr. VDq art. 9, §2.

[72] Cfr. can. 582 CIC.

[73] Cfr. VDq 30; art. 9, §3.

[74] Cfr. VDq art. 9, § 1.

[75] Cfr. can. 582 CIC; VDq, art. 9, §4.

[76] Cfr. VDq, art. 9, § 4.

[77] Cfr. VDq 30; art. 9, § 3.

[78] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[79] Cfr. can. 616, §2 CIC

[80] Cfr. VDq, art. 9, §3.

[81] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[82] Cfr. VDq, art. 2, §2.

[83] Cfr. VDq, 36.

[84] Cfr. VDq, art. 3, § 3.

[85] Cfr. VDq, art. 7, § 1.

[86] Cfr. VDq, art. 3, § 4.

[87] Cfr. VDq, art. 8, § 1.

[88] Cfr. VDq, 9, §3.

[89] Cfr. VDq, art. 3, § 7.

[90] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[91] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[92] Cfr. VDq, art. 8, § 7.

[93] Cfr. can. 184, §1 CIC.

[94] Cfr. VDq, art. 3 § 7.

[95] Cfr. VDq, art. 7 § 1.

[96] Cfr. VDq, art. 3 § 3.

[97] Cfr. VDq, art. 3 § 7.

[98] Cfr. can. 607, §3 CIC.

[99] Cfr. Rm 12, 2.

[100] Cfr. can. 667, §1 CIC.

[101] Cfr. Mt 5, 14-15.

[102] Cfr. Jn 13, 34; Mt 5, 3.8.

[103] Cfr. Rm 6, 11.

[104] Cfr VDq 33; art. 12.

[105] VDq, 33.

[106] VDq, 34.

[107] Cfr. VDq, 31.

[108] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[109] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[110] “Téngase presente que la norma del Can. 665, §1, sobre la permanencia fuera del Instituto, no se refiere a las monjas de clausura” Verbi Sponsa, n. 17, §2.

[111] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[112] Derogación aprobada de forma específica por el Santo Padre.

[113] Cfr. can. 686, §1 CIC.

[114] Cfr. VDq, 12-37.

[115] Can. 667, §3 CIC.

[116] Cfr. SCE art. IV, n. 1-2; Inter praeclara VI – X.

[117] Cfr. VDq, 31.

[118] Cfr. VDq, 33.

[119] Cfr. can. 667 §4 CIC.

[120] Cfr. Pc 9.

[121] Cfr. can. 667, §3 CIC.

[122] Vc 59.

[123] Cfr. can. 667, §2 CIC.

[124] Cfr. can. 667, §1 CIC.

[125] Cfr. VDq, 31.

[126] Vc 65.

[127] Fil 1, 21.

[128] Ef 3, 19.

[129] Vc 66.

[130] Cfr. VDq, art. 3, §3.

[131] Cfr. can. 661 CIC.

[132] VDq, 13.

[133] Vc 69.

[134] Cfr. VDq, 3, §1.

[135] Cfr. Vc 69.

[136] Cfr. Vc 70.

[137] Cfr. VDq art. 3, §1; 7, §1.

[138] Cf. Vc 65.

[139] VDq, 13.

[140] Cfr. VDq, 14.

[141] cfr. VDq, 34.

[142] Cfr. VDq, 24-27.

[143] VDq, 23.

[144] VDq, 30.

[145] VDq, 14.

[146] Cfr. VDq, 32.

[147] Cfr. VDq, 35.

[148] Cfr. VDq, 34.

[149] Vc 69; Caminar desde Cristo, 15.

[150] Vc 65.

[151] Vc 65.

[152] VDq, 15.

[153] Caminar desde Cristo, 18.

[154] Cfr. VDq, 15.

[155] Cfr. VDq, art. 3, §6.

[156] Cfr. VDq, art. 3, §5.

[157] Cfr. VDq, 3, §7.

[158] Cfr. Lc 14, 28.

[159] Cfr. can. 597 §2 CIC.

[160] Cfr. can 663, §4 CIC.

[161] Cfr. VDq art. 7, §1.

[162] Cfr. VDq art. 3, §3 e §4.

[163] Cfr. can. 9 CIC.

© Librería Editorial Vaticano

 

EL DON DE FORTALEZA

— El Espíritu Santo proporciona al alma la fortaleza necesaria para vencer los obstáculos y practicar las virtudes.

— El Señor espera de nosotros el heroísmo en lo pequeño, en el cumplimiento diario de los propios deberes.

— Fortaleza en nuestra vida ordinaria. Medios para facilitar la acción de este don.

I. La historia del pueblo de Israel manifiesta la continua protección de Dios. La misión de quienes habrían de guiarlo y protegerlo hasta llegar a la Tierra Prometida superaba con mucho sus fuerzas y sus posibilidades. Cuando Moisés le expone al Señor su incapacidad para presentarse ante el Faraón y liberar de Egipto a los israelitas, el Señor le dice: Yo estaré contigo1. Este mismo auxilio divino se garantiza a los Profetas y a todos aquellos que reciben especiales encargos. En los cánticos de acción de gracias reconocen siempre que solo por la fortaleza que han recibido de lo Alto han podido llevar a cabo su tarea. Los salmos no cesan de exaltar la fuerza protectora de Dios: Yahvé es la Roca de Israel, su fortaleza y su seguridad.

El Señor promete a los Apóstoles –columnas de la Iglesia– que serán revestidos por el Espíritu Santo de la fuerza de lo alto2. El Paráclito mismo asistirá a la Iglesia y a cada uno de sus miembros hasta el fin de los siglos. La virtud sobrenatural de la fortaleza, la ayuda específica de Dios, es imprescindible al cristiano para luchar y vencer contra los obstáculos que cada día se le presentan en su pelea interior por amar cada día más al Señor y cumplir sus deberes. Y esta virtud es perfeccionada por el don de fortaleza, que hace prontos y fáciles los actos correspondientes.

En la medida en que vamos purificando nuestras almas y somos dóciles a la acción de la gracia, cada uno puede decir, como San Pablo: todo lo puedo en Aquel que me conforta3. Bajo la acción del Espíritu Santo, el cristiano se siente capaz de las acciones más difíciles y de soportar las pruebas más duras por amor a Dios. El alma, movida por este don, no pone la confianza en sus propios esfuerzos, pues nadie mejor que ella, si es humilde, tiene conciencia de su propia endeblez y de su incapacidad para llevar a cabo la tarea de su santificación y la misión que el Señor le encarga en esta vida; pero oye, de modo particular en los momentos más difíciles, que el Señor le dice: Yo estaré contigo. Entonces se atreve a decir: si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (...). ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Acaso la tribulación, o la angustia, o el hambre, o la desnudez, o el riesgo, o la persecución, o el cuchillo? (...). Pero en medio de todas estas cosas triunfamos por virtud de Aquel que nos amó. Por lo que estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni virtudes, ni lo presente, ni lo venidero, ni la fuerza, ni lo que hay de más alto, ni de más profundo, ni otra ninguna criatura, podrá jamás separarnos del amor de Dios, que se funda en Jesucristo Nuestro Señor4. Es este un grito de fortaleza y de optimismo que se apoya en Dios.

Si dejamos que el Paráclito tome posesión de nuestra vida, nuestra seguridad no tendrá límites. Comprendemos entonces de una manera más profunda que el Señor escoge lo débil, lo que a los ojos del mundo no tiene nobleza ni poder (...), para que nadie pueda gloriarse ante Dios5, y que no pide a sus hijos más que la buena voluntad de poner todo lo que está de su parte, para llevar Él a cabo maravillas de gracia y de misericordia. Nada parece entonces demasiado difícil, porque todo lo esperamos de Dios, y no ponemos la confianza de modo absoluto en ninguno de los medios humanos que habremos de utilizar, sino en la gracia del Señor. El espíritu de fortaleza proporciona al alma una energía renovada ante los obstáculos, internos o externos, y para practicar las virtudes en el propio ambiente y en los propios quehaceres.

II. La Tradición asocia el don de fortaleza al hambre y sed de justicia6. «El vivo deseo de servir a Dios a pesar de todas las dificultades es justamente esa hambre que el Señor suscita en nosotros. Él la hace nacer y la escucha, según le fue dicho a Daniel: Y Yo vengo para instruirte, porque tú eres un varón de deseos (Dan 9, 23)»7. Este don produce en el alma dócil al Espíritu Santo un afán siempre creciente de santidad, que no mengua ante los obstáculos y dificultades. Santo Tomás dice que debemos anhelar esta santidad de tal manera que «nunca nos sintamos satisfechos en esta vida, como nunca se siente satisfecho el avaro»8.

El ejemplo de los santos nos impulsa a crecer más y más en la fidelidad a Dios en medio de nuestras obligaciones, amándole más cuanto mayores sean las dificultades por las que pasemos, dándole más firmeza a nuestro afán de santidad, sin dejar que tome cuerpo el desánimo ante la posible falta de medios en el apostolado, o al experimentar quizá que no avanzamos, al menos aparentemente, en las metas de mejora que nos habíamos propuesto. Como dejó escrito Santa Teresa: «importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (a la santidad), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo»9.

La virtud de la fortaleza, perfeccionada por el don del Espíritu Santo, nos permite superar los obstáculos que, de una manera u otra, vamos a encontrar en el camino de la santidad, pero no suprime la flaqueza propia de la naturaleza humana, el temor al peligro, el miedo al dolor, a la fatiga. El fuerte puede tener miedo, pero lo supera gracias al amor. Precisamente porque ama, el cristiano es capaz de enfrentarse a los mayores riesgos, aunque la propia sensibilidad sienta repugnancia no solo en el comienzo, sino a lo largo de todo el tiempo que dure la prueba o el conseguir lo que ama. La fortaleza no evita siempre los desfallecimientos propios de toda naturaleza creada.

Esta virtud lleva hasta dar la vida voluntariamente en testimonio de la fe, si el Señor así lo pide. El martirio es el acto supremo de la fortaleza, y Dios lo ha pedido a muchos fieles a lo largo de la historia de la Iglesia. Los mártires han sido –y son– la corona de la Iglesia, y una prueba más de su origen divino y santidad. Cada cristiano debe estar dispuesto a dar la vida por Cristo si las circunstancias lo exigieran. El Espíritu Santo daría entonces las fuerzas y la valentía para afrontar esta prueba suprema. Lo ordinario será, sin embargo, que espere de nosotros el heroísmo en lo pequeño, en el cumplimiento diario de los propios deberes.

Cada día tenemos necesidad del don de fortaleza, porque cada día debemos ejercitar esta virtud para vencer los propios caprichos, el egoísmo y la comodidad. Deberemos ser firmes ante un ambiente que en muchas ocasiones se presentará contrario a la doctrina de Jesucristo, para vencer los respetos humanos, para dar un testimonio sencillo pero elocuente del Señor, como hicieron los Apóstoles.

III. Debemos pedir frecuentemente el don de fortaleza para vencer la resistencia a cumplir los deberes que cuestan, para enfrentarnos a los obstáculos normales de toda existencia, para llevar con paciencia la enfermedad cuando llegue, para perseverar en el quehacer diario, para ser constantes en el apostolado, para sobrellevar la adversidad con serenidad y espíritu sobrenatural. Debemos pedir este don para tener esa fortaleza interior que nos facilita el olvido de nosotros mismos y andar más pendientes de quienes están a nuestro lado, para mortificar el deseo de llamar la atención, para servir a los demás sin que apenas lo noten, para vencer la impaciencia, para no dar muchas vueltas a los propios problemas y dificultades, para no quejarnos ante la dificultad o el malestar, para mortificar la imaginación rechazando los pensamientos inútiles... Necesitamos fortaleza en el apostolado para hablar de Dios sin miedo, para comportarnos siempre de modo cristiano aunque choque con un ambiente paganizado, para hacer la corrección fraterna cuando sea preciso... Fortaleza para cumplir eficazmente nuestros deberes: prestando una ayuda incondicional a quienes dependen de nosotros, exigiendo de forma amable y con la firmeza que cada caso requiera... El don de fortaleza se convierte así en el gran recurso contra la tibieza, que lleva a la dejadez y al aburguesamiento.

El don de fortaleza encuentra en las dificultades unas condiciones excepcionales para crecer y afianzarse, si en estas situaciones sabemos estar junto al Señor. «Los árboles que crecen en lugares sombreados y libres de vientos, mientras que externamente se desarrollan con aspecto próspero, se hacen blandos y fangosos, y fácilmente les hiere cualquier cosa; sin embargo, los árboles que viven en las cumbres de los montes más altos, agitados por muchos vientos y constantemente expuestos a la intemperie y a todas las inclemencias, golpeados por fortísimas tempestades y cubiertos de frecuentes nieves, se hacen más robustos que el hierro»10.

Este don se obtiene siendo humildes –aceptando la propia flaqueza– y acudiendo al Señor en la oración y en los sacramentos.

El sacramento de la Confirmación nos fortaleció para que lucháramos como milites Christi11, como soldados de Cristo. La Comunión –«alimento para ser fuertes»12– restaura nuestras energías; el sacramento de la Penitencia nos fortalece contra el pecado y las tentaciones. En la Unción de los enfermos, el Señor da ayuda a los suyos para la última batalla, aquella en la que se decide la eternidad para siempre.

El Espíritu Santo es un Maestro dulce y sabio, pero también exigente, porque no da sus dones si no estamos dispuestos a pasar por la Cruz y a corresponder a sus gracias.

1 Ex 3, 12. — 2 Lc 24, 29. — 3 Flp 4, 13. — 4 Rom 8, 31-39. — 5 Cfr. 1 Cor 1, 27-29. — 6 Mt 5, 6. — 7 R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Palabra, 2ª ed., Madrid 1978, vol. II, p. 594. — 8 Santo Tomás, Comentario sobre San Mateo, 5, 2. — 9 Santa Teresa, Camino de perfección, 21, 2. — 10 San Juan Crisóstomo, Hom. sobre la gloria en la Tribulación. — 11 Cfr. 2 Tim 2, 3. — 12 Cfr. San Agustín, Confesiones, 7, 10.

 

“Acude con confianza a la Virgen”

Cuando te veas con el corazón seco, sin saber qué decir, acude con confianza a la Virgen. Dile: Madre mía Inmaculada, intercede por mí. Si la invocas con fe, Ella te hará gustar –en medio de esa sequedad– de la cercanía de Dios. (Surco, 695)

Contemplemos ahora a su Madre bendita, Madre nuestra también. En el Calvario, junto al patíbulo, reza. No es una actitud nueva de María. Así se ha conducido siempre, cumpliendo sus deberes, ocupándose de su hogar. Mientras estaba en las cosas de la tierra, permanecía pendiente de Dios. Cristo, perfectus Deus, perfectus homo (Símbolo Quicumque), quiso que también su Madre, la criatura más excelsa, la llena de gracia, nos confirmase en ese afán de elevar siempre la mirada al amor divino. Recordad la escena de la Anunciación: baja el Arcángel, para comunicar la divina embajada –el anuncio de que sería Madre de Dios–, y la encuentra retirada en oración. María está enteramente recogida en el Señor, cuando San Gabriel la saluda: Dios te salve, ¡oh llena de gracia!, el Señor es contigo (Lc I, 28.). Días después rompe en la alegría del Magnificat –ese canto mariano, que nos ha transmitido el Espíritu Santo por la delicada fidelidad de San Lucas–, fruto del trato habitual de la Virgen Santísima con Dios.
Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón inmaculado: mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava (Lc I, 46–48.). Los hijos de esta Madre buena, los primeros cristianos, han aprendido de Ella, y también nosotros podemos y debemos aprender. (Amigos de Dios, 241)

 

 

Guadalupe Ortiz de Landázuri, patrona y principal impulsora de un colegio en Michoacán

Lucina es una de las fundadoras y la directora del Colegio “Guadalupe Ortiz de Landázuri”, una institución que nació en 2013 y que, con poco más de cien graduados, está dejando su huella entre los habitantes de Michoacán.

Noticias 11/05/2018

 

¿Cómo nació la idea de fundar esta escuela?

Siempre me ha movido la intención de mejorar la educación de nuestra gente. Un día estaba reunida con mis tres hermanos y surgió la idea de impulsar la fundación de un colegio entre los cuatro. En ese mismo momento, les dije a mis hermanos que yo podría hacerme cargo de la formación de los alumnos. La idea original era comprar una casa y comenzar ahí nuestro colegio, pero mis hermanos insistieron en que sería mejor comprar un terreno y comenzar desde cero, construyendo una nueva escuela. Buscamos durante mucho tiempo uno que fuera adecuado, hasta que encontramos el que se ajustaba a nuestras necesidades.

Propuse poner el nombre de Guadalupe a nuestro colegio para que fuera un atractivo ejemplo

Para poner en marcha el proyecto, propuse a mis hermanos ponerlo bajo el “amparo” de Guadalupe, ya que ella, mientras vivió en México, trabajó para el desarrollo de la gente de esta zona. Pensamos también que podríamos poner su nombre a nuestro colegio, para que, de esa manera, Guadalupe fuera para los alumnos y sus familias un atractivo ejemplo de una vida alegre y limpia. Guadalupe ha sido una gran intercesora en todo lo relacionado con la construcción del inmueble y los distintos pasos burocráticos que se fueron dando, hasta que el 26 de junio de 2013 el gobierno de Morelia nos otorgó finalmente el permiso para comenzar a funcionar.

¿Qué tipo de educación ofrece el Colegio Guadalupe Ortiz de Landázuri a sus alumnos?

Según cifras publicadas por las autoridades federales en 2016, Zamora de Hidalgo es uno de los municipios del estado de Michoacán con mayor porcentaje de rezago educativo, pues supera el 50%. En promedio, sus habitantes —127.606— acuden a la escuela solo durante cuatro años. Por eso, siempre tuvimos en mente ofrecer una educación integral, que abarcara todas las dimensiones de los niños. Además de la incidencia académica, ofrecemos una educación en la fe, que aúna muchos aspectos esenciales en el desarrollo del niño. Decimos a los padres de familia que somos un colegio de ideario católico, pero que, de acuerdo con lo que enseñaba san Josemaría, estamos abiertos y aceptamos a gente de otras religiones: el único requisito es el respeto mutuo y comprender que esta educación busca potenciar el crecimiento global del niño.

Actualmente el colegio cuenta con alumnos de primero a sexto de educación primaria, y esperamos comenzar el próximo año con la educación secundaria.

Actualmente el colegio cuenta con alumnos de primero a sexto de educación primaria, y esperamos comenzar el próximo año con la educación secundaria. Ya empezamos a buscar el terreno para la construcción del nuevo edificio de secundaria y la futura preparatoria, pero hasta que podamos contar con las nuevas instalaciones, el primer grupo de secundaria tendrá que compartir sede con el edificio de primaria. A los alumnos les enseñamos cuidar las cosas pequeñas, por ejemplo la limpieza de los salones, el acomodo de los juguetes que utilizan durante el descanso, el uso de las servilletas para limpiarse durante las comidas, etc.

¿Cómo ha influido la escuela en el desarrollo de la comunidad en la que se encuentra?

Los niños se llevan a sus casas todo lo que han aprendido. Una vez, una mamá me contó cómo su hijo llegó a casa pidiendo que compraran servilletas porque, aunque en su casa no las usaban, el chico había aprendido en la escuela ese detalle de cortesía a la hora de las comidas. Además, nosotros tenemos trato con los padres y madres de los alumnos a través de reuniones. Estamos planeando tener talleres y charlas para las familias que quieran, para poder ayudar, no solo a los niños, sino a toda la comunidad local.

Además queremos desarrollar un plan para los padres de familia, en donde podamos dar clases de orientación familiar, educación espiritual etc. A esto se suma el proyecto que tenemos de comenzar la escuela secundaria que se llamará Álvaro del Portillo. Ya estamos trabajando para hacer este sueño realidad y poder dar continuidad a la formación de alumnos y familias.

La gente de aquí quiere muchísimo a Guadalupe, algunos la recuerdan como una persona muy sonriente, siempre preocupada por la gente de la zona.

¿Cómo ve la comunidad a Guadalupe? ¿Qué idea tienen de ella?

La gente de aquí quiere muchísimo a Guadalupe, algunos la recuerdan como una persona muy sonriente, siempre preocupada por la gente de la zona, que llegó a conocer la fuerza de la gente necesitada y que, sobre todo, nunca perdió la alegría.

Todos sabemos que, cuando Guadalupe tuvo la idea de abrir una escuela rural, su primera opción fue Michoacán, aunque tras la donación de la ex-hacienda de Santa Clara en Morelos fue ahí donde se materializó esa iniciativa, con el Colegio Montefalco. Sin embargo, vino mucho aquí a Michoacán y ayudó a muchas chicas para que pudieran estudiar en la Ciudad de México, es también por eso que la gente de la zona la quiere mucho.

Guadalupe ha sido una gran intercesora en todo lo relacionado con la construcción del inmueble y los distintos pasos burocráticos que se fueron dando.

 

 

«Aquella primera oración de hijo de Dios»

El sentido de la filiación divina lo cambia todo, como cambió la vida de san Josemaría cuando descubrió inesperadamente ese Mediterráneo.

Vida espiritual 31/07/2017

«Son momentos, hijas e hijos míos, para adentrarnos más y más por «caminos de contemplación» en medio del mundo»[1]. Con estas palabras señala el prelado del Opus Dei una de las prioridades del momento actual. El apostolado de los cristianos es, hoy como siempre, «una superabundancia de nuestra vida interior»[2]. Por una parte, porque consiste en comunicar precisamente esa Vida; por otra, porque para proponer la fe al mundo es necesario comprenderla y vivirla en profundidad. Se trata, en definitiva, como nos indicó san Josemaría, de «ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres»[3].

No basta ser hijos de Dios, sino que hemos de sabernos hijos de Dios, de modo tal que nuestra vida adquiera ese sentido

Este camino hacia adentro tiene una peculiaridad. No transita de un lugar conocido a otro desconocido: consiste más bien en ahondar en lo que ya se conoce, en lo que parece obvio, de tan oído. Se descubre entonces algo que, en realidad, se sabía, pero que ahora se percibe con una fuerza y una profundidad nueva. San Josemaría se refiere a esa experiencia hablando de distintos «Mediterráneos» que se fueron abriendo ante sus ojos de manera inesperada. Así lo expone, por ejemplo, en Forja:

«En la vida interior, como en el amor humano, es preciso ser perseverante. Sí, has de meditar muchas veces los mismos argumentos, insistiendo hasta descubrir un nuevo Mediterráneo.

»–¿Y cómo no habré visto antes esto así de claro?, te preguntarás sorprendido. –Sencillamente, porque a veces somos como las piedras, que dejan resbalar el agua, sin absorber ni una gota.

»–Por eso, es necesario volver a discurrir sobre lo mismo, ¡que no es lo mismo!, para empaparnos de las bendiciones de Dios»[4].

«Discurrir sobre lo mismo» para intentar abrirnos a toda su riqueza y descubrir así «¡que no es lo mismo!» Ese es el camino de contemplación al que estamos llamados. Se trata de surcar un mar que, a primera vista, no tiene nada de nuevo, porque ya forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Los romanos llamaban al Mediterráneo Mare nostrum: se trataba del mar conocido, del mar con el que convivían. San Josemaría habla de descubrir Mediterráneos porque, en cuanto nos adentramos en los mares que creemos conocer bien, se abren ante nuestros ojos horizontes amplios, insospechados. Podemos decir entonces al Señor, con palabras de santa Catalina de Siena: «eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco»[5].

Estos descubrimientos responden a luces que Dios da cuando y como quiere. Con todo, nuestra consideración pausada nos pone en disposición de recibir esas luces del Señor. «Y como aquél que primero estaba en las tinieblas y después ve de pronto el sol que le ilumina la cara, y distingue claramente lo que hasta entonces no veía, del mismo modo el que recibe el Espíritu Santo queda con el alma iluminada»[6]. En los siguientes editoriales repasaremos algunos de estos Mediterráneos que san Josemaría descubrió en su vida interior, para ahondar con él «en la hondura del Amor de Dios».

Abba Pater!

Una de las convicciones más arraigadas en los primeros cristianos era que podían dirigirse a Dios como hijos amados. Jesús mismo les había enseñado: «Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en el cielo…» (Mt 6,9). Él se había presentado ante los judíos como el Hijo amado del Padre, y había enseñado a sus discípulos a comportarse de igual modo. Los apóstoles le habían oído dirigirse a Dios con el término que usaban los niños hebreos para dirigirse a sus padres. Y, al recibir el Espíritu Santo, ellos mismos habían comenzado a usar esa fórmula. Se trataba de algo radicalmente nuevo, respecto a la piedad de Israel, pero San Pablo lo referiría como algo común y conocido por todos: «recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abbá, Padre!”. Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rm 8,15-16). Era una convicción que les llenaba de confianza y les daba una audacia insospechada: «si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo» (Rm 8,17). Jesús no es solo el Unigénito del Padre, sino también el Primogénito de muchos hermanos (cfr. Rm 8,29; Col 1,15). La Vida nueva, traída por Cristo, se presentaba ante los ojos de aquellos primeros creyentes como una vida de hijos amados de Dios. No era esta una verdad teórica o abstracta, sino algo real que les llenaba de una desbordante alegría. Buena muestra de ello es el grito que se le escapa al apóstol san Juan en su primera carta: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).

La paternidad de Dios, su amor singularísimo y tierno por cada uno, es algo que los cristianos aprendemos desde pequeños. Y, sin embargo, estamos llamados a descubrirlo de un modo personal y vivo, que llegue a transformar nuestra relación con Dios. Al hacerlo, se abre ante nuestros ojos un Mediterráneo de paz y confianza, un horizonte inmenso en el que podremos ahondar a lo largo de toda la vida. Para san Josemaría, fue un hallazgo inesperado, la repentina apertura de un panorama que se encontraba en realidad como escondido en algo que conocía bien. Era el otoño de 1931; lo recordaba muchos años después: «Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía –una hora, hora y media, no lo sé–; Abba, Pater!, tenía que gritar»[7].

San Josemaría habla de descubrir «Mediterráneos» porque, en cuanto nos adentramos en los mares que creemos conocer bien, se abren ante nuestros ojos horizontes amplios, insospechados

En los meses siguientes, san Josemaría volvió repetidamente sobre este punto. En el retiro que hizo un año más tarde, por ejemplo, apuntaba: «Día primero. Dios es mi Padre. –Y no salgo de esta consideración»[8]. ¡El día entero considerando la Paternidad de Dios! Aunque de entrada una contemplación tan dilatada en el tiempo pueda sorprendernos, de hecho señala la profundidad con la que caló en él la experiencia de la filiación divina. También nuestra primera actitud, en la oración y, en general, al dirigirnos a Dios, debe cifrarse en un confiado abandono y agradecimiento. Pero, para que nuestro trato con Dios adquiera esta forma, conviene descubrir personalmente, una vez más, que Él ha querido ser Padre nuestro.

¿Quién es Dios para mí?

Como san Josemaría, tal vez aprendimos siendo muy pequeños que Dios es Padre, pero quizá nos queda un buen trecho de camino para vivir nuestra condición de hijos en toda su radicalidad. ¿Cómo podemos facilitar ese descubrimiento?

En primer lugar, para descubrir la paternidad de Dios, es necesario muchas veces restaurar su auténtica imagen. ¿Quién es Él para mí? De modo consciente o inconsciente, hay quien piensa en Dios como Alguien que impone leyes y anuncia castigos para quienes no las cumplan; Alguien que espera que se acate su voluntad y se enfurece ante la desobediencia; en una palabra, un Amo del que nosotros no seríamos más que involuntarios súbditos. En otros casos –sucede también a algunos cristianos–, Dios es percibido fundamentalmente como el motivo por el que hay que portarse bien. Se piensa en Él como la razón por la que cada uno se mueve hacia donde realmente no quiere, pero debe ir. Sin embargo, Dios «no es un Dominador tiránico, ni un Juez rígido e implacable: es nuestro Padre. Nos habla de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestra falta de generosidad: pero es para librarnos de ellos, para prometernos su Amistad y su Amor»[9].

La dificultad para percibir que «Dios es Amor» (1 Jn 4,8) se debe a veces también a la crisis que atraviesa la paternidad en diversos países. Tal vez lo hemos comprobado al hablar con amigos o compañeros: su padre no les genera buenos recuerdos, y un Dios que es Padre no les parece particularmente atractivo. Al proponerles la fe, es bueno ayudarles a ver cómo su dolor por esa carencia muestra hasta qué punto llevan la paternidad inscrita en el corazón: una paternidad que les precede y que les llama. Por otra parte, un amigo, un sacerdote, pueden ayudarles con su cercanía a descubrir el amor del «Padre de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra» (Ef 3,14), y a experimentar esa ternura también en la «vocación de custodiar»[10] que palpita dentro de cada uno, y que se abre camino en el padre o la madre que ellos mismos ya son, o que quisieran ser un día. Así pueden ir descubriendo en el fondo de su alma el auténtico rostro de Dios y la manera en que sus hijos estamos llamados a vivir, sabiéndonos mirados por Él con infinito cariño. En efecto, un padre no quiere a su hijo por lo que hace, por sus resultados, sino sencillamente porque es su hijo. Al mismo tiempo, le lanza al mundo y procura sacar lo mejor de él, pero siempre partiendo de lo mucho que vale a sus ojos.

Un padre no quiere a su hijo por lo que hace, por sus resultados, sino sencillamente porque es su hijo

Puede servirnos considerarlo, en particular, en los momentos de fracaso, o cuando la distancia entre nuestra vida y los modelos que nos presenta el mundo en que vivimos nos lleven a tener una baja consideración de nosotros mismos. Quizá deberíamos recordar más a menudo que «esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre (…). No aceptarse, vivir descontentos y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea»[11].

Darnos cuenta de que Dios es Padre va de la mano con dejarnos mirar por Él como hijos muy amados. De este modo, comprendemos que nuestra valía no depende de lo que tengamos –nuestros talentos– o de lo que hagamos –nuestros éxitos–, sino del Amor que nos ha creado, que ha soñado con nosotros y nos ha afirmado «antes de la fundación del mundo» (Ef 1,4). Ante la fría idea de Dios que se hace a veces el mundo contemporáneo, Benedicto XVI quiso recordar desde el inicio de su pontificado que «no somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[12]. ¿De verdad incide esta idea en nuestra vida diaria?

La confiada esperanza de los hijos de Dios

San Josemaría recordaba con frecuencia a los fieles del Opus Dei que «el fundamento de nuestra vida espiritual es el sentido de nuestra filiación divina»[13]. Lo comparaba al «hilo que une las perlas de un gran collar maravilloso. La filiación divina es el hilo, y ahí se van engarzando todas las virtudes, porque son virtudes de hijo de Dios»[14]. Por eso es crucial pedir a Dios que nos abra este Mediterráneo, que sostiene y da forma a toda nuestra vida espiritual.

El hilo de la filiación divina se traduce en «una actitud cotidiana de abandono esperanzado»[15], una actitud que es propia de los hijos, especialmente cuando son pequeños. Por eso en la vida y en los escritos de san Josemaría, la filiación divina iba a menudo unida a la infancia espiritual. Ciertamente, ¿qué le importan las sucesivas caídas al niño que está aprendiendo a ir en bicicleta? No valen nada, mientras vea a su padre cerca, animándole a volver a intentarlo. En eso consiste su abandono esperanzado: «Papá dice que puedo… ¡vamos!».

Sabernos hijos de Dios es también la seguridad sobre la que apoyarnos para llevar a cabo la misión que el Señor nos ha confiado. Nos sentiremos como aquel hijo a quien su padre dice: «Hijo mío, vete hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,28). Tal vez nos asaltará primero la inseguridad, o mil ocurrencias de diverso tipo. Pero enseguida consideraremos que es nuestro Padre quien nos lo pide, demostrándonos una confianza inmensa. Como Cristo, aprenderemos a abandonarnos en las manos del Padre y a decirle desde el fondo de nuestra alma: «Que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36). San Josemaría nos enseñó con su vida a comportarnos de este modo, a imagen de Cristo: «A lo largo de los años, he procurado apoyarme sin desmayos en esta gozosa realidad. Mi oración, ante cualquier circunstancia, ha sido la misma, con tonos diferentes. Le he dicho: Señor, Tú me has puesto aquí; Tú me has confiado eso o aquello, y yo confío en Ti. Sé que eres mi Padre, y he visto siempre que los pequeños están absolutamente seguros de sus padres»[16].

Desde luego, no podemos negar que habrá dificultades. Pero las encararemos desde la conciencia de que, pase lo que pase, ese Padre todopoderoso nos acompaña, está a nuestro lado y vela por nosotros. Él hará lo que nos proponemos, porque a fin de cuentas es obra suya; lo hará quizá de un modo distinto, pero más fecundo. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[17].

Cultivar el «sentido de la filiación divina»

San Josemaría, es preciso conviene notarlo, no señalaba como fundamento del espíritu del Opus Dei la filiación divina, sino el sentido de la filiación divina. No basta ser hijos de Dios, sino que hemos de sabernos hijos de Dios, de modo tal que nuestra vida adquiera ese sentido. Tener esa seguridad en el corazón es el fundamento más sólido; la verdad de nuestra filiación divina se convierte entonces en algo operativo, con repercusiones concretas en nuestra vida.

Para cultivar tal sentido, es bueno ahondar en esa realidad con la cabeza y con el corazón. Con la cabeza, primero, meditando en la oración los pasajes de la Escritura que hablan de la paternidad de Dios, de nuestra filiación, de la vida de los hijos de Dios. Esta meditación puede recibir luz de los muchos textos de san Josemaría sobre nuestra condición de hijos de Dios[18], o de las reflexiones de otros santos y escritores cristianos[19].

No hay derrota para quien desea acoger cada día el Amor de Dios. Incluso el pecado puede convertirse en ocasión de recordar nuestra identidad de hijos

Con el corazón podemos ahondar en nuestra condición de hijos de Dios acudiendo al Padre confiadamente, abandonándonos en su Amor, actualizando con o sin palabras nuestra actitud filial, y procurando tener siempre presente el Amor que Él nos tiene. Un modo de hacerlo es acudir a Él con breves invocaciones o jaculatorias. San Josemaría sugería: «Llámale Padre muchas veces al día, y dile –a solas, en tu corazón– que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo»[20]. También podemos acudir a alguna breve oración que nos ayude a afrontar la jornada desde la seguridad de sentirnos hijos de Dios, o a terminarla, con agradecimiento, contrición y esperanza. El papa Francisco proponía esta a los jóvenes: «“Señor, te doy gracias porque me amas; estoy seguro de que me amas; haz que me enamore de mi vida”. No de mis defectos, que hay que corregir, sino de la vida, que es un gran regalo: es el tiempo para amar y ser amado»[21].

Volver a la casa del Padre

Se ha descrito la familia como «el lugar al que se vuelve», donde hallamos reparo y descanso. Lo es de modo particular en cuanto «santuario del amor y de la vida»[22], como le gustaba decir a san Juan Pablo II. Allí reencontramos el Amor que da sentido y valía a nuestra vida, porque está en su mismo origen.

De igual modo, sentirnos hijos de Dios nos permite volver a Él confiadamente cuando estamos cansados, cuando nos han tratado mal o nos sentimos heridos… o también cuando le hemos ofendido. Volver al Padre es otro modo de vivir en esa actitud de «abandono esperanzado». Conviene meditar a menudo la parábola del padre que tenía dos hijos, recogida por san Lucas (Cfr. Lc 15,11-32): «Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos»[23].

Aquel hijo quizá apenas pensó en el dolor que había causado a su Padre: sobre todo añoraba el buen trato que recibía en la casa paterna (cfr. Lc 15,17-19). Se dirige hacia allá con la idea de no ser más que un siervo entre otros. Sin embargo, su padre le recibe –¡sale a buscarle, se le echa al cuello y le llena de besos!– recordándole su identidad más profunda: es su hijo. Enseguida dispone que le devuelvan los vestidos, las sandalias, el anillo… las señales de esa filiación que ni siquiera su mal comportamiento podía borrar. «A fin de cuentas se trataba del propio hijo y tal relación no podía ser alienada, ni destruida por ningún comportamiento»[24].

Aunque a veces podamos ver a Dios como un Amo del que somos siervos, o como un frío Juez, Él se mantiene fiel a su Amor de Padre. La posibilidad de acercarnos a Él después de haber caído es siempre una ocasión magnífica para descubrirlo. Al mismo tiempo, eso nos revela nuestra propia identidad. No se trata solamente de que Él haya decidido amarnos, porque sí, sino de que verdaderamente somos –por gracia– hijos de Dios. Somos hijos de Dios y nada, ni nadie, podrá robarnos jamás esa dignidad. Ni siquiera nosotros mismos. Por eso, ante la realidad de nuestra debilidad y del pecado –consciente y voluntario– no dejemos que nos invada la desesperanza. Como señalaba san Josemaría, «esta conclusión no es la última palabra. La última palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina»[25].

Ocupados en amar

El sentido de la filiación divina lo cambia todo, como cambió la vida de san Josemaría cuando descubrió inesperadamente ese Mediterráneo. ¡Qué distinta es la vida interior cuando, en lugar de basarla en nuestros avances o en nuestros propósitos de mejora, la centramos en el Amor que nos precede y nos espera! Si uno da prioridad a lo que él mismo hace, su vida espiritual gira casi exclusivamente en torno a la mejora personal. A la larga, este modo de vivir no solo corre el riesgo de dejarse el amor de Dios olvidado en una esquina del alma, sino también de caer en el desánimo, porque se trata de una lucha en la que uno está solo ante el fracaso.

Cuando, en cambio, nos centramos en lo que Dios hace, en dejarnos amar cada día por Él, acogiendo diariamente su Salvación, la lucha adquiere otro temple. Si salimos vencedores, se abrirán paso con gran naturalidad el agradecimiento y la alabanza; si caemos derrotados, nuestro trato con Dios consistirá en volver confiadamente al Padre, pidiendo perdón y dejándonos abrazar por Él. Se entiende así que «la filiación divina no es una virtud particular, que tenga sus propios actos, sino la condición permanente del sujeto de las virtudes. Por eso no se obra como hijo de Dios con unas acciones determinadas: toda nuestra actividad, el ejercicio de nuestras virtudes, puede y debe ser ejercicio de la filiación divina»[26].

No hay derrota para quien desea acoger cada día el Amor de Dios. Incluso el pecado puede convertirse en ocasión de recordar nuestra identidad de hijos y de volver al Padre, que insiste en salir a nuestro encuentro clamando: «¡Hijo, hijo mío!». De esa misma conciencia nacerá –como nacía en san Josemaría– la fuerza que necesitamos para volver a caminar en pos del Señor: «Sé que vosotros y yo, decididamente, con el resplandor y la ayuda de la gracia, veremos qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que arrancar, y las arrancaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos»[27]. Pero lo haremos sin agobio, y sin desánimo, procurando no confundir el ideal de la vida cristiana con el perfeccionismo[28]. Viviremos, así, pendientes del Amor que Dios nos tiene, ocupados en amar. Seremos como hijos pequeños que han descubierto un poco el amor de su Padre, y quieren agradecérselo de mil modos y corresponder con todo el amor –poco o mucho– que son capaces de expresar.

Lucas Buch


[1] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 30.

[2] Ibidem. Cfr. San Josemaría, Camino, n. 961; Amigos de Dios, n. 239.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 97.

[4] San Josemaría, Forja, n. 540.

[5] Santa Catalina de Siena, Diálogo, c. 167.

[6] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 16, 16.

[7] San Josemaría, Meditación del 24-XII-1969 (en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, Rialp, Madrid 1997, p. 390).

[8] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1637 (en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, p. 465).

[9] Es Cristo que pasa, n. 64.

[10] Francisco, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 19-III-2013.

[11] Francisco, Homilía, 31-VII-2016.

[12] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 24-IV-2005.

[13] San Josemaría, Carta 25-I-1961, n. 54 (en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol. 2, Rialp, Madrid 2013, p. 20, nota 3).

[14] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 6-VII-1974, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol. 2, p. 108.

[15] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[16] Amigos de Dios, n. 143.

[17] San Josemaría, Surco, n. 860.

[18] Cfr. p.ej. F. Ocáriz, “Filiación divina” en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo, Burgos 2013, pp. 519-526.

[19] El año jubilar de la Misericordia ha permitido redescubrir a algunos de ellos. Cfr. Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Misericordiosos como el Padre. Subsidios para el Jubileo de la Misericordia 2015-2016.

[20] Amigos de Dios, n. 150.

[21] Francisco, Homilía, 31-VII-2016.

[22] San Juan Pablo II, Homilía, 4-V-2003.

[23] Es Cristo que pasa, n. 64.

[24] San Juan Pablo II, Enc. Dives in Misericordia (30-XI-1980), n. 5.

[25] Es Cristo que pasa, n. 66.

[26] F. Ocáriz – I. de Celaya, Vivir como hijos de Dios, Eunsa, Pamplona 1993, p. 54.

[27] Es Cristo que pasa, n. 66.

[28] Cfr. F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

 

 

La espiritualidad violenta del islam

Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

Una de las consecuencias de las acciones del terrorismo yihadista ha sido reavivar los rescoldos de la islamofobia en España. Los musulmanes españoles, blanco de las agresiones islamófobas, han iniciado una corriente filoislámica, cuyo objetivo es difundir aquellos aspectos de su fe menos conocidos que son los que demuestran que el islam verdadero, el más espiritual, nada tiene que ver ni con la violencia ni con la política. De este modo quieren acabar con la islamofobia.

A raíz de los atentados del verano pasado en Barcelona, Abdennour Prado, uno de los pensadores más relevantes entre los musulmanes españoles, explicaba en Facebook el significado de la palabra islam: indica el hecho de que todos estamos sometidos a Dios, de que somos criaturas contingentes dependientes de la fuente matriz de la existencia y no es el nombre de una religión histórica.

Estamos de acuerdo en que somos criaturas de Dios, pero somos criaturas libres, no sometidas. Dios nos ha entregado el don de la libertad porque Él mismo es la libertad suprema y respeta nuestra libertad de someternos a su voluntad o no. J. B. Sleiman, arzobispo de Bagdad, su libro En la trampa iraquí, explica las consecuencias que tiene en la sociedad iraquí esta idea del hombre sometido. En una sociedad civil administrada por los principios de la sharia islámica y que conserva una estructura tribal vertical, no emerge la persona como libertad. Y, a pesar de que existe la libertad de culto, no existe «la libertad de conciencia, que es un concepto prácticamente desconocido en el mundo árabo-islámico».

En cuanto a la fuente matriz de la existencia, el pensador musulmán matiza en sus artículos de Webislam cuáles son sus rasgos. Allāh es aquello que no se desvanece, el objeto final de todos los anhelos del hombre y Aquel que está más allá de nosotros mismos, que no somos nada. De nuevo, la experiencia vital de J. B. Sleiman muestra las consecuencias que tiene para el hombre el que Dios sea un ser tan lejano a él. En la sociedad iraquí conformada por la ley divina nunca ha desaparecido la diferencia fundamental, incluso infranqueable, entre el creyente y el no creyente, entre el árabe y el no árabe, entre el hombre y la mujer. Es una situación mental que refleja el abismo que separa a Dios del hombre, al reproducir así esa desigualdad fundamental.

La posición vertical de Allāh con respecto al hombre y la imposibilidad de que Allāh se acerque a su criatura, si esta no se acerca primero a Él, son otras dos ideas claves de la espiritualidad islámica. Allāh no puede rebajarse a amar a esa nada para transformarla. Eso sería empequeñecer a Allāh y es el peor de los crímenes. Es absolutamente opuesto a lo que plantea la visión cristiana de la relación entre Dios y el hombre. Según explica Benedicto XVI, una de las características del cristianismo es que en él el hombre dejó de ser individuo para ser persona. Lo particular, lo más pequeño, es lo más grande y supera a lo general. El citado arzobispo de Bagdad señala también cómo la inexistencia de una antropología de la persona en la sociedad iraquí hace que conceptos como la coexistencia y la tolerancia sean conceptos vacíos, porque no se tiene en cuenta lo particular, lo personal, frente a lo mayoritario.

Los musulmanes españoles podrán reprocharnos con otro de sus argumentos básicos que una cosa es ese islam que no es una religión histórica y otra lo que sucede en los países de mayoría islámica. Pero los musulmanes de allí y los de aquí creen que somos criaturas sometidas a un Dios que no se implica con el hombre. La falta de libertad desgarra íntimamente al hombre de un modo tan atroz como la sangre provocada por la violencia física. La situación de la sociedad iraquí es un buen ejemplo. Esta violencia espiritual es tan nefasta como la física. La libertad vale tanto como la vida. Santo Tomás Moro prefirió perder su vida antes que perder su libertad de decir la verdad. Creemos que también es necesario dar a conocer esta espiritualidad violenta y por eso le hemos dedicado estas líneas.

 

 

La síntesis de Benedicto XVI sobre religión y política

Salvador Bernal

Se acaba de presentar en Roma un nuevo volumen de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI, Liberare la libertà. Fede e politica nel terzo millennio (Cantagalli, Siena 2018), con un prefacio del papa Francisco y un texto inédito. El título está tomado del párrafo 86 de la encíclica Veritatis Splendor. Sitúa sobre el sentido de las intervenciones y discursos pronunciados en ocasiones diversas, conocidos y quizá comentados en su momento, que se reúnen en un único volumen, lo que permite hacerse más cargo del pensamiento del sucesor de Juan Pablo II. En todo caso, aporta una visión antropológica positiva del quehacer político, algo que agradecerán quizá quienes han decidido dedicarse a tareas relacionadas con la res publica, no siempre bien valoradas en los últimos tiempos.

La noticia de la presentación refleja una realidad típicamente italiana, tal vez incomprensible desde los habituales prejuicios hispanos. El acto tuvo lugar en una sala del Palazzo Giustiniani (sede del Senado). Dio la bienvenida a los asistentes Maria Elisabetta Alberti Casellati, de Forza Italia (el partido fundado por Silvio Berlusconi), la primera mujer que ha llegado a presidente de ese órgano legislativo. Moderados por el editor, Pierluca Azzaro, intervinieron el Arzobispo Georg Gänswein, Prefecto de la Casa Pontificia y Secretario particular del Papa Emérito, el Presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, y el Arzobispo de Trieste, Giampaolo Crepaldi.

Es conocida la tesis de Joseph Ratzinger, sobre la mutua fecundación de fe, razón, libertad y política, tantas veces presentadas como incompatibles o en irreductible oposición. Fue un relativo punto de coincidencia en el célebre diálogo del entonces cardenal con el filósofo Habermas: frente a la arcaica teoría del poder indirecto, se hizo patente que la fe puede aportar mucho para “purificar” la ética y la política; pero también la racionalidad exige al creyente una "purificación" de su fe, lejos de maniqueísmos o del moderno nihilismo.

¿Cómo no recordar el famoso discurso del papa ante el Bundestag en 2011, con su referencia a que la mayor virtud del político se encierra en la gran petición de Salomón a Dios: la sabiduría? Porque la política no es administración de cosas, sino gobierno de personas.

En el prólogo del libro, el papa Francisco recoge ese planteamiento, deudor también de san Agustín o del cardenal Newman, beatificado por el propio Benedicto XVI. Y subraya la importancia de contemplar los problemas que afectan a la justicia y al bien común con una mirada de amor. Al cabo, como afirmó el arzobispo Crepaldi, se trata de “actos de amor, de amor a la verdad de las cosas, que precede a los parlamentos y a las constituciones”.

El volumen incluye también un texto inédito de Benedicto XVI sobre los derechos humanos y su fundamento. Fue un extenso comentario, enviado al profesor Marcello Pera, ex-presidente del Senado, a propósito de su libro de 2015, Diritti umani e cristianesimo. La Chiesa alla prova della modernità. El diario digital ilfoglio.it publicó amplios extractos, bajo el título Il trionfo del diritto nichilista.

Con su característica modestia intelectual, Benedicto XVI dice a Marcello Pera que se siente incapaz de dar una respuesta clara a los problemas tratados en su libro; se limita a enviarle algunas notas que podrían ser interesantes para un diálogo ulterior. Lo cierto es que están llenas de sugerencias.

Aparte de la influencia de la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII en la política italiana señalada por Pera, para Ratzinger, Juan Pablo II situó a los derechos humanos en un lugar preeminente del Magisterio y de la teología postconciliar. Contra la imposición dictatorial del Estado marxista, y desde su experiencia personal en Polonia, los veía como arma para limitar el carácter totalitario del Estado: ofrecen el espacio de libertad necesario para la persona, y también para la fe de los cristianos y los derechos de la Iglesia. Significaban el reconocimiento de una razón universal contra las dictaduras de todo tipo, no sólo las ateas, sino las basadas en una justificación religiosa, como en el ámbito islamista.

Desde los primeros cristianos, la fe proclamaba una religión universal: incluía necesariamente una limitación decisiva de la autoridad del Estado, consecuencia de los derechos y deberes de la conciencia individual.  No se formuló entonces una teoría de los derechos humanos, pero se afirmó la obediencia del ser humano a Dios como límite de la obediencia al Estado. Juan Pablo II vería en la libertad religiosa un derecho básico que precede a toda autoridad estatal.

Ratzinger enlaza el criterio de Kant, cuando define a la persona como un fin y no como un medio, con la doctrina de la creación del ser humano a imagen de Dios. Con el tiempo, la Escuela de Salamanca la aplicaría a los nativos de América, para reconocer en ellos unos derechos previos incluso a su bautismo: la humanidad precede a la adhesión a la fe y a cualquier poder de la Corona.

Ciertamente, no se puede olvidar la realidad del pecado de origen, para evitar formas de optimismo ingenuas, como puede suceder en ese liberalismo que, al excluir a Dios, pierde su propio fundamento. Constituye un límite a la concepción de un ordo naturalis cerrado en sí mismo, autosuficiente. Se evita así que la ética se transforme en pragmatismo, el derecho en positivismo, y la creencia religiosa en sentimiento. Ratzinger resume la tesis de Pera en que una visión de los derechos humanos separada de la idea de Dios puede llevar a la marginación del cristianismo. Y valora su importancia en el momento actual de occidente, que niega cada vez más sus fundamentos cristianos e, incluso, se vuelve contra su inspiración básica.

 

 

La pornografía degenera y destruye a la persona

Por Monseñor Francisco Pérez / Infocatolica.com - 14.05.2018

Foto: Freepik 

 

La pornografía daña al cerebro. Es como una droga que crea adicción y es muy difícil de erradicar. Se consume y siempre se quiere más y nunca se sacia. Cuanto más se consume, más grave es el daño al cerebro. Crea una situación en la que la persona se enfrasca y se aficiona de tal forma que el cerebro no tiene capacidad de reaccionar con libertad, está atado como la presa en la trampa.

Tal vez ante las ofertas tan diversas y tan uni­ver­sa­les que se dan en la sociedad y de modo especial en los medios de comunicación uno de los grandes problemas, que apuntan los sicólogos y siquiatras, es el consumo de la pornografía. Está haciendo verdaderos estragos desde el punto de vista sicológico como desde la perspectiva humana y espiritual. Los frutos que conlleva esta dependencia son desastrosos y el alcance de violencia que engendra son desbordantes. Creo que se confunde con mucha frecuencia este modo de proceder como si fuera una liberación de lo que antes era una opresión. La sociedad actual se enfrenta a una infinidad de tentaciones que buscan esclavizar al ser humano a través del pecado. El Catecismo de la Iglesia Católica define «la lujuria como un de­seo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión» (Nº 2351).

La pornografía daña al cerebro. Es como una droga que crea adicción y es muy difícil de erradicar. Se consume y siempre se quiere más y nunca se sacia. Cuanto más se consume, más grave es el daño al cerebro. Crea una situación en la que la persona se enfrasca y se aficiona de tal forma que el cerebro no tiene capacidad de reaccionar con libertad, está atado como la presa en la trampa. De ahí se llega al comportamiento extremo donde se desnaturaliza el acto sexual y se convierte en un juego normalizado considerándolo como algo común y sin relevancia en aspectos morales. «Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno vie­ne a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Es una falta grave, Las autoridades civiles deben impedir la produc­ción y la distribución de material pornográfico» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2354). Y esto por el bien de la persona; después no nos lamentemos.

La pornografía mata al amor. Estudios recientes han encontrado que después que un individuo ha estado expuesto a la pornografía, se califican a sí mismos con menor capacidad de amor que aquellos individuos que no tuvieron contacto con la pornografía. El verdadero amor que da relegado puesto que la pa­sión se convierte en utilizar a la otra persona como un objeto de placer y nada más. Por eso es una mentira que bajo capa de satisfacción y consideración del otro, se utiliza de tal forma que se cosifica y se despersonaliza. No existe el amor puesto que es un placer lleno de egoísmo.

La pornografía conduce a la violencia. Nunca produce efectos positivos. Es violenta y es una de las fuentes de la violencia de género. Al maltratar el cuerpo, se maltrata a la persona. Da ideas torcidas sobre el sexo y se propaga con intereses creados. Los medios de comunicación están –a través de los móviles o tabletas- propagando el fenómeno del sexting (envío de contenidos eróticos). Es un grave momento que requiere poner freno pues de lo contrario se llegará, como ya sucede, a perder la dignidad humana. El auténtico humanismo nada tiene que ver con este pecado muy grave que se ha convertido en un divertimento.

Hay instituciones que trabajan para atajar esta vorágine que no sabemos hasta dónde puede llegar. La educación en el amor requiere una pedagogía sana y sin ambages poniendo como finalidad la auténtica castidad. Se requiere retomar las catequesis que el Papa Juan Pablo II hizo sobre el amor, la sexualidad humana y el amor. Como dice el Papa Francisco: «La castidad expresa la entrega exclusiva al amor de Dios, que es la roca de mi corazón. Todos saben lo exigente que es esto, y el compromiso personal que comporta. Las tentaciones en este campo requieren humilde confianza en Dios, vigilancia y perseverancia». Para el que ama a Dios nada hay imposible porque «todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil 4, 13).

*Por Francisco Pérez. Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 

 

Qué hacer cuando los hijos van mal en el colegio

 

Por LaFamilia.info 

 

El fracaso escolar es una situación dificultosa que merece atención en la familia, pero tampoco debería ser un problema grave.

Cuando los hijos presentan problemas en su desempeño escolar, los padres deben tomar una postura atenta y activa pero sin irse a los extremos: ni hacer de esto una tragedia familiar, ni dejarlo pasar como un acontecimiento sin importancia; esta es la recomendación de María Beatriz Gómez, Orientadora familiar con experiencia en centros educativos y asesora del Consultorio Familiar de nuestro Portal.

Los padres deben guiar a sus hijos para que a través de esta dificultad, desarrollen una experiencia de aprendizaje positiva. Para eso, desde LaFamilia.info brindamos cuatro consejos para afrontar el fracaso escolar de los hijos:

1. Dejarlos que asuman las efectos

Solucionarles a los hijos todos sus problemas que fueron ocasionados por omisión de su actuar, no es la forma de ayudarles. Los hijos deben aprender que toda acción tiene su consecuencia, favorable o desfavorable, dependiendo de cada quien. Así que si el bajo rendimiento académico se debe a la falta de compromiso, deberá asumir las secuelas de ello -como puede llegar a ser la pérdida del curso escolar- aunque sea doloroso para los papás.

2. Mejor consecuencias que castigos

Si el niño o joven ha reprobado varias asignaturas, lo natural entonces es que logre recuperarlas. Por tanto, deberá dedicar más tiempo al estudio y menos a la recreación. Así, en lugar de hablar de castigos, se debe hablar de consecuencias. Se sugiere limitarles el uso de móviles, tablets, videojuegos, televisión… pero cuidado, no actividades convenientes para su formación como el deporte o alguna extra clase de música o arte.

3. Ayudarles... ¿hasta qué punto?

De acuerdo a la edad. Un niño en etapa escolar debe recibir un tratamiento diferente a un pre o adolescente. En los más pequeños, es importante que los padres hagan un acompañamiento en la ejecución de los deberes escolares y en la preparación de los exámenes. Lo que no debe ocurrir cuando estamos hablando de adolescentes, quienes están en capacidad de valerse por sí mismos. En este caso, los padres deben ser guías y supervisar, pero nunca hacer nada que ellos mismos estén en facultad de ejecutar.

4. Aceptar las limitaciones de los hijos

Algunos padres suelen ponderar de modo desmedido las aptitudes de los hijos. Esto hace que ellos terminen convencidos de que son “perfectos”, y ante el primer tropezón, se les dificulta asimilarlo, debido a que no han desarrollado los famosos niveles de frustración tan significativos en el ser humano. Este tipo de padres de familia se resisten a aceptar que sus hijos tienen limitaciones para aprender determinadas asignaturas, y le atribuyen al maestro la responsabilidad de la situación. Por tal razón, es sano conocer y aceptar las debilidades de las personas, seguido de un plan de acción que permita su mejora.

 

La eutanasia forma parte del problema, no de la solución

por ForumLibertas

 

La vida es el derecho humano fundamental porque de ella dependen todos los demás derechos. La sociedad ha visto con el paso del tiempo que la muerte nunca es solución, ni siquiera para condenar los crímenes más abyectos. Los obispos portugueses aciertan cuando recuerdan que en las sociedades primitivas, también en Grecia y Roma era practicada la eutanasia, volver a aquellos usos hoy en día es un retroceso de civilización

La lucha contra el sufrimiento humano es una prioridad irrenunciable. En el caso de las enfermedades y de la fase terminal de la vida este sufrimiento se hace presente. De hecho, se hace presente en muchos otros momentos de nuestra existencia. El final no tiene por qué ser más doloroso que en otras ocasiones en las que hemos pasado por una enfermedad difícil, un accidente grave o hemos perdido a una persona muy querida. Desde este punto de vista, el de la experiencia humana, es evidente que el homicidio provocado o el suicidio asistido no son la solución. Tampoco tiene porqué serlo en el período final. En otras épocas combatir el dolor era costoso y difícil y en ocasiones imposible. Hoy la situación es radicalmente diferente. Las atenciones paliativas cuando son bastante generalizadas pueden garantizar un final muy digno. Lo afirmó con claridad la OMS en 1990 cuando se publicaron unas conclusiones de un comité de expertos que afirmaban que la eutanasia no se debe legalizar, que lo mejor son los cuidados paliativos De esto hace ya casi 30 años, ahora son mucho mejores… sobre todo allí donde no se ha legalizado la eutanasia.

La eutanasia en los países donde se ha aprobado presenta graves problemas. Uno es el abuso y arbitrariedad en el uso de la ley. El caso de Bélgica es, en este sentido, terrible, y también se han consignado abusos en Holanda. En un país como el nuestro, donde el fraude de ley y la corrupción están muy extendidos, nos parece de una imprudencia radical que se apruebe una norma de este tipo. “Hecha la ley, hecha la trampa” es una expresión muy nuestra.

La eutanasia presenta también otras múltiples contraindicaciones. En Holanda se han llegado a legalizar eutanasias aduciendo alcoholismo. Se utiliza para resolver problemas de sufrimiento psicológico y soledad, es decir, de déficit de solidaridad en nuestra sociedad, que así quedan enmascarados. Es una manifestación más de la desigualdad porque quien se acoge a ella es mayoritariamente la población de más bajos ingresos.

En una sociedad envejecida como la nuestra, con un sistema público de pensiones en crisis, la eutanasia se convertirá en un formidable instrumento de presión familiar y social para que las personas mayores descartadas, como dice el Papa Francisco, se acojan a su práctica, porque en definitiva la decisión de provocar la muerte obedece sobre todo a causas psicológicas y sociales. En Estados Unidos allí donde está legalizada -que es en pocos lugares-  el seguro médico deniega tratamientos costosos, pero ofrece los fármacos para que se suicide con un coste que no alcanza los dos dólares.

En definitiva, la eutanasia causa daño y enmascara diversas causas que inducen a la muerte, pero que la sociedad puede evitar. Y sobre todo, como la pena de muerte y la presunción de inocencia, es irreversible, el error no tiene enmienda. La vida siempre tiene una posibilidad más. La respuesta esta en la universalización de la atención paliativa y la construcción de una sociedad más solidaria y atenta a las necesidades de acompañamiento de muchas personas que el único daño que sufren es la soledad.

 

 

Algo muy importante que descubrir.

         Solemos entender mejor las cosas por contraste. Los maestros suelen poner ejemplos cuando explican. Incluso dicen que la mejor enseñanza es el ejemplo. De eso quiero hablar.

              Hawking murió el 14 de marzo 2018. Tenía 76 años. Le descubrieron una grave enfermedad denominada ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) en 1964. No le daban más de 2 años de vida. Por suerte, la ciencia a veces se equivoca. Dijeron que cada nuevo día de Hawking  era un milagro. ¡Tal vez fuera verdad!

        Traigo el recuerdo del científico, por varias razones: 1) Pese a la enfermedad rara y degenerativa ni jueces ni médicos británicos, cuestionaron su derecho a vivir, y... llegó a ser una de las inteligencias más brillantes de la humanidad; 2) Rompió moldes incluso después de muerto. 3) Su funeral -una ceremonia privada-, pero acudieron cerca de 500 invitados al funeral del astrofísico en iglesia anglicana St. Mary the Great de la Universidad de Cambridge; 4) Sus hijos, aunque no fuera creyente, comunicaron que: "La vida y el trabajo de nuestro padre significó muchas cosas para mucha gente, religiosa y no religiosa. Por eso, la ceremonia será inclusiva y tradicional, reflejando la amplitud y diversidad de su vida". 5) Su mensaje más fuerte: "Debemos abandonar la Tierra en cien años". "El peligro radica en que nuestro poder para dañar o destruir el medio ambiente, o al prójimo, aumenta a mucha mayor velocidad que nuestra sabiduría en el uso de ese poder".

         Parece que se ha tomado en serio su consejo, porque jóvenes emprendedores españoles están trabajando en el diseño de una base logística para vivir en Marte. De hecho la sonda "InSight" despegó ya rumbo a Marte para tomar datos,

          Ejemplos desconcertantes revelan el lado oscuro de la humanidad.

         En el viejo mundo, en el Reino Unido, un bebé al que faltaban unos días para cumplir un año, Chalie Gard, tuvo que morir el 28 de julio de 2017. Otro bebé, Alfie Evans, de 23 meses ha tenido que irse, el 28 de abril de 2018. Médicos y  jueces, impusieron la voluntad del Estado contra la patria potestad de los padres y les desconectaron por tener una enfermedad "rara" y degenerativa. Cortaron el cordón umbilical de la vida: el del amor paterno.

         La opinión pública británica y mundial, está profundamente dividida ante las leyes que limitan el poder natural de los padres sobre el futuro de sus hijos y otorgan al Estado el poder omnímodo sobre la vida de seres indefensos.

         Los Down y los niños con enfermedades "raras", o "sin ellas", están siendo eliminados, por la tiranía de una ley que prioriza el derecho del más fuerte con la falacia de un supuesto "derecho a decidir" de la mujer sobre el de su hijo. Es la dictadura de la muerte del débil e inocente. Una ideología sutil de relativismo y egoísmo, -de consecuencias más desastrosas que el nazismo y comunismo juntos-, se  ha ido imponiendo.

         Con el asesinato de estos niños, se ha cargado la "patria potestad" que era quien podía defenderles. Nuestros hijos están ahora más indefensos. Robada la patria potestad, pueden también, utilizar a los niños y manipularlos desde la infancia, en la educación, y después de "adoctrinarles", ponerlos a su servicio. Como el ISIS. Se les deja hacer un daño irreparable.

          La humanidad posmoderna, en un clima corrupto, abandona los valores humanos, dictamina la primacía de la voluntad, establece el hedonismo y el placer como fundamento de la vida. La falta de ética lleva a la cultura de la muerte.  En la calle y en los medios aumenta la violencia, la droga, el acoso, los abusos y... la demagogia.

        Con ideología y tópicos seudocientíficos roban los sentimientos, eliminado la responsabilidad individual y personal de las decisiones y actos propios, con la pos-verdad de que "está permitido por ley y es gratis"; matan la niñez de los pequeños precipitando su "inmadurez sexual".

         "Cuando lo aberrante empieza a ser normal, cuando se quiere hacer la historia a la medida de los intereses de una clase política y nadie protesta, cuando se consigue dar la vuelta a los valores, se crea una sociedad manejable, que no defiende lo importante y a la que se dirige como se quiere", decía un comentarista del artículo anterior. Si falta la personalidad, queda un rebaño que no piensa o al que manejan y enseñan lo que deben pensar, dónde deben ir, qué deben gritar y a quien deben votar. "La manada" y "el populismo callejero",  ¿qué son?

          Y sobre los jueces: "Las sentencias dejan de ser lógicas y entendibles, sean violaciones, eutanasias u homicidios como el de este niño enfermo, pero indefenso a las decisiones de otros, como si pudiéramos decidir nosotros quien tiene derecho a vivir y quién no".

          Oscuro panorama  que es más lamentable, por el "silencio cobarde" si nadie protesta y o no hace nada. Si se acepta hoy, mañana será mucho peor.

        Hay que volver a descubrir el fuego fundamental en el ser humano.

        "Algún día, tras dominar los vientos, las olas, las mareas y la gravedad, utilizaremos...la energía del amor, y entonces, por segunda vez en la historia del mundo, el hombre habrá descubierto el fuego" ( Pierre Theilherd de Chardin).

         Esa energía infinita, existe, mueve todo, está en todos y atrae todo, pero... es casi desconocida. Por contraste con los médicos británicos, hoy voy hablar de alguno de aquí. Hay médicos llenos de una energía muy poderosa.

       Un médico, nunca debería suponer un riesgo para la salud o la vida de un enfermo. "Para un médico el enemigo a batir es la enfermedad, no el enfermo..." según el genetista francés Jérôme Lejeune.

         Muchos pacientes no saben, -y algunos médicos desgraciadamente tampoco- que "El grado supremo de la Medicina es el amor. El amor es lo que guía el arte y fuera de él nadie puede ser llamado médico. Hablar y decir buenas palabras es oficio de la boca. Ayudar y ser útil es oficio del corazón. El médico procede de Dios, crece en el corazón y se perfecciona con la luz de la experiencia. En ningún sitio es el amor más grande que en el corazón del médico".

        El médico humanista, del que hablo, por contraste, el Dr. Mayo, tenía una nota manuscrita en el libro de su mesa de trabajo, para leerla con frecuencia: "Jamás se establecerá un pronóstico catastrófico. Es inútil quitar al enfermo un rayo de esperanza y, además, es inhumano". (El libro  en cuestión era: "La medicina y los médicos" de Gregorio Marañón).

        Un colega y amigo, del Dr. Julio Mayo, Santiago Martinez-Fornés, le llamaba "Maestro de Maestros en la Medicina Humanista". Y lo explicaba...médico humanista es "el que coloca al hombre y los valores humanos, por encima de todos los demás valores o intereses. Y cuida la dignidad humana con tanto esmero como la salud física, mental y social".

          ¿Casualmente?, en Guadalajara, en 1997 sucedió un episodio que marcó, para mal y para bien, la historia humana, política y cultural de esta ciudad, de la región y del país, del médico y su familia. (Tengo documentación desde 1997 al 2017).  El Dr. Julio Mayo, con 40 años de servicio, prescribió a máquina, una medicación a una paciente. En una farmacia, le dieron confundido otro medicamento.  La anciana se intoxicó.

          No hubo mala praxis médica, ni denuncia de la señora o  de sus familiares. Pero...una persona de relevancia política (el Delegado Provincial de la Consejería de Sanidad de la Junta, en Guadalajara, (cargo político) pero médico de profesión, "metió la pata", por no informarse, o por su  ignorancia, ineptitud o estupidez: abrió expediente al Dr. Mayo, sin haber hablado con él. Y ante el injusto acto, Dr. Mayo tuvo que enterarse ese verano, por la prensa.

        Quienes hablan actualmente de "injerencia en la independencia de un profesional", sería bueno que recordaran, primero, que la calumnia es un atentado contra derecho al honor de cualquier persona; y segundo, saber lo que el prestigioso profesional y su familia pasaron.

       Ante la intromisión en su honor, el desprestigio profesional, la calumnia y la infamia, creció la indignación social contra el Delegado. La denuncia, hizo correr ríos de tinta, llegando a la Junta  de Comunidades y a los Tribunales, porque el médico con todo su derecho denunció la Intromisión en su honor.

       La solidaridad con el Dr. Mayo  creció y se extendió por toda España, desde Sevilla a Galicia y Barcelona  y Madrid y llegando a Australia y hasta Namibia. Su prestigio y su talla humana la pusieron en valor los hechos, los pacientes, los amigos, los compañeros y los jueces. La oleada de cartas, las firmas que se recogieron, las adhesiones, llamadas telefónicas y escritos en los medios, locales y nacionales, son muy numerosos. Al juicio contra el Delegado,  en la Audiencia, asistieron más de 100 personas, para arropar y testificar, si era preciso.

      La sentencia, por intromisión en el honor del médico, no deja lugar a dudas. "La actuación del Delegado supone una intromisión ilegítima en el honor del facultativo por dar publicidad a un expediente sancionador por la intoxicación a una anciana en la que no tuvo responsabilidad alguna". "la resolución considera probado que Julio Mayo especialista en medicina interna y cardiología, goza de gran prestigio y reconocimiento profesional, no solo en Guadalajara, sino en todo el territorio nacional y también el internacional, siendo considerado una autoridad en el mundo de la cardiología, hecho asumido por el demandado" (N.A. 12 de febrero 1998). Fue condenado y obligado a pagar las costas. Recurrió pero... ¿Por qué?

          Lo que se sabe es que el Delegado no dimitió, ni fue cesado por la Junta, ni por el Presidente Nacional de su partido, el PSOE. Cinco años después, en 2002 pasó a ser Gerente del Hospital de Guadalajara hasta 2004, y luego, a pesar de estar condenado, ascendió a Senador 2004-2008.  Con lo que 7 años después "no se había reparado el daño causado al Dr. Mayo, ni se le había pedido perdón".

              Confirmo lo que en su día Ramón y Cajal predijo: "solo en la desventurada España...se da la monstruosa paradoja de galardonar con ascensos las derrotas, imprevisiones e insensateces de los próceres de la política"(Charlas de café).

          El reconocimiento popular.

          Siendo verdad lo dicho hasta aquí, no podía ser final.  Quiero resaltar, por contraste, lo que sucede, cuando se es honrado y se hacen las cosas bien. El Dr. Mayo acababa de cumplir 40 años al servicio de la medicina y del enfermo. El 17 de octubre de 1997, Manuel Ángel Puga, escribía: "los que conocemos a D. Julio, sabemos que ese estar al servicio del enfermo siempre ha entrañado una exquisita atención médica, una gran sensibilidad para transmitir tranquilidad y esperanza y un saber escuchar las naturales inquietudes del paciente, una inusual generosidad con los enfermos más necesitados...por todo  lo anterior y con motivo de su reciente 40 aniversario al servicio de la medicina, un grupo de pacientes y amigos suyos hemos acordado tributar un sencillo homenaje, que consistirá en una cena en su honor, y la entrega de un obsequio conmemorativo... A esta cena-homenaje podrán asistir todas aquellas personas que, con su presencia, deseen testimoniar su agradecimiento y su afecto a don Julio Mayo".

        Este sentir por su labor humana y profesional, hizo que fuera reconocido ese mismo año con el título de POPULAR DE NUEVA ALCARRIA, en la modalidad de MEDICINA.

       LA CENA-HOMENAJE tuvo lugar en Guadalajara, el 21 de noviembre, en el Hotel PAX. Se desbordaron todas las previsiones, porque además de pacientes amigos y médicos de Guadalajara, vinieron de Barcelona, Madrid, Ciudad Real, Sevilla, de Galicia su tierra y de su ciudad natal Noya (La Coruña). La Comisión Organizadora tuvo que limitar las invitaciones por falta material de espacio.

    En el homenaje, amenizado con música gallega, gaitas y dulzainas, intervinieron varias personas. Cada orador a su manera, con humor y reconocimiento fueron dando a conocer "su vida y milagros" (S. Embid).

        LA SORPRESA

        Para muchos de los asistentes, y para mí al conocer lo que pasó al final, demuestra que todo en la vida tiene un por qué y un para qué. Entre los presentes había un matrimonio con su hijo, cuya presencia dijo  D.Julio que era para él una grandísima sorpresa. Al acercarse a ellos y presentarlos, lo que dijo, dejó atónitos a todos.  

       Me gustaría que escucharan sus palabras y vieran la escena, para sentir algo extraordinario. Un matrimonio que aparece de espaldas; a su lado un joven de veintitantos años y al lado mirando al médico. El Dr. Mayo  les mira y evoca un acontecimiento pasado:

https://youtu.be/_8qAySr6sco

"Este niño nació muerto. Me dieron tanta pena...y del padre al ver al niño muerto...que intenté a ver si conseguía "resucitarlo"...(entiéndase bien lo que significa la palabra). Empecé a darle un masaje cardiaco... el niño no respondía. 15 minutos, ¿verdad? los padres aquí presentes son testigos (ellos asienten). Pasaron 15 minutos...y el padre en varias ocasiones me decía: D. Julio, déjelo usted que está muerto... Le dije... voy a seguir un poco más...luego, cuando oí el primer latido del corazón, en aquel momento, seguro que yo sentí más alegría que el padre. Sentí un "pom", un latido...y al cabo de medio minuto..otro latido... y ...un minuto después... ese corazón latía normalmente. Ese niño al cual no había visto desde entonces, y que hoy me ha dado una gran alegría, está aquí presente. Un buen mozo, como podéis ver". (Se fundieron en un  abrazo entre el aplauso y el asombro de todos).

                No es lo mismo obligar a un inocente a morir, que hacer lo posible para que viva. Los milagros existen. ¡La gente lo sabe y ha podido verlo!

      José Manuel Belmonte

 

 

Algunos modales básicos

Entre los modales básicos para facilitar la convivencia y el bien hacer cabe destacar los cinco siguientes:

-Pedir siempre las cosas por favor y dar las gracias por un servicio recibido;

-disculparnos si, involuntariamente, causamos algún tipo de perjuicio;

-saludar cuando lleguemos a un lugar;

-ceder el asiento a personas mayores o mujeres embarazadas;

-hablar correctamente evitando usar un tono de voz muy alto y palabras malsonantes.

¿Cómo se siente una persona mayor que está acostumbrada a intercambiar cada día un saludo afectuoso con sus vecinos, a que los jóvenes le traten de usted (sin tuteo), a que respeten el turno en las colas, etc., cuando todo eso desaparece? Me imagino que se siente desconcertada y dolida.

Otra causa de la pérdida actual de buenos modales o buenas maneras es que han dejado de verse como un objetivo educativo.

Las normas que deben seguir las personas para convivir en sociedad siempre han existido y se han valorado, como lo prueban muchas declaraciones de personajes eminentes de la historia. Por ejemplo, “El estilo es el hombre mismo” (George Louis Leclerc); “La brevedad es la hermana del talento”.

Pedro García

 

 

¿Abaratando la santidad

Alguien puede pensar que el Papa Francisco está abaratando la santidad por aquello de que todos pueden ser santos, como el vecino de la puerta de al lado. Sería un error al pensar que la santidad en la vida corriente -con algunos ejemplos que señala el Papa- equivale a una santidad mediocre, sin relieve, y sin destacar; pero no es así porque luchar por ser santos requiere virtudes heroicas y poner los medios para corresponder a la gracia de Dios. Hasta los apóstoles se veían incapaces pero Jesús les dijo: “Para los hombres es imposible, pero para Dios no; porque para Dios todo es posible”.

El entonces Cardenal J.Ratzinger escribía que las virtudes heroicas que destacan en los santos no se deben sólo a sus fuerzas naturales sino a los dones de Dios, como se aprecia en la persona de san Josemaría: “Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosa grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él solo ha estado disponible para dejar que Dios actuara”.

San Josemaría se esforzó siempre por ocultarse y desaparecer para que sólo Jesús se luzca en la vida de miles de cristianos, que viven el espíritu específico del Opus Dei. Consideraba que nuestra vida debe ser como en un bello tapiz, para la gloria de Dios y bien de las almas, en el que lucen figuras variadas en medio de la creación buena de Dios; pero el reverso está lleno de nudos sin apariencia, hombres y mujeres pecadores que rectifican y se levantan muchas veces porque cuentan con la gracia de Dios y la sanación de la Iglesia santa, que es la comunidad de los perdonados.

Juan García.

 

 

Por puro odio no se debe humillar

Humillar a los hijos de la Guardia Civil no puede ni debe salir gratis. Ni el desprecio, ni las injurias, ni el abuso a los niños se deben permitir. La Fiscalía de Delitos de Odio denunció a nueve profesores del IES El Palau de Sant Andreu de la Barca (Barcelona) por sus comentarios en clase criticando la actuación policial el 1-O, pese a la “humillación” que sabían que podían causar a alumnos hijos de agentes de la Guardia Civil.

El escrito de la Fiscalía señala que los profesores pidieron a los hijos de los agentes que levantaran la mano, señalándolos así frente a sus compañeros. La denuncia, que será instruida en los juzgados de Martorell (Barcelona), acusa a los nueve profesores de lesionar la dignidad de las personas por motivos de discriminación por nacionalidad y a cinco de ellos también por un delito de injurias graves contra los cuerpos y fuerzas de seguridad. Los maestros tildaron a los agentes de la Guardia Civil de “animales”, “bestias que solo saben dar palos”, “perros rabiosos”. Unos insultos que atacan sin escrúpulos el respeto de los derechos y los deberes que se derivan de la Constitución y entran de lleno en el adoctrinamiento político, además de destruir las más elementales normas de convivencia y cohesión social. Puro odio.

JD Mez Madrid

 

 

Un futuro sin futuro y allí nos quieren llevar

                                El entendimiento inteligente que poseo, simplemente ya me dice, que nos tienen metidos en un caos del que no saben o no pueden salirse los inútiles que entraron a gobernar el planeta en general; sólo nos queda esperar una destrucción que antes o después llegará y arrasará todo lo que quede en pie, puesto que ya no hay cimientos en ninguna de las partes que hipotéticamente pueden sostener una sociedad, ya tan perversa y delincuencial, que se ahoga por sus propias carencias; y sin embargo, en ella y sobre ella, “nadan” infinidad de individuos perversos que la siguen saqueando tan impunemente como real: veamos lo que un técnico de prestigio afirma para el futuro de España, que más que “hecha pedazos ya se encuentra convertida en un puré infecto de complicaciones y ruinas sin solución o esperanza digna de mención”. Veamos.

                                “A la capacidad destructiva de Mariano Rajoy sobre la unidad de España y sobre la democracia, se une ahora el insensato y brusco abandono de cualquier atisbo de control del gasto, que acabará destruyendo la viabilidad de las pensiones futuras y la credibilidad de los inversores internacionales. Y esto sucede justo cuando el BCE sopesa finalizar su política monetaria expansiva y elevar los tipos de interés justo a continuación, algo que cuando suceda hará imposible conseguir los más de 200.000 millones de euros anuales que necesitamos para refinanciar la deuda y cubrir los nuevos déficits, así como para dar continuidad a un crecimiento atípico que necesita el doble de deuda que la riqueza que crea. Con el nuevo presupuesto europeo, las ayudas agrícolas se reducen en un 5% y los fondos regionales y de cohesión también bajan. Y como las desgracias nunca vienen solas, acaba de conocerse el nuevo presupuesto comunitario para el periodo 2021-2027, que perjudica gravemente a nuestro país. Las ayudas agrícolas se reducen en un 5% y los fondos regionales y de cohesión de los que dependen las regiones españolas más pobres, en un 7%. Pero como España pinta menos que nada, la reducción para nosotros será seguro superior a la media, porque países como Francia o Polonia saldrán mucho mejor librados 'as usual'. Ante esto, el grupo de economistas y profesores independientes que hemos venido denunciando la falsificación sistemática de la contabilidad nacional, demostrando más allá de toda duda razonable que el PIB real es hoy un 16% inferior al oficial, hemos cuantificado por escrito las consecuencias del nuevo festival de gasto a la Comisión, el BCE y a los ministros económicos de los ocho países que exigen el cumplimiento estricto de los objetivos de déficit. Y aunque Bruselas lleva años mirando para otro lado, la reacción de los ministros económicos firmantes del manifiesto puede ser otra historia. Y en cuanto al BCE, no podrá exigir ante ningún tribunal la devolución de los préstamos insensatos, ofrecidos sin condicionalidad alguna, realizados desde que en 2016 se le demostró que España era insolvente. Albert Rivera, que podría evitarlo no apoyando los irrealizables PGE de 2018 y el dislate de cuentas públicas exigido por el PNV, no lo hará. Rivera dará a Rajoy dos años más de gobierno. Una locura suicida, porque el daño que va a infligir a la unidad de la nación, a la convivencia y al futuro económico puede ser irreparable. Rivera ampara la nueva traición de Rajoy en su pacto secreto con Urkullu, que 'viola' de nuevo impunemente todo orden constitucional. El año pasado, consiguieron reducir su irrisorio cupo en 1.400 millones, más 3.380 millones para la alta velocidad, dinero más que suficiente para mantener el poder de compra de las pensiones. Este año, además, han conseguido que Rajoy aumente la inversión en un 32% cuando les corresponde solo el 6%”. https://blogs.elconfidencial.com/economia/el-disparate-economico/2018-05-07/desbarajuste-presupuestario-y-deuda-real_1559779/  (Aquí el resto)

            Como se puede apreciar, un año más, son los separatistas, los que en vez de ayudar, “apuñalan un año más” a la frágil economía nacional y en beneficio propio, manteniendo y acrecentando una verdadera y ya cuasi independiente economía de un territorio nacional o provincias vascongadas, en detrimento del resto, que sólo le quedará el lamento y el tender la mano pidiendo las limosnas de siempre; lo que demuestra hasta la saciedad, que España como unidad nacional ni existió nunca ni existe hoy; o sea que con Franco o antes de Franco, como después con una constitución que ni sirve para papel higiénico, aquí solapadamente o incluso a cara de perro, los privilegios siguen existiendo y todo lo demás son asquerosas mentiras con las que nos hacen tragar, los que de gobiernos en justicia democrática no quieren saber nunca nada. Por otra parte “la clase política que nos hacen mantener”, es tan asquerosa que más que oler mal, es que ya hiede en el peor de los hedores. Amén

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)