Las Noticias de hoy 10 Mayo 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 10 de mayo de 2018      

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general, 9 de mayo de 2018 – Texto completo

Visita del metropolitano Ratislav al Papa Francisco

JESúS NOS ESPERA EN EL CIELO: Francisco Fernández-Carvajal

"Se fue Jesús con el Padre": San Josemaria

Caminos de contemplación: Juan Francisco Pozo - Rodolfo Valdés

Educar para la vida: A. Villar

Nuestra Señora de Fátima

LAS CUCHARAS: Javier López

Mons. Felipe Arizmendi: ¿Es posible acabar con la corrupción?

Vialucis, alumbrar sin ser cegados:Mons. Jesús Sanz Montes Arzobispo de  Oviedo

Mons. Fernando Ocáriz participará en el Centenario de Covadonga

El transgénero es el peor enemigo de la familia: Acción Familia

El siglo de la mujer: Domingo Martínez Madrid

“¿Cuándo callarán las armas?”: Jesús D Mez Madrid

El problema del Perú: Suso do Madrid

Lo que “cuestan” los cuatro reyes y la parejita en Eurovisión: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

ROME REPORTS

 

 

 

Audiencia general, 9 de mayo de 2018 – Texto completo

5ª catequesis del Papa sobre el Bautismo

mayo 09, 2018 12:47RedaccionAudiencia General

(ZENIT – 9 mayo 2018).- “¡El sello del Bautismo no se borra nunca!” ha recordado el Papa Francisco en la nueva catequesis sobre el Bautismo, ofrecida esta mañana, 9 de mayo de 2018, en la Audiencia general.

La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar  a las 9:20 horas en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.

El Santo Padre, ha dedicado la catequesis al Bautismo: “La regeneración”, (Carta de San Pablo a los  Romanos 6,3-4).

En esta línea, el Papa ha animado a los fieles presentes en la plaza de San Pedro a decir en voz alta: “Dios no reniega nunca a sus hijos”, a pesar de que alguien se vuelva un “malhechor”.

Francisco ha explicado que “para vergüenza suya, hace estas cosas ese hombre que es hijo de Dios; pero el sello no se borra. Y sigue siendo hijo de Dios, que va contra Dios pero Dios no reniega nunca a sus hijos”.

Mediante la acción del Espíritu Santo, el Bautismo purifica, santifica, justifica, para formar en Cristo, de muchos, un solo cuerpo, ha indicado el Pontífice en esta nueva catequesis.

 

***

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis sobre el sacramento del Bautismo nos lleva a hablar hoy del lavacro santo acompañado de la invocación a la Santísima Trinidad, o sea el rito central, que, propiamente “bautiza” – es decir, inmerge – en el misterio pascual de Cristo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1239). San Pablo recuerda a los cristianos de Roma el significado de este gesto, preguntando en primer lugar: “¿Es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?”. Y luego responde: “Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte  a fin de que al igual que Cristo fue  resucitado de entre los muertos… así también nosotros vivamos una vida nueva “(Rom 6: 3-4). El Bautismo nos abre la puerta a una vida de resurrección, no a una vida mundana. Una vida según Jesús.

¡La pila bautismal es el lugar donde participamos de la Pascua de Cristo! El hombre viejo es sepultado, con sus pasiones engañosas (véase Efesios 4:22), para que renazca una criatura nueva. En efecto las cosas viejas han pasado y han nacido otras nuevas (véase 2 Cor 5, 17). En las “catequesis” atribuidas a San Cirilo de Jerusalén se explica así a los recién bautizados, lo que les ha sucedido en el agua del Bautismo. Es hermosa esta explicación de San Cirilo: “Nacéis y morís en el mismo instante y la misma onda saludable se convierte para vosotros en sepulcro y madre” (n. 20, Mistagógica 2, 4-6: PG 33, 1079 – 1082). El renacimiento del hombre nuevo requiere que se convierta en polvo el hombre corrompido por el pecado. Efectivamente, las imágenes de la tumba y del seno referidas a la pila, son muy eficaces para expresar la grandiosidad de lo que sucede a través de los sencillos gestos del Bautismo. Me gusta citar la inscripción que se encuentra en el antiguo Baptisterio romano de Letrán, donde se lee, en latín, esta frase atribuida a Sixto III: “La Iglesia Madre da a luz virginalmente mediante el agua a los hijos que concibe por el soplo de Dios. Cuántos habéis renacido de esta fuente, esperad el reino de los cielos”. [1] Es bello: la Iglesia que nos da a luz, la Iglesia que es seno, es madre nuestra por medio del Bautismo.

Si nuestros padres nos generaron a la vida terrena, la Iglesia nos ha regenerado a la vida eterna en el Bautismo. Nos hemos convertido en hijos en su Hijo Jesús (véase Rom 8:15, Gal 4: 5-7). También sobre cada uno de nosotros, renacidos del agua y del Espíritu Santo, nuestro Padre Celestial hace resonar con amor infinito su voz que dice: “Tú eres mi hijo amado” (Mt. 3,17). Esta voz paternal, imperceptible para el oído pero bien audible desde el corazón de aquellos que creen, nos acompaña a lo largo de la vida, sin abandonarnos nunca. Durante toda la vida el Padre nos dice: “Tú eres mi hijo, el amado; tu eres mi hija, la amada”. Dios nos ama tanto, como un Padre y no nos deja solos. Esto desde el momento del Bautismo. ¡Renacidos hijos de Dios, lo somos por siempre! El Bautismo no se repite, porque imprime un sello espiritual indeleble: “Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación” (CIC, 1272). ¡El sello del Bautismo no se borra nunca! “Padre, pero si una persona se vuelve un malhechor, de los más famosos, de esos que matan a la gente, que hace injusticias, ¿el sello se borra?”. No. Para vergüenza suya, hace estas cosas ese hombre que es hijo de Dios; pero el sello no se borra. Y sigue siendo hijo de Dios, que va contra Dios pero Dios no reniega nunca a sus hijos. ¿Habéis entendido esto último? Dios no reniega nunca a sus hijos. ¿Lo repetimos todos juntos? “Dios no reniega nunca a sus hijos”. Más fuerte, que o yo soy sordo o no lo he entendido: (lo repiten más fuerte). “Dios no reniega nunca a sus hijos”. Vale, así está bien.

Incorporados a Cristo a través del Bautismo, los bautizados son, pues, conformados a Él, “el primogénito de muchos hermanos” (Rom 8:29). Mediante la acción del Espíritu Santo, el Bautismo purifica, santifica, justifica, para formar en Cristo, de muchos, un solo cuerpo (1 Co 6:11, 12, 13). Lo expresa la unción crismal “que es un signo del sacerdocio real de los bautizados y de su agregación a la comunidad del pueblo de Dios” (Rito del bautismo de niños, Introducción, n. 18, 3). Por lo tanto, el sacerdote unge con el santo crisma la cabeza de todo bautizado, después de pronunciar estas palabras que explican el significado: “Dios mismo os consagra con el crisma de la salvación con el Crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey” (ibíd., 71).

Hermanos y hermanas, la vocación cristiana estriba en esto: vivir unidos a Cristo en la santa Iglesia, partícipes de la misma consagración para llevar a cabo la misma misión, en este mundo, dando frutos que duren para siempre. En efecto, inspirado por el único Espíritu, todo el Pueblo de Dios participa de las funciones de Jesucristo, “Sacerdote, Rey y Profeta”, y tiene las responsabilidades de misión y servicio que se derivan de ellas (cf. CCC, 783-786). ¿Qué significa participar en el sacerdocio real y profético de Cristo? Significa hacer de sí mismo una oferta agradable a Dios (cf. Rm 12,1), dando testimonio a través de una vida de fe y de caridad (cf. Lumen Gentium, 12), poniéndola al servicio de los demás, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús (ver Mt 20: 25-28; Jn 13: 13-17). Gracias.

© Librería Editorial Vaticano 

 

 

Visita del metropolitano Ratislav al Papa Francisco

Estará en Roma del 9 al 12 de mayo

mayo 09, 2018 19:47Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 9 mayo 2018).- El próximo viernes, 11 de mayo de 2018, el Papa Francisco recibirá la visita del Metropolitano Ratislav, arzobispo de Prešov, Primado de la Iglesia Ortodoxa de las Tierras Checas y de Eslovaquia.

Se tratará de la primera visita del Metropolitano, elegido en enero de 2014, al Santo Padre Francisco, señala la Oficina de Prensa de la Santa Sede en un comunicado publicado hoy, 9 de mayo de 2018.

Durante su estancia en Roma, del 9 al 12 de mayo, el Metropolitano se encontrará, en el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, con el Presidente del Dicasterio, su Eminencia el cardenal Kurt Koch. El Metropolitano celebrará la Divina Liturgia ante la tumba de San Cirilo en la Basílica de San Clemente.

La Iglesia ortodoxa de las Tierras Checas y de Eslovaquia es una de las 14 Iglesias ortodoxas autocéfalas de tradición bizantina, que surge de la evangelización de la Gran Moravia realizada por los santos Cirilo y Metodio.

 

 

JESúS NOS ESPERA EN EL CIELO

— Culmina en este misterio la exaltación de Cristo glorioso.

— La Ascensión fortalece y alienta nuestro deseo de alcanzar el Cielo. Fomentar esta esperanza.

— La Ascensión y la misión apostólica del cristiano.

I. Una bendición fue el último gesto de Jesús en la tierra, según el Evangelio de San Lucas1. Los Once han partido desde Galilea al monte que Jesús les había indicado, el monte de los Olivos, cercano a Jerusalén. Los discípulos, al ver de nuevo al Resucitado, le adoraron2, se postraron ante Él como ante su Maestro y su Dios. Ahora son mucho más profundamente conscientes de lo que ya, mucho tiempo antes, tenían en el corazón y habían confesado: que su Maestro era el Mesías3. Están asombrados y llenos de alegría al ver que su Señor y su Dios ha estado siempre tan cercano. Después de aquellos cuarenta días en su compañía podrán ser testigos de lo que han visto y oído; el Espíritu Santo los confirmará en las enseñanzas de Jesús, y les enseñará la verdad completa.

El Maestro les habla con la Majestad propia de Dios: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra4. Jesús confirma la fe de los que le adoran, y les enseña que el poder que van a recibir deriva del propio poder divino. La facultad de perdonar los pecados, de renacer a una vida nueva mediante el Bautismo... es el poder del mismo Cristo que se prolonga en la Iglesia. Esta es la misión de la Iglesia: continuar por siempre la obra de Cristo, enseñar a los hombres las verdades acerca de Dios y las exigencias que llevan consigo esas verdades, ayudarles con la gracia de los sacramentos...

Les dice Jesús: recibiréis el Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.

Y después de decir esto, mientras ellos miraban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos5. Así nos describe San Lucas la Ascensión del Señor en la Primera lectura de la Misa.

Poco a poco se fue elevando. Los Apóstoles se quedaron largo rato mirando a Jesús que asciende con toda majestad mientras les da su última bendición, hasta que una nube lo ocultó. Era la nube que acompañaba la manifestación de Dios6: «era un signo de que Jesús había entrado ya en los cielos»7.

La vida de Jesús en la tierra no concluye con su muerte en la Cruz, sino con la Ascensión a los Cielos. Es el último misterio de la vida del Señor aquí en la tierra. Es un misterio redentor, que constituye, con la Pasión, la Muerte y la Resurrección, el misterio pascual. Convenía que quienes habían visto morir a Cristo en la Cruz entre insultos, desprecios y burlas, fueran testigos de su exaltación suprema. Se cumplen ahora ante la vista de los suyos aquellas palabras que un día les dijera: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios8. Y aquellas otras: Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y voy a Ti, Padre Santo9.

La Ascensión del Señor a los Cielos la contemplamos en el segundo misterio glorioso del Santo Rosario. «Se fue Jesús con el Padre. —Dos Ángeles de blancas vestiduras se aproximan a nosotros y nos dicen: Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? (Hech 1, 11).

»Pedro y los demás vuelven a Jerusalén –cum gaudio magno– con gran alegría. (Lc 24, 52). —Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria»10.

II. «Hoy no solo hemos sido constituidos poseedores del paraíso –enseña San León Magno en esta solemnidad–, sino que con Cristo hemos ascendido, mística pero realmente, a lo más alto de los Cielos, y conseguido por Cristo una gracia más inefable que la que habíamos perdido»11.

La Ascensión fortalece y alienta nuestra esperanza de alcanzar el Cielo y nos impulsa constantemente a levantar el corazón, como nos invita a hacer el prefacio de la Misa, con el fin de buscar las cosas de arriba. Ahora nuestra esperanza es muy grande, pues el mismo Cristo ha ido a prepararnos una morada12.

El Señor se encuentra en el Cielo con su Cuerpo glorificado, con la señal de su Sacrificio redentor13, con las huellas de la Pasión que pudo contemplar Tomás, que claman por la salvación de todos nosotros. La Humanidad Santísima del Señor tiene ya en el Cielo su lugar natural, pero Él, que dio su vida por cada uno, nos espera allí. «Cristo nos espera. Vivimos ya como ciudadanos del cielo (Flp 3, 20), siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios (...).

»Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como hicieron los apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén... y oraban unánimemente... con María, la Madre de Jesús (Hech 1, 12-14)»14.

La esperanza del Cielo llenará de alegría nuestro diario caminar. Imitaremos a los Apóstoles, que «se aprovecharon tanto de la Ascensión del Señor que todo cuanto antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo. Desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la divinidad sentada a la diestra del Padre; la misma visión de su cuerpo no era obstáculo para que la inteligencia, iluminada por la fe, creyera que Cristo, ni descendiendo se había apartado del Padre, ni con su Ascensión se había separado de sus discípulos»15.

III. Cuando estaban mirando atentamente al cielo mientras Él se iba, se presentaron junto a ellos dos hombres con vestiduras blancas que dijeron: Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, vendrá de igual manera que le habéis visto subir16. «También como los Apóstoles, permanecemos entre admirados y tristes al ver que nos deja. No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que, en un alarde de amor, se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al lado del pozo cansado por el duro camino (Cfr. Jn 4, 6), cuando llora por Lázaro (Cfr. Jn 11, 35), cuando ora largamente (Cfr. Lc 6,12), cuando se compadece de la muchedumbre (Cfr. Mt 15, 32, Mc 8, 2).

»Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísima Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. Él, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al cielo. ¿Cómo no echarlo en falta?»17.

Los ángeles dicen a los Apóstoles que es hora de comenzar la inmensa tarea que les espera, que no se debe perder un instante. Con la Ascensión termina la misión terrena de Cristo y comienza la de sus discípulos, la nuestra. Y hoy, en nuestra oración, es bueno que oigamos aquellas palabras con las que el Señor intercede ante Dios Padre por nosotros mismos: no pido que los saques del mundo, de nuestro ambiente, del propio trabajo, de la propia familia..., sino que los preserves del mal18. Porque quiere el Señor que cada uno en su lugar continúe la tarea de santificar el mundo, para mejorarlo y ponerlo a sus pies: las almas, las instituciones, las familias, la vida pública... Porque solo así el mundo será un lugar donde se valore y respete la dignidad humana, donde se pueda convivir en paz, con la verdadera paz, que tan ligada está a la unión con Dios.

«Nos recuerda la fiesta de hoy que el celo por las almas es un mandato del Señor, que, al subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe entero. Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone, antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima»19.

Quienes conviven o se relacionan con nosotros nos han de ver leales, sinceros, alegres, trabajadores; nos hemos de comportar como personas que cumplen con rectitud sus deberes y saben actuar como hijos de Dios en las incidencias que acarrea cada día. Las mismas normas corrientes de la convivencia –que para muchos quedan en algo externo, necesario para el trato social– han de ser fruto de la caridad, manifestaciones de una actitud interior de interés por los demás: el saludo, la cordialidad, el espíritu de servicio...

Jesús se va, pero se queda muy cerca de cada uno. De un modo particular lo encontramos en el Sagrario más próximo, quizá a menos de un centenar de metros de donde vivimos o trabajamos. No dejemos de ir muchas veces, aunque solo podamos con el corazón en la mayoría de las ocasiones, a decirle que nos ayude en la tarea apostólica, que cuente con nosotros para extender por todos los ambientes su doctrina.

Los Apóstoles marcharon a Jerusalén en compañía de Santa María. Junto a Ella esperan la llegada del Espíritu Santo. Dispongámonos nosotros también en estos días a preparar la próxima fiesta de Pentecostés muy cerca de nuestra Señora.

1 Lc 24, 51. — 2 Cfr. Mt 28, 17. — 3 Cfr. Mt 16, 18. — 4 Mt 28, 18. — 5 Primera lectura. Hech 1, 7 ss. — 6 Cfr. Ex 13, 22; Lc 9, 34 ss. — 7 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos, 2. — 8 Jn 20, 17. — 9 Jn 17, 11. — 10 San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Rialp, 24ª ed., Madrid 1979, Segundo misterio glorioso. 11 San León Magno, Homilía I sobre la Ascensión. — 12 Cfr. Jn 14, 2. — 13 Cfr. Apoc. 5, 6. — 14 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 126. — 15 San León Magno, Sermón 74, 3. — 16 Hech 1, 11.— 17 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 117. — 18 Jn 17, 15. — 19 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 122.

 

 

"Se fue Jesús con el Padre"

Se fue Jesús con el Padre. —Dos Angeles de blancas vestiduras se aproximan a nosotros y nos dicen: Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? (Act., I, 11.)

Adoctrina ahora el Maestro a sus discípulos: les ha abierto la inteligencia, para que entiendan las Escrituras y les toma por testigos de su vida y de sus milagros, de su pasión y muerte, y de la gloria de su resurrección. (Luc., XXIV, 45 y 48.)
Después los lleva camino de Betania, levanta las manos y los bendice. —Y, mientras, se va separando de ellos y se eleva al cielo (Luc., XXIV, 50), hasta que le ocultó una nube. (Act., I, 9.)
Se fue Jesús con el Padre. —Dos Angeles de blancas vestiduras se aproximan a nosotros y nos dicen: Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? (Act., I, 11.)
Pedro y los demás vuelven a Jerusalén —cum gaudio magno— con gran alegría. (Luc., XXIV, 52.) —Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Angeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria.
Pero, tú y yo sentimos la orfandad: estamos tristes, y vamos a consolarnos con María. Santo Rosario, 2º Misterio de Gloria.
La fiesta de la Ascensión del Señor nos sugiere también otra realidad; el Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo, nos espera en el Cielo. En otras palabras: la vida en la tierra, que amamos, no es lo definitivo; pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura ciudad inmutable (Heb 13, 14).
Cuidemos, sin embargo, de no interpretar la Palabra de Dios en los límites de estrechos horizontes. El Señor no nos impulsa a ser infelices mientras caminamos, esperando sólo la consolación en el más allá. Dios nos quiere felices también aquí, pero anhelando el cumplimiento definitivo de esa otra felicidad, que sólo El puede colmar enteramente.
En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.
Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo (Phi 3, 20), siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Perseveremos en el servicio de nuestro Dios, y veremos cómo aumenta en número y en santidad este ejército cristiano de paz, este pueblo de corredención. Seamos almas contemplativas, con diálogo constante, tratando al Señor a todas horas; desde el primer pensamiento del día al último de la noche, poniendo de continuo nuestro corazón en Jesucristo Señor Nuestro, llegando a El por Nuestra Madre Santa María y, por El, al Padre y al Espíritu Santo.
Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como hicieron los Apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén... y oraban unánimemente... con María, la Madre de Jesús (Act 1, 12-14). Es Cristo que pasa, 126

 

 

Caminos de contemplación

Adentrarse por caminos de contemplación significa dejar obrar al Espíritu Santo para que Él refleje en nosotros la faz de Cristo en todas las situaciones de nuestra vida.

Vida espiritual 29 de abril de 2018

Una de las actitudes que los Evangelios resaltan más de Jesús mientras cumple su misión es la frecuencia con la que acude a la oración. El ritmo de su ministerio está, en cierto sentido, marcado por los momentos en que se dirige al Padre. Jesús se recoge en oración antes de su Bautismo (cfr. Lc 3,21), la noche previa a la elección de los Doce (cfr. Lc 6,12), en el monte antes de la Transfiguración (cfr. Lc 9,28), en el Huerto de los Olivos mientras se prepara para enfrentar la Pasión (cfr. Lc 22,41-44). El Señor dedicaba mucho tiempo a la oración: al anochecer, o la noche entera, o muy de madrugada, o en medio de jornadas de intensa predicación; en realidad oraba constantemente, y recomendó repetidamente a los discípulos «la necesidad de orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1).

¿Por qué ese ejemplo y esa insistencia del Señor? ¿Por qué es necesaria la oración? En realidad, esta responde a los deseos más íntimos del hombre, que ha sido creado para entrar en diálogo con Dios y contemplarle. Pero la oración es, sobre todo, un don de Dios, un regalo que Él nos ofrece: «el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, el caminar del hombre es siempre una respuesta»[1].

Para imitar a Cristo y participar de su Vida, es imprescindible ser almas de oración. A través de la contemplación del Misterio de Dios, revelado en Jesucristo, nuestra vida se va transformando en la suya. Se hace realidad aquello que san Pablo comentaba a los corintios: «Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados en su misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor» (1 Cor 3,18). Al igual que san Pablo, todos los cristianos estamos llamados también a reflejar en el rostro la faz de Cristo: en esto consiste ser apóstoles, en ser mensajeros del amor de Dios, que se experimenta en primera persona durante los ratos de oración. Se entiende, por tanto, la actualidad de la invitación a «adentrarse más en la oración contemplativa en medio del mundo, y ayudar a los demás a ir por caminos de contemplación[2]»[3].

Acoger el don de Dios

El apóstol crece al ritmo de la oración, la renovación personal en el impulso evangelizador parte de la contemplación. El Papa recuerda que: «La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es con­templarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cau­tivarnos una y otra vez»[4]. Por eso, es fundamental desarrollar «un espíritu contemplativo, que nos permita redescu­brir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás»[5].

Ser mensajero del amor de Dios implica un encuentro previo con Él, que se extiende en los ratos de oración personal

Los Evangelios nos presentan a distintos personajes a los que, el encuentro con Cristo, cambia su vida y les convierte en portadores del mensaje salvador del Señor. Uno de ellos es la mujer samaritana que, como relata san Juan, va simplemente a buscar agua al pozo junto al que Jesús está sentado, descansando. Y es Él quien comienza el diálogo: «Dame de beber» (Jn 4,10). A primera vista, la samaritana no se muestra muy dispuesta a continuar la conversación: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Jn 4,9). Pero el Señor le hace ver que, en realidad, Él es ese agua que ella busca: «Si conocieras el don de Dios… (Jn 4,10), el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna…» (Jn 4,14). Después, una vez traspasado el corazón de la samaritana, le revela con claridad y sencillez que conoce su pasado (cfr. Jn 4,17-18), pero con tal amor que ella no se siente desanimada ni rechazada. Todo lo contrario: Jesús le hace participar de un universo nuevo, le hace entrar en un mundo que vive con esperanza, pues ha llegado el momento de la reconciliación, el momento en que se abren las puertas de la oración para todos los hombres: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. (...) Llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,21.23).

En el diálogo con Jesús, la samaritana descubre la verdad de Dios y la de su propia vida. Acoge el don de Dios y se convierte radicalmente. Por eso, la Iglesia ha visto en este pasaje evangélico una de las imágenes más sugerentes sobre la oración: «Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él»[6]. La oración es una manifestación de la iniciativa de Dios, que sale en búsqueda del hombre, y espera su respuesta para transformarlo en su amigo. En ocasiones, parece que es uno quien toma la iniciativa de dedicar a Dios un tiempo de oración, pero, en realidad, esto es ya una respuesta a su llamada. La oración se vive como un llamamiento recíproco: Dios me busca y me espera, y yo necesito de Dios y le busco.

Tiempo para Dios

El hombre tiene sed de Dios, aunque con frecuencia no lo sepa reconocer, e incluso rechace acudir a las fuentes de agua viva, que son los momentos dedicados a la oración. La historia de la samaritana, en este sentido, se repite en muchas almas: Jesús que pide un poco de atención, que intenta suscitar un diálogo dentro del corazón, en un momento que quizá parece inoportuno. ¡Da la impresión de que esos minutos diarios son demasiados, que no hay espacio en una agenda tan apretada! Pero, cuando uno se deja meter por el Señor en ese diálogo contemplativo, entonces se descubre que la oración no es algo que yo hago por Dios sino, sobre todo, un don que Dios me concede y que yo simplemente acojo.

Al abordar el Evangelio con amor, su belleza nos asombra y nos vuelve a cautivar una y otra vez (Papa Francisco)

Dedicar tiempo al Señor no es simplemente una tarea entre otras, una carga más en un horario muchas veces exigente. Es acoger un regalo infinitamente valioso, una perla preciosa o un tesoro escondido en la normalidad de la vida ordinaria, que necesitamos cuidar con delicadeza.

La elección del momento de la oración depende de una voluntad que quiere dejarse conquistar por el Amor: no se hace oración cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo para hacer la oración. Cuando uno supedita la oración a los huecos que aparezcan en su horario, posiblemente no conseguirá hacerla con regularidad. La elección del momento es reveladora de los secretos del corazón: manifiesta el lugar que ocupa el amor a Dios en la jerarquía de nuestros intereses diarios[7].

Orar es siempre posible: el tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado, que está con nosotros todos los días (cfr. Mt 28,20). La tentación más frecuente para apartarnos de la oración es una cierta falta de fe, que se manifiesta en unas preferencias de hecho: «Se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias»[8]. El Señor es lo primero. Por este motivo, es muy conveniente determinar el horario adecuado para la oración, quizá aconsejándose en la dirección espiritual, para adaptar ese plan a las circunstancias personales.

San Josemaría hizo muchos ratos de oración en el coche, durante los viajes que realizaba por motivos apostólicos; en el tranvía, o caminando por las calles de Madrid, cuando no tenía otra posibilidad. Quienes tienen que santificarse en medio de la vida ordinaria pueden encontrarse en situaciones parecidas: un padre o una madre de familia, algunas veces quizás no tendrán otra opción que orar al Señor mientras atienden a los hijos pequeños: será muy grato a Dios. En todo caso, recordar que el Señor nos espera, y tiene preparadas las gracias que necesitamos para ofrecérnoslas en la oración, puede ayudar en la elección del tiempo y lugar más propicios.

El combate de la oración

Considerar que la oración es un arte, implica reconocer que siempre se puede crecer en ella, dejando actuar cada vez más a la gracia de Dios en nuestras almas. En este sentido, la oración también es combate[9]. Es lucha, en primer lugar, contra nosotros mismos. Las distracciones invaden la mente cuando intentamos crear el silencio interior. Estas nos descubren aquello a lo que el corazón está apegado y pueden convertirse en una luz para pedirle ayuda a Dios[10].

La oración no es más que el encuentro de la sed de Dios con la sed del hombre

Nuestro tiempo está marcado por la multiplicación de las posibilidades tecnológicas que facilitan la comunicación en muchos sentidos, pero que también aumentan las ocasiones de distracción. Se puede decir que nos encontramos ante un nuevo reto para el crecimiento de la vida contemplativa: aprender a vivir el silencio interior rodeado de mucho ruido exterior. En tantos ámbitos se percibe la primacía de la gestión sobre la reflexión o el estudio; nos hemos habituado a trabajar en multi-tasking, prestando atención simultánea a muchas tareas, lo que fácilmente puede llevar a vivir en el inmediatismo de la acción-reacción. Sin embargo, ante este panorama, se han revalorizado algunas actitudes como la atención o la concentración, que se presentan como un modo de proteger la capacidad de detenerse y profundizar en lo que realmente vale la pena.

El silencio interior se presenta como una condición necesaria para la vida contemplativa. Nos libera del apegamiento a lo inmediato, a lo fácil, a lo que distrae pero no llena, de modo que nos podamos centrar en nuestro verdadero bien: Jesucristo, que nos sale al encuentro en la oración.

El recogimiento interior implica un movimiento que va de la dispersión en muchas actividades, hacia la interioridad. Ahí es más sencillo encontrar a Dios, y reconocer su presencia en lo que Él hace cotidianamente en nuestras vidas –detalles del día a día, luces recibidas, actitudes de otras personas–,y así poder manifestarle nuestra adoración, arrepentimiento, petición, etc. Por eso, el recogimiento interior es fundamental para un alma contemplativa en medio del mundo: «La verdadera oración, la que absorbe a todo el individuo, no la favorece tanto la soledad del desierto, como el recogimiento interior»[11].

A la búsqueda de luces nuevas

La oración, al ser también búsqueda del hombre, implica el deseo de no conformarse con un modo rutinario de dirigirse al Señor. Si todas las relaciones duraderas implican el afán continuo de renovar el amor, la relación con Dios que se fragua especialmente en los momentos dedicados exclusivamente a Él, también debería caracterizarse por este deseo.

«En tu vida, si te lo propones, todo puede ser objeto de ofrecimiento al Señor, ocasión de coloquio con tu Padre del Cielo, que siempre guarda y concede luces nuevas»[12]. Ciertamente, esas luces el Señor las concede contando con la búsqueda apasionada de sus hijos, con la disposición de escuchar con sencillez la palabra que nos dirige, dejando de lado la idea de que ya no hay nada nuevo por descubrir. En esto, es un ejemplo la actitud de la samaritana junto al pozo: aunque su vida de fe estaba enfriada, guardaba dentro de su corazón el deseo de la llegada del Mesías.

Esta aspiración se traducirá en volver a llevar los sucesos diarios al diálogo con el Señor, pero sin pretender conseguir una solución inmediata y a nuestra medida. Es más importante pensar qué quiere el Señor: tantas veces, lo único que espera es que nos pongamos con sencillez enfrente de Él, y que hagamos una memoria agradecida de todo aquello que el Espíritu Santo está obrando silenciosamente en nosotros. O, quizá, implicará también volver a tomar los Evangelios y contemplar con calma la escena y participar en ella «como un personaje más»[13], para dejarse interpelar por Cristo. Alimentar la oración es también partir en nuestro diálogo con el Señor de los textos que la Iglesia pone en nuestros labios en la liturgia que hemos celebrado ese día. Las fuentes de la oración son inagotables: si sabemos acudir a ellas con ilusión nueva, el Espíritu Santo hará el resto.

Cuando no se encuentran las palabras

Con todo, en algunas ocasiones, ocurrirá que, a pesar del esfuerzo, uno no consigue entablar un diálogo con Dios. Cómo consuela, entonces, recordar aquella indicación del Señor: «al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados» (Mt 6,7). Es el momento de volver a confiar en la acción del Espíritu Santo en el alma, que «acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26).

La oración es significativa: incide e ilumina nuestra vida, abriendo nuestro entorno a una perspectiva sobrenatural

Al hilo de las palabras de san Pablo a los Romanos, Benedicto XVI describía cuál es la actitud de abandono que impregna a la oración: «Queremos orar, pero Dios está lejos, no tenemos las palabras, el lenguaje, para hablar con Dios, ni siquiera el pensamiento. Solo podemos abrirnos, poner nuestro tiempo a disposición de Dios, esperar que él nos ayude a entrar en el verdadero diálogo. El Apóstol dice: precisamente esta falta de palabras, esta ausencia de palabras, incluso este deseo de entrar en contacto con Dios, es oración que el Espíritu Santo no sólo comprende, sino que lleva, interpreta ante Dios. Precisamente esta debilidad nuestra se transforma, a través del Espíritu Santo, en verdadera oración, en verdadero contacto con Dios»[14] .

No hay motivos, por tanto, para desanimarse si se siente la dificultad de mantener un diálogo con el Señor. Cuando el corazón parece que está a disgusto con las realidades espirituales, el tiempo de meditación se hace largo, el pensamiento divaga en otras cosas, o la voluntad se resiste y el corazón está seco, quizá nos sirvan las siguientes consideraciones:

«La oración –recuérdalo– no consiste en hacer discursos bonitos, frases grandilocuentes o que consuelen...

Oración es a veces una mirada a una imagen del Señor o de su Madre; otras, una petición, con palabras; otras, el ofrecimiento de las buenas obras, de los resultados de la fidelidad...

Como el soldado que está de guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración. O como se echa el perrillo, a los pies de su amo.

—No te importe decírselo: Señor, aquí me tienes como un perro fiel; o mejor, como un borriquillo, que no dará coces a quien le quiere»[15].

La fuente que cambia el mundo

La vida de oración nos abre las puertas al trato con Dios, relativiza los problemas a los que a veces damos una importancia desmesurada, nos recuerda que estamos siempre en manos de nuestro Padre del Cielo. Sin embargo, esta no nos aísla del mundo, ni es una escapatoria para los problemas diarios. La verdadera oración es significativa: incide en nuestra vida, la ilumina, y nos abre a nuestro entorno con una perspectiva sobrenatural: «Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios»[16].

En la oración, el Señor no quiere apagar únicamente nuestra sed, sino que esa experiencia nos lleve a compartir la alegría del trato con Él. Es lo que sucedió en el corazón de la samaritana: después del encuentro con Jesús, se apresura a darlo a conocer a la gente de su entorno: «Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho» (Jn 4,39). Señal de la oración auténtica es el deseo de compartir la experiencia de Cristo con los demás, porque «¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer?»[17].

Santa María es Maestra de oración. Ella, que supo guardar las cosas de su Hijo, meditándolas en su corazón (cfr. Lc 2,51), acompaña a los discípulos de Jesús en la oración (cfr. Hch 1,14), mostrándoles el camino para recibir con plenitud el don del Espíritu Santo, que los hará lanzarse a la aventura divina de la evangelización.

Juan Francisco Pozo - Rodolfo Valdés


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2567.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 67.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[4] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), n. 264.

[5] Ibidem.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2560. Cfr. San Agustín, De diversis quaestionibus octoginta tribus, 64, 4: CCL 44 A140 (PL 40, 56).

[7] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2710.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2732.

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2725 y ss.

[10] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2729.

[11] San Josemaría, Surco, 460.

[12] San Josemaría, Forja, 743.

[13] Amigos de Dios, n. 222.

[14] Benedicto XVI, Audiencia general, 16 de mayo de 2012.

[15] Forja, n. 73.

[16] San Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 33.

[17] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), n. 264.

 

 

Educar para la vida

"Querer bien a los hijos es ponerles en situación de alcanzar dominio sobre sí mismos: hacer de ellos personas libres". Nuevo texto de la colección "Textos sobre la familia".

Familia 13 de octubre de 2011

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Formar a la gente joven es una tarea entusiasmante: labor que Dios mismo ha delegado fundamentalmente en los padres. Trabajo delicado y fuerte, paciente y alegre, no exento de perplejidades, que lleva tantas veces a dirigirse al Señor, en busca de luz.

Educar es obra de artista que quiere llevar a plenitud las potencialidades que residen en cada uno de sus hijos: ayudar a descubrir la importancia de preocuparse por los demás, enseñar a ser creadores de relaciones auténticamente humanas, a vencer el miedo al compromiso... Capacitar, en definitiva, a cada una y a cada uno para que pueda responder al proyecto de Dios sobre sus vidas.

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Al mismo tiempo que siempre habrá dificultades ambientales y aspectos mejorables, San Josemaría anima a los padres a mantener el corazón joven, para que les sea más fácil recibir con simpatía las aspiraciones nobles e incluso las extravagancias de los chicos.

La vida cambia, y hay muchas cosas nuevas que quizá no nos gusten –hasta es posible que no sean objetivamente mejores que otras de antes–, pero que no son malas: son simplemente otros modos de vivir, sin más trascendencia. En no pocas ocasiones, los conflictos aparecen porque se da importancia a pequeñeces, que se superan con un poco de perspectiva y sentido del humor [1].

Partimos de que en la difícil tarea de educar siempre podremos mejorar, y de que no hay educación perfecta: hasta de los errores se aprende. Merece la pena dedicar tiempo a actualizar nuestra formación con un objetivo claro: educamos para la vida.

Autoridad y libertad

Cuando los padres, confundiendo felicidad con bienestar, centran sus esfuerzos en procurar que sus hijos tengan de todo, que lo pasen lo mejor posible y que no sufran ninguna contradicción, se olvidan de que lo importante no es sólo querer mucho a los hijos –eso ya suele darse– sino quererlos bien. Y, objetivamente, no es un bien para ellos que se encuentren todo hecho, que no tengan que luchar.

La lucha y el esfuerzo que comporta son imprescindibles para crecer, para madurar, para apropiarse de la existencia personal y dirigirla con libertad, sin sucumbir acríticamente a cualquier influencia externa.

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El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que ignorar la situación real del hombre, su naturaleza herida, da lugar a graves errores en la educación [2]. Contar con el pecado original y con sus consecuencias –debilidad, inclinación al mal y por tanto necesidad de luchar contra uno mismo, de vencerse– es indispensable para formar personas libres.

Un niño o un joven, abandonado a los gustos e inclinaciones de su naturaleza, desciende por un plano inclinado que termina por anquilosar las energías de su libertad. Si esa tendencia no se contrarresta con una exigencia adecuada a cada edad, que provoque lucha, tendrán después serias dificultades para realizar un proyecto de vida que merezca la pena.

Querer bien a los hijos es ponerles en situación de alcanzar dominio sobre sí mismos: hacer de ellos personas libres. Para ello, es innegable la necesidad de marcar límites e imponer reglas, que no sólo cumplan los hijos, sino también los padres.

Educar es también proponer virtudes: abnegación, laboriosidad, lealtad, sinceridad, limpieza..., presentándolas de forma atractiva, pero a la vez sin rebajar su exigencia. Motivar a los hijos para que hagan las cosas bien, pero sin exagerar, sin dramatizar cuando llegan los fracasos, enseñándoles a sacar experiencia. Animarles a ambicionar metas nobles, sin suplirles en el esfuerzo. Y, sobre todo, es necesario fomentar la autoexigencia, la lucha; una autoexigencia que no debe presentarse como un fin en sí misma, sino como un medio para aprender a actuar rectamente con independencia de los padres.

El niño, el joven, todavía no comprende el sentido de muchas obligaciones. Para suplir su natural falta de experiencia necesita apoyos firmes: personas que, habiendo ganado su confianza, le aconsejen con autoridad. Necesita, en concreto, apoyarse en la autoridad de los padres y de los profesores, que no pueden olvidar que parte de su papel es enseñar a los hijos a desenvolverse con libertad y responsabilidad.

Como decía san Josemaría, los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios [3].

La autoridad de los padres ante los hijos no viene de un carácter rígido y autoritario; se basa más bien en el buen ejemplo: en el amor que se tienen los esposos, en la unidad de criterio que los hijos ven en ellos, en su generosidad, en el tiempo que les dedican, en el cariño –cariño exigente– que les muestran, en el tono de vida cristiana que dan al hogar; y también, en la claridad y confianza con que se les trata.

Esta autoridad debe ejercitarse con fortaleza, valorando lo que es razonable exigir en cada edad y situación; con amor y con firmeza; sin dejarse vencer por un cariño mal entendido, que podría conducir a evitar disgustar a los hijos por encima de todo y que, a la larga, provocaría una actitud pasiva y caprichosa.

 

Se esconde una gran comodidad —y a veces una gran falta de responsabilidad— en quienes, constituidos en autoridad, huyen del dolor de corregir, con la excusa de evitar el sufrimiento a otros (...) [4]. Son los padres los que deben guiar, conjugando autoridad y comprensión. Dejar que los caprichos de los hijos gobiernen la casa indica a veces la comodidad de evitar situaciones incómodas.

Con paciencia, conviene hacerles ver cuándo han obrado mal. Así se va formando también su conciencia, no dejando pasar las oportunidades de enseñar a distinguir el bien del mal, lo que se debe hacer y evitar. Con razonamientos adecuados a su edad, se irán dando cuenta de lo que agrada a Dios y a los demás, y del porqué.

Madurar supone salir de uno mismo, y esto comporta sacrificios. El niño, al principio, está centrado en su mundo ; crece en la medida en que comprende que él no es el centro del universo, cuando comienza a abrirse a la realidad y a los demás.

Esto conlleva aprender a sacrificarse por sus hermanos, a servir, a cumplir sus obligaciones en la casa, en la escuela y con Dios; implica también obedecer; renunciar a los caprichos; procurar no disgustar a sus padres... Es un itinerario que nadie puede recorrer solo. La misión de los padres es sacar lo mejor de ellos, aunque a veces duela un poco.

Con cariño, con imaginación y fortaleza, se les debe ayudar a ganar una personalidad sólida y equilibrada. Con el tiempo, también los hijos comprenderán con más hondura el sentido de muchos comportamientos, prohibiciones o mandatos de sus padres, que entonces podían parecer algo arbitrarios; se llenarán de agradecimiento, también por aquellas palabras claras o momentos de más severidad –no fruto de la ira, sino del amor– que entonces les hicieron sufrir. Además, habrán aprendido ellos mismos a educar a las generaciones futuras.

Educar para la vida

Educar es preparar para la vida, una vida que ordinariamente no está exenta de dificultades: habitualmente hay que esforzarse para alcanzar cualquier objetivo en el ámbito profesional, humano o espiritual. ¿Por qué entonces ese miedo a que los hijos se sientan

 

frustrados cuando les falta algún medio material?

Tendrán que aprender lo que cuesta ganarse la vida y convivir con personas de mayor inteligencia, fortuna, o prestigio social; afrontar carencias y limitaciones, materiales o humanas; asumir riesgos, si quieren acometer empresas que merezcan la pena; y vérselas con el fracaso, sin que esto provoque el derrumbamiento personal.

El afán de allanarles el camino, para impedir el más mínimo tropiezo, lejos de causarles un bien, les debilita y les incapacita para afrontar las dificultades que encontrarán en la universidad, en el trabajo o en la relación con los demás. Sólo se aprende a superar obstáculos afrontándolos.

No hay ninguna necesidad de que los hijos posean de todo, ni de que lo posean al momento cediendo a sus caprichos. Al contrario, deben aprender a renunciar y a esperar: ¿no es verdad que en la vida hay muchas cosas que pueden esperar y otras que necesariamente deben esperar ? En efecto, Benedicto XVI sostiene que “no debemos depender de la propiedad material; debemos aprender la renuncia, la sencillez, la austeridad y la sobriedad” [5].

Un exceso de protección, que aleje al hijo de cualquier contrariedad, le deja indefenso ante el ambiente; esta actitud proteccionista contrasta radicalmente con la verdadera educación.

El término educar deriva de las voces latinas e-ducere y e-ducare . La primera etimología está relacionada con la acción de suministrar valores que conducen al pleno desarrollo de la persona. La segunda es indicativa de la acción de extraer de ella lo mejor que puede dar de sí misma, al modo que hace el artista cuando extrae del bloque de mármol una bella escultura. En cualquiera de las dos acepciones, la libertad del educando juega un papel decisivo.

En vez de mantener una actitud proteccionista, es conveniente que los padres faciliten a los hijos la oportunidad de tomar decisiones y asumir sus consecuencias, de modo que puedan resolver sus pequeños problemas con esfuerzo. En general, conviene promover situaciones que favorezcan su autonomía personal, objetivo prioritario de cualquier tarea educativa. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que esa autonomía debe ser proporcional a su capacidad de ejercerla; no tendría sentido dotarles de unos medios económicos o materiales que no saben todavía emplear con prudencia; ni dejarles solos ante el televisor o navegando en internet; como tampoco sería lógico ignorar en qué consisten los videojuegos que tienen.

Educar en la responsabilidad es la otra cara de educar en la libertad. El afán por justificar todo lo que hacen dificulta que se sientan responsables de sus equivocaciones, privándoles de una valoración real de sus actos y, como consecuencia, de una fuente indispensable de conocimiento propio y de experiencia. Si, por ejemplo, en vez de ayudarles a asumir un bajo rendimiento escolar, se echa la culpa a los profesores o a la institución académica, se irá formando en ellos un modo irreal de enfrentarse con la vida: sólo se sentirían responsables de lo bueno, mientras que cualquier fracaso o error sería causado desde fuera.

Se alimenta de ese modo una actitud habitual de queja, que echa siempre la culpa al sistema o a los compañeros de trabajo; o una tendencia a la autocompasión y a la búsqueda de compensaciones que conduce a la inmadurez.

Educar siempre

Todos estos planteamientos no son específicos de la adolescencia o de etapas especialmente intensas en la vida de un hijo. Los padres –de un modo o de otro– educan siempre. Sus actuaciones nunca son neutras o indiferentes, aunque los hijos tengan pocos meses de vida. Precisamente no es nada extraña la figura del

 

pequeño tirano

, el niño de 4 a 6 años que impone en casa la ley de sus caprichos, desbordando la capacidad de los padres para educarlo.

Pero los padres no sólo educan siempre sino que además deben educar para siempre . De poco serviría una educación que se limitara a resolver las situaciones coyunturales del momento, si olvidara su proyección futura. Está en juego dotarles de la autonomía personal necesaria. Sin ella quedarían a merced de todo tipo de dependencias. Unas más visibles, como las relacionadas con el consumismo, el sexo, o la droga; y otras más sutiles, pero no por ello menos importantes, como las procedentes de algunas ideologías de moda.

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Hay que tener en cuenta que el tiempo que los hijos permanecen en el hogar familiar es limitado. Es más, incluso durante ese periodo, el tiempo que transcurren al margen de los padres es muy superior al de convivencia real con ellos. Pero ese tiempo es preciosísimo. Muchas personas se encuentran hoy con serias dificultades para estar con sus hijos y, ciertamente, ésta es una de las causas de algunas situaciones que hemos descrito.

Efectivamente, cuando se ve poco a los hijos, se hace mucho más difícil exigirles: en primer lugar porque se ignora lo que hacen y no se les conoce bien; y también porque se puede hacer muy cuesta arriba amargar con incómodas exigencias los escasos momentos de convivencia familiar. Nada puede suplir la presencia en el hogar.

Confianza

La autoridad de los padres depende mucho del cariño efectivo que perciben los hijos. Se sienten verdaderamente queridos cuando ordinariamente se les presta atención e interés, y cuando ven que se hace lo posible por dedicarles tiempo.

En este contexto se les puede ayudar con autoridad y con acierto: cuando se conocen sus preocupaciones, las dificultades que atraviesan con el estudio o con las amistades, los ambientes que frecuentan; cuando se sabe en qué emplean su tiempo; cuando se ve cómo reaccionan, qué les alegra o les entristece; cuando detectamos sus victorias o derrotas.

Los niños, los adolescentes y los jóvenes necesitan hablar sin miedo con sus padres. ¡Cuánto se adelanta en su formación cuando hemos conseguido que haya comunicación y diálogo con nuestros hijos! San Josemaría así lo aconsejaba: Aconsejo siempre a los padres que procuren hacerse amigos de sus hijos. Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que la misma educación requiere, con un sentimiento de amistad, que exige ponerse de alguna manera al mismo nivel de los hijos.

Los chicos —aun los que parecen más díscolos y despegados— desean siempre ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal.

Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre [6].

Hay que alimentar constantemente este ambiente de confianza, creyendo siempre lo que digan, sin recelos, no permitiendo nunca que se cree una distancia tan grande que se haga difícil de cerrar.

La ayuda de profesionales de la educación en los colegios o instituciones a los que asisten nuestros hijos puede ser de gran ayuda: en la tutoría o preceptuación los chicos pueden recibir una formación personal valiosísima. Pero esta labor de asesoramiento no debe quitar el protagonismo a los padres. Y esto supone tiempo, dedicación, pensar en ellos, buscar el momento adecuado, aceptar sus formas, dar confianza...

Conviene apostar fuerte por la familia; sacar tiempo de donde parece no haberlo, y aprovecharlo al máximo. Supone mucha abnegación y no pocas veces implicará sacrificios grandes, que en algunos casos podrían incluso afectar a la posición económica. Pero el prestigio profesional bien entendido forma parte de algo más amplio: el prestigio humano y cristiano, en el que el bien de la familia se sitúa por encima de los éxitos laborales. Los dilemas, a veces aparentes, que puedan darse en este campo, se deben resolver desde la fe y en la oración, buscando la voluntad de Dios.

La virtud de la esperanza es muy necesaria en los padres. Educar a los hijos produce muchas satisfacciones, pero también sinsabores y preocupaciones no pequeñas. No hay que dejarse llevar por sentimientos de fracaso, pase lo que pase. Al contrario, con optimismo, con fe y con esperanza, se puede recomenzar siempre. Ningún esfuerzo será vano, aunque pueda parecer que llega tarde o no se vean los resultados.

La paternidad y la maternidad no terminan nunca. Los hijos están siempre necesitados de la oración y del cariño de sus padres, también cuando ya son independientes. Santa María no abandonó a Jesús en el Calvario. Su ejemplo de entrega y sacrificio hasta el final puede iluminar esta apasionante tarea que Dios encomienda a las madres y a los padres. Educar para la vida: tarea de amor.

A. Villar


[1] San Josemaría, Conversaciones , n. 100.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 407.

[3] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[4] San Josemaría, Forja, n. 577

[5] Benedicto XVI, audiencia 27 de mayo de 2009

[6] San Josemaría, Conversaciones, n. 100.

 

Nuestra Señora de Fátima

Historia de las apariciones de Fátima

La Virgen María se apareció a los pastorcitos Lucía, Francisco y Jacinta en 1917, en una localidad portuguesa llamada Fátima. Como preparación a las apariciones de Nuestra Señora, un ángel quien se identificó como el "Ángel de Portugal", le habló en primer lugar a los niños en 1916. Para conocer los detalles de las apariciones, accede a la historia de las apariciones de Fátima.

Los tres pastorcitos de Fátima

Los protagonistas de las apariciones de Fátima fueron Lucía de Jesús (más conocida posteriormente como Sor Lucía de Fátima) y sus primos Francisco y Jacinta Marto. Para leer un resumen breve de sus vidas, accede al apartado de la biografía de los pastorcitos de Fátima.

Oración a la Virgen de Fátima

Si tienes alguna necesidad o preocupación y quieres pedir ayuda a Nuestra Señora de Fátima, accede al apartado para rezar la oración a la Virgen de Fátima.

Novena a la Virgen de Fátima

La devoción a la Virgen de Fátima se ha extendido a nivel mundial. Si quieres honrar a la Virgen de Fátima rezando su novena por gusto, o porque tienes una petición que hacerle, accede al apartado de la Novena a la Virgen de Fátima.

Los tres secretos de Fátima

Los dos primeros secretos que la Virgen reveló a los pastorcillos el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria-Fátima fueron revelados por la hermana Lucía en 1941. En cambio, el tercer secreto fue transcrito por Sor Lucía el 3 de enero de 1944 y fue hecho público por el Secretario de Estado, Cardenal Angelo Sodano, el 13 de mayo del año 2000.

Para conocer en qué consisten, accede al apartado de los tres secretos de Fátima.

Película La Señora de Fátima

Una película muy recomendable sobre las apariciones de la Virgen de Fátima fue la producida en España en 1951, llamada "La Señora de Fátima". Para conocer por quién fue dirigida, quién escribió el guión y quiénes fueron los intérpretes, accede a la ficha técnica de la película La Señora de Fátima.

 

 

LAS CUCHARAS

Un cierto día, un discípulo preguntó a su Maestro:

- ¿Cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?. El Maestro le respondió: es muy pequeña, sin embargo tiene grandes consecuencias. Ven, te mostraré el infierno.

Entraron en una habitación donde un grupo de personas estaba sentado alrededor de un gran recipiente con arroz, todos estaban hambrientos y desesperados, cada uno tenía una cuchara tomada fijamente desde su extremo, que llegaba hasta la olla. Pero cada cuchara tenía un mango tan largo que no podían llevársela a la boca. La desesperación y el sufrimiento eran terribles. Ven, dijo el Maestro después de un rato, ahora te mostraré el cielo.

Entraron en otra habitación, idéntica a la primera; con la olla de arroz, el grupo de gente, las mismas cucharas largas pero, allí, todos estaban felices y
alimentados.

- No comprendo dijo el discípulo, ¿Por qué están tan felices aquí, mientras son desgraciados en la otra habitación si todo es lo mismo?

El Maestro sonrió. Ah... ¿no te has dado cuenta? Como las cucharas tienen los mangos largos, no permitiéndoles llevar la comida a su propia boca, aquí han aprendido a alimentarse unos a otros.

 

 

Mons. Felipe Arizmendi: ¿Es posible acabar con la corrupción?

Obispo emérito de San Cristóbal de las Casas

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Todos los candidatos a la presidencia de la República se llenan la boca prometiendo terminar la vergonzosa corrupción que nos invade por todas partes. ¿Esto es posible? Desde luego que lo es, pero lo importante es comprobar los medios con que realmente cuentan para lograrlo. No es fácil ni sencillo cumplir esta promesa de campaña. Otros han prometido lo mismo, y no lo han conseguido, aunque a nivel personal no se les puedan comprobar actos de corrupción. El problema es, lamentablemente, bastante institucional y generalizado. A todos nos atrae el dinero y no cualquiera vence la tentación de robar lo que no es suyo.

Jesucristo es enemigo frontal de la corrupción; sin embargo, entre sus doce elegidos por Él como sus más cercanos colaboradores, no faltó un Judas, que se robaba lo que buenas personas le daban a Jesús para su ministerio. En el banco del Vaticano, a pesar de la santidad y de la rectitud de los romanos pontífices, ha habido gente corrupta. En nuestras diócesis y parroquias, así como en las instancias protestantes, no han faltado casos de corrupción, no alentada por los obispos, párrocos y pastores, sino por la ambición del dinero, que tentadoramente se mete en las conciencias.

Ante todo, hay que analizar el testimonio personal de los candidatos: qué tan honestos son, qué tan transparentes en sus negocios, qué tan buenos administradores de los bienes públicos, qué tan libres y generosos para poner sus propios bienes al servicio de los demás. También hay que analizar el historial del círculo inmediato de sus colaboradores, porque algunos corruptos se han sumado a determinada opción partidista sólo por la esperanza de ganar un puesto, no por convicciones ideológicas, ni porque sean muy ejemplares en su vida. Hay que conocer las medidas legales y morales que ofrecen para cumplir lo que prometen en este punto, pues no es fácil acabar con esta epidemia de la corrupción. ¡Cuidado! ¡Puede haber corruptos entre quienes prometen acabar con la corrupción!

PENSAR

Los obispos latinoamericanos dijimos en el Documento de Aparecida:

“Es alarmante el nivel de la corrupción en las economías, que involucra tanto al sector público como al sector privado, a lo que se suma una notable falta de transparencia y rendición de cuentas a la ciudadanía. En muchas ocasiones, la corrupción está vinculada al flagelo del narcotráfico o del narconegocio y, por otra parte, viene destruyendo el tejido social y económico en regiones enteras” (70).

“Cabe señalar, como un gran factor negativo en buena parte de la región, el recrudecimiento de la corrupción en la sociedad y en el Estado, que involucra a los poderes legislativos y ejecutivos en todos sus niveles, y alcanza también al sistema judicial que, a menudo, inclina su juicio a favor de los poderosos y genera impunidad, lo que pone en serio riesgo la credibilidad de las instituciones públicas y aumenta la desconfianza del pueblo, fenómeno que se une a un profundo desprecio de la legalidad. En amplios sectores de la población, y especialmente entre los jóvenes, crece el desencanto por la política y particularmente por la democracia, pues las promesas de una vida mejor y más justa no se cumplieron o se cumplieron sólo a medias” (77).

“Es responsabilidad del Estado combatir, con firmeza y con base legal, la comercialización indiscriminada de la droga y el consumo ilegal de la misma. Lamentablemente, la corrupción también se hace presente en este ámbito, y quienes deberían estar a la defensa de una vida más digna, a veces, hacen un uso ilegítimo de sus funciones para beneficiarse económicamente” (425).

“Pensemos cuán necesaria es la integridad moral en los políticos. Muchos de los países latinoamericanos y caribeños, pero también en otros Continentes, viven en la miseria por problemas endémicos de corrupción. Cuánta disciplina de integridad moral necesitamos, entendiendo por ella, en el sentido cristiano, el autodominio para hacer el bien, para ser servidor de la verdad y del desarrollo de nuestras tareas sin dejarnos corromper por favores, intereses y ventajas. Se necesita mucha fuerza y mucha perseverancia para conservar la honestidad que debe surgir de una nueva educación que rompa el círculo vicioso de la corrupción imperante. Realmente necesitamos mucho esfuerzo para avanzar en la creación de una verdadera riqueza moral que nos permita prever nuestro propio futuro” (507).

ACTUAR

No nos dejemos embaucar por la propaganda electoral. Analicemos bien quién de los candidatos puede realmente combatir la corrupción con la mayor eficacia posible, sabiendo que el país depende de la honestidad de todos los ciudadanos, y no sólo de las autoridades.

 

Vialucis, alumbrar sin ser cegados

Publicado el 10/05/2018

De luz en luz, como quien se asoma a ventanales por donde el sol se cuela sin que haya filtros censuradores que eclipsan la vida. Así, de luz en luz, estuvimos hace unos días en el arciprestazgo de Siero haciendo una celebración pascual. Tantas veces lo hemos hecho con la Santa Misa, verdadero culmen de nuestro memorial cristiano en donde recordamos de Jesús lo más grande que Él nos dejó con su presencia resucitada que se parte y se reparte como un pan tierno y un vino generoso que son su Cuerpo y su Sangre. Pero en esta ocasión no hicimos así, sino que hicimos un vialucis.

Del viacrucis ya tenemos experiencia y costumbre. Es una arraigada devoción de la que tanto saben los hijos espirituales de San Francisco de Asís. Con el viacrucis vamos de dolor en dolor, de duelo en duelo, subiendo con nuestros llantos por la calle de la amargura viendo a Jesús pasar con su pasión inacabada hasta el estertor del Calvario.

Pero el vialucis tiene otras catorce estaciones. En ellas la calle se llama hermosura, por donde Jesús pasa luminoso regalando a espuertas el don de su luz y su gracia. Son los evangelios que leemos en esa primera semana de pascua, en donde aparecen los discípulos contrariados, cabizbajos, a cal y canto encerrados por miedo, llorosos y defraudados. A pesar de que Jesús había resucitado, ellos no todavía. Justo como a nosotros nos sucede.

Igual que Magdalena también nosotros sabemos de nuestros llantos en donde con piedad triste seguimos buscando a un Cristo muerto para ofrecerle nuestros bálsamos. Y como aquellos dos de Emaús que se escapaban hundidos y enojados ante lo que juzgaban el fracaso de una preciosa ocasión perdida, mientras hablaban de camino de sus cosas para volver a lo de siempre. Son verdadera imagen de nuestras escapatorias, cuando vamos dale que dale a nuestro tema como si no hubiera salida en nuestros callejones de malicia y desesperanza. O como Tomás el incrédulo que no terminó de creer lo que los compañeros le contaron quizás poco convincentemente como quien cuenta algo prestado, algo que no te abraza, algo que no ha cambiado tu propia vida. Pero Tomás se encontró personalmente con un Jesús que siempre vuelve, que nos da una nueva oportunidad, y entonces hizo en primera persona la experiencia del encuentro que le transformó para siempre. O los discípulos que salieron a pescar sin haber pescado una sardina aquella noche, como la vez primera. En la orilla, amaneciendo, no había un vulgar cantamañanas, sino quien ve donde ellos no veían, quien llena de milagros unas redes demasiado vacías.

Quedaba María, la madre buena del Buen Pastor. A ella la contemplamos reuniendo a aquellos discípulos con llantinas, con temores, con dudas y fracasos, para orar en fraternidad a fin de esperar cuando llegase el Espíritu Santo que Jesús les prometió. Y así fue en aquella mañana de Pentecostés: las puertas se abrieron, la luz les inundó, y los miedos se convirtieron en audaz testimonio en todas las lenguas para anunciar las maravillas de Dios.

Vialucis, en el camino de quienes no hemos resucitado, para que también a nosotros nos alcance ya la gracia que les abrazó a aquellos primeros discípulos, y podamos dar cumplido testimonio desde nuestras heridas del bálsamo que nos cura, contar desde nuestros apagones la claridad que devuelve el color y la verdad a las cosas, en medio de nuestros egoísmos, miedos y rencores, decir humildemente cómo es el amor al que nos llaman. Vialucis como un regalo que anuncia sin pretensiones que Jesús ha resucitado y que de esto nosotros somos testigos.

 

 

Mons. Fernando Ocáriz participará en el Centenario de Covadonga

El próximo 13 de julio el prelado del Opus Dei, mons. Fernando Ocáriz, acudirá al santuario de Covadonga para participar en el Año Jubilar Mariano, con motivo del centenario de la coronación canónica de la Santina.

A las doce del mediodía concelebrará la eucaristía en la basílica con el arzobispo de Oviedo, mons. Jesús Sanz.

De esta forma, el prelado del Opus Dei repite los pasos de su predecesor, monseñor Javier Echevarría, quien también visitó Covadonga en 2008, con ocasión del Año Santo de la Cruz.

La presencia de mons. Ocáriz se enmarca dentro de las visitas y peregrinaciones que personalidades de la Iglesia están realizando en el santuario, invitados por el arzobispo de Oviedo. A la inauguración del Año Jubilar acudieron, entre otros, el Cardenal arzobispo de Valladolid y los obispos de León, Santander, Lugo, Bilbao y Mondoñedo-Ferrol. Se espera que en los próximos meses continúen acudiendo nuevos prelados.

Mons. Ocáriz fue nombrado prelado del Opus Dei por el Papa Francisco el 23 de enero de 2017. El anterior prelado, Mons. Echevarría, lo había nombrado vicario auxiliar en 2014. Ocáriz es además consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1986.

 

 

El transgénero es el peor enemigo de la familia

En todos los países está encontrando vivas resistencias la implantación de la revolución transgénero. En Chile, se encuentra  en las últimas etapas la tramitación del proyecto de ley de “Identidad de género”, que viene a imponer a nuestro País esta revolución que es autodestructiva, tiránica, no científica, inmoral, abusiva y que destruye la salud. Veamos en qué consiste.

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Lo que hace la revolución transgénero es autodestructivo, tiránico, no científico, inmoral, abusivo y destruye la salud.

Contenidos


 

1. El transgénero es tiránico

El 13 de mayo de 2016, la administración de Obama emitió un discurso radical ordenando a todas las escuelas públicas que permitieran a los miembros de un sexo biológico usar las duchas, los vestuarios y los baños del sexo opuesto. De una sola vez, el gobierno federal impuso baños transgénero en todas las escuelas públicas de la nación. Los estados que se opusieron a la medida han sido amenazados con penas severas tales como la pérdida de fondos federales.

Las preocupaciones legítimas de los padres por sus hijos fueron dejadas de lado. El derecho a la privacidad y la importancia de proteger la inocencia de nuestros hijos también fueron pisoteados. El movimiento transgénero, como el Islam, solo está satisfecho con la sumisión total. Bajo esta nueva tiranía, las escuelas, universidades, negocios e incluso las iglesias ya no son libres de seguir sus principios morales. La moral cristiana no es tolerada.

2. Fomenta el abuso infantil

El transgénero es especialmente dañino para los niños. Según el Colegio Americano de Pediatras, la promoción pública de la transgenerismo constituye una forma de abuso infantil:

“Condicionar a los niños para que crean que una vida de suplantación química y quirúrgica del sexo opuesto es normal y saludable es abuso infantil. Respaldar la discordancia de género como normal a través de la educación pública y las políticas legales confundirá a los niños y padres, llevando a más niños a presentarse [a sí mismos] en “clínicas de género” donde se les darán medicamentos bloqueadores de la pubertad. Esto, a su vez, prácticamente asegura que ‘elegirán’ una vida de hormonas transgénero tóxicas y cancerígenas, y probablemente consideren la mutilación quirúrgica innecesaria de sus partes sanas del cuerpo como adultos jóvenes”. [1]

Esta forma de abuso infantil debe ser vigorosamente rechazada.

3. Contradice la biología y la ciencia

La ideología de género contradice la biología básica. El mismo movimiento progresista que alguna vez rindió culto en el altar secular de la ciencia la exclusión de Dios y de la metafísica, se ha vuelto contra su propio dogma que la ciencia es todo. Ahora, toda la evidencia científica que refuta la narrativa transgénero es descartada.

Sin embargo, el Colegio Estadounidense de Pediatras es claro:

“La sexualidad humana es un rasgo binario biológico objetivo: ‘XY’ y ‘XX’ son marcadores genéticos de la salud, no marcadores genéticos de un trastorno. La norma para el diseño humano debe ser concebida como hombre o mujer. La sexualidad humana es binaria por diseño, con el objetivo evidente de la reproducción y el florecimiento de nuestra especie. Este principio es evidente por sí mismo… Las personas con DSD [trastornos del desarrollo sexual] no constituyen un tercer sexo “.[2]

4. El sexo biológico no puede cambiar

Quienes abrazan la ideología transgénero pretenden que los hombres pueden transformarse en mujeres o que las mujeres pueden transformarse en hombres. Pero su afirmación es falsa.

“Es fisiológicamente imposible cambiar el sexo de una persona, ya que el sexo de cada individuo está codificado en los genes: XX si es hembra, XY si es varón. La cirugía solo puede crear la apariencia del otro sexo “, explican el Dr. Richard P. Fitzgibbons, M.D., Philip M. Sutton, Ph.D., y Dale O’Leary en un estudio bien documentado. Estos médicos afirman que la identidad sexual “está escrita en cada célula del cuerpo y puede determinarse mediante pruebas de ADN”. No se puede cambiar”. [3]

5. Se deforma la virilidad y la feminidad

La ideología transgénero afirma que la realidad biológica no determina los sentimientos sexuales propios. Por lo tanto, las diferencias entre hombres y mujeres, al igual que la ropa que vestimos, están separadas de nuestra identidad y están en constante cambio. La virilidad y la feminidad son meras etiquetas utilizadas para describir lo que vemos, pero carecen de una base sustancial.

La ideóloga feminista, lesbiana y escritora Simone de Beauvoir afirmó que “uno no nace, sino que se convierte en una mujer”. El objetivo del feminismo no es tanto eliminar la llamada clase masculina “opresiva” sino abolir toda diferencia entre los sexos.

Aquí vemos cómo los movimientos homosexuales, transgénero y feministas están aliados. Comparten el mismo objetivo final: la destrucción del hombre y la mujer, la masculinidad y la feminidad.

6. Destruye la razón

Una parte fundamental de la lógica y la razón es la idea de que las cosas tienen una finalidad. El objetivo de nuestros ojos, por ejemplo, es proporcionarnos la vista. Las alas de un águila existen para proporcionarle vuelo. Nuestros pulmones existen para que podamos respirar y absorber oxígeno, y nuestros oídos existen para poder escuchar. Del mismo modo, el propósito principal de la sexualidad humana es la procreación.

Sin embargo, la transgeneridad, como la homosexualidad y el feminismo, niegan este principio y, por lo tanto, atacan a la razón humana en sí misma, que es una forma de locura deliberada.

7. El transgénero es autodestructivo

El movimiento homosexual destroza vidas. El arrepentimiento, la desesperación y el suicidio son comunes entre quienes adoptan la “T” del estilo de vida LGBT.

Walt Heyer, un hombre que lamenta haber vivido como mujer durante muchos años, dijo:

“Sabía que no era una mujer verdadera, sin importar lo que dijeran mis documentos de identificación. Había tomado medidas extremas para resolver mi conflicto de género, pero cambiar los géneros no había funcionado. Obviamente fue una mascarada. [4]

“Las personas transgénero no solo aniquilan su identidad de nacimiento “, explicó Heyer, “destruyen a todos y cada uno a su paso: familia, esposa, hijos, hermanos o hermanas y carrera. Ciertamente, esto demuestra el comportamiento de alguien empeñado en la autodestrucción total y en lesionarse a sí mismo”.  [5]

El estrés involucrado con vivir un estilo de vida que viola la naturaleza es evidente. Según la Fundación Estadounidense para la Prevención del Suicidio, el 41% de los que se identifican como transgéneros en Estados Unidos han intentado suicidarse. [6] Eso es veinticinco veces más que el promedio nacional.

8. ¿A dónde nos llevará el transgénero: las especies trans especies

Si un hombre puede pretender ser mujer, ¿por qué no puede afirmar que no es humano? Tal conclusión relativista está lamentablemente aquí: se llama trans-especie, también conocida como furries (animales antropomórficos) u otras otherkins [7]. Las personas con el Desorden de identidad de Especie se consideran no humanas y se presentan en los desfiles homosexuales. Los argumentos utilizados por el movimiento trans-especie para cuestionar su estado humano son esencialmente los mismos que los del movimiento transgénero.

Cuando los sentimientos reemplazan a la realidad, la lógica muere. El intelecto, la parte más elevada del hombre, se degrada. El animal gobierna Y nuestra cultura sin Dios nos presiona para aceptar estas fantasías depravadas.

Una vez que estos trastornos se consideran normales, ¿qué puede resistir a las pasiones desenfrenadas para que no introduzcan formas más grandes de depravación? ¿Qué protegerá a la razón humana de una mayor destrucción?

9. La ideología transgénero y la persecución religiosa

La ideología transgénero, favorecida por el secularismo, puede excitar el peor tipo de persecución religiosa, ya que impone una perversión de la mente, comenzando por los niños pequeños. Aquellos que se oponen a ella son blanco de esta nueva religión de la igualdad, que obliga a los niños a asistir a entrenamientos de la sensibilidad y adoctrinamiento de género. De hecho, aquellos [8] que animan al movimiento homosexual, lo sepan o no, son de hecho sirvientes de una nueva religión.

Su doctrina: la ideología transgénero. Su dios falso: igualdad radical y liberalismo insensato. Sus ministros: Líderes del movimiento homosexual. Sus acólitos: medios liberales, políticos inmorales y, por desgracia, miembros disidentes del clero. Su “inquisición”: leyes antidiscriminatorias que amenazan el orden y la paz. Su “excomunión”: cualquiera que diga la verdad es etiquetado como “homófobo” o “transfobico”.

10. Ofende a Dios

El deseo de cambiar el sexo biológico no solo niega la realidad, sino que también ofende a Dios. Nadie nace hombre o mujer por casualidad, sino de acuerdo con un plan de la Divina Providencia: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí. ” (Jer. 1: 5). Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios le creó, y los creó macho y hembra (Génesis 1:27). Por lo tanto, contradecir intencionalmente la naturaleza biológica de la humanidad es un acto de rebelión contra nuestro Creador.

La caridad nos llama a ayudar a los afligidos o confundidos acerca de su propio sexo, no a aumentar su confusión ofreciéndoles una solución falsa. La caridad “no se regocija por la maldad, sino que se regocija con la verdad” (1 Cor. 13: 6). Por lo tanto, la misericordia nunca puede oponerse a la verdad, porque solo la verdad puede liberarte (Juan 8:32).

¿Qué podemos hacer para salvar a la familia?

Debemos seguir el ejemplo angélico de San Miguel Arcángel

“Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. “(Efesios 6: 11-13).

The American TFP Traducción Acción Familia


[1] The American College of Pediatricians, “Gender Ideology Harms Children,” www.acpeds.org/the-college-speaks/position-statements/gender-ideology-ha....

[2] Ibid

[3] The National Catholic Bioethics Center, “The Psychopathology of ‘Sex Reassignment’ Surgery: Assessing Its Medical, Psychological, and Ethical Appropriateness” by Richard P. Fitzgibbons, M.D., Philip M. Sutton, Ph.D., and Dale O’Leary.

[4] The Public Discourse, “I Was a Transgender Woman” by Walt Heyer, www.thepublicdiscourse.com/2015/04/14688/.

[5] The Federalist, “Transgender Characters May Win Emmys, But Transgender People Hurt Themselves” by Walt Heyer, http://thefederalist.com/2015/09/22/transgender-characters-may-win-emmys...

[6] The Williams Institute, “Suicide Attempts among Transgender and Gender Non-Conforming Adults” by Ann P. Haas, Ph.D., Philip L. Rogers, Ph.D., and Jody L. Herman, Ph.D. http://williamsinstitute.law.ucla.edu/wp-content/uploads/AFSP-Williams-S....

[7] Personas que creen que poseen una identidad parcial o enteramente no humana

[8] http://www.tfp.org/tfp-home/fighting-for-our-culture/equalitys-next-vict...

 

 

El siglo de la mujer

En una de sus recientes homilías, el Papa Francisco entró de lleno en el gran debate sobre el auténtico papel de la mujer en la sociedad y afirmaba que la mujer es la que da armonía y sentido al mundo. Sin embargo, No parece, por lo que vio en la huelga general femenina convocada y celebrada el día 8 de marzo en todo el planeta, haya incidido demasiado en esa dirección.

La instrumentalización ideológica de la que está siendo objeto desde postulados de un feminismo radical, teñido de teorías sobre el género, está desviando el debate sobre el pleno derecho que asiste a la mujer a la igualdad con el hombre en el marco laboral, dentro de una sociedad libre. No obstante, parece evidente que la amplitud que han adquirido ya las reivindicaciones femeninas van a convertir la mujer en uno de los elemento de cambio cultural de mayor relevancia en nuestro siglo. Siglo al que podríamos considerar como “El siglo de la mujer”.

Domingo Martínez Madrid

 

 

“¿Cuándo callarán las armas?”

 “¿Cuándo callarán las armas? Nosotros, que vivimos en Siria, sentimos náusea por la indignación general que se alza para condenar a quienes defienden sus vidas y su tierra. En estos meses hemos viajado en repetidas ocasiones a Damasco; fuimos después de que las bombas rebeldes causaran una masacre en una escuela, y también estábamos allí hace unos días, al día siguiente del lanzamiento de 90 misiles desde el suburbio de Goutha, contra la parte gubernamental de la ciudad. Hemos escuchado a los niños que viven con temor de salir de casa e ir a la escuela, el terror de tener que ver a sus compañeros saltar por los aires, no pueden dormir por la noche, por el miedo de que un misil les caiga en su tejado. Miedo, lágrimas, sangre, muerte. ¿No son también dignos de nuestra atención estos niños?”.

Lo escribían en un mensaje enviado a la Agencia Fides, las monjas trapenses que viven en Azeir, una pequeña aldea siria en la frontera con el Líbano, a mitad de camino entre Homs y Tartus. Allí se alza el monasterio de una pequeña comunidad de seis monjas cistercienses (entre las cuales una novicia siria), que viven su “presencia humilde de personas orantes”. Las cuatro hermanas han querido seguir “la experiencia de nuestros hermanos de Tibhirine”, los monjes trapenses presentes en Argelia, que fueron asesinados por los terroristas.

Jesús D Mez Madrid

 

 

El problema del Perú

El problema del Perú no es el hasta ahora vicepresidente y sucesor de Kuczynski, Martin Vizcarra, con fama de político honrado. La cuestión es qué margen de maniobra tendrá con un parlamento dominado por las guerras internas de los hermanos Fujimori. Kuczynski cometió el error de intentar negociar con ellos. Trató de comprar su supervivencia política a cambio del indulto al patriarca de la familia y terminó envuelto en un escándalo de compra de votos a parlamentarios cuando su suerte estaba ya echada. Ahí queda la lección para su sucesor, al que, eso sí, no le faltarán apoyos externos, porque sería una catástrofe que el populismo diera al traste con la estabilidad y el crecimiento logrados en los últimos años.

Suso do Madrid

 

 

Lo que “cuestan” los cuatro reyes y la parejita en Eurovisión

                                El rey reinante ha presentado sus cuentas del pasado año 2017 y le han sobrado 248.000 euros; los que suponemos volverán a las “arcas nacionales” como superávit puesto que considero que por ley corresponde hacerlo así. No entro en si mucho o poco, pero ello demuestra que el rey da un ejemplo de ahorro y por tanto austeridad a los habitantes de esta derrochadora España de todos los tiempos. Pero hay cosas que no entiendo ni espero lo entiendan muchos otros españoles; veamos el qué y el por qué. Y es que hay conceptos discutibles, como lo son mucho más, los cuantiosos gastos que “la nueva parejita” de cantantes que van a Eurovisión, en representación de la muy endeudada España y que nos cuestan “un pastón”, como nos vienen costando todos los años anteriores, donde no solo pagamos a los actores, sino también “al ejército de figurantes que acompañan a tan divinas criaturas, que aquí se endiosan demasiado”.

Pero, ¿cuánto nos cuesta a los españoles enviar a los cantantes a Eurovisión? Este dato se ha conocido durante los últimos años gracias a las respuestas parlamentarias del presidente de TVE y tras la sentencia del Tribunal Supremo que obligó a la Corporación a hacer público el presupuesto. El precio suele rondar los 400.000 euros aunque varía cada año dependiendo de los derechos de emisión y los gastos de producción para el canal, donde se incluyen los salarios de los comentaristas, los desplazamientos… Estos son algunos de los costes que se han hecho públicos durante los últimos años:

  • 2010 (Daniel Diges): 382.742 euros
  • 2011 (Lucía Pérez): 418.102 euros
  • 2012 (Pastora Soler): 426.483 euros
  • 2013 (El sueño de Morfeo): 379.893 euros
  • 2014 (Ruth Lorenzo): 386.994 euros
  • 2015 (Edurne): 396.918,47 euros
  • 2016 (Barei): 445.235,86 euros

      Por otra parte en las cuentas del rey hay conceptos que no se “entienden”, puesto que aparecen cantidades asignadas al rey abdicado y su esposa; y si estos ya dejaron de serlo ¿cómo pueden seguir cobrando? Veamos datos concretos: El Palacio de La Zarzuela ha dado a conocer hoy la información económica del ejercicio 2017 - EFE

La Intervención del Estado avala las cuentas de la Casa del Rey, que cerró 2017 con superávit de 248.000 euros

Don Felipe recibió 238.908 euros brutos repartidos en doce mensualidades; la Reina 131.400, Don Juan Carlos 191.124 y Doña Sofía 107.520

            Entonces resulta que estamos manteniendo “dos casas reales”, la dimitida y la heredera; y mientras todo esto ocurre “legalmente”, millones de jubilados españoles con pagas de mendigos, se siguen manifestando por las calles de España en demanda, de una mucho mejor distribución del dinero público, puesto que a la vista está, que aquí se derrocha mucho dinero público que debiera ser destinado a otros fines mucho más necesarios y por causas fáciles de deducir. ¿Quién responde? ¿A qué se dedican la nube de políticos que andan peleando siempre por cosas absurdas?

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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