Las Noticias de hoy 12 Febrero 2018

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 12 de febrero de 2018      

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: un instante de silencio para decir a Jesús: “Si quieres, puedes purificarme”

República Democrática del Congo: El Papa se une a las oraciones por la paz

JMJ Panamá 2019: Con un solo clic, el Papa se inscribe en directo

EL SACRIFICIO DE ABEL: Francisco Fernández-Carvajal

“Vamos a recibir al Señor”: San Josemaria

¿Por qué nos imponen la ceniza?

¿Cómo fue la Última Cena?

La oración en Cristo: encuentra.com

El sentido del ayuno en las religiones: mientras que en el musulmán es signo de sumisión, en el cristiano es de libertad

Oraciones por la Iglesia en China: Ernesto Juliá

Autoestima: los niños la adquieren de los adultos: Victoria Cardona Romeu

Control de la preocupación: Alfonso Aguiló

Grandeza de ánimo: Pablo Cabellos Llorente

Nadie cambia, si no se quiere cambiar: Salvador Casadevall

LIBERTAD ¿PARA QUÉ?: Alejo Fernández Pérez

NAGATIVISMO ¿PERMANENTE?: Ing, José Joaquín Camacho

El kit de la cuestión: José Morales Martín

Restaurar los vínculos dañados.: Xus D Madrid

El único y verdadero fracaso: Jesús Martínez Madrid

Pensamientos y reflexiones 179: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

ROME REPORTS

 

 

Ángelus: un instante de silencio para decir a Jesús: “Si quieres, puedes purificarme”

Una persona enferma puede estar todavía más unida a Dios (Traducción completa)

11 febrero 2018Raquel AnilloAngelus y Regina Caeli

 

Ángelus /11/02/2018, Captura, Vatican Media

(ZENIT – 11 febrero 2018).- “Hagamos un momento de silencio, y cada uno de nosotros…. puede pensar en su corazón, mirar en él y ver sus impurezas, sus pecados”. Y cada uno de nosotros…puede decir a Jesús: “si quieres puedes purificarme”. Esta es la invitación del Papa Francisco en el Ángelus de este domingo 11 de febrero de 2018, Día Mundial de los Enfermos.

Ante unas 30.000 personas participantes en la oración mariana en la Plaza San Pedro, el Papa ha afirmado que “ninguna enfermedad es causa de impureza…de ninguna manera socava o impide su relación con Dios” Al contrario, una persona enferma puede estar aún más unida a Dios”.

Pero por otro lado, agregó, el pecado “nos hace impuros”: “El egoísmo, el orgullo, la entrada en el mundo de la corrupción, son enfermedades del corazón que deben ser purificadas”.

AK

Esta es nuestra traducción de las palabras que el Papa  ha pronunciado en la introducción del Ángelus.

Palabras del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo, el Evangelio, según San Marcos, nos muestra a Jesús sanando todo tipo de enfermos. En este contexto, se sitúa la Jornada Mundial del enfermo, que se celebra hoy 11 de febrero, memoria de la Santa Virgen María de Lourdes. Por lo tanto, con el corazón vuelto a la gruta de Massabielle, contemplamos a Jesús como verdadero médico del cuerpo y del alma, que Dios Padre ha enviado al mundo para curar a la humanidad, marcada por el pecado y sus consecuencias.

El pasaje del Evangelio de hoy (cf. Mc 1,40-45) nos presenta la curación de un hombre enfermo de lepra, patología que en el Antiguo Testamento era considerada como una grave impureza y comportaba la separación del leproso de la comunidad: vivían solos. Su condición era verdaderamente penosa, porque la mentalidad de la época los hacía sentirse impuro no solo delante de los hombres sino también ante Dios, por eso el leproso del Evangelio suplica a Jesús con estas palabras: “Si quieres, puedes purificarme” (v. 40).

Al oír esto Jesús siente compasión (v. 41). Es muy importante fijar la atención sobre esta resonancia interior de Jesús, como hemos hecho a lo largo del Jubileo de la Misericordia. No se entiende la obra de Jesús, no se entiende a Cristo mismo, sino se entra en su corazón lleno de compasión y de misericordia. Esto es lo que le impulsa a extender la mano hacía aquel hombre enfermo de lepra, a tocarlo y decirle: “¡Quiero, queda purificado!” (v. 40). El hecho más sorprendente, es que Jesús toca al leproso, porque esto estaba absolutamente prohibido por la ley de Moisés. Tocar a un leproso significaba ser contagiado también dentro, en el espíritu, es decir, hacerse impuro. Pero en este caso el influjo no va del leproso a Jesús para transmitir el contagio, sino de Jesús al leproso para darle la purificación.

En esta curación, nosotros admiramos más allá de la compasión y de la misericordia, también la audacia de Jesús, que no se preocupa ni del contagio ni de las prescripciones, sino que está motivado por la voluntad de liberar a este hombre de la maldición que lo oprime.

Ninguna enfermedad es causa de impureza; la enfermedad ciertamente involucra a toda la persona, pero en ningún modo impide o prohíbe su relación con Dios. Al contrario, una persona enferma puede estar más unida a Dios. En cambio el pecado, esto sí nos hace impuros, el egoísmo, la soberbia, el entrar en el mundo de la corrupción, estas son enfermedades del corazón del cual se necesita ser purificado, dirigiéndonos a Jesús como el leproso: “¡Si quieres, puedes purificarme!”.

Y ahora, hagamos un momento de silencio y cada uno de nosotros –  vosotros, todos, yo –  podemos pensar y ver en su corazón, ver dentro de sí y ver las propias impurezas, los propios pecados, cada uno de nosotros, en silencio,  con la voz del corazón, decir a Jesús: “¡Si quieres, puedes purificarme!”. Hagámoslo todos en silencio.

“¡Si quieres, puedes purificarme!”

“¡Si quieres, puedes purificarme!”

Y cada vez que nos dirigimos al sacramento de la Reconciliación con el corazón arrepentido, el Señor nos repite también a nosotros: “¡Quiero, queda purificado!”. Así la lepra del pecado desaparece, volvemos a vivir con alegría nuestra relación filial con Dios y somos admitidos plenamente en la comunidad.

Por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre Inmaculada, pidamos al Señor, que ha traído a los enfermos la salud, sanar también nuestras heridas interiores con su infinita misericordia, para darnos así la esperanza y la paz del corazón.

 

República Democrática del Congo: El Papa se une a las oraciones por la paz

Vuelve a lanzar su llamada para el 23 de febrero

11 febrero 2018Anne KurianAngelus y Regina Caeli

Ángelus del11/02/2018, Captura Vatican Media

(ZENIT – 11 febrero 2018).- El Papa Francisco se ha unido a las oraciones por la paz en la República Democrática del Congo, en el Ángelus de este 11 de febrero de 2018, que ha presidido en la plaza San Pedro en presencia de unas 30.000 personas.

Desde una ventana del palacio apostólico que daba a la plaza, ha saludado a la comunidad congoleña de Roma y se unió a su oración por la paz del país.

También reiteró su llamada al “Día del Ayuno y de la  Oración por la Paz” el 23 de febrero de 2018, el viernes de la primera semana de Cuaresma. Había convocado este acontecimiento una semana antes, el 4 de febrero.

“Sufrimos en particular, ha precisado el Papa, por los pueblos de la República Democrática del Congo y de Sudán del Sur”. Y continuó: “Nuestro Padre celestial siempre escucha a sus hijos que claman a Él en el dolor y angustia, ‘Él cura los corazones quebrantados y sana sus heridas’ (Salmo 146, 3). Dirijo una llamada insistente para que nosotros también escuchemos este grito y, que cada uno, en conciencia, delante de Dios, nos preguntemos: ”¿Qué puedo hacer yo mismo por la paz?”.

 

 

JMJ Panamá 2019: Con un solo clic, el Papa se inscribe en directo

Invita a los jóvenes a hacer lo mismo

11 febrero 2018Anne KurianAngelus y Regina Caeli

Ángelus 11/02/ 2018, Captura Vatican Media

(ZENIT – 11 febrero 2018).- Con un solo clic, el Papa Francisco desde la Plaza San Pedro se ha inscrito en directo para la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Panamá, del 22 al 27 de enero de 2018.

Durante el Ángelus que ha presidido en el Vaticano este 11 de febrero de 2018, el Papa ha evocado la apertura de las inscripciones: “Yo también, ha dicho, en presencia de dos jóvenes, me inscribo ahora por internet”.

Y el Papa, que estaba rodeado de una chica y de un chico, ha clicados obre una tableta presentada por los jóvenes: “¡Listo, me he inscrito como peregrino a la Jornada Mundial de la Juventud. Debemos prepararnos!”.

“Invito a todos los jóvenes del mundo a vivir con fe y con entusiasmo este acontecimiento de gracia y de fraternidad, sea yendo a Panamá, sea participando en sus comunidades”, ha añadido el Papa.

El Dicasterio para los laicos, la familia y la vida, organizador del evento, ha publicado en su cuenta de twitter las capturas de pantalla de la inscripción del Papa, que ha llenado así las rúbricas: Nombre de grupo “Jóvenes del mundo entero”; Nación “Internacional”; Nombre del responsable “Papa Francisco”.

“Querido Papa Francisco, gracias por haber abierto las inscripciones”, se puede leer seguido en un mensaje indicando que el primer participante había sido registrado.

 

 

EL SACRIFICIO DE ABEL

— Para Dios ha de ser lo mejor de nuestra vida: amor, tiempo, bienes...

— Dignidad y generosidad en los objetos del culto.

— Amor a Jesús en el Sagrario.

I. Relata el libro del Génesis1 que Abel presentaba a Yahvé las primicias y lo mejor de su ganado. Y le fue grata a Dios la ofrenda de Abel y no lo fue la de Caín, que no ofrecía lo mejor de lo que cosechaba.

Abel fue «justo», es decir, santo y piadoso. Lo que hace mejor la ofrenda de Abel no es su calidad objetiva, sino su entrega y generosidad. Por esto Dios miró con agrado sus víctimas y tal vez envió –según una antigua tradición judía– fuego para quemarlas en señal de aceptación2.

También en nuestra vida lo mejor ha de ser para Dios. Hemos de presentar la ofrenda de Abel y no la de Caín. Para Dios ha de ser lo mejor de nuestro tiempo, de nuestros bienes, de nuestra vida. No podemos darle lo peor, lo que sobra, lo que no cuesta sacrificio o aquello que no necesitamos. Para Dios toda la vida, pero incluyendo los años mejores. Para el Señor toda nuestra hacienda, pero, cuando queramos hacerle una ofrenda, escojamos lo más preciado, como haríamos con una criatura de la tierra a la que estimamos mucho. El hombre no es solo cuerpo ni solo alma; porque está compuesto de ambos, necesita también manifestar a través de actos externos, sensibles, su fe y su amor a Dios. Dan pena esas personas que parecen tener tiempo para todo, pero que difícilmente lo tienen para Dios: para hacer un rato de oración, o una Visita al Santísimo, que apenas dura unos minutos... O bien disponen de medios económicos para tantas cosas y son mezquinos con Dios y con los hombres. Dar agranda siempre el corazón y lo ennoblece. De la mezquindad acaba saliendo un alma envidiosa, como la de Caín: no soportaba la generosidad de Abel.

«Es preciso ofrecer al Señor el sacrificio de Abel. Un sacrificio de carne joven y hermosa, lo mejor del rebaño: de carne sana y santa; de corazones que solo tengan un amor: ¡Tú, Dios mío!; de inteligencias trabajadas por el estudio profundo, que se rendirán ante tu Sabiduría; de almas infantiles, que no pensarán más que en agradarte.

»—Recibe, desde ahora, Señor, este sacrificio en olor de suavidad»3. Para Ti, Señor, lo mejor de mi vida, de mi trabajo, de mis talentos, de mis bienes..., incluso de los que podría haber tenido. Para Ti, mi Dios, todo lo que me has dado en la vida, sin límites, sin condiciones... Enséñame a no negarte nada, a ofrecerte siempre lo mejor.

Pidamos al Señor saber ofrecerle en cada situación, en toda circunstancia, lo mejor que tengamos en ese momento; pidámosle que haya muchas ofrendas y sacrificios como el de Abel: hombres y mujeres que se entreguen a Dios desde su juventud. Corazones que –a cualquier edad– sepan darle todo lo que se les pide, sin regateos, sin mezquindades... ¡Recibe, Señor, este sacrificio gustoso y alegre!

II. «Es bello considerar que el primer testimonio de fe en favor de Dios fue dado ya por un hijo de Adán y Eva y por medio de un sacrificio. Se explica, por tanto, que los Padres de la Iglesia vieran en Abel una figura de Cristo: por ser pastor, por ofrecer un sacrificio agradable a Dios, por derramar su sangre, por ser “mártir de la fe”.

»La Liturgia, al renovar el Sacrificio de Cristo, pide a Dios que mire con mirada serena y bondadosa sobre las Ofrendas del Señor, así como miró sobre las ofrendas del “justo Abel” (Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I4. Debemos ser generosos y amar todo lo que se refiere al culto de Dios, porque siempre será poco e insuficiente para lo que merece la infinita excelencia y bondad divina. Los cristianos debemos tener en este campo una delicadeza extrema y evitar la inconsideración y la tacañería: no ofreceréis nada defectuoso, pues no sería aceptable5, nos advierte el Espíritu Santo.

Para Dios, lo mejor: un culto lleno de generosidad en los elementos sagrados que se utilicen, y con generosidad en el tiempo, el que sea preciso –no más–, pero sin prisas, sin recortar las ceremonias, o la acción de gracias privada después de acabada la Santa Misa, por ejemplo. El decoro, calidad y belleza de los ornamentos litúrgicos y de los vasos sagrados expresan que es para Dios lo mejor que tenemos, son signo del esplendor de la liturgia que la Iglesia triunfante tributa en el Cielo a la Trinidad, y son ayuda poderosa para reconocer la presencia divina entre nosotros. La tibieza, la fe endeble y desamorada tienden a no tratar santamente las cosas santas, perdiendo de vista la gloria, el honor y la majestad que corresponden a la Trinidad Beatísima.

«¿Recordáis aquella escena del Antiguo Testamento, cuando David desea levantar una casa para el Arca de la Alianza, que hasta ese momento era custodiada en una tienda? En aquel tabernáculo, Yahvé hacía notar su presencia de un modo misterioso, mediante una nube y otros fenómenos extraordinarios. Y todo esto no era más que una sombra, una figura. En cambio, el Señor se encuentra realmente presente en los tabernáculos donde está reservada la Santísima Eucaristía. Aquí tenemos a Jesucristo –¡cómo me enamora hacer un acto explícito de fe!– con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. En el tabernáculo, Jesús nos preside, nos ama, nos espera»6.

En la casa de Simón el fariseo, donde Jesús echó de menos las atenciones que era costumbre tener con los invitados, quedó patente la cuestión del dinero empleado en las cosas de Dios. Mientras Jesús está contento por las muestras de arrepentimiento que recibe de aquella mujer, Judas murmura y calcula el gasto –para él inútil– que se está realizando. Aquella misma tarde decidió traicionarle. Le vendió por una cantidad aproximada a lo que costaba el perfume derramado: treinta siclos de plata, unos trescientos denarios. «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

»—Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

»—Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” —una buena obra ha hecho conmigo»7.

También el Señor, ante la entrega de nuestra vida, ante la generosidad manifestada de mil modos (tiempo, bienes...), debe poder decir: una buena obra ha hecho conmigo, ha manifestado su amor en obras.

III. Cuando nace Jesús, no dispone siquiera de la cuna de un niño pobre. Con sus discípulos, no tiene en ocasiones dónde reclinar la cabeza. Morirá desprendido de todo ropaje, en la pobreza más absoluta; pero cuando su Cuerpo exánime es bajado de la Cruz y entregado a los que le quieren y le siguen de cerca, estos le tratan con veneración, respeto y amor. José de Arimatea se encargará de comprar un lienzo nuevo, donde será envuelto, y Nicodemo los aromas precisos. San Juan, quizá asombrado, nos ha dejado la gran cantidad de estos: como unas cien libras, más de treinta kilogramos. No le enterraron en el cementerio común, sino en un huerto, en una sepultura nueva, probablemente la que el mismo José había preparado para sí. Y las mujeres vieron el monumento y cómo fue depositado su cuerpo. A la vuelta a la ciudad prepararon nuevos aromas... Cuando el Cuerpo de Jesús queda en manos de los que le quieren, todos porfían por ver quién tiene más amor.

En nuestros Sagrarios está Jesús, ¡vivo!, como en Belén o en el Calvario. Se nos entrega para que nuestro amor lo cuide y lo atienda con lo mejor que podamos, y esto a costa de nuestro tiempo, de nuestro dinero, de nuestro esfuerzo: de nuestro amor.

La reverencia y el amor se han de manifestar en la generosidad con todo aquello que se refiere al culto. Ni siquiera con pretexto de caridad hacia el prójimo se puede faltar a la caridad con Dios, ni es de alabar una generosidad con los pobres, imágenes de Dios, si se hace a expensas del decoro en el culto a Dios mismo, y mucho menos si no va acompañada de sacrificio personal. Si amamos a Dios, crecerá nuestro amor al prójimo, con obras y de verdad. No es cuestión de mero precio, ni en materia así caben simples cálculos aritméticos; no se trata de defender la suntuosidad, sino la dignidad y el amor a Dios, que también se expresa materialmente8. ¿Tendría sentido que hubiera medios económicos para construir lugares de diversión y de recreo con buenos materiales, incluso lujosos, y que para el culto divino solo se encontraran lugares, no pobres, sino pobretones, fríos, desangelados? Entonces tendría razón el poeta, cuando dice que la desnudez de algunas iglesias es «la manifestación al exterior de nuestros pecados y defectos: debilidad, indigencia, timidez en la fe y en el sentimiento, sequedad del corazón, falta de gusto por lo sobrenatural...»9.

La Iglesia, velando por el honor de Dios, no rechaza soluciones distintas a las de otras épocas, bendice la pobreza limpia y acogedora –¡qué estupendas iglesias, sencillas pero muy dignas, hay en algunas aldeas de pocos medios económicos y de mucha fe!–; lo que no se admite es el descuido, el mal gusto, el poco amor a Dios que supone dedicar al culto ambientes u objetos que –si se pudiera– no se admitirían en el hogar de la propia familia.

Es lógico que los fieles corrientes ayuden, de mil maneras diferentes, para que se cuide y se conserve con esmero lo referente al culto divino. Los signos litúrgicos, y cuanto se refiere a la liturgia, entra por los ojos. Los fieles deben salir fortalecidos en su fe después de una ceremonia litúrgica, con más alegría y animados a amar más a Dios.

Pidamos a la Santísima Virgen que aprendamos a ser generosos con Dios como lo fue Ella, en lo grande y en lo pequeño, en la juventud y en la madurez..., que sepamos ofrecer, como Abel, lo mejor que tengamos en cada momento y en todas las circunstancias de la vida.

1 Primera lectura. Año I. Cfr. Gen 4, 1-5, 25. — 2 Sagrada Biblia, Epístola a los Hebreos, EUNSA, Pamplona 1987, nota a 11, 4. — 3 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 43. — 4 Sagrada Biblia, Epístola a los Hebreos, EUNSA, loc. cit. — 5 Lev 22, 20. — 6 A. del Portillo, Homilía, 20-VII-1986. — 7 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 527. — 8 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 124. — 9 Paul Claudel, Ausencia y presencia.

 

 

“Vamos a recibir al Señor”

¿Has pensado en alguna ocasión cómo te prepararías para recibir al Señor, si se pudiera comulgar una sola vez en la vida? Agradezcamos a Dios la facilidad que tenemos para acercarnos a El, pero... hemos de agradecérselo preparándonos muy bien, para recibirle. (Forja, 828)

Jesús es el Camino, el Mediador; en El, todo; fuera de El, nada. En Cristo, enseñados por El, nos atrevemos a llamar Padre Nuestro al Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable que espera que volvamos a el continuamente, cada uno como un nuevo y constante hijo pródigo.
Ecce Agnus Dei... Domine, non sum dignus... Vamos a recibir al Señor. Para acoger en la tierra a personas constituidas en dignidad hay luces, música, trajes de gala. Para albergar a Cristo en nuestra alma, ¿cómo debemos prepararnos? ¿Hemos pensado alguna vez en cómo nos conduciríamos, si sólo se pudiera comulgar una vez en la vida?
Cuando yo era niño, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor.
Con Cristo en el alma, termina la Santa Misa: la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo nos acompaña durante toda la jornada, en nuestra tarea sencilla y normal de santificar todas las nobles actividades humanas. (Es Cristo que pasa, 91)

 

 

 

¿Por qué nos imponen la ceniza?

El próximo miércoles, la imposición de la ceniza señalará el inicio de la cuaresma. Cubrirse de ceniza para simbolizar penitencia y arrepentimiento es una tradición que viven muchas religiones. Este es el origen y significado de este símbolo.

Últimas noticias 19 de Febrero de 2012

La Cuaresma, tiempo de preparación interior a la celebración de la Muerte y Resurrección de Cristo, comienza el Miércoles de Ceniza.

Este día cae en diferentes fechas año a año, de acuerdo a la fecha móvil de Pascua. Puede acontecer entre el 4 de febrero y el 10 de marzo.

Que la Cuaresma dure 40 días es una costumbre que se fijó en el siglo IV. Siguiendo la tradición, en los siglos VI-VII cobró gran importancia el ayuno como práctica cuaresmal.

Pero no es práctica habitual ayunar en domingo -por tratarse del día del Señor- por lo que se adelantó el inicio de la Cuaresma al miércoles.

En la imposición de la ceniza, el sacerdote traza una cruz sobre la frente de los fieles, mientras repite las palabras "Conviértete y cree en el Evangelio" o "Recuerda que polvo eres y en polvo te has de convertir", para recordarnos que nuestro lugar definitivo es el Cielo.

El uso de la ceniza para simbolizar penitencia es antiguo: los judíos, por ejemplo, acostumbraban a cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio, al igual que los ninivitas.

También en los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse.

En la Iglesia católica esta tradición perdura desde el siglo IX y existe para recordarnos que, al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por los demás hombres.

 

¿Cómo fue la Última Cena?

Tradiciones, símbolos y gestos del “Pésaj” o cena pascual que pudo vivir el Señor en la Última Cena y que permiten entenderla mejor. Entrevista a Bernardo Estrada, profesor de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

Últimas noticias 3 de Abril de 2012

¿Cómo se desarrolló la última cena?

Lo más probable es que Cristo celebrase la Pascua el día anterior al día oficial, como ya ha señalado en alguna ocasión Benedicto XVI. Es una cuestión sobre la que se debate, pero no resultaría extraño, pues en aquellos días confluía tanta gente en Jerusalén (unas 250.000 personas, cuando la población normal era de 35.000), que no se podían sacrificar todos los corderos en una sola jornada.

Así que el viernes era el verdadero día para inmolar corderos.

Efectivamente: anticipando la Última Cena, el verdadero Cordero pudo ser sacrificado en la Cruz el viernes, el día de la Pascua.

La cena pascual, ¿cómo iniciaba?

Como en cualquier fiesta hebrea, el inicio lo determinaba la mujer de la casa: cuando veía que el sol se oculta detrás de la casa del vecino, o cuando contemplaba la primera estrella en el cielo, encendía las velas: con ese gesto, comenzaba la cena. Simbólicamente, esa luces recordaban la creación del mundo por Dios, cuyo inicio los hebreos sitúan en este mes del Nissán, el “mes de las espigas”, pues es cuando comienza a crecer la nueva vida (aunque tras el medievo, esa datación cambió).

¿Es así como Pascua y Creación se relacionan?

En cualquier caso, luego –con Cristo– hemos comprendido un significado más profundo (la Pascua es la nueva Creación). Que esta festividad se celebrase en el “mes de las espigas” hace ver que las fiestas de Israel van ligadas en su origen a fiestas agrícolas: la Pascua coincide con la fecha de la cosecha del primer trigo y al nacimiento de los primeros animales (corderos, etc); en Pentecostés llega la verdadera cosecha; mientras que la fiesta de los Tabernaculos está unida a la cosecha de la vendimia. Por eso el pan, el vino y el cordero son tan importantes. Dios –primero en Egipto y luego con el Señor Jesús – ha ido dando un sentido nuevo y más profundo a estas celebraciones.

Volviendo a la cena, ¿cómo se disponían los invitados?

Aunque la cena iniciaba de pie, luego se recostaban formando un cuadrado: la gente se apoyaba sobre el brazo izquierdo, prácticamente acostada, y comía con la mano derecha. A la derecha del Señor se situaría el más digno, probablemente Pedro; y a la izquierda estaría Juan, quien pudo descansar así sobre el pecho del Señor.

 

Ejemplo de preparación actual del Séder (o cena pascual) hebrea. Desde la destrucción del Templo, no se repite el sacrificio de los corderos.

¿Cómo inició el Señor la Última Cena?

Podemos suponer que siguió el “orden de la Pascua”: es decir, la división de la cena en cuatro partes, cada una de las cuales se concluía con una copa de vino.

Entonces: la primera copa...

La cena comienza con una bendición (salmos 113 y 114), tras la que se toma la primera copa de vino mientras se dice: “Bendito seas Tú, Adonai nuestro Dios, rey del universo, quien creó el fruto de la vid” .

La segunda...

Antes de beber la segunda, alguno recuerda un grande acontecimiento: la “Haggadah” o la narración de la fuga de Egipto, tal y como se cuenta en el libro del Éxodo. El vino que se bebe a continuación les recuerda las diez plagas que azotaron al pueglo egipcio

¿Cuándo lavó el Señor los pies a los Apóstoles?

Si bien no tenemos certeza, quizá fue tras esta segunda copa, que es cuando se realiza tradicionalmente la primera ablución o lavado de manos, al que el Señor quiso dar un profundo significado. Luego vienen las “bendiciones”, una serie de preguntas que hace la persona más anciana o más digna a la más joven: “¿Ma nishtaná halaila hazé micol haleilot?” (¿Por qué esta noche es diferente de todas las otras noches?) . Podemos imaginar que Cristo o san Pedro harían esas preguntas a san Juan.

¿Y tras el lavado?

Es cuando empieza la cena propiamente dicha. El más digno distribuye el primer pan ázimo, o Matzá , mientras repite esta bendición: “Bendito eres Tú, nuestro Señor, Rey del universo, que extraes pan de la tierra”. Pudo ser en este momento cuando el Señor consagró el Pan, aunque no podemos estar seguros. Como se sabe, ese pan sin levadura –que se comerá más veces a lo largo de la cena– recuerda la prisa con que escaparon del Faraón. Además, cada comensal tiene delante un cuenco con hierbas amargas que se sumergen en el Jaroset , una salsa especial (agua salada y algún condimento), que les recuerda el sufrimiento de aquella huída.

Y a continuación, el cordero.

Efectivamente: previamente, había sido sacrificado en el templo por un sacerdote, o bien por el cabeza de familia. No se le tenía que haber roto ningún hueso y debía ser consumido entero.

¿Por qué la importancia del Cordero?

 

Don Bernardo Estrada, profesor de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

Cristo es el “Cordero de Dios”, cuyo sacrificio libera a los hombres. Para los judíos, el cordero es el animal cuya sangre en las puertas de sus casas había liberado a sus primogénitos del ángel de la muerte en Egipto. Desde aquella liberación, que precede y permite la huída por mar Rojo, comían el cordero tal y como les había indicado Moisés.

Faltan dos copas de vino.

La tercera se bebe al terminar la cena. Se llama “copa de redención”, y con ella se recuerda el derramamiento de la sangre de los corderos inocentes que redimieron a Israel en Egipto; es la copa en la que se “da gracias”, por lo que se supone que es en esta copa cuando el Señor ofreció su Sangre a sus discípulos.

¿Y la última?

La cuarta, ya antes de marcharse, va unida al gran himno final: el Hallel , una preciosa oración compuesta por los salmos 115 a 118. Se sirve también una quinta copa, que no se bebe: esa quinta copa es para Elías, a quien el pueblo hebreo espera para que anuncie la venida del Mesías (en Malaquías 4,5). Cuando la cena se termina se manda un niño a la puerta a abrirla y ver si está Elías. Cada año, el niño regresa desanimado y el vino se derrama sin que nadie lo beba.

 

 

La oración en Cristo

6 febrero 2018

Un completo estudio sobre la oración orientada en Nuestro Señor Jesucristo por Dom Columba Marmion

Tan grande es el deseo que tiene Nuestro Señor de darse a nosotros, que multiplicó los medios de llevarlo a cabo, juntamente con los distintos sacramentos, nos ha señalado la oración, como fuente de gracia. Es evidente que los sacramentos, como se ha indicado repetidas veces en el transcurso de estas conferencias, producen la gracia por el hecho mismo de ser aplicados al alma que no pone óbice a su accion.

La oración, de suyo, no tiene una eficacia tan intrinseca; mas no nos es por eso menos necesaria que los sacramentos para conseguir la ayuda divina. Vemos, en efecto, cómo Jesucristo durante su vida mortal hace milagros movido por la oración. Un leproso se le presenta: «Señor, tened compasión de mí», y le cura. Le presentan un ciego que le dice: «Señor, haced que vea», y Nuestro Señor le devuelve la vista. Marta y Magdalena le dicen: «Señor: si hubieseis estado aquí, no hubiera muerto nuestro hermano». Esto es una especie de petición y a esta súplica contesta el Señor con la resurrección de Lázaro.- Estos son favores temporales, pero también la gracia se alcanza con la oración. «Señor, le dice la Samaritana, dadme esa agua viva, de que sois fuente, y que nos reporta la vida eterna», y Cristo se descubre a ella como el Mesías, y la induce a confesar sus faltas para perdonárselas. Clavado en la cruz, pídele el Buen Ladrón que se acuerde de él, y el Señor le concede perdón completo: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Por otra parte, Nuestro Señor mismo nos ha recomendado este género de impetración: «Pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá; buscad, y encontraréis» (Mt 7,7). «Todo cuanto pidiereis a mi Padre, en nombre mío, es decir, poniéndome por intercesor, os lo concederá» (Jn 16,23). Asimismo, San Pablo nos exhorta a elevar en todo tiempo continuas oraciones y súplicas poniendo por intercesor al Espíritu Santo (Ef 6,18).

Es, pues, evidente que la oración vocal de impetración resulta un medio muy poderoso para atraernos los dones de Dios.

Pero de lo que ahora quiero hablaros es de la oración mental; de lo que vulgarmente se llama meditación. Es asunto de suma importancia el que vamos a tratar.

La oración es uno de los medios más necesarios para efectuar aquí en la tierra nuestra unión con Dios y nuestra imitación de Jesucristo. El contacto asiduo del alma con Dios en la fe por medio de la oración y la vida de oración, ayuda poderosamente a la transformación sobrenatural de nuestra alma. La oración bien hecha, la vida de oración, es transformante.

Más aún; la unión con Dios en la oración nos facilita la participación más fructuosa en los otros medios que Cristo estableció para comunicarse con nosotros y convertirnos en imagen suya.- ¿Por qué esto? ¿Es acaso la oración, más eminente, más eficaz, que el santo sacrificio, que la recepción de los sacramentos, que son los canales auténticos de la gracia? -Ciertamente que no; cada vez que nos acercamos a estas fuentes, obtenemos un aumento de gracia, un crecimiento de vida divina, pero este crecimiento depende, en parte al menos de nuestras disposiciones.

Ahora bien, la oración, la vida de oración, conserva, estimula, aviva y perfecciona los sentimientos de fe, de humildad, de confianza y de amor, que en conjunto constituyen la mejor disposición del alma para recibir con abundancia la gracia divina. Un alma familiarizada con la oración saca más provecho de los sacramentos y de los otros medios de salvación, que otra que se da a la oración con tibieza y sin perseverancia. Un alma que no acude fielmente a la oración, puede recitar el oficio divino, asistir a la Santa Misa, recibir los sacramentos y escuchar la palabra de Dios, pero sus progresos en la vida espiritual serán con frecuencia insignificantes. ¿Por qué? -Porque el autor principal de nuestra perfección y de nuestra santidad es Dios mismo, y la oración es precisamente la que conserva al alma en frecuente contacto con Dios: la oración enciende y mantiene en el alma una como hoguera, en la cual el fuego del amor está, si no siempre en acción, al menos siempre latente; y cuando el alma se pone en contacto directo con la divina gracia, verbigracia, en los sacramentos, entonces, como un soplo vigoroso, la abrasa, levanta y llena con sorprendente abundancia. La vida sobrenatural de un alma es proporcionada a su unión con Dios, mediante la fe y el amor; debe, pues, este amor exteriorizarse en actos, y éstos, para que se reproduzcan de una manera regular e intensa, reclaman la vida de oración. En principio, puede decirse que, en la economía ordinaria, nuestro adelantamiento en el amor divino depende prácticamente de nuestra vida de oración.

Determinemos, pues, qué es oración, es decir, cuál es su naturaleza, y cuáles sus grados; luego, qué disposiciones exige para producir todos sus frutos.

Inútil es advertir que no trato de desarrollar aquí un tratado completo sobre la oración; existen y muy buenos quiero, simplemente, tocar algunos puntos esenciales relacionados con la idea central de estas conferencias: nuestra adopción sobrenatural en Cristo Jesús, que nos hace vivir por su gracia y su Espíritu.

1. Naturaleza de la oración: conversación del hijo de Dios con su Padre celestial bajo la influencia del Espíritu Santo

¿Qué es oración? Digamos que es una conversación del hijo de Dios con su Padre celestial. Notad las palabras «conversación del hijo de Dios»: las he empleado muy intencionadamente. Se encuentran a veces hombres que no creen en la divinidad de Cristo, como ciertos deístas del siglo XVIII, como aquellos que en tiempo de la Revolución establecieron el culto del Ser Supremo, e inventaron oraciones a la «Divinidad»: pensaron, quizá, deslumbrar a Dios con sus oraciones; pero todo era vano juego de un espíritu puramente humano, que Dios no podía aceptar.

No es así nuestra oración. No es una conversación del hombre, simple criatura, con la divinidad, sino una conversación del hijo de Dios con su Padre celestial para adorarle, alabarle, manifestarle su amor, tratar de conocer su voluntad, y obtener de El la ayuda necesaria para cumplirla.

En la oración nos presentamos a Dios en calidad de hijos, calidad que eleva esencialmente nuestra alma a un orden sobrenatural. Sin duda alguna, no debemos jamás olvidar nuestra condición de criaturas, es decir, nuestra nada; pero el punto de partida, o, por mejor decir, el terreno sobre el que debemos colocarnos en nuestras relaciones con Dios, es el plano sobrenatural; en otros términos: es nuestra filiación divina, nuestra calidad de hijos de Dios por la gracia de Cristo, la que debe determinar nuestra actitud fundamental, y, por decirlo así, servirnos de hilo conductor en la oración.

Veamos cómo San Pablo aclara este punto. «No sabemos, dice, lo que debemos pedir a Dios en la oración según nuestras necesidades, pero el Espíritu Santo viene en ayuda de mlestra insuficiencia. El mismo ruega por nosotros con gemidos inenarrables» (Rm 8,26). Ahora bien, dice San Pablo en el mismo lugar: este Espíritu que debe rogar por nosotros y en nosotros es «el Espíritu de adopción, que testifica que somos hijos de Dios y sus herederos, y que nos hace clamar a Dios: «¡Padre, Padre!» (ib. 8,15). Este Espíritu nos fue dado después que, «llegada la plenitud de los tiempos, nos envió Dios a su Hijo para concedernos la adopción de hijos» (Gál 4, 4-5). Y porque la gracia de Cristo nos hace sus hijos, «Dios envió también a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que nos autoriza a rogar a Dios como a un Padre» (+Rm 8,15; 2Cor 1,22).

Y es que, en verdad, «ya no somos extranjeros, ni huéspedes de paso, sino miembros de la familia de Dios, de aquella mansión de la que Jesucristo es piedra angular» (Ef 2,20).

Así, pues, el Espíritu que recibimos en el Bautismo, en el sacramento de nuestra adopción divina, es el que nos hace clamar a Dios: «Vos sois nuestro Padre». ¿Qué quiere decir esto sino que, como consecuencia de nuestra filiación divina, tenemos el derecho y el deber de presentarnos ante Dios como sus hijos? Escuchemos a Nuestro Señor mismo, El vino para ser la «luz del mundo», y sus palabras, «llenas de verdad», nos indican «el camino». «Yo soy luz del mundo y el camino y la verdad» (Jn 8,12; 14,6).

Sentado junto al pozo de Jacob, Jesús conversa con la Samaritana (ib. 4,5 y sigs.). En El ha reconocido esta mujer un profeta, un enviado de Dios; en seguida le pregunta (lo que era objeto de viva controversia entre sus compatriotas y los judíos) si Dios debía ser adorado sobre las montañas de Samaria o en Jerusalén. ¿Qué contesta Cristo? «Mujer, créeme: llega la hora en la que vosotros no adoraréis al Padre ni aquí, ni en Jerusalén; llega la hora, más bien, ya ha ]legado, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque el Padre busca tales adoradores». Notad cómo Jesucristo pone de relieve el nombre de Padre.- En Samaria, como es sabido, se adoraban los falsos dioses, y por eso Cristo dice que hay que adorar «en verdadn, es decir, al Dios verdadero; en Jerusalén se adoraba al verdadero Dios, pero no «en espíritu»: la religión de los judíos era completamente materialista en su expresión y en los motivos que la inspiraban.- Fue el Verbo encarnado quien inauguró, «y ya es llegada esa hora», la nueva religión, la del verdadero Dios adorado en espíritu, en el espíritu de la verdadera adopción divina, sobrenatural, espiritual, que nos hace hijos de Dios, por cuyo motivo Nuestro Señor insiste en la palabra «Padre». «Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad». Sin duda alguna, siendo nosotros hijos adoptivos, al hacernos Dios sus hijos, en nada disminuye su divina majestad ni su soberanía absoluta, y debemos adorarle, anonadarnos ante El; pero debemos adorarle en verdad y en espíritu, es decir, en la verdad y espíritu del orden sobrenatural, por el cual somos hijos suyos.

Nuestro Señor es mós explícito en otro lugar. Con la Samaritana sienta, por decirlo así, el principio: a sus discípulos les da el ejemplo: «Un día, dice San Lucas, estaba en oración y cuando hubo terminado, uno de sus discípulos dijo: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11 y sigs.) ¿Cuál fue la respuesta de Jesús? «Cuando oréis, orad así: Padre nuestro, que estás en los cielos; santificado sea tu nombre…» No olvidéis esto: Nuestro Señor es Dios; como Verbo suyo está siempre «en el seno del Padre»; nadie conoce a Dios, sino su Hijo. Cristo conoce, pues, perfectamente qué es lo que debemos decir o pedir a Dios para convertirnos en los «verdaderos adoradores que Dios buscal»; conoce también perfectamente cómo debemos comparecer en presencia de Dios para conversar con El, para agradarle; lo que enseña es la verdad, porque no puede revelar sino lo que ve (Jn 1,18). Y nosotros podemos y debemos escuchar lo que nos dice: El es el camino que hav que seguir sin vacilar; el que le sigue «no anda en tinieblas» (ib. 8,12). Ahora bien, ¿cómo se expresa Jesús cuando quiere enseñarnos esta ciencia de la oración, que declaró ser tan necesaria que continuamente debemos practicarla? «Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer» (Lc 18,1). Empieza señalando el título que debemos dar a Dios, antes de presentarle nuestros homenajes; ese título, que señala la orientación, o mejor dicho, que indica el carácter que debe tener nuestra conversación, y sobre el cual apoyaremos las peticiones que han de seguir; el título que nos indica la actitud de nuestra alma en presencia de Dios. ¿Cuál es ese título? «Padre nuestro».

Recogemos, pues, de los propios labios de Cristo, del Hijo muy amado, en el cual Dios puso todas sus complacencias, esta preciosa indicación de que la primera y fundamental actitud que debemos adoptar en nuestras relaciones con Dios es la de un hijo en presencia de su padre. Sin duda -repitol una vez más, por ser este punto de mucha importancia-, este hijo no olvidará jamás su originaria condición de criatura caída en el pecado y que conserva en sí un germen de pecado que puede separarle de Dios, porque el que es nuestro Padre «habita en los cielos» y es al propio tiempo nuestro Dios. «Ved aquí, decía Nuestro Señor al despedirse de sus discípulos, que vuelvo a mi Padre, que es también el vuestro, a mi Dios, que es también el vuestro» (Jn 20,17). Por este motivo adoptará siempre el hijo de Dios una actitud de profunda reverencia y de profunda humildad, suplicará que le sean perdonados sus pecados, no caer en la tentación y ser librado del mal; pero acompañará aquella humildad y reverencia con una inquebrantable confianza -porque «todo don perfecto desciende de arriba del Padre de las luces» (Sant 1,17)-, y con un tierno amor, amor del hijo a su Padre, y Padre amoroso. [Llevada, por decirlo así, sobre las alas de la fe y de la esperanza, el alma remonta su vuelo hacia el cielo y se eleva hasta Dios.- Con acendrada piedad y profunda veneración, expone a Dios con entera confianza todas sus necesidades, cual lo haría el hijo único al más amado de los padres.- Catecismo del Concilio de Trento, 4ª parte, capítulo 1.- «Dios os manda presentaros ante El, no con temor y temblando, como un esclavo ante su dueño, sino para refugiaros cabe El con toda libertad y con perfecta confianza, como un niño cerca de su padre. ib. cap.2].

Es, pues, la oración como la manifestación de nuestra vida íntima de hijos de Dios, como el fruto de nuestra filiación divina en Cristo; como el desarrollo espontáneo de los dones del Espíritu Santo. Por esto es tan vivificante y tan fecunda. El alma que se da regularmente a la oración saca de ella gracias inefables que la transforman poco a poco, a imagen v semejanza de Jesús, Hijo único del Padre celestial. «La puerta, dice Santa Teresa, por la que penetran en el alma las gracias escogidas, como las que el Señor me hizo, es la oración; una vez cerrada esta puerta, ignoro cómo podría otorgárnoslas» (Vida, cap.8).

De la oración saca el alma gozos que son como presagio de la unión celestial, de esa herencia eterna que nos espera. «En verdad, decía Jesucristo, cuanto pidiereis de saludable a mi Padre en nombre mío, os lo concederá, para que vuestro gozo sea completo» (Jn 16,24). En esto consiste la oración mental: trato íntimo de corazón a corazón entre Dios y el alma, «estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Santa Teresa, ib. cap.8).

Mas este trato o conversación del hijo de Dios con su Padre celestial se verifica bajo la acción del Espíritu Santo.- En efecto, Dios, por medio del profeta Zacarías, había prometido que, en la Nueva Alianza, «derramaría sobre las almas el espíritu de gracia y de oración» (Zac 12,10). Este espíritu es el Espíritu Santo, el Espíritu de adopción, que Dios envía a los corazones de aquellos que tiene predestinados a ser sus hijos en Cristo Jesús. Los dones que este Espíritu divino infunde en nuestras almas el día del bautismo, juntamente con la gracia, nos ayudan en nuestras relaciones con el Padre celestial. El don de temor nos llena de reverencia ante su divino acatamiento; el don de piedad hace compatible con esa reverencia la ternura propia de un hijo hacia su padre; el don de ciencia presenta al alma con nueva luz las verdades de orden natural, el don de inteligencia la hace penetrar en las profundidades ocultas de los misterios de la fe; el don de sabiduría le da el gusto, el conocimiento afectivo de las verdades reveladas. Los dones del Espíritu Santo son disposiciones muy reales a las que no prestamos bastante atención; por ellos el Espíritu Santo, que mora en el alma del bautizado, como en un templo, la ayuda y guía en sus relaciones con el Padre celestial: «El Espíritu Santo fortalece nuestra flaqueza… El mismo ruega por nosotros con gemidos inenarrables». (Rm 8,26) [El Espíritu Santo es el alma de nuestras oraciones; El nos las inspira y hace que sean siempre admisibles. Catec. del Conc. de Trento, 4ª parte, c. 1, 7].

El elemento esencial de la oración es el contacto sobrenatural del alma con Dios, mediante el cual el alma recibe aquella vida divina que es la fuente de toda santidad. Este contacto se establece cuando el alma, elevada por la fe y el amor, apoyada en Jesucristo, se entrega a Dios, a su voluntad, por un movimiento del Espíritu Santo: «El sabio se ocupa desde el alba en velar ante el Dios que le ha creado, y eleva sus oraciones ante el Altísimo» (Ecli 39,6). Ningún raciocinio, ningún esfuerzo puramente natural puede producir este contacto: «Nadie puede decir: Señor Jesús, si no es movido por la gracia del Espíritu Santo» (1Cor 12,3). Este contacto se verifica en las oscuridades de la fe, pero llena el alma de luz y de vida.

La oración es, pues, el despliegue, bajo la acción de los dones del Espíritu Santo, de los sentimientos propios de nuestra adopción divina en Jesucristo; y por eso debe ser asequible a toda alma bautizada, de buena voluntad. Además, Jesucristo invita a todos sus discípulos a aspirar a la perfección para ser hijos dignos del Padre celestial. «Sed pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). Ahora bien, la perfección, prácticamente, no es posible si el alma no vive de la oración. ¿No resulta, pues, evidente que Cristo no pudo desear que la manera de tratar con El en la oración fuese complicada y fuera del alcance de las almas más sencillas que le buscan con sinceridad? Por esto dejé dicho que la oración puede definirse: una conversación del hijo de Dios con su Padre celestial: «Padre nuestro, que estás en los cielos».

2. Dos factores afectarán a los términos de esta conversación: primer factor: la medida de la gracia de Cristo; suma discrecion que debe observarse a este propósito; doctrina de los principales maestros de la vida espiritual; el método no es el mismo que la oración

En una conversación se escucha y se habla; el alma se entrega a Dios y Dios se comunica al alma.

Para escuchar a Dios, para recibir sus luces, basta con que el corazón se halle penetrado por sentimientos de fe de reverencia, de humildad, de ardiente confianza, de amor generoso.

Para hablarle, es preciso tener algo que decirle. ¿Cuál será el tema de la conversación? Este depende principalmente de dos factores: la medida de la gracia que Jesucristo da al alma y el estado de la misma alma.

La primera cosa que debemos tener presente es, pues, la medida de los dones de gracia comunicados por Cristo (Ef 4,7). Jesucristo, en cuanto Dios, es dueño absoluto de sus dones: otorga su gracia al alma, como y cuando lo juzga oportuno; derrama en ella su luz cuando es del agrado de su soberana majestad; nos guía y lleva hacia su Padre por su Espíritu. Si leyeseis los maestros de la vida espiritual, veriais que siempre han respetado santamente esta soberanía de Cristo en la dispensación de sus favores y de sus luces; esto explica su extrema reserva al tratar de las relaciones del alma con su Dios.

San Benito, que fue un eminente contemplativo, favorecido con gracias extraordinarias de oración y maestro en el conocimiento de las almas, exhorta a sus discípulos a «entregarse con frecuencia a la oración» [orationi frequenter incumbere. Regla, cap.IV], deja claramente entender que la vida de oración es de absoluta necesidad para encontrar a Dios. Pero cuando se trata de reglamentar el modo de darse a la oración, lo hace con particular discreción. Presupone, naturalmente, que ya se ha adquirido cierto conocimiento habitual de las cosas divinas por medio de la lectura asidua de las Sagradas Escrituras y de las obras de los Santos Padres de la Iglesia. Tocante a la oración, se limita a indicar en primer lugar cuál debe ser la disposición con que el alma debe acercarse a la presencia de Dios: profunda reverencia y humildad [es de notar que el Patriarca de los monjes intitula el capítulo de la oración: «De la reverencia que se debe observar en la oración», cap.XX.], y quiere que el alma permanezca en presencia de Dios en espíritu de gran arrepentimiento y de perfecta sencillez. Esta disposición es la mejor para escuchar la voz de Dios con fruto. En cuanto a la oración misma, además de relacionarla íntimamente con la salmodia (de la que la oración no es más que la continuación interna), San Benito la hace consistir en impulsos cortos y fervorosos del corazón a Dios. «El alma, dice, siguiendo el consejo del mismo Cristo (Mt 7,7), debe evitar el mucho hablar; no prolongará el ejercicio de la oración a menos de ser arrastrada a ello por los movimientos del Espíritu Santo, que mora en ella por la gracia». Ninguna otra indicación expresa sobre la oración nos dejó el legislador de la vida monástica.

Otro gran maestro de la vida espiritual, elevado a un alto grado de contemplación, y lleno de luces de gracia y experiencia, San Ignacio de Loyola, dejó escritas algunas palabras, cuya profunda sabiduría no se podrá apreciar nunca bastante: «Aquella parte es mejor para cualquier individuo, escribe a San Francisco de Borja, donde Dios nuestro Señor más se comunica, mostrando sus santísimos dones y gracias espirituales, porque ve y sabe lo que más le conviene, y como quien todo lo sabe, le muestra la vía; y nosotros para hallarla, mediante su gracia divina, ayuda mucho buscar y probar por muchas maneras para caminar por la “que les es más declarada”, más feliz y bienaventurada en esta vida, toda guiada y ordenada para la otra sin fin, abrazados y unidos con los tales “santísimos” dones» (Carta 20-IX-1548). Enseña, pues, el Santo que se debe dejar a Dios el cuidado de indicar a cada alma el mejor modo y manera de tratar con El.

Santa Teresa, en varios pasajes de sus Obras, inculca el mismo pensamiento: «Esto importa mucho a cualquier alma que tenga oración, poca o mucha, que no la arrincone ni apriete. Déjela andar por estas moradas arriba y abajo y a los lados» (Moradas, 1ª, cap.2). [Véase también Vida, principio del cap.12, cap.13 y cap.22, donde dice que Dios conduce a las almas por caminos y sendas muy distintas. Véanse también los caps.18 y 27, donde enseña cuán excelente oración es hacer compañía a Nuestro Señor en los diferentes misterios y entretenerse con El en simples coloquios].

San Francisco de Sales no es menos reservado;- veamos lo que dice, el texto es bastante largo, pero expresa bien la naturaleza de la oración, fruto de los dones del Espíritu Santo, y la discreción con que se debe reglamentar: «No penséis, hijas mías, que la oración sea obra del espíritu humano, es un don especial del Espíritu Santo, que eleva las potencias del alma sobre las fuerzas naturales, para unirse a Dios por sentimientos y comunicaciones de que son incapaces el raciocinio y la sabiduría de los hombres.- Los caminos por los cuales conduce El a las almas santas en este ejercicio (que es, sin duda alguna, el ejercicio más divino de una criatura razonable) son sorprendentes en su variedad y dignos de toda loa, pues nos llevan a Dios y bajo su guía; pero no debemos inquietarnos por seguirlos todos, ni siquiera escoger alguno según nuestro propio parecer; lo que importa es reconocer el efecto de la gracia en nosotros, y serle fieles» (Resumen del espíritu interior de las religiosas de la Visitación, explicado por San Francisco de Sales y recogido por Mons. Maupas).

Podríamos multiplicar citas y testimonios parecidos, mas los aducidos bastarán para demostrarnos que si bien los maestros de la vida espiritual ponen especial empeño en invitar a las almas a darse a la oración, por ser un elemento esencial para la perfección espiritual, sin embargo se guardan bien de imponer indistintamente a todas las almas un camino con preferencia a otro. Decimos «imponer»: ellos indican o recomiendan métodos particulares; todos tienen su valor, hay que reconocerlo; todos encierran su utilidad, que se puede comprobar. Ahora bien, querer imponer indistintamente a todas las almas el mismo método sería desconocer la libertad divina, según la cual Jesucristo distribuye sus gracias, y las inclinaciones que hace nacer en nosotros su Espíritu.

En materia de método, el que ayuda a un alma puede molestar a otra.- La experiencia demuestra que muchas almas que tiene facilidad para conversar habitual y sencillamente con Dios, sacando mucho fruto, se verían torturadas si se las quisiese someter a tal o cual método. Cada alma, pues, ha de examinarse antes de imponerse a sí misma el mejor método de conversar con Dios, debe, por una parte, apreciar sus aptitudes, sus disposiciones, sus gustos, sus aspiraciones, su género de vida; tratar de conocer el impulso del Espíritu Santo; tener en cuenta sus progresos en la vida espiritual. Debe, por otra, ser dócil y responder con generosidad a la gracia de Cristo y a la acción del Espíritu Santo. Encontrado el camino que más le conviene, después de varios tanteos inevitables en los principios, el alma debe seguirlo fielmente, hasta que el Espíritu Santo la conduzca a otro camino; esto es una garantía de fecundidad.

Otro punto, que considero muy importante y que guarda íntima relación con el precedente, es el de no confundir la esencia de la oración con los métodos (sean cuales fueren) de que nos sirvamos para hacerla.- Almas hay que llegan a persuadirse de que si no siguen tal o cual método, no harán oración; hay en esto una confusión de ideas que puede acarrear graves consecuencias. Por haber confundido la esencia de la oración con el empleo del método, esas almas no se atreven a cambiarlo, aun cuando reconocen que el que tienen les sirve de obstáculo o les es completamente inútil; o bien, lo que ocurre con más frecuencia, encontrando el método molesto, lo abandonan sin reparo, y, junto con él, la oración, y esto con gran detrimento de su alma.- Una cosa es el método y otra la oración: aquél debe variar según las disposiciones y necesidades de las almas; mientras que ésta (quiero decir, la oracion ordinaria) esencialmente ha de ser siempre la misma para todas las almas: conversación mediante la cual el corazón del hijo de Dios se explaya ante su Padre celestial. y le escucha para agradarle. El método, sosteniendo al espíritu, ayuda al alma en su unión con Dios; es un medio, pero no debe llegar a ser un obstáculo. Si tal método ilumilla la inteligencia, enardece la voluntad y la lleva a entregarse a las inspiraciones divinas y a derramarse íntimamente en presencia de Dios, será buen método, pero no debe seguirse cuando contraria realmente la inclinación del alma, cuando la agita y priva de todo progreso en la vida espiritual; ni tampoco cuando, a causa de los progresos del alma, viene ya a resultar inútil.

3. Segundo elemento: estado del alma. Las distintas fases de la vida de perfección caracterizan, de una manera general, los diversos grados de la vida de oración. Trabajo discursivo de los principios

El segundo factor que se debe tener presente para determinar el tema habitual de nuestras relaciones con Dios es el estado del alma.

Nuestra alma no está siempre en el mismo estado. Como es sabido, la tradición ascética distingue tres grados o estados de perfección: la vía purgativa, que recorren los principiantes; la vía iluminativa, en la que avanzan los fervorosos, y la vía unitiva, propia de las almas perfectas. Tales estados han sido así clasificados por predominar en ellos, aunque no exclusivamente, tal o cual carácter: en uno, el trabajo de la purificación del alma, en otro, su iluminación, y en el tercero, su estado de unión con Dios. Claro está que la naturaleza habitual de los ejercicios del alma se diferencia según el estado en el cual se encuentra.

Hecha abstracción, pues, del impulso del Espíritu Santo y de las aptitudes del alma, el que empieza a recorrer los caminos de la vida espiritual, debe ejercitarse en adquirir por sí mismo el hábito de la oración. Pues, aunque el Espíritu Santo nos ayuda poderosamente en las relaciones con nuestro Padre celestial, su acción no se produce en el alma independientemente de ciertas condiciones relacionadas con nuestra naturaleza. El Espíritu Santo nos conduce según nuestro modo de ser; somos inteligencia y voluntad, pero no amamos sino el bien que conocemos; no nos inclinamos sino hacia el bien reconocido como tal por nuestro entendimiento. Debemos, pues, para unirnos plenamente a Dios -¿no es éste el mejor fruto de la oración?-, conocer a Dios tan perfectamente como nos sea posible. Por esta razón, dice Santo Tomás: «cuanto ilustra la fe, está ordenado a la caridad» (In Epist. I. S. Pauli ad Timoth., cap.I, lect.2ª).

Al principiar, pues, a buscar a Dios, debe el alma ate sorar principios intelectuales, y conocimientos que afiancen su fe. ¿Por qué? -Porque sin ellos no encontrará qué decir, y la conversación degenerará en pura fantasía, sin fondo ni fruto o se convertirá en un ejercicio enojoso, que pronto abandonará el alma. Deben reunirse primeramente aquellos conocimientos, y luego conservarlos, renovarlos y reforzarlos. ¿De qué manera? -Hay que dedicarse durante cierto tiempo, ayudándose de algún libro, a la meditación continuada sobre un punto cualquiera de la Revelación; el alma consagra un período más o menos largo, según sus disposiciones, a meditar los principales artículos de la fe, a fin de considerarlos minuciosamente uno por uno; y así obtendrá, como resultado de estas consideraciones sucesivas, los conocimientos necesarios que le han de servir de base para la oración.

Ese trabajo, puramente discursivo, no debe confundirse con la oración; no es más que un preámbulo útil y hasta necesario para iluminar, guiar, disponer o sostener la inteligencia, pero preludio al fin. La oración no comienza, en realidad, sino cuando, caldeada la voluntad, entra sobrenaturalmente en contacto, mediante el afecto, con el divino Bien, y se abandona a El por amor, para agradarle, para cumplir sus mandatos y deseos. El asiento propio de la oración es el corazón; por eso se dijo de María que conservaba las palabras de Jesús in corde suo en su corazón (Lc 2,51); pues es de él, en efecto, de donde arranca esencialmente la oración. Cuando Nuestro Señor enseñaba a orar a sus discípulos, no les decía: «Os entretendréis en tales o cuales raciocinios», sino más bien: «Manifestaréis los afectos de vuestros corazones de hijos». «Así habréis de orar: Padre nuestro… Santificado sea tu nombre…» Las peticiones que Jesucristo nos manda hacer, dice San Agustín, son la norma a que debemos ajustar los deseos de nuestro corazón [Verba quæ Dominus noster Iesus Christus in oratione docuit forma est desideriorum. Sermo LVI, c. 3]. Un alma (y no es más que un supuesto) que limitase regularmente su trabajo al raciocinio intelectual, aun cuando versare sobre materias de fe, no haría oración. [Así se expresa sobre este particular, Saudreau, cuyas obras ascéticas son bastante conocidas; lo que va entre guiones lo añadimos nosotros: «Notémoslo bien, la súplica es la parte capital de la oración, o por mejor decir, la oración empieza con ella. Mientras el alma no se vuelve a Dios para hablarle -para alabarle, bendecirle, glorificarle; para deleitarse en sus perfecciones, para dirigirle sus súplicas, para entregarse a sus inspiraciones- puede, en verdad meditar, pero no ora ni hace oración. Se encuentran personas que se engañan y pasan la media hora del ejercicio de a meditación reflexionando, sí, pero sin decir nada a Dios: y aun cuando a tales cavilaciones hayan juntado deseos piadosos y generosas resoluciones, con todo, no han hecho verdadera oración; sin duda alguna, no sólo ha obrado el entendimiento, sino que también se ha conmovido el corazón, y se ha sentido impulsado hacia el bien con ímpetu y ardor, pero no se ha derramado en el corazón de Dios. Tales meditaciones, aunque no del todo inútiles, pronto producen cansancio y con frecuencia desaliento y abandono de tan santo ejercicio». Los grados de la vida espiritual.- Véase también R. P. Schrijvers, C. SS. R., La bonne volonté, II part., cap.I, L’oraison]. De aquí resulta que se encuentran almas, aun entre los principiantes, que sacan más fruto de una simple lectura «entreverada», con afectos y suspiros del corazón, que de un ejercicio en el cual únicamente se ejercita la razón.

En este ejercicio no podrán evitarse al principio ciertos «tanteos», mas para precaverse de las ilusiones de la pereza debe el alma necesariamente ayudarse del consejo de un director exper¿mentado.

4. De cuánta importancia sea en la vía iluminativa la contemplación de los misterios de Cristo: el estado de oración

La experiencia, empero, demuestra que a medida que un alma progresa en los caminos de la vida espiritual, el trabajo discursivo del raciocinio va aminorándose. ¿Por qué? -Porque el alma, penetrada de las verdades cristianas, no precisa reunir conocimientos sobre la fe; ya los posee, y no tiene otro trabajo que conservarlos y renovarlos por medio de santas lecturas.

De aquí resulta que el alma, así empapada y poseída de las verdades divinas, no necesita entretenerse en prolongadas consideraciones; ya es dueña de todos los elementos materiales de la oración. Sin otra preparación, y sin el trabajo discursivo, que necesitan por lo regular las que aún no han adquirido tales conocimientos, puede entrar en conversación con Dios.

Esta ley fundada en la experiencia no está exenta, naturalmente, de excepciones que es preciso respetar cuidadosamente. Hay almas muy aventajadas en los caminos de la vida espiritual que ni saben ni pueden ponerse en oración sin ayuda de un libro, la lectura les sirve, por decirlo así, como de cebo y acicate; no deben, por tanto, abandonarla, otras almas no saben conversar con Dios si no recurren a la oración vocal; se les perjudicaría si se les lanzara por otro camino, mas por lo general, es evidente que, a medida que el alma progresa en la luz de la fe y en fidelidad, la acción del Espíritu Santo toma mayores proporciones, y cada vez siente menos la necesidad de recurrir al raciocinio para encontrar a Dios.

Sucede esto sobre todo, y la experiencia lo demuestra, respecto de aquellas almas que tienen un conocimiento más arraigado y más desarrollado de los misterios de Cristo.

Véase lo que San Pablo escribía a los primeros cristianos: «Permanezcan en vuestros corazones y con abundancia las palabras de Cristo» (Col 3,16).

El gran Apóstol deseaba esto a fin de que los fieles ose instruyesen y exhortasen unos a otros con sabiduría».- Pero esta recomendación sirve también para nuestras relaciones con Dios. ¿Cómo?

La palabra de Cristo está contenida en los Evangelios, los cuales encierran, juntamente con las Epístolas de San Pablo y de San Juan, la exposición más sobrenatural, por ser inspirada, de los misterios de Cristo. Allí encuentra el hijo de Dios los mejores títulos de su adopción divina y el ejemplar mas directo de su conducta. A través de ellos, Jesucristo se nos manifiesta en su existencia terrena, en su doctrina en su amor. Allí encontramos la mejor fuente de conocimiento de Dios, de su naturaleza, sus perfecciones, sus obras: «Dios ha hecho brillar en nuestros corazones su claridad, que resplandece en el rostro de Jesucristo» (2Cor 4,6). Jesucristo es la gran revelación de Dios al mundo. Dios nos dice: «Este es mi Hijo muy amado, escuchadle». Como si nos dijese: «si queréis darme gusto, mirad a mi Hijo, imitadle; no os pido otra cosa, porque en eso consiste vuestra predestinación, en que seáis como mi Hijo».

El camino más directo para llegar a conocer a Dios es, pues, el mirar a Nuestro Señor y contemplar sus acciones; quien lo ve, ve a su Padre, ya que es uno con El, y no hace sino lo que puede agradarle, ya que cada uno de sus actos es objeto de las complacencias del Padre y merece los propongamos a nuestra contemplación. «Y veo yo claro, escribe Santa Teresa, y he visto después que, para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita. Muy muchas veces lo he visto por experiencia: hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación; por aquí va seguro. Este Señor Nuestro es por quien nos vienen todos los bienes: El lo enseñará; mirando su vida es el mejor dechado». Y añade luego: «Mas que nosotros de maña y con cuidado nos acostumbremos a no procurar con todas nuestras fuerzas traer delante siempre, y pluguiese al Señor fuese siempre, esta sacratísima Humanidad, esto digo que no me parece bien y que es andar el alma en el aire, como dicen; porque parece no trae arrimo, por mucho, que le parece anda llena de Dios. Es gran cosa mientras vivimos y somos humanos traerle humano» [Vida, c. 22. Vale la pena leer por entero este magnífico capítulo para ver cómo deplora la Santa el haber malgastado tanto tiempo, sólo por no haberse dado en la oración a contemplar la Humanidad sagrada de Jesús].

Mas Cristo no solamente obró, sino que también habló (Hch 1,1). Sus palabras todas nos revelan los secretos divinos, y no habla sino de lo que ve. Sus palabras, El mismo nos lo dice, son para nosotros espíritu y vida, son vida de nuestra alma, no ya al modo de los sacramentos, sino en cuanto son luz que alumbra y vigor que nos sostiene. Las palabras y acciones de Jesús son para nosotros otros tantos motivos de confianza y de amor, y principios de acción.

Veis por qué las palabras de Cristo deben «permanecer en nosotros», si han de ser, como deben, principios de vida; veis también por qué resulta tan útil al alma que desea vivir de oración, leer y releer el Evangelio, seguir a la Iglesia nuestra Madre cuando nos representa los hechos y nos recuerda las palabras de Jesús a lo largo del ciclo litúrgico… Al hacer pasar ante nuestros ojos las etapas todas de la vida de Cristo, Esposo suyo y hermano mayor nuestro, la Iglesia nos proporciona materia abundante con la que el alma pueda alimentar su oración. El alma que sigue así paso a paso a Nuestro Señor, dispone, suministrados por la Iglesia, de todos los elementos materiales que le son necesarios para la oración; en ella, sobre todas las cosas, es donde el alma fiel encuentra al «Verbo de Dios», y, unida a El por la fe, es fecundada sobrenaturalmente, ya que la menor palabra de Jesús es para ella luz deslumbradora, venero de vida y de paz.

El Espíritu Santo es quien nos hace comprender la fecundidad de estas palabras. ¿Qué dijo Jesús a sus discípulos antes de subir al cielo? «Os enviaré el Espíritu Santo, y El os recordará cuanto os tengo dicho» (Jn 14,26). En lo cual no ha de verse una vana promesa, porque las palabras de Cristo no pasan. Cristo, Verbo encarnado, nos dio su divino Espíritu el día del Bautismo. El y su Eterno Padre nos le enviaron, porque el Bautismo nos hizo hijos del Padre y hermanos de Jesucristo. Su Espíritu mora en nosotros. «Permanece con vosotros y está en vosotros» (Ib 14,17). Mas, ¿para qué está en nosotros ese Espíritu de verdad? Nuestro Señor mismo nos lo dice: «El Espíritu mora en vosotros para recordaros mis palabras». ¿Y cuál es el sentido de estas palabras del Salvador? Cuando consideramos las acciones de Cristo y sus misterios, sirviéndonos, por ejemplo, de la lectura de los Evangelios, repasando una vida de Nuestro Señor, o bien siguiendo las instrucciones de la Iglesia en el curso del año litúrgico, ocurre a veces que, un día cualquiera, tal palabra que habíamos leído y releído cien veces, sin que nos hubiera llamado la atención, cobra de repente a nuestros ojos un relieve y sentido sobrenatural totalmente nuevo; es como un rayo de luz que el Espíritu Santo alumbra en el fondo de nuestra alma; es la revelación súbita de un venero de vida hasta entonces insospechado. Es como si un nuevo horizonte más extenso y luminoso se abriese ante los ojos del alma; es un mundo sin explorar que el Espíritu nos descubre. El Espíritu Santo, a quien la liturgia llama «el dedo de Dios», Digitus Dei [Himno Veni Creator], graba y esculpe en el alma esa palabra divina, que perdurará en ella como luz esplendorosa, como un principio de acción; y si el alma es humilde y dócil, esa palabra divina va poco a poco obrando silenciosa pero eficazmente.

Si todos los días reservamos algún ratito, largo o breve, según nuestras aptitudes y los deberes de nuestro estado, para conversar con el Padre celestial, para recoger sus inspiraciones y escuchar los llamamientos del Espíritu, sucederá entonces que las palabras de Cristo, las Verba Verbi, como dice San Agustín, serán cada vez más frecuentes e inundarán el alma con raudales de luz, abriendo en ella fuentes inagotables de vida. Así se cumplirá la promesa de Jesús, que dijo: «Si alguien tiene sed, que venga a Mí y beba; el que cree en Mí, ríos de agua viva correrán de su vientre». Y añade al punto San Juan: «Esto lo dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en El» (Jn 7, 37-38).

El alma, a su vez, traduce constantemente sus sentimientos en actos de fe, de dolor y compunción, de confianza y de amor, o de complacencia y de entrega a la voluntad del Padre celestial; se mueve en un ambiente del todo divino; la oración llega a ser su respiración y como su vida; en ella vive habitualmente, y, por tanto, no ha menester esfuerzo para encontrar a Dios, aun en medio de las ocupaciones más absorbentes.

Los momentos que dedica diariamente al ejercicio formal de la oración, no son sino la intensificación de ese estado habitual de dulce reposo y unión con Dios en que le habla interiormente y escucha ella misma la voz del Altísimo. Ese estado no es la mera presencia de Dios sino un coloquio interior y amoroso, en que el alma habia a Dios a veces con los labios; ordinariamente con el corazón permaneciendo siempre unida a El, no obstante los múltiples quehaceres diarios. Hay no pocas almas sencillas, pero rectas, que, fieles al llamamiento del Espíritu Santo, alcanzan ese estado tan deseable.

«¡Señor, enséñanos a orar!»…

5. La oración de fe; la oración extraordinaria

Luego sucede que, a medida que el alma va allegándose al soberano Bien, comienza también a participar más de la simplicidad divina. En la meditación nos llegamos a formar alguna idea de Dios mediante aquello que nos dictan la razón y la Revelación; pero a medida que vamos adelantando en la vida espuritual, esos mismos conceptos se van simplificando, aunque nunca podremos concebirle tal cual es. ¿Dónde hallaremos a Dios tal cual es? -Unicamente en la fe pura. La fe es aquí lo que la visión beatífica será en el cielo, donde veremos a Dios cara a cara, y tal como es.

La fe nos revela que Dios es incomprensible. Por lo tanto, cuando hayamos llegado a ver que Dios rebasa infinitamente todas nuestras ideas, por sublimes que nos parezcan, entonces será cuando habremos comenzado a entender algo de lo que es Dios. El concepto que de Dios tenemos, aunque analógico, nos manifiesta, con todo, algo de las perfeccumes y atributos divinos; en la oración de fe entiende el alma que la esencia divina, tal cual es en sí, en su simplicidad trascendental, está muy por encima de todo cuanto se puede figurar la inteligencia, aun ayudada de la Revelación [Santo Tomás, I, q.13, a.2, ad 3]. El alma prescinde de todo cuanto los sentidos, la imaginación y aun la misma inteligencia le representaban, para atender únicamente a lo que la fe le dicta sobre Dios. El alma ha progresado, ha pasado sucesivamente por la esfera de los sentidos y de la imaginación, del conocimiento intelectual y de los símbolos revelados; toca ya el velo del Santo de los Santos; sabe que Dios se le oculta tras ese velo como tras una nube; casi le toca, pero aun no le ve. En semejante estado de la oración de fe, el alma se acoge a Dios, con quien se siente unida, no obstante las tinieblas que sólo la luz beatífica será capaz de disipar; gusta, sin variar mucho de afectos, de Dios, a quien tiene la dicha de poseer. «Sentéme a la sombra de Aquel que deseaba, cuyo fruto es suavísimo a mi garganta» (Cant 2,3). Ha entrado ya en la oración de quietud, adonde se puede asegurar que llegan muchas almas cuando son fieles a la gracia.- Al irse haciendo a este género de oración y familiarizando con él, el alma encuentra en esa simple adhesión dc fe, en ese abrazo de amor, el valor la elevación interior, la libertad de corazón, la humildad y la entrega al beneplácito divino, que le son necesarios en el largo caminar hacia el santG monte, hacia la plenitud de Dios. «Una cosa son las muchas palabras y otra el afecto firme y constante» (Epíst., 130, c. 19), dice San Agustín.

Luego, si así place a la Bondad Suprema, Dios mismo hará traspasar a esa alma las lindes ordinarias de lo sobrenatural para darse a ella en misteriosas comunicaciones, en que las facultades naturales, elevadas por la acción divina, reciben, bajo el inilujo de los dones del Espíritu Santo, y, sobre todo, de los de entendimiento y de sabiduría, un modo de operación superior. Los místicos describen los diversos grados de esas operaciones divinas que van acompañadas a veces de fenómenos extraordinarios, como el éxtasis.

No podemos, en modo alguno, subir por nuestros propios esfuerzos a tal grado de oración y de unión con Dios porque dependen únicamente de su libre y soberana voluntad. ¿Se los podrá al menos desear? Si se trata de los fenómenos accidentales que acompañan a la oración, como son las revelaciones, el éxtasis v los estigmas, desde luego que no; pues habría en ello temeridad y presunción; mas tratándose de la sustancia misma de la oración, esto es, del conocimiento puro, simple y perfecto que Dios da en ella de sus perfecciones, del amor encendido que se sigue de ello en el alma, ¡ah!, entonces os diré que deseéis con todas vuestras fuerzas un alto grado de oración v el gozar de la contemplación perfecta.- Porque Dios és el autor principal de nuestra santidad; y en estas comunicaciones es cuando precisamente trabaja con mayor empeño; luego no desearlas sería no desear «amar a Dios con toda nuestra alma, toda nuestra mente, todas nuestras fuerzas y todo nuestro corazón» (Mc 12,30). Además, ¿qué cosa da a nuestra vida todo su valor, quién fija -reserva hecha de la acción divina-, quién determina los grados de nuestra santidad? -Ya os he dicho que es la intensidad del amor con que vivimos y obramos.

Pues bien, prescindiendo por ahora de la acción directa de los sacramentos, ha de decirse que la pureza e intensidad de la caridad se obtienen con abundancia en la oración. Veis por qué nos es tan útil, y por qué asimismo podemos aspirar legítimamente a alcanzar un alto grado de oración.

Claro está que en esto como en todo hemos de someter nuestros deseos a la voluntad de Dios, pues sólo El sabe lo que más conviene a nuestras almas; y aun cuando trabajemos siempre por ser fieles, generosos y humildes, para obedecer en todo momento a la gracia, aun cuando suspiremos por llegar a la cima de la perfección, con todo, conviene mucho no perder nunca la paz del alma, seguros de que Dios es harto bueno y sabio para darnos lo que mas nos conviene.

6. Disposiciones indispensables para hacer fructuosa la oración; pureza de corazón, recogimiento del espíritu, abandono, humildad y reverencia

Volviendo ahora a la oración ordinaria, me queda por decir cuáles son las disposiciones de corazón que debemos llevar a ella para que sea fructuosa.

Para hablar con Dios es preciso despegarse de las criaturas; no hablaremos dignamente al Padre celestial, si la criatura ocupa ya la imaginación, el espíritu, y, lo que es más, el corazón; de ahí que lo primero, lo más necesario, lo esencial para poder hablar con Dios, es la pureza de alma. Esta es la preparación remota indispensable.

Además debemos procurar orar con recogimiento. El alma ligera, disipada y siempre distraída, el alma que no sabe ni quiere esforzarse por atar a la loca de la casa, es decir: reprimir los desvaríos de la imaginación, no será nunca un alma de oración. Cuando oramos, no nos han de turbar las distracciones que nos asalten, pero se ha de enderezar de nuevo el espíritu llevándole dulcemente y sin violencia al tema que debe ocuparnos, ayudándonos si es preciso de un libro.

¿Por qué son tan necesarios a la oración esta soledad, aun física, y ese desasimiento interior del alma? -Ya os lo dije antes, con San Pablo: porque es el Espíritu Santo quien ora en nosotros y por nosotros. Y como su acción en el alma es sumamente delicada, en nada la debemos contrariar, so pena de «contristar al Espíritu Santo» (Ef 4,30), porque de otro modo el Espíritu divino terminará por callarse. Al abandonarnos a El, debemos, por el contrario, apartar cuantos estorbos puedan oponerse a la libertad de su acción; debemos decirle: «Habla Señor, porque tu siervo escucha» (1Re 3,10). Pero es de notar que esa su voz no se oirá bien si no es en el silencio interior.

Hemos de permanecer siempre en aquellas disposiciones fundamentales de que os hable al tratar de la preparación a la comunión: no rehusar a Dios nada de cuanto nos pidiere, estar siempre dispuestos, como lo estaba Jesús, a dar en todo gusto a su Padre. «Hago siempre lo que es de su agrado» (Jn 8,29). Disposición excelente, por cuanto pone al alma a merced del divino querer.

Cuando decimos a Dios en la oración: «Señor, tú sólo mereces toda gloria y todo amor, por ser sumamente bueno y perfecto; a ti me entrego, y porque te amo, me abrazo con tu santa voluntad» entonces responde el Espíritu divino, indicándonos aiguna impertección que corregir, algún sacrificio que aceptar, alguna obra que realizar; y, amando, llegaremos a desarraigar todo cuanto pudiera ofender la vista del Padre celestial y a obrar siempre según su agrado.

Para eso se ha de entrar en la oración con aquella reverencia que conviene en presencia del Padre de la Majestad [Patrem immensæ maiestatis. Himno Te Deum]. Aunque hijos adoptivos de Dios, somos simples hechuras suyas, y aun cuando se digne comunicarse a nosotros, no por eso deja de ser Dios el Señor de todo: el Ser infinitamente soberano (2Mac 14,35). La adoración es la actitud que cuadra mejor al alma delante de su Dios. «El Padre gusta de aquellos que le adoran en espíritu y en verdad». Notad el sentido íntimo de estas dos palabras: «Padre… adoran». ¿Qué otra cosa nos predican sino que, si bien llegamos a ser hijos de Dios, no dejamos por eso de ser criaturas suyas?

Dios quiere, además, que, mediante ese respeto humilde y profundo, reconozcamos lo nada que somos y valemos. Subordina la concesión de sus dones a esta confesión, que es a la vez un homenaje a su poder y a su bondad. «Resiste Dios a los soberbios, mas a los humildes otorga su gracia» (Sant 4,6). Bien a las claras nos enseñó el Señor esta doctrina en la parábola del fariseo y del publicano.

Mas todavía debe abundar en mayores sentimientos de humildad el alma que ofendió a Dios por el pecado; en este caso, es preciso que manifieste la compunción interior con que lamenta sus extravíos, y que caiga de hinojos ante el Senor, cual otra Magdalena pecadora.

Pero nuestros pecados pasados y actuales miserias, no nos han de alejar atemorizados de Dios. Acaso me diréis, ¿quién tendrá cara para comparecer ante el divino acatamiento, sobre todo viéndose tan feo y tan ruin, y a «Dios tan grande, tan santo y tan perfecto?» Verdad que estibamos muy alejados del Padre, pero ya nos acercó a El Jesús. «Habéis sido atraídos a su lado, por la sangre de Cristo» (Ef 2,13).- «¡Soy tan miserable!» Ciertamente, pero Cristo nos da también sus riquezas para presentarnos al Padre.- «¡He mancillado tanto mi alma!» Pues ahí tienes la sangre de Cristo que la ha devuelto toda hermosura. Porque Cristo, y sólo El, es quien suple a nuestro alejamiento, a nuestra miseria, a nuestra indignidad, en El nos hemos de apoyar cuando oramos; El, en la Encarnación, salvó el abismo que separaba al hombre de Dios.

7. Solo la unión con Cristo por la fe puede hacer fecunda la vida de oración; alegría que produce en el alma

Es de tal importancia esto para las almas que aspiran a la vida de oración, que creo útil insistir en ello. Bien sabéis que entre Dios y nosotros, entre el Creador y la criatura media un abismo infinito. Sólo Dios puede decir: «Yo soy el ser subsistente por mí mismo» (Ex 3,14). Todos los demás seres han salido de la nada. ¿Quién tenderá el puente sobre este abismo? -Cristo Jesús que es el mediador y el pontífice por excelencia; únicamente por El podremos remontarnos a Dios. En esto es terminante la palabra del Verbo encarnado. «Nadie va al Padre sino por Mí» (Jn 14,6); como si dijera: «No llegaréis a la Divinidad sino pasando por mi humanidad; porque yo soy, no lo olvidéis jamis, yo soy el camino, el único camino». Sólo Cristo, Dios y Hombre, nos eleva hasta el Padre, y por ahí se ve cuánto importa tener fe viva en El. Si tenemos esta fe en el poder de su humanidad, ya que es la humanidad de un Dios, estaremos seguros de que Cristo puede ponernos en contacto con Dios. Porque, y ya os lo he dicho repetidas veces, el Verbo, al unirse a nuestra naturaleza, en principio nos unió a todos con El. Jesús nos introduce, unidos a El por la gracia, en el santuario inaccesible de la divinidad, donde moraba va antes de que fuera creado el tiempo. «Y el Verbo existía delante de Dios» (Ib 1,1). Nos introduce consigo en «el Santo de los Santos» (Heb 9,12), como dice San Pablo.

Por Cristo somos hechos hijos de Dios (Gál 4, 4-5); merced también a El, unidos a El, podemos obrar como cumple a hijos de Dios, y llenar los deberes que dimanan de nuestra adopción divina. Por lo tanto, debiéndonos presentar a Dios en la oración como hijos adoptivos suyos, preciso será presentarnos con Cristo y por Cristo. Antes de ponernos a orar, hemos de unirnos siempre, con la intención y el afecto, a nuestro Señor, pidiéndole que El mismo se digne presentarnos al Padre. Hay que unir, pues, nuestras plegarias a las que Jesús elevaba desde este suelo, a esa oración sublime que en calidad de mediador y pontífice prosigue allá en el cielo. «Siempre vive para interceder por nosotros» (Heb 7,25).

Ved cómo Nuestro Señor santificó de antemano nuestras oraciones con su ejemplo, «pues pasaba las noches en oración con Dios» (Lc 6,12). San Pablo nos dice que ese divino pontífice, «en los días de su vida mortal, elevó ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas» (Heb 5,7). «Ahí tienes, cristiano, dice San Ambrosio al hablar de la oración de Cristo ahí tienes el modelo que imitar» (Expos, Evang. in Lc., Lib V, c. 6). Jesús oró por si mismo cuando pidió al Padre lo glorificara (Jn 17,5); oró por sus discípulos, no para que fueran sacados de este mundo, sino para que se viesen libres del mal, porque pertenecen por El al Padre (ib. 9); oró por todos cuantos habíamos de creer en El (ib. 20).

Jesús nos dejó, además, una fórmula admirable de oración en el Padrenuestro, donde se pide todo cuanto un hijo de Dios puede pedir a su Padre que está en los cielos.- «¡Oh Padre!, santificado sea tu nombre»; obre yo en todo para mayor gloria tuya, y constituya ella el primer objetivo de todos mis actos. «Venga a nosotros tu reino»; a mí y a todas vuestras criaturas; sed Vos siempre el verdadero amo y señor de mi corazón, y que en todo, sea para mí agradable o adverso, se cumpla tu voluntad; que yo pueda decir, como vuestro Hijo Jesús, que vivo para Vos.- Todas nuestras súplicas, dice San Agustín, debieran reducirse esencialmente a esos actos de amor, a esas aspiraciones, a esos santos deseos que Cristo Jesús, el embeleso del Padre, puso en nuestros labios, y que su Espíritu, el Espíritu de adopción, repite en nosotros (San Agustín, Sermo LVI, c. 3).

Es la oración por excelencia de todo hijo de Dios.

Mas no sólo santificó Nuestro Señor con su ejemplo nuestras oraciones, no sólo nos dejó de ellas un modelo, sino que las apoya con su crédito divino e infalible, porque nuestro Pontífice tiene siempre derecho a ser escuchado. «Fue atendido en razón de su dignidad» (Heb 5,7); El mismo nos tiene dicho que todo cuanto pidamos al Padre en su nombre, esto es, poniéndole como valedor, nos será otorgado. Cuando nos presentemos a Dios, desconfiemos de nosotros mismos, pero sobre todo avivemos nuestra fe en el poder que Jesús, jefe y hermano mayor nuestro, tiene para introducirnos en la cámara de su Padre, que es también Padre nuestro. «Subo a mi Padre, que es también vuestro Padre» (Jn 20,17).- Porque si esta fe es viva, nos uniremos por su medio estrechamente con Jesucristo, y «Cristo, que mora en nosotros por la fe» (Ef 3,17) nos sube hasta el Padre. «Quiero, Padre, que los míos estén conmigo donde yo esté» (Jn 17,24). ¿Dónde está El? En el seno del Padre. Estamos por la fe donde El está en la realidad, en el seno del Padre. «En Cristo, dice San Pablo, por la fe tenemos seguridad y entrada confiada con Dios» (Ef 3,12). Entonces comienza la oración; Cristo, por su Espíritu, ora con nosotros y por nosotros (Heb 7,25). ¡Qué motivo más poderoso para atrevernos a comparecer confiados ante Dios! Si nos presenta Cristo, que nos mereció la filiación divina, señal cierta de que no somos ya huéspedes y advenedizos, sino hijos (Ef 1,19), podemos desde luego entregarnos a las expansiones de un amor tierno, que es perfectamente compatible con un respeto profundo. El Espíritu Santo, Espíritu de Jesús, combina con sus dones de, temor y de piedad esos sentimientos de adoración rendida y de ilimitada confianza, que a primera vista parecen sentimientos reñidos, y da a nuestra actitud interior el carácter que conviene a nuestras relaciones con Dios.

Apoyaos, pues, en Jesucristo. El nos tiene dicho: «Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, yo mismo lo haré, a fin de que el Padre sea glorificado en el Hijo» (Jn 14,13). «Hasta hoy nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis, de modo que vuestro gozo sea cumplido» (ib. 16,24). Pedir en nombre de Jesús es pedir aquello que es conforme a nuestra salvación, viviendo unidos siempre con El por fe y amor, como miembros vivos de su cuerpo místico. «Cristo, dice, San Agustín, ruega por nosotros en calidad de Pontífice; ora en nosotros porque es nuestra Cabeza» [Orat pro nobis ut sacerdos noster; orat in nobis ut caput nostrum. Enarr. in Ps. LXXXV, c. 1]. Por eso, añade el Santo, no puede el Padre Eterno separarnos de Cristo, como no se puede separar el cuerpo de su cabeza; al mirarnos, ve en nosotros a su Hijo, porque formamos un todo con El.

De ahí también resulta que al concedernos el Padre lo que le pide su Hijo en nosotros y para nosotros, es «glorificado en su mismo Hijo», porque el Padre cifra toda su gloria en amar a su Hijo y en complacerse en El. Dice Santa Teresa que «mucho contenta a Dios ver un alma que con humildad pone por tercero a su Hijo» (Vida, cap.22). ¿Qué otra cosa hace la Iglesia, la Esposa de Cristo, al terminar siempre sus oraciones con el nombre de su divino Esposo, «que vive y reina en los cielos con el Padre y el Espíritu Santo»?

Y así nuestro gozo será completo. No aquí abajo, donde aun es preciso luchar, y donde no siempre veremos en seguida satisfechos todos nuestros deseos, «porque el hombre que siembra hoy, no espera para mañana mismo la cosecha», según frase de San Agustín (Tract. in Joan., 73, n.4); mas entretanto se va perfeccionando poco a poco ese gozo íntimo de sentirse hijo de Dios, gozo y confianza que serán un día colmados en la eterna bienaventuranza. Porque el alma que de veras se da a la oración, se va desasiendo más y más de todo lo terreno, para penetrar más profundamente en la vida de Dios.

Procuremos, pues, ser de esas almas unidas a Dios por medio de la oración; pidamos al Señor que nos conceda ese don preciosísimo, manantial él mismo de muchas grandes gracias; pidámoselo en la medida que nos conceda ese don preciosísimo, manatial el mismo de muchas grandes gracias que Dios nos otorga por Cristo, estemos seguros de que viviremos cada vez más conforme al espíritu de nuestra adopción y se irá afianzando en nosotros la cualidad inestimable de hijos de Dios, «para gloria de nuestro Padre celestial y colmo de nuestro gozo» (Jn 14,13; 16,24).

 

El sentido del ayuno en las religiones: mientras que en el musulmán es signo de sumisión, en el cristiano es de libertad

¿Por qué la Iglesia manda no comer carne los viernes? La práctica se remonta a una renuncia de los ricos, porque los pobres no podían pagarla

La Iglesia pide a los católicos que los viernes de cuaresma no se coma carne, y además, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, que se practique el ayuno. Todas las religiones ofrecen el ayuno como sacrificio, pero el significado es diferente en el islam que para el cristianismo. La Hermana Beatriz Liaño, de Siervas del Hogar de la Madre, lo explica para Religión Confidencial en un artículo que ha titulado “Ayuno y abstinencia, ¿sumisión o libertad?”

 El Papa Francisco imponiendo la ceniza.

12/02/2018 01:00

RC

Tanto en el cristianismo como en el islam, encontramos la práctica del ayuno. A simple vista podría parecer un lazo que nos une, pero cuando se estudian con un poco de profundidad las motivaciones con las que ayunan cristianos y musulmanes descubrimos asombrados que esta práctica antes que acercarnos, nos aleja. Quizás es buen reflexionar sobre estas diferencias, precisamente para comprender el verdadero sentido de la mortificación cristiana.

El islam es una religión que desconoce el amor y el perdón. La actitud fundamental del musulmán es la sumisión, a la que se llega a través del temor. De ahí que el mismo ayuno es señal de sometimiento, de subordinación. En cambio, el espíritu de mortificación cristiano está animado por una disposición bien distinta.

No es mi intención cuestionar al buen musulmán que ayuna con ese sentimiento de temor de Dios en su corazón. Pero es cierto lo que digo. Su ayuno es muy distinto del nuestro y no se pueden poner al mismo nivel.

Los cristianos somos y nos sabemos hijos de Dios. Para nosotros la mortificación es, en primer lugar, una forma de manifestar nuestro amor a Dios, que tanto “nos ha amado hasta dar su vida por nosotros”. Cuando se contempla de verdad a Cristo Crucificado, cuando se le ama de verdad, se comprende el sentido y la necesidad de una voluntaria mortificación, de un camino de purificación que nos permita unirnos y asemejarnos a Él, acortar las distancias entre su santidad y nuestra pobreza.

El sentido cristiano del sacrificio

El sentido cristiano de la mortificación va más allá todavía, pero para comprender ese “más allá” es necesario aceptar que nacemos con una herida llamada pecado original que provoca en nosotros un cierto desorden, una inclinación al mal, una debilidad frente a nuestras pasiones que se acrecienta en la medida en que crece nuestro pecado personal. Ante la realidad de esta herida provocada por el pecado, la mortificación es maestra de virtudes y libertadora frente a tantos vicios que nos hacen esclavos del pecado. Renunciamos a lo que es lícito para alcanzar la gracia de rechazar lo que no lo es.

En este sentido, si en el musulmán el ayuno es signo de sumisión, en el cristiano el ayuno es signo de libertad, porque el gran sufrimiento de nuestra alma es lo que San Pablo expresaba diciendo: “Veo el bien que quiero y hago el mal que no quiero”. La mortificación nos enseña a escoger el bien, nos enseña el arte de poseernos a nosotros mismos para poder entregarnos a los demás. El genial dominico P. Garrigou Lagrange decía: “¿Cómo podríamos ser dulces con quien es áspero con nosotros sin saber vencernos a nosotros mismos y poseer la propia alma?”.

Ayuno en Cuaresma

En concreto, lo que la Iglesia pide en cuanto al ayuno y la abstinencia, se recoge en un breve canon, el número 1251 del Código de Derecho Canónico: “Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo”.

La práctica tradicional en España es que no se come carne los viernes, pero ese sacrificio puede ser sustituido por una limosna o por otro sacrificio, salvo en Cuaresma, tiempo en el que no es sustituible por nada. Sobre el ayuno, el Código —redactado con el corazón materno de la Iglesia— no da normas precisas. Lo deja a la generosidad y capacidad de cada uno.

Hay que explicar que esta práctica de “no comer carne” los viernes, nació como una renuncia de los “ricos”, porque los pobres no podían pagar la carne. Todavía en casa de Juan XXIII, cuando era niño, solo se comía carne en Navidad y en Pascua. La alimentación de los pobres era la polenta, el maíz en todas sus formas, verdura y fruta. Para ellos no comer carne no era un sacrificio, sencillamente porque no había otra opción.

Y, sin embargo, también los pobres deben hacer penitencia y renunciar voluntariamente y por amor de Dios a cosas que, de ordinario, son absolutamente lícitas. De hecho, puede haber una persona a la que le cueste más renunciar al café de media mañana que comer pescado un viernes. Si esa persona es generosa y le quiere ofrecer al Señor el sacrificio de no tomar ese café el viernes, el Señor lo bendecirá. Pero en Cuaresma, aunque haga el sacrificio de no tomar ese café, la Iglesia le recuerda que además debe cumplir la abstinencia de carne.

¿Por qué no se come carne?

Pero ¿por qué no se debe comer carne los viernes? Si es una ley de Iglesia, es decir, que no es un mandamiento de Dios, si se podría sustituir por otra cosa, si hay cosas que pueden costarnos más… La palabra de Dios nos ayuda a iluminar nuestras perplejidades: «¿Quiere el Señor holocaustos y sacrificios o quiere que se obedezca su voz? La obediencia vale más que el sacrificio; la docilidad, más que la grasa de carneros» (I Sam 15, 22). Al final, la decisión de aceptar este mandato de la Iglesia es una cuestión de obediencia y de amor. Es más, el verdadero sacrificio y la verdadera abstinencia es nuestra obediencia.

Hay otra razón: tampoco es despreciable la fuerza que da a nuestra oración y nuestro ofrecimiento la comunidad, el que este sacrificio de no comer carne y de ayunar lo hacemos toda la Iglesia al unísono.

Hoy en día tantos ayunan por guardar la línea, por cuidar la salud… Algunos no comen carne nunca, y no pasa nada. Solo si ayunamos por amor a Dios, o dejamos de comer carne un viernes por amor de Dios estamos haciendo una locura o una tontería. Seguramente el problema es una grave falta de fe, de verdadera experiencia de Dios. No amamos bastante para comprender el valor del sacrificio.

 

 

Oraciones por la Iglesia en China

Ernesto Juliá

La Iglesia en China está pasando por momentos muy difíciles. La Santa Sede está trabajando con las autoridades chinas para encontrar una solución adecuada. En estos mismos instantes, el gobierno chino ha anunciado medidas claras y fuertes de renovada persecución a los fieles católicos no sometidos a la Asociación Patriótica de Católicos Chinos, juguete del gobierno comunista de Pekín.

Un conflicto de ese tipo nos afecta de verdad a todos los católicos del mundo. Está en juego el desarrollo de una comunidad de creyentes que ha seguido creciendo en la clandestinidad, año tras año, bajo una fuerte presión estatal persecutoria de una manera, que ha creado muchos mártires. Esta iglesia en China, con la que está viva en Vietnam, son, con la Iglesia en Filipinas, el futuro de la Iglesia Católica en todo el Sudeste asiático. Con ojos abiertos a la Fe, cualquier observador puede apreciar la acción palpable del Espíritu Santo actuando en la heroica resistencia de obispos y fieles “clandestinos”, unidos en Cristo al Papa.

Crecen los creyentes; se multiplican los sacerdotes; se mantienen firmes los obispos así llamados “clandestinos”, fieles a Roma y nombrados por el Papa; mientras el gobierno chino no ceja en mantener leyes persecutorias de los fieles y tratando de coartar la libertad de la Iglesia fiel a Roma, montando y dirigiendo una así llamada Iglesia “oficial”, que encuentra –como ha ocurrido no pocas veces en la historia- el apoyo de gente que quiere someter la Iglesia al poder político. En casi todos los países bajo régimen comunista han sucedido cosas semejantes.

Para llegar a un acuerdo entre la Santa Sede y el Gobierno chino se habla de la sustitución de dos obispos “clandestinos”, fieles a la Roma, por otros dos obispos “oficiales” –nombrados por el gobierno-, que se dice han solicitado el reconocimiento y el perdón de Roma; uno de ellos está excomulgado.

Los tiempos cambian y las situaciones en los diversos puntos del planeta no son ciertamente iguales. Es sabio, en cualquier caso, aprender del pasado y de lo ocurrido en otros países dirigidos por autoridades comunistas, en momentos más o menos semejantes a los que está pasando China.

La ·Ostopolitik· del card. Cicognani fue un rotundo fracaso, y de nada sirvieron las concesiones al entonces Gobierno comunista de la URSS, hoy sencillamente Rusia. La diplomacia vaticana no ha tenido más éxito con la Venezuela actual, ni con la Cuba de Castro. El lamentable caso del Card. Mindszenty, obligado a dimitir y expulsado del país, para dejar el sito a un obispo de acuerdo con el gobierno comunista de Hungría, ayuda a pensar para no cometer los mismos errores.

Es cierto, y manifiesta un grande y alabable deseo, lo que la diplomacia vaticana intenta en China, siguiendo las palabras de Benedicto XVI, en su Carta a los católicos chinos: “no puede buscarse la solución a los problemas a través de un conflicto permanente con las Autoridades civiles legítima”.  Y a la vez, no se pueden olvidar las palabras que siguen a esa afirmación, y que el Card. Zen recuerda a la diplomacia vaticana: “al mismo tiempo, sin embargo, no es aceptable una docilidad a las mismas cuando interfieran indebidamente en materias que conciernen a la fe y a la disciplina de la Iglesia”.

La Santa Sede anhela, como es lógico, construir un futuro más sereno y fraterno, con la ayuda de Dios, de todos los católicos chinos; de manera que ya no sea necesario hablar de obispos “legítimos” e “ilegítimos”, “clandestinos” y “oficiales”, y la fraternidad entre todos los fieles de lugar a una colaboración y comunión que anuncie el amor de Dios, en Cristo Jesús, en toda China.

¿Es posible alcanzar esa situación, mientras permanezca en manos del Estado la Asociación Patriótica de los católicos chinos? ¿Puede “ceder” algo la Santa Sede, mientras obispos fieles al Papa permanezcan en prisión? ¿Se puede llegar a un acuerdo permaneciendo vigentes las leyes persecutorias y penales actualmente en vigor? ¿Es posible algún tipo de acuerdo dejando que el gobierno chino intervenga activamente en el nombramiento de obispos?

Cualquier acto de ceder ante gobiernos semejantes, y en materias semejantes, no serían, ni siquiera, “soluciones pastorales realísticas”. Para la conversión de China, la Fe, la Esperanza y la Caridad de los obispos y fieles unidos con Roma, auténtico semillero de mártires, de confesores y de vocaciones sacerdotales, es la verdadera luz que puede iluminar a la diplomacia vaticana para ser firme y encontrar la verdadera paz, y unidad, de los católicos chinos.

Y para que sean realidad esa Paz y esa Unidad, unimos nuestras oraciones a Dios todos los católicos del mundo.

ernesto.julia@gmail.com

 

Autoestima: los niños la adquieren de los adultos

   Amor, aceptación y valoración, las tres claves para fomentar la autoestima    Entendamos con toda la responsabilidad de buenos padres una gran verdad que es de sentido común: los niños y niñas ya de bien pequeños empiezan a apreciarse según la actitud que tengamos hacia ellos, puesto que el contacto principal lo tienen con nosotros.    Ellos se ven a través nuestro y tienen de ellos la viva imagen que les damos nosotros. Tampoco saben lo que está bien o mal y lo aprenden según nuestro comportamiento y el de los otros familiares del entorno. Somos realmente su espejo, y según lo que vean en nosotros se auto valoraran y podrán tener o no tener confianza en ellos mismos.       Si les riñéramos siempre, si encontráramos que todo lo hacen mal, si a menudo estuviéramos alterados y enfadados cuando estamos en casa y no reflejáramos la alegría de disfrutar de su presencia, sería fácil que los hijos, al encontrarse poco agradables para sus padres, perdieran autoestima; y al perderla, entre otros conflictos, no serían capaces de enfrentarse a los retos que les surgirán a lo largo de su vida.    

   Queremos favorecer la autoestima de los hijos, deseamos que sean felices, que por su seguridad sean capaces de darse a los demás. Se da por descontado pues, por nuestra parte, una actitud positiva constante y al hablar, actuar, informar y motivar a nuestros hijos e hijas transmitirles nuestra comprensión. Por lo tanto, para fomentar su autoestima debemos recordar que nuestros hijos al llegar a este mundo, tienen que saberse aceptados, amados y valorados.    

   Ampliaremos los tres factores que influyen en esta manera de hacer:

   Aceptación total, incondicional y permanente: Nuestro hijo es una persona única e irrepetible. Él tiene cualidades y defectos, pero tenemos que estar convencidos de que lo más importante es que capte el afán de superación y la ilusión de cubrir pequeños objetivos de mejora personal. Las cualidades son agradables de descubrir, los defectos pueden hacer perder la paz a muchos padres, pero se pueden llegar a corregir con paciencia, porque aceptamos totalmente la forma de ser del hijo, incondicionalmente y por siempre. La serenidad y la estabilidad son consecuencia de la aceptación y, esto quiere decir, actuar independientemente de nuestro estado de ánimo.

   También en circunstancias de más dificultades, como serían las de tener hijos discapacitados tendremos que crear la aceptación plena no sólo de los padres sino también de los hermanos y familiares, con la convicción de que repercutirán todos los esfuerzos en bien de la familia.

   Amor: Las manifestaciones de cariño constante serán la mejor ayuda para que nuestros hijos logren una personalidad madura y estén motivados para rectificar cuando se equivoquen. La familia crea sus vínculos afectivos que facilitan el desarrollo de la capacidad de amar. Cuando se ama siempre se corrige y se avisa lo que se hace mal, así damos la posibilidad de rectificar y mejorar la conducta y, en todo caso, siempre deberemos censurar lo que está mal hecho, nunca la persona de nuestro hijo o de nuestra hija. Nos recuerda San Pablo en la Epístola a los Colosenses: Padres, no importunéis a vuestros hijos, para que no se desalienten. Esta frase de San Pablo nos da pie para hablar de saber valorar en el tercer punto.

   Valoración: Elogiar el esfuerzo de nuestro hijo, siempre es más motivador para él, que hacerle muchas recriminaciones. Ciertamente que ante las desobediencias o las malas respuestas, podemos perder las formas, pero los adultos debemos tener la voluntad de animar aunque estemos cansados o preocupados; por esto, en caso de perder los nervios, lo mejor es observar, pensar y cuando estemos más tranquilos decir, por ejemplo: esto está bien, pero puedes hacerlo mejor.

   Durante el tiempo que estamos con los hijos siempre tenemos ocasiones para valorar su esfuerzo, no pedirles más de lo que puede hacer y ayudarlos a mejorar viendo la vida con un sentido deportivo; tenemos que procurar que aprenda a aceptarse y que con optimismo supere sus dificultades. De esta manera, conseguiremos que nuestro hijo sepa que le amamos por lo que es él y será capaz de desarrollar al máximo todas sus capacidades personales.

   Y para finalizar esta frase del pedagogo Oliveros F.Otero: Se tiene de censurar la tarea, no la persona, se tiene de alabar la tarea, no la persona. Nuestra actitud positiva, comprensiva y motivadora incrementará la autoestima de nuestros hijos e hijas.

Victoria Cardona Romeu

 

 

Control de la preocupación

    Bastantes estudiantes, por ejemplo, son muy proclives a preocuparse y caer en estados de ansiedad durante las épocas de exámenes, y esto afecta negativamente a sus resultados. Sin embargo, para otras muchas personas, el estado de preocupación ante un examen estimula su intensidad en el estudio, y gracias a ello logran un rendimiento mucho mayor.

La cuestión clave es
por qué la preocupación
a unos les estimula
y a otros les paraliza.

    Según unos amplios estudios realizados por Richard Alpert, la diferencia entre unos y otros está en la forma de abordar esa sensación de inquietud que les invade ante la inminencia de un examen. A unos, la misma excitación y el interés por hacer bien el examen les lleva a prepararse y a estudiar con más seriedad; a otros, en cambio, les asaltan pensamientos negativos (del estilo de «no seré capaz de aprobar», «se me dan mal este tipo de exámenes», «no sirvo para esta asignatura», etc.), y esa predisposición sabotea sus esfuerzos. La excitación interfiere con el discurso mental necesario para el estudio y enturbia después su claridad también durante la realización del examen. Es así como las preocupaciones acaban convirtiéndose en profecías autocumplidas que conducen al fracaso.

    En cambio, quienes controlan sus emociones pueden utilizar esa ansiedad anticipatoria –ante la cercanía de un examen, o de dar una conferencia, o de acudir a una entrevista importante– para motivarse a sí mismos, prepararse adecuadamente y, en consecuencia, hacerlo mejor.

    —Hará falta encontrar un punto medio entre la ansiedad y la indiferencia.

    En efecto, pues el exceso de ansiedad lastra el esfuerzo por hacerlo bien, pero la ausencia completa de ansiedad (en el sentido de indolencia, se entiende) produce apatía y desmotivación.

    Por eso, un cierto entusiasmo (incluso algo de euforia en algunas ocasiones) resulta muy positivo en la mayoría de las tareas humanas, sobre todo en las de tipo más creativo. Aunque si la euforia crece demasiado, o se descontrola, la agitación puede socavar la capacidad de pensar de modo coherente e impedir que las ideas fluyan con acierto y realismo.

    Los estados de ánimo positivos aumentan la capacidad de pensar con flexibilidad y sensatez ante cuestiones complejas, y hacen más fácil encontrar soluciones a los problemas, tanto de tipo especulativo como de relaciones humanas. Por eso, una forma de ayudar a alguien a abordar con acierto sus problemas es procurar que se sienta alegre y optimista. Las personas bienhumoradas gozan de una predisposición que les lleva a pensar de una forma más abierta y positiva, y gracias a eso poseen una capacidad de tomar decisiones notablemente mejor.

    Los estados de ánimo negativos, en cambio, sesgan nuestros recuerdos en una dirección pesimista, haciendo más probable que nos retiremos hacia decisiones más apocadas, temerosas y suspicaces.

    Alfonso Aguiló

 

Grandeza de ánimo

Es magnánimo el hombre de corazón ancho, enraizado en las posibilidades de la naturaleza humana y, para el creyente, en la fuerza de Dios.

Por: Pablo Cabellos Llorente

Los clásicos definen la magnanimidad como tensión del ánimo hacia las grandes cosas. Es magnánimo el hombre de corazón ancho, enraizado en las posibilidades de la naturaleza humana y, para el creyente, en la fuerza de Dios. Indudablemente, esas cosas grandes no son tanto gigantes materiales cuanto actitudes interiores que se traducen, por ejemplo, en comprensión, misericordia, perdón, esperanza, generosidad. En cambio, la disposición contraria -la acedia- es como una humildad pervertida que encoge el corazón; es la renuncia malhumorada del que no se atreve con esas actitudes del buen corazón por las exigencias que comporta.

Inicialmente, pensé en traer aquí tres nombres muy disparejos, alguno lejano a mi modo de pensar, aunque actuales por motivos diversos. Luego, sólo he dejado uno, Cristo, para evitar posibles malinterpretaciones y porque es Semana Santa. Cristo es siempre actual para el que lo cree Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros. La epístola a los Hebreos afirma que es el mismo ayer, hoy y siempre.

Nada que igualar ni comparar en tres hombres -de los cuales uno también es Dios- y que pensé tan diferentes, salvo en ser personas y por su relación pasiva con la virtud de la magnanimidad en el trato recibido, o más bien su contrario: la mezquindad por juicios inmisericordes y rácanos. Los notables omitidos estaban tomados de dos mundos diferentes, pero tristemente unidos por esa realidad de los censurados desde la discrepancia hiriente. El lector puede buscar nombres y comprobará que tal actitud zahiere a muchos.

Cristo fue maltratado en vida, en la muerte ignominiosa que sufrió, y continúa siéndolo en sus seguidores. Cuando Pablo camina hacia Damasco para apresar a los cristianos, y es derribado por una fuerza extraña, escucha esta voz: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Al preguntar por quién habla, Jesús responde identificándose con los suyos: Yo soy Jesús a quien tu persigues. El asunto no ha cesado. Aun para un no creyente, Jesús puede ser un hombre fascinante, pero falta misericordia con quien la ejercita del modo más admirable: haciéndola propia, absorbiendo en su corazón la miseria ajena para limpiarla en una cruz. Puede argüirse que muchos cristianos no se comportan adecuadamente, pero falta corazón con respecto al mismo Cristo.

Existen otros hombres posiblemente amados por millones de personas, pero no faltan los que emplean cualquier oportunidad para juzgarlos desde un corazón enteco. Se confunde la posible discrepancia con la innecesaria pequeñez del corazón, hecha caricatura, burla o desdén. Sobre todo cuando goza del oportunismo de la moda o de lo políticamente correcto.

Mi tercer ejemplo era alguien ahora denostado de modo impropio por tirios y troyanos. No entro en posibles y hasta necesarias divergencias pero, en cuestión de horas, han comenzado a cavar su tumba, con graves improperios, proferidos por muchos de quienes esculpieron su monumento verbal. Cabe la disconformidad, pero no debería confundirse con el insulto expelido desde la pequeñez de alma. Además, muchas veces se denigra de modo interesado.

Dicen que la envidia es un defecto nacional. Creo poco en los defectos colectivos. Envidia es alegrarse del mal ajeno o entristecerse por su bien, pariente de esa acedia del corazón pequeñito. Leí en una red social que debemos perdonar a todos, excepto a homosexuales y herejes. Cuando menos, sorprendente. Y, sobre todo, triste, muy triste.

 

Nadie cambia, si no se quiere cambiar

Y si no cambio yo, tampoco cambiará mi matrimonio, mi familia, mi barrio mi ciudad

Por: Salvador Casadevall

 De cuando en cuando uno tiene que hacer un alto en el camino. Lo decimos siempre antes de empezar nuestro programa.
Hay que detenerse de pies para pensar, para reflexionar.
Para revisar el fruto que hemos ido obteniendo en nuestro tiempo vivido.

Todos tenemos la capacidad de autocrítica, que es una de las manifestaciones más profundas de nuestra inteligencia. Hombre inteligente es aquel que primero mira para adentro y empieza por rectificarse él.
Al hacerlo nos permite enderezar rumbos, actitudes y escoger conscientemente lo mejor, para bien nuestro y el bien de los que nos rodean.

Es fácil encontrar las fallas de otras personas; no lo es tanto reconocer las nuestras. Y, sin embargo, éstas son las únicas que si podemos corregir. Está a nuestro alcance poder cambiar, está a nuestro alcance poder corregirlas.
Por tanto, este detenerse y reflexionar es ante todo un querer mejorar, es querer ser mejor y ello deberá ser hecho no solamente desde criterios humanos sino en una dimensión de mi fe. Yo soy un hombre creyente: desde mi credo debo querer ser mejor y hacer las cosas mejor.

¿Qué diferencia hay entre lo que soy y lo que debo ser?

La reflexión sobre la libertad que tengo, sobre cual es mi vocación en la vida y cual es mi misión en esta vida, me ayudará especialmente a dar respuesta a la pregunta, sin la cual no puedo avanzar en la conversión hacía Dios, y hacía lo que Dios espera de mi para con mis prójimos: cónyuge, hijos, familiares, amigos, para con la sociedad toda.

De esta reflexión debe haber algunas prioridades: mi convivencia con mi cónyuge debe ocupar el primer lugar ya que es con ella o con él que estoy haciendo un solo caminar.
En este caminar debe haber un estilo de vida conyugal y familiar, estilo de vida que debe estar acorde con mi fe, con lo que creo.

Muchas veces escuchamos decir que la familia está en crisis, cuando lo que está en crisis es el modelo patriarcal de familia.
Recordemos que la palabra crisis quiere decir cambio, situación de cambio y que duda cabe que la familia al estilo patriarcal está cambiando.

Las circunstancias actuales imponen el rediseño de nuevos roles tanto del padre como de la madre, dentro y fuera del hogar que está llevando con actitudes a la pérdida de valores. Y la perdida de valores lleva a la disolución de muchas familias.
¿Y que trae también con ello? La aparición de nuevas maneras de unión y de manera de convivir. Es el famoso tan de moda: estoy viviendo en pareja.

Sin embargo los cristianos creemos en la misión sagrada que Dios encomendó al matrimonio desde su creación y entrega mutua.
Todo matrimonio debe ser una comunidad de vida y entrega mutua.
Todo matrimonio debe ser un colaborador con Dios en la continuidad de la vida.
Todo matrimonio debe ser un ámbito de crecimiento en el amor y la santidad, que no quiere decir otra cosa que ser buenos.

El pecado humano, las faltas, las distorsiones en que el hombre está cayendo cada día, ha quebrado este ideal del matrimonio y es necesario reconstruir la relación de amor entre el hombre y su Creador.

Debemos detenernos y reflexionar y encontrar caminos para esta reconstrucción que deberá necesariamente nacer en el interior de cada uno de nosotros.
Nada se cambia, nada se modifica, si antes no cambio yo y en este cambiar debo estar convencido del cambio. Debo estar firmemente convencido de que lo que hago merece ser, merece hacer el cambio.
Nadie cambia, sino quiero cambiar. Y si no cambio yo, tampoco cambiará mi matrimonio, mi familia, mi barrio mi ciudad.

¡A cambiar tocan! Desde el detenerme, pensar y reflexionar.

 

 

LIBERTAD ¿PARA QUÉ?

Cuando le preguntaron a Stalin sobre la libertad en Rusia contestó:  LIBERTAD, ¿PARA QUÉ? Pasado el primer momento de estupor, nos parece que no iba tan descaminado.

La palabra libertad abarca un campo muy amplio que es preciso fijar en cada momento, si no queremos errar. La prueba está en que todos los pueblos incluidos los dictatoriales presumen de ser libres. En vez de definir esta palabra intentaremos poner ejemplos de su uso y limitaciones:

Por los años 60 acompañé  a un grupo de ingenieros extranjeros  de visita de trabajo en Mérida; uno de ellos me preguntó: ¿Cuánto gana un obrero? Respondí: unas 60 ptas al día. Pues cuando se le acaben, se le acabó la libertad.

Queremos la libertad para vivir bien : Buenas comidas, bebidas, viajes, trajes,…; pero eso está subordinado y depende del dinero que ganemos o tengamos

Libertad para trabajar en lo que queramos. Pero el trabajo depende de nuestra preparación, inteligencia, capacidad, salud, posibilidades de ofertas, etc.

Libertad para amar a quien queramos; pero si la persona amada no nos corresponde nuestro amor queda en el aire

Nuestra libertad está muy limitada por nuestros días y horarios de trabajo, que nos tienen como enjaulados y a disposición del trabajo y del jefe. La jaula siempre nos parece chica

Libertad de expresión. Siempre que no hablemos ni escribamos contra el jefe en el trabajo ni contra la conducta o leyes de los políticos que nos gobiernan, ní contra el Rey ni la suegra

Libertad de reunión. Con la condición de que no molestemos a los vecinos ni a los mandamases.

Libertad política es la libertad de adscribirse a un partido polítitico, con la posibilidad de reunión, manifestación y elección de forma de gobierno. Lleva implícita la libertad de expresión y reunión

Libertad para votar  a quien queramos, la cual está muy limitada por la información que dispongamos , por la propaganda de los intervinientes, por la presión familiar y social y por el miedo o las votaciones con violencias.

Hoy se habla de libertad religiosa, que es la libertad de tener una religión , otra o ninguna  sin ser perseguido ni violentado. También aquí hay mucho que hablar. Las religiones son incompatibles entre sí y provocadores de guerras.

Todos los países luchan por su libertad e independencia y cuando las consiguen, no siempre para mejor,  se encuentran que solo han cambiado de amos con pocas diferencias. La libertad es algo más que salir de la cárcel.

La libertad personal depende de nuestra salud, familia, trabajo, riqueza, del país y lugar en que hemos nacido y en buena parte de nuestras ideologías y creencias.

Libertad es lo opuesto y contrario a la esclavitud, que puede adquirir formas muy diferentes. Un millonario lleno de salud y con  buena familia y amigos puede carecer de tiempo para vivir y ser esclavo de su dinero.

Desde que apareció Cristo en el mundo el concepto de libertad se ha sublimado. Con Cristo la libertad va estrechamente unida al amor y al servicio al prójimo ¿Qué dicen los Evangelios sobre la libertad? Veamos unos pocos versículos de los muchos existentes :

Jn 17,18 Cristo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. El único camino, la única verdad y la única vida no son teoremas, razonamientos ni ideas, sino una persona: Cristo. Fuera de Él todo son tinieblas. Cristo, creador del mundo, dio al hombre- misterio insondable- libertad para amarle u odiarle. La libertad tiene ahora un finalidad: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos

Pedro, 2,16 como hombres verdaderamente libres, obedeciendo a Dios, y no como quienes hacen de la libertad una excusa para su malicia.

2Ped. 2, 19 - (La perversidad de los falsos maestros) Les prometen la libertad, siendo ellos mismos esclavos de la corrupción: porque uno es esclavo de aquello que lo domina.  Com. Jesús vino pues a liberarnos del pecado, y pecado es todo aquello que va contra los Diez Mandamientos, Ley que no ha sido superada porque ni siquiera ha sido totalmente cumplida.

Lc. 4, 18 - (Enseñanza de Jesús en Nazaret) El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos

Rom. 8, 21 - (La esperanza de la creación)  Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

1Cor. 8, 9 - (El punto de vista del amor fraternal)  Pero tengan cuidado que el uso de esta libertad no sea ocasión de caída para el débil.

1Cor. 10, 29 - (La libertad de conciencia)  Me refiero a la conciencia de ellos, no a la de ustedes: ¿acaso mi libertad va ser juzgada por la conciencia de otro?  Com. La libertad de conciencia, exigencia primordial de la democracia,  es la primera de todas las libertades. Quien no obra según conciencia comete pecado

2Cor. 3, 17 - (La libertad apostólica)   Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.
Com. Donde no está Dios, todo es esclavitud como pasó en los países comunistas, fascistas  y totalitarios

La libertad, en cualquiera de sus formas,  es, en definitiva, un bien que hay que estar conquistando y defendiendo  cada día. Hay que pagarla.  No se da gratis.

Mérida (España), 2018-02-02 > Alejo Fernández Pérez > Alejo1926gmail.com

 

 

NAGATIVISMO ¿PERMANENTE?
Ing, José Joaquín Camacho


    Recientemente alguien hacía notar que la desesperación en la opinión pública es posible, cuando los medios de comunicación son insistentes y hacen espectáculo, hasta convertirse en una construcción de acechanzas y peligros inminentes. Y provocan la sensación de que estamos muy mal. Y añadía éste que no: no todos estamos mal. Ni somos corruptos. Ni vivimos deseando un Estado fallido, ni quisiéramos ver deportaciones masivas: no, aquí no todo está mal.
    Entrando en el tema del negativismo como mal de nuestro tiempo, no me refiero sólo a la política; es algo más amplio: la capacidad de confiar en uno y en la gente. Cuando se pierde esa actitud, social o personalmente, ahí si estamos perdidos… si no la recuperamos..
    Un indicador de ese peligro  es cómo nos influyen la prensa y los noticieros alarmistas. Esto se nota en las conversaciones de los desayunos familiares, los cafecitos de media mañana… cuando se centran en asaltos, robos, descripción morbosa de los asesinatos…
Es peligro mundial. Recientemente alguien se refería a la falta de esperanza y confianza en la vida, que prevalece en la sociedad occidental moderna; y la calificaba como el mal de nuestro tiempo. Es tema amplio y así lo percibía New York Times en un artículo ya famoso, A 100% Chance of Alarm., sosteniendo que demasiados periodistas y científicos están constantemente a la búsqueda y captura de una nueva catástrofe –las emisiones de carbono en aquel momento…- y originaban artículos engañosos que invitan al miedo y al pesimismo.
A ello se refería otro artículo con un expresivo subtítulo: Asústate; porque las tácticas del miedo también son comunes en política. Y examinaba cómo los candidatos presidenciales de Estados Unidos usaban el miedo. «Quien descuida el factor miedo debería tener listo un discurso de reconocimiento oficial de su derrota», concluía el artículo. Esta cultura de resaltar, publicitar, difundir innecesaria y excesivamente lo negativo, contribuye al pesimismo y… a la pereza. Es el precio de querer detenerse en las sombras; en vez de recoger las luces de tantas cosas buenas que hay alrededor nuestro. Y es lo cómodo: no hay nada que hacer... Como alguien comentaba en este mismo diario, estamos dominados por una cultura de la queja, que puede quebrantar nuestra sociedad más que las maras o los terroristas. Es como un suicidio colectivo. E incluía una ingeniosa descripción: un pesimista de los de verdad es aquel que mira una dona y sólo ve el agujero.
Hay que poner en evidencia a esos pesimistas enfermizos, propagadores de todo lo malo y pedirles que se callen, porque son un peso muerto en  la lucha contra los males que tenemos. Basta de quejas y  de airear los desastres: para eso ya están algunos noticieros y diarios.
Sin duda hay que conocer los males… pero con soluciones; y saber resaltar cosas buenas que estimulan.
Y concretando, esta responsabilidad no es sólo de los medios de difusión; cualquiera  es también responsable de esa transmisión de noticias y comentarios negativos. Destacar innecesariamente lo malo, lleva a la cultura de la queja, a la inacción; y esto sí puede ser como un suicidio social. No nos dejemos.

 

 

El kit de la cuestión

Como han desterrado el latín de nuestros pupitres, el quid se ha convertido en el kit y como nuestros ministros y directores generales –dimisiones aparte- solamente miran por nuestro bienestar y por nuestra salud -tras las no dimisiones y para que olvidemos nuestras culpas por haber provocado el caos en las autopistas- se ha puesto de moda el kit.

Antiguamente los globos sonda que se lanzaban en los medios de comunicación a ver cómo iba la cosa, casi nunca se hacían realidad. Lo malo es que ahora los globos y las sondas se sustancian en un abrir y cerrar de ojos y ya tenemos aquí la amenaza del kit del conductor, un conductor consciente, cívico, probo y buen ciudadano, que se aventura, loco él, en esta España nuestra de nieves permanentes de fríos insospechados de cumbres inhóspitas de clima ‘alaskeño’ y de hielos polares, a circular por una autopista para ir desde Madrid a La Coruña.

Y ante tamaña insensatez hay que llevar el kit. Pico y pala, linterna, ropa especial, barritas energéticas, varios teléfonos… y lo más importante, indispensable y fundamental: el pito, porque ¿a dónde va un automovilista sin pito? Y, además, habrá que llevar un sherpa -con pito o sin pito, pero un sherpa- y cuerdas y una foto dedicada de algún director general. Y –todo se andará- un desfibrilador y una UVI móvil y un quirófano de urgencia y hasta un cocinero, por si las barritas energéticas han caducado en el atasco.

José Morales Martín

 

 

Restaurar los vínculos dañados.

Es un hecho que al Papa Francisco no le gusta perder tiempo, habla claro y mira el sufrimiento de frente, así lo ha hecho en Chile. Para testimoniarlo, visitó una cárcel de mujeres, donde ofreció un impresionante testimonio al llamar a las internas a trabajar por su futuro, el de sus hijos y el de su país. Las que aparentemente no cuentan, las que por sus errores han sido recluidas y descartadas, están especialmente llamadas a gozar del protagonismo que merecen como hijas de Dios. Y ahí debe estar la Iglesia.

Frente a los “determinismos cosificadores que matan la esperanza”, la Iglesia debe tender su mano, comprometerse en la promoción y acompañar para restaurar los vínculos dañados.

Xus D Madrid

 

 

El único y verdadero fracaso

Las enseñanzas de esta canción son genuinamente norteamericanas. A diferencia de España, donde los reveses de la vida llevan aparejados invariablemente sambenitos de complicado olvido, allá los consideran la llave de un futuro éxito, porque, como dejó dicho Henry Ford, el único y verdadero fracaso es aquel del que no aprendemos nada.

Ross Perot, veterano líder republicano yanqui, lo expresó de forma inmejorable con ocasión de uno de aquellos divertidos debates presidenciales en la década de los noventa del pasado siglo, al presentarse ante las cámaras como el que más veces se había arruinado y vuelto a enriquecerse, no recuerdo bien si dijo que unas siete, lo que le erigía en el más idóneo para llevar las riendas de su nación.

Aquí, sin embargo, enterramos en vida a quien no ha tenido excesiva fortuna en cualquier ámbito, quizá porque nuestro mayor pecado colectivo, la envidia, precisa de ser convenientemente alimentado con dicha carnaza. Y así nos luce el pelo.

Los sueños no siempre se hacen realidad, como rítmicamente interpretan Gladys Knight y su familia, pero cuando eso sucede no hay nada mejor que sacar experiencias y vivirlo con quienes te quieren de verdad, los que están cuando se apagan las luces.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Pensamientos y reflexiones 179

 

Nos están “toreando” o algo mucho peor: Estoy oyendo al ministro encargado de su lectura, de la carta que ha escrito el presidente catalán al gobierno de España (adrede todo con minúsculas y sin indicar nombres que ni merecen) y las “medidas” que este ministro dice tomará el gobierno para arreglar de una puñetera vez la rebelión que en realidad ha habido en Cataluña y que sigue latente y además muertos de risa los rebeldes, que por lo visto lo que quieren es “tres meses” de vacaciones en Hawái con todos los gastos pagados, incluidos condones y toallitas desinfectantes; y a la vuelta seguir carteándose con los inútiles del gobierno, para seguir esperando prórrogas y nuevas vacaciones de descanso en cualquier otro paraíso terrenal a cargo de los españoles que seguimos pagando impuestos y cada vez más arruinados por unos gobiernos, que solo se preocupan de eso; de recaudar impuestos y tras arruinarnos, arruinar a la nación, mediante monstruosas deudas públicas, que tienen en quiebra a la mayor parte de la economía oficial, incluidos  ayuntamientos, entre los que destaca, el mío, o mejor dicho el que nos explota a los habitantes del municipio de Jaén;  y caso de no pagar en tiempo y forma, te embargan  “hasta el apellido y a reclamar al Sursun Korda, o sea indefensión total a las leyes draconianas que han impuesto sin remordimiento alguno, puesto que los que gobiernan tienen que cobrar a lo grande cada mes, más lo que caiga y vengan días y vengan ollas”. (De mi artículo de igual titular)

 

LA ESPAÑA DE SIEMPRE: Y como se habla de reformar la Constitución, tengan presente la caterva o plaga de políticos que padecemos, que es la hora de adecuar la misma para que nos dure, por lo menos lo que dura la inglesa o la norteamericana; y para ello hay que pensar mucho y bien y poner los claros caminos que España (como cualquier nación) necesita para afrontar un futuro eludiendo muchos enfrentamientos.

                                Por ello y desde establecer que la mujer puede reinar aquí, como  los españoles tener opción a una república legal; pero del tipo francés o norteamericano; no como las fracasadas españolas; donde y como ejemplo bochornoso, en la pasada, el presidente primero (creo recordar) tan pronto fue nombrado, se fue a vivir al palacio real como vivía el rey derrocado (pues fue un derrocamiento, no una legalidad diáfana y legal). Continuando que ni vascos, ni navarros, ni catalanes, ni otros “que aspiren” a abusos, pueden tener “fueros medievales”, que no son otra cosa, que un bochornoso expolio al dinero público, en detrimento del resto de españoles, etc. Etc. Etc. (añádanle todos los etcéteras que existan y que por lógica se puedan añadir).

                                Y para que esto de verdad sea una democracia, debe quedar escrito y subrayado, que aquí no puede haber exenciones medievales para nadie, las leyes han de servir con igualdad para todos, desde el rey o presidente republicano, hasta el último de los transeúntes que vivan “o anden” por España; y nadie discuta este principio puesto que son las leyes las que pueden coartar al ser humano; “la manga ancha”, no trae nada bueno y lo estamos padeciendo ahora por Cataluña y los que tienen “fueros” inadmisibles; por tanto hasta la ley y sus servidores, tienen que tener tribunales, fuera de  “sus togas y puñetas”, para que “los pongan a caldo”, cuando abusen de ellas… “sin disciplina, orden y justicia” no funcionará nada en este mundo… “ni en los otros”.

                                Así es que reitero, empiecen a mover sus neuronas, inútiles políticos; que son ustedes los únicos responsables, de todas las luchas que han tenido lugar en esta desgraciada España, nunca bien gobernada, por aquello de que al final todos los que llegan al poder, lo primero que quieren es… “darse la vida padre y no responder ni ante ese misterio al que nos enseñaron a llamar Dios y que nadie conoce”.

                                Por lo tanto no son los políticos los únicos a conformar la nueva constitución, hay que involucrar en ella, a los mejores cerebros que existan hoy en España y sobre todo entre ellos, los que no tengan “mancha política sean del partido que sea”. Si no se hiciera así, España será lo que ya es desde hace muchos siglos y que confirmó uno de los estadistas más respetados del mundo… “Otto von Bismark, conocido como “El Canciller de Hierro” y unificador y por ello fundador de la gran Alemania que lo fue, cuando él terminó la primera gran limpieza en “Teutonlandia”.

 LA ÚLTIMA GUINDA: Hoy cuando publico este artículo (24-10-2017 ver ABC Cataluña de esta fecha), los informativos de TVE por la mañana, aseguran que “la Generalidad de Cataluña en plena crisis económica enchufa en su seno, a nada menos que 25.000 interinos”; y como esto es “el pan nuestro de cada día”; demuestra por sí solo, la ruina de toda España, “independentistas incluidos; y que es lo que yo sintetizo, con mi afirmación de que la política, simplemente es… PANZA Y BOLSILLO.

Se pacifica Cataluña… ¿Y luego qué?

                                Como siempre hace el político; han intentado y puede que logrado en muchos “tontos útiles”, el conseguir que lo de Cataluña, era “el bálsamo de fierabrás que todo lo curaría”, pero “la plaga de los separatistas de ocasión”, no acabará ahí ni tampoco en las provincias vascongadas; esa es otra enfermedad que no se curará ni metiéndolos en la cárcel a cadena perpetua a los principales agitadores demagogos (que no dudemos ni por un momento que solo les preocupa “su panza y su bolsillo”).

                                Por tanto “lo de Cataluña” es un problema que de momento puede o no solucionarse, pero ese no es el problema de España y los españoles; el problema es ESPAÑA EN SU TOTALIDAD; y como no se solucione, lo va a seguir siendo, puesto que aquí y pese a lo que nos “bombardean constantemente”, ni hay DEMOCRACIA; ni mucho menos se nos trata a los españoles con la equidad o igualdad que dicen “que dicen” los capítulos constitucionales. Aquí sigue habiendo las diferencias de siempre, y no se trata a los territorios (todos) como estos necesitan para que marchen y progresen de forma ascendente y consiguiendo eliminar distancias territoriales, para alcanzar niveles equiparables; y por ejemplo preocupante por demás, mientras los grandes núcleos habitados, crecen y crecen, convirtiéndose “en selvas de cemento” (que en sí mismo es un problema cada vez mayor en todos los sentidos) y en poblaciones “termitero”, cada vez la España rural o campesina, se está muriendo abandonada por sus habitantes, puesto que en ella nadie quiere vivir, salvo “minorías románticas” que asqueados de la civilización mortífera que nos han creado, vuelven a la “Madre Tierra”, pero solo a supervivir, empujados por el asco que ya sienten por lo terrible que es para ellos, el vivir como las termitas. (De mi artículo de igual titular 22-10-2017)

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes